Publicado en Estudios sobre Tango y Lunfardo ofrecidos a José Gobello (Compiladores: Oscar Conde-Marcelo Olivari), Buenos Aires, Carpe Noctem, 2002, pp. 33-41.

En Mujeres y hombres que hicieron el tango, que quiere ser la quintaesencia de los muchos saberes que, a lo largo de medio siglo, José Gobello reunió en torno a esa música y sus conjuntos, se estampaba respecto a los versos de Celedonio Flores: “…sus tangos, compuestos en los alejandrinos más musicales y más redondos de toda la poesía argentina…”. No se trataba de ningún descubrimiento o caída de Saulo porque, casi un cuarto de siglo antes, el mismo autor había escrito en Tangos, letras y letristas que los de Cele eran “los alejandrinos más perfectos de nuestra literatura popular”. Sin embargo, muy poca atención crítica ha suscitado “el Negro” entre los estudiosos de la poesía argentina contemporánea pese a la innegable repercusión social de sus versos. De hecho, hasta 1964 no se encuentra un trabajo de cierta entidad, el debido a Juan Silbido, autor al que se suele citar muy poco, pese a ser de los primeros que se preocupó de documentar con cierta seriedad sus trabajos de investigación. La bibliografía que acompaña a esta colaboración no debe confundir con su relativa extensión -teniendo en cuenta, además, que, por la lejanía del autor a los centros de producción de bibliografía tanguera, puede haber obras de las que no haya tenido noticia- ya que se trata en su mayoría de apuntes o notas muy breves.

Por  la dificultad que presenta la datación cronológica de sus composiciones, me limitaré a comentar aquí los tangos elegiacos de Flores porque corresponden a la época en que las letras de otros autores comenzaban a incidir, de manera un tanto excesiva en ese campo. Y, sin embargo, no fue Cele autor que diera mucha cancha al lloriqueo y la cantinela de lo mejor de cualquier tiempo pasado. El propio Gobello nos advierte que “el negrito enjugó las lágrimas de Contursi con el pañuelo compadrón que llevaba en él cabalete y, como quien dice, pasó a otra cosa… (con) el aplomo… del hombre corrido que puede  mirar la vida como lo que es, agua que corre”. Efectivamente, Celedonio tenía demasiado sentido del humor y capacidad de distanciamiento para apuntarse al carro de quienes añoraban una más que improbable edad de oro.

En los clásicos latinos la elegía es un género más que nada formal a través de su expresión en el dístico elegíaco que, poco a poco, se va centrando en la manifestación de estados anímicos de pérdida y lamento. Catulo fijó sus caracteres, Tibulo la vinculó con la serenidad del campo, que luego tendría tan larga derivación en los “menosprecios de corte y alabanzas de aldea”, y  Propercio y  Ovidio la trajeron hacia sí para expresar sus cuitas de amores. En la Edad Media amplió sus metros originales y Boccaccio tituló como elegía su Fiammetta, también madre, tal vez, de la novela psicológica. Más tarde, Sannazzaro escribió tres libros de Elegiae y, poco a poco, fue tildándose de tal cualquier composición que, independientemente de la métrica, volcase su sensibilidad en el dolor y la tristeza por lo perdido. En la literatura española del Siglo de Oro, tras la cumbre de las coplas de Jorge Manrique y las selectas imitaciones latinas de Garcilaso,  Fernando de Herrera  la perfeccionó en su variedad amorosa y habrían de pasar siglos para que Miguel Hernández diera a la luz, el otro pináculo, la magistral Elegía a Ramón Sijé. Antes, la malevolencia de Góngora se había servido de su característico metro elegíaco, el dístico, formado por un hexámetro y un pentámetro, para largarle a Quevedo otra alusión a su cojera: “vuestros pies son de elegía”. Pero, entretanto, los más altos escritores europeos habían transitado por ella, desde Ronsard a Rilke, pasando por Milton, Gray, Schiller, Goethe o Holderlin, con su punto culminante en el siglo XVIII. La elegía se concretizaba ya, más que en un género, en una atmósfera de dolor contenido, de tristeza y melancolía, que expresaba tanto la pérdida de algo querido, como el difuso sentimiento de “lo que pudo haber sido y no fue”.  Romanticismo,  Modernismo y las fascinaciones de la contemporaneidad la redujeron a un segundo plano y la elegía se convirtió, sobre todo, en refugio de poetas chirles y hombres descomprometidos con su tiempo. Nadie se imagina a un vanguardista elegíaco y la presencia del género en el tango, salvando las precisiones que se harán,  obedece a razones más vinculadas con estructuras psíquicas miméticas y acopio de tópicos que a sentimientos verdaderamente trascendentes.

Con todo, es frecuente en las elegías tangueras, incluyendo las de Contursi, un matiz humorístico al que Flores no podía ser ajeno. Cuando en 1923 escribe en primera persona las octavas decasílabas y octosílabas de El bulín de la calle Ayacucho con un lunfardo nada rebuscado y perfectamente reconocible, está simplemente echando en falta un reducto donde hace menos de dos años –nada- el poeta se reunía para pasar unas horas de farra cantora y conversadora con los amigos. En efecto, y según el testimonio de José Servidio, autor de su música, las reuniones duraron hasta finales de 1921. Celedonio, con sólo 27 años, no mala situación económica y muchos amigos, no puede ser demasiado sincero cuando añora ese bulín pródigo en ratones –también según el mismo Servidio- porque ningún problema hubiera tenido para lograr cualquier otro espacio en el que hacer las mismas cosas. El pretexto dramático: “la piba mimosa y sincera que hacia el cielo volando se fue” es obviamente un apósito no basado en la realidad sino una concesión irónica a las agonías propias de los tangos de su tiempo. El objeto, pues, de la elegía es el propio bulín que, al concretizarse en esa ubicación real del número 1443 de la calle Ayacucho, adquiere un protagonismo ejemplificador de una etapa de la juventud que se ve en trance de evolucionar hacia otras metas. El abandonado –“rechiflado parece llorar”- resulta ser, pues, el apartamento que, al perder su presencia humana, ha pasado a ser una triste habitación más de conventillo.

Los versos que, con el título de Mi cuartito, Flores confeccionó para sustituir a los anteriores con motivo del decreto proscriptor del lunfardo emanado del general Pedro Pablo Ramírez, son ya definitivamente prescindibles. Su adjetivación tópica, los diminutivos socorridos, su tono sensiblero y falso proscriben, incluso, darle el título de elegía a una composición que en veinte años había perdido sus principales valores: la frescura, la ingenuidad distante, el mérito de ser un apunte, inspirado pero puramente ocasional, de algo que no pasó de la anécdota.

El menos famoso de los tangos elegiacos de Flores es Viejo coche que, con música de Eduardo Pereyra, cantó Rosita Quiroga en 1926. El personaje que lo enuncia es masculino pero la exclusividad que la deliciosa cantora de la Boca tenía por entonces de los tangos de Celedonio propició que fuera ella quien lo llevara al disco. También en segunda persona, se trata de cinco sextillas que incluyen una octavilla entre ellas, polimetría a la que tan aficionado fue el tango, aunque no especialmente nuestro autor. El poeta efectúa una identificación con su decadencia y la del coche para, sin solución de continuidad, evocar la complicidad con el viejo cochero que, como él, sólo espera el designio final de la vida. También aparece la innecesaria concesión al tópico: “¡Pero abierta está la herida / de la leyenda fingida / que me contó esa mujer!”. Historia de la que no se aportan más datos. Es una letra, evidentemente, de relleno que poco contribuye a la gloria de su autor.

Mucho más inspirado resultó Viejo smoking (1930) en el que, con economía verbal y un estupendo equilibrio entre naturalidad expresiva y retórica literaria, se nos cuenta una historia, también a través de la segunda persona, servida por unos irreprochables versos de dieciséis sílabas, que se hacen octosílabos en los estribillos. Fue Gardel, que también lo interpretó en los pioneros y entrañables cortos para el cine de Morera, quien lo grabó, con música de Barbieri, para fortuna de sus oyentes.

Fértil en términos lunfardos, coloquial y literario, en él se avista esa combinación de lo culto y lo popular que suelen destacar los comentaristas de la poesía de Flores, así como ese sentimentalismo sin cursilería que, a menudo, alcanza la ocasión de conmovernos. Desde su primer verso es notable tal pericia combinatoria. Tras la función apelativa que personifica a la prenda instándole a campanear el cotorro, la imagen poética y desoladora a través del participio “despoblado”. En el segundo verso se incrementa la dinamización que vivifica las cosas: esa “catrera compadreando sin colchón” y, a continuación, la entrada del protagonista del que ya se nos marca su triste situación: “ha perdido el estado”. En la comparación, “como perro de botón”,  la nota humorística, que desdramatiza lo que, al cabo, no es sino la historia de alguien que vivió sobre sus posibilidades.

En el segundo serventesio  la efectividad del discurso narrativo se advierte en la rica información que se nos da en sus cuatro versos. Poco a poco, todo ha sido empeñado y sólo el smoking se conserva como imagen y símbolo de un pasado al que no se quiere renunciar porque constituye un sueño que fue real. Todavía tiene tiempo para la metáfora coloquial: “se dio juego de pileta y hubo que echarse a nadar” y, también,  para la reflexión desiderativa: ese “sueño, del que quiera Dios que nunca me vengan a despertar”.

En el primer estribillo, la elección de las imágenes no puede ser más precisa: la lunfarda alusión a las lágrimas que las mujeres vertieron en él: “cuánta papusa garaba / en tus solapas lloró” y la metonimia personificadora: “solapas que con su brillo / parece que encandilaban/ y que donde iban sentaban / mi fama de gigoló”.

Ahora, los serventesios van a servirse de la enumeración para describirnos la situación a que ha llegado el otrora rey del cabaret. Pero el golpe de efectividad está en los dos últimos versos, a mitad de camino entre el patetismo y el humor, que hacen que nos identifiquemos con la cuita de este nuevo “patotero sentimental”: “Vas a ver que un día de éstos te voy a poner de almohada, / y tirao en la catrera, me voy a dejar morir”.

Vuelve el estribillo final al motivo de las solapas, pero es la propiedad en la descripción: “…cuántas veces/ la milonguera más papa / el brillo de tu solapa / de estuque y carmín manchó”,  la materialidad de esos revoques, lo que nos hace sentir de verdad el pequeño drama, que todavía sabemos oír a Gardel con idéntica emoción.

Si en los tangos anteriores lo elegíaco se vinculaba a lo personal, con lo que el componente ético que -como también señaló Gobello- aportó Celedonio al tango, estaba ausente de estas elegías, en ese hermoso y raro poema que Flores tituló Corrientes y Esmeralda a la elegía se superponen la pequeña historia, el suave humorismo, la mueca compasiva, la generosa admiración y la implicación personal del vate en el corazón de la que fue su ciudad.

Desde la primera vez que leí esa letra –hará más de veinticinco años- me atrapó con su magia, su extrañeza y, también –por qué no- con su acopio de datos. Tardé bastantes años más en oírla porque Gardel, con su elegancia, no pudo cantarla, aunque bien lo pudiera haber hecho en forma de guiño cómplice. No sé si fue la versión de Ángel Vargas o la de Carlos Acuña, ambas excelentes, la primera que llegó a mis oídos, pero es uno de los pocos  tangos que no hace falta escuchar para que nos entre.

Eduardo Romano nos dice que fue escrito en 1922, aunque llama la atención que no fuera incluida en Chapaleando barro (1929) y sí en Cuando pasa el organito (1935), lo que, dada su calidad, hace pensar en por qué, de estar escrita,  no la incluyó  Celedonio en su primer poemario que contiene otros cantos de menor calidad a distintos reductos ciudadanos. Fuera como fuese, estos serventesios dodecasílabos, cuyas claves tan bien nos explicaron Gobello, otra vez, y Bossio, en 1975, contienen, junto a los consabidos elementos postmodernistas tan queridos por nuestro poeta, otros que lo aproximan a las vanguardias. Y no sólo por la inventiva verbal sino por la luz de varias de sus imágenes.

Si en las rimas está también esa audacia modernista –a ningún ignorante se le ocurre rimar “cross” con “novecientos dos”-, el binomio adjetivo-sustantivo “rante canguela” o nombres con su complemento como “curdelas de grappa y locas de pris”  son experimentos ya muy atrevidos para la poesía primisecular, lo mismo que la inclusión de nombres propios reales en el penúltimo serventesio, procedimiento que también llevarían a cabo algunos componentes de la llamada Generación del 27.

  Corrientes y Esmeralda tiene la particularidad, entre tantas otras, de que el poema termina con una EPSON scanner image promesa ya cumplida: ese “te prometo el verso más rante y canero/ para hacer el tango que te haga inmortal”. Es, sí, una forma de establecer esa comunicación personal intensa con  el Buenos Aires que Celedonio Flores vivió y ayudó a dar fama y, también, una suerte de implicación vital en un poema en el que el yo no tiene otra cabida que la de mero observador privilegiado.

He hablado de poema “raro” y algo se ha justificado en los párrafos anteriores, pero desde la sorprendente utilización de la forma  verbal  del inicio “Amainaron” hasta esa metáfora deportiva de los últimos versos: “cuando con la vida esté cero a cero”,  un despliegue de originalidad recorre los seis serventesios coronados por un quinteto que, junto a las peculiaridades aludidas, no desdeña el verso cálido, familiar y hasta elemental: “te ofrece su afecto más hondo y cordial”. Lunfardo, vanguardia, lenguaje coloquial, humor y exactitud topográfica nos contemplan desde este poema al que puso una bella música, como suya, Francisco Pracánico.  No sabemos qué admirar más si la precisión de las alusiones históricas, la afectividad de buena índole que respira para personas y cosas o la inventiva verbal  de las estrofas tercera y sexta que hay que volver a transcribir porque su lectura nos exime de una glosa que sería, por la multiplicidad de sugestiones, tal vez cansadora.

El Odeón se manda la Real Academia,

rebotando en tangos el viejo Pigall,

y se juega el resto la doliente anemia

que espera el tranvía para su arrabal.

Te glosa en poemas Carlos de la Púa

y el pobre Contursi fue tu amigo fiel…

en tu esquina rea, cualquier cacatúa

sueña con la pinta de Carlos Gardel.

Creo que el tango no alcanzó nunca esta altura textual aunque Discépolo, inventor de tantas otras excelentes originalidades, le anduvo cerca en Fangal. Soy de los que piensan, y alguna vez habré de escribirlo, que el sobrevalorado Manzi se columpió muchas veces en su intento de fundir el sentimiento con lo existencial, lo metafísico con lo visual.  Por eso creo que el negro Cele no ha sido valorado como merecía y el análisis pormenorizado de su obra aguarda aún al estudioso o al lector con sensibilidad. Sus giros lunfardos tienen tanto la desfachatez del auténtico reo, como la libertad del hombre culto que sabe fundir sus lecturas con el lenguaje de la calle para lograr un idioma rico, original y lleno de color. Su economía de medios, tan presente en textos que están en la mente de todos y en otros menos famosos como La historia de siempre. Su veta satírica, que puede llegar a ser desgarrada, tiene otras veces la fibra patética de quien ha sentido el dolor de tantas vidas consumidas en el barro. Se ha destacado, pero apenas se ha estudiado, su veta social, su ternura para la mujer aunque un soneto como el, por otra parte, estupendo Biaba parezca desmentirlo. Igualmente, puede verse en él un apunte irónico y, desde luego, está lejos de la bestialidad para con la hembra de Buen remedio de Yacaré o de muchos versos de Julián Centeya. Además de sus conocidos tangos Pan o Sentencia, en otros poemas como Oro viejo o Chorro aparece,  bien, como en el primero, su indignación contra el repugnante matón de comité, bien, como sucede en el otro, su compasión de hombría de buena ley para quien no ha podido ser otra cosa. Poemas como El perro flaco desdeñan la sensiblería y nos hablan con unas notas de modernidad que quizá no se perciben bien desde un siglo que invoca –lo que da pábulo al optimismo histórico- los derechos de los animales. Sus poemas descriptivos tienen cimas como ese hermoso y brutal Arrabal salvaje, por no hablar de las numerosas pinturas de los barrios  y topografías de Buenos Aires. Hasta la intertextualidad, hoy en tantas bocas, no le fue ajena como puede comprobarse en el bienhumorado pastiche que tituló Sonatina.

