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En 1892 Joaquín Dicenta todavía sólo había publicado dos títulos: Spoliarium y el libreto del drama El suicidio de Werther. Sin embargo, ya debía de haber sufrido el asedio de los “amigos” y conocidos adictos a hacerte el favor de aceptar el regalo de tu libro. En dicho año encabeza Tinta negra, su nuevo volumen de artículos y cuentos con el siguiente texto, que la SGAE, CEDRO y la Asociaciones de Escritores debían editar y repartir por todo el país:

 

“Ayer tuve la honra de ser presentado a usted por X y hoy me apresuro a escribirle con objeto de que me remita, dedicadas, las obras que usted ha escrito, y por las cuales siento admiración profunda, como lo pruebo al solicitar de usted este favor señaladísimo”.

“Gracias anticipadas, y… ahí van las diez pesetas importe de los ejemplares”, creí yo que diría Juan Pérez (así se firmaba el autor de la epístola); pero nada de esto; no ya las diez pesetas, ni mención de ellas venía en el escrito de aquel amigo improvisado.

Juan Pérez necesitaba leerme gratis y con Autógrafo; cosa muy justa, porque, al fin y a la postre, el sujeto había cambiado conmigo un apretón de manos, dándome al paso las señas de su domicilio, circunstancias sobradas para que en esta tierra, eminentemente burguesa y rutinaria, donde sólo se consideran profesiones y medios de vivir los  garantizados por un título oficial o por un establecimiento con puertas a la calle, se atreva cualquier ciudadano a reclamar, de quien vive y se alimenta de su pluma, el fruto de sus esfuerzos y vigilias, en clase de regalo y casi casi como haciéndole un gran favor.

Francamente, yo agradecí la honra que me dispensaba admirador tan fervoroso, y en vez de coger mis libros y mandárselos, de acuerdo con sus pretensiones, cogí la pluma y le escribí la siguiente carta, que copio y traslado a las páginas de este libro para satisfacción de todos los seres incógnitos que se ocupan en pedir dedicatorias y en proteger, sin detrimento de su bolsillo, las Bellas Artes y la impresa literatura.

Dice así la carta:

“Apreciable Mecenas y Pérez: ¿Cómo he podido yo merecer la ventura impensada de que usted me escriba, reclamando mis libros para formar parte de su biblioteca económica? —Digo económica, porque, a juzgar por las señas, no debe haberle costado muy cara.—  ¿Qué hizo este humilde emborronador de cuartillas para que Juan Pérez, nada menos que don Juan Pérez, se acuerde de él y pretenda aumentar el número de sus lectores?

Dígole a usted, generoso amigo, que semejantes mercedes me aturden, a tal extremo, que no sé cómo contestarle y cómo recordarle una cosa que seguramente se le quedó en el tintero, más por ignorancia que por propósito firme y decidido.

Pide usted mis libros, dedicados y a título gracioso; yo se los remitiría inmediatamente, pero de hacerlo, perdería una peseta por tomo, y aunque esta cantidad no merece la pena de mentarse, conviene señalarla, añadiendo a la vez que yo vivo de mi dinero, y no de la amistad de usted, que, por otra parte, vale mucho.

Aunque usted no lo crea, joven y aprovechado Pérez, yo vivo de mis libros y de mis artículos, no tan bien como usted, que lo hará con el sueldo que le proporcione algún tío suyo en un Ministerio cualquiera, pero vivo, y como, y visto, y hasta me permito cenar en Fornos de cuando en cuando.

Para esto emborrono cuartillas y se las llevo luego a un editor, que me las publica en forma de pliegos impresos, previo el pago de papel, impresión y tirada; en seguida pongo el libro a la venta, y con sus productos voy pasando esta vida de desventuras.

Ahora bien, estimado favorecedor: si después de lo mal que anda esto de la venta de libros, se les ocurre a todos los Pérez que hay en España pedirme los míos, como usted lo hace, es indudable que moriré ayuno, a no ser que usted me remita, a cambio de la dedicatoria que reclama, una panacea hábil para prescindir del estómago.

Fíjese bien en el argumento, Pérez de mi alma. Exigir gratis un libro suyo al autor que vive de venderlos, es una inconveniencia. ¿Le parecería a usted bien que yo, inmediatamente de presentado a un sastre, le dijera: “Agradeceré a usted mucho que me dedique un traje de levita para mi uso particular?

¿Qué diría el sastre? Pues, sobre poco más o menos, lo que sigue:

El que quiera trajes, que los pague.

Y si el sastre me diría a mí esto, ¿por qué no he de decírselo a usted yo, que vivo de mis cuartillas como vive el sastre de sus telas?

Nada, amigo Pérez, que no le mando a usted los libros, aunque la negativa me cueste un pedazo del alma, órgano o lo que sea, que, con valer mucho, no halla quien lo tome a cambio de un pedazo de pan.

Bueno que todo el mundo tenga derecho a hacerme escribir en un álbum poesías que le sirven para conquistar los favores de alguna belleza; bueno que en reuniones y comidas esté uno obligado a  vomitar versos para distraer la digestión de cuatro gastrónomos y a cubrir con el ritmo de la redondilla o de las octavas reales el cuchicheo melifluo de media docena de novios; bueno es eso, y por ello paso, pero no más, aunque usted se enfade y no me salude en todos los días de su vida.

Si quiere usted libros, pásese por las librerías, donde, previo el pago correspondiente, tendrá todos y cuantos le vinieren en gana; y si quiere usted dedicatorias, considere como dedicado este artículo y léaselo a todos los Pérez que conozca, con lo cual ganarán mucho, no yo, que de puro desconocido estoy casi libre de peticiones, sino otros autores afamados, a los cuales les sale a cada hora un Pérez ansioso de favorecerlos y de hacer la propaganda de sus obras.

Consérvese usted bueno y disponga de mí para todo, menos para llevarse gratis lo que a mí me cuesta algún dinero, bastante trabajo e infinitos disgustos.

Suyo afectísimo seguro servidor

Q. B. S. M.,

JOAQUÍN DICENTA

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Realizada por Manuel Galeote, Analecta Malacitana, revista de la Universidad de Málaga, AnMal Electrónica 42 (2017) M. Galeote ISSN 1697-4239.

Javier Barreiro es autor de innumerables publicaciones, como su monumental Diccionario de autores aragoneses contemporáneos (1885-2005) (Zaragoza, Diputación Provincial, 2010), en el que invirtió varios lustros. En su trayectoria investigadora, sobresale el esfuerzo por rescatar las figuras de la bohemia finisecular, la galería de escritores raros y olvidados de principios del XX, así como la discografía española más antigua. Ha reivindicado a los autores heterodoxos y que han antepuesto el alcohol, las drogas o la muerte a la literatura y la vida. Su infatigable rastreo de pistas bio-bibliográficas sobre ellos ha fomentado su dedicación constante a la bibliofilia y al coleccionismo de publicaciones periódicas, revistas, partituras o registros sonoros, incluidos los cilindros de cera, las pizarras monofaciales y cualquier otro soporte. Tiene en prensa dos libros que verán la luz en el último cuatrimestre de 2017, Alcohol y Literatura (en Ediciones Menoscuarto) y una edición de La Cochambrosa, la primera y hasta ahora desconocida novela del malagueño Pedro Luis de Gálvez (1882-1940), que publicará Renacimiento.

                                   «La bohemia española tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético»

Manuel Galeote: En los albores del siglo XX, tras el Desastre colonial de 1898, antes de la Primera Guerra Mundial, ¿encuentras en España un mundo literario lleno de bohemios? En tus libros, por ejemplo, Cruces de Bohemia (2001) y Galería del olvido (2001), ¿cómo se presentaba esa galería de escritores bohemios?

Javier Barreiro: Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y  algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo. Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

MG: Los bohemios se marcharon… Recuerdo tu libro Un hombre que se va… Memorias de Eduardo Zamacois (2011). ¿Por qué leer a Zamacois en el siglo XXI?

JB: Nadie mejor situado que Zamacois para darnos una crónica histórica, sociológica y literaria del siglo que le tocó vivir. Sobre todo literaria, porque estuvo en el centro, como testigo y en abundantes ocasiones como protagonista, de muchos de los acontecimientos más significativos de su tiempo. Zamacois fue protagonista y testigo del problema cubano y los pujos regeneracionistas de toda una época, coetáneo del modernismo, que si estéticamente le tentó poco, hubo de vivir con intensidad en sus años de redacciones y bohemias. Si decimos bohemia, Zamacois conoció y trató a todos sus servidores, desde aquellos con pretensiones de exquisitos hasta los más zarrapastrosos y desmandados, como Pedro Barrantes. Vivió, ¿cómo no?, en París, durante unos años. Dirigió la revista sicalíptica más popular de su tiempo, La Vida Galante, y no es de destacar aquí la relevancia que en la vida, la música y el teatro español tuvo esta apertura de mentes y costumbres traídas por el entorno teatral y periodístico de lo que se llamó sicalipsis. Respecto al protagonismo del escritor pinareño en la fundación de un subgénero literario como el que constituyeron las colecciones de novela corta, tan fundamental en la España de sus tres décadas (1907-1936) literariamente más importantes de los últimos siglos, es asunto al que ya se le han dedicado libros y que, venturosamente, los estudiosos están poniendo en los últimos tiempos en su merecido lugar. A Zamacois no le bastó con ello sino que fue, junto a Felipe Trigo, el más influyente de los novelistas eróticos de su tiempo; conoció y visitó América, al fin su continente natal, tanto y tan bien, que muy pocos escritores españoles pueden igualarlo y aquí habría que citar al eximio y desdichado Eugenio Noel. El arte por antonomasia del siglo XX, el cine, no le pasó inadvertido y tuvo un contacto directo con él, como bien nos explican esas memorias que edité, junto a Barbara Minesso, y se publicaron en Renacimiento. Lo tuvo, igualmente, con otro de los fenómenos tan propios del siglo como fue la radiofonía. Y, en sus últimos años en la Argentina, también con la televisión.

MG: ¿Es esto todo lo que podemos subrayar de Zamacois?

JB: Claro que no. En sus 98 años de peripecia vital —en 2008 se cumplieron ciento veinticinco de su nacimiento— asistió a la guerra de 1936-1939, sobre la que nos dejó una novela, El asedio de Madrid, y dos libros de crónicas, vivió después un largo destierro, con regreso y, tras el toque de chufa, renovada escapatoria, al estilo de Max Aub. Todavía en su exilio y con muchos años a cuestas, tuvo oportunidad de conocer y trabajar en Hollywood y, en fin, un montón de cosas más, de las que sus memorias dan cuenta.

                                                              «Hay centenares de escritores olvidados que merecerían una atención»

MG: ¿Nos hemos olvidado hoy, un siglo después, de aquellos grandes bohemios?

JB: Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sáinz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán, y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas, como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta —en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Luis S. Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sánchez Álvarez-Insúa—, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existió una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

MG: ¿Hay algún bohemio al que creas que todavía no conocemos ni hemos leído? Es decir,¿existe una galería de lecturas pendientes?

JB: Bohemios o burgueses, en la llamada Edad de Plata, término que, aunque con límites temporales algo más amplios, no acuñó, como se cree, Mainer, sino Giménez Caballero, hay centenares de escritores olvidados que merecerían una atención. Quizá haga falta un diccionario con una bibliografía, al menos aproximativa, que facilite y encamine la tarea de futuros investigadores, pero allí hay un filón para tesis y trabajos monográficos.

MG: Los bohemios llegaron desde Aragón, Andalucía, etc. a Madrid, y llevaron una vida llena de dificultades. ¿Hay algún paralelismo con la situación de hoy? Por ejemplo, es difícil encontrar editoriales, público, aparecer en los medios de comunicación, etc.

JB: Sociológicamente son dos épocas muy diferentes. Aquel periodo sí que se parece al actual en la cantidad de innovaciones que afectaron a la vida cotidiana. En la época de intersiglos, la electricidad, el teléfono, el automóvil, el fonógrafo, el cine, el agua corriente, las vacunas, el  movimiento obrero y cien cosas más. Hoy, todo lo relacionado con la informática y el mundo digital. En cuanto a la dificultad de editar, ayer y hoy se editaba demasiado. En el sentido de que accedían y acceden a las librerías una gran cantidad de obras que no han pasado por el tamiz de una mediana exigencia.

