Realizada por Manuel Galeote, Analecta Malacitana, revista de la Universidad de Málaga, AnMal Electrónica 42 (2017) M. Galeote ISSN 1697-4239.

Javier Barreiro es autor de innumerables publicaciones, como su monumental Diccionario de autores aragoneses contemporáneos (1885-2005) (Zaragoza, Diputación Provincial, 2010), en el que invirtió varios lustros. En su trayectoria investigadora, sobresale el esfuerzo por rescatar las figuras de la bohemia finisecular, la galería de escritores raros y olvidados de principios del XX, así como la discografía española más antigua. Ha reivindicado a los autores heterodoxos y que han antepuesto el alcohol, las drogas o la muerte a la literatura y la vida. Su infatigable rastreo de pistas bio-bibliográficas sobre ellos ha fomentado su dedicación constante a la bibliofilia y al coleccionismo de publicaciones periódicas, revistas, partituras o registros sonoros, incluidos los cilindros de cera, las pizarras monofaciales y cualquier otro soporte. Tiene en prensa dos libros que verán la luz en el último cuatrimestre de 2017, Alcohol y Literatura (en Ediciones Menoscuarto) y una edición de La Cochambrosa, la primera y hasta ahora desconocida novela del malagueño Pedro Luis de Gálvez (1882-1940), que publicará Renacimiento.

                                   «La bohemia española tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético»

Manuel Galeote: En los albores del siglo XX, tras el Desastre colonial de 1898, antes de la Primera Guerra Mundial, ¿encuentras en España un mundo literario lleno de bohemios? En tus libros, por ejemplo, Cruces de Bohemia (2001) y Galería del olvido (2001), ¿cómo se presentaba esa galería de escritores bohemios?

Javier Barreiro: Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y  algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo. Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

MG: Los bohemios se marcharon… Recuerdo tu libro Un hombre que se va… Memorias de Eduardo Zamacois (2011). ¿Por qué leer a Zamacois en el siglo XXI?

JB: Nadie mejor situado que Zamacois para darnos una crónica histórica, sociológica y literaria del siglo que le tocó vivir. Sobre todo literaria, porque estuvo en el centro, como testigo y en abundantes ocasiones como protagonista, de muchos de los acontecimientos más significativos de su tiempo. Zamacois fue protagonista y testigo del problema cubano y los pujos regeneracionistas de toda una época, coetáneo del modernismo, que si estéticamente le tentó poco, hubo de vivir con intensidad en sus años de redacciones y bohemias. Si decimos bohemia, Zamacois conoció y trató a todos sus servidores, desde aquellos con pretensiones de exquisitos hasta los más zarrapastrosos y desmandados, como Pedro Barrantes. Vivió, ¿cómo no?, en París, durante unos años. Dirigió la revista sicalíptica más popular de su tiempo, La Vida Galante, y no es de destacar aquí la relevancia que en la vida, la música y el teatro español tuvo esta apertura de mentes y costumbres traídas por el entorno teatral y periodístico de lo que se llamó sicalipsis. Respecto al protagonismo del escritor pinareño en la fundación de un subgénero literario como el que constituyeron las colecciones de novela corta, tan fundamental en la España de sus tres décadas (1907-1936) literariamente más importantes de los últimos siglos, es asunto al que ya se le han dedicado libros y que, venturosamente, los estudiosos están poniendo en los últimos tiempos en su merecido lugar. A Zamacois no le bastó con ello sino que fue, junto a Felipe Trigo, el más influyente de los novelistas eróticos de su tiempo; conoció y visitó América, al fin su continente natal, tanto y tan bien, que muy pocos escritores españoles pueden igualarlo y aquí habría que citar al eximio y desdichado Eugenio Noel. El arte por antonomasia del siglo XX, el cine, no le pasó inadvertido y tuvo un contacto directo con él, como bien nos explican esas memorias que edité, junto a Barbara Minesso, y se publicaron en Renacimiento. Lo tuvo, igualmente, con otro de los fenómenos tan propios del siglo como fue la radiofonía. Y, en sus últimos años en la Argentina, también con la televisión.

MG: ¿Es esto todo lo que podemos subrayar de Zamacois?

JB: Claro que no. En sus 98 años de peripecia vital —en 2008 se cumplieron ciento veinticinco de su nacimiento— asistió a la guerra de 1936-1939, sobre la que nos dejó una novela, El asedio de Madrid, y dos libros de crónicas, vivió después un largo destierro, con regreso y, tras el toque de chufa, renovada escapatoria, al estilo de Max Aub. Todavía en su exilio y con muchos años a cuestas, tuvo oportunidad de conocer y trabajar en Hollywood y, en fin, un montón de cosas más, de las que sus memorias dan cuenta.

                                                              «Hay centenares de escritores olvidados que merecerían una atención»

MG: ¿Nos hemos olvidado hoy, un siglo después, de aquellos grandes bohemios?

JB: Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sáinz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán, y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas, como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta —en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Luis S. Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sánchez Álvarez-Insúa—, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existió una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

MG: ¿Hay algún bohemio al que creas que todavía no conocemos ni hemos leído? Es decir,¿existe una galería de lecturas pendientes?

JB: Bohemios o burgueses, en la llamada Edad de Plata, término que, aunque con límites temporales algo más amplios, no acuñó, como se cree, Mainer, sino Giménez Caballero, hay centenares de escritores olvidados que merecerían una atención. Quizá haga falta un diccionario con una bibliografía, al menos aproximativa, que facilite y encamine la tarea de futuros investigadores, pero allí hay un filón para tesis y trabajos monográficos.

MG: Los bohemios llegaron desde Aragón, Andalucía, etc. a Madrid, y llevaron una vida llena de dificultades. ¿Hay algún paralelismo con la situación de hoy? Por ejemplo, es difícil encontrar editoriales, público, aparecer en los medios de comunicación, etc.

JB: Sociológicamente son dos épocas muy diferentes. Aquel periodo sí que se parece al actual en la cantidad de innovaciones que afectaron a la vida cotidiana. En la época de intersiglos, la electricidad, el teléfono, el automóvil, el fonógrafo, el cine, el agua corriente, las vacunas, el  movimiento obrero y cien cosas más. Hoy, todo lo relacionado con la informática y el mundo digital. En cuanto a la dificultad de editar, ayer y hoy se editaba demasiado. En el sentido de que accedían y acceden a las librerías una gran cantidad de obras que no han pasado por el tamiz de una mediana exigencia.

MG: Desde el punto de vista del mercado, los libros sobre los bohemios, raros y olvidados ¿siguen vendiéndose? ¿Despiertan interés hoy? ¿Quién los lee?

JB: Despiertan un relativo interés porque es un mundo pintoresco y, como se dijo, no muy conocido, pero siempre minoritario. Supongo que los leen profesores, estudiantes, dilettantes y los bichos raros que, afortunadamente, nunca faltan.

MG: En Aragón, gracias a Latassa y hoy gracias a tu Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), se cuenta con una Biblioteca de autores de esa región española.¿Qué has aprendido durante la elaboración? ¿Cuáles son as dificultades de una obra erudita de ese tipo? ¿Qué se quedó fuera del Diccionario? ¿Habrá una edición electrónica?

JB: Siempre había hecho yo fichas y reunido bibliografía de autores aragoneses contemporáneos, además de muchos otros que no son aragoneses de nacimiento. Con este material empecé el trabajo, pero en los años de elaboración fatigué bibliotecas, repertorios, bibliografías y, evidentemente, aprendí muchísimo. También aprendí sobre el horror de la burocracia, la informalidad de la gente y mil cosas más, que dan para una conferencia. Las dificultades fueron enormes y menos mal que decidí modificar el primer proyecto, en el que pensaba encargar las voces de los escritores más importantes a especialistas en los mismos. Si lo hubiera hecho así, aún no estaría publicado. Con la colaboración de un ayudante, redacté personalmente las casi 1800 voces con la obra completa y la bibliografía de los autores.
Desde que entregué a la imprenta el Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), a principios de 2010, no llega a veinte el número de autores que he encontrado después. Por cierto, que en el Diccionario se daba un correo para que, si alguien sabía de algún autor que no se hubiera incluido, me lo comunicase. Hasta el momento, no he recibido ni una sola indicación.
No sé si habrá edición electrónica. Fue un encargo institucional y ésa era la intención, además de enriquecerlo con una iconografía, pero nos encontrábamos en medio de la crisis y no estaban las cosas para alegrías. Sería sencillo acometer esa edición. El copyright me pertenece, así que, si hay quien la financie, no tiene más que ponerse en contacto conmigo.

