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(Publicado en Aragón Digital 20-22 de mayo de 2020)

La estrecha relación de Zaragoza con el arte cinematográfico desde su inicios tuvo en los años oscuros una figura que pasó sin conocer las mieles que degustaron directores y actores pero que amó al cine como nadie y, en su calidad de crítico, actor, historiador, conservador y dinamizador, llevó a cabo una labor que no siempre fue reconocida.

Su legado fue una más que meritoria biblioteca cinematográfica para los tiempos que corrían, un puñado de libros y artículos sobre asuntos en torno al cine y el mundo del espectáculo, de los que casi nadie se había ocupado en Aragón y muy poco en España. También, una vocación que deparó gran parte de las pocas iniciativas que en torno al séptimo arte surgieron en la provincia durante los últimos lustros del franquismo.

Rotellar no fue universitario ni rico de familia y hubo de sobrevivir con un trabajo gris, como mecánico de máquinas textiles en La Algodonera del Pilar, que no le permitió dispendios ni grandes viajes. José Antonio Labordeta habló de la impresión que le causaba en su juventud encontrarlo, al ir o venir del trabajo, con su mono de mecánico, cuando él sabía de su espíritu delicado y sus muchos conocimientos. Pese a su nada opulenta economía, con el tiempo pudo alquilar dos pisos para almacenar sus archivos.

Amable pero no demasiado simpático, homosexual discreto y educado, aunque otra cosa pocos de ellos podían permitirse -y, eso, si eran ricos- Manolo flotó sobre el ambiente provinciano sin levantar polvaredas. Imagino cómo se sentiría en un mundo sin apenas interlocutores, en una ciudad en la que él tenía que descubrir a Florián Rey cuando el director almuniense todavía estaba vivo. Por eso, habría de acercarse a la Peña Niké -refugio de inadaptados- y colaborar con Miguel Labordeta en la OPI y en sus iniciativas escénicas. Igualmente, sus colaboraciones como actor en las películas de José Luis Pomarón le proporcionaron mucha felicidad y algún reconocimiento.

Supongo que lo conocí en el Club de Radio Zaragoza. No me refiero a la emisora, sino a una especie de café, sito en unos bajos del Pasaje Palafox, adonde acudían varios de quienes habían frecuentado los locales del extinto Niké: Rosendo Tello, Miguel Luesma, Benedicto Lorenzo de Blancas… y algunos jóvenes como Víctor Mira, silencioso observador que, cuando le ofrecías un cigarrillo, se lo comía, o nosotros, los poetas componentes del Ciclo Folletos: el social y componedor Eduardo Bru, el penetrante y ácido Javier Checa y el desmedido firmante. Sea como fuere, Rotellar dijo gustar de mis espasmos líricos  y, como tenía la afición de recitar y hacer teatro, se ofreció a leer mis poemas al presentar la primera de nuestras producciones en el Instituto Francés. Fue su director, Monsieur Cambon, quien financió -¡qué tiempos!- aquellos no muy onerosos fastos poéticos.

Desde entonces, en tertulias, actos poéticos y viajes, coincidimos muchas veces. A mí me gustaba su precisa discreción, su inteligencia y la contenida pasión por las artes y autores que amaba; a él supongo que le hacía gracia mi desfachatez, mi talante humorístico y el poder hablar de cosas que no podía compartir con todos.

Fueron sus últimos años los más agradecidos, el ayuntamiento de Sainz de Varanda asumió la creación de la Filmoteca de la que fue nombrado director y, de pronto, su labor se veía concretada en una función que casi colmaba sus expectativas, aunque se quejaba de cierta marginación, por no disponer de despacho y de que no fueran atendidas sus iniciativas. Son muy numerosas las anécdotas que podrían contarse, a pesar de que el tumor que llevó con la ponderación que le era propia, lo afectó casi simultáneamente. Siempre se le vislumbra en su fila 8 con el enorme magnetófono, donde grababa las bandas sonoras en un tiempo en que no se disponía de videos, y escribiendo a oscuras mientras se proyectaba la película.

Aunque ya apenas se le recuerda, no podemos decir que Zaragoza lo olvidara. En el barrio del Picarral tiene dedicada una calle, la Filmoteca conserva la biblioteca que legó, José Antonio Labordeta le dedicó un emotivo recuerdo en Los amigos contados y Vicky Calavia realizó un documental en 2009, para conmemorar el cuarto de siglo de su muerte, en el que aparecían varios de esos amigos.

Un tumor cerebral se lo llevó en 1984, cuando, con sólo sesenta años, tenía por primera vez en su vida respaldo económico, tiempo y posibilidad de concretar en libros los conocimientos que con su sabiduría, rigor y esfuerzo económico había almacenado. Como de costumbre, cuando alguien valioso se va, todos lamentamos no haberlo aprovechado más.  

Manolo Rotellar visto por Víctor Lahuerta

(Publicado en El Periódico de Aragón, 17 de mayo de 2020 y Diario de Mallorca, 18-V-2020)

Si atendemos a Álvaro Retana, historiador, compositor, letrista, modisto, figurinista, ilustrador, novelista y máximo pontífice del cuplé, Mercedes Serós fue “la más completa estrella de variedades de su tiempo –los años veinte-, pues reunía belleza, figura, juventud, distinción, una voz preciosa, una mímica impecable y, además, era consumada bailarina, derrochando gracia en su coreografía”.  A su agraciado rostro y talle, unía unos brillantes ojos negros que hicieron a Ángel Zúñiga escribir que parecía “una muñeca de cera o de porcelana”. Añádase a ello una versatilidad y facilidad para ponerse al día, que le permitió afrontar todos los estilos del cuplé y otras modalidades musicales que triunfaron en la década feliz: fox, shimmy, charlestón, tango, java, rumba, danzón…, sin que por eso desdeñase en su repertorio la tradición en forma de tonadilla, chotis, pasodoble, jota o sardana. Millonaria por los réditos de su arte y por su matrimonio, tras la guerra, no necesitó volver a los escenarios y su recuerdo se fue disipando. No está de más reavivarlo cuando se acaba de cumplir el medio siglo de su muerte.