MG: Desde el punto de vista del mercado, los libros sobre los bohemios, raros y olvidados ¿siguen vendiéndose? ¿Despiertan interés hoy? ¿Quién los lee?

JB: Despiertan un relativo interés porque es un mundo pintoresco y, como se dijo, no muy conocido, pero siempre minoritario. Supongo que los leen profesores, estudiantes, dilettantes y los bichos raros que, afortunadamente, nunca faltan.

MG: En Aragón, gracias a Latassa y hoy gracias a tu Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), se cuenta con una Biblioteca de autores de esa región española.¿Qué has aprendido durante la elaboración? ¿Cuáles son as dificultades de una obra erudita de ese tipo? ¿Qué se quedó fuera del Diccionario? ¿Habrá una edición electrónica?

JB: Siempre había hecho yo fichas y reunido bibliografía de autores aragoneses contemporáneos, además de muchos otros que no son aragoneses de nacimiento. Con este material empecé el trabajo, pero en los años de elaboración fatigué bibliotecas, repertorios, bibliografías y, evidentemente, aprendí muchísimo. También aprendí sobre el horror de la burocracia, la informalidad de la gente y mil cosas más, que dan para una conferencia. Las dificultades fueron enormes y menos mal que decidí modificar el primer proyecto, en el que pensaba encargar las voces de los escritores más importantes a especialistas en los mismos. Si lo hubiera hecho así, aún no estaría publicado. Con la colaboración de un ayudante, redacté personalmente las casi 1800 voces con la obra completa y la bibliografía de los autores.
Desde que entregué a la imprenta el Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), a principios de 2010, no llega a veinte el número de autores que he encontrado después. Por cierto, que en el Diccionario se daba un correo para que, si alguien sabía de algún autor que no se hubiera incluido, me lo comunicase. Hasta el momento, no he recibido ni una sola indicación.
No sé si habrá edición electrónica. Fue un encargo institucional y ésa era la intención, además de enriquecerlo con una iconografía, pero nos encontrábamos en medio de la crisis y no estaban las cosas para alegrías. Sería sencillo acometer esa edición. El copyright me pertenece, así que, si hay quien la financie, no tiene más que ponerse en contacto conmigo.

MG: ¿Cómo ves el futuro de los libros electrónicos, los que no se manchan con el café de la taza derramada, ni con el ron? Los que no arden en la chimenea (algún maestro se jactaba de usar los de jóvenes poetas que recibía como regalo y con los que alimentaba su chimenea). Los libros que no son libros, pues se leen en pantallas retroiluminadas. Son libros que resplandecen como las luciérnagas, como Luces de bohemia.

JB: Quienes amamos tanto el papel, tenemos una comprensible resistencia ante las innovaciones en este terreno, pero reconocemos sus ventajas, sus posibilidades, su necesidad… y, además, sabemos que pueden convivir perfectamente estos y otros formatos. Yo utilizo el e-book para leer en la cama. No pesa, no molestas con la luz encendida a la compañía, si la hay, aparte de las ventajas técnicas que todo el mundo conoce.

  «Valle-Inclán sería considerado como el escritor español más importante incluso de todo el siglo XX»

MG: ¿Cuál es el legado hoy de Valle-Inclán? ¿Nos iluminan los resplandores de Luces de bohemia o se han apagado?

JB: Casi hasta los años sesenta del siglo XX, Valle-Inclán era considerado, sobre todo, como un excéntrico —lo que es verdad— sujeto activo de anécdotas y demasías. Afortunadamente, han cambiado las cosas y estoy seguro de que, si se hiciera una encuesta hoy, sería considerado junto a García Lorca, como el escritor español más importante de la primera mitad del siglo XX e, incluso, de todo el siglo. La bibliografía sobre él resulta inabarcable y su obra está perfectamente editada. Para mí es, junto a Quevedo, el gran maestro de la lengua española.

MG: ¿Entre los escritores de Aragón, qué puedes decirnos de los dramaturgos?

JB: Puedo decir muy poco. Aragón ha destacado literariamente en el ensayo, el periodismo o la investigación. Hay pocos poetas de calidad y menos dramaturgos. En cuanto a novelistas, salvo la cumbre de Ramón J. Sender y el casi desconocido fuera de Aragón, Braulio Foz, autor de la Vida de Pedro Saputo, que Menéndez y Pelayo denominó el Quijote aragonés, tampoco hay abundancia, aunque en este momento hay autores de calidad como Ignacio Martínez de Pisón o José María Conget. Los dramaturgos aragoneses dignos de citarse en el último siglo son pocos; el más importante, sin duda, Joaquín Dicenta, el inventor y la cumbre del teatro social y obrero en la España de intersiglos. Podemos citar también a Marcos Zapata, con obras de gran éxito en la segunda mitad del siglo XIX, Muñoz Román, el principal libretista de la revista musical, bilbilitano, como Dicenta, y Alfredo Mañas y Alfonso Plou, en los últimos decenios. Cosecha escasa.

MG: Hay también otra pregunta que siempre te habrán formulado: ¿quiénes han sido las escritoras aragonesas? ¿Quiénes escriben en Aragón después de 1939?

JB: Pocas y mal conocidas, al menos hasta los años ochenta, en los que empiezan a proliferar. Yo citaría a una poeta, no diría que olvidada porque nunca tuvo éxito, pero para mí es la mejor lírica aragonesa del siglo XX. Se llama Sol Acín (1925-1998) y fue hija del artista libertario Ramón Acín, asesinado al comienzo de la guerra. De las muchas que están vivas, habrá que esperar unos lustros para separar el grano de la paja.

MG: Te has interesado por las tradiciones musicales y artísticas, culturales en definitiva, de Aragón. Desde tus Antiguas grabaciones fonográficas aragonesas (2010) hasta la jota (La jota ayer y hoy, 2005), las cupletistas aragonesas (Siete cupletistas de Aragón, 1998), las actrices (Mujeres de la escena, 1996), etc. has mostrado que la literatura popular, la lengua, la música y el arte forman unas tradiciones cuya biografía te fascina (Biografía de la jota aragonesa, 2013). ¿Cómo se llegó a este desarrollo espectacular y cómo pervive en la actualidad? ¿Se conoce fuera de Aragón o crees que necesita proyectarse más a España y el mundo?

JB: Después de los primeros libros de poemas y cuentos, en seguida empecé a publicar sobre el tango, luego, sobre el cuplé, con la biografía de Raquel Meller, la copla, la zarzuela, la fonografía, etc., hasta llegar a la jota. El primer libro sobre ella, del año 2000, fue un encargo. Entonces la jota aragonesa estaba en un mal momento, pero el siglo XXI ha significado un inesperado renacimiento. Los intelectuales aragoneses, al contrario que los andaluces con el flamenco, nunca prestaron atención a la jota, sino que la denostaron. Apenas hay bibliografía y la universidad la ha marginado absolutamente. No conozco un solo trabajo surgido de ella. Como pasó con la canción española, la confundieron con el franquismo cuando el origen del baile se pierde en la noche de los tiempos y la documentación de la música y el canto es incluso anterior al flamenco, pero, a partir de 1850, los dos géneros tienen trayectorias similares. En el siglo XIX escriben jotas aragonesas casi todos los compositores españoles, pero también Liszt, Glinka, Saint-Saëns… A finales del siglo XIX estaba en la cumbre del éxito y la jota no faltaba en el género lírico. Algunas de ellas (las de El dúo de La Africana, La Dolores, Gigantes y cabezudosEl guitarrico…) se hicieron justamente famosas. En la primera mitad del siglo XX casi todos los grandes ballets españoles llevaban la espectacular «jota de Zaragoza», como número final, y ha habido grandes intérpretes masculinos y femeninos a lo largo del siglo pasado. Pero, a causa de este cuestionamiento por parte de los detentadores del poder cultural, la jota pasó de moda y, prácticamente se conservó gracias a que supervivió en el pueblo y en los pueblos, hasta principios del siglo XXI.

«Los intelectuales aragoneses, al contrario que los andaluces con el flamenco, nunca prestaron atención a la jota, sino que la denostaron»

Alguna responsabilidad en ese renacimiento tuvo la serie de libro-discos y espectáculos “La jota ayer y hoy”, tan bien recibida; los programas televisivos, que hoy nutren la afición jotera, con excelentes réditos para unos y otros; la difusión lograda por las nuevas formas en el canto y en la danza sustentadas por artistas como Carmen París y Miguel Ángel Berna; y me gustaría pensar que también los diez mil ejemplares distribuidos del librito de la serie CAI-100 que me encargó el maestro Guillermo Fatás y que es donde por primera vez se trata la jota desde otra perspectiva y se escriben algunas de las cosas que ahora estoy estampando.Pero ya digo que la responsabilidad principal debe otorgarse a quienes, en los tiempos duros, siguieron manteniendo, cantando, bailando y defendiendo la jota, a despecho de las circunstancias. Me refiero, sobre todo, al ámbito rural aragonés de las tres provincias. A los pueblos, hablando en plata. Sus gentes, sus grupos, rondallas y su entorno social siguió teniendo a la jota por bandera y siguió sintiéndola, cantándola, haciéndola transmisora de sus gozos y de sus sombras y, sobre todo, de su forma de entender y afrontar la vida. No podemos olvidar, sin embargo, a los de adentro y a los de afuera. A los grupos zaragozanos que, rodeados de incomprensión y con bajas cada vez más numerosas, no se desmoralizaron y aguardaron tiempos mejores, a los maestros como Jacinta Bartolomé, María Pilar de las Heras o Jesús Gracia, que conservaron y transmitieron la excelsitud en la interpretación y el bien sentir, lo mismo que sucedió con la escuela oscense. Y, en cuanto a los de afuera, a grupos de las Casas de Aragón en otras provincias y, todavía con más dificultades, las de allende las fronteras, emocionantes trasuntos de lo aragonés en tierra ignota.
Con todo esto, hoy la recepción social del género se ha normalizado, incluso se ha prestigiado aunque, como no podía ser de otra manera, queden resistencias y también, ¿por qué no decirlo?, haya elementos jotistas que merezcan esa resistencia. Lucar contra los tópicos de uno y otro lado sin caer en la barata descalificación es fundamental. Sabiendo separar el grano de la paja, hay que aceptar lo tradicional y lo innovador: lo religioso, lo patriótico y lo libertario; lo basto y lo cursi y lo que algunos llaman zafio y otros, jotas de bodega. También, poner en el candelero y en el mercado la jota y aceptar su evolución, como ha hecho el flamenco, y por este camino van las propuestas creativas de gentes como Alberto Gambino. Otra cosa es lo que guste a cada uno. De cualquier manera, no estaría de más no tomarse las cosas muy a la tremenda y echarle el humor que rezuman muchas coplas del género. Humor, expresionismo y autocuestionamiento, que son también rasgos en los que se identifica cualquier aragonés.

                                                            «Soy disperso por naturaleza, y además ansioso»

MG: Como escritor, ensayista, historiador, profesor, investigador, ¿qué faceta de tu actividad te resulta más grata y más atractiva? ¿Cuál es la que te vampiriza? Después de aquella “Entrevista con los vampiros” (2004), ¿crees en los vampiros y en las vampiresas? ¿Cómo serían las vampiresas aragonesas?

JB: Yo soy disperso por naturaleza, y además ansioso. Tengo necesidad vital de pasar de un género a otro, de lo culto a lo popular, de la música a la literatura, de la investigación a la creación… Efectivamente, para mí, en la variedad está el gusto. Y no sólo creo en los vampiros sino que me consta que abundan: los que se aprovechan de tus trabajos sin citarte, los que directamente te copian, los que creen que los escritores tienen que trabajar gratis, los envidiosos que buscan arrinconarte para destacar ellos… Una auténtica caterva de vampiros nocturnos, rapaces diurnos, cocodrilos en el río, tiburones en el mar y hienas de tierra firme. Procuro olvidarlos y bien sé que ellos prefieren no cruzarse conmigo. En cuanto a las vampiresas, no les pregunto si son aragonesas, procuro quedarme a solas con ellas y que me enseñen cosas y sus cosas.

