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  Joaquín Coll Clavero, Manjares del Somontano, Huesca, La Val de Onsera, 2002.

El pasado día 10 Joaquín Coll abandonó los placeres y amarguras de este mundo con la discreción que le era connatural. Poeta, dinamizador de la Fundación Ramón y Katia Acín, como consorte de una de las nietas del artista oscense fusilado en 1936, quizá, su mejor legado es un libro sobre la gastronomía de su tierra, publicado por José María Pisa que ha fascinado a todos a quienes lo he recomendado. En su homenaje, reproduzco aquí la breve reseña sobre el mismo que  publiqué sin firma en el nº 72 de la revista Trébede.   

LA HONRADA COCINA POPULAR DE MANJARES DEL SOMONTANO

Es este un libro francamente bien hecho en el que se advierte que el autor no se ha limitado a cumplir un encargo sino que se ha regodeado en un tema que ama, informándose exhaustivamente, demorándose en sus contornos y no dejando que se le escapara nada que fuese verdaderamente significativo en torno a las maneras de producir alimentos, prepararlos, condimentarlos y, claro está, degustarlos de una comarca hoy famosa por su vino pero con una tradición culinaria poco conocida y divulgada que se encuentra entre lo más denso, auténtico y honrado de la cocina popular española.

  Lejano a las corrientes que convierten a todo lo que concierne a la gastronomía en un producto de marketing o en una moda para gentes que buscan en el conocimiento de las curiosidades culinarias una seña de identidad que les otorgue el marbete de expertos, Joaquín Coll ha organizado su libro de forma tan sensata como inteligente, con apartados que se refieren a los diversos y muy numerosos productos de la zona pero sin desdeñar la cata antropológica, el dato histórico, la observación psicológica o la recurrencia a la observación personal que no excluye el arrobo ante alguna de las especialidades que se comentan. Es esta una de las pocas obras en las que resulta verdaderamente ilustrativo revisar su índice, que nos da cuenta del rigor  y la exhaustividad con que se ha afrontado el trabajo.

  En su preámbulo Joaquín Coll da cuenta de las circunstancias que propiciaron su investigación y de su voluntad de “rescatar lo que sea posible de la cocina popular del Somontano; una de las grandes cocinas pirenaico-mediterráneas que tras la muerte de los viejos oficios, se debate entre la vida y la muerte; y más concretamente, entre la publicidad al servicio de la amnesia colectiva, y la de por sí atormentada y lánguida memoria de los pueblos menguantes”. Para ello contó con la colaboración de cerca de un centenar de cocineras tradicionales que le sirvieron su sabiduría pero, sobre todo, con una metodología admirable que, lejana a los esquematismos,  nos proporciona un panorama que nos acerca tanto a los contenidos estrictamente gastronómicos como a la  antropología cultural.

  Además, y quizá débito a la condición de poeta del autor, el libro está excelentemente escrito. En su estilo se conjuga el poso cultural con un elegante lenguaje de dicción y rictus propios aunque sin dejarse llevar por excesivos subjetivismos. Tal vez por todo ello, la obra quedó finalista del último premio Sent Soví convocado por la Fundación Freixenet. Una bella cubierta de Isidro Ferrer orna el volumen con el que La Val de Onsera, inicia su colección “Cocinas del alma” y confirma su primacía en el mosaico de las editoriales gastronómicas españolas.

(Publicado en Aragón Digital, 29-30 de junio de 2019)

Una leyenda urbana que circuló por la capital aragonesa refería que Evita Perón –en realidad, María Eva Ibarguren- había actuado en el cabaret Salón Oasis, cosa manifiestamente incierta ya que ella no conoció Europa hasta su viaje oficial en 1947. Sin embargo, nunca escuché que quien fuera la más importante figura de la política argentina durante el siglo XX, Juan Perón –en realidad, Juan Sosa- hubiera visitado Zaragoza, antes de su exilio.

Lo hizo. Para contextualizar la historia, hay que recorrer, bien que brevemente, la poco conocida peripecia de las parejas de Perón, que tuvo tres matrimonios y algún otro episodio sonado. El militar argentino casó en 1929 con Aurelia Tizón, una mujer de sensibilidad artística con la que fue feliz aunque ensombreciera el matrimonio la imposibilidad de descendencia. Perón había tenido un accidente en la época de su formación castrense, a resultas del que quedó estéril aunque no impotente. En 1938 un cáncer de útero se llevó a Aurelia con sólo 36 años.

