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(Publicado en Aragón Digital, 26-27 de julio de 2020)

Hace poco más de un año visité Albania, el país más pobre de Europa, a excepción de Moldavia. Sin embargo, aunque allí se viva modestamente, no se percibe nada parecido a la miseria. Faltan carreteras y otras infraestructuras, no hay Fuerza Aérea ni Marina  –dicen que, pese al buen pescado, el albanés tiene miedo al mar, desde donde vinieron todas sus desdichas-, pero la comida, una mezcla de cocina balcánica, turca e italiana, es excelente.

Pronto despuntará el turismo en el litoral adriático, con algún parecido al de la Costa Brava. Ya se percibe la velocidad de la transformación de esos lugares apacibles que en muy pocos años se convertirán en algo parecido a la Manga del Mar Menor o Marina d’Or. Hay ciudades medievales muy bellas, como Elbasan, Berat o Gjirokastër, que está siendo restaurada por la UNESCO, ruinas grecorromanas y maravillosas iglesias bizantinas. La parte septentrional es montañosa, más pobre, y tardará algo más en abrirse al turismo. Todo el país está salpicado de búnkeres, construidos por el tirano Enver Hoxha, cuando rompió con China y quedó, junto  a Corea del Norte, en el binomio de países con sistema estalinista. Temía una invasión de quien creía sus enemigos, es decir, el resto del mundo.

En Tirana puede visitarse la llamada Casa de las Hojas, sede de la seguridad del Régimen Comunista, que conserva documentos, aparatos y toda clase de testimonios de la represión policial, de la tortura y de la obsesiva vigilancia social ejercida durante dicho régimen: Un 75% de la población estuvo controlada personal y directamente por el otro 25%. Un 50% de los domicilios tenían micrófonos ocultos que, si eran descubiertos por sus moradores, no podían tocarse bajo pena de detención. En la década de los ochenta no había otros coches que los de la nomenklatura. Hoy, ya se conocen los atascos. Hubiera resultado ilustrativo comprobar en directo cómo esta gente, aparentemente tan normal como la de cualquier otro sitio, vivió aquellos años donde se prohibió la religión y la vagancia, hasta para los animales. Nadie podía vender nada que no fuera a costa del Estado. No había perros, gatos, iglesias, aviones, coches ni ferrocarriles que contactaran con el exterior.

Acaba de aparecer un libro de Margo Rejmer, Barro más dulce que la miel. Voces de la Albania comunista, que ilustra con testimonios estremecedores las vidas cuajadas de miedo, impotencia y sufrimiento de los albaneses. Por su parte, Hoxha publicó unas memorias en siete mil páginas enaltecedoras de sí mismo. A su muerte en 1985, el régimen se fue agrietando hasta que, en 1991, cayó definitivamente. Nexhmije, la esposa del tirano, fue detenida y en 1993 condenada a nueve años de prisión aunque, muestra de la diferencia de unos sistemas frente a otros, en 1995 fue excarcelada. Con 99 años, murió el 26 de febrero pasado.

Pese a esta historia de horror, a finales de los setenta y primeros de los ochenta del pasado siglo, funcionó en España una  Asociación de Amistad España-Albania vinculada al Partido Comunista de España m-l (marxista-leninista), que defendía y se solidarizaba con la práctica del comunismo de Hoxha, frente a otras formas del mismo que, para ellos, se habían ablandado. Por cierto, de dicha asociación formaban parte un par de amigos míos, que no parecían psicópatas, sino gente normal: inteligentes, solidarios, hasta medianamente divertidos. Pero su disentería mental –por más que usual en la época- les llevaba a esta aberración del empecinamiento que no tenía otro fundamento que alinearse con un régimen comunista representante de las más puras esencias estalinistas, que los otros estados del “telón” iban abandonando. Supongo que les parecería ejemplar esa rigidez ideológica aunque en su vida fueran tan tibios como cualquiera.

Querría creer que las formas de extremismos puritanos que hace un tiempo aparecen por doquier, vinculados a ideologías que tienen más que ver con los fanatismos religiosos que con la libertad, dentro de unos años serán vistas con parecida incomprensión a la que otorgamos ahora a aquellos solidarios con la tiranía.

Querría creer pero veo mucho miedo en practicar esa resistencia a la estupidez.

 

Músicos ambulantes

Bartolozzi-Taberna 1949

(Publicado en la Revista Crisis nº 17, junio 2020, pp. 66-68).

En 1980 la taberna estaba dando sus boqueadas pero en algunas poblaciones españolas se mantenían algunas resistentes que no durarían otra década. Buen amigo de ellas, aproveché mi estancia en mi tan querida ciudad de Calatayud para conocerlas a fondo, al menos, aquellas que merecían más la pena. Aunque por entonces andaba retirado de la escritura, hice una excepción publicando este texto, que, como era de esperar, no gustó a alguno de los mentados. Como todos pasaban de la cincuentena, el tiempo suaviza las aristas y el tono es humorístico, seguramente, nadie se molestará a estas alturas y alguno agradecerá estas informaciones sobre guariches y ambientes desaparecidos.

Taberna es palabra de mala fama, quizá porque quienes han puesto mala fama a las palabras han sido gentes amantes de etiquetas, catálogos e hipocresías seculares. El diccionario –más imparcial- nos la define simplemente como “tienda o casa pública donde se vende al por menor, vino y otras bebidas espirituosas”. Si además acudimos a la etimología, vemos que el vocablo ha dado origen a palabras tan elegantes y prestigiosas como tabernáculo o contubernio, con lo que mejor será quedarnos en un término medio y desproveer al vocablo tanto de sus connotaciones positivas –que para más de cinco las tiene- como de las peyorativas.

Texto publicado en la revista Jalón, mayo de 1980.

Hoy, el significado que da el diccionario de “taberna” anda un tanto restringido. Designa, sí, uno de los lugares donde se despachan bebidas al público pero, además, asociamos taberna, y también tasca, con un local de cierta antigüedad y con un nivel económico y social tirando a bajo por parte de dueños y parroquianos y una determinada manera de entender la convivencia muy distinta de la del bar, cafetería, pub, whiskería o discoteca.

Este es el criterio que hemos seguido a la hora de visitar las tabernas de Calatayud, a lo que nos ha movido tanto la afición como el deseo de dejar constancia de unos recintos que pronto serán sólo recuerdo. Efectivamente, muchas son las que por emigración, jubilación, muerte de sus dueños o escasa rentabilidad han desaparecido o están a punto de desaparecer, eso sin contar con la rápida modificación de las formas de vida. Haremos, pues, crónica de estos últimos reductos donde se ubican los santuarios donde se bebe mejor y más barato, se intima más fácilmente y donde, si te da por arrancarte con unas jotas, no sólo no te silencian o te miran como si fueses loco sino que el personal anima y jalea al audaz coplero.

A la puerta de la taberna

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Si usted viene de Soria, junto a la Puerta de Zaragoza se tropezará, y podrá así reponer energías, con la Tasca del Piojo, de rancia solera, donde, si antes no le aborrece la poca sustancia del dueño, disfrutará de un estimable vino, un jacarandoso revuelto, una llameante cazalla o –si se priva por los sólidos- dará buena cuenta de sus acezantes pepinillos en vinagre.

Penetrando por la susodicha puerta y casi en línea recta, llegamos a la Plaza del Mercado. A su lado, en el número 1 de la calle Gotor, aparece el Bar Valladolid. No deje de introducirse. Encontrará allí la fauna tabernaria más sugestiva: Paco el barrendero, Tomé el vendimiador, La Piojo-loco, de concurrida vida marginal, loteros, serenos, timbistas, pastores… y al dueño, Luis, también de borrascosa historia: ex-luchador, ex-boxeador, capo del barrio chino barcelonés en otros tiempos, pintor, experto en ovnis, repartidor en sus horas libres y, sobre todo, poseedor de una humanidad desbordante, lo mismo que su mujer, María, que, como buena almeriense, le da a la rumba y al tango flamencos en sus vertientes de canto y baile. La tasca fue fonda en otra época y, lamentablemente, ahora Luis ha decidido modernizarla. De lo que resultará no juzgamos, de lo que ha sido, sí, y muy favorablemente. El único problema proviene de la cercana ubicación de la guardia municipal que, de vez y cuando y si los siervos de Baco se exceden en su euforia o potencial fónico, obsequia con su nocturnal visita.

Si pasamos a la Rúa –que los bilbilitanos siempre nombraron Ruga-, en el número 76 encontramos una puerta verde sin rotulación que da acceso a un cubículo de 5×3 metros en el que se arremolinan los dueños, su hijo, el frigorífico, las cajas de bebida, los bancos, el mostrador, el servicio y los que allí gustan de entrar. Desde las seis y media de la mañana puede paladear sus productos y especialidades. Los clientes son, tradicionalmente, de la cáscara amarga, rojos o progresistas, que se dice ahora, lo que, desde luego, desmiente su aspecto. El ambiente –no hay mesas, no caben- suele ser grato y de francachela declarada.

