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(Publicado en Aragón Digital, 23-27 de septiembre de 2021)

Como era de esperar, el centenario del nacimiento de Manuel Derqui (12-9-1921) ha pasado totalmente inadvertido en la Zaragoza de su vida y de sus libros. En los dos años que, como estudiante, pasé en la Universidad zaragozana -de la que, afortunadamente, huí- el nombre de Derqui corría con el prestigio de los inéditos y se le consideraba algo así como el Kafka de su tiempo. Cuando su novela Meterra iba a ser publicada por Planeta y Manuel celebraba en Aragüés del Puerto su 52 cumpleaños, falleció de un ataque al corazón.

“Meterra” (1974) aún tardaría cinco meses en ser impresa, con lo que el escritor no pudo ver en los plúteos su obra ni tampoco alegrarse con la positiva, aunque muy escasa, recepción que tuvo el libro en tiempos en los que estaba de moda el experimentalismo literario y España hervía, ávida de novedades. Antes de ser publicada, la obra era bien conocida en los círculos intelectuales zaragozanos, a través de las lecturas que el propio autor ofrecía a sus visitas, el boca a boca y la publicidad que sus amigos -Cándido Pérez Gallego, Joaquín Aranda, Francisco Ynduráin…- le habían propiciado en artículos, conferencias y conversaciones. Escrita entre 1955 y 1963, la revista Despacho literario, dirigida por Miguel Labordeta, ya anunció la publicación de Meterra en 1960, con lo que parece que la mayor parte ya estaba escrita aunque, probablemente, Derqui continuara corrigiéndola. Novela arriesgada, experimentalista y críptica, llena de símbolos personales, se ha dicho que, de haber sido publicada cuando se concluyó, hubiera abierto una línea fuertemente innovadora en la narrativa española.

Planeta no debía de confiar mucho en una novela compleja y de no fácil lectura y ni la publicitó ni la envió a los críticos literarios habituales, con lo que apenas aparecieron reseñas, mientras en las publicaciones literarias aragonesas se desató una ola de entusiasmo. No creo que sus lectores fueran muy numerosos pero el caso es que hoy es una obra difícil de conseguir y con precios bastante altos en el mercado de libro viejo.

Meterra es Zaragoza y, según se escribe en la contraportada, “la biografía imaginaria de un pintor que fracasa como hombre y como artista”. Sin embargo, Manuel Derqui había nacido en La Habana, aunque su familia llegó a la capital del Ebro muy  temprano, para vivir en la casa modernista de Maestro Estremiana nº 1, donde también habitó mi abuela paterna con sus cinco hijos, con lo que mi padre, un año menor que Manolo Derqui, tal vez lo conociera como vecino en una casa con una sola vivienda en cada una de sus tres plantas.  

En otro lugar escribí:Manuel Derqui mantuvo un gran prestigio en Zaragoza por su solidez cultural y su preocupación por las nuevas experiencias narrativas. Complejo pero con un trasfondo lírico, su lenguaje, minucioso y artísticamente decantado, denota un fuerte esfuerzo de elaboración. En Meterra laten ecos de Joyce, Proust, Kafka, Faulkner y V. Woolf. Sus cuentos, aunque en una escala menor, también han cosechado grandes elogios y quizá resistan mejor el paso del tiempo”.

Si entonces era Derqui un autor pasto de intelectuales, hoy sus lectores son una auténtica rareza. No obstante, Isabel Carabantes leyó una tesis doctoral sobre su obra y en 2010 publicó un breve pero valioso ensayo, “Meterra, la historia de una novela, la novela de una ciudad”. A él remito a quien desee más información sobre este autor y su obra.

Bibliografía y más información sobre Manuel Derqui en este blog:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2021/09/22/manuel-derqui-autor-de-meterra/

¿Por qué admiras a Valle-Inclán? La cuestión fue planteada por José Joaquín Blasco, artista multidisciplinar, en una encuesta a varios valleinclanistas. Fascinación acumulativa se llama esta figura: Primero: Su estampa. ¿Cómo un adolescente inadaptado no iba a adorar a un hombre así? No sabía lo que era la Institución Libre de Enseñanza, pero los pocos hombres con barba que se veían en los años cincuenta me parecían seres puros, sabios y superiores. La barba más descabellada era la de Valle y todo en él resultaba diferente. “Hoy es igual que todos los días distintos”, llevaba apuntado en la cubierta de mi cuaderno de apuntes. Segundo: Un Crisolín verde de mi padre, Jardín umbrío. Seguramente lo primero que leí del gallego. Y estaba en la edad de subsumirme en brumas, esteticismos, misterios, melancolías y periodos prosísticos cadenciosos y evocadores. Así, aunque con un añadido de rebanadas salpicadas de absurdo y de vanguardismo, fueron las primeras prosas de creación que publiqué. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan002.jpg Tercero: Sus frases feroces, sus facecias. Siempre estuve dispuesto a perderme por la gracia verbal, por la ocurrencia, por la frase rotunda, mordaz y descalificatoria. En mi niñez todavía se daba esta habilidad entre el pueblo, hasta era una forma de triunfar socialmente. Yo siempre procuraba estar al lado del gracioso. Y aprender. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan-el-embrujado-1922.jpg Cuarto: Los esperpentos de Martes de carnaval. ¿Qué lectura mejor para un veinteañero libertario y radicalizado política y socialmente pero que abominaba de la doctrina comunista? Humor, desmán, distanciamiento crítico, pirotecnia verbal. Como yo era o quería ser. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan_lumieres-de-boheme.jpg Quinto: Periodo de inmiscusión en el ocultismo. Tres años de lecturas y actividades, en verdad, entre lo hermético y lo locario, pero afrontadas con convencimiento: La lámpara maravillosa. Nada más claro, más intenso y con más luz oscurecida iluminando la sombra. Pasaron años hasta que alguien empezara a prestar atención a esta nueva Tabula Smeragdina que alguien llamó la Biblia del simbolismo. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan_la-lampara-maravillosa.jpg Sexto: Los poemas. Tengo cinco ediciones de Claves líricas. Tampoco se les daba bola entonces. Toda la originalidad ibérica y la del verbo valleinclanesco. Toda su fiereza, todo su humor, todo su genio verbal para expresar cualquier cosa: el misterio, el crimen, el humor, el esoterismo, el viaje, la España interna incomprendida por la España eterna. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan_claves-liricas.jpg Séptimo: La cabeza del dragón. Veo una magnífica representación realizada por el GAT, un grupo de Hospitalet. Al final de la función me pongo a hablar con ellos. Los entrevisto. Leo el teatro completo y quedo volteado por todo el Tablado de marionetas, por todo el Retablo del amor, la avaricia y la muerteDivinas palabras me impele a marchar a Galicia, donde algo debe quedar de ese submundo. Dos viajes en solitario a la tierra galaica en la que trato de ver y escuchar. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan_divinas-palabras.jpg Octavo. Soy profesor. Mis alumnos han de leer Luces de bohemia. Quienes me conocen afirman que soy un bohemio. Efectivamente, me apasionan las tabernas, las gentes excéntricas, la pobreza, la locura, el alcohol, los perdularios, la España que se va en lontananza. Casi termino por especializarme en el universo de la bohemia. Devoro a Zamora Vicente, me leo todas las parodias que puedo y termino por convertirme también en un experto en el teatro lírico de intersiglos. Adoro a ese hombre sabio, bueno, inteligente y tenaz que responde por don Alonso. ¿Qué más decir de Luces de bohemia, a la que homenajeo en el título de mi libro sobre ese mundo: Cruces de bohemia? Sí. Algo más que decir. Hago un canon para una revista de la red con las cien mejores obras de la literatura española del siglo XX en las que no se puede repetir el autor. De Valle, elijo esta. Y aunque no se me pide, lo digo ahora. De las cien, es la mejor. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan_luces-de-bohemia.jpg Noveno. El cine. El siglo XX. Mi vida imaginaria. Descubro una entrevista desconocida en la que Valle-Inclán opina sobre el cine y la publico como apéndice a un artículo en los Anales Valleinclanescos de la Universidad de Colorado. Veo una extraordinaria adaptación de Tirano Banderas al cinematógrafo y una más que meritísima versión de Luces bohemia. Me quito el cráneo ante este genio de la imagen y genio del ingenio verbal que responde al nada encandilador nombre de José Luis García Sánchez y que es el autor de ambas. Prometo seguir haciendo méritos y deméritos para ser su amigo. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es vall-inclan_esperpentos-x-jose-lus-garcia-sanchez.jpg Décimo: Hace menos de una semana, Pilar Cortés me obsequia con los dos tomazos de la obra completa editada por Espasa. Lástima que no se pueda llevar a la cama por lo que pesa. Hay que leerla en mesa, si vale la rima interna. Pero aquí hay nutrición para muchos años, miles de líneas políticamente incorrectas, una fuente de goces, un manantial de maestría para quienes gustamos de escribir. Los quevedos de Valle-Inclán junto a los quevedos de Quevedo mirarán la vida y yo siempre intentaré ver a su través.

(Publicado en Diccionario de Autores Españoles Contemporáneos (1885-2010), Diputación de Zaragoza, 2010, pp. 340-341.) Con alguna adición

DERQUI MARTOS, Manuel, La Habana (Cuba), 12-09-1921 / Aragüés del Puerto (Huesca), 13-09-1973.
Género: Narrativa

Cuando Manuel era niño, su familia se trasladó a Tetuán y, posteriormente, a Zaragoza, donde se afincó de forma definitiva. En 1944, tempranos problemas pulmonares le hicieron desistir de la carrera naval  y, desde entonces, se dedicó intensamente a las Letras. Comenzó a publicar artículos literarios y musicales y fundó la revista Ansí (1952), en unión de José María Aguirre, Miguel Labordeta, Santiago Lagunas y J. B. Uriel. También colaboró en Almenara, Proa y Orejudín, así como en publicaciones de ámbito nacional como Índice, La Actualidad Española, Acento Cultural y El Español. A partir de los años sesenta fue habitual colaborador de Heraldo de Aragón. Falleció de un ataque al corazón, antes de ver publicada alguna de sus numerosas narraciones.

