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(Publicado en Aragón Digital, 24-25 de abril de 2019).

No digo que se trate de otro centenario que se olvida –en este caso, sesquicentenario- porque, a pesar de su nombre tan rimbombante, a Atanasio Melantuche (1869-1927), hace mucho tiempo que nadie lo recuerda. Ni siquiera en su Utebo natal, donde no tiene calle ni tampoco en Zaragoza, donde sí la disfrutan otros escritores del costumbrismo aragonés que fueron sus contemporáneos, como Pablo Parellada, García-Arista o Alberto Casañal. Melantuche había nacido el 14 de abril de 1869 y siempre ejerció de republicano militante, aunque no llegó a ver la proclamación de la II República, el día en que hubiera cumplido 63 años.

Si nadie me desmiente, el último que se refirió a él con alguna extensión después de su muerte fue el firmante en el Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (2010). Sin embargo, Melantuche fue un periodista y autor teatral de mucho predicamento en las primeras décadas del siglo XX. Comenzó como crítico taurino y colaborador periodístico en varios rotativos zaragozanos a finales del siglo XIX. Ya en Madrid, colaboró desde 1892 en El País, el más popular de diarios republicanos, y, a partir de 1902, en “La Mañana”. Utilizó los seudónimos de El Barbo de Utebo para sus escritos satíricos y políticos, el de A. Algarroba para la crítica teatral y el de Juan Chanela para la crónica taurina

S. H., después convertida en Siempre heroica (1898) –uno de los títulos concedidos a la ciudad de Zaragoza- fue su primera obra, en la que colaboró con el turiasonense Gregorio García-Arista. Las zarzuelas de costumbres aragonesas La vara del alcalde e Ideícas, ambas de 1905, fueron, entre sus obras, las que obtuvieron mayor popularidad. Con el triunfo de la opereta a partir del estreno de La viuda alegre de Franz Lehar, probó también en este género y obtuvo un buen éxito con la adaptación de Eva, otra de las obras del famoso autor austro-húngaro. Melantuche totalizó veinte estrenos hasta abandonar la escritura teatral en 1914 con el sainete lírico El día del ruido. 

Además de su producción teatral, ejerció como empresario en varios locales zaragozanos y madrileños, entre ellos el popular Teatro Martín. Entre 1915 y 1916, ante la crisis de la escena española, viajó a Méjico como director de la “Compañía Española de Comedia y Variedades Melantuche”, con la que cubrió varias temporadas y llevó a la escena alguna obra de su autoría. Desde 1919 a 1921 dirigió también el semanario ilustrado Don Quijote, promovido por la colonia española. En dicho país estuvo al frente de varias empresas teatrales, al igual que en Cuba y Argentina, donde, ya muy enfermo, recibió un homenaje del Círculo de Aragón en Buenos Aires antes de regresar a su tierra cuando, barruntando su final, volviera a morir en las tablas de la capital española, donde se encontraría con su hijastro, Javier Bueno, uno de los periodistas españoles más combativos de su tiempo. Hijo natural de la actriz Soledad Bueno y José Nakens, director de “El Motín” y una de las figuras del republicanismo español, Don Atanasio tuvo la humanidad de apadrinarlo.

Melantuche es uno de los autores más notables del teatro popular de temas aragoneses, que tanto éxito popular tuvo en la época de intersiglos y en sus obras colaboraron músicos de reconocido prestigio, como el arabista Julián Ribera, uno de los mejores tratadistas de la jota aragonesa, Tomás Barrera, Rafael Calleja, José Serrano, Jerónimo Giménez y Amadeo Vives. También lo hizo con varios de los músicos aragoneses más significados de la época, como José Tremps, Luis Aula y J. M. Alvira.

Tome nota el Ayuntamiento de Utebo -con tantas cosas buenas que, desde su torre a sus museos, puede mostrar- que bien podría establecer en su biblioteca una sección dedicada a los libros de su ilustre vecino y a la literatura costumbrista de su época. Amén.

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/06/22/atanasio-melantuche/

                                                                            OBRAS

S. H. (recorrido cómico-lírico) -con Gregorio García Arista; música de José Tremps y Luis Aula-.

Fuga de consonantes (zarzuela) -con Gregorio García Arista; música de Arturo Isaura-.

Siempre heroica (recorrido cómico-lírico) -con Gregorio García Arista; música de P. Echegoyen-, estr. en 1898.

El olivar (zarzuela de costumbres aragonesas) -con Gregorio García Arista; música de José Serrano y Tomás Barrera-, Madrid, R. Velasco, 1902.

Jaleo nacional (revista) -con Salvador María Granés y Carlos Crouselles; música de Rafael Calleja, José Serrano y V. Lleó- estr. en 1902.

Danze baturro (zarzuela) -con Gregorio García Arista; música de Arturo Isaura y Julián Ribera-, Madrid, R. Velasco, 1904.

La vara del alcalde (zarzuela de costumbres aragonesas) -con música de Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1905.

Ideícas (zarzuela baturra) -con música de Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1905.

Calínez (zarzuela) -con Gabriel Briones; música de Tomás Barrera y J. M. Alvira-, estr. en 1906.

El golpe de estado (opereta) -con Santiago Oria; música de Jerónimo Giménez y Amadeo Vives-, Madrid, SAE, 1906.

La manzana de oro (opereta fantástica) -con Gabriel Briones; música de Rafael Calleja y Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1906.

El hijo de Budha (opereta) -con Gabriel Briones; música de Rafael Calleja-, Madrid, R. Velasco, 1906.

La tajadera (zarzuela baturra) -con Pedro Melantuche; música de Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1909.

¡Cómo cambean los tiempos! (recorrido histórico-bufo-local) -con Tomás Aznar, Mariano Berdejo, Alberto Casañal, Gregorio García-Arista, Francisco Goyena, Juan José Lorente, Rogelio Maestre, Jorge Roqués, Eduardo Ruiz de Velasco y Ambrosio del Ruste; música de Tomás Barrera y Jesús Ventura-, estr. en 1909.

La luna del amor (opereta) -con Gabriel Briones; música de Tomás Barrera y Rafael Calleja-, estr. en 1910.

Junto al ribazo

La Pirula (zarzuela) -con música de Rafael Calleja-, Madrid, SAE, 1913.

Eva (adaptación de la opereta de Franz Lehar), Madrid, R. Velasco, 1913.

Las píldoras de Hércules (vodevil) -con Ramón Asensio Mas, R. Blasco y J. J. Cadenas; música de Quinito Valverde-, estr. en 1913.

El día del ruido (sainete lírico) -con música de Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1914.

La modista de mi mujer (adaptación de un vodevil de Albin Valabregue y Maurice Hennequin) -con Ramón Asensio Mas-, Madrid, SAE, 1915.

P´al otro barrio (fantasía lírica) -con música de Joaquín Valverde (hijo)- estr. en Méjico, en 1916.

La fuga (zarzuela) -con Gregorio García Arista; música de Arturo Isaura-.

Coralie et Cie (adaptación de la obra de Valebregue y Hennequin)


                                                                        BIBLIOGRAFÍA

-BORRÁS, Tomás, Jacaranda de Madrid, Madrid, Vassallo de Mumbert, 1975.

-CEJADOR Y FRAUCA, Julio, Historia de la lengua y de la literatura castellanas, tomo XII, Madrid, Gredos, 1972, p. 178.

-COSSÍO, Francisco de, Los toros. Tratado técnico e histórico, tomo IX, Madrid, Espasa Calpe, 1988.

-FERNÁNDEZ CLEMENTE, Eloy, Vicente PINILLA y Javier SILVESTRE, “La emigración aragonesa a la Argentina, 1880-1960”, Estudios migratorios latinoamericanos nº 49, diciembre 2001, pp. 515-553.

-GONZÁLEZ PEÑA, María Luz, Diccionario de la zarzuela. España e Hispanoamérica, tomo II, Madrid, Instituto Complutense de Ciencias Musicales, 2003, p. 290.

-IGLESIAS DE SOUZA, Luis, Teatro lírico español (4 tomos), La Coruña, Diputación Provincial, 1991-1996.

-IGLESIAS MARTÍNEZ, Nieves (dir.), Catálogo del teatro lírico español en la Biblioteca Nacional, tomo II, Libretos D-O, Madrid, Ministerio de Cultura, 1991.

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-OSSORIO Y BERNAD, Manuel, Ensayo de un catálogo de periodistas españoles del siglo XIX, Madrid, Imp. de J. Palacios, 1903.

-PINILLA NAVARRO, Vicente y Eloy FERNÁNDEZ CLEMENTE, Los aragoneses en América. Siglos XIX y XX. La emigración, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2003, p. 153.

-SÁNCHEZ PÉREZ, José Augusto, Mosaico baturro. Notas sobre literatura aragonesa, Madrid, Talleres Gráficos Montaña, 1953.

-SIN AUTOR, “Crítica” del estreno de El Olivar, El Teatro nº 16, febrero 1902, pp. 13-16.

-, Voz: “Melantuche y Lacoma, Atanasio”, Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa, tomo XXXIV, Barcelona, Espasa Calpe, 1917, p. 407.

-VV.AA., “Teatro de la España del siglo XX, I: 1909-1939”, ADE Teatro (Rev. de la Asociación de Directores de Escena de España), octubre 1999.

               García Arista, Maestro Serrano , Maestro Barrera y Atanasio Melantuche anotando El olivar (1902)

¿Quién se acuerda de Guillermo Gúdel, amable y silencioso, poeta tardío y finísimo, autor de tan bellas ediciones, que él mismo imprimía, fruto de un trabajo que aprendió en el hospicio; hombre con poca suerte en la vida y de quien todos reconocían su buen oficio poético, pero del que casi nadie hablaba. 

Aparecía por la Peña Niké y escribió sobre sus amigos poetas para los que, con su gran amigo Luciano Gracia, creo revistas y la importante Colección Poemas

Al menos, recordamos que mañana, 22 de febrero, que se cumplen los cien años de su nacimiento en el pueblecico de Coscojuela de Fantova, entre el Somontano barbastrense y el Sobrarbe, ponemos en el foco su vida y obras para que su resignada imagen vuelva al cerebro y el corazón de quienes lo conocimos.

