Publicado en Estudios sobre Tango y Lunfardo ofrecidos a José Gobello (Compiladores: Oscar Conde-Marcelo Olivari), Buenos Aires, Carpe Noctem, 2002, pp. 33-41.

En Mujeres y hombres que hicieron el tango, que quiere ser la quintaesencia de los muchos saberes que, a lo largo de medio siglo, José Gobello reunió en torno a esa música y sus conjuntos, se estampaba respecto a los versos de Celedonio Flores: “…sus tangos, compuestos en los alejandrinos más musicales y más redondos de toda la poesía argentina…”. No se trataba de ningún descubrimiento o caída de Saulo porque, casi un cuarto de siglo antes, el mismo autor había escrito en Tangos, letras y letristas que los de Cele eran “los alejandrinos más perfectos de nuestra literatura popular”. Sin embargo, muy poca atención crítica ha suscitado “el Negro” entre los estudiosos de la poesía argentina contemporánea pese a la innegable repercusión social de sus versos. De hecho, hasta 1964 no se encuentra un trabajo de cierta entidad, el debido a Juan Silbido, autor al que se suele citar muy poco, pese a ser de los primeros que se preocupó de documentar con cierta seriedad sus trabajos de investigación. La bibliografía que acompaña a esta colaboración no debe confundir con su relativa extensión -teniendo en cuenta, además, que, por la lejanía del autor a los centros de producción de bibliografía tanguera, puede haber obras de las que no haya tenido noticia- ya que se trata en su mayoría de apuntes o notas muy breves.

Por  la dificultad que presenta la datación cronológica de sus composiciones, me limitaré a comentar aquí los tangos elegiacos de Flores porque corresponden a la época en que las letras de otros autores comenzaban a incidir, de manera un tanto excesiva en ese campo. Y, sin embargo, no fue Cele autor que diera mucha cancha al lloriqueo y la cantinela de lo mejor de cualquier tiempo pasado. El propio Gobello nos advierte que “el negrito enjugó las lágrimas de Contursi con el pañuelo compadrón que llevaba en él cabalete y, como quien dice, pasó a otra cosa… (con) el aplomo… del hombre corrido que puede  mirar la vida como lo que es, agua que corre”. Efectivamente, Celedonio tenía demasiado sentido del humor y capacidad de distanciamiento para apuntarse al carro de quienes añoraban una más que improbable edad de oro.

En los clásicos latinos la elegía es un género más que nada formal a través de su expresión en el dístico elegiaco que, poco a poco, se va centrando en la manifestación de estados anímicos de pérdida y lamento. Catulo fijó sus caracteres, Tibulo la vinculó con la serenidad del campo, que luego tendría tan larga derivación en los “menosprecios de corte y alabanzas de aldea”, y  Propercio y  Ovidio la trajeron hacia sí para expresar sus cuitas de amores. En la Edad Media amplió sus metros originales y Boccaccio tituló como elegía su Fiammetta, también madre, tal vez, de la novela psicológica. Más tarde, Sannazzaro escribió tres libros de Elegiae y, poco a poco, fue tildándose de tal cualquier composición que, independientemente de la métrica, volcase su sensibilidad en el dolor y la tristeza por lo perdido. En la literatura española del Siglo de Oro, tras la cumbre de las coplas de Jorge Manrique y las selectas imitaciones latinas de Garcilaso,  Fernando de Herrera  la perfeccionó en su variedad amorosa y habrían de pasar siglos para que Miguel Hernández diera a la luz, el otro pináculo, la magistral Elegía a Ramón Sijé. Antes, la malevolencia de Góngora se había servido de su característico metro elegiaco, el dístico, formado por un hexámetro y un pentámetro, para largarle a Quevedo otra alusión a su cojera: “vuestros pies son de elegía”. Pero, entretanto, los más altos escritores europeos habían transitado por ella, desde Ronsard a Rilke, pasando por Milton, Gray, Schiller, Goethe o Holderlin, con su punto culminante en el siglo XVIII. La elegía se concretizaba ya, más que en un género, en una atmósfera de dolor contenido, de tristeza y melancolía, que expresaba tanto la pérdida de algo querido, como el difuso sentimiento de “lo que pudo haber sido y no fue”.  Romanticismo,  Modernismo y las fascinaciones de la contemporaneidad la redujeron a un segundo plano y la elegía se convirtió, sobre todo, en refugio de poetas chirles y hombres descomprometidos con su tiempo. Nadie se imagina a un vanguardista elegiaco y la presencia del género en el tango, salvando las precisiones que se harán,  obedece a razones más vinculadas con estructuras psíquicas miméticas y acopio de tópicos que a sentimientos verdaderamente trascendentes.

Con todo, es frecuente en las elegías tangueras, incluyendo las de Contursi, un matiz humorístico al que Flores no podía ser ajeno. Cuando en 1923 escribe en primera persona las octavas decasílabas y octosílabas de El bulín de la calle Ayacucho con un lunfardo nada rebuscado y perfectamente reconocible, está simplemente echando en falta un reducto donde hace menos de dos años –nada- el poeta se reunía para pasar unas horas de farra cantora y conversadora con los amigos. En efecto, y según el testimonio de José Servidio, autor de su música, las reuniones duraron hasta finales de 1921. Celedonio, con sólo 27 años, no mala situación económica y muchos amigos, no puede ser demasiado sincero cuando añora ese bulín pródigo en ratones –también según el mismo Servidio- porque ningún problema hubiera tenido para lograr cualquier otro espacio en el que hacer las mismas cosas. El pretexto dramático: “la piba mimosa y sincera que hacia el cielo volando se fue” es obviamente un apósito no basado en la realidad sino una concesión irónica a las agonías propias de los tangos de su tiempo. El objeto, pues, de la elegía es el propio bulín que, al concretizarse en esa ubicación real del número 1443 de la calle Ayacucho, adquiere un protagonismo ejemplificador de una etapa de la juventud que se ve en trance de evolucionar hacia otras metas. El abandonado –“rechiflado parece llorar”- resulta ser, pues, el apartamento que, al perder su presencia humana, ha pasado a ser una triste habitación más de conventillo.

Los versos que, con el título de Mi cuartito, Flores confeccionó para sustituir a los anteriores con motivo del decreto proscriptor del lunfardo emanado del general Pedro Pablo Ramírez, son ya definitivamente prescindibles. Su adjetivación tópica, los diminutivos socorridos, su tono sensiblero y falso proscriben, incluso, darle el título de elegía a una composición que en veinte años había perdido sus principales valores: la frescura, la ingenuidad distante, el mérito de ser un apunte, inspirado pero puramente ocasional, de algo que no pasó de la anécdota.

El menos famoso de los tangos elegiacos de Flores es Viejo coche que, con música de Eduardo Pereyra, cantó Rosita Quiroga en 1926. El personaje que lo enuncia es masculino pero la exclusividad que la deliciosa cantora de la Boca tenía por entonces de los tangos de Celedonio propició que fuera ella quien lo llevara al disco. También en segunda persona, se trata de cinco sextillas que incluyen una octavilla entre ellas, polimetría a la que tan aficionado fue el tango, aunque no especialmente nuestro autor. El poeta efectúa una identificación con su decadencia y la del coche para, sin solución de continuidad, evocar la complicidad con el viejo cochero que, como él, sólo espera el designio final de la vida. También aparece la innecesaria concesión al tópico: “¡Pero abierta está la herida / de la leyenda fingida / que me contó esa mujer!”. Historia de la que no se aportan más datos. Es una letra, evidentemente, de relleno que poco contribuye a la gloria de su autor.

Mucho más inspirado resultó Viejo smoking (1930) en el que, con economía verbal y un estupendo equilibrio entre naturalidad expresiva y retórica literaria, se nos cuenta una historia, también a través de la segunda persona, servida por unos irreprochables versos de dieciséis sílabas, que se hacen octosílabos en los estribillos. Fue Gardel, que también lo interpretó en los pioneros y entrañables cortos para el cine de Morera, quien lo grabó, con música de Barbieri, para fortuna de sus oyentes.

Fértil en términos lunfardos, coloquial y literario, en él se avista esa combinación de lo culto y lo popular que suelen destacar los comentaristas de la poesía de Flores, así como ese sentimentalismo sin cursilería que, a menudo, alcanza la ocasión de conmovernos. Desde su primer verso es notable tal pericia combinatoria. Tras la función apelativa que personifica a la prenda instándole a campanear el cotorro, la imagen poética y desoladora a través del participio “despoblado”. En el segundo verso se incrementa la dinamización que vivifica las cosas: esa “catrera compadreando sin colchón” y, a continuación, la entrada del protagonista del que ya se nos marca su triste situación: “ha perdido el estado”. En la comparación, “como perro de botón”,  la nota humorística, que desdramatiza lo que, al cabo, no es sino la historia de alguien que vivió sobre sus posibilidades.

En el segundo serventesio  la efectividad del discurso narrativo se advierte en la rica información que se nos da en sus cuatro versos. Poco a poco, todo ha sido empeñado y sólo el smoking se conserva como imagen y símbolo de un pasado al que no se quiere renunciar porque constituye un sueño que fue real. Todavía tiene tiempo para la metáfora coloquial: “se dio juego de pileta y hubo que echarse a nadar” y, también,  para la reflexión desiderativa: ese “sueño, del que quiera Dios que nunca me vengan a despertar”.

En el primer estribillo, la elección de las imágenes no puede ser más precisa: la lunfarda alusión a las lágrimas que las mujeres vertieron en él: “cuánta papusa garaba / en tus solapas lloró” y la metonimia personificadora: “solapas que con su brillo / parece que encandilaban/ y que donde iban sentaban / mi fama de gigoló”.

Ahora, los serventesios van a servirse de la enumeración para describirnos la situación a que ha llegado el otrora rey del cabaret. Pero el golpe de efectividad está en los dos últimos versos, a mitad de camino entre el patetismo y el humor, que hacen que nos identifiquemos con la cuita de este nuevo “patotero sentimental”: “Vas a ver que un día de éstos te voy a poner de almohada, / y tirao en la catrera, me voy a dejar morir”.

Vuelve el estribillo final al motivo de las solapas, pero es la propiedad en la descripción: “…cuántas veces/ la milonguera más papa / el brillo de tu solapa / de estuque y carmín manchó”,  la materialidad de esos revoques, lo que nos hace sentir de verdad el pequeño drama, que todavía sabemos oír a Gardel con idéntica emoción.

Si en los tangos anteriores lo elegíaco se vinculaba a lo personal, con lo que el componente ético que -como también señaló Gobello- aportó Celedonio al tango, estaba ausente de estas elegías, en ese hermoso y raro poema que Flores tituló Corrientes y Esmeralda a la elegía se superponen la pequeña historia, el suave humorismo, la mueca compasiva, la generosa admiración y la implicación personal del vate en el corazón de la que fue su ciudad.

