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Entrevista realizada por Manuel Galeote, publicada en Analecta Malacitana, revista de la Universidad de Málaga, AnMal Electrónica 42 (2017) M. Galeote ISSN 1697-4239.

Javier Barreiro es autor de innumerables publicaciones, como su monumental Diccionario de autores aragoneses contemporáneos (1885-2005) (Zaragoza, Diputación Provincial, 2010), en el que invirtió varios lustros. En su trayectoria investigadora, sobresale el esfuerzo por rescatar las figuras de la bohemia finisecular, la galería de escritores raros y olvidados de principios del XX, así como la discografía española más antigua. Ha reivindicado a los autores heterodoxos y que han antepuesto el alcohol, las drogas o la muerte a la literatura y la vida. Su infatigable rastreo de pistas bio-bibliográficas sobre ellos ha fomentado su dedicación constante a la bibliofilia y al coleccionismo de publicaciones periódicas, revistas, partituras o registros sonoros, incluidos los cilindros de cera, las pizarras monofaciales y cualquier otro soporte. Tiene en prensa dos libros que verán la luz en el último cuatrimestre de 2017, Alcohol y Literatura (en Ediciones Menoscuarto) y una edición de La Cochambrosa, la primera y hasta ahora desconocida novela del malagueño Pedro Luis de Gálvez (1882-1940), que publicará Renacimiento.

                                           «La bohemia española tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético»

Manuel Galeote: En los albores del siglo XX, tras el Desastre colonial de 1898, antes de la Primera Guerra Mundial, ¿encuentras en España un mundo literario lleno de bohemios? En tus libros, por ejemplo, Cruces de Bohemia (2001) y Galería del olvido (2001), ¿cómo se presentaba esa galería de escritores bohemios?

Javier Barreiro: Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y  algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo. Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

MG: Los bohemios se marcharon… Recuerdo tu libro Un hombre que se va… Memorias de Eduardo Zamacois (2011). ¿Por qué leer a Zamacois en el siglo XXI?

JB: Nadie mejor situado que Zamacois para darnos una crónica histórica, sociológica y literaria del siglo que le tocó vivir. Sobre todo literaria, porque estuvo en el centro, como testigo y en abundantes ocasiones como protagonista, de muchos de los acontecimientos más significativos de su tiempo. Zamacois fue protagonista y testigo del problema cubano y los pujos regeneracionistas de toda una época, coetáneo del modernismo, que si estéticamente le tentó poco, hubo de vivir con intensidad en sus años de redacciones y bohemias. Si decimos bohemia, Zamacois conoció y trató a todos sus servidores, desde aquellos con pretensiones de exquisitos hasta los más zarrapastrosos y desmandados, como Pedro Barrantes. Vivió, ¿cómo no?, en París, durante unos años. Dirigió la revista sicalíptica más popular de su tiempo, La Vida Galante, y no es de destacar aquí la relevancia que en la vida, la música y el teatro español tuvo esta apertura de mentes y costumbres traídas por el entorno teatral y periodístico de lo que se llamó sicalipsis. Respecto al protagonismo del escritor
pinareño en la fundación de un subgénero literario como el que constituyeron las colecciones de novela corta, tan fundamental en la España de sus tres décadas (1907-1936) literariamente más importantes de los últimos siglos, es asunto al que ya se le han dedicado libros y que,
venturosamente, los estudiosos están poniendo en los últimos tiempos en su merecido lugar. A Zamacois no le bastó con ello sino que fue, junto a Felipe Trigo, el más influyente de los novelistas eróticos de su tiempo; conoció y visitó América, al fin su continente natal, tanto y tan bien, que muy pocos escritores españoles pueden igualarlo y aquí habría que citar al eximio y desdichado Eugenio Noel. El arte por antonomasia del siglo XX, el cine, no le pasó inadvertido y tuvo un contacto directo con él, como bien nos explican esas memorias que publicó Renacimiento. Lo tuvo, igualmente, con otro de los fenómenos tan propios del siglo como fue la radiofonía. Y, en sus últimos años en la Argentina, también con la televisión.

MG: ¿Es esto todo lo que podemos subrayar de Zamacois?

JB: Claro que no. En sus 98 años de peripecia vital —en 2008 se cumplieron ciento veinticinco de su nacimiento— asistió a la guerra de 1936-1939, sobre la que nos dejó una novela, El asedio de Madrid, y dos libros de crónicas, vivió después un largo destierro, con regreso y, tras el toque de chufa, renovada escapatoria, al estilo de Max Aub. Todavía en su exilio y con muchos años a cuestas, tuvo oportunidad de conocer y trabajar en Hollywood y, en fin, un montón de cosas más, de las que sus memorias dan cuenta.

                                                              «Hay centenares de escritores olvidados que merecerían una atención»

MG: ¿Nos hemos olvidado hoy, un siglo después, de aquellos grandes bohemios?

JB: Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sáinz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres
había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán, y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas, como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta —en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Luis S. Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sánchez Álvarez-Insúa—, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existió una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

MG: ¿Hay algún bohemio al que creas que todavía no conocemos ni hemos leído? Es decir,¿existe una galería de lecturas pendientes?

JB: Bohemios o burgueses, en la llamada Edad de Plata, término que, aunque con límites temporales algo más amplios, no acuñó, como se cree, Mainer, sino Giménez Caballero, hay centenares de escritores olvidados que merecerían una atención. Quizá haga falta un diccionario con una bibliografía, al menos aproximativa, que facilite y encamine la tarea de futuros investigadores, pero allí hay un filón para tesis y trabajos monográficos.

MG: Los bohemios llegaron desde Aragón, Andalucía, etc. a Madrid, y llevaron una vida llena de dificultades. ¿Hay algún paralelismo con la situación de hoy? Por ejemplo, es difícil encontrar editoriales, público, aparecer en los medios de comunicación, etc.

JB: Sociológicamente son dos épocas muy diferentes. Aquel periodo sí que se parece al actual en la cantidad de innovaciones que afectaron a la vida cotidiana. En la época de intersiglos, la electricidad, el teléfono, el automóvil, el fonógrafo, el cine, el agua corriente, las vacunas, el  movimiento obrero y cien cosas más. Hoy, todo lo relacionado con la informática y el mundo digital. En cuanto a la dificultad de editar, ayer y hoy se editaba demasiado. En el sentido de que accedían y acceden a las librerías una gran cantidad de obras que no han pasado por el tamiz de una mediana exigencia.

MG: Desde el punto de vista del mercado, los libros sobre los bohemios, raros y olvidados ¿siguen vendiéndose? ¿Despiertan interés hoy? ¿Quién los lee?

JB: Despiertan un relativo interés porque es un mundo pintoresco y, como se dijo, no muy conocido, pero siempre minoritario. Supongo que los leen profesores, estudiantes, dilettantes y los bichos raros que, afortunadamente, nunca faltan. Desde que entregué el Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), no llega a veinte el número de autores que he encontrado después.

MG: En Aragón, gracias a Latassa y hoy gracias a tu Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), se cuenta con una Biblioteca de autores de esa región española.¿Qué has aprendido durante la elaboración? ¿Cuáles son as dificultades de una obra erudita de ese tipo? ¿Qué se quedó fuera del Diccionario? ¿Habrá una edición electrónica?

JB: Siempre había hecho yo fichas y reunido bibliografía de autores aragoneses contemporáneos, además de muchos otros que no son aragoneses de nacimiento. Con este material empecé el trabajo, pero en los años de elaboración fatigué bibliotecas, repertorios, bibliografías y, evidentemente, aprendí muchísimo. También aprendí sobre el horror de la burocracia, la informalidad de la gente y mil cosas más, que dan para una conferencia. Las dificultades fueron enormes y menos mal que decidí modificar el primer proyecto, en el que pensaba encargar las voces de los escritores más importantes a especialistas en los mismos. Si lo hubiera hecho así, aún no estaría publicado. Con la colaboración de un ayudante, redacté personalmente las casi 1800 voces con la obra completa y la bibliografía de los autores.
Desde que entregué a la imprenta el Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), a principios de 2010, no llega a veinte el número de autores que he encontrado después. Por cierto, que en el Diccionario se daba un correo para que, si alguien sabía de algún autor que no se hubiera incluido, me lo comunicase. Hasta el momento, no he recibido ni una sola indicación.
No sé si habrá edición electrónica. Fue un encargo institucional y ésa era la intención, además de enriquecerlo con una iconografía, pero nos encontrábamos en medio de la crisis y no estaban las cosas para alegrías. Sería sencillo acometer esa edición. El copyright me pertenece,
así que, si hay quien la financie, no tiene más que ponerse en contacto conmigo.

MG: ¿Cómo ves el futuro de los libros electrónicos, los que no se manchan con el café de la taza derramada, ni con el ron? Los que no arden en la chimenea (algún maestro se jactaba de usar los de jóvenes poetas que recibía como regalo y con los que alimentaba su chimenea). Los libros que no son libros, pues se leen en pantallas retroiluminadas. Son libros que resplandecen como las luciérnagas, como Luces de bohemia.

JB: Quienes amamos tanto el papel, tenemos una comprensible resistencia ante las innovaciones en este terreno, pero reconocemos sus ventajas, sus posibilidades, su necesidad… y, además, sabemos que pueden convivir perfectamente estos y otros formatos. Yo utilizo el e-book para leer en la cama. No pesa, no molestas con la luz encendida a la compañía, si la hay, aparte de las ventajas técnicas que todo el mundo conoce.

  «Valle-Inclán sería considerado como el escritor español más importante incluso de todo el siglo XX»

MG: ¿Cuál es el legado hoy de Valle-Inclán? ¿Nos iluminan los resplandores de Luces de bohemia o se han apagado?

JB: Casi hasta los años sesenta del siglo XX, Valle-Inclán era considerado, sobre todo, como un excéntrico —lo que es verdad— sujeto activo de anécdotas y demasías. Afortunadamente, han cambiado las cosas y estoy seguro de que, si se hiciera una encuesta hoy, sería considerado junto a García Lorca, como el escritor español más importante de la primera mitad del siglo XX e, incluso, de todo el siglo. La bibliografía sobre él resulta inabarcable y su obra está perfectamente editada. Para mí es, junto a Quevedo, el gran maestro de la lengua española.

MG: ¿Entre los escritores de Aragón, qué puedes decirnos de los dramaturgos?

JB: Puedo decir muy poco. Aragón ha destacado literariamente en el ensayo, el periodismo o la investigación. Hay pocos poetas de calidad y menos dramaturgos. En cuanto a novelistas, salvo la cumbre de Ramón J. Sender y el casi desconocido fuera de Aragón, Braulio Foz, autor de la Vida de Pedro Saputo, que Menéndez y Pelayo denominó el Quijote aragonés, tampoco hay abundancia, aunque en este momento hay autores de calidad como Ignacio Martínez de Pisón o José María Conget. Los dramaturgos aragoneses dignos de citarse en el último siglo son pocos; el más importante, sin duda, Joaquín Dicenta, el inventor y la cumbre del teatro social y obrero en la España de intersiglos. Podemos citar también a Marcos Zapata, con obras de gran éxito en la segunda mitad del siglo XIX, Muñoz Román, el principal libretista de la revista musical, bilbilitano, como Dicenta, y Alfredo Mañas y Alfonso Plou, en los últimos decenios. Cosecha escasa.

MG: Hay también otra pregunta que siempre te habrán formulado: ¿quiénes han sido las escritoras aragonesas? ¿Quiénes escriben en Aragón después de 1939?

JB: Pocas y mal conocidas, al menos hasta los años ochenta, en los que empiezan a proliferar. Yo citaría a una poeta, no diría que olvidada porque nunca tuvo éxito, pero para mí es la mejor lírica aragonesa del siglo XX. Se llama Sol Acín (1925-1998) y fue hija del artista libertario Ramón Acín, asesinado al comienzo de la guerra. De las muchas que están vivas, habrá que esperar unos lustros para separar el grano de la paja.

MG: Te has interesado por las tradiciones musicales y artísticas, culturales en definitiva, de Aragón. Desde tus Antiguas grabaciones fonográficas aragonesas (2010) hasta la jota (La jota ayer y hoy, 2005), las cupletistas aragonesas (Siete cupletistas de Aragón, 1998), las actrices (Mujeres de la escena, 1996), etc. has mostrado que la literatura popular, la lengua, la música y el arte forman unas tradiciones cuya biografía te fascina (Biografía de la jota aragonesa, 2013). ¿Cómo se llegó a este desarrollo espectacular y cómo pervive en la actualidad? ¿Se conoce fuera de Aragón o crees que necesita proyectarse más a España y el mundo?

JB: Después de los primeros libros de poemas y cuentos, en seguida empecé a publicar sobre el tango, luego, sobre el cuplé, con la biografía de Raquel Meller, la copla, la zarzuela, la fonografía, etc., hasta llegar a la jota. El primer libro sobre ella, del año 2000, fue un encargo. Entonces la jota aragonesa estaba en un mal momento, pero el siglo XXI ha significado un inesperado renacimiento. Los intelectuales aragoneses, al contrario que los andaluces con el flamenco, nunca prestaron atención a la jota, sino que la denostaron. Apenas hay bibliografía y la universidad la ha marginado absolutamente. No conozco un solo trabajo surgido de ella. Como pasó con la canción española, la confundieron con el franquismo cuando el origen del baile se pierde en la noche de los tiempos y la documentación de la música y el canto es incluso anterior al flamenco, pero, a partir de 1850, los dos géneros tienen trayectorias similares. En el siglo XIX escriben jotas aragonesas casi todos los compositores españoles, pero también Liszt, Glinka, Saint-Saëns… A finales del siglo XIX estaba en la cumbre del éxito y la jota no faltaba en el género lírico. Algunas de ellas (las de El dúo de La Africana, La Dolores, Gigantes y cabezudosEl guitarrico…) se hicieron justamente famosas. En la primera mitad del siglo XX casi todos los grandes ballets españoles llevaban la espectacular «jota de Zaragoza», como número final, y ha habido grandes intérpretes masculinos y femeninos a lo largo del siglo pasado. Pero, a causa de este cuestionamiento por parte de los detentadores del poder cultural, la jota pasó de moda y, prácticamente se conservó gracias a que supervivió en el pueblo y en los pueblos, hasta principios del siglo XXI.

«Los intelectuales aragoneses, al contrario que los andaluces con el flamenco, nunca prestaron atención a la jota, sino que la denostaron»

Alguna responsabilidad en ese renacimiento tuvo la serie de libro-discos y espectáculos “La jota ayer y hoy”, tan bien recibida; los programas televisivos, que hoy nutren la afición jotera, con excelentes réditos para unos y otros; la difusión lograda por las nuevas formas en el canto y en la danza sustentadas por artistas como Carmen París y Miguel Ángel Berna; y me gustaría pensar que también los diez mil ejemplares distribuidos del librito de la serie CAI-100 que me encargó el maestro Guillermo Fatás y que es donde por primera vez se trata la jota desde otra perspectiva y se escriben algunas de las cosas que ahora estoy estampando.Pero ya digo que la responsabilidad principal debe otorgarse a quienes, en los tiempos duros, siguieron manteniendo, cantando, bailando y defendiendo la jota, a despecho de las circunstancias. Me refiero, sobre todo, al ámbito rural aragonés de las tres provincias. A los pueblos, hablando en plata. Sus gentes, sus grupos, rondallas y su entorno social siguió teniendo a la jota por bandera y siguió sintiéndola, cantándola, haciéndola transmisora de sus gozos y de sus sombras y, sobre todo, de su forma de entender y afrontar la vida. No podemos olvidar, sin embargo, a los de adentro y a los de afuera. A los grupos zaragozanos que, rodeados de incomprensión y con bajas cada vez más numerosas, no se desmoralizaron y aguardaron tiempos mejores, a los maestros como Jacinta Bartolomé, María Pilar de las Heras o Jesús Gracia, que conservaron y transmitieron la excelsitud en la interpretación y el bien sentir, lo mismo que sucedió con la escuela oscense. Y, en cuanto a los de afuera, a grupos de las Casas de Aragón en otras provincias y, todavía con más dificultades, las de allende las fronteras, emocionantes trasuntos de lo aragonés en tierra ignota.
Con todo esto, hoy la recepción social del género se ha normalizado, incluso se ha prestigiado aunque, como no podía ser de otra manera, queden resistencias y también, ¿por qué no decirlo?, haya elementos jotistas que merezcan esa resistencia. Lucar contra los tópicos de uno y otro lado sin caer en la barata descalificación es fundamental. Sabiendo separar el grano de la paja, hay que aceptar lo tradicional y lo innovador: lo religioso, lo patriótico y lo libertario; lo basto y lo cursi y lo que algunos llaman zafio y otros, jotas de bodega. También, poner en el candelero y en el mercado la jota y aceptar su evolución, como ha hecho el flamenco, y por este camino van las propuestas creativas de gentes como Alberto Gambino. Otra cosa es lo que guste a cada uno. De cualquier manera, no estaría de más no tomarse las cosas muy a la tremenda y echarle el humor que rezuman muchas coplas del género. Humor, expresionismo y autocuestionamiento, que son también rasgos en los que se identifica cualquier aragonés.