A pesar de su inexistencia editorial, Manuel Derqui mantuvo un gran prestigio en Zaragoza por su solidez cultural y su preocupación por las nuevas experiencias narrativas. Su amigo Cándido Pérez Gállego, catedrático de Literatura Inglesa, fue uno de sus principales valedores y quien, tras su muerte, se preocupó por dar a conocer su obra. Meterra es una novela arriesgada, experimentalista y críptica, llena de símbolos personales que fue escrita entre 1955 y 1963. Se ha dicho que, de haber sido publicada cuando se terminó, hubiera abierto una línea fuertemente innovadora en la narrativa española. Compleja pero con un trasfondo lírico, su lenguaje, minucioso y artísticamente decantado, denota un fuerte esfuerzo de elaboración. En ella laten ecos de Joyce, Proust, Kafka, Faulkner y V. Woolf. Sus cuentos, aunque en una escala menor, también han cosechado grandes elogios y quizá resistan mejor el paso del tiempo. «De rerum malleorum» y «La torre y el niño» han llegado a ser calificados de obras maestras. En 1992 se editó La ciudad. Apuntes para una biografía, un esbozo de novela que ya había aparecido parcialmente como colofón al libro de cuentos y que poco añade a su trayectoria literaria. Dejó inéditas decenas de narraciones breves y tres novelas: La persecución (1951), La travesía (1953) y El gran verano (1954).

OBRAS

Meterra (novela), Barcelona, Planeta, 1974.

Cuentos (selección de Cándido Pérez Gallego), Zaragoza, Lib. General, 1978.

La ciudad. Apuntes para una biografía (novela), Zaragoza, DGA, 1992.


BIBLIOGRAFÍA

-AGUIRRE, José María, «Introducción» a Ansí (ed. facsímil 1953-1955), Zaragoza, DGA, 1991.

-ARANDA, Joaquín, «Manuel Derqui, escritor», Heraldo de Aragón, 15-IX-1973.

-CALVO CARILLA, José Luis, «La larvada (in)materialidad de Meterra», Turia nº 6-7, pp. 30-37.

-CARABANTES DE LAS HERAS, Isabel, La obra narrativa de Manuel Derqui (1921-1973), Tesis doctoral presentada en la Universidad de Zaragoza

-, Meterra, la historia de una novela, la novela de una ciudad, Zaragoza, Diputación Provincial, 2010.

-CLARAMUNT ADELL, Teresa, La ciudad. Apuntes para una biografía. Guía didáctica, Zaragoza, DGA, 1994.

-FERNÁDEZ CLEMENTE, ELOY, “Manuel Derqui: música, cine y literatura: tres artes en el tiempo que no se pueden separar”, Andalón nº 7-8, 15-XI-1972.

-GARCÍA CASTÁN, Concepción, Voz: «Derqui Martos, Manuel», Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo IV, Zaragoza, UNALI, 1980, pp. 1060-1061.

-GRASA, Carlos, «Derqui o la ciudad que no existe» (Reseña de La ciudad), El Periódico de Aragón, 25-III-1993.

-HORNO LIRIA, Luis, Autores aragoneses, Zaragoza, IFC, 1996, pp. 184-186.

JALSU (José Antonio Labordeta Subías), «El oficio de novelar» (Reseña de Meterra), Andalán nº 38-39, 1-IV-1974.

-NAVALES, Ana María, «Trayectoria literaria y obra inédita de Manuel Derqui», Heraldo de Aragón, 12-X-1976.

-, Antología de narradores aragoneses contemporáneos, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1980, pp. 33-34, 159-165.

-PÉREZ GÁLLEGO, Cándido, «El paraíso perdido de Meterra. En la muerte de Manolo Derqui», Andalán nº 26, 1-X-1973.

-, «El país Derqui», Andalán nº 33, 15-I-1974.

-, «Prólogo» a Cuentos, Zaragoza, Librería General, 1978.

-, «Derqui, la casa de los abuelos, allá lejos», Heraldo de Aragón, 14-X-1982.

-, «El estilo de Derqui: nuevas claves de Meterra», Heraldo de Aragón, 1983.

-PÉREZ GÁLLEGO, José, «Entre Sansueña y Ansí», Heraldo de Aragón, 15-IX-1973.

-, «Diez años sin Derqui», Heraldo de Aragón, 1983.

-PÉREZ GRACIA, César, «Los relatos de Derqui», Heraldo de Aragón, 1983.

-, «Manuel Derqui: un viaje al fondo de la página», Heraldo de Aragón, 14-IX-1993.

-TELLO, Rosendo, «Introducción» a Orejudín (ed. facsímil), Zaragoza, DGA, 1991, pp. 68-75.

-, Naturaleza y poesía. Memorias (1931-1950), Zaragoza, PRAMES, 2008, pp. 284-285.

(Publicado en Clarín nº 154, Julio-Agosto 2021, pp. 27-31)

                                                                                      

Uno de los libros menos conocidos en torno a la muy conocida guerra civil española corresponde al más conocido de los cronistas deportivos sudamericanos de todas las épocas: Diego Lucero. Luis Alfredo Sciutto (Montevideo, 1901-1995) fue su nombre real pero con ninguno de ellos firmó la que sería su primera obra impresa, Una aventura en España (Montevideo, 1938). Lo hizo con el de Wing (ala o extremo en el argot cuajado de anglicismos del fútbol originario).

Con dicho seudónimo recordaba sus tiempos de futbolista (half izquierdo) en el Nacional de Montevideo y en la época de oro de la selección uruguaya, antes de que una lesión de menisco lo retirara del pasto en 1929. Desde 1924 ya se dedicaba al periodismo deportivo en sus vertientes de prensa y radio[1]. Por su personalidad, gracia, originalidad y abundancia de recursos, se convirtió en un mito que llegaría a ser coronado como el único ser humano que acudió a todos los mundiales de fútbol entre 1930 y 1994. Libros como Siento ruido de pelota… y 10.000 horas de fútbol son la obra de un prosista extraordinario, libérrimo y original, con una lengua desprejuiciada, entre los coloquialismos y los cultismos, que sume en asombro al lector ibérico acostumbrado a las cansinas metáforas y la macarra sintaxis de los redactores deportivos.

Aunque Wing había empezado a exhibir sus textos en La Tribuna Popular, su prestigio lo llevó al diario El Pueblo, donde sus crónicas se extendieron a lo político, a lo social y a cualquier otro género periodístico. Como enviado especial, recorrió el mundo en un tiempo en que la autonomía del avión aconsejaba sólo su utilización para las distancias cortas. Así, entrevistó a García Lorca, Mussolini, Goebbels, Chevalier, Josephine Baker… En 1936 asistió en calidad de corresponsal, a la Olimpiada de Berlín, celebrada en la primera quincena de agosto, cuando ya la contienda española había estallado, por lo que, de acuerdo con su periódico, intentó cruzar la frontera franco-española para llegar a Irún y convertirse en corresponsal del diario montevideano, en el que ya era la estrella y sus crónicas ocupaban la primera página, bajo un gran retrato suyo y el marbete “WING NARRA”.

Cuando el 30 de agosto Wing alcanza la ciudad fronteriza, Irún está siendo evacuada y los movimientos son difíciles. No obstante, consigue llegar a Pamplona el 5 de septiembre pero es detenido por sospechoso de espionaje. Joaquín Arrarás, futuro biógrafo de Franco, lo escucha pero sólo le entrega un salvoconducto para salir de España[2]. Desde Hendaya volverá a presenciar la nueva evacuación de Irún y, tras varias peripecias, consigue el permiso y se incorpora al plantel de periodistas hospedados en el hotel María Isabel de Burgos, donde su divertido y desenfadado carácter le propicia muchas amistades.

En su libro reconoce: “era el más modesto, el más oscuro, el más joven entre todos, al que distinguían con su amistad llamándole el ‘uruguayito’” (p. 121). Dada su simpatía y que el periódico al que servía no competía con las grandes agencias de información, otros corresponsales le invitaban con frecuencia en sus acercamientos, con lo que Wing se jacta de ser el “primero entre los periodistas del mundo” en llegar al Cuartel General del Ejército nacionalista que iba a la conquista de Guipúzcoa (p. 21)[3].

Durante la guerra los corresponsales viven con un lujo que contrasta con las penurias de la población y la dura vida del frente. De hecho, el uruguayo se hace lenguas de lo bien que el ejército sublevado trataba a los alrededor de doscientos periodistas que esperan la caída de Madrid entre grandes hoteles y continuos banquetes. Recién rescatado el Alcázar, acude a Toledo y consigue hablar con Franco y Moscardó para su periódico. Visitará los frentes de Andalucía y del Oeste. Llegará a Asturias, recién conquistada por las columnas galaicas, y se moverá entre Burgos, Ávila y el cerco de Madrid. Todo esto nos va contando Wing en Una aventura en España. Pero la auténtica aventura todavía no ha comenzado.

El uruguayo había confraternizado con tres periodistas de Heraldo de Aragón, el diario más popular de dicha región: Manuel Casanova (Sanlúcar de Barrameda, 1898) ejercía el periodismo en Aragón desde 1919. Joven pero con ya una larga trayectoria a sus espaldas, en 1933 había sido nombrado director del rotativo. En esta corresponsalía de guerra, lo acompañaban, Marín Chivite, reportero gráfico que realizaría una brillante obra profesional y José Meirás Oureiro, joven abogado militante de Renovación Española, que había sido secretario del asesinado Calvo Sotelo y oficiaba como auxiliar de ambos. Manuel Casanova escribió también su libro acerca de la guerra civil, Se prorroga el estado de alarma. Memorias de un prisionero (1941), que, desde ahora, nos va a servir para cotejar la versión del español con la del uruguayo, al que Casanova retrata así:

Hijo de padres italianos, armoniza la finura y el ingenio latinos con la simpatía dulzona y musical de los americanos del Río de la Plata (…) Obligado desde muy niño a ganarse la vida por su propio esfuerzo no rehuyó ejercer oficio por humilde y menospreciado que fuera; y así pasó desde maletero del muelle a jugador de fútbol en el equipo nacional de su país (…) el antiguo medio centro se convirtió en uno de esos cronistas deportivos que apasionan a los “hinchas” (…) Ha sido entre nosotros un español más y quien como yo le ha visto al natural en trances difíciles (…) sabe que en el antiguo maletero y luego escritor notable vibra un corazón alegre y sano de buena hombría (p. 32).

Manuel Casanova

Al enviar sus crónicas a un país lejano, Wing no entraba en la competencia de ser quien se adelantase en las noticias y exclusivas, por lo que recibía frecuentes invitaciones de sus compañeros para que los acompañara. Es lo que sucedió el 21 de noviembre de 1936 con los periodistas zaragozanos que, acompañados del chófer militar Miguel Zamora, maestro armero del Parque de Artillería de Zaragoza, participaron junto a otros corresponsales en una excursión al Frente de Madrid, que había sido aplazada el día anterior. Salieron de Ávila y, en las cercanías de El Tiemblo, Sciutto vio nevar por primera vez. El coche se extravió y, sin darse cuenta, se vieron de improviso en campo adversario. Detenidos y desarmados por el teniente Artés, fueron tomados como espías, por lo que rápidamente se barajó la posibilidad de fusilarlos allí mismo.

