Publicado en Estudios sobre Tango y Lunfardo ofrecidos a José Gobello (Compiladores: Oscar Conde-Marcelo Olivari), Buenos Aires, Carpe Noctem, 2002, pp. 33-41.

En Mujeres y hombres que hicieron el tango, que quiere ser la quintaesencia de los muchos saberes que, a lo largo de medio siglo, José Gobello reunió en torno a esa música y sus conjuntos, se estampaba respecto a los versos de Celedonio Flores: “…sus tangos, compuestos en los alejandrinos más musicales y más redondos de toda la poesía argentina…”. No se trataba de ningún descubrimiento o caída de Saulo porque, casi un cuarto de siglo antes, el mismo autor había escrito en Tangos, letras y letristas que los de Cele eran “los alejandrinos más perfectos de nuestra literatura popular”. Sin embargo, muy poca atención crítica ha suscitado “el Negro” entre los estudiosos de la poesía argentina contemporánea pese a la innegable repercusión social de sus versos. De hecho, hasta 1964 no se encuentra un trabajo de cierta entidad, el debido a Juan Silbido, autor al que se suele citar muy poco, pese a ser de los primeros que se preocupó de documentar con cierta seriedad sus trabajos de investigación. La bibliografía que acompaña a esta colaboración no debe confundir con su relativa extensión -teniendo en cuenta, además, que, por la lejanía del autor a los centros de producción de bibliografía tanguera, puede haber obras de las que no haya tenido noticia- ya que se trata en su mayoría de apuntes o notas muy breves.

Por  la dificultad que presenta la datación cronológica de sus composiciones, me limitaré a comentar aquí los tangos elegiacos de Flores porque corresponden a la época en que las letras de otros autores comenzaban a incidir, de manera un tanto excesiva en ese campo. Y, sin embargo, no fue Cele autor que diera mucha cancha al lloriqueo y la cantinela de lo mejor de cualquier tiempo pasado. El propio Gobello nos advierte que “el negrito enjugó las lágrimas de Contursi con el pañuelo compadrón que llevaba en él cabalete y, como quien dice, pasó a otra cosa… (con) el aplomo… del hombre corrido que puede  mirar la vida como lo que es, agua que corre”. Efectivamente, Celedonio tenía demasiado sentido del humor y capacidad de distanciamiento para apuntarse al carro de quienes añoraban una más que improbable edad de oro.

En los clásicos latinos la elegía es un género más que nada formal a través de su expresión en el dístico elegiaco que, poco a poco, se va centrando en la manifestación de estados anímicos de pérdida y lamento. Catulo fijó sus caracteres, Tibulo la vinculó con la serenidad del campo, que luego tendría tan larga derivación en los “menosprecios de corte y alabanzas de aldea”, y  Propercio y  Ovidio la trajeron hacia sí para expresar sus cuitas de amores. En la Edad Media amplió sus metros originales y Boccaccio tituló como elegía su Fiammetta, también madre, tal vez, de la novela psicológica. Más tarde, Sannazzaro escribió tres libros de Elegiae y, poco a poco, fue tildándose de tal cualquier composición que, independientemente de la métrica, volcase su sensibilidad en el dolor y la tristeza por lo perdido. En la literatura española del Siglo de Oro, tras la cumbre de las coplas de Jorge Manrique y las selectas imitaciones latinas de Garcilaso,  Fernando de Herrera  la perfeccionó en su variedad amorosa y habrían de pasar siglos para que Miguel Hernández diera a la luz, el otro pináculo, la magistral Elegía a Ramón Sijé. Antes, la malevolencia de Góngora se había servido de su característico metro elegiaco, el dístico, formado por un hexámetro y un pentámetro, para largarle a Quevedo otra alusión a su cojera: “vuestros pies son de elegía”. Pero, entretanto, los más altos escritores europeos habían transitado por ella, desde Ronsard a Rilke, pasando por Milton, Gray, Schiller, Goethe o Holderlin, con su punto culminante en el siglo XVIII. La elegía se concretizaba ya, más que en un género, en una atmósfera de dolor contenido, de tristeza y melancolía, que expresaba tanto la pérdida de algo querido, como el difuso sentimiento de “lo que pudo haber sido y no fue”.  Romanticismo,  Modernismo y las fascinaciones de la contemporaneidad la redujeron a un segundo plano y la elegía se convirtió, sobre todo, en refugio de poetas chirles y hombres descomprometidos con su tiempo. Nadie se imagina a un vanguardista elegiaco y la presencia del género en el tango, salvando las precisiones que se harán,  obedece a razones más vinculadas con estructuras psíquicas miméticas y acopio de tópicos que a sentimientos verdaderamente trascendentes.

Con todo, es frecuente en las elegías tangueras, incluyendo las de Contursi, un matiz humorístico al que Flores no podía ser ajeno. Cuando en 1923 escribe en primera persona las octavas decasílabas y octosílabas de El bulín de la calle Ayacucho con un lunfardo nada rebuscado y perfectamente reconocible, está simplemente echando en falta un reducto donde hace menos de dos años –nada- el poeta se reunía para pasar unas horas de farra cantora y conversadora con los amigos. En efecto, y según el testimonio de José Servidio, autor de su música, las reuniones duraron hasta finales de 1921. Celedonio, con sólo 27 años, no mala situación económica y muchos amigos, no puede ser demasiado sincero cuando añora ese bulín pródigo en ratones –también según el mismo Servidio- porque ningún problema hubiera tenido para lograr cualquier otro espacio en el que hacer las mismas cosas. El pretexto dramático: “la piba mimosa y sincera que hacia el cielo volando se fue” es obviamente un apósito no basado en la realidad sino una concesión irónica a las agonías propias de los tangos de su tiempo. El objeto, pues, de la elegía es el propio bulín que, al concretizarse en esa ubicación real del número 1443 de la calle Ayacucho, adquiere un protagonismo ejemplificador de una etapa de la juventud que se ve en trance de evolucionar hacia otras metas. El abandonado –“rechiflado parece llorar”- resulta ser, pues, el apartamento que, al perder su presencia humana, ha pasado a ser una triste habitación más de conventillo.

Los versos que, con el título de Mi cuartito, Flores confeccionó para sustituir a los anteriores con motivo del decreto proscriptor del lunfardo emanado del general Pedro Pablo Ramírez, son ya definitivamente prescindibles. Su adjetivación tópica, los diminutivos socorridos, su tono sensiblero y falso proscriben, incluso, darle el título de elegía a una composición que en veinte años había perdido sus principales valores: la frescura, la ingenuidad distante, el mérito de ser un apunte, inspirado pero puramente ocasional, de algo que no pasó de la anécdota.

El menos famoso de los tangos elegiacos de Flores es Viejo coche que, con música de Eduardo Pereyra, cantó Rosita Quiroga en 1926. El personaje que lo enuncia es masculino pero la exclusividad que la deliciosa cantora de la Boca tenía por entonces de los tangos de Celedonio propició que fuera ella quien lo llevara al disco. También en segunda persona, se trata de cinco sextillas que incluyen una octavilla entre ellas, polimetría a la que tan aficionado fue el tango, aunque no especialmente nuestro autor. El poeta efectúa una identificación con su decadencia y la del coche para, sin solución de continuidad, evocar la complicidad con el viejo cochero que, como él, sólo espera el designio final de la vida. También aparece la innecesaria concesión al tópico: “¡Pero abierta está la herida / de la leyenda fingida / que me contó esa mujer!”. Historia de la que no se aportan más datos. Es una letra, evidentemente, de relleno que poco contribuye a la gloria de su autor.

Mucho más inspirado resultó Viejo smoking (1930) en el que, con economía verbal y un estupendo equilibrio entre naturalidad expresiva y retórica literaria, se nos cuenta una historia, también a través de la segunda persona, servida por unos irreprochables versos de dieciséis sílabas, que se hacen octosílabos en los estribillos. Fue Gardel, que también lo interpretó en los pioneros y entrañables cortos para el cine de Morera, quien lo grabó, con música de Barbieri, para fortuna de sus oyentes.