MG: ¿Cómo ves el futuro de los libros electrónicos, los que no se manchan con el café de la taza derramada, ni con el ron? Los que no arden en la chimenea (algún maestro se jactaba de usar los de jóvenes poetas que recibía como regalo y con los que alimentaba su chimenea). Los libros que no son libros, pues se leen en pantallas retroiluminadas. Son libros que resplandecen como las luciérnagas, como Luces de bohemia.

JB: Quienes amamos tanto el papel, tenemos una comprensible resistencia ante las innovaciones en este terreno, pero reconocemos sus ventajas, sus posibilidades, su necesidad… y, además, sabemos que pueden convivir perfectamente estos y otros formatos. Yo utilizo el e-book para leer en la cama. No pesa, no molestas con la luz encendida a la compañía, si la hay, aparte de las ventajas técnicas que todo el mundo conoce.

  «Valle-Inclán sería considerado como el escritor español más importante incluso de todo el siglo XX»

MG: ¿Cuál es el legado hoy de Valle-Inclán? ¿Nos iluminan los resplandores de Luces de bohemia o se han apagado?

JB: Casi hasta los años sesenta del siglo XX, Valle-Inclán era considerado, sobre todo, como un excéntrico —lo que es verdad— sujeto activo de anécdotas y demasías. Afortunadamente, han cambiado las cosas y estoy seguro de que, si se hiciera una encuesta hoy, sería considerado junto a García Lorca, como el escritor español más importante de la primera mitad del siglo XX e, incluso, de todo el siglo. La bibliografía sobre él resulta inabarcable y su obra está perfectamente editada. Para mí es, junto a Quevedo, el gran maestro de la lengua española.

MG: ¿Entre los escritores de Aragón, qué puedes decirnos de los dramaturgos?

JB: Puedo decir muy poco. Aragón ha destacado literariamente en el ensayo, el periodismo o la investigación. Hay pocos poetas de calidad y menos dramaturgos. En cuanto a novelistas, salvo la cumbre de Ramón J. Sender y el casi desconocido fuera de Aragón, Braulio Foz, autor de la Vida de Pedro Saputo, que Menéndez y Pelayo denominó el Quijote aragonés, tampoco hay abundancia, aunque en este momento hay autores de calidad como Ignacio Martínez de Pisón o José María Conget. Los dramaturgos aragoneses dignos de citarse en el último siglo son pocos; el más importante, sin duda, Joaquín Dicenta, el inventor y la cumbre del teatro social y obrero en la España de intersiglos. Podemos citar también a Marcos Zapata, con obras de gran éxito en la segunda mitad del siglo XIX, Muñoz Román, el principal libretista de la revista musical, bilbilitano, como Dicenta, y Alfredo Mañas y Alfonso Plou, en los últimos decenios. Cosecha escasa.

MG: Hay también otra pregunta que siempre te habrán formulado: ¿quiénes han sido las escritoras aragonesas? ¿Quiénes escriben en Aragón después de 1939?

JB: Pocas y mal conocidas, al menos hasta los años ochenta, en los que empiezan a proliferar. Yo citaría a una poeta, no diría que olvidada porque nunca tuvo éxito, pero para mí es la mejor lírica aragonesa del siglo XX. Se llama Sol Acín (1925-1998) y fue hija del artista libertario Ramón Acín, asesinado al comienzo de la guerra. De las muchas que están vivas, habrá que esperar unos lustros para separar el grano de la paja.

MG: Te has interesado por las tradiciones musicales y artísticas, culturales en definitiva, de Aragón. Desde tus Antiguas grabaciones fonográficas aragonesas (2010) hasta la jota (La jota ayer y hoy, 2005), las cupletistas aragonesas (Siete cupletistas de Aragón, 1998), las actrices (Mujeres de la escena, 1996), etc. has mostrado que la literatura popular, la lengua, la música y el arte forman unas tradiciones cuya biografía te fascina (Biografía de la jota aragonesa, 2013). ¿Cómo se llegó a este desarrollo espectacular y cómo pervive en la actualidad? ¿Se conoce fuera de Aragón o crees que necesita proyectarse más a España y el mundo?

JB: Después de los primeros libros de poemas y cuentos, en seguida empecé a publicar sobre el tango, luego, sobre el cuplé, con la biografía de Raquel Meller, la copla, la zarzuela, la fonografía, etc., hasta llegar a la jota. El primer libro sobre ella, del año 2000, fue un encargo. Entonces la jota aragonesa estaba en un mal momento, pero el siglo XXI ha significado un inesperado renacimiento. Los intelectuales aragoneses, al contrario que los andaluces con el flamenco, nunca prestaron atención a la jota, sino que la denostaron. Apenas hay bibliografía y la universidad la ha marginado absolutamente. No conozco un solo trabajo surgido de ella. Como pasó con la canción española, la confundieron con el franquismo cuando el origen del baile se pierde en la noche de los tiempos y la documentación de la música y el canto es incluso anterior al flamenco, pero, a partir de 1850, los dos géneros tienen trayectorias similares. En el siglo XIX escriben jotas aragonesas casi todos los compositores españoles, pero también Liszt, Glinka, Saint-Saëns… A finales del siglo XIX estaba en la cumbre del éxito y la jota no faltaba en el género lírico. Algunas de ellas (las de El dúo de La Africana, La Dolores, Gigantes y cabezudosEl guitarrico…) se hicieron justamente famosas. En la primera mitad del siglo XX casi todos los grandes ballets españoles llevaban la espectacular «jota de Zaragoza», como número final, y ha habido grandes intérpretes masculinos y femeninos a lo largo del siglo pasado. Pero, a causa de este cuestionamiento por parte de los detentadores del poder cultural, la jota pasó de moda y, prácticamente se conservó gracias a que supervivió en el pueblo y en los pueblos, hasta principios del siglo XXI.

«Los intelectuales aragoneses, al contrario que los andaluces con el flamenco, nunca prestaron atención a la jota, sino que la denostaron»

Alguna responsabilidad en ese renacimiento tuvo la serie de libro-discos y espectáculos “La jota ayer y hoy”, tan bien recibida; los programas televisivos, que hoy nutren la afición jotera, con excelentes réditos para unos y otros; la difusión lograda por las nuevas formas en el canto y en la danza sustentadas por artistas como Carmen París y Miguel Ángel Berna; y me gustaría pensar que también los diez mil ejemplares distribuidos del librito de la serie CAI-100 que me encargó el maestro Guillermo Fatás y que es donde por primera vez se trata la jota desde otra perspectiva y se escriben algunas de las cosas que ahora estoy estampando.Pero ya digo que la responsabilidad principal debe otorgarse a quienes, en los tiempos duros, siguieron manteniendo, cantando, bailando y defendiendo la jota, a despecho de las circunstancias. Me refiero, sobre todo, al ámbito rural aragonés de las tres provincias. A los pueblos, hablando en plata. Sus gentes, sus grupos, rondallas y su entorno social siguió teniendo a la jota por bandera y siguió sintiéndola, cantándola, haciéndola transmisora de sus gozos y de sus sombras y, sobre todo, de su forma de entender y afrontar la vida. No podemos olvidar, sin embargo, a los de adentro y a los de afuera. A los grupos zaragozanos que, rodeados de incomprensión y con bajas cada vez más numerosas, no se desmoralizaron y aguardaron tiempos mejores, a los maestros como Jacinta Bartolomé, María Pilar de las Heras o Jesús Gracia, que conservaron y transmitieron la excelsitud en la interpretación y el bien sentir, lo mismo que sucedió con la escuela oscense. Y, en cuanto a los de afuera, a grupos de las Casas de Aragón en otras provincias y, todavía con más dificultades, las de allende las fronteras, emocionantes trasuntos de lo aragonés en tierra ignota.
Con todo esto, hoy la recepción social del género se ha normalizado, incluso se ha prestigiado aunque, como no podía ser de otra manera, queden resistencias y también, ¿por qué no decirlo?, haya elementos jotistas que merezcan esa resistencia. Lucar contra los tópicos de uno y otro lado sin caer en la barata descalificación es fundamental. Sabiendo separar el grano de la paja, hay que aceptar lo tradicional y lo innovador: lo religioso, lo patriótico y lo libertario; lo basto y lo cursi y lo que algunos llaman zafio y otros, jotas de bodega. También, poner en el candelero y en el mercado la jota y aceptar su evolución, como ha hecho el flamenco, y por este camino van las propuestas creativas de gentes como Alberto Gambino. Otra cosa es lo que guste a cada uno. De cualquier manera, no estaría de más no tomarse las cosas muy a la tremenda y echarle el humor que rezuman muchas coplas del género. Humor, expresionismo y autocuestionamiento, que son también rasgos en los que se identifica cualquier aragonés.

