(Publicado en Aragón Digital, 28 de diciembre de 2017)

En una escena de “Los olvidados”, la panda de adolescentes suburbiales que protagoniza dicho film de Luis Buñuel arrebata a un hombre sin piernas la caja con ruedas en la que se desplaza, ayudado por dos piedras que apoya en el suelo impulsándose con las manos. Así, el elemental vehículo consigue avanzar a duras penas aunque difícilmente lo haría cuesta arriba. Tras la atroz gamberrada, el impedido queda varado y maldiciendo en medio de la calle.

Son acciones, como la de robar a un ciego o  despojar de sus muletas a un cojo, que a la mayoría de los humanos nos resultan repugnantes. Sin embargo, los santos Cosme y Damián, médicos romanos y patrones de la profesión, perpetraron el milagro de trasplantar la pierna de un negro a un legionario que la tenía gangrenada a resultas de las heridas en combate. Hoy día se suele contar que el etíope había muerto pero, en imágenes y retablos, sobran los ejemplos iconográficos  en los que vemos al blanco muy satisfecho con sus piernas bicolor y al pobre negro en el suelo retorciéndose y lamentándose de su suerte. Aparte de la corrección política, el cambio puede tener justificaciones prácticas pues, al oír contar la historia a un guía del Museo del Prado, una estudiante afroamericana la emprendió a paraguazos con el cuadro aunque sólo lograra dañar el marco. Otras representaciones son aún más espeluznantes, pues nos muestran al negro con la pierna blanca gangrenada, que los santos han tenido a bien sustituirle.

Me recuerda estas cosas el concurrido expolio de los ricos hacia los pobres, que tiene en Cataluña y Aragón una de sus más evidentes parábolas, aunque aquí ni siquiera nos hayan donado la pierna gangrenada. Se acompaña la rapiña de insultos y vejámenes porque los pobres no sabemos cuidar la pierna, la tenemos en malas condiciones y no dijimos nada cuando nos la arrebataron porque a veces somos nosotros mismos quienes nos la cortamos. Y, tal como algunos utilizan el adjetivo “negro” en sentido vejatorio, me cuentan que, con la misma intención, los leridanos utilizaron el adjetivo “aragonés” para infamar, vilipendiar y zaherir a periodistas y técnicos que fueron a recoger algunas de las piezas almacenadas en su museo.

En otros textos he explicado cómo, hace nada, “aragonés” implicaba en toda España exactamente lo contrario: nobleza, dignidad, fiabilidad, valentía… Y muchas jotas lo recogen tan orgullosa como ingenuamente. Pero no me hagan caso a mí: lean a Mari Sancho Menjón que, en soledad y con tanto rigor como conocimiento de causa, lleva años documentando, sacando la luz y exponiendo las vicisitudes de este expolio. El negro utilizado por Cosme y Damián para su experimento, que, por cierto, terminaron decapitados por Diocleciano, hubiera necesitado un abogado como la docta y combativa investigadora taustana. 

 

 

 

 

LLANAS AGUILANIEDO, José María, Fonz (Huesca), 08-12-1875 / Huesca, 24-07-1921.

Nacido en Fonz, donde su padre regentaba la botica, en 1886 inició sus estudios en el instituto de Huesca y cinco años más tarde comenzó la carrera de Farmacia en Barcelona, de acuerdo a la tradición familiar. Allí, para conseguir independencia económica, entró como mancebo en la farmacia de Pompeu Gener, donde tomó contacto con la flor y nata de la intelectualidad catalana, vinculada al Modernismo. Terminados sus estudios, en 1896 se trasladó a Sevilla al ganar la oposición de farmacéutico militar. Preocupado por temas sociales y antropológicos, publicó estudios sobre el alcoholismo en Cádiz y en la capital hispalense. Fue crítico literario para El Diario de Huesca y en los primeros años del siglo XX, destinado a Madrid, colaboró en publicaciones como Electra, Revista Nueva, La Correspondencia de España, La Lectura y Juventud, algunas de ellas situadas entre las revistas más avanzadas del momento. Su ensayo Alma contemporánea, verdadero compendio de la sensibilidad de la época elogiado por Rubén Darío, Emilia Pardo Bazán y Clarín, le proporcionó crédito y amistades, que se incrementaron con la edición de La mala vida en Madrid, un magnífico estudio de la delincuencia y las taras sociales, escrito en colaboración con Bernaldo de Quirós, muy en la línea de la antropología criminal en boga en la Europa de su tiempo. A partir de entonces, con muy frecuentes traslados, acometió la narración para convertirse en uno de los novelistas más característicos del Modernismo español. En 1912, afincado en Melilla, se agravaron los síntomas de la enfermedad mental que enturbiaría los últimos años de su vida y provocaría su prematura muerte, acontecida en la farmacia oscense, donde su hermano Feliciano lo había acogido para cuidarlo. 

Las novelas de Llanas Aguilaniedo se imbrican en las corrientes narrativas que, teñidas por el simbolismo y, siguiendo los pasos de Huysmans, tratan de alejarse de los realismos decimonónicos. El jardín del amor se vale del diario y lo epistolar para dar vuelo a la vida interior de una mujer, enamorada de otra, que quiere ser modelo de las nuevas tendencias espirituales, dependientes de la rebeldía nietzscheana. Navegar pintoresco sustituye el escenario oscense por el madrileño y presenta un personaje principal falto de voluntad, incapaz de imponerse a su medio. Como en las anteriores, la protagonista de Pityusa, la más sólida de sus obras, tiene tendencias anómalas o anticonvencionales, en la línea del naturalismo positivista. Desarrollada principalmente en Menorca y París, la vida de una joven sensible que deviene en “cocotte” permite a su autor adentrarse en una “sociedad, cosmopolita, ambiciosa, brillante y amoral”, en palabras de Broto Salanova, autor de un excelente estudio biográfico-crítico. Literaturización, aunque basada en una observación directa, brillantes descripciones paisajistas y orientación morbosa sitúan el texto en el marco decadentista tan propio de los inicios del siglo XX. La figura de Llanas, que alcanzó cierto prestigio entre sus contemporáneos pero casi nulo reconocimiento como narrador, ha sido, sin embargo, reivindicada por recientes estudios.

                                                                            OBRAS

Alma contemporánea. Estudio de estética (ensayo), Huesca, Tip. de Leandro Pérez, 1899. / Huesca, IEA, 1991.

La mala vida en Madrid (ensayo) -con Constancio Bernaldo de Quirós-, Madrid, 1901. / (ed. de Justo Broto Salanova) Huesca, IEA, 1998.

