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Publicado en Cruces de bohemia, Zaragoza, UnaLuna, 2011, pp. 7-11.

El conocimiento de la bohemia española primisecular preocupa a los estudiosos desde hace no demasiado tiempo. Sin embargo, gran parte de nuestra mejor literatura tuvo que ver con ella y su existencia no es un referente pintoresco y marginal sino una tremenda realidad que, a veces, parece haber querido borrarse. Verdaderamente, y pese a la relativa cercanía en el tiempo, resulta muy difícil saber de sus circunstancias. Es cierto que los auténticos bohemios fueron a menudo retratados con pretensiones estéticas por parte de quienes los conocieron o como sujetos de anécdotas con que amenizar los libros de memorias o ficciones, pero sólo en casos muy aislados, como los de Valle-Inclán o Gómez de la Serna, se penetró en su enjundia.

Muchos de los textos en torno a sus chuscos sucedidos y vidas desgarradas pueden parecer hoy excesivos o exagerados, fruto más bien de una selección de episodios que de una realidad patente, pero cualquiera que haya deambulado por los barrios bajos o las tabernas españolas de hace no tantos años sabe que el pintoresquismo más atroz, la arbitrariedad, la miseria y el dolor elevado a chascarrillo eran pasto común, y quienes hayan cumplido los sesenta tendrán noticia de lo que significó el hambre para gran parte de los habitantes de la piel de toro y de los extremos a que puede llevar el sufrirlo. La historia de la humanidad no es fundamentalmente otra cosa que la historia del hambre. Y hasta hace cincuenta años un buen número de españoles lo vivía cotidianamente.

Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son, como se dijo, impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo.

Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, todavía muy superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban, según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

Es cierto que algunos de los bohemios aquí retratados vivieron, aunque fuera momentáneamente, el triunfo. Dicenta, a partir del estreno de Juan José, sin que ello significara ni mucho menos que variase su preferencia por el alcohol, la pendencia, el mujerío y los barrios bajos. Vidal y Planas, durante el corto periodo que corrió entre el éxito del estreno de Santa Isabel de Ceres y el asesinato de Luis Antón del Olmet. Retana tuvo una vida desahogada hasta la guerra civil pero sus amistades y preferencias sexuales le hicieron hurgar, aunque irónica y distanciadamente, en las espeluncas de la condición humana. El resto apenas salió nunca de la compañía de la indigencia y la urgencia de emplear el “sable”.

El nivel estético de sus producciones fue naturalmente diverso. De los aquí recogidos, Noel y Gálvez, excelentes escritores minusvalorados y siempre tratados con reticencia, han sobrellevado en su consideración crítica el estigma de su excentricidad y de su pobreza. Si todavía puede decirse que una gran mayoría de los escritores más notables del siglo XX español pertenecía a clases más o menos acomodadas, con todo lo que ello significa, la crítica en general poco hizo por reparar esa injusticia de base. El franquismo y las circunstancias del exilio coadyuvaron para que esa situación no se modificase. Joaquín Dicenta, tan famoso y posiblemente supervalorado en su tiempo, padeció en su prestigio la travesía del desierto que, durante los años inmediatamente posteriores, suele afectar al escritor que desaparece. Su virulento y sincero, aunque decimonónico, enfoque social propició que el franquismo derribase sus bustos y sepultase su obra bajo la socorrida losa del olvido. Retana fue un escritor de gran soltura y correcto estilo aunque cayó frecuentemente en facilidades y nunca le sonrió el genio. Sin embargo, su repercusión sociológica tampoco ha suscitado apenas atención. Pedro Barrantes y Vidal y Planas, a pesar de la abundantísima obra de este último, carecen de interés estético pero son el perfecto ejemplo de esa España descabellada, abrupta, feroz e inclasificable que da razón de nuestra historia.

Todos bebieron con voluntad, lo que, probablemente, costó la vida a Barrantes y Dicenta. Gálvez y Retana murieron de forma violenta; Noel, en la miseria. Contra toda probabilidad, fue Vidal y Planas el único que tuvo una muerte que podríamos calificar de corriente, aunque fuera en el exilio.

Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sáinz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último, que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta -en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sanchez Álvarez-Insúa-, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existe una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

 Categorizar a la bohemia española prescindiendo de consideraciones estético-históricas es tarea inútil y condenada al fracaso. Una sociología de la bohemia tendría fronteras siempre gaseosas. Aceptando el común componente de la indigencia, sí puede decirse que Gálvez, Noel, Barrantes se incluyeron en ella por vocación. Buscarini y Vidal y Planas, por temperamento enfermizo. Otros bohemios con posibles se insertaron en sus filas por estética, como fue el caso de Hoyos y Vinent. Sin que faltase la erotofilia, caso también de Retana. Ya se habló de la pasión personal de Dicenta por el limo. No la tuvo Carrère, que se encontró con esta forma de vida en los cafés y se apuntó con todo tipo de prevenciones al cotarro, como quien se inscribe en una sociedad con la que no tiene mucho que ver pero que, sin darle mucho que cavilar, le resulta útil. Los dos grandes Ramones, si estuvieron en la bohemia fue, evidentemente, por amor al Arte que ellos, como nadie, ejemplificaban.

Los seis trabajos aquí reunidos, fruto de varios años de recogida de notas sin propósito específico y de la predilección del autor por estos tan extravagantes como, en su mayor parte, desdichados artífices, quieren dar una visión parcial, aunque en la medida de lo posible coherente, de este universo relativamente cercano en el tiempo pero tan lejano ya a nuestros usos y formas de vida. Los repertorios de obras y bibliografías no llegarán a exhaustivos, pero incrementan de forma sensible lo hasta ahora publicado sobre estos autores y, desde luego, pueden dar pistas para indagaciones posteriores que, probablemente, ya debían haber sido acometidas.

María Dolores Arana. (Zumaya, 24-7-1910-Hermosillo (México), 5-4-1999). De origen vasco, fue una de las primeras mujeres que ganó oposiciones al Cuerpo Auxiliar de Aduanas, al que también perteneció su padre. Sin que ni su conservadora familia conociera las razones, abandonó su puesto y se trasladó muy joven a Zaragoza, donde cimentó su vocación literaria. Así, publicó varios textos en la revista Noreste y en 1935 editó el poemario Canciones en azul, número 2 de los Cuadernos de Poesía de la Editorial Cierzo, con un retrato de Federico Comps y ornamentación de Gaspar Gracián, que saludó el propio Tomás Seral  y Casas en la revista citada. Serrano Asenjo en Estrategias vanguardistas dedica un extenso y útil comentario a este libro. Es el único autor que la trata, aparte de la breve nota de Juan Manuel Bonet en su diccionario de vanguardias en la que nos informa de sus colaboraciones juveniles en la barcelonesa Hoja literaria.

  La primera de sus tres colaboraciones en Noreste corresponde al número 7, publicado en el verano de 1934 y es un curioso y muy breve poema trisílabo, que tituló “Resaca”:

Amor;

te sentí

nacer

en mí.

¡Qué dolor!

No supe

de ti

qué hacer;

dormí.

  Volvió a publicar en los números 9 y 10, este último dedicado monográficamente a mujeres, poemas de su Canciones en azul, un libro en que el afán de integración con la naturaleza junto a la hostilidad y el rechazo hacia el mundo incómodo de la realidad es el tema que adquiere mayor protagonismo.

Durante la guerra civil María Dolores fue secretaria de José Ruiz Borau, entonces en el Consejo de Aragón, y entabló una relación sentimental con el futuro novelista que dejaría a su familia y se exiliaría con ella en Francia, adonde había acudido enviado por el S.I.M. (Sevicio de Información Militar) y, desde octubre de 1941, en Méjico. Como es sabido, Ruiz Borau, con el que tuvo dos hijos, adoptaría su apellido y, a partir de entonces, firmaría todos sus libros como José Ramón Arana (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/14/jose-ramon-arana/. Tras unos años de convivencia, el matrimonio se separó pero María Dolores Arana siguió con su actividad intelectual. Durante su exilio mejicano publicaría al menos dos libros más, Árbol de sueños (1953) –poesía- y Zombies, el misterio de los muertos vivientes (1987),  en el que aborda con rigor el fenómeno del vudú haitiano.

Árbol de sueños, con un prólogo en verso de Concha Méndez y muy breve (23 poemas) es un libro de insatisfacción y soledad, que parece encubrir un conflicto, probablemente de carácter amoroso. De tono medio y a menudo tópico, falta la chispa de originalidad que dé fuerza a su poesía.

     Sobre tus sueños va

      mi corazón sediento

     y proclamando voy

  Tu muda ausencia

   mi soledad

        la soledad del hombre

el sentirme callada

sorda

ciega

trascendida de angustia

y de ceniza.