No así en el Siboney, en la misma Ruga y un poco más abajo, donde la simpatía brilla por su ausencia. Lo más interesante hemos de buscarlo en la decoración e historia del recinto. Todavía se mantiene el aspecto mudéjar que tenía este antiguo café-cantante en el que las piculinas enervaban a las recias gentes del Jalón y del Jiloca. ¿Por qué no reavivarlo? Quizá así se desmustien un poco camareros y frecuentadores.

Si los copazos se lo permiten, puede dirigirse a la calle de San Antón en el antiguo Postigo de Tenerías, perpendicular a la Ruga y que contiene el mayor número de tabernas abiertas de la ciudad. Son supervivientes del antiguo barrio “maldito”, decadente desde 1956, año en que se suprimieron las casas de hetairas, que con tanta fidelidad retratara Solana en otros lugares similares.

El Bar Fonda Martín conserva la estructura, precios y parroquianos de la típica taberna pero la televisión en color le quita algo de recogimiento. Como su título indica, ejerce también de fonda y casa de comidas de apreciable economía.

Casi enfrente tenemos el Forniés, maravilloso antro donde la edad media de sus frecuentadores no bajará de 75. Si pide un café, verá en funcionamiento el antediluviano artefacto que se toma su tiempo para obsequiarnos finalmente con un recuelo por 14 pesetas. Cualquier otra consumición no pondrá en peligro su equilibrio financiero.

Casi al lado, aparece el figón del señor Aurelio, zamorano, apodado Patas Cortas, aunque el título rece Casa Garrido. Aparte de sardinas y buen vino a 6 pesetas, podrá encontrar la típica fauna enólatra entre la que destaca Justo Perales, también ex-barrendero, que le hará saber que gana más de jubilado que cuando le daba a la escoba con lo que terminará de arrebatarle las pocas ganas que le quedaban de arrimar el hombro. También puede toparse allí con la flor y nata de la intelectualidad bilbilitana. Desde el polígrafo Pedro Montón, al director del Orfeón, Alfredo Larrea, sin hablar del humanista Ampelio Medina, los científicos José María Franco y Antonio Oliva o el multiforme Javier Barreiro.

Enfrente está La Perla, ya más hostal que taberna, aunque merece la pena acercarse para libar su buen vino e hincar el diente a sus suculentos pinchos de lomo.

Tuerza luego a la izquierda. Dará con la calle del Olvido y, si tiene suerte, franqueará el umbral de La Vasca, que vegeta bajo la égida de sus antiguos propietarios. Este local, sin rótulo, prácticamente la habitación de una casa, es como un recuerdo de los tiempos en que se servía en los domicilios particulares que decidían oficiar de tascas, costumbre que hasta hace poco ha perdurado en Andalucía. Pero ya se dijo que estamos en la calle del Olvido, tan grato para el bebedor y hacia donde se encaminan aquellos tan buenos usos. En La Vasca sólo podrá beber vino pero, también, ganarse unas indulgencias haciendo jaculatorias a cualquier santo elegido entre el enjambre de imaginería  que por allí pulula.

Perdonados así sus excesos, debe atravesar el pueblo y dirigirse a El Volante, frente a la Puerta de Terrer. Además del infaltable fruto de Baco, buenas anchoas en salmuera y, si quiere probar fortuna, participar habrá en la timba que cotidianamente tiene allí su asiento. Hay jugadas de hasta cinco mil pesetas.

Llegado a este punto se acercará, o se hará acercar si su sentido de la orientación comienza a perturbarse, a la estación de ferrocarril. En la curva con la carretera de Daroca se encuentra el Bar Casa Luis. Es fama que su dueño es insensible al dolor físico. Aunque no lo verificamos, sí puede asegurarse que es insensible a la prisa. Usted pida lo que sea –un buen bacalao con rebozo o tortilla de ajo y anchoas para acompañar al habitual lingotazo-, cuando el propietario lo decida se lo acercará diciéndole, eso sí, “Que le aproveche al señor”. El componente de cachondeo es interpretable.

Pida que le crucen la carretera y, junto a la explanada de la estación, hallará el Bar Fonda del Carmen, donde con la ayuda de cualquiera de los baratos y suculentos bocadillos que allí se expiden, cogerá fuerzas para admirar la curiosa calva del dueño (en forma de U) y arrastrarse hasta la tasca de al lado, Los Ángeles, también fonda. Es fácil encontrar allí soldados que esperan el tren y que su mili pase pronto; es fácil que el dueño le cuente que no gana un duro y el ayuntamiento le fríe a impuestos; es fácil que, si le tira de la lengua, diga pestes de las condiciones de otros establecimientos del ramo y es fácil que la tranca que usted lleva a estas alturas sea de no te menees.

No se arredre. Aprovechando la circunstancia de hallarse en la estación y si se considera incapaz de intentar el desplazamiento sin perder la vertical, alquile un taxi y hágase trasladar por la carretera de Daroca hasta las Casas Baratas. A setecientos metros de la estación, se encuentran las dos últimas estaciones, si vale la redundancia. En el Bar Casa Antonio, el vino se hará acompañar de recias guindillas. Si no ha tenido tiempo de informarse de lo que pasa en el mundo, tendrá oportunidad de consultar el Heraldo o La Hoja del lunes, siempre a disposición del cliente, y, aunque tampoco se enterará de nada, podrá al menos decir que ha hecho lo posible.

Repte hasta la tasca de al lado. Es un despacho de vinos en el que también se sirve directamente al público. Se conoce, generalmente, como Tasca del Sordo y su dueño, que no desmiente la popular denominación, se llama Félix. Agradables sorpresas aguardan allí al advenedizo. El vino, muy bueno, a cuatro pesetas. El litro, a treinta y una. Cacahuetes a granel y una parroquia dicharachera, amigable e invitadora. Félix y su mujer son también bellísimas personas que también convidan al mínimo descuido. Como, además, la tertulia que se forma suele ser salerosa, locuaz y pachanguera, es difícil salir de allí sin seis o siete vinos de propina.

Como esta taberna constituye la número 14 de la singladura, si ha hecho todo el recorrido de golpe, puede pasar ya de todo y hasta acercarse a la cercana Wisquería Los Invasores, con servicio femenino, pues su prestigio local y ciudadano ya no habrá quien lo levante. Lo que guste de hacer allí, si es que puede alentar, ya no es materia de una revista tan seria, responsable y moralizante como la nuestra, dirigida fundamentalmente a la formación de la juventud. Como diría el patrón del Bar Casa Luis, El Insensible, “¡Que le aproveche!”.

V. también en este blog: https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/11/15/alcohol-y-literatura/

(Publicado en Aragón Digital, 14-16 de febrero de 2020).

La casa natal de la cupletista Ramoncita Rovira, la creadora de “Fumando espero” y “El tango de la cocaína”, ya tiene protección municipal y “Cal Bisbe”, en la plaza mayor del pueblo, será convertida en un museo, ya que el ayuntamiento de La Fullola (Lérida), al que fue cedida, así lo ha aprobado en el marco del proyecto FEDER, Camí de Sant Jaume (Camino de Santiago).

Por seguir con la música, en Albalate de Cinca, localidad próxima a La Fullola, fue el propio Miguel Fleta quien compró su casa natal, la modernizó y al poco tiempo se deshizo de ella, con lo que el único recuerdo del tenor que allí queda es una doble placa conmemorativa. Solamente a 11 kilómetros de Albalate se encuentra Chalamera, lugar donde vio la luz Ramón José Sender, cuya casa fue derribada antes de que el novelista pudiera verla en su viaje de regreso en 1976.

Raquel Meller, la más esclarecida de las colegas en el arte de Ramoncita Rovira y la actriz española más internacional de los años veinte, tuvo en Tarazona su casa natal que también fue derribada el año de Mari Castaña. Y, menos mal que no han tirado su partida de nacimiento, porque ya hace tiempo que habría sido declarado formalmente su origen riojano o catalán, como así se ha defendido y escrito. Por cierto, que Raquel tiene estatua en Barcelona pero no en Zaragoza.

Para no alejarnos en el tiempo de las demoliciones, podríamos recordar que en Villanueva de Gállego se derribó la casa donde nació uno de los pintores más importantes del siglo XIX, Francisco Pradilla, pese a toda la energía que puso en evitarlo APUDEPA. Como la citada y benemérita asociación en defensa del patrimonio aragonés defendió, la modesta construcción estaba muy arraigada en la memoria popular de Villanueva, y reconocida como un lugar de conmemoración entre los grupos artísticos aragoneses, de lo que daban cuenta las dos lápidas que ostentaba la modesta construcción, una de ellas colocada sólo 14 años antes por el propio ayuntamiento que en 2012 concedió licencia para su derribo.

Y, si hablamos de pintores, un colega de Pradilla, nacido un siglo antes y con su mismo nombre, llevó el apellido Goya. Su casa natal tuvo que descubrirla o inventarla otro pintor y viajero llamado Zuloaga, más de una centuria después de su nacimiento.