Como versificador, se desenvolvió con gusto y naturalidad lo mismo en el romance que en el difícil verso largo –compuso muchos poemas con versos alejandrinos y hasta de dieciséis sílabas-, sin duda influenciado por sus amplias lecturas modernistas. Bebió en Carriego pero sus alientos fueron de más largo alcance. La asonancia fluye en Celedonio con naturalidad y belleza, véase si no ese prodigio de fluidez que es la milonga Chatita color celeste. Su poética nos la dejó bien servida –y, por supuesto, también con sus chispas de ironía-. en poemas tan bien compuestos y directos como los de La musa mistonga de los arrabales, Por qué canto así, Musa rea o Versos.

Desconozco el número de tangos que llegó a componer Cele pero tengo registrados alrededor de ciento cuarenta. Como no puede ser de otra manera, hay varios prescindibles pero cualquier aficionado sabe que otros muchos  son la historia del tango y en varios aspectos alcanzó la categoría de pionero.  José Gobello, en su Crónica general del tango, nos señaló que con  sus versos titulados Por la pinta y, luego, Pelandruna refinada, en el registro del negro Ricardo o Margot, en la grabación gardeliana, trajo un acento nuevo que comenzó a enjugar cachadoramente las lágrimas que al tango había puesto Contursi. Tampoco debe olvidarse que Chapaleando barro (1929) es uno de los primeros libros en que la poesía lunfarda alcanza unos caracteres que, como sucede en La crencha engrasada, tan sólo un año anterior, superan la exclusiva fijación al bajo fondo. Antes de estos, sólo cuatro poemarios lunfardos habían llegado al libro: Versos rantifusos (1916) de Yacaré, El arrabal porteño (1923) de Silverio Manco, Vigilante y ladrón (1925) de Alberto Arana, (Garbino) y ¡Semos hermanos! (1928) de Dante A. Linyera. Como estampó Jorge Gottling, que  considera a Flores el más perfilado de los poetas que haya dado el tango, sus versos “inauguraron la reflexión sobre el arrabal, un campo de acción interior más que una concreta referencia al catastro”.

El lugar de Celedonio Esteban Flores en la poesía popular del Río de la Plata es indiscutible. Pero poemas como Corrientes y Esmeralda y otros de los aquí citados le otorgan también un lugar en la poesía sin adjetivos de la nación argentina.

Flores, Celedonio Esteban

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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(Publicado en Aragón Digital, 21-23 de septiembre de 2020)

Nada más nuestro y personal que el idioma, ya que el Yo figura incluso en la propia palabra, de origen griego: “Idios” equivale a propio, personal, particular, privado, y la terminación “ma” sería la realización de esa privacidad. Por eso y por otras muchas cosas, a algunos nos molesta tanto que quieran convertirnos en guiris, sustituyendo nuestras hermosas palabras por términos ingleses. No sustituyendo, sino matando: cada vez más personas dicen “kit” en vez de lote, “casting” en vez de prueba, “on line”, en vez de en línea o conectado. Y, para fingir asombro, convierten la interjección inglesa “waw” en un ladrido, mientras aquel “¡Ahí va”, que bastantes escribían “¡Aiba!”, se bate en retirada.

A la Real Academia de la Lengua, muchos, entre los que me incluyo, la han discutido siempre, con razones y sin razones. Hay motivos para ello y, también, para defenderla. Pero, sobre todo, debería haber razones para conocerla, ya que existe para defender aquello que nos es propio y, como todos nos pasamos la vida intentando saber quiénes somos, también para aclarar algunas de nuestras dudas. ¿Cuántos españoles de hoy saben que el presidente de la institución es Santiago Muñoz Machado, un jurista de Pozoblanco? Muchos menos que cuando la presidían Menéndez Pidal, Dámaso Alonso, Laín Entralgo o Lázaro Carreter.

Si los periódicos de tinta desaparecen, si muchos profesores escriben en la pizarra sin tildes y ruegan humildemente a sus alumnos que se callen usando el barbarismo “¡Callaros!”, en vez de “¡Callaos!” y si el modelo es el canal de televisión con más audiencia, es decir, con más burricie, cualidad que tampoco falta en el resto, ¿qué será de nuestro idioma con tales modelos? Tenemos la esperanza de que lo defiendan los hispanohablantes de la otra orilla del Atlántico, donde, al menos, su literatura anda por caminos más creativos que los hollados en su madre-patria. Pero también hay que lamentar que en Centroamérica la cercanía de los Estados Unidos y la deficiente situación económica y social de la mayor parte de estas repúblicas origine que el español ande amenazado y escasamente protegido. Las Academias de varios de estos países carecen de financiación y, con frecuencia, de sede.

En la Real Academia española, sólo quedan diez académicos que ya lo eran cuando comenzó el siglo XXI. El más antiguo es Pedro Gimferrer que entró en 1985, cuando sólo contaba 40 años, los mismos que tenía Antonio Muñoz Molina al ingresar en 1996. Ahora es el más joven de todos ellos. El más veterano es el lingüista Gregorio Salvador que cumplió en junio los 93. Ocupa el sillón “q” y su discurso de ingreso versó sobre esta letra. También fue de los que salvaron la Ñ en un informe al Ministerio de Cultura, cuando la CEE pretendía que no fuera necesario incluirla en los teclados comercializados en España. Es, pues, un hombre sensato, que en 1959 comenzó de Catedrático de Instituto en Algeciras y, cuarenta años más tarde, llegaba a vicedirector de la Academia. En 2007 publicó El fútbol y la vida, un libro sobre el deporte rey, y al año siguiente fue de los que criticó públicamente a la ministra Bibiana Aido cuando expelió lo de “miembros y miembras”:

 …casi nunca nadie está solo en su propia estupidez, siempre tiene acompañantes (…) lo que se siente es vergüenza (…) Si fuera, siquiera, para hacer una gracia, puede deformarse el género de una palabra que es masculina, porque pertenece al género, que no tiene nada que ver con el sexo (…) Ahora resulta que si se le hace un femenino a miembra, pues la pierna será será una miembra, no un miembro y el brazo será, en cambio, un miembro.

La mayoría de los políticos españoles de hoy son el mejor ejemplo de que una torpe expresión es vehículo de un torpe pensamiento. Generalmente, utilizan la lengua para manipular o engañar directamente, inducidos por unos asesores que sería mejor que, como los de la pandemia, no existieran. Estos sí que existen para ultrajar la lengua, el buen sentido y la verdad.  

(Publicado en Aragón Digital, 3-5 septiembre 2020)

Durante la Exposición Universal de Barcelona (mayo 1929-enero 1930) el cine sonoro estaba a punto de destronar al cine silente. Si en España tardó un poco más en establecerse, no fue por falta de material rodado sino porque los equipos necesarios para proyectarlo resultaban costosos y las salas fueron adquiriéndolos poco a poco. Las grandes productoras norteamericanas, a efectos de promocionarlo, decidieron colaborar en la Exposición con una película musical, Barcelona Trailer en la que aparecían muchos de los artistas más populares de su tiempo. Por citar unos pocos: Clara Bow, Sue Carol, Bebe Daniels, Lupe Vélez, Dolores del Río, John Gilbert, Harold Lloyd o Maurice Chevalier, entonces reciente triunfador con la película sonora, La canción de París.

Barcelona Trailer se estrenó el 1 de octubre de 1929 con asistencia de los reyes en el ostentoso teatro Tívoli de la barcelonesa calle de Caspe. Algunos artistas cantaban en español, otros decían unas palabras y, como todos eran famosos y para el público constituía una novedad, los afortunados asistentes salieron satisfechos. Lamentablemente, de la película se debieron de hacer escasas copias y hoy figura como un film perdido, como tantas obras del cine mudo y de los comienzos del sonoro.

Pero lo que me sorprendió, al saber de la existencia de esta película totalmente olvidada, fue que Maurice Chevalier cantaba en español la famosa “Jota de Perico”,pieza estelar de la zarzuela El guitarrico. Habría que oír al gabacho del canotier, entonando “Suena guitaguicó, suena”. Dicha jota ha sido grabada por los grandes tenores del mundo desde Fleta a Plácido Domingo, pasando por José Carreras o Alfredo Kraus, para mí su mejor intérprete junto a Fleta, pero también la acometieron bajos como el gran José Mardones, barítonos como Vicente Guillot, Emilio Sagi-Barba, Titta Ruffo, Marcos Redondo, Luis Sagi-Vela, o Manuel Ausensi, cantaores como José Chacón, charros como Miguel Aceves Mejías o cupletistas como Lilián de Celis*. Y, por supuesto, desde Juanito Pardo, un sinfín de cantadores y cantadoras de jota, entre los que se cuentan las dos grandes figuras de las últimas décadas: Jesús Gracia y Nacho del Río.  

Lo verdaderamente curioso de estas interpretaciones es que mantienen el horrible laísmo de la letra original. Reza su estribillo: “Dila que la quiero, dila muchas cosas, dila que no vivo, dila que me muero, dila que me quiera tan solo un poquico, dila que se apiade de este baturrico”. A lo largo del texto se repite nada menos que ¡25 veces!, con lo que “Dila” debiera ser el título más propio de esta jota.

Dicho barbarismo jamás lo perpetraría ningún aragonés fuera cual fuese su nivel social, pues está totalmente excluido de su sistema pronominal y parece seguro que no fue cosa del compositor, Agustín Pérez Soriano, un navarro residente en Zaragoza, aunque bien pudo advertir a los autores del texto de que en Aragón no se hablaba así. Los culpables fueron el murciano afincado en Madrid, Luis Pascual Frutos y el madrileño Manuel Fernández de la Puente*, que, según alguna crítica, achulaparon a los personajes interpretados en sus principales papeles por la gran tiple riojana Lucrecia Arana y el tenor Sigler, que fue el primero en cantar la citada jota en el madrileño Teatro de la Zarzuela el día del Pilar del año 1900. Lo vio bien el crítico Zeraus, seudónimo de Manuel Suárez García, que en Heraldo Militar escribía:   

Hay que confesar que el Sr. Frutos se ha equivocado de medio a medio; o ignora que para escribir un sainete de costumbres populares hay que estudiar muy bien los tipos, sus modales, usos, etc. etc., y sobre todo no achulapar los baturros, que es casi ofender a la Pilarica. La música corre pareja con el libro y los actores no pudieron hacerlo mejor porque no sabían si hacer de chulos o de baturros.

Tras esto, sólo queda rogar a cantadores e intérpretes de zarzuela que, cuando interpreten esta jota, una de las pocas conocidas mundialmente, se atengan a la pronunciación aragonesa, que es también la correcta en el español general y que, además, sirve para que la pueda cantar una intérprete femenina.

Amén.

*En el film mejicano Los apuros de dos gallos (1963), sus protagonistas, Miguel Aceves Mejía, “El Rey del falsete”, popularísimo cantor de rancheras, y la bellísima asturiana Lilián de Celis, rescatadora del cuplé, cantan a dúo una estupenda versión de “El guitarrico”, cuya grabación no es difícil de escuchar en varios lugares, incluso en youtube. Son los únicos, de los que tengo noticias que utilizan el “dile”, lo que es de agradecer.

**Aunque éste operó tan sólo como ayudante, tiene mayor delito pues era el hijo del maestro Fernández Caballero, autor de zarzuelas memorables de ambiente aragonés, principalmente, Gigantes y cabezudos, estrenada sólo dos años antes que El guitarrico.

(Publicado en Aragón Digital, 26-27 de julio de 2020)

Hace poco más de un año visité Albania, el país más pobre de Europa, a excepción de Moldavia. Sin embargo, aunque allí se viva modestamente, no se percibe nada parecido a la miseria. Faltan carreteras y otras infraestructuras, no hay Fuerza Aérea ni Marina  –dicen que, pese al buen pescado, el albanés tiene miedo al mar, desde donde vinieron todas sus desdichas-, pero la comida, una mezcla de cocina balcánica, turca e italiana, es excelente.

Pronto despuntará el turismo en el litoral adriático, con algún parecido al de la Costa Brava. Ya se percibe la velocidad de la transformación de esos lugares apacibles que en muy pocos años se convertirán en algo parecido a la Manga del Mar Menor o Marina d’Or. Hay ciudades medievales muy bellas, como Elbasan, Berat o Gjirokastër, que está siendo restaurada por la UNESCO, ruinas grecorromanas y maravillosas iglesias bizantinas. La parte septentrional es montañosa, más pobre, y tardará algo más en abrirse al turismo. Todo el país está salpicado de búnkeres, construidos por el tirano Enver Hoxha, cuando rompió con China y quedó, junto  a Corea del Norte, en el binomio de países con sistema estalinista. Temía una invasión de quien creía sus enemigos, es decir, el resto del mundo.

En Tirana puede visitarse la llamada Casa de las Hojas, sede de la seguridad del Régimen Comunista, que conserva documentos, aparatos y toda clase de testimonios de la represión policial, de la tortura y de la obsesiva vigilancia social ejercida durante dicho régimen: Un 75% de la población estuvo controlada personal y directamente por el otro 25%. Un 50% de los domicilios tenían micrófonos ocultos que, si eran descubiertos por sus moradores, no podían tocarse bajo pena de detención. En la década de los ochenta no había otros coches que los de la nomenklatura. Hoy, ya se conocen los atascos. Hubiera resultado ilustrativo comprobar en directo cómo esta gente, aparentemente tan normal como la de cualquier otro sitio, vivió aquellos años donde se prohibió la religión y la vagancia, hasta para los animales. Nadie podía vender nada que no fuera a costa del Estado. No había perros, gatos, iglesias, aviones, coches ni ferrocarriles que contactaran con el exterior.

Acaba de aparecer un libro de Margo Rejmer, Barro más dulce que la miel. Voces de la Albania comunista, que ilustra con testimonios estremecedores las vidas cuajadas de miedo, impotencia y sufrimiento de los albaneses. Por su parte, Hoxha publicó unas memorias en siete mil páginas enaltecedoras de sí mismo. A su muerte en 1985, el régimen se fue agrietando hasta que, en 1991, cayó definitivamente. Nexhmije, la esposa del tirano, fue detenida y en 1993 condenada a nueve años de prisión aunque, muestra de la diferencia de unos sistemas frente a otros, en 1995 fue excarcelada. Con 99 años, murió el 26 de febrero pasado.

Pese a esta historia de horror, a finales de los setenta y primeros de los ochenta del pasado siglo, funcionó en España una  Asociación de Amistad España-Albania vinculada al Partido Comunista de España m-l (marxista-leninista), que defendía y se solidarizaba con la práctica del comunismo de Hoxha, frente a otras formas del mismo que, para ellos, se habían ablandado. Por cierto, de dicha asociación formaban parte un par de amigos míos, que no parecían psicópatas, sino gente normal: inteligentes, solidarios, hasta medianamente divertidos. Pero su disentería mental –por más que usual en la época- les llevaba a esta aberración del empecinamiento que no tenía otro fundamento que alinearse con un régimen comunista representante de las más puras esencias estalinistas, que los otros estados del “telón” iban abandonando. Supongo que les parecería ejemplar esa rigidez ideológica aunque en su vida fueran tan tibios como cualquiera.

Querría creer que las formas de extremismos puritanos que hace un tiempo aparecen por doquier, vinculados a ideologías que tienen más que ver con los fanatismos religiosos que con la libertad, dentro de unos años serán vistas con parecida incomprensión a la que otorgamos ahora a aquellos solidarios con la tiranía.

Querría creer pero veo mucho miedo en practicar esa resistencia a la estupidez.

 

Músicos ambulantes

Bartolozzi-Taberna 1949

(Publicado en la Revista Crisis nº 17, junio 2020, pp. 66-68).

En 1980 la taberna estaba dando sus boqueadas pero en algunas poblaciones españolas se mantenían algunas resistentes que no durarían otra década. Buen amigo de ellas, aproveché mi estancia en mi tan querida ciudad de Calatayud para conocerlas a fondo, al menos, aquellas que merecían más la pena. Aunque por entonces andaba retirado de la escritura, hice una excepción publicando este texto, que, como era de esperar, no gustó a alguno de los mentados. Como todos pasaban de la cincuentena, el tiempo suaviza las aristas y el tono es humorístico, seguramente, nadie se molestará a estas alturas y alguno agradecerá estas informaciones sobre guariches y ambientes desaparecidos.

Taberna es palabra de mala fama, quizá porque quienes han puesto mala fama a las palabras han sido gentes amantes de etiquetas, catálogos e hipocresías seculares. El diccionario –más imparcial- nos la define simplemente como “tienda o casa pública donde se vende al por menor, vino y otras bebidas espirituosas”. Si además acudimos a la etimología, vemos que el vocablo ha dado origen a palabras tan elegantes y prestigiosas como tabernáculo o contubernio, con lo que mejor será quedarnos en un término medio y desproveer al vocablo tanto de sus connotaciones positivas –que para más de cinco las tiene- como de las peyorativas.

Texto publicado en la revista Jalón, mayo de 1980.

