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EL MAESTRO LUNA, PROTAGONISTA EN MADRID

Publicado: abril 25, 2021 en Sin clasificar
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(Publicado en Aragón Digital, 23-24 de abril de 2021)

Desde el 14 abril se está representando en el madrileño Teatro de la Zarzuela la opereta Benamor, para varios estudiosos la obra más inspirada del maestro Luna, del que son más conocidas obras como El niño judío, El asombro de Damasco, Molinos de viento, Los cadetes de la reina, o La pícara molinera. O Una noche en Calatayud, partitura tan del gusto de las rondallas joteras. Benamor fue estrenada el 12 de mayo desde 1923 con un éxito espectacular pero casi lo único que se interpreta de ella es la Danza del Fuego. Por cierto, su canción española “País de sol” tiene claras reminiscencias de jota aragonesa.  

Pablo Luna es uno de los más grandes músicos españoles del siglo XX. Sin embargo, en los muchos años que pasé en las aulas jamás me hablaron de él. Eso en tiempos en los que a la llamada “cultura general” se le daba mucha más importancia que ahora. Tuve que acudir al libro que Ángel Sagardía, otro musicólogo aragonés de primerísima fila y todavía más olvidado que Luna pese a su profusa obra, escribió sobre el maestro para saber algo más de su vida y peripecia artística.

En marzo de 2020, un par de días antes de ser declarado el confinamiento, de la mano de Pascual Marco, visité

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Alhama de Aragón, donde en 1879 nació el músico y cuya casa, aunque de propiedad particular, se conserva. Vistas sus aptitudes, el padre, de profesión guardia civil, consiguió el traslado a Zaragoza y Pablo pudo formarse con figuras tan señeras como el violinista Teodoro Ballo y el maestro de capilla de La Seo, Miguel Arnaudas, más conocido por  su magistral cancionero de la provincia turolense. Empezó tocando en locales de diversión, hasta ser nombrado concertino del Teatro Principal. Por indisposición, hubo de sustituir al director musical de una compañía de zarzuela, lo que le valió en 1905 ser reclamado desde Madrid. Los triunfos de Mussetta (1908) y Molinos de viento (1910) lo lanzaron al estrellato, confirmado por las más de 160 composiciones que firmó en sus 62 años de vida.

No es este lugar para trazar su biografía. Quizá sí, para recordar que Zaragoza le concedió en 1925 su Medalla de Oro, que escribió la música de muy numerosas películas, entre las que se cuentan, El negro que tenía el alma blanca o la perdida Miguelón,  con el protagonismo de Fleta o que, a su muerte, había escrito la música del primer acto de El Pilar de la Victoria, con texto de Manuel Machado. Julio Gómez  terminó la partitura, respetando el espíritu de Luna y se estrenó el 12 de octubre de 1944 con la intervención de Pablo Gorgé, Pascuala  Perié, Pascual Albero, Isabel Zapata y otros. Fue uno de los cantos del cisne de la zarzuela en España, género que, aunque se representase hasta la actualidad, ya no creó obras de éxito.

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Esperanza Iris

No sé si podré viajar a Madrid antes del día 25, en que Benamor se representará por última vez. Si no, espero que alguna alma compasiva me consiga la filmación y pueda evocar los tiempos de la vedette mejicana Esperanza Iris, que la estrenara hace 98 años, consiguiendo 136 representaciones en el Teatro de la Zarzuela, cifra desmesurada para una época en que eran muy escasas las obras que aguantaban en cartel más de una semana.

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Publicado en la revista Turia nº 137-138, marzo 2020-mayo 2021, pp. 363-365, con título “Psicoanálisis, bajorrealismo, surrealismo, costumbrismo y genio”

 

El escaso eco crítico alcanzado por esta edición de los primeros -y desconocidos- textos con alcance literario de dos escritores que figuran en primerísima línea de la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX resulta indicativo del estado de la literatura y de la crítica en España. Para mí -y para bastantes más- Tiempo de silencio es la novela más importante escrita en España durante la pasada centuria. Igualmente, Benet ha tenido centenares de exégetas y adoradores con culto de latría. Sin embargo, el libro no parece haber suscitado ningún revuelo.

Otra cosa será valorar estos escritos, buena parte de ellos apuntes no destinados a publicarse, e insertarlos en el pensamiento y el desarrollo de la obra de los dos novelistas, lo que acomete el editor en sus notas con variopinta fortuna. Sí creo que es un acierto el oxímoron del título que vincula la eclosión vocacional de los autores con su mirada nada complaciente, por más que, a menudo, humorística: esa dificultad de la inteligencia para soslayar el sarcasmo. También excelente y erudito, el prefacio que revisa y contextualiza con conocimiento y profundidad el entorno y las circunstancias en que los textos fueron concebidos.

Según Mauricio Jalón, fueron escritos entre 1948 y 1951 y sólo se publicaron dos de ellos, uno por autor. Se trataba de pruebas de escritura, corregidas varias veces y conservadas por sus familias en sendas copias. La mayor parte pertenecen a la pluma de Martín Santos. Fue el propio Benet quien en 1964 identificó diez relatos propios y 41 de su amigo, en un total de setenta recogidos. Sin embargo, en los diecinueve restantes no resulta aventurado deducir la autoría a partir del estilo: la mayoría pertenece también al psiquiatra nacido en Larache que, fallecido a resultas de un accidente automovilístico en cuya motivación no estaban ausentes las copas, no llegaría a cumplir los cuarenta años. Tampoco Benet, pese al peso cuantitativo de su obra, fue longevo. Murió a los 65 años, víctima de un tumor cerebral.

Hoy, tras la competente biografía del primero debida a José Lázaro y la monumental bibliografía del segundo enriquecida por una Cartografía personal, debida al autor de esta edición, no faltan instrumentos para contextualizar las prosas de El amanecer podrido. Tenemos, además, el tan breve como excelente Otoño en Madrid en 1950 en el que Benet evocó la vieja amistad y sus conjuntos. Por si fuera poco, tanto el inacabado Tiempo de destrucción de Martín Santos como la ristra de póstumos benetianos han acrecentado hasta donde no se pudiera pensar nuestro conocimiento de estos autores  que, aunque nos resulten próximos en el tiempo –ya casi todos leímos Tiempo de silencio y Volverás a Región muy jóvenes- murieron durante la pasada centuria.

¿Qué aporta este nuevo rimero de póstumos? Una serie de instrumentos estilísticos, psicológicos y oníricos que restan sombra a lo medianamente iluminado, un imprescindible apéndice que el editor titula “Papeles cruzados”. En el primero de ellos, “El bajorrealismo”, los autores “abordan el significado de un término que usaron en su juventud para nombrar su modo de acercarse a ‘lo real’”; se aportan, finalmente, tres cartas de Luis a Juan, de máximo interés, y dos cruzadas entre Leandro, hijo de Luis y Benet. La de éste, muy extensa y ampliamente explicativa, acerca de las circunstancias personales de ambos. También, alguna fotografía inédita.