Gúdel, Guillermo012

GÚDEL MARTÍ, Guillermo, Coscojuela de Fantova (Huesca), 22-02-1919 / Zaragoza, 10-04-2001

Partida de nacimiento

A los ocho años quedó huérfano y fue ingresado en el hospicio de la capital  oscense. Cumplidos los catorce, entró como aprendiz en la imprenta Aguarón de Huesca y al oficio de tipógrafo dedicó su vida. En 1936 fue trasladado al hospicio de Zaragoza, donde sería reclutado para luchar en el frente. Terminada la Guerra Civil, todavía hubo de permanecer varios años en el ejército. Tras licenciarse, ingresó en la plantilla de la imprenta de Berdejo Casañal, en la que conoció al que sería su amigo más constante, el poeta Luciano Gracia, con quien también trabajaría durante muchos años en la imprenta de la Diputación Provincial zaragozana. A mediados de los cuarenta, colaboró en las revistas AragónDoce de Octubre, así como en el semanario jacetano El Pirineo Aragonés. En la tertulia del café Niké trabó amistad con Julio Antonio Gómez y se sumó a la empresa de editar la revista Papageno (1958-1960). Después, participó con Luciano Gracia en la gestación de la revista Poemas (1962-1964) y en los primeros números de la colección de poesía homónima. Una grave enfermedad de su esposa le obligó a retirarse casi enteramente de la vida pública aunque siguió escribiendo y asistiendo, de forma ocasional, a presentaciones y actos poéticos.

Café Niké. Gúdel con Raimundo Salas y Julio Antonio Gómez

Poeta casi secreto, él mismo publicó casi toda su amplia obra, en bellas ediciones de muy pocos ejemplares. Sus poemas constituyen un refugio de lo que fue su poco afortunada trayectoria vital y ostentan una veta lírica transida de sereno dolor. De correcta factura y hondo sentimiento, un oscuro destino parece cernirse sobre sus versos, existenciales y marcados por la angustia de la temporalidad. Es uno de los pocos poetas aragoneses contemporáneos sobre los que se ha publicado una biografía (Gracia Diestre, 2003).

                                                                        OBRAS

Latitud del amor (plaquette), Zaragoza, Autor, enero 1959.

Contra el aire (plaquette), Zaragoza, Autor, abril 1959.

Viento diario (plaquette), Zaragoza, Autor, julio 1959.

Término del aire (plaquette), Zaragoza, Autor, octubre 1959.

Égloga nueva de la tierra propia, Zaragoza, IFC, 1970.

Los pasos cantados, Zaragoza, Delegación Nacional de Cultura, Col. Aula de Poesía, 1975.

Las tristes noticias y Más tierra de España, Zaragoza, Autor, 1980.

Las voces permanentes y El eterno homicidio, Zaragoza, Autor, 1981.

Velación de la carne y Memoria de Edith Piaf, Zaragoza, Autor, 1982.

Capítulos del suelo y El reloj y el humo, Zaragoza, Autor, 1982.

Contra todos los aires y Penúltimas luces, Zaragoza, Autor, 1983.

Poecromía goyesca, Zaragoza, IFC, 1983.

Asiduo ofrecimiento hasta el olvido, Zaragoza, IFC, 1990.

Dilema entre camino y caminante, Zaragoza, Autor, 1992.

Entre días y noches estivales, Zaragoza, Autor, 1993.

Ecos de lo encontrado y lo perdido, Zaragoza, Autor, 1993.

En algún punto no aparece el sol, Zaragoza, Autor, 1994.

Analogía del amor y el mar, Zaragoza, Autor, 1994.

El tiempo sumergido en el espacio, Zaragoza, Autor, 1995.

El curso accidental de la existencia, Zaragoza, Autor, 1995.

Amor y desamor en claroscuro, Zaragoza, Autor, 1995.

Halago natural de los sentidos, Zaragoza, Autor, 1996.

Tetralírica de los elementos, Zaragoza, Autor, 1996.

Cercos de oscuridad y claridad, Zaragoza, Autor, 1996.

Evidencia de las contradicciones, Zaragoza, Autor, 1997.

Mientras avanza el día hacia la noche, Zaragoza, Autor, 1997.

Desde la agitación hasta la ausencia, Zaragoza, Autor, 1997.

Alegorías de la brevedad, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 1997.

Mensaje de anteayer desde el silencio (narrativa), Zaragoza, DGA, 1998.

Trayecto circular de tierra y agua, Zaragoza, Autor, 1998.

Anecdotario para largo tiempo, Zaragoza, Autor, 1998.

Clave de amor en tono de nostalgia, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 1998.

La imagen repetida en el espejo, Zaragoza, Autor, 1999.

Indefinida soledad errante, Zaragoza, Autor, 1999.

Remota aspiración de la materia, Zaragoza, Autor, 1999.

La oscuridad delante de la luz, Zaragoza, Autor, 2000.

Viejo episodio para un mundo nuevo, Zaragoza, Autor, 2000.

Horario de canciones y lamentos, Zaragoza, Autor, 2000.

Lo que sigue oscilando alrededor, Zaragoza, Autor, 2001.

Asignatura de la melancolía, Zaragoza, Autor, 2001.

Sonata de sonetos concordantes, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

La batalla del hombre contra el hombre, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

Cantata de romances y espinelas, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

El día se dirige hacia la noche, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

Rueda del pasatiempo cotidiano, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

Sucesivo retorno de las nubes, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

                                                                 BIBLIOGRAFÍA

-ALFARO, Emilio (dir.), OPI-Niké. Cultura y arte independientes en una época difícil, vol. I, Zaragoza, Ayuntamiento, 1984, pp. 187-204.

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-DOMÍNGUEZ LASIERRA, Juan, Voz: “Gúdel Martí, Guillermo”, Gran Enciclopedia Aragonesa, apéndice II, Zaragoza, UNALI, 1987, pp. 180-181.

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-, “Gúdel, visión de las sombras” (Reseña de Entre días y noches estivales), El Periódico de Aragón, 25-XI-1993.

-, “Gúdel, alma y ausencia” (Reseña de En algún punto no aparece el sol), El Periódico de Aragón, 16-IX-1994.

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-PARIENTE, Ángel, Diccionario bibliográfico de la poesía española del siglo XX, Sevilla, Renacimiento, 2003, p. 151.

-PÉREZ LASHERAS, Antonio, Poesía aragonesa contemporánea (Antología consultada), Zaragoza, Mira, 1996, pp. 153-173.

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-RAMÍREZ, Elisa (coord.), Diccionario de escritores en lengua castellana, Madrid, CEDRO, 2000, p. 198.

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-SERRANO PARDO, Luis, Años de plomo 1931-1950. Una historia de la imprenta zaragozana, Zaragoza, Ibercaja, 2006, pp. 109-111.

-TELLO, Rosendo, “Introducción” a Orejudín (ed. facsímil), Zaragoza, DGA, 1991, pp. 42-43, 84.

-VV.AA., Barataria nº 13, septiembre 2001 (número monográfico dedicado a Guillermo Gúdel).

Publicado en Javier Barreiro, Diccionario de autores españoles contemporáneos (1885-2005), Zaragoza, Diputación Provincial, 2010, pp. 515-518.

(Prólogo a José Gabriel, La Vida y la muerte en Aragón, Madrid-Sariñena (Huesca), El Perro Malo y Salvador Trallero Ediciones, 2018, pp. 1-11

-¿José Gabriel qué?

-Si quiere conocer el apellido, era López. Pero siempre firmó José Gabriel. Era un periodista famoso que le había organizado alguna huelga a La Prensa. Había trabajado en Crítica, donde inclusive publicaba memorables crónicas de partidos de fútbol (dicen que tenía colgado sobre la cabecera de su cama uno de los botines de Scopelli). En 1922 había publicado la primera biografía de Carriego, muy anterior a la de Borges. Había estado en el Perú como profesor de la Universidad de San Marcos y, al cabo de andanzas y malandanzas, se había arrimado al peronismo que lo ubicó en la redacción de Democracia, con gran disgusto mío, que me sentía la primera pluma de ese diario. Mal que mal nos llevamos bien, sobre todo debido a mi condición de diputado nacional, que algún calculado respeto le infundía. Murió en la redacción del diario El Laborista, hacia 1956 o 1957.

Marcelo Héctor Oliveri, (José Gobello. Sus escritos, sus ideas, sus amores, pp. 110-111).

Portada primera edición, 1938

 Desde que hace algo más de treinta años, por influencia italo-francesa, se puso de moda la microhistoria, conocemos mejor los procesos históricos, acaso no los de las grandes transformaciones socio-políticas y las relaciones internacionales, pero sí los de nuestro país, nuestra región, nuestra comarca o nuestro pueblo en un determinado contexto histórico-social. Viene esto a cuento por la peripecia del autor que tratamos, José Gabriel López Buisán, madrileño de nacencia, pero criado en un pueblo oscense vecino a Graus, Torres del Obispo[1]. Su venida al mundo fue el 18 de marzo de 1896[2]. Curiosamente, sólo sesenta y seis días después de que lo hiciera Joaquín Maurín en otro lugar de la misma comarca, la Ribagorza. Cualquiera de estas dos vidas –a Maurín llegó a tenérsele por muerto en la Guerra Civil, incluso por parte del autor de la obra que editamos- daría para una visión angular del siglo XX más que ilustrativa.

Creo que se podrían contar con los dedos de las manos los españoles que hasta hace nada conocían la identidad de JGLB y yo no estaba entre ellos hasta que leí en la Biblioteca Nacional el libro que nos ocupa. Las razones son varias. El libro es de muy difícil obtención y la literatura acerca de la guerra civil española, inabarcable. Su autor, como tantos compatriotas en esas fechas, emigró de España en 1905 y, al parecer, sólo volvió unos cuantos meses como corresponsal del diario bonaerense Crítica[3] durante las fases iniciales del conflicto civil. Nunca volvió a firmar con sus apellidos, sino que en su abundosa obra escrita siempre utilizó sus dos nombres de pila. Tampoco había ocasión de identificarlo, pues los archivos parroquiales de la zona en que pasó la infancia fueron destruidos por los milicianos en la consabida guerra. El consiguiente interés que experimenté por el autor tras la lectura de La vida y la muerte en Aragón. Lucha y construcción revolucionaria en España me llevó a hacer algunas indagaciones. En esas estaba, cuando en una conversación ocasional con Salvador Trallero, uno de los editores hodiernos de esta obra, saltó el nombre de José Gabriel. No recuerdo quién fue el primero en convocarlo. De cualquier modo, un amigo suyo de Madrid le iba a prestar el libro que él confiaba en editar. Yo andaba reconstruyendo mal que bien su trayectoria. Habría, pues que prologarlo y contextualizarlo.