Fértil en términos lunfardos, coloquial y literario, en él se avista esa combinación de lo culto y lo popular que suelen destacar los comentaristas de la poesía de Flores, así como ese sentimentalismo sin cursilería que, a menudo, alcanza la ocasión de conmovernos. Desde su primer verso es notable tal pericia combinatoria. Tras la función apelativa que personifica a la prenda instándole a campanear el cotorro, la imagen poética y desoladora a través del participio “despoblado”. En el segundo verso se incrementa la dinamización que vivifica las cosas: esa “catrera compadreando sin colchón” y, a continuación, la entrada del protagonista del que ya se nos marca su triste situación: “ha perdido el estado”. En la comparación, “como perro de botón”,  la nota humorística, que desdramatiza lo que, al cabo, no es sino la historia de alguien que vivió sobre sus posibilidades.

En el segundo serventesio  la efectividad del discurso narrativo se advierte en la rica información que se nos da en sus cuatro versos. Poco a poco, todo ha sido empeñado y sólo el smoking se conserva como imagen y símbolo de un pasado al que no se quiere renunciar porque constituye un sueño que fue real. Todavía tiene tiempo para la metáfora coloquial: “se dio juego de pileta y hubo que echarse a nadar” y, también,  para la reflexión desiderativa: ese “sueño, del que quiera Dios que nunca me vengan a despertar”.

En el primer estribillo, la elección de las imágenes no puede ser más precisa: la lunfarda alusión a las lágrimas que las mujeres vertieron en él: “cuánta papusa garaba / en tus solapas lloró” y la metonimia personificadora: “solapas que con su brillo / parece que encandilaban/ y que donde iban sentaban / mi fama de gigoló”.

Ahora, los serventesios van a servirse de la enumeración para describirnos la situación a que ha llegado el otrora rey del cabaret. Pero el golpe de efectividad está en los dos últimos versos, a mitad de camino entre el patetismo y el humor, que hacen que nos identifiquemos con la cuita de este nuevo “patotero sentimental”: “Vas a ver que un día de éstos te voy a poner de almohada, / y tirao en la catrera, me voy a dejar morir”.

Vuelve el estribillo final al motivo de las solapas, pero es la propiedad en la descripción: “…cuántas veces/ la milonguera más papa / el brillo de tu solapa / de estuque y carmín manchó”,  la materialidad de esos revoques, lo que nos hace sentir de verdad el pequeño drama, que todavía sabemos oír a Gardel con idéntica emoción.

Si en los tangos anteriores lo elegíaco se vinculaba a lo personal, con lo que el componente ético que -como también señaló Gobello- aportó Celedonio al tango, estaba ausente de estas elegías, en ese hermoso y raro poema que Flores tituló Corrientes y Esmeralda a la elegía se superponen la pequeña historia, el suave humorismo, la mueca compasiva, la generosa admiración y la implicación personal del vate en el corazón de la que fue su ciudad.

Desde la primera vez que leí esa letra –hará más de veinticinco años- me atrapó con su magia, su extrañeza y, también –por qué no- con su acopio de datos. Tardé bastantes años más en oírla porque Gardel, con su elegancia, no pudo cantarla, aunque bien lo pudiera haber hecho en forma de guiño cómplice. No sé si fue la versión de Ángel Vargas o la de Carlos Acuña, ambas excelentes, la primera que llegó a mis oídos, pero es uno de los pocos  tangos que no hace falta escuchar para que nos entre.

Eduardo Romano nos dice que fue escrito en 1922, aunque llama la atención que no fuera incluida en Chapaleando barro (1929) y sí en Cuando pasa el organito (1935), lo que, dada su calidad, hace pensar en por qué, de estar escrita,  no la incluyó  Celedonio en su primer poemario que contiene otros cantos de menor calidad a distintos reductos ciudadanos. Fuera como fuese, estos serventesios dodecasílabos, cuyas claves tan bien nos explicaron Gobello, otra vez, y Bossio, en 1975, contienen, junto a los consabidos elementos postmodernistas tan queridos por nuestro poeta, otros que lo aproximan a las vanguardias. Y no sólo por la inventiva verbal sino por la luz de varias de sus imágenes.

Si en las rimas está también esa audacia modernista –a ningún ignorante se le ocurre rimar “cross” con “novecientos dos”-, el binomio adjetivo-sustantivo “rante canguela” o nombres con su complemento como “curdelas de grappa y locas de pris”  son experimentos ya muy atrevidos para la poesía primisecular, lo mismo que la inclusión de nombres propios reales en el penúltimo serventesio, procedimiento que también llevarían a cabo algunos componentes de la llamada Generación del 27.

  Corrientes y Esmeralda tiene la particularidad, entre tantas otras, de que el poema termina con una EPSON scanner image promesa ya cumplida: ese “te prometo el verso más rante y canero/ para hacer el tango que te haga inmortal”. Es, sí, una forma de establecer esa comunicación personal intensa con  el Buenos Aires que Celedonio Flores vivió y ayudó a dar fama y, también, una suerte de implicación vital en un poema en el que el yo no tiene otra cabida que la de mero observador privilegiado.

He hablado de poema “raro” y algo se ha justificado en los párrafos anteriores, pero desde la sorprendente utilización de la forma  verbal  del inicio “Amainaron” hasta esa metáfora deportiva de los últimos versos: “cuando con la vida esté cero a cero”,  un despliegue de originalidad recorre los seis serventesios coronados por un quinteto que, junto a las peculiaridades aludidas, no desdeña el verso cálido, familiar y hasta elemental: “te ofrece su afecto más hondo y cordial”. Lunfardo, vanguardia, lenguaje coloquial, humor y exactitud topográfica nos contemplan desde este poema al que puso una bella música, como suya, Francisco Pracánico.  No sabemos qué admirar más si la precisión de las alusiones históricas, la afectividad de buena índole que respira para personas y cosas o la inventiva verbal  de las estrofas tercera y sexta que hay que volver a transcribir porque su lectura nos exime de una glosa que sería, por la multiplicidad de sugestiones, tal vez cansadora.

El Odeón se manda la Real Academia,

rebotando en tangos el viejo Pigall,

y se juega el resto la doliente anemia

que espera el tranvía para su arrabal.

Te glosa en poemas Carlos de la Púa

y el pobre Contursi fue tu amigo fiel…

en tu esquina rea, cualquier cacatúa

sueña con la pinta de Carlos Gardel.

Creo que el tango no alcanzó nunca esta altura textual aunque Discépolo, inventor de tantas otras excelentes originalidades, le anduvo cerca en Fangal. Soy de los que piensan, y alguna vez habré de escribirlo, que el sobrevalorado Manzi se columpió muchas veces en su intento de fundir el sentimiento con lo existencial, lo metafísico con lo visual.  Por eso creo que el negro Cele no ha sido valorado como merecía y el análisis pormenorizado de su obra aguarda aún al estudioso o al lector con sensibilidad. Sus giros lunfardos tienen tanto la desfachatez del auténtico reo, como la libertad del hombre culto que sabe fundir sus lecturas con el lenguaje de la calle para lograr un idioma rico, original y lleno de color. Su economía de medios, tan presente en textos que están en la mente de todos y en otros menos famosos como La historia de siempre. Su veta satírica, que puede llegar a ser desgarrada, tiene otras veces la fibra patética de quien ha sentido el dolor de tantas vidas consumidas en el barro. Se ha destacado, pero apenas se ha estudiado, su veta social, su ternura para la mujer aunque un soneto como el, por otra parte, estupendo Biaba parezca desmentirlo. Igualmente, puede verse en él un apunte irónico y, desde luego, está lejos de la bestialidad para con la hembra de Buen remedio de Yacaré o de muchos versos de Julián Centeya. Además de sus conocidos tangos Pan o Sentencia, en otros poemas como Oro viejo o Chorro aparece,  bien, como en el primero, su indignación contra el repugnante matón de comité, bien, como sucede en el otro, su compasión de hombría de buena ley para quien no ha podido ser otra cosa. Poemas como El perro flaco desdeñan la sensiblería y nos hablan con unas notas de modernidad que quizá no se perciben bien desde un siglo que invoca –lo que da pábulo al optimismo histórico- los derechos de los animales. Sus poemas descriptivos tienen cimas como ese hermoso y brutal Arrabal salvaje, por no hablar de las numerosas pinturas de los barrios  y topografías de Buenos Aires. Hasta la intertextualidad, hoy en tantas bocas, no le fue ajena como puede comprobarse en el bienhumorado pastiche que tituló Sonatina.