Finalmente, son llevados a presencia del comandante Paco Galán, hermano de Fermín, protagonista en 1930 de la sublevación de Jaca y héroe de la II República. El comandante los remite al Jefe Militar del sector Aravaca-Pozuelo, pese a las pretensiones de sus captores que desean acabar con ellos in situ. Algo similar acontece en el puesto militar de Pozuelo, donde aparece teatralmente Valentín González “El Campesino”, mientras el pueblo en la plaza grita que los suelten para lincharlos. Cuando son interrogados y casi está dispuesta su suerte, el jefe que había dictaminado: “Que les tomen declaración y ¡acabar!” se apercibe de la personalidad del chófer, Zamora, que resulta ser su hermano. Sin que lo dé a conocer, cambia de criterio y ordena que los lleven a la cárcel del pueblo y, después, al Cuartel General del Ejército en el madrileño Palacio de Buenavista, acompañados por el propio Valentín González, que aprovecha el viaje para ilustrar al pasaje con sus glorias personales[4].

El interrogatorio lo lleva a cabo directamente el después famoso general Vicente Rojo -entonces teniente coronel-, asesorado por una mujer extranjera, seguramente, Marta Huysmans, que le indica al oído lo que ha de preguntar. No parecieron sacar la conclusión de que fuesen espías ni enlaces con la quinta columna, por lo que fueron enviados a la Dirección General de Seguridad, a la sazón trasladada a la calle Serrano, para un nuevo interrogatorio, tras el que quedaron incomunicados en este edificio durante dos semanas con el único alivio propiciado durante el primer día de cautiverio por la aparición a las 7.30 de la mañana de José Luis Galbe, Fiscal Supremo del Tribunal de la República. Como zaragozano, conocía al menos a Manuel Casanova y aunque su intención era salir ese mismo día para Valencia e incorporarse al Gobierno ya desplazado a la capital levantina, postergó un día su viaje e hizo gestiones que, al menos, sirvieron para salvar momentáneamente a los prisioneros, además de conseguirles cigarrillos y una manta (Wing, pp. 187-188). Días después volvería Galbe para insuflarles aliento.

El uruguayo todavía vio más despejado su panorama: Edgardo Pérez Quesada, embajador argentino que salvó muchas vidas en el Madrid sitiado, le aseguró que sería libertado pero que los demás habrían de afrontar la justicia popular. Se le ofreció mejorar de alojamiento y, sin embargo, Sciutto declaró que prefería correr hasta el final la suerte de sus compañeros (Casanova, p. 107). El caso es que el 4 de diciembre fueron trasladados a Valencia, donde permanecieron quince días incomunicados. A Sciutto le notificaron el día 16 que iba a ser liberado. A pesar de que las gestiones para ello habían comenzado, al saberse la noticia de su detención, la inclinación del gobierno uruguayo hacia el bando sublevado no hizo fácil la negociación pero sirvió para evitar una decisión precipitada. Al ya citado embajador argentino que había tratado de liberarlo, le contaron que se había fugado. Hubo de ser la intervención del presidente de los Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, que visitó el Uruguay en el acorazado “Utah”, quien, ante los ruegos del presidente uruguayo Gabriel Terra, aceleró el proceso. Wing fue liberado con la condición de volver a su país en el primer vapor disponible y no pisar territorio español hasta el final de la guerra. El Encargado de Negocios de los USA, le dio la noticia y en la mañana del 23 de diciembre, tras un mes de cautiverio, una lancha del destructor “Kane” lo recogería en el puerto de Valencia para ser trasladado a Villefranche-sur-Mer y de allí a París, donde lo esperaba el doctor Alberto Mañé, embajador del Uruguay. Efectivamente, Wing no era un don nadie.

En el mes de reclusión tuvo una importancia fundamental el consuelo de la Virgen del Pilar, no sólo para los aragoneses sino también para el uruguayo. Sciutto, revolucionario en su juventud, primero anarquista y después socialista, tenía un sustrato popular que junto a su genio lingüístico, verbal y literario, fueron pilares esenciales de su fama como periodista. Así concluye Una aventura en España

Estando preso en Madrid, cuando la tutela de la Virgen del Pilar nos iluminaba con su esperanza, soñamos planes de futuro. Mis compañeros de Zaragoza le hicieron promesas a la Pilarica, si les salvaba la vida. Yo también hice la mía: llevar para siempre su imagen sobre el pecho e ir a besar el manto de su estatua zaragozana, después de caminar descalzo cinco kilómetros por las rutas de Aragón que van hacia el santuario de la amada Patrona.

Por eso fue que vacilé y quise protestar cuando tuve que firmar aquel documento que me impone retornar a mi tierra, sin volver a España, mientras allí arda la guerra. No sé ni cómo ni cuándo podré hacerlo. Pero he quedado en deuda con “La Pilarica” y algún día tendré que saldarla.

Sus compañeros permanecieron en Valencia hasta la salida del juicio el 23 de septiembre de 1937 en el que todos fueron condenados a muerte, sentencia que no llegó a ejecutarse aunque permanecieron en la cárcel muchos meses más, hasta un total de veintitrés, desde la fecha de la detención hasta su libertad. En agosto de 1938 fueron puestos a disposición del ministro, encargado de los canjes. Finalmente, el 21 se octubre de 1938 embarcaban en el destructor “Icarus” de la Marina inglesa rumbo a Marsella.

En la ciudad portuaria les esperaba Luis Alfredo Sciutto, que no había cumplido el compromiso contraído de no regresar a España y se había reincorporado a sus funciones de cronista de guerra en el bando nacional[5]. Creo recordar que, años después, sí cumplió en Zaragoza su promesa a la Virgen del Pilar. Tampoco era hazaña propia de un héroe legendario besar su manto haciendo cinco kilómetros descalzo. Menos, cuando la imagen no se encuentra en una arriscada montaña sino en el centro de una ciudad europea bastante llana. Hombre práctico, Wing aminoró la dificultad caminando desde su hotel, cercano a la basílica, y portando unos zapatos tan brillantes como suelen gustar a los rioplatenses. Pero, eso sí, saludó a la Virgen.

Poco después, el periodista abandonó su querido Uruguay, requerido por el diario Crítica de la capital argentina. En 1945 se fundó Clarín, desde entonces uno de los dos diarios más importantes de Buenos Aires, que es como decir, de Sudamérica y fichó a Sciutto. Allí ya tomó el seudónimo de Diego Lucero, que iría haciendo olvidar el resto de sus nombres.

Desde entonces, la brillante trayectoria de Diego Lucero sobrepasó con mucho su labor periodística. Un genio suelto cuya personalidad incluía todo lo imaginable y que fue querido y admirado por todo el espectro futbolístico de su tiempo, que abarcó casi todo el siglo XX. Quedémonos con su creativo, original, poético, preciso y desternillante lenguaje que le llevó a ocupar desde 1970 el sillón Félix Lima en la Academia Porteña del Lunfardo.

NOTAS


[1] En 1930 fundó Radio Sport, primera emisora deportiva de su país.

[2] Sciutto, en su juventud y en sus escritos, mostró  querencia hacia anarquistas y socialistas. Al comienzo de la guerra civil española, el gobierno uruguayo se acercó a los sublevados, mientras que la mayor parte de los intelectuales del país tomaban la posición contraria. Puede decirse que Wing llegó a España con una postura equilibrada, que, a partir de la retirada de Irún, incendiado por quienes debían defenderlo, fue inclinándose hacia el bando que ganaría la guerra. No digamos ya en el cautiverio, cuando su muerte parece a menudo inminente.  

[3] V. Niall Binns, “Aventura y aprendizaje en “Wing” (Luis Alfredo Sciutto). Un testimonio uruguayo sobre la Guerra Civil Española” Letral nº 5 (2010), pp. 46-63. El único y valioso trabajo que conozco sobre el libro firmado por Wing.

[4] En su artículo, Binns comenta: “Siente una antipatía particular hacia los comunistas, hipócritas a los que soborna para conseguir comida —“las pesetas no habían dejado de ser apetecibles entre los comunistas que odiaban el dinero”— y que hacen todo lo posible para impedir su liberación (p. 221); pero quizá el acontecimiento más instructivo para Wing fue la interrogación a la que le sometieron unos “comisarios del pueblo en Madrid” (p. 58).

[5] Esta segunda etapa de su labor como corresponsal en España, la reflejó en otro libro Cartas de la guerra, Montevideo, 1939, publicado, como el anterior, por la Imprenta Florensa.

Diego Lucero en sus últimos años de periodista

                                                                                                  

(Publicado en Aragón Digital, 15-17 de junio de 2021)

La Zaragoza del pasado siglo amparó algunos personajes que, acogidos a la ya socorrida denominación de “Raros y olvidados”, bien podrían figurar en las filas de esa “inquerida bohemia” que, refiriéndose a sí mismo, citó Rubén en uno de sus tan bellísimos como demoledores “Nocturnos”.

Uno de esos personajes fue Gil Comín Gargallo (1899-1976), vanguardista y revolucionario en la preguerra, angustiado y despavorido durante la guerra y, como tantos, disimulando su pasado en la posguerra. Sin embargo, terminó como crítico literario de El Noticiero, el diario ultraclerical zaragozano, que hubiera parecido su destino más improbable. 

Cuando en 2001 le dediqué uno de los trabajos de mi libro Galería del olvido, aún no había averiguado su imprevisible matrimonio con otra zaragozana a la que entonces casi nadie conocía y pronto congregó la admiración de toda España. Hoy,  Zaragoza ostenta su nombre en, al menos, dos centros de salud, una calle, una sala del Paraninfo y una asociación. Me refiero a la médica libertaria Amparo Poch, sobre la que mi querida Antonina Rodrigo escribió una trabajadísima biografía, que años después amplió, y una antología de sus textos.

En mi libro yo animaba a Antonina, entonces en plena escritura de dicha biografía, para que investigara sobre Gil Comín, ya que me constaba que la joven había mantenido alguna relación con el  poeta. El fruto de sus investigaciones fue la certificación de que Gil y Amparo habían contraído matrimonio civil el 28 de noviembre de 1932. Cosa absolutamente inesperada, pues el dinamismo y la trascendencia social de la científica y fundadora de “Mujeres libres” no casaban con la oscura timidez del aspirante a escritor, aunque, al parecer, sí coincidiesen en su ideología revolucionaria. La unión únicamente duraría año y medio y, según algunos testimonios, tan sólo la primera noche.

Gil Comín, al que todavía pude conocer en sus últimos años, cuando uno oficiaba de joven poeta rebelde entre los desterrados del ya clausurado café Niké, era una viva figura del antesdeayer. Muy pequeño y regordete, aspecto poco aseado, boina calada hasta media frente y gafas de culo de vaso. Pese a mi limitada memoria visual, recuerdo perfectamente su figura bufonesca y patética, que le acarreaba toda clase de chanzas y burlas, incluso de sus contertulios de Niké, y él sobrellevaba con absoluta mansedumbre. Se consideraba pagado si aceptaban su compañía. Es significativo que no se conozcan fotos suyas. Ildefonso Manuel  Gil recordaba que a él le reprochó incluir la suya en uno de sus poemarios.

