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Salón de Actos del Palacio de la Infanta (Ibercaja), Zaragoza, 26 de abril 2022.

Mi gratitud a la Asociación Aragonesa de Amigos del Libro, una entidad cultural tan asentada en esta tierra, por haber pensado en mí, a Fernando Gracia por su amable y generosa presentación y a todos, autoridades, amigos y público, por vuestra asistencia

En este tipo de actos lo normal suele ser hablar de uno mismo. Yo he visto los dos extremos: quienes dicen no merecer tal honor, lo que hace pensar a  los oyentes que el premiado es un hipócrita y que además tiene razón y quienes no sólo afirman merecerlo sino que lo acompañan con la enumeración de sus muchos méritos, como diciendo: “esto es poco para mí”, con lo que el público piensa que es un chulo, un soberbio y un creído y, por ende, no merece el premio, así que no diré nada al respecto y me limitaré a consignar que mi más de medio siglo de dedicación a la literatura o a las letras y las artes en general, no es sino el resultado de una vocación o el cumplimiento de un destino, que no ha buscado el reconocimiento, sino la felicidad de dedicarme a lo que me proporcionaba mayor placer.

 En suma, puedo declarar que he vivido en –y aquí caben todo el resto de preposiciones- la literatura porque la he leído, la he escrito, la he enseñado, la he almacenado, fichado, recopilado, investigado y otros muchos participios alrededor de ella. Pero, sobre todo, la he disfrutado. Nada me ha dado tanto placer y durante tanto tiempo, sin pedirme a cambio nada más que aquello de lo que gusta tanto tratar a los poetas: TIEMPO.

Sí que querría remarcar, aunque de esto pueden dar cuenta todos los que me conocen, que, si he tenido alguna norma en mi conducta pública y privada, ha sido la Independencia y esto que pudiera considerarse una virtud constituye en nuestra sociedad un problema en numerosas ocasiones.

Otro foro que he frecuentado ha sido, sin duda, el de la Heterodoxia porque, si lo que convierte cualquier tipo de artesanía en Arte es la originalidad, la misión del intelectual –y perdón por la ostentación del término- es siempre buscar otras vías no trilladas y oponerse al poder. Los poderes siempre abusan, así que aunque compartamos con algunos de ellos ciertas ideas, nuestra misión será controlar la hipertrofia de esos poderes, lo que suele gustarles muy poco.

En ese venero de sabiduría y deslumbrante prosa que es el Oráculo manual y arte de prudencia de nuestro Baltasar Gracián, uno de sus epígrafes reza: “Huir del aplauso común”. Desconfiar de la unanimidad, de las ideas en uso, de las creencias mayoritarias. Y esto, en la cultura, es especialmente ilustrativo porque si ella es la que nos proporciona esa capacidad de relacionar unas cosas con otras y satisfacer el recomendable vicio de la curiosidad -lo que ahora se busca evitar con las nuevas leyes de enseñanza- haremos un servicio a la sociedad mostrando otras vías diferentes a las que todos los poderes –del primero al cuarto o al quinto- nos encaminan. Cierto es que la cultura es un servicio poco solicitado por la sociedad pero, por suerte o por desgracia, algunos no somos capaces de ofrecer mucho más.

EXTRACTO DEL ACTA

Reunida en sesión extraordinaria la Junta Directiva de la Asociación Aragonesa de Amigos del Libro, actuando como Jurado y analizadas las propuestas presentadas, se decide por unanimidad otorgar el Premio Búho 2022, edición XXX, a las siguientes personas y entidades que se han destacado en la defensa y difusión del libro en el ámbito aragonés:

D. JAVIER BARREIRO BORDONABA, escritor, profesor y experto en música popular. Premio Búho en reconocimiento a su gran labor intelectual, literaria y social

Amigo, ¿cómo es que te fijas en esta novela quién te la acerca, cómo la encuentras y cómo llegáis a la conclusión de que debe ser editada?; ¿qué te atrae o te atrajo de ella como bibliógrafo?

Creo que el primero que me habló de ella fue Francisco Carrasquer, el escritor libertario aragonés más significado desde la Guerra Civil, si exceptuamos a Sender. Sampériz y Carrasquer eran de pueblos relativamente próximos y un hermano del último había sido cura en Candasnos, el pueblo de Sampériz. Así que en fecha indeterminada leí el libro en la Biblioteca Nacional y después incluí a Sampériz en el Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos.

-En esto la colaboración e implicación con la editorial Sariñena y su editor, Salvador Trallero ha debido de ser muy, muy importante…

Fue Salvador quien me habló de editarlo. La rareza de la obra, el destino fatal de Sampériz y la proximidad del autor y escenario del libro a la sede de la editorial influyó, sin duda, en su decisión. Ya habíamos trabajado juntos para editar otro libro singular La vida y la muerte en Aragón, obra de otro aragonés trasterrado en la Argentina, José Gabriel, de quien se deberían editar otros libros igualmente valiosos.

-¿Por qué crees que no está registrada en las bibliografías de la época….?

Los años treinta no han sido muy trabajados hasta hace un cuarto de siglo. La novela corta anarquista, tan leída entonces, apenas se ha estudiado. Siguen saliendo estudios nuevos y, por otra parte, la literatura de carácter social y combativo, en general, fue pobremente editada y sus consumidores perdieron la guerra y, consiguientemente, sus bibliotecas, si las tenían. Además, poseer un libro tan salvaje no dejaba de ser peligroso en la posguerra. Supongo que muchos de quienes lo conservaban lo destruyeron.

-¿Por qué ha pasado como desapercibida hasta que Sariñena editorial la ha desempolvado?

Por las razones que acabo de expresar. El libro era casi inconseguible. Pero sí que es raro que no llegara a él algún profesor o estudioso y, al menos, lo comentara. En 1996 Guillermo Fatás lo citó en la sección “Libros aragoneses”, desgraciadamente desaparecida,  que firmaba en Heraldo de Aragón.  Quien primero estudió al autor fue Valeriano Labara, como Sampériz natural de Candasnos, que en 1998 publicó un folleto, pero que apenas circuló. Al año siguiente publicó un artículo en Trébede y de ahí lo empezó a conocer más gente. En el año 2000 lo citaron también Mariano Constante (Republicanos aragoneses en los campos nazis), la Gran Enciclopedia de Aragón 2000 y Alfonso Zapater en el tomo IV de Líderes de Aragón. Convertir al pobre José Sampériz  en uno de los líderes de Aragón es ensanchar mucho el campo semántico del sustantivo. Sí que han tenido que transcurrir casi nueve décadas para que la obra se reedite.

-Aunque parte de la investigación también se la lleva el intentar saber más del autor José Sampériz; ¿qué ha sido tan difícil de llevar, completar, cumplimentar de la vida de este autor y de él como escritor?

La condición de coterráneo de Valeriano Labara le ha valido para ir entresacando datos de sus convecinos a lo largo de los años, como puede verse en uno de los textos que acompaña la edición. Y yo dispongo de alguna experiencia en estos asuntos pues creo que son diecisiete las obras de autores contemporáneos que he editado. En cuanto  a Sampériz siempre quedan etapas oscuras en su biografía, como la del seminario o su estancia en Cuba. Por no hablar de su calvario en los campos de exterminio. Cada uno de esos ámbitos podría haber dado lugar a sendas novelas.

-¿Es de suponer que a Sampériz le interesaba escribir, pero que no le daba importancia dar a conocer tanto lo que escribía?

Creo que sí le daba importancia. Él enviaba sus textos a quien se los aceptara. Sus editores, evidentemente, fueron de tercera o cuarta fila y sus artículos se publicaron en prensa regional o comarcal.

-¿Qué nos perdimos de Sampériz como escritor porque  encuentra la muerte en el Campo de Concentración de Mauthausen y allí se pierde una vida y a un escritor?

En primer lugar, su evolución. Tenía sólo 23 años cuando publicó Candasnos y 31 cuando fue asesinado. Y, como indiqué antes, nos perdimos las novelas del seminario, de la Cuba del dictador Machado y de los campos nazis. Tras las experiencias de ambas guerras, era esperable que sus puntos de vista se hubieran modificado sensiblemente.

-¿Por qué es calificada, Candasnos, de “una novela de excepcional rareza”?; ¿tú qué nos puedes decir al respecto? , ¿Por qué tiene esa mezcla de ser intergeneracional… por ese corte tráfico, dramático…?

Dos cosas sorprenden hondamente: la bestial brutalidad, el salvajismo de muchos pasajes que son de lo más tremendista que he leído en la literatura española y la utilización de un lenguaje hiperculto, rebuscado a veces, de un refinamiento que no se corresponde con la ferocidad de  la historia.

-Una novela de corte generacional porque, como explica Simeón Omella, se encuentra o viaja a caballo ente “el mundo lorquiano”, con esa tragedia constante, rondando… y  la “mirada de Valle-Inclán”?

Como acabo de decir, la tragedia es hiberbólica, apocalíptica, rural y todo lo que se quiera. Sólo en lo de tragedia se puede aproximar a Lorca pero ni roza su finura ni su carácter telúrico o simbólico. Y algo parecido se puede decir del lenguaje, que, como el de Valle, es rebuscado y exquisito pero peca de artificiosidad y de un constante prurito por espantar al lector.

Enlazando con las dos preguntas anteriores a mí me recuerda a la manera de ver, percibir, reciclar la realidad que le pasa y que luego escriben…nada, que reconozco a Ramón J Sender…

Con Sender puede tener concomitancias ideológicas y generacionales, aparte de la pertenencia a comarcas limítrofes pero muy pocas literarias ni en el fondo ni en la forma ni en la técnica y estructura ni tampoco en la ambición literaria. Por otra parte, Sender escribía desde la serenidad y Sampériz, en Candasnos, evidentemente, no.

-Me parece que hasta, perdona el atrevimiento de una lectora sin más, practica una literatura nihilista…

En eso estaría más de acuerdo pero lo que yo percibo es un desequilibrio general en el autor que, puede pensarse, fuera motivado por experiencias de las que poco sabemos. La intensidad es tanta que, a veces, no puede uno tomárselo muy en serio. No tanto, pero su novela anterior, El sacrílego, aparte de más aburrida y cansina, también es algo desequilibrada. No así los pocos artículos que han llegado hasta mí.

-Todo transcurre en un pueblo oscense, Candasnos con ese aire de tristeza contenida, de fríos avanzados, de miedos contenidos…de esperas, de avanzadas ausencias.

Desde luego, Candasnos puede presumir de ser un pueblo que sirve de escenario único a una novela completa. Otra cosa es que sus vecinos estén muy satisfechos de la versión que ofrece Sampériz.

-El autor tiene una trayectoria vital muy rica: el viaje a Cuba, el querer retornar a tierra oscense, decisiones que hacen que tenga un destino y no otro…, indudablemente esto enriquece a la narrativa, a la novela…..proporcionalmente como lo enriquece a él mismo…

Antes, como hoy, quien salía de su casa para correr mundo podía tener dificultades pero su visión se ensanchaba y se maduraba mucho antes. Es obvio que Sampériz fue al seminario porque en el ámbito rural era la única forma de cursar estudios para quien mostrase algún talento y no perteneciera a familia acomodada. Resulta palmario que la experiencia fue muy negativa para él y para tantos otros, como su prologuista Ángel Samblancat, el citado Francisco Carrasquer o Joaquín Maurín, todos oscenses y, después, de ideología avanzada. Pero esa experiencia le sirvió para saber lo que no quería y dónde estaba el enemigo. Lo mismo puede decirse de sus años en Cuba, donde se encuentra una dictadura mucho peor que la “dictablanda” de Alfonso XIII y Primo de Rivera, pero también estímulos vitales, intelectuales y lingüísticos que lo enriquecen y que se advierten claramente en la novela que comentamos.

-Javier, ¿qué ves, qué notas del pensamiento libertario  en la escritura y el tratamiento de la historia que se desarrolla en Candasnos?

Los dos hermanos Trigo, antagonistas del cura Mosén Antonio, aunque acomodados, son totalmente anarquistas; el que oficia de alcalde es un libertario racional y el otro, visceral, mucho más nihilista, dostoievskiano, pero también partidario de la acción directa. Aparte de los muchos fragmentos de la novela en los que se enuncian explícitamente ideas libertarias.

¿A José Sampériz se le podría definir como un intelectual, sobre todo un pensador, que lo vuelca todo o en parte en la literatura, aunque me da, constantemente, que guarda mucho en su interior?

 Evidentemente, sería un sujeto idal para un psiquiatra. En Candasnos percibimos que su mente era un torbellino que nos revela a un narrador de grandes posibilidades y llamativa originalidad pero que, quizá, allí debería haber sido más controlada. Su cerebro es un pantano con enorme capacidad, pero al que se le han roto las compuertas.

No creo que me capacite especialmente para hablar del flamante Premio de las Letras Aragonesas el conocerlo desde hace casi medio siglo pero, por unas cosas o por otras, he compartido vivencias literarias, leído casi todos sus libros, –casi cuarenta-, asistido a su evolución y escrito una antología y algún prólogo sobre su obra. En alguno de esos lugares hablaba de “este poeta ajeno y solitario que, a despecho de su profesión, su ambiente y sus condicionamientos, ha construido una obra amplia, coherente y arbolada que se inició varios años antes de la publicación de su primer libro”.

En efecto, Verón, aunque su carrera y profesión estuviesen vinculadas con aspectos técnicos de la agricultura, desarrolló desde muy joven la pasión por la belleza, tanto por la  verbal, como por la musical y visual y, también, esa curiosidad universal por cualquier clase de conocimiento, especialmente, el original y heterodoxo, condición indispensable para que el creador, efectivamente, llegue a serlo.

Uniendo su formación técnica a esa condición de apasionado por lo bello, se convirtió en un multipremiado fotógrafo, que alcanzó en el último año del siglo XX el Premio Nacional de la especialidad, y cuya obra ha recibido el reconocimiento tanto de los especialistas como de la gente del común ya que sus fotografías suelen gustar al entendido y al profano.

Pero fue, sin duda, la poesía –a un tiempo la hermana pobre y la más alta expresión del quehacer literario- la que recibió desde el principio las preferencias del autor bilbilitano y, después, se convertiría en su vocación más constante. José Verón pertenece a la generación de los nacidos en torno 1945, en la que figurarían vates aragoneses como Ignacio Prat, Ángel Guinda, José Luis Trisán, Joaquín Carbonell, José Manuel Estevan o José Luis Rodríguez. Como muchos poetas de su tiempo, Verón fue un hijuelo de los vanguardismos, por razones extraliterarias, tan tardíamente asumidos en el último franquismo y bebió con pasión en la obra de los “novísimos”, cuya influencia en  la poesía joven de la época fue muy importante.

Hasta entonces, el naciente poeta se había hecho con una cultura más que regular, había descubierto a los surrealistas, la pujante literatura iberoamericana y participado en empresas tan desopilantes como la del Grupo Oreja cuyas producciones fueron escritas en el aire. Y, siendo un poeta de Calatayud, es decir, casi nada, ello le había proporcionado una libertad tal vez mayor que la de los sometidos a otras expectativas.

También la música clásica, el jazz y cantantes populares, como Bob Dylan y Gardel, empezaron a constituir otra fuente de conocimientos y de felicidad. Su primer poema, “Aquelarre” se publicó en 1970 y su primer libro poético, en 1980. Fue Legajo incorde, que constituyó también el primer galardón (Accésit del Premio San Jorge de Poesía 1979), de los muchos que después cosecharía. El libro nos muestra, desde su título, a un poeta adicto a la ironía y a los pujos desmitificadores tan caros a aquellos jóvenes maestros que Castellet calificó de novísimos.

Pero no vamos a hablar aquí de todos los poemarios[1] del escritor, que al final relacionamos, sí de su evolución y algunos de sus rasgos.

Las sucesivas lecturas y consiguientes influencias de Octavio Paz, Borges, Juan Ramón Jiménez, Thomas Stearn, Eliot, Ezra Pound o Marcial han marcado, en cierta forma, la evolución del autor pero los poemarios de José Verón no surgen de planteamientos previos sino que se van conformando acordes a estados de ánimo, lecturas, y elaboraciones aisladas, sin demasiada vinculación con lo histórico. Recordando la vieja y polémica dicotomía, concibe el poema más como medio de conocimiento que de comunicación, como una forma de acercarse al misterio de una realidad que ni siquiera sabemos hasta qué punto lo es. El propio acto de creación poética participa de ese misterio, con lo que el poeta nunca estará seguro ni de su lugar ni de su pertinencia. La poesía es un bucear en la propia alma para encontrar esa expresión que desvele algo más sobre nosotros, incluso acerca de nuestro propio pensamiento. En el terreno de inseguridades en que se mueve el creador, el humor, la ironía, la desmitificación, el juego verbal son recursos indispensables para no caer en la grandilocuencia, en el panfleto, también, en el desánimo inherente a toda construcción temporal y perecedera. Humor que es escepticismo, distanciamiento y esa sutil melancolía, casi siempre presente en los versos veronianos.

Nuestro poeta se va moviendo ya a gusto en diversos esquemas formales y pasa, sin solución de continuidad, de la muy poco engolada introspección a la metapoesía o al culturalismo, rasgo tan caro a los líricos de este tiempo, que aparece sin aspavientos, mezclando referencias universales y localistas. Pero siempre un gusto por el conceptualismo y la exactitud, rasgos tan aragoneses, imprime la lírica del poeta. No era extraño, pues, que desembocara, por un lado en la poesía tensa y precisa de sus últimos poemarios y, por otro, en el epigrama marcialesco, cuya primera manifestación importante se encuentra en Ceremonias dispersas (Epigramas, espumas y otras depredaciones) (1990). Verón, aprovechando su visión distanciada y antirromántica, se instala con facilidad en ese tono de humor medio y un algo socarrón que tampoco desdeña el hallazgo formal.

Conceptualismo y juego verbal son los ejes sobre los que se construyen estas breves y jugosas ceremonias sobre apuntes agudos del instante en los que el sentido común tamiza con madura lucidez la percepción. No faltan las referencias intertextuales a poetas admirados ni  la puesta en solfa de las concepciones burguesas, pero siempre desde el punto de vista escéptico que corresponde al comedido satírico en que deviene el poeta. Género difícil por la precisión estilística que requiere, el epigrama de estirpe marcialesca, que Verón volverá a acometer en otros poemarios, alcanza en ciertos momentos tonos exactos.

Tras Pequeña lírica nocturna, que se recrea en los metros clásicos, un cambio de orientación se anuncia en A orillas de un silencio (1995), libro más hermético, que tendría continuidad en El naufragio perpetuo (1999) y, sobre todo -quizá suscitado por la grave enfermedad que superaría el poeta- en  la trilogía que encabeza El exilio y el reino (2005), continúa con En las orillas del cielo (2007) y culmina en El viento y la palabra (2010), probablemente, su libro más intenso y redondo. Presidido por el silencio y la soledad, la noche y el misterio, la luz y la sombra –símbolos primordiales sobre los que se asienta la percepción poética- allí comparece el régimen nocturno de la conciencia, que asiste a la indiferencia, a la matizada desolación o incluso a la belleza del entorno sin aspavientos, contraponiendo la intensidad de la mirada a la frialdad del universo, desdeñosa con el observador. Sin embargo, no es un yo potente el que refulge en estas líneas sino una voz profunda que se inserta en el tiempo y en la que la inteligencia fluye de forma tan natural que apenas la percibimos. Para rematar, discúlpeseme la autocita del prólogo:

El viento y la palabra se sustenta en una gran economía de elementos. Su intensidad está lograda a través de la desnudez, de la pureza de sus referentes, de la proscripción del exordio y de cualquier tono divagatorio. Para ello se sirve de un lenguaje sencillo, basado en las oraciones simples, en las construcciones o enumeraciones bimembres o trimembres y en una simplicidad sintáctica, que, como en el caso de San Juan de la Cruz, no excluye la originalidad. En su léxico, abstracto y preciso a la vez, además de los aludidos elementos primordiales, predomina lo nominal, que privilegia la concentración del sentido y la superposición de los planos de la esencialidad hasta dar cuenta de la ambigüedad y el misterio.

El viento y la palabra es el más alto de los quince libros poéticos publicados de José Verón y uno de los más intensos de la poesía aragonesa de los últimos años. Su pureza expresiva, su proscripción de todo magma extrapoético y la serena desolación que transmite se sustentan en poemas cortos en los que no falta el metro clásico.

Fundamental en la obra creativa de José Verón Gormaz es la presencia del paisaje. Su condición de extraordinario fotógrafo  se vincula en su poesía con esa importancia de la mirada que vibra ante el paisaje, motivo fundamental en su visión del mundo, mucho más realista que fantástica, aunque los pujos de lo incognoscible le atraigan siempre, como a cualquier poeta, lo que se manifiesta en sus devaneos en torno al «ideal inaccesible» que, a estas alturas del siglo, nunca pueden ser demasiado explícitos. Su equilibrio, desconfianza y extrañamiento vital le vuelcan en una realidad deseada, mucho más cercana a las lecturas y a los mundos ideales del arte, lo que puede explicar su matizado culturalismo. Quizá, también, la escasa presencia del erotismo en su obra. De cualquier modo, el paisaje, tanto el rural como el urbano, no son únicamente una mirada sino que el poeta participa y se inmiscuye en él de una manera radical y panteísta.

Para intuir, que no alcanzar, la luz es necesario haberse empapado del lodo de la caverna. O un paso más hondo en ella o la inmersión en el destello o su reflejo. Si la única propuesta largo tiempo defendible, desde los viejos adagios herméticos, es la de que los extremos se tocan, tarde o temprano habrán de integrarse. Sea como sea, la sobriedad presente en los últimos libros de Verón le ha permitido escapar del antipoético vicio de la divagación, presente en mucha de la poesía hodierna, que, a veces, no parece prosa poética sino periodismo. Y nuestro hombre, en su dedicación tan apasionada como duradera a su vocación lírica, en general, ha sido bastante inmune a las modas.

Paralelamente a su escritura, Verón ha sido uno de los más constantes dinamizadores de la cultura en la comarca bilbilitana, además de desempeñar, desde hace años el cargo de la labor de cronista oficial de su ciudad natal.  Toda esta trayectoria se ha visto servida por una personalidad tan discreta como irónica, por una cultura tan proteica como intensa y por una honestidad personal que -cosa tan poco vista en nuestros predios- ha sido reconocida por sus convecinos, por sus contemporáneos, y hasta por sus colegas. Efectivamente, Verón es una de esas personas a quien nadie quiere mal y de quien todos nos felicitamos por sus éxitos, que sus amigos hasta consideramos como un poco nuestros.

                 OBRA LITERARIA

Legajo incorde, Zaragoza, IFC (Institución  Fernando el Católico), 1980.

La muerte sobre Armantes (relato), Zaragoza, IFC, 1981.  /  Zaragoza, Certeza, 2006.

San Roque bilbilitano (ensayo), Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1982.

Instrucciones para cruzar un puente, Zaragoza, IFC, 1983.  /  Calatayud,  SeTelee, 2012.

Tríptico del silencio (Cavernario), Zaragoza-Calatayud, Col. Poemas-Asociación Cultural y Recreativa Peña Rouna, 1984.

Baladas para el tercer milenio, Calatayud, CEB (Centro de Estudios Bilbilitanos), 1987.

Auras de adviento, Zaragoza, IFC, 1988.

Ceremonias dispersas (epigramas, espumas y otras depredaciones), Valdepeñas (Ciudad Real), Ayuntamiento, 1990.

Pequeña lírica nocturna, Calatayud, CEB, 1992.  /1999.

Camino de sombra y otros relatos impíos (narraciones), Calatayud, López Alcoitia, 1994.

A orillas de un silencio, Zaragoza, IFC, 1995.

Antología poética (Edición de Javier Barreiro), Calatayud, CEB, 1997.

Epigramas del último naufragio, Barcelona, Seuba, 1998.

Pequeña lírica nocturna, Calatayud, CEB, 1999.

El naufragio perpetuo, Barbastro, Ayuntamiento, 1999. / Ocaña (Toledo), Lastura, 2016.

Rayuela blues, Zaragoza, Lola, 2000.

Cantos de tierra y verso, Zaragoza, IFC, 2002.

La llama y la sombra (2 poemarios), Zaragoza, Vinci Park, 2003.

La letra prohibida, Zaragoza, Certeza, 2004.

El exilio y el reino, Zaragoza, Prensas Universitarias, 2005.

Libro de horas perseguidas, Calatayud, Autor, 2007.

