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La Cochambrosa (1905) es la primera y desconocida obra de Pedro Luis de Gálvez. No se sabía de edición alguna de esta novela hasta que Javier Barreiro la localizó publicada como folletín en el Heraldo de Cádiz a finales de 1905, fechas en las que el malagueño se encontraba preso en la cárcel gaditana, a la espera del juicio por las palabras proferidas contra la monarquía en un mitin republicano celebrado en 1904 en Jerez de la Frontera, que le supondría varios años de penal hasta ser indultado.

La novela tiene un carácter claramente autobiográfico, con abundantes excursos sobre Arte y Estética, ya que la pintura fue la primera gran vocación del escritor, que se relacionó con Pablo Ruiz Picasso, contemporáneo y vecino suyo en Málaga. Es también una muestra del malestar de la época de entresiglos y tiene concomitancias con otras narraciones de su tiempo en las que el protagonista se debate entre la persecución del ideal y la falta de voluntad para la lucha. Finalmente, es un documento desde el interior de la vida bohemia en el Madrid de los últimos años del siglo XIX, con la aparición de personajes tan representativos como Enrique Cornuty y Pedro Barrantes.

Javier Barreiro, ensayista, poeta, narrador y autor de Cruces de bohemia, es uno de los más reconocidos estudiosos de la literatura de entresiglos y ha publicado numerosos artículos y ediciones en torno a obras y escritores de esta época.

Sobre Pedro Luis de Gálvez también puede verse en este blog:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/07/22/pedro-luis-de-galvez/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/07/23/la-prehistoria-de-pedro-luis-de-galvez-en-la-carcel-cronica-y-narracion/

 

 

La publicación de los primeros originales poéticos de uno de los líricos más potentes del siglo XX, que también fue el mejor crítico de arte contemporáneo de su época y uno de los mayores simbólogos del siglo, debería constituir un acontecimiento. Es muy dudoso que lo sea pero la edición en Zaragoza de Pájaros tristes merece no sólo el reconocimiento a sus factores sino una indagación más compleja que las noticias que aquí se den. Cirlot publicó su primer cuaderno poético, Seis sonetos y un poema de amor celeste, en 1943, recién regresado a Barcelona. En 1939 había salido de un campo de concentración y al año siguiente marchó a Zaragoza para cumplir su servicio militar con el ejército vencedor. En la capital del Ebro entró en contacto con Alfonso Buñuel, Luis García-Abrines, Pilar Bayona, José Camón Aznar y algún otro elemento del escaso reducto intelectual que había quedado en la urbe tras el desastre. Sus vivencias zaragozanas resultaron decisivas en el hallazgo de sus caminos poéticos.

Antón Castro, que abrió el camino a esta edición, centra en las páginas preliminares la actividad de Cirlot en Zaragoza durante el periodo 1940-1943. La figura de Pilar Bayona era para el grupo una especie de musa que, además, les permitía vivir excelsas audiciones de piano que a Cirlot, que había estudiado música y que hasta 1950 se dedicó regularmente a ella, le sumieron en rendida fascinación. Incluso, puede que, como Alfonso Buñuel y Luisito García-Abrines, anduviera cerca de la pulsión amorosa. Fuese como fuera, Cirlot dedicó a Pilar Bayona una versión manuscrita –y parece que única- de Pájaros tristes, que sus herederos encontraron entre los papeles de la pianista. También, un soneto dedicado a ella y un breve poema a Scriabin. El libro está fechado en 1941, es decir, dos años antes de los primeros textos publicados por Cirlot. El soneto, en 1942.

Pájaros tristes (Oiseaux tristes) toma el título de la cuarta pieza de una obra de Ravel, Miroirs, que, según se dice, Pilar Bayona interpretaba como nadie. Otro de nuestros grandes olvidados, el citado García-Abrines, pianista y musicólogo -además de aportar a la edición material gráfico y un elocuente dibujo, El alma de un músico, que Juan Eduardo le dedicó en 1941- nos proporciona también en un breve texto claves preciosas de esta pieza raveliana, que completa Julián Gómez contextualizando la obra en la actividad de Pilar Bayona.

Los once poemas de Pájaros tristes exhiben ya muchos de los rasgos del estilo cirlotiano y nos lo muestran en una suerte de recogido éxtasis que da lugar a textos que resultarían muy ilustrativos en una antología poética de la inmediata posguerra. Hay todavía un eco lorquiano pero no olvidemos que del granadino y del barcelonés son los mejores sonetos salidos de pluma española en el siglo pasado. El origen impresionista de los textos, que no desdeña la asonancia, produce que abunde la sinestesia y el sonido ocupe un lugar cenital. Pero concurren también algunas imágenes surrealistas y varios de los símbolos que Cirlot amplificaría en su poesía posterior. La espiritualidad de los pájaros, también elementos fálicos y símbolos del amante metamorfoseado, se combina con la presencia de elementos tan característicos del Cirlot posterior como son las rocas y las grutas que nos asoman al centro del abismo interior.

Los poemas dedicados a Pilar Bayona y Scriabin, en especial este último, son también altamente ilustrativos de la génesis de su mundo lírico. Jaime Parra escribió recientemente que la pasión del poeta por este músico ruso que trató de hallar una suerte de sinestesia global de las artes, significó “la primera ordenación de su sistema poético y a la vez su primera inmersión en un misticismo esotérico cargado de simbolismo”.

En suma, este libro nos da la clave de las preocupaciones estéticas del poeta que en 1944 escribiera: “Tuvo que ser la música –Maurice Ravel con sus pájaros tristes-, quien desvelara para mí mi propio tesoro encerrado” o, como diría a José Cruset en 1967: “La música ha intervenido en la génesis de mi poesía tanto o más que las influencias poéticas”, citando allí mismo “al prodigioso y desconocido Scriabin”.

El libro se completa con varias fotos cedidas por García-Abrines y un instructivo epílogo de Antonio Fernández Molina, que quedó pronto atraído por la  multiforme e intensa personalidad del poeta catalán, y que tanto tiene que ver con la tan atrayente como necesaria línea editorial de los Libros del Innombrable. Sería de una inconsciencia culpable no tenerlos en cuenta como muestra de una actividad intelectual independiente, rigurosa y ajena a los programados localismos que tanto abundan hoy.

 

CIRLOT EXCLUIDO

La inquisición a la poesía de Cirlot ha sido largamente demorada. Su destellante perfección, la complicación de su empeño, la monumental incultura emanada y extendida durante la dictadura y el interés de los funcionarios de la poesía por acotar su terreno propio hicieron que la vocación de soledad que todo poeta hermético trasciende tuviera en Cirlot un exponente único. La marginación otorgada al poeta, por parte de los dispensadores de certificados, andaba plena de coherencia. Exclusión y ostracismo que Cirlot asumió enriquecido y sin ningún aspaviento. Ni siquiera la excelente antología preparada por Azancot suscitó el interés de los estudiosos. Bien es verdad que no existía en este país una corriente crítica capaz de enfrentarse con instrumentos propicios a una hermeneusis ardua y compleja. Tan sólo al cuarto de siglo de su muerte unos cuantos admiradores, secretos a la fuerza, y, probablemente, estimulados por la situación sepulcral de la poesía en España empezaron a tramar algún acercamiento.

Cirlot poseía no sólo una imaginación poética en estado de excitación constante sino un repertorio exhaustivo de lo Imaginario en todos los estratos de la historia, las mitologías, la lengua y las artes. Mal podía ser comprendido en un tiempo empeñado en devaluar ontológicamente la imagen y psicológicamente la función de la imaginación. Cuando Cirlot muere, en nuestro país está en trance de imposición un estructuralismo banal y estéril jaleado, por si fuera poco, por los medios de comunicación culturalmente más influyentes.

