Archivos de la categoría ‘Prólogos’

Soy de quienes creen que la personalidad de Isidoro Berdié Bueno, por lo peculiar, por lo pintoresca, por lo infrecuente, produce cierto desconcierto entre muchos de sus contemporáneos. Su sensatez, su empeño y voluntad para comunicar su verdad sin agredir, la multitud de los temas que lo ocupan y la variedad de sus saberes es lógico, aunque lamentable, que causen confusión entre algunos de sus convivientes.

Al fin, Isidoro Berdié es un anarquista cristiano hecho a sí mismo, a despecho de escuelas y cofradías, en el que sobresale el sentido común y la amplitud de conocimientos, por más que la historia sea su principal enganche. Y, aunque “predicar en desierto, sermón perdido”, su discurso se fundamenta en hechos archidemostrados pero que la opinión pública, manipulada por un periodismo lacayo de poderosos y mandamases, se obstina en desconocer.

Y, aun así, no deja de sorprender este polígrafo sereno y testarudo en su afán de establecer un rigor y un sistema de valores más exacto que el sostenido por los aviesos medios de comunicación que nos han correspondido en esta época de dilatada libertad que hemos gozado en España aunque los síntomas, avisos y alarmas de que la misma ha palidecido en los últimos lustros son cada vez más patentes, al menos para los españoles que vivieron los postreros años del franquismo y los iniciales de la transición, en los que la rebeldía no era un programa “progre” sino una convicción ayudada de una visceralidad que se encabritaba ante las supervivencias de los modos dictatoriales y la lentitud de los cambios. Cambios estos que estaban en los programas de los partidos que se decían izquierdistas pero que se modificaban en cuanto las circunstancias o la presión aconsejaban un cambio de ruta a sus patrocinadores.

Así, hubimos de experimentar cómo la esperanza de aquel “cambio” publicitado por Felipe González que la sociedad ya demandaba, vistos los acelerados procesos sociales experimentados en la década de los sesenta, se ralentizaba, no sólo por la actitud de buena parte del ejército o los llamados “poderes fácticos” sino porque, como suele suceder, el interés de los partidos políticos no tenía como objetivo las transformaciones sociales sino el poder. En todo caso, propiciar los cambios que coadyuvasen a dicho objetivo de conquistarlo. PSOE era una sigla que sólo los pocos españoles que conocían algo de historia contemporánea eran capaces de contextualizar. En realidad, PSOE se convirtió en el simpático rostro de un personaje con acento andaluz, fácil verba y alto poder de convicción. Una figura muy característica de la política profesional, práctica que el franquismo había satanizado.

En cuanto a las ilusiones que los españoles habían puesto en un gobierno socialista, se fueron difuminando poco a poco. Era de prever, cuando el juicio por el intento de golpe de estado del 23 de febrero, en vez de buscar la verdad, exculpó a sus factótums intelectuales y se cebó con un intermediario: el general Armada. Por todos los medios, se puso en circulación la idea del rey Juan Carlos como salvador de la democracia y hubieron de pasar tres décadas para que la falacia se comenzara a poner en entredicho.

 

Fuese sensata o no, la promesa de salida de la OTAN se fue al garete, pese a una huelga general. En vez de afianzar el tejido industrial, se desmanteló. Otros tres cambios fundamentales esperaban los españoles del gobierno socialista:

a) La separación del servicio a los funcionarios implicados en torturas y crímenes durante el franquismo. Bien que exculpados por la amnistía general, como lo fueron los asesinos terroristas, se confiaba en que, al menos, fuesen enviados a su casa, aunque recibieran sus sueldos, pero apartados de la vida pública. No sólo continuaron en sus puestos sino que conservaron sus prerrogativas, unos cuantos siguieron torturando y organizando montajes como el que Martín Villa y su ministerio habían propiciado tras el incendio de la discoteca Scala, para desacreditar al sindicato anarquista y excluirlo de la recuperación de su patrimonio sindical expropiado tras la guerra. Casi un siglo después, los mismos procedimientos que se utilizaron en el caso de La Mano Negra: montaje policial, cuatro muertos inocentes y un responsable inexacto: la CNT.

b) Aunque siempre existió, ya que va íntimamente ligada con la política y el poder, la corrupción se consideraba como algo propio del caciquismo y los sistemas dictatoriales. Proscribirla se consideraba una exigencia de los nuevos tiempos, tras los años de UCD, en los que ya se habían corregido algunos vicios franquistas. Pero he aquí que fue el ayuntamiento socialista de Madrid el primero en ser cogido in fraganti con las coimas de los contratos de Basura denunciadas por un concejal socialista, lo que le valió ser inmediatamente fulminado por sus conmilitones. En seguida apareció el caso de Juan Guerra, llamado “el hermanísimo”, primeros eslabones de una cadena que terminó con la corrupción generalizada del Estado (Guardia Civil, BOE, GAL…) que deparó el fin de las cuatro legislaturas en el poder de Felipe González. Por otra parte, aunque bien se sabía en las altas y medias instancias la voracidad económica del rey Juan Carlos y sus camarillas, los medios seguían propagando la imagen seráfica de un personaje tan similar a su siniestro abuelo en su egoísmo y voracidad económica y erótica.

c) La enorme destrucción del Patrimonio Natural y Arquitectónico propiciada por el desarrollismo franquista había tropezado con la resistencia de los Colegios de Arquitectos, muy militantes en su defensa durante la pre-transición. Actitud que varió celéricamente ante el destello del oro para los unos y las comisiones para los otros. Llegaron así las plazas duras, las baldosas blandas –se rompían todos los años-, las restauraciones “imaginativas”, los parques de cemento… A mayor gasto, mayor comisión. Lo mismo ocurrió con el caso AVE: el famoso “convoluto” del embajador alemán Guido Brunner, que, con el mismo protagonista ferroviario, tendría continuación décadas después en sentido inverso: de la realeza árabe a la realeza borbónica.

d) Quizá lo más lamentable fue el decurso de la Educación. Especialmente, en sus niveles medio y superior. Ni en la universidad desapareció Nepote, sino que se acrecentaron sus poderes. Ni hubo planes para la consecución de la excelencia. Por el contrario, se propició la apertura de universidades en todas las provincias para satisfacer a los caciques locales y poder colocar a los afines, mientras el bachillerato en su versión BUP, que había funcionado excelentemente hasta entonces, fue arrasado por la LOGSE, con las nefastas consecuencias de varias generaciones de iletrados y el nivel de la educación española en la cola de los países desarrollados.

Todos estos desastres, más el económico, supusieron la derrota del PSOE en 1996, pese a su potentísima maquinaria electoral. En pocos años, la política de Aznar recuperó el pulso económico, con lo que en 1998, al fin, España pudo formar parte del grupo de once países que adoptaron el euro, la nueva moneda común, gracias al fuerte crecimiento, la reducción del paro y la inflación que marcó sus mínimos históricos. Por cierto, fue también Aznar quien acabó con el Servicio Militar obligatorio. Por eso, la devaluación semántica de los términos derecha-izquierda, conservador y progresista o facha-rojo, que no dejan de ser falacias al servicio de una propaganda que se apoya en la pereza mental de los receptores y en tópicos que tienen un siglo de vigencia. Reconozcamos, sí, que divorcio y aborto, exigidos por una compacta mayoría social, fueron consecuciones del socialismo.

Pero ¿dónde se quedan esas otras reivindicaciones apoyadas por una mayoría social y que el PSOE pasea por todas las convocatorias electorales para después envainárselas? Ruptura de un concordato casi medieval, con la verdadera separación de Iglesia y Estado, legalización de la eutanasia, proscripción de las salvajes, sangrientas y embotadoras de la sensibilidad corridas de toros y todos sus crueles festejos adláteres…

Estos últimos párrafos no quieren ser una paráfrasis de la visión histórica de la contemporaneidad de Isidoro Berdié, que seguramente tendrá una perspectiva distinta de algunos de los asuntos expuestos, pero sí constatan la lejanía tanto entre lo que ocurrió y lo que se contaba, como entre lo que sucedió y la memoria que ha dejado en la actualidad. La memoria es perezosa y prefiere nutrirse del tópico, de la propaganda, de la televisión, de la leyenda… Para colmo, en la menorragia legislativa del país y sus ruinosas autonomías, se determina cómo ha de ser la memoria histórica (como la de Franco pero al revés: las víctimas sólo están en mi bando y los criminales en el del enemigo), cómo ha de ser la relación entre los sexos (como la de Franco pero al revés: todas las prerrogativas para uno de los sexos y el otro satanizado); el resto de las costumbres sexuales se adscribe al bando de las prerrogativas personales.

En su visión estereoscópica, Berdié toca todos estos pitos de la realidad y muchos otros: los relacionados con  otra de sus pasiones, la filosofía;  la amistad, el respeto y admiración por las personas queridas; En este último terreno habría que destacar la voluntad confesa del autor para que este libro constituya un nuevo homenaje a su maestro Carlos Corona Baratech, muchos años catedrático de Historia de la Universidad de Zaragoza, que fue su mentor y amigo y para quien su agradecimiento no conoce límites temporales. Y todo ello aun a pesar de que en el primer Curso de la Facultad, donde Isidoro y yo nos hicimos amigos, a ambos nos echó de clase. No cejó ahí la aversión de la asignatura de Historia con el autor y el prologuista. En el segundo curso, otro profesor de Historia, Antonio Serrano Montalvo, próximo al falangismo, como Corona, también nos expulsó ya no recuerdo, si juntos, como hizo Corona, o por separado. En tercero marché a estudiar Literatura Hispánica a la universidad de Barcelona pero tengo para mí que, de haber seguido estudiando –y haciendo otras cosas- juntos, podríamos haber optado al Guinnes de expulsiones. Pese a todo ello, queda constancia –me lo ha dicho repetidas veces- que este, quizá su último libro, quiere que sea un reconocimiento agradecido a Carlos Corona que, si no podrá ser recibido por él, sí lo será por parte de la familia de su antiguo y admirado profesor.

El título de este texto viene a cuento –un fenómeno de intertextualidad, diría un pedante- del título de una novela en que Wenceslao Fernández Flórez narró su vida de refugiado en la embajada de Holanda durante la Guerra Civil: Una isla en el mar rojo. El novelista gallego había sido cronista parlamentario –quizá el más agudo y divertido de todos- en época reciente y, temiendo que las milicias le depararan la misma suerte negra que a otros de sus colegas, pudo refugiarse en la Embajada de la República Argentina. Un libro de viajes en el que había hablado admirativamente de los Países Bajos, La conquista del horizonte, le valió la invitación del Gobierno holandés para trasladarse a su embajada en Madrid y gestionar su salida de España, que se realizó, no sin dificultades. En 1940, durante el juicio sumarísimo que acusó a Julián Zugazagoitia de auxilio a la rebelión, Fernández Flórez declararía a su favor, lo que no le sirvió al honrado político socialista para evitar el pelotón de fusilamiento.

Del mismo modo que don Wenceslao, nuestro autor se ha desenvuelto en un elemento a menudo hostil con la serenidad, altura de miras y capacidad de observación propia de los espíritus superiores. Nacido en el bello y tan aragonés pueblo-balneario de Jaraba, sus padres dejaron el agro para buscar un mejor porvenir para sus hijos. Isidoro, a pesar de su suficiencia intelectual hubo de luchar en una universidad eminentemente burguesa y corrupta con profesores que boicoteaban sus intentos de promoción intelectual. Años, sudores y luchas inexplicables con un director de tesis marxista, versión Alemania Oriental, costó sacar a flote su primer doctorado en Historia, que, luego, completaría mucho más sencillamente con otro en Inglés. Su trayectoria docente tampoco fue fácil, por más que su militancia en la CNT le librara de algún problema, lo mismo que le propició encontronazos con fuerzas nada afines. Poco a poco, logró ir poblando su isla y adquirir cierto estatus y reconocimiento económico, social e intelectual. Todo ello, manteniendo su independencia, su criterio y la peculiar personalidad a la que nos referíamos al inicio de estas líneas.

Isidoro nos advierte en sus textos del constante engaño al que estamos sometidos desde los medios de comunicación: la propaganda, el tópico, la pereza mental, la ignorancia enseñoreando la mente de los falsos comunicadores y del manso rebaño receptor. Isidoro Berdié, correspondiendo a su ejercida misión de educador, es, al fin, un moralista que, con razonamientos, anécdotas, ejemplos y documentación histórica, nos distancia del maremágnum que se desata fuera de su isla de independencia, libertad y conocimiento.

Como antes se indicó, la variedad de sus preocupaciones y conocimientos, aunque privilegiando la Historia, abarca desde los sistemas políticos a la Educación, pasando por la Ciencia, la Economía, la Religión, la Filosofía, la Literatura o el repaso a personajes influyentes de nuestro tiempo. Un moralista, pues, que, apoyado en el clasicismo greco-romano y el Humanismo renacentista encuentra en el barroco y desalentador panorama de la España actual su lugar natural, esa su voz crítica que deberíamos escuchar, sea para potenciarla, sea para discutirla. No es la propuesta del autor hacernos ciudadanos juiciosos inscritos siempre en un mismo camino, sino hombres independientes, capaces como él de albergar un pensamiento propio, no unidireccional, capaz de rectificaciones, pasos adelante, atrás y a los lados. Casi siempre hay que volver para tomar impulso.

 

Nada más disculpable o más conmovedor que el amor. Y lo de Mayusta hacia la copla lo es. Y si el amor se dirige hacia causas perdidas, resulta todavía más conmovedor. Por eso, aunque ya prologué, más extensa y académicamente, una de sus primeras antologías copleras, no puedo soslayar el reclamo del autor para añadir unas líneas, cuando todo está dicho por quienes me anteceden en la glosa.

Además, aquellos que entre nuestras pasiones hemos contado siempre con la literatura, la cultura popular y la jota, no podemos dejar de sentir afección y simpatía por el decir popular más específico de nuestra lengua. La copla podrá estar en el candelero o ser únicamente sostén del folklore popular pero nunca dejará de ocupar su lugar natural en la forma de expresarse el pueblo. El ritmo octosilábico y la asonancia surgen casi espontáneamente del hablante popular cuando quiere expresar algo con “adorno”, darle una entidad estética…. Cuando esos ritmos y asonancias se trasladan a la prosa, percibimos, en cambio, una torpeza que convierte la música en sonsonete.

Por todo ello, entre los copleros suele haber chapuceros, artesanos y poetas. ¿Qué duda cabe de que Mayusta pertenece a estos últimos?  La generosidad lo incita a buscar, entre sus maestros y amigos, ejemplos tan variados como los que aquí ha reunido: Clásicos y modernos, como dijera Azorín en su libro de 1919. Pero también tienen su lugar las muestras propias y son tan variopintas que, lo mismo que los autores escogidos, unas parecen clásicas y otras, modernas; las hay de encargo y espontáneas; de amor y desesperación, en relación a la naturaleza y el paisaje, el sexo, el humor…, hasta coplas culebreras, si uno quiere encontrar rarezas y sobresaltos. Y no puede faltar la copla aragonesa, que García-Arista quiso codificar con tan regular éxito como el que obtuvo su propuesta de denominarla “cantica” en su modalidad cantada. Escribió don Gregorio:

Tiene la copla o canta como medio de expresión de todos sus sentires. Y con ella halaga, y con ella maldice, y con ella saluda, y con ella desprecia, y con ella amenaza, y con ella acaricia, y con ella reta, y con ella hiere… ¿Qué mucho, pues, que la copla sea también el medio casi único de expresar sus sentires amorosos?… Para ello necesita y dispone de bien provisto arsenal, que le saque de apuros en todos los trances.

¿Podríamos decir lo mismo de la copla andaluza? Lo cierto es que yo creo que sí y que por más que busquemos diferencias en sus rasgos textuales, como lo procuró Sancho Izquierdo, la principal estriba en la música, que es el vehículo emocional del sentimiento. La copla andaluza tuvo la fortuna de que el 22 de diciembre de 1928 se estrenara en el madrileño teatro Pavón, una obra de Quintero y Guillén con ese título, cuyo éxito desbordó e hizo definitivamente popular lo flamenco o, mejor, lo que desdeñosamente se llamó “ópera flamenca” e, incluso provocó el malentendido, que ha llegado a la actualidad, de que la copla se utilizara para denominar a la canción popular española, lo que es tan malo para la una como para la otra. Por su parte, la copla aragonesa no llegó sino a servir de título en 1933 a una obra del citado García-Arista, que, entre su tiempo y el nuestro, no habrán leído más de un millar de personas.

Quiero llegar con esto a que no podemos esperar que la copla vuelva a recuperar el lugar del que disfrutó cuando el propietario de una abacería componía una y la colocaba en un pincho sobre el saco de judías para publicitarlas, cuando Valle-Inclán componía las suyas para el jabón de los Príncipes del Congo o cuando, entre los siglos XIX Y XX, diarios y revistas semanales rebosaban de coplas de toda laya. En estos momentos, el vehículo propio de la copla en Aragón sería la renacida jota y, venturosamente, en los espectáculos de los grandes creadores musicales de la jota de hoy, como Alberto Gambino o Alberto Artigas, sustentados por artistas de la talla de Miguel Ángel Berna, Nacho del Río, Beatriz Bernad y otros, coplas como las de Mayusta y unos pocos poetas que no es oportuno nombrar aquí, están poniendo los cimientos para un resurgir de esta tan veterana forma de expresarse.

