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Realizada por Manuel Galeote, Analecta Malacitana, revista de la Universidad de Málaga, AnMal Electrónica 42 (2017) M. Galeote ISSN 1697-4239.

Javier Barreiro es autor de innumerables publicaciones, como su monumental Diccionario de autores aragoneses contemporáneos (1885-2005) (Zaragoza, Diputación Provincial, 2010), en el que invirtió varios lustros. En su trayectoria investigadora, sobresale el esfuerzo por rescatar las figuras de la bohemia finisecular, la galería de escritores raros y olvidados de principios del XX, así como la discografía española más antigua. Ha reivindicado a los autores heterodoxos y que han antepuesto el alcohol, las drogas o la muerte a la literatura y la vida. Su infatigable rastreo de pistas bio-bibliográficas sobre ellos ha fomentado su dedicación constante a la bibliofilia y al coleccionismo de publicaciones periódicas, revistas, partituras o registros sonoros, incluidos los cilindros de cera, las pizarras monofaciales y cualquier otro soporte. Tiene en prensa dos libros que verán la luz en el último cuatrimestre de 2017, Alcohol y Literatura (en Ediciones Menoscuarto) y una edición de La Cochambrosa, la primera y hasta ahora desconocida novela del malagueño Pedro Luis de Gálvez (1882-1940), que publicará Renacimiento.

                                   «La bohemia española tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético»

Manuel Galeote: En los albores del siglo XX, tras el Desastre colonial de 1898, antes de la Primera Guerra Mundial, ¿encuentras en España un mundo literario lleno de bohemios? En tus libros, por ejemplo, Cruces de Bohemia (2001) y Galería del olvido (2001), ¿cómo se presentaba esa galería de escritores bohemios?

Javier Barreiro: Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y  algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo. Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

MG: Los bohemios se marcharon… Recuerdo tu libro Un hombre que se va… Memorias de Eduardo Zamacois (2011). ¿Por qué leer a Zamacois en el siglo XXI?

JB: Nadie mejor situado que Zamacois para darnos una crónica histórica, sociológica y literaria del siglo que le tocó vivir. Sobre todo literaria, porque estuvo en el centro, como testigo y en abundantes ocasiones como protagonista, de muchos de los acontecimientos más significativos de su tiempo. Zamacois fue protagonista y testigo del problema cubano y los pujos regeneracionistas de toda una época, coetáneo del modernismo, que si estéticamente le tentó poco, hubo de vivir con intensidad en sus años de redacciones y bohemias. Si decimos bohemia, Zamacois conoció y trató a todos sus servidores, desde aquellos con pretensiones de exquisitos hasta los más zarrapastrosos y desmandados, como Pedro Barrantes. Vivió, ¿cómo no?, en París, durante unos años. Dirigió la revista sicalíptica más popular de su tiempo, La Vida Galante, y no es de destacar aquí la relevancia que en la vida, la música y el teatro español tuvo esta apertura de mentes y costumbres traídas por el entorno teatral y periodístico de lo que se llamó sicalipsis. Respecto al protagonismo del escritor pinareño en la fundación de un subgénero literario como el que constituyeron las colecciones de novela corta, tan fundamental en la España de sus tres décadas (1907-1936) literariamente más importantes de los últimos siglos, es asunto al que ya se le han dedicado libros y que, venturosamente, los estudiosos están poniendo en los últimos tiempos en su merecido lugar. A Zamacois no le bastó con ello sino que fue, junto a Felipe Trigo, el más influyente de los novelistas eróticos de su tiempo; conoció y visitó América, al fin su continente natal, tanto y tan bien, que muy pocos escritores españoles pueden igualarlo y aquí habría que citar al eximio y desdichado Eugenio Noel. El arte por antonomasia del siglo XX, el cine, no le pasó inadvertido y tuvo un contacto directo con él, como bien nos explican esas memorias que edité, junto a Barbara Minesso, y se publicaron en Renacimiento. Lo tuvo, igualmente, con otro de los fenómenos tan propios del siglo como fue la radiofonía. Y, en sus últimos años en la Argentina, también con la televisión.

MG: ¿Es esto todo lo que podemos subrayar de Zamacois?

JB: Claro que no. En sus 98 años de peripecia vital —en 2008 se cumplieron ciento veinticinco de su nacimiento— asistió a la guerra de 1936-1939, sobre la que nos dejó una novela, El asedio de Madrid, y dos libros de crónicas, vivió después un largo destierro, con regreso y, tras el toque de chufa, renovada escapatoria, al estilo de Max Aub. Todavía en su exilio y con muchos años a cuestas, tuvo oportunidad de conocer y trabajar en Hollywood y, en fin, un montón de cosas más, de las que sus memorias dan cuenta.

                                                              «Hay centenares de escritores olvidados que merecerían una atención»

MG: ¿Nos hemos olvidado hoy, un siglo después, de aquellos grandes bohemios?

JB: Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sáinz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán, y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas, como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta —en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Luis S. Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sánchez Álvarez-Insúa—, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existió una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

MG: ¿Hay algún bohemio al que creas que todavía no conocemos ni hemos leído? Es decir,¿existe una galería de lecturas pendientes?

JB: Bohemios o burgueses, en la llamada Edad de Plata, término que, aunque con límites temporales algo más amplios, no acuñó, como se cree, Mainer, sino Giménez Caballero, hay centenares de escritores olvidados que merecerían una atención. Quizá haga falta un diccionario con una bibliografía, al menos aproximativa, que facilite y encamine la tarea de futuros investigadores, pero allí hay un filón para tesis y trabajos monográficos.

MG: Los bohemios llegaron desde Aragón, Andalucía, etc. a Madrid, y llevaron una vida llena de dificultades. ¿Hay algún paralelismo con la situación de hoy? Por ejemplo, es difícil encontrar editoriales, público, aparecer en los medios de comunicación, etc.

JB: Sociológicamente son dos épocas muy diferentes. Aquel periodo sí que se parece al actual en la cantidad de innovaciones que afectaron a la vida cotidiana. En la época de intersiglos, la electricidad, el teléfono, el automóvil, el fonógrafo, el cine, el agua corriente, las vacunas, el  movimiento obrero y cien cosas más. Hoy, todo lo relacionado con la informática y el mundo digital. En cuanto a la dificultad de editar, ayer y hoy se editaba demasiado. En el sentido de que accedían y acceden a las librerías una gran cantidad de obras que no han pasado por el tamiz de una mediana exigencia.

MG: Desde el punto de vista del mercado, los libros sobre los bohemios, raros y olvidados ¿siguen vendiéndose? ¿Despiertan interés hoy? ¿Quién los lee?

JB: Despiertan un relativo interés porque es un mundo pintoresco y, como se dijo, no muy conocido, pero siempre minoritario. Supongo que los leen profesores, estudiantes, dilettantes y los bichos raros que, afortunadamente, nunca faltan.

MG: En Aragón, gracias a Latassa y hoy gracias a tu Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), se cuenta con una Biblioteca de autores de esa región española.¿Qué has aprendido durante la elaboración? ¿Cuáles son as dificultades de una obra erudita de ese tipo? ¿Qué se quedó fuera del Diccionario? ¿Habrá una edición electrónica?

JB: Siempre había hecho yo fichas y reunido bibliografía de autores aragoneses contemporáneos, además de muchos otros que no son aragoneses de nacimiento. Con este material empecé el trabajo, pero en los años de elaboración fatigué bibliotecas, repertorios, bibliografías y, evidentemente, aprendí muchísimo. También aprendí sobre el horror de la burocracia, la informalidad de la gente y mil cosas más, que dan para una conferencia. Las dificultades fueron enormes y menos mal que decidí modificar el primer proyecto, en el que pensaba encargar las voces de los escritores más importantes a especialistas en los mismos. Si lo hubiera hecho así, aún no estaría publicado. Con la colaboración de un ayudante, redacté personalmente las casi 1800 voces con la obra completa y la bibliografía de los autores.
Desde que entregué a la imprenta el Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), a principios de 2010, no llega a veinte el número de autores que he encontrado después. Por cierto, que en el Diccionario se daba un correo para que, si alguien sabía de algún autor que no se hubiera incluido, me lo comunicase. Hasta el momento, no he recibido ni una sola indicación.
No sé si habrá edición electrónica. Fue un encargo institucional y ésa era la intención, además de enriquecerlo con una iconografía, pero nos encontrábamos en medio de la crisis y no estaban las cosas para alegrías. Sería sencillo acometer esa edición. El copyright me pertenece, así que, si hay quien la financie, no tiene más que ponerse en contacto conmigo.

