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(Prólogo a José Gabriel, La Vida y la muerte en Aragón, Madrid-Sariñena (Huesca), El Perro Malo y Salvador Trallero Ediciones, 2018, pp. 1-11

-¿José Gabriel qué?

-Si quiere conocer el apellido, era López. Pero siempre firmó José Gabriel. Era un periodista famoso que le había organizado alguna huelga a La Prensa. Había trabajado en Crítica, donde inclusive publicaba memorables crónicas de partidos de fútbol (dicen que tenía colgado sobre la cabecera de su cama uno de los botines de Scopelli). En 1922 había publicado la primera biografía de Carriego, muy anterior a la de Borges. Había estado en el Perú como profesor de la Universidad de San Marcos y, al cabo de andanzas y malandanzas, se había arrimado al peronismo que lo ubicó en la redacción de Democracia, con gran disgusto mío, que me sentía la primera pluma de ese diario. Mal que mal nos llevamos bien, sobre todo debido a mi condición de diputado nacional, que algún calculado respeto le infundía. Murió en la redacción del diario El Laborista, hacia 1956 o 1957.

Marcelo Héctor Oliveri, (José Gobello. Sus escritos, sus ideas, sus amores, pp. 110-111).

Portada primera edición, 1938

 Desde que hace algo más de treinta años, por influencia italo-francesa, se puso de moda la microhistoria, conocemos mejor los procesos históricos, acaso no los de las grandes transformaciones socio-políticas y las relaciones internacionales, pero sí los de nuestro país, nuestra región, nuestra comarca o nuestro pueblo en un determinado contexto histórico-social. Viene esto a cuento por la peripecia del autor que tratamos, José Gabriel López Buisán, madrileño de nacencia, pero criado en un pueblo oscense vecino a Graus, Torres del Obispo[1]. Su venida al mundo fue el 18 de marzo de 1896[2]. Curiosamente, sólo sesenta y seis días después de que lo hiciera Joaquín Maurín en otro lugar de la misma comarca, la Ribagorza. Cualquiera de estas dos vidas –a Maurín llegó a tenérsele por muerto en la Guerra Civil, incluso por parte del autor de la obra que editamos- daría para una visión angular del siglo XX más que ilustrativa.

Creo que se podrían contar con los dedos de las manos los españoles que hasta hace nada conocían la identidad de JGLB y yo no estaba entre ellos hasta que leí en la Biblioteca Nacional el libro que nos ocupa. Las razones son varias. El libro es de muy difícil obtención y la literatura acerca de la guerra civil española, inabarcable. Su autor, como tantos compatriotas en esas fechas, emigró de España en 1905 y, al parecer, sólo volvió unos cuantos meses como corresponsal del diario bonaerense Crítica[3] durante las fases iniciales del conflicto civil. Nunca volvió a firmar con sus apellidos, sino que en su abundosa obra escrita siempre utilizó sus dos nombres de pila. Tampoco había ocasión de identificarlo, pues los archivos parroquiales de la zona en que pasó la infancia fueron destruidos por los milicianos en la consabida guerra. El consiguiente interés que experimenté por el autor tras la lectura de La vida y la muerte en Aragón. Lucha y construcción revolucionaria en España me llevó a hacer algunas indagaciones. En esas estaba, cuando en una conversación ocasional con Salvador Trallero, uno de los editores hodiernos de esta obra, saltó el nombre de José Gabriel. No recuerdo quién fue el primero en convocarlo. De cualquier modo, un amigo suyo de Madrid le iba a prestar el libro que él confiaba en editar. Yo andaba reconstruyendo mal que bien su trayectoria. Habría, pues que prologarlo y contextualizarlo.

Sobre la brumosa infancia de este autor, la fuente más segura está en el volumen que el lector tiene ante sus ojos; pero rara vez se volverá a referir a ella y su identificación con la nación que lo acogió es tal, que, exceptuando las tres obras que monográficamente dedicó a la circunstancia político-social española, son escasas las alusiones al país en que vio la luz. La mayor parte de sus libros están  específicamente dedicados a asuntos en estrecha relación con la historia, la lengua, la política y la vida social argentinas.

En La vida y la muerte en Aragón, José Gabriel refiere que los hermanos de su madre le arrebataron su parte de herencia y hubo de trabajar en Madrid como sirvienta. Luego volvería a su pueblo oscense, con su recién nacido hijo. Tras unos años, la familia hubo de abandonar tempranamente Torres del Obispo y asentarse en algún lugar de Cantabria donde tampoco sus miembros lograron mejor fortuna, con lo que, como tantos españoles de su tiempo, decidieron probar suerte en el Río de la Plata.

José Gabriel llega al puerto de Buenos Aires a mediados de la primera década del siglo XX, acompañado de su madre con la esperanza de encontrar al cabeza de la familia que, al parecer, había abandonado. Ello explica, en parte, que en su firma omitiera los apellidos -el segundo de ellos, Buisán, de clara estirpe pirenaica- para firmar para siempre como José Gabriel[4]. Sin embargo, en alguna ocasión manifestó: “A mí me basta con ser hijo de mi madre, la mujer más buena, más pura y más trabajadora del mundo”, lo que no aclara que prescindiera de los dos apellidos, pudiendo haber suprimido únicamente el del padre, por otra parte tan común. De cualquier manera, en la fecha de su arribo, contaba, pues, nueve o diez años. Sabemos que, combinándolo con el desempeño de numerosos oficios, cursó estudios secundarios  y se matriculó en Filosofía y Letras, carrera que hubo de abandonar por los problemas económicos de la familia, lo que no obstó para  que, años después, ostentase alguna cátedra.

  A los 9 años, pedía yo limosna por las aldeas empotradas en los montes cántabros, a los 10 era hortero, a los 11, peón de panadería y repartidor de pan por las calles de Buenos Aires, a los 12, mozo de fonda, a los 13, pintor letrista, a los 14, mensajero, a los 15, empleado y mandadero de escritorio, a los 16, inspector de ferias francas, a los 22, profesor de enseñanza secundaria… He trabajado toda mi vida como una bestia y con una familia siempre a mi cargo[5].

En el periodo de sus estudios José Gabriel se sintió atraído por la “Escuela Novecentista”, que tenía como guía y mentor a Eugenio D’Ors. Uno de sus miembros más significados fue el poeta Benjamín Taborga (Riotuerto, 1-IX-1889-Buenos Aires, 5-XI-1918), un cántabro también emigrado, por quien sintió gran admiración y que sería uno de sus primeros ídolos intelectuales. “Taborga, un auténtico filósofo, provocó un vuelco saludable en mi vida… Con él iba a la Biblioteca Nacional y al Museo de Bellas Artes, leíamos mucho y discutíamos más, pero siempre con gran fraternidad. A veces, sin embargo, por sentir demasiado la belleza, olvidábamos la justicia”. Taborga, primero ejerció de germanófilo, luego, de  bolchevique; es de suponer que José Gabriel siguiera rumbos similares. Ambos fundaron en 1917 “El Colegio Novecentista” y comenzaron a colaborar en La Gaceta. Benjamín falleció con menos de 30 años a consecuencia de la famosa epidemia de gripe, lo que causó honda conmoción en su amigo. D’Ors le dedicó sendas glosas los días 3 y 4 de abril de 1919[6].

Pero, sin duda, el camino intelectual de JGLB estaba encauzado. El 27 de enero de 1917 ya había publicado un artículo “Un seminario de filosofía” en la famosa revista Caras y Caretas, que también llegaba a España. En ella tradujo a Maeterlinck y pergeñó algunas reseñas. El sentido social que siempre le acompañaría aparece ya en “Cuadros de pobreza”, aparecido en dicha publicación en noviembre de 1917. Colaborará también en la revista Nosotros con reseñas sobre literatura francesa y se acercará a otro escritor de prestigio: Manuel Ugarte (1875-1951), periodista, diplomático y embajador, que vivió en París y en España, donde publicó varias novelas y se relacionó con los escritores españoles. Se opuso frontalmente al expansionismo de los Estados Unidos, militó en el Partido Socialista y fundó el diario La Patria (1918), en el que también colaboró José Gabriel, que pasó después al popular diario La Prensa de la familia Paz.

Era delegado, teníamos la Federación de Periodistas y sacábamos un boletín… El trato al personal no era bueno, y un día, paramos La Prensa… Fue la primera huelga grande con que se enfrentaron los Paz.

Consiguientemente, tras tres años de colaboración, fue despedido.

Aquella huelga me cortó los víveres y me acarreó persecuciones policiales y patrioteras (…)  A partir de aquella huelga, La Prensa me sentenció. Me podía morir o que me nombrasen presidente de la Nación, que La Prensa no me mencionaría nunca más (…) No odio esa casa de don Ezequiel Paz… pero puedo aseverar, por lo que vi  (…), que me sentí en un Estado dentro del Estado. La Prensa desdeñaba la causa popular (…) Defendía sus intereses particulares, contra los nacionales, como en el caso famoso de la devaluación de la libra[7].

Comienza aquí un periodo de febril actividad que ya ocupará toda su vida. Sus muy dispersos textos siguen apareciendo tanto en revistas de gran circulación como la citada Caras y Caretas o España, editada en Madrid, como en publicaciones locales y universitarias. Aborda igualmente cualquier temática: la crítica de poesía, el cuento, el artículo político… En la ciudad de La Plata ejerce la docencia en el Liceo de Señoritas. Allí se enamorará de una alumna, Matilde Delia Natta, con la que pronto contraería matrimonio.