En cuanto a los textos, un primer deslumbramiento que no tiene sino continuaciones parciales: “Lo miraba siempre todo” es la primera y más extensa de las narraciones recogidas. Con un fuerte componente autobiográfico, se desarrolla en un lugar perfectamente identificable con Topas, el pueblo salmantino de los ascendientes de Martín Santos donde pasaban largas temporadas veraniegas. Allí, un preadolescente, asiste con su familia a una solanesca función de titiriteros en la plaza, en la que su abuelo se siente mal, es conducido a la casa familiar y muere entre la parafernalia costumbrista que solía acompañar a estos velorios. Una narración que podría haber sido firmada por Aldecoa y da cuenta del genio que su autor confirmaría.

Del resto importa el catálogo de obsesiones que se vislumbran, el malestar social, el pansexualismo larvado, propio tanto de la edad como de la España sometida a la férula clerical, el humor malintencionado que no suele dejar lugar a la ironía ni al distanciamiento, la influencia del existencialismo y del teatro del absurdo…

Hay cuentos cumplidos y otros que son meros ensayos estilísticos o de perspectiva. Algunos parecen provenientes de sueños alcohólicos preñados o imbuidos de surrealismo, similares a las visiones alcohólicas de Guillermo Osorio en El bazar de la niebla. En otros abundan los pasajes apocalípticos, en los que se trasluce la tan transitada incomunicación del entonces contemporáneo existencialismo así como del  humor absurdo de los Mihura, Tono, Jardiel Poncela y demás  adláteres de la generación del 27; también, de la pegajosa incomodidad de la posguerra, consustancial a los dos amigos.

Es notorio que buena parte de esta escritura está próxima a los automatismos surrealistas, volcando en ella un estado de ansiedad con mediaciones alcohólicas capaces de saltar de la salmodia bíblica a la parodia mitológica, pasando por la sátira desarrollada en el Saloon de una película del Oeste. Por otro lado, se trasluce la asunción de las indigestas lecturas foráneas a las que se veía abocado el joven inquieto intentando estar a la page con la literatura más renovadora de su siglo. Finalmente, Luis se imbuyó de Joyce y Juan, de Faulkner. Es lo de menos. Sí que ambos consiguieron militar en el desacato y la transgresión consustanciales a cualquier arte verdadero, más en las difíciles circunstancias de las primeras décadas de la dictadura. Y en este libro asoma el germen de todo ello.

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Luis Martín Santos-Juan Benet, El amanecer podrido (Edición de Mauricio Jalón), Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2020.

 

 

Javier Barreiro

Hoy, 20 de junio, hace un mes de la muerte de este singular y multifacético artista a quien sus amigos llamaron Luisito y- que mañana hubiera cumplido 93 años. Sabio, humorista originalísimo, tierno y gamberro, practicó con fortuna todas las bellas artes, incluyendo el arte de la vida. Mantuve una rica correspondencia con él, con la que me divertí y aprendí mucho, tal vez porque nuestros talantes e intereses eran parecidos.

EPSON scanner image Con una de las piezas de su colección de cerámica precolombina

(Publicado en Criaturas saturnianas nº 4, 1er. semestre 2006, pp. 221-239).

Tremendo artista y casi desconocido en su tierra, por más que algunos amigos hayan guardado la memoria, sobre todo, de sus descacharrantes anécdotas, García-Abrines es un creador a tiempo completo que ha descollado en la música, en la erudición, en la plástica y en la literatura. Sus libros, sin embargo, salvando la reedición hace unos años de…

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(Publicado en Aragón Digital, 26-27 de julio de 2020)

Hace poco más de un año visité Albania, el país más pobre de Europa, a excepción de Moldavia. Sin embargo, aunque allí se viva modestamente, no se percibe nada parecido a la miseria. Faltan carreteras y otras infraestructuras, no hay Fuerza Aérea ni Marina  –dicen que, pese al buen pescado, el albanés tiene miedo al mar, desde donde vinieron todas sus desdichas-, pero la comida, una mezcla de cocina balcánica, turca e italiana, es excelente.

Pronto despuntará el turismo en el litoral adriático, con algún parecido al de la Costa Brava. Ya se percibe la velocidad de la transformación de esos lugares apacibles que en muy pocos años se convertirán en algo parecido a la Manga del Mar Menor o Marina d’Or. Hay ciudades medievales muy bellas, como Elbasan, Berat o Gjirokastër, que está siendo restaurada por la UNESCO, ruinas grecorromanas y maravillosas iglesias bizantinas. La parte septentrional es montañosa, más pobre, y tardará algo más en abrirse al turismo. Todo el país está salpicado de búnkeres, construidos por el tirano Enver Hoxha, cuando rompió con China y quedó, junto  a Corea del Norte, en el binomio de países con sistema estalinista. Temía una invasión de quien creía sus enemigos, es decir, el resto del mundo.

En Tirana puede visitarse la llamada Casa de las Hojas, sede de la seguridad del Régimen Comunista, que conserva documentos, aparatos y toda clase de testimonios de la represión policial, de la tortura y de la obsesiva vigilancia social ejercida durante dicho régimen: Un 75% de la población estuvo controlada personal y directamente por el otro 25%. Un 50% de los domicilios tenían micrófonos ocultos que, si eran descubiertos por sus moradores, no podían tocarse bajo pena de detención. En la década de los ochenta no había otros coches que los de la nomenklatura. Hoy, ya se conocen los atascos. Hubiera resultado ilustrativo comprobar en directo cómo esta gente, aparentemente tan normal como la de cualquier otro sitio, vivió aquellos años donde se prohibió la religión y la vagancia, hasta para los animales. Nadie podía vender nada que no fuera a costa del Estado. No había perros, gatos, iglesias, aviones, coches ni ferrocarriles que contactaran con el exterior.

Acaba de aparecer un libro de Margo Rejmer, Barro más dulce que la miel. Voces de la Albania comunista, que ilustra con testimonios estremecedores las vidas cuajadas de miedo, impotencia y sufrimiento de los albaneses. Por su parte, Hoxha publicó unas memorias en siete mil páginas enaltecedoras de sí mismo. A su muerte en 1985, el régimen se fue agrietando hasta que, en 1991, cayó definitivamente. Nexhmije, la esposa del tirano, fue detenida y en 1993 condenada a nueve años de prisión aunque, muestra de la diferencia de unos sistemas frente a otros, en 1995 fue excarcelada. Con 99 años, murió el 26 de febrero pasado.

Pese a esta historia de horror, a finales de los setenta y primeros de los ochenta del pasado siglo, funcionó en España una  Asociación de Amistad España-Albania vinculada al Partido Comunista de España m-l (marxista-leninista), que defendía y se solidarizaba con la práctica del comunismo de Hoxha, frente a otras formas del mismo que, para ellos, se habían ablandado. Por cierto, de dicha asociación formaban parte un par de amigos míos, que no parecían psicópatas, sino gente normal: inteligentes, solidarios, hasta medianamente divertidos. Pero su disentería mental –por más que usual en la época- les llevaba a esta aberración del empecinamiento que no tenía otro fundamento que alinearse con un régimen comunista representante de las más puras esencias estalinistas, que los otros estados del “telón” iban abandonando. Supongo que les parecería ejemplar esa rigidez ideológica aunque en su vida fueran tan tibios como cualquiera.

Querría creer que las formas de extremismos puritanos que hace un tiempo aparecen por doquier, vinculados a ideologías que tienen más que ver con los fanatismos religiosos que con la libertad, dentro de unos años serán vistas con parecida incomprensión a la que otorgamos ahora a aquellos solidarios con la tiranía.