Alguna vez he contado cómo a finales de los años setenta desembarqué en Codo, lugar muy cercano a Belchite, para comprar una garrafa de su excelente vino y pregunté por Benjamín Jarnés. El habitante del agro aragonés solía mostrarse curioso con el forastero, con lo que en seguida se formó un nutrido grupo que incluía al alguacil, preguntándose y, sobre todo preguntando al viajero, quién podía ser ese señor. Al final fue una vieja quien aclaró el entuerto: según recordó, debía de ser el hermano de “aquel tontico que tocaba tan bien las campanas”. Y hasta tenía mérito la memoriosa señora, pues los Jarnés eran 22 hermanos y algunos no tenían ni pizca de tontos.

Si vamos a los compositores aragoneses del pasado siglo, no pregunte usted por la casa natal del maestro Monreal en Ricla ni por la del maestro Montorio en Huesca, tampoco por la del maestro Marquina en Calatayud o por la del maestro Cayo Vela en Brea. Si le muestran algo, será lo que han edificado encima de lo que demolieron.

Por eso, no es extraño que en muchas de estas localidades pregunte a sus moradores y no sepan decirle casi nada acerca de sus hijos más ilustres, cuando su figura, trascendencia y relevancia deberían enseñarse desde la escuela primaria.

Otro día nos referiremos a las honrosas excepciones.

Maestro Monreal

 

Maestro Marquina

Maestro Marquina

Maestro Montorio

Maestro Montorio

 

 

 

 

Cuando Mayayo llegó de sus altas Cinco Villas con su surrealismo natural y virtuoso, al punto me pareció un tipo que combinaba la insensatez consustancial en el artista con una sensatez rural y sobreargumentada. Poco ha cambiado mi impresión con el tiempo aunque ahora sobreargumente menos. Poco ha cambiado también la exquisitez, solidez y competencia en su trabajo, más propia de un artesano antiguo que de un artista moderno.

A Mayayo, afortunadamente, no hay que explicarlo. Presenta su mirada, plana y certera, y todo fluye en el receptor, que se revela cómplice en el gusto, en la forma y en el estilo del maestro. Es lo bueno y lo malo que tiene la cosa: esto hace que Mayayo le guste a todo el mundo, lo que lo convierte, a la vez, en admirado y sospechoso.

Pero yo creo que nada de esto lo desequilibra. Probablemente, se trata de un superviviente de la sociedad agraria, lo que le permite comprender la fascinación de mucha gente por las novedades que nos agreden continuamente. Decía un famoso periodista que, cuando era niño, las únicas máquinas que conocía eran los cepos para cazar fuinas, las norias para sacar agua de los pozos, que no estaban movidas por las ninfas, como pretendía Homero, sino por burros. Y eso le permitía comprender la fascinación de los demás por las máquinas que proporcionan tabaco, refrescos y hasta condones. De la misma manera, Ignacio vive tranquilo en este universo digital, cibernético, o como se diga, pero, a la hora de maquetar, él prefiere dibujarlo.

Esa sensación de equilibrio que emana tanto del personaje como de sus dibujos me recuerda muchas veces a Baltasar Gracián. No sé si alguna vez se lo habré dicho. Es posible que tanto el literato como el pintor llevaran dentro un volcán pero nadie puede dudar de la exactitud de sus percepciones. Traeré a cuento unos cuantos apotegmas del genio de Belmonte de Calatayud para demostrar cómo se adecuan al artista de Layana.

“Hartazgos de aplauso común no satisfacen a los discretos”. Viene a cuento por lo de gustar a todo el mundo. Así, decíamos antes lo de “admirado y sospechoso”. Por supuesto, Mayayo no se fía y, recordando otra máxima gracianesca: “Nunca embarazarse con necios”, sabe que, del incompetente, es preferible el rebuzno que la aprobación y que más vale el aplauso de un ilustrado: “Los sabios hablan con el entendimiento, y así su alabanza causa una inmortal satisfacción” (Gracián de nuevo), que la ovación de todos los seguidores de Jorge Javier o Pedrerol. Y eso, por supuesto, es aplicable a la vida diaria. “Tratar con quien se puede aprender” proclama la máxima número 11 del Oráculo manual y arte de prudencia. Y no hay más que decir.

Pero es que el conspicuo jesuita también nos sirve para glosar la práctica del oficio por parte de nuestro protagonista: “Lo fácil ha de emprenderse como dificultoso y lo dificultoso como fácil”. No hay mejor receta para el artista, al que su virtuosismo hace a menudo demasiado confianzudo. Y, además, completarlo con la sentencia número 231: “Nunca permitir a medio hacer las cosas”.

Nunca sabremos los profanos lo que está a medio hacer y lo que está terminado pero el artista sí debe saberlo. Como debe conocer que no todos los que miran han abierto los ojos ni todos los que miran ven. El ojo atónito puede serlo por estremecimiento, por falta de tono o por ignorancia.

Mayayo presenta ahora ante nuestra mirada sobre todo una serie de paisajes campestres, con inclusión de algunos urbanos y de otros, que participan de ambos adjetivos, a los que podríamos llamar interurbanos. Media docena de escenas domésticas que, como los estupendos retratos, rebosan aire velazqueño. Cuatro escenas de interiores que resultan ser tanto un homenaje a los maestros, como ensayos de habilidad técnica. Y, para recorrer casi todo el espectro de la tradición pictórica, dos bodegones “botánicos” y un desnudo. Siempre, la sensación de exacta frialdad de sus paisajes frente a la calidez de la presencia humana.

Y permítaseme, para terminar, un postrer consejo gracianesco: “Mirar por dentro”. El viejo asunto de la realidad por detrás de la apariencia. Así como los artistas no gustan de mostrar sus obras en embrión, la observación superficial es proclive a la mentira y el desengaño. La verdad no llega sino con el Estudio, el Trabajo, la Humildad y el Tiempo. Mayayo parece saberlo, se amista con la Naturaleza, que no es otra cosa más que Tiempo y vive retirado en su interior, hamacado por la estima de sabios y discretos.

 

 

Recórtalo en pequeñas estrellas,

y la faz del cielo será por él tan embellecida

que el mundo se enamorará de la noche.

(Shakespeare, Romeo y Julieta, III.ii. 22-24)

 

Afinidad vital, generacional, transgresora, empática simpatía y gusto por la boutade fueron algunas de las tantas coincidencias que en mi primera y larguísima juventud me acercaron al Grupo Forma y, en especial, a Manolo Marteles porque, además, la mutua atracción por el humor y el expresionismo tremendista propició que le pidiera ilustrar mi libro de cuentos, El desastre de nuestra fiestas, y, en diversas ocasiones, un puñado de cosas más, lo que hizo con la pródiga generosidad que le era consustancial.

 Manolo, por otra parte, era él mismo una ilustración. La ilustración del más cierto de los apotegmas, que es también el principio de la sabiduría hermética: Los extremos se tocan. Tierno y bruto, independiente y amigable, anarquista y comunista, familiar y sexista, ingenioso e ingenuo, clásico y moderno, valiente pero casero… Y así podríamos seguir hasta aburrir al párrafo.

Pero esto va para una revista de arte y sería culpable no tocar aquí lo que fue la pasión de su vida –tuvo muchas otras porque era escéptico y apasionado- y la actividad para la que estaba especialmente dotado. Contemplar una obra de Marteles es alegría y, luego, estupefacción; es risa loca y, después, mueca reflexiva, es percibir la fantasmagoría de la realidad y es sucumbir ante la magia del color que no le cabe en el alma y se expande al entorno. Es, sobre todo, una puesta en solfa de lo que llamamos realidad, del objetivismo, de la apariencia… Nada se salva del amor, del ridículo ni tampoco la mirada del contemplador. El cuestionamiento llega a la entraña del trabajo del artista: ¿qué es más naif, decorar una entrada triunfal con un monumental coño abierto, como Marteles y el Vaso Solanas hicieron en su exposición para el paraninfo de la Universidad de Zaragoza, o censurarlo, que es lo que determinó el gobierno socialista de Aragón? Es difícil tomar una postura porque el caso suscita una enrevesada y endemoniada reflexión sin fin.

Sin embargo, su desbordante imaginación precisó de horizontes más amplios que los de la pintura para manifestarse y lo hizo escribiendo con la misma convicción y originalidad con la que se entregaba a los pinceles. Supongo que alguien tendrá el buen ojo y el buen gusto de editar su diversa y desperdigada obra que, casi siempre, él mismo se encargaba de editar artesanal y ricamente ilustrada. Siempre los títulos son fundamentales en el planteamiento de su escritura: Retratos de raza y gentes para una epopeya; Un retablo para Jesús Mingarro por Manuel Marteles, pintor dominguero; Adán Mingarro, patrimonio de la humanidad; Confesiones de un presbítero… En ellos, el mismo humor descabalado de sus dibujos, idéntica visión patética, burlesca y entrañable de ese animal que, por vestirse, se llama a sí  mismo hombre y, por eso mismo, enseña frecuentemente sus vergüenzas. 

  Manolo desarrolló  el amor a los caballos porque era un caballo revolcándose en plena naturaleza. Solemos proclamar que la naturaleza es sabia y la naturaleza le atraía más que cualquier otra cosa en el mundo, quizá porque él era sabio y bueno, naturalmente. Esas dos últimas cualidades que, junto a la de santo, las abuelas solían pedir para sus nietos en la ceremonia del bautizo.