Somos tan memos, que decimos haiku y se nos cae la baba y, cuando hablamos de copla, pensamos en las de la tía Raimunda. Ojalá libros como éste y otros, que deberían apuntalar los aludidos cimientos, sigan floreciendo en los múltiples registros a que esta forma poética puede dar lugar.

Sobre la copla, V. también en este blog: https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/08/24/acerca-de-la-copla/

 

(Publicado en “Homenaje a Fernando Aínsa”, Imán, noviembre 2019, pp-20-25).

La magnitud de la personalidad literaria de Fernando Aínsa tardó en ser apreciada en Aragón y, aunque, años después de su llegada, empezara lentamente a serlo, ni el conocimiento ni el reconocimiento de su obra fueron justos con ella. Contribuyó a tal extremo la modestia del escritor y su carácter, poco propenso a alharacas. Pero también es cierto que nunca desdeñaba el acudir a cualquier acto literario, por humilde que fuera la ocasión y la compañía. Tal era su amor y dedicación a todo lo que oliera o supiera a literatura. Porque, efectivamente, el personaje era todo literatura. Como que compartía en alto grado las prototípicas cualidades precisas para constituirse en escritor: cultura, sensibilidad, poder de observación e introspección y competencia lingüística.

Que su cultura era proteica lo demuestra sobre todo la profusa obra ensayística que escribió, pero también los cargos que ostentó, las instituciones a las que perteneció y los reconocimientos que obtuvo. Por citar sendos ejemplos, entre una miríada: director literario de las Ediciones de la UNESCO, vicepresidente de la Asociación Aragonesa de Escritores, además de director durante varios años de esta revista y el nombramiento de Doctor honoris causa por la Universidad de Poitiers. No se considere presunción la referencia a nuestra modesta asociación, ya que es lógico recordarlo en una publicación editada por ella pero es que, además, su pertenencia a la misma alivió en alguna medida la aludida ignorancia que en Aragón se tenía de su figura.

Si seguimos revisando las cualidades antes citadas, la sensibilidad no sólo trascendía su obra literaria sino que, para cualquier persona que lo conociera, era notoria esa capacidad de comprensión y empatía que emanaban de su trato. No olvidemos que la sensibilidad no sólo es tener abiertas las antenas para la percepción tanto de la belleza como del horror, sino compartir íntimamente la felicidad y el dolor ajenos.

El poder de observación se revela tanto en su ensayística como en su obra narrativa, con la que, por cierto, se inició como creador en 1964. Por su parte, la capacidad de introspección se hace presente sobre todo en la poesía, el género que, contra lo que suele ser habitual, apareció más tardíamente en su trayectoria y al que, sin embargo, se dedicó con más intensidad en la última etapa de su vida.

En cuanto a su competencia lingüística, poco habrá que señalar porque es lo que caracteriza al verdadero escritor, lo que convierte un texto cualquiera en arte literario. Esta obviedad conviene recordarla hoy que se escribe tanto y de tantas cosas sin tener conocimientos, formación ni técnica literaria suficientes para adentrarse en terrenos tan pedregosos. ¡Cuántas veces habría que recordar la frase de Basilio Soulinake en Luces de bohemia!: “La democracia no excluye las categorías técnicas”. Aplíquese también el cuento a los reseñistas literarios de hogaño, casi siempre sujetos al interés de las empresas editoriales, sus relaciones personales y el do ut des.

Aludíamos a que Fernando empezó como narrador (El testigo, 1964), se convirtió en ensayista (Las trampas de Onetti, 1970) y derivó en poeta tardano, como el título de su primer poemario (Aprendizajes tardíos, 2007) denota. La elección del género, que no es sino una gramática de la expresión, acostumbra a ir en relación con la circunstancia vital del escritor, aunque durante una buena parte de su trayectoria dichos géneros literarios se solapasen. Exiliado, pero a una edad que le daba derecho a considerarse plenamente uruguayo, comienza su trayectoria narrativa en las fechas que el llamado boom de la novela iberoamericana comienza a hacer explosión en la Europa occidental. Cuando llega a Francia en 1973 –no olvidemos que su madre había nacido en tierras galas- aun manteniendo su interés por los temas americanos, se integra totalmente en la cultura del país y es, precisamente el periodo en el que se subraya su dedicación a lo ensayístico: nueve títulos en ese periodo hasta que en 1999, con sesenta años, regresa a España, donde seguirá cultivando el género: siete títulos más en dos décadas. Será a los 70 años cuando se estrene en la poesía: cinco libros en total. Además del citado, Bodas de oro, el tan original y logrado, Clima húmedo, Poder del buitre sobre sus lentas alas y Residencia al aire, su lírica reunida, editada por Renacimiento, que tanto satisfizo a Fernando. Al fin, la propia poesía es el mejor retrato y resumen del escritor. De cualquier escritor, si la poesía reúne los méritos para considerarse tal.

Una mirada más general sobre la totalidad de su obra literaria nos muestra una constante:su preocupación por la ubicación, los lugares, los espacios y, planteado más genéricamente, por los contextos. Es verdad que a su curiosidad todo le atrae y así lo demuestra la variedad de sus labores y su trabajo crítico, pero veamos la importancia que toma para él lo arriba dicho, con sólo el título de algunos de sus ensayos: Espacios del imaginario latinoamericano. Propuestas de geopoética (2002); Espacios de encuentro y mediación. Sociedad civil, democracia y utopía en América Latina (2004);  Del topos al logos. Propuestas de geopoética (2006); Espacio literario y fronteras de la identidad (2005); Espacios de la memoria. Lugares y paisajes de la cultura uruguaya (2008). He aquí como un escritor, de profesión por naturaleza sedentaria, sondea en la ubicación, en el espacio, en el nomadismo de la búsqueda, la explicación y el análisis de aquello que más le preocupa: la utopía ¿qué es ello sino la esperanza de un lugar ignoto, la de conocer al otro y, por tanto, alcanzar la utopía inlograda de la cultura occidental, el socrático conoscere te ipsum?

 

Además de la utopía, ha sido la integración de culturas, con especial referencia a lo americano, otro de los leit motivs más constantes de Fernando. ¿Cómo penetrar en ello, sin tener en cuenta no sólo al indio y al español, sino también, al francés, al inglés, al judío, al negro, al yanqui…? Es decir, al lugar de procedencia y al destino de las culturas. Al fin, este escritor ha sido un intelectual dividido entre dos mundos pero no olvidemos que la no pertenencia casi siempre resulta ser una ventaja, que amplía los campos del conocimiento y de la experimentación. Señalemos lo positivo que resulta para los niños educarse en varios países, la cantidad de intelectuales de excelencia que han deambulado en su infancia de aquí para allá. Ciertos tipos de escisiones apuntan más a la superioridad del conocimiento que a la esquizofrenia.

Conjugar universalismo y localismo, otra propiedad de la escritura del autor que nos ocupa, no suelen ser categorías enfrentadas sino complementarias. Recordemos, como ejemplo, al más  destacado de los escritores aragoneses, Ramón José Sender, también afectado por el exilio y en la peor forma posible: añadiendo a él la pérdida de casi toda su familia directa; el trauma no le impidió facturar narraciones magistrales sobre el Aragón de su niñez y adolescencia y ser, probablemente, el escritor de su generación con más obras de excelencia en torno a las Américas, lo que subraya la cercanía de ambos en cuanto a sus inquietudes.  

Fernando Aínsa logró en varios de sus ensayos establecer categorías, penetrar en el intríngulis y dar forma a muchas de las representaciones literarias que han contribuido a configurar la multiforme, pero indudable, identidad de la literatura latinoamericana. Su capacidad de análisis, y su independencia le facilitaron el camino. También, la claridad y limpidez de su prosa. Eso de ser profundo pero legible, no estuvo de moda en la época en que yo me formé culturalmente, en la que la oscuridad parecía ser una virtud, pese a figuras como las de Alfonso Reyes, Ortega y Gasset, Octavio Paz y, por supuesto, Borges, pero hubieron de pasar años  para que entrara un poco de aire fresco –recuérdese a Allan Sokal y su tan higiénico como desopilante, Intelectual Impostures (1988)- y pudieran llegar a ser enaltecidas gentes como Steven Pinker, Richard Dawkins, Jean-François Revel o Giovanni Sartori, por citar, como en el chiste, a un americano, un inglés, un francés y un italiano. Fernando Aínsa conjugó en sus ensayos densidad y transparencia, como lo hizo en su poesía, honda pero entendible para la mayoría. Y conste que no considero que la claridad en poesía sea necesariamente una virtud, como tampoco lo es en el ensayo y no hay más que traer a colación al inmenso Lezama Lima, como ejemplo. Fernando Aínsa procuró ser con sus lectores tan generoso como en su propia vida.

Conocí a Fernando y accedí a su amistad en sus últimos lustros, cuando su “escisión” era tan sólo entre Zaragoza y Oliete, el pueblo turolense donde se refugiaba y me queda el reconcomio de no haberlo aprovechado más. Amplío la reflexión que, respecto a Aragón, enunciaba al principio de este texto: este autor pudo haber sido un muy valioso puente cultural entre Aragón y América para intercambiar e integrar territorios, ciudades, personas y actividades, que él conocía tan bien. En la América latina las posibilidades económicas son menores que al este del Atlántico pero, con el dinamismo y la propensión hacia la cultura, sucede al contrario: son de mayor calado. Soy de los que piensan que si el estado, que, generalmente, no resuelve problemas a la gente sino que los crea, hubiese atendido más y mejor a la relación con América, otro gallo hubiera cantado a España en la cultura contemporánea.

En la breve antología que aquí se presenta, preparada por el propio Fernando Aínsa, predomina la poesía, que –ya se ha visto- fue la principal dedicación de sus últimos años- y podría echarse en falta el ensayo literario, que fue lo que mayor prestigio intelectual le otorgara pero que, por la extensión que requiere, no sería apropiado para una revista de estas características. No obstante, en el breve mosaico expuesto aparece la gran variedad de direcciones a las que apuntaba el pensamiento y la sensibilidad del escritor hispano-uruguayo.

Como en cualquier muestra de textos de un autor, su más defendible aspiración debe ser el estímulo a leerlo, conocerlo más y mejor, penetrar en su mundo y enriquecerse con él. Para todo ello, Fernando Aínsa será un excelente compañero de aventura.

EPSON scanner image

(Prólogo a José Gabriel, La Vida y la muerte en Aragón, Madrid-Sariñena (Huesca), El Perro Malo y Salvador Trallero Ediciones, 2018, pp. 1-11

-¿José Gabriel qué?

-Si quiere conocer el apellido, era López. Pero siempre firmó José Gabriel. Era un periodista famoso que le había organizado alguna huelga a La Prensa. Había trabajado en Crítica, donde inclusive publicaba memorables crónicas de partidos de fútbol (dicen que tenía colgado sobre la cabecera de su cama uno de los botines de Scopelli). En 1922 había publicado la primera biografía de Carriego, muy anterior a la de Borges. Había estado en el Perú como profesor de la Universidad de San Marcos y, al cabo de andanzas y malandanzas, se había arrimado al peronismo que lo ubicó en la redacción de Democracia, con gran disgusto mío, que me sentía la primera pluma de ese diario. Mal que mal nos llevamos bien, sobre todo debido a mi condición de diputado nacional, que algún calculado respeto le infundía. Murió en la redacción del diario El Laborista, hacia 1956 o 1957.

Marcelo Héctor Oliveri, (José Gobello. Sus escritos, sus ideas, sus amores, pp. 110-111).

Portada primera edición, 1938

 Desde que hace algo más de treinta años, por influencia italo-francesa, se puso de moda la microhistoria, conocemos mejor los procesos históricos, acaso no los de las grandes transformaciones socio-políticas y las relaciones internacionales, pero sí los de nuestro país, nuestra región, nuestra comarca o nuestro pueblo en un determinado contexto histórico-social. Viene esto a cuento por la peripecia del autor que tratamos, José Gabriel López Buisán, madrileño de nacencia, pero criado en un pueblo oscense vecino a Graus, Torres del Obispo[1]. Su venida al mundo fue el 18 de marzo de 1896[2]. Curiosamente, sólo sesenta y seis días después de que lo hiciera Joaquín Maurín en otro lugar de la misma comarca, la Ribagorza. Cualquiera de estas dos vidas –a Maurín llegó a tenérsele por muerto en la Guerra Civil, incluso por parte del autor de la obra que editamos- daría para una visión angular del siglo XX más que ilustrativa.

Creo que se podrían contar con los dedos de las manos los españoles que hasta hace nada conocían la identidad de JGLB y yo no estaba entre ellos hasta que leí en la Biblioteca Nacional el libro que nos ocupa. Las razones son varias. El libro es de muy difícil obtención y la literatura acerca de la guerra civil española, inabarcable. Su autor, como tantos compatriotas en esas fechas, emigró de España en 1905 y, al parecer, sólo volvió unos cuantos meses como corresponsal del diario bonaerense Crítica[3] durante las fases iniciales del conflicto civil. Nunca volvió a firmar con sus apellidos, sino que en su abundosa obra escrita siempre utilizó sus dos nombres de pila. Tampoco había ocasión de identificarlo, pues los archivos parroquiales de la zona en que pasó la infancia fueron destruidos por los milicianos en la consabida guerra. El consiguiente interés que experimenté por el autor tras la lectura de La vida y la muerte en Aragón. Lucha y construcción revolucionaria en España me llevó a hacer algunas indagaciones. En esas estaba, cuando en una conversación ocasional con Salvador Trallero, uno de los editores hodiernos de esta obra, saltó el nombre de José Gabriel. No recuerdo quién fue el primero en convocarlo. De cualquier modo, un amigo suyo de Madrid le iba a prestar el libro que él confiaba en editar. Yo andaba reconstruyendo mal que bien su trayectoria. Habría, pues que prologarlo y contextualizarlo.

Sobre la brumosa infancia de este autor, la fuente más segura está en el volumen que el lector tiene ante sus ojos; pero rara vez se volverá a referir a ella y su identificación con la nación que lo acogió es tal, que, exceptuando las tres obras que monográficamente dedicó a la circunstancia político-social española, son escasas las alusiones al país en que vio la luz. La mayor parte de sus libros están  específicamente dedicados a asuntos en estrecha relación con la historia, la lengua, la política y la vida social argentinas.

En La vida y la muerte en Aragón, José Gabriel refiere que los hermanos de su madre le arrebataron su parte de herencia y hubo de trabajar en Madrid como sirvienta. Luego volvería a su pueblo oscense, con su recién nacido hijo. Tras unos años, la familia hubo de abandonar tempranamente Torres del Obispo y asentarse en algún lugar de Cantabria donde tampoco sus miembros lograron mejor fortuna, con lo que, como tantos españoles de su tiempo, decidieron probar suerte en el Río de la Plata.

José Gabriel llega al puerto de Buenos Aires a mediados de la primera década del siglo XX, acompañado de su madre con la esperanza de encontrar al cabeza de la familia que, al parecer, había abandonado. Ello explica, en parte, que en su firma omitiera los apellidos -el segundo de ellos, Buisán, de clara estirpe pirenaica- para firmar para siempre como José Gabriel[4]. Sin embargo, en alguna ocasión manifestó: “A mí me basta con ser hijo de mi madre, la mujer más buena, más pura y más trabajadora del mundo”, lo que no aclara que prescindiera de los dos apellidos, pudiendo haber suprimido únicamente el del padre, por otra parte tan común. De cualquier manera, en la fecha de su arribo, contaba, pues, nueve o diez años. Sabemos que, combinándolo con el desempeño de numerosos oficios, cursó estudios secundarios  y se matriculó en Filosofía y Letras, carrera que hubo de abandonar por los problemas económicos de la familia, lo que no obstó para  que, años después, ostentase alguna cátedra.

  A los 9 años, pedía yo limosna por las aldeas empotradas en los montes cántabros, a los 10 era hortero, a los 11, peón de panadería y repartidor de pan por las calles de Buenos Aires, a los 12, mozo de fonda, a los 13, pintor letrista, a los 14, mensajero, a los 15, empleado y mandadero de escritorio, a los 16, inspector de ferias francas, a los 22, profesor de enseñanza secundaria… He trabajado toda mi vida como una bestia y con una familia siempre a mi cargo[5].