Querría creer pero veo mucho miedo en practicar esa resistencia a la estupidez.

 

Músicos ambulantes

Bartolozzi-Taberna 1949

(Publicado en la Revista Crisis nº 17, junio 2020, pp. 66-68).

En 1980 la taberna estaba dando sus boqueadas pero en algunas poblaciones españolas se mantenían algunas resistentes que no durarían otra década. Buen amigo de ellas, aproveché mi estancia en mi tan querida ciudad de Calatayud para conocerlas a fondo, al menos, aquellas que merecían más la pena. Aunque por entonces andaba retirado de la escritura, hice una excepción publicando este texto, que, como era de esperar, no gustó a alguno de los mentados. Como todos pasaban de la cincuentena, el tiempo suaviza las aristas y el tono es humorístico, seguramente, nadie se molestará a estas alturas y alguno agradecerá estas informaciones sobre guariches y ambientes desaparecidos.

Taberna es palabra de mala fama, quizá porque quienes han puesto mala fama a las palabras han sido gentes amantes de etiquetas, catálogos e hipocresías seculares. El diccionario –más imparcial- nos la define simplemente como “tienda o casa pública donde se vende al por menor, vino y otras bebidas espirituosas”. Si además acudimos a la etimología, vemos que el vocablo ha dado origen a palabras tan elegantes y prestigiosas como tabernáculo o contubernio, con lo que mejor será quedarnos en un término medio y desproveer al vocablo tanto de sus connotaciones positivas –que para más de cinco las tiene- como de las peyorativas.

Texto publicado en la revista Jalón, mayo de 1980.

Hoy, el significado que da el diccionario de “taberna” anda un tanto restringido. Designa, sí, uno de los lugares donde se despachan bebidas al público pero, además, asociamos taberna, y también tasca, con un local de cierta antigüedad y con un nivel económico y social tirando a bajo por parte de dueños y parroquianos y una determinada manera de entender la convivencia muy distinta de la del bar, cafetería, pub, whiskería o discoteca.

Este es el criterio que hemos seguido a la hora de visitar las tabernas de Calatayud, a lo que nos ha movido tanto la afición como el deseo de dejar constancia de unos recintos que pronto serán sólo recuerdo. Efectivamente, muchas son las que por emigración, jubilación, muerte de sus dueños o escasa rentabilidad han desaparecido o están a punto de desaparecer, eso sin contar con la rápida modificación de las formas de vida. Haremos, pues, crónica de estos últimos reductos donde se ubican los santuarios donde se bebe mejor y más barato, se intima más fácilmente y donde, si te da por arrancarte con unas jotas, no sólo no te silencian o te miran como si fueses loco sino que el personal anima y jalea al audaz coplero.

A la puerta de la taberna

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Si usted viene de Soria, junto a la Puerta de Zaragoza se tropezará, y podrá así reponer energías, con la Tasca del Piojo, de rancia solera, donde, si antes no le aborrece la poca sustancia del dueño, disfrutará de un estimable vino, un jacarandoso revuelto, una llameante cazalla o –si se priva por los sólidos- dará buena cuenta de sus acezantes pepinillos en vinagre.

Penetrando por la susodicha puerta y casi en línea recta, llegamos a la Plaza del Mercado. A su lado, en el número 1 de la calle Gotor, aparece el Bar Valladolid. No deje de introducirse. Encontrará allí la fauna tabernaria más sugestiva: Paco el barrendero, Tomé el vendimiador, La Piojo-loco, de concurrida vida marginal, loteros, serenos, timbistas, pastores… y al dueño, Luis, también de borrascosa historia: ex-luchador, ex-boxeador, capo del barrio chino barcelonés en otros tiempos, pintor, experto en ovnis, repartidor en sus horas libres y, sobre todo, poseedor de una humanidad desbordante, lo mismo que su mujer, María, que, como buena almeriense, le da a la rumba y al tango flamencos en sus vertientes de canto y baile. La tasca fue fonda en otra época y, lamentablemente, ahora Luis ha decidido modernizarla. De lo que resultará no juzgamos, de lo que ha sido, sí, y muy favorablemente. El único problema proviene de la cercana ubicación de la guardia municipal que, de vez y cuando y si los siervos de Baco se exceden en su euforia o potencial fónico, obsequia con su nocturnal visita.

Si pasamos a la Rúa –que los bilbilitanos siempre nombraron Ruga-, en el número 76 encontramos una puerta verde sin rotulación que da acceso a un cubículo de 5×3 metros en el que se arremolinan los dueños, su hijo, el frigorífico, las cajas de bebida, los bancos, el mostrador, el servicio y los que allí gustan de entrar. Desde las seis y media de la mañana puede paladear sus productos y especialidades. Los clientes son, tradicionalmente, de la cáscara amarga, rojos o progresistas, que se dice ahora, lo que, desde luego, desmiente su aspecto. El ambiente –no hay mesas, no caben- suele ser grato y de francachela declarada.

No así en el Siboney, en la misma Ruga y un poco más abajo, donde la simpatía brilla por su ausencia. Lo más interesante hemos de buscarlo en la decoración e historia del recinto. Todavía se mantiene el aspecto mudéjar que tenía este antiguo café-cantante en el que las piculinas enervaban a las recias gentes del Jalón y del Jiloca. ¿Por qué no reavivarlo? Quizá así se desmustien un poco camareros y frecuentadores.

Si los copazos se lo permiten, puede dirigirse a la calle de San Antón en el antiguo Postigo de Tenerías, perpendicular a la Ruga y que contiene el mayor número de tabernas abiertas de la ciudad. Son supervivientes del antiguo barrio “maldito”, decadente desde 1956, año en que se suprimieron las casas de hetairas, que con tanta fidelidad retratara Solana en otros lugares similares.

El Bar Fonda Martín conserva la estructura, precios y parroquianos de la típica taberna pero la televisión en color le quita algo de recogimiento. Como su título indica, ejerce también de fonda y casa de comidas de apreciable economía.

Casi enfrente tenemos el Forniés, maravilloso antro donde la edad media de sus frecuentadores no bajará de 75. Si pide un café, verá en funcionamiento el antediluviano artefacto que se toma su tiempo para obsequiarnos finalmente con un recuelo por 14 pesetas. Cualquier otra consumición no pondrá en peligro su equilibrio financiero.

Casi al lado, aparece el figón del señor Aurelio, zamorano, apodado Patas Cortas, aunque el título rece Casa Garrido. Aparte de sardinas y buen vino a 6 pesetas, podrá encontrar la típica fauna enólatra entre la que destaca Justo Perales, también ex-barrendero, que le hará saber que gana más de jubilado que cuando le daba a la escoba con lo que terminará de arrebatarle las pocas ganas que le quedaban de arrimar el hombro. También puede toparse allí con la flor y nata de la intelectualidad bilbilitana. Desde el polígrafo Pedro Montón, al director del Orfeón, Alfredo Larrea, sin hablar del humanista Ampelio Medina, los científicos José María Franco y Antonio Oliva o el multiforme Javier Barreiro.

Enfrente está La Perla, ya más hostal que taberna, aunque merece la pena acercarse para libar su buen vino e hincar el diente a sus suculentos pinchos de lomo.