Al año siguiente fue destinado a Italia en plena epifanía del fascismo mussoliniano, que tenía grandes partidarios en el ejército argentino. Realizó cursos de Economía Política en Bolonia, donde trabó amistad con el futuro Pablo VI y en las escuelas de Chieti y Sestriere se convirtió en un especialista en esquí, alpinismo y maniobras de alta montaña. Como agregado militar con el grado de teniente coronel, es obvio que sacaría provecho de las enseñanzas que obtendría de la política de Mussolini, en cuanto al manejo de masas y la inclusión de sindicatos y patronales en clanes gremiales, asuntos que marcarían su política como presidente. Antes de reunirse en la embajada argentina con el agregado aeronáutico, conoció a Giuliana dei Fiori, una bella y cultivada muchacha de 20 años -él tenía 44- que esperaba una audiencia, con la que comenzó un intenso romance, que sólo finalizó por la fuerza de las circunstancias. El 10 de julio Mussolini declaraba la guerra a Francia y los militares extranjeros hubieron de abandonar el país.

                                                                Perón con Giuliana

Perón no pudo hacerlo fácilmente porque los mares andaban surcados por submarinos que no respetaban los buques civiles. Lo agradecerían los dos amantes porque eso les permitió alargar su relación. Finalmente, a mediados de diciembre, el militar pudo embarcarse para llegar a Barcelona y Giuliana le acompañó hasta su destino. Estuvieron juntos una semana y él marchó a Madrid pero, al verificar que se demoraba el equipaje, se citaron en Zaragoza, donde permanecieron unos cuantos días, que coincidirían con las fechas navideñas. No sabemos dónde se alojaron. Es posible que en las fichas policiales de la época –en plena guerra mundial, dos extranjeros no podían pasar inadvertidos en la España de 1940- se encuentren los datos de cuál fue su habitación. Tiempo después Perón confesó que, al despedirse, tuvo la certidumbre de que nunca volverían a verse y de que ella estaba embarazada. Por lo dicho, puede que esto último fuese más un deseo que una realidad.

Que la relación con Giuliana dejó huella lo demuestra el  hecho de que en 1970 el general pidió al empresario Jorge Antonio, uno de quienes le ayudaron económicamente en su exilio, que buscara en su país el rastro de la italiana. Pese a su empeño, nada pudo encontrar el amigo de Perón en su pesquisa. Su mensaje al general fue rotundo: “Nada. Hace treinta años que nadie sabe de ella. Desapareció con la guerra”.

La peripecia amorosa de Perón continuó el mismo año de su vuelta (1941) con María Cecilia Yurbel, una anónima mendocina de 17 años. A Evita, que, destempladamente, mandó a su casa a Cecilia, en cuanto pudo entrar en la residencia de Perón, se la presentarían en el Luna Park en enero de 1944. El matrimonio* se celebró en diciembre de 1945, seis meses antes de asumir el poder. Fallecida Eva (1952), también a consecuencia de un cáncer de útero, desde 1953 a 1955 el general estableció una relación con la estudiante de secundaria Nelly Rivas nacida en 1939, lo que le valió un juicio por estupro cuando fue derrocado. De su último matrimonio (1961) con María Estela Martínez Casas, hemos asistido directamente a sus peripecias. Todavía vive la expresidenta argentina en una urbanización de Villafranca del Castillo. 

Cuando hace 73 años Eva Perón, en visita oficial, llegó de verdad a Zaragoza, el 22 de junio de 1947 y donó sus pendientes a la Virgen del Pilar, algunos de los ciudadanos que la aclamaron quizá conocieran que, hacía seis años y medio y por aquellos mismos lugares, su marido había vivido una intensa aventura con una joven italiana.

*En otras circunstancias esa unión hubiera sido imposible ya que ambos eran hijos naturales. Perón pudo ingresar en el ejército porque su abuela, tras muchas dificultades, había logrado que su padre lo reconociera. Igualmente, un militar no podía contraer matrimonio con una mujer de origen “ilegítimo”.