MG: ¿Cómo ves el futuro de los libros electrónicos, los que no se manchan con el café de la taza derramada, ni con el ron? Los que no arden en la chimenea (algún maestro se jactaba de usar los de jóvenes poetas que recibía como regalo y con los que alimentaba su chimenea). Los libros que no son libros, pues se leen en pantallas retroiluminadas. Son libros que resplandecen como las luciérnagas, como Luces de bohemia.

JB: Quienes amamos tanto el papel, tenemos una comprensible resistencia ante las innovaciones en este terreno, pero reconocemos sus ventajas, sus posibilidades, su necesidad… y, además, sabemos que pueden convivir perfectamente estos y otros formatos. Yo utilizo el e-book para leer en la cama. No pesa, no molestas con la luz encendida a la compañía, si la hay, aparte de las ventajas técnicas que todo el mundo conoce.

  «Valle-Inclán sería considerado como el escritor español más importante incluso de todo el siglo XX»

MG: ¿Cuál es el legado hoy de Valle-Inclán? ¿Nos iluminan los resplandores de Luces de bohemia o se han apagado?

JB: Casi hasta los años sesenta del siglo XX, Valle-Inclán era considerado, sobre todo, como un excéntrico —lo que es verdad— sujeto activo de anécdotas y demasías. Afortunadamente, han cambiado las cosas y estoy seguro de que, si se hiciera una encuesta hoy, sería considerado junto a García Lorca, como el escritor español más importante de la primera mitad del siglo XX e, incluso, de todo el siglo. La bibliografía sobre él resulta inabarcable y su obra está perfectamente editada. Para mí es, junto a Quevedo, el gran maestro de la lengua española.

MG: ¿Entre los escritores de Aragón, qué puedes decirnos de los dramaturgos?

JB: Puedo decir muy poco. Aragón ha destacado literariamente en el ensayo, el periodismo o la investigación. Hay pocos poetas de calidad y menos dramaturgos. En cuanto a novelistas, salvo la cumbre de Ramón J. Sender y el casi desconocido fuera de Aragón, Braulio Foz, autor de la Vida de Pedro Saputo, que Menéndez y Pelayo denominó el Quijote aragonés, tampoco hay abundancia, aunque en este momento hay autores de calidad como Ignacio Martínez de Pisón o José María Conget. Los dramaturgos aragoneses dignos de citarse en el último siglo son pocos; el más importante, sin duda, Joaquín Dicenta, el inventor y la cumbre del teatro social y obrero en la España de intersiglos. Podemos citar también a Marcos Zapata, con obras de gran éxito en la segunda mitad del siglo XIX, Muñoz Román, el principal libretista de la revista musical, bilbilitano, como Dicenta, y Alfredo Mañas y Alfonso Plou, en los últimos decenios. Cosecha escasa.

MG: Hay también otra pregunta que siempre te habrán formulado: ¿quiénes han sido las escritoras aragonesas? ¿Quiénes escriben en Aragón después de 1939?

JB: Pocas y mal conocidas, al menos hasta los años ochenta, en los que empiezan a proliferar. Yo citaría a una poeta, no diría que olvidada porque nunca tuvo éxito, pero para mí es la mejor lírica aragonesa del siglo XX. Se llama Sol Acín (1925-1998) y fue hija del artista libertario Ramón Acín, asesinado al comienzo de la guerra. De las muchas que están vivas, habrá que esperar unos lustros para separar el grano de la paja.

MG: Te has interesado por las tradiciones musicales y artísticas, culturales en definitiva, de Aragón. Desde tus Antiguas grabaciones fonográficas aragonesas (2010) hasta la jota (La jota ayer y hoy, 2005), las cupletistas aragonesas (Siete cupletistas de Aragón, 1998), las actrices (Mujeres de la escena, 1996), etc. has mostrado que la literatura popular, la lengua, la música y el arte forman unas tradiciones cuya biografía te fascina (Biografía de la jota aragonesa, 2013). ¿Cómo se llegó a este desarrollo espectacular y cómo pervive en la actualidad? ¿Se conoce fuera de Aragón o crees que necesita proyectarse más a España y el mundo?

JB: Después de los primeros libros de poemas y cuentos, en seguida empecé a publicar sobre el tango, luego, sobre el cuplé, con la biografía de Raquel Meller, la copla, la zarzuela, la fonografía, etc., hasta llegar a la jota. El primer libro sobre ella, del año 2000, fue un encargo. Entonces la jota aragonesa estaba en un mal momento, pero el siglo XXI ha significado un inesperado renacimiento. Los intelectuales aragoneses, al contrario que los andaluces con el flamenco, nunca prestaron atención a la jota, sino que la denostaron. Apenas hay bibliografía y la universidad la ha marginado absolutamente. No conozco un solo trabajo surgido de ella. Como pasó con la canción española, la confundieron con el franquismo cuando el origen del baile se pierde en la noche de los tiempos y la documentación de la música y el canto es incluso anterior al flamenco, pero, a partir de 1850, los dos géneros tienen trayectorias similares. En el siglo XIX escriben jotas aragonesas casi todos los compositores españoles, pero también Liszt, Glinka, Saint-Saëns… A finales del siglo XIX estaba en la cumbre del éxito y la jota no faltaba en el género lírico. Algunas de ellas (las de El dúo de La Africana, La Dolores, Gigantes y cabezudosEl guitarrico…) se hicieron justamente famosas. En la primera mitad del siglo XX casi todos los grandes ballets españoles llevaban la espectacular «jota de Zaragoza», como número final, y ha habido grandes intérpretes masculinos y femeninos a lo largo del siglo pasado. Pero, a causa de este cuestionamiento por parte de los detentadores del poder cultural, la jota pasó de moda y, prácticamente se conservó gracias a que supervivió en el pueblo y en los pueblos, hasta principios del siglo XXI.

«Los intelectuales aragoneses, al contrario que los andaluces con el flamenco, nunca prestaron atención a la jota, sino que la denostaron»

Alguna responsabilidad en ese renacimiento tuvo la serie de libro-discos y espectáculos “La jota ayer y hoy”, tan bien recibida; los programas televisivos, que hoy nutren la afición jotera, con excelentes réditos para unos y otros; la difusión lograda por las nuevas formas en el canto y en la danza sustentadas por artistas como Carmen París y Miguel Ángel Berna; y me gustaría pensar que también los diez mil ejemplares distribuidos del librito de la serie CAI-100 que me encargó el maestro Guillermo Fatás y que es donde por primera vez se trata la jota desde otra perspectiva y se escriben algunas de las cosas que ahora estoy estampando.Pero ya digo que la responsabilidad principal debe otorgarse a quienes, en los tiempos duros, siguieron manteniendo, cantando, bailando y defendiendo la jota, a despecho de las circunstancias. Me refiero, sobre todo, al ámbito rural aragonés de las tres provincias. A los pueblos, hablando en plata. Sus gentes, sus grupos, rondallas y su entorno social siguió teniendo a la jota por bandera y siguió sintiéndola, cantándola, haciéndola transmisora de sus gozos y de sus sombras y, sobre todo, de su forma de entender y afrontar la vida. No podemos olvidar, sin embargo, a los de adentro y a los de afuera. A los grupos zaragozanos que, rodeados de incomprensión y con bajas cada vez más numerosas, no se desmoralizaron y aguardaron tiempos mejores, a los maestros como Jacinta Bartolomé, María Pilar de las Heras o Jesús Gracia, que conservaron y transmitieron la excelsitud en la interpretación y el bien sentir, lo mismo que sucedió con la escuela oscense. Y, en cuanto a los de afuera, a grupos de las Casas de Aragón en otras provincias y, todavía con más dificultades, las de allende las fronteras, emocionantes trasuntos de lo aragonés en tierra ignota.
Con todo esto, hoy la recepción social del género se ha normalizado, incluso se ha prestigiado aunque, como no podía ser de otra manera, queden resistencias y también, ¿por qué no decirlo?, haya elementos jotistas que merezcan esa resistencia. Lucar contra los tópicos de uno y otro lado sin caer en la barata descalificación es fundamental. Sabiendo separar el grano de la paja, hay que aceptar lo tradicional y lo innovador: lo religioso, lo patriótico y lo libertario; lo basto y lo cursi y lo que algunos llaman zafio y otros, jotas de bodega. También, poner en el candelero y en el mercado la jota y aceptar su evolución, como ha hecho el flamenco, y por este camino van las propuestas creativas de gentes como Alberto Gambino. Otra cosa es lo que guste a cada uno. De cualquier manera, no estaría de más no tomarse las cosas muy a la tremenda y echarle el humor que rezuman muchas coplas del género. Humor, expresionismo y autocuestionamiento, que son también rasgos en los que se identifica cualquier aragonés.

