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(Publicado en Aragón Digital 20-22 de mayo de 2020)

La estrecha relación de Zaragoza con el arte cinematográfico desde su inicios tuvo en los años oscuros una figura que pasó sin conocer las mieles que degustaron directores y actores pero que amó al cine como nadie y, en su calidad de crítico, actor, historiador, conservador y dinamizador, llevó a cabo una labor que no siempre fue reconocida.

Su legado fue una más que meritoria biblioteca cinematográfica para los tiempos que corrían, un puñado de libros y artículos sobre asuntos en torno al cine y el mundo del espectáculo, de los que casi nadie se había ocupado en Aragón y muy poco en España. También, una vocación que deparó gran parte de las pocas iniciativas que en torno al séptimo arte surgieron en la provincia durante los últimos lustros del franquismo.

Rotellar no fue universitario ni rico de familia y hubo de sobrevivir con un trabajo gris, como mecánico de máquinas textiles en La Algodonera del Pilar, que no le permitió dispendios ni grandes viajes. José Antonio Labordeta habló de la impresión que le causaba en su juventud encontrarlo, al ir o venir del trabajo, con su mono de mecánico, cuando él sabía de su espíritu delicado y sus muchos conocimientos. Pese a su nada opulenta economía, con el tiempo pudo alquilar dos pisos para almacenar sus archivos.

Amable pero no demasiado simpático, homosexual discreto y educado, aunque otra cosa pocos de ellos podían permitirse -y, eso, si eran ricos- Manolo flotó sobre el ambiente provinciano sin levantar polvaredas. Imagino cómo se sentiría en un mundo sin apenas interlocutores, en una ciudad en la que él tenía que descubrir a Florián Rey cuando el director almuniense todavía estaba vivo. Por eso, habría de acercarse a la Peña Niké -refugio de inadaptados- y colaborar con Miguel Labordeta en la OPI y en sus iniciativas escénicas. Igualmente, sus colaboraciones como actor en las películas de José Luis Pomarón le proporcionaron mucha felicidad y algún reconocimiento.

Supongo que lo conocí en el Club de Radio Zaragoza. No me refiero a la emisora, sino a una especie de café, sito en unos bajos del Pasaje Palafox, adonde acudían varios de quienes habían frecuentado los locales del extinto Niké: Rosendo Tello, Miguel Luesma, Benedicto Lorenzo de Blancas… y algunos jóvenes como Víctor Mira, silencioso observador que, cuando le ofrecías un cigarrillo, se lo comía, o nosotros, los poetas componentes del Ciclo Folletos: el social y componedor Eduardo Bru, el penetrante y ácido Javier Checa y el desmedido firmante. Sea como fuere, Rotellar dijo gustar de mis espasmos líricos  y, como tenía la afición de recitar y hacer teatro, se ofreció a leer mis poemas al presentar la primera de nuestras producciones en el Instituto Francés. Fue su director, Monsieur Cambon, quien financió -¡qué tiempos!- aquellos no muy onerosos fastos poéticos.

Desde entonces, en tertulias, actos poéticos y viajes, coincidimos muchas veces. A mí me gustaba su precisa discreción, su inteligencia y la contenida pasión por las artes y autores que amaba; a él supongo que le hacía gracia mi desfachatez, mi talante humorístico y el poder hablar de cosas que no podía compartir con todos.

Fueron sus últimos años los más agradecidos, el ayuntamiento de Sainz de Varanda asumió la creación de la Filmoteca de la que fue nombrado director y, de pronto, su labor se veía concretada en una función que casi colmaba sus expectativas, aunque se quejaba de cierta marginación, por no disponer de despacho y de que no fueran atendidas sus iniciativas. Son muy numerosas las anécdotas que podrían contarse, a pesar de que el tumor que llevó con la ponderación que le era propia, lo afectó casi simultáneamente. Siempre se le vislumbra en su fila 8 con el enorme magnetófono, donde grababa las bandas sonoras en un tiempo en que no se disponía de videos, y escribiendo a oscuras mientras se proyectaba la película.

Aunque ya apenas se le recuerda, no podemos decir que Zaragoza lo olvidara. En el barrio del Picarral tiene dedicada una calle, la Filmoteca conserva la biblioteca que legó, José Antonio Labordeta le dedicó un emotivo recuerdo en Los amigos contados y Vicky Calavia realizó un documental en 2009, para conmemorar el cuarto de siglo de su muerte, en el que aparecían varios de esos amigos.

Un tumor cerebral se lo llevó en 1984, cuando, con sólo sesenta años, tenía por primera vez en su vida respaldo económico, tiempo y posibilidad de concretar en libros los conocimientos que con su sabiduría, rigor y esfuerzo económico había almacenado. Como de costumbre, cuando alguien valioso se va, todos lamentamos no haberlo aprovechado más.  

Manolo Rotellar visto por Víctor Lahuerta

ARANDA NICOLÁS, Rosa María, Zaragoza, 23-01-1920 / Zaragoza, 21-09-2005.

Siendo niña, su familia se trasladó primero a San Sebastián y, más tarde, a Madrid, donde su padre probó como empresario teatral, con poco éxito en tiempos tan conflictivos, por lo que en 1936 la familia volvió a Zaragoza. Deportista en su juventud, Rosa María comenzó escribiendo artículos para Vértice, la revista literaria más importante de Falange Española.

Tras su matrimonio con el militar y deportista Fernando de la Figuera, residió temporalmente en Marruecos, donde ambientó Tebib. De vuelta a Zaragoza, se relacionó con el círculo surrealista en el que figuraban J. E. Cirlot, Alfonso Buñuel, García-Abrines, Pilar Bayona… 

Se inició en la novela con Boda en el infierno, que fue llevada al cine por Antonio Román y obtuvo -junto a Raza– el Premio Nacional de Cinematografía. Su segunda novela, Cabotaje, sobre el tráfico de drogas, dio paso a una narrativa enfocada al público femenino de la época. 