Del jardín del amor (novela), Mérida (Cáceres), Corchero y Cía., 1902. / Madrid, Lib. Fernando Fe, 1902. / (ed. de José Luis Calvo Carilla) Huesca, IEA, 2001.

Navegar pintoresco (novela), Huesca, Leandro Pérez, 1903. / Madrid, Lib. de Fernando Fe, 1903.

Pityusa (novela), Madrid, Lib. de Francisco Beltrán, 1904.

                                                                 

                                                                     BIBLIOGRAFÍA

-ARA TORRALBA, Juan Carlos, “El alma contemporánea de Alma contemporánea. Claves ideológicas para un libro y un cambio de siglo”, Alazet nº 2, 1991, pp. 9-54.

-, “La contribución de José María Llanas a la campaña política de su paisano Costa”, La Campana de Huesca nº 16, 1996, pp. 10-12.

-, “Hitos literarios de la Huesca moderna (1893-1912)”, Argensola nº 114, 2004.

-ASÚN, Raquel y Vicente MARTÍNEZ TEJERO, Voz: “Llanas Aguilaniedo, José María”, Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo VIII, Zaragoza, UNALI, 1981, p. 2123.

-AYALA, Jorge, Pensadores aragoneses, Zaragoza, IFC, 2001, pp. 510-513.

-BROTO SALANOVA, Justo, “José María Llanas Aguilaniedo: el ingrato olvido de la historia”, Heraldo de Aragón, 12-IX-1985.

-, “Introducción” a Alma contemporánea, Huesca, IEA, 1991.

-, Un olvidado, José María Llanas Aguilaniedo. Estudio biográfico y crítico, Huesca, IEA, 1992.

-BUSTILLO, Eduardo, Campañas teatrales (Crítica dramática), Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1901.

-CALVO CARILLA, José Luis, El modernismo literario en Aragón, Zaragoza, IFC, 1989, pp. 99-109.

-, “Alma contemporánea de Llanas Aguilaniedo: una estética de la modernidad”, Castilla. Estudios de Literatura nº 15, 1991, pp. 33-51

-, La cara oculta del 98. Místicos e intelectuales en la España del fin de siglo (1895-1902), Madrid, Cátedra, 1998.

-, Escritores aragoneses de los siglos XIX y XX, Zaragoza, REA, 2001, pp. 147-149.

-, “Introducción” a Del jardín del amor, Zaragoza, IEA-Prensas Universitarias, 2002.

-CALVO SALILLAS, Mª José, El Círculo Oscense. Cien años de historia (1904-2004), Huesca, Ayuntamiento-Diputación Provincial, 2005, pp. 19-20.

-CEJADOR Y FRAUCA, Julio, Historia de la lengua y la literatura castellanas, tomo XI, Madrid, Gredos, 1972, pp. 258 y ss.

-CONTE OLIVEROS, Jesús, Personajes y escritores de Huesca y provincia, Zaragoza, Librería General, 1981, p. 92.

-DARÍO, Rubén, “El Modernismo”, España Contemporánea, Barcelona, Lumen, 1987.

-, “La crítica”, España Contemporánea, Barcelona, Lumen, 1987.

-DOMÍNGUEZ LASIERRA, Juan, Los biznietos de Gracián. Las letras en Aragón en el siglo XX, Zaragoza, Ibercaja, 2005, pp. 41-43.

-DUEÑAS LORENTE, José Domingo, “Síntomas de un época” (Reseña de Del jardín del amor), Trébede nº 71, enero 2003.

-ENTRAMBASAGUAS, Joaquín de, “José María Llanas Aguilaniedo, 1875-1921”, Las mejores novelas contemporáneas III, 1905-1909, Barcelona, Planeta, 1968.

-FÁCIL, Luis Enrique y Pablo CUEVAS, “José María Llanas: una trayectoria defraudada”, El Día, 9-VIII-1986.

-GONZÁLEZ BLANCO, Andrés, Historia de la novela contemporánea en España, Madrid, H. Sevilla y Cía., 1909.

-HORNO LIRIA, Luis, Autores aragoneses, Zaragoza, IFC, 1996, p. 22.

-LLANAS, Feliciano, “José María Llanas Aguilaniedo y la Farmacia Llanas”, Diario del Alto Aragón, 10-VIII-2002.

-LLANAS, José Antonio, “José María Llanas Aguilaniedo. El único escritor altoaragonés de la generación del 98”, Heraldo de Aragón, 10-VIII-1985.

-“Los libros en la familia Llanas y sus aledaños”, Diario del Alto Aragón, 10-VIII-2010, pp. 172-173.

-MAINER, José Carlos, “Literatura moderna y contemporánea”, Enciclopedia Temática de Aragón, tomo VII, Literatura, Zaragoza, Moncayo, 1988, p. 244.

-, “La crisis de fin de siglo a la luz del emotivismo: Sobre Alma contemporánea de Llanas Aguilaniedo”, Letras Aragonesas (siglos XIX y XX), Zaragoza, Oroel, 1989, pp. 97-115.

-NAVAL, María Ángeles, “Estética fin de siglo” (Reseña de Alma contemporánea), Turia nº 20, junio 1992, pp. 280-282.

-PARDO BAZÁN, Emilia, “La nueva generación de novelistas en España”, Helios nº XII, marzo 1904.

-REVERTE COMÁ, José Manuel, “Prólogo” a La mala vida en Madrid, Huesca, IEA, 1998.

-SAINZ DE ROBLES, Federico Carlos, Diccionario de la Literatura, vol. II, Madrid, Aguilar, 1973, p. 695.

-, La promoción de “El Cuento Semanal”, Madrid, Espasa Calpe, 1975.

-SIN AUTOR, Voz: “Llanas Aguilaniedo, José María”, Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa, tomo XXXI, Barcelona, Espasa Calpe, 1926, p. 994.

-SOTELO VÁZQUEZ, Adolfo, “Viajeros en Barcelona”, Cuadernos Hispanoamericanos nº 544, octubre 1995.

Publicado en Javier Barreiro, Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), Zaragoza, Diputación Provincial, 2010, pp. 633-635. 

                                              

(Introito a Alcohol y Literatura, Menoscuarto ediciones, 2017, pp. 11-18)

                                                                      INTROITO

 El noruego Knut Hamsun, Premio Nobel en 1920, decidió finalmente asistir a la ceremonia de su entrega pese a que Per Hallström, uno de los jurados, había manifestado: “Ha estado ejerciendo una anárquica influencia durante casi toda su vida y probablemente ni siquiera considere legítima la postura idealista que el Premio Nobel pretende fomentar”. Eso sí, Hamsun se presentó absolutamente borracho. Entre otras patochadas, se acercó a la también miembro de la Academia y premio Nobel en 1908, Selma Lagërlof[1] y, tras golpear su corsé, eructó: “Lo sabía, suena igual que una campana”. Después tiró de las patillas a otro de los jurados, trató de compensar con el dinero del premio a dos miembros más que le habían votado y, al no aceptar éstos, se lo ofreció a un camarero de su hotel. Tampoco se atrevió a quedárselo el empleado y Knut dejó el dinero y el diploma en el ascensor. Pese a su muy ajetreada vida, llegó a los noventa y dos años, aunque recluido en un asilo de enfermos mentales[2].