Desde la primera vez que leí esa letra –hará más de veinticinco años- me atrapó con su magia, su extrañeza y, también –por qué no- con su acopio de datos. Tardé bastantes años más en oírla porque Gardel, con su elegancia, no pudo cantarla, aunque bien lo pudiera haber hecho en forma de guiño cómplice. No sé si fue la versión de Ángel Vargas o la de Carlos Acuña, ambas excelentes, la primera que llegó a mis oídos, pero es uno de los pocos  tangos que no hace falta escuchar para que nos entre.

Eduardo Romano nos dice que fue escrito en 1922, aunque llama la atención que no fuera incluida en Chapaleando barro (1929) y sí en Cuando pasa el organito (1935), lo que, dada su calidad, hace pensar en por qué, de estar escrita,  no la incluyó  Celedonio en su primer poemario que contiene otros cantos de menor calidad a distintos reductos ciudadanos. Fuera como fuese, estos serventesios dodecasílabos, cuyas claves tan bien nos explicaron Gobello, otra vez, y Bossio, en 1975, contienen, junto a los consabidos elementos postmodernistas tan queridos por nuestro poeta, otros que lo aproximan a las vanguardias. Y no sólo por la inventiva verbal sino por la luz de varias de sus imágenes.

Si en las rimas está también esa audacia modernista –a ningún ignorante se le ocurre rimar “cross” con “novecientos dos”-, el binomio adjetivo-sustantivo “rante canguela” o nombres con su complemento como “curdelas de grappa y locas de pris”  son experimentos ya muy atrevidos para la poesía primisecular, lo mismo que la inclusión de nombres propios reales en el penúltimo serventesio, procedimiento que también llevarían a cabo algunos componentes de la llamada Generación del 27.

  Corrientes y Esmeralda tiene la particularidad, entre tantas otras, de que el poema termina con una EPSON scanner image promesa ya cumplida: ese “te prometo el verso más rante y canero/ para hacer el tango que te haga inmortal”. Es, sí, una forma de establecer esa comunicación personal intensa con  el Buenos Aires que Celedonio Flores vivió y ayudó a dar fama y, también, una suerte de implicación vital en un poema en el que el yo no tiene otra cabida que la de mero observador privilegiado.

He hablado de poema “raro” y algo se ha justificado en los párrafos anteriores, pero desde la sorprendente utilización de la forma  verbal  del inicio “Amainaron” hasta esa metáfora deportiva de los últimos versos: “cuando con la vida esté cero a cero”,  un despliegue de originalidad recorre los seis serventesios coronados por un quinteto que, junto a las peculiaridades aludidas, no desdeña el verso cálido, familiar y hasta elemental: “te ofrece su afecto más hondo y cordial”. Lunfardo, vanguardia, lenguaje coloquial, humor y exactitud topográfica nos contemplan desde este poema al que puso una bella música, como suya, Francisco Pracánico.  No sabemos qué admirar más si la precisión de las alusiones históricas, la afectividad de buena índole que respira para personas y cosas o la inventiva verbal  de las estrofas tercera y sexta que hay que volver a transcribir porque su lectura nos exime de una glosa que sería, por la multiplicidad de sugestiones, tal vez cansadora.

El Odeón se manda la Real Academia,

rebotando en tangos el viejo Pigall,

y se juega el resto la doliente anemia

que espera el tranvía para su arrabal.

Te glosa en poemas Carlos de la Púa

y el pobre Contursi fue tu amigo fiel…

en tu esquina rea, cualquier cacatúa

sueña con la pinta de Carlos Gardel.

Creo que el tango no alcanzó nunca esta altura textual aunque Discépolo, inventor de tantas otras excelentes originalidades, le anduvo cerca en Fangal. Soy de los que piensan, y alguna vez habré de escribirlo, que el sobrevalorado Manzi se columpió muchas veces en su intento de fundir el sentimiento con lo existencial, lo metafísico con lo visual.  Por eso creo que el negro Cele no ha sido valorado como merecía y el análisis pormenorizado de su obra aguarda aún al estudioso o al lector con sensibilidad. Sus giros lunfardos tienen tanto la desfachatez del auténtico reo, como la libertad del hombre culto que sabe fundir sus lecturas con el lenguaje de la calle para lograr un idioma rico, original y lleno de color. Su economía de medios, tan presente en textos que están en la mente de todos y en otros menos famosos como La historia de siempre. Su veta satírica, que puede llegar a ser desgarrada, tiene otras veces la fibra patética de quien ha sentido el dolor de tantas vidas consumidas en el barro. Se ha destacado, pero apenas se ha estudiado, su veta social, su ternura para la mujer aunque un soneto como el, por otra parte, estupendo Biaba parezca desmentirlo. Igualmente, puede verse en él un apunte irónico y, desde luego, está lejos de la bestialidad para con la hembra de Buen remedio de Yacaré o de muchos versos de Julián Centeya. Además de sus conocidos tangos Pan o Sentencia, en otros poemas como Oro viejo o Chorro aparece,  bien, como en el primero, su indignación contra el repugnante matón de comité, bien, como sucede en el otro, su compasión de hombría de buena ley para quien no ha podido ser otra cosa. Poemas como El perro flaco desdeñan la sensiblería y nos hablan con unas notas de modernidad que quizá no se perciben bien desde un siglo que invoca –lo que da pábulo al optimismo histórico- los derechos de los animales. Sus poemas descriptivos tienen cimas como ese hermoso y brutal Arrabal salvaje, por no hablar de las numerosas pinturas de los barrios  y topografías de Buenos Aires. Hasta la intertextualidad, hoy en tantas bocas, no le fue ajena como puede comprobarse en el bienhumorado pastiche que tituló Sonatina.

Como versificador, se desenvolvió con gusto y naturalidad lo mismo en el romance que en el difícil verso largo –compuso muchos poemas con versos alejandrinos y hasta de dieciséis sílabas-, sin duda influenciado por sus amplias lecturas modernistas. Bebió en Carriego pero sus alientos fueron de más largo alcance. La asonancia fluye en Celedonio con naturalidad y belleza, véase si no ese prodigio de fluidez que es la milonga Chatita color celeste. Su poética nos la dejó bien servida –y, por supuesto, también con sus chispas de ironía-. en poemas tan bien compuestos y directos como los de La musa mistonga de los arrabales, Por qué canto así, Musa rea o Versos.

Desconozco el número de tangos que llegó a componer Cele pero tengo registrados alrededor de ciento cuarenta. Como no puede ser de otra manera, hay varios prescindibles pero cualquier aficionado sabe que otros muchos  son la historia del tango y en varios aspectos alcanzó la categoría de pionero.  José Gobello, en su Crónica general del tango, nos señaló que con  sus versos titulados Por la pinta y, luego, Pelandruna refinada, en el registro del negro Ricardo o Margot, en la grabación gardeliana, trajo un acento nuevo que comenzó a enjugar cachadoramente las lágrimas que al tango había puesto Contursi. Tampoco debe olvidarse que Chapaleando barro (1929) es uno de los primeros libros en que la poesía lunfarda alcanza unos caracteres que, como sucede en La crencha engrasada, tan sólo un año anterior, superan la exclusiva fijación al bajo fondo. Antes de estos, sólo cuatro poemarios lunfardos habían llegado al libro: Versos rantifusos (1916) de Yacaré, El arrabal porteño (1923) de Silverio Manco, Vigilante y ladrón (1925) de Alberto Arana, (Garbino) y ¡Semos hermanos! (1928) de Dante A. Linyera. Como estampó Jorge Gottling, que  considera a Flores el más perfilado de los poetas que haya dado el tango, sus versos “inauguraron la reflexión sobre el arrabal, un campo de acción interior más que una concreta referencia al catastro”.

El lugar de Celedonio Esteban Flores en la poesía popular del Río de la Plata es indiscutible. Pero poemas como Corrientes y Esmeralda y otros de los aquí citados le otorgan también un lugar en la poesía sin adjetivos de la nación argentina.

Flores, Celedonio Esteban

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(Publicado en Aragón Digital, 24-25 de abril de 2019).

No digo que se trate de otro centenario que se olvida –en este caso, sesquicentenario- porque, a pesar de su nombre tan rimbombante, a Atanasio Melantuche (1869-1927), hace mucho tiempo que nadie lo recuerda. Ni siquiera en su Utebo natal, donde no tiene calle ni tampoco en Zaragoza, donde sí la disfrutan otros escritores del costumbrismo aragonés que fueron sus contemporáneos, como Pablo Parellada, García-Arista o Alberto Casañal. Melantuche había nacido el 14 de abril de 1869 y siempre ejerció de republicano militante, aunque no llegó a ver la proclamación de la II República, el día en que hubiera cumplido 63 años.

Si nadie me desmiente, el último que se refirió a él con alguna extensión después de su muerte fue el firmante en el Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (2010). Sin embargo, Melantuche fue un periodista y autor teatral de mucho predicamento en las primeras décadas del siglo XX. Comenzó como crítico taurino y colaborador periodístico en varios rotativos zaragozanos a finales del siglo XIX. Ya en Madrid, colaboró desde 1892 en El País, el más popular de diarios republicanos, y, a partir de 1902, en “La Mañana”. Utilizó los seudónimos de El Barbo de Utebo para sus escritos satíricos y políticos, el de A. Algarroba para la crítica teatral y el de Juan Chanela para la crónica taurina

S. H., después convertida en Siempre heroica (1898) –uno de los títulos concedidos a la ciudad de Zaragoza- fue su primera obra, en la que colaboró con el turiasonense Gregorio García-Arista. Las zarzuelas de costumbres aragonesas La vara del alcalde e Ideícas, ambas de 1905, fueron, entre sus obras, las que obtuvieron mayor popularidad. Con el triunfo de la opereta a partir del estreno de La viuda alegre de Franz Lehar, probó también en este género y obtuvo un buen éxito con la adaptación de Eva, otra de las obras del famoso autor austro-húngaro. Melantuche totalizó veinte estrenos hasta abandonar la escritura teatral en 1914 con el sainete lírico El día del ruido. 

