Publicado en Estudios sobre Tango y Lunfardo ofrecidos a José Gobello (Compiladores: Oscar Conde-Marcelo Olivari), Buenos Aires, Carpe Noctem, 2002, pp. 33-41.

En Mujeres y hombres que hicieron el tango, que quiere ser la quintaesencia de los muchos saberes que, a lo largo de medio siglo, José Gobello reunió en torno a esa música y sus conjuntos, se estampaba respecto a los versos de Celedonio Flores: “…sus tangos, compuestos en los alejandrinos más musicales y más redondos de toda la poesía argentina…”. No se trataba de ningún descubrimiento o caída de Saulo porque, casi un cuarto de siglo antes, el mismo autor había escrito en Tangos, letras y letristas que los de Cele eran “los alejandrinos más perfectos de nuestra literatura popular”. Sin embargo, muy poca atención crítica ha suscitado “el Negro” entre los estudiosos de la poesía argentina contemporánea pese a la innegable repercusión social de sus versos. De hecho, hasta 1964 no se encuentra un trabajo de cierta entidad, el debido a Juan Silbido, autor al que se suele citar muy poco, pese a ser de los primeros que se preocupó de documentar con cierta seriedad sus trabajos de investigación. La bibliografía que acompaña a esta colaboración no debe confundir con su relativa extensión -teniendo en cuenta, además, que, por la lejanía del autor a los centros de producción de bibliografía tanguera, puede haber obras de las que no haya tenido noticia- ya que se trata en su mayoría de apuntes o notas muy breves.

Por  la dificultad que presenta la datación cronológica de sus composiciones, me limitaré a comentar aquí los tangos elegiacos de Flores porque corresponden a la época en que las letras de otros autores comenzaban a incidir, de manera un tanto excesiva en ese campo. Y, sin embargo, no fue Cele autor que diera mucha cancha al lloriqueo y la cantinela de lo mejor de cualquier tiempo pasado. El propio Gobello nos advierte que “el negrito enjugó las lágrimas de Contursi con el pañuelo compadrón que llevaba en él cabalete y, como quien dice, pasó a otra cosa… (con) el aplomo… del hombre corrido que puede  mirar la vida como lo que es, agua que corre”. Efectivamente, Celedonio tenía demasiado sentido del humor y capacidad de distanciamiento para apuntarse al carro de quienes añoraban una más que improbable edad de oro.

En los clásicos latinos la elegía es un género más que nada formal a través de su expresión en el dístico elegíaco que, poco a poco, se va centrando en la manifestación de estados anímicos de pérdida y lamento. Catulo fijó sus caracteres, Tibulo la vinculó con la serenidad del campo, que luego tendría tan larga derivación en los “menosprecios de corte y alabanzas de aldea”, y  Propercio y  Ovidio la trajeron hacia sí para expresar sus cuitas de amores. En la Edad Media amplió sus metros originales y Boccaccio tituló como elegía su Fiammetta, también madre, tal vez, de la novela psicológica. Más tarde, Sannazzaro escribió tres libros de Elegiae y, poco a poco, fue tildándose de tal cualquier composición que, independientemente de la métrica, volcase su sensibilidad en el dolor y la tristeza por lo perdido. En la literatura española del Siglo de Oro, tras la cumbre de las coplas de Jorge Manrique y las selectas imitaciones latinas de Garcilaso,  Fernando de Herrera  la perfeccionó en su variedad amorosa y habrían de pasar siglos para que Miguel Hernández diera a la luz, el otro pináculo, la magistral Elegía a Ramón Sijé. Antes, la malevolencia de Góngora se había servido de su característico metro elegíaco, el dístico, formado por un hexámetro y un pentámetro, para largarle a Quevedo otra alusión a su cojera: “vuestros pies son de elegía”. Pero, entretanto, los más altos escritores europeos habían transitado por ella, desde Ronsard a Rilke, pasando por Milton, Gray, Schiller, Goethe o Holderlin, con su punto culminante en el siglo XVIII. La elegía se concretizaba ya, más que en un género, en una atmósfera de dolor contenido, de tristeza y melancolía, que expresaba tanto la pérdida de algo querido, como el difuso sentimiento de “lo que pudo haber sido y no fue”.  Romanticismo,  Modernismo y las fascinaciones de la contemporaneidad la redujeron a un segundo plano y la elegía se convirtió, sobre todo, en refugio de poetas chirles y hombres descomprometidos con su tiempo. Nadie se imagina a un vanguardista elegíaco y la presencia del género en el tango, salvando las precisiones que se harán,  obedece a razones más vinculadas con estructuras psíquicas miméticas y acopio de tópicos que a sentimientos verdaderamente trascendentes.

Con todo, es frecuente en las elegías tangueras, incluyendo las de Contursi, un matiz humorístico al que Flores no podía ser ajeno. Cuando en 1923 escribe en primera persona las octavas decasílabas y octosílabas de El bulín de la calle Ayacucho con un lunfardo nada rebuscado y perfectamente reconocible, está simplemente echando en falta un reducto donde hace menos de dos años –nada- el poeta se reunía para pasar unas horas de farra cantora y conversadora con los amigos. En efecto, y según el testimonio de José Servidio, autor de su música, las reuniones duraron hasta finales de 1921. Celedonio, con sólo 27 años, no mala situación económica y muchos amigos, no puede ser demasiado sincero cuando añora ese bulín pródigo en ratones –también según el mismo Servidio- porque ningún problema hubiera tenido para lograr cualquier otro espacio en el que hacer las mismas cosas. El pretexto dramático: “la piba mimosa y sincera que hacia el cielo volando se fue” es obviamente un apósito no basado en la realidad sino una concesión irónica a las agonías propias de los tangos de su tiempo. El objeto, pues, de la elegía es el propio bulín que, al concretizarse en esa ubicación real del número 1443 de la calle Ayacucho, adquiere un protagonismo ejemplificador de una etapa de la juventud que se ve en trance de evolucionar hacia otras metas. El abandonado –“rechiflado parece llorar”- resulta ser, pues, el apartamento que, al perder su presencia humana, ha pasado a ser una triste habitación más de conventillo.

Los versos que, con el título de Mi cuartito, Flores confeccionó para sustituir a los anteriores con motivo del decreto proscriptor del lunfardo emanado del general Pedro Pablo Ramírez, son ya definitivamente prescindibles. Su adjetivación tópica, los diminutivos socorridos, su tono sensiblero y falso proscriben, incluso, darle el título de elegía a una composición que en veinte años había perdido sus principales valores: la frescura, la ingenuidad distante, el mérito de ser un apunte, inspirado pero puramente ocasional, de algo que no pasó de la anécdota.

El menos famoso de los tangos elegiacos de Flores es Viejo coche que, con música de Eduardo Pereyra, cantó Rosita Quiroga en 1926. El personaje que lo enuncia es masculino pero la exclusividad que la deliciosa cantora de la Boca tenía por entonces de los tangos de Celedonio propició que fuera ella quien lo llevara al disco. También en segunda persona, se trata de cinco sextillas que incluyen una octavilla entre ellas, polimetría a la que tan aficionado fue el tango, aunque no especialmente nuestro autor. El poeta efectúa una identificación con su decadencia y la del coche para, sin solución de continuidad, evocar la complicidad con el viejo cochero que, como él, sólo espera el designio final de la vida. También aparece la innecesaria concesión al tópico: “¡Pero abierta está la herida / de la leyenda fingida / que me contó esa mujer!”. Historia de la que no se aportan más datos. Es una letra, evidentemente, de relleno que poco contribuye a la gloria de su autor.

Mucho más inspirado resultó Viejo smoking (1930) en el que, con economía verbal y un estupendo equilibrio entre naturalidad expresiva y retórica literaria, se nos cuenta una historia, también a través de la segunda persona, servida por unos irreprochables versos de dieciséis sílabas, que se hacen octosílabos en los estribillos. Fue Gardel, que también lo interpretó en los pioneros y entrañables cortos para el cine de Morera, quien lo grabó, con música de Barbieri, para fortuna de sus oyentes.

Fértil en términos lunfardos, coloquial y literario, en él se avista esa combinación de lo culto y lo popular que suelen destacar los comentaristas de la poesía de Flores, así como ese sentimentalismo sin cursilería que, a menudo, alcanza la ocasión de conmovernos. Desde su primer verso es notable tal pericia combinatoria. Tras la función apelativa que personifica a la prenda instándole a campanear el cotorro, la imagen poética y desoladora a través del participio “despoblado”. En el segundo verso se incrementa la dinamización que vivifica las cosas: esa “catrera compadreando sin colchón” y, a continuación, la entrada del protagonista del que ya se nos marca su triste situación: “ha perdido el estado”. En la comparación, “como perro de botón”,  la nota humorística, que desdramatiza lo que, al cabo, no es sino la historia de alguien que vivió sobre sus posibilidades.

En el segundo serventesio  la efectividad del discurso narrativo se advierte en la rica información que se nos da en sus cuatro versos. Poco a poco, todo ha sido empeñado y sólo el smoking se conserva como imagen y símbolo de un pasado al que no se quiere renunciar porque constituye un sueño que fue real. Todavía tiene tiempo para la metáfora coloquial: “se dio juego de pileta y hubo que echarse a nadar” y, también,  para la reflexión desiderativa: ese “sueño, del que quiera Dios que nunca me vengan a despertar”.

En el primer estribillo, la elección de las imágenes no puede ser más precisa: la lunfarda alusión a las lágrimas que las mujeres vertieron en él: “cuánta papusa garaba / en tus solapas lloró” y la metonimia personificadora: “solapas que con su brillo / parece que encandilaban/ y que donde iban sentaban / mi fama de gigoló”.

Ahora, los serventesios van a servirse de la enumeración para describirnos la situación a que ha llegado el otrora rey del cabaret. Pero el golpe de efectividad está en los dos últimos versos, a mitad de camino entre el patetismo y el humor, que hacen que nos identifiquemos con la cuita de este nuevo “patotero sentimental”: “Vas a ver que un día de éstos te voy a poner de almohada, / y tirao en la catrera, me voy a dejar morir”.

Vuelve el estribillo final al motivo de las solapas, pero es la propiedad en la descripción: “…cuántas veces/ la milonguera más papa / el brillo de tu solapa / de estuque y carmín manchó”,  la materialidad de esos revoques, lo que nos hace sentir de verdad el pequeño drama, que todavía sabemos oír a Gardel con idéntica emoción.

Si en los tangos anteriores lo elegíaco se vinculaba a lo personal, con lo que el componente ético que -como también señaló Gobello- aportó Celedonio al tango, estaba ausente de estas elegías, en ese hermoso y raro poema que Flores tituló Corrientes y Esmeralda a la elegía se superponen la pequeña historia, el suave humorismo, la mueca compasiva, la generosa admiración y la implicación personal del vate en el corazón de la que fue su ciudad.

Desde la primera vez que leí esa letra –hará más de veinticinco años- me atrapó con su magia, su extrañeza y, también –por qué no- con su acopio de datos. Tardé bastantes años más en oírla porque Gardel, con su elegancia, no pudo cantarla, aunque bien lo pudiera haber hecho en forma de guiño cómplice. No sé si fue la versión de Ángel Vargas o la de Carlos Acuña, ambas excelentes, la primera que llegó a mis oídos, pero es uno de los pocos  tangos que no hace falta escuchar para que nos entre.

Eduardo Romano nos dice que fue escrito en 1922, aunque llama la atención que no fuera incluida en Chapaleando barro (1929) y sí en Cuando pasa el organito (1935), lo que, dada su calidad, hace pensar en por qué, de estar escrita,  no la incluyó  Celedonio en su primer poemario que contiene otros cantos de menor calidad a distintos reductos ciudadanos. Fuera como fuese, estos serventesios dodecasílabos, cuyas claves tan bien nos explicaron Gobello, otra vez, y Bossio, en 1975, contienen, junto a los consabidos elementos postmodernistas tan queridos por nuestro poeta, otros que lo aproximan a las vanguardias. Y no sólo por la inventiva verbal sino por la luz de varias de sus imágenes.

Si en las rimas está también esa audacia modernista –a ningún ignorante se le ocurre rimar “cross” con “novecientos dos”-, el binomio adjetivo-sustantivo “rante canguela” o nombres con su complemento como “curdelas de grappa y locas de pris”  son experimentos ya muy atrevidos para la poesía primisecular, lo mismo que la inclusión de nombres propios reales en el penúltimo serventesio, procedimiento que también llevarían a cabo algunos componentes de la llamada Generación del 27.

  Corrientes y Esmeralda tiene la particularidad, entre tantas otras, de que el poema termina con una EPSON scanner image promesa ya cumplida: ese “te prometo el verso más rante y canero/ para hacer el tango que te haga inmortal”. Es, sí, una forma de establecer esa comunicación personal intensa con  el Buenos Aires que Celedonio Flores vivió y ayudó a dar fama y, también, una suerte de implicación vital en un poema en el que el yo no tiene otra cabida que la de mero observador privilegiado.

He hablado de poema “raro” y algo se ha justificado en los párrafos anteriores, pero desde la sorprendente utilización de la forma  verbal  del inicio “Amainaron” hasta esa metáfora deportiva de los últimos versos: “cuando con la vida esté cero a cero”,  un despliegue de originalidad recorre los seis serventesios coronados por un quinteto que, junto a las peculiaridades aludidas, no desdeña el verso cálido, familiar y hasta elemental: “te ofrece su afecto más hondo y cordial”. Lunfardo, vanguardia, lenguaje coloquial, humor y exactitud topográfica nos contemplan desde este poema al que puso una bella música, como suya, Francisco Pracánico.  No sabemos qué admirar más si la precisión de las alusiones históricas, la afectividad de buena índole que respira para personas y cosas o la inventiva verbal  de las estrofas tercera y sexta que hay que volver a transcribir porque su lectura nos exime de una glosa que sería, por la multiplicidad de sugestiones, tal vez cansadora.

El Odeón se manda la Real Academia,

rebotando en tangos el viejo Pigall,

y se juega el resto la doliente anemia

que espera el tranvía para su arrabal.

Te glosa en poemas Carlos de la Púa

y el pobre Contursi fue tu amigo fiel…

en tu esquina rea, cualquier cacatúa

sueña con la pinta de Carlos Gardel.

Creo que el tango no alcanzó nunca esta altura textual aunque Discépolo, inventor de tantas otras excelentes originalidades, le anduvo cerca en Fangal. Soy de los que piensan, y alguna vez habré de escribirlo, que el sobrevalorado Manzi se columpió muchas veces en su intento de fundir el sentimiento con lo existencial, lo metafísico con lo visual.  Por eso creo que el negro Cele no ha sido valorado como merecía y el análisis pormenorizado de su obra aguarda aún al estudioso o al lector con sensibilidad. Sus giros lunfardos tienen tanto la desfachatez del auténtico reo, como la libertad del hombre culto que sabe fundir sus lecturas con el lenguaje de la calle para lograr un idioma rico, original y lleno de color. Su economía de medios, tan presente en textos que están en la mente de todos y en otros menos famosos como La historia de siempre. Su veta satírica, que puede llegar a ser desgarrada, tiene otras veces la fibra patética de quien ha sentido el dolor de tantas vidas consumidas en el barro. Se ha destacado, pero apenas se ha estudiado, su veta social, su ternura para la mujer aunque un soneto como el, por otra parte, estupendo Biaba parezca desmentirlo. Igualmente, puede verse en él un apunte irónico y, desde luego, está lejos de la bestialidad para con la hembra de Buen remedio de Yacaré o de muchos versos de Julián Centeya. Además de sus conocidos tangos Pan o Sentencia, en otros poemas como Oro viejo o Chorro aparece,  bien, como en el primero, su indignación contra el repugnante matón de comité, bien, como sucede en el otro, su compasión de hombría de buena ley para quien no ha podido ser otra cosa. Poemas como El perro flaco desdeñan la sensiblería y nos hablan con unas notas de modernidad que quizá no se perciben bien desde un siglo que invoca –lo que da pábulo al optimismo histórico- los derechos de los animales. Sus poemas descriptivos tienen cimas como ese hermoso y brutal Arrabal salvaje, por no hablar de las numerosas pinturas de los barrios  y topografías de Buenos Aires. Hasta la intertextualidad, hoy en tantas bocas, no le fue ajena como puede comprobarse en el bienhumorado pastiche que tituló Sonatina.

Como versificador, se desenvolvió con gusto y naturalidad lo mismo en el romance que en el difícil verso largo –compuso muchos poemas con versos alejandrinos y hasta de dieciséis sílabas-, sin duda influenciado por sus amplias lecturas modernistas. Bebió en Carriego pero sus alientos fueron de más largo alcance. La asonancia fluye en Celedonio con naturalidad y belleza, véase si no ese prodigio de fluidez que es la milonga Chatita color celeste. Su poética nos la dejó bien servida –y, por supuesto, también con sus chispas de ironía-. en poemas tan bien compuestos y directos como los de La musa mistonga de los arrabales, Por qué canto así, Musa rea o Versos.

Desconozco el número de tangos que llegó a componer Cele pero tengo registrados alrededor de ciento cuarenta. Como no puede ser de otra manera, hay varios prescindibles pero cualquier aficionado sabe que otros muchos  son la historia del tango y en varios aspectos alcanzó la categoría de pionero.  José Gobello, en su Crónica general del tango, nos señaló que con  sus versos titulados Por la pinta y, luego, Pelandruna refinada, en el registro del negro Ricardo o Margot, en la grabación gardeliana, trajo un acento nuevo que comenzó a enjugar cachadoramente las lágrimas que al tango había puesto Contursi. Tampoco debe olvidarse que Chapaleando barro (1929) es uno de los primeros libros en que la poesía lunfarda alcanza unos caracteres que, como sucede en La crencha engrasada, tan sólo un año anterior, superan la exclusiva fijación al bajo fondo. Antes de estos, sólo cuatro poemarios lunfardos habían llegado al libro: Versos rantifusos (1916) de Yacaré, El arrabal porteño (1923) de Silverio Manco, Vigilante y ladrón (1925) de Alberto Arana, (Garbino) y ¡Semos hermanos! (1928) de Dante A. Linyera. Como estampó Jorge Gottling, que  considera a Flores el más perfilado de los poetas que haya dado el tango, sus versos “inauguraron la reflexión sobre el arrabal, un campo de acción interior más que una concreta referencia al catastro”.

El lugar de Celedonio Esteban Flores en la poesía popular del Río de la Plata es indiscutible. Pero poemas como Corrientes y Esmeralda y otros de los aquí citados le otorgan también un lugar en la poesía sin adjetivos de la nación argentina.

Flores, Celedonio Esteban

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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La pobreza de la bibliografía acerca de la jota aragonesa no puede sino llamar la atención de quien se acerca a ella, sea desde el conocimiento de su decurso o desde la escasez de referencias. Hasta la Guerra Civil, prescindiendo de cancioneros, apenas podemos encontrar dos o tres obras que la traten y, hasta la proclamación de la Constitución de 1978, apenas se sobrepasa la decena. Si llegamos al fin del siglo XX, el número total rondaría los treinta títulos. Es cierto que en las dos últimas décadas ha aumentado exponencialmente la cantidad, pero todavía sorprende el poco interés que uno de los folklores más impresos en el espíritu de la nación ha inspirado a los estudiosos. Por ello es de agradecer cualquier acercamiento a ella que vaya alumbrando sus zonas vírgenes o simplemente oscuras. El breve estudio de César Rubio y Blas Vicente incide en un tema hasta ahora soslayado pero que puede iluminar varios de los tópicos que, durante décadas, han circulado perjudicando la justa recepción de este folklore convertido en seña de identidad del antiguo reino.

Si el baile y la música de la jota carecen de ideología, en cambio, el canto popular puede transmitir unos valores, que serán los de la sociedad que los genera. Como folklore eminentemente rural, esos valores serán más bien conservadores y sin apenas diferencia con los de otras zonas del país.

La jota alcanza los años treinta del pasado siglo con pujanza. Sus espectáculos llegan a los escenarios de las principales capitales y sigue siendo un folklore que se integra en las presentaciones de danza española, de las grandes figuras o en la zarzuela y el cine, mientras las grabaciones discográficas continúan registrándose a un ritmo que se reducirá enormemente en las décadas siguientes. Todavía durante varios lustros la jota permanecerá viva en los pueblos -sus principales valedores- en sus formas de canto de trabajo, canto de bodega o de ronda, aunque la modernización de la sociedad provocará que vaya perdiendo fuerza, excepto en los lugares más apartados. Por otro lado, la radio, que todavía apenas llega al pueblo, servirá para su pervivencia en las capas sociales medias y altas, aunque en el futuro perjudicaría la identidad de las particularidades locales. En suma, como muestran aquí los autores, durante los años treinta, en los que se instaura la II República, el canto de la jota está muy vivo en España y, como es de rigor, algunos letristas y cantadores se sirven de ello para enaltecer sus ideas republicanas, mientras otros lo hacen con las de signo contrario. La guerra, como es notorio, no cambiará el panorama pero es natural que en cada una de las zonas en conflicto, además de cantarse las jotas de toda la vida, se privilegien aquellas que exaltan sus posturas y atacan las del adversario, mientras se prohíben las de éste.

El triunfo de Franco implicará, naturalmente y sobre todo, en los años iniciales de la dictadura, una inflación de letras de carácter reaccionario pero que no afectarán para nada al mundo interno de la jota, que irá cambiando al ritmo que lo hace la sociedad. Los autores recuerdan también el entusiasmo de las víctimas del exilio cuando algún cantador visitaba los países americanos.

Sin embargo, la llegada de la democracia propició por parte de muchos que se consideraban progresistas un descrédito del canto aragonés al que identificaban con el franquismo, en vez de analizar su uso y manipulación por la propaganda del régimen. Otra ideología hubiera deparado adulteraciones de distinto signo pero que el canto aragonés, como tal, fuera culpable de lo que algunas de sus letras transmitían no deja de ser un dislate. Es cuestión a la que me he referido desde mis primeros escritos sobre la jota y no repetiré aquí, pues el asunto empezó a cambiar sensiblemente a partir de los inicios del siglo en que vivimos.     

El canto en la Guerra Civil no ha despertado tanta atención como tantos otros asuntos relacionados con la misma, aunque sea imprescindible recordar Canciones para después una guerra (Basilio Martín Patino, 1971) y el documental Cantata de la guerra civil (Alfonso Domingo), que estrenó la segunda cadena de TVE en 2021. Sin embargo hay mucho que rascar en ese baúl de la cultura popular, que era la misma en los soldados de los dos bandos en conflicto. Es cierto que hay pocas letras inolvidables pero también que, inopinadamente, aparecen cantas que nos traen aromas de la frescura del Romancero:

En la sierra de Alcubierre

me dijo una catalana:

soldadito, soldadito,

vente conmigo a la cama”.

Entre los casos que recuerdan los autores no podía faltar el de José Iranzo, El Pastor de Andorra, auténtico y verdadero ejemplo de cantador popular, al que las circunstancias llevaron a servir como soldado en ambos bandos y que dijo cantar en las trincheras para “espantar el miedo”. Cantar a la Virgen del Pilar, o su contrario: blasfemar, es indudable que se hizo también en ambos frentes, poblados no por rojos y fascistas sino por un pueblo machacado que, en los ratos que podía hacerlo, defendía su intimidad con sus emociones, que son la base de toda cultura popular. Terminada la contienda, otros pueblos machacados e inocentes iban a llenar los campos de batalla de medio mundo al son de otras canciones, incapaces de sobreponerse al terrible sonido de las explosiones y al silencio de la muerte, aunque momentáneamente sirvieran para exorcizarlos. César Rubio y Blas Vicente, ya veteranos militantes en defensa de la jota aragonesa, nos recuerdan todo ello. 

Martínez Viérgol y Carranza, Antonio María. Antonio M. Viérgol. Madrid, 8.XI.1872 − Buenos Aires (Argentina), 25.V.1935. Autor teatral y periodista.

Se inició en el periodismo en El Eco de Castilla y La Opinión de Valladolid, del que llegó a ser director. Como redactor de El Liberal, popularizó el seudónimo de El Sastre del Campillo, título de una obra de Francisco Santos. Fue cofundador de la Asociación de la Prensa de Madrid (1895). Antes de marchar a Buenos Aires, estrenó alrededor de cuarenta obras, entre comedias, zarzuelas y piezas del género chico, algunas de las cuales, como Las bribonas, Miss Full o la polémica y anticlerical Ruido de campanas, obtuvieron gran repercusión. Otras de sus obras fueron también transmisoras de sus ideas republicanas. Como autor de cuplés y canciones, firmó a veces con el seudónimo Monterilla.

Como otros autores teatrales españoles de esta época, al arrimo de la bonanza económica argentina, en 1915 se trasladó a Buenos Aires de forma definitiva, donde se le ofreció una función en su honor en el Teatro de Mayo y siguió produciendo abundantes obras teatrales, casi todas dentro del género del sainete porteño; una de las de más éxito fue Buenos Aires embataclanada. Escribió también numerosos cuplés y tangos como “Una más”, grabado por Raquel Meller, y tres que Gardel llevó al disco, “Porotita”, “¡Loca!” y el shimmy “Yo no puedo vivir sin amor”.

(Exceptuando algunos añadidos e ilustraciones, publiqué este texto en Diccionario biográfico español Vol. XXXIII, Madrid, Real Academia de la Historia, 2012, p. 597.)

OBRAS

Caza de almas, 1902; Ramitos de flores, 1902; La Matadora, 1903; La mariposa negra, 1903; La visión de Fray Martín, 1903; El nene, 1905; A las puertas de la dicha, 1905; Miss Full, 1905; Los contrahechos, 1906; Ruido de campanas, 1907; La cama de matrimonio y el cuartel de caballería, 1907; El tirano de Benicia, 1907; Las bribonas. Madrid, 1907; ¡Juventud, juventud!, 1908; S. M. El botijo, 1908; El cine de Embajadores, 1908; El banco del Retiro, 1908; Los fantasmas, 1909; El poeta de la vida, 1910; Los vencidos, 1910; La tragedia política, 1910; Huelga de criadas, 1910; Amor bohemio, 1911; S. M. el Couplet, 1911; De mujer a mujer, 1912; El país de la machicha, 1912; Los borregos, 1912; La primera mosca, 1912; Historia de una peseta contada por ella misma, 1913; La copla del amor, 1914; La hija del guarda, 1914; Los novios de las chachas, 1917; La liga matrimonial, 1919; El cabaret de los apaches, 1924.

Estrenadas en Buenos AiresLa telefonista; La europea; Entre dos fuegos; Gente de libreaLa cupletista y el torero; La raza latina; La barbarie moderna; La estrella de España; Los dos rivales; La señorita n.º 13; La piba del León VIII; Los hijos del biógrafo; El rey de la goma; Bronces y porcelanas; El diablo en Buenos Aires; El triunfo del sainete; Mucamas en América; El cuento del tío; La copa de champaña; La revista del Cervantes; El pibe del corralón; ¿Cuál es la mejor hija?; Los trapos de seda; Las malas mujeres; Los enemigos del pueblo; Los reyes de la jota; El remate del Ba-Ta- Clan; Buenos Aires embataclanada.

BIBLIOGRAFÍA

-BARREIRO, JAVIER, Voz, «Martínez Vièrgol, Antonio», Diccionario biográfico español Vol. XXXIII, Madrid, Real Academia de la Historia, 2012, p. 597.

-LÓPEZ DE ZUAZO ALGAR, Antonio, Catálogo de periodistas españoles del siglo XX, Madrid, Gráficas Chapado, 1981.

-GRECO, Orlando del, Carlos Gardel y los autores de sus canciones, Buenos Aires, Akian, 1990.

-VILLARÍN, Juan, Catálogo de escritores de Madrid y su provincia (Seiscientos años de literatura local), Madrid, Cajamadrid, 1995.

Escenas de Caza de almas (1902) y El poeta de la vida (1910)

Zaragoza, 4.XI.1886 / Zaragoza, 3.XII.1943. 

Nacido en la calle de San Lorenzo número13, parroquia de la Magdalena  (“El Gallo»), luego vivió en las calles de Aguadores y de San Pablo del barrio rival («El Gancho»). Su formación fue totalmente autodidacta y no cantó en público hasta los 32 años en un festival celebrado en la localidad guipuzcoana de Villafranca de Oria, inducido por su mujer, Jacinta Arce, natural de Tolosa. Poco después, el maestro de joteros Balbino Orensanz lo presentó en el Centro Aragonés de Valencia, donde obtuvo un gran triunfo, lo que le dio alientos para comenzar su carrera artística. Quizá su momento de mayor popularidad llegó tras el estreno de la versión muda de Nobleza baturra en el Cine Argüelles de Madrid el 11 de enero de 1926, Fue allí el cantador del cuadro aragonés que, junto a los hermanos Zapata, amenizaba la proyección de la película, que constituyó un gran éxito. De cualquier modo, su protagonismo como cantador y maestro fue muy alta en las décadas de los veinte y los treinta. A pesar de sus logros, estuvo en los antípodas del profesionalismo, ya que nunca quiso cobrar por su canto ni por su enseñanza y huyó de presentarse a concursos y recibir homenajes.

De gran pureza en sus estilos, fue a la vez absolutamente personal en su canto, intuitivo y matizado por las mejores esencias populares. No gustaba de retorcer las notas ni alargar los calderones, lo que inculcaba a sus discípulos. Dejó grabaciones de sus mejores jotas para la casa Pathé. Altruista, ocurrente y de gran llaneza, fue un ingenioso improvisador, autor de coplas y generoso maestro de cantadores, entre los que destacaron Fernando Murillo, que, en sus inicios, a mediados de los años cuarenta, cantaba con su misma pureza, Encarnación García, con la que grabó algún dúo y Francisco Rodríguez «Redondo», el cantador de Épila. El único homenaje que se le dispensó fue el 1 de enero de 1944, un mes después de su muerte, en que se reunieron en el Teatro Principal de Zaragoza los mejores joteros de su época, acompañados por ochenta profesores de rondalla.

