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(Publicado en Clarín nº 135, mayo-junio 2018, pp. 42-46).

El muy raro libelo al que el título de este trabajo se refiere apareció, sin fecha ni pie editorial, en Madrid a finales de 1904[1]. En sus 32 páginas se pone como no digan dueñas a 84 escritores contemporáneos, entre los que figuran los de la vieja guardia, como Marcos Zapata, Eugenio Sellés o Galdós, que hacía poco habían superado los sesenta años, pero también a los modernistas y todos aquellos que después serían agrupados bajo el socorrido marbete de Generación del 98. Realmente, es a los jóvenes contemporáneos del autor a quienes se presta mayor atención. Allí se incluyen algunos como Julio Camba y Pedro de Répide, nacidos en 1882 o Juan Ramón Jiménez, que en 1904 cumplía los 23 años.

No es este el lugar para analizar las glosas del libelo, en general, abundosas en mala baba y, lamentablemente, no demasiado provistas de agudeza, lo que no deja de sorprender porque su autor fue celebrado por un ingenio que sí demostró en otros lances. Citaré, sin embargo unos cuantos fragmentos para dar idea del tono de la publicación.

José Martínez Ruiz: “Es la imbecilidad ensamblada con la memez…” (5)

Enrique Gómez Carrillo: “…se emborracha en el Boulevard y, por último, besa a la Cleo en los labios, en todos sus labios…” (6)

Mariano de Cavia: “Cuando no está en curda es el ser más imbécil de la tierra…” (7)

Alfonso Pérez Nieva: “…de su literatura puede decirse que es como la cagada de pavo: ni sabe ni huele…”  (9)

 José Ortiz de Pinedo: “En una noche de amor en que Juan R. Jiménez le entregó a Valle-Inclán su alma de violeta, fue concevido (sic) este gargajo glauco de la literatura…” (12)

Cristóbal de Castro: “Este feto pertenece a la familia de los Daguerre, orden de los Candamo, especie de los Zamacois. Su prosa es el mejor abono para las plantas de los pies…” (15-16)

Eugenio Sellés: “Imaginad una res, / sopladle bien por el ano / y abultará más que tres. / Pues así engordó Sellés / después de El nudo gordiano”. (16-17)

Jacinto Octavio Picón: “Congrio de la clase de republicanos, cuentista adormidera de los más insufribles…” (21)

En la breve introducción, tras una cita del Marqués de Premio Real: “Las introducciones deben ser violentas” en la que, con la polisemia del sustantivo, se alude a la homosexualidad del aristócrata, la puya se remacha en los últimos versos de la glosa a él dedicada:

“Me voy, pues, por el atajo / sin hablar de este señor, / el cual trabaja a destajo / y a quien deseo un… trabajo / mientras más grande mejor” (24).

Las alusiones al comportamiento sexual continúan con la primera figura del elenco, Emilia Pardo Bazán:

Es una gran protectora de sus paisanos. El número de gallegos que albergó bajo su techo no puede calcularse. Dícese que con Vahamonde ha llegado a 69.

Tiene dos hijas, pero no tiene marido. Buenas gentes afirman que lo tuvo a mediados del siglo pasado.

Ha escrito mucho sobre el amor y, últimamente, hace la vida de una santa.

El demonio, harto de carne… (5).

Como se dice en la mentada introducción, los textos no van dirigidos a un receptor cualquiera:

El público, el verdadero público, la clase neutra de los hombres cultos, nos juzgará. Para los imbéciles, las multitudes que ríen con  El rey del valor y lloran con Mancha que limpia sentimos un desdén profundo y misericordioso[2]

Sea como fuere, el motejo de hampones se extiende a todo el espectro literario: no se salvan novelistas, poetas, dramaturgos, comediógrafos ni periodistas. Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Valle-Inclán, Dicenta, Baroja, Antonio Machado o Unamuno reciben el mismo trato. La palabra “hampón” era muy usada en esta época y aunque su sentido solía ser el habitual hoy, se extendía también a los golfos o a los que vivían del engaño. Es, sobre todo, este último significado el que parece aplicarse a los escritores.

El libelo en cuestión  está firmado con el cervantino seudónimo de Chiquiznaque[3]. La ficha de la Biblioteca Nacional –incluso hoy-  lo atribuye a Julio Camba y ha habido varios estudiosos que se han preguntado –e incluso alguno se ha respondido- por la identidad del mentado Chiquiznaque[4].  

La respuesta, sin embargo, está en el tomo inicial de la primera edición de las memorias de Cansinos Assens[5]:

El amigo Iribarne le ha dedicado en sus Hampones de la Literatura esta semblanza:

                           Don Benito tiene un perro que se llama Secretario,

                           El secretario de don Benito es Ángel Guerra[6].

Por lo poco que conocemos del personaje, el libelo se acomoda a su desfachatez pero extraña el poco cuidado y más bien chapucero lenguaje, aunque éste tampoco sería propio del joven Julio Camba y menos de Roberto Castrovido, los dos periodistas a quienes hasta ahora se ha atribuido la autoría.

José Iribarne es uno de los personajes más citados en La novela de un literato, donde casi siempre se le nombra con el apodo de Zaratustra que, es sabido, se aplicó a otros individuos en época tan nietzscheana como el comienzo del siglo XX[7]. Sin embargo, Iribarne es autor del que apenas hay huellas y parece que no ha suscitado el interés de los especialistas en este periodo, a pesar de ser uno de los ejemplos más fehacientes de la tan traída y llevada bohemia española.

Cansinos, que también aparece en Los hampones con el nombre de R. ben Cansino, es casi la única fuente para averiguar algo de las peripecias de este rebelde irredento, del que no he podido encontrar ninguna representación iconográfica. A través del erudito sevillano y de muy dispersas noticias hemerográficas, podemos reconstruir alguna parte de la historia de Pepe Iribarne, cuyo medio de vida no fueron, en realidad, las letras sino el dibujo y la pintura.

 

EL PERSONAJE

Pese a su apellido vasco y haber vivido en Bilbao, Cansinos Assens apunta que José Iribarne –Zaratustra en sus memorias- era de la tierra de Villaespesa, es decir, almeriense[8].  Hijo de un crápula, que fundió su capital, hubo de trabajar como cajista de imprenta. Durante un tiempo y junto a Joaquín López Barbadillo, que después sería redactor de El Imparcial, trabajó para el jerezano Manuel Escalante, otro editor y libelista que explotaba a ambos.

De su actividad como escritor en su primera época sólo conocemos el citado libelo, Los hampones de la literatura, y un folleto de 16 páginas, sin fecha pero de la primera década del siglo XX, con el título ¿La herencia del negro o la herencia del blanco? (sobre un litigio), que hace referencia a un tema omnipresente en la prensa de entresiglos y cuyo más cabal ejemplo es el galdosiano Electra: la apropiación con malas artes de una herencia, por parte de los padres Escolapios, sólo que en esta ocasión el autor defiende la inocencia de la orden.

Por su parte, Cansinos  asegura que, además de frecuentar las tertulias de El Colonial y El Universal, acudía a la de La Montaña[9], donde se imponía a todos por su mordacidad y su franqueza insobornables. Después, cambió los cafés por los tupinambas[10] de las cercanías de Antón Martín, más baratos y que acababan de aparecer. Segundo de Pujana, con el que tuvo relación amistosa, lo llamaba “Príncipe de la ironía”. En cambio, Iribarne escuchaba a éste con conmiseración y, de pronto, estallaba en una carcajada que dejaba perplejo al bohemio. Se reía de un modo falso, como atacado por la tosferina.

Cansinos, que le dispensó siempre gran amistad, lo admiraba, quizá, por decir en público, con una gravedad hierática y tajante, aquello a lo que él no se atrevía. El bohemio sólo admiraba a su hermano Paco, que no tenía nada de admirable y escribía en El intransigente de Lerroux.

Iribarne era de los muy escasos contertulios de Valle-Inclán que no se extasiaba ante el gran estilista gallego, a quien identificaba con un mendigo de sus propios cuentos, ni tampoco ante Azorín. A Baroja lo consideraba, con bastante razón, un anarquista de pega, un falso Gorki. Tampoco los literatos emergentes se salvaban de sus dicterios. A Julio Camba le decía que era un pequeño miserable y, a su querido hermano Paco, un pequeño pobre hombre.

Hacia 1912, dio por frecuentar junto al maestro San José[11] el teatro Noviciado, tildado de “barraca” por Cansinos, que a veces los acompañaba, todos ellos atraídos por los engendros que “hacían reír por su insulsez y procacidad”.[12]

Con barba y grandes bigotes rubios, tenía unos modales rudos, proletarios y francos y le cantaba las verdades, con acritud, al lucero del alba. En cambio, la mujer con la que vivía, Obdulia, conseguía sacarlo del café tan sólo con una seña. Rubia y de ojos azules pero poco agraciada, “prematuramente, envejecida por los partos[13],  mal vestida y sucia”[14], admiraba, sin embargo, con unción a su amante. Vivían en un cuchitril de la calle Tres Peces, “de lo peor que hay”, entre la plaza de Lavapiés y la calle de Atocha, donde el escrupuloso Cansinos rehusaba las patatas soufflé de Obdulia, que encantaban a otros cofrades de la pobretería. Iribarne cambiaba continuamente de aspecto cortándose la barba y/o el pelo. Los bohemios lo buscaban pues, aunque en absoluto le sobraba, manejaba más dinero que ellos y, frecuentemente, los invitaba.