El folleto Tupac Amaru (1918) es su primera publicación que excede la extensión de un artículo. En 1920 llegará el primer libro: Evaristo Carriego, del que bebería Borges y al que Manuel Gálvez juzgaría superior al del maestro. Por su parte, José Gabriel colocará poéticamente a Carriego en un escalón más alto que el de Lugones (¡) y tendrá agrias polémicas por ello. En 1922 La fonda es su primera obra narrativa. Además de la que le da título contendrá otras dos novelas breves, “Un lance de honor” y “La joya más cara” pero es la primera, de protagonista colectivo y desarrollada en un conventillo de los suburbios porteños, la más interesante tanto literariamente, como por sus aspectos lingüísticos y sociales. El autor se basa en las experiencias que hace unos pocos años había vivido como mozo para todo en una fonda para todo de ínfima categoría.

José Gabriel va avanzando hacia un nacionalismo de carácter social y, en cuanto a lo literario, “la condición principalísima de la originalidad del arte, será el contenido de la emoción del medio circunstante al artista”. Se trata de la polémica que enfrentará a las dos facciones más activas de la literatura argentina en los años veinte: el grupo de Boedo y el de Florida, es decir, los llamados martinfierristas, defensores del criollismo y la lucha social, frente a los culturalistas y exquisitos, aunque ambos militasen de la vanguardia. Por entonces dirige  el grupo teatral Renovación. Publica varios trabajos sobre cuestiones de arte y, como otros escritores argentinos, se interesa también por el fútbol[8].  En 1930 es ya un intelectual extraordinariamente activo y polémico, que combate la hipocresía cultural y social, los valores consagrados y la corrupción académica y periodística. Suárez Danero lo considera “hombre de innata rebeldía y aguda cultura” y para Ernesto Palacio, “poseía una divina locura, entre quijotesca y unamunesca”[9].

En 1930, José Gabriel ya trabaja en el diario Crítica pero el golpe de estado del general Uriburu, que desaloja al radical Yrigoyen, lo margina y ha de exiliarse en Montevideo. Ya ha abrazado las doctrinas trostkistas: “el único comunista ortodoxo del mundo (…) y Stalin, un embozado reaccionario del comunismo”, mientras sostiene que, en países que siguen inficionados por el colonialismo, es necesario desvincular la cuestión nacional, formando una federación hispanoamericana en estrecha alianza con el socialismo, los sindicatos obreros y la revolución emancipadora. En Burgueses y proletarios en España, afronta el análisis de  la recién proclamada la II República española:

La oposición española necesita cumplir antes de un año su misión. Si la situación objetiva le obliga a dilatar el plazo, la burguesía puede lograr un momentáneo desahogo económico y estabilizarse, aún sin fascismo o con un fascismo enclenque… El rey se ha ido, pero la monarquía todavía no. Aguardo la noticia del saqueo del Palacio de Oriente… Dios les haga leve la guerra civil. Pero tengan presente las palabras de Lenin: ¡Ni un paso atrás![10]

 Restituida la democracia, vuelve a asentarse en La Plata, dirige la revista Martín Fierro (1934), fundada en el centenario del nacimiento de José Hernández y que reivindica sus valores nacionales. Por otro lado, en el semanario Señales publica sus artículos atacando a los Partidos Socialista y Comunista y repitiendo su mantra obsesivo: la errónea actuación de los partidos del Frente Popular en las democracias europeas; el auténtico enemigo es el imperialismo, en el caso de Argentina, el inglés.

 Al estallido de la rebelión militar en España, por propia iniciativa pero como corresponsal de Crítica, se embarca en el vapor Satrústegui para hacer la travesía y desembarcar en Barcelona. Publicado en 1937, su

libro España en la cruz (Viaje de un cronista a la guerra) es la peripecia de este viaje. Mucho más literario y extenso que el que introducimos, nos cuenta el ambiente que se respira en la travesía –viaja en segunda clase-, la miseria y suciedad de la tercera, los novelescos y, generalmente, siniestros personajes con los que traba contacto y la presencia omnímoda de la política en las conversaciones y preocupaciones del pasaje, mientras el capitán protege a los fascistas y prohíbe las manifestaciones en contrario. Todo ello adobado con reflexiones políticas, sobre el Frente Popular y la política europea. Como se adujo, sus ideas son las del  POUM (Partido Obrero Unificado Marxista) de Andrés Nin. El barco se detiene en varias ciudades brasileñas, Dakar, Casablanca, Gibraltar, Orán y Génova, porque no se le permite la entrada en Barcelona, cuyo puerto, según la empresa naviera, está minado. El periodista aprovecha para darnos las impresiones de cada una de estas ciudades. Una vez en Génova, sigue siendo complicado llegar a Barcelona. Finalmente, se junta con Santiago, un anarquista aragonés que ha trabajado en los cafetales brasileños que intenta reincorporarse a la CNT y participar en la lucha. En tren, consiguen alcanzar Portbou y llegar a Barcelona un mes después de la sublevación. José Gabriel describe con viveza la contradictoria Barcelona revolucionaria y a varios de sus personajes y tipos humanos. Es a partir de aquí, cuando se desarrollan las crónicas del libro que abordamos.

La vida y la muerte en Aragón_Cubiertas (1)

 La vida y la muerte en Aragón

Modestamente editado por la editorial Imán, con sedes en Buenos Aires y México y con cubierta diseñada por José Planas Casas[11], el libro respira el aire inquieto y apresurado de las crónicas de guerra pero también la convicción de que se están viviendo momentos trascendentales de la historia. En las cinco páginas del prólogo, escrito en abril de 1938, más de un año después de su estancia en el frente, José Gabriel señala culpables:

La guerra imperialista debe convertirse en guerra civil, predijo Marx. Lo confirmaron con los hechos, Rusia, en 1917, Italia y Alemania, en 1918; lo confirmaba España en 1936. Los mismos burgueses españoles de izquierda hablaban de REVOLUCIÓN, no de DEFENSA (…) Pero precisamente porque el orden proletario es el único opuesto a todo orden imperialista, al verlo surgir en España lo frenaron.

En resumen, el objetivo de ambos bandos era frenar la revolución proletaria. Por ello, los burgueses republicanos, socialistas, con los comunistas a la cabeza, destruyeron las milicias populares, las colectivizaciones, amordazaron a los partidos revolucionarios, asesinaron a Durruti, Nin y Berneri y mandaron al pueblo en masa a morir en batallas absurdas como las de Teruel y, después, el Ebro.

Sin embargo, José Gabriel no es un pesimista agorero y alberga la esperanza de que, si no se consigue la victoria militar, se obtenga la política. Su vitola de progresista verdadero la demuestra poniendo en solfa muchos de los comportamientos de quienes dirigen la guerra: la censura, la propaganda que convierte los fracasos en victorias, la honda rivalidad entre las distintas organizaciones revolucionarias… Pero lo que el periodista desea ardientemente es conocer el frente de Aragón y su experiencia revolucionaria. Finalmente, sufragándolo a medias con un colega francés, consigue que le entreguen un Peugeot nuevo provisto del correspondiente chófer. A partir de aquí JGLB nos paseará por la geografía aragonesa (Bujaraloz, Fuentes de Ebro, Sariñena, Barbastro, Graus, Torres del Obispo…) a través de cuadros tomados de la realidad que traslucen la verdad de una instantánea fotográfica. Sus reflexiones políticas y pensamientos siempre serán breves, como requiere la crónica periodística, diferentes a las más sesudas y analíticas de España en la cruz.

Miradas sobre el paisaje, datos costumbristas, observaciones sobre los hábitos nacionales, las milicianas, la vida en la trinchera se suceden a lo largo de los cuarenta breves capítulos que componen el libro de sólo 120 páginas en su edición original, pero que se completa con láminas fotográficas, reproducciones de algunos órganos de prensa, pasquines, manifiestos… y un apéndice de 52 páginas más, que contiene los apartados: “Una descripción del frente

aragonés”, “Detalles del frente aragonés” “¿Por qué se detuvo el frente en Aragón?”, “Debates proletarios sobre economía”, “La ofensiva contra las colectividades”, “El gobierno republicano en el nuevo orden”, “Un discurso antifascista de Durruti” y “Vida y muerte de un líder”, donde se afirma sin ambages que el revolucionario leonés “fue asesinado por la Columna Internacional del General Kléber, fuerza especialista en la limpieza a retaguardia” (166)

 A José Gabriel le sorprende la naturalidad con la que se ha aceptado la desaparición del dinero, el “todo para todos”, también, aquella con que se acepta la muerte propia y ajena, leitmotiv del título del libro. En cambio, el desvío de la izquierda francesa y su Frente Popular respecto a la lucha de los republicanos españoles produce en todos honda indignación que se traslada al periodista francés compañero del argentino. Pero el mayor número de páginas se dedica al ataque y penetración en el pueblo de Fuentes de Ebro, dirigido por Durruti, también narrado con sencillez y ausencia de dramatismo. Ausencia que se extiende a la suerte de los ejecutados, cuya muerte cuentan con naturalidad algunos de sus verdugos o que los mismos reporteros encuentran abandonados en las cunetas. José Gabriel no puede evitar un respingo ante dichas circunstancias, lo mismo que sucede en la cena que les sirven en la iglesia de Bujaraloz:

En el fondo, me está remordiendo, no la iglesia convertida en comedor, sino la iglesia vencida. Siempre peleé y nunca pude quedar vencedor: el derrotado, ya, por su misma derrota, me parece el justo. Todos tenemos algo de razón y la razón vencida es más razón.

Tras el ataque a Fuentes de Ebro, son los capítulos 25 –el fusilado en la cuneta a las afueras de Barbastro- y los que se desarrollan en Torres del Obispo, ahora Torres de Largo Caballero (32-37), los que, en cierto modo, suponen un viraje en las preocupaciones dominantes. El primero ejemplifica las consideraciones metafísicas que asoman en el título de la obra y los que se refieren a la aldea en que se crió, la perplejidad del reencuentro con su niñez, un choque psicológico en un contexto en que las preocupaciones inmediatas, que para muchos equivalen al destino de la humanidad, son lo único que importa.   