                                                  DISCOGRAFÍA

-Por dame tu retratico-Con dos días de retraso-Al que es traidor a la patria-En la ribera del Ebro, Pathé 2024.

-La jota fue siempre grande-Dende que nació la jota-De noche te voy a ver-Un beso va por el aire, Pathé 2025.

-Yo no sé por qué maltratan-Si no fueras presumida-Un día ante Dios estaba-Cuando discurre un baturro, Pathé, 2026

Dame un besico en la boca-Mañico, si tú supieras-Una sobra y una falta-Tengo un novio molinero-Que sabías cocinar, Pathé 2027.

Aburrido y sin quehacer-La falsa y la verdadera, Pathé 2031.

-(con Encarnación García), De pena y de sentimiento-Mañico, te hace llorar, Regal K 2506

-(con Encarnación García), A los del sabio Cajal, Regal K 2507

                                                     

BIBLIOGRAFÍA

-BARREIRO, Javier, La jota aragonesa, Zaragoza, CAI, 2000, p. 62.

-, Diccionario biográfico español, vol. XXXVIII, Madrid, Real Academia de la Historia, 2012, p. 21.

-, Biografía de la jota aragonesa, Zaragoza, Mira, 1913, pp. 153-154.

-GALÁN BERGUA, Demetrio, El libro de la jota aragonesa, Zaragoza, 1966, p. 802-803.

-GALÁN BERGUA, Demetrio, El libro de la jota aragonesa, Zaragoza, 1966, p. 802-803.

-OLIVÁN BAYLE, Francisco, La jota en el barrio de San Pablo (1860-1960)-La jota en el barrio de Rabal (1860-1950), Ayuntamiento de Zaragoza, s. f. (1977), pp. 11-13.

-SOLSONA, Fernando, La jota cantada, Ayuntamiento de Zaragoza, 1978, p. 42.

-SOLSONA, Evaristo, “El jotero Joaquín Numancia”, El Gancho, enero, 1986.

-SOLSONA, Fernando y Mario BARTOLOMÉ, Geografía de la jota cantada, Zaragoza, Prensa Diaria Aragonesa, 1994, p. 86.

Acaba de publicarse en Sevilla este libro en el que los 25 autores escriben sobre sus nombres y apellidos, desde distintos puntos de vista Su título: en En el nombre del nombre, Sevilla, de culturas, 2022. Reproduzco mi texto que figura en las páginas 29-33. Las fotos son del bautizo, con mi tío Antonio oficiando de padrino y mi abuela Vicenta, de madrina. La otra, el día que cumplía un año y medio, sonriendo en Fotos Baby, al final de la calle Espoz y Mina.

En aras a la velocidad que nos impuso el mundo tecnológico, convertimos las
churriguerescas firmas y rúbricas de nuestros ancestros en garabato, las retóricas
bienvenidas y despedidas de las visitas en tiempo de nuestros abuelos en “Hola” o
“Chao” y proferimos un execrable “¡Guau!”, cuando un conocido nos informa de que
su hijo ha superado con fortuna tal examen. Cosa que antaño implicaba algo así
como: “¡Cuánto me conforta que su admirable retoño, vivo espejo de su brillantez y
bonhomía, haya superado con excelencia las pruebas de ingreso en el
funcionariado”.

Así, los historiados nombres de nuestros talentos literarios: Garcilaso de Vega,
Gustavo Adolfo Bécquer, Marcelino Menéndez y Pelayo, Ramón María del Valle-
Inclán
… derivaron en Pacoumbral o Pepecaballero, por no hablar de los Manolos:
Altolaguirre, Vázquez Montalbán, Vicent o el gran Leguineche, transmutado en
Manu.

Tal vez por dicha tendencia, cuando comencé a publicar escritos, mi nombre
completo, José Francisco Javier Mariano Armando Barreiro Bordonaba, quedó en el
que me pareció suficientemente denotativo, José Javier Barreiro Bordonaba, cuyas
iniciales JJBB, quedan muy bien, pero el prurito simplificador deparó que pronto
eliminara los extremos y me quedara en JB. Justo castigo a mi afán censorio, algún
lustro después apareció un poeta y crítico de arte uruguayo afincado en Méjico con
mi mismo nombre y apellido, más Cavestany de segundo. Y escribía bien. Pensé en
ponerme en contacto con él pero concluí que, dada mi mayor antigüedad nominal,
correspondía al tocayo afrontar la iniciativa. El gran Conrado Nalé Roxlo, cuando le
preguntaron si había leído El ser y el tiempo de Heidegger, contestó: “No pudo ser,
no tuve tiempo”. Lo mismo le debió de ocurrir a JBC, pues un agresivo cáncer se lo
llevó de este lacrimarum valle en 2013.

Explicaré el porqué de mi ristra de nombres. Desdichadamente, no fue el pertenecer

a la aristocracia. Como primogénito, la idea era unir al nombre de mi padre, José, al
de Javier, que gustaba a mi pareja gestora y, a la sazón, estaba de moda. Una vez
más, topamos con la Iglesia: el cura que me inscribió proclamó que Javier no era un
nombre sino un apellido y que, en todo caso, habría que sumar Francisco a Javier, ya
que era así como se llamaba el santo jesuita. En tal tesitura, mi abuela materna, que
oficiaba de madrina y también mi madre, hija única y gran admiradora de su
progenitor, muerto cuando mi feto alcanzaba los 3 meses, concluyeron que un
patronímico más ya no incordiaba mucho y añadieron el del abuelo Mariano,
nombre que, pese a identificar a Larra, derivó en apelativo poco prestigioso, no sé si
gracias a los calzoncillos que con él se adjetivan o al personaje de Forges.
No terminó ahí la confección de mi entidad identificativa. Una tía segunda allí
presente, cuyo novio murió en la guerra, fue acometida por un rapto de emotiva
remembranza y propuso añadirme el nombre de su amado, al que guardó fidelidad
hasta dejar este mundo. Nadie osó poner barreras al amor: Armando fue el quinto,

quizá, porque no hubo más asistentes. Cuando, años después, supe que Armando
Duval era el protagonista de La dama de las camelias, el nombre, aunque algo
relamido, me pareció apropiado para un artista de mi sensibilidad y aptitudes
estéticas.

Al fin, en casa me llamaron Javier y tanto familia como amigos mantuvieron el
apelativo sin fastidiarme con diminutivos y pendejadas, que no es poco privilegio.
Venturosamente, no tiene traducción inglesa. Únicamente he tenido que sufrir
alguna vez la catalana, que suena algo así como “Chiavi”. Sí que la colección Gent
Nostra me pidió una breve biografía de la aragonesa Raquel Meller para su colección
de “Biografías catalanas”. Al traducirla, el autor se convirtió en Xavier Barreiro. No te
digo como se pondrían ellos si, por joder, cogemos a uno de sus Peres -Pere Calders-
y

lo mudamos en Pedro Calderas, pongo por caso, tan cercano a Pedro Botero.

Javier es nombre vasco, contracción de “echea berri, que significa “Casa Nueva”. Por
cierto, que casi ha desaparecido en dicho país, en beneficio de los contenidos en la
lista que elaboró Sabino Arana y que, a veces, parecen ex abruptos. También padecí
la demencia nacionalista a raíz de un artículo sobre la cupletista Aurora Mañanós “La
Goya”
, solicitado por un amigo para ser publicado en algún medio de la zona, que no
me indicó. Finalmente, terminó en Egin (14-VI-1992), que manipuló mi nombre, mi
lugar de residencia, transmutado en Donosti, y el texto del artículo con el fin –
supongo- de vasquizarme y vasquizar más a La Goya, ya bilbaína de nacimiento.

Como escribió Bernard Shaw, desde muy niño, yo también hube de interrumpir mi
educación para ir a la escuela. Allí, los apellidos se utilizaban en forma jocosa para
jorobar a su portador. Así, Barreiro servía para gracias como: “barre la clase”, “barre
el río”, “barra de pan”… Otros apellidos lo tenían peor y doy gracias a que mis
compañeros de galera no cayesen en la cuenta de que el segundo de los míos,
Bordonaba, daba ocasión a partirlo en dos calificativos poco amables y muy usados
en Aragón, donde “haba” es, a lo bruto, el órgano sexual masculino. Entonces, ni
infantes ni adultos sabían lo que era el pene ni tampoco el falo. De hecho, cuando se
generalizó el uso de la primera palabra, sobre todo entre las mujeres, porque
nosotros seguíamos aferrados a la polla, la picha, el rabo y similares, su uso siempre
me pareció forzado y extemporáneo. Sin embargo, nadie atendió tampoco al origen
etimológico de mi primer apellido, identificable con alfarero o trabajador del barro,
elemento que también daba de sí para ser utilizado en mi contra. En eso de faltar al
prójimo, desde los cuatro años estábamos ya confirmando aquello de Ortega: “Cada
español es un centro de fiereza que irradia a su alrededor odio y desprecio”.

En cuanto a la historia de mi familia, no puedo remontarla a más de cinco o seis
generaciones. El primer Barreiro del que hay memoria fue recaudador de impuestos
en la zona de Vigo, allá por la mitad del siglo XIX. Montado en su mula, fue asaltado y
muerto por bandoleros en un descampado y la familia decidió ahuyentar los malos
recuerdos asentándose, unos pocos años en La Rioja y, luego, en Aragón. Secretarios
de ayuntamiento, tatarabuelo, bisabuelo y abuelo, desde entonces los Barreiro se
adscribieron en general a profesiones funcionariales y burocráticas. Sin embargo,
generalmente, han sido gente emprendedora, con habilidades sociales y amantes de la buena vida.

La estirpe de los Bordonaba parece que proviene de un pirata francés, cuyos
descendientes se asentaron preferentemente en Aragón. Mi bisabuelo tuvo una
fundición, su mujer fue médium a su pesar –sufría mucho en los trances y sólo por
cortesía aceptaba las invitaciones de los espiritistas- y mi ya citado abuelo Mariano,
perito industrial, fue gerente en Barcelona y Zaragoza de la entonces famosa firma
de máquinas de escribir Underwood. Durante la guerra, un empleado suyo lo
denunció por haber visto en su casa un libro sobre bombas hidráulicas. Estuvo a
punto de costarle la vida porque no fue fácil desmantelar el equívoco.
Como los extremos se tocan, mientras los funcionariales Barreiro, en general,
desarrollaron el carácter social y expansivo que se señalaba, los Bordonaba,
descendientes del pirata, resultaron tímidos, reservados y poco amigos de fiestas y
alharacas.

Uno siempre ha intentado parecer un filibustero, lo que me ha deparado
algún éxito con el otro sexo pero, en general, se impone la sociabilidad barreirense y
resulto un tipo bonachón, candoroso y, como tal, prescindible.

                   

                    

Presencia. Intensidad. La fuerza y la quietud de un paisaje que se impone al pensamiento. Las impresiones que se diluyen en una majestuosidad donde lo humano es mínimo y hasta el monasterio parece haber surgido como una proyección maciza de la tierra.

  El viajero que remonta los 227 metros hasta llegar a los 656 que, sobre el mar, ostenta Monlora recuerda los versos de Pablo Neruda: «cielo desde un navío, campo desde los cerros». Aguzando la vista, olivos sobre unas gradas, aliagas, quejigos, bojes, tomillo, romero, espliego, orégano. Los colores que se superponen en un lienzo infinito: cárdeno, gris, azul, verde-pardo, blanco y poderoso. En algún lugar no visible, los hombres han puesto un muladar, que hace que los buitres de Riglos, Agüero y Murillo se acerquen cotidianamente, como un ejército singular donde no hay falanges sino individualidades amenazantes. El recuerdo del burro Tripanegra, que harto de su vida de palos en unas cercanas minas, se escapó para comer unas verduras. El hortelano le asestó una paliza que, antes de volver a su esclavitud, le suscitó una decisión tan insólita como plausible: el suicidio. El burro Tripanegra se arrojó al vacío desde estas soledades. Tal vez unas ovejas fueron sus testigos, como hoy las cagarrutas lo son de su paso.

  Aunque un puñado de benedictinos que, muchos años después, reemplazó a los franciscanos huidos durante la Desamortización, los hombres han creado hoy una Hermandad de 1.013 miembros que ha sustituido a la comunidad monástica. 410 de ellos moran en la vecina Luna y suben en romería el primero de mayo. Luna, nombre de la familia tal vez más identificada con Aragón pero también, término evocador de regímenes nocturnos, de la gran madre ancestral, de la muerte que todo lo reconstruye y funde. Frente a ello, el nombre de Monlora «monte de flores», con su nota, tal vez hiperbólica, de placeres moriscos, de un tiempo mítico, de esa edad de oro en que la naturaleza era el hombre.

 Aunque el viento soliviante las hierbas y la cabellera, la sensación es de quietud, de ausencia. Tal vez, una ráfaga hace espasmódico, agudo y lancinante el vacío soberbio. Vuelve la mirada al entorno, a la fuerza del panorama, que inevitablemente revierte en vuelta al centro, a la interioridad focal y perpleja. Esas tetas moradas, el recuerdo del rostro de mi padre. No hay Dios en el castillo.

  Nunca sabré.

***********************

(Publicado en Catorce paisajes aragoneses, Zaragoza, Prames, 2002, pp. 34-37)

La Fotografía es de Julio Foster

(Publicado en Leyendas aragonesas inéditas, Zaragoza, El Periódico de Aragón, 2022, pp.  63-76)

El seco Aragón no ha sido propicio a leyendas, más adecuadas a lugares húmedos, gustosos de las narraciones nocturnas en torno a la lumbre, mientras afuera cae el orvallo, silba el aquilón y la Santa Compaña fatiga las fragas. Por eso, los galaicos han alumbrado, por ejemplo, a un Cunqueiro y los aragoneses, a un Alberto Casañal y su fiera zurrupia. Si hay un héroe legendario aragonés, es el nunca bien ponderado Pedro Saputo, con su somardez, su naturalidad, su insolencia y su sorna. Pero el de Almudévar no pasó, que sepamos, por la comarca del Jalón, aunque bien pudo atravesarla cuando, con misión encargada por el Concejo de su lugar natal, marchó a la Corte para entregar personalmente al rey los tres magníficos frutos que una higuera borde, inopinadamente, había generado. Sabido es que, como corresponde al folklore, Saputo se comió dos por el camino y al preguntarle el monarca por ellos: “¡Te los has comido! ¿Y cómo lo has hecho?”, respondió Pedro: “Así”, al tiempo que se zampaba el restante.

Pero no quedó ahí la libérrima desenvoltura de su lengua. Complacido el rey de esa mezcla de descaro e inocencia que, por lo sorprendente y exenta de malicia, suele caer bien a quienes nos tratan, le pidió parecer sobre lo bien provisto de su mesa:

 -¿Habrá algún príncipe en el mundo que, sin traer nada de fuera de sus estados, la tenga tan regalada?

 La hipocresía y la insinceridad están reñidas con el respeto y el afecto que a todos prójimos debemos. Pedro no respondió como diplomático sino como persona de bien y hombre libre:

  -Me parece que no, porque no hay ningún reino en el mundo que produzca tanta variedad de cosas y tan excelentes para el regalo de la vida. Pero faltan muchas, señor, en la mesa de V. M., que yo, siendo lo que son, las tengo cuando quiero mucho más exquisitas o las como, que es lo mismo. Porque vuestra Majestad no come el pan de Huesca ni de Andorra…

Y, así, Pedro va enumerando a su Majestad el carnero de Monegros, los nabos montañeses y de Mainar, el cardo y la escarola de Alcañiz, el queso de Tronchón, el aceite de Fórnoles, las uvas de Ráfales, las cerezas de Monzón y Torre del Conde, los higos de Maella, las granadas de Fraga, la aceituna negra y curada de la Tierra Baja… Ninguno, como vemos, de la zona del Jalón, pero sí que termina asegurando que “si mis paisanos los aragoneses no tuviesen el talento de hacer de buenas uvas, mal vino, mandara vuesa merced traer del campo de Cariñena y otros, y la hombrearían con los mejores…”

Con leyendas o sin ellas, mi tierra está en torno a las riberas del Río Grío, que hasta mediados del siglo XX muchos naturales llamaban Gríu, y así figura en muchas topografías, probablemente porque el habla de la zona, profusa en arcaísmos, era tan amiga de olvidar la “d” intervocálica en los participios, como de cerrar las oes finales: “Ya está llorando el crío; se habrá cascau otro tozolón”.

El río Grío, escenario del crimen

Desde su nacimiento en la sierra de Algairén a más de mil metros, Grío desfila durante casi siete leguas hasta desembocar en el Jalón, muy cerca de Ricla. Ni desfila ni corre siempre, porque es río que sólo lo demuestra cuando lluvias o deshielos hacen que justifique su nombre. Nosotros, y supongo que nuestros ancestros, lo llamábamos El Cascajar y convertíamos sus piedras en coches para nuestros juegos. Eran tiempos en los que, bajo cada una de ellas, se protegía del sol o anidaba un escorpión, un coleóptero, un ciempiés… lo mismo que debajo de cada tormo de tierra recién labrada aparecían multitud de rojas y viscosas lombrices.

Hasta llegar a su fin, Grío ha pasado por los términos de Codos, Tobed, Santa Cruz de Grío, el hoy deshabitado Aldehuela de Grío, La Almunia y Ricla. En sus inicios, la corriente fluye protegida por una profusa vegetación mediterránea, que hace muchas veces imposible seguir el cauce; después, se ensancha el horizonte, sobre todo a partir de Los Palacios. Este paraje situado en su margen izquierda concentraba un manantial y una ermita tardorrománica con su Virgen y su casa de labor. En los días festivos y hasta los años sesenta del pasado siglo, acudían allí  los almunienses para almorzar, merendar y solazarse y, como cuentan algunos cronistas del siglo XIX, para bailar jotas que maravillaban a los viajeros ya que, desde ese lugar y durante unos dos kilómetros, discurren hermanados y paralelos el río y la carretera nacional de Madrid a Zaragoza. No la autopista, construida en cota más alta.

Poco más allá, tras pasar bajo los arcos de un puente de triple arcada, Grío fluye hacia Ricla, mientras la carretera continúa hasta La Almunia, distante ahora una media legua. En el primero de estos tramos se desarrolla nuestra leyenda pero, antes de exponerla, diremos que estos parajes, pese a estar muy cercanos a pueblos señeros como Morata de Jalón, Ricla, La Almunia o Alpartir y a una carretera nacional, han dado lugar a algún otro asunto legendario que debo relatar mínimamente para contextualizar los hechos narrados, ya que estos se suceden en un escenario no superior a los diez kilómetros cuadrados.

Si se cruza bajo el mencionado puente y se deja el río a la derecha por una pista en buen estado, en menos de un kilómetro, se llega a una abrupta pared en cuya cima hubo clavado un palo hasta hace siete décadas. Es historia que está relacionada con la fundación legendaria de La Almunia. Así, Doña Godina, de la que estaba enamorado el moro Michén que también da nombre a una acequia del término, con el propósito de desembarazarse de él, exigiole que, como prueba de su amor, habría de hincar su lanza, escalando por la roca vertical, hasta clavarlo en su parte más alta. El moro galán lo logró pero, al descender, despeñose y no pudo obtener el fruto de su esfuerzo. Cuentan que una patrulla del Frente de Juventudes, que accedió al palo clavado en la roca por la parte trasera mucho más accesible, lo sustituyó por una bandera española. No seré yo quien asuma los prejuicios de muchos ignorantes despreciando una bandera con casi tres siglos de historia pero sí que, en este caso, comparto las manos justicieras que hicieron desaparecer el nuevo símbolo que, allí, sólo recordaba la ignorancia y la barbarie.

El Palo del Moro

Cortado del Palo del Moro

La vaca de Morata

Como no hay luz sin sombra, en Morata de Jalón también alcanzó celebridad su vaca y no por su bravura, como el levantino toro Ratón. “Quedar como la vaca de Morata”, que aún se usa, es igual a quedar como lo hicieron García y su macho, Cagancho en Almagro o el cochero del popular dicho. La vaca en cuestión, que acarreaba fama de fura, ignoró que sus empleadores la sacaban para embestir, se cagó en el ruedo y se sentó encima. Y yo creo que hizo muy bien.

El Monasterio de San Cristóbal.

Situado en las cercanías de Alpartir y muy cercano a los escenarios de nuestro relato, a mediados del siglo XV se erigió el hoy arruinado convento franciscano dedicado a San Cristóbal, patrón de los viajeros, a los que prestaría cobijo al estar situado junto al camino real.

Pocos años atrás, en el muy próximo Pueyo de Aranda, fue asesinado el Arzobispo de Zaragoza, García Fernández de Heredia, uno de los delegados en el llamado Compromiso de Caspe, convocado para acordar la sucesión al trono de Aragón. Cuando el arzobispo regresaba a su sede desde Calatayud, donde se había entrevistado con Antonio de Luna, partidario del Conde de Urgel, mientras que el prelado defendía la candidatura de Fernando de Trastamara. No debió de quedar contento el de Luna con lo parlamentado y el 1 de junio de 1411 atacó con sus partidarios al arzobispo, a quien dieron muerte, lo que, al fin, resultó negativo para su causa y la corona de Aragón terminó ocupada por Fernando I.

Ruinas del Monasterio de San Cristóbal (Alpartir)

El barranco de las Conchas

Otras leyendas menores se vinculan con los fósiles de la era Mesozoica que abundan en la zona, por entonces bajo las aguas del mar de Tetys que, someramente, cubría lo que hoy es el macizo ibérico. Así, denominábamos Barranco de las Conchas al que, surgiendo de los montes vecinos, desaguaba las tormentas en el río Grío. En su último tramo dicha rambla recibía el nombre de Barranco Mateo. Entre sus zarzas, aparentemente inexpugnables, se escondió en los primeros días de la Guerra Civil el tío Clariana, aparcero en la Huerta Soria. Pero lo encontraron y esto no es leyenda sino asesinato.

Maleza en el Barranco Mateo

Volviendo a los fósiles, nosotros hallábamos en el barranco conchas, almejas, caracoles, langostinos y leña. Hasta que llegamos a tercero de bachiller no supimos que las primeras eran Ronchinellas; las segundas, Terebrátulas; los terceros, Belemnites y los citados en penúltimo lugar, Ammonites. La leña, supongo, provendría de fragmentos vegetales. Quizá fuera tal lo que en forma de  higo mi tía Coda encontrara de niña en el panzudo monte que antecede al Palo del Moro, lo que deparó que el alfoz del hallazgo se denominase desde entonces “Monte del higo”. No hay que extrañarse de estas curiosidades paleontológicas pues durante el periodo Jurásico también merodeó por allí el llamado “cocodrilo de Ricla”, al que puede visitarse en el Museo de Paleontología de la Universidad de Zaragoza.

Monte del Higo

Junto al citado Monte del Higo y dejando a la izquierda el que llamábamos Cementerio árabe, una pared de adobe, yeso y tapial cuyos agujeros cilíndricos no habían albergado nichos sino colmenas, progresaba el camino, fértil en fósiles, que llevaba a la Cueva de la Sima por la que, cuando niños, serpenteábamos, como en años subsiguientes lo hicieron los espeleólogos, que hoy la han cerrado y patrimonializado, con lo que la infancia ribereña del Jalón ya no puede estozolarse entre sus estalactitas. Esta gruta, llamada también del Mármol por el brillo de sus paredes, es prima hermana de la Peña María, que constituye el cogollo de esta historia.

La Peña María

El cerro que, una vez sobrepasados Los Palacios, deja el Río Grío a su derecha recibe este nombre por razones que nadie recuerda. Es cierto que cuando los pobladores del contorno, pastores o visitantes ocasionales se encuentran en la cima de las alturas cercanas –los inmediatos Monte Negro, Monte del Castillo, Monte Largo o Alto de la Perdiz, situado enfrente- suelen tentar al eco, repitiendo a voces ”Maríííaaaaaa” y el sonido se expande por todo el valle hasta que, en pianísimo final, la última vocal se extingue y es sustituido por el canto de un pájaro o el rumor del río las escasas veces que las aguas de sus fuentes, a través de las tormentas o el deshielo, lo han surtido suficientemente. Es entonces cuando para los chicos se producía el milagro de que un cauce seco durante meses apareciese de pronto con la vida que le comunicaban los cabezudos, madrillas o culebras de río, que aparecían bajo sus aguas como por ensalmo. Esos niños sabían, porque la habían oído contar en las noches de verano a la luz del carburo o de un candil, la historia de la Peña María y sabían que no sólo al eco llamaban cuando, en sus correrías montaraces y haciendo bocina con las manos, gritaban ”Maríííaaaaaa” al  alcanzar la cima de cualquier alcor cercano.

Peña María

A la Peña María se subía con facilidad por su parte más alejada del río. Tenía cierto peligro porque estaba infestada de cuevas pero era una sola la que a los zagales interesaba, la Cueva del Árbol, así nombrada, porque el esqueleto de un lodono que había crecido en su misma entrada permitía acceder a ella. De otro modo, hubiera sido difícil y peligroso, pues se trataba de un hoyo y caer en él hubiera sido más fácil que salir de allí sin ayuda del árbol y de una soga que los aventureros solían llevar para bajar y subir con mayor seguridad y aplomo. Porque algo de éste hacía falta para penetrar en aquella oscura espelunca de cuyo techo colgaban innumerables ristras de murciélagos que se confundían con las estalactitas y, ante una presencia inesperada, volaban, chocaban y chillaban organizando un pandemónium ante el que había que mostrar cierta entereza para que la compañía no te tildara de cobardica, gabacho y flojeras. Pese a ese radar que, dicen, les permite no tropezar con los obstáculos, el espacio era tan reducido y la morcegalada tan numerosa que era inevitable sentirlos en la cara, en el torso y en las piernas, ya que el equipo de espeleología solía consistir en un mero calzón o bañador. Para colmo, el suelo consistía en una gruesa moqueta de murcielaguina en la que los pies vacilaban y se hundían. No era ello óbice para que en tiempos pretéritos los exploradores recuperaran el humano atavismo del depredador y capturasen unos cuantos ejemplares de estos quirópteros, tanto para mostrar su valor ante los adultos como para corroborar la crudelísima experiencia que les habían contado: acercándoles al morro un cigarro encendido, expelían un “¡¡Coño!!”, fonéticamente muy ajustado.  

En aquellos tiempos de generalizada pobreza y autarquía familiar, el excremento de los muchos murciélagos que habitaban en esta y otras cuevas de la Peña María era recogido como abono por los lugareños. Este guano o murcielaguina se sumaba al de los animales e incluso al humano contenido en  los pozos negros. El carro de los poceros, dedicados a vaciarlos y llevarlos a los femarales, con sus humus, sus emanaciones y su nutrídisima cohorte de moscas de todos los tamaños y colores, era un espectáculo infernal para los cinco sentidos del cuerpo y para todas las sensaciones que pudieran englobar el ánima y la sensibilidad del contemplador. Hasta mediados del siglo XX podían verse estos carros o las caballerías que transportaban el guano recogido por sus amos en las cuevas de la Peña María.

La Cueva del Árbol estaba entonces señalada por una gran piedra pintada de blanco, para evitar accidentes en tiempos de mayor tránsito que los que se sucederían. Era también creencia popular que estas cuevas habían albergado los cuerpos de los caídos en batallas que se desarrollaron en sus cercanías pero no se tienen noticias de que se hayan encontrado huesos humanos en ellas. Sí que ello contribuía a  producir ese temor ancestral al inframundo, adobado además en este caso por la coreografía murcielaguil y la creencia de que –digámoslo ya- el nombre de María era el de una bruja que debía de tener allí su asiento. ¿Correspondería a un ser real de épocas pretéritas o sería tan sólo un recuerdo de tiempos prerromanos, profusos en rituales cavernarios y en personajes femeninos cercanos a lo sagrado que podían ser sacerdotisas, vestales, sibilas, chamanas o mujeres con perturbaciones mentales, cuya diferencia, les proporcionaba el privilegio o maldición de ver de otra manera? Es probable que en la niebla de estos recuerdos relegados al subconsciente se aposentaran también figuras de seres reales que, a lo largo de los siglos, fueron tildados de brujas o brujos, por su sabiduría acerca de la naturaleza y sus plantas, sus conocimientos de curanderismo, su marginalidad o cualquier clase de heterodoxia. Lo cierto es que, a partir de la Edad Moderna, en la mente popular el concepto de bruja se identificó con una mujer, generalmente vieja y fea, capaz y gustosa de provocar el mal. Como los extremos se tocan, el hada sería su contrapunto. Pero mientras éstas no se materializaban en la vida real, las brujas podían perfectamente vivir en el pueblo o en sus contornos y dar suelta a sus males de ojo, a las pócimas de sus redomas y establecer con el Maligno los pactos y alianzas de rigor.

El grito con el que se concitaba a María en las proximidades de su Peña y que ésta respondía era para los chicos una confirmación de su existencia, una forma de exorcizar con el grito el miedo que les provocaba y una suerte de entrada en la edad adulta, el desafío de penetrar en su guarida y arrebatarle unos cuantos de sus servidores: esos mamíferos placentarios alados y membranosos, que “merecían” la tortura que se les aplicaba.

¿Pudo ser la referencia real de esa María, la última mujer de la que hay recuerdo de haber sido ahorcada en la plaza de La Almunia? Esta historia contaba mi abuela paterna y a ella también le había sido transmitida por una de sus abuelas. Transcurriría muy probablemente a fines del reinado de Fernando VII o en los primeros de la regencia de María Cristina, madre de Isabel II.

Dicha mujer estaba casada con un pastor al que todos los días llevaba la comida a los lugares en que solía aposentarse con su rebaño, normalmente las laderas de los montes que flanquean la margen derecha de Grío. De nombre María, disfrutaba de un amante, junto al que concibió librarse del marido, cuando surgiera la ocasión más favorable, pues en un pueblo resultaba harto difícil mantener el secreto de las relaciones. Descartaron el envenenamiento, por la inseguridad de su efecto -cada persona es un mundo y reacciona de distinta manera a una misma triaca- y tampoco tenían posibles para contratar a un sicario, aunque luego se supo que lo intentaron. Prevaleció, al final, la simulación de un accidente y, así, se convino actuar sin prisas y aprovechar la ocasión propicia. Ésta se presentó un lunes de principios de noviembre. Normalmente, Ventura, el pastor, utilizaba como mesa alguna de las grandes piedras que formaban una especie de círculo en la plana superior del monte del Castillo, el más alto de los collados vecinos. Quizá allí montaban sus consejos antiguos pobladores o, en fechas posteriores, grupos de amigos celebrasen lifaras asando longanizas y morcillas en la hoguera o asando patatas enterradas junto a piedras calientes. La brisa que por aquellas alturas acaricia durante los atardeceres veraniegos y la vista del valle eran un buen acompañamiento para otros placeres mundanos.