(Reseña publicada en Heraldo de Aragón, 9-V-2002)

V. también: 

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/05/02/los-sonetos-de-cirlot-el-ideal-y-la-muerte/

(Publicado en Aragón Digital, 5-6 de marzo de 2018)

El “Royo Villanova”, al que hasta hace unos lustros todo el mundo llamaba “El Cascajo”,  es el nombre de uno de los grandes hospitales zaragozanos, pero ya pocos se acuerdan de quien fue el personaje al que debe su denominación. Conviene recordarlo, ya que fue una de las grandes figuras aragonesas de la primera mitad del siglo XX y en 2018 se cumplen los 150 años de su nacimiento, es decir, el sesquicentenario, otra palabra que se está olvidando, casi tanto como el propio don Ricardo, perteneciente a una muy arraigada familia aragonesa, que dio otras figuras, como su padre, Mariano Royo Urieta y sus hermanos, Antonio, gran jurista, y Luis, escritor y periodista muerto en plena juventud a resultas de una operación quirúrgica, cuando ya estaba cimentando su prestigio en la capital del reino.

Volviendo a Ricardo Royo Villanova (1868-1943), ya durante su época de estudiante, participó muy activamente en la vida cultural zaragozana y dio a la luz poesías y obras teatrales, además de fundar la revista El Cocinero (1888), empresa en la que participaron, entre otros, sus hermanos y escritores zaragozanos tan prestigiosos como Mariano de Cavia, Eusebio Blasco y Jerónimo Vicén. Años después, colaboró en la Revista Aragonesa (1907-1908) y en Aragón (1912-1917).

En 1890 se doctoró en Medicina e impartió docencia en la Universidad zaragozana, donde obtuvo la cátedra de Patología Médica en 1894 y fue nombrado rector en 1913, cargo que ejerció hasta 1928, cuando sus problemas con la dictadura primorriverista se tornaron insolubles, con lo que fue destituido y desterrado a Almuñécar. Ya en 1923, año en que el dictador asumió la presidencia del gobierno, había dejado el escaño de senador que ostentaba desde 1914.

Hombre rígido pero muy querido por su gran solvencia moral, tuvo problemas, con la Monarquía, con la Dictadura y con la República. Pero sobre todo, -cómo no- con la envidia y mala índole de algunos de sus conciudadanos. Para defender su buen nombre no tuvo mejor ocurrencia que escribir una curiosísima obra de kilométrico título, El caso del doctor Royo Villanova, por su médico de cabecera. Viva… la Pepa y muera la libertad. Al servicio de la Pravda, donde, en tercera persona, repasa con beligerancia su trayectoria profesional y resulta un excelente documento de la vida político-cultural zaragozana en las primeras décadas del pasado siglo.

Como hombre de gran protagonismo público, muchos otros fueron sus méritos y actividades: presidente del Ateneo de Zaragoza desde 1913 hasta su muerte, perteneció a varias academias y obtuvo un gran número de condecoraciones y honores. Tuvo tiempo para dar a la imprenta una biografía de Servet, una temprana defensa de la eutanasia y otras obras de variada índole pero, especialmente, sobre su especialidad, en la que fue una figura respetada en Europa. Su sentido social le llevó a impulsar con especial dedicación la lucha antituberculosa en España, enfermedad hoy casi olvidada, pero que durante muchos años segó la vida de tanta gente joven y valiosa. Él mismo llegó a fundar y sostener económicamente una clínica especializada. No fue casual que, cuando en 1956, en los terrenos del barrio de San Gregorio denominados El Cascajo por su abundancia de piedras, se inauguró el sanatorio, dedicado por entonces al tratamiento de pacientes afectados por la tuberculosis, se acudiese a titularlo con el nombre del gran médico zaragozano.

                                                                             OBRAS 

Pepito (juguete cómico), Zaragoza, Tip. La Derecha, 1888. Royo Villanova, Ricardo_Pepito003

El batín (comedia), estr. en 1888.

Útil condicional (sainete)

La mise en escene (sainete)

El nudo en el pañuelo (poesía), Zaragoza, 1889.

Esfigmogramas (crónicas médicas), Zaragoza, Imp. de Emilio Casañal, 1910.

Almas opacas (novela breve), Zaragoza, La Novela de Viaje Aragonesa nº 8, 21-V-1925.

Miguel Servet (biografía), Madrid, Imp. de A. Marzo, 1927.

Coloquios eucarísticos (narraciones místicas), Zaragoza, El Noticiero, 1928. / Zaragoza, La Cadiera, 1982.

El derecho a morir sin dolor (El problema de la Eutanasia), Madrid, Aguilar, 1929.

El caso del doctor Royo Villanova, por su médico de cabecera. Viva… la Pepa y muera la libertad. Al servicio de Pravda (memorias), Madrid, Compañía General de Artes Gráficas, 1931.

Fernando el Católico (biografía), Plasencia (Cáceres), Sánchez Rodrigo, 1943.

 

                                                            BIBLIOGRAFÍA

-AZNAR MOLINA, José, “La Medicina y las Letras aragonesas están de luto”, Aragón nº 186, enero-febrero 1944, pp. 8-9.

BARREIRO, Javier, Diccionario de autores aragoneses contemporáneos (1885-2005), Zaragoza, Diputación de Zaragoza, 2010, pp. 894-895.

-CASTÁN PALOMAR, Fernando, Aragoneses contemporáneos 1900-1934 (Diccionario biográfico), Zaragoza, Herrein, 1934, pp. 466-468.

-CASTRO Y CALVO, José María, Veinticinco años después, Barcelona, Talleres Gráficos de Agustín Núñez, 1950, pp. 89-104.

-, Mi gente y mi tiempo, Zaragoza, Lib. General, 1968.

-CAVIA, Mariano de, “El bálsamo de fierabrás”, Presencias de un zaragozano ausente, Zaragoza, CAZAR, 1969, pp. 127-129.

-CEJADOR Y FRAUCA, Julio, Historia de la lengua y la literatura castellana, vol. IX, Madrid, Gredos, 1972, p. 492.

-FUNDACIÓN JUAN MARCH, Catálogo de obras del teatro español del siglo XIX, Madrid, 1986.

-LACADENA Y BRUALLA, Ramón de, Retratos a pluma, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1958, pp. 267-273.

-, Vidas aragonesas, Zaragoza, IFC, 1972, pp. 573-588.

-LÓPEZ DE ZUAZO ALGAR, Antonio, Catálogo de periodistas españoles del siglo XX, Madrid, Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, 1981, p. 533.

-PALAU Y DULCET, Antonio, Manual del librero hispanoamericano, tomo XVIII, Barcelona, Lib. Palau, 1966, pp. 37-38.

-RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, Tomás, Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria española, 1994, p. 518.

-ROYO VILLANOVA, Carlos, Voz: “Royo Villanova, Ricardo”, Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo XI, Zaragoza, UNALI, 1982, pp. 2936-2937.

-RUIZ LASALA, Inocencio, Bibliografía zaragozana del siglo XIX, Zaragoza, IFC, 1977.

-SAGARDÍA, Ángel, “Los hermanos Royo Villanova”, Doce de Octubre nº XXII, 1968.

-SIN AUTOR, Voz: “Royo Villanova, Ricardo”, Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa, tomo LII, Barcelona, Espasa Calpe, 1926, pp. 573-574.

-VV.AA., Velada necrológica en honor del Dr. D. Ricardo Royo Villanova, Zaragoza, Tip. Berdejo y Casañal, 1944

-, Un zaragozano inolvidable. Don Ricardo Royo Villanova, Zaragoza, La Cadiera, 1971.

 

(Publicado en Clarín nº 132, noviembre-diciembre, 2017, pp. 18-23)

El periodista

Es curiosa y atípica la trayectoria de Javier Bueno García (1891-1967), autor madrileño que, en principio, estaba destinado a militar en las desvencijadas filas de los periodistas que en las dos primeras décadas del siglo XX deambulaban por las redacciones, ostentando sus desgastados ternos y sus tres cuartas de bohemia, picaresca y salacidad. La otra parte la daba el hambre. Con un adobo de alcoholismo y unas gotas de puteque de baja estofa, el cóctel derivaba frecuentemente en tuberculosis. No fue así, tras unos años en la brecha, para Javier Bueno, que, muy joven, fue enviado como  corresponsal a París, cubrió la I Guerra Mundial, se internacionalizó y terminó como bien pagado funcionario de la OIT en Ginebra. Ya jubilado, moriría en el turístico pueblo de Gryon a 130 kilómetros de la ciudad del lago Leman.