Eva Duarte de Perón en el templo del Pilar

 

Publicado en Aragón Digital, 8-10 de mayo de 2019

La primera risa humana registrada corresponde a la primera Edad del Bronce (2000 a. d. C.). El Génesis da cuenta de cómo Sara, informada por Dios de que iba a concebir un hijo de su esposo Abraham, pese a la mucha edad de ambos, rióse para sí, diciendo “¿Después de haber envejecido tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo?”. Risa interior, pues no era de recibo reírse ante alguien tan serio –y peligroso- como Yahvé.

Las religiones primitivas, repletas de sacrificios y pruebas que superar, oscilaron entre el miedo y el exorcismo de ese terror, a través de ritos liberadores. Sin embargo, la idea del infierno y las amenazas y condenas a quien saliera del dogma e incurriera en herejía hicieron al catolicismo poco simpático. Si la obra de Dios es perfecta, debiera despertar alegría y así lo vieron San Francisco de Asís y otros optimistas. Sin embargo, predominó, como tantas veces, el espíritu represivo. Reír o abrir la boca –siempre los problemas con los orificios naturales- fue considerado hasta no hace mucho signo de mala de educación. Para el escritor católico Charles Péguy, la risa era el demonio. Y, efectivamente, muchas veces la iconografía representa a Mefistófeles con una mueca riente.

Los adolescentes apenas ríen con sus padres, pero sí se ríen de ellos, y lo hacen mucho con sus amigos, lejos de casa. La alegría está fuera, una vez liberados del poder familiar. Es casi obligatorio pensar lo contrario de lo que de aquél emana, aunque, pasadas las décadas, los primeros años de vida aparezcan como el paraíso perdido, cosa, en general, bastante discutible, pero es más fácil mitificar el pasado que arreglar un futuro en el que lo único seguro es la decadencia.

Todos hemos dicho alguna vez que el verdadero humorista es el que sabe reírse de sí mismo, mirar con distanciamiento irónico las propias características y conductas. Reconozcamos no obstante, que tal humor alberga alguna clase de ternura, como no puede ser de otra manera. Además, ese humor nos hace también reconocer que casi todos nos tratamos con más amor del que, seguramente, merecemos. Ternura nos producen también los humoristas serios como Buster Keaton o Jacques Tati en el cine y Gila o Eugenio en el humor español, mientras nos fastidian extraordinariamente quienes se ríen de sus propios chistes. La paradoja de la seriedad del rostro frente a lo descabalado de lo que el cómico hace o cuenta provoca ese efecto de choque y sorpresa que ha de tener el verdadero arte. Por otro lado, es más difícil hacer reír desde la seriedad porque la risa es contagiosa. Por eso, las abominables risas enlatadas de la televisión; por eso, en los primeros años de la fonografía eran muy frecuentes los discos de risas, con los que toda la familia terminaba compartiendo la carcajada. En los últimos años del siglo XIX y primeros del XX, el negro Johnson registró miles de grabaciones con su famosa creación, “La risa”. A Raymond Chandler, el más clásico de los clásicos de “novela negra”, le gustaban los experimentos de psicología social: se compinchaba con un amigo para ocupar sendas butacas en las filas traseras y delanteras del cine. En una escena anodina, uno de ellos empezaba a reír; el otro le contestaba de la misma manera. A los pocos segundos toda la sala era una carcajada. Hoy día, son frecuentes las sesiones de risoterapia, que se benefician del aludido efecto contagioso.

El ámbito académico, con tanto personaje pagado de su mismo, es poco proclive a la risa. Y eso que una máscara festiva puede ser más eficaz que la seriedad impostada y rimbombante con la que muchos encubren su incompetencia. Darwin dejó escrito que la risa y el llanto se parecen en sus expresiones faciales y, de hecho, la risa excesiva hace que derramemos lágrimas, como las vertimos  de placer ante una música que nos conmueve.

En suma ¿quién no quiere pasar un día entero de risas? Las mujeres suelen preferir los hombres con sentido del humor. Quieren llorar de risa o de placer, lo mismo que los varones. Varios cómicos han ganado elecciones en países europeos. Aquí nos pedimos uno que nos haga llorar de risa –de placer, ni nos lo planteamos- pero no por la risa que él nos da sino porque, para representar un papel, es mejor un cómico que un embustero.

Risa china y risa malaya

(Publicado en Aragón Digital, 24-25 de abril de 2019).

