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(Introito a Alcohol y Literatura, Menoscuarto ediciones, 2017, pp. 11-18)

                                                                      INTROITO

 El noruego Knut Hamsun, Premio Nobel en 1920, decidió finalmente asistir a la ceremonia de su entrega pese a que Per Hallström, uno de los jurados, había manifestado: “Ha estado ejerciendo una anárquica influencia durante casi toda su vida y probablemente ni siquiera considere legítima la postura idealista que el Premio Nobel pretende fomentar”. Eso sí, Hamsun se presentó absolutamente borracho. Entre otras patochadas, se acercó a la también miembro de la Academia y premio Nobel en 1908, Selma Lagërlof[1] y, tras golpear su corsé, eructó: “Lo sabía, suena igual que una campana”. Después tiró de las patillas a otro de los jurados, trató de compensar con el dinero del premio a dos miembros más que le habían votado y, al no aceptar éstos, se lo ofreció a un camarero de su hotel. Tampoco se atrevió a quedárselo el empleado y Knut dejó el dinero y el diploma en el ascensor. Pese a su muy ajetreada vida, llegó a los noventa y dos años, aunque recluido en un asilo de enfermos mentales[2].

Los escandinavos llevan fama de adictos al trago, pero no están solos. Según el doctor Goodwin[3] el setenta por ciento de los escritores norteamericanos premiados con el Nobel tuvieron problemas con el alcohol o lo utilizaron como fuente de inspiración. Es decir, cinco de siete: Sinclair Lewis, que en 1926 había rechazado el premio Pulitzer, obtuvo el primero de los Nobel otorgados a un norteamericano en 1930. El resto de los bebedores eran: Eugene O’Neill, premiado en 1936, William Faulkner (1949), Ernest Hemingway (1954) y John Steinbeck (1962). No se entienden bien las cuentas de Goodwin o debió de escribir su artículo antes de 1976, año en que se entregó el premio a Saul Bellow. Después lo recibirían Isaac Bashevis Singer (1978), la afroamericana Toni Morrison (1993) y el también poco sospechoso de abstinencia, Bob Dylan (2016). Pero es que, de los dos a quienes Goodwin no considera vinculados con el alcohol, Pearl S. Buck (1938) y Thomas Stearn Eliot (1948), la  primera, tan cursi y moralista, en algún periodo de su vida las cogía que era un primor. Aunque a menudo se le considera británico, el muy circunspecto Thomas Stearn Eliot contrafigura de un Hemingway, cultivador y exhibicionista de la desmesura, era también americano de nacimiento.

Pero Estados Unidos contaba ya con el escritor al que suele considerarse como emblema de esta propensión, Edgar Allan Poe, que recibió el alcoholismo como herencia genética y, con su conducta, hizo honor a ella hasta su muerte, sobrevenida tras un episodio de delirium tremens.

El rudo escritor noruego y los cinco americanos no eran ninguna rareza en su profesión. Más de dos mil años antes el filósofo Crisipo murió bebiendo vino aunque otros testimonios hablen de que murió de risa. En alguno de sus setecientos cinco libros había recomendado el incesto -que practicaba con su madre- y la antropofagia. Diógenes Laercio nos cuenta que el tal Crisipo de Soli consideraba el beber vino como una de las pocas actividades específicamente humanas. No le faltaban buenos maestros: Sócrates era apreciado por sus contemporáneos como un gran bebedor y esa cualidad de aguante para las libaciones constituía una de las principales razones para obtener el respeto de sus discípulos. Lucas Gracián Dantisco, en una obra hoy olvidada pero con multitud de ediciones en anteriores centurias, escribía acerca del maestro de Platón:

 Sócrates del cual cuentan que le duró la noche el brindarse a porfía con otro gran bebedor llamado Aristófanes, y la mañana siguiente hizo una linda medida de geometría sin errar un punto. Adonde mostró que el vino no le hubiese hecho estorbo, y esto por la continuación que tenía de haberse muchas veces arriscado a beber a porfía, y aunque muchos mostraban su valor en el beber mucho y sobre apuestas sin perder el sentido, la victoria que han ganado es tal que lo debemos tener por vicio pestilencial, y pecado muy torpe.                                                                                                         

                                                                Galateo español, (Cap. XV: Del brindarse)

  Siglos después, el psiquiatra francés Louis-Francisque Lélut catalogaba a Sócrates como una personalidad delirante y alucinada.

  Los griegos se acostumbraban a beber desde pequeños por lo que luego soportaban mejor los efectos etílicos y esto era motivo de prestigio; tal vez heredáramos de ellos esa “mitología del aguante”, hasta hace poco tan del gusto de nuestros pueblos y hoy en claro retroceso aunque, con otros parámetros, haya pasado a las culturas urbanas.

Anacarsis Escita reflexionó abundantemente sobre las costumbres etílicas de los griegos y no dejaba de admirarse de que al principio de la comida se bebiese en vasos pequeños que, después, iban siendo sustituidos por los grandes.

  Adicto fue también un tipo peligroso, Periandro, que preso de la ira e incitado por sus concubinas, mató a patadas a su mujer embarazada. Después, quemó vivas a aquéllas. Injusticia distributiva de la que alardea en una carta a su suegro, Procleo:

El fracaso de mi mujer aconteció contra mi voluntad; pero tú serás injusto si exacerbas el ánimo de mi hijo contra mí. Si no calmas la fiereza de mi hijo para conmigo, me vengaré de ti; yo ya vengué la muerte de tu hija abrasando vivas a mis concubinas y quemando junto a su sepulcro los adornos de todas las matronas corintias.

    Otro sabio, Timón, muy dado a la bebida, según Antígono, llegó a cumplir los noventa años, edad muy inusual en la época. Los griegos se preparaban con previsión -y en esto les siguieron los romanos- para los excesos colocándose, entre otras cosas, una corona de perejil. Pensaban que esta planta absorbía los vapores etílicos.

Li-Po, considerado como el más grande poeta chino y uno de los sabios más indiscutibles de la humanidad, a pesar de su iniciación en el taoísmo, fue un gran bebedor y murió a resultas de una borrachera.

  Entre los escribientes latrolítricos, los ejemplos, las facecias y las demasías son innumerables y este libro dará buena cuenta de ello. Antes de que me pongan el grito en el cielo, advierto ya que aparecen menos orientales que occidentales y menos mujeres que hombres. Es cierto que, según algunos, los chinos inventaron la destilación, que otros atribuyen a los árabes; es, asimismo cierto que ellas cogen unas pítimas que da susto pero lamento comunicar que también es aproximadamente cierto que hembras y orientales tienen menos eficiencia en una de las enzimas –conocida técnicamente como ADH- que ayudan a procesar el alcohol en el hígado (v. pag. 126), con lo que habitualmente las cogen antes y no pueden competir con igualdad en este terreno, aunque no falten escritoras borrachas que ocuparán su sitial con todos los honores.

En cada localidad europea, desde las minúsculas aldeas hasta las grandes urbes, la bebida, la exaltación de la embriaguez, las historias cómicas de borrachos, la vinculación de fiesta, alegría y vino han formado parte de la vida cotidiana, de la tradición, de la forma de vida de la gente. A los evidentes aspectos siniestros del alcoholismo[4] se opone toda la cultura de la diversión, la transgresión, la juerga, las canciones báquicas, el carnaval… Las admoniciones contra el alcohol no han conseguido nunca desterrarlo. La borrachera es uno de los pocos ritos de iniciación juvenil que se conservan y hoy -para bien y/o para mal- las culturas occidentales han incluido también al sexo femenino.

Beber es placentero pero puede perjudicar y llevar a cometer actos inqueridos y violentos. Ilumina y embrutece. Hace más humano y más salvaje. Como tantas cosas, es pura contradicción: sienta bien y mal, alegra y entristece, proporciona tono y lo apaga, estimula la creación y es capaz de abolirla para siempre. Evidentemente, la solución no está en los anuncios: beber con moderación, recomiendan, cosa sólo al alcance del tibio de corazón. De momento, nos conformaremos con seguir el bieninten­cionado “Si bebes, no conduzcas” y, por nuestra parte, recomenda­remos al abstemio que beba algo y al excesivo, que dé al garguero unas semanas de vacaciones. Y, en cuanto al repaso de borrachines, espero que nuestro dedo no tome nunca caracteres acusadores ni tampoco exculpatorios. El adagio “Cada uno sabe lo suyo” siempre me pareció irreprochable.

 Fuera de la traviesa juventud y de escasos círculos de resistentes, hay que reconocer que emborracharse no está de moda y cada vez asoman más las caras censorias y las voces amenazadoras en televisiones y programas educativos. Ya Machado catalogó a los “borrachos de sombra negra” en un poema ejemplar que podría servir como modelo de “lo que debe ser y lo que no debe ser”. La línea entre la borrachera jocosa y la agresiva es cierto que no está demasiado clara y que hasta un borrachín típico puede pasar por las dos, según el día que tenga. Pero, en general, suele depender de la persona. “Ése tiene mal vino”, solía decirse. Cuando, para bien y para mal, la sociabilidad del español estaba más a flor de piel, el borracho era una incidencia más de la vida cotidiana y todas sus peripecias eran vistas como algo jocoso y digno de contarse. Antes, un borracho daba, sobre todo, risa y es recurso cómico empleado habitualmente por el género chico, por el cine, antes de convertirse en una cosa más bien truculenta y ruidosa, y por los tebeos. Hoy, ser tildado de borracho no gusta ni a quienes les gusta emborracharse. Hace unos años leí cómo el presidente Maragall había demandado a la revista Vanidad por un artículo titulado “10 borrachos”, que, además del mentado, incluía a Hemingway, Bukowski, Ernesto de Hannover, María Jiménez y, nada menos que cinco actores, Jean-Claude Van Damme, Melanie Griffith, Liz Taylor, Ben Affleck y Joaquin Phoenix. No parece que hubiera de irse tan lejos para encontrar los diez, como se verá en este volumen, ni merecía la pena incluir difuntos en una revista de actualidad. El caso es que allí se escribía que “se pillan unas tajás inhumanas”, se los llamaba “borrachines típicos” y, respecto a Maragall, aún se tomaban sus prevenciones aduciendo que nunca se ha sabido si era rumor o realidad pero que tiene “el garbo y la estampa del típico borrachín de chiste, nariz colorada, pómulos hinchados, ojeras paposas y voz de carraspera”. “¿Y qué?”, contestaría yo si fuese el acusado, “¿Cumplo con mi trabajo?”, “¿Me duermo en los plenos?”, “¿”Me pongo a cantarle ‘Si vas a la Font del Gat’ al alcalde de Perpiñán cuando viene a verme?”.