Sin embargo, Gil Comín fue hombre que podría haber presumido de hitos personales que otros estuvieron lejos de alcanzar: sobrino de Pablo Gargallo, en su adolescencia coincidió como mancebo de botica con Sender, quien reelaboraría su figura en «El mancebo y los héroes», una de las novelas incluidas en Crónica del alba. Después, se licenció en Filosofía y Letras y Bellas Artes –dibujaba muy bien- y se quedó sin terminar Derecho, por una sola asignatura. En Madrid entró en contacto con bohemios y vanguardistas y se le vio por las tertulias de Carrère y de Pombo. González Ruano le prologó en 1924, Trinos, su primer libro y en 1946 lo incluyó en su antología de poetas españoles contemporáneos. En esa década de los 20 Gil Comín escribió en publicaciones francesas e italianas y fue discreto contertulio de Valle-Inclán y Lorca. De vuelta a Zaragoza, siguió colaborando en redacciones periodísticas y revistas como Aragón, Cierzo o Noreste e ingresó en la banca. En 1935 publicó su cuarto poemario, Rémora y evasión, libro vanguardista y de incendiario contenido sociopolítico, que casi nadie leyó pues, al producirse la sublevación, su autor se apresuró a recoger los pocos ejemplares que estaban a la venta, por lo que casi milagrosamente se salvó de represalias, lo que no le ocurrió a su jovencísimo ilustrador, Federico Comps, que fue fusilado. Gil Comín siguió trabajando en el Banco Zaragozano e, incluso, en julio de 1937 consta una donación de 14,55 pesetas al Auxilio Social, institución falangista.

Tras la contienda, Gil fue depurado de la banca, marchó a Madrid para intentar reanudar sin fortuna su carrera literaria y, tras unos años de indigencia, en 1947 tuvo  entrada en El Noticiero, donde se dedicó casi exclusivamente a la crítica literaria. Ya no publicaría  más que dos mínimas entregas poéticas y, malviviendo de sus escasas colaboraciones, murió totalmente olvidado.

Echando la vista atrás, lamento la escasa atención que presté a quien tantas historias pudo haber contado y, por miedo, timidez o bregado en el escarmiento, siempre guardó para sí.

Su ex-libris, dibujado por él mismo


(Publicado en Imán nº 9, noviembre 2013)

Cuando Zapata moría el 20 de abril de 1913 ya era una especie de trasto viejo, al que las necrológicas trataron con displicencia y cierto despego. Probablemente, si no es por el momio que un ministro le concedió en la Casa de la Moneda, el escritor se hubiera visto en la miseria como les sucedió a tantos otros compañeros de fatigas literarias. Sin embargo, durante las últimas décadas del siglo XIX fue un autor de gran predicamento en el teatro español y también en el periodismo, especialmente en su vertiente satírica. Tres obras, La capilla de Lanuza, El anillo de hierro y El reloj de Lucerna, las dos últimas, musicadas por Miguel Marqués, mallorquín de Valldemosa, figuraron durante largo tiempo en el repertorio de muchas compañías españolas, tanto grandes como modestas.

Tras una comedia zaragozana y un drama estrenado con regular éxito, la citada La capilla de Lanuza fue la obra que supuso su lanzamiento en el teatro, cuando recién llegado a Madrid, se encontraba en apuradísima situación. El joven Marcos había nacido en Ainzón (20-IV-1842), hijo de una familia de labradores con escasos ingresos y venía de Zaragoza, donde se había formado en las Escuelas Pías de la capital aragonesa. Cursó Leyes pero, según propia confesión, sus años de estudiante no le sirvieron de nada. En 1868, y con quince duros en la faltriquera, viajó a Madrid para tratar de encauzar su vocación literaria y consiguió colaborar en La Discusión, diario del que pronto fue su principal redactor, y también en El Orden. Como era frecuente en la época, la actividad periodística no le evitó grandes privaciones, que suelen resumirse con la famosa anécdota de sus noches en los bancos del Prado. En esta situación, el actor Parreño acudió en su socorro pues recordaba que, estando en Zaragoza, el joven Zapata le había leído unas cuantas escenas que le habían gustado y ahora necesitaba una obra para su beneficio. El autor que, efectivamente,  había comenzado a escribir La capilla de Lanuza en 1861, pidió  a sus padres las cuartillas, las terminó y las leyó en su tertulia con gran éxito aunque cuenta Enrique Chicote que el más enternecido fue el mozo que les servía. De una forma u otra Zapata hubo de vender por cien duros la propiedad de la obra y se hicieron famosos los versos que Manuel de Palacio dedicó al asunto:

                                              ¡Tu razón podrá ser mucha,

                                              pero caíste en la lucha,

                                              respetable Zapatilla,

                                             que al vender esta Capilla

                                              te has convertido en babucha!

Contraatacó Zapata:

                                             Oye, pedazo de tal:

                                             cuando no se tiene un real,

                                             desde Homero hasta Zorrilla,

                                             no digo yo una Capilla…

                                             ¡Se vende una Catedral!

Tal era la indigencia del autor que en la noche del estreno se presentó con un pantalón que dejaba ver sus tobillos, con lo que alguien se apiadó del joven estrenista y le prestó otro pero en esta ocasión demasiado largo. La gente en la época no era escasa en ocurrencias. En seguida recibió un paquete que contenía cinco duros, unas tijeras y una carta con esta redondilla:

                                            Ahí te remite un centén

                                            quien te desea millones

                                            y para… los pantalones

                                            ese remedio también.

 El caso es que este su primer estreno tuvo un éxito descomunal y consagró a Antonio Vico como uno de los monstruos de la interpretación teatral de las últimas décadas del siglo. La capilla de Lanuza, ampulosa y retórica en sus formas y revolucionaria en sus tesis, se benefició de la gran facilidad versificadora de Zapata. Su estilo, a veces, elocuente, a veces, satírico y, muy frecuentemente, campanudo, recuerda, salvando las distancias, los destellantes periodos líricos calderonianos.

Zapata tenía una tertulia en el Café Inglés, a la que sus contemporáneos se pirraban por asistir para escuchar sus ingeniosidades pues, como escribió el gran actor cómico Enrique Chicote, “era hombre de claro talento y simpatía aragonesa”. De hecho, si nos fijamos en quienes escribieron de Zapata, casi siempre se refieren a él con un deje simpático y cómplice y es para contar alguna de sus ocurrencias, de sus frases lapidarias, de sus coplas ingeniosas y malévolas. Sus experiencias bohemias, su don de gentes, su condición de fácil poeta lírico y festivo le hicieron un hombre querido, de modo que, pese a su militancia política, en una ocasión fue el propio Alfonso XII quien pidió entrevistarse con él, a resultas de lo cual se le otorgó un bien remunerado puesto administrativo en Cuba, donde apenas aguantó unos meses. 

Fue en el periodismo donde el aragonés, adscrito al republicanismo de batalla[1], desarrolló su faceta satírica e ideológica colaborando en muchas publicaciones. Entre las más significadas estuvieron Revista de Aragón (1878-1880), Barcelona Cómica (1895), La Ilustración Española y Gente Vieja (1900). En el teatro, recogiendo la sensibilidad de su tiempo, también expresada por la pintura, se especializó en episodios históricos, casi siempre interpretados por Vico, como El castillo de Simancas, La corona de abrojos,  El solitario de YusteEl compromiso de Caspe, ¡Patria y libertad! o La piedad de una reina. Esta última obra, basada en los sucesos revolucionarios de la regencia de María Cristina, fue prohibida, por lo que el escritor se trasladó Buenos Aires, donde residió entre 1890 y 1899. Allí, se hizo empresario de teatro, llevó la representación del vespertino El Tiempo, firmó versos y artículos en diarios y revistas literarias, además de fundar el primer centro aragonés en la Argentina, el 12 de octubre de 1894, que con el nombre de Círculo de Aragón, subsiste hoy día en el número 1872 de la calle Fray Justo Santa María de Oró en la capital argentina.

A su vuelta a España, y gracias a la protección de Sagasta, consiguió un empleo estable en la Casa de la Moneda, al tiempo que retornaba a las tablas y el librero Fernando Fe le editaba un heterogéneo conjunto de poesías, con prólogo de su paisano Santiago Ramón y Cajal. No conozco los intríngulis del mismo pero, por lo que don Santiago estampa, no tenía mucho que decir sobre Zapata y su obra porque, aunque, como todo lo que el futuro Premio Nobel escribiera, posee alto interés y honda perspicacia, se entrega a divagar sobre el desdoblamiento de personalidad que se acostumbra a operar en escritores y artistas.

Aunque son muchos los libros que citan a Zapata, en la mayor parte se trata de noticias aisladas sobre el autor. Marcos Zapata es otro de los casos de olvido absoluto y flagrante de nuestra historia literaria. Pese a su calle en el barrio de las Delicias y su busto en la céntrica plaza de Aragón de Zaragoza, no conozco un solo trabajo consistente sobre su figura en todo el siglo XX [2] y ni siquiera se nos ocurra pensar en el porcentaje de aragoneses que conocen su nombre, no digamos ya su obra. Sin embargo, Marcos Zapata, por más que el tipo de literatura, pomposa y retórica de su época nos resulte tan lejana, fue una de las figuras centrales del teatro y el periodismo del último tercio del siglo XIX. Sí, ese en el que se produjeron las transformaciones tecnológicas, industriales y sociales más decisivas, quizá, de toda la historia. Y Zapata, que las vivió y que tanto nos hubiera podido contar, pese a su republicanismo y sus actitudes progresistas, quedó en la perezosa memoria colectiva de la cultura española como el dramaturgo rimbombante, cantor de las glorias patrias que ahora parece mirarnos desde ese lejano siglo XIX. Sí, ese siglo donde era posible que, tras el éxito de su drama histórico El castillo de Simancas, media España supiera de memoria los versos que describían la batalla de Villalar.

NOTAS

[1] En 1868 fue fundador, junto a gentes tan significativas como Nicolás Salmerón, Federico Balart, Manuel Palacio, Pablo Nougués, Segismundo Moret, Rafael María de Labra, Francisco Giner de los Ríos, Ramón Chíes  y otros, del Círculo de la Revolución, con un programa político constituido por los principios: Soberanía nacional, Sufragio Universal, Libertad de Prensa y pensamiento, Inviolabilidad del domicilio y Seguridad individual garantizada y cuyo objeto era “propagar y difundir la doctrina revolucionaria, discutir los asuntos y cuestiones que interesen a la causa de la revolución y procura por todos los medios legales la consolidación y organización definitiva del régimen liberal”.  