 El día de su muerte, espontáneamente, pensé en dedicarle un soneto clásico, compuesto únicamente por adjetivos, cosa que, a lo largo de mi vida, sólo he hecho con otros tres amigos artistas. Como una lesión me impedía despedirme de él personalmente, pensé que el soneto tenía que tener algo más. Debía ser acróstico. A él le hubiera gustado el anacronismo del soneto y la obsolescencia del acróstico pero, aunque las catorce letras de Manuel Marteles venían pintiparadas para la estrofa, decidí  añadirle un verso más: convertirlo en soneto con estrambote. Así quedaba más raro y el título aún fungía con mayor propiedad: “A Manuel Marteles”.

 

                                            Audaz,  heterodoxo, original,                            

                                            Maestro, ingenuo, inconformista,                     

                                            Auténtico, rebelde, gran artista,                        

                                            Natural, gozador y sustancial.                                 

 

                                            Universal, dominguero, vital,

                                            Escéptico, feliz, animalista,

                                            Luminoso, irónico, humorista,

                                            Moderno, independiente y genial.

 

                                           Aprendiz, caballista, transgresor,

                                           Riente, hirsuto, inimitable,

                                           Tranquilo, iconoclasta y escritor.

 

                                           Epicúreo, humano, amigable,

                                           Libre, tierno, raro,  demoledor,

                                           Español, comprensivo y entrañable.

 

                                           Se trata de un jocundo y gran pintor.

(Publicado en el nº 48 ( Septiembre 2019) de la revista de la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte (AACA).

 

 

 

 

(Publicado en Aragón Digital, 18-20 septiembre 2019)

Hace unas cuantas semanas, Mariano García entrevistó a una artista zaragozana que preparaba una exposición en el Instituto Cervantes sobre la muerte de las palabras. Incluso creo recordar que hasta salió en el Telediario. Contaba Marta PCampos, que así se hace llamar, cómo había cotejado la edición del Diccionario de 1914 con la de una centuria después y, de ahí, había extraído una colección de vocablos con la que montar la exposición que, hasta el 26 de septiembre, puede visitarse en el susodicho Instituto.

Una de las palabras que mencionaba en la entrevista era la tan aragonesa “aborrecido”, tan propia de las madres de antaño: “¡Me tenéis aborrecida!”. También se decía de la hembra animal que no alimentaba a algunas crías: “Las había aborrecido” y hasta hay una jota que comienza “Qué aborrecida te ves…” De todos modos, afortunadamente, no es palabra desaparecida pero, por desdicha, hay muchas en el ámbito aragonés que difícilmente volverán.

Mi padre, siempre que se encontraba una persona campanuda y dándose importancia, decía que le entraban ganas de darse una pingoreta –él decía “pinoreta”- pero no se la he escuchado más que a él. Mi querido Joaquín Carbonell, de crío, jugaba al recacholino. Es decir, al aro, que, por cierto, cuando yo era pequeño, ya estaba totalmente fuera de uso. Jamás había escuchado esa palabra, que tampoco aparece en el Diccionario Aragonés de Rafael Andolz.

Hay adjetivos que se mantienen y todos conocemos personas brozas o zaforas, facción a la que se adscribe el firmante. Si usamos sólo la letra inicial del alfabeto, aún perdura el escoscado, el “arguellao” o el alparcero pero ¿dónde están el ababol, el apatusco, el azanorio o el abón, todos ellos portadores de significados poco amables? La igualación del lenguaje, fruto de la enseñanza y la televisión, ha desterrado estos usos particulares pero también lo ha hecho la estupidez de la corrección política. Es curioso que el “azanorio”, con el significado de persona simple o atontada, esté vigente todavía en la Argentina con el mismo sentido pero convertido en “zanahoria”. Recordarán los lectores que se usaba comúnmente en las tiras de Mafalda.

El citado abón, que es una persona callada y de poco trato social, puede confundirse con el habón, que es la roncha o abultamiento que produce una picadura. Y, hablando de picaduras, ¿cuántos aragoneses nombran a los animales como se hacía en mi niñez: el renacuajo era un cabezudo; la urraca, picaraza; la comadreja, paniquesa; el tejón, tafugo; el jilguero, cardelina; el escorpión, arraclán; la garduña, fuina; el lagarto, ardacho; la lagartija, sargantana; la avispa, ziza; el piojo, alicáncano… Pese a ser un niño más urbano que rural, todas esas palabras las podía escuchar en mi entorno. Y tampoco soy tan viejo… Además, cuando lo sea, pienso estar muy pito.

Valladolid-Abuelo a finales de los 70

  Joaquín Coll Clavero, Manjares del Somontano, Huesca, La Val de Onsera, 2002.

El pasado día 10 Joaquín Coll abandonó los placeres y amarguras de este mundo con la discreción que le era connatural. Poeta, dinamizador de la Fundación Ramón y Katia Acín, como consorte de una de las nietas del artista oscense fusilado en 1936, quizá, su mejor legado es un libro sobre la gastronomía de su tierra, publicado por José María Pisa que ha fascinado a todos a quienes lo he recomendado. En su homenaje, reproduzco aquí la breve reseña sobre el mismo que  publiqué sin firma en el nº 72 de la revista Trébede.   

LA HONRADA COCINA POPULAR DE MANJARES DEL SOMONTANO

Es este un libro francamente bien hecho en el que se advierte que el autor no se ha limitado a cumplir un encargo sino que se ha regodeado en un tema que ama, informándose exhaustivamente, demorándose en sus contornos y no dejando que se le escapara nada que fuese verdaderamente significativo en torno a las maneras de producir alimentos, prepararlos, condimentarlos y, claro está, degustarlos de una comarca hoy famosa por su vino pero con una tradición culinaria poco conocida y divulgada que se encuentra entre lo más denso, auténtico y honrado de la cocina popular española.

  Lejano a las corrientes que convierten a todo lo que concierne a la gastronomía en un producto de marketing o en una moda para gentes que buscan en el conocimiento de las curiosidades culinarias una seña de identidad que les otorgue el marbete de expertos, Joaquín Coll ha organizado su libro de forma tan sensata como inteligente, con apartados que se refieren a los diversos y muy numerosos productos de la zona pero sin desdeñar la cata antropológica, el dato histórico, la observación psicológica o la recurrencia a la observación personal que no excluye el arrobo ante alguna de las especialidades que se comentan. Es esta una de las pocas obras en las que resulta verdaderamente ilustrativo revisar su índice, que nos da cuenta del rigor  y la exhaustividad con que se ha afrontado el trabajo.

  En su preámbulo Joaquín Coll da cuenta de las circunstancias que propiciaron su investigación y de su voluntad de “rescatar lo que sea posible de la cocina popular del Somontano; una de las grandes cocinas pirenaico-mediterráneas que tras la muerte de los viejos oficios, se debate entre la vida y la muerte; y más concretamente, entre la publicidad al servicio de la amnesia colectiva, y la de por sí atormentada y lánguida memoria de los pueblos menguantes”. Para ello contó con la colaboración de cerca de un centenar de cocineras tradicionales que le sirvieron su sabiduría pero, sobre todo, con una metodología admirable que, lejana a los esquematismos,  nos proporciona un panorama que nos acerca tanto a los contenidos estrictamente gastronómicos como a la  antropología cultural.

  Además, y quizá débito a la condición de poeta del autor, el libro está excelentemente escrito. En su estilo se conjuga el poso cultural con un elegante lenguaje de dicción y rictus propios aunque sin dejarse llevar por excesivos subjetivismos. Tal vez por todo ello, la obra quedó finalista del último premio Sent Soví convocado por la Fundación Freixenet. Una bella cubierta de Isidro Ferrer orna el volumen con el que La Val de Onsera, inicia su colección “Cocinas del alma” y confirma su primacía en el mosaico de las editoriales gastronómicas españolas.

LOS QUE NO PAGAN

Publicado: junio 18, 2019 en Sin clasificar

Javier Barreiro

(Publicado en Aragón Digital, 19-20 de enero de 2016)

Proselitismo

Una de las razones de la lenidad de este país es la tolerancia  con los desahogados que deciden que es más rentable no pagar lo que se debe que hacerlo. Un elevado contingente de ciudadanos vive de eso. Y vive toda su vida.

Una buena parte de la sociedad los admira y otra los disculpa: son listos, burlan al poder, a los usureros, a los bancos, saben buscársela… En Iberoamérica el fenómeno se incrementa. Si quienes mandan roban, cómo no va defenderse de ello el ciudadano esquilmado, imitando esa conducta. Recordemos al ingeniero interpretado por Darín, convertido en héroe popular en el film Relatos salvajes.  En un mundo corrupto, “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón…”, piensan; o aducen pretextos parecidos. Además, por allí se considera normal la mangancia de quienes ostentan cargos públicos, siempre que…

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ARCO, ELLOS Y YO

Publicado: marzo 8, 2019 en Sin clasificar
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ARCO, la feria de naderías y vanidades, que –nada menos que en nombre del Arte- nació en el Madrid de la movida en 1982, me pareció desde el principio, uno de los elementos más insensatos y ejemplificadores del esnobismo contemporáneo. Antes de que se inventara el  neologismo “pijoprogre”, trenes repletos de ellos viajaban desde las provincias a Madrid durante los fines de semana en que se celebraba el “evento”, cuando aún no se había creado ese horrible anglicismo y la palabra servía para designar los hechos aleatorios.  

