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Desdichadamente llevamos muchos meses debatiendo donde debieran descansar los restos de quien mandó en España durante casi cuarenta años del pasado siglo. Por lo que dicen, el autoproclamado Caudillo no dejó constancia de su voluntad ni, lamentablemente para tantos, fue un “caído”, ya que no murió víctima de la violencia. Muchos de mis amigos opinan que resulta de todo punto objetable mover a los muertos, mientras a otros les molesta que el personaje en cuestión comparta espacio con tantos de cuya muerte tuvo alguna responsabilidad. En esta cuestión, yo me alineo con mis admirados Bécquer y Cernuda y pienso que “donde habite el olvido” es el lugar adecuado para quienes dejan la vida y allí espero residir, aunque antes me gustaría hacer unas cuantas cosas. Buenas si puede ser.

Valga el exordio para dar a conocer una anécdota que no creo haya sido reflejada en las biografías del dictador. El 1 de agosto de 1938 apareció reflejada en el número 46 de Mi revista, una publicación que se editaba en Barcelona y se hacía eco de las noticias, personajes y peripecias de la guerra, principalmente, en el Frente de Aragón. La narraba allí Francisco Gómez Hidalgo (1886-1947), un periodista toledano, diputado por Unión Republicana en las elecciones de 1934, habitual colaborador del semanario y con una lucida trayectoria en su profesión. Fue también autor teatral, narrador y director de una película tan interesante como La malcasada, film inspirado en una obra de Carmen de Burgos “Colombine”(1926), en la que numerosos personajes populares -entre ellos, Ramón y Francisco Franco- opinan sobre el divorcio. Tampoco puedo dejar de mencionar ¿Cómo y cuándo ganó usted su primera peseta? (1920), divertida encuesta a la que responden escritores, artistas y políticos. Gómez Hidalgo murió en el exilio mejicano.

Es curioso que en Mi Revista, una publicación tan radicalmente revolucionaria como era de esperar en tales fechas, aunque no falten los calificativos injuriosos y descalificantes, la conducta que se muestra del entonces teniente coronel Franco sea más bien loable.

FRANCO… FRANCO… ¡MISERABLE FRANCO!

Por F. GÓMEZ HIDALGO

Aparto con repugnancia la mirada de la mano con que escribo, recordando que estrechó la suya muchas veces.

Nos conocimos en Marruecos, recién ascendido a comandante, allá por el año de 1919. Entonces yo, como periodista, era allí la rebeldía y la oposición; la única rebeldía y la única oposición. Contrastando con lo que escribían Aznar, director de “El Sol”; Tomás Borras, Corrochano y otros corresponsales de menor renombre, todos vendidos por amistad o por dinero a Berenguer, diciendo la verdad, y aun no toda la verdad, yo fustigaba a diario a este general maldito. Por lo común, los militares—oficiales, jefes y generales—, pendientes siempre de las propuestas de ascenso como motor de sus acciones, eludían toda relación conmigo. Excepcionalmente, dábase alguno que, sin intimidarse ante el riesgo de que le descubriera y le delatara la vigilancia que seguía mis andanzas, me buscaba para informarme de hechos que le avergonzaban. ¡Magnífico teniente coronel Perea, aunque coincidente siempre en el esfuerzo y en la finalidad, nos veamos poco, por leal y por valiente, estás en mi recuerdo y en mi corazón desde aquella tarde—¡van pasados diecinueve años! — que acudiste a visitarme al tangerino hotel Gavilla! También Castro Girona, que resultó, al cabo, un miserabluelo sin sangre y sin nervios, buscábame entonces para revelarme monstruosidades como aquella de que Berenguer le hubiera ordenado que “procurase no hacer operaciones sin bajas, porque en la Península no se apreciaba el esfuerzo del Ejército si no corría la sangre en abundancia”. Habia también un grupito—Sanjurjo, González Tablas, Ruedas, Ledesma, Franco…—de descocados promiscuadores. Adulaban a Berenguer y cultivaban con esmero mi amistad. Franco, sobre todo, salió muchas veces de su prudencia habitual para asentir con el gesto, con la palabra y aun con la acción a mis opiniones, por avanzadas que ellas fueran. Cierto día, por ejemplo…

 

Almorzábamos él y yo en el hotel Victoria, de Melilla, con otro comandante, Mariano Salafranca, hoy leal, culto e inteligentísimo coronel del Ejército Popular. Era el 9 ó el 10 de septiembre de 1923, tan cerca del golpe de Estado de Primo de Rivera, que un articulo en que relaté este episodio fué el primero que me tachó la censura dictatorial, que había de prolongarse hasta la implantación de la República.

A mitad de! yantar irrumpió en el comedor un sargento del Tercio, que Franco mandaba en aquel tiempo, y le informó:

—A fulano -un legionario caído en el combate librado por la posesión de Tifaurín, el día anterior- el cura no ha permitido que le enterremos en sagrado, porque al ingresar ayer en el hospital se negó a confesar.

—Qué intolerante!… ¡Qué canalla!… —barboteé yo.

Franco, asociándose rápido a mi protesta, interrumpió la comida, se alzó en pie y me dijo:

-Acompáñame. Verás lo que hago yo con ese canalla.

El cura comía también en su pabellón cuando llegamos al cementerio. Franco le obligó por un recado a que acudiera al punto a nuestro encuentro, y cuando estuvo ante nosotros le ordenó con aspereza:

—Revístase usted, que va a actuar.

Un poco aturdido, el cura intentó demandar explicaciones.

Pero Franco, enérgico, congestionado, colérico, como si en efecto se hallase ofendido en sus sentimientos, reiteró:

—Le he dicho que se vista y le añado que tengo prisa. Conque, obedezca.

Inclinando medroso la cabeza calva, el cura, un.hombre de pigmentación sanguínea, bajito, rechoncho, ventrudo, penetró entonces en la capilla. Cuando reapareció, ya revestido, llevando a la vera un sacristán o monaguillo, Franco se dirigió a diez o doce legionarios y, como completando una orden, díjoles:

—¡Vamos!

Echaron los legionarios por una calle del cementerio y, tras ellos, en singular procesión, Franco, el cura, el sacristán y yo, hasta un rincón abandonado, en el que habían nacido palmitos que se alzaban sobre nuestras cabezas.

Fué obra de cinco minutos, que el cura, asombrado, temblándole las piernas, contemplaba sin pestañear, el que los legionarios descubrieran un cadáver, que apareció totalmente envuelto en una sábana.

A su vista, depositado sobre el montón que formaba la tierra recién extraída, Franco, cogiendo al cura por un brazo, le empujó hacia el muerto y le ordenó:

—¡Rece usted! Y rece cantando, cantando muy alto, como si hubiera de cobrar.

Con voz inarticulada, temblorosa y monótona, que alzaba siempre que Franco le miraba, el cura dijo de memoria unos latinajos, y luego trazó en el aire varias cruces con el hisopo.

Entonces, a una muda indicación del comandante, los legionarios cargaron cuidadosamente con el cadáver y le trasladaron junto a una tumba abierta en el paraje más cultivado del cementerio. Allí Franco volvió a ordenar al capellán:

—¡Vuelva usted a rezar!

Cuando de nuevo terminó el cura, Franco dijo algunas palabras en tono exaltado de discurso, que es el único que le he oído. Palabras que hubiera podido suscribir yo… Dijo que la tierra sagrada se gana defendiendo a la patria y no viviendo de la explotación de la patria. Dijo que la confesión es la entrega de los débiles y los ignorantes a la coacción de unos cuantos tunantes, que les intimidan con el arma más despreciable: la mentira. Dijo que contemplando a los representantes que la Iglesia le adjudica, él negaba la omnisciencia y aun la misma existencia de Dios, impotente para confundir a tales intérpretes. Dijo…

El cura, fijos los ojos en el orador, escuchaba con la boca abierta, asombrado, espantado, medio muerto.

