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Publicado en Aragón Digital, 16/17-VII-2020.

Hace quince años la Asociación Mariano de Cavia me otorgó su premio por un artículo que publiqué en memoria del periodista aragonés, con motivo del 150 centenario de su nacimiento. No me dieron, en cambio, los diez mil euretes del premio Mariano de Cavia de Periodismo que otorga la empresa editora del ABC, no sé si porque me tienen manía o porque no me presenté. El caso es que desde aquel artículo, hasta ahora que se cumple el centenario de la muerte, no he visto otro que recordara al que fue el periodista más admirado y famoso de la época de intersiglos, que fue también la época de oro de la prensa en España.

Realmente, la suerte póstuma de Cavia no se correspondió con su prestigio en vida. Poco después de su muerte aparecieron tres antologías, Limpia y fija (1922), una selección de sus artículos en torno a temas lingüísticos –fue ejemplar su magisterio en el uso correcto de la lengua-, Chácharas y Notas de Sobaquillo, ambas de 1923.

Nacido en la zaragozana calle de la Manifestación e hijo de un notario, se inició en el periodismo zaragozano, mucho más agresivo e independiente que el que hoy se estila. Aun así, cuando murió su padre, quiso alejarse de una ciudad que no toleraba bien sus invectivas y sátiras. Llegó a Madrid en 1880 y pronto hizo populares los seudónimos de Sobaquillo y Un Chico del Instituto. Al poco, se lo disputaban los diarios más notorios y, tras una temporada en el Heraldo de Madrid, pasó a El Imparcial, donde permaneció casi tres lustros. En poco tiempo, logró un puesto preeminente en el escalafón –”el primero de cuantos hemos escrito en la prensa”, dijo Ortega Munilla–, tanto por su cultura e ingenio como por su estilo y personalidad. Admirativamente se comentaba que su estipendio ascendía a una peseta por palabra.

En 1917 fue fichado por el naciente El Sol como cronista de prestigio. El primer artículo de Cavia en el número inaugural (1-XII-1917) fue modélico: un programa del propósito modernizador y europeísta del que llegó a ser mejor diario español de su tiempo. En 1916, había sido elegido académico de la Lengua. El zaragozano arrastraba serios problemas de salud desde 1915, año en el que sufrió una trepanación, y sus dolores fueron en aumento hasta necesitar desplazarse en silla de ruedas. En julio de 1920, se encontraba reposando en el balneario de Alhama de Aragón y un agravamiento hizo que se le transportara al sanatorio del Doctor León, donde falleció a las cuatro de la mañana del día 14. Zaragoza reclamó su cuerpo para darle tierra en el cementerio de Torrero y se le erigió un busto en la plaza de Aragón.

Hombre de ideas avanzadas en lo social, aunque a menudo contradictorio, Cavia,  no quiso ser otra cosa que periodista, como estampó García Mercadal, y pocas veces ha estado tan justificado el remoquete de maestro al que tan frecuentemente se le asociaba. No tuvo otras aspiraciones y ni siquiera llegó a tomar posesión de su sillón en la Academia. Retraído y agresivo, inteligente y temeroso, justiciero y arbitrario, ocultó sus amarguras y no plasmó su intimidad en sus escritos. Con fama de escritor festivo pero fino, dio lugar a panegíricos tan rimbombantes como el de Bonilla Sanmartín: “por su galano estilo y por ser maestro en el bien decir, ocupa lugar preeminente, después de Fígaro, en el periodismo español”.

Una de las razones de su popularidad fue su labor como crítico taurino, que comenzó a ejercer en el periódico zaragozano en el que se inició. Con el sobrenombre de Sobaquillo, alcanzó una de las cumbres del género. Utilizó otro de sus seudónimos, Un Chico del Instituto, para sus artículos en torno a la corrección lingüística, en los que sensatez y jactancia se juntaban con cierta superficialidad, seguramente demandada por los lectores de la época. Como se ha dicho arriba, muchos de esos textos, entre censorios y catonescos, en cierto modo antecedentes de los de su paisano Lázaro Carreter, los recogió en Limpia y fija.

Cavia, al contrario que quienes con él fueron los columnistas más admirados y fecundos del siglo XX, González Ruano y Umbral, no escribió libros sino que se limitó a agrupar sus artículos, muchas veces con el mismo título de la sección en la que aparecían en el periódico. Incluso su única obra de creación, Cuentos en guerrilla, reunió textos impresos en El Liberal. No se animó tampoco a juntar sus poesías, que dejó diseminadas por muchas publicaciones. Regeneracionista pero taurino, de inmensa curiosidad y, sin embargo, poco adicto a profundizaciones, artífice de una lengua purista y precisa pero poco ambicioso en su tratamiento, hombre de café pero tirando a huraño, irreligioso pero pilarista, fue una contradicción viva, una inteligencia a la que tocó lidiar con un tiempo y un país que sus escritos ayudan a entender mejor.

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/02/24/imagen-de-mariano-de-cavia-1855-1920-en-su-sesquicentenario/

(Publicado en Clarín nº 147, junio 2020, pp. 25-29)

Ruano entre dos amigos, Emilio Mesejo y Ezequiel Endériz

 

 

 

Leo en La mañana, un periódico turolense con fecha 3-3-1931, cuarenta y dos días antes de proclamarse la II República:

INCIDENTE ENTRE PERIODISTAS: “Un periódico de la noche da cuenta de que en un café de la Puerta del Sol se golpearon el redactor de La Tierra, Ezequiel Endériz, y el de «Heraldo», señor González Ruano. Este último rodó por el suelo y resultó con múltiples golpes en diversas partes del cuerpo, que, a patadas y bofetadas le propinó su contrario. El motivo parece ser un artículo de González Ruano publicado en su periódico, con ocasión de la muerte del actor Emilio Mesejo, artículo que mereció la repulsa de gran parte del público, y que comentó en este sentido, en La Tierra, su redactor Ezequiel Endériz”. 

El café debía de ser el de Puerto Rico, situado en el nº 3 de la Puerta del Sol , frecuente lugar de arribada tanto de actores como de Ezequiel Endériz, el agresor que, ya avanzada la Guerra Civil, dedicó al establecimiento un interesante artículo en el  periódico valenciano Umbral. Entre otras cosas, allí se preparó el atentado que en 1921 segó la vida del presidente del Gobierno, Eduardo Dato. No hubo denuncia ni consecuencias ulteriores por la citada agresión de periodista a periodista. Ruano que, obviamente, tenía una buena parte de masoquista, no sólo dio de lado el asunto sino que en sus memorias escribe acerca de Endériz, al que encontró en el París ocupado:

“…navarro de vida agresiva y valiente, bastante desgarrada, había sido en España enemigo mío, pero nos entendimos bien desde el primer momento y hoy es una de las personas a quienes recuerdo, de aquella vida de París, con cariño fraternal (…) En la nostalgia honda e insobornable de la tierra española le ganaba[1], sin embargo, Endériz, y esto era una de las cosas que más me unía a este revuelto tudelano que, entre otras cosas, versificaba en los cafés y en tascas de París sus melancolías españolas de viejo condotiero de la Puerta del Sol. Como navarro, al fin y al cabo, en cuanto bebía se ponía triste y cantaba con un vozarrón macho y altivo”.

Bien debía de conocer César las peripecias biográficas de su antiguo vapuleador porque esta semblanza retrata bastante aceptablemente al tudelano, hombre polifacético que, incluso tuvo un protagonismo indiscutible en la jota navarra, pues suyas son las letras –o, al menos, él las adaptó del acervo popular- que cantó y grabó en los años treinta Raimundo Lanas, el mayor de los creadores de la jota navarra, antes de su temprana muerte el último día de 1939.

No olvidemos, sin embargo, a quien, inculpablemente, propició el episodio del descalabramiento de Ruano. Emilio Mesejo (Alcalá la Real, 1864-Burgos, 1931) es uno de los más populares actores del teatro español en su etapa más vigorosa. Fue su padre, José, quien lo empujó de niño a las tablas y, desde entonces, protagonizó innumerables obras del género chico que, a fines del siglo XIX, exportó a la Argentina, donde durante una larga temporada fue uno de los actores españoles más conocidos. Al regresar, y en lento retroceso su género, se pasó a la comedia, primero con la compañía de María Guerrero y después con la de Enrique Borrás. Además de sus innegables valores actorales, Emilio Mesejo era consumado bebedor, lo que no era nada infrecuente entre la familia escénica. Recuérdese el caso del popular actor cómico, Julio Ruiz, que hasta se reía de sí mismo, escribiendo piezas en las que se despelotaba de sus propias conductas y especial afición al morapio[2].

González Ruano, con el antetítulo “Lo patético y lo bufo”, había escrito la necrológica de Mesejo en Heraldo de Madrid[3], el 23 de febrero de 1931, un día después del fallecimiento del comediante. Fue una embolia que lo arrebató del mundo en la pensión burgalesa donde se hospedaba. El artículo, excelente como tantos de Ruano, destila simpatía por el actor, conocido del periodista, quien le debía de haber prestado ayuda económica en alguna ocasión, pero no oculta el alcoholismo ni la condición bufa y, a menudo, mísera de Mesejo en esa época, lo que debió de encorajinar a sus compañeros de profesión y  amigos. Endériz no se contentó con denunciarlo en su periódico, el muy extremista diario La Tierra, sino que aplicó su “justicia” en directo y a la vista del público para que la humillación fuese más honda.

Ezequiel Endériz

Nacido en Tudela (1889) y fallecido en el exilio parisino (1951) fue hombre asaz contradictorio, aunque no en sus ideas que anduvieron siempre en los frentes más reivindicativos. Tropecé por primera vez con su nombre al realizar la biografía de Raquel Meller porque escribió varias canciones para ella y fue muy amigo y parece que confidente suyo, quizá por la relación que unió a Ezequiel con Enrique Gómez Carrillo, primer marido de la artista, a raíz del encuentro de ambos en el París de 1910. Raquel y Ezequiel, aunque abandonaron pronto sus lugares de origen, eran medio vecinos (Tarazona y Tudela sólo distan 23 kilómetros) y sólo se llevaban un año. Coincidieron, además, en Barcelona, donde Raquel llegó antes, y ella ya andaba por los escenarios cuando lo hizo Ezequiel hacia 1907. Como la visceral rebeldía del navarro invitaba a pensar, sus veinte años lo llevaron a inmiscuirse de hoz y coz en los sucesos violentos de la Semana Trágica. Un capitán lo identificó, fue encarcelado y, al poco tiempo, liberado, parece que a consecuencia de un error del juez correspondiente. Temiendo la revisión, marchó a París, donde se relacionó con Gómez Carrillo y otros exiliados. El 26 de septiembre de 1910 en el cuartel Roger de Lauria de Barcelona se vio el Consejo de Guerra por injurias al ejército. Le cayeron seis meses pero su caso entró en el indulto de final de año.

Antes de trasladarse a Madrid, Endériz se buscó la vida en El Liberal de Barcelona con una actividad tan poco rebelde como la crítica taurina y el seudónimo de “Goyo Faroles”, nombre de un personaje de Anita, la risueña, una zarzuela cómica de los Quintero estrenada a finales de 1911. A partir de aquí, su actividad difiere muy poco de la de tantos letra-heridos, pululando entre la poesía, el teatro y el periodismo de la época, en su caso, completada con la lucha social. Los versos de Abril (1911) formaron su libro inaugural; Vengadoras (1912) fue su primera novela; Nubes de la sierra (1914), su primer estreno y Belmonte, el torero trágico (1914), su primer trabajo periodístico en formato de libro, prologado por el tan pintoresco como temible Prudencio Iglesias Hermida, con el que antes había disputado. A lo largo de su vida totalizó una quincena de libros y una docena de obras estrenadas[4], muchas veces en colaboración

La Favorita

con su amigo, el también periodista navarro Víctor Gabirondo, amén de escribir la letra de casi un centenar de composiciones musicales llevadas al escenario por figuras como Raquel Meller, Raimundo Lanas y otras, como Ofelia de Aragón, La Zazá, La Favorita, que también fue su amante, La Goya, Resurrección Quijano, Lola Membrives, Consuelo Hidalgo, todas con algún peso en el mundillo de las varietés. Actividad la de letrista que, seguramente,  proporcionaría a su autor más rédito que las anteriores. Por su parte, él siempre anduvo cerca de los nutritivos entretelones de las sociedades de autores. Se le pudo tildar y se le acusó de muchas cosas, pero nunca de pánfilo.

Adicto a cualquier tipo de enfrentamiento y de polémica, las tuvo con Villaespesa, traductor de una obra de Julio Dantas que su autor había concedido en exclusiva a Endériz y Gabirondo; también, con el comediógrafo aragonés Atanasio Melantuche, igualmente, por cuestiones de derechos, aunque terminaran amistándose y nunca le faltaron ganas y arrestos para inmiscuirse en cualquier tipo de bochinche ideológico o sindical. De hecho, colaboró en los periódicos más explosivos de la época y bastaría citar los nombres de algunos de ellos, particularmente exagerados, cuyas anécdotas y facecias aparecen por doquier en los libros que recuerdan la época: Revolución, El Parlamentario, Los Comentarios, El Soviet, Las Izquierdas… De Endériz es el mérito de haber firmado la que quizá sea la primera obra publicada en España sobre el acontecimiento que terminó con la dinastía zarista: La Revolución rusa (Sus hechos y sus hombres). Publicada a finales de 1917 con prólogo de Luis Araquistain, en la madrileña editorial Mateu, sus 169 páginas analizan con asombrosa cercanía temporal los acontecimientos de los meses anteriores. El volumen se refiere a los hechos acaecidos entre febrero y octubre de ese año, en los que la figura principal fue Kerenski, a quien Endériz defiende expresando su confianza en él y también en Lenin, apoyando sus argumentos con la efímera creencia de que esa revolución no había fusilado a nadie.

Poco tardaría la realidad en desmentir sus impresiones. Trece meses después, en el número correspondiente a enero de 1919 de la revista Cosmópolis, dirigida por su amigo Enrique Gómez Carrillo, que en 1916 había prologado su segundo libro lírico, La travesía del desierto y otros poemas, Endériz publicaba el artículo “La penetración de las ideas bolchevikis (sic) en España” (pp. 74-80). En las primeras líneas del mismo ya anticipaba:

“De los frutos de esta guerra de desolación que acaba de finar, ninguno tan contagioso y tan grave para las bases de la actual sociedad como ese bolcheviquismo”.

El autor considera que el movimiento tiende a destruir la civilización europea porque se nutre de primitivas doctrinas afroasiáticas y cita a Gabriel Alomar, con el que se carteó, para denunciar “el doctrinario leninista y el cristianismo, también fuertemente antieuropeo”. La condición de España como el país espiritualmente menos occidental de Europa y su propensión al misticismo la hacen terreno abonado para la expansión de tales ideas. Por otro lado el español otorga mucha más importancia a la igualdad que al resto del trío: libertad y fraternidad. Si para lograr la igualdad es preciso, acepta la “voluptuosidad” de la tiranía. La fraternidad no es compatible con nuestra característica envidia. Tanto por ello como por el altamente justificado odio a la autoridad: “Todo régimen sentado en la igualdad hace prosélitos en España (…) igualdad hasta para el infortunio”.

Otras frases, si no plenamente originales, sí muestran el talento periodístico y la fuerza de estilo del navarro: “El pueblo no cree aquí en las aristocracias. La de la sangre le parece grotesca, cosa cómica; la del talento, la recela y la teme; la del dinero, la odia”. Así, habiendo españoles que “sueñan hoy con un régimen de terror, copia del de Lenin y Trotsky, del que esperan un torrente de justicia”, estima que España está en vías de que tales doctrinas se impongan.

Por entonces, Endériz presidía el Sindicato de Periodistas de la UGT y encabezó la huelga  profesional que terminó con la fundación de La Libertad, diario nacido el 13 de diciembre de 1919, por la defección de un numeroso grupo de periodistas de El Liberal. Con diversos bandeos ideológicos, según cambiara la propiedad, el nuevo rotativo estuvo más próximo al sindicato libertario que al socialista y fue uno de los periódicos madrileños más significados hasta el fin de la guerra civil, y Endériz, uno de sus más estimados redactores, que también iría acercándose a la CNT, aunque no militara en ella hasta la II República.

Para el ejército español y para Endériz, 1921 fue un mal año. Tras el desastre de Annual, fue enviado a cubrir la información bélica en Marruecos pero la muerte de su mujer, Manuela García Junco, de 25 años, con la que hace poco había matrimoniado, le forzó a abandonar el Rif con urgencia. Regresó, estuvo herido por caer del caballo, fue encarcelado y, finalmente, expulsado de Marruecos junto a otro escritor, Guillermo Hernández Mir, porque el tono de sus crónicas no agradaba al gobierno. Cuando se quería silenciarlo, siempre se recurrió a reabrir cualquiera de los muchos expedientes en los que durante la década anterior había estado incriminado. En este caso, uno de 1917 por haber gritado “¡Viva la República!” en un mitin en Barcelona, de lo que pronto fue absuelto. Su carácter independiente le indujo a abandonar La Libertad en octubre de 1922, cuando, por la entrada de capital nada limpio, dudó de la independencia del diario. Un mes después, con otros redactores, fundaba y dirigía el Diario del Pueblo, que no tuvo éxito. La Acción y Heraldo de Madrid, donde un artículo de su autoría provocó un juicio por injurias a Cambó, del que también fue absuelto, fueron otras cabeceras que le permitieron satisfacer su imperativo categórico, antes de acogerse a la refundación de La Tribuna, diario de la noche que,  bajo la dirección de Salvador Cánovas Cervantes, había funcionado entre 1912 y los inicios de la década siguiente y que el 30 de abril de 1924 reaparecía bajo la batuta de Endériz. Tampoco resultó muy longevo el proyecto.

El culo inquieto del tudelano lo llevó a recuperar sus veleidades escénicas y varietinescas y escribir sobre teatro, de nuevo en Heraldo de Madrid, a conspirar dentro de un orden -el de la Dictablanda-, a proponer la celebración del Día del Periodista y a intimar con Blasco Ibáñez –la república en el horizonte- con el que se retrató en la que dicen es la última fotografía del novelista valenciano. Endériz tuvo la capacidad de amistarse a la vez con Sanjurjo y con Franco, el aviador. A los dos golpistas los había tratado en Marruecos y, sin duda, también trataría al tercero en discordia. El caso es que anduvo medio implicado –al menos, el juez lo llamó a declarar- en la asonada de Cuatro Vientos en diciembre de 1930.

Inmediatamente, Ezequiel Endériz se inmiscuyó en la fundación de otro diario, La Tierra, la empresa periodística en la que duraría más tiempo, aunque no demasiado. El inspirador era de nuevo Ninini (Cánovas Cervantes) y desde su primer número (Año Nuevo de 1931), fue un ariete contra la moribunda monarquía y, una vez extinta ésta, contra el PSOE, con especial aversión a la figura de Indalecio Prieto y bastante cercano a las posturas cenetistas. Quizá su mayor popularidad la alcanzó el diario con los reportajes publicados entre julio y septiembre de 1933, sobre el asesinato de Hildegart perpetrado por su madre, firmados por Eduardo de Guzmán y el propio Endériz, que también llevaba una jugosa sección con el nombre de “Tic-Tac”. En octubre, Cánovas y Guzmán encabezaron una candidatura, abundantemente publicitada en su diario, por el Partido Revolucionario Social Ibérico, fundado en 1932, con el que se presentaron sin éxito, por el distrito de Sevilla. Cumplidos los tres años en esta batalla, La Tierra anunciaba el 23 de febrero la retirada del compañero Ezequiel Endériz para dedicarse a tareas literarias. 

Fueron sin embargo, sólo un par de libros los que publicó en los dos años que faltaban para la guerra, El pueblo por Azaña: del Ateneo ¡hasta el gato! y Guerra de autores. En éste cuenta todos los manejos que hubo en estas generalmente poco claras entidades en las que él anduvo casi siempre entrometido. De hecho, era el Secretario de la recién creada Sociedad de Autores del Libro y de Prensa y director técnico de una Oficina de Relaciones Cinematográficas y Teatrales, donde, sin duda, se gestionaba más guita. En cuanto al libro sobre Azaña, todo venía de otra salida de madre del navarro que en La Tierra había calumniado a Azaña, de manera más bien rastrera, adjudicándole hechos inciertos, como la crueldad con los animales y el odio a su propia madre, cosa que el político alcalaíno recordaría amargamente en sus escritos. Ahora había llegado la hora de rectificar.

Como para casi todos, la guerra fue para Endériz un carrusel vertiginoso. Nombrado,  junto a los anarquistas Fernando Pintado y Liberto Calleja, como enlace de las comisiones periodísticas de la CNT con la UGT, vivió en primer plano la multitud de conflictos consiguientes. En Solidaridad Obrera sostuvo la sección “La máscara y el rostro”, fue el presidente de la agrupación “Amigos de Méjico”, que organizó varios homenajes al país presidido por Lázaro Cárdenas, y hasta escribió un libro, Teruel (1938), cuya parte más optimista se felicita de lo bien que se retiraron los milicianos tras la definitiva pérdida de la capital bajoaragonesa.

Al finalizar la contienda el combativo periodista cumplía el medio siglo y bien podía decir que las tres últimas décadas las había vivido en medio de la vorágine española. Quedaba el rumiarlo, que fue la digestión de gran parte de los exiliados que escaparon de la represión y encontraron la guerra mundial. Por una parte, Endériz se ocuparía en contrarrestar los manejos comunistas para hacerse con el control de la Asociación de Periodistas Republicanos Españoles. Por otra, seguiría escribiendo en Solidaridad Obrera, L’Espagne Républicaine y otros medios del exilio. Lo que más trascendió fue su participación, con el seudónimo Tirso de Tudela, en las emisiones internacionales de Radio París, especialmente en el programa político-folklórico-cultural “La rebotica”, junto al cura vasco Alberto Onaindía, quien había denunciado internacionalmente el bombardeo de Guernica. También sucedería al anarquista Antonio Fernández Escobés como director de la colección de narraciones cortas “Los novelistas españoles” que se editó en Toulouse desde 1947 a 1949. En enero de este último publicó la última de dicha serie, El cautivo de Argel, obviamente referida a Cervantes, que sería su penúltima obra. La postrera, en este mismo año, Fiesta en España, libro en el que recoge en forma de breves ensayos un florilegio de sus intervenciones radiofónicas en torno a la canción popular, el folklore y las fiestas españolas.

Cuando el 8 de noviembre de 1951 moría Ezequiel en París un jueves de otoño, no sé si con aguacero, a punto de cumplir los 62 años y dejando varios libros sin editar, su viejo amigo-enemigo César -entonces con 48 años y que, también con 62, moriría catorce años más tarde- había publicado alrededor de 75 obras y era ya el periodista más popular de España. 1951 fue el año de publicación las citadas memorias, Mi medio siglo se confiesa a medias, en las que Ruano recordaba a Endériz con “cariño fraternal”. Póstumamente, se publicó el diario de César[5], donde el día 9 de diciembre de 1951 –un mes y un día  después de la muerte del navarro- había apuntado:

Me dan noticias de la muerte en París de Ezequiel Endériz, con quien me unió en mis años de vida en Francia tanta amistad como enemistad me desunió de él anteriormente en la vida madrileña. Siento mucho esta desaparición definitiva.

Está claro que, en 1951, a los veinte años de su muerte, ya no se acordaba nadie del pobre Emilio Mesejo. Ni tampoco del género chico que le otorgó la fama en el Madrid del mantón y la verbena. ¡El gran Mesejo, hijo! El mismo que había interpretado a uno de los tres ratas en el estreno de La Gran Vía (1886) en el Teatro Felipe, y en el Apolo, coliseo en el que fue un ídolo, al Giuseppini de El dúo de La Africana (1893) y al Julián de La Verbena de La Paloma (1894).

Mesejo, entre otros dos actores en “Doloretes”

Habría que esperar casi treinta años para que algunos profesores advirtieran que el teatro en el que este actor se movía como pato en albufera tenía más interés que las comedietas y dramones que se representaban en los teatros serios de la época de intersiglos.

NOTAS

[1] “le ganaba” al periodista, Salvador Cánovas Cervantes, al que César acababa de referirse en texto y de quien se decía: “los tres nombres mienten”, por lo que se le llamaba “Ninini”.

[2] ¡¡¡Ruiz!!! (monólogo en un relámpago dividido en cuatro tipos), Madrid, Establecimiento Tipográfico de M. P. Montoya y Compañía, 1882.

[3] Recogida en César González-Ruano, Necrológicas (Ed. de Miguel Pardeza), Madrid, Fundación Cultural MAPFRE Vida, 2005, pp. 169-170.

[4] Entre ellas, habría que destacar La guitarra de Fígaro, con música de Pablo Sorozábal, que se estrenó en el Teatro de la Zarzuela (1933).

 

 

 

 

 

 

 

Dos de los primeros títulos publicados por Endériz

(Publicado en El Periódico de Aragón, 8-IX-2019)

Desde finales de abril vienen apareciendo reseñas de Los tres libros de Ana Díaz (edición de Jesús Munárriz), en la que este conocido y competente editor, librero y poeta, atribuye la autoría de los mismos a la escritora y periodista Carmen de Burgos “Colombine” (Almería, 1867-Madrid, 1932), olvidada durante muchos años pero que en las últimas décadas ha recuperado, a través de abundantes ediciones y estudios, la atención que merecía.

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Jesús Munárriz comienza su introducción con la rotundidad del inseguro maravillándose de que “una trilogía publicada con el seudónimo de Ana Díaz haya pasado inadvertida para lectores, críticos, biógrafos e historiadores de la literatura durante casi un siglo”. Después, se dedica a tratar de justificar su atribución no con rasgos precisos y documentados; tampoco, por medio de una comparativa estilística, sino con lo que él cree comunidad de criterios entre Colombine y la firmante del libro. También, por las directas alusiones en el texto de Ana Díaz –casi siempre de carácter irónico o humorístico- a la escritora almeriense[1]. Con todo esto la identificación de ambas queda establecida con pujos de irrefutabilidad.

Enumeraremos los tres libros en cuestión, citando de paso, el año en que fueron publicados, dato que ni conoce Munárriz ni la Biblioteca Nacional ni tampoco quienes se han dedicado a escribir sobre su verdadero autor, que no es otro que Pedro González Blanco (Luanco, 1879-Villanueva de la Sagra, 1961), al que no cita Munárriz en ningún momento, aunque sí a su hermano Andrés, algo más conocido en el mundo literario.

Los libros son: La entretenida indiscreta 1920, Guía de cortesanas en Madrid y provincias 1921 y La imperfecta casada: (avisos a las adúlteras) 1922. Se aporta igualmente una traducción del portugués, Guía de casados, 1921, también firmada por Ana Díaz. No olvidemos que Pedro González-Blanco dedicó gran parte de sus bríos a la traducción y en sus versiones no faltan los autores portugueses[2].

La autoría del escritor asturiano no es ningún invento mío sino que era conocida de siempre por los expertos en el mundillo literario de la época, pero me limitaré a aportar unos cuantos textos y estoy seguro de que, con dedicación, podrán encontrarse muchos más:

 Recurramos en primer lugar a dos diccionarios de seudónimos, que tan útiles suelen resultar a los libreros como Munárriz: 1500 seudónimos modernos de la literatura española (1900-1942) de Eduardo Ponce de León Preyre y Florentino Zamora Lucas, Madrid, Instituto Nacional del Libro, 1942. En su página 35 se lee: “Díaz, Ana: Pedro González Blanco, La entretenida indiscreta”. 

Un cuarto de siglo más tarde, igual criterio sostienen P. P. Rogers y F. A. Lapuente, autores del grueso y documentado Diccionario de seudónimos literarios españoles, con algunas iniciales, publicado por Gredos (pag. 151), tanto respecto a la obra anterior, como a Guía de cortesanas.

Pero, si vamos a los testimonios de sus contemporáneos, el mismo año 1967 en que se publica el mentado diccionario, aparece un libro del alicantino José Alfonso Vidal, Siluetas literarias, donde este amigo y tertuliano de Pedro González Blanco dedica uno de sus artículos a su hermano Andrés pero en él nos cuenta con claridad la peripecia de su amigo Pedro y el origen del equívoco:

Pedro tenía un temperamento más retozón. Yo recuerdo el barullo que armó en mis años mozos la aparición de un libro titulado La entretenida indiscreta, que firmaba Anita Díaz. En la portada venía un retrato de la autora. Los que, como yo, frecuentábamos entonces en Madrid lo que se llamaba con dulce eufemismo “la vida galante” –y nos sabíamos al dedillo a  todas las entretenidas de la Corte- no conocíamos a la tal Anita ni por el nombre ni por la foto, que es lo mismo que decir “ni por el forro”. A la postre resultó que la horizontal de marras era… Pedro González-Blanco. ¡Nos gastó una buena broma literaria!

Los artículos de este libro de José Alfonso habían sido publicados en el diario ABC. Rafael Inglada me informó que el que nos ocupa había aparecido en dicho periódico con fecha del 10 de octubre de 1962.

No se queda solo don José en su referencia sino que también Cansinos-Asséns recuerda varias veces a Pedro González-Blanco en una obra tan conocida y consultada como La novela de un literato (tomo III, p. 320).