Epigramas incompletos, Calatayud, CEB, 2007.

En las orillas del cielo, Zaragoza, Tropo, 2007.

Cuentos para sentir las horas, Zaragoza, Mira, 2014

Poesía de miedo 2011, Zaragoza, Olifante, 2011.

Las puertas de Roma, Zaragoza, Mira, 2012.

Ritual del visitante, Zaragoza, Olifante, 2012.

Un mar de montes, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2014.

Sala de los espejos (Epigramas, enigmas y otras contemplaciones), Zaragoza, Olifante, 2014.

Cuentos para sentir las horas, Zaragoza, Mira, 2014.

Cancionero del café. Pequeños poemas para leer y cantar, Calatayud, CEB, 2014.-El espíritu del frío, Zaragoza, Mira, 2014.

El espíritu del frío, Zaragoza, Mira, 2014.

Claros de bruma, Zaragoza, Prensas Universitarias, 2017.

Satirologio. Epigramas del siglo XXI, Zaragoza, Pregunta, 2018.

-Cantares y presagios (Huellas del camino-Cancionero del café), Zaragoza, Pregunta 2020.


[1] La muerte sobre Armantes (1981), La letra prohibida (2004) y Las puertas de Roma (2012) son sus tres títulos de narrativa, cuya calidad ha ido in crescendo. Así, el tercero de ellos, en torno a la figura de Marcial, resulta mucho más conseguido que el primero. Posteriormente a la redacción de este texto, publicó dos colecciones de relatos: Cuentos para sentir las horas y El espíritu del frío.

V. Sobre este autor, V. también en este blog:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/07/28/el-viento-y-la-palabra-una-topografia-de-la-soledad/

(Publicado en La cadencia del mundo. Homenaje a Rosendo Tello, Zaragoza, Olifante, 2022, pp. 29-48).

Rosendo Tello con su gato Horus, a fines de 1984

El escaso brillo de la poesía aragonesa en el siglo XX no favoreció que los estudios y artículos dedicados a ella fueran abundantes con la excepción de los referidos a Miguel Labordeta, aunque deba señalarse que la inmensa mayoría aparecieron años después de su temprana muerte. El caso de Rosendo Tello, pese a que los comentaristas señalaran desde el primer momento su buen pulso poético, no es diferente. Ha sido a partir de sus obras completas publicadas en 2005 cuando, al general reconocimiento tributado a su obra, se añadió una mayor atención crítica. Este trabajo pretende acercar al lector cuál fue la respuesta crítica y la percepción de la obra del poeta en una sociedad como la del último franquismo y los más de cuarenta años constitucionales en los que la poesía iba a ocupar un lugar cada vez más oscuro en la sociedad y en los medios de comunicación, aunque algo tuvieran que ver estos en esa forzada marginación. Sin embargo, ya se ha advertido que en el caso de este poeta su estimación fue creciendo hasta que el siglo XXI lo recibiera ya convertido en el poeta vivo aragonés más respetado. Al menos, esa ha sido la opinión común.

Si la poesía es marginal, cuanto más no lo será su crítica. Por ello, resultaría ilusoria la pretensión de exhaustividad en las reseñas y textos aquí recogidos. No he realizado para ello ninguna búsqueda especial sino que todo el material procede de mi archivo, favorecido por el medio siglo que con el autor he mantenido una relación muy frecuente y muy amistosa. Y bien sabe él que ese asunto nunca ha interferido en mis valoraciones críticas aunque este trabajo no recoja apenas mis juicios sino los de otros dedicados a opinar sobre poetas. Discúlpenme, pues, aquellos a cuyos textos no he llegado.

Ese muro secreto, ese silencio (1959), el primer libro del poeta, fue comentado en el número inicial de Despacho literario[1], correspondiente a la primavera de 1960 (“Bajo el signo de Tauro”, rezaba su data en la cabecera). En la página 10 y con la firma de M. (Antonio Fernández Molina), el escritor manchego que más tarde se afincaría en Zaragoza, comenzaba su reseña vinculando al libro con el surrealismo ya que, aunque hubiese pasado de moda, “la mayor parte del arte poético vigente (…) si no es surrealismo (no digo precisamente dogmático) procede de él”. Para el crítico, en el caso de Tello, su desembarco en la vanguardia no era intencionado y, por ello, albergaba una mayor originalidad: el surrealismo había venido hacia él.

AFM hacía  notar que, en un primer libro, el poeta con “extraordinaria intuición se ha puesto al día sin antecedentes” y, pese a la escasa originalidad de los temas, de raíz intimista, existía “un lirismo personal, libre y balbuciente que es una sorpresa continua”, para afirmar a continuación que ese balbuceo era el acierto máximo y perfecta, la arquitectura del poema. Señalaba asimismo su vinculación con San Juan de la Cruz y algunos poetas metafísicos, su huida del lado oscuro para apoyarse en la esperanza y el humanismo y concluía sin ambages que se trataba de “uno de los más bellos y originales que se han escrito en los últimos años”. A pesar de titular su reseña como “Poesía en libertad” el crítico encontraba “una aparente falta de ambición” pero expresaba su confianza, copiando un fragmento en el que el poeta anunciaba otro futuro: “Despertaré otro día /con nuevo rostro ya el timón airado”. 

Como anécdota poco conocida, el 10 de julio de 1960, Rosendo protagonizó la entonces famosa sección “La cárcel de papel” del semanario humorístico La Codorniz (1941-1978) por la autoría de este libro, al que se identificaba con un crucigrama, por lo que se le condenaba sin costas[2].

Diez años transcurrirían hasta la publicación de Fábula del tiempo (1969), cuyos versos continúan la temática iniciada en el libro anterior, fundada en la tierra, la familia, el paso del tiempo… Luis Horno Liria, que durante tantos años ejerció la crítica literaria en Heraldo de Aragón, dentro de coordenadas ideológicas muy conservadoras pero con honestidad y tino crítico, se rebeló contra el silencio, lanzando, de paso, alguna leve andanada contra cierta crítica, llamémosle, objetivista:

Que yo sepa, hasta ahora este libro no ha obtenido ningún comentario de la crítica nacional. Dicha «crítica” tiene confeccionados escalafones –el método para encasillar suele ser pintoresco- y estos no se modifican así como así. Por lo visto, en esos escalafones no fue incluido el nombre de Rosendo Tello. O tal vez, si fue incluido, este libro ha parecido de difícil lectura y alegremente se lo ha orillado. Fábula del tiempo tiene, en efecto, algunos poemas que no encajan en el patrón corriente, de estas fechas, de este país, de las “ordenanzas” dictadas por tal o cual teorizante religiosamente oído. Pero el libro es bueno, está muy bien dosificada la cantidad que lleva de emotividad mediante el expurgo de un lenguaje exigente, de un personal gusto por la matización sutil y el empleo de simbolismos, que pueden ser oscuros en ciertos momentos, pero que siempre alcanzan sorprendentes giros de bella sinteticidad…[3],

Finalmente, el libro alcanzó también su espacio en  la revista Poesía Española, reseñada por el poeta y abogado gaditano Juan de Dios Ruiz Copete, y en la zaragozana Catarsis, por un joven alumno de Rosendo, Eudaldo Casanova. Pero el espaldarazo lo obtuvo de Salvador Espríu que habló de un alto y raro poeta y puso sus sonetos a la altura de los grandes maestros castellanos. Sin embargo, Rosendo se distanció posteriormente de estas obras iniciales y consideró la siguiente, Libro de las fundaciones (1974), como la primera de la que se sentía satisfecho. Puede decirse, además, que fue este libro el que consagró a Rosendo como uno de los primeros poetas aragoneses. En cuanto a su recepción, fueron sus compañeros del café Niké los más activos. Manuel Pinillos, crítico de poesía de Heraldo de Aragón durante varios lustros, le dedicó en su periódico una larga reseña:

Ha escrito Rosendo Tello con este libro lo mejor, lo más sólidamente construido y emitido de cuanto tiene publicado hasta hoy. El libro no es de los que se nos apoderan en una primera lectura sino que precisa un más detenido contacto con él (…) Todo el proceso del libro (…) está orientado a una búsqueda del propio conocimiento, del conocimiento del sí, hacia la consecución de un hallar las propias orientaciones en el profuso océano del ser, para ir en derechura hasta fundar algo con el mayor arraigo[4].

José Antonio Labordeta en las páginas del quincenario Andalán, tan lejanas ideológicamente al decano de los diarios aragoneses, ponderó también El libro de las fundaciones, con el que Rosendo estrenaba publicación en una colección de poesía de índole nacional tan importante como lo fue El Bardo entre 1964 y 1974[5]. Por cierto que, en el número 4 de Andalán, Tello comentó muy favorablemente el libro 87 poemas del gran poeta cartagenero José María Álvarez, sobre todo conocido desde su inclusión en la antología de J. M. Castellet, Nueve novísimos[6]. En su número siguiente, el nuevo periódico aragonés publicaba en su última página un virulento ataque, “La crítica y sus fantasmas”, a la reseña del poeta, por parte de Mariano Anós, hombre de teatro y entonces destacado miembro del PCE en Aragón. En la parte inferior de la página se daba oportunidad de contestación al  embestido que respondía con el escrito que tituló “Diálogo de sordos”, pero tanto el lugar en la página como la tipografía privilegiaban el escrito del actor[7].

También Félix Ferrer en Nueva España y Leopoldo de Luis en Pueblo, se ocuparon del poemario. Escribía el poeta cordobés:

La calidad verbal de la poesía de Tello Aina, sus abstracciones —aun partiendo de una contemplación concreta— parecen querer decir, como todo, hasta la hermosura es fundible, y, como el fuego, el propio creador de tan luminosas creaciones, las consume. Otras son como unas alas de ceniza lo que pone a las cosas, para dejarles caer en imposibles vuelos. Pero en cada caso, es un estremecimiento de belleza lo que nos transmite, al ponernos en contacto- con esa absorta contemplación de la tierra y de la llama, a través de un verso sabio de palabras y de ritmos.[8]

Publicado en 1975, Paréntesis de la llama se escribió entre septiembre de 1969 y julio de 1970, es decir, antes del Libro de las fundaciones. Su génesis fue la contemplación desde la colina de San Jorge en Huesca de un incendio de rastrojos al atardecer, que se funden con la puesta del sol. Guillermo Gúdel, que colaboraba con Luciano Gracia en la impresión de la Colección Poemas, cuyo número 19 acogió el poemario, escribía para Heraldo de Aragón:

El poeta, por serlo, padece el maleficio de acercarse a la luz, de quemarse en ella, no como mariposa ilusa o seducida por un misterio fatuo, sino porque sus ansias somáticas lo llevan en búsqueda de sí mismo, de esa verdad que siente dentro de un corazón que le exige dicciones más altas o más claras –más inquietas también- para que la armonía de la vida penetre en todos sus latidos o para rebelarse contra aquello que juzgue oneroso o terrible.  Así, Rosendo Tello se quema, (…) arde ante la oscuridad de su destino o ante los ritos más hermosos de la naturaleza (…) a través de un idioma singular, semiextraño y, sin embargo, cierto, lo mismo que el motivo que lo sujeta al suelo, único espacio dable para las vibraciones del ser afines y contrarias: la paciencia y la ira, la risa y el dolor, la existencia y la muerte, toda esa gran hoguera del sentimiento vivo que sube en humo y llama de oraciones o cantos creado por el culto al lenguaje ideal[9].

Paréntesis de la llama contenía también uno de los poemas más conocidos y conmovedores de Rosendo, “Elegía”, dirigido a su padre, que luego reproducirían distintas antologías: Aula de poesía (1975), Navales (1978), Pérez Lasheras (1996)…

La primera de estas antologías lo era exclusivamente de la poesía editada por Tello y recogía poemas tanto de sus dos libros anteriores como de los dos venideros[10]. Fue realizada por el propio autor a instancias del Aula de Poesía, entidad dependiente de la Delegación Provincial de Cultura, lo que mostraba que el poeta ya gozaba del reconocimiento que remacharán sus próximos libros. En la antología de Ana María Navales se historiaba brevemente la poesía aragonesa del siglo XX pero no se hacían juicios literarios, que sí incluiría más tarde Pérez Lasheras. Entre ambas, como un homenaje a la Peña poética surgida en torno al café Niké, el ayuntamiento zaragozano editaría OPI – NIKÉ. Cultura y arte independiente en una época difícil (1984). El primero de sus dos tomos estaba dedicado a la poesía y, en vez de enviar una muestra cronológica de su trabajo, Rosendo decidió incluir en él sus “Elegías a Dania”.

Tras Paréntesis de la llama, aparecería Baladas a dos cuerdas, escrito entre 1969 y 1973, editado en 1979. Entre los ecos que suscitó, resulta destacable el artículo de Enrique Molina Campos, poeta y crítico gaditano, que en la revista Hora de Poesía dio a luz el que hasta entonces era el artículo más extenso que se había publicado sobre el poeta, “Rosendo Tello y el valor de la palabra en la poesía aragonesa”, que satisfizo especialmente al sujeto comentado:

…una cosmovisión organizada y consumada se formula en y por un lenguaje cuyo choque consigo mismo alza un universo de belleza autónoma que, a su vez, revierte sobre la intención comunicativa del acto poético creador. La cosmovisión se representa identificando sus términos con los de la “geografía física” de Aragón, de suerte que queda establecida una vasta y cargada simbología, mucho más allá de la proyección individual sobre la naturaleza contemplada, mucho más sustantiva que el “paisaje-estado-de alma”.[11]

Luisa Capecchi reseñó Baladas a dos cuerdas en la revista Cal y, muy poco después, dedicó al poeta un breve estudio en el que se constataba:

…resulta ser el poeta aragonés que más que cualquier otro y sin ninguna demagogia, habla de la tierra aragonesa, no sólo empleando un vocabulario puntual para ella, sino evocando y excavando en sus rituales campesinos, confundiéndose por completo dentro de esta raíz de la cual parece no querer aislarse ni un solo instante, sino, al contrario, penetrarle hasta el fondo, hasta, y aquí surge lo universal, su personal y mítica reelaboración.[12]

A partir de aquí va a incrementarse la atención prestada al escritor de Letux, no sólo por sus cinco libros ya publicados y la evidente y compartida creencia en la calidad de su obra sino porque en 1977 había aparecido la revista de poesía Albaida, dirigida por Rosendo y la citada Ana María Navales, que albergaba poemas y reseñas poéticas. Con esto, sus directores pasaron a ser más conocidos y valorados, dada la especial idiosincrasia de la sociedad literaria española, que siempre ha favorecido el aplauso o palmeo a quien controla algún medio, aunque sea tan enclenque como una revista poética de provincias. Otra cosa es que, en este caso, Albaida tuviera un excelente nivel, al menos, en la parte crítica. En sus cinco números publicados entre 1977 y 1979 –dos de ellos dobles, con lo que se llegó al número 7- Rosendo Tello incluyó sendos estudios dedicados a Miguel Labordeta, Francisco Brines, Ramón de Garciasol, Juan Gil-Albert y “Cuatro poetas aragoneses”.

Meditaciones de medianoche (1982) constituye un poemario sensorial de perfecta armonía y cadencia en el que la introspección poética nos conduce a un universo onírico donde pugnan las potencias de la luz y de la sombra. Fue, sin duda, el libro con más fortuna crítica de los publicados por el poeta hasta el momento: Ángel Guinda en El Día, Clemente Alonso Crespo en Andalán, Miguel Luesma en Heraldo de Aragón y Manuel Estevan, de nuevo en El Día de Aragón, fueron los autores entusiastas de las reseñas publicadas por aragoneses. Javier Lentini, fundador y director de Hora de poesía, en 1984 le dedicó el trabajo titulado  “La poesía íntima de Rosendo Tello” y Heraldo de Aragón volvió a dedicar espacio al libro a través de un comentario de Jesús Ferrer Solá. En 1986 Javier Barreiro publicaba el ensayo más extenso sobre el libro, “Rosendo Tello, una poesía de la reverberación”, en la revista de la Universidad de Mayagüez, Cruz Ansata.

Pasarían ocho años hasta la publicación de la siguiente obra, Las estancias del sol (1990), escrito quince años atrás y que constituía la última de la pentalogía que había iniciado con Paréntesis de la llama y Libro de las fundaciones. Cinco libros que constituyen una meditación sobre el ser personal y colectivo de la tierra, como ser metafísico-poético y físico-cultural, en palabras del propio poeta.

El poemario se compone de nueve estancias –como los círculos del Dante- en las que culmina su recorrido solar.  Se trata de un viaje por espacios mágicos e ilusorios hacia la infancia y hacia el amor, hacia su propia constitución ancestral en la que se conjugan la tierra, la poesía, lo masculino y lo femenino, el sol y el agua, los regímenes diurno y nocturno. Pero, siempre, la búsqueda de la luz, el símbolo del ideal por excelencia, el intento de entender a través de la poesía, la certeza de no entender…

Una nueva generación se había incorporado a los reseñistas literarios. Manuel Vilas, Antonio Pérez Lasheras y María Pilar Martínez Barca comentaron el libro en Heraldo de Aragón, está última, en dos ocasiones, mientras Antón Castro lo analizaba en El Día y Manuel Estevan escribía en Turia:

No hay esencialidad, objeto cósmico o matiz agorafílico que no refulja a lo largo de las nueve densas composiciones. La lectura de estas requiere una intensa atención de principio a fin (…) Rosendo Tello ha tomado Lezama Lima y, por ende, del barroco moderno el hilo idiomático a través del cual se desliza el objeto exterior de las frases: ritmos e hipérboles incluidos[13].

Manuel Estevan en este artículo y otros comentaristas ya habían expresado la opinión de que Rosendo Tello se situaba en el primer lugar -o, si no, muy cerca- de los poetas de Aragón. Sin embargo, seguía siendo difícil para un poeta de la España de fines del siglo XX obtener salida a su producción en las fechas en las que daba sus libros por concluidos. Así, Rosendo Tello hubo de ir acogiéndose a la edición de plaquettes. En 1992 el Ministerio de Educación y Ciencia, para celebrar la inauguración del Curso Académico, editó 500 ejemplares de Caverna del sentido, 10 estrofas de catorce versos alejandrinos de gran belleza y hondura lírica. En 1996, con motivo de su jubilación, el Instituto José Manuel Blecua de Zaragoza, en el que oficiaba de Catedrático de Lengua y Literatura Española, dio a las prensas una serie de 21 poemas con el título, Confesiones en vísperas de domingo. En el mismo año, la Galería Lourdes Jáuregui de Zaragoza publicó otro breve opúsculo, Oráculos, que anticipaba los poemas de Augurios y leyendas de un tiempo que se va.

En 1996 aparecía Antología aragonesa contemporánea de Antonio Pérez Lasheras, en la que Tello figuraba junto a 21 poetas, varios de ellos ya fallecidos. Además de la selección de poemas, incluía una biobibliografía y un análisis de la obra de los antologados. En las páginas dedicadas a Tello el antólogo expresa algunos reparos referidos especialmente, a la primera parte de su obra:

Hay, pese a todo lo dicho, un deseo, un ansia, un anhelo en la poesía de Tello de elevación, a través de un proceso de simbolización, hacia una cierta densificación en sus contenidos. Simbolización que implica un intento de construir una particular mitología personal, no siempre suficientemente rotunda (…) El otro intento de elevación por parte de la poesía de Tello estriba en la voluntad de dotarla de un cierto soporte filosófico, en el que se entretejen las concepciones del primer Heidegger (que ya movieron a Miguel Labordeta a dar solidez a su poesía) con un cierto existencialismo escéptico y casi burlón, unido a ciertas veleidades antropológicas en las que el poeta busca la explicación fabulosa (recordemos uno de sus títulos) de ese mundo mítico que concibe como principio de toda la humanidad[14].

Tras ocho años sin editar un nuevo libro, Rosendo publica por primera y única vez en una editorial madrileña, Más allá de la fábula (1998). El poeta circula ahora en torno a su realidad más próxima y en el orbe de las experiencias personales. Del ciclo solar se regresa al nocturno vital, la decadencia y la mirada distante, con lo que la poesía se convierte en un mecanismo soteriológico, lenitivo para las desdichas del tiempo. De nuevo va a ser la generación de poetas que asomó en los años setenta, ya de edad mediana, quien preste mayor atención a la salida del libro: Manuel Estevan y Ángel Guinda, principalmente, pero se les adelantará J. A. Labordeta en la revista Trébede:

(…) Y nunca la desesperanza, aunque en lo más hondo del corazón íntimo del poeta se hundan los últimos vestigios de la sobriedad cultural que tanto a él le agrada y que en este libro emana por todas sus páginas en una lectura lenta, saboreadora del íntimo regusto de la palabra puesta detrás de la palabra, acomodándose hasta formar esa sólida estructura de los poemas que Tello Aína sabe levantar desde el hondo sótano de su mirada profunda y juzgador, embellecedora también de la realidad amarga y cotidiana que se trasforma en su íntima belleza al encontrar el justo acomodo de los versos.[15]

Augurios y leyendas de un tiempo que se va (2000) sería publicada por la editorial PRAMES, que desde entonces se convertiría en su más frecuente hogar literario. Protagonizado por el tiempo, un autor desdoblado repasa las edades de su vida. La historia se hace leyenda y el tránsito hacia la tierra, el  lugar deseado, se identifica con el tema poético por antonomasia: “el ideal inaccesible”. En esta ocasión comentaron el libro cuatro escritores nacidos en cuatro décadas diferentes. De mayor a menor, J. A. Labordeta, J. Verón, J. Bolea y J. J. Ordovás.

Consagración al alba (2004) fue el número 22 de la colección Libros de Berna, dedicada a obras líricas breves preparadas con mimo por parte de su editor Manuel Martínez Forega. El librito anticipaba poemas de sus obras en elaboración, como adelanto de lo que consideraba la tercera etapa de su lírica. El año anterior se había formado la Asociación Aragonesa de Escritores de la que Rosendo fue elegido Presidente de Honor. En 2005 dicha entidad presentó la candidatura del poeta al Premio de las Letras Aragonesas, que le fue concedido por unanimidad. Coincidió con la publicación de sus obras poéticas completas, El vigilante y su fábula. Obra poética reunida (1959-2005). Se culminaban así las aspiraciones de cualquier poeta en una sociedad tan poco amable para la poesía como la aragonesa, tampoco productora de muchos poetas de primera fila en las últimas centurias. No obstante el libro, publicado por Prames y prologado por Luis Felipe Alegre, el juglar de la poesía en Aragón desde hace medio siglo, tuvo eco y aparecieron reseñas de Javier Barreiro, Juan Bolea, José Carlos Mainer y Manuel Vilas.

A pesar de la alta valoración de la poesía de Tello, en palabras de José Carlos Mainer: “la voz más importante, rotunda y original de la poesía aragonesa de hoy”, apreciación con unos u otros matices compartida por muchos, la triste situación que en España padece la poesía y la dificultad y exigencia que la aquilatada expresión lírica de Rosendo Tello reclama al lector ha deparado que su atención crítica haya sido realmente escasa, salvo las consabidas reseñas pergeñadas a la aparición de cada libro. Creo que las diez páginas y media que Luis Felipe Alegre le dedica en su atinado prólogo son el texto más largo publicado hasta hoy sobre la poesía de este autor, como escribí por entonces:

La edición de todos los libros publicados por Rosendo Tello, más uno inédito, significa eso que se ha dado en llamar un acontecimiento. Ningún poeta aragonés del siglo XX lo había logrado en vida, si exceptuamos el caso muy peculiar de Ramón J. Sender, que en 1974 publicó en Aguilar su Libro armilar de poesías, con casi toda su obra poética, pero, por muchas razones que no son del caso, pocas cosas hay parangonables entre ambos autores.[16]

Para conmemorar la obtención del Premio de las Letras y la publicación de dichas obras completas, se dispensaron diversos homenajes al poeta y se otorgó su nombre a la biblioteca Municipal de Peñaflor, barrio rural zaragozano a 15 kilómetros de la ciudad. Como era costumbre, el Gobierno de Aragón editó un folleto[17] de 32 páginas alrededor de la vida y obra del galardonado y una antología de sus textos con el título En el corazón de la luz. Estas celebraciones, que reconocían a quien durante toda su vida había tenido a la poesía como su centro vital, culminaron en 2008 con la aparición de la primera parte de sus memorias, Naturaleza y poesía (1931-1950).