Sobre la brumosa infancia de este autor, la fuente más segura está en el volumen que el lector tiene ante sus ojos; pero rara vez se volverá a referir a ella y su identificación con la nación que lo acogió es tal, que, exceptuando las tres obras que monográficamente dedicó a la circunstancia político-social española, son escasas las alusiones al país en que vio la luz. La mayor parte de sus libros están  específicamente dedicados a asuntos en estrecha relación con la historia, la lengua, la política y la vida social argentinas.

En La vida y la muerte en Aragón, José Gabriel refiere que los hermanos de su madre le arrebataron su parte de herencia y hubo de trabajar en Madrid como sirvienta. Luego volvería a su pueblo oscense, con su recién nacido hijo. Tras unos años, la familia hubo de abandonar tempranamente Torres del Obispo y asentarse en algún lugar de Cantabria donde tampoco sus miembros lograron mejor fortuna, con lo que, como tantos españoles de su tiempo, decidieron probar suerte en el Río de la Plata.

José Gabriel llega al puerto de Buenos Aires a mediados de la primera década del siglo XX, acompañado de su madre con la esperanza de encontrar al cabeza de la familia que, al parecer, había abandonado. Ello explica, en parte, que en su firma omitiera los apellidos -el segundo de ellos, Buisán, de clara estirpe pirenaica- para firmar para siempre como José Gabriel[4]. Sin embargo, en alguna ocasión manifestó: “A mí me basta con ser hijo de mi madre, la mujer más buena, más pura y más trabajadora del mundo”, lo que no aclara que prescindiera de los dos apellidos, pudiendo haber suprimido únicamente el del padre, por otra parte tan común. De cualquier manera, en la fecha de su arribo, contaba, pues, nueve o diez años. Sabemos que, combinándolo con el desempeño de numerosos oficios, cursó estudios secundarios  y se matriculó en Filosofía y Letras, carrera que hubo de abandonar por los problemas económicos de la familia, lo que no obstó para  que, años después, ostentase alguna cátedra.

  A los 9 años, pedía yo limosna por las aldeas empotradas en los montes cántabros, a los 10 era hortero, a los 11, peón de panadería y repartidor de pan por las calles de Buenos Aires, a los 12, mozo de fonda, a los 13, pintor letrista, a los 14, mensajero, a los 15, empleado y mandadero de escritorio, a los 16, inspector de ferias francas, a los 22, profesor de enseñanza secundaria… He trabajado toda mi vida como una bestia y con una familia siempre a mi cargo[5].

En el periodo de sus estudios José Gabriel se sintió atraído por la “Escuela Novecentista”, que tenía como guía y mentor a Eugenio D’Ors. Uno de sus miembros más significados fue el poeta Benjamín Taborga (Riotuerto, 1-IX-1889-Buenos Aires, 5-XI-1918), un cántabro también emigrado, por quien sintió gran admiración y que sería uno de sus primeros ídolos intelectuales. “Taborga, un auténtico filósofo, provocó un vuelco saludable en mi vida… Con él iba a la Biblioteca Nacional y al Museo de Bellas Artes, leíamos mucho y discutíamos más, pero siempre con gran fraternidad. A veces, sin embargo, por sentir demasiado la belleza, olvidábamos la justicia”. Taborga, primero ejerció de germanófilo, luego, de  bolchevique; es de suponer que José Gabriel siguiera rumbos similares. Ambos fundaron en 1917 “El Colegio Novecentista” y comenzaron a colaborar en La Gaceta. Benjamín falleció con menos de 30 años a consecuencia de la famosa epidemia de gripe, lo que causó honda conmoción en su amigo. D’Ors le dedicó sendas glosas los días 3 y 4 de abril de 1919[6].

Pero, sin duda, el camino intelectual de JGLB estaba encauzado. El 27 de enero de 1917 ya había publicado un artículo “Un seminario de filosofía” en la famosa revista Caras y Caretas, que también llegaba a España. En ella tradujo a Maeterlinck y pergeñó algunas reseñas. El sentido social que siempre le acompañaría aparece ya en “Cuadros de pobreza”, aparecido en dicha publicación en noviembre de 1917. Colaborará también en la revista Nosotros con reseñas sobre literatura francesa y se acercará a otro escritor de prestigio: Manuel Ugarte (1875-1951), periodista, diplomático y embajador, que vivió en París y en España, donde publicó varias novelas y se relacionó con los escritores españoles. Se opuso frontalmente al expansionismo de los Estados Unidos, militó en el Partido Socialista y fundó el diario La Patria (1918), en el que también colaboró José Gabriel, que pasó después al popular diario La Prensa de la familia Paz.

Era delegado, teníamos la Federación de Periodistas y sacábamos un boletín… El trato al personal no era bueno, y un día, paramos La Prensa… Fue la primera huelga grande con que se enfrentaron los Paz.

Consiguientemente, tras tres años de colaboración, fue despedido.

Aquella huelga me cortó los víveres y me acarreó persecuciones policiales y patrioteras (…)  A partir de aquella huelga, La Prensa me sentenció. Me podía morir o que me nombrasen presidente de la Nación, que La Prensa no me mencionaría nunca más (…) No odio esa casa de don Ezequiel Paz… pero puedo aseverar, por lo que vi  (…), que me sentí en un Estado dentro del Estado. La Prensa desdeñaba la causa popular (…) Defendía sus intereses particulares, contra los nacionales, como en el caso famoso de la devaluación de la libra[7].

Comienza aquí un periodo de febril actividad que ya ocupará toda su vida. Sus muy dispersos textos siguen apareciendo tanto en revistas de gran circulación como la citada Caras y Caretas o España, editada en Madrid, como en publicaciones locales y universitarias. Aborda igualmente cualquier temática: la crítica de poesía, el cuento, el artículo político… En la ciudad de La Plata ejerce la docencia en el Liceo de Señoritas. Allí se enamorará de una alumna, Matilde Delia Natta, con la que pronto contraería matrimonio.

El folleto Tupac Amaru (1918) es su primera publicación que excede la extensión de un artículo. En 1920 llegará el primer libro: Evaristo Carriego, del que bebería Borges y al que Manuel Gálvez juzgaría superior al del maestro. Por su parte, José Gabriel colocará poéticamente a Carriego en un escalón más alto que el de Lugones (¡) y tendrá agrias polémicas por ello. En 1922 La fonda es su primera obra narrativa. Además de la que le da título contendrá otras dos novelas breves, “Un lance de honor” y “La joya más cara” pero es la primera, de protagonista colectivo y desarrollada en un conventillo de los suburbios porteños, la más interesante tanto literariamente, como por sus aspectos lingüísticos y sociales. El autor se basa en las experiencias que hace unos pocos años había vivido como mozo para todo en una fonda para todo de ínfima categoría.

José Gabriel va avanzando hacia un nacionalismo de carácter social y, en cuanto a lo literario, “la condición principalísima de la originalidad del arte, será el contenido de la emoción del medio circunstante al artista”. Se trata de la polémica que enfrentará a las dos facciones más activas de la literatura argentina en los años veinte: el grupo de Boedo y el de Florida, es decir, los llamados martinfierristas, defensores del criollismo y la lucha social, frente a los culturalistas y exquisitos, aunque ambos militasen de la vanguardia. Por entonces dirige  el grupo teatral Renovación. Publica varios trabajos sobre cuestiones de arte y, como otros escritores argentinos, se interesa también por el fútbol[8].  En 1930 es ya un intelectual extraordinariamente activo y polémico, que combate la hipocresía cultural y social, los valores consagrados y la corrupción académica y periodística. Suárez Danero lo considera “hombre de innata rebeldía y aguda cultura” y para Ernesto Palacio, “poseía una divina locura, entre quijotesca y unamunesca”[9].

En 1930, José Gabriel ya trabaja en el diario Crítica pero el golpe de estado del general Uriburu, que desaloja al radical Yrigoyen, lo margina y ha de exiliarse en Montevideo. Ya ha abrazado las doctrinas trostkistas: “el único comunista ortodoxo del mundo (…) y Stalin, un embozado reaccionario del comunismo”, mientras sostiene que, en países que siguen inficionados por el colonialismo, es necesario desvincular la cuestión nacional, formando una federación hispanoamericana en estrecha alianza con el socialismo, los sindicatos obreros y la revolución emancipadora. En Burgueses y proletarios en España, afronta el análisis de  la recién proclamada la II República española:

La oposición española necesita cumplir antes de un año su misión. Si la situación objetiva le obliga a dilatar el plazo, la burguesía puede lograr un momentáneo desahogo económico y estabilizarse, aún sin fascismo o con un fascismo enclenque… El rey se ha ido, pero la monarquía todavía no. Aguardo la noticia del saqueo del Palacio de Oriente… Dios les haga leve la guerra civil. Pero tengan presente las palabras de Lenin: ¡Ni un paso atrás![10]

 Restituida la democracia, vuelve a asentarse en La Plata, dirige la revista Martín Fierro (1934), fundada en el centenario del nacimiento de José Hernández y que reivindica sus valores nacionales. Por otro lado, en el semanario Señales publica sus artículos atacando a los Partidos Socialista y Comunista y repitiendo su mantra obsesivo: la errónea actuación de los partidos del Frente Popular en las democracias europeas; el auténtico enemigo es el imperialismo, en el caso de Argentina, el inglés.