No sabemos dónde obtenía el monto que manejaba, pues su nombre apenas aparece en algún lugar[15] y, como ilustrador de libros, sólo hemos localizado su firma en una novela corta editada el 20 de febrero de 1913 con el número 5 en El Cuento Decenal. El autor de la misma, que firma con el seudónimo de “El Caballero de la Noche”, es uno de los más desconocidos, pintorescos y descabalados componentes de la bohemia madrileña, el ya mentado Segundo Uriarte de Pujana[16], y el título de su novelita, Norma. Iribarne era, sobre todo, caricaturista y, a veces, ilustraba las hojas que él mismo redactaba con seudónimos como “El terrible Pérez”, “Chiquiznaque”, “Peláez, crítico”, “Toribio saca la lengua[17]”… Incluso incluía su propia caricatura “en paños menores, con hongo y los pies descalzos con los dedos engarabitados y llenos de juanetes”[18]. En septiembre de 1910 varias publicaciones anunciaban que partía hacia las provincias del norte, para impartir una serie de conferencias sobre “La Pintura y la Caricatura en España” e intentar exponer su obra[19].  Esta debió de ser una de sus principales fuentes de ingreso, pues hay noticias de que pronuncia esta misma conferencia en Zamora en julio de 1913, mientras que el 22 de marzo de 1918 El Eco Toledano da cuenta de que ha llegado a la ciudad imperial “el prestigioso crítico de arte de El Pueblo Vasco” para impartir una conferencia sobre “Historia de la caricatura”, lo que da cuenta de que había conseguido esa colaboración en el diario bilbaíno, ya que la pareja Pepe-Obdulia se trasladó a la capital vasca a finales de la segunda década del siglo XX. Allí, en la Imprenta de la Viuda e Hijos de V. Hernández, editó en 1922 su primer libro, El arquitecto Pedro Guimón y las modernas orientaciones pictóricas en el país vasco, ilustrado por el mismo autor[20]. Únicamente tenemos algunos datos sueltos de su actividad durante la dictadura primorriverista. Tal vez estuvo temporalmente exiliado. A finales de 1927 publicó en Bayona dos números de una revista con el título de Tierra Vasca. También fue redactor y después ejerció la dirección de La Prensa, un diario en decadencia que desapareció en 1931. 

En 1925, casi perdido el contacto con Iribarne aunque todavía se escribían, Obdulia viajó de Bilbao a Madrid para realizar una gestión en favor de su hermana ante el general Martínez Anido y visitó a Cansinos[21]. El famoso y temido militar había sido su pretendiente cuando era un tenientillo pero la joven eligió al bohemio. A pesar de ello, el justamente llamado Severiano le profesaba gran afecto y le ofrecía empleos para Pepe, su querido compañero, que él, orgullosamente, rehusaba.

Obdulia  refirió a Cansinos que su Pepe figuraba como redactor en el diario La Tarde y seguía haciendo gala de sus excentricidades. Para que le subieran el sueldo, se hizo un traje de arpillera y se presentó así en el ayuntamiento para cubrir la información municipal. Al ser reprendido por  exhibirse de tal guisa en la corporación, replicó que con su sueldo era el único traje que podía sufragarse. Por otra parte, escribía críticas de pintura y chamarileaba con sus cuadros, con los que también viajaba a Biarritz. Obdulia lamentaba que, sobre todo, lo hacía para coquetear con francesitas. Lamentaba también que seguía comiendo con los dedos manchando todo y gargajeando en el suelo. Ella tenía hasta que sonarle los mocos.

Caído Primo de Rivera, Iribarne abandonó La Prensa  para ocuparse del diario nacionalista Acción Vasca, de corta vida. Según sus propias palabras, decidió volver a Madrid, harto de Indalecio Prieto[22]. Fiel a sus costumbres, se instaló en un cuartucho realquilado de la calle Cruz Verde “de una casa absurda, viejísima, cuya escalera arranca del mismo portal y cuyos inquilinos son esquineras y maleantes”[23].  Su viejo conocido Lerroux lo nombró vocal de un comité paritario en Segovia, lo que junto a las colaboraciones periodísticas le permitió sobrevivir. Sin embargo, el 14 de marzo de 1933 firmaba una carta con otros redactores de El Imparcial[24], en la que decían abandonar el periódico por el carácter comunista de sus dirigentes.

A finales de dicho año, con prólogo de Eduardo Barriobero[25], firma un nuevo volumen de gran actualidad, Las dos oligarquías capitalistas que devoran a España. El Concierto económico de las Vascongadas y la Autonomía de Cataluña, que requeriría un comentario que no es de este lugar y una reedición que, si no se ha llevado a cabo, es por desconocimiento. Sí puede resultar ilustrativo recordar que don Santiago Ramón y Cajal en El Mundo a los 80 años confiesa que esta obra y La rebelión de las masas son los dos libros que más le han impresionado en los últimos tiempos.

Nada sabemos de la peripecia de José Iribarne durante los años siguientes. Hubo de morir en los últimos meses de 1938 en su Almería natal y en no sobrada condición económica, ya que  Sánchez Hernández, a la sazón gobernador civil de la ciudad,  fijó un donativo a favor de Obdulia, su resignada viuda por la que suspiró el general Severiano Martínez Anido[26], que ahora, con mando en la nueva situación, tal vez influyera en tan generosa acción.

 

OBRAS

-IRIBARNE, José (con el seudónimo de Chiquiznaque), Los hampones de la literatura, Madrid, s. e., s. f. (1904).

-, ¿La herencia del negro o la herencia del blanco? (sobre un litigio), Madrid, Imprenta Universal, s. f. (h. 1905).

El arquitecto Pedro Guimón y las modernas orientaciones pictóricas en el país vasco, Bilbao, Imprenta de la Viuda e Hijos de V. Hernández, 1922.

-, Las dos oligarquías capitalistas que devoran a España. El Concierto económico de las Vascongadas y la Autonomía de Cataluña, Madrid, Imprenta de Galo Sáez, 1933.

NOTAS

[1] En la línea del Charivari (1897) azoriniano, en esta época se publicaron varios libelos de esta especie, generalmente en verso, en los que la agresividad se imponía a la sátira.

[2] El Rey del valor fue una humorada en un acto de Antonio Paso y el periodista Carlos Crouselles, musicada por el maestro Rafael Calleja, que se estrenó en el Teatro Eslava el 7 de septiembre de 1904; Mancha que limpia un conocido dramón echegarayano, estrenado en 1895.

[3] Nombre de un rufián que aparece en “Rinconete y Cortadillo”

[4] La atribución de la Biblioteca Nacional la repiten varios estudiosos. Por su parte, José Esteban escribe: “…yo leí que se debía al ingenio del gran periodista Roberto Castrovido.”

[5] Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato (Hombres-Ideas-Efemérides-Anécdotas…) 1. (1882-1914). Edición de Rafael M. Cansinos, Madrid, Alianza Tres, 1982, p. 432.

[6] Se refiere a José Betancort Cabrera (1874-1950), escritor canario que utilizó el seudónimo de Ángel Guerra y ejerció como secretario de Benito Pérez Galdós, que, efectivamente, tuvo un perro al que llamó Secretario.

[7]Gonzalo Sobejano, Nietzsche en España, Madrid, Gredos, 1967.

[8] Había nacido (15-10-1877) en Laujar de Andarax, en la Alpujarra almeriense, a 70 kilómetros de la capital.

[9] Entre otros, también frecuentaban este café Francisco Camba y el poeta americano Maturana, “alcohólico y sentimental”, según Cansinos.

[10] La marca Tupinamba a finales del siglo XIX, estableció varios tostaderos de café y hacia 1905 levantó un primer kiosco donde se despachaba dicho producto y otras bebidas. Pronto proliferaron estos puestos callejeros, que fueron vistos como una manifestación de modernidad.

[11] Teodoro San José (1866-1930). Músico y compositor madrileño, autor de numerosas zarzuelas.

[12] Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato (Hombres-Ideas-Efemérides-Anécdotas…) 3. (1923-1936). Edición de Rafael M. Cansinos, Madrid, Alianza Tres, 1995, p. 50.

[13] Obdulia dio a luz en varias ocasiones pero todos sus hijos murieron  prematuramente.

[14] Cansinos Assens, La novela de un literato. 1, p. 175.

[15] El Caricaturista: 23-VIII-1910 y 1-IX-1910.

[16] Sobre él han escrito Emilio Carrère, Prudencio Iglesias Hermida, Guillén Salaya y José Esteban.

[17] V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/01/15/toribio-saca-la-lengua/

[18] Cansinos Assens, La novela de un literato. 1, p. 179.

[19] Una reseña sobre su conferencia aparece en el número de la revista Cervantes correspondiente a  enero 1919.

[20] Un breve comentario firmado por F. P. S. en Revista de Bellas Artes, nº 16, febrero de 1923, p. 16.

[21] Cansinos Assens, La novela de un literato.3, pp. 187-193.

[22] Es posible que así fuera pero también que el recuerdo de Cansinos haya confundido al dirigente socialista con García Prieto, político que manejaba el diario La Prensa, donde Iribarne había trabajado.

[23] Cansinos Assens, La novela de un literato.3, p. 304.

[24] Salvador Martínez Cuenca, Antonio Fernández Lepina, Bernardo G. de Candamo, Federico M. Alcázar, R. Torres Endrina, Joaquín Corrales Ruiz, José Iribarne, Joaquín M. de Orense y Fernando García Jimeno.

[25] Eduardo Barriobero y Herrán (1875-1939). Abogado y prolífico escritor de rica y tumultuosa trayectoria, en 1912 ingresó en la CNT y participó en numerosas empresas políticas y sociales. En 1930 fue elegido presidente del Partido Republicano Federal. Tras una controvertida actuación política durante la Guerra Civil, fue fusilado en cuanto las tropas franquistas entraron en Barcelona. V. José Luis Carretero Miramar, Eduardo Barriobero. Las luchas de un jabalí, Móstoles (Madrid), Queimada 2017.

[26] Franco había convertido en ministro de Orden Público al temible gobernador de Barcelona, que encabezó la represión contra los sindicalistas libertarios. Murió el 24 de diciembre de 1938, poco después de que lo hiciera Iribarne.

(Publicado en Turia nº 127, junio-octubre 2018, pp. 339-346).

Pocos autores habrá cuya vida y obra estén tan imbricadas e implicadas en la historia del siglo XX español, como las de Ramón José Sender, nacido en una festividad tan aragonesa como la de San Blas, tan sólo a los 34 días de  inaugurarse la centuria; ocho años después, el mismo 3 de febrero, nacería en París su tan querida Simone Weil, anarquista como el escritor aragonés y, aunque laica, santa como el que fuera legendario obispo de Sebaste. Treinta y nueve años antes y en idéntica fecha, había visto la luz otro aragonés tan aguerrido, tan mujeriego y con tan intensa preocupación  social como el escritor de Chalamera: el indomable Joaquín Dicenta, al que, como sucedió con Sender, se le impuso Blas entre el resto de sus nombres.                                                             

Con las antenas alerta para todo lo que significase injusticia o rebeldía y de vocación desusadamente temprana -con 15 años publicaba artículos y cuentos en la prensa zaragozana y madrileña (V. Turia, 120: 343-350)- el joven Ramón manifestará su inconformismo, desde los enfrentamientos con su padre hasta su cercanía al movimiento libertario y los tonos fuertemente sociales que irá adquiriendo progresivamente su periodismo. Periodístico será su primer libro, El problema religioso en México (1928) y varios de los que sacará a la luz en los años treinta. Así, Imán, publicado en los estertores de la monarquía alfonsina (enero 1930), es una novela que enfrenta de golpe tres cuestiones candentes en su tiempo: el antibelicismo desatado desde la Gran Guerra; el, para España, tan enconado problema de Marruecos y la necesidad de que la novela supere la linealidad y retórica decimonónicas aportando nuevas fórmulas apuntadas por las vanguardias. Por no hablar de una cuarta: la importancia de cada individuo concreto, que Sender desarrollará en posteriores narraciones y le acercará a un muy personal existencialismo.