Como narradora, fue finalista en certámenes de prestigio como el Nadal, Café Gijón, Elisenda de Montcada, Ondas y Ateneo de Valladolid. En 1984 recibió el Premio Ciudad de Calatayud de novela corta por Alguien en alguna parte y, cuatro años después, el Premio Constitución de la Junta de Extremadura por Esta noche y todas las noches.

Además de la novela, tocó otros géneros literarios, especialmente el teatro. Colaboró con asiduidad en la prensa periódica (El Noticiero, Amanecer, Cierzo), revistas (Estafeta Literaria, El Español, Lecturas) y emisoras de radio (Radio Zaragoza). Su último libro fueron unas memorias, Paisajes internos, género muy poco usual en la narrativa femenina aragonesa de su tiempo.

     OBRAS

Boda en el infierno (novela), Madrid, Afrodisio Aguado, 1942.

Cabotaje (novela), Madrid, Afrodisio Aguado, 1943.

Tebib (novela), Zaragoza, Artes Gráf. Berdejo Casañal, 1945


Con los ojos vendados (novela), Madrid, Pueyo, 1948.

Medio millón y un piso (novela), Madrid, Pueyo, 1949.

Tiempo de cristal (poesía), Zaragoza, CAZAR, 1983.

Alguien, en alguna parte (novela breve), Zaragoza, IFC, 1983.

Fiera solitaria (poesía), Madrid, Torremozas, 1988.

Esta noche y todas las noches (novela), Mérida, Editorial Regional de Extremadura, 1989.

Paisajes internos (anecdotario vital) , Zaragoza, Ibercaja, 2003.

                                       BIBLIOGRAFÍA

-ACÍN, Ramón, “Reseña” de Esta noche y todas las noches, Heraldo de Aragón, 4-I-1990.

-ARANGUREN EGOZKUE, José Luis, “Reseña” de Esta noche y todas las noches, Boletín del Ateneo de Zaragoza nº 41, diciembre 1989.

-CASTRO, Antón, “El altar de los recuerdos”, (“Reseña” Paisajes internos), Heraldo de Aragón, 29-11-2003.

-ESTEVAN, Manuel, “Dos poetas femeninas” (Reseña de Fiera solitaria), Heraldo de Aragón, 27-V-1988.

-FERNÁNDEZ CLEMENTE, Eloy, 50 números. Octubre de 2001 a Octubre de 2007, Ibercaja, Zaragoza, 2007.

-HORNO LIRIA, Luis, “Reseña” de Tiempo de cristal, Heraldo de Aragón, 17-XI-1983.

-, “Reseña” de Alguien, en alguna parte, Heraldo de Aragón, 24-XI-1983.

-MARTÍNEZ BARCA, Pilar, “Del mar y la soledad; del amor y la noche” (Reseña de Esta noche y todas las noches), El Día, 11-V-1990.

-NAVALES, Ana María, Antología de narradores aragoneses contemporáneos, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1980, pp. 22, 125-131.

-, “Carta-Prólogo” a Tiempo de cristal, Zaragoza, CAZAR, 1983.

-PARADA, María Rosario de, “Rosa María Aranda”, Barataria nº 19, abril 2005, pp. 12-13.

-RAMÍREZ, Elisa (coord.), Diccionario de escritores en lengua castellana, Madrid, CEDRO, 2000, pp. 32-33.

Publicado en Diccionario de Escritores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005, Diputación de Zaragoza, 2010, p. 105. Con añadidos.

                 (Publicado en Aragón Digital, 10-12 de abril de 2020)

Cuesta de Moyano

Cuenta un famoso escritor de finales del siglo XIX que, paseando una mañana por los altos del Botánico madrileño, donde hoy se ubica la Cuesta Moyano con sus puestos de libros -mercado que, si el azar del tiempo lo permite, pronto cumplirá la centena- le sorprendió escuchar una jota cantada con gran potencia, que parecía surgir de las copas de los árboles. Al mirar hacia lo alto, observó un baturro con su traje regional que se dedicaba a la necesaria tarea de podar las ramas de uno de ellos. Extendió su mirada en derredor y atisbó en otros árboles unos cuantos aragoneses dedicados a la misma función.

Aficionado como soy a nuestro canto, reflexioné acerca de cuánto me hubiera complacido ser el sujeto pasivo de aquella audición e, inmediatamente, me puse a investigar si el caso fue una anécdota aislada o tenía otros fundamentos. Pronto llegué al conocimiento de que, en efecto, los aragoneses llevaban mucha fama como podadores y eran llamados regularmente, tanto desde la capital como de otros lugares, para ejercer su pericia.

Una amiga, natural del hermoso pueblo de Moros, me contaba que los podadores de esa zona del Manubles estaban muy considerados y, todavía en los años ochenta del pasado siglo, durante el invierno, iban y volvían todos los días a Calatayud en el autobús que también acarreaba a los estudiantes del Instituto. Allí los esperaba una furgoneta que los llevaba al tajo. Mi amiga también recuerda que, cuando entraban por la tarde al autobús, se percibía un intenso olor a humo de hoguera, ya que hacían continuamente fuego para calentarse las manos que se quedaban heladas podando. Entonces no existían las protecciones actuales sino que se las apañaban con el mono y un jersey de lana hecho en casa. Y nada de guantes, con ellos la tijera de podar no se agarraba bien.