Hoy, el significado que da el diccionario de “taberna” anda un tanto restringido. Designa, sí, uno de los lugares donde se despachan bebidas al público pero, además, asociamos taberna, y también tasca, con un local de cierta antigüedad y con un nivel económico y social tirando a bajo por parte de dueños y parroquianos y una determinada manera de entender la convivencia muy distinta de la del bar, cafetería, pub, whiskería o discoteca.

Este es el criterio que hemos seguido a la hora de visitar las tabernas de Calatayud, a lo que nos ha movido tanto la afición como el deseo de dejar constancia de unos recintos que pronto serán sólo recuerdo. Efectivamente, muchas son las que por emigración, jubilación, muerte de sus dueños o escasa rentabilidad han desaparecido o están a punto de desaparecer, eso sin contar con la rápida modificación de las formas de vida. Haremos, pues, crónica de estos últimos reductos donde se ubican los santuarios donde se bebe mejor y más barato, se intima más fácilmente y donde, si te da por arrancarte con unas jotas, no sólo no te silencian o te miran como si fueses loco sino que el personal anima y jalea al audaz coplero.

A la puerta de la taberna

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Si usted viene de Soria, junto a la Puerta de Zaragoza se tropezará, y podrá así reponer energías, con la Tasca del Piojo, de rancia solera, donde, si antes no le aborrece la poca sustancia del dueño, disfrutará de un estimable vino, un jacarandoso revuelto, una llameante cazalla o –si se priva por los sólidos- dará buena cuenta de sus acezantes pepinillos en vinagre.

Penetrando por la susodicha puerta y casi en línea recta, llegamos a la Plaza del Mercado. A su lado, en el número 1 de la calle Gotor, aparece el Bar Valladolid. No deje de introducirse. Encontrará allí la fauna tabernaria más sugestiva: Paco el barrendero, Tomé el vendimiador, La Piojo-loco, de concurrida vida marginal, loteros, serenos, timbistas, pastores… y al dueño, Luis, también de borrascosa historia: ex-luchador, ex-boxeador, capo del barrio chino barcelonés en otros tiempos, pintor, experto en ovnis, repartidor en sus horas libres y, sobre todo, poseedor de una humanidad desbordante, lo mismo que su mujer, María, que, como buena almeriense, le da a la rumba y al tango flamencos en sus vertientes de canto y baile. La tasca fue fonda en otra época y, lamentablemente, ahora Luis ha decidido modernizarla. De lo que resultará no juzgamos, de lo que ha sido, sí, y muy favorablemente. El único problema proviene de la cercana ubicación de la guardia municipal que, de vez y cuando y si los siervos de Baco se exceden en su euforia o potencial fónico, obsequia con su nocturnal visita.

Si pasamos a la Rúa –que los bilbilitanos siempre nombraron Ruga-, en el número 76 encontramos una puerta verde sin rotulación que da acceso a un cubículo de 5×3 metros en el que se arremolinan los dueños, su hijo, el frigorífico, las cajas de bebida, los bancos, el mostrador, el servicio y los que allí gustan de entrar. Desde las seis y media de la mañana puede paladear sus productos y especialidades. Los clientes son, tradicionalmente, de la cáscara amarga, rojos o progresistas, que se dice ahora, lo que, desde luego, desmiente su aspecto. El ambiente –no hay mesas, no caben- suele ser grato y de francachela declarada.

No así en el Siboney, en la misma Ruga y un poco más abajo, donde la simpatía brilla por su ausencia. Lo más interesante hemos de buscarlo en la decoración e historia del recinto. Todavía se mantiene el aspecto mudéjar que tenía este antiguo café-cantante en el que las piculinas enervaban a las recias gentes del Jalón y del Jiloca. ¿Por qué no reavivarlo? Quizá así se desmustien un poco camareros y frecuentadores.

Si los copazos se lo permiten, puede dirigirse a la calle de San Antón en el antiguo Postigo de Tenerías, perpendicular a la Ruga y que contiene el mayor número de tabernas abiertas de la ciudad. Son supervivientes del antiguo barrio “maldito”, decadente desde 1956, año en que se suprimieron las casas de hetairas, que con tanta fidelidad retratara Solana en otros lugares similares.

El Bar Fonda Martín conserva la estructura, precios y parroquianos de la típica taberna pero la televisión en color le quita algo de recogimiento. Como su título indica, ejerce también de fonda y casa de comidas de apreciable economía.

Casi enfrente tenemos el Forniés, maravilloso antro donde la edad media de sus frecuentadores no bajará de 75. Si pide un café, verá en funcionamiento el antediluviano artefacto que se toma su tiempo para obsequiarnos finalmente con un recuelo por 14 pesetas. Cualquier otra consumición no pondrá en peligro su equilibrio financiero.

Casi al lado, aparece el figón del señor Aurelio, zamorano, apodado Patas Cortas, aunque el título rece Casa Garrido. Aparte de sardinas y buen vino a 6 pesetas, podrá encontrar la típica fauna enólatra entre la que destaca Justo Perales, también ex-barrendero, que le hará saber que gana más de jubilado que cuando le daba a la escoba con lo que terminará de arrebatarle las pocas ganas que le quedaban de arrimar el hombro. También puede toparse allí con la flor y nata de la intelectualidad bilbilitana. Desde el polígrafo Pedro Montón, al director del Orfeón, Alfredo Larrea, sin hablar del humanista Ampelio Medina, los científicos José María Franco y Antonio Oliva o el multiforme Javier Barreiro.

Enfrente está La Perla, ya más hostal que taberna, aunque merece la pena acercarse para libar su buen vino e hincar el diente a sus suculentos pinchos de lomo.

Tuerza luego a la izquierda. Dará con la calle del Olvido y, si tiene suerte, franqueará el umbral de La Vasca, que vegeta bajo la égida de sus antiguos propietarios. Este local, sin rótulo, prácticamente la habitación de una casa, es como un recuerdo de los tiempos en que se servía en los domicilios particulares que decidían oficiar de tascas, costumbre que hasta hace poco ha perdurado en Andalucía. Pero ya se dijo que estamos en la calle del Olvido, tan grato para el bebedor y hacia donde se encaminan aquellos tan buenos usos. En La Vasca sólo podrá beber vino pero, también, ganarse unas indulgencias haciendo jaculatorias a cualquier santo elegido entre el enjambre de imaginería  que por allí pulula.

Perdonados así sus excesos, debe atravesar el pueblo y dirigirse a El Volante, frente a la Puerta de Terrer. Además del infaltable fruto de Baco, buenas anchoas en salmuera y, si quiere probar fortuna, participar habrá en la timba que cotidianamente tiene allí su asiento. Hay jugadas de hasta cinco mil pesetas.

Llegado a este punto se acercará, o se hará acercar si su sentido de la orientación comienza a perturbarse, a la estación de ferrocarril. En la curva con la carretera de Daroca se encuentra el Bar Casa Luis. Es fama que su dueño es insensible al dolor físico. Aunque no lo verificamos, sí puede asegurarse que es insensible a la prisa. Usted pida lo que sea –un buen bacalao con rebozo o tortilla de ajo y anchoas para acompañar al habitual lingotazo-, cuando el propietario lo decida se lo acercará diciéndole, eso sí, “Que le aproveche al señor”. El componente de cachondeo es interpretable.

Pida que le crucen la carretera y, junto a la explanada de la estación, hallará el Bar Fonda del Carmen, donde con la ayuda de cualquiera de los baratos y suculentos bocadillos que allí se expiden, cogerá fuerzas para admirar la curiosa calva del dueño (en forma de U) y arrastrarse hasta la tasca de al lado, Los Ángeles, también fonda. Es fácil encontrar allí soldados que esperan el tren y que su mili pase pronto; es fácil que el dueño le cuente que no gana un duro y el ayuntamiento le fríe a impuestos; es fácil que, si le tira de la lengua, diga pestes de las condiciones de otros establecimientos del ramo y es fácil que la tranca que usted lleva a estas alturas sea de no te menees.

No se arredre. Aprovechando la circunstancia de hallarse en la estación y si se considera incapaz de intentar el desplazamiento sin perder la vertical, alquile un taxi y hágase trasladar por la carretera de Daroca hasta las Casas Baratas. A setecientos metros de la estación, se encuentran las dos últimas estaciones, si vale la redundancia. En el Bar Casa Antonio, el vino se hará acompañar de recias guindillas. Si no ha tenido tiempo de informarse de lo que pasa en el mundo, tendrá oportunidad de consultar el Heraldo o La Hoja del lunes, siempre a disposición del cliente, y, aunque tampoco se enterará de nada, podrá al menos decir que ha hecho lo posible.

Repte hasta la tasca de al lado. Es un despacho de vinos en el que también se sirve directamente al público. Se conoce, generalmente, como Tasca del Sordo y su dueño, que no desmiente la popular denominación, se llama Félix. Agradables sorpresas aguardan allí al advenedizo. El vino, muy bueno, a cuatro pesetas. El litro, a treinta y una. Cacahuetes a granel y una parroquia dicharachera, amigable e invitadora. Félix y su mujer son también bellísimas personas que también convidan al mínimo descuido. Como, además, la tertulia que se forma suele ser salerosa, locuaz y pachanguera, es difícil salir de allí sin seis o siete vinos de propina.

Como esta taberna constituye la número 14 de la singladura, si ha hecho todo el recorrido de golpe, puede pasar ya de todo y hasta acercarse a la cercana Wisquería Los Invasores, con servicio femenino, pues su prestigio local y ciudadano ya no habrá quien lo levante. Lo que guste de hacer allí, si es que puede alentar, ya no es materia de una revista tan seria, responsable y moralizante como la nuestra, dirigida fundamentalmente a la formación de la juventud. Como diría el patrón del Bar Casa Luis, El Insensible, “¡Que le aproveche!”.

V. también en este blog: https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/11/15/alcohol-y-literatura/

Publicado en Aragón Digital, 16/17-VII-2020.

Hace quince años la Asociación Mariano de Cavia me otorgó su premio por un artículo que publiqué en memoria del periodista aragonés, con motivo del 150 centenario de su nacimiento. No me dieron, en cambio, los diez mil euretes del premio Mariano de Cavia de Periodismo que otorga la empresa editora del ABC, no sé si porque me tienen manía o porque no me presenté. El caso es que desde aquel artículo, hasta ahora que se cumple el centenario de la muerte, no he visto otro que recordara al que fue el periodista más admirado y famoso de la época de intersiglos, que fue también la época de oro de la prensa en España.

Realmente, la suerte póstuma de Cavia no se correspondió con su prestigio en vida. Poco después de su muerte aparecieron tres antologías, Limpia y fija (1922), una selección de sus artículos en torno a temas lingüísticos –fue ejemplar su magisterio en el uso correcto de la lengua-, Chácharas y Notas de Sobaquillo, ambas de 1923.

Nacido en la zaragozana calle de la Manifestación e hijo de un notario, se inició en el periodismo zaragozano, mucho más agresivo e independiente que el que hoy se estila. Aun así, cuando murió su padre, quiso alejarse de una ciudad que no toleraba bien sus invectivas y sátiras. Llegó a Madrid en 1880 y pronto hizo populares los seudónimos de Sobaquillo y Un Chico del Instituto. Al poco, se lo disputaban los diarios más notorios y, tras una temporada en el Heraldo de Madrid, pasó a El Imparcial, donde permaneció casi tres lustros. En poco tiempo, logró un puesto preeminente en el escalafón –”el primero de cuantos hemos escrito en la prensa”, dijo Ortega Munilla–, tanto por su cultura e ingenio como por su estilo y personalidad. Admirativamente se comentaba que su estipendio ascendía a una peseta por palabra.

En 1917 fue fichado por el naciente El Sol como cronista de prestigio. El primer artículo de Cavia en el número inaugural (1-XII-1917) fue modélico: un programa del propósito modernizador y europeísta del que llegó a ser mejor diario español de su tiempo. En 1916, había sido elegido académico de la Lengua. El zaragozano arrastraba serios problemas de salud desde 1915, año en el que sufrió una trepanación, y sus dolores fueron en aumento hasta necesitar desplazarse en silla de ruedas. En julio de 1920, se encontraba reposando en el balneario de Alhama de Aragón y un agravamiento hizo que se le transportara al sanatorio del Doctor León, donde falleció a las cuatro de la mañana del día 14. Zaragoza reclamó su cuerpo para darle tierra en el cementerio de Torrero y se le erigió un busto en la plaza de Aragón.

Hombre de ideas avanzadas en lo social, aunque a menudo contradictorio, Cavia,  no quiso ser otra cosa que periodista, como estampó García Mercadal, y pocas veces ha estado tan justificado el remoquete de maestro al que tan frecuentemente se le asociaba. No tuvo otras aspiraciones y ni siquiera llegó a tomar posesión de su sillón en la Academia. Retraído y agresivo, inteligente y temeroso, justiciero y arbitrario, ocultó sus amarguras y no plasmó su intimidad en sus escritos. Con fama de escritor festivo pero fino, dio lugar a panegíricos tan rimbombantes como el de Bonilla Sanmartín: “por su galano estilo y por ser maestro en el bien decir, ocupa lugar preeminente, después de Fígaro, en el periodismo español”.

Una de las razones de su popularidad fue su labor como crítico taurino, que comenzó a ejercer en el periódico zaragozano en el que se inició. Con el sobrenombre de Sobaquillo, alcanzó una de las cumbres del género. Utilizó otro de sus seudónimos, Un Chico del Instituto, para sus artículos en torno a la corrección lingüística, en los que sensatez y jactancia se juntaban con cierta superficialidad, seguramente demandada por los lectores de la época. Como se ha dicho arriba, muchos de esos textos, entre censorios y catonescos, en cierto modo antecedentes de los de su paisano Lázaro Carreter, los recogió en Limpia y fija.

Cavia, al contrario que quienes con él fueron los columnistas más admirados y fecundos del siglo XX, González Ruano y Umbral, no escribió libros sino que se limitó a agrupar sus artículos, muchas veces con el mismo título de la sección en la que aparecían en el periódico. Incluso su única obra de creación, Cuentos en guerrilla, reunió textos impresos en El Liberal. No se animó tampoco a juntar sus poesías, que dejó diseminadas por muchas publicaciones. Regeneracionista pero taurino, de inmensa curiosidad y, sin embargo, poco adicto a profundizaciones, artífice de una lengua purista y precisa pero poco ambicioso en su tratamiento, hombre de café pero tirando a huraño, irreligioso pero pilarista, fue una contradicción viva, una inteligencia a la que tocó lidiar con un tiempo y un país que sus escritos ayudan a entender mejor.

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/02/24/imagen-de-mariano-de-cavia-1855-1920-en-su-sesquicentenario/

(Publicado en Clarín nº 147, junio 2020, pp. 25-29)

Ruano entre dos amigos, Emilio Mesejo y Ezequiel Endériz

 

 

 

Leo en La mañana, un periódico turolense con fecha 3-3-1931, cuarenta y dos días antes de proclamarse la II República:

INCIDENTE ENTRE PERIODISTAS: “Un periódico de la noche da cuenta de que en un café de la Puerta del Sol se golpearon el redactor de La Tierra, Ezequiel Endériz, y el de «Heraldo», señor González Ruano. Este último rodó por el suelo y resultó con múltiples golpes en diversas partes del cuerpo, que, a patadas y bofetadas le propinó su contrario. El motivo parece ser un artículo de González Ruano publicado en su periódico, con ocasión de la muerte del actor Emilio Mesejo, artículo que mereció la repulsa de gran parte del público, y que comentó en este sentido, en La Tierra, su redactor Ezequiel Endériz”. 

El café debía de ser el de Puerto Rico, situado en el nº 3 de la Puerta del Sol , frecuente lugar de arribada tanto de actores como de Ezequiel Endériz, el agresor que, ya avanzada la Guerra Civil, dedicó al establecimiento un interesante artículo en el  periódico valenciano Umbral. Entre otras cosas, allí se preparó el atentado que en 1921 segó la vida del presidente del Gobierno, Eduardo Dato. No hubo denuncia ni consecuencias ulteriores por la citada agresión de periodista a periodista. Ruano que, obviamente, tenía una buena parte de masoquista, no sólo dio de lado el asunto sino que en sus memorias escribe acerca de Endériz, al que encontró en el París ocupado:

“…navarro de vida agresiva y valiente, bastante desgarrada, había sido en España enemigo mío, pero nos entendimos bien desde el primer momento y hoy es una de las personas a quienes recuerdo, de aquella vida de París, con cariño fraternal (…) En la nostalgia honda e insobornable de la tierra española le ganaba[1], sin embargo, Endériz, y esto era una de las cosas que más me unía a este revuelto tudelano que, entre otras cosas, versificaba en los cafés y en tascas de París sus melancolías españolas de viejo condotiero de la Puerta del Sol. Como navarro, al fin y al cabo, en cuanto bebía se ponía triste y cantaba con un vozarrón macho y altivo”.