Los escandinavos llevan fama de adictos al trago, pero no están solos. Según el doctor Goodwin[3] el setenta por ciento de los escritores norteamericanos premiados con el Nobel tuvieron problemas con el alcohol o lo utilizaron como fuente de inspiración. Es decir, cinco de siete: Sinclair Lewis, que en 1926 había rechazado el premio Pulitzer, obtuvo el primero de los Nobel otorgados a un norteamericano en 1930. El resto de los bebedores eran: Eugene O’Neill, premiado en 1936, William Faulkner (1949), Ernest Hemingway (1954) y John Steinbeck (1962). No se entienden bien las cuentas de Goodwin o debió de escribir su artículo antes de 1976, año en que se entregó el premio a Saul Bellow. Después lo recibirían Isaac Bashevis Singer (1978), la afroamericana Toni Morrison (1993) y el también poco sospechoso de abstinencia, Bob Dylan (2016). Pero es que, de los dos a quienes Goodwin no considera vinculados con el alcohol, Pearl S. Buck (1938) y Thomas Stearn Eliot (1948), la  primera, tan cursi y moralista, en algún periodo de su vida las cogía que era un primor. Aunque a menudo se le considera británico, el muy circunspecto Thomas Stearn Eliot contrafigura de un Hemingway, cultivador y exhibicionista de la desmesura, era también americano de nacimiento.

Pero Estados Unidos contaba ya con el escritor al que suele considerarse como emblema de esta propensión, Edgar Allan Poe, que recibió el alcoholismo como herencia genética y, con su conducta, hizo honor a ella hasta su muerte, sobrevenida tras un episodio de delirium tremens.

El rudo escritor noruego y los cinco americanos no eran ninguna rareza en su profesión. Más de dos mil años antes el filósofo Crisipo murió bebiendo vino aunque otros testimonios hablen de que murió de risa. En alguno de sus setecientos cinco libros había recomendado el incesto -que practicaba con su madre- y la antropofagia. Diógenes Laercio nos cuenta que el tal Crisipo de Soli consideraba el beber vino como una de las pocas actividades específicamente humanas. No le faltaban buenos maestros: Sócrates era apreciado por sus contemporáneos como un gran bebedor y esa cualidad de aguante para las libaciones constituía una de las principales razones para obtener el respeto de sus discípulos. Lucas Gracián Dantisco, en una obra hoy olvidada pero con multitud de ediciones en anteriores centurias, escribía acerca del maestro de Platón:

 Sócrates del cual cuentan que le duró la noche el brindarse a porfía con otro gran bebedor llamado Aristófanes, y la mañana siguiente hizo una linda medida de geometría sin errar un punto. Adonde mostró que el vino no le hubiese hecho estorbo, y esto por la continuación que tenía de haberse muchas veces arriscado a beber a porfía, y aunque muchos mostraban su valor en el beber mucho y sobre apuestas sin perder el sentido, la victoria que han ganado es tal que lo debemos tener por vicio pestilencial, y pecado muy torpe.                                                                                                         

                                                                Galateo español, (Cap. XV: Del brindarse)

  Siglos después, el psiquiatra francés Louis-Francisque Lélut catalogaba a Sócrates como una personalidad delirante y alucinada.

  Los griegos se acostumbraban a beber desde pequeños por lo que luego soportaban mejor los efectos etílicos y esto era motivo de prestigio; tal vez heredáramos de ellos esa “mitología del aguante”, hasta hace poco tan del gusto de nuestros pueblos y hoy en claro retroceso aunque, con otros parámetros, haya pasado a las culturas urbanas.

Anacarsis Escita reflexionó abundantemente sobre las costumbres etílicas de los griegos y no dejaba de admirarse de que al principio de la comida se bebiese en vasos pequeños que, después, iban siendo sustituidos por los grandes.

  Adicto fue también un tipo peligroso, Periandro, que preso de la ira e incitado por sus concubinas, mató a patadas a su mujer embarazada. Después, quemó vivas a aquéllas. Injusticia distributiva de la que alardea en una carta a su suegro, Procleo:

El fracaso de mi mujer aconteció contra mi voluntad; pero tú serás injusto si exacerbas el ánimo de mi hijo contra mí. Si no calmas la fiereza de mi hijo para conmigo, me vengaré de ti; yo ya vengué la muerte de tu hija abrasando vivas a mis concubinas y quemando junto a su sepulcro los adornos de todas las matronas corintias.

    Otro sabio, Timón, muy dado a la bebida, según Antígono, llegó a cumplir los noventa años, edad muy inusual en la época. Los griegos se preparaban con previsión -y en esto les siguieron los romanos- para los excesos colocándose, entre otras cosas, una corona de perejil. Pensaban que esta planta absorbía los vapores etílicos.

Li-Po, considerado como el más grande poeta chino y uno de los sabios más indiscutibles de la humanidad, a pesar de su iniciación en el taoísmo, fue un gran bebedor y murió a resultas de una borrachera.

  Entre los escribientes latrolítricos, los ejemplos, las facecias y las demasías son innumerables y este libro dará buena cuenta de ello. Antes de que me pongan el grito en el cielo, advierto ya que aparecen menos orientales que occidentales y menos mujeres que hombres. Es cierto que, según algunos, los chinos inventaron la destilación, que otros atribuyen a los árabes; es, asimismo cierto que ellas cogen unas pítimas que da susto pero lamento comunicar que también es aproximadamente cierto que hembras y orientales tienen menos eficiencia en una de las enzimas –conocida técnicamente como ADH- que ayudan a procesar el alcohol en el hígado (v. pag. 126), con lo que habitualmente las cogen antes y no pueden competir con igualdad en este terreno, aunque no falten escritoras borrachas que ocuparán su sitial con todos los honores.

En cada localidad europea, desde las minúsculas aldeas hasta las grandes urbes, la bebida, la exaltación de la embriaguez, las historias cómicas de borrachos, la vinculación de fiesta, alegría y vino han formado parte de la vida cotidiana, de la tradición, de la forma de vida de la gente. A los evidentes aspectos siniestros del alcoholismo[4] se opone toda la cultura de la diversión, la transgresión, la juerga, las canciones báquicas, el carnaval… Las admoniciones contra el alcohol no han conseguido nunca desterrarlo. La borrachera es uno de los pocos ritos de iniciación juvenil que se conservan y hoy -para bien y/o para mal- las culturas occidentales han incluido también al sexo femenino.