Moros. Foto de José Verón

Asociando ideas recordaba yo los últimos vendedores ambulantes que alcancé a ver en mi niñez. Eran los botijeros que, en Zaragoza, se juntaban y exponían en el suelo su mercancía bajo la mudéjar torre de San Gil a la entrada de la calle Estébanes, al lado de una famosa administración de lotería y frente al Cine –hoy bingo- Latino. Me llamaba la atención su vestimenta extremeña, con su típico sombrero y, sobre todo, sus burros portadores del menaje alfarero, enjaezados con sus aparejos de fuerte color rojo completado con bandas, borlas y otros aditamentos. Desapareció el botijo, desaparecieron ellos, como lo hicieron otros oficios ambulantes que llenaban de colorido la vida popular de los españoles.

Es cierto que, en gran cantidad de ocasiones, los oficios estaban íntimamente relacionados con lugares determinados y los vendedores debían proceder del lugar en el que esos utensilios, productos u oficios eran famosos por su calidad o competencia. Así como los botijeros eran extremeños –casi siempre de Llerena-, los podadores eran aragoneses y, como tales, vestían. Lo mismo los alcarreños que vendían miel; los granadinos, sombreros. Los asturianos, con su infaltable montera, eran aguadores; los amoladores, franceses; los afiladores, orensanos; los arrieros, maragatos; los alicantinos, horchateros, además de vender esteras… Como se vio, todos ellos llevaban su traje regional y, en su caso, lanzaban al aire los característicos pregones, propios de cada producto. Esos pregones sobre los que, añorando su niñez, han escrito páginas hermosas andaluces como Manuel Machado en Cante jondo, García Lorca en Impresiones y paisajes, Luis Cernuda en Ocnos o Alberti en La arboleda perdida.

Muchos de estos atuendos fueron desapareciendo en el siglo XIX y, otros, ya avanzado el veinte, aunque haya restos de los pregones en los puestos populares de mercado y, sobre todo, en la siringa del afilador, el único oficio que milagrosamente se conserva. Un instrumento que tocaban los protagonistas de la mitología griega y que algún domingo por la mañana puedo escuchar en el Coso zaragozano como algunos amigos míos lo escuchan en Madrid. Pregones que vienen de la noche de los tiempos y que están presentes en los entremeses de los siglos de Oro y en los sainetes de las centurias siguientes. La extraordinaria bailarina zaragozana Mari Paz*, también cantante y tan prematuramente desaparecida, hizo famoso uno de ellos, “Desde Santurce a Bilbao”, que aunque a algunos les parezca popular es una composición que, en 1942, le entregó el maestro Quiroga para su espectáculo “Cabalgata” en el que también figuraba una primeriza Lola Flores. (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/03/12/mari-paz-la-promesa-quebrada/)

Para terminar, una historia zaragozano-alicantina. Los oriundos de Crevillente y otras localidades cercanas con evidente influencia morisca, se dedicaron desde tiempo inmemorial a la confección de alfombras y esteras. Hasta entrado el siglo XX, las esteras eran un producto muy demandado, pues con ellas se cubrían las paredes de las casas en invierno para combatir el frío. A mediados del siglo XIX, la crisis económica impulsó a muchas familias que se dedicaban a su fabricación a emigrar otras provincias –también con su traje típico- y dedicarse a confeccionar y comerciar con el artículo en cuestión. Como en verano se vendían muy poco, se dedicaron a fabricar otro producto típico de su tierra: la horchata y así surgieron las primeras horchaterías en Madrid, Zaragoza, Barcelona y otras tierras que no la tenían en su tradición. En Zaragoza, la firma Serafín Miguel fue la más acreditada y la que más resistió vendiendo –ya no ambulantemente- alfombras y horchata en su local del Pasaje de los Giles con entrada también por la calle Estébanes, la misma de los burros botijeros pero en el otro extremo, junto a la Plaza de Sas. Calle, pues, que albergó a dos viejos oficios que desaparecieron en la segunda mitad del siglo XX. Recuerdo haber tomado más de una horchata en Serafín Miguel, que resistió hasta los años setenta. No recuerdo haber comprado botijos ni tampoco que lo hiciera mi madre, cuya mano me guiaba, bajo la torre de San Gil. Botijeros y burros habían desaparecido, cuando España fue trocando de rural en urbana, a primeros de la década de los sesenta.

El botijero

El botijero

 

 

 

Benjamín Jarnés 1922

A pesar de que frecuentemente se asoció la prosa de Jarnés con “lo poético”[1], el escritor de Codo apenas publicó poemas y eso fue en sus primeras incursiones literarias cuando frisaba los treinta de su edad, es decir, años antes de que empezara a ser conocido en los círculos intelectuales de la Villa y Corte. Nacido en 1888 e  hijo número 17 de los 20 que engendró un sacristán y sastre, que –parece- no correspondía a la fama que se otorgó a estos dos gremios.

Como Benjamín tenía luces y un hermano que en 1904 se ordenaría cura, cuatro años antes ya habían aparcado al adolescente en el seminario, donde coleccionó “meritíssimus” en sus calificaciones. Mala idea fue llevarlo con veinte años, de veraneo a Olalla, el pueblo donde su hermano oficiaba, pues allí debió de vislumbrar seres humanos con faldas de otros colores que las por él portadas y, al poco, se colocó como preceptor de una familia zaragozana. Hombre práctico -por algo era de familia pobretona- el escaso estipendio lo llevó a probar en la milicia (1911) y, tras servir en Barcelona y Zaragoza, ya como sargento, se matriculó en la Escuela Normal de Magisterio de la capital aragonesa en calidad de alumno libre. En 1916, conseguido el título de maestro, se casó con Gregoria Bergua y, poco después, llegó a la guarnición de Jaca, ciudad en la que colaboró en El Pirineo Aragonés y desde donde remitió artículos al diario La Crónica de Aragón y al semanario El Pilar, ambos zaragozanos. En 1919 fue destinado a Larache (Marruecos), desde donde mandaría alguna colaboración a la barcelonesa Revista Popular, antes de recalar al año siguiente en Madrid, aunque su primera obra literaria editada[2], Mosén Pedro, inspirada en su hermano cura y que, como escribí en otro texto: ”se publicó en un lugar tan poco lisonjero para quien habría de merecer los honores de gran prosista de vanguardia como la Biblioteca Patria”, una colección inspirada y promocionada por la Iglesia con la que, inmediatamente, volveremos a toparnos.

