Publicado en Estudios sobre Tango y Lunfardo ofrecidos a José Gobello (Compiladores: Oscar Conde-Marcelo Olivari), Buenos Aires, Carpe Noctem, 2002, pp. 33-41.

En Mujeres y hombres que hicieron el tango, que quiere ser la quintaesencia de los muchos saberes que, a lo largo de medio siglo, José Gobello reunió en torno a esa música y sus conjuntos, se estampaba respecto a los versos de Celedonio Flores: “…sus tangos, compuestos en los alejandrinos más musicales y más redondos de toda la poesía argentina…”. No se trataba de ningún descubrimiento o caída de Saulo porque, casi un cuarto de siglo antes, el mismo autor había escrito en Tangos, letras y letristas que los de Cele eran “los alejandrinos más perfectos de nuestra literatura popular”. Sin embargo, muy poca atención crítica ha suscitado “el Negro” entre los estudiosos de la poesía argentina contemporánea pese a la innegable repercusión social de sus versos. De hecho, hasta 1964 no se encuentra un trabajo de cierta entidad, el debido a Juan Silbido, autor al que se suele citar muy poco, pese a ser de los primeros que se preocupó de documentar con cierta seriedad sus trabajos de investigación. La bibliografía que acompaña a esta colaboración no debe confundir con su relativa extensión -teniendo en cuenta, además, que, por la lejanía del autor a los centros de producción de bibliografía tanguera, puede haber obras de las que no haya tenido noticia- ya que se trata en su mayoría de apuntes o notas muy breves.

Por  la dificultad que presenta la datación cronológica de sus composiciones, me limitaré a comentar aquí los tangos elegiacos de Flores porque corresponden a la época en que las letras de otros autores comenzaban a incidir, de manera un tanto excesiva en ese campo. Y, sin embargo, no fue Cele autor que diera mucha cancha al lloriqueo y la cantinela de lo mejor de cualquier tiempo pasado. El propio Gobello nos advierte que “el negrito enjugó las lágrimas de Contursi con el pañuelo compadrón que llevaba en él cabalete y, como quien dice, pasó a otra cosa… (con) el aplomo… del hombre corrido que puede  mirar la vida como lo que es, agua que corre”. Efectivamente, Celedonio tenía demasiado sentido del humor y capacidad de distanciamiento para apuntarse al carro de quienes añoraban una más que improbable edad de oro.

En los clásicos latinos la elegía es un género más que nada formal a través de su expresión en el dístico elegiaco que, poco a poco, se va centrando en la manifestación de estados anímicos de pérdida y lamento. Catulo fijó sus caracteres, Tibulo la vinculó con la serenidad del campo, que luego tendría tan larga derivación en los “menosprecios de corte y alabanzas de aldea”, y  Propercio y  Ovidio la trajeron hacia sí para expresar sus cuitas de amores. En la Edad Media amplió sus metros originales y Boccaccio tituló como elegía su Fiammetta, también madre, tal vez, de la novela psicológica. Más tarde, Sannazzaro escribió tres libros de Elegiae y, poco a poco, fue tildándose de tal cualquier composición que, independientemente de la métrica, volcase su sensibilidad en el dolor y la tristeza por lo perdido. En la literatura española del Siglo de Oro, tras la cumbre de las coplas de Jorge Manrique y las selectas imitaciones latinas de Garcilaso,  Fernando de Herrera  la perfeccionó en su variedad amorosa y habrían de pasar siglos para que Miguel Hernández diera a la luz, el otro pináculo, la magistral Elegía a Ramón Sijé. Antes, la malevolencia de Góngora se había servido de su característico metro elegiaco, el dístico, formado por un hexámetro y un pentámetro, para largarle a Quevedo otra alusión a su cojera: “vuestros pies son de elegía”. Pero, entretanto, los más altos escritores europeos habían transitado por ella, desde Ronsard a Rilke, pasando por Milton, Gray, Schiller, Goethe o Holderlin, con su punto culminante en el siglo XVIII. La elegía se concretizaba ya, más que en un género, en una atmósfera de dolor contenido, de tristeza y melancolía, que expresaba tanto la pérdida de algo querido, como el difuso sentimiento de “lo que pudo haber sido y no fue”.  Romanticismo,  Modernismo y las fascinaciones de la contemporaneidad la redujeron a un segundo plano y la elegía se convirtió, sobre todo, en refugio de poetas chirles y hombres descomprometidos con su tiempo. Nadie se imagina a un vanguardista elegiaco y la presencia del género en el tango, salvando las precisiones que se harán,  obedece a razones más vinculadas con estructuras psíquicas miméticas y acopio de tópicos que a sentimientos verdaderamente trascendentes.

Con todo, es frecuente en las elegías tangueras, incluyendo las de Contursi, un matiz humorístico al que Flores no podía ser ajeno. Cuando en 1923 escribe en primera persona las octavas decasílabas y octosílabas de El bulín de la calle Ayacucho con un lunfardo nada rebuscado y perfectamente reconocible, está simplemente echando en falta un reducto donde hace menos de dos años –nada- el poeta se reunía para pasar unas horas de farra cantora y conversadora con los amigos. En efecto, y según el testimonio de José Servidio, autor de su música, las reuniones duraron hasta finales de 1921. Celedonio, con sólo 27 años, no mala situación económica y muchos amigos, no puede ser demasiado sincero cuando añora ese bulín pródigo en ratones –también según el mismo Servidio- porque ningún problema hubiera tenido para lograr cualquier otro espacio en el que hacer las mismas cosas. El pretexto dramático: “la piba mimosa y sincera que hacia el cielo volando se fue” es obviamente un apósito no basado en la realidad sino una concesión irónica a las agonías propias de los tangos de su tiempo. El objeto, pues, de la elegía es el propio bulín que, al concretizarse en esa ubicación real del número 1443 de la calle Ayacucho, adquiere un protagonismo ejemplificador de una etapa de la juventud que se ve en trance de evolucionar hacia otras metas. El abandonado –“rechiflado parece llorar”- resulta ser, pues, el apartamento que, al perder su presencia humana, ha pasado a ser una triste habitación más de conventillo.

Los versos que, con el título de Mi cuartito, Flores confeccionó para sustituir a los anteriores con motivo del decreto proscriptor del lunfardo emanado del general Pedro Pablo Ramírez, son ya definitivamente prescindibles. Su adjetivación tópica, los diminutivos socorridos, su tono sensiblero y falso proscriben, incluso, darle el título de elegía a una composición que en veinte años había perdido sus principales valores: la frescura, la ingenuidad distante, el mérito de ser un apunte, inspirado pero puramente ocasional, de algo que no pasó de la anécdota.

El menos famoso de los tangos elegiacos de Flores es Viejo coche que, con música de Eduardo Pereyra, cantó Rosita Quiroga en 1926. El personaje que lo enuncia es masculino pero la exclusividad que la deliciosa cantora de la Boca tenía por entonces de los tangos de Celedonio propició que fuera ella quien lo llevara al disco. También en segunda persona, se trata de cinco sextillas que incluyen una octavilla entre ellas, polimetría a la que tan aficionado fue el tango, aunque no especialmente nuestro autor. El poeta efectúa una identificación con su decadencia y la del coche para, sin solución de continuidad, evocar la complicidad con el viejo cochero que, como él, sólo espera el designio final de la vida. También aparece la innecesaria concesión al tópico: “¡Pero abierta está la herida / de la leyenda fingida / que me contó esa mujer!”. Historia de la que no se aportan más datos. Es una letra, evidentemente, de relleno que poco contribuye a la gloria de su autor.

Mucho más inspirado resultó Viejo smoking (1930) en el que, con economía verbal y un estupendo equilibrio entre naturalidad expresiva y retórica literaria, se nos cuenta una historia, también a través de la segunda persona, servida por unos irreprochables versos de dieciséis sílabas, que se hacen octosílabos en los estribillos. Fue Gardel, que también lo interpretó en los pioneros y entrañables cortos para el cine de Morera, quien lo grabó, con música de Barbieri, para fortuna de sus oyentes.

Fértil en términos lunfardos, coloquial y literario, en él se avista esa combinación de lo culto y lo popular que suelen destacar los comentaristas de la poesía de Flores, así como ese sentimentalismo sin cursilería que, a menudo, alcanza la ocasión de conmovernos. Desde su primer verso es notable tal pericia combinatoria. Tras la función apelativa que personifica a la prenda instándole a campanear el cotorro, la imagen poética y desoladora a través del participio “despoblado”. En el segundo verso se incrementa la dinamización que vivifica las cosas: esa “catrera compadreando sin colchón” y, a continuación, la entrada del protagonista del que ya se nos marca su triste situación: “ha perdido el estado”. En la comparación, “como perro de botón”,  la nota humorística, que desdramatiza lo que, al cabo, no es sino la historia de alguien que vivió sobre sus posibilidades.

En el segundo serventesio  la efectividad del discurso narrativo se advierte en la rica información que se nos da en sus cuatro versos. Poco a poco, todo ha sido empeñado y sólo el smoking se conserva como imagen y símbolo de un pasado al que no se quiere renunciar porque constituye un sueño que fue real. Todavía tiene tiempo para la metáfora coloquial: “se dio juego de pileta y hubo que echarse a nadar” y, también,  para la reflexión desiderativa: ese “sueño, del que quiera Dios que nunca me vengan a despertar”.

En el primer estribillo, la elección de las imágenes no puede ser más precisa: la lunfarda alusión a las lágrimas que las mujeres vertieron en él: “cuánta papusa garaba / en tus solapas lloró” y la metonimia personificadora: “solapas que con su brillo / parece que encandilaban/ y que donde iban sentaban / mi fama de gigoló”.

Ahora, los serventesios van a servirse de la enumeración para describirnos la situación a que ha llegado el otrora rey del cabaret. Pero el golpe de efectividad está en los dos últimos versos, a mitad de camino entre el patetismo y el humor, que hacen que nos identifiquemos con la cuita de este nuevo “patotero sentimental”: “Vas a ver que un día de éstos te voy a poner de almohada, / y tirao en la catrera, me voy a dejar morir”.

Vuelve el estribillo final al motivo de las solapas, pero es la propiedad en la descripción: “…cuántas veces/ la milonguera más papa / el brillo de tu solapa / de estuque y carmín manchó”,  la materialidad de esos revoques, lo que nos hace sentir de verdad el pequeño drama, que todavía sabemos oír a Gardel con idéntica emoción.

Si en los tangos anteriores lo elegíaco se vinculaba a lo personal, con lo que el componente ético que -como también señaló Gobello- aportó Celedonio al tango, estaba ausente de estas elegías, en ese hermoso y raro poema que Flores tituló Corrientes y Esmeralda a la elegía se superponen la pequeña historia, el suave humorismo, la mueca compasiva, la generosa admiración y la implicación personal del vate en el corazón de la que fue su ciudad.

Desde la primera vez que leí esa letra –hará más de veinticinco años- me atrapó con su magia, su extrañeza y, también –por qué no- con su acopio de datos. Tardé bastantes años más en oírla porque Gardel, con su elegancia, no pudo cantarla, aunque bien lo pudiera haber hecho en forma de guiño cómplice. No sé si fue la versión de Ángel Vargas o la de Carlos Acuña, ambas excelentes, la primera que llegó a mis oídos, pero es uno de los pocos  tangos que no hace falta escuchar para que nos entre.

Eduardo Romano nos dice que fue escrito en 1922, aunque llama la atención que no fuera incluida en Chapaleando barro (1929) y sí en Cuando pasa el organito (1935), lo que, dada su calidad, hace pensar en por qué, de estar escrita,  no la incluyó  Celedonio en su primer poemario que contiene otros cantos de menor calidad a distintos reductos ciudadanos. Fuera como fuese, estos serventesios dodecasílabos, cuyas claves tan bien nos explicaron Gobello, otra vez, y Bossio, en 1975, contienen, junto a los consabidos elementos postmodernistas tan queridos por nuestro poeta, otros que lo aproximan a las vanguardias. Y no sólo por la inventiva verbal sino por la luz de varias de sus imágenes.

Si en las rimas está también esa audacia modernista –a ningún ignorante se le ocurre rimar “cross” con “novecientos dos”-, el binomio adjetivo-sustantivo “rante canguela” o nombres con su complemento como “curdelas de grappa y locas de pris”  son experimentos ya muy atrevidos para la poesía primisecular, lo mismo que la inclusión de nombres propios reales en el penúltimo serventesio, procedimiento que también llevarían a cabo algunos componentes de la llamada Generación del 27.

  Corrientes y Esmeralda tiene la particularidad, entre tantas otras, de que el poema termina con una EPSON scanner image promesa ya cumplida: ese “te prometo el verso más rante y canero/ para hacer el tango que te haga inmortal”. Es, sí, una forma de establecer esa comunicación personal intensa con  el Buenos Aires que Celedonio Flores vivió y ayudó a dar fama y, también, una suerte de implicación vital en un poema en el que el yo no tiene otra cabida que la de mero observador privilegiado.