 Al estallido de la rebelión militar en España, por propia iniciativa pero como corresponsal de Crítica, se embarca en el vapor Satrústegui para hacer la travesía y desembarcar en Barcelona. Publicado en 1937, su

libro España en la cruz (Viaje de un cronista a la guerra) es la peripecia de este viaje. Mucho más literario y extenso que el que introducimos, nos cuenta el ambiente que se respira en la travesía –viaja en segunda clase-, la miseria y suciedad de la tercera, los novelescos y, generalmente, siniestros personajes con los que traba contacto y la presencia omnímoda de la política en las conversaciones y preocupaciones del pasaje, mientras el capitán protege a los fascistas y prohíbe las manifestaciones en contrario. Todo ello adobado con reflexiones políticas, sobre el Frente Popular y la política europea. Como se adujo, sus ideas son las del  POUM (Partido Obrero Unificado Marxista) de Andrés Nin. El barco se detiene en varias ciudades brasileñas, Dakar, Casablanca, Gibraltar, Orán y Génova, porque no se le permite la entrada en Barcelona, cuyo puerto, según la empresa naviera, está minado. El periodista aprovecha para darnos las impresiones de cada una de estas ciudades. Una vez en Génova, sigue siendo complicado llegar a Barcelona. Finalmente, se junta con Santiago, un anarquista aragonés que ha trabajado en los cafetales brasileños que intenta reincorporarse a la CNT y participar en la lucha. En tren, consiguen alcanzar Portbou y llegar a Barcelona un mes después de la sublevación. José Gabriel describe con viveza la contradictoria Barcelona revolucionaria y a varios de sus personajes y tipos humanos. Es a partir de aquí, cuando se desarrollan las crónicas del libro que abordamos.

La vida y la muerte en Aragón_Cubiertas (1)

 La vida y la muerte en Aragón

Modestamente editado por la editorial Imán, con sedes en Buenos Aires y México y con cubierta diseñada por José Planas Casas[11], el libro respira el aire inquieto y apresurado de las crónicas de guerra pero también la convicción de que se están viviendo momentos trascendentales de la historia. En las cinco páginas del prólogo, escrito en abril de 1938, más de un año después de su estancia en el frente, José Gabriel señala culpables:

La guerra imperialista debe convertirse en guerra civil, predijo Marx. Lo confirmaron con los hechos, Rusia, en 1917, Italia y Alemania, en 1918; lo confirmaba España en 1936. Los mismos burgueses españoles de izquierda hablaban de REVOLUCIÓN, no de DEFENSA (…) Pero precisamente porque el orden proletario es el único opuesto a todo orden imperialista, al verlo surgir en España lo frenaron.

En resumen, el objetivo de ambos bandos era frenar la revolución proletaria. Por ello, los burgueses republicanos, socialistas, con los comunistas a la cabeza, destruyeron las milicias populares, las colectivizaciones, amordazaron a los partidos revolucionarios, asesinaron a Durruti, Nin y Berneri y mandaron al pueblo en masa a morir en batallas absurdas como las de Teruel y, después, el Ebro.

Sin embargo, José Gabriel no es un pesimista agorero y alberga la esperanza de que, si no se consigue la victoria militar, se obtenga la política. Su vitola de progresista verdadero la demuestra poniendo en solfa muchos de los comportamientos de quienes dirigen la guerra: la censura, la propaganda que convierte los fracasos en victorias, la honda rivalidad entre las distintas organizaciones revolucionarias… Pero lo que el periodista desea ardientemente es conocer el frente de Aragón y su experiencia revolucionaria. Finalmente, sufragándolo a medias con un colega francés, consigue que le entreguen un Peugeot nuevo provisto del correspondiente chófer. A partir de aquí JGLB nos paseará por la geografía aragonesa (Bujaraloz, Fuentes de Ebro, Sariñena, Barbastro, Graus, Torres del Obispo…) a través de cuadros tomados de la realidad que traslucen la verdad de una instantánea fotográfica. Sus reflexiones políticas y pensamientos siempre serán breves, como requiere la crónica periodística, diferentes a las más sesudas y analíticas de España en la cruz.

Miradas sobre el paisaje, datos costumbristas, observaciones sobre los hábitos nacionales, las milicianas, la vida en la trinchera se suceden a lo largo de los cuarenta breves capítulos que componen el libro de sólo 120 páginas en su edición original, pero que se completa con láminas fotográficas, reproducciones de algunos órganos de prensa, pasquines, manifiestos… y un apéndice de 52 páginas más, que contiene los apartados: “Una descripción del frente

aragonés”, “Detalles del frente aragonés” “¿Por qué se detuvo el frente en Aragón?”, “Debates proletarios sobre economía”, “La ofensiva contra las colectividades”, “El gobierno republicano en el nuevo orden”, “Un discurso antifascista de Durruti” y “Vida y muerte de un líder”, donde se afirma sin ambages que el revolucionario leonés “fue asesinado por la Columna Internacional del General Kléber, fuerza especialista en la limpieza a retaguardia” (166)

 A José Gabriel le sorprende la naturalidad con la que se ha aceptado la desaparición del dinero, el “todo para todos”, también, aquella con que se acepta la muerte propia y ajena, leitmotiv del título del libro. En cambio, el desvío de la izquierda francesa y su Frente Popular respecto a la lucha de los republicanos españoles produce en todos honda indignación que se traslada al periodista francés compañero del argentino. Pero el mayor número de páginas se dedica al ataque y penetración en el pueblo de Fuentes de Ebro, dirigido por Durruti, también narrado con sencillez y ausencia de dramatismo. Ausencia que se extiende a la suerte de los ejecutados, cuya muerte cuentan con naturalidad algunos de sus verdugos o que los mismos reporteros encuentran abandonados en las cunetas. José Gabriel no puede evitar un respingo ante dichas circunstancias, lo mismo que sucede en la cena que les sirven en la iglesia de Bujaraloz:

En el fondo, me está remordiendo, no la iglesia convertida en comedor, sino la iglesia vencida. Siempre peleé y nunca pude quedar vencedor: el derrotado, ya, por su misma derrota, me parece el justo. Todos tenemos algo de razón y la razón vencida es más razón.

Tras el ataque a Fuentes de Ebro, son los capítulos 25 –el fusilado en la cuneta a las afueras de Barbastro- y los que se desarrollan en Torres del Obispo, ahora Torres de Largo Caballero (32-37), los que, en cierto modo, suponen un viraje en las preocupaciones dominantes. El primero ejemplifica las consideraciones metafísicas que asoman en el título de la obra y los que se refieren a la aldea en que se crió, la perplejidad del reencuentro con su niñez, un choque psicológico en un contexto en que las preocupaciones inmediatas, que para muchos equivalen al destino de la humanidad, son lo único que importa.   

El colega francés necesita regresar y a José Gabriel le pesan las muertes. Sin decirlo, necesita escapar de ellas. Aunque no quiere incurrir en las exageraciones de otros corresponsales, los fusilados se han convertido en protagonistas. El reportaje termina con una cena en un restaurante del Barrio Chino –el casco viejo de las ciudades mediterráneas que el autor siempre denomina Casbah- en la que el chófer devora unos sesos y comenta: “Como con gusto porque me parece que le estoy comiendo la cabeza a aquel fascista de la carretera”. Un tanto ambiguamente, José Gabriel refugia sus pensamientos en el vino.

 

Los años finales

 Tras la guerra, la trayectoria de JLGB seguiría siendo rebelde, polémica y combativa. Su enorme capacidad de trabajo se refleja en su bibliografía y centenares de artículos. Las preocupaciones por la lengua nacional, la cultura popular y el antifascismo seguirán siendo prioritarias para él. Así, obtenida una cátedra en 1939, se le suspende en 1941. El golpe militar de 1943, que intervino hasta la lengua y proscribió el lunfardo, lo llevó a inmiscuirse en la protesta, lo que le valió la cárcel y el exilio a Montevideo. En 1946 marchará a Lima para enseñar periodismo en la Universidad de San Marcos. Vuelve en 1949 y se acerca al peronismo, que antes había rechazado. Pero también con una actitud crítica: en las reuniones del general con los periodistas “el que llevaba la voz cantante era Perón. Sólo José Gabriel osaba interrumpir los monólogos presidenciales[12]”. Sin embargo, la muerte de Evita y los nuevos rumbos de la política del presidente provocan que vaya tomando algunas distancias aunque los intelectuales antiperonistas lo consideran un enemigo. Por entonces, colabora en Argentina hoy, un diario socialista cercano al peronismo, y en El Laborista; vive modestamente en una villa obrera del barrio de Lanús, extrarradio de Buenos Aires; también ejerce labores de prensa en el Ministerio de Salud Pública.

Frisando la sesentena, José Gabriel estuvo con los que, sin fortuna, trataron de oponerse al derrocamiento de Perón, por lo que recibió virulentos ataques. Como escribe Galasso:

Aquel que había sido marginado por anarquista y trotskista, por rebelde y deslenguado, por predicar una síntesis entre marxismo y liberación nacional o hacer centro en la cuestión social al analizar el Martín Fierro, suma ahora otra transgresión: su peronismo militante de los últimos años. Inmediatamente es exonerado del ministerio, manteniendo apenas su cargo en El Laborista, aunque arrinconado en una sección secundaria y con un sueldo exiguo que le permite apenas sobrevivir a él y a su familia[13].

El 14 de junio de 1957, un infarto vence su cabeza sobre la máquina de escribir en la redacción de El Laborista. Muere horas después.

Pasarían 17 años para que alguien escribiera sobre él (Suárez Danero, 1974); 58, para que se reimprimieran algunos de sus textos (Korn 2015); nada menos que 61, para que una editorial, curiosamente aragonesa, llevase a cabo la reedición de uno de sus libros. La independencia, el humanismo, la calidad literaria y la variedad de las preocupaciones de este autor merecerían otras atenciones.

 

                                                                                   NOTAS

[1] Aparte de su propio testimonio, la condición aragonesa del autor la confirman Eduardo Suárez Danero, Guillermo Korn y otros autores. Él se decía aragonés, como su familia materna, pero se consideraba argentino. Pese a la importancia de su obra y las polémicas que suscitaron sus escritos y actuaciones, la figura de José Gabriel es muy poco conocida incluso en los círculos cultivados del país austral. 

[2] El padre, Buenaventura López, nacido en Cangas de Onís, Asturias, emigró a la Argentina en 1897 y parece que abandonó la familia a su suerte. La madre, Teresa Buisán, nacida en Torres del Obispo, Huesca, viajó con su hijo a Buenos Aires en 1905.