Cuando, al fin, se hubo efectuado la inhumación, cogiéndome del brazo, ya para retirarnos, Franco se dirigió de nuevo al cura para decirle, despectivo y amenazador:

—Le he hecho venir y le he obligado a berrear no porque conceda eficacia a su intervención, sino para molestarle, para humillarle, para despreciarle. Si en lo sucesivo repite usted lo que ha hecho esta mañana ya saben mis soldados lo que han de hacer: enterrarle vivo bajo la tierra que usted reserva a los malditos.

 

Franco… Franco… ¡Miserable Franco! Ni aun entregada tu persona a la justicia del pueblo, la más justa justicia, pagarías los crímenes que has realizado y amparado, porque, en definitiva, sólo tienes una vida…

Empero “tu caso”, como el de todo el ejército, ejército de señoritos ventajistas, sin ideas y sin entrañas—, recuerda mucho la parábola de la zorra que se come las gallinas…

“Cuando la zorra encuentra abierta la puerta de la jaula, y escapa, y se come las gallinas, la responsabilidad no es enteramente de la zorra: hubo quien descuidó la puerta de la jaula.”

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/04/04/lola-montes-la-cupletista-que-estreno-el-novio-de-la-muerte/

No tuve noticias de este joven hacendado argentino, que pasó en Europa la mayor parte de su vida, hasta que mi amiga, la escritora coruñesa Elisa Vázquez de Gey, lo citara en uno de sus muy documentados libros sobre Anita Delgado, la bellísima bailarina malagueña que casara con Jagatjit Singh (1872-1949), séptimo maharajá de Kapurtala.

Al parecer, y procedente de París, Benigno Macías (1882-1921) había llegado a Madrid en las fechas precedentes a la boda (31-V- 1906) de Alfonso XIII con Victoria de Battenberg, donde coincidió, entre otros muchos personajes del gran mundo, con el maharajá. Sabida es la sensacional historia de la fascinación del indio por la belleza de la malagueña Anita, una simple telonera del Kursaal, donde actuaba junto a su hermana Victoria con el nombre de Las Camelias o Hermanas Camelia, que de las dos formas aparecen en los programas y postales de la época. Conocida es también la novelesca historia de la participación de Valle-Inclán y los pintores Julio Romero de Torres, Ricardo Baroja y Anselmo Miguel Nieto en la feliz culminación de la historia. Todos ellos frecuentaban el citado lugar de diversión –frontón, durante el día y templo de variedades por la noche- y, además del maharajá, también acudían muchas de las personalidades llegadas a Madrid para las bodas reales, entre las que debió de estar Benigno Macías, que se amistó con los citados pintores y, parece que se encaprichó perdidamente de Victoria Delgado. Benigno Macías coincidió en París con Victoria, cuando la familia de Anita viajó a la capital francesa para acompañarla durante el tiempo que durara la educación de princesa que para ella había preparado el príncipe indio, que terminó casándose con ella, en su reino, el 20 de enero de 1908.

Benigno Macías, hijo de un gran estanciero, había nacido en 1882 y, como la mayor parte de los jóvenes adinerados argentinos, debió de marchar a París en fechas coincidentes con el comienzo del siglo XX. Fecha clave, pues, para las primeras relaciones del tango criollo con Europa, de las que Benigno pudo ser uno de sus primeros embajadores. Por las memorias de Anita Delgado, la maharajaní de Kapurtala, sabemos que, una vez llegado a España, trató de introducir los tangos en los teatros de varietés. Pero nada hemos conseguido averiguar al respecto y nos parece un poco prematuro pues, por entonces, todavía el tango no era común en París. Tal vez, Anita Delgado con la distancia, temporal, confundiera las fechas y el intento de Benigno Macías fuera posterior. De hecho, el primer tango argentino documentado que se interpreta en España sigue siendo el que presentan Las Argentinas (María Cores, bonaerense y Olimpia d’Avigny, italiana) en el madrileño Circo de Parish cuando termina 1906. De cualquier modo, la amistad que Macías labró con el maharajá sirvió también para que este se apasionara por el tango argentino, que extendió a alguna de sus intérpretes, pues constan sus intentos de seducción a Ada Falcón y Rosita Barrios cuando, en los años veinte, visitara Buenos Aires.

En cuanto a París, la biógrafa de Anita Delgado nos informa que artistas a los que él representaba bailaron en el Folies Bergère y que era denominado como “el rey del tango argentino”, título que debieron atribuirse unos cuantos. Aparte de los libros de Cadícamo y Zalko, más preocupados por los reflejos externos que por la intrahistoria empresarial, curiosamente, no hay bibliografía sobre un fenómeno sociológicamente tan intenso y crucial como la introducción del tango en París. Apenas, en las tesis producidas por la habitualmente sólida universidad francesa, se toca tangencialmente, este fenómeno.

Henri Dreyfus[1] (1866-1929) escribe en sus memorias, publicadas con el seudónimo de Fursy y el título, Mon petit bonhomme de chemin,[2] que la adopción del tango en París se inicia una noche con el siguiente episodio: un joven argentino llamado Macías pagó a la orquesta del cabaret L’Abbaye Albert de la Place Pigalle[3] para que leyera, ensayara y tocara la partitura de un tango argentino. Al comenzar la interpretación, Macías se lanzó a bailar con Loulou Christie, una amiga previamente aleccionada, ante la sorpresa de la concurrencia “une sort de pas lent et traîné, coupé de repos rythmés, et accompagné par une mélopée en mineur, d’une infinie mélancolie” Ocho días después veinte parejas los imitaban y daban paso a la fiebre del tango que duró hasta el inicio de la Gran Guerra. 

Por su parte, Carlos Vega nos traslada alguno de estos datos y comenta:

Ocurrió hacia diciembre de 1910, a juzgar por otros documentos que veremos. Lo que sigue, por lógico, excluye la fantasía. El tango se repite noche a noche. A la primera pareja se añaden otras, también de argentinos, con las compañeras posibles. El escritor francés Paul Morand nos da un segundo nombre. Al recordar a Ricardo Güiraldes dice de él que “antes de ser un gran escritor en la Argentina lanzó el tango en París[4]

 Fuera como fuese, a finales de 1910 y quizá antes, Benigno Macías habitaba en la capital francesa, donde era habitual en la alta sociedad y arrastraba fama de dandy y seductor. En más de una ocasión recibió y acompañó al maharajá y a la maharaní en sus frecuentes visitas a París. Pese a que Victoria, la hermana de Anita, se había casado en 1908 con el millonario americano Jorge Winans, Macías siguió siempre manteniendo una férvida admiración y una amistad incondicional.

Durante la I Guerra Mundial, Anita escribe a Benigno desde la India, pidiéndole ayuda porque su hermana Victoria ha sido abandonada por su marido y se encuentra enferma en París con sus tres hijos y embarazada de otro. El argentino les presta todo el apoyo posible pero, finalmente, en 1918, Victoria muere con sólo veintinueve años, a consecuencia de la llamada gripe española. Benigno se hizo cargo del entierro y consiguió sacar del país a los tres niños –el pequeño había muerto, contagiado por la madre- entregándolos a sus abuelos maternos en la frontera española. En ese mismo año regresa a Argentina, desde donde encarga a Anselmo Miguel Nieto una copia del retrato que el pintor había hecho a Anita en 1909, ya que había otro realizado en 1905. El artista complació a su amigo y llevó a Buenos Aires, acompañado de Julio Romero de Torres, la obra solicitada, de la que, por tanto, hay dos versiones.