Tuerza luego a la izquierda. Dará con la calle del Olvido y, si tiene suerte, franqueará el umbral de La Vasca, que vegeta bajo la égida de sus antiguos propietarios. Este local, sin rótulo, prácticamente la habitación de una casa, es como un recuerdo de los tiempos en que se servía en los domicilios particulares que decidían oficiar de tascas, costumbre que hasta hace poco ha perdurado en Andalucía. Pero ya se dijo que estamos en la calle del Olvido, tan grato para el bebedor y hacia donde se encaminan aquellos tan buenos usos. En La Vasca sólo podrá beber vino pero, también, ganarse unas indulgencias haciendo jaculatorias a cualquier santo elegido entre el enjambre de imaginería  que por allí pulula.

Perdonados así sus excesos, debe atravesar el pueblo y dirigirse a El Volante, frente a la Puerta de Terrer. Además del infaltable fruto de Baco, buenas anchoas en salmuera y, si quiere probar fortuna, participar habrá en la timba que cotidianamente tiene allí su asiento. Hay jugadas de hasta cinco mil pesetas.

Llegado a este punto se acercará, o se hará acercar si su sentido de la orientación comienza a perturbarse, a la estación de ferrocarril. En la curva con la carretera de Daroca se encuentra el Bar Casa Luis. Es fama que su dueño es insensible al dolor físico. Aunque no lo verificamos, sí puede asegurarse que es insensible a la prisa. Usted pida lo que sea –un buen bacalao con rebozo o tortilla de ajo y anchoas para acompañar al habitual lingotazo-, cuando el propietario lo decida se lo acercará diciéndole, eso sí, “Que le aproveche al señor”. El componente de cachondeo es interpretable.

Pida que le crucen la carretera y, junto a la explanada de la estación, hallará el Bar Fonda del Carmen, donde con la ayuda de cualquiera de los baratos y suculentos bocadillos que allí se expiden, cogerá fuerzas para admirar la curiosa calva del dueño (en forma de U) y arrastrarse hasta la tasca de al lado, Los Ángeles, también fonda. Es fácil encontrar allí soldados que esperan el tren y que su mili pase pronto; es fácil que el dueño le cuente que no gana un duro y el ayuntamiento le fríe a impuestos; es fácil que, si le tira de la lengua, diga pestes de las condiciones de otros establecimientos del ramo y es fácil que la tranca que usted lleva a estas alturas sea de no te menees.

No se arredre. Aprovechando la circunstancia de hallarse en la estación y si se considera incapaz de intentar el desplazamiento sin perder la vertical, alquile un taxi y hágase trasladar por la carretera de Daroca hasta las Casas Baratas. A setecientos metros de la estación, se encuentran las dos últimas estaciones, si vale la redundancia. En el Bar Casa Antonio, el vino se hará acompañar de recias guindillas. Si no ha tenido tiempo de informarse de lo que pasa en el mundo, tendrá oportunidad de consultar el Heraldo o La Hoja del lunes, siempre a disposición del cliente, y, aunque tampoco se enterará de nada, podrá al menos decir que ha hecho lo posible.

Repte hasta la tasca de al lado. Es un despacho de vinos en el que también se sirve directamente al público. Se conoce, generalmente, como Tasca del Sordo y su dueño, que no desmiente la popular denominación, se llama Félix. Agradables sorpresas aguardan allí al advenedizo. El vino, muy bueno, a cuatro pesetas. El litro, a treinta y una. Cacahuetes a granel y una parroquia dicharachera, amigable e invitadora. Félix y su mujer son también bellísimas personas que también convidan al mínimo descuido. Como, además, la tertulia que se forma suele ser salerosa, locuaz y pachanguera, es difícil salir de allí sin seis o siete vinos de propina.

Como esta taberna constituye la número 14 de la singladura, si ha hecho todo el recorrido de golpe, puede pasar ya de todo y hasta acercarse a la cercana Wisquería Los Invasores, con servicio femenino, pues su prestigio local y ciudadano ya no habrá quien lo levante. Lo que guste de hacer allí, si es que puede alentar, ya no es materia de una revista tan seria, responsable y moralizante como la nuestra, dirigida fundamentalmente a la formación de la juventud. Como diría el patrón del Bar Casa Luis, El Insensible, “¡Que le aproveche!”.

V. también en este blog: https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/11/15/alcohol-y-literatura/

(Publicado en Aragón Digital, 14-16 de febrero de 2020).

La casa natal de la cupletista Ramoncita Rovira, la creadora de “Fumando espero” y “El tango de la cocaína”, ya tiene protección municipal y “Cal Bisbe”, en la plaza mayor del pueblo, será convertida en un museo, ya que el ayuntamiento de La Fullola (Lérida), al que fue cedida, así lo ha aprobado en el marco del proyecto FEDER, Camí de Sant Jaume (Camino de Santiago).

Por seguir con la música, en Albalate de Cinca, localidad próxima a La Fullola, fue el propio Miguel Fleta quien compró su casa natal, la modernizó y al poco tiempo se deshizo de ella, con lo que el único recuerdo del tenor que allí queda es una doble placa conmemorativa. Solamente a 11 kilómetros de Albalate se encuentra Chalamera, lugar donde vio la luz Ramón José Sender, cuya casa fue derribada antes de que el novelista pudiera verla en su viaje de regreso en 1976.

Raquel Meller, la más esclarecida de las colegas en el arte de Ramoncita Rovira y la actriz española más internacional de los años veinte, tuvo en Tarazona su casa natal que también fue derribada el año de Mari Castaña. Y, menos mal que no han tirado su partida de nacimiento, porque ya hace tiempo que habría sido declarado formalmente su origen riojano o catalán, como así se ha defendido y escrito. Por cierto, que Raquel tiene estatua en Barcelona pero no en Zaragoza.

Para no alejarnos en el tiempo de las demoliciones, podríamos recordar que en Villanueva de Gállego se derribó la casa donde nació uno de los pintores más importantes del siglo XIX, Francisco Pradilla, pese a toda la energía que puso en evitarlo APUDEPA. Como la citada y benemérita asociación en defensa del patrimonio aragonés defendió, la modesta construcción estaba muy arraigada en la memoria popular de Villanueva, y reconocida como un lugar de conmemoración entre los grupos artísticos aragoneses, de lo que daban cuenta las dos lápidas que ostentaba la modesta construcción, una de ellas colocada sólo 14 años antes por el propio ayuntamiento que en 2012 concedió licencia para su derribo.

Y, si hablamos de pintores, un colega de Pradilla, nacido un siglo antes y con su mismo nombre, llevó el apellido Goya. Su casa natal tuvo que descubrirla o inventarla otro pintor y viajero llamado Zuloaga, más de una centuria después de su nacimiento.

Alguna vez he contado cómo a finales de los años setenta desembarqué en Codo, lugar muy cercano a Belchite, para comprar una garrafa de su excelente vino y pregunté por Benjamín Jarnés. El habitante del agro aragonés solía mostrarse curioso con el forastero, con lo que en seguida se formó un nutrido grupo que incluía al alguacil, preguntándose y, sobre todo preguntando al viajero, quién podía ser ese señor. Al final fue una vieja quien aclaró el entuerto: según recordó, debía de ser el hermano de “aquel tontico que tocaba tan bien las campanas”. Y hasta tenía mérito la memoriosa señora, pues los Jarnés eran 22 hermanos y algunos no tenían ni pizca de tontos.