La enciclopedia Espasa y otros repertorios yerran al dar la fecha y el lugar de nacimiento de Mercedes Serós, que vino al mundo en la calle Soberanía Nacional nº 15 -hoy, Avenida de César Augusto- de Zaragoza, el 10 de Abril de 1900. Las razones de quienes la han hecho barcelonesa pueden proceder de que sus padres, Antonio Serós y Cristina Ballester, eran catalanes y se encontraban temporalmente en Zaragoza, donde Antonio venía trabajando como jornalero en las huertas del Ebro. Además, cuando todavía la futura artista gastaba pañales, la familia volvió a la capital catalana, donde ya viviría siempre, para instalarse en el número 84 de la barcelonesa calle de Vilá y Vilá, muy cerca del Paralelo, lo que seguramente influyó poderosamente en el destino artístico de Mercedes.

Trayectoria artística

Años después, tanto “La Viosa”, apodo de la madre de la futura cancionista, como su hermano menor trabajaban en el famoso Edén Concert en la calle Conde de Asalto, ella como encargada de vestir a las artistas y el chico, en calidad de botones. Con estos antecedentes, a Mercedes no le sería difícil debutar a los dieciséis años como bailarina. Se probó un fin de semana en Molíns de Rey cobrando seis duros por las dos funciones y, a primeros de septiembre, ya debutaba en el Salón Doré de la Rambla de Cataluña con muy buena aceptación. Al poco tiempo, preparada por Urbano Cale, fue intercalando algunas letrillas entre sus danzas y, como su delicada voz y forma de interpretar gustaban, el baile terminó convirtiéndose tan sólo en un adorno de sus canciones. Cuatro meses después se presentaba en Madrid actuando en el teatro Romea y en el Hotel Palace y un año más tarde ya era la estrella en el Trianon Palace (Alcalá, 20), a la sazón, el local de variedades más lujoso de la Villa y Corte.

Mercedes Serós era de menguada estatura pero bien proporcionada y de rostro muy agradable realzado con un lunar en su mejilla. Su figura pertenece ya a la segunda época del cuplé, caracterizada por el triunfo de Raquel Meller, en la que va a privar más la interpretación y el buen hacer en un escenario que el erotismo, la extravagancia o los factores extra-artísticos. Precisamente Mercedes se convertirá en la principal rival de la que fue reina del género. Cantaba con excelente gusto y muy buen timbre de voz, era una experta bailarina y sabía tocar las castañuelas. Capaz de penetrar en los estilos más diversos fue, junto a Pilar Alonso, la principal divulgadora del cuplé catalán, aunque en su repertorio predominarán los cantados en español. Interpretó siempre canciones escritas para ella, sin acudir al repertorio ajeno. Tenía una clara dicción de la que dejó muestra en sus más de doscientas grabaciones. Fue una de las artistas españolas que más canciones llevó al disco en esta época.

Mercedes había comenzado a grabar para la discográfica Gramófono el 14 marzo de 1923. Su primer registro fue el fox-shimmy “Iowa”, al que siguieron “El Bambú”, “Vida rota” y “El mosquetero”. Con el tercer disco, grabado el 9 de junio, vendrían los primeros éxitos: “El hombre ha de ser feo” y, sobre todo, “Venga alegría”, que propició el nacimiento de una revista barcelonesa con el mismo título y que años después volvería a triunfar en la desternillante versión de Mary Santpere. “La modista militar”, cuplé habitualmente conocido como “Batallón de modistillas”, el pasodoble-jota “Justicia baturra” (1924) y el archipopular chotis “Rosa de Madrid” (1927) fueron otras de sus creaciones más populares. Los años centrales de la década de los veinte constituyeron el marco de su mayor prestigio. El éxito la llevó a París, a principios de 1925, donde actuó en Le Perroquet y el Olympia.

Valencia

El popular himno a la capital levantina proviene del coro de marineros de La bien amada, una zarzuela de José Andrés de Prada y el famoso maestro Padilla, estrenada en octubre de 1924. La obra no tuvo demasiado éxito pero el coro fue aplaudido. Así, cuando Mercedes Serós se dirige al maestro para que le componga una música para su presentación en París, éste recurre a José Andrés de Prada para que escriba una nueva letra, una especie de himno-pasodoble a Valencia, que Mercedes cantó con tanta fortuna, que poco después fue adoptado y llevado al éxito internacional por La Mistinguette, a la que, con cincuenta bien llevados años, ya motejaban de abuela. Recién llegada a España, Mercedes Serós se apresuró a grabar “Valencia”, junto a “Corpus Christi”, la otra canción que le había compuesto Padilla para cantar en París. En seguida, “Valencia” sería llevada al disco por figuras como Raquel Meller, Carlos Gardel, Ofelia de Aragón o Carmen Flores. En agosto, según un artículo del corresponsal de La Libertad en Nueva York, “se oye por todas partes”.