                                                            «Soy disperso por naturaleza, y además ansioso»

MG: Como escritor, ensayista, historiador, profesor, investigador, ¿qué faceta de tu actividad te resulta más grata y más atractiva? ¿Cuál es la que te vampiriza? Después de aquella “Entrevista con los vampiros” (2004), ¿crees en los vampiros y en las vampiresas? ¿Cómo serían las vampiresas aragonesas?

JB: Yo soy disperso por naturaleza, y además ansioso. Tengo necesidad vital de pasar de un género a otro, de lo culto a lo popular, de la música a la literatura, de la investigación a la creación… Efectivamente, para mí, en la variedad está el gusto. Y no sólo creo en los vampiros sino que me consta que abundan: los que se aprovechan de tus trabajos sin citarte, los que directamente te copian, los que creen que los escritores tienen que trabajar gratis, los envidiosos que buscan arrinconarte para destacar ellos… Una auténtica caterva de vampiros nocturnos, rapaces diurnos, cocodrilos en el río, tiburones en el mar y hienas de tierra firme. Procuro olvidarlos y bien sé que ellos prefieren no cruzarse conmigo. En cuanto a las vampiresas, no les pregunto si son aragonesas, procuro quedarme a solas con ellas y que me enseñen cosas y sus cosas.

MG: Hubo una actriz malagueña, que a lo mejor cantó alguna jota, llamada Pepa Flores, pero más conocida como Marisol. Tuviste la oportunidad de escribir su biografía (1999). ¿Es una biografía que siga reeditándose? ¿Se venden bien las biografías femeninas? ¿Crees que la biografía está desplazando a la novela en cuanto a ventas de las editoriales? ¿Hay un auge de la biografía?

JB: Marisol cantó jotas ya en sus películas de niña. Mi biografía, Marisol frente a Pepa Flores, se agotó pero, por causas que desconozco, no se reeditó. Luego Antena 3 me compró los derechos y rodó una serie basada en mi libro. Las biografías femeninas están de moda y cada vez se venden mejor, de lo que me alegro porque hasta hace pocas décadas la biografía era un género muy poco cultivado en España.

MG: Ya que también has publicado guías de Zaragoza (2003 y 2007), ¿qué nos recomiendas a los que no conocemos estas tierras aragonesas? ¿Por dónde empezar nuestra visita y cómo planificar nuestros recorridos? ¿Conviene hacer un viaje en la vida a Zaragoza y Aragón o, mejor, un viaje cada año?

JB: Salvo el Pirineo, la ciudad de Zaragoza y algún lugar aislado, como el Monasterio de Piedra o Albarracín, Aragón se conoce mal y es una pena, porque, como ocurre en casi toda España, a pesar de lo mucho que la especulación y la desidia han destruido, está llena de parajes
maravillosos y, además, solitarios, de hermosísimos edificios civiles y religiosos, de una bellísima arquitectura popular. Ahí van unas cuantas propuestas:

-La airosa esbeltez de la iglesia mudéjar de Santa María, dominando el casco urbano de Calatayud.
-La recoleta naturalidad y violenta belleza de la obra humana, como es el núcleo urbano de Alquézar en un paraje incomparable.
-El misterio, proporción y sobria originalidad del románico integrado en el entorno de la iglesia de Santiago en Agüero al lado de los espectaculares Mallos de Agüero, muy cerca de los más famosos de Riglos.
-Las iglesias mozárabes del Serrablo, una auténtica sorpresa para quien no las conozca, por ejemplo, San Bartolomé de Susín en otro paraje maravilloso.
-La bellísima portada que integra arte, historia y mito del ayuntamiento de Tarazona, ciudad que es toda una joya, como su comarca del Moncayo.

-La Seo del Salvador, resumen artístico de la capital de Aragón.
-Los conjuntos monumentales de Albarracín o Daroca, que fascinan y asombran desde sus mi  perspectivas.
-La fusión de la tierra, la piedra roya y el hombre en el castillo de Peracense, esencia montaraz de Aragón.
Y dejo aparte los cientos de paisajes incomparables, porque no quiero pecar de patriotero.

                                                      «He dedicado muchas horas de mi vida a Sender»

MG: ¿Y qué queda en su tierra aragonesa de R. J. Sender, del Maestro Montorio o de Raquel Meller?

JB: Al que se le ha dedicado más atención (y con justicia) es al novelista. Hay un llamado Proyecto Sender, inserto en el Instituto de Estudios Altoaragoneses, que congrega la muy amplia bibliografía e información que va surgiendo sobre él. Se han publicado bastantes libros, se han organizado congresos, se lee en los institutos su obra, etc. Desde que a los 17 años devoré Las criaturas saturnianas, le he dedicado muchas horas de mi vida. Creo que he leído toda su obra publicada y muchos libros acerca de él. He escrito bastantes artículos académicos y periodísticos acerca de su obra, he descubierto textos periodísticos desconocidos de diversas épocas, su primer cuento, sus guiones para lo que hoy llamaríamos novela gráfica, Cocoliche y Tragavientos, he dado decenas de conferencias sobre su obra, edité un libro con una antología de los artículos que sobre él escribió Francisco Carrasquer, el máximo senderiano… Hasta me otorgaron a los 21 años el primer Premio Sender de Periodismo que se convocó. Por cierto que Sender, entonces, metió la pata augurándome en público un brillante porvenir.
Al maestro Montorio no lo conoce apenas nadie y, junto a Quiroga y Monreal, forma el trío de grandes compositores de la música popular española del siglo XX. Su trascendencia estriba en la gran cantidad de canciones y música de obras de teatro y cine que acometió a lo largo de suvida. Muchas de ellas permanecen en el imaginario popular. Considérese que empezó muy joven y tuvo tiempo de tocar todos los géneros. Entre 1930 y 1977, Montorio puso música a unas ciento treinta obras de teatro lírico. Fue el heredero de los maestros Alonso y Guerrero en el género de la revista. Alonso fue el rey entre 1925 y 1940, Guerrero tomó el relevo y, a su muerte, en 1951, Montorio se convirtió en el principal suministrador de música teatral. Sólo en los años cincuenta estrenó más de cuarenta obras. Su capacidad de trabajo fue asombrosa: componía canciones para los artistas, extensas partituras para el teatro musical y el cine y, frecuentemente, dirigía él las orquestas en los teatros en que se interpretaban sus obras. También realizó muy numerosas partituras publicitarias para la radio y, después, para la televisión, muchas de las cuales figuran en el libro-disco Maestro Montorio, que publiqué en 2004. La más recordada tal vez sea la que anunciaba el analgésico llamado Tableta Okal: «La tableta Okal es hoy el remedio más sencillo / yo a ninguna parte voy sin llevarla en el bolsillo. / Y cuando emprendo un viaje por lo que pueda pasar / al hacerme el equipaje pongo un sobrecito Okal / Okal, Okal, Okal es lenitivo del dolor / Okal, Okal, Okal es un producto superior […]», etc.
La relación de Montorio con el cine también fue intensa desde principios del cine sonoro. De hecho, intervino en la musicalización de varias de las primeras películas y, en seguida, consiguió grandes éxitos con El negro que tenía el alma blanca o La hija de Juan Simón, ambas con Angelillo. En los cincuenta lanzó a Antonio Molina con sus canciones para El pescador de coplas o Esa voz es una mina. Pero se puede decir que trabajó con casi todos. En total, intervino en la música de unas setenta películas.
Raquel Meller y su tiempo, la biografía que publiqué en 1992, está agotada y nadie se ha preocupado en reeditarla, pero es un personaje que sigue suscitando interés, porque es la artista más representativa de la época del cuplé, que es también la de la Edad de Plata, y, en los años veinte fue una estrella internacional de la canción y el cine. Me siguen pidiendo artículos y conferencias sobre ella y he hablado en varias ocasiones con directores y productores que pretendían llevar su vida al cine. El problema es que las producciones de época son caras.

                          «La idea de un Diccionario de la bohemia me ha rondado por la cabeza, y podría hacerse»

MG: También has rescatado, por volver al principio de la entrevista, a Guillermo Osorio (1918-1982), «último de los verdaderos bohemios». ¿Qué te gustaría descubrir aún de su obra y vida?

JB: Fuera de lo que digo en la introducción a Guillermo Osorio, Obras, que me costó bastante esfuerzo reunir, no conocemos nada de él. Me gustaría saber de su peripecia en la guerra, como conductor de tanques en el bando republicano, de lo que le sucedió en la posguerra, que no debió de ser nada bueno —él nunca habló ni de una cosa ni de otra—, me gustaría que me proyectaran una jornada de su vida cotidiana, de taberna en taberna, sus conversaciones con poetas y borrachos, su relación con Adelaida Las Santas, su pintoresca mujer. Dicen que era un hombre tan borracho como angélico, una criatura humana capaz de producir excelsos sonetos clásicos y cuentos surrealistas, al tiempo que pululaba por el submundo o dormía en un banco de la calle.

MG: ¿No resucitaránlos bohemios? Tal vez puedan resucitar desde el punto de vista literario, si se reeditan sus obras.

JB: La epidemia de franquicias, fast food, chinos, pizzerías, Mc Donalds y demás ha terminado con los bares clásicos y tabernas. Es complicado encontrar un plato de cuchara en un restaurante, y por la noche es hasta difícil beber vino. Las tabernas han desaparecido y bohemios como aquellos no volverán. El último fue precisamente Guillermo Osorio.

MG: ¿Hay algún proyecto de un Diccionario español de la bohemia? También eres autor de un Diccionario del tango (2001), ¿nos falta el Diccionario de Javier Barreiro? ¿Quién te aficionó a los diccionarios? Imaginamos que ocupan una buena parte de tu biblioteca.

JB: La idea de un Diccionario de la bohemia me ha rondado por la cabeza, y podría hacerse porque hay gentes interesadas en ello. Yo tengo muchos datos, pero tampoco es un trabajo fácil ni corto. Al mismo tiempo, ignoro si tengo una afición especial a los diccionarios. He publicado dos —el de escritores aragoneses y el del tango en colaboración con otros dos autores—, sí que tengo bastantes —doscientos y pico—, y, desde luego, si son buenos, son utilísimos. Todoshemos estudiado y aprendido a escribir, con el Casares, el María Moliner, el Corominas… Si queremos saber de ocultismo, tenemos que ir al de Collin de Plancy; de lunfardo, a los de Gobello y Conde; de vanguardia, al de Juan Manuel Bonet; de literatura aragonesa, al mío; de palabras non sanctas, al de Cela… Hasta en literatura los hay buenos, como el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce.

                                                                                                    «Lo que no quiero ser es mayor»

MG: Además de todo lo que hemos dicho, eres bibliófilo y coleccionista de voces (por ejemplo, aquellas que se grababan en pizarra o en cilindros de cera). ¿Cuáles son las voces aragonesas más antiguas que hoy se pueden oír gracias al rescate que has llevado a cabo?

JB: Los cilindros de cera para fonógrafo son anteriores a los discos para gramófono, que los coleccionistas suelen llamar pizarras. Sabemos que los primeros que se grabaron en España corresponden a 1894. Fue el Royo del Rabal, el jotero más mítico, el que impresionó algunos, pero no se conservan. La inmensa mayoría se han perdido o deteriorado. Por otro lado, los cilindros no están datados y se conservan muy pocos catálogos, por lo que no podemos saber con seguridad cuáles son los primeros registros en el tiempo. Sin embargo, en Primeras grabaciones fonográficas en Aragón 1898-1903, recogí 29 registros, algunos muy antiguos, varios de ellos de intérpretes aragoneses. Allí hay seis jotas aragonesas cantadas por Blas Mora, de Albalate del Arzobispo, que, si no aparecen nuevos registros, serían las primeras jotas grabadas que se conservan. También hay un dúo de ocarinas, interpretado por otra figura de la jota, Balbino Orensanz, junto a un tal señor Lahuerta, que es la más antigua interpretación de este artesanal instrumento registrada en el mundo. En cuanto a discos, llegaron a España en 1899, publicados por la casa Berliner, la primera jota en este soporte fue «La mora», cantada por otra olvidada, Isidra Vera.

MG: El coleccionismo ¿nos embriaga? La literatura ¿es embriagadora? El escritor que se embriaga ¿es mejor escritor? La embriaguez ¿mejora la escritura? ¿Hay una literatura de autores que beben y beben y vuelven a beber? Entre los escritores bohemios, raros, olvidados, malditos, etc., ¿se hallan también los que se emborrachan?

JB: Estas preguntas se responden en mi próximo libro, Alcohol y literatura, que espero se publique en 2017. Hay mucha información —el índice onomástico tiene más de 800 referencias— y creo que es muy ameno, además de políticamente incorrecto.

MG: Háblanos de tus proyectos y de tus nuevos diccionarios. Dinos qué te gustaría ser de mayor: ¿investigador?, ¿novelista?, ¿poeta?, ¿autor de libros de viaje?, ¿bohemio?, ¿historiador de la literatura?, ¿ensayista aragonés?

JB: Además del libro citado y del blog “Javier Barreiro”, donde publico artículos y mis conferencias, así como las novedades editoriales, tengo comenzado un libro sobre la historia de las 50 canciones españolas más populares del siglo XX, otro de narraciones, titulado Lugares y fechas; y sí, me gustaría escribir un libro de viajes; reunir en un volumen mis artículos sobre tango; en otro, los de cuplé; el mencionado repertorio de bohemios; escribir más poesía… Lo que no quiero ser es mayor. En esto soy muy poco original.

MG: Muchas gracias, amigo maño, por responder con tanta paciencia, atención y sentido del humor las preguntas. En nombre de los lectores de la revista AnMal Electrónica, te reitero la gratitud y te deseo mucha suerte para los proyectos que te desvelan en la singladura actual. Cuídate de los vampiros y del sablazo de los bohemios.

(Publicado en  Aragón Digital, 6-VI-2017)

La quevediana “hora de todos” llega a Juan Goytisolo, contexto e imagen tan cercanos a varias generaciones de “letraheridos”. Era hombre que suscitó grandes animadversiones en derechas e izquierdas, siempre aparentemente agraviado y con un discurso tan necesario como discutible. Autor de varias de las novelas más importantes de la segunda mitad del siglo XX, protagonista de una lectura apóstata, disidente e iconoclasta de la historia y la literatura españolas en la onda de Américo Castro y editor y reivindicador de muchos de esos heterodoxos, como Francisco Delicado, Estebanillo González, el abate Mairena, Blanco White… Fue también el primer escritor español de relevancia que tuvo la valentía de salir del armario en sus dos excelentes libros de memorias, Coto vedado y En los reinos de taifas (1985-1986).

Lo conocí en París con gabardina, estando él en su plenitud vital y yo en mi tierna juventud. Sus primeras novelas sociales no me habían gustado demasiado pero sí –y mucho- sus libros de viajes por Almería y su provincia, su tan innovadora como deslumbrante novela, Señas de identidad, y los muy discrepantes ensayos reunidos en El furgón de cola. Excepto Campos de Níjar, que fue censurado, los dos antes citados y La Chanca, sobre este barrio almeriense, hubieron de ser publicados lejos de la España franquista.

