Publicado en Estudios sobre Tango y Lunfardo ofrecidos a José Gobello (Compiladores: Oscar Conde-Marcelo Olivari), Buenos Aires, Carpe Noctem, 2002, pp. 33-41.

En Mujeres y hombres que hicieron el tango, que quiere ser la quintaesencia de los muchos saberes que, a lo largo de medio siglo, José Gobello reunió en torno a esa música y sus conjuntos, se estampaba respecto a los versos de Celedonio Flores: “…sus tangos, compuestos en los alejandrinos más musicales y más redondos de toda la poesía argentina…”. No se trataba de ningún descubrimiento o caída de Saulo porque, casi un cuarto de siglo antes, el mismo autor había escrito en Tangos, letras y letristas que los de Cele eran “los alejandrinos más perfectos de nuestra literatura popular”. Sin embargo, muy poca atención crítica ha suscitado “el Negro” entre los estudiosos de la poesía argentina contemporánea pese a la innegable repercusión social de sus versos. De hecho, hasta 1964 no se encuentra un trabajo de cierta entidad, el debido a Juan Silbido, autor al que se suele citar muy poco, pese a ser de los primeros que se preocupó de documentar con cierta seriedad sus trabajos de investigación. La bibliografía que acompaña a esta colaboración no debe confundir con su relativa extensión -teniendo en cuenta, además, que, por la lejanía del autor a los centros de producción de bibliografía tanguera, puede haber obras de las que no haya tenido noticia- ya que se trata en su mayoría de apuntes o notas muy breves.

Por  la dificultad que presenta la datación cronológica de sus composiciones, me limitaré a comentar aquí los tangos elegiacos de Flores porque corresponden a la época en que las letras de otros autores comenzaban a incidir, de manera un tanto excesiva en ese campo. Y, sin embargo, no fue Cele autor que diera mucha cancha al lloriqueo y la cantinela de lo mejor de cualquier tiempo pasado. El propio Gobello nos advierte que “el negrito enjugó las lágrimas de Contursi con el pañuelo compadrón que llevaba en él cabalete y, como quien dice, pasó a otra cosa… (con) el aplomo… del hombre corrido que puede  mirar la vida como lo que es, agua que corre”. Efectivamente, Celedonio tenía demasiado sentido del humor y capacidad de distanciamiento para apuntarse al carro de quienes añoraban una más que improbable edad de oro.

En los clásicos latinos la elegía es un género más que nada formal a través de su expresión en el dístico elegiaco que, poco a poco, se va centrando en la manifestación de estados anímicos de pérdida y lamento. Catulo fijó sus caracteres, Tibulo la vinculó con la serenidad del campo, que luego tendría tan larga derivación en los “menosprecios de corte y alabanzas de aldea”, y  Propercio y  Ovidio la trajeron hacia sí para expresar sus cuitas de amores. En la Edad Media amplió sus metros originales y Boccaccio tituló como elegía su Fiammetta, también madre, tal vez, de la novela psicológica. Más tarde, Sannazzaro escribió tres libros de Elegiae y, poco a poco, fue tildándose de tal cualquier composición que, independientemente de la métrica, volcase su sensibilidad en el dolor y la tristeza por lo perdido. En la literatura española del Siglo de Oro, tras la cumbre de las coplas de Jorge Manrique y las selectas imitaciones latinas de Garcilaso,  Fernando de Herrera  la perfeccionó en su variedad amorosa y habrían de pasar siglos para que Miguel Hernández diera a la luz, el otro pináculo, la magistral Elegía a Ramón Sijé. Antes, la malevolencia de Góngora se había servido de su característico metro elegiaco, el dístico, formado por un hexámetro y un pentámetro, para largarle a Quevedo otra alusión a su cojera: “vuestros pies son de elegía”. Pero, entretanto, los más altos escritores europeos habían transitado por ella, desde Ronsard a Rilke, pasando por Milton, Gray, Schiller, Goethe o Holderlin, con su punto culminante en el siglo XVIII. La elegía se concretizaba ya, más que en un género, en una atmósfera de dolor contenido, de tristeza y melancolía, que expresaba tanto la pérdida de algo querido, como el difuso sentimiento de “lo que pudo haber sido y no fue”.  Romanticismo,  Modernismo y las fascinaciones de la contemporaneidad la redujeron a un segundo plano y la elegía se convirtió, sobre todo, en refugio de poetas chirles y hombres descomprometidos con su tiempo. Nadie se imagina a un vanguardista elegiaco y la presencia del género en el tango, salvando las precisiones que se harán,  obedece a razones más vinculadas con estructuras psíquicas miméticas y acopio de tópicos que a sentimientos verdaderamente trascendentes.

Con todo, es frecuente en las elegías tangueras, incluyendo las de Contursi, un matiz humorístico al que Flores no podía ser ajeno. Cuando en 1923 escribe en primera persona las octavas decasílabas y octosílabas de El bulín de la calle Ayacucho con un lunfardo nada rebuscado y perfectamente reconocible, está simplemente echando en falta un reducto donde hace menos de dos años –nada- el poeta se reunía para pasar unas horas de farra cantora y conversadora con los amigos. En efecto, y según el testimonio de José Servidio, autor de su música, las reuniones duraron hasta finales de 1921. Celedonio, con sólo 27 años, no mala situación económica y muchos amigos, no puede ser demasiado sincero cuando añora ese bulín pródigo en ratones –también según el mismo Servidio- porque ningún problema hubiera tenido para lograr cualquier otro espacio en el que hacer las mismas cosas. El pretexto dramático: “la piba mimosa y sincera que hacia el cielo volando se fue” es obviamente un apósito no basado en la realidad sino una concesión irónica a las agonías propias de los tangos de su tiempo. El objeto, pues, de la elegía es el propio bulín que, al concretizarse en esa ubicación real del número 1443 de la calle Ayacucho, adquiere un protagonismo ejemplificador de una etapa de la juventud que se ve en trance de evolucionar hacia otras metas. El abandonado –“rechiflado parece llorar”- resulta ser, pues, el apartamento que, al perder su presencia humana, ha pasado a ser una triste habitación más de conventillo.

Los versos que, con el título de Mi cuartito, Flores confeccionó para sustituir a los anteriores con motivo del decreto proscriptor del lunfardo emanado del general Pedro Pablo Ramírez, son ya definitivamente prescindibles. Su adjetivación tópica, los diminutivos socorridos, su tono sensiblero y falso proscriben, incluso, darle el título de elegía a una composición que en veinte años había perdido sus principales valores: la frescura, la ingenuidad distante, el mérito de ser un apunte, inspirado pero puramente ocasional, de algo que no pasó de la anécdota.

El menos famoso de los tangos elegiacos de Flores es Viejo coche que, con música de Eduardo Pereyra, cantó Rosita Quiroga en 1926. El personaje que lo enuncia es masculino pero la exclusividad que la deliciosa cantora de la Boca tenía por entonces de los tangos de Celedonio propició que fuera ella quien lo llevara al disco. También en segunda persona, se trata de cinco sextillas que incluyen una octavilla entre ellas, polimetría a la que tan aficionado fue el tango, aunque no especialmente nuestro autor. El poeta efectúa una identificación con su decadencia y la del coche para, sin solución de continuidad, evocar la complicidad con el viejo cochero que, como él, sólo espera el designio final de la vida. También aparece la innecesaria concesión al tópico: “¡Pero abierta está la herida / de la leyenda fingida / que me contó esa mujer!”. Historia de la que no se aportan más datos. Es una letra, evidentemente, de relleno que poco contribuye a la gloria de su autor.

Mucho más inspirado resultó Viejo smoking (1930) en el que, con economía verbal y un estupendo equilibrio entre naturalidad expresiva y retórica literaria, se nos cuenta una historia, también a través de la segunda persona, servida por unos irreprochables versos de dieciséis sílabas, que se hacen octosílabos en los estribillos. Fue Gardel, que también lo interpretó en los pioneros y entrañables cortos para el cine de Morera, quien lo grabó, con música de Barbieri, para fortuna de sus oyentes.

Fértil en términos lunfardos, coloquial y literario, en él se avista esa combinación de lo culto y lo popular que suelen destacar los comentaristas de la poesía de Flores, así como ese sentimentalismo sin cursilería que, a menudo, alcanza la ocasión de conmovernos. Desde su primer verso es notable tal pericia combinatoria. Tras la función apelativa que personifica a la prenda instándole a campanear el cotorro, la imagen poética y desoladora a través del participio “despoblado”. En el segundo verso se incrementa la dinamización que vivifica las cosas: esa “catrera compadreando sin colchón” y, a continuación, la entrada del protagonista del que ya se nos marca su triste situación: “ha perdido el estado”. En la comparación, “como perro de botón”,  la nota humorística, que desdramatiza lo que, al cabo, no es sino la historia de alguien que vivió sobre sus posibilidades.

En el segundo serventesio  la efectividad del discurso narrativo se advierte en la rica información que se nos da en sus cuatro versos. Poco a poco, todo ha sido empeñado y sólo el smoking se conserva como imagen y símbolo de un pasado al que no se quiere renunciar porque constituye un sueño que fue real. Todavía tiene tiempo para la metáfora coloquial: “se dio juego de pileta y hubo que echarse a nadar” y, también,  para la reflexión desiderativa: ese “sueño, del que quiera Dios que nunca me vengan a despertar”.

En el primer estribillo, la elección de las imágenes no puede ser más precisa: la lunfarda alusión a las lágrimas que las mujeres vertieron en él: “cuánta papusa garaba / en tus solapas lloró” y la metonimia personificadora: “solapas que con su brillo / parece que encandilaban/ y que donde iban sentaban / mi fama de gigoló”.

Ahora, los serventesios van a servirse de la enumeración para describirnos la situación a que ha llegado el otrora rey del cabaret. Pero el golpe de efectividad está en los dos últimos versos, a mitad de camino entre el patetismo y el humor, que hacen que nos identifiquemos con la cuita de este nuevo “patotero sentimental”: “Vas a ver que un día de éstos te voy a poner de almohada, / y tirao en la catrera, me voy a dejar morir”.