El colega francés necesita regresar y a José Gabriel le pesan las muertes. Sin decirlo, necesita escapar de ellas. Aunque no quiere incurrir en las exageraciones de otros corresponsales, los fusilados se han convertido en protagonistas. El reportaje termina con una cena en un restaurante del Barrio Chino –el casco viejo de las ciudades mediterráneas que el autor siempre denomina Casbah- en la que el chófer devora unos sesos y comenta: “Como con gusto porque me parece que le estoy comiendo la cabeza a aquel fascista de la carretera”. Un tanto ambiguamente, José Gabriel refugia sus pensamientos en el vino.

 

Los años finales

 Tras la guerra, la trayectoria de JLGB seguiría siendo rebelde, polémica y combativa. Su enorme capacidad de trabajo se refleja en su bibliografía y centenares de artículos. Las preocupaciones por la lengua nacional, la cultura popular y el antifascismo seguirán siendo prioritarias para él. Así, obtenida una cátedra en 1939, se le suspende en 1941. El golpe militar de 1943, que intervino hasta la lengua y proscribió el lunfardo, lo llevó a inmiscuirse en la protesta, lo que le valió la cárcel y el exilio a Montevideo. En 1946 marchará a Lima para enseñar periodismo en la Universidad de San Marcos. Vuelve en 1949 y se acerca al peronismo, que antes había rechazado. Pero también con una actitud crítica: en las reuniones del general con los periodistas “el que llevaba la voz cantante era Perón. Sólo José Gabriel osaba interrumpir los monólogos presidenciales[12]”. Sin embargo, la muerte de Evita y los nuevos rumbos de la política del presidente provocan que vaya tomando algunas distancias aunque los intelectuales antiperonistas lo consideran un enemigo. Por entonces, colabora en Argentina hoy, un diario socialista cercano al peronismo, y en El Laborista; vive modestamente en una villa obrera del barrio de Lanús, extrarradio de Buenos Aires; también ejerce labores de prensa en el Ministerio de Salud Pública.

Frisando la sesentena, José Gabriel estuvo con los que, sin fortuna, trataron de oponerse al derrocamiento de Perón, por lo que recibió virulentos ataques. Como escribe Galasso:

Aquel que había sido marginado por anarquista y trotskista, por rebelde y deslenguado, por predicar una síntesis entre marxismo y liberación nacional o hacer centro en la cuestión social al analizar el Martín Fierro, suma ahora otra transgresión: su peronismo militante de los últimos años. Inmediatamente es exonerado del ministerio, manteniendo apenas su cargo en El Laborista, aunque arrinconado en una sección secundaria y con un sueldo exiguo que le permite apenas sobrevivir a él y a su familia[13].

El 14 de junio de 1957, un infarto vence su cabeza sobre la máquina de escribir en la redacción de El Laborista. Muere horas después.

Pasarían 17 años para que alguien escribiera sobre él (Suárez Danero, 1974); 58, para que se reimprimieran algunos de sus textos (Korn 2015); nada menos que 61, para que una editorial, curiosamente aragonesa, llevase a cabo la reedición de uno de sus libros. La independencia, el humanismo, la calidad literaria y la variedad de las preocupaciones de este autor merecerían otras atenciones.

 

                                                                                   NOTAS

[1] Aparte de su propio testimonio, la condición aragonesa del autor la confirman Eduardo Suárez Danero, Guillermo Korn y otros autores. Él se decía aragonés, como su familia materna, pero se consideraba argentino. Pese a la importancia de su obra y las polémicas que suscitaron sus escritos y actuaciones, la figura de José Gabriel es muy poco conocida incluso en los círculos cultivados del país austral. 

[2] El padre, Buenaventura López, nacido en Cangas de Onís, Asturias, emigró a la Argentina en 1897 y parece que abandonó la familia a su suerte. La madre, Teresa Buisán, nacida en Torres del Obispo, Huesca, viajó con su hijo a Buenos Aires en 1905.

[3] Fundado por Natalio Botana en 1913, Crítica fue uno de los periódicos más populares del país en las décadas de los veinte y los treinta, llegando a alcanzar cinco ediciones diarias y en algún momento llegó a ser el de mayor tirada del mundo en lengua española. Defensor de las ideas avanzadas, durante la guerra en España, apoyó al bando republicano. A partir de la muerte de su fundador en 1941, el diario fue decayendo y desapareció en 1962.

[4] Dado su espíritu rebelde y revolucionario, es posible que pudiera ejercer alguna influencia el hecho de que el nombre español del caudillo Túpac Amaru, que en el siglo XVIII se rebeló contra la dominación española, fuese el de José Gabriel Condorcanqui Noguera. Igualmente, llevó ese nombre el minero J. G. Aguilar que, en unión del doctor Ugalde, concibió un proyecto de emancipación americana, por lo que, como Túpac Amaru, fue ejecutado en 1805.

[5] Cit. por Galasso (2013).

[6] La obra completa de Taborga fue publicada por Calpe Argentina en 1919.

[7] Cit. por Galasso (2013).

[8] En “El jugador de football, ejemplo de arte”, (La Nación, 6-I-1929) sostiene que en un partido de fútbol hay más arte que en muchas de las óperas del teatro Colón, insistiendo en el funcionamiento colectivo del juego. Añade que la cultura debería tomar ejemplo de lo ocurrido en el fútbol: “Unos ingleses acriollados, les enseñaron a nuestros muchachos las reglas primarias del juego, hace medio siglo, pero ellos no se quedaron en la enseñanza externa (…) cuando supieron cómo se jugaba, trataron de olvidar lo aprendido y se pusieron a inventar. Leyeron los libros, pero no tomaron notas, aprovecharon la experiencia ajena, pero no la repitieron. Polimeni o Calomino (dos jugadores de la época) en una de sus trenzadas de vagos por los baldíos de los diques con la marinería de los buques británicos surtos en el puerto, crearon el fútbol argentino. Todos los actos esenciales de la cultura son producto de una enseñanza convertida en móvil creador. Por eso, nuestros universitarios van a Europa maestra y sólo promueven cortesías y van nuestros jugadores de fútbol y arrebatan a las gentes. Llevan lo que Europa conocía, pero lo llevan superado”.

[9] El catedrático bilbaíno citó a José Gabriel en sus Ensayos, publicados en 1916.

[10] Cit. por Galasso (2003).

[11] José Planas Casas (1900-1960),  gerundés de Torroella de Montgrí, emigró a la Argentina en 1911. Fue un excelente y reconocido artista, que se relacionó con grandes figuras del arte de su época. Falleció en Santa Fe, cuya Escuela de Bellas Artes dirigió desde 1942.

[12] Marcelo Héctor Oliveri, José Gobello. Sus ideas, sus escritos, sus amores, Buenos Aires, Corregidor, 2002, pp. 110-111.

[13] Galasso (2013).

                                                                      OBRAS

Tupac Amaru (folleto), Buenos Aires, 1918.

Las salvaciones (folleto), Buenos Aires, Arca, 1920.

La educación filosófica (folleto), Buenos Aires, Centro de Estudiantes de Derecho y Ciencias Sociales, 1921.

Evaristo Carriego, Buenos Aires, Agencia Sudamericana de Libros, 1921.

La fonda. Un lance de honor. La joya más cara (relatos), Buenos Aires, Tor, 1922. / La fonda (novela porteña), Buenos Aires, Imán, 1939.

Vindicación de las artes  (crítica artística), Buenos Aires, Mercatalli, 1926.

Martorell (monografía artística), La Plata, Félix Santi, 1926.

Farsa Eugenesia (drama clásico), Calpe-J. Urgoiti, Buenos Aires, 1927.

Frente a Moisés (monografía artística), Buenos Aires, Ángel Estrada, 1928.

El Cisne de Mantua, La Plata, Félix Santi, 1930.

Reglas para un manual del político, La Plata, Félix Santi, 1931.

-Sentido de lo moderno (folleto), La Plata, Félix Santi, 1931.

Bandera celeste. La lucha social argentina, Buenos Aires, Porter Hermanos, 1932.

La revolución española (crítica social), Buenos Aires, Autor, 1932

Cantar de Los infantes de Lara, La Plata, Autor, 1934.

-El pozo negro, Relatos del mundo, Buenos Aire, Claridad, 1935.

España en la cruz. Viaje a la guerra española, Santiago de Chile, Ercilla, 1937.

Las semanas del jardín. (España y América vistas a través de un desconocido libro de Cervantes), Santiago de Chile, Ercilla, 1937.

La vida y la muerte en Aragón. Lucha y construcción revolucionaria en España, Buenos Aires, Ediciones Imán, 1938.

El nadador y el agua. (Retorno a la dicha natural), Buenos Aires, Compañía Impresora Argentina, 1938.

Ditirambo a García Lorca, Buenos Aires, Colombo, 1939.

El loco de los huesos. Vida, obra y drama del Continente Americano y de Florentino Ameghino, Buenos Aires, Ediciones Imán-Sarmiento, 1939.

Aclaraciones a la cultura, Buenos Aires, Colombo, 1939.

San Martín, imagen angélica, La Plata, Imprenta E. Capdevile, 1940.

Entrada en la modernidad, Buenos Aires, Concordia, 1942.

La Madrid. El valor legendario, Buenos Aires, Emecé, 1944.

Walt Whitman, Montevideo, Ceibo, 1944.

Curso de literatura española, Montevideo, Organización taquigráfica, 1945.

Historia de la gramática, Lima, Lumen-San Marcos, 1948.

La encrucijada. Europa entre la revolución y la guerra, La Plata, Moreno,  1952.

De leguleyos, hablistas y celadores de la lengua (Antología compilada por Guillermo Korn), Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015.

 

                                                          BIBLIOGRAFÍA

-CHÁVEZ, Fermín, Alpargatas y libros. Diccionario de peronistas de la cultura (Tomo I), Buenos Aires, Theoria, 2004, p. 57.

-GALASSO, Norberto (coord). Los malditos  (Vol. I). Buenos Aires, Madres de Plaza de Mayo, 2004, p. 279.