No recuerdo por qué motivo, a mediados de los setenta, viajé a la capital de Francia; sí sé que pedí su teléfono a Francisco Carrasquer, entonces profesor en Leyden y uno de los mejores estudiosos del escritor barcelonés. Como me ha gustado conocer a quien previamente admiraba y los escritores suelen encontrar tan pocas ocasiones de recibir homenajes, atendió -primero desconfiado y después, gustoso- mi llamada y me invitó a cenar. Hablamos mucho de sus libros y un poco de la situación internacional. Se congratuló de que no fuese maoísta, como buena parte de los jóvenes izquierdosos españoles de entonces. Después, nos tomamos una copa. Hacerlo en París, nos parecía y nos salía carísimo a los españoles de antes pero, a pesar de que me habían advertido de que Juan pecaba de roñoso, también me invitó. Y no sólo eso, al despedirnos, como buscando un recuerdo que entregarme, rebuscó en uno de los bolsillos de su blanca gabardina, tan apropiada para ese tópico París grisáceo y medio lluvioso, me dio la mano, me entregó unos papeles arrugados y fuese. Me los guardé para disfrutarlos más tranquilamente y, cuando lo hice, vi que se trataba de unos cuantos tickets, la factura de la cena, otra factura de la tintorería…

La verdad es que me sentí despechado. ¿Tan devoto me consideraba como para guardar esos papelujos como recuerdo del maestro? Hice un rebullo y me desprendí de ellos. Sin embargo, no muchos años más tarde, me enteré de que el escritor depositaba su legado vital y bibliográfico en la Universidad de Washington y a ella iba entregando todos los papeles que tenían que ver con su vida y obra, incluso aquellos tan volanderos, como los que a mí me había entregado. Muy consciente y sabedor debía ser, pues, don Juan de su propia importancia, cuando se la daba a elementos tan fútiles y muy poco lo debía ser yo, cuando entregué a la papelera, lo que debería de poblar los archivos académicos.

De cualquier modo, espero que, cuando se desvelen en 2031 los dos manuscritos que el escritor legó al Instituto Cervantes, con ocasión de recibir en 2014 el premio homónimo, estos alberguen algo más sustancioso.

 

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(Publicado en Parnaso 2.0. “Un mar de labrantíos”. Contribuciones para el estudio de la poesía aragonesa, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2016, pp. 185-212).

Es complicado encontrar rasgos comunes en la poesía publicada en Aragón en los cuatro lustros que nos ocupan, sí, quizá, carencias comunes. El realismo social puro y duro se encuentra en retirada aunque un afán humanista y moralmente reivindicativo, por otra parte característico de la poesía, asoma en numerosos autores del periodo. Pero, posiblemente, es más importante la apertura a nuevos horizontes que depara el despegue económico propiciado por el Plan de Estabilización de 1959, los planes de desarrollo, la eclosión del turismo masivo y el descenso de la presión censora, que provoca el afloramiento de autores y títulos antes vedados o desconocidos para la precaria intelligentsia española. Los años sesenta significaron, pues, una apertura al exterior, sobre todo, a partir de la llegada de autores y tendencias que habían estado proscritos durante un cuarto de siglo y que, por tanto, habían mantenido a la cultura española en el aislamiento. Se fue recuperando el contacto con las figuras del exilio, las editoriales comenzaron a publicar traducciones de los autores más importantes de la centuria y la sociedad volvió a aspirar con mayor empuje a un clima de ansia de libertad y modernidad que se tradujo en una década rica en experiencias estéticas y sociales. Clima que se prolongó en el decenio siguiente aunque el advenimiento de la democracia formal no propiciara el despegue artístico que se deseaba.

En efecto, la construcción de nuevo régimen constitucional no satisfizo las expectativas –tal vez, exageradas- de muchos, lo que deparó cierta sensación de desesperanza, estafa o pesimismo que, pronto sería bautizada como “el desencanto”, aludiendo al título de la película homónima (1976) de Jaime Chávarri que, por cierto, algo tenía que ver con la poesía. La política institucional se inclinó por los fastos culturales, grandes exposiciones y actividades que supusieran inauguraciones pomposas, lujosas ediciones o fotos con los protagonistas más que en crear una infraestructura cultural que el franquismo, naturalmente, no sólo no había dado al país sino que se había encargado de borrar las muy positivas aportaciones (ateneos libertarios, bibliotecas circulantes, teatros populares, política de patrimonio, enseñanza laica, potenciación de la Institución Libre de Enseñanza y sus anejos…) emprendidas durante el primer tercio de siglo.

Los poetas españoles, que durante los años 1962-1973 habían acometido líneas muy ricas y divergentes, desde las que suponían una superación de la poesía social hasta los experimentalismos más desatados, entraron a partir de 1970 en un periodo de eclecticismo y hasta de confusión y decadencia. Fue un hito la aparición de Nueve novísimos (1970), la muy discutida antología de Castellet  pero que, sin duda, es uno de los libros más influyentes de la poesía española y, en cierto modo, clausuró un periodo e inició otros.

A un primer movimiento al que se llamó “venecianismo” y que propició una poesía hiperformalista, con revestimiento clásico y un cierto virtuosismo estético, le siguieron “poesía del silencio”, “postmodernismo”, “poesía del instante”, la llamada “nueva sentimentalidad” y otras naderías terminológicas que se encontraban con un creciente desinterés del público lector de poesía. Ésta cada vez supervivía con mayores dificultades no sólo por la falta de audiencia sino de infraestructuras editoriales, de crítica y de maestros. Las reformas educativas tampoco favorecían las disciplinas humanísticas.

 

La poesía del siglo XX en Aragón había pecado de escasa potencia, originalidad y capacidad de innovación. Ningún nombre anterior a Miguel Labordeta, ni siquiera el de Tomás Seral y Casas, había ocupado un lugar preeminente en la lírica española  e, incluso, el fundador de la OPI apenas logró en vida más que el reconocimiento de algunas minorías. Sin embargo, la suma de individualidades con un digno nivel en la creación poética que presenta la región a partir de los años sesenta no se había dado en ningún otro periodo desde hace, al menos tres siglos[1]. Aunque alguno de los poetas, como I. M. Gil o M. Labordeta, había desarrollado una parte de su obra en el periodo precedente, será en este decenio cuando despegue la producción lírica de la comunidad, aunque apenas consiga eco en el contexto nacional[2]. Por poner un ejemplo ilustrativo, en una encuesta entre poetas, editores y críticos, publicada en la revista Ínsula aparecían 331 menciones a poetas españoles. Sólo una referida a un aragonés, Ángel Guinda, que, además, vivía en Madrid[3].

Sin embargo, en los años que nos ocupan se consolidaron o revelaron algunos de los poetas que han pasado al precario panteón lírico aragonés, gracias, entre otras cosas, a la mencionada mejora del nivel de vida que permitió un ritmo de publicación de libros bastante más generoso que el de tiempos precedentes. En cierto modo, el libro fue sustituyendo a las revistas, como demuestra el hecho de que los mucho más modestos años cincuenta alumbraron títulos como Almenara, Ámbito, Ansí, Ebro, Mensa, Orejudín, Papageno o Esquina, mientras que en las dos décadas que cubre este trabajo, únicamente cabe destacar Despacho literario (1960-1963), portavoz de la OPI dirigida por Miguel Labordeta, que sólo alcanzó cuatro números; Poemas (1962-1964), iniciativa de dos poetas impresores, Luciano Gracia y Guillermo Gúdel, que llegó al número 9; Cuaderna Vía (1965-1966), publicada por la Institución Fernando el Católico y de inspiración universitaria , con tres números o Albaida (1977-1979), dirigida por Rosendo Tello[4], que llegó a los ocho. Otras, como Letras (1962) y Samprasarana (1970), ambas con un solo número, todavía tuvieron menos trascendencia[5]. A pesar de esta precariedad, prácticamente todos los poetas aragoneses que alcanzaron algún predicamento en estos decenios están representados en ellas[6].

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Alguna trascendencia tuvieron las antologías globales de la poesía aragonesa, casi inexistentes hasta la década de los sesenta[7]. Así, la colección Poemas publicó en 1967, Generación del 65. Antología de poetas hallados en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, con prólogo de Miguel Labordeta  y en edición de Juan Marín y Fernando Villacampa, que reunía quince poetas jóvenes que, después tomarían sendas muy diversas[8].

Menor trascendencia tuvo Poesía universitaria (1975), prologada por la entonces catedrática de literatura de la universidad zaragozana, María Pilar Palomo, que recogía poemas de estudiantes de la especialidad, de los que la mayoría hizo carrera en el mundo de las letras, fuese en la poesía o en la docencia[9].

La revista malagueña de poesía Caracola dirigida por José Luis Estrada, publicaría en sus números 225-226 (julio-agosto 1971) y 244 (febrero 1973), sendas antologías, dedicadas a poetas aragoneses. Rafael Fernández Ordóñez fue su editor, ayudado en el segundo de los números por A. Mª Navales[10].

La más popular fue, sin duda, Antología dela Poesía Aragonesa Contemporánea (1978) con breves estudios y que establecería una suerte de canon[11].

Mayor importancia que revistas y antologías alcanzaron en estas dos décadas las colecciones literarias,  mucho más numerosas que hasta entonces, como se ha indicado. De los años cincuenta procedían Orejudín, con una buena muestra del grupo de Niké en su repertorio y las tan breves colecciones Alcorce (poesía), Dezir (narrativa y teatro) y Raíz (ensayo) de la editorial Coso Aragonés del Ingenio, promovida por Emilio Alfaro, José Antonio Anguiano, Emilio Gastón y Joaquín Mateo Blanco, con Fernando Ferreró y Manuel Pinillos, como principales contribuciones.

De los sesenta es Poemas, una de las más longevas -llegó casi al cuarto de siglo-  e importantes colecciones aragonesas de siempre. Creada, dirigida y editada por Luciano Gracia, su primer número, Nada es del todo, firmado por Manuel Pinillos, es de 1963 y de 1986, el número 56 y último, Los ojos verdes del búho de José Luis Rodríguez. En ella, con especial protagonismo del Grupo de Niké, figuran gran número de los más significados poetas aragoneses de su tiempo, mientras que la presencia de vates foráneos es escasa[12].

Fuendetodos (1969-1973) con dieciocho números, dirigida por Julio Antonio Gómez, fue, sin duda, la colección más brillante por el lujo de su edición y la calidad de sus contribuciones. Dejando fuera los aportes de poetas como Aleixandre, Celaya, Rosales o Leopoldo de Luis, entre otros, en ella publicó Miguel Labordeta Los soliloquios y las póstumas Obras completas. Julio Antonio Gómez, su fundamental Acerca de las trampas y José Antonio Labordeta, Cantar y callar, que incluía su primer disco, un EP con cuatro canciones, y Tribulatorio. Luciano Gracia (Hablan los días), Manuel de Codes (La mano en el sol) e Ildefonso Manuel Gil (Luz sonreída, Goya, amarga luz), completaban el elenco aragonés de esta iniciativa tristemente truncada.

Gómez, Julio Antonio-Acerca de las trampas

De corte institucional y vinculada al premio del mismo nombre, la colección San Jorge de la Institución Fernando el Católico arrancó en 1969 con la publicación de Fábula del tiempo, el segundo de los libros de Rosendo Tello y cerraba la década con el número 20, Baladas a dos cuerdas (1979) del mismo autor. En ella, que se prolongó en el tiempo con el nombre de Isabel de Portugal, alternaron en esta época poetas veteranos con otros emergentes, entre los que Ángel Guinda, José Luis Alegre Cudós y Ana María Navales fueron los más perseverantes en el oficio poético.

La colección Horizontes (1974-1976) de la editorial Litho Arte, dirigida por el italiano Carlo Liberio del Zotti, con 11 números, y Puyal (1975-1982), tutelada por Ángel Guinda, con 22, fueron las otras colecciones de relativa importancia en el periodo. Esta última consiguió un significativo número de suscriptores que posibilitaron su pervivencia y reunió varios nombres prestigiosos en su catálogo.

Aunque fuera de Aragón, la muy divulgada y prestigiosa colección barcelonesa El Bardo, de José Batlló, que había realizado su servicio militar en Zaragoza, otorgó un sensible protagonismo a los poetas aragoneses y en ella publicaron Miguel Luesma (Poemas en voz baja, 1966), Miguel Labordeta (Punto y aparte –antología- 1967 y Autopia, 1972), Francisco Carrasquer (Vísperas, 1969), Raimundo Salas (Las piedras y los días, 1971), Fernando Villacampa (Juegos reunidos, 1971); Anchel Conte (No deixez morir a mia voz, 1972), José Antonio Labordeta (Treinta cinco veces uno, 1972 y Poemas y canciones, 1976) y  Rosendo Tello (Libro de las fundaciones, 1973).

Con todo ello, fue el luego llamado Grupo Niké el principal aglutinador de los poetas aragoneses, que escribieron en estas décadas, casi todos nacidos entre 1927 y 1935. Como es sabido, en el café Niké[13] -mucho más cafetería que otra cosa- sito en la calle Requeté Aragonés (hoy, 5 de marzo) se reunía una tertulia de aspirantes a artistas en la que predominaban los poetas y cuyo principal instigador fue Miguel Labordeta, al que, de alguna manera, se le reconocía tanto lo superior de su genio como la autoridad deparada por su mayor edad. No existe una bibliografía consistente acerca del grupo en sí (VV. AA., 1984; Lorenzo de Blancas) pero puede decirse claramente que no hubo unidad estética, ideológica ni personal en el grupo en cuestión, cuyo núcleo duro, con M. Labordeta, de nuevo a la cabeza, fundó la OPI (Oficina Poética Internacional), esta sí, mucho más cohesionada. A sus componentes los caracterizó una preferencia por el humor con ramalazos surrealistas, que muchas veces se quedaba en boutade, el gusto de algunos por la marginalidad y el malditismo, bien matizado por otros, que arrastraban el estigma de un origen campesino y/o una larga vivencia seminarista. Fueron, seguramente, Julio Antonio Gómez y Luis García Abrines los menos timoratos para estas cuestiones pero no se trata aquí de hacer sociología de un dudoso conjunto de poetas provincianos, más bien poco intelectualizados, sino de pasar revista a lo mejor de su creación poética.

Café Niké

Cafetería Niké

Pero antes de meternos en harina con Miguel Labordeta y sus secuaces, hay que citar a otros poetas nacidos en las primeras décadas del siglo, que publicaron durante el periodo que nos ocupa. En primer lugar, Ramón J. Sender (1901-sender-libro-armilar0011982), que aunque había escrito poesía al menos desde 1918, año en que en el alcañizano El Pueblo publicara su poema “Las nubes blancas”, y había incluido poemas en libros como Crónica del alba, no se decidió a reunir su poesía hasta 1960, año en el que publicaría en Méjico Las imágenes migratorias. En 1974 refundió y aumentó la citada obra en el voluminoso Libro y Memorias bisiestas, que puede considerarse como la edición definitiva de su lírica y que, en un jugoso prólogo, contiene lo que podríamos considerar un testamento poético. Sender apreció mucho esta vertiente de su creación aunque despertara poco interés entre los estudiosos (Barreiro, 1998ª; Tello, 2004). El soneto fue su estrofa preferida y privilegió la disposición combinatoria y estructural del material poético en una lisis lírica en la que los elementos simbolistas y herméticos se interaccionaban con los resabios vanguardistas, que nunca lo abandonaron.

Ildefonso Manuel Gil (1912-2003) había publicado alrededor de una decena de poemarios desde que en 1931 se estrenara con Borradores pero cuando en 1968 la santanderina colección La Isla de los Ratones edita Los días del hombre, lleva once años sin publicar poesía. Pese a que todavía oficia de profesor en los USA, donde se jubilaría en 1982, se desquitará en el decenio de los setenta en los que da a la luz seis obras líricas: De persona a persona (1971), colección de poemas dedicados a amigos, Luz sonreída, Goya, amarga luz (1972), edición ampliada de su Homenaje a Goya (1946), Poemas del tiempo y del poema (1973), Elegía total (1976), sobre el desastre nuclear y, quizá, el más relevante de este periodo, Diez poemas de amor y una antología paisajística, Hombre en su tierra, ambas de 1979. Ildefonso había abandonado sus veleidades vanguardistas y se inclinaba un punto hacia lo clásico, matizado por el individualismo, la mirada bronca y la queja cívica, rasgos muy propios de su idiosincrasia. Al contrario de lo que sucede con Sender, I. M. Gil es un poeta sobre el que abunda la bibliografía: (González Soto; Hernández Martínez; Hiriart (1981 y 1984); Martín Zorraquino…)

Manuel Pinillos (1914-1989) es seguramente el poeta aragonés más prolífico en la década de los sesenta en la que edita nueve títulos en colecciones diversas. Tres de ellos corresponden a 1962: En corral ajeno, Aún queda sol en los veranos y Esperar no es un sueño. Vendrán después, Nada es del todo (1963), Atardece sin mí (1964), Lugar de origen (1965), De menos al más (1966), Viento y marea (1968) y Hasta aquí, del Edén (1970). Aminorará  su producción durantr el decenio siguiente, en el que aparecerán dos títulos: Sitiado en la orilla (1976) y Viajero interior (1980).