Poco o nada se conocía de la producción poética de Benjamín Jarnés, toda ella limitada a las citadas colaboraciones. Así, en 2005, García Juste[3] dedicó un excelente artículo a la prehistoria del escritor, con especial atención a los poemas publicados en la revista El Pilar, en la que el autor escribió de forma esporádica entre 1917 y 1927. Vocero oficial del culto a la virgen homónima, este semanario, que se fundó en 1883, es el decano de la prensa zaragozana y dio entrada al primer poema publicado de Jarnés, “Dulce vino de tu amor”, en su número 1878, correspondiente al 30 de agosto de 1919. En fechas posteriores aparecerían diecisiete más. García Juste lo reproduce junto a otros cuatro publicados en fechas posteriores: “Cultiva tu jardín” (1919), “Los poemas del amanecer” (1921), compuesto de tres partes,” Reina de abril” (1923) y “Agua viva” (1927).

Revista Popular

Revista Popular 23-XI-1919

Esta publicación, semanal y de índole religiosa como la anterior, fue fundada por Félix Sardá y Salvany y se editaba en la Imprenta Popular Pontificia de Barcelona desde 1871. De corte integrista, como su fundador, incluyó, sin embargo, numerosas firmas literarias en sus contenidos y a ella fue a parar la que, mientras no aparezca otro texto, sería la segunda aportación poética de Jarnés a la prensa escrita[4].  Se encuentra en la página 325 de su número 2551, del 23 de noviembre de 1919, con el título “Serás su amada”.

Es curioso señalar que, durante dicho año y, también, en 1918, la revista publicó colaboraciones de escritores afines a las ideas que sustentaba, como pudieran ser Pereda, Polo Peyrolón, Muñoz Pabón o Paul Bourget y catalanistas como Gutiérrez Gili y Julio Manegat, pero también otros sin adscripción clara y hasta republicanos. Podemos citar a Navarro Ledesma, Ortega Munilla, Pérez de la Ossa, Curro Vargas, Zahonero… Y la sorpresa de encontrar jóvenes que en seguida incidirían en la vanguardia, como el gran Barradas, Rogelio Buendía, Rafael Sánchez Mazas y el propio Jarnés. Un examen de otros números de la revista depararía, sin duda, más hallazgos.

El poema, compuesto por diez tercetos de octosílabos monorrimos, es el segundo de la serie “Glosario místico”[5] y está claro que destaca más por su musicalidad que por su temática, de ecos bien conocidos por cualquier afecto a la poesía mística. No poco le costaría a Jarnés ir despegando de los pesos de su educación religiosa, de la que tampoco abominó, e ir obteniendo esa originalidad sintáctica que, para no pocos, lo convirtieron en el prosista más destacado de la Generación del 27[6].

 

SERÁS SU AMADA…

Suavemente descansarás

si tu corazón no te corresponde.

(Kempis. Imitación de Cristo, II, VI)

Reposo, místico reposo

entre los brazos del Esposo…

¡Gozo inefable y misterioso!

 

Dí… ¿quieres, alma, descansar?

Lava tus manchas en el mar

de la Gracia… junto al altar,

 

ceñida de alba vestidura,

espera… ¡y toda tu amargura

se trocará en suave ternura!

 

Soledad, grata soledad…

¡Contigo mora la Verdad,

contigo la Suma Bondad!

 

Quietud, santa y dulce quietud…

Regalo eterno a la virtud…

Oír un mágico laúd

 

que pulsa un bello Serafín

en su dorado camarín…!

¡Divinos éxtasis sin fin…!

 

Corazón, pobre corazón,

dime… ¿qué efímera pasión

dirá más sublime canción…?

 

¿Que rosa pálida y banal

de fugitivo amor sensual

cortarás ya de su rosal?

 

Reposo, místico reposo

entre los brazos del Esposo…

¡Gozo inefable y misterioso!

……

¡Alma! Descansa arrodillada

del Tabernáculo en la grada…

Blanca y pura ¡eres su Amada!

 

[1] De “novela lírica” se ha calificado a lo más valorado de su producción narrativa.

[2] Fuera de lo literario, su primera publicación fue un folleto de dieciséis páginas con el que ganó un concurso de su Regimiento que premiaba “un tema dirigido a mantener a la mayor altura posible el espíritu militar”. Pasarían doce años hasta la aparición de su primera novela. V. José Luis Melero Rivas, José Luis y Antonio Pérez Lasheras, “El primer Benjamín Jarnés: La obediencia militar, un folleto desconocido de 1912″, El Bosque nº 10-11, agosto, 1995, pp. 269-271.

[3]“José Ángel García Juste, “De la ‘prehistoria’ e historia de Benjamín Jarnés”, Rolde, 113, julio-septiembre 2005, pp. 18-29.

[4] En fecha muy cercana fue asimismo publicado por El Pilar.

[5] V. García Juste, op.cit. p. 27.

[6] A la que, por cierto, él apenas pertenecía cronológicamente, ya que el considerado miembro más veterano, Pedro Salinas, había nacido en 1891. En cambio, Jarnés había visto la luz el mismo año que Gómez de la Serna (1888) y uno más tarde que Marañón (1887), ambos considerados componentes de la Generación del 14.