Raquel frente a Mercedes

Durante los años veinte se habló mucho de la rivalidad entre ambas. La primera estaba en la cumbre de su prestigio internacional y su endemoniado carácter nunca admitió seguidoras ni rivales. Pero Mercedes cantaba muy bien, tenía éxito y, lo que es peor, seguidores que la consideraban superior a la de Tarazona. Se ha dicho que Álvaro Retana propuso un desafío en el Madrid Cinema de la calle Malasaña, en el que cantaran las mismas canciones y el público juzgara y decidiera. Naturalmente, Raquel no se prestó a un juego en el que no tenía nada que ganar pero castigó a la joven artista llamándola “Mierdecita Serás” ante los periodistas y poniendo el nombre de Merceditas a uno de sus pequineses.  

En 1920 la Serós había rechazado la consabida oferta para trabajar en América que solían recibir las cupletistas de éxito porque le parecía poco el estipendio de mil pesetas por función. Y, cinco años más tarde, en el contrato que se le presentó tras sus éxitos en París, declaró haber recibido una oferta cinematográfica pero “el desconocimiento del inglés me desconcertó y rehusé”. Aunque ya sabemos la precaución con que hay que tomar esta clase de declaraciones tan difícilmente comprobables. Más en una época en que el cine aún era mudo, con lo que no podría exhibir en él su principal virtud. Por otro lado, la competencia (Raquel Meller), que tenía su principal virtud en el matiz y la gestualidad, estaba triunfando en la pantalla internacional, con lo que es posible que la oferta fuese deleznable o perteneciera al mundo de los deseos.     

Vida privada y muerte

Pese a su buen carácter, la vida personal de la cancionista fue accidentada. Tras el contubernio taurino-varietinesco, que no podía faltar en la trayectoria de una cupletista española, -en este caso fue el noviazgo con el tauricida  Emilio Méndez- Mercedes se casó el 14 de junio de 1923 con Pedro Cruspinera Sala. Se pidió dispensa de las amonestaciones porque el marido andaba amenazado de muerte y deseaban casarse “con urgencia y reserva”. A los cuatro meses, Cruspinera desapareció y nunca volvió a saberse de él, lo que dio pie a especulaciones sobre boda amañada. Después, vivió con el muy adinerado industrial Pelayo Rubert Alegrín, con el que matrimonió finalmente en 1950, una vez que obtuvo las dispensas canónicas, al darse por muerto a su primer marido, del que le había sido concedida la separación en 1928. Es curioso que los últimos discos grabados por la cancionista (1933) fueran unos anuncios radiofónicos para la empresa que Pelayo había heredado de su tío, Pío Rubert Laporta, que tenía su sede en Ronda de San Antonio, 66 y fabricaba paraguas, monturas, tejidos, materiales de  vidrio y todo tipo de artículos de regalo. En estos divertidos textos cantados publicita paraguas, monederos, bastones, abanicos… Todo ello –repite el disco- se encontrará en la dirección antedicha.

El matrimonio no tuvo hijos. Desde su retirada justo antes de comenzar la guerra, exceptuando el periodo bélico en el que se colectivizó la industria familiar y anduvieron en peligro, Mercedes llevó una existencia regalada en sus torres de las calles Santaló y Dalmases, ya lejos del ambiente artístico, aunque, finalmente, se separara de su su segundo marido, que volvió a casarse y la sobrevivió 18 años. La cupletista hubo de trasladarse al que fuera su último domicilio en la calle Córcega 238, donde murió a causa de un trombo cerebral originado por la arterioesclerosis que padecía. Eran las 4.55 horas del 23 de Febrero de 1970, once años justos antes del 23-F. Se la enterró en el panteón de los Rubert del Cementerio de Montjuich, muy cercano a los mausoleos de Isaac Albéniz y Jacinto Verdaguer.

Sin embargo, ni en la prensa ni en la calle se organizó revuelo alguno, como sí había sucedido con el entierro de Raquel ocho años antes. En el medio siglo transcurrido desde entonces, aunque alguno de sus cuplés pueda escucharse en el benéfico youtube, la desaparición de Mercedes Serós ha sido casi tan total como la de aquel pájaro de cuenta, que por primera vez la condujo al altar.

“¡Tristes tiempos en que hay que demostrar lo evidente!” Esta tan repetida frase, que se ha atribuido a muchos, la enunció por vez primera un famoso escritor suizo, Friedrich Dürrenmatt (1921-1990), y viene al pelo para ilustrar el momento actual en España en que los mantras sectarios de los privilegiados -que, como exactos racistas, quieren aumentarlos y consolidarlos- se van imponiendo ante la resignación y el silencio de los ciudadanos teledirigidos por un estado que parece aspirar a la autoinmolación deseada por sus enemigos. De nada valen evidencias tales como la de en el país vecino vascos y catalanes sean ciudadanos con los mismos derechos y deberes que el resto de departamentos.
Como no es el caso de cansar, aunque sea con argumentos menos repetidos que las falacias nacionalistas, daremos la palabra al sabio más respetado que ha dado la nación, al que por cierto, no hace ninguna falta que se le dedique en Zaragoza la avenida que todo el mundo ha nombrado siempre como Gran Vía, incluso en los tiempos en que se le dedicó a José Calvo Sotelo, el diputado cedista cuyo asesinato precipitó la Guerra Civil. La proverbial sensatez de don Santiago, que sabía que la grandeza de alguien no se mide por la importancia de la calle que se le dedique, no habría aprobado suplantar el nombre popular por el suyo. Ya ahíto de sabiduría y honores, en 1934 el año de su muerte, publicaba El mundo visto a los ochenta años (Impresiones de un arterioesclerótico), que aparecía un par de días antes de su muerte, cuyas exequias quiso que fueran laicas y que aconteció el 17 de octubre. He aquí un extracto: 

«Deprime y entristece el ánimo, el considerar la ingratitud de los vascos, cuya gran mayoría desea separarse de la Patria común. Hasta en la noble Navarra existe un partido separatista o nacionalista, robusto y bien organizado, junto con el Tradicionalista que enarbola todavía la vieja bandera de Dios, Patria y Rey.