Si vamos a los compositores aragoneses del pasado siglo, no pregunte usted por la casa natal del maestro Monreal en Ricla ni por la del maestro Montorio en Huesca, tampoco por la del maestro Marquina en Calatayud o por la del maestro Cayo Vela en Brea. Si le muestran algo, será lo que han edificado encima de lo que demolieron.

Por eso, no es extraño que en muchas de estas localidades pregunte a sus moradores y no sepan decirle casi nada acerca de sus hijos más ilustres, cuando su figura, trascendencia y relevancia deberían enseñarse desde la escuela primaria.

Otro día nos referiremos a las honrosas excepciones.

Maestro Monreal

 

Maestro Marquina

Maestro Marquina

Maestro Montorio

Maestro Montorio

 

 

 

 

Cuando Mayayo llegó de sus altas Cinco Villas con su surrealismo natural y virtuoso, al punto me pareció un tipo que combinaba la insensatez consustancial en el artista con una sensatez rural y sobreargumentada. Poco ha cambiado mi impresión con el tiempo aunque ahora sobreargumente menos. Poco ha cambiado también la exquisitez, solidez y competencia en su trabajo, más propia de un artesano antiguo que de un artista moderno.

A Mayayo, afortunadamente, no hay que explicarlo. Presenta su mirada, plana y certera, y todo fluye en el receptor, que se revela cómplice en el gusto, en la forma y en el estilo del maestro. Es lo bueno y lo malo que tiene la cosa: esto hace que Mayayo le guste a todo el mundo, lo que lo convierte, a la vez, en admirado y sospechoso.

Pero yo creo que nada de esto lo desequilibra. Probablemente, se trata de un superviviente de la sociedad agraria, lo que le permite comprender la fascinación de mucha gente por las novedades que nos agreden continuamente. Decía un famoso periodista que, cuando era niño, las únicas máquinas que conocía eran los cepos para cazar fuinas, las norias para sacar agua de los pozos, que no estaban movidas por las ninfas, como pretendía Homero, sino por burros. Y eso le permitía comprender la fascinación de los demás por las máquinas que proporcionan tabaco, refrescos y hasta condones. De la misma manera, Ignacio vive tranquilo en este universo digital, cibernético, o como se diga, pero, a la hora de maquetar, él prefiere dibujarlo.

Esa sensación de equilibrio que emana tanto del personaje como de sus dibujos me recuerda muchas veces a Baltasar Gracián. No sé si alguna vez se lo habré dicho. Es posible que tanto el literato como el pintor llevaran dentro un volcán pero nadie puede dudar de la exactitud de sus percepciones. Traeré a cuento unos cuantos apotegmas del genio de Belmonte de Calatayud para demostrar cómo se adecuan al artista de Layana.

“Hartazgos de aplauso común no satisfacen a los discretos”. Viene a cuento por lo de gustar a todo el mundo. Así, decíamos antes lo de “admirado y sospechoso”. Por supuesto, Mayayo no se fía y, recordando otra máxima gracianesca: “Nunca embarazarse con necios”, sabe que, del incompetente, es preferible el rebuzno que la aprobación y que más vale el aplauso de un ilustrado: “Los sabios hablan con el entendimiento, y así su alabanza causa una inmortal satisfacción” (Gracián de nuevo), que la ovación de todos los seguidores de Jorge Javier o Pedrerol. Y eso, por supuesto, es aplicable a la vida diaria. “Tratar con quien se puede aprender” proclama la máxima número 11 del Oráculo manual y arte de prudencia. Y no hay más que decir.

Pero es que el conspicuo jesuita también nos sirve para glosar la práctica del oficio por parte de nuestro protagonista: “Lo fácil ha de emprenderse como dificultoso y lo dificultoso como fácil”. No hay mejor receta para el artista, al que su virtuosismo hace a menudo demasiado confianzudo. Y, además, completarlo con la sentencia número 231: “Nunca permitir a medio hacer las cosas”.

Nunca sabremos los profanos lo que está a medio hacer y lo que está terminado pero el artista sí debe saberlo. Como debe conocer que no todos los que miran han abierto los ojos ni todos los que miran ven. El ojo atónito puede serlo por estremecimiento, por falta de tono o por ignorancia.

Mayayo presenta ahora ante nuestra mirada sobre todo una serie de paisajes campestres, con inclusión de algunos urbanos y de otros, que participan de ambos adjetivos, a los que podríamos llamar interurbanos. Media docena de escenas domésticas que, como los estupendos retratos, rebosan aire velazqueño. Cuatro escenas de interiores que resultan ser tanto un homenaje a los maestros, como ensayos de habilidad técnica. Y, para recorrer casi todo el espectro de la tradición pictórica, dos bodegones “botánicos” y un desnudo. Siempre, la sensación de exacta frialdad de sus paisajes frente a la calidez de la presencia humana.

Y permítaseme, para terminar, un postrer consejo gracianesco: “Mirar por dentro”. El viejo asunto de la realidad por detrás de la apariencia. Así como los artistas no gustan de mostrar sus obras en embrión, la observación superficial es proclive a la mentira y el desengaño. La verdad no llega sino con el Estudio, el Trabajo, la Humildad y el Tiempo. Mayayo parece saberlo, se amista con la Naturaleza, que no es otra cosa más que Tiempo y vive retirado en su interior, hamacado por la estima de sabios y discretos.

 

 

Recórtalo en pequeñas estrellas,

y la faz del cielo será por él tan embellecida

que el mundo se enamorará de la noche.

(Shakespeare, Romeo y Julieta, III.ii. 22-24)

 

Afinidad vital, generacional, transgresora, empática simpatía y gusto por la boutade fueron algunas de las tantas coincidencias que en mi primera y larguísima juventud me acercaron al Grupo Forma y, en especial, a Manolo Marteles porque, además, la mutua atracción por el humor y el expresionismo tremendista propició que le pidiera ilustrar mi libro de cuentos, El desastre de nuestra fiestas, y, en diversas ocasiones, un puñado de cosas más, lo que hizo con la pródiga generosidad que le era consustancial.

 Manolo, por otra parte, era él mismo una ilustración. La ilustración del más cierto de los apotegmas, que es también el principio de la sabiduría hermética: Los extremos se tocan. Tierno y bruto, independiente y amigable, anarquista y comunista, familiar y sexista, ingenioso e ingenuo, clásico y moderno, valiente pero casero… Y así podríamos seguir hasta aburrir al párrafo.

Pero esto va para una revista de arte y sería culpable no tocar aquí lo que fue la pasión de su vida –tuvo muchas otras porque era escéptico y apasionado- y la actividad para la que estaba especialmente dotado. Contemplar una obra de Marteles es alegría y, luego, estupefacción; es risa loca y, después, mueca reflexiva, es percibir la fantasmagoría de la realidad y es sucumbir ante la magia del color que no le cabe en el alma y se expande al entorno. Es, sobre todo, una puesta en solfa de lo que llamamos realidad, del objetivismo, de la apariencia… Nada se salva del amor, del ridículo ni tampoco la mirada del contemplador. El cuestionamiento llega a la entraña del trabajo del artista: ¿qué es más naif, decorar una entrada triunfal con un monumental coño abierto, como Marteles y el Vaso Solanas hicieron en su exposición para el paraninfo de la Universidad de Zaragoza, o censurarlo, que es lo que determinó el gobierno socialista de Aragón? Es difícil tomar una postura porque el caso suscita una enrevesada y endemoniada reflexión sin fin.