Vuelve el estribillo final al motivo de las solapas, pero es la propiedad en la descripción: “…cuántas veces/ la milonguera más papa / el brillo de tu solapa / de estuque y carmín manchó”,  la materialidad de esos revoques, lo que nos hace sentir de verdad el pequeño drama, que todavía sabemos oír a Gardel con idéntica emoción.

Si en los tangos anteriores lo elegíaco se vinculaba a lo personal, con lo que el componente ético que -como también señaló Gobello- aportó Celedonio al tango, estaba ausente de estas elegías, en ese hermoso y raro poema que Flores tituló Corrientes y Esmeralda a la elegía se superponen la pequeña historia, el suave humorismo, la mueca compasiva, la generosa admiración y la implicación personal del vate en el corazón de la que fue su ciudad.

Desde la primera vez que leí esa letra –hará más de veinticinco años- me atrapó con su magia, su extrañeza y, también –por qué no- con su acopio de datos. Tardé bastantes años más en oírla porque Gardel, con su elegancia, no pudo cantarla, aunque bien lo pudiera haber hecho en forma de guiño cómplice. No sé si fue la versión de Ángel Vargas o la de Carlos Acuña, ambas excelentes, la primera que llegó a mis oídos, pero es uno de los pocos  tangos que no hace falta escuchar para que nos entre.

Eduardo Romano nos dice que fue escrito en 1922, aunque llama la atención que no fuera incluida en Chapaleando barro (1929) y sí en Cuando pasa el organito (1935), lo que, dada su calidad, hace pensar en por qué, de estar escrita,  no la incluyó  Celedonio en su primer poemario que contiene otros cantos de menor calidad a distintos reductos ciudadanos. Fuera como fuese, estos serventesios dodecasílabos, cuyas claves tan bien nos explicaron Gobello, otra vez, y Bossio, en 1975, contienen, junto a los consabidos elementos postmodernistas tan queridos por nuestro poeta, otros que lo aproximan a las vanguardias. Y no sólo por la inventiva verbal sino por la luz de varias de sus imágenes.

Si en las rimas está también esa audacia modernista –a ningún ignorante se le ocurre rimar “cross” con “novecientos dos”-, el binomio adjetivo-sustantivo “rante canguela” o nombres con su complemento como “curdelas de grappa y locas de pris”  son experimentos ya muy atrevidos para la poesía primisecular, lo mismo que la inclusión de nombres propios reales en el penúltimo serventesio, procedimiento que también llevarían a cabo algunos componentes de la llamada Generación del 27.

  Corrientes y Esmeralda tiene la particularidad, entre tantas otras, de que el poema termina con una EPSON scanner image promesa ya cumplida: ese “te prometo el verso más rante y canero/ para hacer el tango que te haga inmortal”. Es, sí, una forma de establecer esa comunicación personal intensa con  el Buenos Aires que Celedonio Flores vivió y ayudó a dar fama y, también, una suerte de implicación vital en un poema en el que el yo no tiene otra cabida que la de mero observador privilegiado.

He hablado de poema “raro” y algo se ha justificado en los párrafos anteriores, pero desde la sorprendente utilización de la forma  verbal  del inicio “Amainaron” hasta esa metáfora deportiva de los últimos versos: “cuando con la vida esté cero a cero”,  un despliegue de originalidad recorre los seis serventesios coronados por un quinteto que, junto a las peculiaridades aludidas, no desdeña el verso cálido, familiar y hasta elemental: “te ofrece su afecto más hondo y cordial”. Lunfardo, vanguardia, lenguaje coloquial, humor y exactitud topográfica nos contemplan desde este poema al que puso una bella música, como suya, Francisco Pracánico.  No sabemos qué admirar más si la precisión de las alusiones históricas, la afectividad de buena índole que respira para personas y cosas o la inventiva verbal  de las estrofas tercera y sexta que hay que volver a transcribir porque su lectura nos exime de una glosa que sería, por la multiplicidad de sugestiones, tal vez cansadora.

El Odeón se manda la Real Academia,

rebotando en tangos el viejo Pigall,

y se juega el resto la doliente anemia

que espera el tranvía para su arrabal.

Te glosa en poemas Carlos de la Púa

y el pobre Contursi fue tu amigo fiel…

en tu esquina rea, cualquier cacatúa

sueña con la pinta de Carlos Gardel.

Creo que el tango no alcanzó nunca esta altura textual aunque Discépolo, inventor de tantas otras excelentes originalidades, le anduvo cerca en Fangal. Soy de los que piensan, y alguna vez habré de escribirlo, que el sobrevalorado Manzi se columpió muchas veces en su intento de fundir el sentimiento con lo existencial, lo metafísico con lo visual.  Por eso creo que el negro Cele no ha sido valorado como merecía y el análisis pormenorizado de su obra aguarda aún al estudioso o al lector con sensibilidad. Sus giros lunfardos tienen tanto la desfachatez del auténtico reo, como la libertad del hombre culto que sabe fundir sus lecturas con el lenguaje de la calle para lograr un idioma rico, original y lleno de color. Su economía de medios, tan presente en textos que están en la mente de todos y en otros menos famosos como La historia de siempre. Su veta satírica, que puede llegar a ser desgarrada, tiene otras veces la fibra patética de quien ha sentido el dolor de tantas vidas consumidas en el barro. Se ha destacado, pero apenas se ha estudiado, su veta social, su ternura para la mujer aunque un soneto como el, por otra parte, estupendo Biaba parezca desmentirlo. Igualmente, puede verse en él un apunte irónico y, desde luego, está lejos de la bestialidad para con la hembra de Buen remedio de Yacaré o de muchos versos de Julián Centeya. Además de sus conocidos tangos Pan o Sentencia, en otros poemas como Oro viejo o Chorro aparece,  bien, como en el primero, su indignación contra el repugnante matón de comité, bien, como sucede en el otro, su compasión de hombría de buena ley para quien no ha podido ser otra cosa. Poemas como El perro flaco desdeñan la sensiblería y nos hablan con unas notas de modernidad que quizá no se perciben bien desde un siglo que invoca –lo que da pábulo al optimismo histórico- los derechos de los animales. Sus poemas descriptivos tienen cimas como ese hermoso y brutal Arrabal salvaje, por no hablar de las numerosas pinturas de los barrios  y topografías de Buenos Aires. Hasta la intertextualidad, hoy en tantas bocas, no le fue ajena como puede comprobarse en el bienhumorado pastiche que tituló Sonatina.

Como versificador, se desenvolvió con gusto y naturalidad lo mismo en el romance que en el difícil verso largo –compuso muchos poemas con versos alejandrinos y hasta de dieciséis sílabas-, sin duda influenciado por sus amplias lecturas modernistas. Bebió en Carriego pero sus alientos fueron de más largo alcance. La asonancia fluye en Celedonio con naturalidad y belleza, véase si no ese prodigio de fluidez que es la milonga Chatita color celeste. Su poética nos la dejó bien servida –y, por supuesto, también con sus chispas de ironía-. en poemas tan bien compuestos y directos como los de La musa mistonga de los arrabales, Por qué canto así, Musa rea o Versos.

Desconozco el número de tangos que llegó a componer Cele pero tengo registrados alrededor de ciento cuarenta. Como no puede ser de otra manera, hay varios prescindibles pero cualquier aficionado sabe que otros muchos  son la historia del tango y en varios aspectos alcanzó la categoría de pionero.  José Gobello, en su Crónica general del tango, nos señaló que con  sus versos titulados Por la pinta y, luego, Pelandruna refinada, en el registro del negro Ricardo o Margot, en la grabación gardeliana, trajo un acento nuevo que comenzó a enjugar cachadoramente las lágrimas que al tango había puesto Contursi. Tampoco debe olvidarse que Chapaleando barro (1929) es uno de los primeros libros en que la poesía lunfarda alcanza unos caracteres que, como sucede en La crencha engrasada, tan sólo un año anterior, superan la exclusiva fijación al bajo fondo. Antes de estos, sólo cuatro poemarios lunfardos habían llegado al libro: Versos rantifusos (1916) de Yacaré, El arrabal porteño (1923) de Silverio Manco, Vigilante y ladrón (1925) de Alberto Arana, (Garbino) y ¡Semos hermanos! (1928) de Dante A. Linyera. Como estampó Jorge Gottling, que  considera a Flores el más perfilado de los poetas que haya dado el tango, sus versos “inauguraron la reflexión sobre el arrabal, un campo de acción interior más que una concreta referencia al catastro”.

El lugar de Celedonio Esteban Flores en la poesía popular del Río de la Plata es indiscutible. Pero poemas como Corrientes y Esmeralda y otros de los aquí citados le otorgan también un lugar en la poesía sin adjetivos de la nación argentina.

Flores, Celedonio Esteban

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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-WOJSKY,  Zygmunt “Mano a mano en polaco”, Comunicación académica nº 1317, Buenos Aires, Academia Porteña del Lunfardo, 1 de marzo de 1973.

Publicado en Aragón Digital, 2-3 de agosto de 2017.

He buscado y no he visto por ningún sitio el dato de que Helena d’Algy haya fallecido. Vivía en 2012, con 106 años, por lo que, nacida en junio de 1906, “el año de la boda del rey”, ahora tendría 111 años. Sería, creo, no sólo el récord entre actrices, sino entre cualquier tipo de artista.

A pesar de que casi todas las fuentes la dan como portuguesa nacida en Lisboa, es española y vino al mundo en la calle Mayor madrileña. Eso sí, hija de un ingeniero portugués, que construyó los ferrocarriles de Angola y una española que quiso ser cantante de ópera. Antonia Guedes Infante fue el verdadero nombre de la futura actriz y, fallecido su padre cuando ella contaba catorce años e instada por su madre, que quiso reiniciar su carrera de cantante, tomó el sobrenombre de su hermano mayor, el también famoso actor Tony d’Algy, latin lover en el Hollywood de los años veinte.