Las memorias y autobiografías de escritores aragoneses han sido escasas y, a menudo decepcionantes. Tal vez el aragonés, muchas veces excesivo en sus manifestaciones externas, blinda su intimidad y a la hora de escribir cubre con diversos mantos lo que debiera ser naturalidad, desparpajo o, simplemente, buena literatura. No es este el caso de Tello, que nos brinda una obra de altura en lo estilístico, en lo estético y en la expresión de un mundo donde lo ideal y lo sensible se acomodan en perfecta simbiosis. Quienes conocen los modos extremadamente corteses del poeta no esperarían que, por otro lado, se expresara con natural sinceridad a la hora de hablar de personas concretas, aunque siempre predominando su ingenua bonhomía. Lástima que la lentitud de Rosendo a la hora de redactar prosa y, sobre todo, el ictus que afectó a la movilidad de algunas extremidades a partir del 29 de agosto de 2009, impidiese la continuación de tan atractiva empresa. Pensemos también que, si el primer tomo recogió en más de 300 páginas sus primeros 19 años, tan parcos en acontecimientos –pueblo y seminario, casi únicamente- hubiera necesitado muchas más para contarnos su itinerario vital, misión que, así, ha quedado reservada únicamente a su poesía.

Aunque su recepción fue muy positiva, no conozco apenas reseñas de esta obra.

El conflicto que desencadena su crisis religiosa –Dios, por un lado, la Diosa Poesía, por otro- está reflejado con precisión y hondura, lo mismo que sus primeros, deslumbrantes -y difíciles- contactos con la realidad exterior urbana de una ciudad de provincias como era la Zaragoza de los años cuarenta, los de la primera y dura posguerra. El descubrimiento del cine, del universo femenino, del ámbito liberal del colegio de los Labordeta, resuelven aquella crisis (…) Esa misma capacidad de observación es empleada en la última parte del libro, la consagrada al ambiente artístico del café Niké, a la vocación vanguardista e irredenta de sus miembros (…) Rosendo estudia lo que él llama “el fuego del surrealismo” en el grupo, la pasión por la imagen original, sugerente, innovadora.[18]

En 2010 Heraldo de Aragón publicó como obra independiente Hacia el final del laberinto, el poemario que cerraba las Obras completas, inédito hasta la publicación de las mismas. Por tanto, no recibió reseñas en la prensa. Seis años después el firmante escribía:   

Libro diáfano, de prodigiosa naturalidad expresiva y en el que el estupor reemplaza a la indagación pero fértil en relámpagos, en lucidez, en precisión sustantiva. La simbología, heliosística o lunar, de la anterior poesía de Tello ha dado paso ahora a un léxico exacto y desengañado que nos recuerda al último Cernuda, las imágenes de filiación vanguardista que siempre habitaron su poesía se han convertido en reflexión desnuda, en anhelo de fundación, en distanciada mueca.[19]

En 2011 se publica El regreso a la fuente. Es ya un Rosendo Tello que, mermado en su vida social por los efectos del  ictus que casi silencia su voz, con algunas dificultades para la escritura y para lo que había sido su segunda vocación, el piano, se recluirá todavía más en su dimensión lírica. El poeta acepta vivir en su torre de marfil ensoñada y deja de lado la anodina vida cotidiana, mutándola por otra más auténtica al estar entroncada con la imaginación y la belleza.

Reseñado por Almudena Vidorreta en Turia y, en Heraldo de Aragón, por Antón Castro, este se refiere a la circunstancia del poeta:

Es un libro autobiográfico y casi un manual de adivinaciones, incluso de la enfermedad que (…) le ha dejado inválido de la mano derecha y casi sin habla. El libro también habla de la incertidumbre del existir y contra las ruinas del cuerpo (…) de su condición de extranjero en su propia vida, extraño de sí y extraño de todo, del pálpito de la sombra, de la vejez y de la terrible desaparición y el futuro.[20] 

Dos años después, PRAMES edita Magia en la montaña, obra deparada por la experiencia de un encuentro entre poetas y lectores celebrado en el pueblo pirenaico de Morillo de Tou en 1996. Antón Castro la reseñó de nuevo en Heraldo y Emilio Quintanilla Buey en Diario del Altoaragón:

No hay necesidad de incardinarlo en el conjunto de la obra lítica de Tello, de cuya elocución habitual se aparta en algunos aspectos. Las circunstancias en que el libro fue escrito (un breve paréntesis que comienza en otoño de 1996 y finaliza un año después), la ausencia -salvo alguna excepción- de ese peculiar tono metafísico a que el poeta nos tiene acostumbrado, la profusión de exergos o citas con que encabeza gran parte de sus poemas y la variedad tanto de registros poéticos como de temas tratados, hacen de Magia en la montaña un sugestivo mosaico con variedad de estilos y de combinaciones métricas.[21]

Unos meses más tarde Juan Marqués publicaba en la revista de la Fundación Caballero Bonald, Campo de Agramante, una larga conversación con el poeta, además de una reseña del mencionado poemario:

No se trata en absoluto de un libro de circunstancias ni, desde luego, de un libro menor, ni siquiera de un libro aparte. Es, en todo caso, un libro un poco diferente, dado que fue construido y estructurado según criterios insólitos en la obra de Tello, pero nació de la misma fuente y al final sucede que es además (…) uno de sus mejores poemarios, continente de alguno de los mejores y más sabios poemas que ha escrito nunca (…) Tello ha demorado la publicación de Magia en la montaña para ser un poco más fiel a sí mismo y continuar el ya tradicional desbarajuste, haciendo que su obra sea, aparte de un laberinto (palabra y símbolo que le gustan mucho), un puzle desordenado, sí, pero un puzle que, reunidas y repasadas sus piezas, permite contemplar con toda claridad una de las cosechas poéticas españolas más serias, conscientes y perennes del último medio siglo.[22]

Nuevamente, transcurren dos años para la publicación de otro de los mejores libros del poeta, Revelaciones del silencio, publicado ahora por Gara d’edizions, empresa fundada por Chusé Aragüés, antes, director editorial de PRAMES. De nuevo Antón Castro en Heraldo de Aragón y Javier Barreiro en Turia serán sus reseñistas.

Escribe A. Castro:

El poeta, en plenitud metafórica y lingüística, reflexiona sobre su propia vida, sobre la poesía y su condición de hacedor de imágenes, versos e historias en un libro que extiende sus hilos o sus raíces hasta ‘Ese muro secreto ese silencio’ (1959) (…)  libro compendio, en cierto modo: ese espejo, verso a verso, al que enfrenta el escritor y lo encuentra casi todo. La belleza, el silencio, la soledad, la angustia que nace de la mudez, el dolor, pero también el amor y su memoria iluminada de instantes, de presencias, de figuras como su padre y su madre (…) son los temas esenciales del volumen (…) La biografía del poeta y del hombre se funden a lo largo del corpus central de este poemario: ‘El enigma sagrado de la vida’, donde se percibe la amenaza del fin, el desgarro, la enfermedad, el insomnio pero también el destierro de la luz o la presencia de esa morada ideal para la palabra, el alma y el cuerpo.[23]

Y J. Barreiro:

La vida del poeta ha sido la contemplación, el yo, sereno observador del alma del Universo y, ahora ya, con la sabiduría de la vida cumplida, su misión es conciliar los frutos de la imaginación con la formulación de la belleza, cuya presencia a veces no se percibe, se escapa, como lo hace el misterio, llamando y huyendo. De todo esto nos habla Revelaciones del silencio, ya que la revelación es el fruto natural de la poesía, lo que en otras épocas, dimos en llamar conocimiento. Ese es el tesoro. Y, junto a la revelación del título, no puede dejar de figurar el silencio, el de su primer poemario y (…) quizá, la música que escuchamos tras la muerte. De la misma forma, el poeta espera que, cuando se haya ido, resonará en nuestra memoria su silencio (…) En toda poesía, en toda verdadera creación no puede faltar la única certeza no tangible, la integración de contrarios. El silencio y la música, otra de las obsesiones de Rosendo, enlazan de modo que nada es el uno sin el otro. Música siempre presente en la maravilla del instante, en la tristeza del recuerdo, en la armonía de nuestro pensamiento.  No todo es abstracción en Revelaciones del silencio. El lugar y la casa natales, los antepasados, los amigos, la familia, la naturaleza, a la que siempre Rosendo amó físicamente, son referencias precisas y emocionantes a lo largo de estos poemas serenos y turbadores, elementales y clásicos, por lo eterno de sus centros de atención y, claro está, por el primor de su lengua.[24] 

El mismo estudioso reproducirá poco después en la revista electrónica Imán de la Asociación Aragonesa de Escritores, uno de los más extensos artículos sobre el poeta, “Rosendo Tello por sí mismo”, donde se repasan las  versiones del autor acerca de su producción y su lugar en el mundo. 

De nuevo, como había ocurrido en esta segunda década del siglo XXI, dos años después de Revelaciones del silencio, es decir, un libro en cada año impar hasta llegar a 2017, verá la luz el que hasta hoy es el último fruto lírico del escritor, Apología simbólica del jardín, también en Gara d’edizions. Juan Domínguez Lasierra, Juan Marqués y Jesús Ferrer Solá lo reseñarán en Heraldo de Aragón, Campo de Agramante y Turia. El último concluye así su escrito:

El poeta contempla aquí (…) en su jardín de remansados recuerdos y vitales presencias, el devenir de la temporalidad, la vibración de los inolvidables instantes, los revisitados paisajes de la memoria. Con un fondo de intuible ética socrática, ecos del magisterio humanista del machadiano Juan de Mairena, la calmada cadencia cercana, y una sutil autoindagación introspectiva, Rosendo Tello nos devuelve, con sus más característicos referentes temáticos, el sabor de la mejor poesía clásica, proporcionada, simbiosis perfecta de esencialismo y temporalidad.[25]

Se verifica, pues, como la poesía de Rosendo Tello ha tenido un progresivo eco en su tierra y bastante menos en el exterior, como era previsible, dado el espacio cada vez menor que Aragón ha ido ocupando en el mosaico nacional. Podríamos extendernos considerando la producción del autor en otros géneros, especialmente, brillante en el terreno crítico, pero si nos ceñimos al título del trabajo, la recepción, comprobaríamos  que la atención a ella otorgada todavía ha sido menor.

Sin embargo, merecen, al menos, citarse algunos de los escritos más interesantes acometidos por Tello en este terreno. Sin duda, el autor más privilegiado por su atención ha sido Miguel Labordeta, del que Rosendo realizó para El Bardo la edición del póstumo Autopía (1972), el epílogo a sus obra completas en Javalambre (1972), amén de reseñas, conferencias, entrevistas y otras  intervenciones menores. Cercana a los hermanos Labordeta, está también la edición de la revista Orejudín (1958-1959), dirigida por José Antonio, que Rosendo realizó para el Gobierno de Aragón en 1991[26]. Hay además varios prólogos, generalmente para amigos poetas[27] y una cantidad no excesivamente extensa de reseñas, dada su minuciosidad, mimo y lentitud para la escritura en prosa, distribuidas por publicaciones de lo más diverso. No olvidemos tampoco, unos pocos cuentos diseminados por publicaciones efímeras[28].

Es de lamentar la no publicación de su tesis doctoral sobre Gil-Albert, así como los apuntes realizados durante varios lustros sobre la Vida de Pedro Saputo de Braulio Foz, que, aunque inacabados, conozco de primera mano. Ambos son trabajos brillantes, originales y con enfoques que la ciencia literaria en España apenas ha prodigado y deberían publicarse.

El libro donde se incluye este escrito será, sin duda, el necesario remate al asunto del que me he ocupado.

NOTAS

[1] Revista literaria de la OPI (Oficina Poética Internacional) dirigida por Miguel Labordeta.

[2] El autor de la sección solía ser el entonces popular humorista Evaristo Acevedo (1915-1997). Llama la atención que se ocupara de un primer libro tan breve y de tan escasa edición, publicado en provincias.

[3] Horno Liria (1996: 507).

[4] Pinillos (1973).

[5] José Batllo (Edición), El Bardo (1964-1974). Memoria y Antología, Barcelona, Los Libros de La Frontera, 1995.

[6] Rosendo Tello, “Temple y lección de J. M. Álvarez”, Andalán nº 4, 1 de noviembre de 1972, p. 14.

[7] Mariano Anós, “La crítica y sus fantasmas”-  Rosendo Tello, “¿Diálogo de sordos?”, Andalán nº 5, 15 de noviembre de 1972, p. 16.

[8] Leopoldo de Luis (1973).

[9] Gúdel (1975).

[10] Reseñada por Félix Ferrer (1975)

[11] Molina Campos (1979: 35).

[12] Capecchi (1980: 18).

[13] Estevan (1990: 226).

[14] Pérez Lasheras (1996: 248-249).

[15] Labordeta (1998: 66).

[16] Barreiro (2005)

[17] Rosendo Tello. Premio de las Letras Aragonesas 2005 (dir. Juan Bolea), Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2006.

[18] Giménez Corbatón (2008)

[19] Barreiro (2016).

[20] Castro (2011).

[21] Quintanilla Buey (2013).

[22] Marqués (2014).

[23] Castro (2016).

[24] Barreiro (2016a).

[25] Ferrer Solá (2018).

[26] Barreiro (1992).

[27]  De memoria, recuerdo los nombres, de Carlos Cezón, José Antonio Rey del Corral, Raimundo Salas y José Verón.

[28] Algunos títulos: “Por el jardín del sol” (Cuadernos de Aragón nº 10-11, 1978, pp. 255-265), “La mirada de Dania” (Argensola nº 87, 1979, pp. 289-306),Mombor o la mirada frenética”, Cuadernos de Aragón nº 14-15, pp. 247-259).

                                        OBRA DE ROSENDO TELLO

Ese muro secreto, ese silencio, Zaragoza, Col. Orejudín, 1959.

Fábula del tiempo, Zaragoza, IFC, 1969.

El libro de las fundaciones, Barcelona, El Bardo, 1973.

Paréntesis de la llama, Zaragoza, Col. Poemas, 1975.

Antología (1959-1975), Zaragoza, Delegación Provincial de Cultura, Col. Aula de Poesía, 1975.

Baladas a dos cuerdas, Zaragoza, IFC, 1979.

Meditaciones de medianoche, Zaragoza, Olifante, 1982.

Las estancias del sol, Zaragoza, Prensas Universitarias, 1990.

Caverna del sentido (plaquette), Zaragoza, Ministerio de Educación y Ciencia, 1992.

Confesiones en vísperas de domingo, Zaragoza, Instituto José Manuel Blecua, 1996.

Más allá de la fábula, Madrid, Huerga & Fierro, 1998.

Augurios y leyendas de un tiempo que se va, Zaragoza, PRAMES, 2000.

Consagración al alba, Zaragoza, Lola, 2004.

El vigilante y su fábula. Obra poética reunida (1959-2005), Zaragoza, PRAMES, 2005.

En el corazón de la luz (Antología), Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2006.

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-QUINTANILLA BUEY, Emilio, “Magia en la montaña, el libro más cercano y vitalista de Rosendo Tello”, Diario del Altoaragón, 27-11-2013.

MARQUÉS, Juan  “Reseña” de Magia en la montaña, Campo de Agramante nº 20, primavera-verano 2014, pp. 145-147.

-CASTRO, Antón, “Del enigma poético” (Reseña de Revelaciones del silencio de Rosendo Tello), Heraldo de Aragón, 29-1-2016.

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-BARREIRO, Javier, “Rosendo Tello, por sí mismo”, Imán nº 15, noviembre, 2016. https://revistaiman.es/2016/11/17/rosendo-tello-por-si-mismo/

-DOMÍNGUEZ LASIERRA, Juan, “El jardín, como símbolo” (Reseña de Apología simbólica del jardín), Heraldo de Aragón, 15-2-2018.

-FERRER SOLÁ, Jesús, “Del ser y del tiempo” (Reseña de Apología simbólica del jardín), Turia nº 127, junio-octubre 2018, pp. 485-487.

-MARQUÉS, Juan,  “Reseña” de Apología simbólica del jardín, Campo de Agramante nº 26, pp. 121-123.

-MARTÍNEZ FOREGA, Manuel, El viaje exterior. Ensayos censores IV, Zaragoza, Pregunta, 2020, pp. 28-30,126-127 y 200-204.

Otras entradas sobre Rosendo Tello en este blog:

ROSENDO TELLO. POESÍA COMPLETA

UNA POESÍA DE LA REVERBERACIÓN. «MEDITACIONES DE MEDIANOCHE» DE ROSENDO TELLO

(Reseña de Fermín Ezpeleta Aguilar, Alejandro Gargallo: La palabra encendida de un maestro republicano, Calamocha (Teruel), Centro de Estudios del Jiloca, 2018. 140 páginas. Publicada en Diario de Teruel, 5 de septiembre de 2018.

Fermín Ezpeleta lleva lustros dedicado a desentrañar las condiciones socio-pedagógicas en las que el magisterio español –con especial atención al aragonés- hubo de desenvolverse en las décadas anteriores a la Guerra Civil y ha rescatado algunas de sus figuras más esforzadas y caídas en el olvido. La mala fortuna que históricamente acompañó a esta profesión vocacional culminó con el desastre que para ella significó la victoria del fascismo, por el que fue diezmada. Uno de los primeros libros del profesor Ezpeleta, Crónica negra del magisterio español (2001), abundaba en esta cuestión mientras que, cinco años más tarde, el muy ilustrativo y bien informado  volumen El profesor en la literatura. Pedagogía y educación en la narrativa española (1875-1939) se centraba en la figura del docente y su abundante representación en tantas obras narrativas y memorialísticas del periodo. Al concluir su lectura es difícil no reflexionar sobre la contradicción entre la pujante literatura del país durante la etapa de la Restauración y las condiciones educativas en las que la mayoría de estos escritores debió de formarse.

Obras posterior se han centrado en el ámbito aragonés y, más concretamente, en el turolense. Tras el pionero Escuelas y maestros en el siglo XIX. Estudio de la prensa del magisterio turolense (1997), en 2010 sale a la luz, Miguel Vallés entre pedagogía y didáctica. Artículos en la prensa del Magisterio turolense (1870-1920); en 2016, La mala vida del maestro. Literatura satírica en la prensa pedagógica turolense (1880-1900) y, con el reciente inserto de otro libro antológico que recopila arrinconadas aportaciones que muestran la inquietud de muchos docentes españoles por su trabajo, Leer y escribir en la escuela del XIX. Prensa pedagógica y Didáctica de la Lengua (2018), nos encontramos ahora con un acercamiento a la figura del zaragozano Alejandro Gargallo (1876-1947), un maestro nacido en Villalengua, que volcó su pasión por el magisterio y la escritura en la mostración y denuncia de los problemas del gremio.

Socialista y republicano, Gargallo ejerció en Asturias (Candás y Pola de Laviana), Aragón (Calatayud y Calamocha) y terminó su vida docente en Badalona, mientras que, al acercarse el fin de su existencia física, volvió a Calamocha. Ezpeleta nos ofrece una breve investigación biográfica, muy ilustrativa de las penurias y horcas caudinas que debía afrontar un maestro independiente y una representativa antología de textos en forma de artículos periodísticos, publicados generalmente en la prensa turolense, algunos cuentecillos, una novela corta y cuatro cartas dirigidas a diversas personalidades.

La citada novela corta que se reproduce, “Un palo de ciego”, apareció en la colección “La Novela de Viaje Aragonesa”, dirigida por Arturo Gil Losilla y la única publicación de esta modalidad literaria, tan en boga desde 1907, que editada en Aragón, alcanzaría más de 70 números, cifra que apenas logró alguna colección, fuera de las editadas en Madrid y Barcelona. A pesar de que en ella colaboró algún escritor popular a escala nacional, como Antonio de Hoyos y Vinent, el nivel  literario rara vez superó la mediocridad. No es de las peores la colaboración de Gargallo: un viaje en diligencia hasta el asturiano pueblo de Breñales, donde varios personajes, entre los que el maestro que va a tomar posesión de su plaza en el pueblo es el actor principal, dialogan, con abundantes excursos sobre la identidad asturiana y aragonesa. Finalmente, la novelita, con perjuicio de lo literario, deriva hacia lo autobiográfico, narrándonos una muy convencional historia amorosa y los enfrentamientos del maestro con la inspección, que terminan con su exclusión del cuerpo.

Lo más interesante de los textos del antologado se encuentra, sin duda, en los más de 30 artículos reproducidos entre las fechas de 1903 y 1934, casi todos correspondientes a los últimos ocho años. En ellos aparecen escenas costumbristas, algo de crítica literaria, pero sobre todo la obsesiva preocupación de Gargallo por los problemas y carencias de la escuela pública.

Fermín Ezpeleta analiza dichos textos en la breve introducción (pp. 13-43)  contextualizándolos y, por muestra, señalando con acierto que “Un palo de ciego” disuena en el alineamiento conservador propio de la colección en que aparece. También nos ofrece los principales referentes biográficos, entre los que es de destacar el proceso de depuración, con disímiles testimonios en pro y en contra, que deparó al maestro una condena de ocho años, por delito de incitación a la rebelión. De ellos cumpliría casi tres. Su esposa, que lo aguardaba en Villarroya de la Sierra, sólo sobreviviría 41 días a la excarcelación de Alejandro. Éste matrimoniaría en mayo de 1946 con una calamochina, 27 años más joven, y se iría a vivir al pueblo de su mujer, donde, probablemente, había pasado sus mejores y más tranquilos años como maestro. Seguramente, un matrimonio de interés, pues Gargallo fallecería once meses después y está enterrado, a nueve kilómetros de su pueblo natal, en Villarroya de la Sierra.

Ezpeleta, como exhaustivo conocedor del tema, aporta, finalmente, una relación de novelas breves escritas por maestros, que, entre 1865 y finales de los años veinte, tienen como centro los problemas del Magisterio. Como el autor comenta, “la obrita de Gargallo viene a inscribirse en este panorama de novelas, en el que prima más lo conceptual que la estética literaria y en la que la tesis machacona de la voz editorial se sobrepone a cualquier otra consideración”.

Un libro, pues, ampliamente ejemplificador de  las penurias que la superestructura ultracatólica y caciquil de un país que se debatía entre las llamadas de la modernidad y los fantasmas del carlismo deparó a los sufrientes miembros del Magisterio. No bastó la Institución Libre de Enseñanza ni la brevedad de la II República para cambiar la dirección de los vientos contra la que también se oponía -por qué no decirlo- la muy escasa preparación intelectual de muchos de los miembros del magisterio.

Fermín Ezpeleta
El último libro de Fermín Ezpeleta (Ed. Taula, Zaragoza, 2020), en el que amplia los datos sobre la figura y la obra de A. Gargallo

(Publicado en El Periódico de Aragón, 16 de enero de 2022, p. 10-11)

A la derecha Arana con dos amigos, en una de las imágenes más antiguas que de él se conservan

Los años veinte del pasado siglo no sólo fueron los de la difusión universal del jazz, el fox-trot, el charlestón y otros ritmos que contribuyeron, junto al nacimiento del cine sonoro, el art decó y las faldas cortas, a la consideración de la década como el “no va más” de la modernidad, sino que, por otro lado muy diferente, en ellos se publicaron quizá más cancioneros de jota aragonesa que en ninguna otra década. El género contaba por entonces con grandes figuras masculinas y femeninas del canto (Cecilio Navarro, Ofelia de Aragón o Pilar Gascón, entre las más grandes) mientras que en 1927 se consagraba José Oto.

En este contexto José Ruiz Borau que, con el nombre de José Ramón Arana, al que el exilio convertiría en el narrador aragonés más importante tras el inmenso Sender, se asomaba a las prensas de Las Noticias del Lunes publicando diez coplas joteras, el 13 de agosto de 1928. Fue éste un periódico-semanario, antecedente de La Hoja del lunes, que se componía en la imprenta del Hospital Provincial de Zaragoza y que circuló de 1926 a 1930.

No era la primera vez que el futuro narrador  veía su nombre impreso, pues en 1925, la revista Pluma Aragonesa en sus números 3, 5 y 6 había recogido sendos poemas del autor, como di a conocer en mi edición (Rolde, 2005) de sus poesías. Ni se sabía de éstas ni de las que hoy reproducimos, ya que la primera obra de Arana tardaría años en publicarse y muchos más en España, ya que su libro más señero, El cura de Almuniaced (edición mejicana de 1951), no llegaría a ser editado en España hasta 1979. Había transcurrido más de medio siglo desde estos sus primeros vagidos líricos.