Además de su producción teatral, ejerció como empresario en varios locales zaragozanos y madrileños, entre ellos el popular Teatro Martín. Entre 1915 y 1916, ante la crisis de la escena española, viajó a Méjico como director de la “Compañía Española de Comedia y Variedades Melantuche”, con la que cubrió varias temporadas y llevó a la escena alguna obra de su autoría. Desde 1919 a 1921 dirigió también el semanario ilustrado Don Quijote, promovido por la colonia española. En dicho país estuvo al frente de varias empresas teatrales, al igual que en Cuba y Argentina, donde, ya muy enfermo, recibió un homenaje del Círculo de Aragón en Buenos Aires antes de regresar a su tierra cuando, barruntando su final, volviera a morir en las tablas de la capital española, donde se encontraría con su hijastro, Javier Bueno, uno de los periodistas españoles más combativos de su tiempo. Hijo natural de la actriz Soledad Bueno y José Nakens, director de “El Motín” y una de las figuras del republicanismo español, Don Atanasio tuvo la humanidad de apadrinarlo.

Melantuche es uno de los autores más notables del teatro popular de temas aragoneses, que tanto éxito popular tuvo en la época de intersiglos y en sus obras colaboraron músicos de reconocido prestigio, como el arabista Julián Ribera, uno de los mejores tratadistas de la jota aragonesa, Tomás Barrera, Rafael Calleja, José Serrano, Jerónimo Giménez y Amadeo Vives. También lo hizo con varios de los músicos aragoneses más significados de la época, como José Tremps, Luis Aula y J. M. Alvira.

Tome nota el Ayuntamiento de Utebo -con tantas cosas buenas que, desde su torre a sus museos, puede mostrar- que bien podría establecer en su biblioteca una sección dedicada a los libros de su ilustre vecino y a la literatura costumbrista de su época. Amén.

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/06/22/atanasio-melantuche/

                                                                            OBRAS

S. H. (recorrido cómico-lírico) -con Gregorio García Arista; música de José Tremps y Luis Aula-.

Fuga de consonantes (zarzuela) -con Gregorio García Arista; música de Arturo Isaura-.

Siempre heroica (recorrido cómico-lírico) -con Gregorio García Arista; música de P. Echegoyen-, estr. en 1898.

El olivar (zarzuela de costumbres aragonesas) -con Gregorio García Arista; música de José Serrano y Tomás Barrera-, Madrid, R. Velasco, 1902.

Jaleo nacional (revista) -con Salvador María Granés y Carlos Crouselles; música de Rafael Calleja, José Serrano y V. Lleó- estr. en 1902.

Danze baturro (zarzuela) -con Gregorio García Arista; música de Arturo Isaura y Julián Ribera-, Madrid, R. Velasco, 1904.

La vara del alcalde (zarzuela de costumbres aragonesas) -con música de Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1905.

Ideícas (zarzuela baturra) -con música de Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1905.

Calínez (zarzuela) -con Gabriel Briones; música de Tomás Barrera y J. M. Alvira-, estr. en 1906.

El golpe de estado (opereta) -con Santiago Oria; música de Jerónimo Giménez y Amadeo Vives-, Madrid, SAE, 1906.

La manzana de oro (opereta fantástica) -con Gabriel Briones; música de Rafael Calleja y Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1906.

El hijo de Budha (opereta) -con Gabriel Briones; música de Rafael Calleja-, Madrid, R. Velasco, 1906.

La tajadera (zarzuela baturra) -con Pedro Melantuche; música de Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1909.

¡Cómo cambean los tiempos! (recorrido histórico-bufo-local) -con Tomás Aznar, Mariano Berdejo, Alberto Casañal, Gregorio García-Arista, Francisco Goyena, Juan José Lorente, Rogelio Maestre, Jorge Roqués, Eduardo Ruiz de Velasco y Ambrosio del Ruste; música de Tomás Barrera y Jesús Ventura-, estr. en 1909.

La luna del amor (opereta) -con Gabriel Briones; música de Tomás Barrera y Rafael Calleja-, estr. en 1910.

Junto al ribazo

La Pirula (zarzuela) -con música de Rafael Calleja-, Madrid, SAE, 1913.

Eva (adaptación de la opereta de Franz Lehar), Madrid, R. Velasco, 1913.

Las píldoras de Hércules (vodevil) -con Ramón Asensio Mas, R. Blasco y J. J. Cadenas; música de Quinito Valverde-, estr. en 1913.

El día del ruido (sainete lírico) -con música de Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1914.

La modista de mi mujer (adaptación de un vodevil de Albin Valabregue y Maurice Hennequin) -con Ramón Asensio Mas-, Madrid, SAE, 1915.

P´al otro barrio (fantasía lírica) -con música de Joaquín Valverde (hijo)- estr. en Méjico, en 1916.

La fuga (zarzuela) -con Gregorio García Arista; música de Arturo Isaura-.

Coralie et Cie (adaptación de la obra de Valebregue y Hennequin)


                                                                        BIBLIOGRAFÍA

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-SÁNCHEZ PÉREZ, José Augusto, Mosaico baturro. Notas sobre literatura aragonesa, Madrid, Talleres Gráficos Montaña, 1953.

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               García Arista, Maestro Serrano , Maestro Barrera y Atanasio Melantuche anotando El olivar (1902)

ARCO, ELLOS Y YO

Publicado: marzo 8, 2019 en Sin clasificar
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(Publicado en Aragón Digital, 7-9 de marzo de 2019)

ARCO, la feria de naderías y vanidades, que –nada menos que en nombre del Arte- nació en el Madrid de la movida en 1982, me pareció desde el principio, uno de los elementos más insensatos y ejemplificadores del esnobismo contemporáneo. Antes de que se inventara el  neologismo “pijoprogre”, trenes repletos de ellos viajaban desde las provincias a Madrid durante los fines de semana en que se celebraba el “evento”, cuando aún no se había creado ese horrible anglicismo y la palabra servía para designar los hechos aleatorios.  

Los medios de comunicación capitalinos, estimulados por la lluvia de oro de la publicidad institucional, convertían ese combate entre la pedantería y la banalidad, con el dinero como árbitro, en un acontecimiento digno de figurar en los Anales, pese a que los proclamados artistas pugnaban por conseguir algo parecido a la originalidad, imitando fórmulas cansinas y agotadas desde hace muchas décadas pero que alguien quería presentar como nuevas y, cierto es que cuando la estupidez resulta tan notable, siempre nos sorprende. 

Esta edición –nada menos que 38 años haciendo el oso- el protagonismo se lo ha llevado un ninot del rey Felipe, que habrá de quemar su comprador. De nuevo, confundiendo la originalidad con el comercio, la transgresión, con la parida. Es irrelevante ser monárquico o antimonárquico en cuanto a la valoración de la obra. La transgresión existe cuando el autor incurre en el peligro de que su obra le acarree represalias, cosa imposible en la España de hoy y que, como se ha dicho tantas veces, su factor no acometería en Corea del Norte, Arabia, Marruecos, Sudán, Cuba o Brunei. La única posibilidad decente es que el “ninot” jugara con la doble significación, es decir que pudiera entenderse tanto como una crítica a la monarquía como a quienes hacen del deporte de quemar efigies del soberano una fiesta nacional. Pero el autor –un profesional en el oficio de “jeta progre”- ha dejado claro en otras ocasiones que militaba en el bando de quienes se dicen transgresores.

Evidentemente hay gente que expone, trabaja o promociona ARCO, que no piensa como yo. Y otros que siguen visitándolo inasequibles al desaliento. Bien pensado, ellos son los verdaderos transgresores que, con ánimo surrealista, perpetran gozosos un acto inútil.

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/05/19/censura-y-transgresion/

¿Quién se acuerda de Guillermo Gúdel, amable y silencioso, poeta tardío y finísimo, autor de tan bellas ediciones, que él mismo imprimía, fruto de un trabajo que aprendió en el hospicio; hombre con poca suerte en la vida y de quien todos reconocían su buen oficio poético, pero del que casi nadie hablaba. 

Aparecía por la Peña Niké y escribió sobre sus amigos poetas para los que, con su gran amigo Luciano Gracia, creo revistas y la importante Colección Poemas

Al menos, recordamos que mañana, 22 de febrero, que se cumplen los cien años de su nacimiento en el pueblecico de Coscojuela de Fantova, entre el Somontano barbastrense y el Sobrarbe, ponemos en el foco su vida y obras para que su resignada imagen vuelva al cerebro y el corazón de quienes lo conocimos.

Gúdel, Guillermo012

GÚDEL MARTÍ, Guillermo, Coscojuela de Fantova (Huesca), 22-02-1919 / Zaragoza, 10-04-2001

Partida de nacimiento

A los ocho años quedó huérfano y fue ingresado en el hospicio de la capital  oscense. Cumplidos los catorce, entró como aprendiz en la imprenta Aguarón de Huesca y al oficio de tipógrafo dedicó su vida. En 1936 fue trasladado al hospicio de Zaragoza, donde sería reclutado para luchar en el frente. Terminada la Guerra Civil, todavía hubo de permanecer varios años en el ejército. Tras licenciarse, ingresó en la plantilla de la imprenta de Berdejo Casañal, en la que conoció al que sería su amigo más constante, el poeta Luciano Gracia, con quien también trabajaría durante muchos años en la imprenta de la Diputación Provincial zaragozana. A mediados de los cuarenta, colaboró en las revistas AragónDoce de Octubre, así como en el semanario jacetano El Pirineo Aragonés. En la tertulia del café Niké trabó amistad con Julio Antonio Gómez y se sumó a la empresa de editar la revista Papageno (1958-1960). Después, participó con Luciano Gracia en la gestación de la revista Poemas (1962-1964) y en los primeros números de la colección de poesía homónima. Una grave enfermedad de su esposa le obligó a retirarse casi enteramente de la vida pública aunque siguió escribiendo y asistiendo, de forma ocasional, a presentaciones y actos poéticos.

Café Niké. Gúdel con Raimundo Salas y Julio Antonio Gómez

Poeta casi secreto, él mismo publicó casi toda su amplia obra, en bellas ediciones de muy pocos ejemplares. Sus poemas constituyen un refugio de lo que fue su poco afortunada trayectoria vital y ostentan una veta lírica transida de sereno dolor. De correcta factura y hondo sentimiento, un oscuro destino parece cernirse sobre sus versos, existenciales y marcados por la angustia de la temporalidad. Es uno de los pocos poetas aragoneses contemporáneos sobre los que se ha publicado una biografía (Gracia Diestre, 2003).

                                                                        OBRAS

Latitud del amor (plaquette), Zaragoza, Autor, enero 1959.

Contra el aire (plaquette), Zaragoza, Autor, abril 1959.

Viento diario (plaquette), Zaragoza, Autor, julio 1959.

Término del aire (plaquette), Zaragoza, Autor, octubre 1959.

Égloga nueva de la tierra propia, Zaragoza, IFC, 1970.

Los pasos cantados, Zaragoza, Delegación Nacional de Cultura, Col. Aula de Poesía, 1975.

