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(Publicado en “Homenaje a Fernando Aínsa”, Imán, noviembre 2019, pp-20-25).

La magnitud de la personalidad literaria de Fernando Aínsa tardó en ser apreciada en Aragón y, aunque, años después de su llegada, empezara lentamente a serlo, ni el conocimiento ni el reconocimiento de su obra fueron justos con ella. Contribuyó a tal extremo la modestia del escritor y su carácter, poco propenso a alharacas. Pero también es cierto que nunca desdeñaba el acudir a cualquier acto literario, por humilde que fuera la ocasión y la compañía. Tal era su amor y dedicación a todo lo que oliera o supiera a literatura. Porque, efectivamente, el personaje era todo literatura. Como que compartía en alto grado las prototípicas cualidades precisas para constituirse en escritor: cultura, sensibilidad, poder de observación e introspección y competencia lingüística.

Que su cultura era proteica lo demuestra sobre todo la profusa obra ensayística que escribió, pero también los cargos que ostentó, las instituciones a las que perteneció y los reconocimientos que obtuvo. Por citar sendos ejemplos, entre una miríada: director literario de las Ediciones de la UNESCO, vicepresidente de la Asociación Aragonesa de Escritores, además de director durante varios años de esta revista y el nombramiento de Doctor honoris causa por la Universidad de Poitiers. No se considere presunción la referencia a nuestra modesta asociación, ya que es lógico recordarlo en una publicación editada por ella pero es que, además, su pertenencia a la misma alivió en alguna medida la aludida ignorancia que en Aragón se tenía de su figura.

Si seguimos revisando las cualidades antes citadas, la sensibilidad no sólo trascendía su obra literaria sino que, para cualquier persona que lo conociera, era notoria esa capacidad de comprensión y empatía que emanaban de su trato. No olvidemos que la sensibilidad no sólo es tener abiertas las antenas para la percepción tanto de la belleza como del horror, sino compartir íntimamente la felicidad y el dolor ajenos.

El poder de observación se revela tanto en su ensayística como en su obra narrativa, con la que, por cierto, se inició como creador en 1964. Por su parte, la capacidad de introspección se hace presente sobre todo en la poesía, el género que, contra lo que suele ser habitual, apareció más tardíamente en su trayectoria y al que, sin embargo, se dedicó con más intensidad en la última etapa de su vida.

En cuanto a su competencia lingüística, poco habrá que señalar porque es lo que caracteriza al verdadero escritor, lo que convierte un texto cualquiera en arte literario. Esta obviedad conviene recordarla hoy que se escribe tanto y de tantas cosas sin tener conocimientos, formación ni técnica literaria suficientes para adentrarse en terrenos tan pedregosos. ¡Cuántas veces habría que recordar la frase de Basilio Soulinake en Luces de bohemia!: “La democracia no excluye las categorías técnicas”. Aplíquese también el cuento a los reseñistas literarios de hogaño, casi siempre sujetos al interés de las empresas editoriales, sus relaciones personales y el do ut des.

Aludíamos a que Fernando empezó como narrador (El testigo, 1964), se convirtió en ensayista (Las trampas de Onetti, 1970) y derivó en poeta tardano, como el título de su primer poemario (Aprendizajes tardíos, 2007) denota. La elección del género, que no es sino una gramática de la expresión, acostumbra a ir en relación con la circunstancia vital del escritor, aunque durante una buena parte de su trayectoria dichos géneros literarios se solapasen. Exiliado, pero a una edad que le daba derecho a considerarse plenamente uruguayo, comienza su trayectoria narrativa en las fechas que el llamado boom de la novela iberoamericana comienza a hacer explosión en la Europa occidental. Cuando llega a Francia en 1973 –no olvidemos que su madre había nacido en tierras galas- aun manteniendo su interés por los temas americanos, se integra totalmente en la cultura del país y es, precisamente el periodo en el que se subraya su dedicación a lo ensayístico: nueve títulos en ese periodo hasta que en 1999, con sesenta años, regresa a España, donde seguirá cultivando el género: siete títulos más en dos décadas. Será a los 70 años cuando se estrene en la poesía: cinco libros en total. Además del citado, Bodas de oro, el tan original y logrado, Clima húmedo, Poder del buitre sobre sus lentas alas y Residencia al aire, su lírica reunida, editada por Renacimiento, que tanto satisfizo a Fernando. Al fin, la propia poesía es el mejor retrato y resumen del escritor. De cualquier escritor, si la poesía reúne los méritos para considerarse tal.

Una mirada más general sobre la totalidad de su obra literaria nos muestra una constante:su preocupación por la ubicación, los lugares, los espacios y, planteado más genéricamente, por los contextos. Es verdad que a su curiosidad todo le atrae y así lo demuestra la variedad de sus labores y su trabajo crítico, pero veamos la importancia que toma para él lo arriba dicho, con sólo el título de algunos de sus ensayos: Espacios del imaginario latinoamericano. Propuestas de geopoética (2002); Espacios de encuentro y mediación. Sociedad civil, democracia y utopía en América Latina (2004);  Del topos al logos. Propuestas de geopoética (2006); Espacio literario y fronteras de la identidad (2005); Espacios de la memoria. Lugares y paisajes de la cultura uruguaya (2008). He aquí como un escritor, de profesión por naturaleza sedentaria, sondea en la ubicación, en el espacio, en el nomadismo de la búsqueda, la explicación y el análisis de aquello que más le preocupa: la utopía ¿qué es ello sino la esperanza de un lugar ignoto, la de conocer al otro y, por tanto, alcanzar la utopía inlograda de la cultura occidental, el socrático conoscere te ipsum?

 

Además de la utopía, ha sido la integración de culturas, con especial referencia a lo americano, otro de los leit motivs más constantes de Fernando. ¿Cómo penetrar en ello, sin tener en cuenta no sólo al indio y al español, sino también, al francés, al inglés, al judío, al negro, al yanqui…? Es decir, al lugar de procedencia y al destino de las culturas. Al fin, este escritor ha sido un intelectual dividido entre dos mundos pero no olvidemos que la no pertenencia casi siempre resulta ser una ventaja, que amplía los campos del conocimiento y de la experimentación. Señalemos lo positivo que resulta para los niños educarse en varios países, la cantidad de intelectuales de excelencia que han deambulado en su infancia de aquí para allá. Ciertos tipos de escisiones apuntan más a la superioridad del conocimiento que a la esquizofrenia.

Conjugar universalismo y localismo, otra propiedad de la escritura del autor que nos ocupa, no suelen ser categorías enfrentadas sino complementarias. Recordemos, como ejemplo, al más  destacado de los escritores aragoneses, Ramón José Sender, también afectado por el exilio y en la peor forma posible: añadiendo a él la pérdida de casi toda su familia directa; el trauma no le impidió facturar narraciones magistrales sobre el Aragón de su niñez y adolescencia y ser, probablemente, el escritor de su generación con más obras de excelencia en torno a las Américas, lo que subraya la cercanía de ambos en cuanto a sus inquietudes.  

Fernando Aínsa logró en varios de sus ensayos establecer categorías, penetrar en el intríngulis y dar forma a muchas de las representaciones literarias que han contribuido a configurar la multiforme, pero indudable, identidad de la literatura latinoamericana. Su capacidad de análisis, y su independencia le facilitaron el camino. También, la claridad y limpidez de su prosa. Eso de ser profundo pero legible, no estuvo de moda en la época en que yo me formé culturalmente, en la que la oscuridad parecía ser una virtud, pese a figuras como las de Alfonso Reyes, Ortega y Gasset, Octavio Paz y, por supuesto, Borges, pero hubieron de pasar años  para que entrara un poco de aire fresco –recuérdese a Allan Sokal y su tan higiénico como desopilante, Intelectual Impostures (1988)- y pudieran llegar a ser enaltecidas gentes como Steven Pinker, Richard Dawkins, Jean-François Revel o Giovanni Sartori, por citar, como en el chiste, a un americano, un inglés, un francés y un italiano. Fernando Aínsa conjugó en sus ensayos densidad y transparencia, como lo hizo en su poesía, honda pero entendible para la mayoría. Y conste que no considero que la claridad en poesía sea necesariamente una virtud, como tampoco lo es en el ensayo y no hay más que traer a colación al inmenso Lezama Lima, como ejemplo. Fernando Aínsa procuró ser con sus lectores tan generoso como en su propia vida.

Conocí a Fernando y accedí a su amistad en sus últimos lustros, cuando su “escisión” era tan sólo entre Zaragoza y Oliete, el pueblo turolense donde se refugiaba y me queda el reconcomio de no haberlo aprovechado más. Amplío la reflexión que, respecto a Aragón, enunciaba al principio de este texto: este autor pudo haber sido un muy valioso puente cultural entre Aragón y América para intercambiar e integrar territorios, ciudades, personas y actividades, que él conocía tan bien. En la América latina las posibilidades económicas son menores que al este del Atlántico pero, con el dinamismo y la propensión hacia la cultura, sucede al contrario: son de mayor calado. Soy de los que piensan que si el estado, que, generalmente, no resuelve problemas a la gente sino que los crea, hubiese atendido más y mejor a la relación con América, otro gallo hubiera cantado a España en la cultura contemporánea.

En la breve antología que aquí se presenta, preparada por el propio Fernando Aínsa, predomina la poesía, que –ya se ha visto- fue la principal dedicación de sus últimos años- y podría echarse en falta el ensayo literario, que fue lo que mayor prestigio intelectual le otorgara pero que, por la extensión que requiere, no sería apropiado para una revista de estas características. No obstante, en el breve mosaico expuesto aparece la gran variedad de direcciones a las que apuntaba el pensamiento y la sensibilidad del escritor hispano-uruguayo.

Como en cualquier muestra de textos de un autor, su más defendible aspiración debe ser el estímulo a leerlo, conocerlo más y mejor, penetrar en su mundo y enriquecerse con él. Para todo ello, Fernando Aínsa será un excelente compañero de aventura.

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(Prólogo a José Gabriel, La Vida y la muerte en Aragón, Madrid-Sariñena (Huesca), El Perro Malo y Salvador Trallero Ediciones, 2018, pp. 1-11

-¿José Gabriel qué?