Monte del Castillo

Aquel día lloviznaba, las piedras del monte oscurecían su tono azulado y se mostraban bruñidas y resbalosas. Ventura, arrebujado bajo su capa, se encontraba sentado bajo la roca más alta del monte, que en algún modo lo protegía del agua, mirando el horizonte cuyo color y formas le indicaban que el temporal no duraría mucho. Allí le presentó María la escudilla con el potaje que, junto al pan y queso que llevaba en el zurrón, constituían su ración diaria. Tan imbuida como estaba en su propósito, María valoró la circunstancia y actuó rápidamente: un empujón inesperado y decidido y su víctima caería rodando hacia el vacío.

Lo acometió por detrás con la fuerza que entonces albergaban las mujeres del campo acostumbradas a todo tipo de trabajos. Cayó la escudilla y rodó Ventura primero por las rocas y después por la ladera a lo largo de casi cien metros. María quiso asegurarse y se allegó hasta él, por ver si yacía bien descalabrado. No obstante, se proveyó de una piedra grande para, si hacía falta, asestarle el golpe de gracia. Así lo hizo. Parecía muerto pero se aseguró propinándole un fuerte golpe entre los ojos y otro sobre la oreja izquierda. Allí quedó Ventura, sin ventura y boca arriba, como preguntando a los cielos si iban a acogerlo o la vida era una broma odiosa con infeliz final.

María había considerado que el tiempo, gris y pluvioso, habría impedido a cualquier testigo próximo presenciar el suceso, la lluvia justificaba cualquier resbalón y la piedra con restos de sangre la arrojaría a la cercana acequia de Grío, que nacía en el azud, cercano a Los Palacios. No existía por entonces la policía científica ni siquiera la Guardia Civil. Por tanto, pensó en recoger las ovejas, un tesoro que no podía perderse, llamó al perro, que olfateaba y lamía las heridas de Ventura, e hizo que juntara el rebaño para volver al pueblo, bien pertrechada de gritos y ademanes desesperados, para lo que las mujeres de entonces, que oficiaban de plañideras en todos los velatorios, tenían una espléndida preparación. 

Lo borrascoso del día deparó que no encontrara a nadie hasta llegar a La Cava, el antiguo foso que circundaba la muy noble y fidelísima villa. En la Puerta de Calatayud se encontraba fumando Cabeza Perro, el primero que recibió la noticia y la difundió a voces por todo el pueblo, a lo que en seguida se unieron las campanas. Se organizó la expedición para recoger el cuerpo de Ventura. No hubo que esperar mucho para que un mozo se presentara en la alcaldía para aducir que había visto, juntos y entregándose al deleite, a la María y al Liborio en la cuadra de la modesta vivienda sita en la calle de los Lanceros, donde habitaban Ventura y María, además del burro que ocupaba dicha cuadra. A ésta la separaba de la vivienda trasera colindante una tapia de algo más de dos metros pero, encaramado a ella, era posible vislumbrar lo que sucedía en el interior de la misma. Nada interesante a priori, pero ¿qué no harán la curiosidad, la vida sin expectativas ni horizontes y la alparcería rural por salir de su triste rutina?

El alcalde, cuyo cargo era renovado anualmente por el maestre de la Orden Hospitalaria Sanjuanista, que señoreaba esa tierra, mandó detener a los dos sospechosos. Aplicóseles tormento y ambos culparon al amante, que hasta hace unas horas alegraba sus nervios y sus horas. Nadie dudó que merecieran ser ahorcados. Lo fueron, a los pocos días, en la plaza de la Villa sin que faltara un solo vecino que no estuviera impedido, incluso alguno de estos fue llevado en parihuelas o en la “sillica de la reina”, para contemplar la justicia o el escarmiento. En el cadalso, ambos penados, que en el tormento  habían inculpado a su pareja,  intercambiaban ahora gritos guturales: “Liboooriooooo”, “Marííííaaaa”, emitidos entre el amor y el terror, lo único que poseían e iban también a perder. Fue la última ejecución –fuera de las muchas deparadas por las consecuentes guerras civiles- que se ofició en el pueblo. La última ejecución pública y ejemplarizante.

Las voces de los condenados quedaron en la memoria de los asistentes y la tradición los vinculó con el eco, las grutas, los murciélagos, las brujas y los enterrados en la Peña María. Por eso, el confuso eco de la leyenda se mezcló con otras historias difusas del indefinido e inescrutable “tiempo de moros”, que convertía los colmenares de yeso y tapial donde se colocaban las arnas en “cementerios árabes”, los nidos de quirópteros, en tumbas de guerreros, los recuerdos del Mesozoico en higueras o el fenómeno del eco en las voces de ultratumba de unos amantes adúlteros ajusticiados…

Todo ese mundo que pervivió hasta hace tan sólo unas décadas ha sido definitivamente arrumbado con la construcción de un pantano que, para enriquecer a una empresa constructora y unos cuantos terratenientes, ha arruinado el paisaje, la vida animal, los olivos centenarios y todo el entorno natural y humano que se reconocía en los parajes que fecundaba el extinto río Grío.

(Publicado en Aragón Digital, 27-28 de septiembre de 2012).

Ya se ha instituido el “¡Guau!” (“Waw”) como expresión de asombro que aparece hasta en la sopa. En la boba, claro. Por supuesto, se trata de un repelente, postizo y ridículo anglicismo, que ha desplazado al “¡Ahí vaaa!”, el “¡Halaaa!” o el “¡Hostiaaa!” lo que, naturalmente, soltaba cualquier español bien educado por sus padres cuando algo le llamaba mucho la atención. Como los padres ya no educan y a la escuela le parece inadecuado enseñar -no vaya a turbarse la felicidad que merecen niños y adolescentes-, cuando sobreviene una nueva tontería a través de la televisión, los móviles o los bocadillos de los tebeos, el mentecato la acoge con ánimo de impresionar al prójimo por la modernidad de su lenguaje.

Lo mismo sucedió con la comunicación gestual. El español, que en los siglos de oro hacía la higa, como ademán obsceno o de rechazo e insulto, pasó al corte de mangas, butifarra o morcilla. Luego, vino la peineta, promocionada por el intelectual Luis Aragonés, aunque no nos hablara de su origen griego. Todavía seguimos con ello, mostrando el puño y levantando hacia el cielo el dedo corazón. Hoy, muchas gentes gesticulan con manos y dedos. Estos dan mucho de sí pero no he conseguido penetrar en el intríngulis de su significación, que, como al parecer sucede con los tatuajes, tiene un sentido tribal. Primero fueron los negros neoyorkinos haciendo cosas raras con ellos. Vinieron luego los raperos y ahora se ha extendido hasta los más inesperados sectores sociales.

Además de interesarse por el tango, la zarzuela, el cuplé o la jota, a uno le atrae el rock, sea rockabilly, sinfónico o heavy. Con los practicantes de esta última facción me identificaba especialmente, por razones que no son del caso. Recientemente, vi un reportaje sobre un gran festival heavy que se celebra en Vivero anualmente y que reunía a la más completa nómina de grupos de este estilo. La multitud de seguidores –casi todos de la cuarentena a la sesentena- si eran enfocados por la cámara, apuntaban hacia la misma con el meñique y el índice separados. No me he perdido una actuación de Judas Priest, Deep Purple o Black Sabbath, si tocaban cerca de mis sucesivas residencias, pero confieso que no sé qué quiere decir ese ángulo agudo.

Como ladrar es fácil, me temo que no va a suceder con esta emisión de sílabas lo que ocurrió con otras que durante una temporada no se caían de la boca de la España Lerda: que se usen hasta el cansancio y desaparezcan con gozosa rapidez. Hubo tiempos en que la gente te llamaba “Fistro” o que te soltaba “¿Te das cuen? con guiño cómplice y voz chillona. Encima, había que reírse.

No sé cómo sentará a los perros esta suplantación de su ladrido. Según la Universidad British Columbia (Vancouver), ellos pueden distinguir más de 160 palabras pero, si les dices “¡Guau!”, seguro que lo que van a entender es que eres un majadero de alta gradación.

Por lo menos, mis lobos proseguirán con sus aullidos y el viento con su ulular. Es lo que espero, mientras los humanos van ladrando a sus congéneres porque han medio aprendido inglés o lo han visto en la tele o el móvil.

                                        

Aunque James Joyce cita a Aramburo en «Los muertos», el último relato de Dublineses, muy pocos de sus coterráneos conocen que este tenor fue el único que pudo hacer sombra a Gayarre en la época de gloria del genio vocal navarro. Antonio Aramburo fue un cantante absolutamente excepcional. No fue, en cambio, tan exhibible su carácter, a menudo insoportable, histérico y antojadizo, al parecer, tan habitual en los divos. De hecho, sus renuncios y espantadas hicieron que su carrera fuese derivando hacia Sudamérica, donde el público no tenía las exigencias del europeo. En 1886 se encontraba en Montevideo. Iba a cantar La favorita en el Teatro Solís y asistía a la gala el presidente de la República, Máximo Santos. El empresario, que debía conocer las costumbres del tenor, quiso asegurarse de que no iba a haber sorpresas y le acompañó hasta el camerino a fin de cerciorarse de que se iba a preparar para su papel. La función, sin embargo, no pudo celebrarse porque Aramburo no apareció. Mejor dicho, apareció cuando se cerraba el teatro, ya caracterizado de fraile, como exigía el libreto, pero absolutamente dormido en un viejo sofá arrumbado entre tramoyas y decorados en una guardilla. No nos lo cuenta el cronista, pero cualquiera supondrá que Aramburo se había dedicado a empinar el codo.

Pero, junto a una buena colección de episodios de similar entraña, Aramburo, que conjugaba en su voz altas dotes de fuerza y sensibilidad, sumió en arrobo a los públicos más exigentes de la época. El experto crítico Martín de Sagarmínaga cita al foniatra catalán Enrique O’Neill, que escribió: «Fue la voz más perfecta del siglo XIX; en calidad, extensión, timbre y color no llegó ninguna otra a parecerse siquiera». Es más, en su libro, La voz humana (1923), O’Neill, que había escuchado a Aramburo en repetidas ocasiones, lo coloca a la cabeza de los cantores de todos los tiempos. Por su parte, un crítico cubano estampó:

Ése sí que fue un tenor de veras, un astro. Ni Gayarre ni el elegante Masini, ni Tamberlick, ni Tamagno: en fin, ni ha habido, ni hay, no habrá otro igual; ni parecido.

Y en el mismo Espasa, enciclopedia de la que habrían debido copiar sus muy publicitadas seguidoras, se lee:

  La voz de Aramburo, por lo timbrada, igual y varonil, fue acaso la más perfecta que se oyó en las escenas líricas durante el siglo pasado.

Más recientemente, Hernández Girbal, recogiendo calificaciones que le fueron aplicadas, habla de «fraseo sin mácula», «expresión arrebatadora», «hermosura increíble», «agudos limpios y brillantes como el sol», «temperamento apasionado»…

Cuando en 1876 debuta en el parisino teatro de los Italianos con La forza del destino, Tamberlick, considerado como el mejor tenor de esa época, lo designa como su sucesor al oírle. Su voz tenía la misma fuerza arrebatadora y la potencia de sus agudos impresionaba profundamente.

Poliuto, Norma y El trovador, óperas de gran dificultad que no fueron acometidas por Gayarre a causa de las características de su voz, constituyeron la base del repertorio del tenor cincovillense, pero su técnica y agilidad vocales le permitieron también cubrir un espectro más ligero.

Aramburo en Poliuto

Los testimonios diseminados aquí y allá podrían ocupar un libro entero pero sobre la trayectoria del cantante no hay sino un folleto de cuarenta y tres páginas debido a Vicente García de la Puerta y publicado por la Institución Fernando el Católico en coedición con el Centro de Estudios de las Cinco Villas, en uno de cuyos pueblos, Erla, Antonio Aramburo había nacido el 17 de enero de 1840 en el seno de una familia acomodada. Parece que realizó estudios de ingeniería y hasta los veintiséis años no se dedicó al canto, que aprendió con el maestro Antonio Cordero, discípulo sevillano del célebre Hilarión Eslava y miembro de la madrileña Real Capilla.

Ya pasados los treinta de su edad, Aramburo debutó en Milán, el 3 de agosto de 1871, interpretando Saffo de Pacini en el teatro Carcano. Al año siguiente cantaría Norma en Florencia. Muy pronto logró renombre, de modo que la segunda mitad de la década de los setenta puede considerarse la de su máximo esplendor. Desde el inicio de su carrera tuvo contratos en América y en 1874 cantó en el bonaerense Teatro Colón, con motivo de las celebraciones programadas al inaugurarse la línea telefónica que comunicaba la Argentina con Europa. A esta función asistió el muy ilustrado Domingo Faustino Sarmiento, a pesar de ello, a la sazón, presidente de la República. En el Liceo de Barcelona debutó en la temporada 1875-1876 y volvió a él en 1882. Sin embargo el Teatro Real hubo de esperar hasta la temporada de 1881 para tenerle en escena. Triunfó en él con La forza del destino pero fracasó después en Rigoletto. Algo similar, aunque al invirtiendo los tiempos, le había ocurrido en la Scala de Milán en 1879: silbado en la romanza «Celeste Aida», en la segunda representación cantó con una también celeste media voz, de modo que hubo de dar hasta veintitrés representaciones. Al parecer Aramburo prodigaba los filados con una extensión desde el Do hasta el Si, lo que ni siquiera llegó a alcanzar Fleta, cuya voz llegaron a comparar en Chile, por potencia y dulzura de timbre, con la del tenor dramático cincovillense. Por cierto, que en la Scala también acabó con conflictos. Ya en enero de 1880 cantaba Lucia de Lammermoor con Emma Albani hasta que esta fue sustituida por Harris Zagurry. La nueva soprano no gustó al público y fue silbada en el tercer acto. Aramburo, en extraña solidaridad, renunció a cantar el cuarto, que es el de mayor lucimiento del tenor, y se marchó al palacio en que residía para prepararse unas migas aragonesas, al tiempo que se colocaba un pañuelo en la cabeza y comenzaba a darle a la jota. De esta guisa lo encontraron los empresarios cuando, desesperados, fueron a pedirle que se reintegrara a su labor. Aramburo puso la sartén sobre la alfombra, invitó a los concurrentes y, en cuanto al contrato, dijo darlo por rescindido ya que nada quería con gentes tan ineducadas con las señoras. Así, en su mejor momento, desperdició la oportunidad de volver a ser llamado por el teatro más importante del mundo.

En enero de 1882, el tenor volvió al madrileño Teatro Real para cantar El trovador pero, al parecer, molesto porque, en contra de lo anunciado, Alfonso XII y María Cristina, no asistieron a la función, durante el descanso que precedía al tercer acto, salió por la puerta de bomberos ataviado de guerrero medieval y en la plaza de Oriente entonó «Di quella pira» ante las estatuas de los reyes y el gozo estupefacto de los madrileños que por allí se encontraban. Ya no volvió, claro, al Teatro Real.

Efectivamente, el comportamiento de Aramburo nos da cuenta de un genio con ribetes de esquizofrenia, lo que influyó, sin duda, en su consideración crítica posterior. Pese a haber cosechado tantos triunfos y panegíricos y haber disfrutado de esa voz incomparable, no suele figurar, junto a Gayarre, Tamberlick, Masini o Tamagno, entre los divos de la segunda mitad del siglo, sin duda por estos y tantos otros episodios de su carrera. Tampoco cuidaba sus formas y podía ser brusco, desaliñado y ajeno. Sin embargo, en otras ocasiones era un hombre manso, afable y hasta tímido. Poco mujeriego, casó con una soprano bostoniano, Adele Chapman, que actuaba con el nombre de Ada Adini. Quince años más joven que él y con poco nombre en la ópera, utilizó a su marido para medrar en la profesión y, tras darle una hija, pidió la separación, lo que acentuó la inestabilidad del tenor.

Hasta 1886 llegaría su época dorada. Luego, con el lento declive de sus facultades, fue acogiéndose a los conciertos. En 1891 lo encontramos en Cuba, donde ya había estado en la temporada 1878-1879 cobrando un sueldo exorbitante. Ahora iba como artista-empresario pero se negó a cantar, con lo que tuvo problemas pues el público había adquirido onerosos abonos al reclamo de su nombre. Parece que ya huía del esfuerzo de acometer óperas completas y se refugiaba en actuaciones particulares en entreactos o fines de fiesta. La Habana Artística nos da cuenta de que “si ha perdido muy mucho la voz, en cambio ha mejorado su estilo”. Esta revista, cronista del muy importante movimiento musical de la isla en los años finales del siglo XIX, había definido a Aramburu como “tenor de fuerza, y dotado de una voz tan hermosa, igual y potente como tal vez no se haya oído otra en La Habana. Más en cambio de tan precioso tesoro su estilo fue siempre amanerado, sin claro oscuro, sin pianos, ni inflexiones de ninguna clase; y como actor malo y de modales muy ajenos, no sólo por su impropiedad, sino por su rudeza en las tablas de un teatro”.

En 1896 Aramburo actuaba por última vez en Europa cantando Carmen en Odesa. Volvió entonces a América y, a pesar de haber ganado unos tres millones de pesetas en su carrera, los ocho robos que sufrió y la típica prodigalidad de los divos terminaron por conducirle a la miseria. En 1907 el periódico chileno El Mercurio anunciaba que se encontraba en un hospital de Milán reducido a la indigencia. Volvió a Montevideo y se le dio un puesto de portero en el teatro Solís. Finalmente, la ciudad que había presenciado tantos de sus triunfos y que, también, le había dado el sobrenombre de “el loco de la guardilla”, tras el episodio contado al principio, le otorgó la dirección de una escuela de canto que se llamó Instituto Aramburo. Hipólito Lázaro lo conocería allí y en sus recuerdos cuenta que aún se anunció que iba a cantar Carmen, pero desapareció a mitad de los ensayos. El 16 de septiembre de 1912 moría en la capital uruguaya. El gran erudito y coleccionista argentino Rudi Sazunic descubrió un catálogo de cuarenta y ocho cilindros grabados por el tenor en Montevideo, al final de su vida, bajo el marbete de Compañía de Impresiones Fonográficas Antonio Aramburo. De ellos se conservan seis en la Universidad de Yale: los números 3, Aida, «Morir si pura e bella»; 21, Poliuto, «D’un alma troppo fervida»; 23, Il Profeta, «Senz’un ordine mio»; 35, La partida de Álvarez; 45, Ideale de Tosti; y otro que no figura en dicho catálogo, La forza del destino, «Solenne in quest’ora». También se conserva, y ha sido grabado en LP y, en compacto, el fragmento «Niun mi tema» de Otelo, procedente de una matriz de 1902 no comercializada por la casa Gramophone Typewritter. Los aficionados de todo el mundo agradecerían, sin duda, una gestión del gobierno aragonés para que estas joyas arqueológicas del canto fueran de nuevo editadas

(Publicado en Javier Barreiro, Voces de Aragón, Zaragoza, Ibercaja, 2004, págs. 29-34). Con algunas adiciones.

BIBLIOGRAFÍA

-Barreiro, Javier, Voces de Aragón, Zaragoza, Ibercaja, 2004, págs. 29-34.

-Barreiro, Javier, Voz: «Aramburo, Antonio», Diccionario biográfico español. Vol. IV, Madrid, Real Academia de la Historia, 2010, pp. 709-710

-García de la Puerta, Vicente, Pasajes de la vida del tenor Aramburo, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1998.

-Hernández Girbal, Florentino, Otros cien cantantes españoles de ópera y zarzuela (Siglos xix y xx), Madrid, Lyra, 1997, págs. 54-57;

Martín de Sagarmínaga, J.  Diccionario de cantantes líricos españoles, Madrid, Fundación Caja de Madrid- Acento, 1997, págs. 56-58;

Ramírez, S. La Habana Artística. Apuntes históricos, La Habana, Imprenta E. M. de la Capitanía General, 1891, págs. 368-369.

(Publicado en Voces de Aragón, Zaragoza, Ibercaja, 2004, págs. 29-34, con el título de «El genio venado». Incluyo algunas adiciones)

Fotografía dedicada desde la cárcel 7-2-1910

(Publicado en Cruces de bohemia, Zaragoza, UnaLuna, 2001, pp. 51-79)

                                   …Y Noel presidía

                       la tertulia del hambre hecha alegría.

                       Gran ciclón de melenas

                       y de palabras en algarabía.

                       Altar, altar para las Magdalenas                               

                       con sus caras de rosas nazarenas

                       que guiñaban el ojo en las esquinas.

                       Y un gran desdén para las «carabinas».

                       (Habla juventud. Las hembras eran buenas

                       y no sentíamos dentro las espinas).

                                   (Alfonso Camín, Carteles)

  En la magna obra de Eugenio Noel (Madrid, 1885-Barcelona, 1936) abundan los libros construidos en torno a las incansables andanzas del autor por tierras de España. Sus recorridos por las Américas también tienen representación literaria en el que es el libro de viajes más específico de su producción, Los compradores de pieles (De puerto Montt a Punta Arenas), reproducido en un tomo de escritos recopilados póstumamente por José García Mercadal, América bajo la lupa, que recoge textos dispersos con el motivo americano y viajero como centro.

  Sin embargo, salvo el citado libro que relata en clave casi policiaca un viaje por las costas chilenas cercanas a la Antártida, la obras de Noel no tienen la estructura itinerante típica de los libros de viajes sino que se construyen en torno a una serie de artículos que son visiones directas y análisis nada superficiales de esa España ibera, racial, brutal y genuina, leit-motiv constante del escritor.

  Pero qué pocos autores nos han dejado una imagen tan viva y creíble de un país que él pisó como nadie en un época en la que raza, palingenesia o casticismo eran palabras que no caían de la boca de los entonces abundantes y vocacionales buceadores de las esencias ibéricas. Y qué poca suerte han tenido casi todos ellos con la erudición. Eugenio Noel es un caso flagrante. Las entradas de su bibliografía son más bien engañosas: sólo dos libros dedicados específicamente a él, González Ruano/Carmona Nenclares [1927] y Manuel Urbano [1995], porque el de Pedro Caba [s. f.] no es sino un resumen novelado de la primera parte de su diario íntimo. En el resto de los estudios, únicamente dos, Entrambasaguas [1961] y Prado [1973], sobrepasan las cincuenta páginas. Esto, con un autor que, a juicio de muchos entre los que me cuento, es una de las plumas más altas y libres del siglo. 

  Además de España nervio a nervio (1924), los libros viajeros que Eugenio Noel publica en vida y que tienen una estructura similar son: Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca (1913), Nervios de la raza (1915), Las capeas (1915), Aguafuertes ibéricas (1926) y Raza y alma (1926). En 1960, su editor más constante, José García Mercadal, efectuó otra recopilación de las mismas características con artículos no recogidos en libro: España, fibra a fibra.

  Las capeas, está centrado en la denuncia antitaurina pero en el resto se entremezcla este tema con el análisis del carácter nacional, la descripción costumbrista, el artículo científico o estético, la denuncia social, la apología de ciertos personajes o la mostración de particularidades lingüísticas locales. Pero es España nervio a nervio el que nos presenta una mayor variedad de localizaciones y el que puede considerarse un mejor mosaico de esa España claustral, negra, castiza y quizá tópica por la imagen cuyo escenario, en gran parte, estuvo ausente de las descripciones de los literatos del país. 

  El supino alejamiento de nuestros escritores y críticos de la España real[1] ha provocado que este autor sea tildado de anacrónico o rezagado[2], nuevo rico de la cultura, extravagante, ultrabarroco o sensacionalista. Quienes han identificado el país con las minorías krausistas, orteguianas o universitarias no han podido comprender como un intelectual -del que casi todos reconocen, eso sí, su gran caudal de información y puesta al día- se dedicara a recorrer los caminos, conversar con arrieros y pastores, participar en las ceremonias y rituales de la España profunda y tratar de comprender, a través de la inmiscución y connivencia con las gentes, a ese país que le dolió con más fuerza moral y física que a nadie. El arcaico no era Noel sino un país que conservaba casi intactos usos y atuendos de hace siglos, sin revolución industrial, con pervivencias del feudalismo civil y eclesiástico y por el que pululaban bandoleros, ensalmadores, curas de manteo, ciegos romanceadores, buhoneros de mejunje y aleluya y mendigos con taras desaforadas. Quien quiera molestarse en echar una ojeada a las revistas burguesas de la época, como Blanco y Negro o Nuevo Mundo, verá que ese panorama estaba ahí, como lo certificará quien repase la revista Estampa de los años treinta o las fotografías de Inge Morath de los cincuenta, y hasta podrá encontrar alguna pervivencia en las de Cristina García Rodero tomadas en los ochenta.

  Eugenio Noel, que hubiera podido usar de argucias intelectuales para ocupar un lugar entre los atildados, se vio impelido por su hipersensibilidad y su inteligencia a bucear en unos fondos sociales que, si no podían darle éxito, satisfacciones económicas ni prestigio, le permitían comprender mejor, colmar su insaciable curiosidad, fundamentar en la realidad sus pujos palingenésicos. Si algo le faltó a Noel, fue, quizá, el distanciamiento y la ironía que le indujeran a no participar tan visceralmente en ese mundo que le atraía y repugnaba. Ese mundo que tantas veces es el mismo del maestro Valle, también conocedor de trochas, mendigos, brujas, bandidos, locos y de toda la fauna urbana, suburbial, marginal y extravagante del laberinto hispánico. Otros escritores fascinados por los mismos contextos, de ningún modo lo vivieron como él. Baroja se menospreciaba a sí mismo y, por tanto, los altos, medios y bajos fondos que retrató, Ciro Bayo constituyó la contradicción pura: gustaba de todo lo arcano, extemporáneo, marginal y podre, mientras escribía a un tiempo tratados de urbanidad y huía, como del diablo, del contacto físico con la mugre. Vidal y Planas, hipersensible como Noel, frecuentó como nadie los bajos fondos urbanos pero éstos no fueron sino un estimulante para su enajenación… Sólo en algunas páginas de Ciges Aparicio encontramos una cercanía a la actitud humanista y noblemente rebelde de Eugenio Noel. Si éste murió en la miseria, el otro acabó fusilado. Un libro como La literatura del casticismo de Ángeles Prado constituye precisamente el emblema de esta torpe comprensión de un mundo que se ha querido olvidar, manipular y, sobre todo, negar.

  La obra de Eugenio Noel nos recuerda que ese mundo estaba allí y no hay más que repasar los repertorios fotográficos que en los últimos lustros se han ido publicando para constatar la verdad de ese vituperado costumbrismo que el montaraz itinerario de España nervio a nervio pone ante nuestros ojos. Allí aparece lo que hemos sido, el sufrimiento y la miseria de un pueblo acosado por la dureza del medio y la injusticia y que, sin embargo, encuentra resquicios para manifestar su alegría. Ese pueblo aplastado, sucio, perplejo ante el objetivo de esos beneméritos fotógrafos ambulantes que arrebataron su imagen para servírnosla con la fidelidad con que lo hizo don Eugenio.

                   

  A través de las páginas de su Diario íntimo es posible reconstruir los numerosísimos itinerarios viajeros de Eugenio Noel. Parece increíble que una obra de estas características no haya sido reeditada o, sobre todo, que no haya habido manos salvadoras que a, través de sus papeles inéditos, rescataran el abundante material que permanece sin publicar[3]. Por él sabemos que Andalucía fue uno de sus destinos más frecuentes, casi siempre en busca del dinero que le deparaban sus conferencias. Allí mismo nos dice que en noviembre de 1921 había impartido quinientas cincuenta y dos, y, a finales de 1924, eran ya setecientas seis[4]. Pero también motivaba sus viajes esa persecución de la esencia de lo ibérico, que constituyó su obsesión y razón de vida, y alcanzar la oportunidad de inmiscuirse en la raíz de lo popular, con una capacidad de enlazar con lo auténtico y primitivo que no se dio en ningún otro escritor de su tiempo. Pese al impresionante número de sus apariciones públicas, resulta estremecedora la miseria en que siempre Noel hubo de debatirse y que da lugar a que ella sea el motivo más frecuente de su diario. Todo esto en un autor que arrastró una fama escandalosa que lo hacía ser conocido y señalado por donde quiera que fuese, que publicó alrededor de sesenta títulos en vida, bien es verdad que con incomprensibles dificultades, de manera que, de haber logrado una cierta estabilidad económica, el volumen de su obra hubiera resultado ingente. De cualquier modo, su escritura es una de las muestras más fehacientes de genio que se da en la tan potentemente creativa España del primer tercio de siglo.

  Es cierto que el dinero que conseguía con su actividad pública lo destinó en gran medida a sufragarse jolgorios (en su triple vertiente gastronómica, timbera y hembril), a comprar libros que, luego, irremediablemente había de empeñar o vender y a la invitación de amigos y socorro de necesitados[5]. Pero la pobreza fue su seguidora más tenaz y la amargura de todos los días de su vida. Pese a la inopia que siempre lo acompañó, Noel sabía combinar sus estancias en chozos, ventas de arrieros, cuevas y posadas de la peor calaña con el principio del placer, que le hacía gozar lo mismo de la degustación de un burro asado en la serranía que de las juergas con putas, flamencos y señoritos en los reservados de los locales más lujosos. Resulta sorprendente cómo alguien que llevó un tan ajetreado divagar pudo escribir tanto y tan bien y poseer una erudición y un tan completo conocimiento de la bibliografía antigua y moderna de las materias más dispares. No conozco ningún otro escritor de su tiempo que ofrezca tan variopintos y fundamentados saberes.