Como versificador, se desenvolvió con gusto y naturalidad lo mismo en el romance que en el difícil verso largo –compuso muchos poemas con versos alejandrinos y hasta de dieciséis sílabas-, sin duda influenciado por sus amplias lecturas modernistas. Bebió en Carriego pero sus alientos fueron de más largo alcance. La asonancia fluye en Celedonio con naturalidad y belleza, véase si no ese prodigio de fluidez que es la milonga Chatita color celeste. Su poética nos la dejó bien servida –y, por supuesto, también con sus chispas de ironía-. en poemas tan bien compuestos y directos como los de La musa mistonga de los arrabales, Por qué canto así, Musa rea o Versos.

Desconozco el número de tangos que llegó a componer Cele pero tengo registrados alrededor de ciento cuarenta. Como no puede ser de otra manera, hay varios prescindibles pero cualquier aficionado sabe que otros muchos  son la historia del tango y en varios aspectos alcanzó la categoría de pionero.  José Gobello, en su Crónica general del tango, nos señaló que con  sus versos titulados Por la pinta y, luego, Pelandruna refinada, en el registro del negro Ricardo o Margot, en la grabación gardeliana, trajo un acento nuevo que comenzó a enjugar cachadoramente las lágrimas que al tango había puesto Contursi. Tampoco debe olvidarse que Chapaleando barro (1929) es uno de los primeros libros en que la poesía lunfarda alcanza unos caracteres que, como sucede en La crencha engrasada, tan sólo un año anterior, superan la exclusiva fijación al bajo fondo. Antes de estos, sólo cuatro poemarios lunfardos habían llegado al libro: Versos rantifusos (1916) de Yacaré, El arrabal porteño (1923) de Silverio Manco, Vigilante y ladrón (1925) de Alberto Arana, (Garbino) y ¡Semos hermanos! (1928) de Dante A. Linyera. Como estampó Jorge Gottling, que  considera a Flores el más perfilado de los poetas que haya dado el tango, sus versos “inauguraron la reflexión sobre el arrabal, un campo de acción interior más que una concreta referencia al catastro”.

El lugar de Celedonio Esteban Flores en la poesía popular del Río de la Plata es indiscutible. Pero poemas como Corrientes y Esmeralda y otros de los aquí citados le otorgan también un lugar en la poesía sin adjetivos de la nación argentina.

Flores, Celedonio Esteban

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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(Introito a Alcohol y Literatura, Menoscuarto ediciones, 2017, pp. 11-18)

                                                                      INTROITO

 El noruego Knut Hamsun, Premio Nobel en 1920, decidió finalmente asistir a la ceremonia de su entrega pese a que Per Hallström, uno de los jurados, había manifestado: “Ha estado ejerciendo una anárquica influencia durante casi toda su vida y probablemente ni siquiera considere legítima la postura idealista que el Premio Nobel pretende fomentar”. Eso sí, Hamsun se presentó absolutamente borracho. Entre otras patochadas, se acercó a la también miembro de la Academia y premio Nobel en 1908, Selma Lagërlof[1] y, tras golpear su corsé, eructó: “Lo sabía, suena igual que una campana”. Después tiró de las patillas a otro de los jurados, trató de compensar con el dinero del premio a dos miembros más que le habían votado y, al no aceptar éstos, se lo ofreció a un camarero de su hotel. Tampoco se atrevió a quedárselo el empleado y Knut dejó el dinero y el diploma en el ascensor. Pese a su muy ajetreada vida, llegó a los noventa y dos años, aunque recluido en un asilo de enfermos mentales[2].

Los escandinavos llevan fama de adictos al trago, pero no están solos. Según el doctor Goodwin[3] el setenta por ciento de los escritores norteamericanos premiados con el Nobel tuvieron problemas con el alcohol o lo utilizaron como fuente de inspiración. Es decir, cinco de siete: Sinclair Lewis, que en 1926 había rechazado el premio Pulitzer, obtuvo el primero de los Nobel otorgados a un norteamericano en 1930. El resto de los bebedores eran: Eugene O’Neill, premiado en 1936, William Faulkner (1949), Ernest Hemingway (1954) y John Steinbeck (1962). No se entienden bien las cuentas de Goodwin o debió de escribir su artículo antes de 1976, año en que se entregó el premio a Saul Bellow. Después lo recibirían Isaac Bashevis Singer (1978), la afroamericana Toni Morrison (1993) y el también poco sospechoso de abstinencia, Bob Dylan (2016). Pero es que, de los dos a quienes Goodwin no considera vinculados con el alcohol, Pearl S. Buck (1938) y Thomas Stearn Eliot (1948), la  primera, tan cursi y moralista, en algún periodo de su vida las cogía que era un primor. Aunque a menudo se le considera británico, el muy circunspecto Thomas Stearn Eliot contrafigura de un Hemingway, cultivador y exhibicionista de la desmesura, era también americano de nacimiento.

Pero Estados Unidos contaba ya con el escritor al que suele considerarse como emblema de esta propensión, Edgar Allan Poe, que recibió el alcoholismo como herencia genética y, con su conducta, hizo honor a ella hasta su muerte, sobrevenida tras un episodio de delirium tremens.

El rudo escritor noruego y los cinco americanos no eran ninguna rareza en su profesión. Más de dos mil años antes el filósofo Crisipo murió bebiendo vino aunque otros testimonios hablen de que murió de risa. En alguno de sus setecientos cinco libros había recomendado el incesto -que practicaba con su madre- y la antropofagia. Diógenes Laercio nos cuenta que el tal Crisipo de Soli consideraba el beber vino como una de las pocas actividades específicamente humanas. No le faltaban buenos maestros: Sócrates era apreciado por sus contemporáneos como un gran bebedor y esa cualidad de aguante para las libaciones constituía una de las principales razones para obtener el respeto de sus discípulos. Lucas Gracián Dantisco, en una obra hoy olvidada pero con multitud de ediciones en anteriores centurias, escribía acerca del maestro de Platón:

 Sócrates del cual cuentan que le duró la noche el brindarse a porfía con otro gran bebedor llamado Aristófanes, y la mañana siguiente hizo una linda medida de geometría sin errar un punto. Adonde mostró que el vino no le hubiese hecho estorbo, y esto por la continuación que tenía de haberse muchas veces arriscado a beber a porfía, y aunque muchos mostraban su valor en el beber mucho y sobre apuestas sin perder el sentido, la victoria que han ganado es tal que lo debemos tener por vicio pestilencial, y pecado muy torpe.                                                                                                         

                                                                Galateo español, (Cap. XV: Del brindarse)

  Siglos después, el psiquiatra francés Louis-Francisque Lélut catalogaba a Sócrates como una personalidad delirante y alucinada.

  Los griegos se acostumbraban a beber desde pequeños por lo que luego soportaban mejor los efectos etílicos y esto era motivo de prestigio; tal vez heredáramos de ellos esa “mitología del aguante”, hasta hace poco tan del gusto de nuestros pueblos y hoy en claro retroceso aunque, con otros parámetros, haya pasado a las culturas urbanas.

Anacarsis Escita reflexionó abundantemente sobre las costumbres etílicas de los griegos y no dejaba de admirarse de que al principio de la comida se bebiese en vasos pequeños que, después, iban siendo sustituidos por los grandes.

  Adicto fue también un tipo peligroso, Periandro, que preso de la ira e incitado por sus concubinas, mató a patadas a su mujer embarazada. Después, quemó vivas a aquéllas. Injusticia distributiva de la que alardea en una carta a su suegro, Procleo:

El fracaso de mi mujer aconteció contra mi voluntad; pero tú serás injusto si exacerbas el ánimo de mi hijo contra mí. Si no calmas la fiereza de mi hijo para conmigo, me vengaré de ti; yo ya vengué la muerte de tu hija abrasando vivas a mis concubinas y quemando junto a su sepulcro los adornos de todas las matronas corintias.

    Otro sabio, Timón, muy dado a la bebida, según Antígono, llegó a cumplir los noventa años, edad muy inusual en la época. Los griegos se preparaban con previsión -y en esto les siguieron los romanos- para los excesos colocándose, entre otras cosas, una corona de perejil. Pensaban que esta planta absorbía los vapores etílicos.