-Si quiere conocer el apellido, era López. Pero siempre firmó José Gabriel. Era un periodista famoso que le había organizado alguna huelga a La Prensa. Había trabajado en Crítica, donde inclusive publicaba memorables crónicas de partidos de fútbol (dicen que tenía colgado sobre la cabecera de su cama uno de los botines de Scopelli). En 1922 había publicado la primera biografía de Carriego, muy anterior a la de Borges. Había estado en el Perú como profesor de la Universidad de San Marcos y, al cabo de andanzas y malandanzas, se había arrimado al peronismo que lo ubicó en la redacción de Democracia, con gran disgusto mío, que me sentía la primera pluma de ese diario. Mal que mal nos llevamos bien, sobre todo debido a mi condición de diputado nacional, que algún calculado respeto le infundía. Murió en la redacción del diario El Laborista, hacia 1956 o 1957.

Marcelo Héctor Oliveri, (José Gobello. Sus escritos, sus ideas, sus amores, pp. 110-111).

Portada primera edición, 1938

 Desde que hace algo más de treinta años, por influencia italo-francesa, se puso de moda la microhistoria, conocemos mejor los procesos históricos, acaso no los de las grandes transformaciones socio-políticas y las relaciones internacionales, pero sí los de nuestro país, nuestra región, nuestra comarca o nuestro pueblo en un determinado contexto histórico-social. Viene esto a cuento por la peripecia del autor que tratamos, José Gabriel López Buisán, madrileño de nacencia, pero criado en un pueblo oscense vecino a Graus, Torres del Obispo[1]. Su venida al mundo fue el 18 de marzo de 1896[2]. Curiosamente, sólo sesenta y seis días después de que lo hiciera Joaquín Maurín en otro lugar de la misma comarca, la Ribagorza. Cualquiera de estas dos vidas –a Maurín llegó a tenérsele por muerto en la Guerra Civil, incluso por parte del autor de la obra que editamos- daría para una visión angular del siglo XX más que ilustrativa.

Creo que se podrían contar con los dedos de las manos los españoles que hasta hace nada conocían la identidad de JGLB y yo no estaba entre ellos hasta que leí en la Biblioteca Nacional el libro que nos ocupa. Las razones son varias. El libro es de muy difícil obtención y la literatura acerca de la guerra civil española, inabarcable. Su autor, como tantos compatriotas en esas fechas, emigró de España en 1905 y, al parecer, sólo volvió unos cuantos meses como corresponsal del diario bonaerense Crítica[3] durante las fases iniciales del conflicto civil. Nunca volvió a firmar con sus apellidos, sino que en su abundosa obra escrita siempre utilizó sus dos nombres de pila. Tampoco había ocasión de identificarlo, pues los archivos parroquiales de la zona en que pasó la infancia fueron destruidos por los milicianos en la consabida guerra. El consiguiente interés que experimenté por el autor tras la lectura de La vida y la muerte en Aragón. Lucha y construcción revolucionaria en España me llevó a hacer algunas indagaciones. En esas estaba, cuando en una conversación ocasional con Salvador Trallero, uno de los editores hodiernos de esta obra, saltó el nombre de José Gabriel. No recuerdo quién fue el primero en convocarlo. De cualquier modo, un amigo suyo de Madrid le iba a prestar el libro que él confiaba en editar. Yo andaba reconstruyendo mal que bien su trayectoria. Habría, pues que prologarlo y contextualizarlo.

Sobre la brumosa infancia de este autor, la fuente más segura está en el volumen que el lector tiene ante sus ojos; pero rara vez se volverá a referir a ella y su identificación con la nación que lo acogió es tal, que, exceptuando las tres obras que monográficamente dedicó a la circunstancia político-social española, son escasas las alusiones al país en que vio la luz. La mayor parte de sus libros están  específicamente dedicados a asuntos en estrecha relación con la historia, la lengua, la política y la vida social argentinas.

En La vida y la muerte en Aragón, José Gabriel refiere que los hermanos de su madre le arrebataron su parte de herencia y hubo de trabajar en Madrid como sirvienta. Luego volvería a su pueblo oscense, con su recién nacido hijo. Tras unos años, la familia hubo de abandonar tempranamente Torres del Obispo y asentarse en algún lugar de Cantabria donde tampoco sus miembros lograron mejor fortuna, con lo que, como tantos españoles de su tiempo, decidieron probar suerte en el Río de la Plata.

José Gabriel llega al puerto de Buenos Aires a mediados de la primera década del siglo XX, acompañado de su madre con la esperanza de encontrar al cabeza de la familia que, al parecer, había abandonado. Ello explica, en parte, que en su firma omitiera los apellidos -el segundo de ellos, Buisán, de clara estirpe pirenaica- para firmar para siempre como José Gabriel[4]. Sin embargo, en alguna ocasión manifestó: “A mí me basta con ser hijo de mi madre, la mujer más buena, más pura y más trabajadora del mundo”, lo que no aclara que prescindiera de los dos apellidos, pudiendo haber suprimido únicamente el del padre, por otra parte tan común. De cualquier manera, en la fecha de su arribo, contaba, pues, nueve o diez años. Sabemos que, combinándolo con el desempeño de numerosos oficios, cursó estudios secundarios  y se matriculó en Filosofía y Letras, carrera que hubo de abandonar por los problemas económicos de la familia, lo que no obstó para  que, años después, ostentase alguna cátedra.

  A los 9 años, pedía yo limosna por las aldeas empotradas en los montes cántabros, a los 10 era hortero, a los 11, peón de panadería y repartidor de pan por las calles de Buenos Aires, a los 12, mozo de fonda, a los 13, pintor letrista, a los 14, mensajero, a los 15, empleado y mandadero de escritorio, a los 16, inspector de ferias francas, a los 22, profesor de enseñanza secundaria… He trabajado toda mi vida como una bestia y con una familia siempre a mi cargo[5].

En el periodo de sus estudios José Gabriel se sintió atraído por la “Escuela Novecentista”, que tenía como guía y mentor a Eugenio D’Ors. Uno de sus miembros más significados fue el poeta Benjamín Taborga (Riotuerto, 1-IX-1889-Buenos Aires, 5-XI-1918), un cántabro también emigrado, por quien sintió gran admiración y que sería uno de sus primeros ídolos intelectuales. “Taborga, un auténtico filósofo, provocó un vuelco saludable en mi vida… Con él iba a la Biblioteca Nacional y al Museo de Bellas Artes, leíamos mucho y discutíamos más, pero siempre con gran fraternidad. A veces, sin embargo, por sentir demasiado la belleza, olvidábamos la justicia”. Taborga, primero ejerció de germanófilo, luego, de  bolchevique; es de suponer que José Gabriel siguiera rumbos similares. Ambos fundaron en 1917 “El Colegio Novecentista” y comenzaron a colaborar en La Gaceta. Benjamín falleció con menos de 30 años a consecuencia de la famosa epidemia de gripe, lo que causó honda conmoción en su amigo. D’Ors le dedicó sendas glosas los días 3 y 4 de abril de 1919[6].

Pero, sin duda, el camino intelectual de JGLB estaba encauzado. El 27 de enero de 1917 ya había publicado un artículo “Un seminario de filosofía” en la famosa revista Caras y Caretas, que también llegaba a España. En ella tradujo a Maeterlinck y pergeñó algunas reseñas. El sentido social que siempre le acompañaría aparece ya en “Cuadros de pobreza”, aparecido en dicha publicación en noviembre de 1917. Colaborará también en la revista Nosotros con reseñas sobre literatura francesa y se acercará a otro escritor de prestigio: Manuel Ugarte (1875-1951), periodista, diplomático y embajador, que vivió en París y en España, donde publicó varias novelas y se relacionó con los escritores españoles. Se opuso frontalmente al expansionismo de los Estados Unidos, militó en el Partido Socialista y fundó el diario La Patria (1918), en el que también colaboró José Gabriel, que pasó después al popular diario La Prensa de la familia Paz.

Era delegado, teníamos la Federación de Periodistas y sacábamos un boletín… El trato al personal no era bueno, y un día, paramos La Prensa… Fue la primera huelga grande con que se enfrentaron los Paz.

Consiguientemente, tras tres años de colaboración, fue despedido.

Aquella huelga me cortó los víveres y me acarreó persecuciones policiales y patrioteras (…)  A partir de aquella huelga, La Prensa me sentenció. Me podía morir o que me nombrasen presidente de la Nación, que La Prensa no me mencionaría nunca más (…) No odio esa casa de don Ezequiel Paz… pero puedo aseverar, por lo que vi  (…), que me sentí en un Estado dentro del Estado. La Prensa desdeñaba la causa popular (…) Defendía sus intereses particulares, contra los nacionales, como en el caso famoso de la devaluación de la libra[7].

Comienza aquí un periodo de febril actividad que ya ocupará toda su vida. Sus muy dispersos textos siguen apareciendo tanto en revistas de gran circulación como la citada Caras y Caretas o España, editada en Madrid, como en publicaciones locales y universitarias. Aborda igualmente cualquier temática: la crítica de poesía, el cuento, el artículo político… En la ciudad de La Plata ejerce la docencia en el Liceo de Señoritas. Allí se enamorará de una alumna, Matilde Delia Natta, con la que pronto contraería matrimonio.

El folleto Tupac Amaru (1918) es su primera publicación que excede la extensión de un artículo. En 1920 llegará el primer libro: Evaristo Carriego, del que bebería Borges y al que Manuel Gálvez juzgaría superior al del maestro. Por su parte, José Gabriel colocará poéticamente a Carriego en un escalón más alto que el de Lugones (¡) y tendrá agrias polémicas por ello. En 1922 La fonda es su primera obra narrativa. Además de la que le da título contendrá otras dos novelas breves, “Un lance de honor” y “La joya más cara” pero es la primera, de protagonista colectivo y desarrollada en un conventillo de los suburbios porteños, la más interesante tanto literariamente, como por sus aspectos lingüísticos y sociales. El autor se basa en las experiencias que hace unos pocos años había vivido como mozo para todo en una fonda para todo de ínfima categoría.