Su edad, algo más elevada que la de los poetas de Niké, el haber obtenido en 1951 el premio Ciudad de Barcelona, la frecuente presencia en revistas de ámbito nacional, junto a su condición de crítico de poesía, labor que ejercía en Heraldo de Aragón y su carácter difícil y atrabiliario dificultaron su adscripción a grupos y corrientes, todo ello incrementado por su independencia de criterio. Pinillos fue un poeta casi “profesional” con dedicación exclusiva a su menester y numerosísimas sus actividades en torno  a su oficio.

En sus libros de este periodo alterna lo existencial y lo vitalista, como lo hacen lo introspectivo y lo social. Uno de los más interesantes es Lugar de origen, prologado por Camón Aznar y que acoge como escenario a la odiada y querida ciudad de Zaragoza. Destacables son también Hasta aquí del Edén y Sitiado en la orilla, uno y otro bien representativos de la variedad de registros de un creador al que muy pocos senderos de la lírica contemporánea le fueron desconocidos.

pinillos-manuel_dibujo-de-barbosaÉl, que fue un excelente crítico, quizá tuvo dificultad para deslindar lo más valioso de su producción lírica y prescindir de lo accesorio, por lo que su obra es muy desigual. En ella predomina el tono existencial y la forma discursiva en la que afloran los borbotones de la pasión pues Pinillos no podía dejar de ser sincero y desgarrado, siempre con una clara inclinación a los extremos ejemplificados por Eros y Tánatos, junto a la consabida aspiración o nostalgia del ideal inaccesible, llámese paraíso perdido, luz, útero materno o hermandad universal. Su poesía, más enérgica que admirable estéticamente, muchas veces convulsiva por su apasionada necesidad de comunicación, le forzaba a la precipitación y, cuando respondía al ansia de conocimiento, el tono solía ser gris. Pesimista y rebelde, su estilo, directo y rotundo, logra sus más altas cotas al pulsar sus íntimas efusiones. Puede sorprender al lector de hoy su trazo desmañado, que no venía tanto de su ansiosa hiperactividad lírica como de su contumaz aversión por los formalismos y de su odio a esteticismos retóricos. Su obra, bien estudiada, principalmente por Calvo Carilla (1989) y Martínez Barca, ha merecido varias antologías.

La difusión de la obra poética de Francisco Carrasquer (1915-2012), militante e intelectual libertario con un directo protagonismo en la Guerra Civil y la posguerra, fue víctima de  su condición de exilado en un país de lengua no hispana y con una vida muy complicada hasta su asentamiento en Holanda como profesor en la universidad de Leyden. Su primer poemario, Cantos rodados (1956), había sido editado en Ámsterdam, mientras Baladas del alba bala aparecería en La Isla de los Ratones, precisamente, en 1960. Años más tarde, El Bardo daría a las prensas Vísperas (1969), que sería maltratado por la censura y Carrasquer no volvería a publicar poesía hasta muchos años después[14]. Aunque sea un poeta que se caracteriza por su variedad de tonos o registros (intelectual, elemental, épico, existencial, social, amoroso…), es posible encontrar ciertas constantes personales que proporcionan a su lírica la singularidad y originalidad, a las que hizo referencia Gimferrer en el texto que dedicó a ella.

Baladas del alba bala tiene como leit-motiv temático los fusilamientos al amanecer, tan usuales en la guerra y postguerra españolas pero en ningún momento el libro alude a concreciones que pudieran hacer pensar en un libro estrictamente militante o de mera denuncia. La cosmovisión de Carrasquer trasciende lo político y se adentra en lo existencial dentro de una óptica más camusiana que sartriana y, por tanto, más humanista, más moderna, más inteligente. Los veintiocho poemas que forman Baladas del alba bala recorren tanto el estupor y la violencia de ajusticiados y verdugos como la muda presencia del mundo en torno, inocente y culpable, que, al mismo tiempo que se integra en la inerme estupefacción de los condenados conforma un marco frío y pavoroso que parece prefigurar el asesinato.

Luciano Gracia (1917-1986), de origen humilde y formación autodidacta, al que se nombró como uno de los más gracia-luciano-x-alconimportantes editores de poesía aragonesa y también moldeado alrededor del grupo de Niké, en el que lo introdujo su amigo y también impresor, Guillermo Gúdel, no comenzó a publicar hasta al llegar a la cincuentena. En su propia colección estampó sus dos primeros títulos, Como una profecía (1967) y A Isabel, verso de piedra (1968). Les siguieron Hablan los días (1969) en la colección Fuendetodos, que supervisó, Vértice de la sangre (1974), ganador del Premio San Jorge y Creciendo en soledad  (1978).

Su vocación lírica fue muy intensa y sus versos, de tono humano y elegiaco, acusan la influencia de Miguel Hernández, César Vallejo y Neruda. Hombre del pueblo, no falta en ella la preocupación social, especialmente en Hablan los días pero es, sobre todo, la epifanía de la emoción su virtud más destacada. Su primer libro, con el que ganó el certamen “Amantes de Teruel”, gira en torno al amor. La pasión y el desgarro, tan característicos en su tono poético, son los protagonistas de Vértice de la sangre y Creciendo en soledad. Intenso hasta la desmesura, los temas oscuros, desde la tristeza hasta la muerte, se comunican en su lírica con sencillez arrebatada. Un aire coloquial convive con el tono trascendente, de modo que lo existencial, con su cohorte de dolor, barro y lucha, se bate con la tópica aspiración a la belleza y al ideal inaccesible.

En la década de los ochenta todavía se publicarían tres poemarios más -dos de ellos póstumos- y obtendría el reconocimiento de su tierra, al serle dedicadas una plaza en su pueblo natal, Cuarte de Huerva y una calle en Zaragoza. Sobre su trayectoria: Pérez Lasheras-Melero. Acerca de su poesía: Gil; Pérez Lasheras (1987 y 1996). 

Guillermo Gúdel (1919-2001) había publicado únicamente cuatro plaquettes en 1959, antes de dar a las prensas en 1970 Égloga nueva de la tierra propia. Persona de gran modestia y con una trayectoria vital llena de desdichas y contratiempos, pese a su gran amor por la poesía, apenas se ocupó de promocionar la propia producción y, como impresor vocacional, editó por cuenta propia y con pequeñas tiradas la mayoría de sus muy numerosos libros. Gran parte de ellos salieron a la luz a partir de 1980.

Colaborador de Julio Antonio Gómez en Papageno y de Luciano Gracia en Poemas. Égloga nueva de la tierra propia, poemario de raigambre clásica, refleja la trayectoria del poeta imbricado en su territorio. Sus dos siguientes libros: Los pasos cantados, (1975) y Las tristes noticias y Más tierra de España (1980), como buena parte de su obra, resultan una suerte de refugio lírico frente a lo que fue su poco afortunada peripecia vital y ostentan una veta lírica transida de sereno dolor. De correcta factura y hondo sentimiento, un oscuro destino parece cernirse sobre sus versos, existenciales y marcados por la angustia de la temporalidad. Es uno de los pocos poetas aragoneses contemporáneos que cuentan con una biografía: Gracia-Diestre.

Mariano Esquillor (1919-2014), albañil de militancia cenetista hasta la Guerra Civil, se acercó muy tardíamente a la poesía con la publicación en la imprenta de Luciano Gracia de Poemas internos (1971) y La colina eterna (1973), ésta ya en la colección Poemas. Apartado de grupos y círculos culturales, fue alcanzando una limpidez expresiva dentro de unos tonos entre surrealistas y místicos, que en la última época de su larga vida le deparó muchos devotos. En 1975 la colección San Jorge acogió Desde mi tienda alcanzada. Balada a la tierra y la breve pero activa colección Litho Arte, Hielo y libertad y, un año después, Noches y albas. Su acelerado ritmo de publicación propició tres libros más al final de la década: Oda de látigos. Helíaco (1977) y ya en colecciones fuera de Aragón,  Mi compañera la existencia y apuntes de un vagabundo (1979) y Mensaje a Fenicia. Luz, sombra y silencio. Vida, guerrilla y muerte (1980).

La innegable belleza formal de sus versos y su capacidad de sugerencia lo convirtió en un poeta de culto en ciertos ámbitos poéticos[15]. Sin embargo, publicó demasiado aceleradamente (más de veinte títulos hasta su muerte y decenas de inéditos) y sus libros se parecen demasiado entre sí, con lo que es probable que, de haber aquilatado más los contenidos y estructurado su obra, hubiera dejado un poso más duradero. 

Miguel Labordeta y su pipaMiguel Labordeta (1921-1969) es sin discusión la figura mayor y más influyente de la poesía aragonesa de este periodo  en el que se produce su temprana muerte. Con la mayor parte de su breve obra publicada, en 1961 aparece sin embargo, uno de sus grandes aunque breves libros, Epilírica, publicado en una colección bilbaína. La censura redujo a siete sus nueve poemas, a pesar de que los prohibidos habían aparecido ya en  revistas. El poemario constituye el cierre de una etapa lírica y la apertura de otra, que llamará Metalírica. Un año antes de su muerte, la colección Fuendetodos se inaugura con una de sus mejores creaciones, Los soliloquios (1969). El cambio de orientación de su poesía deriva en un volcarse hacia el experimentalismo, privilegiando la ruptura formal y dando entrada a un mayor componente irracionalista. Sin embargo, conserva rasgos ligados a su poesía anterior como son el verbalismo y la tendencia antirrealista, mientras se exacerban otros, empezando por el verso libre, al que siempre fue fiel y que aquí se combina con distintas audacias tipográficas, muy en línea con las corrientes españolas de la época. En 1972 El Bardo publica el inconcluso Autopía, en edición preparada por su amigo y contertulio de Niké, Rosendo Tello para el que el libro supone “un ahondamiento circular centrípeto más depurado, en el sentido juanramoniano”. Las rupturas de Los soliloquios se incrementan en esta obra, en la que las audacias tipográficas no ocultan un poderoso lenguaje poético, que se impone a lo accesorio.

Prueba de la trascendencia de Miguel son las Obras completas[16], publicadas por Fuendetodos en 1972 y las antologías de sus poemas que aparecen en estos cuatro lustros: la de El Bardo titulada Punto y aparte (1967), Pequeña antología (1970), publicada en Palma de Mallorca y La escasa me rienda de los tigres (1975) en Barral Editores.

Miguel Labordeta supo conjugar un romanticismo de base con una veta antirretórica; un verbalismo casi apocalíptico y mesianista, que transmitía en sus versos la sensación casi cernudiana de alguien que quería estar de viaje, huir, no participar en la mascarada sangrienta; un buceador en el misterio de la palabra que utilizó como nadie los coloquialismos; un escritor, al fin, que influyó poderosamente en la poesía aragonesa de la segunda mitad del siglo XX, a pesar de que, como bien destacó Ricardo Senabre, él fuera el destinatario de su propia escritura, contemplándose incesantemente, utilizando unas y otras técnicas de desdoblamiento.

Aunque poco leído fuera de Aragón, la figura y la obra de Miguel Labordeta han recibido abundante atención bibliográfica. Entre otros: Alonso Crespo, Ferrer Solá (1983), Labordeta-Delgado, Romo, Crespo, Ibáñez, Pérez Lasheras-Saldaña, VV.AA (1977, 1985, 1994).

Personaje singular, desde cualquier punto de vista, Luis García-Abrines (1923) abre y cierra este periodo con dos libros García-Abrines con bigotetambién singulares, Así sueña el poeta en sus palabras (fragmentos de unos evangelios apócrifos) (1960), número 6 de la colección Orejudín reeditado por la DGA cuarenta años más tarde, y Ciudadano del mundo (1980) publicado por el propio autor en New Haven (USA), su lugar de residencia desde mediados de los años cincuenta, adonde marchó, incapaz de soportar la mediocridad estética y social de la España franquista. El primero se acoge en todo momento a los principios vanguardistas, desmitificadores y corrosivos consustanciales al autor zaragozano y se considera el primer libro de colajes que apareció en España[17]. No es un libro de poesía pero sí puede considerarse un libro poético. Ciudadano del mundo es una obra que desde su título homenajea al espíritu de Miguel Labordeta, con el que García-Abrines tuvo larga amistad y correspondencia. Libro originalísimo, lleno de humor y ocurrencias en la onda de un dadaísmo baturro, con acercamientos al caligrama, a la poesía concreta, al microrrelato y, en fin, vademécum de una creatividad y una sensibilidad singulares, breviario antológico de las formas poéticas del siglo XX y confesión de parte del amor a su tierra es, lamentablemente, una obra casi desconocida. Un acercamiento a la misma (Barreiro, 2006).

En el mismo 1980 José María Aguirre (1924-2004) publica el que sería su primer libro poético, Londres. Ensayo sobre un cierto tiempo. Aguirre había desarrollado una destacada intervención en la vida cultural zaragozana de los años cincuenta y creó, además publicaciones de prestigio, como Almenara / Alcandara (1950-1952) y Ansí (1953-1955). En 1955 se trasladó a Gran Bretaña como profesor universitario y, una vez jubilado, a Francia, el país de su mujer. Tal vez por su alejamiento de España publicó tardíamente su primer libro de poemas, que solo tuvo continuidad diez años después, con su Libro de meditaciones.

Aunque nacido en Alcázar de San Juan, Antonio Fernández Molina (1927-2005), puede formar parte de la poesía aragonesa por sus treinta años de residencia en Zaragoza -desde 1975 hasta su muerte- y por su amistad con Miguel Labordeta, con el que compartió empresas poéticas, especialmente, como redactor-jefe de Despacho literario. Poeta-pintor, caso extremo de vanguardista a ultranza y fidelidad a la propia estética, es imposible despachar en unas líneas la labor de este intelectual incansable que, sólo en estos veinte años, publicó alrededor de quince libros de poesía, amén de los vinculados a otros géneros. Quizá, destacar Platos de amargo alpiste (1973) y La flauta de hueso (1980). Su producción torrencial y sus propios principios estéticos quizá le impidieron filtrar la calidad de su extensa obra, que a veces dio a conocer bajo heterónimos pero, de cualquier modo, su figura es imprescindible en el panorama poético y cultural español de la segunda mitad del siglo XX (Arrabal; Calvo Carilla, 2007; VV.AA., 2005).
En el periodo estudiado, Fernando Ferreró (1927) es el más veterano superviviente del Grupo de Niké, del que formarán parte varios muchos de los poetas tratados a continuación, como M. Luesma, I. Ciordia, R. Tello, J. A. Gómez, E. Gastón, J. A. Labordeta y J. A. Rey del Corral. No se insistirá más sobre la citada tertulia, pues ya se vio que no constituía un conjunto homogéneo sino un lugar de reunión desde el que expresar una suerte de diferencia. 

Ferreró, que había publicado sus dos primeros poemarios, Acerca de los oscuro y Hacia tu llanto ahogado, a finales de los cincuenta, sacó a la luz en 1970 uno de sus mejores títulos, De la cuestión y el gesto, pero no volvería a publicar hasta 1988. Desde entonces, su ritmo de publicación ha sido mucho más acelerado y su poesía, conceptual, desnuda, difícil, precisa y decididamente antirretórica, le ha convertido en una de los poetas aragoneses más apreciados por las minorías cultas en los últimos tiempos (V. Barreiro 1998b).

Miguel Luesma (1929-1912) se dio a conocer en 1965 con Sólo circunferencia, aparecido en la colección Poemas. Su poesía, entre metafísica, cosmogónica y social, tuvo una buena acogida crítica y obtuvo varios premios, dentro y fuera de Aragón. Así, El Bardo le publicaría en 1966 Poemas en voz baja, a los que siguieron Las trilogías (1968), Sembrando en el viento (1971), En el lento morir del planeta (1972), Antología (1973), Aragón, sinfonía incompleta y Acordes para andar por un planeta vivo (1979). El hombre, el cosmos, el amor y los contextos de su Aragón natal son los temas fundamentales de este poeta que combina el tono existencialista con lo idealista y lo elegiaco. Estudiado por Castilla y González Plumed.