-, “José Gabriel López Buisán, ese hombre desconocido y olvidado. Se cumplieron 117 años del nacimiento del español que vivió en la argentina y defendió  la causa nacional”, Tiempo Argentino, 20 de marzo de 2013.

-GONZÁLEZ, Lucas, Jerónimo BORAGINA, Gustavo DORADO y Ernesto SOMMARO, Voluntarios de argentina en la guerra civil española, Buenos Aires, Ediciones del CCC (Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini), 2008.

KORN, Guillermo, “Estudio preliminar” a De leguleyos, hablistas y celadores de la lengua, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015, pp. 11-51.

-MELERO, José Luis, Los libros de la guerra. Bibliografía comentada de la Guerra Civil en Aragón (1936-1949), Zaragoza, Rolde de Estudios Aragoneses, 2006, pp. 96-98.

-OLIVERI, Héctor Marcelo, José Gobello. Sus ideas, sus escritos, sus amores, Buenos Aires, Corregidor, 2002.

-PULCHER, Darío, Escritores “malditos”: peronismo histórico y campo intelectual en una aproximación de Jauretche, 2015.

-SIGNO, Leopoldo del, “José Gabriel, el último gaucho”, La Nueva España nº 69, junio 1937.

-SUÁREZ DANERO, Eduardo, “José Gabriel, sin pelos en la lengua. Textos de un polemista mordaz, relegado al olvido por la cultura oficial. Biografía de un luchador”, La Opinión Cultural, 3 de febrero de 1974.

-TARCUS, Horacio (dir.), Voz “Gabriel, José”, Diccionario biográfico de la izquierda argentina, Buenos Aires, Emecé, 2007.

                                                                         José Gabriel López Buisán 

 

 

 

 

 

 

 

(Publicado en Aragón Digital, 10-11 enero 2019).

Acaba de cumplirse el centenario (7 de enero) de uno de los sabios aragoneses menos conocidos en su propia tierra. Me refiero a Julián Gállego (1919-2006), al que -aparte de los estudiosos del arte que continuarán durante mucho tiempo consultando sus magníficas monografías sobre Velázquez, pintura barroca y Goya- casi nadie recuerda, a pesar de que no hace más que una docena de años que abandonara este valle de risas y lágrimas.

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Es verdad que residió en Madrid buena parte de su vida, por otra parte muy viajera, pero el desconocimiento de su muy atractiva obra literaria creo que se debe más a que el público difícilmente encaja entre sus meninges que el conocido por una actividad –en este caso, la crítica de arte- se dedique también a otras cosas. Efectivamente, Julián Gállego fue autor de un puñado de obras que van desde la narrativa (San Esteban de afuera, Muertos y vivos, Apócrifos españoles, Nuevos cuentos de la Alhambra) hasta el teatro (Fedra), pasando por los viajes, a los que tan adicto fue (Postales, Años de viaje), las crónicas, en las que fue maestro (Mi portera, París y el arte) y el género autobiográfico en su libro, El arte de la memoria, una deliciosa evocación de la Zaragoza de la primera mitad del siglo XX.

Recuerdo que sus primeros textos los leí en los dominicales de Heraldo de Aragón, entonces con un excelente elenco de colaboradores culturales remunerados. No sé si ese periódico lo ha recordado en estos días, pero sí que uno de dichos colaboradores, César Pérez Gracia, ha procurado preservar su excelencia y su memoria escribiendo en varias ocasiones del maestro nacido en la calle Mayor, número 47.

Mi portera, París y el arte

Don Julián, que se había doctorado en Derecho e Historia del Arte, ejerció algún tiempo como técnico de la Administración Civil en Sevilla y Barcelona hasta que decidió cambiar su orientación profesional y trasladarse a París. Enseñó en las universidades de la Sorbona y Complutense, fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y pronto se convirtió en un crítico de arte de talla internacional, que comisarió una exposición sobre Velázquez en el Metropolitan neoyorquino y varias en el Museo del Prado. Zaragoza lo galardonó con alguna medalla y una calle, allá por el Parque Ebro.

Julián Gállego vivió de mozo en las calles Mayor y Argensola, de cuyo sector nos proporciona preciosas informaciones. Escojo unas pocas: los panecillos con forma humana que fabricaba el horno sito en el patio de su casa; la fascinación de los niños ante el palacio de Larrinaga, que todos creían que era el de la Reina Hada, y así lo nombraban; la supervivencia del dance de las Tenerías, del que recuerda una de las coplas dedicadas a un político que no señala: “Tienes la cabeza gorda / y el culo de señorita / y donde quiera que vas / vas tirando la levita”. Pero, sobre todo, una que viene al pelo para corregir a los memos y cursis que llaman “Piñateli” al famoso canónigo, propulsor del Canal Imperial, que da nombre al parque y al edificio del Gobierno de Aragón: “Pig-natelli (y pronúnciese, como es uso en Zaragoza, separando la G de la N, sin apiñarlas, y, en cambio, juntando las dos “ele” para dar lugar a la letra “elle”, que tantos países nos envidian)…”

Si lo dice un sabio y yo no me canso de corregir a los puñeteros “piñatelieros”, habrá que aplicar el cuento.

 

                                           BIBLIOGRAFÍA DE SU OBRA LITERARIA

-BADOSA, Enrique, “Prólogo” a Muertos y vivos, Barcelona, Rocas, 1959.

-BORRÁS, Gonzalo, Voz: “Gállego Serrano, Julián”, Gran Enciclopedia Aragonesa, apéndice IV, Zaragoza, UNALI, 2001, p. 119.

-CENTELLAS, Ricardo, “Julián Gállego, la memoria recobrada” (Reseña de El arte de la memoria), Heraldo de Aragón, 25-V-2000.

-DOMÍNGUEZ, Antonio (dir.), Voz: “Gállego Serrano, Julián”, Gran Enciclopedia Aragonesa 2000, tomo X, Zaragoza, El Periódico de Aragón, 2000, p. 2334.

-HORNO LIRIA, Luis, Más convecinos… y algún forastero, Zaragoza, IFC, 1995, pp. 115-117.

-, Autores aragoneses, Zaragoza, IFC, 1996, pp. 28, 205-211.

-LÓPEZ FONSECA, Antonio, “Rumor de clásicos: el grito de algunos autores invisibles del teatro español del siglo XX”, Cuadernos de Filología Clásica, Estudios Latinos, vol. 26, nº 1, 2006, pp. 181-198.

-MAINER, José Carlos, Voz: “Gállego Serrano, Julián”, Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo VI, Zaragoza, UNALI, 1981, p. 1477.

-MINISTERIO DE CULTURA, INSTITUTO NACIONAL DEL LIBRO, Quién es quién en las letras españolas, Madrid, 1979 (3ª ed.), p. 181.

-NAVALES, Ana María, Antología de narradores aragoneses contemporáneos, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1980, pp. 25, 107-124.

-PADRÓS DE PALACIOS, Esteban, “Prólogo” a Apócrifos españoles, Barcelona, Rocas, 1966, pp. XI-XIX.

-PÉREZ GRACIA, César, “Retrato de Granada” (Reseña de Nuevos cuentos de la Alhambra), Heraldo de Aragón, 22-XII-1988.

-, “Semblanza de un ilustrado de Zaragoza” (Introducción a El arte de la memoria, Zaragoza, Ayuntamiento, 1999, pp. 9-19).

-, “Las memorias inéditas de Julián Gállego”, Heraldo de Aragón, 18-VII-1999.

-PÉREZ LATORRE, J. M., “Reseña” de El arte de la memoria, Turia nº 55-56, febrero 2001, pp. 333-335.

-RINCÓN, Wifredo, “Necrológica”, Archivo español de arte, Vol. 79 nº 314, 2006.

-, “Julián Gállego y Aragón” en Homenaje a Julián Gállego, Anales de Historia del Arte, Vol. 28, 2008, p. 25-38.

 

 

Es este uno de los capítulos de una obra, que ya no terminaré. A finales del siglo pasado concebí la idea de escribir un libro con el título que aquí figura. Realicé, siempre provisto de gratas compañías, unos cuantos itinerarios por las tres provincias del reino, pero otros encargos, compromisos o responsabilidades me desviaron del propósito inicial y, hoy, la pigricia me ha hecho más sedentario. Sin contar con que la masificación del turismo desaconseja incrementar sus filas.

Texto publicado en la revista Crisis nº 14, diciembre 2018, pp. 6-9.

Preparativos

Se levantan tarde en Luesia. Tanto, que se ha de recurrir al remedo de almuerzo para hacer que alumbre la hora en la que los mínimos empresarios que regentan panadería y carnicería abran el establecimiento. Sus inmediatos ancestros, a estas horas, ya estarían ahítos de doblar el lomo. Vivimos mejor. ¡Viva la Virgen de Luesia!

Aprovecho para presentar a mis acompañantes: Florita, de hermosos ojos azules, rotundas caderas y bastante buen humor, es artesana del barro y la cerámica de Muel tiene en ella uno de sus más sólidos pilares.

-Florita, te presento a Asís.

Experto hollacaminos, de talante pacienzudo pero abundante sentido del humor y largos conocimientos, es camarada que comparecerá más veces en estas correrías. Viene acompañado de Lucas, pintoresco procurador de los tribunales, más acostumbrado a parapetarse entre trochas y barrancas que ante los legajos incordes[1].

-Lucas, te presento a Florita.