 

 

(Publicado en “Homenaje a Fernando Aínsa”, Imán, noviembre 2019, pp-20-25).

La magnitud de la personalidad literaria de Fernando Aínsa tardó en ser apreciada en Aragón y, aunque, años después de su llegada, empezara lentamente a serlo, ni el conocimiento ni el reconocimiento de su obra fueron justos con ella. Contribuyó a tal extremo la modestia del escritor y su carácter, poco propenso a alharacas. Pero también es cierto que nunca desdeñaba el acudir a cualquier acto literario, por humilde que fuera la ocasión y la compañía. Tal era su amor y dedicación a todo lo que oliera o supiera a literatura. Porque, efectivamente, el personaje era todo literatura. Como que compartía en alto grado las prototípicas cualidades precisas para constituirse en escritor: cultura, sensibilidad, poder de observación e introspección y competencia lingüística.

Que su cultura era proteica lo demuestra sobre todo la profusa obra ensayística que escribió, pero también los cargos que ostentó, las instituciones a las que perteneció y los reconocimientos que obtuvo. Por citar sendos ejemplos, entre una miríada: director literario de las Ediciones de la UNESCO, vicepresidente de la Asociación Aragonesa de Escritores, además de director durante varios años de esta revista y el nombramiento de Doctor honoris causa por la Universidad de Poitiers. No se considere presunción la referencia a nuestra modesta asociación, ya que es lógico recordarlo en una publicación editada por ella pero es que, además, su pertenencia a la misma alivió en alguna medida la aludida ignorancia que en Aragón se tenía de su figura.

Si seguimos revisando las cualidades antes citadas, la sensibilidad no sólo trascendía su obra literaria sino que, para cualquier persona que lo conociera, era notoria esa capacidad de comprensión y empatía que emanaban de su trato. No olvidemos que la sensibilidad no sólo es tener abiertas las antenas para la percepción tanto de la belleza como del horror, sino compartir íntimamente la felicidad y el dolor ajenos.

El poder de observación se revela tanto en su ensayística como en su obra narrativa, con la que, por cierto, se inició como creador en 1964. Por su parte, la capacidad de introspección se hace presente sobre todo en la poesía, el género que, contra lo que suele ser habitual, apareció más tardíamente en su trayectoria y al que, sin embargo, se dedicó con más intensidad en la última etapa de su vida.

En cuanto a su competencia lingüística, poco habrá que señalar porque es lo que caracteriza al verdadero escritor, lo que convierte un texto cualquiera en arte literario. Esta obviedad conviene recordarla hoy que se escribe tanto y de tantas cosas sin tener conocimientos, formación ni técnica literaria suficientes para adentrarse en terrenos tan pedregosos. ¡Cuántas veces habría que recordar la frase de Basilio Soulinake en Luces de bohemia!: “La democracia no excluye las categorías técnicas”. Aplíquese también el cuento a los reseñistas literarios de hogaño, casi siempre sujetos al interés de las empresas editoriales, sus relaciones personales y el do ut des.

Aludíamos a que Fernando empezó como narrador (El testigo, 1964), se convirtió en ensayista (Las trampas de Onetti, 1970) y derivó en poeta tardano, como el título de su primer poemario (Aprendizajes tardíos, 2007) denota. La elección del género, que no es sino una gramática de la expresión, acostumbra a ir en relación con la circunstancia vital del escritor, aunque durante una buena parte de su trayectoria dichos géneros literarios se solapasen. Exiliado, pero a una edad que le daba derecho a considerarse plenamente uruguayo, comienza su trayectoria narrativa en las fechas que el llamado boom de la novela iberoamericana comienza a hacer explosión en la Europa occidental. Cuando llega a Francia en 1973 –no olvidemos que su madre había nacido en tierras galas- aun manteniendo su interés por los temas americanos, se integra totalmente en la cultura del país y es, precisamente el periodo en el que se subraya su dedicación a lo ensayístico: nueve títulos en ese periodo hasta que en 1999, con sesenta años, regresa a España, donde seguirá cultivando el género: siete títulos más en dos décadas. Será a los 70 años cuando se estrene en la poesía: cinco libros en total. Además del citado, Bodas de oro, el tan original y logrado, Clima húmedo, Poder del buitre sobre sus lentas alas y Residencia al aire, su lírica reunida, editada por Renacimiento, que tanto satisfizo a Fernando. Al fin, la propia poesía es el mejor retrato y resumen del escritor. De cualquier escritor, si la poesía reúne los méritos para considerarse tal.

Una mirada más general sobre la totalidad de su obra literaria nos muestra una constante:su preocupación por la ubicación, los lugares, los espacios y, planteado más genéricamente, por los contextos. Es verdad que a su curiosidad todo le atrae y así lo demuestra la variedad de sus labores y su trabajo crítico, pero veamos la importancia que toma para él lo arriba dicho, con sólo el título de algunos de sus ensayos: Espacios del imaginario latinoamericano. Propuestas de geopoética (2002); Espacios de encuentro y mediación. Sociedad civil, democracia y utopía en América Latina (2004);  Del topos al logos. Propuestas de geopoética (2006); Espacio literario y fronteras de la identidad (2005); Espacios de la memoria. Lugares y paisajes de la cultura uruguaya (2008). He aquí como un escritor, de profesión por naturaleza sedentaria, sondea en la ubicación, en el espacio, en el nomadismo de la búsqueda, la explicación y el análisis de aquello que más le preocupa: la utopía ¿qué es ello sino la esperanza de un lugar ignoto, la de conocer al otro y, por tanto, alcanzar la utopía inlograda de la cultura occidental, el socrático conoscere te ipsum?