Conociendo su obra poética posterior, en la que la presencia más constante es la figura  materna, es curioso que estos versos apresurados de juventud también terminen con una referencia a la madre, cuyo protagonismo eclipsó el de las tres mujeres con las que convivió y tuvo descendencia.  

Parece, pues, patente que la vocación literaria del escritor, entonces un obrero sindicalista, asomaba con claridad y, como suele ocurrir en los inicios, abocada a la expresión poética. Es curioso que no exista ningún progreso –más bien al revés- entre los versos de 1925 y los de 1928 pero estos nos dan muestra de la vitalidad de un género que acababa de dar salida a dos de sus títulos más importantes: Cancionero aragonés. Canciones de jota antiguas y populares en Aragón (1925), repertorio de Dámaso Sangorrín, que firmó como Juan José Jiménez de Aragón -tres jotas en las iniciales de su seudónimo como homenaje al género- y Cantos populares de la provincia de Teruel (1927), el famoso cancionero de Miguel Arnaudas. Sin embargo, la musa de Ruiz Borau -su nombre auténtico- no parece proceder del conocimiento de los cancioneros sino que, dicho popularmente, resulta más zaborrera. Mucho mejor encaminadas líricamente son las diez “Jotas de hogaño al estilo de antaño”, que figuraban entre los papeles del autor que me cedió su viuda, Elvira Godás, para ser publicadas en la edición citada de sus poemas (pp. 220-221).

Aunque pueda decirse que la tradición de la copla fue cayendo en el olvido, tuvo todavía su predicamento hasta mediados de la pasada centuria. Fue Fernando Soteras “Mefisto” (1886-1934) su más esforzado difusor en la prensa aragonesa. Poco antes, Gregorio García-Arista había publicado el que, aunque escaso, parcial y discutible, todavía puede considerarse el principal estudio de la copla en el antiguo reino: La copla aragonesa o “cantica” (1933) publicado en el Boletín de la Real Academia Española.

La copla todavía no había acabado su largo recorrido a través de la poesía popular española. Ahora sabemos que José Ramón Arana también incidió en ella.

GUITARRA ARAGONESA*

Una Jota bien cantada
hace llorar de emoción;
la hizo el alma de la raza
con trozos de corazón.

Vas diciendo que soy feo,
borrachín y mal “trebaja”,
si te “dijiera” te quiero,
ya harías “guena” rebaja…

“Cualquiá” se casa con “tu”,
que “ties” genio de “dimonio”
“toas” las muelas “cariadas”
y llevas postizo el moño.

No encontrarás en el mundo
un contento con su suerte;
quien tiene dos, quiere cuatro,
y quien tiene cuatro, “vainte”.

“T’arreo” un beso y te enfadas;
“t’arreo” dos y “tamién”:
¿Cuántos habrá “c’arreate”
“pa” que a “tú” te “paizca” bien?

Que si el “Utebo F. N.”,
que el “Calatorao F. C.”,

¡Repaño! c’hablen cristiano
“pa” que se les “puá” entender.

Azucenica “trempana”,
morros de “malacatón”
si tu habías de “comeme”
¡quién se “golviera” melón.

A San Antonio le pides
que “t’agencie güen casorio”,
Siendo tuerta y bigotuda,
¿cómo “ta” de encontrar novio?

Si un baturro en tierra extraña
escucha cantar la jota

“pa” contener las “glarimas”
se concara con su bota.

Jotica, mi última jota,
lleva un “ricuerdo” a mi madre
y una “glarimica” al Ebro
“pa” que “s’aumente” su cauce.

José Ruiz Boráu

(Las Noticias del Lunes 13 de agosto de 1928, p. 3)

*Se reproduce con exactitud, la grafía del original.

Sobre José Ramón Arana, también puede verse en este blog: https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/14/jose-ramon-arana/

(Publicado en Ambigua. Revista de investigaciones sobre género y estudios culturales, nº 2, 2015, pp. 111-132.)

Casi siempre que se invoca el término ‘tremendismo’ es para vincularlo a las crudas ficciones que, con C. J. Cela a la cabeza, protagonizaron una corriente narrativa propia de la posguerra española. Crystal Harlan escribe en Guía de About.com:

Es una tendencia o género que se manifestó en la novela española de la posguerra. Como producto de escritores que fueron testigos de las vicisitudes de la guerra, se caracteriza por una crudeza en la narración y en la trama, aunque no se relaten hechos exclusivamente bélicos. El lenguaje es duro, las escenas brutales y grotescas, y los personajes viciosos, obsesivos y violentos. Si bien se considera la novela La familia de Pascual Duarte (1942), de Camilo José Cela, como el inicio de esta tendencia, también se ha visto en otros periodos y géneros, como por ejemplo en la novela picaresca  y en el teatro esperpéntico de Ramón del Valle-Inclán.

Más breve y precisa es la definición del DRAE:

Corriente estética desarrollada en España en el siglo XX que se caracteriza por la exagerada expresión de los aspectos más crudos de la vida real.

Efectivamente, el tremendismo aparece en la literatura española mucho antes de que Cela comenzara a publicar sus ficciones. Convengamos en que puede ser aceptable la referencia de Crystal Harlan a alguna novela picaresca y aquí podríamos incluir más de alguna de las memorias o autobiografías de cautivos que se escribieron en el Siglo de Oro. Pero, como sucederá en varios de los textos que mostramos, el tremendismo se encontraba en la propia realidad descrita. Lo entenderá muy bien el Naturalismo que fija su mirada de denuncia en muchos aspectos más o menos truculentos y, conforme a su vocación científica, llevará la sexualidad a la literatura descartando el tabú que la rodeaba. En España, el poder y la hegemonía de la Iglesia propiciaron que estas transgresiones fueran más difíciles, vistas con peores ojos y más expuestas a la represión hasta el punto de que, con la Guerra Civil, prácticamente, se volvieron a prohibir, más de medio siglo después de la imposición del naturalismo. Azorín, un casi contemporáneo del mismo, abominando de su juventud, se pronunciará en una entrevista de 1954: “El tremendismo no es arte. El sentido de lo patético, sí. La novela, al igual que toda literatura, debe ser contención, moderación. En ella no se puede decir todo”[1].

Sin embargo, el tremendismo de posguerra habría de descartar el sexo y el erotismo y  poner el acento en la exposición de las miserias y bajezas humanas, en gran medida, como proyección de una realidad social injusta pero que no podía denunciarse directamente por la presión censoria. No ocurrió lo mismo en el Naturalismo español que, aunque atenuado por la influencia del catolicismo, tuvo escritores, con López Bago[2] como principal referente, que, con sus novelas “médico-sociales” colocó los asuntos sexuales -antes circunscritos en España a la no muy popular literatura clandestina- en la normalidad literaria. Entre otros naturalistas que lo secundaron es indispensable citar a José Zahonero, Enrique Sánchez Seña y el desdichado Remigio Vega Armenteros.

Si el Naturalismo sacó del cofre la sexualidad, hízolo con afanes terapéuticos o de denuncia, no con el “ánimo de desatar las bajas pasiones”, como gustó de destacar la retórica clerical. Otra cosa es que también ello contribuyera a su éxito de ventas. Pero ya escribió Lissorges que “…por su tremendismo expresivo el ‘naturalismo radical’ es más ‘literatura negra’ que literatura erótica” y que estos autores “se adaptaron, consciente o inconscientemente a la mentalidad socio-cultural del momento[3]. Fue el inmediato movimiento modernista quien trajo a primer plano el erotismo y es cierto que muchos de los escritores de la Novela Corta bebieron de ambas fuentes y se movieron entrambos polos.

Fueron Felipe Trigo y, en menor medida, el tan prolífico y valioso Eduardo Zamacois los autores que actuaron como eslabones entre la novela naturalista y la novecentista[4]. Pero este último, sobre todo en su etapa como inspirador, fundador, director y principal redactor de la revista La vida galante[5], también llevó a sus páginas la estética y el espíritu del modernismo, como lo trasladará después a El Cuento Semanal y Los Contemporáneos, las dos colecciones inaugurales de novela corta.

Claire-Nicolle Robin fijó la postura del galante, a la par que naturalista, escritor hispano-cubano:

El concepto de erotismo en Zamacois se fija en tres elementos, íntimamente asociados porque cada uno supone una exaltación del cuerpo y ánimo más allá de lo socialmente aceptado, cual superación de lo mediocre y del medio placer o, peor, del placer vergonzoso (…) Trascendentalización del Placer como medida del vivir, trascendentalización de la embriaguez como modo de alzarse a la altura del Deseo para magnificarlo. Trascendentalización de la Belleza, sea la de la mujer, sea la de la obra de arte, que apenas se disocian porque el movimiento de creación y descubrimiento del otro es el mismo. El erotismo según Zamacois da un corte trascendental a cuanto quería considerar la sociedad como pecaminoso. Pero al mismo tiempo introduce el ariete más destructor de los tabúes: el individualismo. Porque el camino que ofrece y defiende Zamacois en su cruzada del amor es un camino individual hacia la “dicha de vivir”, es la exaltación no sólo del cuerpo sino de las fuerzas que tiene el individuo para diferenciarse de la masa, tomar sus distancias con la Sociedad[6].

Sería extemporáneo insistir aquí sobre el erotismo modernista, ya tan estudiado, sobre el que la mejor síntesis son los versos finales del poema XXIII de Cantos de vida y esperanza:

Pues la rosa sexual,
al entreabrirse,
conmueve todo lo que existe,
con su efluvio carnal
y con su enigma espiritual.

Verhaeren y Regoyos, La España negraConvenimos, pues, en que, en el momento en que la novela corta llega a los quioscos, el naturalismo aporta el tremendismo y el sexo que el movimiento modernista teñirá de erotismo. Tremendismo que se expande a las artes plásticas que, bajo el lejano manto de Goya y el cercano de Darío de Regoyos, con su colaboración en La España negra de Verhaeren, estallará en las obras de Ignacio Zuloaga (1870-1945) y José Gutiérrez Solana (1886-1945) y se hará carne literaria en las obras de Eugenio Noel, López Pinillos (Pármeno), Carmen de Burgos, Ciges Aparicio, Samblancat, Vidal y Planas y tantos otros. Tremendismo, que pertenecía a la misma entraña de la vida española y que se expresa de manera ejemplar en sus fiestas de toros o en lo salvaje de  las guerras carlistas, que tendrían su casi exacta continuidad en la siguiente guerra civil.                                  

Antes de entrar en materia convendrá hacer una triple advertencia

  1. El periodo de vigencia de la novela corta -casi tres décadas- es tan amplio y el número de autores y narraciones tan desmesurado que únicamente se podrá acometer un mínimo ejemplario, apenas representativo del inmenso material susceptible de estudio.
  2. El erotismo, omnipresente en la novela corta, aparece en todas sus formas y matices. Prescindiremos, no obstante, de la novela erótica propiamente dicha y nos ceñiremos a aquellas colecciones que no están estrictamente abocadas a este tema.
  3. El tremendismo, aunque no tan frecuente como el erotismo, abunda de manera evidente pero es más raro ver asociados ambos parámetros. El erotismo es muchas veces el del escritor galante de raigambre francesa pero muchas más un efluvio obsesivo proveniente de la represión sexual que empapa toda la sociedad española de su época, que fue tan bien descrito por obras tan lejanas en su concepción estética como Relato inmoral de Wenceslao Fernández Flórez y La casa de Bernarda Alba de F. García Lorca.

Forma híbrida entre la revista, el teatro y el libro, la novela corta aparece en un momento de liberalización de la sociedad española, en el que la mujer y su sexualidad comienzan a tener algún protagonismo. En muy pocos años el cuerpo de la mujer, antes sólo codiciado o imaginado y sólo alcanzable a través del burdel o el matrimonio, empieza a aparecer descocado en los escenarios de varietés y en muy pocos años, desaparecerán corsés, refajos, ballenas, fajas, enaguas y otros aditamentos que constriñen a la vez que ocultan el cuerpo de la mujer; las faldas perderán centímetros de forma acelerada, del mismo modo que la relación entre sexos se acortará, perdiendo la enorme distancia que los separaba y la sexualidad femenina se expondrá de forma mucho más libre y natural que en las décadas precedentes. Todo ello es perfectamente seguible a través de los personajes y argumentos de estas novelas.

Tan importante como ello es la irrupción del hedonismo fuera de las clases acomodadas y burguesas. Hedonismo que muchas veces castiga el desenlace pero que en otras está totalmente libre del sentimiento de culpa y aparece justificado y hasta enaltecido.

Este y otros cambios de costumbres se enuncian meridianamente en una de las primeras narraciones del ciclo debida a Joaquín Dicenta (Una letra de cambio, El Cuento Semanal nº 8, 22-II-1907).

En ella el protagonista, que tiene muchos rasgos del autor, es un estudiante de Derecho que no estudia y que, desde su pensión, observa a una hermosa mujer de la casa de enfrente, que, al parecer, vive con su padre. Él no se atreve más que a hacerle versos pero en una ocasión ella le indica desde el balcón que acuda al baile de Capellanes. Allí, ella, enmascarada, lo saluda y le pide que bailen. Lo pasan estupendamente aunque acaece una pendencia con unos chulos. Al final se pierden para consumar el amor. Al día siguiente, ella lo cita en su casa y le cuenta que el padre no es sino un caballero de 56 años que la protege. Siguen con sus amores y en una ocasión, en la que jugando ganan dos mil pesetas, cogen tal borrachera en Fornos que, al día siguiente, apenas se dan cuenta de que sobreviene la hora de llegada del protector, con el que el estudiante se tropieza en el rellano. El caballero aborda al joven y lo tranquiliza, confesándole que tenía conocimiento de la situación pero que ya contaba con ello y hacía la vista gorda, sabedor de que si, a su edad a uno le gustan las mujeres guapas, ello implica pagar para que otro se aproveche pero que ello constituye una letra a treinta años fecha. “Yo pago la mía y le anuncio el giro de la suya”.

Ausente la honra, que tanto preocupó al joven Dicenta, es ahora una suerte de escepticismo hedonista y comprensivo el que se impone. Prueba de lo poco insólito del asunto con que concluye el argumento es que otras novelas lo abordan igualmente. Por ejemplo, Cristóbal de Castro en Las insaciables, número 79 (3-VII-1908) de la misma colección: otro estudiante que, muy probablemente, encubre al propio autor y que vive en la pobreza, entra en relaciones con una joven que lo mantiene gracias a su protector.

Son numerosísimas las narraciones de este periodo en las que aparece la prostitución, lo que no podemos achacar a  influjos del naturalismo ni a una moda pasajera sino a una realidad social que, sobre todo en las grandes capitales, tenía una importancia en la vida cotidiana de los varones que no es fácil discernir desde el hoy. Espigando entre estas novelas, cinco semanas después de la novelita de Dicenta y con el número 13 de El Cuento Semanal, Pedro de Répide publica otro excelente cuento de ambiente barriobajero, Del Rastro a Maravillas. En el narra el amor de una entretenida, La Reina Clavel, por El Niño, un organillero que tiene éxito con las mujeres y que la comparte con otra amante, La Tranquila.

El malagueño Enrique López Alarcón en el número 106 (8-I-1909) de El Cuento Semanal, La cruz del cariño, de ambiente callejero y popular, nos muestra como Luis prostituye a Rita, la mujer que lo ama, que se convierte en alta cocotte. Guillermo Hernández Mir en Pedazos de vida (El Cuento Semanal, 129, 18-VI-1909) nos traslada al ambiente sevillano de juergas y Semana Santa, donde una pareja de novios, Manuel y Rosarillo, pasean su amor por la ciudad en fiestas. Pero ella también se dedica a la prostitución. En una juerga con dos señoritos, Rosarillo, borracha, guía el simón, que se estrella contra un escaparate, quedando el caballo malherido. Cuando aparecen los guardias, aunque no puede evitarse la detención, porque el escándalo ha sido en el centro de la ciudad, los señoritos lo arreglan todo con dinero y organizan una monumental juerga en la cárcel, con aquiescencia de las autoridades.

En Los Contemporáneos, la colección aparecida justo dos años después de El Cuento Semanal, tendremos igualmente prostitución por doquier. Manuel de Mendívil nos presenta en Sara la loca (nº 41, 8-X-1909) a Pastoriza, una gallega de humilde origen y  evidentes concomitancias con La Bella Otero, que escribe sus memorias de alta cocota y que quiere ser a la vez una indagación acerca de la idiosincrasia femenina. O en Bestezuela de amor (Los Contemporáneos, 79, 1-VII-1910), donde Antonio de Hoyos y Vinent[7], un autor paradigmático de estas colecciones y estos temas vidriosos, conjuga temas político-sociales como la repulsa popular por el envío de tropas a África o el anarquismo, con la golfería y la prostitución: Una entretenida, la Socorro, se pirra por Lorenzo, golfo proveniente de la hez social, al que regala y mantiene con lo que le entrega un viejo rico  Por su parte, Lorenzo también atiende a una francesa, Fedora d’Alençon, cortesana de lujo, que se encapricha de las trazas del, para ella, pintoresco golfo. Socorro, sabedora de las veleidades de su chulo, berrea de celos y acuchilla la cara a su amiga Filo, a la que cree también liada con Lorenzo.

Con Socorro en la cárcel y la francesa que ya no lo recibe, cae al fondo la suerte de Lorenzo que, hambriento y con sífilis, ha de ingresar en un hospital, donde conoce a un anarquista que lo recomienda a su círculo. Allí lo socorren pero en seguida advierten que no es hombre de ideas sino que sólo alberga odio y resentimiento. No obstante, lo comisionan para que perpetre un atentado al paso de las tropas que vuelven de Marruecos. Con el canguelo, se le cae la bomba a los pies pero no llega a explotar, lo que constituye una parábola de la inutilidad completa de un desecho social que ni siquiera sirve para colaborar en la destrucción de la sociedad que odia.

De ambiente prostibulario son varias de las obras del muy prolífico Emilio Carrère (ÁLVAREZ SÁNCHEZ, 2007; RIERA GUIGNET, 2011) que, como es sabido, se autofusiló a menudo, publicando las mismas narraciones con distintos títulos. Una de las novelas cortas  más  significativas en dicha materia es La casa de la Trini (La Novela de Noche nº 3, 30-IV-1924).

La Trini, una cocotte de altos vuelos pero ya con 35 años, se enamora perdidamente –lo que nunca había hecho- de un chulo, Rafael Montesinos, el Marquesito, que le saca hasta la cera de los oídos, se va con todas y ejecuta las muchas mañas propias de su condición. También se ventila a las dos compañeras de profesión que comparten su casa. Aunque siempre atacada por los celos, Trini todo se lo consiente. Por su parte, Rafael se lía con Soledad, una hermosa rubia casada, de la que casi se enamora. La Trini envía anónimos al marido intentando que tome cartas en el asunto. Finalmente, éste decide presentarse en la casa donde la pareja se ama y se los encuentra bajando las escaleras. Al sacar la pistola para matar a Rafael, se interpone Soledad, que es quien cae muerta. El que una mujer casada se haya dejado matar por el chulo aumenta su prestigio entre el gremio femenino, donde sigue haciendo estragos aunque no abandona a la Trini. Entre todo esto se entrelazan varias historias en torno a la prostitución y su ambiente, los tipos del cliente y otros asuntos, como el lesbianismo entre la Acacia y la Monja, sobrenombre de las dos prostitutas que viven  con la Trini[8].

En todas estas novelas convive la descripción de altos ambientes de diversión, lujo y refinamiento con la miseria, la golfería hampona y la degradación más vil, contrapunto exacto del país que, igualmente, las albergaba. Encontramos el tremendismo mucho más en el fondo que en las formas y tienen en común su carácter urbano. Pero quizá cuando el erotismo aparece de forma más violenta es en las ficciones rurales como ocurre en la novela corta de Salvador Rueda, Un salvaje (Los Contemporáneos 40, 1-X-1909).

El Sombrío es un pastor hercúleo que ha pasado toda su vida en el monte. Cuando aún es una niña, la hija de los dueños del cortijo pide visitar los predios donde se cuida el ganado y, al ser la primera mujer que ve en su vida, el pastor se conmociona. Destinado, años después, al cortijo, ella lo utiliza como mensajero de las cartas a su novio, un rico y varonil aristócrata. Cuando el pastor le cuenta en qué circunstancias la había conocido, la joven decide enseñarle a leer. Con ello, él aumenta su obsesión y ella, inconscientemente, ve en él al hombre en bruto, la esencia de la virilidad. Destinado de nuevo al monte como mayoral de pastores, al cabo, ha de volver al cortijo para colaborar en la vendimia. Por sus compañeros se entera de que la boda va a ser dentro de una semana y de que los novios se encuentran festejando en el cenador. Se despista de los gañanes y, oculto tras el follaje, espía a la pareja. Entre las ternezas y juegos de amor, el novio le pide un beso, ella se resiste pero desfallece y va cayendo rendida pero, cuando él quiere pasar a mayores, la joven intenta defenderse desesperadamente. Como un tigre, aparece entonces el salvaje, que levanta en vilo al galán y lo estrella contra las rocas, al mismo tiempo que se sugiere la violación.

Colombine_Frasca la tonta008Tremendismo rural hay también en las novelas del ciclo de Rodalquilar firmadas por Carmen de Burgos, Colombine (NÚÑEZ REY, 2005). Los primeros años de la escritora vividos en tierras del cabo de Gata dan cauce a unas narraciones, un punto melodramáticas, pero también llenas de intensidad y frescura, donde el protagonista real es esta zona primitiva, fosca y, a la vez, arcádica, que conserva vivos en la edad industrial muchos vestigios de la ancestral cultura mediterránea. Los habitantes autóctonos viven malamente de la agricultura, la pesca y el contrabando, en estado medio salvaje, con una moral relajada y pocas relaciones con la Iglesia y la sociedad. La pobreza de la zona implicaba que, salvo unos pocos cortijos pertenecientes a las familias más adineradas que mantenían criados, los naturales ni siquiera pudiesen trabajar de jornaleros. Una de las novelas cortas más intensas del ciclo, con excelentes descripciones y numerosos dialectalismos de la zona es Frasca, la Tonta (El Libro Popular nº 26, 30-VI-1914).

La explotación de la mina de oro de Rodalquilar, aunque muy precaria, hace que lleguen mineros de la zona de Mazarrón, gente más acostumbrada al trabajo que los indolentes campesinos de la zona, lo que hace que surjan tensiones incrementadas por la competencia que se entabla por las mujeres. Una madre y dos de sus hijas a quienes llaman Las Rayadas reciben en su casa a los  hombres de la zona. Allí se bebe, se canta, se juega… Las hermanas van pariendo hijos, que ni siquiera se sabe de quién son y a quienes ellas mismas llaman “los Rarras”, que pululan por allí en estado semisalvaje. Una de ellos es una joven albina de 14 años, débil, bella y medio idiota. Pablo el capataz de la mina, es uno de los clientes y su gorda mujer, Pascuala, crepita de celos. Ambos tienen una hija tonta, La Frasca. En una fiesta en casa del tío Matías, el labrador más rumboso de la zona, se desatan las tensiones. A la Pascuala le da una apoplejía. Rosa, la Rayada, encuentra un labrador acomodado que se casa con su hija albina. Frasca aparece en cinta sin que se pueda saber el autor del chandrío. La novela describe con truculencia la sordidez de su maternidad y las circunstancias que la rodean. Se sugiere que el padre puede ser Pablo, que, a la vez, sería su abuelo natural. Alguien rompe las maromas del ascensor de la mina y mueren Pablo y otro obrero. Ante la poca rentabilidad de la mina, los de Mazarrón han de volver a su tierra. En el regreso muere el hijo de Frasca, ahogado sin querer por su madre, que cree que es un muñeco. Sin bautizar, su abuela lo entierra en la playa.

Igualmente feroz y basada en el llamado “crimen de Níjar”, acaecido (julio 1928) en la misma zona del cabo de Gata, es la muy posterior Puñal de claveles (La Novela de Hoy nº 495, 6-XI-1931), publicada, sin embargo, antes del estreno (1933) de la lorquiana Bodas de sangre pero inspirada en el mismo suceso (ARCE). Basado, sin duda, en hechos reales aunque, mezclando diversas historias, el argumento está repleto de dramáticos amoríos, rencores familiares, incestos, atavismos, pasiones incontrolables y demasías varias[9], salpicados, además, con alguno de los elementos argumentales que aparecen en Frasca, la tonta[10].