[3] Fundado por Natalio Botana en 1913, Crítica fue uno de los periódicos más populares del país en las décadas de los veinte y los treinta, llegando a alcanzar cinco ediciones diarias y en algún momento llegó a ser el de mayor tirada del mundo en lengua española. Defensor de las ideas avanzadas, durante la guerra en España, apoyó al bando republicano. A partir de la muerte de su fundador en 1941, el diario fue decayendo y desapareció en 1962.

[4] Dado su espíritu rebelde y revolucionario, es posible que pudiera ejercer alguna influencia el hecho de que el nombre español del caudillo Túpac Amaru, que en el siglo XVIII se rebeló contra la dominación española, fuese el de José Gabriel Condorcanqui Noguera. Igualmente, llevó ese nombre el minero J. G. Aguilar que, en unión del doctor Ugalde, concibió un proyecto de emancipación americana, por lo que, como Túpac Amaru, fue ejecutado en 1805.

[5] Cit. por Galasso (2013).

[6] La obra completa de Taborga fue publicada por Calpe Argentina en 1919.

[7] Cit. por Galasso (2013).

[8] En “El jugador de football, ejemplo de arte”, (La Nación, 6-I-1929) sostiene que en un partido de fútbol hay más arte que en muchas de las óperas del teatro Colón, insistiendo en el funcionamiento colectivo del juego. Añade que la cultura debería tomar ejemplo de lo ocurrido en el fútbol: “Unos ingleses acriollados, les enseñaron a nuestros muchachos las reglas primarias del juego, hace medio siglo, pero ellos no se quedaron en la enseñanza externa (…) cuando supieron cómo se jugaba, trataron de olvidar lo aprendido y se pusieron a inventar. Leyeron los libros, pero no tomaron notas, aprovecharon la experiencia ajena, pero no la repitieron. Polimeni o Calomino (dos jugadores de la época) en una de sus trenzadas de vagos por los baldíos de los diques con la marinería de los buques británicos surtos en el puerto, crearon el fútbol argentino. Todos los actos esenciales de la cultura son producto de una enseñanza convertida en móvil creador. Por eso, nuestros universitarios van a Europa maestra y sólo promueven cortesías y van nuestros jugadores de fútbol y arrebatan a las gentes. Llevan lo que Europa conocía, pero lo llevan superado”.

[9] El catedrático bilbaíno citó a José Gabriel en sus Ensayos, publicados en 1916.

[10] Cit. por Galasso (2003).

[11] José Planas Casas (1900-1960),  gerundés de Torroella de Montgrí, emigró a la Argentina en 1911. Fue un excelente y reconocido artista, que se relacionó con grandes figuras del arte de su época. Falleció en Santa Fe, cuya Escuela de Bellas Artes dirigió desde 1942.

[12] Marcelo Héctor Oliveri, José Gobello. Sus ideas, sus escritos, sus amores, Buenos Aires, Corregidor, 2002, pp. 110-111.

[13] Galasso (2013).

                                                                      OBRAS

Tupac Amaru (folleto), Buenos Aires, 1918.

Las salvaciones (folleto), Buenos Aires, Arca, 1920.

La educación filosófica (folleto), Buenos Aires, Centro de Estudiantes de Derecho y Ciencias Sociales, 1921.

Evaristo Carriego, Buenos Aires, Agencia Sudamericana de Libros, 1921.

La fonda. Un lance de honor. La joya más cara (relatos), Buenos Aires, Tor, 1922. / La fonda (novela porteña), Buenos Aires, Imán, 1939.

Vindicación de las artes  (crítica artística), Buenos Aires, Mercatalli, 1926.

Martorell (monografía artística), La Plata, Félix Santi, 1926.

Farsa Eugenesia (drama clásico), Calpe-J. Urgoiti, Buenos Aires, 1927.

Frente a Moisés (monografía artística), Buenos Aires, Ángel Estrada, 1928.

El Cisne de Mantua, La Plata, Félix Santi, 1930.

Reglas para un manual del político, La Plata, Félix Santi, 1931.

-Sentido de lo moderno (folleto), La Plata, Félix Santi, 1931.

Bandera celeste. La lucha social argentina, Buenos Aires, Porter Hermanos, 1932.

La revolución española (crítica social), Buenos Aires, Autor, 1932

Cantar de Los infantes de Lara, La Plata, Autor, 1934.

-El pozo negro, Relatos del mundo, Buenos Aire, Claridad, 1935.

España en la cruz. Viaje a la guerra española, Santiago de Chile, Ercilla, 1937.

Las semanas del jardín. (España y América vistas a través de un desconocido libro de Cervantes), Santiago de Chile, Ercilla, 1937.

La vida y la muerte en Aragón. Lucha y construcción revolucionaria en España, Buenos Aires, Ediciones Imán, 1938.

El nadador y el agua. (Retorno a la dicha natural), Buenos Aires, Compañía Impresora Argentina, 1938.

Ditirambo a García Lorca, Buenos Aires, Colombo, 1939.

El loco de los huesos. Vida, obra y drama del Continente Americano y de Florentino Ameghino, Buenos Aires, Ediciones Imán-Sarmiento, 1939.

Aclaraciones a la cultura, Buenos Aires, Colombo, 1939.

San Martín, imagen angélica, La Plata, Imprenta E. Capdevile, 1940.

Entrada en la modernidad, Buenos Aires, Concordia, 1942.

La Madrid. El valor legendario, Buenos Aires, Emecé, 1944.

Walt Whitman, Montevideo, Ceibo, 1944.

Curso de literatura española, Montevideo, Organización taquigráfica, 1945.

Historia de la gramática, Lima, Lumen-San Marcos, 1948.

La encrucijada. Europa entre la revolución y la guerra, La Plata, Moreno,  1952.

De leguleyos, hablistas y celadores de la lengua (Antología compilada por Guillermo Korn), Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015.

 

                                                          BIBLIOGRAFÍA

-CHÁVEZ, Fermín, Alpargatas y libros. Diccionario de peronistas de la cultura (Tomo I), Buenos Aires, Theoria, 2004, p. 57.

-GALASSO, Norberto (coord). Los malditos  (Vol. I). Buenos Aires, Madres de Plaza de Mayo, 2004, p. 279.

-, “José Gabriel López Buisán, ese hombre desconocido y olvidado. Se cumplieron 117 años del nacimiento del español que vivió en la argentina y defendió  la causa nacional”, Tiempo Argentino, 20 de marzo de 2013.

-GONZÁLEZ, Lucas, Jerónimo BORAGINA, Gustavo DORADO y Ernesto SOMMARO, Voluntarios de argentina en la guerra civil española, Buenos Aires, Ediciones del CCC (Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini), 2008.

KORN, Guillermo, “Estudio preliminar” a De leguleyos, hablistas y celadores de la lengua, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015, pp. 11-51.

-MELERO, José Luis, Los libros de la guerra. Bibliografía comentada de la Guerra Civil en Aragón (1936-1949), Zaragoza, Rolde de Estudios Aragoneses, 2006, pp. 96-98.

-OLIVERI, Héctor Marcelo, José Gobello. Sus ideas, sus escritos, sus amores, Buenos Aires, Corregidor, 2002.

-PULCHER, Darío, Escritores “malditos”: peronismo histórico y campo intelectual en una aproximación de Jauretche, 2015.

-SIGNO, Leopoldo del, “José Gabriel, el último gaucho”, La Nueva España nº 69, junio 1937.

-SUÁREZ DANERO, Eduardo, “José Gabriel, sin pelos en la lengua. Textos de un polemista mordaz, relegado al olvido por la cultura oficial. Biografía de un luchador”, La Opinión Cultural, 3 de febrero de 1974.

-TARCUS, Horacio (dir.), Voz “Gabriel, José”, Diccionario biográfico de la izquierda argentina, Buenos Aires, Emecé, 2007.

                                                                         José Gabriel López Buisán 

 

 

 

 

 

 

 

(Publicado en Aragón Digital, 10-11 enero 2019).

Acaba de cumplirse el centenario (7 de enero) de uno de los sabios aragoneses menos conocidos en su propia tierra. Me refiero a Julián Gállego (1919-2006), al que -aparte de los estudiosos del arte que continuarán durante mucho tiempo consultando sus magníficas monografías sobre Velázquez, pintura barroca y Goya- casi nadie recuerda, a pesar de que no hace más que una docena de años que abandonara este valle de risas y lágrimas.

E

Es verdad que residió en Madrid buena parte de su vida, por otra parte muy viajera, pero el desconocimiento de su muy atractiva obra literaria creo que se debe más a que el público difícilmente encaja entre sus meninges que el conocido por una actividad –en este caso, la crítica de arte- se dedique también a otras cosas. Efectivamente, Julián Gállego fue autor de un puñado de obras que van desde la narrativa (San Esteban de afuera, Muertos y vivos, Apócrifos españoles, Nuevos cuentos de la Alhambra) hasta el teatro (Fedra), pasando por los viajes, a los que tan adicto fue (Postales, Años de viaje), las crónicas, en las que fue maestro (Mi portera, París y el arte) y el género autobiográfico en su libro, El arte de la memoria, una deliciosa evocación de la Zaragoza de la primera mitad del siglo XX.

Recuerdo que sus primeros textos los leí en los dominicales de Heraldo de Aragón, entonces con un excelente elenco de colaboradores culturales remunerados. No sé si ese periódico lo ha recordado en estos días, pero sí que uno de dichos colaboradores, César Pérez Gracia, ha procurado preservar su excelencia y su memoria escribiendo en varias ocasiones del maestro nacido en la calle Mayor, número 47.

Mi portera, París y el arte

Don Julián, que se había doctorado en Derecho e Historia del Arte, ejerció algún tiempo como técnico de la Administración Civil en Sevilla y Barcelona hasta que decidió cambiar su orientación profesional y trasladarse a París. Enseñó en las universidades de la Sorbona y Complutense, fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y pronto se convirtió en un crítico de arte de talla internacional, que comisarió una exposición sobre Velázquez en el Metropolitan neoyorquino y varias en el Museo del Prado. Zaragoza lo galardonó con alguna medalla y una calle, allá por el Parque Ebro.