Los medios de comunicación capitalinos, estimulados por la lluvia de oro de la publicidad institucional, convertían ese combate entre la pedantería y la banalidad, con el dinero como árbitro, en un acontecimiento digno de figurar en los Anales, pese a que los proclamados artistas pugnaban por conseguir algo parecido a la originalidad, imitando fórmulas cansinas y agotadas desde hace muchas décadas pero que alguien quería presentar como nuevas y, cierto es que cuando la estupidez resulta tan notable, siempre nos sorprende. 

Esta edición –nada menos que 38 años haciendo el oso- el protagonismo se lo ha llevado un ninot del rey Felipe, que habrá de quemar su comprador. De nuevo, confundiendo la originalidad con el comercio, la transgresión, con la parida. Es irrelevante ser monárquico o antimonárquico en cuanto a la valoración de la obra. La transgresión existe cuando el autor incurre en el peligro de que su obra le acarree represalias, cosa imposible en la España de hoy y que, como se ha dicho tantas veces, su factor no acometería en Corea del Norte, Arabia, Marruecos, Sudán, Cuba o Brunei. La única posibilidad decente es que el “ninot” jugara con la doble significación, es decir que pudiera entenderse tanto como una crítica a la monarquía como a quienes hacen del deporte de quemar efigies del soberano una fiesta nacional. Pero el autor –un profesional en el oficio de “jeta progre”- ha dejado claro en otras ocasiones que militaba en el bando de quienes se dicen transgresores.

Evidentemente hay gente que expone, trabaja o promociona ARCO, que no piensa como yo. Y otros que siguen visitándolo inasequibles al desaliento. Bien pensado, ellos son los verdaderos transgresores que, con ánimo surrealista, perpetran gozosos un acto inútil.

(Publicado en Aragón Digital, 7-9 de marzo de 2019)

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/05/19/censura-y-transgresion/

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(Publicado en Aragón Digital, 30 noviembre-1 diciembre de 2018)

Un viejo cantable de La Mascotta enuncia:

“En la batalla estar detrás

mientras pelean los demás;

en la victoria estar al frente…

¡es conveniente!”

Bien lo saben los políticos, en el día de hoy gente habitualmente mediocre, pero amiga de acercarse al sol que más calienta. Y, hablando de políticos, Rajoy bien podría ser lector de Kipling, que dejó escrito algo así como que la mitad de las dificultades se resuelven solas y la otra mitad no tiene solución. Ante la última que enfrentó y no pudo superar, siguió el dictamen de una buena amiga mía: “¡Qué triste es todo, menos beber!”. Mejor le hubiera ido, si hubiese seguido otro buen consejo: “Sin fuerza no puede sustentarse ningún ideal ni siquiera la libertad”. Una cosa es el abuso y otra el usar la fuerza contra los que se saltan las leyes pero el cauto gallego tuvo “más miedo que las monjas”, como escribió el Arcipreste.

Los consejos que más aprecio son los que recomiendan la risa. Reírse en general, reírse de los demás y de ti mismo, por supuesto. Reírse de uno mismo es recomendable, incluso si te mortifican el codo, el oído o las almorranas, cosa de mucho doler, por lo visto. Nietzsche consideraba la risa como propia de un tipo superior de humanidad y en la revista Selecciones del Reader’s Digest, que en mi niñez aparecía por todos los sitios, había una sección cuyo título ya me atraía: “La risa, remedio infalible”.

Aunque algunos periodistas piensan que no es elegante inmiscuir lo personal en sus artículos, al menos desde Larra, otros creemos lo contrario. Digo esto porque admiro a los vagos pero, lamentablemente, no lo soy*. Lo que no quiere decir que ponga el trabajo por delante de los placeres sino que procuro buscar trabajos que constituyan un placer.

Así que finalizaré con el buen consejo que un padre de familia impartió a sus hijos antes de morir, recomendándoles que huyeran a toda costa del trabajo entre comidas.

*https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/29/quejicas-pero-vagos/

(Publicado en Aragón Digital, 28 de diciembre de 2017)

En una escena de “Los olvidados”, la panda de adolescentes suburbiales que protagoniza dicho film de Luis Buñuel arrebata a un hombre sin piernas la caja con ruedas en la que se desplaza, ayudado por dos piedras que apoya en el suelo impulsándose con las manos. Así, el elemental vehículo consigue avanzar a duras penas aunque difícilmente lo haría cuesta arriba. Tras la atroz gamberrada, el impedido queda varado y maldiciendo en medio de la calle.

Son acciones, como la de robar a un ciego o  despojar de sus muletas a un cojo, que a la mayoría de los humanos nos resultan repugnantes. Sin embargo, los santos Cosme y Damián, médicos romanos y patrones de la profesión, perpetraron el milagro de trasplantar la pierna de un negro a un legionario que la tenía gangrenada a resultas de las heridas en combate. Hoy día se suele contar que el etíope había muerto pero, en imágenes y retablos, sobran los ejemplos iconográficos  en los que vemos al blanco muy satisfecho con sus piernas bicolor y al pobre negro en el suelo retorciéndose y lamentándose de su suerte. Aparte de la corrección política, el cambio puede tener justificaciones prácticas pues, al oír contar la historia a un guía del Museo del Prado, una estudiante afroamericana la emprendió a paraguazos con el cuadro aunque sólo lograra dañar el marco. Otras representaciones son aún más espeluznantes, pues nos muestran al negro con la pierna blanca gangrenada, que los santos han tenido a bien sustituirle.

Me recuerda estas cosas el concurrido expolio de los ricos hacia los pobres, que tiene en Cataluña y Aragón una de sus más evidentes parábolas, aunque aquí ni siquiera nos hayan donado la pierna gangrenada. Se acompaña la rapiña de insultos y vejámenes porque los pobres no sabemos cuidar la pierna, la tenemos en malas condiciones y no dijimos nada cuando nos la arrebataron porque a veces somos nosotros mismos quienes nos la cortamos. Y, tal como algunos utilizan el adjetivo “negro” en sentido vejatorio, me cuentan que, con la misma intención, los leridanos utilizaron el adjetivo “aragonés” para infamar, vilipendiar y zaherir a periodistas y técnicos que fueron a recoger algunas de las piezas almacenadas en su museo.

En otros textos he explicado cómo, hace nada, “aragonés” implicaba en toda España exactamente lo contrario: nobleza, dignidad, fiabilidad, valentía… Y muchas jotas lo recogen tan orgullosa como ingenuamente. Pero no me hagan caso a mí: lean a Mari Sancho Menjón que, en soledad y con tanto rigor como conocimiento de causa, lleva años documentando, sacando la luz y exponiendo las vicisitudes de este expolio. El negro utilizado por Cosme y Damián para su experimento, que, por cierto, terminaron decapitados por Diocleciano, hubiera necesitado un abogado como la docta y combativa investigadora taustana. 

 

 

 

 

En un artículo acerca de esta cuestión, publicado  en el diario bilbaíno El Correo, se atribuía al escritor Tomás Borrás la invención del apellido más largo. Se escribía allí:

La longitud y complejidad de algunos apellidos vascos es un eterno cliché, explotado a menudo con intenciones humorísticas: desde aquel Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea, que se inventó el escritor madrileño Tomás Borrás en la prensa de los años 30…

Borrás, Tomás

Como no hace mucho edité los Cuentos gnómicos de este gran narrador, empresa en la que me acompañaron los borras-caballero-ideas-a-peseta001excelentes prosistas y mejores amigos, Pardeza  y Petón, puedo corregir amigablemente al colega vasco Carlos Benito, que firma este trabajo titulado “¿Quién tiene el apellido vasco más largo?”. Efectivamente en un cuento de humor publicado por Tomás Borrás en el diario ABC correspondiente al 18 de octubre de 1931 con el título “Caballero, ideas a peseta”, aparece un personaje que explica jocosamente el porqué de la longitud de los apellidos vascos y afirma poseer el apellido citado:

Lea mi tarjeta: Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea. ¿Sabe lo que quiere decir? “Te aguardé hasta las cinco y me tuve que ir a la fonda porque tenía que escribir unas cartas”.

eustaquio_pellicer_y_charles_schutzEvidentemente, la traducción es falsa y lo que se narra, pura ficción, como corresponde a un cuento, pero el apellido es real aunque quizá hace tiempo que haya desaparecido del país vasco. Sin embargo, en Caras y Caretas, popularísimo semanario “festivo, literario, artístico y de actualidades”  bonaerense, que apareció entre 1898 y 1939 y que había fundado (1890) en Montevideo el emigrado burgalés Eustaquio Pellicer, a finales de los años veinte, se publicaba un anuncio recuadrado que rezaba así:

               caras-y-caretas-anuncio003

                                                    

                                                         

Existía, pues, este apellido con 39 letras y 33 fonemas, muchas más que el más largo que encontramos, si buscamos en Google, donde el mayor,  Pagatzaurtunduagoienengoa, no supera las 25 letras. Y, de los que todavía están vivos, es decir, que existe alguna persona que en España los ostente, es Arietaleanizbeazcoechea, con 23 letras. Es verdad, que en la Enciclopedia de los nombres propios de Josep María Albaigès (1996) se cuenta que un funcionario del Ministerio de Finanzas en el Madrid de 1867 se apellidaba Burionagonatotorecagageazcoechea, que, con 32 letras, aún queda lejos de nuestro comerciante de calzados vasco-argentino.