Beber es placentero pero puede perjudicar y llevar a cometer actos inqueridos y violentos. Ilumina y embrutece. Hace más humano y más salvaje. Como tantas cosas, es pura contradicción: sienta bien y mal, alegra y entristece, proporciona tono y lo apaga, estimula la creación y es capaz de abolirla para siempre. Evidentemente, la solución no está en los anuncios: beber con moderación, recomiendan, cosa sólo al alcance del tibio de corazón. De momento, nos conformaremos con seguir el bieninten­cionado “Si bebes, no conduzcas” y, por nuestra parte, recomenda­remos al abstemio que beba algo y al excesivo, que dé al garguero unas semanas de vacaciones. Y, en cuanto al repaso de borrachines, espero que nuestro dedo no tome nunca caracteres acusadores ni tampoco exculpatorios. El adagio “Cada uno sabe lo suyo” siempre me pareció irreprochable.

 Fuera de la traviesa juventud y de escasos círculos de resistentes, hay que reconocer que emborracharse no está de moda y cada vez asoman más las caras censorias y las voces amenazadoras en televisiones y programas educativos. Ya Machado catalogó a los “borrachos de sombra negra” en un poema ejemplar que podría servir como modelo de “lo que debe ser y lo que no debe ser”. La línea entre la borrachera jocosa y la agresiva es cierto que no está demasiado clara y que hasta un borrachín típico puede pasar por las dos, según el día que tenga. Pero, en general, suele depender de la persona. “Ése tiene mal vino”, solía decirse. Cuando, para bien y para mal, la sociabilidad del español estaba más a flor de piel, el borracho era una incidencia más de la vida cotidiana y todas sus peripecias eran vistas como algo jocoso y digno de contarse. Antes, un borracho daba, sobre todo, risa y es recurso cómico empleado habitualmente por el género chico, por el cine, antes de convertirse en una cosa más bien truculenta y ruidosa, y por los tebeos. Hoy, ser tildado de borracho no gusta ni a quienes les gusta emborracharse. Hace unos años leí cómo el presidente Maragall había demandado a la revista Vanidad por un artículo titulado “10 borrachos”, que, además del mentado, incluía a Hemingway, Bukowski, Ernesto de Hannover, María Jiménez y, nada menos que cinco actores, Jean-Claude Van Damme, Melanie Griffith, Liz Taylor, Ben Affleck y Joaquin Phoenix. No parece que hubiera de irse tan lejos para encontrar los diez, como se verá en este volumen, ni merecía la pena incluir difuntos en una revista de actualidad. El caso es que allí se escribía que “se pillan unas tajás inhumanas”, se los llamaba “borrachines típicos” y, respecto a Maragall, aún se tomaban sus prevenciones aduciendo que nunca se ha sabido si era rumor o realidad pero que tiene “el garbo y la estampa del típico borrachín de chiste, nariz colorada, pómulos hinchados, ojeras paposas y voz de carraspera”. “¿Y qué?”, contestaría yo si fuese el acusado, “¿Cumplo con mi trabajo?”, “¿Me duermo en los plenos?”, “¿”Me pongo a cantarle ‘Si vas a la Font del Gat’ al alcalde de Perpiñán cuando viene a verme?”.

  Por otro lado, desde la antigüedad, el número de grandes hombres bebedores es posible que supere al de los sobrios, con lo que ya anuncio que poca moralina se destilará en estas páginas. Mucho se ha escrito sobre la vinculación del genio con la locura y el exceso pero es que también grandes hombres conocidos por su equilibrio, como Goethe, bebían. En su caso, entre una y dos botellas de vino al día, pero sin intención de emborracharse, sino como una actividad cotidiana más, como tomar el fresco o cepillarse los dientes. De cualquier manera, la relación con la bebida en el pasado era bastante menos histérica que hoy. El dato es de principios del siglo XX pero sin duda podría fácilmente expandirse en el tiempo: en la soldada diaria de los segadores se incluían tres litros de vino que, naturalmente, no almacenaban para el futuro sino que a lo largo de la jornada iban embuchando.

  A la extendida, y en tantos casos veraz, idea de que el alcoholismo es una enfermedad[5], postura, además, adoptada por la mayoría de las asociaciones médicas, se opone hoy una corriente, defendida entre otros por Stanton Peele[6], que considera la necesidad de bebida como una especie de equilibrador emocional, de lubricante que intervendría en la ecología personal de cada cual. Idea que, si bien se mira, es la que siempre ha tenido la gente respecto a la mayoría de los bebedores, no de los borrachos reconocidos, agresivos y lastimosos. La adicción sería una especie de consecuencia natural de la personalidad global del individuo, una actividad que se integraría compensatoriamente en la economía psíquica de cada sujeto.

                                                                  NOTAS                                                                       

[1] De ella había dicho otro de los jurados: “Escribe como una imbécil pero vota con inteligencia”.

    [2] En 1949 apareció su diario escrito durante su reclusión, Por senderos que la maleza oculta, Madrid, Nórdica, 2012.

    [3] D. W. Goodwin, “Alcohol as a Muse”, American Journal Psychoterapy, vol. 46 nº 3, 1992, pp. 422-438.

[4] “Como recuerda Thomas Brennan, el término de “Alcoholismo” había sido ya acuñado en el siglo XVIII encubriendo de cientifismo la condena de la taberna por las clases dirigentes, al tiempo que explicando “científicamente” la depauperación del proletariado, a partir de su negligencia, indisciplina e imprevisión”. V. Uría (2003: 596n.)

[5] Todos los alcohólicos son bebedores pero no todos los grandes bebedores son alcohólicos, palabra que, a veces, usamos con demasiada liberalidad. El adicto que reclama alcohol en cualquier momento del día o de la noche para no sufrir el síndrome de abstinencia y cuya desdichada vida está supeditada a la ingestión del líquido no es el mismo que quien, bebiendo mucho, no necesita a todas horas ni todos los días vivir con un determinado grado de alcohol en sangre.

[6] V. Peele (1998).