Bien debía de conocer César las peripecias biográficas de su antiguo vapuleador porque esta semblanza retrata bastante aceptablemente al tudelano, hombre polifacético que, incluso tuvo un protagonismo indiscutible en la jota navarra, pues suyas son las letras –o, al menos, él las adaptó del acervo popular- que cantó y grabó en los años treinta Raimundo Lanas, el mayor de los creadores de la jota navarra, antes de su temprana muerte el último día de 1939.

No olvidemos, sin embargo, a quien, inculpablemente, propició el episodio del descalabramiento de Ruano. Emilio Mesejo (Alcalá la Real, 1864-Burgos, 1931) es uno de los más populares actores del teatro español en su etapa más vigorosa. Fue su padre, José, quien lo empujó de niño a las tablas y, desde entonces, protagonizó innumerables obras del género chico que, a fines del siglo XIX, exportó a la Argentina, donde durante una larga temporada fue uno de los actores españoles más conocidos. Al regresar, y en lento retroceso su género, se pasó a la comedia, primero con la compañía de María Guerrero y después con la de Enrique Borrás. Además de sus innegables valores actorales, Emilio Mesejo era consumado bebedor, lo que no era nada infrecuente entre la familia escénica. Recuérdese el caso del popular actor cómico, Julio Ruiz, que hasta se reía de sí mismo, escribiendo piezas en las que se despelotaba de sus propias conductas y especial afición al morapio[2].

González Ruano, con el antetítulo “Lo patético y lo bufo”, había escrito la necrológica de Mesejo en Heraldo de Madrid[3], el 23 de febrero de 1931, un día después del fallecimiento del comediante. Fue una embolia que lo arrebató del mundo en la pensión burgalesa donde se hospedaba. El artículo, excelente como tantos de Ruano, destila simpatía por el actor, conocido del periodista, quien le debía de haber prestado ayuda económica en alguna ocasión, pero no oculta el alcoholismo ni la condición bufa y, a menudo, mísera de Mesejo en esa época, lo que debió de encorajinar a sus compañeros de profesión y  amigos. Endériz no se contentó con denunciarlo en su periódico, el muy extremista diario La Tierra, sino que aplicó su “justicia” en directo y a la vista del público para que la humillación fuese más honda.

Ezequiel Endériz

Nacido en Tudela (1889) y fallecido en el exilio parisino (1951) fue hombre asaz contradictorio, aunque no en sus ideas que anduvieron siempre en los frentes más reivindicativos. Tropecé por primera vez con su nombre al realizar la biografía de Raquel Meller porque escribió varias canciones para ella y fue muy amigo y parece que confidente suyo, quizá por la relación que unió a Ezequiel con Enrique Gómez Carrillo, primer marido de la artista, a raíz del encuentro de ambos en el París de 1910. Raquel y Ezequiel, aunque abandonaron pronto sus lugares de origen, eran medio vecinos (Tarazona y Tudela sólo distan 23 kilómetros) y sólo se llevaban un año. Coincidieron, además, en Barcelona, donde Raquel llegó antes, y ella ya andaba por los escenarios cuando lo hizo Ezequiel hacia 1907. Como la visceral rebeldía del navarro invitaba a pensar, sus veinte años lo llevaron a inmiscuirse de hoz y coz en los sucesos violentos de la Semana Trágica. Un capitán lo identificó, fue encarcelado y, al poco tiempo, liberado, parece que a consecuencia de un error del juez correspondiente. Temiendo la revisión, marchó a París, donde se relacionó con Gómez Carrillo y otros exiliados. El 26 de septiembre de 1910 en el cuartel Roger de Lauria de Barcelona se vio el Consejo de Guerra por injurias al ejército. Le cayeron seis meses pero su caso entró en el indulto de final de año.

Antes de trasladarse a Madrid, Endériz se buscó la vida en El Liberal de Barcelona con una actividad tan poco rebelde como la crítica taurina y el seudónimo de “Goyo Faroles”, nombre de un personaje de Anita, la risueña, una zarzuela cómica de los Quintero estrenada a finales de 1911. A partir de aquí, su actividad difiere muy poco de la de tantos letra-heridos, pululando entre la poesía, el teatro y el periodismo de la época, en su caso, completada con la lucha social. Los versos de Abril (1911) formaron su libro inaugural; Vengadoras (1912) fue su primera novela; Nubes de la sierra (1914), su primer estreno y Belmonte, el torero trágico (1914), su primer trabajo periodístico en formato de libro, prologado por el tan pintoresco como temible Prudencio Iglesias Hermida, con el que antes había disputado. A lo largo de su vida totalizó una quincena de libros, una docena de obras estrenadas[4], muchas veces en colaboración

La Favorita

con su amigo, el también periodista navarro Víctor Gabirondo, amén de escribir la letra de casi un centenar de composiciones musicales llevadas al escenario por figuras como Raquel Meller, Raimundo Lanas y otras, como Ofelia de Aragón, La Zazá, La Favorita, que también fue su amante, La Goya, Resurrección Quijano, Lola Membrives, Consuelo Hidalgo, todas con algún peso en el mundillo de las varietés. Actividad la de letrista que, seguramente,  proporcionaría a su autor más rédito que las anteriores. Por su parte, él siempre anduvo cerca de los nutritivos entretelones de las sociedades de autores. Se le pudo tildar y se le acusó de muchas cosas, pero nunca de pánfilo.

Adicto a cualquier tipo de enfrentamiento y de polémica, las tuvo con Villaespesa, traductor de una obra de Julio Dantas que su autor había concedido en exclusiva a Endériz y Gabirondo; también, con el comediógrafo aragonés Atanasio Melantuche, igualmente, por cuestiones de derechos, aunque terminaran amistándose y nunca le faltaron ganas y arrestos para inmiscuirse en cualquier tipo de bochinche ideológico o sindical. De hecho, colaboró en los periódicos más explosivos de la época y bastaría citar los nombres de algunos de ellos, particularmente exagerados, cuyas anécdotas y facecias aparecen por doquier en los libros que recuerdan la época: Revolución, El Parlamentario, Los Comentarios, El Soviet, Las Izquierdas… De Endériz es el mérito de haber firmado la que quizá sea la primera obra publicada en España sobre el acontecimiento que terminó con la dinastía zarista: La Revolución rusa (Sus hechos y sus hombres). Publicada a finales de 1917 con prólogo de Luis Araquistain, en la madrileña editorial Mateu, sus 169 páginas analizan con asombrosa cercanía temporal los acontecimientos de los meses anteriores. El volumen se refiere a los hechos acaecidos entre febrero y octubre de ese año, en los que la figura principal fue Kerenski, a quien Endériz defiende expresando su confianza en él y también en Lenin, apoyando sus argumentos con la efímera creencia de que esa revolución no había fusilado a nadie.

Poco tardaría la realidad en desmentir sus impresiones. Trece meses después, en el número correspondiente a enero de 1919 de la revista Cosmópolis, dirigida por su amigo Enrique Gómez Carrillo, que en 1916 había prologado su segundo libro lírico, La travesía del desierto y otros poemas, Endériz publicaba el artículo “La penetración de las ideas bolchevikis (sic) en España” (pp. 74-80). En las primeras líneas del mismo ya anticipaba:

“De los frutos de esta guerra de desolación que acaba de finar, ninguno tan contagioso y tan grave para las bases de la actual sociedad como ese bolcheviquismo”.

El autor considera que el movimiento tiende a destruir la civilización europea porque se nutre de primitivas doctrinas afroasiáticas y cita a Gabriel Alomar, con el que se carteó, para denunciar “el doctrinario leninista y el cristianismo, también fuertemente antieuropeo”. La condición de España como el país espiritualmente menos occidental de Europa y su propensión al misticismo la hacen terreno abonado para la expansión de tales ideas. Por otro lado el español otorga mucha más importancia a la igualdad que al resto del trío: libertad y fraternidad. Si para lograr la igualdad es preciso, acepta la “voluptuosidad” de la tiranía. La fraternidad no es compatible con nuestra característica envidia. Tanto por ello como por el altamente justificado odio a la autoridad: “Todo régimen sentado en la igualdad hace prosélitos en España (…) igualdad hasta para el infortunio”.

Otras frases, si no plenamente originales, sí muestran el talento periodístico y la fuerza de estilo del navarro: “El pueblo no cree aquí en las aristocracias. La de la sangre le parece grotesca, cosa cómica; la del talento, la recela y la teme; la del dinero, la odia”. Así, habiendo españoles que “sueñan hoy con un régimen de terror, copia del de Lenin y Trotsky, del que esperan un torrente de justicia”, estima que España está en vías de que tales doctrinas se impongan.

Por entonces, Endériz presidía el Sindicato de Periodistas de la UGT y encabezó la huelga  profesional que terminó con la fundación de La Libertad, diario nacido el 13 de diciembre de 1919, por la defección de un numeroso grupo de periodistas de El Liberal. Con diversos bandeos ideológicos, según cambiara la propiedad, el nuevo rotativo estuvo más próximo al sindicato libertario que al socialista y fue uno de los periódicos madrileños más significados hasta el fin de la guerra civil, y Endériz, uno de sus más estimados redactores, que también iría acercándose a la CNT, aunque no militara en ella hasta la II República.

Para el ejército español y para Endériz, 1921 fue un mal año. Tras el desastre de Annual, fue enviado a cubrir la información bélica en Marruecos pero la muerte de su mujer, Manuela García Junco, de 25 años, con la que hace poco había matrimoniado, le forzó a abandonar el Rif con urgencia. Regresó, estuvo herido por caer del caballo, fue encarcelado y, finalmente, expulsado de Marruecos junto a otro escritor, Guillermo Hernández Mir, porque el tono de sus crónicas no agradaba al gobierno. Cuando se quería silenciarlo, siempre se recurrió a reabrir cualquiera de los muchos expedientes en los que durante la década anterior había estado incriminado. En este caso, uno de 1917 por haber gritado “¡Viva la República!” en un mitin en Barcelona, de lo que pronto fue absuelto. Su carácter independiente le indujo a abandonar La Libertad en octubre de 1922, cuando, por la entrada de capital nada limpio, dudó de la independencia del diario. Un mes después, con otros redactores, fundaba y dirigía el Diario del Pueblo, que no tuvo éxito. La Acción y Heraldo de Madrid, donde un artículo de su autoría provocó un juicio por injurias a Cambó, del que también fue absuelto, fueron otras cabeceras que le permitieron satisfacer su imperativo categórico, antes de acogerse a la refundación de La Tribuna, diario de la noche que,  bajo la dirección de Salvador Cánovas Cervantes, había funcionado entre 1912 y los inicios de la década siguiente y que el 30 de abril de 1924 reaparecía bajo la batuta de Endériz. Tampoco resultó muy longevo el proyecto.

El culo inquieto del tudelano lo llevó a recuperar sus veleidades escénicas y varietinescas y escribir sobre teatro, de nuevo en Heraldo de Madrid, a conspirar dentro de un orden -el de la Dictablanda-, a proponer la celebración del Día del Periodista y a intimar con Blasco Ibáñez –la república en el horizonte- con el que se retrató en la que dicen es la última fotografía del novelista valenciano. Endériz tuvo la capacidad de amistarse a la vez con Sanjurjo y con Franco, el aviador. A los dos golpistas los había tratado en Marruecos y, sin duda, también trataría al tercero en discordia. El caso es que anduvo medio implicado –al menos, el juez lo llamó a declarar- en la asonada de Cuatro Vientos en diciembre de 1930.

Inmediatamente, Ezequiel Endériz se inmiscuyó en la fundación de otro diario, La Tierra, la empresa periodística en la que duraría más tiempo, aunque no demasiado. El inspirador era de nuevo Ninini (Cánovas Cervantes) y desde su primer número (Año Nuevo de 1931), fue un ariete contra la moribunda monarquía y, una vez extinta ésta, contra el PSOE, con especial aversión a la figura de Indalecio Prieto y bastante cercano a las posturas cenetistas. Quizá su mayor popularidad la alcanzó el diario con los reportajes publicados entre julio y septiembre de 1933, sobre el asesinato de Hildegart perpetrado por su madre, firmados por Eduardo de Guzmán y el propio Endériz, que también llevaba una jugosa sección con el nombre de “Tic-Tac”. En octubre, Cánovas y Guzmán encabezaron una candidatura, abundantemente publicitada en su diario, por el Partido Revolucionario Social Ibérico, fundado en 1932, con el que se presentaron sin éxito, por el distrito de Sevilla. Cumplidos los tres años en esta batalla, La Tierra anunciaba el 23 de febrero la retirada del compañero Ezequiel Endériz para dedicarse a tareas literarias. 

Fueron sin embargo, sólo un par de libros los que publicó en los dos años que faltaban para la guerra, El pueblo por Azaña: del Ateneo ¡hasta el gato! y Guerra de autores. En éste cuenta todos los manejos que hubo en estas generalmente poco claras entidades en las que él anduvo casi siempre entrometido. De hecho, era el Secretario de la recién creada Sociedad de Autores del Libro y de Prensa y director técnico de una Oficina de Relaciones Cinematográficas y Teatrales, donde, sin duda, se gestionaba más guita. En cuanto al libro sobre Azaña, todo venía de otra salida de madre del navarro que en La Tierra había calumniado a Azaña, de manera más bien rastrera, adjudicándole hechos inciertos, como la crueldad con los animales y el odio a su propia madre, cosa que el político alcalaíno recordaría amargamente en sus escritos. Ahora había llegado la hora de rectificar.

Como para casi todos, la guerra fue para Endériz un carrusel vertiginoso. Nombrado,  junto a los anarquistas Fernando Pintado y Liberto Calleja, como enlace de las comisiones periodísticas de la CNT con la UGT, vivió en primer plano la multitud de conflictos consiguientes. En Solidaridad Obrera sostuvo la sección “La máscara y el rostro”, fue el presidente de la agrupación “Amigos de Méjico”, que organizó varios homenajes al país presidido por Lázaro Cárdenas, y hasta escribió un libro, Teruel (1938), cuya parte más optimista se felicita de lo bien que se retiraron los milicianos tras la definitiva pérdida de la capital bajoaragonesa.

Al finalizar la contienda el combativo periodista cumplía el medio siglo y bien podía decir que las tres últimas décadas las había vivido en medio de la vorágine española. Quedaba el rumiarlo, que fue la digestión de gran parte de los exiliados que escaparon de la represión y encontraron la guerra mundial. Por una parte, Endériz se ocuparía en contrarrestar los manejos comunistas para hacerse con el control de la Asociación de Periodistas Republicanos Españoles. Por otra, seguiría escribiendo en Solidaridad Obrera, L’Espagne Républicaine y otros medios del exilio. Lo que más trascendió fue su participación, con el seudónimo Tirso de Tudela, en las emisiones internacionales de Radio París, especialmente en el programa político-folklórico-cultural “La rebotica”, junto al cura vasco Alberto Onaindía, quien había denunciado internacionalmente el bombardeo de Guernica. También sucedería al anarquista Antonio Fernández Escobés como director de la colección de narraciones cortas “Los novelistas españoles” que se editó en Toulouse desde 1947 a 1949. En enero de este último publicó la última de dicha serie, El cautivo de Argel, obviamente referida a Cervantes, que sería su penúltima obra. La postrera, en este mismo año, Fiesta en España, libro en el que recoge en forma de breves ensayos un florilegio de sus intervenciones radiofónicas en torno a la canción popular, el folklore y las fiestas españolas.

Cuando el 8 de noviembre de 1951 moría Ezequiel en París un jueves de otoño, no sé si con aguacero, a punto de cumplir los 62 años y dejando varios libros sin editar, su viejo amigo-enemigo César -entonces con 48 años y que, también con 62, moriría catorce años más tarde- había publicado alrededor de 75 obras y era ya el periodista más popular de España. 1951 fue el año de publicación las citadas memorias, Mi medio siglo se confiesa a medias, en las que Ruano recordaba a Endériz con “cariño fraternal”. Póstumamente, se publicó el diario de César[5], donde el día 9 de diciembre de 1951 –un mes y un día  después de la muerte del navarro- había apuntado:

Me dan noticias de la muerte en París de Ezequiel Endériz, con quien me unió en mis años de vida en Francia tanta amistad como enemistad me desunió de él anteriormente en la vida madrileña. Siento mucho esta desaparición definitiva.