En realidad Euzkadi y Navarra constituyen de hecho feudos vaticanistas, y son perdurable amenaza de guerra civil. Y esto a pesar de los halagos y generosidades del Estado, de los privilegios y exenciones otorgados, y de la exigua contribución con que acuden aquéllas a los gastos de la nación. Por el libro de Iribarne me entero de que el aborrecido régimen republicano, ha prestado 10 millones de pesetas sin interés a la opulenta Diputación de Vizcaya, amén de los 30 millones que, según Carner, se giran a Bilbao en concepto de primas a la navegación.

En la Facultad de Medicina de Barcelona, todos los profesores, menos dos, son catalanes nacionalistas; por donde se explica la emigración de catedráticos y de estudiantes, que no llega hoy, según mis informes, al tercio de los matriculados en años anteriores. Casi todos los maestros dan la enseñanza en catalán con acuerdo y consejo tácitos del consabido Patronato, empeñado en catalanizar a todo trance una institución costeada por el Estado. A guisa de explicaciones del desvío actual de las regiones periféricas, se han imaginado varias hipótesis, algunas con ínfulas filosóficas. No nos hagamos ilusiones. La causa real carece de idealidad y es puramente económica. El movimiento desintegrador surgió en 1900, y tuvo por causa principal, aunque no exclusiva, con relación a Cataluña, la pérdida irreparable del espléndido mercado colonial.

“Amor y rabia”. Revista libertaria

En cuanto a los vascos, proceden por imitación gregaria. Resignémonos los idealistas impenitentes a soslayar raíces raciales o incompatibilidades ideológicas profundas, para contraernos a motivos prosaicos y circunstanciales. « ¡Pobre Madrid, la supuesta aborrecida sede del imperialismo castellano! ¡Y pobre Castilla, la eterna abandonada por reyes y gobiernos! Ella, despojada primeramente de sus libertades, bajo el odioso despotismo de Carlos V, ayudado por los vascos, sufre ahora la amargura de ver cómo las provincias más vivas, mimadas y privilegiadas por el Estado, le echan en cara su centralismo avasallador. No me explico este desafecto a España de Cataluña y Vasconia. Si recordaran la Historia y juzgaran imparcialmente a los castellanos, caerían en la cuenta de que su despego carece de fundamento moral, ni cabe explicarlo por móviles utilitarios. A este respecto, la amnesia de los vizcaitarras es algo incomprensible. Los cacareados Fueros, cuyo fundamento histórico es harto problemático, fueron ratificados por Carlos V en pago de la ayuda que le habían prestado los vizcaínos en Villalar, ¡estrangulando las libertades castellanas! ¡Cuánta ingratitud tendenciosa alberga el alma primitiva y sugestionable de los secuaces del vacuo y jactancioso Sabino Arana y del descomedido hermano que lo representa!. La lista interminable de subvenciones generosamente otorgadas a las provincias vascas constituye algo indignante. Las cifras globales son aterradoras. Y todo para congraciarse con una raza (sic) que corresponde a la magnanimidad castellana (los despreciables «maketos») con la más negra ingratitud. A pesar de todo lo dicho, esperamos que en las regiones favorecidas por los Estatutos, prevalezca el buen sentido, sin llegar a situaciones de violencia y desmembraciones fatales para todos. Estamos convencidos de la sensatez catalana, aunque no se nos oculte que en los pueblos envenenados sistemáticamente durante más de tres decenios por la pasión o prejuicios seculares, son difíciles las actitudes ecuánimes y serenas.

No soy adversario, en principio, de la concesión de privilegios regionales, pero a condición de que no rocen en lo más mínimo el sagrado principio de la Unidad Nacional. Sean autónomas las regiones, mas sin comprometer la Hacienda del Estado. Sufráguese el costo de los servicios cedidos, sin menoscabo de un excedente razonable para los inexcusables gastos de soberanía. La sinceridad me obliga a confesar que este movimiento centrífugo es peligroso, más que en sí mismo, en relación con la especial psicología de los pueblos hispanos. Preciso es recordar –así lo proclama toda nuestra Historia– que somos incoherentes, indisciplinados, apasionadamente localistas, amén de tornadizos e imprevisores. El todo o nada es nuestra divisa. Nos falta el culto de la Patria Grande. Si España estuviera poblada de franceses e italianos, alemanes o británicos, mis alarmas por el futuro de España se disiparían. Porque estos pueblos sensatos saben sacrificar sus pequeñas querellas de campanario en aras de la concordia y del provecho común”.

(Segunda Parte, Capítulo 8)

Sobre Ramón y Cajal, también puede verse en este blog: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/03/13/ramon-y-cajal-vaticina-el-futuro/

Autorretrato fotográfico de Ramón y Cajal

Marcelino rematando

Marcelino cabeceando

(Publicado en Aragón Digital, 28-29 abril 2020)

El único autógrafo que he solicitado en mi vida y que aún conservo se lo pedí a Marcelino, legendario jugador del Real Zaragoza. Yo tendría unos 11 o 12 años y, callejeando con un amigo por el Paseo Sagasta –entonces dedicado al general Mola-, vimos como el futbolista dejaba aparcado su famoso Volvo rojo en la acera de los pares –entonces se aparcaba en cualquier parte, no digamos si uno entraba en la categoría de ídolo- y allí nos acercamos con el objetivo antedicho, inmediatamente logrado.