En el periodo de sus estudios José Gabriel se sintió atraído por la “Escuela Novecentista”, que tenía como guía y mentor a Eugenio D’Ors. Uno de sus miembros más significados fue el poeta Benjamín Taborga (Riotuerto, 1-IX-1889-Buenos Aires, 5-XI-1918), un cántabro también emigrado, por quien sintió gran admiración y que sería uno de sus primeros ídolos intelectuales. “Taborga, un auténtico filósofo, provocó un vuelco saludable en mi vida… Con él iba a la Biblioteca Nacional y al Museo de Bellas Artes, leíamos mucho y discutíamos más, pero siempre con gran fraternidad. A veces, sin embargo, por sentir demasiado la belleza, olvidábamos la justicia”. Taborga, primero ejerció de germanófilo, luego, de  bolchevique; es de suponer que José Gabriel siguiera rumbos similares. Ambos fundaron en 1917 “El Colegio Novecentista” y comenzaron a colaborar en La Gaceta. Benjamín falleció con menos de 30 años a consecuencia de la famosa epidemia de gripe, lo que causó honda conmoción en su amigo. D’Ors le dedicó sendas glosas los días 3 y 4 de abril de 1919[6].

Pero, sin duda, el camino intelectual de JGLB estaba encauzado. El 27 de enero de 1917 ya había publicado un artículo “Un seminario de filosofía” en la famosa revista Caras y Caretas, que también llegaba a España. En ella tradujo a Maeterlinck y pergeñó algunas reseñas. El sentido social que siempre le acompañaría aparece ya en “Cuadros de pobreza”, aparecido en dicha publicación en noviembre de 1917. Colaborará también en la revista Nosotros con reseñas sobre literatura francesa y se acercará a otro escritor de prestigio: Manuel Ugarte (1875-1951), periodista, diplomático y embajador, que vivió en París y en España, donde publicó varias novelas y se relacionó con los escritores españoles. Se opuso frontalmente al expansionismo de los Estados Unidos, militó en el Partido Socialista y fundó el diario La Patria (1918), en el que también colaboró José Gabriel, que pasó después al popular diario La Prensa de la familia Paz.

Era delegado, teníamos la Federación de Periodistas y sacábamos un boletín… El trato al personal no era bueno, y un día, paramos La Prensa… Fue la primera huelga grande con que se enfrentaron los Paz.

Consiguientemente, tras tres años de colaboración, fue despedido.

Aquella huelga me cortó los víveres y me acarreó persecuciones policiales y patrioteras (…)  A partir de aquella huelga, La Prensa me sentenció. Me podía morir o que me nombrasen presidente de la Nación, que La Prensa no me mencionaría nunca más (…) No odio esa casa de don Ezequiel Paz… pero puedo aseverar, por lo que vi  (…), que me sentí en un Estado dentro del Estado. La Prensa desdeñaba la causa popular (…) Defendía sus intereses particulares, contra los nacionales, como en el caso famoso de la devaluación de la libra[7].

Comienza aquí un periodo de febril actividad que ya ocupará toda su vida. Sus muy dispersos textos siguen apareciendo tanto en revistas de gran circulación como la citada Caras y Caretas o España, editada en Madrid, como en publicaciones locales y universitarias. Aborda igualmente cualquier temática: la crítica de poesía, el cuento, el artículo político… En la ciudad de La Plata ejerce la docencia en el Liceo de Señoritas. Allí se enamorará de una alumna, Matilde Delia Natta, con la que pronto contraería matrimonio.

El folleto Tupac Amaru (1918) es su primera publicación que excede la extensión de un artículo. En 1920 llegará el primer libro: Evaristo Carriego, del que bebería Borges y al que Manuel Gálvez juzgaría superior al del maestro. Por su parte, José Gabriel colocará poéticamente a Carriego en un escalón más alto que el de Lugones (¡) y tendrá agrias polémicas por ello. En 1922 La fonda es su primera obra narrativa. Además de la que le da título contendrá otras dos novelas breves, “Un lance de honor” y “La joya más cara” pero es la primera, de protagonista colectivo y desarrollada en un conventillo de los suburbios porteños, la más interesante tanto literariamente, como por sus aspectos lingüísticos y sociales. El autor se basa en las experiencias que hace unos pocos años había vivido como mozo para todo en una fonda para todo de ínfima categoría.

José Gabriel va avanzando hacia un nacionalismo de carácter social y, en cuanto a lo literario, “la condición principalísima de la originalidad del arte, será el contenido de la emoción del medio circunstante al artista”. Se trata de la polémica que enfrentará a las dos facciones más activas de la literatura argentina en los años veinte: el grupo de Boedo y el de Florida, es decir, los llamados martinfierristas, defensores del criollismo y la lucha social, frente a los culturalistas y exquisitos, aunque ambos militasen de la vanguardia. Por entonces dirige  el grupo teatral Renovación. Publica varios trabajos sobre cuestiones de arte y, como otros escritores argentinos, se interesa también por el fútbol[8].  En 1930 es ya un intelectual extraordinariamente activo y polémico, que combate la hipocresía cultural y social, los valores consagrados y la corrupción académica y periodística. Suárez Danero lo considera “hombre de innata rebeldía y aguda cultura” y para Ernesto Palacio, “poseía una divina locura, entre quijotesca y unamunesca”[9].

En 1930, José Gabriel ya trabaja en el diario Crítica pero el golpe de estado del general Uriburu, que desaloja al radical Yrigoyen, lo margina y ha de exiliarse en Montevideo. Ya ha abrazado las doctrinas trostkistas: “el único comunista ortodoxo del mundo (…) y Stalin, un embozado reaccionario del comunismo”, mientras sostiene que, en países que siguen inficionados por el colonialismo, es necesario desvincular la cuestión nacional, formando una federación hispanoamericana en estrecha alianza con el socialismo, los sindicatos obreros y la revolución emancipadora. En Burgueses y proletarios en España, afronta el análisis de  la recién proclamada la II República española:

La oposición española necesita cumplir antes de un año su misión. Si la situación objetiva le obliga a dilatar el plazo, la burguesía puede lograr un momentáneo desahogo económico y estabilizarse, aún sin fascismo o con un fascismo enclenque… El rey se ha ido, pero la monarquía todavía no. Aguardo la noticia del saqueo del Palacio de Oriente… Dios les haga leve la guerra civil. Pero tengan presente las palabras de Lenin: ¡Ni un paso atrás![10]

 Restituida la democracia, vuelve a asentarse en La Plata, dirige la revista Martín Fierro (1934), fundada en el centenario del nacimiento de José Hernández y que reivindica sus valores nacionales. Por otro lado, en el semanario Señales publica sus artículos atacando a los Partidos Socialista y Comunista y repitiendo su mantra obsesivo: la errónea actuación de los partidos del Frente Popular en las democracias europeas; el auténtico enemigo es el imperialismo, en el caso de Argentina, el inglés.

 Al estallido de la rebelión militar en España, por propia iniciativa pero como corresponsal de Crítica, se embarca en el vapor Satrústegui para hacer la travesía y desembarcar en Barcelona. Publicado en 1937, su

libro España en la cruz (Viaje de un cronista a la guerra) es la peripecia de este viaje. Mucho más literario y extenso que el que introducimos, nos cuenta el ambiente que se respira en la travesía –viaja en segunda clase-, la miseria y suciedad de la tercera, los novelescos y, generalmente, siniestros personajes con los que traba contacto y la presencia omnímoda de la política en las conversaciones y preocupaciones del pasaje, mientras el capitán protege a los fascistas y prohíbe las manifestaciones en contrario. Todo ello adobado con reflexiones políticas, sobre el Frente Popular y la política europea. Como se adujo, sus ideas son las del  POUM (Partido Obrero Unificado Marxista) de Andrés Nin. El barco se detiene en varias ciudades brasileñas, Dakar, Casablanca, Gibraltar, Orán y Génova, porque no se le permite la entrada en Barcelona, cuyo puerto, según la empresa naviera, está minado. El periodista aprovecha para darnos las impresiones de cada una de estas ciudades. Una vez en Génova, sigue siendo complicado llegar a Barcelona. Finalmente, se junta con Santiago, un anarquista aragonés que ha trabajado en los cafetales brasileños que intenta reincorporarse a la CNT y participar en la lucha. En tren, consiguen alcanzar Portbou y llegar a Barcelona un mes después de la sublevación. José Gabriel describe con viveza la contradictoria Barcelona revolucionaria y a varios de sus personajes y tipos humanos. Es a partir de aquí, cuando se desarrollan las crónicas del libro que abordamos.

La vida y la muerte en Aragón_Cubiertas (1)

 La vida y la muerte en Aragón

Modestamente editado por la editorial Imán, con sedes en Buenos Aires y México y con cubierta diseñada por José Planas Casas[11], el libro respira el aire inquieto y apresurado de las crónicas de guerra pero también la convicción de que se están viviendo momentos trascendentales de la historia. En las cinco páginas del prólogo, escrito en abril de 1938, más de un año después de su estancia en el frente, José Gabriel señala culpables:

La guerra imperialista debe convertirse en guerra civil, predijo Marx. Lo confirmaron con los hechos, Rusia, en 1917, Italia y Alemania, en 1918; lo confirmaba España en 1936. Los mismos burgueses españoles de izquierda hablaban de REVOLUCIÓN, no de DEFENSA (…) Pero precisamente porque el orden proletario es el único opuesto a todo orden imperialista, al verlo surgir en España lo frenaron.

En resumen, el objetivo de ambos bandos era frenar la revolución proletaria. Por ello, los burgueses republicanos, socialistas, con los comunistas a la cabeza, destruyeron las milicias populares, las colectivizaciones, amordazaron a los partidos revolucionarios, asesinaron a Durruti, Nin y Berneri y mandaron al pueblo en masa a morir en batallas absurdas como las de Teruel y, después, el Ebro.

Sin embargo, José Gabriel no es un pesimista agorero y alberga la esperanza de que, si no se consigue la victoria militar, se obtenga la política. Su vitola de progresista verdadero la demuestra poniendo en solfa muchos de los comportamientos de quienes dirigen la guerra: la censura, la propaganda que convierte los fracasos en victorias, la honda rivalidad entre las distintas organizaciones revolucionarias… Pero lo que el periodista desea ardientemente es conocer el frente de Aragón y su experiencia revolucionaria. Finalmente, sufragándolo a medias con un colega francés, consigue que le entreguen un Peugeot nuevo provisto del correspondiente chófer. A partir de aquí JGLB nos paseará por la geografía aragonesa (Bujaraloz, Fuentes de Ebro, Sariñena, Barbastro, Graus, Torres del Obispo…) a través de cuadros tomados de la realidad que traslucen la verdad de una instantánea fotográfica. Sus reflexiones políticas y pensamientos siempre serán breves, como requiere la crónica periodística, diferentes a las más sesudas y analíticas de España en la cruz.

Miradas sobre el paisaje, datos costumbristas, observaciones sobre los hábitos nacionales, las milicianas, la vida en la trinchera se suceden a lo largo de los cuarenta breves capítulos que componen el libro de sólo 120 páginas en su edición original, pero que se completa con láminas fotográficas, reproducciones de algunos órganos de prensa, pasquines, manifiestos… y un apéndice de 52 páginas más, que contiene los apartados: “Una descripción del frente

aragonés”, “Detalles del frente aragonés” “¿Por qué se detuvo el frente en Aragón?”, “Debates proletarios sobre economía”, “La ofensiva contra las colectividades”, “El gobierno republicano en el nuevo orden”, “Un discurso antifascista de Durruti” y “Vida y muerte de un líder”, donde se afirma sin ambages que el revolucionario leonés “fue asesinado por la Columna Internacional del General Kléber, fuerza especialista en la limpieza a retaguardia” (166)

 A José Gabriel le sorprende la naturalidad con la que se ha aceptado la desaparición del dinero, el “todo para todos”, también, aquella con que se acepta la muerte propia y ajena, leitmotiv del título del libro. En cambio, el desvío de la izquierda francesa y su Frente Popular respecto a la lucha de los republicanos españoles produce en todos honda indignación que se traslada al periodista francés compañero del argentino. Pero el mayor número de páginas se dedica al ataque y penetración en el pueblo de Fuentes de Ebro, dirigido por Durruti, también narrado con sencillez y ausencia de dramatismo. Ausencia que se extiende a la suerte de los ejecutados, cuya muerte cuentan con naturalidad algunos de sus verdugos o que los mismos reporteros encuentran abandonados en las cunetas. José Gabriel no puede evitar un respingo ante dichas circunstancias, lo mismo que sucede en la cena que les sirven en la iglesia de Bujaraloz:

En el fondo, me está remordiendo, no la iglesia convertida en comedor, sino la iglesia vencida. Siempre peleé y nunca pude quedar vencedor: el derrotado, ya, por su misma derrota, me parece el justo. Todos tenemos algo de razón y la razón vencida es más razón.

Tras el ataque a Fuentes de Ebro, son los capítulos 25 –el fusilado en la cuneta a las afueras de Barbastro- y los que se desarrollan en Torres del Obispo, ahora Torres de Largo Caballero (32-37), los que, en cierto modo, suponen un viraje en las preocupaciones dominantes. El primero ejemplifica las consideraciones metafísicas que asoman en el título de la obra y los que se refieren a la aldea en que se crió, la perplejidad del reencuentro con su niñez, un choque psicológico en un contexto en que las preocupaciones inmediatas, que para muchos equivalen al destino de la humanidad, son lo único que importa.   

El colega francés necesita regresar y a José Gabriel le pesan las muertes. Sin decirlo, necesita escapar de ellas. Aunque no quiere incurrir en las exageraciones de otros corresponsales, los fusilados se han convertido en protagonistas. El reportaje termina con una cena en un restaurante del Barrio Chino –el casco viejo de las ciudades mediterráneas que el autor siempre denomina Casbah- en la que el chófer devora unos sesos y comenta: “Como con gusto porque me parece que le estoy comiendo la cabeza a aquel fascista de la carretera”. Un tanto ambiguamente, José Gabriel refugia sus pensamientos en el vino.

 

Los años finales

 Tras la guerra, la trayectoria de JLGB seguiría siendo rebelde, polémica y combativa. Su enorme capacidad de trabajo se refleja en su bibliografía y centenares de artículos. Las preocupaciones por la lengua nacional, la cultura popular y el antifascismo seguirán siendo prioritarias para él. Así, obtenida una cátedra en 1939, se le suspende en 1941. El golpe militar de 1943, que intervino hasta la lengua y proscribió el lunfardo, lo llevó a inmiscuirse en la protesta, lo que le valió la cárcel y el exilio a Montevideo. En 1946 marchará a Lima para enseñar periodismo en la Universidad de San Marcos. Vuelve en 1949 y se acerca al peronismo, que antes había rechazado. Pero también con una actitud crítica: en las reuniones del general con los periodistas “el que llevaba la voz cantante era Perón. Sólo José Gabriel osaba interrumpir los monólogos presidenciales[12]”. Sin embargo, la muerte de Evita y los nuevos rumbos de la política del presidente provocan que vaya tomando algunas distancias aunque los intelectuales antiperonistas lo consideran un enemigo. Por entonces, colabora en Argentina hoy, un diario socialista cercano al peronismo, y en El Laborista; vive modestamente en una villa obrera del barrio de Lanús, extrarradio de Buenos Aires; también ejerce labores de prensa en el Ministerio de Salud Pública.

Frisando la sesentena, José Gabriel estuvo con los que, sin fortuna, trataron de oponerse al derrocamiento de Perón, por lo que recibió virulentos ataques. Como escribe Galasso:

Aquel que había sido marginado por anarquista y trotskista, por rebelde y deslenguado, por predicar una síntesis entre marxismo y liberación nacional o hacer centro en la cuestión social al analizar el Martín Fierro, suma ahora otra transgresión: su peronismo militante de los últimos años. Inmediatamente es exonerado del ministerio, manteniendo apenas su cargo en El Laborista, aunque arrinconado en una sección secundaria y con un sueldo exiguo que le permite apenas sobrevivir a él y a su familia[13].

El 14 de junio de 1957, un infarto vence su cabeza sobre la máquina de escribir en la redacción de El Laborista. Muere horas después.

Pasarían 17 años para que alguien escribiera sobre él (Suárez Danero, 1974); 58, para que se reimprimieran algunos de sus textos (Korn 2015); nada menos que 61, para que una editorial, curiosamente aragonesa, llevase a cabo la reedición de uno de sus libros. La independencia, el humanismo, la calidad literaria y la variedad de las preocupaciones de este autor merecerían otras atenciones.

 

                                                                                   NOTAS

[1] Aparte de su propio testimonio, la condición aragonesa del autor la confirman Eduardo Suárez Danero, Guillermo Korn y otros autores. Él se decía aragonés, como su familia materna, pero se consideraba argentino. Pese a la importancia de su obra y las polémicas que suscitaron sus escritos y actuaciones, la figura de José Gabriel es muy poco conocida incluso en los círculos cultivados del país austral. 

[2] El padre, Buenaventura López, nacido en Cangas de Onís, Asturias, emigró a la Argentina en 1897 y parece que abandonó la familia a su suerte. La madre, Teresa Buisán, nacida en Torres del Obispo, Huesca, viajó con su hijo a Buenos Aires en 1905.

[3] Fundado por Natalio Botana en 1913, Crítica fue uno de los periódicos más populares del país en las décadas de los veinte y los treinta, llegando a alcanzar cinco ediciones diarias y en algún momento llegó a ser el de mayor tirada del mundo en lengua española. Defensor de las ideas avanzadas, durante la guerra en España, apoyó al bando republicano. A partir de la muerte de su fundador en 1941, el diario fue decayendo y desapareció en 1962.