 Sin embargo, sus inicios fueron tan traqueteados y pintorescos como los de cualquier personaje de Carrère o Vidal y Planas, sin que faltaran procesos, duelos y otras demasías. Tras haberse escapado de su casa, para conocer París y Londres, su intento de alistarse sin documentación para la guerra del Transvaal, deparó que, al solicitarse aquella, la embajada española se topara con la reclamación de su familia. De nuevo en Madrid, comenzó con apenas quince años –para nuestra vergüenza, entonces se maduraba mucho antes- a escribir en El Globo, desde donde pasó a España Nueva, donde todos le llamaban Javierito, por su juventud, escualidez y escasa talla. Una de sus primeras misiones como reportero fue el viaje a París en burro acompañado de Carlos Crouselles, otro de los periodistas de la época que merecería una novela. Salieron para la ciudad del Sena en agosto de 1906 pero dejaremos esa jugosa crónica del viaje pues es inminente su publicación, rescatada por la editorial Renacimiento.

 Sí habrá que decir que el satírico Crouselles se casó nada más regresar con Aurora Fuster, viuda del escritor –sevillano, como él- José Antonio Torres “Micrófilo”, que había fallecido hace dos años en Málaga y dejó a su esposa una buena renta. El nuevo matrimonio intentó sacar provecho de ella montando un negocio en Méjico pero no hubo suerte. Pensaron, entonces, marcharse a la Argentina en busca de nueva fortuna y el 9 de diciembre de 1908 los dos se encontraban en Sevilla, prestos para emprender el nuevo viaje. Carlos dejó a Aurora encerrada en la habitación del Hotel Iberia, tal vez porque ella padecía algunos problemas mentales, y se marchó con unos amigos a la contaduría del Teatro del Duque, donde mostró actitudes inusuales y extrañas. Al volver al hotel, sonaron cuatro detonaciones en la habitación ocupada por el matrimonio.

 Crouselles había matado a su esposa e intentado suicidarse, aunque sobrevivió unas horas. En la habitación del siniestro se encontraron cuatro cartas. Una de ellas iba dirigida al gobernador por parte de Aurora y declaraba que, considerando que no podían ser felices, iba a matar a su marido y, después, se suicidaría. En otra, Crouselles exponía que, por no tener valor su mujer para realizar su proyecto, lo asumía él con las funciones intercambiadas y legaba a una amante, con la que tuvo en Madrid 4 hijos, 3.400 pesetas. Una tercera carta era para su amigo, Emilio López del Toro, al que remitía cien pesetas como adelanto para dicha amante, de nombre, Jerónima Blasco. La última carta era para despedirse de ella.    

 El folletín prosiguió con muy diversas peripecias pero quien nos interesa aquí es Javier Bueno que, tras dejar España Nueva, entró en la redacción de El Radical, al tiempo que comenzaba a publicar sus primeros textos narrativos. Y aquí se inmiscuye la figura de un inevitable en esta época: Pedro Luis de Gálvez. Efectivamente, La santita de Sierra Nevada, que iba a ser el primer libro del periodista, apareció con la firma del bohemio malagueño, el 30 de diciembre de 1910, con el número 5 de la colección Los Contemporáneos. El novel autor reaccionó con cierta elegancia. Esta es su carta al director de El País, publicada bajo el título “La Historia de un cuento”: 

 Mi querido Castrovido: Me ha ocurrido lo siguiente: Hace cinco meses, Pedro Luis de Gálvez me pidió, en nombre del director de Los Contemporáneos, un cuento. Le entregué el original. Hace dos meses me remitieron las pruebas, que yo devolví corregidas. Hoy me entero de que mi cuento, con el título La santita de Sierra Nevada, que no es el título que yo le puse, se publica el viernes próximo, firmado por Gálvez, quien, según me dicen, ha cobrado el importe. Me aconsejan que acuda ante el Juzgado; pero, ¿para qué? Procederán contra Gálvez, y acaso lo metan en la cárcel, pero eso no me proporcionará la misma felicidad que Ios treinta duros que por mi trabajo me correspondían. En este caso, sólo me resta el derecho del pataleo, y quiero que usted sea tan bueno que publique esta carta en El País. Se lo agradecerá mucho su devoto y amigo, JAVIER BUENO.

 Aunque Gálvez rebatió esta versión en carta también publicada en El País, dadas las fechas, parece una inocentada aunque sea un caso de descarada piratería. Emilio Carrère, sin embargo, no debía de tener simpatía alguna por Javier Bueno porque a los pocos días del episodio se descolgó en Madrid Cómico (7-1-1911) con este comentario: “También aludo a Javier Bueno, ese salvaje inconsciente y huero, a quien con motivo de su pleito de La santita de Sierra Nevada, sólo tengo que decir que el perjudicado es Gálvez, por haber firmado una cosa tan mala”.

Lo de salvaje venía a cuento por ser “Las palabras de un salvaje” el título de la sección que el periodista madrileño firmaba en El Radical. Dos años después, Bueno publicaba Una vida, número 25 de la colección El Libro Popular, aparecido el 26 de diciembre de 1912, una intensa novela corta de corte clásico, que narra el rodar por el mundo de un pícaro, que termina, fracasado, recogiéndose en su claustro natal. El lector habituado a la novela corta de estas calendas reconocerá  la firma de Javier Bueno en la segunda o penúltima página de abundantes números de esta colección, El Libro Popular, donde redacta breves reseñas y se hace vocero de interesantes noticias y comentarios acerca de la actualidad literaria o social. Sorprende la precocidad, el conocimiento, soltura y competencia del ya formado periodista.

La novela

Un hombre, una mujer y un niño (La Novela de Bolsillo nº  30), publicada en marzo de 1914 e ilustrada por Federico Ribas, es la tercera de las novelas cortas de Bueno y, sin duda, la más interesante. Ya desgajado de El Radical, su carrera en el periodismo iba por muy buen camino. Había trabajado en otros periódicos como La Tribuna, donde se hizo amigo de Tomás Borrás y, sobre todo, acompañaría a Rubén Darío en su viaje a la Argentina -zarparon el 27 de abril de 1912-, financiado por la revista Mundial Magazine, que el poeta dirigía en París, lo que le valió a  Bueno numerosas relaciones y el agradecimiento de Darío, al que sacó de situaciones muy comprometidas. Algunas de ellas las cuenta en Diálogos con el que se fue (1965), la última de sus publicaciones, en la que rescata a algunos escritores de aquel tiempo. Por otro lado, Javier entró en relación con la popular revista porteña Caras y Caretas, que, poco después, lo nombraría su corresponsal en la guerra europea. También por esa época, entrevistó a Galdós, Dicenta, Maragall, Ignacio Iglesias, Menéndez Pelayo…

Con todo esto, Bueno se podía permitir una mirada crítica y distanciada sobre la redacción de un periódico como El Radical, en el que durante casi dos años había convivido con la entraña del periodismo madrileño, tan cuajado de bohemios y figurones, como de pintoresquismo e hipocresía.

El periódico

El Radical, diario republicano de la noche había sido fundado en marzo de 1910, por Lerroux  -en 1904 había sacado a la luz un semanario con el mismo título- y mudó a convertirse en diario de la mañana en octubre de 1912. Portavoz del inescrupuloso político cordobés era, por entonces un periódico que daba voz al anticlericalismo, al socialismo y a las aspiraciones obreras. Como director figuraba el culto y prestigioso Ricardo Fuente, que había dirigido El País, ya el principal portavoz de las ideas republicanas. Por su redacción pasaron Luis Bello, Ignacio de Santillán, Segismundo Pey Ordéix, Álvaro Calzado, Julián Moyrón, Eduardo Barriobero e Hipólito González Rodríguez de la Peña, entre otros. Y, como colaboradores, contaría con las firmas de  Nicolás Estévanez, José Nakens, Rafael Salillas, Cristóbal de Castro, Joaquín Dicenta, Pedro de Répide, Álvaro de Albornoz, Julián Besteiro… El Partido Radical de Lerroux atrajo a abundantes intelectuales, entre los que se contó a  Ortega y Gasset, que lo utilizó para dar a la luz lo que le parecía inconveniente publicar en El Imparcial, propiedad de su familia. También Pío Baroja, que coqueteó con el partido de Lerroux, publicó César o nada como folletín en el diario.