Li-Po, considerado como el más grande poeta chino y uno de los sabios más indiscutibles de la humanidad, a pesar de su iniciación en el taoísmo, fue un gran bebedor y murió a resultas de una borrachera.

  Entre los escribientes latrolítricos, los ejemplos, las facecias y las demasías son innumerables y este libro dará buena cuenta de ello. Antes de que me pongan el grito en el cielo, advierto ya que aparecen menos orientales que occidentales y menos mujeres que hombres. Es cierto que, según algunos, los chinos inventaron la destilación, que otros atribuyen a los árabes; es, asimismo cierto que ellas cogen unas pítimas que da susto pero lamento comunicar que también es aproximadamente cierto que hembras y orientales tienen menos eficiencia en una de las enzimas –conocida técnicamente como ADH- que ayudan a procesar el alcohol en el hígado (v. pag. 126), con lo que habitualmente las cogen antes y no pueden competir con igualdad en este terreno, aunque no falten escritoras borrachas que ocuparán su sitial con todos los honores.

En cada localidad europea, desde las minúsculas aldeas hasta las grandes urbes, la bebida, la exaltación de la embriaguez, las historias cómicas de borrachos, la vinculación de fiesta, alegría y vino han formado parte de la vida cotidiana, de la tradición, de la forma de vida de la gente. A los evidentes aspectos siniestros del alcoholismo[4] se opone toda la cultura de la diversión, la transgresión, la juerga, las canciones báquicas, el carnaval… Las admoniciones contra el alcohol no han conseguido nunca desterrarlo. La borrachera es uno de los pocos ritos de iniciación juvenil que se conservan y hoy -para bien y/o para mal- las culturas occidentales han incluido también al sexo femenino.

Beber es placentero pero puede perjudicar y llevar a cometer actos inqueridos y violentos. Ilumina y embrutece. Hace más humano y más salvaje. Como tantas cosas, es pura contradicción: sienta bien y mal, alegra y entristece, proporciona tono y lo apaga, estimula la creación y es capaz de abolirla para siempre. Evidentemente, la solución no está en los anuncios: beber con moderación, recomiendan, cosa sólo al alcance del tibio de corazón. De momento, nos conformaremos con seguir el bieninten­cionado “Si bebes, no conduzcas” y, por nuestra parte, recomenda­remos al abstemio que beba algo y al excesivo, que dé al garguero unas semanas de vacaciones. Y, en cuanto al repaso de borrachines, espero que nuestro dedo no tome nunca caracteres acusadores ni tampoco exculpatorios. El adagio “Cada uno sabe lo suyo” siempre me pareció irreprochable.

 Fuera de la traviesa juventud y de escasos círculos de resistentes, hay que reconocer que emborracharse no está de moda y cada vez asoman más las caras censorias y las voces amenazadoras en televisiones y programas educativos. Ya Machado catalogó a los “borrachos de sombra negra” en un poema ejemplar que podría servir como modelo de “lo que debe ser y lo que no debe ser”. La línea entre la borrachera jocosa y la agresiva es cierto que no está demasiado clara y que hasta un borrachín típico puede pasar por las dos, según el día que tenga. Pero, en general, suele depender de la persona. “Ése tiene mal vino”, solía decirse. Cuando, para bien y para mal, la sociabilidad del español estaba más a flor de piel, el borracho era una incidencia más de la vida cotidiana y todas sus peripecias eran vistas como algo jocoso y digno de contarse. Antes, un borracho daba, sobre todo, risa y es recurso cómico empleado habitualmente por el género chico, por el cine, antes de convertirse en una cosa más bien truculenta y ruidosa, y por los tebeos. Hoy, ser tildado de borracho no gusta ni a quienes les gusta emborracharse. Hace unos años leí cómo el presidente Maragall había demandado a la revista Vanidad por un artículo titulado “10 borrachos”, que, además del mentado, incluía a Hemingway, Bukowski, Ernesto de Hannover, María Jiménez y, nada menos que cinco actores, Jean-Claude Van Damme, Melanie Griffith, Liz Taylor, Ben Affleck y Joaquin Phoenix. No parece que hubiera de irse tan lejos para encontrar los diez, como se verá en este volumen, ni merecía la pena incluir difuntos en una revista de actualidad. El caso es que allí se escribía que “se pillan unas tajás inhumanas”, se los llamaba “borrachines típicos” y, respecto a Maragall, aún se tomaban sus prevenciones aduciendo que nunca se ha sabido si era rumor o realidad pero que tiene “el garbo y la estampa del típico borrachín de chiste, nariz colorada, pómulos hinchados, ojeras paposas y voz de carraspera”. “¿Y qué?”, contestaría yo si fuese el acusado, “¿Cumplo con mi trabajo?”, “¿Me duermo en los plenos?”, “¿”Me pongo a cantarle ‘Si vas a la Font del Gat’ al alcalde de Perpiñán cuando viene a verme?”.

  Por otro lado, desde la antigüedad, el número de grandes hombres bebedores es posible que supere al de los sobrios, con lo que ya anuncio que poca moralina se destilará en estas páginas. Mucho se ha escrito sobre la vinculación del genio con la locura y el exceso pero es que también grandes hombres conocidos por su equilibrio, como Goethe, bebían. En su caso, entre una y dos botellas de vino al día, pero sin intención de emborracharse, sino como una actividad cotidiana más, como tomar el fresco o cepillarse los dientes. De cualquier manera, la relación con la bebida en el pasado era bastante menos histérica que hoy. El dato es de principios del siglo XX pero sin duda podría fácilmente expandirse en el tiempo: en la soldada diaria de los segadores se incluían tres litros de vino que, naturalmente, no almacenaban para el futuro sino que a lo largo de la jornada iban embuchando.

  A la extendida, y en tantos casos veraz, idea de que el alcoholismo es una enfermedad[5], postura, además, adoptada por la mayoría de las asociaciones médicas, se opone hoy una corriente, defendida entre otros por Stanton Peele[6], que considera la necesidad de bebida como una especie de equilibrador emocional, de lubricante que intervendría en la ecología personal de cada cual. Idea que, si bien se mira, es la que siempre ha tenido la gente respecto a la mayoría de los bebedores, no de los borrachos reconocidos, agresivos y lastimosos. La adicción sería una especie de consecuencia natural de la personalidad global del individuo, una actividad que se integraría compensatoriamente en la economía psíquica de cada sujeto.

                                                                  NOTAS                                                                       

[1] De ella había dicho otro de los jurados: “Escribe como una imbécil pero vota con inteligencia”.

    [2] En 1949 apareció su diario escrito durante su reclusión, Por senderos que la maleza oculta, Madrid, Nórdica, 2012.

    [3] D. W. Goodwin, “Alcohol as a Muse”, American Journal Psychoterapy, vol. 46 nº 3, 1992, pp. 422-438.

[4] “Como recuerda Thomas Brennan, el término de “Alcoholismo” había sido ya acuñado en el siglo XVIII encubriendo de cientifismo la condena de la taberna por las clases dirigentes, al tiempo que explicando “científicamente” la depauperación del proletariado, a partir de su negligencia, indisciplina e imprevisión”. V. Uría (2003: 596n.)

[5] Todos los alcohólicos son bebedores pero no todos los grandes bebedores son alcohólicos, palabra que, a veces, usamos con demasiada liberalidad. El adicto que reclama alcohol en cualquier momento del día o de la noche para no sufrir el síndrome de abstinencia y cuya desdichada vida está supeditada a la ingestión del líquido no es el mismo que quien, bebiendo mucho, no necesita a todas horas ni todos los días vivir con un determinado grado de alcohol en sangre.

[6] V. Peele (1998).

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/10/27/los-escritores-y-el-alcohol-truman-capote-y-jose-solana/

 

En 1892 Joaquín Dicenta todavía sólo había publicado dos títulos: Spoliarium y el libreto del drama El suicidio de Werther. Sin embargo, ya debía de haber sufrido el asedio de los “amigos” y conocidos adictos a hacerte el favor de aceptar el regalo de tu libro. En dicho año encabeza Tinta negra, su nuevo volumen de artículos y cuentos con el siguiente texto, que la SGAE, CEDRO y la Asociaciones de Escritores debían editar y repartir por todo el país:

 

“Ayer tuve la honra de ser presentado a usted por X y hoy me apresuro a escribirle con objeto de que me remita, dedicadas, las obras que usted ha escrito, y por las cuales siento admiración profunda, como lo pruebo al solicitar de usted este favor señaladísimo”.