Es más, ni siquiera lo supera el más largo del mundo, que corresponde a una ciudadana hawaiana de nombre Janice, keihanaikukauakahihuliheekahaunaelepues sólo alcanza 35: Keihanaikukauakahihuliheekahaunaele. El Guinnes que manejo (edición de 1996) no dice nada respecto a apellidos largos.

Por tanto, mientras nadie diga lo contrario, el apellido más largo del mundo es el citado Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea*, que, según traducción que me brinda mi prima Arantxa Oyárbide, significa “Fuente nueva roja de la casa del nuevo molino de arriba”.

Se comprende que el propietario de aquel céntrico Gran Bazar bonaerense estuviese tan orgulloso de su extenso patronímico y, junto a su breve nombre, lo ostentase en sus anuncios.

(Publicado en Aragón Digital, 8 de febrero de 2017: http://www.aragondigital.es/noticia.asp?notid=152915&secid=21#comentarios).

*En una de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma aparece un personaje llamado Doña Angustias Ambulodegui de Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea. Un oscuro escritor uruguayo, Jesús Aldo Sosa Prieto, que firmaba Jesualdo, también cita un alumno con dicho apellido en el capítulo VI de Fuera de la escuela (Dato comunicado por el amigo e investigador marplatense Tuqui Rodríguez).

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(Publicado en Aragón Digital, 17-18 enero 2017)

¿Qué coche no lleva hoy Airbag para proteger a los pasajeros? Como no sea alguno de colección… Pero fue sólo en 1981 cuando Mercedes lo patentó aplicándolo al modelo SW126. El año anterior Volkswagen -¡ah, los alemanes!- había dado cauce casi definitivo al coche eléctrico con la patente de una batería capaz de cargar combustible para 255 kilómetros.

El Compact Disc, hace tiempo sobrepasado, se difundió a partir de 1983. ¡Cuántos centenares compraría el firmante! Sustituyó al vinilo, que ha regresado, como espero que regresen el disco de gramófono y el cilindro de cera. Y ¿quién se acuerda de aquellos videos del sistema Beta? ¿Y de los DVD, mucho más modernos? Parecen antiguallas, pero los primeros reproductores se comercializaron en 1996.

¿Desde cuándo hay ordenadores personales en España? Los primeros que se distribuyeron masivamente en grandes almacenes fueron el  ZX Spectrum y el Amstrad CPC, con un precio de venta en torno a las 45.000 pesetas. Algunos los recibieron como regalo de Navidad o Reyes en 1984. Su potencia y su memoria darían hoy risa a un niño de cuatro años, pero a los usuarios de entonces les parecían un milagro. En 1995-1996, la red Infovía de Telefónica llevó Internet a todos los que pudieran permitírselo.

Hay gente a favor de las drogas y gente en contra pero del Viagra sólo conozco partidarios. No es cosa de toda la vida. Sanidad lo autorizó hace menos de 20 años: en 1998. En septiembre de dicho año se fundó la compañía Google, quizá, nuestra relación más constante. Y, en cuanto a la depilación láser, con tantos adictos hoy en mamíferos humanos de uno y otro sexo, fue una de las últimas innovaciones del siglo pasado: 1999. Pero no la última: en el año 2000 llegó la memoria USB, el tan compartido pen drive.

La centuria número 21 nos trajo en su primer año el ADSL, el mismo en que nació la Wikipedia, hoy, el primer medio de información cultural en el globo. Para la Wiki española hubo que esperar hasta 2006 y, para los teléfonos móviles con MP3 y cámara de fotos, hasta 2004. Ese mismo año había nacido Facebook; su competidor Twitter, en 2006 e Instagram, en 2010.

Muchos andan contentos por la vida porque tienen un iPhone pero sólo lo pueden estar desde 2007, el año en que nació. Smartphone llegó al año siguiente y las tabletas en 2010.

Sin embargo, otros se arreglan con cosas más viejas, los amigos de la radio pueden disponer de ella desde 1924 y los de la tele desde 1956. Eso en Madrid, porque a provincias fue llegando poco a poco. Los del cine podían ver alguna cinta, ya desde 1896 y los adictos a los libros llevamos cinco siglos y medio disponiendo de ellos. Y no les encontramos sustituto.


* Escritor

Ternasco de Aguarón

Si ser libre es facultad digna y apreciada, lo es por ser empresa dificultosa y llena de riesgos. Siempre en Francesillo de Zúñiga Crónica escandalosa004Aragón se le dio primacía y nuestros visitantes estimaban esa fe en la libertad, esa arriscada lucha por la independencia de la persona y el juicio que, a veces, hasta podía derivar en insolencia. Don Francesillo de Zúñiga, el bufón bejarano de Carlos I que escribió esa extraordinaria y desopilante Crónica escandalosa, cuenta que, a su paso por Calatayud, el emperador, que visitaba por primera vez Aragón, iba montado a caballo con la boca abierta y el belfo colgante, tanto por el cansancio del viaje como por el acusado prognatismo que padecía. Sin poder contenerse, un rústico que se encontraba entre el gentío que flanqueaba la comitiva le espetó:

  -Cierre vuestra merced la boca, que las moscas de este reino son traviesas.

  No reaccionó mal el augusto personaje sino que ordenó entregar una bolsa de ducados a tan exacto representante de nuestro genio.

  Así, otro de nuestros héroes, Pedro Saputo, que, con misión encargada por el Concejo de su lugar natal, marchó a la Corte para entregar personalmente al rey los tres magníficos higos que una higuera borde, inopinadamente, había generado. Sabido es que, como corresponde al folclore, Saputo se comió dos por el camino y al preguntarle el monarca por ellos: “¡Te los has comido! ¿Y cómo lo has hecho?”, respondió Pedro: “Así”, al tiempo que se zampaba el restante.

  Pero no quedó ahí la libérrima desenvoltura de su lengua. Complacido el rey de esa mezcla de descaro  e inocencia que, por lo sorprendente y exenta de malicia, suele caer bien a quienes nos tratan, en otra ocasión le pidió parecer sobre lo bien provisto de su mesa:

  -…¿habrá algún príncipe en el mundo que, sin traer nada de fuera de sus estados, la tenga tan regalada?

   La hipocresía y la insinceridad están reñidas con el respeto y el afecto que a todos prójimos debemos. Pedro no respondió como diplomático sino como persona de bien y hombre libre:

  -Me parece que no, porque no hay ningún reino en el mundo que produzca tanta variedad de cosas y tan excelentes para el regalo de la vida. Pero faltan muchas, señor, en la mesa de V. M., e yo, siendo lo que son, las tengo cuando quiero mucho más exquisitas o las como, que es lo mismo. Porque vuestra Majestad no come el pan de Huesca ni de Andorra.

  -No.

  -Pues yo sí. V. M. no come el carnero de Monegros.foto

  -No.

  -Pues yo sí. V. M. no come los nabos montañeses y de Mainar ni el cardo ni la escarola de Alcañiz.

  -No

  -Pues yo sí. V. M. no come el queso de Tronchón, el aceite de Fornos, las uvas de Ráfales, las cerezas de Monzón y Torre del Conde, los higos de Maella ni las granadas de Fraga.

  -No.

  -Pues yo sí. V. M. no come la aceituna negra y curada de la Tierra Baja.

  -No. (…) no me has nombrado ningún vino -le dijo el rey.

  -Señor, no faltan muy especiales pero por ahora son mejores los de las provincias de Andalucía, que si mis paisanos los aragoneses no tuviesen el talento de hacer de buenas uvas mal vino, mandara vuesa merced traer de campo de Cariñena y otros, y la hombrearían con los mejores…

  De bien nacido es hacer saber a los demás cosas que nosotros disfrutamos y ellos desconocen y, también, reconocer las tachas. Que, cuando no las hay, da qué pensar, que todo lo humano es perfectible y ponderación sin reserva es como elogio de abuela. Desde los tiempos míticos de Pedro Saputo, los vinos se mejoraron y hasta habrá de haber algo que se empeorara, pero subsiste la pasión por la verdad que nos hace libres, como libres nos puede hacer el amor hacia las cosas que nos rodean, hacia lo nuestro que es, también, lo de los otros, hacia los buenos frutos de la tierra que, como todo, saben mejor cuando los compartimos.