Tanto el protagonista de la narración, Asuero, como el nombre del periódico en el que trabaja, El Demócrata, son réplicas de Javier Bueno y El Radical. Aunque la descripción satírica de los componentes de la redacción es el principal objetivo de la obra, glosaré brevemente el argumento, que también es ejemplificador del ambiente que se vivía en estos últimos reductos de la bohemia:

Asuero, encargado en el diario de reseñar las sesiones en el Congreso, recibe una llamada avisándole de que, junto a otras putas, ha sido detenida su amante, María la Francesita. Para influir en su liberación, se persona en la comisaría del Centro, donde las encerradas andan metiendo bulla. Cuando un guardia abre la puerta de los calabozos, las detenidas, que siguen insultando a la policía, advierten de que la tal María está de parto. Entran Asuero y el comisario, apodado El Niño de los Brillantes, éste abriéndose paso pateando a las presas. El policía cree que ellas están burlándose y larga otra patada a la parturienta, con lo que todas se arrojan sobre él y lo muelen. A continuación, entran los agentes para liberar a su jefe y la emprenden a sablazos con las mujeres, que, para protegerla, se colocan encima de la nueva madre y de Asuero, que dispara a la policía. Tras visitar la Casa de Socorro, el joven ha de declarar ante el juez, que le concede la libertad provisional por su condición de periodista, pero en la redacción se ha sabido del incidente y todos están contra él que, con su conducta, ha emponzoñado la profesión. El director lo recibe muy benévolo, pero le comunica la decisión de la propiedad de prescindir de sus servicios. Finalmente, El Demócrata publica un suelto explicando que Asuero ya no tiene nada que ver con el periódico, con lo que El Niño de los Brillantes, libre de compromisos políticos, comienza su búsqueda. Tras vagar toda la noche, Asuero se dirige al Hospital de San Juan de Dios y encuentra a la Francesita que le cuenta sollozando, cómo las compañeras han llevado al hijo de ambos -eso cree Asuero- a la Inclusa. Entra entonces la policía que lo detiene y maniata. Ella lo despide pidiéndole que le escriba a casa de la Gallega, su coima.

Esta es la apostilla final del narrador, en una novela que no abunda en ellas:

La complicada máquina, que es la organización social de un pueblo, se había detenido unos instantes para ocuparse de un hombre, una mujer y un niño, y como la previsión es una de las virtudes de la sociedad en que tenemos la dicha de vivir, los tres encontraron pronto sus respectivos puestos: la cárcel, el prostíbulo y la Inclusa. Luego el mecanismo siguió rodando (p.59).

Los personajes

Ya se dijo que lo más suculento de la novelita son los personajes que destapa aunque lamentablemente sólo podamos desentrañar a los más conocidos. Daniel Pulpo es el presidente de la sociedad que explota el diario, es decir, el propietario. Se trata efectivamente, de Alejandro Lerroux (1864-1949), fundador del Partido Republicano Radical, político y demagogo, harto activo en la política española de la primera mitad de la pasada centuria. 

…soñaba con la posesión de tres grandes rotativos, cada uno de los cuales fuese órgano de cada partido triunfante en el gobierno del país, y otro, El Demócrata, con ciertos ribetes revolucionarios para recoger la parte de público que no estuviera conforme con los otros dos. (p. 43).

El director, don Roberto, corresponde a la figura de Ricardo Fuente (1866-1925), republicano y activo periodista, que, además de El Radical, dirigió El País, el más importante de los diarios republicanos del periodo de intersiglos. Bibliófilo y hombre de gran cultura, es más conocido por fundar y ser el primer director de la rica Hemeroteca Municipal de Madrid. Llevo fama de hombre de gran corazón y competencia pero un tanto despreocupado, algo así como a lo que más tarde se denominaría pasota. A pesar de ser quien ha de darle la noticia de su despido, Asuero-Javier Bueno, lo pinta con cierta benevolencia:

…era el más amable de los hombres, siempre que el estómago y los dolores de gota no le mortificaban. En las primeras horas de la noche se mostraba indulgente, alegre, bromista, confidencial; pero, desde las diez en adelante, cuando el estómago entraba en lucha terrible con los alimentos y el cerebro en batalla con el artículo de fondo, se volvía irascible y más de una vez los periodistas a sus órdenes habían sabido los peligros que entrañaba una ración de pote gallego en el estómago de Don Roberto. (p. 12).

Y, al comunicarle su despido:

Don Roberto, en el fondo era un sentimental bondadoso, a quien, sin las malas digestiones podían confesársele los más graves pecados, seguro de obtener el perdón. Su voracidad para comer era la causa de que se le creyera una fiera corrupia. (…) Acaso tuvo usted razón para hacer cuanto hizo –dijo don Roberto-; pero todo eso está fuera de lo normal, de lo reglamentado, de lo aceptable… Es muy triste, pero es así. Yo no puedo hacer otra cosa sino compadecerle, amigo mío, cumplo con el encargo que me dieron (…) Sepa que aquí deja un amigo, un solo amigo, yo. (pp. 52-54).

Don Calixto López Cardón es la figura prócer que  corresponde a Benito Pérez Galdós, como se puede advertir en la secuencia vocálica de ambos nombres. Así lo caracteriza Javier Bueno: “…novelista autor de más de ochenta obras, que se consideraban como ladrillos de su propio monumento”. Cuando convenía políticamente, Tomillo, uno de los miembros de la redacción, le hacía escribir el manifiesto que se consideraba oportuno:

 Y don Calixto, conocido vulgarmente como “gloria de las letras” redactaba un manifiesto con alusiones a la “gloriosa, al león dormido de España, al general Riego, a los consumos, para terminar con un párrafo descriptivo de la apoteosis: el sol de la Libertad aparecía esplendoroso por el horizonte ahuyentando a la ignorancia, al fanatismo, a todos los vicios y al ministro de la Gobernación. (p. 8).

 Otra de las figuras que colaboran en la redacción del diario es la de Guzmán Baeza, casi legendario autor de La blusa triunfadora. Se trata obviamente de un retrato de Joaquín Dicenta (1862-1917), como en el caso anterior, dibujado con escasa empatía por el modelo: “hombre de cara arrugada, flaco, con cierto aire mezcla de clérigo y organillero (…) Él mismo, cuando se servía de El Demócrata para anunciar algún libro suyo o cuando quería aumentar su gloria literaria, se daba el título de ’ilustre autor’” (p. 19). La verdad es que Javier Bueno se ceba en los evidentes defectos del periodista y dramaturgo y prescinde de sus muchas cualidades: Pone en duda su postura revolucionaria, destaca su tendencia a lo sentimental, observa que su amor a los humildes estribaba en emborracharse con ellos y que todo su principio filosófico era la lucha entre la blusa del obrero y la levita del burgués. No se sabía si era socialista, sindicalista o anarquista pero aplaudía lo mismo el regicidio que el crimen de taberna porque quería aparentar ser un revolucionario bárbaro. Enemigo de la propiedad, de la degeneración “modernista”, de la infidelidad femenina, aspectos que por estricta justicia habría que matizar, la poca simpatía que Dicenta inspira al periodista queda patente.

El caso del apodo de  “El Niño de los Brillantes”, referido a un policía, recurso casi valleinclanesco, ya que se aplicaba comúnmente a estafadores y carteristas, es más sugestivo. Es cierto que hubo un guitarrista flamenco con este nombre y que pasó por la cárcel, pero fue en años posteriores. Por las fechas, lo más fácil es que el motejo esté sugerido por  un delegado del gobernador de Fregenal de la Sierra, al que se le apodaba, además de “Niño de los Brillantes”, “Don Peróxido de Manganeso”, detenido ocho veces por estafa y cuya conducta llegó al Congreso.

De todos modos, veamos la descripción con que Bueno nos da a conocer al pájaro de cuenta:

…inspector de policía que supo quintuplicar el sueldo de su empleo por mil artes y mañas inconfesables, entre las que pueden suponerse regalos de carteristas y timadores, a cambio de la vista gorda, y obsequios de Celestinas por cierta benevolencia en escándalos ocurridos en sus santuarios. A estas fuentes de ingresos supuestas, hay que añadir lo económica que resultaba la vida al Niño de los Brillantes por habitar con una peripatética de las más caras del mercado madrileño. (p. 32).