Está claro que, en 1951, a los veinte años de su muerte, ya no se acordaba nadie del pobre Emilio Mesejo. Ni tampoco del género chico que le otorgó la fama en el Madrid del mantón y la verbena. ¡El gran Mesejo, hijo! El mismo que había interpretado a uno de los tres ratas en el estreno de La Gran Vía (1886) en el Teatro Felipe, y en el Apolo, coliseo en el que fue un ídolo, al Giuseppini de El dúo de La Africana (1893) y al Julián de La Verbena de La Paloma (1894).

Mesejo, entre otros dos actores en “Doloretes”

Habría que esperar casi treinta años para que algunos profesores advirtieran que el teatro en el que este actor se movía como pato en albufera tenía más interés que las comedietas y dramones que se representaban en los teatros serios de la época de intersiglos.

NOTAS

[1] “le ganaba” al periodista, Salvador Cánovas Cervantes, al que César acababa de referirse en texto y de quien se decía: “los tres nombres mienten”, por lo que se le llamaba “Ninini”.

[2] ¡¡¡Ruiz!!! (monólogo en un relámpago dividido en cuatro tipos), Madrid, Establecimiento Tipográfico de M. P. Montoya y Compañía, 1882.

[3] Recogida en César González-Ruano, Necrológicas (Ed. de Miguel Pardeza), Madrid, Fundación Cultural MAPFRE Vida, 2005, pp. 169-170.

[4] Entre ellas, habría que destacar La guitarra de Fígaro, con música de Pablo Sorozábal, que se estrenó en el Teatro de la Zarzuela (1933).

 

 

 

 

 

 

 

Dos de los primeros títulos publicados por Endériz

(Publicado en el suplemento “Posdata” del diario Levante de Valencia, 27 de junio de 2020)

Enrique Sanz Vila introductor del bandoneón y el jazz en España. La orquestina Nic-Fusly

Es curioso que este olvidado músico valenciano se constituya en el pionero español de un instrumento y un género que, en principio, tienen tan poco que ver, aunque tango y jazz coincidan en ser las únicas músicas populares que, con bastante más de un siglo de continuada vigencia, conservan hoy su creatividad, sus muchos seguidores y su predicamento.

El bandoneón

Por lo demás, nada tiene que ver el melancólico bandoneón, un instrumento musical alemán, que, por su carácter portátil, se utilizó como sucedáneo del piano en las ceremonias de la iglesia protestante, con el jazz, una música negro-americana, civil y protestataria.

Sobre el vínculo de Enrique Sanz Vila y el bandoneón no he hallado otros testimonios que los del propio músico. En noviembre de 1922 declaraba a Heraldo de Madrid que con él había recorrido el mundo desde que en 1908 lo presentara durante un concierto en el madrileño teatro de la Zarzuela. Es esta la primera referencia al instrumento que he encontrado en la prensa española.

Desde estas manifestaciones de Sanz, habrían de pasar casi dos años para que el legendario compositor Eduardo Arolas, junto a su orquesta criolla, actuara en el madrileño hotel Palace (febrero-marzo 1924), aunque en tal ocasión se le da la denominación de “bandolión”, lo mismo que en octubre de 1926, cuando Los Orlando tocan en el Teatro Alkázar. En 1927 aparecerá con su bandoneón Carlos Begliero y, poco más tarde, Manuel Pizarro, un mito del tango en París, actuando respectivamente en el Maipu Pigall’s y en el Teatro Maravillas.

Pero no estaba muy lejos nuestro hombre: en noviembre de este mismo año aparece Enrique Sanz tocando con la Orquesta Ibáñez, en el Teatro Excelsior de la madrileña calle Barbieri.

Enrique Sanz sería, en cualquier caso, el introductor del bandoneón en España y, mientras no haya otras noticias -cosa poco probable ya que las orquestas criollas no aparecieron por la Península Ibérica hasta la década del veinte- el músico levantino se adelantó en más de quince años a sus continuadores. No sabemos cómo se procuró ese primer instrumento en fecha tan temprana. Por entonces y hasta mucho tiempo después, todos los bandoneones se importaban de Alemania y era Alfred Arnold, de Carsfeld (Sajonia), su constructor, con sus legendarios modelos A y AA, que hoy alcanzan precios altísimos. Con el tiempo fueron mejorando sus prestaciones hasta llegar a las cinco octavas cromáticas completas y estar perfectamente acordados con el piano. Las orquestas de tango hacia 1910 y, poco después, muchas de jazz incluyeron el instrumento en sus formaciones.

El primer conjunto jazzístico español

Enrique Sanz Vila llegó con él a la primera orquesta de jazz compuesta por españoles que se formó en nuestro país, lo que remacha su condición de pionero. Era él quien en esta formación se encargaba de los arreglos musicales. Dicho conjunto se formó en octubre de 1919 para actuar exclusivamente en el Hotel Ritz de Barcelona, donde debutaron poco después, y tomó el nombre de Orquestina Nic-Fusly, cuyo nombre completo, tal como aparecía en sus discos iniciales, era Orquestrinan Tzigan Americana Nic-Fusly. La denominación surgió de los apellidos de sus fundadores Gustavo Nicolau (director), que deshizo la Orquesta que dirigía en el Palace de Barcelona para formar la nueva, Miguel Fusellas (contrabajo y saxofón) e Isidro Pauli (piano y segundo director). Al principio constó de siete miembros que pronto se convirtieron en nueve. Además de los  tres citados, figuraba Enrique Sanz Vila (viola y bandoneón pero que también tocaba el violín el, tubofón y jazz-band), el después tan popular Juan Durán Alemany, llamado “el hombre del ruido”, por tener  a su cargo cuarenta instrumentos, Andrés Mogas (viola y flauta de varas), Jenaro Oltra (saxofón y clarinete), Santiago Margenat (violoncello), Ramón Domínguez (contrabajo) y Miguel Alfonso (2º violín).

La primera grabación

En junio de 1920 fueron también los primeros españoles en grabar discos de jazz: 19 registros para la marca Gramófono, con predominio del fox-trot pero en los que figuraban también estilos como el one-step, marcha, vals, fado o pericón. En fin, los de moda en la época.

Según la información que podemos extraer de las matrices, el primer disco en publicarse fue el que contenía los fox-trot: «Hindustán» e «Indianola», una grabación de la marca Gramófono AE27  AG 354 nº 260752/3, fechada en junio de 1920*.

Cuestión no totalmente aclarada es la de quién fue el primer español en tocar la jazz-band o batería. García Martínez afirma en su libro, Del fox-trot al jazz flamenco. El jazz en España 1919-1996, que fue Pauli, mientras que Pujol Baulenas lo atribuye a Durán Alemany en Jazz en Barcelona 1920-1965. Sin embargo, en la citada entrevista de Antonio Cases (21-XI-1922), Sanz Vila afirma ser él quien toca el jazz band. No obstante, en las fotos que publicamos es Juan Durán el que se encuentra a cargo de la percusión.

En marzo de 1921 esta orquesta pionera en la grabación española de jazz, debutó en el hotel Palace de Madrid, donde continuó varios meses, mientras que durante la temporada de verano actuaba en el Kursaal de San Sebastián, es decir en los lugares más aristocráticos del país. El diario La Voz (2-IX-1922) no se cortaba en considerarla como “la mejor orquesta que hay hoy en España“.

Pujol Baulenas nos informa sobre su modo de tocar en los inicios:

…fue la primera en España que, sin renunciar a la instrumentación habitual de las orquestrinas tziganes (formada en su caso por dos pianos y una sección de cuerda compuesta por tres violines, violoncelo y contrabajo), agregó una primitiva batería (compuesta por un enorme bombo, platillo, caja, cajitas chinas, bocina, triángulo, etc.),  un swanee whistle, un banjo y, ocasionalmente, un saxo tenor, cuya ejecución corría a cargo de tres de sus propios músicos. Su idea fue suavizar y europeizar los considerados “estridentes y disonantes acordes” que producían las jazz-bands afroamericanas, haciéndolos agradables y gratos al oído. El resultado de esta orquestación produjo una música sofisticada y bien equilibrada, que dio lugar a un peculiar estilo de interpretar los sincopados ritmos 4/4 de los bailables modernos (one-step, foxtrot, shimmy). Su éxito fue tan notable que, rápidamente, trascendió fuera del distinguido ámbito del Ritz, convertido desde su inauguración en el lugar predilecto de reunión de la alta sociedad barcelonesa y del turismo aristocrático que visitaba la ciudad. (pp. 20-21).

La Nic-Fusly, con diversos cambios entre sus componentes, realizó una larga gira por Europa entre 1924 y 1929 y, tras la guerra civil, regresó al hotel Ritz pero, siguiendo la imposición de los tiempos, hubo de cambiar su nombre, que no tenía nada de extranjerizante, por el de Orquesta Nicolau, que continuaba siendo su director.

Enrique Sanz Vila

No sabemos en qué fecha se desvincularía de esta orquesta Enrique Sanz Vila, del que no tengo noticia que alguien haya escrito. Nacido en Valencia el 15 de junio de 1881, aprendió música a escondidas de u familia. Cuando obtuvo un acordeón por cuatro pesetas, pensó en modificarlo y en seis años, con material que trajo de Alemania, creó el acordeón-armonium, del que dice en 1922 ser el único que lo toca en el mundo. Lo más probable es que en este hecho, cuyo rastro habría que seguir, estuviera el quid de su temprana vinculación con el bandoneón.

Ya en 1907 aparece con su nueva creación:

En los salones del Centro Regional Valenciano, ante numerosa y distinguida concurrencia, se ha celebrado un concierto a cargo del joven artista D. Enrique Sanz Vila, quien con el instrumento de su invención, acordeón-armónium, ejecutó selectas piezas de concierto, entre las que sobresalieron la sinfonía de Mefistofele, un poutpourri de aires españoles y el pasodoble “La entrá de la murta”, que el público aplaudió con entusiasmo. (Heraldo de Madrid, 27 de mayo).

Como arriba se apuntó, en 1908 dio en el madrileño teatro de la Zarzuela un concierto con el bandoneón, que llamó la atención de la Infanta Isabel “La Chata” que requirió su presencia en palacio. Por supuesto, sería interesante establecer las diferencias entre acordeón-armonium y bandoneón, si es que las hubo pero, más allá de la foto que publico, desconozco las características físicas del instrumento inventado por el valenciano.

El músico casó con en Zaragoza con Teresa Aguelo Fillola (15-X-1887 / 29-VIII-1941), nacida en la capital del Ebro. En 1915 vino la primera hija, Teresa, a la que siguieron, Enrique y Josefina.

En 1913 Sanz Vila había escrito la música del drama lírico El Niño de Córdoba que, con buena recepción, se estrenó en el Teatro Principal de Zaragoza. En el mismo año, el barcelonés teatro Soriano acogió el estreno de la opereta Espuma de champagne, con texto del olvidado, pintoresco y muy interesante, José Fola Igúrbide, cuya extensa obra, fundamentalmente de carácter social y vindicativo aunque con aura místico-libertaria en la línea de Tolstoi, aparece entre 1885 y 1920. Sanz Vila estrenó también La perfidia de la Encarna o Quien más mira menos ve. En la entrevista de 1922 menciona otras obras que ha compuesto: “El bancalico” y “Tenorio de sangre azul” en tres actos. También dice tener editadas innumerables obras para canto y toda clase de instrumentos. Efectivamente, muchas de ellas se encuentran relacionadas en la partitura del couplet achulapao “Esa soy yo”, que aquí se reproduce.

Durante los años de la República, el músico llevó a la escena las zarzuelas La moza esquiva y El imaginero. Su última obra estrenada fue ¡Gitana de mi alma!, programada en el  Teatro Ideal de Madrid, cuando ya la contienda civil daba sus boqueadas.

Desconocemos si Sanz Vila tuvo algún problema con la nueva situación, tras la entrada de Franco en Madrid. Su nombre desaparece y muere en la capital el 30 de junio de 1941. Tan sólo dos meses después, lo haría Teresa, su mujer.

Todavía nos faltan por saber muchas cosas que aclaren los puntos oscuros o vacíos de la vida de este compositor y músico pionero. Sirva esta aproximación como acicate.

*Al menos, es el primer número del catálogo de Gramófono, en el que se registran las grabaciones de la Orquestina Nic-Fusly. Sin embargo, como fecha de grabación consta el 20 de junio de 1920, mientras que los fox-trots “Yearning” y “Arabian Nights” y los one-step “Les petites nights” y “Alabama Jubilee”, se registran como grabados el día 14. Una cosa es la fecha de grabación y otra la de la aparición del disco. En todo caso, estas seis grabaciones son los más antiguos registros de jazz español, mientras no se demuestre otra cosa. Para mayor especificación acerca de estos registros, véase: https://javierbarreiro.wordpress.com/2014/08/27/enrique-sanz-vila-en-los-inicios-del-bandoneon-y-del-jazz-en-espana-la-orquestina-nic-fusly/

Rodolfo Valentino, Amalia Molina y Luis Solá

(Publicado en El Periódico de Aragón, 21 de junio de 2020).

Nueva York, Los Ángeles,Tampa… fueron escenarios donde, en los años veinte, una pareja de joteros, el bailador zaragozano Luis Solá y la cantadora navarra Pilar Condé,  dejaron un exitoso testimonio del auge internacional de la jota aragonesa. Lo constatan las declaraciones que en 1935, ya en la penuria económica más absoluta, realizó Luis a La Voz de Aragón y a La Estampa y también las fotografías que guardaba, donde se podía ver a la pareja con personajes como Rodolfo Valentino o la sevillana Amalia Molina, que por la misma época paseó su arte andaluz por los Estados Unidos. Luis presumía de haber actuado y compartido banquetes con presidentes de repúblicas hispanoamericanas como Pablo Arosemena (1910-1912) de Panamá, Roque Sanz Peña (1910-1914) de la Argentina, Venustiano Carranza (1917-1920) de Méjico o el siniestro dictador Juan Vicente Gómez de Venezuela (1908-1935).

Los inicios

Luis Solá había nacido (1888) en la calle de Las Armas del zaragozano barrio de San Pablo, el reducto jotero por excelencia de la ciudad. Empezó a bailar desde muy pequeño y encontró pareja femenina en el Picarral: Aniceta Higuera, cuatro años menor que él. Juntos ganaron el Primer Premio de parejas infantiles en el Teatro Circo y fue Santiago Lapuente quien, al organizar un cuadro que llevara la jota por las tierras aragonesas con El Royo del Rabal, Juanito Pardo y Miguel Asso, introdujo también a Luisico y su pareja. En 1901 el joven bailador es contratado por el Orfeón Zaragozano, que contaba con el Royo del Rabal,  para actuar en Sevilla y en el Teatro Apolo de Madrid. A esta última función asistieron el rey Alfonso XIII y su madre, la ex regente María Cristina. Así se pronunciaba el Diario de Avisos (21-4-1901) sobre la actuación:

…una muy notable pareja infantil, la de la niña Aniceta Higuera, de nueve años, y Luis Sola, de trece, que hacen furor cuantas veces se presentan ante el público.

Lo mismo venían a decir diarios liberales como El Imparcial o el republicano El País. Aprovechando el éxito y la creciente popularidad de la jota, por entonces presente en la mayor parte de las obras líricas,  Luis  acompañado por Pilar Rodríguez, “La Arenera”, una de las más grandes bailadoras de su tiempo que también figuraba en el grupo del Orfeón Zaragozano, inició una tournée por España. Otras bailadoras que por aquel tiempo oficiaron de pareja de Luis fueron Pilar Cabañero, María La Caramona y Baltasara Laguna con la que bailó en 1904. Totalmente desconocidas hoy, por eso las recordamos.

Solá con María, la Caramona, una de sus primeras parejas 1935

La emigración

No eran tiempos en que se pudiera vivir ni bien ni regular bailando la jota, con lo que, todavía adolescente, Luis hubo de empezar a trabajar como aprendiz de albañil. No olvidó la jota, siguió bailando allí donde lo llamaran y fue a través de su afición como conoció a Pilar Condé a la que le gustaba cantar y que había llegado desde su Navarra natal a la capital zaragozana acompañada de su madre. Ésta murió al poco tiempo, pero antes hizo jurar a Luis Solá que no abandonaría a su hija.

En seguida se casaron y, estando muy claro que el baile de la jota no daba para vivir, decidieron probar suerte en América. El proyecto no era muy ambicioso: alistarse como obrero en los últimos años de construcción del Canal de Panamá, que sería inaugurado en 1914. Un trabajo exhaustivo con calor húmedo, cuyo mayor contingente estaba formado por obreros chinos, como sucedió en el ferrocarril norteamericano. Un buen número de ellos se suicidó utilizando su propia coleta.