María Dolores Arana ejerció la crítica de arte y fue amiga de Altolaguirre, Concha Méndez, Emilio Prados y Cernuda, con el que tuvo una relación muy directa y sobre el que publicó numerosos artículos y llegó a alojar en su casa. Hay entrambos un importante epistolario que ya ha sido publicado. Entre 1961 y 1976  Papeles de Son Armadans, la revista de Camilo José Cela, a quien también le unió una estrecha amistad, publicó diecisiete colaboraciones debidas a su pluma. En diarios y revistas mejicanas como Novedades, El Heraldo, El Nacional, Excelsior, Las Españas, Ruedo Ibérico, Nivel, Literatura, El rehilete, El Gallo Ilustrado, Kena, Mujeres, Revista Mexicana de Literatura… se recogen asimismo muchos de sus artículos.

(Publicado en “Cinco escritoras aragonesas del siglo XX”, Criaturas Saturnianas nº 3, segundo semestre 2005, pp. 91-105), más insertos,  Obras y Bibliografía extraídas de mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2010), Zaragoza, DPZ, 2010, pp. 103-104).

El retrato de Arana fue dibujado por su amigo “el aprendiz de escultor José Oliay” en el campo de concentración de Gurs (15-VI-1940).

                                                                                     OBRAS

Canciones en azul, Zaragoza, Cierzo, Col. Cuadernos de Poesía, 1935.

Árbol de sueños, México, Intercontinental, 1953.

Arrio y su querella (ensayo), México, Cuadernos de Lectura Popular, 1966.

Zombies. El misterio de los muertos vivientes (ensayo), México, Posada, 1987.

 

                                                                          BIBLIOGRAFÍA

ALTAZOR (Tomás Seral y Casas), “Reseña” de Canciones en azul, Noreste nº 10, primavera, 1935.

-BARREIRO, Javier, Poesías de José Ramón Arana, Zaragoza, Rolde, 2005.

-, “Cinco escritoras aragonesas del siglo XX”, Criaturas Saturnianas nº 3, segundo semestre 2005, pp. 91-105.

-, “Introducción” a Poesías. José Ramón Arana, Zaragoza, REA, 2005, pp. 23-24.

-BONET, Juan Manuel, Diccionario de las vanguardias en España (1907-1936), Madrid, Alianza, 1995, p. 58.

-MÉNDEZ, Concha, “Prólogo” a Árbol de sueños, México, Intercontinental, 1953.

-PARIENTE, Ángel, Diccionario bibliográfico de la poesía española del siglo XX, Sevilla, Renacimiento, 2003, p. 44.

-RINALDI RIVERA ROSAS, Yolanda, “José Ramón Arana: el escritor olvidado que no podía olvidar”, Escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Barcelona-Sevilla, Grupo de Estudios del Exilio Literario (GEXEL)-Renacimiento, 2006, pp. 137-144.

-SERRANO ASENJO, José Enrique, Estrategias vanguardistas, Zaragoza, IFC, 1990, pp. 81-85.

 

(Publicado en Diario del AltoAragón, 10 de agosto 2018)

¿Cuántas autobiografías conoce usted de mujeres aragonesas anteriores a 1988? En estos momentos, yo no recuerdo ninguna y tampoco abundan –todo lo contrario- después.  Sólo por esta razón sería ilustrativo detenerse en la que escribiera y editara la oscense Adelina Bello Lasierra, personaje tan insólito como atractivo.

Familia Bello (1911). Adelina sostenida por su padre.

Casi tan longeva como su famoso hermano Pepín, con quien tenía una relación ambivalente de gran cariño y alguna desconfianza, Adelina -o Adelaida- Bello Lasierra (Huesca, 23-04-1909 / Madrid, 22-11-2007) fue una mujer de gran inteligencia y originalidad, cuya formación fue planificada por su padre, que la envió a Ashford para su educación secundaria. De vuelta a Madrid, inició la carrera de Arquitectura pero, finalmente, siguió cursos de Bellas Artes. Hay constancia de que se presentó al concurso para el Cuerpo facultativo de Archiveros Bibliotecarios y Arqueólogos a finales de 1932, pero su matrimonio con el médico Ricardo Martínez Álvarez, que falleció en 1969, la terminó alejando de la vida laboral. No, de la formación intelectual ni del interés por la ciencia. Entre las muchas disciplinas que alentaron su curiosidad, fueron la Biología y la Física las que marcaron su preferencia. Escribió también obras de teatro y narraciones breves, que no llegaría a publicar.

Fue sin embargo en los años finales de su vida cuando decidió dar a la imprenta los dos tomos de su insólita y sincera autobiografía en los que quedó patente su fuerte y original personalidad a la par que la extensión de sus conocimientos. Con el seudónimo de Elenora, en 1988 publicó el primer tomo, Novísimo testamento, y al año siguiente, La resurrección por la ciencia. Pese al origen oscense y la relevancia social de su autora, que yo sepa, ningún medio aragonés se preocupó de ellos, que debieron ser muy poco y mal distribuidos, pues es muy difícil hoy día encontrar algún ejemplar de los mismos, que, en realidad, son el mismo libro, es decir, uno no sucede al otro, sino que el segundo es una reelaboración del anterior con algunas supresiones y modificaciones.

Adelina en una vagoneta

Harto complicado es resumir en unas líneas el contenido y espíritu de un libro que no apuesta por la facilidad sino por la profundidad y la reflexión multidisciplinar. La autora reconoce desde un principio que las ciencias físicas son las raíces materiales de toda su obra y, a través de un recorrido por su familia y por los episodios vitales más destacados en su recuerdo, se somete a una radiografía personal de muy amplio espectro. Son fundamentales en su formación las disímiles pero poderosísimas personalidades de sus padres, Severino Bello Poeyusán (1866-1940), el ingeniero que construyó el pantano de La Peña, obra pionera en su tiempo, y Adelina Lasierra Campaña (1877-1961), mujer hipersensible, genial y de gran simpatía, cuyas cualidades, en uno u otro grado, heredaron sus siete hijos y, en especial, Adelina.

La autora manifiesta que desde niña supo que tenía que escribir y que ideas y vivencias precisaban de ese refuerzo para ser compartidas y entendibles. Nos habla de la formación de su sensibilidad en la que tuvo gran importancia su madre, que consideraba incomprensible que la humanidad fuera capaz tanto de proporcionar dolor a los animales como de servirse de ellos.  Sin que falte el repaso a los hechos concretos, su biografía es, sobre todo, una “historia de su proceso intelectual” y, en palabras de Rafael Santos Torroella: “un muy personal replanteamiento de uno de los grandes enigmas –el del sentimiento de supervivencia- que gravitan sobre la especie humana. La formación en Ciencias Naturales, así como las propias y reales vivencias en torno a las mismas, comunes a todos los Bello, hacen que este libro de Adelina, con su represada vehemencia introspectiva y las reflexiones y clarificaciones en él desarrolladas, sea, a un tiempo, tan desasosegador como estimulante”. Efectivamente, Adelina manifiesta su confianza en que la Física no ha de tardar en lograr la inmortalidad del hombre, cuestión más transcendente que cualquier otra que pudiera plantearse.

Aparte de aparecer en mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), las únicas menciones que conozco de Adelina corresponden, al citado Rafael Santos Torroella, que la nombra varias veces, ya que fue ella quien le proporcionó muchos datos acerca de la familia, en el artículo “Un genio en busca de autor: Pepín Bello”, publicado en el libro colectivo Dalí residente (1992). Su hermano se refiere asimismo a ella en La desesperación del té, el ilustrativo libro de conversaciones que mantuvo con José Antonio Martín Otín “Petón”. También Félix Romeo -a quien presté La resurrección por la ciencia, único tomo que había conseguido por entonces- le dedicó una columna, “Elenora” en Heraldo de Aragón (17-VIII-2008).

Es curioso que en estas fechas en las que se reivindica cualquier mujer que hubiera tenido algún protagonismo literario o artístico, Adelina continúe como habitante del limbo del olvido.

(Publicado en Aragón Digital, 29-30 de julio de 2108)

Era de esperar, pero ha pasado inadvertido el centenario de Santiago Lorén, que el 10 de julio hubiera  cumplido cien años. Desde su revelación con La casa con goteras, Premio Planeta en su segunda convocatoria (1953), don Santiago fue el novelista aragonés más exitoso en España, hasta que la censura permitió a partir de 1966 que empezaran a llegar a los lectores algunas de las narraciones de los exiliados, con Sender a la cabeza.

Santiago Lorén se había dado a conocer con su primera novela en 1952, Cuerpos, almas y todo eso, título que remedaba el best seller de un autor popularísimo por entonces, Maxence Van der Meersch, que en 1946 había editado Cuerpos y almas. Luego llegó el Planeta con la citada novela de índole realista, como era normal en los años cincuenta, y con sus toques de humor negro. Se desarrollaba en la comarca de Calatayud, donde su autor había trabajado como ginecólogo. Poco a poco, fueron apareciendo al menos veinte libros de narraciones más, que se vendieron muy bien.