Otro de los autores más característicos del tremendismo y de los pocos que han sido reeditados es José López Pinillos, “Pármeno” (BESER, 1976 y GARCÍA GONZÁLEZ, 1993.  La sangre de Cristo, La Novela Corta nº 248, 11-IX-1920), aunque también publicado en un libro homónimo de narraciones en 1907, nos presenta las pintorescas figuras humanas y la vida cotidiana en un pueblo andaluz, El Castil. Lleno de expresionismo, lenguaje popular, humor desgarrado y cercano al esperpento, el capítulo III narra la apuesta entre dos nativos para ver quien es más bruto. Los últimos capítulos constituyen el aquelarre de una borrachera colectiva en la que participan hasta los niños y los animales del lugar.

El ladronzuelo (El Cuento Semanal nº 217, 24-II-1911) narra otra violenta y reconcentrada historia localizada en el agro andaluz en la que cuatro personajes –la madre viuda, dos violentos hermanos y el hombre que se casa con ella- se enfrentan. El relato termina con el hijo alumbrado por la madre cuarentona –el ladronzuelo- devorado por el cerdo, al que azuza uno de los hermanos, decidido a que el nuevo inquilino no comparta la herencia

Cintas rojas (La Novela Corta nº 41, 14-X-1916), narra la historia de Rafael Lorca, un jaque de pueblo con el apodo del título, fanático del torero Rafael el Guerra, que pretende le dejen dinero para acudir a las fiestas de Córdoba y ver a su ídolo. Como no encuentra a nadie que le preste, acude a su compadre, que tampoco está en condiciones de ayudarle. Con total naturalidad, lo asesina brutalmente y también a su mujer, a la abuela, a la hija, al niño, al mastín, al padre de su amigo y a otro jayán. Poco después, en la plaza de toros cordobesa, se apasiona defendiendo al Guerra e insultando a Lagartijo, en cuadros llenos de fuerza y expresionismo. Cuando llega la Guardia Civil a detenerlo, su único interés consiste en seguir ofendiendo brutalmente a Lagartijo, el rival de su ídolo.

El citado Hoyos y Vinent, mucho más proclive a los escenarios urbanos, toca en ocasiones los dramas rurales, como sucede en La Argolla (La Novela Semanal nº 80, 20-I-1923).  Don Genaro, un rico propietario que tiraniza a sus jornaleros, está casado don Doña Micaela, más joven que él y a la que mira con deseo Carmelo, un gañán joven y achulado. En una ocasión éste se rebela contra una orden del amo al que, con el inesperado lance y el sofoco, le acomete una apoplejía y queda impedido. Carmelo consigue los favores de Micaela y entra en su casa. Al viejo comienzan a abandonarlo y maltratarlo hasta que en una de estas ocasiones, muere. Los cómplices deciden simular un accidente. Dueño de casa, Carmelo comienza a frecuentar un burdel que se ha establecido en el pueblo. Cuando Micaela, loca de celos, se presenta en el garito y él la arroja a patadas al arroyo, ella decide autodenunciar su crimen a la Guardia Civil. Ambos son agarrotados.

Rural es también el contexto de varias de las novelas de Eugenio Noel, uno de los principales representantes del tremendismo: En El Charrán y Flora, la Valdajo (El Libro Popular 29, 22-VII-1913) se narran, con un tono ligero e irónico, los hechos brutales y gratuitos protagonizados por un bandolero y su amante que, tras muchos años de fechorías, son reducidos por un millonario americano, su hija y su chófer, todos de porte cinematográfico, a los que querían robar. La obra, que alterna el tono humorístico, no siempre logrado, con la indignación por el estado del admirable hombre ibérico, termina con alegatos regeneracionistas y el ajusticiamiento de los condenados, que congregan la admiración de las gentes de toda España.

También de intensos tonos regeneracionistas, pero más concentrada y consegNoel, Eugenio, El Charrán y Flora la Valdajo_minuida, es Chamuscón y Tabardillo (La Novela Corta 257, 20-XI-1920) en la que se describen los personajes y “artistas” (prostitutas, toreros, flamencos…) contratados por el casino de un pueblo para su ilustración. Los más significados son el torero César Chamuscón, que impartirá una clase de toreo de salón, y el cantaor Aníbal Tabardillo, que canta en escasísimas ocasiones pero que, por ello, es todavía más admirado. También, por su forma de escupir: “De vez en vez, abría el compás de sus delgadas piernas, inclinaba la cabeza y, sin abrir la boca, lanzaba un escupitajo que, con la mano, dividía salerosamente en dos antes de llegar al suelo. Esta manera tan nueva de escupir hacía que el respeto y la admiración por aquel hombre no tuviera límites”. Constituye una crítica feroz al flamenquismo, el toreo, el casino provinciano y los vicios de la raza.

En De cuerno de morueco (La Novela Corta 217, 28-II-1920), Otero de Sariego, “Gorgojo”, gañán de un pueblo castellano con fuerzas hercúleas, tiene amores con la Simeona pero el tío de esta, con el que vive, se opone radicalmente a ellos. El viejo desaparece y todos piensan que el culpable puede haber sido Gorgojo, aunque nadie se atreve a decirle nada y en el pueblo jamás se ha cometido un crimen. Misteriosamente, tras la  desaparición, Gorgojo deja de cortejar a la Simeona. Por el contrario, se nos cuenta que frecuenta a un amigo pastorcillo en los altos de la sierra y, siempre que puede, se escapa para estar con él. Su trato brutal y cerrado se convierte en alegría, despejo y naturalidad cuando está con los pastores de las tierras altas. Aunque todo queda en esbozo, se insinúa que es Senén, el mejor amigo de Gorgojo, quien ha eliminado al viejo, tal vez, para favorecer sus amores lo que contrasta con la inclinación de visos homosexuales que también se insinúa con el pastorcillo. Como en otras ocasiones, Noel combina un riquísimo y deslumbrante vocabulario, una fascinante descripción de ambientes y personajes brutales con un hilo argumental un tanto atiborrado y confuso.

Llena de atroz intensidad es, asimismo, Misa de botón quitao (La Novela Corta nº 380, 17-III-1923), donde las sucesivas venganzas del indiano Doroteo contra el alcalde de Fermoselle (Zamora) que, en su ausencia, ha humillado y perseguido a sus deudos, culminan con el asesinato colectivo de Doroteo, por parte de los sicarios del alcalde a los que finalmente se une  todo el pueblo convertido en chusma.

Entre los muchos escritores que se enfrentan críticamente al mundo de los toros se encuentra uno de los más dotados, profusos y olvidados autores de la novela corta, el madrileño trasplantado a Arenys de Mar, Vicente Díez de Tejada. En Toros y cañas, (Los Contemporáneos nº 415, 8-XII-1916) nos describe una familia formada por el padre, de oficio telegrafista como el propio autor, apasionado por los toros a los que todo sacrifica, su mujer y su guapa y desparpajada hija, de nombre Trini. Los tres constituyen una familia modesta y convencional pero, una tarde en que el padre lleva a su hija a los toros, clava en ella su mirada, Rafael Moreno, un chulo que se las da de aristócrata. Ella queda enamorada y conmovida. Rafael empieza a frecuentar la casa familiar, en la que todo se le entrega y todo se le consiente, hasta que arruina a la familia. El padre y la madre mueren, el chulo se va y Trini queda sola. Más tarde, una amiga le cuenta a Trini que Rafael va a casarse con otra. Impensadamente, los antiguos amantes se encuentran y él vuelve a seducirla con su palabrería. Cuando están entregados al amor, Trini le asesta una puñalada que lo ultima y, después, desaparece.

Otro interesante relato de Díez de Tejada centrado en la prostitución es El gabinete del piano (La Novela Corta nº 336, 13-V-1922), en la que se nos cuenta la sórdida historia de La Nena, una joven del arroyo, a la que en una ocasión requiebra alguien que resultará ser un cura. Ella lo lleva a una casa de trato y, en los preliminares eróticos, el clérigo sufre un  ataque y muere. Al ser religioso y de familia acomodada, se echa tierra sobre el asunto y, en el curso de los trámites, el gobernador conoce a La Nena y la hace su amante, con espléndida casa y servicio. Se trata de un duque que, además, la forma, le enseña modales, a escribir e idiomas y la pasea por Europa. Cuando él muere, La Nena se vincula con Perico Mendoza, su actual amante, senador solterón y corrido, con el que el narrador, un telegrafista –otra vez el propio Tejada- que sale de trabajar una madrugada de invierno, la ve en el gabinete del café de Fornos. Ella no quiere sino prolongar la velada, a despecho de todos los demás juerguistas, que ya se quieren marchar con sus acompañantes. Una vieja vocea desde el exterior e incesantemente el diario La Correspondencia, lo que enerva a La Nena. Cuando, finalmente, la pareja abandona el local, la vieja se arroja sobre ella exigiéndole dinero con palabras soeces y proclamando que es su madre. Escapan en un carruaje y, al tratar de detenerlos, la vieja cae entre las ruedas. La Nena pide al cochero que exija a los caballos y desaparezcan. Al extrañarse Perico de tal actitud, ella le cuenta su tristísima infancia y adolescencia prostituida por esa mujer y su propio hermano.

Ya plenamente erótico es La máscara japonesa, (Ediciones Casset, 1992, pp. 3-35), cuya primera edición no he localizado. En ella, Manolín, el protagonista cuenta, en primera persona, como, a los catorce años, todavía su madre le viste de niño, para su vergüenza. Cuando aprueba la reválida, se niega a seguir así y sus padres lo mandan a estudiar a Madrid con sus padrinos, unos amigos de la familia. Él, Baltasar, es un hombretón mayor, sanguíneo y bruto pero buena persona; ella, Daniela, una gachona de cuarenta años de la que Manolín se enamora perdidamente y con la no que para de masturbarse. Los padrinos lo tratan muy bien y ella se deja tocar pero no accede a sus requerimientos directos. Sin embargo, una nochebuena, cae enfermo y lo acuestan entre los dos en la cama de matrimonio. Allí consuma el coito sin que, al parecer, el marido se entere. Comienza una tumultuosa relación durante las horas en las que el padrino va al casino. Un día, encontrándose en trance venéreo, Manolín escucha un jadeo procedente de la máscara japonesa que cuelga en la habitación. Al levantarse para comprobar qué sucede, encuentra detrás a don Baltasar que, al fin, es un voyeur. Todo ha sido preparado por los esposos para satisfacer la depravación del marido. Ella muere de una pulmonía y termina con el abrazo de los dos hombres, que han perdido el amor de su vida.

Del mismo autor y escrita en clave irónica, No por obra de varón (La Novela de Noche nº 21, 31-I-1925) nos cuenta la historia amorosa de Pedro Eduardo Watson y Linda Mc Cleod, dos jóvenes americanos, hermosísimos y de familia muy adinerada, que contraen matrimonio. En la noche de bodas, ella le confiesa que la desvirgó un amigo de la familia y que, como compensación, éste hubo de pagar un millón de dólares. El novio queda muy satisfecho del negocio pero lo refiere como gracia en su club y Míster Black, el ofensor, reclama la indemnización y un plus, por haber divulgado el asunto y no observar el acuerdo. Han de dárselo pero en seguida aparece Linda con el cheque recuperado, se supone porque ha vuelto a cohabitar con Mr. Black, lo que vuelve a alegrar mucho al recién casado.

Un crack financiero provoca que P. E. Watson haya de viajar a París. En el barco una camarera italiana le lleva el recado de que una hermosísima y rica mujer quiere estar con él pero, antes de que llegue ella, la camarera también se lo beneficia. La rica, con la que tiene otra relación sexual exquisita y minuciosamente descrita es, además, la mujer de Mr. Black. Cuando Watson llega a París siente molestias en su virilidad: el médico le asegura que le han contagiado algo y perderá su miembro. Se trata de una epidemia que propagan las italianas. Tras visitar a los mejores médicos, encuentra que la única solución es que el alemán Von der Vogel, le implante una prótesis que se rellena con leche condensada. A su mujer sólo le cuenta que, tras hablar con un pastor, ha concluido que lo que hacían era pecado y debían prescindir de la lujuria de la vista. Por lo demás, siguen gozando del sexo. Asimismo, ella le entera de que Mr. Black ha perdido su miembro por el morbo de origen napolitano. Watson queda doblemente complacido al saberse responsable, por haber sido él quien cohabitó con su mujer después de acceder a la napolitana.

La relación va resultando demasiado larga pero podría serlo mucho más. Quedan fuera, las muchas novelas en torno a las experiencias carcelarias y penales y las relacionadas con el servicio militar o las guerras coloniales, profusas, como es de esperar, en terribles crueldades, episodios truculentos y demasías. Por particularizar en algún escritor determinado, tampoco tratamos de los muy dotados literariamente Manuel Ciges Aparicio y Ángel Samblancat, siempre en trochas cercanas a nuestro tema. Y, como en algunos de los autores mentados arriba, el tremendismo en Felipe Trigo daría para más de un capítulo, aunque para él tenga una función educacional, lo mismo que sucede con su tratamiento del erotismo, estudiado monográficamente por Watkins pero también analizado por Martínez Sanmartín, Fernández Gutiérrez, García Lara, Manera y Guerrero. Algo parecido podríamos decir de varias de las novelas de Alfonso Hernández-Catá[11] o, con un matiz mucho más comercial que regeneracionista, de otras debidas a la pluma de José María Carretero, El Caballero Audaz. Autores que suelen colocarse en otros apartados como Enrique Gómez Carrillo (BAUZÁ), rozan el tremendismo en novelas que gustan de penetrar en vicios y perversiones poco o nada tratados hasta entonces en la literatura española. Incluso alguno, más o menos inesperado, como Rafael Cansinos-Asséns, que en Las pupilas muertas (La Novela Corta nº 285, 25-VI-1921) nos presenta un terrible cuadro social y de ambiente, que se solaza en las descripciones de una casi insoportable morbosidad. Todavía más insospechado, Ramón Gómez de la Serna se revela en La virgen pintada de rojo (La Novela Pasional nº 81, 28-IV-1925) como un autor capaz de penetrar en los entresijos del erotismo más audaz. La narración, aunque, ambientada en el contexto del África tropical,  no deja de ser un ejercicio de originalidad y estilo. Por su parte, Fidel Criado, estudioso del tema, afirma que el erotismo es casi una obsesión artística en el escritor madrileño y se centra en tres títulos aparecidos en La Novela Corta, La tormenta (nº 91, 9-VII-1922), La hija del verano nº 364 (25-11-1922) y La malicia de las acacias, que da como inédita pero que apareció con el número 413, el 31 de octubre de 1924.

Caso aparte sería el del también muy fecundo Álvaro Retana. Aunque su narrativa deambula casi siempre en torno a asuntos escabrosos, especialmente los que tienen que ver con la homosexualidad y la bisexualidad (BARREIRO, pp. 89-122 y MIRA, pp. 153-175). El tono ligero y a menudo humorístico de sus ficciones no permite adscribirlo a la corriente expresionista o tremendista sino a un erotismo desprejuiciado y burlón, mucho más europeo que el de otros satíricos de su tiempo.

Con todo ello, el autor más característico del erotismo tremendista será el gerundense Alfonso Vidal y Planas´(BARREIRO), una de las figuras de la bohemia de la segunda década del siglo XX, un outsider de la literatura, que, sin embargo, alcanzará una fama descomunal, tras el estreno de Santa Isabel de Ceres, incrementada por el episodio de su crimen en la persona de su colega y amigo Luis Antón del Olmet.

Aunque no sea una novela corta, Santa Isabel de Ceres  (1919), es la obra central de su autor, antes un bohemio entre pícaro y neurótico, y que, a partir del éxito de la versión teatral de esta novela (1922), cambia su vida. Vidal y Planas, obsesionado con las prostitutas y su redención, había sacado del burdel a Elena Manzanares, amiga también del escritor y periodista Luis Antón del Olmet, al que Vidal y Planas terminaría asesinando por disputas que tuvieron que ver tanto con este episodio como con celos literarios.

El argumento de Santa Isabel de Ceres nos da la pauta de los caminos que recorría el escritor gerundense:

El pintor y ex-hospiciano León es protegido por don Dimas, que le ayuda a sobrevivir y le invita a sus juergas. En una de ella, conoce a una prostituta (Lola, de nombre de guerra) caída en el arroyo por los taimados manejos de señoritos y chulos. Decide redimirla y vivir con ella pero don Dimas no le otorga su ayuda. Con un audaz golpe en una sala de juego, León consigue dos mil pesetas pero al salir es detenido por los guardias que le quitan el dinero, le dan una paliza y lo llevan ante el juez. El falso testimonio de los guardias hace que el juez determine procesarlo. En la celda se encuentra con Abel de la Cruz[12].

Por su parte, la Lola huye del prostíbulo y decide ayudar a León subvencionándole una celda de pago, visitándolo todos los días e iniciando una carrera como prostituta independiente para obtener ingresos con los que sufragar tales dádivas. Sin embargo, al salir de una de sus visitas a León, la está esperando el Cataplum, el chulo del que ha huido, que le raja la cara. Desfigurada, decide seguir ayudando a León pero ya no se considera digna de ser su compañera.

Cuando León sale del trullo, a resultas de las gestiones de un abogado, novio de una amiga de Lola, se encuentra con que ella está ingresada en el Hospital General. Va a verla y le pide que vivan juntos. Se instalan modestamente y León va alcanzando éxito como pintor. Se le propone hacer el retrato a la hija de un millonario y el padre le ofrece casarse con ella. Piensa en rechazar la oferta pero duda y entonces encuentra a Abel de la Cruz, cursi tremebundo y evidente contrafigura del autor. Se emborrachan y León lo lleva a su casa. Allí con la locuacidad propia de su estado cuenta a Lola lo que le ha pasado pero le promete que seguirá con ella.

Sin embargo, arrastrando su complejo de culpa y queriendo facilitar el camino a quien la redimió, ella le escribe una carta diciendo que no lo ha querido nunca y que a quien ama es al Cataplum. Se coloca en un burdel de la calle Ceres pero no puede soportar de nuevo esa vida y el alejamiento de León, por lo que se degüella, mientras Abel de la Cruz está llamando a su puerta. Por su parte, León y Sagrario, la hija del millonario, se casan. La obra es torpe, llena de previsibles adjetivos y retóricas parrafadas. Los acontecimientos no siempre están justificados y los personajes son arquetipos sin perfiles. Sólo en ciertos pintoresquismos y en la relativa sordidez de lo que se relata anida el interés. Por otro lado, la obra está repleta de episodios irrelevantes y de los consabidos escolios en los que el autor, preso de la vieja contradicción de quien censura lo establecido utilizando lo peor y más viejo de su retórica, critica el sistema social, policial, judicial…, dando tumbos y con mejores intenciones que resultados.

La versión teatral[13] en la que cambian los nombres de algunos personajes y toma más protagonismo Abel de la Cruz, es más increíble y torpe literariamente que la novela. Sin embargo, tuvo un éxito descomunal, con 102 representaciones consecutivas en el Teatro Eslava y numerosos reestrenos a lo largo de los años venideros, lo mismo que sucedió en provincias (DOUGHERTY Y VILCHES). Durante los catorce meses que transcurrieron entre su estreno y el disparo con el que ultimó a Luis Antón del Olmet, Vidal y Planas vestía elegantemente, comía en los restaurantes de moda, iba en coche rodeado de pecadoras de postín y parásitos. Vivía en una confortable pensión de las Cuatro Calles, que le costaba trescientas pesetas y se comparaba con Dostoievsky, lo que -comenta Cansinos- sólo podía hacerlo en razón de su epilepsia (p. 385-389).

El escritor había aprovechado el argumento de Santa Isabel de Ceres para, poco después de su aparición, publicar, con unos cuantos episodios apenas transformados, su primera novela corta, En libertad (El Cuento Nuevo, Tomo II, nº 12, 1-V-1919), otra obra tan sentimentaloide como tremendista.

Pasarían tres años y medio, en los que el escritor, a partir de entonces tan prolífico, no publicaría  ningún texto hasta la aparición de El amigo del ataúd, (La Novela de domingo nº 1, 10-XII-1922), que contenía algunos capítulos de las Memorias del pobre Abel de la Cruz, novela que publicaría en 1923. En ella, “dedicada al genial poeta Antonio Machado”,  aprovecha sus anteriores experiencias como recluso para hacer una crítica más del sistema penitenciario, centrado en la cárcel Modelo de Madrid, que pronto tendría ocasión de volver a experimentar en sus carnes, pero donde vuelve a aparecer su obsesión por el mundo prostibulario. En el capítulo titulado “¡Mis esposas!”, refiriéndose a las que le muerden las muñecas cuando logra su libertad, Abel consigue, mediante una “pirueta”[14], unos cuantos duros. Inmediatamente, acude a la mancebía:

Ante una mustia y ojerosa meretriz que me sonrió siniestramente, me arrodillé y, anhelante, presentándole mis muñecas descarnadas, mis manos hinchadas y rojas, lancé la súplica:

  -¡Bésame aquí, en estas muñecas, en estas manos con tus labios podridos por la sífilis!… ¡Bésame aquí!… ¡Purifica esto!…

  Pero la pobre, horrorizada, huyó burdel adentro, gritando:

  -¡Al loco, al loco!…

Cinco días después de la publicación de El amigo del ataúd, aparecerá en la recién creada colección La Novela de Hoy (nº 31), La casa de Pepita, que transcurre íntegramente en una casa de lenocinio. En la entrevista que le antecede, Vidal y Planas habla del éxito de Santa Isabel de Ceres pero también de su novia, Elena Manzanares, la prostituta redimida. En la novelita, el narrador acompaña al prostíbulo a un juerguista maduro con la intención de mostrarle la sordidez del medio. Tras adoctrinarle en el amor a las rameras y en el odio a los chulos y cabritos (clientes), le muestra como ellas “son seres dignísimos de admiración y amor. Las pobres negocian con lo que pueden, con lo único que tienen, con lo que Dios Nuestro Señor se ha dignado darles: con su feminidad”. Por eso, continúa el narrador “Yo gozo mimándolas, acariciándolas, diciéndoles al oído dulces palabras de novio, regalándoles pasteles y abrazándolas y poseyéndolas con la noble y pura cordialidad de un esposo polígamo”. Parece que el comportamiento de Vidal y Planas era efectivamente el de su personaje.

Por lo demás, en su visita al burdel de Pepita aparece un cura que, en sus expansiones, gusta de soltar cánticos y latinajos y las niñas cuentan sus historias. Por ejemplo, Luisita, una tísica, que gusta de que la apaleen tanto su chulo como Blanquita, otra pupila con la que mantiene relaciones lesbianas y que anda celosa de dicho proxeneta. Al final, en un acceso de furia, Blanquita estrangula a su amiga y el cura le administra la absolución post mortem. Naturalmente, el juerguista se cura de sus aficiones y promete cambiar de vida.

La siguiente novela corta de Vidal y Planas con tema prostibulario iba a aparecer sólo un día después del crimen que perpetró en la persona de su amigo y colaborador, Luis Antón del Olmet en el saloncillo del Teatro Eslava. Se trata de Mercedes Expósito[15], La Novela Corta nº 378, 3-3-1923).  Un ex-presidiario llega al cabaret El Averno con un amigo y allí se encuentra a una niña de catorce años, a la que su madre prostituye. La rescata y la lleva a su pensión. Este ex-presidiario, de sobrenombre «El Ciento Setenta y Ocho», es un matón al servicio de la policía, que asesina sindicalistas. Una noche, Mercedes se entera de que su nuevo amante ha matado a su hermano sin saber quién era. Ella le descerraja cinco tiros. El argumento está extraído o, más bien,  es un refrito de Bombas de odio, novela que había publicado unos meses antes.

Cuando, tras el asesinato, el escritor gerundense entró en prisión, Artemio Precioso, director y propietario de la colección La Novela de Hoy, convertirá en un filón el morbo que provoca su figura y, en cuatro años le publicará once novelas[16], casi todas, como es natural, de tema carcelario y/o relacionadas con su crimen, que trataba de justificar en sus argumentos[17]. Aparte, Vidal y Planas daría a la luz al menos una docena más, publicadas en otras colecciones. Con el producto de las mismas –que él mismo cifró en una entrevista publicada en El Liberal en dos mil pesetas mensuales- vivió opíparamente en su celda de pago, de modo que entró con 57 kilos y salió con 70.