Helena, atraída por el baile, comenzó a tomar clases de danza. En dicha disciplina dio sus primeros pasos teatrales. Acompañada de su madre, marchó a Brasil, con la compañía de Esperanza Iris y, pronto, ayudada por su hermano mayor, Tony d’Algy (Luanda, Angola, 1896), de quien tomó el seudónimo y que había emigrado como actor a América, fue contratada por la Compañía Ziegfield Follies de Nueva York, la que dio vuelo a las revistas musicales de Broadway. Las buenas trazas de Helena dieron paso a que en 1924 el experimentado director, Stuart Blackton, le ofreciese un significativo papel en el film Let No Man Put Asunder, basado en la novela homónima de Basil King y enseguida fue contratada por la Fox para hacer el papel de la Condesa Ferrari en Lend me Your Husband.

 

 

 

 

 

Helena d’Algy no fue una más. En 1924 acompañó a Rodolfo Valentino en el protagonismo de El diablo santificado. En esta película, titulada en inglés A Sainted Devil, baila un tango con el divo, como tres años antes lo habían hecho Beatrice Domínguez y Alice Terry en Los cuatro jinetes del Apocalipsis. También aparece su hermano, por el que, al parecer, Valentino sentía alguna atracción.

Helena trabajó después con directores tan importantes en la historia del cine como Josef Von Stenberg, Franz Borzage, Víctor Sjöstrom, Alan Crosland o John Reinhardt. Con Crosland, participó en el rodaje de Don Juan (1926), al que, por cierto, asesina en este film, el primero de la historia que incorpora algunos efectos sonoros.

Entre 1925 y 1926 rodó diez filmes en Hollywood. En 1931 trabajó con Florián Rey en Lo mejor es reír y, por si fuera poco, en la última de sus películas –ya en el cine sonoro- Helena d’Algy da la réplica a Carlos Gardel en Melodía de arrabal (1933). Ella es a quien, acodado en una mesa, le canta el famoso tango homónimo. Ahí es nada: en diez años de vida cinematográfica, rodar más de veinte películas, empezar con Valentino y terminar con Gardel , ya que, con 27 años, Helena-Antonia compra un piso en Madrid junto a su madre y no vuelve a aparecer en el cine español, cosa que si hizo su hermano Tony, fallecido en 1977, hasta fines de los años cuarenta.

La última vez que pudo verse a Helena d’Algy fue en 1991, cuando se proyectaron en TVE los capítulos de un extraordinario programa, Imágenes perdidas. En el titulado “Estrellas apagadas”, ella aparecía elegantísima y sin darse importancia, hablando de que su película con la estrella italo-americana no había tenido ningún éxito.

Es más que probable que Helena d’Algy haya muerto y es más que triste que nadie  nos diera cuenta de su fallecimiento ni haya rescatado su figura.

BIBLIOGRAFÍA

AGUILAR, Ana, Mujeres de cine. Ecos de Hollywood en España, 1914-1936, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, 2015, pp. 180-181.

ARMERO, Álvaro, Una aventura americana. Españoles en Hollywood, Madríd, Compañía Literaria, 1995.

BALLESTEROS GARCÍA, Rosa María, Con nombre extranjero. Bio-filmografías de actrices en el cine español (1916-1950), 172-173.

GARCÍA DE DUEÑAS, Jesús, ¡Nos vamos a Hollywood! (Abecedario de una frustración), Madrid, Nickel Odeón, 1993.

GONZÁLEZ LÓPEZ, Palmira y Joaquín T. CÁNOVAS BELCHI, Catálogo del cine español. Películas de ficción 1921-1930, Ministerio de Cultura-Filmoteca Española, 1993.

 

FILMOGRAFÍA

Let No Man Put Asunder (Stuart Blackton, 1924)

Lend me Your Husband (Christy Cabanne, 1924)

 It is the Law (J. Gordon Evans, 1924)

A Sainted Devil-El diablo santificado (Joseph Henabery,1924)

Pretty Ladies–El jazz-band del Follies (Monta Bell, 1925)

The fool (Harry F. Millarde, 1925)

La evasión (Josef Von Stenberg,

Daddy’s Gone A-Hunting (Franz Borzage, 1925)

Confessions of queen – (Víctor Sjöstrom, 1925)

Don Juan (Alan Crosland, 1926)

Siberia (Víctor Schetzinger, 1926)

The cowboy and the Countess –  El vaquero y la condesa (Roy William Neill, 1926)

Dominique sister -La elegante pecadora (Josef Von Stenberg-Phil Rossen, 1926)

The silver treassure  (El tesoro de hidalgos,  (Tony d’Algy,1927)

 

Doña Mentiras (Adelqui Millar, 1930)

Un hombre de suerte (Benito Perojo, 1930)

Lo mejor es reír (Florián Rey, 1931)

Marions-nous (Louis Mercanton, 1931)

El hombre que asesinó -versión hispana de Stambul-  (Dimitri Buchowetzki 1931)

Entre noche y día (Albert de Courville, 1932)

Melodía de arrabal (John Reindhart, 1933)

 

 

(Entrevista de Luis Alegre, publicada en la sección “El patio del recreo” de Heraldo de Aragón, 16-VII-2017)

¿Recuerda qué le hizo reír por primera vez?

-Mi padre intentando coger para mí la luna o convirtiéndose en la estatua del explorador Livingstone, que veíamos en un estereóscopo. Tendría dos o tres años.

¿Y lo que le hizo llorar?

-Sobre todo, a mis tres años, la extracción de las amígdalas en vivo, sujetado por un fornido  enfermero.

¿Qué era en el patio del colegio? (el líder, el gracioso, el empollón, el gamberro..)

-A los nueve o diez años, en el curso anterior al ingreso de bachiller, fui a la vez el líder y el gracioso pero, antes y después, pasé bastante inadvertido.

¿Se sentía alguien raro, especial, diferente?

-Sí, claro. Como hiperemotivo, no entendía la crueldad del mundo, la de los niños, la injusticia, la miseria, la desigualdad aunque, probablemente, yo también fui a veces cruel o injusto sin advertirlo.

¿Recibió algún castigo que le dejara huella?

-Puede que fuera el primer día que entré, con cuatro años, en un colegio de monjas, que, en general, no eran malas. Pero siempre he sido torpe y se me cayó en clase algo de la mantequilla del bocadillo. A la monja no se le ocurrió mejor escarmiento que toda la clase corease “¡El mantecoso!, ¡El mantecoso!”  y entonces no estaba gordito, como ahora. No prosperó como mote pero, luego, me pusieron otro también relacionado con la merienda.

 ¿Qué es lo que más le gustaba hacer cuando no estudiaba?

 -Jugar e imaginar.

 ¿Cuál fue la calle de su infancia?

-Nací en la calle Colón, todavía  sin asfaltar entre el Camino de las Torres, también sin asfaltar y flanqueado por una acequia, hoy subterránea, y una calle Tenor Fleta, con la vía del tren descubierta. Pero mi madre, que tenía pujos de señorita, no quería que jugásemos en la calle

 ¿Qué es lo que más y lo que menos le gustaba del lugar –ciudad o pueblo- en el que vivía?

-Siempre me gustó callejear por el centro. Zaragoza todavía conservaba rincones llenos de misterio, tiendas raras…

 ¿Cuál es el episodio de su infancia o adolescencia que con más frecuencia vuelve a su memoria?

-Muchos, por ejemplo, la felicidad que me deparaban las reuniones familiares -éramos un montón de primos- en la enorme casa de mi abuela paterna, llena de cosas raras y cachivaches. Tenía buena memoria y buena voz y a veces, cantaba fragmentos de zarzuela a la familia. De la adolescencia, por autodefensa, no quiero ni acordarme.

 ¿Echa de menos haber hecho algo en su infancia? 

-Muchas cosas: viajar, aprender música, aprender idiomas… Los niños que han estado en muchos lugares salen mucho más espabilados. Y no es mi caso.

¿Tenía mucha conciencia política?

-Empecé a adquirirla en 6ª y Preu, los dos últimos cursos del bachiller antiguo.

¿Qué imagen tenía de Franco?

-De crío, creo que neutra. Era omnipresente y aburrido. Mi padre, que se decía liberal, no se atrevía a decir nada al respecto. Años  después, sí.

¿Era alguien muy religioso?

-A pesar del ambiente del colegio: misa, ángelus y rosario diario, la verdad es que no. A los catorce años dejé de creer. Me empezaron a gustar las chicas y decidí que una doctrina que prohibía eso era una mala doctrina.

 ¿De qué modo le hizo sufrir el sentido del pecado, la sensación de mala conciencia?

-De niño, la típica desazón de poder ir al infierno, por el sinnúmero de pecados que había en el catecismo. Lo de las ánimas del purgatorio –al que me creía destinado- también me parecía el colmo de la injusticia y, si echaba limosna, iba para ellas.

 ¿Hasta qué punto influía en su conducta el peso del “qué dirán”?

-De adolescente, cualquier cosa me daba vergüenza –no sé por qué- hasta llevar el periódico en la mano. Y eso que aún no sabía lo malo que puede ser un periódico.

¿Cuál fue su primer contacto con la muerte?. ¿Pensaba a menudo en ella? ¿Le angustiaba o le provocaba algún tipo de tormento?

-La de mi tía abuela Carmen, cuando tenía unos ocho años. Pero la muerte nunca me ha impresionado demasiado. Creo que hay que tener buena relación con ella; es nuestro acompañante más constante.

¿Cómo ganó su primer dinero?

-Vendiendo a domicilio la Enciclopedia Monitor con 17 años. Trabajos horribles pero que me ayudaban a superar la timidez.

¿Hizo alguna locura o disparate que le haga sentirse especialmente orgulloso? 

-De eso, siempre he coleccionado.