                                                            «Soy disperso por naturaleza, y además ansioso»

MG: Como escritor, ensayista, historiador, profesor, investigador, ¿qué faceta de tu actividad te resulta más grata y más atractiva? ¿Cuál es la que te vampiriza? Después de aquella “Entrevista con los vampiros” (2004), ¿crees en los vampiros y en las vampiresas? ¿Cómo serían las vampiresas aragonesas?

JB: Yo soy disperso por naturaleza, y además ansioso. Tengo necesidad vital de pasar de un género a otro, de lo culto a lo popular, de la música a la literatura, de la investigación a la creación… Efectivamente, para mí, en la variedad está el gusto. Y no sólo creo en los vampiros sino que me consta que abundan: los que se aprovechan de tus trabajos sin citarte, los que directamente te copian, los que creen que los escritores tienen que trabajar gratis, los envidiosos que buscan arrinconarte para destacar ellos… Una auténtica caterva de vampiros nocturnos, rapaces diurnos, cocodrilos en el río, tiburones en el mar y hienas de tierra firme. Procuro olvidarlos y bien sé que ellos prefieren no cruzarse conmigo. En cuanto a las vampiresas, no les pregunto si son aragonesas, procuro quedarme a solas con ellas y que me enseñen cosas y sus cosas.

MG: Hubo una actriz malagueña, que a lo mejor cantó alguna jota, llamada Pepa Flores, pero más conocida como Marisol. Tuviste la oportunidad de escribir su biografía (1999). ¿Es una biografía que siga reeditándose? ¿Se venden bien las biografías femeninas? ¿Crees que la biografía está desplazando a la novela en cuanto a ventas de las editoriales? ¿Hay un auge de la biografía?

JB: Marisol cantó jotas ya en sus películas de niña. Mi biografía, Marisol frente a Pepa Flores, se agotó pero, por causas que desconozco, no se reeditó. Luego Antena 3 me compró los derechos y rodó una serie basada en mi libro. Las biografías femeninas están de moda y cada vez se venden mejor, de lo que me alegro porque hasta hace pocas décadas la biografía era un género muy poco cultivado en España.

MG: Ya que también has publicado guías de Zaragoza (2003 y 2007), ¿qué nos recomiendas a los que no conocemos estas tierras aragonesas? ¿Por dónde empezar nuestra visita y cómo planificar nuestros recorridos? ¿Conviene hacer un viaje en la vida a Zaragoza y Aragón o, mejor, un viaje cada año?

JB: Salvo el Pirineo, la ciudad de Zaragoza y algún lugar aislado, como el Monasterio de Piedra o Albarracín, Aragón se conoce mal y es una pena, porque, como ocurre en casi toda España, a pesar de lo mucho que la especulación y la desidia han destruido, está llena de parajes maravillosos y, además, solitarios, de hermosísimos edificios civiles y religiosos, de una bellísima arquitectura popular. Ahí van unas cuantas propuestas:

-La airosa esbeltez de la iglesia mudéjar de Santa María, dominando el casco urbano de Calatayud.
-La recoleta naturalidad y violenta belleza de la obra humana, como es el núcleo urbano de Alquézar en un paraje incomparable.
-El misterio, proporción y sobria originalidad del románico integrado en el entorno de la iglesia de Santiago en Agüero al lado de los espectaculares Mallos de Agüero, muy cerca de los más famosos de Riglos.
-Las iglesias mozárabes del Serrablo, una auténtica sorpresa para quien no las conozca, por ejemplo, San Bartolomé de Gavín en otro paraje maravilloso.
-La bellísima portada que integra arte, historia y mito del ayuntamiento de Tarazona, ciudad que es toda una joya, como su comarca del Moncayo.

-La Seo del Salvador, resumen artístico de la capital de Aragón.
-Los conjuntos monumentales de Albarracín o Daroca, que fascinan y asombran desde sus mi  perspectivas.
-La fusión de la tierra, la piedra roya y el hombre en el castillo de Peracense, esencia montaraz de Aragón.
Y dejo aparte los cientos de paisajes incomparables, porque no quiero pecar de patriotero.

                                                      «He dedicado muchas horas de mi vida a Sender»

MG: ¿Y qué queda en su tierra aragonesa de R. J. Sender, del Maestro Montorio o de Raquel Meller?

JB: Al que se le ha dedicado más atención (y con justicia) es al novelista. Hay un llamado Proyecto Sender, inserto en el Instituto de Estudios Altoaragoneses, que congrega la muy amplia bibliografía e información que va surgiendo sobre él. Se han publicado bastantes libros, se han organizado congresos, se lee en los institutos su obra, etc. Desde que a los 17 años devoré Las criaturas saturnianas, le he dedicado muchas horas de mi vida. Creo que he leído toda su obra publicada y muchos libros acerca de él. He escrito bastantes artículos académicos y periodísticos acerca de su obra, he descubierto textos periodísticos desconocidos de diversas épocas, su primer cuento, sus guiones para lo que hoy llamaríamos novela gráfica, Cocoliche y Tragavientos, he dado decenas de conferencias sobre su obra, edité un libro con una antología de los artículos que sobre él escribió Francisco Carrasquer, el máximo senderiano… Hasta me otorgaron a los 21 años el primer Premio Sender de Periodismo que se convocó. Por cierto que Sender, entonces, metió la pata augurándome en público un brillante porvenir.
Al maestro Montorio no lo conoce apenas nadie y, junto a Quiroga y Monreal, forma el trío de grandes compositores de la música popular española del siglo XX. Su trascendencia estriba en la gran cantidad de canciones y música de obras de teatro y cine que acometió a lo largo de suvida. Muchas de ellas permanecen en el imaginario popular. Considérese que empezó muy joven y tuvo tiempo de tocar todos los géneros. Entre 1930 y 1977, Montorio puso música a unas ciento treinta obras de teatro lírico. Fue el heredero de los maestros Alonso y Guerrero en el género de la revista. Alonso fue el rey entre 1925 y 1940, Guerrero tomó el relevo y, a su muerte, en 1951, Montorio se convirtió en el principal suministrador de música teatral. Sólo en los años cincuenta estrenó más de cuarenta obras. Su capacidad de trabajo fue asombrosa: componía canciones para los artistas, extensas partituras para el teatro musical y el cine y, frecuentemente, dirigía él las orquestas en los teatros en que se interpretaban sus obras. También realizó muy numerosas partituras publicitarias para la radio y, después, para la televisión, muchas de las cuales figuran en el libro-disco Maestro Montorio, que publiqué en 2004. La más recordada tal vez sea la que anunciaba el analgésico llamado Tableta Okal: «La tableta Okal es hoy el remedio más sencillo / yo a ninguna parte voy sin llevarla en el bolsillo. / Y cuando emprendo un viaje por lo que pueda pasar / al hacerme el equipaje pongo un sobrecito Okal / Okal, Okal, Okal es lenitivo del dolor / Okal, Okal, Okal es un producto superior […]», etc.
La relación de Montorio con el cine también fue intensa desde principios del cine sonoro. De hecho, intervino en la musicalización de varias de las primeras películas y, en seguida, consiguió grandes éxitos con El negro que tenía el alma blanca o La hija de Juan Simón, ambas con Angelillo. En los cincuenta lanzó a Antonio Molina con sus canciones para El pescador de coplas o Esa voz es una mina. Pero se puede decir que trabajó con casi todos. En total, intervino en la música de unas setenta películas.
Raquel Meller y su tiempo, la biografía que publiqué en 1992, está agotada y nadie se ha preocupado en reeditarla, pero es un personaje que sigue suscitando interés, porque es la artista más representativa de la época del cuplé, que es también la de la Edad de Plata, y, en los años veinte fue una estrella internacional de la canción y el cine. Me siguen pidiendo artículos y conferencias sobre ella y he hablado en varias ocasiones con directores y productores que pretendían llevar su vida al cine. El problema es que las producciones de época son caras.