Comenzar llenando el buche no es lo más recomendable para el caminante. Pero no hay opción. Antropológico y costumbrista, me lanzo a amenizar el condumio:

-Hijos nacidos de madre, que alguien categorizó como locos, fueron traídos a Luesia, en el transcurso de los setenta en uno de aquellos programas experimentales que pretendían que los tales viviesen en comunidad y más o menos mixturados con los residentes. Se trataba de una de esas excrecencias de la antipsiquiatría, tendencia promocionada por Laing y Basaglia, creo recordar, que, a su vez, recogían los ecos de las proclamas surrealistas que exigían el licenciamiento de las tropas, el derrocamiento del Papa y del Dalai-Lama y la libertad para locos y delincuentes. ¡Siempre el Arte marcando caminos anticipatorios a la sociedad! Por aquí, al principio, los miraban con curiosidad no exenta de recelo. En cuanto empezaron a mirar a las mozas con la fijeza que les es propia, los antiguos residentes entraron a torcer el morro y los alunados tuvieron que hacer las maletas.

A unos y a otros les faltó paciencia, achaque -dicen- muy español. O a los teóricos de la guilladura para aguardar a que el elemento rural estuviera preparado o concienciado -cuando San Juan baje el dedo[2]-; o a los turulatos para demorar el uso de la mirada de lechuza; o a los lugareños para tener un poco más de correa.

Cuando no me mira ni el gato que, en todo caso, afila sus uñas y  jamón y vino ya pugnan por simbiotizarse con nuestros jugos gástricos, alzamos nuestras humanidades, ya recias de por sí[3] y ahora más asentadas, y nos lanzamos a comprobar cómo los habitantes del lugar han heredado esa costumbre de los chalados de mirar fijo y con incomprensible interés a quien por allí se aventura.

-Tal vez les afectan las femeniles turgencias de Florita -aventura Lucas.

-Es que ellas también miran -contraataca la mentada.

-Por algo será -me pavoneo.

-Será porque no saben quiénes somos y darían media vida por averiguarlo -dictamina Asís.

La carnicería ostenta en primer plano varias cabezas de cordero, convenientemente desolladas con sus ojitos saltones y todo[4]. Asís y yo -humanistas al fin- nos quedamos en la puerta y Florita y Lucas, ella, como hembra avezada a los misterios del ciclo de la concepción, y él, como leguleyo, ducho en las miserias humanas, se las apañan con el tendero.

 

La salida

Este narrador de fuste tiene sus influencias. La Comunidad de EntreArbas nos ha preparado un campanudo Nissan Patrol, provisto de chófer, guía o alguacil para que nos acerque a las fuentes del Arba de Luesia. El aludido resulta más chófer rural que otra cosa, pues su elocuencia sólo se desata ante un comentario malévolo sobre las particularidades de los que habitan un lugar cercano.

Dejamos a un lado la ermita de la Virgen del Puyal, que se desmorona, y acometemos una pista que sigue el curso del río hasta el abandonado lugar de Sibirana, que se disputan Luesia y Uncastillo. Bellísimo paraje lo llama Bernabé Cabañero y, a fe, que es así[5].

Paramos allí con el objeto de tentar la bota, quedarnos boquiabiertos ante el disparatado castillo roquero y reflexionar sobre el tempus fugit, el sic transit gloria mundi y el collige virgo rosas.

Collige virgo rosas -le digo a Florita.

-Hola -me contesta, frunciendo ingenuamente la naricilla.

Me amosco:

-No se trata de que digas “Hola” sino “¿Qué?” y yo te pueda endilgar unas adecuadas lecciones en forma de tostada sobre esta cita latina, que constituyendo las primeras palabras de una oda del poeta Ausonio, hoy sirven para designar a los poemas que estimulan al goce de la juventud en forma de disfrute carnal antes de que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre. Por ciento que Machado en el soneto “Rosa de fuego” retoma la cuestión, cosa que resulta sorprendente en tan timorato personaje: “…y aun bebed sin temor la dulce leche/que os brinda hoy la lúbrica pantera/antes que, torva, en el camino aceche /…con la rosa de fuego en vuestra mano”, dice. Así que toma nota.

-Por mí no hay inconveniente. De hecho, es lo que siempre llevo en la cabeza.

Si yo soy palizas, Asís es historiador. De su discurso (no breve) y al que, naturalmente, presto menos atención que al mío, entresaco: Tierras de frontera, siglo XI, razzias morunas y que todas estas fortalezas de por aquí fueron de madera antes de ser de piedra. También que para entrar al castillo hay que ejercer de alpinista, pues la puerta está a unos cuantos metros del suelo y que la escala que utilizaban sus sufridos moradores para acceder a las alturas o fue requisada por Almanzor o por algún político, con lo que optamos por orientarnos a la vecina ermita de Santa Quiteria –también, hecha polvo- y a la que hasta hace no mucho se iba en romería. A la inscripción románica que asegura que fue levantada en 1112 se unen otras más recientes que dan cuentas de los patronímicos de quienes se aventuraron por estas soledades, a menudo acompañadas de las fechas -generalmente, cercanas- en que tan señalable fecho se produjo. La grafomanía que ataca al español en cuanto ve una piedra vieja está en proporción directa a su grafofobia en cuanto ve un papel nuevo. Más vale así, dado como estamos dejando la literatura los que ejercitamos la profesión. Otro, más devoto, ha prescindido de reseñar su identidad y fervorosamente ha escrito “¡Viva el copón!”. Con lo que, a falta del mismo, empuñamos con fruición la bota.

El lugarejo debió nacer al abrigo del castillo y parece que aún hay humanos vivos que nacieron en él. Como este tipo de literatura elegiaca está suficientemente trasegado y veo unos olmos de montaña sorprendentemente sanos, doy unos amariconados saltitos para que la compañía vea que he entrado en una de mis crisis líricas y debe dejárseme en paz, y me dirijo al que parece más sabihondo y patriarcal.

-Crea que me alegro mucho de que no le haya sobrevenido la grafiosis.

-Se agradece. Por estos andurriales, ni eso.

-¿Debo entender que no se encuentra a gusto en tan privilegiado paraje en el que no falta la hierba mullida y suave, el celaje impoluto, el alto escarpe desde el que la señora buitra empolla, tan impresionante testigo de la magnificencia de la obra humana como el castillo que nos contempla…?

-Sí que tenemos buenas vistas pero echamos en falta la conversación… pero no le dejo hablar. Siga con lo del locus amoenus y tengamos la fiesta en paz.

-Le decía que si debo entender que no se encuentra a gusto in hoc amoeno loco. Me pirran los latinajos y le juro que nunca hollé el seminario. Soy así de culto. Como usted, veo.

-Mire, aquí he tenido tiempo para todo. Por mis padres, chamullo el latín y el árabe y por mí, manejo el aragonés, el español y el portugués, que es la lengua en la que nos manejamos los entes botánicos. Mire, le voy a leer un cuentecico que me ha inspirado este paraje que tanto le gusta.

Hay un rumor de hojarasca y escucho:

“En la piedra esculpida que coronaba la estancia se mecían sin otra quemazón que su misma pervivencia. Monsur y Debele eran como dos espíritus en proceso de desleír los últimos posos de emoción, de dejar caer la tibia estructura que sostenía su polvo. Antes del anochecer una serpiente de humo penetraba por los vanos, discurría entre las losas almagres y ascendía las gradas. Era el momento en que Monsur y Debele amagaban un respingo. Tan sólo para caer de nuevo en esa antinomia del sopor que es la indiferencia.

Llega la noche y la bandada está presta”.

-Pues sí que está bien.

En esto, se oyen unos tiros que también nos hacen amagar un respingo. Lucas, que andaba buscando semillas exentas de grafiosis para su jardín de procurador naturalista, y este coloquiante que interrumpe su cháchara, se vuelven interrogantes hacia el chófer.

-¿La Guardia Civil? ¿Los maquis? ¿La fin del mundo?

-Los cazadores de jabalíes -contesta el interpelado, que tiene ganas de que ganemos el destino.

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Montamos y llegamos al pozo Pigalo, donde, en verano, los bañistas despelotados tienen su edén. Es un remanso del río, más que lujuriante, que dispone de cuatro metros de profundidad y de un trampolín natural de algunos más desde el que capuzarse. Nos conjuramos para hacerlo en cuanto el equinoccio de primavera se venza hacia el solsticio de verano. Pero aún tenemos que dar otro disgusto al chauffeur. Asís, arrebatado por los pujos de su disciplina, insiste en acercarse al Corral de Calvo:

-Se trata de unas ruinas visigodas absolutamente insólitas por estos territorios. Perder una oportunidad así sería incrementar el censo de los ignorantes.

-Estoy hasta las gónadas de ruinas. Cuatro piedras mal aparejadas y unos cuantos agujeros por el suelo. Ya he visto las de Numancia, con lo que suenan, y, aparte del pasmo propiciado por la climatología, que no por la magnificencia del lugar, no gané nada -aduzco.

-¡Eso! -abunda el de Luesia.

Total que, ante la gemebundia de Asís, enfilamos el caminucho y nos topamos con un tejado de uralita que encubre una iglesuca y unos pozos que Asís pondera luengamente, tras informarnos que en aquel cenobio se enclaustraban los elementos más venados de las familias nobles visigodas. A él les remito.

 

La llegada

El Nissan no puede llegar a más. Nos deja ante las vistosas fuentes del Arba de Luesia que, con una cascada vertiginosa, se vierte desde las alturas hasta el barranco en que nos encontramos. Se pasaporta al chófer y al Nissan con el encargo de que nos vengan a buscar cuando caiga la tarde a la explanada de Fayanás. Nos proponemos ganar lo alto de la cascada, visitar la ermita de Santo Domingo allí ubicada y tirar luego para las fuentes del Arba de Biel, cercanas. Mal que bien, lo intentamos y, en una paridera, damos cuenta de la pitanza. Como Lucas ha traído, además de los catalejos, el laúd, después, con notoria falta de patriotismo baturro, entonamos unas chuflillas flamencas. El gusto popular dictamina la triunfadora. Pertenece a ese genio de Torre del Campo que atiende por el nombre de Juanito Valderrama:

                     Yo soy un flamenco rancio

                     de los que ponen el mingo,

                     de los que ponen el mingo,

                     y soy árbitro de fútbol

                     y soy árbitro de fútbol

                    femenino, los domingos.