¿Cuál fue la primera estrella de cine que le fascinó?

-Burt Lancaster y Gina  Lollobrigida.

¿Y la primera chica que, en la vida real, le provocó una emoción inolvidable?

-Hubo bastantes episodios agradables, pero inolvidable es mucho decir. A la primera de las inolvidables, la conocí con 22 ó 23 años.

¿Cuál fue la primera canción que memorizó?

-Mi madre cantaba mucho y yo, de crío, tenía una excelente memoria, así que fueron muchas y no sabría decir una.

El cine, el fútbol, los toros y la radio reinaban en esa España. ¿Qué relación tuvo con ellos?

-Con el cine, intensísima y muy gozosa. Me parecía una injusticia intolerable que hubiera películas para mayores y que la censura  cortase o prohibiese otras. Los toros desde niño me parecieron una fiesta incomprensible. No entendía cómo  alguien podía divertirse viendo torturar un animal ensangrentado. Si había en la tele, apagaba la televisión y mi familia me lo consentía. El fútbol siempre me ha gustado mucho y la radio, también.

De todo lo que le enseñaron sus padres, ¿qué es lo que caló en usted con más fuerza?

-Lo insostenible de la mentira.

¿En qué momento pensó a qué dedicar su vida?

-Siempre supe que quería leer y escribir. Mi vocación fue muy temprana.

Si pudiera viajar en el tiempo y regresar a sus primeros años durante un día, ¿a qué día volvería?

-Al día en que me iban a engendrar mis padres para intentar convencerlos de que lo dejaran para un poco más adelante y así no tener que experimentar durante tantos años la purria clerigo-militar y la suciedad moral del franquismo. Hoy, en cambio, ante tanto progre iletrado, los militares me caen bien.

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Otras entrevistas: 

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/06/05/entrevista-de-raul-lahoz-con-el-firmante/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/06/27/entrevista-con-javier-barreiro-en-analecta-malacitana-junio-2017-por-manuel-galeote/

(Publicado en Aragón Digital, 7-8 de julio de 2017)

Se escandalizaba Ernesto Sábato, hombre profundamente reaccionario pese a haber presidido la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), tras la última dictadura argentina, de que el siglo XX acogiera la peregrina idea de que el hombre que viajaba en tren era superior a quien montaba a caballo. También se escandalizaba de que dicha centuria hubiera traído el despropósito de la igualdad de los sexos. No lo digo yo. Es el comienzo de su ensayo Heterodoxia (1952).

 ¿Qué es, pues, lo progresista, el caballo o el tren? A juicio de Sábato y, también, de algún ecologista: el primero. El escritor argentino tal vez olvidaba que, salvo en las clases aristocráticas o incluso en ellas, el caballo es un ser vivo sometido a esclavitud y tortura en forma de espuelas, fustas, rebenques, taleros, látigos, y bocados de hierro en las fauces que le fuerzan a obedecer, pues en otro caso, le esperaría un dolor insoportable.

 Algunos de quien hoy se creen progresistas -a fuerza de reivindicar asesinos múltiples, por el hecho de haber militado en organizaciones que llamábanse comunistas, e ignorar a los asesinados: el concurrido “algo habrán hecho”-, consideran que el ser humano que viaja en bicicleta es moralmente superior, tanto al peatón como al que utiliza vehículo de motor. Eso es para ellos un axioma, pese a que el significado de reaccionario sea el de “Quien se propone restaurar lo que ya ha sido abolido”. 

 Del mismo modo, con razones tan miopes como falsamente obreristas, se discutieron las máquinas en el siglo XIX, hasta llegar al disparate de la I Internacional, que aceptó una ponencia que condenaba las novísimas máquinas de coser Singer porque, en opinión de sus redactores, con el pedaleo, las operarias frotaban sus muslos, experimentando una dulce sensación erótica. Los patronos, conscientes de la oportunidad, esperaban acechantes y seducían a la inocente productora.

Ahora, como en cualquier tiempo represivo, hay que mostrar las credenciales cuando se cuestiona la verdad establecida en el programa obligatorio, lo políticamente correcto. Por consiguiente, habré de proclamar que poseo y pago anualmente el carnet de bizi que me permite pelear –que no pedalear-  con las birriosas máquinas que el malhadado Belloch “legó” a los ciudadanos de Cesaraugusta. Y, como usuario de zapatillas, velocípedos y motor, procuro hacer uso de todos, según las circunstancias, como creo sucede en el caso de mis civilizadísimos conciudadanos. Sin embargo, la opción oficial es otra: perseguir al coche, ignorar al peatón y llenar el pavimento de carriles para bicicletas y tranvías.

 Me congratulo de muchas de las iniciativas que se han concretado en las últimas décadas: retirar los coches que infestaban los bulevares en los años setenta, propiciar las “zonas azules”, que debieran extenderse a toda la ciudad, restringir el paso de vehículos por zonas monumentales, perseguir la emisión de gases, construir circuitos para senderistas y ciclistas que quieran gozar de la naturaleza periurbana y tantas otras, no pretendo restaurar lo abolido. Pero me revienta el culto al rey de la casa: sea el niño, la bicicleta o el orgullo LGTB.

 Sobreproteger al marginal es terminar con él. Crear un nuevo poder que, como todo poder que se precie, terminará intentando aplastar al disidente.

 

 

GRACIA BAILO, Luciano, Cuarte de Huerva (Zaragoza), 11-07-1917 / Zaragoza, 28-10-1986

De origen humilde y formación autodidacta, en su juventud quiso vivir la aventura de la bohemia pero la dura lucha cotidiana por sobrevivir lo llevó al oficio de impresor. Entró así en contacto con la literatura, que se convertiría en su razón de vida. Trabajó en los talleres de la imprenta Casañal, en los de Heraldo de Aragón y en los del Hogar Pignatelli, antes de fundar Gráficas Los Sitios. Desempeñó un papel fundamental en la poesía aragonesa de la segunda mitad del siglo XX por su labor editorial, primero como fundador y director, junto a Gúdel, de la revista Poemas (1962-1964) y, después, como inspirador de la colección del mismo nombre (1963-1986), que totalizó más de medio centenar de títulos y en la que figuran muchos de los poetas aragoneses más significados de su tiempo. También supervisó la colección Fuendetodos, la más sobresaliente de las aparecidas en Aragón.

De la mano de su amigo Guillermo Gúdel, se incorporó, aunque sin mucha asiduidad, al grupo poético que se reunía en el zaragozano café Niké  y se dio a conocer tardíamente como poeta, a pesar de que su vocación lírica fue muy intensa.  Sus versos, de tono humano y elegiaco, acusan la influencia de Miguel Hernández, así como las de César Vallejo y Neruda. Hombre del pueblo, no faltan en ellos la preocupación social, especialmente en Hablan los días, pero es, sobre todo, la emoción su virtud más destacada.

Su primer libro, con el que ganó el certamen “Amantes de Teruel”, gira en torno al amor. La pasión y el desgarro, tan característicos en su tono poético, son los protagonistas de Vértice de la sangre y Creciendo en soledad. Intenso hasta la desmesura, los temas oscuros, desde la tristeza hasta la muerte, se comunican en su lírica con sencillez arrebatada. Un aire coloquial convive con el tono trascendente, de modo que lo existencial, con su cohorte de dolor, barro y lucha, se bate con la tópica aspiración a la belleza y al ideal inaccesible. Su última publicación en vida recoge una antología de su obra anterior (Poemas recobrados) y catorce poemas nuevos que tituló Huellas de ceniza. Tras su muerte aparecieron otros dos poemarios, cuyos sendos títulos hacen referencia a la luz y a la sombra, es decir, a la aludida contradicción entre el ideal y el limo de la vida.

En sus últimos años  obtendría el reconocimiento en su propia tierra, al rendírsele varios homenajes y serle dedicadas una plaza en su pueblo natal, Cuarte de Huerva, y una calle en Zaragoza. Asimismo  se publicaron dos poemarios póstumos a cargo de la editorial Ayuso y la Institución Fernando el Católico.

 

Rosendo Tello, Luciano y Miguel Ángel Marín en uno de los homenajes que se le tributaron.

 

                                                      OBRAS

Como una profecía, Zaragoza, Col. Poemas, 1967.

A Isabel, verso de piedra, Zaragoza, Col. Poemas, 1968.

Hablan los días, Zaragoza, Javalambre, Col. Fuendetodos de Poesía, 1969.

Vértice de la sangre, Zaragoza, IFC, 1974.

Creciendo en soledad, Zaragoza, Publicaciones Porvivir Independiente, 1978.

Poemas recobrados y huellas de ceniza, Zaragoza, IFC, 1982.

Cuando la luz asoma, Madrid, Ayuso, 1987.

Eslabones de sombra, Zaragoza, IFC, 1988.

BIBLIOGRAFÍA

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-BARREIRO, Javier, Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos 1885-2205, Zaragoza, Diputación Provincial, 2010, pp. 502-504.

-, “La poesía aragonesa contemporánea (1960-1980)”,  Parnaso 2.0. “Un mar de labrantíos”. Contribuciones para el estudio de la poesía aragonesa, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2016, pp. 194-195.

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-COMÍN GARGALLO, Gil, “Un poeta auténtico con nombre de poeta. Luciano Gracia”, El Noticiero, 25-II-1968.

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-ESTEVAN, Manuel, “Vida y metáfora de Luciano Gracia”, Andalán nº 313, 20-III-1981.

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-FERNÁNDEZ MOLINA, Antonio, Fragmentos de realidades y sombras, Zaragoza, Ibercaja, 2003.

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-, “Pálidas cataratas de eslabones de sombra” (Reseña de Eslabones de sombra), El Día, 6-XI-1988.

-, Poesía aragonesa contemporánea (antología consultada), Zaragoza, Mira, 1996, pp. 129-151.

-, “Luciano Gracia”, 25 canciones y poemas de la OPI Niké en su 50 aniversario, Zaragoza, Gobierno de Aragón -DPZ – CAI, 2003, pp. 95-98.

