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Publicado en Aragón Digital, 2-3 de agosto de 2017.

He buscado y no he visto por ningún sitio el dato de que Helena d’Algy haya fallecido. Vivía en 2012, con 106 años, por lo que, nacida en junio de 1906, “el año de la boda del rey”, ahora tendría 111 años. Sería, creo, no sólo el récord entre actrices, sino entre cualquier tipo de artista.

A pesar de que casi todas las fuentes la dan como portuguesa nacida en Lisboa, es española y vino al mundo en la calle Mayor madrileña. Eso sí, hija de un ingeniero portugués, que construyó los ferrocarriles de Angola y una española que quiso ser cantante de ópera. Antonia Guedes Infante fue el verdadero nombre de la futura actriz y, fallecido su padre cuando ella contaba catorce años e instada por su madre, que quiso reiniciar su carrera de cantante, tomó el sobrenombre de su hermano mayor, el también famoso actor Tony d’Algy, latin lover en el Hollywood de los años veinte.

Helena, atraída por el baile, comenzó a tomar clases de danza. En dicha disciplina dio sus primeros pasos teatrales. Acompañada de su madre, marchó a Brasil, con la compañía de Esperanza Iris y, pronto, ayudada por su hermano mayor, Tony d’Algy (Luanda, Angola, 1896), de quien tomó el seudónimo y que había emigrado como actor a América, fue contratada por la Compañía Ziegfield Follies de Nueva York, la que dio vuelo a las revistas musicales de Broadway. Las buenas trazas de Helena dieron paso a que en 1924 el experimentado director, Stuart Blackton, le ofreciese un significativo papel en el film Let No Man Put Asunder, basado en la novela homónima de Basil King y enseguida fue contratada por la Fox para hacer el papel de la Condesa Ferrari en Lend me Your Husband.

 

 

 

 

 

Helena d’Algy no fue una más. En 1924 acompañó a Rodolfo Valentino en el protagonismo de El diablo santificado. En esta película, titulada en inglés A Sainted Devil, baila un tango con el divo, como tres años antes lo habían hecho Beatrice Domínguez y Alice Terry en Los cuatro jinetes del Apocalipsis. También aparece su hermano, por el que, al parecer, Valentino sentía alguna atracción.

Helena trabajó después con directores tan importantes en la historia del cine como Josef Von Stenberg, Franz Borzage, Víctor Sjöstrom, Alan Crosland o John Reinhardt. Con Crosland, participó en el rodaje de Don Juan (1926), al que, por cierto, asesina en este film, el primero de la historia que incorpora algunos efectos sonoros.

Entre 1925 y 1926 rodó diez filmes en Hollywood. En 1931 trabajó con Florián Rey en Lo mejor es reír y, por si fuera poco, en la última de sus películas –ya en el cine sonoro- Helena d’Algy da la réplica a Carlos Gardel en Melodía de arrabal (1933). Ella es a quien, acodado en una mesa, le canta el famoso tango homónimo. Ahí es nada: en diez años de vida cinematográfica, rodar más de veinte películas, empezar con Valentino y terminar con Gardel , ya que, con 27 años, Helena-Antonia compra un piso en Madrid junto a su madre y no vuelve a aparecer en el cine español, cosa que si hizo su hermano Tony, fallecido en 1977, hasta fines de los años cuarenta.

La última vez que pudo verse a Helena d’Algy fue en 1991, cuando se proyectaron en TVE los capítulos de un extraordinario programa, Imágenes perdidas. En el titulado “Estrellas apagadas”, ella aparecía elegantísima y sin darse importancia, hablando de que su película con la estrella italo-americana no había tenido ningún éxito.

Es más que probable que Helena d’Algy haya muerto y es más que triste que nadie  nos diera cuenta de su fallecimiento ni haya rescatado su figura.

BIBLIOGRAFÍA

AGUILAR, Ana, Mujeres de cine. Ecos de Hollywood en España, 1914-1936, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, 2015, pp. 180-181.

ARMERO, Álvaro, Una aventura americana. Españoles en Hollywood, Madríd, Compañía Literaria, 1995.

BALLESTEROS GARCÍA, Rosa María, Con nombre extranjero. Bio-filmografías de actrices en el cine español (1916-1950), 172-173.