 

El regreso

Llegamos a las fuentes del Arba de Biel pero se hace tarde y no podemos demorarnos. A lo lejos, seguimos oyendo tiros. La vuelta, medio trotando, la hacemos por el Paco de Lisán. Pacos llaman por aquí a las vertientes umbrías en las que corre el gris y vivaquean los hielos. Un cortafuegos harto empinado se constituye en saludable atajo. Eufóricos por la carrerita cuesta abajo nos encontramos a un galgo despistado que se amorra a los humanos y al que, a la vista de su manto, en seguida llamamos Canelo.

-Se habrá perdido persiguiendo la pieza. Estos bichos melancólicos y huidizos sólo se realizan encorriendo a otros bichos, el resto de su vida es existencialismo -dice Asís.

Pero he aquí que otro chucho -éste de buena raza, con hermosas orejas, pero ojo a la virulé- también se nos enreda por las piernas en demanda de caminos.

-Como los traen en coche, si se despistan, no saben volver. Luego, los cazadores vienen a buscar los perdidos -aduce Asís a quien nadie -ni siquiera él- suponía experto en cinegética.

A éste le ponemos Tobi y al tercero que se nos acerca, negro y delgado, Moro, como está mandado.

Los cuatro humanos y los tres cánidos alcanzamos por fin el elemento locomotor y, entre algarabía de ladridos y tientos a la bota, cuando cae la noche, llegamos a Luesia.

 

NOTAS

    [1] El adjetivo pertenece al primer poemario de José Verón Gormaz, polifacético bilbilitano, que tiene sus ocurrencias. Y ya que estamos entre poesías, en Luesia habitó, didactizó y dio sobradas muestras de intensidad biográfica Ángel Guinda que fundó aquí la colección Puyal, que dio a la luz versos de muy dispares aedos.

    [2] Aluda a San Juan Evangelista, como dice el paremiólogo José María Sbarbi, señalando la asunción de la virgen a los cielos o a San Juan Bautista, que señala al cordero divino: “Ecce agnus dei“, como quiere el gran Iribarren, la frase solía pronunciarla con retintín una de mis primeras novias cuando yo me empeñaba en demorar sus proyectos de consolidar la pareja.

    [3] Sí, el maestro decía que no se pueden juntar dos preposiciones, pero este libelo tiene un carácter eminentemente popular y hasta bobo. Es más, SÍ se pueden juntar dos preposiciones.

    [4] Aprovecho para saludar a Caroline que, comisionada en Calcena durante otro viaje, para adquirir unos filetes de jamón con los que rellenar el bocadillo, se topó con esta visión infernal, incrementada con el adorno de unos cuantos chichorros colgantes y conejos despelletados. El mareo que trajo compensóse -fue su dicterio- con la notable y pedagógica información que ello le proporcionó sobre nuestros usos y costumbres, necesitada como estaba de adquirir datos en torno a nuestra idiosincrasia ya que la susodicha es autora de la primera tesina sobre nuestro zaragozano Oasis, a cuyas representaciones acudió en sus últimos tiempos con tanto pasmo como fascinación.

    [5] Al que quiera saber algo en torno a los pedruscos magníficamente dispuestos que abundan por estas anfractuosidades se le remite a tan caviloso erudito: Bernabé Cabañero Subiza, Los orígenes de la arquitectura medieval de las Cinco Villas (891-11105): Entre la tradición y la renovación, Centro de Estudios de las Cinco Villas, Cuadernos de las Cinco Villas nº 3, Ejea de los Caballeros, 1988. El título es largo pero el libro no.

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Publicado en Cruces de bohemia, Zaragoza, UnaLuna, 2011, pp. 7-11.

El conocimiento de la bohemia española primisecular preocupa a los estudiosos desde hace no demasiado tiempo. Sin embargo, gran parte de nuestra mejor literatura tuvo que ver con ella y su existencia no es un referente pintoresco y marginal sino una tremenda realidad que, a veces, parece haber querido borrarse. Verdaderamente, y pese a la relativa cercanía en el tiempo, resulta muy difícil saber de sus circunstancias. Es cierto que los auténticos bohemios fueron a menudo retratados con pretensiones estéticas por parte de quienes los conocieron o como sujetos de anécdotas con que amenizar los libros de memorias o ficciones, pero sólo en casos muy aislados, como los de Valle-Inclán o Gómez de la Serna, se penetró en su enjundia.

Muchos de los textos en torno a sus chuscos sucedidos y vidas desgarradas pueden parecer hoy excesivos o exagerados, fruto más bien de una selección de episodios que de una realidad patente, pero cualquiera que haya deambulado por los barrios bajos o las tabernas españolas de hace no tantos años sabe que el pintoresquismo más atroz, la arbitrariedad, la miseria y el dolor elevado a chascarrillo eran pasto común, y quienes hayan cumplido los sesenta tendrán noticia de lo que significó el hambre para gran parte de los habitantes de la piel de toro y de los extremos a que puede llevar el sufrirlo. La historia de la humanidad no es fundamentalmente otra cosa que la historia del hambre. Y hasta hace cincuenta años un buen número de españoles lo vivía cotidianamente.

Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son, como se dijo, impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo.

Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, todavía muy superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban, según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

Es cierto que algunos de los bohemios aquí retratados vivieron, aunque fuera momentáneamente, el triunfo. Dicenta, a partir del estreno de Juan José, sin que ello significara ni mucho menos que variase su preferencia por el alcohol, la pendencia, el mujerío y los barrios bajos. Vidal y Planas, durante el corto periodo que corrió entre el éxito del estreno de Santa Isabel de Ceres y el asesinato de Luis Antón del Olmet. Retana tuvo una vida desahogada hasta la guerra civil pero sus amistades y preferencias sexuales le hicieron hurgar, aunque irónica y distanciadamente, en las espeluncas de la condición humana. El resto apenas salió nunca de la compañía de la indigencia y la urgencia de emplear el “sable”.

El nivel estético de sus producciones fue naturalmente diverso. De los aquí recogidos, Noel y Gálvez, excelentes escritores minusvalorados y siempre tratados con reticencia, han sobrellevado en su consideración crítica el estigma de su excentricidad y de su pobreza. Si todavía puede decirse que una gran mayoría de los escritores más notables del siglo XX español pertenecía a clases más o menos acomodadas, con todo lo que ello significa, la crítica en general poco hizo por reparar esa injusticia de base. El franquismo y las circunstancias del exilio coadyuvaron para que esa situación no se modificase. Joaquín Dicenta, tan famoso y posiblemente supervalorado en su tiempo, padeció en su prestigio la travesía del desierto que, durante los años inmediatamente posteriores, suele afectar al escritor que desaparece. Su virulento y sincero, aunque decimonónico, enfoque social propició que el franquismo derribase sus bustos y sepultase su obra bajo la socorrida losa del olvido. Retana fue un escritor de gran soltura y correcto estilo aunque cayó frecuentemente en facilidades y nunca le sonrió el genio. Sin embargo, su repercusión sociológica tampoco ha suscitado apenas atención. Pedro Barrantes y Vidal y Planas, a pesar de la abundantísima obra de este último, carecen de interés estético pero son el perfecto ejemplo de esa España descabellada, abrupta, feroz e inclasificable que da razón de nuestra historia.

Todos bebieron con voluntad, lo que, probablemente, costó la vida a Barrantes y Dicenta. Gálvez y Retana murieron de forma violenta; Noel, en la miseria. Contra toda probabilidad, fue Vidal y Planas el único que tuvo una muerte que podríamos calificar de corriente, aunque fuera en el exilio.

Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sáinz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último, que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta -en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sanchez Álvarez-Insúa-, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existe una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

 Categorizar a la bohemia española prescindiendo de consideraciones estético-históricas es tarea inútil y condenada al fracaso. Una sociología de la bohemia tendría fronteras siempre gaseosas. Aceptando el común componente de la indigencia, sí puede decirse que Gálvez, Noel, Barrantes se incluyeron en ella por vocación. Buscarini y Vidal y Planas, por temperamento enfermizo. Otros bohemios con posibles se insertaron en sus filas por estética, como fue el caso de Hoyos y Vinent. Sin que faltase la erotofilia, caso también de Retana. Ya se habló de la pasión personal de Dicenta por el limo. No la tuvo Carrère, que se encontró con esta forma de vida en los cafés y se apuntó con todo tipo de prevenciones al cotarro, como quien se inscribe en una sociedad con la que no tiene mucho que ver pero que, sin darle mucho que cavilar, le resulta útil. Los dos grandes Ramones, si estuvieron en la bohemia fue, evidentemente, por amor al Arte que ellos, como nadie, ejemplificaban.

Los seis trabajos aquí reunidos, fruto de varios años de recogida de notas sin propósito específico y de la predilección del autor por estos tan extravagantes como, en su mayor parte, desdichados artífices, quieren dar una visión parcial, aunque en la medida de lo posible coherente, de este universo relativamente cercano en el tiempo pero tan lejano ya a nuestros usos y formas de vida. Los repertorios de obras y bibliografías no llegarán a exhaustivos, pero incrementan de forma sensible lo hasta ahora publicado sobre estos autores y, desde luego, pueden dar pistas para indagaciones posteriores que, probablemente, ya debían haber sido acometidas.

María Dolores Arana. (Zumaya, 24-7-1910-Hermosillo (México), 5-4-1999). De origen vasco, fue una de las primeras mujeres que ganó oposiciones al Cuerpo Auxiliar de Aduanas, al que también perteneció su padre. Sin que ni su conservadora familia conociera las razones, abandonó su puesto y se trasladó muy joven a Zaragoza, donde cimentó su vocación literaria. Así, publicó varios textos en la revista Noreste y en 1935 editó el poemario Canciones en azul, número 2 de los Cuadernos de Poesía de la Editorial Cierzo, con un retrato de Federico Comps y ornamentación de Gaspar Gracián, que saludó el propio Tomás Seral  y Casas en la revista citada. Serrano Asenjo en Estrategias vanguardistas dedica un extenso y útil comentario a este libro. Es el único autor que la trata, aparte de la breve nota de Juan Manuel Bonet en su diccionario de vanguardias en la que nos informa de sus colaboraciones juveniles en la barcelonesa Hoja literaria.