PÉREZ MORTE, Antonio, “Doce años sin Luciano”, Trébede nº 22, enero 1999.

-PRESA, Vicente, “Reseña” de Vértice de la sangre, La Estafeta Literaria nº 556, 15-I-1979.

-REY DEL CORRAL, José Antonio, “Retrato esencial del poeta Luciano Gracia”, Rolde nº 38, enero-marzo 1987, pp. 14-15.

-SÁNCHEZ VIDAL, Agustín, “Monedas liberadas del pan y de la leche” (Reseña de Poemas recobrados y huellas de ceniza), El Día, 13-II-1983.

-SERRANO PARDO, Luis, Años de plomo 1931-1950. Una historia de la imprenta zaragozana, Zaragoza, Ibercaja, 2006, pp. 108-109.

-SERRANO SANZ, Emilio, “Luciano Gracia, su libro Hablan los días”, Zaragoza, febrero, 1981.

-VERÓN GORMAZ, José, “Ecos de una muerte”, Heraldo de Aragón, 9-XI-1986.

-VV.AA., “Homenaje a Luciano Gracia”, Andalán nº 463, 16-XI-1986.

El texto, con añadidos y modificaciones proviene de mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos 1885-2205, Zaragoza, Diputación Provincial, 2010, pp. 502-504.

Realizada por Manuel Galeote, Analecta Malacitana, revista de la Universidad de Málaga, AnMal Electrónica 42 (2017) M. Galeote ISSN 1697-4239.

Javier Barreiro es autor de innumerables publicaciones, como su monumental Diccionario de autores aragoneses contemporáneos (1885-2005) (Zaragoza, Diputación Provincial, 2010), en el que invirtió varios lustros. En su trayectoria investigadora, sobresale el esfuerzo por rescatar las figuras de la bohemia finisecular, la galería de escritores raros y olvidados de principios del XX, así como la discografía española más antigua. Ha reivindicado a los autores heterodoxos y que han antepuesto el alcohol, las drogas o la muerte a la literatura y la vida. Su infatigable rastreo de pistas bio-bibliográficas sobre ellos ha fomentado su dedicación constante a la bibliofilia y al coleccionismo de publicaciones periódicas, revistas, partituras o registros sonoros, incluidos los cilindros de cera, las pizarras monofaciales y cualquier otro soporte. Tiene en prensa dos libros que verán la luz en el último cuatrimestre de 2017, Alcohol y Literatura (en Ediciones Menoscuarto) y una edición de La Cochambrosa, la primera y hasta ahora desconocida novela del malagueño Pedro Luis de Gálvez (1882-1940), que publicará Renacimiento.

                                   «La bohemia española tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético»

Manuel Galeote: En los albores del siglo XX, tras el Desastre colonial de 1898, antes de la Primera Guerra Mundial, ¿encuentras en España un mundo literario lleno de bohemios? En tus libros, por ejemplo, Cruces de Bohemia (2001) y Galería del olvido (2001), ¿cómo se presentaba esa galería de escritores bohemios?

Javier Barreiro: Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y  algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo. Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

MG: Los bohemios se marcharon… Recuerdo tu libro Un hombre que se va… Memorias de Eduardo Zamacois (2011). ¿Por qué leer a Zamacois en el siglo XXI?

JB: Nadie mejor situado que Zamacois para darnos una crónica histórica, sociológica y literaria del siglo que le tocó vivir. Sobre todo literaria, porque estuvo en el centro, como testigo y en abundantes ocasiones como protagonista, de muchos de los acontecimientos más significativos de su tiempo. Zamacois fue protagonista y testigo del problema cubano y los pujos regeneracionistas de toda una época, coetáneo del modernismo, que si estéticamente le tentó poco, hubo de vivir con intensidad en sus años de redacciones y bohemias. Si decimos bohemia, Zamacois conoció y trató a todos sus servidores, desde aquellos con pretensiones de exquisitos hasta los más zarrapastrosos y desmandados, como Pedro Barrantes. Vivió, ¿cómo no?, en París, durante unos años. Dirigió la revista sicalíptica más popular de su tiempo, La Vida Galante, y no es de destacar aquí la relevancia que en la vida, la música y el teatro español tuvo esta apertura de mentes y costumbres traídas por el entorno teatral y periodístico de lo que se llamó sicalipsis. Respecto al protagonismo del escritor pinareño en la fundación de un subgénero literario como el que constituyeron las colecciones de novela corta, tan fundamental en la España de sus tres décadas (1907-1936) literariamente más importantes de los últimos siglos, es asunto al que ya se le han dedicado libros y que, venturosamente, los estudiosos están poniendo en los últimos tiempos en su merecido lugar. A Zamacois no le bastó con ello sino que fue, junto a Felipe Trigo, el más influyente de los novelistas eróticos de su tiempo; conoció y visitó América, al fin su continente natal, tanto y tan bien, que muy pocos escritores españoles pueden igualarlo y aquí habría que citar al eximio y desdichado Eugenio Noel. El arte por antonomasia del siglo XX, el cine, no le pasó inadvertido y tuvo un contacto directo con él, como bien nos explican esas memorias que edité, junto a Barbara Minesso, y se publicaron en Renacimiento. Lo tuvo, igualmente, con otro de los fenómenos tan propios del siglo como fue la radiofonía. Y, en sus últimos años en la Argentina, también con la televisión.

MG: ¿Es esto todo lo que podemos subrayar de Zamacois?

JB: Claro que no. En sus 98 años de peripecia vital —en 2008 se cumplieron ciento veinticinco de su nacimiento— asistió a la guerra de 1936-1939, sobre la que nos dejó una novela, El asedio de Madrid, y dos libros de crónicas, vivió después un largo destierro, con regreso y, tras el toque de chufa, renovada escapatoria, al estilo de Max Aub. Todavía en su exilio y con muchos años a cuestas, tuvo oportunidad de conocer y trabajar en Hollywood y, en fin, un montón de cosas más, de las que sus memorias dan cuenta.

                                                              «Hay centenares de escritores olvidados que merecerían una atención»

MG: ¿Nos hemos olvidado hoy, un siglo después, de aquellos grandes bohemios?

JB: Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sáinz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán, y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas, como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta —en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Luis S. Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sánchez Álvarez-Insúa—, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existió una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

MG: ¿Hay algún bohemio al que creas que todavía no conocemos ni hemos leído? Es decir,¿existe una galería de lecturas pendientes?

JB: Bohemios o burgueses, en la llamada Edad de Plata, término que, aunque con límites temporales algo más amplios, no acuñó, como se cree, Mainer, sino Giménez Caballero, hay centenares de escritores olvidados que merecerían una atención. Quizá haga falta un diccionario con una bibliografía, al menos aproximativa, que facilite y encamine la tarea de futuros investigadores, pero allí hay un filón para tesis y trabajos monográficos.

MG: Los bohemios llegaron desde Aragón, Andalucía, etc. a Madrid, y llevaron una vida llena de dificultades. ¿Hay algún paralelismo con la situación de hoy? Por ejemplo, es difícil encontrar editoriales, público, aparecer en los medios de comunicación, etc.

JB: Sociológicamente son dos épocas muy diferentes. Aquel periodo sí que se parece al actual en la cantidad de innovaciones que afectaron a la vida cotidiana. En la época de intersiglos, la electricidad, el teléfono, el automóvil, el fonógrafo, el cine, el agua corriente, las vacunas, el  movimiento obrero y cien cosas más. Hoy, todo lo relacionado con la informática y el mundo digital. En cuanto a la dificultad de editar, ayer y hoy se editaba demasiado. En el sentido de que accedían y acceden a las librerías una gran cantidad de obras que no han pasado por el tamiz de una mediana exigencia.

MG: Desde el punto de vista del mercado, los libros sobre los bohemios, raros y olvidados ¿siguen vendiéndose? ¿Despiertan interés hoy? ¿Quién los lee?

JB: Despiertan un relativo interés porque es un mundo pintoresco y, como se dijo, no muy conocido, pero siempre minoritario. Supongo que los leen profesores, estudiantes, dilettantes y los bichos raros que, afortunadamente, nunca faltan.

MG: En Aragón, gracias a Latassa y hoy gracias a tu Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), se cuenta con una Biblioteca de autores de esa región española.¿Qué has aprendido durante la elaboración? ¿Cuáles son as dificultades de una obra erudita de ese tipo? ¿Qué se quedó fuera del Diccionario? ¿Habrá una edición electrónica?

JB: Siempre había hecho yo fichas y reunido bibliografía de autores aragoneses contemporáneos, además de muchos otros que no son aragoneses de nacimiento. Con este material empecé el trabajo, pero en los años de elaboración fatigué bibliotecas, repertorios, bibliografías y, evidentemente, aprendí muchísimo. También aprendí sobre el horror de la burocracia, la informalidad de la gente y mil cosas más, que dan para una conferencia. Las dificultades fueron enormes y menos mal que decidí modificar el primer proyecto, en el que pensaba encargar las voces de los escritores más importantes a especialistas en los mismos. Si lo hubiera hecho así, aún no estaría publicado. Con la colaboración de un ayudante, redacté personalmente las casi 1800 voces con la obra completa y la bibliografía de los autores.
Desde que entregué a la imprenta el Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), a principios de 2010, no llega a veinte el número de autores que he encontrado después. Por cierto, que en el Diccionario se daba un correo para que, si alguien sabía de algún autor que no se hubiera incluido, me lo comunicase. Hasta el momento, no he recibido ni una sola indicación.
No sé si habrá edición electrónica. Fue un encargo institucional y ésa era la intención, además de enriquecerlo con una iconografía, pero nos encontrábamos en medio de la crisis y no estaban las cosas para alegrías. Sería sencillo acometer esa edición. El copyright me pertenece, así que, si hay quien la financie, no tiene más que ponerse en contacto conmigo.