  A Noel le atraían también de Andalucía, el gitanismo y el cante flamenco, de los que fue uno de sus grandes conocedores pese a que la caterva de flamencólogos que han proliferado en los últimos veinticinco años apenas haya escarbado en su obra[6]. Su atracción ante lo andaluz no anda exenta de crítica, lo que sería impensable en un escritor al que su amor por la verdad llevó a situaciones que hubiera evitado con un uso más constante de la diplomacia o de la hipocresía.

  Según las notas contenidas en lo que se ha publicado de su diario, Noel estuvo en Málaga, donde colaboró en El Popular y El Diario Mercantil, durante 1909 y 1910. La primera vez fue como soldado, de paso hacia África Le había aconsejado alistarse Ortega y Gasset, para quien Alma de santa, el primer libro noeliano, era el mejor de su generación. Ante la crisis intelectual y moral del escritor, Ortega dictaminó: «A ti te falta vida propia; alístate y hazte hombre en Marruecos»[7]. Su estancia en la guerra del Rif deparó la publicación en España Nueva, el periódico de Rodrigo Soriano, de las Notas de un voluntario, lo que le ocasionó proceso, cárcel y una campaña en su favor y en su contra que ocupó muchas líneas en los periódicos de la época. Estas notas fueron recogidas en libro[8] y constituyen, junto a Imán de Sender[9], el testimonio literario más impresionante de cuantos los escritores españoles dejaron de tan triste conflicto.

  Inmediatamente después de su salida de la cárcel comienza su campaña antiflamenca[10], que da lugar al primer libro con las características de los que estudiamos, Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca (1913), donde aparecen los primeros artículos que tienen como escenario a Andalucía. Al contrario que en otros libros del autor, aquí los cinco artículos con leit-motiv andaluz figuran agrupados, tienen a Sevilla como único emplazamiento y constituyen una secuencia casi independiente del resto del volumen.

«Una tarde en el cementerio de Sevilla» (p. 132)[11] es el primero de ellos y -como el resto de los reunidos- corresponde con toda probabilidad a la estancia de Noel en la ciudad en octubre de 1912. Allí alternó con toreros y gitanos, dio una conferencia que duró tres horas y media en el Círculo Republicano y produjo frenéticas adhesiones y aún más desaforadas inquinas que llevaron al gobernador a confesarle que no garantizaba su vida y a hacerle acompañar de guardias en sus incansables paseos.

  En el artículo citado, Noel se congratula de la alegría de este cementerio sevillano y se detiene ante el sepulcro de Manuel García Espartero, que reproduce en su álbum -ni siquiera el dibujo escapaba a las polifacéticas cualidades del madrileño- y, también, en las de Pepete, Posadas, Cantarito, Chicuelo y Montes, otro torero muerto en Méjico. La magnificencia de las tumbas de los tauricidas le da ocasión para compararlas con la de Joaquín Costa, que había merecido otro impresionante comentario en el primero de los textos recogidos en el libro y sobre cuyo motivo volvería en otras ocasiones. El artículo abunda en excelentes descripciones directas y en escolios, como el que le promueve el arte de Galcillo, escultor que hubo de suicidarse por falta de recursos. «Inconvenientes de no ser torero», dictamina (p. 137). Finalmente visita el cercano cementerio civil, copia la inscripción de la lápida de un sacerdote apóstata[12] y lee las inscripciones de las tumbas hebreas, idioma que había aprendido en la adolescencia. Al salir del cementerio se tropieza con picadores y gentes que vuelven de los toros.

  «La iglesia muerta de San Basilio» (p. 140) es un impresionante documento sobre un personaje de los que ya no existen: Palomares, marino, torero antitaurino, inventor, ornitólogo, aeronauta, políglota y buzo, que, en dicho edificio fuera de culto, había montado un museo variopinto y maravilloso. En él alternaban joyas bibliográficas con cuadros de alto valor, sus propios inventos aeronáuticos con trofeos taurinos y piezas de arqueología. Como complemento, en la sacristía, había reunido objetos para un museo de la Inquisición en el que no faltaban los legajos, sellos, instrumentos de tortura, pergaminos, oficios, libros de horas y toda la parafernalia legal y extralegal que utilizaba el llamado Santo Oficio.

  Sería ilustrativo saber donde ha ido a parar todo este material cuyo interés y calidad Noel hiperboliza. Pero su intención es, sobre todo, mostrar cómo en España el talento individual ha de refugiarse en el aislamiento y la incomprensión sin que el país acoja y acomode tanto esfuerzo, tanto genio. Veamos las últimas palabras del texto: «He andado palmo a palmo toda Sevilla, la industrial, la artística, la clásica y la gitana; ninguna cosa tan evocadora, tan polvorienta, cruel y tan española como la iglesia muerta de San Basilio y ese hombre fuerte cuya poderosa voluntad sólo gira en sus goznes hacia afuera, sin que le sea posible hurtar el alma a la fatalidad española de la inconsciencia y la desorientación» (p. 146).

  El tercero de los artículos de ambiente andaluz recogido en Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca, «Visión de Sevilla desde la Giralda» (p. 147) contiene una descripción de la capital llena de amor y plasticidad en la que no falta el despliegue erudito respecto a la historia del antiguo minarete. Define a la Giralda como una torre viva, femenina, joven, traslúcida y llena de gracia, y su texto debiera ser de referencia inexcusable en cualquier antología literaria sobre Sevilla.

  Mucho más crítico es «Ante el sepulcro de Colón en la catedral de Sevilla» (p. 147). Dicho catafalco le merece los calificativos de «estrambótico», «destartalado» y «estrafalario» y lo considera en absoluto desacuerdo con la magnificencia del entorno: «En una catedral tan grande, tan hermosa, tan evocadora… ¡ese ataúd llevado en andas por cuatro ganapanes de bronce!» (p. 159). Noel admiraba profundamente los conocimientos y la tenacidad del que consideraba como «el hombre más grande que poseemos y uno de los cuatro o cinco que han puesto en marcha segura a la Humanidad» (p. 163), cuyo diario describe como «uno de los más grandes poemas que se hayan escrito: un idilio en una epopeya, un salmo en un tratado de Naútica; un canto de esperanza…» (p. 161). Su tesis es que una raza que tiene en tal estado de abandono a su mejor estandarte es una raza perdida[13].

  El último de los textos recogidos, «Huroneando por el barrio de Triana» (p. 165) es, probablemente, el de más interés humano, antropológico e, incluso, costumbrista, si desproveemos al adjetivo de su habitual categorización literaria. El discurrir por el barrio tiene toda la plasticidad, variedad y color de lo auténticamente vivido y el salpicamiento con referencias a la peripecia concreta del escritor todavía lo hace más directo y atractivo. Ironiza con los avisos del gobernador sobre los peligros de la muerte violenta que sobre él se ciernen y, también, sabe que hay barberos apostados para cortar sus melenas. Lo que, efectivamente, sucedió aunque fuera en otra ocasión. El lector tiene todos los datos para reconstruir una España tan cercana a nuestro tiempo pero que, en tantas cosas, no había variado un ápice desde los siglos de pícaros, jaques y bandoleros. Su grandeza de alma le hace admirar La Cartuja, perteneciente a la Sociedad Anónima Pikmann, cuyo heredero hacía unos días que en plena calle de Tetuán había intentado matarle: «…un joven que pone banderillas, corre juergas e insulta a los conferenciantes e incluso quiere comérselos crudos. Pero el que él se conduzca así no importa para que su fábrica sea uno de los emporios industriales de Andalucía… un establecimiento del que puede mostrarse orgullosa Sevilla» (p. 173). Noel se lamenta, más que nada, por la paradoja de que el odio de ese hombre haya sido provocado por «el enorme delito de predicar contra la torería, enemiga principal de la industria» y de que la prensa, siempre esclava del poderoso, haya jaleado la agresión y silenciado su ejemplar respuesta.

  Por otro lado, en su correría trianera aparece por doquier lo taurino, si central en la vida del español de su época, obsesión omnipresente en todo el ambiente, esquinas y muros del barrio. Frente a ello, las escuelas, agrietadas, ruinosas y húmedas: «Si hubieran construido una plaza de toros, la hubieran hecho perfecta, maravillosa y perdurable. Sólo sucede esto en España: cuando uno lo deplora y se indigna, ciertos señores, cuyo oficio es no hacer nada, hablan de poco patriotismo» (p. 169).

  Finalmente, toda la página 170 es una excelente visión interpretativo-descriptiva de los gitanos, que Noel conoció como nadie y cuyas particularidades admiraba, tanto como deploraba muchas de las características de su comportamiento. Pero su posición nunca es paternalista ni correctora sino la de un observador directo que tiene el caudal de cultura y experiencia suficiente para mirarlo todo con una mezcla de entusiasmo y fatalismo.

  Nervios de la raza (1915), concebido como una segunda parte de Las capeas, otro de sus libros más impresionantes, tiene sin embargo muchos artículos que se escapan de lo taurino. Entre ellos, los dos únicos de este libro que se desarrollan en Andalucía: «Feria de la Salud en Córdoba» (p. 347) y «Sacromonte en el Albaicín: Velatorio de un jarambeliyo» (p. 367).

  El primero de ellos debe corresponder a su estancia en Córdoba durante los meses de Agosto y Septiembre de 1913[14]; allí también alcanzó resonantes éxitos con sus conferencias y el gobernador hubo de ponerle escolta ante otra agresión fracasada. Tras una conferencia en el Círculo Mercantil, «El Guerra» hizo que doscientos amigos suyos se borraran de la lista de socios, con lo que hubo de dimitir la junta directiva. Con esto y la influencia en la prensa cordobesa por parte de los flamenquistas, hubo de volver a Madrid. Entre tanto incidente sorprende que Noel tuviera tiempo para inmiscuirse en ese submundo que describe en un artículo como el que comentamos, que glosa una divertida -y repleta de ocurrencias- conversación entre un gitano y la guardia civil, donde se muestra de nuevo el enorme conocimiento que poseía Noel de la lengua y psicología gitanas. Finalmente, el burro del que los civiles reclaman la «guía» que, naturalmente, el gitano no puede exhibir, lleva, en cambio, una inscripción en árabe que reza: «La mejor guía es la verdad». Estas cosas ocurrían en aquella España aunque pocas veces hubiera a mano un escritor como Noel -y, además, conocedor del árabe- que acertara a relatarlas.

  El segundo de los textos puede estar basado en la estancia del escritor en Granada entre el 29 de noviembre y el 8 de diciembre de 1913[15]. No parece que fuera de su gusto la estancia en la capital del Darro, a la que califica de ciudad muerta con un triste estado cultural. Junto al éxito habitual de sus conferencias entre los obreros y republicanos, tuvo problemas con la aristocracia, aunque también fue invitado a un té en casa de Miguel Aragón y Pineda a quien moteja de «tipo de señorito andaluz, europeizante y maeterlinckiano». El artículo, que tiene como escenario el Albaicín, es uno de ésos en los que el lenguaje de Noel tiende a lo inextricable por un exceso de arcaísmo y conceptismo, aunque siempre resulte admirable su pericia lingüística. Se trata de un cuadro gitano donde el dolor de la muerte del churumbel o jarambeliyo[16] queda diluido por la gracia de las ocurrencias de los asistentes, los trasiegos de manzanilla y los bailes que, al rasgueo de la guitarra, se van suscitando en el velorio. Todo ello da ocasión a Noel para hacer tan amenos como documentados excursos sobre el sinfonismo alhambrista, el cante o la idiosincrasia y la antropología gitanas. Como continuamente sentencia Curro Puya, el gitano viejo autoridad de la reunión, para justificar el desmadre: «A la tierra güesos, y a la mar, maera».

  Ante estas escenas tan directamente sacadas de la realidad, nos preguntamos siempre por la capacidad de Noel para entrar en contacto, durante sus cortos viajes, con los ambientes más auténticos, populares y jugosos del contorno ibérico. Cosa que, por cierto, no suele contarnos en su diario. Lo vemos discurriendo por poblachones, ventas, sierras y caminos y, de pronto, aparece como observador privilegiado de escenas epifánicas de la enjundia más popular que, lógicamente, sólo serían accesibles a alguien con mucho tiempo de residencia en el lugar. Algo así como la antítesis de un Azorín que en cercanas fechas nos había ofrecido sus distanciadas percepciones.

  El siguiente de sus libros que reúne crónicas viajeras, España, nervio a nervio (1924)[17], había sido preparado por su autor ya en 1918[18] y coincidió con uno de los tantos períodos de marginación a que fue sometido por editores y periodistas, con lo que no pudo aparecer hasta seis años más tarde. Y, además, reducido a la mitad de lo que debió ser su extensión original[19]. Andaba entonces Noel por su segundo viaje a América, que había iniciado en junio de 1923. Seguramente es el que nos presenta una mayor variedad de localizaciones y el que puede considerarse un más ilustrativo mosaico de esa España que luego dio en llamarse carpetovetónica o profunda. Sin embargo, aquí los escenarios andaluces son poco numerosos (Arcos de la Frontera y Morón) mientras abundan las localizaciones manchegas, quizá las tierras a las que Noel dedicó más atención en sus escritos, tanto por ser camino de paso hacia el Sur como por los antecedentes familiares del escritor en la comarca de Almadén.

  «La peña de Arcos» debe referirse a su estancia en dicho lugar el 8 de diciembre de 1921[20]. Se trata de una descripción impresionada y admirativa de la peña y el pueblo de la que no me resisto a transcribir el primer párrafo, muestra de ese estilo entre popular y cultísimo que caracteriza a Noel: 

«Frente al parador -que es un delicioso cromo de posada digna de La vida del pícaro de Félix Percio Bertizo- se rebulle y truhanea la hampería más desvergonzada y entretenida tropa de mocosos. Como si huroneara en tiempo de regocijo y carnestolendas, la gavilla de holgones, torzuelos, mozalbillos y traciatas, cabritea y freza con lema de campar allí por sus respetos. Este revoltoso, dando bordos, cae sobre aquel maltrapillo, haciéndole lascar con su sobajo y charlear como rana; tal galopín mamarrón, con su fe de chico en la mano, al modo del niño de la fuente de Manneken, ahuyenta a hisopazos y aspersorios otros bachilleres en raponerías y machuchos, en rebullicios y tracaladas. Uno de los moscardas de la zumba, que por las trazas no se tartalea tan aína, se ha plantado ante mí y garla no sé que raterías acerca de mis melenas, mojarrillas, que pronto corea la comparsa. Gracioso cromo este bribonzuelo, sin otro apatusco sobre su carne que unos calzones derroñados, con la camisa atacada por gaiterías y rebutida a trompicones con flocaduras y todo, hecha un zorongo por la barriga y repollos por los degollados o rajas de las calzas» (p. 160).

  «El gallo de Morón» (p. 227) es una erudita y humorística divagación sobre la estatua al protagonista del tal dicho erigida en el pueblo sevillano. De las tres versiones que corren sobre su origen[21], Noel se inclina por la que lo fundamenta en la desgracia de un alcabalero o recaudador que, al presentarse en la villa y recibir las reclamaciones de los regidores, les cortó: «En este corral no canta más gallo que yo». No sólo no logró cobrar lo que pretendía sino que a la noche lo pillaron en el camino de Ranillas, donde fue desnudado y azotado. De este hecho nacieron las coplas:

 

  No te vayas a quedar       

   como el gallo de Morón     

   cacareando y sin plumas  

   a la mejor ocasión.

  Noel, fascinado por ese monumento a un estafermo, derrotado pero orgulloso, apostilla su disquisición: «…sólo entre nosotros puede darse esa estatua en honor del castigo que se crece ante lo imposible, lo incomprensible y lo absolutamente fatal» (p. 228).

  Noel estuvo en Morón de la Frontera a primeros de Septiembre de 1919[22] y a mediados de Noviembre de 1921[23] pero ni por los datos contenidos en el artículo ni en el diario podemos entresacar en cuál de las dos ocasiones pergeñó su escrito.

  Aguafuertes ibéricas (1926) contiene ocho artículos con escenario andaluz. Es, también, libro de larga historia con partes escritas ya en 1912[24] y del que fueron proyectados dos tomos. En 1915 Noel nos dice: «Preparo entre una miseria espantosa el índice de Aguafuertes ibéricas, libro en dos tomos, contribución mía al homenaje a Cervantes»[25]. Sin embargo, continúa en 1916 escribiéndolo, junto a otros diez libros en curso[26], y parece estar terminado en 1920 aunque, temiendo los habituales desaires, no se atreva a llevarlo a los editores[27]. Hasta Febrero de 1923 no se anima a enviar el primer tomo a Ortega y Gasset, que le ha prometido proponerlo a la casa editorial Calpe[28]. Finalmente, el libro ni se pagó ni se editó hasta que en 1926 lo dio a la luz la casa Maucci de Barcelona. Evidentemente, y aunque el volumen tiene doscientas treinta y ocho páginas, no está todo el material que Noel debió pensar para él. Desde el homenaje por el centenario de la muerte de Cervantes, para el que fue concebido, habían pasado diez años.

  El primero de los textos desarrollados en Andalucía, La muerte del maestro (p. 57), se refiere a un pueblo que no se cita y del que se nos da una visión aterradora. Por el diario, podemos enterarnos de que se trata de Cabezas de San Juan (Sevilla)[29], por donde Noel pasó el 1 de noviembre de 1919. El artículo, de una fiereza impresionante, nos cuenta, además de la ignorancia, miseria, brutalidad y atraso de la población, los comentarios de los niños de la escuela ante la muerte del maestro a quien su mujer, que hace dos días que espera vengan por el cadáver, vela sobre una estera en el suelo de una misérrima escuela. Los niños sólo recuerdan el terror que les proporcionaba el personaje, sus vergajazos y los verdugones que aún resaltan en sus pieles. Sin embargo, Noel termina con el típico apunte regeneracionista: «El maestro de escuela ha muerto. Y ¿qué cosa es un maestro?» (p. 61).

  «Castillo de Belalcázar» (p. 65) se refiere a tal localidad de la serranía de Córdoba por donde Noel anduvo entre el 4 y el 8 de julio de 1920[30]. Compara la destrucción del castillo, ya semidemolido por los franceses, con la de la raza y se lamenta de que en España cualquiera pueda desmantelar un castillo para utilizar las piedras en su vivienda o para hacer un gavión en su campo.

  «Un rincón de Marchena» (p. 73) es otra imagen de la decadencia en la que Noel contempla el deterioro y abandono del magnífico palacio de los Osuna. Ello le da pábulo para pensar en la falta de ideales de la nobleza española y para trazar, en efecto, un magnífico aguafuerte donde se combinan la belleza y esplendor del lugar y de la arquitectura con la miseria y desidia que de todo se enseñorea. Este artículo fue escrito durante su visita a Marchena el 5 de Noviembre de 1920[31].

  «Sepulcro de San Fulgencio en El Arahal» (p. 77) es un brevísimo apunte donde Noel constata que la magnífica urna que sirvió de sepulcro para el santo es utilizada como taza para la fuente. Esta estancia del escritor en El Arahal se dio el 5 de noviembre de 1920[32].

  «Molino del Algarrobo en Alcalá de Guadaira» (p. 115) es uno de los más entusiastas textos de Noel sobre los paisajes españoles. Describe la insólita belleza de las riberas del Guadaira («el río más bello de Andalucía»; «país todo luz») aunque se entristece de que vayan cayendo molinos y árboles. Los molinos constituyeron para Noel, como ocurrió con otros buceadores de lo popular, una atracción insoslayable. Calificados de «testigos de la España antigua», en este artículo admira la belleza interior y exterior de los mismos y reflexiona lo poco que, desde la época romana, ha cambiado tanto su contextura como la condición semiesclava de quienes los hacen funcionar[33], para culminar con uno de sus también típicos, aunque tan justificados por su trayectoria, exordios pesimistas: «Es en estos lugares donde el alma ve en toda su miseria la fatalidad de ser hombre» (p. 119). Aunque Noel debió de estar varias veces por estos contornos, el artículo corresponde a su visita en noviembre de 1920[34]. Otro de los textos del libro, «En los meandros del Guadaira» (p. 227), tiene como centro otra exaltada descripción paisajística de estas riberas.

  Entre otras ocasiones, Noel estuvo en Cádiz, de paso para Tánger, en junio de 1913. Era su segundo viaje a Marruecos, estimulado por la preocupación que la guerra suscitaba en España y por los treinta y cinco duros que España Nueva le había prometido por una serie de artículos. Pronto hubo de volver a la Península, pues el periódico no le mandaba dinero y sólo le publicó siete de los textos encargados. Noel recoge su estancia en la más meridional de las ciudades andaluzas en la primera parte del que es el artículo más largo de Aguafuertes ibéricas: «En Tanger» (pp. 177-225), donde hace un repaso de la contumacia del fracaso español en la guerra de África y narra su deambular por los muelles de la ciudad que ha visto marchar tantos hombres «en los tiempos funestos de las guerras coloniales… Es siempre interesante un hombre que va a la guerra y [la gente] los observa con curiosidad» (p. 179). Cita el monumento a Morte, El Gavilán, la manzanilla de Sanlúcar, las dieciocho lápidas de mármol y bronce de San Felipe Neri, donde se promulgó la famosa Constitución, y se alarga con la espléndida descripción de las vistas y el panorama que contrastan con la tristeza de alma que produce la marcha de los hombres hacia la guerra. Siempre en Noel esa dicotomía que define al país: belleza de sus tierras y rincones, autenticidad y heroísmo de sus hombres frente a la miseria, indigencia, brutalidad y decadencia. Noel es siempre alguien atrapado entre ambas fascinaciones.

  El último de los textos del libro repite en su título, («Musicalia. Los maestros cantores de Javanillas» [p. 231]), el neologismo (musicalia) que encabezará sus muy numerosos escritos de tema melómano. Sus conocimientos sobre este arte, adquiridos en su mayor parte en su estancia en el seminario, eran extensísimos y parece que también su sensibilidad melódica. Critica en este artículo la idea del famoso Concurso de Cante Jondo de Granada promocionado por Manuel de Falla, García Lorca, Fernando de los Ríos, Ménéndez Pidal y Zuloaga, entre otros, y para el que el Cabildo granadino aportó doce mil pesetas. Aconseja sobre todo al pintor, que fue gran amigo suyo, que se lo piense antes de decorar la placeta de San Nicolás, en el corazón del Albaicín, «que es de lo poco bueno que nos queda en España». Con cierta sensatez argumenta:

«¿En qué podría mejorar su genio la Santísima Cruz de la Randa, la placeta de San Miguel, el Panderete de las Brujas, todo eso que hace del divino barrio una cosa tan nuestra? Cuando él en Nueva York, Bacarissas[35] en Dinamarca, Picasso en París, traducen a escenografías estas cosas tan iberas, nadie se opone a lo que hagan; pero aquí, lo mejor es dejarlas como están y no añadir tinieblas a las sombras y rojo a la sangre. Es como si a Falla le diera lecciones de vigor, de ritmo y color instrumental para su futuro ‘Retablo de Maese Pedro’, en su retiro de los altos de La Alhambra, uno de esos cantaores de corral sevillano que van a traducir al ‘aviyelando’ granadino la escena del ‘torneo de los maestros cantores alemanes’… Parece mentira que artistas tan grandes prohíjen ideas tan chicas.» (pp. 232-233).

  Igualmente, opina que no es el escenario adecuado para el cabal desenvolvimiento del cante hondo, que precisa de intimidad y ambiente especial, y que constituye un desahogo para escogidos o iniciados.  «El cante hondo no cabe en el papel… ni cabe en escenarios tan amplios y veristas. Ni ése es el camino de llamar la atención del pueblo sobre sus cantos populares» (p. 234). Abomina, asimismo de la intervención de los intelectuales en tal enjuague: «Es lo único que le faltaba al cante flamenco, que le cogieran por su cuenta los músicos ultraístas, como ya hicieron con el baile gitano los danzarines rusos… habrá que ver y oír allí; sobre todo, cuando algún enamorado del ‘Pierrot Lunaire’ de Schoenberg, se tope aquellos laberintos y agregados inarmónicos de tresillos y apoyaturas sin otra sujección tonal que la pulmonar, planos sonoros punteados, partiendo de la séptima de un acorde absoluto e ibéricamente autónomo» (pp. 234-235). Noel, que demuestra conocer muy bien a los eruditos y buceadores en el hontanar del cante, los tilda de europeizantes y aduce que ninguno de ellos sabe distinguir los más elementales matices del verdadero jondo.

  Abunda el artículo en datos y observaciones interesantes de todo pelaje y en él expresa su convicción de que la influencia árabe en el cante es casi nula «por ser toda ella bizantina verdaderamente oriental pero nada africana» (p. 237); en conjunto, resulta un documento indispensable que, además, provocó una sonora polémica en la que intervinieron, contraargumentando a Noel, Manuel Chaves Nogales, Hermenegildo Giner de los Ríos, el pintor inglés Wyndhan Tryron, Miguel Cerón y otros, mientras que Joaquín Corrales Ortiz y muchos sectores de la ciudad se alinearon con él. Uno de los argumentos fundamentales fue el despilfarro que el certamen suponía para el Ayuntamiento de una ciudad con tantos miserables y desarrapados[36]. Como es sabido, el concurso se celebró los días 13 y 14 de junio de 1922.

  Raza y alma (1926) es el último de sus libros de crónicas publicados en los que Andalucía tiene presencia. Parece que su origen se remonta ya a 1913, pero contiene textos escritos en fecha muy posterior. No conozco, ni parece haber visto nadie, otro libro que con el título Alma y raza, publicó la Universidad de San José de Guatemala en 1924[37], pero, probablemente, sea el mismo o muy similar. Es posible que estos libros se nutrieran de lo que iba a ser la segunda parte no aparecida de sus Aguafuertes ibéricas.

  Se trata del libro que contiene más artículos -nueve- de ambiente andaluz. El primero, «El Cristo de los ocho faroles» (p. 64) es un excelente apunte sobre la famosa plaza cordobesa, lleno de percepciones agudas: «Todos los Cristos de Andalucía parecen creados con el objeto de marchar en procesión» (p. 65), sensibilidad y dotes de observación. También de tono descriptivo es «La Cruz de la Cerrajería» (p. 152), en el que se refiere a la puerta procedente del palacio de los Osuna en Marchena[38], luego llevada a uno de los rincones más sugerentes de Sevilla: los jardines del Alcázar. El entusiasmo de Noel hacia dicha obra se concreta en un panegírico a los herreros andaluces, a los parajes que la rodean y a la primavera sevillana. Para él, después de la Giralda, nada hay en Sevilla que la personifique más: «Tan bella es, tan increíblemente bella es esa cruz de hierro, que el espíritu pierde la idea del material en que está labrada para llegar a imaginársela como un ensueño» (p. 152). 

  Más relacionado con circunstancias vividas es «Los ‘lisos’ de Sevilla» (p. 80), en el que se refiere a una asociación de delincuentes, cofradías de tan rancio abolengo en la ciudad, cuya principal función es espiar mujeres en paños menores. Constituye un cuadro, entre expresionista y lírico, muy reconocible en su contexto pero bastante insólito dentro de la poética noeliana.

  También fruto de una experiencia directa, «La Salomé de Eritaña» (p. 90) nos habla de una esperpéntica danzarina actuante en la famosa venta, con un vestido y unas trazas que, aun a hombre tan misericordioso con la desdicha ajena como Noel, le proporciona una excelente ocasión de ironizar, para lo que se vale de un léxico andaluz auténticamente dialectal:

 «Había que ver a la zorrocloco sentada con aquellos alamares de rucho mojino, como si fuera un jeroglífico egipcio espabilao, con los hilillos indostánicos amarraos bajo el ombligo, que parecía aquello la entrada a una barbería y con todo el chuflón aparejo reondo de una bailarina majareta del to. Veíasela el berraguiyo, y unos muslos esvencijaos, tabiros y delgaúchos que le partían a uno por los cuatro costaos. Pero mirando al jopo, en lo atañedero al rodeo de los chorreles, aquello era una tunanta, un nalgatorio esgarbilao que daba verlo la jaripundia.

  Mas no lo malo ni lo peor era eso, sino que todo era suyo aunque parecía empalmao, y que, además, el angelito no había conocido varón ni esquilaúra ni tratiyo de chalaneo ni juego grande. Estaba como su madre la parió.

  Y el caso era que era verdá del tó» (p. 91).

  Pese a su título, «El ‘tablao’ se va» no sólo es un artículo sobre el cante y sus ámbitos sino sobre la esencia popular de lo andaluz, lo flamenco y lo jondo. A este respecto, reproduce una frase de Menéndez y Pelayo: «La canción popular es la reintegradora de la conciencia de la Raza»; vuelve con las eruditas disquisiciones sobre el cante y ratifica su creencia en las raíces orientales y helenísticas: «…árabes y moros cantan como nosotros les hemos enseñado a cantar» (p. 107). La tesis viene a incidir en la inefabilidad del espíritu del cante, en su conexión emocional con lo particular: «…acercaos a cualquier ‘cantaor’ o danzante gitanos, y no sólo no sabrá deciros cosa alguna, sino que, según toda probabilidad, lo ignora tanto como vosotros. Y si del alma pasáis a la técnica, si de la emoción pasáis a la expresión, el abismo se ahonda más; aquello es muzárabe, visigodo, latino, bizantino, heleno… Y siendo todo eso, todo eso no es más que lo que el último intérprete de todo eso quiere que sea» (pp. 109-110).

  «El Cristo de los Cálices» (p. 136) se refiere a la imagen conservada en la sacristía de la catedral sevillana esculpida por Montañés. Para Noel, únicamente admite comparación con el de la Buena Muerte de San Agustín en Cádiz, pero «no es posible igualar el acierto supremo de este Crucifijo, el mejor de España y, tal vez, el mejor del mundo» (p. 137). Junto a otras expresiones que hemos visto en que las lacras de la raza aparecen espeluznantes, aquí Noel acomete todo un panegírico al Cristo y a la estirpe que supo moldearlo: «Y es que le basta al genio ibero para provocar en las almas hermanas divinos momentos de idealismos, proyectar el amor profundo a la verdad que poseemos como nadie en la tierra… Y lo divino de esa escultura, única en la tierra, es que un alma ibera ha alcanzado su estupendo acierto sin salirse por nadie y para nada de nuestro genio de raza realista hasta los huesos» (pp. 138-139).

