Define en una frase quién era Amparo Poch?

-Una médica libertaria que, en la parte central y más conflictiva del siglo XX, desarrolló una gran labor en favor de la mujer obrera y de los desfavorecidos.

-Define en una frase por qué fue importante A. Poch?

-Por ser pionera en obtener una licenciatura universitaria, en escribir publicaciones en favor de la libertad de la mujer y trabajar gratuitamente para promocionar la higiene de las mujeres, propagando  los conocimientos sobre anticoncepción, la maternidad, el amor libre…

-Cuál era la situación de la mujer en España cuando crece Amparo?

-Leyes retrogradas en la familia y en el matrimonio, una mayoría de la población femenina, en gran medida tutelada por la Iglesia, sin posibilidad de voto… Incluso su situación no era mucho mejor en sectores progresistas salvo excepciones, como,por ejemplo, sucedía con Lulú, la compañera de Durruti.

-¿Cuándo nace Amparo Poch y en qué ambiente crece?

-Nace el 15 de octubre de 1902, día de Santa Teresa, con la que tiene alguna concomitancia. Clase media muy conservadora, lo que se incrementa con su padre militar y el ambiente en que ella se desenvolvía, al menos hasta que comienza sus estudios universitarios.

-Qué movilizaciones sociales existían en la Zaragoza de los años 20?

-Desde 1918 a 1923, Zaragoza registró el mayor número de huelgas de todo el país. En el verano del 23 fue asesinado del cardenal Soldevilla y sólo entre 1922 y el advenimiento de la Dictadura (13-9-1923) hubo tres huelgas generales y 19 parciales, aparte de atracos recaudatorios, el asesinato del policía López Feced y numerosos atentados entre sindicalistas y elementos al servicio de la patronal.  

-Cómo se implica Amparo en ellas?

-Su implicación es, más que nada, a través de su enfoque social en el ejercicio de la medicina, con sus trabajos en periódicos como La Voz de Aragón, La Voz de la Región, Tiempos Nuevos y otros, sobre todo a partir de la República, en los que defiende, las ideas libertarias, feministas y de progreso.

-¿Qué relación tiene con el anarquismo?

 -Como es sabido, Aragón era, con Cataluña y Andalucía, la mayor cantera anarquista en España: los hermanos Ascaso, los hermanos Carrasquer, Felipe Aláiz, Ángel Samblancat, Ramón Acín, Torres Escartín, Ramón J. Sender, etc. En 1919 la CNT tenía 15.000 afiliados en la región y la UGT, apenas 1.000. Dado su sentido social y sus amistades, lo normal es que muy pronto se adhiriera a las ideas libertarias. 

-Qué formación tiene Amparo en aquella época?

-Los estudios de Magisterio, por supuesto, los de Medicina, más las lecturas que, a partir de sus contactos con el periodismo y los ambientes progresistas, sindicalistas y libertarios, fue realizando.  Ella fue una magnífica estudiante.

-Cómo ve el papel de la mujer en la sociedad de los años veinte?

Lo cierto es que en las clases burguesas o pequeño-burguesas, hubo grandes avances, sobre todo en cuanto a la libertad de comportamiento, de indumentaria, de horarios, de huida del  control que ejercía la iglesia… Se debatían asuntos como el divorcio o la contraconcepción que antes eran tabú. Hay mujeres que practican el naturismo, el amor libre… Pero, naturalmente, la mayoría seguía anclada en la esclavitud de los prejuicios.  

¿A que se dedica profesionalmente al concluir la carrera de medicina?

-Sobre todo a la divulgación científica dirigida a las mujeres, en especial, las obreras: higiene, sexo, anticoncepción, maternidad, puericultura… Su Cartilla de consejos a las madres es de 1931; también se dedica al ejercicio del periodismo. Como mujer se le prohibió ejercer la medicina, pero se colegió el 3 de octubre de 1929 y pronto fue vicesecretaria del Colegio de Médicos. Tuvo consulta en su casa de la Calle Madre Rafols y, después, en el nº 30 de la calle Cerdán, vía urbana hoy desaparecida, A las mujeres sin recursos no les cobraba.

-Cuál crees que era el modelo de mujer por el que luchó Amparo Poch?

-Lo refleja muy bien el nombre de la Asociación en la que militó desde su llegada a Madrid: Mujeres libres. El concepto de libertad en su tiempo y en el nuestro era muy diferente y la libertad de la mujer de hoy parecía una utopía.

-Qué aspectos destacarías de su pensamiento en el campo de la sexualidad de la mujer?

Muy cercano al que tenía Hildegarth, con la que compartía muchas ideas. Necesidad de información, de higiene y de posibilidades económico-sociales de disfrutar del propio cuerpo y el de los demás sin ataduras, complejos o condicionamientos. Uno de sus textos más significativos es “Elogio del amor libre” (1936).

-Crees que la situación de la mujer hoy se asemeja a su ideal de mujer?

-Se aproxima bastante, al menos en las sociedades occidentales. Si Amparo tuviera posibilidad de visitar hoy cualquier ciudad europea se maravillaría al comprobar que casi todo lo que por ella luchó se ha conseguido.

-Cuáles son las principales publicaciones de la época en Zaragoza?

La Voz de la Región. La Voz de Aragón, luego en Mujeres españolas y revistas cercanas al anarquismo como Orto, Estudios, CNT, Solidaridad Obrera…

-En cuáles de ellas escribe Amparo? Cuáles era las que leía?

Leería La Novela Ideal, la colección de narrativa anarquista que lanzó Germinal Esgleas y otras colecciones de Novela Corta de índole progresista, como La Novela de Hoy, La Novela Semanal, Los Novelistas. Y, seguramente, al Dr. Félix Martí Ibáñez, la firma más señera de la medicina libertaria.…

*Producido por Institut Catalá de les Dones

V. también en este blog:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/02/06/amparo-poch-el-hallazgo-de-un-personaje/

Es este uno de los capítulos de una obra, que ya no terminaré. A finales del siglo pasado concebí la idea de escribir un libro con el título que aquí figura. Realicé, siempre provisto de gratas compañías, unos cuantos itinerarios por las tres provincias del reino, pero otros encargos, compromisos o responsabilidades me desviaron del propósito inicial y, hoy, la pigricia me ha hecho más sedentario. Sin contar con que la masificación del turismo desaconseja incrementar sus filas.

Texto publicado en la revista Crisis nº 14, diciembre 2018, pp. 6-9.

Preparativos

Se levantan tarde en Luesia. Tanto, que se ha de recurrir al remedo de almuerzo para hacer que alumbre la hora en la que los mínimos empresarios que regentan panadería y carnicería abran el establecimiento. Sus inmediatos ancestros, a estas horas, ya estarían ahítos de doblar el lomo. Vivimos mejor. ¡Viva la Virgen de Luesia!

Aprovecho para presentar a mis acompañantes: Florita, de hermosos ojos azules, rotundas caderas y bastante buen humor, es artesana del barro y la cerámica de Muel tiene en ella uno de sus más sólidos pilares.

-Florita, te presento a Asís.

Experto hollacaminos, de talante pacienzudo pero abundante sentido del humor y largos conocimientos, es camarada que comparecerá más veces en estas correrías. Viene acompañado de Lucas, pintoresco procurador de los tribunales, más acostumbrado a parapetarse entre trochas y barrancas que ante los legajos incordes[1].

-Lucas, te presento a Florita.