En las horas de descanso solían juntarse los trabajadores que compartían el idioma y quien podía hacerlo se dedicaba a lucir las habilidades propias. Así, el zaragozano se fue dando a conocer hasta que la colonia aragonesa organizó un festival al que asistió el presidente de la Nación y en el que Luis fue la figura estelar con su interpretación de la jota. A partir de ahí le llovieron las invitaciones para bailar en teatros panameños y, después, mejicanos. Contratado para una gira en Cuba, al finalizarla, un empresario decidió juntar a Solá con María Blasco y Juanito Pardo, los grandes cantadores de la primera década del siglo XX ya emigrados a la Argentina, y protagonizar una serie de actuaciones que lo consagraron también en el país austral.


Pilar Condé y Luis Solá

Tras un viaje a España, al efectuar en el regreso la escala en Tenerife, la pareja trabó relación con el maestro Ruipérez, que viendo posibilidades en la voz de Pilar Condé, que ya había hecho sus ensayos como cantadora, la fue educando vocalmente para, finalmente, marchar juntos a América, actuar en el teatro Colón de la capital mejicana y recorrer de nuevo el país que se hallaba en plena revolución.

En una ocasión (1916), viajando de Veracruz a la capital, los artistas sufrieron el asalto del tren por parte de las tropas del famoso bandolero revolucionario Pancho Villa. El tren voló, salieron disparados equipajes y pasajeros y sólo quedaron indemnes unos cincuenta viajeros.  Solá lo contó así -quizá un tanto novelísticamente-  al periodista zaragozano José Quílez de la revista Estampa, que, probablemente, puso de su parte para adobar la escenografía del incidente:

—No tiene usted idea de aquel cuadro—dice Solá—: clareaba el día cuando, de improviso, nos despertó una tremenda explosión. Sobre los vagones no alcanzados por la dinamita cayó una nube de equipajes deshechos y cuerpos destrozados en las cercanías de Parral, en pleno corazón del Estado de Chihuahua, cuna del poderío de Pancho Villa. Apenas habíamos quedado con vida cincuenta pasajeros. Una turba de hombres armados apareció en las laderas del camino. ¡Daban miedo aquellas gentes! Nos hicieron saltar a tierra a culatazos. Y apareció Pancho Villa. Grande, gigantesco, con barbazas, con un bigote que le cubría por completo la boca, y cruzado el pecho en todas direcciones por amplias bandoleras repletas de cartuchos. Con voz trepidante ordenó el saqueo del convoy. “Balearme ya a éstos.”—dijo, volviéndose hacia sus oficiales. La escena no se me olvidará nunca. Allí, junto al camino de hierro, comenzó una espantosa cacería. De los cincuenta viajeros quedamos cuatro: Pilar, el maestro Ruipérez y yo. Con Pancho Villa marchó una bellísima muchacha venezolana, que era la otra agraciada con el indulto. “Entreténganme un rato, hermanos”—nos dijo, al saber que éramos artistas españoles. Y con el ánimo sobrecogido, Pilar hubo de cantar y yo bailé, mejor dicho, salté al compás de unas guitarras, angustiado para no pisar la sangre o los cuerpos de aquellos desventurados. “¡Valientes son estos gachupines! Marchad, que no quiero mataros. Tomad para el camino.” Y como el que arroja un trozo de pan a un perro sarnoso, nos tiró a los pies unas monedas de oro. Con ellas, pero sin equipajes, sin partituras, sin decorado y sin nuestro dinero, entramos, a los cuatro días, en la capital de Méjico. Pilar hubo de ser hospitalizada.—No tiene usted idea de aquel cuadro—dice Sola—: clareaba el día cuando, de improviso, nos despertó una tremenda explosión.

Pancho Villa

En otra ocasión Luis dijo únicamente que Villa les respetó el ajuar, a cambio de que actuaran para él.

La llegada del dúo a Puerto Rico en 1921 coincidió con el desastre de Annual. Allí  realizaron un muy alto número de funciones cuyos réditos donaron a la Cruz Roja en beneficio de los soldados españoles heridos en África. Había llegado su época de oro: Guatemala, El Salvador, Honduras, Panamá, Venezuela, Los Angeles, Tampa, Nueva York, donde se encontraron a Fleta, con el que volvieron a coincidir en Méjico, poco después… Volvieron las siempre celebradas actuaciones en el Cono Sur, con tan alta colonia española… y  alguna esporádica visita a la tierra natal. Precisamente, fue  en una travesía de Buenos Aires a Santa Cruz de Tenerife, donde la pareja Solá-Condé  obtuvo el primer Premio en la fiesta de la Cruz del Sur que solía celebrarse en los barcos que hacían el viaje atlántico al cruzar el Ecuador, ya que el flujo de artistas y actores españoles que marchaban o regresaban de América era constante.

La caída

En 1929 Luis Solá ha de volver a España, por “desgracias familiares”, dejando a su mujer en Colombia, con el infortunio de que Pilar enferma y muere allí. Cuando la noticia llega a España, ella ya ha sido enterrada. Se desmorona el bailador que ha de trabajar como pintor de brocha gorda en Francia y como frutero en San Sebastián.

A principios de 1935, en Zaragoza y sin trabajo, concede las dos citadas entrevistas a Pablo Cistué de Castro, gran amante de la jota, y a José Quílez, aragonés residente en Madrid. En ellas narra su peripecia artística y denuncia su precaria situación económica en la que, incluso, está pasando hambre, lo que despierta la atención y la piedad de los lectores.

Cecilio Navarro era, por entonces junto a José Oto, la gran figura de la jota cantada. Cecilio debió de conocer a Luis Solá en sus inicios y fue quien tomó la iniciativa para organizar un festival en el Teatro Principal para ayudar económicamente al derrotado artista. El espectáculo se celebró el 30 de mayo de 1935. Aparte de Cecilio Navarro y su hija Consuelo, gran bailadora y también cantadora, colaboraron joteros como Francisco Caballero, que en seguida intervendría en Nobleza baturra, varios miembros de la familia Zapata y, en la parte infantil, los hermanos Fons. Junto al bien conocido Mariano Fons,  probablemente, figuraría Carmen de ocho años que en unos años se convertiría en la exitosa vedette Carmen de Lirio.

A los pocos días Luis Solá mandaría una carta de agradecimiento a los periódicos y desaparecería para la atención pública. No creo equivocarme si afirmo que, en los diecisiete lustros transcurridos desde 1935, su figura no ha vuelto a ser recordada.

 

La relación de Luis Solá con Rodolfo Valentino

“Llegamos a Los Angeles mediado el año 23. Actuábamos en el Druman, el mejor coliseo de la ciudad. En aquella época el coloso de la pantalla, Rodolfo Valentino, sostenía un pleito con una casa productora, que le impedía filmar. Como era hombre aquel italiano bastante avaro, al Druman fue también, exhibiéndose como bailarín de tangos argentinos. Y… ¡si viera usted qué mal lo hacía! Pero la suerte iba detrás de aquel mozo picado de viruelas sin dejarle reposar ni un minuto. Mujeres de todos los países, las cabezas locas que devora sin cesar la Meca del cine, abarrotaban a diario el Druman, para jalearle como si fuera un ídolo de leyenda. Rodolfo Valentino era listo. Manejaba diestramente una falsa humildad y se dejaba admirar, adorar y regalar. Dos años fui el guardador de sus secretos.

—Sentía verdadera pasión por las cosas de España. Aprendió a bailar la jota, y la cantaba con acento pintoresco. Tenía horror a las mujeres morenas, le atacaban los nervios las bellezas escuálidas y era hombre de una gula extraordinaria. En momentos de intimidad gozaba haciéndose fotografías de absurdos cuadros españoles. Una vez fuimos a Méjico por el solo placer de ver unas corridas de toros. Al volver venía triste y descorazonado. Sentía envidia por los triunfos de los lidiadores. “¿Tú crees que yo podría ser torero?”—me preguntó cierto día. “Para eso—le contesté—no hace falta estudiar, pero hay que contar con el toro, y ése no se va a doblegar a tu fama como esta nube de admiradoras que te siguen.” Y como era terco, Valentino, en una finca inmediata, de la que era dueña una argentina loca por él, organizó una fiesta taurina, para la que hizo venir toreros de Méjico y traer dos inocentes becerros. Le dieron lecciones, pero su genialidad no se sujetó esta vez a la voluntad indomable de aquel hombre. Uno de los añojos le volteó, le pisoteó, le mordió, y le tuvo una semana tendido en la cama entre algodones.

“No es un arte bello el de los toros- me dijo al levantarse—. Es más bonito el cine.” Y Valentino siguió dejándose adorar por las mujeres; exhibiéndose, de once a doce de la mañana, en el William Palace, a la hora del cock-tail, que jamás pagaba. No conocí hombre en mi vida más amigo de dejarse convidar. Esto, con los hombres. A las mujeres jamás les hizo regalos que pasaran de diez dólares. Era un artista inmenso con alma de mercader judío. Allí lo dejamos entre una corte de adoradoras. Poco tiempo después supimos de su muerte incomprensible. A mí me aseguraron que se suicidó, enloquecido por los desdenes de cierta baronesa rusa.

Fotografía tomada en una fiesta celebrada en una casa estilo “Renacimiento español” de Miami (1926). En ella actuaron, de izquierda a derecha los artistas Carmen “La Madrileñita”, Pilar Condé, Luis Solá, Rodolfo Valentino, Amalia Molina y dos bailarinas norteamericanas que se hacían llamar “Las Gitanillas”

 

 

 

 

Alberto Rusiñol

Francisco Romero Robledo

(Publicado en Aragón Digital, 7-8 de junio de 2020)

Terminaba 1902 y el diputado catalanista Alberto Rusiñol –no confundir con su hermano Santiago, estupendo literato y pintor que no compartía sus ideas- con el prurito de desmentir la avaricia catalana, regaló una barretina a Francisco Romero Robledo, bien conocido político y diputado por Antequera, proponiéndole que fuera con ella al congreso. Don Paco aseguró que la emplearía como gorro de dormir.

Después quiso repetir la jugada con la Virgen del Pilar pero Mariano de Cavia le paró los pies con un magnífico artículo en El Imparcial, arreándole de paso a Basilio Paraíso, que oficiaba de componedor.

Tras la dictadura, llevamos muchos años soportando a quienes después de asumir una agresión, en vez de recurrir al axioma “Al enemigo ni agua”, pontifican sobre el diálogo, que consiste en que dichas agresiones queden impunes y que se asuman las nuevas reivindicaciones separatistas. Finalizaba don Mariano proponiendo que el todavía en activo Royo del Rabal, viejo militante del republicanismo federal, recibiera al de la barretina y su embajador con esta copla:

“Al buen catalán, salud / pero los catalanistas / hacéis aquí tanta falta / como los perros en misa”.

 En Aragón también ha habido pintorescos altruistas como el clérigo Pedro Cubero Sebastián, natural de El Frasno, que, entre 1670 y 1679, se propuso dar la vuelta al mundo al revés. Como entonces se empezaba doblando el cabo de Hornos y se terminaba costeando el de Buena Esperanza, el aragonés, cabezudo como él solo, lo hizo en sentido contrario: Oeste-Este. Su fin también era generoso: bautizar infieles y, según cuenta en su “Peregrinación del mundo”, lo hizo con cientos de miles. Lo que no cuenta el buen cura es como se las arregló para administrar el sacramento y la doctrina cristiana a esa velocidad.

Pedro Cubero Sebastián

El libro es entretenidísimo y, como en las novelas de aventuras, es difícil distinguir lo real de la fantasía. Recuerdo que una de las cosas que me asombró fue la noticia de que los rusos tenían casas de madera con ruedas, con lo que, si se llevaban mal con los vecinos, le enganchaban una soga o cable y se la llevaban a otro lado. Hace un par de años verifiqué que en la isla de Chiloé, el último reducto que España abandonó en Chile, los naturales hacían lo mismo, aunque no fuera por razones de enemistad.

Frente a estas generosidades interesadas como la del catalán, o absurdas,

Diario Noticioso de Mariano Nipho

como la del celérico bautista de El Frasno, más auténtica resulta la del alcañizano Mariano Nipho (1719-1803), con todos los títulos para ser considerado como el primer periodista español y que, entre infinidad de méritos que no son para consignar aquí, ostenta el de haber creado y mantenido, en absoluta soledad, el primer diario español, Diario Noticioso. Que es, también, el segundo más antiguo de Europa, pues Nipho lo editó desde 1758 y sólo el Dayly Courant (1702) es anterior. Entre otras cosas, ofrecía a sus lectores un servicio de anuncios y, según se ve por el que transcribo, entonces la gente sabía lo que quería:

“En  casa de un sujeto de circunstancias, hace falta una criada que sepa coser bien, aplanchar con limpieza, y guisar sin porquería: la que estuviere desacomodada y quiera lograr su acomodo, acuda a la casa en que vive este caballero, que es frente de las Monjas del Sacramento, quarto segundo, en una casa grande, que tiene debaxo varias tiendas, como son Vidrería, Confitería y Barbería”.

No se pueden explicar mejor las necesidades del caballero, las funciones que cumplir ni el lugar donde han de ejercerse. Sin embargo, la generosidad de Nipho sirviendo información a sus lectores se ve superada por la de quienes se entregan a la docencia, casi siempre por un menguado estipendio y en lucha con vociferantes alumnos, ahítos de derechos y exentos de deberes, los todopoderosos padres, melifluos con sus hijos y tiranos con sus preceptores, y el patrón, privado o estatal, siempre dispuesto a recortar la exigencia del programa y los derechos, funciones y sueldos de sus asalariados.

Como escribió Poggio Bracciolini en el siglo XV a un amigo que le proponía dedicarse a la docencia: “¡Dios me libre! Pues más vale estar sometido a un hombre que a muchos”.  

Mariano de Cavia

                   

(Publicado en Aragón Digital 20-22 de mayo de 2020)

La estrecha relación de Zaragoza con el arte cinematográfico desde su inicios tuvo en los años oscuros una figura que pasó sin conocer las mieles que degustaron directores y actores pero que amó al cine como nadie y, en su calidad de crítico, actor, historiador, conservador y dinamizador, llevó a cabo una labor que no siempre fue reconocida.

Su legado fue una más que meritoria biblioteca cinematográfica para los tiempos que corrían, un puñado de libros y artículos sobre asuntos en torno al cine y el mundo del espectáculo, de los que casi nadie se había ocupado en Aragón y muy poco en España. También, una vocación que deparó gran parte de las pocas iniciativas que en torno al séptimo arte surgieron en la provincia durante los últimos lustros del franquismo.

Rotellar no fue universitario ni rico de familia y hubo de sobrevivir con un trabajo gris, como mecánico de máquinas textiles en La Algodonera del Pilar, que no le permitió dispendios ni grandes viajes. José Antonio Labordeta habló de la impresión que le causaba en su juventud encontrarlo, al ir o venir del trabajo, con su mono de mecánico, cuando él sabía de su espíritu delicado y sus muchos conocimientos. Pese a su nada opulenta economía, con el tiempo pudo alquilar dos pisos para almacenar sus archivos.

Amable pero no demasiado simpático, homosexual discreto y educado, aunque otra cosa pocos de ellos podían permitirse -y, eso, si eran ricos- Manolo flotó sobre el ambiente provinciano sin levantar polvaredas. Imagino cómo se sentiría en un mundo sin apenas interlocutores, en una ciudad en la que él tenía que descubrir a Florián Rey cuando el director almuniense todavía estaba vivo. Por eso, habría de acercarse a la Peña Niké -refugio de inadaptados- y colaborar con Miguel Labordeta en la OPI y en sus iniciativas escénicas. Igualmente, sus colaboraciones como actor en las películas de José Luis Pomarón le proporcionaron mucha felicidad y algún reconocimiento.

Supongo que lo conocí en el Club de Radio Zaragoza. No me refiero a la emisora, sino a una especie de café, sito en unos bajos del Pasaje Palafox, adonde acudían varios de quienes habían frecuentado los locales del extinto Niké: Rosendo Tello, Miguel Luesma, Benedicto Lorenzo de Blancas… y algunos jóvenes como Víctor Mira, silencioso observador que, cuando le ofrecías un cigarrillo, se lo comía, o nosotros, los poetas componentes del Ciclo Folletos: el social y componedor Eduardo Bru, el penetrante y ácido Javier Checa y el desmedido firmante. Sea como fuere, Rotellar dijo gustar de mis espasmos líricos  y, como tenía la afición de recitar y hacer teatro, se ofreció a leer mis poemas al presentar la primera de nuestras producciones en el Instituto Francés. Fue su director, Monsieur Cambon, quien financió -¡qué tiempos!- aquellos no muy onerosos fastos poéticos.