Sin embargo, su desbordante imaginación precisó de horizontes más amplios que los de la pintura para manifestarse y lo hizo escribiendo con la misma convicción y originalidad con la que se entregaba a los pinceles. Supongo que alguien tendrá el buen ojo y el buen gusto de editar su diversa y desperdigada obra que, casi siempre, él mismo se encargaba de editar artesanal y ricamente ilustrada. Siempre los títulos son fundamentales en el planteamiento de su escritura: Retratos de raza y gentes para una epopeya; Un retablo para Jesús Mingarro por Manuel Marteles, pintor dominguero; Adán Mingarro, patrimonio de la humanidad; Confesiones de un presbítero… En ellos, el mismo humor descabalado de sus dibujos, idéntica visión patética, burlesca y entrañable de ese animal que, por vestirse, se llama a sí  mismo hombre y, por eso mismo, enseña frecuentemente sus vergüenzas. 

  Manolo desarrolló  el amor a los caballos porque era un caballo revolcándose en plena naturaleza. Solemos proclamar que la naturaleza es sabia y la naturaleza le atraía más que cualquier otra cosa en el mundo, quizá porque él era sabio y bueno, naturalmente. Esas dos últimas cualidades que, junto a la de santo, las abuelas solían pedir para sus nietos en la ceremonia del bautizo.

 El día de su muerte, espontáneamente, pensé en dedicarle un soneto clásico, compuesto únicamente por adjetivos, cosa que, a lo largo de mi vida, sólo he hecho con otros tres amigos artistas. Como una lesión me impedía despedirme de él personalmente, pensé que el soneto tenía que tener algo más. Debía ser acróstico. A él le hubiera gustado el anacronismo del soneto y la obsolescencia del acróstico pero, aunque las catorce letras de Manuel Marteles venían pintiparadas para la estrofa, decidí  añadirle un verso más: convertirlo en soneto con estrambote. Así quedaba más raro y el título aún fungía con mayor propiedad: “A Manuel Marteles”.

 

                                            Audaz,  heterodoxo, original,                            

                                            Maestro, ingenuo, inconformista,                     

                                            Auténtico, rebelde, gran artista,                        

                                            Natural, gozador y sustancial.                                 

 

                                            Universal, dominguero, vital,

                                            Escéptico, feliz, animalista,

                                            Luminoso, irónico, humorista,

                                            Moderno, independiente y genial.

 

                                           Aprendiz, caballista, transgresor,

                                           Riente, hirsuto, inimitable,

                                           Tranquilo, iconoclasta y escritor.

 

                                           Epicúreo, humano, amigable,

                                           Libre, tierno, raro,  demoledor,

                                           Español, comprensivo y entrañable.

 

                                           Se trata de un jocundo y gran pintor.

(Publicado en el nº 48 ( Septiembre 2019) de la revista de la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte (AACA).

 

 

 

 

(Publicado en Aragón Digital, 18-20 septiembre 2019)

Hace unas cuantas semanas, Mariano García entrevistó a una artista zaragozana que preparaba una exposición en el Instituto Cervantes sobre la muerte de las palabras. Incluso creo recordar que hasta salió en el Telediario. Contaba Marta PCampos, que así se hace llamar, cómo había cotejado la edición del Diccionario de 1914 con la de una centuria después y, de ahí, había extraído una colección de vocablos con la que montar la exposición que, hasta el 26 de septiembre, puede visitarse en el susodicho Instituto.

Una de las palabras que mencionaba en la entrevista era la tan aragonesa “aborrecido”, tan propia de las madres de antaño: “¡Me tenéis aborrecida!”. También se decía de la hembra animal que no alimentaba a algunas crías: “Las había aborrecido” y hasta hay una jota que comienza “Qué aborrecida te ves…” De todos modos, afortunadamente, no es palabra desaparecida pero, por desdicha, hay muchas en el ámbito aragonés que difícilmente volverán.

Mi padre, siempre que se encontraba una persona campanuda y dándose importancia, decía que le entraban ganas de darse una pingoreta –él decía “pinoreta”- pero no se la he escuchado más que a él. Mi querido Joaquín Carbonell, de crío, jugaba al recacholino. Es decir, al aro, que, por cierto, cuando yo era pequeño, ya estaba totalmente fuera de uso. Jamás había escuchado esa palabra, que tampoco aparece en el Diccionario Aragonés de Rafael Andolz.

Hay adjetivos que se mantienen y todos conocemos personas brozas o zaforas, facción a la que se adscribe el firmante. Si usamos sólo la letra inicial del alfabeto, aún perdura el escoscado, el “arguellao” o el alparcero pero ¿dónde están el ababol, el apatusco, el azanorio o el abón, todos ellos portadores de significados poco amables? La igualación del lenguaje, fruto de la enseñanza y la televisión, ha desterrado estos usos particulares pero también lo ha hecho la estupidez de la corrección política. Es curioso que el “azanorio”, con el significado de persona simple o atontada, esté vigente todavía en la Argentina con el mismo sentido pero convertido en “zanahoria”. Recordarán los lectores que se usaba comúnmente en las tiras de Mafalda.

El citado abón, que es una persona callada y de poco trato social, puede confundirse con el habón, que es la roncha o abultamiento que produce una picadura. Y, hablando de picaduras, ¿cuántos aragoneses nombran a los animales como se hacía en mi niñez: el renacuajo era un cabezudo; la urraca, picaraza; la comadreja, paniquesa; el tejón, tafugo; el jilguero, cardelina; el escorpión, arraclán; la garduña, fuina; el lagarto, ardacho; la lagartija, sargantana; la avispa, ziza; el piojo, alicáncano… Pese a ser un niño más urbano que rural, todas esas palabras las podía escuchar en mi entorno. Y tampoco soy tan viejo… Además, cuando lo sea, pienso estar muy pito.

Valladolid-Abuelo a finales de los 70

  Joaquín Coll Clavero, Manjares del Somontano, Huesca, La Val de Onsera, 2002.

El pasado día 10 Joaquín Coll abandonó los placeres y amarguras de este mundo con la discreción que le era connatural. Poeta, dinamizador de la Fundación Ramón y Katia Acín, como consorte de una de las nietas del artista oscense fusilado en 1936, quizá, su mejor legado es un libro sobre la gastronomía de su tierra, publicado por José María Pisa que ha fascinado a todos a quienes lo he recomendado. En su homenaje, reproduzco aquí la breve reseña sobre el mismo que  publiqué sin firma en el nº 72 de la revista Trébede.   

LA HONRADA COCINA POPULAR DE MANJARES DEL SOMONTANO

Es este un libro francamente bien hecho en el que se advierte que el autor no se ha limitado a cumplir un encargo sino que se ha regodeado en un tema que ama, informándose exhaustivamente, demorándose en sus contornos y no dejando que se le escapara nada que fuese verdaderamente significativo en torno a las maneras de producir alimentos, prepararlos, condimentarlos y, claro está, degustarlos de una comarca hoy famosa por su vino pero con una tradición culinaria poco conocida y divulgada que se encuentra entre lo más denso, auténtico y honrado de la cocina popular española.