  Un quiebro que muestra la variopinta perspectiva de Noel lo constituye el tono humorístico del siguiente artículo, «Rehilor» (p. 140), en el que el hijo, muerto de hambre, de un gitano pide al padre un cacho de lo que está comiendo. Después de otra exhibición desaforada de los registros más populares del lenguaje cañí, el gitano termina su parlamento con el churumbel nalgueándole a coces y estampándole esta suerte de sentencia, paradigma de la peculiar pedagogía que se atribuye a su raza: «¿Que te diera yo de eso? ¡Habérmelo afanao, majareta…!» (p. 142).

  Pero uno de los trabajos más interesantes de Raza y alma es, sin duda, «Reservado en el Kursaal» (p. 200). Después de una completísima narración enumerativa de una ronda por los lugares sevillanos de copas y tapeo durante toda una tarde (veintidós lugares llega a citar Noel en la página con sus respectivas especialidades), el grupo recala en el Kursaal, uno de los lugares de bureo más excelentes de Sevilla. Este emporio de diversión ubicado en el antiguo Palacio Central, en el cogollo de la ciudad, había sido inaugurado el 9 de abril de 1914 y combinaba patio, escenario, palcos, foyer, restaurante, salones de juego, tablao y otras dependencias en las que actuaban los mejores artistas de varietés y flamenco del momento[39]. Esta visita del escritor, que, sin duda, había recalado allí otras veces, se produjo a mediados de marzo de 1922[40], acompañado del mítico cantaor Joaquín el de la Paula[41] y otros amigos. La relación de Noel con él dio también lugar a una excelente novela corta, Martín el de la Paula en Alcalá de los Panaderos[42], y a otras menciones admirativas a lo largo de su magna obra. Al reclamo de la llegada del cantaor aparecen otras figuras -muchas de ellas también legendarias- que compiten en el cante, creándose un cuadro tan verista como sugestivo de lo que era una auténtica juerga flamenca. El sentencioso Martín de la Paula, que rara vez arrancaba a cantar y casi nunca se pronunciaba sobre sus compañeros, elogia así unas coplas de Antonio Ortega Güines: «¡Olé los hombres que tienen los huevos retorcíos pa’arriba como los borricos mojinos…! (p. 201).

  El artículo, junto a la vividísima descripción del jolgorio, se convierte en una elegía hacia Martín, «el cantaor más terne y gachó de su tiempo», «lo único que restaba ya de aquellos días de los que se ha fablisteado por los codos», «que bebía más que ninguno de la reunión y con cuyas gracias y donaires hubiera podido otro Paz y Meliá llenar un nuevo tomo de Rivadeneyra de sales y agudezas ibéricas». Y, también, en una inigualable descripción literaria de los aires entonados por Güines, que suspenden al lector casi tanto como debieron suspender a los asistentes a aquel sarao, a quienes, pasados tres cuartos de siglo, no podemos sino envidiar con nostalgia.

  Curiosamente, el último artículo del libro, «Las dos tumbas de Joselito» (p. 217), responde, como el primero de los que vimos en su inaugural libro de crónicas Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca, a una visita al cementerio de Sevilla, como si las eternas preocupaciones de Noel se mordieran la cola en un «ouróboros» perfecto. Como en aquella visita de 1912, vuelve a repetir que no existe en Europa otro cementerio más alegre; vuelve a referirse a las tumbas de toreros que lo jalonan, a Susillo, el escultor de genio que en el texto anterior había llamado Galcillo, autor de un Cristo para el que tomó de modelo a un gitano de la Cava en Triana y que se suicidó a causa de su miseria… Pero en este segundo viaje ya había muerto Joselito, en cuya fama se extiende Noel, entre admirado y reflexivo. No sólo fue el pueblo. Políticos, hombres de letras, aristócratas… buscaron su amistad. Sus honras fúnebres fueron algo nunca visto: «Jamás por nadie Sevilla se conmovió tanto» (p. 218). Las columnas de Hércules se enlutaron con crespones, el cabildo de la catedral, junto al gobernador civil, presidió el duelo ante un túmulo digno de un príncipe de la Iglesia, las campanas de la Giralda doblaron durante veinticuatro horas seguidas, incluso se propuso colocar su tumba frente al sepulcro de Colón… «¿Por qué Joselito se había adueñado de España y esa España le había proclamado su figura representativa?», se pregunta Noel. Él mismo no escribió nada cuando el torero murió, pese a que todos lo esperaban y muchos se lo reclamaban. Noel asegura que calló por dignidad: que España cargara con la responsabilidad del ídolo que había creado despreciando los valores espirituales de otras almas jóvenes. «El mejor artículo que se ha escrito contra las corridas de toros, lo ha hecho el mismo Joselito con su muerte… Y fue su muerte realización severa de que, en esa fiesta, como en el alma actual de España, la tragedia no admite ni tolera arte, reglas, genio, voluntad. Él sólo, nuestro espíritu trágico es el amo» (p. 220).

  La tumba erigida al torero por Benlliure le da ocasión de extenderse en esa absurda deificación. A Noel le parece un monumento fallido, extraño en un escultor que había conseguido otras obras funerarias magistrales, como el monumento a Gayarre en el cementerio del Roncal. El dolor que transmite la inmóvil muchedumbre que lo circunda es un dolor falso, es un dolor que «no puede interesar, ni mucho menos convencer, ni conmover siquiera… Este sepulcro, ni es nuevo ni dice cosa alguna; es un monumento pretencioso y atropellado que comunica al corazón pensamientos de dolor, pero de ese dolor inmenso que es para el español su España», termina el escritor (p. 222).

  En los veinticuatro textos descritos hemos visto a un autor de inagotables registros y preocupaciones pero también tenaz, coherente y obsesivo en su amor a España y en su diagnóstico sobre las enfermedades que la aquejan. Es admirable la multiplicidad de intereses de Noel. Sus días vividos con intensidad, su sensibilidad agudísima que le lleva a participar del dolor y la injusticia y a transmitirla con tanta fuerza que la sentimos en nuestras carnes pero, también, que le induce a gozar con los placeres de la vida, a conmoverse fieramente con todas las bellezas: la humana, la del paisaje, la de la sabiduría. Su cultura que abarca todas las artes plásticas, la música culta y popular en todas sus vertientes, la bibliofilia más curiosa, el lenguaje popular más rico, junto al de Valle-Inclán, de todo nuestro siglo XX, los cultismos y arcaísmos más sugerentes, de modo que, remontándonos en el tiempo, por lo menos hasta Torres Villarroel no encontramos otro escritor de tan variados registros.

  Una de las formas de desacreditar a Noel ha sido la de tildarle de regeneracionista tardío, como si las realidades que mostró hubieran sido corregidas a partir de las denuncias de la generación anterior a él. No sólo no había sido así sino que muchas de ellas se extienden a nuestra época, en la que la puesta en solfa de la salvaje tortura de unos animales convertida en fiesta pública ha sido casi abandonada por los intelectuales y relegada a las actividades marginales de ecologistas y grupúsculos juveniles. No deja de ser ilustrativo que sólo uno de los libros a que he hecho referencia, Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca, haya sido reeditado aisladamente en los últimos treinta años.

  Éste es el Eugenio Noel desatendido y olvidado[43], porque su denuncia constante -aun compartida por los espíritus más alerta, que no se recataron en proclamar su excelencia- molestó a una España que quería abrirse a la modernidad y a Europa olvidando y negando lo que constituía la parte más intensa de su contingencia. El país era como Noel la pintó, pese a que sus chozos y escuerzos humanos convivieran con la Residencia de Estudiantes, Picasso o Ramón y Cajal. No olvidemos que nuestros intelectuales más sagaces supieron combinar la vanguardia con la atención a esa España sangrante y misérrima que aparece en los mendigos valleinclanescos, en las Hurdes buñuelianas, en las impresionantes novelas del Sender de preguerra. Noel molesta porque la fotografía y la explica. La estrategia del olvido no suele ser la más adecuada para esa regeneración que, sí, la reacción española truncó en 1936, pero recordemos que Noel había muerto en la más absoluta soledad y miseria en la cama de un hospital barcelonés, sólo dos meses antes del comienzo de la Guerra Civil.

 

NOTAS

    [1] Cf. Francisco Carrasquer, «La literatura española y sus ostracismos», Cuadernos de Leiden nº 7, Universidad de Leiden, 1981.

    [2] Este calificativo, y otras valoraciones igualmente miméticas de un criterio interesado, le otorga José Sánchez Reboredo [1985], autor del único trabajo de cierta extensión que conozco sobre España nervio a nervio que, por otra parte, contiene observaciones atinadas e interesantes.

    [3] Ya en pruebas este libro, Andrés Trapiello da cuenta de la adquisición de este material por parte de un librero madrileño y de la inexcusabilidad cultural de su conocimiento. Trapiello [2000].

    [4] Diario íntimo, pp. 269 y 373.

    [5] También a editar un semanario antiflamenquista de gran densidad y contenido intelectual, redactado prácticamente en su integridad por el propio don Eugenio. Con el nombre de El Flamenco aparecieron tres números entre el 12 y el 26 de abril de 1914. Obligado a cambiar de cabecera a causa de diversas insidias, del 10 de mayo al 7 de junio, aparecieron cuatro números más con el nombre de El Chispero, todos ellos con apretado y abundante texto y ampliamente ilustrados.

    [6]  Las excepciones son: Félix Grande, que acomete una discutible interpretación en su, por otra parte, excelente Memoria del flamenco II, pp. 454-459 y Manuel Urbano, La hondura de un antiflamenco: Eugenio Noel.

    [7] Diario íntimo, Tomo I, p. 212.

    [8] La primera edición se titula, asimismo, Notas de un voluntario. Guerra de Melilla, Primera serie, 1909. Imprenta de Primitivo Fernández, Madrid, 1910. La segunda, completa, Lo que vi en la guerra. Diario de un soldado, Talleres tipográficos de La Neotipia. Barcelona, 1912.

    [9] Podrían citarse también con justicia las crónicas de Ciges Aparicio, Entre la paz y la guerra (Marruecos), El blocao de José Díaz Fernández y el segundo tomo de La forja de un rebelde de Arturo Barea.

    [10] La repercusión de estas campañas fue grande pero tanto sus detractores como la proverbial chunga española convirtieron a Noel en un prototipo de personaje pintoresco y un punto alienado, al menos para el gran público. Los molinos de viento contra los que debía luchar tenían aspas que llegaban lejos. Buena muestra de hasta donde se extendió esta consideración es España nueva (V. Bibliografía), pieza del género chico estrenada en 1914, donde en su última escena aparece el personaje de Nobel, interpretado por Ortas (hijo), evidente trasunto de don Eugenio: El gobernador civil ha sufrido un atentado: al apearse de la jardinera para entrar en el hotel, un sujeto le arrojó una banderilla de fuego, aunque no padece más que un ligero tueste. Cuando uno de los personajes pregunta por el autor del atentado aparece el tal Nobel:

Nobel:   Servidor de ustedes.

Todos:   (Con terror) ¡¡Nobel!!

                          Música

Nobel:  Yo soy Nobel.

Todos:  ¡Es él, es él!

Nobel:  De los flamencos

        el terrorista

        soy literato,

        soy publicista.

        Yo soy Nobel.

        ¡Es él, es él!

        Soy el Apóstol

        del siglo veinte,

        y voy en contra

        de la corriente;

        a mí los cuernos

        no me entretienen

        y odio a los caracoles

        porque los tienen.

        Yo por el caballo

        mi defensa pongo,

        no está bien que el toro

        le saque el mondongo 

        ni obligarle que luego al andar,

        se lo pise como es natural.

        Las tripitas, no.

Todos:  Las tripitas, sí.

Nobel:  El redaño

        me hace daño

        francamente a mí.

        ¡Qué barbaridad!

        Cállese porque

        al oírle,

        es pa’decirle

        que se alivie usté.

Nobel:  Yo pierdo la calma,

        y hasta mi sosiego,

        cuando a un toro huído

        se le pone fuego:

        pues quemarlo resulta una acción,

        de los tiempos de la Inquisición.

        Chicharrones, no.

Todos:  Chicharrones, sí.

Nobel:  Que proteste

        de ese tueste

        todo el mundo aquí.

Todos:  ¡Qué barbaridad!

        Cállese porque

        al oírle,

        es pa’decirle

        que se alivie usté.

                         Hablado

Vicente: ¿De modo  que te confiesas autor del atentado?

Nobel:   De éste y de todos los que quedan. Ahora que esto no quita para que particularmente tenga el honor de saludar al divino José.

         (Le tiende la mano).

José:    (Dándosela). Gracias, Nobel.

Nobel:   ¿Toreas mañana?

José:    Mañana.

Nobel: ¿Cuántos matas tú solo?

José:    Doce.

Nobel:   Habrá propina.

José:    Una ternera.

Nobel:   ¿Ternera?… Voy a coger un asiento… de sombra si quedan todavía. (Medio mutis).

Vicente: (Sujetándole) Usted donde va ahora mismo es a la sombra.

Nobel:   Pues ahí no quiero ir.

Vicente: Digo a la cárcel, de donde no va usted a salir hasta que se le caiga el pelo.

Nobel:   (Con gallardía) ¿Y qué me importa? Vuestra tiranía hará más simpática mi causa. España me lo agradecerá.

Condesa: España está hoy mejor que nunca.

Nobel:   ¿Mejor? Miren ustedes la portada de mi nuevo periódico.

         (Se abre el telón de foro y aparece un forillo grande en que se verá pintado un trozo de anfiteatro romano, ocupado por ingleses, franceses, alemanes, rusos, japoneses, etc., ataviados con vistosos uniformes, y en actitudes trágicas de terror. En el centro del redondel, un hermoso toro, llevará entre los cuernos una figura de matrona, tal como se representa a España, con túnica, corona, etc.).

Todos: ¡Cogida!…

Nobel: Cogida. Y aunque por ahora no sea de consecuencias, quién sabe si llegará un día en que los vendedores pregonen: «la cogida y muerte de España».

         (Al público)

         No se olviden ustedes

         de que esta fiesta española

         ningún gobierno la abole

         ni nacerá quien la abola.

         Pero en fin, si han conseguido,

         no amargarte la velada,

         en nombre de ellos te pido,

         lo de siempre, una palmada.  (pp. 37-39).

    [11] Cito por la primera edición.

    [12] «Aquí descansan los restos de don Francisco G. Barnés y Tomás, doctor en Teología y Filosofía y Letras, Licenciado en Derecho, catedrático numerario de esta Universidad literaria. Fue sacerdote católico. Mientras creyó en el dogma practicó los actos de la religión con dignidad y escrupuloso respeto. Cuando, después de maduro examen y ejercicios continuados de razón, dejó de creer en el orden sobrenatural (que juzgó fantástico), su carácter sincero no le permitió continuar una vida interior, farisaica, burlando y explotando la credulidad de las gentes. Prosiguió a la Naturaleza, nuestra común madre. Contrajo matrimonio con digna mujer. Fue padre de familia, cuyos deberes no descuidó un instante. Y en el trato con toda clase de personas se ofreció como hombre sin fuero ni privilegio religioso. Fue demócrata por convicción. No creyó en otros milagros que en la instrucción y trabajo humanos. Murió en la paz de Dios el día 5 de Marzo de 1892, a los cincuenta y ocho años de edad». (Op. cit., pp. 137-138).

    [13] El concepto noeliano de Raza, escrita así con mayúscula, de evidentes reminiscencias regeneracionistas, es omnipresente y recurrente en nuestro escritor. Un estudio para su correcta categorización requeriría un largo, difícil y ambicioso análisis. Poco válidas son las aproximaciones de Ángeles Prado [1973]. Ciertas contradicciones de Noel en su caracterización, por otra parte normales en tan larga y sobresaltada producción literaria, hacen más complicado su afrontamiento.

    [14] Diario íntimo, Tomo I, pp. 373-375.

    [15] Ibidem, Tomo I, p. 379.

    [16] Así relata la gitana Custodia el fin del chiquillo: «Ese estornúo de hombre la diñó; ea, a bailá con la jalusa. Se le trasconejó al gurripatiyo un trapicheo del buche, y ya le ha dao la puntiya er doctó de lo forense…» (p. 371).

    [17] Hay otras dos ediciones (1952, 1963).

    [18] Noel escribe en enero de 1918: «Arreglo dos tomos de España, nervio a nervio; veremos si alguien se atreve a editarlos». Diario íntimo, Tomo II, p. 128.

    [19] De nuevo en su Diario íntimo, tomo II, p. 347, escribe en abril de 1924: «Recibo aquí [Bogotá], comprados, dos ejemplares de mi España, nervio a nervio, editado por Calpe, pero a cuyo libro le falta la mitad del original que tiene 314 páginas».

    [20] Ibídem, pp. 275 y 278.

    [21] V. José María Iribarren, El porqué de los dichos, Madrid, Aguilar, 1962, pp. 408-410.

    [22] V. Diario íntimo. Tomo II, p. 186.

    [23] Ibídem, Tomo II, p. 270.

    [24] Ibídem, Tomo I, p. 288.

    [25] Ibídem, Tomo II, p. 70.

    [26] Ibídem, Tomo II, pp. 79, 82 y 96.

    [27] Ibídem, Tomo II, p. 203.

    [28] Ibídem, Tomo II, p. 304.

    [29] Ibídem Tomo II, p. 188-189.

    [30] Ibídem, Tomo II, p. 217.

    [31] Ibídem, Tomo II, p. 192.

    [32] Ibídem, Tomo II, p. 270.

    [33] En este aspecto es auténticamente dantesca la descripción que hace del trabajo de un molinero en el artículo «La muerte del maestro», comentado anteriormente.

    [34] Diario íntimo, Tomo II, p. 192.

    [35] Famoso escenógrafo, autor de un decorado para Carmen, en versión estrenada en Dinamarca, para el que tomó apuntes, acompañado de Eugenio Noel, en una cueva de Alcalá de Guadaira.

    [36] Cf. Eduardo Molina Fajardo, Manuel del Falla y el Cante Jondo, Granada, Universidad de Granada, 1990. José Blas Vega y Manuel Ríos Ruiz, Diccionario enciclopédico ilustrado del Flamenco, Tomo I, Madrid, Cinterco, 1988, pp. 194-198. Jorge de Persia, I Concurso de Cante Jondo, Granada, Archivo Manuel de Falla, 1993.

    [37] V. Diario íntimo, Tomo II, pp. 332, 336 y 365.

    [38] V. el artículo «Un rincón de Marchena», perteneciente a Aguafuertes ibéricas, comentado más arriba.

    [39] V. la excelente descripción del mismo que hace el especialista José Blas Vega en Los cafés cantantes de Sevilla, Madrid, Cinterco, 1987, pp. 85-91.

    [40] Diario íntimo, Tomo II, p. 282.

    [41] En las menciones literarias de Noel a esta figura del cante siempre sustituye su nombre auténtico por el de Martín. Su verdadero nombre fue Joaquín Fernández Franco (Alcalá de Guadaira, 1875-1933). Esquilador de oficio es considerado como uno de los maestros fundamentales del cante grande, destacando en las soleares. De gran autenticidad e ingenio, los recuerdos de quienes le conocieron están llenos de admiración hacia su originalidad, bonhomía, pintoresca personalidad y genio en el arte. V., por ejemplo, Manuel Ríos Ruiz y José Blas Vega, Diccionario enciclopédico ilustrado del flamenco, Tomo II, Madrid, Cinterco, 1988, pp. 574-576 y Ángel Álvarez Caballero, Historia del cante flamenco, Madrid, Alianza, 1981, pp. 86-90.

    [42] Publicada en 1926, y hace unos años (1981), reeditada y ya agotada, por Enrique Rodríguez Baltanás en el pueblo natal del cantaor, Alcalá de Guadaira, V., también, Rodríguez Baltanás [1988].

    [43]  En la última década, el interés se ha reavivado relativamente y una de sus obras ha merecido su inclusión en una colección mayoritaria, aunque destinada a un público estudioso: Las siete cucas, edición de José Esteban, Madrid, Cátedra, 1992. También fue reeditada, Semana Santa y Sevilla y una antología, Raíces de España, preparada por Andrés Trapiello. (V. Bibliografía).

                            OBRAS (Orden alfabético)*

-Aguafuertes ibéricas, Barcelona, Maucci, s. f. (1926-7).

-Alma de Santa, Madrid, El Cuento Semanal nº 131, 2-VII-1909. 

-Amapola entre espigas, Madrid, La Novela Corta nº 65, 31-III-1917./Madrid, Emiliano Escolar, 1980.

-América bajo la lupa, Madrid, Edaf, 1970.

-Artista de circo, Madrid, La Novela Corta nº 140, 7-IX-1918.

-Castillos de España: I Las raíces de la tragedia española, II, España La Vieja, III La epopeya de las capeas, Valladolid, Bibl. Studium, Imprenta y Librería Viuda de Montero, 1915.

-Como la palma de la mano de un viejo, Madrid, La Novela Corta   nº 284, 21-V-1921.

-Cornúpetos y bestiarios, Tortosa, Monclús, 1920.

-Chamuscón y Tabardillo, Madrid, La Novela Corta nº 257, 20-XI-1920.

-Dama ibérica, Madrid, La Novela Corta nº 335, 6-V-1922.

-De cuerno de Morueco, Madrid, La Novela Corta nº 217, 28-XII-1920.

-Diario íntimo (La novela de la vida de un hombre) (2 vols.), Madrid, Taurus, 1962 y 1968.

-Don Oliverio XXIV de Bombón, Madrid, El Cuento Semanal nº 232, 9-VI-1911.

-El «allegretto» de la Sinfonía VII, Madrid, La Novela Corta nº 11, 25-III-1916./Madrid, Mundo Latino, 1917. (Contiene: El «allegretto» de la sinfonía VII-La reina no ama al rey-La Melenitas-Amapola entre espigas), Madrid, Mundo Latino, 1917./ Toulouse, La Novela Española nº 7, 1948./ Madrid, Austral, 1976. (Contiene los mismos cuentos que la edición de 1917)

-El as de oros. Maravillosa historia de un torerazo, Madrid, Ed. Madrid, s. f. (1914).

-El billete de lotería, Madrid, Los Contemporáneos nº 384, 5-V-1916.

-José «El Cabezota», picador de toros, Madrid, Los Contemporáneos nº 44, 29-X-1909.

-El crimen de un partido político, Madrid, El Cuento Semanal nº 222, 31-III-1911.

-El cuento de nunca acabar, Madrid, El Cuento Semanal nº 262, 5-I-1912.

-El Charrán y Flora la Valdajo, Madrid, El Libro Popular nº 29, 22-VII-1913.

-El flamenquismo y las corridas de toros, Bilbao, Impresor Sabino Ruiz, 1912.

-El picador Veneno y otras novelas, (Contiene: El picador Veneno-Oros viejos-Sueño de Feria-Las tres hijas del maestro-Dama ibérica-Misa de botón quitao), Barcelona, Maucci, s. f. (1927).

-El picador y su mujercita, Madrid, La Novela de Hoy nº 14, 18-VIII-1922.

-El rey se divierte, Madrid, El Cuento Semanal nº 211, 13-I-1911./Valencia, Sempere, s. f. (1913) (Contiene: El rey se divierte. Alma de santa. El cuento de nunca acabar. El crimen de un partido político. Don Oliverio XXIV de Bombón).

-El torero y el rey o el milagro de la Virgen del Palomo, Madrid, El Cuento Popular nº 8, 1914. Ilustraciones de Gregorio Vicente.

-Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca, Valencia, Sempere, s. f. (1913)./Madrid, Libertarias, 1995.

-Escritos antitaurinos, Madrid, Taurus, 1967.

-España, fibra a fibra, Madrid, Taurus, 1960 y 1967.

-España, nervio a nervio, Madrid, Calpe, 1924./Madrid, Aguilar, 1950./Madrid, Espasa Calpe, 1963.

-Humorismo (figura en una lista de obras publicadas por el autor   que aparece en la novela Martín el de la Paula en Alcalá de los Panaderos).

-Juicios de valor, Tortosa, Monclús, Bibl. Avante nº 5, 1917.

-La Melenitas, Valencia, La Novela con Regalo nº 19, 17-II-1917.

-La novela de un toro (Contiene: La novela de un toro-Los compradores de pieles, Martín, el de La Paula en Alcalá de Guadaira), Santiago de Chile, Nascimento, 1931. La primera, incluida en Tres novelas taurinas del 900 (Ed. Abelardo Linares), Valencia, Diputación Provincial, 1988.

-La novela de un pueblo en capea, Madrid, La Novela Decenal nº 11, 1926.

-La providencia al quite. Vidas pintorescas de fenómenos, toreros enfermos, diestros y siniestros del embrutecimiento nacional,   Madrid, Biblioteca Hispania, s. f. (1917).

-La reina no ama al rey, Madrid, El Libro Popular nº 20, 21-XI-1912.

-La revolución hispana. Cómo ha caído la República española en el alma de nuestras colonias americanas, Madrid, Imprenta de Galo Sáez, 1931.

-La señorita Mema, Madrid, La Novela Corta nº 115, 2-III-1918.

-Las capeas, Madrid, Imprenta Helénica, 1915./Madrid, Novelas y Cuentos nº 149, 8-IX-1931./Madrid, Afrodisio Aguado, 1940 y 1952./Valencia, Aeternitas, 1953/ Madrid, El Museo Universal, 1986.

-Las siete cucas (Una mancebía en Castilla), Madrid, Renacimiento, 1927./Incluida en Las mejores novelas contemporáneas (Ed. Joaquín de Entrambasaguas), Tomo VII, Barcelona, Planeta, 1961./Madrid, Taurus, 1967/.(ed. José Esteban), Madrid, Cátedra, 1992.

-Las tres hijas del maestro, Madrid, La Novela Corta nº 179, 7-VI-1919.

-Lo que vi en la guerra. Diario de un soldado, Barcelona, Talleres Tipográficos de La Neotipia, 1912.

-Los compradores de pieles (De Puerto Montt a Punta Arenas), Madrid, La Novela Mundial, nº 117, 7-VI-1928.

-Los frailes de San Benito tuvieron una vez hambre (Contiene, también: Un espíritu puro que no tiene cuerpo), Valencia, La Novela con Regalo, nº Extraordinario, 15-V-1917./Madrid, Mundo Latino, s. f. (1925). (Contiene: Los frailes de San Benito tuvieron una vez hambre-La Laura de San Sabas en el torrente del Cedrón-Un espíritu puro que no tiene cuerpo-El refectorio de la Cartuja de San Gregorio en el siglo XVI-Una visión de la santa Jerónima Nadal-La señorita Mema-Musarañas).

-Los piratas de los barrios bajos, Madrid, El Libro Popular nº 13, 1-IV-1913.

-Los toros, Madrid, La Novela Artística nº 1, 1924.

-Martín, el de la Paula en Alcalá de los Panaderos, La Novela Mundial nº 34, 4-XI-1926./Alcalá de Guadaira, I. B. Cristóbal de Monroy, 1981.

-Misa de botón quitao, Madrid, La Novela Corta nº 380, 17-III-1923.

-Musarañas, La Novela para todos nº 16, Madrid, 7-VII-1916.

-Nervios de la raza, Madrid, Imprenta Sáez Hermanos, 1915./Colección Cumbre, Madrid, 1947. (Es edición ampliada, que incluye artículos sobre América)./Barcelona, Hispanoamericana de Ediciones, 1947.

-Notas de un voluntario. Guerra de Melilla, Madrid, Imprenta de Primitivo Fernández, (Primera Serie, 1909) (Segunda Serie, 1910).

-Novelas escogidas, Madrid, El Grifón de Plata, 1956.

-Oros viejos, Madrid, La Novela Corta nº 353, 9-IX-1923.

-Pan y toros, Valencia, Sempere, s. f. (1913).

-Piel de España, Madrid, Biblioteca Nueva, s. f. (1917-18).

-Raíces de España, (Antología con fragmentos de «Nervios de la raza», «Castillos de España», «Piel de España», «España, nervio a nervio», Raza y alma», «Taurobolios y verdades contrastadas»,   «España, fibra a fibra») [2 tomos], Madrid, Fundación Central Hispano, 1997.

-Rayito de luz, Madrid, La Novela Corta nº 321, 4-II-1922.

-Raza y alma, Barcelona, B. Bauzá, 1926. (Hay, al parecer, edición guatemalteca con el título Alma y raza. V. Diario íntimo pp. 332, 336 y 365).

-República y flamenquismo, Barcelona, Antonio López, 1912 y 1932.

-Satanás en Roma, Buenos Aires, Ed. Julio J. Centenari, s. f. (Se trata de una reedición, a todas luces pirata, de «Satanás en Roma durante un cónclave», incluida en Vidas de santos, diablos,  mártires, clérigos y almas en pena).

-Semana Santa en Sevilla, Madrid, Renacimiento, 1916./Sevilla, Universidad de Sevilla, 1991.

-Señoritos, chulos, gitanos y flamencos, Madrid, Renacimiento, 1916.

-Taurobolios y verdades contrastadas. Hombres e ideas de América y España, Nascimento, Santiago de Chile, 1931.

-Tríptico de Potosí (Una breve antología de escritos de Eugenio Noel, Ernesto Giménez Caballero y poema de Alberto Saavedra  Nogales), Potosí, Editorial Potosí, 1956.

-Un espíritu que no tiene cuerpo, Valencia, La Novela con Regalo nº Extraordinario, 1917.

-Un toro «de cabeza» en Alcorcón, Madrid, Novelas y Cuentos nº 339, 30-VI-1935.

-Vida de un fenómeno, Madrid, El Libro Popular nº 52, 30-XII-1913.