He hablado de poema “raro” y algo se ha justificado en los párrafos anteriores, pero desde la sorprendente utilización de la forma  verbal  del inicio “Amainaron” hasta esa metáfora deportiva de los últimos versos: “cuando con la vida esté cero a cero”,  un despliegue de originalidad recorre los seis serventesios coronados por un quinteto que, junto a las peculiaridades aludidas, no desdeña el verso cálido, familiar y hasta elemental: “te ofrece su afecto más hondo y cordial”. Lunfardo, vanguardia, lenguaje coloquial, humor y exactitud topográfica nos contemplan desde este poema al que puso una bella música, como suya, Francisco Pracánico.  No sabemos qué admirar más si la precisión de las alusiones históricas, la afectividad de buena índole que respira para personas y cosas o la inventiva verbal  de las estrofas tercera y sexta que hay que volver a transcribir porque su lectura nos exime de una glosa que sería, por la multiplicidad de sugestiones, tal vez cansadora.

El Odeón se manda la Real Academia,

rebotando en tangos el viejo Pigall,

y se juega el resto la doliente anemia

que espera el tranvía para su arrabal.

Te glosa en poemas Carlos de la Púa

y el pobre Contursi fue tu amigo fiel…

en tu esquina rea, cualquier cacatúa

sueña con la pinta de Carlos Gardel.

Creo que el tango no alcanzó nunca esta altura textual aunque Discépolo, inventor de tantas otras excelentes originalidades, le anduvo cerca en Fangal. Soy de los que piensan, y alguna vez habré de escribirlo, que el sobrevalorado Manzi se columpió muchas veces en su intento de fundir el sentimiento con lo existencial, lo metafísico con lo visual.  Por eso creo que el negro Cele no ha sido valorado como merecía y el análisis pormenorizado de su obra aguarda aún al estudioso o al lector con sensibilidad. Sus giros lunfardos tienen tanto la desfachatez del auténtico reo, como la libertad del hombre culto que sabe fundir sus lecturas con el lenguaje de la calle para lograr un idioma rico, original y lleno de color. Su economía de medios, tan presente en textos que están en la mente de todos y en otros menos famosos como La historia de siempre. Su veta satírica, que puede llegar a ser desgarrada, tiene otras veces la fibra patética de quien ha sentido el dolor de tantas vidas consumidas en el barro. Se ha destacado, pero apenas se ha estudiado, su veta social, su ternura para la mujer aunque un soneto como el, por otra parte, estupendo Biaba parezca desmentirlo. Igualmente, puede verse en él un apunte irónico y, desde luego, está lejos de la bestialidad para con la hembra de Buen remedio de Yacaré o de muchos versos de Julián Centeya. Además de sus conocidos tangos Pan o Sentencia, en otros poemas como Oro viejo o Chorro aparece,  bien, como en el primero, su indignación contra el repugnante matón de comité, bien, como sucede en el otro, su compasión de hombría de buena ley para quien no ha podido ser otra cosa. Poemas como El perro flaco desdeñan la sensiblería y nos hablan con unas notas de modernidad que quizá no se perciben bien desde un siglo que invoca –lo que da pábulo al optimismo histórico- los derechos de los animales. Sus poemas descriptivos tienen cimas como ese hermoso y brutal Arrabal salvaje, por no hablar de las numerosas pinturas de los barrios  y topografías de Buenos Aires. Hasta la intertextualidad, hoy en tantas bocas, no le fue ajena como puede comprobarse en el bienhumorado pastiche que tituló Sonatina.

Como versificador, se desenvolvió con gusto y naturalidad lo mismo en el romance que en el difícil verso largo –compuso muchos poemas con versos alejandrinos y hasta de dieciséis sílabas-, sin duda influenciado por sus amplias lecturas modernistas. Bebió en Carriego pero sus alientos fueron de más largo alcance. La asonancia fluye en Celedonio con naturalidad y belleza, véase si no ese prodigio de fluidez que es la milonga Chatita color celeste. Su poética nos la dejó bien servida –y, por supuesto, también con sus chispas de ironía-. en poemas tan bien compuestos y directos como los de La musa mistonga de los arrabales, Por qué canto así, Musa rea o Versos.

Desconozco el número de tangos que llegó a componer Cele pero tengo registrados alrededor de ciento cuarenta. Como no puede ser de otra manera, hay varios prescindibles pero cualquier aficionado sabe que otros muchos  son la historia del tango y en varios aspectos alcanzó la categoría de pionero.  José Gobello, en su Crónica general del tango, nos señaló que con  sus versos titulados Por la pinta y, luego, Pelandruna refinada, en el registro del negro Ricardo o Margot, en la grabación gardeliana, trajo un acento nuevo que comenzó a enjugar cachadoramente las lágrimas que al tango había puesto Contursi. Tampoco debe olvidarse que Chapaleando barro (1929) es uno de los primeros libros en que la poesía lunfarda alcanza unos caracteres que, como sucede en La crencha engrasada, tan sólo un año anterior, superan la exclusiva fijación al bajo fondo. Antes de estos, sólo cuatro poemarios lunfardos habían llegado al libro: Versos rantifusos (1916) de Yacaré, El arrabal porteño (1923) de Silverio Manco, Vigilante y ladrón (1925) de Alberto Arana, (Garbino) y ¡Semos hermanos! (1928) de Dante A. Linyera. Como estampó Jorge Gottling, que  considera a Flores el más perfilado de los poetas que haya dado el tango, sus versos “inauguraron la reflexión sobre el arrabal, un campo de acción interior más que una concreta referencia al catastro”.

El lugar de Celedonio Esteban Flores en la poesía popular del Río de la Plata es indiscutible. Pero poemas como Corrientes y Esmeralda y otros de los aquí citados le otorgan también un lugar en la poesía sin adjetivos de la nación argentina.

Flores, Celedonio Esteban

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(Publicado en Aragón Digital, 23-24 de marzo de 2017)

Cuando oigo la palabra coach no echo la mano a la pistola, tal como decía Albert Leo Schlageter que obraba al escuchar la palabra cultura –luego, la frasecita se la han atribuido a otros- pero sí que me prevengo con la guardia alta y el uniforme de soportar chorradas. Cuanto más ignorante es la persona y menos títulos ostenta, más tiende a colocar el feo barbarismo en su tarjeta o como se diga ahora, que se dirá en inglés. Porque, a pesar de la justa fama que llevamos los españoles de saber menos idiomas que un caracol de campo, nos gusta dar la razón al refrán: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces” y, así, ya en los años sesenta, había un Té Olonam’s, propiedad, obviamente, de algún Manolo amante del vesre, un bar Mariano’s o una peluquería Angeline’s; no Angelines’s, como hubiera sido lo correcto, pero daba igual porque -no sé entre los consumidores del té- pero entre los parroquianos del bar o la peluquería, está claro que ninguno conocía la casuística del genitivo sajón.

La verdad es que me gustaría poner ejemplos sangrantes pero lo peor es que entre ellos estarían amigos y amigas, que no han atendido mis aullidos de reconvención y espanto y dicen que son “couch” a quien se lo quiera permitir.

A coach le ocurre como a profesional. A nadie se le ocurre decir ahora que es un buen carpintero, un buen maestro o un buen taxista, ahora todos quieren ser un profesional, vocablo, que, si no me desmienten, alude a quien ejerce una profesión y no a quien la ejerce bien.

Parece que la palabreja coach procede del idioma más raro de Europa, junto al lapón, el húngaro. Los viajeros que en el siglo XV hacían el trayecto entre Viena y Budapest, podían tomar en la ciudad de Kocs, un carruaje con suspensiones más cómodas, que aligeraba las fatigas del recorrido. Kocs derivó en “coche”, palabra ya documentada en España en el siglo XVI, y de ahí salió coach, en el sentido de algo o alguien que ayuda a conseguir los objetivos personales.

Es verdad que un profesional del huevo (huevero) de Astorga puede legítimamente aspirar a ser actor de cine, como Miguel Fleta, un campesino, aspiraba a cantar en los teatros. El huevero no está en disposición económica  ni geográfica de contratar a un actor que le enseñe  a convertirse en Marlon Brando o Paul Newman ni a matricularse en una escuela de interpretación, equivalente al Actor’s Studio. ¿A qué coach contratará para cumplir sus objetivos? Es más que probable que en Astorga exista un jeta, que se dedique a todo esto y prepare a la gente para triunfar en la interpretación, sin otra formación que un curso municipal. Mientras tanto, la antaño tan ibérica capital de la Maragatería ha perdido sus chorizos, sus tabernas, sus cocidos y ostenta sus international foods, sus pizzerías, sus mexicans, sus burgers de plástico y carne de mula, que en eso ha quedado la arriería.

Miguel Fleta se buscó o encontró a una señora, Luisa Parrick, que sabía casi todo lo que hay que saber para cantar ópera. Incluso se casó con ella. Si hubiera buscado un coach, los zaragozanos de entonces, gentes de otro criterio, le hubieran arrojado tormos, tusos, pellas y hortalizas, cuando bajaba, con su carro de alcachofas, de Cogullada al mercado de Zaragoza.

Y se le hubiera estado muy bien.

Distintos tipos, sui generis, de coach: monitor de sueños, maestro de vida, animadora (de azul) para el baile del cangrejo.

Hará unos doce años fui a visitar al veterano tenor cincovillés, Mariano Ibars, que vivía en una muy modesta parcela de Garrapinillos, a pocos kilómetros de Zaragoza. Yo acababa de publicar un libro, Voces de Aragón, donde daba cuenta de quienes en dicha tierra habían destacado en cualquier tipo de canto, desde que existía memoria sonora: figuras del género lírico, cupletistas, cantadores de jota, de canción ligera… En el volumen hablaba, naturalmente, de Ibars pero a través de las noticias que había encontrado sobre su carrera, ya que no había logrado localizarlo. Mariano con noventa años, conservaba intactos el vozarrón y la memoria y la larga conversación fue tan ilustrativa y agradable que, unido al evidente placer con que desgranaba el tenor sus recuerdos, me determinó el proponerle una entrevista formal, ya que yo no había previsto otra cosa que charlar. Como uno ya había escrito el libro aludido y andaba enredado en muy diversas cuestiones, me pareció oportuno plantearle a Mariano García Cantarero, acreditado periodista de Heraldo de Aragón, muy aficionado a estos temas, que me acompañara y fuera él quien redactase la entrevista para su periódico. Aceptó encantado este nuevo Mariano pero a la hora de concretar la cita surgió una figura con la que he tenido la mala fortuna de tropezar en mis ya bastantes años hacer historia de muy diversos protagonistas de la canción en España: me refiero al familiar que convive el viejo intérprete y que, provisto de toda clase de necias precauciones, lo rodea de alambradas, fosos y prohibiciones que  hacen imposible las confesiones. ¿protección de la intimidad, rescoldo de una sociedad cerrada, envidia subconsciente…? Con el pretexto de la salud, que en ningún momento vi amenazada en mi larga conversación anterior y la prueba fue que el cantante vivió siete años más, la señora en cuestión canceló la entrevista y Mariano Ibars no pudo ver gratificado el comprensible orgullo por contar lo que había sido una sólida carrera ni los aragoneses pudieron rescatar la memoria de un personaje al que ya habían olvidado.

He recordado este asunto al tropezarme con un recorte sobre la muerte del tenor, que le llegó, poco antes de cumplir los 98 años, el 8 de marzo de 2012 y de la que sí se hizo eco la prensa local. Por cierto, la fecha coincidía la del día en que había nacido Raquel Meller. Próximo el quinto aniversario de la desaparición del navardunense, reproduzco, con algún añadido, el texto publicado en el citado libro: Voces de Aragón. Intérpretes aragoneses del arte lírico y la canción popular. Zaragoza, Ibercaja, 2004, pp. 77-78.

ibars-mariano

navardunNavardún, a la entrada del la Val de Onsella, el hermoso y desconocido valle en la punta norte de la provincia de Zaragoza, vio nacer el 17 de abril de 1914 al tenor Mariano Ibars, hoy, pues, con noventa años cumplidos. De familia campesina, Mariano comenzó como jotero de gran voz que le serviría para obtener premios en varios concursos antes de inscribirse en el Orfeón Zaragozano, que dirigía Pepe Cortés.

Al poco tiempo se marchó a Barcelona para hacer el servicio militar y pudo colocarse como taquillero en el Teatro Victoria del Paralelo, puesto que, pensó, le daría ocasión a mostrar más fácilmente a los empresarios su privilegiada voz. Se inscribió en la academia de Enrique Novi y Federico Cortó y también recibió los consejos del tenor Jaime Ferré y de Ramón Gorgé, hermano del famoso bajo alicantino Pablo Gorgé, que ejercía funciones semiempresariales en el aludido teatro. Según Hernández Girbal, su aprendizaje fue rápido, por su gran memoria musical. También habla de su voz “fresca, homogénea en todos los registros y de agudos tan claros y afinados como los de un clarín”.

Cuando su carrera apuntaba, le sorprendió en la capital catalana la guerra, que hizo en el ejército de la República. Al final del conflicto, en muy penosas condiciones, hubo de volver a Zaragoza para cantar nuevamente en el Orfeón y, otra vez, a  probar suerte con la jota. Esto le dio la oportunidad de repetir sus éxitos iniciales y ganar unos cuantos premios pero no le significó gran alivio a su situación económica, por lo que decidió volver a Barcelona.