                                                            «Soy disperso por naturaleza, y además ansioso»

MG: Como escritor, ensayista, historiador, profesor, investigador, ¿qué faceta de tu actividad te resulta más grata y más atractiva? ¿Cuál es la que te vampiriza? Después de aquella “Entrevista con los vampiros” (2004), ¿crees en los vampiros y en las vampiresas? ¿Cómo serían las vampiresas aragonesas?

JB: Yo soy disperso por naturaleza, y además ansioso. Tengo necesidad vital de pasar de un género a otro, de lo culto a lo popular, de la música a la literatura, de la investigación a la creación… Efectivamente, para mí, en la variedad está el gusto. Y no sólo creo en los vampiros sino que me consta que abundan: los que se aprovechan de tus trabajos sin citarte, los que directamente te copian, los que creen que los escritores tienen que trabajar gratis, los envidiosos que buscan arrinconarte para destacar ellos… Una auténtica caterva de vampiros nocturnos, rapaces diurnos, cocodrilos en el río, tiburones en el mar y hienas de tierra firme. Procuro olvidarlos y bien sé que ellos prefieren no cruzarse conmigo. En cuanto a las vampiresas, no les pregunto si son aragonesas, procuro quedarme a solas con ellas y que me enseñen cosas y sus cosas.

MG: Hubo una actriz malagueña, que a lo mejor cantó alguna jota, llamada Pepa Flores, pero más conocida como Marisol. Tuviste la oportunidad de escribir su biografía (1999). ¿Es una biografía que siga reeditándose? ¿Se venden bien las biografías femeninas? ¿Crees que la biografía está desplazando a la novela en cuanto a ventas de las editoriales? ¿Hay un auge de la biografía?

JB: Marisol cantó jotas ya en sus películas de niña. Mi biografía, Marisol frente a Pepa Flores, se agotó pero, por causas que desconozco, no se reeditó. Luego Antena 3 me compró los derechos y rodó una serie basada en mi libro. Las biografías femeninas están de moda y cada vez se venden mejor, de lo que me alegro porque hasta hace pocas décadas la biografía era un género muy poco cultivado en España.

MG: Ya que también has publicado guías de Zaragoza (2003 y 2007), ¿qué nos recomiendas a los que no conocemos estas tierras aragonesas? ¿Por dónde empezar nuestra visita y cómo planificar nuestros recorridos? ¿Conviene hacer un viaje en la vida a Zaragoza y Aragón o, mejor, un viaje cada año?

JB: Salvo el Pirineo, la ciudad de Zaragoza y algún lugar aislado, como el Monasterio de Piedra o Albarracín, Aragón se conoce mal y es una pena, porque, como ocurre en casi toda España, a pesar de lo mucho que la especulación y la desidia han destruido, está llena de parajes maravillosos y, además, solitarios, de hermosísimos edificios civiles y religiosos, de una bellísima arquitectura popular. Ahí van unas cuantas propuestas:

-La airosa esbeltez de la iglesia mudéjar de Santa María, dominando el casco urbano de Calatayud.
-La recoleta naturalidad y violenta belleza de la obra humana, como es el núcleo urbano de Alquézar en un paraje incomparable.
-El misterio, proporción y sobria originalidad del románico integrado en el entorno de la iglesia de Santiago en Agüero al lado de los espectaculares Mallos de Agüero, muy cerca de los más famosos de Riglos.
-Las iglesias mozárabes del Serrablo, una auténtica sorpresa para quien no las conozca, por ejemplo, San Bartolomé de Gavín en otro paraje maravilloso.
-La bellísima portada que integra arte, historia y mito del ayuntamiento de Tarazona, ciudad que es toda una joya, como su comarca del Moncayo.

-La Seo del Salvador, resumen artístico de la capital de Aragón.
-Los conjuntos monumentales de Albarracín o Daroca, que fascinan y asombran desde sus mi  perspectivas.
-La fusión de la tierra, la piedra roya y el hombre en el castillo de Peracense, esencia montaraz de Aragón.
Y dejo aparte los cientos de paisajes incomparables, porque no quiero pecar de patriotero.

                                                      «He dedicado muchas horas de mi vida a Sender»

MG: ¿Y qué queda en su tierra aragonesa de R. J. Sender, del Maestro Montorio o de Raquel Meller?

JB: Al que se le ha dedicado más atención (y con justicia) es al novelista. Hay un llamado Proyecto Sender, inserto en el Instituto de Estudios Altoaragoneses, que congrega la muy amplia bibliografía e información que va surgiendo sobre él. Se han publicado bastantes libros, se han organizado congresos, se lee en los institutos su obra, etc. Desde que a los 17 años devoré Las criaturas saturnianas, le he dedicado muchas horas de mi vida. Creo que he leído toda su obra publicada y muchos libros acerca de él. He escrito bastantes artículos académicos y periodísticos acerca de su obra, he descubierto textos periodísticos desconocidos de diversas épocas, su primer cuento, sus guiones para lo que hoy llamaríamos novela gráfica, Cocoliche y Tragavientos, he dado decenas de conferencias sobre su obra, edité un libro con una antología de los artículos que sobre él escribió Francisco Carrasquer, el máximo senderiano… Hasta me otorgaron a los 21 años el primer Premio Sender de Periodismo que se convocó. Por cierto que Sender, entonces, metió la pata augurándome en público un brillante porvenir.
Al maestro Montorio no lo conoce apenas nadie y, junto a Quiroga y Monreal, forma el trío de grandes compositores de la música popular española del siglo XX. Su trascendencia estriba en la gran cantidad de canciones y música de obras de teatro y cine que acometió a lo largo de suvida. Muchas de ellas permanecen en el imaginario popular. Considérese que empezó muy joven y tuvo tiempo de tocar todos los géneros. Entre 1930 y 1977, Montorio puso música a unas ciento treinta obras de teatro lírico. Fue el heredero de los maestros Alonso y Guerrero en el género de la revista. Alonso fue el rey entre 1925 y 1940, Guerrero tomó el relevo y, a su muerte, en 1951, Montorio se convirtió en el principal suministrador de música teatral. Sólo en los años cincuenta estrenó más de cuarenta obras. Su capacidad de trabajo fue asombrosa: componía canciones para los artistas, extensas partituras para el teatro musical y el cine y, frecuentemente, dirigía él las orquestas en los teatros en que se interpretaban sus obras. También realizó muy numerosas partituras publicitarias para la radio y, después, para la televisión, muchas de las cuales figuran en el libro-disco Maestro Montorio, que publiqué en 2004. La más recordada tal vez sea la que anunciaba el analgésico llamado Tableta Okal: «La tableta Okal es hoy el remedio más sencillo / yo a ninguna parte voy sin llevarla en el bolsillo. / Y cuando emprendo un viaje por lo que pueda pasar / al hacerme el equipaje pongo un sobrecito Okal / Okal, Okal, Okal es lenitivo del dolor / Okal, Okal, Okal es un producto superior […]», etc.
La relación de Montorio con el cine también fue intensa desde principios del cine sonoro. De hecho, intervino en la musicalización de varias de las primeras películas y, en seguida, consiguió grandes éxitos con El negro que tenía el alma blanca o La hija de Juan Simón, ambas con Angelillo. En los cincuenta lanzó a Antonio Molina con sus canciones para El pescador de coplas o Esa voz es una mina. Pero se puede decir que trabajó con casi todos. En total, intervino en la música de unas setenta películas.
Raquel Meller y su tiempo, la biografía que publiqué en 1992, está agotada y nadie se ha preocupado en reeditarla, pero es un personaje que sigue suscitando interés, porque es la artista más representativa de la época del cuplé, que es también la de la Edad de Plata, y, en los años veinte fue una estrella internacional de la canción y el cine. Me siguen pidiendo artículos y conferencias sobre ella y he hablado en varias ocasiones con directores y productores que pretendían llevar su vida al cine. El problema es que las producciones de época son caras.

                          «La idea de un Diccionario de la bohemia me ha rondado por la cabeza, y podría hacerse»

MG: También has rescatado, por volver al principio de la entrevista, a Guillermo Osorio (1918-1982), «último de los verdaderos bohemios». ¿Qué te gustaría descubrir aún de su obra y vida?