No digo que se trate de otro centenario que se olvida –en este caso, sesquicentenario- porque, a pesar de su nombre tan rimbombante, a Atanasio Melantuche (1869-1927), hace mucho tiempo que nadie lo recuerda. Ni siquiera en su Utebo natal, donde no tiene calle ni tampoco en Zaragoza, donde sí la disfrutan otros escritores del costumbrismo aragonés que fueron sus contemporáneos, como Pablo Parellada, García-Arista o Alberto Casañal. Melantuche había nacido el 14 de abril de 1869 y siempre ejerció de republicano militante, aunque no llegó a ver la proclamación de la II República, el día en que hubiera cumplido 63 años.

Si nadie me desmiente, el último que se refirió a él con alguna extensión después de su muerte fue el firmante en el Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (2010). Sin embargo, Melantuche fue un periodista y autor teatral de mucho predicamento en las primeras décadas del siglo XX. Comenzó como crítico taurino y colaborador periodístico en varios rotativos zaragozanos a finales del siglo XIX. Ya en Madrid, colaboró desde 1892 en El País, el más popular de diarios republicanos, y, a partir de 1902, en “La Mañana”. Utilizó los seudónimos de El Barbo de Utebo para sus escritos satíricos y políticos, el de A. Algarroba para la crítica teatral y el de Juan Chanela para la crónica taurina

S. H., después convertida en Siempre heroica (1898) –uno de los títulos concedidos a la ciudad de Zaragoza- fue su primera obra, en la que colaboró con el turiasonense Gregorio García-Arista. Las zarzuelas de costumbres aragonesas La vara del alcalde e Ideícas, ambas de 1905, fueron, entre sus obras, las que obtuvieron mayor popularidad. Con el triunfo de la opereta a partir del estreno de La viuda alegre de Franz Lehar, probó también en este género y obtuvo un buen éxito con la adaptación de Eva, otra de las obras del famoso autor austro-húngaro. Melantuche totalizó veinte estrenos hasta abandonar la escritura teatral en 1914 con el sainete lírico El día del ruido. 

Además de su producción teatral, ejerció como empresario en varios locales zaragozanos y madrileños, entre ellos el popular Teatro Martín. Entre 1915 y 1916, ante la crisis de la escena española, viajó a Méjico como director de la “Compañía Española de Comedia y Variedades Melantuche”, con la que cubrió varias temporadas y llevó a la escena alguna obra de su autoría. Desde 1919 a 1921 dirigió también el semanario ilustrado Don Quijote, promovido por la colonia española. En dicho país estuvo al frente de varias empresas teatrales, al igual que en Cuba y Argentina, donde, ya muy enfermo, recibió un homenaje del Círculo de Aragón en Buenos Aires antes de regresar a su tierra cuando, barruntando su final, volviera a morir en las tablas de la capital española, donde se encontraría con su hijastro, Javier Bueno, uno de los periodistas españoles más combativos de su tiempo. Hijo natural de la actriz Soledad Bueno y José Nakens, director de “El Motín” y una de las figuras del republicanismo español, Don Atanasio tuvo la humanidad de apadrinarlo.

Melantuche es uno de los autores más notables del teatro popular de temas aragoneses, que tanto éxito popular tuvo en la época de intersiglos y en sus obras colaboraron músicos de reconocido prestigio, como el arabista Julián Ribera, uno de los mejores tratadistas de la jota aragonesa, Tomás Barrera, Rafael Calleja, José Serrano, Jerónimo Giménez y Amadeo Vives. También lo hizo con varios de los músicos aragoneses más significados de la época, como José Tremps, Luis Aula y J. M. Alvira.

Tome nota el Ayuntamiento de Utebo -con tantas cosas buenas que, desde su torre a sus museos, puede mostrar- que bien podría establecer en su biblioteca una sección dedicada a los libros de su ilustre vecino y a la literatura costumbrista de su época. Amén.

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/06/22/atanasio-melantuche/

                                                                            OBRAS

S. H. (recorrido cómico-lírico) -con Gregorio García Arista; música de José Tremps y Luis Aula-.

Fuga de consonantes (zarzuela) -con Gregorio García Arista; música de Arturo Isaura-.

Siempre heroica (recorrido cómico-lírico) -con Gregorio García Arista; música de P. Echegoyen-, estr. en 1898.