Pero don Santiago tocó otros palos, tanto literarios como de otros tipos: algunas obras de teatro, dos libros de memorias, uno de ensayos, una monumental guía de Aragón y varias biografías. La escrita sobre la vida de su tocayo Cajal, dio lugar a una popularísima serie de televisión en diez capítulos, Ramón y Cajal. Historia de una voluntad (1982) dirigida por José María Forqué e interpretada por Adolfo Marsillach, que alcanzó un gran éxito y hoy día puede verse en “RTVE a la carta”. El propio Forqué dirigió Miguel Servet. La sangre y la ceniza (1989), que asesoró y documentó el médico belchitano.

Santiago Lorén dejó a los siete años su pueblo natal y llegó a Zaragoza, para vivir en las cercanías del Matadero. Alumno brillante de Allué Salvador en el Instituto Goya y buen lector desde niño, cursó medicina, que, aún estudiante, tuvo ocasión de ejercer durante la Guerra Civil en las terribles batallas de Teruel. Especializado en Ginecología, fue destinado a Calatayud, donde la naturalidad de las gentes y la confianza que muchos pacientes depositan en el médico, le sirvió para recrear en sus novelas las historias que le contaban. Una vez conseguido el Planeta, se convirtió en colaborador habitual de la prensa e incluso llegaría a dirigir la edición aragonesa del diario Pueblo, en los últimos años del franquismo, periodo que historió en su último libro publicado, Cierzo de papel (1993), repleto de interesantes datos acerca de la vida política y periodística de esos conflictivos años.

Sin embargo, el libro que yo prefiero de los que he leído de este autor es Memoria parcial

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(1978), finalista del Premio Espejo de España, que historia su peripecia adolescente y juvenil desde 1930 a 1937. Citaré otros dos testimonios que certifican esa excelencia: Luis Horno Liria, crítico literario de Heraldo de Aragón durante medio siglo, personaje muy conservador pero ecuánime y certero en sus juicios, en su reseña del 3 junio de 1978, tras denostar durante varios párrafos las ideas y modos del autor, reconoce en el párrafo final: “la visión de Zaragoza se nos ofrece es original auténtica, con fiel descripción de calles, porches, paseos, barrios, ríos (…) ¡qué vivos, qué bien descritos están!”. El otro testimonio es el de mi padre, al que, sabedor de sus gustos, presté el libro para que lo leyera. Al final de su última página escribió: “cojonudo”.  

El escritor tuvo sin duda una vida intensa, pues, además de lo dicho, fue profesor de Historia de la Medicina en la Facultad, probó la política presentándose a concejal de Zaragoza por el Partido Socialista Popular, de Tierno Galván –le faltaron mil votos para obtener el acta-y tuvo un protagonismo público, que excedió el de la capital aragonesa. Sus últimos años estuvieron marcados por una demencia senil, que le impediría hacer uso de sus facultades a partir de 1993.

Zaragoza reconoció su labor nombrándolo Hijo adoptivo de la ciudad en 1991 y, años después, daría su nombre a una glorieta en el barrio de la Ilustración, nombre que le habría gustado. Sin embargo, a ocho años de su muerte no tengo noticia de que se le haya recordado y, lo que es peor, de que se sigan leyendo sus libros.

LORÉN ESTEBAN, Santiago, Belchite (Zaragoza), 10-07-1918 / Zaragoza, 26-11-2010.

                                                                         OBRAS

Cuerpos, almas y todo eso (novela), Barcelona, Janés, 1952.

Una casa con goteras (novela), Barcelona, Planeta, 1954.

Las cuatro vidas del Dr. Cucalón (novela), Barcelona, Planeta, 1954.

Cajal, historia de un hombre (biografía), Barcelona, Aedos, 1955.

Vivos y muertos (novela), Barcelona, Corinto, 1955.

El verdugo cuidadoso (novela), Barcelona, Planeta, 1956.

Déjeme usted que le cuente… (cuentos), Zaragoza, Publicaciones CEJ, 1956.

Diálogos con mi enfermera (cuentos de humor), Madrid, Taurus, 1958.

El baile de Pan (novela), Barcelona, Planeta, 1960.

Un muerto para empezar (comedia), estr. en 1960.

Mateo José Buenaventura Orfila (biografía), Zaragoza, IFC, 1961.

Siete alcobas (novela), Barcelona, Planeta, 1964.

La muerte ríe (novela), Barcelona, Myne, 1965.

El pantano (nueva versión de Vivos y muertos), Barcelona, Plaza & Janés, 1967.

Del electrón a Dios (ensayo), Barcelona, Plaza & Janés, 1968.

La rebotica (cuentos), Zaragoza, Pórtico, 1969.

VIP (novela), Barcelona, Destino, 1971.

Clase única (novela), Barcelona, Planeta, 1975.

Historia de un pendón (novela), Barcelona, Planeta, 1976.

Aragón (guía), Barcelona, Destino, 1977.

Memoria parcial (memorias), Barcelona, Planeta, 1978.

No tenía corazón (novela), Madrid, Sedmay, 1979.

Hospital de guerra (novela), Zaragoza, UNALI, 1981.

La rebotica (teatro), estr. en 1982.

Ramón y Cajal, historia de una voluntad (biografía), Barcelona, Noguer, 1982.

El proceso de madame Lafargue (novela), Barcelona, Planeta, 1983.

La vieja del molino de aceite (novela), Barcelona, Planeta, 1984.

Mi señor don Fernando, la conquista de un reino (novela), Zaragoza, Mira, 1992

Cierzo de papel (memorias), Zaragoza, Mira, 1993.

El bingo (teatro)

No se puede contra el amor (teatro)

El quiste (teatro)

                                                        BIBLIOGRAFÍA

-ABELLÁN, José Luis, “Reseña” de Del electrón a Dios, Ínsula nº 265, diciembre 1968.

-ALEGRE, José Luis y Francisco José MONTÓN, Guía del teatro en la provincia de Zaragoza, Zaragoza, DPZ, 1983, pp. 125 y ss.

-ARANGUREN EGOZKUE, José Luis, Los premios Planeta aragoneses, Zaragoza, Ateneo, 1990.

-, Los ojos hablan. Glosas …, Zaragoza, Gráf. Alcor, 1995.

-CASTRO, Antón, “Santiago Lorén gana el Planeta”, Gran Enciclopedia Aragonesa, apéndice IV, Zaragoza, UNALI, 2001, p. 284.

-DOMINGO, José, “Novela colectiva y novela intelectual” (Reseña de VIP), Ínsula nº 308-309, julio-agosto, 1972.

-FERNÁNDEZ CLEMENTE, Eloy, “Reseña” de Memoria parcial, Andalán nº 254, 25-I-1980.

-GARCÍA CASTÁN, Concha, Voz: “Lorén Esteban, Santiago”, Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo VIII, Zaragoza, UNALI, 1981, pp. 2097-2098.

-GISTAÍN, Mariano, “Santiago Lorén, no sólo escritor”, El Día, 10-VI-1984.

-HERNÁNDEZ RUIZ, Javier y Pablo PÉREZ RUBIO, Diccionario de aragoneses en el cine y el video (1896-1994), Zaragoza, Mira, 1994.

-HORNO LIRIA, Luis, Autores aragoneses, Zaragoza, IFC, 1996, pp. 393-406.

-MARRA-LÓPEZ, José Ramón, “Reseña” de Siete alcobas, Ínsula nº 215, octubre 1964.

-MINISTERIO DE CULTURA, INSTITUTO NACIONAL DEL LIBRO, Quién es quién en las letras españolas, Madrid, 1979 (3ª ed.), p. 265.

-NAVALES, Ana María, Antología de narradores aragoneses contemporáneos, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1980, pp. 24-25, 87-100.

-SAINZ DE ROBLES, Federico Carlos, Diccionario de la Literatura, vol. II, Madrid, Aguilar, 1973, p. 680.

-SANZ VILLANUEVA, Santos, Historia de la novela social española (1942-1975), vol. II, Madrid, Alhambra, 1980.

-, “Reseña” de Mi señor don Fernando, Diario 16, 27-VIII-1992.

-SOLDEVILA DURANTE, Ignacio, La novela desde 1936, Madrid, Alhambra, 1980.

-VAL, Luis del, “Prólogo” a Cierzo de papel, Zaragoza, Mira, 1993.

-VÁZQUEZ DE PARGA, Salvador, La novela policiaca en España, Barcelona, Ronsel, 1993.