Reaparece en Madrid Pedro González Blanco después de muchos años de ausencia en América (…) Ahora viene en compañía de una cocotte internacional, con la que se hospeda en el Palace y a la que, según dicen, utiliza de gancho para armar encerronas a los viejos verdes y ricos…

A nombre de esa amiga –Anita- ha publicado un libro que titula Manual de la perfecta cortesana y que sólo he visto en las vitrinas.

Pero también el dato era conocido por los eruditos.  Marcos Rodríguez Espinosa, siguiendo a Cansinos y a Constantino Suárez[3], apunta en su artículo[4], consultable en el Cervantes Virtual.

Su breve estancia en España estuvo marcada por el escándalo, ya que publicó un libro titulado Manual de la perfecta cortesana firmado por su acompañante, y fue denunciado por una de sus víctimas a la policía, que “lo detuvo, en unión de su cómplice, internándolo en la Modelo, como a un quincenario y merced a sus influencias —los masones-, la cosa no pasó adelante, y el hombre quedó en libertad, pero a condición de marcharse de España.

Los reseñistas no parecen hacer migas con los eruditos. Por escoger una de las últimas, Ana Rodríguez Fischer, que comenzaba así su muy elogiosa reseña de la edición de Los tres libros de Ana Díaz en el suplemento de libros Babelia (10-8-2019):

Con despliegue incontestable de datos y argumentos, al cabo de un siglo Jesús Munárriz rescata  Los tres libros de Ana Díaz, cuya presencia pasó inadvertida hasta ahora pese a poder atribuir su autoría con toda fiabilidad a Carmen de Burgos.

Los estudiosos -casi siempre estudiosas- de la gran escritora almeriense, con Concepción Núñez Rey a la cabeza, supongo que habrán puesto antes que yo las cosas en su sitio pero en la provincia es difícil enterarse de la actualidad.

Por cierto, aunque con interrogaciones, los tres títulos de Ana Díaz mencionados – por cierto, portadores de una excelente prosa- figuran como obras de Pedro González Blanco en su entrada de ¡¡la Wikipedia!!

                                                                                     Pedro González-Blanco

NOTAS

Caricatura de Colombine x Amorós

[1] Sí que sería ilustrativo  investigar acerca de las relaciones entre Pedro González Blanco (Ana Díaz) y Colombine, lo que podría aportar luz sobre lo que parecen guiños cómplices. Seguramente, se conocieron en la tertulia que Blasco Ibáñez reunía en su casa madrileña, a la que asistía Pedro junto a otros escritores jóvenes. En 1906 el exitoso novelista republicano invitó a Carmen de Burgos a unirse a ella cuando gustase, lo que Colombine hizo frecuentemente.

[2] Marcos Rodríguez Espinosa, “Tradición y aventura: Pedro González Blanco (1877-1962), traductor de la Generación del 98”, pp. 125-131. https://cvc.cervantes.es/lengua/iulmyt/pdf/traduccion_98/13_rodriguez.pdf

[3] Constantino Suárez, Escritores y artistas asturianos. (Índice bio-bibliográfico), ed. J. M. Martínez Cachero, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1955, p. 262.

[4] Citado en nota 2. Debo su conocimiento a Blanca Chollet.

  Encontrar noticias sobre Benigno Varela es complicado. Que yo sepa no hay un solo estudio o análisis sobre su obra, pese a ser un escritor de muy abundante producción, especialmente  durante la segunda década del siglo y que, por la personalidad de su carácter y el pintoresquismo de su vida, ofrece obvio interés. Ni la Gran Enciclopedia Aragonesa ni los no muy abundantes estudios sobre la literatura aragonesa de su tiempo nos hablan de él pese a la aludida magnitud cuantitativa de su obra -más de cincuenta títulos- y a la gran popularidad que alcanzó. Tampoco los mucho más numerosos trabajos sobre la literatura española del mismo período.

  Y, sin embargo, y ciñéndonos sólo a su obra literaria, la prosa de Benigno Varela posee cierta personalidad aunque no llega a cuajar en un estilo propio. Escribe bien pero sin rasgos de genio. De cualquier modo, tan bien como cualquiera de los componentes de esa generación de la Novela Corta en la que puede incluirse. Es autor de poca imaginación con temas, escenarios, motivos y personajes recurrentes. Resultan muy llamativos los evidentes rasgos obsesivos de su personalidad que se concretan en una serie de motivos repetidos que aparecen y reaparecen por doquier en su escritura: el duelo, la figura del rey, el merendero donde los señoritos llevan a las modistillas, la preocupación por el honor… Fenómeno obsesivo, seguramente conectado con su impulsividad y una agobiante necesidad de afirmar su personalidad y su criterio.     

                                                                                                     

  Benigno Varela Prat[1] nace  en Zaragoza. el día de Santiago de 1882 a las cinco de la tarde y en medio de una gran tormenta. Hijo de una familia burguesa muy acomodada, su padre era coronel del ejército con antecedentes liberales. También fueron militares varios parientes de la rama materna. Asistió al Colegio Politécnico, ubicado en la zaragozana calle de San Gil -el cardo máximo de la ciudad romana- y allí parece que tuvo el primero de los muchos conflictos que jalonaron su trayectoria. Un pasante, de nombre don Mariano, practicaba la entonces usual costumbre de asestar correazos en las palmas de sus alumnos. Cuando le llegó el turno a Benigno, reaccionó -e hizo muy bien- mordiéndole la mano castigadora. De cualquier modo, indigestado con los latines, no terminó el bachiller y se preparó para la carrera militar en la Academia de Bonet. Su turbulenta juventud no le dio opción ni para terminar la preparación. En Relámpagos de mi vida cuenta cómo a los catorce años un amigo lo llevó de putas y, en seguida, se hizo novio de Pilar, una vecina tres años mayor que él e hija de un boticario que se oponía a tales amoríos. Fue Pilar quien le aconsejó dejar la preparación militar con lo que su padre lo mandó a Barcelona encargando lo vigilara a un tío suyo, teniente coronel a cargo del Batallón de Cazadores Alba de Tormes. Tenía Varela quince años y la intención de su padre era que se preparase para ingeniero industrial. Su tío lo llevó a una pensión que pronto dejó para vivir con dos amigos y entregarse a la bohemia. Allí parece que tuvo sus primeras actividades de carácter  político: “apaleé a unos retoños de los que entonces dirigían Cu-cut, el primer libelo antiespañol que apareció con regularidad en Cataluña”. Su tío y otros oficiales habían destrozado la sede de dicha publicación en venganza por sus escritos en contra del ejército. Pero seguía enamorado y en un viaje al pueblo en que habían recluido a su novia, Caspe, ambos deciden huir a la Argentina. No pudo finalmente raptarla y se embarcó solo en el vapor “Satrústegui”, donde intimó con la uruguayita Lulú.

  En Buenos Aires su padre ha encargado al banquero Superviel le dé crédito hasta doce mil pesetas. En dos meses lo dilapida en juego y mujeres, quedándose sin nada. El banquero le da una carta de recomendación para que un tal Diógenes Garcilaso le admita como vigilante en su estancia de Nogoya. Tras un mes que pasa en el campo acordándose de Zaragoza y Pilar, su padre le manda tres mil pesetas y vuelve a Buenos Aires. Una anemia le hace regresar a España, pese a que su orgullo se lo vedaba. Lo hace en un camarote de lujo del vapor “Espagne”. Tiene diecisiete años. El buque hace el viaje hasta Marsella, desde donde debe coger otro hacia Barcelona. La noche de espera es acompañado por un elegante italiano que le dice haberse dejado el dinero en el camarote. Es un delincuente del que se salva por carambola.

  Ya en España encuentra a su padre demacrado y envejecido y a Pilar casada con un tendero de Caspe. Pronto, muere aquél, que le deja un capital respetable. Varela pasa los días leyendo en el casino pero un incidente aviva su vocación periodística: un viejo “que tenía el mando de la región” -dice en Relámpagos de mi vida– deshonra a una joven y entonces emprende una campaña periodística en El Evangelio de Madrid, dirigido por el excelente periodista aragonés Leopoldo Romeo[2]. El violador ha de salir de Zaragoza. “Conocí entonces de cerca el caciquismo aragonés. Caciquismo que dirigían en mi tierra un ministro conservador y un mitrado. Aquel arzobispo, soberbio con los humildes y lacayuno con los poderosos, hizo germinar en mí un ideal redentor”. No especifica Varela en la obrita citada la fecha, con lo cual no puede saberse -a falta de comprobación- si se refería a Vicente Alda Sancho que ocupó la silla del 2 de diciembre de 1895 al 16 de Febrero de 1901 o, con más probabilidad, al famoso Juan Soldevila Romero, que no parece fuera trigo limpio y que llevó la mitra desde 16 de Febrero de 1902 al 4 de Junio de 1923, fecha en que fue abatido por un comando anarquista formado por Ascaso y Torres Escartín. Antonio María Cascajares, que fue arzobispo entre los dos citados, sólo estuvo unos meses en la sede zaragozana.

  Sus artículos en El Evangelio, periódico republicano cuya ideología entonces compartía Varela, le llevan frecuentemente a los juzgados hasta totalizar dieciocho procesos. Por un artículo sobre el hambre en Andalucía se dicta orden de detención pero, advertido, huye a París donde Isidoro López Lapuya[3] le sirve de cicerone. Allí contacta con la colonia de bohemios españoles a los que, a menudo ayuda, dada su desahogada situación económica. En 1905 se encontraba viviendo en un lujoso cuarto piso de la rue Saint Sulpice. Su carácter hiperactivo, visceral y polémico le lleva a introducirse en todos los círculos y escribir en muy numerosas publicaciones. Entra en contacto con Félix Azzati, correligionario de Blasco Ibáñez, al que éste había tratado mal. Conoce también a Gómez Carrillo con el que se batió a espada saliendo ligeramente herido en el brazo y a Manuel Bueno, con el que siempre tendría buenas relaciones. Bonafoux dedica a este último y a Varela una catilinaria en el Heraldo de París que el aragonés contesta en el Diario Universal del que es corresponsal, si no con la misma sutileza sí con parecida violencia. En estos tratos entreverados de amenazas, propuestas de duelo y violencias dialécticas[4] recibe la noticia de una grave enfermedad de su madre, a la que adora. Vuelve a Zaragoza y es prendido por la Guardia Civil. Ingresa en la cárcel de la madrileña calle de la Princesa, donde Millán Astray le da la misma celda que ocupara Eugenio Noel. “Cuatro veces encarceláronme, mientras Lerroux sin pisar las prisiones, se hacía propietario en Barcelona”. Alejandro Lerroux, al que entonces seguía, se convertirá después en el mayor objeto de sus odios e invectivas, una vez que percibió la catadura moral del sujeto.

  En 1906 Varela tomó la cabecera de El Evangelio y, a costa de los dineros de su madre (Varela habla de que le costó muchos miles de duros), refundó en Zaragoza este periódico de carácter radical. Por su valentía y lo duro de sus diatribas, el periódico fue ganando lectores hasta que llegó a ser nacional. Hizo mucho ruido su campaña en favor del filántropo republicano José Nakens[5], que había amparado a Mateo Morral, y que, según su propio testimonio, le costó veintidós procesos.

La muy modernamente instalada, pero muy escasamente dotada de fondos contemporáneos, Hemeroteca Municipal de Zaragoza no conserva ningún ejemplar de El Evangelio. En la de Madrid figura únicamente el número 22 correspondiente al 1 de Septiembre de 1906 con cuatro páginas, la última dedicada exclusivamente a los anuncios. Bajo la cabecera, “Libertad, Independencia, Descentralización” se constituyen en el programa de la publicación. En el editorial de este número se ataca a Salmerón, Melquíades Álvarez y los republicanos y se defiende a Joaquín Costa, Nakens y los militares, curiosa amalgama que da fe tanto de la independencia de criterio que se atribuye Varela, como de su extravagante y confusa ideología. Se despacha contra el “regionalismo sacristanesco” de vascos y catalanes y defiende a Lerroux que, después, constituiría su odio político más contumaz. En todos los escritos que firma desarrolla esa agresividad tan propia de la época pero, sobre todo, de su carácter pugnaz, atrabiliario y fanático pero en el que -¿por qué no decirlo?- se advierte siempre un punto de honestidad. En otros sueltos se pondera a los monarcas y a Luis López Ballesteros, director de El Imparcial, que había tenido un episodio de honor con el empresario bizkaitarra Adolfo Urquijo. La única firma conocida es la de Rodrigo Soriano que, además de escritor y periodista, fue diputado republicano. Por el tono de los diversos artículos se comprueba una identificación con las reivindicaciones del mundo obrero y una profunda aversión por los manejos mafiosos de los políticos profesionales, mientras se defiende, en cambio, a figuras como las citadas de Costa, Nakens y Lerroux que, probablemente, no tenían más concomitancias entre sí que la de ir por libre, aunque en los primeros fuese motivada por la convicción y honestidad personal y en el último, por la ambición. En suma, puede decirse que Varela propugna en esta época un proceso revolucionario y antiburgués que deje fuera a los políticos identificados con la Restauración y sea conducida por un “caudillo revolucionario” que respete la forma monárquica.

  Su frenética actividad periodística y su carácter orgulloso le llevaron participar en varios duelos de los que en Relámpagos de mi vida culpa a la “servidumbre de los clericales y del cacique”. El último de ellos le hizo famoso y casi terminó con su afición a los mismos. En él causó la muerte a Juan Pedro Barcelona, amigo del autor, y de ahí procede la mayor popularidad para bien y para mal del personaje, hoy totalmente disipada.

  Barcelona y Varela habían sido correligionarios en la militancia republicana y conservaban cierta amistad. El 2 de octubre en el Casino Principal zaragozano sito en la calle del Coso, y a raíz de las últimas campañas de Varela contra Salmerón y a causa de unos comentarios hechos por una tercera persona, Barcelona le insultó públicamente. Varela intentó entresacarle sin éxito quién le había informado torcidamente sobre él. El miedo al ridículo y la preocupación de que el adversario utilizase en su contra la negativa junto a la torpe actuación de los padrinos llevó a la concertación del duelo[6]. Varela era más joven, atlético y acostumbrado a batirse. Parece que, además, intentó evitar el lance pero las recomendaciones no fueron escuchadas por la parte adversaria y los padrinos, al parecer con poca experiencia en estos lances, confeccionaron unas condiciones de desafío harto peligrosas: a pistola con tres disparos a veinte pasos y, si no había consecuencias, se continuaría a espada con asaltos de tres minutos. La pistola sólo se utilizaba en casos excepcionales y a treinta metros y los asaltos a espada solían concretarse a un tiempo mucho más corto. El encuentro se efectuó el 8 de Octubre en el Soto de la Almozara con los contendientes de espaldas. En el primer disparo cayó herido Barcelona, que murió a los trece días, aunque todavía pudo hacer declaraciones exculpatorias de la responsabilidad de su contrincante.

Varela, duelista

  Al entierro asistieron quince mil personas y constituyó una gigantesca manifestación republicana. Mientras, Varela había sido encarcelado y el juez dictó la incomunicación. El escritor pidió al director de la prisión que le dejara enviar un emisario para suplicar al herido que declarara la verdad de lo acontecido. Quien únicamente podía visitarlo era el cura que, para ejercer la comisión, necesitaba la venia del Arzobispo. Soldevila, resentido con Varela por sus anteriores campañas, aprovechó para ponerle una celada: le solicitó una retractación para archivarla en el Palacio Arzobispal y, cuando la obtuvo, la envió a la prensa con lo que Varela fue acusado de farsante. Todo ello inscrito en las feroces luchas políticas y periodísticas entre reaccionarios y republicanos de unos y otros signos[7].

  Asustados ante el sesgo de los acontecimientos, los padrinos parece que falsificaron algunas de las cláusulas del desafío en el período que corrió entre el duelo y la muerte de Barcelona, como así se demostró en el juicio. Varela fue absuelto[8] por los dos fiscales y el Jurado, tras un juicio que tuvo un gran eco nacional y volvió a poner en solfa la costumbre del duelo. De cualquier modo, la muerte de un republicano estimado y coherente como Juan Pedro Barcelona a manos de otro mucho más exaltado y voluble arrancó a Varela muchas simpatías y ello influyó, probablemente, en su descabalada evolución ideológica. No fue puesto inmediatamente en libertad porque debía también cumplir condena por delito de imprenta.

  Varela, aun con este estigma, siguió con El Evangelio polemizando y asestando mandobles a todo bicho viviente, con especial afición por los directores de otros diarios. También, sorteando los procesos judiciales. Un artículo que él califica de “candoroso” le lleva a otro juicio del que sale con ocho años de presidio, finalmente conmutado por confinamiento en Tenerife. Llega enfermo a la isla, pero en seguida se involucra en el periodismo, se escapa a Murcia y allí se enamora. En abril, Maura firma su indulto pero en Zaragoza es prendido por haber escapado del destierro y ha de volver a Tenerife aunque allí se decrete su libertad. Marcha a Barcelona ya que su nueva novia, Mercedes, emparentada con los marqueses de Capmany y también hija de coronel, aunque en este caso carlista, está residiendo en un pueblo cercano. Varela, pasaba el día con ella y la noche en Barcelona. Vivía en la calle Bruch, como los protagonistas de su novela corta ¡¡Traidores!! En este período estalla la Semana Trágica, que Varela asegura que surgió sin preparaciones y califica de “explosión romántica”. Los culpables fueron para él los círculos cercanos al gobernador Ossorio y Gallardo y los jesuitas. Las experiencias vividas durante este período en Barcelona le sirvieron después para escribir varias de sus obras.

  A todo esto, seguía obsesionado con su honor y había publicado un panfleto Yo acuso ante S. M., en el que lanzaba feroces invectivas contra los padrinos del famoso duelo y quienes habían manipulado los hechos. Su confusa ideología iba tomando un carácter cada vez más conservador. El rey le había dado la razón y, desde entonces, Varela se convirtió en su más desaforado defensor. Vuelto a Madrid funda La Monarquía en 1911, revista, periódico y, después, editorial, que se dedicó a vindicar a Alfonso XIII y vapulear a quien viniese a mano. Tampoco es posible consultar más que los tres primeros ejemplares de esta revista quincenal y el número 36 de este periódico, correspondiente al 2 de diciembre[9]. En este ejemplar es Canalejas, con gran foto y varios artículos, el ponderado, al parecer porque en un discurso había puesto a los republicanos y revolucionarios en su sitio y propugnado la compatibilidad de democracia y monarquía. En uno de los sueltos, Varela se autoproclama liberal-monárquico y en la lista de colaboradores aparecen gentes como Moret, Dato, Sánchez Guerra, Romanones, Gabriel Maura, Primo de Rivera, Sofía Casanova, Royo Villanova, Luis Morote, Luis de Armiñán, Manuel Bueno y Unamuno (¡).

  La revista, de lujosa presentación, abundó también en colaboradores de prestigio, en las alabanzas a la familia real y en las crónicas de salones. Su tirada parece que era muy amplia y, aunque su tono es mucho más conservador que en el desaparecido El Evangelio, aparecen en él firmas como las del citado Unamuno o Gómez de la Serna.

  Varela, como propietario y director, sostuvo La Monarquía durante muchos años llegando, con algunas suspensiones, hasta la II República y editando, de vez en cuando, libros en la línea de la publicación. Como era de esperar, en su trayectoria no faltaron los conflictos pero tampoco iniciativas pioneras como la que en mayo de 1920 lanzó en pro de fundar una publicación que cubriese los lunes la laguna informativa motivada por el descanso dominical de la prensa. La idea tuvo buena acogida[10] pero no prosperó hasta años después en que su enemigo, el dictador Primo de Rivera, la llevó a efecto con algunas modificaciones. 

 

  Entre toda esta turbamulta, de la que aquí se da un pálido reflejo, Varela venía publicando desde 1903 novelas y relatos cortos. En el citado año aparece, con prólogo de José Nakens, su primer libro: la colección de novelas cortas Estrellas con rabo. Después La monja, que prologa Eusebio Blasco y epiloga Salmerón, más tarde enemigo del autor, como se vio. Pero su breve etapa de intensa producción literaria comienza en 1909 con Senda de tortura. La obra tiene como fundamento el asunto por el que Varela es más conocido: el aludido duelo con Juan Pedro Barcelona. La novela  comienza con el típico pretexto de la llegada a manos del narrador de un manuscrito perteneciente a un tal Eduardo Santibáñez, alter ego del autor y personaje que aparece también en otras de sus narraciones. Los elementos autobiográficos son evidentes. Con muy estimable estilo y pensada estructura, pasa revista a su estancia en París, su destierro a Tenerife, su fuga, su estancia en la huerta murciana en pos de una mujer y su final entrega a la guardia civil. La narración culmina con varios documentos que hacen referencia al duelo y sus consecuencias.

  La obra tiene una segunda parte: “Memorias de un confinado. Mis horas del bulevar” de carácter miscelanéico: un par de relatos sentimentales, un ataque al diario El País y sus capitostes republicanos, protestas de amistad hacia los militares y violentos ataques contra Lerroux y Costa. Varela, que en lance desgraciado, acabó con un amigo, también tuvo la facultad de abominar contra aquellos que habían sido antes sus modelos e ídolos: Salmerón, Nakens, Costa, Lerroux… y, por contra, de convertirse en el más furibundo defensor del monarca, él, que había sido un republicano radical partidario de la acción directa, aunque nunca comulgó con los anarquistas a los que siempre hizo objeto de fieras diatribas, incluso en sus campañas periodísticas de la primera época.

  La obra se  completa con los altamente interesantes textos de Luis de Armiñán y Gómez Carrillo que abren el libro y el de Manuel Bueno que lo cierra y merecerían un amplio comentario, pertinente en trabajos más ambiciosos.

  Tras La vengadora y Vida pampera, que no he podido consultar, El Cuento Semanal publica en 1909 La terrorista, dedicada al prestigioso publicista Alfredo Vicenti. Con un asunto sentimental y autobiográfico, Varela acomete un interesante friso de la Barcelona política inmediatamente anterior a La Semana Trágica con el trasfondo de la lucha obrera, la represión gubernamental y el terrorismo de ambos signos. Es obra bien escrita y que se lee con agrado. Aparecen en ella personajes de la vida artística, literaria y, sobre todo, política, especialmente el mercenario de la policía Juan Rull que actuó de agente provocador, lo que no le valió para evitar su ajusticiamiento. Como en gran parte de su obra, el protagonista es un claro trasunto del autor. Muestra de la excesivamente estrecha vinculación entre vida y literatura que siempre afectó a Varela, aparecen dos fotos de Garraf, donde vivía su novia, en una de las cuales figura el propio escritor.

  El sacrificio de Márgara cuenta con un prólogo de Felipe Trigo, al que después atacó, y unas notas de José Francés. En obras posteriores se verá también este prurito -por otra parte, muy común en la época- de rodearse de firmas prestigiosas, lo que contrasta con la seguridad y rotundidad con que suele expresarse el escritor y, a la vez, confirma que todo ello encubre una inseguridad de base. La novela cuenta una historia de amor en un vapor rumbo a Tenerife con algunos toques sociales y un final abierto. Parece encubrir también algún episodio biográfico pero, en conjunto resulta de lo menos sólido de la producción del escritor.

  Una de sus obras más interesantes es Isabel, distinguida coronela, novela con gotas de costumbrismo y crítica social pero que, sobre todo, muestra un rico mosaico de la vida intelectual del Madrid primisecular. Cuenta con un muy atinado prólogo de ese casi olvidado y estimable escritor que fue Emiliano Ramírez Ángel. El argumento es convencional aunque variopinto: la hermosa mujer de un coronel anda en lenguas porque se sospecha de su vida disipada. El protagonista, enamorado de ella, la defiende y llega a batirse en duelo con un amigo, aunque al final debe rendirse a la evidencia: Isabel no sólo corona al marido sino que se lo hace con otras mujeres. Bajo su trivial anécdota conectada con las tendencias hacia un mitigado erotismo que se irán imponiendo en la novela española, llaman la atención las frecuentes apariciones de periodistas y escritores a los que se trata sin mojigatería pero tampoco sin inquina. Vemos allí las alcohofilias de Dicenta o Cavia, la cuquería de Romanones, la homofilia de Hoyos y, aunque tratada comprensivamente, la lujuria de Alfonso XIII. Aparecen igualmente Trigo, Valle-Inclán o Azorín sin que falten actores, toreros, críticos y libreros. Uno de ellos, Pueyo, le pregunta al protagonista si va a escribir la novela del duelo. Le responde que seguramente no, tal vez porque el argumento metaforiza la ingenuidad y buena voluntad del escritor víctima de las circunstancias.

Varela incluye dos novelas cortas de evidente regusto anticlerical, corriente que no llegó a abandonar del todo hasta después de la Guerra Civil, pese a sus posteriores fiebres religiosas: “El mayor sarrio”, de ambiente aragonés, vuelve a incidir en el tema del honor. Y aquí el novelista opta por la contundencia: El mejor mozo del pueblo, engañado por su mujer y el cura, cercena la cabeza de la traidora y despacha al mosén de un tiro. Varela propugna la ejemplaridad de esta solución. En “¡¡Estaba borracho!!” muestra cómo una joven va separándose de su novio ante la red tejida por unas monjas y su viejo capellán que quieren atraparla para obtener así la herencia de su tía. El novio se suicida frente a su reja y el sereno lo atribuye al vino. El suceso recoge ecos de un hecho similar acontecido años antes y que provocó una seria conmoción política[10]

  La obra termina con un amplio florilegio de textos elogiosos, y otros no tanto, de escritores conocidos sobre El sacrificio de Márgara y La terrorista. Entre ellos se cuentan los de Valle-Inclán, Carmen de Burgos, Eduardo de Ory y Zamacois pero el mayor interés estriba en el prólogo de Ramírez Ángel y el epílogo de Unamuno. Aquél escribe entre otras cosas: “pone siempre en sus prosas una cantidad considerable de su propia vida; subjetiviza a tal punto e incorpora a sus novelas tantos elementos biográficos, que el estilo de Varela es candente, duro, vigoroso, y tiene todo el valor de una confesión”. Habla también de la sinceridad, honradez, orgullo, personalidad del autor, de sus características personales: “Alto, vehemente, puntilloso. En esta época, sin princesas ni quijotes, un anacronismo. Aventurero, mujeriego. Ha conocido ortos y ocasos deslumbrantes”. Califica a Senda de tortura de monólogo coreado más que de novela. Y termina dictaminando que no hay cálculo ni prevención ni hipocresía ni servilismo sino un corazón salvaje, iracundo ante todo desafuero y bellaquería, que escribe como vive. No se trata de un trepador sino de alguien que no soporta la hipocresía y la falsa dignidad. Le reprocha lo vertiginoso del estilo y le aconseja escriba sus obras con más reposo y menos celeridad.

   Unamuno que, como se dijo, había colaborado en anteriores empresas periodísticas del aragonés, utiliza su habitual tono distante dando a entender que fueron las solicitaciones de Varela las que le instaron a dar su opinión en su periódico sobre el asunto Nakens-Morral y que tuvo conocimiento del duelo pero dejó de prestarle atención cuando trascendió a la opinión pública. Aduce que su carácter es radicalmente opuesto al de Benigno al que califica de egotista, atolondrado, caliente y con ansias excesivas por llegar. Lo encuentra “más tenoriesco que quijotesco” sobre todo en el miedo al ridículo pero le alaba la ausencia de hipocresía y de avaricia. Más bien, se trata de un pródigo alocado con cierta manía de aristocratismo romántico. Tras compararlo con Camilo Castelo Branco, “el más grande novelista español del pasado siglo”, dice que en lo literario lo estropea cierto ambiente de escuela por lo que espera que se cure de amaneramientos literarios y busque su estilo en la expresión espontánea y caliente.

  Con Las dos bombas inicia su colaboración en Los Contemporáneos, la colección de novela corta de más larga vida en este período del siglo, aunque su calidad fuera disminuyendo con el transcurrir de los años. El asunto resulta mucho más convencional que en la novela anterior pero la repetición de similares argumentos en muchas narraciones de la época da fe de que la moral tradicional y el concepto del honor femenino andaban en trance de ser sometidos a vigorosas revisiones: Una modistilla (Enriqueta) es engañada por un estudiante andaluz hijo de un notario, con falsas promesas de matrimonio. Ella y su madre han de huir del barrio a causa de las murmuraciones. En Argüelles se enamora de ella un tendero de Luarca, al principio desdeñado pero que luego las socorre y consigue casarse con Enriqueta el mismo día de la boda de los reyes, que van a presenciar tras su propia ceremonia. Sobreviene el atentado de Mateo Morral al paso del cortejo nupcial mientras que el asturiano intercepta una cínica carta del antiguo novio a Enriqueta en la que le felicita por la boda con el pazguato y le recuerda sus amores. Es la segunda bomba. El tendero, enloquecido, se arroja al vacío desde el Viaducto.

  Relámpagos de mi vida, su segunda novela corta en El Cuento Semanal y, dedicada a Eduardo Dato “que prodigó consuelos a mi madre”, es su texto más autobiográfico. Está escrito con soltura y resulta altamente interesante para saber de sus peripecias vitales. Parece obedecer a una necesidad de explicarse al empezar un período de su vida, si no tranquilo, sí menos turbulento que el de la última década que había vivido. Tal vez por ello, y también respondiendo a la observación de Unamuno que lo calificaba de “tenoriesco”, finaliza aduciendo que no tiene alma de Tenorio o don Álvaro sino de Juan Pérez, afirmación harto dudosa.