El olivar (zarzuela de costumbres aragonesas) -con Gregorio García Arista; música de José Serrano y Tomás Barrera-, Madrid, R. Velasco, 1902.

Jaleo nacional (revista) -con Salvador María Granés y Carlos Crouselles; música de Rafael Calleja, José Serrano y V. Lleó- estr. en 1902.

Danze baturro (zarzuela) -con Gregorio García Arista; música de Arturo Isaura y Julián Ribera-, Madrid, R. Velasco, 1904.

La vara del alcalde (zarzuela de costumbres aragonesas) -con música de Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1905.

Ideícas (zarzuela baturra) -con música de Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1905.

Calínez (zarzuela) -con Gabriel Briones; música de Tomás Barrera y J. M. Alvira-, estr. en 1906.

El golpe de estado (opereta) -con Santiago Oria; música de Jerónimo Giménez y Amadeo Vives-, Madrid, SAE, 1906.

La manzana de oro (opereta fantástica) -con Gabriel Briones; música de Rafael Calleja y Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1906.

El hijo de Budha (opereta) -con Gabriel Briones; música de Rafael Calleja-, Madrid, R. Velasco, 1906.

La tajadera (zarzuela baturra) -con Pedro Melantuche; música de Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1909.

¡Cómo cambean los tiempos! (recorrido histórico-bufo-local) -con Tomás Aznar, Mariano Berdejo, Alberto Casañal, Gregorio García-Arista, Francisco Goyena, Juan José Lorente, Rogelio Maestre, Jorge Roqués, Eduardo Ruiz de Velasco y Ambrosio del Ruste; música de Tomás Barrera y Jesús Ventura-, estr. en 1909.

La luna del amor (opereta) -con Gabriel Briones; música de Tomás Barrera y Rafael Calleja-, estr. en 1910.

Junto al ribazo

La Pirula (zarzuela) -con música de Rafael Calleja-, Madrid, SAE, 1913.

Eva (adaptación de la opereta de Franz Lehar), Madrid, R. Velasco, 1913.

Las píldoras de Hércules (vodevil) -con Ramón Asensio Mas, R. Blasco y J. J. Cadenas; música de Quinito Valverde-, estr. en 1913.

El día del ruido (sainete lírico) -con música de Tomás Barrera-, Madrid, SAE, 1914.

La modista de mi mujer (adaptación de un vodevil de Albin Valabregue y Maurice Hennequin) -con Ramón Asensio Mas-, Madrid, SAE, 1915.

P´al otro barrio (fantasía lírica) -con música de Joaquín Valverde (hijo)- estr. en Méjico, en 1916.

La fuga (zarzuela) -con Gregorio García Arista; música de Arturo Isaura-.

Coralie et Cie (adaptación de la obra de Valebregue y Hennequin)


                                                                        BIBLIOGRAFÍA

-BORRÁS, Tomás, Jacaranda de Madrid, Madrid, Vassallo de Mumbert, 1975.

-CEJADOR Y FRAUCA, Julio, Historia de la lengua y de la literatura castellanas, tomo XII, Madrid, Gredos, 1972, p. 178.

-COSSÍO, Francisco de, Los toros. Tratado técnico e histórico, tomo IX, Madrid, Espasa Calpe, 1988.

-FERNÁNDEZ CLEMENTE, Eloy, Vicente PINILLA y Javier SILVESTRE, “La emigración aragonesa a la Argentina, 1880-1960”, Estudios migratorios latinoamericanos nº 49, diciembre 2001, pp. 515-553.

-GONZÁLEZ PEÑA, María Luz, Diccionario de la zarzuela. España e Hispanoamérica, tomo II, Madrid, Instituto Complutense de Ciencias Musicales, 2003, p. 290.

-IGLESIAS DE SOUZA, Luis, Teatro lírico español (4 tomos), La Coruña, Diputación Provincial, 1991-1996.

-IGLESIAS MARTÍNEZ, Nieves (dir.), Catálogo del teatro lírico español en la Biblioteca Nacional, tomo II, Libretos D-O, Madrid, Ministerio de Cultura, 1991.

-LACADENA, Ramón de, “Atanasio Melantuche”, Aragoneses que han escrito sobre toros, Zaragoza, Gráf. Uriarte, 1931, pp. 61-63.