Aunque no sean colaboradores del periódico, se cita también a Pérez Órdiga y Vital Caza (Juan Pérez Zúñiga y Vital Aza) como representantes de la línea de una popular publicación de la época, Madrid Chirigotero, otra evidente parodia del semanario Madrid Cómico. Es ilustrativo el texto de la página 22 que, una docena de años después, parece reproducir las no muy sangrientas pugnas entre los componentes de las publicaciones Gente Nueva y Gente Vieja:

En aquella época, el campo literario estaba dividido en dos grupos o bandos y los partidarios de uno y otro se diferenciaban entre sí, por llevar la cabeza rapada o con melenas y por ser o no ser colaborador de la revista semanal Madrid Chirigotero. Los del pelo cortado aseguraban que esta revista marcaba el apogeo de las letras españolas y los de las melenas negaban hasta que don Calisto López hubiese escrito sus ochenta novelas.

Finalmente, comparece también otra cohorte de periodistas que no he sido capaz de identificar: Calderón, redactor-jefe, veinticinco sin moverse de la misma silla, es, probablemente, José Rodríguez de la Peña, que ejerció durante estos años el cargo pero del que poco sabemos. En la oscuridad quedan: Lozano, reportero en las Cortes y confidente del propietario; Robredo, amigo, también de Daniel Pulpo (Lerroux); Zabalza, “escritor apócrifo” y periodista útil por saber decir una cosa y la contraria; Lucha, reportero financiero; y, sobre todo, Tomillo, al que se dedican varias páginas: arribista de pocas luces de origen castellano, que llegó a diputado por tener mucho predicamento con Cardón (Galdós) y que, a la tercera vez que lo intentó, consiguió quedarse en El Demócrata.

Como es usual en la colección, el texto se enriquece con dibujos satíricos que representan a Calixto López Cardón, Tomillo, Asuero (dos veces), Guzmán Baeza, Don Roberto, El Niño de los Brillantes, María la Francesita, sus compañeras de celda, el recién nacido, la detención de Suero en la sala del hospital y la cabeza del autor.

Con 23 años cuando se publicaba esta novela, a Javier Bueno le quedaba toda una vida llena de peripecias, que tampoco faltaron en la vida española: corresponsal en la Gran Guerra de Caras y Caretas y, con el seudónimo de Antonio Azpeitia, también de ABC, fue expulsado de Francia por germanófilo. Javier Bueno no era un reaccionario pero tenía la convicción de que los galos nunca tratarían bien a España. No les convenía. El resto de la guerra la hizo como corresponsal en el  bando perdedor, desde donde remitió estupendos reportajes. A partir de finalizar la contienda, vivió casi siempre fuera de España dedicado a la OIT pero publicó varios libros, algunos en francés, e, incluso llegó a estrenar una obra de teatro, Liberto (1922), en el madrileño teatro Calderón. Su trilogía sobre la Guerra Civil, Les vaincus héroïques  (1943-1949) y La zorrita y los pájaros exóticos, deliciosa novelita publicada por Aguilar en 1963, pero que pasó inadvertida, son, seguramente, lo más reseñable de su obra de madurez.

Javier Bueno García padeció la maldición de llevar el mismo nombre que otro periodista, Javier Bueno Bueno, nacidos ambos en el Madrid de 1891.

El otro Bueno era hijo natural del padre del periodismo republicano, José Nakens y de la actriz Soledad Bueno y, desde muy joven, tuvo una señalada afición por el periodismo hasta el punto de publicar, con catorce años, artículos de fondo en el legendario periódico El Motín, fundado y dirigido por su padre. Con una trayectoria muy militante en la lucha obrera, se radicó en Gijón y en 1933 dirigió Avance, diario que encabezó las reivindicaciones sindicales en el Principado. Detenido y torturado por la República, por lo que quedó cojo, durante la Guerra Civil, fue herido en el Frente de Oviedo y se le amputó una pierna. Todavía pudo dirigir a su vuelta a Madrid el periódico Claridad, de tinte  socialista. Encarcelado en Porlier fue condenado a muerte en juicio sumarísimo por un tribunal militar y ejecutado a garrote vil en la misma cárcel el 26 de septiembre de 1939. Sender lo recuerda con gran afectuosidad en su Nocturno de los 14.

Esta similitud de nombre y profesión ha deparado numerosos errores y confusiones en las referencias a ambos periodistas, por lo que, a menudo, se hace complicado seguir sus trayectorias. Aquí sólo se trataba de dar cuenta como vio y reflejó uno de sus miembros la redacción de un periódico republicano en los primeros años de la segunda década del siglo XX.

 

 

 

 

                                                                       

 No se me ocurre mejor adjetivo que el muy cursi “deliciosa” para calificar esta breve novela de Eduardo Gil Bera, autor de obra tan variopinta como destacable, a desmano de modas y que siempre ha procurado no repetirse, reinventarse, a contracorriente del tan transitado  “donde va Vicente”, si vale el pareado.

Resulta admirable la capacidad de Gil Bera para cambiar de registro en cada uno de sus libros y de encarar riesgos, enfrentándose a las leyes impuestas por la costumbre, la comodidad o la cobardía. Refiriéndonos únicamente a su narrativa, el autor navarro comenzó por novelar la interminable expedición o retirada del general carlista Miguel Gómez por las costuras de las tierras de España perseguido por 25.000 soldados liberales (Sobre la marcha, 1996), para terminar con otra cuyo personaje central es Gengis Khan (Cuando el mundo era mío, 2012). En medio, una excelente biografía novelada del mago Eugenio de Torralba, el prodigioso médico ocultista conquense que vivió entre los siglos XV y XVI (Torralba, 2002), y dos novelas no sé si decir más que inteligentes o más que divertidas: Os quiero a todos, 1997 y Todo pasa, 2000. La primera, una descarnada y feroz parábola sobre el “problema vasco” y la segunda, una violenta sátira sobre la fama, desarrollada en los lugares de Ainzón y Borja. Su biografía, Baroja o el miedo (2001), levantó ronchas entre los admiradores del “hombre malo de Itzea”. Hay quienes, incapaces de separar la obra de su autor, se ponen muy agresivos si se señalan los defectos o lacras de sus ídolos. Don Pío fue un tan dotado narrador, como un ser envidioso, falso y cobarde como pocos y Gil Bera lo retrató sin atenuantes. Entre otros muy desopilantes ensayos –el adjetivo parece inventado para calificar la obra del tudelano-, EGB rizó el rizo con Ninguno es mi nombre (2012), donde, entre la indignación de los eruditos, se atreve con rotundos argumentos a proponer a Tales de Mileto como único autor de las obras homéricas

Suena a jota el octosílabo del título, “Atravesé las Bardenas” y también el de la primera parte de la novela: “Aunque nevaba y llovía” y es cierto que este canto regional aparece en distintos momentos de la narración, cosa natural en un relato ambientado las Bardenas navarras durante 1956 y en el que también se cuentan abundantes referencias aragonesas. El proyecto de construir un pueblo de colonización, por parte de ingeniero Yaben, paralelo al de otros acometidos en el mismo territorio y época, es el leitmotiv de este relato. Para ello, Eduardo Gil Bera se vale de un contingente de presos liberados para ese fin que son los verdaderos protagonistas de este concierto narrativo que tiene visos de libro de viajes, de novela picaresca y también psicológica, de retablo histórico, de reflexión metafísica y, sobre todo, de reivindicación de un pueblo y un contexto que dejaron de existir hace décadas.

Se me antoja que la palabra más precisa para definir a esas gentes que pululan por la historia con el sentido práctico, la creatividad espontánea y la habilidad manual inherentes a quienes, desde pequeños, han tenido que sacarse las castañas del fuego es la Inocencia. La capacidad de supervivir en condiciones adversas se complementa con la potencia del mundo de sus deseos. Que no tienen que ver con lo económico sino con el reconocimiento de sus propias personas. Cada uno alberga en su almario una obsesión que tiene que ver con eso tan viejo y socorrido de que me quieran por algo, por lo que soy, por lo que sé, por lo que valgo o por lo que podría valer.