Comenzar llenando el buche no es lo más recomendable para el caminante. Pero no hay opción. Antropológico y costumbrista, me lanzo a amenizar el condumio:

-Hijos nacidos de madre, que alguien categorizó como locos, fueron traídos a Luesia, en el transcurso de los setenta en uno de aquellos programas experimentales que pretendían que los tales viviesen en comunidad y más o menos mixturados con los residentes. Se trataba de una de esas excrecencias de la antipsiquiatría, tendencia promocionada por Laing y Basaglia, creo recordar, que, a su vez, recogían los ecos de las proclamas surrealistas que exigían el licenciamiento de las tropas, el derrocamiento del Papa y del Dalai-Lama y la libertad para locos y delincuentes. ¡Siempre el Arte marcando caminos anticipatorios a la sociedad! Por aquí, al principio, los miraban con curiosidad no exenta de recelo. En cuanto empezaron a mirar a las mozas con la fijeza que les es propia, los antiguos residentes entraron a torcer el morro y los alunados tuvieron que hacer las maletas.

A unos y a otros les faltó paciencia, achaque -dicen- muy español. O a los teóricos de la guilladura para aguardar a que el elemento rural estuviera preparado o concienciado -cuando San Juan baje el dedo[2]-; o a los turulatos para demorar el uso de la mirada de lechuza; o a los lugareños para tener un poco más de correa.

Cuando no me mira ni el gato que, en todo caso, afila sus uñas y  jamón y vino ya pugnan por simbiotizarse con nuestros jugos gástricos, alzamos nuestras humanidades, ya recias de por sí[3] y ahora más asentadas, y nos lanzamos a comprobar cómo los habitantes del lugar han heredado esa costumbre de los chalados de mirar fijo y con incomprensible interés a quien por allí se aventura.

-Tal vez les afectan las femeniles turgencias de Florita -aventura Lucas.

-Es que ellas también miran -contraataca la mentada.

-Por algo será -me pavoneo.

-Será porque no saben quiénes somos y darían media vida por averiguarlo -dictamina Asís.

La carnicería ostenta en primer plano varias cabezas de cordero, convenientemente desolladas con sus ojitos saltones y todo[4]. Asís y yo -humanistas al fin- nos quedamos en la puerta y Florita y Lucas, ella, como hembra avezada a los misterios del ciclo de la concepción, y él, como leguleyo, ducho en las miserias humanas, se las apañan con el tendero.

 

La salida

Este narrador de fuste tiene sus influencias. La Comunidad de EntreArbas nos ha preparado un campanudo Nissan Patrol, provisto de chófer, guía o alguacil para que nos acerque a las fuentes del Arba de Luesia. El aludido resulta más chófer rural que otra cosa, pues su elocuencia sólo se desata ante un comentario malévolo sobre las particularidades de los que habitan un lugar cercano.

Dejamos a un lado la ermita de la Virgen del Puyal, que se desmorona, y acometemos una pista que sigue el curso del río hasta el abandonado lugar de Sibirana, que se disputan Luesia y Uncastillo. Bellísimo paraje lo llama Bernabé Cabañero y, a fe, que es así[5].

Paramos allí con el objeto de tentar la bota, quedarnos boquiabiertos ante el disparatado castillo roquero y reflexionar sobre el tempus fugit, el sic transit gloria mundi y el collige virgo rosas.

Collige virgo rosas -le digo a Florita.

-Hola -me contesta, frunciendo ingenuamente la naricilla.

Me amosco:

-No se trata de que digas “Hola” sino “¿Qué?” y yo te pueda endilgar unas adecuadas lecciones en forma de tostada sobre esta cita latina, que constituyendo las primeras palabras de una oda del poeta Ausonio, hoy sirven para designar a los poemas que estimulan al goce de la juventud en forma de disfrute carnal antes de que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre. Por ciento que Machado en el soneto “Rosa de fuego” retoma la cuestión, cosa que resulta sorprendente en tan timorato personaje: “…y aun bebed sin temor la dulce leche/que os brinda hoy la lúbrica pantera/antes que, torva, en el camino aceche /…con la rosa de fuego en vuestra mano”, dice. Así que toma nota.

-Por mí no hay inconveniente. De hecho, es lo que siempre llevo en la cabeza.

Si yo soy palizas, Asís es historiador. De su discurso (no breve) y al que, naturalmente, presto menos atención que al mío, entresaco: Tierras de frontera, siglo XI, razzias morunas y que todas estas fortalezas de por aquí fueron de madera antes de ser de piedra. También que para entrar al castillo hay que ejercer de alpinista, pues la puerta está a unos cuantos metros del suelo y que la escala que utilizaban sus sufridos moradores para acceder a las alturas o fue requisada por Almanzor o por algún político, con lo que optamos por orientarnos a la vecina ermita de Santa Quiteria –también, hecha polvo- y a la que hasta hace no mucho se iba en romería. A la inscripción románica que asegura que fue levantada en 1112 se unen otras más recientes que dan cuentas de los patronímicos de quienes se aventuraron por estas soledades, a menudo acompañadas de las fechas -generalmente, cercanas- en que tan señalable fecho se produjo. La grafomanía que ataca al español en cuanto ve una piedra vieja está en proporción directa a su grafofobia en cuanto ve un papel nuevo. Más vale así, dado como estamos dejando la literatura los que ejercitamos la profesión. Otro, más devoto, ha prescindido de reseñar su identidad y fervorosamente ha escrito “¡Viva el copón!”. Con lo que, a falta del mismo, empuñamos con fruición la bota.

El lugarejo debió nacer al abrigo del castillo y parece que aún hay humanos vivos que nacieron en él. Como este tipo de literatura elegiaca está suficientemente trasegado y veo unos olmos de montaña sorprendentemente sanos, doy unos amariconados saltitos para que la compañía vea que he entrado en una de mis crisis líricas y debe dejárseme en paz, y me dirijo al que parece más sabihondo y patriarcal.

-Crea que me alegro mucho de que no le haya sobrevenido la grafiosis.

-Se agradece. Por estos andurriales, ni eso.

-¿Debo entender que no se encuentra a gusto en tan privilegiado paraje en el que no falta la hierba mullida y suave, el celaje impoluto, el alto escarpe desde el que la señora buitra empolla, tan impresionante testigo de la magnificencia de la obra humana como el castillo que nos contempla…?

-Sí que tenemos buenas vistas pero echamos en falta la conversación… pero no le dejo hablar. Siga con lo del locus amoenus y tengamos la fiesta en paz.

-Le decía que si debo entender que no se encuentra a gusto in hoc amoeno loco. Me pirran los latinajos y le juro que nunca hollé el seminario. Soy así de culto. Como usted, veo.

-Mire, aquí he tenido tiempo para todo. Por mis padres, chamullo el latín y el árabe y por mí, manejo el aragonés, el español y el portugués, que es la lengua en la que nos manejamos los entes botánicos. Mire, le voy a leer un cuentecico que me ha inspirado este paraje que tanto le gusta.

Hay un rumor de hojarasca y escucho:

“En la piedra esculpida que coronaba la estancia se mecían sin otra quemazón que su misma pervivencia. Monsur y Debele eran como dos espíritus en proceso de desleír los últimos posos de emoción, de dejar caer la tibia estructura que sostenía su polvo. Antes del anochecer una serpiente de humo penetraba por los vanos, discurría entre las losas almagres y ascendía las gradas. Era el momento en que Monsur y Debele amagaban un respingo. Tan sólo para caer de nuevo en esa antinomia del sopor que es la indiferencia.