  Por otro lado, desde la antigüedad, el número de grandes hombres bebedores es posible que supere al de los sobrios, con lo que ya anuncio que poca moralina se destilará en estas páginas. Mucho se ha escrito sobre la vinculación del genio con la locura y el exceso pero es que también grandes hombres conocidos por su equilibrio, como Goethe, bebían. En su caso, entre una y dos botellas de vino al día, pero sin intención de emborracharse, sino como una actividad cotidiana más, como tomar el fresco o cepillarse los dientes. De cualquier manera, la relación con la bebida en el pasado era bastante menos histérica que hoy. El dato es de principios del siglo XX pero sin duda podría fácilmente expandirse en el tiempo: en la soldada diaria de los segadores se incluían tres litros de vino que, naturalmente, no almacenaban para el futuro sino que a lo largo de la jornada iban embuchando.

  A la extendida, y en tantos casos veraz, idea de que el alcoholismo es una enfermedad[5], postura, además, adoptada por la mayoría de las asociaciones médicas, se opone hoy una corriente, defendida entre otros por Stanton Peele[6], que considera la necesidad de bebida como una especie de equilibrador emocional, de lubricante que intervendría en la ecología personal de cada cual. Idea que, si bien se mira, es la que siempre ha tenido la gente respecto a la mayoría de los bebedores, no de los borrachos reconocidos, agresivos y lastimosos. La adicción sería una especie de consecuencia natural de la personalidad global del individuo, una actividad que se integraría compensatoriamente en la economía psíquica de cada sujeto.

                                                                  NOTAS                                                                       

[1] De ella había dicho otro de los jurados: “Escribe como una imbécil pero vota con inteligencia”.

    [2] En 1949 apareció su diario escrito durante su reclusión, Por senderos que la maleza oculta, Madrid, Nórdica, 2012.

    [3] D. W. Goodwin, “Alcohol as a Muse”, American Journal Psychoterapy, vol. 46 nº 3, 1992, pp. 422-438.

[4] “Como recuerda Thomas Brennan, el término de “Alcoholismo” había sido ya acuñado en el siglo XVIII encubriendo de cientifismo la condena de la taberna por las clases dirigentes, al tiempo que explicando “científicamente” la depauperación del proletariado, a partir de su negligencia, indisciplina e imprevisión”. V. Uría (2003: 596n.)

[5] Todos los alcohólicos son bebedores pero no todos los grandes bebedores son alcohólicos, palabra que, a veces, usamos con demasiada liberalidad. El adicto que reclama alcohol en cualquier momento del día o de la noche para no sufrir el síndrome de abstinencia y cuya desdichada vida está supeditada a la ingestión del líquido no es el mismo que quien, bebiendo mucho, no necesita a todas horas ni todos los días vivir con un determinado grado de alcohol en sangre.

[6] V. Peele (1998).

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/10/27/los-escritores-y-el-alcohol-truman-capote-y-jose-solana/

 

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En 1892 Joaquín Dicenta todavía sólo había publicado dos títulos: Spoliarium y el libreto del drama El suicidio de Werther. Sin embargo, ya debía de haber sufrido el asedio de los “amigos” y conocidos adictos a hacerte el favor de aceptar el regalo de tu libro. En dicho año encabeza Tinta negra, su nuevo volumen de artículos y cuentos con el siguiente texto, que la SGAE, CEDRO y la Asociaciones de Escritores debían editar y repartir por todo el país:

 

“Ayer tuve la honra de ser presentado a usted por X y hoy me apresuro a escribirle con objeto de que me remita, dedicadas, las obras que usted ha escrito, y por las cuales siento admiración profunda, como lo pruebo al solicitar de usted este favor señaladísimo”.

“Gracias anticipadas, y… ahí van las diez pesetas importe de los ejemplares”, creí yo que diría Juan Pérez (así se firmaba el autor de la epístola); pero nada de esto; no ya las diez pesetas, ni mención de ellas venía en el escrito de aquel amigo improvisado.

Juan Pérez necesitaba leerme gratis y con Autógrafo; cosa muy justa, porque, al fin y a la postre, el sujeto había cambiado conmigo un apretón de manos, dándome al paso las señas de su domicilio, circunstancias sobradas para que en esta tierra, eminentemente burguesa y rutinaria, donde sólo se consideran profesiones y medios de vivir los  garantizados por un título oficial o por un establecimiento con puertas a la calle, se atreva cualquier ciudadano a reclamar, de quien vive y se alimenta de su pluma, el fruto de sus esfuerzos y vigilias, en clase de regalo y casi casi como haciéndole un gran favor.

Francamente, yo agradecí la honra que me dispensaba admirador tan fervoroso, y en vez de coger mis libros y mandárselos, de acuerdo con sus pretensiones, cogí la pluma y le escribí la siguiente carta, que copio y traslado a las páginas de este libro para satisfacción de todos los seres incógnitos que se ocupan en pedir dedicatorias y en proteger, sin detrimento de su bolsillo, las Bellas Artes y la impresa literatura.

Dice así la carta:

“Apreciable Mecenas y Pérez: ¿Cómo he podido yo merecer la ventura impensada de que usted me escriba, reclamando mis libros para formar parte de su biblioteca económica? —Digo económica, porque, a juzgar por las señas, no debe haberle costado muy cara.—  ¿Qué hizo este humilde emborronador de cuartillas para que Juan Pérez, nada menos que don Juan Pérez, se acuerde de él y pretenda aumentar el número de sus lectores?

Dígole a usted, generoso amigo, que semejantes mercedes me aturden, a tal extremo, que no sé cómo contestarle y cómo recordarle una cosa que seguramente se le quedó en el tintero, más por ignorancia que por propósito firme y decidido.

Pide usted mis libros, dedicados y a título gracioso; yo se los remitiría inmediatamente, pero de hacerlo, perdería una peseta por tomo, y aunque esta cantidad no merece la pena de mentarse, conviene señalarla, añadiendo a la vez que yo vivo de mi dinero, y no de la amistad de usted, que, por otra parte, vale mucho.

Aunque usted no lo crea, joven y aprovechado Pérez, yo vivo de mis libros y de mis artículos, no tan bien como usted, que lo hará con el sueldo que le proporcione algún tío suyo en un Ministerio cualquiera, pero vivo, y como, y visto, y hasta me permito cenar en Fornos de cuando en cuando.

Para esto emborrono cuartillas y se las llevo luego a un editor, que me las publica en forma de pliegos impresos, previo el pago de papel, impresión y tirada; en seguida pongo el libro a la venta, y con sus productos voy pasando esta vida de desventuras.

Ahora bien, estimado favorecedor: si después de lo mal que anda esto de la venta de libros, se les ocurre a todos los Pérez que hay en España pedirme los míos, como usted lo hace, es indudable que moriré ayuno, a no ser que usted me remita, a cambio de la dedicatoria que reclama, una panacea hábil para prescindir del estómago.

Fíjese bien en el argumento, Pérez de mi alma. Exigir gratis un libro suyo al autor que vive de venderlos, es una inconveniencia. ¿Le parecería a usted bien que yo, inmediatamente de presentado a un sastre, le dijera: “Agradeceré a usted mucho que me dedique un traje de levita para mi uso particular?

¿Qué diría el sastre? Pues, sobre poco más o menos, lo que sigue:

El que quiera trajes, que los pague.

Y si el sastre me diría a mí esto, ¿por qué no he de decírselo a usted yo, que vivo de mis cuartillas como vive el sastre de sus telas?

Nada, amigo Pérez, que no le mando a usted los libros, aunque la negativa me cueste un pedazo del alma, órgano o lo que sea, que, con valer mucho, no halla quien lo tome a cambio de un pedazo de pan.

Bueno que todo el mundo tenga derecho a hacerme escribir en un álbum poesías que le sirven para conquistar los favores de alguna belleza; bueno que en reuniones y comidas esté uno obligado a  vomitar versos para distraer la digestión de cuatro gastrónomos y a cubrir con el ritmo de la redondilla o de las octavas reales el cuchicheo melifluo de media docena de novios; bueno es eso, y por ello paso, pero no más, aunque usted se enfade y no me salude en todos los días de su vida.

Si quiere usted libros, pásese por las librerías, donde, previo el pago correspondiente, tendrá todos y cuantos le vinieren en gana; y si quiere usted dedicatorias, considere como dedicado este artículo y léaselo a todos los Pérez que conozca, con lo cual ganarán mucho, no yo, que de puro desconocido estoy casi libre de peticiones, sino otros autores afamados, a los cuales les sale a cada hora un Pérez ansioso de favorecerlos y de hacer la propaganda de sus obras.

Consérvese usted bueno y disponga de mí para todo, menos para llevarse gratis lo que a mí me cuesta algún dinero, bastante trabajo e infinitos disgustos.

Suyo afectísimo seguro servidor

Q. B. S. M.,

JOAQUÍN DICENTA

Pérez Merinero, Carlos Salido de madre001

Escrita con una gran naturalidad y sin el ánimo de impresionar más o menos jocosamente, que ostenta la mayor parte de las novelas negras de Carlos Pérez Merinero, Salido de madre  –excelente título, por cierto- no intenta demoler edificio social alguno pero atenta a los fundamentos de alguna de las convenciones sociales más asentadas. Efectivamente, casi nadie quiere ser, literalmente, un hijo de puta ni un cabrón, como lo son dos de los personajes principales de esta novela corta, pero aquí los protagonistas no sólo lo aceptan sino que buscan y se sienten complacidos con dicha condición. Que, bien pensado, no es tan extraña: ¡Cuántos hijos y esposas viven más confortablemente de lo que lo harían gracias a que la mater familias se dedica a alquilar su cuerpo!

CPM ni moraliza ni vende morbo y, habitualmente, ni comenta ni subraya ni se entretiene en mostrarnos los recovecos psicológicos de sus personajes, sólo expone una historia, sobre todo a base de diálogos directos, elementales y, eso sí, realistas descripciones, cuando se trata de referir, tanto las experiencias sexuales como los pensamientos y elucubraciones del  joven protagonista.