  La primera de sus tres colaboraciones en Noreste corresponde al número 7, publicado en el verano de 1934 y es un curioso y muy breve poema trisílabo, que tituló “Resaca”:

Amor;

te sentí

nacer

en mí.

¡Qué dolor!

No supe

de ti

qué hacer;

dormí.

  Volvió a publicar en los números 9 y 10, este último dedicado monográficamente a mujeres, poemas de su Canciones en azul, un libro en que el afán de integración con la naturaleza junto a la hostilidad y el rechazo hacia el mundo incómodo de la realidad es el tema que adquiere mayor protagonismo.

Durante la guerra civil María Dolores fue secretaria de José Ruiz Borau, entonces en el Consejo de Aragón, y entabló una relación sentimental con el futuro novelista que dejaría a su familia y se exiliaría con ella en Francia, adonde había acudido enviado por el S.I.M. (Sevicio de Información Militar) y, desde octubre de 1941, en Méjico. Como es sabido, Ruiz Borau, con el que tuvo dos hijos, adoptaría su apellido y, a partir de entonces, firmaría todos sus libros como José Ramón Arana (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/14/jose-ramon-arana/. Tras unos años de convivencia, el matrimonio se separó pero María Dolores Arana siguió con su actividad intelectual. Durante su exilio mejicano publicaría al menos dos libros más, Árbol de sueños (1953) –poesía- y Zombies, el misterio de los muertos vivientes (1987),  en el que aborda con rigor el fenómeno del vudú haitiano.

Árbol de sueños, con un prólogo en verso de Concha Méndez y muy breve (23 poemas) es un libro de insatisfacción y soledad, que parece encubrir un conflicto, probablemente de carácter amoroso. De tono medio y a menudo tópico, falta la chispa de originalidad que dé fuerza a su poesía.

     Sobre tus sueños va

      mi corazón sediento

     y proclamando voy

  Tu muda ausencia

   mi soledad

        la soledad del hombre

el sentirme callada

sorda

ciega

trascendida de angustia

y de ceniza.

María Dolores Arana ejerció la crítica de arte y fue amiga de Altolaguirre, Concha Méndez, Emilio Prados y Cernuda, con el que tuvo una relación muy directa y sobre el que publicó numerosos artículos y llegó a alojar en su casa. Hay entrambos un importante epistolario que ya ha sido publicado. Entre 1961 y 1976  Papeles de Son Armadans, la revista de Camilo José Cela, a quien también le unió una estrecha amistad, publicó diecisiete colaboraciones debidas a su pluma. En diarios y revistas mejicanas como Novedades, El Heraldo, El Nacional, Excelsior, Las Españas, Ruedo Ibérico, Nivel, Literatura, El rehilete, El Gallo Ilustrado, Kena, Mujeres, Revista Mexicana de Literatura… se recogen asimismo muchos de sus artículos.

(Publicado en “Cinco escritoras aragonesas del siglo XX”, Criaturas Saturnianas nº 3, segundo semestre 2005, pp. 91-105), más insertos,  Obras y Bibliografía extraídas de mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2010), Zaragoza, DPZ, 2010, pp. 103-104).

El retrato de Arana fue dibujado por su amigo “el aprendiz de escultor José Oliay” en el campo de concentración de Gurs (15-VI-1940).

                                                                                     OBRAS

Canciones en azul, Zaragoza, Cierzo, Col. Cuadernos de Poesía, 1935.

Árbol de sueños, México, Intercontinental, 1953.

Arrio y su querella (ensayo), México, Cuadernos de Lectura Popular, 1966.

Zombies. El misterio de los muertos vivientes (ensayo), México, Posada, 1987.

 

                                                                          BIBLIOGRAFÍA

ALTAZOR (Tomás Seral y Casas), “Reseña” de Canciones en azul, Noreste nº 10, primavera, 1935.

-BARREIRO, Javier, Poesías de José Ramón Arana, Zaragoza, Rolde, 2005.

-, “Cinco escritoras aragonesas del siglo XX”, Criaturas Saturnianas nº 3, segundo semestre 2005, pp. 91-105.

-, “Introducción” a Poesías. José Ramón Arana, Zaragoza, REA, 2005, pp. 23-24.

-BONET, Juan Manuel, Diccionario de las vanguardias en España (1907-1936), Madrid, Alianza, 1995, p. 58.

-MÉNDEZ, Concha, “Prólogo” a Árbol de sueños, México, Intercontinental, 1953.

-PARIENTE, Ángel, Diccionario bibliográfico de la poesía española del siglo XX, Sevilla, Renacimiento, 2003, p. 44.

-RINALDI RIVERA ROSAS, Yolanda, “José Ramón Arana: el escritor olvidado que no podía olvidar”, Escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Barcelona-Sevilla, Grupo de Estudios del Exilio Literario (GEXEL)-Renacimiento, 2006, pp. 137-144.

-SERRANO ASENJO, José Enrique, Estrategias vanguardistas, Zaragoza, IFC, 1990, pp. 81-85.

 

(Publicado en Diario del AltoAragón, 10 de agosto 2018)

¿Cuántas autobiografías conoce usted de mujeres aragonesas anteriores a 1988? En estos momentos, yo no recuerdo ninguna y tampoco abundan –todo lo contrario- después.  Sólo por esta razón sería ilustrativo detenerse en la que escribiera y editara la oscense Adelina Bello Lasierra, personaje tan insólito como atractivo.

Familia Bello (1911). Adelina sostenida por su padre.

Casi tan longeva como su famoso hermano Pepín, con quien tenía una relación ambivalente de gran cariño y alguna desconfianza, Adelina -o Adelaida- Bello Lasierra (Huesca, 23-04-1909 / Madrid, 22-11-2007) fue una mujer de gran inteligencia y originalidad, cuya formación fue planificada por su padre, que la envió a Ashford para su educación secundaria. De vuelta a Madrid, inició la carrera de Arquitectura pero, finalmente, siguió cursos de Bellas Artes. Hay constancia de que se presentó al concurso para el Cuerpo facultativo de Archiveros Bibliotecarios y Arqueólogos a finales de 1932, pero su matrimonio con el médico Ricardo Martínez Álvarez, que falleció en 1969, la terminó alejando de la vida laboral. No, de la formación intelectual ni del interés por la ciencia. Entre las muchas disciplinas que alentaron su curiosidad, fueron la Biología y la Física las que marcaron su preferencia. Escribió también obras de teatro y narraciones breves, que no llegaría a publicar.

Fue sin embargo en los años finales de su vida cuando decidió dar a la imprenta los dos tomos de su insólita y sincera autobiografía en los que quedó patente su fuerte y original personalidad a la par que la extensión de sus conocimientos. Con el seudónimo de Elenora, en 1988 publicó el primer tomo, Novísimo testamento, y al año siguiente, La resurrección por la ciencia. Pese al origen oscense y la relevancia social de su autora, que yo sepa, ningún medio aragonés se preocupó de ellos, que debieron ser muy poco y mal distribuidos, pues es muy difícil hoy día encontrar algún ejemplar de los mismos, que, en realidad, son el mismo libro, es decir, uno no sucede al otro, sino que el segundo es una reelaboración del anterior con algunas supresiones y modificaciones.

Adelina en una vagoneta

Harto complicado es resumir en unas líneas el contenido y espíritu de un libro que no apuesta por la facilidad sino por la profundidad y la reflexión multidisciplinar. La autora reconoce desde un principio que las ciencias físicas son las raíces materiales de toda su obra y, a través de un recorrido por su familia y por los episodios vitales más destacados en su recuerdo, se somete a una radiografía personal de muy amplio espectro. Son fundamentales en su formación las disímiles pero poderosísimas personalidades de sus padres, Severino Bello Poeyusán (1866-1940), el ingeniero que construyó el pantano de La Peña, obra pionera en su tiempo, y Adelina Lasierra Campaña (1877-1961), mujer hipersensible, genial y de gran simpatía, cuyas cualidades, en uno u otro grado, heredaron sus siete hijos y, en especial, Adelina.

La autora manifiesta que desde niña supo que tenía que escribir y que ideas y vivencias precisaban de ese refuerzo para ser compartidas y entendibles. Nos habla de la formación de su sensibilidad en la que tuvo gran importancia su madre, que consideraba incomprensible que la humanidad fuera capaz tanto de proporcionar dolor a los animales como de servirse de ellos.  Sin que falte el repaso a los hechos concretos, su biografía es, sobre todo, una “historia de su proceso intelectual” y, en palabras de Rafael Santos Torroella: “un muy personal replanteamiento de uno de los grandes enigmas –el del sentimiento de supervivencia- que gravitan sobre la especie humana. La formación en Ciencias Naturales, así como las propias y reales vivencias en torno a las mismas, comunes a todos los Bello, hacen que este libro de Adelina, con su represada vehemencia introspectiva y las reflexiones y clarificaciones en él desarrolladas, sea, a un tiempo, tan desasosegador como estimulante”. Efectivamente, Adelina manifiesta su confianza en que la Física no ha de tardar en lograr la inmortalidad del hombre, cuestión más transcendente que cualquier otra que pudiera plantearse.

Aparte de aparecer en mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), las únicas menciones que conozco de Adelina corresponden, al citado Rafael Santos Torroella, que la nombra varias veces, ya que fue ella quien le proporcionó muchos datos acerca de la familia, en el artículo “Un genio en busca de autor: Pepín Bello”, publicado en el libro colectivo Dalí residente (1992). Su hermano se refiere asimismo a ella en La desesperación del té, el ilustrativo libro de conversaciones que mantuvo con José Antonio Martín Otín “Petón”. También Félix Romeo -a quien presté La resurrección por la ciencia, único tomo que había conseguido por entonces- le dedicó una columna, “Elenora” en Heraldo de Aragón (17-VIII-2008).