JB: Fuera de lo que digo en la introducción a Guillermo Osorio, Obras, que me costó bastante esfuerzo reunir, no conocemos nada de él. Me gustaría saber de su peripecia en la guerra, como conductor de tanques en el bando republicano, de lo que le sucedió en la posguerra, que no debió de ser nada bueno —él nunca habló ni de una cosa ni de otra—, me gustaría que me proyectaran una jornada de su vida cotidiana, de taberna en taberna, sus conversaciones con poetas y borrachos, su relación con Adelaida Las Santas, su pintoresca mujer. Dicen que era un hombre tan borracho como angélico, una criatura humana capaz de producir excelsos sonetos clásicos y cuentos surrealistas, al tiempo que pululaba por el submundo o dormía en un banco de la calle.

MG: ¿No resucitaránlos bohemios? Tal vez puedan resucitar desde el punto de vista literario, si se reeditan sus obras.

JB: La epidemia de franquicias, fast food, chinos, pizzerías, Mc Donalds y demás ha terminado con los bares clásicos y tabernas. Es complicado encontrar un plato de cuchara en un restaurante, y por la noche es hasta difícil beber vino. Las tabernas han desaparecido y bohemios como aquellos no volverán. El último fue precisamente Guillermo Osorio.

MG: ¿Hay algún proyecto de un Diccionario español de la bohemia? También eres autor de un Diccionario del tango (2001), ¿nos falta el Diccionario de Javier Barreiro? ¿Quién te aficionó a los diccionarios? Imaginamos que ocupan una buena parte de tu biblioteca.

JB: La idea de un Diccionario de la bohemia me ha rondado por la cabeza, y podría hacerse porque hay gentes interesadas en ello. Yo tengo muchos datos, pero tampoco es un trabajo fácil ni corto. Al mismo tiempo, ignoro si tengo una afición especial a los diccionarios. He publicado dos —el de escritores aragoneses y el del tango en colaboración con otros dos autores—, sí que tengo bastantes —doscientos y pico—, y, desde luego, si son buenos, son utilísimos. Todoshemos estudiado y aprendido a escribir, con el Casares, el María Moliner, el Corominas… Si queremos saber de ocultismo, tenemos que ir al de Collin de Plancy; de lunfardo, a los de Gobello y Conde; de vanguardia, al de Juan Manuel Bonet; de literatura aragonesa, al mío; de palabras non sanctas, al de Cela… Hasta en literatura los hay buenos, como el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce.

                                                                                                    «Lo que no quiero ser es mayor»

MG: Además de todo lo que hemos dicho, eres bibliófilo y coleccionista de voces (por ejemplo, aquellas que se grababan en pizarra o en cilindros de cera). ¿Cuáles son las voces aragonesas más antiguas que hoy se pueden oír gracias al rescate que has llevado a cabo?

JB: Los cilindros de cera para fonógrafo son anteriores a los discos para gramófono, que los coleccionistas suelen llamar pizarras. Sabemos que los primeros que se grabaron en España corresponden a 1894. Fue el Royo del Rabal, el jotero más mítico, el que impresionó algunos, pero no se conservan. La inmensa mayoría se han perdido o deteriorado. Por otro lado, los cilindros no están datados y se conservan muy pocos catálogos, por lo que no podemos saber con seguridad cuáles son los primeros registros en el tiempo. Sin embargo, en Primeras grabaciones fonográficas en Aragón 1898-1903, recogí 29 registros, algunos muy antiguos, varios de ellos de intérpretes aragoneses. Allí hay seis jotas aragonesas cantadas por Blas Mora, de Albalate del Arzobispo, que, si no aparecen nuevos registros, serían las primeras jotas grabadas que se conservan. También hay un dúo de ocarinas, interpretado por otra figura de la jota, Balbino Orensanz, junto a un tal señor Lahuerta, que es la más antigua interpretación de este artesanal instrumento registrada en el mundo. En cuanto a discos, llegaron a España en 1899, publicados por la casa Berliner, la primera jota en este soporte fue «La mora», cantada por otra olvidada, Isidra Vera.

MG: El coleccionismo ¿nos embriaga? La literatura ¿es embriagadora? El escritor que se embriaga ¿es mejor escritor? La embriaguez ¿mejora la escritura? ¿Hay una literatura de autores que beben y beben y vuelven a beber? Entre los escritores bohemios, raros, olvidados, malditos, etc., ¿se hallan también los que se emborrachan?

JB: Estas preguntas se responden en mi próximo libro, Alcohol y literatura, que espero se publique en 2017. Hay mucha información —el índice onomástico tiene más de 800 referencias— y creo que es muy ameno, además de políticamente incorrecto.

MG: Háblanos de tus proyectos y de tus nuevos diccionarios. Dinos qué te gustaría ser de mayor: ¿investigador?, ¿novelista?, ¿poeta?, ¿autor de libros de viaje?, ¿bohemio?, ¿historiador de la literatura?, ¿ensayista aragonés?

JB: Además del libro citado y del blog “Javier Barreiro”, donde publico artículos y mis conferencias, así como las novedades editoriales, tengo comenzado un libro sobre la historia de las 50 canciones españolas más populares del siglo XX, otro de narraciones, titulado Lugares y fechas; y sí, me gustaría escribir un libro de viajes; reunir en un volumen mis artículos sobre tango; en otro, los de cuplé; el mencionado repertorio de bohemios; escribir más poesía… Lo que no quiero ser es mayor. En esto soy muy poco original.

MG: Muchas gracias, amigo maño, por responder con tanta paciencia, atención y sentido del humor las preguntas. En nombre de los lectores de la revista AnMal Electrónica, te reitero la gratitud y te deseo mucha suerte para los proyectos que te desvelan en la singladura actual. Cuídate de los vampiros y del sablazo de los bohemios.

Otras entrevistas:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/06/05/entrevista-de-raul-lahoz-con-el-firmante/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/07/16/entrevista-a-javier-barreiro-de-luis-alegre-el-patio-del-recreo/

Publicado en Tras la huella de Sade, Zaragoza, Colección La Delicia del Pecado, 2015, pp. 12-23.Sade Pintura

La profusa e inabarcable bibliografía internacional sobre el marqués de Sade y la humilde reflexión en cuanto a que poco podría yo aportar a tan rico acervo hermenéutico me llevó a reflexionar sobre cuál habría sido la suerte histórica de Sade en la, al menos hasta hace unas décadas, tan casi siempre mojigata España. De hecho, cuando uno se asomaba a la literatura, Sade estaba en boga. Se empezaban a poder conseguir sus libros en el mercado, en las revistas culturales afloraban artículos sobre el personaje y la moda del estructuralismo y el psicoanálisis lacaniano tenían en el marqués uno de sus más frecuentes motivos recurrentes. Así, en 1967, se había publicado en París la versión definitiva de la biografía de Gilbert Lély[1], uno de los libros canónicos acerca de Sade, y figuras tan influyentes en la cultura de la generación que culminó en el mayo francés, como Georges Bataille, Maurice Blanchot, Simone de Beauvoir o Roland Barthes, habían emprendido una vigorosa reivindicación aunque, como se verá, tuviera su fundamento en décadas precedentes.

Al efectuar las necesarias comprobaciones, observé que a Sade no se le había traducido en España hasta 1969. Fue pionera la barcelonesa editorial Taber con Historia secreta de Isabel de Baviera, reina de Francia (1969), en versión española de María Ángeles Santa. Pero las obras más transgresoras (Los ciento veinte días de Sodoma, Justine, Juliette…), sólo se conseguían, y aún con dificultad, en ediciones mejicanas que procuraba bajo mano alguna librería de avanzada como “Cinc d’oros” en Barcelona.

Pero, evidentemente, la figura del heterodoxo francés había llegado al país más de una centuria antes y ésa es la pequeña historia que voy a desbrozar.

Sade002

Antes de comenzar con los ecos de la obra de Donatien-Alphonse-François, habría que consignar un tan curioso como lamentable episodio español del que fue protagonista Louis-Marie de Sade, su primogénito, que, por lo que ahora se dirá, algo –y no de lo mejor- heredó del padre. Nacido en 1767, había cursado la carrera militar y, como oficial, intervino en diversos episodios bélicos. El 20 diciembre de 1808 llegó a Zaragoza para participar en el segundo sitio de la ciudad, donde intervino en varios hechos de armas que constan en su hoja de servicios[2]. Ya conquistada la plaza, el 23 de febrero de 1809, el capitán hizo varios prisioneros en el término de Valmadrid, que fueron interrogados. No sabemos a ciencia cierta lo que ocurrió en dicha contingencia pero debió de ser terrible. En el informe de Sade se habla de una increíble rebelión de los apresados que derivó en lucha y crueldades por parte de los detenidos, mientras que, en cambio, el mando francés resolvió degradar al capitán. Es ilustrativo que los tres nombres que constan de los arrestados sean femeninos: Antonia, María y Juliana. Antonia Pelegero resultó muerta y tanto ella como las otras dos presentaban heridas atroces. Parece haber pocas dudas de que se trató de un hecho en el que se practicó aquello a lo que más tarde se daría el nombre de sadismo o algolagnia y, dado el historial militar y familiar del degradado, no parece que fuera la primera ocasión en que se veía en tales circunstancias.