MG: Hubo una actriz malagueña, que a lo mejor cantó alguna jota, llamada Pepa Flores, pero más conocida como Marisol. Tuviste la oportunidad de escribir su biografía (1999). ¿Es una biografía que siga reeditándose? ¿Se venden bien las biografías femeninas? ¿Crees que la biografía está desplazando a la novela en cuanto a ventas de las editoriales? ¿Hay un auge de la biografía?

JB: Marisol cantó jotas ya en sus películas de niña. Mi biografía, Marisol frente a Pepa Flores, se agotó pero, por causas que desconozco, no se reeditó. Luego Antena 3 me compró los derechos y rodó una serie basada en mi libro. Las biografías femeninas están de moda y cada vez se venden mejor, de lo que me alegro porque hasta hace pocas décadas la biografía era un género muy poco cultivado en España.

MG: Ya que también has publicado guías de Zaragoza (2003 y 2007), ¿qué nos recomiendas a los que no conocemos estas tierras aragonesas? ¿Por dónde empezar nuestra visita y cómo planificar nuestros recorridos? ¿Conviene hacer un viaje en la vida a Zaragoza y Aragón o, mejor, un viaje cada año?

JB: Salvo el Pirineo, la ciudad de Zaragoza y algún lugar aislado, como el Monasterio de Piedra o Albarracín, Aragón se conoce mal y es una pena, porque, como ocurre en casi toda España, a pesar de lo mucho que la especulación y la desidia han destruido, está llena de parajes maravillosos y, además, solitarios, de hermosísimos edificios civiles y religiosos, de una bellísima arquitectura popular. Ahí van unas cuantas propuestas:

-La airosa esbeltez de la iglesia mudéjar de Santa María, dominando el casco urbano de Calatayud.
-La recoleta naturalidad y violenta belleza de la obra humana, como es el núcleo urbano de Alquézar en un paraje incomparable.
-El misterio, proporción y sobria originalidad del románico integrado en el entorno de la iglesia de Santiago en Agüero al lado de los espectaculares Mallos de Agüero, muy cerca de los más famosos de Riglos.
-Las iglesias mozárabes del Serrablo, una auténtica sorpresa para quien no las conozca, por ejemplo, San Bartolomé de Gavín en otro paraje maravilloso.
-La bellísima portada que integra arte, historia y mito del ayuntamiento de Tarazona, ciudad que es toda una joya, como su comarca del Moncayo.

-La Seo del Salvador, resumen artístico de la capital de Aragón.
-Los conjuntos monumentales de Albarracín o Daroca, que fascinan y asombran desde sus mi  perspectivas.
-La fusión de la tierra, la piedra roya y el hombre en el castillo de Peracense, esencia montaraz de Aragón.
Y dejo aparte los cientos de paisajes incomparables, porque no quiero pecar de patriotero.

                                                      «He dedicado muchas horas de mi vida a Sender»

MG: ¿Y qué queda en su tierra aragonesa de R. J. Sender, del Maestro Montorio o de Raquel Meller?

JB: Al que se le ha dedicado más atención (y con justicia) es al novelista. Hay un llamado Proyecto Sender, inserto en el Instituto de Estudios Altoaragoneses, que congrega la muy amplia bibliografía e información que va surgiendo sobre él. Se han publicado bastantes libros, se han organizado congresos, se lee en los institutos su obra, etc. Desde que a los 17 años devoré Las criaturas saturnianas, le he dedicado muchas horas de mi vida. Creo que he leído toda su obra publicada y muchos libros acerca de él. He escrito bastantes artículos académicos y periodísticos acerca de su obra, he descubierto textos periodísticos desconocidos de diversas épocas, su primer cuento, sus guiones para lo que hoy llamaríamos novela gráfica, Cocoliche y Tragavientos, he dado decenas de conferencias sobre su obra, edité un libro con una antología de los artículos que sobre él escribió Francisco Carrasquer, el máximo senderiano… Hasta me otorgaron a los 21 años el primer Premio Sender de Periodismo que se convocó. Por cierto que Sender, entonces, metió la pata augurándome en público un brillante porvenir.
Al maestro Montorio no lo conoce apenas nadie y, junto a Quiroga y Monreal, forma el trío de grandes compositores de la música popular española del siglo XX. Su trascendencia estriba en la gran cantidad de canciones y música de obras de teatro y cine que acometió a lo largo de suvida. Muchas de ellas permanecen en el imaginario popular. Considérese que empezó muy joven y tuvo tiempo de tocar todos los géneros. Entre 1930 y 1977, Montorio puso música a unas ciento treinta obras de teatro lírico. Fue el heredero de los maestros Alonso y Guerrero en el género de la revista. Alonso fue el rey entre 1925 y 1940, Guerrero tomó el relevo y, a su muerte, en 1951, Montorio se convirtió en el principal suministrador de música teatral. Sólo en los años cincuenta estrenó más de cuarenta obras. Su capacidad de trabajo fue asombrosa: componía canciones para los artistas, extensas partituras para el teatro musical y el cine y, frecuentemente, dirigía él las orquestas en los teatros en que se interpretaban sus obras. También realizó muy numerosas partituras publicitarias para la radio y, después, para la televisión, muchas de las cuales figuran en el libro-disco Maestro Montorio, que publiqué en 2004. La más recordada tal vez sea la que anunciaba el analgésico llamado Tableta Okal: «La tableta Okal es hoy el remedio más sencillo / yo a ninguna parte voy sin llevarla en el bolsillo. / Y cuando emprendo un viaje por lo que pueda pasar / al hacerme el equipaje pongo un sobrecito Okal / Okal, Okal, Okal es lenitivo del dolor / Okal, Okal, Okal es un producto superior […]», etc.
La relación de Montorio con el cine también fue intensa desde principios del cine sonoro. De hecho, intervino en la musicalización de varias de las primeras películas y, en seguida, consiguió grandes éxitos con El negro que tenía el alma blanca o La hija de Juan Simón, ambas con Angelillo. En los cincuenta lanzó a Antonio Molina con sus canciones para El pescador de coplas o Esa voz es una mina. Pero se puede decir que trabajó con casi todos. En total, intervino en la música de unas setenta películas.
Raquel Meller y su tiempo, la biografía que publiqué en 1992, está agotada y nadie se ha preocupado en reeditarla, pero es un personaje que sigue suscitando interés, porque es la artista más representativa de la época del cuplé, que es también la de la Edad de Plata, y, en los años veinte fue una estrella internacional de la canción y el cine. Me siguen pidiendo artículos y conferencias sobre ella y he hablado en varias ocasiones con directores y productores que pretendían llevar su vida al cine. El problema es que las producciones de época son caras.

                          «La idea de un Diccionario de la bohemia me ha rondado por la cabeza, y podría hacerse»

MG: También has rescatado, por volver al principio de la entrevista, a Guillermo Osorio (1918-1982), «último de los verdaderos bohemios». ¿Qué te gustaría descubrir aún de su obra y vida?

JB: Fuera de lo que digo en la introducción a Guillermo Osorio, Obras, que me costó bastante esfuerzo reunir, no conocemos nada de él. Me gustaría saber de su peripecia en la guerra, como conductor de tanques en el bando republicano, de lo que le sucedió en la posguerra, que no debió de ser nada bueno —él nunca habló ni de una cosa ni de otra—, me gustaría que me proyectaran una jornada de su vida cotidiana, de taberna en taberna, sus conversaciones con poetas y borrachos, su relación con Adelaida Las Santas, su pintoresca mujer. Dicen que era un hombre tan borracho como angélico, una criatura humana capaz de producir excelsos sonetos clásicos y cuentos surrealistas, al tiempo que pululaba por el submundo o dormía en un banco de la calle.

MG: ¿No resucitaránlos bohemios? Tal vez puedan resucitar desde el punto de vista literario, si se reeditan sus obras.

JB: La epidemia de franquicias, fast food, chinos, pizzerías, Mc Donalds y demás ha terminado con los bares clásicos y tabernas. Es complicado encontrar un plato de cuchara en un restaurante, y por la noche es hasta difícil beber vino. Las tabernas han desaparecido y bohemios como aquellos no volverán. El último fue precisamente Guillermo Osorio.

MG: ¿Hay algún proyecto de un Diccionario español de la bohemia? También eres autor de un Diccionario del tango (2001), ¿nos falta el Diccionario de Javier Barreiro? ¿Quién te aficionó a los diccionarios? Imaginamos que ocupan una buena parte de tu biblioteca.

JB: La idea de un Diccionario de la bohemia me ha rondado por la cabeza, y podría hacerse porque hay gentes interesadas en ello. Yo tengo muchos datos, pero tampoco es un trabajo fácil ni corto. Al mismo tiempo, ignoro si tengo una afición especial a los diccionarios. He publicado dos —el de escritores aragoneses y el del tango en colaboración con otros dos autores—, sí que tengo bastantes —doscientos y pico—, y, desde luego, si son buenos, son utilísimos. Todoshemos estudiado y aprendido a escribir, con el Casares, el María Moliner, el Corominas… Si queremos saber de ocultismo, tenemos que ir al de Collin de Plancy; de lunfardo, a los de Gobello y Conde; de vanguardia, al de Juan Manuel Bonet; de literatura aragonesa, al mío; de palabras non sanctas, al de Cela… Hasta en literatura los hay buenos, como el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce.

                                                                                                    «Lo que no quiero ser es mayor»

MG: Además de todo lo que hemos dicho, eres bibliófilo y coleccionista de voces (por ejemplo, aquellas que se grababan en pizarra o en cilindros de cera). ¿Cuáles son las voces aragonesas más antiguas que hoy se pueden oír gracias al rescate que has llevado a cabo?

JB: Los cilindros de cera para fonógrafo son anteriores a los discos para gramófono, que los coleccionistas suelen llamar pizarras. Sabemos que los primeros que se grabaron en España corresponden a 1894. Fue el Royo del Rabal, el jotero más mítico, el que impresionó algunos, pero no se conservan. La inmensa mayoría se han perdido o deteriorado. Por otro lado, los cilindros no están datados y se conservan muy pocos catálogos, por lo que no podemos saber con seguridad cuáles son los primeros registros en el tiempo. Sin embargo, en Primeras grabaciones fonográficas en Aragón 1898-1903, recogí 29 registros, algunos muy antiguos, varios de ellos de intérpretes aragoneses. Allí hay seis jotas aragonesas cantadas por Blas Mora, de Albalate del Arzobispo, que, si no aparecen nuevos registros, serían las primeras jotas grabadas que se conservan. También hay un dúo de ocarinas, interpretado por otra figura de la jota, Balbino Orensanz, junto a un tal señor Lahuerta, que es la más antigua interpretación de este artesanal instrumento registrada en el mundo. En cuanto a discos, llegaron a España en 1899, publicados por la casa Berliner, la primera jota en este soporte fue «La mora», cantada por otra olvidada, Isidra Vera.

MG: El coleccionismo ¿nos embriaga? La literatura ¿es embriagadora? El escritor que se embriaga ¿es mejor escritor? La embriaguez ¿mejora la escritura? ¿Hay una literatura de autores que beben y beben y vuelven a beber? Entre los escritores bohemios, raros, olvidados, malditos, etc., ¿se hallan también los que se emborrachan?

JB: Estas preguntas se responden en mi próximo libro, Alcohol y literatura, que espero se publique en 2017. Hay mucha información —el índice onomástico tiene más de 800 referencias— y creo que es muy ameno, además de políticamente incorrecto.

MG: Háblanos de tus proyectos y de tus nuevos diccionarios. Dinos qué te gustaría ser de mayor: ¿investigador?, ¿novelista?, ¿poeta?, ¿autor de libros de viaje?, ¿bohemio?, ¿historiador de la literatura?, ¿ensayista aragonés?

JB: Además del libro citado y del blog “Javier Barreiro”, donde publico artículos y mis conferencias, así como las novedades editoriales, tengo comenzado un libro sobre la historia de las 50 canciones españolas más populares del siglo XX, otro de narraciones, titulado Lugares y fechas; y sí, me gustaría escribir un libro de viajes; reunir en un volumen mis artículos sobre tango; en otro, los de cuplé; el mencionado repertorio de bohemios; escribir más poesía… Lo que no quiero ser es mayor. En esto soy muy poco original.