Los escenarios del relato son también de una gran economía: el piso familiar, la calle, un taller mecánico y un puticlub. Los personajes no son buenos ni malos sino gente que va a lo suyo –no mucho más que sobrevivir- y, más o menos, se atiene a las reglas sociales. Únicamente el personaje de Charo, la madre, obra por un motivo altruista: el bienestar de su hijo, cuestión que, al parecer, demanda la biología más que la bondad personal.  Pero tampoco faltan los actores pintorescos: Fina, la puta vieja; Berruguete, el encargado del burdel , capado por la Guardia Civil tras violar a una monja en la guerra; o el propio protagonista, Mariano, un paralítico de veinte años afectado de satiriasis o hipersexualidad, afección que su madre llama sencillamente “la enfermedad”.  En la narración se le denomina, en efecto, “el  paralítico” con toda naturalidad, lejos de las reglas impuestas por el hoy, que a ese nombre determinado por la natural evolución de nuestra hermosa lengua: paralítico o tullido, ha obligado a que pasase sucesivamente a inválido, minusválido, discapacitado y veremos lo que vendrá, pues eso de discapacitado es, etimológicamente, mal capacitado y no sé si los ejércitos de lo políticamente correcto acatarán, cuando se enteren, tal desconsideración. De mi niñez, aún recuerdo aquella bonita y elíptica calificación que se les daba cuando alguno de ellos ejecutaba alguna fechoría: “No hay que tomárselo en cuenta; es un ser privado”.

Pero no quiere ser este prólogo un intento de desmenuzar el relato ni a sus protagonistas sino de dar cuenta de una más de las variedades de registro que la colección, promovida por el hermano del autor y destinatario de la dedicatoria del libro, ha puesto a nuestro alcance.

En este caso se trata de una novelita costumbrista, ambientada en el Madrid de las últimas décadas del siglo XX, con un lenguaje coloquial y cotidiano, muy alejado del nivel literario y en el que, se dijo, predomina la naturalidad, bien que colmadamente provista de la ordinariez y vulgaridad que reclaman los ambientes recreados por el autor.

CPM nunca aspira a la corrección de la realidad, locura o extravío que a ciertos escritores  -sin duda, no lectores de Baroja- afecta en su juventud y en algunos se Pérez Merinero, Carlosprolonga más allá de lo razonable. Ni siquiera sus personajes aspiran a un mundo mejor sino tan solo a vivir mejor de lo que lo están haciendo

Novela de gente normal, a desmano de modas y modos, pero obra de un escritor, evidentemente, raro. No conocí personalmente a CPM; sí que  leí sus obras con felicidad y sonrisa aunque, como tantas veces, mosqueándome con los baremos críticos de este país a partir de la muerte de Franco, que ensalzaban mediocridades y ninguneaban lo más original y descarado de su literatura aunque no tanto como hoy, en que la cosa ha degenerado hasta extremos absurdos. No lo conocí y, por tanto, no sé si a su vida personal  llevaba la heterodoxia de sus novelas aunque me imagino -y sé que acierto- que no le faltaba sentido del humor, casi siempre, muestra de descontento con la realidad aunque también de cortesía, como sabía Svevo. 

Sé,  también, que la rareza, la heterodoxia, la singularidad son conceptos altamente equívocos. Como lo es el de la normalidad. No tanto el de la originalidad, al menos, para quien disfruta de cierta cultura. La heterodoxia siempre se resiste a ser sistematizada.  En todo caso, CPM, fue heterodoxo porque su escritura y visión del mundo estuvieron lejos de las líneas y contextos dominantes en su tiempo.  Un disidente de derechas no  lo es más que uno de izquierdas y, si la Iglesia persiguió con más furia a quienes -como Giordano Bruno o Miguel de Molinos- lo hicieron desde sus filas que a los servidores de Alá, los comunistas diezmaron a sus compinches con mucho mayor rigor que a sus enemigos naturales. La transgresión tiene evidentes dimensiones temporales. Todavía hoy contemplamos con estupor como se venden como infractoras y epatantes propuestas de las vanguardias que han cumplido cien años. Estas canonizaron la heterodoxia, al tiempo que contribuían a su muerte.  Y no olvidemos que los dadaístas eran señoritos que vestían como dandis y, exceptuando a alguno de sus militantes con serios trastornos psíquicos, se guardaban de llevar a su vida personal  sus propuestas de destrucción. Una conocida foto que se hizo el grupo dadaísta en una excursión campestre nos los muestra ataviados como auténticos maniquíes. Sus herederos, los punkis, sí que llevaron a lo personal su propuesta de  destrucción. Aunque CPM, nacido siete años antes que Sed Vicious, licenciado en económicas y profesor universitario, no parece tener mucho que ver con los súbditos de la reina, tan aficionados al envaramiento como a echar los pies por alto.

Pérez Merinero_ CarlosEs cierto que CPM, al fin un universitario culto y leído, prescindió de todo ese bagaje en sus narraciones, en las que prevalecen la acción directa y la ausencia de circunloquios y se prescinde, como del demonio, de todo intelectualismo. En Salido de madre  este se  pone en solfa en el episodio en el que Mariano intenta entablar relación con una chica que lee en un banco el Manifiesto SCUM de la feminista y esquizofrénica norteamericana Valerie Solanas. Los dos mundos no pueden sino chocar frontalmente y parece claro en qué facción milita el autor de esas líneas. Entre otras cosas, porque la ortodoxia de un intelectual de estas calendas se inclinaría antes por las posturas feministas que por el pansexualismo imperativo. Por más que los desmanes y desafueros que un afectado de parálisis motora pueda acometer sean más disculpables para esa intelectualidad que las de un individuo normal. La prevalencia de lo femenino sobre lo masculino, de lo multicultural sobre lo europeo, de lo público sobre lo privado, en una lista que podría hacerse interminable, no son más que tópicos progres asumidos por las elites dirigentes de hogaño, a las que siguen ovinamente los presuntos intelectuales que,  en vez de profanar, como sería su obligación, las ideas adquiridas propias de su tiempo, asumen sus vacilantes axiomas.

El ámbito de Salido de madre no es un mundo agradable. Tampoco lo es el tejido social en el que se desarrolla ni lo son los espacios públicos o los contextos laborales. Insertos y condicionados por ellos, (en los que) unos seres, tirando a elementales, se esfuerzan por vivir decentemente. El narrador los hace supervivir a través de una suerte de respuesta a la moral convencional en la que no falta el humor.

 

Pérez Merinero, Carlos Cuentos completos001

 

Pérez Lizano El azar erótico nos persigue

Prólogo a Manuel Pérez-Lizano, El azar erótico nos persigue (relatos), Zaragoza, Edicionres PR, 2016. 

Por supuesto que estoy de acuerdo con Auden en que la misión del educador es suscitar en el discípulo la mayor cantidad de neurosis que sea capaz de soportar y, como corolario, creo que, si la literatura se prohibiera, se escribiría mejor. Y que la crítica negativa es la que hace avanzar. Todos tenemos unas cuantas ideas y las vamos depositando por ahí como el demiurgo nos da a entender.

Cuando MPL me reveló que había empezado a escribir cuentos, sentí la tentación de disuadirlo. En los últimos años había tantos ciudadanos españoles convertidos de pronto en novelistas sin ningún motivo que los avalorara y, casi siempre, sin ninguna relevancia, que cualquier incremento se me antojaba gratuito. Pero Manolo ya era mayorcito para necesitar de mis consejos y, por otro lado, se le veía feliz con la nueva dedicación, así que opté por cerrar la boca e interesarme por sus perspectivas de publicación.

Como el destino es antojadizo, paradójico y circular, al cabo del tiempo me reencontré con esos cuentos que, sin haberlos leído, estuve a punto de recomendar que permanecieran velados:  Manolo me pedía un prólogo para ellos. Hace un quintal de años que lo había conocido en los bares, a vueltas con el arte y sus aledaños culturales y, tan cerca de ellos como es habitual, el alcohol, la amistad y las mujeres.

Pérez Lizano, Manuel

Bares y arte como contextos, alcohol y amigos como personajes y sexo como actividad cotidiana reaparecían en dichos relatos bajo una voz muy reconocible, fuera hombre o mujer el sujeto narrativo, como revelando la fidelidad del autor a sí mismo, la continuidad de su mundo y la proyección de su forma de vivirlo.

Porque lo cierto es que estos cuentos se parecen mucho entre sí y seguro que, si en el futuro me encuentro un texto narrativo sin firma y es de MPL, voy a reconocerlo en la primera línea. Es decir, hay un estilo propio y reconocible, un claro manierismo, sin que este sustantivo implique nada positivo ni negativo.

Lo primero que llama la atención es que todos los relatos están escritos en un presente continuo, intensificado por la omnipresencia de la primera persona y el modo indicativo. Primer estilema, que dirían los pedantes, si es que quedan. Se compadece este rasgo con la escritura, un poco a borbotones, como trazada en estado de ansiedad, que caracteriza a MPL. Así, la acción avanza a golpes y ocurrencias y los sucesos van adviniendo entre polvos “maravillosos” y gin-tonics “fascinantes”, porque ya hay que decir que MPL es un adicto al desmadre adjetival y a la hipérbole. A la hipérbole positiva, aclaro, ya que su visión del mundo es incorregiblemente optimista, a pesar de la abundancia de suicidios y asesinatos que jalonan estos argumentos. Ninguno de ellos se presenta como algo especialmente dramático; los protagonistas, haciendo gala de una no infrecuente mixtura de autismo y cinismo, siguen yendo a lo suyo: dar salida al principio del placer, que para eso es la principal misión que los homines erecti tenemos en el mundo y, si vienen mal dadas y la realidad no se acomoda a las perspectivas, es muy notable la adaptabilidad de que hacen gala: fuera de ellos el remordimiento, el reconcomio por la cagada perpetrada, la aprensión del irresoluto.  El sentimiento de culpa no tiene cabida ni vivienda en este mundo.