SALILLAS PANZANO, Rafael, Angüés (Huesca), 26-03-1854 / Madrid, 22-05-1923
Género: Varios

Hijo de militar, estudió bachiller en Huesca y cursó Medicina en Zaragoza y Madrid. Ejerció como médico durante un breve periodo en la capital oscense pero, dada su vocación literaria y su preocupación por ampliar horizontes, decidió desplazarse a Madrid (1880) en compañía de su amigo Joaquín Costa. Allí publicó artículos periodísticos y estrenó en el teatro Español Las dos ideas, drama que no obtuvo demasiada repercusión. En esas fechas, había ingresado ya como oficial de prisiones, lo que le llevó a estudiar con pasión el mundo del hampa a través de las teorías antropológicas y sociales en boga, así como el Derecho Penal y Administrativo. Pronto y a pesar de su formación autodidacta, se convirtió en el mayor especialista español de su tiempo en la materia. Desde una óptica relativamente progresista, su obra contribuyó decisivamente en las reformas penales que se acometieron. Colaboró en la fundación de la Escuela de Criminología (1903), que dirigió, y estuvo al frente de la cárcel Celular de Madrid. Elegido dos veces diputado, asistió a numerosos congresos internacionales y fue, junto a Bernaldo de Quirós, el criminólogo español más destacado de la Restauración. Falleció a resultas de una operación quirúrgica.

Su labor periodística fue amplísima, como lo fue el espectro de sus preocupaciones y el número de folletos, conferencias y libros publicados, algunos, clásicos de especial relevancia en su especialidad, como El delincuente español. El lenguaje. Estudio filológico, psicológico y sociológico (1896) o Hampa. Antropología picaresca (1898), que admiten sin desdoro una lectura hodierna. Asimismo, incidió en el estudio de la poesía de la delincuencia, con apreciables trabajos aparecidos en 1905 y 1907. Su obra creativa, estudiada por Ara Torralba, es escasa, pese a ser su primera vocación. Las dos ideas, dedicado al militar y escritor Antonio Ros de Olano, es una obra neorromántica en verso que sólo tuvo tres representaciones. Su argumento, lleno de misterios familiares, intrigas y anagnórisis, resulta convencional y farragoso. Quiero ser santo, por su parte, constituye un intenso repaso de las experiencias de un criminólogo. En él redibuja diversos episodios de su trayectoria, poniendo el acento en la crueldad del sistema carcelario y su olvido de la dignidad humana y la posibilidad de rehabilitación.

 

Publicado en Javier Barreiro, Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), Zaragoza, DPZ, 2010, pp. 971-974.

                                                                      OBRAS

Las dos ideas (drama), Madrid, Imp. de José Rodríguez, 1884.

La vida penal en España, Madrid, Imp. de la Revista de Legislación-Librería de Victoriano Suárez, 1888. / Pamplona, Analecta, 1999.

La antropología en el Derecho Penal, Madrid, Imp. de la Revista de Legislación y Jurisprudencia, 1888. / Madrid, Lib. de Victoriano Suárez, 1889.

Pedro Gasca. El pacificador del Perú (conferencia), Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1892.

Doña Concepción Arenal en sus obras. En la ciencia jurídica sociológica y en la literatura -con

Gumersindo de Azcárate y Antonio Sánchez Moguel-, Madrid, Lib. de Victoriano Suárez, 1894.

El delincuente español. El lenguaje. Estudio filológico, psicológico y sociológico, Madrid, Lib. de Victoriano Suárez, 1896. / Madrid, BOE, 2004.

Hampa. Antropología picaresca, Madrid, Lib. de Victoriano Suárez, 1898. / Pamplona, Analecta, 2004.

La teoría básica. Biosociología (2 vols.), Madrid, Biblioteca de Derecho y Ciencias Sociales, 1901.

-La fascinación en España. Brujas, brujerías y amuletos, Madrid, Eduardo Arias, 1905. / Madrid, MRA Creación y Realización Editorial, 2000.

Un gran inspirador de Cervantes. El Doctor Juan Huarte y su “Examen de ingenios”, Madrid, Eduardo Arias, 1905. / Pamplona, Analecta, 2003.

Golfines y golfos, Madrid, Eduardo Arias, 1905.

Poesía rufianesca. Jácaras y bailes, París, Revue Hispanique, 1905.

La traslación de los presidios de África y la reforma penitenciaria. Historia palpitante, Madrid, Bernardo Rodríguez, 1906.

Un gran penólogo español. El coronel Montesinos, Madrid, Eduardo Arias, 1906.

Quiero ser santo, Madrid, El Cuento Semanal nº 52, 27-XII-1907.

El anarquismo en las prisiones (estudio documental), Madrid, Eduardo Arias, 1907.

Poesía matonesca (romances), Nueva York (EE.UU.), Revue Hispanique, 1907.

La ejecución de Angiolillo, París, Macon Protat Frères, 1908. / Pamplona, Analecta, 1999.

La casa como célula social, Madrid, E. Arias, 1908.

El tatuaje y su evolución histórica en sus diferentes caracterizaciones antiguas y actuales y en los delincuentes franceses, italianos y españoles, Madrid, Eduardo Arias, 1908.

Sentido y tendencia de las últimas tendencias en criminología, Madrid, Eduardo Arias, 1908.

Las Cortes de Cádiz. Revelaciones acerca del estado político social, Madrid, Imp. Sucesores de Hernando, 1910. /  Ayuntamiento de Cádiz, 2002.

La Cárcel Real de esclavos y forzados de las minas de azogue de Almadén y las características legales de la penalidad utilitaria, Madrid, Imp. Alemana, 1913.

Morral el anarquista. Orígenes de una tragedia, Madrid, Sucesores de Hernando, 1914.

Evolución penitenciaria en España (2 vols.), Madrid, Imp. Clásica Española, 1918. / Pamplona, Analecta, 1999.

Inspiradores de Doña Concepción Arenal, Madrid, Ed. Reus, 1920.

Dos manuscritos de Rafael Salillas, Madrid, Centro de Publicaciones del Ministerio del Interior, 1998.

BIBLIOGRAFÍA

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-SIN AUTOR, Voz: “Salillas, Rafael”, Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa, tomo LIII, Barcelona, Espasa Calpe, 1926, p. 236.

-TOMÉ, A., “Salillas, penitenciarista”, Revista de la Escuela de Estudios Penitenciarios nº 108, 30-III-1954. Número homenaje a Salillas.

-VALBUENA, Antonio de, Corrección fraterna (2ª ed.), Madrid, Imp. del Asilo de Huérfanos, 1911, pp. 23-38.

 

(Publicado en Clarín nº 135, mayo-junio 2018, pp. 42-46).

El muy raro libelo al que el título de este trabajo se refiere apareció, sin fecha ni pie editorial, en Madrid a finales de 1904[1]. En sus 32 páginas se pone como no digan dueñas a 84 escritores contemporáneos, entre los que figuran los de la vieja guardia, como Marcos Zapata, Eugenio Sellés o Galdós, que hacía poco habían superado los sesenta años, pero también a los modernistas y todos aquellos que después serían agrupados bajo el socorrido marbete de Generación del 98. Realmente, es a los jóvenes contemporáneos del autor a quienes se presta mayor atención. Allí se incluyen algunos como Julio Camba y Pedro de Répide, nacidos en 1882 o Juan Ramón Jiménez, que en 1904 cumplía los 23 años.

No es este el lugar para analizar las glosas del libelo, en general, abundosas en mala baba y, lamentablemente, no demasiado provistas de agudeza, lo que no deja de sorprender porque su autor fue celebrado por un ingenio que sí demostró en otros lances. Citaré, sin embargo unos cuantos fragmentos para dar idea del tono de la publicación.

José Martínez Ruiz: “Es la imbecilidad ensamblada con la memez…” (5)

Enrique Gómez Carrillo: “…se emborracha en el Boulevard y, por último, besa a la Cleo en los labios, en todos sus labios…” (6)

Mariano de Cavia: “Cuando no está en curda es el ser más imbécil de la tierra…” (7)

Alfonso Pérez Nieva: “…de su literatura puede decirse que es como la cagada de pavo: ni sabe ni huele…”  (9)

 José Ortiz de Pinedo: “En una noche de amor en que Juan R. Jiménez le entregó a Valle-Inclán su alma de violeta, fue concevido (sic) este gargajo glauco de la literatura…” (12)

Cristóbal de Castro: “Este feto pertenece a la familia de los Daguerre, orden de los Candamo, especie de los Zamacois. Su prosa es el mejor abono para las plantas de los pies…” (15-16)

Eugenio Sellés: “Imaginad una res, / sopladle bien por el ano / y abultará más que tres. / Pues así engordó Sellés / después de El nudo gordiano”. (16-17)

Jacinto Octavio Picón: “Congrio de la clase de republicanos, cuentista adormidera de los más insufribles…” (21)

En la breve introducción, tras una cita del Marqués de Premio Real: “Las introducciones deben ser violentas” en la que, con la polisemia del sustantivo, se alude a la homosexualidad del aristócrata, la puya se remacha en los últimos versos de la glosa a él dedicada:

“Me voy, pues, por el atajo / sin hablar de este señor, / el cual trabaja a destajo / y a quien deseo un… trabajo / mientras más grande mejor” (24).