  Lejano a las corrientes que convierten a todo lo que concierne a la gastronomía en un producto de marketing o en una moda para gentes que buscan en el conocimiento de las curiosidades culinarias una seña de identidad que les otorgue el marbete de expertos, Joaquín Coll ha organizado su libro de forma tan sensata como inteligente, con apartados que se refieren a los diversos y muy numerosos productos de la zona pero sin desdeñar la cata antropológica, el dato histórico, la observación psicológica o la recurrencia a la observación personal que no excluye el arrobo ante alguna de las especialidades que se comentan. Es esta una de las pocas obras en las que resulta verdaderamente ilustrativo revisar su índice, que nos da cuenta del rigor  y la exhaustividad con que se ha afrontado el trabajo.

  En su preámbulo Joaquín Coll da cuenta de las circunstancias que propiciaron su investigación y de su voluntad de “rescatar lo que sea posible de la cocina popular del Somontano; una de las grandes cocinas pirenaico-mediterráneas que tras la muerte de los viejos oficios, se debate entre la vida y la muerte; y más concretamente, entre la publicidad al servicio de la amnesia colectiva, y la de por sí atormentada y lánguida memoria de los pueblos menguantes”. Para ello contó con la colaboración de cerca de un centenar de cocineras tradicionales que le sirvieron su sabiduría pero, sobre todo, con una metodología admirable que, lejana a los esquematismos,  nos proporciona un panorama que nos acerca tanto a los contenidos estrictamente gastronómicos como a la  antropología cultural.

  Además, y quizá débito a la condición de poeta del autor, el libro está excelentemente escrito. En su estilo se conjuga el poso cultural con un elegante lenguaje de dicción y rictus propios aunque sin dejarse llevar por excesivos subjetivismos. Tal vez por todo ello, la obra quedó finalista del último premio Sent Soví convocado por la Fundación Freixenet. Una bella cubierta de Isidro Ferrer orna el volumen con el que La Val de Onsera, inicia su colección “Cocinas del alma” y confirma su primacía en el mosaico de las editoriales gastronómicas españolas.

LOS QUE NO PAGAN

Publicado: junio 18, 2019 en Sin clasificar

Javier Barreiro

(Publicado en Aragón Digital, 19-20 de enero de 2016)

Proselitismo

Una de las razones de la lenidad de este país es la tolerancia  con los desahogados que deciden que es más rentable no pagar lo que se debe que hacerlo. Un elevado contingente de ciudadanos vive de eso. Y vive toda su vida.

Una buena parte de la sociedad los admira y otra los disculpa: son listos, burlan al poder, a los usureros, a los bancos, saben buscársela… En Iberoamérica el fenómeno se incrementa. Si quienes mandan roban, cómo no va defenderse de ello el ciudadano esquilmado, imitando esa conducta. Recordemos al ingeniero interpretado por Darín, convertido en héroe popular en el film Relatos salvajes.  En un mundo corrupto, “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón…”, piensan; o aducen pretextos parecidos. Además, por allí se considera normal la mangancia de quienes ostentan cargos públicos, siempre que…

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ARCO, ELLOS Y YO

Publicado: marzo 8, 2019 en Sin clasificar
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ARCO, la feria de naderías y vanidades, que –nada menos que en nombre del Arte- nació en el Madrid de la movida en 1982, me pareció desde el principio, uno de los elementos más insensatos y ejemplificadores del esnobismo contemporáneo. Antes de que se inventara el  neologismo “pijoprogre”, trenes repletos de ellos viajaban desde las provincias a Madrid durante los fines de semana en que se celebraba el “evento”, cuando aún no se había creado ese horrible anglicismo y la palabra servía para designar los hechos aleatorios.  

Los medios de comunicación capitalinos, estimulados por la lluvia de oro de la publicidad institucional, convertían ese combate entre la pedantería y la banalidad, con el dinero como árbitro, en un acontecimiento digno de figurar en los Anales, pese a que los proclamados artistas pugnaban por conseguir algo parecido a la originalidad, imitando fórmulas cansinas y agotadas desde hace muchas décadas pero que alguien quería presentar como nuevas y, cierto es que cuando la estupidez resulta tan notable, siempre nos sorprende. 

Esta edición –nada menos que 38 años haciendo el oso- el protagonismo se lo ha llevado un ninot del rey Felipe, que habrá de quemar su comprador. De nuevo, confundiendo la originalidad con el comercio, la transgresión, con la parida. Es irrelevante ser monárquico o antimonárquico en cuanto a la valoración de la obra. La transgresión existe cuando el autor incurre en el peligro de que su obra le acarree represalias, cosa imposible en la España de hoy y que, como se ha dicho tantas veces, su factor no acometería en Corea del Norte, Arabia, Marruecos, Sudán, Cuba o Brunei. La única posibilidad decente es que el “ninot” jugara con la doble significación, es decir que pudiera entenderse tanto como una crítica a la monarquía como a quienes hacen del deporte de quemar efigies del soberano una fiesta nacional. Pero el autor –un profesional en el oficio de “jeta progre”- ha dejado claro en otras ocasiones que militaba en el bando de quienes se dicen transgresores.

Evidentemente hay gente que expone, trabaja o promociona ARCO, que no piensa como yo. Y otros que siguen visitándolo inasequibles al desaliento. Bien pensado, ellos son los verdaderos transgresores que, con ánimo surrealista, perpetran gozosos un acto inútil.

(Publicado en Aragón Digital, 7-9 de marzo de 2019)

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/05/19/censura-y-transgresion/

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Un viejo cantable de La Mascotta enuncia:

“En la batalla estar detrás

mientras pelean los demás;

en la victoria estar al frente…

¡es conveniente!”

Bien lo saben los políticos, en el día de hoy gente habitualmente mediocre, pero amiga de acercarse al sol que más calienta. Y, hablando de políticos, Rajoy bien podría ser lector de Kipling, que dejó escrito algo así como que la mitad de las dificultades se resuelven solas y la otra mitad no tiene solución. Ante la última que enfrentó y no pudo superar, siguió el dictamen de una buena amiga mía: “¡Qué triste es todo, menos beber!”. Mejor le hubiera ido, si hubiese seguido otro buen consejo: “Sin fuerza no puede sustentarse ningún ideal ni siquiera la libertad”. Una cosa es el abuso y otra el usar la fuerza contra los que se saltan las leyes pero el cauto gallego tuvo “más miedo que las monjas”, como escribió el Arcipreste.

Los consejos que más aprecio son los que recomiendan la risa. Reírse en general, reírse de los demás y de ti mismo, por supuesto. Reírse de uno mismo es recomendable, incluso si te mortifican el codo, el oído o las almorranas, cosa de mucho doler, por lo visto. Nietzsche consideraba la risa como propia de un tipo superior de humanidad y en la revista Selecciones del Reader’s Digest, que en mi niñez aparecía por todos los sitios, había una sección cuyo título ya me atraía: “La risa, remedio infalible”.