José Gabriel va avanzando hacia un nacionalismo de carácter social y, en cuanto a lo literario, “la condición principalísima de la originalidad del arte, será el contenido de la emoción del medio circunstante al artista”. Se trata de la polémica que enfrentará a las dos facciones más activas de la literatura argentina en los años veinte: el grupo de Boedo y el de Florida, es decir, los llamados martinfierristas, defensores del criollismo y la lucha social, frente a los culturalistas y exquisitos, aunque ambos militasen de la vanguardia. Por entonces dirige  el grupo teatral Renovación. Publica varios trabajos sobre cuestiones de arte y, como otros escritores argentinos, se interesa también por el fútbol[8].  En 1930 es ya un intelectual extraordinariamente activo y polémico, que combate la hipocresía cultural y social, los valores consagrados y la corrupción académica y periodística. Suárez Danero lo considera “hombre de innata rebeldía y aguda cultura” y para Ernesto Palacio, “poseía una divina locura, entre quijotesca y unamunesca”[9].

En 1930, José Gabriel ya trabaja en el diario Crítica pero el golpe de estado del general Uriburu, que desaloja al radical Yrigoyen, lo margina y ha de exiliarse en Montevideo. Ya ha abrazado las doctrinas trostkistas: “el único comunista ortodoxo del mundo (…) y Stalin, un embozado reaccionario del comunismo”, mientras sostiene que, en países que siguen inficionados por el colonialismo, es necesario desvincular la cuestión nacional, formando una federación hispanoamericana en estrecha alianza con el socialismo, los sindicatos obreros y la revolución emancipadora. En Burgueses y proletarios en España, afronta el análisis de  la recién proclamada la II República española:

La oposición española necesita cumplir antes de un año su misión. Si la situación objetiva le obliga a dilatar el plazo, la burguesía puede lograr un momentáneo desahogo económico y estabilizarse, aún sin fascismo o con un fascismo enclenque… El rey se ha ido, pero la monarquía todavía no. Aguardo la noticia del saqueo del Palacio de Oriente… Dios les haga leve la guerra civil. Pero tengan presente las palabras de Lenin: ¡Ni un paso atrás![10]

 Restituida la democracia, vuelve a asentarse en La Plata, dirige la revista Martín Fierro (1934), fundada en el centenario del nacimiento de José Hernández y que reivindica sus valores nacionales. Por otro lado, en el semanario Señales publica sus artículos atacando a los Partidos Socialista y Comunista y repitiendo su mantra obsesivo: la errónea actuación de los partidos del Frente Popular en las democracias europeas; el auténtico enemigo es el imperialismo, en el caso de Argentina, el inglés.

 Al estallido de la rebelión militar en España, por propia iniciativa pero como corresponsal de Crítica, se embarca en el vapor Satrústegui para hacer la travesía y desembarcar en Barcelona. Publicado en 1937, su

libro España en la cruz (Viaje de un cronista a la guerra) es la peripecia de este viaje. Mucho más literario y extenso que el que introducimos, nos cuenta el ambiente que se respira en la travesía –viaja en segunda clase-, la miseria y suciedad de la tercera, los novelescos y, generalmente, siniestros personajes con los que traba contacto y la presencia omnímoda de la política en las conversaciones y preocupaciones del pasaje, mientras el capitán protege a los fascistas y prohíbe las manifestaciones en contrario. Todo ello adobado con reflexiones políticas, sobre el Frente Popular y la política europea. Como se adujo, sus ideas son las del  POUM (Partido Obrero Unificado Marxista) de Andrés Nin. El barco se detiene en varias ciudades brasileñas, Dakar, Casablanca, Gibraltar, Orán y Génova, porque no se le permite la entrada en Barcelona, cuyo puerto, según la empresa naviera, está minado. El periodista aprovecha para darnos las impresiones de cada una de estas ciudades. Una vez en Génova, sigue siendo complicado llegar a Barcelona. Finalmente, se junta con Santiago, un anarquista aragonés que ha trabajado en los cafetales brasileños que intenta reincorporarse a la CNT y participar en la lucha. En tren, consiguen alcanzar Portbou y llegar a Barcelona un mes después de la sublevación. José Gabriel describe con viveza la contradictoria Barcelona revolucionaria y a varios de sus personajes y tipos humanos. Es a partir de aquí, cuando se desarrollan las crónicas del libro que abordamos.

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 La vida y la muerte en Aragón

Modestamente editado por la editorial Imán, con sedes en Buenos Aires y México y con cubierta diseñada por José Planas Casas[11], el libro respira el aire inquieto y apresurado de las crónicas de guerra pero también la convicción de que se están viviendo momentos trascendentales de la historia. En las cinco páginas del prólogo, escrito en abril de 1938, más de un año después de su estancia en el frente, José Gabriel señala culpables:

La guerra imperialista debe convertirse en guerra civil, predijo Marx. Lo confirmaron con los hechos, Rusia, en 1917, Italia y Alemania, en 1918; lo confirmaba España en 1936. Los mismos burgueses españoles de izquierda hablaban de REVOLUCIÓN, no de DEFENSA (…) Pero precisamente porque el orden proletario es el único opuesto a todo orden imperialista, al verlo surgir en España lo frenaron.

En resumen, el objetivo de ambos bandos era frenar la revolución proletaria. Por ello, los burgueses republicanos, socialistas, con los comunistas a la cabeza, destruyeron las milicias populares, las colectivizaciones, amordazaron a los partidos revolucionarios, asesinaron a Durruti, Nin y Berneri y mandaron al pueblo en masa a morir en batallas absurdas como las de Teruel y, después, el Ebro.

Sin embargo, José Gabriel no es un pesimista agorero y alberga la esperanza de que, si no se consigue la victoria militar, se obtenga la política. Su vitola de progresista verdadero la demuestra poniendo en solfa muchos de los comportamientos de quienes dirigen la guerra: la censura, la propaganda que convierte los fracasos en victorias, la honda rivalidad entre las distintas organizaciones revolucionarias… Pero lo que el periodista desea ardientemente es conocer el frente de Aragón y su experiencia revolucionaria. Finalmente, sufragándolo a medias con un colega francés, consigue que le entreguen un Peugeot nuevo provisto del correspondiente chófer. A partir de aquí JGLB nos paseará por la geografía aragonesa (Bujaraloz, Fuentes de Ebro, Sariñena, Barbastro, Graus, Torres del Obispo…) a través de cuadros tomados de la realidad que traslucen la verdad de una instantánea fotográfica. Sus reflexiones políticas y pensamientos siempre serán breves, como requiere la crónica periodística, diferentes a las más sesudas y analíticas de España en la cruz.

Miradas sobre el paisaje, datos costumbristas, observaciones sobre los hábitos nacionales, las milicianas, la vida en la trinchera se suceden a lo largo de los cuarenta breves capítulos que componen el libro de sólo 120 páginas en su edición original, pero que se completa con láminas fotográficas, reproducciones de algunos órganos de prensa, pasquines, manifiestos… y un apéndice de 52 páginas más, que contiene los apartados: “Una descripción del frente

aragonés”, “Detalles del frente aragonés” “¿Por qué se detuvo el frente en Aragón?”, “Debates proletarios sobre economía”, “La ofensiva contra las colectividades”, “El gobierno republicano en el nuevo orden”, “Un discurso antifascista de Durruti” y “Vida y muerte de un líder”, donde se afirma sin ambages que el revolucionario leonés “fue asesinado por la Columna Internacional del General Kléber, fuerza especialista en la limpieza a retaguardia” (166)

 A José Gabriel le sorprende la naturalidad con la que se ha aceptado la desaparición del dinero, el “todo para todos”, también, aquella con que se acepta la muerte propia y ajena, leitmotiv del título del libro. En cambio, el desvío de la izquierda francesa y su Frente Popular respecto a la lucha de los republicanos españoles produce en todos honda indignación que se traslada al periodista francés compañero del argentino. Pero el mayor número de páginas se dedica al ataque y penetración en el pueblo de Fuentes de Ebro, dirigido por Durruti, también narrado con sencillez y ausencia de dramatismo. Ausencia que se extiende a la suerte de los ejecutados, cuya muerte cuentan con naturalidad algunos de sus verdugos o que los mismos reporteros encuentran abandonados en las cunetas. José Gabriel no puede evitar un respingo ante dichas circunstancias, lo mismo que sucede en la cena que les sirven en la iglesia de Bujaraloz:

En el fondo, me está remordiendo, no la iglesia convertida en comedor, sino la iglesia vencida. Siempre peleé y nunca pude quedar vencedor: el derrotado, ya, por su misma derrota, me parece el justo. Todos tenemos algo de razón y la razón vencida es más razón.

Tras el ataque a Fuentes de Ebro, son los capítulos 25 –el fusilado en la cuneta a las afueras de Barbastro- y los que se desarrollan en Torres del Obispo, ahora Torres de Largo Caballero (32-37), los que, en cierto modo, suponen un viraje en las preocupaciones dominantes. El primero ejemplifica las consideraciones metafísicas que asoman en el título de la obra y los que se refieren a la aldea en que se crió, la perplejidad del reencuentro con su niñez, un choque psicológico en un contexto en que las preocupaciones inmediatas, que para muchos equivalen al destino de la humanidad, son lo único que importa.   

El colega francés necesita regresar y a José Gabriel le pesan las muertes. Sin decirlo, necesita escapar de ellas. Aunque no quiere incurrir en las exageraciones de otros corresponsales, los fusilados se han convertido en protagonistas. El reportaje termina con una cena en un restaurante del Barrio Chino –el casco viejo de las ciudades mediterráneas que el autor siempre denomina Casbah- en la que el chófer devora unos sesos y comenta: “Como con gusto porque me parece que le estoy comiendo la cabeza a aquel fascista de la carretera”. Un tanto ambiguamente, José Gabriel refugia sus pensamientos en el vino.

 

Los años finales

 Tras la guerra, la trayectoria de JLGB seguiría siendo rebelde, polémica y combativa. Su enorme capacidad de trabajo se refleja en su bibliografía y centenares de artículos. Las preocupaciones por la lengua nacional, la cultura popular y el antifascismo seguirán siendo prioritarias para él. Así, obtenida una cátedra en 1939, se le suspende en 1941. El golpe militar de 1943, que intervino hasta la lengua y proscribió el lunfardo, lo llevó a inmiscuirse en la protesta, lo que le valió la cárcel y el exilio a Montevideo. En 1946 marchará a Lima para enseñar periodismo en la Universidad de San Marcos. Vuelve en 1949 y se acerca al peronismo, que antes había rechazado. Pero también con una actitud crítica: en las reuniones del general con los periodistas “el que llevaba la voz cantante era Perón. Sólo José Gabriel osaba interrumpir los monólogos presidenciales[12]”. Sin embargo, la muerte de Evita y los nuevos rumbos de la política del presidente provocan que vaya tomando algunas distancias aunque los intelectuales antiperonistas lo consideran un enemigo. Por entonces, colabora en Argentina hoy, un diario socialista cercano al peronismo, y en El Laborista; vive modestamente en una villa obrera del barrio de Lanús, extrarradio de Buenos Aires; también ejerce labores de prensa en el Ministerio de Salud Pública.