Fritada

Hace un año que, para celebrar la festividad de San Sebastian, patrón del pueblo, inserté aquí la primera entrega (A-LL) de una serie de fichas redactadas por mi padre, José Barreiro Soria  (V.https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/03/02/las-novelas-de-mi-padre/), en la década de los ochenta, con los motes de personajes que recordaba, bastantes de ellos todavía vivos. Iban dirigidas a su familia y servían, además, para fijar su propia memoria y constituir una documentación de datos efímeros, en trance de perderse:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/01/20/una-relacion-de-apodos-en-la-almunia-de-dona-godina-i/

Como apunté entonces, tienen un estilo coloquial y desenfadado aunque no desdeñen la precisión. La buena acogida de esa primera serie, por parte de muchos almunienses, me lleva ahora a publicar la segunda. Espero que la disfruten y nadie se sienta ofendido.

Las fotografías proceden de Retratos de la Memoria I y II, libros editados por Santiago Cabello en 1997 y 2002.

La Almunia_Pta de Calatayud3

MAHOMA

Rafael Martínez, el del Fuerte. Tenían un chalet junto al Fuerte, con baldosas verdes, de lo más lujoso de La Almunia, allá por el año 1.932.

Proceden de Morata de Jalón.

Mahoma es el hijo, que, actualmente, cuenta unos 60 años. En la guerra fue capitán. Es abogado. Se casó y su padre le conquistó la mujer.

A Mahoma, actualmente, lo veo por ahí. Va todo derrotado, mal vestido, con una cartera vieja y una boina grande. Creo, trabaja con una gestoría.

Siendo muy chico recuerdo que se bañaba con nosotros en el pocico de La Olmera y decían que tenía un miembro descomunal –miembro noble- que para poco le sirvió, pues repito que su padre le pisó la mujer.

¡Pobre Mahoma!

El apodo, de nuestra época, acaso le venga de su facha: alto, delgado, con nariz aguileña, un adefesio.

MANANA

Chato Manana. Vivía en una huerta encima de la acequia Nueva, frente al huerto Las Delicias. Encima del restaurante de Peluquilla, El Español.

Creo se llamaba Antonio. Tenía una era en la que íbamos a jugar al futbol.

Se marchó a Barcelona antes de la guerra y no sé más de él.

MATAMOROS

Siendo yo chico creo que vivían en mi misma calle de Garay. Se marcharon a Calatayud, pero creo que volvieron a La Almunia.

Creo que eran tratantes de caballerías. El hijo, que posteriormente volvió a La Almunia, se dedicaba a la compra venta de frutas.

Ignoro la raíz del apodo.

MICHELÍN

Michelin Conford, segundo Dios. Se le decía esto porque aparecía por todas partes. Era hermano de Blas. Murió en la guerra, recién incorporado al frente. Era un buenazo, pero algo alocado, sin duda no era normal del todo.

Ignoro el porqué del apodo.

MINAS

José Mina (Sánchez) del tiempo de mis padres, que murió hace poco.

Varios hijos, José, Fernando, Conchita… Carniceros y ganaderos. Familia acomodada.

José Mina, el padre, de muy pequeños, nos regaló un cordero y le arrancó la cola “para conocerlo”. Cada año nos mandaba lana y un cordero, de los que paría…

Ignoro la raíz del apodo.

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MODREGOS

Es apellido bastante extendido por La Almunia. Martín Choto, “Canario”, es Modrego. Su padre era el recadero de Zaragoza. Otros tenían una Fonda al final de la calle de Ricla. Otro –Ojo Rayo– vive en Zaragoza.

MOLONDROS

Vivían en le callejón de la Plazuela de los Melones.

Familia algo larga. El más famoso “La Juanita”, marica perdido que se fue a Barcelona y, creo, operaba entre las capas aristocráticas. No sé la vida que llevará. En La Almunia se inició, pero tenía poco éxito y tuvo que salir escopeteando.

Juana la Molondra…

No se de donde les viene el apodo.

MONICA ALPARTIR

“Monica Alpartir, cabecica de ajo”, la insultábamos. Era una mujer vieja, de muy mal genio, que se pasaba las horas en misa y, cuando la puerta estaba cerrada, se sentaba en la entrada y se espiojaba.

Era diminuta, como una monica.

Vivía con otra hermana y, cuando murió ésta ,se decía que tenía guardadas catorce mil pesetas. La Monica Alpartir aprovechó esta herencia para comerse un par de huevos fritos. A resultas de esta comida se reventó. Tal fue el empacho que cogió. Vivían muy pobremente.

Supongo que procedían de Alpartir.

También se hablaba de que, cuando murió La Monica, saltaban los piojos de la caja a nubes.

MORO

Los moros. Recuerdo a uno de los hijos, un par de años menor que yo. Vivían en la calle de Boclín o el Vajillero.

Moreno si que era. No se si les vendría el apodo por el color de la piel.

NARANJERA

La tía Naranjera. Vivía en la Calle López Urraca, cerca de las Sindas. Tenía una tienda de frutas y recibía cargamentos de naranjas de Valencia.

Cuando venía algún cargamento, íbamos y, por diez céntimos, nos daba un pozal de naranjas tocadas.

Desapareció cuando la guerra. Creo no era de La Almunia.

OJO RAYO

Modrego de apellido, de la familia de los Modregos. Tiene tres o cuatro años más que yo.

El apodo le viene de un accidente que tuvo con la bicicleta (yo lo presencié) y se le quedó una cicatriz en la cara con el ojo un poco torcido hacia abajo.

Iba por la carretera que estaba con grava, recién asfaltada, se le cayó la chaqueta que llevaba sobre el manillar y se le metió en los radios. Cayó y se arrastró por la grava. Sobre la Virgen de la Oliva. Yo lo presencié.

PACUASO

Eran dos hermanas viejísimas que vivían en un huertecillo (donde ahora está un taller de reparación de coches, encima de la acequia Nueva). El Huerto Pacuaso.

Siendo muy chico (cuando estaban asfaltando la carretera, pues la he conocido de tierra) -sería el año 28- recuerdo haber ido una vez con mi padre por la noche. Había unos veladores y vendían cerveza.  A este huerto también le llamaban Las Delicias, acaso porque le pusieron este nombre al bar de las Pacuaso. Desapareció todo esto bastante antes de la guerra.

El apodo, acaso ellas se llamasen Pacuaso.

PAJEROS

Familia larga. Cuando se casó la Candelas, fui a la boda (tendría unos cuatro años), en la plaza de los Toros. No era boda, sino “enhorabuena”. Daban un chocolate con unas cosas blancas (no recuerdo como se llaman). Fue esta Candelas sirvienta, creo que de mi tío Pedro.

Es familia muy disgregada. Un Pajero anda por el mercado central, como mayorista de frutas, siempre con su cuartelero en la boca, jugando a la baraja en los bares de las cercanías. Está muy bien conservado. Es bastante mayor.

Otro pajero es el que tiene el Bar Avenida.

El apodo supongo que será porque traficarían paja.

PANARROS

No los recuerdo personalmente.

Una hija casó por Venezuela y todos los años suele ir por La Almunia para Todos los Santos. A su padre le hizo una sepultura original.

Creo que a este padre lo mató la guardia civil hace muchos años, cuando venía de robar unas coles, sacó un cuchillo y le dispararon, Creo era pastor. Sería familia muy modesta. Esto debió ser allá por el año 20.

Ignoro la raíz del apodo.

PASCUALITA

Recuerdo una Pascualita que tocaba el clarinete en la banda de música.

Tuvieron unos mellizos que murieron a los días y, creo, –decían– los metieron en una caja de zapatos por lo pequeñísimos que eran. Tendría yo unos ocho años.

Era pequeñete y vivía en la calle de López Urraca. Tal vez tuvieran tienda de vinos.

Ignoro la raíz del apodo.

PATIÑAS

Recuerdo a una que vivía por el Arrabal.

PELÓN

O Pelones. Uno de ellos tocaba la trompeta cuando los Flechas. Varios hermanos, todos músicos. Uno de ellos vive en la Calle de Canañas, cerca de casa de Curro.

Ignoro la raíz del apodo.

PELUDOS

Manuel Martínez, el Peludo. Era algo cojo. Tenía fábrica de alcoholes. Curro trabajó con él.

Un hijo, Manolo, se casó y vive en Grañén (Huesca), administrando unas fincas, creo que de su mujer.

Familia de estos Peludos era Antonio Martínez, “Florián Rey” director de cine. Otro hermano, Rafael creo fue un pianista también algo famoso.

Ignoro la raíz del apodo.

PELUQUILLAS

Familia larga. Uno de los hijos es el que tiene el café mesón Español, al salir de La Almunia.

PERSIANAS

Un practicante que llegó a La Almunia sobre el año 45. Ya murió.

Tenía las pestañas largas y caídas. De aquí le viene el apodo.

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PLATÓN

José Platón. Era el tonto del pueblo, pero no tanto. No sé a qué se dedicaba, sólo recuerdo que salía todos los días al auto de los Federos y recogía las barras de hielo que utilizaban en los bares.

Más que tonto, era tímido. Andaba con la cabeza ladeada y arrastrando un dedico por la pared.

Tenía veintitantos años, era medio calvo. Un hermano suyo trabajaba en el Juzgado.

El apodo le vendría precisamente de que era un elemento raro, con bastante cultura, que no sé dónde la habría adquirido.

POLLOS

La tía Polla. Vivían en la calle de los Lanceros o los pobres.