GARCÍA DE DUEÑAS, Jesús, ¡Nos vamos a Hollywood! (Abecedario de una frustración), Madrid, Nickel Odeón, 1993.

GONZÁLEZ LÓPEZ, Palmira y Joaquín T. CÁNOVAS BELCHI, Catálogo del cine español. Películas de ficción 1921-1930, Ministerio de Cultura-Filmoteca Española, 1993.

 

FILMOGRAFÍA

Let No Man Put Asunder (Stuart Blackton, 1924)

Lend me Your Husband (Christy Cabanne, 1924)

 It is the Law (J. Gordon Evans, 1924)

A Sainted Devil-El diablo santificado (Joseph Henabery,1924)

Pretty Ladies–El jazz-band del Follies (Monta Bell, 1925)

The fool (Harry F. Millarde, 1925)

La evasión (Josef Von Stenberg,

Daddy’s Gone A-Hunting (Franz Borzage, 1925)

Confessions of queen – (Víctor Sjöstrom, 1925)

Don Juan (Alan Crosland, 1926)

Siberia (Víctor Schetzinger, 1926)

The cowboy and the Countess –  El vaquero y la condesa (Roy William Neill, 1926)

Dominique sister -La elegante pecadora (Josef Von Stenberg-Phil Rossen, 1926)

The silver treassure  (El tesoro de hidalgos,  (Tony d’Algy,1927)

 

Doña Mentiras (Adelqui Millar, 1930)

Un hombre de suerte (Benito Perojo, 1930)

Lo mejor es reír (Florián Rey, 1931)

Marions-nous (Louis Mercanton, 1931)

El hombre que asesinó -versión hispana de Stambul-  (Dimitri Buchowetzki 1931)

Entre noche y día (Albert de Courville, 1932)

Melodía de arrabal (John Reindhart, 1933)

 

 

(Publicado en Aragón Digital, 7-8 de julio de 2017)

Se escandalizaba Ernesto Sábato, hombre profundamente reaccionario pese a haber presidido la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), tras la última dictadura argentina, de que el siglo XX acogiera la peregrina idea de que el hombre que viajaba en tren era superior a quien montaba a caballo. También se escandalizaba de que dicha centuria hubiera traído el despropósito de la igualdad de los sexos. No lo digo yo. Es el comienzo de su ensayo Heterodoxia (1952).

 ¿Qué es, pues, lo progresista, el caballo o el tren? A juicio de Sábato y, también, de algún ecologista: el primero. El escritor argentino tal vez olvidaba que, salvo en las clases aristocráticas o incluso en ellas, el caballo es un ser vivo sometido a esclavitud y tortura en forma de espuelas, fustas, rebenques, taleros, látigos, y bocados de hierro en las fauces que le fuerzan a obedecer, pues en otro caso, le esperaría un dolor insoportable.

 Algunos de quien hoy se creen progresistas -a fuerza de reivindicar asesinos múltiples, por el hecho de haber militado en organizaciones que llamábanse comunistas, e ignorar a los asesinados: el concurrido “algo habrán hecho”-, consideran que el ser humano que viaja en bicicleta es moralmente superior, tanto al peatón como al que utiliza vehículo de motor. Eso es para ellos un axioma, pese a que el significado de reaccionario sea el de “Quien se propone restaurar lo que ya ha sido abolido”. 

 Del mismo modo, con razones tan miopes como falsamente obreristas, se discutieron las máquinas en el siglo XIX, hasta llegar al disparate de la I Internacional, que aceptó una ponencia que condenaba las novísimas máquinas de coser Singer porque, en opinión de sus redactores, con el pedaleo, las operarias frotaban sus muslos, experimentando una dulce sensación erótica. Los patronos, conscientes de la oportunidad, esperaban acechantes y seducían a la inocente productora.

Ahora, como en cualquier tiempo represivo, hay que mostrar las credenciales cuando se cuestiona la verdad establecida en el programa obligatorio, lo políticamente correcto. Por consiguiente, habré de proclamar que poseo y pago anualmente el carnet de bizi que me permite pelear –que no pedalear-  con las birriosas máquinas que el malhadado Belloch “legó” a los ciudadanos de Cesaraugusta. Y, como usuario de zapatillas, velocípedos y motor, procuro hacer uso de todos, según las circunstancias, como creo sucede en el caso de mis civilizadísimos conciudadanos. Sin embargo, la opción oficial es otra: perseguir al coche, ignorar al peatón y llenar el pavimento de carriles para bicicletas y tranvías.