MG: Muchas gracias, amigo maño, por responder con tanta paciencia, atención y sentido del humor las preguntas. En nombre de los lectores de la revista AnMal Electrónica, te reitero la gratitud y te deseo mucha suerte para los proyectos que te desvelan en la singladura actual. Cuídate de los vampiros y del sablazo de los bohemios.

Otras entrevistas:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/06/05/entrevista-de-raul-lahoz-con-el-firmante/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/07/16/entrevista-a-javier-barreiro-de-luis-alegre-el-patio-del-recreo/

Safo en Eco Artísitico 27-12-1911

Safo, ampliamente citada por Cansinos-Asséns en el impagable documento que constituyen sus memorias (La novela de un literato, 1, Madrid, Alianza Tres, 1982, p. Cansinos, La novela de un literato 1002413-432) como una aristócrata argentina que desea triunfar en las variedades, para lo que se gasta muchísimo dinero en formación, vestuario, composiciones y letristas, tuvo una breve  carrera artística, alguno de cuyos episodios iniciales dieron ocasión al autor sevillano para ejercitar sus dotes de observación y su ironía. Sin embargo, un repaso a su trayectoria en la prensa muestra que Cansinos debía de escribir de memoria y ésta le fallaba a menudo.

Lo que viene a contar el admirable escritor es que una tal Juanita Fernández Conde “viudita joven y rica, criolla argentina, con una niña muy mona” vive en el Hotel París y quiere conocer literatos y periodistas madrileños que la ayuden en sus aspiraciones artísticas, ya que su pretensión es emular a la Fornarina y la Chelito. A dicho hotel conduce a Cansinos el compositor aragonés Cayo Vela, entonces director de la orquesta del teatro Novedades, que, a la sazón, estaba preparando el repertorio para el debut de la artista en el Trianon Palace, el salón de variedades más lujoso de la capital.

Cansinos la pone en contacto con sus amigos[1], la lleva al Café Colonial, donde muestra sus conocimientos literarios y flirtea con los concurrentes, entusiasmados con la exótica aspirante artista. También la acerca a la redacción de su periódico, La Correspondencia de España, cuyo director el zaragozano Leopoldo Romeo, que utilizaba el seudónimo Juan de Aragón, se encierra con ella en su despacho y trata de que acceda a sus pretensiones:

Pero bruscamente se  abre la puerta y por ella sale la artista con aire de reina ofendida y pide su abrigo. Detrás de ella se asoma el baturro, sonriendo cínico y despectivo. Perplejos, asombrados, ayudamos a Safo a ponerse su capita y la seguimos…

-Pero ¿qué ha sido eso, Safo?

Ella no puede hablar de puro indignada. Por fin, reprimiendo apenas unas lágrimas pueriles, balbucea:

-Pero ese hombre es un sátiro… ¡Y éste es el país de los caballeros de Don Quijote!…, ¡che!”

En los ensayos Safo tiene que aguantar la brutalidad de Cayo Vela. Escribe Cansinos:

 El baturro es digno paisano de Juan de Aragón (…) En cuanto Safo desafina, monta en cólera, se olvida de que está dando lecciones a una señora y cree hallarse en Novedades, tratando con coristas y prorrumpe en exclamaciones injuriosas, obscenas, como las que a aquéllas suele dirigirles (…) Safo aguanta, obedece, repite (…) suplica: -Por Dios, Cayo déme un poco de respiro. Me trata usted a la baqueta.

El músico continúa con su violencia verbal, que asombra al escritor. Al preguntarle a éste la razón, Cayo Vela le contesta que a las mujeres hay que tratarlas así: “Les agrada y, si no, toman a uno por el pito del sereno”.

La aspirante a cupletista tiene que pasar por otras pruebas: el modisto[2] -“un invertido”, aclara Cansinos- le cobra un dineral por los trajes adaptados a los cuplés del repertorio; el llamado Padre Benito, jefe de la clac del Trianon y de otros muchos locales madrileños, (V.  https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/08/07/el-padre-benito-jefe-de-la-clac-en-los-teatros-madrilenos/), organiza un lunch en La Bombilla para que Juanita conozca el tipismo madrileño y allí es objeto de todo tipo de zafiedades.

Por su parte, todos los aspirantes a escritor pugnan por conocerla y admiran sus joyas, sus cigarrillos egipcios, su interés por la literatura, hasta Ramón Gómez de la Serna, en Prometeo, la hace protagonista de uno de sus “Diálogos triviales”[3].

Safo canillitaFinalmente, se produce el debut, con la clac literaria y la profesional del padre Benito a su favor. El público de señoritos se la toma a risa, más cuando arrecian los aplausos de sus defensores. La voz no llega a la platea. Ante la abundancia de partidarios, el público opta también por tomárselo a choteo y aplaudir hiperbólicamente pero Edmond de Bries, no soporta la befa y la saca del escenario. Ella protesta débilmente pero el modisto la desengaña:

(…) ¿no vio usted que todos esos aplausos eran pura chunga? Usted lo que debe hacer es irse a casa y dejarse de locuras… Usted no ha nacido para ARTISTA… No haga caso de los que la adulan para pimpearla… Ya tiene usted edad de ser seria y de cuidar de su hija, que deja en poder de los criados y huéspedes del hotel (…) La están explotando entre todos…, la están dejando en la ruina…. ¿Saben ustedes lo que le ha costado todo esto[4]?… ¿Lo que se ha llevado el padre Benito… y el empresario del Trianón?… Nada, señora, esto se ha acabado (…) Esta señora se retira de la escena… Ya le han tomado bien el pelo…

Para terminar el episodio, Cansinos reflexiona:

Nosotros nos quedamos perplejos. Es tan raro lo que pasa… ¡Un invertido dando lecciones de moral y salvando a un alma extraviada!!!

Cansinos, La dorada

Es sabido que, lamentablemente, Cansinos no da fechas en sus memorias pero las cosas no fueron exactamente como las narra. Juanita-Safo debutó en el Trianon el 28 de septiembre de 1911 pero el 8 de julio ya lo había hecho en el Salón Madrid de la calle Cedaceros, dedicado al género ínfimo, con un monólogo, El sueño de Safo, escrito por Manuel Garrido y musicado por el maestro Teodoro San José con un potpurrí de aires de varietés, un pasodoble sobre motivos de “La pulga” y unos cuplés, “muy intencionados”, según el diario La Mañana, que aclaraba que “el libro es un bello pretexto para que Safo luzca su distinción y buen gusto” y que aristócratas, artistas, un afamadísimo diestro y una dama de la alta aristocracia muy conocida de los madrileños estuvieron entre el público. Aunque su actuación se alargó una semana, las críticas de sus amigos fueron cariñosas y después pasó a actuar en San Sebastián, la cosa no debió de ir tan bien como dice La Mañana. Lo demuestra el hecho de que Juanita cambiara de músico y emprendiese una campaña de propaganda en el semanario Eco Artístico, especializado en la publicidad de artistas de variedades, donde apareció varias veces con anuncios pagados. Por cierto, que Cansinos, pese a no citarlo, asistió a este primer debut en el Salón Madrid, pues tanto la elogiosa gacetilla de su periódico sobre la función, como la que, unos días después, se publica en su despedida, vienen firmada con sus iniciales.

Safo Anuncio presentación el Trianon

Como durante mucho tiempo hicieron artistas y compañías, antes de su “actuación estelar” en el Trianon madrileño, Safo lo hizo en Zaragoza cuyo público era proverbialmente duro y, efectivamente, su actuación (19 de septiembre), parece que discurrió por los senderos contra los que, luego y según Cansinos, le advertiría Edmond de Bries. Veamos un fragmento de la crónica “Safo en Zaragoza”, que A. Ibáñez Sánchez firmó en Tierra soriana:

(…) no he podido ver, y no por falta de mirar, a la artista por parte alguna, encontrándome tan sólo con una mujer galante, pero sin voz, víctima de un engaño y quién sabe si de histerismo inveterado; una pobre mujer, bonita por cierto, que no conoce a los públicos ni se conoce a sí propia; dos defectos grandes para quienes quieren pasar la vida entre bambalinas y bastidores.

Las dos lecciones que el martes (…) recibió del público aragonés fueron duras, como sentencia de juez justo, y puede servir de mucho a Safo, quien, si hasta la fecha sigue con el defecto de no conocerse a sí propia, ha conseguido por lo menos, conocer ya lo que es el público. Porque aquel otro con que dicen cuenta en Madrid, de admiradores invitados, es público de amigos y los amigos tienen la propiedad de engañarse y de engañarnos con sus juicios, pues o nos quieren mucho o nos quieren mal.

Que Cansinos confunde fechas o hechos lo demuestra el hecho que tras el debut de Safo en el Trianon, no abandonó el oficio, como él sugiere, sino que siguió actuando en él, al menos durante una docena de días seguidos, pues en los periódicos madrileños su nombre figura en el repertorio de artistas que actúan en dicho coliseo. Desaparece entonces unas semanas de la circulación hasta que el 22 de noviembre El Imparcial nos informa del vuelco del automóvil de don Francisco Brandón, director de la Eléctrica Madrileña en el que viajaba éste junto a don Santiago Gómez y la cupletista. Las lesiones no fueron graves.

De alguna manera Safo debió de seguir conectada al mundo artístico pues aparecen sus anuncios, participa en banquetes, como el que se ofrece en homenaje a JulioSafo en La Mañana Romero de Torres el 14 de julio de 1912, baila el tango, que ya hacía furor en Europa y ella traía aprendido del Río de la Plata, y todavía el 8 de mayo de 1913 aparece actuando en el Petit Palais o el 1 de marzo de 1914 en el Salón Imperial de Melilla. Pero no debieron irle demasiado bien las cosas en dicho terreno pues dos meses justos después de esta actuación, la artista reunía a sus amigos de las letras, de la pintura y de la escena en el Restaurante Tournié en el número 15 de la calle Mayor, para ofrecerles un banquete de despedida. La noticia del Heraldo de Madrid explica que Juan Belmonte no pudo asistir al convite por un reciente percance, lo que unido a la mención a un famosísimo diestro en la noticia de su primer debut y otras indirectas, hace pensar en alguna clase de relación entre ambos. Al fin, la dupla torero-cupletista llegó a ser una suerte de tópico popular en la España de esa época.

Fuera como fuese, Juanita, que pertenecía a la aristocracia uruguaya y no argentina, como Cansinos mal recordaba[5], había conocido a Julio Herrera y Reissig, uno de los cinco dioses de la poesía modernista y, como él, gustaba de coquetear con la morfina, a mediados de 1914 embarcó hacia Brasil para pastorear sus negocios. Seguro que nunca olvidaría su peripecia en la contradictoria, pintoresca y fascinante España de la segunda década del pasado siglo.

 

                                                                                                                                          NOTAS

[1] Francisco Vera, San Germán Ocaña (https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/03/03/jose-san-german-ocana/) , Emilio Daguerre, Ricardo Fuente, Andrés González Blanco, Agustín Rodríguez Bonnat, Ricardo Catarineu, Ricardo Fuente…, y los que se citan en el diálogo de Ramón Gómez de la Serna (nota 3).

[2] Se trata del cartagenero Asensio Marsal, que al año siguiente debutaría como imitador de estrellas o transformista y que llegaría a ser uno de los más importantes del género con el nombre artístico de Edmond –o Egmont-de Bries. V.  https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/07/20/edmond-de-bries-el-mas-famoso-de-los-imitadores-de-artistas/

[3] Prometeo nº 35, pp. 10-16, 1911. Aparte de La Safo y el propio Ramón, en el diálogo participan Manuel Abril, Rafael Cansinos-Asséns, Diego López Moya y Fernando Aponte. Su autor aduce que estas conversaciones son “de una precisa autenticidad, porque el espíritu común del diálogo lo único que impone es una escrupulosa veracidad en el informe de lo que se dijera, de “todo” lo que se ‘cometió”. (p. 10).

[4] Al parecer, algunos de los trajes costaron tres mil pesetas.