No creo que haya habido otro jugador del Zaragoza con tanto carisma en su etapa activa. Lapetra era el de mayor clase y Violeta, seguramente, el más rentable pero Marcelino sigue siendo con 120 tantos totales el mayor goleador del club en todos los tiempos y sus tantos de cabeza eran de una espectacularidad incomparable. Casi increíble en un jugador que medía 1,70. En los córneres solía colocarse en la esquina del área opuesta al rincón desde el que se sacaba y, con una rapidez inusitada y una potencia de salto brutal, se imponía a los defensas rematando con una fuerza que sólo he visto en jugadores como Kocsis o Santillana. Su técnica de salto no era el simple impulso hacia arriba sino un poco diagonalmente y, al llegar el balón, echaba la cabeza atrás para proporcionarle la máxima fuerza y la dirección adecuada. Él siempre dijo que sus maestros fueron César y Zarra. El primero lo entrenó y, con el segundo, dijo haberse enfrentado en 2ª división cuando jugaba en El Ferrol y el vizcaíno en el Indauchu, partido que se celebró en la temporada 1955-1956, cuando Marcelino estaba o acababa de salir del seminario, así que el recuerdo pertenece a la abundante inventiva del jugador gallego.

Sus condiciones atléticas eran increíbles. Según el propio futbolista, gracias a la genética pero, sobre todo, a las horas que pasaban jugando en la playa al fútbol y a una especie de balón-volea de cabeza. Hacía los cien metros en menos de 11 segundos, en su salto llegaba con la cabeza a más de tres metros y sus pulsaciones en reposo eran 36.

La condición de mito local que acompañaba a Marcelino venía incrementada por su vida más que desordenada –se decía- lo que, al parecer era común en muchos de los componentes de los llamados “magníficos” y que, pocos años después, corroborarían los “zaraguayos”. El delantero terminó casándose con la hija del fiscal de la Audiencia, unión que se deshizo a los pocos años.

Marcelino no vino a Zaragoza a los 19 años como delantero centro sino como extremo. Pese a que proporcionaba abundantes balones de gol, su condición de rematador llevó a que finalmente desplazara a otro de los goleadores clásicos del equipo, Joaquín Murillo, todavía y durante quién sabe cuánto tiempo, máximo goleador del equipo en 1ª división con 90 tantos.

Marcelino podría haber metido muchos más goles de los que obtuvo pero se retiró a los 29 años y sus últimas temporadas no fueron buenas. Se decía que por la poco deportiva forma de vida que había llevado pero él lo atribuía a las brutales patadas que recibió que le machacaron las rodillas. En esto sí que cualquier tiempo pasado fue peor. No existían las tarjetas y para que te expulsaran había casi que asesinar al oponente.

Marcelino cumple 80 años el 29 de abril, seis meses antes que Pelé, nacido el 23 de octubre de 1940. No se llegaron a enfrentar pero pudieron hacerlo en el Campeonato Mundial de Chile en 1962 al que España llevó un magnífico equipo. Todavía Di Stéfano, ya con 36 años, y otro gran goleador como Eulogio Martínez se impusieron a la juventud del ferrolano y, cuando Pelé llegó a La Romareda en septiembre de 1974, ya jugaban los primeros zaraguayos.

Marcelino en Ares (La Coruña), su pueblo natal

Medio siglo después del autógrafo pasé unos días en El Ferrol y, entre otras cosas, me dediqué a visitar los hermosos y muy alimenticios alrededores de la ciudad portuaria. A un cuarto de hora de coche está Ares, el lugar natal del jugador. En un bar, que después me enteré que era de su mujer, lo encontré con su sempiterna gorra y me atreví a hablarle. Fue ilustrativo pero, como en los antiguos folletines o las modernas series televisivas, lo contaré otro día.

El “gol de Rusia” (1964)

                 (Publicado en Aragón Digital, 10-12 de abril de 2020)

Cuesta de Moyano

Cuenta un famoso escritor de finales del siglo XIX que, paseando una mañana por los altos del Botánico madrileño, donde hoy se ubica la Cuesta Moyano con sus puestos de libros -mercado que, si el azar del tiempo lo permite, pronto cumplirá la centena- le sorprendió escuchar una jota cantada con gran potencia, que parecía surgir de las copas de los árboles. Al mirar hacia lo alto, observó un baturro con su traje regional que se dedicaba a la necesaria tarea de podar las ramas de uno de ellos. Extendió su mirada en derredor y atisbó en otros árboles unos cuantos aragoneses dedicados a la misma función.

Aficionado como soy a nuestro canto, reflexioné acerca de cuánto me hubiera complacido ser el sujeto pasivo de aquella audición e, inmediatamente, me puse a investigar si el caso fue una anécdota aislada o tenía otros fundamentos. Pronto llegué al conocimiento de que, en efecto, los aragoneses llevaban mucha fama como podadores y eran llamados regularmente, tanto desde la capital como de otros lugares, para ejercer su pericia.