Llega la noche y la bandada está presta”.

-Pues sí que está bien.

En esto, se oyen unos tiros que también nos hacen amagar un respingo. Lucas, que andaba buscando semillas exentas de grafiosis para su jardín de procurador naturalista, y este coloquiante que interrumpe su cháchara, se vuelven interrogantes hacia el chófer.

-¿La Guardia Civil? ¿Los maquis? ¿La fin del mundo?

-Los cazadores de jabalíes -contesta el interpelado, que tiene ganas de que ganemos el destino.

EPSON scanner image

Montamos y llegamos al pozo Pigalo, donde, en verano, los bañistas despelotados tienen su edén. Es un remanso del río, más que lujuriante, que dispone de cuatro metros de profundidad y de un trampolín natural de algunos más desde el que capuzarse. Nos conjuramos para hacerlo en cuanto el equinoccio de primavera se venza hacia el solsticio de verano. Pero aún tenemos que dar otro disgusto al chauffeur. Asís, arrebatado por los pujos de su disciplina, insiste en acercarse al Corral de Calvo:

-Se trata de unas ruinas visigodas absolutamente insólitas por estos territorios. Perder una oportunidad así sería incrementar el censo de los ignorantes.

-Estoy hasta las gónadas de ruinas. Cuatro piedras mal aparejadas y unos cuantos agujeros por el suelo. Ya he visto las de Numancia, con lo que suenan, y, aparte del pasmo propiciado por la climatología, que no por la magnificencia del lugar, no gané nada -aduzco.

-¡Eso! -abunda el de Luesia.

Total que, ante la gemebundia de Asís, enfilamos el caminucho y nos topamos con un tejado de uralita que encubre una iglesuca y unos pozos que Asís pondera luengamente, tras informarnos que en aquel cenobio se enclaustraban los elementos más venados de las familias nobles visigodas. A él les remito.

 

La llegada

El Nissan no puede llegar a más. Nos deja ante las vistosas fuentes del Arba de Luesia que, con una cascada vertiginosa, se vierte desde las alturas hasta el barranco en que nos encontramos. Se pasaporta al chófer y al Nissan con el encargo de que nos vengan a buscar cuando caiga la tarde a la explanada de Fayanás. Nos proponemos ganar lo alto de la cascada, visitar la ermita de Santo Domingo allí ubicada y tirar luego para las fuentes del Arba de Biel, cercanas. Mal que bien, lo intentamos y, en una paridera, damos cuenta de la pitanza. Como Lucas ha traído, además de los catalejos, el laúd, después, con notoria falta de patriotismo baturro, entonamos unas chuflillas flamencas. El gusto popular dictamina la triunfadora. Pertenece a ese genio de Torre del Campo que atiende por el nombre de Juanito Valderrama:

                     Yo soy un flamenco rancio

                     de los que ponen el mingo,

                     de los que ponen el mingo,

                     y soy árbitro de fútbol

                     y soy árbitro de fútbol

                    femenino, los domingos.

 

El regreso

Llegamos a las fuentes del Arba de Biel pero se hace tarde y no podemos demorarnos. A lo lejos, seguimos oyendo tiros. La vuelta, medio trotando, la hacemos por el Paco de Lisán. Pacos llaman por aquí a las vertientes umbrías en las que corre el gris y vivaquean los hielos. Un cortafuegos harto empinado se constituye en saludable atajo. Eufóricos por la carrerita cuesta abajo nos encontramos a un galgo despistado que se amorra a los humanos y al que, a la vista de su manto, en seguida llamamos Canelo.

-Se habrá perdido persiguiendo la pieza. Estos bichos melancólicos y huidizos sólo se realizan encorriendo a otros bichos, el resto de su vida es existencialismo -dice Asís.

Pero he aquí que otro chucho -éste de buena raza, con hermosas orejas, pero ojo a la virulé- también se nos enreda por las piernas en demanda de caminos.

-Como los traen en coche, si se despistan, no saben volver. Luego, los cazadores vienen a buscar los perdidos -aduce Asís a quien nadie -ni siquiera él- suponía experto en cinegética.

A éste le ponemos Tobi y al tercero que se nos acerca, negro y delgado, Moro, como está mandado.

Los cuatro humanos y los tres cánidos alcanzamos por fin el elemento locomotor y, entre algarabía de ladridos y tientos a la bota, cuando cae la noche, llegamos a Luesia.

 

NOTAS

    [1] El adjetivo pertenece al primer poemario de José Verón Gormaz, polifacético bilbilitano, que tiene sus ocurrencias. Y ya que estamos entre poesías, en Luesia habitó, didactizó y dio sobradas muestras de intensidad biográfica Ángel Guinda que fundó aquí la colección Puyal, que dio a la luz versos de muy dispares aedos.

    [2] Aluda a San Juan Evangelista, como dice el paremiólogo José María Sbarbi, señalando la asunción de la virgen a los cielos o a San Juan Bautista, que señala al cordero divino: “Ecce agnus dei“, como quiere el gran Iribarren, la frase solía pronunciarla con retintín una de mis primeras novias cuando yo me empeñaba en demorar sus proyectos de consolidar la pareja.

    [3] Sí, el maestro decía que no se pueden juntar dos preposiciones, pero este libelo tiene un carácter eminentemente popular y hasta bobo. Es más, SÍ se pueden juntar dos preposiciones.

    [4] Aprovecho para saludar a Caroline que, comisionada en Calcena durante otro viaje, para adquirir unos filetes de jamón con los que rellenar el bocadillo, se topó con esta visión infernal, incrementada con el adorno de unos cuantos chichorros colgantes y conejos despelletados. El mareo que trajo compensóse -fue su dicterio- con la notable y pedagógica información que ello le proporcionó sobre nuestros usos y costumbres, necesitada como estaba de adquirir datos en torno a nuestra idiosincrasia ya que la susodicha es autora de la primera tesina sobre nuestro zaragozano Oasis, a cuyas representaciones acudió en sus últimos tiempos con tanto pasmo como fascinación.

    [5] Al que quiera saber algo en torno a los pedruscos magníficamente dispuestos que abundan por estas anfractuosidades se le remite a tan caviloso erudito: Bernabé Cabañero Subiza, Los orígenes de la arquitectura medieval de las Cinco Villas (891-11105): Entre la tradición y la renovación, Centro de Estudios de las Cinco Villas, Cuadernos de las Cinco Villas nº 3, Ejea de los Caballeros, 1988. El título es largo pero el libro no.