Historia, preocupación social e inquietud por las cuestiones literarias, estéticas y metafísicas van a ser constantes en su transcurso personal, siempre cercado por las circunstancias que impone la primera. La producción periodística y narrativa del autor oscense durante la convulsiva década de los treinta en España da buena cuenta de cuáles son esos contextos y de cómo se implica en ellos.

Por entonces, Sender ya había pasado por la FAI, por la cárcel Modelo y se escoraba hacia el comunismo. Como periodista, tras su etapa aragonesa, había sido redactor de El Sol y La Libertad. Su prestigio como escritor comprometido y de alta calidad era indiscutible, lo que viene a corroborar el Premio Nacional de Literatura otorgado en 1935 a Mr. Witt en el cantón. Como en tantos otros casos, la guerra destroza su carrera y también su vida, pero hasta extremos desaforados: el fusilamiento de su esposa y de su hermano Manuel, al que tanto quería como admiraba (“Que ha muerto Dios / lo mismo que mi hermano / contra la tapia de un fosal cercano”, escribe en su Libro armilar), la separación para siempre de sus hijos, la animadversión de los comunistas, que nunca dejaran de calumniarlo y hasta intentarán matarlo, y el brutal alejamiento de todas sus raíces, que, sin embargo, propiciarían una literatura tan ligada a ellas:

Yo tuve víctimas en mi propia familia que dejaron cicatrices imborrables en mi corazón y en mi atormentada alma.

Prefiero no volver a hablar de ellas. Todo el mundo las sabe. Y hay, como he dicho otras veces, el pudor masculino de la tragedia. De la tragedia de uno que ha sido la de España entera. (Monte Odina, p. 367).

Sender y su esposa, Amparo

Manuel Sender

Martín Mariscal, asesino de Amparo

 

 

Se ha hablado suficientemente de la honda imbricación de su obra con Aragón en todos los órdenes y el narrador es el primero que no se cansa de proclamarlo. Su poesía, novela y periodismo darán buena cuenta de ello. Y todavía más, sus poco conocidos pero extraordinarios ensayos literarios, sobre todo, porque la literatura aragonesa de su tiempo, fuera de su figura y la de Jarnés, es casi irrelevante en un contexto nacional tan rico en escritores de altura.

Desde Mr. Witt en el cantón, última de las novelas publicadas por el autor antes del exilio, -las narraciones de la guerra (Crónica de un pueblo en armas, Primera de acero y Contraataque) no pueden considerarse novelas estrictas- hasta El bandido adolescente (1965), primera de las publicadas en la España de Franco, transcurrirán tres décadas. Suficiente plazo para que, salvo unos cuantos viejos que lo recuerdan y unos pocos profesores que lo han leído, el escritor sea un desconocido. No obstante, el público lector le otorgará rápidamente sus plácemes y la editorial Destino, en cuya revista homónima publicó también el primer artículo de su autoría (23-XI-1968) aparecido en España desde la Guerra Civil, lo tendrá entre sus autores más rentables durante varios lustros. Incluso una de sus novelas menos atractivas, La mirada inmóvil, será la más vendida, según datos del Instituto Nacional del Libro, en el mes de septiembre de 1979, cuando ya empezaba a aminorar la fiebre por la novedad y el morbo por el escritor de novelas prohibidas.

Obviaremos las peripecias posteriores de su obra para enunciar un hecho demostrable. Hoy se lee mucho menos a Sender, pese a la excelsitud y variedad de su producción literaria; pese al auge de la novela histórica, en la que fue maestro y ante cuya producción palidecen la casi totalidad de las obras de este género que hoy nos sepultan bajo su inanidad; pese a que es el novelista español del siglo XX más traducido en el mundo; pese a que la bibliografía, tanto en forma de libros como de estudios y artículos, ya es casi inabarcable y, caso único frente a sus escasos competidores (Baroja y Cela), entre sus factores, predominan los hispanistas extranjeros.

¿Qué vieron sus muchos lectores y han visto sus críticos en el escritor aragonés para distinguirle con sus preferencias? Dicho en palabras sencillas, sería variedad, amenidad, intensidad, potencia imaginativa, diversidad de registros, estilo vigoroso y desafectado, profundidad y originalidad de pensamiento, información cultural variopinta, una cuasi perfecta integración de lo particular con lo colectivo, de lo local con lo universal…

¿Qué vieron sus opositores y contrarios? Volubilidad ideológica, producción muy desigual, metafísica sin rigor, falta de sistema…

Tampoco es riguroso descalificar a los detractores por su origen ideológico pero, si es verdad -como creo y cree la sabiduría hermética y hasta la sabiduría sin adjetivos- que los extremos se tocan, en el caso de Sender, los adversarios están en ambos extremos totalitarios: perseguido a la vez por Franco y por Stalin, si queremos resumir en dos nombres dos justificaciones ideológicas para una misma actitud ultrarrepresiva. Si nos acercamos a lo particular, Emilio Romero y Enrique Líster, entre otros tantos, podrían ser dos buenos ejemplos de hienas con la consigna de calumniar al disidente.

Realmente las ideas de Sender no cambiaron mucho desde sus inicios hasta sus últimos años. Bien lo analiza Patrick Collard en Ramón J. Sender en los años 1930-1936 (Sus ideas sobre la relación entre literatura y sociedad), donde demuestra fehacientemente que las preocupaciones y actitudes de la última fase del escritor tienen raíces, incluso, en su producción periodística anterior a su consagración literaria. Si tuviéramos que recurrir a una línea maestra por la que discurre su pensamiento, deberíamos hablar de fe total en los instintos, lo que se corresponde con un vitalismo que se configura en su torrencialidad narrativa. Actitud íntimamente vinculada con el pensamiento libertario, base de su percepción social del mundo. Matizando, sin embargo, que el escritor es sobre todo radical cuando arrostra el problema del individuo frente a la sociedad. Su toma de partido es clara a favor del primero y ello se refleja también en su postura como artista: la obra funciona como un mecanismo soteriológico, deviene en un recurso de justificación y redención personales.

Hablábamos de vitalismo y torrencialidad narrativa. “Escribir es acción” –como lo es el pensar- manifestó Sender en varias ocasiones y son consabidas las raíces vanguardistas de esta postura apasionada y el prototípico horror vacui, que conmina y estimula al artista a forzar todos sus resortes creativos.

Una manera, y tal vez la mejor, de vencer es la creación. Cualquier forma de creación. La naturaleza nos ofrece la forma más placentera con el amor físico. Pero éste nos da nada más una apariencia de victoria. Cuando esta va acompañada en la vida por la creación de la mente (obtener formas originales y propias) la sensación de nuestra presencia en la realidad es más completa… La imaginación es el arma decisiva contra la invasión del vacío. (Álbum de radiografías secretas, p. 91).

Desde sus primeras novelas, la intensidad de la acción se complementa con paréntesis o intermisiones que muestran los arcanos y enigmas que rigen el difuso trayecto del animal humano. Incluso obras tempranas, como La noche de las cien cabezas (1934) o Proverbio de la muerte (1939), son novelas en las que la reflexión metafísica se sobrepone a lo estrictamente narrativo. Hay un progresivo desplazamiento de la historia y la idea en el pensamiento senderiano en favor de la antropología y el mito. Sender nunca vaciló en dar el paso más o menos aventurado de penetrar en esferas difícilmente reductibles al acoso de la razón pragmática:

El novelista fluctuó siempre entre la necesidad de exponer los acuciantes problemas de una época conflictiva y la imposibilidad de explicarlos y vincularse a ellos sin penetrar en las complejas cavidades del enigma:

En la narración novelesca es obligado conducirse racionalmente… Pero lo irracional se impone cada día (Álbum de radiografías secretas, pp. 80-81).

De ahí, quizá, el conocido manifiesto senderiano: “El novelista debe hacer verosímil la realidad”, que matizará de nuevo en el magnífico libro de ensayos donde escarbamos estas citas:

Los lectores no se conforman con la exactitud y la veracidad en la psicología. Quieren algo más, quieren dimensiones líricas, sorpresas de una originalidad genuina, quieren lo inesperado, inolvidable y convincente. Convincente no sólo para nuestra mente, sino para todo nuestro complejo mundo interior. (Álbum de radiografías secretas, p. 14).

“Toda filosofía comienza con el estremecimiento, lo mismo que la religión y la poesía”, escribió RJS en Memorias bisiestas. Frente a esta atracción por lo inefable o necesidad del misterio, el débito al lector de hacerse comprensible, de poner la prosa al servicio de la claridad: “Se debe escribir sin ninguna aceptación de esos sobreentendidos en los que la mente cultiva su pereza” nos dice en el Álbum (p. 166). Y el estilo será siempre “desafectado”, como subraya Carrasquer, su principal estudioso, llano, directo y natural; nunca facilón, edificante o artificioso. La voluntad de claridad no puede ser más notoria. Lo que no hay que confundir con facilidad o vulgarización. Como sucedió en otras artes, la literatura coetánea a la de Sender, tendía a ser una literatura para escritores –hoy hemos vuelto a la facilidad y el pastiche- y el narrador oscense convenía en que no hay arte si no hay originalidad y esfuerzo:

Con todos sus inconvenientes me parece más plausible que escribir adulando al nivel más bajo de las masas. La demagogia en arte es más funesta que en política. El escritor tiene la obligación de dar lo mejor de sí mismo sin pensar si es o no accesible. (Álbum de radiografías secretas, p. 14).