-LÓPEZ DE ZUAZO ALGAR, Antonio, Catálogo de periodistas españoles del siglo XX, Madrid, Facultad de Ciencias de la Información, Universidad Complutense, 1981, p. 374.

-OSSORIO Y BERNAD, Manuel, Ensayo de un catálogo de periodistas españoles del siglo XIX, Madrid, Imp. de J. Palacios, 1903.

-PINILLA NAVARRO, Vicente y Eloy FERNÁNDEZ CLEMENTE, Los aragoneses en América. Siglos XIX y XX. La emigración, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2003, p. 153.

-SÁNCHEZ PÉREZ, José Augusto, Mosaico baturro. Notas sobre literatura aragonesa, Madrid, Talleres Gráficos Montaña, 1953.

-SIN AUTOR, “Crítica” del estreno de El Olivar, El Teatro nº 16, febrero 1902, pp. 13-16.

-, Voz: “Melantuche y Lacoma, Atanasio”, Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa, tomo XXXIV, Barcelona, Espasa Calpe, 1917, p. 407.

-VV.AA., “Teatro de la España del siglo XX, I: 1909-1939”, ADE Teatro (Rev. de la Asociación de Directores de Escena de España), octubre 1999.

               García Arista, Maestro Serrano , Maestro Barrera y Atanasio Melantuche anotando El olivar (1902)

(Publicado en Aragón Digital, 10-11 enero 2019).

Acaba de cumplirse el centenario (7 de enero) de uno de los sabios aragoneses menos conocidos en su propia tierra. Me refiero a Julián Gállego (1919-2006), al que -aparte de los estudiosos del arte que continuarán durante mucho tiempo consultando sus magníficas monografías sobre Velázquez, pintura barroca y Goya- casi nadie recuerda, a pesar de que no hace más que una docena de años que abandonara este valle de risas y lágrimas.

E

Es verdad que residió en Madrid buena parte de su vida, por otra parte muy viajera, pero el desconocimiento de su muy atractiva obra literaria creo que se debe más a que el público difícilmente encaja entre sus meninges que el conocido por una actividad –en este caso, la crítica de arte- se dedique también a otras cosas. Efectivamente, Julián Gállego fue autor de un puñado de obras que van desde la narrativa (San Esteban de afuera, Muertos y vivos, Apócrifos españoles, Nuevos cuentos de la Alhambra) hasta el teatro (Fedra), pasando por los viajes, a los que tan adicto fue (Postales, Años de viaje), las crónicas, en las que fue maestro (Mi portera, París y el arte) y el género autobiográfico en su libro, El arte de la memoria, una deliciosa evocación de la Zaragoza de la primera mitad del siglo XX.

Recuerdo que sus primeros textos los leí en los dominicales de Heraldo de Aragón, entonces con un excelente elenco de colaboradores culturales remunerados. No sé si ese periódico lo ha recordado en estos días, pero sí que uno de dichos colaboradores, César Pérez Gracia, ha procurado preservar su excelencia y su memoria escribiendo en varias ocasiones del maestro nacido en la calle Mayor, número 47.

Mi portera, París y el arte

Don Julián, que se había doctorado en Derecho e Historia del Arte, ejerció algún tiempo como técnico de la Administración Civil en Sevilla y Barcelona hasta que decidió cambiar su orientación profesional y trasladarse a París. Enseñó en las universidades de la Sorbona y Complutense, fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y pronto se convirtió en un crítico de arte de talla internacional, que comisarió una exposición sobre Velázquez en el Metropolitan neoyorquino y varias en el Museo del Prado. Zaragoza lo galardonó con alguna medalla y una calle, allá por el Parque Ebro.

Julián Gállego vivió de mozo en las calles Mayor y Argensola, de cuyo sector nos proporciona preciosas informaciones. Escojo unas pocas: los panecillos con forma humana que fabricaba el horno sito en el patio de su casa; la fascinación de los niños ante el palacio de Larrinaga, que todos creían que era el de la Reina Hada, y así lo nombraban; la supervivencia del dance de las Tenerías, del que recuerda una de las coplas dedicadas a un político que no señala: “Tienes la cabeza gorda / y el culo de señorita / y donde quiera que vas / vas tirando la levita”. Pero, sobre todo, una que viene al pelo para corregir a los memos y cursis que llaman “Piñateli” al famoso canónigo, propulsor del Canal Imperial, que da nombre al parque y al edificio del Gobierno de Aragón: “Pig-natelli (y pronúnciese, como es uso en Zaragoza, separando la G de la N, sin apiñarlas, y, en cambio, juntando las dos “ele” para dar lugar a la letra “elle”, que tantos países nos envidian)…”

Si lo dice un sabio y yo no me canso de corregir a los puñeteros “piñatelieros”, habrá que aplicar el cuento.