Su debut en la ópera se produjo en el Teatro Lírico de Palma de Mallorca cantando Rigoletto, que constituiría su ibars-mariano-1piezamás constante en el bel canto. Durante 1944 estrenó en el Teatro Cervantes de Sevilla la zarzuela Mari Nieves, la Camerana pero a lo largo de estos años actuaría casi siempre en Cataluña, Valencia y las islas Baleares. En abril de 1945 dio el salto a América con la compañía de Pablo Sorozábal. Allí fue muy apreciado en Montevideo y Buenos Aires donde combinó las grandes zarzuelas con las óperas, entre las que llegó a cantar tres funciones de Rigoletto en el Colón con un elenco en el que figuraban los mejores cantantes argentinos. En 1946 se recuerda asimismo otra gran Marina en el montevideano Teatro 18 de Julio.

Regresó a su patria y, en tiempos cada vez más problemáticos para la zarzuela, deambuló sucesivamente por diferentes compañías líricas de importancia, como la que llevaba el nombre del eximio Pablo Luna, a la que se incorporó a finales de 1953, y con la que actuó varias veces en Zaragoza. En esta época, quizá el mayor hito de Mariano Ibars fuera estrenar en España las dos grandes zarzuelas cubanas de Lecuona, El cafetal y María de la O. En 1959 actuó en la radio y televisión francesas y cumplió un nuevo contrato en la Argentina. Al regresar a España, volvió a la compañía Pablo Luna, hasta retirarse el 25 de marzo de 1965 en el Teatro Marín de Teruel cantando Los claveles de la Virgen.

Mariano Ibars fue un tenor de voz diáfana y voluminosa, con muy vibrantes agudos y “de hermosísimo color”, según Sagarmínaga, capaz de cantar piezas muy diversas y adaptarse a todos los géneros. Fuera de la profesionalidad, siguió cantando hasta cumplir los ochenta años. Apenas, en cambio, dejó registros grabados. Muy apreciado por su gran humanidad, vive en Zaragoza.

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Muchos nos vimos gratamente sorprendidos cuando el viernes 17 de febrero apareció como personaje en la serie Acacias, 38, el sabio biólogo aragonés Odón de Buen. Gratamente, porque era la ocasión de dar a conocer al gran público la figura de este hombre sabio y bueno ya que, si se acometiera una encuesta pública sobre el conocimiento del mismo, incluso en Aragón, apostaría a que es desconocido por más del 99% de los interrogados, cuando su trascendencia científica y civil fueron tan relevantes. Incluso estamos inclinados a perdonar a la serie sus desfases cronológicos y desmanes lingüísticos, de los que ya me ocupé no hace mucho “Acacias 38 y sus anacronismos” https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/06/06/acacias-38-y-sus-anacronismos/, si la figura del zufariense, se trata con cierto rigor y respeto. De momento, el parecido físico del actor que lo interpreta es notable y sus ideas son compartidas por los personajes “buenos” de la serie y deploradas por los pérfidos. 

Por si alguien desea alguna información más amplia sobre este santo laico, fundo aquí parte de dos artículos: “En el sesquicentenario del buen Odón de Buen”, aparecido en la revista Imán nº 9, noviembre 2013. http://revistaiman.es/2013/11/27/en-el-centenario-del-buen-odon-de-buen/ y la dedicada a su obra y bibliografía de mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), Zaragoza, DPZ-Gobierno de Aragón, 2010, pp. 214-216. En la primera sección incluyo dos breves textos del científico, que dan buena cuenta de su talante civil.

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Un 4 de abril de 2003 Zuera recibía desde Méjico los restos de su hijo más ilustre, Odón de Buen y del Cos, del que este año se conmemora el 150 aniversario, ya que vino al mundo el 18 de noviembre de 1863, festividad de San Odón, como es de suponer.

buen-odon-de001Mucho más conocido como científico que como autor literario, Odón del Buen, hijo de un sastre, su precocidad intelectual le deparó una beca del ayuntamiento zufariense para cursar el bachiller en Zaragoza y realizar en Madrid la carrera de Ciencias, que terminó con premio extraordinario.

Su primera labor científica fue a bordo de la fragata Blanca, que comisionó en 1885 el Gobierno y donde se instaló el primer laboratorio español de biología marina. Ya entonces se manifestó su vocación literaria pues, fruto de este periplo por las costas de Europa, el Báltico y el norte de África, surgieron de su pluma varias publicaciones, entre las que destaca, De Kristianía a Tuggurt: impresiones de viaje (1887), reeditada por la Institución Fernando el Católico en 1998.

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Primer barco del Instituto Oceanográfico Español

En su vertiente de militancia civil, Odón de Buen fue miembro de la entonces muy numerosa masonería española y tomó postura en gran parte de las cuestiones político-sociales que ocupaban a los españoles: miembro del Partido Republicano Centrista de Nicolás Salmerón, fue también concejal en Barcelona y senador. En su etapa madrileña y con el seudónimo de Polemófilo colaboró en el muy combativo periódico, Las Dominicales del Libre Pensamiento y, junto a otros jóvenes, fundó El Radical y en 1988 tradujo la autobiografía de Garibaldi.

En 1889, alcanzó en la Universidad de Barcelona, la cátedra de Historia Natural que ocupó hasta su traslado a Madrid en 1911. En tal periodo afrontó un ingente quehacer científico, que lo convirtió en una autoridad mundial en Oceanografía. Su defensa de las teorías de Darwin le valió la excomunión, dictada por el arzobispo de Barcelona, y la consiguiente expulsión de su cátedra, lo que provocó disturbios estudiantiles hasta su reposición en la misma, dado que el Papa no llegó a ratificar la pena. Es verdad que, además de su inclinación hacia el evolucionismo, había participado en las actividades de la Escuela Moderna de Ferrer Guardia, el maestro anarquista que cargó con las culpas de la Semana Trágica.

buen-odon-de-_mitin-anticlerical-en-barcelona                                                                            En un mitín anticlerical en la plaza de toros de Barcelona

Aparte de sus numerosas publicaciones pedagógicas y científicas, Odón de Buen,  reincidiría en la escritura. Ya en 1893 había publicado, El conflicto de Melilla y la cuestión hispano-marroquí, con el que ratificaba su calidad de ciudadano preocupado por los temas candentes en su tiempo. En 1905 volvería a dar a las prensas un libro de viajes, Excursiones por Mallorca, fruto de sus escarceos entre científicos y placenteros por una isla todavía incontaminada.

Tras su regreso a la Universidad madrileña y la fundación en 1914 del Instituto Español de Oceanografía (1914), su obra y su relevancia intelectual se incrementaron. Durante décadas desarrolló una labor ingente en los terrenos de su competencia. La Guerra Civil le sorprendió en Palma de Mallorca, donde fue encarcelado. Al contrario de lo que sucedió con uno de sus hijos, presiones internacionales evitaron su ejecución y continuó en prisión hasta su canje por la esposa y una hija de Miguel Primo de Rivera, de quien había sido amigo desde su juventud. Después de su liberación, se afincó temporalmente en Banyuls sur Mer, localidad del sur de Francia, donde,  presintiendo su próxima muerte, entre el verano de 1940 y otoño de 1941, redactó sus memorias, una síntesis de las cuales fue publicada en Buenos Aires en 1943 y seis décadas más tarde publicaría completas la Institución Fernando el Católico. Finalmente, se radicó en Méjico, en cuyo Distrito Federal falleció el 3 de mayo de 1945.

La magnitud de sus investigaciones y los reconocimientos alcanzados dan cuenta de una de las personalidades aragonesas más valiosas de su tiempo. Pero fue también un humanista, de lo que dan fe muchos de los textos que nos dejó y su compromiso de hombre íntegro y preocupado por la moralidad de sus actos. Como remate transcribimos su reflexión acerca de la Guerra Civil y el exilio que tanto le afectó: “lo he presenciado, lo he vivido, lo sufrí, desgarró mi alma” y unas líneas de su testamento:

¿Cuál será el fin de esta tragedia espantosa? No puede ser otro que el triunfo de las virtudes humanas, la destrucción de la barbarie, el restablecimiento de todas las libertades con tanta sangre conquistadas y sostenidas. Pero, ¿alcanzarán mis años a verlo?”.

————————–

Escribo estas líneas al cumplir los ochenta años. Persisto en mis ideas librepensadoras de siempre. Desde muy joven he vivido fuera de toda comunión religiosa y en un feliz hogar librepensador os habéis educado. Enterradme civilmente. Si a última hora la pérdida de la razón o cualquier acto de fuerza me arrancara declaraciones contrarias no las respetéis; no representará mi voluntad consciente y libre.buen-odon-de-y-esposa004

Que mis restos reposen, si es posible, al lado de los de vuestra madre. Murió fuera de toda religión positiva y se enterró civilmente. Nuestra religión se cifraba en una gran rectitud de conciencia y en el culto del bien, de la familia, de la ciencia, de la libertad, de la justicia y del trabajo. Hicimos todo el bien que nos fue posible; no hicimos a sabiendas mal a nadie.

Si se recupera algo de lo que nos han arrebatado brutalmente, repartíoslo como buenos hermanos.   Todo lo que ha sido de vuestros padres, poco o mucho, es vuestro. Así pensaba también vuestra madre.

Guardad siempre el recuerdo de vuestro mártir hermano Sadí.  Era bueno y sabio.

Os bendice amorosamente vuestro padre.

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                                                                                                      OBRAS

De Kristianía a Tuggurt: impresiones de viaje (libro de viajes), Madrid, Imp. de Fortanet, 1887. / Zaragoza, IFC, 1998.

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Península Escandinava, Golfo de Botnia, Argelia (impresiones de un viaje científico): discurso pronunciado en la sesión que celebró la Asociación Española de Historia Natural en el Ateneo de Madrid el día 18 de mayo de 1887, Madrid, Imp. de Fortanet, 1887.

El conflicto de Melilla y la cuestión hispano-marroquí (ensayo), Barcelona, Imp. de Salvador Manero, ¿1893?

Excursiones por Mallorca (libro de viajes), Barcelona, Imp. de Pedro Toll, 1905. / Madrid, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, 1989.

Síntesis de una vida política y científica (memorias), Buenos Aires, Patronato Hispano-Argentino de Cultura, 1943. / Zaragoza, IFC-Ayuntamiento de Zuera, 1998.

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Mis memorias (Zuera, 1863-Toulouse, 1939), Zaragoza, IFC, 2003.

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                                                                                     BIBLIOGRAFÍA

-A&L, “Reseña” de Mis memorias, Heraldo de Aragón, 22-V-2003.

-AYALA, Jorge, Pensadores aragoneses, Zaragoza, IFC, 2001, pp. 507-509.

-BOIRA, Pascual, Voz: “Buen y del Cos, Odón de”, Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo II, Zaragoza, UNALI, 1980, pp. 513-514.

-CALVO ROY, Antonio, “Desenterrar a Odón de Buen” (Reseña de Mis memorias), El País, 31-I-2004.

-CASTÁN PALOMAR, Fernando, Aragoneses contemporáneos 1900-1934 (Diccionario biográfico), Zaragoza, Herrein, 1934, pp. 111-113.

-CASTRO, Antón, “Odón de Buen, el aragonés que reinventó el mar”, Heraldo de Aragón, 12-I-2003.

-CORTÉS ARRESE, Miguel, Estampas rusas, Zaragoza, IFC, 2006, pp. 54-64 y 162-169.

-FATÁS, Guillermo, “Odón de Buen y del Cos”, Aragoneses ilustres II, Zaragoza, CAI, 1985, pp. 30-31.

-, “Presentación” de De Kristianía a Tuggurt: impresiones de viaje, Zaragoza, IFC, 1998.

-, “Presentación” de Síntesis de una vida política y científica, Zaragoza, IFC-Ayuntamiento de Zuera, 1998.

-JUSTE, Chus, “Odón de Buen en los libros”, Trébede nº 73, marzo 2003, pp. 37-38.

-MANERA, Danilo, Viaggi di carta. Carte di viaggio, Milán, I Libri di Damoli, 2006.

-PÉREZ MORTE, Antonio, “Odón de Buen, padre de la Oceanografía”, Trébede nº 27, junio 1999.

-, “Odón de Buen regresa del exilio”, Trébede nº 73, marzo 2003, pp. 29-36.

-, “La voz brava del mar” (Introducción a Mis memorias), Zaragoza, IFC, 2003.

-ROMERO MAURA, Joaquín, La rosa de fuego. Republicanos y anarquistas: la política de los obreros barceloneses entre el desastre colonial y la Semana Trágica, Barcelona, Grijalbo, 1975.