EPSON scanner image

A principios de 1960, Marisol y su madre aceptan la oferta del productor: la niña vivirá con la familia y a la madre se le ubicará en una pensión vecina. Los Goyanes son una familia numerosa: seis hermanos, incluyendo dos mellizas, y algún perro. La malagueña va a ser una hija más. En una época fundamental de su maduración la malagueña va a afrontar un cambio de vida espectacular y tal vez traumático. En sus declaraciones posteriores, plenas de amargura y resentimiento, Pepa Flores ha abominado de estos años en que se truncó su normalidad. No porque los Goyanes la trataran mal o la ningunearan. Eran gente más bien simpática y un sí es no sobrada. A la Marisol de entonces tampoco le faltaban conchas. Eran, obviamente, ambientes sociales muy diferentes. Nada hace pensar que Marisol sufriera más que lo que sufre cualquier humano a edad tan sufriente. A la niña le ponen profesores de canto, baile, dicción, interpretación, idiomas, y la pulen con éxito evidente. Aprende también equitación y natación. Es, tal vez, un programa excesivo. Marisol dice que estaba todo el día triste y sólo se alegraba cuando venía su madre. Su madre en 1987 dice que todo era brillante y perfecto. Las dos cosas parecen ciertas. Otra cosa son los nubarrones solapados: En la serie de tres reportajes que el citado José Luis Morales le hizo en Interviú en 1979, Marisol se descuelga con estas feroces revelaciones:

 En uno de aquellos días que estaba yo en el estudio, el fotógrafo este se puso a desnudarme, a meterme mano por todo el cuerpo y a preguntarme si ya me había hecho mujer. Yo estaba asombradita. Le tenía miedo a todo en aquella casa. Ten en cuenta que no podía ni rechistar. Una vez que se me ocurrió decir que unas fotos no me gustaban por poco me matan, me montaron una de la que no me olvidaré nunca. Bueno, como te decía, el fotógrafo aquel mutilado nos amenazaba para que no dijéramos nada. Más tarde, un día cualquiera, descubrimos en la cocina muchas fotos de niñas desnudas con vendas en los ojos. Se lo dijimos a Goyanes y se quedó como si nada. Aquella misma noche cuando fuimos a cenar el fotógrafo estaba sentado y muy risueño en nuestra misma mesa.

 Si este hecho tiene visos de verdadero -muchas mujeres entonces jóvenes pueden certificar que tales acciones no eran infrecuentes en tiempos de represión, desprotección e ignorancia- se ha hablado también de su participación forzada en fiestas exclusivas para jerarcas en las que, junto a otras niñas o adolescentes, había de aparecer desnudas. Radio Macuto era la versión populista de Radio Nacional y ni a una ni a otra debía hacérseles demasiado caso. Pero ella mismo se lo confesó a Umbral: “Me llevaban a un chalet del Viso y allí acudía gente importante, gente del régimen a verme desnuda a mí y a otras niñas”. Después, lo negaría totalmente y la verdad es que parece algo cercano al sensacionalismo, propagado por algún periodista deseoso de presentar a Goyanes como un monstruo. Resulta increíble que Goyanes desperdiciase un patrimonio como el de Marisol, a la que pronto casaría con su hijo, para la satisfacción visual de unos cuantos capitostes.

Lo cierto es que a la Marisol de quince años le apareció una úlcera, afección, como se sabe, propia de estados psicológicos tensos. Todo tiene su contraprestación: Tal vez, en la casa de María de Molina, Marisol se encontrase desubicada, sin duda añoraba lo que había dejado. Pero cuando vuelve a Málaga y visita su barrio de Capuchinos lo hace en el Rolls de Benito Perojo. La abuela la sienta en su sillón y todo el barrio pasa por allí para cumplimentarla y cumplimentar su curiosidad. La familia se cambia de piso y su padre deja la abacería y se apunta al carro desarrollista: compra una furgoneta que, con el marbete de Un rayo de luz, emplea en pasear turistas.

Málaga va a ser el claustro materno donde, a lo largo de su vida, Marisol vuelve a reencontrarse, a lamerse las heridas. La vida pública en Madrid o en las giras es cierto que resulta agobiante. Profesor de inglés, profesora de Cultura General, Paco Aguilera y Alberto Vélez le enseñan guitarra, Manolo Maera “Jarrito” y Antonio Fernández Díaz “Fosforito”, flamenco. Incluso en 1962, poco después de ser operada de amígdalas por el doctor García Tapia, viaja a Sevilla para tomar lecciones del famoso profesor de bailarines Enrique el Cojo en su academia. Regla Ortega y Carmen Rojas ya le habían enseñado los rudimentos del baile español. Como profesores de canto tiene nada menos que a Lola Rodríguez Aragón y Luis Sagi-Vela. Las clases de equitación le agradan especialmente y en 1964 ya es capaz de hablar el inglés con suficiente corrección.

Únanse a ello las giras promocionales como la que, en 1961 y tras el rodaje de Ha llegado un ángel, la lleva a recorrer prácticamente todo el continente americano con escalas en la mayoría de los países. Le acompañan el productor, su madre y el guitarrista. Durante el verano del mismo año visita Portugal, Angola, y Sudáfrica, adonde también llegaban sus películas. En la colonia portuguesa amadrinó a una niña a la que, por no complicar las cosas, se le puso Marisol. Aún volverá a los U.S.A. para intervenir en un show con Carmen Amaya y Jorge Mistral y para actuar en el programa de televisión de Ed Sullivan, cobrando 4.000 dólares. Cuando en 1963 rueda Marisol rumbo a Río, ya era la cuarta vez que viajaba a América. Además, debe atender a las entrevistas o ruedas de prensa en las que Goyanes asiste siempre y, muchas veces, solicita guión previo. Ella contará después que, en realidad, estaba prácticamente aislada: le controlaban las llamadas telefónicas, le descontaban de su asignación los extras de los hoteles y que hasta los 19 años le entregaban únicamente veinte duros semanales. Independientemente de la exageración que puede haber en ello es cierto que Goyanes había dejado prácticamente todos sus negocios para dedicarse en exclusiva a Marisol e incluso rechazó una suculenta oferta de la Columbia para comprarle el contrato. Él, y con alguna razón, consideraba a la artista como “su obra” exclusiva y trataba naturalmente de extraerle todo el beneficio posible. En las fiestas a las que le hacían asistir, su entrada se hacía de forma espectacular. Luego, cualquier “espontáneo” le pedía que cantara o bailara. El guitarrista siempre estaba preparado fuera, aunque se hacía como que mandaban a buscarlo. Goyanes siempre cobraba por ello. Marisol a partir de la segunda película obtendrá el doble que por la primera y, más tarde, ella será el cincuenta por ciento de la productora. De hecho cuatro años más tarde será propietaria de dos pisos, un chalet y varios terrenos.

Esta tumultuosa vida pugnaba también con el deseo de que no se apartase demasiado de lo que era una chica normal que, por cierto, era la imagen que se deseaba dar en sus películas. Incluso asistirá durante tres meses a un colegio del Opus, El Montelar, para que aprenda a coser, bordar y otras actividades que entonces parecían necesarias para que la mujer no sacase los pies del tiesto. Pero las necesidades de su vida artística pronto hacen que vuelva a los profesores particulares. En la medida de lo posible, en casa hace una vida convencionalmente familiar. El productor es el “tío Manolo” y con Mari Carmen Goyanes, como se dijo, lleva una relación de hermana y amiga íntima.

Pero lo fundamental es su vida artística. Se le trata de quitar su acento andaluz que no quedaba “elegante”, de lo que después se quejaría amargamente aunque evidentemente no se consiguió, tal vez por su continua relación con su madre y con Málaga. En 1964 se le hace cirugía estética en la nariz que tenía ligeramente torcida, corrigiéndosele además el perfil. No es la primera vez que visita un quirófano: antes se le habían extirpado las amígdalas y un pequeño quiste en el brazo. Después vendrá la apendicitis. Más tarde, sus problemas ginecológicos harán que el pentotal y sus aledaños se conviertan en algo más o menos familiar para ella.