  En ¡¡Traidores!! se advierte con más claridad el cambio de perspectiva en su orientación ideológica: Poco queda aquí del fervor revolucionario o siquiera radical y, en realidad, Varela va madurando la cada vez más rotunda adscripción monárquica que culminará poco después con la fundación de La Monarquía, aunque nada haya en la novela que aluda a esta institución.

  Un guarnicionero madrileño que vive con su mujer y su madre en la indigencia es llevado a Barcelona por su hermano guardia civil que, además, busca trabajo a los dos jóvenes. Un día aparece en el trabajo de ella, Miguel, un antiguo novio rico que la “poseyó varias veces, denegerándote sin peligro, sin deshojar la flor encendida de los pudores”, que trata de reanudar el romance. En lucha consigo misma, acude a la cita y, con engaños, es seducida.  Desde un hospital madrileño donde se encuentra tísica, escribe a su marido contándole su deshonra, anunciando su suicidio, que cumple, y pidiéndole venganza. El malvado es hijo del marqués de Maravillas. Manuel, el guarnicionero, incrementa su militancia y en las luchas de la Semana Trágica se encuentra con su hermano, el guardia, frente a frente, en sendas barricadas. Saltan a abrazarse y caen abatidos por sus propios compañeros al grito de “¡Traidores!”

  Es fundamental el componente social. El relato empieza con una escena en la Casa del Pueblo donde Pablo Iglesias arenga a sus acólitos y es presentado como hombre soberbio, egoísta, demagogo y displicente con sus seguidores. Se resalta a lo largo de toda la historia la utilización de las bases por parte de los líderes. El protagonista va acumulando más odio social cuánto mayores son sus desdichas personales. En Barcelona, el ogro es Lerroux, engañador de obreros. Por otra parte, Juan, el hermano guardia civil, es un pacificador que en los conflictos procura convencer a los obreros para que no ocurra nada y se vayan a casa. El autor, por su parte, pese a su desprecio por los líderes y su origen burgués, no vacila en señalar las injusticias y en denunciar con tonos dicentianos cómo todo está dispuesto y preparado a favor de los poderosos. “un cacique puede robarnos la honra y la vida con la mayor impunidad” (p. 14). En la última parte de la novela se incrementan las notas sociales con constantes referencias a las arengas de Lerroux desde París proponiendo los levantamientos sociales. Varela se pone a favor de los que se rebelan contra el envío de soldados a África para defender intereses de los poderosos, hecho que desata la Semana Trágica. En general, su postura aparece como bastante imparcial y digna, pese a las evidentes exageraciones e ingenuidades pero, como el argumento demuestra, se sitúa ya en la convicción de que cualquier militancia o actividad social lleva al engaño y a la perdición.

  Corazones locos, es una colección de trece relatos dedicada al político argentino Roque Sáenz Peña. La mayor parte discurren en un tono medio y no presentan demasiado interés. Citaremos “El apóstol” en el que se da una visión grotesca y degradada de un líder revolucionario y “El crimen de la superstición”, un alegato contra la ignorancia y el fanatismo aldeanos, mientras que “¡Malditos diviesos!”, “La cara de Dios”, “Los baños de mamá”, “El paladín de doña Moralidad” y “El coleao”, éste último de ambiente aragonés, tienen un tono humorístico inhabitual en un Varela con poca capacidad para el autocuestionamiento que el género precisa. Del mismo cariz parece Volcanes de amor. En todo caso, ambas colecciones, recogen, en parte, cuentos publicados anteriormente.

  La humilde curiosa constituye su última colaboración en El Cuento Semanal. De asunto amoroso y también con elementos autobiográficos, el mayor atractivo estriba en sus elementos costumbristas y anécdotas de la vida diaria madrileña sin que falten las menciones a escritores, críticos y libreros más o menos conocidos.

  Es ésta la época de más frenética actividad escritora de Varela. Aparte de su labor periodística, de 1909 a 1915 edita más de treinta libros de muy distinta extensión. Sólo en 1910 publica sobre la decena de títulos. Libertada, fechada en 1911, es también un interesante friso de época en el que pululan, escritores, cupletistas, políticos, periodistas y lugares de alterne característicos. Julia Fons, la vedette amante de Alfonso XIII, la Chelito, Carrère, Dicenta -que tiene frecuentes apariciones a partir de la mitad del cuento[11]– nos dan fe de un Madrid vertido sobre sí mismo pero alegre y pintoresco. El “malo” es Indalecio Argamasa, diputado carlista que emblematiza tanto el caciquismo y la hipocresía moral de la derecha como la sempiterna corrupción del político español.

  Los seis cuentos de Fiebres amorosas, entre los que se incluye el anteriormente comentado, vuelven a incurrir en los típicos motivos del aragonés: el aristocratismo populachero de sus protagonistas, muchas veces contrafiguras de sí mismo, los asuntos sentimentales y la cotidianeidad salpicada con algunos rasgos de humor. Aunque, dada su poca capacidad para el distanciamiento, éste no podía ser nunca una de sus mejores cualidades. Recoge también temas anteriores en Mujeres vencidas y colabora en la nueva colección de novela corta, El Libro Popular, con Del abismo al amor: Desde Buenos Aires llega a España, de donde había sido expulsado, un tal Roberto con la misión de matar al rey. Se aloja en casa del jefe del complot y se enamora de su hija Isabel, que está en desacuerdo con el atentado. Ambos se ponen de acuerdo en fingir hasta el final y desbaratar el proyecto. Finalmente, convencen al padre y se escapan con el dinero que debían recibir por el atentado. A lo fácil y melodramático del argumento hay que unir la visión maniquea y ahistórica de los sindicalistas que beben vino desaforadamente, frecuentan espectáculos sicalípticos, pegan a las mujeres y, en resumen, son brutales y degenerados, al mismo tiempo que se da una visión de la pareja real próxima a la divinización. Amores que allá quedaron, su relato aparecido en El Cuento Galante, es otra rememoración de sus andanzas juveniles en la Argentina.

  Un tono parecido tiene Por algo es rey, novela corta que da titulo a un libro que contiene otros siete cuentos. El argumento y los personajes del primero son exactamente los mismos que en Del abismo al amor. Otro disparo, pues, contra sus antiguos camaradas. Por otro lado, el autofusilamiento comenzaba a dar sus primeros frutos. En el resto alternan los obreros engañados por la demagogia con los maridos engañados por sus mujeres. No falta el cacique sin escrúpulos, ni los enamorados y enamorada idealistas. El tono es, en general, harto convencional.

Con su siguiente colaboración en El Libro Popular comienza a practicar la fea, pero tan usual costumbre en varios escritores de la época, de autoplagiarse con exactitud. De las dos novelas cortas que lo componen, La defensora del rey es una transcripción literal -exceptuando el primer y último párrafo y los nombres de los protagonistas- de “El apóstol” contenido en Corazones locos. De nula calidad literaria, la ridiculización de los torpes revolucionarios llega a extremos patéticos. La segunda parte, Horas trágicas de balneario, la componen cinco cuentecillos muy cortos, donde, con escasa eficacia literaria, abomina de la chismorrería e hipocresía reinantes en los balnearios norteños, que bien conocía.

  Las siguientes obras son ya decididamente refritos. Margarita reproduce El sacrificio de Márgara. La vil está compuesta de fragmentos de Isabel, distinguida coronela. Víctimas del rojo ideal mezcla elementos de sus diversas novelas de ambiente revolucionario. En sus dos últimas novelas cortas, Aquel día en que Mateo Morral y Desencanto, se limita estrictamente a cambiar el título a Las dos bombas y La humilde curiosa.

  Es como si la inspiración se le hubiera agotado a partir de 1914. Únicamente en Cuentos de la guerra. ¡Por el káiser! ¡Por el maldito káiser!, sin fecha de edición, pero en torno a 1915 y dedicados a Santiago Alba, y en Horas trágicas del vivir (1915), también en su mayoría cuentos ya publicados en revistas, se decide a componer un manojo de textos. Los cuentos de la guerra son en su mayoría relatos antialemanes de claro tono melodramático. No faltan tampoco los de carácter periodístico, que exaltan al rey y encharcan a los ácratas y  a los nacionalistas vascos, sobre todo en la última parte que titula Del corazón a la pluma y donde también aparecen las típicas invectivas y elogios acordes con sus fobias y filias. Entre estos últimos es destacable el que dedica a Gómez Carrillo[12]. La foto que el volumen contiene de un envejecido Varela contrasta con la del jaque y retador escritor que abre las páginas de Isabel, distinguida coronela, sólo cinco años anterior. Como una suerte de metáfora de su talento creador rápidamente agostado.

  Con sólo treinta y cinco años, Varela desaparece como creador, si dejamos de lado, como convendría a su fama, sus poesías religioso-patrióticas de años más tarde. Se dedica a su periódico que, ahora apenas circulaba, entre otras razones, porque los vendedores callejeros se negaban a vocearlo. Varela se lamenta frecuentemente de la no intervención activa de sus correligionarios que, al contrario que los revolucionarios, prefieren permanecer cómodamente en sus mansiones antes que defender en la calle o en cualquier lugar sus ideas. Él, sin embargo, continúa, cada vez más encastillado, repartiendo mandobles, sintiéndose perseguido, publicando decenas de obras mitificadoras del nada presentable Alfonso XIII y construyéndose una trayectoria política y militante altamente singular e ilustrativa.

  Pero Varela necesitaba siempre enemigos. Su siguiente demonio se corporeizó en el dictador Primo de Rivera. En 1925, a raíz de la publicación de Blasco Ibáñez Por España y contra el rey, emprendió una campaña periodística contra el escritor valenciano y, ante el intento del Dictador de imponerle silencio, dirigió al soberano una carta por la que fue enviado a la cárcel.

  Con don Miguel había tenido ya problemas en 1912, cuando siendo éste coronel en África y colaborador de La Monarquía, se presentó a pedirle una reparación en nombre del marqués de Riscal. Varela le suspendió inmediatamente su colaboración. Tras su golpe de estado, el escritor le remitió una carta el 18 de septiembre de 1923, cinco días después de su impulsivo manifiesto, en la que defendía a varios de los políticos atacados por el general, en especial a Santiago Alba. En 1925 todavía coleaba su obsesión por el honor en el asunto de la falsificación de las actas por parte de los cuatro capitanes en el duelo con Barcelona. Al serle recordado aquel hecho en las campañas de prensa a raíz del asunto Blasco Ibáñez, Varela -que después de su folleto Yo acuso ante S. M. había sido reivindicado por el rey y aconsejado que olvidara el asunto para que los acusados pudieran ascender- aprovechó para convocar un Tribunal de Honor formado por militares de las más altas graduaciones que le otorgaron un acta “que es orgullo de mi vida” en que se reconocía la felonía de los padrinos y su honorable comportamiento. Convocado el tribunal sin conocimiento de Primo de Rivera, esto encampanó al dictador que suspendió La Monarquía y, poco después envió a la cárcel al escritor, como se dijo. Absuelto en marzo de 1926, aunque desterrado a Murcia y pronto indultado por el rey, a los pocos días de la caída del régimen fue el primer español que demandó por calumnias a Primo de Rivera, recibiendo la satisfacción del tribunal, aunque la muerte de Primo interrumpiera la querella[13]. No se conformó con ello Benigno y fundó un efímero periódico, El Combate, con el exclusivo propósito de desenmascarar a los culpables que colaboraron con Primo de Rivera, entre los que destaca a Romanones, Sanjurjo, Martínez Anido, Berenguer y García Prieto.

  A partir de la proclamación de la República sus manifiestos y libros en pro de la monarquía se suceden apasionados e incesantes, aunque el principal objeto de su diatriba son, como siempre, los “traidores” que no han sabido o querido defender al rey. Se exacerba entonces su pasión religiosa y sus libros abundan en fotografías y laudas a cristos, papas, cardenales y obispos sin que falten los poemas desmantelados y la frecuente repetición de los mismos textos y documentos que apoyan sus razones. El destronado rey, independientemente de que agradeciera su lealtad, debía ver en Varela algo así como una impertinente mosca cojonera. De varios de estos libros se imprimieron miles de ejemplares y mantuvieron entre los ultramontanos la popularidad del escritor zaragozano, favorecida por la exaltación de los monárquicos defraudados y por el victimismo que siempre le acompañó. Casares Quiroga quiso secuestrar Mi españolismo grita y detenerle pero Varela consiguió desde San Sebastián ganar la frontera y seguir colando ediciones del libro.

  De la curiosa ideología , aderezada de continuo victimismo que se desprende de los textos de esta época, escojo un par de muestras: la primera, sus ataques al generalato español, “especie de langosta que arrasó la riqueza nacional”, con especial referencia a Agustín Luque, Mola y Sanjurjo, mientras defiende, en cambio, a los oficiales de menor graduación. La segunda, su admiración declarada en 1933 hacia Hitler y Mussolini. Azaña ordenó el secuestro de La Monarquía por una carta al Duce reproducida en Canto al Rey (p. 48). Varela consideraba a don Manuel un instrumento de la masonería para destrozar el Ejército y la Iglesia y entregar a España a Moscú. Sus ideas se iban aproximando peligrosamente a las triunfantes tras la contienda.

  La madrugada del 25 de julio de 1936 su casa del madrileño paseo de Recoletos es saqueada por los milicianos. Según su testimonio el Apóstol Santiago le salva milagrosamente, aunque permanece encarcelado hasta el 28 de marzo de 1939[14], día de la entrada de Franco en Madrid. Una vez liberado, marcha a Buenos Aires, donde funda España avanza y recorre otros países americanos como propagandista católico y de la causa nacional. No rebla en su temperamento exaltado, tan acorde con los tiempos: en la capital argentina se enfrenta, en persona y por escrito, con representantes de la abundante colonia judía. Y en Montevideo se encara con “el polichinela que se titula presidente de Vasconia”. Y no han desaparecido los viejos fantasmas: “en la Universidad de La Plata, me vi forzado a tundir al viejo fariseo culpable de la trágica semana barcelonesa, que tuvo el cinismo cobardón de justificar hasta los horrores de las chekas, en una de las cuales fue decapitado el hermano de mi mujer”[15].

   En agosto de 1942 vuelve a su casa de San Sebastián. Inmediatamente, publica Lo que vi en América, extraño potpourri de documentos personales, sonetos religiosos y escritos sobre las peripecias de la guerra. Pese a que en él figuran cartas de arzobispos, ministros y generales, no hay una sola mención a Franco, lo que solía ser inexcusable en las publicaciones de parecido cariz de su época. Esto hace pensar en su poca afección por el llamado Caudillo y en su cercanía a los círculos adictos a don Juan de Borbón. Salvo un par de publicaciones aisladas, a partir de aquí se pierde su pista, aunque todavía en 1961, con setenta y nueve años, publica en un lugar tan exótico para su trayectoria como Almería, un pobre folleto, en el que se limita a reproducir poemas publicados veinte años atrás y cartas de prelados felicitándole por su promoción del catolicismo en América.

  Individuo picajoso, agresivo y atrabiliario, pero con innato sentido de la justicia, sus ideas cada vez más reaccionarias, no le impidieron apadrinar causas como la abolición de la pena de muerte muy a principios de siglo o abominar del asalto al poder de Primo o del fusilamiento de los capitanes de Jaca. Le gustó llamar la atención, lo que lograba lo mismo a través de  la violencia de sus actuaciones que la de su prosa, y comprometerse en causas en las que arriesgaba su persona y su patrimonio. Su rostro de ojos saltones y febriles nos revela esa personalidad neurótica y obsesiva que su peripecia personal no hizo sino incrementar y que, además, se vio inscrita en un tiempo de tanto trasiego que terminó abortando su vocación literaria. Pero durante unos años fue uno de los escritores más fecundos y populares de su tiempo, aunque luego no lograra acomodarse a los bandazos de un siglo tan tempestuoso. Restauración, Dictadura, República, Guerra y Franquismo. Demasiado para una sola vida.

 

    [1] Fundo en este trabajo el artículo publicado en Trébede con el más extenso aparecido anteriormente en la revista Rolde, citados en la bibliografía y lo amplío con nuevos datos..

    [2] Nacido en Zaragoza en 1870 había fundado La Defensa Regional y El Evangelio. De 1906 a 1922 dirigió el muy influyente diario La Correspondencia de España, del que antes había sido redactor jefe. Murió en 1925. El Evangelio fundado el 22 de abril de 1901 fue un bisemanario fuertemente anticlerical cuya primera redacción formaron, además de Romeo, el polígrafo iznajareño Cristóbal de Castro, Luis de Tapia e Ignacio de Santillán. Los nueve primeros números se repartieron gratis lo que ayudó, lo mismo que su agresividad, su independencia y su pasión por la justicia, a su éxito popular.

    [3] Isidoro López Lapuya es autor de un interesante libro sobre las andanzas en París de los bohemios españoles de esta época: La bohemia española en París a fines del siglo pasado. Desfile anecdótico de políticos, escritores, artistas, prospectores de negocios, buscavidas y desventurados, París, Casa Editorial Franco-Ibero-Americana, s. f. (1927).

    [4] Son ilustrativas al respecto las palabras que el también desaforado escritor venezolano Rufino Blanco-Fombona, de tan larga residencia en España, anota en su diario el 13 de mayo de 1904: “Últimamente un corresponsal del Diario Universal de Madrid, don Benigno Varela, insulta en su periódico a Pierre Jan. El mismo Rouzier y yo le servimos en este nuevo lance de padrinos. Pero el asunto, en vez de solucionarse, ha ido creciendo y encrespándose por culpa del español que trata de introducir procedimientos foráneos en esta ciudad donde vivimos, y a quien, por último ha tenido que descalificar, según las costumbres de París, un cuerpo de autoridades en la materia. El español vuela a Madrid, constituye en aquella capital un tribunal de honor, presidido por el Conde de Romanones, propietario e inspirador del Diario. El tribunal madrileño resuelve anular cuanto nosotros hicimos en París, declarando muy honorable al corresponsal. El singular y el plural en este caso son muy diferentes. Hay honorables que han tenido muchos honores; pero no tienen honor. Hemos puesto un telegrama impertinente a Romanones. La culpa es de Bonafoux que nos azuza. El telegramita ha debido dolerme a mí más que al Conde, porque me ha costado cuarenta francos. Y eso que no costó más por haber suprimido la ristra de vituperios que se empeñaba en intercalar Luis Bonafoux. Romanones, naturalmente no ha hecho caso”, Diario de mi vida. 1904-1905, Madrid, Renacimiento, 1929.

    [5] Parece que tanto Nakens como Joaquín Costa, que fueron admirados y defendidos por nuestro autor, no le respondieron después como él consideraba justo, especialmente, a raíz de su desafío, lo que derivó en una profunda inquina hacia ellos.

    [6] En la introducción de Vicente Martínez Tejero y José Luis Melero Rivas a Juan Pedro Barcelona, Cancionero republicano (edición facsímil de la de 1894), Zaragoza, Edizións de l’Astral, 1990, se dan más datos sobre las circunstancias del duelo, lo mismo que en muy diversas obras del propio Benigno Varela.

    [7] La repercusión del suceso dio lugar a que ABC emprendiera una campaña a la que se sumaron otros periódicos. El 1 de junio de 1908 se presentó a las Cortes un proyecto de Ley de represión del duelo que fracasó porque fue visto por algunos como un atentado contra la libertad de prensa.

    [8] La sentencia se dictó el 14 de Noviembre de 1907.

    [9] Tal vez explique esa carencia de ejemplares, al menos en las hemerotecas más accesibles, la ausencia tanto de este periódico como de El Evangelio en los estudios sobre el periodismo español. Si Benigno Varela se oculta a los estudiosos de la literatura española y aragonesa, las dos épocas de El Evangelio y La Monarquía tampoco existen para los estudiosos del periodismo español o aragonés. María Cruz Seoane y María Dolores Sainz en Historia del periodismo en España 3. El siglo XX: 1898-1936, Madrid, Alianza, 1996, (p.115) se limitan a una línea para calificar la primera época de El Evangelio como anticlerical. Pedro Gómez Aparicio, en su monumental estudio en cuatro volúmenes sobre el periodismo español, sólo cita, y de pasada, a Varela tres veces.      

   [10] Son bien conocidos los hechos que antecedieron y sucedieron al estreno  de Electra (30-I-1901), el drama galdosiano basado en el llamado “Caso Ubao”. Adelaida Ubao fue una muchacha hija de una viuda acaudalada, a la que un jesuita, medio secuestró para que ingresara en la orden de las Esclavas, con lo que la Iglesia se aseguraba la herencia. No era un caso, ni mucho menos, infrecuente y dio lugar a otras obras del mismo cariz. Una de las que provocó más revuelo fue Los vampiros del pueblo, estrenada en el Teatro Novedades el 16 de enero de 1904, cuyo autor, Niceto Oneca, fue encarcelado.  

    [11] Manuel Aznar, director de El Sol, decía en una carta aparecida en La Tribuna el 1 de junio: “La publicación de una hoja dominical en la que trabajarían por turno todos los periodistas madrileños y cuyos ingresos habrían de servir de base para la constitución de un espléndido Montepío profesional, para la creación de un orfelinato periodístico, para asegurar la vida de los periodistas contra el paro obligatorio y contra la enfermedad incurable, tiene desde este momento toda mi devoción”. Cit. por Pedro Gómez Aparicio, Historia del periodismo español. De la Dictadura a la Guerra Civil. Tomo IV, Madrid, Editora Nacional, 1981, p. 63.

    [12] Benigno Varela tenía ante Joaquín Dicenta una actitud ambivalente: por un lado parece admirar su recia personalidad, su éxito y su honestidad. Por otro, parece reprocharle su afición al alcohol y vida disipada, aunque a estas alturas parecía estar en trance de rehabilitarse, acuciado por su poca salud y sus deseos de ser diputado.

    [13] Pocos años después, en 1921, Varela tendría también problemas con el guatemalteco, sin duda, el escritor más duelista de su tiempo. Mutuas descalificaciones, amagos de desafío y acusaciones de cobardía signaron el enfrentamiento entre el director de La Monarquía y Gómez Carrillo, que entonces dirigía El Liberal. Otro jaque de la época, El Caballero Audaz, da cuenta de la polémica: V. Lo que se  por mí Tomo X, Madrid, Mundo Latino, s. f., pp. 195-220.

    [14] “A las doce horas de abandonar el dictador el poder que asaltó, tuve el honor de ser el primero y único español que lo llevó a los tribunales de justicia”, Cartas de un aragonés al rey Alfonso XIII, p. V.

    [15] También padecieron la cheka durante diez meses su hermana y su mujer, que fue sentenciada a muerte, condena que tampoco se llegó a cumplir. Sin embargo, y según su testimonio, fueron asesinados otros catorce familiares del escritor.

    [16] Lo que vi en América, p. 120.

 

 (Publicado en Galería del olvido. Escritores aragoneses, Zaragoza, Ediciones Cremallo, 2001, pp. 67-92. Ampliado y actualizado)                    

 

                                                     OBRAS

Estrellas con rabo (novelas cortas), Madrid, 1903.

Senda de tortura (novela), Madrid, Lib. Pueyo, 1909.

El sacrificio de Márgara (novela), Madrid, Lib. Pueyo, 1909.

La terrorista (novela), Madrid, El Cuento Semanal nº 141, 10-IX-1909.

 

 

 

 

 

 

 

Yo acuso ante S. M., Barcelona, F. Granada y Cía., 1909.

Isabel, distinguida coronela (novela), Madrid, Imp. de Antonio Marzo, 1910.

Las dos bombas (novela), Madrid, Los Contemporáneos nº 59, 11-II-1910.

Relámpagos de mi vida (novela breve), Madrid, El Cuento Semanal nº 165, 25-II-1910.

Los que conspiran contra el rey. Siluetas de Soriano y Lerroux (folleto), Madrid, Imp. de Antonio Marzo, 1910.

¡Traidores! (novela), Madrid, Los Contemporáneos nº 84, 5-VIII-1910.

Las espinas del vivir (novela breve), Madrid, Los Cuentistas nº 14, 1910.

Volcanes de amor (cuentos), Madrid, Lib. Pueyo, 1910.

Mi evangelio, Madrid, Imp. de Antonio Marzo, 1910.

Corazones locos (novelas breves), Madrid, Lib. Pueyo, 1910.

La humilde curiosa (novela breve), Madrid, El Cuento Semanal nº 197, 7-X-1910.

Libertada (novela), Madrid, Los Contemporáneos nº 115, 10-III-1911.

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-Cuartillas para mi rey. El libro de la lealtad, Madrid, Imp. de Antonio Marzo, 1911

Fiebres amorosas (cuentos), Madrid, Imp. de A. Marzo, 1911.

Por algo es rey (novela), Madrid, Ed. Perlado Páez, s. f. (1911). / (2ª ed.) Madrid, Imp. de A. Marzo, 1913.

Mujeres vencidas. Márgara, Leonor, Enriqueta, Caridad (relatos), París y Buenos Aires, Louis Michaud, 1912.

Del abismo, al amor (novela), Madrid, El Libro Popular nº 6, 11-II-1913.

Amores que allá quedaron (novela breve), Madrid, El Cuento Galante nº 11, 19-VI-1913.

La defensora del rey. Horas trágicas de balneario (narraciones), Madrid, El Libro Popular nº 14, 7-IV-1914.

Margarita (novela), Madrid, Los Contemporáneos nº 284, 5-VI-1914.

Así es nuestro Rey, Madrid, Imp. Helénica, 1914.

La vil (novela), Madrid, Los Contemporáneos nº 339, 25-VI-1915.

Horas trágicas del vivir (cuentos de guerra), Barcelona, Biblioteca Yris, 1915.

Lo perdonaron Dios y el Rey, Barcelona, Biblioteca Yris, 1915.

¡Por el Kaiser! ¡Por el maldito kaiser! (cuentos de la guerra), Barcelona, Biblioteca Yris, s. f. (¿1915?).

Víctimas del rojo ideal (novela), Madrid, Los Contemporáneos nº 390, 16-VI-1916.

Aquel día en que Morral…, Valencia, La Novela con Regalo nº 7, 25-XI-1916.

 

 

 

 

 

 

 

Todos junto al soberano, Madrid, La Monarquía, s. f. (¿1916?).

Desencanto, Valencia, La Novela con Regalo nº 16, 21-IV-1917.

Hogueras de la vida

Amor a la patria y lealtad al Rey, Madrid, s. f. (¿1918?).

Los augustos defensores de la Patria, Madrid, Antonio Marzo, s. f. (¿1923?).

El rey Alfonso XIII ante S. S. Pío XI. Una fecha histórica en el catolicismo mundial, Madrid, A. Marzo, 1925.

Salvas de patriotismo. España por Alfonso XIII, Madrid, La Monarquía, 1925.

Mi lucha con los traidores. Yo acuso ante el mundo entero a la dictadura de la mayor felonía que se cometió en España, Madrid, El Combate, 1930.

Cartas de un aragonés al rey Alfonso XIII, Madrid, La Monarquía, 1931.

En defensa del rey, Madrid, La Monarquía, 1931.

Una fecha histórica en el catolicismo mundial, Madrid, La Monarquía, 193?

Mi españolismo grita, Madrid, La Monarquía, 1933.

El reloj de un desterrado, Madrid, La Monarquía, s. f.

Canto al Rey. Líricas consejas de un aragonés leal a su Soberano, Madrid. Ed. Patriótica, 1933.

Los herederos. La Unión monárquica, Madrid, Imp. Omnia, 1935.

Cobardías, Madrid, Ed. Patriótica, 1936.

Hace falta un rey, Madrid, Ed. Patriótica, 1936.

El libro de la monarquía. Evocad al rey Alfonso XIII, Madrid, 1940.

Lo que vi en América (poesía), Buenos Aires, 1943. / Barcelona, Hispano Americana de Nuestra Señora del Pilar, 1943.

¡Ante todo, España! Hacia la monarquía. Consejos en Suiza a Juan de Borbón, Buenos Aires, Ed. Alfonso XIII, 1945.

¿Puede don Juan reinar en España? Pregunta de un periodista mexicano, San Sebastián, El Libro del Reino, s. f.

Medio siglo de mi lucha. Rosales Hispánicos de “La Monarquía”, Almería, Imp. Almeriense, s. f. (1961).

 

                                                                     BIBLIOGRAFÍA

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-, “Benigno Varela”, Trébede nº 46, enero 2001.

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-NAKENS, José, “Prólogo” a Estrellas con rabo, Madrid, 1903.

-ORY, Eduardo de, Desfile de almas, Madrid, Pueyo, 1909, pp. 72-75.

-PALAU Y DULCET, Antonio, Manual del librero hispanoamericano, tomo XXV, Barcelona, Lib. Palau, 1973, pp. 253-254.

-RAMÍREZ ÁNGEL, Emiliano, “Prólogo” a Isabel, distinguida coronela, Madrid, Imp. de Antonio Marzo, 1910, pp. 11-29.