[2] Cuando se publicó este texto todavía no se había había publicado Tras las huellas de Marcos Zapata (2015) de Samuel Marqueta, libro no académico pero que constituye un gran trabajo de investigación y que constituye la mejor guía para conocer la vida y obra del escritor.

                                                  OBRAS

El iris tras la tormenta (comedia), Zaragoza, 1862.

Jesús y San Juan Bautista (drama estrenado en el Teatro Novedades en marzo de 1870).

La capilla de Lanuza (cuadro heroico), Madrid, Imp. Española, 1871.

La bola negra (cuadro lírico-dramático) -con música de Rafael Aceves-, Madrid, Nicolás González, 1872.

El castillo de Simancas (drama histórico), Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1873.

La corona de abrojos (drama histórico), Madrid,  Imprenta de la Biblioteca de Instrucción y Recreo, 1875.

El solitario de Yuste (poema histórico), Madrid, Imprenta de E. Cuesta, 1877.

El Compromiso de Caspe (leyenda histórica), Madrid, Imprenta de E. Cuesta, 1878.

A un valiente, otro mayor (juguete cómico), Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1878.

El anillo de hierro (drama lírico) -con música de Miguel Marqués-, Madrid, Imprenta de E. Cuesta, 1878.

Camöens (drama lírico) -con música de Miguel Marqués-, Madrid, Imprenta de E. Cuesta, 1879.

La abadía del Rosario (drama lírico), Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1880.

El reloj de Lucerna (zarzuela) -con música de Miguel Marqués-, Madrid, R. Velasco, 1884.

Un regalo de boda (drama lírico) -con música de Miguel Marqués-, Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1885.

¡Patria y libertad! (episodio nacional), Madrid, R. Velasco, 1886.

La piedad de una reina (episodio histórico), Madrid, R. Velasco, 1887.

Colección de obras dramáticas, Madrid, R. Velasco, 1887.

La campana milagrosa (drama lírico) -con música de Miguel Marqués y J. García Catalá-, Madrid, R. Velasco, 1888.

La abadía del Rosario (drama lírico) -con música de Antonio Llanos-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1890.

Covadonga (zarzuela) -con Eusebio Sierra; música de Tomás Bretón-, Madrid, R. Velasco, 1901.

María Teresa (boceto dramático), Madrid, R. Velasco, 1902.

Discursos leídos en la III Fiesta de los Juegos Florales de la Ciudad de Zaragoza -con Mariano Ripollés-, Zaragoza, Imp. del Hospicio, 1902.

Poesías, Madrid, Fernando Fe, 1902. / Zaragoza, El Día, 1986.

                                           BIBLIOGRAFÍA ESCOGIDA

-CAVIA, Mariano de, «El mejor número», Presencias de un zaragozano ausente, Zaragoza, CAZAR, 1969, pp. 77-79.

-CHICOTE, Enrique, La Loreto y este humilde servidor, Madrid, Aguilar, 1944, pp. 163-166.

-GARCÍA MERCADAL, José, «El cantor de las libertades: Marcos Zapata», Heraldo de Aragón, 22-III-1906.

-LACADENA BRUALLA, Ramón de, Retratos a pluma, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1958, pp. 311-328.

-, Vidas aragonesas, Zaragoza, IFC, 1972, pp. 653-668.

-LUSTONÓ, Eduardo de, «Presentación» en Poesías, Madrid, Fernando Fe, 1902, pp. 7-14.

-MAINER, José Carlos, Voz: «Zapata, Marcos», Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo XII, Zaragoza, UNALI, 1982, pp. 3387-3388.

-, «Literatura moderna y contemporánea», Enciclopedia Temática de Aragón, tomo VII, Literatura, Zaragoza, Moncayo, 1988, pp. 234-235.

-PÉREZ, Darío, «Marcos Zapata. A propósito de su muerte», Heraldo de Aragón, 23-IV-1913.

-RAMÓN Y CAJAL, Santiago, «Prólogo» a Poesías, Madrid, Fernando Fe, 1902, pp. 15-26.

-TABOADA, Luis, Intimidades y recuerdos (Páginas de la vida de un escritor), Madrid, Administración de El Imparcial, 1900.


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CASTRO Y LES, Vicente, Ayerbe (Huesca), 12-11-1869 / Madrid, 09-05-1946

Seudónimo: Caireles

A los dieciséis años y fallecido su padre, se tuvo que hacer cargo de la tienda familiar en Ayerbe. Pese a ello, en 1889 pudo obtener el grado de bachiller en Huesca. Con clara vocación periodística, un año después ya escribía en La Campana de Huesca y en el zaragozano diario La Derecha. En 1892 se trasladó a Madrid, donde residiría hasta su muerte. Logró una plaza en la Administración de Hacienda y se incorporó a la plantilla del rotativo republicano El Globo. Dirigió el semanario y la revista Gran Vía, estuvo al frente de la Administración del Noticiero-Guía de Madrid y colaboró en publicaciones tan populares como La Ilustración Española y Americana, Nuevo Mundo, Blanco y NegroMundo Gráfico o Por Esos Mundos. Promotor de la Asociación de la Prensa de Madrid, intentó sacar adelante un periódico independiente en su Ayerbe natal, El Adelanto, del que al parecer sólo salió a la calle un número, fechado en septiembre de 1894.

Como editor, fue el principal difusor del chascarrillo baturro a través del Noticiero-Guía de Madrid, sobre todo, por medio de sus colaboraciones con el dibujante y narrador Teodoro Gascón y con Julio Víctor Tomey (León Fogoso). También publicó narraciones cuentos y novelas breves de diversos narradores de la época. Sus precarias pero baratas ediciones circularon ampliamente por toda España a lo largo de toda la primera mitad del siglo XX y aun después. Fueron muy populares la colección «Alegría» y «Biblioteca para todos». Alberto Casañal en la dedicatoria de Nuevas baturradas, editado por Castro Les en 1923, le dedicó esta sextina: Amigo franco y leal / y escritor aragonés, / que derrocha ingenio y sal / en cien libros cada mes. / Con un abrazo cordial / de su amigo que lo es.

Como escritor de creación, acostumbró a publicar con el seudónimo de Caireles, compuesto de la primera y última silaba de su primer y segundo apellido, respectivamente. Es uno de los autores prototípicos del costumbrismo aragonés, aunque su obra sea de escasa originalidad y tome, frecuentemente, motivos ya trasegados. Sus chascarrillos, muchas veces reeditados y reproducidos tanto en prensa como en publicaciones volanderas, fueron lo más popular entre lo salido de su pluma.

OBRAS

Juramentos de mujer (drama), 1886.

Aventuras del cabo López en el Transvaal y en Inglaterra (chistes y chascarrillos), Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1901.

Escenas baturras

Chascarrillos baturros -con Víctor Tomey-, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1905.

Cuentos de mi tierra -con Historietas baturras, de Teodoro Gascón-, Madrid, Administración Noticiero-Guía de Madrid, 1906. / Zaragoza, Certeza, 2003.

La carabina de Ambrosio (entremés baturro) -con música de Ruperto Chapí-, Madrid, SAE, 1908.

Chascarrillos taurinos, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1909.

Nuevos chascarrillos baturros (10 vols.) -con Víctor Tomey-, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1909-1912

Chascarrillos estudiantiles, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1910-1913.

Chascarrillos teatrales, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1910-1913.

Chascarrillos aragoneses -con Fray Augusto-, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1911-1913.

Chascarrillos de Gedeón, Piave y Calínez, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1911-1913.

Cartas baturras, Madrid, Administración Noticiero-Guía de Madrid, 1911-1913.

Cantares baturros, Madrid, Administración Noticiero-Guía de Madrid, 1911-1913.

La cantinerita (episodios de la Guerra de África), 1915.

La fuente del amor -con música de Luis Romo-, 1915.

La bolsa o la vida (sainete baturro), Madrid, Imp. de R. Velasco, s. f. (¿1916?) / Madrid, Gráf. San Sebastián, 1947.

Cuentos aragoneses -con Eusebio Blasco y Antón Pitaco-, Madrid, Administración Noticiero-Juramentos de mujer (drama), Noticiero- Guía de Madrid, 1926.


BIBLIOGRAFÍA

-ACÍN FANLO, José Luis y José Luis MELERO RIVAS (eds.), Cuentos aragoneses, Palma de Mallorca, Olañeta, 1996, pp. 111-117.

-CEJADOR Y FRAUCA, Julio, Historia de la lengua y literatura castellana, vol. IX, Madrid, Gredos, 1972, pp. 457 y ss.

-CONTE OLIVEROS, Jesús, Personajes y escritores de Huesca y provincia, Zaragoza, Librería General, 1981, p. 38.

-DOMÍNGUEZ LASIERRA, Juan, Cuentos, recontamientos y conceptillos aragoneses, Zaragoza, Librería General, 1979.

-LÓPEZ DE ZUAZO ALGAR, Antonio, Catálogo de periodistas españoles del siglo XX, Madrid, Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, 1981, p. 119.

-PÉREZ GELLA, Luis, «Biografía de Vicente Castro Les», La Comarca nº 52, 2007, pp. 16-18.

-RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, Tomás, Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria española, 1994, p. 150.

-SÁNCHEZ PÉREZ, José Augusto, Mosaico baturro (notas sobre literatura aragonesa), Madrid, Talleres Gráf. Montaña, 1953, p. 81.

            

        

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(Publicado en Aragón Digital, 12-14 de mayo de 2021)

Hoy muy olvidado, Alberto Casañal (1874-1943) fue el más popular y, seguramente, el mejor de los escritores del costumbrismo aragonés. Puede decirse que su conocimiento se disipó en los años sesenta del pasado siglo, cuando España convirtió su sociedad, preponderantemente rural en definitivamente urbana. Sin embargo, hasta entonces muchos aragoneses conocían sus versos y obras como Epistolario baturro, Cuentos de calzón corto, Baturradas o Romances de ciego pasaban de mano y eran leídas en otras regiones españolas. De hecho, la facilidad y gracia versificadoras de Casañal despuntaron muy tempranamente y, a los doce años, ya publicaba versos en la revista infantil barcelonesa, El camarada.

Casañal no fue aragonés de nacencia sino que vino al mundo en San Roque (Cádiz) donde su padre, Dionisio, topógrafo y autor de un famoso plano de la capital aragonesa, se casó y estuvo asentado temporalmente. Con Alberto de corta edad, la familia se instaló definitivamente en Zaragoza. Estudió en el colegio de San Felipe, se licenció en Ciencias Químicas en 1910 y desempeñó la cátedra de Matemáticas Superiores en la Escuela Industrial de la capital del Ebro. Además de sus muchas colaboraciones periodísticas, presidió el Ateneo literario.