Delgado, Anita por Anselmo Miguel Nieto 1905007

Benigno regresó pronto a París, seguramente en mala hora, porque el 19 de diciembre de 1921 fallecía en una de sus residencias parisinas, sita en la rue Berlioz nº 19, a la edad de 39 años, al parecer, a consecuencia de una infección en las piernas, provocada por un accidente automovilístico. Por las mismas fechas, un anuncio en Le Figaro ofrecía en alquiler otra de sus casas situada en el Parc de La Malmaison a 12 kilómetros de París. Marcelo T. de Alvear, embajador argentino y Alberto F. Figueroa, consejero de la legación argentina, ante la ausencia de la familia, asumieron la representación en el entierro.

A pesar de su temprana muerte, Macías, soltero, dejó testamento de sus bienes: entre otros, cuatro estancias –algo más de 25.000 hectáreas- en la provincia de Buenos Aires. Los destinatarios fueron los hijos de Victoria Delgado, que, en cuanto fue legalmente posible, dieron orden de vender las lejanas posesiones del país sureño.

NOTAS

[1] Cantante de cabaret, luego, propietario y director de varios de los music-hall más selectos del París de la Belle Époque

[2] Fursy, Mon petit bonhomme de chemin: souvenirs de Montmartre et d’Ailleurs, Paris, 1928.

[3] Restaurante, antes llamado L’Abbaye de Thélème, que había comprado Albert Abbey para convertirlo en el más caro y chic de Montmartre y en el que también actuaron artistas españoles.

[4] Carlos Vega, Estudios para los orígenes del tango argentino (2ª edición corregida de Coriún Aharonián), Buenos Aires, Facultad de Artes y Ciencias Musicales-Instituto de Investigación Musicológica Carlos Vega, 2016, p. 145.

Publicado en Todotango, julio 2011. Más añadidos, ilustraciones y correcciones.

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María Dolores Arana. (Zumaya, 24-7-1910-Hermosillo (México), 5-4-1999). De origen vasco, fue una de las primeras mujeres que ganó oposiciones al Cuerpo Auxiliar de Aduanas, al que también perteneció su padre. Sin que ni su conservadora familia conociera las razones, abandonó su puesto y se trasladó muy joven a Zaragoza, donde cimentó su vocación literaria. Así, publicó varios textos en la revista Noreste y en 1935 editó el poemario Canciones en azul, número 2 de los Cuadernos de Poesía de la Editorial Cierzo, con un retrato de Federico Comps y ornamentación de Gaspar Gracián, que saludó el propio Tomás Seral  y Casas en la revista citada. Serrano Asenjo en Estrategias vanguardistas dedica un extenso y útil comentario a este libro. Es el único autor que la trata, aparte de la breve nota de Juan Manuel Bonet en su diccionario de vanguardias en la que nos informa de sus colaboraciones juveniles en la barcelonesa Hoja literaria.

  La primera de sus tres colaboraciones en Noreste corresponde al número 7, publicado en el verano de 1934 y es un curioso y muy breve poema trisílabo, que tituló “Resaca”:

Amor;

te sentí

nacer

en mí.

¡Qué dolor!

No supe

de ti

qué hacer;

dormí.

  Volvió a publicar en los números 9 y 10, este último dedicado monográficamente a mujeres, poemas de su Canciones en azul, un libro en que el afán de integración con la naturaleza junto a la hostilidad y el rechazo hacia el mundo incómodo de la realidad es el tema que adquiere mayor protagonismo.

Durante la guerra civil María Dolores fue secretaria de José Ruiz Borau, entonces en el Consejo de Aragón, y entabló una relación sentimental con el futuro novelista que dejaría a su familia y se exiliaría con ella en Francia, adonde había acudido enviado por el S.I.M. (Sevicio de Información Militar) y, desde octubre de 1941, en Méjico. Como es sabido, Ruiz Borau, con el que tuvo dos hijos, adoptaría su apellido y, a partir de entonces, firmaría todos sus libros como José Ramón Arana (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/14/jose-ramon-arana/. Tras unos años de convivencia, el matrimonio se separó pero María Dolores Arana siguió con su actividad intelectual. Durante su exilio mejicano publicaría al menos dos libros más, Árbol de sueños (1953) –poesía- y Zombies, el misterio de los muertos vivientes (1987),  en el que aborda con rigor el fenómeno del vudú haitiano.

Árbol de sueños, con un prólogo en verso de Concha Méndez y muy breve (23 poemas) es un libro de insatisfacción y soledad, que parece encubrir un conflicto, probablemente de carácter amoroso. De tono medio y a menudo tópico, falta la chispa de originalidad que dé fuerza a su poesía.

     Sobre tus sueños va

      mi corazón sediento

     y proclamando voy

  Tu muda ausencia

   mi soledad

        la soledad del hombre

el sentirme callada

sorda

ciega

trascendida de angustia

y de ceniza.

María Dolores Arana ejerció la crítica de arte y fue amiga de Altolaguirre, Concha Méndez, Emilio Prados y Cernuda, con el que tuvo una relación muy directa y sobre el que publicó numerosos artículos y llegó a alojar en su casa. Hay entrambos un importante epistolario que ya ha sido publicado. Entre 1961 y 1976  Papeles de Son Armadans, la revista de Camilo José Cela, a quien también le unió una estrecha amistad, publicó diecisiete colaboraciones debidas a su pluma. En diarios y revistas mejicanas como Novedades, El Heraldo, El Nacional, Excelsior, Las Españas, Ruedo Ibérico, Nivel, Literatura, El rehilete, El Gallo Ilustrado, Kena, Mujeres, Revista Mexicana de Literatura… se recogen asimismo muchos de sus artículos.

(Publicado en “Cinco escritoras aragonesas del siglo XX”, Criaturas Saturnianas nº 3, segundo semestre 2005, pp. 91-105), más insertos,  Obras y Bibliografía extraídas de mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2010), Zaragoza, DPZ, 2010, pp. 103-104).

El retrato de Arana fue dibujado por su amigo “el aprendiz de escultor José Oliay” en el campo de concentración de Gurs (15-VI-1940).

                                                                                     OBRAS

Canciones en azul, Zaragoza, Cierzo, Col. Cuadernos de Poesía, 1935.

Árbol de sueños, México, Intercontinental, 1953.

Arrio y su querella (ensayo), México, Cuadernos de Lectura Popular, 1966.

Zombies. El misterio de los muertos vivientes (ensayo), México, Posada, 1987.

 

                                                                          BIBLIOGRAFÍA

ALTAZOR (Tomás Seral y Casas), “Reseña” de Canciones en azul, Noreste nº 10, primavera, 1935.

-BARREIRO, Javier, Poesías de José Ramón Arana, Zaragoza, Rolde, 2005.

-, “Cinco escritoras aragonesas del siglo XX”, Criaturas Saturnianas nº 3, segundo semestre 2005, pp. 91-105.

-, “Introducción” a Poesías. José Ramón Arana, Zaragoza, REA, 2005, pp. 23-24.

-BONET, Juan Manuel, Diccionario de las vanguardias en España (1907-1936), Madrid, Alianza, 1995, p. 58.

-MÉNDEZ, Concha, “Prólogo” a Árbol de sueños, México, Intercontinental, 1953.

-PARIENTE, Ángel, Diccionario bibliográfico de la poesía española del siglo XX, Sevilla, Renacimiento, 2003, p. 44.