Por consejo de Alberto Valero Martín, su abogado y también fecundo autor de novelas cortas cercanas al tremendismo, el recluso contrajo matrimonio con Elena Manzanares el 26 de septiembre de 1923. Actuaron de padrinos Artemio Precioso y Carmen, hermana de la novia. En mayo de 1924 se celebró el juicio y Alfonso fue condenado a doce años y un día y a indemnizar con cien mil pesetas a los herederos. Antonio Teixeira[18], el acusador, pese a su brillante alegato, no consiguió que fueran embargados los derechos de la obra del acusado en la Sociedad de Autores. Fuera como fuese, en febrero de 1926, el Gobierno de Primo de Rivera le concedió un indulto particular y rebajó su pena a cuatro años. En el mes de julio fue de nuevo indultado, conmutándosele la pena por la de destierro, que cumplió en Barcelona. Estuvo, pues, en prisión tres años y cuatro meses, dos de ellos cumplidos en el penal de El Dueso en Santoña.

Volviendo a sus novelas cortas, durante su estancia en prisión, sus pujos místicos y, probablemente, sus intereses como recluso, propiciaron que dejara en segundo plano el tema prostibulario aunque en Alma de Monigote (La Novela Corta nº 390, 26-V-1923) y Papeles de un loco (La Novela de Hoy nº 100, 11-IV-1924 ) la protagonista, a la que llama “Monigote”, es un evidente reflejo de la que ya era su mujer, Elena Manzanares, a la que idealiza de forma descabalada. En El otro derecho (La Novela Teatral nº 392, 25-V-1924), drama en tres actos en colaboración  con José Simón Valdivieso, Marcela es una mujer que, abandonada por su marido que oficia como chulo, ingresa en un burdel, donde Adrián, un campesino que ya la había defendido en un episodio anterior, la redime, al paso de la Virgen de la Paloma. Se van a vivir al pueblo de Adrián y tienen un hijo. Cuando Marcela recibe una herencia, aparece su primer marido reclamándola. El cura apoya el derecho que tiene de hacerlo y tacha a la pareja de adúltera. Al final, Adrián habrá de matar al chulo, con lo que ya pueden casarse, aunque sea en la cárcel. Obra, pues, de denuncia y reivindicativa, con evidentes concomitancias con el caso del autor y, como de costumbre, consabida y efectista.

Poco después de ser liberado, Vidal y Planas hubo de afrontar la denuncia de dos de sus novelas publicadas en la colección La Novela de Noche, Noche de San Juan (nº 15, 15-I-1925) y La conversión de don Juanito (nº 43, 30-XII-1926). La primera de ellas quiere ser un alegato contra el vicio. Dejemos la mostración de su argumento al propio autor:

A un hombre, anheloso de belleza infinita, le entrega un ángel la belleza perfecta, cuyo símbolo es una mujer que reúne en sí todos los encantos y todas las gracias: la mujer soñada. Les abre después las puertas del cielo y les autoriza a entrar y a gozarse por los siglos de los siglos. Pero ellos se entregan al vicio; y el ángel, después de declararlos enemigos de Dios e indignos de la belleza y de la felicidad, los expulsa de la gloria, devolviéndolos al barro de la tierra honda (…) mi intención no es otra que la de demostrar que la lujuria es más administrable que el dinero, porque si uno no administra bien su dinero se arruina y, si no administra bien su lujuria, se convierte de hombre en cerdo.

En La conversión de don Juanito que, según su autor, quiere ser una denuncia de las conductas sádicas, la desequilibrada truculencia del narrador llega al paroxismo:

El padre Domingo es un fanático con fama de santidad que “huele las almas”. Cuando Aurora Rico, rica y bella joven, se confiesa con él, este abomina del perfume que exhala. Es el de su prometido, Juanito Bernal, que ha ido a pedir su mano. El confesor le conmina a que lo abandone ya que el olor de ese monstruo es el del infierno.

El resto de la obra se desarrolla enteramente en el burdel de Milagritos, una mancebía de lujo en la que seis muchachas atienden a la clientela bajo la égida de la Petra, madama del establecimiento. Una de ellas, Leonor, tiene una hija a la que quiere meter monja para que no caiga en el vicio y, en cierto modo, la redima pero las Adoratrices piden diez mil pesetas por profesar. Además, secuela de la última juerga-paliza de don Juanito, Leonor escupe sangre. Aparece éste y les ofrece 500 pesetas a cada una por entregarse a él. La última vez las castigó con un vergajo, ahora porta unas disciplinas clericales y, mientras las maltrata, se va enardeciendo hasta llegar al espasmo. Petra trae champán, que reanima a las golpeadas. Don Juanito, entonces, idea vengarse del padre Zacarías, por cuyos consejos su prometida lo ha abandonado y ha perdido los millones que poseía y que eran el exclusivo objeto de su amor. Su plan es que Leonor se haga la moribunda y, cuando se llame al padre Zacarías para que acuda con los Santos Óleos, el resto de las putas, escondidas, caigan sobre él y, “a besos y sobos”, venzan su resistencia. Así se disipará su fama de santidad. Leonor, a pesar de que don Juanito le ofrece mil pesetas, no accede, con lo que este le promete darle todo lo que le falte para reunir las diez mil con las que ingresar a su hija en el noviciado.

En estas ha aparecido Teófilo Mas, otra especie de Abel de la Cruz y contrafigura del autor, que predica el amor a las prostitutas y que desea cohabitar con Leonor. Al encontrarse con el teatral cuadro, intenta protegerla y, en el tumulto que se organiza, Leonor muere, precisamente, cuando llega el padre Domingo, que maldice a don Juanito y reza sus latines por la muerta. Don Juanito siente vergüenza de su desnudez, despoja al cadáver del mantón que la cubre y, envuelto en él, se arroja a los pies del cura pidiendo confesión. Al oír los latines, las rameras salen borrachas del cuarto contiguo y se arrojan sobre el cura, restregándose y abrazándose con él. Finalmente, la Petra las emprende a botellazos y las va descalabrando.

Don Juanito, arrepentido, ingresa en un monasterio trapense y las cinco niñas siguen en la mancebía y siguen siendo visitadas por otros “juanitos”. La obra termina con un decálogo –en realidad son nueve mandamientos- de Teófilo Mas sobre el exquisito y amoroso comportamiento que debe observarse con las mujeres de la vida.

En 1931 Vidal y Planas reescribió esta obra[19], cambiando varios nombres propios y añadiendo algún breve episodio más y, con el título Mujeres malas, la publicó en la barcelonesa Biblioteca Iris. En el mismo año y colección, editó otra obra casi gemela, Expendedurías de carne humana, que constituye su última incursión en el terreno de la prostitución, dentro del género de la novela corta[20].

Escrita en primera persona, el narrador, recién licenciado de la Legión, llega a Barcelona y encuentra a Adela, una joven prostituta, cuyos padres segovianos la creen sirviendo y a los que todos los meses gira cincuenta pesetas, presunto fruto de su trabajo como criada, ocupación que hubo de abandonar por el asalto sexual del hijo de la casa, que luego la acusó a de ladrona. El narrador le ofrece dinero pero ella insiste en que vaya con ella al burdel, donde Doña Santa es como una madre con sus pupilas. Adela recibe carta de su casa, comunicándole que la madre tiene cataratas pero quedará ciega porque no poseen los cincuenta duros que cuesta la operación. El narrador se las entrega y doña Santa le otorga el derecho a pasar diez noches con ella. Se intercalan historias de doña Santa y las otras dos pupilas de la casa, la Canina, que ama a los perros y la Espronceda, que recita la “Desesperación”. El narrador evita en las Ramblas el atropello de un perro y un duque alaba su conducta y le entrega su tarjeta. Con ánimo de redimir a Adela, la pareja juega a la lotería sin éxito, con lo que deciden visitar al duque que le ofrece el puesto de chófer. Así pueden casarse y visitar en Segovia a visitar a los padres de Adela. 

Es, pues, Vidal y Planas el autor en el que lo erótico alcanza sus más altas cimas de tremendismo pero, a la vez, de cursilería. En los años treinta España estaba cambiando celéricamente y el gerundense se aferraba a las obsesiones y tópicos con los que había conseguido el éxito, contra el que ya le había advertido con clarividencia el poeta y crítico Enrique de Mesa, tras el estreno de Santa Isabel de Ceres:

«El señor Vidal, en quien se aprecia latente una aprovechable trepidación de entusiasmo, debe limpiarse y purificarse de esa miseria seudoliteraria que le come en sus primeros y mejores impulsos; debe ser comensal de mesas mejor servidas; y ya que no le sean asequibles los niveles de la de Horacio, no se nutra exclusivamente con el regojo de las desdichadas mesas de algunos maestros hebdomadarios. Viva y observe, sin dejarse seducir por el engañoso espejuelo de la mala literatura. Y sobre todo, no concurra a los “bajos fondos” llevando bajo el brazo la consabida novela de “amor, de dolor y de vicio”. Recorra en sus andanzas todos los lugares, e identifíquese con todos los ambientes; pero al tornarse al apartamiento del hogar, a modo de contraste y purificadora enseñanza, tome en sus manos (…) La Celestina (…), rica en sustancia de humanidad, almáciga de seres vivos y no de vagos fantasmas, realidad entreverada de trapazas de picardía y de idealidad de amor, burlona y trágica» [21].

En suma, Vidal y Planas, pese a moverse en círculos más o menos intelectuales y tener amigos y valedores entre críticos estimables, aparece como un autor más cercano a la subliteratura que a otra cosa, aunque en alguna de las novelas carcelarias de la primera época alcanzase más altos registros.

En la época en que Alfonso Vidal y Planas publica las últimas novelas citadas, la II República se había proclamado en España. Mucho se ha escrito acerca de las contradicciones entre unas élites inscritas en las vanguardias culturales europeas, una ciencia cada vez más pujante, especialmente en los ámbitos de la Medicina y la Biología, frente a un pueblo sumido en gran parte en la ignorancia y la miseria y una aristocracia y clero de tintes claramente preindustriales. El Baroja tremendista de las novelas de La lucha por la vida no era un sádico complacido en escarbar en los aspectos más turbios de la realidad sino alguien que vivía de cerca el submundo del proletariado suburbial madrileño. Tampoco en los años treinta, el Sender de 7 domingos rojos inventa la normalidad de la tortura en comisarías y cuartelillos ni la terrible violencia contra un pueblo muerto de hambre en Viaje a la aldea del crimen. Tampoco Buñuel hace ficción en Tierra sin pan sino que, treinta años más tarde, la tierra y los hombres que describe no han variado un ápice, como se verifica en Caminando por la Hurdes de Ferres y López Salinas. Eugenio Noel puede reeditar en el número 149 de la revista Novelas y Cuentos, Las capeas (1931)[22] su brutal bosquejo de la España taurina porque, desde su publicación en 1915, nada ha variado y la sangre sigue ensuciando los alberos, la imagen de España y las conciencias de los españoles que piensan o sienten, como seguirá sucediendo tres cuartos de siglo más tarde.

Sería exagerado calificar al tremendismo como un rasgo específicamente español –la historia universal no permite tal optimismo- pero no el afirmar que fue consustancial a la vida española durante siglos. La Guerra Civil y sus secuelas pondrían la firma a esta triste constatación.

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NOTAS

 [1] “Entrevista con Azorín, bibliotecario”. Boletín de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas nº 17, 1-I/28-II-1954,  p. 10.

[2] Pura Fernández, Eduardo López Bago y el naturalismo radical: la novela y el mercado literario en el siglo XIX, Amsterdam & Atlanta, GA: Rodopi,1995.

[3] Yvan Lissorgues, “La expresión del erotismo en la novela naturalista española del siglo XIX: del eufemismo al tremendismo” Revista Hispánica Moderna, Hispanic Institute, New York, Columbia, University, 1997, pp. 37-47

[4] Rafael Cansinos-Assens, La nueva literatura II. Las escuelas literarias, Madrid, Páez, 1925, p. 37.

[5] El primer número apareció el 6 de noviembre de 1898 y Zamacois conservó su puesto de director hasta el número 168 (principios de 1902) en que fue sustituido por Félix Limendoux aunque continuó como redactor.

[6] Claire-Nicolle Robin, “Eduardo Zamacois o La fiesta del cuerpo” en El cortejo de Afrodita. Ensayos sobre literatura y erotismo (Ed. de Antonio Cruz Casado), Málaga, Analecta Malacitana, 1997, p. 226.

[7] V. los estudios de María del Carmen Alfonso García y Begoña Sáez Martínez.

[8] El lesbianismo aparece con alguna frecuencia en la literatura breve de los años veinte, por citar otro ejemplo, en la novela de Guillermo Díaz Caneja, Una realidad escabrosa (La Novela Corta 387, 5-V-1923), don Cirilo que teme que su sobrino Jorge tenga amores con su joven esposa, de la que estuvo enamorado, la espía y comprueba que con quien se relaciona sexualmente es con la doncella: “¡¡esto es horrible pero más horrible hubiera sido lo otro!!”, se dice para sí. Como observa Mogin-Martin, “…tenía miedo de que su mujer lo engañara de verdad, es decir, con un hombre. Esto equivale a negarle a la relación entre mujeres a dimensión de auténtica relación sexual” (VV. AA., 1986, 123).

[9] “… en una ocasión arrancó de un mordisco un pedazo de belfo a un mulo, que se negaba a cruzar una zanja”. Acciones como esta son habituales pero extraídas de la estricta realidad. Eugenio Noel, que tanto frecuentó el trato con arrieros, describe en sus páginas muchos episodios como este.

[10] En Clavel de puñales, un personaje con su mismo nombre, queda embarazada del amo que, como en la novela precedente, tiene una mujer baldada. Como no se atreve a acusarlo, culpa al hijo, que, por respeto al padre y lástima de la madre, tampoco se atreve a desmentirla.

[11] En cuentos como “La bestia”, “La niña débil” o, sobre todo, “En la zona de sombra” (Uva de ARAGÓN, pp. 58-63 y, también FERNÁNDEZ DE LA TORRIENTE).

[12] Abel de la Cruz, personaje medio loco, medio místico, obsesionado con la redención de prostitutas y trasunto del propio Vidal y Planas con algunos rasgos de Cristo, asoma por primera vez en Tristezas de la cárcel (Confesiones de Abel de la Cruz), Madrid, Juan Pueyo, 1917 y, hasta los años treinta, reaparece en numerosas ocasiones en la obra del autor.

[13] Según Cansinos, fue Muñoz Seca quien le sugirió la idea de teatralizar la obra. Fue estrenada en el Teatro Cervantes de Sevilla el 7 de octubre de 1921 y, en el madrileño teatro Eslava, el 9 de enero de 1922.

[14] Entre la bohemia desastrada, “pirueta” era una habilidad o recurso para obtener dinero mediante el sablazo, la picaresca o cualquier otro procedimiento.

[15] Debió de ser publicada precipitadamente. En la portada figura el título Carmen Expósito pero, en la novelilla, la protagonista es Mercedes. También figura en algunos lugares con el título Cabaret El Averno, título que encabeza la primera página del texto.

[16] Cuatro días en el infierno, Los locos de la calle, La tragedia de Cornelio, Papeles de un loco, Los amantes de Cuenca, La gloria de Santa Irene (Sol de milagro), Malpica el acusador, ¡La  voz que ha salido ahora!, ¡Le pasa a cualquiera!, El ángel del portal y La santa desconocida.

[17] En los prólogos y entrevistas que suelen anteceder a los textos de La Novela de Hoy, su editor Artemio Precioso, busca, de todos los modos posibles, justificar y disculpar al penado.

[18] Fue objeto de las iras de Vidal y Planas en su novela Malpica el acusador, (La Novela de Hoy nº 154, 24-IV-1925) y autor de una interesante obrita sobre el asunto, La muerte de Luis Antón del Olmet, Madrid, Imprenta de Juan Pueyo, s. f. (1924).

[19] Que, a su vez, tiene muchas coincidencias argumentales y temáticas con La casa de Pepita, antes comentada.

[20] Todavía en 1933 estrenó en el madrileño teatro Cervantes, Las niñas de doña Santa, adaptación de Expendedurías de carne humana, donde vuelven a aparecer episodios, temas y obsesiones de  obras anteriores. Hay edición en La Farsa nº 31, Madrid, 13-I-1934.

[21] Cosmopólis nº 37, enero 1922, p. 74.

[22] Se publicó también en 1923 y 1952.

                                                       RESUMEN

Naturalismo y modernismo se funden en las ficciones de las Novela Corta, dando lugar a peculiares manifestaciones de tremendismo y erotismo, vinculadas a un contexto social en el que desigualdades sociales, represión sexual, prostitución, marginación de la mujer y violencia son vectores determinantes. Pese al cambio de costumbres deparado por el cambio de siglo y la II República, el tremendismo, con los matices que se quiera, seguirá siendo  consustancial a la vida española hasta más allá de la posguerra.

-El tremendismo en la literatura española.

-Naturalismo y tremendismo.

-La Novela Corta.

-Hedonismo, prostitución y violencia.

-El caso de Vidal y Planas.

-Pervivencia del tremendismo en la vida española.

                                        

    ABSTRACT

 Naturalism and modernism merge in the fiction of the Short Novel, leading to peculiar manifestations of tremendismo and eroticism, linked to a social context in which social inequalities, sexual repression, prostitution, marginalization of women and violence are crucial dimensions.

 Despite the change of habits brought by the new Century and the Second Republic, tremendismo, with its nuances, will remain integral to the Spanish way of life beyond the war.

 Tremendismo in Spanish literature.

– Naturalism and tremendismo

– The Short Novel.

– Hedonism, Prostitution and Violence.

– The Case of Vidal and Planas.

– Survival of tremendismo in Spanish life

(Publicado en Aragón Digital, 23-27 de septiembre de 2021)

Como era de esperar, el centenario del nacimiento de Manuel Derqui (12-9-1921) ha pasado totalmente inadvertido en la Zaragoza de su vida y de sus libros. En los dos años que, como estudiante, pasé en la Universidad zaragozana -de la que, afortunadamente, huí- el nombre de Derqui corría con el prestigio de los inéditos y se le consideraba algo así como el Kafka de su tiempo. Cuando su novela Meterra iba a ser publicada por Planeta y Manuel celebraba en Aragüés del Puerto su 52 cumpleaños, falleció de un ataque al corazón.

“Meterra” (1974) aún tardaría cinco meses en ser impresa, con lo que el escritor no pudo ver en los plúteos su obra ni tampoco alegrarse con la positiva, aunque muy escasa, recepción que tuvo el libro en tiempos en los que estaba de moda el experimentalismo literario y España hervía, ávida de novedades. Antes de ser publicada, la obra era bien conocida en los círculos intelectuales zaragozanos, a través de las lecturas que el propio autor ofrecía a sus visitas, el boca a boca y la publicidad que sus amigos -Cándido Pérez Gallego, Joaquín Aranda, Francisco Ynduráin…- le habían propiciado en artículos, conferencias y conversaciones. Escrita entre 1955 y 1963, la revista Despacho literario, dirigida por Miguel Labordeta, ya anunció la publicación de Meterra en 1960, con lo que parece que la mayor parte ya estaba escrita aunque, probablemente, Derqui continuara corrigiéndola. Novela arriesgada, experimentalista y críptica, llena de símbolos personales, se ha dicho que, de haber sido publicada cuando se concluyó, hubiera abierto una línea fuertemente innovadora en la narrativa española.

Planeta no debía de confiar mucho en una novela compleja y de no fácil lectura y ni la publicitó ni la envió a los críticos literarios habituales, con lo que apenas aparecieron reseñas, mientras en las publicaciones literarias aragonesas se desató una ola de entusiasmo. No creo que sus lectores fueran muy numerosos pero el caso es que hoy es una obra difícil de conseguir y con precios bastante altos en el mercado de libro viejo.

Meterra es Zaragoza y, según se escribe en la contraportada, “la biografía imaginaria de un pintor que fracasa como hombre y como artista”. Sin embargo, Manuel Derqui había nacido en La Habana, aunque su familia llegó a la capital del Ebro muy  temprano, para vivir en la casa modernista de Maestro Estremiana nº 1, donde también habitó mi abuela paterna con sus cinco hijos, con lo que mi padre, un año menor que Manolo Derqui, tal vez lo conociera como vecino en una casa con una sola vivienda en cada una de sus tres plantas.  

En otro lugar escribí:Manuel Derqui mantuvo un gran prestigio en Zaragoza por su solidez cultural y su preocupación por las nuevas experiencias narrativas. Complejo pero con un trasfondo lírico, su lenguaje, minucioso y artísticamente decantado, denota un fuerte esfuerzo de elaboración. En Meterra laten ecos de Joyce, Proust, Kafka, Faulkner y V. Woolf. Sus cuentos, aunque en una escala menor, también han cosechado grandes elogios y quizá resistan mejor el paso del tiempo”.

Si entonces era Derqui un autor pasto de intelectuales, hoy sus lectores son una auténtica rareza. No obstante, Isabel Carabantes leyó una tesis doctoral sobre su obra y en 2010 publicó un breve pero valioso ensayo, “Meterra, la historia de una novela, la novela de una ciudad”. A él remito a quien desee más información sobre este autor y su obra.

Bibliografía y más información sobre Manuel Derqui en este blog:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2021/09/22/manuel-derqui-autor-de-meterra/

¿Por qué admiras a Valle-Inclán? La cuestión fue planteada por José Joaquín Blasco, artista multidisciplinar, en una encuesta a varios valleinclanistas.  Había más, pero respondí usando la vieja fascinación acumulativa del decálogo: Primero: Su estampa. ¿Cómo un adolescente inadaptado no iba a adorar a un hombre así? No sabía lo que era la Institución Libre de Enseñanza, pero los pocos hombres con barba que se veían en los años cincuenta me parecían seres puros, sabios y superiores. La barba más descabellada era la de Valle y todo en él resultaba diferente. “Hoy es igual que todos los días distintos”, llevaba apuntado en la cubierta de mi cuaderno de apuntes. Segundo: Un Crisolín verde de mi padre, Jardín umbrío. Seguramente lo primero que leí del gallego. Y estaba en la edad de subsumirme en brumas, esteticismos, misterios, melancolías y periodos prosísticos cadenciosos y evocadores. Así, aunque con un añadido de rebanadas salpicadas de absurdo y de vanguardismo, fueron las primeras prosas de creación que publiqué. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan002.jpg Tercero: Sus frases feroces, sus facecias. Siempre estuve dispuesto a perderme por la gracia verbal, por la ocurrencia, por la frase rotunda, mordaz y descalificatoria. En mi niñez todavía se daba esta habilidad entre el pueblo, hasta era una forma de triunfar socialmente. Yo siempre procuraba estar al lado del gracioso. Y aprender. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan-el-embrujado-1922.jpg Cuarto: Los esperpentos de Martes de carnaval. ¿Qué lectura mejor para un veinteañero libertario y radicalizado política y socialmente pero que abominaba de la doctrina comunista? Humor, desmán, distanciamiento crítico, pirotecnia verbal. Como yo era o quería ser. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan_lumieres-de-boheme.jpg Quinto: Periodo de inmiscusión en el ocultismo. Tres años de lecturas y actividades, en verdad, entre lo hermético y lo locario, pero afrontadas con convencimiento: La lámpara maravillosa. Nada más claro, más intenso y con más luz oscurecida iluminando la sombra. Pasaron años hasta que alguien empezara a prestar atención a esta nueva Tabula Smeragdina que alguien llamó la Biblia del simbolismo. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan_la-lampara-maravillosa.jpg Sexto: Los poemas. Tengo cinco ediciones de Claves líricas. Tampoco se les daba bola entonces. Toda la originalidad ibérica y la del verbo valleinclanesco. Toda su fiereza, todo su humor, todo su genio verbal para expresar cualquier cosa: el misterio, el crimen, el humor, el esoterismo, el viaje, la España interna incomprendida por la España eterna. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan_claves-liricas.jpg Séptimo: La cabeza del dragón. Veo una magnífica representación realizada por el GAT, un grupo de Hospitalet. Al final de la función me pongo a hablar con ellos. Los entrevisto. Leo el teatro completo y quedo volteado por todo el Tablado de marionetas, por todo el Retablo del amor, la avaricia y la muerteDivinas palabras me impele a marchar a Galicia, donde algo debe quedar de ese submundo. Dos viajes en solitario a la tierra galaica en la que trato de ver y escuchar. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan_divinas-palabras.jpg Octavo. Soy profesor. Mis alumnos han de leer Luces de bohemia. Quienes me conocen afirman que soy un bohemio. Efectivamente, me apasionan las tabernas, las gentes excéntricas, la pobreza, la locura, el alcohol, los perdularios, la España que se va en lontananza. Casi termino por especializarme en el universo de la bohemia. Devoro a Zamora Vicente, me leo todas las parodias que puedo y termino por convertirme también en un experto en el teatro lírico de intersiglos. Adoro a ese hombre sabio, bueno, inteligente y tenaz que responde por don Alonso. ¿Qué más decir de Luces de bohemia, a la que homenajeo en el título de mi libro sobre ese mundo: Cruces de bohemia? Sí. Algo más que decir. Hago un canon para una revista de la red con las cien mejores obras de la literatura española del siglo XX en las que no se puede repetir el autor. De Valle, elijo esta. Y aunque no se me pide, lo digo ahora. De las cien, es la mejor. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es valle-inclan_luces-de-bohemia.jpg Noveno. El cine. El siglo XX. Mi vida imaginaria. Descubro una entrevista desconocida en la que Valle-Inclán opina sobre el cine y la publico como apéndice a un artículo en los Anales Valleinclanescos de la Universidad de Colorado. Veo una extraordinaria adaptación de Tirano Banderas al cinematógrafo y una más que meritísima versión de Luces bohemia. Me quito el cráneo ante este genio de la imagen y genio del ingenio verbal que responde al nada encandilador nombre de José Luis García Sánchez y que es el autor de ambas. Prometo seguir haciendo méritos y deméritos para ser su amigo. La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es vall-inclan_esperpentos-x-jose-lus-garcia-sanchez.jpg Décimo: Hace menos de una semana, Pilar Cortés me obsequia con los dos tomazos de la obra completa editada por Espasa. Lástima que no se pueda llevar a la cama por lo que pesa. Hay que leerla en mesa, si vale la rima interna. Pero aquí hay nutrición para muchos años, miles de líneas políticamente incorrectas, una fuente de goces, un manantial de maestría para quienes gustamos de escribir. Los quevedos de Valle-Inclán junto a los quevedos de Quevedo mirarán la vida y yo siempre intentaré ver a su través. Valle-Inclán_Obras completas II001

(Publicado en Diccionario de Autores Españoles Contemporáneos (1885-2010), Diputación de Zaragoza, 2010, pp. 340-341.) Con alguna adición

DERQUI MARTOS, Manuel, La Habana (Cuba), 12-09-1921 / Aragüés del Puerto (Huesca), 13-09-1973.
Género: Narrativa

Cuando Manuel era niño, su familia se trasladó a Tetuán y, posteriormente, a Zaragoza, donde se afincó de forma definitiva. En 1944, tempranos problemas pulmonares le hicieron desistir de la carrera naval  y, desde entonces, se dedicó intensamente a las Letras. Comenzó a publicar artículos literarios y musicales y fundó la revista Ansí (1952), en unión de José María Aguirre, Miguel Labordeta, Santiago Lagunas y J. B. Uriel. También colaboró en Almenara, Proa y Orejudín, así como en publicaciones de ámbito nacional como Índice, La Actualidad Española, Acento Cultural y El Español. A partir de los años sesenta fue habitual colaborador de Heraldo de Aragón. Falleció de un ataque al corazón, antes de ver publicada alguna de sus numerosas narraciones.