Los zaragozanos se identificaban con él y su obra. Ya en 1923, fue nombrado hijo adoptivo de la ciudad. Muy querido por las gentes, recibió la Medalla de Oro de Zaragoza y en 1931 le fue regalada una casa sufragada por suscripción pública, «la casa del poeta», sita en la esquina del Paseo de Ruiseñores con la calle Santiago Guallar, que subsistió hasta 2004, en que fue ignominiosamente derribada, al principio de la cuesta que hoy da acceso a una residencia de ancianos.  

Fue autor de gran agudeza, sentido humorístico y poseyó un magnífico oído para captar los matices de la lengua popular, de lo que dan fe tanto sus comedias como sus romances y diálogos. Aunque, en ocasiones, se le tildara de chocarrero, fue un hombre  culto, de fina sensibilidad y muy apreciado por quienes lo trataron. Su primer éxito fue la zarzuela Los tenderos  y la más representada, La tronada. Las piezas satíricas que escribió, muchas veces en colaboración con Juan José Lorente, para estrenarse el día de los Inocentes o en otras festividades señaladas, son también de notable interés histórico y costumbrista, aunque irrelevantes literariamente. En ellas los protagonistas eran personajes y acontecimientos de la vida cotidiana zaragozana, tratados con una libertad que hoy no se toleraría y están reclamando un estudio que ilumine sus curiosas alusiones.

Sin duda, lo más popular de su producción fueron los romances y uno de ellos, “La fiera zurrupia”, estrenado en el zaragozano Teatro Principal en 1909, pasó al acervo común. Gente de extracción muy popular lo sabía de memoria y, siempre que se recitaba, los oyentes prorrumpían en carcajadas. Es ilustrativo lo que cuenta en sus memorias, Mis siete vidas, José María García Escudero, hombre polifacético pero sobre todo conocido por su labor y talante aperturista, como director general de Cinematografía durante el franquismo:

 “La incorporación de profesores y alumnos aragoneses (a la Escuela de Periodismo) produjo la aportación de una singularísima pieza poética, muy popular en Aragón, cuyo recitado no faltó ya de ninguna excursión o celebración (…) se titulaba ‘La fiera zurrupia’ (…) después de cometer innumerables fechorías, perecía, lo mismo que sus cuatro zurrupios pequeños, tal como puntualmente narraba el delicioso romance”.

Me imagino al jocoso escritor volviendo del trabajo a su casa por el entonces bellísimo Paseo de Ruiseñores, profuso de árboles, villas y chalés modernistas o racionalistas, y me pregunto a quién de sus convivientes regalarían hoy los zaragozanos una mansión para habitar con su familia. La autopregunta no parece que tenga fácil respuesta y queda flotando en el aire que, como escribió Coleridge, es el medio de mutua comprensión de los espíritus.

 

  Cuando en 1934 Laurie llega a Vigo, armado únicamente de su violín, es un joven inexperto pero vigorosísimo que no tiene ningún problema en cruzar España a pie y en diagonal, como un vagabun­do, durmiendo en los caminos, en los corrales, en las posadas, entrañándose con un pueblo que le sorprende y admira, hasta ser repatria­do por un barco inglés en la costa andaluza al estallar la guerra civil. Su visión del país es alucinada y solanesca, poética y terrible. Todo el viaje es como un sueño realista, como un patio o un mercado popular contemplados a través de un cristal ahumado y desprovisto de costumbrismo. Todo el mundo respeta al inglés violinista, con todos conversa y con todos bebe vino, muchas veces hasta quedar en estado catatónico o crepuscu­lar: “Pero creo que mi impresión más perdurable fue el sosegado señorío con que el español sabía beber” (p. 100).

Beber era, para él, uno de los privilegios naturales de vivir, más que el suicidio transitorio que con tanta frecuencia es para otros. Pero es cierto que aquí el alcohol tenía pocos impuestos y no existían leyes que obstaculizaran su venta pública; y en estas condiciones era posible beber con calma.

  En Toledo hizo amistad con el poeta Roy Campbell, traductor de san Juan de la Cruz y García Lorca, de origen sudafricano y tan vinculado con España. Éste le da cobijo en su casa y comparte con él alguna de sus grandes borracheras:

  …bebía vino tomando aire larga y agitadamente y me sugirió que hiciera lo mismo (…) Roy se bebía cuatro litros y medio de vino al día y por la noche tomaba coñac (…) cantando, maldicien­do, ofreciéndose a dejarme dinero, estreme­ciéndose de placer al recordar algún lance de su juventud, alabando a Dios, a la Virgen María y a Mary, su esposa, e improvisando rimas satíricas (…) Detestaba el socialismo, a los amantes de los perros y a los profesores universitarios ingleses. Amaba la lucha, el heroísmo y el dolor (…) No obstante toda su arrogancia verbal, sus golpes de pecho y sus baladronadas, me resultaba una compañía curiosamente tierna (…) Su actitud hacia las personas que aceptaba era cálida, modesta, y en ocasiones casi torpemente apologética, y las gentes del lugar con las que aquella noche bebimos no le trataban como a un cómico forastero a quien desplumar, sino como a un poeta y a uno de los suyos.[2]

Javier Barreiro, Alcohol y Literatura, Ediciones Menoscuarto, 2017, pp. 202-203


    [1] Cuando partí una mañana de verano, Madrid, Turner, 1985 y Un instante en la guerra, Barcelona, Muchnik, 1998. Este último se refiere a su estancia en las brigadas internacionales, tras cruzar, solo y con grandes penalidades, la frontera pirenaica.

    [2] Cuando partí una mañana de verano  (pp. 110-118).

Reseña publicada en Turia nº 136, noviembre 2020-febrero 2021, pp. 404-406, con el título «La Fascinación de lo literario. Vivir no es tan sencillo».

 Si la primera obra de creación de Miguel Pardeza, Torneo, más que a la novela, se acercaba a unas memorias introspectivas o, en palabras de su autor, al “ensayo autobiográfico”, en Angelópolis se incrementa la voluntad de sustraerse al mero autoanálisis, al tiempo que se exploran fórmulas próximas al ensayo y al cuento breve. Es cierto que no faltaba en aquella la narratividad pero la inercia ambiental, infestada de novelas cuya única preocupación es el argumento o la intriga, tiende a mirar con las anteojeras del género cualquier obra con personajes y acciones.

 Tras aproximarse en su debut literario a esa primera parte de su peripecia, Pardeza, con buen criterio, ha optado ahora por evitar la estricta cronología y prescindir de su etapa de futbolista de elite, precisamente aquella que podría interesar más a un público no literario, para asumir el relato y descargo de conciencia de otro periodo vital que implicaba el cambio tanto de la cotidianeidad como del imaginario personal: el paso del reconocimiento general al anonimato, confesando paladinamente que la fama es el arma de sumisión más retorcida que había inventado el consumismo y la arrogancia intelectual, una verdadera desgracia. De paso, apuntar que, como era de esperar en persona tan cercana al existencialismo, el escepticismo y el humor, siempre descreyó del éxito y, en cuanto a la gloria, es palabra únicamente utilizada en clave de sarcasmo.  

 Es evidente que MP anda buscando un lugar donde colocar su voz, siempre precisa hasta el punto de que puede excederse en los detalles, y estos dos libros constituyen un tanteo con múltiples consecuciones parciales que tengo la convicción de que han de deparar una obra en construcción cada vez más redonda.

 La nota aclaratoria pone la intención en el lugar exacto: “sólo quería hacer literatura con materiales diversos, autobiográficos, históricos, inventados, sin ceñirme a ningún género en particular”. En el uso de cualquiera de esos materiales, sí que siempre vamos a percibir radicalmente la voz y el espíritu del autor. Si la intención inicial era acometer una crónica de su experiencia mejicana y el regreso, el resultado es una conjugación de elementos disímiles que serpentea a través del cuento breve, el libro de viajes, la sociología, la novela psicológica, la crónica literaria y otros feudos más eclécticos.

 Enemigo de la vulgaridad, la facilidad y el lugar común, Pardeza asume un lenguaje culto, aunque nunca enrevesado, y  busca la originalidad en el enfoque y la mueca estilística que revele aquello que anda escondido detrás de las palabras y los gestos. Hombre analítico y un punto obsesivo, resulta notable su capacidad de observación, que se compagina con un también intenso poder de introspección. Convencionalmente, se adjudica la primera a los narradores, mientras que el segundo suele considerarse patrimonio de quienes pulsan la lira de Apolo. Que yo sepa, Miguel Pardeza nunca ha pretendido apuntarse a la lírica ni su rigor expresivo ha rozado la prosa poética pero obviamente en su preocupación por el estilo no se permite el menor descuido. El narrador es muy consciente de dónde está  y utiliza a Thomas Mann para mostrarnos su pretensión más determinada: “La prosa debe ser como mínimo uno de los principales acontecimientos que justifiquen y alienten cualquier novela”. Lo atestiguan la soltura en la construcción, la pericia adjetival y la fluidez estilística, a veces obstaculizada por la insistencia en los párrafos demasiado extensos y alguna repetición argumentativa pero, se mire como se quiera, la de Pardeza es un ejemplo de buena y elaborada prosa.

 Así, Angelópolis resume una irrenunciable vocación literaria, explícitamente confesada, aunque no hubiera hecho falta porque la transpira el libro. Frente a ello, una actitud vital marcada muchas veces por el hastío y desinterés hacia la vida que debe afrontar, por más que ese programa vital fuera deseable para buena parte de sus lectores, El propio autor habla de esa bipolaridad, una especie de dicotomía personal entre lo teórico y lo práctico: lucidez en el análisis pero cierto desengaño gracianesco para afrontar con empeño las servidumbres de la cotidianeidad: “la verdad acerca de ti se pierde en un pozo de luces y sombras, que sólo deja entrever líneas de un rostro impreciso (…) si hay una identidad fiable, anudada a unas cuantas certezas, ésa sólo puede ser social, ya que cualquier otra es inaccesible” (326). Usando las palabras del autor, vivir no es tan sencillo, sino arrostrar una amenaza ante la que estamos siempre solos y, aun así, buscando a los otros a sabiendas de lo que nos exponemos.

 Sin duda, la mayor soltura la exhibe Miguel Pardeza en los excursos sobre diversos autores que salpimentan la obra. Algunos de ellos sobre escritores de gran audiencia y amplísima bibliografía, como son los casos de Delibes, Pasolini y Camus –magnífico este último capítulo- , atención deparada por la vinculación que tuvieron los tres con el fútbol. Y en otros casos, por su excentricidad o por su nacionalidad mejicana, como son los de Salvador Díaz Mirón, el Dr. Atl y la pintora Nahui Olim, menos conocidos en España de lo que merece la calidad, originalidad y potencia de su obra. También, por la excentricidad de su peripecia vital.