                          «La idea de un Diccionario de la bohemia me ha rondado por la cabeza, y podría hacerse»

MG: También has rescatado, por volver al principio de la entrevista, a Guillermo Osorio (1918-1982), «último de los verdaderos bohemios». ¿Qué te gustaría descubrir aún de su obra y vida?

JB: Fuera de lo que digo en la introducción a Guillermo Osorio, Obras, que me costó bastante esfuerzo reunir, no conocemos nada de él. Me gustaría saber de su peripecia en la guerra, como conductor de tanques en el bando republicano, de lo que le sucedió en la posguerra, que no debió de ser nada bueno —él nunca habló ni de una cosa ni de otra—, me gustaría que me proyectaran una jornada de su vida cotidiana, de taberna en taberna, sus conversaciones con poetas y borrachos, su relación con Adelaida Las Santas, su pintoresca mujer. Dicen que era un hombre tan borracho como angélico, una criatura humana capaz de producir excelsos sonetos clásicos y cuentos surrealistas, al tiempo que pululaba por el submundo o dormía en un banco de la calle.

MG: ¿No resucitaránlos bohemios? Tal vez puedan resucitar desde el punto de vista literario, si se reeditan sus obras.

JB: La epidemia de franquicias, fast food, chinos, pizzerías, Mc Donalds y demás ha terminado con los bares clásicos y tabernas. Es complicado encontrar un plato de cuchara en un restaurante, y por la noche es hasta difícil beber vino. Las tabernas han desaparecido y bohemios como aquellos no volverán. El último fue precisamente Guillermo Osorio.

MG: ¿Hay algún proyecto de un Diccionario español de la bohemia? También eres autor de un Diccionario del tango (2001), ¿nos falta el Diccionario de Javier Barreiro? ¿Quién te aficionó a los diccionarios? Imaginamos que ocupan una buena parte de tu biblioteca.

JB: La idea de un Diccionario de la bohemia me ha rondado por la cabeza, y podría hacerse porque hay gentes interesadas en ello. Yo tengo muchos datos, pero tampoco es un trabajo fácil ni corto. Al mismo tiempo, ignoro si tengo una afición especial a los diccionarios. He publicado dos —el de escritores aragoneses y el del tango en colaboración con otros dos autores—, sí que tengo bastantes —doscientos y pico—, y, desde luego, si son buenos, son utilísimos. Todoshemos estudiado y aprendido a escribir, con el Casares, el María Moliner, el Corominas… Si queremos saber de ocultismo, tenemos que ir al de Collin de Plancy; de lunfardo, a los de Gobello y Conde; de vanguardia, al de Juan Manuel Bonet; de literatura aragonesa, al mío; de palabras non sanctas, al de Cela… Hasta en literatura los hay buenos, como el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce.

                                                                                                    «Lo que no quiero ser es mayor»

MG: Además de todo lo que hemos dicho, eres bibliófilo y coleccionista de voces (por ejemplo, aquellas que se grababan en pizarra o en cilindros de cera). ¿Cuáles son las voces aragonesas más antiguas que hoy se pueden oír gracias al rescate que has llevado a cabo?

JB: Los cilindros de cera para fonógrafo son anteriores a los discos para gramófono, que los coleccionistas suelen llamar pizarras. Sabemos que los primeros que se grabaron en España corresponden a 1894. Fue el Royo del Rabal, el jotero más mítico, el que impresionó algunos, pero no se conservan. La inmensa mayoría se han perdido o deteriorado. Por otro lado, los cilindros no están datados y se conservan muy pocos catálogos, por lo que no podemos saber con seguridad cuáles son los primeros registros en el tiempo. Sin embargo, en Primeras grabaciones fonográficas en Aragón 1898-1903, recogí 29 registros, algunos muy antiguos, varios de ellos de intérpretes aragoneses. Allí hay seis jotas aragonesas cantadas por Blas Mora, de Albalate del Arzobispo, que, si no aparecen nuevos registros, serían las primeras jotas grabadas que se conservan. También hay un dúo de ocarinas, interpretado por otra figura de la jota, Balbino Orensanz, junto a un tal señor Lahuerta, que es la más antigua interpretación de este artesanal instrumento registrada en el mundo. En cuanto a discos, llegaron a España en 1899, publicados por la casa Berliner, la primera jota en este soporte fue «La mora», cantada por otra olvidada, Isidra Vera.

MG: El coleccionismo ¿nos embriaga? La literatura ¿es embriagadora? El escritor que se embriaga ¿es mejor escritor? La embriaguez ¿mejora la escritura? ¿Hay una literatura de autores que beben y beben y vuelven a beber? Entre los escritores bohemios, raros, olvidados, malditos, etc., ¿se hallan también los que se emborrachan?

JB: Estas preguntas se responden en mi próximo libro, Alcohol y literatura, que espero se publique en 2017. Hay mucha información —el índice onomástico tiene más de 800 referencias— y creo que es muy ameno, además de políticamente incorrecto.

MG: Háblanos de tus proyectos y de tus nuevos diccionarios. Dinos qué te gustaría ser de mayor: ¿investigador?, ¿novelista?, ¿poeta?, ¿autor de libros de viaje?, ¿bohemio?, ¿historiador de la literatura?, ¿ensayista aragonés?

JB: Además del libro citado y del blog “Javier Barreiro”, donde publico artículos y mis conferencias, así como las novedades editoriales, tengo comenzado un libro sobre la historia de las 50 canciones españolas más populares del siglo XX, otro de narraciones, titulado Lugares y fechas; y sí, me gustaría escribir un libro de viajes; reunir en un volumen mis artículos sobre tango; en otro, los de cuplé; el mencionado repertorio de bohemios; escribir más poesía… Lo que no quiero ser es mayor. En esto soy muy poco original.

MG: Muchas gracias, amigo maño, por responder con tanta paciencia, atención y sentido del humor las preguntas. En nombre de los lectores de la revista AnMal Electrónica, te reitero la gratitud y te deseo mucha suerte para los proyectos que te desvelan en la singladura actual. Cuídate de los vampiros y del sablazo de los bohemios.

Otras entrevistas:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/06/05/entrevista-de-raul-lahoz-con-el-firmante/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/07/16/entrevista-a-javier-barreiro-de-luis-alegre-el-patio-del-recreo/

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(Publicado en  Aragón Digital, 6-VI-2017)

La quevediana “hora de todos” llega a Juan Goytisolo, contexto e imagen tan cercanos a varias generaciones de “letraheridos”. Era hombre que suscitó grandes animadversiones en derechas e izquierdas, siempre aparentemente agraviado y con un discurso tan necesario como discutible. Autor de varias de las novelas más importantes de la segunda mitad del siglo XX, protagonista de una lectura apóstata, disidente e iconoclasta de la historia y la literatura españolas en la onda de Américo Castro y editor y reivindicador de muchos de esos heterodoxos, como Francisco Delicado, Estebanillo González, el abate Mairena, Blanco White… Fue también el primer escritor español de relevancia que tuvo la valentía de salir del armario en sus dos excelentes libros de memorias, Coto vedado y En los reinos de taifas (1985-1986).

Lo conocí en París con gabardina, estando él en su plenitud vital y yo en mi tierna juventud. Sus primeras novelas sociales no me habían gustado demasiado pero sí –y mucho- sus libros de viajes por Almería y su provincia, su tan innovadora como deslumbrante novela, Señas de identidad, y los muy discrepantes ensayos reunidos en El furgón de cola. Excepto Campos de Níjar, que fue censurado, los dos antes citados y La Chanca, sobre este barrio almeriense, hubieron de ser publicados lejos de la España franquista.