Sin embargo, ya se dijo que es considerable la presencia de la muerte en esta colección de relatos. Se acaban de citar los asesinatos y suicidios –a menudo gratuitos- que afloran en las historias, como si el omnipresente hedonismo necesitara una compensación tanática: el eterno tema de la fusión de contrarios, los extremos se tocan, el principio fundamental del hermetismo y de la sabiduría. Pero, como se apuntó, la muerte poco afecta al personaje prototípico de estos cuentos –hombre o mujer- dedicado fundamentalmente a la construcción de su pareja o de sucesivas parejas con las que proceder a “gloriosos” orgasmos.  Al fin, casi todos los  protagonistas tienen mucho de bon vivant y los malos ratos son siempre cumplidamente compensados. Por cierto que muchos de ellos parecen inspirados en personajes reales, cuyos nombres no siempre se enmascaran, como también son reales, o aproximadamente reales, muchos de los sucedidos que se narran en El azar erótico nos persigue.

Se hizo referencia a la mitología personal del autor, imbricada en su propia vida, que gira en torno al sexo, los bares y los artistas. Fotógrafos, escultores y, sobre todo, pintores aparecen por doquier inaugurando exposiciones, emborrachándose gustosamente y dándole gusto al cuerpo. Aunque haya mucha idealización en todo ello, se combina, a menudo, con un tono medianamente cínico y una imaginería expresionista, que a veces deriva en disparate surrealista: la iniciación sexual con una oveja, a la que el beneficiado erige una estatua que coloca en su salón, la ceramista que avienta a su horno de artesana varios de aquellos con los que se tropieza, la enormidad de lingotes de oro que aparecen en Fuendetodos o el submarino que un tal Usón compra en Cartagena y convierte en bar, con el que remonta el Ebro…

Como si quisiera buscar una base convincente para estas desaforadas historias, hay en MPL un evidente gusto por la concreción. Casi siempre se nos da el nombre y apellido de los personajes que van apareciendo y también de los espacios (bares y galerías, habitualmente) donde se desarrollan los acontecimientos y, por supuesto, de los lugares donde se ubica la acción, con especial protagonismo de la capital aragonesa, con la que el autor parece tener una relación íntima e insoslayable, pese  a su prolongada vivencia ultramarina. O a resultas de ella. Pero MPL no nos ha entregado ningún relato desarrollado en su querido Puerto Rico ni casi diría que fuera de Aragón, con sus pueblos y capitales, sí, ampliamente representados. Y, respecto a Zaragoza, tampoco falta la sátira malévola, como ese sujeto que “a través de un amigo, se afilia al Partido Nuevo Progresista y, pese a sus escasas cualidades, sube peldaños y consigue ser nombrado concejal de cultura del Ayuntamiento de Zaragoza” y que, por cierto, termina en atracador, en lo que se intuye un deje de nostalgia por su antigua función. Porque, como no podía ser de otra manera, muchas historias y hasta el mismo título no se pueden entender si no es desde la ironía.

El personaje que en estos relatos nos narra su peripecia en primera persona del presente de indicativo suele ser masculino pero también asoma un buen número de mujeres protagonistas. Unos y otros no se diferencian demasiado: suelen obrar con determinación, carecen de complicaciones psicológicas y, frecuentemente, de escrúpulos morales. En general, tienen muy poco de existencialistas y mucho de tarambanas. El paradigma sería una narración como “Pureza urbana” en la que el escritor protagonista organiza la resistencia activa (manifestaciones y secuestro del juez incluidos) contra los policías y el juez que han prohibido el ocio nocturno en Huesca y que termina felicitado y secundado por los represores arrepentidos.

Es este un libro en el que apenas hay soledad y, si la hay, es inmediatamente conjurada  a través de las inevitables  parejas, que se hacen y deshacen –incluso, si el protagonista es un duende que se va a vivir a Alquézar- con una intensidad vivencial, a veces desmentida por los acontecimientos posteriores. En ellas solamente hay un ejemplo de amor homosexual -por otra parte, frecuente entre los  artistas, que además, en este caso, no lo son sino que se trata un cura y un masón- que  termina mal, con el  asesinato del segundo por parte del primero. Como los extremos se tocan, antídoto de esa soledad son esas juergas colectivas en que concluyen muchas de las reuniones y veladas alcohólicas, vistas como el arquetipo de la felicidad. Y felicidad, para MPL, tiene todo que ver con Arte. Sea deformación profesional, después de muchas décadas como crítico, sea fe en la estética o sea, como creo que es, una apuesta vital por el goce y la belleza: en el Arte está el paraíso, el claustro materno añorado y repensado, el refugio donde todo es perdonado y, además, alcanza su sentido.

Con todo ello y leídos estos cuentos, no se puede negar que, para su autor, la vida es bella.

 

 

El lunes, 23 de noviembre a  las 19.30, se presenta en la Biblioteca de Aragón este volumen, editado por Libros del Rescate, que reconstruye la trayectoria del que fue famoso dramaturgo, poeta y periodista Aragonés, Marcos Zapata (Ainzón, 1842-Madrid, 1913) al que su autor ha dedicado varios años de investigación, que han dado el fruto de este trabajo que se acerca a las ochocientas páginas. Intervendremos el editor Javier Cinca, el autor y el firmante.  Reproduzco aquí el prólogo que escribí para el mismo.

Marqueta, Samuel, Tras las huellas de Marcos Zapata001

Nada más satisfactorio para quienes, conociendo la roma repercusión de tales afanes, hemos dedicado a la investigación literaria tantas horas de nuestra vida, el que se acerquen a ella gentes imbuidas de una pasión tenaz, generalmente instadas por un parentesco, por un azar biográfico o, como es el caso, por paisanaje.

El turiasonense Samuel Marqueta, residente en Ainzón, descubrió un buen día a Zapata, se armó de paciencia y, medio por juego, medio por rutina, con la obsesividad que estas aficiones deparan, fue acumulando una información que, sin duda, es la más completa nunca reunida sobre el poeta y dramaturgo aragonés.

La circunstancia de que quien suscribe fuera el único autor que durante las últimas décadas hubiera publicado algunas páginas sobre Zapata propició que Samuel me buscara y encontrara lo que, además de algunas sugerencias y nimios retoques, terminó con el encargo de unas líneas introductorias.

De más está decir que Zapata* es un desconocido para sus coterráneos y no digamos fuera de su tierra natal. En ella, al menos, puede sonar su nombre gracias a la calle que se le dedicó en el zaragozano barrio de las Delicias y hasta algún paseante desocupado -por supuesto, muy excéntrico- habrá reparado en su nombre grabado sobre el pedestal que, desde los Pilares de 1928, sostiene uno de los bustos de ilustres olvidados que ornan la céntrica plaza de Aragón. Sin embargo, Zapata hace trece o catorce décadas fue uno de los autores dramáticos más representados en España y obras como La capilla de Lanuza, El anillo de hierro o El reloj de Lucerna nutrieron durante muchos años los repertorios de los cientos de compañías teatrales que hasta mediados del siglo pasado llevaban el teatro a todos los rincones del país.

Miembro de la generación de ilustres republicanos aragoneses a la que pertenecieron Eusebio Blasco**, Luis Blanc, Pedro Marquina***, Antonio Torres-Solanot, Gascón y Guimbao o el propio Joaquín Costa**** -sólo cuatro años menor que él-, Marcos Zapata pasó de una infancia rural a los Escolapios y estudiar Leyes pero, sobre todo, a sentir una de esas arrebatadoras vocaciones literarias que, por entonces, culminaban en el viaje a Madrid y la vivencia bohemia de la que Zapata fue uno de los principales abanderados. De hecho, las anécdotas y chascarrillos protagonizados por él constituyeron casi un subgénero en las innumerables revistas satíricas de su tiempo, aunque en sus últimos años lo que fuera desnortada trayectoria, con peregrinajes a Cuba y la Argentina, giró para convertirlo en algo parecido a un probo funcionario.

Es verdad que la escritura de Zapata, como la de buena parte de sus colegas del siglo XIX, nos aparece hoy como impostada y que sus pujos rebeldes andan afectos de una retórica campanuda muy lejana a la expresión actual. Tampoco la sátira ni el verso andan en uno de sus mejores momentos, con lo que habría que preguntarse qué le queda a don Marcos para suscitar la atención del presente. Pero lo mismo podríamos decir del otro autor señero que ha dado el pueblo de Ainzón en su historia y, en este caso, mucho más recientemente, Alfredo Mañas (1924-2001), cuyo apellido, por cierto, fue también el de la madre de Zapata. Mañas fue un autor a la vez popular e innovador, hombre de éxito en la televisión, la radio y el teatro, que estrenó obras de tan buena recepción por parte de crítica y público como La feria de Cuernicabra o La historia de los Tarantos. Y ¿quién se acuerda hoy de Mañas o se le ocurre publicar las obras que dejó inéditas? Ainzón, el municipio del zaragozano Campo de Borja, con sólo mil trescientos habitantes, seguirá siendo más famoso por su espléndido vino que por sus dos escritores.

Nada de eso ha arredrado a Samuel Marqueta, que ha seguido minuciosamente los pasos del objeto de su estudio y ha enfocado el trabajo regido por la claridad del marco cronológico, por lo que podemos seguir la trayectoria vital y literaria de Zapata de manera progresiva. Todo ello sustentado por una gran cantidad de documentos, que se reproducen o transcriben junto a muy numerosos textos desconocidos o ausentes en los repertorios publicados acerca del escritor, en buena medida, de difícil acceso para el infrecuente curioso. Igualmente, se transcriben testimonios de otros autores que enriquecen poliédricamente la información acerca de la personalidad del creador aragonés. No falta, afortunadamente, el índice onomástico, que tantas veces hay que reclamar. En este caso, a la vez que beneficia y facilita las consultas, evidencia la amplitud de fuentes y documentos manejados.

La bibliografía de Marcos Zapata no es parca en entradas pero sí en contenidos. Este trabajo corrige este aserto, ofrece vías de asedio a otros investigadores y constituye, sin duda, la más exhaustiva pesquisa emprendida acerca de uno de los más característicos y, a la vez, preteridos autores de la literatura aragonesa contemporánea.