 

                                           BIBLIOGRAFÍA DE SU OBRA LITERARIA

-BADOSA, Enrique, “Prólogo” a Muertos y vivos, Barcelona, Rocas, 1959.

-BORRÁS, Gonzalo, Voz: “Gállego Serrano, Julián”, Gran Enciclopedia Aragonesa, apéndice IV, Zaragoza, UNALI, 2001, p. 119.

-CENTELLAS, Ricardo, “Julián Gállego, la memoria recobrada” (Reseña de El arte de la memoria), Heraldo de Aragón, 25-V-2000.

-DOMÍNGUEZ, Antonio (dir.), Voz: “Gállego Serrano, Julián”, Gran Enciclopedia Aragonesa 2000, tomo X, Zaragoza, El Periódico de Aragón, 2000, p. 2334.

-HORNO LIRIA, Luis, Más convecinos… y algún forastero, Zaragoza, IFC, 1995, pp. 115-117.

-, Autores aragoneses, Zaragoza, IFC, 1996, pp. 28, 205-211.

-LÓPEZ FONSECA, Antonio, “Rumor de clásicos: el grito de algunos autores invisibles del teatro español del siglo XX”, Cuadernos de Filología Clásica, Estudios Latinos, vol. 26, nº 1, 2006, pp. 181-198.

-MAINER, José Carlos, Voz: “Gállego Serrano, Julián”, Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo VI, Zaragoza, UNALI, 1981, p. 1477.

-MINISTERIO DE CULTURA, INSTITUTO NACIONAL DEL LIBRO, Quién es quién en las letras españolas, Madrid, 1979 (3ª ed.), p. 181.

-NAVALES, Ana María, Antología de narradores aragoneses contemporáneos, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1980, pp. 25, 107-124.

-PADRÓS DE PALACIOS, Esteban, “Prólogo” a Apócrifos españoles, Barcelona, Rocas, 1966, pp. XI-XIX.

-PÉREZ GRACIA, César, “Retrato de Granada” (Reseña de Nuevos cuentos de la Alhambra), Heraldo de Aragón, 22-XII-1988.

-, “Semblanza de un ilustrado de Zaragoza” (Introducción a El arte de la memoria, Zaragoza, Ayuntamiento, 1999, pp. 9-19).

-, “Las memorias inéditas de Julián Gállego”, Heraldo de Aragón, 18-VII-1999.

-PÉREZ LATORRE, J. M., “Reseña” de El arte de la memoria, Turia nº 55-56, febrero 2001, pp. 333-335.

-RINCÓN, Wifredo, “Necrológica”, Archivo español de arte, Vol. 79 nº 314, 2006.

-, “Julián Gállego y Aragón” en Homenaje a Julián Gállego, Anales de Historia del Arte, Vol. 28, 2008, p. 25-38.

 

 

(Publicado en Aragón Digital, 30 noviembre-1 diciembre de 2018)

Un viejo cantable de La Mascotta enuncia:

“En la batalla estar detrás

mientras pelean los demás;

en la victoria estar al frente…

¡es conveniente!”

Bien lo saben los políticos, en el día de hoy gente habitualmente mediocre, pero amiga de acercarse al sol que más calienta. Y, hablando de políticos, Rajoy bien podría ser lector de Kipling, que dejó escrito algo así como que la mitad de las dificultades se resuelven solas y la otra mitad no tiene solución. Ante la última que enfrentó y no pudo superar, siguió el dictamen de una buena amiga mía: “¡Qué triste es todo, menos beber!”. Mejor le hubiera ido, si hubiese seguido otro buen consejo: “Sin fuerza no puede sustentarse ningún ideal ni siquiera la libertad”. Una cosa es el abuso y otra el usar la fuerza contra los que se saltan las leyes pero el cauto gallego tuvo “más miedo que las monjas”, como escribió el Arcipreste.