-Vidas de santos, diablos, mártires, clérigos y almas en pena, Madrid, Renacimiento, 1916. (Contiene: La Egipciaca-Entre Dareya   y Damasco-Las bodegas del monasterio de Pujet-Simona de Antioquía-Satanás en Roma durante un cónclave-Monte Casino en San Germano-Sírico Silíceo, virgen y mártir-Hoy se saca ánima-Cómo trasladaron los ángeles la Santa Casa de Loreto-La venerable Madre María Francisca de Champiñón).

  *Doy en esta ocasión la lista de obras por orden alfabético, a causa de haber sido ya publicada por Abelardo Linares (1988) una excelente bibliografía del autor con criterio cronológico. Añado cuatro obras en aquella fecha no localizadas por el erudito librero sevillano y las reediciones publicadas desde entonces.

                                                    B I B L I O G R A F Í A

-ABATI, Joaquín y Antonio PASO, España nueva (profecía en un acto y varios cuadros con música de Vicente Lleó, estrenada en el Teatro Apolo de Madrid el 7-IX-1914), Madrid, Sociedad de Autores Españoles, 1914.

-ABELLÁN, José Luis, Historia crítica del pensamiento español, 5/II. La crisis contemporánea (1875-1936), Madrid, Espasa Calpe,   1989, pp. 335-343.

-ALÁIZ, Felipe, «El hijo de la lavandera», Tipos españoles, III, París, Umbral, 1965, pp. 85-90.

-ALFONSO, José, «El caso de Eugenio Noel» El Sol, Madrid, 26-VI-1936.

-, Siluetas literarias, Valencia, Prometeo, 1967, pp. 133-138.

-ANDÚJAR, Manuel, «Evocación de Eugenio Noel», El Mundo, Madrid, 9-XII-1990.

-ARJONA, D. K., «‘La voluntad’ and Abulia in contemporary spanish deology», Revue Hispanique, LXXIV (1928), vol. 74, pp. 573-672.

-ASTRANA MARÍN, Luis, «La olma de Pedraza»,  El libro de los plagios, Bibl. Ariel s. f. (1920), pp. 145-149.

-AYALA, Pascual, «Recordando a Eugenio Noel», El Liberal, Murcia, 7-V-1936.

-AZORÍN, «Eugenio Noel y ‘Toritos, barbarie'», Los valores literarios, Madrid, Renacimiento, 1913, pp. 247-258.

-BACHOUD, Andrée, Los españoles ante las campañas de Marruecos, Madrid, Espasa, 1988.

-BARREIRO, Javier, «Andalucía en las crónicas viajeras de Eugenio   Noel», Oralidad y escritura en andaluz, Letras de la Subbética, Iznájar (Córdoba), 1998, pp. 181-200.

-BARRIOBERO Y HERNÁN, Eduardo, «Eugenio Noel», La Palabra Libre nº 23, Madrid, 14-V-1911.

-BER, Alejandro, «La España del porvenir. Eugenio Noel-Prudencio Iglesias», Madrid, La Palabra Libre nº 17, 2-IV-1911.

-BERGAMÍN, José, «Las ínfulas del flamenco», Al volver,  Barcelona, 1962.

-BUENO, Manuel, «Antonio de Hoyos y Vinent», Madrid, La Novela Corta, Número Índice, Junio 1916.

-CABA, Pedro, Eugenio Noel. Novela de la vida de un hombre intenso. Redactada según las notas autógrafas de su «Diario», América, Valencia, s. f.

-CABA LANDA, Carlos y Pedro, Andalucía, su comunismo y su cante jondo; tentativa de interpretación, Madrid, Edit. Biblioteca Atlántico, 1933. 2ª ed. Universidad de Cádiz, 1988.

-CALLEJAS, Liberto, «Ante la muerte de un literato. Noel antimilitarista», Solidaridad Obrera, 28-IV-1936.

-CAMBRIA, Rosario, Los toros: tema polémico en el ensayo español del siglo XX, Madrid, Gredos, 1974.

-CAMÍN, Alfonso, Hombres de España y América, Madrid, Imprenta   Militar, 1925, pp. 209-217.

-CANSINOS ASSÉNS, Rafael, «Los intelectuales: Eugenio Noel», La Nueva Literatura. Las Escuelas, Madrid, 1925, pp. 105-119.

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-, Prólogo a Escritos antitaurinos, Madrid, Taurus, 1967, pp. 7-     18.

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-TRAPIELLO, Andrés, «Las cornás del hambre o el peón de brega», Prólogo a Raíces de España (2 tomos), Madrid, Fundación Central Hispano, 1997, pp. 7-25.

-, Los nietos del Cid. La nueva edad de oro de la literatura española 1898-1914, Barcelona, Planeta, 1997, pp. 326-334.

-, «El diario de Eugenio Noel. El templo de la bohemia», El País Semanal, 14-V-2000, pp. 126-134.

-UNAMUNO, Miguel, «La sombra de Eugenio Noel», De esto y aquello, Buenos Aires, Sudamericana, 1950, pp. 254-261.

-URBANO, Manuel, La hondura de un antiflamenco: Eugenio Noel, Córdoba, Ediciones La Posada, Ayuntamiento de Córdoba-Junta de Andalucía, 1995.

-UTRERA, Federico, Memorias de Colombine, la primera periodista, Madrid, HMR-Hijos de Muley-Rubio, 1998.

-VALBUENA PRAT, Ángel, Historia de la literatura española, t. III, Barcelona, 1953.

-VARELA, Benigno, «El niño preso», Mi Evangelio, Madrid, Imprenta de Antonio Marzo, 1910, pp. 143-147.

-ZARRALUQUI VILLALBA, Julio, Cuatro redacciones y una guerra La vida y la época de un periodista, Barcelona, Autor, 1968, pp.   19-21.


    [1] Cf. Francisco Carrasquer, «La literatura española y sus ostracismos», Cuadernos de Leiden nº 7, Universidad de Leiden, 1981.

    [2] Este calificativo, y otras valoraciones igualmente miméticas de un criterio interesado, le otorga José Sánchez Reboredo [1985], autor del único trabajo de cierta extensión que conozco sobre España nervio a nervio que, por otra parte, contiene observaciones atinadas e interesantes.

    [3] Ya en pruebas este libro, Andrés Trapiello da cuenta de la adquisición de este material por parte de un librero madrileño y de la inexcusabilidad cultural de su conocimiento. Trapiello [2000].

    [4] Diario íntimo, pp. 269 y 373.

    [5] También a editar un semanario antiflamenquista de gran densidad y contenido intelectual, redactado prácticamente en su integridad por el propio don Eugenio. Con el nombre de El Flamenco aparecieron tres números entre el 12 y el 26 de abril de 1914. Obligado a cambiar de cabecera a causa de diversas insidias, del 10 de mayo al 7 de junio, aparecieron cuatro números más con el nombre de El Chispero, todos ellos con apretado y abundante texto y ampliamente ilustrados.

    [6]  Las excepciones son: Félix Grande, que acomete una discutible interpretación en su, por otra parte, excelente Memoria del flamenco II, pp. 454-459 y Manuel Urbano, La hondura de un antiflamenco: Eugenio Noel.

    [7] Diario íntimo, Tomo I, p. 212.

    [8] La primera edición se titula, asimismo, Notas de un voluntario. Guerra de Melilla, Primera serie, 1909. Imprenta de Primitivo Fernández, Madrid, 1910. La segunda, completa, Lo que vi en la guerra. Diario de un soldado, Talleres tipográficos de La Neotipia. Barcelona, 1912.

    [9] Podrían citarse también con justicia las crónicas de Ciges Aparicio, Entre la paz y la guerra (Marruecos), El blocao de José Díaz Fernández y el segundo tomo de La forja de un rebelde de Arturo Barea.

    [10] La repercusión de estas campañas fue grande pero tanto sus detractores como la proverbial chunga española convirtieron a Noel en un prototipo de personaje pintoresco y un punto alienado, al menos para el gran público. Los molinos de viento contra los que debía luchar tenían aspas que llegaban lejos. Buena muestra de hasta donde se extendió esta consideración es España nueva (V. Bibliografía), pieza del género chico estrenada en 1914, donde en su última escena aparece el personaje de Nobel, interpretado por Ortas (hijo), evidente trasunto de don Eugenio: El gobernador civil ha sufrido un atentado: al apearse de la jardinera para entrar en el hotel, un sujeto le arrojó una banderilla de fuego, aunque no padece más que un ligero tueste. Cuando uno de los personajes pregunta por el autor del atentado aparece el tal Nobel:

Nobel:   Servidor de ustedes.

Todos:   (Con terror) ¡¡Nobel!!

                          Música

Nobel:  Yo soy Nobel.

Todos:  ¡Es él, es él!

Nobel:  De los flamencos

        el terrorista

        soy literato,

        soy publicista.

        Yo soy Nobel.

        ¡Es él, es él!

        Soy el Apóstol

        del siglo veinte,

        y voy en contra

        de la corriente;

        a mí los cuernos

        no me entretienen

        y odio a los caracoles

        porque los tienen.

        Yo por el caballo

        mi defensa pongo,

        no está bien que el toro

        le saque el mondongo 

        ni obligarle que luego al andar,

        se lo pise como es natural.

        Las tripitas, no.

Todos:  Las tripitas, sí.

Nobel:  El redaño

        me hace daño

        francamente a mí.

        ¡Qué barbaridad!

        Cállese porque

        al oírle,

        es pa’decirle

        que se alivie usté.

Nobel:  Yo pierdo la calma,

        y hasta mi sosiego,

        cuando a un toro huído

        se le pone fuego:

        pues quemarlo resulta una acción,

        de los tiempos de la Inquisición.

        Chicharrones, no.

Todos:  Chicharrones, sí.

Nobel:  Que proteste

        de ese tueste

        todo el mundo aquí.

Todos:  ¡Qué barbaridad!

        Cállese porque

        al oírle,

        es pa’decirle

        que se alivie usté.

                         Hablado

Vicente: ¿De modo  que te confiesas autor del atentado?

Nobel:   De éste y de todos los que quedan. Ahora que esto no quita para que particularmente tenga el honor de saludar al divino José.

         (Le tiende la mano).

José:    (Dándosela). Gracias, Nobel.

Nobel:   ¿Toreas mañana?

José:    Mañana.

Nobel: ¿Cuántos matas tú solo?

José:    Doce.

Nobel:   Habrá propina.

José:    Una ternera.

Nobel:   ¿Ternera?… Voy a coger un asiento… de sombra si quedan todavía. (Medio mutis).

Vicente: (Sujetándole) Usted donde va ahora mismo es a la sombra.

Nobel:   Pues ahí no quiero ir.

Vicente: Digo a la cárcel, de donde no va usted a salir hasta que se le caiga el pelo.

Nobel:   (Con gallardía) ¿Y qué me importa? Vuestra tiranía hará más simpática mi causa. España me lo agradecerá.

Condesa: España está hoy mejor que nunca.

Nobel:   ¿Mejor? Miren ustedes la portada de mi nuevo periódico.

         (Se abre el telón de foro y aparece un forillo grande en que se verá pintado un trozo de anfiteatro romano, ocupado por ingleses, franceses, alemanes, rusos, japoneses, etc., ataviados con vistosos uniformes, y en actitudes trágicas de terror. En el centro del redondel, un hermoso toro, llevará entre los cuernos una figura de matrona, tal como se representa a España, con túnica, corona, etc.).

Todos: ¡Cogida!…

Nobel: Cogida. Y aunque por ahora no sea de consecuencias, quién sabe si llegará un día en que los vendedores pregonen: «la cogida y muerte de España».

         (Al público)

         No se olviden ustedes

         de que esta fiesta española

         ningún gobierno la abole

         ni nacerá quien la abola.

         Pero en fin, si han conseguido,

         no amargarte la velada,

         en nombre de ellos te pido,

         lo de siempre, una palmada.  (pp. 37-39).

    [11] Cito por la primera edición.

    [12] «Aquí descansan los restos de don Francisco G. Barnés y Tomás, doctor en Teología y Filosofía y Letras, Licenciado en Derecho, catedrático numerario de esta Universidad literaria. Fue sacerdote católico. Mientras creyó en el dogma practicó los actos de la religión con dignidad y escrupuloso respeto. Cuando, después de maduro examen y ejercicios continuados de razón, dejó de creer en el orden sobrenatural (que juzgó fantástico), su carácter sincero no le permitió continuar una vida interior, farisaica, burlando y explotando la credulidad de las gentes. Prosiguió a la Naturaleza, nuestra común madre. Contrajo matrimonio con digna mujer. Fue padre de familia, cuyos deberes no descuidó un instante. Y en el trato con toda clase de personas se ofreció como hombre sin fuero ni privilegio religioso. Fue demócrata por convicción. No creyó en otros milagros que en la instrucción y trabajo humanos. Murió en la paz de Dios el día 5 de Marzo de 1892, a los cincuenta y ocho años de edad». (Op. cit., pp. 137-138).

    [13] El concepto noeliano de Raza, escrita así con mayúscula, de evidentes reminiscencias regeneracionistas, es omnipresente y recurrente en nuestro escritor. Un estudio para su correcta categorización requeriría un largo, difícil y ambicioso análisis. Poco válidas son las aproximaciones de Ángeles Prado [1973]. Ciertas contradicciones de Noel en su caracterización, por otra parte normales en tan larga y sobresaltada producción literaria, hacen más complicado su afrontamiento.

    [14] Diario íntimo, Tomo I, pp. 373-375.

    [15] Ibidem, Tomo I, p. 379.

    [16] Así relata la gitana Custodia el fin del chiquillo: «Ese estornúo de hombre la diñó; ea, a bailá con la jalusa. Se le trasconejó al gurripatiyo un trapicheo del buche, y ya le ha dao la puntiya er doctó de lo forense…» (p. 371).

    [17] Hay otras dos ediciones (1952, 1963).

    [18] Noel escribe en enero de 1918: «Arreglo dos tomos de España, nervio a nervio; veremos si alguien se atreve a editarlos». Diario íntimo, Tomo II, p. 128.

    [19] De nuevo en su Diario íntimo, tomo II, p. 347, escribe en abril de 1924: «Recibo aquí [Bogotá], comprados, dos ejemplares de mi España, nervio a nervio, editado por Calpe, pero a cuyo libro le falta la mitad del original que tiene 314 páginas».

    [20] Ibídem, pp. 275 y 278.

    [21] V. José María Iribarren, El porqué de los dichos, Madrid, Aguilar, 1962, pp. 408-410.

    [22] V. Diario íntimo. Tomo II, p. 186.

    [23] Ibídem, Tomo II, p. 270.

    [24] Ibídem, Tomo I, p. 288.

    [25] Ibídem, Tomo II, p. 70.

    [26] Ibídem, Tomo II, pp. 79, 82 y 96.

    [27] Ibídem, Tomo II, p. 203.

    [28] Ibídem, Tomo II, p. 304.

    [29] Ibídem Tomo II, p. 188-189.

    [30] Ibídem, Tomo II, p. 217.

    [31] Ibídem, Tomo II, p. 192.

    [32] Ibídem, Tomo II, p. 270.

    [33] En este aspecto es auténticamente dantesca la descripción que hace del trabajo de un molinero en el artículo «La muerte del maestro», comentado anteriormente.

    [34] Diario íntimo, Tomo II, p. 192.

    [35] Famoso escenógrafo, autor de un decorado para Carmen, en versión estrenada en Dinamarca, para el que tomó apuntes, acompañado de Eugenio Noel, en una cueva de Alcalá de Guadaira.

    [36] Cf. Eduardo Molina Fajardo, Manuel del Falla y el Cante Jondo, Granada, Universidad de Granada, 1990. José Blas Vega y Manuel Ríos Ruiz, Diccionario enciclopédico ilustrado del Flamenco, Tomo I, Madrid, Cinterco, 1988, pp. 194-198. Jorge de Persia, I Concurso de Cante Jondo, Granada, Archivo Manuel de Falla, 1993.

    [37] V. Diario íntimo, Tomo II, pp. 332, 336 y 365.

    [38] V. el artículo «Un rincón de Marchena», perteneciente a Aguafuertes ibéricas, comentado más arriba.

    [39] V. la excelente descripción del mismo que hace el especialista José Blas Vega en Los cafés cantantes de Sevilla, Madrid, Cinterco, 1987, pp. 85-91.

    [40] Diario íntimo, Tomo II, p. 282.

    [41] En las menciones literarias de Noel a esta figura del cante siempre sustituye su nombre auténtico por el de Martín. Su verdadero nombre fue Joaquín Fernández Franco (Alcalá de Guadaira, 1875-1933). Esquilador de oficio es considerado como uno de los maestros fundamentales del cante grande, destacando en las soleares. De gran autenticidad e ingenio, los recuerdos de quienes le conocieron están llenos de admiración hacia su originalidad, bonhomía, pintoresca personalidad y genio en el arte. V., por ejemplo, Manuel Ríos Ruiz y José Blas Vega, Diccionario enciclopédico ilustrado del flamenco, Tomo II, Madrid, Cinterco, 1988, pp. 574-576 y Ángel Álvarez Caballero, Historia del cante flamenco, Madrid, Alianza, 1981, pp. 86-90.

    [42] Publicada en 1926, y hace unos años (1981), reeditada y ya agotada, por Enrique Rodríguez Baltanás en el pueblo natal del cantaor, Alcalá de Guadaira, V., también, Rodríguez Baltanás [1988].

    [43]  En la última década, el interés se ha reavivado relativamente y una de sus obras ha merecido su inclusión en una colección mayoritaria, aunque destinada a un público estudioso: Las siete cucas, edición de José Esteban, Madrid, Cátedra, 1992. También fue reeditada, Semana Santa y Sevilla y una antología, Raíces de España, preparada por Andrés Trapiello. (V. Bibliografía).

Costumbres de Aragón El tiro de barra. Dibujo de Valeriano Bécquer 1865

         (Publicado en Aragón Digital, 15-16 de agosto de 2022)                                                                                                     

Tras el esperpento de la Olimpiada nívea, en la que faltó un pelo para poner el culo, una noticia rescata a Aragón de tanta ignominia. El campeonato de Aragón de lanzamiento de carretilla recupera el esplendor de los deportes aragoneses, algo oscurecidos con tanta red social, tanto bailecillo de monigote a cualquier hora y tanto jugar con la play en vez de a “Churro va” o a la taba.

Uno vive tan embebido en su propia burbuja ocular que no se entera de lo que pasa. Es cierto que vive allí para no hacerlo en las burbujas mediáticas de Jorge Javier, las palancas del C. F. Barcelona y la cohorte de periodistas babosos del Real Madrid o la vomitiva propaganda gubernamental que, con sus medidas presentes y futuras, ya ha conseguido que se proscriba el suspenso, el fracaso y la frustración y se subvencione al más lerdo y al más vago. Sólo falta el doctorado para el más peor. Pero eso ya lo consiguió el presidente.

Como Teruel no existe –y menos con tal portavoz- hubo que enterarse, no por la magnitud del acontecimiento –evento, dirían los tontos de lengua- sino porque en la competición carretillera un participante novel, empuñó la de 25 kilos, la alzó hasta su cabeza para girar vertiginosamente sobre sí mismo, cual avezado lanzador olímpico de martillo, pero he aquí que la carretilla tiró más bien hacia su derecha y, si no es porque un altavoz se interpuso entre ella y la cabeza de un anciano, el susodicho hubiera tenido que mutar el cachirulo en venda. De hecho recibió el impacto del monumental catafalco de madera, pero las cabezas aragonesas están fabricadas para eso y más. En el audio de la grabación se puede verificar la identidad del perjudicado:

-¿A quién le ha dau?

-Al Nicolás, al padre de…

Nunca hubo pugna sin heridos. No pasó nada más y la competición se reanudará el próximo año en

espacio más diáfano y los espectadores más escarmentados. Por cierto, Cascante del Río, el pueblo turolense, a orillas del río Camarena, que creó de la nada este concurso, hace unos años es uno de los pocos de la redolada que  no pierde habitantes. Y menos va a perder, predicando con estos ejemplos.

Chistavín.

Sobre los deportes aragoneses han escrito con conocimiento y propiedad los beneméritos José Antonio Adell y Celedonio García. En sus páginas pudimos documentarnos sobre los famosos andarines aragoneses, cuyo emblema es Chistavín de Berbegal y la multitud de tipos de carreras, a cual más pintoresca. Pero la esencia y la madre de estas carretillas voladoras se encuentra en los tiros de bola y barra, ambos mezcla de maña y de fuerza. La barra podía –y puede- lanzarse “bajo pierna” o “a pecho” y veamos lo que escribía Marcelo Sanz Romo poco antes de que alumbrara el siglo XX:

Así como la jota es resumen y compendio de la música popular en España (…) es el tiro de barra el que genuinamente representa (…) nuestros deportes populares (…) Como tipo de juego donde van unidas la fuerza física, tenemos nuestro tiro de barra donde no triunfa el que tira más lejos la barra, sino que, además de lejos, la hace tocar en el suelo en ciertas condiciones y es que el tirador comunica a la barra, voluntad, pensamiento y vida.

Valeriano Bécquer, en su estancia en los pueblos del Moncayo dibujó una magnífica escena con un tirador de barra en su salsa, ya que el juego no era actividad festiva sino cotidiana, lo mismo que los juegos de los niños. Y, en fin, hasta ver que nuevas efemérides nos proporcionan los deportes aragoneses, enriquecidos con la ya famosa carretilla, recurriremos a otra tradición, la de la copla, echando el pecho adelante:

                                              En las canteras de Ricla

                                               no hacen falta los barrenos,

                                               los mozos tirando barra

                                               levantan bloques enteros.

12 agosto 2022. Hoy cumpliría Joaquín Carbonell 75 años. Muy reacio a la medicina y a la farmacopea, afirmaba no haber tenido nunca necesidad de usarlas. Confiaba también en la longevidad de su familia –su madre le sobrevivió- pero en septiembre de 2020 la riada del Covid arrasó sus proyectos en uno de los momentos en que más le sonreía la vida. Muy querido por muchos y muy incomprendido por otros, bondad y egolatría, prepotencia y desvalimiento, escepticismo e ingenuidad, conformaron un hombre tierno, divertido, repentista, siempre leal –hasta demasiado- con sus amigos, que fue autor de varias de las mejores canciones escritas en español en este siglo XXI.

Publicado en el libro-homenaje ” Carbonell, amigo, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2021, pp. 47-50.

El joven cantautor

Humor y complicidad son las dos primeras palabras que me surgen al evocar a Joaquín. Estar con él era divertirse y pocas cosas más hicimos fuera de ello. A menudo, con otras personas que dirían exactamente lo mismo que yo.

Al analizar la personalidad de quienes están entre nuestros mejores amigos, el caleidoscopio -término que viene a significar “mirar bonito”- nos devuelve una versión intensamente atractiva -por eso lo son- pero nunca exenta de matices. Como los extremos se tocan, si el retrato es exacto, a cada virtud, corresponderá un defecto, a cada rasgo heroico, un perfil grotesco… Lo sabían los antiguos, hombres equilibrados, que incluso podían tener opinión negativa sobre sus dioses. Es lógico que quienes quisimos a la persona recordada, privilegiemos el recuerdo positivo; lo mismo harán los indiferentes e, incluso, los que están enfrente: La muerte ha ejecutado su venganza y sería mezquino ensañarse. Así, algunas personas, al tratar a Joaquín someramente,  sacaban de él una imagen de cierta prepotencia, superficialidad y egotismo. Y ahí se podría contrarrestar que la prepotencia era humor, la superficialidad, refugio contra los pelmas y el egotismo, la otra cara del espejo: el autocuestionamiento. Llegados aquí, yo insistiría en que el rasgo más relevante de Joaquín fue el humor, por lo que siempre las horas con él se convertían en festivas. Humor fresco, por lo juvenil; crítico, por lo aragonés; escéptico, por lo inteligente, original, variado y poliédrico.

Jorge Valdano, Joaquín y Nicolás Carbonell, Javier Barreiro y Dionisio Sánchez

La diversión propició que la hora del reposo fuese nuestro ámbito de encuentro de encuentro más frecuente. Fatigábamos la noche con aragonesa tenacidad en un tiempo en el que al juerguista se le ofrecía una gama de posibilidades que iba desde los bares de barrio abiertos más allá de las tres hasta los paradores de carretera que no cerraban, pasando por las barras abiertas nocturnalmente en pisos, las salas de fiestas, la estación de trenes, las tascas que abrían a las cinco para atender tanto al obrero como al nocherniego, los bares de heavys, las salas de modernos, los clubs de alterne y un sinfín de garitos medio ilegales pero con nombre propio (antros con suelo de tierra, guaridas de gitanos cantaores, trastiendas de peristas…, en general, buena gente) de los que he dado cuenta en algún otro texto y que han desaparecido totalmente a favor de otras formas de vida en las que poco cuenta la socialización y el aprendizaje de disciplinas y habilidades sólo posibles de ser asimiladas en tales garitos. Únase a ello la juerga en casas particulares, en las que la guitarra y la alegría de Joaquín eran elementos indispensables para dar cauce al sentimiento que las copas inspiraban. Probablemente, los vecinos no eran tan tiquismiquis como los de hoy. Cuando en alguna ocasión, preguntaba a los míos si los habíamos dejado dormir bien, me solían responder: “No te preocupes Javier, que nos dais mucha alegría”, “Si estuvimos a punto de bajar a acompañaros…”, “La juventud todo lo puede”. Juventud que, en nuestro caso, sobrepasó cumplidamente el medio siglo.

De  esas noches salieron disparates que, a menudo, me cuentan los demás porque los he olvidado. Uno de nuestros locales preferidos fue el Oasis, todavía music-hall, con sus atracciones de siempre: La Pilara, Moscatelli, el genio polifacético que se hacía llamar Negrito Poli…y los invitados de categoría: Lilián de Celis, Rafael Farina, Antonio Molina, Carmen Morell, La Maña, Antonio Amaya… La amistad, buenos oficios y la paciencia del factótum de local, Enrique Vázquez, propiciaba que frecuentemente intimáramos con los artistas y muchas veces siguiéramos de copas con ellos. Lo que debió generar uno de los pocos trabajos que hicimos al alimón: la confección de unos incalificables sketchs para ser representados en el género, cuyos nombres darán idea de su nivel: Purita y el puro de Arturo, El probador, Coplas del bidé… Naturalmente, firmábamos con seudónimos ad hoc: Navajas, Sarmiento, Saín…

En “La Frontera”, un programa nocturno de Radio Heraldo que Joaquín inventó y  al que eran muy aficionados los taxistas, yo intervenía como Doctor No sé qué, máster en Sexología por la Universidad

de Soria y respondía, por estrambóticas que fueran las preguntas del consultorio sexual. Tanto por el tono del programa, como por mi pintoresco nombre y la entonces inexistente universidad de Soria, nos parecía meridiano que el oyente no nos tomaría en serio. Pero todavía la ignorancia en tales temas era mucha y algunos hacían preguntas tan angustiadas y patéticas, que hubimos de suspender la sección. Todas estas cosas y muchas otras de las que emitían radio y televisión en tales calendas, hoy serían consideradas políticamente incorrectas y perseguibles por la policía política y de costumbres que el poder desarrolla hic et nunc con cada vez mayor entusiasmo represor.

De todo esto hablaría Joaquín en las memorias que andaba escribiendo. Sin asomo de duda, tenían todas las bazas para resultar apasionantes. A pesar de que, por orgullo, timidez, reserva, miramientos o qué sé yo, el aragonés ha sido poco pródigo en el género y la mayor parte decepcionan. En su caso, hubiera sido tan interesante el contenido, como el punto de vista de una persona imbricada durante medio siglo en la música, la cultura y la vida aragonesa, pues hizo de todo: desde jugar en su Alloza natal al recacholino –es decir, al aro, ya totalmente fuera de uso en la ciudad- hasta recibir la medalla de Aragón.

En efecto, fue sorprendente su proteica capacidad de inventarse desde sus inicios: camarero en Sitges; cantautor de la tierra aragonesa, conductor de programas en la sucursal de TVE en Aragón y en Radio Heraldo; periodista, poeta, novelista, biógrafo y escritor misceláneo, director de documentales, ejecutivo en la empresa Video-Art, donde desarrolló los muñecos televisivos de guiñol político que tanta popularidad obtuvieron en la España de los años noventa; director de Buscando desesperadamente a Charly, un mediometraje entre esperpéntico y surrealista; versionista de Brassens; jugador de clase en el club de fútbol-sala “No hay motivo de alarma”; cantor melódico con Los Tres Norteamericanos; boxeador, “El pigre de Alloza”, en un ring; actor en Aben Galí, film de Félix Zapatero y un porrón de cosas más.

Maite Cacho, Miguel Pardeza, Aben Galí (J. C.) y el firmante

Esas memorias hubieran puesto la guinda en su trayectoria literaria, siempre en segundo plano por su popularidad musical, pero de muy alto interés por su variedad y, en algunos casos, por su calidad. Fui lector inaugural de muchos de sus libros y puedo dar fe de ello. También, de que su rapidez

escribiendo, su habitual optimismo y cierta despreocupación dieron lugar a que no siempre sus productos estuvieran lo acabados que sería de desear. Sin embargo, fue la de escritor su actividad más  constante. Primero en sus canciones, asunto en el que Matías Uribe ha entrado con tanta competencia que me limitaré a registrar la excelsitud verbal de cinco sus discos entre 1998 y 2017: Tabaco y cariño, Sin móvil ni coartada, La tos del trompetista, Clásica y moderna y El carbón y la rosa. Segundo: en sus más de treinta años de actividad periodística en El Día y El Periódico de Aragón, principalmente, como entrevistador cotidiano y crítico de televisión. Pero sobre todo en sus 15 títulos editados.