  Como se dijo, el aparato propagandístico y promocional organizado por Goyanes no tenía parangón con ninguno de los montados hasta entonces en España y todo se cuidaba hasta el detalle. Apareció una revista dedicada exclusivamente a la actriz: La revista de los amigos de Marisol; la editorial Fher publicó cientos de álbumes, recortables, tebeos y libros infantiles con historias protagonizadas por la niña, sacadas o no de los argumentos cinematográficos, editó, asimismo, una colección llamada “Simpatía” en la que la propia Marisol contaba su vida en cuarenta fascículos, cuentos narrados por ella en libro o disco, muñecas, sobres sorpresa… Una verdadera industria. Incluso las más de mil cartas diarias que Marisol recibía por entonces de un pueblo tan parco epistolarmente como el nuestro, eran puntualmente contestadas por la oficina del productor y no con la respuesta de una mera foto dedicada sino que se contestaba a mano y concretamente a cada uno de los puntos que cada carta contenía, gracias a un equipo en el que no faltaban el que imitaba perfectamente su firma, el que llevaba el fichero con los cumpleaños de los fans… Los adictos se convertían así en admiradores con culto de latría. Y, como es propio del terreno, no faltaban los orates ni la pintoresca confianza en sí mismo del bien asentado: un notario de 60 años solicitó su mano, aduciendo como principal aval su profesión, prestigio social y posesiones. Por supuesto, que la niña no sabía de las cartas más que para fotografiarse con ellas cuando había que certificar, como si hiciese falta, su popularidad.

Marisol pide que traigan a su madre de la pensión y le habilitan un trastero. Luego contó que le registraban y desordenaban la habitación y que en la casa era un objeto de risa, hasta que salieron de ella: “Era como un divertimento porque mi madre es muy graciosa, se metían con su culo y se reían de ella”. Después se cambiaron de la casa de la familia Goyanes en María de Molina, 5 al contiguo número 3, frente al apartamento que poseía Isabelita Garcés, su más habitual compañera de reparto en las primeras películas.  

 Goyanes, más tarde, se defendía así:

Dice que la tuve secuestrada, que no le dejé vivir su adolescencia. Es el precio que suelen pagar los niños precoces. ¿Se acuerda de Shirley Temple? Gracias a ese encierro, la Pepi ganó millones de pesetas y sacó de la miseria a su familia. Me han comentado, también que Marisol me acusa de haber tratado muy mal a su madre. Es falso: la señora ocupó el dormitorio de mi hijo Tito (tuvo que dormir conmigo); y la pensión donde vivió no era de mala muerte… En la calle Serrano no hay pensiones de mala muerte.

Unos con mejor y otros con peor tino, lo que parece cierto es que los Goyanes introdujeron en su casa un juguete -de clase baja, con todo lo que eso significaba entonces- que además les proporcionaba altísimos rendimientos. En la forma o en el fondo Marisol nunca vivió con ellos como familia. Sus conversaciones con ella no fueron de padres a hija sino como de protectores a protegida. Algo se quebró en su trayectoria en una etapa que todos necesitan -y más alguien tan espontánea y sensible como Pepi- una referencia. Como después se demostró hasta el hartazgo las que recibió durante la más de docena de años que pasó con ello no le sirvieron para nada.

De mi libro Marisol frente a Pepa Flores, Barcelona, Plaza & Janés, 1999, pp. 49-54. (Con alguna mínima añadidura).

También puede verse en este blog, la introducción  y el epílogo del libro:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/02/04/jubilada-marisol-jubilada-pepa-flores/

Publicado en Cruces de bohemia, Zaragoza, UnaLuna, 2011, pp. 7-11.

El conocimiento de la bohemia española primisecular preocupa a los estudiosos desde hace no demasiado tiempo. Sin embargo, gran parte de nuestra mejor literatura tuvo que ver con ella y su existencia no es un referente pintoresco y marginal sino una tremenda realidad que, a veces, parece haber querido borrarse. Verdaderamente, y pese a la relativa cercanía en el tiempo, resulta muy difícil saber de sus circunstancias. Es cierto que los auténticos bohemios fueron a menudo retratados con pretensiones estéticas por parte de quienes los conocieron o como sujetos de anécdotas con que amenizar los libros de memorias o ficciones, pero sólo en casos muy aislados, como los de Valle-Inclán o Gómez de la Serna, se penetró en su enjundia.

Muchos de los textos en torno a sus chuscos sucedidos y vidas desgarradas pueden parecer hoy excesivos o exagerados, fruto más bien de una selección de episodios que de una realidad patente, pero cualquiera que haya deambulado por los barrios bajos o las tabernas españolas de hace no tantos años sabe que el pintoresquismo más atroz, la arbitrariedad, la miseria y el dolor elevado a chascarrillo eran pasto común, y quienes hayan cumplido los sesenta tendrán noticia de lo que significó el hambre para gran parte de los habitantes de la piel de toro y de los extremos a que puede llevar el sufrirlo. La historia de la humanidad no es fundamentalmente otra cosa que la historia del hambre. Y hasta hace cincuenta años un buen número de españoles lo vivía cotidianamente.

Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son, como se dijo, impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo.

Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, todavía muy superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban, según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

Es cierto que algunos de los bohemios aquí retratados vivieron, aunque fuera momentáneamente, el triunfo. Dicenta, a partir del estreno de Juan José, sin que ello significara ni mucho menos que variase su preferencia por el alcohol, la pendencia, el mujerío y los barrios bajos. Vidal y Planas, durante el corto periodo que corrió entre el éxito del estreno de Santa Isabel de Ceres y el asesinato de Luis Antón del Olmet. Retana tuvo una vida desahogada hasta la guerra civil pero sus amistades y preferencias sexuales le hicieron hurgar, aunque irónica y distanciadamente, en las espeluncas de la condición humana. El resto apenas salió nunca de la compañía de la indigencia y la urgencia de emplear el “sable”.

El nivel estético de sus producciones fue naturalmente diverso. De los aquí recogidos, Noel y Gálvez, excelentes escritores minusvalorados y siempre tratados con reticencia, han sobrellevado en su consideración crítica el estigma de su excentricidad y de su pobreza. Si todavía puede decirse que una gran mayoría de los escritores más notables del siglo XX español pertenecía a clases más o menos acomodadas, con todo lo que ello significa, la crítica en general poco hizo por reparar esa injusticia de base. El franquismo y las circunstancias del exilio coadyuvaron para que esa situación no se modificase. Joaquín Dicenta, tan famoso y posiblemente supervalorado en su tiempo, padeció en su prestigio la travesía del desierto que, durante los años inmediatamente posteriores, suele afectar al escritor que desaparece. Su virulento y sincero, aunque decimonónico, enfoque social propició que el franquismo derribase sus bustos y sepultase su obra bajo la socorrida losa del olvido. Retana fue un escritor de gran soltura y correcto estilo aunque cayó frecuentemente en facilidades y nunca le sonrió el genio. Sin embargo, su repercusión sociológica tampoco ha suscitado apenas atención. Pedro Barrantes y Vidal y Planas, a pesar de la abundantísima obra de este último, carecen de interés estético pero son el perfecto ejemplo de esa España descabellada, abrupta, feroz e inclasificable que da razón de nuestra historia.

Todos bebieron con voluntad, lo que, probablemente, costó la vida a Barrantes y Dicenta. Gálvez y Retana murieron de forma violenta; Noel, en la miseria. Contra toda probabilidad, fue Vidal y Planas el único que tuvo una muerte que podríamos calificar de corriente, aunque fuera en el exilio.

Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sáinz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último, que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta -en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sanchez Álvarez-Insúa-, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existe una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

 Categorizar a la bohemia española prescindiendo de consideraciones estético-históricas es tarea inútil y condenada al fracaso. Una sociología de la bohemia tendría fronteras siempre gaseosas. Aceptando el común componente de la indigencia, sí puede decirse que Gálvez, Noel, Barrantes se incluyeron en ella por vocación. Buscarini y Vidal y Planas, por temperamento enfermizo. Otros bohemios con posibles se insertaron en sus filas por estética, como fue el caso de Hoyos y Vinent. Sin que faltase la erotofilia, caso también de Retana. Ya se habló de la pasión personal de Dicenta por el limo. No la tuvo Carrère, que se encontró con esta forma de vida en los cafés y se apuntó con todo tipo de prevenciones al cotarro, como quien se inscribe en una sociedad con la que no tiene mucho que ver pero que, sin darle mucho que cavilar, le resulta útil. Los dos grandes Ramones, si estuvieron en la bohemia fue, evidentemente, por amor al Arte que ellos, como nadie, ejemplificaban.

Los seis trabajos aquí reunidos, fruto de varios años de recogida de notas sin propósito específico y de la predilección del autor por estos tan extravagantes como, en su mayor parte, desdichados artífices, quieren dar una visión parcial, aunque en la medida de lo posible coherente, de este universo relativamente cercano en el tiempo pero tan lejano ya a nuestros usos y formas de vida. Los repertorios de obras y bibliografías no llegarán a exhaustivos, pero incrementan de forma sensible lo hasta ahora publicado sobre estos autores y, desde luego, pueden dar pistas para indagaciones posteriores que, probablemente, ya debían haber sido acometidas.

(Publicado en Aragón Digital, 26-27 de septiembre de 2018)

Mientras me arregla la pelambrera y soporta mis paridas, Esperanza L. Lacasta,  mi estupenda peluquera de guardia (Galería Gris), me deja patidifuso: “Estoy trabajando en un documental sobre María Andrea de Casamayor y de la Coma, una matemática aragonesa del siglo XVIII”.

En estos tiempos en que bandadas de damas y hasta multitudes de estudiosos se lanzan en busca del rescate de señoras desatendidas en la historia, no me iba a quedar atrás. Me acuerdo de un libraco editado en 1884, cuyo resto de edición debió de comprar don Inocencio Ruiz, pues tenía varios ejemplares en su librería de la calle 4 de agosto, y allí lo adquirí hace un cuarto de siglo: “Mujeres célebres aragonesas” de Melchor Poza. Lo abro sin muchas esperanzas pero allí está Doña María Andrea, de apellido tan aragonés y coincidente con el del cronista de la Zaragoza de la época de Los Sitios, Faustino Casamayor. Por don Melchor Poza me entero de que escribió el Tyrocinio Arithmético, impreso en Zaragoza en el año de gracia de 1738 e, inmediatamente, corro a averiguar que el “tyrocinio” es un italianismo que significa “aprendizaje”, porque de eso va el libro, del arte de enseñar las cuatro reglas.

Doña María Andrea también escribió Para sí solo, que, según Melchor Poza, contiene “noticias especulativas y prácticas de los números, uso de las tablas raíces y reglas generales para responder algunas preguntas que con dichas tablas se resuelven sin necesidad de la algebra”. El libro no se llegó a publicar y el manuscrito ha desaparecido, por lo que sólo por comentarios como el de don Melchor tenemos alguna idea sobre su contenido.

Y ¿por qué no se encuentra el apellido de la autora en las bibliotecas? Una mujer matemática era algo casi impensable, incluso en el siglo ilustrado. Como hicieron otras  autoras y para que la tomaran más en serio, Andrea decidió firmar con nombre masculino. Eligió un impecable anagrama de su nombre y apellidos: Casandro Mamés de la Marca y Arioa. Poco después, me entero de  que otro Ruiz, Fico Ruiz, buen amigo e investigador, ha escrito sobre ella. A su Aragonautas, donde la contextualiza y aporta otros datos, me remito.

En el año del Señor de 1780, doña María murió en su casa la calle de La Coma, que llevaba el mismo nombre de su segundo apellido y coincidía con la actual de Damián Forment, a unos pasos del Pilar, donde fue enterrada. Subiría al cielo en el que creía, pues el propósito de su libro era poner a disposición de todo el mundo el saber y, en especial, hacerlo asequible a los más necesitados.

El documental titulado La mujer que soñaba con números lo ha empezado a rodar Mirella R. Abrisqueta y son María José Moreno y Claudia Siba quienes interpretan a la matemática en distintas etapas de su vida.

Que les salga bueno y bonito.

Minerva Arbués y Mª José Moreno como Andrea Casamayor. Fotog de Claudia Ballester

Claudia Ballester y Mª José Moreno, como Andrea Casamayor en distintas etapas de su vida.

Desdichadamente llevamos muchos meses debatiendo donde debieran descansar los restos de quien mandó en España durante casi cuarenta años del pasado siglo. Por lo que dicen, el autoproclamado Caudillo no dejó constancia de su voluntad ni, lamentablemente para tantos, fue un “caído”, ya que no murió víctima de la violencia. Muchos de mis amigos opinan que resulta de todo punto objetable mover a los muertos, mientras a otros les molesta que el personaje en cuestión comparta espacio con tantos de cuya muerte tuvo alguna responsabilidad. En esta cuestión, yo me alineo con mis admirados Bécquer y Cernuda y pienso que “donde habite el olvido” es el lugar adecuado para quienes dejan la vida y allí espero residir, aunque antes me gustaría hacer unas cuantas cosas. Buenas si puede ser.

Valga el exordio para dar a conocer una anécdota que no creo haya sido reflejada en las biografías del dictador. El 1 de agosto de 1938 apareció reflejada en el número 46 de Mi revista, una publicación que se editaba en Barcelona y se hacía eco de las noticias, personajes y peripecias de la guerra, principalmente, en el Frente de Aragón. La narraba allí Francisco Gómez Hidalgo (1886-1947), un periodista toledano, diputado por Unión Republicana en las elecciones de 1934, habitual colaborador del semanario y con una lucida trayectoria en su profesión. Fue también autor teatral, narrador y director de una película tan interesante como La malcasada, film inspirado en una obra de Carmen de Burgos “Colombine”(1926), en la que numerosos personajes populares -entre ellos, Ramón y Francisco Franco- opinan sobre el divorcio. Tampoco puedo dejar de mencionar ¿Cómo y cuándo ganó usted su primera peseta? (1920), divertida encuesta a la que responden escritores, artistas y políticos. Gómez Hidalgo murió en el exilio mejicano.

Es curioso que en Mi Revista, una publicación tan radicalmente revolucionaria como era de esperar en tales fechas, aunque no falten los calificativos injuriosos y descalificantes, la conducta que se muestra del entonces teniente coronel Franco sea más bien loable.

FRANCO… FRANCO… ¡MISERABLE FRANCO!

Por F. GÓMEZ HIDALGO

Aparto con repugnancia la mirada de la mano con que escribo, recordando que estrechó la suya muchas veces.