Una amiga, natural del hermoso pueblo de Moros, me contaba que los podadores de esa zona del Manubles estaban muy considerados y, todavía en los años ochenta del pasado siglo, durante el invierno, iban y volvían todos los días a Calatayud en el autobús que también acarreaba a los estudiantes del Instituto. Allí los esperaba una furgoneta que los llevaba al tajo. Mi amiga también recuerda que, cuando entraban por la tarde al autobús, se percibía un intenso olor a humo de hoguera, ya que hacían continuamente fuego para calentarse las manos que se quedaban heladas podando. Entonces no existían las protecciones actuales sino que se las apañaban con el mono y un jersey de lana hecho en casa. Y nada de guantes, con ellos la tijera de podar no se agarraba bien.

Moros. Foto de José Verón

Asociando ideas recordaba yo los últimos vendedores ambulantes que alcancé a ver en mi niñez. Eran los botijeros que, en Zaragoza, se juntaban y exponían en el suelo su mercancía bajo la mudéjar torre de San Gil a la entrada de la calle Estébanes, al lado de una famosa administración de lotería y frente al Cine –hoy bingo- Latino. Me llamaba la atención su vestimenta extremeña, con su típico sombrero y, sobre todo, sus burros portadores del menaje alfarero, enjaezados con sus aparejos de fuerte color rojo completado con bandas, borlas y otros aditamentos. Desapareció el botijo, desaparecieron ellos, como lo hicieron otros oficios ambulantes que llenaban de colorido la vida popular de los españoles.

Es cierto que, en gran cantidad de ocasiones, los oficios estaban íntimamente relacionados con lugares determinados y los vendedores debían proceder del lugar en el que esos utensilios, productos u oficios eran famosos por su calidad o competencia. Así como los botijeros eran extremeños –casi siempre de Llerena-, los podadores eran aragoneses y, como tales, vestían. Lo mismo los alcarreños que vendían miel; los granadinos, sombreros. Los asturianos, con su infaltable montera, eran aguadores; los amoladores, franceses; los afiladores, orensanos; los arrieros, maragatos; los alicantinos, horchateros, además de vender esteras… Como se vio, todos ellos llevaban su traje regional y, en su caso, lanzaban al aire los característicos pregones, propios de cada producto. Esos pregones sobre los que, añorando su niñez, han escrito páginas hermosas andaluces como Manuel Machado en Cante jondo, García Lorca en Impresiones y paisajes, Luis Cernuda en Ocnos o Alberti en La arboleda perdida.

Muchos de estos atuendos fueron desapareciendo en el siglo XIX y, otros, ya avanzado el veinte, aunque haya restos de los pregones en los puestos populares de mercado y, sobre todo, en la siringa del afilador, el único oficio que milagrosamente se conserva. Un instrumento que tocaban los protagonistas de la mitología griega y que algún domingo por la mañana puedo escuchar en el Coso zaragozano como algunos amigos míos lo escuchan en Madrid. Pregones que vienen de la noche de los tiempos y que están presentes en los entremeses de los siglos de Oro y en los sainetes de las centurias siguientes. La extraordinaria bailarina zaragozana Mari Paz*, también cantante y tan prematuramente desaparecida, hizo famoso uno de ellos, “Desde Santurce a Bilbao”, que aunque a algunos les parezca popular es una composición que, en 1942, le entregó el maestro Quiroga para su espectáculo “Cabalgata” en el que también figuraba una primeriza Lola Flores. (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/03/12/mari-paz-la-promesa-quebrada/)

Para terminar, una historia zaragozano-alicantina. Los oriundos de Crevillente y otras localidades cercanas con evidente influencia morisca, se dedicaron desde tiempo inmemorial a la confección de alfombras y esteras. Hasta entrado el siglo XX, las esteras eran un producto muy demandado, pues con ellas se cubrían las paredes de las casas en invierno para combatir el frío. A mediados del siglo XIX, la crisis económica impulsó a muchas familias que se dedicaban a su fabricación a emigrar otras provincias –también con su traje típico- y dedicarse a confeccionar y comerciar con el artículo en cuestión. Como en verano se vendían muy poco, se dedicaron a fabricar otro producto típico de su tierra: la horchata y así surgieron las primeras horchaterías en Madrid, Zaragoza, Barcelona y otras tierras que no la tenían en su tradición. En Zaragoza, la firma Serafín Miguel fue la más acreditada y la que más resistió vendiendo –ya no ambulantemente- alfombras y horchata en su local del Pasaje de los Giles con entrada también por la calle Estébanes, la misma de los burros botijeros pero en el otro extremo, junto a la Plaza de Sas. Calle, pues, que albergó a dos viejos oficios que desaparecieron en la segunda mitad del siglo XX. Recuerdo haber tomado más de una horchata en Serafín Miguel, que resistió hasta los años setenta. No recuerdo haber comprado botijos ni tampoco que lo hiciera mi madre, cuya mano me guiaba, bajo la torre de San Gil. Botijeros y burros habían desaparecido, cuando España fue trocando de rural en urbana, a primeros de la década de los sesenta.

El botijero

El botijero

 

 

 

Benjamín Jarnés 1922

A pesar de que frecuentemente se asoció la prosa de Jarnés con “lo poético”[1], el escritor de Codo apenas publicó poemas y eso fue en sus primeras incursiones literarias cuando frisaba los treinta de su edad, es decir, años antes de que empezara a ser conocido en los círculos intelectuales de la Villa y Corte. Nacido en 1888 e  hijo número 17 de los 20 que engendró un sacristán y sastre, que –parece- no correspondía a la fama que se otorgó a estos dos gremios.