 

Además de la utopía, ha sido la integración de culturas, con especial referencia a lo americano, otro de los leit motivs más constantes de Fernando. ¿Cómo penetrar en ello, sin tener en cuenta no sólo al indio y al español, sino también, al francés, al inglés, al judío, al negro, al yanqui…? Es decir, al lugar de procedencia y al destino de las culturas. Al fin, este escritor ha sido un intelectual dividido entre dos mundos pero no olvidemos que la no pertenencia casi siempre resulta ser una ventaja, que amplía los campos del conocimiento y de la experimentación. Señalemos lo positivo que resulta para los niños educarse en varios países, la cantidad de intelectuales de excelencia que han deambulado en su infancia de aquí para allá. Ciertos tipos de escisiones apuntan más a la superioridad del conocimiento que a la esquizofrenia.

Conjugar universalismo y localismo, otra propiedad de la escritura del autor que nos ocupa, no suelen ser categorías enfrentadas sino complementarias. Recordemos, como ejemplo, al más  destacado de los escritores aragoneses, Ramón José Sender, también afectado por el exilio y en la peor forma posible: añadiendo a él la pérdida de casi toda su familia directa; el trauma no le impidió facturar narraciones magistrales sobre el Aragón de su niñez y adolescencia y ser, probablemente, el escritor de su generación con más obras de excelencia en torno a las Américas, lo que subraya la cercanía de ambos en cuanto a sus inquietudes.  

Fernando Aínsa logró en varios de sus ensayos establecer categorías, penetrar en el intríngulis y dar forma a muchas de las representaciones literarias que han contribuido a configurar la multiforme, pero indudable, identidad de la literatura latinoamericana. Su capacidad de análisis, y su independencia le facilitaron el camino. También, la claridad y limpidez de su prosa. Eso de ser profundo pero legible, no estuvo de moda en la época en que yo me formé culturalmente, en la que la oscuridad parecía ser una virtud, pese a figuras como las de Alfonso Reyes, Ortega y Gasset, Octavio Paz y, por supuesto, Borges, pero hubieron de pasar años  para que entrara un poco de aire fresco –recuérdese a Allan Sokal y su tan higiénico como desopilante, Intelectual Impostures (1988)- y pudieran llegar a ser enaltecidas gentes como Steven Pinker, Richard Dawkins, Jean-François Revel o Giovanni Sartori, por citar, como en el chiste, a un americano, un inglés, un francés y un italiano. Fernando Aínsa conjugó en sus ensayos densidad y transparencia, como lo hizo en su poesía, honda pero entendible para la mayoría. Y conste que no considero que la claridad en poesía sea necesariamente una virtud, como tampoco lo es en el ensayo y no hay más que traer a colación al inmenso Lezama Lima, como ejemplo. Fernando Aínsa procuró ser con sus lectores tan generoso como en su propia vida.

Conocí a Fernando y accedí a su amistad en sus últimos lustros, cuando su “escisión” era tan sólo entre Zaragoza y Oliete, el pueblo turolense donde se refugiaba y me queda el reconcomio de no haberlo aprovechado más. Amplío la reflexión que, respecto a Aragón, enunciaba al principio de este texto: este autor pudo haber sido un muy valioso puente cultural entre Aragón y América para intercambiar e integrar territorios, ciudades, personas y actividades, que él conocía tan bien. En la América latina las posibilidades económicas son menores que al este del Atlántico pero, con el dinamismo y la propensión hacia la cultura, sucede al contrario: son de mayor calado. Soy de los que piensan que si el estado, que, generalmente, no resuelve problemas a la gente sino que los crea, hubiese atendido más y mejor a la relación con América, otro gallo hubiera cantado a España en la cultura contemporánea.

En la breve antología que aquí se presenta, preparada por el propio Fernando Aínsa, predomina la poesía, que –ya se ha visto- fue la principal dedicación de sus últimos años- y podría echarse en falta el ensayo literario, que fue lo que mayor prestigio intelectual le otorgara pero que, por la extensión que requiere, no sería apropiado para una revista de estas características. No obstante, en el breve mosaico expuesto aparece la gran variedad de direcciones a las que apuntaba el pensamiento y la sensibilidad del escritor hispano-uruguayo.

Como en cualquier muestra de textos de un autor, su más defendible aspiración debe ser el estímulo a leerlo, conocerlo más y mejor, penetrar en su mundo y enriquecerse con él. Para todo ello, Fernando Aínsa será un excelente compañero de aventura.

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(Publicado en Aragón Digital, 27-28 de noviembre de 2019 y en Aragón Universidad nº 154, 1ª Quincena, diciembre 2019).

El guardián entre el centeno es, probablemente, una de las obras que más han influido en la literatura occidental en los últimos sesenta años. Y no sólo en la literatura sino en abundantes comportamientos sociales. Su prestigio siempre ha sido inmenso y el peso de la obra convirtió a su autor, Jerome D. Salinger (1919-2010), en un hombre extravagante que se escondió del mundo y sembró pistas falsas sobre sí mismo con el fin de que lo dejaran tranquilo. De él sólo existe alguna fotografía robada, exceptuando las de su juventud.