Las alusiones al comportamiento sexual continúan con la primera figura del elenco, Emilia Pardo Bazán:

Es una gran protectora de sus paisanos. El número de gallegos que albergó bajo su techo no puede calcularse. Dícese que con Vahamonde ha llegado a 69.

Tiene dos hijas, pero no tiene marido. Buenas gentes afirman que lo tuvo a mediados del siglo pasado.

Ha escrito mucho sobre el amor y, últimamente, hace la vida de una santa.

El demonio, harto de carne… (5).

Como se dice en la mentada introducción, los textos no van dirigidos a un receptor cualquiera:

El público, el verdadero público, la clase neutra de los hombres cultos, nos juzgará. Para los imbéciles, las multitudes que ríen con  El rey del valor y lloran con Mancha que limpia sentimos un desdén profundo y misericordioso[2]

Sea como fuere, el motejo de hampones se extiende a todo el espectro literario: no se salvan novelistas, poetas, dramaturgos, comediógrafos ni periodistas. Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Valle-Inclán, Dicenta, Baroja, Antonio Machado o Unamuno reciben el mismo trato. La palabra “hampón” era muy usada en esta época y aunque su sentido solía ser el habitual hoy, se extendía también a los golfos o a los que vivían del engaño. Es, sobre todo, este último significado el que parece aplicarse a los escritores.

El libelo en cuestión  está firmado con el cervantino seudónimo de Chiquiznaque[3]. La ficha de la Biblioteca Nacional –incluso hoy-  lo atribuye a Julio Camba y ha habido varios estudiosos que se han preguntado –e incluso alguno se ha respondido- por la identidad del mentado Chiquiznaque[4].  

La respuesta, sin embargo, está en el tomo inicial de la primera edición de las memorias de Cansinos Assens[5]:

El amigo Iribarne le ha dedicado en sus Hampones de la Literatura esta semblanza:

                           Don Benito tiene un perro que se llama Secretario,

                           El secretario de don Benito es Ángel Guerra[6].

Por lo poco que conocemos del personaje, el libelo se acomoda a su desfachatez pero extraña el poco cuidado y más bien chapucero lenguaje, aunque éste tampoco sería propio del joven Julio Camba y menos de Roberto Castrovido, los dos periodistas a quienes hasta ahora se ha atribuido la autoría.

José Iribarne es uno de los personajes más citados en La novela de un literato, donde casi siempre se le nombra con el apodo de Zaratustra que, es sabido, se aplicó a otros individuos en época tan nietzscheana como el comienzo del siglo XX[7]. Sin embargo, Iribarne es autor del que apenas hay huellas y parece que no ha suscitado el interés de los especialistas en este periodo, a pesar de ser uno de los ejemplos más fehacientes de la tan traída y llevada bohemia española.

Cansinos, que también aparece en Los hampones con el nombre de R. ben Cansino, es casi la única fuente para averiguar algo de las peripecias de este rebelde irredento, del que no he podido encontrar ninguna representación iconográfica. A través del erudito sevillano y de muy dispersas noticias hemerográficas, podemos reconstruir alguna parte de la historia de Pepe Iribarne, cuyo medio de vida no fueron, en realidad, las letras sino el dibujo y la pintura.

 

EL PERSONAJE

Pese a su apellido vasco y haber vivido en Bilbao, Cansinos Assens apunta que José Iribarne –Zaratustra en sus memorias- era de la tierra de Villaespesa, es decir, almeriense[8].  Hijo de un crápula, que fundió su capital, hubo de trabajar como cajista de imprenta. Durante un tiempo y junto a Joaquín López Barbadillo, que después sería redactor de El Imparcial, trabajó para el jerezano Manuel Escalante, otro editor y libelista que explotaba a ambos.

De su actividad como escritor en su primera época sólo conocemos el citado libelo, Los hampones de la literatura, y un folleto de 16 páginas, sin fecha pero de la primera década del siglo XX, con el título ¿La herencia del negro o la herencia del blanco? (sobre un litigio), que hace referencia a un tema omnipresente en la prensa de entresiglos y cuyo más cabal ejemplo es el galdosiano Electra: la apropiación con malas artes de una herencia, por parte de los padres Escolapios, sólo que en esta ocasión el autor defiende la inocencia de la orden.

Por su parte, Cansinos  asegura que, además de frecuentar las tertulias de El Colonial y El Universal, acudía a la de La Montaña[9], donde se imponía a todos por su mordacidad y su franqueza insobornables. Después, cambió los cafés por los tupinambas[10] de las cercanías de Antón Martín, más baratos y que acababan de aparecer. Segundo de Pujana, con el que tuvo relación amistosa, lo llamaba “Príncipe de la ironía”. En cambio, Iribarne escuchaba a éste con conmiseración y, de pronto, estallaba en una carcajada que dejaba perplejo al bohemio. Se reía de un modo falso, como atacado por la tosferina.

Cansinos, que le dispensó siempre gran amistad, lo admiraba, quizá, por decir en público, con una gravedad hierática y tajante, aquello a lo que él no se atrevía. El bohemio sólo admiraba a su hermano Paco, que no tenía nada de admirable y escribía en El intransigente de Lerroux.

Iribarne era de los muy escasos contertulios de Valle-Inclán que no se extasiaba ante el gran estilista gallego, a quien identificaba con un mendigo de sus propios cuentos, ni tampoco ante Azorín. A Baroja lo consideraba, con bastante razón, un anarquista de pega, un falso Gorki. Tampoco los literatos emergentes se salvaban de sus dicterios. A Julio Camba le decía que era un pequeño miserable y, a su querido hermano Paco, un pequeño pobre hombre.

Hacia 1912, dio por frecuentar junto al maestro San José[11] el teatro Noviciado, tildado de “barraca” por Cansinos, que a veces los acompañaba, todos ellos atraídos por los engendros que “hacían reír por su insulsez y procacidad”.[12]

Con barba y grandes bigotes rubios, tenía unos modales rudos, proletarios y francos y le cantaba las verdades, con acritud, al lucero del alba. En cambio, la mujer con la que vivía, Obdulia, conseguía sacarlo del café tan sólo con una seña. Rubia y de ojos azules pero poco agraciada, “prematuramente, envejecida por los partos[13],  mal vestida y sucia”[14], admiraba, sin embargo, con unción a su amante. Vivían en un cuchitril de la calle Tres Peces, “de lo peor que hay”, entre la plaza de Lavapiés y la calle de Atocha, donde el escrupuloso Cansinos rehusaba las patatas soufflé de Obdulia, que encantaban a otros cofrades de la pobretería. Iribarne cambiaba continuamente de aspecto cortándose la barba y/o el pelo. Los bohemios lo buscaban pues, aunque en absoluto le sobraba, manejaba más dinero que ellos y, frecuentemente, los invitaba.

No sabemos dónde obtenía el monto que manejaba, pues su nombre apenas aparece en algún lugar[15] y, como ilustrador de libros, sólo hemos localizado su firma en una novela corta editada el 20 de febrero de 1913 con el número 5 en El Cuento Decenal. El autor de la misma, que firma con el seudónimo de “El Caballero de la Noche”, es uno de los más desconocidos, pintorescos y descabalados componentes de la bohemia madrileña, el ya mentado Segundo Uriarte de Pujana[16], y el título de su novelita, Norma. Iribarne era, sobre todo, caricaturista y, a veces, ilustraba las hojas que él mismo redactaba con seudónimos como “El terrible Pérez”, “Chiquiznaque”, “Peláez, crítico”, “Toribio saca la lengua[17]”… Incluso incluía su propia caricatura “en paños menores, con hongo y los pies descalzos con los dedos engarabitados y llenos de juanetes”[18]. En septiembre de 1910 varias publicaciones anunciaban que partía hacia las provincias del norte, para impartir una serie de conferencias sobre “La Pintura y la Caricatura en España” e intentar exponer su obra[19].  Esta debió de ser una de sus principales fuentes de ingreso, pues hay noticias de que pronuncia esta misma conferencia en Zamora en julio de 1913, mientras que el 22 de marzo de 1918 El Eco Toledano da cuenta de que ha llegado a la ciudad imperial “el prestigioso crítico de arte de El Pueblo Vasco” para impartir una conferencia sobre “Historia de la caricatura”, lo que da cuenta de que había conseguido esa colaboración en el diario bilbaíno, ya que la pareja Pepe-Obdulia se trasladó a la capital vasca a finales de la segunda década del siglo XX. Allí, en la Imprenta de la Viuda e Hijos de V. Hernández, editó en 1922 su primer libro, El arquitecto Pedro Guimón y las modernas orientaciones pictóricas en el país vasco, ilustrado por el mismo autor[20]. Únicamente tenemos algunos datos sueltos de su actividad durante la dictadura primorriverista. Tal vez estuvo temporalmente exiliado. A finales de 1927 publicó en Bayona dos números de una revista con el título de Tierra Vasca. También fue redactor y después ejerció la dirección de La Prensa, un diario en decadencia que desapareció en 1931. 