Como Benjamín tenía luces y un hermano que en 1904 se ordenaría cura, cuatro años antes ya habían aparcado al adolescente en el seminario, donde coleccionó “meritíssimus” en sus calificaciones. Mala idea fue llevarlo con veinte años, de veraneo a Olalla, el pueblo donde su hermano oficiaba, pues allí debió de vislumbrar seres humanos con faldas de otros colores que las por él portadas y, al poco, se colocó como preceptor de una familia zaragozana. Hombre práctico -por algo era de familia pobretona- el escaso estipendio lo llevó a probar en la milicia (1911) y, tras servir en Barcelona y Zaragoza, ya como sargento, se matriculó en la Escuela Normal de Magisterio de la capital aragonesa en calidad de alumno libre. En 1916, conseguido el título de maestro, se casó con Gregoria Bergua y, poco después, llegó a la guarnición de Jaca, ciudad en la que colaboró en El Pirineo Aragonés y desde donde remitió artículos al diario La Crónica de Aragón y al semanario El Pilar, ambos zaragozanos. En 1919 fue destinado a Larache (Marruecos), desde donde mandaría alguna colaboración a la barcelonesa Revista Popular, antes de recalar al año siguiente en Madrid, aunque su primera obra literaria editada[2], Mosén Pedro, inspirada en su hermano cura y que, como escribí en otro texto: ”se publicó en un lugar tan poco lisonjero para quien habría de merecer los honores de gran prosista de vanguardia como la Biblioteca Patria”, una colección inspirada y promocionada por la Iglesia con la que, inmediatamente, volveremos a toparnos.

Poco o nada se conocía de la producción poética de Benjamín Jarnés, toda ella limitada a las citadas colaboraciones. Así, en 2005, García Juste[3] dedicó un excelente artículo a la prehistoria del escritor, con especial atención a los poemas publicados en la revista El Pilar, en la que el autor escribió de forma esporádica entre 1917 y 1927. Vocero oficial del culto a la virgen homónima, este semanario, que se fundó en 1883, es el decano de la prensa zaragozana y dio entrada al primer poema publicado de Jarnés, “Dulce vino de tu amor”, en su número 1878, correspondiente al 30 de agosto de 1919. En fechas posteriores aparecerían diecisiete más. García Juste lo reproduce junto a otros cuatro publicados en fechas posteriores: “Cultiva tu jardín” (1919), “Los poemas del amanecer” (1921), compuesto de tres partes,” Reina de abril” (1923) y “Agua viva” (1927).

Revista Popular

Revista Popular 23-XI-1919

Esta publicación, semanal y de índole religiosa como la anterior, fue fundada por Félix Sardá y Salvany y se editaba en la Imprenta Popular Pontificia de Barcelona desde 1871. De corte integrista, como su fundador, incluyó, sin embargo, numerosas firmas literarias en sus contenidos y a ella fue a parar la que, mientras no aparezca otro texto, sería la segunda aportación poética de Jarnés a la prensa escrita[4].  Se encuentra en la página 325 de su número 2551, del 23 de noviembre de 1919, con el título “Serás su amada”.

Es curioso señalar que, durante dicho año y, también, en 1918, la revista publicó colaboraciones de escritores afines a las ideas que sustentaba, como pudieran ser Pereda, Polo Peyrolón, Muñoz Pabón o Paul Bourget y catalanistas como Gutiérrez Gili y Julio Manegat, pero también otros sin adscripción clara y hasta republicanos. Podemos citar a Navarro Ledesma, Ortega Munilla, Pérez de la Ossa, Curro Vargas, Zahonero… Y la sorpresa de encontrar jóvenes que en seguida incidirían en la vanguardia, como el gran Barradas, Rogelio Buendía, Rafael Sánchez Mazas y el propio Jarnés. Un examen de otros números de la revista depararía, sin duda, más hallazgos.

El poema, compuesto por diez tercetos de octosílabos monorrimos, es el segundo de la serie “Glosario místico”[5] y está claro que destaca más por su musicalidad que por su temática, de ecos bien conocidos por cualquier afecto a la poesía mística. No poco le costaría a Jarnés ir despegando de los pesos de su educación religiosa, de la que tampoco abominó, e ir obteniendo esa originalidad sintáctica que, para no pocos, lo convirtieron en el prosista más destacado de la Generación del 27[6].

 

SERÁS SU AMADA…

Suavemente descansarás

si tu corazón no te corresponde.

(Kempis. Imitación de Cristo, II, VI)

Reposo, místico reposo

entre los brazos del Esposo…

¡Gozo inefable y misterioso!

 

Dí… ¿quieres, alma, descansar?

Lava tus manchas en el mar

de la Gracia… junto al altar,

 

ceñida de alba vestidura,

espera… ¡y toda tu amargura

se trocará en suave ternura!

 

Soledad, grata soledad…

¡Contigo mora la Verdad,

contigo la Suma Bondad!

 

Quietud, santa y dulce quietud…

Regalo eterno a la virtud…

Oír un mágico laúd

 

que pulsa un bello Serafín

en su dorado camarín…!

¡Divinos éxtasis sin fin…!

 

Corazón, pobre corazón,

dime… ¿qué efímera pasión

dirá más sublime canción…?

 

¿Que rosa pálida y banal

de fugitivo amor sensual

cortarás ya de su rosal?

 

Reposo, místico reposo

entre los brazos del Esposo…

¡Gozo inefable y misterioso!

……

¡Alma! Descansa arrodillada

del Tabernáculo en la grada…

Blanca y pura ¡eres su Amada!

 

[1] De “novela lírica” se ha calificado a lo más valorado de su producción narrativa.