Volviendo al protagonista de este trabajo, algunas de sus obras, como Sade Manuscrito de Justine007Justine o los infortunios de la virtud[3], aunque recluidas en el “infierno” de la Biblioteca Nacional francesa, circularon en vida del escritor en versiones manuscritas y, durante todo el siglo XIX, proliferaron las ediciones clandestinas que influyeron en numerosos y muy relevantes autores, aunque hubiera de esperarse a 1909 para que las nacientes vanguardias, encarnadas en Guillaume Apollinaire, editaran su obra. Durante dicho siglo las ocasiones en las que en España se menciona al escritor francés, son siempre para incidir en sus crueldades y depravaciones. Veamos, como ejemplo, una de las primeras:

…la moralidad de los jefes de asociación que han sido señalados por la policía es tal, dice el parte, que sería preciso tener la pluma del Marqués de Sade para caracterizarlos dignamente. “Crónica política” firmada por D., El Católico nº 2000, 30-IX-1845, pag. 5.

El 2 de diciembre de 1885 aparece un artículo con el título “Sadismo”, firmado por el asturiano Tomás Tuero, en el que se censura la novela hipernaturalista y se la pone en parangón con el marqués de Sada (sic). Todavía faltaba un año para que Richard von Krafft-Ebing publicase su Psychopathia Sexualis, el tratado pionero sobre las perversiones sexuales que dio cauce a los conceptos tanto de sadismo como de masoquismo y abrió la puerta a la atención que la psiquiatría iba a prestar a la obra sadiana. En su número de julio de 1893 la revista cultural más puesta al día en su tiempo, La España moderna, fundada por José Lázaro Galdiano, se refería a la citada obra del psiquiatra alemán y a su categorización del sadismo. En la misma revista (abril 1895) publicaba Unamuno la primera versión de su ensayo “En torno al casticismo” y utilizaba, con la previsible connotación peyorativa, el término “sadismo” (p. 45), que, a partir de aquí, ya se usará normalmente en su sentido de aberración sexual, como se puede comprobar en el diario conservador La Época (23-8-1895, p. 3) o en el republicano El Motín (11-12-1897), donde lo utiliza Louis Bonafoux de igual manera. Es curiosa, asimismo, la mención de Ramiro de Maeztu en la que vincula al creador del Marqués de Bradomín con el de Justine:

Ante mis ojos se aparece el Sr. Valle-Inclán como discípulo de Barbey d’Aurevilly en el amor a los gestos olímpicos y a los temas diabólicos, como admirador, aunque no muy extremado, del marqués de Sade, en su complacencia al describir erotismos perversos. “Madrid Científico”, Revista Política y Parlamentaria nº 379, 1902, p. 10.

En la misma tónica de identificación de lo sádico con lo aberrante se continuará en las décadas siguientes. Sin embargo, es ilustrativo reseñar alguna mención significativa. En La Vida Galante (2-12-1904), la revista con pujos erotizantes que fundara el incansable e imprescindible Eduardo Zamacois[4], el narrador alicantino Rafael Leyda (1879-1914) publica un cuento, con el título “El marqués de Sade”, en el que narra una de sus aventuras libertinas. Y otro escritor tan de su tiempo como Emilio Carrère, que buscaba los asuntos chocantes, será uno de los que más invoque o cite al marqués en sus escritos[5]. Es también curioso un artículo de José Bruno publicado en “Los Lunes de El Imparcial” (2-12-1923), “Genealogías literarias. Del Petrarca a Sade”, donde rastrea la prestigiosa progenie familiar del escritor, desde Hugo de Sade, esposo de la legendaria Laura de Petrarca, hasta Mirabeau, pasando por teólogos, arzobispos y otros personajes de la historia francesa:

Por extraño designio viene a ser evocada Laura en el linaje de aquel que atormentó la literatura misma con los más infames maltratos, se inspiró en la insensibilidad estéril, se ensañó en la herida de amor hasta embotarla y disfrazó de arte la crueldad, con grave ofensa de las musas imperdonablemente. Aún cometió este mal escritor más delitos irreparables en las Letras: el de apostasía, el de negar la propia paternidad, protestando de que se le atribuyere uno de sus engendros (…) Del amor, cielo de la Tierra de la sublime idealidad, se derivó en el mismo linaje a las más arduas abominaciones. Aquel placer sumo, prohibido a los dioses, de amar el Imposible, posible único del Petrarca y de los poetas (…) degeneró en furia cruel, como si el niño Amor, crecido malcriado y hecho viejo, se revolviera huraño, envidioso, contra la juventud… el Amor, modelador del mundo, vida de la vida, se hizo destructor, asesino. Y en la historia literaria, como en muchas familias, hemos visto salir de la decencia y honestidad al hijo descarriado que hace del árbol genealógico una horca. Fue como si el imposible de un amor malogrado hubiera, al fin, de pervertirse, lanzando deshonor contra la inmaculada Laura, la mansamente altiva, la más honestamente halagada, madrigal vivo, estatua en verso… Como si quisieran vengarse los de Sade mismos de ser, ante una ineludible opinión del mundo, hijos espirituales de otro.

Durante esta década, el hecho más significativo es la traducción española de la biografía de Eugen Duehren[6], El marqués de Sade. Su tiempo, su vida, su obra, publicada en Madrid por la Imprenta de Torrent y Compañía en 1924. Además de primer biógrafo de Sade, Duehren, seudónimo que correspondía al médico dermatólogo alemán Iwan Bloch (1872-1922), considerado el padre de la sexología, fue quien descubrió el manuscrito de Los 120 días de Sodoma y Gomorra, que se había creído perdido y él publicó en 1904. 

La versión castellana de la biografía sadiana y el ensayo preliminar que la acompañaba se debían a un curioso personaje de la época, Oscar de Onix, que frecuentó también la escritura de obras eróticas. El dato de que se editaron únicamente treinta ejemplares, por lo que se trata de una buscada joya bibliográfica, nos muestra que todavía Sade permanecía en el infierno y su obra y figura sólo podían ser degustadas por una minoría de elegidos.

Coincide esta traducción con la reivindicación de la imagen sadiana por parte de los surrealistas, con el ya el citado precedente de Apollinaire, que rescató del lugar prohibido o acotado -“infierno”- de la Biblioteca Nacional francesa una serie de obras libertinas. Entre ellas, una selección de escritos de Sade que introdujo con un texto que tituló “El divino marqués”, adjetivo que, desde entonces, se ha utilizado hasta el hartazgo para calificar al aristócrata grafómano. El poeta francés fue el precursor del acercamiento literario y filosófico al escritor libertino, que tanto juego dio en el siglo XX[7]. Poco antes de su temprana muerte (1918) Apollinaire trabó relación con Maurice Heine (1884-1940), que iría editando la obra de Sade y otorgándole su lugar revolucionario en la literatura y en la historia.

Los surrealistas tuvieron, pues, el camino abierto para su reivindicación. Breton ya cita a Sade en 1924 y, a través de Mi último suspiro, conocemos las lecturas en conjunto, por parte de Buñuel y sus amigos, de los textos más transgresores del escritor francés. Precisamente, fue este aspecto revolucionario y agresivo el que reivindicó Georges Bataille al abandonar a los surrealistas en 1929 e ir construyendo un pensamiento original e infractor, con muchas vinculaciones con la obra sadiana.

Sade Dibujo de Masson para Justine009

Sin embargo, en cuanto a los comentarios suscitados por esta vindicación surrealista de Sade, las repercusiones literarias en España ni son muy tempranas ni muy entusiastas. Veamos una de las primeras referencias debida a uno de los oráculos del vanguardismo, Benjamín Jarnés:

Es explicable el hecho de que nuestros jóvenes camaradas suprarrealistas –segunda serie- hayan elegido por biblia, las obras completas del menos divino de todos los marqueses, el marqués de Sade. Estas obras como todo lo diabólico que se ha escrito en el mundo, pueden llevarnos a conocer íntimamente al hombre, pueden hacérnoslo comprender mucho mejor que todos los libros de superficiales sentencias a lo Rochefoucauld. (“La gran izquierda del mundo”, La Voz, 2-IV-1930).