*https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/04/19/centenario-de-marcos-zapata/

**https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/08/20/eusebio-blasco/

***https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/11/16/pedro-marquina-1834-1886-en-la-bohemia-del-siglo-xix/

****https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/09/14/joaquin-costa/

 

Zapata, Marcos-Colección de obras dramáticas

Con motivo de la presentación en la Biblioteca de Aragón (martes 22 de septiembre 2015, 19.30 h.) del libro de Miguel Ángel Buil Pueyo citado en el título, publico aquí el prólogo que, bajo el título “Fernando Mora, cronista-testigo del alma y la lengua del viejo Madrid” escribí para el mismo.

Buil Pueyo, Fernando Mora003

Aparte del gusto con que siempre leí sus narraciones, Fernando Mora trae a mi memoria unMora, Fernando, Los hombres de presa002 rimero de nombres vinculados a los encuentros con su obra, que han punteado mis últimos lustros con una continuidad casi sorprendente.  La primera de sus novelas que leí fue Los hombres de presa, comprada por 800 pesetas  en la librería de Inocencio Ruiz de la zaragozana calle 4 de agosto. Don Ino, al que tantas cosas tengo que agradecer, desde los ojillos reidores que ponía en cuanto empujaba la puerta -sabedor de que nos íbamos a divertir hablando bien de los tangos, del flamenco, de los anarquistas y, sobre todo, mal de los curas-, hasta los muchos libros que me vendió a precio otras décadas, llegó a ser el decano de los libreros de viejo españoles.

Fui después comprando otras novelas de Mora, cortas y largas, hasta que la casualidad, en forma de otro amigo, Carlos Menéndez de la Cuesta, gran coleccionista de la revista musical y que cuando yo pasaba por Madrid, se mudaba a casa de un amigo para dejarme la suya en  el Paseo de Las Delicias. Él me presentó a Enrique Avilés, autor de la introducción a una breve antología de Mora preparada por él mismo y publicada por el ayuntamiento de Madrid. Era la primera persona con la que pude conversar acerca del novelista.

Fue después la aparición, a principios de los noventa, de Claire-Nicolle Robin, profesora en la universidad de Besançon del Franco-Condado, apasionadísima de la novela corta y a la que enseguida fiché para que escribiera un artículo acerca de Vidal y Planas en la revista El Bosque, con la que tuve el privilegio de hacer lo que me gustaba. Muy apasionada, medio locuela, curiosísima y siempre convencida de sus razones y argumentos , su entusiasmo por todos los personajes del pintoresco mundo de las colecciones de novela corta y su fogosidad investigadora hizo que entrara en relación con una de las hijas del escritor, Raquel Mora, con la tuvimos gratas e ilustrativas conversaciones. Ella nos contó la tristeza de una niña que hubo de conocer  las humillaciones y el fusilamiento sufridos por su padre, un hombre sin relevancia política pero republicano y masón.

En el número 10-11 de la citada revista El Bosque, dedicado a  la España del primer tercio de siglo, publiqué un manuscrito inédito de Fernando Mora acerca de Joaquín Dicenta, al que tanto admiró, y una bibliografía*, únicos y magros méritos que puedo exhibir para componer este prólogo.

Casi todos los personajes que he citado hasta ahora –y les cuadra la connotación positiva Buil Pueyo, Miguel Ángel-Gregorio Pueyoque conlleva el sustantivo- han muerto. Pero he aquí que, hace tres años, me topé con una biografía del librero Pueyo -patrón y alma benéfica de muchos de estos autores de las dos primeras décadas del siglo XX- excelentemente editada, ilustrada amorosamente y con muchas estimulantes noticias acerca de este mundo**. El autor resultó ser un bisnieto del librero-editor con raíces aragonesas, por tanto, sin los orígenes filológicos que solemos tener quienes nos dedicamos a estas cosas y, aunque ya no se le podía considerar un jovencito, éste era su primer libro aunque no lo pareciera. Y era tanto su entusiasmo por este mundo, tan ferviente y constante su pasión investigadora y tan atrayente su simpatía, que enseguida surgió una amistad que, entre muchos bienes, deparó el más dudoso de que prologase este trabajo.

Miguel Ángel Buil Pueyo, también fascinado por este mosaico literario del primer tercio de siglo al que ha dedicado varios textos en diferentes publicaciones, ya se había ocupado del narrador madrileño en un artículo, “Fernando Mora (1878-1936) o el olvido de una libre silueta”, publicado en La Cueva de Zaratustra, una muy interesante revista digital. Ahora amplía dicho estudio con un acercamiento  más extenso al personaje y, sobre todo, con una exhaustiva información bibliográfica, que enriquece sustancialmente la existente y aporta un amplísimo caudal hemerográfico – casi un millar de entradas-  que demuestra fehacientemente como Fernando Mora fue un escritor a tiempo completo, tanto en la vertiente narrativa como en la periodística.

Mora, Fernando 010

Fernando Mora es hoy un autor desconocido excepto para coleccionistas y estudiosos, al Mora, Fernando, El portillo de San Dámaso003que sólo la nostalgia, la curiosidad o la erudición hacen rescatable.  Su mundo, fundamentalmente, el Madrid de las dos primeras décadas del siglo XX, es un espacio y un tiempo perdido, lo mismo que las editoriales y colecciones en las que publicó. Entre 1909 y 1926 sacó a la luz 18 novelas, es decir, a una por año y, entre 1909 y 1932, alrededor de 60 narraciones Mora, Fernando, La cortesana de Vallecascortas más un libro de cuentos, Nieve, y una obra teatral, a despecho de que pueda aparecer alguna otra, en  olvidadas colecciones de novela corta. Es decir, una notable producción que lo convierte en el autor que con más profusión retrató en sus obras el Madrid castizo y barriobajero del primer cuarto del siglo XX y a los personajes que lo poblaban.  Él mismo, aunque vivió en varias ciudades diferentes, con las que en seguida empatizaba, era un característico gato, casi siempre ataviado con su capa española y que, incluso en su lenguaje narrativo, exhibía vicios como el laísmo, propios de la gente de la capital. Mora se alinearía, así, con el elenco de escritores que tomaron Madrid como centro de su obra. Si en teatro, el nombre fundamental fue el de Arniches y en poesía, el de López Silva, en narrativa hubo más competencia: Antonio Casero, Emiliano Ramírez Ángel, Pedro de Répide o un grande como Gómez de la Serna pero, en cuanto al número de obras dedicadas a la capital, ninguno excede al escritor estudiado por Buil Pueyo. 

No es Madrid, sin embargo, el único tema del novelista. Precisamente, en la mentada Los hombres de presa, aparecen unas prácticas bancarias que recuerdan muy de cerca a las que han provocado la última gran crisis económica. Mora conocía bien a los buitres financieros, pues había trabajado muchos años como contable en la sucursal madrileña del Banco delMora, Fernando, La peliculera 011 Río de la Plata. Igualmente atractiva resulta La peliculera, novela en la que Mora demostraba conocer los entresijos del precario mundo cinematográfico español y que parece extraño no haya sido analizada por ningún estudioso, dado el poder de convocatoria de todo lo que tiene que ver con el arte del siglo XX. Aparece, por supuesto, el mundo del teatro y de las varietés, tan habitual en la vida cotidiana del periodo y, por tanto, omnipresente en las narraciones de su tiempo. Pero también las nuevas formas de sociabilidad, como en su visión irónico-crítica del fútbol en ¡Soy del Racing!

La relación podría ser muy larga, dada la profusa producción del narrador, pero, si hay que escoger, Mora sería ante todo el novelista de las calles de Madrid, cuando en ellas ocurrían cosas y no eran un simple lugar de tránsito. Si Pedro  de Répide las descubrió desde el punto de vista erudito, Mora puso a la gente a hablar y pulular por ellas. Las conocía bien, pues fue hombre que gustó de los demás, a los que, con alguna ingenuidad y no poca inocencia, suponía siempre buenos, procuraba ayudar y les tenía fe, como nos recordaba su hija Raquel, que lo tildaba de amable, afectuoso y quijotesco.

El  libro de Miguel Ángel Buil nos acerca al personaje y, sobre todo, nos proporciona instrumentos para penetrar en él con mayor extensión y profundidad. Quienes nos interesamos por esta fascinante España de la Restauración –poco más de medio siglo de acelerada renovación en pugna con una monarquía, un clero y una oligarquía aberrantes- reclamamos a menudo estudios como éste acerca de la multitud de escritores interesantes, cuyas obras se cubren de polvo olvidados en los anaqueles de las bibliotecas, que nos ayudarían a comprender más y mejor la vida cotidiana y la historia cultural de ese tiempo.

*Se recoge aquí, ligeramente ampliada.

** V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/08/01/gregorio-pueyo-el-editor-de-la-bohemia/

                                                           OBRAS DE FERNANDO MORA

NOVELAS

Venus rebelde (De las memorias de Conchita Pinares) (Novela pasional), Madrid, Biblioteca Hispano Americana, Pueyo, 1909.

Los vecinos del héroe (Novela de Madrid), Madrid, Pueyo, 1911.

El patio de Monipodio (Novela de costumbres madrileñas), Madrid, Pueyo, 1912.

El misterio de la Encarna… (Novelas del barrio bajo), Contiene, además, de ésta, que en su anterior edición tituló “La guapa de Cabestreros”, “Muerte y Sepelio de Fernando el Santo”, “En la parada de Antón Martín” y “Por la ronda de Valencia”. Prólogo de Joaquín Dicenta, Imprenta Helénica, Madrid, 1915.

El otro barrio, Madrid, Mateu, 1918.

Los hijos de nadie (Novela del Hospicio), Madrid, Fortanet, 1919.

La Magdalena en el Colonial, Madrid, Biblioteca Hispania, 1920.

En el tejar de Frascuelo, Madrid, Biblioteca Hispania, 1920.

El ansia de ver mundo (Pintorescas andanzas de un monaguillo patriota), Madrid, Biblioteca Patria, 1921.

Los hombres de presa, Madrid, Biblioteca Hispania, s. f. ¿1921? y Sucesores de Rivadeneyra, s. f.

La peliculera, Madrid, Biblioteca Hispania, 1923.

El amor pone cátedra, Madrid, Biblioteca Hispania, 1924.

La maldita carne, Madrid, La Novela de Noche nº 15, 31 de Octubre de 1924. (Ilust. Rivero Gil). 125 páginas.

Los cuervos manchan la nieve, Madrid, Atlántida, 1925.