Nos conocimos en Marruecos, recién ascendido a comandante, allá por el año de 1919. Entonces yo, como periodista, era allí la rebeldía y la oposición; la única rebeldía y la única oposición. Contrastando con lo que escribían Aznar, director de “El Sol”; Tomás Borras, Corrochano y otros corresponsales de menor renombre, todos vendidos por amistad o por dinero a Berenguer, diciendo la verdad, y aun no toda la verdad, yo fustigaba a diario a este general maldito. Por lo común, los militares—oficiales, jefes y generales—, pendientes siempre de las propuestas de ascenso como motor de sus acciones, eludían toda relación conmigo. Excepcionalmente, dábase alguno que, sin intimidarse ante el riesgo de que le descubriera y le delatara la vigilancia que seguía mis andanzas, me buscaba para informarme de hechos que le avergonzaban. ¡Magnífico teniente coronel Perea, aunque coincidente siempre en el esfuerzo y en la finalidad, nos veamos poco, por leal y por valiente, estás en mi recuerdo y en mi corazón desde aquella tarde—¡van pasados diecinueve años! — que acudiste a visitarme al tangerino hotel Gavilla! También Castro Girona, que resultó, al cabo, un miserabluelo sin sangre y sin nervios, buscábame entonces para revelarme monstruosidades como aquella de que Berenguer le hubiera ordenado que “procurase no hacer operaciones sin bajas, porque en la Península no se apreciaba el esfuerzo del Ejército si no corría la sangre en abundancia”. Habia también un grupito—Sanjurjo, González Tablas, Ruedas, Ledesma, Franco…—de descocados promiscuadores. Adulaban a Berenguer y cultivaban con esmero mi amistad. Franco, sobre todo, salió muchas veces de su prudencia habitual para asentir con el gesto, con la palabra y aun con la acción a mis opiniones, por avanzadas que ellas fueran. Cierto día, por ejemplo…

 

Almorzábamos él y yo en el hotel Victoria, de Melilla, con otro comandante, Mariano Salafranca, hoy leal, culto e inteligentísimo coronel del Ejército Popular. Era el 9 ó el 10 de septiembre de 1923, tan cerca del golpe de Estado de Primo de Rivera, que un articulo en que relaté este episodio fué el primero que me tachó la censura dictatorial, que había de prolongarse hasta la implantación de la República.

A mitad de! yantar irrumpió en el comedor un sargento del Tercio, que Franco mandaba en aquel tiempo, y le informó:

—A fulano -un legionario caído en el combate librado por la posesión de Tifaurín, el día anterior- el cura no ha permitido que le enterremos en sagrado, porque al ingresar ayer en el hospital se negó a confesar.

—Qué intolerante!… ¡Qué canalla!… —barboteé yo.

Franco, asociándose rápido a mi protesta, interrumpió la comida, se alzó en pie y me dijo:

-Acompáñame. Verás lo que hago yo con ese canalla.

El cura comía también en su pabellón cuando llegamos al cementerio. Franco le obligó por un recado a que acudiera al punto a nuestro encuentro, y cuando estuvo ante nosotros le ordenó con aspereza:

—Revístase usted, que va a actuar.

Un poco aturdido, el cura intentó demandar explicaciones.

Pero Franco, enérgico, congestionado, colérico, como si en efecto se hallase ofendido en sus sentimientos, reiteró:

—Le he dicho que se vista y le añado que tengo prisa. Conque, obedezca.

Inclinando medroso la cabeza calva, el cura, un.hombre de pigmentación sanguínea, bajito, rechoncho, ventrudo, penetró entonces en la capilla. Cuando reapareció, ya revestido, llevando a la vera un sacristán o monaguillo, Franco se dirigió a diez o doce legionarios y, como completando una orden, díjoles:

—¡Vamos!

Echaron los legionarios por una calle del cementerio y, tras ellos, en singular procesión, Franco, el cura, el sacristán y yo, hasta un rincón abandonado, en el que habían nacido palmitos que se alzaban sobre nuestras cabezas.

Fué obra de cinco minutos, que el cura, asombrado, temblándole las piernas, contemplaba sin pestañear, el que los legionarios descubrieran un cadáver, que apareció totalmente envuelto en una sábana.

A su vista, depositado sobre el montón que formaba la tierra recién extraída, Franco, cogiendo al cura por un brazo, le empujó hacia el muerto y le ordenó:

—¡Rece usted! Y rece cantando, cantando muy alto, como si hubiera de cobrar.

Con voz inarticulada, temblorosa y monótona, que alzaba siempre que Franco le miraba, el cura dijo de memoria unos latinajos, y luego trazó en el aire varias cruces con el hisopo.

Entonces, a una muda indicación del comandante, los legionarios cargaron cuidadosamente con el cadáver y le trasladaron junto a una tumba abierta en el paraje más cultivado del cementerio. Allí Franco volvió a ordenar al capellán:

—¡Vuelva usted a rezar!

Cuando de nuevo terminó el cura, Franco dijo algunas palabras en tono exaltado de discurso, que es el único que le he oído. Palabras que hubiera podido suscribir yo… Dijo que la tierra sagrada se gana defendiendo a la patria y no viviendo de la explotación de la patria. Dijo que la confesión es la entrega de los débiles y los ignorantes a la coacción de unos cuantos tunantes, que les intimidan con el arma más despreciable: la mentira. Dijo que contemplando a los representantes que la Iglesia le adjudica, él negaba la omnisciencia y aun la misma existencia de Dios, impotente para confundir a tales intérpretes. Dijo…

El cura, fijos los ojos en el orador, escuchaba con la boca abierta, asombrado, espantado, medio muerto.

Cuando, al fin, se hubo efectuado la inhumación, cogiéndome del brazo, ya para retirarnos, Franco se dirigió de nuevo al cura para decirle, despectivo y amenazador:

—Le he hecho venir y le he obligado a berrear no porque conceda eficacia a su intervención, sino para molestarle, para humillarle, para despreciarle. Si en lo sucesivo repite usted lo que ha hecho esta mañana ya saben mis soldados lo que han de hacer: enterrarle vivo bajo la tierra que usted reserva a los malditos.

 

Franco… Franco… ¡Miserable Franco! Ni aun entregada tu persona a la justicia del pueblo, la más justa justicia, pagarías los crímenes que has realizado y amparado, porque, en definitiva, sólo tienes una vida…

Empero “tu caso”, como el de todo el ejército, ejército de señoritos ventajistas, sin ideas y sin entrañas—, recuerda mucho la parábola de la zorra que se come las gallinas…

“Cuando la zorra encuentra abierta la puerta de la jaula, y escapa, y se come las gallinas, la responsabilidad no es enteramente de la zorra: hubo quien descuidó la puerta de la jaula.”

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/04/04/lola-montes-la-cupletista-que-estreno-el-novio-de-la-muerte/

No tuve noticias de este joven hacendado argentino, que pasó en Europa la mayor parte de su vida, hasta que mi amiga, la escritora coruñesa Elisa Vázquez de Gey, lo citara en uno de sus muy documentados libros sobre Anita Delgado, la bellísima bailarina malagueña que casara con Jagatjit Singh (1872-1949), séptimo maharajá de Kapurtala.