En ese mismo 1930, el argentino Arturo Capdevila publicará, en edición bonaerense de la C.I.A.P., una biografía dramática, El divino marqués. (Misterio dramático sobre el espantoso sino del marqués de Sade), que será conocida en España; pero va a ser otro vanguardista, que pronto derivará hacia Falange Española, Eugenio Montes, el primero que escriba un artículo que se escapa de lo meramente convencional. Con el título “El marqués de Sade y los años terribles” apareció en una tribuna tan prestigiosa como La Gaceta Literaria el primero de diciembre de 1930. Merece la pena recordar alguno de sus párrafos:

Invierno de 1926. Estábamos en el café de La Rotonda (…) Entre los “pintores españoles de París” –tal vez los únicos supervivientes, ante el futuro del naufragio que ya ahoga a todos los jóvenes ibéricos- se hablaba de –de, en, por, si- surrealismo. Este era, entonces, un estilo más confuso que la mente de un israelita, al cual sus mismos conductores, conscientes de su inconsciencia, definían como un movimiento (…) Nadie se atrevía a la ocasión de predecir caminos ni alcance. “¿Quién sabe a dónde irá a parar?”, decía Cossío, con su voz única de encantador de peces. Con vago gesto de profeta –“Yo sí –me permití insinuar-. Eso acaba, en este país de bibliófilos y gentes de letras, en una gran edición de las obras del marqués de Sade”

Invierno de 1930. Lejos París y sus humos. Una mano cómplice, de amigo, me enseña un manojo de revistas superrealistas, en donde la palabra sadismo insiste en todas las líneas. Así, el número 2 de Le surréalisme au service la révolution, que viene a ser el Observatore Romano de la capilla vaticanizante del Café Radio, es todo él una loa al lejano papa negro de Avignon. La reproducción de una encíclica del marqués, una composición fotográfica de Man Ray y tres madrigales en forma de artículos, evidencian la apoteosis. Yo recuerdo, ante esto, mi predicción de hace cuatro años y pienso que, como todos los profetas, acerté en la mitad. Porque el superrealismo edita -y canta- a Sade; pero todavía no se ha acabado.

Respondiendo como un eco a la actualización superrealista de Sade, los eruditos publican sus obras y dilucidan su vida. Casi simultáneamente aparece en Francia, el texto de Justine ou les infortunes de la vertu (Ed. Fourcade), y en Alemania –allí la inteligencia, aquí el carácter- una biografía del marqués por Otto Flake. De esta biografía lo que resulta en claro es lo que ya sabíamos: que Sade fue, ante todo, un hombre de letras, eso que los superrealistas llaman, despectivamente, “un écrivain”.

(…) Al arte debe Sade el no haber sido un infeliz. Je suis un assassin imaginaire. Si tuvo de demoníaco, fue porque tuvo de imaginario, que, por lo que pudiese tener de asesino, no.

El artículo culmina con un muy ilustrativo ataque a los surrealistas[8] pero esoFlake, Otto, El Marqués de Sade001 es harina de otro costal. La biografía de Otto Flake que citaba Eugenio Montes fue prontamente traducida por Manuel Souto y publicada en España (1931) por Ediciones Ulises. Alcanzó cierta repercusión y tuvo reseñas en numerosas publicaciones de la época, una de ellas, debida de nuevo a Benjamín Jarnés (Luz, 7-1-1932), en la que el aragonés vuelve a mostrar su poco aprecio por la obra del biografiado y por el aplauso que ha despertado entre los jóvenes vanguardistas.

Por lo demás, la figura de Sade como encarnación del mal –para lo que no faltaban fundamentos biográficos- continúa apareciendo en libros como el de Antonio San de Vellilla, Sodoma y Lesbos modernas (1932), de óptica conservadora pero interesantes contenidos. De cualquier modo, las urgencias político-sociales y, sobre todo, la guerra civil y la censura franquista arrojan al marqués fuera de cualquier ámbito que no sea privado y su figura no volverá a aparecer en España hasta finales de la década de los sesenta, cuando se publican las primeras traducciones, aunque las de sus libros más perversos tardarán más.

Sin embargo, en los años -no muy libertarios- que siguieron a la II Guerra Mundial en Francia, un luchador de la resistencia, Jean-Jacques Pauvert (1926-2014), había comenzado la ingente tarea de sacar al denostado marqués de la clandestinidad publicando su obra -la primera fue Juliette en 1947-, lo que le costó juicios y cárceles pero, finalmente, la obra de Sade llegó a estar a disposición de cualquier lector en francés[9].

Sade Dibujo de Masson para Justine009

Como antes se dijo, en 1969 la barcelonesa Taber lanza el primer libro de Sade Sade La marquesa de Gange004editado en España, Historia secreta de Isabel de Baviera, reina de Francia, en traducción de María Ángeles Santa. Pocas semanas después, Llibres de Sinera lo hará con La marquesa de Gange, traducida por Pedro Gimferrer.

Durante el año siguiente, en la editorial Cuadernos para el Diálogo, ve la luz, Oxtiern o los crímenes del libertinaje. El filósofo en su opinión, traducida por el entonces prestigioso crítico literario del diario Informaciones, el zaragozano Rafael Conte, junto a su esposa Jacqueline. Y, en 1971, Los crímenes del amor (Ed. Al-Borak) e Ideas sobre las novelas, en traducciones respectivas de. J. F. Vidal Jové y Joaquín Jordá.

1973 nos trae Escritos políticos (Ed. Castellote) y El libertino y la revolución. Textos escogidos (Ed. Júcar); y 1974, Los infortunios de la virtud (Ed. Akal), en edición y traducción de otro crítico de Informaciones, en este caso cinematográfico, el salmantino César Santos Fontenla.

Sade Diario últimoEn 1975, año de la muerte de Franco, llegarían a los plúteos de las librerías españolas cuatro títulos: Correspondencia (Ed. Anagrama), con edición, traducción y prólogo de Manene Gras; Diario último (Ed. Felmar), traducida por José Lasaga Medina; Emilia y la crueldad fraterna (Tropos, 1975), en versión de Elena Fernández del Cerro y Escritos filosóficos y políticos (Ed. Grijalbo, 1975), traducida por Alfredo Juan Álvarez.

Podemos comprobar que en esta docena de títulos no se repite ningún traductor ni, tampoco, ninguna editorial. Al ser obras exentas de derechos parece claro que las empresas editoras se acogían al nombre de Sade, sabedoras del morbo que suscitaba, pese a que todavía la censura impidiera publicar sus obras escandalosas. Ha de llegar 1976, con el dictador ya enterrado, para que empiecen a aparecer éstas. Así, se publican dos traducciones de Justine (Ed. A.T.E. y Fundamentos), en versiones respectivas de Mercedes Castellanos y Pilar Calvo. La misma editorial barcelonesa A.T.E. publica en 1977 Juliette, traducida por Jorge García, y habrá de esperarse a 1980 para la aparición de Los 120 días de Sodoma, por parte de la editorial Antalbe, edición en la que no consta traductor. Hasta entonces, sus pocos lectores en español habían acudido a la edición mejicana (1960) de la editorial Baal, en la traducción de Rafael Soria.Sade, Los 120 días de Sodoam001

Aunque la moda Sade fue remitiendo en España hacia final de siglo XX, en sus últimos cinco años Gallimard publicó sus obras completas en la consagratoria biblioteca de La Pléïade, editadas por Michel Delon pero, salvo los departamentos de francés de las universidades, poco eco logró en la península ibérica quien tanto interés había suscitado en los años predemocráticos y en los de la transición[10]. Aunque la bibliografía en cuanto a artículos es numerosa, pocas son las monografías de autor español publicadas sobre Sade, dejando aparte breves semblanzas divulgativas de vida y obra, que se limitan a parafrasear textos anteriores. La primera de dichas monografías, Marqués de Sade, un profeta del infierno, (1974), debida a Pedro Sánchez Paredes, aunque escasamente útil, fue la que abrió el camino, luego apenas desbrozado y lo mismo puede decirse de las ediciones españolas de su obra, como la, ciertamente discutible publicada por Cátedra, Justina o los infortunios de la virtud.Sade Justina006