MG: ¿Cómo ves el futuro de los libros electrónicos, los que no se manchan con el café de la taza derramada, ni con el ron? Los que no arden en la chimenea (algún maestro se jactaba de usar los de jóvenes poetas que recibía como regalo y con los que alimentaba su chimenea). Los libros que no son libros, pues se leen en pantallas retroiluminadas. Son libros que resplandecen como las luciérnagas, como Luces de bohemia.

JB: Quienes amamos tanto el papel, tenemos una comprensible resistencia ante las innovaciones en este terreno, pero reconocemos sus ventajas, sus posibilidades, su necesidad… y, además, sabemos que pueden convivir perfectamente estos y otros formatos. Yo utilizo el e-book para leer en la cama. No pesa, no molestas con la luz encendida a la compañía, si la hay, aparte de las ventajas técnicas que todo el mundo conoce.

  «Valle-Inclán sería considerado como el escritor español más importante incluso de todo el siglo XX»

MG: ¿Cuál es el legado hoy de Valle-Inclán? ¿Nos iluminan los resplandores de Luces de bohemia o se han apagado?

JB: Casi hasta los años sesenta del siglo XX, Valle-Inclán era considerado, sobre todo, como un excéntrico —lo que es verdad— sujeto activo de anécdotas y demasías. Afortunadamente, han cambiado las cosas y estoy seguro de que, si se hiciera una encuesta hoy, sería considerado junto a García Lorca, como el escritor español más importante de la primera mitad del siglo XX e, incluso, de todo el siglo. La bibliografía sobre él resulta inabarcable y su obra está perfectamente editada. Para mí es, junto a Quevedo, el gran maestro de la lengua española.

MG: ¿Entre los escritores de Aragón, qué puedes decirnos de los dramaturgos?

JB: Puedo decir muy poco. Aragón ha destacado literariamente en el ensayo, el periodismo o la investigación. Hay pocos poetas de calidad y menos dramaturgos. En cuanto a novelistas, salvo la cumbre de Ramón J. Sender y el casi desconocido fuera de Aragón, Braulio Foz, autor de la Vida de Pedro Saputo, que Menéndez y Pelayo denominó el Quijote aragonés, tampoco hay abundancia, aunque en este momento hay autores de calidad como Ignacio Martínez de Pisón o José María Conget. Los dramaturgos aragoneses dignos de citarse en el último siglo son pocos; el más importante, sin duda, Joaquín Dicenta, el inventor y la cumbre del teatro social y obrero en la España de intersiglos. Podemos citar también a Marcos Zapata, con obras de gran éxito en la segunda mitad del siglo XIX, Muñoz Román, el principal libretista de la revista musical, bilbilitano, como Dicenta, y Alfredo Mañas y Alfonso Plou, en los últimos decenios. Cosecha escasa.

MG: Hay también otra pregunta que siempre te habrán formulado: ¿quiénes han sido las escritoras aragonesas? ¿Quiénes escriben en Aragón después de 1939?

JB: Pocas y mal conocidas, al menos hasta los años ochenta, en los que empiezan a proliferar. Yo citaría a una poeta, no diría que olvidada porque nunca tuvo éxito, pero para mí es la mejor lírica aragonesa del siglo XX. Se llama Sol Acín (1925-1998) y fue hija del artista libertario Ramón Acín, asesinado al comienzo de la guerra. De las muchas que están vivas, habrá que esperar unos lustros para separar el grano de la paja.

MG: Te has interesado por las tradiciones musicales y artísticas, culturales en definitiva, de Aragón. Desde tus Antiguas grabaciones fonográficas aragonesas (2010) hasta la jota (La jota ayer y hoy, 2005), las cupletistas aragonesas (Siete cupletistas de Aragón, 1998), las actrices (Mujeres de la escena, 1996), etc. has mostrado que la literatura popular, la lengua, la música y el arte forman unas tradiciones cuya biografía te fascina (Biografía de la jota aragonesa, 2013). ¿Cómo se llegó a este desarrollo espectacular y cómo pervive en la actualidad? ¿Se conoce fuera de Aragón o crees que necesita proyectarse más a España y el mundo?

JB: Después de los primeros libros de poemas y cuentos, en seguida empecé a publicar sobre el tango, luego, sobre el cuplé, con la biografía de Raquel Meller, la copla, la zarzuela, la fonografía, etc., hasta llegar a la jota. El primer libro sobre ella, del año 2000, fue un encargo. Entonces la jota aragonesa estaba en un mal momento, pero el siglo XXI ha significado un inesperado renacimiento. Los intelectuales aragoneses, al contrario que los andaluces con el flamenco, nunca prestaron atención a la jota, sino que la denostaron. Apenas hay bibliografía y la universidad la ha marginado absolutamente. No conozco un solo trabajo surgido de ella. Como pasó con la canción española, la confundieron con el franquismo cuando el origen del baile se pierde en la noche de los tiempos y la documentación de la música y el canto es incluso anterior al flamenco, pero, a partir de 1850, los dos géneros tienen trayectorias similares. En el siglo XIX escriben jotas aragonesas casi todos los compositores españoles, pero también Liszt, Glinka, Saint-Saëns… A finales del siglo XIX estaba en la cumbre del éxito y la jota no faltaba en el género lírico. Algunas de ellas (las de El dúo de La Africana, La Dolores, Gigantes y cabezudosEl guitarrico…) se hicieron justamente famosas. En la primera mitad del siglo XX casi todos los grandes ballets españoles llevaban la espectacular «jota de Zaragoza», como número final, y ha habido grandes intérpretes masculinos y femeninos a lo largo del siglo pasado. Pero, a causa de este cuestionamiento por parte de los detentadores del poder cultural, la jota pasó de moda y, prácticamente se conservó gracias a que supervivió en el pueblo y en los pueblos, hasta principios del siglo XXI.

«Los intelectuales aragoneses, al contrario que los andaluces con el flamenco, nunca prestaron atención a la jota, sino que la denostaron»

Alguna responsabilidad en ese renacimiento tuvo la serie de libro-discos y espectáculos “La jota ayer y hoy”, tan bien recibida; los programas televisivos, que hoy nutren la afición jotera, con excelentes réditos para unos y otros; la difusión lograda por las nuevas formas en el canto y en la danza sustentadas por artistas como Carmen París y Miguel Ángel Berna; y me gustaría pensar que también los diez mil ejemplares distribuidos del librito de la serie CAI-100 que me encargó el maestro Guillermo Fatás y que es donde por primera vez se trata la jota desde otra perspectiva y se escriben algunas de las cosas que ahora estoy estampando.Pero ya digo que la responsabilidad principal debe otorgarse a quienes, en los tiempos duros, siguieron manteniendo, cantando, bailando y defendiendo la jota, a despecho de las circunstancias. Me refiero, sobre todo, al ámbito rural aragonés de las tres provincias. A los pueblos, hablando en plata. Sus gentes, sus grupos, rondallas y su entorno social siguió teniendo a la jota por bandera y siguió sintiéndola, cantándola, haciéndola transmisora de sus gozos y de sus sombras y, sobre todo, de su forma de entender y afrontar la vida. No podemos olvidar, sin embargo, a los de adentro y a los de afuera. A los grupos zaragozanos que, rodeados de incomprensión y con bajas cada vez más numerosas, no se desmoralizaron y aguardaron tiempos mejores, a los maestros como Jacinta Bartolomé, María Pilar de las Heras o Jesús Gracia, que conservaron y transmitieron la excelsitud en la interpretación y el bien sentir, lo mismo que sucedió con la escuela oscense. Y, en cuanto a los de afuera, a grupos de las Casas de Aragón en otras provincias y, todavía con más dificultades, las de allende las fronteras, emocionantes trasuntos de lo aragonés en tierra ignota.
Con todo esto, hoy la recepción social del género se ha normalizado, incluso se ha prestigiado aunque, como no podía ser de otra manera, queden resistencias y también, ¿por qué no decirlo?, haya elementos jotistas que merezcan esa resistencia. Lucar contra los tópicos de uno y otro lado sin caer en la barata descalificación es fundamental. Sabiendo separar el grano de la paja, hay que aceptar lo tradicional y lo innovador: lo religioso, lo patriótico y lo libertario; lo basto y lo cursi y lo que algunos llaman zafio y otros, jotas de bodega. También, poner en el candelero y en el mercado la jota y aceptar su evolución, como ha hecho el flamenco, y por este camino van las propuestas creativas de gentes como Alberto Gambino. Otra cosa es lo que guste a cada uno. De cualquier manera, no estaría de más no tomarse las cosas muy a la tremenda y echarle el humor que rezuman muchas coplas del género. Humor, expresionismo y autocuestionamiento, que son también rasgos en los que se identifica cualquier aragonés.

                                                            «Soy disperso por naturaleza, y además ansioso»

MG: Como escritor, ensayista, historiador, profesor, investigador, ¿qué faceta de tu actividad te resulta más grata y más atractiva? ¿Cuál es la que te vampiriza? Después de aquella “Entrevista con los vampiros” (2004), ¿crees en los vampiros y en las vampiresas? ¿Cómo serían las vampiresas aragonesas?

JB: Yo soy disperso por naturaleza, y además ansioso. Tengo necesidad vital de pasar de un género a otro, de lo culto a lo popular, de la música a la literatura, de la investigación a la creación… Efectivamente, para mí, en la variedad está el gusto. Y no sólo creo en los vampiros sino que me consta que abundan: los que se aprovechan de tus trabajos sin citarte, los que directamente te copian, los que creen que los escritores tienen que trabajar gratis, los envidiosos que buscan arrinconarte para destacar ellos… Una auténtica caterva de vampiros nocturnos, rapaces diurnos, cocodrilos en el río, tiburones en el mar y hienas de tierra firme. Procuro olvidarlos y bien sé que ellos prefieren no cruzarse conmigo. En cuanto a las vampiresas, no les pregunto si son aragonesas, procuro quedarme a solas con ellas y que me enseñen cosas y sus cosas.