A pesar de su inexistencia editorial, Manuel Derqui mantuvo un gran prestigio en Zaragoza por su solidez cultural y su preocupación por las nuevas experiencias narrativas. Su amigo Cándido Pérez Gállego, catedrático de Literatura Inglesa, fue uno de sus principales valedores y quien, tras su muerte, se preocupó por dar a conocer su obra. Meterra es una novela arriesgada, experimentalista y críptica, llena de símbolos personales que fue escrita entre 1955 y 1963. Se ha dicho que, de haber sido publicada cuando se terminó, hubiera abierto una línea fuertemente innovadora en la narrativa española. Compleja pero con un trasfondo lírico, su lenguaje, minucioso y artísticamente decantado, denota un fuerte esfuerzo de elaboración. En ella laten ecos de Joyce, Proust, Kafka, Faulkner y V. Woolf. Sus cuentos, aunque en una escala menor, también han cosechado grandes elogios y quizá resistan mejor el paso del tiempo. «De rerum malleorum» y «La torre y el niño» han llegado a ser calificados de obras maestras. En 1992 se editó La ciudad. Apuntes para una biografía, un esbozo de novela que ya había aparecido parcialmente como colofón al libro de cuentos y que poco añade a su trayectoria literaria. Dejó inéditas decenas de narraciones breves y tres novelas: La persecución (1951), La travesía (1953) y El gran verano (1954).

OBRAS

Meterra (novela), Barcelona, Planeta, 1974.

Cuentos (selección de Cándido Pérez Gallego), Zaragoza, Lib. General, 1978.

La ciudad. Apuntes para una biografía (novela), Zaragoza, DGA, 1992.


BIBLIOGRAFÍA

-AGUIRRE, José María, «Introducción» a Ansí (ed. facsímil 1953-1955), Zaragoza, DGA, 1991.

-ARANDA, Joaquín, «Manuel Derqui, escritor», Heraldo de Aragón, 15-IX-1973.

-CALVO CARILLA, José Luis, «La larvada (in)materialidad de Meterra», Turia nº 6-7, pp. 30-37.

-CARABANTES DE LAS HERAS, Isabel, La obra narrativa de Manuel Derqui (1921-1973), Tesis doctoral presentada en la Universidad de Zaragoza

-, Meterra, la historia de una novela, la novela de una ciudad, Zaragoza, Diputación Provincial, 2010.

-CLARAMUNT ADELL, Teresa, La ciudad. Apuntes para una biografía. Guía didáctica, Zaragoza, DGA, 1994.

-FERNÁDEZ CLEMENTE, ELOY, “Manuel Derqui: música, cine y literatura: tres artes en el tiempo que no se pueden separar”, Andalón nº 7-8, 15-XI-1972.

-GARCÍA CASTÁN, Concepción, Voz: «Derqui Martos, Manuel», Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo IV, Zaragoza, UNALI, 1980, pp. 1060-1061.

-GRASA, Carlos, «Derqui o la ciudad que no existe» (Reseña de La ciudad), El Periódico de Aragón, 25-III-1993.

-HORNO LIRIA, Luis, Autores aragoneses, Zaragoza, IFC, 1996, pp. 184-186.

JALSU (José Antonio Labordeta Subías), «El oficio de novelar» (Reseña de Meterra), Andalán nº 38-39, 1-IV-1974.

-NAVALES, Ana María, «Trayectoria literaria y obra inédita de Manuel Derqui», Heraldo de Aragón, 12-X-1976.

-, Antología de narradores aragoneses contemporáneos, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1980, pp. 33-34, 159-165.

-PÉREZ GÁLLEGO, Cándido, «El paraíso perdido de Meterra. En la muerte de Manolo Derqui», Andalán nº 26, 1-X-1973.

-, «El país Derqui», Andalán nº 33, 15-I-1974.

-, «Prólogo» a Cuentos, Zaragoza, Librería General, 1978.

-, «Derqui, la casa de los abuelos, allá lejos», Heraldo de Aragón, 14-X-1982.

-, «El estilo de Derqui: nuevas claves de Meterra», Heraldo de Aragón, 1983.

-PÉREZ GÁLLEGO, José, «Entre Sansueña y Ansí», Heraldo de Aragón, 15-IX-1973.

-, «Diez años sin Derqui», Heraldo de Aragón, 1983.

-PÉREZ GRACIA, César, «Los relatos de Derqui», Heraldo de Aragón, 1983.

-, «Manuel Derqui: un viaje al fondo de la página», Heraldo de Aragón, 14-IX-1993.

-TELLO, Rosendo, «Introducción» a Orejudín (ed. facsímil), Zaragoza, DGA, 1991, pp. 68-75.

-, Naturaleza y poesía. Memorias (1931-1950), Zaragoza, PRAMES, 2008, pp. 284-285.

(Publicado en Clarín nº 154, Julio-Agosto 2021, pp. 27-31)

                                                                                      

Uno de los libros menos conocidos en torno a la muy conocida guerra civil española corresponde al más conocido de los cronistas deportivos sudamericanos de todas las épocas: Diego Lucero. Luis Alfredo Sciutto (Montevideo, 1901-1995) fue su nombre real pero con ninguno de ellos firmó la que sería su primera obra impresa, Una aventura en España (Montevideo, 1938). Lo hizo con el de Wing (ala o extremo en el argot cuajado de anglicismos del fútbol originario).

Con dicho seudónimo recordaba sus tiempos de futbolista (half izquierdo) en el Nacional de Montevideo y en la época de oro de la selección uruguaya, antes de que una lesión de menisco lo retirara del pasto en 1929. Desde 1924 ya se dedicaba al periodismo deportivo en sus vertientes de prensa y radio[1]. Por su personalidad, gracia, originalidad y abundancia de recursos, se convirtió en un mito que llegaría a ser coronado como el único ser humano que acudió a todos los mundiales de fútbol entre 1930 y 1994. Libros como Siento ruido de pelota… y 10.000 horas de fútbol son la obra de un prosista extraordinario, libérrimo y original, con una lengua desprejuiciada, entre los coloquialismos y los cultismos, que sume en asombro al lector ibérico acostumbrado a las cansinas metáforas y la macarra sintaxis de los redactores deportivos.

Aunque Wing había empezado a exhibir sus textos en La Tribuna Popular, su prestigio lo llevó al diario El Pueblo, donde sus crónicas se extendieron a lo político, a lo social y a cualquier otro género periodístico. Como enviado especial, recorrió el mundo en un tiempo en que la autonomía del avión aconsejaba sólo su utilización para las distancias cortas. Así, entrevistó a García Lorca, Mussolini, Goebbels, Chevalier, Josephine Baker… En 1936 asistió en calidad de corresponsal, a la Olimpiada de Berlín, celebrada en la primera quincena de agosto, cuando ya la contienda española había estallado, por lo que, de acuerdo con su periódico, intentó cruzar la frontera franco-española para llegar a Irún y convertirse en corresponsal del diario montevideano, en el que ya era la estrella y sus crónicas ocupaban la primera página, bajo un gran retrato suyo y el marbete “WING NARRA”.

Cuando el 30 de agosto Wing alcanza la ciudad fronteriza, Irún está siendo evacuada y los movimientos son difíciles. No obstante, consigue llegar a Pamplona el 5 de septiembre pero es detenido por sospechoso de espionaje. Joaquín Arrarás, futuro biógrafo de Franco, lo escucha pero sólo le entrega un salvoconducto para salir de España[2]. Desde Hendaya volverá a presenciar la nueva evacuación de Irún y, tras varias peripecias, consigue el permiso y se incorpora al plantel de periodistas hospedados en el hotel María Isabel de Burgos, donde su divertido y desenfadado carácter le propicia muchas amistades.

En su libro reconoce: “era el más modesto, el más oscuro, el más joven entre todos, al que distinguían con su amistad llamándole el ‘uruguayito’” (p. 121). Dada su simpatía y que el periódico al que servía no competía con las grandes agencias de información, otros corresponsales le invitaban con frecuencia en sus acercamientos, con lo que Wing se jacta de ser el “primero entre los periodistas del mundo” en llegar al Cuartel General del Ejército nacionalista que iba a la conquista de Guipúzcoa (p. 21)[3].

Durante la guerra los corresponsales viven con un lujo que contrasta con las penurias de la población y la dura vida del frente. De hecho, el uruguayo se hace lenguas de lo bien que el ejército sublevado trataba a los alrededor de doscientos periodistas que esperan la caída de Madrid entre grandes hoteles y continuos banquetes. Recién rescatado el Alcázar, acude a Toledo y consigue hablar con Franco y Moscardó para su periódico. Visitará los frentes de Andalucía y del Oeste. Llegará a Asturias, recién conquistada por las columnas galaicas, y se moverá entre Burgos, Ávila y el cerco de Madrid. Todo esto nos va contando Wing en Una aventura en España. Pero la auténtica aventura todavía no ha comenzado.

El uruguayo había confraternizado con tres periodistas de Heraldo de Aragón, el diario más popular de dicha región: Manuel Casanova (Sanlúcar de Barrameda, 1898) ejercía el periodismo en Aragón desde 1919. Joven pero con ya una larga trayectoria a sus espaldas, en 1933 había sido nombrado director del rotativo. En esta corresponsalía de guerra, lo acompañaban, Marín Chivite, reportero gráfico que realizaría una brillante obra profesional y José Meirás Oureiro, joven abogado militante de Renovación Española, que había sido secretario del asesinado Calvo Sotelo y oficiaba como auxiliar de ambos. Manuel Casanova escribió también su libro acerca de la guerra civil, Se prorroga el estado de alarma. Memorias de un prisionero (1941), que, desde ahora, nos va a servir para cotejar la versión del español con la del uruguayo, al que Casanova retrata así:

Hijo de padres italianos, armoniza la finura y el ingenio latinos con la simpatía dulzona y musical de los americanos del Río de la Plata (…) Obligado desde muy niño a ganarse la vida por su propio esfuerzo no rehuyó ejercer oficio por humilde y menospreciado que fuera; y así pasó desde maletero del muelle a jugador de fútbol en el equipo nacional de su país (…) el antiguo medio centro se convirtió en uno de esos cronistas deportivos que apasionan a los “hinchas” (…) Ha sido entre nosotros un español más y quien como yo le ha visto al natural en trances difíciles (…) sabe que en el antiguo maletero y luego escritor notable vibra un corazón alegre y sano de buena hombría (p. 32).

Manuel Casanova

Al enviar sus crónicas a un país lejano, Wing no entraba en la competencia de ser quien se adelantase en las noticias y exclusivas, por lo que recibía frecuentes invitaciones de sus compañeros para que los acompañara. Es lo que sucedió el 21 de noviembre de 1936 con los periodistas zaragozanos que, acompañados del chófer militar Miguel Zamora, maestro armero del Parque de Artillería de Zaragoza, participaron junto a otros corresponsales en una excursión al Frente de Madrid, que había sido aplazada el día anterior. Salieron de Ávila y, en las cercanías de El Tiemblo, Sciutto vio nevar por primera vez. El coche se extravió y, sin darse cuenta, se vieron de improviso en campo adversario. Detenidos y desarmados por el teniente Artés, fueron tomados como espías, por lo que rápidamente se barajó la posibilidad de fusilarlos allí mismo.

Finalmente, son llevados a presencia del comandante Paco Galán, hermano de Fermín, protagonista en 1930 de la sublevación de Jaca y héroe de la II República. El comandante los remite al Jefe Militar del sector Aravaca-Pozuelo, pese a las pretensiones de sus captores que desean acabar con ellos in situ. Algo similar acontece en el puesto militar de Pozuelo, donde aparece teatralmente Valentín González “El Campesino”, mientras el pueblo en la plaza grita que los suelten para lincharlos. Cuando son interrogados y casi está dispuesta su suerte, el jefe que había dictaminado: “Que les tomen declaración y ¡acabar!” se apercibe de la personalidad del chófer, Zamora, que resulta ser su hermano. Sin que lo dé a conocer, cambia de criterio y ordena que los lleven a la cárcel del pueblo y, después, al Cuartel General del Ejército en el madrileño Palacio de Buenavista, acompañados por el propio Valentín González, que aprovecha el viaje para ilustrar al pasaje con sus glorias personales[4].

El interrogatorio lo lleva a cabo directamente el después famoso general Vicente Rojo -entonces teniente coronel-, asesorado por una mujer extranjera, seguramente, Marta Huysmans, que le indica al oído lo que ha de preguntar. No parecieron sacar la conclusión de que fuesen espías ni enlaces con la quinta columna, por lo que fueron enviados a la Dirección General de Seguridad, a la sazón trasladada a la calle Serrano, para un nuevo interrogatorio, tras el que quedaron incomunicados en este edificio durante dos semanas con el único alivio propiciado durante el primer día de cautiverio por la aparición a las 7.30 de la mañana de José Luis Galbe, Fiscal Supremo del Tribunal de la República. Como zaragozano, conocía al menos a Manuel Casanova y aunque su intención era salir ese mismo día para Valencia e incorporarse al Gobierno ya desplazado a la capital levantina, postergó un día su viaje e hizo gestiones que, al menos, sirvieron para salvar momentáneamente a los prisioneros, además de conseguirles cigarrillos y una manta (Wing, pp. 187-188). Días después volvería Galbe para insuflarles aliento.

El uruguayo todavía vio más despejado su panorama: Edgardo Pérez Quesada, embajador argentino que salvó muchas vidas en el Madrid sitiado, le aseguró que sería libertado pero que los demás habrían de afrontar la justicia popular. Se le ofreció mejorar de alojamiento y, sin embargo, Sciutto declaró que prefería correr hasta el final la suerte de sus compañeros (Casanova, p. 107). El caso es que el 4 de diciembre fueron trasladados a Valencia, donde permanecieron quince días incomunicados. A Sciutto le notificaron el día 16 que iba a ser liberado. A pesar de que las gestiones para ello habían comenzado, al saberse la noticia de su detención, la inclinación del gobierno uruguayo hacia el bando sublevado no hizo fácil la negociación pero sirvió para evitar una decisión precipitada. Al ya citado embajador argentino que había tratado de liberarlo, le contaron que se había fugado. Hubo de ser la intervención del presidente de los Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, que visitó el Uruguay en el acorazado “Utah”, quien, ante los ruegos del presidente uruguayo Gabriel Terra, aceleró el proceso. Wing fue liberado con la condición de volver a su país en el primer vapor disponible y no pisar territorio español hasta el final de la guerra. El Encargado de Negocios de los USA, le dio la noticia y en la mañana del 23 de diciembre, tras un mes de cautiverio, una lancha del destructor “Kane” lo recogería en el puerto de Valencia para ser trasladado a Villefranche-sur-Mer y de allí a París, donde lo esperaba el doctor Alberto Mañé, embajador del Uruguay. Efectivamente, Wing no era un don nadie.

En el mes de reclusión tuvo una importancia fundamental el consuelo de la Virgen del Pilar, no sólo para los aragoneses sino también para el uruguayo. Sciutto, revolucionario en su juventud, primero anarquista y después socialista, tenía un sustrato popular que junto a su genio lingüístico, verbal y literario, fueron pilares esenciales de su fama como periodista. Así concluye Una aventura en España

Estando preso en Madrid, cuando la tutela de la Virgen del Pilar nos iluminaba con su esperanza, soñamos planes de futuro. Mis compañeros de Zaragoza le hicieron promesas a la Pilarica, si les salvaba la vida. Yo también hice la mía: llevar para siempre su imagen sobre el pecho e ir a besar el manto de su estatua zaragozana, después de caminar descalzo cinco kilómetros por las rutas de Aragón que van hacia el santuario de la amada Patrona.

Por eso fue que vacilé y quise protestar cuando tuve que firmar aquel documento que me impone retornar a mi tierra, sin volver a España, mientras allí arda la guerra. No sé ni cómo ni cuándo podré hacerlo. Pero he quedado en deuda con “La Pilarica” y algún día tendré que saldarla.

Sus compañeros permanecieron en Valencia hasta la salida del juicio el 23 de septiembre de 1937 en el que todos fueron condenados a muerte, sentencia que no llegó a ejecutarse aunque permanecieron en la cárcel muchos meses más, hasta un total de veintitrés, desde la fecha de la detención hasta su libertad. En agosto de 1938 fueron puestos a disposición del ministro, encargado de los canjes. Finalmente, el 21 se octubre de 1938 embarcaban en el destructor “Icarus” de la Marina inglesa rumbo a Marsella.

En la ciudad portuaria les esperaba Luis Alfredo Sciutto, que no había cumplido el compromiso contraído de no regresar a España y se había reincorporado a sus funciones de cronista de guerra en el bando nacional[5]. Creo recordar que, años después, sí cumplió en Zaragoza su promesa a la Virgen del Pilar. Tampoco era hazaña propia de un héroe legendario besar su manto haciendo cinco kilómetros descalzo. Menos, cuando la imagen no se encuentra en una arriscada montaña sino en el centro de una ciudad europea bastante llana. Hombre práctico, Wing aminoró la dificultad caminando desde su hotel, cercano a la basílica, y portando unos zapatos tan brillantes como suelen gustar a los rioplatenses. Pero, eso sí, saludó a la Virgen.

Poco después, el periodista abandonó su querido Uruguay, requerido por el diario Crítica de la capital argentina. En 1945 se fundó Clarín, desde entonces uno de los dos diarios más importantes de Buenos Aires, que es como decir, de Sudamérica y fichó a Sciutto. Allí ya tomó el seudónimo de Diego Lucero, que iría haciendo olvidar el resto de sus nombres.

Desde entonces, la brillante trayectoria de Diego Lucero sobrepasó con mucho su labor periodística. Un genio suelto cuya personalidad incluía todo lo imaginable y que fue querido y admirado por todo el espectro futbolístico de su tiempo, que abarcó casi todo el siglo XX. Quedémonos con su creativo, original, poético, preciso y desternillante lenguaje que le llevó a ocupar desde 1970 el sillón Félix Lima en la Academia Porteña del Lunfardo.

NOTAS


[1] En 1930 fundó Radio Sport, primera emisora deportiva de su país.

[2] Sciutto, en su juventud y en sus escritos, mostró  querencia hacia anarquistas y socialistas. Al comienzo de la guerra civil española, el gobierno uruguayo se acercó a los sublevados, mientras que la mayor parte de los intelectuales del país tomaban la posición contraria. Puede decirse que Wing llegó a España con una postura equilibrada, que, a partir de la retirada de Irún, incendiado por quienes debían defenderlo, fue inclinándose hacia el bando que ganaría la guerra. No digamos ya en el cautiverio, cuando su muerte parece a menudo inminente.  

[3] V. Niall Binns, “Aventura y aprendizaje en “Wing” (Luis Alfredo Sciutto). Un testimonio uruguayo sobre la Guerra Civil Española” Letral nº 5 (2010), pp. 46-63. El único y valioso trabajo que conozco sobre el libro firmado por Wing.

[4] En su artículo, Binns comenta: “Siente una antipatía particular hacia los comunistas, hipócritas a los que soborna para conseguir comida —“las pesetas no habían dejado de ser apetecibles entre los comunistas que odiaban el dinero”— y que hacen todo lo posible para impedir su liberación (p. 221); pero quizá el acontecimiento más instructivo para Wing fue la interrogación a la que le sometieron unos “comisarios del pueblo en Madrid” (p. 58).

[5] Esta segunda etapa de su labor como corresponsal en España, la reflejó en otro libro Cartas de la guerra, Montevideo, 1939, publicado, como el anterior, por la Imprenta Florensa.

Diego Lucero en sus últimos años de periodista

                                                                                                  

(Publicado en Aragón Digital, 15-17 de junio de 2021)

La Zaragoza del pasado siglo amparó algunos personajes que, acogidos a la ya socorrida denominación de “Raros y olvidados”, bien podrían figurar en las filas de esa “inquerida bohemia” que, refiriéndose a sí mismo, citó Rubén en uno de sus tan bellísimos como demoledores “Nocturnos”.

Uno de esos personajes fue Gil Comín Gargallo (1899-1976), vanguardista y revolucionario en la preguerra, angustiado y despavorido durante la guerra y, como tantos, disimulando su pasado en la posguerra. Sin embargo, terminó como crítico literario de El Noticiero, el diario ultraclerical zaragozano, que hubiera parecido su destino más improbable. 

Cuando en 2001 le dediqué uno de los trabajos de mi libro Galería del olvido, aún no había averiguado su imprevisible matrimonio con otra zaragozana a la que entonces casi nadie conocía y pronto congregó la admiración de toda España. Hoy,  Zaragoza ostenta su nombre en, al menos, dos centros de salud, una calle, una sala del Paraninfo y una asociación. Me refiero a la médica libertaria Amparo Poch, sobre la que mi querida Antonina Rodrigo escribió una trabajadísima biografía, que años después amplió, y una antología de sus textos.

En mi libro yo animaba a Antonina, entonces en plena escritura de dicha biografía, para que investigara sobre Gil Comín, ya que me constaba que la joven había mantenido alguna relación con el  poeta. El fruto de sus investigaciones fue la certificación de que Gil y Amparo habían contraído matrimonio civil el 28 de noviembre de 1932. Cosa absolutamente inesperada, pues el dinamismo y la trascendencia social de la científica y fundadora de “Mujeres libres” no casaban con la oscura timidez del aspirante a escritor, aunque, al parecer, sí coincidiesen en su ideología revolucionaria. La unión únicamente duraría año y medio y, según algunos testimonios, tan sólo la primera noche.