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/10/27/los-escritores-y-el-alcohol-truman-capote-y-jose-solana/

 

En 1892 Joaquín Dicenta todavía sólo había publicado dos títulos: Spoliarium y el libreto del drama El suicidio de Werther. Sin embargo, ya debía de haber sufrido el asedio de los “amigos” y conocidos adictos a hacerte el favor de aceptar el regalo de tu libro. En dicho año encabeza Tinta negra, su nuevo volumen de artículos y cuentos con el siguiente texto, que la SGAE, CEDRO y la Asociaciones de Escritores debían editar y repartir por todo el país:

 

“Ayer tuve la honra de ser presentado a usted por X y hoy me apresuro a escribirle con objeto de que me remita, dedicadas, las obras que usted ha escrito, y por las cuales siento admiración profunda, como lo pruebo al solicitar de usted este favor señaladísimo”.

“Gracias anticipadas, y… ahí van las diez pesetas importe de los ejemplares”, creí yo que diría Juan Pérez (así se firmaba el autor de la epístola); pero nada de esto; no ya las diez pesetas, ni mención de ellas venía en el escrito de aquel amigo improvisado.

Juan Pérez necesitaba leerme gratis y con Autógrafo; cosa muy justa, porque, al fin y a la postre, el sujeto había cambiado conmigo un apretón de manos, dándome al paso las señas de su domicilio, circunstancias sobradas para que en esta tierra, eminentemente burguesa y rutinaria, donde sólo se consideran profesiones y medios de vivir los  garantizados por un título oficial o por un establecimiento con puertas a la calle, se atreva cualquier ciudadano a reclamar, de quien vive y se alimenta de su pluma, el fruto de sus esfuerzos y vigilias, en clase de regalo y casi casi como haciéndole un gran favor.

Francamente, yo agradecí la honra que me dispensaba admirador tan fervoroso, y en vez de coger mis libros y mandárselos, de acuerdo con sus pretensiones, cogí la pluma y le escribí la siguiente carta, que copio y traslado a las páginas de este libro para satisfacción de todos los seres incógnitos que se ocupan en pedir dedicatorias y en proteger, sin detrimento de su bolsillo, las Bellas Artes y la impresa literatura.

Dice así la carta:

“Apreciable Mecenas y Pérez: ¿Cómo he podido yo merecer la ventura impensada de que usted me escriba, reclamando mis libros para formar parte de su biblioteca económica? —Digo económica, porque, a juzgar por las señas, no debe haberle costado muy cara.—  ¿Qué hizo este humilde emborronador de cuartillas para que Juan Pérez, nada menos que don Juan Pérez, se acuerde de él y pretenda aumentar el número de sus lectores?

Dígole a usted, generoso amigo, que semejantes mercedes me aturden, a tal extremo, que no sé cómo contestarle y cómo recordarle una cosa que seguramente se le quedó en el tintero, más por ignorancia que por propósito firme y decidido.

Pide usted mis libros, dedicados y a título gracioso; yo se los remitiría inmediatamente, pero de hacerlo, perdería una peseta por tomo, y aunque esta cantidad no merece la pena de mentarse, conviene señalarla, añadiendo a la vez que yo vivo de mi dinero, y no de la amistad de usted, que, por otra parte, vale mucho.

Aunque usted no lo crea, joven y aprovechado Pérez, yo vivo de mis libros y de mis artículos, no tan bien como usted, que lo hará con el sueldo que le proporcione algún tío suyo en un Ministerio cualquiera, pero vivo, y como, y visto, y hasta me permito cenar en Fornos de cuando en cuando.

Para esto emborrono cuartillas y se las llevo luego a un editor, que me las publica en forma de pliegos impresos, previo el pago de papel, impresión y tirada; en seguida pongo el libro a la venta, y con sus productos voy pasando esta vida de desventuras.

Ahora bien, estimado favorecedor: si después de lo mal que anda esto de la venta de libros, se les ocurre a todos los Pérez que hay en España pedirme los míos, como usted lo hace, es indudable que moriré ayuno, a no ser que usted me remita, a cambio de la dedicatoria que reclama, una panacea hábil para prescindir del estómago.

Fíjese bien en el argumento, Pérez de mi alma. Exigir gratis un libro suyo al autor que vive de venderlos, es una inconveniencia. ¿Le parecería a usted bien que yo, inmediatamente de presentado a un sastre, le dijera: “Agradeceré a usted mucho que me dedique un traje de levita para mi uso particular?

¿Qué diría el sastre? Pues, sobre poco más o menos, lo que sigue:

El que quiera trajes, que los pague.

Y si el sastre me diría a mí esto, ¿por qué no he de decírselo a usted yo, que vivo de mis cuartillas como vive el sastre de sus telas?

Nada, amigo Pérez, que no le mando a usted los libros, aunque la negativa me cueste un pedazo del alma, órgano o lo que sea, que, con valer mucho, no halla quien lo tome a cambio de un pedazo de pan.

Bueno que todo el mundo tenga derecho a hacerme escribir en un álbum poesías que le sirven para conquistar los favores de alguna belleza; bueno que en reuniones y comidas esté uno obligado a  vomitar versos para distraer la digestión de cuatro gastrónomos y a cubrir con el ritmo de la redondilla o de las octavas reales el cuchicheo melifluo de media docena de novios; bueno es eso, y por ello paso, pero no más, aunque usted se enfade y no me salude en todos los días de su vida.

Si quiere usted libros, pásese por las librerías, donde, previo el pago correspondiente, tendrá todos y cuantos le vinieren en gana; y si quiere usted dedicatorias, considere como dedicado este artículo y léaselo a todos los Pérez que conozca, con lo cual ganarán mucho, no yo, que de puro desconocido estoy casi libre de peticiones, sino otros autores afamados, a los cuales les sale a cada hora un Pérez ansioso de favorecerlos y de hacer la propaganda de sus obras.

Consérvese usted bueno y disponga de mí para todo, menos para llevarse gratis lo que a mí me cuesta algún dinero, bastante trabajo e infinitos disgustos.

Suyo afectísimo seguro servidor

Q. B. S. M.,

JOAQUÍN DICENTA

-“Mi sucesora tendría que ser varias”.

Y era así porque fue actriz de teatro serio, de teatro musical y de revista, actriz  de cine, recitadora, cantante de todos los géneros, cuplé, zarzuela, canción española, romance, jota, sevillana, tuna, canción hispanoamericana, canción francesa, canción tradicional, chotis, tango, samba,  pasodoble, bolero y todo lo que le echaran. Y todo lo hacía mejor que bien.

Los niños de la calle se le subían a la espalda, agarraban sus trenzas y le decían: “¡Arre, macho!”

Es sabido que ella se llamaba Natividad Macho Álvarez, lo que, como era frecuente en la época, le reportaba abundantes befas y cachondeo. La pobre solía preguntar a su padre si no se podían cambiar el nombre. Pero estaba  orgulloso de estar emparentado con el escultor Victorio Macho, primo hermano de su padre, el abuelo de Nati.

Otra gracieta con la que le obsequiaban, ya de adulta:

-¿Cómo se llama usted?