Desde entonces, en tertulias, actos poéticos y viajes, coincidimos muchas veces. A mí me gustaba su precisa discreción, su inteligencia y la contenida pasión por las artes y autores que amaba; a él supongo que le hacía gracia mi desfachatez, mi talante humorístico y el poder hablar de cosas que no podía compartir con todos.

Fueron sus últimos años los más agradecidos, el ayuntamiento de Sainz de Varanda asumió la creación de la Filmoteca de la que fue nombrado director y, de pronto, su labor se veía concretada en una función que casi colmaba sus expectativas, aunque se quejaba de cierta marginación, por no disponer de despacho y de que no fueran atendidas sus iniciativas. Son muy numerosas las anécdotas que podrían contarse, a pesar de que el tumor que llevó con la ponderación que le era propia, lo afectó casi simultáneamente. Siempre se le vislumbra en su fila 8 con el enorme magnetófono, donde grababa las bandas sonoras en un tiempo en que no se disponía de videos, y escribiendo a oscuras mientras se proyectaba la película.

Aunque ya apenas se le recuerda, no podemos decir que Zaragoza lo olvidara. En el barrio del Picarral tiene dedicada una calle, la Filmoteca conserva la biblioteca que legó, José Antonio Labordeta le dedicó un emotivo recuerdo en Los amigos contados y Vicky Calavia realizó un documental en 2009, para conmemorar el cuarto de siglo de su muerte, en el que aparecían varios de esos amigos.

Un tumor cerebral se lo llevó en 1984, cuando, con sólo sesenta años, tenía por primera vez en su vida respaldo económico, tiempo y posibilidad de concretar en libros los conocimientos que con su sabiduría, rigor y esfuerzo económico había almacenado. Como de costumbre, cuando alguien valioso se va, todos lamentamos no haberlo aprovechado más.  

Manolo Rotellar visto por Víctor Lahuerta

(Publicado en El Periódico de Aragón, 17 de mayo de 2020 y Diario de Mallorca, 18-V-2020)

Si atendemos a Álvaro Retana, historiador, compositor, letrista, modisto, figurinista, ilustrador, novelista y máximo pontífice del cuplé, Mercedes Serós fue “la más completa estrella de variedades de su tiempo –los años veinte-, pues reunía belleza, figura, juventud, distinción, una voz preciosa, una mímica impecable y, además, era consumada bailarina, derrochando gracia en su coreografía”.  A su agraciado rostro y talle, unía unos brillantes ojos negros que hicieron a Ángel Zúñiga escribir que parecía “una muñeca de cera o de porcelana”. Añádase a ello una versatilidad y facilidad para ponerse al día, que le permitió afrontar todos los estilos del cuplé y otras modalidades musicales que triunfaron en la década feliz: fox, shimmy, charlestón, tango, java, rumba, danzón…, sin que por eso desdeñase en su repertorio la tradición en forma de tonadilla, chotis, pasodoble, jota o sardana. Millonaria por los réditos de su arte y por su matrimonio, tras la guerra, no necesitó volver a los escenarios y su recuerdo se fue disipando. No está de más reavivarlo cuando se acaba de cumplir el medio siglo de su muerte.

La enciclopedia Espasa y otros repertorios yerran al dar la fecha y el lugar de nacimiento de Mercedes Serós, que vino al mundo en la calle Soberanía Nacional nº 15 -hoy, Avenida de César Augusto- de Zaragoza, el 10 de Abril de 1900. Las razones de quienes la han hecho barcelonesa pueden proceder de que sus padres, Antonio Serós y Cristina Ballester, eran catalanes y se encontraban temporalmente en Zaragoza, donde Antonio venía trabajando como jornalero en las huertas del Ebro. Además, cuando todavía la futura artista gastaba pañales, la familia volvió a la capital catalana, donde ya viviría siempre, para instalarse en el número 84 de la barcelonesa calle de Vilá y Vilá, muy cerca del Paralelo, lo que seguramente influyó poderosamente en el destino artístico de Mercedes.

Trayectoria artística

Años después, tanto “La Viosa”, apodo de la madre de la futura cancionista, como su hermano menor trabajaban en el famoso Edén Concert en la calle Conde de Asalto, ella como encargada de vestir a las artistas y el chico, en calidad de botones. Con estos antecedentes, a Mercedes no le sería difícil debutar a los dieciséis años como bailarina. Se probó un fin de semana en Molíns de Rey cobrando seis duros por las dos funciones y, a primeros de septiembre, ya debutaba en el Salón Doré de la Rambla de Cataluña con muy buena aceptación. Al poco tiempo, preparada por Urbano Cale, fue intercalando algunas letrillas entre sus danzas y, como su delicada voz y forma de interpretar gustaban, el baile terminó convirtiéndose tan sólo en un adorno de sus canciones. Cuatro meses después se presentaba en Madrid actuando en el teatro Romea y en el Hotel Palace y un año más tarde ya era la estrella en el Trianon Palace (Alcalá, 20), a la sazón, el local de variedades más lujoso de la Villa y Corte.

Mercedes Serós era de menguada estatura pero bien proporcionada y de rostro muy agradable realzado con un lunar en su mejilla. Su figura pertenece ya a la segunda época del cuplé, caracterizada por el triunfo de Raquel Meller, en la que va a privar más la interpretación y el buen hacer en un escenario que el erotismo, la extravagancia o los factores extra-artísticos. Precisamente Mercedes se convertirá en la principal rival de la que fue reina del género. Cantaba con excelente gusto y muy buen timbre de voz, era una experta bailarina y sabía tocar las castañuelas. Capaz de penetrar en los estilos más diversos fue, junto a Pilar Alonso, la principal divulgadora del cuplé catalán, aunque en su repertorio predominarán los cantados en español. Interpretó siempre canciones escritas para ella, sin acudir al repertorio ajeno. Tenía una clara dicción de la que dejó muestra en sus más de doscientas grabaciones. Fue una de las artistas españolas que más canciones llevó al disco en esta época.

Mercedes había comenzado a grabar para la discográfica Gramófono el 14 marzo de 1923. Su primer registro fue el fox-shimmy “Iowa”, al que siguieron “El Bambú”, “Vida rota” y “El mosquetero”. Con el tercer disco, grabado el 9 de junio, vendrían los primeros éxitos: “El hombre ha de ser feo” y, sobre todo, “Venga alegría”, que propició el nacimiento de una revista barcelonesa con el mismo título y que años después volvería a triunfar en la desternillante versión de Mary Santpere. “La modista militar”, cuplé habitualmente conocido como “Batallón de modistillas”, el pasodoble-jota “Justicia baturra” (1924) y el archipopular chotis “Rosa de Madrid” (1927) fueron otras de sus creaciones más populares. Los años centrales de la década de los veinte constituyeron el marco de su mayor prestigio. El éxito la llevó a París, a principios de 1925, donde actuó en Le Perroquet y el Olympia.

Valencia

El popular himno a la capital levantina proviene del coro de marineros de La bien amada, una zarzuela de José Andrés de Prada y el famoso maestro Padilla, estrenada en octubre de 1924. La obra no tuvo demasiado éxito pero el coro fue aplaudido. Así, cuando Mercedes Serós se dirige al maestro para que le componga una música para su presentación en París, éste recurre a José Andrés de Prada para que escriba una nueva letra, una especie de himno-pasodoble a Valencia, que Mercedes cantó con tanta fortuna, que poco después fue adoptado y llevado al éxito internacional por La Mistinguette, a la que, con cincuenta bien llevados años, ya motejaban de abuela. Recién llegada a España, Mercedes Serós se apresuró a grabar “Valencia”, junto a “Corpus Christi”, la otra canción que le había compuesto Padilla para cantar en París. En seguida, “Valencia” sería llevada al disco por figuras como Raquel Meller, Carlos Gardel, Ofelia de Aragón o Carmen Flores. En agosto, según un artículo del corresponsal de La Libertad en Nueva York, “se oye por todas partes”.

Raquel frente a Mercedes

Durante los años veinte se habló mucho de la rivalidad entre ambas. La primera estaba en la cumbre de su prestigio internacional y su endemoniado carácter nunca admitió seguidoras ni rivales. Pero Mercedes cantaba muy bien, tenía éxito y, lo que es peor, seguidores que la consideraban superior a la de Tarazona. Se ha dicho que Álvaro Retana propuso un desafío en el Madrid Cinema de la calle Malasaña, en el que cantaran las mismas canciones y el público juzgara y decidiera. Naturalmente, Raquel no se prestó a un juego en el que no tenía nada que ganar pero castigó a la joven artista llamándola “Mierdecita Serás” ante los periodistas y poniendo el nombre de Merceditas a uno de sus pequineses.  

En 1920 la Serós había rechazado la consabida oferta para trabajar en América que solían recibir las cupletistas de éxito porque le parecía poco el estipendio de mil pesetas por función. Y, cinco años más tarde, en el contrato que se le presentó tras sus éxitos en París, declaró haber recibido una oferta cinematográfica pero “el desconocimiento del inglés me desconcertó y rehusé”. Aunque ya sabemos la precaución con que hay que tomar esta clase de declaraciones tan difícilmente comprobables. Más en una época en que el cine aún era mudo, con lo que no podría exhibir en él su principal virtud. Por otro lado, la competencia (Raquel Meller), que tenía su principal virtud en el matiz y la gestualidad, estaba triunfando en la pantalla internacional, con lo que es posible que la oferta fuese deleznable o perteneciera al mundo de los deseos.     

Vida privada y muerte

Pese a su buen carácter, la vida personal de la cancionista fue accidentada. Tras el contubernio taurino-varietinesco, que no podía faltar en la trayectoria de una cupletista española, -en este caso fue el noviazgo con el tauricida  Emilio Méndez- Mercedes se casó el 14 de junio de 1923 con Pedro Cruspinera Sala. Se pidió dispensa de las amonestaciones porque el marido andaba amenazado de muerte y deseaban casarse “con urgencia y reserva”. A los cuatro meses, Cruspinera desapareció y nunca volvió a saberse de él, lo que dio pie a especulaciones sobre boda amañada. Después, vivió con el muy adinerado industrial Pelayo Rubert Alegrín, con el que matrimonió finalmente en 1950, una vez que obtuvo las dispensas canónicas, al darse por muerto a su primer marido, del que le había sido concedida la separación en 1928. Es curioso que los últimos discos grabados por la cancionista (1933) fueran unos anuncios radiofónicos para la empresa que Pelayo había heredado de su tío, Pío Rubert Laporta, que tenía su sede en Ronda de San Antonio, 66 y fabricaba paraguas, monturas, tejidos, materiales de  vidrio y todo tipo de artículos de regalo. En estos divertidos textos cantados publicita paraguas, monederos, bastones, abanicos… Todo ello –repite el disco- se encontrará en la dirección antedicha.

El matrimonio no tuvo hijos. Desde su retirada justo antes de comenzar la guerra, exceptuando el periodo bélico en el que se colectivizó la industria familiar y anduvieron en peligro, Mercedes llevó una existencia regalada en sus torres de las calles Santaló y Dalmases, ya lejos del ambiente artístico, aunque, finalmente, se separara de su su segundo marido, que volvió a casarse y la sobrevivió 18 años. La cupletista hubo de trasladarse al que fuera su último domicilio en la calle Córcega 238, donde murió a causa de un trombo cerebral originado por la arterioesclerosis que padecía. Eran las 4.55 horas del 23 de Febrero de 1970, once años justos antes del 23-F. Se la enterró en el panteón de los Rubert del Cementerio de Montjuich, muy cercano a los mausoleos de Isaac Albéniz y Jacinto Verdaguer.

Sin embargo, ni en la prensa ni en la calle se organizó revuelo alguno, como sí había sucedido con el entierro de Raquel ocho años antes. En el medio siglo transcurrido desde entonces, aunque alguno de sus cuplés pueda escucharse en el benéfico youtube, la desaparición de Mercedes Serós ha sido casi tan total como la de aquel pájaro de cuenta, que por primera vez la condujo al altar.

“¡Tristes tiempos en que hay que demostrar lo evidente!” Esta tan repetida frase, que se ha atribuido a muchos, la enunció por vez primera un famoso escritor suizo, Friedrich Dürrenmatt (1921-1990), y viene al pelo para ilustrar el momento actual en España en que los mantras sectarios de los privilegiados -que, como exactos racistas, quieren aumentarlos y consolidarlos- se van imponiendo ante la resignación y el silencio de los ciudadanos teledirigidos por un estado que parece aspirar a la autoinmolación deseada por sus enemigos. De nada valen evidencias tales como la de en el país vecino vascos y catalanes sean ciudadanos con los mismos derechos y deberes que el resto de departamentos.
Como no es el caso de cansar, aunque sea con argumentos menos repetidos que las falacias nacionalistas, daremos la palabra al sabio más respetado que ha dado la nación, al que por cierto, no hace ninguna falta que se le dedique en Zaragoza la avenida que todo el mundo ha nombrado siempre como Gran Vía, incluso en los tiempos en que se le dedicó a José Calvo Sotelo, el diputado cedista cuyo asesinato precipitó la Guerra Civil. La proverbial sensatez de don Santiago, que sabía que la grandeza de alguien no se mide por la importancia de la calle que se le dedique, no habría aprobado suplantar el nombre popular por el suyo. Ya ahíto de sabiduría y honores, en 1934 el año de su muerte, publicaba El mundo visto a los ochenta años (Impresiones de un arterioesclerótico), que aparecía un par de días antes de su muerte, cuyas exequias quiso que fueran laicas y que aconteció el 17 de octubre. He aquí un extracto: 

«Deprime y entristece el ánimo, el considerar la ingratitud de los vascos, cuya gran mayoría desea separarse de la Patria común. Hasta en la noble Navarra existe un partido separatista o nacionalista, robusto y bien organizado, junto con el Tradicionalista que enarbola todavía la vieja bandera de Dios, Patria y Rey.

En realidad Euzkadi y Navarra constituyen de hecho feudos vaticanistas, y son perdurable amenaza de guerra civil. Y esto a pesar de los halagos y generosidades del Estado, de los privilegios y exenciones otorgados, y de la exigua contribución con que acuden aquéllas a los gastos de la nación. Por el libro de Iribarne me entero de que el aborrecido régimen republicano, ha prestado 10 millones de pesetas sin interés a la opulenta Diputación de Vizcaya, amén de los 30 millones que, según Carner, se giran a Bilbao en concepto de primas a la navegación.

En la Facultad de Medicina de Barcelona, todos los profesores, menos dos, son catalanes nacionalistas; por donde se explica la emigración de catedráticos y de estudiantes, que no llega hoy, según mis informes, al tercio de los matriculados en años anteriores. Casi todos los maestros dan la enseñanza en catalán con acuerdo y consejo tácitos del consabido Patronato, empeñado en catalanizar a todo trance una institución costeada por el Estado. A guisa de explicaciones del desvío actual de las regiones periféricas, se han imaginado varias hipótesis, algunas con ínfulas filosóficas. No nos hagamos ilusiones. La causa real carece de idealidad y es puramente económica. El movimiento desintegrador surgió en 1900, y tuvo por causa principal, aunque no exclusiva, con relación a Cataluña, la pérdida irreparable del espléndido mercado colonial.

“Amor y rabia”. Revista libertaria

En cuanto a los vascos, proceden por imitación gregaria. Resignémonos los idealistas impenitentes a soslayar raíces raciales o incompatibilidades ideológicas profundas, para contraernos a motivos prosaicos y circunstanciales. « ¡Pobre Madrid, la supuesta aborrecida sede del imperialismo castellano! ¡Y pobre Castilla, la eterna abandonada por reyes y gobiernos! Ella, despojada primeramente de sus libertades, bajo el odioso despotismo de Carlos V, ayudado por los vascos, sufre ahora la amargura de ver cómo las provincias más vivas, mimadas y privilegiadas por el Estado, le echan en cara su centralismo avasallador. No me explico este desafecto a España de Cataluña y Vasconia. Si recordaran la Historia y juzgaran imparcialmente a los castellanos, caerían en la cuenta de que su despego carece de fundamento moral, ni cabe explicarlo por móviles utilitarios. A este respecto, la amnesia de los vizcaitarras es algo incomprensible. Los cacareados Fueros, cuyo fundamento histórico es harto problemático, fueron ratificados por Carlos V en pago de la ayuda que le habían prestado los vizcaínos en Villalar, ¡estrangulando las libertades castellanas! ¡Cuánta ingratitud tendenciosa alberga el alma primitiva y sugestionable de los secuaces del vacuo y jactancioso Sabino Arana y del descomedido hermano que lo representa!. La lista interminable de subvenciones generosamente otorgadas a las provincias vascas constituye algo indignante. Las cifras globales son aterradoras. Y todo para congraciarse con una raza (sic) que corresponde a la magnanimidad castellana (los despreciables «maketos») con la más negra ingratitud. A pesar de todo lo dicho, esperamos que en las regiones favorecidas por los Estatutos, prevalezca el buen sentido, sin llegar a situaciones de violencia y desmembraciones fatales para todos. Estamos convencidos de la sensatez catalana, aunque no se nos oculte que en los pueblos envenenados sistemáticamente durante más de tres decenios por la pasión o prejuicios seculares, son difíciles las actitudes ecuánimes y serenas.