“Gracias anticipadas, y… ahí van las diez pesetas importe de los ejemplares”, creí yo que diría Juan Pérez (así se firmaba el autor de la epístola); pero nada de esto; no ya las diez pesetas, ni mención de ellas venía en el escrito de aquel amigo improvisado.

Juan Pérez necesitaba leerme gratis y con Autógrafo; cosa muy justa, porque, al fin y a la postre, el sujeto había cambiado conmigo un apretón de manos, dándome al paso las señas de su domicilio, circunstancias sobradas para que en esta tierra, eminentemente burguesa y rutinaria, donde sólo se consideran profesiones y medios de vivir los  garantizados por un título oficial o por un establecimiento con puertas a la calle, se atreva cualquier ciudadano a reclamar, de quien vive y se alimenta de su pluma, el fruto de sus esfuerzos y vigilias, en clase de regalo y casi casi como haciéndole un gran favor.

Francamente, yo agradecí la honra que me dispensaba admirador tan fervoroso, y en vez de coger mis libros y mandárselos, de acuerdo con sus pretensiones, cogí la pluma y le escribí la siguiente carta, que copio y traslado a las páginas de este libro para satisfacción de todos los seres incógnitos que se ocupan en pedir dedicatorias y en proteger, sin detrimento de su bolsillo, las Bellas Artes y la impresa literatura.

Dice así la carta:

“Apreciable Mecenas y Pérez: ¿Cómo he podido yo merecer la ventura impensada de que usted me escriba, reclamando mis libros para formar parte de su biblioteca económica? —Digo económica, porque, a juzgar por las señas, no debe haberle costado muy cara.—  ¿Qué hizo este humilde emborronador de cuartillas para que Juan Pérez, nada menos que don Juan Pérez, se acuerde de él y pretenda aumentar el número de sus lectores?

Dígole a usted, generoso amigo, que semejantes mercedes me aturden, a tal extremo, que no sé cómo contestarle y cómo recordarle una cosa que seguramente se le quedó en el tintero, más por ignorancia que por propósito firme y decidido.

Pide usted mis libros, dedicados y a título gracioso; yo se los remitiría inmediatamente, pero de hacerlo, perdería una peseta por tomo, y aunque esta cantidad no merece la pena de mentarse, conviene señalarla, añadiendo a la vez que yo vivo de mi dinero, y no de la amistad de usted, que, por otra parte, vale mucho.

Aunque usted no lo crea, joven y aprovechado Pérez, yo vivo de mis libros y de mis artículos, no tan bien como usted, que lo hará con el sueldo que le proporcione algún tío suyo en un Ministerio cualquiera, pero vivo, y como, y visto, y hasta me permito cenar en Fornos de cuando en cuando.

Para esto emborrono cuartillas y se las llevo luego a un editor, que me las publica en forma de pliegos impresos, previo el pago de papel, impresión y tirada; en seguida pongo el libro a la venta, y con sus productos voy pasando esta vida de desventuras.

Ahora bien, estimado favorecedor: si después de lo mal que anda esto de la venta de libros, se les ocurre a todos los Pérez que hay en España pedirme los míos, como usted lo hace, es indudable que moriré ayuno, a no ser que usted me remita, a cambio de la dedicatoria que reclama, una panacea hábil para prescindir del estómago.

Fíjese bien en el argumento, Pérez de mi alma. Exigir gratis un libro suyo al autor que vive de venderlos, es una inconveniencia. ¿Le parecería a usted bien que yo, inmediatamente de presentado a un sastre, le dijera: “Agradeceré a usted mucho que me dedique un traje de levita para mi uso particular?

¿Qué diría el sastre? Pues, sobre poco más o menos, lo que sigue:

El que quiera trajes, que los pague.

Y si el sastre me diría a mí esto, ¿por qué no he de decírselo a usted yo, que vivo de mis cuartillas como vive el sastre de sus telas?

Nada, amigo Pérez, que no le mando a usted los libros, aunque la negativa me cueste un pedazo del alma, órgano o lo que sea, que, con valer mucho, no halla quien lo tome a cambio de un pedazo de pan.

Bueno que todo el mundo tenga derecho a hacerme escribir en un álbum poesías que le sirven para conquistar los favores de alguna belleza; bueno que en reuniones y comidas esté uno obligado a  vomitar versos para distraer la digestión de cuatro gastrónomos y a cubrir con el ritmo de la redondilla o de las octavas reales el cuchicheo melifluo de media docena de novios; bueno es eso, y por ello paso, pero no más, aunque usted se enfade y no me salude en todos los días de su vida.

Si quiere usted libros, pásese por las librerías, donde, previo el pago correspondiente, tendrá todos y cuantos le vinieren en gana; y si quiere usted dedicatorias, considere como dedicado este artículo y léaselo a todos los Pérez que conozca, con lo cual ganarán mucho, no yo, que de puro desconocido estoy casi libre de peticiones, sino otros autores afamados, a los cuales les sale a cada hora un Pérez ansioso de favorecerlos y de hacer la propaganda de sus obras.

Consérvese usted bueno y disponga de mí para todo, menos para llevarse gratis lo que a mí me cuesta algún dinero, bastante trabajo e infinitos disgustos.

Suyo afectísimo seguro servidor

Q. B. S. M.,

JOAQUÍN DICENTA

-“Mi sucesora tendría que ser varias”.

Y era así porque fue actriz de teatro serio, de teatro musical y de revista, actriz  de cine, recitadora, cantante de todos los géneros, cuplé, zarzuela, canción española, romance, jota, sevillana, tuna, canción hispanoamericana, canción francesa, canción tradicional, chotis, tango, samba,  pasodoble, bolero y todo lo que le echaran. Y todo lo hacía mejor que bien.

Los niños de la calle se le subían a la espalda, agarraban sus trenzas y le decían: “¡Arre, macho!”

Es sabido que ella se llamaba Natividad Macho Álvarez, lo que, como era frecuente en la época, le reportaba abundantes befas y cachondeo. La pobre solía preguntar a su padre si no se podían cambiar el nombre. Pero estaba  orgulloso de estar emparentado con el escultor Victorio Macho, primo hermano de su padre, el abuelo de Nati.

Otra gracieta con la que le obsequiaban, ya de adulta:

-¿Cómo se llama usted?

-Macho

-“M’a hecho gracia”.

Debutó como bailarina.

Con nueve años y en un programa que conducía Boby Deglané. Toda ella era una mujer espectáculo que para todo valía. También para el ballet y para las sevillanas, que bailó  en otras actuaciones.

Novia formal de Tony Leblanc

Se conocieron como actores en el film Currito de la Cruz y hubo flechazo. Al terminar el rodaje ya eran novios y decidieron formar compañía. Ella en el canto y él en el humor. Hicieron una gira por España y les fue regular. En Madrid, decidieron montar un espectáculo “¡Viva el folklore!”, que tampoco maravilló. Luego vino una temporada en que ambos apenas lograban trabajar. Era un noviazgo blanco, de pasear cogidos de la mano y poco más. Ambos seguían viviendo con sus familias, ella en la Ronda de Segovia y él, en el Museo del Prado, donde su padre oficiaba de conserje, aunque Tony se compró una Harley Davidson de 750 c.c. y le gustaba también impresionar con su “paquete”. A pesar de que se gustaban y ya habían hablado de boda, el mucho temperamento de ambos y los continuos enfados les hicieron comprender que era mejor dejarlo de lado. Ninguno habló mal del otro sino que siempre se admiraron.

El 13 era su número.

Nació un 13 de diciembre en la madrileña calle del Águila. Se le bautizó a los 13 días en la iglesia de la Paloma y ganó a los 13 años el concurso de fados “Roupa branca” en Radio Madrid, que la dio a conocer. Se casó el 13 de abril de 1959 con Joaquín Vila Puig

 “Sólo Gardel ha permanecido”.