-ROCAMORA, José, “Juicio crítico” de Mi evangelio, Madrid, Imp. de Antonio Marzo, 1910, pp. 7-15.

-SÁINZ DE ROBLES, Federico Carlos, La novela española en el siglo XX, Madrid, Pegaso, 1957, p. 116.

-, Diccionario de la Literatura, vol. II, Madrid, Aguilar, 1973, p. 1252.

-SIN AUTOR, Voz: “Varela, Benigno”, Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa, tomo LXVI, Barcelona, Espasa Calpe, 1928, p. 1505.

-, Enciclopedia Figuras de Hoy, Madrid, Ciencia y Cultura, 1956, p. 629.

-TRIGO, Felipe, “Prólogo” a El sacrificio de Márgara, Madrid, Lib. Pueyo, 1909.

-UNAMUNO, Miguel de, “Leyendo al autor” (Introducción a Isabel, distinguida coronela, Madrid, Imp. de Antonio Marzo, 1910).

-VALENZUELA LA ROSA, José, Cómo acabaron los lances entre caballeros, Zaragoza, La Cadiera, 1956.

Publicado en Cruces de bohemia, Zaragoza, UnaLuna, 2011, pp. 7-11.

El conocimiento de la bohemia española primisecular preocupa a los estudiosos desde hace no demasiado tiempo. Sin embargo, gran parte de nuestra mejor literatura tuvo que ver con ella y su existencia no es un referente pintoresco y marginal sino una tremenda realidad que, a veces, parece haber querido borrarse. Verdaderamente, y pese a la relativa cercanía en el tiempo, resulta muy difícil saber de sus circunstancias. Es cierto que los auténticos bohemios fueron a menudo retratados con pretensiones estéticas por parte de quienes los conocieron o como sujetos de anécdotas con que amenizar los libros de memorias o ficciones, pero sólo en casos muy aislados, como los de Valle-Inclán o Gómez de la Serna, se penetró en su enjundia.

Muchos de los textos en torno a sus chuscos sucedidos y vidas desgarradas pueden parecer hoy excesivos o exagerados, fruto más bien de una selección de episodios que de una realidad patente, pero cualquiera que haya deambulado por los barrios bajos o las tabernas españolas de hace no tantos años sabe que el pintoresquismo más atroz, la arbitrariedad, la miseria y el dolor elevado a chascarrillo eran pasto común, y quienes hayan cumplido los sesenta tendrán noticia de lo que significó el hambre para gran parte de los habitantes de la piel de toro y de los extremos a que puede llevar el sufrirlo. La historia de la humanidad no es fundamentalmente otra cosa que la historia del hambre. Y hasta hace cincuenta años un buen número de españoles lo vivía cotidianamente.

Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son, como se dijo, impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo.

Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, todavía muy superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban, según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

Es cierto que algunos de los bohemios aquí retratados vivieron, aunque fuera momentáneamente, el triunfo. Dicenta, a partir del estreno de Juan José, sin que ello significara ni mucho menos que variase su preferencia por el alcohol, la pendencia, el mujerío y los barrios bajos. Vidal y Planas, durante el corto periodo que corrió entre el éxito del estreno de Santa Isabel de Ceres y el asesinato de Luis Antón del Olmet. Retana tuvo una vida desahogada hasta la guerra civil pero sus amistades y preferencias sexuales le hicieron hurgar, aunque irónica y distanciadamente, en las espeluncas de la condición humana. El resto apenas salió nunca de la compañía de la indigencia y la urgencia de emplear el “sable”.

El nivel estético de sus producciones fue naturalmente diverso. De los aquí recogidos, Noel y Gálvez, excelentes escritores minusvalorados y siempre tratados con reticencia, han sobrellevado en su consideración crítica el estigma de su excentricidad y de su pobreza. Si todavía puede decirse que una gran mayoría de los escritores más notables del siglo XX español pertenecía a clases más o menos acomodadas, con todo lo que ello significa, la crítica en general poco hizo por reparar esa injusticia de base. El franquismo y las circunstancias del exilio coadyuvaron para que esa situación no se modificase. Joaquín Dicenta, tan famoso y posiblemente supervalorado en su tiempo, padeció en su prestigio la travesía del desierto que, durante los años inmediatamente posteriores, suele afectar al escritor que desaparece. Su virulento y sincero, aunque decimonónico, enfoque social propició que el franquismo derribase sus bustos y sepultase su obra bajo la socorrida losa del olvido. Retana fue un escritor de gran soltura y correcto estilo aunque cayó frecuentemente en facilidades y nunca le sonrió el genio. Sin embargo, su repercusión sociológica tampoco ha suscitado apenas atención. Pedro Barrantes y Vidal y Planas, a pesar de la abundantísima obra de este último, carecen de interés estético pero son el perfecto ejemplo de esa España descabellada, abrupta, feroz e inclasificable que da razón de nuestra historia.

Todos bebieron con voluntad, lo que, probablemente, costó la vida a Barrantes y Dicenta. Gálvez y Retana murieron de forma violenta; Noel, en la miseria. Contra toda probabilidad, fue Vidal y Planas el único que tuvo una muerte que podríamos calificar de corriente, aunque fuera en el exilio.

Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sáinz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último, que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta -en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sanchez Álvarez-Insúa-, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existe una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

 Categorizar a la bohemia española prescindiendo de consideraciones estético-históricas es tarea inútil y condenada al fracaso. Una sociología de la bohemia tendría fronteras siempre gaseosas. Aceptando el común componente de la indigencia, sí puede decirse que Gálvez, Noel, Barrantes se incluyeron en ella por vocación. Buscarini y Vidal y Planas, por temperamento enfermizo. Otros bohemios con posibles se insertaron en sus filas por estética, como fue el caso de Hoyos y Vinent. Sin que faltase la erotofilia, caso también de Retana. Ya se habló de la pasión personal de Dicenta por el limo. No la tuvo Carrère, que se encontró con esta forma de vida en los cafés y se apuntó con todo tipo de prevenciones al cotarro, como quien se inscribe en una sociedad con la que no tiene mucho que ver pero que, sin darle mucho que cavilar, le resulta útil. Los dos grandes Ramones, si estuvieron en la bohemia fue, evidentemente, por amor al Arte que ellos, como nadie, ejemplificaban.

Los seis trabajos aquí reunidos, fruto de varios años de recogida de notas sin propósito específico y de la predilección del autor por estos tan extravagantes como, en su mayor parte, desdichados artífices, quieren dar una visión parcial, aunque en la medida de lo posible coherente, de este universo relativamente cercano en el tiempo pero tan lejano ya a nuestros usos y formas de vida. Los repertorios de obras y bibliografías no llegarán a exhaustivos, pero incrementan de forma sensible lo hasta ahora publicado sobre estos autores y, desde luego, pueden dar pistas para indagaciones posteriores que, probablemente, ya debían haber sido acometidas.

 

(Publicado en Clarín nº 135, mayo-junio 2018, pp. 42-46).

El muy raro libelo al que el título de este trabajo se refiere apareció, sin fecha ni pie editorial, en Madrid a finales de 1904[1]. En sus 32 páginas se pone como no digan dueñas a 84 escritores contemporáneos, entre los que figuran los de la vieja guardia, como Marcos Zapata, Eugenio Sellés o Galdós, que hacía poco habían superado los sesenta años, pero también a los modernistas y todos aquellos que después serían agrupados bajo el socorrido marbete de Generación del 98. Realmente, es a los jóvenes contemporáneos del autor a quienes se presta mayor atención. Allí se incluyen algunos como Julio Camba y Pedro de Répide, nacidos en 1882 o Juan Ramón Jiménez, que en 1904 cumplía los 23 años.

No es este el lugar para analizar las glosas del libelo, en general, abundosas en mala baba y, lamentablemente, no demasiado provistas de agudeza, lo que no deja de sorprender porque su autor fue celebrado por un ingenio que sí demostró en otros lances. Citaré, sin embargo unos cuantos fragmentos para dar idea del tono de la publicación.

José Martínez Ruiz: “Es la imbecilidad ensamblada con la memez…” (5)

Enrique Gómez Carrillo: “…se emborracha en el Boulevard y, por último, besa a la Cleo en los labios, en todos sus labios…” (6)

Mariano de Cavia: “Cuando no está en curda es el ser más imbécil de la tierra…” (7)

Alfonso Pérez Nieva: “…de su literatura puede decirse que es como la cagada de pavo: ni sabe ni huele…”  (9)

 José Ortiz de Pinedo: “En una noche de amor en que Juan R. Jiménez le entregó a Valle-Inclán su alma de violeta, fue concevido (sic) este gargajo glauco de la literatura…” (12)

Cristóbal de Castro: “Este feto pertenece a la familia de los Daguerre, orden de los Candamo, especie de los Zamacois. Su prosa es el mejor abono para las plantas de los pies…” (15-16)

Eugenio Sellés: “Imaginad una res, / sopladle bien por el ano / y abultará más que tres. / Pues así engordó Sellés / después de El nudo gordiano”. (16-17)

Jacinto Octavio Picón: “Congrio de la clase de republicanos, cuentista adormidera de los más insufribles…” (21)

En la breve introducción, tras una cita del Marqués de Premio Real: “Las introducciones deben ser violentas” en la que, con la polisemia del sustantivo, se alude a la homosexualidad del aristócrata, la puya se remacha en los últimos versos de la glosa a él dedicada:

“Me voy, pues, por el atajo / sin hablar de este señor, / el cual trabaja a destajo / y a quien deseo un… trabajo / mientras más grande mejor” (24).

Las alusiones al comportamiento sexual continúan con la primera figura del elenco, Emilia Pardo Bazán:

Es una gran protectora de sus paisanos. El número de gallegos que albergó bajo su techo no puede calcularse. Dícese que con Vahamonde ha llegado a 69.

Tiene dos hijas, pero no tiene marido. Buenas gentes afirman que lo tuvo a mediados del siglo pasado.

Ha escrito mucho sobre el amor y, últimamente, hace la vida de una santa.

El demonio, harto de carne… (5).

Como se dice en la mentada introducción, los textos no van dirigidos a un receptor cualquiera:

El público, el verdadero público, la clase neutra de los hombres cultos, nos juzgará. Para los imbéciles, las multitudes que ríen con  El rey del valor y lloran con Mancha que limpia sentimos un desdén profundo y misericordioso[2]

Sea como fuere, el motejo de hampones se extiende a todo el espectro literario: no se salvan novelistas, poetas, dramaturgos, comediógrafos ni periodistas. Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Valle-Inclán, Dicenta, Baroja, Antonio Machado o Unamuno reciben el mismo trato. La palabra “hampón” era muy usada en esta época y aunque su sentido solía ser el habitual hoy, se extendía también a los golfos o a los que vivían del engaño. Es, sobre todo, este último significado el que parece aplicarse a los escritores.

El libelo en cuestión  está firmado con el cervantino seudónimo de Chiquiznaque[3]. La ficha de la Biblioteca Nacional –incluso hoy-  lo atribuye a Julio Camba y ha habido varios estudiosos que se han preguntado –e incluso alguno se ha respondido- por la identidad del mentado Chiquiznaque[4].  

La respuesta, sin embargo, está en el tomo inicial de la primera edición de las memorias de Cansinos Assens[5]:

El amigo Iribarne le ha dedicado en sus Hampones de la Literatura esta semblanza:

                           Don Benito tiene un perro que se llama Secretario,

                           El secretario de don Benito es Ángel Guerra[6].

Por lo poco que conocemos del personaje, el libelo se acomoda a su desfachatez pero extraña el poco cuidado y más bien chapucero lenguaje, aunque éste tampoco sería propio del joven Julio Camba y menos de Roberto Castrovido, los dos periodistas a quienes hasta ahora se ha atribuido la autoría.

José Iribarne es uno de los personajes más citados en La novela de un literato, donde casi siempre se le nombra con el apodo de Zaratustra que, es sabido, se aplicó a otros individuos en época tan nietzscheana como el comienzo del siglo XX[7]. Sin embargo, Iribarne es autor del que apenas hay huellas y parece que no ha suscitado el interés de los especialistas en este periodo, a pesar de ser uno de los ejemplos más fehacientes de la tan traída y llevada bohemia española.

Cansinos, que también aparece en Los hampones con el nombre de R. ben Cansino, es casi la única fuente para averiguar algo de las peripecias de este rebelde irredento, del que no he podido encontrar ninguna representación iconográfica. A través del erudito sevillano y de muy dispersas noticias hemerográficas, podemos reconstruir alguna parte de la historia de Pepe Iribarne, cuyo medio de vida no fueron, en realidad, las letras sino el dibujo y la pintura.

 

EL PERSONAJE

Pese a su apellido vasco y haber vivido en Bilbao, Cansinos Assens apunta que José Iribarne –Zaratustra en sus memorias- era de la tierra de Villaespesa, es decir, almeriense[8].  Hijo de un crápula, que fundió su capital, hubo de trabajar como cajista de imprenta. Durante un tiempo y junto a Joaquín López Barbadillo, que después sería redactor de El Imparcial, trabajó para el jerezano Manuel Escalante, otro editor y libelista que explotaba a ambos.

De su actividad como escritor en su primera época sólo conocemos el citado libelo, Los hampones de la literatura, y un folleto de 16 páginas, sin fecha pero de la primera década del siglo XX, con el título ¿La herencia del negro o la herencia del blanco? (sobre un litigio), que hace referencia a un tema omnipresente en la prensa de entresiglos y cuyo más cabal ejemplo es el galdosiano Electra: la apropiación con malas artes de una herencia, por parte de los padres Escolapios, sólo que en esta ocasión el autor defiende la inocencia de la orden.

Por su parte, Cansinos  asegura que, además de frecuentar las tertulias de El Colonial y El Universal, acudía a la de La Montaña[9], donde se imponía a todos por su mordacidad y su franqueza insobornables. Después, cambió los cafés por los tupinambas[10] de las cercanías de Antón Martín, más baratos y que acababan de aparecer. Segundo de Pujana, con el que tuvo relación amistosa, lo llamaba “Príncipe de la ironía”. En cambio, Iribarne escuchaba a éste con conmiseración y, de pronto, estallaba en una carcajada que dejaba perplejo al bohemio. Se reía de un modo falso, como atacado por la tosferina.

Cansinos, que le dispensó siempre gran amistad, lo admiraba, quizá, por decir en público, con una gravedad hierática y tajante, aquello a lo que él no se atrevía. El bohemio sólo admiraba a su hermano Paco, que no tenía nada de admirable y escribía en El intransigente de Lerroux.

Iribarne era de los muy escasos contertulios de Valle-Inclán que no se extasiaba ante el gran estilista gallego, a quien identificaba con un mendigo de sus propios cuentos, ni tampoco ante Azorín. A Baroja lo consideraba, con bastante razón, un anarquista de pega, un falso Gorki. Tampoco los literatos emergentes se salvaban de sus dicterios. A Julio Camba le decía que era un pequeño miserable y, a su querido hermano Paco, un pequeño pobre hombre.

Hacia 1912, dio por frecuentar junto al maestro San José[11] el teatro Noviciado, tildado de “barraca” por Cansinos, que a veces los acompañaba, todos ellos atraídos por los engendros que “hacían reír por su insulsez y procacidad”.[12]

Con barba y grandes bigotes rubios, tenía unos modales rudos, proletarios y francos y le cantaba las verdades, con acritud, al lucero del alba. En cambio, la mujer con la que vivía, Obdulia, conseguía sacarlo del café tan sólo con una seña. Rubia y de ojos azules pero poco agraciada, “prematuramente, envejecida por los partos[13],  mal vestida y sucia”[14], admiraba, sin embargo, con unción a su amante. Vivían en un cuchitril de la calle Tres Peces, “de lo peor que hay”, entre la plaza de Lavapiés y la calle de Atocha, donde el escrupuloso Cansinos rehusaba las patatas soufflé de Obdulia, que encantaban a otros cofrades de la pobretería. Iribarne cambiaba continuamente de aspecto cortándose la barba y/o el pelo. Los bohemios lo buscaban pues, aunque en absoluto le sobraba, manejaba más dinero que ellos y, frecuentemente, los invitaba.

No sabemos dónde obtenía el monto que manejaba, pues su nombre apenas aparece en algún lugar[15] y, como ilustrador de libros, sólo hemos localizado su firma en una novela corta editada el 20 de febrero de 1913 con el número 5 en El Cuento Decenal. El autor de la misma, que firma con el seudónimo de “El Caballero de la Noche”, es uno de los más desconocidos, pintorescos y descabalados componentes de la bohemia madrileña, el ya mentado Segundo Uriarte de Pujana[16], y el título de su novelita, Norma. Iribarne era, sobre todo, caricaturista y, a veces, ilustraba las hojas que él mismo redactaba con seudónimos como “El terrible Pérez”, “Chiquiznaque”, “Peláez, crítico”, “Toribio saca la lengua[17]”… Incluso incluía su propia caricatura “en paños menores, con hongo y los pies descalzos con los dedos engarabitados y llenos de juanetes”[18]. En septiembre de 1910 varias publicaciones anunciaban que partía hacia las provincias del norte, para impartir una serie de conferencias sobre “La Pintura y la Caricatura en España” e intentar exponer su obra[19].  Esta debió de ser una de sus principales fuentes de ingreso, pues hay noticias de que pronuncia esta misma conferencia en Zamora en julio de 1913, mientras que el 22 de marzo de 1918 El Eco Toledano da cuenta de que ha llegado a la ciudad imperial “el prestigioso crítico de arte de El Pueblo Vasco” para impartir una conferencia sobre “Historia de la caricatura”, lo que da cuenta de que había conseguido esa colaboración en el diario bilbaíno, ya que la pareja Pepe-Obdulia se trasladó a la capital vasca a finales de la segunda década del siglo XX. Allí, en la Imprenta de la Viuda e Hijos de V. Hernández, editó en 1922 su primer libro, El arquitecto Pedro Guimón y las modernas orientaciones pictóricas en el país vasco, ilustrado por el mismo autor[20]. Únicamente tenemos algunos datos sueltos de su actividad durante la dictadura primorriverista. Tal vez estuvo temporalmente exiliado. A finales de 1927 publicó en Bayona dos números de una revista con el título de Tierra Vasca. También fue redactor y después ejerció la dirección de La Prensa, un diario en decadencia que desapareció en 1931. 

En 1925, casi perdido el contacto con Iribarne aunque todavía se escribían, Obdulia viajó de Bilbao a Madrid para realizar una gestión en favor de su hermana ante el general Martínez Anido y visitó a Cansinos[21]. El famoso y temido militar había sido su pretendiente cuando era un tenientillo pero la joven eligió al bohemio. A pesar de ello, el justamente llamado Severiano le profesaba gran afecto y le ofrecía empleos para Pepe, su querido compañero, que él, orgullosamente, rehusaba.

Obdulia  refirió a Cansinos que su Pepe figuraba como redactor en el diario La Tarde y seguía haciendo gala de sus excentricidades. Para que le subieran el sueldo, se hizo un traje de arpillera y se presentó así en el ayuntamiento para cubrir la información municipal. Al ser reprendido por  exhibirse de tal guisa en la corporación, replicó que con su sueldo era el único traje que podía sufragarse. Por otra parte, escribía críticas de pintura y chamarileaba con sus cuadros, con los que también viajaba a Biarritz. Obdulia lamentaba que, sobre todo, lo hacía para coquetear con francesitas. Lamentaba también que seguía comiendo con los dedos, manchando todo y gargajeando en el suelo. Ella tenía hasta que sonarle los mocos.

Caído Primo de Rivera, Iribarne abandonó La Prensa para ocuparse del diario nacionalista Acción Vasca, de corta vida. Según sus propias palabras, decidió volver a Madrid, harto de Indalecio Prieto[22]. Fiel a sus costumbres, se instaló en un cuartucho realquilado de la calle Cruz Verde “de una casa absurda, viejísima, cuya escalera arranca del mismo portal y cuyos inquilinos son esquineras y maleantes”[23].  Su viejo conocido Lerroux lo nombró vocal de un comité paritario en Segovia, lo que junto a las colaboraciones periodísticas le permitió sobrevivir. Sin embargo, el 14 de marzo de 1933 firmaba una carta con otros redactores de El Imparcial[24], en la que decían abandonar el periódico por el carácter comunista de sus dirigentes.

A finales de dicho año, con prólogo de Eduardo Barriobero[25], firma un nuevo volumen de gran actualidad, Las dos oligarquías capitalistas que devoran a España. El Concierto económico de las Vascongadas y la Autonomía de Cataluña, que requeriría un comentario que no es de este lugar y una reedición que, si no se ha llevado a cabo, es por desconocimiento. Sí puede resultar ilustrativo recordar que don Santiago Ramón y Cajal en El Mundo a los 80 años confiesa que esta obra y La rebelión de las masas son los dos libros que más le han impresionado en los últimos tiempos.

Nada sabemos de la peripecia de José Iribarne durante los años siguientes. Hubo de morir en los últimos meses de 1938 en su Almería natal y en no sobrada condición económica, ya que  Sánchez Hernández, a la sazón gobernador civil de la ciudad,  fijó un donativo a favor de Obdulia, su resignada viuda por la que suspiró el general Severiano Martínez Anido[26], que ahora, con mando en la nueva tesitura, tal vez influyera en tan generosa acción.

 

OBRAS

-IRIBARNE, José (con el seudónimo de Chiquiznaque), Los hampones de la literatura, Madrid, s. e., s. f. (1904).

-, ¿La herencia del negro o la herencia del blanco? (sobre un litigio), Madrid, Imprenta Universal, s. f. (h. 1905).

El arquitecto Pedro Guimón y las modernas orientaciones pictóricas en el país vasco, Bilbao, Imprenta de la Viuda e Hijos de V. Hernández, 1922.

-, Las dos oligarquías capitalistas que devoran a España. El Concierto económico de las Vascongadas y la Autonomía de Cataluña, Madrid, Imprenta de Galo Sáez, 1933.

NOTAS

[1] En la línea del Charivari (1897) azoriniano, en esta época se publicaron varios libelos de esta especie, generalmente en verso, en los que la agresividad se imponía a la sátira.

[2] El Rey del valor fue una humorada en un acto de Antonio Paso y el periodista Carlos Crouselles, musicada por el maestro Rafael Calleja, que se estrenó en el Teatro Eslava el 7 de septiembre de 1904; Mancha que limpia un conocido dramón echegarayano, estrenado en 1895.

[3] Nombre de un rufián que aparece en “Rinconete y Cortadillo”

[4] La atribución de la Biblioteca Nacional la repiten varios estudiosos. Por su parte, José Esteban escribe: “…yo leí que se debía al ingenio del gran periodista Roberto Castrovido.”

[5] Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato (Hombres-Ideas-Efemérides-Anécdotas…) 1. (1882-1914). Edición de Rafael M. Cansinos, Madrid, Alianza Tres, 1982, p. 432.

[6] Se refiere a José Betancort Cabrera (1874-1950), escritor canario que utilizó el seudónimo de Ángel Guerra y ejerció como secretario de Benito Pérez Galdós, que, efectivamente, tuvo un perro al que llamó Secretario.

[7] Gonzalo Sobejano, Nietzsche en España, Madrid, Gredos, 1967.

[8] Había nacido (15-10-1877) en Laujar de Andarax, en la Alpujarra almeriense, a 70 kilómetros de la capital.

[9] Entre otros, también frecuentaban este café Francisco Camba y el poeta americano Maturana, “alcohólico y sentimental”, según Cansinos.

[10] La marca Tupinamba a finales del siglo XIX, estableció varios tostaderos de café y hacia 1905 levantó un primer kiosco donde se despachaba dicho producto y otras bebidas. Pronto proliferaron estos puestos callejeros, que fueron vistos como una manifestación de modernidad.

[11] Teodoro San José (1866-1930). Músico y compositor madrileño, autor de numerosas zarzuelas.

[12] Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato (Hombres-Ideas-Efemérides-Anécdotas…) 3. (1923-1936). Edición de Rafael M. Cansinos, Madrid, Alianza Tres, 1995, p. 50.

[13] Obdulia dio a luz en varias ocasiones pero todos sus hijos murieron  prematuramente.

[14] Cansinos Assens, La novela de un literato. 1, p. 175.

[15] El Caricaturista: 23-VIII-1910 y 1-IX-1910.

[16] Sobre él han escrito Emilio Carrère, Prudencio Iglesias Hermida, Guillén Salaya y José Esteban.

[17] V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/01/15/toribio-saca-la-lengua/

[18] Cansinos Assens, La novela de un literato. 1, p. 179.

[19] Una reseña sobre su conferencia aparece en el número de la revista Cervantes correspondiente a  enero 1919.

[20] Un breve comentario firmado por F. P. S. en Revista de Bellas Artes, nº 16, febrero de 1923, p. 16.

[21] Cansinos Assens, La novela de un literato.3, pp. 187-193.

[22] Es posible que así fuera pero también que el recuerdo de Cansinos haya confundido al dirigente socialista con García Prieto, político que manejaba el diario La Prensa, donde Iribarne había trabajado.

[23] Cansinos Assens, La novela de un literato.3, p. 304.

[24] Salvador Martínez Cuenca, Antonio Fernández Lepina, Bernardo G. de Candamo, Federico M. Alcázar, R. Torres Endrina, Joaquín Corrales Ruiz, José Iribarne, Joaquín M. de Orense y Fernando García Jimeno.

[25] Eduardo Barriobero y Herrán (1875-1939). Abogado y prolífico escritor de rica y tumultuosa trayectoria, en 1912 ingresó en la CNT y participó en numerosas empresas políticas y sociales. En 1930 fue elegido presidente del Partido Republicano Federal. Tras una controvertida actuación política durante la Guerra Civil, fue fusilado en cuanto las tropas franquistas entraron en Barcelona. V. José Luis Carretero Miramar, Eduardo Barriobero. Las luchas de un jabalí,  Móstoles (Madrid), Queimada 2017.

[26] Franco había convertido en ministro de Orden Público al temible gobernador de Barcelona, que encabezó la represión contra los sindicalistas libertarios. Murió el 24 de diciembre de 1938, poco después de que lo hiciera Iribarne.

La Cochambrosa (1905) es la primera y desconocida obra de Pedro Luis de Gálvez. No se sabía de edición alguna de esta novela hasta que Javier Barreiro la localizó publicada como folletín en el Heraldo de Cádiz a finales de 1905, fechas en las que el malagueño se encontraba preso en la cárcel gaditana, a la espera del juicio por las palabras proferidas contra la monarquía en un mitin republicano celebrado en 1904 en Jerez de la Frontera, que le supondría varios años de penal hasta ser indultado.

La novela tiene un carácter claramente autobiográfico, con abundantes excursos sobre Arte y Estética, ya que la pintura fue la primera gran vocación del escritor, que se relacionó con Pablo Ruiz Picasso, contemporáneo y vecino suyo en Málaga. Es también una muestra del malestar de la época de entresiglos y tiene concomitancias con otras narraciones de su tiempo en las que el protagonista se debate entre la persecución del ideal y la falta de voluntad para la lucha. Finalmente, es un documento desde el interior de la vida bohemia en el Madrid de los últimos años del siglo XIX, con la aparición de personajes tan representativos como Enrique Cornuty y Pedro Barrantes.

Javier Barreiro, ensayista, poeta, narrador y autor de Cruces de bohemia, es uno de los más reconocidos estudiosos de la literatura de entresiglos y ha publicado numerosos artículos y ediciones en torno a obras y escritores de esta época.

Sobre Pedro Luis de Gálvez también puede verse en este blog:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/07/22/pedro-luis-de-galvez/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/07/23/la-prehistoria-de-pedro-luis-de-galvez-en-la-carcel-cronica-y-narracion/

 

 

(Publicado en Clarín nº 132, noviembre-diciembre, 2017, pp. 18-23)

El periodista

Es curiosa y atípica la trayectoria de Javier Bueno García (1891-1967), autor madrileño que, en principio, estaba destinado a militar en las desvencijadas filas de los periodistas que en las dos primeras décadas del siglo XX deambulaban por las redacciones, ostentando sus desgastados ternos y sus tres cuartas de bohemia, picaresca y salacidad. La otra parte la daba el hambre. Con un adobo de alcoholismo y unas gotas de puteque de baja estofa, el cóctel derivaba frecuentemente en tuberculosis. No fue así, tras unos años en la brecha, para Javier Bueno, que, muy joven, fue enviado como  corresponsal a París, cubrió la I Guerra Mundial, se internacionalizó y terminó como bien pagado funcionario de la OIT en Ginebra. Ya jubilado, moriría en el turístico pueblo de Gryon a 130 kilómetros de la ciudad del lago Leman.

 Sin embargo, sus inicios fueron tan traqueteados y pintorescos como los de cualquier personaje de Carrère o Vidal y Planas, sin que faltaran procesos, duelos y otras demasías. Tras haberse escapado de su casa, para conocer París y Londres, su intento de alistarse sin documentación para la guerra del Transvaal, deparó que, al solicitarse aquella, la embajada española se topara con la reclamación de su familia. De nuevo en Madrid, comenzó con apenas quince años –para nuestra vergüenza, entonces se maduraba mucho antes- a escribir en El Globo, desde donde pasó a España Nueva, donde todos le llamaban Javierito, por su juventud, escualidez y escasa talla. Una de sus primeras misiones como reportero fue el viaje a París en burro acompañado de Carlos Crouselles, otro de los periodistas de la época que merecería una novela. Salieron para la ciudad del Sena en agosto de 1906 pero dejaremos esa jugosa crónica del viaje pues es inminente su publicación, rescatada por la editorial Renacimiento.