-Macho

-“M’a hecho gracia”.

Debutó como bailarina.

Con nueve años y en un programa que conducía Boby Deglané. Toda ella era una mujer espectáculo que para todo valía. También para el ballet y para las sevillanas, que bailó  en otras actuaciones.

Novia formal de Tony Leblanc

Se conocieron como actores en el film Currito de la Cruz y hubo flechazo. Al terminar el rodaje ya eran novios y decidieron formar compañía. Ella en el canto y él en el humor. Hicieron una gira por España y les fue regular. En Madrid, decidieron montar un espectáculo “¡Viva el folklore!”, que tampoco maravilló. Luego vino una temporada en que ambos apenas lograban trabajar. Era un noviazgo blanco, de pasear cogidos de la mano y poco más. Ambos seguían viviendo con sus familias, ella en la Ronda de Segovia y él, en el Museo del Prado, donde su padre oficiaba de conserje, aunque Tony se compró una Harley Davidson de 750 c.c. y le gustaba también impresionar con su “paquete”. A pesar de que se gustaban y ya habían hablado de boda, el mucho temperamento de ambos y los continuos enfados les hicieron comprender que era mejor dejarlo de lado. Ninguno habló mal del otro sino que siempre se admiraron.

El 13 era su número.

Nació un 13 de diciembre en la madrileña calle del Águila. Se le bautizó a los 13 días en la iglesia de la Paloma y ganó a los 13 años el concurso de fados “Roupa branca” en Radio Madrid, que la dio a conocer. Se casó el 13 de abril de 1959 con Joaquín Vila Puig

 “Sólo Gardel ha permanecido”.

Sabía que en su profesión no existía la memoria y había que ganarse día a día la fama, que desaparecía en cuanto faltabas una temporada de los escenarios. “El que en esta profesión se duela de que lo olviden está perdido. Tenemos que acostumbrarnos a eso. Yo creo que el único que ha permanecido por encima de muertes y catástrofes es Carlos Gardel”.

Yo le dí la noticia de que le habían concedido el Premio Nacional de Teatro.

En octubre de 1998, estaba invitado a impartir una ponencia en el Festival Hispanoamericano de Teatro, que se celebra todos los años en Cádiz. Por la mañana, al despertarme escuché en la radio que le habían otorgado el galardón y, como tenía previsto –algo tarde, en aquella época trasnochaba- acudí a una mesa redonda en la que ella participaba. Al finalizar, me acerqué a la mesa –ella estaba en un extremo- y la felicité. No sabía nada. Como era tan natural, no disimuló nada su euforia. Se puso contentísima y me dio dos besazos. Uno en cada carrillo, de esos apretados de tía abuela de las de antes. El contentor no era sólo por colmar la inevitable –y en este caso merecida- vanidad del artista sino porque al premio lo acompañaban cinco milloncejos de pesetas de las de antes.

“Me gusta mucho más Putin que Robert Redford”.

En efecto, discrepaba de los blanditos ídolos de galería, que enseñan dentadura. “Putin sabe lo que quiere, como conseguirlo y nada de reír, sino sonreír y de lado”. Por eso le gustaba.

El chiste que le contó a Franco.

Franco visita un pueblo y el alcalde, vestido de gala junto a toda la corporación, lo recibe servil y oficioso, y despliega toda la retórica que trae preparada:

-Don Claudio, para Rasilla del Monte es un honor y un orgullo que su Excelencia se acerque a recibir nuestro homenaje. Nunca olvidará el pueblo esta fecha señera.

-Gracias, alcalde.

-Don Claudio, todos los convecinos están con su Excelencia que nos ha traído, el regadío, el orden y la justicia social…

-Agradecido, alcalde.

-Don Claudio, el pueblo ya le ha dedicado la Plaza Mayor pero ahora estaría muy honrado si aceptara que su nombre figurara en las escuelas como reconocimiento al desarrollo educativo y cultural que el fiel seguimiento de los principios del Movimiento ha deparado.

-De acuerdo, alcalde, pero ¿por qué me llama usted don Claudio?

-Su Excelencia, es que llamarle Claudillo me parecía una falta de respeto.

Fue la actriz española que en más ocasiones representó a Valle-Inclán y García Lorca durante el franquismo.

Lo hizo en 1961 en la pionera versión de José Tamayo, representando el papel protagonista de Mari Gaila. Fue la primera gran producción teatral de Valle-Inclán, que se llevó al escenario durante la Dictadura. A la pregunta de un entrevistador “¿A quién le gustaría defender en el Juicio Universal?, Nati contestó que al autor gallego.

A García Lorca lo representó en España y América, donde realizó gran parte de su carrera. Al menos llevó a los escenarios La zapatera prodigiosa, Bodas de sangre, Yerma La casa de Bernarda Alba, personaje este último que –afirmaba- era el que más le gustaba interpretar.

BIBLIOGRAFÍA

-BLAS VEGA, José, La canción española (De La Caramba a Isabel Pantoja), Madrid, Taller El Búcaro, 1996.

-CORTÉS-CAVANILLAS, Julián, Psicoanálisis. Diálogos con figuras famosas, Madrid, Prensa Española, 1967.

-ESPÍN, Miguel y Romualdo MOLINA, Quiroga, un genio sevillano. Aniversario del centenario (1899-1999), Madrid, Sociedad General de Autores Españoles-Fundación Autor, 1999, p. 174.

HERRERA, Carlos, “Historias de la copla. Nati Mistral”, El País Semanal, 2-V-1993.

-LEBLANC, Tony, Esta es mi vida (4ª ed.), Madrid, Temas de Hoy, 1999.

-MOIX, Terenci, Suspiros de España. La copla y el cine de nuestro recuerdo, Barcelona, Plaza & Janés, 1993.

-PINEDA NOVO, Daniel, Las folklóricas y el cine, Huelva, Festival de Cine Iberoamericano, 1991.

-RÍO, Ángel del, Libro del casticismo madrileño (2ª ed.), Madrid, Ediciones La Librería, 2000.

-ROMÁN, Manuel, Memoria de la copla. La canción española de Conchita Piquer a Isabel Pantoja, Madrid, Alianza, 1993.

-, Canciones de nuestra vida. De Antonio Machín a Julio Iglesias, Madrid, Alianza, 1994.

-, Los Cómicos, 6. Pioneros de la televisión. Vampiresas y estrellas de los 60, Barcelona, Royal Books, 1996, pp. 41-45.

, La copla, Madrid, Acento, 2000.

-SENDÍN GALIANA, Alfredo, Radiografías poéticas de la Peña Teatral Chicote, Madrid, Autor, 1971.