 Me congratulo de muchas de las iniciativas que se han concretado en las últimas décadas: retirar los coches que infestaban los bulevares en los años setenta, propiciar las “zonas azules”, que debieran extenderse a toda la ciudad, restringir el paso de vehículos por zonas monumentales, perseguir la emisión de gases, construir circuitos para senderistas y ciclistas que quieran gozar de la naturaleza periurbana y tantas otras, no pretendo restaurar lo abolido. Pero me revienta el culto al rey de la casa: sea el niño, la bicicleta o el orgullo LGTB.

 Sobreproteger al marginal es terminar con él. Crear un nuevo poder que, como todo poder que se precie, terminará intentando aplastar al disidente.

 

(Publicado en  Aragón Digital, 6-VI-2017)

La quevediana “hora de todos” llega a Juan Goytisolo, contexto e imagen tan cercanos a varias generaciones de “letraheridos”. Era hombre que suscitó grandes animadversiones en derechas e izquierdas, siempre aparentemente agraviado y con un discurso tan necesario como discutible. Autor de varias de las novelas más importantes de la segunda mitad del siglo XX, protagonista de una lectura apóstata, disidente e iconoclasta de la historia y la literatura españolas en la onda de Américo Castro y editor y reivindicador de muchos de esos heterodoxos, como Francisco Delicado, Estebanillo González, el abate Mairena, Blanco White… Fue también el primer escritor español de relevancia que tuvo la valentía de salir del armario en sus dos excelentes libros de memorias, Coto vedado y En los reinos de taifas (1985-1986).

Lo conocí en París con gabardina, estando él en su plenitud vital y yo en mi tierna juventud. Sus primeras novelas sociales no me habían gustado demasiado pero sí –y mucho- sus libros de viajes por Almería y su provincia, su tan innovadora como deslumbrante novela, Señas de identidad, y los muy discrepantes ensayos reunidos en El furgón de cola. Excepto Campos de Níjar, que fue censurado, los dos antes citados y La Chanca, sobre este barrio almeriense, hubieron de ser publicados lejos de la España franquista.

No recuerdo por qué motivo, a mediados de los setenta, viajé a la capital de Francia; sí sé que pedí su teléfono a Francisco Carrasquer, entonces profesor en Leyden y uno de los mejores estudiosos del escritor barcelonés. Como me ha gustado conocer a quien previamente admiraba y los escritores suelen encontrar tan pocas ocasiones de recibir homenajes, atendió -primero desconfiado y después, gustoso- mi llamada y me invitó a cenar. Hablamos mucho de sus libros y un poco de la situación internacional. Se congratuló de que no fuese maoísta, como buena parte de los jóvenes izquierdosos españoles de entonces. Después, nos tomamos una copa. Hacerlo en París, nos parecía y nos salía carísimo a los españoles de antes pero, a pesar de que me habían advertido de que Juan pecaba de roñoso, también me invitó. Y no sólo eso, al despedirnos, como buscando un recuerdo que entregarme, rebuscó en uno de los bolsillos de su blanca gabardina, tan apropiada para ese tópico París grisáceo y medio lluvioso, me dio la mano, me entregó unos papeles arrugados y fuese. Me los guardé para disfrutarlos más tranquilamente y, cuando lo hice, vi que se trataba de unos cuantos tickets, la factura de la cena, otra factura de la tintorería…

La verdad es que me sentí despechado. ¿Tan devoto me consideraba como para guardar esos papelujos como recuerdo del maestro? Hice un rebullo y me desprendí de ellos. Sin embargo, no muchos años más tarde, me enteré de que el escritor depositaba su legado vital y bibliográfico en la Universidad de Washington y a ella iba entregando todos los papeles que tenían que ver con su vida y obra, incluso aquellos tan volanderos, como los que a mí me había entregado. Muy consciente y sabedor debía ser, pues, don Juan de su propia importancia, cuando se la daba a elementos tan fútiles y muy poco lo debía ser yo, cuando entregué a la papelera, lo que debería de poblar los archivos académicos.

De cualquier modo, espero que, cuando se desvelen en 2031 los dos manuscritos que el escritor legó al Instituto Cervantes, con ocasión de recibir en 2014 el premio homónimo, estos alberguen algo más sustancioso.