En un reciente artículo acerca de esta cuestión, publicado  en el diario bilbaíno El Correo, se atribuía al escritor Tomás Borrás la invención del apellido más largo. Se escribe allí:

La longitud y complejidad de algunos apellidos vascos es un eterno cliché, explotado a menudo con intenciones humorísticas: desde aquel Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea, que se inventó el escritor madrileño Tomás Borrás en la prensa de los años 30…

Borrás, Tomás

Como no hace mucho edité los Cuentos gnómicos de este gran narrador, empresa en la que me acompañaron los borras-caballero-ideas-a-peseta001excelentes prosistas y mejores amigos, Pardeza  y Petón, puedo corregir amigablemente al colega vasco Carlos Benito, que firma este trabajo titulado “¿Quién tiene el apellido vasco más largo?”. Efectivamente en un cuento de humor publicado por Tomás Borrás en el diario ABC correspondiente al 18 de octubre de 1931 con el título “Caballero, ideas a peseta”, aparece un personaje que explica jocosamente el porqué de la longitud de los apellidos vascos y afirma poseer el apellido citado:

Lea mi tarjeta: Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea. ¿Sabe lo que quiere decir? “Te aguardé hasta las cinco y me tuve que ir a la fonda porque tenía que escribir unas cartas”.

eustaquio_pellicer_y_charles_schutzEvidentemente, la traducción es falsa y lo que se narra, pura ficción, como corresponde a un cuento, pero el apellido es real aunque quizá hace tiempo que haya desaparecido del país vasco. Sin embargo, en Caras y Caretas, popularísimo semanario “festivo, literario, artístico y de actualidades”  bonaerense, que apareció entre 1898 y 1939 y que había fundado (1890) en Montevideo el emigrado burgalés Eustaquio Pellicer, a finales de los años veinte, se publicaba un anuncio recuadrado que rezaba así:

               caras-y-caretas-anuncio003

                                                    

                                                         

Existía, pues, este apellido con 39 letras y 33 fonemas, muchas más que el más largo que encontramos, si buscamos en Google, donde el mayor,  Pagatzaurtunduagoienengoa, no supera las 25 letras. Y, de los que todavía están vivos, es decir, que existe alguna persona que en España los ostente, es Arietaleanizbeazcoechea, con 23 letras. Es verdad, que en la Enciclopedia de los nombres propios de Josep María Albaigès (1996) se cuenta que un funcionario del Ministerio de Finanzas en el Madrid de 1867 se apellidaba Burionagonatotorecagageazcoechea, que, con 32 letras, aún queda lejos de nuestro comerciante de calzados vasco-argentino.

Es más, ni siquiera lo supera el más largo del mundo, que corresponde a una ciudadana hawaiana de nombre Janice, keihanaikukauakahihuliheekahaunaelepues sólo alcanza 35: Keihanaikukauakahihuliheekahaunaele. El Guinnes que manejo (edición de 1996) no dice nada respecto a apellidos largos.

Por tanto, mientras nadie diga lo contrario, el apellido más largo del mundo es el citado Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea*, que, según traducción que me brinda mi prima Arantxa Oyárbide, significa “Fuente nueva roja de la casa del nuevo molino de arriba”.

Se comprende que el propietario de aquel céntrico Gran Bazar bonaerense estuviese tan orgulloso de su extenso patronímico y, junto a su breve nombre, lo ostentase en sus anuncios.

(Publicado en Aragón Digital, 8 de febrero de 2017: http://www.aragondigital.es/noticia.asp?notid=152915&secid=21#comentarios).

*En una de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma aparece un personaje llamado Doña Angustias Ambulodegui de Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea. Un oscuro escritor uruguayo, Jesús Aldo Sosa Prieto, que firmaba Jesualdo, también cita un alumno con dicho apellido en el capítulo VI de Fuera de la escuela (Dato comunicado por el amigo e investigador marplatense Tuqui Rodríguez).

Suripantas_Gil Blas25-4-1867Se conviene en establecer la fecha del 22 de Septiembre de 1866 como la del origen de las Variedades en España. Tal día se estrena en el Teatro de los Bufos, El Joven Telémaco (pasaje mitológico-lírico-burlesco en dos actos y en verso), del zaragozano Eusebio Blasco[1] y música del alicantino maestro Rogel, que inicia en España el género bufo triunfante anteriormente en París.

En efecto, el teatro de Los Bufos parisinos acogía la representación de una suerte de operetas frívolas muy en consonancia con la sociedad del Segundo Imperio cuyo autor musical más representativo fue Jacobo Offenbach, un judío alemán recriado en París y casado con una española. Músico de inspiración alegre y satírica, desbordada espontaneidad y con evidentes dotes creativas, dio forma definitiva e impuso el can can -aunque ya se conocía[2]– a partir de su obra Barba Azul. Otras obras de éxito, que incluso se siguen representando, son La bella Elena, quizá su obra maestra, con libreto de Meilhac y Halévy, Orfeo en los infiernos, La hija del tambor mayor, Madame Papillon, Bataclán

Los Bufos de París dieron paso a Los Bufos madrileños, compañía dirigida por el famoso actor, pianista, activista político y empresario Francisco Arderíus que, habiendo asistido a los grandes éxitos de Offenbach en la capital del Sena, tomó del famoso actor y empresario Julián Romea, el Teatro de Variedades para convertirlo en el de los Bufos al inaugurar la temporada. Con esa intención propuso a Eusebio Blasco escribir un disparate mitológico a imitación del Orphée aux Enfers offenbachiano con mujeres vistosas y música pegadiza para lo que arriesgó diez mil reales que tenía ahorrados.

Arderius le espetó a un joven Blasco, que empezaba lo que fue una brillante carrera en el periodismo, el teatro y la poesía:

-Si me haces una cosa rara, nueva, estrafalaria, algo asó como Orphée aux Enfers o esas cosas que he visto yo este verano en París, estrenarás la temporada. Pero necesito eso antes de diez días. Si no gusta perderé lo que tengo y tú tendrás la culpa. (Eusebio Blasco, “Prólogo” a El joven Telémaco (refundida en un acto), Madrid, R. Velasco, impr. 1900, p. 5).

El autor la confeccionó en seis días con sus seis noches. Mezcló a las diosas Calipso y Venus con la ninfa Eucaris, el joven Telémaco, su padre, Ulises, el sabio Mentor, el niño Amor y un coro de ninfas, que derivarían en suripantas. De hecho, en la segunda edición de la obra, el autor cambia el complemento de “coro de ninfas” al de “coro de suripantas”. 

El joven Telémaco se estrenó (22-IX-1966) en el teatro Variedades, que pasó a llamarse de “Los Bufos madrileños”, e hizo furor[3] hasta el punto de que Arderíus, que hizo el papel de Telémaco, llegó a poseer teatro propio y, años después, a ser el empresario del Teatro de la Zarzuela. Como sucedió tantas veces en la historia de la literatura española, una obra paródica habría de marcar un hito.

En la escena IX de esta obra, Mentor ordenaba al coro que cantara en griego (macarrónico):

                Suripanta-la-suripanta,

                maca-trunqui-de-somatén;blasco-eusebio003

                sun fáribun, sun fáriben,

                maca-trúpiten-sangasimén.  

                     ¡Eri-sunqui!

                     ¡Maca-trunqui!

                     suripanten…

                     suripen!

                ¡Suripanta la suripanta

                melitónimen-son pen!

La popularidad de este estribillo deparó la extensión del motejo “suripantas” aplicado a las actrices del teatro frívolo[4] y, posteriormente, a las mujeres descocadas. Las razones del éxito hay que buscarlas en la “desvergüenza” vestimental de la que hacían gala las tiples de los “bufos” -mostraban la pantorrilla izquierda- y también en la parodia del griego que el coro femenino acometía, como también se hizo famosa la habanera que entona Telémaco: “Me gustan todas, me gustan todas, me gustan todas ene general,  pero  esa rubia, pero esa rubia me gusta más”. Por cierto, que las dos docenas de coristas se estrenaban con esta obra en el teatro[5]. Hay un bello cuadrito de José Cala y Moya, “Suripanta saliendo de los Bufos”, en el Museo Municipal de Madrid[6].

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                                                                                                        NOTAS

[1] V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/08/20/eusebio-blasco/

    [2]  “En el teatro de la Infantil… se daba una función para hombres solos en la que se bailaba un can can que era la débacle. Por toda indumentaria sacaba la bailarina una camisita tan corta por arriba como por abajo y unas medias polícromas. Tal eran las contorsiones, los movimientos y las actitudes, que el público entero, sin excepción de guardias, rugía como león enjaulado, tomándose precauciones por los posibles asaltos al escenario y para la integridad de la can-cancista“. Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca. Manuel Fernández y González, pp, 248-249. Madrid, 1931.

    [3] El precio de la función no era, en la época, un regalo: oscilaba desde 16 reales la butaca a 4 la general. Sin embargo, la aceptación fue masiva y la compañía de los Bufos tuvo una larga y exitosa trayectoria pese a los denuestos que solían proyectarles críticos y currinches. Arderíus llegó a obsequiar a los espectadores con almanaques para el año entrante.

     [4]Del éxito de la palabra “suripanta” -hoy en desuso- puede dar idea su rápida conversión en adjetivo. Véase por ejemplo el famoso periódico satírico Gil Blas que en su número del 4 de Octubre de 1868 menciona, entre una supuesta relación de objetos abandonados en palacio por Isabel II tras su huida a Francia, “Un reloj, secreto confidente de ideas un sí es no suripantescas”.

     [5]Véase Martínez Olmedilla, Augusto, Op. Cit. pp. 41-42; Villarín, Juan, El Madrid del Cuplé, Madrid, 1990, pp. 23-28; Morayta y Sagrario, Miguel, “El teatro de variedades”, Comedias y Comediantes, año ii, nº 9, Madrid, 1910.

     [6] V. el citado e interesante prólogo de Eusebio Blasco a El joven Telémaco, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1900 y su artículo “La suripanta”, recogido en Costumbristas españoles. Tomo II, 2ª ed., Madrid, Aguilar, 1964. También el artículo de Eduardo Huertas Vázquez, “Las suripantas”. El Bosque nº 5. Mayo-Agosto, 1993, Zaragoza, pp. 121-132; la biiografía de Eusebio Blasco de Mariano Faci, Don Eusebio Blasco y Soler, zaragozano,aragonés y pilarista, Ayuntamiento de Zaragoza,  2003, pp. 110-143. También, la nueva edición de la obra por parte de Pedro Villora (Teatro frívolo), publicada en 2007 por la editorial Fundamentos.

(Publicado en Javier Barreiro, Raquel Meller y su tiempo, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 1988, pp. 14-16). Introduzco ahora algunos añadidos y notas.

La fotografía ovalada corresponde a Eusebio Blasco en 1866. Propiedad de la Biblioteca Nacional.

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Arderíus tras sus suripantas

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(Publicado en Aragón Digital, 17-18 enero 2017)

¿Qué coche no lleva hoy Airbag para proteger a los pasajeros? Como no sea alguno de colección… Pero fue sólo en 1981 cuando Mercedes lo patentó aplicándolo al modelo SW126. El año anterior Volkswagen -¡ah, los alemanes!- había dado cauce casi definitivo al coche eléctrico con la patente de una batería capaz de cargar combustible para 255 kilómetros.

El Compact Disc, hace tiempo sobrepasado, se difundió a partir de 1983. ¡Cuántos centenares compraría el firmante! Sustituyó al vinilo, que ha regresado, como espero que regresen el disco de gramófono y el cilindro de cera. Y ¿quién se acuerda de aquellos videos del sistema Beta? ¿Y de los DVD, mucho más modernos? Parecen antiguallas, pero los primeros reproductores se comercializaron en 1996.

¿Desde cuándo hay ordenadores personales en España? Los primeros que se distribuyeron masivamente en grandes almacenes fueron el  ZX Spectrum y el Amstrad CPC, con un precio de venta en torno a las 45.000 pesetas. Algunos los recibieron como regalo de Navidad o Reyes en 1984. Su potencia y su memoria darían hoy risa a un niño de cuatro años, pero a los usuarios de entonces les parecían un milagro. En 1995-1996, la red Infovía de Telefónica llevó Internet a todos los que pudieran permitírselo.

Hay gente a favor de las drogas y gente en contra pero del Viagra sólo conozco partidarios. No es cosa de toda la vida. Sanidad lo autorizó hace menos de 20 años: en 1998. Y, en cuanto a la depilación láser, con tantos adictos hoy en mamíferos humanos de uno y otro sexo, fue una de las últimas innovaciones del siglo pasado: 1999. Pero no la última: en el año 2000 llegó la memoria USB, el tan compartido pen drive.

La centuria número 21 nos trajo en su primer año el ADSL, el mismo en que nació la Wikipedia, hoy, el primer medio de información cultural en el globo. Para la Wiki española hubo que esperar hasta 2006 y, para los teléfonos móviles con MP3 y cámara de fotos, hasta 2004. Ese mismo año había nacido Facebook; su competidor Twitter, en 2006 e Instagram, en 2010.

Muchos andan contentos por la vida porque tienen un iPhone pero sólo lo pueden estar desde 2007, el año en que nació. Smartphone llegó al año siguiente y las tabletas en 2010.

Sin embargo, otros se arreglan con cosas más viejas, los amigos de la radio pueden disponer de ella desde 1924 y los de la tele desde 1956. Eso en Madrid, porque a provincias fue llegando poco a poco. Los del cine podían ver alguna cinta, ya desde 1896 y los adictos a los libros llevamos cinco siglos y medio disponiendo de ellos. Y no les encontramos sustituto.


* Escritor

 

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(Publicado en Parnaso 2.0. “Un mar de labrantíos”. Contribuciones para el estudio de la poesía aragonesa, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2016, pp. 185-212).