Es cierto que Sender fue totalmente contrario a la subcultura y, pese a su afecto por los movimientos renovadores, tampoco creyó demasiado en la contracultura, como muestra el tan jugoso artículo “Los golfos de Buda y otros inocentes excesos”, recogido en Ensayos del otro mundo (1970). En su multidireccionalidad temática verificamos el tan variado sustrato cultural que el escritor acarrea, nunca acomodado a escuelas o esquemas. El citado Francisco Carrasquer dejó escrito que su obra “funciona como la mejor síntesis conocida hecha arte literario de nuestra cultura” y, para verificarlo, sólo hay que repasar las referencias a autores y obras que aparecen en sus varios miles de artículos -lamentablemente, aún no antologados ni estudiados- y en sus

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volúmenes ensayísticos. Sabemos, por otra parte, que su biblioteca, ya en los años treinta, estaba superpoblada y, si nos ceñimos tan solo al arte literario, no me cansaré de ponderar un ensayo como Examen de ingenios, Los noventayochos (1961) y muchas páginas de otros, como Valle-Inclán y la dificultad de la tragedia (1965), Nocturno de los 14 (1969), Tres ejemplos de amor y una teoría (1969), Ensayos del otro mundo (1970), Libro armilar de poesía y Memorias bisiestas (1974), Solanar y lucernario aragonés (1978), Monte Odina (1980), Segundo solanar y lucernario (1981) y el citado y póstumo, Álbum de radiografías secretas (1982).

En toda la escritura de Sender se manifiesta insistente y explícito desprecio por la apariencia. Una necesidad de escapar a la definición. No le preocupa parecer sino ser, aunque en el ser anide, siempre acechante, la duda.

En este milagro constante del existir (…) uno de los mayores motivos de asombro nos lo ofrece la insatisfacción del artista verdadero con su propia obra. Desconfiad de los que están satisfechos de sí. (…) nadie hay tan feliz ni tan satisfecho de sí mismo como un mal poeta. El buen poeta se agita en su universo de dudas. Como el buen religioso (…) Sólo el tonto no duda nunca. De ahí la tontería implícita en regímenes como el fascista o el comunista. O en doctrinas como el existencialismo. Porque la desesperación sistemática es desorientadora y culpable. (Álbum de radiografías secretas, p. 171-172).

Para el interesado por las cuestiones sociales, el narrador oscense es, por descontado uno de los pocos intelectuales de su siglo más cercanos al pueblo, cuya inspiración tomó siempre como primordial y manifiesto de la verdad natural: “La gente tiene miedo a los poderosos y desprecia a los que no son nada. Es un error. El poderoso es pusilánime y el que no tiene nada que perder es peligroso. Ojo, pues, con los miserables porque, además, y esto es lo más grave, tienen siempre razón”, escribe en Memorias bisiestas. Libro éste de carácter aforístico, lo que lo acerca a su confesado maestro Gracián, colocado como pegote al final de sus Poesías (casi completas), y tan poco leído como valioso e ilustrativo.

Ya se ha sugerido que existen otras grandes articulaciones en el gran mosaico que es Sender, enorme narrador que surge de un magnífico periodista. Dejando aparte la poesía de la que en otros lugares me ocupé suficientemente, me refiero, ante todo, al ensayo. Se habló muy brevemente de su enorme valía como analista literario y se citaron varios de los ensayos en los que combina esta faceta con otras muy diversas, pero también son poco conocidas obras como Ensayos sobre el infringimiento cristiano (1967) –el libro que más veces leyó Mauricio Aznar, el legendario cantante de Mas Birras-  en el que el autor aragonés resumió su interpretación del hecho religioso y simbólico, cercano a la filosofía hermética, el misticismo y la teosofía, teniendo en cuenta las aportaciones de los mitólogos contemporáneos. Heterodoxia religiosa que, desde su fascinación por Miguel de Molinos hasta sus últimas novelas, pasando,evidentemente, por la poesía, es una constante senderiana. Por su parte, El futuro comenzó ayer. Lecturas mosaicas (1975) es un sorprendente y desatendido libro sobre el judaísmo, que fascinaba a otro aragonés ilustre, Felix Romeo. También, Ver o no ver. Reflexiones sobre la pintura española (1980) que nos habla con agudeza de otra de sus pasiones, la pintura, actividad que el escritor practicó aunque sin destacar en ella.

EPSON scanner imageEl futuro comenzó ayer (Lecturas mosaicas)

 

Con la venia del lector, introduciré el final de este comentario con una cita de Fernando Savater y otra propia porque, creo, resumen convincentemente la esencia del tan bien dotado escritor:

Hay un tipo de honradez característico, un detestar la palabrería oratoria, un amor por la abundancia y prodigalidad de temas, una fluidez vigorosa de acciones y pasiones que caracterizan al novelista de pura sangre… Tras Valle-Inclán y Baroja, Sender ha sido el novelista español de más clase, el de raza más indiscutible y enérgica (…) De Sender, pensando sobre todo en sus últimos años dirán escritor desigual, demasiado prolífico; y será momento de recordar la defensa que ante acusaciones similares hizo de Alejandro Dumas su biógrafo Maurois: Le reprocháis vicios de generosidad, pero ¿acaso le hubierais preferido monótono o avaro?

La complejidad y riqueza de la personalidad del escritor no permiten más que apuntar aspectos de una obra y vida inabarcables y todavía con muchos espacios vírgenes en su trayectoria e interpretación. Pero, si se puede decir algo con seguridad es que, con sus errores, vacilaciones y desvíos, Sender no se doblegó ante doctrinas y mantuvo siempre incólume esa independencia, que llevó a la literatura.

Conviene leer hoy a Sender porque es uno de los dos o tres novelistas más extensos e intensos de la pasada centuria; porque amenidad, información, defensa de la libertad, de la justicia y del individuo se juntan en sus ensayos y ficciones; por su cultura proteica que abarca las culturas europeas, las iberoamericanas y las angloamericanas. Y porque es, sin competencia, el más destacado escritor aragonés desde los tiempos de Gracián. La Zaragoza del jesuita y la senderiana Huesca, articuladas por el Teruel de Braulio Foz, se ensamblan literariamente a través de estos tres genios del arte del bien decir.

Sender, pintor

1ª fotografía: Chalamera. Casa natal del escritor, antes de su derribo.

 

                      Otros artículos sobre Sender en el blog: 

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/09/17/ramon-jose-sender/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/02/02/ramon-j-sender-el-lugar-de-un-hombre

/https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/12/09/introduccion-a-sender-en-su-siglo-de-francisco-carrasquer/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/08/16/filias-y-fobias-de-r-j-sender-una-entrevista-olvidada/

/https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/11/26/un-cuento-desconocido-el-primer-texto-de-sender-publicado-en-madrid-1916/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/03/21/el-joven-sender-autor-de-los-desconocidos-guiones-de-cocoliche-y-tragavientos/

 

 

 

 

 

 

La publicación de los primeros originales poéticos de uno de los líricos más potentes del siglo XX, que también fue el mejor crítico de arte contemporáneo de su época y uno de los mayores simbólogos del siglo, debería constituir un acontecimiento. Es muy dudoso que lo sea pero la edición en Zaragoza de Pájaros tristes merece no sólo el reconocimiento a sus factores sino una indagación más compleja que las noticias que aquí se den. Cirlot publicó su primer cuaderno poético, Seis sonetos y un poema de amor celeste, en 1943, recién regresado a Barcelona. En 1939 había salido de un campo de concentración y al año siguiente marchó a Zaragoza para cumplir su servicio militar con el ejército vencedor. En la capital del Ebro entró en contacto con Alfonso Buñuel, Luis García-Abrines, Pilar Bayona, José Camón Aznar y algún otro elemento del escaso reducto intelectual que había quedado en la urbe tras el desastre. Sus vivencias zaragozanas resultaron decisivas en el hallazgo de sus caminos poéticos.

Antón Castro, que abrió el camino a esta edición, centra en las páginas preliminares la actividad de Cirlot en Zaragoza durante el periodo 1940-1943. La figura de Pilar Bayona era para el grupo una especie de musa que, además, les permitía vivir excelsas audiciones de piano que a Cirlot, que había estudiado música y que hasta 1950 se dedicó regularmente a ella, le sumieron en rendida fascinación. Incluso, puede que, como Alfonso Buñuel y Luisito García-Abrines, anduviera cerca de la pulsión amorosa. Fuese como fuera, Cirlot dedicó a Pilar Bayona una versión manuscrita –y parece que única- de Pájaros tristes, que sus herederos encontraron entre los papeles de la pianista. También, un soneto dedicado a ella y un breve poema a Scriabin. El libro está fechado en 1941, es decir, dos años antes de los primeros textos publicados por Cirlot. El soneto, en 1942.

Pájaros tristes (Oiseaux tristes) toma el título de la cuarta pieza de una obra de Ravel, Miroirs, que, según se dice, Pilar Bayona interpretaba como nadie. Otro de nuestros grandes olvidados, el citado García-Abrines, pianista y musicólogo -además de aportar a la edición material gráfico y un elocuente dibujo, El alma de un músico, que Juan Eduardo le dedicó en 1941- nos proporciona también en un breve texto claves preciosas de esta pieza raveliana, que completa Julián Gómez contextualizando la obra en la actividad de Pilar Bayona.

Los once poemas de Pájaros tristes exhiben ya muchos de los rasgos del estilo cirlotiano y nos lo muestran en una suerte de recogido éxtasis que da lugar a textos que resultarían muy ilustrativos en una antología poética de la inmediata posguerra. Hay todavía un eco lorquiano pero no olvidemos que del granadino y del barcelonés son los mejores sonetos salidos de pluma española en el siglo pasado. El origen impresionista de los textos, que no desdeña la asonancia, produce que abunde la sinestesia y el sonido ocupe un lugar cenital. Pero concurren también algunas imágenes surrealistas y varios de los símbolos que Cirlot amplificaría en su poesía posterior. La espiritualidad de los pájaros, también elementos fálicos y símbolos del amante metamorfoseado, se combina con la presencia de elementos tan característicos del Cirlot posterior como son las rocas y las grutas que nos asoman al centro del abismo interior.

Los poemas dedicados a Pilar Bayona y Scriabin, en especial este último, son también altamente ilustrativos de la génesis de su mundo lírico. Jaime Parra escribió recientemente que la pasión del poeta por este músico ruso que trató de hallar una suerte de sinestesia global de las artes, significó “la primera ordenación de su sistema poético y a la vez su primera inmersión en un misticismo esotérico cargado de simbolismo”.

En suma, este libro nos da la clave de las preocupaciones estéticas del poeta que en 1944 escribiera: “Tuvo que ser la música –Maurice Ravel con sus pájaros tristes-, quien desvelara para mí mi propio tesoro encerrado” o, como diría a José Cruset en 1967: “La música ha intervenido en la génesis de mi poesía tanto o más que las influencias poéticas”, citando allí mismo “al prodigioso y desconocido Scriabin”.