Julián Gállego vivió de mozo en las calles Mayor y Argensola, de cuyo sector nos proporciona preciosas informaciones. Escojo unas pocas: los panecillos con forma humana que fabricaba el horno sito en el patio de su casa; la fascinación de los niños ante el palacio de Larrinaga, que todos creían que era el de la Reina Hada, y así lo nombraban; la supervivencia del dance de las Tenerías, del que recuerda una de las coplas dedicadas a un político que no señala: “Tienes la cabeza gorda / y el culo de señorita / y donde quiera que vas / vas tirando la levita”. Pero, sobre todo, una que viene al pelo para corregir a los memos y cursis que llaman “Piñateli” al famoso canónigo, propulsor del Canal Imperial, que da nombre al parque y al edificio del Gobierno de Aragón: “Pig-natelli (y pronúnciese, como es uso en Zaragoza, separando la G de la N, sin apiñarlas, y, en cambio, juntando las dos “ele” para dar lugar a la letra “elle”, que tantos países nos envidian)…”

Si lo dice un sabio y yo no me canso de corregir a los puñeteros “piñatelieros”, habrá que aplicar el cuento.

 

                                           BIBLIOGRAFÍA DE SU OBRA LITERARIA

-BADOSA, Enrique, “Prólogo” a Muertos y vivos, Barcelona, Rocas, 1959.

-BORRÁS, Gonzalo, Voz: “Gállego Serrano, Julián”, Gran Enciclopedia Aragonesa, apéndice IV, Zaragoza, UNALI, 2001, p. 119.

-CENTELLAS, Ricardo, “Julián Gállego, la memoria recobrada” (Reseña de El arte de la memoria), Heraldo de Aragón, 25-V-2000.

-DOMÍNGUEZ, Antonio (dir.), Voz: “Gállego Serrano, Julián”, Gran Enciclopedia Aragonesa 2000, tomo X, Zaragoza, El Periódico de Aragón, 2000, p. 2334.

-HORNO LIRIA, Luis, Más convecinos… y algún forastero, Zaragoza, IFC, 1995, pp. 115-117.

-, Autores aragoneses, Zaragoza, IFC, 1996, pp. 28, 205-211.

-LÓPEZ FONSECA, Antonio, “Rumor de clásicos: el grito de algunos autores invisibles del teatro español del siglo XX”, Cuadernos de Filología Clásica, Estudios Latinos, vol. 26, nº 1, 2006, pp. 181-198.

-MAINER, José Carlos, Voz: “Gállego Serrano, Julián”, Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo VI, Zaragoza, UNALI, 1981, p. 1477.

-MINISTERIO DE CULTURA, INSTITUTO NACIONAL DEL LIBRO, Quién es quién en las letras españolas, Madrid, 1979 (3ª ed.), p. 181.

-NAVALES, Ana María, Antología de narradores aragoneses contemporáneos, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1980, pp. 25, 107-124.

-PADRÓS DE PALACIOS, Esteban, “Prólogo” a Apócrifos españoles, Barcelona, Rocas, 1966, pp. XI-XIX.

-PÉREZ GRACIA, César, “Retrato de Granada” (Reseña de Nuevos cuentos de la Alhambra), Heraldo de Aragón, 22-XII-1988.

-, “Semblanza de un ilustrado de Zaragoza” (Introducción a El arte de la memoria, Zaragoza, Ayuntamiento, 1999, pp. 9-19).

-, “Las memorias inéditas de Julián Gállego”, Heraldo de Aragón, 18-VII-1999.

-PÉREZ LATORRE, J. M., “Reseña” de El arte de la memoria, Turia nº 55-56, febrero 2001, pp. 333-335.

-RINCÓN, Wifredo, “Necrológica”, Archivo español de arte, Vol. 79 nº 314, 2006.

-, “Julián Gállego y Aragón” en Homenaje a Julián Gállego, Anales de Historia del Arte, Vol. 28, 2008, p. 25-38.

 

 

Es este uno de los capítulos de una obra, que ya no terminaré. A finales del siglo pasado concebí la idea de escribir un libro con el título que aquí figura. Realicé, siempre provisto de gratas compañías, unos cuantos itinerarios por las tres provincias del reino, pero otros encargos, compromisos o responsabilidades me desviaron del propósito inicial y, hoy, la pigricia me ha hecho más sedentario. Sin contar con que la masificación del turismo desaconseja incrementar sus filas.

Texto publicado en la revista Crisis nº 14, diciembre 2018, pp. 6-9.

Preparativos

Se levantan tarde en Luesia. Tanto, que se ha de recurrir al remedo de almuerzo para hacer que alumbre la hora en la que los mínimos empresarios que regentan panadería y carnicería abran el establecimiento. Sus inmediatos ancestros, a estas horas, ya estarían ahítos de doblar el lomo. Vivimos mejor. ¡Viva la Virgen de Luesia!

Aprovecho para presentar a mis acompañantes: Florita, de hermosos ojos azules, rotundas caderas y bastante buen humor, es artesana del barro y la cerámica de Muel tiene en ella uno de sus más sólidos pilares.

-Florita, te presento a Asís.

Experto hollacaminos, de talante pacienzudo pero abundante sentido del humor y largos conocimientos, es camarada que comparecerá más veces en estas correrías. Viene acompañado de Lucas, pintoresco procurador de los tribunales, más acostumbrado a parapetarse entre trochas y barrancas que ante los legajos incordes[1].

-Lucas, te presento a Florita.

Comenzar llenando el buche no es lo más recomendable para el caminante. Pero no hay opción. Antropológico y costumbrista, me lanzo a amenizar el condumio:

-Hijos nacidos de madre, que alguien categorizó como locos, fueron traídos a Luesia, en el transcurso de los setenta en uno de aquellos programas experimentales que pretendían que los tales viviesen en comunidad y más o menos mixturados con los residentes. Se trataba de una de esas excrecencias de la antipsiquiatría, tendencia promocionada por Laing y Basaglia, creo recordar, que, a su vez, recogían los ecos de las proclamas surrealistas que exigían el licenciamiento de las tropas, el derrocamiento del Papa y del Dalai-Lama y la libertad para locos y delincuentes. ¡Siempre el Arte marcando caminos anticipatorios a la sociedad! Por aquí, al principio, los miraban con curiosidad no exenta de recelo. En cuanto empezaron a mirar a las mozas con la fijeza que les es propia, los antiguos residentes entraron a torcer el morro y los alunados tuvieron que hacer las maletas.

A unos y a otros les faltó paciencia, achaque -dicen- muy español. O a los teóricos de la guilladura para aguardar a que el elemento rural estuviera preparado o concienciado -cuando San Juan baje el dedo[2]-; o a los turulatos para demorar el uso de la mirada de lechuza; o a los lugareños para tener un poco más de correa.

Cuando no me mira ni el gato que, en todo caso, afila sus uñas y  jamón y vino ya pugnan por simbiotizarse con nuestros jugos gástricos, alzamos nuestras humanidades, ya recias de por sí[3] y ahora más asentadas, y nos lanzamos a comprobar cómo los habitantes del lugar han heredado esa costumbre de los chalados de mirar fijo y con incomprensible interés a quien por allí se aventura.

-Tal vez les afectan las femeniles turgencias de Florita -aventura Lucas.

-Es que ellas también miran -contraataca la mentada.

-Por algo será -me pavoneo.

-Será porque no saben quiénes somos y darían media vida por averiguarlo -dictamina Asís.

La carnicería ostenta en primer plano varias cabezas de cordero, convenientemente desolladas con sus ojitos saltones y todo[4]. Asís y yo -humanistas al fin- nos quedamos en la puerta y Florita y Lucas, ella, como hembra avezada a los misterios del ciclo de la concepción, y él, como leguleyo, ducho en las miserias humanas, se las apañan con el tendero.

 

La salida

Este narrador de fuste tiene sus influencias. La Comunidad de EntreArbas nos ha preparado un campanudo Nissan Patrol, provisto de chófer, guía o alguacil para que nos acerque a las fuentes del Arba de Luesia. El aludido resulta más chófer rural que otra cosa, pues su elocuencia sólo se desata ante un comentario malévolo sobre las particularidades de los que habitan un lugar cercano.

Dejamos a un lado la ermita de la Virgen del Puyal, que se desmorona, y acometemos una pista que sigue el curso del río hasta el abandonado lugar de Sibirana, que se disputan Luesia y Uncastillo. Bellísimo paraje lo llama Bernabé Cabañero y, a fe, que es así[5].

Paramos allí con el objeto de tentar la bota, quedarnos boquiabiertos ante el disparatado castillo roquero y reflexionar sobre el tempus fugit, el sic transit gloria mundi y el collige virgo rosas.

Collige virgo rosas -le digo a Florita.

-Hola -me contesta, frunciendo ingenuamente la naricilla.

Me amosco:

-No se trata de que digas “Hola” sino “¿Qué?” y yo te pueda endilgar unas adecuadas lecciones en forma de tostada sobre esta cita latina, que constituyendo las primeras palabras de una oda del poeta Ausonio, hoy sirven para designar a los poemas que estimulan al goce de la juventud en forma de disfrute carnal antes de que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre. Por ciento que Machado en el soneto “Rosa de fuego” retoma la cuestión, cosa que resulta sorprendente en tan timorato personaje: “…y aun bebed sin temor la dulce leche/que os brinda hoy la lúbrica pantera/antes que, torva, en el camino aceche /…con la rosa de fuego en vuestra mano”, dice. Así que toma nota.

-Por mí no hay inconveniente. De hecho, es lo que siempre llevo en la cabeza.

Si yo soy palizas, Asís es historiador. De su discurso (no breve) y al que, naturalmente, presto menos atención que al mío, entresaco: Tierras de frontera, siglo XI, razzias morunas y que todas estas fortalezas de por aquí fueron de madera antes de ser de piedra. También que para entrar al castillo hay que ejercer de alpinista, pues la puerta está a unos cuantos metros del suelo y que la escala que utilizaban sus sufridos moradores para acceder a las alturas o fue requisada por Almanzor o por algún político, con lo que optamos por orientarnos a la vecina ermita de Santa Quiteria –también, hecha polvo- y a la que hasta hace no mucho se iba en romería. A la inscripción románica que asegura que fue levantada en 1112 se unen otras más recientes que dan cuentas de los patronímicos de quienes se aventuraron por estas soledades, a menudo acompañadas de las fechas -generalmente, cercanas- en que tan señalable fecho se produjo. La grafomanía que ataca al español en cuanto ve una piedra vieja está en proporción directa a su grafofobia en cuanto ve un papel nuevo. Más vale así, dado como estamos dejando la literatura los que ejercitamos la profesión. Otro, más devoto, ha prescindido de reseñar su identidad y fervorosamente ha escrito “¡Viva el copón!”. Con lo que, a falta del mismo, empuñamos con fruición la bota.