Es complicado encontrar rasgos comunes en la poesía publicada en Aragón en los cuatro lustros que nos ocupan, sí, quizá, carencias comunes. El realismo social puro y duro se encuentra en retirada aunque un afán humanista y moralmente reivindicativo, por otra parte característico de la poesía, asoma en numerosos autores del periodo. Pero, posiblemente, es más importante la apertura a nuevos horizontes que depara el despegue económico propiciado por el Plan de Estabilización de 1959, los planes de desarrollo, la eclosión del turismo masivo y el descenso de la presión censora, que provoca el afloramiento de autores y títulos antes vedados o desconocidos para la precaria intelligentsia española. Los años sesenta significaron, pues, una apertura al exterior, sobre todo, a partir de la llegada de autores y tendencias que habían estado proscritos durante un cuarto de siglo y que, por tanto, habían mantenido a la cultura española en el aislamiento. Se fue recuperando el contacto con las figuras del exilio, las editoriales comenzaron a publicar traducciones de los autores más importantes de la centuria y la sociedad volvió a aspirar con mayor empuje a un clima de ansia de libertad y modernidad que se tradujo en una década rica en experiencias estéticas y sociales. Clima que se prolongó en el decenio siguiente aunque el advenimiento de la democracia formal no propiciara el despegue artístico que se deseaba.

En efecto, la construcción de nuevo régimen constitucional no satisfizo las expectativas –tal vez, exageradas- de muchos, lo que deparó cierta sensación de desesperanza, estafa o pesimismo que, pronto sería bautizada como “el desencanto”, aludiendo al título de la película homónima (1976) de Jaime Chávarri que, por cierto, algo tenía que ver con la poesía. La política institucional se inclinó por los fastos culturales, grandes exposiciones y actividades que supusieran inauguraciones pomposas, lujosas ediciones o fotos con los protagonistas más que en crear una infraestructura cultural que el franquismo, naturalmente, no sólo no había dado al país sino que se había encargado de borrar las muy positivas aportaciones (ateneos libertarios, bibliotecas circulantes, teatros populares, política de patrimonio, enseñanza laica, potenciación de la Institución Libre de Enseñanza y sus anejos…) emprendidas durante el primer tercio de siglo.

Los poetas españoles, que durante los años 1962-1973 habían acometido líneas muy ricas y divergentes, desde las que suponían una superación de la poesía social hasta los experimentalismos más desatados, entraron a partir de 1970 en un periodo de eclecticismo y hasta de confusión y decadencia. Fue un hito la aparición de Nueve novísimos (1970), la muy discutida antología de Castellet  pero que, sin duda, es uno de los libros más influyentes de la poesía española y, en cierto modo, clausuró un periodo e inició otros.

A un primer movimiento al que se llamó “venecianismo” y que propició una poesía hiperformalista, con revestimiento clásico y un cierto virtuosismo estético, le siguieron “poesía del silencio”, “postmodernismo”, “poesía del instante”, la llamada “nueva sentimentalidad” y otras naderías terminológicas que se encontraban con un creciente desinterés del público lector de poesía. Ésta cada vez supervivía con mayores dificultades no sólo por la falta de audiencia sino de infraestructuras editoriales, de crítica y de maestros. Las reformas educativas tampoco favorecían las disciplinas humanísticas.

 

La poesía del siglo XX en Aragón había pecado de escasa potencia, originalidad y capacidad de innovación. Ningún nombre anterior a Miguel Labordeta, ni siquiera el de Tomás Seral y Casas, había ocupado un lugar preeminente en la lírica española  e, incluso, el fundador de la OPI apenas logró en vida más que el reconocimiento de algunas minorías. Sin embargo, la suma de individualidades con un digno nivel en la creación poética que presenta la región a partir de los años sesenta no se había dado en ningún otro periodo desde hace, al menos tres siglos[1]. Aunque alguno de los poetas, como I. M. Gil o M. Labordeta, había desarrollado una parte de su obra en el periodo precedente, será en este decenio cuando despegue la producción lírica de la comunidad, aunque apenas consiga eco en el contexto nacional[2]. Por poner un ejemplo ilustrativo, en una encuesta entre poetas, editores y críticos, publicada en la revista Ínsula aparecían 331 menciones a poetas españoles. Sólo una referida a un aragonés, Ángel Guinda, que, además, vivía en Madrid[3].

Sin embargo, en los años que nos ocupan se consolidaron o revelaron algunos de los poetas que han pasado al precario panteón lírico aragonés, gracias, entre otras cosas, a la mencionada mejora del nivel de vida que permitió un ritmo de publicación de libros bastante más generoso que el de tiempos precedentes. En cierto modo, el libro fue sustituyendo a las revistas, como demuestra el hecho de que los mucho más modestos años cincuenta alumbraron títulos como Almenara, Ámbito, Ansí, Ebro, Mensa, Orejudín, Papageno o Esquina, mientras que en las dos décadas que cubre este trabajo, únicamente cabe destacar Despacho literario (1960-1963), portavoz de la OPI dirigida por Miguel Labordeta, que sólo alcanzó cuatro números; Poemas (1962-1964), iniciativa de dos poetas impresores, Luciano Gracia y Guillermo Gúdel, que llegó al número 9; Cuaderna Vía (1965-1966), publicada por la Institución Fernando el Católico y de inspiración universitaria , con tres números o Albaida (1977-1979), dirigida por Rosendo Tello[4], que llegó a los ocho. Otras, como Letras (1962) y Samprasarana (1970), ambas con un solo número, todavía tuvieron menos trascendencia[5]. A pesar de esta precariedad, prácticamente todos los poetas aragoneses que alcanzaron algún predicamento en estos decenios están representados en ellas[6].

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Alguna trascendencia tuvieron las antologías globales de la poesía aragonesa, casi inexistentes hasta la década de los sesenta[7]. Así, la colección Poemas publicó en 1967, Generación del 65. Antología de poetas hallados en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, con prólogo de Miguel Labordeta  y en edición de Juan Marín y Fernando Villacampa, que reunía quince poetas jóvenes que, después tomarían sendas muy diversas[8].

Menor trascendencia tuvo Poesía universitaria (1975), prologada por la entonces catedrática de literatura de la universidad zaragozana, María Pilar Palomo, que recogía poemas de estudiantes de la especialidad, de los que la mayoría hizo carrera en el mundo de las letras, fuese en la poesía o en la docencia[9].

La revista malagueña de poesía Caracola dirigida por José Luis Estrada, publicaría en sus números 225-226 (julio-agosto 1971) y 244 (febrero 1973), sendas antologías, dedicadas a poetas aragoneses. Rafael Fernández Ordóñez fue su editor, ayudado en el segundo de los números por A. Mª Navales[10].

La más popular fue, sin duda, Antología dela Poesía Aragonesa Contemporánea (1978) con breves estudios y que establecería una suerte de canon[11].

Mayor importancia que revistas y antologías alcanzaron en estas dos décadas las colecciones literarias,  mucho más numerosas que hasta entonces, como se ha indicado. De los años cincuenta procedían Orejudín, con una buena muestra del grupo de Niké en su repertorio y las tan breves colecciones Alcorce (poesía), Dezir (narrativa y teatro) y Raíz (ensayo) de la editorial Coso Aragonés del Ingenio, promovida por Emilio Alfaro, José Antonio Anguiano, Emilio Gastón y Joaquín Mateo Blanco, con Fernando Ferreró y Manuel Pinillos, como principales contribuciones.

De los sesenta es Poemas, una de las más longevas -llegó casi al cuarto de siglo-  e importantes colecciones aragonesas de siempre. Creada, dirigida y editada por Luciano Gracia, su primer número, Nada es del todo, firmado por Manuel Pinillos, es de 1963 y de 1986, el número 56 y último, Los ojos verdes del búho de José Luis Rodríguez. En ella, con especial protagonismo del Grupo de Niké, figuran gran número de los más significados poetas aragoneses de su tiempo, mientras que la presencia de vates foráneos es escasa[12].

Fuendetodos (1969-1973) con dieciocho números, dirigida por Julio Antonio Gómez, fue, sin duda, la colección más brillante por el lujo de su edición y la calidad de sus contribuciones. Dejando fuera los aportes de poetas como Aleixandre, Celaya, Rosales o Leopoldo de Luis, entre otros, en ella publicó Miguel Labordeta Los soliloquios y las póstumas Obras completas. Julio Antonio Gómez, su fundamental Acerca de las trampas y José Antonio Labordeta, Cantar y callar, que incluía su primer disco, un EP con cuatro canciones, y Tribulatorio. Luciano Gracia (Hablan los días), Manuel de Codes (La mano en el sol) e Ildefonso Manuel Gil (Luz sonreída, Goya, amarga luz), completaban el elenco aragonés de esta iniciativa tristemente truncada.

Gómez, Julio Antonio-Acerca de las trampas

De corte institucional y vinculada al premio del mismo nombre, la colección San Jorge de la Institución Fernando el Católico arrancó en 1969 con la publicación de Fábula del tiempo, el segundo de los libros de Rosendo Tello y cerraba la década con el número 20, Baladas a dos cuerdas (1979) del mismo autor. En ella, que se prolongó en el tiempo con el nombre de Isabel de Portugal, alternaron en esta época poetas veteranos con otros emergentes, entre los que Ángel Guinda, José Luis Alegre Cudós y Ana María Navales fueron los más perseverantes en el oficio poético.

La colección Horizontes (1974-1976) de la editorial Litho Arte, dirigida por el italiano Carlo Liberio del Zotti, con 11 números, y Puyal (1975-1982), tutelada por Ángel Guinda, con 22, fueron las otras colecciones de relativa importancia en el periodo. Esta última consiguió un significativo número de suscriptores que posibilitaron su pervivencia y reunió varios nombres prestigiosos en su catálogo.

Aunque fuera de Aragón, la muy divulgada y prestigiosa colección barcelonesa El Bardo, de José Batlló, que había realizado su servicio militar en Zaragoza, otorgó un sensible protagonismo a los poetas aragoneses y en ella publicaron Miguel Luesma (Poemas en voz baja, 1966), Miguel Labordeta (Punto y aparte –antología- 1967 y Autopia, 1972), Francisco Carrasquer (Vísperas, 1969), Raimundo Salas (Las piedras y los días, 1971), Fernando Villacampa (Juegos reunidos, 1971); Anchel Conte (No deixez morir a mia voz, 1972), José Antonio Labordeta (Treinta cinco veces uno, 1972 y Poemas y canciones, 1976) y  Rosendo Tello (Libro de las fundaciones, 1973).

Con todo ello, fue el luego llamado Grupo Niké el principal aglutinador de los poetas aragoneses, que escribieron en estas décadas, casi todos nacidos entre 1927 y 1935. Como es sabido, en el café Niké[13] -mucho más cafetería que otra cosa- sito en la calle Requeté Aragonés (hoy, 5 de marzo) se reunía una tertulia de aspirantes a artistas en la que predominaban los poetas y cuyo principal instigador fue Miguel Labordeta, al que, de alguna manera, se le reconocía tanto lo superior de su genio como la autoridad deparada por su mayor edad. No existe una bibliografía consistente acerca del grupo en sí (VV. AA., 1984; Lorenzo de Blancas) pero puede decirse claramente que no hubo unidad estética, ideológica ni personal en el grupo en cuestión, cuyo núcleo duro, con M. Labordeta, de nuevo a la cabeza, fundó la OPI (Oficina Poética Internacional), esta sí, mucho más cohesionada. A sus componentes los caracterizó una preferencia por el humor con ramalazos surrealistas, que muchas veces se quedaba en boutade, el gusto de algunos por la marginalidad y el malditismo, bien matizado por otros, que arrastraban el estigma de un origen campesino y/o una larga vivencia seminarista. Fueron, seguramente, Julio Antonio Gómez y Luis García Abrines los menos timoratos para estas cuestiones pero no se trata aquí de hacer sociología de un dudoso conjunto de poetas provincianos, más bien poco intelectualizados, sino de pasar revista a lo mejor de su creación poética.

Café Niké

Cafetería Niké

Pero antes de meternos en harina con Miguel Labordeta y sus secuaces, hay que citar a otros poetas nacidos en las primeras décadas del siglo, que publicaron durante el periodo que nos ocupa. En primer lugar, Ramón J. Sender (1901-sender-libro-armilar0011982), que aunque había escrito poesía al menos desde 1918, año en que en el alcañizano El Pueblo publicara su poema “Las nubes blancas”, y había incluido poemas en libros como Crónica del alba, no se decidió a reunir su poesía hasta 1960, año en el que publicaría en Méjico Las imágenes migratorias. En 1974 refundió y aumentó la citada obra en el voluminoso Libro y Memorias bisiestas, que puede considerarse como la edición definitiva de su lírica y que, en un jugoso prólogo, contiene lo que podríamos considerar un testamento poético. Sender apreció mucho esta vertiente de su creación aunque despertara poco interés entre los estudiosos (Barreiro, 1998ª; Tello, 2004). El soneto fue su estrofa preferida y privilegió la disposición combinatoria y estructural del material poético en una lisis lírica en la que los elementos simbolistas y herméticos se interaccionaban con los resabios vanguardistas, que nunca lo abandonaron.