Sade es mucho más pensamiento que literatura aunque, como señaló Blanchot, escribir fue su pasión demencial. Probablemente, fue un psicópata, un nihilista (“La nada nunca me ha espantado y no veo en ella sino algo consolador y sencillo”) al que jamás preocupó la sensibilidad ajena. Pero le debemos innumerables conquistas, en las que fue pionero. Nunca nadie había expresado con tanta rotundidad, aunque sí con mayor belleza, la idea de que el hombre nace para el placer. Pocos tan sólidos en su ateísmo, desde ese ilustrativo Diálogo entre un sacerdote y un moribundo (1782) o su poema “La verdad” (1787). Pocos tan consistentes en su pesimismo como para que, después de la publicación de la Enciclopedia (1751), la primera declaración de Derechos Humanos en Virginia (1776) y la Revolución Francesa (1789), opusiera su creencia en la libertad total, incluso para propiciar a los demás el infierno, y contrarrestara con obras que suponían una ruptura total con el mundo. “Bandera de heterodoxos”, lo llamó Vargas Llosa y nada mejor para demostrarlo que terminar con alguna de sus palabras:

Somos arrastrados por la fuerza irresistible y ni por un momento somos dueños de poder determinarnos por algo que no sea el costado al cual nos sentimos inclinados. No hay una sola virtud que no le sea necesaria a la naturaleza y, a la inversa, no hay un solo crimen que esta no necesite y toda su ciencia consiste en el perfecto equilibrio que mantiene entre las unas y los otros. Pero ¿podemos ser culpables del lado en el cual nos arroja?”

   Tras la huella de Sade002

                                                           NOTAS

[1] Su primera edición es de 1952. Antes de Lély ningún estudioso había podido consultar los archivos familiares.

[2] Publicada por Edmonde Cros y B. Rumano en 1971.

[3] Hasta la Inquisición contemporánea tuvo noticia de esta obra, pues la incluyó en su índice.

[4] Zamacois, a lo largo de su voluminosa producción, citó varias veces a Sade y al sadismo. V., por ejemplo, “El peligro de amar”, Nuevo Mundo, 24-3-1910.

[5] Todavía el 22 de febrero de 1931 publica una crónica en el diario La Libertad con el título “La Venus de las pieles y el divino marqués”.

[6] La versión original (1901) había sido publicada en Berlín, con el título, Der Marquis de Sade und seine Zeit.

[7] Fue precisamente Apollinaire quien dictaminó en su introducción que el siglo XX sería sadiano, en lo que acertó doblemente.

[8] Montes volvería sobre lo mismo en otro artículo en El Sol, “El marqués de Sade y las modas penúltimas” (20-11-1931), en el que reproducía literalmente la primera parte del texto publicado en La Gaceta Literaria y arremetía de nuevo contra los surrealistas.

[9] La labor editora de Pauvert, uno de los ciudadanos que más han luchado en contra de la censura, fue modélica a lo largo de toda su larga vida en la que, además de la obra e importantísimas monografías acerca de Sade, publicó multitud de obras eróticas, como Histoire d’O y a autores como Sartre, Paulhan, Bataille, Françoise Sagan, Guy Debord y tantos otros. Desventuradamente, murió unos meses antes de cumplirse el segundo centenario de aquel de quien fue principal reivindicador y publicista.

[10] Sin embargo, la edición de La Pléïade vendió más de 50.000 ejemplares de sus tres tomos, de modo que en 2014 y para conmemorar el bicentenario, ha reunido Justine, Los 120 días de Sodoma y La filosofía en el tocador en un volumen antológico, que se incorpora a la colección.

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                                                                             Sade Casa natal

Casa natal del Marqués

 Pancho Villa Efectivamente, un número indeterminado de combatientes fueron apodados por sus compañeros con el sobrenombre del caudillo revolucionario mejicano Doroteo Arango  (1878-1923) “Pancho Villa”, cuya actividad era todavía reciente. Solía otorgarse el remoquete a milicianos muy arrojados en el combate, de acusada personalidad y conducta anárquica, por lo que fue frecuente entre las columnas libertarias aunque no faltó en otras facciones. Como el guerrillero mejicano, casi todos murieron de forma violenta, aquél tiroteado en su automóvil y éstos en el campo de batalla. Señalaremos aquí algunos de quienes hemos tenido noticias aunque ninguno alcanzara notoriedad alguna ni llegara ni siquiera a la pequeña historia. Pancho Villa, jefe de grupo de la Columna de hierro, El LIberal 3-9-36Seguramente, el más popular fue Rafael Martí (1907-1936), un obrero anarquista de Puerto de Sagunto –alcoyano, según otras fuentes- que trabajó como operador cinematográfico y desde 1931 participó en numerosos actos revolucionarios. En 1936 intervino en el asalto a los cuarteles valencianos y se encaminó hacia Teruel. Fue uno de los líderes de la Columna de Hierro, al que incluso llegó a dedicársele una calle –la de Trinquete de los Caballeros- en Valencia. En la foto aparece con el sombrero de palma que evocaba al líder mejicano. Su principal actividad bélica la desarrolló en el frente de Teruel, donde participó en los asaltos más peligrosos.

En los primeros días de noviembre de 1936 figuraba en cabeza de su pelotón cuando se atacó Puerto Escandón, de gran importancia para el dominio de la ciudad. Cuando los suyos se retiraban, pistola en mano, se plantó frente al parapeto y reanimó a sus milicianos, que conquistaron la posición aunque él muriera en el intento. En su honor se otorgó el nombre de Posición Pancho Villa a dicha cota, muy disputada durante la guerra.  Así lo cuenta el diario La Libertad en su número del 4 de noviembre. También se divulgó otra versión, según la cual su muerte se produjo durante un tiroteo surgido tras pactarse una tregua para recoger los caídos de ambos bandos. En él moriría también el comandante Vélez, del bando nacionalista y unos sesenta soldados. Elías Manzanera, un miliciano de la columna, escribió en Documento Histórico de la Columna de Hierro que fueron los fascistas quienes enarbolaron bandera blanca para engañar a sus enemigos.

Alguna popularidad obtuvo también Luis Gallardo García, minero en Linares y relojero en Madrid, cuya borrosa figura, recojo. Sorprendido en Sevilla al estallar la rebelión, consiguió llegar a Castuera (Badajoz). Jefe de las guardias rojas y capitán de un escuadrón de Caballería, fue trasladado a Andalucía, donde resultó herido en las cercanías de Alcaudete. Al recuperarse, se incorporó al frente de Teruel, donde la metralla dejó numerosas huellas en su cuerpo. Pronto pasó a participar en la defensa de Madrid, su ciudad natal, como jefe de dinamiteros, actividad que dominaba por su antiguo oficio en las minas. Allí desarrolló una incesante actividad en los lugares de mayor peligro, minando edificios como el Clínico y hasta las alcantarillas desde las que los asaltantes disparaban sus ametralladoras. De nuevo volvió a ser herido. Un parte de guerra fechado el 21 de noviembre de 1936 reza:

 El jefe de Estado Mayor certifica que el día 13 del actual en que el enemigo atacó duramente con gran número de tanques, hubo precisión de recurrir al servicio del teniente coronel Luis Gallardo, jefe de dinamiteros, el cual vino con 80 de sus hombres, quienes, con el arrojo que les es peculiar, lanzaron sus terribles artefactos desde casas y parapetos, medio el único por el que se pudo evitar –ya que se carecía de antitanques y de carros propios- que los tanques enemigos rebasaran nuestros parapetos y entraran, cruzando el río, en Madrid.