 Sí habrá que decir que el satírico Crouselles se casó nada más regresar con Aurora Fuster, viuda del escritor –sevillano, como él- José Antonio Torres “Micrófilo”, que había fallecido hace dos años en Málaga y dejó a su esposa una buena renta. El nuevo matrimonio intentó sacar provecho de ella montando un negocio en Méjico pero no hubo suerte. Pensaron, entonces, marcharse a la Argentina en busca de nueva fortuna y el 9 de diciembre de 1908 los dos se encontraban en Sevilla, prestos para emprender el nuevo viaje. Carlos dejó a Aurora encerrada en la habitación del Hotel Iberia, tal vez porque ella padecía algunos problemas mentales, y se marchó con unos amigos a la contaduría del Teatro del Duque, donde mostró actitudes inusuales y extrañas. Al volver al hotel, sonaron cuatro detonaciones en la habitación ocupada por el matrimonio.

 Crouselles había matado a su esposa e intentado suicidarse, aunque sobrevivió unas horas. En la habitación del siniestro se encontraron cuatro cartas. Una de ellas iba dirigida al gobernador por parte de Aurora y declaraba que, considerando que no podían ser felices, iba a matar a su marido y, después, se suicidaría. En otra, Crouselles exponía que, por no tener valor su mujer para realizar su proyecto, lo asumía él con las funciones intercambiadas y legaba a una amante, con la que tuvo en Madrid 4 hijos, 3.400 pesetas. Una tercera carta era para su amigo, Emilio López del Toro, al que remitía cien pesetas como adelanto para dicha amante, de nombre, Jerónima Blasco. La última carta era para despedirse de ella.    

 El folletín prosiguió con muy diversas peripecias pero quien nos interesa aquí es Javier Bueno que, tras dejar España Nueva, entró en la redacción de El Radical, al tiempo que comenzaba a publicar sus primeros textos narrativos. Y aquí se inmiscuye la figura de un inevitable en esta época: Pedro Luis de Gálvez. Efectivamente, La santita de Sierra Nevada, que iba a ser el primer libro del periodista, apareció con la firma del bohemio malagueño, el 30 de diciembre de 1910, con el número 5 de la colección Los Contemporáneos. El novel autor reaccionó con cierta elegancia. Esta es su carta al director de El País, publicada bajo el título “La Historia de un cuento”: 

 Mi querido Castrovido: Me ha ocurrido lo siguiente: Hace cinco meses, Pedro Luis de Gálvez me pidió, en nombre del director de Los Contemporáneos, un cuento. Le entregué el original. Hace dos meses me remitieron las pruebas, que yo devolví corregidas. Hoy me entero de que mi cuento, con el título La santita de Sierra Nevada, que no es el título que yo le puse, se publica el viernes próximo, firmado por Gálvez, quien, según me dicen, ha cobrado el importe. Me aconsejan que acuda ante el Juzgado; pero, ¿para qué? Procederán contra Gálvez, y acaso lo metan en la cárcel, pero eso no me proporcionará la misma felicidad que Ios treinta duros que por mi trabajo me correspondían. En este caso, sólo me resta el derecho del pataleo, y quiero que usted sea tan bueno que publique esta carta en El País. Se lo agradecerá mucho su devoto y amigo, JAVIER BUENO.

 Aunque Gálvez rebatió esta versión en carta también publicada en El País, dadas las fechas, parece una inocentada aunque sea un caso de descarada piratería. Emilio Carrère, sin embargo, no debía de tener simpatía alguna por Javier Bueno porque a los pocos días del episodio se descolgó en Madrid Cómico (7-1-1911) con este comentario: “También aludo a Javier Bueno, ese salvaje inconsciente y huero, a quien con motivo de su pleito de La santita de Sierra Nevada, sólo tengo que decir que el perjudicado es Gálvez, por haber firmado una cosa tan mala”.

Lo de salvaje venía a cuento por ser “Las palabras de un salvaje” el título de la sección que el periodista madrileño firmaba en El Radical. Dos años después, Bueno publicaba Una vida, número 25 de la colección El Libro Popular, aparecido el 26 de diciembre de 1912, una intensa novela corta de corte clásico, que narra el rodar por el mundo de un pícaro, que termina, fracasado, recogiéndose en su claustro natal. El lector habituado a la novela corta de estas calendas reconocerá  la firma de Javier Bueno en la segunda o penúltima página de abundantes números de esta colección, El Libro Popular, donde redacta breves reseñas y se hace vocero de interesantes noticias y comentarios acerca de la actualidad literaria o social. Sorprende la precocidad, el conocimiento, soltura y competencia del ya formado periodista.

La novela

Un hombre, una mujer y un niño (La Novela de Bolsillo nº  30), publicada en marzo de 1914 e ilustrada por Federico Ribas, es la tercera de las novelas cortas de Bueno y, sin duda, la más interesante. Ya desgajado de El Radical, su carrera en el periodismo iba por muy buen camino. Había trabajado en otros periódicos como La Tribuna, donde se hizo amigo de Tomás Borrás y, sobre todo, acompañaría a Rubén Darío en su viaje a la Argentina -zarparon el 27 de abril de 1912-, financiado por la revista Mundial Magazine, que el poeta dirigía en París, lo que le valió a  Bueno numerosas relaciones y el agradecimiento de Darío, al que sacó de situaciones muy comprometidas. Algunas de ellas las cuenta en Diálogos con el que se fue (1965), la última de sus publicaciones, en la que rescata a algunos escritores de aquel tiempo. Por otro lado, Javier entró en relación con la popular revista porteña Caras y Caretas, que, poco después, lo nombraría su corresponsal en la guerra europea. También por esa época, entrevistó a Galdós, Dicenta, Maragall, Ignacio Iglesias, Menéndez Pelayo…

Con todo esto, Bueno se podía permitir una mirada crítica y distanciada sobre la redacción de un periódico como El Radical, en el que durante casi dos años había convivido con la entraña del periodismo madrileño, tan cuajado de bohemios y figurones, como de pintoresquismo e hipocresía.

El periódico

El Radical, diario republicano de la noche había sido fundado en marzo de 1910, por Lerroux  -en 1904 había sacado a la luz un semanario con el mismo título- y mudó a convertirse en diario de la mañana en octubre de 1912. Portavoz del inescrupuloso político cordobés, era por entonces un periódico que daba voz al anticlericalismo, al socialismo y a las aspiraciones obreras. Como director figuraba el culto y prestigioso Ricardo Fuente, que había dirigido El País, ya el principal portavoz de las ideas republicanas. Por su redacción pasaron Luis Bello, Ignacio de Santillán, Segismundo Pey Ordéix, Álvaro Calzado, Julián Moyrón, Eduardo Barriobero e Hipólito González Rodríguez de la Peña, entre otros. Y, como colaboradores, contaría con las firmas de  Nicolás Estévanez, José Nakens, Rafael Salillas, Cristóbal de Castro, Joaquín Dicenta, Pedro de Répide, Álvaro de Albornoz, Julián Besteiro… El Partido Radical de Lerroux atrajo a abundantes intelectuales, entre los que se contó a  Ortega y Gasset, que lo utilizó para dar a la luz lo que le parecía inconveniente publicar en El Imparcial, propiedad de su familia. También Pío Baroja, que coqueteó con el partido de Lerroux, publicó César o nada como folletín en el diario.

Tanto el protagonista de la narración, Asuero, como el nombre del periódico en el que trabaja, El Demócrata, son réplicas de Javier Bueno y El Radical. Aunque la descripción satírica de los componentes de la redacción es el principal objetivo de la obra, glosaré brevemente el argumento, que también es ejemplificador del ambiente que se vivía en estos últimos reductos de la bohemia:

Asuero, encargado en el diario de reseñar las sesiones en el Congreso, recibe una llamada avisándole de que, junto a otras putas, ha sido detenida su amante, María la Francesita. Para influir en su liberación, se persona en la comisaría del Centro, donde las encerradas andan metiendo bulla. Cuando un guardia abre la puerta de los calabozos, las detenidas, que siguen insultando a la policía, advierten de que la tal María está de parto. Entran Asuero y el comisario, apodado El Niño de los Brillantes, éste abriéndose paso pateando a las presas. El policía cree que ellas están burlándose y larga otra patada a la parturienta, con lo que todas se arrojan sobre él y lo muelen. A continuación, entran los agentes para liberar a su jefe y la emprenden a sablazos con las mujeres, que, para protegerla, se colocan encima de la nueva madre y de Asuero, que dispara a la policía. Tras visitar la Casa de Socorro, el joven ha de declarar ante el juez, que le concede la libertad provisional por su condición de periodista, pero en la redacción se ha sabido del incidente y todos están contra él que, con su conducta, ha emponzoñado la profesión. El director lo recibe muy benévolo, pero le comunica la decisión de la propiedad de prescindir de sus servicios. Finalmente, El Demócrata publica un suelto explicando que Asuero ya no tiene nada que ver con el periódico, con lo que El Niño de los Brillantes, libre de compromisos políticos, comienza su búsqueda. Tras vagar toda la noche, Asuero se dirige al Hospital de San Juan de Dios y encuentra a la Francesita que le cuenta sollozando, cómo las compañeras han llevado al hijo de ambos -eso cree Asuero- a la Inclusa. Entra entonces la policía que lo detiene y maniata. Ella lo despide pidiéndole que le escriba a casa de la Gallega, su coima.

Esta es la apostilla final del narrador, en una novela que no abunda en ellas:

La complicada máquina, que es la organización social de un pueblo, se había detenido unos instantes para ocuparse de un hombre, una mujer y un niño, y como la previsión es una de las virtudes de la sociedad en que tenemos la dicha de vivir, los tres encontraron pronto sus respectivos puestos: la cárcel, el prostíbulo y la Inclusa. Luego el mecanismo siguió rodando (p.59).

Los personajes

Ya se dijo que lo más suculento de la novelita son los personajes que destapa aunque lamentablemente sólo podamos desentrañar a los más conocidos. Daniel Pulpo es el presidente de la sociedad que explota el diario, es decir, el propietario. Se trata efectivamente, de Alejandro Lerroux (1864-1949), fundador del Partido Republicano Radical, político y demagogo, harto activo en la política española de la primera mitad de la pasada centuria. 

…soñaba con la posesión de tres grandes rotativos, cada uno de los cuales fuese órgano de cada partido triunfante en el gobierno del país, y otro, El Demócrata, con ciertos ribetes revolucionarios para recoger la parte de público que no estuviera conforme con los otros dos. (p. 43).

El director, don Roberto, corresponde a la figura de Ricardo Fuente (1866-1925), republicano y activo periodista, que, además de El Radical, dirigió El País, el más importante de los diarios republicanos del periodo de intersiglos. Bibliófilo y hombre de gran cultura, es más conocido por fundar y ser el primer director de la rica Hemeroteca Municipal de Madrid. Llevo fama de hombre de gran corazón y competencia pero un tanto despreocupado, algo así como a lo que más tarde se denominaría pasota. A pesar de ser quien ha de darle la noticia de su despido, Asuero-Javier Bueno, lo pinta con cierta benevolencia:

…era el más amable de los hombres, siempre que el estómago y los dolores de gota no le mortificaban. En las primeras horas de la noche se mostraba indulgente, alegre, bromista, confidencial; pero, desde las diez en adelante, cuando el estómago entraba en lucha terrible con los alimentos y el cerebro en batalla con el artículo de fondo, se volvía irascible y más de una vez los periodistas a sus órdenes habían sabido los peligros que entrañaba una ración de pote gallego en el estómago de Don Roberto. (p. 12).

Y, al comunicarle su despido:

Don Roberto, en el fondo era un sentimental bondadoso, a quien, sin las malas digestiones podían confesársele los más graves pecados, seguro de obtener el perdón. Su voracidad para comer era la causa de que se le creyera una fiera corrupia. (…) Acaso tuvo usted razón para hacer cuanto hizo –dijo don Roberto-; pero todo eso está fuera de lo normal, de lo reglamentado, de lo aceptable… Es muy triste, pero es así. Yo no puedo hacer otra cosa sino compadecerle, amigo mío, cumplo con el encargo que me dieron (…) Sepa que aquí deja un amigo, un solo amigo, yo. (pp. 52-54).

Don Calixto López Cardón es la figura prócer que  corresponde a Benito Pérez Galdós, como se puede advertir en la secuencia vocálica de ambos nombres. Así lo caracteriza Javier Bueno: “…novelista autor de más de ochenta obras, que se consideraban como ladrillos de su propio monumento”. Cuando convenía políticamente, Tomillo, uno de los miembros de la redacción, le hacía escribir el manifiesto que se consideraba oportuno:

 Y don Calixto, conocido vulgarmente como “gloria de las letras” redactaba un manifiesto con alusiones a la “gloriosa, al león dormido de España, al general Riego, a los consumos, para terminar con un párrafo descriptivo de la apoteosis: el sol de la Libertad aparecía esplendoroso por el horizonte ahuyentando a la ignorancia, al fanatismo, a todos los vicios y al ministro de la Gobernación. (p. 8).

 Otra de las figuras que colaboran en la redacción del diario es la de Guzmán Baeza, casi legendario autor de La blusa triunfadora. Se trata obviamente de un retrato de Joaquín Dicenta (1862-1917), como en el caso anterior, dibujado con escasa empatía por el modelo: “hombre de cara arrugada, flaco, con cierto aire mezcla de clérigo y organillero (…) Él mismo, cuando se servía de El Demócrata para anunciar algún libro suyo o cuando quería aumentar su gloria literaria, se daba el título de ’ilustre autor’” (p. 19). La verdad es que Javier Bueno se ceba en los evidentes defectos del periodista y dramaturgo y prescinde de sus muchas cualidades: Pone en duda su postura revolucionaria, destaca su tendencia a lo sentimental, observa que su amor a los humildes estribaba en emborracharse con ellos y que todo su principio filosófico era la lucha entre la blusa del obrero y la levita del burgués. No se sabía si era socialista, sindicalista o anarquista pero aplaudía lo mismo el regicidio que el crimen de taberna porque quería aparentar ser un revolucionario bárbaro. Enemigo de la propiedad, de la degeneración “modernista”, de la infidelidad femenina, aspectos que por estricta justicia habría que matizar, la poca simpatía que Dicenta inspira al periodista queda patente.

El caso del apodo de  “El Niño de los Brillantes”, referido a un policía, recurso casi valleinclanesco, ya que se aplicaba comúnmente a estafadores y carteristas, es más sugestivo. Es cierto que hubo un guitarrista flamenco con este nombre y que pasó por la cárcel, pero fue en años posteriores. Por las fechas, lo más fácil es que el motejo esté sugerido por  un delegado del gobernador de Fregenal de la Sierra, al que se le apodaba, además de “Niño de los Brillantes”, “Don Peróxido de Manganeso”, detenido ocho veces por estafa y cuya conducta llegó al Congreso.

De todos modos, veamos la descripción con que Bueno nos da a conocer al pájaro de cuenta:

…inspector de policía que supo quintuplicar el sueldo de su empleo por mil artes y mañas inconfesables, entre las que pueden suponerse regalos de carteristas y timadores, a cambio de la vista gorda, y obsequios de Celestinas por cierta benevolencia en escándalos ocurridos en sus santuarios. A estas fuentes de ingresos supuestas, hay que añadir lo económica que resultaba la vida al Niño de los Brillantes por habitar con una peripatética de las más caras del mercado madrileño. (p. 32).

Aunque no sean colaboradores del periódico, se cita también a Pérez Órdiga y Vital Caza (Juan Pérez Zúñiga y Vital Aza) como representantes de la línea de una popular publicación de la época, Madrid Chirigotero, otra evidente parodia del semanario Madrid Cómico. Es ilustrativo el texto de la página 22 que, una docena de años después, parece reproducir las no muy sangrientas pugnas entre los componentes de las publicaciones Gente Nueva y Gente Vieja:

En aquella época, el campo literario estaba dividido en dos grupos o bandos y los partidarios de uno y otro se diferenciaban entre sí, por llevar la cabeza rapada o con melenas y por ser o no ser colaborador de la revista semanal Madrid Chirigotero. Los del pelo cortado aseguraban que esta revista marcaba el apogeo de las letras españolas y los de las melenas negaban hasta que don Calisto López hubiese escrito sus ochenta novelas.

Finalmente, comparece también otra cohorte de periodistas que no he sido capaz de identificar: Calderón, redactor-jefe, veinticinco sin moverse de la misma silla, es, probablemente, José Rodríguez de la Peña, que ejerció durante estos años el cargo pero del que poco sabemos. En la oscuridad quedan: Lozano, reportero en las Cortes y confidente del propietario; Robredo, amigo, también de Daniel Pulpo (Lerroux); Zabalza, “escritor apócrifo” y periodista útil por saber decir una cosa y la contraria; Lucha, reportero financiero; y, sobre todo, Tomillo, al que se dedican varias páginas: arribista de pocas luces de origen castellano, que llegó a diputado por tener mucho predicamento con Cardón (Galdós) y que, a la tercera vez que lo intentó, consiguió quedarse en El Demócrata.

Como es usual en la colección, el texto se enriquece con dibujos satíricos que representan a Calixto López Cardón, Tomillo, Asuero (dos veces), Guzmán Baeza, Don Roberto, El Niño de los Brillantes, María la Francesita, sus compañeras de celda, el recién nacido, la detención de Suero en la sala del hospital y la cabeza del autor.

Con 23 años cuando se publicaba esta novela, a Javier Bueno le quedaba toda una vida llena de peripecias, que tampoco faltaron en la vida española: corresponsal en la Gran Guerra de Caras y Caretas y, con el seudónimo de Antonio Azpeitua, también de ABC, fue expulsado de Francia por germanófilo. Javier Bueno no era un reaccionario pero tenía la convicción de que los galos nunca tratarían bien a España. No les convenía. El resto de la guerra la hizo como corresponsal en el  bando perdedor, desde donde remitió estupendos reportajes. A partir de finalizar la contienda, vivió casi siempre fuera de España dedicado a la OIT pero publicó varios libros, algunos en francés, e, incluso llegó a estrenar una obra de teatro, Liberto (1922), en el madrileño teatro Calderón. Su trilogía sobre la Guerra Civil, Les vaincus héroïques  (1943-1949) y La zorrita y los pájaros exóticos, deliciosa novelita publicada por Aguilar en 1963, pero que pasó inadvertida, son, seguramente, lo más reseñable de su obra de madurez.

Javier Bueno García padeció la maldición de llevar el mismo nombre que otro periodista, Javier Bueno Bueno, nacidos ambos en el Madrid de 1891.

El otro Bueno era hijo natural del padre del periodismo republicano, José Nakens y de la actriz Soledad Bueno y, desde muy joven, tuvo una señalada afición por el periodismo hasta el punto de publicar, con catorce años, artículos de fondo en el legendario periódico El Motín, fundado y dirigido por su padre. Con una trayectoria muy militante en la lucha obrera, se radicó en Gijón y en 1933 dirigió Avance, diario que encabezó las reivindicaciones sindicales en el Principado. Detenido y torturado por la República, por lo que quedó cojo, durante la Guerra Civil, fue herido en el Frente de Oviedo y se le amputó una pierna. Todavía pudo dirigir a su vuelta a Madrid el periódico Claridad, de tinte  socialista. Encarcelado en Porlier fue condenado a muerte en juicio sumarísimo por un tribunal militar y ejecutado a garrote vil en la misma cárcel el 26 de septiembre de 1939. Sender lo recuerda con gran afectuosidad en su Nocturno de los 14.

Esta similitud de nombre y profesión ha deparado numerosos errores y confusiones en las referencias a ambos periodistas, por lo que, a menudo, se hace complicado seguir sus trayectorias. Aquí sólo se trataba de dar cuenta como vio y reflejó uno de sus miembros la redacción de un periódico republicano en los primeros años de la segunda década del siglo XX.

 

 

 

 

En 1892 Joaquín Dicenta todavía sólo había publicado dos títulos: Spoliarium y el libreto del drama El suicidio de Werther. Sin embargo, ya debía de haber sufrido el asedio de los “amigos” y conocidos adictos a hacerte el favor de aceptar el regalo de tu libro. En dicho año encabeza Tinta negra, su nuevo volumen de artículos y cuentos con el siguiente texto, que la SGAE, CEDRO y la Asociaciones de Escritores debían editar y repartir por todo el país:

 

Ayer tuve la honra de ser presentado a usted por X y hoy me apresuro a escribirle con objeto de que me remita, dedicadas, las obras que usted ha escrito, y por las cuales siento admiración profunda, como lo pruebo al solicitar de usted este favor señaladísimo”.

“Gracias anticipadas, y… ahí van las diez pesetas importe de los ejemplares”, creí yo que diría Juan Pérez (así se firmaba el autor de la epístola); pero nada de esto; no ya las diez pesetas, ni mención de ellas venía en el escrito de aquel amigo improvisado.

Juan Pérez necesitaba leerme gratis y con Autógrafo; cosa muy justa, porque, al fin y a la postre, el sujeto había cambiado conmigo un apretón de manos, dándome al paso las señas de su domicilio, circunstancias sobradas para que en esta tierra, eminentemente burguesa y rutinaria, donde sólo se consideran profesiones y medios de vivir los  garantizados por un título oficial o por un establecimiento con puertas a la calle, se atreva cualquier ciudadano a reclamar, de quien vive y se alimenta de su pluma, el fruto de sus esfuerzos y vigilias, en clase de regalo y casi casi como haciéndole un gran favor.

Francamente, yo agradecí la honra que me dispensaba admirador tan fervoroso, y en vez de coger mis libros y mandárselos, de acuerdo con sus pretensiones, cogí la pluma y le escribí la siguiente carta, que copio y traslado a las páginas de este libro para satisfacción de todos los seres incógnitos que se ocupan en pedir dedicatorias y en proteger, sin detrimento de su bolsillo, las Bellas Artes y la impresa literatura.

Dice así la carta:

“Apreciable Mecenas y Pérez: ¿Cómo he podido yo merecer la ventura impensada de que usted me escriba, reclamando mis libros para formar parte de su biblioteca económica? —Digo económica, porque, a juzgar por las señas, no debe haberle costado muy cara.—  ¿Qué hizo este humilde emborronador de cuartillas para que Juan Pérez, nada menos que don Juan Pérez, se acuerde de él y pretenda aumentar el número de sus lectores?

Dígole a usted, generoso amigo, que semejantes mercedes me aturden, a tal extremo, que no sé cómo contestarle y cómo recordarle una cosa que seguramente se le quedó en el tintero, más por ignorancia que por propósito firme y decidido.

Pide usted mis libros, dedicados y a título gracioso; yo se los remitiría inmediatamente, pero de hacerlo, perdería una peseta por tomo, y aunque esta cantidad no merece la pena de mentarse, conviene señalarla, añadiendo a la vez que yo vivo de mi dinero, y no de la amistad de usted, que, por otra parte, vale mucho.

Aunque usted no lo crea, joven y aprovechado Pérez, yo vivo de mis libros y de mis artículos, no tan bien como usted, que lo hará con el sueldo que le proporcione algún tío suyo en un Ministerio cualquiera, pero vivo, y como, y visto, y hasta me permito cenar en Fornos de cuando en cuando.

Para esto emborrono cuartillas y se las llevo luego a un editor, que me las publica en forma de pliegos impresos, previo el pago de papel, impresión y tirada; en seguida pongo el libro a la venta, y con sus productos voy pasando esta vida de desventuras.

Ahora bien, estimado favorecedor: si después de lo mal que anda esto de la venta de libros, se les ocurre a todos los Pérez que hay en España pedirme los míos, como usted lo hace, es indudable que moriré ayuno, a no ser que usted me remita, a cambio de la dedicatoria que reclama, una panacea hábil para prescindir del estómago.

Fíjese bien en el argumento, Pérez de mi alma. Exigir gratis un libro suyo al autor que vive de venderlos, es una inconveniencia. ¿Le parecería a usted bien que yo, inmediatamente de presentado a un sastre, le dijera: “Agradeceré a usted mucho que me dedique un traje de levita para mi uso particular?

¿Qué diría el sastre? Pues, sobre poco más o menos, lo que sigue:

El que quiera trajes, que los pague.

Y si el sastre me diría a mí esto, ¿por qué no he de decírselo a usted yo, que vivo de mis cuartillas como vive el sastre de sus telas?

Nada, amigo Pérez, que no le mando a usted los libros, aunque la negativa me cueste un pedazo del alma, órgano o lo que sea, que, con valer mucho, no halla quien lo tome a cambio de un pedazo de pan.

Bueno que todo el mundo tenga derecho a hacerme escribir en un álbum poesías que le sirven para conquistar los favores de alguna belleza; bueno que en reuniones y comidas esté uno obligado a  vomitar versos para distraer la digestión de cuatro gastrónomos y a cubrir con el ritmo de la redondilla o de las octavas reales el cuchicheo melifluo de media docena de novios; bueno es eso, y por ello paso, pero no más, aunque usted se enfade y no me salude en todos los días de su vida.

Si quiere usted libros, pásese por las librerías, donde, previo el pago correspondiente, tendrá todos y cuantos le vinieren en gana; y si quiere usted dedicatorias, considere como dedicado este artículo y léaselo a todos los Pérez que conozca, con lo cual ganarán mucho, no yo, que de puro desconocido estoy casi libre de peticiones, sino otros autores afamados, a los cuales les sale a cada hora un Pérez ansioso de favorecerlos y de hacer la propaganda de sus obras.

Consérvese usted bueno y disponga de mí para todo, menos para llevarse gratis lo que a mí me cuesta algún dinero, bastante trabajo e infinitos disgustos.

Suyo afectísimo seguro servidor

Q. B. S. M.,

JOAQUÍN DICENTA

Sobre el autor, puede verse también en este blog:  https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/07/joaquin-dicenta/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/01/30/150-aniversario-de-joaquin-dicenta-dicenta-y-sus-criticos/

Realizada por Manuel Galeote, Analecta Malacitana, revista de la Universidad de Málaga, AnMal Electrónica 42 (2017) M. Galeote ISSN 1697-4239.

Javier Barreiro es autor de innumerables publicaciones, como su monumental Diccionario de autores aragoneses contemporáneos (1885-2005) (Zaragoza, Diputación Provincial, 2010), en el que invirtió varios lustros. En su trayectoria investigadora, sobresale el esfuerzo por rescatar las figuras de la bohemia finisecular, la galería de escritores raros y olvidados de principios del XX, así como la discografía española más antigua. Ha reivindicado a los autores heterodoxos y que han antepuesto el alcohol, las drogas o la muerte a la literatura y la vida. Su infatigable rastreo de pistas bio-bibliográficas sobre ellos ha fomentado su dedicación constante a la bibliofilia y al coleccionismo de publicaciones periódicas, revistas, partituras o registros sonoros, incluidos los cilindros de cera, las pizarras monofaciales y cualquier otro soporte. Tiene en prensa dos libros que verán la luz en el último cuatrimestre de 2017, Alcohol y Literatura (en Ediciones Menoscuarto) y una edición de La Cochambrosa, la primera y hasta ahora desconocida novela del malagueño Pedro Luis de Gálvez (1882-1940), que publicará Renacimiento.

«La bohemia española tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético»

Manuel Galeote: En los albores del siglo XX, tras el Desastre colonial de 1898, antes de la Primera Guerra Mundial, ¿encuentras en España un mundo literario lleno de bohemios? En tus libros, por ejemplo, Cruces de Bohemia (2001) y Galería del olvido (2001), ¿cómo se presentaba esa galería de escritores bohemios?

Javier Barreiro: Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y  algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo. Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

MG: Los bohemios se marcharon… Recuerdo tu libro Un hombre que se va… Memorias de Eduardo Zamacois (2011). ¿Por qué leer a Zamacois en el siglo XXI?

JB: Nadie mejor situado que Zamacois para darnos una crónica histórica, sociológica y literaria del siglo que le tocó vivir. Sobre todo literaria, porque estuvo en el centro, como testigo y en abundantes ocasiones como protagonista, de muchos de los acontecimientos más significativos de su tiempo. Zamacois fue protagonista y testigo del problema cubano y los pujos regeneracionistas de toda una época, coetáneo del modernismo que, si estéticamente le tentó poco, hubo de vivir con intensidad en sus años de redacciones y bohemias. Si decimos bohemia, Zamacois conoció y trató a todos sus servidores, desde aquellos con pretensiones de exquisitos hasta los más zarrapastrosos y desmandados, como Pedro Barrantes. Vivió, ¿cómo no?, en París, durante unos años. Dirigió la revista sicalíptica más popular de su tiempo, La Vida Galante, y no es de destacar aquí la relevancia que en la vida, la música y el teatro español tuvo esta apertura de mentes y costumbres traídas por el entorno teatral y periodístico de lo que se llamó sicalipsis. Respecto al protagonismo del escritor pinareño en la fundación de un subgénero literario como el que constituyeron las colecciones de novela corta, tan fundamental en la España de sus tres décadas (1907-1936) literariamente más importantes de los últimos siglos, es asunto al que ya se le han dedicado libros y que, venturosamente, los estudiosos están poniendo en los últimos tiempos en su merecido lugar. A Zamacois no le bastó con ello sino que fue, junto a Felipe Trigo, el más influyente de los novelistas eróticos de su tiempo; conoció y visitó América, al fin su continente natal, tanto y tan bien, que muy pocos escritores españoles pueden igualarlo y aquí habría que citar al eximio y desdichado Eugenio Noel. El arte por antonomasia del siglo XX, el cine, no le pasó inadvertido y tuvo un contacto directo con él, como bien nos explican esas memorias que edité, junto a Barbara Minesso, y se publicaron en Renacimiento. Lo tuvo, igualmente, con otro de los fenómenos tan propios del siglo como fue la radiofonía. Y, en sus últimos años en la Argentina, también con la televisión.