MG: Hubo una actriz malagueña, que a lo mejor cantó alguna jota, llamada Pepa Flores, pero más conocida como Marisol. Tuviste la oportunidad de escribir su biografía (1999). ¿Es una biografía que siga reeditándose? ¿Se venden bien las biografías femeninas? ¿Crees que la biografía está desplazando a la novela en cuanto a ventas de las editoriales? ¿Hay un auge de la biografía?

JB: Marisol cantó jotas ya en sus películas de niña. Mi biografía, Marisol frente a Pepa Flores, se agotó pero, por causas que desconozco, no se reeditó. Luego Antena 3 me compró los derechos y rodó una serie basada en mi libro. Las biografías femeninas están de moda y cada vez se venden mejor, de lo que me alegro porque hasta hace pocas décadas la biografía era un género muy poco cultivado en España.

MG: Ya que también has publicado guías de Zaragoza (2003 y 2007), ¿qué nos recomiendas a los que no conocemos estas tierras aragonesas? ¿Por dónde empezar nuestra visita y cómo planificar nuestros recorridos? ¿Conviene hacer un viaje en la vida a Zaragoza y Aragón o, mejor, un viaje cada año?

JB: Salvo el Pirineo, la ciudad de Zaragoza y algún lugar aislado, como el Monasterio de Piedra o Albarracín, Aragón se conoce mal y es una pena, porque, como ocurre en casi toda España, a pesar de lo mucho que la especulación y la desidia han destruido, está llena de parajes maravillosos y, además, solitarios, de hermosísimos edificios civiles y religiosos, de una bellísima arquitectura popular. Ahí van unas cuantas propuestas:

-La airosa esbeltez de la iglesia mudéjar de Santa María, dominando el casco urbano de Calatayud.
-La recoleta naturalidad y violenta belleza de la obra humana, como es el núcleo urbano de Alquézar en un paraje incomparable.
-El misterio, proporción y sobria originalidad del románico integrado en el entorno de la iglesia de Santiago en Agüero al lado de los espectaculares Mallos de Agüero, muy cerca de los más famosos de Riglos.
-Las iglesias mozárabes del Serrablo, una auténtica sorpresa para quien no las conozca, por ejemplo, San Bartolomé de Gavín en otro paraje maravilloso.
-La bellísima portada que integra arte, historia y mito del ayuntamiento de Tarazona, ciudad que es toda una joya, como su comarca del Moncayo.

-La Seo del Salvador, resumen artístico de la capital de Aragón.
-Los conjuntos monumentales de Albarracín o Daroca, que fascinan y asombran desde sus mi  perspectivas.
-La fusión de la tierra, la piedra roya y el hombre en el castillo de Peracense, esencia montaraz de Aragón.
Y dejo aparte los cientos de paisajes incomparables, porque no quiero pecar de patriotero.

                                                      «He dedicado muchas horas de mi vida a Sender»

MG: ¿Y qué queda en su tierra aragonesa de R. J. Sender, del Maestro Montorio o de Raquel Meller?

JB: Al que se le ha dedicado más atención (y con justicia) es al novelista. Hay un llamado Proyecto Sender, inserto en el Instituto de Estudios Altoaragoneses, que congrega la muy amplia bibliografía e información que va surgiendo sobre él. Se han publicado bastantes libros, se han organizado congresos, se lee en los institutos su obra, etc. Desde que a los 17 años devoré Las criaturas saturnianas, le he dedicado muchas horas de mi vida. Creo que he leído toda su obra publicada y muchos libros acerca de él. He escrito bastantes artículos académicos y periodísticos acerca de su obra, he descubierto textos periodísticos desconocidos de diversas épocas, su primer cuento, sus guiones para lo que hoy llamaríamos novela gráfica, Cocoliche y Tragavientos, he dado decenas de conferencias sobre su obra, edité un libro con una antología de los artículos que sobre él escribió Francisco Carrasquer, el máximo senderiano… Hasta me otorgaron a los 21 años el primer Premio Sender de Periodismo que se convocó. Por cierto que Sender, entonces, metió la pata augurándome en público un brillante porvenir.
Al maestro Montorio no lo conoce apenas nadie y, junto a Quiroga y Monreal, forma el trío de grandes compositores de la música popular española del siglo XX. Su trascendencia estriba en la gran cantidad de canciones y música de obras de teatro y cine que acometió a lo largo de suvida. Muchas de ellas permanecen en el imaginario popular. Considérese que empezó muy joven y tuvo tiempo de tocar todos los géneros. Entre 1930 y 1977, Montorio puso música a unas ciento treinta obras de teatro lírico. Fue el heredero de los maestros Alonso y Guerrero en el género de la revista. Alonso fue el rey entre 1925 y 1940, Guerrero tomó el relevo y, a su muerte, en 1951, Montorio se convirtió en el principal suministrador de música teatral. Sólo en los años cincuenta estrenó más de cuarenta obras. Su capacidad de trabajo fue asombrosa: componía canciones para los artistas, extensas partituras para el teatro musical y el cine y, frecuentemente, dirigía él las orquestas en los teatros en que se interpretaban sus obras. También realizó muy numerosas partituras publicitarias para la radio y, después, para la televisión, muchas de las cuales figuran en el libro-disco Maestro Montorio, que publiqué en 2004. La más recordada tal vez sea la que anunciaba el analgésico llamado Tableta Okal: «La tableta Okal es hoy el remedio más sencillo / yo a ninguna parte voy sin llevarla en el bolsillo. / Y cuando emprendo un viaje por lo que pueda pasar / al hacerme el equipaje pongo un sobrecito Okal / Okal, Okal, Okal es lenitivo del dolor / Okal, Okal, Okal es un producto superior […]», etc.
La relación de Montorio con el cine también fue intensa desde principios del cine sonoro. De hecho, intervino en la musicalización de varias de las primeras películas y, en seguida, consiguió grandes éxitos con El negro que tenía el alma blanca o La hija de Juan Simón, ambas con Angelillo. En los cincuenta lanzó a Antonio Molina con sus canciones para El pescador de coplas o Esa voz es una mina. Pero se puede decir que trabajó con casi todos. En total, intervino en la música de unas setenta películas.
Raquel Meller y su tiempo, la biografía que publiqué en 1992, está agotada y nadie se ha preocupado en reeditarla, pero es un personaje que sigue suscitando interés, porque es la artista más representativa de la época del cuplé, que es también la de la Edad de Plata, y, en los años veinte fue una estrella internacional de la canción y el cine. Me siguen pidiendo artículos y conferencias sobre ella y he hablado en varias ocasiones con directores y productores que pretendían llevar su vida al cine. El problema es que las producciones de época son caras.

                          «La idea de un Diccionario de la bohemia me ha rondado por la cabeza, y podría hacerse»

MG: También has rescatado, por volver al principio de la entrevista, a Guillermo Osorio (1918-1982), «último de los verdaderos bohemios». ¿Qué te gustaría descubrir aún de su obra y vida?

JB: Fuera de lo que digo en la introducción a Guillermo Osorio, Obras, que me costó bastante esfuerzo reunir, no conocemos nada de él. Me gustaría saber de su peripecia en la guerra, como conductor de tanques en el bando republicano, de lo que le sucedió en la posguerra, que no debió de ser nada bueno —él nunca habló ni de una cosa ni de otra—, me gustaría que me proyectaran una jornada de su vida cotidiana, de taberna en taberna, sus conversaciones con poetas y borrachos, su relación con Adelaida Las Santas, su pintoresca mujer. Dicen que era un hombre tan borracho como angélico, una criatura humana capaz de producir excelsos sonetos clásicos y cuentos surrealistas, al tiempo que pululaba por el submundo o dormía en un banco de la calle.

MG: ¿No resucitaránlos bohemios? Tal vez puedan resucitar desde el punto de vista literario, si se reeditan sus obras.

JB: La epidemia de franquicias, fast food, chinos, pizzerías, Mc Donalds y demás ha terminado con los bares clásicos y tabernas. Es complicado encontrar un plato de cuchara en un restaurante, y por la noche es hasta difícil beber vino. Las tabernas han desaparecido y bohemios como aquellos no volverán. El último fue precisamente Guillermo Osorio.

MG: ¿Hay algún proyecto de un Diccionario español de la bohemia? También eres autor de un Diccionario del tango (2001), ¿nos falta el Diccionario de Javier Barreiro? ¿Quién te aficionó a los diccionarios? Imaginamos que ocupan una buena parte de tu biblioteca.

JB: La idea de un Diccionario de la bohemia me ha rondado por la cabeza, y podría hacerse porque hay gentes interesadas en ello. Yo tengo muchos datos, pero tampoco es un trabajo fácil ni corto. Al mismo tiempo, ignoro si tengo una afición especial a los diccionarios. He publicado dos —el de escritores aragoneses y el del tango en colaboración con otros dos autores—, sí que tengo bastantes —doscientos y pico—, y, desde luego, si son buenos, son utilísimos. Todoshemos estudiado y aprendido a escribir, con el Casares, el María Moliner, el Corominas… Si queremos saber de ocultismo, tenemos que ir al de Collin de Plancy; de lunfardo, a los de Gobello y Conde; de vanguardia, al de Juan Manuel Bonet; de literatura aragonesa, al mío; de palabras non sanctas, al de Cela… Hasta en literatura los hay buenos, como el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce.

                                                                                                    «Lo que no quiero ser es mayor»

MG: Además de todo lo que hemos dicho, eres bibliófilo y coleccionista de voces (por ejemplo, aquellas que se grababan en pizarra o en cilindros de cera). ¿Cuáles son las voces aragonesas más antiguas que hoy se pueden oír gracias al rescate que has llevado a cabo?