[2] Fuera de lo literario, su primera publicación fue un folleto de dieciséis páginas con el que ganó un concurso de su Regimiento que premiaba “un tema dirigido a mantener a la mayor altura posible el espíritu militar”. Pasarían doce años hasta la aparición de su primera novela. V. José Luis Melero Rivas, José Luis y Antonio Pérez Lasheras, “El primer Benjamín Jarnés: La obediencia militar, un folleto desconocido de 1912″, El Bosque nº 10-11, agosto, 1995, pp. 269-271.

[3]“José Ángel García Juste, “De la ‘prehistoria’ e historia de Benjamín Jarnés”, Rolde, 113, julio-septiembre 2005, pp. 18-29.

[4] En fecha muy cercana fue asimismo publicado por El Pilar.

[5] V. García Juste, op.cit. p. 27.

[6] A la que, por cierto, él apenas pertenecía cronológicamente, ya que el considerado miembro más veterano, Pedro Salinas, había nacido en 1891. En cambio, Jarnés había visto la luz el mismo año que Gómez de la Serna (1888) y uno más tarde que Marañón (1887), ambos considerados componentes de la Generación del 14.

 

Marcelino cabeceando

(Publicado en Aragón digital, 28-29 de abril de 2020)

El único autógrafo que he solicitado en mi vida y que aún conservo se lo pedí a Marcelino, legendario jugador del Real Zaragoza. Yo tendría unos 11 o 12 años y, callejeando con un amigo por el Paseo Sagasta –entonces dedicado al general Mola-, vimos como el futbolista dejaba aparcado su famoso Volvo rojo en la acera de los pares –entonces se aparcaba en cualquier parte, no digamos si uno entraba en la categoría de ídolo- y allí nos acercamos con el objetivo antedicho, inmediatamente logrado.

No creo que haya habido otro jugador del Zaragoza con tanto carisma en su etapa activa. Lapetra era el de mayor clase y Violeta, seguramente, el más rentable pero Marcelino sigue siendo con 120 tantos totales el mayor goleador del club en todos los tiempos y sus tantos de cabeza eran de una espectacularidad incomparable. Casi increíble en un jugador que medía 1,70. En los córneres solía colocarse en la esquina del área opuesta al rincón desde el que se sacaba y, con una rapidez inusitada y una potencia de salto brutal, se imponía a los defensas rematando con una fuerza que sólo he visto en jugadores como Kocsis o Santillana. Su técnica de salto no era el simple impulso hacia arriba sino un poco diagonalmente y, al llegar el balón, echaba la cabeza atrás para proporcionarle la máxima fuerza y la dirección adecuada. Él siempre dijo que sus maestros fueron César y Zarra. El primero lo entrenó y, con el segundo, dijo haberse enfrentado en 2ª división cuando jugaba en El Ferrol y el vizcaíno en el Indauchu, partido que se celebró en la temporada 1955-1956, cuando Marcelino estaba o acababa de salir del seminario, así que el recuerdo pertenece a la abundante inventiva del jugador gallego.

Sus condiciones atléticas eran increíbles. Según el propio futbolista, gracias a la genética pero, sobre todo, a las horas que pasaban jugando en la playa al fútbol y a una especie de balón-volea de cabeza. Hacía los cien metros en menos de 11 segundos, en su salto llegaba con la cabeza a más de tres metros y sus pulsaciones en reposo eran 36.

La condición de mito local que acompañaba a Marcelino venía incrementada por su vida más que desordenada –se decía- lo que, al parecer era común en muchos de los componentes de los llamados “magníficos” y que, pocos años después, corroborarían los “zaraguayos”. El delantero terminó casándose con la hija del fiscal de la Audiencia, unión que se deshizo a los pocos años.

Marcelino no vino a Zaragoza a los 19 años como delantero centro sino como extremo. Pese a que proporcionaba abundantes balones de gol, su condición de rematador llevó a que finalmente desplazara a otro de los goleadores clásicos del equipo, Joaquín Murillo, todavía y durante quién sabe cuánto tiempo, máximo goleador del equipo en 1ª división con 90 tantos.

Marcelino podría haber metido muchos más goles de los que obtuvo pero se retiró a los 29 años y sus últimas temporadas no fueron buenas. Se decía que por la poco deportiva forma de vida que había llevado pero él lo atribuía a las brutales patadas que recibió que le machacaron las rodillas. En esto sí que cualquier tiempo pasado fue peor. No existían las tarjetas y para que te expulsaran había casi que asesinar al oponente.

Marcelino cumple 80 años el 29 de abril, seis meses antes que Pelé nacido el 23 de octubre de 1940. No se llegaron a enfrentar pero pudieron hacerlo en el Campeonato Mundial de Chile en 1962 al que España llevó un magnífico equipo. Todavía Di Stéfano, ya con 36 años, y otro gran goleador como Eulogio Martínez se impusieron a la juventud del ferrolano y cuando Pelé llegó a La Romareda en septiembre de 1974 ya jugaban los primeros zaraguayos.

Medio siglo después del autógrafo pasé unos días en El Ferrol y, entre otras cosas, me dediqué a visitar los hermosos y muy alimenticios alrededores de la ciudad portuaria. A un cuarto de hora de coche está Ares, el lugar natal del jugador. En un bar, que después me enteré que era de su mujer, lo encontré con su sempiterna gorra y me atreví a hablarle. Fue ilustrativo pero, como en los antiguos folletines o las modernas series televisivas, lo contaré otro día.

El “gol de Rusia” (1964)