MG: ¿Es esto todo lo que podemos subrayar de Zamacois?

JB: Claro que no. En sus 98 años de peripecia vital —en 2008 se cumplieron ciento veinticinco de su nacimiento— asistió a la guerra de 1936-1939, sobre la que nos dejó una novela, El asedio de Madrid, y dos libros de crónicas, vivió después un largo destierro, con regreso y, tras el toque de chufa, renovada escapatoria, al estilo de Max Aub. Todavía en su exilio y con muchos años a cuestas, tuvo oportunidad de conocer y trabajar en Hollywood y, en fin, un montón de cosas más, de las que sus memorias dan cuenta.

                        «Hay centenares de escritores olvidados que merecerían una atención»

MG: ¿Nos hemos olvidado hoy, un siglo después, de aquellos grandes bohemios?

JB: Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sainz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán, y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas, como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta —en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Luis S. Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sánchez Álvarez-Insúa—, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existió una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

MG: ¿Hay algún bohemio al que creas que todavía no conocemos ni hemos leído? Es decir, ¿existe una galería de lecturas pendientes?

JB: Bohemios o burgueses, en la llamada Edad de Plata, término que, aunque con límites temporales algo más amplios, no acuñó, como se cree, Mainer, sino Giménez Caballero, hay centenares de escritores olvidados que merecerían una atención. Quizá haga falta un diccionario con una bibliografía, al menos aproximativa, que facilite y encamine la tarea de futuros investigadores, pero allí hay un filón para tesis y trabajos monográficos.

MG: Los bohemios llegaron desde Aragón, Andalucía, etc. a Madrid, y llevaron una vida llena de dificultades. ¿Hay algún paralelismo con la situación de hoy? Por ejemplo, es difícil encontrar editoriales, público, aparecer en los medios de comunicación, etc.

JB: Sociológicamente son dos épocas muy diferentes. Aquel periodo sí que se parece al actual en la cantidad de innovaciones que afectaron a la vida cotidiana. En la época de intersiglos, la electricidad, el teléfono, el automóvil, el fonógrafo, el cine, el agua corriente, las vacunas, el  movimiento obrero y cien cosas más. Hoy, todo lo relacionado con la informática y el mundo digital. En cuanto a la dificultad de editar, ayer y hoy se editaba demasiado. En el sentido de que accedían y acceden a las librerías una gran cantidad de obras que no han pasado por el tamiz de una mediana exigencia.

MG: Desde el punto de vista del mercado, los libros sobre los bohemios, raros y olvidados ¿siguen vendiéndose? ¿Despiertan interés hoy? ¿Quién los lee?

JB: Despiertan un relativo interés porque es un mundo pintoresco y, como se dijo, no muy conocido, pero siempre minoritario. Supongo que los leen profesores, estudiantes, dilettantes y los bichos raros que, afortunadamente, nunca faltan.

MG: En Aragón, gracias a Latassa y hoy gracias a tu Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), se cuenta con una Biblioteca de autores de esa región española. ¿Qué has aprendido durante la elaboración? ¿Cuáles son las dificultades de una obra erudita de ese tipo? ¿Qué se quedó fuera del Diccionario? ¿Habrá una edición electrónica?

JB: Siempre había hecho yo fichas y reunido bibliografía de autores aragoneses contemporáneos, además de muchos otros que no son aragoneses de nacimiento. Con este material empecé el trabajo, pero en los años de elaboración fatigué bibliotecas, repertorios, bibliografías y, evidentemente, aprendí muchísimo. También aprendí sobre el horror de la burocracia, la informalidad de la gente y mil cosas más, que dan para una conferencia. Las dificultades fueron enormes y menos mal que decidí modificar el primer proyecto, en el que pensaba encargar las voces de los escritores más importantes a especialistas en los mismos. Si lo hubiera hecho así, aún no estaría publicado. Con la colaboración de un ayudante, redacté personalmente las casi 1800 voces con la obra completa y la bibliografía de los autores.
Desde que entregué a la imprenta el Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), a principios de 2010, no llega a veinte el número de autores que he encontrado después. Por cierto, que en el Diccionario se daba un correo para que, si alguien sabía de algún autor que no se hubiera incluido, me lo comunicase. Hasta el momento, no he recibido ni una sola indicación.
No sé si habrá edición electrónica. Fue un encargo institucional y ésa era la intención, además de enriquecerlo con una iconografía, pero nos encontrábamos en medio de la crisis y no estaban las cosas para alegrías. Sería sencillo acometer esa edición. El copyright me pertenece, así que, si hay quien la financie, no tiene más que ponerse en contacto conmigo.

MG: ¿Cómo ves el futuro de los libros electrónicos, los que no se manchan con el café de la taza derramada, ni con el ron? Los que no arden en la chimenea (algún maestro se jactaba de usar los de jóvenes poetas que recibía como regalo y con los que alimentaba su chimenea). Los libros que no son libros, pues se leen en pantallas retroiluminadas. Son libros que resplandecen como las luciérnagas, como Luces de bohemia.

JB: Quienes amamos tanto el papel, tenemos una comprensible resistencia ante las innovaciones en este terreno, pero reconocemos sus ventajas, sus posibilidades, su necesidad… y, además, sabemos que pueden convivir perfectamente estos y otros formatos. Yo utilizo el e-book para leer en la cama. No pesa, no molestas con la luz encendida a la compañía, si la hay, aparte de las ventajas técnicas que todo el mundo conoce.

«Valle-Inclán, junto Lorca, considerado el escritor español más importante del siglo XX»

MG: ¿Cuál es el legado hoy de Valle-Inclán? ¿Nos iluminan los resplandores de Luces de bohemia o se han apagado?

JB: Casi hasta los años sesenta del siglo XX, Valle-Inclán era considerado, sobre todo, como un excéntrico —lo que es verdad— sujeto activo de anécdotas y demasías. Afortunadamente, han cambiado las cosas y estoy seguro de que, si se hiciera una encuesta hoy, sería considerado junto a García Lorca, como el escritor español más importante de la primera mitad del siglo XX e, incluso, de todo el siglo. La bibliografía sobre él resulta inabarcable y su obra está perfectamente editada. Para mí es, junto a Quevedo, el gran maestro de la lengua española.

MG: ¿Entre los escritores de Aragón, qué puedes decirnos de los dramaturgos?

JB: Puedo decir muy poco. Aragón ha destacado literariamente en el ensayo, el periodismo o la investigación. Hay pocos poetas de calidad y menos dramaturgos. En cuanto a novelistas, salvo la cumbre de Ramón J. Sender y el casi desconocido fuera de Aragón, Braulio Foz, autor de la Vida de Pedro Saputo, que Menéndez y Pelayo denominó el Quijote aragonés, tampoco hay abundancia, aunque en este momento hay autores de calidad como Ignacio Martínez de Pisón o José María Conget. Los dramaturgos aragoneses dignos de citarse en el último siglo son pocos; el más importante, sin duda, Joaquín Dicenta, el inventor y la cumbre del teatro social y obrero en la España de intersiglos. Podemos citar también a Marcos Zapata, con obras de gran éxito en la segunda mitad del siglo XIX, Muñoz Román, el principal libretista de la revista musical, bilbilitano, como Dicenta, y Alfredo Mañas y Alfonso Plou, en los últimos decenios. Cosecha escasa.

MG: Hay también otra pregunta que siempre te habrán formulado: ¿Quiénes han sido las escritoras aragonesas? ¿Quiénes escriben en Aragón después de 1939?

JB: Pocas y mal conocidas, al menos hasta los años ochenta, en los que empiezan a proliferar. Yo citaría a una poeta, no diría que olvidada porque nunca tuvo éxito, pero para mí es la mejor lírica aragonesa del siglo XX. Se llama Sol Acín (1925-1998) y fue hija del artista libertario Ramón Acín, asesinado al comienzo de la guerra. De las muchas que están vivas, habrá que esperar unos lustros para separar el grano de la paja.

MG: Te has interesado por las tradiciones musicales y artísticas, culturales en definitiva, de Aragón. Desde tus Antiguas grabaciones fonográficas aragonesas (2010) hasta la jota (La jota ayer y hoy, 2005), las cupletistas aragonesas (Siete cupletistas de Aragón, 1998), las actrices (Mujeres de la escena, 1996), etc. has mostrado que la literatura popular, la lengua, la música y el arte forman unas tradiciones cuya biografía te fascina (Biografía de la jota aragonesa, 2013). ¿Cómo se llegó a este desarrollo espectacular y cómo pervive en la actualidad? ¿Se conoce fuera de Aragón o crees que necesita proyectarse más a España y el mundo?

JB: Después de los primeros libros de poemas y cuentos, en seguida empecé a publicar sobre el tango, luego, sobre el cuplé, con la biografía de Raquel Meller, la copla, la zarzuela, la fonografía, etc., hasta llegar a la jota. El primer libro sobre ella, del año 2000, fue un encargo. Entonces la jota aragonesa estaba en un mal momento, pero el siglo XXI ha significado un inesperado renacimiento. Los intelectuales aragoneses, al contrario que los andaluces con el flamenco, nunca prestaron atención a la jota, sino que la denostaron. Apenas hay bibliografía y la universidad la ha marginado absolutamente. No conozco un solo trabajo surgido de ella. Como pasó con la canción española, la confundieron con el franquismo cuando el origen del baile se pierde en la noche de los tiempos y la documentación de la música y el canto es incluso anterior al flamenco, pero, a partir de 1850, los dos géneros tienen trayectorias similares. En el siglo XIX escriben jotas aragonesas casi todos los compositores españoles, pero también Liszt, Glinka, Saint-Saëns… A finales del siglo XIX estaba en la cumbre del éxito y la jota no faltaba en el género lírico. Algunas de ellas (las de El dúo de La Africana, La Dolores, Gigantes y cabezudosEl guitarrico…) se hicieron justamente famosas. En la primera mitad del siglo XX casi todos los grandes ballets españoles llevaban la espectacular «jota de Zaragoza», como número final, y ha habido grandes intérpretes masculinos y femeninos a lo largo del siglo pasado. Pero, a causa de este cuestionamiento por parte de los detentadores del poder cultural, la jota pasó de moda y, prácticamente se conservó gracias a que supervivió en el pueblo y en los pueblos, hasta principios del siglo XXI.

«Los intelectuales aragoneses, al contrario que los andaluces con el flamenco, nunca prestaron atención a la jota, sino que la denostaron»

Alguna responsabilidad en ese renacimiento tuvo la serie de libro-discos y espectáculos “La jota ayer y hoy”, tan bien recibida; los programas televisivos, que hoy nutren la afición jotera, con excelentes réditos para unos y otros; la difusión lograda por las nuevas formas en el canto y en la danza sustentadas por artistas como Carmen París y Miguel Ángel Berna; y me gustaría pensar que también los diez mil ejemplares distribuidos del librito de la serie CAI-100 que me encargó el maestro Guillermo Fatás y que es donde por primera vez se trata la jota desde otra perspectiva y se escriben algunas de las cosas que ahora estoy estampando. Pero ya digo que la responsabilidad principal debe otorgarse a quienes, en los tiempos duros, siguieron manteniendo, cantando, bailando y defendiendo la jota, a despecho de las circunstancias. Me refiero, sobre todo, al ámbito rural aragonés de las tres provincias. A los pueblos, hablando en plata. Sus gentes, sus grupos, rondallas y su entorno social siguió teniendo a la jota por bandera y siguió sintiéndola, cantándola, haciéndola transmisora de sus gozos y de sus sombras y, sobre todo, de su forma de entender y afrontar la vida. No podemos olvidar, sin embargo, a los de adentro y a los de afuera. A los grupos zaragozanos que, rodeados de incomprensión y con bajas cada vez más numerosas, no se desmoralizaron y aguardaron tiempos mejores, a los maestros como Jacinta Bartolomé, María Pilar de las Heras o Jesús Gracia, que conservaron y transmitieron la excelsitud en la interpretación y el bien sentir, lo mismo que sucedió con la escuela oscense. Y, en cuanto a los de afuera, a grupos de las Casas de Aragón en otras provincias y, todavía con más dificultades, las de allende las fronteras, emocionantes trasuntos de lo aragonés en tierra ignota.
Con todo esto, hoy la recepción social del género se ha normalizado, incluso se ha prestigiado aunque, como no podía ser de otra manera, queden resistencias y también, ¿por qué no decirlo?, haya elementos jotistas que merezcan esa resistencia. Luchar contra los tópicos de uno y otro lado sin caer en la barata descalificación es fundamental. Sabiendo separar el grano de la paja, hay que aceptar lo tradicional y lo innovador: lo religioso, lo patriótico y lo libertario; lo basto y lo cursi y lo que algunos llaman zafio y otros, jotas de bodega. También, poner en el candelero y en el mercado la jota y aceptar su evolución, como ha hecho el flamenco, y por este camino van las propuestas creativas de gentes como Alberto Gambino. Otra cosa es lo que guste a cada uno. De cualquier manera, no estaría de más no tomarse las cosas muy a la tremenda y echarle el humor que rezuman muchas coplas del género. Humor, expresionismo y autocuestionamiento, que son también rasgos en los que se identifica cualquier aragonés.

                                                   «Soy disperso por naturaleza, y además ansioso»

MG: Como escritor, ensayista, historiador, profesor, investigador, ¿Qué faceta de tu actividad te resulta más grata y más atractiva? ¿Cuál es la que te vampiriza? Después de aquella “Entrevista con los vampiros” (2004), ¿crees en los vampiros y en las vampiresas? ¿Cómo serían las vampiresas aragonesas?

JB: Yo soy disperso por naturaleza, y además ansioso. Tengo necesidad vital de pasar de un género a otro, de lo culto a lo popular, de la música a la literatura, de la investigación a la creación… Efectivamente, para mí, en la variedad está el gusto. Y no sólo creo en los vampiros sino que me consta que abundan: los que se aprovechan de tus trabajos sin citarte, los que directamente te copian, los que creen que los escritores tienen que trabajar gratis, los envidiosos que buscan arrinconarte para destacar ellos… Una auténtica caterva de vampiros nocturnos, rapaces diurnos, cocodrilos en el río, tiburones en el mar y hienas de tierra firme. Procuro olvidarlos y bien sé que ellos prefieren no cruzarse conmigo. En cuanto a las vampiresas, no les pregunto si son aragonesas, procuro quedarme a solas con ellas y que me enseñen cosas y sus cosas.

MG: Hubo una actriz malagueña, que a lo mejor cantó alguna jota, llamada Pepa Flores, pero más conocida como Marisol. Tuviste la oportunidad de escribir su biografía (1999). ¿Es una biografía que siga reeditándose? ¿Se venden bien las biografías femeninas? ¿Crees que la biografía está desplazando a la novela en cuanto a ventas de las editoriales? ¿Hay un auge de la biografía?

JB: Marisol cantó jotas ya en sus películas de niña. Mi biografía, Marisol frente a Pepa Flores, se agotó pero, por causas que desconozco, no se reeditó. Luego Antena 3 me compró los derechos y rodó una serie basada en mi libro. Las biografías femeninas están de moda y cada vez se venden mejor, de lo que me alegro porque hasta hace pocas décadas la biografía era un género muy poco cultivado en España.

MG: Ya que también has publicado guías de Zaragoza (2003 y 2007), ¿Qué nos recomiendas a los que no conocemos estas tierras aragonesas? ¿Por dónde empezar nuestra visita y cómo planificar nuestros recorridos? ¿Conviene hacer un viaje en la vida a Zaragoza y Aragón o, mejor, un viaje cada año?

JB: Salvo el Pirineo, la ciudad de Zaragoza y algún lugar aislado, como el Monasterio de Piedra o Albarracín, Aragón se conoce mal y es una pena, porque, como ocurre en casi toda España, a pesar de lo mucho que la especulación y la desidia han destruido, está llena de parajes maravillosos y, además, solitarios, de hermosísimos edificios civiles y religiosos, de una bellísima arquitectura popular. Ahí van unas cuantas propuestas:

-La airosa esbeltez de la iglesia mudéjar de Santa María, dominando el casco urbano de Calatayud.
-La recoleta naturalidad y violenta belleza de la obra humana, como es el núcleo urbano de Alquézar en un paraje incomparable.
-El misterio, proporción y sobria originalidad del románico integrado en el entorno de la iglesia de Santiago en Agüero al lado de los espectaculares Mallos de Agüero, muy cerca de los más famosos de Riglos.
-Las iglesias mozárabes del Serrablo, una auténtica sorpresa para quien no las conozca, por ejemplo, San Bartolomé de Gavín en otro paraje maravilloso.
-La bellísima portada que integra arte, historia y mito del ayuntamiento de Tarazona, ciudad que es toda una joya, como su comarca del Moncayo.

-La Seo del Salvador, resumen artístico de la capital de Aragón.
-Los conjuntos monumentales de Albarracín o Daroca, que fascinan y asombran desde sus mil  perspectivas.
-La fusión de la tierra, la piedra roya y el hombre en el castillo de Peracense, esencia montaraz de Aragón.
Y dejo aparte los cientos de paisajes incomparables, porque no quiero pecar de patriotero.

                                      «He dedicado muchas horas de mi vida a Sender»

MG: ¿Y qué queda en su tierra aragonesa de R. J. Sender, del Maestro Montorio o de Raquel Meller?

JB: Al que se le ha dedicado más atención (y con justicia) es al novelista. Hay un llamado Proyecto Sender, inserto en el Instituto de Estudios Altoaragoneses, que congrega la muy amplia bibliografía e información que va surgiendo sobre él. Se han publicado bastantes libros, se han organizado congresos, se lee en los institutos su obra, etc. Desde que a los 17 años devoré Las criaturas saturnianas, le he dedicado muchas horas de mi vida. Creo que he leído toda su obra publicada y muchos libros acerca de él. He escrito bastantes artículos académicos y periodísticos acerca de su obra, he descubierto textos periodísticos desconocidos de diversas épocas, su primer cuento, sus guiones para lo que hoy llamaríamos novela gráfica, Cocoliche y Tragavientos, he dado decenas de conferencias sobre su obra, edité un libro con una antología de los artículos que sobre él escribió Francisco Carrasquer, el máximo senderiano… Hasta me otorgaron a los 21 años el primer Premio Sender de Periodismo que se convocó. Por cierto que Sender, entonces, metió la pata augurándome en público un brillante porvenir.
Al maestro Montorio no lo conoce apenas nadie y, junto a Quiroga y Monreal, forma el trío de grandes compositores de la música popular española del siglo XX. Su trascendencia estriba en la gran cantidad de canciones y música de obras de teatro y cine que acometió a lo largo de su vida. Muchas de ellas permanecen en el imaginario popular. Considérese que empezó muy joven y tuvo tiempo de tocar todos los géneros. Entre 1930 y 1977, Montorio puso música a unas ciento treinta obras de teatro lírico. Fue el heredero de los maestros Alonso y Guerrero en el género de la revista. Alonso fue el rey entre 1925 y 1940, Guerrero tomó el relevo y, a su muerte, en 1951, Montorio se convirtió en el principal suministrador de música teatral. Sólo en los años cincuenta estrenó más de cuarenta obras. Su capacidad de trabajo fue asombrosa: componía canciones para los artistas, extensas partituras para el teatro musical y el cine y, frecuentemente, dirigía él las orquestas en los teatros en que se interpretaban sus obras. También realizó muy numerosas partituras publicitarias para la radio y, después, para la televisión, muchas de las cuales figuran en el libro-disco Maestro Montorio, que publiqué en 2004. La más recordada tal vez sea la que anunciaba el analgésico llamado Tableta Okal: «La tableta Okal es hoy el remedio más sencillo / yo a ninguna parte voy sin llevarla en el bolsillo. / Y cuando emprendo un viaje por lo que pueda pasar / al hacerme el equipaje pongo un sobrecito Okal / Okal, Okal, Okal es lenitivo del dolor / Okal, Okal, Okal es un producto superior […]», etc.
La relación de Montorio con el cine también fue intensa desde principios del cine sonoro. De hecho, intervino en la musicalización de varias de las primeras películas y, en seguida, consiguió grandes éxitos con El negro que tenía el alma blanca o La hija de Juan Simón, ambas con Angelillo. En los cincuenta lanzó a Antonio Molina con sus canciones para El pescador de coplas o Esa voz es una mina. Pero se puede decir que trabajó con casi todos. En total, intervino en la música de unas setenta películas.
Raquel Meller y su tiempo, la biografía que publiqué en 1992, está agotada y nadie se ha preocupado en reeditarla, pero es un personaje que sigue suscitando interés, porque es la artista más representativa de la época del cuplé, que es también la de la Edad de Plata, y, en los años veinte fue una estrella internacional de la canción y el cine. Me siguen pidiendo artículos y conferencias sobre ella y he hablado en varias ocasiones con directores y productores que pretendían llevar su vida al cine. El problema es que las producciones de época son caras.

«La idea de un Diccionario de la bohemia me ha rondado por la cabeza, y podría hacerse»

MG: También has rescatado, por volver al principio de la entrevista, a Guillermo Osorio (1918-1982), «último de los verdaderos bohemios». ¿Qué te gustaría descubrir aún de su obra y vida?

JB: Fuera de lo que digo en la introducción a Guillermo Osorio, Obras, que me costó bastante esfuerzo reunir, no conocemos nada de él. Me gustaría saber de su peripecia en la guerra, como conductor de tanques en el bando republicano, de lo que le sucedió en la posguerra, que no debió de ser nada bueno —él nunca habló ni de una cosa ni de otra—, me gustaría que me proyectaran una jornada de su vida cotidiana, de taberna en taberna, sus conversaciones con poetas y borrachos, su relación con Adelaida Las Santas, su pintoresca mujer. Dicen que era un hombre tan borracho como angélico, una criatura humana capaz de producir excelsos sonetos clásicos y cuentos surrealistas, al tiempo que pululaba por el submundo o dormía en un banco de la calle.

MG: ¿No resucitarán los bohemios? Tal vez puedan resucitar desde el punto de vista literario, si se reeditan sus obras.

JB: La epidemia de franquicias, fast food, chinos, pizzerías, Mc Donalds y demás ha terminado con los bares clásicos y tabernas. Es complicado encontrar un plato de cuchara en un restaurante, y por la noche es hasta difícil beber vino. Las tabernas han desaparecido y bohemios como aquellos no volverán. El último fue precisamente Guillermo Osorio.

MG: ¿Hay algún proyecto de un Diccionario español de la bohemia? También eres autor de un Diccionario del tango (2001), ¿nos falta el Diccionario de Javier Barreiro? ¿Quién te aficionó a los diccionarios? Imaginamos que ocupan una buena parte de tu biblioteca.

JB: La idea de un Diccionario de la bohemia me ha rondado por la cabeza, y podría hacerse porque hay gentes interesadas en ello. Yo tengo muchos datos, pero tampoco es un trabajo fácil ni corto. Al mismo tiempo, ignoro si tengo una afición especial a los diccionarios. He publicado dos —el de escritores aragoneses y el del tango en colaboración con otros dos autores—, y tengo bastantes —doscientos y pico— y, desde luego, si son buenos, son utilísimos. Todos hemos estudiado y aprendido a escribir, con el Casares, el María Moliner, el Corominas… Si queremos saber de ocultismo, tenemos que ir al de Collin de Plancy; de lunfardo, a los de Gobello y Conde; de vanguardia, al de Juan Manuel Bonet; de literatura aragonesa, al mío; de palabras non sanctas, al de Cela… Hasta en la creación literaria los hay buenos, como el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce.

                                                           «Lo que no quiero ser es mayor»

MG: Además de todo lo que hemos dicho, eres bibliófilo y coleccionista de voces (por ejemplo, aquellas que se grababan en pizarra o en cilindros de cera). ¿Cuáles son las voces aragonesas más antiguas que hoy se pueden oír gracias al rescate que has llevado a cabo?

JB: Los cilindros de cera para fonógrafo son anteriores a los discos para gramófono, que los coleccionistas suelen llamar pizarras. Sabemos que los primeros que se grabaron en España corresponden a 1894. Fue el Royo del Rabal, el jotero más mítico, el que impresionó algunos, pero no se conservan. La inmensa mayoría se han perdido o deteriorado. Por otro lado, los cilindros no están datados y se conservan muy pocos catálogos, por lo que no podemos saber con seguridad cuáles son los primeros registros en el tiempo. Sin embargo, en Primeras grabaciones fonográficas en Aragón 1898-1903, recogí 29 registros, algunos muy antiguos, varios de ellos de intérpretes aragoneses. Allí hay seis jotas aragonesas cantadas por Blas Mora, de Albalate del Arzobispo, que, si no aparecen nuevos registros, serían las primeras jotas grabadas que se conservan. También hay un dúo de ocarinas, interpretado por otra figura de la jota, Balbino Orensanz, junto a un tal señor Lahuerta, que es la más antigua interpretación de este artesanal instrumento registrada en el mundo. En cuanto a discos, llegaron a España en 1899, publicados por la casa Berliner, la primera jota en este soporte fue «La mora», cantada por otra olvidada, Isidra Vera.

MG: El coleccionismo ¿nos embriaga? La literatura ¿es embriagadora? El escritor que se embriaga ¿es mejor escritor? La embriaguez ¿mejora la escritura? ¿Hay una literatura de autores que beben y beben y vuelven a beber? Entre los escritores bohemios, raros, olvidados, malditos, etc., ¿se hallan también los que se emborrachan?

JB: Estas preguntas se responden en mi próximo libro, Alcohol y literatura, que espero se publique en 2017. Hay mucha información —el índice onomástico tiene más de 800 referencias— y creo que es muy ameno, además de políticamente incorrecto.

MG: Háblanos de tus proyectos y de tus nuevos diccionarios. Dinos qué te gustaría ser de mayor: ¿investigador?, ¿novelista?, ¿poeta?, ¿autor de libros de viaje?, ¿bohemio?, ¿historiador de la literatura?, ¿ensayista aragonés?

JB: Además del libro citado y del blog “Javier Barreiro”, donde publico artículos y mis conferencias, así como las novedades editoriales, tengo comenzado un libro sobre la historia de las 50 canciones españolas más populares del siglo XX, otro de narraciones, titulado Lugares y fechas; y sí, me gustaría escribir un libro de viajes; reunir en un volumen mis artículos sobre tango; en otro, los de cuplé; el mencionado repertorio de bohemios; escribir más poesía… Lo que no quiero es ser mayor. En esto soy muy poco original.

MG: Muchas gracias, amigo maño, por responder con tanta paciencia, atención y sentido del humor las preguntas. En nombre de los lectores de la revista AnMal Electrónica, te reitero la gratitud y te deseo mucha suerte para los proyectos que te desvelan en la singladura actual. Cuídate de los vampiros y del sablazo de los bohemios.

Otras entrevistas:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/06/05/entrevista-de-raul-lahoz-con-el-firmante/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/07/16/entrevista-a-javier-barreiro-de-luis-alegre-el-patio-del-recreo/

Safo en Eco Artísitico 27-12-1911

Safo, ampliamente citada por Cansinos-Asséns en el impagable documento que constituyen sus memorias (La novela de un literato, 1, Madrid, Alianza Tres, 1982, p. Cansinos, La novela de un literato 1002413-432) como una aristócrata argentina que desea triunfar en las variedades, para lo que se gasta muchísimo dinero en formación, vestuario, composiciones y letristas, tuvo una breve  carrera artística, alguno de cuyos episodios iniciales dieron ocasión al autor sevillano para ejercitar sus dotes de observación y su ironía. Sin embargo, un repaso a su trayectoria en la prensa muestra que Cansinos debía de escribir de memoria y ésta le fallaba a menudo.

Lo que viene a contar el admirable escritor es que una tal Juanita Fernández Conde “viudita joven y rica, criolla argentina, con una niña muy mona” vive en el Hotel París y quiere conocer literatos y periodistas madrileños que la ayuden en sus aspiraciones artísticas, ya que su pretensión es emular a la Fornarina y la Chelito. A dicho hotel conduce a Cansinos el compositor aragonés Cayo Vela, entonces director de la orquesta del teatro Novedades, que, a la sazón, estaba preparando el repertorio para el debut de la artista en el Trianon Palace, el salón de variedades más lujoso de la capital.