No recuerdo por qué motivo, a mediados de los setenta, viajé a la capital de Francia; sí sé que pedí su teléfono a Francisco Carrasquer, entonces profesor en Leyden y uno de los mejores estudiosos del escritor barcelonés. Como me ha gustado conocer a quien previamente admiraba y los escritores suelen encontrar tan pocas ocasiones de recibir homenajes, atendió -primero desconfiado y después, gustoso- mi llamada y me invitó a cenar. Hablamos mucho de sus libros y un poco de la situación internacional. Se congratuló de que no fuese maoísta, como buena parte de los jóvenes izquierdosos españoles de entonces. Después, nos tomamos una copa. Hacerlo en París, nos parecía y nos salía carísimo a los españoles de antes pero, a pesar de que me habían advertido de que Juan pecaba de roñoso, también me invitó. Y no sólo eso, al despedirnos, como buscando un recuerdo que entregarme, rebuscó en uno de los bolsillos de su blanca gabardina, tan apropiada para ese tópico París grisáceo y medio lluvioso, me dio la mano, me entregó unos papeles arrugados y fuese. Me los guardé para disfrutarlos más tranquilamente y, cuando lo hice, vi que se trataba de unos cuantos tickets, la factura de la cena, otra factura de la tintorería…

La verdad es que me sentí despechado. ¿Tan devoto me consideraba como para guardar esos papelujos como recuerdo del maestro? Hice un rebullo y me desprendí de ellos. Sin embargo, no muchos años más tarde, me enteré de que el escritor depositaba su legado vital y bibliográfico en la Universidad de Washington y a ella iba entregando todos los papeles que tenían que ver con su vida y obra, incluso aquellos tan volanderos, como los que a mí me había entregado. Muy consciente y sabedor debía ser, pues, don Juan de su propia importancia, cuando se la daba a elementos tan fútiles y muy poco lo debía ser yo, cuando entregué a la papelera, lo que debería de poblar los archivos académicos.

De cualquier modo, espero que, cuando se desvelen en 2031 los dos manuscritos que el escritor legó al Instituto Cervantes, con ocasión de recibir en 2014 el premio homónimo, estos alberguen algo más sustancioso.

Desde que Demetrio Galán Bergua así lo enunciara, es lugar común proponer al Tío Chindribú (Vicente Viruete), como el primer intérprete conocido de la jota. No se enfadarán los epilenses, que tanto han hecho y hacen por el canto aragonés y cuya cantera parece inagotable, si recordamos, que Mariano Gracia Albacar citó a un cantador como “Chorizo” en la jornada de la Cincomarzada (1838), cuando el tío  Chindribú sólo contaba con 12 ó 13 años, si bien la documentación se reduce, de momento a las memorias que el citado Gracia publicara en Heraldo de Aragón en la primera década del siglo XX, hace pocos años venturosamente reeditadas por la Institución Fernando el Católico.

En mi Biografía de la jota aragonesa (2013) cito también a Delfine Ugalde-Beauce, una parisina de origen vasco que en 1848 cantara la jota en la ópera Cómica de la capital francesa pero el primer nombre propio que, hasta que no se descubra otra cosa, tenemos como intérprete de la jota aragonesa es el de Mariano Pablo Rosquellas, (1784-1859), un tenor madrileño hoy desconocido en su país, aunque no tanto en la República Argentina, donde se le considera el padre de la ópera en la nación austral, ya que el 26 de septiembre de 1825 llevó a la escena El barbero de Sevilla de Rossini en el Teatro Coliseo de Buenos Aires y, posteriormente, gran cantidad de obras del entonces tan joven y tan famoso compositor de Pésaro. Empresario, cantante, actor, director, compositor y violinista, Rosquellas había llegado a la Argentina en 1824, catorce años después de la proclamación de independencia, probablemente, huyendo de la gran represión llevada a cabo por su antiguo admirador, Fernando VII, tras la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis y el restablecimiento de la tiranía. Allí conoció el éxito artístico y personal, pues, como suele ocurrir con los cantantes, fue hombre de gran predicamento entre el género femenino.

Mariano Rosquellas no era un don nadie: tenor, compositor y violinista, ya había sido en 1815 primer violín en la corte del rey felón que, por cierto, le regaló un Stradivarius, instrumento con el que tocó, entre otros, en locales como el Teatro Italiano de París y en Irlanda. En esta isla, entonces dependiente de Inglaterra,  matrimonió (1816) con la autóctona Leticia de Lacy, emparentada con Luis de Lacy, general en jefe fusilado en 1817 por sus ideas liberales, lo que comenzó a ocasionarle problemas en la corte, por lo que se apartó de la escena para marchar a Italia y perfeccionar su educación musical, con especial atención a la ópera. En 1822 arribó al Brasil, donde nacería su hijo Pablo, un  futuro niño prodigio y el 28 de febrero de 1824 llegaría a la Argentina, donde estrenó el Don Juan mozartiano y, al poco, se convertiría en una referencia polifacética e imprescindible tanto en los teatros como en los de varios países hispanoamericanos, con especial referencia a Bolivia, donde en 1859 moriría en su actual capital, la ciudad de Sucre.

 Pues bien, este personaje sabemos que en 1828, el año del nacimiento del tío Chindribú, “cantó en vasco, en francés, en castellano, en italiano y en portugués, ópera, opereta, gallegadas, malagueñas y jotas”.

 No deja de ser curioso que fuera en Buenos Aires y por parte de un madrileño, donde nos tropezamos con el primer intérprete del que sabemos cantó jotas aragonesas en público aunque fueran escénicas. No cabe duda de que antes los habría en la Península y, más probablemente en Aragón. Encontrarlos es tarea de los amigos de hemerotecas. Ubi sunt?

(Pubicado en Aragón Digital, 22-24 de abril de 2017)

Moda de diversos pueblos en distintas épocas de la  historia, rasurarse el cráneo tenía una finalidad práctica: despojar la cabeza de indeseables parásitos. Por esta razón, incluso en nuestro pasado reciente, a los niños se les cortaba el pelo al cero o al uno, sobre todo en los pueblos. En cambio, respecto a los adultos, el pelo al cero ha sido cosa poco vista en España hasta hace unas pocas décadas. De hecho, alguien como Yul Brynner, el famoso actor norteamericano de origen ruso, llamaba la atención precisamente por ello. Hoy, por ese lado, sería uno más, sin ninguna atención especial. Otro pionero en nuestro país fue el buen poeta y querible ser humano José Hierro que, fallecido en 2002, aún pudo contemplar con alguna sorpresa  como una gran parte de varones que sobrellevaban su calva o su peluca se afeitaba el cráneo, con lo que su originalidad quedaba borrada y pasaba a ser uno más. Lo que, como poeta y, por tanto, receptáculo de cierta vanidad, no dejaba de molestarle.

En la primera parte del siglo XX, la cabeza pelada fue, sobre todo, un uso alemán, que en el resto de Europa llamaba la atención, como la llamaba la pelambrera de los rusos antes de que el comunismo terminara de afeitarles exterior e interiormente. Dos italianos, el poeta, D’Annunzio y el caudillo fascista Benito Mussolini, fueron también casos paradigmáticos pero, a partir del final de la guerra, la costumbre se hizo muy rara. En España los “cabeza rapada” aparecieron en los últimos tiempos del franquismo y en la llamada transición. Solían formar parte de las bandas de ideología nazi. Curiosamente, años después imitaron el uso los jóvenes del movimiento punk, que se decían anarquistas aunque no lo eran. Es cierto que muchos de ellos usaban historiadas crestas, similares a las de algunas tribus nativas del este de Norteamérica.

Poco después los sufridos calvos que portaban unos pocos pelos a la buena de Dios, patéticas pelucas, penosas calvas en forma de herradura o el famoso peinado de persiana, que pasó a llamarse “Anasagasti”, por ser el que gastaba este político vasco, decidieron afeitarse totalmente la cabeza, con lo que se ganaba en estética, en limpieza y en economía.

Una afortunada apuesta que, sin embargo, puede tener su contraprestación.  Muchos neurólogos piensan que el pelo es una extensión del sistema nervioso (pelos de punta o como escarpias, ante una emoción poderosa), una especie de antenas que transmiten y también recogen del cerebro una gran cantidad de información.