Desde que Demetrio Galán Bergua así lo enunciara, es lugar común proponer al Tío Chindribú (Vicente Viruete), como el primer intérprete conocido de la jota. No se enfadarán los epilenses, que tanto han hecho y hacen por el canto aragonés y cuya cantera parece inagotable, si recordamos, que Mariano Gracia Albacar citó a un cantador como “Chorizo” en la jornada de la Cincomarzada (1838), cuando el tío  Chindribú sólo contaba con 12 ó 13 años, si bien la documentación se reduce, de momento a las memorias que el citado Gracia publicara en Heraldo de Aragón en la primera década del siglo XX, hace pocos años venturosamente reeditadas por la Institución Fernando el Católico.

En mi Biografía de la jota aragonesa (2013) cito también a Delfine Ugalde-Beauce, una parisina de origen vasco que en 1848 cantara la jota en la ópera Cómica de la capital francesa pero el primer nombre propio que, hasta que no se descubra otra cosa, tenemos como intérprete de la jota aragonesa es el de Mariano Pablo Rosquellas, (1784-1859), un tenor madrileño hoy desconocido en su país, aunque no tanto en la República Argentina, donde se le considera el padre de la ópera en la nación austral, ya que el 26 de septiembre de 1825 llevó a la escena El barbero de Sevilla de Rossini en el Teatro Coliseo de Buenos Aires y, posteriormente, gran cantidad de obras del entonces tan joven y tan famoso compositor de Pésaro. Empresario, cantante, actor, director, compositor y violinista, Rosquellas había llegado a la Argentina en 1824, catorce años después de la proclamación de independencia, probablemente, huyendo de la gran represión llevada a cabo por su antiguo admirador, Fernando VII, tras la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis y el restablecimiento de la tiranía. Allí conoció el éxito artístico y personal, pues, como suele ocurrir con los cantantes, fue hombre de gran predicamento entre el género femenino.

Mariano Rosquellas no era un don nadie: tenor, compositor y violinista, ya había sido en 1815 primer violín en la corte del rey felón que, por cierto, le regaló un Stradivarius, instrumento con el que tocó, entre otros, en locales como el Teatro Italiano de París y en Irlanda. En esta isla, entonces dependiente de Inglaterra,  matrimonió (1816) con la autóctona Leticia de Lacy, emparentada con Luis de Lacy, general en jefe fusilado en 1817 por sus ideas liberales, lo que comenzó a ocasionarle problemas en la corte, por lo que se apartó de la escena para marchar a Italia y perfeccionar su educación musical, con especial atención a la ópera. En 1822 arribó al Brasil, donde nacería su hijo Pablo, un  futuro niño prodigio y el 28 de febrero de 1824 llegaría a la Argentina, donde estrenó el Don Juan mozartiano y, al poco, se convertiría en una referencia polifacética e imprescindible tanto en los teatros como en los de varios países hispanoamericanos, con especial referencia a Bolivia, donde en 1859 moriría en su actual capital, la ciudad de Sucre.

 Pues bien, este personaje sabemos que en 1828, el año del nacimiento del tío Chindribú, “cantó en vasco, en francés, en castellano, en italiano y en portugués, ópera, opereta, gallegadas, malagueñas y jotas”.

 No deja de ser curioso que fuera en Buenos Aires y por parte de un madrileño, donde nos tropezamos con el primer intérprete del que sabemos cantó jotas aragonesas en público aunque fueran escénicas. No cabe duda de que antes los habría en la Península y, más probablemente en Aragón. Encontrarlos es tarea de los amigos de hemerotecas. Ubi sunt?

(Pubicado en Aragón Digital, 22-24 de abril de 2017)

Moda de diversos pueblos en distintas épocas de la  historia, rasurarse el cráneo tenía una finalidad práctica: despojar la cabeza de indeseables parásitos. Por esta razón, incluso en nuestro pasado reciente, a los niños se les cortaba el pelo al cero o al uno, sobre todo en los pueblos. En cambio, respecto a los adultos, el pelo al cero ha sido cosa poco vista en España hasta hace unas pocas décadas. De hecho, alguien como Yul Brynner, el famoso actor norteamericano de origen ruso, llamaba la atención precisamente por ello. Hoy, por ese lado, sería uno más, sin ninguna atención especial. Otro pionero en nuestro país fue el buen poeta y querible ser humano José Hierro que, fallecido en 2002, aún pudo contemplar con alguna sorpresa  como una gran parte de varones que sobrellevaban su calva o su peluca se afeitaba el cráneo, con lo que su originalidad quedaba borrada y pasaba a ser uno más. Lo que, como poeta y, por tanto, receptáculo de cierta vanidad, no dejaba de molestarle.