El libro se completa con varias fotos cedidas por García-Abrines y un instructivo epílogo de Antonio Fernández Molina, que quedó pronto atraído por la  multiforme e intensa personalidad del poeta catalán, y que tanto tiene que ver con la tan atrayente como necesaria línea editorial de los Libros del Innombrable. Sería de una inconsciencia culpable no tenerlos en cuenta como muestra de una actividad intelectual independiente, rigurosa y ajena a los programados localismos que tanto abundan hoy.

 

CIRLOT EXCLUIDO

La inquisición a la poesía de Cirlot ha sido largamente demorada. Su destellante perfección, la complicación de su empeño, la monumental incultura emanada y extendida durante la dictadura y el interés de los funcionarios de la poesía por acotar su terreno propio hicieron que la vocación de soledad que todo poeta hermético trasciende tuviera en Cirlot un exponente único. La marginación otorgada al poeta, por parte de los dispensadores de certificados, andaba plena de coherencia. Exclusión y ostracismo que Cirlot asumió enriquecido y sin ningún aspaviento. Ni siquiera la excelente antología preparada por Azancot suscitó el interés de los estudiosos. Bien es verdad que no existía en este país una corriente crítica capaz de enfrentarse con instrumentos propicios a una hermeneusis ardua y compleja. Tan sólo al cuarto de siglo de su muerte unos cuantos admiradores, secretos a la fuerza, y, probablemente, estimulados por la situación sepulcral de la poesía en España empezaron a tramar algún acercamiento.

Cirlot poseía no sólo una imaginación poética en estado de excitación constante sino un repertorio exhaustivo de lo Imaginario en todos los estratos de la historia, las mitologías, la lengua y las artes. Mal podía ser comprendido en un tiempo empeñado en devaluar ontológicamente la imagen y psicológicamente la función de la imaginación. Cuando Cirlot muere, en nuestro país está en trance de imposición un estructuralismo banal y estéril jaleado, por si fuera poco, por los medios de comunicación culturalmente más influyentes.

(Reseña publicada en Heraldo de Aragón, 9-V-2002)

V. también: 

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/05/02/los-sonetos-de-cirlot-el-ideal-y-la-muerte/

   

¿Cuántas veces tendré que escuchar tales sandeces entrecomilladas, antes de caer, preso de una apoplejía, en manos del gremio matasanos o acudir al psiquiátrico para desesperados de la gramática o al penal, por agresión a un mentecato?

Ya sé que hay cientos de disparates lingüísticos más y que la tele es su mejor difusora; y que no faltan maestros, bachilleres y doctores que los difunden en sus respectivas áreas académicas con la sobrada suficiencia  de quien tiene la sartén por el mango. También sé que este tipo de admoniciones queda “como antigua” y hay quienes piensan –digo mal, no piensan sino que pontifican- que es un atentado a la libertad quejarse de que quienes debieran dar ejemplo empeoren la fraseología de los gañanes. Sé también que no estamos libres de errores pero la cansina repetición de estos barbarismos arrojados al exterior por parte de sus emisores con la convicción de que, en vez de excremental detritus, surgen de su boca almíbares y tiernos aromas de moderno verbo, reclama huestes justicieras. ¡Cuánta falta nos haría otro Lázaro Carreter, lanzando sus dardos contra tal gentío!

 Porque ¡qué escasa la reacción contra tales desmanes! ¡qué ausencia de educación cívica! ¡Cómo puede aceptarse que, además de la perfidia oratoria de sus locutores, las televisiones enseñen esas bandas con los mensajes tuiteros de sus espectadores en los que no se perdona hache, be, uve o tilde colocada o descolocada con ensañamiento ortográfico!

Como haría un buen profesor, ningún mensaje con errores ortográficos debería ser admitido, es decir, expuesto en pantalla. Pero cuando los disparates son propiciados desde el propio parlamento de la nación, convirtiendo los nombres propios castellanos en cualquier cosa, ¿qué puede esperarse de los telecincos, los teleautonómicos, de los teledeportivos o de los telecualquier cosa? 

Dejo ya mi predicación pero quiero acudir a firmas prestigiosas de cuando, hace más de un siglo, estas cuestiones ocupaban los afanes de periodistas y escritores, entonces dedicados a cuidar el lenguaje en vez de mandarlo al infierno, como se manda a la sartén un huevo frito estrellado. Veamos como don Antonio de Valbuena en su “Corrección fraterna” (p. 94) amonesta a Unamuno tras la publicación de unos versos del soberbio y campanudo vizcaíno:

Mire usted, hombre, o Rector, si usted quiere, ya que también lo quiso un gobierno atolondrado; mire usted, si toda la rima fuera como la de usted, y todos los sonetos como el suyo, habría que renegar de los sonetos y de la rima, porque, a la verdad, el soneto de usted es cosa tonta y desagradable; pero amigo, hay rimas muy dulces y sonetos muy hermosos, a los cuales no se parece el de usted sino como el áspero guarrear de un cuervo al dulce canto de un ruiseñor, o como el gruñir de un animalejo de la vista baja a una sinfonía de Beethoven. De manera que de su soneto lo que se puede sacar en consecuencia no es que la forma poética deba desaparecer ni que los sonetos sean cosa despreciable, sino que usted es un desdichado intruso a quien no le llama Dios por ese camino.

Esto es, que se vuelva a la cocina del presupuesto a comerse tranquilamente su nómina y deje en paz la poesía, para la que su prosaica rudeza nativa le hace del todo refractario.

“Cuando salí de su casa iba por paseo ‘delante mío’…”

No se dice así, grandísimo… Rector. ‘Delante de mí’ es como se dice. ‘Delante mío’ es un disparate.

Aplíquense el cuento quienes, sin ser Unamuno, no dejan de convencernos de que “delante mío” no tienen la gramática ni el diccionario y que “detrás suyo” debería correr el dómine con su férula.

(Publicado en Aragón Digital, 16-17 de abril  de 2018)

(Publicado en Aragón Digital, 5-6 de marzo de 2018)

El “Royo Villanova”, al que hasta hace unos lustros todo el mundo llamaba “El Cascajo”,  es el nombre de uno de los grandes hospitales zaragozanos, pero ya pocos se acuerdan de quien fue el personaje al que debe su denominación. Conviene recordarlo, ya que fue una de las grandes figuras aragonesas de la primera mitad del siglo XX y en 2018 se cumplen los 150 años de su nacimiento, es decir, el sesquicentenario, otra palabra que se está olvidando, casi tanto como el propio don Ricardo, perteneciente a una muy arraigada familia aragonesa, que dio otras figuras, como su padre, Mariano Royo Urieta y sus hermanos, Antonio, gran jurista, y Luis, escritor y periodista muerto en plena juventud a resultas de una operación quirúrgica, cuando ya estaba cimentando su prestigio en la capital del reino.

Volviendo a Ricardo Royo Villanova (1868-1943), ya durante su época de estudiante, participó muy activamente en la vida cultural zaragozana y dio a la luz poesías y obras teatrales, además de fundar la revista El Cocinero (1888), empresa en la que participaron, entre otros, sus hermanos y escritores zaragozanos tan prestigiosos como Mariano de Cavia, Eusebio Blasco y Jerónimo Vicén. Años después, colaboró en la Revista Aragonesa (1907-1908) y en Aragón (1912-1917).

En 1890 se doctoró en Medicina e impartió docencia en la Universidad zaragozana, donde obtuvo la cátedra de Patología Médica en 1894 y fue nombrado rector en 1913, cargo que ejerció hasta 1928, cuando sus problemas con la dictadura primorriverista se tornaron insolubles, con lo que fue destituido y desterrado a Almuñécar. Ya en 1923, año en que el dictador asumió la presidencia del gobierno, había dejado el escaño de senador que ostentaba desde 1914.

Hombre rígido pero muy querido por su gran solvencia moral, tuvo problemas, con la Monarquía, con la Dictadura y con la República. Pero sobre todo, -cómo no- con la envidia y mala índole de algunos de sus conciudadanos. Para defender su buen nombre no tuvo mejor ocurrencia que escribir una curiosísima obra de kilométrico título, El caso del doctor Royo Villanova, por su médico de cabecera. Viva… la Pepa y muera la libertad. Al servicio de la Pravda, donde, en tercera persona, repasa con beligerancia su trayectoria profesional y resulta un excelente documento de la vida político-cultural zaragozana en las primeras décadas del pasado siglo.

Como hombre de gran protagonismo público, muchos otros fueron sus méritos y actividades: presidente del Ateneo de Zaragoza desde 1913 hasta su muerte, perteneció a varias academias y obtuvo un gran número de condecoraciones y honores. Tuvo tiempo para dar a la imprenta una biografía de Servet, una temprana defensa de la eutanasia y otras obras de variada índole pero, especialmente, sobre su especialidad, en la que fue una figura respetada en Europa. Su sentido social le llevó a impulsar con especial dedicación la lucha antituberculosa en España, enfermedad hoy casi olvidada, pero que durante muchos años segó la vida de tanta gente joven y valiosa. Él mismo llegó a fundar y sostener económicamente una clínica especializada. No fue casual que, cuando en 1956, en los terrenos del barrio de San Gregorio denominados El Cascajo por su abundancia de piedras, se inauguró el sanatorio, dedicado por entonces al tratamiento de pacientes afectados por la tuberculosis, se acudiese a titularlo con el nombre del gran médico zaragozano.

                                                                             OBRAS 

Pepito (juguete cómico), Zaragoza, Tip. La Derecha, 1888. Royo Villanova, Ricardo_Pepito003

El batín (comedia), estr. en 1888.

Útil condicional (sainete)

La mise en escene (sainete)

El nudo en el pañuelo (poesía), Zaragoza, 1889.

Esfigmogramas (crónicas médicas), Zaragoza, Imp. de Emilio Casañal, 1910.

Almas opacas (novela breve), Zaragoza, La Novela de Viaje Aragonesa nº 8, 21-V-1925.

Miguel Servet (biografía), Madrid, Imp. de A. Marzo, 1927.

Coloquios eucarísticos (narraciones místicas), Zaragoza, El Noticiero, 1928. / Zaragoza, La Cadiera, 1982.

El derecho a morir sin dolor (El problema de la Eutanasia), Madrid, Aguilar, 1929.

El caso del doctor Royo Villanova, por su médico de cabecera. Viva… la Pepa y muera la libertad. Al servicio de Pravda (memorias), Madrid, Compañía General de Artes Gráficas, 1931.