Las tristes noticias y Más tierra de España, Zaragoza, Autor, 1980.

Las voces permanentes y El eterno homicidio, Zaragoza, Autor, 1981.

Velación de la carne y Memoria de Edith Piaf, Zaragoza, Autor, 1982.

Capítulos del suelo y El reloj y el humo, Zaragoza, Autor, 1982.

Contra todos los aires y Penúltimas luces, Zaragoza, Autor, 1983.

Poecromía goyesca, Zaragoza, IFC, 1983.

Asiduo ofrecimiento hasta el olvido, Zaragoza, IFC, 1990.

Dilema entre camino y caminante, Zaragoza, Autor, 1992.

Entre días y noches estivales, Zaragoza, Autor, 1993.

Ecos de lo encontrado y lo perdido, Zaragoza, Autor, 1993.

En algún punto no aparece el sol, Zaragoza, Autor, 1994.

Analogía del amor y el mar, Zaragoza, Autor, 1994.

El tiempo sumergido en el espacio, Zaragoza, Autor, 1995.

El curso accidental de la existencia, Zaragoza, Autor, 1995.

Amor y desamor en claroscuro, Zaragoza, Autor, 1995.

Halago natural de los sentidos, Zaragoza, Autor, 1996.

Tetralírica de los elementos, Zaragoza, Autor, 1996.

Cercos de oscuridad y claridad, Zaragoza, Autor, 1996.

Evidencia de las contradicciones, Zaragoza, Autor, 1997.

Mientras avanza el día hacia la noche, Zaragoza, Autor, 1997.

Desde la agitación hasta la ausencia, Zaragoza, Autor, 1997.

Alegorías de la brevedad, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 1997.

Mensaje de anteayer desde el silencio (narrativa), Zaragoza, DGA, 1998.

Trayecto circular de tierra y agua, Zaragoza, Autor, 1998.

Anecdotario para largo tiempo, Zaragoza, Autor, 1998.

Clave de amor en tono de nostalgia, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 1998.

La imagen repetida en el espejo, Zaragoza, Autor, 1999.

Indefinida soledad errante, Zaragoza, Autor, 1999.

Remota aspiración de la materia, Zaragoza, Autor, 1999.

La oscuridad delante de la luz, Zaragoza, Autor, 2000.

Viejo episodio para un mundo nuevo, Zaragoza, Autor, 2000.

Horario de canciones y lamentos, Zaragoza, Autor, 2000.

Lo que sigue oscilando alrededor, Zaragoza, Autor, 2001.

Asignatura de la melancolía, Zaragoza, Autor, 2001.

Sonata de sonetos concordantes, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

La batalla del hombre contra el hombre, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

Cantata de romances y espinelas, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

El día se dirige hacia la noche, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

Rueda del pasatiempo cotidiano, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

Sucesivo retorno de las nubes, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

                                                                 BIBLIOGRAFÍA

-ALFARO, Emilio (dir.), OPI-Niké. Cultura y arte independientes en una época difícil, vol. I, Zaragoza, Ayuntamiento, 1984, pp. 187-204.

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-DOMÍNGUEZ, Antonio (dir.), Voz: “Gúdel Martí, Guillermo”, Gran Enciclopedia Aragonesa 2000, tomo X, Zaragoza, El Periódico de Aragón, 2000, p. 2502.

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-TELLO, Rosendo, “Introducción” a Orejudín (ed. facsímil), Zaragoza, DGA, 1991, pp. 42-43, 84.

-VV.AA., Barataria nº 13, septiembre 2001 (número monográfico dedicado a Guillermo Gúdel).

Publicado en Javier Barreiro, Diccionario de autores españoles contemporáneos (1885-2005), Zaragoza, Diputación Provincial, 2010, pp. 515-518.

Uno de los cantadores y maestros más importantes de la jota en el siglo XX, hoy totalmente olvidado, tal vez por su corta carrera como intérprete, fue Bernardo Benito.

Nacido en María de Huerva el 6 de noviembre de 1889, cuando contaba tan sólo tres meses, sus padres se trasladaron al número 152 de la zaragozana calle de San Pablo.  A los 7 años ya cantaba, imitando a su padre y a la tía Pajarela, una vecina que muy bien lo debía de hacer para cobrar fama en el barrio más profuso en buenos cantadores del orbe. Con ocho años, Bernardo quedó huérfano, por lo que fue acogido por unos parientes vecinos de la cercana calle del Portillo. Ya con tan sólo seis años, había llamado la atención cantando en la plaza de San Felipe y alguien le ofreció presentarse esa noche en un concurso que se celebraba en el Teatro Principal. Consiguió un premio de treinta pesetas, pero recogió cuatrocientas más entre el público.  

En 1903 empezó los estudios con Balbino Orensanz, acudiendo a la Academia que el ayuntamiento había puesto cargo de éste en el Teatro Principal, aunque quien la costeaba fuese el empresario, señor Simón. Fue mano de santo pues, al año siguiente, los dos discípulos del cheso, con los que aparece en una fotografía muy difundida, obtuvieron sendos galardones en el Certamen Oficial. Gerardo Gracia (1890-1981) consiguió el primer premio y Bernardo, el segundo, al alimón con Romualdo Arana, el llamado Sansón de Zuera. En el jurado figuraron: Francisco Benavegge, Santiago Carvajal, Ricardo Salvo Casas, Juan Simón y Francisco Pomares. Esto es lo que se consta en los repertorios oficiales de dicho certamen pero, entre la documentación de Bernardo Benito que se conserva, figura un diploma en que se le concede dicho primer premio. 

Bernardo Benito siempre defendió las enseñanzas de su maestro, como la más pura expresión de la jota. Afirmó que dio a conocer de 75 a 80 estilos auténticos y él mismo redactó una lista con los aprendidos de su maestro, que sin embargo, contiene más de 100, que publicaré en otro momento. Entre los que más gustaban enumera algunos como “La canal”, “Los copos de nieve”, “Alta tienes la ventana”, “La cadenica”, el llamado de Algora, correspondiente a un cantador, Mariano Algora, que triunfó en Madrid en 1887 y fue alabado por Mariano de Cavia… A la muerte de Orensanz, el 6 de marzo de 1936, Bernardo heredó su guitarra.

Entre los que cantores que conoció y trató en la época en que se inicia su breve carrera (1904-1910), se contaban El Royo del Rabal, El Tuerto de las Tenerías, Urbano Gracia, Blas Mora, Antonio Aznar “El Andorrano”, Juan Gracia “El Jardinero”, El Perú, Sansón de Zuera, José Moreno, Pilar  López “La Arenera”, Isabel Muñoz y Miguel Asso. Y, por supuesto, Juanito Pardo. De hecho, Bernardo Benito participó en el festival organizado en el Teatro Principal para redimir del servicio militar al joven cantador y ya maestro. Corría 1905.  

En cuanto a sus hitos como jotero, debe señalarse que también durante 1905 cantó a Joaquín Costa y en 1906, a Galdós. Entre las coplas que Bernardo, acompañado de la rondalla del maestro Orós, cantó a don Benito, hospedado en la Fonda Europa de la Plaza de la Constitución, guardaba éstas, de no muy inspirado estro:

“Estoy viéndole, maestro, / y pa’mis adentros digo / quién tuviá su mano derecha / aunque fuera en cabestrillo”.

“Episodios nacionales/ que tanta gloria te dieron / España entera te ofrece /su cariño más sincero”.

“Con la jota te saludo / Benito del alma mía / Zaragoza te recibe / con su más viva alegría”.

Mayores problemas había tenido durante el año anterior con las que cantó en el homenaje celebrado en el Teatro Circo al llamado León de Graus, de factura algo más culta que las ofrecidas en la serenata al novelista y dramaturgo: 

“Una enferma vieja y pobre / se muere de consunción / si don Joaquín no la salva / no hay para ella salvación”.

“En las maniguas cubanas / gritan tumbas de españoles / ni es español ni es honrado / quien defiende a los Borbones”.

“Si la culpa es sólo nuestra / no sé pa’qué nos quejamos / el que con chicos se acuesta / ya sabéis lo que me callo”.

El jefe de policía quiso detenerlo y amenazó con encarcelarlo. Sólo lo dejó tranquilo  cuando se le demostró que las coplas no eran creaciones del cantador sino que se las habían entregado los republicanos que organizaban el homenaje a Joaquín Costa.

En 1910 hubo de abandonar el canto por el cambio de voz: un desdichado accidente que han padecido muchos cantadores que la forzaron en exceso cuando eran niños o demasiado jóvenes y que cambió la vida de Bernardo.

A partir de entonces hubo de buscar otros medios de vida y trabajó como agente de seguros. También, durante algunos años, regentó en Francia un comercio. Finalmente, entró como funcionario en la Caja de Previsión pero combinó su Andrés de Villamayor, discípulo de Bernardo Benitotrabajo con la enseñanza de la jota en la Academia de Canto Regional que instaló en el piso principal de la calle Hermanos Ibarra, número 10. Al parecer, ya enseñaba desde antes del cambio de voz, pues se conserva una fotografía dedicada, nada menos que de María Blasco que tenía un año más que Bernardo, donde lo llama “Mi querido maestro” y otra que le envía un discípulo de Villamayor en 1908. Entre sus alumnos estuvieron Félix Colás, de Juslibol; Celestino Ballarín, de Torres de Berrellén, aunque nacido en Rueda de Jalón, y las hermanas Perié, de Nuez de Ebro. De todos ellos, también ejerció de representante en la década de los treinta. Se conserva una carta de Bernardo dirigida en 1935 a la Casa de Aragón en Madrid, en la que escribe que Pascuala Perié no puede acudir pero que Celestino pide 350 pesetas por un día y 500, por dos.

Como buen jotero aragonés, Bernardo fue un cerrado polemista que se enfrentó una y otra vez a distintos molinos de viento para defender sus convicciones acerca del género: En una carta al crítico de teatro y también jotista entusiasta, Pablo Cistué de Castro, Barón de la Menglana, Benito escribía que los cantadores que de joven había conocido no conocían más que unos cuantos estilos: Lo llevan por la ribera, Me embarqué en una avellana (ambos del Royo), La fematera, La golondrina, Si no le ponen puntales, El Peral, La cara yo le tapé, Al puerto de Guadarrama, El guitarrico y El juicio oral. El resto había sido obra de Balbino Orensanz y, suponemos, que de Santiago Lapuente, al que no llega a nombrar. Conociendo Aragón, quizá la relación de ambos maestros joteros no fuera tan buena como hubiera sido deseable.