-RINALDI RIVERA ROSAS, Yolanda, “José Ramón Arana: el escritor olvidado que no podía olvidar”, Escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, Barcelona-Sevilla, Grupo de Estudios del Exilio Literario (GEXEL)-Renacimiento, 2006, pp. 137-144.

-SERRANO ASENJO, José Enrique, Estrategias vanguardistas, Zaragoza, IFC, 1990, pp. 81-85.

 

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(Publicado en Aragón Digital 13-15 de agosto de 2018)

Alegría y cierta sorpresa experimenté cuando mi sabio amigo Javier Bona me dio a conocer el vermut de cannabis que se elabora desde hace unos meses en Morata de Jalón. Al parecer, se trata del primero del mundo que incorpora esta sustancia, con lo que pone a Morata en la cabeza de las innovaciones industriales, por si tuviera poco con su extraordinario palacio del conde, sus riquísimas frutas y sus internacionales cementos. Aunque, como no hay luz sin sombra, también alcanzó celebridad su vaca: “quedar como la vaca de Morata”, algo parecido a como quedaron García y su macho, Cagancho en Almagro o el famoso cochero del dicho. La vaca en cuestión, que acarreaba fama de fura, ignoró que sus empleadores la sacaban para embestir, se cagó en el ruedo y se sentó encima. Y yo creo que hizo muy bien.

Volviendo al vermut elaborado por las más que centenarias bodegas Jaime, se vende ya en China y otros países lejanos. Parece que la idea nació de una inocentada pero pronto se convirtió en realidad: el vino blanco, el alcohol y los aromas del cáñamo se extraen y se maceran con cannabis durante una semana y, después, con otras 34 hierbas; entre ellas están varias que los maestros antiguos consideraban afrodisíacas: ajenjo, canela, clavo, dictamo de Creta, vainilla… Se ensamblan a continuación con un licor de 50º y resulta un original vermut de 15 grados, color verde y muy aromático. “Turmeon”, la marca con la que se vende, proviene de “Turn me on”, algo así como “Enciéndeme” en la lengua de Shakespeare, por nombrar a un buen bebedor, de los que no faltan en las islas. Aunque tampoco falten –y sobren- los malos.

La revolución innovadora del vermut elaborado en Morata se extiende también al envase: bello tapón de cristal y etiqueta que incorpora un kinesiograma, que provoca un efecto óptico por el que las hojas de la marihuana se abren y cierran. No crean los asustadizos que la bebida moratina es una droga encubierta. Se trata de cannabis medicinal, cultivado en Almería, cuyo TCH (componente psicoactivo) no sobrepasa el 0,10% del producto.

Por si algún malpensado, sospecha que tengo acciones en las Bodegas Jaime, diré que creo tener motivos para sentirme orgulloso de los pioneros logros de este pueblo de tierra morada (“Morata”) en la ribera del Jalón. Mis abuelos paternos nacieron en La Almunia de Doña Godina, a muy poca distancia de Morata, y los maternos, en San Mateo de Gállego y Paracuellos de la Ribera, esta última localidad también muy cercana. Incluso una tatarabuela, a quien llamaban “La Moñuda” y vivió cien años, nació allí. Moratinos fueron escritores como el polifacético y erudito Mariano Carreras y, aunque naciera en Madrid, en la torre de San Miguel pasaba los veranos Mariano Miguel de Val, fundador de la revista “Ateneo” e íntimo amigo y corresponsal de Rubén Darío (https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/09/07/mariano-miguel-de-val/). Hubo unas Bodegas Mariano de Val de esta familia, que, creo, ya no están en funcionamiento pero sí ubicadas en un bello edificio del siglo XIX, que sobrevivía hasta hace poco. Espero que no haya caído sobre él la maldición de los munícipes iconoclastas.

En fin que, además de todo esto, el vermut de Morata está muy bueno.

Bodegas Mariano de Val (Morata de Jalón)

(Publicado en Diario del AltoAragón, 10 de agosto 2018)

¿Cuántas autobiografías conoce usted de mujeres aragonesas anteriores a 1988? En estos momentos, yo no recuerdo ninguna y tampoco abundan –todo lo contrario- después.  Sólo por esta razón sería ilustrativo detenerse en la que escribiera y editara la oscense Adelina Bello Lasierra, personaje tan insólito como atractivo.

Familia Bello (1911). Adelina sostenida por su padre.

Casi tan longeva como su famoso hermano Pepín, con quien tenía una relación ambivalente de gran cariño y alguna desconfianza, Adelina -o Adelaida- Bello Lasierra (Huesca, 23-04-1909 / Madrid, 22-11-2007) fue una mujer de gran inteligencia y originalidad, cuya formación fue planificada por su padre, que la envió a Ashford para su educación secundaria. De vuelta a Madrid, inició la carrera de Arquitectura pero, finalmente, siguió cursos de Bellas Artes. Hay constancia de que se presentó al concurso para el Cuerpo facultativo de Archiveros Bibliotecarios y Arqueólogos a finales de 1932, pero su matrimonio con el médico Ricardo Martínez Álvarez, que falleció en 1969, la terminó alejando de la vida laboral. No, de la formación intelectual ni del interés por la ciencia. Entre las muchas disciplinas que alentaron su curiosidad, fueron la Biología y la Física las que marcaron su preferencia. Escribió también obras de teatro y narraciones breves, que no llegaría a publicar.

Fue sin embargo en los años finales de su vida cuando decidió dar a la imprenta los dos tomos de su insólita y sincera autobiografía en los que quedó patente su fuerte y original personalidad a la par que la extensión de sus conocimientos. Con el seudónimo de Elenora, en 1988 publicó el primer tomo, Novísimo testamento, y al año siguiente, La resurrección por la ciencia. Pese al origen oscense y la relevancia social de su autora, que yo sepa, ningún medio aragonés se preocupó de ellos, que debieron ser muy poco y mal distribuidos, pues es muy difícil hoy día encontrar algún ejemplar de los mismos, que, en realidad, son el mismo libro, es decir, uno no sucede al otro, sino que el segundo es una reelaboración del anterior con algunas supresiones y modificaciones.

Adelina en una vagoneta

Harto complicado es resumir en unas líneas el contenido y espíritu de un libro que no apuesta por la facilidad sino por la profundidad y la reflexión multidisciplinar. La autora reconoce desde un principio que las ciencias físicas son las raíces materiales de toda su obra y, a través de un recorrido por su familia y por los episodios vitales más destacados en su recuerdo, se somete a una radiografía personal de muy amplio espectro. Son fundamentales en su formación las disímiles pero poderosísimas personalidades de sus padres, Severino Bello Poeyusán (1866-1940), el ingeniero que construyó el pantano de La Peña, obra pionera en su tiempo, y Adelina Lasierra Campaña (1877-1961), mujer hipersensible, genial y de gran simpatía, cuyas cualidades, en uno u otro grado, heredaron sus siete hijos y, en especial, Adelina.

La autora manifiesta que desde niña supo que tenía que escribir y que ideas y vivencias precisaban de ese refuerzo para ser compartidas y entendibles. Nos habla de la formación de su sensibilidad en la que tuvo gran importancia su madre, que consideraba incomprensible que la humanidad fuera capaz tanto de proporcionar dolor a los animales como de servirse de ellos.  Sin que falte el repaso a los hechos concretos, su biografía es, sobre todo, una “historia de su proceso intelectual” y, en palabras de Rafael Santos Torroella: “un muy personal replanteamiento de uno de los grandes enigmas –el del sentimiento de supervivencia- que gravitan sobre la especie humana. La formación en Ciencias Naturales, así como las propias y reales vivencias en torno a las mismas, comunes a todos los Bello, hacen que este libro de Adelina, con su represada vehemencia introspectiva y las reflexiones y clarificaciones en él desarrolladas, sea, a un tiempo, tan desasosegador como estimulante”. Efectivamente, Adelina manifiesta su confianza en que la Física no ha de tardar en lograr la inmortalidad del hombre, cuestión más transcendente que cualquier otra que pudiera plantearse.