Leí esta obra a los 21 años, en la traducción argentina de Méndez de Andes, y me gustó mucho pero no la consideré una obra maestra. Para mi juventud rebelde, dichas obras habían de ser, más que originales y renovadoras, rupturistas, que abrieran caminos nuevos, como Rayuela de Cortázar. He vuelto a leer ahora El guardián ante el centeno y, ya sí, me parece una obra maestra teniendo en cuenta el año (1951) en que fue escrita. Su verdad, su frescura, su espontaneidad tan trabajada hacen de la lectura un festín de amenidad, de sonrisa connivente, de comprensión de ese mundo que su protagonista, el adolescente Holden Caulfield, no tolera. Admiramos lo fácilmente que describe a las personas, tanto a quienes quiere como a quienes no soporta, su torpeza autosuficiente, sus desmesurados odios, su no admitir la falsedad… Como recordarán los muchos que la han leído –es una de las típicas lecturas del Bachillerato- el protagonista, hijo de una familia acomodada, es expulsado del prestigioso colegio-residencia en que estudiaba y, con algún dinero en los bolsillos, hormiguea durante tres días y tres noches por un Nueva York en el que se encuentra y desencuentra con todo tipo de gentes. Relaciones en las que queda palmaria su irritabilidad, su confusión, su sensibilidad, su malestar, su autenticidad… Frente a todo eso, el conmovedor ejemplo de Phoebe, su hermana de diez años, que es su modelo de vida, por quien haría –y hace- cualquier cosa, incluso renunciar a sí mismo. En suma, una niña –que podría ser el típico personaje cursi y sensiblero de tantas ficciones- y que resulta maravillosa como él.

Por supuesto que, como en toda obra literaria, lo esencial y lo que la convierte en auténtico arte es el lenguaje. La traducción canónica al español de Carmen Criado, yo diría que es muy buena, aunque atenúa algunos de los aspectos relacionados con la sexualidad que fueron rupturistas en los Estados Unidos de 1951 y ya no lo eran en la España de 1978, pero la cosa no tiene demasiada importancia. La obra se lee en español perfectamente tanto en la primera traducción argentina que salió en 1961 con el título de El cazador oculto, como en la española. Ha habido muchas discusiones sobre la propiedad de ambos títulos respecto al original, The Catcher in the Rye, tomado de un poema de Robert Burns, pero el que Salinger autorizó fue el que propuso Carmen Criado.

Pero, aparte de este feliz reencuentro con un libro, que también ha sido a la vez el más leído y el más prohibido en la enseñanza secundaria de los Estados Unidos, al leerlo por segunda vez, la lengua traducida de Holden Caulfield me recordaba constantemente la de Félix Romeo, referente de una generación de escritores aragoneses, fallecido hace ocho años, cuando él contaba con 43. Lo conocí en 1987 cuando, tras dar una conferencia en la sala Luzán de la CAI en el Paseo de la Independencia sobre “La literatura y sus márgenes”, me abordó a la salida para ofrecerme algún dato. Tenía tan sólo 19 años y estudiaba Filosofía, que pronto abandonó. En seguida me enteré de que había sido alumno de Ramón Acín y de mi hermano Luis. Nos veíamos en el fútbol y, pronto, comenzamos a coincidir para hablar de nuestras pasiones. Incluso, dormí alguna vez en su piso madrileño del Edificio España, entre torretas de libros, nuestro medio natural. La última vez que nos vimos fue en el AVE hacia Madrid y me preguntó por los libros que tenía en capilla. En este caso era la edición de los Cuentos gnómicos de Tomás Borrás, que preparé con los queridos Petón y Pardeza. Siempre quería saberlo todo; él, en cambio, se escabullía cuando le preguntabas por sus trabajos. Era un ansioso de la sabiduría e información y, cuando no conocía algo, se apresuraba a solventarlo con avidez irremediable. La noticia de su muerte la recibí en Montevideo, donde me hallaba con el amigo y periodista Antonio Ibáñez. Fue la primera información de una mañana lluviosa y oscura. Pese a esta relación, nunca me han llamado para colaborar en los homenajes que le han ido realizado sus corifeos. Tanto aprendieron de él, que quisieron patrimonizarlo.

Por eso, la voz de Holden Caulfield en El guardián entre el centeno, que Félix, consciente o inconscientemente, heredó, ha removido mi memoria. No recuerdo haber hablado con él de esta tan famosa novela pero, no me cabe la menor duda de que estuvo entre sus vivencias personales más intensas.

Sobre Félix Romeo, en este blog también puede leerse: https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/12/23/44-adjetivos-para-felix-romeo/

 

 

(Publicado en El Periódico de Aragón, 8-IX-2019)

Desde finales de abril vienen apareciendo reseñas de Los tres libros de Ana Díaz (edición de Jesús Munárriz), en la que este conocido y competente editor, librero y poeta, atribuye la autoría de los mismos a la escritora y periodista Carmen de Burgos “Colombine” (Almería, 1867-Madrid, 1932), olvidada durante muchos años pero que en las últimas décadas ha recuperado, a través de abundantes ediciones y estudios, la atención que merecía.

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Jesús Munárriz comienza su introducción con la rotundidad del inseguro maravillándose de que “una trilogía publicada con el seudónimo de Ana Díaz haya pasado inadvertida para lectores, críticos, biógrafos e historiadores de la literatura durante casi un siglo”. Después, se dedica a tratar de justificar su atribución no con rasgos precisos y documentados; tampoco, por medio de una comparativa estilística, sino con lo que él cree comunidad de criterios entre Colombine y la firmante del libro. También, por las directas alusiones en el texto de Ana Díaz –casi siempre de carácter irónico o humorístico- a la escritora almeriense[1]. Con todo esto la identificación de ambas queda establecida con pujos de irrefutabilidad.

Enumeraremos los tres libros en cuestión, citando de paso, el año en que fueron publicados, dato que ni conoce Munárriz ni la Biblioteca Nacional ni tampoco quienes se han dedicado a escribir sobre su verdadero autor, que no es otro que Pedro González Blanco (Luanco, 1879-Villanueva de la Sagra, 1961), al que no cita Munárriz en ningún momento, aunque sí a su hermano Andrés, algo más conocido en el mundo literario.

Los libros son: La entretenida indiscreta 1920, Guía de cortesanas en Madrid y provincias 1921 y La imperfecta casada: (avisos a las adúlteras) 1922. Se aporta igualmente una traducción del portugués, Guía de casados, 1921, también firmada por Ana Díaz. No olvidemos que Pedro González-Blanco dedicó gran parte de sus bríos a la traducción y en sus versiones no faltan los autores portugueses[2].