Ildefonso Manuel Gil (1912-2003) había publicado alrededor de una decena de poemarios desde que en 1931 se estrenara con Borradores pero cuando en 1968 la santanderina colección La Isla de los Ratones edita Los días del hombre, lleva once años sin publicar poesía. Pese a que todavía oficia de profesor en los USA, donde se jubilaría en 1982, se desquitará en el decenio de los setenta en los que da a la luz seis obras líricas: De persona a persona (1971), colección de poemas dedicados a amigos, Luz sonreída, Goya, amarga luz (1972), edición ampliada de su Homenaje a Goya (1946), Poemas del tiempo y del poema (1973), Elegía total (1976), sobre el desastre nuclear y, quizá, el más relevante de este periodo, Diez poemas de amor y una antología paisajística, Hombre en su tierra, ambas de 1979. Ildefonso había abandonado sus veleidades vanguardistas y se inclinaba un punto hacia lo clásico, matizado por el individualismo, la mirada bronca y la queja cívica, rasgos muy propios de su idiosincrasia. Al contrario de lo que sucede con Sender, I. M. Gil es un poeta sobre el que abunda la bibliografía: (González Soto; Hernández Martínez; Hiriart (1981 y 1984); Martín Zorraquino…)

Manuel Pinillos (1914-1989) es seguramente el poeta aragonés más prolífico en la década de los sesenta en la que edita nueve títulos en colecciones diversas. Tres de ellos corresponden a 1962: En corral ajeno, Aún queda sol en los veranos y Esperar no es un sueño. Vendrán después, Nada es del todo (1963), Atardece sin mí (1964), Lugar de origen (1965), De menos al más (1966), Viento y marea (1968) y Hasta aquí, del Edén (1970). Aminorará  su producción durantr el decenio siguiente, en el que aparecerán dos títulos: Sitiado en la orilla (1976) y Viajero interior (1980).

Su edad, algo más elevada que la de los poetas de Niké, el haber obtenido en 1951 el premio Ciudad de Barcelona, la frecuente presencia en revistas de ámbito nacional, junto a su condición de crítico de poesía, labor que ejercía en Heraldo de Aragón y su carácter difícil y atrabiliario dificultaron su adscripción a grupos y corrientes, todo ello incrementado por su independencia de criterio. Pinillos fue un poeta casi “profesional” con dedicación exclusiva a su menester y numerosísimas sus actividades en torno  a su oficio.

En sus libros de este periodo alterna lo existencial y lo vitalista, como lo hacen lo introspectivo y lo social. Uno de los más interesantes es Lugar de origen, prologado por Camón Aznar y que acoge como escenario a la odiada y querida ciudad de Zaragoza. Destacables son también Hasta aquí del Edén y Sitiado en la orilla, uno y otro bien representativos de la variedad de registros de un creador al que muy pocos senderos de la lírica contemporánea le fueron desconocidos.

pinillos-manuel_dibujo-de-barbosaÉl, que fue un excelente crítico, quizá tuvo dificultad para deslindar lo más valioso de su producción lírica y prescindir de lo accesorio, por lo que su obra es muy desigual. En ella predomina el tono existencial y la forma discursiva en la que afloran los borbotones de la pasión pues Pinillos no podía dejar de ser sincero y desgarrado, siempre con una clara inclinación a los extremos ejemplificados por Eros y Tánatos, junto a la consabida aspiración o nostalgia del ideal inaccesible, llámese paraíso perdido, luz, útero materno o hermandad universal. Su poesía, más enérgica que admirable estéticamente, muchas veces convulsiva por su apasionada necesidad de comunicación, le forzaba a la precipitación y, cuando respondía al ansia de conocimiento, el tono solía ser gris. Pesimista y rebelde, su estilo, directo y rotundo, logra sus más altas cotas al pulsar sus íntimas efusiones. Puede sorprender al lector de hoy su trazo desmañado, que no venía tanto de su ansiosa hiperactividad lírica como de su contumaz aversión por los formalismos y de su odio a esteticismos retóricos. Su obra, bien estudiada, principalmente por Calvo Carilla (1989) y Martínez Barca, ha merecido varias antologías.

La difusión de la obra poética de Francisco Carrasquer (1915-2012), militante e intelectual libertario con un directo protagonismo en la Guerra Civil y la posguerra, fue víctima de  su condición de exilado en un país de lengua no hispana y con una vida muy complicada hasta su asentamiento en Holanda como profesor en la universidad de Leyden. Su primer poemario, Cantos rodados (1956), había sido editado en Ámsterdam, mientras Baladas del alba bala aparecería en La Isla de los Ratones, precisamente, en 1960. Años más tarde, El Bardo daría a las prensas Vísperas (1969), que sería maltratado por la censura y Carrasquer no volvería a publicar poesía hasta muchos años después[14]. Aunque sea un poeta que se caracteriza por su variedad de tonos o registros (intelectual, elemental, épico, existencial, social, amoroso…), es posible encontrar ciertas constantes personales que proporcionan a su lírica la singularidad y originalidad, a las que hizo referencia Gimferrer en el texto que dedicó a ella.

Baladas del alba bala tiene como leit-motiv temático los fusilamientos al amanecer, tan usuales en la guerra y postguerra españolas pero en ningún momento el libro alude a concreciones que pudieran hacer pensar en un libro estrictamente militante o de mera denuncia. La cosmovisión de Carrasquer trasciende lo político y se adentra en lo existencial dentro de una óptica más camusiana que sartriana y, por tanto, más humanista, más moderna, más inteligente. Los veintiocho poemas que forman Baladas del alba bala recorren tanto el estupor y la violencia de ajusticiados y verdugos como la muda presencia del mundo en torno, inocente y culpable, que, al mismo tiempo que se integra en la inerme estupefacción de los condenados conforma un marco frío y pavoroso que parece prefigurar el asesinato.

Luciano Gracia (1917-1986), de origen humilde y formación autodidacta, al que se nombró como uno de los más gracia-luciano-x-alconimportantes editores de poesía aragonesa y también moldeado alrededor del grupo de Niké, en el que lo introdujo su amigo y también impresor, Guillermo Gúdel, no comenzó a publicar hasta al llegar a la cincuentena. En su propia colección estampó sus dos primeros títulos, Como una profecía (1967) y A Isabel, verso de piedra (1968). Les siguieron Hablan los días (1969) en la colección Fuendetodos, que supervisó, Vértice de la sangre (1974), ganador del Premio San Jorge y Creciendo en soledad  (1978).

Su vocación lírica fue muy intensa y sus versos, de tono humano y elegiaco, acusan la influencia de Miguel Hernández, César Vallejo y Neruda. Hombre del pueblo, no falta en ella la preocupación social, especialmente en Hablan los días pero es, sobre todo, la epifanía de la emoción su virtud más destacada. Su primer libro, con el que ganó el certamen “Amantes de Teruel”, gira en torno al amor. La pasión y el desgarro, tan característicos en su tono poético, son los protagonistas de Vértice de la sangre y Creciendo en soledad. Intenso hasta la desmesura, los temas oscuros, desde la tristeza hasta la muerte, se comunican en su lírica con sencillez arrebatada. Un aire coloquial convive con el tono trascendente, de modo que lo existencial, con su cohorte de dolor, barro y lucha, se bate con la tópica aspiración a la belleza y al ideal inaccesible.

En la década de los ochenta todavía se publicarían tres poemarios más -dos de ellos póstumos- y obtendría el reconocimiento de su tierra, al serle dedicadas una plaza en su pueblo natal, Cuarte de Huerva y una calle en Zaragoza. Sobre su trayectoria: Pérez Lasheras-Melero. Acerca de su poesía: Gil; Pérez Lasheras (1987 y 1996). 

Guillermo Gúdel (1919-2001) había publicado únicamente cuatro plaquettes en 1959, antes de dar a las prensas en 1970 Égloga nueva de la tierra propia. Persona de gran modestia y con una trayectoria vital llena de desdichas y contratiempos, pese a su gran amor por la poesía, apenas se ocupó de promocionar la propia producción y, como impresor vocacional, editó por cuenta propia y con pequeñas tiradas la mayoría de sus muy numerosos libros. Gran parte de ellos salieron a la luz a partir de 1980.

Colaborador de Julio Antonio Gómez en Papageno y de Luciano Gracia en Poemas. Égloga nueva de la tierra propia, poemario de raigambre clásica, refleja la trayectoria del poeta imbricado en su territorio. Sus dos siguientes libros: Los pasos cantados, (1975) y Las tristes noticias y Más tierra de España (1980), como buena parte de su obra, resultan una suerte de refugio lírico frente a lo que fue su poco afortunada peripecia vital y ostentan una veta lírica transida de sereno dolor. De correcta factura y hondo sentimiento, un oscuro destino parece cernirse sobre sus versos, existenciales y marcados por la angustia de la temporalidad. Es uno de los pocos poetas aragoneses contemporáneos que cuentan con una biografía: Gracia-Diestre.

Mariano Esquillor (1919-2014), albañil de militancia cenetista hasta la Guerra Civil, se acercó muy tardíamente a la poesía con la publicación en la imprenta de Luciano Gracia de Poemas internos (1971) y La colina eterna (1973), ésta ya en la colección Poemas. Apartado de grupos y círculos culturales, fue alcanzando una limpidez expresiva dentro de unos tonos entre surrealistas y místicos, que en la última época de su larga vida le deparó muchos devotos. En 1975 la colección San Jorge acogió Desde mi tienda alcanzada. Balada a la tierra y la breve pero activa colección Litho Arte, Hielo y libertad y, un año después, Noches y albas. Su acelerado ritmo de publicación propició tres libros más al final de la década: Oda de látigos. Helíaco (1977) y ya en colecciones fuera de Aragón,  Mi compañera la existencia y apuntes de un vagabundo (1979) y Mensaje a Fenicia. Luz, sombra y silencio. Vida, guerrilla y muerte (1980).

La innegable belleza formal de sus versos y su capacidad de sugerencia lo convirtió en un poeta de culto en ciertos ámbitos poéticos[15]. Sin embargo, publicó demasiado aceleradamente (más de veinte títulos hasta su muerte y decenas de inéditos) y sus libros se parecen demasiado entre sí, con lo que es probable que, de haber aquilatado más los contenidos y estructurado su obra, hubiera dejado un poso más duradero. 

Miguel Labordeta y su pipaMiguel Labordeta (1921-1969) es sin discusión la figura mayor y más influyente de la poesía aragonesa de este periodo  en el que se produce su temprana muerte. Con la mayor parte de su breve obra publicada, en 1961 aparece sin embargo, uno de sus grandes aunque breves libros, Epilírica, publicado en una colección bilbaína. La censura redujo a siete sus nueve poemas, a pesar de que los prohibidos habían aparecido ya en  revistas. El poemario constituye el cierre de una etapa lírica y la apertura de otra, que llamará Metalírica. Un año antes de su muerte, la colección Fuendetodos se inaugura con una de sus mejores creaciones, Los soliloquios (1969). El cambio de orientación de su poesía deriva en un volcarse hacia el experimentalismo, privilegiando la ruptura formal y dando entrada a un mayor componente irracionalista. Sin embargo, conserva rasgos ligados a su poesía anterior como son el verbalismo y la tendencia antirrealista, mientras se exacerban otros, empezando por el verso libre, al que siempre fue fiel y que aquí se combina con distintas audacias tipográficas, muy en línea con las corrientes españolas de la época. En 1972 El Bardo publica el inconcluso Autopía, en edición preparada por su amigo y contertulio de Niké, Rosendo Tello para el que el libro supone “un ahondamiento circular centrípeto más depurado, en el sentido juanramoniano”. Las rupturas de Los soliloquios se incrementan en esta obra, en la que las audacias tipográficas no ocultan un poderoso lenguaje poético, que se impone a lo accesorio.

Prueba de la trascendencia de Miguel son las Obras completas[16], publicadas por Fuendetodos en 1972 y las antologías de sus poemas que aparecen en estos cuatro lustros: la de El Bardo titulada Punto y aparte (1967), Pequeña antología (1970), publicada en Palma de Mallorca y La escasa me rienda de los tigres (1975) en Barral Editores.

Miguel Labordeta supo conjugar un romanticismo de base con una veta antirretórica; un verbalismo casi apocalíptico y mesianista, que transmitía en sus versos la sensación casi cernudiana de alguien que quería estar de viaje, huir, no participar en la mascarada sangrienta; un buceador en el misterio de la palabra que utilizó como nadie los coloquialismos; un escritor, al fin, que influyó poderosamente en la poesía aragonesa de la segunda mitad del siglo XX, a pesar de que, como bien destacó Ricardo Senabre, él fuera el destinatario de su propia escritura, contemplándose incesantemente, utilizando unas y otras técnicas de desdoblamiento.

Aunque poco leído fuera de Aragón, la figura y la obra de Miguel Labordeta han recibido abundante atención bibliográfica. Entre otros: Alonso Crespo, Ferrer Solá (1983), Labordeta-Delgado, Romo, Crespo, Ibáñez, Pérez Lasheras-Saldaña, VV.AA (1977, 1985, 1994).