El lugarejo debió nacer al abrigo del castillo y parece que aún hay humanos vivos que nacieron en él. Como este tipo de literatura elegiaca está suficientemente trasegado y veo unos olmos de montaña sorprendentemente sanos, doy unos amariconados saltitos para que la compañía vea que he entrado en una de mis crisis líricas y debe dejárseme en paz, y me dirijo al que parece más sabihondo y patriarcal.

-Crea que me alegro mucho de que no le haya sobrevenido la grafiosis.

-Se agradece. Por estos andurriales, ni eso.

-¿Debo entender que no se encuentra a gusto en tan privilegiado paraje en el que no falta la hierba mullida y suave, el celaje impoluto, el alto escarpe desde el que la señora buitra empolla, tan impresionante testigo de la magnificencia de la obra humana como el castillo que nos contempla…?

-Sí que tenemos buenas vistas pero echamos en falta la conversación… pero no le dejo hablar. Siga con lo del locus amoenus y tengamos la fiesta en paz.

-Le decía que si debo entender que no se encuentra a gusto in hoc amoeno loco. Me pirran los latinajos y le juro que nunca hollé el seminario. Soy así de culto. Como usted, veo.

-Mire, aquí he tenido tiempo para todo. Por mis padres, chamullo el latín y el árabe y por mí, manejo el aragonés, el español y el portugués, que es la lengua en la que nos manejamos los entes botánicos. Mire, le voy a leer un cuentecico que me ha inspirado este paraje que tanto le gusta.

Hay un rumor de hojarasca y escucho:

“En la piedra esculpida que coronaba la estancia se mecían sin otra quemazón que su misma pervivencia. Monsur y Debele eran como dos espíritus en proceso de desleír los últimos posos de emoción, de dejar caer la tibia estructura que sostenía su polvo. Antes del anochecer una serpiente de humo penetraba por los vanos, discurría entre las losas almagres y ascendía las gradas. Era el momento en que Monsur y Debele amagaban un respingo. Tan sólo para caer de nuevo en esa antinomia del sopor que es la indiferencia.

Llega la noche y la bandada está presta”.

-Pues sí que está bien.

En esto, se oyen unos tiros que también nos hacen amagar un respingo. Lucas, que andaba buscando semillas exentas de grafiosis para su jardín de procurador naturalista, y este coloquiante que interrumpe su cháchara, se vuelven interrogantes hacia el chófer.

-¿La Guardia Civil? ¿Los maquis? ¿La fin del mundo?

-Los cazadores de jabalíes -contesta el interpelado, que tiene ganas de que ganemos el destino.

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Montamos y llegamos al pozo Pigalo, donde, en verano, los bañistas despelotados tienen su edén. Es un remanso del río, más que lujuriante, que dispone de cuatro metros de profundidad y de un trampolín natural de algunos más desde el que capuzarse. Nos conjuramos para hacerlo en cuanto el equinoccio de primavera se venza hacia el solsticio de verano. Pero aún tenemos que dar otro disgusto al chauffeur. Asís, arrebatado por los pujos de su disciplina, insiste en acercarse al Corral de Calvo:

-Se trata de unas ruinas visigodas absolutamente insólitas por estos territorios. Perder una oportunidad así sería incrementar el censo de los ignorantes.

-Estoy hasta las gónadas de ruinas. Cuatro piedras mal aparejadas y unos cuantos agujeros por el suelo. Ya he visto las de Numancia, con lo que suenan, y, aparte del pasmo propiciado por la climatología, que no por la magnificencia del lugar, no gané nada -aduzco.

-¡Eso! -abunda el de Luesia.

Total que, ante la gemebundia de Asís, enfilamos el caminucho y nos topamos con un tejado de uralita que encubre una iglesuca y unos pozos que Asís pondera luengamente, tras informarnos que en aquel cenobio se enclaustraban los elementos más venados de las familias nobles visigodas. A él les remito.

 

La llegada

El Nissan no puede llegar a más. Nos deja ante las vistosas fuentes del Arba de Luesia que, con una cascada vertiginosa, se vierte desde las alturas hasta el barranco en que nos encontramos. Se pasaporta al chófer y al Nissan con el encargo de que nos vengan a buscar cuando caiga la tarde a la explanada de Fayanás. Nos proponemos ganar lo alto de la cascada, visitar la ermita de Santo Domingo allí ubicada y tirar luego para las fuentes del Arba de Biel, cercanas. Mal que bien, lo intentamos y, en una paridera, damos cuenta de la pitanza. Como Lucas ha traído, además de los catalejos, el laúd, después, con notoria falta de patriotismo baturro, entonamos unas chuflillas flamencas. El gusto popular dictamina la triunfadora. Pertenece a ese genio de Torre del Campo que atiende por el nombre de Juanito Valderrama:

                     Yo soy un flamenco rancio

                     de los que ponen el mingo,

                     de los que ponen el mingo,

                     y soy árbitro de fútbol

                     y soy árbitro de fútbol

                    femenino, los domingos.

 

El regreso

Llegamos a las fuentes del Arba de Biel pero se hace tarde y no podemos demorarnos. A lo lejos, seguimos oyendo tiros. La vuelta, medio trotando, la hacemos por el Paco de Lisán. Pacos llaman por aquí a las vertientes umbrías en las que corre el gris y vivaquean los hielos. Un cortafuegos harto empinado se constituye en saludable atajo. Eufóricos por la carrerita cuesta abajo nos encontramos a un galgo despistado que se amorra a los humanos y al que, a la vista de su manto, en seguida llamamos Canelo.

-Se habrá perdido persiguiendo la pieza. Estos bichos melancólicos y huidizos sólo se realizan encorriendo a otros bichos, el resto de su vida es existencialismo -dice Asís.

Pero he aquí que otro chucho -éste de buena raza, con hermosas orejas, pero ojo a la virulé- también se nos enreda por las piernas en demanda de caminos.

-Como los traen en coche, si se despistan, no saben volver. Luego, los cazadores vienen a buscar los perdidos -aduce Asís a quien nadie -ni siquiera él- suponía experto en cinegética.

A éste le ponemos Tobi y al tercero que se nos acerca, negro y delgado, Moro, como está mandado.

Los cuatro humanos y los tres cánidos alcanzamos por fin el elemento locomotor y, entre algarabía de ladridos y tientos a la bota, cuando cae la noche, llegamos a Luesia.

 

NOTAS

    [1] El adjetivo pertenece al primer poemario de José Verón Gormaz, polifacético bilbilitano, que tiene sus ocurrencias. Y ya que estamos entre poesías, en Luesia habitó, didactizó y dio sobradas muestras de intensidad biográfica Ángel Guinda que fundó aquí la colección Puyal, que dio a la luz versos de muy dispares aedos.

    [2] Aluda a San Juan Evangelista, como dice el paremiólogo José María Sbarbi, señalando la asunción de la virgen a los cielos o a San Juan Bautista, que señala al cordero divino: “Ecce agnus dei“, como quiere el gran Iribarren, la frase solía pronunciarla con retintín una de mis primeras novias cuando yo me empeñaba en demorar sus proyectos de consolidar la pareja.

    [3] Sí, el maestro decía que no se pueden juntar dos preposiciones, pero este libelo tiene un carácter eminentemente popular y hasta bobo. Es más, SÍ se pueden juntar dos preposiciones.

    [4] Aprovecho para saludar a Caroline que, comisionada en Calcena durante otro viaje, para adquirir unos filetes de jamón con los que rellenar el bocadillo, se topó con esta visión infernal, incrementada con el adorno de unos cuantos chichorros colgantes y conejos despelletados. El mareo que trajo compensóse -fue su dicterio- con la notable y pedagógica información que ello le proporcionó sobre nuestros usos y costumbres, necesitada como estaba de adquirir datos en torno a nuestra idiosincrasia ya que la susodicha es autora de la primera tesina sobre nuestro zaragozano Oasis, a cuyas representaciones acudió en sus últimos tiempos con tanto pasmo como fascinación.

    [5] Al que quiera saber algo en torno a los pedruscos magníficamente dispuestos que abundan por estas anfractuosidades se le remite a tan caviloso erudito: Bernabé Cabañero Subiza, Los orígenes de la arquitectura medieval de las Cinco Villas (891-11105): Entre la tradición y la renovación, Centro de Estudios de las Cinco Villas, Cuadernos de las Cinco Villas nº 3, Ejea de los Caballeros, 1988. El título es largo pero el libro no.

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Publicado en Cruces de bohemia, Zaragoza, UnaLuna, 2011, pp. 7-11.

El conocimiento de la bohemia española primisecular preocupa a los estudiosos desde hace no demasiado tiempo. Sin embargo, gran parte de nuestra mejor literatura tuvo que ver con ella y su existencia no es un referente pintoresco y marginal sino una tremenda realidad que, a veces, parece haber querido borrarse. Verdaderamente, y pese a la relativa cercanía en el tiempo, resulta muy difícil saber de sus circunstancias. Es cierto que los auténticos bohemios fueron a menudo retratados con pretensiones estéticas por parte de quienes los conocieron o como sujetos de anécdotas con que amenizar los libros de memorias o ficciones, pero sólo en casos muy aislados, como los de Valle-Inclán o Gómez de la Serna, se penetró en su enjundia.

Muchos de los textos en torno a sus chuscos sucedidos y vidas desgarradas pueden parecer hoy excesivos o exagerados, fruto más bien de una selección de episodios que de una realidad patente, pero cualquiera que haya deambulado por los barrios bajos o las tabernas españolas de hace no tantos años sabe que el pintoresquismo más atroz, la arbitrariedad, la miseria y el dolor elevado a chascarrillo eran pasto común, y quienes hayan cumplido los sesenta tendrán noticia de lo que significó el hambre para gran parte de los habitantes de la piel de toro y de los extremos a que puede llevar el sufrirlo. La historia de la humanidad no es fundamentalmente otra cosa que la historia del hambre. Y hasta hace cincuenta años un buen número de españoles lo vivía cotidianamente.

Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son, como se dijo, impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo.

Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, todavía muy superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban, según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

Es cierto que algunos de los bohemios aquí retratados vivieron, aunque fuera momentáneamente, el triunfo. Dicenta, a partir del estreno de Juan José, sin que ello significara ni mucho menos que variase su preferencia por el alcohol, la pendencia, el mujerío y los barrios bajos. Vidal y Planas, durante el corto periodo que corrió entre el éxito del estreno de Santa Isabel de Ceres y el asesinato de Luis Antón del Olmet. Retana tuvo una vida desahogada hasta la guerra civil pero sus amistades y preferencias sexuales le hicieron hurgar, aunque irónica y distanciadamente, en las espeluncas de la condición humana. El resto apenas salió nunca de la compañía de la indigencia y la urgencia de emplear el “sable”.

El nivel estético de sus producciones fue naturalmente diverso. De los aquí recogidos, Noel y Gálvez, excelentes escritores minusvalorados y siempre tratados con reticencia, han sobrellevado en su consideración crítica el estigma de su excentricidad y de su pobreza. Si todavía puede decirse que una gran mayoría de los escritores más notables del siglo XX español pertenecía a clases más o menos acomodadas, con todo lo que ello significa, la crítica en general poco hizo por reparar esa injusticia de base. El franquismo y las circunstancias del exilio coadyuvaron para que esa situación no se modificase. Joaquín Dicenta, tan famoso y posiblemente supervalorado en su tiempo, padeció en su prestigio la travesía del desierto que, durante los años inmediatamente posteriores, suele afectar al escritor que desaparece. Su virulento y sincero, aunque decimonónico, enfoque social propició que el franquismo derribase sus bustos y sepultase su obra bajo la socorrida losa del olvido. Retana fue un escritor de gran soltura y correcto estilo aunque cayó frecuentemente en facilidades y nunca le sonrió el genio. Sin embargo, su repercusión sociológica tampoco ha suscitado apenas atención. Pedro Barrantes y Vidal y Planas, a pesar de la abundantísima obra de este último, carecen de interés estético pero son el perfecto ejemplo de esa España descabellada, abrupta, feroz e inclasificable que da razón de nuestra historia.

Todos bebieron con voluntad, lo que, probablemente, costó la vida a Barrantes y Dicenta. Gálvez y Retana murieron de forma violenta; Noel, en la miseria. Contra toda probabilidad, fue Vidal y Planas el único que tuvo una muerte que podríamos calificar de corriente, aunque fuera en el exilio.

Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sáinz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último, que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta -en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sanchez Álvarez-Insúa-, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existe una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

 Categorizar a la bohemia española prescindiendo de consideraciones estético-históricas es tarea inútil y condenada al fracaso. Una sociología de la bohemia tendría fronteras siempre gaseosas. Aceptando el común componente de la indigencia, sí puede decirse que Gálvez, Noel, Barrantes se incluyeron en ella por vocación. Buscarini y Vidal y Planas, por temperamento enfermizo. Otros bohemios con posibles se insertaron en sus filas por estética, como fue el caso de Hoyos y Vinent. Sin que faltase la erotofilia, caso también de Retana. Ya se habló de la pasión personal de Dicenta por el limo. No la tuvo Carrère, que se encontró con esta forma de vida en los cafés y se apuntó con todo tipo de prevenciones al cotarro, como quien se inscribe en una sociedad con la que no tiene mucho que ver pero que, sin darle mucho que cavilar, le resulta útil. Los dos grandes Ramones, si estuvieron en la bohemia fue, evidentemente, por amor al Arte que ellos, como nadie, ejemplificaban.

Los seis trabajos aquí reunidos, fruto de varios años de recogida de notas sin propósito específico y de la predilección del autor por estos tan extravagantes como, en su mayor parte, desdichados artífices, quieren dar una visión parcial, aunque en la medida de lo posible coherente, de este universo relativamente cercano en el tiempo pero tan lejano ya a nuestros usos y formas de vida. Los repertorios de obras y bibliografías no llegarán a exhaustivos, pero incrementan de forma sensible lo hasta ahora publicado sobre estos autores y, desde luego, pueden dar pistas para indagaciones posteriores que, probablemente, ya debían haber sido acometidas.

María Dolores Arana. (Zumaya, 24-7-1910-Hermosillo (México), 5-4-1999). De origen vasco, fue una de las primeras mujeres que ganó oposiciones al Cuerpo Auxiliar de Aduanas, al que también perteneció su padre. Sin que ni su conservadora familia conociera las razones, abandonó su puesto y se trasladó muy joven a Zaragoza, donde cimentó su vocación literaria. Así, publicó varios textos en la revista Noreste y en 1935 editó el poemario Canciones en azul, número 2 de los Cuadernos de Poesía de la Editorial Cierzo, con un retrato de Federico Comps y ornamentación de Gaspar Gracián, que saludó el propio Tomás Seral  y Casas en la revista citada. Serrano Asenjo en Estrategias vanguardistas dedica un extenso y útil comentario a este libro. Es el único autor que la trata, aparte de la breve nota de Juan Manuel Bonet en su diccionario de vanguardias en la que nos informa de sus colaboraciones juveniles en la barcelonesa Hoja literaria.

  La primera de sus tres colaboraciones en Noreste corresponde al número 7, publicado en el verano de 1934 y es un curioso y muy breve poema trisílabo, que tituló “Resaca”:

Amor;

te sentí

nacer

en mí.

¡Qué dolor!

No supe

de ti

qué hacer;

dormí.

  Volvió a publicar en los números 9 y 10, este último dedicado monográficamente a mujeres, poemas de su Canciones en azul, un libro en que el afán de integración con la naturaleza junto a la hostilidad y el rechazo hacia el mundo incómodo de la realidad es el tema que adquiere mayor protagonismo.

Durante la guerra civil María Dolores fue secretaria de José Ruiz Borau, entonces en el Consejo de Aragón, y entabló una relación sentimental con el futuro novelista que dejaría a su familia y se exiliaría con ella en Francia, adonde había acudido enviado por el S.I.M. (Sevicio de Información Militar) y, desde octubre de 1941, en Méjico. Como es sabido, Ruiz Borau, con el que tuvo dos hijos, adoptaría su apellido y, a partir de entonces, firmaría todos sus libros como José Ramón Arana (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/14/jose-ramon-arana/. Tras unos años de convivencia, el matrimonio se separó pero María Dolores Arana siguió con su actividad intelectual. Durante su exilio mejicano publicaría al menos dos libros más, Árbol de sueños (1953) –poesía- y Zombies, el misterio de los muertos vivientes (1987),  en el que aborda con rigor el fenómeno del vudú haitiano.

Árbol de sueños, con un prólogo en verso de Concha Méndez y muy breve (23 poemas) es un libro de insatisfacción y soledad, que parece encubrir un conflicto, probablemente de carácter amoroso. De tono medio y a menudo tópico, falta la chispa de originalidad que dé fuerza a su poesía.

     Sobre tus sueños va

      mi corazón sediento

     y proclamando voy

  Tu muda ausencia

   mi soledad

        la soledad del hombre

el sentirme callada

sorda

ciega

trascendida de angustia

y de ceniza.

María Dolores Arana ejerció la crítica de arte y fue amiga de Altolaguirre, Concha Méndez, Emilio Prados y Cernuda, con el que tuvo una relación muy directa y sobre el que publicó numerosos artículos y llegó a alojar en su casa. Hay entrambos un importante epistolario que ya ha sido publicado. Entre 1961 y 1976  Papeles de Son Armadans, la revista de Camilo José Cela, a quien también le unió una estrecha amistad, publicó diecisiete colaboraciones debidas a su pluma. En diarios y revistas mejicanas como Novedades, El Heraldo, El Nacional, Excelsior, Las Españas, Ruedo Ibérico, Nivel, Literatura, El rehilete, El Gallo Ilustrado, Kena, Mujeres, Revista Mexicana de Literatura… se recogen asimismo muchos de sus artículos.

(Publicado en “Cinco escritoras aragonesas del siglo XX”, Criaturas Saturnianas nº 3, segundo semestre 2005, pp. 91-105), más insertos,  Obras y Bibliografía extraídas de mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2010), Zaragoza, DPZ, 2010, pp. 103-104).

El retrato de Arana fue dibujado por su amigo “el aprendiz de escultor José Oliay” en el campo de concentración de Gurs (15-VI-1940).

                                                                                     OBRAS

Canciones en azul, Zaragoza, Cierzo, Col. Cuadernos de Poesía, 1935.

Árbol de sueños, México, Intercontinental, 1953.

Arrio y su querella (ensayo), México, Cuadernos de Lectura Popular, 1966.

Zombies. El misterio de los muertos vivientes (ensayo), México, Posada, 1987.

 

                                                                          BIBLIOGRAFÍA

ALTAZOR (Tomás Seral y Casas), “Reseña” de Canciones en azul, Noreste nº 10, primavera, 1935.

-BARREIRO, Javier, Poesías de José Ramón Arana, Zaragoza, Rolde, 2005.

-, “Cinco escritoras aragonesas del siglo XX”, Criaturas Saturnianas nº 3, segundo semestre 2005, pp. 91-105.

-, “Introducción” a Poesías. José Ramón Arana, Zaragoza, REA, 2005, pp. 23-24.

-BONET, Juan Manuel, Diccionario de las vanguardias en España (1907-1936), Madrid, Alianza, 1995, p. 58.

-MÉNDEZ, Concha, “Prólogo” a Árbol de sueños, México, Intercontinental, 1953.

-PARIENTE, Ángel, Diccionario bibliográfico de la poesía española del siglo XX, Sevilla, Renacimiento, 2003, p. 44.

-RINALDI RIVERA ROSAS, Yolanda, “José Ramón Arana: el escritor olvidado que no podía olvidar”, Escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Barcelona-Sevilla, Grupo de Estudios del Exilio Literario (GEXEL)-Renacimiento, 2006, pp. 137-144.

-SERRANO ASENJO, José Enrique, Estrategias vanguardistas, Zaragoza, IFC, 1990, pp. 81-85.