Otra de sus hazañas bélicas la relataba Solidaridad Obrera en su número del 5 de enero de 1937:

“Otras de las gloriosas actuaciones de este Batallón de Dinamiteros recientemente el Estado Mayor llamó a “Pancho Villa” para encomendarle una delicada misión. Inmediatamente “Pancho” reclutó nueve hombres entre los que había dos hermanos y dos cuñados suyos; se internaron por la colectora del Matadero y llegaron hasta bajo de los parapetos de los enemigos. Allí planearon la práctica de la Dinamitero Pancho Villaoperación y a las nueve de la noche comenzó el trabajo; cavaron 18 galerías debajo mismo de los parapetos enemigos en una extensión aproximada de unos 250 metros, en estas galerías repartieron 1000 kilos de dinamita de primera clase, colocaron la mecha en cada una de ellas y las juntaron a un cable de alta tensión que salía fuera de la colectora terminando en los bordes del conmutador. Todo este trabajo tuvo que hacerse con agua hasta más arriba de la cintura y en muchos trayectos a rastras. La dinamita se transportó en paquetes ya que no era posible en cajas, lo que obligó a los dinamiteros a hacer infinidad de viajes por aquella galería de unos 1700 metros de largo; el trabajo era penoso de sí, agotador para hombres que no hubieran estado habituados a la mina, pero lo que más molestó a nuestros héroes fue el tener que estar a oscuras y en absoluto silencio. Mientras operaban al final de la mina, se iban orientado por el ruido que hacía el enemigo por encima de sus cabezas; oían cómo funcionaban las ametralladoras, los pacos los distinguían claramente, pero ellos seguían cumpliendo con su misión sin inmutarse por nada; a las 5 de la mañana quedó toda la operación lista; todo quedo repasado por el propio “Pancho”, que igual que los otros compañeros trabajó con gran entusiasmo para que con su ejemplo no desmayaran; el Alto Mando ordenó (retrasar) las avanzadillas unos 2000 metros para evitar los efectos de la explosión y a las 7 y 20 de la mañana se dio la orden de fuego. Funcionó el conmutador y seguidamente una terrible explosión lanzó por los aires todo lo que se encontraba encima de las 18 galerías; el estampido fue enorme desde los 1500 metros en que nos hallábamos observando y los efectos sorprendentes; nuestras avanzadillas que ya estaban preparadas avanzaron sin necesidad de disparar un solo tiro, por un gran sector que el enemigo abandonó huyendo a la desbandada y abandonando todo el material que poseía en manos de nuestra gente que les persiguió sin encontrar ninguna resistencia; después de un detenido reconocimiento, se comprobó que se habían destruido al enemigo las fortificaciones y parapetos que tenía en este sector desde los que se hacía fuerte y de donde era difícil desalojar; ante el brillante resultado de esta operación, el Alto Mando felicitó a “Pancho Villa” y sus valientes muchachos que con tanto valor y entusiasmo lograron un avance en este sector. Esta acción es un eslabón más a la larga cadena de victorias que los hombres de la C.N.T. y de la F.A.I. van elaborando en esta lucha contra el fascismo; victorias verdad, hechos probados y reconocidos por los Altos Mandos, cuyos testimonios de felicitación son el orgullo de nuestra Confederación; “Pancho Villa” y sus hombres pertenecen a la columna “Tierra y Libertad…”

No sabemos qué fin tuvo tan eficaz dinamitero

De Ciriaco López, de quien nos habló en una de sus admirables artículos Eduardo Zamacois, tenemos una imagen fotográfica, al menos aceptable. Había participado en la guerra de África y en la guerra intervino en la campaña de Extremadura. Reproducimos parte del vívido relato del escritor:

Las botellas pasan de mano y mano y lo cerebros se acaloran. López propone entrar en Medellín a los compases de “La cucaracha” y los circunstantes asienten entusiasmados. Varios de ellos, en vez de gorrilla cuartelera, llevan sombreros haldudos de paja, atavío que les da un perfil mejicano y es que el espíritu guerrillero de Méjico va con nosotros. Luego todos, a voz en cuello empiezan a cantar, sobre una tonadilla muy conocida estos versos, de los que el alférez Ciriaco López se declara autor: Los hijos de “Pancho” / son buenos muchachos; / tienen una falta: / que son muy borrachos. / Unos son de vino / y otros de aguardiente, / y la mayoría / de vino corriente… Estallan risotadas, el buen humor cunde, la gente se enardece y los cuerpos adquieren una elasticidad felina. Las armas que porteamos nos estimulan a la lucha y nos traen el placer, nuevo para nosotros –aunque viejo como la Humanidad- de sentirnos “bárbaros”. Nadie piensa en la muerte. Pancho Villa (Ciriaco López)

Tampoco sabemos de la suerte del buen Ciriaco.

Otro Pancho Villa fue un comunista muy conocido en Tetuán de las Victorias, donde, al parecer, compraba y vendía hierro. Viejo. Aparece en Rascafría al principio de la guerra para reforzar a las fuerzas leales organizadas por el después comandante Pando. Su bravura hizo que en el batallón Thaelman alcanzara el grado de capitán, con el que murió en la defensa de Madrid el 23 de junio de 1937.

Hay referencias a otro Pancho Villa en el Diario de Manuel Gutiérrez, un miliciano que combatió en el Frente de Aragón alistado en la 24 Brigada mixta, Batallón 493, sección de Transmisiones. El miliciano lo comenzó el 4 de abril de 1937, después de haber perdido otro que había iniciado en su alistamiento en el cuartel de Sarriá. Un alférez provisional lo encontró en el frente de Zuera, junto al cadáver de su autor en septiembre de 1937. Salvo en el momento de su muerte, no son muy positivas las referencias que nos da Manuel Gutiérrez de este Pancho Villa:

…un individuo muy popular, que se hace llamar “Pancho Villa”, alto como un San Pau y con pose de perdonavidas, cara de fanfarrón y tipo de matón, que dicen que es muy valiente, que va de permiso a Barcelona cargado de galones y correas con municiones y fusil-ametrallador; era guardia de asalto y me cuenta el compañero Cabrera que, en cierta ocasión, en la carretera de Tardienta a la ermita, estaba Pancho Villa hablando con dos chicos y otros guardias y decía a los primeros “¿Recordáis aquel día que vino a vuestro pueblo una camioneta de guardias y apaleó a los trabajadores? Pues yo estaba entre ellos y recuerdo haberos apaleado a vosotros”. – Y reía con cinismo mientras los dos chicos sonreían para disimular el odio que reflejaban sus ojos. Este desgraciado es el ayudante del comandante de nuestro Batallón. Poca confianza me inspiran estos autómatas al servicio del capitalismo, antes dedicados a perseguir al trabajador y que hoy luchan a nuestro lado porque no pueden luchar al servicio del fascismo, al cual servirían mejor y la mayoría son tan fascistas como los que tenemos delante de las trincheras (…) 

En la 4ª Compañía Pancho Villa se ha hecho popular. Al llegar se presentó a la Compañía y dijo: “Me han dicho que la 4ª Compañía es incontrolada. Pues bien; yo también lo soy” y arrancó el número del coche que tenía parado a su lado(…)

Dicen que Pancho Villa fue fusilado. Se había llevado a cabo una operación brillante en Zuera y toda la artillería rebelde cayó en poder nuestro. Entonces venían fuerzas nuestras y él mandó abrir fuego; en total trescientas bajas y la operación perdida. Un hombre tan presumido nada bueno podía hacer(…)

Dicen que ya han fusilado a “Pancho Villa”. A los componentes del pelotón de fusilamiento se les crisparon los nervios al constatar la sangre fría del condenado. Dijo a los soldados: “Vais a matar a un hombre que no es fascista; durante muchos meses me he portado con dignidad revolucionaria pero la revolución necesita inmolar víctimas inocentes” y dirigiéndose al oficial que por ser amigo suyo estaba tembloroso. “Ten serenidad hombre que no es nada y no te descuides de escribir a mi esposa e hija comunicándoles mi suerte”. Después de examinar la fosa destinada a él y rehusar la gorra y el pañuelo el oficial mandó ¡fuego! Y en medio de la descarga se oyó un grito: “Viva la Revolución” y cayó Pancho Villa con el pecho y la cabeza agujereados por treinta balas. El oficial le clavó otra. Los que lo fusilaron se habían ofrecido voluntarios; todos pertenecían a su batallón y recordaban a los compañeros que habían caído por su culpa. 

Este Pancho Villa, guardia de asalto, debió de morir, a finales de agosto de 1937, sólo unos días antes de que lo hiciera Manuel Gutiérrez.

Finalmente, hay referencias acerca de José Monserrate “Pancho Villa” que, en el frente andaluz ,voló un puente para cortar el paso a una caravana de treinta camiones, lo que le valió el grado de alférez, otorgado por el general Burguete, al que servía de chófer.

Obviamente, hubo otros milicianos anónimos a los que se les llamó Pancho Villa y existió también un escuadrón de caballería y un grupo de la UGT, mandado por Fernando Igeno Toledo, con el nombre del guerrillero mejicano. Del mismo modo que hubo combatientes, con el  sobrenombre de El Negus, por el emperador abisinio, que no tenía nada de revolucionario pero supo resistir la invasión de los fascistas italianos y, por ello recibió también el homenaje de milicianos, siempre bien barbados. A unos y otros les correspondió la peor parte de la partida y la posteridad no les ha recompensado con su recuerdo. Sirvan estas líneas, si no para remediarlo, sí, para evocarlos.

EPSON scanner imageJuan Fernández “El Negus”

EPSON scanner imageHilario Salanova Carreras “El Negus del Norte”, El Grado (Huesca, 1900-?)