[5] Una noticia recogida por el diario coruñés El Noroeste (19-VII-1911) a los pocos días de su debut en el Salón Madrid, señala que Juanita había nacido en La Coruña y tenía parientes allí y en El Ferrol. Pese a que el periódico pone en cuestión su aristocracia y su riqueza, parece que esta última era indudable, pues, sin protector, no hubiera podido sostener el tren de vida que llevó durante tres años ni engañar sobren su origen a tantas personas inteligentes y avisadas. Es posible, sin embargo, que naciera en La Coruña y la riqueza procediera de su difunto marido.Safo Retrato

Me cuentan que en el programa de Radio Nacional del sábado pasado “No es un día cualquiera”, tan bien conducido por Pepa Fernández, su colaboradora, Nieves Concostrina, en su sección “El acabose”, donde cuenta sabrosas historias relacionadas con la muerte y sus entornos, se refirió al perro Paco. Alguien la debió de confundir y afirmó que este increíble animal fue corneado por un toro. No fue así sino que, como era previsible, el asesino tenía nombre, apellido y residencia en Madrid. Como Paco ha sido desde hace mucho, objeto de mi estudio y este mismo verano tuve ocasión de hablar sobre él en la madrileño-francesa Casa de Velázquez, reproduzco aquí mi intervención, en defensa de la verdad histórica.

El perro Paco

Hoy muy olvidado, el perro Paco, fue un autentico símbolo de la alegre vida madrileña deEl perro Paco x Blas Jocen finales del siglo XIX y hasta mereció un libro de 320 páginas[1] que autores, como Florentino Hernández Girbal y Julián Cortés-Cavanillas[2], dijeron escrito por Alfonso XII, aunque es muy dudoso que fuera así. Otro volumen de 208 páginas, firmado por Blas Jocen, Historia del perro Paco juzgado por la opinión pública,  se editó el mismo año de 1882, que fue el de su mayor protagonismo y, también, el de su muerte.

Negro y con una mancha blanca en el pecho, apareció sobre 1879 en las inmediaciones del café Fornos, en la esquina de Alcalá y Peligros –su local preferido[3] – y sorprendió a todos por su inteligencia y cualidades casi humanas, de modo que fue apadrinado por los numerosos clientes del café por entonces más prestigioso de Madrid, que le suministraban terrones de azúcar y otras golosinas, muchas veces celebradas con volteretas por el can. Su mayor protector fue el marqués de Bogaraya (Gonzalo de Saavedra y Cueto), que se encariñó con él porque en una ocasión le echó una chuleta y, noches después, al tropezárselo en otro establecimiento, Paco hizo grandes manifestaciones de alegría. En Fornos solía comer diariamente y hasta se afirma que se le servía en una mesa. De hecho, en alguna viñeta de la época se le representa con servilleta colgada del cuello.

El perro Paco en Fornos

 Pero, como perro callejero[4] y amante de la independencia, a pesar de su sociabilidad -acompañaba  a casa a sus protectores pero rehusaba entrar en ellas-, rechazaba acogerse a un dueño y tenía su parada habitual en la calle Sevilla y su dormitorio en las cocheras del tranvía de la calle Fuencarral, que, a veces, cogía de un salto para llegar más cómodamente. Paco era bañado diariamente por los mangueros municipales, aparecía  en los estrenos de los teatros[5], en el relevo de la guardia real, gustaba de los desfiles y procesiones y, sobre todo, de las carreras de caballos y de los toros. En la plaza de Felipe II tenía reservada una localidad en el tendido aunque casi siempre terminaba por arrojarse al ruedo. Sus “hazañas” aparecían continuamente en la prensa. Incluso se le presentó al rey:

El perro Paco fue presentado a S. M. y AA. en la Exposición de ganados y presenció a su lado el desfile, saludando cortésmente a sus compañeros premiados (La Unión, 6-VI-1882)

El perro Paco en los torosLa primera aparición del perro Paco que he encontrado en la prensa corresponde al 21 de noviembre de 1881 en el Boletín de loterías y de toros, dos pasiones muy españolas; bastante más que el amor a los perros, al menos en aquella época. Dicha publicación nos informa: “El perro Paco no toreó: en uno de los intermedios se presentó en el redondel cogeando (sic), para disculpar su falta con el público”.

Esto quiere decir que ya el can era conocido por arrojarse al ruedo y provocar a los toros mordiéndoles en las patas y en los hocicos, lo que le valió más de un puntazo. Y así lo verificamos en la misma publicación casi un mes más tarde (19-12-1881), en la que se nos cuenta como el atrevido can salió lastimado a resultas de un achuchón mayúsculo. Mayor información nos proporciona El Toreo, que aparecía los lunes, también en su número del 19 de diciembre, dando cuenta de la novillada celebrada a beneficio de la Asociación de Caballeros Hospitalarios. Antes, a las dos en punto, se representó una pantomima, Las hazañas de Bou-Amema, en la que intervenía el perro Paco durante las escenas quinta y sexta, guiando al ejército francés hasta donde se encontraba el enemigo, que, en este caso, eran los moros. Finalizado el resumen del argumento, se dice: “El perro don Paco fue uno de los personajes de la fiesta, que se repitió unos días más tarde” (El Toreo, 26-12-1881).

En suma, las  menciones al perro Paco interviniendo en las corridas son numerosas en la época, casi siempre en clave jocosa o satírica. Otra de sus querencias fue el hipódromo donde solía  incorporarse a la pista, persiguiendo a los caballos lo que a algunos causaba  risa y a otros, indignación: “El perro Paco tomó parte en la primera carrera siguiendo al caballo Frascuelo. Esta falta de seriedad en Paco fue muy censurada por algunas personas y aplaudida por la pebre” (El Imparcial, 14-V-1882). Entre sus partidarios solían suscitarse animadas discusiones sobre si era más aficionado al espectáculo nacional o a las carreras de caballos.

El Perro Paco incordiando a un toro BlyN 24-7-1910

Esa afición a los toros determinó su muerte: En una becerrada organizada por el gremio de vinateros el 21 de  junio de 1882 y cuando estaba actuando un tal José Rodríguez de Miguel, apodado, Pepe el de Galápagos[6], Paco se tiró al ruedo, ladrando e incordiando al añojo. En una de sus embestidas, el perro salió rebotado sobre el matador, que cayó al suelo[7]. Éste, encorajinado, hundió su espada entre las costillas del perro, que quedó en un charco de sangre y fue recogido por los areneros. La fuerza pública salvó del linchamiento a José Rodríguez, que luego llegaría a concejal de Madrid, como algún otro de su calaña. Recogido en la taberna de un tal Chillida, donde se le prodigaron todos los cuidados veterinarios, mientras la prensa daba diariamente el parte de su salud, Paco aguantó cinco días pero acabó muriendo y su cuerpo fue entregado al taxidermista Severini para su disecación y durante varios años lo expuso en su taberna de la calle de Alcalá. Tras varias vicisitudes, pasó a poder de Rafael Sanjaume, propietario de una herboristería en el nº 22 de la calle Desengaño que, al parecer, terminó enterrándolo en un lugar desconocido del Parque del Retiro.

Alguien pagó una esquela que rezaba así: “El eminente perro público ‘Paco’ ha fallecido. La high-life y muchos parientes del difunto suplican a Vd. se sirva encomendarle al dios de los perros”.

Además de los dos libros citados, son innumerables las huellas del perro Paco en el El Perro Paco AnunciosEl perro Paco Polka canescacontexto cotidiano de su tiempo y aun años después:

En su año de mayor gloria, 1882, y todavía con vida, su figura llegó a las tablas y alguna de las obras permaneció varios meses en cartel, en un tiempo en que los programas cambiaban con mucha celeridad: Desde el mes de junio y en el Teatro de la Risa, se programó la obra El Perro Paco y, en el Teatro Infantil, El señor perro Paco. Y casi veinte años después de su muerte, se estrena en el teatro Principal una zarzuela en dos actos de José Pau Español y música de Carlos Arias, titulada El perro Paco (La Época, 3-VIII-1901).

También desde principios de junio de 1882 se anunció profusamente en los periódicos la “Preciosa polka canesca para piano, con texto y portada alegórica en litografía, El perro Paco. Con su retrato, historia, amores, etc[8]”. Igualmente, se anunciaron  otra polka popular y humorística, “Perro Paco”, debida a Javier Jimenez Delgado[9] y una marcha fúnebre para piano: “Al malogrado Perro Paco”[10].

El perro Paco Polka humorística

El 16 de junio  aparece el primer número de un periódico titulado El perro Paco, suponemos que de escasa duración[11]. Periódicos y revistas incluyeron coplas y letrillas satíricas y se publicaron también aleluyas y pliegos sueltos.

Se dio su nombre (“El perro Paco”) a un vino blanco, que se anunciaba en El Imparcial (19-VI-1882) como la mejor manzanilla de Sanlúcar y, con el mismo marbete, también se vendieron bastones, corbatas, petacas y carteras. Años después, El Liberal (13-I-1888) daba cuenta del atraco a una tienda con el nombre “El perro Paco”. Pero el certificado de haber pasado a la historia se lo proporciona el figurar, junto a Lepe,  Briján y Calepino[12], en la lengua popular. Aunque ya en desuso, “saber más que el perro Paco”, se dijo para ponderar la agudeza o sabiduría de alguien y así lo recoge Iribarren[13] y lo emplean Pereda en su novela Pedro Sánchez y Clarín en sus Cuentos Morales.

Las gracias y maravillas protagonizadas por el perro Paco debieron ser evidentes pues resultó  un verdadero fenómeno social en el Madrid de 1880-1882 y hasta años después. No faltaron plumillas que consideraron que las cosas se habían sacado de quicio pero la mayoría acogió con alegría y complicidad la condición de héroe de este irracional que no lo parecía.

 

                                                                    NOTAS                        

[1] Memorias autobiográficas de Don Paco, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, 1882.

[2] CORTÉS-CAVANILLLAS.

[3] Fue también adicto al Café Suizo y, por las noches, al Veloz-Club y a la Gran Peña.

[4] En algunos textos se indica que su primer dueño fue Francisco Lozano, mayoral de diligencias en el trayecto entre Chinchón y Colmenar Viejo, cuya propiedad pertenecía al torero Frascuelo. V., por ejemplo, CALZADA.

[5] Florentino Hernández Girbal aduce en su folleto sobre Paco que le gustaban más los sainetes del Apolo que los dramas del teatro Español

[6] El apodo provenía de tener su taberna en la calle Hortaleza, frente a la fuente de los Galápagos.

[7] Otras versiones cuentan que fue el matador, que estaba teniendo una actuación lamentable, quien cayó, al tropezar con el perro. (El Imparcial, 23-VI-1882).

[8] El texto de su carátula reza: “El perro Paco. Polka canesca  (con texto). Compuesta para piano y dedicada al mismo por los distinguidos canes Turco y Palomo. Guau, guau, guau. Guau, guau, guau”.

[9] Zozaya, Carrera de S. Gerónimo, 34. 1882. Calcografía de S. Santamaría

[10] Firmada por T. P., incluye un texto que reza: “Colocado el cadáver, por dos  monos sabios, en un elegante carro fúnebre, la numerosa comitiva se pone en marcha desde la casa mortuoria, descendiendo, triste y meditabunda, por la histórica Puerta de Alcalá. Algunos individuos de su especie, movidos de curiosidad más que de lástima se acercan al carro, lo huelen y… gruñen, y después se alejan. Al pasar por La Cibeles, la estatua llora copiosamente. Las guardias del Ministerio de la Guerra y Presidencia hacen los honores de ordenanza y llega todo hasta dar frente al café de Fornos y al del Suizo. En este instante tan patético, la multitud arroja ramos de flores y coronas de siempre-vivas sobre el féretro y prorrumpe en ayes de amargo desconsuelo. Virando majestuosamente el carro, atraviesa el derribo, antes calle de Sevilla, y, entrando en la Carrera de San Gerónimo hace alto y parada en la casa del disecador Severini, quien recoge los preciosos restos del que fue Paco y Perro, y el cortejo se disuelve en seguida, pausada y lentamente”. Es cierto que uno de los lugares preferidos de Paco fue la Fábrica de Tabacos en la calle de Embajadores. Al salir las cigarreras le obsequiaban con zalemas y alguna chuchería y, a la muerte del perro, una de  las coplillas que corrió decía: “Al perro Paco / lo llevan a enterrar / entre cuatro cigarreras, / un cura y un sacristán”.

[11] “Mala época es esta para periódicos de esta naturaleza”, aduce El Liberal, 17-VI-1882.