No soy adversario, en principio, de la concesión de privilegios regionales, pero a condición de que no rocen en lo más mínimo el sagrado principio de la Unidad Nacional. Sean autónomas las regiones, mas sin comprometer la Hacienda del Estado. Sufráguese el costo de los servicios cedidos, sin menoscabo de un excedente razonable para los inexcusables gastos de soberanía. La sinceridad me obliga a confesar que este movimiento centrífugo es peligroso, más que en sí mismo, en relación con la especial psicología de los pueblos hispanos. Preciso es recordar –así lo proclama toda nuestra Historia– que somos incoherentes, indisciplinados, apasionadamente localistas, amén de tornadizos e imprevisores. El todo o nada es nuestra divisa. Nos falta el culto de la Patria Grande. Si España estuviera poblada de franceses e italianos, alemanes o británicos, mis alarmas por el futuro de España se disiparían. Porque estos pueblos sensatos saben sacrificar sus pequeñas querellas de campanario en aras de la concordia y del provecho común”.

(Segunda Parte, Capítulo 8)

Sobre Ramón y Cajal, también puede verse en este blog: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/03/13/ramon-y-cajal-vaticina-el-futuro/

Autorretrato fotográfico de Ramón y Cajal

Marcelino rematando

Marcelino cabeceando

(Publicado en Aragón Digital, 28-29 abril 2020)

El único autógrafo que he solicitado en mi vida y que aún conservo se lo pedí a Marcelino, legendario jugador del Real Zaragoza. Yo tendría unos 11 o 12 años y, callejeando con un amigo por el Paseo Sagasta –entonces dedicado al general Mola-, vimos como el futbolista dejaba aparcado su famoso Volvo rojo en la acera de los pares –entonces se aparcaba en cualquier parte, no digamos si uno entraba en la categoría de ídolo- y allí nos acercamos con el objetivo antedicho, inmediatamente logrado.

No creo que haya habido otro jugador del Zaragoza con tanto carisma en su etapa activa. Lapetra era el de mayor clase y Violeta, seguramente, el más rentable pero Marcelino sigue siendo con 120 tantos totales el mayor goleador del club en todos los tiempos y sus tantos de cabeza eran de una espectacularidad incomparable. Casi increíble en un jugador que medía 1,70. En los córneres solía colocarse en la esquina del área opuesta al rincón desde el que se sacaba y, con una rapidez inusitada y una potencia de salto brutal, se imponía a los defensas rematando con una fuerza que sólo he visto en jugadores como Kocsis o Santillana. Su técnica de salto no era el simple impulso hacia arriba sino un poco diagonalmente y, al llegar el balón, echaba la cabeza atrás para proporcionarle la máxima fuerza y la dirección adecuada. Él siempre dijo que sus maestros fueron César y Zarra. El primero lo entrenó y, con el segundo, dijo haberse enfrentado en 2ª división cuando jugaba en El Ferrol y el vizcaíno en el Indauchu, partido que se celebró en la temporada 1955-1956, cuando Marcelino estaba o acababa de salir del seminario, así que el recuerdo pertenece a la abundante inventiva del jugador gallego.

Sus condiciones atléticas eran increíbles. Según el propio futbolista, gracias a la genética pero, sobre todo, a las horas que pasaban jugando en la playa al fútbol y a una especie de balón-volea de cabeza. Hacía los cien metros en menos de 11 segundos, en su salto llegaba con la cabeza a más de tres metros y sus pulsaciones en reposo eran 36.

La condición de mito local que acompañaba a Marcelino venía incrementada por su vida más que desordenada –se decía- lo que, al parecer era común en muchos de los componentes de los llamados “magníficos” y que, pocos años después, corroborarían los “zaraguayos”. El delantero terminó casándose con la hija del fiscal de la Audiencia, unión que se deshizo a los pocos años.

Marcelino no vino a Zaragoza a los 19 años como delantero centro sino como extremo. Pese a que proporcionaba abundantes balones de gol, su condición de rematador llevó a que finalmente desplazara a otro de los goleadores clásicos del equipo, Joaquín Murillo, todavía y durante quién sabe cuánto tiempo, máximo goleador del equipo en 1ª división con 90 tantos.

Marcelino podría haber metido muchos más goles de los que obtuvo pero se retiró a los 29 años y sus últimas temporadas no fueron buenas. Se decía que por la poco deportiva forma de vida que había llevado pero él lo atribuía a las brutales patadas que recibió que le machacaron las rodillas. En esto sí que cualquier tiempo pasado fue peor. No existían las tarjetas y para que te expulsaran había casi que asesinar al oponente.

Marcelino cumple 80 años el 29 de abril, seis meses antes que Pelé, nacido el 23 de octubre de 1940. No se llegaron a enfrentar pero pudieron hacerlo en el Campeonato Mundial de Chile en 1962 al que España llevó un magnífico equipo. Todavía Di Stéfano, ya con 36 años, y otro gran goleador como Eulogio Martínez se impusieron a la juventud del ferrolano y, cuando Pelé llegó a La Romareda en septiembre de 1974, ya jugaban los primeros zaraguayos.

Marcelino en Ares (La Coruña), su pueblo natal

Medio siglo después del autógrafo pasé unos días en El Ferrol y, entre otras cosas, me dediqué a visitar los hermosos y muy alimenticios alrededores de la ciudad portuaria. A un cuarto de hora de coche está Ares, el lugar natal del jugador. En un bar, que después me enteré que era de su mujer, lo encontré con su sempiterna gorra y me atreví a hablarle. Fue ilustrativo pero, como en los antiguos folletines o las modernas series televisivas, lo contaré otro día.

El “gol de Rusia” (1964)

ARANDA NICOLÁS, Rosa María, Zaragoza, 23-01-1920 / Zaragoza, 21-09-2005.

Siendo niña, su familia se trasladó primero a San Sebastián y, más tarde, a Madrid, donde su padre probó como empresario teatral, con poco éxito en tiempos tan conflictivos, por lo que en 1936 la familia volvió a Zaragoza. Deportista en su juventud, Rosa María comenzó escribiendo artículos para Vértice, la revista literaria más importante de Falange Española.

Tras su matrimonio con el militar y deportista Fernando de la Figuera, residió temporalmente en Marruecos, donde ambientó Tebib. De vuelta a Zaragoza, se relacionó con el círculo surrealista en el que figuraban J. E. Cirlot, Alfonso Buñuel, García-Abrines, Pilar Bayona… 

Se inició en la novela con Boda en el infierno, que fue llevada al cine por Antonio Román y obtuvo -junto a Raza– el Premio Nacional de Cinematografía. Su segunda novela, Cabotaje, sobre el tráfico de drogas, dio paso a una narrativa enfocada al público femenino de la época. 

Como narradora, fue finalista en certámenes de prestigio como el Nadal, Café Gijón, Elisenda de Montcada, Ondas y Ateneo de Valladolid. En 1984 recibió el Premio Ciudad de Calatayud de novela corta por Alguien en alguna parte y, cuatro años después, el Premio Constitución de la Junta de Extremadura por Esta noche y todas las noches.

Además de la novela, tocó otros géneros literarios, especialmente el teatro. Colaboró con asiduidad en la prensa periódica (El Noticiero, Amanecer, Cierzo), revistas (Estafeta Literaria, El Español, Lecturas) y emisoras de radio (Radio Zaragoza). Su último libro fueron unas memorias, Paisajes internos, género muy poco usual en la narrativa femenina aragonesa de su tiempo.

     OBRAS

Boda en el infierno (novela), Madrid, Afrodisio Aguado, 1942.

Cabotaje (novela), Madrid, Afrodisio Aguado, 1943.

Tebib (novela), Zaragoza, Artes Gráf. Berdejo Casañal, 1945


Con los ojos vendados (novela), Madrid, Pueyo, 1948.

Medio millón y un piso (novela), Madrid, Pueyo, 1949.

Tiempo de cristal (poesía), Zaragoza, CAZAR, 1983.

Alguien, en alguna parte (novela breve), Zaragoza, IFC, 1983.

Fiera solitaria (poesía), Madrid, Torremozas, 1988.

Esta noche y todas las noches (novela), Mérida, Editorial Regional de Extremadura, 1989.

Paisajes internos (anecdotario vital) , Zaragoza, Ibercaja, 2003.

                                       BIBLIOGRAFÍA

-ACÍN, Ramón, “Reseña” de Esta noche y todas las noches, Heraldo de Aragón, 4-I-1990.

-ARANGUREN EGOZKUE, José Luis, “Reseña” de Esta noche y todas las noches, Boletín del Ateneo de Zaragoza nº 41, diciembre 1989.

-CASTRO, Antón, “El altar de los recuerdos”, (“Reseña” Paisajes internos), Heraldo de Aragón, 29-11-2003.

-ESTEVAN, Manuel, “Dos poetas femeninas” (Reseña de Fiera solitaria), Heraldo de Aragón, 27-V-1988.

-FERNÁNDEZ CLEMENTE, Eloy, 50 números. Octubre de 2001 a Octubre de 2007, Ibercaja, Zaragoza, 2007.

-HORNO LIRIA, Luis, “Reseña” de Tiempo de cristal, Heraldo de Aragón, 17-XI-1983.

-, “Reseña” de Alguien, en alguna parte, Heraldo de Aragón, 24-XI-1983.

-MARTÍNEZ BARCA, Pilar, “Del mar y la soledad; del amor y la noche” (Reseña de Esta noche y todas las noches), El Día, 11-V-1990.

-NAVALES, Ana María, Antología de narradores aragoneses contemporáneos, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1980, pp. 22, 125-131.

-, “Carta-Prólogo” a Tiempo de cristal, Zaragoza, CAZAR, 1983.

-PARADA, María Rosario de, “Rosa María Aranda”, Barataria nº 19, abril 2005, pp. 12-13.

-RAMÍREZ, Elisa (coord.), Diccionario de escritores en lengua castellana, Madrid, CEDRO, 2000, pp. 32-33.

Publicado en Diccionario de Escritores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005, Diputación de Zaragoza, 2010, p. 105. Con añadidos.

                 (Publicado en Aragón Digital, 10-12 de abril de 2020)

Cuesta de Moyano

Cuenta un famoso escritor de finales del siglo XIX que, paseando una mañana por los altos del Botánico madrileño, donde hoy se ubica la Cuesta Moyano con sus puestos de libros -mercado que, si el azar del tiempo lo permite, pronto cumplirá la centena- le sorprendió escuchar una jota cantada con gran potencia, que parecía surgir de las copas de los árboles. Al mirar hacia lo alto, observó un baturro con su traje regional que se dedicaba a la necesaria tarea de podar las ramas de uno de ellos. Extendió su mirada en derredor y atisbó en otros árboles unos cuantos aragoneses dedicados a la misma función.

Aficionado como soy a nuestro canto, reflexioné acerca de cuánto me hubiera complacido ser el sujeto pasivo de aquella audición e, inmediatamente, me puse a investigar si el caso fue una anécdota aislada o tenía otros fundamentos. Pronto llegué al conocimiento de que, en efecto, los aragoneses llevaban mucha fama como podadores y eran llamados regularmente, tanto desde la capital como de otros lugares, para ejercer su pericia.

Una amiga, natural del hermoso pueblo de Moros, me contaba que los podadores de esa zona del Manubles estaban muy considerados y, todavía en los años ochenta del pasado siglo, durante el invierno, iban y volvían todos los días a Calatayud en el autobús que también acarreaba a los estudiantes del Instituto. Allí los esperaba una furgoneta que los llevaba al tajo. Mi amiga también recuerda que, cuando entraban por la tarde al autobús, se percibía un intenso olor a humo de hoguera, ya que hacían continuamente fuego para calentarse las manos que se quedaban heladas podando. Entonces no existían las protecciones actuales sino que se las apañaban con el mono y un jersey de lana hecho en casa. Y nada de guantes, con ellos la tijera de podar no se agarraba bien.

Moros. Foto de José Verón

Asociando ideas recordaba yo los últimos vendedores ambulantes que alcancé a ver en mi niñez. Eran los botijeros que, en Zaragoza, se juntaban y exponían en el suelo su mercancía bajo la mudéjar torre de San Gil a la entrada de la calle Estébanes, al lado de una famosa administración de lotería y frente al Cine –hoy bingo- Latino. Me llamaba la atención su vestimenta extremeña, con su típico sombrero y, sobre todo, sus burros portadores del menaje alfarero, enjaezados con sus aparejos de fuerte color rojo completado con bandas, borlas y otros aditamentos. Desapareció el botijo, desaparecieron ellos, como lo hicieron otros oficios ambulantes que llenaban de colorido la vida popular de los españoles.

Es cierto que, en gran cantidad de ocasiones, los oficios estaban íntimamente relacionados con lugares determinados y los vendedores debían proceder del lugar en el que esos utensilios, productos u oficios eran famosos por su calidad o competencia. Así como los botijeros eran extremeños –casi siempre de Llerena-, los podadores eran aragoneses y, como tales, vestían. Lo mismo los alcarreños que vendían miel; los granadinos, sombreros. Los asturianos, con su infaltable montera, eran aguadores; los amoladores, franceses; los afiladores, orensanos; los arrieros, maragatos; los alicantinos, horchateros, además de vender esteras… Como se vio, todos ellos llevaban su traje regional y, en su caso, lanzaban al aire los característicos pregones, propios de cada producto. Esos pregones sobre los que, añorando su niñez, han escrito páginas hermosas andaluces como Manuel Machado en Cante jondo, García Lorca en Impresiones y paisajes, Luis Cernuda en Ocnos o Alberti en La arboleda perdida.

Muchos de estos atuendos fueron desapareciendo en el siglo XIX y, otros, ya avanzado el veinte, aunque haya restos de los pregones en los puestos populares de mercado y, sobre todo, en la siringa del afilador, el único oficio que milagrosamente se conserva. Un instrumento que tocaban los protagonistas de la mitología griega y que algún domingo por la mañana puedo escuchar en el Coso zaragozano como algunos amigos míos lo escuchan en Madrid. Pregones que vienen de la noche de los tiempos y que están presentes en los entremeses de los siglos de Oro y en los sainetes de las centurias siguientes. La extraordinaria bailarina zaragozana Mari Paz*, también cantante y tan prematuramente desaparecida, hizo famoso uno de ellos, “Desde Santurce a Bilbao”, que aunque a algunos les parezca popular es una composición que, en 1942, le entregó el maestro Quiroga para su espectáculo “Cabalgata” en el que también figuraba una primeriza Lola Flores. (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/03/12/mari-paz-la-promesa-quebrada/)

Para terminar, una historia zaragozano-alicantina. Los oriundos de Crevillente y otras localidades cercanas con evidente influencia morisca, se dedicaron desde tiempo inmemorial a la confección de alfombras y esteras. Hasta entrado el siglo XX, las esteras eran un producto muy demandado, pues con ellas se cubrían las paredes de las casas en invierno para combatir el frío. A mediados del siglo XIX, la crisis económica impulsó a muchas familias que se dedicaban a su fabricación a emigrar otras provincias –también con su traje típico- y dedicarse a confeccionar y comerciar con el artículo en cuestión. Como en verano se vendían muy poco, se dedicaron a fabricar otro producto típico de su tierra: la horchata y así surgieron las primeras horchaterías en Madrid, Zaragoza, Barcelona y otras tierras que no la tenían en su tradición. En Zaragoza, la firma Serafín Miguel fue la más acreditada y la que más resistió vendiendo –ya no ambulantemente- alfombras y horchata en su local del Pasaje de los Giles con entrada también por la calle Estébanes, la misma de los burros botijeros pero en el otro extremo, junto a la Plaza de Sas. Calle, pues, que albergó a dos viejos oficios que desaparecieron en la segunda mitad del siglo XX. Recuerdo haber tomado más de una horchata en Serafín Miguel, que resistió hasta los años setenta. No recuerdo haber comprado botijos ni tampoco que lo hiciera mi madre, cuya mano me guiaba, bajo la torre de San Gil. Botijeros y burros habían desaparecido, cuando España fue trocando de rural en urbana, a primeros de la década de los sesenta.

El botijero

El botijero