Salvador Díaz Mirón

Nahui Olim ,Paisaje

Dr. Atl,_Autorretrato

 

 

Angelópolis dedica sus diez primeros capítulos a las dos temporadas que Pardeza pasó jugando en el equipo del Puebla, donde defraudó las expectativas que deparaba su trayectoria y que le llevan a desarrollar esa reflexión sobre la situación que puede denominarse como anatomía del ocaso. Los seis últimos se refieren a su reincorporación a la vida civil en España, enmarcando personajes y anécdotas en un proceso de adaptación que resulta tan complejo como el descrito en Torneo o en los primeros capítulos de este libro dedicados a la aventura mejicana.

 De ningún modo debe considerarse Angelópolis como una biografía literal o unas memorias. En todo caso resulta la proyección de un carácter que mezcla el realismo y la desconfianza con la atracción por la belleza y la inteligencia. A través de un repaso a cuestiones tanto personales como abstractas, en el coloquio final con un personaje medio ratón de biblioteca, medio filósofo, MP proyecta su personalidad y su visión del mundo, partidas entre el escepticismo y la solidaridad, la amistad y la soledad, el vivir y el pensar: la eterna complicación de conjugar los extremos.

 Miguel Pardeza, Angelópolis, Sevilla, Renacimiento, 2020.

(Reseña publicada en Turia nº 136, noviembre 2020-febrero 2021, pp. 480-481, con el título «El camino de regreso a la tierra natal”)

Es difícil encontrar en la poesía de hoy planteamientos líricos tan sólidos como el que ostenta Mutaciones, última entrega de esta poeta oscense afincada en Madrid, y en los que, además, aflore el conocimiento hermético-simbólico, sólo alcanzable para quien porfía en su persecución. Susana Diez de la Cortina es una poeta recóndita con unos cuantos títulos en su alforja: a los 17 años había publicado, en una bella edición artística y bilingüe italo-española, Poesie (1983). Hubieron de transcurrir más de tres décadas para que nos diera tres libros más de aliento hermético: La voz desnuda (2016), El castillo (2016) y La senda impar (2018), que, en lo que se me alcanza, pasaron inadvertidos. Especialmente en el caso de la poesía, quienes más polvo levantan no suelen ser los mejores. Aunque sin confianza alguna por mi parte, desearía que concluyera ese desconocimiento, porque Mutaciones es un libro insólito en sus referencias y con la cimentación técnica imprescindible para que la naturalidad de la visión y del sentimiento se manifiesten cristalinamente.

Si La senda impar fue el camino de búsqueda (Santiago), Mutaciones constituye el camino de regreso a la tierra natal. Al apenas haber habitado en ella, posee la fuerza magnética del territorio mítico por excelencia y su puesta en acción incorpora la fuerza mítico-mística  del deseo y la atracción del eterno retorno, la necesidad de reconstituir el Árbol de la Vida. Pero no todo es abstracto, etéreo o simbólico en esta reconstrucción. Como no puede ser de otra manera, la poesía nos muestra ineluctablemente a la persona. No para disimularla sino para descubrirla. No sabremos si ese desvelamiento es voluntario o corresponde a la misión que tiene asignada la escritura: revelar nuestro auténtico pensamiento. Así, la primera parte de Mutaciones nos enseña el encuentro con la maldad, mientras la segunda nos habla con potencia volcánica de una presencia que es ausencia; en definitiva, un poemario de amor clásico pero de rotunda intensidad. Al fin, un libro que guarda un secreto.

Estructuralmente, el poemario está dividido en dos partes: la primera, “Locación” se compone de diez series de seis poemas, encabezadas por una frase, aforismo o emblema en cursiva -difícil elegir el sustantivo, pero dado que los mensajes no son fácilmente descifrables, quizá conviniera el último- en los que predomina el haiku: dieciséis de un total de sesenta –nunca los números serán inocentes y menos en el mundo del símbolo- pero entre los que se incluyen otras formas poéticas, generalmente muy breves. Entre ellas, un soneto tan celebrable como “Alegría”.

La segunda parte, “Límites”, está formada por 16 composiciones: 4 apartados con cuatro poemas que versan sobre los cuatro elementos, las cuatro estaciones, las cuatro dimensiones y los cuatro puntos cardinales. Es decir, el todo, el círculo, el espacio y, por tanto, la nada, el cuadrado, el vacío…Ya postuló Platón que el tres es el número de la idea y el cuatro del de la realización de la misma, así, el mundo de los objetos materiales se corresponde con el de las ideas. Entre estas 16 composiciones: siete haikus dedicados al aire, a cada una de las cuatro estaciones y a la altura.

Fuera de su temática y su estructura, en Mutaciones se percibe una corriente subterránea cuyo murmullo nos trae ecos del I Ching, Mircea Eliade, Bowra, Rank, Campbell, Graves… y,  como la autora alude en su preámbulo, de la poesía primitiva, con especial referencia a la de los aborígenes australianos, cuya cultura, como la de otros pueblos, estriba fundamentalmente en la honra debida a los seres arquetípicos y en la preservación de su memoria. La poesía recuerda con su canto el Tiempo del Sueño. Se trata, pues, del regreso al mundo espiritual que es el origen de cuanto existe ya que la vida de cada ser corresponde a su soñar: Platón, de nuevo.

Escribe Susana:

Toda forma manifiesta no es sino la forma temporal de lo soñado, eterno, que existió antes de que la vida del individuo comenzara, y seguirá existiendo cuando esa vida termine. Todo ser existe eternamente en el soñar. La infancia, el origen, la herencia cultural y las ideas universales representadas simbólicamente por los seres totémicos, el antes del Tiempo y no el después de la muerte son los elementos que sustentan la idea de camino de retorno al origen que abordo en este libro.

Pese al evidente peso cultural de estas palabras y, sin duda, por la potencia del simbolismo, el lector encuentra en esa vuelta al principio el encanto de la poesía cantada anterior a la escritura, la pureza de un lenguaje no viciado por exceso de referentes, esa sencillez del asombro ante la tierra de la que el hombre se considera una proyección y en la que vive plenamente integrado, con lo que cantarla es también un cantarse a sí mismo, un himno a esa vida de la que se desconoce todo -el estupor ante el misterio- a la inversa de lo que le sucede al contemporáneo, atrapado en las complejas connotaciones, las elaboradas estructuras sintácticas o las audaces polisemias que nos trajeron otros simbolismos postbaudelarianos: Lautreamont y Mallarmé, principalmente. 

Son múltiples las lecturas que pueden abordarse en estas mutaciones que la autora concibe como los cambios de propiedades que experimentan los objetos. Evidentemente, el amor es uno de los fundamentales y su realidad brilla tan sencilla, serena y, finalmente, inaprehensible, como la de cualquier símbolo.

Susana Diez de la Cortina Montemayor, Mutaciones, Madrid, Manuscritos, 2019.

 

 

 

(Publicado en la revista Panenka nº 103, enero 2021, pp. 112-113).

Varias temporadas en categorías inferiores; desde los 22 años, cuatro en segunda división, dos en primera y el mito del eterno retorno, el ouróboros, el dragón que se muerde la cola como se la muerde la vida: otras tres temporadas de nuevo en segunda y dos más en categorías inferiores. Vasco se retiró a los 33 años, montó un negocio de desguaces, cuyo funcionamiento delegaba, y con eso y las rentas de los ahorros podía vivir tranquila y dignamente. Es verdad que añoraba el fútbol y, a veces, se aburría. No lo concebía de otro modo que activamente, así que desde el principio obvió la posible carrera de técnico o entrenador, siempre en vilo y adulando a los incompetentes de los que dependiera su cargo.

Se aburría un poco y llegaba tan descansado a la noche que buscaba el sueño recordando visualmente los goles de su carrera. Tirando a goleador, había promediado unos ocho tantos por temporada y, naturalmente, recordaba mejor los de su etapa profesional aunque se acordaba de todos porque, desde que jugaba en juveniles, había tenido la preocupación de anotarlos en un blog de tapas azules, ahora bastante sobado. Pero casi recordaba mejor los que le anularon injustamente y los no-goles, aquellos que estuvo a punto de enchufar y faltó un pelo. Aún sentía el roce del balón en su frente a un metro del arco vacío en un centro demasiado fuerte al que llegó en un gran salto pero faltó adelantar medio centímetro más la cabeza. En un partido contra el Racing de Santander, su chut raso al borde del área con el campo muy mojado fue perdiendo velocidad hasta aparcar blandamente en la misma raya de gol junto al poste. O un remate de cabeza que fue a gol y en el que el portero Reina le dejó un ojo a la virulé en el despeje. A pesar de ser fuera del área, el árbitro prefirió opinar que era él quien había cargado al guardameta. Desde luego, se acordaba con más nitidez de estos momentos que de cualesquier otros, incluyendo sus polvos más gloriosos. Aunque también de ellos incluyese algún momento memorable para usarlo cuando hiciera falta.

Durante el día una de sus aficiones era coleccionar álbumes y cromos del fútbol de hace medio siglo. Los conseguía en los portales de coleccionismo y algún domingo, con escasa aprobación de la dueña de sus pensamientos, se acercaba a la plaza donde se intercambiaban cromos, sellos, billetes y monedas los aficionados a esos y otros trueques. Por la dificultad de completarla, una de las que más le interesaba era la de Campeones 1961 de la editorial Bruguera, porque podían llenarse las páginas del álbum con los 16 clubes de la 1ª división pero, además, había un número indeterminado de cromos que no tenían espacio donde colocarse. Cuántos  y cuáles faltaban era el problema que se había de resolver. 

No por todo esto puede decirse que la vida de Vasco era un puro ejercicio de nostalgia, pero sí que sus ejercicios de escape eran incluso más satisfactorios que la cotidianeidad burguesa de alguien sin grandes problemas personales, familiares o económicos. Pero se aburría.

No sé si queda alguien que piense que las historias puedan tener otro final que el Final que a todos nos afecta. Lo demás son sólo contingencias y avatares azarosos, imprevisibles o aleatorios sin demasiada importancia. Ese Final no ha llegado para Vasco que no se entretiene demasiado con sus nietos, sabe lo que la dueña de su corazón va a decir en cada momento del día y espera como agua de mayo los partidos de la tele, el preludio del sueño, que ahora llega antes, en el que entremeter sus recuerdos y los cada vez más frecuentes domingos, en los que puede escaparse a la plaza con sus compinches coleccionistas que, como ex-futbolista, le tienen un poco más en consideración que al resto.

 

 

(Publicado en Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos 1885-2005, Zaragoza, Diputación Provincial, 2010, pp. 430-433).