[12] “saber más que Lepe (o Briján, o Calepino). Pedro de Lepe, humanista del siglo XV, que fue obispo de Calahorra. Briján (metátesis de Nebrija), el famoso autor de la Gramática castellana. (1492). Fray Ambrosio Calepino, autor de un muy popular Diccionario latino-italiano (1502).

[13] IRIBARREN, El porqué de los dichos, pp. 348-349.

 

                                                                     BIBLIOGRAFÍA

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El perro Paco_Memorias de don Paco

-BARREIRO, Javier, “El Madrid nocturno de fines del siglo XIX, 1890”, Siglo XIX (Literatura hispánica) nº 20, 2014, pp. 113-134.

-BELDA, Joaquín, Las noches del Botánico, Madrid, Biblioteca Hispania, 1917.

-BOFILL, Pedro, “Dado a perros”, El Globo, 28-V-1882.

 -CALZADA, Modesto, “Episodios pintorescos y extraordinarios de las viejas corridas de toros”, Estampa, 14-I-1933, p. 19.

-CÁNDIDO (Carlos Luis Álvarez), “El perro ‘Paco’”, ABC, 22-VII-1982.

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-, “Un madrileño de 1882”, ABC, 21-IV-1999.

-CORTÉS-CAVANILLAS, Julián, “Alfonso XII y el perro ‘Paco’”, ABC, 30-VIII-1982, p. 16..

-DÍAZ CAÑABATE, Antonio, “Don Natalio Rivas o el siglo XIX”, ABC, 21-I-1958.

-EL BARQUERO, “El perro ‘Paco’”, Blanco y Negro, 24-VII-1910.

-HERNÁNDEZ GIRBAL, Florentino, “Gracias y desgracias del perro Paco (un madrileño de 1882), Torrejón de Ardoz (Madrid), F. Hernández, 1999.

-IRIBARREN, José María, El porqué de los dichos (3ª ed.), Madrid, Aguilar, 1962, pp. 348-349.

-JOCEN, Blas, El perro Paco juzgado por la opinión pública, Sevilla, Establecimiento Tipográfico Calle del Aire, 2, 1882.

El perro Paco x Blas Jocen Índice

-OLIVÁN, Federico, “Felipe Ducazcal y el perro ‘Paco’”, ABC, 16-IX-1950.

-PEREDA, José María de, Pedro Sánchez, Madrid, Imprenta y Fundición de M. Tello, 1883.

-PÉREZ OLIVARES, Rogelio, “Un genio ignorado”, Nuevo Mundo, 5-XI-1915.

-TOVAR, Manuel “El Manuel “El perro ‘Paco’”, ABC, 16-V-2000.

-VELASCO ZAZO, Antonio, El Madrid de Fornos. Retrato de una época, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1945.

El perro Paco en la Puerta de Alcalá

 

Fue precisamente la última obra de las publicadas en La Novela de Hoy por Vidal y Planas, a la que nos acabamos de referir, la que va a constituir el objeto de este trabajo; su título, Cena de pobre. Esta última época es la menos brillante de la colección, aquella en la que las tiradas fueron más cortas y la difusión, menor, por lo que los ejemplares son hoy más escasos.

Es curioso que Cena de pobre no haya caído en manos de los tan escasos escrutadores de las realizaciones de estos perdulariosVidal y Planas_Cena de pobre de la literatura, pues no conozco una sola referencia a la obra, que, además, tiene un interés añadido para los aragoneses, pues es la única obra narrativa de Vidal y Planas que se desarrolla en su comunidad histórica (3). En su portada, un viejo baturro delante de una casucha, ofrece un cesto de pan a alguien que queda fuera del foco del dibujante. Éste, un tal Esteban, ilustró diecinueve ejemplares de la colección, el mismo número de novelas que publicó en ella el narrador gerundense.

Casi todos los textos de La Novela de Hoy llevaban una pequeña presentación en forma de entrevista o prólogo. En este caso su autor es Rafael Marquina y no presenta especial interés. Bajo el epígrafe “Retrato del autor”, se refiere a algunas cualidades de Vidal o Planas, no por ciertas menos conocidas: “Fondo de entusiasmo”… “Su rudeza está hecha de bondad; su picaresca, de candidez; su timidez, de vehemencia; su fortaleza, de debilidad”… “Niño grande”… “Es un sentimental y parece un demoledor”…

Pero acudiendo ya a la novelita, esta tiene bastante más interés literario que la mayor parte de la literatura –un tanto histérica y efectista- del Alfonso Vidal y Planas de esta época y, como ya se dijo, se desarrolla íntegramente en el zaragozano pueblo de Badules, cuya presencia en la literatura no es, desde luego, memorable. La localización no es aleatoria, pues el autor demuestra conocer ampliamente la toponimia del Campo de Romanos, subcomarca cuya capital es Daroca y en la que se ubica el humilde lugar de Badules. Por muchos indicios, parece claro que el argumento se basa en una experiencia vivida por el autor. Lo más probable es pensar en que durante algún viaje de Zaragoza a Valencia, hubiera de parar en las cercanías o, tal vez, que visitara a algún amigo con raíces en dicho pueblo.

Vista de Badules

El argumento puede resumirse así: Un forastero, identificable con el autor pero del que nada se nos cuenta sin que tampoco se diga el motivo de su estancia en Badules, es invitado a comer por el más pobre del pueblo, el tío Pelaire, de ochenta años, que vive de recoger leña en una casucha de adobes, sita en las afueras del lugar. El narrador se presenta con un pollo que el orgullo del tío Pelaire rechaza con vehemencia: “¡Amos, mañico! Mi probeza no ti ha hecho daño pa’que tú l’ofendas asina!” (p. 13). Es él quien, cumpliendo con las leyes de la hospitalidad, desea invitar al forastero.

El argumento deriva por tres cauces principales: la vida y personalidad del Tío Pelaire, adobada por sus sentencias y agudezas de filósofo rancio, la cena que ofrece al forastero y la visión de un Aragón rural, con muchos rasgos basados en la observación de la realidad pero también en algunos tópicos costumbristas y en la visión positiva e idealizada que muchos habitantes del suelo ibérico han tenido de los aragoneses, basada en parte en la vindicación de Aragón que propician los Sitios de Zaragoza, con su reflejo legendario en la literatura y en el género lírico.

El protagonista tiene ochenta años aunque está en perfecta forma física y es capaz de levantarse del suelo con los brazos cruzados. Y no sólo es el más pobre de Badules sino el único. También se nos aclara que “en los pueblos de Aragón hasta la pobreza es espléndida”. El ayuntamiento le perdona la contribución y su única forma de ganarse la vida es la recogida de leña. Anteriormente había sido alguacil y pidió un mejor destino a un candidato liberal al que había ayudado; éste le mandó una credencial de maestro en el cercano lugar de Nombrevilla, en cuyo término municipal se ubica hoy la llamada cárcel de Daroca “pero como no sabía firmar, al llegar el nombramiento, no me lo daron” (25). Después, otro alcalde conservador le desposeyó del cargo de alguacil, por no querer echar un pregón “desigual”. Es decir, en el que trataba con un rasero a los de su bando y con otro al resto.

Otro episodio que protagoniza el tío Pelaire, con elementos directamente vinculados con el costumbrismo regional, es su encuentro con el rey. Por su significación, merece la pena reproducirlo parcialmente:

separador_50

Yo iba a Daroca, carritera abajo, a ver si querían tomame pa segar. Yo era alguacil por aquel entonces, pero no ganaba más que un real diario, y, como no era probe, con solico un rial no podía vivir. Llevaba colgá de un hombro la botica bien llena, junto con la hoz. En esto vide muchos carreteros juntos y que vestían como capitanes generales o asina, empeñaos a mi entender en tirar de un carro nuevecico, mu majo y tó brillante, como no lo había visto nunca.

-Sería un automóvil –interrumpe el forastero.

-No ti pongo adivinanzas. Sí que era otomovil. El primero que vide. Pero a mí se me figuró un carro sin varas pa la caballería. Pensé si ésta se había escapau, arrancándolas. En cuanti a aquellos hombres ataviaus de generales de Zaragoza u asina, que s’empeñaban en poner el carro en marcha, los tomé por locos y mi daron mucha lástima. Conque m’acerqué a beber, y uno va y me ice de pronto, arrempujándome como mu enfadau: “¡Aparta, borrico, que es el ray! ¿No ves que tiene pan el otomóvil?” “Pos si el otomóvil tié pan –li respondí tan tranquilo-, yo tengo vino de Longares, y a nadie hago daño brindándoos un traguico!” S’echaron ellos a reír y el que mandaba en tós se m’acercó tan campante, como si mi conociera, y me ijo: “¡Venga esa botica, buen hombre!”. Al dársela li pregunté: “¿Eres tú el ray, acaso?” Íjome que sí con la cabeza y, cuando acabó de beber, li agarré d’un brazo pa llevármelo aparte y a solicas los dos li disparé: “¡Pos hombre, m’alegro la mar! Precisamente tenía que pedirte un favor. Ello es que el tío Saltacerros, el de Villadoz, que es un buen hombre, aunque sía sacristán, tié un chiquillo mozo, que está en Madrí de Castilla, sirviéndote a tú. Y si le daras unos mesecicos de licencia ilimitada, harías una buena obra porque el tío Saltacerros tié un mal grano y,como si piensa el probecico que va a morirse, no hace más que suspirar por el piazo de su corazón” (…) Y el ray me preguntó por el nombre del tío Saltacerros y el regimiento en que servía. Yo se lo ije tó y antes de los ocho días el hijo del tío Saltacerros se encontraba en Villadoz con un mes de licencia (31-35).

separador_50No es la única vez que el tío Pelaire tiene relación con altas autoridades sino que se cuenta que su padre cenó con el general Cabrera, que, efectivamente, anduvo por las cercanías y él mismo con otro general, Serrano, al que cantó la siguiente copla (4):  “Gloria gana un general / cuando vence a un enemigo; /pero gana gloria doble / si s’hace d’un probe amigo”.

Estas y otras precisiones, como la índole de las anécdotas que se cuentan hacen pensar que la figura del tío Pelaire está basada en un personaje real.

Como se dijo, todo esto transcurre en el marco de una cena con la que el baturro obsequia al narrador aunque no se nos dice el pretexto de la misma ni la relación que existe entre anfitrión y convidado. Sí que se exalta en varias ocasiones su sentido de la hospitalidad que incluso le lleva a regalar el pollo que ha traído el forastero a un alemán que está en la cárcel del pueblo, de paso para Daroca, cabeza del partido judicial, porque ha robado un misal antiguo en el vecino pueblo de Mainar. Y, aunque obsequiado, no se libra de su copla: “Alimán de los demonios / toma el pollo y un consejo: / ¡No ti metas a ladrón / pa’robar un misal viejo!”

El menú de la cena es un cabal ejemplo de la gastronomía aragonesa.

Comienza con cardillo (Scolymus hispanicus) una verdura de sabor exquisito, poco frecuente y muy apreciada, que puede consumirse en ensalada o rehogada con aceite y vinagre y que no hay que confundir con el más popular cardo (Cynara cardunculus). Prosigue con unos caracoles en ajolio, denominación exacta etimológicamente, que está desapareciendo en beneficio de “alioli”. Aparecen después las codornices, luego, los barbos, muy frecuentes, como los cangrejos, en el cercano río Huerva, que el tío Pelaire pesca con candil y tenedor y, para postre, requesón de Fuembuena, licor de pepino y té. Todavía no hace mucho -y aún debe de quedar alguna taberna que la conserve- la botella con licor de pepino se expedía en los establecimientos de bebidas. Había que introducir el pepino cuando era minúsculo en la propia mata y se lo dejaba crecer allí. Una vez que la cucurbitácea se desarrollaba y llegaba hasta el gollete, se rellenaba con aguardiente. Decían que tenía excelentes propiedades para los dolores de barriga y los juerguistas solíamos consumirla como espuela cuando, tras la farra, nos retirábamos a primeras horas de la mañana.

Nótese que los siete productos consumidos son de producción propia o de fácil consecución en la naturaleza, lo mismo que el vino que se trasiega, del que se dice: “No emborracha pero agacha”. No se olvide que Badules está al lado del Campo de Cariñena.