La cortesana de Vallecas, Madrid, La Novela de Noche nº 30, 15 de Junio de 1925. (Ilust. Baldrich o Varela de Seijas)- 115 pags.

La mujer que se sintió águila, Madrid, La Novela de Noche nº 38, 15 de Octubre de 1925. (Ilust. Baldrich).

Lobos y corderas o a la sombra de Mendizábal, Madrid, La Novela de Noche nº 47, 28 de Febrero de 1926. (Ilust. de Puig),

La necesidad de pecar, Madrid, Atlántida, 1926.

¡Viva el cieno!, Madrid, La Novela de Noche nº 57, 30 de Julio de 1926 (Ilust. Mihura).

Mora, Fernando, ¡Viva el cieno!004

NOVELAS CORTAS

-De telón adentro, (Novela de comediantes), Barcelona, Los Cuentistas nº 11, 1910.

-El portillo de San Dámaso, Madrid, Los Contemporáneos nº 187, 26 de Julio de 1912. (Ilust. de Robledano).

-A orillas del Manzanares, (Novela de lavanderas y chulapas), Madrid, Los Contemporáneos nº209, 27 de diciembre de 1912.

-Por la ronda de Valencia (Novela de una divette que fue corsetera), Madrid, El Cuento Galante nº 7, 22 de enero de 1913.

En la parada de Antón Martín (Novela de un hombre engañado), Cartagena (Murcia), El Cuento Levantino nº 5, 12 de junio de 1913.

-La sibila de Juanelo. (Novela de echadoras de cartas), Madrid, La Novela de Bolsillo nº 14, 1913. (Ilust. de Izquierdo Durán).

-La guapa de Cabestreros (Novela de la Inclusa), Madrid, El Libro Popular nº 28, 15 de Julio de 1913. (Ilust. de Salvador Bartolozzi).

-Muerte y sepelio de Fernando el Santo (Novela de ladrones), Madrid, El Libro Popular nº 3, 20 de Enero de 1914.

Mora, Fernando, Muerte y sepelio de Fernando el Santo008

Puerta del Sol-Fuentecilla o Cómo murió la Charito, (Novela de una famosa cupletista), Madrid, El Cuento Popular, 22 de junio de 1914.Mora, Fernando-Puerta del Sol-Fuentecilla

La plaza de la Cebada (Novela de la fatalidad), Madrid, El Libro Popular nº 27, 7 de Julio de 1914. (Ilust. de Luis Blesa).

Desde la Puerta al Portillo (Novela del Matadero y de la Fábrica de Tabacos), Madrid, Los Contemporáneos nº 294, 7 de Agosto de 1914. (Ilust. de Juan Francés).

El hotel de la Moncloa (Novela de la cárcel), Madrid, La Novela de Bolsillo nº 69. 1914. (Ilust. Robledano). / Madrid, Los Contemporáneos nº 716, 12 de Diciembre de 1922.

La noche del “Juan José”, Madrid, La novela de bolsillo nº 78,   1915. (Ilust. de Aguirre)

Yo he besado a la Virgen, Madrid, La Novela de Bolsillo nº 96. 1915. (Ilust. Aguirre)

-Un rincón de la Florida, Valencia, La Novela con Regalo nº 3, 20 de Enero de 1917.

La Cruz del Humilladero, Madrid, Los Contemporáneos nº 452, 24 de Enero de 1917. 12 (Ilust. Varela de Seijas).

Las tres Marías, Madrid, Los Contemporáneos nº 427, 2 de Marzo de 1917.

Todo a 0,65 junto a las novelas cortas de Armando Palacio Valdés, Los puritanos y Los amores de Clotilde, Madrid, Los contemporáneos nº 447, 20 de julio de 1917.

La maja del Buen Retiro, Madrid, Los Contemporáneos nº 492, 6 de Junio de 1918. Portada de Izquierdo de Durán.

El marido de la Cele, Madrid, El Cuento Nuevo nº 7, 2 de Enero   de 1919.

La maestra Sole, Madrid, Los Contemporáneos nº 526, 30 de Enero   de 1919.

-Cómo se roba…, Madrid, El Cuento Nuevo, Rev. Semanal. Tomo II nº 6, 20 de Marzo de 1919.

-Mugre y vino, Madrid, El Cuento Nuevo, Rev. Semanal. Tomo III nº 3, 22 de Mayo de 1919.

-Bolita de añil, Madrid, Los Contemporáneos nº 547, 26 de Junio de 1919.

-El balcón de Pilatos, Madrid, Los Contemporáneos nº 581, 11 de Marzo de 1920.

-El parador de Luciente, Madrid, Los Contemporáneos nº 597, 1 de Julio de 1920.

¡No adjetives, Pepa!, Madrid, Los Contemporáneos nº 629, 10 de Febrero de 1921.

Mora, Fernando, ¡No adjetives, Pepa!005

La corista de punta, Madrid, Los Contemporáneos nº 647. 16 de Junio de 1921.

Un disco del Mochuelo, Madrid, Los Contemporáneos nº 681, 9 de Febrero de 1922.

El chico del funerario, Madrid, Los Contemporáneos nº 694, 11 de Mayo de 1922.

La mocita del collar de cerezas, Madrid, La Novela de Hoy nº 10, 21 de Julio de 1922. (Ilust. A. Sánchez Felipe).

El figón de Paca, la Tartanera, Madrid, La Novela Gráfica nº 5, Agosto, 1922.

La vaqueriza de La Moncloa, Madrid, Los Contemporáneos nº 716, 12 de Octubre de 1922.

La que besaba con los ojos, Madrid, La Novela del Domingo nº 2, 17-XII-1922.

Los hijos no son una propiedad, Madrid, La Novela Semanal nº 82, 3 de Febrero de 1923. (Ilust. Pedrero).

Caco va en tren, Madrid, Los Contemporáneos nº 733, 8 de Febrero de 1923.

Cosas feas de Felipe, el Hermoso, Madrid, La Novela del Domingo nº 13, 4 de marzo de 1923.

La tristeza de sentirse gorda, Madrid, La Novela de Hoy nº 57, 15 de Junio de 1923. (Ilust. M. Ramos).Mora, Fernando, La tristeza de sentirse gorda001

La dulzura de sus besos, Madrid, La Novela Selecta nº 11, s. f. (1923).

¡Soy del “Racing”!, Madrid, La Novela de Hoy nº 75, 19 de Octubre de 1923. (Ilust. Ramos).

La adúltera sin saberlo, Madrid, La Novela de hoy nº 102, 25 de Abril de 1924. (Ilust. Varela de Seijas)

Venus fue a galeras, Madrid, La Novela de Hoy nº 121, 5 de Septiembre de 1924. (Ilust. Varela de Seijas).

Huelga de golfos, Madrid, La Novela de Hoy nº 143, 6 de Febrero de 1925. (Ilust. Varela de Seijas).

La escoria del amor, Madrid, La Novela de hoy nº 159, 29 de mayo de 1925. (Ilust. Puig).

También en el fango hay rosas, Madrid, La Novela de hoy nº 185, 27 de Noviembre de 1925. (Ilust. Picó).

¡Sácate la caretita!, Madrid, Los Contemporáneos nº 890, 11 de febrero de 1926.

El amor no admite leyes, Madrid, La Novela de Hoy nº 210, 21 de Mayo de 1926. (Ilust. Varela de Seijas).

La piel de Paca, Madrid, La Novela de Hoy nº 241, 24 de Diciembre de 1926. (Ilust. Riquer).

La diablo, Madrid, La Novela de Hoy nº 274, 12 de Agosto de 1927. (Ilust. Pomareda).

Judas en la Bombi, Madrid, La Novela de Hoy, 15 de Diciembre de 1927.

Socorro, la Samaritana, Madrid, La Novela de Hoy nº 307, 30 de Marzo de 1928. (Ilust. Vázquez Calleja).

Cómo odian las feas, Madrid, La Novela de Hoy nº 318, 15 de Junio de 1928. (Ilust. Varela de Seijas).

Mora, Fernando, Cómo odian las feas007

…y ellas, morenos, Madrid, La Novela de Hoy nº 323, 20 de Julio de 1928. (Ilust. Quintanilla).

El ferial de las locas, La Novela de Hoy nº 333, 28 de Septiembre   de 1928. (Ilustraciones Pomareda)

El palacio de arena, Los Novelistas nº 82, 3 de Octubre de 1929. (Ilustraciones Orbegozo).

La fotogénica de Villaumbrosa o Igual que besa la Bertini, Madrid, La Novela de Hoy nº 523, 1932.

La guapa de cabestreros y otros relatos, (Contiene, además, “La plaza de la Cebada” y “¡Viva el cieno!”, Ayuntamiento de Madrid,   1987.

Cuentos

Nieve (Cuentos naturalistas), Prólogo de Alberto Insúa, Madrid, Pueyo, 1910.

Obras teatrales

El quinqué de Petronilo (Sainete lírico o Humorada en un acto, en colaboración con Adolfo Sánchez Carrere y música de Manuel Quislant y Modesto Romero estrenada en el Teatro Martín el 24-11-1914) (V. Iglesias Souza)

Obra crítica

Rafael López de Haro y sus obra, Madrid, Pueyo, 1910 (14 pp.).

Opiniones de un lector sobre las novelas de Valcárcel y Martín de Salazar, Madrid, Librería de Pueyo, 1913.

Mora, Fernando, La maldita carne006

Hace poco más de un año y coincidiendo con el primer aniversario de su muerte, se publicó esta novela póstuma de Francisco Carrasquer, que, como era previsible, no ha tenido apenas eco crítico. Reproduzco aquí mi prólogo, con la ingenua pretensión de que sirva para que alguien se acerque a esta  lúcida narración.

Carrasquer_Los centauros de Onir

 

En el discurso de recepción del Premio de las Letras Aragonesas, concedido al autor en 2006, este aseguró. “…el libro en el que más me confieso y me doy a conocer es mi biografía, Los centauros de Onir, todavía inédita, aunque confío en su próxima aparición”. Carrasquer se equivocó en el último adjetivo y su confianza no podía tener otros agarres que la difusión que el eco del premio pudiera deparar a su tan poco conocida obra porque ya hacía años que el libro había rodado por casi todas las editoriales aragonesas y alguna de carácter nacional, sin que sus responsables se dieran por enterados.