Aparte de aparecer en mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), las únicas menciones que conozco de Adelina corresponden, al citado Rafael Santos Torroella, que la nombra varias veces, ya que fue ella quien le proporcionó muchos datos acerca de la familia, en el artículo “Un genio en busca de autor: Pepín Bello”, publicado en el libro colectivo Dalí residente (1992). Su hermano se refiere asimismo a ella en La desesperación del té, el ilustrativo libro de conversaciones que mantuvo con José Antonio Martín Otín “Petón”. También Félix Romeo -a quien presté La resurrección por la ciencia, único tomo que había conseguido por entonces- le dedicó una columna, “Elenora” en Heraldo de Aragón (17-VIII-2008).

Es curioso que en estas fechas en las que se reivindica cualquier mujer que hubiera tenido algún protagonismo literario o artístico, Adelina continúe como habitante del limbo del olvido.

(Publicado en Aragón Digital, 29-30 de julio de 2108)

Era de esperar, pero ha pasado inadvertido el centenario de Santiago Lorén, que el 10 de julio hubiera  cumplido cien años. Desde su revelación con La casa con goteras, Premio Planeta en su segunda convocatoria (1953), don Santiago fue el novelista aragonés más exitoso en España, hasta que la censura permitió a partir de 1966 que empezaran a llegar a los lectores algunas de las narraciones de los exiliados, con Sender a la cabeza.

Santiago Lorén se había dado a conocer con su primera novela en 1952, Cuerpos, almas y todo eso, título que remedaba el best seller de un autor popularísimo por entonces, Maxence Van der Meersch, que en 1946 había editado Cuerpos y almas. Luego llegó el Planeta con la citada novela de índole realista, como era normal en los años cincuenta, y con sus toques de humor negro. Se desarrollaba en la comarca de Calatayud, donde su autor había trabajado como ginecólogo. Poco a poco, fueron apareciendo al menos veinte libros de narraciones más, que se vendieron muy bien.

Pero don Santiago tocó otros palos, tanto literarios como de otros tipos: algunas obras de teatro, dos libros de memorias, uno de ensayos, una monumental guía de Aragón y varias biografías. La escrita sobre la vida de su tocayo Cajal, dio lugar a una popularísima serie de televisión en diez capítulos, Ramón y Cajal. Historia de una voluntad (1982) dirigida por José María Forqué e interpretada por Adolfo Marsillach, que alcanzó un gran éxito y hoy día puede verse en “RTVE a la carta”. El propio Forqué dirigió Miguel Servet. La sangre y la ceniza (1989), que asesoró y documentó el médico belchitano.

Santiago Lorén dejó a los siete años su pueblo natal y llegó a Zaragoza, para vivir en las cercanías del Matadero. Alumno brillante de Allué Salvador en el Instituto Goya y buen lector desde niño, cursó medicina, que, aún estudiante, tuvo ocasión de ejercer durante la Guerra Civil en las terribles batallas de Teruel. Especializado en Ginecología, fue destinado a Calatayud, donde la naturalidad de las gentes y la confianza que muchos pacientes depositan en el médico, le sirvió para recrear en sus novelas las historias que le contaban. Una vez conseguido el Planeta, se convirtió en colaborador habitual de la prensa e incluso llegaría a dirigir la edición aragonesa del diario Pueblo, en los últimos años del franquismo, periodo que historió en su último libro publicado, Cierzo de papel (1993), repleto de interesantes datos acerca de la vida política y periodística de esos conflictivos años.

Sin embargo, el libro que yo prefiero de los que he leído de este autor es Memoria parcial

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(1978), finalista del Premio Espejo de España, que historia su peripecia adolescente y juvenil desde 1930 a 1937. Citaré otros dos testimonios que certifican esa excelencia: Luis Horno Liria, crítico literario de Heraldo de Aragón durante medio siglo, personaje muy conservador pero ecuánime y certero en sus juicios, en su reseña del 3 junio de 1978, tras denostar durante varios párrafos las ideas y modos del autor, reconoce en el párrafo final: “la visión de Zaragoza se nos ofrece es original auténtica, con fiel descripción de calles, porches, paseos, barrios, ríos (…) ¡qué vivos, qué bien descritos están!”. El otro testimonio es el de mi padre, al que, sabedor de sus gustos, presté el libro para que lo leyera. Al final de su última página escribió: “cojonudo”.  

El escritor tuvo sin duda una vida intensa, pues, además de lo dicho, fue profesor de Historia de la Medicina en la Facultad, probó la política presentándose a concejal de Zaragoza por el Partido Socialista Popular, de Tierno Galván –le faltaron mil votos para obtener el acta-y tuvo un protagonismo público, que excedió el de la capital aragonesa. Sus últimos años estuvieron marcados por una demencia senil, que le impediría hacer uso de sus facultades a partir de 1993.

Zaragoza reconoció su labor nombrándolo Hijo adoptivo de la ciudad en 1991 y, años después, daría su nombre a una glorieta en el barrio de la Ilustración, nombre que le habría gustado. Sin embargo, a ocho años de su muerte no tengo noticia de que se le haya recordado y, lo que es peor, de que se sigan leyendo sus libros.

LORÉN ESTEBAN, Santiago, Belchite (Zaragoza), 10-07-1918 / Zaragoza, 26-11-2010.

                                                                         OBRAS

Cuerpos, almas y todo eso (novela), Barcelona, Janés, 1952.

Una casa con goteras (novela), Barcelona, Planeta, 1954.

Las cuatro vidas del Dr. Cucalón (novela), Barcelona, Planeta, 1954.

Cajal, historia de un hombre (biografía), Barcelona, Aedos, 1955.

Vivos y muertos (novela), Barcelona, Corinto, 1955.

El verdugo cuidadoso (novela), Barcelona, Planeta, 1956.

Déjeme usted que le cuente… (cuentos), Zaragoza, Publicaciones CEJ, 1956.

Diálogos con mi enfermera (cuentos de humor), Madrid, Taurus, 1958.

El baile de Pan (novela), Barcelona, Planeta, 1960.

Un muerto para empezar (comedia), estr. en 1960.

Mateo José Buenaventura Orfila (biografía), Zaragoza, IFC, 1961.

Siete alcobas (novela), Barcelona, Planeta, 1964.

La muerte ríe (novela), Barcelona, Myne, 1965.

El pantano (nueva versión de Vivos y muertos), Barcelona, Plaza & Janés, 1967.

Del electrón a Dios (ensayo), Barcelona, Plaza & Janés, 1968.

La rebotica (cuentos), Zaragoza, Pórtico, 1969.

VIP (novela), Barcelona, Destino, 1971.

Clase única (novela), Barcelona, Planeta, 1975.

Historia de un pendón (novela), Barcelona, Planeta, 1976.

Aragón (guía), Barcelona, Destino, 1977.

Memoria parcial (memorias), Barcelona, Planeta, 1978.

No tenía corazón (novela), Madrid, Sedmay, 1979.

Hospital de guerra (novela), Zaragoza, UNALI, 1981.

La rebotica (teatro), estr. en 1982.

Ramón y Cajal, historia de una voluntad (biografía), Barcelona, Noguer, 1982.

El proceso de madame Lafargue (novela), Barcelona, Planeta, 1983.

La vieja del molino de aceite (novela), Barcelona, Planeta, 1984.