Frisando la sesentena, José Gabriel estuvo con los que, sin fortuna, trataron de oponerse al derrocamiento de Perón, por lo que recibió virulentos ataques. Como escribe Galasso:

Aquel que había sido marginado por anarquista y trotskista, por rebelde y deslenguado, por predicar una síntesis entre marxismo y liberación nacional o hacer centro en la cuestión social al analizar el Martín Fierro, suma ahora otra transgresión: su peronismo militante de los últimos años. Inmediatamente es exonerado del ministerio, manteniendo apenas su cargo en El Laborista, aunque arrinconado en una sección secundaria y con un sueldo exiguo que le permite apenas sobrevivir a él y a su familia[13].

El 14 de junio de 1957, un infarto vence su cabeza sobre la máquina de escribir en la redacción de El Laborista. Muere horas después.

Pasarían 17 años para que alguien escribiera sobre él (Suárez Danero, 1974); 58, para que se reimprimieran algunos de sus textos (Korn 2015); nada menos que 61, para que una editorial, curiosamente aragonesa, llevase a cabo la reedición de uno de sus libros. La independencia, el humanismo, la calidad literaria y la variedad de las preocupaciones de este autor merecerían otras atenciones.

 

                                                                                   NOTAS

[1] Aparte de su propio testimonio, la condición aragonesa del autor la confirman Eduardo Suárez Danero, Guillermo Korn y otros autores. Él se decía aragonés, como su familia materna, pero se consideraba argentino. Pese a la importancia de su obra y las polémicas que suscitaron sus escritos y actuaciones, la figura de José Gabriel es muy poco conocida incluso en los círculos cultivados del país austral. 

[2] El padre, Buenaventura López, nacido en Cangas de Onís, Asturias, emigró a la Argentina en 1897 y parece que abandonó la familia a su suerte. La madre, Teresa Buisán, nacida en Torres del Obispo, Huesca, viajó con su hijo a Buenos Aires en 1905.

[3] Fundado por Natalio Botana en 1913, Crítica fue uno de los periódicos más populares del país en las décadas de los veinte y los treinta, llegando a alcanzar cinco ediciones diarias y en algún momento llegó a ser el de mayor tirada del mundo en lengua española. Defensor de las ideas avanzadas, durante la guerra en España, apoyó al bando republicano. A partir de la muerte de su fundador en 1941, el diario fue decayendo y desapareció en 1962.

[4] Dado su espíritu rebelde y revolucionario, es posible que pudiera ejercer alguna influencia el hecho de que el nombre español del caudillo Túpac Amaru, que en el siglo XVIII se rebeló contra la dominación española, fuese el de José Gabriel Condorcanqui Noguera. Igualmente, llevó ese nombre el minero J. G. Aguilar que, en unión del doctor Ugalde, concibió un proyecto de emancipación americana, por lo que, como Túpac Amaru, fue ejecutado en 1805.

[5] Cit. por Galasso (2013).

[6] La obra completa de Taborga fue publicada por Calpe Argentina en 1919.

[7] Cit. por Galasso (2013).

[8] En “El jugador de football, ejemplo de arte”, (La Nación, 6-I-1929) sostiene que en un partido de fútbol hay más arte que en muchas de las óperas del teatro Colón, insistiendo en el funcionamiento colectivo del juego. Añade que la cultura debería tomar ejemplo de lo ocurrido en el fútbol: “Unos ingleses acriollados, les enseñaron a nuestros muchachos las reglas primarias del juego, hace medio siglo, pero ellos no se quedaron en la enseñanza externa (…) cuando supieron cómo se jugaba, trataron de olvidar lo aprendido y se pusieron a inventar. Leyeron los libros, pero no tomaron notas, aprovecharon la experiencia ajena, pero no la repitieron. Polimeni o Calomino (dos jugadores de la época) en una de sus trenzadas de vagos por los baldíos de los diques con la marinería de los buques británicos surtos en el puerto, crearon el fútbol argentino. Todos los actos esenciales de la cultura son producto de una enseñanza convertida en móvil creador. Por eso, nuestros universitarios van a Europa maestra y sólo promueven cortesías y van nuestros jugadores de fútbol y arrebatan a las gentes. Llevan lo que Europa conocía, pero lo llevan superado”.

[9] El catedrático bilbaíno citó a José Gabriel en sus Ensayos, publicados en 1916.

[10] Cit. por Galasso (2003).

[11] José Planas Casas (1900-1960),  gerundés de Torroella de Montgrí, emigró a la Argentina en 1911. Fue un excelente y reconocido artista, que se relacionó con grandes figuras del arte de su época. Falleció en Santa Fe, cuya Escuela de Bellas Artes dirigió desde 1942.

[12] Marcelo Héctor Oliveri, José Gobello. Sus ideas, sus escritos, sus amores, Buenos Aires, Corregidor, 2002, pp. 110-111.

[13] Galasso (2013).

                                                                      OBRAS

Tupac Amaru (folleto), Buenos Aires, 1918.

Las salvaciones (folleto), Buenos Aires, Arca, 1920.

La educación filosófica (folleto), Buenos Aires, Centro de Estudiantes de Derecho y Ciencias Sociales, 1921.

Evaristo Carriego, Buenos Aires, Agencia Sudamericana de Libros, 1921.

La fonda. Un lance de honor. La joya más cara (relatos), Buenos Aires, Tor, 1922. / La fonda (novela porteña), Buenos Aires, Imán, 1939.

Vindicación de las artes  (crítica artística), Buenos Aires, Mercatalli, 1926.

Martorell (monografía artística), La Plata, Félix Santi, 1926.

Farsa Eugenesia (drama clásico), Calpe-J. Urgoiti, Buenos Aires, 1927.

Frente a Moisés (monografía artística), Buenos Aires, Ángel Estrada, 1928.

El Cisne de Mantua, La Plata, Félix Santi, 1930.

Reglas para un manual del político, La Plata, Félix Santi, 1931.

-Sentido de lo moderno (folleto), La Plata, Félix Santi, 1931.

Bandera celeste. La lucha social argentina, Buenos Aires, Porter Hermanos, 1932.

La revolución española (crítica social), Buenos Aires, Autor, 1932

Cantar de Los infantes de Lara, La Plata, Autor, 1934.

-El pozo negro, Relatos del mundo, Buenos Aire, Claridad, 1935.

España en la cruz. Viaje a la guerra española, Santiago de Chile, Ercilla, 1937.

Las semanas del jardín. (España y América vistas a través de un desconocido libro de Cervantes), Santiago de Chile, Ercilla, 1937.

La vida y la muerte en Aragón. Lucha y construcción revolucionaria en España, Buenos Aires, Ediciones Imán, 1938.

El nadador y el agua. (Retorno a la dicha natural), Buenos Aires, Compañía Impresora Argentina, 1938.

Ditirambo a García Lorca, Buenos Aires, Colombo, 1939.

El loco de los huesos. Vida, obra y drama del Continente Americano y de Florentino Ameghino, Buenos Aires, Ediciones Imán-Sarmiento, 1939.

Aclaraciones a la cultura, Buenos Aires, Colombo, 1939.

San Martín, imagen angélica, La Plata, Imprenta E. Capdevile, 1940.

Entrada en la modernidad, Buenos Aires, Concordia, 1942.

La Madrid. El valor legendario, Buenos Aires, Emecé, 1944.

Walt Whitman, Montevideo, Ceibo, 1944.

Curso de literatura española, Montevideo, Organización taquigráfica, 1945.

Historia de la gramática, Lima, Lumen-San Marcos, 1948.

La encrucijada. Europa entre la revolución y la guerra, La Plata, Moreno,  1952.

De leguleyos, hablistas y celadores de la lengua (Antología compilada por Guillermo Korn), Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015.

 

                                                          BIBLIOGRAFÍA

-CHÁVEZ, Fermín, Alpargatas y libros. Diccionario de peronistas de la cultura (Tomo I), Buenos Aires, Theoria, 2004, p. 57.

-GALASSO, Norberto (coord). Los malditos  (Vol. I). Buenos Aires, Madres de Plaza de Mayo, 2004, p. 279.

-, “José Gabriel López Buisán, ese hombre desconocido y olvidado. Se cumplieron 117 años del nacimiento del español que vivió en la argentina y defendió  la causa nacional”, Tiempo Argentino, 20 de marzo de 2013.

-GONZÁLEZ, Lucas, Jerónimo BORAGINA, Gustavo DORADO y Ernesto SOMMARO, Voluntarios de argentina en la guerra civil española, Buenos Aires, Ediciones del CCC (Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini), 2008.

KORN, Guillermo, “Estudio preliminar” a De leguleyos, hablistas y celadores de la lengua, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015, pp. 11-51.

-MELERO, José Luis, Los libros de la guerra. Bibliografía comentada de la Guerra Civil en Aragón (1936-1949), Zaragoza, Rolde de Estudios Aragoneses, 2006, pp. 96-98.

-OLIVERI, Héctor Marcelo, José Gobello. Sus ideas, sus escritos, sus amores, Buenos Aires, Corregidor, 2002.

-PULCHER, Darío, Escritores “malditos”: peronismo histórico y campo intelectual en una aproximación de Jauretche, 2015.

-SIGNO, Leopoldo del, “José Gabriel, el último gaucho”, La Nueva España nº 69, junio 1937.

-SUÁREZ DANERO, Eduardo, “José Gabriel, sin pelos en la lengua. Textos de un polemista mordaz, relegado al olvido por la cultura oficial. Biografía de un luchador”, La Opinión Cultural, 3 de febrero de 1974.

-TARCUS, Horacio (dir.), Voz “Gabriel, José”, Diccionario biográfico de la izquierda argentina, Buenos Aires, Emecé, 2007.