Primero fue el poemario Misas separadas (1986) que, como toda la poesía de hoy, llegó y se fue en silencio. Sin embargo, se trataba de un sorprendente texto en el que sensibilidad, humor y

Joaquín, María José, Emilio et Io

distanciamiento iban de la mano, deparando lo que en poesía es indispensable: originalidad en el enfoque y tensión en el lenguaje. Ocho años después, Prensas Universitarias daba a la luz su última aventura poética, de características similares a la anterior. Me encanto el título, Laderas de ternero, aunque quizá hubiese sido todavía más redondo el artículo contracto “del”. Otra muestra de la buena relación de Joaquín con la poesía: invitado a cantar en Santiago de Chile, le pedí que intentara entrevistar a Nicanor Parra, entonces, uno de los más grandes poetas vivos. No vivía en la capital, rechazaba a los extraños y era muy reacio a las interviús. La simpatía de Joaquín arrasó con las dificultades y su trabajo se publicó en la revista El Bosque.

Entre ambos libros, Ediciones B editó Apaga…  y vámonos. La televisión: guía de supervivencia (1992), un fresco ensayo fruto de su dedicación periodística a la crítica del medio. Miguel Pardeza y yo firmamos una reseña en El Periódico de Aragón, cómplice pero llena de excesos y boutades, que Joaquín aceptó con la benevolencia que le era consustancial. En 1993 llegó su primera incursión en el género narrativo. La última tarde de Goyo Letrinas, fruto de compartidas experiencias por el entorno de la calle Pignatelli, donde se ubicaba El Pajarcico, nuestro más habitual lugar de cenas, recenas y convivencia entre seres disparatados. No era una narración conseguida como tampoco lo fueron sus dos novelas juveniles: Las estrellas no beben agua del grifo (2000) y Hola, Ángela tengo un problema (2007). Recuerdo haber presentado la primera en una destartalada Feria del Libro en Monzón, con dos o tres espectadores. Mucho más interesantes y con cierto éxito de público fueron las dos últimas, El artista (2015), en torno a un pícaro que participa en el rodaje de Viridiana y Un tango para Federico (2016), la investigación de un periodista sobre el encuentro en Buenos Aires de Gardel y García Lorca. Las dos tienen algún sustrato biográfico y, aunque perfectamente legibles, tampoco resultan un producto conseguido.

Fuera de los libros poéticos, el valor literario de Carbonell hay que buscarlo en sus tres biografías: El Pastor de Andorra (2005) –al que también dedicó un extraordinario documental-, Joaquín Sabina (2011) y J. A. Labordeta (2012), en calidad ascendente de la primera a la última. Son retratos sueltos, vividos, intensos y escritos con libertad, penetración y gracia. Pero quizá su aportación más original, desternillante y novedosa estribe en los cuatro libritos agenéricos que escribió al alimón con su compañero de redacción Roberto Miranda: Propuesta de Estatuto de Autonomía de Aragón -Plan B- (2007), Gran Enciclopedia de Aragón preta (2008), Aragón a la brasa. Grandes temas de ayer y de hoy (2009) y Aragón sin empalmes (2011).

Escritos desde Aragón, con habla –que no fabla- aragonesa, su trasfondo no puede ser, efectivamente, más aragonés. Constituyeron la culminación de una agudeza que ambos autores ya habían dilapidado en trabajos anteriores poco reconocidos. Se trata del ingenio aragonés, que surte Gracián, adorna de

Pedro Saputo e internacionaliza el sordo de Calanda. Podemos buscar antecedentes en el diccionario de José Luis Coll o en ciertos humoristas gráficos como Chumy Chúmez, Gila o El Roto, pero los mecanismos del humor no son exactamente los mismos, aunque en bastantes casos sean preferentemente lingüísticos; en JC, es la viveza, es la socarronería, es la mueca de escepticismo del aragonés revolcado.

Estos desopilantes libricos son una muestra de humor puro, de texto interactivo, de capacidad sintética: aquello tan gracianesco  de decir lo máximo posible con las menos palabras posibles en que consiste la esencia de la literatura y que tan poco se estila. Y, también, de humor desvergonzado que no respeta vivos, muertos, mitos ni a los propios autores que “pretendían elaborar una obra que hiciera reír para acabar haciendo la risa”, como se proclamaba en la promoción de uno de estos títulos.

Algunas de sus  desternillantes sentencias pasaron de boca en boca y pasaron, también, como emblema o proclama, a las camisetas de verano.  No estaría de más reeditar una antología de estas cuatro joyas que no deberían poblar el concurrido albergue del olvido.

Trataré de resumir todo esto –pero no el cariño que, como la herida quevedesca, «yace callado”- en este torrente adjetival en forma de soneto.

                                  Divertido, escéptico, creador,

                                  niño grande, disperso, optimista,

                                  poeta, allocino, periodista,

                                  alegre, simpático, vividor.

                                  Brasseniano, amigo, cantautor,

                                  libre, polifacético, humorista,

                                  superficial, intenso, gran artista,

                                  bonachón, buen músico, escritor.

                                  Ocurrente, activo, original,

                                  televisivo, plural,  ocurrente,

                                  cómplice, marchoso, fraternal.

                                 Discreto, aforista, inteligente,

                                 tolerante, filósofo, plural,

                                 vivaracho, ingenuo y buena gente.                     

           

Desolación y filosofía en la boda de un amigo

                   

Ermelinda Spinelli (Linda Thelma en su vida artística), hija, al parecer de emigrantes calabreses, fue parida en Buenos Aires en 1884, aunque según su acta de defunción habría nacido en 1890. Otros, como Gobello, indican que nació en el 80 o, quizá, antes. Hasta encontrar el acta de nacimiento y aun así, nunca se está seguro de la fecha de venida al mundo de las artistas y menos en estas lejanas fechas. Se inició como actriz, dama joven, en la Compañía de Jerónimo Podestá, al despuntar el siglo. Trabajó luego con Guillermo Battaglia en el Nacional Nort (1906) y también con Atilio Supparo, Muiño y Alippi. En 1908 grabó catorce discos para las casas Era, Odeón y Phono Art. Alternaba entremeses criollos, tonadillas y tangos, a veces acompañada por Villoldo. De hecho, junto a Pepita Avellaneda y Flora Gobbi, fueron las primeras mujeres que grabaron discos de tangos. Hasta 1922-1923 no volvería a grabar, en este caso, para la discográfica Victor. También fue, junto a Pepita Avellaneda, una de las primeras que se vistieron de hombre para interpretar en el escenario letras concebidas para ser cantadas por varones.

En 1910 integró el prestigioso elenco preparado por José Podestá para el Teatro Apolo con motivo de las fiestas del Centenario. Hacia 1912 viaja a España. Cantó en Barcelona y Madrid, para los fines de fiesta de la Compañía de Enrique Chicote y Loreto Prado. Pero sabemos poco acerca de este viaje y es que, pese al interés por ella de maestro José Gobello,[1] subsisten todavía muchas oscuridades en la trayectoria artística y vital de Linda Thelma. Es muy posible que en la última bibliografía tanguera -siempre tan profusa- haya publicaciones que iluminen alguna de estas zonas de sombra, pero en aquella de la que yo dispongo referida a la mítica cancionista[2] no figura ninguna noticia respecto a su estancia en España durante sus visitas en 1926, por lo que me animo alguna referencia sobre sus actividades en dicha fecha.

Antes, Madame Rasimi la había contratado para actuar en París (Olimpia y Moulin Rouge) dentro de la Revue de printemps. Allí permanece hasta su encuentro con Francisco Canaro, que la contrata como vocalista para actuar en el Club Mirador de la 7ª Avenida de Nueva York. Una ciática le impidió actuar.

En Madrid intervino en el apropósito cómico-lírico-bailable, Palos-Buenos Aires[3], estrenado en el teatro Romea el 5 de abril de 1926. Es sabido el tremendo impacto que el transoceánico viaje de Ramón Franco, Durán, Ruiz de Alda y Rada suscitó a ambos lados del Atlántico y buena prueba de ello es cómo el tango recogió la hazaña. Desde la muy conocida interpretación gardeliana de El vuelo del águila -y, desde luego, una de las que menos gloria aporta a quien la gloria representa- hasta otros como, Comandante Franco de Pedro Numa Córdoba y Francisco Canaro, Franco-Solo de Carlos Marambio Catán y Francisco de Caro, El chacal (¡Gallego lindo!) de F. Domínguez y J. Polidano y ¡Franco! de Emilio Fresedo y Hermes Perissini, por citar algunos de cuya partitura dispongo.

Fuera como fuese, si el 10 de Febrero el Plus Ultra se había posado sobre las aguas del Río de la Plata, en pocos días José Silva Aramburu[4], más que prolífico autor de piececillas teatrales[5], pergeñó el citado «apropósito» sin gastar, por supuesto, una sola neurona de más. La música era de los maestros José María Muñoz y Miranda, que tampoco han pasado a la historia.

La obra es más deleznable que prescindible, no obstante lo cual alcanzó 112 representaciones consecutivas[6], cifra enorme, y más en una época en que, dada la demanda del público, los carteles cambiaban con gran celeridad. El éxito hay que atribuirlo, seguramente, a sus cantables y aquí es donde entraría Linda Thelma, ya que el libreto, tras dar la relación del reparto en el que los actores cantantes más conocidos son Conchita Constanzo, Lepe y Luis Heredia, finaliza con esta nota: «La gran artista argentina LINDA THELMA tomó parte en este apropósito interpretando con gran éxito típicas canciones de su país». Machicha, fado y pericón -este último como colofón de la obra y bailado por todas las figuras que se encontraban en escena- son los géneros que se cantan en la pieza, pero es muy probable que Linda Thelma interviniese en el fin de fiesta interpretando, además de canciones folklóricas criollas, tangos, que ya en esta fecha estaban en el culmen de su aceptación popular en la península.

No sabemos si Ermelinda intervino en las ciento doce representaciones, pero lo más probable es que lo hiciese tan sólo en las primeras, pero la escasa duración de la obrilla -alrededor de una hora- hizo posible el combinar esta actuación con otras en el Teatro Cómico, que seguía siendo la sede de la

Compañía de sus viejos conocidos Loreto Prado y Enrique Chicote. Allí intervino con canciones criollas del 16 al 26 de abril. Sabemos que después actuó en París y, tal vez, también en alguna gira por provincias, Portugal u otros países europeos pero el 14 de mayo de 1927 la encontramos en El Teatro Victoria de Barcelona, donde canta en la función de tarde y también interviniendo en la exitosa revista El sobre verde junto a la vedette mejicana Eva Stachino, a la que todavía hoy podemos ver, pues actuó en la película Frivolinas (1926), de la que se conservan algunos fragmentos.

En 1927 anduvo por Nueva York junto a Francisco Canaro y dos años más tarde se radicó en el Perú, donde vivió una relación íntima con el presidente Augusto Bernardino Leguía, que la llenó de lujo. Derrocado por Sánchez Cerro, Linda volvió a Buenos Aires donde su estrella palideció ante la indiferencia del público. Hugo Lamas registró su última actuación en el Teatro Cómico en agosto de 1934.

 Tras dos años de internamiento en el hospital Rawson, donde ingresó el 21 de julio de 1937 con una grave erisipela, moriría en Buenos Aires el 23 de julio de 1939, a causa de una polineuritis. Todavía faltaba una sorpresa. El diario Crítica publicó que en el casi solitario sepelio asistieron sus dos hijos, «que están en la mayor indigencia». Sus nombres: Eduardo F. Silvano y Cecilia Silvano. No se conoce cuando pudo concebirlos ni aparecen en las peripecias conocidas de su biografía. Por su parte, otro diario, La Prensa, la decía nacida en Uruguay y aclimatada en la Argentina. Quizá sea demasiado tarde para abrir este cofre de los misterios, por otro lado tan habituales en el mundo de la farándula.

Carátula del tango que le dedicó Vicente Greco

    N O T A S

[1] José Gobello, Mujeres y hombres que hicieron el tango, Buenos Aires, 1998, p. 19.

   [2]-Ferrer, Horacio A., El libro del tango. Historias e imágenes. Tomo II, Buenos Aires, Ediciones Ossorio-Vargas, 1970.-García Jiménez, Francisco, Estampas de tango, Buenos Aires, Rodolfo Alonso, 1968, pp. 46-48.

    [3] J. Silva Aramburu, Palos-Buenos Aires, Madrid, Sociedad de Autores Españoles, 1926, 16 pags.    [4] Madrileño nacido en 1896 y muerto en 1960. Su primera obra, La fiesta de la alegría se estrenó en el Teatro Martín en 1918, la más famosa, aunque escrita en colaboración, La leyenda del beso, data de 1924. Fue también abogado y concejal del ayuntamiento de la capital.

    [5] Luis Iglesias Souza recoge en su monumental obra más de setenta estrenos de este autor sólo de obras con partes cantadas: Teatro lírico español, Tomo IV, Libretistas y compositores, Diputación de La Coruña, 1996, p. 419.

    [6] V. Dru Dougherty y María Francisca Vilches de Frutos, La escena madrileña entre 1918 y 1926. Análisis y documentación, Madrid, Fundamentos, 1990, p. 382.

BIBLIOGRAFÍA

-GOBELLO, José, Mujeres y hombres que hicieron el tango, Buenos Aires, 1998, p. 19.

-, «Linda, Marina y yo. A propósito de una biografía, Tango Reporter nº 126, noviembre 2006, p. 381.

GONZÁLEZ, Marina, Linda Thelma del cuplé al tango, Buenos Aires, Marcelo Héctor Oliveri, 2006.

-PUCCIA, Enrique H. Intimidades de Buenos Aires, Buenos Aires, Corregidor, 1990.

-SANTOS, Estela dos, La historia del tango, Vol. 13, Buenos Aires, Corregidor, 1078, pp. 2231-2233.

-SELLES, Roberto, «Los cantores pregardelianos» en La historia del tango, Vol. 10, Buenos Aires, Corregidor, 1978, pp. 1667-1668.

-SOSA CORDERO, Osvaldo, Historia de las varietés en Buenos Aires 1920-1925, Buenos Aires, Corregidor, 1978, pp. 290-291.

Algunos datos de este artículo proceden de mi Comunicación Académica nº 1475 que, con el título «Otra estancia de Linda Thelma en España», se presentó en la Academia Porteña del Lunfardo de Buenos Aires el 1 de Abril de 1999.

Primera foto conocida de Linda Thelma

                                                                                                                                           

(Publicado en Aragón Digital, 27 de julio de 2022)

La reciente divulgación, por parte del Gobierno de Aragón, de una lista de aragoneses ilustres, me ha movido a sacar del cajón este artículo que pergeñé hará un año y que todavía no había decidido publicar. Aunque establecer cualquier relación o inventario de este tipo es siempre algo subjetivo, una vez que resolví quienes debían formar parte de ella, pregunté a varias gentes de distinta índole y he de declarar que el resultado final fue muy similar al que yo había resuelto. Creo que una encuesta más amplia llevaría a conclusiones muy semejantes.

Creo que el aragonés más conocido, es decir, más famoso universalmente es Goya. Estimo que en ello habría poca discusión. Sin embargo, el de Fuendetodos no es el más influyente de la historia. Ese título correspondería, sin duda a Fernando II de Aragón, llamado “El Católico”. No parece preciso ser un experto en historia para verificarlo.

A partir de aquí, reconozco que puede haber mayor discusión en el orden. Naturalmente, ofrezco el mío. No se trata de imponer opiniones sino de suscitar la reflexión. Para mí, el tercero en discordia sería Baltasar Gracián, tanto por la excelsitud de su obra, como por la repercusión universal de la misma, especialmente, en países cultos e influyentes como Alemania, Estados Unidos y Francia.

Muy cerca de él, tendríamos a Ramón y Cajal, el único premio Nobel aragonés y cuya obra excede a la importancia del galardón. Lo pionero y la vigencia de su obra científica así lo demuestra. Pero es que don Santiago fue excelso en casi todas las disciplinas y actividades que  acometió y ejemplar en su vida pública y privada. No olvidemos tampoco la calidad de su obra literaria y la clarividencia de sus escritos político-sociales.

He escrito alguna vez que pocos aragoneses han tenido tanto reconocimiento en su propia tierra como Miguel Fleta. Además, en vida, cosa dificilísima en Aragón. Fleta lo alcanzó antes de los treinta años y se ha mantenido durante muchas décadas, a pesar de su temprana muerte y de que en las últimas vaya decayendo. Pero es que, además, el tenor de Albalate de Cinca fue considerado por muchos el mejor de su época y, en ciertas romanzas, algunos siguen considerándolo el mejor de la historia.

En sexto lugar estaría Luis Buñuel, cuya alta valoración sigue siendo universal y es uno de los mayores emblemas del arte que mejor representa al siglo XX: la cinematografía.

El reconocimiento de los enumerados se extiende a toda España. ¿Hay entre sus hombres ilustres mejor rey, mejor pintor, mejor aforista, mejor científico, mejor tenor o mejor cineasta que los seis citados en primer lugar?

Ramón J. Sender vendría a continuación: Periodista y, sobre todo, novelista de raza, sólo Cela podría disputarle el primer puesto en la narrativa de la pasada centuria, ya que Baroja ha podido tener mayor eco pero no calidad literaria. La obra de Sender es muy extensa y, en sus últimos años, desigual, pero ninguno puede presentar un elenco tan amplio de grandes novelas como él, al lado de una muy considerable y valiosa obra periodística.

Alfonso I el Batallador fue quien, con sus conquistas, convirtió al Reino de Aragón en un territorio poderoso e influyente que llegaría a expandirse por el Mediterráneo y tener un protagonismo fundamental en la constitución de la monarquía española y el descubrimiento de América. Naturalmente, desconocemos muchas de sus particularidades, pero las repercusiones de sus conquistas y reinado fueron decisivas.

Miguel Servet, humanista, polígrafo, sabio en muy diferentes ciencias y disciplinas, su mayor reconocimiento de debe a sus escritos sobre la circulación pulmonar pero su influencia en Europa, tras su suplicio y muerte en Ginebra ha sido constante.

Raquel Meller es la única mujer del elenco en tiempos que no eran favorables a su estimación. Ella no fue únicamente, la figura máxima del cuplé, que significó el inicio de la canción popular en España sino que en todo el siglo XX no ha habido otra artista española que tuviera tal repercusión universal en el mundo como artista de la canción y la cinematografía.

Como suele suceder con los mitos, en algunos de ellos no se conoce con seguridad el lugar de nacimiento. Se han discutido los de Fernando el Católico, Alfonso el Batallador y Miguel Servet; la que se muestra como casa de Goya es posible que no sea la suya; Ramón y Cajal, que siempre dijo ser y sentirse aragonés, nació en un enclave administrativamente navarro; a Sender, nacido en Chalamera, en las solapas de muchas de sus ediciones, se le hace oriundo de Alcolea de Cinca, adonde su familia marchó poco después de su nacimiento…

Lo que sí puede parecer sorprendente es que ninguno de ellos viera la luz en las que hoy son capitales de provincia. Todos nacieron en pueblos, tan importantes como Jaca o tan pequeños como Belmonte de Calatayud o Chalamera, lo que podría parecer normal en el Medioevo pero no entre los nacidos tras la revolución industrial.

Belmonte de Gracián. Parroquia de San Miguel
Chalamera. Ermita de Santa María

Otro dato capital es que ninguno de ellos murió en su lugar de nacimiento y solo dos de ellos lo  hicieron en Aragón: Alfonso I, por razones obvias y Baltasar Gracián, por imposición de sus superiores. Esto viene a demostrar lo decisivo que es para el desarrollo individual salir del cascarón y confirma la creencia o la evidencia de que nadie es profeta en su tierra y, mucho menos, en el hipercrítico Aragón. Más triste todavía es que casi la mitad de ellos muriera en el exilio: Servet, Goya, Sender y Buñuel, otra muestra de lo turbulento de nuestra historia.   

Buñuel, que murió a los 83 años, fue el más longevo seguido de cerca por Goya que llegó a los 82, en un tiempo en el que se vivía menos. Fleta, con 40 años, fue quien pereció antes, Sin embargo, morir joven más beneficia que perjudica a los mitos.

Es seguro que esta relación tendrá sus disidentes pero he procurado no ceñirme a mis gustos personales sino a la trascendencia que tuvieron su vida y obra, sobre todo fuera del antiguo reino. Muchos echarán en falta al Conde de Aranda y a Joaquín Costa o José Pignatelli, muy importantes para Aragón, pero menos trascendentes fuera de España. O al Papa Luna, importante por su cargo pero sin una obra a sus espaldas. También apena no incluir a escritores tan extraordinarios como Marcial, Avempace, Miguel Molinos o Braulio Foz y a lingüistas como María Moliner o Lázaro Carreter; a periodistas como Eusebio Blasco o Mariano de Cavia; a músicos como Gaspar Sanz, José de Nebra o los maestros Marquina, Luna, Montorio o Monreal; a artistas como Pablo Gargallo y Pablo Serrano; a cineastas como Florián Rey y Carlos Saura o a científicos como Félix de Azara y Odón de Buen… En fin, que lo deseable sería que asuntos como estos sustituyeran en las peluquerías a los llamados temas del corazón y, en los bares, a las vicisitudes de la Liga y sus pelotoneros.

                                                                        

(Publicado en Crisis nº 21, junio 2022, pp. 28-29)   

    

                               

    Ocupábase en escribir en un cartapacio y, de cuando en cuando, se daba palmadas en la frente y se mordía las uñas, estando mirando el cielo, y otras se ponía tan imaginativo, que no movía pie ni mano, ni aún las pestañas: tal era su embelesamiento…

“Viva el señor que es la mejor octava que he hecho en todos los días de mi vida!”

Y escribiendo aprisa en su cartapacio daba muestras de gran contento; todo lo cual me dio a entender que el desdichado era poeta.

                                                                                “El licenciado Vidriera” (Miguel de Cervantes)

Gran cantidad de personas cree que la profesión de escritor es algo brillante, divertido, con eco social. En realidad el adjetivo que le cuadra es el de humillante. Al menos, en este país, el que más conozco.  El personal te pregunta por lo que estás escribiendo con menor interés que por la caries de tu gato o, si acaso, con la esperanza de escuchar una excentricidad o que no se te ocurre nada. Cuando realmente publicas algo, escucharás frecuentemente: “¡A ver cuándo me lo regalas!”. Ellos y tú sabéis que los libros regalados son los que menos se leen. Nadie aprecia lo que le sale gratis. Otra cosa es que, por cualquier episódica circunstancia, salgas en televisión. Durante unos días gozarás de la sonrisa, complicidad y admiración de vecinos, amigos, camareros y proveedores. Pero jamás se interesarán por lo que dijiste. Lo importante es el “Te vi” (TV). No te vieron, vieron TV. Sí alguien sale en la tele, es que existe. Si yo conozco al que aparece en pantalla, existo también. Es lo mismo que el argumento fotológico de Gómez de la Serna: “Hágase una foto, si sale Vd. es que existe”. Lo contaba muy bien Fernando Savater: Caminando por la Gran Vía, una señora se le acercó, señalándole hasta hundirle prácticamente el dedo en la nariz, mientras proclamaba: “¡¡La tele!!”.

En un país en el que nadie escucha a nadie, debería parecer problemático que alguien se gastase los dineros para ver qué cosas publica otro pero, quizá sea porque alguno piensa que lo que está escrito parece más interesante o por lo que decíamos al principio: ser escritor suena bien. Tal vez por ello, en los últimos tiempos, catervas de individuos sin condiciones se han puesto a intentarlo. El que la lengua sea el medio habitual de comunicación piensan que les faculta para usarla y ser conceptuados como escritores, como artistas. Si les explicas que una cosa es ser escritor y otra escribiente, recurres a Valle-Inclán para recordar que la democracia no excluye las categorías técnicas o indicas que disciplinas más humildes requieren un largo aprendizaje, serás tildado de fascista –ese saco sin fondo- y de nada te valdrá defender tu condición de experto académicamente acreditado en la materia. Un arquitecto, un músico, un médico, un cineasta… necesitarán de cierto aprendizaje, pero parece que profesar de escritor sólo exige manejar  una lengua. Aunque  ese “manejar” estribe en utilizar continuamente el adjetivo “sofisticado” o  el suplementado “muy especial”, el verbo “decantar”,  la estólida expresión adverbial “a día de hoy” o el galicismo “poner en valor”.

Es verdad que publicar hoy es más fácil a causa de la edición digital, las redes sociales y la proliferación de editores que no pagan sino que cobran al escritor, con lo que la humillación se convierte en merecida. Es verdad que la insensibilidad estética de muchos que se dicen editores y la ley en vigor –los editores no aceptaron de ninguna manera el primer proyecto de ley que les obligaba a numerar los ejemplares impresos, como se hace en otros países hispánicos, con lo que paladinamente reconocían su intención de engañar- les permite abonar los derechos que les venga en gana. Es verdad que la crítica literaria independiente ha desaparecido de los suplementos culturales que, a su vez, muchos periódicos han suprimido y, cuando no, adelgazado.

En cuanto a la asignación por el trabajo, al escritor muchas veces se le pide un artículo, un trabajo, una charla, un pregón, sin preguntarle cuál es su minuta. Cada vez con más frecuencia, incluso las instituciones. Lo que demuestra un absoluto desprecio por su trabajo y por su función.

En cuanto al mundo de las primeras figuras, cuya condición parecería permitir cierto grado de independencia, sucede exactamente al revés: una opinión, declaración o escrito –no digamos, un acto- opuesto al pensamiento dominante le puede suponer el anatema, el estigma imborrable, la exclusión social, lo que ahora llaman y ejercen: la cancelación. Observando las páginas de la prensa nacional más leída, es obvio que nadie se atreve. Habrá, sin duda, algunos escritores verdaderamente independientes pero habrán abandonado cualquier esperanza de que los medios o editoriales dominantes les presten alguna atención.

La irreverencia de que tres escritores utilizaran un seudónimo femenino para publicar y ganar el premio Planeta ha sido ya urgente y rotundamente denostada por quienes comen del establishment. Ellos han pedido perdón y la editorial se ha beneficiado de la “transgresión”. Aunque debe de haberlos, no conozco a escritores que se hayan negado a recibir el Premio Planeta cuando les ha sido ofrecido, siempre antes de reunirse los jurados designados para otorgarlo. Incluso los ha habido que han censurado que lo recibiera otro y, años después, se han apresurado a recogerlo. Así, Vázquez Montalbán, que puso como no digan dueñas a Sender por recibir el galardón en 1969, y diez años más tarde lo recogía él y, por cierto, con un monto económico más sustancioso y el aplauso común de quienes se lo habían negado al aragonés.

Como antes la Academia recogía obispos y militares, –sería ilustrativo contar los elegidos durante la Dictadura- ahora recoge demiurgos mediáticos, cuya inserción en la literatura es tan ilusoria como su independencia de criterio. Juan Luis Cebrián o Luis María Ansón en la RAE son una afrenta para quienes los nombraron y para quienes comparten sitial con ellos.

En 1927 la revista La Esfera realizó una encuesta preguntando a diecinueve de los escritores más conocidos de la época quiénes debían ocupar los dos sillones vacantes en la Academia. El vencedor resultó Ramón Pérez de Ayala, un autor bastante muermo, y, en segundo lugar, quedó Antonio Machado. Para vergüenza de sus contemporáneos, Valle-Inclán fue el octavo. Por entonces mandaba en España el general Primo de Rivera. Finalmente, los elegidos fueron Machado y Leopoldo Eijo Garay, arzobispo de Madrid-Alcalá que, años después, fue quien dispuso que Franco acudiera a los actos religiosos bajo palio.

Hoy como ayer, no; peor que ayer: Simpatizantes de quienes “okupan” el Gobierno de España proponen para Premio Nacional de Literatura a Mikel Antza, alias de Mikel Albisu, jefe de ETA entre 1993 y 2004, quien impulsó la ponencia Oldartzen que postulaba la “socialización del sufrimiento”, es decir, matar no sólo a militares y policías sino a cualquiera que no compartiera sus tesis u objetivos, lo que lograron, incluso, eliminando correligionarios.

Los franceses hicieron cumplir a este sujeto diez de los veinte años de cárcel a los que se le condenó. Entregado a España en 2019, se obviaron sus causas pendientes. Habrá, pues, que premiarlo para quedar como buenos demócratas y antifascistas, no vaya a ser que, cuando puedan, nos apliquen de nuevo la socialización del sufrimiento.  

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(Publicado en Turia nº 143, junio-octubre 2022, pp. 327-342).

En 1895 se fundaba en Madrid la Asociación de la Prensa. Entre sus 173 miembros figuraba con el número 67 una mujer, Jesusa Granda, la primera periodista española con argumentos burocráticos para ser catalogada como tal. Once años más tarde, Atocha Ossorio y Gallardo, fue la segunda y la sí justamente famosa Carmen de Burgos “Colombine” fue la quinta (1907). Poco después, se incorporaría una zaragozana, Cecilia Camps Gonzalvo, que llegaría a la profesión tras la muerte de su marido.

A partir de entonces, Cecilia Camps incurrió en la narrativa[1] con exitosa recepción crítica. Además de sus artículos, publicó en la prensa cuentos, poemas[2] y, asimismo, estrenó una comedia[3], con lo que también fue una de las primeras mujeres en pertenecer a la Sociedad de Autores. Tras figurar durante poco más de un lustro en el candelero, su actividad se fue disipando hasta desaparecer, como desapareció su memoria. Sin embargo, puede considerársele como una de las protofeministas españolas, aunque el aluvión de hogaño no haya arrastrado su nombre hasta las prensas, si exceptuamos la mención siguiente:

A su vez, con el artículo «La mujer desaparece», publicado en la revista Mundo Gráfico, la periodista Cecilia Camps (1914) definía a sus compañeras de género que militaban en el feminismo como «energúmenos con faldas”, además profetizaba la génesis de un nuevo ser, imposible de catalogar: “cuando el feminismo haya arraigado de lleno en todas partes, las mujeres, que habrán adoptado francamente la indumentaria masculina, [. . .] entonces surgirá un nuevo ser, ni macho ni hembra, que yo brindó a mi ilustre paisano, el académico de la lengua por derecho propio, Mariano de Cavia, para que lo clasifique y dé nombre adecuado. El narrador, jurista y crítico literario Eduardo Gómez Baquero,  que firmaba con el seudónimo de Andrenio, bautizó a estos “míticos seres” como mujereshombres, ya no era ni macho ni hembra, como auguraba la redactora Cecilia Camps, sino ambas cosas en una sola[4].