Con sólo dos poemarios, Cafarnaum, (1965) y Estuario (1975), publicados en la imprenta de Luciano Gracia  José Ignacio Ciordia (1930-2012), muy vinculado a los hermanos Labordeta, fue un “raro”, tan cáustico como huidizo, que no hizo ningún esfuerzo por entrar en el canon de la poesía aragonesa. Ya totalmente retirado de la vida pública, una edición crítica de su poesía preparada en 2009 por Ignacio Escuín es la muestra y el estudio más completo de su breve obra.

Rosendo Tello (1931) es hoy el poeta más reconocido en Aragón, tanto por la profundidad y belleza formal de su obra Tello, Rosendo con Horuscomo por la coherencia de su sentido. Con sólo un breve, aunque muy pensado estética y estructuralmente, poemario de 1959, reaparece con Fábula del tiempo (1969), ganadora del Premio San Jorge. El título en cuestión parte ya de un planteamiento, de un proyecto lírico que seguirá a lo largo de su trayectoria.

Sus libros siguientes constituyen una pentalogía cuyos títulos no aparecieron en el orden que los concibió el poeta: Libro de las fundaciones (1973), Paréntesis de la llama (1975), Baladas a dos cuerdas (1979), Meditaciones a medianoche (1982)  y Las estancias del sol (1990). En ellos aflora ya el rigor formal, la deslumbrante precisión rítmica y el sometimiento de una indomeñable intensidad emocional. El designio y la necesidad de creación de una imaginación y un mundo poético dan cauce a una originalísima reflexión en la que fuerza telúrica y necesidad de trascendencia se baten, dando lugar a una expresión oscura y luminosa, a una mística panteísta y existencial, a un latido lírico bronco y, a la vez, sutil y destellante.

La abundancia de imágenes, tanto de filiación vanguardista, como clásica, que habitan su poesía enlazan con la reflexión desnuda, el anhelo de fundación yel tono que combina lo elegiaco, lo profético y el melancólico distanciamiento. Pero siempre, una música esencial, unaa estudiada disposición de acordes y disonancias, una poderosa fe en la palabra

Rosendo, cuyas obra poética completa, El vigilante y su fábula, aparecería en 2005 seguirá publicando hasta hoy mismo pero hasta hace unos años la atención crítica hacia su obra había sido escasa, salvo las consabidas reseñas pergeñadas a la aparición de cada libro. Los trabajos más extensos: Molina Campos; Barreiro (1986); Pérez Lasheras, (1996, 241-249); L. F. Alegre;  Mainer; Vilas.

Gómez, Julio Antonio-Foto Joaquín Alcón002Julio Antonio Gómez (1933-1988) fue, junto a Miguel Labordeta, la figura más interesante de la tertulia Niké y un muy dotado poeta aunque de escasa producción. Su humor, sus anécdotas y su homosexualidad -más desinhibida de lo habitual en la época- lo han convertido en una referencia casi legendaria. Durante los cincuenta, quedó sin publicar su primer libro,  Los Negros, con el que en 1955 había ganado el premio Doncel de Oro y Papageno (1958-1960), la revista editada a sus expensas, sacó únicamente dos números. El segundo constituyó la primera edición de la labordetiana Oficina Horizonte, con un anejo que pasó a ser el primer libro editado por Julio Antonio, Al oeste del lago Kivú los gorilas se suicidaban en manadas numerosísimas. 

En la tan citada colección Fuendetodos, por él creada, publicó la que sería su última obra en vida, Acerca de las trampas (1970), uno de los poemarios más originales y potentes de la poesía aragonesa. En Julio Antonio Gómez, vanguardia, existencialismo y epigonía de Elliot y del teatro del absurdo dieron lugar a una poesía de gran singularidad, no poca rebeldía y muy pugnaz lenguaje que, pese a su calidad, apenas tuvo repercusión. Hoy su valor está en alza y su capacidad para la metáfora, junto a la fuerza e intensidad de su palabra, convierten la lectura de su poesía en una experiencia original y potente. Su obra y figura, reivindicadas póstumamente en ediciones académicas, dan cuenta de una de las escasas llamas de la poesía aragonesa del siglo XX. Pérez Lasheras, 1992; 1993: Saldaña, 1993; 1994; 1998.

Ana María Navales (1934-2009), de personalidad muy dinámica, desde sus inicios poéticos con Silencio y amor (1965), al que siguieron la plaquette, Otra virtud (1970), En las palabras (1970) y Junto a la última piel (1973), estos dos últimos publicados en Barcelona y Caracas. Con Restos de lacre y cera de vigilias (1975) empieza a encontrar su camino y, especialmente,  en el poemario Del fuego secreto (1978), la primera obra en que ella misma consideró que se expresaba con madurez. En Mester de amor (1979) se concretan sus obsesiones en torno a la frustración y el inconformismo, además de desarrollar una voluntad polémica, incluso con sus propios fantasmas personales. Pérez Lasheras, afirma que cada libro suyo “es una invitación a un viaje interior, a un proceso de introspección -viaje a los infiernos, también- (…) una evolución continua de un mundo ya perfectamente estructurado en torno a una serie de imágenes, mitemas y metáforas obsesivas”. Fue una poeta prolífica con clara tendencia al intimismo y la lengua cuidada y reflexiva. La preocupación por el ritmo y la presencia de matices cruzados de introspección y el culturalismo le proporcionan un tono de personal trascendencia.

Su gran vocación hacia las Letras propició una gran actividad como crítica literaria, antóloga de la moderna poesía y narrativa aragonesas y copropulsora de revistas literarias como Albaida (1978-1979), con Rosendo Tello y, desde 1984, Turia, con Raúl Carlos Maícas. Obtuvo también numerosos premios. Su poesía ha sido estudiada principalmente por Ferrer Solá (1991); Pérez Lasheras (1996, 331-342)  y Alarcón.

Hombre vocacional y personaje lírico por antonomasia es Emilio Gastón (1935), cuyo ritmo de publicación ha sido muy desigual. Pese a haber sido asiduo de Niké aparece tardíamente con El hombre amigo mundo (1976), Y como mejor proceda digo (1976) y Pronunciamiento (1978), todos publicados en la colección Poemas. Con una lengua muy personal, con claros ecos de César Vallejo y Miguel Labordeta, es el poeta de la solidaridad con el dolor y la inocencia primordial del hombre. Su tono épico, no desprovisto de ironías, alcanza a veces rasgos retóricos, imbuidos de un proteico amor a la humanidad y la libertad del hombre.

Aparte de reseñas, no existen estudios sobre la poesía de Gastón; pueden verse algunas notas sobre ella en Horno Delgado y Tello.

Gastón_Foto en El hombre amigo mundo006

La figura pública de José Antonio Labordeta (1935-2010) escondió en parte la del poeta, que fue su vocación primordial. Bajo el manto de su hermano pero con tonos diferentes, debutó en su colección Orejudín con Sucede el pensamiento (1959) pero fue en su rica etapa turolense cuando terminó de conformar su mundo personal sin abandonar por ello el patronazgo estético-social de Miguel y César Vallejo, tal como hemos visto ocurrió en Emilio Gastón.

De 1965 es Las sonatas, ya con maneras reconocibles del Labordeta popular y, sobre todo, su libro de Fuendetodos, Labordeta, J A-Treinta y cinco veces uno001Cantar y callar (1971), que incluía un disco con cuatro de sus primeras canciones. Treinta y cinco veces uno (1972) es, seguramente, su mejor y más intenso libro. La obsesión por el vacío, la desolación, la desesperanza, la mediocridad provinciana, el desamparo existencial aparecen en él con una lengua que utiliza recursos estructurales y sintácticos de estricta modernidad. Paisajes batidos por el viento, un mar sin fondo, la desazonante inquietud por la ausencia son una secuela de la desaparición de su hermano y maestro pero, también, muestra de una grieta antigua y mal suturada, una ansiedad por la vuelta al origen, un gemido existencialista y profundamente solitario. Tribulatorio (1973), como el acertado título anuncia, sigue la misma onda de lírica pesadumbre. Hay en el poeta un metafísico y es en sus alusiones a lo telúrico, a lo preternatural, a lo incomprensible del mundo y lo hondo de su conciencia cuando consigue sus mejores registros. Menos original y convincente resulta cuando incide en lo social.

Poemas y canciones (1976) contiene versos volanderos, como los que realizó para la exposición barcelonesa del pintor Fernando Peiró Coronado y anuncia ya los textos  de su etapa pública, aunque nunca abandonará la edición de su poesía y, hasta su muerte, estará en sus lecturas y en sus ocupaciones profundas. Los trabajos más completos: Aguirre; Escuín-Pérez Lasheras y Pérez Lasheras, 2011.

José Antonio Rey del Corral (1939-1995), Tras una niñez y juventud viajeras, como hijo que fue de militar, al aterrizar en Zaragoza se incorporó a Niké, donde fue uno de los más jóvenes asistentes que, como tantos otros, debutó en la colección de Luciano Gracia con Poemas de la incomunicación (1964), libro melancólico y existencial. En 1967 el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá le concedió una beca en Colombia, donde se especializaría  en literatura hispanoamericana y publicaría Cantos colectivos, cuyo título marca ya una de las orientaciones de su lírica, más solidaria que combativa. Tras enseñar también en Panamá, volvió a Zaragoza en 1974 y, poco después, publicaba Tiempo contratiempo (1977), compuesto de 119 bellos sonetos. Cancionero de dos mundos (1978), estará formado principalmente por décimas y romances, como corresponde a su orientación popular pero exigente expresivamente. En el futuro su lírica iría cuajando hasta sus últimos libros en los que estuvo marcada por la introspección y su particular obsesión por el paso del tiempo. En ellos alcanza a combinar madurez expresiva y distanciada intensidad. Estudios: Hernández Simón; Pérez Lasheras 1999; Pérez Lasheras-Rodríguez García; Cortés.

 

En la década de los setenta otros muchos poetas, ajenos por su juventud al Grupo de Niké, van a incorporar sus publicaciones al corpus de la poesía aragonesa. Es de resaltar la convulsión que suscitó en los jóvenes la salida a la calle de la antología Nueve novísimos, que junto al torrente de novedades presidida por la llegada de ediciones de los poetas del 27 y del exilio, las traducciones de poetas europeos y, especialmente, norteamericanos con la Beat Generation a la cabeza, alteró rápidamente los modelos poéticos de los jóvenes.

 Uno de los fundamentales, malogrado en pleno disfrute de su madurez creativa, fue Ignacio Prat (1945-1982). Tras sus primeros versos, publicados en la zaragozana revista Poemas (1963), editó alguna plaquette, pero hasta después de su muerte no apareció un libro con garantías de difusión para su obra. Así, en 1983 José Luis Jover editó para Pre-Textos la antología Para ti 1963-1981, que recogía lo fundamental de su poesía. Por publicarse en periodo posterior al objeto de nuestro estudio, obviamos aquí la descripción y comentario de su difícil y fascinante mundo poético.

guinda-angel-xCon obra muy abundante publicada en los setenta, Ángel Guinda (1948) es uno de los casos de vocación y entrega más arraigada de la lírica aragonesa contemporánea y fundador de una escuela poética, sin sede ni programa pero muy fiel y activa, desde hace varias décadas hasta el presente, que resultó dinamizadora para las nuevas generaciones poéticas. Es verdad que su poesía de esta época presenta las imperfecciones y balbuceos propios de los inicios pero también es patente la voluntad del autor por ir alcanzando una expresión lírica más arriesgada y personal, a veces utilizando una suerte de malditismo tremendista. Una vez más, los comienzos de un poeta aragonés se sustancian en la colección Poemas, en este caso con La pasión o la duda (1972). Seguirán Las imploxiones (1973), Acechante silencio (1973), Canto en el exilio (1973), Encadenadamente liberándonos (1974), La senda (1974), El pasillo (1974), Ataire (1975), Entre el amor y el odio (1977) y Testamento, (1977). Nada menos que diez libros en seis años para culminar en 1980 con su primera obra importante, Vida ávida (1980), publicada en la hoy ya veterana colección Olifante, inspirada por él y dirigida por quien fue su primera mujer, Trinidad Ruiz Marcellán. Título que, además, fue un éxito editorial, teniendo en cuenta el escaso marco de difusión de la poesía en Aragón. Dado que la parte más significativa de su obra se desarrolla en los decenios siguientes, como en el caso precedente, excusamos otras referencias.

Otro poeta que irrumpió con fuerza en los últimos años del franquismo fue el oscense José Luis Alegre Cudós (1951), a raíz de ganar el premio Adonais con Abstracción del diálogo del Cid Mío con Mío Cid, publicado en 1973. No fue el primero ni el último de los muchos galardones que obtendría, con lo que se ganó una justificada fama de niño prodigio, acompañada de cierto talento para la autopromoción, actitud más bien ausente en los poetas nacidos en la primera mitad del siglo y no tanto en algunos de quienes lo hicieron después. Aunque como creyente en la indiferenciación e integración de géneros, Alegre Cudós los tocara todos, nos ceñiremos al poético, bien representado en ese primer libro discursivo, audaz y experimentalista, como los que vendrían después. En Ridícula prosaica rítmica verborrea (1975) utiliza la forma del soneto, que dominaba formalmente, para una reflexión metaliteraria nunca exenta de rebeldía. En 1976 prolonga sus tientos vanguardistas, introspectivos y, a la vez, corales con dos nuevos libros: En un despoblado canta el poeta su rendición incondicional e Instinto de conversación. Uno de sus mejores títulos es Poema de réquiem y de luces (1977), texto simbólico y exultante y, como afirma su entregado prologuista, Francisco Ynduráin, “canto erótico de afirmación corporal, concebido como todo un acto natural de amor”. Primera invitación a la vida obtuvo el Premio Boscán en 1975 aunque no fuera publicado hasta 1979 contrasta temáticamente con el último título de este decenio, Poema del sentir (1980) que, como el propio poeta indica, propone un canto natural a la muerte.

Alegre seguiría publicando poesía hasta finales de la década de los ochenta en que su voz se fue disipando entre nieblas personales. Pese a su constante preocupación por el lenguaje, su calidad expresiva y sus esfuerzos renovadores, Alegre fue un poeta que alcanzó excelentes críticas pero fue asimismo discutido por su ocasional artificiosidad y, a veces, tildado de tedioso. Sin embargo debe reconocerse su esfuerzo personal y aislado en pro de una poética menos convencional y, a veces, arriesgada. Pérez Lasheras 1996 pp. 441-447.

Habría que citar, finalmente, a una serie de poetas que debutaron en los setenta con alguna fortuna pero que interrumpieron su producción o la desarrollaron fundamentalmente en años posteriores. Entre estos últimos podríamos citar en primer lugar un caso aparte como el de Anchel Conte que, con No deixez morir a mía boz (1972), se apuntó el título de publicar el primer libro de poesía en aragonés en una colección de ámbito nacional y que, además, lograría alguna repercusión en años en los que iban apareciendo otras sensibilidades culturales.

El llamado Grupo Folletos (Javier Barreiro, Eduardo Bru, y Javier Checa) publicó con cierta repercusión ciudadana cuatro cuadernos poéticos entre 1971 y 1973. En 1974 la colección San Jorge daría a las prensas Andén Oeste de Eduardo Bru mientras Javier Checa abandonaba la actividad poética y Javier Barreiro publicaría posteriormente.

Carlos Cezón publicó Réquiem por los caminos ya andados (1972), Interludio de nada (1973) y Las margaritas (1976) antes de abandonar la región para ocupar un puesto de juez. También interrumpió su trayectoria Manuel de Codes[18], autor de Amara (1970) y La mano en el sol (1971), este último título en la colección Fuendetodos.

 

Poetas que publicaron un libro a final de la década iniciando una trayectoria con numerosas publicaciones ulteriores fueron Gerardo J. Alquézar (Oratoria para una generación de desheredados, 1977). Manuel Estevan (Posadas, 1978); Ángel Muñoz Petisme –luego Ángel Petisme- con la plaquette (G)rito 1978); José Luis Rodríguez (Origen de las especies, 1979) y José Verón (Legajo incorde, 1980).