Cansinos la pone en contacto con sus amigos[1], la lleva al Café Colonial, donde muestra sus conocimientos literarios y flirtea con los concurrentes, entusiasmados con la exótica aspirante a artista. También la acerca a la redacción de su periódico, La Correspondencia de España, cuyo director el zaragozano Leopoldo Romeo, que utilizaba el seudónimo Juan de Aragón, se encierra con ella en su despacho y trata de que acceda a sus pretensiones:

Pero bruscamente se  abre la puerta y por ella sale la artista con aire de reina ofendida y pide su abrigo. Detrás de ella se asoma el baturro, sonriendo cínico y despectivo. Perplejos, asombrados, ayudamos a Safo a ponerse su capita y la seguimos…

-Pero ¿qué ha sido eso, Safo?

Ella no puede hablar de puro indignada. Por fin, reprimiendo apenas unas lágrimas pueriles, balbucea:

-Pero ese hombre es un sátiro… ¡Y éste es el país de los caballeros de Don Quijote!…, ¡che!”

En los ensayos Safo tiene que aguantar la brutalidad de Cayo Vela. Escribe Cansinos:

 El baturro es digno paisano de Juan de Aragón (…) En cuanto Safo desafina, monta en cólera, se olvida de que está dando lecciones a una señora y cree hallarse en Novedades, tratando con coristas y prorrumpe en exclamaciones injuriosas, obscenas, como las que a aquéllas suele dirigirles (…) Safo aguanta, obedece, repite (…) suplica: -Por Dios, Cayo déme un poco de respiro. Me trata usted a la baqueta.

El músico continúa con su violencia verbal, que asombra al escritor. Al preguntarle a éste la razón, Cayo Vela le contesta que a las mujeres hay que tratarlas así: “Les agrada y, si no, toman a uno por el pito del sereno”.

La aspirante a cupletista tiene que pasar por otras pruebas: el modisto[2] -“un invertido”, aclara Cansinos- le cobra un dineral por los trajes adaptados a los cuplés del repertorio; el llamado Padre Benito, jefe de la clac del Trianon y de otros muchos locales madrileños, organiza un lunch en La Bombilla para que Juanita conozca el tipismo madrileño y allí es objeto de todo tipo de zafiedades.

Por su parte, todos los aspirantes a escritor pugnan por conocerla y admiran sus joyas, sus cigarrillos egipcios, su interés por la literatura, hasta Ramón Gómez de la Serna, en Prometeo, la hace protagonista de uno de sus “Diálogos triviales”[3].

Safo canillitaFinalmente, se produce el debut, con la clac literaria y la profesional del padre Benito a su favor. El público de señoritos se la toma a risa, más cuando arrecian los aplausos de sus defensores. La voz no llega a la platea. Ante la abundancia de partidarios, el público opta también por tomárselo a choteo y aplaudir hiperbólicamente pero Edmond de Bries, no soporta la befa y la saca del escenario. Ella protesta débilmente pero el modisto la desengaña:

(…) ¿no vio usted que todos esos aplausos eran pura chunga? Usted lo que debe hacer es irse a casa y dejarse de locuras… Usted no ha nacido para ARTISTA… No haga caso de los que la adulan para pimpearla… Ya tiene usted edad de ser seria y de cuidar de su hija, que deja en poder de los criados y huéspedes del hotel (…) La están explotando entre todos…, la están dejando en la ruina…. ¿Saben ustedes lo que le ha costado todo esto[4]?… ¿Lo que se ha llevado el padre Benito… y el empresario del Trianón?… Nada, señora, esto se ha acabado (…) Esta señora se retira de la escena… Ya le han tomado bien el pelo…

Para terminar el episodio, Cansinos reflexiona:

Nosotros nos quedamos perplejos. Es tan raro lo que pasa… ¡Un invertido dando lecciones de moral y salvando a un alma extraviada!!!

Cansinos, La dorada

Es sabido que, lamentablemente, Cansinos no da fechas en sus memorias pero las cosas no fueron exactamente como las narra. Juanita-Safo debutó en el Trianon el 28 de septiembre de 1911 pero el 8 de julio ya lo había hecho en el Salón Madrid de la calle Cedaceros, dedicado al género ínfimo, con un monólogo, El sueño de Safo, escrito por Manuel Garrido y musicado por el maestro Teodoro San José con un popurrí de aires de varietés, un pasodoble sobre motivos de “La pulga” y unos cuplés, “muy intencionados”, según el diario La Mañana, que aclaraba que “el libro es un bello pretexto para que Safo luzca su distinción y buen gusto” y que aristócratas, artistas, un afamadísimo diestro y una dama de la alta aristocracia muy conocida de los madrileños estuvieron entre el público. Aunque su actuación se alargó una semana, las críticas de sus amigos fueron cariñosas y después pasó a actuar en San Sebastián, la cosa no debió de ir tan bien como dice La Mañana. Lo demuestra el hecho de que Juanita cambiara de músico y emprendiese una campaña de propaganda en el semanario Eco Artístico, especializado en la publicidad de artistas de variedades, donde apareció varias veces con anuncios pagados. Por cierto, que Cansinos, pese a no citarlo, asistió a este primer debut en el Salón Madrid, pues tanto la elogiosa gacetilla de su periódico sobre la función, como la que, unos días después, se publica en su despedida, vienen firmada con sus iniciales.

Safo Anuncio presentación el Trianon

Como durante mucho tiempo hicieron artistas y compañías, antes de su “actuación estelar” en el Trianon madrileño, Safo lo hizo en Zaragoza cuyo público era proverbialmente duro y, efectivamente, su actuación (19 de septiembre), parece que discurrió por los senderos contra los que, luego y según Cansinos, le advertiría Edmond de Bries. Veamos un fragmento de la crónica “Safo en Zaragoza”, que A. Ibáñez Sánchez firmó en Tierra soriana:

(…) no he podido ver, y no por falta de mirar, a la artista por parte alguna, encontrándome tan sólo con una mujer galante, pero sin voz, víctima de un engaño y quién sabe si de histerismo inveterado; una pobre mujer, bonita por cierto, que no conoce a los públicos ni se conoce a sí propia; dos defectos grandes para quienes quieren pasar la vida entre bambalinas y bastidores.

Las dos lecciones que el martes (…) recibió del público aragonés fueron duras, como sentencia de juez justo, y puede servir de mucho a Safo, quien, si hasta la fecha sigue con el defecto de no conocerse a sí propia, ha conseguido por lo menos, conocer ya lo que es el público. Porque aquel otro con que dicen cuenta en Madrid, de admiradores invitados, es público de amigos y los amigos tienen la propiedad de engañarse y de engañarnos con sus juicios, pues o nos quieren mucho o nos quieren mal.

Que Cansinos confunde fechas o hechos lo demuestra el hecho que tras el debut de Safo en el Trianon, no abandonó el oficio, como él sugiere, sino que siguió actuando en él, al menos durante una docena de días seguidos, pues en los periódicos madrileños su nombre figura en el repertorio de artistas que actúan en dicho coliseo. Desaparece entonces unas semanas de la circulación hasta que el 22 de noviembre El Imparcial nos informa del vuelco del automóvil de don Francisco Brandón, director de la Eléctrica Madrileña en el que viajaba éste junto a don Santiago Gómez y la cupletista. Las lesiones no fueron graves.

De alguna manera Safo debió de seguir conectada al mundo artístico pues aparecen sus anuncios, participa en banquetes, como el que se ofrece en homenaje a JulioSafo en La Mañana Romero de Torres el 14 de julio de 1912, baila el tango, que ya hacía furor en Europa y ella traía aprendido del Río de la Plata, y todavía el 8 de mayo de 1913 aparece actuando en el Petit Palais o el 1 de marzo de 1914 en el Salón Imperial de Melilla. Pero no debieron irle demasiado bien las cosas en dicho terreno pues dos meses justos después de esta actuación, la artista reunía a sus amigos de las letras, de la pintura y de la escena en el Restaurante Tournié en el número 15 de la calle Mayor, para ofrecerles un banquete de despedida. La noticia del Heraldo de Madrid explica que Juan Belmonte no pudo asistir al convite por un reciente percance, lo que unido a la mención a un famosísimo diestro en la noticia de su primer debut y otras indirectas, hace pensar en alguna clase de relación entre ambos. Al fin, la dupla torero-cupletista llegó a ser una suerte de tópico popular en la España de esa época.

Fuera como fuese, Juanita, que pertenecía a la aristocracia uruguaya y no argentina, como Cansinos mal recordaba[5], había conocido a Julio Herrera y Reissig, uno de los cinco dioses de la poesía modernista y, como él, gustaba de coquetear con la morfina, a mediados de 1914 embarcó hacia Brasil para pastorear sus negocios. Seguro que nunca olvidaría su peripecia en la contradictoria, pintoresca y fascinante España de la segunda década del pasado siglo.

 

                                                              NOTAS

[1] Francisco Vera, San Germán Ocaña, Emilio Daguerre, Ricardo Fuente, Andrés González Blanco, Agustín Rodríguez Bonnat, Ricardo Catarineu, Ricardo Fuente…, y los que se citan en el diálogo de Ramón Gómez de la Serna (nota 3).

[2] Se trata del cartagenero Asensio Marsal, que al año siguiente debutaría como imitador de estrellas o transformista y que llegaría a ser uno de los más importantes del género con el nombre artístico de Edmond –o Egmont-de Bries. V.  https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/07/20/edmond-de-bries-el-mas-famoso-de-los-imitadores-de-artistas/

[3] Prometeo nº 35, pp. 10-16, 1911. Aparte de La Safo y el propio Ramón, en el diálogo participan Manuel Abril, Rafael Cansinos-Asséns, Diego López Moya y Fernando Aponte. Su autor aduce que estas conversaciones son “de una precisa autenticidad, porque el espíritu común del diálogo lo único que impone es una escrupulosa veracidad en el informe de lo que se dijera, de ‘todo’ lo que se cometió”. (p. 10).

[4] Al parecer, algunos de los trajes costaron tres mil pesetas.

[5] Una noticia recogida por el diario coruñés El Noroeste (19-VII-1911), a los pocos días de su debut en el Salón Madrid, señala que Juanita había nacido en La Coruña y tenía parientes allí y en El Ferrol. Pese a que el periódico pone en cuestión su aristocracia y su riqueza, parece que esta última era indudable, pues, sin protector, no hubiera podido sostener el tren de vida que llevó durante tres años ni engañar sobre su origen a tantas personas inteligentes y avisadas. Es posible, sin embargo, que naciera en La Coruña y la riqueza procediera de su difunto marido.Safo Retrato

Me cuentan que en el programa de Radio Nacional del sábado pasado “No es un día cualquiera”, tan bien conducido por Pepa Fernández, su colaboradora, Nieves Concostrina, en su sección “El acabose”, donde cuenta sabrosas historias relacionadas con la muerte y sus entornos, se refirió al perro Paco. Alguien la debió de confundir y afirmó que este increíble animal fue corneado por un toro. No fue así sino que, como era previsible, el asesino tenía nombre, apellido y residencia en Madrid. Como Paco ha sido desde hace mucho, objeto de mi estudio y este mismo verano tuve ocasión de hablar sobre él en la madrileño-francesa Casa de Velázquez, reproduzco aquí mi intervención, en defensa de la verdad histórica.

El perro Paco

Hoy muy olvidado, el perro Paco, fue un autentico símbolo de la alegre vida madrileña deEl perro Paco x Blas Jocen finales del siglo XIX y hasta mereció un libro de 320 páginas[1] que autores, como Florentino Hernández Girbal y Julián Cortés-Cavanillas[2], dijeron escrito por Alfonso XII, aunque es muy dudoso que fuera así. Otro volumen de 208 páginas, firmado por Blas Jocen, Historia del perro Paco juzgado por la opinión pública,  se editó el mismo año de 1882, que fue el de su mayor protagonismo y, también, el de su muerte.

Negro y con una mancha blanca en el pecho, apareció sobre 1879 en las inmediaciones del café Fornos, en la esquina de Alcalá y Peligros –su local preferido[3] – y sorprendió a todos por su inteligencia y cualidades casi humanas, de modo que fue apadrinado por los numerosos clientes del café por entonces más prestigioso de Madrid, que le suministraban terrones de azúcar y otras golosinas, muchas veces celebradas con volteretas por el can. Su mayor protector fue el marqués de Bogaraya (Gonzalo de Saavedra y Cueto), que se encariñó con él porque en una ocasión le echó una chuleta y, noches después, al tropezárselo en otro establecimiento, Paco hizo grandes manifestaciones de alegría. En Fornos solía comer diariamente y hasta se afirma que se le servía en una mesa. De hecho, en alguna viñeta de la época se le representa con servilleta colgada del cuello.

El perro Paco en Fornos

 Pero, como perro callejero[4] y amante de la independencia, a pesar de su sociabilidad -acompañaba  a casa a sus protectores pero rehusaba entrar en ellas-, rechazaba acogerse a un dueño y tenía su parada habitual en la calle Sevilla y su dormitorio en las cocheras del tranvía de la calle Fuencarral, que, a veces, cogía de un salto para llegar más cómodamente. Paco era bañado diariamente por los mangueros municipales, aparecía  en los estrenos de los teatros[5], en el relevo de la guardia real, gustaba de los desfiles y procesiones y, sobre todo, de las carreras de caballos y de los toros. En la plaza de Felipe II tenía reservada una localidad en el tendido aunque casi siempre terminaba por arrojarse al ruedo. Sus “hazañas” aparecían continuamente en la prensa. Incluso se le presentó al rey:

El perro Paco fue presentado a S. M. y AA. en la Exposición de ganados y presenció a su lado el desfile, saludando cortésmente a sus compañeros premiados (La Unión, 6-VI-1882)

El perro Paco en los torosLa primera aparición del perro Paco que he encontrado en la prensa corresponde al 21 de noviembre de 1881 en el Boletín de loterías y de toros, dos pasiones muy españolas; bastante más que el amor a los perros, al menos en aquella época. Dicha publicación nos informa: “El perro Paco no toreó: en uno de los intermedios se presentó en el redondel cogeando (sic), para disculpar su falta con el público”.

Esto quiere decir que ya el can era conocido por arrojarse al ruedo y provocar a los toros mordiéndoles en las patas y en los hocicos, lo que le valió más de un puntazo. Y así lo verificamos en la misma publicación casi un mes más tarde (19-12-1881), en la que se nos cuenta como el atrevido can salió lastimado a resultas de un achuchón mayúsculo. Mayor información nos proporciona El Toreo, que aparecía los lunes, también en su número del 19 de diciembre, dando cuenta de la novillada celebrada a beneficio de la Asociación de Caballeros Hospitalarios. Antes, a las dos en punto, se representó una pantomima, Las hazañas de Bou-Amema, en la que intervenía el perro Paco durante las escenas quinta y sexta, guiando al ejército francés hasta donde se encontraba el enemigo, que, en este caso, eran los moros. Finalizado el resumen del argumento, se dice: “El perro don Paco fue uno de los personajes de la fiesta, que se repitió unos días más tarde” (El Toreo, 26-12-1881).

En suma, las  menciones al perro Paco interviniendo en las corridas son numerosas en la época, casi siempre en clave jocosa o satírica. Otra de sus querencias fue el hipódromo donde solía  incorporarse a la pista, persiguiendo a los caballos lo que a algunos causaba  risa y a otros, indignación: “El perro Paco tomó parte en la primera carrera siguiendo al caballo Frascuelo. Esta falta de seriedad en Paco fue muy censurada por algunas personas y aplaudida por la pebre” (El Imparcial, 14-V-1882). Entre sus partidarios solían suscitarse animadas discusiones sobre si era más aficionado al espectáculo nacional o a las carreras de caballos.

El Perro Paco incordiando a un toro BlyN 24-7-1910

Esa afición a los toros determinó su muerte: En una becerrada organizada por el gremio de vinateros el 21 de  junio de 1882 y cuando estaba actuando un tal José Rodríguez de Miguel, apodado, Pepe el de Galápagos[6], Paco se tiró al ruedo, ladrando e incordiando al añojo. En una de sus embestidas, el perro salió rebotado sobre el matador, que cayó al suelo[7]. Éste, encorajinado, hundió su espada entre las costillas del perro, que quedó en un charco de sangre y fue recogido por los areneros. La fuerza pública salvó del linchamiento a José Rodríguez, que luego llegaría a concejal de Madrid, como algún otro de su calaña. Recogido en la taberna de un tal Chillida, donde se le prodigaron todos los cuidados veterinarios, mientras la prensa daba diariamente el parte de su salud, Paco aguantó cinco días pero acabó muriendo y su cuerpo fue entregado al taxidermista Severini para su disecación y durante varios años lo expuso en su taberna de la calle de Alcalá. Tras varias vicisitudes, pasó a poder de Rafael Sanjaume, propietario de una herboristería en el nº 22 de la calle Desengaño que, al parecer, terminó enterrándolo en un lugar desconocido del Parque del Retiro.

Alguien pagó una esquela que rezaba así: “El eminente perro público ‘Paco’ ha fallecido. La high-life y muchos parientes del difunto suplican a Vd. se sirva encomendarle al dios de los perros”.

Además de los dos libros citados, son innumerables las huellas del perro Paco en el El Perro Paco AnunciosEl perro Paco Polka canescacontexto cotidiano de su tiempo y aun años después:

En su año de mayor gloria, 1882, y todavía con vida, su figura llegó a las tablas y alguna de las obras permaneció varios meses en cartel, en un tiempo en que los programas cambiaban con mucha celeridad: Desde el mes de junio y en el Teatro de la Risa, se programó la obra El Perro Paco y, en el Teatro Infantil, El señor perro Paco. Y casi veinte años después de su muerte, se estrena en el teatro Principal una zarzuela en dos actos de José Pau Español y música de Carlos Arias, titulada El perro Paco (La Época, 3-VIII-1901).

También desde principios de junio de 1882 se anunció profusamente en los periódicos la “Preciosa polka canesca para piano, con texto y portada alegórica en litografía, El perro Paco. Con su retrato, historia, amores, etc[8]”. Igualmente, se anunciaron  otra polka popular y humorística, “Perro Paco”, debida a Javier Jimenez Delgado[9] y una marcha fúnebre para piano: “Al malogrado Perro Paco”[10].

El perro Paco Polka humorística

El 16 de junio  aparece el primer número de un periódico titulado El perro Paco, suponemos que de escasa duración[11]. Periódicos y revistas incluyeron coplas y letrillas satíricas y se publicaron también aleluyas y pliegos sueltos.

Se dio su nombre (“El perro Paco”) a un vino blanco, que se anunciaba en El Imparcial (19-VI-1882) como la mejor manzanilla de Sanlúcar y, con el mismo marbete, también se vendieron bastones, corbatas, petacas y carteras. Años después, El Liberal (13-I-1888) daba cuenta del atraco a una tienda con el nombre “El perro Paco”. Pero el certificado de haber pasado a la historia se lo proporciona el figurar, junto a Lepe,  Briján y Calepino[12], en la lengua popular. Aunque ya en desuso, “saber más que el perro Paco”, se dijo para ponderar la agudeza o sabiduría de alguien y así lo recoge Iribarren[13] y lo emplean Pereda en su novela Pedro Sánchez y Clarín en sus Cuentos Morales.

Las gracias y maravillas protagonizadas por el perro Paco debieron ser evidentes pues resultó  un verdadero fenómeno social en el Madrid de 1880-1882 y hasta años después. No faltaron plumillas que consideraron que las cosas se habían sacado de quicio pero la mayoría acogió con alegría y complicidad la condición de héroe de este irracional que no lo parecía.

V. también:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/09/14/el-madrid-nocturno-de-fines-del-siglo-xix-1890/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/06/25/madame-pimenton/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/08/07/el-padre-benito-jefe-de-la-clac-en-los-teatros-madrilenos/

                                                                    NOTAS                        

[1] Memorias autobiográficas de Don Paco, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, 1882.

[2] CORTÉS-CAVANILLLAS.

[3] Fue también adicto al Café Suizo y, por las noches, al Veloz-Club y a la Gran Peña.

[4] En algunos textos se indica que su primer dueño fue Francisco Lozano, mayoral de diligencias en el trayecto entre Chinchón y Colmenar Viejo, cuya propiedad pertenecía al torero Frascuelo. V., por ejemplo, CALZADA.

[5] Florentino Hernández Girbal aduce en su folleto sobre Paco que le gustaban más los sainetes del Apolo que los dramas del teatro Español

[6] El apodo provenía de tener su taberna en la calle Hortaleza, frente a la fuente de los Galápagos.

[7] Otras versiones cuentan que fue el matador, que estaba teniendo una actuación lamentable, quien cayó, al tropezar con el perro. (El Imparcial, 23-VI-1882).

[8] El texto de su carátula reza: “El perro Paco. Polka canesca  (con texto). Compuesta para piano y dedicada al mismo por los distinguidos canes Turco y Palomo. Guau, guau, guau. Guau, guau, guau”.

[9] Zozaya, Carrera de S. Gerónimo, 34. 1882. Calcografía de S. Santamaría

[10] Firmada por T. P., incluye un texto que reza: “Colocado el cadáver, por dos  monos sabios, en un elegante carro fúnebre, la numerosa comitiva se pone en marcha desde la casa mortuoria, descendiendo, triste y meditabunda, por la histórica Puerta de Alcalá. Algunos individuos de su especie, movidos de curiosidad más que de lástima se acercan al carro, lo huelen y… gruñen, y después se alejan. Al pasar por La Cibeles, la estatua llora copiosamente. Las guardias del Ministerio de la Guerra y Presidencia hacen los honores de ordenanza y llega todo hasta dar frente al café de Fornos y al del Suizo. En este instante tan patético, la multitud arroja ramos de flores y coronas de siempre-vivas sobre el féretro y prorrumpe en ayes de amargo desconsuelo. Virando majestuosamente el carro, atraviesa el derribo, antes calle de Sevilla, y, entrando en la Carrera de San Gerónimo hace alto y parada en la casa del disecador Severini, quien recoge los preciosos restos del que fue Paco y Perro, y el cortejo se disuelve en seguida, pausada y lentamente”. Es cierto que uno de los lugares preferidos de Paco fue la Fábrica de Tabacos en la calle de Embajadores. Al salir las cigarreras le obsequiaban con zalemas y alguna chuchería y, a la muerte del perro, una de  las coplillas que corrió decía: “Al perro Paco / lo llevan a enterrar / entre cuatro cigarreras, / un cura y un sacristán”.

[11] “Mala época es esta para periódicos de esta naturaleza”, aduce El Liberal, 17-VI-1882.

[12] “saber más que Lepe (o Briján, o Calepino). Pedro de Lepe, humanista del siglo XV, que fue obispo de Calahorra. Briján (metátesis de Nebrija), el famoso autor de la Gramática castellana. (1492). Fray Ambrosio Calepino, autor de un muy popular Diccionario latino-italiano (1502).

[13] IRIBARREN, El porqué de los dichos, pp. 348-349.

 

                                                                     BIBLIOGRAFÍA

-A. E., “El perro ‘Paco’”, ABC, 23-XII-1959.

-ALAS, Leopoldo (Clarín), Cuentos morales, Madrid, La España Editorial, 1896.

-ANÓNIMO, Memorias autobiográficas de don Paco, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, Editor, 1882.

El perro Paco_Memorias de don Paco

-BARREIRO, Javier, “El Madrid nocturno de fines del siglo XIX, 1890”, Siglo XIX (Literatura hispánica) nº 20, 2014, pp. 113-134.

-BELDA, Joaquín, Las noches del Botánico, Madrid, Biblioteca Hispania, 1917.

-BOFILL, Pedro, “Dado a perros”, El Globo, 28-V-1882.

 -CALZADA, Modesto, “Episodios pintorescos y extraordinarios de las viejas corridas de toros”, Estampa, 14-I-1933, p. 19.

-CÁNDIDO (Carlos Luis Álvarez), “El perro ‘Paco’”, ABC, 22-VII-1982.

-, “Final del perro ‘Paco’”, ABC, 25-VII-1982.

-, “Un madrileño de 1882”, ABC, 21-IV-1999.

-CORTÉS-CAVANILLAS, Julián, “Alfonso XII y el perro ‘Paco’”, ABC, 30-VIII-1982, p. 16..

-DÍAZ CAÑABATE, Antonio, “Don Natalio Rivas o el siglo XIX”, ABC, 21-I-1958.

-EL BARQUERO, “El perro ‘Paco’”, Blanco y Negro, 24-VII-1910.

-HERNÁNDEZ GIRBAL, Florentino, “Gracias y desgracias del perro Paco (un madrileño de 1882), Torrejón de Ardoz (Madrid), F. Hernández, 1999.

-IRIBARREN, José María, El porqué de los dichos (3ª ed.), Madrid, Aguilar, 1962, pp. 348-349.

-JOCEN, Blas, El perro Paco juzgado por la opinión pública, Sevilla, Establecimiento Tipográfico Calle del Aire, 2, 1882.

El perro Paco x Blas Jocen Índice

-OLIVÁN, Federico, “Felipe Ducazcal y el perro ‘Paco’”, ABC, 16-IX-1950.

-PEREDA, José María de, Pedro Sánchez, Madrid, Imprenta y Fundición de M. Tello, 1883.

-PÉREZ OLIVARES, Rogelio, “Un genio ignorado”, Nuevo Mundo, 5-XI-1915.

-TOVAR, Manuel “El Manuel “El perro ‘Paco’”, ABC, 16-V-2000.

-VELASCO ZAZO, Antonio, El Madrid de Fornos. Retrato de una época, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1945.

El perro Paco en la Puerta de Alcalá

 

Fue precisamente la última obra de las publicadas en La Novela de Hoy por Vidal y Planas, a la que nos acabamos de referir, la que va a constituir el objeto de este trabajo; su título, Cena de pobre. Esta última época es la menos brillante de la colección, aquella en la que las tiradas fueron más cortas y la difusión, menor, por lo que los ejemplares son hoy más escasos.

Es curioso que Cena de pobre no haya caído en manos de los tan escasos escrutadores de las realizaciones de estos perdulariosVidal y Planas_Cena de pobre de la literatura, pues no conozco una sola referencia a la obra, que, además, tiene un interés añadido para los aragoneses, pues es la única narración de Vidal y Planas que se desarrolla en su comunidad histórica (***). En su portada, un viejo baturro delante de una casucha, ofrece un cesto de pan a alguien que queda fuera del foco del dibujante. Éste, un tal Esteban, ilustró diecinueve ejemplares de la colección, el mismo número de novelas que publicó en ella el narrador gerundense.

Casi todos los textos de La Novela de Hoy llevaban una pequeña presentación en forma de entrevista o prólogo. En este caso su autor es Rafael Marquina y no presenta especial interés. Bajo el epígrafe “Retrato del autor”, se refiere a algunas cualidades de Vidal o Planas, no por ciertas menos conocidas: “Fondo de entusiasmo”… “Su rudeza está hecha de bondad; su picaresca, de candidez; su timidez, de vehemencia; su fortaleza, de debilidad”… “Niño grande”… “Es un sentimental y parece un demoledor”…

Pero acudiendo ya a la novelita, esta tiene bastante más interés literario que la mayor parte de la literatura –un tanto histérica y efectista- del Alfonso Vidal y Planas de esta época y, como ya se dijo, se desarrolla íntegramente en el zaragozano pueblo de Badules, cuya presencia en la literatura no es, desde luego, memorable. La localización no es aleatoria, pues el autor demuestra conocer ampliamente la toponimia del Campo de Romanos, subcomarca cuya capital es Daroca y en la que se ubica el humilde lugar de Badules. Por muchos indicios, parece claro que el argumento se basa en una experiencia vivida por el autor. Lo más probable es pensar en que durante algún viaje de Zaragoza a Valencia, hubiera de parar en las cercanías o, tal vez, que visitara a algún amigo con raíces en dicho pueblo.

Vista de Badules

El argumento puede resumirse así: Un forastero, identificable con el autor pero del que nada se nos cuenta sin que tampoco se diga el motivo de su estancia en Badules, es invitado a comer por el más pobre del pueblo, el tío Pelaire, de ochenta años, que vive de recoger leña en una casucha de adobes, sita en las afueras del lugar. El narrador se presenta con un pollo que el orgullo del tío Pelaire rechaza con vehemencia: “¡Amos, mañico! Mi probeza no ti ha hecho daño pa’que tú l’ofendas asina!” (p. 13). Es él quien, cumpliendo con las leyes de la hospitalidad, desea invitar al forastero.

El argumento deriva por tres cauces principales: la vida y personalidad del Tío Pelaire, adobada por sus sentencias y agudezas de filósofo rancio, la cena que ofrece al forastero y la visión de un Aragón rural, con muchos rasgos basados en la observación de la realidad pero también en algunos tópicos costumbristas y en la visión positiva e idealizada que muchos habitantes del suelo ibérico han tenido de los aragoneses, basada en parte en la vindicación de Aragón que propician los Sitios de Zaragoza, con su reflejo legendario en la literatura y en el género lírico.

El protagonista tiene ochenta años aunque está en perfecta forma física y es capaz de levantarse del suelo con los brazos cruzados. Y no sólo es el más pobre de Badules sino el único. También se nos aclara que “en los pueblos de Aragón hasta la pobreza es espléndida”. El ayuntamiento le perdona la contribución y su única forma de ganarse la vida es la recogida de leña. Anteriormente había sido alguacil y pidió un mejor destino a un candidato liberal al que había ayudado; éste le mandó una credencial de maestro en el cercano lugar de Nombrevilla, en cuyo término municipal se ubica hoy la llamada cárcel de Daroca “pero como no sabía firmar, al llegar el nombramiento, no me lo daron” (p. 25). Después, otro alcalde conservador le desposeyó del cargo de alguacil, por no querer echar un pregón “desigual”. Es decir, en el que trataba con un rasero a los de su bando y con otro, al resto.