Mi señor don Fernando, la conquista de un reino (novela), Zaragoza, Mira, 1992

Cierzo de papel (memorias), Zaragoza, Mira, 1993.

El bingo (teatro)

No se puede contra el amor (teatro)

El quiste (teatro)

                                                        BIBLIOGRAFÍA

-ABELLÁN, José Luis, “Reseña” de Del electrón a Dios, Ínsula nº 265, diciembre 1968.

-ALEGRE, José Luis y Francisco José MONTÓN, Guía del teatro en la provincia de Zaragoza, Zaragoza, DPZ, 1983, pp. 125 y ss.

-ARANGUREN EGOZKUE, José Luis, Los premios Planeta aragoneses, Zaragoza, Ateneo, 1990.

-, Los ojos hablan. Glosas …, Zaragoza, Gráf. Alcor, 1995.

-CASTRO, Antón, “Santiago Lorén gana el Planeta”, Gran Enciclopedia Aragonesa, apéndice IV, Zaragoza, UNALI, 2001, p. 284.

-DOMINGO, José, “Novela colectiva y novela intelectual” (Reseña de VIP), Ínsula nº 308-309, julio-agosto, 1972.

-FERNÁNDEZ CLEMENTE, Eloy, “Reseña” de Memoria parcial, Andalán nº 254, 25-I-1980.

-GARCÍA CASTÁN, Concha, Voz: “Lorén Esteban, Santiago”, Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo VIII, Zaragoza, UNALI, 1981, pp. 2097-2098.

-GISTAÍN, Mariano, “Santiago Lorén, no sólo escritor”, El Día, 10-VI-1984.

-HERNÁNDEZ RUIZ, Javier y Pablo PÉREZ RUBIO, Diccionario de aragoneses en el cine y el video (1896-1994), Zaragoza, Mira, 1994.

-HORNO LIRIA, Luis, Autores aragoneses, Zaragoza, IFC, 1996, pp. 393-406.

-MARRA-LÓPEZ, José Ramón, “Reseña” de Siete alcobas, Ínsula nº 215, octubre 1964.

-MINISTERIO DE CULTURA, INSTITUTO NACIONAL DEL LIBRO, Quién es quién en las letras españolas, Madrid, 1979 (3ª ed.), p. 265.

-NAVALES, Ana María, Antología de narradores aragoneses contemporáneos, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1980, pp. 24-25, 87-100.

-SAINZ DE ROBLES, Federico Carlos, Diccionario de la Literatura, vol. II, Madrid, Aguilar, 1973, p. 680.

-SANZ VILLANUEVA, Santos, Historia de la novela social española (1942-1975), vol. II, Madrid, Alhambra, 1980.

-, “Reseña” de Mi señor don Fernando, Diario 16, 27-VIII-1992.

-SOLDEVILA DURANTE, Ignacio, La novela desde 1936, Madrid, Alhambra, 1980.

-VAL, Luis del, “Prólogo” a Cierzo de papel, Zaragoza, Mira, 1993.

-VÁZQUEZ DE PARGA, Salvador, La novela policiaca en España, Barcelona, Ronsel, 1993.

 

(Publicado en Clarín nº 135, mayo-junio 2018, pp. 42-46).

El muy raro libelo al que el título de este trabajo se refiere apareció, sin fecha ni pie editorial, en Madrid a finales de 1904[1]. En sus 32 páginas se pone como no digan dueñas a 84 escritores contemporáneos, entre los que figuran los de la vieja guardia, como Marcos Zapata, Eugenio Sellés o Galdós, que hacía poco habían superado los sesenta años, pero también a los modernistas y todos aquellos que después serían agrupados bajo el socorrido marbete de Generación del 98. Realmente, es a los jóvenes contemporáneos del autor a quienes se presta mayor atención. Allí se incluyen algunos como Julio Camba y Pedro de Répide, nacidos en 1882 o Juan Ramón Jiménez, que en 1904 cumplía los 23 años.

No es este el lugar para analizar las glosas del libelo, en general, abundosas en mala baba y, lamentablemente, no demasiado provistas de agudeza, lo que no deja de sorprender porque su autor fue celebrado por un ingenio que sí demostró en otros lances. Citaré, sin embargo unos cuantos fragmentos para dar idea del tono de la publicación.

José Martínez Ruiz: “Es la imbecilidad ensamblada con la memez…” (5)

Enrique Gómez Carrillo: “…se emborracha en el Boulevard y, por último, besa a la Cleo en los labios, en todos sus labios…” (6)

Mariano de Cavia: “Cuando no está en curda es el ser más imbécil de la tierra…” (7)

Alfonso Pérez Nieva: “…de su literatura puede decirse que es como la cagada de pavo: ni sabe ni huele…”  (9)

 José Ortiz de Pinedo: “En una noche de amor en que Juan R. Jiménez le entregó a Valle-Inclán su alma de violeta, fue concevido (sic) este gargajo glauco de la literatura…” (12)

Cristóbal de Castro: “Este feto pertenece a la familia de los Daguerre, orden de los Candamo, especie de los Zamacois. Su prosa es el mejor abono para las plantas de los pies…” (15-16)

Eugenio Sellés: “Imaginad una res, / sopladle bien por el ano / y abultará más que tres. / Pues así engordó Sellés / después de El nudo gordiano”. (16-17)

Jacinto Octavio Picón: “Congrio de la clase de republicanos, cuentista adormidera de los más insufribles…” (21)

En la breve introducción, tras una cita del Marqués de Premio Real: “Las introducciones deben ser violentas” en la que, con la polisemia del sustantivo, se alude a la homosexualidad del aristócrata, la puya se remacha en los últimos versos de la glosa a él dedicada:

“Me voy, pues, por el atajo / sin hablar de este señor, / el cual trabaja a destajo / y a quien deseo un… trabajo / mientras más grande mejor” (24).

Las alusiones al comportamiento sexual continúan con la primera figura del elenco, Emilia Pardo Bazán:

Es una gran protectora de sus paisanos. El número de gallegos que albergó bajo su techo no puede calcularse. Dícese que con Vahamonde ha llegado a 69.

Tiene dos hijas, pero no tiene marido. Buenas gentes afirman que lo tuvo a mediados del siglo pasado.

Ha escrito mucho sobre el amor y, últimamente, hace la vida de una santa.

El demonio, harto de carne… (5).

Como se dice en la mentada introducción, los textos no van dirigidos a un receptor cualquiera:

El público, el verdadero público, la clase neutra de los hombres cultos, nos juzgará. Para los imbéciles, las multitudes que ríen con  El rey del valor y lloran con Mancha que limpia sentimos un desdén profundo y misericordioso[2]

Sea como fuere, el motejo de hampones se extiende a todo el espectro literario: no se salvan novelistas, poetas, dramaturgos, comediógrafos ni periodistas. Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Valle-Inclán, Dicenta, Baroja, Antonio Machado o Unamuno reciben el mismo trato. La palabra “hampón” era muy usada en esta época y aunque su sentido solía ser el habitual hoy, se extendía también a los golfos o a los que vivían del engaño. Es, sobre todo, este último significado el que parece aplicarse a los escritores.

El libelo en cuestión  está firmado con el cervantino seudónimo de Chiquiznaque[3]. La ficha de la Biblioteca Nacional –incluso hoy-  lo atribuye a Julio Camba y ha habido varios estudiosos que se han preguntado –e incluso alguno se ha respondido- por la identidad del mentado Chiquiznaque[4].  

La respuesta, sin embargo, está en el tomo inicial de la primera edición de las memorias de Cansinos Assens[5]:

El amigo Iribarne le ha dedicado en sus Hampones de la Literatura esta semblanza:

                           Don Benito tiene un perro que se llama Secretario,

                           El secretario de don Benito es Ángel Guerra[6].