                                                                         José Gabriel López Buisán 

 

 

 

 

 

 

 

                                              

(Introito a Alcohol y Literatura, Menoscuarto ediciones, 2017, pp. 11-18)

                                                                      INTROITO

 El noruego Knut Hamsun, Premio Nobel en 1920, decidió finalmente asistir a la ceremonia de su entrega pese a que Per Hallström, uno de los jurados, había manifestado: “Ha estado ejerciendo una anárquica influencia durante casi toda su vida y probablemente ni siquiera considere legítima la postura idealista que el Premio Nobel pretende fomentar”. Eso sí, Hamsun se presentó absolutamente borracho. Entre otras patochadas, se acercó a la también miembro de la Academia y premio Nobel en 1908, Selma Lagërlof[1] y, tras golpear su corsé, eructó: “Lo sabía, suena igual que una campana”. Después tiró de las patillas a otro de los jurados, trató de compensar con el dinero del premio a dos miembros más que le habían votado y, al no aceptar éstos, se lo ofreció a un camarero de su hotel. Tampoco se atrevió a quedárselo el empleado y Knut dejó el dinero y el diploma en el ascensor. Pese a su muy ajetreada vida, llegó a los noventa y dos años, aunque recluido en un asilo de enfermos mentales[2].

Los escandinavos llevan fama de adictos al trago, pero no están solos. Según el doctor Goodwin[3] el setenta por ciento de los escritores norteamericanos premiados con el Nobel tuvieron problemas con el alcohol o lo utilizaron como fuente de inspiración. Es decir, cinco de siete: Sinclair Lewis, que en 1926 había rechazado el premio Pulitzer, obtuvo el primero de los Nobel otorgados a un norteamericano en 1930. El resto de los bebedores eran: Eugene O’Neill, premiado en 1936, William Faulkner (1949), Ernest Hemingway (1954) y John Steinbeck (1962). No se entienden bien las cuentas de Goodwin o debió de escribir su artículo antes de 1976, año en que se entregó el premio a Saul Bellow. Después lo recibirían Isaac Bashevis Singer (1978), la afroamericana Toni Morrison (1993) y el también poco sospechoso de abstinencia, Bob Dylan (2016). Pero es que, de los dos a quienes Goodwin no considera vinculados con el alcohol, Pearl S. Buck (1938) y Thomas Stearn Eliot (1948), la  primera, tan cursi y moralista, en algún periodo de su vida las cogía que era un primor. Aunque a menudo se le considera británico, el muy circunspecto Thomas Stearn Eliot contrafigura de un Hemingway, cultivador y exhibicionista de la desmesura, era también americano de nacimiento.

Pero Estados Unidos contaba ya con el escritor al que suele considerarse como emblema de esta propensión, Edgar Allan Poe, que recibió el alcoholismo como herencia genética y, con su conducta, hizo honor a ella hasta su muerte, sobrevenida tras un episodio de delirium tremens.

El rudo escritor noruego y los cinco americanos no eran ninguna rareza en su profesión. Más de dos mil años antes el filósofo Crisipo murió bebiendo vino aunque otros testimonios hablen de que murió de risa. En alguno de sus setecientos cinco libros había recomendado el incesto -que practicaba con su madre- y la antropofagia. Diógenes Laercio nos cuenta que el tal Crisipo de Soli consideraba el beber vino como una de las pocas actividades específicamente humanas. No le faltaban buenos maestros: Sócrates era apreciado por sus contemporáneos como un gran bebedor y esa cualidad de aguante para las libaciones constituía una de las principales razones para obtener el respeto de sus discípulos. Lucas Gracián Dantisco, en una obra hoy olvidada pero con multitud de ediciones en anteriores centurias, escribía acerca del maestro de Platón:

 Sócrates del cual cuentan que le duró la noche el brindarse a porfía con otro gran bebedor llamado Aristófanes, y la mañana siguiente hizo una linda medida de geometría sin errar un punto. Adonde mostró que el vino no le hubiese hecho estorbo, y esto por la continuación que tenía de haberse muchas veces arriscado a beber a porfía, y aunque muchos mostraban su valor en el beber mucho y sobre apuestas sin perder el sentido, la victoria que han ganado es tal que lo debemos tener por vicio pestilencial, y pecado muy torpe.                                                                                                         

                                                                Galateo español, (Cap. XV: Del brindarse)

  Siglos después, el psiquiatra francés Louis-Francisque Lélut catalogaba a Sócrates como una personalidad delirante y alucinada.

  Los griegos se acostumbraban a beber desde pequeños por lo que luego soportaban mejor los efectos etílicos y esto era motivo de prestigio; tal vez heredáramos de ellos esa “mitología del aguante”, hasta hace poco tan del gusto de nuestros pueblos y hoy en claro retroceso aunque, con otros parámetros, haya pasado a las culturas urbanas.

Anacarsis Escita reflexionó abundantemente sobre las costumbres etílicas de los griegos y no dejaba de admirarse de que al principio de la comida se bebiese en vasos pequeños que, después, iban siendo sustituidos por los grandes.

  Adicto fue también un tipo peligroso, Periandro, que preso de la ira e incitado por sus concubinas, mató a patadas a su mujer embarazada. Después, quemó vivas a aquéllas. Injusticia distributiva de la que alardea en una carta a su suegro, Procleo:

El fracaso de mi mujer aconteció contra mi voluntad; pero tú serás injusto si exacerbas el ánimo de mi hijo contra mí. Si no calmas la fiereza de mi hijo para conmigo, me vengaré de ti; yo ya vengué la muerte de tu hija abrasando vivas a mis concubinas y quemando junto a su sepulcro los adornos de todas las matronas corintias.

    Otro sabio, Timón, muy dado a la bebida, según Antígono, llegó a cumplir los noventa años, edad muy inusual en la época. Los griegos se preparaban con previsión -y en esto les siguieron los romanos- para los excesos colocándose, entre otras cosas, una corona de perejil. Pensaban que esta planta absorbía los vapores etílicos.

Li-Po, considerado como el más grande poeta chino y uno de los sabios más indiscutibles de la humanidad, a pesar de su iniciación en el taoísmo, fue un gran bebedor y murió a resultas de una borrachera.

  Entre los escribientes latrolítricos, los ejemplos, las facecias y las demasías son innumerables y este libro dará buena cuenta de ello. Antes de que me pongan el grito en el cielo, advierto ya que aparecen menos orientales que occidentales y menos mujeres que hombres. Es cierto que, según algunos, los chinos inventaron la destilación, que otros atribuyen a los árabes; es, asimismo cierto que ellas cogen unas pítimas que da susto pero lamento comunicar que también es aproximadamente cierto que hembras y orientales tienen menos eficiencia en una de las enzimas –conocida técnicamente como ADH- que ayudan a procesar el alcohol en el hígado (v. pag. 126), con lo que habitualmente las cogen antes y no pueden competir con igualdad en este terreno, aunque no falten escritoras borrachas que ocuparán su sitial con todos los honores.

En cada localidad europea, desde las minúsculas aldeas hasta las grandes urbes, la bebida, la exaltación de la embriaguez, las historias cómicas de borrachos, la vinculación de fiesta, alegría y vino han formado parte de la vida cotidiana, de la tradición, de la forma de vida de la gente. A los evidentes aspectos siniestros del alcoholismo[4] se opone toda la cultura de la diversión, la transgresión, la juerga, las canciones báquicas, el carnaval… Las admoniciones contra el alcohol no han conseguido nunca desterrarlo. La borrachera es uno de los pocos ritos de iniciación juvenil que se conservan y hoy -para bien y/o para mal- las culturas occidentales han incluido también al sexo femenino.

Beber es placentero pero puede perjudicar y llevar a cometer actos inqueridos y violentos. Ilumina y embrutece. Hace más humano y más salvaje. Como tantas cosas, es pura contradicción: sienta bien y mal, alegra y entristece, proporciona tono y lo apaga, estimula la creación y es capaz de abolirla para siempre. Evidentemente, la solución no está en los anuncios: beber con moderación, recomiendan, cosa sólo al alcance del tibio de corazón. De momento, nos conformaremos con seguir el bieninten­cionado “Si bebes, no conduzcas” y, por nuestra parte, recomenda­remos al abstemio que beba algo y al excesivo, que dé al garguero unas semanas de vacaciones. Y, en cuanto al repaso de borrachines, espero que nuestro dedo no tome nunca caracteres acusadores ni tampoco exculpatorios. El adagio “Cada uno sabe lo suyo” siempre me pareció irreprochable.

 Fuera de la traviesa juventud y de escasos círculos de resistentes, hay que reconocer que emborracharse no está de moda y cada vez asoman más las caras censorias y las voces amenazadoras en televisiones y programas educativos. Ya Machado catalogó a los “borrachos de sombra negra” en un poema ejemplar que podría servir como modelo de “lo que debe ser y lo que no debe ser”. La línea entre la borrachera jocosa y la agresiva es cierto que no está demasiado clara y que hasta un borrachín típico puede pasar por las dos, según el día que tenga. Pero, en general, suele depender de la persona. “Ése tiene mal vino”, solía decirse. Cuando, para bien y para mal, la sociabilidad del español estaba más a flor de piel, el borracho era una incidencia más de la vida cotidiana y todas sus peripecias eran vistas como algo jocoso y digno de contarse. Antes, un borracho daba, sobre todo, risa y es recurso cómico empleado habitualmente por el género chico, por el cine, antes de convertirse en una cosa más bien truculenta y ruidosa, y por los tebeos. Hoy, ser tildado de borracho no gusta ni a quienes les gusta emborracharse. Hace unos años leí cómo el presidente Maragall había demandado a la revista Vanidad por un artículo titulado “10 borrachos”, que, además del mentado, incluía a Hemingway, Bukowski, Ernesto de Hannover, María Jiménez y, nada menos que cinco actores, Jean-Claude Van Damme, Melanie Griffith, Liz Taylor, Ben Affleck y Joaquin Phoenix. No parece que hubiera de irse tan lejos para encontrar los diez, como se verá en este volumen, ni merecía la pena incluir difuntos en una revista de actualidad. El caso es que allí se escribía que “se pillan unas tajás inhumanas”, se los llamaba “borrachines típicos” y, respecto a Maragall, aún se tomaban sus prevenciones aduciendo que nunca se ha sabido si era rumor o realidad pero que tiene “el garbo y la estampa del típico borrachín de chiste, nariz colorada, pómulos hinchados, ojeras paposas y voz de carraspera”. “¿Y qué?”, contestaría yo si fuese el acusado, “¿Cumplo con mi trabajo?”, “¿Me duermo en los plenos?”, “¿”Me pongo a cantarle ‘Si vas a la Font del Gat’ al alcalde de Perpiñán cuando viene a verme?”.