Recuerdo una hija “la Polla” y un hijo “el Pollo”. Luego, creo que pusieron carnecería. Vivían en la calle de López Urraca.

Ignoro la raíz del apodo.

POMBO

Era marido de una maestra. Tenían un hijo, Ismael, que venía a  la escuela.

El Pombo no hacía nada. Guisaba o algo así, como buen marido de maestra.

Se decía que, cuando mataron a Calvo Sotelo, comieron pollo… No sé qué fue de esta familia.

Del apodo, tampoco conozco su razón.

PONCIANOS

Varios hermanos. A la madre la fusilaron durante la guerra.

Vivían en la calle del Hospital o del Rosario. Uno de ellos, Ángel, venía a la Escuela con nosotros.

Marcharon a Zaragoza por la guerra. Aún veo por ahí a dos de ellos.

Ignoro la raíz del apodo.

PORRIO

Recuerdo del tío Porrio, un hombre de campo que  llegó a ser alcalde en tiempo de la República y apenas sabía firmar.

No sé más de él. Ignoro la raíz del apodo.

PRECAUCIONES

Un oficial de Telégrafos destinado a La Almunia sobre el año 45.

Al llegar, se hospedó en la fonda Martínez, propiedad de Blas y su hermano Mariano. Éste le comentó que tuviera cuidado porque en el pueblo ponían a todos apodo. El recién llegado contestó  que tomaría sus precauciones. Cuando subía a la habitación, Mariano se dirigió a la parroquia del bar, en la planta baja de la fonda: “A éste: el tío Precauciones”.

RANICA

No lo conozco pero creo es, o era, muy pequeño.

Como anécdota, una cuadrilla de bebedores iba a casa de alguien y al Ranica lo tumbaban en una mesa. Se hacía el muerto y todos lloraban a su alrededor y bebían. El Ranica se incorporaba de vez en cuando y trago que te pego; se tumbaba, de nuevo y todos a llorar. (Debo la versión a Curro, como otras muchas).

Ignoro raíz apodo.

REGADERA

Los Regadera. Familia que vivía en la huerta de “los Regadera” situada encima de las casas-chalets, donde Ismael tiene la bodega, junto a la acequia Nueva.

Actualmente, tienen el bar que hace esquina con la calle de Garay y la de los Pilones, o la placeta de los Melones.

Ignoro la raíz del apodo.

REINA

La tía Reina. Era curandera. Vivían en la calle del Hospital, la primera casa a la izquierda.

Con la madre, estuve para ver si le curaba una verruga de la mano. Le recetó tomate.

Tenían algún hijo. No recuerdo mucho más.

Ignoro la raíz del apodo.

 RELECHES

Los Releches. Uno era de mi edad, poco más o menos. Mala leche si que tenía de chico, y una cicatriz en la cara. Vivían por la calle del Rosario.

Ignoro la raíz del apodo.

RIJOLAS

El más viejo que recuerdo era el encargado de las luces en el pueblo.

Hijos de éste fueron Agustín (que murió en la guerra), otro que jugaba al fútbol, Evaristo, José, Margarita… Muy conocidos en La Almunia.

Ignoro la raíz del apodo.

ROMALDICAS

Pilar, la Romaldicas. También, Picotona. Vivía en la calle Garay. Hijas: Pilar la Fuchi y otra, Miguela, que casó con un sargento que vino por La Almunia en la guerra y. creo, se llamaba Bragas.

Cuando masaba, cada semana, nos traía a casa masa y se hacían tortas a la sartén.

SALOMONES

Vivían en la calle Frailla. Tenían una galera –carro con cuatro ruedas–  y hacían algo de transporte.

Padre, dos hijos, una hija.

Ignoro la raíz del apodo.

SANJUANICOS

Sólo recuerdo a una Sanjuanica, gorda, que está casada con Rafael, el del horno, donde llevamos los asados para comer en la huerta.

La Almunia-Casas de la carretera

SECOS

Vivían en la calle de Frailla. Recuerdo dos hermanos. Uno de ellos, Antonio, está casado con la hermana de Curro.

Ignoro la raíz del apodo.

SIN PENSAR

Vivían, padre e hijo, en una chabola por el camino de Calatorao.

Grandes borrachos. Al padre no lo recuerdo mucho. Al hijo lo mató un coche hace unos seis años, cuando subía, como de costumbre, bebido, a su casa.

Se cuentan grandes chistes de ellos. Uno, que teniendo un invitado mandó el padre al hijo a por vino y, como tardaba en volver, fue el padre y se lo encontró borracho. Entonces el padre se emborrachó también y, hasta que no bajó al pueblo el invitado y los vio, no supo de ellos.

El apodo les venía de que al hacer su casa o chabola se olvidaron de hacer la puerta. Y decían… “Trabajamos sin pensar, sin pensar y…  nos olvidamos de hacer la puerta”. De aquí les viene el apodo.

SISI

La tía Sisi. Una vieja que vendía en una cesta golosinas de chicos. Nos sentábamos cerca de ella y decíamos: “¿Iremos de excursión?” Y otro respondía “Sí, Sí”, y así, sucesivamente. Se enfadaba, claro.

El apodo le vendría de su costumbre de repetir tal afirmación.

TANA

No las recuerdo pero sé que una hija anda por el pueblo, en concupiscencia con todos. Dicen que tiene furor uterino.

También hablan mal de la madre (Viuda). La de las orejetas de Campano*.

Ignoro la raíz del apodo.

*Se refiere a que Campano la espió, a través de la reja de un sótano, mientras meaba y dijo a los otros chicos que le había visto “hasta las orejetas”.

TALEGAS

Vivían en el callejón de la plaza del Ayuntamiento. El padre tocaba el redoblante en la banda de música. Tenía un hijo de nuestro tiempo, que no se de él.

Ignoro la raíz del apodo.

TINAJEROS

Chato, el tinajero, el que más conozco. Familia larga. Vivían por la calle Boclín.

Ignoro la raíz del apodo.

TIÑOSOS

Vivían en la calle de los Lanceros. Uno de mi tiempo venía conmigo a la escuela. Varios hermanos.

Ignoro la raíz del apodo.

TOMATICOS

Vivían por una huerta. Recuerdo que uno, pequeñico, era gran corredor de carreras de pollos, para las Ferias. Hablo del año treinta y poco.

Ignoro la raíz del apodo.

TORDERA

Antonio, el Tordera. Trabajaba de dependiente en casa de Villamana, tejidos.

Creo que, al comenzar la guerra, fue al frente y cayó nada más llegar.

Era alto y delgado…, como el Tordera.

Ignoro raíz apodo.

TOROCACHO

Ángel Guerrero, amigo que venía a la Escuela. Andaba con la cabeza algo cacha (gacha). De ahí el apodo.

TRILLEROS

Tenían taller de carpintería en la calle del Hospital. Supongo que sus padres harían trillos. Cuando yo los recuerdo, se dedicaban ya únicamente a la carpintería.

Poco antes de la guerra, emigraron a Valencia el padre y el hijo pequeño, Manuel. No sé más de ellos. Pero en el pueblo quedaron Andrés (el que fundó El Patio) Victoria (que se casó y continúa en La Almunia), otra hija más pequeña y, por último, Ventura, que se vino a Zaragoza y tiene un gran negocio de maderas.

TRINQUETEROS

Eustaquio. Era cazador, algo cojo. Tenían la yesería de la cuesta de Gríu.

Hijos de este Blas (el de los monacos*), Manolo y la hija ,casada con Manolo el Cagarrutas de la huerta.

El del Estanco, también creo era Trinquetero.

La raíz del apodo debe venirles de que tenían el trinquete de la pelota, digo.

*Se refiere a que este en tiempos de la República solía decir, “Los huesos, pa’los monacos”, en vez de “para los perros”. Los monacos eran los monárquicos.

VIÑACERAS

Vivían en la huerta de La Viñaza, cerca de Ricla, donde tiene Josa el molino de piensos.

Recuerdo a la madre y dos hermanas, mayores. Marcharon para Zaragoza, acaso antes de la guerra. Creo haberlas visto alguna vez.

El apodo sería por vivir en La Viñaza.

La Almunia_Casas del Rabal

Al final de estos papeles, figura una lista con varios motes, algunos de los cuales había ya reseñados y otros, no. Supongo, los tendría mi padre apuntados para, en su caso, hacerles la ficha o aumentar algún dato en los ya escritos .

Carpo

Chato Manana

Gordillín-anguinas (¿)

Maniles

Matamoros

Mechas

Mina

Molacha

Momitos

Monica Alpartir

Morretes

Morrituerta

Pajaricos

Pataca

Patatero

Peludo

Peluquilla

Persianas

Picante

Picotona

Pichacorta

Piqui

Polla

Precauciones

Rasero

Ratón

Regadera

Regüete

Reluches

Rigores

Romaldicos

Roñosas

Sacasa

Sagrado Corazón

Salerito

Salomones

Sanjuanicos

Santos negro

Sapicos

Sarasate

Secos

Serios

Sin Pensar

Soso

Tana

Tanis

Tardera

La Almunia_Plaza de Garay0Tiñosos