En 1925, casi perdido el contacto con Iribarne aunque todavía se escribían, Obdulia viajó de Bilbao a Madrid para realizar una gestión en favor de su hermana ante el general Martínez Anido y visitó a Cansinos[21]. El famoso y temido militar había sido su pretendiente cuando era un tenientillo pero la joven eligió al bohemio. A pesar de ello, el justamente llamado Severiano le profesaba gran afecto y le ofrecía empleos para Pepe, su querido compañero, que él, orgullosamente, rehusaba.

Obdulia  refirió a Cansinos que su Pepe figuraba como redactor en el diario La Tarde y seguía haciendo gala de sus excentricidades. Para que le subieran el sueldo, se hizo un traje de arpillera y se presentó así en el ayuntamiento para cubrir la información municipal. Al ser reprendido por  exhibirse de tal guisa en la corporación, replicó que con su sueldo era el único traje que podía sufragarse. Por otra parte, escribía críticas de pintura y chamarileaba con sus cuadros, con los que también viajaba a Biarritz. Obdulia lamentaba que, sobre todo, lo hacía para coquetear con francesitas. Lamentaba también que seguía comiendo con los dedos manchando todo y gargajeando en el suelo. Ella tenía hasta que sonarle los mocos.

Caído Primo de Rivera, Iribarne abandonó La Prensa  para ocuparse del diario nacionalista Acción Vasca, de corta vida. Según sus propias palabras, decidió volver a Madrid, harto de Indalecio Prieto[22]. Fiel a sus costumbres, se instaló en un cuartucho realquilado de la calle Cruz Verde “de una casa absurda, viejísima, cuya escalera arranca del mismo portal y cuyos inquilinos son esquineras y maleantes”[23].  Su viejo conocido Lerroux lo nombró vocal de un comité paritario en Segovia, lo que junto a las colaboraciones periodísticas le permitió sobrevivir. Sin embargo, el 14 de marzo de 1933 firmaba una carta con otros redactores de El Imparcial[24], en la que decían abandonar el periódico por el carácter comunista de sus dirigentes.

A finales de dicho año, con prólogo de Eduardo Barriobero[25], firma un nuevo volumen de gran actualidad, Las dos oligarquías capitalistas que devoran a España. El Concierto económico de las Vascongadas y la Autonomía de Cataluña, que requeriría un comentario que no es de este lugar y una reedición que, si no se ha llevado a cabo, es por desconocimiento. Sí puede resultar ilustrativo recordar que don Santiago Ramón y Cajal en El Mundo a los 80 años confiesa que esta obra y La rebelión de las masas son los dos libros que más le han impresionado en los últimos tiempos.

Nada sabemos de la peripecia de José Iribarne durante los años siguientes. Hubo de morir en los últimos meses de 1938 en su Almería natal y en no sobrada condición económica, ya que  Sánchez Hernández, a la sazón gobernador civil de la ciudad,  fijó un donativo a favor de Obdulia, su resignada viuda por la que suspiró el general Severiano Martínez Anido[26], que ahora, con mando en la nueva situación, tal vez influyera en tan generosa acción.

 

OBRAS

-IRIBARNE, José (con el seudónimo de Chiquiznaque), Los hampones de la literatura, Madrid, s. e., s. f. (1904).

-, ¿La herencia del negro o la herencia del blanco? (sobre un litigio), Madrid, Imprenta Universal, s. f. (h. 1905).

El arquitecto Pedro Guimón y las modernas orientaciones pictóricas en el país vasco, Bilbao, Imprenta de la Viuda e Hijos de V. Hernández, 1922.

-, Las dos oligarquías capitalistas que devoran a España. El Concierto económico de las Vascongadas y la Autonomía de Cataluña, Madrid, Imprenta de Galo Sáez, 1933.

NOTAS

[1] En la línea del Charivari (1897) azoriniano, en esta época se publicaron varios libelos de esta especie, generalmente en verso, en los que la agresividad se imponía a la sátira.

[2] El Rey del valor fue una humorada en un acto de Antonio Paso y el periodista Carlos Crouselles, musicada por el maestro Rafael Calleja, que se estrenó en el Teatro Eslava el 7 de septiembre de 1904; Mancha que limpia un conocido dramón echegarayano, estrenado en 1895.

[3] Nombre de un rufián que aparece en “Rinconete y Cortadillo”

[4] La atribución de la Biblioteca Nacional la repiten varios estudiosos. Por su parte, José Esteban escribe: “…yo leí que se debía al ingenio del gran periodista Roberto Castrovido.”

[5] Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato (Hombres-Ideas-Efemérides-Anécdotas…) 1. (1882-1914). Edición de Rafael M. Cansinos, Madrid, Alianza Tres, 1982, p. 432.

[6] Se refiere a José Betancort Cabrera (1874-1950), escritor canario que utilizó el seudónimo de Ángel Guerra y ejerció como secretario de Benito Pérez Galdós, que, efectivamente, tuvo un perro al que llamó Secretario.

[7]Gonzalo Sobejano, Nietzsche en España, Madrid, Gredos, 1967.

[8] Había nacido (15-10-1877) en Laujar de Andarax, en la Alpujarra almeriense, a 70 kilómetros de la capital.

[9] Entre otros, también frecuentaban este café Francisco Camba y el poeta americano Maturana, “alcohólico y sentimental”, según Cansinos.

[10] La marca Tupinamba a finales del siglo XIX, estableció varios tostaderos de café y hacia 1905 levantó un primer kiosco donde se despachaba dicho producto y otras bebidas. Pronto proliferaron estos puestos callejeros, que fueron vistos como una manifestación de modernidad.

[11] Teodoro San José (1866-1930). Músico y compositor madrileño, autor de numerosas zarzuelas.

[12] Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato (Hombres-Ideas-Efemérides-Anécdotas…) 3. (1923-1936). Edición de Rafael M. Cansinos, Madrid, Alianza Tres, 1995, p. 50.

[13] Obdulia dio a luz en varias ocasiones pero todos sus hijos murieron  prematuramente.

[14] Cansinos Assens, La novela de un literato. 1, p. 175.

[15] El Caricaturista: 23-VIII-1910 y 1-IX-1910.

[16] Sobre él han escrito Emilio Carrère, Prudencio Iglesias Hermida, Guillén Salaya y José Esteban.

[17] V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/01/15/toribio-saca-la-lengua/

[18] Cansinos Assens, La novela de un literato. 1, p. 179.

[19] Una reseña sobre su conferencia aparece en el número de la revista Cervantes correspondiente a  enero 1919.

[20] Un breve comentario firmado por F. P. S. en Revista de Bellas Artes, nº 16, febrero de 1923, p. 16.

[21] Cansinos Assens, La novela de un literato.3, pp. 187-193.

[22] Es posible que así fuera pero también que el recuerdo de Cansinos haya confundido al dirigente socialista con García Prieto, político que manejaba el diario La Prensa, donde Iribarne había trabajado.

[23] Cansinos Assens, La novela de un literato.3, p. 304.

[24] Salvador Martínez Cuenca, Antonio Fernández Lepina, Bernardo G. de Candamo, Federico M. Alcázar, R. Torres Endrina, Joaquín Corrales Ruiz, José Iribarne, Joaquín M. de Orense y Fernando García Jimeno.

[25] Eduardo Barriobero y Herrán (1875-1939). Abogado y prolífico escritor de rica y tumultuosa trayectoria, en 1912 ingresó en la CNT y participó en numerosas empresas políticas y sociales. En 1930 fue elegido presidente del Partido Republicano Federal. Tras una controvertida actuación política durante la Guerra Civil, fue fusilado en cuanto las tropas franquistas entraron en Barcelona. V. José Luis Carretero Miramar, Eduardo Barriobero. Las luchas de un jabalí, Móstoles (Madrid), Queimada 2017.

[26] Franco había convertido en ministro de Orden Público al temible gobernador de Barcelona, que encabezó la represión contra los sindicalistas libertarios. Murió el 24 de diciembre de 1938, poco después de que lo hiciera Iribarne.

(Publicado en Turia nº 127, junio-octubre 2018, pp. 339-346).