Sabía que en su profesión no existía la memoria y había que ganarse día a día la fama, que desaparecía en cuanto faltabas una temporada de los escenarios. “El que en esta profesión se duela de que lo olviden está perdido. Tenemos que acostumbrarnos a eso. Yo creo que el único que ha permanecido por encima de muertes y catástrofes es Carlos Gardel”.

Yo le dí la noticia de que le habían concedido el Premio Nacional de Teatro.

En octubre de 1998, estaba invitado a impartir una ponencia en el Festival Hispanoamericano de Teatro, que se celebra todos los años en Cádiz. Por la mañana, al despertarme escuché en la radio que le habían otorgado el galardón y, como tenía previsto –algo tarde, en aquella época trasnochaba- acudí a una mesa redonda en la que ella participaba. Al finalizar, me acerqué a la mesa –ella estaba en un extremo- y la felicité. No sabía nada. Como era tan natural, no disimuló nada su euforia. Se puso contentísima y me dio dos besazos. Uno en cada carrillo, de esos apretados de tía abuela de las de antes. El contentor no era sólo por colmar la inevitable –y en este caso merecida- vanidad del artista sino porque al premio lo acompañaban cinco milloncejos de pesetas de las de antes.

“Me gusta mucho más Putin que Robert Redford”.

En efecto, discrepaba de los blanditos ídolos de galería, que enseñan dentadura. “Putin sabe lo que quiere, como conseguirlo y nada de reír, sino sonreír y de lado”. Por eso le gustaba.

El chiste que le contó a Franco.

Franco visita un pueblo y el alcalde, vestido de gala junto a toda la corporación, lo recibe servil y oficioso, y despliega toda la retórica que trae preparada:

-Don Claudio, para Rasilla del Monte es un honor y un orgullo que su Excelencia se acerque a recibir nuestro homenaje. Nunca olvidará el pueblo esta fecha señera.

-Gracias, alcalde.

-Don Claudio, todos los convecinos están con su Excelencia que nos ha traído, el regadío, el orden y la justicia social…

-Agradecido, alcalde.

-Don Claudio, el pueblo ya le ha dedicado la Plaza Mayor pero ahora estaría muy honrado si aceptara que su nombre figurara en las escuelas como reconocimiento al desarrollo educativo y cultural que el fiel seguimiento de los principios del Movimiento ha deparado.

-De acuerdo, alcalde, pero ¿por qué me llama usted don Claudio?

-Su Excelencia, es que llamarle Claudillo me parecía una falta de respeto.

Fue la actriz española que en más ocasiones representó a Valle-Inclán y García Lorca durante el franquismo.

Lo hizo en 1961 en la pionera versión de José Tamayo, representando el papel protagonista de Mari Gaila. Fue la primera gran producción teatral de Valle-Inclán, que se llevó al escenario durante la Dictadura. A la pregunta de un entrevistador “¿A quién le gustaría defender en el Juicio Universal?, Nati contestó que al autor gallego.

A García Lorca lo representó en España y América, donde realizó gran parte de su carrera. Al menos llevó a los escenarios La zapatera prodigiosa, Bodas de sangre, Yerma La casa de Bernarda Alba, personaje este último que –afirmaba- era el que más le gustaba interpretar.

BIBLIOGRAFÍA

-BLAS VEGA, José, La canción española (De La Caramba a Isabel Pantoja), Madrid, Taller El Búcaro, 1996.

-CORTÉS-CAVANILLAS, Julián, Psicoanálisis. Diálogos con figuras famosas, Madrid, Prensa Española, 1967.

-ESPÍN, Miguel y Romualdo MOLINA, Quiroga, un genio sevillano. Aniversario del centenario (1899-1999), Madrid, Sociedad General de Autores Españoles-Fundación Autor, 1999, p. 174.

HERRERA, Carlos, “Historias de la copla. Nati Mistral”, El País Semanal, 2-V-1993.

-LEBLANC, Tony, Esta es mi vida (4ª ed.), Madrid, Temas de Hoy, 1999.

-MOIX, Terenci, Suspiros de España. La copla y el cine de nuestro recuerdo, Barcelona, Plaza & Janés, 1993.

-PINEDA NOVO, Daniel, Las folklóricas y el cine, Huelva, Festival de Cine Iberoamericano, 1991.

-RÍO, Ángel del, Libro del casticismo madrileño (2ª ed.), Madrid, Ediciones La Librería, 2000.

-ROMÁN, Manuel, Memoria de la copla. La canción española de Conchita Piquer a Isabel Pantoja, Madrid, Alianza, 1993.

-, Canciones de nuestra vida. De Antonio Machín a Julio Iglesias, Madrid, Alianza, 1994.

-, Los Cómicos, 6. Pioneros de la televisión. Vampiresas y estrellas de los 60, Barcelona, Royal Books, 1996, pp. 41-45.

, La copla, Madrid, Acento, 2000.

-SENDÍN GALIANA, Alfredo, Radiografías poéticas de la Peña Teatral Chicote, Madrid, Autor, 1971.

-VÁZQUEZ DE SOLA,  Nati Mistral, Madrid, Ídolos del cine, 1959.

Publicado en Aragón Digital, 2-3 de agosto de 2017.

He buscado y no he visto por ningún sitio el dato de que Helena d’Algy haya fallecido. Vivía en 2012, con 106 años, por lo que, nacida en junio de 1906, “el año de la boda del rey”, ahora tendría 111 años. Sería, creo, no sólo el récord entre actrices, sino entre cualquier tipo de artista.

A pesar de que casi todas las fuentes la dan como portuguesa nacida en Lisboa, es española y vino al mundo en la calle Mayor madrileña. Eso sí, hija de un ingeniero portugués, que construyó los ferrocarriles de Angola y una española que quiso ser cantante de ópera. Antonia Guedes Infante fue el verdadero nombre de la futura actriz y, fallecido su padre cuando ella contaba catorce años e instada por su madre, que quiso reiniciar su carrera de cantante, tomó el sobrenombre de su hermano mayor, el también famoso actor Tony d’Algy, latin lover en el Hollywood de los años veinte.

Helena, atraída por el baile, comenzó a tomar clases de danza. En dicha disciplina dio sus primeros pasos teatrales. Acompañada de su madre, marchó a Brasil, con la compañía de Esperanza Iris y, pronto, ayudada por su hermano mayor, Tony d’Algy (Luanda, Angola, 1896), de quien tomó el seudónimo y que había emigrado como actor a América, fue contratada por la Compañía Ziegfield Follies de Nueva York, la que dio vuelo a las revistas musicales de Broadway. Las buenas trazas de Helena dieron paso a que en 1924 el experimentado director, Stuart Blackton, le ofreciese un significativo papel en el film Let No Man Put Asunder, basado en la novela homónima de Basil King y enseguida fue contratada por la Fox para hacer el papel de la Condesa Ferrari en Lend me Your Husband.

 

 

 

 

 

Helena d’Algy no fue una más. En 1924 acompañó a Rodolfo Valentino en el protagonismo de El diablo santificado. En esta película, titulada en inglés A Sainted Devil, baila un tango con el divo, como tres años antes lo habían hecho Beatrice Domínguez y Alice Terry en Los cuatro jinetes del Apocalipsis. También aparece su hermano, por el que, al parecer, Valentino sentía alguna atracción.

Helena trabajó después con directores tan importantes en la historia del cine como Josef Von Stenberg, Franz Borzage, Víctor Sjöstrom, Alan Crosland o John Reinhardt. Con Crosland, participó en el rodaje de Don Juan (1926), al que, por cierto, asesina en este film, el primero de la historia que incorpora algunos efectos sonoros.

Entre 1925 y 1926 rodó diez filmes en Hollywood. En 1931 trabajó con Florián Rey en Lo mejor es reír y, por si fuera poco, en la última de sus películas –ya en el cine sonoro- Helena d’Algy da la réplica a Carlos Gardel en Melodía de arrabal (1933). Ella es a quien, acodado en una mesa, le canta el famoso tango homónimo. Ahí es nada: en diez años de vida cinematográfica, rodar más de veinte películas, empezar con Valentino y terminar con Gardel , ya que, con 27 años, Helena-Antonia compra un piso en Madrid junto a su madre y no vuelve a aparecer en el cine español, cosa que si hizo su hermano Tony, fallecido en 1977, hasta fines de los años cuarenta.