  Por otro lado, desde la antigüedad, el número de grandes hombres bebedores es posible que supere al de los sobrios, con lo que ya anuncio que poca moralina se destilará en estas páginas. Mucho se ha escrito sobre la vinculación del genio con la locura y el exceso pero es que también grandes hombres conocidos por su equilibrio, como Goethe, bebían. En su caso, entre una y dos botellas de vino al día, pero sin intención de emborracharse, sino como una actividad cotidiana más, como tomar el fresco o cepillarse los dientes. De cualquier manera, la relación con la bebida en el pasado era bastante menos histérica que hoy. El dato es de principios del siglo XX pero sin duda podría fácilmente expandirse en el tiempo: en la soldada diaria de los segadores se incluían tres litros de vino que, naturalmente, no almacenaban para el futuro sino que a lo largo de la jornada iban embuchando.

  A la extendida, y en tantos casos veraz, idea de que el alcoholismo es una enfermedad[5], postura, además, adoptada por la mayoría de las asociaciones médicas, se opone hoy una corriente, defendida entre otros por Stanton Peele[6], que considera la necesidad de bebida como una especie de equilibrador emocional, de lubricante que intervendría en la ecología personal de cada cual. Idea que, si bien se mira, es la que siempre ha tenido la gente respecto a la mayoría de los bebedores, no de los borrachos reconocidos, agresivos y lastimosos. La adicción sería una especie de consecuencia natural de la personalidad global del individuo, una actividad que se integraría compensatoriamente en la economía psíquica de cada sujeto.

                                                                  NOTAS                                                                       

[1] De ella había dicho otro de los jurados: “Escribe como una imbécil pero vota con inteligencia”.

    [2] En 1949 apareció su diario escrito durante su reclusión, Por senderos que la maleza oculta, Madrid, Nórdica, 2012.

    [3] D. W. Goodwin, “Alcohol as a Muse”, American Journal Psychoterapy, vol. 46 nº 3, 1992, pp. 422-438.

[4] “Como recuerda Thomas Brennan, el término de “Alcoholismo” había sido ya acuñado en el siglo XVIII encubriendo de cientifismo la condena de la taberna por las clases dirigentes, al tiempo que explicando “científicamente” la depauperación del proletariado, a partir de su negligencia, indisciplina e imprevisión”. V. Uría (2003: 596n.)

[5] Todos los alcohólicos son bebedores pero no todos los grandes bebedores son alcohólicos, palabra que, a veces, usamos con demasiada liberalidad. El adicto que reclama alcohol en cualquier momento del día o de la noche para no sufrir el síndrome de abstinencia y cuya desdichada vida está supeditada a la ingestión del líquido no es el mismo que quien, bebiendo mucho, no necesita a todas horas ni todos los días vivir con un determinado grado de alcohol en sangre.

[6] V. Peele (1998).

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/10/27/los-escritores-y-el-alcohol-truman-capote-y-jose-solana/

 

En 1892 Joaquín Dicenta todavía sólo había publicado dos títulos: Spoliarium y el libreto del drama El suicidio de Werther. Sin embargo, ya debía de haber sufrido el asedio de los “amigos” y conocidos adictos a hacerte el favor de aceptar el regalo de tu libro. En dicho año encabeza Tinta negra, su nuevo volumen de artículos y cuentos con el siguiente texto, que la SGAE, CEDRO y la Asociaciones de Escritores debían editar y repartir por todo el país:

 

“Ayer tuve la honra de ser presentado a usted por X y hoy me apresuro a escribirle con objeto de que me remita, dedicadas, las obras que usted ha escrito, y por las cuales siento admiración profunda, como lo pruebo al solicitar de usted este favor señaladísimo”.

“Gracias anticipadas, y… ahí van las diez pesetas importe de los ejemplares”, creí yo que diría Juan Pérez (así se firmaba el autor de la epístola); pero nada de esto; no ya las diez pesetas, ni mención de ellas venía en el escrito de aquel amigo improvisado.

Juan Pérez necesitaba leerme gratis y con Autógrafo; cosa muy justa, porque, al fin y a la postre, el sujeto había cambiado conmigo un apretón de manos, dándome al paso las señas de su domicilio, circunstancias sobradas para que en esta tierra, eminentemente burguesa y rutinaria, donde sólo se consideran profesiones y medios de vivir los  garantizados por un título oficial o por un establecimiento con puertas a la calle, se atreva cualquier ciudadano a reclamar, de quien vive y se alimenta de su pluma, el fruto de sus esfuerzos y vigilias, en clase de regalo y casi casi como haciéndole un gran favor.

Francamente, yo agradecí la honra que me dispensaba admirador tan fervoroso, y en vez de coger mis libros y mandárselos, de acuerdo con sus pretensiones, cogí la pluma y le escribí la siguiente carta, que copio y traslado a las páginas de este libro para satisfacción de todos los seres incógnitos que se ocupan en pedir dedicatorias y en proteger, sin detrimento de su bolsillo, las Bellas Artes y la impresa literatura.

Dice así la carta:

“Apreciable Mecenas y Pérez: ¿Cómo he podido yo merecer la ventura impensada de que usted me escriba, reclamando mis libros para formar parte de su biblioteca económica? —Digo económica, porque, a juzgar por las señas, no debe haberle costado muy cara.—  ¿Qué hizo este humilde emborronador de cuartillas para que Juan Pérez, nada menos que don Juan Pérez, se acuerde de él y pretenda aumentar el número de sus lectores?

Dígole a usted, generoso amigo, que semejantes mercedes me aturden, a tal extremo, que no sé cómo contestarle y cómo recordarle una cosa que seguramente se le quedó en el tintero, más por ignorancia que por propósito firme y decidido.

Pide usted mis libros, dedicados y a título gracioso; yo se los remitiría inmediatamente, pero de hacerlo, perdería una peseta por tomo, y aunque esta cantidad no merece la pena de mentarse, conviene señalarla, añadiendo a la vez que yo vivo de mi dinero, y no de la amistad de usted, que, por otra parte, vale mucho.

Aunque usted no lo crea, joven y aprovechado Pérez, yo vivo de mis libros y de mis artículos, no tan bien como usted, que lo hará con el sueldo que le proporcione algún tío suyo en un Ministerio cualquiera, pero vivo, y como, y visto, y hasta me permito cenar en Fornos de cuando en cuando.

Para esto emborrono cuartillas y se las llevo luego a un editor, que me las publica en forma de pliegos impresos, previo el pago de papel, impresión y tirada; en seguida pongo el libro a la venta, y con sus productos voy pasando esta vida de desventuras.

Ahora bien, estimado favorecedor: si después de lo mal que anda esto de la venta de libros, se les ocurre a todos los Pérez que hay en España pedirme los míos, como usted lo hace, es indudable que moriré ayuno, a no ser que usted me remita, a cambio de la dedicatoria que reclama, una panacea hábil para prescindir del estómago.

Fíjese bien en el argumento, Pérez de mi alma. Exigir gratis un libro suyo al autor que vive de venderlos, es una inconveniencia. ¿Le parecería a usted bien que yo, inmediatamente de presentado a un sastre, le dijera: “Agradeceré a usted mucho que me dedique un traje de levita para mi uso particular?

¿Qué diría el sastre? Pues, sobre poco más o menos, lo que sigue:

El que quiera trajes, que los pague.

Y si el sastre me diría a mí esto, ¿por qué no he de decírselo a usted yo, que vivo de mis cuartillas como vive el sastre de sus telas?

Nada, amigo Pérez, que no le mando a usted los libros, aunque la negativa me cueste un pedazo del alma, órgano o lo que sea, que, con valer mucho, no halla quien lo tome a cambio de un pedazo de pan.

Bueno que todo el mundo tenga derecho a hacerme escribir en un álbum poesías que le sirven para conquistar los favores de alguna belleza; bueno que en reuniones y comidas esté uno obligado a  vomitar versos para distraer la digestión de cuatro gastrónomos y a cubrir con el ritmo de la redondilla o de las octavas reales el cuchicheo melifluo de media docena de novios; bueno es eso, y por ello paso, pero no más, aunque usted se enfade y no me salude en todos los días de su vida.

Si quiere usted libros, pásese por las librerías, donde, previo el pago correspondiente, tendrá todos y cuantos le vinieren en gana; y si quiere usted dedicatorias, considere como dedicado este artículo y léaselo a todos los Pérez que conozca, con lo cual ganarán mucho, no yo, que de puro desconocido estoy casi libre de peticiones, sino otros autores afamados, a los cuales les sale a cada hora un Pérez ansioso de favorecerlos y de hacer la propaganda de sus obras.

Consérvese usted bueno y disponga de mí para todo, menos para llevarse gratis lo que a mí me cuesta algún dinero, bastante trabajo e infinitos disgustos.

Suyo afectísimo seguro servidor

Q. B. S. M.,

JOAQUÍN DICENTA

Sobre el autor, puede verse también en este blog:  https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/07/joaquin-dicenta/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/01/30/150-aniversario-de-joaquin-dicenta-dicenta-y-sus-criticos/

Pérez Merinero, Carlos Salido de madre001

Escrita con una gran naturalidad y sin el ánimo de impresionar más o menos jocosamente, que ostenta la mayor parte de las novelas negras de Carlos Pérez Merinero, Salido de madre  –excelente título, por cierto- no intenta demoler edificio social alguno pero atenta a los fundamentos de alguna de las convenciones sociales más asentadas. Efectivamente, casi nadie quiere ser, literalmente, un hijo de puta ni un cabrón, como lo son dos de los personajes principales de esta novela corta, pero aquí los protagonistas no sólo lo aceptan sino que buscan y se sienten complacidos con dicha condición. Que, bien pensado, no es tan extraña: ¡Cuántos hijos y esposas viven más confortablemente de lo que lo harían gracias a que la mater familias se dedica a alquilar su cuerpo!