Los consejos que más aprecio son los que recomiendan la risa. Reírse en general, reírse de los demás y de ti mismo, por supuesto. Reírse de uno mismo es recomendable, incluso si te mortifican el codo, el oído o las almorranas, cosa de mucho doler, por lo visto. Nietzsche consideraba la risa como propia de un tipo superior de humanidad y en la revista Selecciones del Reader’s Digest, que en mi niñez aparecía por todos los sitios, había una sección cuyo título ya me atraía: “La risa, remedio infalible”.

Aunque algunos periodistas piensan que no es elegante inmiscuir lo personal en sus artículos, al menos desde Larra, otros creemos lo contrario. Digo esto porque admiro a los vagos pero, lamentablemente, no lo soy*. Lo que no quiere decir que ponga el trabajo por delante de los placeres sino que procuro buscar trabajos que constituyan un placer.

Así que finalizaré con el buen consejo que un padre de familia impartió a sus hijos antes de morir, recomendándoles que huyeran a toda costa del trabajo entre comidas.

*https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/29/quejicas-pero-vagos/

(Publicado en Aragón Digital, 26-27 de septiembre de 2018)

Mientras me arregla la pelambrera y soporta mis paridas, Esperanza L. Lacasta,  mi estupenda peluquera de guardia (Galería Gris), me deja patidifuso: “Estoy trabajando en un documental sobre María Andrea de Casamayor y de la Coma, una matemática aragonesa del siglo XVIII”.

En estos tiempos en que bandadas de damas y hasta multitudes de estudiosos se lanzan en busca del rescate de señoras desatendidas en la historia, no me iba a quedar atrás. Me acuerdo de un libraco editado en 1884, cuyo resto de edición debió de comprar don Inocencio Ruiz, pues tenía varios ejemplares en su librería de la calle 4 de agosto, y allí lo adquirí hace un cuarto de siglo: “Mujeres célebres aragonesas” de Melchor Poza. Lo abro sin muchas esperanzas pero allí está Doña María Andrea, de apellido tan aragonés y coincidente con el del cronista de la Zaragoza de la época de Los Sitios, Faustino Casamayor. Por don Melchor Poza me entero de que escribió el Tyrocinio Arithmético, impreso en Zaragoza en el año de gracia de 1738 e, inmediatamente, corro a averiguar que el “tyrocinio” es un italianismo que significa “aprendizaje”, porque de eso va el libro, del arte de enseñar las cuatro reglas.

Doña María Andrea también escribió Para sí solo, que, según Melchor Poza, contiene “noticias especulativas y prácticas de los números, uso de las tablas raíces y reglas generales para responder algunas preguntas que con dichas tablas se resuelven sin necesidad de la algebra”. El libro no se llegó a publicar y el manuscrito ha desaparecido, por lo que sólo por comentarios como el de don Melchor tenemos alguna idea sobre su contenido.

Y ¿por qué no se encuentra el apellido de la autora en las bibliotecas? Una mujer matemática era algo casi impensable, incluso en el siglo ilustrado. Como hicieron otras  autoras y para que la tomaran más en serio, Andrea decidió firmar con nombre masculino. Eligió un impecable anagrama de su nombre y apellidos: Casandro Mamés de la Marca y Arioa. Poco después, me entero de  que otro Ruiz, Fico Ruiz, buen amigo e investigador, ha escrito sobre ella. A su Aragonautas, donde la contextualiza y aporta otros datos, me remito.

En el año del Señor de 1780, doña María murió en su casa la calle de La Coma, que llevaba el mismo nombre de su segundo apellido y coincidía con la actual de Damián Forment, a unos pasos del Pilar, donde fue enterrada. Subiría al cielo en el que creía, pues el propósito de su libro era poner a disposición de todo el mundo el saber y, en especial, hacerlo asequible a los más necesitados.

El documental titulado La mujer que soñaba con números lo ha empezado a rodar Mirella R. Abrisqueta y son María José Moreno y Claudia Siba quienes interpretan a la matemática en distintas etapas de su vida.

Que les salga bueno y bonito.

Minerva Arbués y Mª José Moreno como Andrea Casamayor. Fotog de Claudia Ballester

Claudia Ballester y Mª José Moreno, como Andrea Casamayor en distintas etapas de su vida.