La última vez que pudo verse a Helena d’Algy fue en 1991, cuando se proyectaron en TVE los capítulos de un extraordinario programa, Imágenes perdidas. En el titulado “Estrellas apagadas”, ella aparecía elegantísima y sin darse importancia, hablando de que su película con la estrella italo-americana no había tenido ningún éxito.

Es más que probable que Helena d’Algy haya muerto y es más que triste que nadie  nos diera cuenta de su fallecimiento ni haya rescatado su figura.

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/11/22/la-longevidad/

BIBLIOGRAFÍA

AGUILAR, Ana, Mujeres de cine. Ecos de Hollywood en España, 1914-1936, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, 2015, pp. 180-181.

ARMERO, Álvaro, Una aventura americana. Españoles en Hollywood, Madríd, Compañía Literaria, 1995.

BALLESTEROS GARCÍA, Rosa María, Con nombre extranjero. Bio-filmografías de actrices en el cine español (1916-1950), 172-173.

GARCÍA DE DUEÑAS, Jesús, ¡Nos vamos a Hollywood! (Abecedario de una frustración), Madrid, Nickel Odeón, 1993.

GONZÁLEZ LÓPEZ, Palmira y Joaquín T. CÁNOVAS BELCHI, Catálogo del cine español. Películas de ficción 1921-1930, Ministerio de Cultura-Filmoteca Española, 1993.

 

FILMOGRAFÍA

Let No Man Put Asunder (Stuart Blackton, 1924)

Lend me Your Husband (Christy Cabanne, 1924)

 It is the Law (J. Gordon Evans, 1924)

A Sainted Devil-El diablo santificado (Joseph Henabery,1924)

Pretty Ladies–El jazz-band del Follies (Monta Bell, 1925)

The fool (Harry F. Millarde, 1925)

La evasión (Josef Von Stenberg,

Daddy’s Gone A-Hunting (Franz Borzage, 1925)

Confessions of queen – (Víctor Sjöstrom, 1925)

Don Juan (Alan Crosland, 1926)

Siberia (Víctor Schetzinger, 1926)

The cowboy and the Countess –  El vaquero y la condesa (Roy William Neill, 1926)

Dominique sister -La elegante pecadora (Josef Von Stenberg-Phil Rossen, 1926)

The silver treassure  (El tesoro de hidalgos,  (Tony d’Algy,1927)

 

Doña Mentiras (Adelqui Millar, 1930)

Un hombre de suerte (Benito Perojo, 1930)

Lo mejor es reír (Florián Rey, 1931)

Marions-nous (Louis Mercanton, 1931)

El hombre que asesinó -versión hispana de Stambul-  (Dimitri Buchowetzki 1931)

Entre noche y día (Albert de Courville, 1932)

Melodía de arrabal (John Reindhart, 1933)

 

 

(Entrevista de Luis Alegre, publicada en la sección “El patio del recreo” de Heraldo de Aragón, 16-VII-2017)

¿Recuerda qué le hizo reír por primera vez?

-Mi padre intentando coger para mí la luna o convirtiéndose en la estatua del explorador Livingstone, que veíamos en un estereóscopo. Tendría dos o tres años.

¿Y lo que le hizo llorar?

-Sobre todo, a mis tres años, la extracción de las amígdalas en vivo, sujetado por un fornido  enfermero.

¿Qué era en el patio del colegio? (el líder, el gracioso, el empollón, el gamberro..)

-A los nueve o diez años, en el curso anterior al ingreso de bachiller, fui a la vez el líder y el gracioso pero, antes y después, pasé bastante inadvertido.

¿Se sentía alguien raro, especial, diferente?

-Sí, claro. Como hiperemotivo, no entendía la crueldad del mundo, la de los niños, la injusticia, la miseria, la desigualdad aunque, probablemente, yo también fui a veces cruel o injusto sin advertirlo.

¿Recibió algún castigo que le dejara huella?

-Puede que fuera el primer día que entré, con cuatro años, en un colegio de monjas, que, en general, no eran malas. Pero siempre he sido torpe y se me cayó en clase algo de la mantequilla del bocadillo. A la monja no se le ocurrió mejor escarmiento que toda la clase corease “¡El mantecoso!, ¡El mantecoso!”  y entonces no estaba gordito, como ahora. No prosperó como mote pero, luego, me pusieron otro también relacionado con la merienda.

 ¿Qué es lo que más le gustaba hacer cuando no estudiaba?

 -Jugar e imaginar.

 ¿Cuál fue la calle de su infancia?

-Nací en la calle Colón, todavía  sin asfaltar entre el Camino de las Torres, también sin asfaltar y flanqueado por una acequia, hoy subterránea, y una calle Tenor Fleta, con la vía del tren descubierta. Pero mi madre, que tenía pujos de señorita, no quería que jugásemos en la calle

 ¿Qué es lo que más y lo que menos le gustaba del lugar –ciudad o pueblo- en el que vivía?

-Siempre me gustó callejear por el centro. Zaragoza todavía conservaba rincones llenos de misterio, tiendas raras…

 ¿Cuál es el episodio de su infancia o adolescencia que con más frecuencia vuelve a su memoria?

-Muchos, por ejemplo, la felicidad que me deparaban las reuniones familiares -éramos un montón de primos- en la enorme casa de mi abuela paterna, llena de cosas raras y cachivaches. Tenía buena memoria y buena voz y a veces, cantaba fragmentos de zarzuela a la familia. De la adolescencia, por autodefensa, no quiero ni acordarme.

 ¿Echa de menos haber hecho algo en su infancia? 

-Muchas cosas: viajar, aprender música, aprender idiomas… Los niños que han estado en muchos lugares salen mucho más espabilados. Y no es mi caso.

¿Tenía mucha conciencia política?

-Empecé a adquirirla en 6ª y Preu, los dos últimos cursos del bachiller antiguo.

¿Qué imagen tenía de Franco?

-De crío, creo que neutra. Era omnipresente y aburrido. Mi padre, que se decía liberal, no se atrevía a decir nada al respecto. Años  después, sí.

¿Era alguien muy religioso?

-A pesar del ambiente del colegio: misa, ángelus y rosario diario, la verdad es que no. A los catorce años dejé de creer. Me empezaron a gustar las chicas y decidí que una doctrina que prohibía eso era una mala doctrina.

 ¿De qué modo le hizo sufrir el sentido del pecado, la sensación de mala conciencia?

-De niño, la típica desazón de poder ir al infierno, por el sinnúmero de pecados que había en el catecismo. Lo de las ánimas del purgatorio –al que me creía destinado- también me parecía el colmo de la injusticia y, si echaba limosna, iba para ellas.

 ¿Hasta qué punto influía en su conducta el peso del “qué dirán”?

-De adolescente, cualquier cosa me daba vergüenza –no sé por qué- hasta llevar el periódico en la mano. Y eso que aún no sabía lo malo que puede ser un periódico.

¿Cuál fue su primer contacto con la muerte?. ¿Pensaba a menudo en ella? ¿Le angustiaba o le provocaba algún tipo de tormento?

-La de mi tía abuela Carmen, cuando tenía unos ocho años. Pero la muerte nunca me ha impresionado demasiado. Creo que hay que tener buena relación con ella; es nuestro acompañante más constante.

¿Cómo ganó su primer dinero?

-Vendiendo a domicilio la Enciclopedia Monitor con 17 años. Trabajos horribles pero que me ayudaban a superar la timidez.

¿Hizo alguna locura o disparate que le haga sentirse especialmente orgulloso? 

-De eso, siempre he coleccionado.

¿Cuál fue la primera estrella de cine que le fascinó?

-Burt Lancaster y Gina  Lollobrigida.

¿Y la primera chica que, en la vida real, le provocó una emoción inolvidable?

-Hubo bastantes episodios agradables, pero inolvidable es mucho decir. A la primera de las inolvidables, la conocí con 22 ó 23 años.

¿Cuál fue la primera canción que memorizó?

-Mi madre cantaba mucho y yo, de crío, tenía una excelente memoria, así que fueron muchas y no sabría decir una.

El cine, el fútbol, los toros y la radio reinaban en esa España. ¿Qué relación tuvo con ellos?