Personaje singular, desde cualquier punto de vista, Luis García-Abrines (1923) abre y cierra este periodo con dos libros García-Abrines con bigotetambién singulares, Así sueña el poeta en sus palabras (fragmentos de unos evangelios apócrifos) (1960), número 6 de la colección Orejudín reeditado por la DGA cuarenta años más tarde, y Ciudadano del mundo (1980) publicado por el propio autor en New Haven (USA), su lugar de residencia desde mediados de los años cincuenta, adonde marchó, incapaz de soportar la mediocridad estética y social de la España franquista. El primero se acoge en todo momento a los principios vanguardistas, desmitificadores y corrosivos consustanciales al autor zaragozano y se considera el primer libro de colajes que apareció en España[17]. No es un libro de poesía pero sí puede considerarse un libro poético. Ciudadano del mundo es una obra que desde su título homenajea al espíritu de Miguel Labordeta, con el que García-Abrines tuvo larga amistad y correspondencia. Libro originalísimo, lleno de humor y ocurrencias en la onda de un dadaísmo baturro, con acercamientos al caligrama, a la poesía concreta, al microrrelato y, en fin, vademécum de una creatividad y una sensibilidad singulares, breviario antológico de las formas poéticas del siglo XX y confesión de parte del amor a su tierra es, lamentablemente, una obra casi desconocida. Un acercamiento a la misma (Barreiro, 2006).

En el mismo 1980 José María Aguirre (1924-2004) publica el que sería su primer libro poético, Londres. Ensayo sobre un cierto tiempo. Aguirre había desarrollado una destacada intervención en la vida cultural zaragozana de los años cincuenta y creó, además publicaciones de prestigio, como Almenara / Alcandara (1950-1952) y Ansí (1953-1955). En 1955 se trasladó a Gran Bretaña como profesor universitario y, una vez jubilado, a Francia, el país de su mujer. Tal vez por su alejamiento de España publicó tardíamente su primer libro de poemas, que solo tuvo continuidad diez años después, con su Libro de meditaciones.

Aunque nacido en Alcázar de San Juan, Antonio Fernández Molina (1927-2005), puede formar parte de la poesía aragonesa por sus treinta años de residencia en Zaragoza -desde 1975 hasta su muerte- y por su amistad con Miguel Labordeta, con el que compartió empresas poéticas, especialmente, como redactor-jefe de Despacho literario. Poeta-pintor, caso extremo de vanguardista a ultranza y fidelidad a la propia estética, es imposible despachar en unas líneas la labor de este intelectual incansable que, sólo en estos veinte años, publicó alrededor de quince libros de poesía, amén de los vinculados a otros géneros. Quizá, destacar Platos de amargo alpiste (1973) y La flauta de hueso (1980). Su producción torrencial y sus propios principios estéticos quizá le impidieron filtrar la calidad de su extensa obra, que a veces dio a conocer bajo heterónimos pero, de cualquier modo, su figura es imprescindible en el panorama poético y cultural español de la segunda mitad del siglo XX (Arrabal; Calvo Carilla, 2007; VV.AA., 2005).
En el periodo estudiado, Fernando Ferreró (1927) es el más veterano superviviente del Grupo de Niké, del que formarán parte varios muchos de los poetas tratados a continuación, como M. Luesma, I. Ciordia, R. Tello, J. A. Gómez, E. Gastón, J. A. Labordeta y J. A. Rey del Corral. No se insistirá más sobre la citada tertulia, pues ya se vio que no constituía un conjunto homogéneo sino un lugar de reunión desde el que expresar una suerte de diferencia. 

Ferreró, que había publicado sus dos primeros poemarios, Acerca de los oscuro y Hacia tu llanto ahogado, a finales de los cincuenta, sacó a la luz en 1970 uno de sus mejores títulos, De la cuestión y el gesto, pero no volvería a publicar hasta 1988. Desde entonces, su ritmo de publicación ha sido mucho más acelerado y su poesía, conceptual, desnuda, difícil, precisa y decididamente antirretórica, le ha convertido en una de los poetas aragoneses más apreciados por las minorías cultas en los últimos tiempos (V. Barreiro 1998b).

Miguel Luesma (1929-1912) se dio a conocer en 1965 con Sólo circunferencia, aparecido en la colección Poemas. Su poesía, entre metafísica, cosmogónica y social, tuvo una buena acogida crítica y obtuvo varios premios, dentro y fuera de Aragón. Así, El Bardo le publicaría en 1966 Poemas en voz baja, a los que siguieron Las trilogías (1968), Sembrando en el viento (1971), En el lento morir del planeta (1972), Antología (1973), Aragón, sinfonía incompleta y Acordes para andar por un planeta vivo (1979). El hombre, el cosmos, el amor y los contextos de su Aragón natal son los temas fundamentales de este poeta que combina el tono existencialista con lo idealista y lo elegiaco. Estudiado por Castilla y González Plumed.

Con sólo dos poemarios, Cafarnaum, (1965) y Estuario (1975), publicados en la imprenta de Luciano Gracia  José Ignacio Ciordia (1930-2012), muy vinculado a los hermanos Labordeta, fue un “raro”, tan cáustico como huidizo, que no hizo ningún esfuerzo por entrar en el canon de la poesía aragonesa. Ya totalmente retirado de la vida pública, una edición crítica de su poesía preparada en 2009 por Ignacio Escuín es la muestra y el estudio más completo de su breve obra.

Rosendo Tello (1931) es hoy el poeta más reconocido en Aragón, tanto por la profundidad y belleza formal de su obra Tello, Rosendo con Horuscomo por la coherencia de su sentido. Con sólo un breve, aunque muy pensado estética y estructuralmente, poemario de 1959, reaparece con Fábula del tiempo (1969), ganadora del Premio San Jorge. El título en cuestión parte ya de un planteamiento, de un proyecto lírico que seguirá a lo largo de su trayectoria.

Sus libros siguientes constituyen una pentalogía cuyos títulos no aparecieron en el orden que los concibió el poeta: Libro de las fundaciones (1973), Paréntesis de la llama (1975), Baladas a dos cuerdas (1979), Meditaciones a medianoche (1982)  y Las estancias del sol (1990). En ellos aflora ya el rigor formal, la deslumbrante precisión rítmica y el sometimiento de una indomeñable intensidad emocional. El designio y la necesidad de creación de una imaginación y un mundo poético dan cauce a una originalísima reflexión en la que fuerza telúrica y necesidad de trascendencia se baten, dando lugar a una expresión oscura y luminosa, a una mística panteísta y existencial, a un latido lírico bronco y, a la vez, sutil y destellante.

La abundancia de imágenes, tanto de filiación vanguardista, como clásica, que habitan su poesía enlazan con la reflexión desnuda, el anhelo de fundación yel tono que combina lo elegiaco, lo profético y el melancólico distanciamiento. Pero siempre, una música esencial, unaa estudiada disposición de acordes y disonancias, una poderosa fe en la palabra

Rosendo, cuyas obra poética completa, El vigilante y su fábula, aparecería en 2005 seguirá publicando hasta hoy mismo pero hasta hace unos años la atención crítica hacia su obra había sido escasa, salvo las consabidas reseñas pergeñadas a la aparición de cada libro. Los trabajos más extensos: Molina Campos; Barreiro (1986); Pérez Lasheras, (1996, 241-249); L. F. Alegre;  Mainer; Vilas.

Gómez, Julio Antonio-Foto Joaquín Alcón002Julio Antonio Gómez (1933-1988) fue, junto a Miguel Labordeta, la figura más interesante de la tertulia Niké y un muy dotado poeta aunque de escasa producción. Su humor, sus anécdotas y su homosexualidad -más desinhibida de lo habitual en la época- lo han convertido en una referencia casi legendaria. Durante los cincuenta, quedó sin publicar su primer libro,  Los Negros, con el que en 1955 había ganado el premio Doncel de Oro y Papageno (1958-1960), la revista editada a sus expensas, sacó únicamente dos números. El segundo constituyó la primera edición de la labordetiana Oficina Horizonte, con un anejo que pasó a ser el primer libro editado por Julio Antonio, Al oeste del lago Kivú los gorilas se suicidaban en manadas numerosísimas. 

En la tan citada colección Fuendetodos, por él creada, publicó la que sería su última obra en vida, Acerca de las trampas (1970), uno de los poemarios más originales y potentes de la poesía aragonesa. En Julio Antonio Gómez, vanguardia, existencialismo y epigonía de Elliot y del teatro del absurdo dieron lugar a una poesía de gran singularidad, no poca rebeldía y muy pugnaz lenguaje que, pese a su calidad, apenas tuvo repercusión. Hoy su valor está en alza y su capacidad para la metáfora, junto a la fuerza e intensidad de su palabra, convierten la lectura de su poesía en una experiencia original y potente. Su obra y figura, reivindicadas póstumamente en ediciones académicas, dan cuenta de una de las escasas llamas de la poesía aragonesa del siglo XX. Pérez Lasheras, 1992; 1993: Saldaña, 1993; 1994; 1998.

Ana María Navales (1934-2009), de personalidad muy dinámica, desde sus inicios poéticos con Silencio y amor (1965), al que siguieron la plaquette, Otra virtud (1970), En las palabras (1970) y Junto a la última piel (1973), estos dos últimos publicados en Barcelona y Caracas. Con Restos de lacre y cera de vigilias (1975) empieza a encontrar su camino y, especialmente,  en el poemario Del fuego secreto (1978), la primera obra en que ella misma consideró que se expresaba con madurez. En Mester de amor (1979) se concretan sus obsesiones en torno a la frustración y el inconformismo, además de desarrollar una voluntad polémica, incluso con sus propios fantasmas personales. Pérez Lasheras, afirma que cada libro suyo “es una invitación a un viaje interior, a un proceso de introspección -viaje a los infiernos, también- (…) una evolución continua de un mundo ya perfectamente estructurado en torno a una serie de imágenes, mitemas y metáforas obsesivas”. Fue una poeta prolífica con clara tendencia al intimismo y la lengua cuidada y reflexiva. La preocupación por el ritmo y la presencia de matices cruzados de introspección y el culturalismo le proporcionan un tono de personal trascendencia.

Su gran vocación hacia las Letras propició una gran actividad como crítica literaria, antóloga de la moderna poesía y narrativa aragonesas y copropulsora de revistas literarias como Albaida (1978-1979), con Rosendo Tello y, desde 1984, Turia, con Raúl Carlos Maícas. Obtuvo también numerosos premios. Su poesía ha sido estudiada principalmente por Ferrer Solá (1991); Pérez Lasheras (1996, 331-342)  y Alarcón.

Hombre vocacional y personaje lírico por antonomasia es Emilio Gastón (1935), cuyo ritmo de publicación ha sido muy desigual. Pese a haber sido asiduo de Niké aparece tardíamente con El hombre amigo mundo (1976), Y como mejor proceda digo (1976) y Pronunciamiento (1978), todos publicados en la colección Poemas. Con una lengua muy personal, con claros ecos de César Vallejo y Miguel Labordeta, es el poeta de la solidaridad con el dolor y la inocencia primordial del hombre. Su tono épico, no desprovisto de ironías, alcanza a veces rasgos retóricos, imbuidos de un proteico amor a la humanidad y la libertad del hombre.

Aparte de reseñas, no existen estudios sobre la poesía de Gastón; pueden verse algunas notas sobre ella en Horno Delgado y Tello.

Gastón_Foto en El hombre amigo mundo006

La figura pública de José Antonio Labordeta (1935-2010) escondió en parte la del poeta, que fue su vocación primordial. Bajo el manto de su hermano pero con tonos diferentes, debutó en su colección Orejudín con Sucede el pensamiento (1959) pero fue en su rica etapa turolense cuando terminó de conformar su mundo personal sin abandonar por ello el patronazgo estético-social de Miguel y César Vallejo, tal como hemos visto ocurrió en Emilio Gastón.

De 1965 es Las sonatas, ya con maneras reconocibles del Labordeta popular y, sobre todo, su libro de Fuendetodos, Labordeta, J A-Treinta y cinco veces uno001Cantar y callar (1971), que incluía un disco con cuatro de sus primeras canciones. Treinta y cinco veces uno (1972) es, seguramente, su mejor y más intenso libro. La obsesión por el vacío, la desolación, la desesperanza, la mediocridad provinciana, el desamparo existencial aparecen en él con una lengua que utiliza recursos estructurales y sintácticos de estricta modernidad. Paisajes batidos por el viento, un mar sin fondo, la desazonante inquietud por la ausencia son una secuela de la desaparición de su hermano y maestro pero, también, muestra de una grieta antigua y mal suturada, una ansiedad por la vuelta al origen, un gemido existencialista y profundamente solitario. Tribulatorio (1973), como el acertado título anuncia, sigue la misma onda de lírica pesadumbre. Hay en el poeta un metafísico y es en sus alusiones a lo telúrico, a lo preternatural, a lo incomprensible del mundo y lo hondo de su conciencia cuando consigue sus mejores registros. Menos original y convincente resulta cuando incide en lo social.

Poemas y canciones (1976) contiene versos volanderos, como los que realizó para la exposición barcelonesa del pintor Fernando Peiró Coronado y anuncia ya los textos  de su etapa pública, aunque nunca abandonará la edición de su poesía y, hasta su muerte, estará en sus lecturas y en sus ocupaciones profundas. Los trabajos más completos: Aguirre; Escuín-Pérez Lasheras y Pérez Lasheras, 2011.