Otro episodio que protagoniza el tío Pelaire, con elementos directamente vinculados con el costumbrismo regional, es su encuentro con el rey. Por su significación, merece la pena reproducirlo parcialmente:

Yo iba a Daroca, carritera abajo, a ver si querían tomame pa segar. Yo era alguacil por aquel entonces, pero no ganaba más que un real diario, y, como no era probe, con solico un rial no podía vivir. Llevaba colgá de un hombro la botica bien llena, junto con la hoz. En esto vide muchos carreteros juntos y que vestían como capitanes generales o asina, empeñaos a mi entender en tirar de un carro nuevecico, mu majo y tó brillante, como no lo había visto nunca.

-Sería un automóvil –interrumpe el forastero.

-No ti pongo adivinanzas. Sí que era otomovil. El primero que vide. Pero a mí se me figuró un carro sin varas pa la caballería. Pensé si ésta se había escapau, arrancándolas. En cuanti a aquellos hombres ataviaus de generales de Zaragoza u asina, que s’empeñaban en poner el carro en marcha, los tomé por locos y mi daron mucha lástima. Conque m’acerqué a beber, y uno va y me ice de pronto, arrempujándome como mu enfadau: “¡Aparta, borrico, que es el ray! ¿No ves que tiene pan(****) el otomóvil?” “Pos si el otomóvil tié pan –li respondí tan tranquilo-, yo tengo vino de Longares, y a nadie hago daño brindándoos un traguico!” S’echaron ellos a reír y el que mandaba en tós se m’acercó tan campante, como si mi conociera, y me ijo: “¡Venga esa botica, buen hombre!”. Al dársela li pregunté: “¿Eres tú el ray, acaso?” Íjome que sí con la cabeza y, cuando acabó de beber, li agarré d’un brazo pa llevármelo aparte y a solicas los dos li disparé: “¡Pos hombre, m’alegro la mar! Precisamente tenía que pedirte un favor. Ello es que el tío Saltacerros, el de Villadoz, que es un buen hombre, aunque sía sacristán, tié un chiquillo mozo, que está en Madrí de Castilla, sirviéndote a tú. Y si le daras unos mesecicos de licencia ilimitada, harías una buena obra porque el tío Saltacerros tié un mal grano y,como si piensa el probecico que va a morirse, no hace más que suspirar por el piazo de su corazón” (…) Y el ray me preguntó por el nombre del tío Saltacerros y el regimiento en que servía. Yo se lo ije tó y antes de los ocho días el hijo del tío Saltacerros se encontraba en Villadoz con un mes de licencia (31-35).

separador_50No es la única vez que el tío Pelaire tiene relación con altas autoridades sino que se cuenta que su padre cenó con el general Cabrera, que, efectivamente, anduvo por las cercanías y él mismo con otro general, Serrano, al que cantó la siguiente copla (*****):  “Gloria gana un general / cuando vence a un enemigo; /pero gana gloria doble / si s’hace d’un probe amigo”.

Estas y otras precisiones, como la índole de las anécdotas que se cuentan hacen pensar que la figura del tío Pelaire está basada en un personaje real.

Como se dijo, todo esto transcurre en el marco de una cena con la que el baturro obsequia al narrador aunque no se nos dice el pretexto de la misma ni la relación que existe entre anfitrión y convidado. Sí que se exalta en varias ocasiones su sentido de la hospitalidad que incluso le lleva a regalar el pollo que ha traído el forastero a un alemán que está en la cárcel del pueblo, de paso para Daroca, cabeza del partido judicial, porque ha robado un misal antiguo en el vecino pueblo de Mainar. Y, aunque obsequiado, no se libra de su copla: “Alimán de los demonios / toma el pollo y un consejo: / ¡No ti metas a ladrón / pa’robar un misal viejo!”

El menú de la cena es un cabal ejemplo de la gastronomía aragonesa: Comienza con cardillo (Scolymus hispanicus) una verdura de sabor exquisito, poco frecuente y muy apreciada, que puede consumirse en ensalada o rehogada con aceite y vinagre y que no hay que confundir con el más popular cardo (Cynara cardunculus). Prosigue con unos caracoles en ajolio, denominación exacta etimológicamente, que está desapareciendo en beneficio de “alioli”. Aparecen después las codornices, luego, los barbos, muy frecuentes, como los cangrejos, en el cercano río Huerva, que el tío Pelaire pesca con candil y tenedor y, para postre, requesón de Fuembuena, licor de pepino y té. Todavía no hace mucho -y aún debe de quedar alguna taberna que la conserve- la botella con licor de pepino se expedía en los establecimientos de bebidas. Había que introducir el pepino cuando era minúsculo en la propia mata y se lo dejaba crecer allí. Una vez que la cucurbitácea se desarrollaba y llegaba hasta el gollete, se rellenaba con aguardiente. Decían que tenía excelentes propiedades para los dolores de barriga y los juerguistas solíamos consumirla como espuela cuando, tras la farra, nos retirábamos a primeras horas de la mañana.

Nótese que los siete productos consumidos son de producción propia o de fácil consecución en la naturaleza, lo mismo que el vino que se trasiega, del que se dice: “No emborracha pero agacha”. No se olvide que Badules está al lado del Campo de Cariñena.

Cena de pobre_Dibujo de Esteban pp. 32-33 (2)

Cena de pobre_Dibujo de Esteban pp. 32-33 (1)

En cuanto a lo relacionado con el habla y las costumbres aragonesas, aparecen ya en el nombre del tío Pelaire, denominación del esquilador en el habla regional. Con mayor o menor propiedad, el autor trata de poner en boca del personaje central la fonética del léxico aragonés: “cuidiau”, “paece”, “onde”, cambear, “ray”, ahura”, “tamién”, “asina”, “probe” y otras muchas, como se comprueba en el fragmento del encuentro con el rey, antes reproducido. En cuanto al léxico, aparte del socorrido “mañico”, con el que suele dirigirse al narrador, aparecen palabras como “apatuscau” (31), en el sentido de apañado, significación que desconozco y que tampoco aparece en el Diccionario Aragonés de Andolz. Generalmente, “apatusco” y no “apastucao” significa torpe y con pocas mañas. Tampoco conozco “gazupiau” (31), que se emplea como sinónimo de la anterior. “Fuchina” (17) se utiliza como daño o quebranto y también se encuentran otras, aún vivas en Aragón, como “ternasco” (41) o “ajolio” (25).

También son varias las coplas de jota que aparecen en el libro. La primera de ellas es una de esas cantas perogrullescas, que se cantaban como diversión y que en Tauste, donde fueron muy populares, llamaron “pepadas”:separador_50

Cuando me parió mi madre

acababa de nacer

y, a los quince días justos,

ya tenía medio mes.

separador_50Había sido llevada al disco de 78 r. p. m. por Miguel Asso y, posteriormente, la grabarían otros cantadores. Menor interés tienen las dos que se citaron, a propósito del ladrón alemán y el general Serrano, así como la que la ronda canta al forastero, no muy lograda estilísticamente: “Sagrado, como la Virgen, /forastero en Aragón: /cuando pises, ten cuidiau, / que tó el suelo es corazón”.

Ninguna de las tres son conocidas y, como se ve, ningún merecimiento tienen para serlo pero demuestran lo dicho (V. nota *****) en cuanto al papel fundamental de la copla octosilábica en la expresión popular.

Muchos otros elementos propios de Aragón podrían espigarse en una narración tan breve pero la mejor demostración de la exacta vinculación de la misma con el ámbito que describe es el número de topónimos que en ella aparecen en relación con el Campo de Romanos: Badules (pág. 9), Romanos (14), Río Huerva (18), Río Lanzuela (18), Nombrevilla (25) Daroca (29), Fuenfría (29), Longares (32), Fuembuena (38), Villadoz (35), Cucalón (43), Mainar (50)…

En suma, se trata de una narración olvidada y que, a su interés de desarrollarse en unos escenarios a los que apenas ha prestado atención la literatura de las últimas décadas, añade el aportar informaciones sobre la vida rural y el folclore del Campo de Romanos, contemplado, no desde el punto de vista científico sino desde el literario. Por otro lado, es una excepción aislada en la temática habitual de su autor, Vidal y Planas, siempre interesado en ámbitos más dramáticos como son los de la prostitución, las prisiones, los manicomios, los delincuentes sociales, los místicos visionarios… Aquí, el escritor trata de reivindicar un modo de vivir natural, autosuficiente, tradicional, encarnado en la figura de un anciano iletrado, pero vivo como el hambre, que se acomoda a la precariedad material del mundo en que vive y mantiene unos valores, una ética y una autenticidad muy diferentes a los que imperan en el universo urbano donde el autor suele desarrollar sus obras.

El escritor gerundense no debía de estar muy versado en la vida rural, ya que nunca vivió en el campo y, como es usual entreVidal y Planas urbanitas, la idealiza. En su siguiente novela corta, El perro que subió al cielo (1933), vuelve al exaltado desenfreno, en este caso, enalteciendo un perro que adoptó en prisión.

En realidad la literatura de Vidal y Planas rarísimamente remonta el vuelo. Cuando pretende ser lírico, resulta cursi; si intenta la mística, ridículo y grandilocuente; cuando aspira a ser crudo y tremendista es, sin embargo, cuando obtiene mejores resultados y más en sus primeras obras. En las últimas en cambio, la exageración y el énfasis, lo acerca a lo cómico. Nada más triste que resultar risible cuando se pretende objetivar la tragedia.

Curioso el destino de Vidal y Planas que, tras los avatares experimentados durante la guerra, enrolado en el Partido Sindicalista de Pestaña, embarcó en el Mexique, el vapor francés que llevó a Méjico a los llamados “niños de Morelia” y, tras su paso por los Estados Unidos, donde se doctoró, en sus últimos y muy mal conocidos años de exilio se convirtió en un respetable profesor de Metafísica y publicó tres libros de poesía, el único género que no había cultivado y que en la mayoría de los escritores suele ser más propio de los años juveniles. En la hoy atribulada ciudad de Tijuana, donde ejerció en los últimos años de su trayectoria, tiene dedicada una gran avenida.

NOTAS

(*) Sobre su trayectoria puede verse Javier Barreiro, Luces de bohemia (Vidal y Planas, Noel, Retana, Gálvez, Dicenta y Barrantes), Zaragoza, UnaLuna, 2001, pp. 21-49. v. también, en: https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/02/17/alfonso-vidal-y-planas-el-loco/

(**) Acerca de esta publicación: Julia María Labrador Ben, Marie Christine del Castillo, “Estudio introductorio, Catalogación e Índices de “La Novela de Hoy” en La Novela de Hoy, La Novela de Noche y el folletín divertido. La labor editorial de Artemio Precioso, Madrid, CSIC, Colección Literatura Breve-15, 2005, pp. 9-267.

(***) En su vertiente teatral, el autor escribió también, en colaboración con Antonio Ballesteros de Martos, y música de Rafael Martínez Valls y Pascual Godes, la zarzuela en dos actos La ventera de Ansó, estrenada con buen éxito en el Teatro Apolo de Barcelona el 14 de Diciembre de 1928 y que después recorrió los escenarios españoles y argentinos. Una de sus romanzas fue llevada al disco por Emilio Vendrell.

(****) Del francés, panne (avería). Era la denominación habitual en las primeras décadas del automóvil.

(*****) Está por estudiar la frecuencia con que hasta hace unas décadas, en el ámbito rural aragonés, los hablantes intercalaban coplas de su propia creación, muchas veces improvisadas, lo que, naturalmente se trasladaba a las rondas joteras. Los más dotados para este menester, que muchas veces eran analfabetos, obtenían un prestigio social que de pocos otros modos podía lograrse. Una olvidada novela de Manuel Sancho, Pascualico o El trovero de las bochas (1905), retrata perfectamente este ambiente. (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/10/11/el-pascualico-una-novela-aragonesa-de-1906/)

El lunes, 23 de noviembre a  las 19.30, se presenta en la Biblioteca de Aragón este volumen, editado por Libros del Rescate, que reconstruye la trayectoria del que fue famoso dramaturgo, poeta y periodista Aragonés, Marcos Zapata (Ainzón, 1842-Madrid, 1913) al que su autor ha dedicado varios años de investigación, que han dado el fruto de este trabajo que se acerca a las ochocientas páginas. Intervendremos el editor Javier Cinca, el autor y el firmante.  Reproduzco aquí el prólogo que escribí para el mismo.

Marqueta, Samuel, Tras las huellas de Marcos Zapata001

Nada más satisfactorio para quienes, conociendo la roma repercusión de tales afanes, hemos dedicado a la investigación literaria tantas horas de nuestra vida, el que se acerquen a ella gentes imbuidas de una pasión tenaz, generalmente instadas por un parentesco, por un azar biográfico o, como es el caso, por paisanaje.

El turiasonense Samuel Marqueta, residente en Ainzón, descubrió un buen día a Zapata, se armó de paciencia y, medio por juego, medio por rutina, con la obsesividad que estas aficiones deparan, fue acumulando una información que, sin duda, es la más completa nunca reunida sobre el poeta y dramaturgo aragonés.

La circunstancia de que quien suscribe fuera el único autor que durante las últimas décadas hubiera publicado algunas páginas sobre Zapata propició que Samuel me buscara y encontrara lo que, además de algunas sugerencias y nimios retoques, terminó con el encargo de unas líneas introductorias.

De más está decir que Zapata* es un desconocido para sus coterráneos y no digamos fuera de su tierra natal. En ella, al menos, puede sonar su nombre gracias a la calle que se le dedicó en el zaragozano barrio de las Delicias y hasta algún paseante desocupado -por supuesto, muy excéntrico- habrá reparado en su nombre grabado sobre el pedestal que, desde los Pilares de 1928, sostiene uno de los bustos de ilustres olvidados que ornan la céntrica plaza de Aragón. Sin embargo, Zapata hace trece o catorce décadas fue uno de los autores dramáticos más representados en España y obras como La capilla de Lanuza, El anillo de hierro o El reloj de Lucerna nutrieron durante muchos años los repertorios de los cientos de compañías teatrales que hasta mediados del siglo pasado llevaban el teatro a todos los rincones del país.

Miembro de la generación de ilustres republicanos aragoneses a la que pertenecieron Eusebio Blasco**, Luis Blanc, Pedro Marquina***, Antonio Torres-Solanot, Gascón y Guimbao o el propio Joaquín Costa**** -sólo cuatro años menor que él-, Marcos Zapata pasó de una infancia rural a los Escolapios y estudiar Leyes pero, sobre todo, a sentir una de esas arrebatadoras vocaciones literarias que, por entonces, culminaban en el viaje a Madrid y la vivencia bohemia de la que Zapata fue uno de los principales abanderados. De hecho, las anécdotas y chascarrillos protagonizados por él constituyeron casi un subgénero en las innumerables revistas satíricas de su tiempo, aunque en sus últimos años lo que fuera desnortada trayectoria, con peregrinajes a Cuba y la Argentina, giró para convertirlo en algo parecido a un probo funcionario.

Es verdad que la escritura de Zapata, como la de buena parte de sus colegas del siglo XIX, nos aparece hoy como impostada y que sus pujos rebeldes andan afectos de una retórica campanuda muy lejana a la expresión actual. Tampoco la sátira ni el verso andan en uno de sus mejores momentos, con lo que habría que preguntarse qué le queda a don Marcos para suscitar la atención del presente. Pero lo mismo podríamos decir del otro autor señero que ha dado el pueblo de Ainzón en su historia y, en este caso, mucho más recientemente, Alfredo Mañas (1924-2001), cuyo apellido, por cierto, fue también el de la madre de Zapata. Mañas fue un autor a la vez popular e innovador, hombre de éxito en la televisión, la radio y el teatro, que estrenó obras de tan buena recepción por parte de crítica y público como La feria de Cuernicabra o La historia de los Tarantos. Y ¿quién se acuerda hoy de Mañas o se le ocurre publicar las obras que dejó inéditas? Ainzón, el municipio del zaragozano Campo de Borja, con sólo mil trescientos habitantes, seguirá siendo más famoso por su espléndido vino que por sus dos escritores.

Nada de eso ha arredrado a Samuel Marqueta, que ha seguido minuciosamente los pasos del objeto de su estudio y ha enfocado el trabajo regido por la claridad del marco cronológico, por lo que podemos seguir la trayectoria vital y literaria de Zapata de manera progresiva. Todo ello sustentado por una gran cantidad de documentos, que se reproducen o transcriben junto a muy numerosos textos desconocidos o ausentes en los repertorios publicados acerca del escritor, en buena medida, de difícil acceso para el infrecuente curioso. Igualmente, se transcriben testimonios de otros autores que enriquecen poliédricamente la información acerca de la personalidad del creador aragonés. No falta, afortunadamente, el índice onomástico, que tantas veces hay que reclamar. En este caso, a la vez que beneficia y facilita las consultas, evidencia la amplitud de fuentes y documentos manejados.

La bibliografía de Marcos Zapata no es parca en entradas pero sí en contenidos. Este trabajo corrige este aserto, ofrece vías de asedio a otros investigadores y constituye, sin duda, la más exhaustiva pesquisa emprendida acerca de uno de los más característicos y, a la vez, preteridos autores de la literatura aragonesa contemporánea.

*https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/04/19/centenario-de-marcos-zapata/

**https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/08/20/eusebio-blasco/

***https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/11/16/pedro-marquina-1834-1886-en-la-bohemia-del-siglo-xix/

****https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/09/14/joaquin-costa/

 

Zapata, Marcos-Colección de obras dramáticas

Pedro MarquinaArrastrando una borrachera de lustros, Pedro Marquina, una noche en la que excepcionalmente debía de llevar algún real por el bolsillo, pidió cama en una herrumbrosa casa de dormir. Y se murió. La patrona, ayudada de algún voluntario, debió bajarlo a la calle para evitarse interrogatorios y complicaciones. Cubierto por la nieve, al amanecer encontraron el cadáver.

Malo para el personaje es que quienes escribieron alguna página sobre él, aludan a esta clase de acontecimientos, sin embargo, Pedro Marquina había estrenado muy numerosas obras, algunas de ellas clásicas en el repertorio de las compañías de la época, había sido poeta querido y citado por Zorrilla, con el que colaboró en alguna obra, y durante algún tiempo fue tenido entre los escritores de moda, llegando a estrenar media docena de piezas en un solo año.

Pedro Marquina Dutú había nacido en la Zaragoza de 1834. Expulsado del seminario, derivó hasta la Villa y Corte e ingresó con auténtico furor en la que puede considerarse primera bohemia madrileña, la del Romanticismo. No fue la elección de este áspero camino recurso de fracasado sino opción vital, pues, tras fracasar como actor, sus primeros escarceos en el teatro tuvieron buena respuesta y obras como El poeta de guardilla, Palabra de aragonésEl arcediano de San Gil fueron muy representadas en su época. Esta última, estrenada en el teatro Martín, fue una de las más clásicas obras de repertorio a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. En ella un arcediano se niega a dar sepultura al padre de una muchacha si no accede a tener negocio carnal con él. Pedro I de Castilla, que anda de incógnito, se entera del caso y manda enterrar vivo al susodicho arcediano, que no era trigo limpio. Éste se quejaba:

Tratar así a un arcediano!Marquina, Pedro,El arcediano de San Gil002

¿Qué dirá el pueblo ofendido?

Y el rey respondía, entre la aclamación de un público entonces bastante escamado con la clerigalla:

-Sentirá que no haya sido

el Pontífice romano.

Pero no todo es granza en este corral. He examinado una buena parte de las obras abajo citadas -lo que aunque no espero que se me reconozca, sí que se me compadezca- y la única disculpa que les encuentro es ser contemporáneas al teatro de Tamayo y López de Ayala. De La voz del deber, comedia de ambiente aragonés, lo más ilustrativo es el comentario final del entonces -como tantas otras veces en nuestra historia- preceptivo censor: un tal Narciso S. Serra, poetastro, además, bastante conocido en su tiempo: “Examinada esta comedia (muy bien escrita), no hallo inconveniente en que su representación se autorice”. No eran, ni mucho menos, frecuentes estos juicios estéticos por parte de tales funcionarios y algo nos ilustran acerca de lo liso de sus meninges. En Palabra de aragonés es el tema de la boda de conveniencia a la que se opone el baturro “bruto y tozudo como mi macho” lo que, al parecer, deparó su extraordinario éxito en el madrileño teatro Recoletos, a no ser que el público estimase rimas como la de “Calatayud” con “ataúd” que, a lo peor, no hubiera desdeñado uno de los augurales modernistas. Al menos, la obreja abunda en dialectalismos y denota facilidad de versificación, que eso sí hay que reconocerle a Marquina.

Un cosechero riojano entrevera la ideología con la boda de interés: el padre, carlista ultramontano, ha prometido su hija a un viejo hacendado más bueno que el pan. Sin embargo, ella anda enamorada de un joven liberal del que el padre abomina. Pero he aquí que el viejo hacendado alberga un corazón de oro y, enterado del amor de los jóvenes, decide renunciar a la joven  y apadrinar a la pareja, con lo que el padre ultramontano, seguro el condumio, deja a un lado sus convicciones políticas.

¡Viva Cuba española!, “dedicado a los leales habitantes de Cuba y Puerto Rico”, arrima el ascua al molino nacional. La controversia antillana andaba en plena efervescencia y Marquina no vacila en dar el papel de malvado a Roberto, un criollo cruel y aleve que trata a los negros a lonjazos, mientras que el bueno es un capitán español que pretende la mano de Tula y, sobre todo, la herencia que arrastra. La mano del poeta nos da en pocos versos el planteamiento:

Roberto: Por última vez el sol

va usté a ver

Pedro:    Alarde vano

Rob:       Fui negrero y soy cubano

Ped:        Soy militar y español.

La cosa termina mal para los insurrectos y don Pedro da fin entusiásticamente a la obra con una arenga poco profética:

           …Así los hijos dirán

de esta tierra bendecida:

¡Viva la patria querida

de Cortés y de Guzmán;

y cruzando ola tras ola

el grito de los hispanos,

dirá: “¡Vivan mis hermanos!

¡y viva Cuba española!”

Marquina incurrió también en la poesía y la verdad es que a uno le hubiera gustado hincar el diente a su inencontrable poema La cadena del vicio, en el que era tan avezado, aunque Cejador dictamine que se trata de “un poema destartalado y sin interés”.

Pelayo del CastilloFue Pelayo del Castillo, otro bohemio impenitente, su más habitual compañero de correrías tabernarias. Chascarrillos y desventuras de ambos poblaron los recuerdos de los pocos que se animaron a dejarlos por escrito. Hay coincidencia en que don Pedro, además de dipsómano y premioso de palabra, era muy goloso. Tanto que, en una ocasión y acuciado por su laminería, vendió los derechos de Rosa y clavel a un pastelero de la Cava Baja. Al ir éste a presentar el recibo, se encontró con que don Antonio Croselles, empresario del teatro Recoletos, le entregaba la, para el tendero, desorbitada cantidad de trescientas y pico pesetas.

Pelayo del Castillo murió en enero de 1883, tres años y medio antes que Marquina. Éste acudió a Romero Robledo, admirador del poeta valenciano, para darle la noticia. Como es de rigor en tales casos, el político se conmovió, abominó de la injusticia del tiempo, que dejaba en la indigencia a sus mejores cabezas, y le entregó un dinero para que las exequias fueran rumbosas. Como era de esperar, el monto se dilapidó en tabernas y el entierro resultó más grotesco que otra cosa. En las cuartillas que entonces se leían con ocasión de cualquier acto e, ineluctablemente, de un sepelio, figuraban los siguientes versos:

             ...y con grandes paletadas de tierra

va a cubrirlo el sucio sepulturero.

Éste que se vio, sin comerlo ni beberlo, aludido de tal manera, muy encalabrinado y amenazando al poeta con la pala, aducía que no era propio del caso hablar de que fuera limpio o sucio; estaba allí para enterrar y no había que pedirle otra cuenta. Con unos reales a tiempo, se consideró limpio de alusiones.

Volviendo a su muerte, hay que decir que, pese a lo que cuentan autores como Vicente García Valero y Juan López Núñez y a lo que se aludió en el primer párrafo, Pedro Marquina murió a las 12 horas del 23 de Agosto de 1886 -fecha en la que es difícil pensar en nieves- y en el hospital donde se hallaba ingresado tras haber sido encontrado exánime en el portal número 11 de la plaza de Lavapiés. Ese mismo día se escribía en el diario La Época:

El infortunado Pedro Marquina, á quien aludimos, arrastraba una desgraciada existencia hace muchos años, debida en parte a su adversa fortuna y en parte también á pertenecer á esa clase de la sociedad que tan brillantemente describe el escritor francés Henry Murger.
Perico Marquina, como le llamábamos todos, el autor de El arcediano de San Gil y de tantas otras obras, era un hombre de excelente corazón, franco y cariñoso con sus amigos, y estaba dotado de un talento poco común.
Sus obras, escritas generalmente sobre la mesa de mármol de un café, o las más veces sobre la de «pintado pino» de otro establecimiento de más inferior calidad, rebosaban de gracia.

Su entierro fue sufragado por la Asociación de Escritores y Artistas y el duelo fue presidido por el poeta Gaspar Núñez de Arce. El que después sería encumbrado poeta y dramaturgo, Eduardo Marquina, sobrino de don Pedro, tenía por entonces siete años. 

Marquina, Pedro,Esquela La Correspondencia de España 30-9-1886003

Leer hoy las pocas obras de Marquina que pueden encontrarse es empresa sólo recomendable para amantes de la erudición y buscadores del pintoresquismo o del humor que puede encontrarse en el exceso. Como uno se ha tomado algún trabajo en tales excentricidades, cumplo con comunicarlo a sabiendas gozosas de que otros vendrán que malo me harán.

Café de Levante x Alenza

                                                                 OBRA

El laurel de Érato (cuadro mitológico) -con música de Cecilio Sanmartín-, Barcelona, Tip. de Jaime Jesús, 1867.

Una herencia de gloria (apropósito en honor a José Zorrilla), Barcelona, Narciso Ramírez y Cía., 1868.

La voz del deber (comedia), Barcelona, Narciso Ramírez y Cía., 1869.

Las faltas de los padres (drama), Barcelona, Narciso Ramírez y Cía., 1869.

La espada de Berenguer (drama histórico, con el seudónimo de José Julián), Barcelona, Tip. de S. Manero, 1869.

Un cosechero riojano (drama), Madrid, Imp. de S. Landáburu, 1871.

El sitio de París (drama) -con Eloy Perillán-, Madrid, Imp. de José Rodríguez, 1871.

El primer beso (drama), Madrid, Imp. de P. Abienzo, 1872.

Un corazón de oro (comedia), Madrid, Imp. de S. Landáburu, 1872.

El sueño de la vida (comedia de magia) -con música de Joaquín Valverde-, estr. en 1872.

El arcediano de San Gil (episodio dramático histórico), Madrid, Imp. de José Rodríguez, 1873.

Carne (drama), estr. en 1873.

El grano de trigo (comedia), Madrid, Imp. de Julián Peña, 1874.

El poeta de guardilla (comedia), Madrid, Imp. de José Rodríguez, 1874.

El mejor derecho (drama), Madrid, Imp. de Pedro Abienzo, 1874.

Diente por diente (drama), estr. en 1874. / Madrid, Imp. de Pedro Abienzo, 1875.

Un padre de familia (comedia), Madrid, Imp. de P. Abienzo, 1875.

El nieto del ciego (balada), estr. en 1875. / Madrid, Imp. de José Rodríguez, 1881.

¡Viva Cuba española! (drama) -con José Olier-, Madrid, Imp. de F. García y D. Caravera, 1876.

El corazón de un baturro (comedia), Madrid, Imp. de Pedro Abienzo, 1876.

La cabeza y el brazo (comedia), Madrid, Imp. de Serafín Landáburu, 1876.

El amigo de los pobres (comedia), estr. en 1876.

Sangre villana, estr. en 1876.

Papel impreso (poesías), Madrid, L. C. Conde y Cía., 1878.

La torrecilla del leal (drama), estr. en 1881.

La mina de oro (cuadro dramático), Madrid, Imp. de José Rodríguez, 1881.

Palabra de aragonés (comedia), Madrid, Enrique Arregui, 1882.

Un hombre de bien (comedia), Madrid, Imp. de F. García, 1882.

La sotana rota (drama), estr. en 1883.

Rosa y clavel (balada) -con música de Isidoro Hernández-, estr. en 1884.

El reo (poesía), 1884.

La cadena del vicio (poesía), Madrid, 1884.

La redención de un alma (drama), estr. en 1888.

Para palabra, Aragón (zarzuela, arreglo de la comedia Palabra de aragonés) -con música de Isidoro Hernández-, estr. en 1888. / Madrid, Enrique Arregui, 1889.

Marquina, Pedro, Para palabra, Aragón001

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Publicado en Galería del olvido, Escritores aragoneses. Zaragoza, Cremallo de Ediciones, 2001, pp. 17-24. Se actualiza texto y bibliografía.

Sereno h. 1875