Los dos últimos de los estilos citados eran jotas zarzueleras y el resto de El Royo o Juanito Pardo, así que, según su criterio, el repertorio era muy pobre, lo que, dio lugar a la decadencia y por eso el Ayuntamiento determinó poner una academia en el Teatro Principal. Naturalmente, la que dirigió Orensanz y de la que fue alumno Benito. Desde 1904, gracias a él y a sus discípulos, se dieron a conocer más de 90 estilos aprendidos de Balbino. A su juicio, los cantadores que habían sabido conservar la pureza –estamos en la década de los treinta- eran Cecilio Navarro, Gerardo y Juan Antonio Gracia y de los modernos, Felisa Galé, Pascuala y Lucía Perié y Raquel Ruiz.

En otra ocasión Bernardo Benito defendió que fue él, junto a Gerardo Gracia, el primero que cantó la ansotana en 1903. En una carta muy extensa, hablando de certámenes y fiestas de jota, argumenta:

“… ni Cecilio Navarro ni ninguno de los que hoy se tienen por cantadores saben ni una palabra de lo que es la jota y esto estoy dispuesto a demostrárseles (sic) en donde quieran ante una persona que sea competente”.

Como se ve, el concepto sobre Cecilio es diferente al de la carta citada anteriormente. También llama la atención que en la relación de conservadores de la pureza no aparece José Oto, con el que quizá también tuviera algún encontronazo.

Una de las confrontaciones más notorias se dio en 1932 por haber dado nombramiento de Academia Oficial de Jota a la establecida por Cecilio Navarro en la calle Méndez Núñez, 38. Hubo protestas dirigidas al ayuntamiento por parte de cantadores y bailadores y Miguel Asso propició una recogida de firmas. Entre Benito y Cecilio se cruzaron cartas muy crudas y acusadoras y no faltó, como, por desgracia, suele ser frecuente, el ataque personal. A Cecilio le acusa Benito de tener la voz “completamente nasal”, cantar los estilos “totalmente transformados” y no poner jamás “en juego el corazón”. Pese a que otras veces, como se ha visto, había hablado bien de él.

Resulta evidente que B. B. se sintió siempre representante y responsable de lo que él consideraba auténtico sentir jotero e intervenía con su testimonio siempre que lo consideraba conveniente. Por ejemplo, en su correspondencia figura una carta al CSIC, en la que afirma haber entregado al prestigioso folklorista Arcadio Larrea estilos de jota musicalmente escritos y manifiesta que desea que ello conste en la documentación del Instituto. Benito poseía, en efecto, el libro de Larrea, dedicado por éste a quien llama “su maestro”.

Bernardo Benito, que había tenido una de sus academias en el Paseo de la Independencia nº 6, en 1964 vivía en la calle de San Blas y pasó sus últimos días en la calle Colón número 8, en casa contigua a aquella en la que el firmante vio la luz. Su hija, con más de ochenta años y medio ciega, donó sus recuerdos en marzo de 2005.

Las imágenes corresponden, por orden de inclusión, a 1. Bernardo Benito; 2. Bernardo Benito, Balbino Orensanz y Gerardo Gracia; 3. María Blasco; 4. un discípulo de Villamayor; 5. Raquel Ruiz. 6. Celestino Ballarín. Agradezco a Betania Canellas, que me facilitó el acceso a alguna de ellas.

(Prólogo a José Gabriel, La Vida y la muerte en Aragón, Madrid-Sariñena (Huesca), El Perro Malo y Salvador Trallero Ediciones, 2018, pp. 1-11

-¿José Gabriel qué?

-Si quiere conocer el apellido, era López. Pero siempre firmó José Gabriel. Era un periodista famoso que le había organizado alguna huelga a La Prensa. Había trabajado en Crítica, donde inclusive publicaba memorables crónicas de partidos de fútbol (dicen que tenía colgado sobre la cabecera de su cama uno de los botines de Scopelli). En 1922 había publicado la primera biografía de Carriego, muy anterior a la de Borges. Había estado en el Perú como profesor de la Universidad de San Marcos y, al cabo de andanzas y malandanzas, se había arrimado al peronismo que lo ubicó en la redacción de Democracia, con gran disgusto mío, que me sentía la primera pluma de ese diario. Mal que mal nos llevamos bien, sobre todo debido a mi condición de diputado nacional, que algún calculado respeto le infundía. Murió en la redacción del diario El Laborista, hacia 1956 o 1957.

Marcelo Héctor Oliveri, (José Gobello. Sus escritos, sus ideas, sus amores, pp. 110-111).

Portada primera edición, 1938

 Desde que hace algo más de treinta años, por influencia italo-francesa, se puso de moda la microhistoria, conocemos mejor los procesos históricos, acaso no los de las grandes transformaciones socio-políticas y las relaciones internacionales, pero sí los de nuestro país, nuestra región, nuestra comarca o nuestro pueblo en un determinado contexto histórico-social. Viene esto a cuento por la peripecia del autor que tratamos, José Gabriel López Buisán, madrileño de nacencia, pero criado en un pueblo oscense vecino a Graus, Torres del Obispo[1]. Su venida al mundo fue el 18 de marzo de 1896[2]. Curiosamente, sólo sesenta y seis días después de que lo hiciera Joaquín Maurín en otro lugar de la misma comarca, la Ribagorza. Cualquiera de estas dos vidas –a Maurín llegó a tenérsele por muerto en la Guerra Civil, incluso por parte del autor de la obra que editamos- daría para una visión angular del siglo XX más que ilustrativa.

Creo que se podrían contar con los dedos de las manos los españoles que hasta hace nada conocían la identidad de JGLB y yo no estaba entre ellos hasta que leí en la Biblioteca Nacional el libro que nos ocupa. Las razones son varias. El libro es de muy difícil obtención y la literatura acerca de la guerra civil española, inabarcable. Su autor, como tantos compatriotas en esas fechas, emigró de España en 1905 y, al parecer, sólo volvió unos cuantos meses como corresponsal del diario bonaerense Crítica[3] durante las fases iniciales del conflicto civil. Nunca volvió a firmar con sus apellidos, sino que en su abundosa obra escrita siempre utilizó sus dos nombres de pila. Tampoco había ocasión de identificarlo, pues los archivos parroquiales de la zona en que pasó la infancia fueron destruidos por los milicianos en la consabida guerra. El consiguiente interés que experimenté por el autor tras la lectura de La vida y la muerte en Aragón. Lucha y construcción revolucionaria en España me llevó a hacer algunas indagaciones. En esas estaba, cuando en una conversación ocasional con Salvador Trallero, uno de los editores hodiernos de esta obra, saltó el nombre de José Gabriel. No recuerdo quién fue el primero en convocarlo. De cualquier modo, un amigo suyo de Madrid le iba a prestar el libro que él confiaba en editar. Yo andaba reconstruyendo mal que bien su trayectoria. Habría, pues que prologarlo y contextualizarlo.

Sobre la brumosa infancia de este autor, la fuente más segura está en el volumen que el lector tiene ante sus ojos; pero rara vez se volverá a referir a ella y su identificación con la nación que lo acogió es tal, que, exceptuando las tres obras que monográficamente dedicó a la circunstancia político-social española, son escasas las alusiones al país en que vio la luz. La mayor parte de sus libros están  específicamente dedicados a asuntos en estrecha relación con la historia, la lengua, la política y la vida social argentinas.

En La vida y la muerte en Aragón, José Gabriel refiere que los hermanos de su madre le arrebataron su parte de herencia y hubo de trabajar en Madrid como sirvienta. Luego volvería a su pueblo oscense, con su recién nacido hijo. Tras unos años, la familia hubo de abandonar tempranamente Torres del Obispo y asentarse en algún lugar de Cantabria donde tampoco sus miembros lograron mejor fortuna, con lo que, como tantos españoles de su tiempo, decidieron probar suerte en el Río de la Plata.

José Gabriel llega al puerto de Buenos Aires a mediados de la primera década del siglo XX, acompañado de su madre con la esperanza de encontrar al cabeza de la familia que, al parecer, había abandonado. Ello explica, en parte, que en su firma omitiera los apellidos -el segundo de ellos, Buisán, de clara estirpe pirenaica- para firmar para siempre como José Gabriel[4]. Sin embargo, en alguna ocasión manifestó: “A mí me basta con ser hijo de mi madre, la mujer más buena, más pura y más trabajadora del mundo”, lo que no aclara que prescindiera de los dos apellidos, pudiendo haber suprimido únicamente el del padre, por otra parte tan común. De cualquier manera, en la fecha de su arribo, contaba, pues, nueve o diez años. Sabemos que, combinándolo con el desempeño de numerosos oficios, cursó estudios secundarios  y se matriculó en Filosofía y Letras, carrera que hubo de abandonar por los problemas económicos de la familia, lo que no obstó para  que, años después, ostentase alguna cátedra.

  A los 9 años, pedía yo limosna por las aldeas empotradas en los montes cántabros, a los 10 era hortero, a los 11, peón de panadería y repartidor de pan por las calles de Buenos Aires, a los 12, mozo de fonda, a los 13, pintor letrista, a los 14, mensajero, a los 15, empleado y mandadero de escritorio, a los 16, inspector de ferias francas, a los 22, profesor de enseñanza secundaria… He trabajado toda mi vida como una bestia y con una familia siempre a mi cargo[5].

En el periodo de sus estudios José Gabriel se sintió atraído por la “Escuela Novecentista”, que tenía como guía y mentor a Eugenio D’Ors. Uno de sus miembros más significados fue el poeta Benjamín Taborga (Riotuerto, 1-IX-1889-Buenos Aires, 5-XI-1918), un cántabro también emigrado, por quien sintió gran admiración y que sería uno de sus primeros ídolos intelectuales. “Taborga, un auténtico filósofo, provocó un vuelco saludable en mi vida… Con él iba a la Biblioteca Nacional y al Museo de Bellas Artes, leíamos mucho y discutíamos más, pero siempre con gran fraternidad. A veces, sin embargo, por sentir demasiado la belleza, olvidábamos la justicia”. Taborga, primero ejerció de germanófilo, luego, de  bolchevique; es de suponer que José Gabriel siguiera rumbos similares. Ambos fundaron en 1917 “El Colegio Novecentista” y comenzaron a colaborar en La Gaceta. Benjamín falleció con menos de 30 años a consecuencia de la famosa epidemia de gripe, lo que causó honda conmoción en su amigo. D’Ors le dedicó sendas glosas los días 3 y 4 de abril de 1919[6].