-VÁZQUEZ DE SOLA,  Nati Mistral, Madrid, Ídolos del cine, 1959.

Publicado en Aragón Digital, 2-3 de agosto de 2017.

Durante un tiempo anduve buscando y preguntando a eruditos del cine mudo, sin encontrar ningún dato o  testimonio de que Helena d’Algy hubiera fallecido. Alguien contó que vivía en 2012, con 106 años, por lo que, nacida en junio de 1906, “el año de la boda del rey”, ahora tendría 111 años. Sería, creo, no sólo el récord entre actrices, sino entre cualquier tipo de artista. Sin embargo, gente que la conoció asegura que murió en la última década del pasado milenio.

A pesar de que casi todas las fuentes la dan como portuguesa nacida en Lisboa, es española y vino al mundo en la calle Mayor madrileña. Eso sí, hija de un ingeniero portugués, que construyó los ferrocarriles de Angola y una española que quiso ser cantante de ópera. Antonia Guedes Infante fue el verdadero nombre de la futura actriz y, fallecido su padre cuando ella contaba catorce años e instada por su madre, que quiso reiniciar su carrera de cantante, tomó el sobrenombre de su hermano mayor, el también famoso actor Tony d’Algy, latin lover en el Hollywood de los años veinte.

Helena, atraída por el baile, comenzó a tomar clases de danza. En dicha disciplina dio sus primeros pasos teatrales. Acompañada de su madre, marchó a Brasil, con la compañía de Esperanza Iris y, pronto, ayudada por su hermano mayor, Tony d’Algy (Luanda, Angola, 1896), de quien tomó el seudónimo y que había emigrado como actor a América, fue contratada por la Compañía Ziegfield Follies de Nueva York, la que dio vuelo a las revistas musicales de Broadway. Las buenas trazas de Helena dieron paso a que en 1924 el experimentado director, Stuart Blackton, le ofreciese un significativo papel en el film Let No Man Put Asunder, basado en la novela homónima de Basil King y enseguida fue contratada por la Fox para hacer el papel de la Condesa Ferrari en Lend me Your Husband.

 

 

 

 

 

Helena d’Algy no fue una más. En 1924 acompañó a Rodolfo Valentino en el protagonismo de El diablo santificado. En esta película, titulada en inglés A Sainted Devil, baila un tango con el divo, como tres años antes lo habían hecho Beatrice Domínguez y Alice Terry en Los cuatro jinetes del Apocalipsis. También aparece su hermano, por el que, al parecer, Valentino sentía alguna atracción.

Helena trabajó después con directores tan importantes en la historia del cine como Josef Von Stenberg, Franz Borzage, Víctor Sjöstrom, Alan Crosland o John Reinhardt. Con Crosland, participó en el rodaje de Don Juan (1926), al que, por cierto, asesina en este film, el primero de la historia que incorpora algunos efectos sonoros.

Entre 1925 y 1926 rodó diez filmes en Hollywood. En 1931 trabajó con Florián Rey en Lo mejor es reír y, por si fuera poco, en la última de sus películas –ya en el cine sonoro- Helena d’Algy da la réplica a Carlos Gardel en las primeras escanas de Melodía de arrabal (1933). Acodada en una mesa, es a quien el Mudo le canta el famoso tango homónimo. Ahí es nada: en diez años de vida cinematográfica, rodar más de veinte películas, empezar con Valentino y terminar con Gardel , ya que, con 27 años, Helena-Antonia compra un piso en Madrid junto a su madre y no vuelve a aparecer en el cine español, cosa que si hizo su hermano Tony, fallecido en 1977, hasta fines de los años cuarenta.

La última vez que pudo verse a Helena d’Algy fue en 1991, cuando se proyectaron en TVE los capítulos de un extraordinario programa, Imágenes perdidas. En el titulado “Estrellas apagadas”, ella aparecía elegantísima y sin darse importancia, hablando de que su película con la estrella italo-americana no había tenido ningún éxito.

Con todo esto, parecería lo más probable que Helena d’Algy hubiera muerto y así pude al fin certificarlo gracias al testimonio de doña Concepción Lozano, sobrina de la actriz. Lo que resulta más triste es que, pasado un cuarto de siglo de su desaparición en 1992, ningún medio diera cuenta de su fallecimiento ni ningún estudioso del cine haya rescatado su figura.

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/11/22/la-longevidad/

                                                            BIBLIOGRAFÍA

AGUILAR, Ana, Mujeres de cine. Ecos de Hollywood en España, 1914-1936, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, 2015, pp. 180-181.

ARMERO, Álvaro, Una aventura americana. Españoles en Hollywood, Madríd, Compañía Literaria, 1995.

BALLESTEROS GARCÍA, Rosa María, Con nombre extranjero. Bio-filmografías de actrices en el cine español (1916-1950), 172-173.

GARCÍA DE DUEÑAS, Jesús, ¡Nos vamos a Hollywood! (Abecedario de una frustración), Madrid, Nickel Odeón, 1993.

GONZÁLEZ LÓPEZ, Palmira y Joaquín T. CÁNOVAS BELCHI, Catálogo del cine español. Películas de ficción 1921-1930, Ministerio de Cultura-Filmoteca Española, 1993.

 

FILMOGRAFÍA

Let No Man Put Asunder (Stuart Blackton, 1924)

Lend me Your Husband (Christy Cabanne, 1924)

 It is the Law (J. Gordon Evans, 1924)

A Sainted Devil-El diablo santificado (Joseph Henabery,1924)

Pretty Ladies–El jazz-band del Follies (Monta Bell, 1925)

The fool (Harry F. Millarde, 1925)

La evasión (Josef Von Stenberg,

Daddy’s Gone A-Hunting (Franz Borzage, 1925)

Confessions of queen – (Víctor Sjöstrom, 1925)

Don Juan (Alan Crosland, 1926)

Siberia (Víctor Schetzinger, 1926)

The cowboy and the Countess –  El vaquero y la condesa (Roy William Neill, 1926)

Dominique sister -La elegante pecadora (Josef Von Stenberg-Phil Rossen, 1926)

The silver treassure  (El tesoro de hidalgos,  (Tony d’Algy,1927)

Doña Mentiras (Adelqui Millar, 1930)

Un hombre de suerte (Benito Perojo, 1930)

Lo mejor es reír (Florián Rey, 1931)

Marions-nous (Louis Mercanton, 1931)

El hombre que asesinó -versión hispana de Stambul-  (Dimitri Buchowetzki 1931)

Entre noche y día (Albert de Courville, 1932)

Melodía de arrabal (John Reindhart, 1933)

 

 

(Entrevista de Luis Alegre, publicada en la sección “El patio del recreo” de Heraldo de Aragón, 16-VII-2017)

¿Recuerda qué le hizo reír por primera vez?