Esa energía electromagnética emitida por el cerebro cambiaría, pues, nuestra relación con el medio ambiente y, por tanto, la información que emitimos y percibimos. Recordemos qué le ocurrió a Sansón cuando Dalila acabó con su cabellera o la costumbre de los guerreros de muchos pueblos históricos de portar largas melenas aunque no fuera muy cómodo para la batalla.

Como los extremos se tocan, así como vimos pueblos indios que se afeitaban, otros se dejaban largas trenzas. Lo mismo que hoy vemos ridículos practicantes de lucha libre que quieren dar miedo portando luengas guedejas mientras otros pretenden ocasionarlo  rasurándose el cráneo.

De cualquier modo, disfrutemos de estos  buenos tiempos en los que cada uno puede llevar su almendruco como le venga en gana. No siempre ha sido así en todos los lugares ni épocas históricas. Recordemos cómo se pusieron ciertos sectores sociales cuando aparecieron Los Beatles y cuanto tuvieron que aguantar los jóvenes que pretendían imitarlos. Aunque alguno deseara que volvieran esos tiempos.

MONREAL ACOSTA, Genaro (Ricla (Zaragoza) 1-XII-1894/Madrid, 30-IX-1974)

Hijo del veterinario de Ricla, en plena ribera del Jalón, desde niño mostró gran inclinación a la música, de modo, que, cuando le regalaron un flautín, se pasaba el día intentando sacarle sonidos, por lo que en el pueblo comenzaron a llamarle “Genaro chufla”. Su madre le enseñó las primeras nociones musicales pero, por esa aludida inclinación, a los siete años, aprobó las pruebas y pudo ingresar como infantico en la escolanía de la Basílica del Pilar. En las celebraciones del Centenario de los Sitios de Zaragoza (1908), interpretó los solos de una misa de Réquiem ante los restos de Agustina de Aragón. Se dice que  Alfonso XIII, admirado, le impuso la medalla de oro del Centenario.

Muy poco después, con 15 años, se trasladó a Madrid para estudiar en el Conservatorio. Alternaba su preparación con un trabajo como flautista de una orquestina y, después, como pianista en el Salón Madrileño, uno de los sitios de baja estofa más populares en el Madrid del cuplé. Allí acompañó a artistas de varietés como Preciosilla, Adela Margot, Chelito… con el sueldo de 4 pesetas diarias. Pronto lo complementó tocando el piano en el café de La Magdalena. Lo primero que compuso fue “Atchís”, un chotis con letra de Leandro Blanco, estrenado en el Salón Madrileño por La Chisperita (foto).

El mucho trabajo, arreglando canciones para las artistas y el fácil éxito le llevó a renunciar a una carrera superior en el Conservatorio. Su primer gran éxito fue el tan bello cuplé con ritmo de vals, “Las tardes del Ritz”, que estrenó el imitador de artistas Egmont de Bries https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/07/20/edmond-de-bries-el-mas-famoso-de-los-imitadores-de-artistas/.

Años después, Mercedes Serós popularizaría en el teatro Lara, otra de sus más populares  creaciones, “El capote de paseo”, un pasacalle, que había sido estrenado por Tina de Jarque. Enseguida comenzó a componer para las grandes figuras hasta trasladarse a París en 1924, donde estuvo siete años trabajando para artistas, casas de discos y cabarets y recorrió Europa “con un número de carácter español, admirablemente orientado” (La Tierra, 19-2-1931). Vuelto a España, su fama ya era imparable. Desde los años veinte le acompañaría la reconocida bailarina murciana Paquita Pagán -Inocencia Moreno Cánovas era su nombre auténtico-, con la que recorrió muchos países al frente de su compañía y con la que fundó una prestigiosa academia de baile y canto en la madrileña calle del Horno de la Mata. Tuvieron un hijo pero no se casaron hasta 1974, doce días antes de la muerte del maestro.

PAQUITA PAGÁN

Su trabajo fue siempre improbo y polifacético. A sus más de mil composiciones de todos los géneros registradas en la SGAE, hay que unir decenas de obras musicales para la escena (V, abajo la relación), adaptaciones de melodías populares aragonesas, navarras, riojanas, vascas, murcianas, andaluzas…  puede decirse que no hubo región española a la que el maestro no dedicara alguna composición. Igualmente, los artistas que cantaron sus canciones están entre los más populares de aquellas décadas: Mercedes Serós, Ofelia de Aragón, Antoñita Colomé, Pepe Blanco, Manolo Caracol, Lola Flores, Gracia de Triana, Antonio Molina, Miguel de Molina, Carmen Morell, Los Xey, Lilián de Celis, Sara Montiel,  Antoñita Moreno, Margarita Sánchez, Ana María, Joselito, Marisol, Manolo Escobar, Lola Flores, el parodista Gran Kiki, Raimundo Lanas… También compuso la música de muchísimos anuncios, que, desde los años treinta hasta principios de los sesenta, sonaron incesantemente en las emisoras españolas. Aún se recuerdan algunos como los de Okal, Medias Vilma, Cucarex, Cervecería La Tropical, DDT Chas…

Con tanta actividad, a partir de la Guerra Civil, el maestro se hizo ayudar de su sobrino Manuel Monreal Díaz (1915-1992), también músico. El compositor de Ricla había fundado la editorial El Momento Musical, que luego vendió a Ediciones Quiroga. Ahí se juntaban dos de los músicos más populares de la edad de oro de la canción española. Quizá proveniente de sus primeros tiempos de penuria, y como ha sido frecuente en la música popular, parece que Monreal tenía cierta tendencia a registrar en la Sociedad de Autores músicas populares como suyas. Así ocurrió con “La pulga”, “Fru-fru”, “Los cuatro muleros”… Esta última, arreglada también por García Lorca para la Argentinita, provocó alguna polémica en la que el maestro supo defenderse con buenos argumentos:

http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0001076544&page=4&search=monreal+%22los+cuatro+muleros%22&lang=es

En esta línea de música popular, a Raimundo Lanas, el cantador de Murillo el Fruto, que instituyó la forma canónica de cantar la jota navarra, Monreal le armonizó e instrumentó todo el repertorio de jotas escritas por Ezequiel Endériz, con las que instituyó el canon  de la jota navarra.

Cuando en España no existía la televisión y la radio era sin duda el electrodoméstico más popular para los españoles, aunque un gran contingente de ellos ni siquiera podía acceder a ella, la publicidad radiofónica tenía una gran importancia en la vida social y en la economía.  Como además, apenas había emisoras, el zapeo era complicado pero no importaba mucho porque los anuncios eran maravillosos. Frecuentemente se recurría al humor y a la música y, como ocurre hoy en los factores de la publicidad, las empresas requerían el concurso de los mejores compositores y letristas. Por ejemplo, el anuncio del DDT Chas, entonces recién inventado y que supuso una revolución en la lucha contra el insecto,  desternillante chotis en que los insectos convocan asamblea para luchar contra los devastadores efectos del DDT Chas. El cantante de esta y de casi todos los anuncios que musicó Monreal, hoy olvidado, es uno de los vocalistas que más actuó en los años cuarenta, Don Liñán.

El texto de este y de casi todos los anuncios cuya música firmó el maestro fue de Ramón Perelló, De los muchos que colaboraron con Monreal como autores de las letras, el más constante  fue este murciano, que, después de haber pasado unos años en las cárceles de Franco por su pasado leal a la República, se convirtió en uno de los letristas más dotados de la larga posguerra española.

En cuanto a la relación de sus principales canciones, es complicado elegir: ¡Ay, mi sombrero!, Tani Campanera, Mesonera de Aragón, Clavelitos, Las tardes del Ritz, El capote de paseo, El berebito, Serva la Bari, Mi vaca lechera, Habanera del cariño, La gallina papanatas, El lerele, Pasodoble te quiero, Ni se compra ni se vende, ¡Que se mueran los feos!, una creación del gran cómico Ramper, naturalmente, anterior a la que firmó Curiel para Los Sirex, que triunfó en los años sesenta.