En la primera parte del siglo XX, la cabeza pelada fue, sobre todo, un uso alemán, que en el resto de Europa llamaba la atención, como la llamaba la pelambrera de los rusos antes de que el comunismo terminara de afeitarles exterior e interiormente. Dos italianos, el poeta, D’Annunzio y el caudillo fascista Benito Mussolini, fueron también casos paradigmáticos pero, a partir del final de la guerra, la costumbre se hizo muy rara. En España los “cabeza rapada” aparecieron en los últimos tiempos del franquismo y en la llamada transición. Solían formar parte de las bandas de ideología nazi. Curiosamente, años después imitaron el uso los jóvenes del movimiento punk, que se decían anarquistas aunque no lo eran. Es cierto que muchos de ellos usaban historiadas crestas, similares a las de algunas tribus nativas del este de Norteamérica.

Poco después los sufridos calvos que portaban unos pocos pelos a la buena de Dios, patéticas pelucas, penosas calvas en forma de herradura o el famoso peinado de persiana, que pasó a llamarse “Anasagasti”, por ser el que gastaba este político vasco, decidieron afeitarse totalmente la cabeza, con lo que se ganaba en estética, en limpieza y en economía.

Una afortunada apuesta que, sin embargo, puede tener su contraprestación.  Muchos neurólogos piensan que el pelo es una extensión del sistema nervioso (pelos de punta o como escarpias, ante una emoción poderosa), una especie de antenas que transmiten y también recogen del cerebro una gran cantidad de información.

Esa energía electromagnética emitida por el cerebro cambiaría, pues, nuestra relación con el medio ambiente y, por tanto, la información que emitimos y percibimos. Recordemos qué le ocurrió a Sansón cuando Dalila acabó con su cabellera o la costumbre de los guerreros de muchos pueblos históricos de portar largas melenas aunque no fuera muy cómodo para la batalla.

Como los extremos se tocan, así como vimos pueblos indios que se afeitaban, otros se dejaban largas trenzas. Lo mismo que hoy vemos ridículos practicantes de lucha libre que quieren dar miedo portando luengas guedejas mientras otros pretenden ocasionarlo  rasurándose el cráneo.

De cualquier modo, disfrutemos de estos  buenos tiempos en los que cada uno puede llevar su almendruco como le venga en gana. No siempre ha sido así en todos los lugares ni épocas históricas. Recordemos cómo se pusieron ciertos sectores sociales cuando aparecieron Los Beatles y cuanto tuvieron que aguantar los jóvenes que pretendían imitarlos. Aunque alguno deseara que volvieran esos tiempos.

(Publicado en Aragón Digital, 23-24 de marzo de 2017)

Cuando oigo la palabra coach no echo la mano a la pistola, tal como decía Albert Leo Schlageter que obraba al escuchar la palabra cultura –luego, la frasecita se la han atribuido a otros- pero sí que me prevengo con la guardia alta y el uniforme de soportar chorradas. Cuanto más ignorante es la persona y menos títulos ostenta, más tiende a colocar el feo barbarismo en su tarjeta o como se diga ahora, que se dirá en inglés. Porque, a pesar de la justa fama que llevamos los españoles de saber menos idiomas que un caracol de campo, nos gusta dar la razón al refrán: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces” y, así, ya en los años sesenta, había un Té Olonam’s, propiedad, obviamente, de algún Manolo amante del vesre, un bar Mariano’s o una peluquería Angeline’s; no Angelines’s, como hubiera sido lo correcto, pero daba igual porque -no sé entre los consumidores del té- pero entre los parroquianos del bar o la peluquería, está claro que ninguno conocía la casuística del genitivo sajón.

La verdad es que me gustaría poner ejemplos sangrantes pero lo peor es que entre ellos estarían amigos y amigas, que no han atendido mis aullidos de reconvención y espanto y dicen que son “couch” a quien se lo quiera permitir.