Pero, sin duda, el camino intelectual de JGLB estaba encauzado. El 27 de enero de 1917 ya había publicado un artículo “Un seminario de filosofía” en la famosa revista Caras y Caretas, que también llegaba a España. En ella tradujo a Maeterlinck y pergeñó algunas reseñas. El sentido social que siempre le acompañaría aparece ya en “Cuadros de pobreza”, aparecido en dicha publicación en noviembre de 1917. Colaborará también en la revista Nosotros con reseñas sobre literatura francesa y se acercará a otro escritor de prestigio: Manuel Ugarte (1875-1951), periodista, diplomático y embajador, que vivió en París y en España, donde publicó varias novelas y se relacionó con los escritores españoles. Se opuso frontalmente al expansionismo de los Estados Unidos, militó en el Partido Socialista y fundó el diario La Patria (1918), en el que también colaboró José Gabriel, que pasó después al popular diario La Prensa de la familia Paz.

Era delegado, teníamos la Federación de Periodistas y sacábamos un boletín… El trato al personal no era bueno, y un día, paramos La Prensa… Fue la primera huelga grande con que se enfrentaron los Paz.

Consiguientemente, tras tres años de colaboración, fue despedido.

Aquella huelga me cortó los víveres y me acarreó persecuciones policiales y patrioteras (…)  A partir de aquella huelga, La Prensa me sentenció. Me podía morir o que me nombrasen presidente de la Nación, que La Prensa no me mencionaría nunca más (…) No odio esa casa de don Ezequiel Paz… pero puedo aseverar, por lo que vi  (…), que me sentí en un Estado dentro del Estado. La Prensa desdeñaba la causa popular (…) Defendía sus intereses particulares, contra los nacionales, como en el caso famoso de la devaluación de la libra[7].

Comienza aquí un periodo de febril actividad que ya ocupará toda su vida. Sus muy dispersos textos siguen apareciendo tanto en revistas de gran circulación como la citada Caras y Caretas o España, editada en Madrid, como en publicaciones locales y universitarias. Aborda igualmente cualquier temática: la crítica de poesía, el cuento, el artículo político… En la ciudad de La Plata ejerce la docencia en el Liceo de Señoritas. Allí se enamorará de una alumna, Matilde Delia Natta, con la que pronto contraería matrimonio.

El folleto Tupac Amaru (1918) es su primera publicación que excede la extensión de un artículo. En 1920 llegará el primer libro: Evaristo Carriego, del que bebería Borges y al que Manuel Gálvez juzgaría superior al del maestro. Por su parte, José Gabriel colocará poéticamente a Carriego en un escalón más alto que el de Lugones (¡) y tendrá agrias polémicas por ello. En 1922 La fonda es su primera obra narrativa. Además de la que le da título contendrá otras dos novelas breves, “Un lance de honor” y “La joya más cara” pero es la primera, de protagonista colectivo y desarrollada en un conventillo de los suburbios porteños, la más interesante tanto literariamente, como por sus aspectos lingüísticos y sociales. El autor se basa en las experiencias que hace unos pocos años había vivido como mozo para todo en una fonda para todo de ínfima categoría.

José Gabriel va avanzando hacia un nacionalismo de carácter social y, en cuanto a lo literario, “la condición principalísima de la originalidad del arte, será el contenido de la emoción del medio circunstante al artista”. Se trata de la polémica que enfrentará a las dos facciones más activas de la literatura argentina en los años veinte: el grupo de Boedo y el de Florida, es decir, los llamados martinfierristas, defensores del criollismo y la lucha social, frente a los culturalistas y exquisitos, aunque ambos militasen de la vanguardia. Por entonces dirige  el grupo teatral Renovación. Publica varios trabajos sobre cuestiones de arte y, como otros escritores argentinos, se interesa también por el fútbol[8].  En 1930 es ya un intelectual extraordinariamente activo y polémico, que combate la hipocresía cultural y social, los valores consagrados y la corrupción académica y periodística. Suárez Danero lo considera “hombre de innata rebeldía y aguda cultura” y para Ernesto Palacio, “poseía una divina locura, entre quijotesca y unamunesca”[9].

En 1930, José Gabriel ya trabaja en el diario Crítica pero el golpe de estado del general Uriburu, que desaloja al radical Yrigoyen, lo margina y ha de exiliarse en Montevideo. Ya ha abrazado las doctrinas trostkistas: “el único comunista ortodoxo del mundo (…) y Stalin, un embozado reaccionario del comunismo”, mientras sostiene que, en países que siguen inficionados por el colonialismo, es necesario desvincular la cuestión nacional, formando una federación hispanoamericana en estrecha alianza con el socialismo, los sindicatos obreros y la revolución emancipadora. En Burgueses y proletarios en España, afronta el análisis de  la recién proclamada la II República española:

La oposición española necesita cumplir antes de un año su misión. Si la situación objetiva le obliga a dilatar el plazo, la burguesía puede lograr un momentáneo desahogo económico y estabilizarse, aún sin fascismo o con un fascismo enclenque… El rey se ha ido, pero la monarquía todavía no. Aguardo la noticia del saqueo del Palacio de Oriente… Dios les haga leve la guerra civil. Pero tengan presente las palabras de Lenin: ¡Ni un paso atrás![10]

 Restituida la democracia, vuelve a asentarse en La Plata, dirige la revista Martín Fierro (1934), fundada en el centenario del nacimiento de José Hernández y que reivindica sus valores nacionales. Por otro lado, en el semanario Señales publica sus artículos atacando a los Partidos Socialista y Comunista y repitiendo su mantra obsesivo: la errónea actuación de los partidos del Frente Popular en las democracias europeas; el auténtico enemigo es el imperialismo, en el caso de Argentina, el inglés.

 Al estallido de la rebelión militar en España, por propia iniciativa pero como corresponsal de Crítica, se embarca en el vapor Satrústegui para hacer la travesía y desembarcar en Barcelona. Publicado en 1937, su

libro España en la cruz (Viaje de un cronista a la guerra) es la peripecia de este viaje. Mucho más literario y extenso que el que introducimos, nos cuenta el ambiente que se respira en la travesía –viaja en segunda clase-, la miseria y suciedad de la tercera, los novelescos y, generalmente, siniestros personajes con los que traba contacto y la presencia omnímoda de la política en las conversaciones y preocupaciones del pasaje, mientras el capitán protege a los fascistas y prohíbe las manifestaciones en contrario. Todo ello adobado con reflexiones políticas, sobre el Frente Popular y la política europea. Como se adujo, sus ideas son las del  POUM (Partido Obrero Unificado Marxista) de Andrés Nin. El barco se detiene en varias ciudades brasileñas, Dakar, Casablanca, Gibraltar, Orán y Génova, porque no se le permite la entrada en Barcelona, cuyo puerto, según la empresa naviera, está minado. El periodista aprovecha para darnos las impresiones de cada una de estas ciudades. Una vez en Génova, sigue siendo complicado llegar a Barcelona. Finalmente, se junta con Santiago, un anarquista aragonés que ha trabajado en los cafetales brasileños que intenta reincorporarse a la CNT y participar en la lucha. En tren, consiguen alcanzar Portbou y llegar a Barcelona un mes después de la sublevación. José Gabriel describe con viveza la contradictoria Barcelona revolucionaria y a varios de sus personajes y tipos humanos. Es a partir de aquí, cuando se desarrollan las crónicas del libro que abordamos.

La vida y la muerte en Aragón_Cubiertas (1)

 La vida y la muerte en Aragón

Modestamente editado por la editorial Imán, con sedes en Buenos Aires y México y con cubierta diseñada por José Planas Casas[11], el libro respira el aire inquieto y apresurado de las crónicas de guerra pero también la convicción de que se están viviendo momentos trascendentales de la historia. En las cinco páginas del prólogo, escrito en abril de 1938, más de un año después de su estancia en el frente, José Gabriel señala culpables:

La guerra imperialista debe convertirse en guerra civil, predijo Marx. Lo confirmaron con los hechos, Rusia, en 1917, Italia y Alemania, en 1918; lo confirmaba España en 1936. Los mismos burgueses españoles de izquierda hablaban de REVOLUCIÓN, no de DEFENSA (…) Pero precisamente porque el orden proletario es el único opuesto a todo orden imperialista, al verlo surgir en España lo frenaron.

En resumen, el objetivo de ambos bandos era frenar la revolución proletaria. Por ello, los burgueses republicanos, socialistas, con los comunistas a la cabeza, destruyeron las milicias populares, las colectivizaciones, amordazaron a los partidos revolucionarios, asesinaron a Durruti, Nin y Berneri y mandaron al pueblo en masa a morir en batallas absurdas como las de Teruel y, después, el Ebro.

Sin embargo, José Gabriel no es un pesimista agorero y alberga la esperanza de que, si no se consigue la victoria militar, se obtenga la política. Su vitola de progresista verdadero la demuestra poniendo en solfa muchos de los comportamientos de quienes dirigen la guerra: la censura, la propaganda que convierte los fracasos en victorias, la honda rivalidad entre las distintas organizaciones revolucionarias… Pero lo que el periodista desea ardientemente es conocer el frente de Aragón y su experiencia revolucionaria. Finalmente, sufragándolo a medias con un colega francés, consigue que le entreguen un Peugeot nuevo provisto del correspondiente chófer. A partir de aquí JGLB nos paseará por la geografía aragonesa (Bujaraloz, Fuentes de Ebro, Sariñena, Barbastro, Graus, Torres del Obispo…) a través de cuadros tomados de la realidad que traslucen la verdad de una instantánea fotográfica. Sus reflexiones políticas y pensamientos siempre serán breves, como requiere la crónica periodística, diferentes a las más sesudas y analíticas de España en la cruz.

Miradas sobre el paisaje, datos costumbristas, observaciones sobre los hábitos nacionales, las milicianas, la vida en la trinchera se suceden a lo largo de los cuarenta breves capítulos que componen el libro de sólo 120 páginas en su edición original, pero que se completa con láminas fotográficas, reproducciones de algunos órganos de prensa, pasquines, manifiestos… y un apéndice de 52 páginas más, que contiene los apartados: “Una descripción del frente

aragonés”, “Detalles del frente aragonés” “¿Por qué se detuvo el frente en Aragón?”, “Debates proletarios sobre economía”, “La ofensiva contra las colectividades”, “El gobierno republicano en el nuevo orden”, “Un discurso antifascista de Durruti” y “Vida y muerte de un líder”, donde se afirma sin ambages que el revolucionario leonés “fue asesinado por la Columna Internacional del General Kléber, fuerza especialista en la limpieza a retaguardia” (166)

 A José Gabriel le sorprende la naturalidad con la que se ha aceptado la desaparición del dinero, el “todo para todos”, también, aquella con que se acepta la muerte propia y ajena, leitmotiv del título del libro. En cambio, el desvío de la izquierda francesa y su Frente Popular respecto a la lucha de los republicanos españoles produce en todos honda indignación que se traslada al periodista francés compañero del argentino. Pero el mayor número de páginas se dedica al ataque y penetración en el pueblo de Fuentes de Ebro, dirigido por Durruti, también narrado con sencillez y ausencia de dramatismo. Ausencia que se extiende a la suerte de los ejecutados, cuya muerte cuentan con naturalidad algunos de sus verdugos o que los mismos reporteros encuentran abandonados en las cunetas. José Gabriel no puede evitar un respingo ante dichas circunstancias, lo mismo que sucede en la cena que les sirven en la iglesia de Bujaraloz:

En el fondo, me está remordiendo, no la iglesia convertida en comedor, sino la iglesia vencida. Siempre peleé y nunca pude quedar vencedor: el derrotado, ya, por su misma derrota, me parece el justo. Todos tenemos algo de razón y la razón vencida es más razón.