Apenas se conoce la historia de una canción tan famosa como “Clavelitos”. Con este título ya hubo un cuplé de La Fornarina, que se hizo muy popular hacia 1910 y que después han cantado numerosas artistas. El “Clavelitos” moderno parece una melodía de toda la vida pero fue escrita en 1949 por el famoso dibujante ecijano Federico Galindo Lladó,  que la dedicó a su novia y después esposa, Rosita Calonge. El maestro Monreal le puso música a ritmo de vals pero tardó nueve años en estrenarse. Aunque no fue compuesta como canción de tuna, lo hizo con su título original “Dame un clavel”. Fue la Estudiantina de Madrid quien la llevó al disco, en el que se dice que es el primero (1958) grabado por una tuna. Desde entonces se convirtió en la más cantada por parte de estas agrupaciones, hoy en decadencia. En aquel disco Philips de cuatro canciones todavía el título fue “Dame un clavel”; en él figuraba también la canción de tuna que sigue en popularidad a la del maestro Monreal,  “Cuando los tunos pasan”, también creada por otro aragonés, el médico y compositor Luis Araque. El solista era Antonio Albadalejo, después psiquiatra, y la futura “Clavelitos” fue inmediatamente incluida en dos películas: Escucha mi canción (Antonio del Amo, 1958) cantada por  Joselito y por la tuna que actúa en La casa de la Troya (Rafael Gil, 1959) y, después, intelrpretada por multitud de artista en numerosos los idiomas

Muy famosa se hizo también “Campanera”, la  canción que logró la mayor recaudación en la España de 1956. Con letra de Naranjo y Murillo, la estrenó la sevillana Ana María (Ana Mª Catalán López) en 1953, pero la popularizó enormemente Joselito en El pequeño ruiseñor (Antonio del Amo, 1956).

Monreal fue nombrado en en 1956 delegado de la SGAE en Madrid y sus últimos años transcurrieron con la tranquilidad de sus saneados derechos como autor 

El 22 de octubre de 1974, pocos días después de su muerte, Ricla, su pueblo natal, le rindió homenaje y puso su nombre al Grupo Escolar pero su figura -uno de las grandes nombres de la música popular del siglo XX- ha sido, de momento, poco reconocida, incluso en Aragón donde, con Montorio, Marquina y Luna, forma el póker de grandes maestros de la pasada centuria. 

                                                                                           OBRA LÍRICA

-Las cosas del mundo (zarzuela en un acto en colaboración con Luis Barta con libreto de Ernesto Tecglen y Rafael Solís, estrenado en el Circo Americano el 19-9-1924).

-Los ponchos rojos (zarzuela en un acto en colaboración con C. Roig y libreto de Julián Moyrón, estrenado en P. Nuevo, XI-1933).

Viñeta romántica (un acto en colaboración con Eugenio Barrenechea y libreto de Manuel Machado y Basilio García Cabello, estrenada en el T. Español, 24-XI-1942).

Filigranas (Fantasía en dos actos en colaboración con Gerardo Gómez de Agüero y libreto de Ramón Perelló, estrenada en el T. Albéniz de Málaga, 28-XII-1945).

Tablao ((apropósito en dos actos con libreto de Ramón Perelló estrenado en el Gran Teatro de Córdoba el 2-II-1946).

Caravana (comedia musical en dos actos con libreto de Francisco Muñoz Acosta, estrenado en el T. Cervantes de Ciudad Real), 8-VI-1946).

Sol de España (fantasía en dos actos con libreto de José López de Lerena y Pedro Llabrés, estrenada en el cine Salamanca, 30-VIII-1946).

-Combinado de estrellas (fantasía en dos actos con libreto de Pedro Llabrés y José López de Lerena, estrenada en el T. de la Comedia, 16-IX-1946).

Gracia española (fantasía en dos actos con libreto de José López de Lerena y Pedro Llabrés, estrenada en el Liceo Salamanca, 19-IX-1946).

Volando por el mundo (fantasía en dos actos con libreto de José López de Lerena y Pedro Llabrés, estrenada en el cine Salamanca, 11-X-1946).

Porcelanas (fantasía en dos actos con libreto de Pedro Llabrés y José  López de Lerena, estrenada en el T. Albéniz, 15-XI-1946).

Melodías de España (comedia musical en dos actos con libreto de José Blanco Ruiz y Ramón Perelló, estrenada en el T. Pradrea de Valladolid, 14-II-1947).

-Fiesta 1947 (revista con libreto de Ramón Perelló, estrenada en el T. Cervantes el 15-IV-1947).

Coplas al viento (fantasía en dos actos en colaboración con Manuel Monreal y libreto de Ramón Perelló y Manuel Martínez Remis, estrenada en el T. Cómico 13-V-1947).

Dos gemelos de oro (comedia musical en tres actos con libreto de Luis García Sicilia, estrenada en el T. San Fernando de Sevilla el 14-I-1948), 14-I-1948.

Alrededor del mundo  (revista con libreto de Ramón Perelló, estrenada en Barcelona en 1948).

– Acuarelas (fantasía en dos actos con libreto de Francisco Ramos de Castro y Ramón Perelló, estrenado en el Teatro de la Comedia, 15-IX-1948)

Maracas y castañuelas (comedia musical en dos actos, con libreto de Francisco Muñoz Acosta, estrenada en Aranjuez, 6-XI-1948).

Tus ojos negros (comedia musical en dos actos, con libreto de Ramón Perelló y Antonio Paso Díaz, estrenada en el Teatro Pradera de Valladolid, el 15-IV-1950.

Cascabeles españoles (revista en dos actos con libreto de Consuelo Losada Sánchez y J. A. Verdugo, estrenada en el T. Pavón el 2-6-1950.

Sin fecha: Almadieros (con libreto de Ezequiel Endériz), Luz y color (fantasía en dos actos con libreto de José López de Lerena y Pedro Llabrés, estrenada en el T. de la Comedia),

                                                                                                    BIBLIOGRAFÍA

Burgos, Antonio, Juanito Valderrama. Mi España querida, Madrid, La Esfera de los Libros, 2004.

Cobos Aparicio, Carlos, Homenaje al maestro Monreal, Ricla (Zaragoza), Asociación Cultural Ricla y sus raíces, 1999.

Baliñas, María, Voz: “Monreal Lacosta” en Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana. Vol, VII,Madrid, SGAE, 2000, p. 698.

Molina, Miguel de, Botín de guerra. Autobiografía, Barcelona, Planeta, 1998.

Retana, Álvaro, Historia de la canción española, Madrid, Tesoro, 1964, p. 431 y 451.

Román, Manuel, Memoria de la copla. La canción española de Conchita Piquer a Isabel Pantoja, Madrid, Alianza, 1993.

-, La copla, Madrid, Acento, 2000.

VVAA, El cine y su música, La Almunia de Doña Godina (Zaragoza), Asociación Cultural Florián Rey, 2003.

(Publicado en Aragón Digital, 23-24 de marzo de 2017)

Cuando oigo la palabra coach no echo la mano a la pistola, tal como decía Albert Leo Schlageter que obraba al escuchar la palabra cultura –luego, la frasecita se la han atribuido a otros- pero sí que me prevengo con la guardia alta y el uniforme de soportar chorradas. Cuanto más ignorante es la persona y menos títulos ostenta, más tiende a colocar el feo barbarismo en su tarjeta o como se diga ahora, que se dirá en inglés. Porque, a pesar de la justa fama que llevamos los españoles de saber menos idiomas que un caracol de campo, nos gusta dar la razón al refrán: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces” y, así, ya en los años sesenta, había un Té Olonam’s, propiedad, obviamente, de algún Manolo amante del vesre, un bar Mariano’s o una peluquería Angeline’s; no Angelines’s, como hubiera sido lo correcto, pero daba igual porque -no sé entre los consumidores del té- pero entre los parroquianos del bar o la peluquería, está claro que ninguno conocía la casuística del genitivo sajón.

La verdad es que me gustaría poner ejemplos sangrantes pero lo peor es que entre ellos estarían amigos y amigas, que no han atendido mis aullidos de reconvención y espanto y dicen que son “couch” a quien se lo quiera permitir.

A coach le ocurre como a profesional. A nadie se le ocurre decir ahora que es un buen carpintero, un buen maestro o un buen taxista, ahora todos quieren ser un profesional, vocablo, que, si no me desmienten, alude a quien ejerce una profesión y no a quien la ejerce bien.