Aunque algunos periodistas piensan que no es elegante inmiscuir lo personal en sus artículos, al menos desde Larra, otros creemos lo contrario. Digo esto porque admiro a los vagos pero, lamentablemente, no lo soy*. Lo que no quiere decir que ponga el trabajo por delante de los placeres sino que procuro buscar trabajos que constituyan un placer.

Así que finalizaré con el buen consejo que un padre de familia impartió a sus hijos antes de morir, recomendándoles que huyeran a toda costa del trabajo entre comidas.

*https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/29/quejicas-pero-vagos/

(Publicado en Aragón Digital, 30 noviembre-1 diciembre de 2018)

(Publicado en Aragón Digital, 28 de diciembre de 2017)

En una escena de “Los olvidados”, la panda de adolescentes suburbiales que protagoniza dicho film de Luis Buñuel arrebata a un hombre sin piernas la caja con ruedas en la que se desplaza, ayudado por dos piedras que apoya en el suelo impulsándose con las manos. Así, el elemental vehículo consigue avanzar a duras penas aunque difícilmente lo haría cuesta arriba. Tras la atroz gamberrada, el impedido queda varado y maldiciendo en medio de la calle.

Son acciones, como la de robar a un ciego o  despojar de sus muletas a un cojo, que a la mayoría de los humanos nos resultan repugnantes. Sin embargo, los santos Cosme y Damián, médicos romanos y patrones de la profesión, perpetraron el milagro de trasplantar la pierna de un negro a un legionario que la tenía gangrenada a resultas de las heridas en combate. Hoy día se suele contar que el etíope había muerto pero, en imágenes y retablos, sobran los ejemplos iconográficos  en los que vemos al blanco muy satisfecho con sus piernas bicolor y al pobre negro en el suelo retorciéndose y lamentándose de su suerte. Aparte de la corrección política, el cambio puede tener justificaciones prácticas pues, al oír contar la historia a un guía del Museo del Prado, una estudiante afroamericana la emprendió a paraguazos con el cuadro aunque sólo lograra dañar el marco. Otras representaciones son aún más espeluznantes, pues nos muestran al negro con la pierna blanca gangrenada, que los santos han tenido a bien sustituirle.

Me recuerda estas cosas el concurrido expolio de los ricos hacia los pobres, que tiene en Cataluña y Aragón una de sus más evidentes parábolas, aunque aquí ni siquiera nos hayan donado la pierna gangrenada. Se acompaña la rapiña de insultos y vejámenes porque los pobres no sabemos cuidar la pierna, la tenemos en malas condiciones y no dijimos nada cuando nos la arrebataron porque a veces somos nosotros mismos quienes nos la cortamos. Y, tal como algunos utilizan el adjetivo “negro” en sentido vejatorio, me cuentan que, con la misma intención, los leridanos utilizaron el adjetivo “aragonés” para infamar, vilipendiar y zaherir a periodistas y técnicos que fueron a recoger algunas de las piezas almacenadas en su museo.

En otros textos he explicado cómo, hace nada, “aragonés” implicaba en toda España exactamente lo contrario: nobleza, dignidad, fiabilidad, valentía… Y muchas jotas lo recogen tan orgullosa como ingenuamente. Pero no me hagan caso a mí: lean a Mari Sancho Menjón que, en soledad y con tanto rigor como conocimiento de causa, lleva años documentando, sacando la luz y exponiendo las vicisitudes de este expolio. El negro utilizado por Cosme y Damián para su experimento, que, por cierto, terminaron decapitados por Diocleciano, hubiera necesitado un abogado como la docta y combativa investigadora taustana. 

 

 

 

 

En un artículo acerca de esta cuestión, publicado  en el diario bilbaíno El Correo, se atribuía al escritor Tomás Borrás la invención del apellido más largo. Se escribía allí:

La longitud y complejidad de algunos apellidos vascos es un eterno cliché, explotado a menudo con intenciones humorísticas: desde aquel Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea, que se inventó el escritor madrileño Tomás Borrás en la prensa de los años 30…

Borrás, Tomás

Como no hace mucho edité los Cuentos gnómicos de este gran narrador, empresa en la que me acompañaron los borras-caballero-ideas-a-peseta001excelentes prosistas y mejores amigos, Pardeza  y Petón, puedo corregir amigablemente al colega vasco Carlos Benito, que firma este trabajo titulado “¿Quién tiene el apellido vasco más largo?”. Efectivamente en un cuento de humor publicado por Tomás Borrás en el diario ABC correspondiente al 18 de octubre de 1931 con el título “Caballero, ideas a peseta”, aparece un personaje que explica jocosamente el porqué de la longitud de los apellidos vascos y afirma poseer el apellido citado:

Lea mi tarjeta: Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea. ¿Sabe lo que quiere decir? “Te aguardé hasta las cinco y me tuve que ir a la fonda porque tenía que escribir unas cartas”.

eustaquio_pellicer_y_charles_schutzEvidentemente, la traducción es falsa y lo que se narra, pura ficción, como corresponde a un cuento, pero el apellido es real aunque quizá hace tiempo que haya desaparecido del país vasco. Sin embargo, en Caras y Caretas, popularísimo semanario “festivo, literario, artístico y de actualidades”  bonaerense, que apareció entre 1898 y 1939 y que había fundado (1890) en Montevideo el emigrado burgalés Eustaquio Pellicer, a finales de los años veinte, se publicaba un anuncio recuadrado que rezaba así:

               caras-y-caretas-anuncio003

                                                    

                                                         

Existía, pues, este apellido con 39 letras y 33 fonemas, muchas más que el más largo que encontramos, si buscamos en Google, donde el mayor,  Pagatzaurtunduagoienengoa, no supera las 25 letras. Y, de los que todavía están vivos, es decir, que existe alguna persona que en España los ostente, es Arietaleanizbeazcoechea, con 23 letras. Es verdad, que en la Enciclopedia de los nombres propios de Josep María Albaigès (1996) se cuenta que un funcionario del Ministerio de Finanzas en el Madrid de 1867 se apellidaba Burionagonatotorecagageazcoechea, que, con 32 letras, aún queda lejos de nuestro comerciante de calzados vasco-argentino.

Es más, ni siquiera lo supera el más largo del mundo, que corresponde a una ciudadana hawaiana de nombre Janice, keihanaikukauakahihuliheekahaunaelepues sólo alcanza 35: Keihanaikukauakahihuliheekahaunaele. El Guinnes que manejo (edición de 1996) no dice nada respecto a apellidos largos.

Por tanto, mientras nadie diga lo contrario, el apellido más largo del mundo es el citado Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea*, que, según traducción que me brinda mi prima Arantxa Oyárbide, significa “Fuente nueva roja de la casa del nuevo molino de arriba”.

Se comprende que el propietario de aquel céntrico Gran Bazar bonaerense estuviese tan orgulloso de su extenso patronímico y, junto a su breve nombre, lo ostentase en sus anuncios.

(Publicado en Aragón Digital, 8 de febrero de 2017: http://www.aragondigital.es/noticia.asp?notid=152915&secid=21#comentarios).

*En una de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma aparece un personaje llamado Doña Angustias Ambulodegui de Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea. Un oscuro escritor uruguayo, Jesús Aldo Sosa Prieto, que firmaba Jesualdo, también cita un alumno con dicho apellido en el capítulo VI de Fuera de la escuela (Dato comunicado por el amigo e investigador marplatense Tuqui Rodríguez).