Pocos autores habrá cuya vida y obra estén tan imbricadas e implicadas en la historia del siglo XX español, como las de Ramón José Sender, nacido en una festividad tan aragonesa como la de San Blas, tan sólo a los 34 días de  inaugurarse la centuria; ocho años después, el mismo 3 de febrero, nacería en París su tan querida Simone Weil, anarquista como el escritor aragonés y, aunque laica, santa como el que fuera legendario obispo de Sebaste. Treinta y nueve años antes y en idéntica fecha, había visto la luz otro aragonés tan aguerrido, tan mujeriego y con tan intensa preocupación  social como el escritor de Chalamera: el indomable Joaquín Dicenta, al que, como sucedió con Sender, se le impuso Blas entre el resto de sus nombres.                                                             

Con las antenas alerta para todo lo que significase injusticia o rebeldía y de vocación desusadamente temprana -con 15 años publicaba artículos y cuentos en la prensa zaragozana y madrileña (V. Turia, 120: 343-350)- el joven Ramón manifestará su inconformismo, desde los enfrentamientos con su padre hasta su cercanía al movimiento libertario y los tonos fuertemente sociales que irá adquiriendo progresivamente su periodismo. Periodístico será su primer libro, El problema religioso en México (1928) y varios de los que sacará a la luz en los años treinta. Así, Imán, publicado en los estertores de la monarquía alfonsina (enero 1930), es una novela que enfrenta de golpe tres cuestiones candentes en su tiempo: el antibelicismo desatado desde la Gran Guerra; el, para España, tan enconado problema de Marruecos y la necesidad de que la novela supere la linealidad y retórica decimonónicas aportando nuevas fórmulas apuntadas por las vanguardias. Por no hablar de una cuarta: la importancia de cada individuo concreto, que Sender desarrollará en posteriores narraciones y le acercará a un muy personal existencialismo.

Historia, preocupación social e inquietud por las cuestiones literarias, estéticas y metafísicas van a ser constantes en su transcurso personal, siempre cercado por las circunstancias que impone la primera. La producción periodística y narrativa del autor oscense durante la convulsiva década de los treinta en España da buena cuenta de cuáles son esos contextos y de cómo se implica en ellos.

Por entonces, Sender ya había pasado por la FAI, por la cárcel Modelo y se escoraba hacia el comunismo. Como periodista, tras su etapa aragonesa, había sido redactor de El Sol y La Libertad. Su prestigio como escritor comprometido y de alta calidad era indiscutible, lo que viene a corroborar el Premio Nacional de Literatura otorgado en 1935 a Mr. Witt en el cantón. Como en tantos otros casos, la guerra destroza su carrera y también su vida, pero hasta extremos desaforados: el fusilamiento de su esposa y de su hermano Manuel, al que tanto quería como admiraba (“Que ha muerto Dios / lo mismo que mi hermano / contra la tapia de un fosal cercano”, escribe en su Libro armilar), la separación para siempre de sus hijos, la animadversión de los comunistas, que nunca dejaran de calumniarlo y hasta intentarán matarlo, y el brutal alejamiento de todas sus raíces, que, sin embargo, propiciarían una literatura tan ligada a ellas:

Yo tuve víctimas en mi propia familia que dejaron cicatrices imborrables en mi corazón y en mi atormentada alma.

Prefiero no volver a hablar de ellas. Todo el mundo las sabe. Y hay, como he dicho otras veces, el pudor masculino de la tragedia. De la tragedia de uno que ha sido la de España entera. (Monte Odina, p. 367).

Sender y su esposa, Amparo

Manuel Sender

Martín Mariscal, asesino de Amparo

 

 

Se ha hablado suficientemente de la honda imbricación de su obra con Aragón en todos los órdenes y el narrador es el primero que no se cansa de proclamarlo. Su poesía, novela y periodismo darán buena cuenta de ello. Y todavía más, sus poco conocidos pero extraordinarios ensayos literarios, sobre todo, porque la literatura aragonesa de su tiempo, fuera de su figura y la de Jarnés, es casi irrelevante en un contexto nacional tan rico en escritores de altura.

Desde Mr. Witt en el cantón, última de las novelas publicadas por el autor antes del exilio, -las narraciones de la guerra (Crónica de un pueblo en armas, Primera de acero y Contraataque) no pueden considerarse novelas estrictas- hasta El bandido adolescente (1965), primera de las publicadas en la España de Franco, transcurrirán tres décadas. Suficiente plazo para que, salvo unos cuantos viejos que lo recuerdan y unos pocos profesores que lo han leído, el escritor sea un desconocido. No obstante, el público lector le otorgará rápidamente sus plácemes y la editorial Destino, en cuya revista homónima publicó también el primer artículo de su autoría (23-XI-1968) aparecido en España desde la Guerra Civil, lo tendrá entre sus autores más rentables durante varios lustros. Incluso una de sus novelas menos atractivas, La mirada inmóvil, será la más vendida, según datos del Instituto Nacional del Libro, en el mes de septiembre de 1979, cuando ya empezaba a aminorar la fiebre por la novedad y el morbo por el escritor de novelas prohibidas.

Obviaremos las peripecias posteriores de su obra para enunciar un hecho demostrable. Hoy se lee mucho menos a Sender, pese a la excelsitud y variedad de su producción literaria; pese al auge de la novela histórica, en la que fue maestro y ante cuya producción palidecen la casi totalidad de las obras de este género que hoy nos sepultan bajo su inanidad; pese a que es el novelista español del siglo XX más traducido en el mundo; pese a que la bibliografía, tanto en forma de libros como de estudios y artículos, ya es casi inabarcable y, caso único frente a sus escasos competidores (Baroja y Cela), entre sus factores, predominan los hispanistas extranjeros.

¿Qué vieron sus muchos lectores y han visto sus críticos en el escritor aragonés para distinguirle con sus preferencias? Dicho en palabras sencillas, sería variedad, amenidad, intensidad, potencia imaginativa, diversidad de registros, estilo vigoroso y desafectado, profundidad y originalidad de pensamiento, información cultural variopinta, una cuasi perfecta integración de lo particular con lo colectivo, de lo local con lo universal…

¿Qué vieron sus opositores y contrarios? Volubilidad ideológica, producción muy desigual, metafísica sin rigor, falta de sistema…

Tampoco es riguroso descalificar a los detractores por su origen ideológico pero, si es verdad -como creo y cree la sabiduría hermética y hasta la sabiduría sin adjetivos- que los extremos se tocan, en el caso de Sender, los adversarios están en ambos extremos totalitarios: perseguido a la vez por Franco y por Stalin, si queremos resumir en dos nombres dos justificaciones ideológicas para una misma actitud ultrarrepresiva. Si nos acercamos a lo particular, Emilio Romero y Enrique Líster, entre otros tantos, podrían ser dos buenos ejemplos de hienas con la consigna de calumniar al disidente.

Realmente las ideas de Sender no cambiaron mucho desde sus inicios hasta sus últimos años. Bien lo analiza Patrick Collard en Ramón J. Sender en los años 1930-1936 (Sus ideas sobre la relación entre literatura y sociedad), donde demuestra fehacientemente que las preocupaciones y actitudes de la última fase del escritor tienen raíces, incluso, en su producción periodística anterior a su consagración literaria. Si tuviéramos que recurrir a una línea maestra por la que discurre su pensamiento, deberíamos hablar de fe total en los instintos, lo que se corresponde con un vitalismo que se configura en su torrencialidad narrativa. Actitud íntimamente vinculada con el pensamiento libertario, base de su percepción social del mundo. Matizando, sin embargo, que el escritor es sobre todo radical cuando arrostra el problema del individuo frente a la sociedad. Su toma de partido es clara a favor del primero y ello se refleja también en su postura como artista: la obra funciona como un mecanismo soteriológico, deviene en un recurso de justificación y redención personales.

Hablábamos de vitalismo y torrencialidad narrativa. “Escribir es acción” –como lo es el pensar- manifestó Sender en varias ocasiones y son consabidas las raíces vanguardistas de esta postura apasionada y el prototípico horror vacui, que conmina y estimula al artista a forzar todos sus resortes creativos.

Una manera, y tal vez la mejor, de vencer es la creación. Cualquier forma de creación. La naturaleza nos ofrece la forma más placentera con el amor físico. Pero éste nos da nada más una apariencia de victoria. Cuando esta va acompañada en la vida por la creación de la mente (obtener formas originales y propias) la sensación de nuestra presencia en la realidad es más completa… La imaginación es el arma decisiva contra la invasión del vacío. (Álbum de radiografías secretas, p. 91).