[4] Dado su espíritu rebelde y revolucionario, es posible que pudiera ejercer alguna influencia el hecho de que el nombre español del caudillo Túpac Amaru, que en el siglo XVIII se rebeló contra la dominación española, fuese el de José Gabriel Condorcanqui Noguera. Igualmente, llevó ese nombre el minero J. G. Aguilar que, en unión del doctor Ugalde, concibió un proyecto de emancipación americana, por lo que, como Túpac Amaru, fue ejecutado en 1805.

[5] Cit. por Galasso (2013).

[6] La obra completa de Taborga fue publicada por Calpe Argentina en 1919.

[7] Cit. por Galasso (2013).

[8] En “El jugador de football, ejemplo de arte”, (La Nación, 6-I-1929) sostiene que en un partido de fútbol hay más arte que en muchas de las óperas del teatro Colón, insistiendo en el funcionamiento colectivo del juego. Añade que la cultura debería tomar ejemplo de lo ocurrido en el fútbol: “Unos ingleses acriollados, les enseñaron a nuestros muchachos las reglas primarias del juego, hace medio siglo, pero ellos no se quedaron en la enseñanza externa (…) cuando supieron cómo se jugaba, trataron de olvidar lo aprendido y se pusieron a inventar. Leyeron los libros, pero no tomaron notas, aprovecharon la experiencia ajena, pero no la repitieron. Polimeni o Calomino (dos jugadores de la época) en una de sus trenzadas de vagos por los baldíos de los diques con la marinería de los buques británicos surtos en el puerto, crearon el fútbol argentino. Todos los actos esenciales de la cultura son producto de una enseñanza convertida en móvil creador. Por eso, nuestros universitarios van a Europa maestra y sólo promueven cortesías y van nuestros jugadores de fútbol y arrebatan a las gentes. Llevan lo que Europa conocía, pero lo llevan superado”.

[9] El catedrático bilbaíno citó a José Gabriel en sus Ensayos, publicados en 1916.

[10] Cit. por Galasso (2003).

[11] José Planas Casas (1900-1960),  gerundés de Torroella de Montgrí, emigró a la Argentina en 1911. Fue un excelente y reconocido artista, que se relacionó con grandes figuras del arte de su época. Falleció en Santa Fe, cuya Escuela de Bellas Artes dirigió desde 1942.

[12] Marcelo Héctor Oliveri, José Gobello. Sus ideas, sus escritos, sus amores, Buenos Aires, Corregidor, 2002, pp. 110-111.

[13] Galasso (2013).

                                                                      OBRAS

Tupac Amaru (folleto), Buenos Aires, 1918.

Las salvaciones (folleto), Buenos Aires, Arca, 1920.

La educación filosófica (folleto), Buenos Aires, Centro de Estudiantes de Derecho y Ciencias Sociales, 1921.

Evaristo Carriego, Buenos Aires, Agencia Sudamericana de Libros, 1921.

La fonda. Un lance de honor. La joya más cara (relatos), Buenos Aires, Tor, 1922. / La fonda (novela porteña), Buenos Aires, Imán, 1939.

Vindicación de las artes  (crítica artística), Buenos Aires, Mercatalli, 1926.

Martorell (monografía artística), La Plata, Félix Santi, 1926.

Farsa Eugenesia (drama clásico), Calpe-J. Urgoiti, Buenos Aires, 1927.

Frente a Moisés (monografía artística), Buenos Aires, Ángel Estrada, 1928.

El Cisne de Mantua, La Plata, Félix Santi, 1930.

Reglas para un manual del político, La Plata, Félix Santi, 1931.

-Sentido de lo moderno (folleto), La Plata, Félix Santi, 1931.

Bandera celeste. La lucha social argentina, Buenos Aires, Porter Hermanos, 1932.

La revolución española (crítica social), Buenos Aires, Autor, 1932

Cantar de Los infantes de Lara, La Plata, Autor, 1934.

-El pozo negro, Relatos del mundo, Buenos Aire, Claridad, 1935.

España en la cruz. Viaje a la guerra española, Santiago de Chile, Ercilla, 1937.

Las semanas del jardín. (España y América vistas a través de un desconocido libro de Cervantes), Santiago de Chile, Ercilla, 1937.

La vida y la muerte en Aragón. Lucha y construcción revolucionaria en España, Buenos Aires, Ediciones Imán, 1938.

El nadador y el agua. (Retorno a la dicha natural), Buenos Aires, Compañía Impresora Argentina, 1938.

Ditirambo a García Lorca, Buenos Aires, Colombo, 1939.

El loco de los huesos. Vida, obra y drama del Continente Americano y de Florentino Ameghino, Buenos Aires, Ediciones Imán-Sarmiento, 1939.

Aclaraciones a la cultura, Buenos Aires, Colombo, 1939.

San Martín, imagen angélica, La Plata, Imprenta E. Capdevile, 1940.

Entrada en la modernidad, Buenos Aires, Concordia, 1942.

La Madrid. El valor legendario, Buenos Aires, Emecé, 1944.

Walt Whitman, Montevideo, Ceibo, 1944.

Curso de literatura española, Montevideo, Organización taquigráfica, 1945.

Historia de la gramática, Lima, Lumen-San Marcos, 1948.

La encrucijada. Europa entre la revolución y la guerra, La Plata, Moreno,  1952.

De leguleyos, hablistas y celadores de la lengua (Antología compilada por Guillermo Korn), Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015.

 

                                                          BIBLIOGRAFÍA

-CHÁVEZ, Fermín, Alpargatas y libros. Diccionario de peronistas de la cultura (Tomo I), Buenos Aires, Theoria, 2004, p. 57.

-GALASSO, Norberto (coord). Los malditos  (Vol. I). Buenos Aires, Madres de Plaza de Mayo, 2004, p. 279.

-, “José Gabriel López Buisán, ese hombre desconocido y olvidado. Se cumplieron 117 años del nacimiento del español que vivió en la argentina y defendió  la causa nacional”, Tiempo Argentino, 20 de marzo de 2013.

-GONZÁLEZ, Lucas, Jerónimo BORAGINA, Gustavo DORADO y Ernesto SOMMARO, Voluntarios de argentina en la guerra civil española, Buenos Aires, Ediciones del CCC (Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini), 2008.

KORN, Guillermo, “Estudio preliminar” a De leguleyos, hablistas y celadores de la lengua, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015, pp. 11-51.

-MELERO, José Luis, Los libros de la guerra. Bibliografía comentada de la Guerra Civil en Aragón (1936-1949), Zaragoza, Rolde de Estudios Aragoneses, 2006, pp. 96-98.

-OLIVERI, Héctor Marcelo, José Gobello. Sus ideas, sus escritos, sus amores, Buenos Aires, Corregidor, 2002.

-PULCHER, Darío, Escritores “malditos”: peronismo histórico y campo intelectual en una aproximación de Jauretche, 2015.

-SIGNO, Leopoldo del, “José Gabriel, el último gaucho”, La Nueva España nº 69, junio 1937.

-SUÁREZ DANERO, Eduardo, “José Gabriel, sin pelos en la lengua. Textos de un polemista mordaz, relegado al olvido por la cultura oficial. Biografía de un luchador”, La Opinión Cultural, 3 de febrero de 1974.

-TARCUS, Horacio (dir.), Voz “Gabriel, José”, Diccionario biográfico de la izquierda argentina, Buenos Aires, Emecé, 2007.

                                                                         José Gabriel López Buisán 

 

 

 

 

 

 

 

                                              

(Introito a Alcohol y Literatura, Menoscuarto ediciones, 2017, pp. 11-18)

                                                                      INTROITO

 El noruego Knut Hamsun, Premio Nobel en 1920, decidió finalmente asistir a la ceremonia de su entrega pese a que Per Hallström, uno de los jurados, había manifestado: “Ha estado ejerciendo una anárquica influencia durante casi toda su vida y probablemente ni siquiera considere legítima la postura idealista que el Premio Nobel pretende fomentar”. Eso sí, Hamsun se presentó absolutamente borracho. Entre otras patochadas, se acercó a la también miembro de la Academia y premio Nobel en 1908, Selma Lagërlof[1] y, tras golpear su corsé, eructó: “Lo sabía, suena igual que una campana”. Después tiró de las patillas a otro de los jurados, trató de compensar con el dinero del premio a dos miembros más que le habían votado y, al no aceptar éstos, se lo ofreció a un camarero de su hotel. Tampoco se atrevió a quedárselo el empleado y Knut dejó el dinero y el diploma en el ascensor. Pese a su muy ajetreada vida, llegó a los noventa y dos años, aunque recluido en un asilo de enfermos mentales[2].

Los escandinavos llevan fama de adictos al trago, pero no están solos. Según el doctor Goodwin[3] el setenta por ciento de los escritores norteamericanos premiados con el Nobel tuvieron problemas con el alcohol o lo utilizaron como fuente de inspiración. Es decir, cinco de siete: Sinclair Lewis, que en 1926 había rechazado el premio Pulitzer, obtuvo el primero de los Nobel otorgados a un norteamericano en 1930. El resto de los bebedores eran: Eugene O’Neill, premiado en 1936, William Faulkner (1949), Ernest Hemingway (1954) y John Steinbeck (1962). No se entienden bien las cuentas de Goodwin o debió de escribir su artículo antes de 1976, año en que se entregó el premio a Saul Bellow. Después lo recibirían Isaac Bashevis Singer (1978), la afroamericana Toni Morrison (1993) y el también poco sospechoso de abstinencia, Bob Dylan (2016). Pero es que, de los dos a quienes Goodwin no considera vinculados con el alcohol, Pearl S. Buck (1938) y Thomas Stearn Eliot (1948), la  primera, tan cursi y moralista, en algún periodo de su vida las cogía que era un primor. Aunque a menudo se le considera británico, el muy circunspecto Thomas Stearn Eliot contrafigura de un Hemingway, cultivador y exhibicionista de la desmesura, era también americano de nacimiento.

Pero Estados Unidos contaba ya con el escritor al que suele considerarse como emblema de esta propensión, Edgar Allan Poe, que recibió el alcoholismo como herencia genética y, con su conducta, hizo honor a ella hasta su muerte, sobrevenida tras un episodio de delirium tremens.

El rudo escritor noruego y los cinco americanos no eran ninguna rareza en su profesión. Más de dos mil años antes el filósofo Crisipo murió bebiendo vino aunque otros testimonios hablen de que murió de risa. En alguno de sus setecientos cinco libros había recomendado el incesto -que practicaba con su madre- y la antropofagia. Diógenes Laercio nos cuenta que el tal Crisipo de Soli consideraba el beber vino como una de las pocas actividades específicamente humanas. No le faltaban buenos maestros: Sócrates era apreciado por sus contemporáneos como un gran bebedor y esa cualidad de aguante para las libaciones constituía una de las principales razones para obtener el respeto de sus discípulos. Lucas Gracián Dantisco, en una obra hoy olvidada pero con multitud de ediciones en anteriores centurias, escribía acerca del maestro de Platón:

 Sócrates del cual cuentan que le duró la noche el brindarse a porfía con otro gran bebedor llamado Aristófanes, y la mañana siguiente hizo una linda medida de geometría sin errar un punto. Adonde mostró que el vino no le hubiese hecho estorbo, y esto por la continuación que tenía de haberse muchas veces arriscado a beber a porfía, y aunque muchos mostraban su valor en el beber mucho y sobre apuestas sin perder el sentido, la victoria que han ganado es tal que lo debemos tener por vicio pestilencial, y pecado muy torpe.                                                                                                         

                                                                Galateo español, (Cap. XV: Del brindarse)

  Siglos después, el psiquiatra francés Louis-Francisque Lélut catalogaba a Sócrates como una personalidad delirante y alucinada.

  Los griegos se acostumbraban a beber desde pequeños por lo que luego soportaban mejor los efectos etílicos y esto era motivo de prestigio; tal vez heredáramos de ellos esa “mitología del aguante”, hasta hace poco tan del gusto de nuestros pueblos y hoy en claro retroceso aunque, con otros parámetros, haya pasado a las culturas urbanas.

Anacarsis Escita reflexionó abundantemente sobre las costumbres etílicas de los griegos y no dejaba de admirarse de que al principio de la comida se bebiese en vasos pequeños que, después, iban siendo sustituidos por los grandes.

  Adicto fue también un tipo peligroso, Periandro, que preso de la ira e incitado por sus concubinas, mató a patadas a su mujer embarazada. Después, quemó vivas a aquéllas. Injusticia distributiva de la que alardea en una carta a su suegro, Procleo:

El fracaso de mi mujer aconteció contra mi voluntad; pero tú serás injusto si exacerbas el ánimo de mi hijo contra mí. Si no calmas la fiereza de mi hijo para conmigo, me vengaré de ti; yo ya vengué la muerte de tu hija abrasando vivas a mis concubinas y quemando junto a su sepulcro los adornos de todas las matronas corintias.

    Otro sabio, Timón, muy dado a la bebida, según Antígono, llegó a cumplir los noventa años, edad muy inusual en la época. Los griegos se preparaban con previsión -y en esto les siguieron los romanos- para los excesos colocándose, entre otras cosas, una corona de perejil. Pensaban que esta planta absorbía los vapores etílicos.

Li-Po, considerado como el más grande poeta chino y uno de los sabios más indiscutibles de la humanidad, a pesar de su iniciación en el taoísmo, fue un gran bebedor y murió a resultas de una borrachera.

  Entre los escribientes latrolítricos, los ejemplos, las facecias y las demasías son innumerables y este libro dará buena cuenta de ello. Antes de que me pongan el grito en el cielo, advierto ya que aparecen menos orientales que occidentales y menos mujeres que hombres. Es cierto que, según algunos, los chinos inventaron la destilación, que otros atribuyen a los árabes; es, asimismo cierto que ellas cogen unas pítimas que da susto pero lamento comunicar que también es aproximadamente cierto que hembras y orientales tienen menos eficiencia en una de las enzimas –conocida técnicamente como ADH- que ayudan a procesar el alcohol en el hígado (v. pag. 126), con lo que habitualmente las cogen antes y no pueden competir con igualdad en este terreno, aunque no falten escritoras borrachas que ocuparán su sitial con todos los honores.

En cada localidad europea, desde las minúsculas aldeas hasta las grandes urbes, la bebida, la exaltación de la embriaguez, las historias cómicas de borrachos, la vinculación de fiesta, alegría y vino han formado parte de la vida cotidiana, de la tradición, de la forma de vida de la gente. A los evidentes aspectos siniestros del alcoholismo[4] se opone toda la cultura de la diversión, la transgresión, la juerga, las canciones báquicas, el carnaval… Las admoniciones contra el alcohol no han conseguido nunca desterrarlo. La borrachera es uno de los pocos ritos de iniciación juvenil que se conservan y hoy -para bien y/o para mal- las culturas occidentales han incluido también al sexo femenino.

Beber es placentero pero puede perjudicar y llevar a cometer actos inqueridos y violentos. Ilumina y embrutece. Hace más humano y más salvaje. Como tantas cosas, es pura contradicción: sienta bien y mal, alegra y entristece, proporciona tono y lo apaga, estimula la creación y es capaz de abolirla para siempre. Evidentemente, la solución no está en los anuncios: beber con moderación, recomiendan, cosa sólo al alcance del tibio de corazón. De momento, nos conformaremos con seguir el bieninten­cionado “Si bebes, no conduzcas” y, por nuestra parte, recomenda­remos al abstemio que beba algo y al excesivo, que dé al garguero unas semanas de vacaciones. Y, en cuanto al repaso de borrachines, espero que nuestro dedo no tome nunca caracteres acusadores ni tampoco exculpatorios. El adagio “Cada uno sabe lo suyo” siempre me pareció irreprochable.

 Fuera de la traviesa juventud y de escasos círculos de resistentes, hay que reconocer que emborracharse no está de moda y cada vez asoman más las caras censorias y las voces amenazadoras en televisiones y programas educativos. Ya Machado catalogó a los “borrachos de sombra negra” en un poema ejemplar que podría servir como modelo de “lo que debe ser y lo que no debe ser”. La línea entre la borrachera jocosa y la agresiva es cierto que no está demasiado clara y que hasta un borrachín típico puede pasar por las dos, según el día que tenga. Pero, en general, suele depender de la persona. “Ése tiene mal vino”, solía decirse. Cuando, para bien y para mal, la sociabilidad del español estaba más a flor de piel, el borracho era una incidencia más de la vida cotidiana y todas sus peripecias eran vistas como algo jocoso y digno de contarse. Antes, un borracho daba, sobre todo, risa y es recurso cómico empleado habitualmente por el género chico, por el cine, antes de convertirse en una cosa más bien truculenta y ruidosa, y por los tebeos. Hoy, ser tildado de borracho no gusta ni a quienes les gusta emborracharse. Hace unos años leí cómo el presidente Maragall había demandado a la revista Vanidad por un artículo titulado “10 borrachos”, que, además del mentado, incluía a Hemingway, Bukowski, Ernesto de Hannover, María Jiménez y, nada menos que cinco actores, Jean-Claude Van Damme, Melanie Griffith, Liz Taylor, Ben Affleck y Joaquin Phoenix. No parece que hubiera de irse tan lejos para encontrar los diez, como se verá en este volumen, ni merecía la pena incluir difuntos en una revista de actualidad. El caso es que allí se escribía que “se pillan unas tajás inhumanas”, se los llamaba “borrachines típicos” y, respecto a Maragall, aún se tomaban sus prevenciones aduciendo que nunca se ha sabido si era rumor o realidad pero que tiene “el garbo y la estampa del típico borrachín de chiste, nariz colorada, pómulos hinchados, ojeras paposas y voz de carraspera”. “¿Y qué?”, contestaría yo si fuese el acusado, “¿Cumplo con mi trabajo?”, “¿Me duermo en los plenos?”, “¿”Me pongo a cantarle ‘Si vas a la Font del Gat’ al alcalde de Perpiñán cuando viene a verme?”.