Por lo poco que conocemos del personaje, el libelo se acomoda a su desfachatez pero extraña el poco cuidado y más bien chapucero lenguaje, aunque éste tampoco sería propio del joven Julio Camba y menos de Roberto Castrovido, los dos periodistas a quienes hasta ahora se ha atribuido la autoría.

José Iribarne es uno de los personajes más citados en La novela de un literato, donde casi siempre se le nombra con el apodo de Zaratustra que, es sabido, se aplicó a otros individuos en época tan nietzscheana como el comienzo del siglo XX[7]. Sin embargo, Iribarne es autor del que apenas hay huellas y parece que no ha suscitado el interés de los especialistas en este periodo, a pesar de ser uno de los ejemplos más fehacientes de la tan traída y llevada bohemia española.

Cansinos, que también aparece en Los hampones con el nombre de R. ben Cansino, es casi la única fuente para averiguar algo de las peripecias de este rebelde irredento, del que no he podido encontrar ninguna representación iconográfica. A través del erudito sevillano y de muy dispersas noticias hemerográficas, podemos reconstruir alguna parte de la historia de Pepe Iribarne, cuyo medio de vida no fueron, en realidad, las letras sino el dibujo y la pintura.

 

EL PERSONAJE

Pese a su apellido vasco y haber vivido en Bilbao, Cansinos Assens apunta que José Iribarne –Zaratustra en sus memorias- era de la tierra de Villaespesa, es decir, almeriense[8].  Hijo de un crápula, que fundió su capital, hubo de trabajar como cajista de imprenta. Durante un tiempo y junto a Joaquín López Barbadillo, que después sería redactor de El Imparcial, trabajó para el jerezano Manuel Escalante, otro editor y libelista que explotaba a ambos.

De su actividad como escritor en su primera época sólo conocemos el citado libelo, Los hampones de la literatura, y un folleto de 16 páginas, sin fecha pero de la primera década del siglo XX, con el título ¿La herencia del negro o la herencia del blanco? (sobre un litigio), que hace referencia a un tema omnipresente en la prensa de entresiglos y cuyo más cabal ejemplo es el galdosiano Electra: la apropiación con malas artes de una herencia, por parte de los padres Escolapios, sólo que en esta ocasión el autor defiende la inocencia de la orden.

Por su parte, Cansinos  asegura que, además de frecuentar las tertulias de El Colonial y El Universal, acudía a la de La Montaña[9], donde se imponía a todos por su mordacidad y su franqueza insobornables. Después, cambió los cafés por los tupinambas[10] de las cercanías de Antón Martín, más baratos y que acababan de aparecer. Segundo de Pujana, con el que tuvo relación amistosa, lo llamaba “Príncipe de la ironía”. En cambio, Iribarne escuchaba a éste con conmiseración y, de pronto, estallaba en una carcajada que dejaba perplejo al bohemio. Se reía de un modo falso, como atacado por la tosferina.

Cansinos, que le dispensó siempre gran amistad, lo admiraba, quizá, por decir en público, con una gravedad hierática y tajante, aquello a lo que él no se atrevía. El bohemio sólo admiraba a su hermano Paco, que no tenía nada de admirable y escribía en El intransigente de Lerroux.

Iribarne era de los muy escasos contertulios de Valle-Inclán que no se extasiaba ante el gran estilista gallego, a quien identificaba con un mendigo de sus propios cuentos, ni tampoco ante Azorín. A Baroja lo consideraba, con bastante razón, un anarquista de pega, un falso Gorki. Tampoco los literatos emergentes se salvaban de sus dicterios. A Julio Camba le decía que era un pequeño miserable y, a su querido hermano Paco, un pequeño pobre hombre.

Hacia 1912, dio por frecuentar junto al maestro San José[11] el teatro Noviciado, tildado de “barraca” por Cansinos, que a veces los acompañaba, todos ellos atraídos por los engendros que “hacían reír por su insulsez y procacidad”.[12]

Con barba y grandes bigotes rubios, tenía unos modales rudos, proletarios y francos y le cantaba las verdades, con acritud, al lucero del alba. En cambio, la mujer con la que vivía, Obdulia, conseguía sacarlo del café tan sólo con una seña. Rubia y de ojos azules pero poco agraciada, “prematuramente, envejecida por los partos[13],  mal vestida y sucia”[14], admiraba, sin embargo, con unción a su amante. Vivían en un cuchitril de la calle Tres Peces, “de lo peor que hay”, entre la plaza de Lavapiés y la calle de Atocha, donde el escrupuloso Cansinos rehusaba las patatas soufflé de Obdulia, que encantaban a otros cofrades de la pobretería. Iribarne cambiaba continuamente de aspecto cortándose la barba y/o el pelo. Los bohemios lo buscaban pues, aunque en absoluto le sobraba, manejaba más dinero que ellos y, frecuentemente, los invitaba.

No sabemos dónde obtenía el monto que manejaba, pues su nombre apenas aparece en algún lugar[15] y, como ilustrador de libros, sólo hemos localizado su firma en una novela corta editada el 20 de febrero de 1913 con el número 5 en El Cuento Decenal. El autor de la misma, que firma con el seudónimo de “El Caballero de la Noche”, es uno de los más desconocidos, pintorescos y descabalados componentes de la bohemia madrileña, el ya mentado Segundo Uriarte de Pujana[16], y el título de su novelita, Norma. Iribarne era, sobre todo, caricaturista y, a veces, ilustraba las hojas que él mismo redactaba con seudónimos como “El terrible Pérez”, “Chiquiznaque”, “Peláez, crítico”, “Toribio saca la lengua[17]”… Incluso incluía su propia caricatura “en paños menores, con hongo y los pies descalzos con los dedos engarabitados y llenos de juanetes”[18]. En septiembre de 1910 varias publicaciones anunciaban que partía hacia las provincias del norte, para impartir una serie de conferencias sobre “La Pintura y la Caricatura en España” e intentar exponer su obra[19].  Esta debió de ser una de sus principales fuentes de ingreso, pues hay noticias de que pronuncia esta misma conferencia en Zamora en julio de 1913, mientras que el 22 de marzo de 1918 El Eco Toledano da cuenta de que ha llegado a la ciudad imperial “el prestigioso crítico de arte de El Pueblo Vasco” para impartir una conferencia sobre “Historia de la caricatura”, lo que da cuenta de que había conseguido esa colaboración en el diario bilbaíno, ya que la pareja Pepe-Obdulia se trasladó a la capital vasca a finales de la segunda década del siglo XX. Allí, en la Imprenta de la Viuda e Hijos de V. Hernández, editó en 1922 su primer libro, El arquitecto Pedro Guimón y las modernas orientaciones pictóricas en el país vasco, ilustrado por el mismo autor[20]. Únicamente tenemos algunos datos sueltos de su actividad durante la dictadura primorriverista. Tal vez estuvo temporalmente exiliado. A finales de 1927 publicó en Bayona dos números de una revista con el título de Tierra Vasca. También fue redactor y después ejerció la dirección de La Prensa, un diario en decadencia que desapareció en 1931. 

En 1925, casi perdido el contacto con Iribarne aunque todavía se escribían, Obdulia viajó de Bilbao a Madrid para realizar una gestión en favor de su hermana ante el general Martínez Anido y visitó a Cansinos[21]. El famoso y temido militar había sido su pretendiente cuando era un tenientillo pero la joven eligió al bohemio. A pesar de ello, el justamente llamado Severiano le profesaba gran afecto y le ofrecía empleos para Pepe, su querido compañero, que él, orgullosamente, rehusaba.