Tras el ataque a Fuentes de Ebro, son los capítulos 25 –el fusilado en la cuneta a las afueras de Barbastro- y los que se desarrollan en Torres del Obispo, ahora Torres de Largo Caballero (32-37), los que, en cierto modo, suponen un viraje en las preocupaciones dominantes. El primero ejemplifica las consideraciones metafísicas que asoman en el título de la obra y los que se refieren a la aldea en que se crió, la perplejidad del reencuentro con su niñez, un choque psicológico en un contexto en que las preocupaciones inmediatas, que para muchos equivalen al destino de la humanidad, son lo único que importa.   

El colega francés necesita regresar y a José Gabriel le pesan las muertes. Sin decirlo, necesita escapar de ellas. Aunque no quiere incurrir en las exageraciones de otros corresponsales, los fusilados se han convertido en protagonistas. El reportaje termina con una cena en un restaurante del Barrio Chino –el casco viejo de las ciudades mediterráneas que el autor siempre denomina Casbah- en la que el chófer devora unos sesos y comenta: “Como con gusto porque me parece que le estoy comiendo la cabeza a aquel fascista de la carretera”. Un tanto ambiguamente, José Gabriel refugia sus pensamientos en el vino.

 

Los años finales

 Tras la guerra, la trayectoria de JLGB seguiría siendo rebelde, polémica y combativa. Su enorme capacidad de trabajo se refleja en su bibliografía y centenares de artículos. Las preocupaciones por la lengua nacional, la cultura popular y el antifascismo seguirán siendo prioritarias para él. Así, obtenida una cátedra en 1939, se le suspende en 1941. El golpe militar de 1943, que intervino hasta la lengua y proscribió el lunfardo, lo llevó a inmiscuirse en la protesta, lo que le valió la cárcel y el exilio a Montevideo. En 1946 marchará a Lima para enseñar periodismo en la Universidad de San Marcos. Vuelve en 1949 y se acerca al peronismo, que antes había rechazado. Pero también con una actitud crítica: en las reuniones del general con los periodistas “el que llevaba la voz cantante era Perón. Sólo José Gabriel osaba interrumpir los monólogos presidenciales[12]”. Sin embargo, la muerte de Evita y los nuevos rumbos de la política del presidente provocan que vaya tomando algunas distancias aunque los intelectuales antiperonistas lo consideran un enemigo. Por entonces, colabora en Argentina hoy, un diario socialista cercano al peronismo, y en El Laborista; vive modestamente en una villa obrera del barrio de Lanús, extrarradio de Buenos Aires; también ejerce labores de prensa en el Ministerio de Salud Pública.

Frisando la sesentena, José Gabriel estuvo con los que, sin fortuna, trataron de oponerse al derrocamiento de Perón, por lo que recibió virulentos ataques. Como escribe Galasso:

Aquel que había sido marginado por anarquista y trotskista, por rebelde y deslenguado, por predicar una síntesis entre marxismo y liberación nacional o hacer centro en la cuestión social al analizar el Martín Fierro, suma ahora otra transgresión: su peronismo militante de los últimos años. Inmediatamente es exonerado del ministerio, manteniendo apenas su cargo en El Laborista, aunque arrinconado en una sección secundaria y con un sueldo exiguo que le permite apenas sobrevivir a él y a su familia[13].

El 14 de junio de 1957, un infarto vence su cabeza sobre la máquina de escribir en la redacción de El Laborista. Muere horas después.

Pasarían 17 años para que alguien escribiera sobre él (Suárez Danero, 1974); 58, para que se reimprimieran algunos de sus textos (Korn 2015); nada menos que 61, para que una editorial, curiosamente aragonesa, llevase a cabo la reedición de uno de sus libros. La independencia, el humanismo, la calidad literaria y la variedad de las preocupaciones de este autor merecerían otras atenciones.

 

                                                                                   NOTAS

[1] Aparte de su propio testimonio, la condición aragonesa del autor la confirman Eduardo Suárez Danero, Guillermo Korn y otros autores. Él se decía aragonés, como su familia materna, pero se consideraba argentino. Pese a la importancia de su obra y las polémicas que suscitaron sus escritos y actuaciones, la figura de José Gabriel es muy poco conocida incluso en los círculos cultivados del país austral. 

[2] El padre, Buenaventura López, nacido en Cangas de Onís, Asturias, emigró a la Argentina en 1897 y parece que abandonó la familia a su suerte. La madre, Teresa Buisán, nacida en Torres del Obispo, Huesca, viajó con su hijo a Buenos Aires en 1905.

[3] Fundado por Natalio Botana en 1913, Crítica fue uno de los periódicos más populares del país en las décadas de los veinte y los treinta, llegando a alcanzar cinco ediciones diarias y en algún momento llegó a ser el de mayor tirada del mundo en lengua española. Defensor de las ideas avanzadas, durante la guerra en España, apoyó al bando republicano. A partir de la muerte de su fundador en 1941, el diario fue decayendo y desapareció en 1962.

[4] Dado su espíritu rebelde y revolucionario, es posible que pudiera ejercer alguna influencia el hecho de que el nombre español del caudillo Túpac Amaru, que en el siglo XVIII se rebeló contra la dominación española, fuese el de José Gabriel Condorcanqui Noguera. Igualmente, llevó ese nombre el minero J. G. Aguilar que, en unión del doctor Ugalde, concibió un proyecto de emancipación americana, por lo que, como Túpac Amaru, fue ejecutado en 1805.

[5] Cit. por Galasso (2013).

[6] La obra completa de Taborga fue publicada por Calpe Argentina en 1919.

[7] Cit. por Galasso (2013).

[8] En “El jugador de football, ejemplo de arte”, (La Nación, 6-I-1929) sostiene que en un partido de fútbol hay más arte que en muchas de las óperas del teatro Colón, insistiendo en el funcionamiento colectivo del juego. Añade que la cultura debería tomar ejemplo de lo ocurrido en el fútbol: “Unos ingleses acriollados, les enseñaron a nuestros muchachos las reglas primarias del juego, hace medio siglo, pero ellos no se quedaron en la enseñanza externa (…) cuando supieron cómo se jugaba, trataron de olvidar lo aprendido y se pusieron a inventar. Leyeron los libros, pero no tomaron notas, aprovecharon la experiencia ajena, pero no la repitieron. Polimeni o Calomino (dos jugadores de la época) en una de sus trenzadas de vagos por los baldíos de los diques con la marinería de los buques británicos surtos en el puerto, crearon el fútbol argentino. Todos los actos esenciales de la cultura son producto de una enseñanza convertida en móvil creador. Por eso, nuestros universitarios van a Europa maestra y sólo promueven cortesías y van nuestros jugadores de fútbol y arrebatan a las gentes. Llevan lo que Europa conocía, pero lo llevan superado”.

[9] El catedrático bilbaíno citó a José Gabriel en sus Ensayos, publicados en 1916.

[10] Cit. por Galasso (2003).

[11] José Planas Casas (1900-1960),  gerundés de Torroella de Montgrí, emigró a la Argentina en 1911. Fue un excelente y reconocido artista, que se relacionó con grandes figuras del arte de su época. Falleció en Santa Fe, cuya Escuela de Bellas Artes dirigió desde 1942.

[12] Marcelo Héctor Oliveri, José Gobello. Sus ideas, sus escritos, sus amores, Buenos Aires, Corregidor, 2002, pp. 110-111.

[13] Galasso (2013).

                                                                      OBRAS

Tupac Amaru (folleto), Buenos Aires, 1918.

Las salvaciones (folleto), Buenos Aires, Arca, 1920.

La educación filosófica (folleto), Buenos Aires, Centro de Estudiantes de Derecho y Ciencias Sociales, 1921.

Evaristo Carriego, Buenos Aires, Agencia Sudamericana de Libros, 1921.

La fonda. Un lance de honor. La joya más cara (relatos), Buenos Aires, Tor, 1922. / La fonda (novela porteña), Buenos Aires, Imán, 1939.

Vindicación de las artes  (crítica artística), Buenos Aires, Mercatalli, 1926.

Martorell (monografía artística), La Plata, Félix Santi, 1926.

Farsa Eugenesia (drama clásico), Calpe-J. Urgoiti, Buenos Aires, 1927.

Frente a Moisés (monografía artística), Buenos Aires, Ángel Estrada, 1928.

El Cisne de Mantua, La Plata, Félix Santi, 1930.

Reglas para un manual del político, La Plata, Félix Santi, 1931.

-Sentido de lo moderno (folleto), La Plata, Félix Santi, 1931.

Bandera celeste. La lucha social argentina, Buenos Aires, Porter Hermanos, 1932.

La revolución española (crítica social), Buenos Aires, Autor, 1932

Cantar de Los infantes de Lara, La Plata, Autor, 1934.

-El pozo negro, Relatos del mundo, Buenos Aire, Claridad, 1935.

España en la cruz. Viaje a la guerra española, Santiago de Chile, Ercilla, 1937.

Las semanas del jardín. (España y América vistas a través de un desconocido libro de Cervantes), Santiago de Chile, Ercilla, 1937.

La vida y la muerte en Aragón. Lucha y construcción revolucionaria en España, Buenos Aires, Ediciones Imán, 1938.

El nadador y el agua. (Retorno a la dicha natural), Buenos Aires, Compañía Impresora Argentina, 1938.

Ditirambo a García Lorca, Buenos Aires, Colombo, 1939.

El loco de los huesos. Vida, obra y drama del Continente Americano y de Florentino Ameghino, Buenos Aires, Ediciones Imán-Sarmiento, 1939.

Aclaraciones a la cultura, Buenos Aires, Colombo, 1939.

San Martín, imagen angélica, La Plata, Imprenta E. Capdevile, 1940.

Entrada en la modernidad, Buenos Aires, Concordia, 1942.

La Madrid. El valor legendario, Buenos Aires, Emecé, 1944.