Parece que la palabreja coach procede del idioma más raro de Europa, junto al lapón, el húngaro. Los viajeros que en el siglo XV hacían el trayecto entre Viena y Budapest, podían tomar en la ciudad de Kocs, un carruaje con suspensiones más cómodas, que aligeraba las fatigas del recorrido. Kocs derivó en “coche”, palabra ya documentada en España en el siglo XVI, y de ahí salió coach, en el sentido de algo o alguien que ayuda a conseguir los objetivos personales.

Es verdad que un profesional del huevo (huevero) de Astorga puede legítimamente aspirar a ser actor de cine, como Miguel Fleta, un campesino, aspiraba a cantar en los teatros. El huevero no está en disposición económica  ni geográfica de contratar a un actor que le enseñe  a convertirse en Marlon Brando o Paul Newman ni a matricularse en una escuela de interpretación, equivalente al Actor’s Studio. ¿A qué coach contratará para cumplir sus objetivos? Es más que probable que en Astorga exista un jeta, que se dedique a todo esto y prepare a la gente para triunfar en la interpretación, sin otra formación que un curso municipal. Mientras tanto, la antaño tan ibérica capital de la Maragatería ha perdido sus chorizos, sus tabernas, sus cocidos y ostenta sus international foods, sus pizzerías, sus mexicans, sus burgers de plástico y carne de mula, que en eso ha quedado la arriería.

Miguel Fleta se buscó o encontró a una señora, Luisa Parrick, que sabía casi todo lo que hay que saber para cantar ópera. Incluso se casó con ella. Si hubiera buscado un coach, los zaragozanos de entonces, gentes de otro criterio, le hubieran arrojado tormos, tusos, pellas y hortalizas, cuando bajaba, con su carro de alcachofas, de Cogullada al mercado de Zaragoza.

Y se le hubiera estado muy bien.

Distintos tipos, sui generis, de coach: monitor de sueños, maestro de vida, animadora (de azul) para el baile del cangrejo.

Hará unos doce años fui a visitar al veterano tenor cincovillés, Mariano Ibars, que vivía en una muy modesta parcela de Garrapinillos, a pocos kilómetros de Zaragoza. Yo acababa de publicar un libro, Voces de Aragón, donde daba cuenta de quienes en dicha tierra habían destacado en cualquier tipo de canto, desde que existía memoria sonora: figuras del género lírico, cupletistas, cantadores de jota, de canción ligera… En el volumen hablaba, naturalmente, de Ibars pero a través de las noticias que había encontrado sobre su carrera, ya que no había logrado localizarlo. Mariano con noventa años, conservaba intactos el vozarrón y la memoria y la larga conversación fue tan ilustrativa y agradable que, unido al evidente placer con que desgranaba el tenor sus recuerdos, me determinó el proponerle una entrevista formal, ya que yo no había previsto otra cosa que charlar. Como uno ya había escrito el libro aludido y andaba enredado en muy diversas cuestiones, me pareció oportuno plantearle a Mariano García Cantarero, acreditado periodista de Heraldo de Aragón, muy aficionado a estos temas, que me acompañara y fuera él quien redactase la entrevista para su periódico. Aceptó encantado este nuevo Mariano pero a la hora de concretar la cita surgió una figura con la que he tenido la mala fortuna de tropezar en mis ya bastantes años hacer historia de muy diversos protagonistas de la canción en España: me refiero al familiar que convive el viejo intérprete y que, provisto de toda clase de necias precauciones, lo rodea de alambradas, fosos y prohibiciones que  hacen imposible las confesiones. ¿protección de la intimidad, rescoldo de una sociedad cerrada, envidia subconsciente…? Con el pretexto de la salud, que en ningún momento vi amenazada en mi larga conversación anterior y la prueba fue que el cantante vivió siete años más, la señora en cuestión canceló la entrevista y Mariano Ibars no pudo ver gratificado el comprensible orgullo por contar lo que había sido una sólida carrera ni los aragoneses pudieron rescatar la memoria de un personaje al que ya habían olvidado.

He recordado este asunto al tropezarme con un recorte sobre la muerte del tenor, que le llegó, poco antes de cumplir los 98 años, el 8 de marzo de 2012 y de la que sí se hizo eco la prensa local. Por cierto, la fecha coincidía la del día en que había nacido Raquel Meller. Próximo el quinto aniversario de la desaparición del navardunense, reproduzco, con algún añadido, el texto publicado en el citado libro: Voces de Aragón. Intérpretes aragoneses del arte lírico y la canción popular. Zaragoza, Ibercaja, 2004, pp. 77-78.

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navardunNavardún, a la entrada del la Val de Onsella, el hermoso y desconocido valle en la punta norte de la provincia de Zaragoza, vio nacer el 17 de abril de 1914 al tenor Mariano Ibars, hoy, pues, con noventa años cumplidos. De familia campesina, Mariano comenzó como jotero de gran voz que le serviría para obtener premios en varios concursos antes de inscribirse en el Orfeón Zaragozano, que dirigía Pepe Cortés.

Al poco tiempo se marchó a Barcelona para hacer el servicio militar y pudo colocarse como taquillero en el Teatro Victoria del Paralelo, puesto que, pensó, le daría ocasión a mostrar más fácilmente a los empresarios su privilegiada voz. Se inscribió en la academia de Enrique Novi y Federico Cortó y también recibió los consejos del tenor Jaime Ferré y de Ramón Gorgé, hermano del famoso bajo alicantino Pablo Gorgé, que ejercía funciones semiempresariales en el aludido teatro. Según Hernández Girbal, su aprendizaje fue rápido, por su gran memoria musical. También habla de su voz “fresca, homogénea en todos los registros y de agudos tan claros y afinados como los de un clarín”.

Cuando su carrera apuntaba, le sorprendió en la capital catalana la guerra, que hizo en el ejército de la República. Al final del conflicto, en muy penosas condiciones, hubo de volver a Zaragoza para cantar nuevamente en el Orfeón y, otra vez, a  probar suerte con la jota. Esto le dio la oportunidad de repetir sus éxitos iniciales y ganar unos cuantos premios pero no le significó gran alivio a su situación económica, por lo que decidió volver a Barcelona.

Su debut en la ópera se produjo en el Teatro Lírico de Palma de Mallorca cantando Rigoletto, que constituiría su ibars-mariano-1piezamás constante en el bel canto. Durante 1944 estrenó en el Teatro Cervantes de Sevilla la zarzuela Mari Nieves, la Camerana pero a lo largo de estos años actuaría casi siempre en Cataluña, Valencia y las islas Baleares. En abril de 1945 dio el salto a América con la compañía de Pablo Sorozábal. Allí fue muy apreciado en Montevideo y Buenos Aires donde combinó las grandes zarzuelas con las óperas, entre las que llegó a cantar tres funciones de Rigoletto en el Colón con un elenco en el que figuraban los mejores cantantes argentinos. En 1946 se recuerda asimismo otra gran Marina en el montevideano Teatro 18 de Julio.

Regresó a su patria y, en tiempos cada vez más problemáticos para la zarzuela, deambuló sucesivamente por diferentes compañías líricas de importancia, como la que llevaba el nombre del eximio Pablo Luna, a la que se incorporó a finales de 1953, y con la que actuó varias veces en Zaragoza. En esta época, quizá el mayor hito de Mariano Ibars fuera estrenar en España las dos grandes zarzuelas cubanas de Lecuona, El cafetal y María de la O. En 1959 actuó en la radio y televisión francesas y cumplió un nuevo contrato en la Argentina. Al regresar a España, volvió a la compañía Pablo Luna, hasta retirarse el 25 de marzo de 1965 en el Teatro Marín de Teruel cantando Los claveles de la Virgen.

Mariano Ibars fue un tenor de voz diáfana y voluminosa, con muy vibrantes agudos y “de hermosísimo color”, según Sagarmínaga, capaz de cantar piezas muy diversas y adaptarse a todos los géneros. Fuera de la profesionalidad, siguió cantando hasta cumplir los ochenta años. Apenas, en cambio, dejó registros grabados. Muy apreciado por su gran humanidad, vive en Zaragoza.

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