Para Dámaso Torrentera, el actor más visible de este mosaico humano, su aspiración consiste en la aprobación del ingeniero Yaben, cuyo nombre remite al todopoderoso Yahvé, una buena persona, como casi todas que aparecen en la obra, que le invitó a entrar en su casa cuando Dámaso era la última boñiga de este mundo. Otros personajes, como Platón Jesús, María Cardelina, el churrero Emérito Melodín…, bosquejados con cuatro pinceladas casi esperpénticas, resultan seres humanos tan entrañables como pintorescos, de esos tan antiguos que ya no se  ven, capaces de vincular brutalidad y delicadeza, como, por otra parte ha sido tradicional en las riberas del Ebro.

Y como en todas las narraciones de escritor navarro, no falta el humor, aunque en este caso ande adobado de un tinte melancólico y casi elegiaco. Humor presente en los diálogos, plenos de felices coloquialismos, en la difícil mixtura de lo entrañable con lo grotesco, en el seco realismo que deviene en utopía, que, como es obvio, tal como acontece con la  belleza, puede ser pensada pero no alcanzada. Humor, pues, como el de Quevedo, como el de Valle-Inclán, como el de Cunqueiro, que incluye la mueca amarga.

Así, es el amor a ese pueblo, a esa durísima tierra en la que ha de desenvolverse, a esa habla tan expresiva y, para los nacidos cerca de ese río, tan reconocible, lo que sobrevuela en la novela del tudelano Gil Bera, que –parece indudable- ha querido homenajear sin estridencias al mundo que aún llegara a conocer de niño. Pero no se piense que la novela es un pastelito, todo lo contrario, la dureza de la vida cotidiana, la miseria, la mugre, la violencia y la crueldad de las vidas humildes son absolutas protagonistas del panorama. La pureza de alma, en la que se incluye tanto el solipsismo como la querencia social de esas gentes, dejadas o no de la mano de Yaben, contrarrestan las costras de la realidad, la urdimbre última de un mundo que no conocen. Ellos son sólo vilanos con alma mortal volando a merced del cierzo que señorea aquellos parajes.

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(Reseña de la novela de Eduardo Gil Bera, Atravesé las Bardenas, Madrid, Acantilado, 2017. Texto publicado en  Turia nº 124, noviembre 2017-febrero, 2018, pp. 369-371, bajo el título “Colonización en Las Bardenas)”. 

 

                                                                  BIBLIOGRAFÍA

1993 A este lado – ensayo – Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno – ensayo – Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha – novela – Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja – Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos – novela – Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras – Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos – ensayo

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa – novela – Editorial Siglo XXI, Madrid

2001 Baroja o el miedo – biografía – Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba  novela histórica – Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio

Ediciones Martínez Roca, Barcelona.

Los días de enmedio – ensayo – Ediciones Destino, Barcelona

El pensamiento estoico – ensayo – Edhasa, Barcelona.

2003 Historia de las malas ideas – ensayo – Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona

2007 Sentencia de las armas – ensayo – Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero – ensayo – Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío novela – Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth – Acantilado

2017 Atravesé Las Bardenas, Barcelona, Acantilado, 2017

LLANAS AGUILANIEDO, José María, Fonz (Huesca), 08-12-1875 / Huesca, 24-07-1921.

Nacido en Fonz, donde su padre regentaba la botica, en 1886 inició sus estudios en el instituto de Huesca y cinco años más tarde comenzó la carrera de Farmacia en Barcelona, de acuerdo a la tradición familiar. Allí, para conseguir independencia económica, entró como mancebo en la farmacia de Pompeu Gener, donde tomó contacto con la flor y nata de la intelectualidad catalana, vinculada al Modernismo. Terminados sus estudios, en 1896 se trasladó a Sevilla al ganar la oposición de farmacéutico militar. Preocupado por temas sociales y antropológicos, publicó estudios sobre el alcoholismo en Cádiz y en la capital hispalense. Fue crítico literario para El Diario de Huesca y en los primeros años del siglo XX, destinado a Madrid, colaboró en publicaciones como Electra, Revista Nueva, La Correspondencia de España, La Lectura y Juventud, algunas de ellas situadas entre las revistas más avanzadas del momento. Su ensayo Alma contemporánea, verdadero compendio de la sensibilidad de la época elogiado por Rubén Darío, Emilia Pardo Bazán y Clarín, le proporcionó crédito y amistades, que se incrementaron con la edición de La mala vida en Madrid, un magnífico estudio de la delincuencia y las taras sociales, escrito en colaboración con Bernaldo de Quirós, muy en la línea de la antropología criminal en boga en la Europa de su tiempo. A partir de entonces, con muy frecuentes traslados, acometió la narración para convertirse en uno de los novelistas más característicos del Modernismo español. En 1912, afincado en Melilla, se agravaron los síntomas de la enfermedad mental que enturbiaría los últimos años de su vida y provocaría su prematura muerte, acontecida en la farmacia oscense, donde su hermano Feliciano lo había acogido para cuidarlo. 

Las novelas de Llanas Aguilaniedo se imbrican en las corrientes narrativas que, teñidas por el simbolismo y, siguiendo los pasos de Huysmans, tratan de alejarse de los realismos decimonónicos. El jardín del amor se vale del diario y lo epistolar para dar vuelo a la vida interior de una mujer, enamorada de otra, que quiere ser modelo de las nuevas tendencias espirituales, dependientes de la rebeldía nietzscheana. Navegar pintoresco sustituye el escenario oscense por el madrileño y presenta un personaje principal falto de voluntad, incapaz de imponerse a su medio. Como en las anteriores, la protagonista de Pityusa, la más sólida de sus obras, tiene tendencias anómalas o anticonvencionales, en la línea del naturalismo positivista. Desarrollada principalmente en Menorca y París, la vida de una joven sensible que deviene en “cocotte” permite a su autor adentrarse en una “sociedad, cosmopolita, ambiciosa, brillante y amoral”, en palabras de Broto Salanova, autor de un excelente estudio biográfico-crítico. Literaturización, aunque basada en una observación directa, brillantes descripciones paisajistas y orientación morbosa sitúan el texto en el marco decadentista tan propio de los inicios del siglo XX. La figura de Llanas, que alcanzó cierto prestigio entre sus contemporáneos pero casi nulo reconocimiento como narrador, ha sido, sin embargo, reivindicada por recientes estudios.

                                                                            OBRAS

Alma contemporánea. Estudio de estética (ensayo), Huesca, Tip. de Leandro Pérez, 1899. / Huesca, IEA, 1991.

La mala vida en Madrid (ensayo) -con Constancio Bernaldo de Quirós-, Madrid, 1901. / (ed. de Justo Broto Salanova) Huesca, IEA, 1998.

Del jardín del amor (novela), Mérida (Cáceres), Corchero y Cía., 1902. / Madrid, Lib. Fernando Fe, 1902. / (ed. de José Luis Calvo Carilla) Huesca, IEA, 2001.

Navegar pintoresco (novela), Huesca, Leandro Pérez, 1903. / Madrid, Lib. de Fernando Fe, 1903.

Pityusa (novela), Madrid, Lib. de Francisco Beltrán, 1904.

                                                                 

                                                                     BIBLIOGRAFÍA

-ARA TORRALBA, Juan Carlos, “El alma contemporánea de Alma contemporánea. Claves ideológicas para un libro y un cambio de siglo”, Alazet nº 2, 1991, pp. 9-54.

-, “La contribución de José María Llanas a la campaña política de su paisano Costa”, La Campana de Huesca nº 16, 1996, pp. 10-12.

-, “Hitos literarios de la Huesca moderna (1893-1912)”, Argensola nº 114, 2004.

-ASÚN, Raquel y Vicente MARTÍNEZ TEJERO, Voz: “Llanas Aguilaniedo, José María”, Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo VIII, Zaragoza, UNALI, 1981, p. 2123.

-AYALA, Jorge, Pensadores aragoneses, Zaragoza, IFC, 2001, pp. 510-513.