  Por otro lado, desde la antigüedad, el número de grandes hombres bebedores es posible que supere al de los sobrios, con lo que ya anuncio que poca moralina se destilará en estas páginas. Mucho se ha escrito sobre la vinculación del genio con la locura y el exceso pero es que también grandes hombres conocidos por su equilibrio, como Goethe, bebían. En su caso, entre una y dos botellas de vino al día, pero sin intención de emborracharse, sino como una actividad cotidiana más, como tomar el fresco o cepillarse los dientes. De cualquier manera, la relación con la bebida en el pasado era bastante menos histérica que hoy. El dato es de principios del siglo XX pero sin duda podría fácilmente expandirse en el tiempo: en la soldada diaria de los segadores se incluían tres litros de vino que, naturalmente, no almacenaban para el futuro sino que a lo largo de la jornada iban embuchando.

  A la extendida, y en tantos casos veraz, idea de que el alcoholismo es una enfermedad[5], postura, además, adoptada por la mayoría de las asociaciones médicas, se opone hoy una corriente, defendida entre otros por Stanton Peele[6], que considera la necesidad de bebida como una especie de equilibrador emocional, de lubricante que intervendría en la ecología personal de cada cual. Idea que, si bien se mira, es la que siempre ha tenido la gente respecto a la mayoría de los bebedores, no de los borrachos reconocidos, agresivos y lastimosos. La adicción sería una especie de consecuencia natural de la personalidad global del individuo, una actividad que se integraría compensatoriamente en la economía psíquica de cada sujeto.

                                                                  NOTAS                                                                       

[1] De ella había dicho otro de los jurados: “Escribe como una imbécil pero vota con inteligencia”.

    [2] En 1949 apareció su diario escrito durante su reclusión, Por senderos que la maleza oculta, Madrid, Nórdica, 2012.

    [3] D. W. Goodwin, “Alcohol as a Muse”, American Journal Psychoterapy, vol. 46 nº 3, 1992, pp. 422-438.

[4] “Como recuerda Thomas Brennan, el término de “Alcoholismo” había sido ya acuñado en el siglo XVIII encubriendo de cientifismo la condena de la taberna por las clases dirigentes, al tiempo que explicando “científicamente” la depauperación del proletariado, a partir de su negligencia, indisciplina e imprevisión”. V. Uría (2003: 596n.)

[5] Todos los alcohólicos son bebedores pero no todos los grandes bebedores son alcohólicos, palabra que, a veces, usamos con demasiada liberalidad. El adicto que reclama alcohol en cualquier momento del día o de la noche para no sufrir el síndrome de abstinencia y cuya desdichada vida está supeditada a la ingestión del líquido no es el mismo que quien, bebiendo mucho, no necesita a todas horas ni todos los días vivir con un determinado grado de alcohol en sangre.

[6] V. Peele (1998).

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/10/27/los-escritores-y-el-alcohol-truman-capote-y-jose-solana/

 

En 1892 Joaquín Dicenta todavía sólo había publicado dos títulos: Spoliarium y el libreto del drama El suicidio de Werther. Sin embargo, ya debía de haber sufrido el asedio de los “amigos” y conocidos adictos a hacerte el favor de aceptar el regalo de tu libro. En dicho año encabeza Tinta negra, su nuevo volumen de artículos y cuentos con el siguiente texto, que la SGAE, CEDRO y la Asociaciones de Escritores debían editar y repartir por todo el país:

 

Ayer tuve la honra de ser presentado a usted por X y hoy me apresuro a escribirle con objeto de que me remita, dedicadas, las obras que usted ha escrito, y por las cuales siento admiración profunda, como lo pruebo al solicitar de usted este favor señaladísimo”.

“Gracias anticipadas, y… ahí van las diez pesetas importe de los ejemplares”, creí yo que diría Juan Pérez (así se firmaba el autor de la epístola); pero nada de esto; no ya las diez pesetas, ni mención de ellas venía en el escrito de aquel amigo improvisado.

Juan Pérez necesitaba leerme gratis y con Autógrafo; cosa muy justa, porque, al fin y a la postre, el sujeto había cambiado conmigo un apretón de manos, dándome al paso las señas de su domicilio, circunstancias sobradas para que en esta tierra, eminentemente burguesa y rutinaria, donde sólo se consideran profesiones y medios de vivir los  garantizados por un título oficial o por un establecimiento con puertas a la calle, se atreva cualquier ciudadano a reclamar, de quien vive y se alimenta de su pluma, el fruto de sus esfuerzos y vigilias, en clase de regalo y casi casi como haciéndole un gran favor.

Francamente, yo agradecí la honra que me dispensaba admirador tan fervoroso, y en vez de coger mis libros y mandárselos, de acuerdo con sus pretensiones, cogí la pluma y le escribí la siguiente carta, que copio y traslado a las páginas de este libro para satisfacción de todos los seres incógnitos que se ocupan en pedir dedicatorias y en proteger, sin detrimento de su bolsillo, las Bellas Artes y la impresa literatura.

Dice así la carta:

“Apreciable Mecenas y Pérez: ¿Cómo he podido yo merecer la ventura impensada de que usted me escriba, reclamando mis libros para formar parte de su biblioteca económica? —Digo económica, porque, a juzgar por las señas, no debe haberle costado muy cara.—  ¿Qué hizo este humilde emborronador de cuartillas para que Juan Pérez, nada menos que don Juan Pérez, se acuerde de él y pretenda aumentar el número de sus lectores?

Dígole a usted, generoso amigo, que semejantes mercedes me aturden, a tal extremo, que no sé cómo contestarle y cómo recordarle una cosa que seguramente se le quedó en el tintero, más por ignorancia que por propósito firme y decidido.

Pide usted mis libros, dedicados y a título gracioso; yo se los remitiría inmediatamente, pero de hacerlo, perdería una peseta por tomo, y aunque esta cantidad no merece la pena de mentarse, conviene señalarla, añadiendo a la vez que yo vivo de mi dinero, y no de la amistad de usted, que, por otra parte, vale mucho.

Aunque usted no lo crea, joven y aprovechado Pérez, yo vivo de mis libros y de mis artículos, no tan bien como usted, que lo hará con el sueldo que le proporcione algún tío suyo en un Ministerio cualquiera, pero vivo, y como, y visto, y hasta me permito cenar en Fornos de cuando en cuando.

Para esto emborrono cuartillas y se las llevo luego a un editor, que me las publica en forma de pliegos impresos, previo el pago de papel, impresión y tirada; en seguida pongo el libro a la venta, y con sus productos voy pasando esta vida de desventuras.

Ahora bien, estimado favorecedor: si después de lo mal que anda esto de la venta de libros, se les ocurre a todos los Pérez que hay en España pedirme los míos, como usted lo hace, es indudable que moriré ayuno, a no ser que usted me remita, a cambio de la dedicatoria que reclama, una panacea hábil para prescindir del estómago.

Fíjese bien en el argumento, Pérez de mi alma. Exigir gratis un libro suyo al autor que vive de venderlos, es una inconveniencia. ¿Le parecería a usted bien que yo, inmediatamente de presentado a un sastre, le dijera: “Agradeceré a usted mucho que me dedique un traje de levita para mi uso particular?

¿Qué diría el sastre? Pues, sobre poco más o menos, lo que sigue:

El que quiera trajes, que los pague.

Y si el sastre me diría a mí esto, ¿por qué no he de decírselo a usted yo, que vivo de mis cuartillas como vive el sastre de sus telas?

Nada, amigo Pérez, que no le mando a usted los libros, aunque la negativa me cueste un pedazo del alma, órgano o lo que sea, que, con valer mucho, no halla quien lo tome a cambio de un pedazo de pan.

Bueno que todo el mundo tenga derecho a hacerme escribir en un álbum poesías que le sirven para conquistar los favores de alguna belleza; bueno que en reuniones y comidas esté uno obligado a  vomitar versos para distraer la digestión de cuatro gastrónomos y a cubrir con el ritmo de la redondilla o de las octavas reales el cuchicheo melifluo de media docena de novios; bueno es eso, y por ello paso, pero no más, aunque usted se enfade y no me salude en todos los días de su vida.

Si quiere usted libros, pásese por las librerías, donde, previo el pago correspondiente, tendrá todos y cuantos le vinieren en gana; y si quiere usted dedicatorias, considere como dedicado este artículo y léaselo a todos los Pérez que conozca, con lo cual ganarán mucho, no yo, que de puro desconocido estoy casi libre de peticiones, sino otros autores afamados, a los cuales les sale a cada hora un Pérez ansioso de favorecerlos y de hacer la propaganda de sus obras.

Consérvese usted bueno y disponga de mí para todo, menos para llevarse gratis lo que a mí me cuesta algún dinero, bastante trabajo e infinitos disgustos.

Suyo afectísimo seguro servidor

Q. B. S. M.,

JOAQUÍN DICENTA

Sobre el autor, puede verse también en este blog:  https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/07/joaquin-dicenta/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/01/30/150-aniversario-de-joaquin-dicenta-dicenta-y-sus-criticos/

Pérez Merinero, Carlos Salido de madre001

Escrita con una gran naturalidad y sin el ánimo de impresionar más o menos jocosamente, que ostenta la mayor parte de las novelas negras de Carlos Pérez Merinero, Salido de madre  –excelente título, por cierto- no intenta demoler edificio social alguno pero atenta a los fundamentos de alguna de las convenciones sociales más asentadas. Efectivamente, casi nadie quiere ser, literalmente, un hijo de puta ni un cabrón, como lo son dos de los personajes principales de esta novela corta, pero aquí los protagonistas no sólo lo aceptan sino que buscan y se sienten complacidos con dicha condición. Que, bien pensado, no es tan extraña: ¡Cuántos hijos y esposas viven más confortablemente de lo que lo harían gracias a que la mater familias se dedica a alquilar su cuerpo!

CPM ni moraliza ni vende morbo y, habitualmente, ni comenta ni subraya ni se entretiene en mostrarnos los recovecos psicológicos de sus personajes, sólo expone una historia, sobre todo a base de diálogos directos, elementales y, eso sí, realistas descripciones, cuando se trata de referir, tanto las experiencias sexuales como los pensamientos y elucubraciones del joven protagonista.

Los escenarios del relato son también de una gran economía: el piso familiar, la calle, un taller mecánico y un puticlub. Los personajes no son buenos ni malos sino gente que va a lo suyo –no mucho más que sobrevivir- y, más o menos, se atiene a las reglas sociales. Únicamente el personaje de Charo, la madre, obra por un motivo altruista: el bienestar de su hijo, cuestión que, al parecer, demanda la biología más que la bondad personal.  Pero tampoco faltan los actores pintorescos: Fina, la puta vieja; Berruguete, el encargado del burdel, capado por la Guardia Civil tras violar a una monja en la guerra; o el propio protagonista, Mariano, un paralítico de veinte años afectado de satiriasis o hipersexualidad, afección que su madre llama sencillamente “la enfermedad”.  En la narración se le denomina, en efecto, “el  paralítico” con toda naturalidad, lejos de las reglas impuestas por el hoy, que a ese nombre determinado por la natural evolución de nuestra hermosa lengua: paralítico o tullido, ha obligado a que pasase sucesivamente a inválido, minusválido, discapacitado y veremos lo que vendrá, pues eso de discapacitado es, etimológicamente, mal capacitado y no sé si los ejércitos de lo políticamente correcto acatarán, cuando se enteren, tal desconsideración. De mi niñez, aún recuerdo aquella bonita y elíptica calificación que se les daba cuando alguno de ellos ejecutaba alguna fechoría: “No hay que tomárselo en cuenta; es un ser privado”.

Pero no quiere ser este prólogo un intento de desmenuzar el relato ni a sus protagonistas sino de dar cuenta de una más de las variedades de registro que la colección, promovida por el hermano del autor y destinatario de la dedicatoria del libro, ha puesto a nuestro alcance.

En este caso se trata de una novelita costumbrista, ambientada en el Madrid de las últimas décadas del siglo XX, con un lenguaje coloquial y cotidiano, muy alejado del nivel literario y en el que -se dijo- predomina la naturalidad, bien que colmadamente provista de la ordinariez y vulgaridad que reclaman los ambientes recreados por el autor.

CPM nunca aspira a la corrección de la realidad, locura o extravío que a ciertos escritores  -sin duda, no lectores de Baroja- afecta en su juventud y en algunos se Pérez Merinero, Carlosprolonga más allá de lo razonable. Ni siquiera sus personajes aspiran a un mundo mejor sino tan solo a vivir mejor de lo que lo están haciendo.

Novela de gente normal, a desmano de modas y modos, pero obra de un escritor, evidentemente, raro. No conocí personalmente a CPM; sí que  leí sus obras con felicidad y sonrisa aunque, como tantas veces, mosqueándome con los baremos críticos de este país a partir de la muerte de Franco, que ensalzaban mediocridades y ninguneaban lo más original y descarado de su literatura aunque no tanto como hoy, en que la cosa ha degenerado hasta extremos absurdos. No lo conocí y, por tanto, no sé si a su vida personal  llevaba la heterodoxia de sus novelas aunque me imagino -y sé que acierto- que no le faltaba sentido del humor, casi siempre, muestra de descontento con la realidad aunque también de cortesía, como sabía Svevo. 

Sé, también, que la rareza, la heterodoxia, la singularidad son conceptos altamente equívocos. Como lo es el de la normalidad. No tanto el de la originalidad, al menos, para quien disfruta de cierta cultura. La heterodoxia siempre se resiste a ser sistematizada. En todo caso, CPM fue heterodoxo porque su escritura y visión del mundo estuvieron lejos de las líneas y contextos dominantes en su tiempo. Un disidente de derechas no  lo es más que uno de izquierdas y, si la Iglesia persiguió con más furia a quienes -como Giordano Bruno o Miguel de Molinos- lo hicieron desde sus filas que a los servidores de Alá, los comunistas diezmaron a sus compinches con mucho mayor rigor que a sus enemigos naturales. La transgresión tiene evidentes dimensiones temporales. Todavía hoy contemplamos con estupor cómo se venden como infractoras y epatantes propuestas de las vanguardias que han cumplido cien años. Estas canonizaron la heterodoxia, al tiempo que contribuían a su muerte. Y no olvidemos que los dadaístas eran señoritos que vestían como dandis y, exceptuando a alguno de sus militantes con serios trastornos psíquicos, se guardaban de llevar a la propia vida sus propuestas de destrucción. Una conocida foto que se hizo el grupo dadaísta en una excursión campestre nos los muestra ataviados como auténticos maniquíes. Sus herederos, los punkis, sí que llevaron a lo personal su propuesta de destrucción. Aunque CPM, nacido siete años antes que Sed Vicious, licenciado en económicas y profesor universitario, no parece tener mucho que ver con los súbditos de la reina, tan propensos al envaramiento como a echar los pies por alto.

Pérez Merinero_ CarlosEs cierto que CPM, al fin un universitario culto y leído, prescindió de todo ese bagaje en sus narraciones, en las que prevalecen la acción directa y la ausencia de circunloquios y se prescinde, como del demonio, de todo intelectualismo. En Salido de madre  este se  pone en solfa en el episodio en el que Mariano intenta entablar relación con una chica que lee en un banco el Manifiesto SCUM de la feminista y esquizofrénica norteamericana Valerie Solanas. Los dos mundos no pueden sino chocar frontalmente y parece claro en qué facción milita el autor de esas líneas. Entre otras cosas, porque la ortodoxia de un intelectual de estas calendas se inclinaría antes por las posturas feministas que por el pansexualismo imperativo. Por más que los desmanes y desafueros que un afectado de parálisis motora pueda acometer sean más disculpables para esa intelectualidad que las de un individuo normal. La prevalencia de lo femenino sobre lo masculino, de lo multicultural sobre lo europeo, de lo público sobre lo privado, en una lista que podría hacerse interminable, no son más que tópicos progres asumidos por las elites dirigentes de hogaño, a las que siguen ovinamente los presuntos intelectuales que,  en vez de profanar, como sería su obligación, las ideas adquiridas propias de su tiempo, asumen sus vacilantes axiomas.