Al parecer, y procedente de París, Benigno Macías (1882-1921) había llegado a Madrid en las fechas precedentes a la boda (31-V- 1906) de Alfonso XIII con Victoria de Battenberg, donde coincidió, entre otros muchos personajes del gran mundo, con el maharajá. Sabida es la sensacional historia de la fascinación del indio por la belleza de la malagueña Anita, una simple telonera del Kursaal, donde actuaba junto a su hermana Victoria con el nombre de Las Camelias o Hermanas Camelia, que de las dos formas aparecen en los programas y postales de la época. Conocida es también la novelesca historia de la participación de Valle-Inclán y los pintores Julio Romero de Torres, Ricardo Baroja y Anselmo Miguel Nieto en la feliz culminación de la historia. Todos ellos frecuentaban el citado lugar de diversión –frontón, durante el día y templo de variedades por la noche- y, además del maharajá, también acudían muchas de las personalidades llegadas a Madrid para las bodas reales, entre las que debió de estar Benigno Macías, que se amistó con los citados pintores y, parece que se encaprichó perdidamente de Victoria Delgado. Benigno Macías coincidió en París con Victoria, cuando la familia de Anita viajó a la capital francesa para acompañarla durante el tiempo que durara la educación de princesa que para ella había preparado el príncipe indio, que terminó casándose con ella, en su reino, el 20 de enero de 1908.

Benigno Macías, hijo de un gran estanciero, había nacido en 1882 y, como la mayor parte de los jóvenes adinerados argentinos, debió de marchar a París en fechas coincidentes con el comienzo del siglo XX. Fecha clave, pues, para las primeras relaciones del tango criollo con Europa, de las que Benigno pudo ser uno de sus primeros embajadores. Por las memorias de Anita Delgado, la maharajaní de Kapurtala, sabemos que, una vez llegado a España, trató de introducir los tangos en los teatros de varietés. Pero nada hemos conseguido averiguar al respecto y nos parece un poco prematuro pues, por entonces, todavía el tango no era común en París. Tal vez, Anita Delgado con la distancia, temporal, confundiera las fechas y el intento de Benigno Macías fuera posterior. De hecho, el primer tango argentino documentado que se interpreta en España sigue siendo el que presentan Las Argentinas (María Cores, bonaerense y Olimpia d’Avigny, italiana) en el madrileño Circo de Parish cuando termina 1906. De cualquier modo, la amistad que Macías labró con el maharajá sirvió también para que este se apasionara por el tango argentino, que extendió a alguna de sus intérpretes, pues constan sus intentos de seducción a Ada Falcón y Rosita Barrios cuando, en los años veinte, visitara Buenos Aires.

En cuanto a París, la biógrafa de Anita Delgado nos informa que artistas a los que él representaba bailaron en el Folies Bergère y que era denominado como “el rey del tango argentino”, título que debieron atribuirse unos cuantos. Aparte de los libros de Cadícamo y Zalko, más preocupados por los reflejos externos que por la intrahistoria empresarial, curiosamente, no hay bibliografía sobre un fenómeno sociológicamente tan intenso y crucial como la introducción del tango en París. Apenas, en las tesis producidas por la habitualmente sólida universidad francesa, se toca tangencialmente, este fenómeno.

Henri Dreyfus[1] (1866-1929) escribe en sus memorias, publicadas con el seudónimo de Fursy y el título, Mon petit bonhomme de chemin,[2] que la adopción del tango en París se inicia una noche con el siguiente episodio: un joven argentino llamado Macías pagó a la orquesta del cabaret L’Abbaye Albert de la Place Pigalle[3] para que leyera, ensayara y tocara la partitura de un tango argentino. Al comenzar la interpretación, Macías se lanzó a bailar con Loulou Christie, una amiga previamente aleccionada, ante la sorpresa de la concurrencia “une sort de pas lent et traîné, coupé de repos rythmés, et accompagné par une mélopée en mineur, d’une infinie mélancolie” Ocho días después veinte parejas los imitaban y daban paso a la fiebre del tango que duró hasta el inicio de la Gran Guerra. 

Por su parte, Carlos Vega nos traslada alguno de estos datos y comenta:

Ocurrió hacia diciembre de 1910, a juzgar por otros documentos que veremos. Lo que sigue, por lógico, excluye la fantasía. El tango se repite noche a noche. A la primera pareja se añaden otras, también de argentinos, con las compañeras posibles. El escritor francés Paul Morand nos da un segundo nombre. Al recordar a Ricardo Güiraldes dice de él que “antes de ser un gran escritor en la Argentina lanzó el tango en París[4]

 Fuera como fuese, a finales de 1910 y quizá antes, Benigno Macías habitaba en la capital francesa, donde era habitual en la alta sociedad y arrastraba fama de dandy y seductor. En más de una ocasión recibió y acompañó al maharajá y a la maharaní en sus frecuentes visitas a París. Pese a que Victoria, la hermana de Anita, se había casado en 1908 con el millonario americano Jorge Winans, Macías siguió siempre manteniendo una férvida admiración y una amistad incondicional.

Durante la I Guerra Mundial, Anita escribe a Benigno desde la India, pidiéndole ayuda porque su hermana Victoria ha sido abandonada por su marido y se encuentra enferma en París con sus tres hijos y embarazada de otro. El argentino les presta todo el apoyo posible pero, finalmente, en 1918, Victoria muere con sólo veintinueve años, a consecuencia de la llamada gripe española. Benigno se hizo cargo del entierro y consiguió sacar del país a los tres niños –el pequeño había muerto, contagiado por la madre- entregándolos a sus abuelos maternos en la frontera española. En ese mismo año regresa a Argentina, desde donde encarga a Anselmo Miguel Nieto una copia del retrato que el pintor había hecho a Anita en 1909, ya que había otro realizado en 1905. El artista complació a su amigo y llevó a Buenos Aires, acompañado de Julio Romero de Torres, la obra solicitada, de la que, por tanto, hay dos versiones.

Delgado, Anita por Anselmo Miguel Nieto 1905007

Benigno regresó pronto a París, seguramente en mala hora, porque el 19 de diciembre de 1921 fallecía en una de sus residencias parisinas, sita en la rue Berlioz nº 19, a la edad de 39 años, al parecer, a consecuencia de una infección en las piernas, provocada por un accidente automovilístico. Por las mismas fechas, un anuncio en Le Figaro ofrecía en alquiler otra de sus casas situada en el Parc de La Malmaison a 12 kilómetros de París. Marcelo T. de Alvear, embajador argentino y Alberto F. Figueroa, consejero de la legación argentina, ante la ausencia de la familia, asumieron la representación en el entierro.

A pesar de su temprana muerte, Macías, soltero, dejó testamento de sus bienes: entre otros, cuatro estancias –algo más de 25.000 hectáreas- en la provincia de Buenos Aires. Los destinatarios fueron los hijos de Victoria Delgado, que, en cuanto fue legalmente posible, dieron orden de vender las lejanas posesiones del país sureño.

NOTAS

[1] Cantante de cabaret, luego, propietario y director de varios de los music-hall más selectos del París de la Belle Époque

[2] Fursy, Mon petit bonhomme de chemin: souvenirs de Montmartre et d’Ailleurs, Paris, 1928.

[3] Restaurante, antes llamado L’Abbaye de Thélème, que había comprado Albert Abbey para convertirlo en el más caro y chic de Montmartre y en el que también actuaron artistas españoles.

[4] Carlos Vega, Estudios para los orígenes del tango argentino (2ª edición corregida de Coriún Aharonián), Buenos Aires, Facultad de Artes y Ciencias Musicales-Instituto de Investigación Musicológica Carlos Vega, 2016, p. 145.

Publicado en Todotango, julio 2011. Más añadidos, ilustraciones y correcciones.

EPSON scanner image