Desde sus primeras novelas, la intensidad de la acción se complementa con paréntesis o intermisiones que muestran los arcanos y enigmas que rigen el difuso trayecto del animal humano. Incluso obras tempranas, como La noche de las cien cabezas (1934) o Proverbio de la muerte (1939), son novelas en las que la reflexión metafísica se sobrepone a lo estrictamente narrativo. Hay un progresivo desplazamiento de la historia y la idea en el pensamiento senderiano en favor de la antropología y el mito. Sender nunca vaciló en dar el paso más o menos aventurado de penetrar en esferas difícilmente reductibles al acoso de la razón pragmática:

El novelista fluctuó siempre entre la necesidad de exponer los acuciantes problemas de una época conflictiva y la imposibilidad de explicarlos y vincularse a ellos sin penetrar en las complejas cavidades del enigma:

En la narración novelesca es obligado conducirse racionalmente… Pero lo irracional se impone cada día (Álbum de radiografías secretas, pp. 80-81).

De ahí, quizá, el conocido manifiesto senderiano: “El novelista debe hacer verosímil la realidad”, que matizará de nuevo en el magnífico libro de ensayos donde escarbamos estas citas:

Los lectores no se conforman con la exactitud y la veracidad en la psicología. Quieren algo más, quieren dimensiones líricas, sorpresas de una originalidad genuina, quieren lo inesperado, inolvidable y convincente. Convincente no sólo para nuestra mente, sino para todo nuestro complejo mundo interior. (Álbum de radiografías secretas, p. 14).

“Toda filosofía comienza con el estremecimiento, lo mismo que la religión y la poesía”, escribió RJS en Memorias bisiestas. Frente a esta atracción por lo inefable o necesidad del misterio, el débito al lector de hacerse comprensible, de poner la prosa al servicio de la claridad: “Se debe escribir sin ninguna aceptación de esos sobreentendidos en los que la mente cultiva su pereza” nos dice en el Álbum (p. 166). Y el estilo será siempre “desafectado”, como subraya Carrasquer, su principal estudioso, llano, directo y natural; nunca facilón, edificante o artificioso. La voluntad de claridad no puede ser más notoria. Lo que no hay que confundir con facilidad o vulgarización. Como sucedió en otras artes, la literatura coetánea a la de Sender, tendía a ser una literatura para escritores –hoy hemos vuelto a la facilidad y el pastiche- y el narrador oscense convenía en que no hay arte si no hay originalidad y esfuerzo:

Con todos sus inconvenientes me parece más plausible que escribir adulando al nivel más bajo de las masas. La demagogia en arte es más funesta que en política. El escritor tiene la obligación de dar lo mejor de sí mismo sin pensar si es o no accesible. (Álbum de radiografías secretas, p. 14).

Es cierto que Sender fue totalmente contrario a la subcultura y, pese a su afecto por los movimientos renovadores, tampoco creyó demasiado en la contracultura, como muestra el tan jugoso artículo “Los golfos de Buda y otros inocentes excesos”, recogido en Ensayos del otro mundo (1970). En su multidireccionalidad temática verificamos el tan variado sustrato cultural que el escritor acarrea, nunca acomodado a escuelas o esquemas. El citado Francisco Carrasquer dejó escrito que su obra “funciona como la mejor síntesis conocida hecha arte literario de nuestra cultura” y, para verificarlo, sólo hay que repasar las referencias a autores y obras que aparecen en sus varios miles de artículos -lamentablemente, aún no antologados ni estudiados- y en sus

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volúmenes ensayísticos. Sabemos, por otra parte, que su biblioteca, ya en los años treinta, estaba superpoblada y, si nos ceñimos tan solo al arte literario, no me cansaré de ponderar un ensayo como Examen de ingenios, Los noventayochos (1961) y muchas páginas de otros, como Valle-Inclán y la dificultad de la tragedia (1965), Nocturno de los 14 (1969), Tres ejemplos de amor y una teoría (1969), Ensayos del otro mundo (1970), Libro armilar de poesía y Memorias bisiestas (1974), Solanar y lucernario aragonés (1978), Monte Odina (1980), Segundo solanar y lucernario (1981) y el citado y póstumo, Álbum de radiografías secretas (1982).

En toda la escritura de Sender se manifiesta insistente y explícito desprecio por la apariencia. Una necesidad de escapar a la definición. No le preocupa parecer sino ser, aunque en el ser anide, siempre acechante, la duda.

En este milagro constante del existir (…) uno de los mayores motivos de asombro nos lo ofrece la insatisfacción del artista verdadero con su propia obra. Desconfiad de los que están satisfechos de sí. (…) nadie hay tan feliz ni tan satisfecho de sí mismo como un mal poeta. El buen poeta se agita en su universo de dudas. Como el buen religioso (…) Sólo el tonto no duda nunca. De ahí la tontería implícita en regímenes como el fascista o el comunista. O en doctrinas como el existencialismo. Porque la desesperación sistemática es desorientadora y culpable. (Álbum de radiografías secretas, p. 171-172).

Para el interesado por las cuestiones sociales, el narrador oscense es, por descontado uno de los pocos intelectuales de su siglo más cercanos al pueblo, cuya inspiración tomó siempre como primordial y manifiesto de la verdad natural: “La gente tiene miedo a los poderosos y desprecia a los que no son nada. Es un error. El poderoso es pusilánime y el que no tiene nada que perder es peligroso. Ojo, pues, con los miserables porque, además, y esto es lo más grave, tienen siempre razón”, escribe en Memorias bisiestas. Libro éste de carácter aforístico, lo que lo acerca a su confesado maestro Gracián, colocado como pegote al final de sus Poesías (casi completas), y tan poco leído como valioso e ilustrativo.

Ya se ha sugerido que existen otras grandes articulaciones en el gran mosaico que es Sender, enorme narrador que surge de un magnífico periodista. Dejando aparte la poesía de la que en otros lugares me ocupé suficientemente, me refiero, ante todo, al ensayo. Se habló muy brevemente de su enorme valía como analista literario y se citaron varios de los ensayos en los que combina esta faceta con otras muy diversas, pero también son poco conocidas obras como Ensayos sobre el infringimiento cristiano (1967) –el libro que más veces leyó Mauricio Aznar, el legendario cantante de Mas Birras-  en el que el autor aragonés resumió su interpretación del hecho religioso y simbólico, cercano a la filosofía hermética, el misticismo y la teosofía, teniendo en cuenta las aportaciones de los mitólogos contemporáneos. Heterodoxia religiosa que, desde su fascinación por Miguel de Molinos hasta sus últimas novelas, pasando,evidentemente, por la poesía, es una constante senderiana. Por su parte, El futuro comenzó ayer. Lecturas mosaicas (1975) es un sorprendente y desatendido libro sobre el judaísmo, que fascinaba a otro aragonés ilustre, Felix Romeo. También, Ver o no ver. Reflexiones sobre la pintura española (1980) que nos habla con agudeza de otra de sus pasiones, la pintura, actividad que el escritor practicó aunque sin destacar en ella.

EPSON scanner imageEl futuro comenzó ayer (Lecturas mosaicas)

 

Con la venia del lector, introduciré el final de este comentario con una cita de Fernando Savater y otra propia porque, creo, resumen convincentemente la esencia del tan bien dotado escritor:

Hay un tipo de honradez característico, un detestar la palabrería oratoria, un amor por la abundancia y prodigalidad de temas, una fluidez vigorosa de acciones y pasiones que caracterizan al novelista de pura sangre… Tras Valle-Inclán y Baroja, Sender ha sido el novelista español de más clase, el de raza más indiscutible y enérgica (…) De Sender, pensando sobre todo en sus últimos años dirán escritor desigual, demasiado prolífico; y será momento de recordar la defensa que ante acusaciones similares hizo de Alejandro Dumas su biógrafo Maurois: Le reprocháis vicios de generosidad, pero ¿acaso le hubierais preferido monótono o avaro?

La complejidad y riqueza de la personalidad del escritor no permiten más que apuntar aspectos de una obra y vida inabarcables y todavía con muchos espacios vírgenes en su trayectoria e interpretación. Pero, si se puede decir algo con seguridad es que, con sus errores, vacilaciones y desvíos, Sender no se doblegó ante doctrinas y mantuvo siempre incólume esa independencia, que llevó a la literatura.

Conviene leer hoy a Sender porque es uno de los dos o tres novelistas más extensos e intensos de la pasada centuria; porque amenidad, información, defensa de la libertad, de la justicia y del individuo se juntan en sus ensayos y ficciones; por su cultura proteica que abarca las culturas europeas, las iberoamericanas y las angloamericanas. Y porque es, sin competencia, el más destacado escritor aragonés desde los tiempos de Gracián. La Zaragoza del jesuita y la senderiana Huesca, articuladas por el Teruel de Braulio Foz, se ensamblan literariamente a través de estos tres genios del arte del bien decir.

Sender, pintor

1ª fotografía: Chalamera. Casa natal del escritor, antes de su derribo.

 

                      Otros artículos sobre Sender en el blog: 

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