GARCÍA-ARISTA Y RIVERA, Gregorio, Tarazona (Zaragoza), 09-05-1866 / Zaragoza, 20-01-1946
Seudónimos: Luis Diquela
Género: Varios

Discípulo y auxiliar de cátedra de Marcelino Menéndez y Pelayo, se doctoró en Filosofía y Letras en Madrid y obtuvo el puesto de Jefe del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos en la Biblioteca Universitaria de Zaragoza. Autor de variada obra histórica, fue correspondiente de las reales academias  de la Lengua y de la Historia, Medalla de Oro de la Ciudad de Zaragoza y vicepresidente de su Ateneo, amén de otros muchos honores y cargos. A lo largo de su vida colaboró asiduamente en la prensa regional y en numerosos medios nacionales, como ABC, El Debate, Ya, Blanco y Negro, La Esfera y Nuevo Mundo.

Todavía niño, publicó su primer artículo en el semanario El Pilar y después hizo crítica taurina bajo el seudónimo de Luis Diquela enDiario de Avisos. Quizá sus dedicaciones eruditas atrasaran su eclosión literaria hasta 1898, año en que llevó a las tablas, con su primer colaborador, Atanasio Melantuche, varias composiciones líricas. El primer éxito del duplo se produjo en 1902, con el estreno en el madrileño teatro Eslava de la zarzuela costumbrista El olivar. A partir de entonces, con unos u otros colaboradores, don Gregorio fue uno de los más conocidos autores que surtieron la escena con este tipo de obras. Su devoción por la jota y su acendrado amor a la región hicieron que casi toda su producción tuviera un militante tono aragonés. Además de centenares de coplas de jota, que él llamó canticas, escribió abundantes cuentos y, a partir de 1919, su serie narrativa Fruta de Aragón (1919-1928), que con sus cuatro envíos: Enverada, Excoscada, Abatollada y Esporgada, constituye uno de los más continuos empeños del costumbrismo local.


                                                                                                  OBRAS

S. H. (recorrido cómico-lírico) -con Atanasio Melantuche; música de José Tremps y Luis Aula-, estr. en 1898.

Siempre heroica (recorrido cómico-lírico) -con Atanasio Melantuche; música de P. Echegoyen-, estr. en 1898.

Fuga de consonantes (zarzuela) -con Atanasio Melantuche; música de Arturo Isaura y Julián Ribera-, estr. en 1900.

Cantas baturras, Zaragoza, Manuel Sevilla, 1901.

El hombre de acero (entremés)

El olivar (zarzuela de costumbres aragonesas) -con Atanasio Melantuche; música de José Serrano y Tomás Barrera-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1902.

Danze baturro (zarzuela) -con Atanasio Melantuche; música de Arturo Isaura y Julián Ribera-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1904.

Despedida baturra (monólogo) -con Atanasio Melantuche-, 1905.

Tierra aragonesa (cuentos, episodios, escenas), Zaragoza, Manuel Sevilla, 1907.

El heredero (drama de costumbres del Alto Aragón, basado en la novela Miguelón, de Miguel Turmo), estr. en 1908. / Zaragoza, Librería General, 1954.

¡Cómo cambean los tiempos! (recorrido histórico-bufo-local) -con Tomás Aznar, Mariano Berdejo, Alberto Casañal, Francisco Goyena, Juan José Lorente, Rogelio Maestre, Atanasio Melantuche, Jorge Roqués, Eduardo Ruiz de Velasco y Ambrosio del Ruste; música de Tomás Barrera y Jesús Ventura-, estr. en 1909.

La jota aragonesa (discurso), Zaragoza, Imp. del Hospicio Provincial, 1919.

Fruta de Aragón. Envío primero: Enverada, Madrid, Ed. Ibérica, 1919.

Los valientes y el buen vino (zarzuela aragonesa) -con música de José Vázquez-, estr. en 1921.

A poco el maño pierde la maña (cuadro de sainete)

Francho (drama), estr. en 1922.

Fruta de Aragón. Envío segundo: Excoscada, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, Col. Argensola, 1924.

Fruta de Aragón. Envío tercero: Abatollada, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, Col. Argensola, 1927.

Fruta de Aragón. Envío cuarto: Esporgada, Madrid, Espasa Calpe, 1928.

Cantas aragonesas

La copla aragonesa o «cantica». Su nombre, sus cualidades, sus clases, Madrid, Tip. de Archivos, 1933.

Los piculines (drama lírico) -con música de Jesús Rotellar y M. Vázquez-, Zaragoza, Lib. General, 1954.

Del solar aragonés

La francesada

Almas baturras (zarzuela) -con música de José Ibarra Llorente-.

Entre hidalgos anda el juego

Los mellizos

Casi se casa

Tarazona canta la jota

La fuga


                                                                                                 BIBLIOGRAFÍA

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(Publicado en Aragón Digital, 14-15 de enero de 2021)

Dar el nombre de Filomena a la peor tormenta de nieve que ha sobrevenido en las últimas décadas tendrá alguna motivación que, desde luego, desconozco pero lo más sorprendente es que el nombre alberga y despierta dulces resonancias clásicas que lo identifican con el ruiseñor, tenida como el ave de más melodioso canto.

Filomenas o Filomelas -de las dos formas se dice y escribe- aparecen por doquier en la poesía española suscitando la correspondiente emoción lírica. Por recurrir al que para muchos es el más alto poeta de la lírica castellana, San Juan de la Cruz escribe:

El aspirar del aire
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.

Efectivamente, la etimología nos enseña que Filomena equivale a “que ama el canto” y su historia mitológica es, como muchas de ellas, bastante tremebunda:

Tereo, rey de Tracia, había librado a Atenas de los bárbaros y antes de volver a su patria, desposó con la hija del rey ateniense, Procne. Ésta sentía gran nostalgia de su hermana Filomela y, al fin, convenció a Tereo para poder verla. Cuando marchó a Atenas para conducirla hasta su hermana, lo deslumbró su hermosura y la violó. Para ocultar a su mujer el acto, le cortó la lengua y la encerró en prisión, mientras a Procne le contaba que había muerto.

En su celda, Filomela tejió en un manto su triste historia y pudo hacérselo llegar a la reina. Procne aprovechó la confusión de las fiestas dionisiacas para rescatar a su hermana y quiso vengarse de Tereo, despedazando a Itis, el hijo de ambos, y ofreciéndoselo, guisado, al rey. Cuando éste preguntó por su hijo, Procne le indicó que lo tenía dentro de sí, mientras Filomela aparecía enarbolando la cabeza de Itis. El rey se dispuso a ejecutar su venganza, pero los dioses decidieron terminar con los chandríos y convirtieron a Tereo en abubilla, a Procne en golondrina y a Filomela en ruiseñor.

Quizá esta truculenta historia sí tenga que ver con los desmanes del temporal que une a la violencia de su ventisca, la belleza visual de su manto sobre la tierra. De nuevo, los extremos se tocan mientras también la pandemia o la guerra nos traen por un lado la muerte y, por otro, la abnegación de quienes se dedican a mitigarla.

Filomena, no sólo es la borrasca que abate árboles sobre las calles, inmoviliza vehículos en las carreteras y nos puede propiciar batacazos y costaladas. Es también el ruiseñor y su canto, la triste y, a la vez bella historia, que nos contó Ovidio en Las Metamorfosis.

Olvidémonos, pues, de la cruel Filomena y volvamos a aquella que aparece nueve veces –ocho de ellas precedida del adjetivo “dulce”- en los versos de Juan de Yepes, pero también en los de Garcilaso, Herrera, Francisco de la Torre, Lope de Vega o Bartolomé Leonardo de Argensola.

Rubens, Banquete de Tereo, Museo de Prado.

Luigi Ademollo, Ilustración para Las Metamorfosis de Ovidio, Florencia, h. 1830.

 

Publicado en Diccionario de Escritores Aragoneses Contemporáneos 1885-2005, Zaragoza, Diputación Provincial, 2010, pp. 712-714.

Joaquin MAURÍN JULIÁ, Joaquín, Bonansa (Huesca), 12-01-1896 / Nueva York (EE.UU.), 05-11-1973. Seudónimos: Julio Antonio / Mont Fort

Hijo de campesinos acomodados, estudió en el seminario de Barbastro y en la Escuela de Magisterio de Huesca, ciudad donde, entre otros, conoció a Acín, Aláiz y Samblancat y se imbuyó de las ideas libertarias que reflejó en sus primeros artículos de prensa. En 1915 comenzó a ejercer como maestro en Lérida y siguió con sus colaboraciones en rotativos aragoneses y catalanes. Figura destacada de la CNT, sufrió prisión durante la dictadura de Primo de Rivera y fue derivando hacia el comunismo. En 1935 fundó, con Andrés Nin, el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), del que fue secretario general y diputado. Sorprendido por el inicio de la Guerra Civil en Santiago de Compostela, consiguió huir pero cerca de la frontera francesa fue detenido y encarcelado, aunque no reconocido. Tras ser liberado, fue vuelto a detener y pasó por varias prisiones hasta 1946. Un año más tarde se exilió a los Estados Unidos, donde siguió vinculado al periodismo como fundador y director de la Agencia Periodística ALA, en Nueva York.

Aparte de su consistente obra ideológica y ensayística, Maurín escribió sus memorias y dos textos de creación publicados póstumamente. Los cuentos dedicados a su hijo fueron redactados durante su estancia en prisión y no están exactamente enfocados a un público infantil, mientras que Algol, también escrita en la cárcel, es una larga narración con ribetes didácticos basada en la primera etapa de su vida. La última parte de la novela, titulada «El misterio del Museo del Prado», tiene ya un carácter de ficción propiamente dicho, «de atmósfera fantástica, delirante, humorística y casi esperpéntica», en palabras de Antón Castro. En 1995 se editó, asimismo, la muy ilustrativa correspondencia entre Maurín y Sender, coterráneos, afines ideológicamente, colaboradores y buenos amigos.

Casa natal en Bonansa


                                                                                                           OBRAS

El sindicalismo a la luz de la Revolución Rusa (ensayo), Lérida, Lucha Social, 1922.

Los hombres de la Dictadura (ensayo), Madrid, Cénit, 1930.

La Revolución Española. De la monarquía absoluta a la revolución socialista (ensayo), Madrid, Cénit, 1932.

Hacia la Segunda Revolución. El fracaso de la República y la insurrección de octubre (ensayo), Barcelona Gráf. Alba, 1935.

Revolución y contrarrevolución en España (ensayo), París, Ruedo Ibérico, 1966.

En las prisiones de Franco (recuerdos), México, Costa-Amic, 1973.

Correspondencia Ramón J. Sender-Joaquín Maurín (1952-1973), Huesca-Madrid, IEA-Ediciones de la Torre, 1995.

May (rapsodia infantil) y ¡Miau!, historia del gatito misceláneo, Huesca, IEA, 1999.

Algol (novela), Zaragoza, Prensas Universitarias, 2003.


                                                                                          BIBLIOGRAFÍA

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-, Ramón J. Sender. Biografía, Madrid, Páginas de Espuma, 2002.

Joaquín Maurín sobre su firma