Fernando el Católico (biografía), Plasencia (Cáceres), Sánchez Rodrigo, 1943.

 

                                                            BIBLIOGRAFÍA

-AZNAR MOLINA, José, “La Medicina y las Letras aragonesas están de luto”, Aragón nº 186, enero-febrero 1944, pp. 8-9.

BARREIRO, Javier, Diccionario de autores aragoneses contemporáneos (1885-2005), Zaragoza, Diputación de Zaragoza, 2010, pp. 894-895.

-CASTÁN PALOMAR, Fernando, Aragoneses contemporáneos 1900-1934 (Diccionario biográfico), Zaragoza, Herrein, 1934, pp. 466-468.

-CASTRO Y CALVO, José María, Veinticinco años después, Barcelona, Talleres Gráficos de Agustín Núñez, 1950, pp. 89-104.

-, Mi gente y mi tiempo, Zaragoza, Lib. General, 1968.

-CAVIA, Mariano de, “El bálsamo de fierabrás”, Presencias de un zaragozano ausente, Zaragoza, CAZAR, 1969, pp. 127-129.

-CEJADOR Y FRAUCA, Julio, Historia de la lengua y la literatura castellana, vol. IX, Madrid, Gredos, 1972, p. 492.

-FUNDACIÓN JUAN MARCH, Catálogo de obras del teatro español del siglo XIX, Madrid, 1986.

-LACADENA Y BRUALLA, Ramón de, Retratos a pluma, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1958, pp. 267-273.

-, Vidas aragonesas, Zaragoza, IFC, 1972, pp. 573-588.

-LÓPEZ DE ZUAZO ALGAR, Antonio, Catálogo de periodistas españoles del siglo XX, Madrid, Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, 1981, p. 533.

-PALAU Y DULCET, Antonio, Manual del librero hispanoamericano, tomo XVIII, Barcelona, Lib. Palau, 1966, pp. 37-38.

-RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, Tomás, Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria española, 1994, p. 518.

-ROYO VILLANOVA, Carlos, Voz: “Royo Villanova, Ricardo”, Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo XI, Zaragoza, UNALI, 1982, pp. 2936-2937.

-RUIZ LASALA, Inocencio, Bibliografía zaragozana del siglo XIX, Zaragoza, IFC, 1977.

-SAGARDÍA, Ángel, “Los hermanos Royo Villanova”, Doce de Octubre nº XXII, 1968.

-SIN AUTOR, Voz: “Royo Villanova, Ricardo”, Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa, tomo LII, Barcelona, Espasa Calpe, 1926, pp. 573-574.

-VV.AA., Velada necrológica en honor del Dr. D. Ricardo Royo Villanova, Zaragoza, Tip. Berdejo y Casañal, 1944

-, Un zaragozano inolvidable. Don Ricardo Royo Villanova, Zaragoza, La Cadiera, 1971.

 

(Publicado en Clarín nº 132, noviembre-diciembre, 2017, pp. 18-23)

El periodista

Es curiosa y atípica la trayectoria de Javier Bueno García (1891-1967), autor madrileño que, en principio, estaba destinado a militar en las desvencijadas filas de los periodistas que en las dos primeras décadas del siglo XX deambulaban por las redacciones, ostentando sus desgastados ternos y sus tres cuartas de bohemia, picaresca y salacidad. La otra parte la daba el hambre. Con un adobo de alcoholismo y unas gotas de puteque de baja estofa, el cóctel derivaba frecuentemente en tuberculosis. No fue así, tras unos años en la brecha, para Javier Bueno, que, muy joven, fue enviado como  corresponsal a París, cubrió la I Guerra Mundial, se internacionalizó y terminó como bien pagado funcionario de la OIT en Ginebra. Ya jubilado, moriría en el turístico pueblo de Gryon a 130 kilómetros de la ciudad del lago Leman.

 Sin embargo, sus inicios fueron tan traqueteados y pintorescos como los de cualquier personaje de Carrère o Vidal y Planas, sin que faltaran procesos, duelos y otras demasías. Tras haberse escapado de su casa, para conocer París y Londres, su intento de alistarse sin documentación para la guerra del Transvaal, deparó que, al solicitarse aquella, la embajada española se topara con la reclamación de su familia. De nuevo en Madrid, comenzó con apenas quince años –para nuestra vergüenza, entonces se maduraba mucho antes- a escribir en El Globo, desde donde pasó a España Nueva, donde todos le llamaban Javierito, por su juventud, escualidez y escasa talla. Una de sus primeras misiones como reportero fue el viaje a París en burro acompañado de Carlos Crouselles, otro de los periodistas de la época que merecería una novela. Salieron para la ciudad del Sena en agosto de 1906 pero dejaremos esa jugosa crónica del viaje pues es inminente su publicación, rescatada por la editorial Renacimiento.

 Sí habrá que decir que el satírico Crouselles se casó nada más regresar con Aurora Fuster, viuda del escritor –sevillano, como él- José Antonio Torres “Micrófilo”, que había fallecido hace dos años en Málaga y dejó a su esposa una buena renta. El nuevo matrimonio intentó sacar provecho de ella montando un negocio en Méjico pero no hubo suerte. Pensaron, entonces, marcharse a la Argentina en busca de nueva fortuna y el 9 de diciembre de 1908 los dos se encontraban en Sevilla, prestos para emprender el nuevo viaje. Carlos dejó a Aurora encerrada en la habitación del Hotel Iberia, tal vez porque ella padecía algunos problemas mentales, y se marchó con unos amigos a la contaduría del Teatro del Duque, donde mostró actitudes inusuales y extrañas. Al volver al hotel, sonaron cuatro detonaciones en la habitación ocupada por el matrimonio.

 Crouselles había matado a su esposa e intentado suicidarse, aunque sobrevivió unas horas. En la habitación del siniestro se encontraron cuatro cartas. Una de ellas iba dirigida al gobernador por parte de Aurora y declaraba que, considerando que no podían ser felices, iba a matar a su marido y, después, se suicidaría. En otra, Crouselles exponía que, por no tener valor su mujer para realizar su proyecto, lo asumía él con las funciones intercambiadas y legaba a una amante, con la que tuvo en Madrid 4 hijos, 3.400 pesetas. Una tercera carta era para su amigo, Emilio López del Toro, al que remitía cien pesetas como adelanto para dicha amante, de nombre, Jerónima Blasco. La última carta era para despedirse de ella.    

 El folletín prosiguió con muy diversas peripecias pero quien nos interesa aquí es Javier Bueno que, tras dejar España Nueva, entró en la redacción de El Radical, al tiempo que comenzaba a publicar sus primeros textos narrativos. Y aquí se inmiscuye la figura de un inevitable en esta época: Pedro Luis de Gálvez. Efectivamente, La santita de Sierra Nevada, que iba a ser el primer libro del periodista, apareció con la firma del bohemio malagueño, el 30 de diciembre de 1910, con el número 5 de la colección Los Contemporáneos. El novel autor reaccionó con cierta elegancia. Esta es su carta al director de El País, publicada bajo el título “La Historia de un cuento”: 

 Mi querido Castrovido: Me ha ocurrido lo siguiente: Hace cinco meses, Pedro Luis de Gálvez me pidió, en nombre del director de Los Contemporáneos, un cuento. Le entregué el original. Hace dos meses me remitieron las pruebas, que yo devolví corregidas. Hoy me entero de que mi cuento, con el título La santita de Sierra Nevada, que no es el título que yo le puse, se publica el viernes próximo, firmado por Gálvez, quien, según me dicen, ha cobrado el importe. Me aconsejan que acuda ante el Juzgado; pero, ¿para qué? Procederán contra Gálvez, y acaso lo metan en la cárcel, pero eso no me proporcionará la misma felicidad que Ios treinta duros que por mi trabajo me correspondían. En este caso, sólo me resta el derecho del pataleo, y quiero que usted sea tan bueno que publique esta carta en El País. Se lo agradecerá mucho su devoto y amigo, JAVIER BUENO.

 Aunque Gálvez rebatió esta versión en carta también publicada en El País, dadas las fechas, parece una inocentada aunque sea un caso de descarada piratería. Emilio Carrère, sin embargo, no debía de tener simpatía alguna por Javier Bueno porque a los pocos días del episodio se descolgó en Madrid Cómico (7-1-1911) con este comentario: “También aludo a Javier Bueno, ese salvaje inconsciente y huero, a quien con motivo de su pleito de La santita de Sierra Nevada, sólo tengo que decir que el perjudicado es Gálvez, por haber firmado una cosa tan mala”.

Lo de salvaje venía a cuento por ser “Las palabras de un salvaje” el título de la sección que el periodista madrileño firmaba en El Radical. Dos años después, Bueno publicaba Una vida, número 25 de la colección El Libro Popular, aparecido el 26 de diciembre de 1912, una intensa novela corta de corte clásico, que narra el rodar por el mundo de un pícaro, que termina, fracasado, recogiéndose en su claustro natal. El lector habituado a la novela corta de estas calendas reconocerá  la firma de Javier Bueno en la segunda o penúltima página de abundantes números de esta colección, El Libro Popular, donde redacta breves reseñas y se hace vocero de interesantes noticias y comentarios acerca de la actualidad literaria o social. Sorprende la precocidad, el conocimiento, soltura y competencia del ya formado periodista.

La novela

Un hombre, una mujer y un niño (La Novela de Bolsillo nº  30), publicada en marzo de 1914 e ilustrada por Federico Ribas, es la tercera de las novelas cortas de Bueno y, sin duda, la más interesante. Ya desgajado de El Radical, su carrera en el periodismo iba por muy buen camino. Había trabajado en otros periódicos como La Tribuna, donde se hizo amigo de Tomás Borrás y, sobre todo, acompañaría a Rubén Darío en su viaje a la Argentina -zarparon el 27 de abril de 1912-, financiado por la revista Mundial Magazine, que el poeta dirigía en París, lo que le valió a  Bueno numerosas relaciones y el agradecimiento de Darío, al que sacó de situaciones muy comprometidas. Algunas de ellas las cuenta en Diálogos con el que se fue (1965), la última de sus publicaciones, en la que rescata a algunos escritores de aquel tiempo. Por otro lado, Javier entró en relación con la popular revista porteña Caras y Caretas, que, poco después, lo nombraría su corresponsal en la guerra europea. También por esa época, entrevistó a Galdós, Dicenta, Maragall, Ignacio Iglesias, Menéndez Pelayo…

Con todo esto, Bueno se podía permitir una mirada crítica y distanciada sobre la redacción de un periódico como El Radical, en el que durante casi dos años había convivido con la entraña del periodismo madrileño, tan cuajado de bohemios y figurones, como de pintoresquismo e hipocresía.