José Antonio Rey del Corral (1939-1995), Tras una niñez y juventud viajeras, como hijo que fue de militar, al aterrizar en Zaragoza se incorporó a Niké, donde fue uno de los más jóvenes asistentes que, como tantos otros, debutó en la colección de Luciano Gracia con Poemas de la incomunicación (1964), libro melancólico y existencial. En 1967 el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá le concedió una beca en Colombia, donde se especializaría  en literatura hispanoamericana y publicaría Cantos colectivos, cuyo título marca ya una de las orientaciones de su lírica, más solidaria que combativa. Tras enseñar también en Panamá, volvió a Zaragoza en 1974 y, poco después, publicaba Tiempo contratiempo (1977), compuesto de 119 bellos sonetos. Cancionero de dos mundos (1978), estará formado principalmente por décimas y romances, como corresponde a su orientación popular pero exigente expresivamente. En el futuro su lírica iría cuajando hasta sus últimos libros en los que estuvo marcada por la introspección y su particular obsesión por el paso del tiempo. En ellos alcanza a combinar madurez expresiva y distanciada intensidad. Estudios: Hernández Simón; Pérez Lasheras 1999; Pérez Lasheras-Rodríguez García; Cortés.

 

En la década de los setenta otros muchos poetas, ajenos por su juventud al Grupo de Niké, van a incorporar sus publicaciones al corpus de la poesía aragonesa. Es de resaltar la convulsión que suscitó en los jóvenes la salida a la calle de la antología Nueve novísimos, que junto al torrente de novedades presidida por la llegada de ediciones de los poetas del 27 y del exilio, las traducciones de poetas europeos y, especialmente, norteamericanos con la Beat Generation a la cabeza, alteró rápidamente los modelos poéticos de los jóvenes.

 Uno de los fundamentales, malogrado en pleno disfrute de su madurez creativa, fue Ignacio Prat (1945-1982). Tras sus primeros versos, publicados en la zaragozana revista Poemas (1963), editó alguna plaquette, pero hasta después de su muerte no apareció un libro con garantías de difusión para su obra. Así, en 1983 José Luis Jover editó para Pre-Textos la antología Para ti 1963-1981, que recogía lo fundamental de su poesía. Por publicarse en periodo posterior al objeto de nuestro estudio, obviamos aquí la descripción y comentario de su difícil y fascinante mundo poético.

guinda-angel-xCon obra muy abundante publicada en los setenta, Ángel Guinda (1948) es uno de los casos de vocación y entrega más arraigada de la lírica aragonesa contemporánea y fundador de una escuela poética, sin sede ni programa pero muy fiel y activa, desde hace varias décadas hasta el presente, que resultó dinamizadora para las nuevas generaciones poéticas. Es verdad que su poesía de esta época presenta las imperfecciones y balbuceos propios de los inicios pero también es patente la voluntad del autor por ir alcanzando una expresión lírica más arriesgada y personal, a veces utilizando una suerte de malditismo tremendista. Una vez más, los comienzos de un poeta aragonés se sustancian en la colección Poemas, en este caso con La pasión o la duda (1972). Seguirán Las imploxiones (1973), Acechante silencio (1973), Canto en el exilio (1973), Encadenadamente liberándonos (1974), La senda (1974), El pasillo (1974), Ataire (1975), Entre el amor y el odio (1977) y Testamento, (1977). Nada menos que diez libros en seis años para culminar en 1980 con su primera obra importante, Vida ávida (1980), publicada en la hoy ya veterana colección Olifante, inspirada por él y dirigida por quien fue su primera mujer, Trinidad Ruiz Marcellán. Título que, además, fue un éxito editorial, teniendo en cuenta el escaso marco de difusión de la poesía en Aragón. Dado que la parte más significativa de su obra se desarrolla en los decenios siguientes, como en el caso precedente, excusamos otras referencias.

Otro poeta que irrumpió con fuerza en los últimos años del franquismo fue el oscense José Luis Alegre Cudós (1951), a raíz de ganar el premio Adonais con Abstracción del diálogo del Cid Mío con Mío Cid, publicado en 1973. No fue el primero ni el último de los muchos galardones que obtendría, con lo que se ganó una justificada fama de niño prodigio, acompañada de cierto talento para la autopromoción, actitud más bien ausente en los poetas nacidos en la primera mitad del siglo y no tanto en algunos de quienes lo hicieron después. Aunque como creyente en la indiferenciación e integración de géneros, Alegre Cudós los tocara todos, nos ceñiremos al poético, bien representado en ese primer libro discursivo, audaz y experimentalista, como los que vendrían después. En Ridícula prosaica rítmica verborrea (1975) utiliza la forma del soneto, que dominaba formalmente, para una reflexión metaliteraria nunca exenta de rebeldía. En 1976 prolonga sus tientos vanguardistas, introspectivos y, a la vez, corales con dos nuevos libros: En un despoblado canta el poeta su rendición incondicional e Instinto de conversación. Uno de sus mejores títulos es Poema de réquiem y de luces (1977), texto simbólico y exultante y, como afirma su entregado prologuista, Francisco Ynduráin, “canto erótico de afirmación corporal, concebido como todo un acto natural de amor”. Primera invitación a la vida obtuvo el Premio Boscán en 1975 aunque no fuera publicado hasta 1979 contrasta temáticamente con el último título de este decenio, Poema del sentir (1980) que, como el propio poeta indica, propone un canto natural a la muerte.

Alegre seguiría publicando poesía hasta finales de la década de los ochenta en que su voz se fue disipando entre nieblas personales. Pese a su constante preocupación por el lenguaje, su calidad expresiva y sus esfuerzos renovadores, Alegre fue un poeta que alcanzó excelentes críticas pero fue asimismo discutido por su ocasional artificiosidad y, a veces, tildado de tedioso. Sin embargo debe reconocerse su esfuerzo personal y aislado en pro de una poética menos convencional y, a veces, arriesgada. Pérez Lasheras 1996 pp. 441-447.

Habría que citar, finalmente, a una serie de poetas que debutaron en los setenta con alguna fortuna pero que interrumpieron su producción o la desarrollaron fundamentalmente en años posteriores. Entre estos últimos podríamos citar en primer lugar un caso aparte como el de Anchel Conte que, con No deixez morir a mía boz (1972), se apuntó el título de publicar el primer libro de poesía en aragonés en una colección de ámbito nacional y que, además, lograría alguna repercusión en años en los que iban apareciendo otras sensibilidades culturales.

El llamado Grupo Folletos (Javier Barreiro, Eduardo Bru, y Javier Checa) publicó con cierta repercusión ciudadana cuatro cuadernos poéticos entre 1971 y 1973. En 1974 la colección San Jorge daría a las prensas Andén Oeste de Eduardo Bru mientras Javier Checa abandonaba la actividad poética y Javier Barreiro publicaría posteriormente.

Carlos Cezón publicó Réquiem por los caminos ya andados (1972), Interludio de nada (1973) y Las margaritas (1976) antes de abandonar la región para ocupar un puesto de juez. También interrumpió su trayectoria Manuel de Codes[18], autor de Amara (1970) y La mano en el sol (1971), este último título en la colección Fuendetodos.

 

Poetas que publicaron un libro a final de la década iniciando una trayectoria con numerosas publicaciones ulteriores fueron Gerardo J. Alquézar (Oratoria para una generación de desheredados, 1977). Manuel Estevan (Posadas, 1978); Ángel Muñoz Petisme –luego Ángel Petisme- con la plaquette (G)rito 1978); José Luis Rodríguez (Origen de las especies, 1979) y José Verón (Legajo incorde, 1980).

Con dos publicaciones, una de ellas en plaquette (Los signos en el agua, 1976 y Moradas y regiones, 1979), figuran el luego prolífico Joaquín Sánchez Vallés y, también Manuel Martínez Forega (Vestíbulo néumico, 1977 y En el umbral de las ubres: contienda, pausa y urulato, 1978).

 

                                                                                              BIBLIOGRAFÍA

 

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                                                                                                  NOTAS

[1] De la misma opinión era José Camón Aznar que, en el prólogo a Lugar de origen (1965) de Manuel Pinillos, escribe: “No creemos que la poesía haya alcanzado nunca en Aragón el actual florecimiento”, p. 5.

[2] Tampoco han abundado en Aragón los estudios de conjunto sobre el periodo y sus poetas: Barreiro (1990; 2010), Capecchi, Domínguez Lasierra (1981; 1997; 2005), Lorenzo de Blancas, Navales, Pérez Lasheras (1996; 1998), Sánchez Ibáñez-Ichaso; VV.AA. (1984)

[3] “Encuesta a críticos, poetas y editores”, Ínsula 565, enero 1994, pp. 11-21.

[4] Ana María Navales figuró como subdirectora.

[5] Finalmente, algunas como Malvaloca, Guadaña, Narra, Glaukopis, Abrotjos… generalmente, promovidas por poetas muy jóvenes y que aparecieron muy a finales de la década del setenta, pertenecen, por su espíritu y actitud, al periodo posterior.

[6] Para un detallado repaso de las revistas y colecciones literarias, Domínguez Lasierra (1987) y Sánchez Ibáñez.

[7] Habría que anotar la Antología de poetas aragoneses, número 48 de la colección Los poetas, publicada en 1929.

[8] Componían el elenco: Mariano Anós, Adolfo Burriel, Aurora Egido, Jorge Juan Eiroa, Carmelo García Comeras, Carlos Lorenzo, Juan María Marín, Socorro Molina, Enrique Pellejer Calamar, María Pilar Pérez Galve, María Pilar Rey del Corral, José Antonio Rey del Corral, Ignacio Prat, José Antonio Maenza y Fernando Villacampa.

[9] El modesto volumen fue promovido por el propio Departamento de Literatura y sufragado por el Rectorado. Los antologados fueron: Ramón Acín, Adolfo Alonso, Luis Bazán, Francisco Fernández Romeo, Ángel Guinda, Benedicto Lorenzo de Blancas, Carlos Lorenzo, Bonifacio Martínez, Héctor Martínez Ferrer, Francisco Ortega, María Pilar Pallarés, Jesús Rubio y Joaquín Sánchez Vallés.

[10] Los nombres incluidos en el primero fueron: Mariano Anós, Benedicto Lorenzo de Blancas, J. Ignacio Ciordia, Fernando Ferreró, Julio Antonio Gómez, Luciano Gracia, Guillermo Gúdel, J. A. Labordeta, M. Labordeta, Miguel Luesma, Manuel Pinillos, J. A. Rey del Corral, Raimundo Salas y Rosendo Tello.

En el segundo: José María Aguirre, José María Alfonso, Juan Emilio Aragonés, J. Javier Barreiro, Manuel de Codes, Anchel Conte, Mercedes Chamorro, Francisco Javier Checa, Emilio Gastón, Ildefonso Manuel Gil, Ana María Navales y Fernando Villacampa.

[11] I. M. Gil, Pinillos, Luciano Gracia, Gúdel, Esquillor, Labordeta, Luesma, Ciordia,Tello, J. A. Gómez, J. A. Labordeta, J. A. Rey del Corral, A. M. Navales, Guinda y J. L. Alegre Cudós fueron los poetas recogidos.

[12] Hay edición facsímil: Pérez Lasheras-Melero.

[13] Inaugurado el 23 de mayo de 1940 en la calle Requeté Aragonés (hoy Cinco de Marzo), estuvo abierto exactamente durante 29 años, ya que cerró el 22 de mayo de 1969, setenta días antes de la muerte de Miguel Labordeta. Varios de los poetas del grupo continuaron durante unos años la tertulia en el Club Radio Zaragoza, cafetería situada en los bajos de un local sito en el cercano Pasaje Palafox.

[14] Vísperas fue publicado en edición bilingüe en Haarlem (Holanda), con prólogo de Lucebert, el más conocido de los poetas neerlandeses. En 1999 el Instituto de Estudios Aragoneses publicó Palabra bajo protesta, una antología. Baladas del alba bala sería reeditado en 2007 por Bartleby. 2007, año en el que le fue concedido el Premio de las Letra Aragonesas, alumbró Pondera… ¡que algo queda! (Alcaraván) y Poesía completa, editada por el ayuntamiento de Tárrega, su ciudad de residencia al regreso del exilio. Todavía en 2010, Prensas Universitarias de Zaragoza publicaría Poemario aleatorio. Por las razones antedichas los estudios sobre la poesía de Carrasquer son escasos: Barreiro (1999 y 2001); Gimferrer; Lucebert.

[15] Especialmente en los formados en torno a Antonio Fernández Molina y Ángel Guinda, de éste es uno de los estudios más amplios sobre el poeta.

[16] En 1983 apareció una edición de Obras completas, debida a Clemente Alonso Crespo y en 2015, Obra publicada, preparada por Antonio Pérez Lasheras y Alfredo Saldaña.

[17] En la presentación, Luis declara su gratitud a Alfonso Buñuel que le descubrió el mundo de los colajes y había reunido un conjunto de ellos en un volumen que desapareció en el Madrid de la Guerra Civil. Todavía editó García-Abrines otros dos excelentes libros de este género: Crisicollages para Luis Buñuel (1980) y, en 1988, Variaciones sobre La donna e mobile (Solo -de gaita- para hombres).

[18] Nacido Madrid pero residente en Aragón desde 1958.