El ámbito de Salido de madre no es un mundo agradable. Tampoco lo es el tejido social en el que se desarrolla ni lo son los espacios públicos o los contextos laborales. Insertos y condicionados por ellos, (en los que) unos seres, tirando a elementales, se esfuerzan por vivir decentemente. El narrador los hace supervivir a través de una suerte de respuesta a la moral convencional en la que no falta el humor.

Pérez Merinero, Carlos Cuentos completos001

 

Pérez Lizano El azar erótico nos persigue

Prólogo a Manuel Pérez-Lizano, El azar erótico nos persigue (relatos), Zaragoza, Edicionres PR, 2016. 

Por supuesto que estoy de acuerdo con Auden en que la misión del educador es suscitar en el discípulo la mayor cantidad de neurosis que sea capaz de soportar y, como corolario, creo que, si la literatura se prohibiera, se escribiría mejor. Y que la crítica negativa es la que hace avanzar. Todos tenemos unas cuantas ideas y las vamos depositando por ahí como el demiurgo nos da a entender.

Cuando MPL me reveló que había empezado a escribir cuentos, sentí la tentación de disuadirlo. En los últimos años había tantos ciudadanos españoles convertidos de pronto en novelistas sin ningún motivo que los avalorara y, casi siempre, sin ninguna relevancia, que cualquier incremento se me antojaba gratuito. Pero Manolo ya era mayorcito para necesitar de mis consejos y, por otro lado, se le veía feliz con la nueva dedicación, así que opté por cerrar la boca e interesarme por sus perspectivas de publicación.

Como el destino es antojadizo, paradójico y circular, al cabo del tiempo me reencontré con esos cuentos que, sin haberlos leído, estuve a punto de recomendar que permanecieran velados:  Manolo me pedía un prólogo para ellos. Hace un quintal de años que lo había conocido en los bares, a vueltas con el arte y sus aledaños culturales y, tan cerca de ellos como es habitual, el alcohol, la amistad y las mujeres.

Pérez Lizano, Manuel

Bares y arte como contextos, alcohol y amigos como personajes y sexo como actividad cotidiana reaparecían en dichos relatos bajo una voz muy reconocible, fuera hombre o mujer el sujeto narrativo, como revelando la fidelidad del autor a sí mismo, la continuidad de su mundo y la proyección de su forma de vivirlo.

Porque lo cierto es que estos cuentos se parecen mucho entre sí y seguro que, si en el futuro me encuentro un texto narrativo sin firma y es de MPL, voy a reconocerlo en la primera línea. Es decir, hay un estilo propio y reconocible, un claro manierismo, sin que este sustantivo implique nada positivo ni negativo.

Lo primero que llama la atención es que todos los relatos están escritos en un presente continuo, intensificado por la omnipresencia de la primera persona y el modo indicativo. Primer estilema, que dirían los pedantes, si es que quedan. Se compadece este rasgo con la escritura, un poco a borbotones, como trazada en estado de ansiedad, que caracteriza a MPL. Así, la acción avanza a golpes y ocurrencias y los sucesos van adviniendo entre polvos “maravillosos” y gin-tonics “fascinantes”, porque ya hay que decir que MPL es un adicto al desmadre adjetival y a la hipérbole. A la hipérbole positiva, aclaro, ya que su visión del mundo es incorregiblemente optimista, a pesar de la abundancia de suicidios y asesinatos que jalonan estos argumentos. Ninguno de ellos se presenta como algo especialmente dramático; los protagonistas, haciendo gala de una no infrecuente mixtura de autismo y cinismo, siguen yendo a lo suyo: dar salida al principio del placer, que para eso es la principal misión que los homines erecti tenemos en el mundo y, si vienen mal dadas y la realidad no se acomoda a las perspectivas, es muy notable la adaptabilidad de que hacen gala: fuera de ellos el remordimiento, el reconcomio por la cagada perpetrada, la aprensión del irresoluto.  El sentimiento de culpa no tiene cabida ni vivienda en este mundo.

Sin embargo, ya se dijo que es considerable la presencia de la muerte en esta colección de relatos. Se acaban de citar los asesinatos y suicidios –a menudo gratuitos- que afloran en las historias, como si el omnipresente hedonismo necesitara una compensación tanática: el eterno tema de la fusión de contrarios, los extremos se tocan, el principio fundamental del hermetismo y de la sabiduría. Pero, como se apuntó, la muerte poco afecta al personaje prototípico de estos cuentos –hombre o mujer- dedicado fundamentalmente a la construcción de su pareja o de sucesivas parejas con las que proceder a “gloriosos” orgasmos.  Al fin, casi todos los  protagonistas tienen mucho de bon vivant y los malos ratos son siempre cumplidamente compensados. Por cierto que muchos de ellos parecen inspirados en personajes reales, cuyos nombres no siempre se enmascaran, como también son reales, o aproximadamente reales, muchos de los sucedidos que se narran en El azar erótico nos persigue.

Se hizo referencia a la mitología personal del autor, imbricada en su propia vida, que gira en torno al sexo, los bares y los artistas. Fotógrafos, escultores y, sobre todo, pintores aparecen por doquier inaugurando exposiciones, emborrachándose gustosamente y dándole gusto al cuerpo. Aunque haya mucha idealización en todo ello, se combina, a menudo, con un tono medianamente cínico y una imaginería expresionista, que a veces deriva en disparate surrealista: la iniciación sexual con una oveja, a la que el beneficiado erige una estatua que coloca en su salón, la ceramista que avienta a su horno de artesana varios de aquellos con los que se tropieza, la enormidad de lingotes de oro que aparecen en Fuendetodos o el submarino que un tal Usón compra en Cartagena y convierte en bar, con el que remonta el Ebro…

Como si quisiera buscar una base convincente para estas desaforadas historias, hay en MPL un evidente gusto por la concreción. Casi siempre se nos da el nombre y apellido de los personajes que van apareciendo y también de los espacios (bares y galerías, habitualmente) donde se desarrollan los acontecimientos y, por supuesto, de los lugares donde se ubica la acción, con especial protagonismo de la capital aragonesa, con la que el autor parece tener una relación íntima e insoslayable, pese  a su prolongada vivencia ultramarina. O a resultas de ella. Pero MPL no nos ha entregado ningún relato desarrollado en su querido Puerto Rico ni casi diría que fuera de Aragón, con sus pueblos y capitales, sí, ampliamente representados. Y, respecto a Zaragoza, tampoco falta la sátira malévola, como ese sujeto que “a través de un amigo, se afilia al Partido Nuevo Progresista y, pese a sus escasas cualidades, sube peldaños y consigue ser nombrado concejal de cultura del Ayuntamiento de Zaragoza” y que, por cierto, termina en atracador, en lo que se intuye un deje de nostalgia por su antigua función. Porque, como no podía ser de otra manera, muchas historias y hasta el mismo título no se pueden entender si no es desde la ironía.

El personaje que en estos relatos nos narra su peripecia en primera persona del presente de indicativo suele ser masculino pero también asoma un buen número de mujeres protagonistas. Unos y otros no se diferencian demasiado: suelen obrar con determinación, carecen de complicaciones psicológicas y, frecuentemente, de escrúpulos morales. En general, tienen muy poco de existencialistas y mucho de tarambanas. El paradigma sería una narración como “Pureza urbana” en la que el escritor protagonista organiza la resistencia activa (manifestaciones y secuestro del juez incluidos) contra los policías y el juez que han prohibido el ocio nocturno en Huesca y que termina felicitado y secundado por los represores arrepentidos.

Es este un libro en el que apenas hay soledad y, si la hay, es inmediatamente conjurada  a través de las inevitables  parejas, que se hacen y deshacen –incluso, si el protagonista es un duende que se va a vivir a Alquézar- con una intensidad vivencial, a veces desmentida por los acontecimientos posteriores. En ellas solamente hay un ejemplo de amor homosexual -por otra parte, frecuente entre los  artistas, que además, en este caso, no lo son sino que se trata un cura y un masón- que  termina mal, con el  asesinato del segundo por parte del primero. Como los extremos se tocan, antídoto de esa soledad son esas juergas colectivas en que concluyen muchas de las reuniones y veladas alcohólicas, vistas como el arquetipo de la felicidad. Y felicidad, para MPL, tiene todo que ver con Arte. Sea deformación profesional, después de muchas décadas como crítico, sea fe en la estética o sea, como creo que es, una apuesta vital por el goce y la belleza: en el Arte está el paraíso, el claustro materno añorado y repensado, el refugio donde todo es perdonado y, además, alcanza su sentido.

Con todo ello y leídos estos cuentos, no se puede negar que, para su autor, la vida es bella.

 

 

El lunes, 23 de noviembre a  las 19.30, se presenta en la Biblioteca de Aragón este volumen, editado por Libros del Rescate, que reconstruye la trayectoria del que fue famoso dramaturgo, poeta y periodista Aragonés, Marcos Zapata (Ainzón, 1842-Madrid, 1913) al que su autor ha dedicado varios años de investigación, que han dado el fruto de este trabajo que se acerca a las ochocientas páginas. Intervendremos el editor Javier Cinca, el autor y el firmante.  Reproduzco aquí el prólogo que escribí para el mismo.

Marqueta, Samuel, Tras las huellas de Marcos Zapata001

Nada más satisfactorio para quienes, conociendo la roma repercusión de tales afanes, hemos dedicado a la investigación literaria tantas horas de nuestra vida, el que se acerquen a ella gentes imbuidas de una pasión tenaz, generalmente instadas por un parentesco, por un azar biográfico o, como es el caso, por paisanaje.

El turiasonense Samuel Marqueta, residente en Ainzón, descubrió un buen día a Zapata, se armó de paciencia y, medio por juego, medio por rutina, con la obsesividad que estas aficiones deparan, fue acumulando una información que, sin duda, es la más completa nunca reunida sobre el poeta y dramaturgo aragonés.

La circunstancia de que quien suscribe fuera el único autor que durante las últimas décadas hubiera publicado algunas páginas sobre Zapata propició que Samuel me buscara y encontrara lo que, además de algunas sugerencias y nimios retoques, terminó con el encargo de unas líneas introductorias.

De más está decir que Zapata* es un desconocido para sus coterráneos y no digamos fuera de su tierra natal. En ella, al menos, puede sonar su nombre gracias a la calle que se le dedicó en el zaragozano barrio de las Delicias y hasta algún paseante desocupado -por supuesto, muy excéntrico- habrá reparado en su nombre grabado sobre el pedestal que, desde los Pilares de 1928, sostiene uno de los bustos de ilustres olvidados que ornan la céntrica plaza de Aragón. Sin embargo, Zapata hace trece o catorce décadas fue uno de los autores dramáticos más representados en España y obras como La capilla de Lanuza, El anillo de hierro o El reloj de Lucerna nutrieron durante muchos años los repertorios de los cientos de compañías teatrales que hasta mediados del siglo pasado llevaban el teatro a todos los rincones del país.

Miembro de la generación de ilustres republicanos aragoneses a la que pertenecieron Eusebio Blasco**, Luis Blanc, Pedro Marquina***, Antonio Torres-Solanot, Gascón y Guimbao o el propio Joaquín Costa**** -sólo cuatro años menor que él-, Marcos Zapata pasó de una infancia rural a los Escolapios y estudiar Leyes pero, sobre todo, a sentir una de esas arrebatadoras vocaciones literarias que, por entonces, culminaban en el viaje a Madrid y la vivencia bohemia de la que Zapata fue uno de los principales abanderados. De hecho, las anécdotas y chascarrillos protagonizados por él constituyeron casi un subgénero en las innumerables revistas satíricas de su tiempo, aunque en sus últimos años lo que fuera desnortada trayectoria, con peregrinajes a Cuba y la Argentina, giró para convertirlo en algo parecido a un probo funcionario.

Es verdad que la escritura de Zapata, como la de buena parte de sus colegas del siglo XIX, nos aparece hoy como impostada y que sus pujos rebeldes andan afectos de una retórica campanuda muy lejana a la expresión actual. Tampoco la sátira ni el verso andan en uno de sus mejores momentos, con lo que habría que preguntarse qué le queda a don Marcos para suscitar la atención del presente. Pero lo mismo podríamos decir del otro autor señero que ha dado el pueblo de Ainzón en su historia y, en este caso, mucho más recientemente, Alfredo Mañas (1924-2001), cuyo apellido, por cierto, fue también el de la madre de Zapata. Mañas fue un autor a la vez popular e innovador, hombre de éxito en la televisión, la radio y el teatro, que estrenó obras de tan buena recepción por parte de crítica y público como La feria de Cuernicabra o La historia de los Tarantos. Y ¿quién se acuerda hoy de Mañas o se le ocurre publicar las obras que dejó inéditas? Ainzón, el municipio del zaragozano Campo de Borja, con sólo mil trescientos habitantes, seguirá siendo más famoso por su espléndido vino que por sus dos escritores.

Nada de eso ha arredrado a Samuel Marqueta, que ha seguido minuciosamente los pasos del objeto de su estudio y ha enfocado el trabajo regido por la claridad del marco cronológico, por lo que podemos seguir la trayectoria vital y literaria de Zapata de manera progresiva. Todo ello sustentado por una gran cantidad de documentos, que se reproducen o transcriben junto a muy numerosos textos desconocidos o ausentes en los repertorios publicados acerca del escritor, en buena medida, de difícil acceso para el infrecuente curioso. Igualmente, se transcriben testimonios de otros autores que enriquecen poliédricamente la información acerca de la personalidad del creador aragonés. No falta, afortunadamente, el índice onomástico, que tantas veces hay que reclamar. En este caso, a la vez que beneficia y facilita las consultas, evidencia la amplitud de fuentes y documentos manejados.

La bibliografía de Marcos Zapata no es parca en entradas pero sí en contenidos. Este trabajo corrige este aserto, ofrece vías de asedio a otros investigadores y constituye, sin duda, la más exhaustiva pesquisa emprendida acerca de uno de los más característicos y, a la vez, preteridos autores de la literatura aragonesa contemporánea.

*https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/04/19/centenario-de-marcos-zapata/

**https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/08/20/eusebio-blasco/

***https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/11/16/pedro-marquina-1834-1886-en-la-bohemia-del-siglo-xix/

****https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/09/14/joaquin-costa/

 

Zapata, Marcos-Colección de obras dramáticas

 

Buil Pueyo, Fernando Mora003

Aparte del gusto con que siempre leí sus narraciones, Fernando Mora trae a mi memoria unMora, Fernando, Los hombres de presa002 rimero de nombres vinculados a los encuentros con su obra, que han punteado mis últimos lustros con una continuidad casi sorprendente.  La primera de sus novelas que leí fue Los hombres de presa, comprada por 800 pesetas  en la librería de Inocencio Ruiz de la zaragozana calle 4 de agosto. Don Ino, al que tantas cosas tengo que agradecer, desde los ojillos reidores que ponía en cuanto empujaba la puerta -sabedor de que nos íbamos a divertir hablando bien de los tangos, del flamenco, de los anarquistas y, sobre todo, mal de los curas-, hasta los muchos libros que me vendió a precio otras décadas, llegó a ser el decano de los libreros de viejo españoles.

Fui después comprando otras novelas de Mora, cortas y largas, hasta que la casualidad, en forma de otro amigo, Carlos Menéndez de la Cuesta, gran coleccionista de la revista musical y que cuando yo pasaba por Madrid, se mudaba a casa de un amigo para dejarme la suya en  el Paseo de Las Delicias. Él me presentó a Enrique Avilés, autor de la introducción a una breve antología de Mora preparada por él mismo y publicada por el ayuntamiento de Madrid. Era la primera persona con la que pude conversar acerca del novelista.

Fue después la aparición, a principios de los noventa, de Claire-Nicolle Robin, profesora en la universidad de Besançon del Franco-Condado, apasionadísima de la novela corta y a la que enseguida fiché para que escribiera un artículo acerca de Vidal y Planas en la revista El Bosque, con la que tuve el privilegio de hacer lo que me gustaba. Muy apasionada, medio locuela, curiosísima y siempre convencida de sus razones y argumentos , su entusiasmo por todos los personajes del pintoresco mundo de las colecciones de novela corta y su fogosidad investigadora hizo que entrara en relación con una de las hijas del escritor, Raquel Mora, con la tuvimos gratas e ilustrativas conversaciones. Ella nos contó la tristeza de una niña que hubo de conocer  las humillaciones y el fusilamiento sufridos por su padre, un hombre sin relevancia política pero republicano y masón.

En el número 10-11 de la citada revista El Bosque, dedicado a  la España del primer tercio de siglo, publiqué un manuscrito inédito de Fernando Mora acerca de Joaquín Dicenta, al que tanto admiró, y una bibliografía*, únicos y magros méritos que puedo exhibir para componer este prólogo.