Cecilia Camps había nacido en Zaragoza el 14 de junio de 1877. Era el sexto vástago del matrimonio entre Oscar Camps y Soler (Alejandría 21-1-1837-Manila, 1899) y la aragonesa Vicenta Gonzalvo. En la media docena sólo figuraba un varón.

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Oscar Camps y Soler fue un músico bastante conocido en la España de las últimas décadas del siglo XIX. Hijo de un cónsul que ejerció en Alejandría, además de su labor en la enseñanza, editó partituras, dio conciertos y su firma fue frecuente en la prensa musical del país. Alumno del Real Conservatorio de Nápoles, como constaba en sus tarjetas, debió de llegar a Zaragoza en 1871 y en seguida comenzó a impartir clases de música en su casa de la calle Cerdán nº 20, a la que se acababa de arrebatar su clásico nombre de La Albardería. Ya en 1858 había actuado en Zaragoza con éxito y en ese mismo 1871 dio un concierto en el Casino monárquico-liberal, donde también intervino una hija suya de corta edad. Fue hombre de iniciativas y polémico que en 1872 se separó  de la Academia Musical zaragozana y en 1873, al abrigo de la situación política, compuso un “Himno republicano para piano”. En 1875 abrió otra academia con más pretensiones (Academia musical y de Lenguas para ambos sexos) en el número 12 de la calle Prudencio. Ese mismo año fue nombrado profesor en las Escuelas Municipales, donde su deseo de lograr una enseñanza más profesional le granjeó enemistades y problemas.

Cecilia nació en 1877, con lo que debió de tener una formación intelectual más refinada que la mayoría de las mujeres de su tiempo. Su padre trató de trasladarse a Barcelona pero, finalmente, encontró posibilidades en unas islas Filipinas, ya en abierto conflicto con la metrópoli. Allí permaneció veinte años en los que publicó más de mil trabajos en El Comercio de Manila e influyó en los gustos musicales del país.

Por tanto, Cecilia pasó casi toda su niñez y adolescencia en la capital filipina hasta su temprano casamiento con Fernando Perdiguero Iriarte, abogado y agente de negocios también afincado en las islas. El 15 de noviembre de 1895 nace en Manila su primer hijo, Fernando. Pronto, los acontecimientos bélicos forzarán a la familia a regresar a Madrid sin haber obtenido los réditos económicos que esperaba. Allí, el 13 de abril de 1898, vería la luz la segunda hija a la que se puso el nombre de Esperanza. Los buenos augurios del nombre no se cumplieron y Fernando Perdiguero fallecía en febrero de 1905. Cecilia quedó con una pensión de 800 pesetas, por lo que en 1907 hubo de trasladarse al 2º izquierda de la calle Raimundo Lulio 1, vivienda por la que pagaba un duro al mes.

Muy pronto se manifestó su vocación. El primer testimonio que he hallado es una carta a Cansinos-Asséns, que firma junto a su amiga Rafaela González, reprochando al escritor un artículo en el que elogiaba a la mujer yanqui por “el formidable encanto de la complejidad de su carácter y la energía de su belleza”. El 15 de septiembre de 1908, Cansinos les contesta con un suelto en La Correspondencia de España, que tituló “Fémina”, donde, elegantemente, les señalaba que su escrito aludía a las que carecían de esas virtudes, que no eran precisamente ellas, como le demostraba su carta.

Será poco después cuando aparecen las primeras colaboraciones de Cecilia en la prensa. La primera que he podido encontrar, con el título “¡1º de Mayo!”, se publica en Heraldo de Alicante (4-5-1909) y corresponde a un trabajo que le fue solicitado por el Centro Obrero de la ciudad levantina para ser leído en los actos organizados el Día del Trabajo. Pocos días después, llegará a la prensa madrileña: España Nueva, El Liberal y periódicos de provincias acogen sus artículos, casi siempre de temas femeninos, que irían evolucionando desde posturas moderadamente conservadoras hacia las más reivindicativas. Por entonces, Cecilia consideraba que el lugar de la mujer era el hogar y, sólo su espíritu de sacrificio y las injustas condiciones sociales del país la obligaban a trabajar en el taller o la fábrica para colaborar en la supervivencia familiar.

La mujer ha nacido para el hogar, en él y no en las aulas y los laboratorios, tiene su puesto y su misión. El hogar hace la familia y el hogar es el que forma la base de la sociedad, y mal puede atender al hogar la mujer que pasa la mayor parte del tiempo fuera de él o entregada al estudio de cosas ajenas completamente a su misión.

Ella siempre abogaba por la necesidad de ilustración para mejorar el bienestar espiritual y el estatus femenino. En el artículo “Charitas” (Heraldo de Alicante, 9-VI-1909) utiliza como ejemplo de esa necesidad un suceso acontecido “en uno de los pueblos más populosos de España”:

…un formidable alboroto promovido por un numeroso grupo de mujeres del pueblo, que, amotinadas y furiosas, trataban de hacer pedazos un rótulo que un empleado del Ayuntamiento colocaba en una esquina cambiando el nombre de la calle y, quizá, si las hubieran dejado, al infeliz obrero que lo colocaba.  Es el caso que dicho letrero decía Zorrilla y las buenas vecinas de la calle, ignorantes completamente de que esto quisiera decir un nombre y más, todavía, de que este nombre fuera de un inmortal poeta español, juzgaban un insulto o, cuando menos, una broma pesada aquel letrero y de ahí su indignación.La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es zamacois-eduardo-portada-de-fr%C3%ADo.jpg

En seguida, Cecilia se lanzará también a la narrativa. El primero de sus títulos publicados, Alma desnuda (bocetos), obtiene una excelente acogida. El volumen recoge catorce cuentos, con la introducción de una figura como Eduardo Zamacois, entonces ya en la cumbre de su carrera como narrador y periodista de prestigio, y el comentario final de un emergente Emiliano Ramírez Ángel, que escribe allí:

Hay páginas que denuncian el espíritu proteico, gallardo y alucinante de la mujer. Una mujer brava, saludable, «sui géneris», que, dentro del vasto perímetro de la tendencia naturalista, ha tenido la generosidad —yo me atrevería a llamar «impudor literario»— de ofrecernos páginas que parecen confidenciales. Cecilia Camps escribe en una prosa fluida, opulenta, sin esfuerzos y tocada de cierta volubilidad conductora. Sabe sintetizar y pasa, como una sombra, como una caricia, sobre las pasiones y paisajes que va analizando… otra faceta harto interesante del espíritu de Cecilia Camps (…) es la compasión. He aquí la más alta ejecutoria de toda literata tan sensitiva, tan franca como Cecilia, que da «calor» y personalidad a su libro.

El volumen hubo de aparecer a principios de 1910, pues el 30 de marzo, ya se publica en el madrileño El Globo una reseña firmada por Fernando Urquijo:

¿Quién es Cecilia Camps? Por lo visto una escritora ingenua, un espíritu emancipado de lo convencional que o ha vivido mucho o ha visto la vida cara a cara. En Alma desnuda hay tersura de estilo, técnica de forma pero, sobre tales méritos en la elocución, sobresale la tersura ideológica (…) Nos seduce, se adueña de nosotros cuando la leemos porque se nos ofrece no solo como artista sino como hembra, hasta tal extremo , que tenemos envidia de aquel Federico, que en la quimera novelesca la poseyó.

Es patente que la condición femenina de la autora llama la atención de los comentaristas, lo mismo que el desnudo artístico de la cubierta. El propio Fernando Urquijo se pregunta con indisimulada lascivia “¿Será ella?”. El caso es que la obra, siendo primeriza, cosechó numerosos comentaristas. Nuevo Mundo empieza su comentario  reconociendo ese interés: “Gran curiosidad despierta siempre un libro que lleve al frente el nombre de una mujer. Esta vez la curiosidad no terminará en decepción”, para terminar asegurando: “Cecilia Camps es una fuerte y valiente escritora, sin dejar de ser una mujer delicada”. Tópicos, como se ve, pero que nos sitúan en un tiempo en que lo femenino sigue tan desconocido como atrayente y muchos varones buscan en estos libros el “misterio” que rodea el alma de la mujer, velado por la represión y la falta de contacto desprejuiciado entre ambos sexos.

Finalmente, escribe F. Gonzalez-Rigabert en la revista Ateneo (Enero-Junio 1911):

 …es un libro hecho con pedazos de vida, de esta vida nuestra de odios y pasiones, de ambiciones y envidias (…) cruel y amargo disputar, que lleva a los individuos al cansancio del ideal y de la existencia. Cecilia Camps, se nos muestra punzante a ratos (…) y a las veces frívola.

Mientras siguen apareciendo reseñas del volumen, en junio de 1911 Cecilia publica su primera y única novela, Lo que ellos quieren, que también obtuvo una gran atención crítica y muy buenos auspicios. El Globo concluye que la autora “ha hecho brillantemente su entrada en el campo de la novela (…) A las letras españolas espera una gran novelista”, aunque antes había criticado su adscripción al “afrancesado género naturalista, tan en boga y tan al uso”.

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Por su parte, La Mañana sostiene que “la novela cautiva al lector con sus atinadas observaciones y desfile de personajes admirablemente dibujados”. Y, así, todas las reseñas que he podido consultar coinciden en la bondad del producto, lo que no era de cumplimiento obligatorio en las publicaciones de la época.

Escrita con soltura y dinamicidad, Lo que ellos quieren es un mosaico de la vida madrileña de su tiempo, con especial acercamiento a lo erótico-sentimental, aspecto en el que coincide con muchos títulos de esta época. Nos presenta un matrimonio de la pequeña burguesía, con el condimento de la infidelidad de uno frente a la frialdad, mojigatería y aburrimiento de la esposa, cualidades que desaparecen cuando un amigo suyo la requiere de amores. Abunda el costumbrismo de salón aunque con observaciones siempre inteligentes y descripciones muy ajustadas. Parece que la intención principal de la novela es tanto lamentar la educación femenina como justificar la infidelidad de la esposa por el desapego e infidelidad del marido. La novela termina un poco abruptamente sin dar salida al conflicto argumental.

La cuestión del  matrimonio, que preocupó -y mucho- a los narradores franceses con Balzac a la cabeza, se revitaliza con el Naturalismo y en los primeros años del siglo XX es leitmotiv para autores como Joaquín Dicenta o Felipe Trigo. Y, por supuesto, para las escritoras españolas, desde Concepción Arenal hasta llegar a la Pardo Bazán y Colombine. En La mujer del porvenir, la primera de ellas ya avisaba de que la ignorancia y ociosidad de la mujer perturba notablemente la paz que debe existir en el matrimonio, pues ambas cosas engendran ensueños quiméricos que los maridos no pueden realizar: “El hombre, abandonando su orgullosa presunción de más fuerte y más sabio; la mujer, despojándose del fingimiento y de la astucia tan asequible a su flaqueza corporal”.

Cecilia Camps prosigue en esta novela lo que es obsesión en sus artículos de prensa: la necesidad de educación en la mujer, no sólo en su beneficio sino en interés de la pareja y de la sociedad. La perfecta casada de Fray Luis es una obsolescencia y la mujer ha de vivir la vida y compartir con el hombre la vida del espíritu y la de los sentidos. Eso no lo sabía Araceli, la protagonista, y lo ha de experimentar y aprender dramáticamente a través de su vivencia. Lorenzo Vargas se casó con ella para disponer de una esposa dulce, pacífica y amante que sustituyese la falta de cuidados que notó al morir su madre y huyendo de la insufrible pensión. Pero él es un hombre libertario que, a los pocos meses, se fatiga de la pudorosa ñoñería de su pareja y de su formalidad y santidad soporíferas. “Lo que para un razonable esposo hubiera constituido la suma aspiración, para él constituía un enorme martirio” -escribe Juan Pallarés en su reseña de El Globo– y comienza a entregarse a  devaneos, viajes  y aventuras, mientras  Araceli sueña con amores de redención. 

Los tipos y caracteres están retratados con fiel y difícil naturalidad. El ambiente responde a lo que bien conocemos de la época. Interesan especialmente los espacios en que se desarrolla: el Gran Teatro, donde se baila garrotín, el Teatro Príncipe Alfonso, el Café Nuevo Levante, donde tertulia un grupo de literatos, con nombres fingidos que son descritos con un lenguaje suelto y coloquial. Entre ellos, Eduardo Zamacois y Emiliano Ramírez Ángel, sus escuderos en el primer libro. Descubrimos también detalles expresionistas: las gallinas picoteando la pierna amputada de Iturralde, uno de los personajes (p. 183).

José Luis, otro amigo, dice a Lorenzo, encolerizado porque cree en la traición de su mujer: “las mujeres no son otra cosa que aquello que nosotros queremos hacer de ellas” (p. 218). Y poco  después: “Tomar mujer para hacer de ella una concubina destinada a cuidar nuestra hacienda, a soportar todas nuestras infidelidades, a ser puerto y refugio de nuestros desengaños o de nuestros hastíos no sólo me parece un crimen sino también un gran peligro” (p. 219).

Es curioso que, tras estos dos éxitos, la actividad de la narradora sufriera un parón, al parecer, definitivo. Es posible que tuviera que ver con la operación quirúrgica a que fue sometida en enero de 1912, ya que su nombre desaparece casi totalmente de la prensa durante todo el año. En 1913 aparecen sendos cuentos en el republicano El Radical[5] y El Liberal y ella retoma su actividad periodística pero en 1915 vuelve a desaparecer del papel impreso.

Desconocemos las particularidades de su peripecia pero es lícito pensar en problemas de salud o personales que influyeran en su alejamiento de la escritura. Sin embargo, en enero de 1916 reaparece como creadora estrenando en el Teatro de la Zarzuela la comedia El Gran Guignol, con Nieves Suárez como protagonista. Los diarios hablan de “éxito muy estimable”, “éxito grande y merecido” ”se revela como dramaturga” y El Globo elogia sus cualidades de narradora que “se consolidan y aumentan en la comedia ayer estrenada, que  por su factura, por la hábil disposición de la trama, por la soltura y belleza del diálogo parece más bien obra de un experto y consagrado comediógrafo y no el primer ensayo de un principiante”

De nuevo se trata de una denuncia de los convencionalismos y la hipocresía social en el ámbito de las relaciones amorosas, poniendo en solfa las pasiones, los prejuicios, las dotes, la virginidad o la honra, de forma más directa y demoledora que en sus textos anteriores. Según Heraldo de Madrid, “el público aplaudió vivamente las escenas en que la autora muestra con valentía su espíritu antirreaccionario y liberal”. Otros hablan de “la independencia de pensamiento”, mientras que, desde el otro lado, en El Apostolado de la Prensa, P. Caballero escribía:

Una de las pocas comedias españolas escritas por mujeres. Doña Cecilia Camps se propone en esta obra resolver en sentido absolutamente libertario el conflicto conyugal en el caso de “no comprensión” del uno y de la otra. La mujer casada se va con el amante y nada más…

La tesis de la obra de la señora Camps es tan vieja como el adulterio, y tan despreciable y reprobable como él. (…) Dª Cecilia acabará por comprender, así lo deseamos, que hay mucho que zurcir, y mucho que guisar y mucho que planchar en las casas, dicho sea con todo respeto.

No extraña la aversión de la Iglesia a la autora, que escribía en El Radical y en El Motín, proclamaba la necesidad de la enseñanza  laica y había escrito en Lo que ellos quieren: “…la mano de la Iglesia, fría, dura, implacable, enemiga de la vida y de los impulsos” (p. 95).

Pese a que Cansinos-Asséns en La Nueva Literatura (1917: 226) enumera a Cecilia entre las literatas de la “pléyade más reciente”, junto a Gloria de la Prada, Alcaide de Zafra, Concha Espina, la señorita Castellanos y Gertrudis M. Segovia, su figura volverá a oscurecerse, si exceptuamos la dirección, asumida en enero de 1916, de la efímera revista quincenal, Ideal Fémina, de presentación lujosa y esmerada pero sin colaboradores de prestigio.

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Cansinos ya se había pronunciado sobre el inicio editorial de la autora: “Cecilia Camps, que ha escrito un libro admirable, Alma desnuda, maculado lastimosamente por una portada de novela erótica”.  La recordará en el tercer tomo de La novela de un literato, escrito muchos años después y publicado todavía más tarde (1995):

Barberán, ese redactor de El Liberal, que quería hacerme una interview y me pedía unas pesetas para los gastos del fotograbado del retrato… Lo he mandado a paseo, naturalmente… ¡A qué extremo han llegado esos periódicos!…

¡Barberán! –evoco yo-. ¿No era ese aquel periodista que le hacía la corte a Cecilia Camps y la tiranizaba y despojaba? ¡Qué notable cómo va uno recogiendo pedacitos de historia!… Su antiguo amante ha venido a parar en la bohemia hampona, miserable e indigna… ¿Y ella? ¿Qué habrá sido de ella, Mi amada epistolar?… Y me estremezco al pensar que habrá muerto o será una señora anciana con el pelo blanco, ya que en aquel tiempo casi podía ser mi madre… ¡Oh, indecible tristeza de los epílogos!

Como trasluce el texto del sevillano, Cecilia se había ido difuminando para finalmente desaparecer. En los años veinte encontramos esporádicas colaboraciones en revistas infantiles como Chiquilín y algunas de moda femenina. También, la traducción de una novela: La casa sombría de Philine Burnet. A través del diario La Libertad, sabemos  que en enero de 1925 es madrina en la boda de su hija Esperanza con Mateo Ferrero González, “notable pintor”. Y, por Heraldo de Madrid, que su hijo Fernando matrimonia en febrero de 1929 con Rosario Pérez Cortell. Con el seudónimo “Menda”, Fernando Perdiguero alcanzó cierta fama como caricaturista, escritor y periodista. Debió de estar en el bando perdedor de la guerra pues la necrológica de ABC, nos informa de que fue condenado y, en 1947, indultado.

La última mención de Cecilia que he podido encontrar corresponde a 1931. Es su traducción de La gran conquista de la serpiente de mar, novela de aventuras de Burnet y Conteaud, publicada por Editorial Juventud. Diez años más tarde fallecería en Madrid.

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Ahí desaparece la estela literaria de una autora que, no sólo por la calidad de su producción narrativa sino por la significación histórica y sociológica de su articulismo, que reclama una antología, merecería un lugar en el ya nutrido mosaico  de las precursoras en la lucha por modificar el estatus de la mujer en la sociedad española.

Finalmente, se incluye El cinematógrafo, un cuento breve que, junto a Tempestad, del consagrado Felipe Trigo y Contrabando, del denostado bohemio Dorio de Gádex  (Antonio Rey Moliné), hace el número 15 de la colección Cuentos Galantes y fue publicado el 6 de septiembre de 1910, entre la aparición de sus dos libros de narrativa. Esta rara colección de novela corta, que alcanzó 55 números entre mayo de 1910 y junio de 1911, merecería un detenido estudio tanto por la importancia de sus colaboradores, como por los contenidos, frecuentemente heterodoxos, que acogía. Tanto por su tema, tan propio de aquellas calendas en las que la gente, en vez de distraerse mirando las pantallas del móvil, ordenador o televisor, lo hacía mirando por la ventana, como por su escritura, el texto de Cecilia Camps resulta tan sugestivo, que he decidido incluirlo como apéndice de este trabajo.

                                                                        NOTAS

[1] Alma desnuda (bocetos), Madrid, Pueyo, 1910. Prólogo de Eduardo Zamacois. Comentario de Emiliano Ramírez Ángel.

[2] Lo que ellos quieren (novela), Madrid, Martínez de Velasco, 1911.

[3] La única mención a sus poemas que he encontrado: Eduardo Martín de la Cámara, Cien sonetos de mujer, Madrid, Gráfica Excelsior, 1919.

[3] Gran Guignol (comedia en tres actos) estrenada en el Teatro de la Zarzuela el 14-I-1916.

[4] Sonia Reverte Bañón, Dossiers feministas, 5, “La construcció del Cos: una perspectiva de gènere”,  pp. 141-142.

[5] Javier Barreiro, “El Radical visto por Javier Bueno”, Clarín nº 132, noviembre-diciembre 2017, pp. 18-23. https://javierbarreiro.wordpress.com/2018/01/14/el-radical-visto-por-javier-bueno/

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EL CINEMATÓGRAFO

 

Daban las siete en el reloj de las Clarisas cuando los tres amigos salían del café de la Manigua, situado en la calle de Estrella.

Parados en la puerta, mientras Solís daba un encargo a un camarero, Méndez y Requejo pasearon la mirada por la estrecha y tortuosa vía buscando una cara conocida; no vieron a nadie. Los vecinos del viejo poblachón preferían quedarse en casa, aligerados de ropa, a ir sudando por las calles, ellos embutidos en el incómodo cuello almidonado, y ellas oprimidas por el martirio torturador del corsé.

        – Uf, vaya un calorcito! La piedras echan lumbre materialmente –exclamó Requejo abanicándose con el jipi el rostro sudoroso y congestionado.

Méndez no le contestó. Tenía puesta toda su atención en una ventana de enfrente, donde acababa de aparecer la figura de una mujer morena, de formas opulentas, que se marcaban firmes y bajo la urdimbre transparente de una flotante bata veraniega.

  • ¡Vaya una hembra!… ¿Quién será el pedazo macizas de bruto que…?
  • ¡Pehs!… –murmuró desdeñoso Requejo. –Eso es una vaca… Con un cuerpo así no hay refinamiento posible. Donde esté una mujer ágil, flexible… ¡Hombre! – añadió cambiando de tono; -las de Soto… por ahí vienen… ¡Y menuda mano de pintura que se traen las gachís!
  • ¿La pequeña se casa al fin con Manzano?…
  • Eso dicen. Por cierto que harán buena pareja: él tan largo y ella que apenas le llega a la cintura.
  • Como decía Concha Ortiz la otra noche con mucha gracia: “Ese hombre va a ser viudo de medio cuerpo para arriba”…

Los dos rieron. Solís se despedía en aquel momento de su interlocutor.

  • -Andiamo –dijo reuniéndose a los dos amigos.
  • – ¿Dónde vamos? –preguntó Méndez. –Podemos ver un vermú…
  • -¡Quita allá!… ¡Con este calorazo meterse en un horno!…
  • Vámonos a mi casa – apuntó Solís, – mi mujer nos preparará un refresco y podremos charlar en mangas de camisa hasta la hora de cenar.
  • Muy bien pensado.
  • Pero que muy bien.
  • Pues vamos allá.

Echaron calle arriba, andando despacio, saludando aquí y allí a los conocidos que encontraban sentados a la puerta de las cervecerías o sosteniendo con las espaldas los escaparates de las tiendes de lujo.

Solís tenía su vivienda al final de una calleja estrecha y sombría. Frente por frente a sus balcones se alzaba la enorme mole de un convento de franciscanos, cuyos muros altísimos arrojaban sobre las casas fronterizas una gran mancha oscura y triste.

  • Llame usted a la señorita Isabel –ordenó Solís a la criada que les abrió la puerta.
  • La señora salió temprano, y no ha vuelto aún… Dijo que iba de visitas.
  • ¡De visitas!… Pues ya tenemos para rato. Las mujeres, en cuanto se reúnen para murmurar, pierden la noción del tiempo; bueno, es igual. Llévenos usted al despacho vasos, un limón, agua fresca y azúcar. ¡Ea, adentro!

Y precediendo a sus compañeros, los tres penetraron en el despacho, donde no tardó en aparecer la sirviente con una bandeja, en la cual traía todo cuanto su amo habíale pedido, y un minuto después, éste, en mangas de camisa, preparaba el refresco con la parsimoniosa gravedad que ponía en todos sus actos.

Requejo, que también se había despojado de la americana, sentado ante la mesa ministro, hojeaba una revista ilustrada, después de haber encendido la luz, porque ya era de noche completamente.

De pronto, Méndez, que se había asomado al balcón, se volvió sonriente, llamando por señas a sus compañeros.

  • ¡Chit!… Venid, venid pronto…

Requejo dejó caer la revista, y Solís, limpiándose las manos, húmedas por el zumo de limón, emprendió también su tarea.

  • ¡Qué gracia tiene! ¡venid pronto! – repetía Méndez.La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es camps-cecilia_el-cinematografo-ilust001.jpg

Llenos de curiosidad, se acercaron los otros dos al balcón.

  • ¡Calla, un cinematógrafo!
  • ¡Películas al aire libre!
  • Callad, y miremos, que la acción promete ser interesante.
  • Tú, apaga la luz; no vean que les observamos.

Dieron vuelta a la llave, y envueltos en la oscuridad de la noche sin Luna, quedaron agrupados junto al balcón, sin moverse ni respirar siquiera, atentos sólo a lo que veían sus ojos.

Ante ellos se alzaba, blanqueado y liso, el paredón del convento, en el centro del cual aparecía perfectamente dibujado un balcón, que debía estar debajo precisamente del que ocupaban los tres amigos. El cuarto al cual pertenecía el balcón hallábase iluminado, y la luz, lanzando sus reflejos al paredón, proyectaba en él todo cuanto pasaba en el interior de la estancia, dando la ilusión de un cinematógrafo tosco y deficiente.

Dos siluetas se movían ahora, accionando como si discutieran acaloradamente. Eran un hombre y una mujer. Esta llevaba un enorme sobrero, adornado con una gran pluma flotante, que se balanceaba al menor movimiento, tomando proporciones gigantescas cada vez que su dueña, al hablar, se acercaba más o menos a la luz.

  • Oye… ¿Quién vive ahí abajo? – preguntó Méndez a media voz.
  • No le conozco. Sé solamente que se llama Pérez y vive solo. Se ha mudado hace poco.
  • ¿Pero es soltero?
  • Así creo; por lo menos ni criada tiene…
  • Entonces… esa mujer…
  • Figúratelo…
  • Callad, callad, que esto se anima.

Efectivamente; la escena íbase haciendo interesante: las dos sombras, unidas ahora, se confundían en la pared en una gran mancha borrosa. Una mano, que no se podía precisar de cuál de los dos era, echó mano al sombrero y lo desprendió de la cabeza de ella, no sin trabajo, a juzgar por el tiempo empleado.

  • Malo –dijo Solís– empieza el aligeramiento de prendas.
  • Mira, mira… Él va a ponerlo por ahí…; ya vuelve…
  • Ahora le coge una mano…; ella la retira…; dice que no… Es una virtud.
  • ¡Anda, tonta!… ¡Si lo estás deseando!… A qué, si no, has venido a casa de un soltero… sin criada.
  • ¡Atiza! … ¡Qué bárbaro! Ese tío nos está poniendo los dientes largos.
  • Ella se enfada…; quiere irse… ¡Anda, panoli, cógela!… ¡Que se te escapa!… ¡Anda con ella!

Solís, entusiasmado, mientras arengaba a la sombra, seguía la pantomima lleno de interés, enardecido por las escenas que presenciaba.

  • ¡Esto es graciosísimo! ¡Es notable! – repetía alborozado. – No se van a reír poco cuando lo contemos mañana en la Peña.

Entretanto, las figuras iban y venían ya juntas, ya separadas, tomando sus siluetas en la pared, por un fenómeno óptico, las formas más grotescas e inverosímiles. Las cabezas, unas veces puntiagudas, se alargaban otras hasta llegar a tener igual dimensión que los cuerpos deformados ridículamente, y los brazos, larguísimos, terminados en manos enormes, se movían como las aspas de un molino. Ahora las sombras, muy juntas, permanecían inmóviles. Seis ojos acechaban el menor movimiento.

  • ¡Ay!… ¡Ahora se dan un beso!… ¡Otro! … La fiera parece que se amansa.
  • ¡Andad, hijos, aprovecharos!…
  • ¡Duro, duro, que el tiempo es corto!…
  • Señores – declaró Méndez: – yo me voy a tomar mi refresco. ¡Me ahogo!… Estas escenas me ponen malo.
  • Pues lo que es yo no dejo mi sitio por nada del mundo. Quiero ver en qué para esto.
  • Y te lo puedes figurar.

Las siluetas se separaron al fin, y una, la del hombre, se acercó al balcón y cerró las maderas.

La algazara subió de punto en el observatorio.

  • ¡Señores, sesión secreta!
  • ¡Ya vimos bastante!
  • ¡Buen provecho, amigos!

Riendo, metiéronse dentro, comentando satíricamente el suceso, mientras tomaban sendos vasos de agua de limón.

  • ¡Qué lástima! Han cerrado a lo mejor.
  • Por supuesto, que hay que averiguar quién es ella.
  • ¿Pero cómo?… La noche está tan oscura, que desde el balcón …
  • Muy sencillo: salimos a la escalera, y cuando se marche …
  • ¡Es verdad!
  • Pues veamos, antes que se nos escape.

No tuvieron que esperar mucho: unos minutos después sonó la puerta del cuarto bajo, y un discreto cuchicheo llegó a los oídos de los tres curiosos; pero no lograron entender una sola palabra, ni conocer tampoco la voz de la misteriosa desconocida.

El cuchicheo cesó a los pocos instantes; cerróse la puerta sin ruido, y unos pasos menuditos taconearon escaleras arriba.

  • ¡Chico – dijo Méndez, – parece que sube!La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es camps-cecilia_el-cinematografo-ilust002.jpg
  • Esa viene a tu casa – observó Requejo a su vez – Debe ser amiga de tu mujer.

Apenas si tuvieron tiempo de meterse en el pasillo y simular que se despedían para marcharse; ante ellos apareció con los ojos brillantes, el rostro encendido y el pelo en desorden, bajo un enorme sombrero que adornaba una gran pluma flotante, Isabel, la esposa amantísima de Solís.

  • ¡Ah!… dijo ella al observar en el rostro de su marido una expresión indefinible. – ¿Te enfadas porque vengo tarde?… Es que fui a ver a Clara y se empeñó en que saliéramos juntas… Hemos estado en el cinematógrafo…

Como Solís, idiotizado por la sorpresa, no dijera nada, contestóle Requejo sencillamente.

  • ¡Y nosotros también, señora!

Cecilia CAMPS

 

Cecilia Camps en una foto antigua