-BROTO SALANOVA, Justo, “José María Llanas Aguilaniedo: el ingrato olvido de la historia”, Heraldo de Aragón, 12-IX-1985.

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-, Un olvidado, José María Llanas Aguilaniedo. Estudio biográfico y crítico, Huesca, IEA, 1992.

-BUSTILLO, Eduardo, Campañas teatrales (Crítica dramática), Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1901.

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-, “Alma contemporánea de Llanas Aguilaniedo: una estética de la modernidad”, Castilla. Estudios de Literatura nº 15, 1991, pp. 33-51

-, La cara oculta del 98. Místicos e intelectuales en la España del fin de siglo (1895-1902), Madrid, Cátedra, 1998.

-, Escritores aragoneses de los siglos XIX y XX, Zaragoza, REA, 2001, pp. 147-149.

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-CONTE OLIVEROS, Jesús, Personajes y escritores de Huesca y provincia, Zaragoza, Librería General, 1981, p. 92.

-DARÍO, Rubén, “El Modernismo”, España Contemporánea, Barcelona, Lumen, 1987.

-, “La crítica”, España Contemporánea, Barcelona, Lumen, 1987.

-DOMÍNGUEZ LASIERRA, Juan, Los biznietos de Gracián. Las letras en Aragón en el siglo XX, Zaragoza, Ibercaja, 2005, pp. 41-43.

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-“Los libros en la familia Llanas y sus aledaños”, Diario del Alto Aragón, 10-VIII-2010, pp. 172-173.

-MAINER, José Carlos, “Literatura moderna y contemporánea”, Enciclopedia Temática de Aragón, tomo VII, Literatura, Zaragoza, Moncayo, 1988, p. 244.

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-NAVAL, María Ángeles, “Estética fin de siglo” (Reseña de Alma contemporánea), Turia nº 20, junio 1992, pp. 280-282.

-PARDO BAZÁN, Emilia, “La nueva generación de novelistas en España”, Helios nº XII, marzo 1904.

-REVERTE COMÁ, José Manuel, “Prólogo” a La mala vida en Madrid, Huesca, IEA, 1998.

-SAINZ DE ROBLES, Federico Carlos, Diccionario de la Literatura, vol. II, Madrid, Aguilar, 1973, p. 695.

-, La promoción de “El Cuento Semanal”, Madrid, Espasa Calpe, 1975.

-SIN AUTOR, Voz: “Llanas Aguilaniedo, José María”, Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa, tomo XXXI, Barcelona, Espasa Calpe, 1926, p. 994.

-SOTELO VÁZQUEZ, Adolfo, “Viajeros en Barcelona”, Cuadernos Hispanoamericanos nº 544, octubre 1995.

Publicado en Javier Barreiro, Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), Zaragoza, Diputación Provincial, 2010, pp. 633-635. 

                                              

(Introito a Alcohol y Literatura, Menoscuarto ediciones, 2017, pp. 11-18)

                                                                      INTROITO

 El noruego Knut Hamsun, Premio Nobel en 1920, decidió finalmente asistir a la ceremonia de su entrega pese a que Per Hallström, uno de los jurados, había manifestado: “Ha estado ejerciendo una anárquica influencia durante casi toda su vida y probablemente ni siquiera considere legítima la postura idealista que el Premio Nobel pretende fomentar”. Eso sí, Hamsun se presentó absolutamente borracho. Entre otras patochadas, se acercó a la también miembro de la Academia y premio Nobel en 1908, Selma Lagërlof[1] y, tras golpear su corsé, eructó: “Lo sabía, suena igual que una campana”. Después tiró de las patillas a otro de los jurados, trató de compensar con el dinero del premio a dos miembros más que le habían votado y, al no aceptar éstos, se lo ofreció a un camarero de su hotel. Tampoco se atrevió a quedárselo el empleado y Knut dejó el dinero y el diploma en el ascensor. Pese a su muy ajetreada vida, llegó a los noventa y dos años, aunque recluido en un asilo de enfermos mentales[2].

Los escandinavos llevan fama de adictos al trago, pero no están solos. Según el doctor Goodwin[3] el setenta por ciento de los escritores norteamericanos premiados con el Nobel tuvieron problemas con el alcohol o lo utilizaron como fuente de inspiración. Es decir, cinco de siete: Sinclair Lewis, que en 1926 había rechazado el premio Pulitzer, obtuvo el primero de los Nobel otorgados a un norteamericano en 1930. El resto de los bebedores eran: Eugene O’Neill, premiado en 1936, William Faulkner (1949), Ernest Hemingway (1954) y John Steinbeck (1962). No se entienden bien las cuentas de Goodwin o debió de escribir su artículo antes de 1976, año en que se entregó el premio a Saul Bellow. Después lo recibirían Isaac Bashevis Singer (1978), la afroamericana Toni Morrison (1993) y el también poco sospechoso de abstinencia, Bob Dylan (2016). Pero es que, de los dos a quienes Goodwin no considera vinculados con el alcohol, Pearl S. Buck (1938) y Thomas Stearn Eliot (1948), la  primera, tan cursi y moralista, en algún periodo de su vida las cogía que era un primor. Aunque a menudo se le considera británico, el muy circunspecto Thomas Stearn Eliot contrafigura de un Hemingway, cultivador y exhibicionista de la desmesura, era también americano de nacimiento.

Pero Estados Unidos contaba ya con el escritor al que suele considerarse como emblema de esta propensión, Edgar Allan Poe, que recibió el alcoholismo como herencia genética y, con su conducta, hizo honor a ella hasta su muerte, sobrevenida tras un episodio de delirium tremens.

El rudo escritor noruego y los cinco americanos no eran ninguna rareza en su profesión. Más de dos mil años antes el filósofo Crisipo murió bebiendo vino aunque otros testimonios hablen de que murió de risa. En alguno de sus setecientos cinco libros había recomendado el incesto -que practicaba con su madre- y la antropofagia. Diógenes Laercio nos cuenta que el tal Crisipo de Soli consideraba el beber vino como una de las pocas actividades específicamente humanas. No le faltaban buenos maestros: Sócrates era apreciado por sus contemporáneos como un gran bebedor y esa cualidad de aguante para las libaciones constituía una de las principales razones para obtener el respeto de sus discípulos. Lucas Gracián Dantisco, en una obra hoy olvidada pero con multitud de ediciones en anteriores centurias, escribía acerca del maestro de Platón:

 Sócrates del cual cuentan que le duró la noche el brindarse a porfía con otro gran bebedor llamado Aristófanes, y la mañana siguiente hizo una linda medida de geometría sin errar un punto. Adonde mostró que el vino no le hubiese hecho estorbo, y esto por la continuación que tenía de haberse muchas veces arriscado a beber a porfía, y aunque muchos mostraban su valor en el beber mucho y sobre apuestas sin perder el sentido, la victoria que han ganado es tal que lo debemos tener por vicio pestilencial, y pecado muy torpe.                                                                                                         

                                                                Galateo español, (Cap. XV: Del brindarse)

  Siglos después, el psiquiatra francés Louis-Francisque Lélut catalogaba a Sócrates como una personalidad delirante y alucinada.

  Los griegos se acostumbraban a beber desde pequeños por lo que luego soportaban mejor los efectos etílicos y esto era motivo de prestigio; tal vez heredáramos de ellos esa “mitología del aguante”, hasta hace poco tan del gusto de nuestros pueblos y hoy en claro retroceso aunque, con otros parámetros, haya pasado a las culturas urbanas.

Anacarsis Escita reflexionó abundantemente sobre las costumbres etílicas de los griegos y no dejaba de admirarse de que al principio de la comida se bebiese en vasos pequeños que, después, iban siendo sustituidos por los grandes.

  Adicto fue también un tipo peligroso, Periandro, que preso de la ira e incitado por sus concubinas, mató a patadas a su mujer embarazada. Después, quemó vivas a aquéllas. Injusticia distributiva de la que alardea en una carta a su suegro, Procleo:

El fracaso de mi mujer aconteció contra mi voluntad; pero tú serás injusto si exacerbas el ánimo de mi hijo contra mí. Si no calmas la fiereza de mi hijo para conmigo, me vengaré de ti; yo ya vengué la muerte de tu hija abrasando vivas a mis concubinas y quemando junto a su sepulcro los adornos de todas las matronas corintias.