-Mi padre intentando coger para mí la luna o convirtiéndose en la estatua del explorador Livingstone, que veíamos en un estereóscopo. Tendría dos o tres años.

¿Y lo que le hizo llorar?

-Sobre todo, a mis tres años, la extracción de las amígdalas en vivo, sujetado por un fornido  enfermero.

¿Qué era en el patio del colegio? (el líder, el gracioso, el empollón, el gamberro..)

-A los nueve o diez años, en el curso anterior al ingreso de bachiller, fui a la vez el líder y el gracioso pero, antes y después, pasé bastante inadvertido.

¿Se sentía alguien raro, especial, diferente?

-Sí, claro. Como hiperemotivo, no entendía la crueldad del mundo, la de los niños, la injusticia, la miseria, la desigualdad aunque, probablemente, yo también fui a veces cruel o injusto sin advertirlo.

¿Recibió algún castigo que le dejara huella?

-Puede que fuera el primer día que entré, con cuatro años, en un colegio de monjas, que, en general, no eran malas. Pero siempre he sido torpe y se me cayó en clase algo de la mantequilla del bocadillo. A la monja no se le ocurrió mejor escarmiento que toda la clase corease “¡El mantecoso!, ¡El mantecoso!”  y entonces no estaba gordito, como ahora. No prosperó como mote pero, luego, me pusieron otro también relacionado con la merienda.

 ¿Qué es lo que más le gustaba hacer cuando no estudiaba?

 -Jugar e imaginar.

 ¿Cuál fue la calle de su infancia?

-Nací en la calle Colón, todavía  sin asfaltar entre el Camino de las Torres, también sin asfaltar y flanqueado por una acequia, hoy subterránea, y una calle Tenor Fleta, con la vía del tren descubierta. Pero mi madre, que tenía pujos de señorita, no quería que jugásemos en la calle

 ¿Qué es lo que más y lo que menos le gustaba del lugar –ciudad o pueblo- en el que vivía?

-Siempre me gustó callejear por el centro. Zaragoza todavía conservaba rincones llenos de misterio, tiendas raras…

 ¿Cuál es el episodio de su infancia o adolescencia que con más frecuencia vuelve a su memoria?

-Muchos, por ejemplo, la felicidad que me deparaban las reuniones familiares -éramos un montón de primos- en la enorme casa de mi abuela paterna, llena de cosas raras y cachivaches. Tenía buena memoria y buena voz y a veces, cantaba fragmentos de zarzuela a la familia. De la adolescencia, por autodefensa, no quiero ni acordarme.

 ¿Echa de menos haber hecho algo en su infancia? 

-Muchas cosas: viajar, aprender música, aprender idiomas… Los niños que han estado en muchos lugares salen mucho más espabilados. Y no es mi caso.

¿Tenía mucha conciencia política?

-Empecé a adquirirla en 6ª y Preu, los dos últimos cursos del bachiller antiguo.

¿Qué imagen tenía de Franco?

-De crío, creo que neutra. Era omnipresente y aburrido. Mi padre, que se decía liberal, no se atrevía a decir nada al respecto. Años  después, sí.

¿Era alguien muy religioso?

-A pesar del ambiente del colegio: misa, ángelus y rosario diario, la verdad es que no. A los catorce años dejé de creer. Me empezaron a gustar las chicas y decidí que una doctrina que prohibía eso era una mala doctrina.

 ¿De qué modo le hizo sufrir el sentido del pecado, la sensación de mala conciencia?

-De niño, la típica desazón de poder ir al infierno, por el sinnúmero de pecados que había en el catecismo. Lo de las ánimas del purgatorio –al que me creía destinado- también me parecía el colmo de la injusticia y, si echaba limosna, iba para ellas.

 ¿Hasta qué punto influía en su conducta el peso del “qué dirán”?

-De adolescente, cualquier cosa me daba vergüenza –no sé por qué- hasta llevar el periódico en la mano. Y eso que aún no sabía lo malo que puede ser un periódico.

¿Cuál fue su primer contacto con la muerte?. ¿Pensaba a menudo en ella? ¿Le angustiaba o le provocaba algún tipo de tormento?

-La de mi tía abuela Carmen, cuando tenía unos ocho años. Pero la muerte nunca me ha impresionado demasiado. Creo que hay que tener buena relación con ella; es nuestro acompañante más constante.

¿Cómo ganó su primer dinero?

-Vendiendo a domicilio la Enciclopedia Monitor con 17 años. Trabajos horribles pero que me ayudaban a superar la timidez.

¿Hizo alguna locura o disparate que le haga sentirse especialmente orgulloso? 

-De eso, siempre he coleccionado.

¿Cuál fue la primera estrella de cine que le fascinó?

-Burt Lancaster y Gina  Lollobrigida.

¿Y la primera chica que, en la vida real, le provocó una emoción inolvidable?

-Hubo bastantes episodios agradables, pero inolvidable es mucho decir. A la primera de las inolvidables, la conocí con 22 ó 23 años.

¿Cuál fue la primera canción que memorizó?

-Mi madre cantaba mucho y yo, de crío, tenía una excelente memoria, así que fueron muchas y no sabría decir una.

El cine, el fútbol, los toros y la radio reinaban en esa España. ¿Qué relación tuvo con ellos?

-Con el cine, intensísima y muy gozosa. Me parecía una injusticia intolerable que hubiera películas para mayores y que la censura  cortase o prohibiese otras. Los toros desde niño me parecieron una fiesta incomprensible. No entendía cómo  alguien podía divertirse viendo torturar un animal ensangrentado. Si había en la tele, apagaba la televisión y mi familia me lo consentía. El fútbol siempre me ha gustado mucho y la radio, también.

De todo lo que le enseñaron sus padres, ¿qué es lo que caló en usted con más fuerza?

-Lo insostenible de la mentira.

¿En qué momento pensó a qué dedicar su vida?

-Siempre supe que quería leer y escribir. Mi vocación fue muy temprana.

Si pudiera viajar en el tiempo y regresar a sus primeros años durante un día, ¿a qué día volvería?

-Al día en que me iban a engendrar mis padres para intentar convencerlos de que lo dejaran para un poco más adelante y así no tener que experimentar durante tantos años la purria clerigo-militar y la suciedad moral del franquismo. Hoy, en cambio, ante tanto progre iletrado, los militares me caen bien.

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Otras entrevistas: 

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/06/05/entrevista-de-raul-lahoz-con-el-firmante/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/06/27/entrevista-con-javier-barreiro-en-analecta-malacitana-junio-2017-por-manuel-galeote/