CPM ni moraliza ni vende morbo y, habitualmente, ni comenta ni subraya ni se entretiene en mostrarnos los recovecos psicológicos de sus personajes, sólo expone una historia, sobre todo a base de diálogos directos, elementales y, eso sí, realistas descripciones, cuando se trata de referir, tanto las experiencias sexuales como los pensamientos y elucubraciones del  joven protagonista.

Los escenarios del relato son también de una gran economía: el piso familiar, la calle, un taller mecánico y un puticlub. Los personajes no son buenos ni malos sino gente que va a lo suyo –no mucho más que sobrevivir- y, más o menos, se atiene a las reglas sociales. Únicamente el personaje de Charo, la madre, obra por un motivo altruista: el bienestar de su hijo, cuestión que, al parecer, demanda la biología más que la bondad personal.  Pero tampoco faltan los actores pintorescos: Fina, la puta vieja; Berruguete, el encargado del burdel , capado por la Guardia Civil tras violar a una monja en la guerra; o el propio protagonista, Mariano, un paralítico de veinte años afectado de satiriasis o hipersexualidad, afección que su madre llama sencillamente “la enfermedad”.  En la narración se le denomina, en efecto, “el  paralítico” con toda naturalidad, lejos de las reglas impuestas por el hoy, que a ese nombre determinado por la natural evolución de nuestra hermosa lengua: paralítico o tullido, ha obligado a que pasase sucesivamente a inválido, minusválido, discapacitado y veremos lo que vendrá, pues eso de discapacitado es, etimológicamente, mal capacitado y no sé si los ejércitos de lo políticamente correcto acatarán, cuando se enteren, tal desconsideración. De mi niñez, aún recuerdo aquella bonita y elíptica calificación que se les daba cuando alguno de ellos ejecutaba alguna fechoría: “No hay que tomárselo en cuenta; es un ser privado”.

Pero no quiere ser este prólogo un intento de desmenuzar el relato ni a sus protagonistas sino de dar cuenta de una más de las variedades de registro que la colección, promovida por el hermano del autor y destinatario de la dedicatoria del libro, ha puesto a nuestro alcance.

En este caso se trata de una novelita costumbrista, ambientada en el Madrid de las últimas décadas del siglo XX, con un lenguaje coloquial y cotidiano, muy alejado del nivel literario y en el que, se dijo, predomina la naturalidad, bien que colmadamente provista de la ordinariez y vulgaridad que reclaman los ambientes recreados por el autor.

CPM nunca aspira a la corrección de la realidad, locura o extravío que a ciertos escritores  -sin duda, no lectores de Baroja- afecta en su juventud y en algunos se Pérez Merinero, Carlosprolonga más allá de lo razonable. Ni siquiera sus personajes aspiran a un mundo mejor sino tan solo a vivir mejor de lo que lo están haciendo

Novela de gente normal, a desmano de modas y modos, pero obra de un escritor, evidentemente, raro. No conocí personalmente a CPM; sí que  leí sus obras con felicidad y sonrisa aunque, como tantas veces, mosqueándome con los baremos críticos de este país a partir de la muerte de Franco, que ensalzaban mediocridades y ninguneaban lo más original y descarado de su literatura aunque no tanto como hoy, en que la cosa ha degenerado hasta extremos absurdos. No lo conocí y, por tanto, no sé si a su vida personal  llevaba la heterodoxia de sus novelas aunque me imagino -y sé que acierto- que no le faltaba sentido del humor, casi siempre, muestra de descontento con la realidad aunque también de cortesía, como sabía Svevo. 

Sé,  también, que la rareza, la heterodoxia, la singularidad son conceptos altamente equívocos. Como lo es el de la normalidad. No tanto el de la originalidad, al menos, para quien disfruta de cierta cultura. La heterodoxia siempre se resiste a ser sistematizada.  En todo caso, CPM, fue heterodoxo porque su escritura y visión del mundo estuvieron lejos de las líneas y contextos dominantes en su tiempo.  Un disidente de derechas no  lo es más que uno de izquierdas y, si la Iglesia persiguió con más furia a quienes -como Giordano Bruno o Miguel de Molinos- lo hicieron desde sus filas que a los servidores de Alá, los comunistas diezmaron a sus compinches con mucho mayor rigor que a sus enemigos naturales. La transgresión tiene evidentes dimensiones temporales. Todavía hoy contemplamos con estupor como se venden como infractoras y epatantes propuestas de las vanguardias que han cumplido cien años. Estas canonizaron la heterodoxia, al tiempo que contribuían a su muerte.  Y no olvidemos que los dadaístas eran señoritos que vestían como dandis y, exceptuando a alguno de sus militantes con serios trastornos psíquicos, se guardaban de llevar a su vida personal  sus propuestas de destrucción. Una conocida foto que se hizo el grupo dadaísta en una excursión campestre nos los muestra ataviados como auténticos maniquíes. Sus herederos, los punkis, sí que llevaron a lo personal su propuesta de  destrucción. Aunque CPM, nacido siete años antes que Sed Vicious, licenciado en económicas y profesor universitario, no parece tener mucho que ver con los súbditos de la reina, tan aficionados al envaramiento como a echar los pies por alto.

Pérez Merinero_ CarlosEs cierto que CPM, al fin un universitario culto y leído, prescindió de todo ese bagaje en sus narraciones, en las que prevalecen la acción directa y la ausencia de circunloquios y se prescinde, como del demonio, de todo intelectualismo. En Salido de madre  este se  pone en solfa en el episodio en el que Mariano intenta entablar relación con una chica que lee en un banco el Manifiesto SCUM de la feminista y esquizofrénica norteamericana Valerie Solanas. Los dos mundos no pueden sino chocar frontalmente y parece claro en qué facción milita el autor de esas líneas. Entre otras cosas, porque la ortodoxia de un intelectual de estas calendas se inclinaría antes por las posturas feministas que por el pansexualismo imperativo. Por más que los desmanes y desafueros que un afectado de parálisis motora pueda acometer sean más disculpables para esa intelectualidad que las de un individuo normal. La prevalencia de lo femenino sobre lo masculino, de lo multicultural sobre lo europeo, de lo público sobre lo privado, en una lista que podría hacerse interminable, no son más que tópicos progres asumidos por las elites dirigentes de hogaño, a las que siguen ovinamente los presuntos intelectuales que,  en vez de profanar, como sería su obligación, las ideas adquiridas propias de su tiempo, asumen sus vacilantes axiomas.

El ámbito de Salido de madre no es un mundo agradable. Tampoco lo es el tejido social en el que se desarrolla ni lo son los espacios públicos o los contextos laborales. Insertos y condicionados por ellos, (en los que) unos seres, tirando a elementales, se esfuerzan por vivir decentemente. El narrador los hace supervivir a través de una suerte de respuesta a la moral convencional en la que no falta el humor.

 

Pérez Merinero, Carlos Cuentos completos001

 

Pérez Lizano El azar erótico nos persigue

Prólogo a Manuel Pérez-Lizano, El azar erótico nos persigue (relatos), Zaragoza, Edicionres PR, 2016. 

Por supuesto que estoy de acuerdo con Auden en que la misión del educador es suscitar en el discípulo la mayor cantidad de neurosis que sea capaz de soportar y, como corolario, creo que, si la literatura se prohibiera, se escribiría mejor. Y que la crítica negativa es la que hace avanzar. Todos tenemos unas cuantas ideas y las vamos depositando por ahí como el demiurgo nos da a entender.

Cuando MPL me reveló que había empezado a escribir cuentos, sentí la tentación de disuadirlo. En los últimos años había tantos ciudadanos españoles convertidos de pronto en novelistas sin ningún motivo que los avalorara y, casi siempre, sin ninguna relevancia, que cualquier incremento se me antojaba gratuito. Pero Manolo ya era mayorcito para necesitar de mis consejos y, por otro lado, se le veía feliz con la nueva dedicación, así que opté por cerrar la boca e interesarme por sus perspectivas de publicación.

Como el destino es antojadizo, paradójico y circular, al cabo del tiempo me reencontré con esos cuentos que, sin haberlos leído, estuve a punto de recomendar que permanecieran velados:  Manolo me pedía un prólogo para ellos. Hace un quintal de años que lo había conocido en los bares, a vueltas con el arte y sus aledaños culturales y, tan cerca de ellos como es habitual, el alcohol, la amistad y las mujeres.

Pérez Lizano, Manuel

Bares y arte como contextos, alcohol y amigos como personajes y sexo como actividad cotidiana reaparecían en dichos relatos bajo una voz muy reconocible, fuera hombre o mujer el sujeto narrativo, como revelando la fidelidad del autor a sí mismo, la continuidad de su mundo y la proyección de su forma de vivirlo.

Porque lo cierto es que estos cuentos se parecen mucho entre sí y seguro que, si en el futuro me encuentro un texto narrativo sin firma y es de MPL, voy a reconocerlo en la primera línea. Es decir, hay un estilo propio y reconocible, un claro manierismo, sin que este sustantivo implique nada positivo ni negativo.

Lo primero que llama la atención es que todos los relatos están escritos en un presente continuo, intensificado por la omnipresencia de la primera persona y el modo indicativo. Primer estilema, que dirían los pedantes, si es que quedan. Se compadece este rasgo con la escritura, un poco a borbotones, como trazada en estado de ansiedad, que caracteriza a MPL. Así, la acción avanza a golpes y ocurrencias y los sucesos van adviniendo entre polvos “maravillosos” y gin-tonics “fascinantes”, porque ya hay que decir que MPL es un adicto al desmadre adjetival y a la hipérbole. A la hipérbole positiva, aclaro, ya que su visión del mundo es incorregiblemente optimista, a pesar de la abundancia de suicidios y asesinatos que jalonan estos argumentos. Ninguno de ellos se presenta como algo especialmente dramático; los protagonistas, haciendo gala de una no infrecuente mixtura de autismo y cinismo, siguen yendo a lo suyo: dar salida al principio del placer, que para eso es la principal misión que los homines erecti tenemos en el mundo y, si vienen mal dadas y la realidad no se acomoda a las perspectivas, es muy notable la adaptabilidad de que hacen gala: fuera de ellos el remordimiento, el reconcomio por la cagada perpetrada, la aprensión del irresoluto.  El sentimiento de culpa no tiene cabida ni vivienda en este mundo.