Cena de pobre_Dibujo de Esteban pp. 32-33 (2)

Cena de pobre_Dibujo de Esteban pp. 32-33 (1)

En cuanto a lo relacionado con el habla y las costumbres aragonesas, aparecen ya en el nombre del tío Pelaire, denominación del esquilador en el habla regional. Con mayor o menor propiedad, el autor trata de poner en boca del personaje central la fonética del léxico aragonés: “cuidiau”, “paece”, “onde”, cambear, “ray”, ahura”, “tamién”, “asina”, “probe” y otras muchas, como se comprueba en el fragmento del encuentro con el rey, antes reproducido. En cuanto al léxico, aparte del socorrido “mañico”, con el que suele dirigirse al narrador, aparecen palabras como “apatuscau” (31), en el sentido de apañado, significación que desconozco y que tampoco aparece en el Diccionario Aragonés de Andolz. Generalmente, “apatusco” y no “apastucao” significa torpe y con pocas mañas. Tampoco conozco “gazupiau” (31), que se emplea como sinónimo de la anterior. “Fuchina” (17) se utiliza como daño o quebranto y también se encuentran otras, aún vivas en Aragón, como “ternasco” (41) o “ajolio” (25).

También son varias las coplas de jota que aparecen en el libro. La primera de ellas es una de esas cantas perogrullescas, que se cantaban como diversión y que en Tauste, donde fueron muy populares, llamaron “pepadas”:separador_50

Cuando me parió mi madre

acababa de nacer

y, a los quince días justos,

ya tenía medio mes.

separador_50Había sido grabada en un disco de 78 r. p. m. por Miguel Asso y, posteriormente, la llevarían al disco otros cantadores. Menor interés tienen las dos que se citaron, a propósito del ladrón alemán y el general Serrano, así como la que la ronda canta al forastero, no muy lograda estilísticamente: “Sagrado, como la Virgen, /forastero en Aragón: /cuando pises, ten cuidiau, /que tó el suelo es corazón”.

Ninguna de las tres son conocidas y, como se ve, ningún merecimiento tienen para serlo pero demuestran lo dicho (V. nota 4) en cuanto al papel fundamental de la copla octosilábica en la expresión popular.

Muchos otros elementos propios de Aragón podrían espigarse en una narración tan breve pero la mejor demostración de la exacta vinculación de la misma con el ámbito que describe es el número de topónimos que en ella aparecen en relación con el Campo de Romanos: Badules (pág. 9), Romanos (14), Río Huerva (18), Río Lanzuela (18), Nombrevilla (25) Daroca (29), Fuenfría (29), Longares (32), Fuembuena (38), Villadoz (35), Cucalón (43), Mainar (50)…

En suma, se trata de una narración olvidada y que, a su interés de desarrollarse en unos escenarios a los que apenas ha prestado atención la literatura de las últimas décadas, añade el aportar informaciones sobre la vida rural y el folclore del Campo de Romanos, contemplado, no desde el punto de vista científico sino desde el literario. Por otro lado, es una excepción aislada en la temática habitual de su autor, Vidal y Planas, siempre interesado en ámbitos más dramáticos como son los de la prostitución, las prisiones, los manicomios, los delincuentes sociales, los místicos visionarios… Aquí, el escritor trata de reivindicar un modo de vivir natural, autosuficiente, tradicional, encarnado en la figura de un anciano iletrado, pero vivo como el hambre, que se acomoda a la precariedad material del mundo en que vive y mantiene unos valores, una ética y una autenticidad muy diferentes a los que imperan en el universo urbano donde el autor suele desarrollar sus obras.

El escritor gerundense no debía de estar muy versado en la vida rural, ya que nunca vivió en el campo y, como es usual entreVidal y Planas urbanitas, la idealiza. En su siguiente novela corta, El perro que subió al cielo (1933), vuelve al exaltado desenfreno, en este caso, enalteciendo un perro que adoptó en prisión.

En realidad la literatura de Vidal y Planas rarísimamente remonta el vuelo. Cuando pretende ser lírico, resulta cursi; si intenta la mística, ridículo y grandilocuente; cuando aspira a ser crudo y tremendista es, sin embargo, cuando obtiene mejores resultados y más en sus primeras obras. En las últimas en cambio, la exageración y el énfasis, lo acerca a lo cómico. Nada más triste que resultar risible cuando se pretende objetivar la tragedia.

Curioso el destino de Vidal y Planas que, tras los avatares experimentados durante la guerra, enrolado en el Partido Sindicalista de Pestaña, embarcó en el Mexique, el vapor francés que llevó a Méjico a los llamados “niños de Morelia” y, tras su paso por los Estados Unidos, donde se doctoró, en sus últimos y muy mal conocidos años de exilio se convirtió en un respetable profesor de Metafísica y publicó tres libros de poesía, el único género que no había cultivado y que en la mayoría de los escritores suele ser más propio de los años juveniles. En la hoy atribulada ciudad de Tijuana, donde ejerció en los últimos años de su trayectoria, tiene dedicada una gran avenida.

 

NOTAS

(1) Sobre su trayectoria puede verse Javier Barreiro, Luces de bohemia (Vidal y Planas, Noel, Retana, Gálvez, Dicenta y Barrantes), Zaragoza, UnaLuna, 2001, pp. 21-49. v. también, en: https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/02/17/alfonso-vidal-y-planas-el-loco/

(2) Acerca de esta publicación: Julia María Labrador Ben, Marie Christine del Castillo, “Estudio introductorio, Catalogación e Índices de “La Novela de Hoy” en La Novela de Hoy, La Novela de Noche y el folletín divertido. La labor editorial de Artemio Precioso, Madrid, CSIC, Colección Literatura Breve-15, 2005, pp. 9-267.

(3) En su vertiente teatral, el autor escribió también, en colaboración con Antonio Ballesteros de Martos, y música de Rafael Martínez Valls y Pascual Godes, la zarzuela en dos actos La ventera de Ansó, estrenada con buen éxito en el Teatro Apolo de Barcelona el 14 de Diciembre de 1928 y que después recorrió los escenarios españoles y argentinos. Una de sus romanzas fue llevada al disco por Emilio Vendrell.

(4) Está por estudiar la frecuencia con que hasta hace unas décadas, en el ámbito rural aragonés, los hablantes intercalaban coplas de su propia creación, muchas veces improvisadas, lo que, naturalmente se trasladaba a las rondas joteras. Los más dotados para este menester, que muchas veces eran analfabetos, obtenían un prestigio social que de pocos otros modos podía lograrse. Una olvidada novela de Manuel Sancho, Pascualico o El trovero de las bochas (1905), retrata perfectamente este ambiente. (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/10/11/el-pascualico-una-novela-aragonesa-de-1906/)

El lunes, 23 de noviembre a  las 19.30, se presenta en la Biblioteca de Aragón este volumen, editado por Libros del Rescate, que reconstruye la trayectoria del que fue famoso dramaturgo, poeta y periodista Aragonés, Marcos Zapata (Ainzón, 1842-Madrid, 1913) al que su autor ha dedicado varios años de investigación, que han dado el fruto de este trabajo que se acerca a las ochocientas páginas. Intervendremos el editor Javier Cinca, el autor y el firmante.  Reproduzco aquí el prólogo que escribí para el mismo.

Marqueta, Samuel, Tras las huellas de Marcos Zapata001

Nada más satisfactorio para quienes, conociendo la roma repercusión de tales afanes, hemos dedicado a la investigación literaria tantas horas de nuestra vida, el que se acerquen a ella gentes imbuidas de una pasión tenaz, generalmente instadas por un parentesco, por un azar biográfico o, como es el caso, por paisanaje.

El turiasonense Samuel Marqueta, residente en Ainzón, descubrió un buen día a Zapata, se armó de paciencia y, medio por juego, medio por rutina, con la obsesividad que estas aficiones deparan, fue acumulando una información que, sin duda, es la más completa nunca reunida sobre el poeta y dramaturgo aragonés.

La circunstancia de que quien suscribe fuera el único autor que durante las últimas décadas hubiera publicado algunas páginas sobre Zapata propició que Samuel me buscara y encontrara lo que, además de algunas sugerencias y nimios retoques, terminó con el encargo de unas líneas introductorias.

De más está decir que Zapata* es un desconocido para sus coterráneos y no digamos fuera de su tierra natal. En ella, al menos, puede sonar su nombre gracias a la calle que se le dedicó en el zaragozano barrio de las Delicias y hasta algún paseante desocupado -por supuesto, muy excéntrico- habrá reparado en su nombre grabado sobre el pedestal que, desde los Pilares de 1928, sostiene uno de los bustos de ilustres olvidados que ornan la céntrica plaza de Aragón. Sin embargo, Zapata hace trece o catorce décadas fue uno de los autores dramáticos más representados en España y obras como La capilla de Lanuza, El anillo de hierro o El reloj de Lucerna nutrieron durante muchos años los repertorios de los cientos de compañías teatrales que hasta mediados del siglo pasado llevaban el teatro a todos los rincones del país.

Miembro de la generación de ilustres republicanos aragoneses a la que pertenecieron Eusebio Blasco**, Luis Blanc, Pedro Marquina***, Antonio Torres-Solanot, Gascón y Guimbao o el propio Joaquín Costa**** -sólo cuatro años menor que él-, Marcos Zapata pasó de una infancia rural a los Escolapios y estudiar Leyes pero, sobre todo, a sentir una de esas arrebatadoras vocaciones literarias que, por entonces, culminaban en el viaje a Madrid y la vivencia bohemia de la que Zapata fue uno de los principales abanderados. De hecho, las anécdotas y chascarrillos protagonizados por él constituyeron casi un subgénero en las innumerables revistas satíricas de su tiempo, aunque en sus últimos años lo que fuera desnortada trayectoria, con peregrinajes a Cuba y la Argentina, giró para convertirlo en algo parecido a un probo funcionario.

Es verdad que la escritura de Zapata, como la de buena parte de sus colegas del siglo XIX, nos aparece hoy como impostada y que sus pujos rebeldes andan afectos de una retórica campanuda muy lejana a la expresión actual. Tampoco la sátira ni el verso andan en uno de sus mejores momentos, con lo que habría que preguntarse qué le queda a don Marcos para suscitar la atención del presente. Pero lo mismo podríamos decir del otro autor señero que ha dado el pueblo de Ainzón en su historia y, en este caso, mucho más recientemente, Alfredo Mañas (1924-2001), cuyo apellido, por cierto, fue también el de la madre de Zapata. Mañas fue un autor a la vez popular e innovador, hombre de éxito en la televisión, la radio y el teatro, que estrenó obras de tan buena recepción por parte de crítica y público como La feria de Cuernicabra o La historia de los Tarantos. Y ¿quién se acuerda hoy de Mañas o se le ocurre publicar las obras que dejó inéditas? Ainzón, el municipio del zaragozano Campo de Borja, con sólo mil trescientos habitantes, seguirá siendo más famoso por su espléndido vino que por sus dos escritores.

Nada de eso ha arredrado a Samuel Marqueta, que ha seguido minuciosamente los pasos del objeto de su estudio y ha enfocado el trabajo regido por la claridad del marco cronológico, por lo que podemos seguir la trayectoria vital y literaria de Zapata de manera progresiva. Todo ello sustentado por una gran cantidad de documentos, que se reproducen o transcriben junto a muy numerosos textos desconocidos o ausentes en los repertorios publicados acerca del escritor, en buena medida, de difícil acceso para el infrecuente curioso. Igualmente, se transcriben testimonios de otros autores que enriquecen poliédricamente la información acerca de la personalidad del creador aragonés. No falta, afortunadamente, el índice onomástico, que tantas veces hay que reclamar. En este caso, a la vez que beneficia y facilita las consultas, evidencia la amplitud de fuentes y documentos manejados.

La bibliografía de Marcos Zapata no es parca en entradas pero sí en contenidos. Este trabajo corrige este aserto, ofrece vías de asedio a otros investigadores y constituye, sin duda, la más exhaustiva pesquisa emprendida acerca de uno de los más característicos y, a la vez, preteridos autores de la literatura aragonesa contemporánea.