-Con el cine, intensísima y muy gozosa. Me parecía una injusticia intolerable que hubiera películas para mayores y que la censura  cortase o prohibiese otras. Los toros desde niño me parecieron una fiesta incomprensible. No entendía cómo  alguien podía divertirse viendo torturar un animal ensangrentado. Si había en la tele, apagaba la televisión y mi familia me lo consentía. El fútbol siempre me ha gustado mucho y la radio, también.

De todo lo que le enseñaron sus padres, ¿qué es lo que caló en usted con más fuerza?

-Lo insostenible de la mentira.

¿En qué momento pensó a qué dedicar su vida?

-Siempre supe que quería leer y escribir. Mi vocación fue muy temprana.

Si pudiera viajar en el tiempo y regresar a sus primeros años durante un día, ¿a qué día volvería?

-Al día en que me iban a engendrar mis padres para intentar convencerlos de que lo dejaran para un poco más adelante y así no tener que experimentar durante tantos años la purria clerigo-militar y la suciedad moral del franquismo. Hoy, en cambio, ante tanto progre iletrado, los militares me caen bien.

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Otras entrevistas: 

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/06/05/entrevista-de-raul-lahoz-con-el-firmante/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/06/27/entrevista-con-javier-barreiro-en-analecta-malacitana-junio-2017-por-manuel-galeote/

(Publicado en Aragón Digital, 7-8 de julio de 2017)

Se escandalizaba Ernesto Sábato, hombre profundamente reaccionario pese a haber presidido la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), tras la última dictadura argentina, de que el siglo XX acogiera la peregrina idea de que el hombre que viajaba en tren era superior a quien montaba a caballo. También se escandalizaba de que dicha centuria hubiera traído el despropósito de la igualdad de los sexos. No lo digo yo. Es el comienzo de su ensayo Heterodoxia (1952).

 ¿Qué es, pues, lo progresista, el caballo o el tren? A juicio de Sábato y, también, de algún ecologista: el primero. El escritor argentino tal vez olvidaba que, salvo en las clases aristocráticas o incluso en ellas, el caballo es un ser vivo sometido a esclavitud y tortura en forma de espuelas, fustas, rebenques, taleros, látigos, y bocados de hierro en las fauces que le fuerzan a obedecer, pues en otro caso, le esperaría un dolor insoportable.

 Algunos de quien hoy se creen progresistas -a fuerza de reivindicar asesinos múltiples, por el hecho de haber militado en organizaciones que llamábanse comunistas, e ignorar a los asesinados: el concurrido “algo habrán hecho”-, consideran que el ser humano que viaja en bicicleta es moralmente superior, tanto al peatón como al que utiliza vehículo de motor. Eso es para ellos un axioma, pese a que el significado de reaccionario sea el de “Quien se propone restaurar lo que ya ha sido abolido”. 

 Del mismo modo, con razones tan miopes como falsamente obreristas, se discutieron las máquinas en el siglo XIX, hasta llegar al disparate de la I Internacional, que aceptó una ponencia que condenaba las novísimas máquinas de coser Singer porque, en opinión de sus redactores, con el pedaleo, las operarias frotaban sus muslos, experimentando una dulce sensación erótica. Los patronos, conscientes de la oportunidad, esperaban acechantes y seducían a la inocente productora.

Ahora, como en cualquier tiempo represivo, hay que mostrar las credenciales cuando se cuestiona la verdad establecida en el programa obligatorio, lo políticamente correcto. Por consiguiente, habré de proclamar que poseo y pago anualmente el carnet de bizi que me permite pelear –que no pedalear-  con las birriosas máquinas que el malhadado Belloch “legó” a los ciudadanos de Cesaraugusta. Y, como usuario de zapatillas, velocípedos y motor, procuro hacer uso de todos, según las circunstancias, como creo sucede en el caso de mis civilizadísimos conciudadanos. Sin embargo, la opción oficial es otra: perseguir al coche, ignorar al peatón y llenar el pavimento de carriles para bicicletas y tranvías.

 Me congratulo de muchas de las iniciativas que se han concretado en las últimas décadas: retirar los coches que infestaban los bulevares en los años setenta, propiciar las “zonas azules”, que debieran extenderse a toda la ciudad, restringir el paso de vehículos por zonas monumentales, perseguir la emisión de gases, construir circuitos para senderistas y ciclistas que quieran gozar de la naturaleza periurbana y tantas otras, no pretendo restaurar lo abolido. Pero me revienta el culto al rey de la casa: sea el niño, la bicicleta o el orgullo LGTB.

 Sobreproteger al marginal es terminar con él. Crear un nuevo poder que, como todo poder que se precie, terminará intentando aplastar al disidente.

 

 

GRACIA BAILO, Luciano, Cuarte de Huerva (Zaragoza), 11-07-1917 / Zaragoza, 28-10-1986

De origen humilde y formación autodidacta, en su juventud quiso vivir la aventura de la bohemia pero la dura lucha cotidiana por sobrevivir lo llevó al oficio de impresor. Entró así en contacto con la literatura, que se convertiría en su razón de vida. Trabajó en los talleres de la imprenta Casañal, en los de Heraldo de Aragón y en los del Hogar Pignatelli, antes de fundar Gráficas Los Sitios. Desempeñó un papel fundamental en la poesía aragonesa de la segunda mitad del siglo XX por su labor editorial, primero como fundador y director, junto a Gúdel, de la revista Poemas (1962-1964) y, después, como inspirador de la colección del mismo nombre (1963-1986), que totalizó más de medio centenar de títulos y en la que figuran muchos de los poetas aragoneses más significados de su tiempo. También supervisó la colección Fuendetodos, la más sobresaliente de las aparecidas en Aragón.

De la mano de su amigo Guillermo Gúdel, se incorporó, aunque sin mucha asiduidad, al grupo poético que se reunía en el zaragozano café Niké  y se dio a conocer tardíamente como poeta, a pesar de que su vocación lírica fue muy intensa.  Sus versos, de tono humano y elegiaco, acusan la influencia de Miguel Hernández, así como las de César Vallejo y Neruda. Hombre del pueblo, no faltan en ellos la preocupación social, especialmente en Hablan los días, pero es, sobre todo, la emoción su virtud más destacada.

Su primer libro, con el que ganó el certamen “Amantes de Teruel”, gira en torno al amor. La pasión y el desgarro, tan característicos en su tono poético, son los protagonistas de Vértice de la sangre y Creciendo en soledad. Intenso hasta la desmesura, los temas oscuros, desde la tristeza hasta la muerte, se comunican en su lírica con sencillez arrebatada. Un aire coloquial convive con el tono trascendente, de modo que lo existencial, con su cohorte de dolor, barro y lucha, se bate con la tópica aspiración a la belleza y al ideal inaccesible. Su última publicación en vida recoge una antología de su obra anterior (Poemas recobrados) y catorce poemas nuevos que tituló Huellas de ceniza. Tras su muerte aparecieron otros dos poemarios, cuyos sendos títulos hacen referencia a la luz y a la sombra, es decir, a la aludida contradicción entre el ideal y el limo de la vida.

En sus últimos años  obtendría el reconocimiento en su propia tierra, al rendírsele varios homenajes y serle dedicadas una plaza en su pueblo natal, Cuarte de Huerva, y una calle en Zaragoza. Asimismo  se publicaron dos poemarios póstumos a cargo de la editorial Ayuso y la Institución Fernando el Católico.

 

Rosendo Tello, Luciano y Miguel Ángel Marín en uno de los homenajes que se le tributaron.

 

                                                      OBRAS

Como una profecía, Zaragoza, Col. Poemas, 1967.

A Isabel, verso de piedra, Zaragoza, Col. Poemas, 1968.

Hablan los días, Zaragoza, Javalambre, Col. Fuendetodos de Poesía, 1969.

Vértice de la sangre, Zaragoza, IFC, 1974.

Creciendo en soledad, Zaragoza, Publicaciones Porvivir Independiente, 1978.

Poemas recobrados y huellas de ceniza, Zaragoza, IFC, 1982.

Cuando la luz asoma, Madrid, Ayuso, 1987.

Eslabones de sombra, Zaragoza, IFC, 1988.

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-VV.AA., “Homenaje a Luciano Gracia”, Andalán nº 463, 16-XI-1986.

El texto, con añadidos y modificaciones proviene de mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos 1885-2205, Zaragoza, Diputación Provincial, 2010, pp. 502-504.