El periódico

El Radical, diario republicano de la noche había sido fundado en marzo de 1910, por Lerroux  -en 1904 había sacado a la luz un semanario con el mismo título- y mudó a convertirse en diario de la mañana en octubre de 1912. Portavoz del inescrupuloso político cordobés era, por entonces un periódico que daba voz al anticlericalismo, al socialismo y a las aspiraciones obreras. Como director figuraba el culto y prestigioso Ricardo Fuente, que había dirigido El País, ya el principal portavoz de las ideas republicanas. Por su redacción pasaron Luis Bello, Ignacio de Santillán, Segismundo Pey Ordéix, Álvaro Calzado, Julián Moyrón, Eduardo Barriobero e Hipólito González Rodríguez de la Peña, entre otros. Y, como colaboradores, contaría con las firmas de  Nicolás Estévanez, José Nakens, Rafael Salillas, Cristóbal de Castro, Joaquín Dicenta, Pedro de Répide, Álvaro de Albornoz, Julián Besteiro… El Partido Radical de Lerroux atrajo a abundantes intelectuales, entre los que se contó a  Ortega y Gasset, que lo utilizó para dar a la luz lo que le parecía inconveniente publicar en El Imparcial, propiedad de su familia. También Pío Baroja, que coqueteó con el partido de Lerroux, publicó César o nada como folletín en el diario.

Tanto el protagonista de la narración, Asuero, como el nombre del periódico en el que trabaja, El Demócrata, son réplicas de Javier Bueno y El Radical. Aunque la descripción satírica de los componentes de la redacción es el principal objetivo de la obra, glosaré brevemente el argumento, que también es ejemplificador del ambiente que se vivía en estos últimos reductos de la bohemia:

Asuero, encargado en el diario de reseñar las sesiones en el Congreso, recibe una llamada avisándole de que, junto a otras putas, ha sido detenida su amante, María la Francesita. Para influir en su liberación, se persona en la comisaría del Centro, donde las encerradas andan metiendo bulla. Cuando un guardia abre la puerta de los calabozos, las detenidas, que siguen insultando a la policía, advierten de que la tal María está de parto. Entran Asuero y el comisario, apodado El Niño de los Brillantes, éste abriéndose paso pateando a las presas. El policía cree que ellas están burlándose y larga otra patada a la parturienta, con lo que todas se arrojan sobre él y lo muelen. A continuación, entran los agentes para liberar a su jefe y la emprenden a sablazos con las mujeres, que, para protegerla, se colocan encima de la nueva madre y de Asuero, que dispara a la policía. Tras visitar la Casa de Socorro, el joven ha de declarar ante el juez, que le concede la libertad provisional por su condición de periodista, pero en la redacción se ha sabido del incidente y todos están contra él que, con su conducta, ha emponzoñado la profesión. El director lo recibe muy benévolo, pero le comunica la decisión de la propiedad de prescindir de sus servicios. Finalmente, El Demócrata publica un suelto explicando que Asuero ya no tiene nada que ver con el periódico, con lo que El Niño de los Brillantes, libre de compromisos políticos, comienza su búsqueda. Tras vagar toda la noche, Asuero se dirige al Hospital de San Juan de Dios y encuentra a la Francesita que le cuenta sollozando, cómo las compañeras han llevado al hijo de ambos -eso cree Asuero- a la Inclusa. Entra entonces la policía que lo detiene y maniata. Ella lo despide pidiéndole que le escriba a casa de la Gallega, su coima.

Esta es la apostilla final del narrador, en una novela que no abunda en ellas:

La complicada máquina, que es la organización social de un pueblo, se había detenido unos instantes para ocuparse de un hombre, una mujer y un niño, y como la previsión es una de las virtudes de la sociedad en que tenemos la dicha de vivir, los tres encontraron pronto sus respectivos puestos: la cárcel, el prostíbulo y la Inclusa. Luego el mecanismo siguió rodando (p.59).

Los personajes

Ya se dijo que lo más suculento de la novelita son los personajes que destapa aunque lamentablemente sólo podamos desentrañar a los más conocidos. Daniel Pulpo es el presidente de la sociedad que explota el diario, es decir, el propietario. Se trata efectivamente, de Alejandro Lerroux (1864-1949), fundador del Partido Republicano Radical, político y demagogo, harto activo en la política española de la primera mitad de la pasada centuria. 

…soñaba con la posesión de tres grandes rotativos, cada uno de los cuales fuese órgano de cada partido triunfante en el gobierno del país, y otro, El Demócrata, con ciertos ribetes revolucionarios para recoger la parte de público que no estuviera conforme con los otros dos. (p. 43).

El director, don Roberto, corresponde a la figura de Ricardo Fuente (1866-1925), republicano y activo periodista, que, además de El Radical, dirigió El País, el más importante de los diarios republicanos del periodo de intersiglos. Bibliófilo y hombre de gran cultura, es más conocido por fundar y ser el primer director de la rica Hemeroteca Municipal de Madrid. Llevo fama de hombre de gran corazón y competencia pero un tanto despreocupado, algo así como a lo que más tarde se denominaría pasota. A pesar de ser quien ha de darle la noticia de su despido, Asuero-Javier Bueno, lo pinta con cierta benevolencia:

…era el más amable de los hombres, siempre que el estómago y los dolores de gota no le mortificaban. En las primeras horas de la noche se mostraba indulgente, alegre, bromista, confidencial; pero, desde las diez en adelante, cuando el estómago entraba en lucha terrible con los alimentos y el cerebro en batalla con el artículo de fondo, se volvía irascible y más de una vez los periodistas a sus órdenes habían sabido los peligros que entrañaba una ración de pote gallego en el estómago de Don Roberto. (p. 12).

Y, al comunicarle su despido:

Don Roberto, en el fondo era un sentimental bondadoso, a quien, sin las malas digestiones podían confesársele los más graves pecados, seguro de obtener el perdón. Su voracidad para comer era la causa de que se le creyera una fiera corrupia. (…) Acaso tuvo usted razón para hacer cuanto hizo –dijo don Roberto-; pero todo eso está fuera de lo normal, de lo reglamentado, de lo aceptable… Es muy triste, pero es así. Yo no puedo hacer otra cosa sino compadecerle, amigo mío, cumplo con el encargo que me dieron (…) Sepa que aquí deja un amigo, un solo amigo, yo. (pp. 52-54).

Don Calixto López Cardón es la figura prócer que  corresponde a Benito Pérez Galdós, como se puede advertir en la secuencia vocálica de ambos nombres. Así lo caracteriza Javier Bueno: “…novelista autor de más de ochenta obras, que se consideraban como ladrillos de su propio monumento”. Cuando convenía políticamente, Tomillo, uno de los miembros de la redacción, le hacía escribir el manifiesto que se consideraba oportuno:

 Y don Calixto, conocido vulgarmente como “gloria de las letras” redactaba un manifiesto con alusiones a la “gloriosa, al león dormido de España, al general Riego, a los consumos, para terminar con un párrafo descriptivo de la apoteosis: el sol de la Libertad aparecía esplendoroso por el horizonte ahuyentando a la ignorancia, al fanatismo, a todos los vicios y al ministro de la Gobernación. (p. 8).

 Otra de las figuras que colaboran en la redacción del diario es la de Guzmán Baeza, casi legendario autor de La blusa triunfadora. Se trata obviamente de un retrato de Joaquín Dicenta (1862-1917), como en el caso anterior, dibujado con escasa empatía por el modelo: “hombre de cara arrugada, flaco, con cierto aire mezcla de clérigo y organillero (…) Él mismo, cuando se servía de El Demócrata para anunciar algún libro suyo o cuando quería aumentar su gloria literaria, se daba el título de ’ilustre autor’” (p. 19). La verdad es que Javier Bueno se ceba en los evidentes defectos del periodista y dramaturgo y prescinde de sus muchas cualidades: Pone en duda su postura revolucionaria, destaca su tendencia a lo sentimental, observa que su amor a los humildes estribaba en emborracharse con ellos y que todo su principio filosófico era la lucha entre la blusa del obrero y la levita del burgués. No se sabía si era socialista, sindicalista o anarquista pero aplaudía lo mismo el regicidio que el crimen de taberna porque quería aparentar ser un revolucionario bárbaro. Enemigo de la propiedad, de la degeneración “modernista”, de la infidelidad femenina, aspectos que por estricta justicia habría que matizar, la poca simpatía que Dicenta inspira al periodista queda patente.

El caso del apodo de  “El Niño de los Brillantes”, referido a un policía, recurso casi valleinclanesco, ya que se aplicaba comúnmente a estafadores y carteristas, es más sugestivo. Es cierto que hubo un guitarrista flamenco con este nombre y que pasó por la cárcel, pero fue en años posteriores. Por las fechas, lo más fácil es que el motejo esté sugerido por  un delegado del gobernador de Fregenal de la Sierra, al que se le apodaba, además de “Niño de los Brillantes”, “Don Peróxido de Manganeso”, detenido ocho veces por estafa y cuya conducta llegó al Congreso.

De todos modos, veamos la descripción con que Bueno nos da a conocer al pájaro de cuenta:

…inspector de policía que supo quintuplicar el sueldo de su empleo por mil artes y mañas inconfesables, entre las que pueden suponerse regalos de carteristas y timadores, a cambio de la vista gorda, y obsequios de Celestinas por cierta benevolencia en escándalos ocurridos en sus santuarios. A estas fuentes de ingresos supuestas, hay que añadir lo económica que resultaba la vida al Niño de los Brillantes por habitar con una peripatética de las más caras del mercado madrileño. (p. 32).

Aunque no sean colaboradores del periódico, se cita también a Pérez Órdiga y Vital Caza (Juan Pérez Zúñiga y Vital Aza) como representantes de la línea de una popular publicación de la época, Madrid Chirigotero, otra evidente parodia del semanario Madrid Cómico. Es ilustrativo el texto de la página 22 que, una docena de años después, parece reproducir las no muy sangrientas pugnas entre los componentes de las publicaciones Gente Nueva y Gente Vieja:

En aquella época, el campo literario estaba dividido en dos grupos o bandos y los partidarios de uno y otro se diferenciaban entre sí, por llevar la cabeza rapada o con melenas y por ser o no ser colaborador de la revista semanal Madrid Chirigotero. Los del pelo cortado aseguraban que esta revista marcaba el apogeo de las letras españolas y los de las melenas negaban hasta que don Calisto López hubiese escrito sus ochenta novelas.