Es curioso que en estas fechas en las que se reivindica cualquier mujer que hubiera tenido algún protagonismo literario o artístico, Adelina continúe como habitante del limbo del olvido.

(Publicado en Aragón Digital, 29-30 de julio de 2108)

Era de esperar, pero ha pasado inadvertido el centenario de Santiago Lorén, que el 10 de julio hubiera  cumplido cien años. Desde su revelación con La casa con goteras, Premio Planeta en su segunda convocatoria (1953), don Santiago fue el novelista aragonés más exitoso en España, hasta que la censura permitió a partir de 1966 que empezaran a llegar a los lectores algunas de las narraciones de los exiliados, con Sender a la cabeza.

Santiago Lorén se había dado a conocer con su primera novela en 1952, Cuerpos, almas y todo eso, título que remedaba el best seller de un autor popularísimo por entonces, Maxence Van der Meersch, que en 1946 había editado Cuerpos y almas. Luego llegó el Planeta con la citada novela de índole realista, como era normal en los años cincuenta, y con sus toques de humor negro. Se desarrollaba en la comarca de Calatayud, donde su autor había trabajado como ginecólogo. Poco a poco, fueron apareciendo al menos veinte libros de narraciones más, que se vendieron muy bien.

Pero don Santiago tocó otros palos, tanto literarios como de otros tipos: algunas obras de teatro, dos libros de memorias, uno de ensayos, una monumental guía de Aragón y varias biografías. La escrita sobre la vida de su tocayo Cajal, dio lugar a una popularísima serie de televisión en diez capítulos, Ramón y Cajal. Historia de una voluntad (1982) dirigida por José María Forqué e interpretada por Adolfo Marsillach, que alcanzó un gran éxito y hoy día puede verse en “RTVE a la carta”. El propio Forqué dirigió Miguel Servet. La sangre y la ceniza (1989), que asesoró y documentó el médico belchitano.

Santiago Lorén dejó a los siete años su pueblo natal y llegó a Zaragoza, para vivir en las cercanías del Matadero. Alumno brillante de Allué Salvador en el Instituto Goya y buen lector desde niño, cursó medicina, que, aún estudiante, tuvo ocasión de ejercer durante la Guerra Civil en las terribles batallas de Teruel. Especializado en Ginecología, fue destinado a Calatayud, donde la naturalidad de las gentes y la confianza que muchos pacientes depositan en el médico, le sirvió para recrear en sus novelas las historias que le contaban. Una vez conseguido el Planeta, se convirtió en colaborador habitual de la prensa e incluso llegaría a dirigir la edición aragonesa del diario Pueblo, en los últimos años del franquismo, periodo que historió en su último libro publicado, Cierzo de papel (1993), repleto de interesantes datos acerca de la vida política y periodística de esos conflictivos años.

Sin embargo, el libro que yo prefiero de los que he leído de este autor es Memoria parcial

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(1978), finalista del Premio Espejo de España, que historia su peripecia adolescente y juvenil desde 1930 a 1937. Citaré otros dos testimonios que certifican esa excelencia: Luis Horno Liria, crítico literario de Heraldo de Aragón durante medio siglo, personaje muy conservador pero ecuánime y certero en sus juicios, en su reseña del 3 junio de 1978, tras denostar durante varios párrafos las ideas y modos del autor, reconoce en el párrafo final: “la visión de Zaragoza se nos ofrece es original auténtica, con fiel descripción de calles, porches, paseos, barrios, ríos (…) ¡qué vivos, qué bien descritos están!”. El otro testimonio es el de mi padre, al que, sabedor de sus gustos, presté el libro para que lo leyera. Al final de su última página escribió: “cojonudo”.  

El escritor tuvo sin duda una vida intensa, pues, además de lo dicho, fue profesor de Historia de la Medicina en la Facultad, probó la política presentándose a concejal de Zaragoza por el Partido Socialista Popular, de Tierno Galván –le faltaron mil votos para obtener el acta-y tuvo un protagonismo público, que excedió el de la capital aragonesa. Sus últimos años estuvieron marcados por una demencia senil, que le impediría hacer uso de sus facultades a partir de 1993.

Zaragoza reconoció su labor nombrándolo Hijo adoptivo de la ciudad en 1991 y, años después, daría su nombre a una glorieta en el barrio de la Ilustración, nombre que le habría gustado. Sin embargo, a ocho años de su muerte no tengo noticia de que se le haya recordado y, lo que es peor, de que se sigan leyendo sus libros.

LORÉN ESTEBAN, Santiago, Belchite (Zaragoza), 10-07-1918 / Zaragoza, 26-11-2010.

                                                                         OBRAS

Cuerpos, almas y todo eso (novela), Barcelona, Janés, 1952.

Una casa con goteras (novela), Barcelona, Planeta, 1954.

Las cuatro vidas del Dr. Cucalón (novela), Barcelona, Planeta, 1954.

Cajal, historia de un hombre (biografía), Barcelona, Aedos, 1955.

Vivos y muertos (novela), Barcelona, Corinto, 1955.

El verdugo cuidadoso (novela), Barcelona, Planeta, 1956.

Déjeme usted que le cuente… (cuentos), Zaragoza, Publicaciones CEJ, 1956.

Diálogos con mi enfermera (cuentos de humor), Madrid, Taurus, 1958.

El baile de Pan (novela), Barcelona, Planeta, 1960.

Un muerto para empezar (comedia), estr. en 1960.

Mateo José Buenaventura Orfila (biografía), Zaragoza, IFC, 1961.

Siete alcobas (novela), Barcelona, Planeta, 1964.

La muerte ríe (novela), Barcelona, Myne, 1965.

El pantano (nueva versión de Vivos y muertos), Barcelona, Plaza & Janés, 1967.

Del electrón a Dios (ensayo), Barcelona, Plaza & Janés, 1968.

La rebotica (cuentos), Zaragoza, Pórtico, 1969.

VIP (novela), Barcelona, Destino, 1971.

Clase única (novela), Barcelona, Planeta, 1975.

Historia de un pendón (novela), Barcelona, Planeta, 1976.

Aragón (guía), Barcelona, Destino, 1977.

Memoria parcial (memorias), Barcelona, Planeta, 1978.

No tenía corazón (novela), Madrid, Sedmay, 1979.

Hospital de guerra (novela), Zaragoza, UNALI, 1981.

La rebotica (teatro), estr. en 1982.

Ramón y Cajal, historia de una voluntad (biografía), Barcelona, Noguer, 1982.

El proceso de madame Lafargue (novela), Barcelona, Planeta, 1983.

La vieja del molino de aceite (novela), Barcelona, Planeta, 1984.

Mi señor don Fernando, la conquista de un reino (novela), Zaragoza, Mira, 1992

Cierzo de papel (memorias), Zaragoza, Mira, 1993.

El bingo (teatro)

No se puede contra el amor (teatro)

El quiste (teatro)

                                                        BIBLIOGRAFÍA

-ABELLÁN, José Luis, “Reseña” de Del electrón a Dios, Ínsula nº 265, diciembre 1968.

-ALEGRE, José Luis y Francisco José MONTÓN, Guía del teatro en la provincia de Zaragoza, Zaragoza, DPZ, 1983, pp. 125 y ss.

-ARANGUREN EGOZKUE, José Luis, Los premios Planeta aragoneses, Zaragoza, Ateneo, 1990.

-, Los ojos hablan. Glosas …, Zaragoza, Gráf. Alcor, 1995.

-CASTRO, Antón, “Santiago Lorén gana el Planeta”, Gran Enciclopedia Aragonesa, apéndice IV, Zaragoza, UNALI, 2001, p. 284.

-DOMINGO, José, “Novela colectiva y novela intelectual” (Reseña de VIP), Ínsula nº 308-309, julio-agosto, 1972.

-FERNÁNDEZ CLEMENTE, Eloy, “Reseña” de Memoria parcial, Andalán nº 254, 25-I-1980.

-GARCÍA CASTÁN, Concha, Voz: “Lorén Esteban, Santiago”, Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo VIII, Zaragoza, UNALI, 1981, pp. 2097-2098.

-GISTAÍN, Mariano, “Santiago Lorén, no sólo escritor”, El Día, 10-VI-1984.

-HERNÁNDEZ RUIZ, Javier y Pablo PÉREZ RUBIO, Diccionario de aragoneses en el cine y el video (1896-1994), Zaragoza, Mira, 1994.

-HORNO LIRIA, Luis, Autores aragoneses, Zaragoza, IFC, 1996, pp. 393-406.

-MARRA-LÓPEZ, José Ramón, “Reseña” de Siete alcobas, Ínsula nº 215, octubre 1964.

-MINISTERIO DE CULTURA, INSTITUTO NACIONAL DEL LIBRO, Quién es quién en las letras españolas, Madrid, 1979 (3ª ed.), p. 265.

-NAVALES, Ana María, Antología de narradores aragoneses contemporáneos, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1980, pp. 24-25, 87-100.

-SAINZ DE ROBLES, Federico Carlos, Diccionario de la Literatura, vol. II, Madrid, Aguilar, 1973, p. 680.

-SANZ VILLANUEVA, Santos, Historia de la novela social española (1942-1975), vol. II, Madrid, Alhambra, 1980.

-, “Reseña” de Mi señor don Fernando, Diario 16, 27-VIII-1992.

-SOLDEVILA DURANTE, Ignacio, La novela desde 1936, Madrid, Alhambra, 1980.

-VAL, Luis del, “Prólogo” a Cierzo de papel, Zaragoza, Mira, 1993.

-VÁZQUEZ DE PARGA, Salvador, La novela policiaca en España, Barcelona, Ronsel, 1993.