Sin embargo, ya se dijo que es considerable la presencia de la muerte en esta colección de relatos. Se acaban de citar los asesinatos y suicidios –a menudo gratuitos- que afloran en las historias, como si el omnipresente hedonismo necesitara una compensación tanática: el eterno tema de la fusión de contrarios, los extremos se tocan, el principio fundamental del hermetismo y de la sabiduría. Pero, como se apuntó, la muerte poco afecta al personaje prototípico de estos cuentos –hombre o mujer- dedicado fundamentalmente a la construcción de su pareja o de sucesivas parejas con las que proceder a “gloriosos” orgasmos.  Al fin, casi todos los  protagonistas tienen mucho de bon vivant y los malos ratos son siempre cumplidamente compensados. Por cierto que muchos de ellos parecen inspirados en personajes reales, cuyos nombres no siempre se enmascaran, como también son reales, o aproximadamente reales, muchos de los sucedidos que se narran en El azar erótico nos persigue.

Se hizo referencia a la mitología personal del autor, imbricada en su propia vida, que gira en torno al sexo, los bares y los artistas. Fotógrafos, escultores y, sobre todo, pintores aparecen por doquier inaugurando exposiciones, emborrachándose gustosamente y dándole gusto al cuerpo. Aunque haya mucha idealización en todo ello, se combina, a menudo, con un tono medianamente cínico y una imaginería expresionista, que a veces deriva en disparate surrealista: la iniciación sexual con una oveja, a la que el beneficiado erige una estatua que coloca en su salón, la ceramista que avienta a su horno de artesana varios de aquellos con los que se tropieza, la enormidad de lingotes de oro que aparecen en Fuendetodos o el submarino que un tal Usón compra en Cartagena y convierte en bar, con el que remonta el Ebro…

Como si quisiera buscar una base convincente para estas desaforadas historias, hay en MPL un evidente gusto por la concreción. Casi siempre se nos da el nombre y apellido de los personajes que van apareciendo y también de los espacios (bares y galerías, habitualmente) donde se desarrollan los acontecimientos y, por supuesto, de los lugares donde se ubica la acción, con especial protagonismo de la capital aragonesa, con la que el autor parece tener una relación íntima e insoslayable, pese  a su prolongada vivencia ultramarina. O a resultas de ella. Pero MPL no nos ha entregado ningún relato desarrollado en su querido Puerto Rico ni casi diría que fuera de Aragón, con sus pueblos y capitales, sí, ampliamente representados. Y, respecto a Zaragoza, tampoco falta la sátira malévola, como ese sujeto que “a través de un amigo, se afilia al Partido Nuevo Progresista y, pese a sus escasas cualidades, sube peldaños y consigue ser nombrado concejal de cultura del Ayuntamiento de Zaragoza” y que, por cierto, termina en atracador, en lo que se intuye un deje de nostalgia por su antigua función. Porque, como no podía ser de otra manera, muchas historias y hasta el mismo título no se pueden entender si no es desde la ironía.

El personaje que en estos relatos nos narra su peripecia en primera persona del presente de indicativo suele ser masculino pero también asoma un buen número de mujeres protagonistas. Unos y otros no se diferencian demasiado: suelen obrar con determinación, carecen de complicaciones psicológicas y, frecuentemente, de escrúpulos morales. En general, tienen muy poco de existencialistas y mucho de tarambanas. El paradigma sería una narración como “Pureza urbana” en la que el escritor protagonista organiza la resistencia activa (manifestaciones y secuestro del juez incluidos) contra los policías y el juez que han prohibido el ocio nocturno en Huesca y que termina felicitado y secundado por los represores arrepentidos.

Es este un libro en el que apenas hay soledad y, si la hay, es inmediatamente conjurada  a través de las inevitables  parejas, que se hacen y deshacen –incluso, si el protagonista es un duende que se va a vivir a Alquézar- con una intensidad vivencial, a veces desmentida por los acontecimientos posteriores. En ellas solamente hay un ejemplo de amor homosexual -por otra parte, frecuente entre los  artistas, que además, en este caso, no lo son sino que se trata un cura y un masón- que  termina mal, con el  asesinato del segundo por parte del primero. Como los extremos se tocan, antídoto de esa soledad son esas juergas colectivas en que concluyen muchas de las reuniones y veladas alcohólicas, vistas como el arquetipo de la felicidad. Y felicidad, para MPL, tiene todo que ver con Arte. Sea deformación profesional, después de muchas décadas como crítico, sea fe en la estética o sea, como creo que es, una apuesta vital por el goce y la belleza: en el Arte está el paraíso, el claustro materno añorado y repensado, el refugio donde todo es perdonado y, además, alcanza su sentido.

Con todo ello y leídos estos cuentos, no se puede negar que, para su autor, la vida es bella.

 

 

El lunes, 23 de noviembre a  las 19.30, se presenta en la Biblioteca de Aragón este volumen, editado por Libros del Rescate, que reconstruye la trayectoria del que fue famoso dramaturgo, poeta y periodista Aragonés, Marcos Zapata (Ainzón, 1842-Madrid, 1913) al que su autor ha dedicado varios años de investigación, que han dado el fruto de este trabajo que se acerca a las ochocientas páginas. Intervendremos el editor Javier Cinca, el autor y el firmante.  Reproduzco aquí el prólogo que escribí para el mismo.

Marqueta, Samuel, Tras las huellas de Marcos Zapata001

Nada más satisfactorio para quienes, conociendo la roma repercusión de tales afanes, hemos dedicado a la investigación literaria tantas horas de nuestra vida, el que se acerquen a ella gentes imbuidas de una pasión tenaz, generalmente instadas por un parentesco, por un azar biográfico o, como es el caso, por paisanaje.

El turiasonense Samuel Marqueta, residente en Ainzón, descubrió un buen día a Zapata, se armó de paciencia y, medio por juego, medio por rutina, con la obsesividad que estas aficiones deparan, fue acumulando una información que, sin duda, es la más completa nunca reunida sobre el poeta y dramaturgo aragonés.

La circunstancia de que quien suscribe fuera el único autor que durante las últimas décadas hubiera publicado algunas páginas sobre Zapata propició que Samuel me buscara y encontrara lo que, además de algunas sugerencias y nimios retoques, terminó con el encargo de unas líneas introductorias.

De más está decir que Zapata* es un desconocido para sus coterráneos y no digamos fuera de su tierra natal. En ella, al menos, puede sonar su nombre gracias a la calle que se le dedicó en el zaragozano barrio de las Delicias y hasta algún paseante desocupado -por supuesto, muy excéntrico- habrá reparado en su nombre grabado sobre el pedestal que, desde los Pilares de 1928, sostiene uno de los bustos de ilustres olvidados que ornan la céntrica plaza de Aragón. Sin embargo, Zapata hace trece o catorce décadas fue uno de los autores dramáticos más representados en España y obras como La capilla de Lanuza, El anillo de hierro o El reloj de Lucerna nutrieron durante muchos años los repertorios de los cientos de compañías teatrales que hasta mediados del siglo pasado llevaban el teatro a todos los rincones del país.

Miembro de la generación de ilustres republicanos aragoneses a la que pertenecieron Eusebio Blasco**, Luis Blanc, Pedro Marquina***, Antonio Torres-Solanot, Gascón y Guimbao o el propio Joaquín Costa**** -sólo cuatro años menor que él-, Marcos Zapata pasó de una infancia rural a los Escolapios y estudiar Leyes pero, sobre todo, a sentir una de esas arrebatadoras vocaciones literarias que, por entonces, culminaban en el viaje a Madrid y la vivencia bohemia de la que Zapata fue uno de los principales abanderados. De hecho, las anécdotas y chascarrillos protagonizados por él constituyeron casi un subgénero en las innumerables revistas satíricas de su tiempo, aunque en sus últimos años lo que fuera desnortada trayectoria, con peregrinajes a Cuba y la Argentina, giró para convertirlo en algo parecido a un probo funcionario.

Es verdad que la escritura de Zapata, como la de buena parte de sus colegas del siglo XIX, nos aparece hoy como impostada y que sus pujos rebeldes andan afectos de una retórica campanuda muy lejana a la expresión actual. Tampoco la sátira ni el verso andan en uno de sus mejores momentos, con lo que habría que preguntarse qué le queda a don Marcos para suscitar la atención del presente. Pero lo mismo podríamos decir del otro autor señero que ha dado el pueblo de Ainzón en su historia y, en este caso, mucho más recientemente, Alfredo Mañas (1924-2001), cuyo apellido, por cierto, fue también el de la madre de Zapata. Mañas fue un autor a la vez popular e innovador, hombre de éxito en la televisión, la radio y el teatro, que estrenó obras de tan buena recepción por parte de crítica y público como La feria de Cuernicabra o La historia de los Tarantos. Y ¿quién se acuerda hoy de Mañas o se le ocurre publicar las obras que dejó inéditas? Ainzón, el municipio del zaragozano Campo de Borja, con sólo mil trescientos habitantes, seguirá siendo más famoso por su espléndido vino que por sus dos escritores.

Nada de eso ha arredrado a Samuel Marqueta, que ha seguido minuciosamente los pasos del objeto de su estudio y ha enfocado el trabajo regido por la claridad del marco cronológico, por lo que podemos seguir la trayectoria vital y literaria de Zapata de manera progresiva. Todo ello sustentado por una gran cantidad de documentos, que se reproducen o transcriben junto a muy numerosos textos desconocidos o ausentes en los repertorios publicados acerca del escritor, en buena medida, de difícil acceso para el infrecuente curioso. Igualmente, se transcriben testimonios de otros autores que enriquecen poliédricamente la información acerca de la personalidad del creador aragonés. No falta, afortunadamente, el índice onomástico, que tantas veces hay que reclamar. En este caso, a la vez que beneficia y facilita las consultas, evidencia la amplitud de fuentes y documentos manejados.

La bibliografía de Marcos Zapata no es parca en entradas pero sí en contenidos. Este trabajo corrige este aserto, ofrece vías de asedio a otros investigadores y constituye, sin duda, la más exhaustiva pesquisa emprendida acerca de uno de los más característicos y, a la vez, preteridos autores de la literatura aragonesa contemporánea.

*https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/04/19/centenario-de-marcos-zapata/

**https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/08/20/eusebio-blasco/

***https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/11/16/pedro-marquina-1834-1886-en-la-bohemia-del-siglo-xix/

****https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/09/14/joaquin-costa/

 

Zapata, Marcos-Colección de obras dramáticas