Con dos publicaciones, una de ellas en plaquette (Los signos en el agua, 1976 y Moradas y regiones, 1979), figuran el luego prolífico Joaquín Sánchez Vallés y, también Manuel Martínez Forega (Vestíbulo néumico, 1977 y En el umbral de las ubres: contienda, pausa y urulato, 1978).

 

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                                                                                                  NOTAS

[1] De la misma opinión era José Camón Aznar que, en el prólogo a Lugar de origen (1965) de Manuel Pinillos, escribe: “No creemos que la poesía haya alcanzado nunca en Aragón el actual florecimiento”, p. 5.

[2] Tampoco han abundado en Aragón los estudios de conjunto sobre el periodo y sus poetas: Barreiro (1990; 2010), Capecchi, Domínguez Lasierra (1981; 1997; 2005), Lorenzo de Blancas, Navales, Pérez Lasheras (1996; 1998), Sánchez Ibáñez-Ichaso; VV.AA. (1984)

[3] “Encuesta a críticos, poetas y editores”, Ínsula 565, enero 1994, pp. 11-21.

[4] Ana María Navales figuró como subdirectora.

[5] Finalmente, algunas como Malvaloca, Guadaña, Narra, Glaukopis, Abrotjos… generalmente, promovidas por poetas muy jóvenes y que aparecieron muy a finales de la década del setenta, pertenecen, por su espíritu y actitud, al periodo posterior.

[6] Para un detallado repaso de las revistas y colecciones literarias, Domínguez Lasierra (1987) y Sánchez Ibáñez.

[7] Habría que anotar la Antología de poetas aragoneses, número 48 de la colección Los poetas, publicada en 1929.

[8] Componían el elenco: Mariano Anós, Adolfo Burriel, Aurora Egido, Jorge Juan Eiroa, Carmelo García Comeras, Carlos Lorenzo, Juan María Marín, Socorro Molina, Enrique Pellejer Calamar, María Pilar Pérez Galve, María Pilar Rey del Corral, José Antonio Rey del Corral, Ignacio Prat, José Antonio Maenza y Fernando Villacampa.

[9] El modesto volumen fue promovido por el propio Departamento de Literatura y sufragado por el Rectorado. Los antologados fueron: Ramón Acín, Adolfo Alonso, Luis Bazán, Francisco Fernández Romeo, Ángel Guinda, Benedicto Lorenzo de Blancas, Carlos Lorenzo, Bonifacio Martínez, Héctor Martínez Ferrer, Francisco Ortega, María Pilar Pallarés, Jesús Rubio y Joaquín Sánchez Vallés.

[10] Los nombres incluidos en el primero fueron: Mariano Anós, Benedicto Lorenzo de Blancas, J. Ignacio Ciordia, Fernando Ferreró, Julio Antonio Gómez, Luciano Gracia, Guillermo Gúdel, J. A. Labordeta, M. Labordeta, Miguel Luesma, Manuel Pinillos, J. A. Rey del Corral, Raimundo Salas y Rosendo Tello.

En el segundo: José María Aguirre, José María Alfonso, Juan Emilio Aragonés, J. Javier Barreiro, Manuel de Codes, Anchel Conte, Mercedes Chamorro, Francisco Javier Checa, Emilio Gastón, Ildefonso Manuel Gil, Ana María Navales y Fernando Villacampa.

[11] I. M. Gil, Pinillos, Luciano Gracia, Gúdel, Esquillor, Labordeta, Luesma, Ciordia,Tello, J. A. Gómez, J. A. Labordeta, J. A. Rey del Corral, A. M. Navales, Guinda y J. L. Alegre Cudós fueron los poetas recogidos.

[12] Hay edición facsímil: Pérez Lasheras-Melero.

[13] Inaugurado el 23 de mayo de 1940 en la calle Requeté Aragonés (hoy Cinco de Marzo), estuvo abierto exactamente durante 29 años, ya que cerró el 22 de mayo de 1969, setenta días antes de la muerte de Miguel Labordeta. Varios de los poetas del grupo continuaron durante unos años la tertulia en el Club Radio Zaragoza, cafetería situada en los bajos de un local sito en el cercano Pasaje Palafox.

[14] Vísperas fue publicado en edición bilingüe en Haarlem (Holanda), con prólogo de Lucebert, el más conocido de los poetas neerlandeses. En 1999 el Instituto de Estudios Aragoneses publicó Palabra bajo protesta, una antología. Baladas del alba bala sería reeditado en 2007 por Bartleby. 2007, año en el que le fue concedido el Premio de las Letra Aragonesas, alumbró Pondera… ¡que algo queda! (Alcaraván) y Poesía completa, editada por el ayuntamiento de Tárrega, su ciudad de residencia al regreso del exilio. Todavía en 2010, Prensas Universitarias de Zaragoza publicaría Poemario aleatorio. Por las razones antedichas los estudios sobre la poesía de Carrasquer son escasos: Barreiro (1999 y 2001); Gimferrer; Lucebert.

[15] Especialmente en los formados en torno a Antonio Fernández Molina y Ángel Guinda, de éste es uno de los estudios más amplios sobre el poeta.

[16] En 1983 apareció una edición de Obras completas, debida a Clemente Alonso Crespo y en 2015, Obra publicada, preparada por Antonio Pérez Lasheras y Alfredo Saldaña.

[17] En la presentación, Luis declara su gratitud a Alfonso Buñuel que le descubrió el mundo de los colajes y había reunido un conjunto de ellos en un volumen que desapareció en el Madrid de la Guerra Civil. Todavía editó García-Abrines otros dos excelentes libros de este género: Crisicollages para Luis Buñuel (1980) y, en 1988, Variaciones sobre La donna e mobile (Solo -de gaita- para hombres).

[18] Nacido Madrid pero residente en Aragón desde 1958.

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(Reproduzco el nuevo trabajo senderiano, que publico en el último número de la revista Turia)

Cuando un Sender de quince años envía al diario madrileño Los comentarios el cuento “Eco montañés”, únicamente había publicado cinco artículos en el periódico zaragozano La Crónica de Aragón: “Una noche de ánimas” (31-VIII-1916), “Un domingo de pandereta” (12-X-1916), “Lo puramente castizo” (14-X-1916), “…No sería España” (7-XI-1916) y “Ocurre a veces” (2-XII-1916)[1].

Por estas fechas, eran cuatro los diarios zaragozanos que salían a la calle: Diario de Avisos, Heraldo de Aragón, El Noticiero y el arriba mencionado, cuyo inspirador y fundador en 1915 fue José García Mercadal (1883-1975), de tan profusa y dilatada carrera -más de tres cuartos de siglo- periodística y literaria. El diario, fundado en 1912 con el marbete La Crónica, que en 1915 se convertiría en La Crónica de Aragón, fue uno de los portavoces del regionalismo político, que tanto auge alcanzara en Aragón en los primeros lustros del siglo XX y del que José García Mercadal fue por entonces uno de los principales voceros. Seguramente sería a través de él, a quien pudo conocer por mediación de la otras de su padre, cómo el joven Sender llegara a publicar en la prensa. Es una pena que el fecundísimo y tan vivido García Mercadal no nos dejara unas memorias, pues estuvo al lado de mucho de lo más interesante de la literatura y el periodismo español desde los inicios del reinado de Alfonso XIII hasta el final del franquismo. No obstante, en unas declaraciones al periodista García-Mendoza, recogidas por Vived (2002: 69), García Mercadal recordaba:

Fui mentor de varios escritores que luego resultaron ilustres (hasta estatuables). Un Fernando Soteras “Mefisto”, que murió joven trágicamente; Sender, que si hay justicia, va destinado al Nobel…

Es muy posible que fuera también José García Mercadal, que en noviembre de 1916 se había trasladado a Madrid para trabajar en La Correspondencia de España, quien mediase para que Ramón enviara su cuento a Los comentarios, periódico de reciente creación, cuyo primer número había aparecido el 24 de julio de ese mismo año 1916. Se subtitulaba “Diario independiente” y estaba dirigido por el granadino Rafael Guerrero. En su primer número se descolgaba con un feroz ataque a Romanones, que había impuesto la censura para reforzar la neutralidad española en la Gran Guerra. Muy aliadófilo en apariencia, algunos propalaron la especie de que estaba apoyado por la embajada alemana para que su extremismo[2] perjudicara la causa. Otros opinaban que su único objetivo era conseguir la subvención de cinco mil pesetas de la embajada inglesa, cantidad no muy importante[3]. El caso es que el periódico se cerró a los pocos meses -concretamente, su último número salió a la calle el día en que finalizaba el año 1916-  y bastantes de sus colaboradores (Cristóbal de Castro, Ezequiel Endériz, Antonio de Lezama, Pedro de Répide…) formaron parte del núcleo fundador del diario progresista La Libertad en 1919, en cuya redacción figuraría años más tarde un Sender, ya con asentadas ideas libertarias.

Sender había empezado el año 1916 como alumno de 5º curso en el Instituto General Técnico, situado, como la Universidad, en el lastimosamente derribado edificio de la zaragozana plaza de la Magdalena. Era el segundo curso en el que se matriculaba ya que había empezado 4º en 1914-1915. Tanto dicho curso como 5º los aprobó con notas medianas. Por otra parte, don José, su padre, acababa de trasladarse a Caspe para ejercer la función de secretario del ayuntamiento y durante el verano de 1916 el naciente escritor trabajó como mancebo de botica en la farmacia zaragozana de Rived y Chóliz. Fue entonces cuando empezó a publicar en la prensa local los cinco artículos citados al principio. En septiembre pasó con el mismo cometido a la farmacia de Salvador Villaumbrosia en la calle de San Pablo, para trabajar por las tardes, ya que las mañanas debía dedicarlas al Instituto.

Es entonces y, tras su último artículo en La Crónica de Aragón, cuando el 27 de diciembre de 1916 el número 151 del sender-eco-montanes-pagina-12diario Los comentarios publica el trabajo “Eco montañés”, por lo que sería, mientras no aparezca algún otro texto, el sexto de los que publicó y el primero en la prensa de Madrid hasta que el 16 de noviembre de 1918 insertara el poema “Paz” en una publicación tan recóndita como Béjar en Madrid. Tras “Eco montañés” pasarían dos años y medio para que su firma, aunque esta vez con el seudónimo de Lucas La Salle, volviera a aparecer en la prensa madrileña. Otro hecho curioso de esta colaboración fue que por primera vez firmaría “Ramón José SENDER”, mientras que en sus colaboraciones anteriores lo había hecho como “R. José Sender”.

Si no hay duda en considerar como “cuento” el escrito de Sender que damos a conocer ya que, además, viene precedido en su encabezamiento por el epígrafe “Cuentos breves”, más peliagudo es afirmar que constituya el primero de los publicados por el escritor pero parece ser así. La bibliografía más completa del novelista (483 páginas) incluye los textos primerizos de La Crónica de Aragón en el apartado “La obra periodística de Ramón J. Sender”, en la que la autora no distingue entre artículos, cuentos, poesía o teatro (Espadas, 2002: 57) por lo que es necesario caracterizarlos brevemente: “La noche de las ánimas”  y “Domingo de pandereta”, son sendas líricas evocaciones de un recuerdo de la niñez y de una tarde de toros. “Lo puramente castizo”, un enaltecimiento emocional de la jota aragonesa.

Los otros dos artículos no han sido reeditados.  El cuarto de ellos, titulado “…no sería España”,  bajo el epígrafe “Del natural,” recoge la conversación del autor con un hospiciano, huido junto a su hermano del establecimiento que los acogía para intentar ser toreros. Muerto dicho hermano tras una cogida, el autor le facilita el reingreso en la institución. La vecindad del hospicio zaragozano con la plaza de toros promueve la reflexión antitaurina y social del joven Sender. Por último, “Ocurre a veces”, el más intrascendente, divaga sobre la excusa de quienes por pereza no contestan su correspondencia, aduciendo que la carta se ha perdido. Ninguno, pues, de estos cinco artículos primerizos puede ser considerado como un cuento en puridad.

El que aquí damos a conocer, “Eco montañés”[4], resulta sorprendentemente maduro. Sender no volvería a publicar otro cuento -y no superior estéticamente- hasta casi tres años después (6 de julio 1919), cuando el también diario madrileño La Tribuna acogiese “Las brujas del  Compromiso”.

No es este el lugar para acometer un análisis del mismo, sí de llamar la atención sobre la tan realista como convincente descripción de la siesta y el trabajo de los segadores en un tórrido verano, que el narrador sabe casi hacernos sentir físicamente. También, la fidelidad en la reproducción del diálogo, plagado de aragonesismos, especialmente, fonéticos, para los que el joven Sender demuestra un oído alerta. No es exactamente la lengua de su tierra del Cinca; tiene más similitudes con la de Tauste, donde había pasado unos meses de preadolescente pero, sobre todo, con la del bajo Jalón, que habría oído tantas veces en una Zaragoza, como la de la segunda década del siglo XX, abundosa en campesinos transeúntes, de compras, de visita o de chalaneo. Más socorrido es el argumento con su final tremendista –una de las líneas habituales de la narrativa corta de su época, que Sender debió leer profusamente en colecciones populares como El Cuento Semanal y Los Contemporáneos- tan patente en los ronquidos que se escapan de la garganta seccionada de la víctima. Un relato, en fin, que nada desmerece de otros publicados por escritores ya hechos en publicaciones consagradas.

[1] Los tres primeros se reproducen en Vived (1993) p. 5-15.

[2] De sus primeros catorce números, fueron denunciados y recogidos ocho.

[3] Seoane y Sáiz (1996: 224); Gómez Aparicio (1974: 456-458)

[4] Mi agradecimiento a Miguel Ángel Buil Pueyo por su localización.

                                                                         BIBLIOGRAFÍA

Espadas, Elizabeth (2002), A lo largo de una escritura. Guía bibliográfica, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses.

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Gómez Aparicio, Pedro (1974), Historia del periodismo español. De las guerras coloniales a la Dictadura, Madrid, Editora Nacional.

Sender, Ramón José (1993), Primeros escritos (1916-1924), ed. de Jesús Vived Mairal, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses.

Seoane, María Cruz y María Dolores Sáiz (1996), Historia del periodismo en España 3. El siglo XX: 1898-1936, Madrid, Alianza.

Vived Mairal, Jesús (2002), Ramón  J. Sender, Biografía, Madrid, Páginas de Espuma.

                                                     sender-nino

                                                                                CUENTOS BREVES: ECO MONTAÑÉS

El sol en el cenit resplandeciente y abrasador. Del rastrojo sale un vaho caldeado que adormece. Toñón frega unas torteras en el arroyuelo que serpentea cristalino. Cuando ha terminado su labor, se dirige con los utensilios hacia sus compañeros, que sestean a la sombra de un almendro. Bruno, con n pañuelo de cuadros sobre el rostro de bronce, y tumbado sobre el césped, aprovecha las horas de la siesta con enormes ronquidos. A su lado, una petaca y un panzudo botijo que refresca las gargantas labriegas en las horas estivales de calor insoportable. Toñón se sienta sobre la hierba. Frente al trigal de los segadores, una era. La enorme trilladora no funciona. A un lado se ve una hilera de palas, horcas, más allá el pajar. Todo quietud. También los de la era duermen. Es tanta la intensidad ígnea del sol, que en un momento parece que van a incendiarse las rubias mieses amontonadas en gavillas amarillentas. Todos descansan en esa hora de placida calma… Menos Toñón. A su alrededor, los segadores amodorrados por el vaho ardoroso que les envuelve… Pero él no puede dormir. Le obsesiona una idea. Es la que le hace cavilar todo el día. Quiere apartarla de su imaginación sin poderlo conseguir. Para entretenerse hasta la hora del trabajo deletrea las columnas de un diario atrasado… Canta su monorritmo la cigarra borracha de sol… culebrea el arroyuelo entre zarzas y juncales, y allá lejos… a través de los triagales y eras, se advierte el lugar de casitas blancas, muy blancas.

Silba la caldera de la trilladora de enfrente. Los segadores, se despiertan y bostezan perezosos:

– ¿Ya ha tocau las dos?

Toñón contestó:

– En la badía ya han sonao hace güen rato.

– ¿Qué, no has dormido?

– ¡Cómo querías que duerma!…

– ¿Pues?