Gil Comín, al que todavía pude conocer en sus últimos años, cuando uno oficiaba de joven poeta rebelde entre los desterrados del ya clausurado café Niké, era una viva figura del antesdeayer. Muy pequeño y regordete, aspecto poco aseado, boina calada hasta media frente y gafas de culo de vaso. Pese a mi limitada memoria visual, recuerdo perfectamente su figura bufonesca y patética, que le acarreaba toda clase de chanzas y burlas, incluso de sus contertulios de Niké, y él sobrellevaba con absoluta mansedumbre. Se consideraba pagado si aceptaban su compañía. Es significativo que no se conozcan fotos suyas. Ildefonso Manuel  Gil recordaba que a él le reprochó incluir la suya en uno de sus poemarios.

Sin embargo, Gil Comín fue hombre que podría haber presumido de hitos personales que otros estuvieron lejos de alcanzar: sobrino de Pablo Gargallo, en su adolescencia coincidió como mancebo de botica con Sender, quien reelaboraría su figura en «El mancebo y los héroes», una de las novelas incluidas en Crónica del alba. Después, se licenció en Filosofía y Letras y Bellas Artes –dibujaba muy bien- y se quedó sin terminar Derecho, por una sola asignatura. En Madrid entró en contacto con bohemios y vanguardistas y se le vio por las tertulias de Carrère y de Pombo. González Ruano le prologó en 1924, Trinos, su primer libro y en 1946 lo incluyó en su antología de poetas españoles contemporáneos. En esa década de los 20 Gil Comín escribió en publicaciones francesas e italianas y fue discreto contertulio de Valle-Inclán y Lorca. De vuelta a Zaragoza, siguió colaborando en redacciones periodísticas y revistas como Aragón, Cierzo o Noreste e ingresó en la banca. En 1935 publicó su cuarto poemario, Rémora y evasión, libro vanguardista y de incendiario contenido sociopolítico, que casi nadie leyó pues, al producirse la sublevación, su autor se apresuró a recoger los pocos ejemplares que estaban a la venta, por lo que casi milagrosamente se salvó de represalias, lo que no le ocurrió a su jovencísimo ilustrador, Federico Comps, que fue fusilado. Gil Comín siguió trabajando en el Banco Zaragozano e, incluso, en julio de 1937 consta una donación de 14,55 pesetas al Auxilio Social, institución falangista.

Tras la contienda, Gil fue depurado de la banca, marchó a Madrid para intentar reanudar sin fortuna su carrera literaria y, tras unos años de indigencia, en 1947 tuvo  entrada en El Noticiero, donde se dedicó casi exclusivamente a la crítica literaria. Ya no publicaría  más que dos mínimas entregas poéticas y, malviviendo de sus escasas colaboraciones, murió totalmente olvidado.

Echando la vista atrás, lamento la escasa atención que presté a quien tantas historias pudo haber contado y, por miedo, timidez o bregado en el escarmiento, siempre guardó para sí.

Su ex-libris, dibujado por él mismo


(Publicado en Imán nº 9, noviembre 2013)

Cuando Zapata moría el 21 de abril de 1913 ya era una especie de trasto viejo, al que las necrológicas trataron con displicencia y cierto despego. Probablemente, si no es por el momio que un ministro le concedió en la Casa de la Moneda, el escritor se hubiera visto en la miseria como les sucedió a tantos otros compañeros de fatigas literarias. Sin embargo, durante las últimas décadas del siglo XIX fue un autor de gran predicamento en el teatro español y también en el periodismo, especialmente en su vertiente satírica. Tres obras, La capilla de Lanuza, El anillo de hierro y El reloj de Lucerna, las dos últimas, musicadas por Miguel Marqués, mallorquín de Valldemosa, figuraron durante largo tiempo en el repertorio de muchas compañías españolas, tanto grandes como modestas.

Tras una comedia zaragozana y un drama estrenado con regular éxito, la citada La capilla de Lanuza fue la obra que supuso su lanzamiento en el teatro, cuando recién llegado a Madrid, se encontraba en apuradísima situación. El joven Marcos había nacido en Ainzón (20-IV-1842), hijo de una familia de labradores con escasos ingresos y venía de Zaragoza, donde se había formado en las Escuelas Pías de la capital aragonesa. Cursó Leyes pero, según propia confesión, sus años de estudiante no le sirvieron de nada. En 1868, y con quince duros en la faltriquera, viajó a Madrid para tratar de encauzar su vocación literaria y consiguió colaborar en La Discusión, diario del que pronto fue su principal redactor, y también en El Orden. Como era frecuente en la época, la actividad periodística no le evitó grandes privaciones, que suelen resumirse con la famosa anécdota de sus noches en los bancos del Prado. En esta situación, el actor Parreño acudió en su socorro pues recordaba que, estando en Zaragoza, el joven Zapata le había leído unas cuantas escenas que le habían gustado y ahora necesitaba una obra para su beneficio. El autor que, efectivamente,  había comenzado a escribir La capilla de Lanuza en 1861, pidió  a sus padres las cuartillas, las terminó y las leyó en su tertulia con gran éxito aunque cuenta Enrique Chicote que el más enternecido fue el mozo que les servía. De una forma u otra Zapata hubo de vender por cien duros la propiedad de la obra y se hicieron famosos los versos que Manuel de Palacio dedicó al asunto:

                                              ¡Tu razón podrá ser mucha,

                                              pero caíste en la lucha,

                                              respetable Zapatilla,

                                             que al vender esta Capilla

                                              te has convertido en babucha!

Contraatacó Zapata:

                                             Oye, pedazo de tal:

                                             cuando no se tiene un real,

                                             desde Homero hasta Zorrilla,

                                             no digo yo una Capilla…

                                             ¡Se vende una Catedral!

Tal era la indigencia del autor que en la noche del estreno se presentó con un pantalón que dejaba ver sus tobillos, con lo que alguien se apiadó del joven estrenista y le prestó otro pero en esta ocasión demasiado largo. La gente en la época no era escasa en ocurrencias. En seguida recibió un paquete que contenía cinco duros, unas tijeras y una carta con esta redondilla:

                                            Ahí te remite un centén

                                            quien te desea millones

                                            y para… los pantalones

                                            ese remedio también.

 El caso es que este su primer estreno tuvo un éxito descomunal y consagró a Antonio Vico como uno de los monstruos de la interpretación teatral de las últimas décadas del siglo. La capilla de Lanuza, ampulosa y retórica en sus formas y revolucionaria en sus tesis, se benefició de la gran facilidad versificadora de Zapata. Su estilo, a veces, elocuente, a veces, satírico y, muy frecuentemente, campanudo, recuerda, salvando las distancias, los destellantes periodos líricos calderonianos.

Zapata tenía una tertulia en el Café Inglés, a la que sus contemporáneos se pirraban por asistir para escuchar sus ingeniosidades pues, como escribió el gran actor cómico Enrique Chicote, “era hombre de claro talento y simpatía aragonesa”. De hecho, si nos fijamos en quienes escribieron de Zapata, casi siempre se refieren a él con un deje empático y cómplice para contar alguna de sus ocurrencias, de sus frases lapidarias, de sus coplas ingeniosas y malévolas. Sus experiencias bohemias, su don de gentes, su condición de fácil poeta lírico y festivo le hicieron un hombre querido, de modo que, pese a su militancia política, en una ocasión fue el propio Alfonso XII quien pidió entrevistarse con él, a resultas de lo cual se le otorgó un bien remunerado puesto administrativo en Cuba, donde apenas aguantó unos meses. 

Fue en el periodismo donde el aragonés, adscrito al republicanismo de batalla[1], desarrolló su faceta satírica e ideológica colaborando en muchas publicaciones. Entre las más significadas estuvieron Revista de Aragón (1878-1880), Barcelona Cómica (1895), La Ilustración Española y Gente Vieja (1900). En el teatro, recogiendo la sensibilidad de su tiempo, también expresada por la pintura, se especializó en episodios históricos, casi siempre interpretados por Vico, como El castillo de Simancas, La corona de abrojos,  El solitario de YusteEl compromiso de Caspe, ¡Patria y libertad! o La piedad de una reina. Esta última obra, basada en los sucesos revolucionarios de la regencia de María Cristina, fue prohibida, por lo que el escritor se trasladó Buenos Aires, donde residió entre 1890 y 1899. Allí, se hizo empresario de teatro, llevó la representación del vespertino El Tiempo, firmó versos y artículos en diarios y revistas literarias, además de fundar el primer centro aragonés en la Argentina, el 12 de octubre de 1894, que con el nombre de Círculo de Aragón, subsiste hoy día en el número 1872 de la calle Fray Justo Santa María de Oró en la capital argentina.

A su vuelta a España, y gracias a la protección de Sagasta, consiguió un empleo estable en la Casa de la Moneda, al tiempo que retornaba a las tablas y el librero Fernando Fe le editaba un heterogéneo conjunto de poesías, con prólogo de su paisano Santiago Ramón y Cajal. No conozco los intríngulis del mismo pero, por lo que don Santiago estampa, no tenía mucho que decir sobre Zapata y su obra porque, aunque, como todo lo que el futuro Premio Nobel escribiera, posee alto interés y honda perspicacia, se entrega a divagar sobre el desdoblamiento de personalidad que se acostumbra a operar en escritores y artistas.

Aunque son muchos los libros que citan a Zapata, en la mayor parte se trata de noticias aisladas sobre el autor. Marcos Zapata es otro de los casos de olvido absoluto y flagrante de nuestra historia literaria. Pese a su calle en el barrio de las Delicias y su busto en la céntrica plaza de Aragón de Zaragoza, no conozco un solo trabajo consistente sobre su figura en todo el siglo XX [2] y ni siquiera se nos ocurra pensar en el porcentaje de aragoneses que conocen su nombre, no digamos ya su obra. Sin embargo, Marcos Zapata, por más que el tipo de literatura, pomposa y retórica de su época nos resulte tan lejana, fue una de las figuras centrales del teatro y el periodismo del último tercio del siglo XIX. Sí, ese en el que se produjeron las transformaciones tecnológicas, industriales y sociales más decisivas, quizá, de toda la historia. Y Zapata, que las vivió y que tanto nos hubiera podido contar, pese a su republicanismo y sus actitudes progresistas, quedó en la perezosa memoria colectiva de la cultura española como el dramaturgo rimbombante, cantor de las glorias patrias que ahora parece mirarnos desde ese lejano siglo XIX. Sí, ese siglo donde era posible que, tras el éxito de su drama histórico El castillo de Simancas, media España supiera de memoria los versos que describían la batalla de Villalar.

NOTAS

[1] En 1868 fue fundador, junto a gentes tan significativas como Nicolás Salmerón, Federico Balart, Manuel Palacio, Pablo Nougués, Segismundo Moret, Rafael María de Labra, Francisco Giner de los Ríos, Ramón Chíes  y otros, del Círculo de la Revolución, con un programa político constituido por los principios: Soberanía nacional, Sufragio Universal, Libertad de Prensa y pensamiento, Inviolabilidad del domicilio y Seguridad individual garantizada y cuyo objeto era “propagar y difundir la doctrina revolucionaria, discutir los asuntos y cuestiones que interesen a la causa de la revolución y procura por todos los medios legales la consolidación y organización definitiva del régimen liberal”.  

[2] Cuando se publicó este texto todavía no se había había publicado Tras las huellas de Marcos Zapata (2015) de Samuel Marqueta, libro no académico pero que constituye un gran trabajo de investigación y que constituye la mejor guía para conocer la vida y obra del escritor.

                                                  OBRAS

El iris tras la tormenta (comedia), Zaragoza, 1862.

Jesús y San Juan Bautista (drama estrenado en el Teatro Novedades en marzo de 1870).

La capilla de Lanuza (cuadro heroico), Madrid, Imp. Española, 1871.

La bola negra (cuadro lírico-dramático) -con música de Rafael Aceves-, Madrid, Nicolás González, 1872.

El castillo de Simancas (drama histórico), Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1873.

La corona de abrojos (drama histórico), Madrid,  Imprenta de la Biblioteca de Instrucción y Recreo, 1875.

El solitario de Yuste (poema histórico), Madrid, Imprenta de E. Cuesta, 1877.

El Compromiso de Caspe (leyenda histórica), Madrid, Imprenta de E. Cuesta, 1878.

A un valiente, otro mayor (juguete cómico), Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1878.

El anillo de hierro (drama lírico) -con música de Miguel Marqués-, Madrid, Imprenta de E. Cuesta, 1878.

Camöens (drama lírico) -con música de Miguel Marqués-, Madrid, Imprenta de E. Cuesta, 1879.

La abadía del Rosario (drama lírico), Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1880.

El reloj de Lucerna (zarzuela) -con música de Miguel Marqués-, Madrid, R. Velasco, 1884.

Un regalo de boda (drama lírico) -con música de Miguel Marqués-, Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1885.

¡Patria y libertad! (episodio nacional), Madrid, R. Velasco, 1886.

La piedad de una reina (episodio histórico), Madrid, R. Velasco, 1887.

Colección de obras dramáticas, Madrid, R. Velasco, 1887.

La campana milagrosa (drama lírico) -con música de Miguel Marqués y J. García Catalá-, Madrid, R. Velasco, 1888.

La abadía del Rosario (drama lírico) -con música de Antonio Llanos-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1890.

Covadonga (zarzuela) -con Eusebio Sierra; música de Tomás Bretón-, Madrid, R. Velasco, 1901.

María Teresa (boceto dramático), Madrid, R. Velasco, 1902.

Discursos leídos en la III Fiesta de los Juegos Florales de la Ciudad de Zaragoza -con Mariano Ripollés-, Zaragoza, Imp. del Hospicio, 1902.

Poesías, Madrid, Fernando Fe, 1902. / Zaragoza, El Día, 1986.

                                           BIBLIOGRAFÍA ESCOGIDA

-CAVIA, Mariano de, «El mejor número», Presencias de un zaragozano ausente, Zaragoza, CAZAR, 1969, pp. 77-79.

-CHICOTE, Enrique, La Loreto y este humilde servidor, Madrid, Aguilar, 1944, pp. 163-166.

-GARCÍA MERCADAL, José, «El cantor de las libertades: Marcos Zapata», Heraldo de Aragón, 22-III-1906.

-LACADENA BRUALLA, Ramón de, Retratos a pluma, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1958, pp. 311-328.

-, Vidas aragonesas, Zaragoza, IFC, 1972, pp. 653-668.

-LUSTONÓ, Eduardo de, «Presentación» en Poesías, Madrid, Fernando Fe, 1902, pp. 7-14.

-MAINER, José Carlos, Voz: «Zapata, Marcos», Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo XII, Zaragoza, UNALI, 1982, pp. 3387-3388.

-, «Literatura moderna y contemporánea», Enciclopedia Temática de Aragón, tomo VII, Literatura, Zaragoza, Moncayo, 1988, pp. 234-235.

-PÉREZ, Darío, «Marcos Zapata. A propósito de su muerte», Heraldo de Aragón, 23-IV-1913.

-RAMÓN Y CAJAL, Santiago, «Prólogo» a Poesías, Madrid, Fernando Fe, 1902, pp. 15-26.

-TABOADA, Luis, Intimidades y recuerdos (Páginas de la vida de un escritor), Madrid, Administración de El Imparcial, 1900.


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CASTRO Y LES, Vicente, Ayerbe (Huesca), 12-11-1869 / Madrid, 09-05-1946

Seudónimo: Caireles

A los dieciséis años y fallecido su padre, se tuvo que hacer cargo de la tienda familiar en Ayerbe. Pese a ello, en 1889 pudo obtener el grado de bachiller en Huesca. Con clara vocación periodística, un año después ya escribía en La Campana de Huesca y en el zaragozano diario La Derecha. En 1892 se trasladó a Madrid, donde residiría hasta su muerte. Logró una plaza en la Administración de Hacienda y se incorporó a la plantilla del rotativo republicano El Globo. Dirigió el semanario y la revista Gran Vía, estuvo al frente de la Administración del Noticiero-Guía de Madrid y colaboró en publicaciones tan populares como La Ilustración Española y Americana, Nuevo Mundo, Blanco y NegroMundo Gráfico o Por Esos Mundos. Promotor de la Asociación de la Prensa de Madrid, intentó sacar adelante un periódico independiente en su Ayerbe natal, El Adelanto, del que al parecer sólo salió a la calle un número, fechado en septiembre de 1894.

Como editor, fue el principal difusor del chascarrillo baturro a través del Noticiero-Guía de Madrid, sobre todo, por medio de sus colaboraciones con el dibujante y narrador Teodoro Gascón y con Julio Víctor Tomey (León Fogoso). También publicó narraciones cuentos y novelas breves de diversos narradores de la época. Sus precarias pero baratas ediciones circularon ampliamente por toda España a lo largo de toda la primera mitad del siglo XX y aun después. Fueron muy populares la colección «Alegría» y «Biblioteca para todos». Alberto Casañal en la dedicatoria de Nuevas baturradas, editado por Castro Les en 1923, le dedicó esta sextina: Amigo franco y leal / y escritor aragonés, / que derrocha ingenio y sal / en cien libros cada mes. / Con un abrazo cordial / de su amigo que lo es.

Como escritor de creación, acostumbró a publicar con el seudónimo de Caireles, compuesto de la primera y última silaba de su primer y segundo apellido, respectivamente. Es uno de los autores prototípicos del costumbrismo aragonés, aunque su obra sea de escasa originalidad y tome, frecuentemente, motivos ya trasegados. Sus chascarrillos, muchas veces reeditados y reproducidos tanto en prensa como en publicaciones volanderas, fueron lo más popular entre lo salido de su pluma.

OBRAS

Juramentos de mujer (drama), 1886.

Aventuras del cabo López en el Transvaal y en Inglaterra (chistes y chascarrillos), Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1901.

Escenas baturras

Chascarrillos baturros -con Víctor Tomey-, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1905.

Cuentos de mi tierra -con Historietas baturras, de Teodoro Gascón-, Madrid, Administración Noticiero-Guía de Madrid, 1906. / Zaragoza, Certeza, 2003.

La carabina de Ambrosio (entremés baturro) -con música de Ruperto Chapí-, Madrid, SAE, 1908.

Chascarrillos taurinos, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1909.

Nuevos chascarrillos baturros (10 vols.) -con Víctor Tomey-, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1909-1912

Chascarrillos estudiantiles, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1910-1913.

Chascarrillos teatrales, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1910-1913.

Chascarrillos aragoneses -con Fray Augusto-, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1911-1913.

Chascarrillos de Gedeón, Piave y Calínez, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1911-1913.

Cartas baturras, Madrid, Administración Noticiero-Guía de Madrid, 1911-1913.

Cantares baturros, Madrid, Administración Noticiero-Guía de Madrid, 1911-1913.

La cantinerita (episodios de la Guerra de África), 1915.

La fuente del amor -con música de Luis Romo-, 1915.

La bolsa o la vida (sainete baturro), Madrid, Imp. de R. Velasco, s. f. (¿1916?) / Madrid, Gráf. San Sebastián, 1947.

Cuentos aragoneses -con Eusebio Blasco y Antón Pitaco-, Madrid, Administración Noticiero-Juramentos de mujer (drama), Noticiero- Guía de Madrid, 1926.


BIBLIOGRAFÍA

-ACÍN FANLO, José Luis y José Luis MELERO RIVAS (eds.), Cuentos aragoneses, Palma de Mallorca, Olañeta, 1996, pp. 111-117.

-CEJADOR Y FRAUCA, Julio, Historia de la lengua y literatura castellana, vol. IX, Madrid, Gredos, 1972, pp. 457 y ss.

-CONTE OLIVEROS, Jesús, Personajes y escritores de Huesca y provincia, Zaragoza, Librería General, 1981, p. 38.

-DOMÍNGUEZ LASIERRA, Juan, Cuentos, recontamientos y conceptillos aragoneses, Zaragoza, Librería General, 1979.

-LÓPEZ DE ZUAZO ALGAR, Antonio, Catálogo de periodistas españoles del siglo XX, Madrid, Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, 1981, p. 119.

-PÉREZ GELLA, Luis, «Biografía de Vicente Castro Les», La Comarca nº 52, 2007, pp. 16-18.

-RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, Tomás, Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria española, 1994, p. 150.

-SÁNCHEZ PÉREZ, José Augusto, Mosaico baturro (notas sobre literatura aragonesa), Madrid, Talleres Gráf. Montaña, 1953, p. 81.

            

        

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(Publicado en Aragón Digital, 12-14 de mayo de 2021)

Hoy muy olvidado, Alberto Casañal (1874-1943) fue el más popular y, seguramente, el mejor de los escritores del costumbrismo aragonés. Puede decirse que su conocimiento se disipó en los años sesenta del pasado siglo, cuando España convirtió su sociedad, preponderantemente rural en definitivamente urbana. Sin embargo, hasta entonces muchos aragoneses conocían sus versos y obras como Epistolario baturro, Cuentos de calzón corto, Baturradas o Romances de ciego pasaban de mano y eran leídas en otras regiones españolas. De hecho, la facilidad y gracia versificadoras de Casañal despuntaron muy tempranamente y, a los doce años, ya publicaba versos en la revista infantil barcelonesa, El camarada.

Casañal no fue aragonés de nacencia sino que vino al mundo en San Roque (Cádiz) donde su padre, Dionisio, topógrafo y autor de un famoso plano de la capital aragonesa, se casó y estuvo asentado temporalmente. Con Alberto de corta edad, la familia se instaló definitivamente en Zaragoza. Estudió en el colegio de San Felipe, se licenció en Ciencias Químicas en 1910 y desempeñó la cátedra de Matemáticas Superiores en la Escuela Industrial de la capital del Ebro. Además de sus muchas colaboraciones periodísticas, presidió el Ateneo literario.

Los zaragozanos se identificaban con él y su obra. Ya en 1923, fue nombrado hijo adoptivo de la ciudad. Muy querido por las gentes, recibió la Medalla de Oro de Zaragoza y en 1931 le fue regalada una casa sufragada por suscripción pública, «la casa del poeta», sita en la esquina del Paseo de Ruiseñores con la calle Santiago Guallar, que subsistió hasta 2004, en que fue ignominiosamente derribada, al principio de la cuesta que hoy da acceso a una residencia de ancianos.  

Fue autor de gran agudeza, sentido humorístico y poseyó un magnífico oído para captar los matices de la lengua popular, de lo que dan fe tanto sus comedias como sus romances y diálogos. Aunque, en ocasiones, se le tildara de chocarrero, fue un hombre  culto, de fina sensibilidad y muy apreciado por quienes lo trataron. Su primer éxito fue la zarzuela Los tenderos  y la más representada, La tronada. Las piezas satíricas que escribió, muchas veces en colaboración con Juan José Lorente, para estrenarse el día de los Inocentes o en otras festividades señaladas, son también de notable interés histórico y costumbrista, aunque irrelevantes literariamente. En ellas los protagonistas eran personajes y acontecimientos de la vida cotidiana zaragozana, tratados con una libertad que hoy no se toleraría y están reclamando un estudio que ilumine sus curiosas alusiones.

Sin duda, lo más popular de su producción fueron los romances y uno de ellos, “La fiera zurrupia”, estrenado en el zaragozano Teatro Principal en 1909, pasó al acervo común. Gente de extracción muy popular lo sabía de memoria y, siempre que se recitaba, los oyentes prorrumpían en carcajadas. Es ilustrativo lo que cuenta en sus memorias, Mis siete vidas, José María García Escudero, hombre polifacético pero sobre todo conocido por su labor y talante aperturista, como director general de Cinematografía durante el franquismo:

 “La incorporación de profesores y alumnos aragoneses (a la Escuela de Periodismo) produjo la aportación de una singularísima pieza poética, muy popular en Aragón, cuyo recitado no faltó ya de ninguna excursión o celebración (…) se titulaba ‘La fiera zurrupia’ (…) después de cometer innumerables fechorías, perecía, lo mismo que sus cuatro zurrupios pequeños, tal como puntualmente narraba el delicioso romance”.

Me imagino al jocoso escritor volviendo del trabajo a su casa por el entonces bellísimo Paseo de Ruiseñores, profuso de árboles, villas y chalés modernistas o racionalistas, y me pregunto a quién de sus convivientes regalarían hoy los zaragozanos una mansión para habitar con su familia. La autopregunta no parece que tenga fácil respuesta y queda flotando en el aire que, como escribió Coleridge, es el medio de mutua comprensión de los espíritus.