A coach le ocurre como a profesional. A nadie se le ocurre decir ahora que es un buen carpintero, un buen maestro o un buen taxista, ahora todos quieren ser un profesional, vocablo, que, si no me desmienten, alude a quien ejerce una profesión y no a quien la ejerce bien.

Parece que la palabreja coach procede del idioma más raro de Europa, junto al lapón, el húngaro. Los viajeros que en el siglo XV hacían el trayecto entre Viena y Budapest, podían tomar en la ciudad de Kocs, un carruaje con suspensiones más cómodas, que aligeraba las fatigas del recorrido. Kocs derivó en “coche”, palabra ya documentada en España en el siglo XVI, y de ahí salió coach, en el sentido de algo o alguien que ayuda a conseguir los objetivos personales.

Es verdad que un profesional del huevo (huevero) de Astorga puede legítimamente aspirar a ser actor de cine, como Miguel Fleta, un campesino, aspiraba a cantar en los teatros. El huevero no está en disposición económica  ni geográfica de contratar a un actor que le enseñe  a convertirse en Marlon Brando o Paul Newman ni a matricularse en una escuela de interpretación, equivalente al Actor’s Studio. ¿A qué coach contratará para cumplir sus objetivos? Es más que probable que en Astorga exista un jeta, que se dedique a todo esto y prepare a la gente para triunfar en la interpretación, sin otra formación que un curso municipal. Mientras tanto, la antaño tan ibérica capital de la Maragatería ha perdido sus chorizos, sus tabernas, sus cocidos y ostenta sus international foods, sus pizzerías, sus mexicans, sus burgers de plástico y carne de mula, que en eso ha quedado la arriería.

Miguel Fleta se buscó o encontró a una señora, Luisa Parrick, que sabía casi todo lo que hay que saber para cantar ópera. Incluso se casó con ella. Si hubiera buscado un coach, los zaragozanos de entonces, gentes de otro criterio, le hubieran arrojado tormos, tusos, pellas y hortalizas, cuando bajaba, con su carro de alcachofas, de Cogullada al mercado de Zaragoza.

Y se le hubiera estado muy bien.

Distintos tipos, sui generis, de coach: monitor de sueños, maestro de vida, animadora (de azul) para el baile del cangrejo.

Hará unos doce años fui a visitar al veterano tenor cincovillés, Mariano Ibars, que vivía en una muy modesta parcela de Garrapinillos, a pocos kilómetros de Zaragoza. Yo acababa de publicar un libro, Voces de Aragón, donde daba cuenta de quienes en dicha tierra habían destacado en cualquier tipo de canto, desde que existía memoria sonora: figuras del género lírico, cupletistas, cantadores de jota, de canción ligera… En el volumen hablaba, naturalmente, de Ibars pero a través de las noticias que había encontrado sobre su carrera, ya que no había logrado localizarlo. Mariano con noventa años, conservaba intactos el vozarrón y la memoria y la larga conversación fue tan ilustrativa y agradable que, unido al evidente placer con que desgranaba el tenor sus recuerdos, me determinó el proponerle una entrevista formal, ya que yo no había previsto otra cosa que charlar. Como uno ya había escrito el libro aludido y andaba enredado en muy diversas cuestiones, me pareció oportuno plantearle a Mariano García Cantarero, acreditado periodista de Heraldo de Aragón, muy aficionado a estos temas, que me acompañara y fuera él quien redactase la entrevista para su periódico. Aceptó encantado este nuevo Mariano pero a la hora de concretar la cita surgió una figura con la que he tenido la mala fortuna de tropezar en mis ya bastantes años hacer historia de muy diversos protagonistas de la canción en España: me refiero al familiar que convive el viejo intérprete y que, provisto de toda clase de necias precauciones, lo rodea de alambradas, fosos y prohibiciones que  hacen imposible las confesiones. ¿protección de la intimidad, rescoldo de una sociedad cerrada, envidia subconsciente…? Con el pretexto de la salud, que en ningún momento vi amenazada en mi larga conversación anterior y la prueba fue que el cantante vivió siete años más, la señora en cuestión canceló la entrevista y Mariano Ibars no pudo ver gratificado el comprensible orgullo por contar lo que había sido una sólida carrera ni los aragoneses pudieron rescatar la memoria de un personaje al que ya habían olvidado.