Casi todos los personajes que he citado hasta ahora –y les cuadra la connotación positiva Buil Pueyo, Miguel Ángel-Gregorio Pueyoque conlleva el sustantivo- han muerto. Pero he aquí que, hace tres años, me topé con una biografía del librero Pueyo -patrón y alma benéfica de muchos de estos autores de las dos primeras décadas del siglo XX- excelentemente editada, ilustrada amorosamente y con muchas estimulantes noticias acerca de este mundo**. El autor resultó ser un bisnieto del librero-editor con raíces aragonesas, por tanto, sin los orígenes filológicos que solemos tener quienes nos dedicamos a estas cosas y, aunque ya no se le podía considerar un jovencito, éste era su primer libro aunque no lo pareciera. Y era tanto su entusiasmo por este mundo, tan ferviente y constante su pasión investigadora y tan atrayente su simpatía, que enseguida surgió una amistad que, entre muchos bienes, deparó el más dudoso de que prologase este trabajo.

Miguel Ángel Buil Pueyo, también fascinado por este mosaico literario del primer tercio de siglo al que ha dedicado varios textos en diferentes publicaciones, ya se había ocupado del narrador madrileño en un artículo, “Fernando Mora (1878-1936) o el olvido de una libre silueta”, publicado en La Cueva de Zaratustra, una muy interesante revista digital. Ahora amplía dicho estudio con un acercamiento  más extenso al personaje y, sobre todo, con una exhaustiva información bibliográfica, que enriquece sustancialmente la existente y aporta un amplísimo caudal hemerográfico – casi un millar de entradas-  que demuestra fehacientemente como Fernando Mora fue un escritor a tiempo completo, tanto en la vertiente narrativa como en la periodística.

Mora, Fernando 010

Fernando Mora es hoy un autor desconocido excepto para coleccionistas y estudiosos, al Mora, Fernando, El portillo de San Dámaso003que sólo la nostalgia, la curiosidad o la erudición hacen rescatable.  Su mundo, fundamentalmente, el Madrid de las dos primeras décadas del siglo XX, es un espacio y un tiempo perdido, lo mismo que las editoriales y colecciones en las que publicó. Entre 1909 y 1926 sacó a la luz 18 novelas, es decir, a una por año y, entre 1909 y 1932, alrededor de 60 narraciones Mora, Fernando, La cortesana de Vallecascortas más un libro de cuentos, Nieve, y una obra teatral, a despecho de que pueda aparecer alguna otra, en  olvidadas colecciones de novela corta. Es decir, una notable producción que lo convierte en el autor que con más profusión retrató en sus obras el Madrid castizo y barriobajero del primer cuarto del siglo XX y a los personajes que lo poblaban.  Él mismo, aunque vivió en varias ciudades diferentes, con las que en seguida empatizaba, era un característico gato, casi siempre ataviado con su capa española y que, incluso en su lenguaje narrativo, exhibía vicios como el laísmo, propios de la gente de la capital. Mora se alinearía, así, con el elenco de escritores que tomaron Madrid como centro de su obra. Si en teatro, el nombre fundamental fue el de Arniches y en poesía, el de López Silva, en narrativa hubo más competencia: Antonio Casero, Emiliano Ramírez Ángel, Pedro de Répide o un grande como Gómez de la Serna pero, en cuanto al número de obras dedicadas a la capital, ninguno excede al escritor estudiado por Buil Pueyo. 

No es Madrid, sin embargo, el único tema del novelista. Precisamente, en la mentada Los hombres de presa, aparecen unas prácticas bancarias que recuerdan muy de cerca a las que han provocado la última gran crisis económica. Mora conocía bien a los buitres financieros, pues había trabajado muchos años como contable en la sucursal madrileña del Banco delMora, Fernando, La peliculera 011 Río de la Plata. Igualmente atractiva resulta La peliculera, novela en la que Mora demostraba conocer los entresijos del precario mundo cinematográfico español y que parece extraño no haya sido analizada por ningún estudioso, dado el poder de convocatoria de todo lo que tiene que ver con el arte del siglo XX. Aparece, por supuesto, el mundo del teatro y de las varietés, tan habitual en la vida cotidiana del periodo y, por tanto, omnipresente en las narraciones de su tiempo. Pero también las nuevas formas de sociabilidad, como en su visión irónico-crítica del fútbol en ¡Soy del Racing!

La relación podría ser muy larga, dada la profusa producción del narrador, pero, si hay que escoger, Mora sería ante todo el novelista de las calles de Madrid, cuando en ellas ocurrían cosas y no eran un simple lugar de tránsito. Si Pedro  de Répide las descubrió desde el punto de vista erudito, Mora puso a la gente a hablar y pulular por ellas. Las conocía bien, pues fue hombre que gustó de los demás, a los que, con alguna ingenuidad y no poca inocencia, suponía siempre buenos, procuraba ayudar y les tenía fe, como nos recordaba su hija Raquel, que lo tildaba de amable, afectuoso y quijotesco.

El  libro de Miguel Ángel Buil nos acerca al personaje y, sobre todo, nos proporciona instrumentos para penetrar en él con mayor extensión y profundidad. Quienes nos interesamos por esta fascinante España de la Restauración –poco más de medio siglo de acelerada renovación en pugna con una monarquía, un clero y una oligarquía aberrantes- reclamamos a menudo estudios como éste acerca de la multitud de escritores interesantes, cuyas obras se cubren de polvo olvidados en los anaqueles de las bibliotecas, que nos ayudarían a comprender más y mejor la vida cotidiana y la historia cultural de ese tiempo.

*Se recoge aquí, ligeramente ampliada.

** V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/08/01/gregorio-pueyo-el-editor-de-la-bohemia/

                                                           OBRAS DE FERNANDO MORA

NOVELAS

Venus rebelde (De las memorias de Conchita Pinares) (Novela pasional), Madrid, Biblioteca Hispano Americana, Pueyo, 1909.

Los vecinos del héroe (Novela de Madrid), Madrid, Pueyo, 1911.

El patio de Monipodio (Novela de costumbres madrileñas), Madrid, Pueyo, 1912.

El misterio de la Encarna… (Novelas del barrio bajo), Contiene, además, de ésta, que en su anterior edición tituló “La guapa de Cabestreros”, “Muerte y Sepelio de Fernando el Santo”, “En la parada de Antón Martín” y “Por la ronda de Valencia”. Prólogo de Joaquín Dicenta, Imprenta Helénica, Madrid, 1915.

El otro barrio, Madrid, Mateu, 1918.

Los hijos de nadie (Novela del Hospicio), Madrid, Fortanet, 1919.

La Magdalena en el Colonial, Madrid, Biblioteca Hispania, 1920.

En el tejar de Frascuelo, Madrid, Biblioteca Hispania, 1920.

El ansia de ver mundo (Pintorescas andanzas de un monaguillo patriota), Madrid, Biblioteca Patria, 1921.

Los hombres de presa, Madrid, Biblioteca Hispania, s. f. ¿1921? y Sucesores de Rivadeneyra, s. f.

La peliculera, Madrid, Biblioteca Hispania, 1923.

El amor pone cátedra, Madrid, Biblioteca Hispania, 1924.

La maldita carne, Madrid, La Novela de Noche nº 15, 31 de Octubre de 1924. (Ilust. Rivero Gil). 125 páginas.

Los cuervos manchan la nieve, Madrid, Atlántida, 1925.

La cortesana de Vallecas, Madrid, La Novela de Noche nº 30, 15 de Junio de 1925. (Ilust. Baldrich o Varela de Seijas)- 115 pags.

La mujer que se sintió águila, Madrid, La Novela de Noche nº 38, 15 de Octubre de 1925. (Ilust. Baldrich).

Lobos y corderas o a la sombra de Mendizábal, Madrid, La Novela de Noche nº 47, 28 de Febrero de 1926. (Ilust. de Puig),

La necesidad de pecar, Madrid, Atlántida, 1926.

¡Viva el cieno!, Madrid, La Novela de Noche nº 57, 30 de Julio de 1926 (Ilust. Mihura).

Mora, Fernando, ¡Viva el cieno!004

NOVELAS CORTAS

-De telón adentro, (Novela de comediantes), Barcelona, Los Cuentistas nº 11, 1910.

-El portillo de San Dámaso, Madrid, Los Contemporáneos nº 187, 26 de Julio de 1912. (Ilust. de Robledano).

-A orillas del Manzanares, (Novela de lavanderas y chulapas), Madrid, Los Contemporáneos nº209, 27 de diciembre de 1912.

-Por la ronda de Valencia (Novela de una divette que fue corsetera), Madrid, El Cuento Galante nº 7, 22 de enero de 1913.

En la parada de Antón Martín (Novela de un hombre engañado), Cartagena (Murcia), El Cuento Levantino nº 5, 12 de junio de 1913.

-La sibila de Juanelo. (Novela de echadoras de cartas), Madrid, La Novela de Bolsillo nº 14, 1913. (Ilust. de Izquierdo Durán).

-La guapa de Cabestreros (Novela de la Inclusa), Madrid, El Libro Popular nº 28, 15 de Julio de 1913. (Ilust. de Salvador Bartolozzi).

-Muerte y sepelio de Fernando el Santo (Novela de ladrones), Madrid, El Libro Popular nº 3, 20 de Enero de 1914.

Mora, Fernando, Muerte y sepelio de Fernando el Santo008

Puerta del Sol-Fuentecilla o Cómo murió la Charito, (Novela de una famosa cupletista), Madrid, El Cuento Popular, 22 de junio de 1914.Mora, Fernando-Puerta del Sol-Fuentecilla

La plaza de la Cebada (Novela de la fatalidad), Madrid, El Libro Popular nº 27, 7 de Julio de 1914. (Ilust. de Luis Blesa).

Desde la Puerta al Portillo (Novela del Matadero y de la Fábrica de Tabacos), Madrid, Los Contemporáneos nº 294, 7 de Agosto de 1914. (Ilust. de Juan Francés).

El hotel de la Moncloa (Novela de la cárcel), Madrid, La Novela de Bolsillo nº 69. 1914. (Ilust. Robledano). / Madrid, Los Contemporáneos nº 716, 12 de Diciembre de 1922.

La noche del “Juan José”, Madrid, La novela de bolsillo nº 78,   1915. (Ilust. de Aguirre)

Yo he besado a la Virgen, Madrid, La Novela de Bolsillo nº 96. 1915. (Ilust. Aguirre)

-Un rincón de la Florida, Valencia, La Novela con Regalo nº 3, 20 de Enero de 1917.

La Cruz del Humilladero, Madrid, Los Contemporáneos nº 452, 24 de Enero de 1917. 12 (Ilust. Varela de Seijas).

Las tres Marías, Madrid, Los Contemporáneos nº 427, 2 de Marzo de 1917.

Todo a 0,65 junto a las novelas cortas de Armando Palacio Valdés, Los puritanos y Los amores de Clotilde, Madrid, Los contemporáneos nº 447, 20 de julio de 1917.

La maja del Buen Retiro, Madrid, Los Contemporáneos nº 492, 6 de Junio de 1918. Portada de Izquierdo de Durán.

El marido de la Cele, Madrid, El Cuento Nuevo nº 7, 2 de Enero   de 1919.

La maestra Sole, Madrid, Los Contemporáneos nº 526, 30 de Enero   de 1919.

-Cómo se roba…, Madrid, El Cuento Nuevo, Rev. Semanal. Tomo II nº 6, 20 de Marzo de 1919.

-Mugre y vino, Madrid, El Cuento Nuevo, Rev. Semanal. Tomo III nº 3, 22 de Mayo de 1919.

-Bolita de añil, Madrid, Los Contemporáneos nº 547, 26 de Junio de 1919.

-El balcón de Pilatos, Madrid, Los Contemporáneos nº 581, 11 de Marzo de 1920.

-El parador de Luciente, Madrid, Los Contemporáneos nº 597, 1 de Julio de 1920.

¡No adjetives, Pepa!, Madrid, Los Contemporáneos nº 629, 10 de Febrero de 1921.

Mora, Fernando, ¡No adjetives, Pepa!005

La corista de punta, Madrid, Los Contemporáneos nº 647. 16 de Junio de 1921.

Un disco del Mochuelo, Madrid, Los Contemporáneos nº 681, 9 de Febrero de 1922.

El chico del funerario, Madrid, Los Contemporáneos nº 694, 11 de Mayo de 1922.

La mocita del collar de cerezas, Madrid, La Novela de Hoy nº 10, 21 de Julio de 1922. (Ilust. A. Sánchez Felipe).

El figón de Paca, la Tartanera, Madrid, La Novela Gráfica nº 5, Agosto, 1922.

La vaqueriza de La Moncloa, Madrid, Los Contemporáneos nº 716, 12 de Octubre de 1922.

La que besaba con los ojos, Madrid, La Novela del Domingo nº 2, 17-XII-1922.

Los hijos no son una propiedad, Madrid, La Novela Semanal nº 82, 3 de Febrero de 1923. (Ilust. Pedrero).

Caco va en tren, Madrid, Los Contemporáneos nº 733, 8 de Febrero de 1923.

Cosas feas de Felipe, el Hermoso, Madrid, La Novela del Domingo nº 13, 4 de marzo de 1923.

La tristeza de sentirse gorda, Madrid, La Novela de Hoy nº 57, 15 de Junio de 1923. (Ilust. M. Ramos).Mora, Fernando, La tristeza de sentirse gorda001

La dulzura de sus besos, Madrid, La Novela Selecta nº 11, s. f. (1923).

¡Soy del “Racing”!, Madrid, La Novela de Hoy nº 75, 19 de Octubre de 1923. (Ilust. Ramos).

La adúltera sin saberlo, Madrid, La Novela de hoy nº 102, 25 de Abril de 1924. (Ilust. Varela de Seijas)

Venus fue a galeras, Madrid, La Novela de Hoy nº 121, 5 de Septiembre de 1924. (Ilust. Varela de Seijas).

Huelga de golfos, Madrid, La Novela de Hoy nº 143, 6 de Febrero de 1925. (Ilust. Varela de Seijas).

La escoria del amor, Madrid, La Novela de hoy nº 159, 29 de mayo de 1925. (Ilust. Puig).

También en el fango hay rosas, Madrid, La Novela de hoy nº 185, 27 de Noviembre de 1925. (Ilust. Picó).

¡Sácate la caretita!, Madrid, Los Contemporáneos nº 890, 11 de febrero de 1926.

El amor no admite leyes, Madrid, La Novela de Hoy nº 210, 21 de Mayo de 1926. (Ilust. Varela de Seijas).

La piel de Paca, Madrid, La Novela de Hoy nº 241, 24 de Diciembre de 1926. (Ilust. Riquer).

La diablo, Madrid, La Novela de Hoy nº 274, 12 de Agosto de 1927. (Ilust. Pomareda).

Judas en la Bombi, Madrid, La Novela de Hoy, 15 de Diciembre de 1927.

Socorro, la Samaritana, Madrid, La Novela de Hoy nº 307, 30 de Marzo de 1928. (Ilust. Vázquez Calleja).

Cómo odian las feas, Madrid, La Novela de Hoy nº 318, 15 de Junio de 1928. (Ilust. Varela de Seijas).

Mora, Fernando, Cómo odian las feas007

…y ellas, morenos, Madrid, La Novela de Hoy nº 323, 20 de Julio de 1928. (Ilust. Quintanilla).

El ferial de las locas, La Novela de Hoy nº 333, 28 de Septiembre   de 1928. (Ilustraciones Pomareda)

El palacio de arena, Los Novelistas nº 82, 3 de Octubre de 1929. (Ilustraciones Orbegozo).

La fotogénica de Villaumbrosa o Igual que besa la Bertini, Madrid, La Novela de Hoy nº 523, 1932.

La guapa de cabestreros y otros relatos, (Contiene, además, “La plaza de la Cebada” y “¡Viva el cieno!”, Ayuntamiento de Madrid,   1987.

Cuentos

Nieve (Cuentos naturalistas), Prólogo de Alberto Insúa, Madrid, Pueyo, 1910.

Obras teatrales

El quinqué de Petronilo (Sainete lírico o Humorada en un acto, en colaboración con Adolfo Sánchez Carrere y música de Manuel Quislant y Modesto Romero estrenada en el Teatro Martín el 24-11-1914) (V. Iglesias Souza)

Obra crítica

Rafael López de Haro y sus obra, Madrid, Pueyo, 1910 (14 pp.).

Opiniones de un lector sobre las novelas de Valcárcel y Martín de Salazar, Madrid, Librería de Pueyo, 1913.

Mora, Fernando, La maldita carne006

Hace poco más de un año y coincidiendo con el primer aniversario de su muerte, se publicó esta novela póstuma de Francisco Carrasquer, que, como era previsible, no ha tenido apenas eco crítico. Reproduzco aquí mi prólogo, con la ingenua pretensión de que sirva para que alguien se acerque a esta  lúcida narración.

Carrasquer_Los centauros de Onir

En el discurso de recepción del Premio de las Letras Aragonesas, concedido al autor en 2006, este aseguró. “…el libro en el que más me confieso y me doy a conocer es mi biografía, Los centauros de Onir, todavía inédita, aunque confío en su próxima aparición”. Carrasquer se equivocó en el último adjetivo y su confianza no podía tener otros agarres que la difusión que el eco del premio pudiera deparar a su tan poco conocida obra porque ya hacía años que el libro había rodado por casi todas las editoriales aragonesas y alguna de carácter nacional, sin que sus responsables se dieran por enterados.