Como otros exiliados, Carrasquer sufrió tanto los efectos de su lejanía física como los de la heterodoxia de sus ideas y, así, su pensamiento y obra fueron escasamente conocidos y divulgados. Él se tomó con humor esta marginación y nunca fue un hombre amargado ni deprimido, incluso, escribió al respecto un ilustrativo artículo, que tituló: “Cómo no triunfar en la vida”. En el discurso antes aludido adujo que el libro suyo que más le interesaba era el ensayo socio-filosófico, El grito del sentido común. De los automatismos a la libertad (1994), en el que, un poco ingenuamente, había puesto expectativas, en cuanto a la trascendencia de su mensaje. Cuando el libro fue desatendido, sintió más claramente la exclusión.

Llama también la atención en las palabras del autor el que, sin ambages, defina Los centauros de Onir como biografía cuando su estructura es claramente novelística pero, en efecto, carece de otro argumento fuera de las peripecias vitales y reflexiones del escritor, que por cierto, ocupan la primera etapa de su vida, desde su nacimiento en Albalate de Cinca (Huesca) en 1915 hasta su definitivo exilio francés en 1948. Biografía novelada o, mejor, novela biográfica habría que denominarla, aunque también le cupieran adjetivos como filosófica, ensayística, evocativa y hasta histórica. Y, sin embargo, no es una obra desprovista de amenidad, entre otras cosas, por la riqueza de episodios fuera de lo común que su autor protagonizó y por la trascendencia del periodo histórico que le tocó vivir.

De cualquier modo, tanto el título, como el marbete que lo acompaña –guión de sueños- vinculan el texto con lo onírico aunque, verdaderamente, ello no sea lo medular en la obra sino, en todo caso, un recurso o técnica literaria. En el preludio, el autor lo explica meridianamente:

(…) este guión que ofrezco de mis sueños, podría ser una especie de autobiografía pantográfica: mi vida contada en todas direcciones, con las tres personas de la narrativa, a la vez o no, y con las más variadas técnicas en un discurso puntual, imprevisible, perspectivista, sincrónico, paralelo antipódico, trampantójico…

En efecto, la vida de Francisco Carrasquer[1], que abarcó desde la monarquía de la Restauración hasta la democracia de hogaño -también tutelada por otro Borbón y su cohorte-, pasando por la llamada Dictablanda, II República, Guerra Civil y franquismo, da para muchas cosas que contar. Nacido en 1915 y fallecido en 2012, su padre era secretario del ayuntamiento de Albalate de Cinca y su hermano Félix, pese a la ceguera que le afectó ya en los años treinta, fue una de las figuras señeras de la pedagogía libertaria. Francisco estuvo también emparentado con el importante escritor anarquista Felipe Alaiz, con cuya hermana casó su padre después de que su primera mujer, la madre del escritor, se ahogara en la acequia, al caer cuando estaba lavando.

A los diez años, Francisco ingresaba en el Seminario de Lérida, donde permaneció cuatro años, antes de trasladarse a Barcelona, donde vivió la proclamación de la República e, instado por su padre a volver a su pueblo para ayudar a sus hermanos en la panadería, la proclamación en la comarca del comunismo libertario, acción en la que tuvo no poco que ver su familia, que sufrió las represalias consiguientes y propició que Francisco volviera a Barcelona, donde, con ayuda de su hermano José, maestro, cursó el Bachillerato, al tiempo que impartía sus propias clases en la Escuela Racionalista Eliseo Reclús y en el Ateneo de Las Corts, que regentaba dicho hermano.

Al estallido de la sublevación militar -y ya miembro de la CNT-, fue de los primeros en ocupar el Cuartel de Pedralbes y rendir el Cuartel de Caballería. En estos días evitó el saqueo del convento de los Descalzos, arengando a la multitud, con lo que se salvaron tanto las vidas de los religiosos como las grandes riquezas artísticas allí guardadas. En seguida, marchó al frente como miliciano, fue nombrado jefe de centuria e hizo toda la guerra en primera línea, al tiempo que daba clase de primeras letras a los combatientes. Llegó a Jefe de Estado Mayor de la 119 Brigada de la 26 División, hasta su paso a Francia el 10 de Febrero de 1939.

Tras siete meses en el campo de concentración de Vernet d’Ariege, fue reclamado como lector por la Universidad de Nantes pero la guerra mundial estalló antes de incorporarse y hubo de volver al trabajo para ayudar al mantenimiento de su familia, toda ella huida a Francia. Acosado por los nazis, Francisco cruzó clandestinamente la frontera española en 1943 y; al poco, fue detenido, internado seis meses en la barcelonesa Cárcel Modelo e  incorporado a filas en Marruecos, donde pasó tres años. A fines de 1946, ya licenciado, fue detenido por redactar un manifiesto de la Alianza Democrática, torturado y vuelto a ingresar en prisión durante seis meses. Con la libertad condicional consiguió  terminar el Bachillerato en 1948. Escribió entonces su primer libro, Manda el corazón, una novela rosa con cuyo producto pudo pagar su matrícula en la Universidad. A punto de salir su juicio, decidió cruzar la frontera y abandonar España.

Hasta aquí, el periodo de su vida contenida en Los centauros de Onir, que sería el del protagonismo de la acción y que daría paso a la otra vertiente, la intelectual, que resumo brevemente.

En 1949 cursa Psicología en la Sorbona, con maestros como Piaget, Gurvitch o Merleau-Ponty. Se ayuda con clases particulares y sucede, como secretario de la FUE y delegado de Interayuda Universitaria, a José Martínez, el fundador de El Ruedo Ibérico, con el que mantuvo una gran amistad y una rica correspondencia. En 1953 acepta trabajar en una emisora internacional holandesa, en la que llegó dictar más de mil quinientas charlas de índole cultural. En Holanda se doctora en Letras y enseña Literatura Española durante diez años en la Universidad de Groninga y dieciocho en la de Carrasquer_En la Universidad de LeidenLeiden. Allí realizó la primera tesis doctoral europea sobre Ramón J. Sender, autor del que es el especialista más fecundo. También fundó dos importantes revistas de hispanismo Norte (Leiden, 1957-1971) y Revista de Accidente (Leiden, 1975-1979). Fue también director de Molinos (Amsterdam, 1982-1984). Además de sus obras de poesía y ensayo, tradujo decenas de libros. Entre los principales, una voluminosa Antología de la poesía holandesa moderna (El Bardo, 1971) y la obra maestra de la literatura holandesa: Max Havelaar de Multatuli (Los Libros de la Frontera, 1975). Antes ya le habían sido concedidos los Premios Nacionales de Traducción en Holanda (1960) y Bélgica (1963). En 1980 la reina Beatriz de Holanda le impuso la distinción de Comendador de la Orden de Oranje-Nassau, por su labor de difusión de la cultura holandesa. En 1985 vuelve a España y recibe la Encomienda de la Orden del Mérito Civil, por su labor de hispanista. En Tárrega, lugar natal de su mujer, continúa su labor intelectual, publicando libros de todos los géneros. En diciembre de 2006, ya decano de los escritores de Aragón, recibe el Premio de las Letras Aragonesas “por su obra progresista y radical, largo tiempo silenciada, que sirve de testimonio ejemplar para todos los aragoneses”. Ocho días después de cumplir los 97 años, muere en Tárrega[2].

No es extraño que la vida tan ajetreada de quien nació en un pueblo español en el que, en muchos sentidos, la vida cotidiana había cambiado poco desde la Edad Media y reflexiona sobre ella en su vejez y manejando el ordenador, aparezca como un sueño, a pesar de las muchas precisiones que contiene. En Carrasquer se unen la sólida formación filosófica de quien ha pasado por el tomismo del seminario, los mal llamados pensadores utópicos de sus lecturas militantes y los prestigiosos maestros de sus cursos en la Sorbona con una sólida carrera como profesor y crítico de literatura y con unas experiencias populares y vitales muy difíciles de encontrar en los mencionados grupos de intelectuales. Así, la historia deparada por estas vivencias, aunque a menudo es vista desde la misma entraña del sentimiento, se aquilata con un enfoque caleidoscópico que convierte el contenido en una discusión con profusos matices. Como en una pintura vibracionista, el texto, fragmentario, denso, estalla en numerosas fracciones, que vuelven a reunificarse y su técnica nos recuerda a la de otro contemporáneo al que Carrasquer dedicó muchos estudios: el Sender de La noche de las cien cabezas, O. P. o La Esfera.  El propio autor se explica: “Este vivir convocado en mis sueños que voy a transcribir aquí está compuesto de momentos «constelares» más que de mi propia experiencia (…) La sustancia de mis sueños es toda mi Substancia: la substancia de todo mi yo en el mundo y de todo el mundo en mí. Fuera de mis sueños no queda nada, ni de mí ni del mundo”.

Y deberíamos también aludir a la música, presente en tantos fragmentos del texto, esos flashes, a modo de entrevisiones soñadas, donde acronológicamente aparecen episodios y obsesiones de la vida del autor tamizados por dichos exordios musicales. Onirismo, pintura, música, prescindencia del tiempo sucesivo, variedad de técnicas narrativas… Vanguardia, al fin, que estaba apareciendo cuando Carrasquer llegaba al mundo, que revolucionó las artes y revolucionó a ese mundo y que en la narrativa codificaron en la década del veinte, los dos Passos, Döblin, Huxley… aunque hoy la lección aparezca tan lejana.

En Carrasquer luchan y conviven, pues, el intelectualismo de un cultivado hombre de su tiempo, con lo que fue siempre su obsesión: la necesidad de entrañarse en ese pueblo, al que todo se le había negado. El lector advertirá la sensibilidad a flor de piel de FC, que en el trato personal afloraba en forma de una gran naturalidad, cuajada de timidez. Hombre de observaciones profundas, temía expresarlas, como para no dejar a su interlocutor en situación de inferioridad intelectual. Mientras que, en cambio, en el arte suele suceder que la hiperestesia busque su propia vacuna y derive en un expresionismo que revela las más profundas heridas de su artífice.