    Otro sabio, Timón, muy dado a la bebida, según Antígono, llegó a cumplir los noventa años, edad muy inusual en la época. Los griegos se preparaban con previsión -y en esto les siguieron los romanos- para los excesos colocándose, entre otras cosas, una corona de perejil. Pensaban que esta planta absorbía los vapores etílicos.

Li-Po, considerado como el más grande poeta chino y uno de los sabios más indiscutibles de la humanidad, a pesar de su iniciación en el taoísmo, fue un gran bebedor y murió a resultas de una borrachera.

  Entre los escribientes latrolítricos, los ejemplos, las facecias y las demasías son innumerables y este libro dará buena cuenta de ello. Antes de que me pongan el grito en el cielo, advierto ya que aparecen menos orientales que occidentales y menos mujeres que hombres. Es cierto que, según algunos, los chinos inventaron la destilación, que otros atribuyen a los árabes; es, asimismo cierto que ellas cogen unas pítimas que da susto pero lamento comunicar que también es aproximadamente cierto que hembras y orientales tienen menos eficiencia en una de las enzimas –conocida técnicamente como ADH- que ayudan a procesar el alcohol en el hígado (v. pag. 126), con lo que habitualmente las cogen antes y no pueden competir con igualdad en este terreno, aunque no falten escritoras borrachas que ocuparán su sitial con todos los honores.

En cada localidad europea, desde las minúsculas aldeas hasta las grandes urbes, la bebida, la exaltación de la embriaguez, las historias cómicas de borrachos, la vinculación de fiesta, alegría y vino han formado parte de la vida cotidiana, de la tradición, de la forma de vida de la gente. A los evidentes aspectos siniestros del alcoholismo[4] se opone toda la cultura de la diversión, la transgresión, la juerga, las canciones báquicas, el carnaval… Las admoniciones contra el alcohol no han conseguido nunca desterrarlo. La borrachera es uno de los pocos ritos de iniciación juvenil que se conservan y hoy -para bien y/o para mal- las culturas occidentales han incluido también al sexo femenino.

Beber es placentero pero puede perjudicar y llevar a cometer actos inqueridos y violentos. Ilumina y embrutece. Hace más humano y más salvaje. Como tantas cosas, es pura contradicción: sienta bien y mal, alegra y entristece, proporciona tono y lo apaga, estimula la creación y es capaz de abolirla para siempre. Evidentemente, la solución no está en los anuncios: beber con moderación, recomiendan, cosa sólo al alcance del tibio de corazón. De momento, nos conformaremos con seguir el bieninten­cionado “Si bebes, no conduzcas” y, por nuestra parte, recomenda­remos al abstemio que beba algo y al excesivo, que dé al garguero unas semanas de vacaciones. Y, en cuanto al repaso de borrachines, espero que nuestro dedo no tome nunca caracteres acusadores ni tampoco exculpatorios. El adagio “Cada uno sabe lo suyo” siempre me pareció irreprochable.

 Fuera de la traviesa juventud y de escasos círculos de resistentes, hay que reconocer que emborracharse no está de moda y cada vez asoman más las caras censorias y las voces amenazadoras en televisiones y programas educativos. Ya Machado catalogó a los “borrachos de sombra negra” en un poema ejemplar que podría servir como modelo de “lo que debe ser y lo que no debe ser”. La línea entre la borrachera jocosa y la agresiva es cierto que no está demasiado clara y que hasta un borrachín típico puede pasar por las dos, según el día que tenga. Pero, en general, suele depender de la persona. “Ése tiene mal vino”, solía decirse. Cuando, para bien y para mal, la sociabilidad del español estaba más a flor de piel, el borracho era una incidencia más de la vida cotidiana y todas sus peripecias eran vistas como algo jocoso y digno de contarse. Antes, un borracho daba, sobre todo, risa y es recurso cómico empleado habitualmente por el género chico, por el cine, antes de convertirse en una cosa más bien truculenta y ruidosa, y por los tebeos. Hoy, ser tildado de borracho no gusta ni a quienes les gusta emborracharse. Hace unos años leí cómo el presidente Maragall había demandado a la revista Vanidad por un artículo titulado “10 borrachos”, que, además del mentado, incluía a Hemingway, Bukowski, Ernesto de Hannover, María Jiménez y, nada menos que cinco actores, Jean-Claude Van Damme, Melanie Griffith, Liz Taylor, Ben Affleck y Joaquin Phoenix. No parece que hubiera de irse tan lejos para encontrar los diez, como se verá en este volumen, ni merecía la pena incluir difuntos en una revista de actualidad. El caso es que allí se escribía que “se pillan unas tajás inhumanas”, se los llamaba “borrachines típicos” y, respecto a Maragall, aún se tomaban sus prevenciones aduciendo que nunca se ha sabido si era rumor o realidad pero que tiene “el garbo y la estampa del típico borrachín de chiste, nariz colorada, pómulos hinchados, ojeras paposas y voz de carraspera”. “¿Y qué?”, contestaría yo si fuese el acusado, “¿Cumplo con mi trabajo?”, “¿Me duermo en los plenos?”, “¿”Me pongo a cantarle ‘Si vas a la Font del Gat’ al alcalde de Perpiñán cuando viene a verme?”.

  Por otro lado, desde la antigüedad, el número de grandes hombres bebedores es posible que supere al de los sobrios, con lo que ya anuncio que poca moralina se destilará en estas páginas. Mucho se ha escrito sobre la vinculación del genio con la locura y el exceso pero es que también grandes hombres conocidos por su equilibrio, como Goethe, bebían. En su caso, entre una y dos botellas de vino al día, pero sin intención de emborracharse, sino como una actividad cotidiana más, como tomar el fresco o cepillarse los dientes. De cualquier manera, la relación con la bebida en el pasado era bastante menos histérica que hoy. El dato es de principios del siglo XX pero sin duda podría fácilmente expandirse en el tiempo: en la soldada diaria de los segadores se incluían tres litros de vino que, naturalmente, no almacenaban para el futuro sino que a lo largo de la jornada iban embuchando.

  A la extendida, y en tantos casos veraz, idea de que el alcoholismo es una enfermedad[5], postura, además, adoptada por la mayoría de las asociaciones médicas, se opone hoy una corriente, defendida entre otros por Stanton Peele[6], que considera la necesidad de bebida como una especie de equilibrador emocional, de lubricante que intervendría en la ecología personal de cada cual. Idea que, si bien se mira, es la que siempre ha tenido la gente respecto a la mayoría de los bebedores, no de los borrachos reconocidos, agresivos y lastimosos. La adicción sería una especie de consecuencia natural de la personalidad global del individuo, una actividad que se integraría compensatoriamente en la economía psíquica de cada sujeto.

                                                                  NOTAS                                                                       

[1] De ella había dicho otro de los jurados: “Escribe como una imbécil pero vota con inteligencia”.

    [2] En 1949 apareció su diario escrito durante su reclusión, Por senderos que la maleza oculta, Madrid, Nórdica, 2012.

    [3] D. W. Goodwin, “Alcohol as a Muse”, American Journal Psychoterapy, vol. 46 nº 3, 1992, pp. 422-438.

[4] “Como recuerda Thomas Brennan, el término de “Alcoholismo” había sido ya acuñado en el siglo XVIII encubriendo de cientifismo la condena de la taberna por las clases dirigentes, al tiempo que explicando “científicamente” la depauperación del proletariado, a partir de su negligencia, indisciplina e imprevisión”. V. Uría (2003: 596n.)

[5] Todos los alcohólicos son bebedores pero no todos los grandes bebedores son alcohólicos, palabra que, a veces, usamos con demasiada liberalidad. El adicto que reclama alcohol en cualquier momento del día o de la noche para no sufrir el síndrome de abstinencia y cuya desdichada vida está supeditada a la ingestión del líquido no es el mismo que quien, bebiendo mucho, no necesita a todas horas ni todos los días vivir con un determinado grado de alcohol en sangre.

[6] V. Peele (1998).

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/10/27/los-escritores-y-el-alcohol-truman-capote-y-jose-solana/