Obdulia  refirió a Cansinos que su Pepe figuraba como redactor en el diario La Tarde y seguía haciendo gala de sus excentricidades. Para que le subieran el sueldo, se hizo un traje de arpillera y se presentó así en el ayuntamiento para cubrir la información municipal. Al ser reprendido por  exhibirse de tal guisa en la corporación, replicó que con su sueldo era el único traje que podía sufragarse. Por otra parte, escribía críticas de pintura y chamarileaba con sus cuadros, con los que también viajaba a Biarritz. Obdulia lamentaba que, sobre todo, lo hacía para coquetear con francesitas. Lamentaba también que seguía comiendo con los dedos manchando todo y gargajeando en el suelo. Ella tenía hasta que sonarle los mocos.

Caído Primo de Rivera, Iribarne abandonó La Prensa  para ocuparse del diario nacionalista Acción Vasca, de corta vida. Según sus propias palabras, decidió volver a Madrid, harto de Indalecio Prieto[22]. Fiel a sus costumbres, se instaló en un cuartucho realquilado de la calle Cruz Verde “de una casa absurda, viejísima, cuya escalera arranca del mismo portal y cuyos inquilinos son esquineras y maleantes”[23].  Su viejo conocido Lerroux lo nombró vocal de un comité paritario en Segovia, lo que junto a las colaboraciones periodísticas le permitió sobrevivir. Sin embargo, el 14 de marzo de 1933 firmaba una carta con otros redactores de El Imparcial[24], en la que decían abandonar el periódico por el carácter comunista de sus dirigentes.

A finales de dicho año, con prólogo de Eduardo Barriobero[25], firma un nuevo volumen de gran actualidad, Las dos oligarquías capitalistas que devoran a España. El Concierto económico de las Vascongadas y la Autonomía de Cataluña, que requeriría un comentario que no es de este lugar y una reedición que, si no se ha llevado a cabo, es por desconocimiento. Sí puede resultar ilustrativo recordar que don Santiago Ramón y Cajal en El Mundo a los 80 años confiesa que esta obra y La rebelión de las masas son los dos libros que más le han impresionado en los últimos tiempos.

Nada sabemos de la peripecia de José Iribarne durante los años siguientes. Hubo de morir en los últimos meses de 1938 en su Almería natal y en no sobrada condición económica, ya que  Sánchez Hernández, a la sazón gobernador civil de la ciudad,  fijó un donativo a favor de Obdulia, su resignada viuda por la que suspiró el general Severiano Martínez Anido[26], que ahora, con mando en la nueva situación, tal vez influyera en tan generosa acción.

 

OBRAS

-IRIBARNE, José (con el seudónimo de Chiquiznaque), Los hampones de la literatura, Madrid, s. e., s. f. (1904).

-, ¿La herencia del negro o la herencia del blanco? (sobre un litigio), Madrid, Imprenta Universal, s. f. (h. 1905).

El arquitecto Pedro Guimón y las modernas orientaciones pictóricas en el país vasco, Bilbao, Imprenta de la Viuda e Hijos de V. Hernández, 1922.

-, Las dos oligarquías capitalistas que devoran a España. El Concierto económico de las Vascongadas y la Autonomía de Cataluña, Madrid, Imprenta de Galo Sáez, 1933.

NOTAS

[1] En la línea del Charivari (1897) azoriniano, en esta época se publicaron varios libelos de esta especie, generalmente en verso, en los que la agresividad se imponía a la sátira.

[2] El Rey del valor fue una humorada en un acto de Antonio Paso y el periodista Carlos Crouselles, musicada por el maestro Rafael Calleja, que se estrenó en el Teatro Eslava el 7 de septiembre de 1904; Mancha que limpia un conocido dramón echegarayano, estrenado en 1895.

[3] Nombre de un rufián que aparece en “Rinconete y Cortadillo”

[4] La atribución de la Biblioteca Nacional la repiten varios estudiosos. Por su parte, José Esteban escribe: “…yo leí que se debía al ingenio del gran periodista Roberto Castrovido.”

[5] Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato (Hombres-Ideas-Efemérides-Anécdotas…) 1. (1882-1914). Edición de Rafael M. Cansinos, Madrid, Alianza Tres, 1982, p. 432.

[6] Se refiere a José Betancort Cabrera (1874-1950), escritor canario que utilizó el seudónimo de Ángel Guerra y ejerció como secretario de Benito Pérez Galdós, que, efectivamente, tuvo un perro al que llamó Secretario.

[7]Gonzalo Sobejano, Nietzsche en España, Madrid, Gredos, 1967.

[8] Había nacido (15-10-1877) en Laujar de Andarax, en la Alpujarra almeriense, a 70 kilómetros de la capital.

[9] Entre otros, también frecuentaban este café Francisco Camba y el poeta americano Maturana, “alcohólico y sentimental”, según Cansinos.

[10] La marca Tupinamba a finales del siglo XIX, estableció varios tostaderos de café y hacia 1905 levantó un primer kiosco donde se despachaba dicho producto y otras bebidas. Pronto proliferaron estos puestos callejeros, que fueron vistos como una manifestación de modernidad.

[11] Teodoro San José (1866-1930). Músico y compositor madrileño, autor de numerosas zarzuelas.

[12] Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato (Hombres-Ideas-Efemérides-Anécdotas…) 3. (1923-1936). Edición de Rafael M. Cansinos, Madrid, Alianza Tres, 1995, p. 50.

[13] Obdulia dio a luz en varias ocasiones pero todos sus hijos murieron  prematuramente.

[14] Cansinos Assens, La novela de un literato. 1, p. 175.

[15] El Caricaturista: 23-VIII-1910 y 1-IX-1910.

[16] Sobre él han escrito Emilio Carrère, Prudencio Iglesias Hermida, Guillén Salaya y José Esteban.

[17] V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/01/15/toribio-saca-la-lengua/

[18] Cansinos Assens, La novela de un literato. 1, p. 179.

[19] Una reseña sobre su conferencia aparece en el número de la revista Cervantes correspondiente a  enero 1919.

[20] Un breve comentario firmado por F. P. S. en Revista de Bellas Artes, nº 16, febrero de 1923, p. 16.

[21] Cansinos Assens, La novela de un literato.3, pp. 187-193.

[22] Es posible que así fuera pero también que el recuerdo de Cansinos haya confundido al dirigente socialista con García Prieto, político que manejaba el diario La Prensa, donde Iribarne había trabajado.

[23] Cansinos Assens, La novela de un literato.3, p. 304.

[24] Salvador Martínez Cuenca, Antonio Fernández Lepina, Bernardo G. de Candamo, Federico M. Alcázar, R. Torres Endrina, Joaquín Corrales Ruiz, José Iribarne, Joaquín M. de Orense y Fernando García Jimeno.

[25] Eduardo Barriobero y Herrán (1875-1939). Abogado y prolífico escritor de rica y tumultuosa trayectoria, en 1912 ingresó en la CNT y participó en numerosas empresas políticas y sociales. En 1930 fue elegido presidente del Partido Republicano Federal. Tras una controvertida actuación política durante la Guerra Civil, fue fusilado en cuanto las tropas franquistas entraron en Barcelona. V. José Luis Carretero Miramar, Eduardo Barriobero. Las luchas de un jabalí, Móstoles (Madrid), Queimada 2017.

[26] Franco había convertido en ministro de Orden Público al temible gobernador de Barcelona, que encabezó la represión contra los sindicalistas libertarios. Murió el 24 de diciembre de 1938, poco después de que lo hiciera Iribarne.