Autor, cuya peripecia vital aparece a saltos en el tiempo y el espacio, entreverada con las más diversas reflexiones y hechos históricos, pero muy fiel a los sucesos que el joven libertario vivió. Desde los primeros recuerdos de la niñez y la sexualidad hasta su decisión definitiva de salir de España en 1948, el texto pasa por sucesos tan ilustrativos, como las dramáticas muertes de su madre y hermanos, la una, ahogada y ellos, uno muerto en combate y otro, a consecuencia de una tuberculosis que no puede ser convenientemente tratada. O la ceguera de otro hermano, el pedagogo Félix, no atajada a tiempo, en parte por incultura y en parte por la desidia para esas cuestiones propias del ambiente rural. Pasamos también por la previsible sordidez y el sadismo del seminario, la pérdida de la fe, sus trabajos de chico para todo en Barcelona, antes y después de la guerra, la tortura, la militancia confederal…

Todo ello enmarcado en un contexto histórico, veteado por acontecimientos concretos, como son la visita del tenor Fleta a Albalate de Cinca, su pueblo natal, que es el mismo que el del autor, los preparativos para la proclamación del comunismo libertario en dicho lugar, la aparición de una Hildegart ficcionalizada en las tristes circunstancias de su muerte a manos de su madre aunque no en su esencia, la muerte de Francisco Ascaso (Francho en el texto) durante el asedio al cuartel de Atarazanas, el suicidio de Evaristo Viñuales, el asesinato de Ponzán, quemado vivo por los nazis, el mecanismo siniestro por el que los comités cenetistas, caían uno tras otro en manos de la policía… Una pequeña historia, pues, desde dentro del movimiento confederal pero, por parte de alguien nada partidario de consignas ni doctrinas. FC siempre otorga lugar privilegiado al pensamiento y, cuando le parece oportuno expresa sus discrepancias, dentro de un gran entrañamiento con lo que los precursores del anarquismo llamaron la Idea y, sobre todo, con ese pueblo, al que la guerra civil todo le arrebató.

Como hicieron los humanistas del Renacimiento español, Carrasquer recurre frecuentemente al coloquio como medio de confrontar ideas y explorar los infinitos matices de la realidad. Especialmente representativos son los del hombre de acción frente al filósofo, representados por Francisco Ascaso y su compañera Jeannine, el de Paco (trasunto del autor) y su hermano José (muerto en la guerra), en el que se profundiza sobre el sexo y los sentimientos, o los de Paco y Pere sobre la guerra civil, y con Pilar sobre el referido asesinato de Paco Ponzán, su hermano.

Carrasquer vivió más años en Holanda y Cataluña que en su natal Aragón, como constata el repaso a su biografía. Sin embargo, es tan intensa su vinculación afectiva con su tierra que  escribe:

 (…) a veces temo caer en el «chicopatrioterismo» a tus ojos, por hacer, a lo mejor, demasiado el panegírico de mis paisanos. Pero no lo puedo remediar, amor, porque ¡cuidado que me esfuerzo en ser ecuánime, imparcial, objetivo y todo lo lúcido que puedo! Pero siempre me he de rendir a la evidencia de cuán excelente es mi Aragón, sobre todo de las virtudes que adornan a los aragoneses.

Habla en otra ocasión del “gracejo maño”, no perdona diminutivos como “hermanico”, utiliza numerosos aragonesismos léxicos: “somorda”, “enfuriada” y tantos otros y teoriza sobre la identidad del habitante del antiguo reino:

 Y es que el aragonés sabe estar por encima del infortunio; es, seguramente, el espécimen de hombre que sabe entender mejor la vida. A uno se le vienen a las mientes los orientales, los hindúes en especial: pero el aragonés tiene, además de ese sentimiento de lo sagrado del hindú, la gracia de poner un toque creador que tan patente asoma en su folklore.

Para remate, se precia en varias ocasiones de cantador de jotas, facultad que no llegué a comprobar, pese a los casi ocho lustros de conocimiento mutuo.

Carrasquer (4) Los centauros de Onir es, pues, la crónica a retazos de la asendereada vida de un hombre de acción pero en la que importan más los elementos sustentadores de las ideas  y la emoción que los propios acontecimientos. Tras los fogonazos del ensueño o del recuerdo, siempre la preocupación, la obsesión por su pueblo pero, aun manteniendo la idea libertaria, siempre con una inquietud por no perderse en el desierto de los anhelos ilusorios:

Porque hay que partir siempre de la realidad, si no, tendrás que imponer tu imagen mediante un montaje que se te  puede ir abajo el día menos pensado. Porque, entretanto, te habrás tenido que imponer dictatorialmente y, a la corta o la larga, todo dictador acaba siendo derribado (…) todas las grandes revoluciones verdaderamente populares, no políticas, ha partido de una reacción de rechazo, de una imperiosa necesidad de destruir el presente sublevante, sin previo programa. Por puro reflejo justiciero y de la más primaria dignidad humana.

Como sucede a lo largo de su obra ensayística, el faro rector del pensamiento de Carrasquer es la Ethica de Spinoza[3], proclamada en este libro como una de las siete maravillas del mundo, aunque apenas vuelva a citarla. La modernísima visión del filósofo, excomulgado del judaísmo y visionario de disciplinas como la ecología o el psicoanálisis, coincide con el autor en su intento de dar “una nueva dirección a la vida”, de arrostrar el futuro, guiados por el faro de la libertad pero teniendo en cuenta las enseñanzas de la historia, Desde Espartaco, los revolucionarios que en el mundo han sido, han sufrido derrotas estrepitosas, que, sin embargo, han repercutido por ósmosis en el progreso de la humanidad. Carrasquer ejemplifica este proceso en las mitológicas luchas entre centauros y lapitas, atribuyendo a los primeros la bandera del deseo, la libertad y la independencia frente a los segundos, representantes del orden y la eficacia. Como no puede ser de otra manera, Carrasquer vincula esta batalla con la revolución libertaria de 1936 y su perspectiva es crítica pero voluntaristamente optimista:

 (…) no somos más que fermentos de algo que tardará siglos en alquitararse Pero no por esta vez, lo cierto es que no hemos sabido hacerlo.  deberíamos haber colaborado en todo y por todo con el poder republicano, y así habríamos gozado del favor del gobierno en el interior y de los gobiernos del exterior, sin que hubiésemos significado una especie de coco para las democracias; o deberíamos haber dado, con la gran parte del pueblo que creyó en nosotros, el salto mortal, nuestra revolución, aquel «a por todo» de julio del 36. Pero se nos encogió el ombligo para eso… era demasiado grandioso para nuestra mental indefensión y menudencia representativa en el mundo. Y para lo otro, perdimos miserablemente el tren. Total: los lapitas astutos derrotan a los nobles centauros. No se ha hecho el mundo para los inocentes.

-…Todavía. Pero los inocentes acabarán por alzarse con la victoria…

Los centauros de Onir, la retrospectiva de una vida que tuvo protagonismo en los momentos cruciales del siglo XX español, el reflejo de una historia en la conciencia de unos revolucionarios que, casi siempre murieron en el intento pero también el sueño de un hombre bueno, cuya confianza en la humanidad, tal vez pueda consolarnos en las desolaciones cotidianas.

[1] Más información sobre su vida y obra, en los siguientes textos de mi autoría:

-Edición e Introducción a Francisco Carrasquer Sender en su siglo (Antología de textos críticos sobre Ramón J. Sender), Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2001, pp. 9-45.

“Prólogo” a Baladas del alba bala de Francisco Carrasquer, Madrid, Bartleby Ediciones, 2001, pp. 7-12.

-“Francisco Carrasquer: del pueblo y para el pueblo”, Letras Aragonesas nº 4, Zaragoza, Abril 2007, pp. 3-8. Criaturas Saturnianas nº 7, 2º trimestre 2007, pp. 115-121.

-“Francisco Carrasquer en su circunstancia”, Turia nº 84, noviembre 2007-febrero 2008, pp. 307-315.

-“Francisco Carrasquer, una vida intensa y desprendida”, Imán nº 7, noviembre 2012-“

“R. J. Sender y F. Carrasquer. El reencuentro literario de dos libertarios del Cinca”, Alazet, Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca, 2013 (en prensa).

[2] Carrasquer, a lo largo de su vida, publicó los siguientes libros: Manda el corazón (novela), Barcelona, Bruguera, 1948. Cantos rodados (poesía), Ámsterdam, Cinca, 1956. Baladas del alba bala (poesía), Santander, Isla de los ratones, 1956. “Imán” y la novela histórica de Ramón J. Sender, Ámsterdam, Heijnis, 1968. Vísperas (poesía), Barcelona, El Bardo, 1969. Felipe Alaiz, estudio y antología del primer escritor anarquista español, Madrid, Júcar, 1977. La literatura española y sus ostracismos, Cuadernos de la Universidad de Leiden, 1980. La verdad de Sender, Leiden-Tárrega, Cinca, 1982. Nada más realista que el anarquismo, Madrid, Madre Tierra, 1991. La integral de ambos mundos: Sender, Zaragoza, Prensas Universitarias, 1994. El grito del sentido común. De los automatismos a la libertad, Madrid, Libertarias/Prodhufi, 1994. Holanda al español, Madrid, Libertarias/Prodhufi, 1995. Palabra bajo protesta (poesía), Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1999. Sender en su siglo (Ed. de Javier Barreiro), Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 200. Ramón J. Sender, el escritor del siglo XX, Lérida, Milenio, 2001. Ascaso y Zaragoza. Dos pérdidas: la pérdida, Zaragoza, Alcaraván, 2003. Servet, Spinoza, Sender. Miradas de eternidad. Zaragoza, Prensas Universitarias, 2007. El altruismo del superviviente. Antología (Ed. de Javier Barreiro), Gobierno de Aragón, Zaragoza, 2007 Pondera… ¡que algo queda!, Zaragoza, Alcaraván, 2007. Poesía completa, Ayuntamiento de Tárrega, 2009. Poemario aleatorio, Zaragoza, Prensas Universitarias, 2010.

[3] Al pensador judío dedicó el autor numerosas páginas, especialmente, en El grito del sentido común, Holanda al español y Servet, Spinoza, Sender. Miradas de eternidad.

Otros textos acerca de Francisco Carrasquer en estas páginas:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/12/09/introduccion-a-sender-en-su-siglo-de-francisco-carrasquer/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/12/09/introduccion-a-sender-en-su-siglo-de-francisco-carrasquer/

 

Con alumnas en Holanda