– ¿Con lo d’anoche querís que pueda dormil?

– M paice a mí qu’eres un babieca de primera.

– ¿Por qué?

– Porque sí,

– ¿Sólo porque sí?

– Y porque no sabes hacer las cosas con regla.

– ¿Qué hi de hacer, pues?

– Vergüenza le hubiá e dar de que te lo hubían de icir.

– Con esto  no hacemos más que perdel el tiempo.

– Paices tonto. Cuando anoche la viste cortejar con otro, sin pedile a nadie consejo, le mareabas el guante en la cara.

– ¿A ellas?- ¡Quiá!Sender_Casa natal001

– ¡Quiá! A él, hombre, a él.

– Es poco; a más, a él…

– ¿A quién, pues?

– A ella. No ves que porque mate a él no me va a querer ella?

– ¿Y qué?

– A tú nada. Pero ponte en dentro e mi pellejo y verás cómo por ella…

-Tontadas tuyas. Qué ibas a hacel, ¿matala?

– … Eso… matala, ¿verdá?

– Nada, lo que digo yo. Eres tonto de remate. ¿Y los civiles?

Toñón quiso contestar atestiguando la verdad de sus palabras con el trozo de periódico.

– Miera lo qu’ice este papel. Leyó: ” Por cues… tio… nes amo… rosas sos… sos… te… nían un… un… un… al… ter… ca… do. Fue… ron ex… ex… ex… citán… do… se… los… áni… mos, y él se a… a… a… balanzó, esgri… miendo una navaja…, que le clavó en el pe… cho. La he… ri… da, mor… tal de ne… ne… ce… si… dad, la ma… tó casi ins… ins… tantá… ne… amente. El cri… mi… nal huyó si que se ha… ya ha… llado su pa… ra… dero.” ¿Te convences?

Después de renunciar ideas sueltas, convencido, no supo que contestar.

– Chico, la verdá, no sé qué aconsejarte.

– Pa qué. No m’aconsejes nada, mejor pa tú.

– No, hombre, No ves que…

Toñón, fastidiado por la deslealtad y falta de franqueza de Bruno:

– Nada, nada- y levantando más la voz -. ¡A preparal los rastrillos, que los de enfrente ya han comenzao!

La trilladora vecina ya devoraba las gavillas, produciendo su mecanismo un ruido sordo y continuado, desgranando las espigas. Por los campos lindantes, los trabajadores reanudaban sus tareas. Bruno y los suyos también reanudaron las suyas.

***

Ya se hundía tras el lejano pueblecito de casas blanqueadas el de los rayos ígneos, encendiendo en hermosos arreboles espacios etéreos y cubriendo con crestas de sangre las cumbres de la serranía.

Toñón y Bruno no habían vuelto a hablar del asunto. Ahora volvía con los demás segadores en grupos que canturroneaban envueltos en la débil penumbra crepuscular. Esparce el campanario las voces metálicas del Ángelus. Los segadores se destacaban y callan un instante. Después tornan a sus canciones… Se acercaban ya a la entrada del lugar. Lucas, uno de los segadores, de brazo arremangado, surcado de cuerdas moradas de tez curtida, avisó a Toñón.

– Toñón. Paice que hoy no ha salido la hortelana a esperarte.

– ¡Y a más! – corearon todos.

En efecto, Dolores, a quien el pueblo llamaba la hortelana, había dejado de salir a esperarle, como todas las tardes acostumbraba. Toñón afectó indiferencia.

– Sí, ya me lo pensaba. Ayer estaba cortejando con el hijo del guarda.

– ¿Del de la arbolera?

– Sí.

– Y ¿por qué no le chafabas los morros?

Todos rieron. Entraron en el pueblo y marcharon a casa del colono. En el patio, espacioso, se habían acomodado todos, y comían con avidez…; pero faltaba Toñón.

Toñón estaba vigilando una casa de adobes, de un piso nada más, con un emparrado que la revestía casi por completo, dos ventanas atestadas de flores, enredaderas, albahaca, hierbabuena… A la parte de atrás, una empalizada, dentro de la cual gruñían los cerdos arrastrando el hocico por la inmundicia, y algún pollo trasnochón picaba el manojo de espigas que la hortelana espigaba.

Toñón oyó chirriar la falleba de la puerta. Le latió el corazón, violento. Era él, el de la arboleda. Salía de casa de su novia, y ella le acompañó a la puerta, y ella en el dintel le hablaba, y ella… le quería. Cuando ya se marchaba, él aún se detuvo.

– ¿A donde irás mañana?

– Pues mañana…, allá a las seis, tengo que llevale el almuerzo a mi padre. Trebaja en el soto. Me aguardas por allí, que cuando vuelva vendremos juntos.

– Pa eso, vengo a buscate aquí, y así iremos los dos a llevale el almuerzo.

– No, ¿no ves que hi de pasar pol campo’e Toñón?

– ¡Ah ! Sí. Güeno, pues. Mañana a las seis.

– Sí.

Él se alejó.

Toñón fué directo hacia la puerta. Aún estaba ella allí. Le vió. Cuando él iba a hablarle se interpuso entre los dos la puerta agrietada, quejumbrosa. Retrocedió mordiéndose los labios. Levantó la mirada a la ventana… Después la perdió por allá, lejos, muy lejos, en el globo incandescente que se hundía entre cañaverales, adormeciéndose con canciones de los gañanes que tornan del aprisco, trinos del ruiseñor en la sauceda y nocturnos de los mochuelos de cara aplastada. Eterna cantinela vesperal de la tierra serrana. Los mosquitos zumbaban en legiones y el tul de la tarde que muere empezaba a extenderse sobre el paisaje.

***

Toñón casi no trabaja. Los demás le llevaban mucha ventaja, se quedaba atrás. De tanto en tanto se oía la voz del mayoral: “Aprisa, aprisa, que hay que rematar este trigal por la mañana.” Entonces cogía la mies a grandes puñados, sacudía la hoz con destreza. Pero poco a poco se quedaba atrás. La hoz le temblaba en las manos. Los tallos los cortaba todos desiguales. Llevaban dos horas trabajando, y aun no eran las seis, aún no había pasado la hortelana. Al echar la hoz una de las veces, saltó un pájaro allí, cerca de él. En seguida fué allí… Un nido. Había cuatro jilgueros, “voladores” ya. Les echó el sombrero, y, una vez en su poder, los guardó en el seno. Cogió la hoz y continuó segando. A ella le agradaban mucho los pájaros. Repetidas veces le había regalado, cuando al atardecer volvían y ella salía a esperarle… ¡Qué feliz era entonces! También hoy se los regalaría… Por el extremo de la veredita que limitaba el campo venía ella. Llevaba las alpargatas mojadas por el rocío que perlaba las hierbas. Toñón la vió; miró al mayoral, que estaba de espaldas. En seguida avanzó hacia ella. En la izquierda, la hoz. En la otra, dos jilgueritos que aleteaban. Su expresión era dulce. Quería demostrarle que no le guardaba rencor. Ella le vió y apresuró el paso; pero Toñón saltó la zanja y le salió al encuentro. A la fuerza tenían que encontrarse. Todos los segadores esperaban el desenlace. Justo; se encontraron, y él se dispuso a hablarle. Con un ligero empujoncito, y sin mirarle siquiera, se abrió paso la hortelana. Todos los segadores rieron. Ella también entreabrió el capullo de su boca y dejó ver dos hileras de perlas en una sonrisa irónica.

Toñón rechinó los dientes, abrió desmesuradamente los ojos, crispó los puños, corrió, la alcanzó de un brazo, y con la hoz, en un ademán fiero, le abrió una brecha horrible en la garganta de marfil. Borbotones de sangre, mezclados con ronquidos del aire que se escapa por la herida viva y caliente.

Los segadores, horripilados:

– ¡Toñón! ¿Qué has hecho?

– Yo, no. Aquel papel, aquel diario….

Ramón José SENDER, Zaragoza, Diciembre 1916.

Ilustraciones: Sender, joven. Página de Los comentarios en la que aparece el cuento “Eco montañés”. Sender, niño (Primera comunión). Casa natal del escritor en Chalamera (Huesca). Picasso: Retrato imaginario de Sender niño.

Otros textos sobre Ramón J. Sender en esta página: https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/09/17/ramon-jose-sender/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/02/02/ramon-j-sender-el-lugar-de-un-hombre/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/12/09/introduccion-a-sender-en-su-siglo-de-francisco-carrasquer/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/08/16/filias-y-fobias-de-r-j-sender-una-entrevista-olvidada/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/03/21/el-joven-sender-autor-de-los-desconocidos-guiones-de-cocoliche-y-tragavientos/

 

Sender niño x Picasso023

aleixandre-vicenteLa reciente biografía del penúltimo Premio Nobel español (1977) firmada por Emilio Calderón* obtuvo hace poco el Premio de Biografías y Memorias Stella Maris en la segunda edición que se convocaba. En ella se detallan los primeros amores del poeta nacido el 26 de abril de 1898 con tres mujeres: la estudiante norteamericana Margarita Ampers, la cupletista Carmen de Granada, cuyo nombre real era María Valls, y la hispanista alemana Eva Seifert. Después, aunque tuvo alguna esporádica relación femenina, tomó decididamente el camino del homoerotismo a partir de su relación José Manuel García Briz, al que Vicente entregó poemas para que los publicara como suyos y sustentaran una carrera literaria que García Briz no llegó a proseguir. Fue más duradero su vínculo con el abogado ugetista Andrés Acero, que terminó cuando éste hubo de exiliarse, acción que también intentó sin éxito el autor de Ámbito. Precisamente, una de estas relaciones posteriores, la que mantuvo con el poeta y estudioso de su poesía Carlos Bousoño (1923-2015), al que legó en vida su archivo, provocó el pleito que su sobrina nieta Amaya Aleixandre entabló y que en enero de 2014 se falló en el Supremo a favor del catedrático, que ya había acordado la venta, después paralizada por la Justicia, a la Diputación de Málaga y la Junta de Andalucía por cinco millones de euros.

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José Luis Cano, gran amigo de Aleixandre, se había referido a las antedichas relaciones femeninas, sin citar nombres,  en Los cuadernos de Velintonia (1986) y otros estudiosos las habían mencionado, desde que se tuvo acceso a los papeles de Carmen Conde, la primera mujer académica, a la que, junto a su marido Antonio Oliver Belmás, Aleixandre alquiló la planta superior de su chalet de la calle Velintonia. Daré aquí algunos datos de la artista de varietés Carmen de Granada, de la que Aleixandre estuvo muy enamorado, hasta el punto de que hay al menos tres poemas en su obra, que el propio poeta declaró estaban ocasionados por dichos amores: “Amante” y “Cabeza en el recuerdo”, publicados en Ámbito, y “Cabellera negra”, que aparece en Sombra del paraíso.  Digamos ya que Carmen le contagió una gonorrea -lo que popularmente se denominaban purgaciones- que le estropeó la rótula y le produjo una leve cojera vitalicia y, por otro lado, agravó el tradicional padecimiento nefrítico que amargó la vida del vate sevillano.

carmen-de-granada-5-2-1911Una Carmen de Granada bailarina aparece en los escenarios de varietés españoles en 1910. carmen-de-granada-25-5-1911Actuaba normalmente vestida de hombre, recurso muy empleado para resaltar las curvas y satisfacer mejor las exigencias del público, que no solían ser únicamente artísticas. En 1918 otra Carmen de Granada aparece como canzonetista, lo que provoca la pública protesta de la primera en la revista Eco Artístico. Pero la bailarina va a ir desapareciendo de los carteles mientras María Valls, aunque su verdadero nombre no aparezca nunca, ocupa los programas cada vez más con más frecuencia. Se suele destacar más su belleza que su arte aunque no faltan los éxitos. De todos modos, uno no debe fiarse demasiado de los comentarios de los gacetilleros que, a menudo dependen de los favores económicos o de otro cariz que las artistas les dispensan. Entre las menciones, normalmente positivas, aparece ésta, debida al mal comportamiento de la cupletista en su contrato con el vigués Salón Pinacho pero donde se adivina a un currinche despechado:

carmen-de-granada-canzonetista-25-12-18 “Debutó la hermosa mujer y detestable artista Carmen de Granada, que al tercer día desapareció de Vigo, exigiéndola (sic) la empresa el abono de indemnización, so pena de ser boicoteados por la Sociedad de Empresarios. ¡Buenos es que sepan estas señoritas que no se puede jugar impunemente con el arte!” (Eco Artístico, 29-VII-1921).

Por recurrir al plano contrario, el mismo semanario le dedica una página entera, evidentemente, pagada por ella, en la que la artista desea “Toda suerte de felicidades en el nuevo año 1919  a empresas, agentes, amigos y compañeros”. Allí se escriben cosas como éstas:

 “Una tontería de mujer. La belleza es tanta como su arte. Es adorable esta artista. Su voz bien timbrada, su picardía y su gracia en el decir, su elegancia en la lujosa presentación, su esmerado trabajo y, sobre todo, su divina perfección hacen que Carmen de Granada sea una de nuestras más afamadas artistas (…) En Barcelona hablar de ella es volverse loco de ilusiones. Se pondera a una mujer y, en seguida el comparativo: Se parece a Carmen de Granada”.

A finales de 1921 debió de conocerla Aleixandre, al parecer en el cabaret-restaurante Maxim’s. Fue este el primer cabaret que, con el nombre de Ideal Room, se abrió en Madrid en mayo de 1906 con ocasión de la boda de Alfonso XIII con Victoria de Battemberg, a imagen del cosmopolita y aristocrático Novelty easonense. Estaba situado en el número 17 de la calle de Alcalá, junto al Casino de Madrid y era un lugar altamente lujoso. En 1917  un tal Mediero se hizo cargo del establecimiento y le enjaretó el nombre del famoso local parisino, con el que se inauguró el 10 de octubre de dicho año. Como Maxim’s, funcionó una decena de años hasta que en 1927 pasó a llamarse “Fígaro”. Según César González Ruano fue también el primer “bar americano” de la capital. El portero era un gigantesco negro que vendía cocaína de la casa Merck. En el primer salón se encontraba el susodicho bar y en el contiguo el baile restaurante, amenizado por la orquesta del local en el que, además, se programaban actuaciones. Había también ruleta.

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Entrada del local           Bar americano                 Salón Restaurante

Allí parece que debió de conocer el poeta a Carmen de Granada, no sabemos si porque actuaba en él, como asegura José Luis Cano, o porque coincidieron en uno de sus salones. El flechazo fue fulminante y vivió con ella una pasión intensa cuyo recuerdo le acompañó toda la vida. Puede llamar la atención dada las conocidas pulsiones eróticas del poeta sevillano pero, según sus grandes amigos, los eruditos Dámaso Alonso y Pedro Sainz Rodríguez, el joven Aleixandre se iba de putas con ellos. Por entonces no había descubierto o asumido su homosexualidad, lo que debió producirse hacia mediados de esta década. De los tres amores femeninos que se le conocen, parece que Carmen fue el más intenso desde el punto de vista erótico. En los poemas por ella inspirados se puede leer:

De tu almohada, la gracia y el hueco. / Y el calor de tus ojos, ajenos. / Y la luz de tus pechos / secretos (…) /Y un carmen-de-granada005estrecho / latir / parece que refluye a ti de mí (…) /el bonito secreto, / el graciosillo hoyuelo, / la linda comisura / y el mañanero / desperezo. (“Amante”).

Cabello negro, luto donde entierro mi boca, /oleaje doloroso donde mueren mis besos, /orilla en fin donde mi voz al cabo se extingue y moja (…) En tu borde se rompen, / como en una playa oscura, mis deseos continuos. /¡Oh inundada: aún existes, sobrevives, imperas! (“Cabellera negra”).

El cabello hermosísimo navega. / Tu cuerpo al fondo tierra me parece; /Un paisaje de sur abierto en aspa. (“Cabeza del recuerdo”).

Una larga ausencia de la cancionista en gira por el extranjero y la aludida gonorrea debió de mermar los impulsos del joven Vicente y Carmen de Granada, que también fue amante del marqués de Villabrágima y del periodista y narrador Eduardo Martínez del Portillo, pasó al disfrute del pronto especialista en mística, aunque no de cintura para abajo, Pedro Sáinz Rodríguez, con el que mantuvo una larga relación.