La autoría del escritor asturiano no es ningún invento mío sino que era conocida de siempre por los expertos en el mundillo literario de la época, pero me limitaré a aportar unos cuantos textos y estoy seguro de que, con dedicación, podrán encontrarse muchos más:

 Recurramos en primer lugar a dos diccionarios de seudónimos, que tan útiles suelen resultar a los libreros como Munárriz: 1500 seudónimos modernos de la literatura española (1900-1942) de Eduardo Ponce de León Preyre y Florentino Zamora Lucas, Madrid, Instituto Nacional del Libro, 1942. En su página 35 se lee: “Díaz, Ana: Pedro González Blanco, La entretenida indiscreta”. 

Un cuarto de siglo más tarde, igual criterio sostienen P. P. Rogers y F. A. Lapuente, autores del grueso y documentado Diccionario de seudónimos literarios españoles, con algunas iniciales, publicado por Gredos (pag. 151), tanto respecto a la obra anterior, como a Guía de cortesanas.

Pero, si vamos a los testimonios de sus contemporáneos, el mismo año 1967 en que se publica el mentado diccionario, aparece un libro del alicantino José Alfonso Vidal, Siluetas literarias, donde este amigo y tertuliano de Pedro González Blanco dedica uno de sus artículos a su hermano Andrés pero en él nos cuenta con claridad la peripecia de su amigo Pedro y el origen del equívoco:

Pedro tenía un temperamento más retozón. Yo recuerdo el barullo que armó en mis años mozos la aparición de un libro titulado La entretenida indiscreta, que firmaba Anita Díaz. En la portada venía un retrato de la autora. Los que, como yo, frecuentábamos entonces en Madrid lo que se llamaba con dulce eufemismo “la vida galante” –y nos sabíamos al dedillo a  todas las entretenidas de la Corte- no conocíamos a la tal Anita ni por el nombre ni por la foto, que es lo mismo que decir “ni por el forro”. A la postre resultó que la horizontal de marras era… Pedro González-Blanco. ¡Nos gastó una buena broma literaria!

Los artículos de este libro de José Alfonso habían sido publicados en el diario ABC. Rafael Inglada me informó que el que nos ocupa había aparecido en dicho periódico con fecha del 10 de octubre de 1962.

No se queda solo don José en su referencia sino que también Cansinos-Asséns recuerda varias veces a Pedro González-Blanco en una obra tan conocida y consultada como La novela de un literato (tomo III, p. 320).

Reaparece en Madrid Pedro González Blanco después de muchos años de ausencia en América (…) Ahora viene en compañía de una cocotte internacional, con la que se hospeda en el Palace y a la que, según dicen, utiliza de gancho para armar encerronas a los viejos verdes y ricos…

A nombre de esa amiga –Anita- ha publicado un libro que titula Manual de la perfecta cortesana y que sólo he visto en las vitrinas.

Pero también el dato era conocido por los eruditos.  Marcos Rodríguez Espinosa, siguiendo a Cansinos y a Constantino Suárez[3], apunta en su artículo[4], consultable en el Cervantes Virtual.

Su breve estancia en España estuvo marcada por el escándalo, ya que publicó un libro titulado Manual de la perfecta cortesana firmado por su acompañante, y fue denunciado por una de sus víctimas a la policía, que “lo detuvo, en unión de su cómplice, internándolo en la Modelo, como a un quincenario y merced a sus influencias —los masones-, la cosa no pasó adelante, y el hombre quedó en libertad, pero a condición de marcharse de España.

Los reseñistas no parecen hacer migas con los eruditos. Por escoger una de las últimas, Ana Rodríguez Fischer, que comenzaba así su muy elogiosa reseña de la edición de Los tres libros de Ana Díaz en el suplemento de libros Babelia (10-8-2019):

Con despliegue incontestable de datos y argumentos, al cabo de un siglo Jesús Munárriz rescata  Los tres libros de Ana Díaz, cuya presencia pasó inadvertida hasta ahora pese a poder atribuir su autoría con toda fiabilidad a Carmen de Burgos.

Los estudiosos -casi siempre estudiosas- de la gran escritora almeriense, con Concepción Núñez Rey a la cabeza, supongo que habrán puesto antes que yo las cosas en su sitio pero en la provincia es difícil enterarse de la actualidad.

Por cierto, aunque con interrogaciones, los tres títulos de Ana Díaz mencionados – por cierto, portadores de una excelente prosa- figuran como obras de Pedro González Blanco en su entrada de ¡¡la Wikipedia!!

                                                                                     Pedro González-Blanco

NOTAS

Caricatura de Colombine x Amorós

[1] Sí que sería ilustrativo  investigar acerca de las relaciones entre Pedro González Blanco (Ana Díaz) y Colombine, lo que podría aportar luz sobre lo que parecen guiños cómplices. Seguramente, se conocieron en la tertulia que Blasco Ibáñez reunía en su casa madrileña, a la que asistía Pedro junto a otros escritores jóvenes. En 1906 el exitoso novelista republicano invitó a Carmen de Burgos a unirse a ella cuando gustase, lo que Colombine hizo frecuentemente.

[2] Marcos Rodríguez Espinosa, “Tradición y aventura: Pedro González Blanco (1877-1962), traductor de la Generación del 98”, pp. 125-131. https://cvc.cervantes.es/lengua/iulmyt/pdf/traduccion_98/13_rodriguez.pdf

[3] Constantino Suárez, Escritores y artistas asturianos. (Índice bio-bibliográfico), ed. J. M. Martínez Cachero, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1955, p. 262.

[4] Citado en nota 2. Debo su conocimiento a Blanca Chollet.