JB: Los cilindros de cera para fonógrafo son anteriores a los discos para gramófono, que los coleccionistas suelen llamar pizarras. Sabemos que los primeros que se grabaron en España corresponden a 1894. Fue el Royo del Rabal, el jotero más mítico, el que impresionó algunos, pero no se conservan. La inmensa mayoría se han perdido o deteriorado. Por otro lado, los cilindros no están datados y se conservan muy pocos catálogos, por lo que no podemos saber con seguridad cuáles son los primeros registros en el tiempo. Sin embargo, en Primeras grabaciones fonográficas en Aragón 1898-1903, recogí 29 registros, algunos muy antiguos, varios de ellos de intérpretes aragoneses. Allí hay seis jotas aragonesas cantadas por Blas Mora, de Albalate del Arzobispo, que, si no aparecen nuevos registros, serían las primeras jotas grabadas que se conservan. También hay un dúo de ocarinas, interpretado por otra figura de la jota, Balbino Orensanz, junto a un tal señor Lahuerta, que es la más antigua interpretación de este artesanal instrumento registrada en el mundo. En cuanto a discos, llegaron a España en 1899, publicados por la casa Berliner, la primera jota en este soporte fue «La mora», cantada por otra olvidada, Isidra Vera.

MG: El coleccionismo ¿nos embriaga? La literatura ¿es embriagadora? El escritor que se embriaga ¿es mejor escritor? La embriaguez ¿mejora la escritura? ¿Hay una literatura de autores que beben y beben y vuelven a beber? Entre los escritores bohemios, raros, olvidados, malditos, etc., ¿se hallan también los que se emborrachan?

JB: Estas preguntas se responden en mi próximo libro, Alcohol y literatura, que espero se publique en 2017. Hay mucha información —el índice onomástico tiene más de 800 referencias— y creo que es muy ameno, además de políticamente incorrecto.

MG: Háblanos de tus proyectos y de tus nuevos diccionarios. Dinos qué te gustaría ser de mayor: ¿investigador?, ¿novelista?, ¿poeta?, ¿autor de libros de viaje?, ¿bohemio?, ¿historiador de la literatura?, ¿ensayista aragonés?

JB: Además del libro citado y del blog “Javier Barreiro”, donde publico artículos y mis conferencias, así como las novedades editoriales, tengo comenzado un libro sobre la historia de las 50 canciones españolas más populares del siglo XX, otro de narraciones, titulado Lugares y fechas; y sí, me gustaría escribir un libro de viajes; reunir en un volumen mis artículos sobre tango; en otro, los de cuplé; el mencionado repertorio de bohemios; escribir más poesía… Lo que no quiero ser es mayor. En esto soy muy poco original.

MG: Muchas gracias, amigo maño, por responder con tanta paciencia, atención y sentido del humor las preguntas. En nombre de los lectores de la revista AnMal Electrónica, te reitero la gratitud y te deseo mucha suerte para los proyectos que te desvelan en la singladura actual. Cuídate de los vampiros y del sablazo de los bohemios.

Otras entrevistas:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/06/05/entrevista-de-raul-lahoz-con-el-firmante/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/07/16/entrevista-a-javier-barreiro-de-luis-alegre-el-patio-del-recreo/

(Publicado en  Aragón Digital, 6-VI-2017)

La quevediana “hora de todos” llega a Juan Goytisolo, contexto e imagen tan cercanos a varias generaciones de “letraheridos”. Era hombre que suscitó grandes animadversiones en derechas e izquierdas, siempre aparentemente agraviado y con un discurso tan necesario como discutible. Autor de varias de las novelas más importantes de la segunda mitad del siglo XX, protagonista de una lectura apóstata, disidente e iconoclasta de la historia y la literatura españolas en la onda de Américo Castro y editor y reivindicador de muchos de esos heterodoxos, como Francisco Delicado, Estebanillo González, el abate Mairena, Blanco White… Fue también el primer escritor español de relevancia que tuvo la valentía de salir del armario en sus dos excelentes libros de memorias, Coto vedado y En los reinos de taifas (1985-1986).

Lo conocí en París con gabardina, estando él en su plenitud vital y yo en mi tierna juventud. Sus primeras novelas sociales no me habían gustado demasiado pero sí –y mucho- sus libros de viajes por Almería y su provincia, su tan innovadora como deslumbrante novela, Señas de identidad, y los muy discrepantes ensayos reunidos en El furgón de cola. Excepto Campos de Níjar, que fue censurado, los dos antes citados y La Chanca, sobre este barrio almeriense, hubieron de ser publicados lejos de la España franquista.

No recuerdo por qué motivo, a mediados de los setenta, viajé a la capital de Francia; sí sé que pedí su teléfono a Francisco Carrasquer, entonces profesor en Leyden y uno de los mejores estudiosos del escritor barcelonés. Como me ha gustado conocer a quien previamente admiraba y los escritores suelen encontrar tan pocas ocasiones de recibir homenajes, atendió -primero desconfiado y después, gustoso- mi llamada y me invitó a cenar. Hablamos mucho de sus libros y un poco de la situación internacional. Se congratuló de que no fuese maoísta, como buena parte de los jóvenes izquierdosos españoles de entonces. Después, nos tomamos una copa. Hacerlo en París, nos parecía y nos salía carísimo a los españoles de antes pero, a pesar de que me habían advertido de que Juan pecaba de roñoso, también me invitó. Y no sólo eso, al despedirnos, como buscando un recuerdo que entregarme, rebuscó en uno de los bolsillos de su blanca gabardina, tan apropiada para ese tópico París grisáceo y medio lluvioso, me dio la mano, me entregó unos papeles arrugados y fuese. Me los guardé para disfrutarlos más tranquilamente y, cuando lo hice, vi que se trataba de unos cuantos tickets, la factura de la cena, otra factura de la tintorería…

La verdad es que me sentí despechado. ¿Tan devoto me consideraba como para guardar esos papelujos como recuerdo del maestro? Hice un rebullo y me desprendí de ellos. Sin embargo, no muchos años más tarde, me enteré de que el escritor depositaba su legado vital y bibliográfico en la Universidad de Washington y a ella iba entregando todos los papeles que tenían que ver con su vida y obra, incluso aquellos tan volanderos, como los que a mí me había entregado. Muy consciente y sabedor debía ser, pues, don Juan de su propia importancia, cuando se la daba a elementos tan fútiles y muy poco lo debía ser yo, cuando entregué a la papelera, lo que debería de poblar los archivos académicos.

De cualquier modo, espero que, cuando se desvelen en 2031 los dos manuscritos que el escritor legó al Instituto Cervantes, con ocasión de recibir en 2014 el premio homónimo, estos alberguen algo más sustancioso.

Desde que Demetrio Galán Bergua así lo enunciara, es lugar común proponer al Tío Chindribú (Vicente Viruete), como el primer intérprete conocido de la jota. No se enfadarán los epilenses, que tanto han hecho y hacen por el canto aragonés y cuya cantera parece inagotable, si recordamos, que Mariano Gracia Albacar citó a un cantador como “Chorizo” en la jornada de la Cincomarzada (1838), cuando el tío  Chindribú sólo contaba con 12 ó 13 años, si bien la documentación se reduce, de momento a las memorias que el citado Gracia publicara en Heraldo de Aragón en la primera década del siglo XX, hace pocos años venturosamente reeditadas por la Institución Fernando el Católico.

En mi Biografía de la jota aragonesa (2013) cito también a Delfine Ugalde-Beauce, una parisina de origen vasco que en 1848 cantara la jota en la ópera Cómica de la capital francesa pero el primer nombre propio que, hasta que no se descubra otra cosa, tenemos como intérprete de la jota aragonesa es el de Mariano Pablo Rosquellas, (1784-1859), un tenor madrileño hoy desconocido en su país, aunque no tanto en la República Argentina, donde se le considera el padre de la ópera en la nación austral, ya que el 26 de septiembre de 1825 llevó a la escena El barbero de Sevilla de Rossini en el Teatro Coliseo de Buenos Aires y, posteriormente, gran cantidad de obras del entonces tan joven y tan famoso compositor de Pésaro. Empresario, cantante, actor, director, compositor y violinista, Rosquellas había llegado a la Argentina en 1824, catorce años después de la proclamación de independencia, probablemente, huyendo de la gran represión llevada a cabo por su antiguo admirador, Fernando VII, tras la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis y el restablecimiento de la tiranía. Allí conoció el éxito artístico y personal, pues, como suele ocurrir con los cantantes, fue hombre de gran predicamento entre el género femenino.

Mariano Rosquellas no era un don nadie: tenor, compositor y violinista, ya había sido en 1815 primer violín en la corte del rey felón que, por cierto, le regaló un Stradivarius, instrumento con el que tocó, entre otros, en locales como el Teatro Italiano de París y en Irlanda. En esta isla, entonces dependiente de Inglaterra,  matrimonió (1816) con la autóctona Leticia de Lacy, emparentada con Luis de Lacy, general en jefe fusilado en 1817 por sus ideas liberales, lo que comenzó a ocasionarle problemas en la corte, por lo que se apartó de la escena para marchar a Italia y perfeccionar su educación musical, con especial atención a la ópera. En 1822 arribó al Brasil, donde nacería su hijo Pablo, un  futuro niño prodigio y el 28 de febrero de 1824 llegaría a la Argentina, donde estrenó el Don Juan mozartiano y, al poco, se convertiría en una referencia polifacética e imprescindible tanto en los teatros como en los de varios países hispanoamericanos, con especial referencia a Bolivia, donde en 1859 moriría en su actual capital, la ciudad de Sucre.

 Pues bien, este personaje sabemos que en 1828, el año del nacimiento del tío Chindribú, “cantó en vasco, en francés, en castellano, en italiano y en portugués, ópera, opereta, gallegadas, malagueñas y jotas”.

 No deja de ser curioso que fuera en Buenos Aires y por parte de un madrileño, donde nos tropezamos con el primer intérprete del que sabemos cantó jotas aragonesas en público aunque fueran escénicas. No cabe duda de que antes los habría en la Península y, más probablemente en Aragón. Encontrarlos es tarea de los amigos de hemerotecas. Ubi sunt?