*https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/04/19/centenario-de-marcos-zapata/

**https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/08/20/eusebio-blasco/

***https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/11/16/pedro-marquina-1834-1886-en-la-bohemia-del-siglo-xix/

****https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/09/14/joaquin-costa/

 

Zapata, Marcos-Colección de obras dramáticas

Pedro MarquinaArrastrando una borrachera de lustros, Pedro Marquina, una noche en la que excepcionalmente debía llevar algún real por el bolsillo, pidió cama en una herrumbrosa casa de dormir. Y se murió. La patrona, ayudada de algún voluntario, debió bajarlo a la calle para evitarse interrogatorios y complicaciones. Cubierto por la nieve encontraron al amanecer el cadáver.

Malo para el personaje es que quienes escribieron alguna página sobre él, aludan a esta clase de acontecimientos, sin embargo, Pedro Marquina había estrenado muy numerosas obras, algunas de ellas clásicas en el repertorio de las compañías de la época, había sido poeta querido y citado por Zorrilla, con el que colaboró en alguna obra, y durante algún tiempo fue tenido entre los escritores de moda, llegando a estrenar media docena de piezas en un solo año.

Pedro Marquina Dutú había nacido en la Zaragoza de 1834. Expulsado del seminario, derivó hasta la Villa y Corte e ingresó con auténtico furor en la que se puede considerar primera bohemia madrileña, la del Romanticismo. No fue la elección de este áspero camino recurso de fracasado sino opción vital, pues sus primeros escarceos en el teatro tuvieron buena respuesta y obras como El poeta de guardilla, Palabra de aragonésEl arcediano de San Gil fueron muy representadas en su época. Esta última, estrenada en el teatro Martín, fue una de las más clásicas obras de repertorio a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. En ella un arcediano se niega a dar sepultura al padre de una muchacha si no accede a tener negocio carnal con ella. Pedro I de Castilla, que anda de incógnito, se entera del caso y manda enterrar vivo al susodicho arcediano, que no era trigo limpio. Éste se quejaba:

-¡Tratar así a un arcediano!Marquina, Pedro,El arcediano de San Gil002

¿Qué dirá el pueblo ofendido?

Y el rey respondía, entre la aclamación de un público entonces bastante escamado con la clerigalla:

-Sentirá que no haya sido

el Pontífice romano.

Pero no todo es granza en este corral. He examinado una buena parte de las obras abajo citadas -lo que aunque no espero que se me reconozca, sí que se me compadezca- y la única disculpa que les encuentro es ser contemporáneas al teatro de Tamayo y López de Ayala. De La voz del deber, comedia de ambiente aragonés, lo más ilustrativo es el comentario final del entonces -como tantas otras veces en nuestra historia- preceptivo censor: un tal Narciso S. Serra, poetastro, además, bastante conocido en su tiempo: “Examinada esta comedia, (muy bien escrita) no hallo inconveniente en que su representación se autorice”. No eran, ni mucho menos, frecuentes estos juicios estéticos por parte de tales funcionarios y algo nos ilustran acerca de lo liso de sus meninges. En Palabra de aragonés es el tema de la boda de conveniencia a la que se opone el baturro “bruto y tozudo como mi macho” lo que, al parecer, deparó su extraordinario éxito en el madrileño teatro Recoletos, a no ser que el público estimase rimas como la de “Calatayud” con “ataúd” que, a lo peor, no hubiera desdeñado uno de los augurales modernistas. Al menos, la obreja abunda en dialectalismos y denota facilidad de versificación, que eso sí hay que reconocerle a Marquina.

Un cosechero riojano entrevera la ideología con la boda de interés: el padre, carlista ultramontano, ha prometido su hija a un viejo hacendado más bueno que el pan. Sin embargo, ella anda enamorada de un joven liberal del que el padre abomina. Pero he aquí que el viejo hacendado es un corazón de oro y, enterado del amor de los jóvenes, decide renunciar y apadrinarlos con lo que el padre ultramontano, seguro el condumio, deja a un lado sus convicciones políticas.

¡Viva Cuba española!, “dedicado a los leales habitantes de Cuba y Puerto Rico”, arrima el ascua al molino nacional. La controversia antillana andaba en plena efervescencia y Marquina no vacila en dar el papel de malvado a Roberto, un criollo cruel y aleve que trata a los negros a lonjazos, mientras que el bueno es un capitán español que pretende la mano de Tula y, sobre todo, la herencia que arrastra. La mano del poeta nos da en pocos versos el planteamiento:

Roberto: Por última vez el sol

va usté a ver

Pedro:    Alarde vano

Rob:       Fui negrero y soy cubano

Ped:        Soy militar y español.

La cosa termina mal para los insurrectos y don Pedro da fin entusiásticamente a la obra con una arenga poco profética:

           …Así los hijos dirán

de esta tierra bendecida:

¡Viva la patria querida

de Cortés y de Guzmán;

y cruzando ola tras ola

el grito de los hispanos,

dirá: “¡Vivan mis hermanos!

¡y viva Cuba española!”

Marquina incurrió también en la poesía y la verdad es que a uno le hubiera gustado hincar el diente a su inencontrable poema La cadena del vicio, en el que era tan avezado, aunque Cejador dictamine que se trata de “un poema destartalado y sin interés”.

Pelayo del CastilloFue Pelayo del Castillo, otro bohemio impenitente, su más habitual compañero de correrías tabernarias. Chascarrillos y desventuras de ambos poblaron los recuerdos de los pocos que se animaron a dejarlos por escrito. Hay coincidencia en que don Pedro, además de dipsómano y premioso de palabra, era muy goloso. Tanto que, en una ocasión y acuciado por su laminería, vendió los derechos de Rosa y clavel a un pastelero de la Cava Baja. Al ir éste a presentar el recibo, se encontró con que don Antonio Croselles, empresario del teatro Recoletos, le entregaba la, para el tendero, desorbitada cantidad de trescientas y pico pesetas.

Pelayo del Castillo murió antes que Marquina (Enero de 1883) y éste acudió a Romero Robledo, admirador del poeta valenciano, para darle la noticia. Como es de rigor en tales casos, el político se conmovió, abominó de la injusticia del tiempo, que dejaba en la indigencia a sus mejores cabezas, y le entregó un dinero para que las exequias fueran rumbosas. Como era de esperar, el monto se dilapidó en tabernas y el entierro resultó más grotesco que otra cosa. En las cuartillas que entonces se leían con ocasión de cualquier acto e, ineluctablemente, de un sepelio, figuraban los siguientes versos:

             …y con grandes paletadas de tierra

                 va a cubrirlo el sucio sepulturero.

Éste que se vio, sin comerlo ni beberlo, aludido de tal manera, muy encalabrinado y amenazando al poeta con la pala, aducía que no era propio del caso hablar de que fuera limpio o sucio; estaba allí para enterrar y no había que pedirle otra cuenta. Con unos reales a tiempo, se consideró limpio de alusiones.

Volviendo a su muerte, hay que decir que, pese a lo que cuentan autores como Vicente García Valero y Juan López Núñez y a lo que se aludió en el primer párrafo, Pedro Marquina murió a las 12 horas del 23 de Agosto de 1886 -fecha en la que es difícil pensar en nieves- y en el hospital donde se hallaba ingresado tras haber sido encontrado exánime  en el portal número 11 de la calle de Lavapiés (El Imparcial, 24-VIII-1886). Su entierro fue sufragado por la Asociación de Escritores y Artistas y el duelo fue presidido por el poeta Gaspar Núñez de Arce. El que después sería encumbrado poeta y dramaturgo, Eduardo Marquina, sobrino de don Pedro, tenía por entonces siete años. 

Marquina, Pedro,Esquela La Correspondencia de España 30-9-1886003

Leer hoy las pocas obras de Marquina que pueden encontrarse es empresa sólo recomendable para amantes de la erudición y buscadores del pintoresquismo o del humor que puede encontrarse en el exceso. Como uno se ha tomado algún trabajo en tales excentricidades, cumplo con comunicarlo a sabiendas, gozosas, de que otros vendrán que malo me harán.

Café de Levante x Alenza

                                                                 OBRA

El laurel de Érato (cuadro mitológico) -con música de Cecilio Sanmartín-, Barcelona, Tip. de Jaime Jesús, 1867.

Una herencia de gloria (apropósito en honor a José Zorrilla), Barcelona, Narciso Ramírez y Cía., 1868.

La voz del deber (comedia), Barcelona, Narciso Ramírez y Cía., 1869.

Las faltas de los padres (drama), Barcelona, Narciso Ramírez y Cía., 1869.

La espada de Berenguer (drama histórico, con el seudónimo de José Julián), Barcelona, Tip. de S. Manero, 1869.

Un cosechero riojano (drama), Madrid, Imp. de S. Landáburu, 1871.

El sitio de París (drama) -con Eloy Perillán-, Madrid, Imp. de José Rodríguez, 1871.

El primer beso (drama), Madrid, Imp. de P. Abienzo, 1872.

Un corazón de oro (comedia), Madrid, Imp. de S. Landáburu, 1872.

El sueño de la vida (comedia de magia) -con música de Joaquín Valverde-, estr. en 1872.

El arcediano de San Gil (episodio dramático histórico), Madrid, Imp. de José Rodríguez, 1873.

Carne (drama), estr. en 1873.

El grano de trigo (comedia), Madrid, Imp. de Julián Peña, 1874.

El poeta de guardilla (comedia), Madrid, Imp. de José Rodríguez, 1874.

El mejor derecho (drama), Madrid, Imp. de Pedro Abienzo, 1874.

Diente por diente (drama), estr. en 1874. / Madrid, Imp. de Pedro Abienzo, 1875.

Un padre de familia (comedia), Madrid, Imp. de P. Abienzo, 1875.

El nieto del ciego (balada), estr. en 1875. / Madrid, Imp. de José Rodríguez, 1881.

¡Viva Cuba española! (drama) -con José Olier-, Madrid, Imp. de F. García y D. Caravera, 1876.

El corazón de un baturro (comedia), Madrid, Imp. de Pedro Abienzo, 1876.

La cabeza y el brazo (comedia), Madrid, Imp. de Serafín Landáburu, 1876.

El amigo de los pobres (comedia), estr. en 1876.

Sangre villana, estr. en 1876.

Papel impreso (poesías), Madrid, L. C. Conde y Cía., 1878.

La torrecilla del leal (drama), estr. en 1881.

La mina de oro (cuadro dramático), Madrid, Imp. de José Rodríguez, 1881.

Palabra de aragonés (comedia), Madrid, Enrique Arregui, 1882.

Un hombre de bien (comedia), Madrid, Imp. de F. García, 1882.

La sotana rota (drama), estr. en 1883.

Rosa y clavel (balada) -con música de Isidoro Hernández-, estr. en 1884.

El reo (poesía), 1884.

La cadena del vicio (poesía), Madrid, 1884.

La redención de un alma (drama), estr. en 1888.

Para palabra, Aragón (zarzuela, arreglo de la comedia Palabra de aragonés) -con música de Isidoro Hernández-, estr. en 1888. / Madrid, Enrique Arregui, 1889.

Marquina, Pedro, Para palabra, Aragón001

 

                                                          BIBLIOGRAFÍA

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-, “Pedro Marquina”, Galería del olvido, Zaragoza, Cremallo de Ediciones, 2001, pp. 17-24.

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-CEJADOR Y FRAUCA, Julio, Historia de la lengua y de la literatura castellanas, tomo VIII, Madrid, Gredos, 1972, pp. 409-410.

-COMÍN GARGALLO, Gil, “Padrón sintético de escritores aragoneses”, El Noticiero, 25-VIII-1968.

-CORTÓN, Antonio, “Mi biblioteca: los bohemios”, La Vanguardia, 11-XII-1900, p. 5.

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-FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS DE MADRID-INSTITUTO MIGUEL DE CERVANTES, Veinticuatro diarios (Madrid, 1830-1890): artículos y noticias de escritores españoles del siglo XIX , tomo III, Madrid, Universidad de Madrid-CSIC, 1968, pp. 147-149.

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-GARCÍA VALERO, Vicente, Dentro y fuera del teatro, Madrid, Lib. de Victoriano Suárez, 1913, pp. 241-253.

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-RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, Tomás, Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Fundación Universitaria Española, 1994, pp. 356-357.

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Publicado en Galería del olvido, Escritores aragoneses. Zaragoza, Cremallo de Ediciones, 2001, pp. 17-24. Se actualiza texto y bibliografía.

Sereno h. 1875