El más señalado éxito de Carmen fue su actuación en la revista musical La mujer chic, estrenada en el Teatro Martín en abril de 1925, que, sólo en Madrid, alcanzó más de cien representaciones durante dicho año, que fue el del despegue de la revista musical. El género muy pronto se convertiría en el más popular en los escenarios españoles durante más de dos décadas.

Sin embargo, las reticencias sobre las cualidades artísticas de la vedette, la acompañaron siempre. Veamos lo que, con su característica ironía, escribía Retana casi cuarenta años después en su Historia del arte frívolo:

Cantaba cuplés como hubiese cantado ópera si se lo hubiera propuesto. Y ¿qué espectador se hubiera enfurruñado ante su incapacidad vocal, contemplando su rostro cautivador y su arrogante figura?

Era una señorita por su cuna, educación y vocabulario, y como tal se comportaba en todo momento al ser obsequiada en el local de su actuación con una botellita de champán por sus admiradores, generalmente de elevada posición social, porque a Carmen le molestaba la ordinariez y sólo dialogaba con personas tan distinguidas como ella.

Carmen siguió actuando como cancionista y actriz  de revista hasta poco antes de la Guerra Civil, a partir de la cual recuperaría su identidad como María Valls. En enero de 1978 moriría en su ciudad natal, Barcelona, dejando un único hijo. Aun tuvo tiempo, pues, de enterarse de la concesión del Premio Nobel a su antiguo amante. Aleixandre que murió en diciembre de 1984, le sobreviviría casi siete años.

 *Emilio Calderón, La memoria de un hombre está en sus besos. Vicente Aleixandre. Biografía. Barcelona, Stella Maris, 2016.

 

Publicado en Aragón Digital 2-4 de noviembre de 2016.

Hasta hace no muchos años, en el lenguaje coloquial y para culminar una enumeración, solía añadirse la irónica coletilla “…y la Biblia en verso”. La Biblia en verso existió. Fue obra de un tal Carulla, la obra de su vida. Y, por versos como los que siguen, fue el recochineo de todos sus contemporáneos.

                                                             Judith salió de Betulia,

                                                             como quien va de tertulia.

José María Carulla (1839-1912), nacido en Igualada, tenía pinta de sacristán; comenzó sus estudios en Manresa y los concluyó en Zaragoza, donde cursó la segunda enseñanza y las carreras de Derecho civil y canónico y Filosofía y Letras. En Madrid se dedicó a la enseñanza privada mientras seguía entretanto los estudios de Teología y la carrera de Administración. También ejerció la abogacía. Terminó viviendo en Granada. Su afección a la causa papal fue tal que le llevó a marchar a Roma en 1868 para servir a Pío IX en el cuerpo de zuavos pontificios y, más tarde, a proponer a todos los católicos del mundo una cruzada para devolver al papado los estados perdidos. En la última guerra carlista tomó, naturalmente, partido por el absolutismo. Sus últimos años los pasó en Granada habitando en la ermita de la Misericordia en la plaza de los Lobos.

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Fue Carulla, cuyas obras en prosa formaban cuarenta tomos, uno de los mayores exponentes de versificación ripiosa, por lo que su obra teatral ya era objeto de abundantes befas pero su empresa de acometer la Biblia en verso en 27 tomos, aunque no la llegara a concluir -únicamente acabaría cuatro y tan sólo publicaría el Génesis y el Éxodo- lo convirtió en personaje de chascarrillo, pasando la expresión “esto es la Biblia en verso” a designar algo inacabable y fatigoso.

Carulla se empeñó en entregar al Papa Pio X sus manuscritos y, provisto de una carretilla, viajó en agosto de 1906 hasta Roma. La audiencia no tuvo lugar porque su leyenda de hombre insólito se le adelantó y el pontífice no llegó a recibirle. Para el místico Carulla fue una afrenta dolorosa. El vate no comprendía el cachondeo público y en 1907 le contaba a Tejera, del semanario Nuevo Mundo que, si hubiera firmado con el seudónimo de D. Licónide Abidense, que le impusieron al ingresar en la Academia Romana de la Arcadia, tal vez, su obra se hubiera salvado. “¿Qué tiene de particular –protestaba para defender asimismo los ripios de sus obras teatrales- que en una comedia de costumbres aparezca un alcalde de barrio que se llame Juan Larrio?”

Cuando ocurría alguna calamidad pública, organizaba en la colegiata de la iglesia de San Justo y Pastor, unos recitales benéficos, sobre su traducción de la Biblia en verso, a los que acudía mucha gente en plan pitorreo. El vate Carulla recitaba:

                                    Todo aquel inclemente

                                    que ojeriza tomara aborrecible

                                    a su hermano excelente,

                                    merecerá insufrible

                                    que le condene el juez

                                    a pena horrible…

Entre los muchos ripios inolvidables de La Biblia en verso, uno, que algunos consideran apócrifo, se  hizo justamente célebre.

                                El Hijo de Dios nació en un pesebre,

                                donde menos se espera salta la liebre.

Pero otros, pueden entrar con él, en justa competencia:

                               Crió el trigo y el centeno

                                y la paja y la cebada

                                y vio que todo era bueno

                                y que no era malo n ada.

O

                                Jeroboam potente

                                engendró a Eliecer alegremente.

Muchas más cosas –y harto pintorescas- podrían decirse de este bardo ultramontano que pasó por el mundo provocando la risa de los demás, como hacemos muchos, dándonos más o menos cuenta. Tampoco es nada malo. Y tampoco lo será el propósito de volver a ocuparme de Carulla con más erudición en algún otro escrito.

carulla-por-jose-miguel-morcillo-museo-de-granadaRetrato de Carulla por José Miguel Morcillo (Museo de Bellas Artes de Granada)

 

 

La Dolores, uno de los mayores éxitos del teatro español de todos los tiempos, es una vigorosa muestra del teatro de ambiente aragonés tan popular en la época de intersiglos. La leyenda en que está basada, el personaje que le dio origen, su repercusión y sus contextos han sido ampliamente documentados por Antonio Sánchez Portero en los tres libros que editó sobre el asunto aunque alguna de sus conclusiones haya sido discutida. Menos se ha hablado de las circunstancias de su estreno, que a punto estuvo de no llevarse a cabo.

La Dolores-Partitura

José Feliú y Codina (1845-1897) era un autor de segunda fila que apenas había estrenado fuera de su Cataluña natal. La copla que muchos años atrás oyera en la estación de Binéfar, dio lugar a un romance, publicado en el semanario El chiste, que bastantes años después decidió incluir en el drama. Una vez escrito éste se lo ofreció al famoso actor-empresario Rafael Calvo, que lo rechazó, y lo mismo ocurrió con otras compañías. Intentó venderlo por 125 pesetas, lo que tampoco logró. Finalmente, pudo estrenarlo el 10 de noviembre de 1892 en el Teatro Novedades de Barcelona, con una compañía de poco renombre en la que Carlota de Mena hacía el papel de Dolores, Federico Parreño, el de Lázaro y Ricardo Simó, el único actor relativamente conocido, el de Rojas, el sargento andaluz. El drama obra tuvo cierto éxito y se representó también en Zaragoza y algunas provincias, pero no dejó de considerarse como una más de las muchas obras que tenían lo aragonés como motivo y se movían dentro de unas coordenadas previsibles. Tardó, pues, varios meses en que fuera aceptado en Madrid, para lo que el autor se sirvió de su amistad con Emilio Mario, director de la compañía del Teatro de la Comedia.

teatro-de-la-comediaEste teatro era frecuentado por un público burgués que consideraba de poco gusto, las obras rurales y regionales, por lo que Mario, que había fracasado con otra obra de Feliú y Codina, decidió estrenarlo, como de relleno, a título de “experiencia” y en las peores condiciones posibles: bien avanzada la temporada, en un domingo que coincidía además con la onomástica de los innumerables Pepes, en el tercer turno de abono y con el público cansado de obras y beneficios de artistas. Esta experiencia constituyó un antecedente del éxito de Juan José (1895), del bilbilitano Joaquín Dicenta, drama con protagonistas proletarios, cuyo estreno en este teatro se consideraba una insensatez. Sin embargo, se convirtió en la obra cumbre de su género y, tras el Tenorio, probablemente, la más representada en el teatro español durante el periodo que medió entre su estreno y 1936.

Por otra parte, la compañía no confiaba en la obra y se ensayó a desgana y con grandes reservas, sobre todo por parte de María Guerrero, que hasta lloraba, aunque después se adentró en el papel de tal modo que conservó el acento aragonés durante mucho tiempo, incluso mientras representaba otro tipo de obras. María Guerrero estaba en sus inicios, y aún no se había convertido en la gran dama del teatro español en que se constituyó durante mucho tiempo. Su personaje era muy diferente a los de su habitual repertorio dramático, con el que se había revelado poco antes, concretamente en el papel protagonista de Mariana de don José de Echegaray. El resto de los actores se distribuyó los papeles un poco al buen tun tun. Así el primer actor Emilio Thuillier, hizo el papel más desairado, el del chulo Melchor, pensando que apenas iba a durar en escena. Francisco García Ortega, que no había pasado de segundo galán, más bien cómico, alcanzó el rango de primer actor interpretando el papel del seminarista Lázaro. El director, Emilio Mario, encarnó al sargento andaluz y la también famosa Sofía Alverá, el de Gaspara, la propietaria del mesón.

A pesar de todas estas circunstancias la obra, estrenada el 19 de marzo de 1893, resultó un éxito inenarrable desde la famosa copla con la que el drama comenzaba y, al final, Feliú y Codina fue paseado a hombros. La crítica, en cambio, no fue unánime, tal vez porque el autor no era renombrado, aunque predominara el entusiasmo. José Yxart, el mejor crítico de la época, escribió, aludiendo a su localización espacial: “…región española famosa por la brutal rudeza de sus pasiones. Y con esto, la pasión y la vida, inmediatas y directas, del breve drama, han podido mostrarse, por entero, con toda su fuerza, con todo su ardor, sin los enfriamientos de una mayor cultura: todo músculo y todo nervio… Obra genuinamente española, inconfundible con la de ningún otro teatro, por el modo de sentir y por el modo de hablar: por la pasión y por la decoración”. Exaltó también el magnífico escenario de la posada y concluyó que era “obra de extraordinaria excelencia” en la mejor tradición de la literatura castellana. Esta vinculación de la obra con nuestro mejor teatro clásico fue señalada también por otros críticos.

Fray Candil, a su vez estampó: “hermoso drama realista a la usanza antigua… que recuerda nuestras novelas ejemplares… conmueve a la vez que divierte… las costumbres tienen su característica local, hasta sus olores y sus matices… ha llevado a las tablas un pedazo de la realidad qué el ha visto y le (sic) ha llevado con la sencillez de procedimiento de Ibsen”.

Fue, sin embargo la Pardo Bazán, quien le dedicó un entusiasta  artículo, la que más hizo por remarcar la trascendencia de La Dolores. El circunspecto Clarín, en cambio, que tantas veces se equivocó, no dio todo su valor a la fuerza dramática y sí se entretuvo en registrar ripios e incorrecciones.

De una forma u otra, La Dolores se convirtió en un nuevo emblema teatral y el maestro Bretón, probablemente, el más prestigioso de los músicos de su época, impresionado por el argumento, pidió permiso a Feliú para confeccionar un libreto lírico, tal como él lo sentía. Este prurito por escribir los textos, que también se dio en Chueca, no era la primera vez que afectaba a Bretón y ya lo había hecho con Los amantes de Teruel, aun cuando todos estimasen que sus cualidades como autor eran más que discutibles y así lo muestra el libreto de la zarzuela, inferior al del drama, que contrasta con la esplendidez de la música.

teatro-de-la-zarzuelaLa obra se estrenó en el Teatro de la Zarzuela el 16 de marzo de 1895, con una excelente escenografía, y los aplausos comenzaron ya al concluir la introducción, se repitieron y se hicieron ovación formidable en la jota con que termina el primer acto hasta el delirio final. Bretón fue llevado en hombros a su casa. La interpretación corrió a cargo de Matilde Corona, en el papel de Dolores; el tenor Simonetti, en el de Lázaro; y el barítono Sigler, en el de Melchor. Se representó 63 veces consecutivas, cifra enorme en un tiempo en que la abundante producción y la afición del público al teatro, implicaba constantes cambios en las carteleras. Después recorrió en triunfo España, los países iberoamericanos y distintas capitales europeas. La obra entró en el repertorio de muchas compañías líricas y se representó continuamente hasta los años treinta. La Dolores pasó a ser considerada como la obra más sólida del maestro salmantino, que, tan sólo un año antes, ya había conseguido un gran triunfo popular con La verbena de la Paloma.

Sin embargo, la Academia, que en 1892 había premiado a Mariana de Echegaray en detrimento de La Dolores, también preterió esta vez la versión musical aunque, en compensación, otorgó el premio de 1896, a María del Carmen, otra obra de Feliú y Codina de ambiente murciano, claramente inferior. Tanto Bretón, como Feliú y Codina fueron sucesivamente homenajeados, pero éste no volvió a conseguir un éxito similar. Su última obra, La real moza, fue un medio fracaso, lo que le ocasionó un enorme disgusto, exacerbado por unos comentarios despectivos que se atribuyeron a María Guerrero. Se dice que esto influyó en el derrame cerebral que en mayo de 1897 ocasionó la muerte del escritor, que padecía de obesidad y apoplejía, pero al que aún faltaba un mes para cumplir los cincuenta años.

A veces, el hoy y el ayer no andan tan distantes. Tras el triunfo de La Dolores, los escritores catalanes dieron un banquete a Feliú y Codina, no sin resaltar que se ofrecía no al autor dramático, sino al escritor catalán y que, si se había homenajeado a Galdós y Echegaray, justo era ofrecer idéntico agasajo a un esclarecido hijo de Barcelona. Sus colegas madrileños apresuráronse a decir que si les placía lo del paisanaje más que la gloria del poeta español, bien estaba el banquete, al que ellos se adherían sin ningún tipo de resquemor.

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José Feliú y Codina

                                                                    La zarzuela de ambiente aragonés

El periodo de esplendor de este subgénero zarzuelero puede situarse entre 1880 y 1910. La gesta de los Sitios, cuyo eco se mantuvo vivo en Europa hasta vencido el siglo XIX, había incrementado la “buena prensa” de lo aragonés, lo que, junto al preferencia que el público peninsular deparó a la jota y la buena consideración, no exenta de paternalismo, en que muchas regiones han tenido los aragoneses, provocó la moda del género. El erudito Deleito y Piñuela llegó a escribir: “Los aragoneses han tenido suerte en el teatro, presentándoseles como ‘arrendatarios’ del valor, del patriotismo, de la lealtad y de todas las virtudes, en contraste con la zumba de que las demás regiones y provincias, Madrid inclusive, fueron objeto mil veces”.

El estreno de La Dolores incrementó la moda. El crítico Salvador Canals, en la misma línea de la anterior cita, escribió por entonces: “Por desarrollarse en Aragón, la más castiza de las regiones españolas, y por descansar sobre la jota, lo más típico de nuestro espíritu… La Dolores es un asunto genuinamente español”. Después vinieron obras como El dúo de “La Africana” (1893), con su famosísima jota, y Gigantes y cabezudos** (1898), que, al coincidir con el fervor patriótico que deparó la guerra con los Estados Unidos, fue otro hito del género lírico. Ambas obras fueron musicadas por Fernández Caballero. Inmediatamente, se estrenó El guitarrico (1900), hoy a punto de cumplir su centenario. Entre la primera y la última de las citadas, y en sólo ocho años, hay al menos otras veinte obras líricas localizadas en Aragón. A partir de entonces, siguió el goteo y, entre muchas decenas, podrían señalarse por su trascendencia, Los de Aragón (1927), La Dolorosa (1930), ambas con libreto de Juan José Lorente y música de Serrano, y El divo (1942), con música de Díaz Giles. Como los extremos se tocan, respecto a la moda de lo aragonés, el hoy y el ayer en nada se asemejan.

*Este artículo, publicado en Heraldo de Aragón (26-XI-2000), recibió el Premio Mesón de la Dolores de Periodismo en el año 2000.

**https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/07/22/gigantes-y-cabezudos-en-la-zarzuela-de-ambiente-aragones/

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El Mesón de la Dolores antes de su reconstrucción