Finalmente, comparece también otra cohorte de periodistas que no he sido capaz de identificar: Calderón, redactor-jefe, veinticinco sin moverse de la misma silla, es, probablemente, José Rodríguez de la Peña, que ejerció durante estos años el cargo pero del que poco sabemos. En la oscuridad quedan: Lozano, reportero en las Cortes y confidente del propietario; Robredo, amigo, también de Daniel Pulpo (Lerroux); Zabalza, “escritor apócrifo” y periodista útil por saber decir una cosa y la contraria; Lucha, reportero financiero; y, sobre todo, Tomillo, al que se dedican varias páginas: arribista de pocas luces de origen castellano, que llegó a diputado por tener mucho predicamento con Cardón (Galdós) y que, a la tercera vez que lo intentó, consiguió quedarse en El Demócrata.

Como es usual en la colección, el texto se enriquece con dibujos satíricos que representan a Calixto López Cardón, Tomillo, Asuero (dos veces), Guzmán Baeza, Don Roberto, El Niño de los Brillantes, María la Francesita, sus compañeras de celda, el recién nacido, la detención de Suero en la sala del hospital y la cabeza del autor.

Con 23 años cuando se publicaba esta novela, a Javier Bueno le quedaba toda una vida llena de peripecias, que tampoco faltaron en la vida española: corresponsal en la Gran Guerra de Caras y Caretas y, con el seudónimo de Antonio Azpeitia, también de ABC, fue expulsado de Francia por germanófilo. Javier Bueno no era un reaccionario pero tenía la convicción de que los galos nunca tratarían bien a España. No les convenía. El resto de la guerra la hizo como corresponsal en el  bando perdedor, desde donde remitió estupendos reportajes. A partir de finalizar la contienda, vivió casi siempre fuera de España dedicado a la OIT pero publicó varios libros, algunos en francés, e, incluso llegó a estrenar una obra de teatro, Liberto (1922), en el madrileño teatro Calderón. Su trilogía sobre la Guerra Civil, Les vaincus héroïques  (1943-1949) y La zorrita y los pájaros exóticos, deliciosa novelita publicada por Aguilar en 1963, pero que pasó inadvertida, son, seguramente, lo más reseñable de su obra de madurez.

Javier Bueno García padeció la maldición de llevar el mismo nombre que otro periodista, Javier Bueno Bueno, nacidos ambos en el Madrid de 1891.

El otro Bueno era hijo natural del padre del periodismo republicano, José Nakens y de la actriz Soledad Bueno y, desde muy joven, tuvo una señalada afición por el periodismo hasta el punto de publicar, con catorce años, artículos de fondo en el legendario periódico El Motín, fundado y dirigido por su padre. Con una trayectoria muy militante en la lucha obrera, se radicó en Gijón y en 1933 dirigió Avance, diario que encabezó las reivindicaciones sindicales en el Principado. Detenido y torturado por la República, por lo que quedó cojo, durante la Guerra Civil, fue herido en el Frente de Oviedo y se le amputó una pierna. Todavía pudo dirigir a su vuelta a Madrid el periódico Claridad, de tinte  socialista. Encarcelado en Porlier fue condenado a muerte en juicio sumarísimo por un tribunal militar y ejecutado a garrote vil en la misma cárcel el 26 de septiembre de 1939. Sender lo recuerda con gran afectuosidad en su Nocturno de los 14.

Esta similitud de nombre y profesión ha deparado numerosos errores y confusiones en las referencias a ambos periodistas, por lo que, a menudo, se hace complicado seguir sus trayectorias. Aquí sólo se trataba de dar cuenta como vio y reflejó uno de sus miembros la redacción de un periódico republicano en los primeros años de la segunda década del siglo XX.

 

 

 

 

                                                                       

 No se me ocurre mejor adjetivo que el muy cursi “deliciosa” para calificar esta breve novela de Eduardo Gil Bera, autor de obra tan variopinta como destacable, a desmano de modas y que siempre ha procurado no repetirse, reinventarse, a contracorriente del tan transitado  “donde va Vicente”, si vale el pareado.

Resulta admirable la capacidad de Gil Bera para cambiar de registro en cada uno de sus libros y de encarar riesgos, enfrentándose a las leyes impuestas por la costumbre, la comodidad o la cobardía. Refiriéndonos únicamente a su narrativa, el autor navarro comenzó por novelar la interminable expedición o retirada del general carlista Miguel Gómez por las costuras de las tierras de España perseguido por 25.000 soldados liberales (Sobre la marcha, 1996), para terminar con otra cuyo personaje central es Gengis Khan (Cuando el mundo era mío, 2012). En medio, una excelente biografía novelada del mago Eugenio de Torralba, el prodigioso médico ocultista conquense que vivió entre los siglos XV y XVI (Torralba, 2002), y dos novelas no sé si decir más que inteligentes o más que divertidas: Os quiero a todos, 1997 y Todo pasa, 2000. La primera, una descarnada y feroz parábola sobre el “problema vasco” y la segunda, una violenta sátira sobre la fama, desarrollada en los lugares de Ainzón y Borja. Su biografía, Baroja o el miedo (2001), levantó ronchas entre los admiradores del “hombre malo de Itzea”. Hay quienes, incapaces de separar la obra de su autor, se ponen muy agresivos si se señalan los defectos o lacras de sus ídolos. Don Pío fue un tan dotado narrador, como un ser envidioso, falso y cobarde como pocos y Gil Bera lo retrató sin atenuantes. Entre otros muy desopilantes ensayos –el adjetivo parece inventado para calificar la obra del tudelano-, EGB rizó el rizo con Ninguno es mi nombre (2012), donde, entre la indignación de los eruditos, se atreve con rotundos argumentos a proponer a Tales de Mileto como único autor de las obras homéricas

Suena a jota el octosílabo del título, “Atravesé las Bardenas” y también el de la primera parte de la novela: “Aunque nevaba y llovía” y es cierto que este canto regional aparece en distintos momentos de la narración, cosa natural en un relato ambientado las Bardenas navarras durante 1956 y en el que también se cuentan abundantes referencias aragonesas. El proyecto de construir un pueblo de colonización, por parte de ingeniero Yaben, paralelo al de otros acometidos en el mismo territorio y época, es el leitmotiv de este relato. Para ello, Eduardo Gil Bera se vale de un contingente de presos liberados para ese fin que son los verdaderos protagonistas de este concierto narrativo que tiene visos de libro de viajes, de novela picaresca y también psicológica, de retablo histórico, de reflexión metafísica y, sobre todo, de reivindicación de un pueblo y un contexto que dejaron de existir hace décadas.

Se me antoja que la palabra más precisa para definir a esas gentes que pululan por la historia con el sentido práctico, la creatividad espontánea y la habilidad manual inherentes a quienes, desde pequeños, han tenido que sacarse las castañas del fuego es la Inocencia. La capacidad de supervivir en condiciones adversas se complementa con la potencia del mundo de sus deseos. Que no tienen que ver con lo económico sino con el reconocimiento de sus propias personas. Cada uno alberga en su almario una obsesión que tiene que ver con eso tan viejo y socorrido de que me quieran por algo, por lo que soy, por lo que sé, por lo que valgo o por lo que podría valer.

Para Dámaso Torrentera, el actor más visible de este mosaico humano, su aspiración consiste en la aprobación del ingeniero Yaben, cuyo nombre remite al todopoderoso Yahvé, una buena persona, como casi todas que aparecen en la obra, que le invitó a entrar en su casa cuando Dámaso era la última boñiga de este mundo. Otros personajes, como Platón Jesús, María Cardelina, el churrero Emérito Melodín…, bosquejados con cuatro pinceladas casi esperpénticas, resultan seres humanos tan entrañables como pintorescos, de esos tan antiguos que ya no se  ven, capaces de vincular brutalidad y delicadeza, como, por otra parte ha sido tradicional en las riberas del Ebro.

Y como en todas las narraciones de escritor navarro, no falta el humor, aunque en este caso ande adobado de un tinte melancólico y casi elegiaco. Humor presente en los diálogos, plenos de felices coloquialismos, en la difícil mixtura de lo entrañable con lo grotesco, en el seco realismo que deviene en utopía, que, como es obvio, tal como acontece con la  belleza, puede ser pensada pero no alcanzada. Humor, pues, como el de Quevedo, como el de Valle-Inclán, como el de Cunqueiro, que incluye la mueca amarga.

Así, es el amor a ese pueblo, a esa durísima tierra en la que ha de desenvolverse, a esa habla tan expresiva y, para los nacidos cerca de ese río, tan reconocible, lo que sobrevuela en la novela del tudelano Gil Bera, que –parece indudable- ha querido homenajear sin estridencias al mundo que aún llegara a conocer de niño. Pero no se piense que la novela es un pastelito, todo lo contrario, la dureza de la vida cotidiana, la miseria, la mugre, la violencia y la crueldad de las vidas humildes son absolutas protagonistas del panorama. La pureza de alma, en la que se incluye tanto el solipsismo como la querencia social de esas gentes, dejadas o no de la mano de Yaben, contrarrestan las costras de la realidad, la urdimbre última de un mundo que no conocen. Ellos son sólo vilanos con alma mortal volando a merced del cierzo que señorea aquellos parajes.

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(Reseña de la novela de Eduardo Gil Bera, Atravesé las Bardenas, Madrid, Acantilado, 2017. Texto publicado en  Turia nº 124, noviembre 2017-febrero, 2018, pp. 369-371, bajo el título “Colonización en Las Bardenas)”. 

 

                                                                  BIBLIOGRAFÍA

1993 A este lado – ensayo – Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno – ensayo – Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha – novela – Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja – Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos – novela – Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras – Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos – ensayo

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa – novela – Editorial Siglo XXI, Madrid

2001 Baroja o el miedo – biografía – Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba  novela histórica – Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio

Ediciones Martínez Roca, Barcelona.

Los días de enmedio – ensayo – Ediciones Destino, Barcelona

El pensamiento estoico – ensayo – Edhasa, Barcelona.

2003 Historia de las malas ideas – ensayo – Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona

2007 Sentencia de las armas – ensayo – Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero – ensayo – Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío novela – Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth – Acantilado

2017 Atravesé Las Bardenas, Barcelona, Acantilado, 2017