Walt Whitman, Montevideo, Ceibo, 1944.

Curso de literatura española, Montevideo, Organización taquigráfica, 1945.

Historia de la gramática, Lima, Lumen-San Marcos, 1948.

La encrucijada. Europa entre la revolución y la guerra, La Plata, Moreno,  1952.

De leguleyos, hablistas y celadores de la lengua (Antología compilada por Guillermo Korn), Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015.

 

                                                          BIBLIOGRAFÍA

-CHÁVEZ, Fermín, Alpargatas y libros. Diccionario de peronistas de la cultura (Tomo I), Buenos Aires, Theoria, 2004, p. 57.

-GALASSO, Norberto (coord). Los malditos  (Vol. I). Buenos Aires, Madres de Plaza de Mayo, 2004, p. 279.

-, “José Gabriel López Buisán, ese hombre desconocido y olvidado. Se cumplieron 117 años del nacimiento del español que vivió en la argentina y defendió  la causa nacional”, Tiempo Argentino, 20 de marzo de 2013.

-GONZÁLEZ, Lucas, Jerónimo BORAGINA, Gustavo DORADO y Ernesto SOMMARO, Voluntarios de argentina en la guerra civil española, Buenos Aires, Ediciones del CCC (Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini), 2008.

KORN, Guillermo, “Estudio preliminar” a De leguleyos, hablistas y celadores de la lengua, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015, pp. 11-51.

-MELERO, José Luis, Los libros de la guerra. Bibliografía comentada de la Guerra Civil en Aragón (1936-1949), Zaragoza, Rolde de Estudios Aragoneses, 2006, pp. 96-98.

-OLIVERI, Héctor Marcelo, José Gobello. Sus ideas, sus escritos, sus amores, Buenos Aires, Corregidor, 2002.

-PULCHER, Darío, Escritores “malditos”: peronismo histórico y campo intelectual en una aproximación de Jauretche, 2015.

-SIGNO, Leopoldo del, “José Gabriel, el último gaucho”, La Nueva España nº 69, junio 1937.

-SUÁREZ DANERO, Eduardo, “José Gabriel, sin pelos en la lengua. Textos de un polemista mordaz, relegado al olvido por la cultura oficial. Biografía de un luchador”, La Opinión Cultural, 3 de febrero de 1974.

-TARCUS, Horacio (dir.), Voz “Gabriel, José”, Diccionario biográfico de la izquierda argentina, Buenos Aires, Emecé, 2007.

                                                                         José Gabriel López Buisán 

 

 

 

 

 

 

 

(Publicado en Aragón Digital, 10-11 enero 2019).

Acaba de cumplirse el centenario (7 de enero) de uno de los sabios aragoneses menos conocidos en su propia tierra. Me refiero a Julián Gállego (1919-2006), al que -aparte de los estudiosos del arte que continuarán durante mucho tiempo consultando sus magníficas monografías sobre Velázquez, pintura barroca y Goya- casi nadie recuerda, a pesar de que no hace más que una docena de años que abandonara este valle de risas y lágrimas.

E

Es verdad que residió en Madrid buena parte de su vida, por otra parte muy viajera, pero el desconocimiento de su muy atractiva obra literaria creo que se debe más a que el público difícilmente encaja entre sus meninges que el conocido por una actividad –en este caso, la crítica de arte- se dedique también a otras cosas. Efectivamente, Julián Gállego fue autor de un puñado de obras que van desde la narrativa (San Esteban de afuera, Muertos y vivos, Apócrifos españoles, Nuevos cuentos de la Alhambra) hasta el teatro (Fedra), pasando por los viajes, a los que tan adicto fue (Postales, Años de viaje), las crónicas, en las que fue maestro (Mi portera, París y el arte) y el género autobiográfico en su libro, El arte de la memoria, una deliciosa evocación de la Zaragoza de la primera mitad del siglo XX.

Recuerdo que sus primeros textos los leí en los dominicales de Heraldo de Aragón, entonces con un excelente elenco de colaboradores culturales remunerados. No sé si ese periódico lo ha recordado en estos días, pero sí que uno de dichos colaboradores, César Pérez Gracia, ha procurado preservar su excelencia y su memoria escribiendo en varias ocasiones del maestro nacido en la calle Mayor, número 47.

Mi portera, París y el arte

Don Julián, que se había doctorado en Derecho e Historia del Arte, ejerció algún tiempo como técnico de la Administración Civil en Sevilla y Barcelona hasta que decidió cambiar su orientación profesional y trasladarse a París. Enseñó en las universidades de la Sorbona y Complutense, fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y pronto se convirtió en un crítico de arte de talla internacional, que comisarió una exposición sobre Velázquez en el Metropolitan neoyorquino y varias en el Museo del Prado. Zaragoza lo galardonó con alguna medalla y una calle, allá por el Parque Ebro.

Julián Gállego vivió de mozo en las calles Mayor y Argensola, de cuyo sector nos proporciona preciosas informaciones. Escojo unas pocas: los panecillos con forma humana que fabricaba el horno sito en el patio de su casa; la fascinación de los niños ante el palacio de Larrinaga, que todos creían que era el de la Reina Hada, y así lo nombraban; la supervivencia del dance de las Tenerías, del que recuerda una de las coplas dedicadas a un político que no señala: “Tienes la cabeza gorda / y el culo de señorita / y donde quiera que vas / vas tirando la levita”. Pero, sobre todo, una que viene al pelo para corregir a los memos y cursis que llaman “Piñateli” al famoso canónigo, propulsor del Canal Imperial, que da nombre al parque y al edificio del Gobierno de Aragón: “Pig-natelli (y pronúnciese, como es uso en Zaragoza, separando la G de la N, sin apiñarlas, y, en cambio, juntando las dos “ele” para dar lugar a la letra “elle”, que tantos países nos envidian)…”

Si lo dice un sabio y yo no me canso de corregir a los puñeteros “piñatelieros”, habrá que aplicar el cuento.

 

                                           BIBLIOGRAFÍA DE SU OBRA LITERARIA

-BADOSA, Enrique, “Prólogo” a Muertos y vivos, Barcelona, Rocas, 1959.

-BORRÁS, Gonzalo, Voz: “Gállego Serrano, Julián”, Gran Enciclopedia Aragonesa, apéndice IV, Zaragoza, UNALI, 2001, p. 119.

-CENTELLAS, Ricardo, “Julián Gállego, la memoria recobrada” (Reseña de El arte de la memoria), Heraldo de Aragón, 25-V-2000.

-DOMÍNGUEZ, Antonio (dir.), Voz: “Gállego Serrano, Julián”, Gran Enciclopedia Aragonesa 2000, tomo X, Zaragoza, El Periódico de Aragón, 2000, p. 2334.

-HORNO LIRIA, Luis, Más convecinos… y algún forastero, Zaragoza, IFC, 1995, pp. 115-117.

-, Autores aragoneses, Zaragoza, IFC, 1996, pp. 28, 205-211.

-LÓPEZ FONSECA, Antonio, “Rumor de clásicos: el grito de algunos autores invisibles del teatro español del siglo XX”, Cuadernos de Filología Clásica, Estudios Latinos, vol. 26, nº 1, 2006, pp. 181-198.

-MAINER, José Carlos, Voz: “Gállego Serrano, Julián”, Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo VI, Zaragoza, UNALI, 1981, p. 1477.

-MINISTERIO DE CULTURA, INSTITUTO NACIONAL DEL LIBRO, Quién es quién en las letras españolas, Madrid, 1979 (3ª ed.), p. 181.

-NAVALES, Ana María, Antología de narradores aragoneses contemporáneos, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1980, pp. 25, 107-124.

-PADRÓS DE PALACIOS, Esteban, “Prólogo” a Apócrifos españoles, Barcelona, Rocas, 1966, pp. XI-XIX.

-PÉREZ GRACIA, César, “Retrato de Granada” (Reseña de Nuevos cuentos de la Alhambra), Heraldo de Aragón, 22-XII-1988.

-, “Semblanza de un ilustrado de Zaragoza” (Introducción a El arte de la memoria, Zaragoza, Ayuntamiento, 1999, pp. 9-19).

-, “Las memorias inéditas de Julián Gállego”, Heraldo de Aragón, 18-VII-1999.

-PÉREZ LATORRE, J. M., “Reseña” de El arte de la memoria, Turia nº 55-56, febrero 2001, pp. 333-335.

-RINCÓN, Wifredo, “Necrológica”, Archivo español de arte, Vol. 79 nº 314, 2006.

-, “Julián Gállego y Aragón” en Homenaje a Julián Gállego, Anales de Historia del Arte, Vol. 28, 2008, p. 25-38.

 

 

(Publicado en Aragón Digital, 30 noviembre-1 diciembre de 2018)

Un viejo cantable de La Mascotta enuncia:

“En la batalla estar detrás

mientras pelean los demás;

en la victoria estar al frente…

¡es conveniente!”

Bien lo saben los políticos, en el día de hoy gente habitualmente mediocre, pero amiga de acercarse al sol que más calienta. Y, hablando de políticos, Rajoy bien podría ser lector de Kipling, que dejó escrito algo así como que la mitad de las dificultades se resuelven solas y la otra mitad no tiene solución. Ante la última que enfrentó y no pudo superar, siguió el dictamen de una buena amiga mía: “¡Qué triste es todo, menos beber!”. Mejor le hubiera ido, si hubiese seguido otro buen consejo: “Sin fuerza no puede sustentarse ningún ideal ni siquiera la libertad”. Una cosa es el abuso y otra el usar la fuerza contra los que se saltan las leyes pero el cauto gallego tuvo “más miedo que las monjas”, como escribió el Arcipreste.

Los consejos que más aprecio son los que recomiendan la risa. Reírse en general, reírse de los demás y de ti mismo, por supuesto. Reírse de uno mismo es recomendable, incluso si te mortifican el codo, el oído o las almorranas, cosa de mucho doler, por lo visto. Nietzsche consideraba la risa como propia de un tipo superior de humanidad y en la revista Selecciones del Reader’s Digest, que en mi niñez aparecía por todos los sitios, había una sección cuyo título ya me atraía: “La risa, remedio infalible”.

Aunque algunos periodistas piensan que no es elegante inmiscuir lo personal en sus artículos, al menos desde Larra, otros creemos lo contrario. Digo esto porque admiro a los vagos pero, lamentablemente, no lo soy*. Lo que no quiere decir que ponga el trabajo por delante de los placeres sino que procuro buscar trabajos que constituyan un placer.

Así que finalizaré con el buen consejo que un padre de familia impartió a sus hijos antes de morir, recomendándoles que huyeran a toda costa del trabajo entre comidas.

*https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/29/quejicas-pero-vagos/