He recordado este asunto al tropezarme con un recorte sobre la muerte del tenor, que le llegó, poco antes de cumplir los 98 años, el 8 de marzo de 2012 y de la que sí se hizo eco la prensa local. Por cierto, la fecha coincidía la del día en que había nacido Raquel Meller. Próximo el quinto aniversario de la desaparición del navardunense, reproduzco, con algún añadido, el texto publicado en el citado libro: Voces de Aragón. Intérpretes aragoneses del arte lírico y la canción popular. Zaragoza, Ibercaja, 2004, pp. 77-78.

ibars-mariano

navardunNavardún, a la entrada del la Val de Onsella, el hermoso y desconocido valle en la punta norte de la provincia de Zaragoza, vio nacer el 17 de abril de 1914 al tenor Mariano Ibars, hoy, pues, con noventa años cumplidos. De familia campesina, Mariano comenzó como jotero de gran voz que le serviría para obtener premios en varios concursos antes de inscribirse en el Orfeón Zaragozano, que dirigía Pepe Cortés.

Al poco tiempo se marchó a Barcelona para hacer el servicio militar y pudo colocarse como taquillero en el Teatro Victoria del Paralelo, puesto que, pensó, le daría ocasión a mostrar más fácilmente a los empresarios su privilegiada voz. Se inscribió en la academia de Enrique Novi y Federico Cortó y también recibió los consejos del tenor Jaime Ferré y de Ramón Gorgé, hermano del famoso bajo alicantino Pablo Gorgé, que ejercía funciones semiempresariales en el aludido teatro. Según Hernández Girbal, su aprendizaje fue rápido, por su gran memoria musical. También habla de su voz “fresca, homogénea en todos los registros y de agudos tan claros y afinados como los de un clarín”.

Cuando su carrera apuntaba, le sorprendió en la capital catalana la guerra, que hizo en el ejército de la República. Al final del conflicto, en muy penosas condiciones, hubo de volver a Zaragoza para cantar nuevamente en el Orfeón y, otra vez, a  probar suerte con la jota. Esto le dio la oportunidad de repetir sus éxitos iniciales y ganar unos cuantos premios pero no le significó gran alivio a su situación económica, por lo que decidió volver a Barcelona.

Su debut en la ópera se produjo en el Teatro Lírico de Palma de Mallorca cantando Rigoletto, que constituiría su ibars-mariano-1piezamás constante en el bel canto. Durante 1944 estrenó en el Teatro Cervantes de Sevilla la zarzuela Mari Nieves, la Camerana pero a lo largo de estos años actuaría casi siempre en Cataluña, Valencia y las islas Baleares. En abril de 1945 dio el salto a América con la compañía de Pablo Sorozábal. Allí fue muy apreciado en Montevideo y Buenos Aires donde combinó las grandes zarzuelas con las óperas, entre las que llegó a cantar tres funciones de Rigoletto en el Colón con un elenco en el que figuraban los mejores cantantes argentinos. En 1946 se recuerda asimismo otra gran Marina en el montevideano Teatro 18 de Julio.

Regresó a su patria y, en tiempos cada vez más problemáticos para la zarzuela, deambuló sucesivamente por diferentes compañías líricas de importancia, como la que llevaba el nombre del eximio Pablo Luna, a la que se incorporó a finales de 1953, y con la que actuó varias veces en Zaragoza. En esta época, quizá el mayor hito de Mariano Ibars fuera estrenar en España las dos grandes zarzuelas cubanas de Lecuona, El cafetal y María de la O. En 1959 actuó en la radio y televisión francesas y cumplió un nuevo contrato en la Argentina. Al regresar a España, volvió a la compañía Pablo Luna, hasta retirarse el 25 de marzo de 1965 en el Teatro Marín de Teruel cantando Los claveles de la Virgen.

Mariano Ibars fue un tenor de voz diáfana y voluminosa, con muy vibrantes agudos y “de hermosísimo color”, según Sagarmínaga, capaz de cantar piezas muy diversas y adaptarse a todos los géneros. Fuera de la profesionalidad, siguió cantando hasta cumplir los ochenta años. Apenas, en cambio, dejó registros grabados. Muy apreciado por su gran humanidad, vive en Zaragoza.

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