Como otros exiliados, Carrasquer sufrió tanto los efectos de su lejanía física como los de la heterodoxia de sus ideas y, así, su pensamiento y obra fueron escasamente conocidos y divulgados. Él se tomó con humor esta marginación y nunca fue un hombre amargado ni deprimido, incluso, escribió al respecto un ilustrativo artículo, que tituló: “Cómo no triunfar en la vida”. En el discurso antes aludido adujo que el libro suyo que más le interesaba era el ensayo socio-filosófico, El grito del sentido común. De los automatismos a la libertad (1994), en el que, un poco ingenuamente, había puesto expectativas, en cuanto a la trascendencia de su mensaje. Cuando el libro fue desatendido, sintió más claramente la exclusión.

Llama también la atención en las palabras del autor el que, sin ambages, defina Los centauros de Onir como biografía cuando su estructura es claramente novelística pero, en efecto, carece de otro argumento fuera de las peripecias vitales y reflexiones del escritor, que por cierto, ocupan la primera etapa de su vida, desde su nacimiento en Albalate de Cinca (Huesca) en 1915 hasta su definitivo exilio francés en 1948. Biografía novelada o, mejor, novela biográfica habría que denominarla, aunque también le cupieran adjetivos como filosófica, ensayística, evocativa y hasta histórica. Y, sin embargo, no es una obra desprovista de amenidad, entre otras cosas, por la riqueza de episodios fuera de lo común que su autor protagonizó y por la trascendencia del periodo histórico que le tocó vivir.

De cualquier modo, tanto el título, como el marbete que lo acompaña –guión de sueños- vinculan el texto con lo onírico aunque, verdaderamente, ello no sea lo medular en la obra sino, en todo caso, un recurso o técnica literaria. En el preludio, el autor lo explica meridianamente:

(…) este guión que ofrezco de mis sueños, podría ser una especie de autobiografía pantográfica: mi vida contada en todas direcciones, con las tres personas de la narrativa, a la vez o no, y con las más variadas técnicas en un discurso puntual, imprevisible, perspectivista, sincrónico, paralelo antipódico, trampantójico…

En efecto, la vida de Francisco Carrasquer[1], que abarcó desde la monarquía de la Restauración hasta la democracia de hogaño -también tutelada por otro Borbón y su cohorte-, pasando por la llamada Dictablanda, II República, Guerra Civil y Franquismo, da para muchas cosas que contar. Nacido en 1915 y fallecido en 2012, su padre era secretario del ayuntamiento de Albalate de Cinca y su hermano Félix, pese a la ceguera que le afectó ya en los años treinta, fue una de las figuras señeras de la pedagogía libertaria. Francisco estuvo también emparentado con el importante escritor anarquista Felipe Alaiz, con cuya hermana casó su padre después de que su primera mujer, la madre del escritor, se ahogara en la acequia, al caer cuando estaba lavando.

A los diez años, Francisco ingresaba en el Seminario de Lérida, en el que permaneció cuatro años, antes de trasladarse a Barcelona, donde vivió la proclamación de la República. Instado por su padre a volver a su pueblo para ayudar a sus hermanos en la panadería, se produjo la instauración en la comarca del comunismo libertario, acción en la que tuvo no poco que ver su familia, que sufrió las represalias consiguientes y propició que Francisco volviera a Barcelona, donde, con ayuda de su hermano José, maestro, cursó el Bachillerato, al tiempo que impartía sus propias clases en la Escuela Racionalista Eliseo Reclús y en el Ateneo de Las Corts, que regentaba dicho hermano.

Al estallido de la sublevación militar -y ya miembro de la CNT-, Francisco fue de los primeros en ocupar el Cuartel de Pedralbes y rendir el Cuartel de Caballería. En estos días evitó el saqueo del convento de los Descalzos, arengando a la multitud, con lo que se salvaron tanto las vidas de los religiosos como las grandes riquezas artísticas allí guardadas. En seguida, marchó al frente como miliciano, fue nombrado jefe de centuria e hizo toda la guerra en primera línea, al tiempo que daba clase de primeras letras a los combatientes. Llegó a Jefe de Estado Mayor de la 119 Brigada de la 26 División, hasta su paso a Francia el 10 de Febrero de 1939.

Tras siete meses en el campo de concentración de Vernet d’Ariege, fue reclamado como lector por la Universidad de Nantes pero la guerra mundial estalló antes de incorporarse y hubo de volver al trabajo para ayudar al mantenimiento de su familia, toda ella huida a Francia. Acosado por los nazis, Francisco cruzó clandestinamente la frontera española en 1943 y; al poco, fue detenido, internado seis meses en la barcelonesa Cárcel Modelo e  incorporado a filas en Marruecos, donde pasó tres años. A fines de 1946, ya licenciado, fue detenido por redactar un manifiesto de la Alianza Democrática, torturado y vuelto a ingresar en prisión durante seis meses. Con la libertad condicional consiguió  terminar el Bachillerato en 1948. Escribió entonces su primer libro, Manda el corazón, una novela rosa con cuyo producto pudo pagar su matrícula en la Universidad. A punto de salir su juicio, decidió cruzar la frontera y abandonar España.

Hasta aquí, el periodo de su vida contenida en Los centauros de Onir, que sería el del protagonismo de la acción y que daría paso a la otra vertiente, la intelectual, que resumo brevemente.

En 1949 cursa Psicología en la Sorbona, con maestros como Piaget, Gurvitch o Merleau-Ponty. Se ayuda con clases particulares y sucede, como secretario de la FUE y delegado de Interayuda Universitaria, a José Martínez, el fundador de El Ruedo Ibérico, con el que mantuvo una gran amistad y una rica correspondencia. En 1953 acepta trabajar en una emisora internacional holandesa, en la que llegó dictar más de mil quinientas charlas de índole cultural. En Holanda se doctora en Letras y enseña Literatura Española durante diez años en la Universidad de Groninga y dieciocho en la de Carrasquer_En la Universidad de LeidenLeiden. Allí realizó la primera tesis doctoral europea sobre Ramón J. Sender, autor en el que fue el especialista más fecundo. También fundó dos importantes revistas de hispanismo Norte (Leiden, 1957-1971) y Revista de Accidente (Leiden, 1975-1979). Fue también director de Molinos (Amsterdam, 1982-1984). Además de sus obras de poesía y ensayo, tradujo decenas de libros. Entre los principales, una voluminosa Antología de la poesía holandesa moderna (El Bardo, 1971) y la obra maestra de la literatura holandesa: Max Havelaar de Multatuli (Los Libros de la Frontera, 1975). Antes ya le habían sido concedidos los Premios Nacionales de Traducción en Holanda (1960) y Bélgica (1963). En 1980 la reina Beatriz de Holanda le impuso la distinción de Comendador de la Orden de Oranje-Nassau, por su labor de difusión de la cultura holandesa. En 1985 vuelve a España y recibe la Encomienda de la Orden del Mérito Civil, por su labor de hispanista. En Tárrega, lugar natal de su mujer, continúa su labor intelectual, publicando libros de todos los géneros. En diciembre de 2006, ya decano de los escritores de Aragón, recibe el Premio de las Letras Aragonesas “por su obra progresista y radical, largo tiempo silenciada, que sirve de testimonio ejemplar para todos los aragoneses”. Ocho días después de cumplir los 97 años, muere en Tárrega[2].

No es extraño que la vida tan ajetreada de quien nació en un pueblo español en el que, en muchos sentidos, la vida cotidiana había cambiado poco desde la Edad Media y reflexiona sobre ella en su vejez y manejando el ordenador, aparezca como un sueño, a pesar de las muchas precisiones que contiene. En Carrasquer se unen la sólida formación filosófica de quien ha pasado por el tomismo del seminario, los mal llamados pensadores utópicos de sus lecturas militantes y los prestigiosos maestros de sus cursos en la Sorbona con una sólida carrera como profesor y crítico de literatura y con unas experiencias populares y vitales muy difíciles de encontrar en los mencionados grupos de intelectuales. Así, la historia deparada por estas vivencias, aunque a menudo es vista desde la misma entraña del sentimiento, se aquilata con un enfoque caleidoscópico que convierte el contenido en una discusión con profusos matices. Como en una pintura vibracionista, el texto, fragmentario, denso, estalla en numerosas fracciones, que vuelven a reunificarse y su técnica nos recuerda a la de otro contemporáneo al que Carrasquer dedicó muchos estudios: el Sender de La noche de las cien cabezas, O. P. o La Esfera.  El propio autor se explica: “Este vivir convocado en mis sueños que voy a transcribir aquí está compuesto de momentos «constelares» más que de mi propia experiencia (…) La sustancia de mis sueños es toda mi Substancia: la substancia de todo mi yo en el mundo y de todo el mundo en mí. Fuera de mis sueños no queda nada, ni de mí ni del mundo”.

Y deberíamos también aludir a la música, presente en tantos fragmentos del texto, esos flashes, a modo de entrevisiones soñadas, donde acronológicamente aparecen episodios y obsesiones de la vida del autor tamizados por dichos exordios musicales. Onirismo, pintura, música, prescindencia del tiempo sucesivo, variedad de técnicas narrativas… Vanguardia, al fin, que estaba apareciendo cuando Carrasquer llegaba al mundo, que revolucionó las artes y revolucionó a ese mundo y que en la narrativa codificaron en la década del veinte, los dos Passos, Döblin, Huxley… aunque hoy la lección aparezca tan lejana.

En Carrasquer luchan y conviven, pues, el intelectualismo de un cultivado hombre de su tiempo, con lo que fue siempre su obsesión: la necesidad de entrañarse en ese pueblo, al que todo se le había negado. El lector advertirá la sensibilidad a flor de piel de FC, que en el trato personal afloraba en forma de una gran naturalidad, cuajada de timidez. Hombre de observaciones profundas, temía expresarlas, como para no dejar a su interlocutor en situación de inferioridad intelectual. Mientras que, en cambio, en el arte suele suceder que la hiperestesia busque su propia vacuna y derive en un expresionismo que revela las más profundas heridas de su artífice.

Autor, cuya peripecia vital aparece a saltos en el tiempo y el espacio, entreverada con las más diversas reflexiones y hechos históricos, pero muy fiel a los sucesos que el joven libertario vivió. Desde los primeros recuerdos de la niñez y la sexualidad hasta su decisión definitiva de salir de España en 1948, el texto pasa por sucesos tan ilustrativos, como las dramáticas muertes de su madre y hermanos, la una, ahogada y ellos, uno muerto en combate y otro, a consecuencia de una tuberculosis que no puede ser convenientemente tratada. O la ceguera de otro hermano, el pedagogo Félix, no atajada a tiempo, en parte por incultura y en parte por la desidia para esas cuestiones propias del ambiente rural. Pasamos también por la previsible sordidez y el sadismo del seminario, la pérdida de la fe, sus trabajos de chico para todo en Barcelona, antes y después de la guerra, la tortura, la militancia confederal…

Todo ello enmarcado en un contexto histórico, veteado por acontecimientos concretos, como son la visita del tenor Fleta a Albalate de Cinca, su pueblo natal, que es el mismo que el del autor, los preparativos para la proclamación del comunismo libertario en dicho lugar, la aparición de una Hildegart ficcionalizada en las tristes circunstancias de su muerte a manos de su madre aunque no en su esencia, la muerte de Francisco Ascaso (Francho en el texto) durante el asedio al cuartel de Atarazanas, el suicidio de Evaristo Viñuales, el asesinato de Ponzán, quemado vivo por los nazis, el mecanismo siniestro por el que los comités cenetistas, caían uno tras otro en manos de la policía… Una pequeña historia, pues, desde dentro del movimiento confederal pero, por parte de alguien nada partidario de consignas ni doctrinas. FC siempre otorga lugar privilegiado al pensamiento y, cuando le parece oportuno expresa sus discrepancias, dentro de un gran entrañamiento con lo que los precursores del anarquismo llamaron la Idea y, sobre todo, con ese pueblo, al que la guerra civil todo le arrebató.

Como hicieron los humanistas del Renacimiento español, Carrasquer recurre frecuentemente al coloquio como medio de confrontar ideas y explorar los infinitos matices de la realidad. Especialmente representativos son los del hombre de acción frente al filósofo, representados por Francisco Ascaso y su compañera Jeannine, el de Paco (trasunto del autor) y su hermano José (muerto en la guerra), en el que se profundiza sobre el sexo y los sentimientos, o los de Paco y Pere sobre la guerra civil, y con Pilar acerca del referido asesinato de Paco Ponzán, su hermano.

Carrasquer vivió más años en Holanda y Cataluña que en su natal Aragón, como constata el repaso a su biografía. Sin embargo, es tan intensa su vinculación afectiva con su tierra que  escribe:

 (…) a veces temo caer en el «chicopatrioterismo» a tus ojos, por hacer, a lo mejor, demasiado el panegírico de mis paisanos. Pero no lo puedo remediar, amor, porque ¡cuidado que me esfuerzo en ser ecuánime, imparcial, objetivo y todo lo lúcido que puedo! Pero siempre me he de rendir a la evidencia de cuán excelente es mi Aragón, sobre todo de las virtudes que adornan a los aragoneses.

Habla en otra ocasión del “gracejo maño”, no perdona diminutivos como “hermanico”, utiliza numerosos aragonesismos léxicos: “somorda”, “enfuriada” y tantos otros y teoriza sobre la identidad del habitante del antiguo reino:

 Y es que el aragonés sabe estar por encima del infortunio; es, seguramente, el espécimen de hombre que sabe entender mejor la vida. A uno se le vienen a las mientes los orientales, los hindúes en especial: pero el aragonés tiene, además de ese sentimiento de lo sagrado del hindú, la gracia de poner un toque creador que tan patente asoma en su folklore.

Para remate, se precia en varias ocasiones de cantador de jotas, facultad que no llegué a comprobar, pese a los casi ocho lustros de conocimiento mutuo.

Carrasquer (4)

 Los centauros de Onir es, pues, la crónica a retazos de la asendereada vida de un hombre de acción pero en la que importan más los elementos sustentadores de las ideas  y la emoción que los propios acontecimientos. Tras los fogonazos del ensueño o del recuerdo, siempre la preocupación, la obsesión por su pueblo pero, aun manteniendo la idea libertaria, siempre con una inquietud por no perderse en el desierto de los anhelos ilusorios:

Porque hay que partir siempre de la realidad, si no, tendrás que imponer tu imagen mediante un montaje que se te  puede ir abajo el día menos pensado. Porque, entretanto, te habrás tenido que imponer dictatorialmente y, a la corta o la larga, todo dictador acaba siendo derribado (…) todas las grandes revoluciones verdaderamente populares, no políticas, ha partido de una reacción de rechazo, de una imperiosa necesidad de destruir el presente sublevante, sin previo programa. Por puro reflejo justiciero y de la más primaria dignidad humana.

Como sucede a lo largo de su obra ensayística, el faro rector del pensamiento de Carrasquer es la Ethica de Spinoza[3], proclamada en este libro como una de las siete maravillas del mundo, aunque apenas vuelva a citarla. La modernísima visión del filósofo, excomulgado del judaísmo y visionario de disciplinas como la ecología o el psicoanálisis, coincide con el autor en su intento de dar “una nueva dirección a la vida”, de arrostrar el futuro, guiados por el faro de la libertad pero teniendo en cuenta las enseñanzas de la historia, Desde Espartaco, los revolucionarios que en el mundo han sido, han sufrido derrotas estrepitosas, que, sin embargo, han repercutido por ósmosis en el progreso de la humanidad. Carrasquer ejemplifica este proceso en las mitológicas luchas entre centauros y lapitas, atribuyendo a los primeros la bandera del deseo, la libertad y la independencia frente a los segundos, representantes del orden y la eficacia. Como no puede ser de otra manera, Carrasquer vincula esta batalla con la revolución libertaria de 1936 y su perspectiva es crítica pero voluntaristamente optimista:

 (…) no somos más que fermentos de algo que tardará siglos en alquitararse Pero no por esta vez, lo cierto es que no hemos sabido hacerlo.  deberíamos haber colaborado en todo y por todo con el poder republicano, y así habríamos gozado del favor del gobierno en el interior y de los gobiernos del exterior, sin que hubiésemos significado una especie de coco para las democracias; o deberíamos haber dado, con la gran parte del pueblo que creyó en nosotros, el salto mortal, nuestra revolución, aquel «a por todo» de julio del 36. Pero se nos encogió el ombligo para eso… era demasiado grandioso para nuestra mental indefensión y menudencia representativa en el mundo. Y para lo otro, perdimos miserablemente el tren. Total: los lapitas astutos derrotan a los nobles centauros. No se ha hecho el mundo para los inocentes.

-…Todavía. Pero los inocentes acabarán por alzarse con la victoria…

Los centauros de Onir, la retrospectiva de una vida que tuvo protagonismo en los momentos cruciales del siglo XX español, el reflejo de una historia en la conciencia de unos revolucionarios que, casi siempre murieron en el intento pero también el sueño de un hombre bueno, cuya confianza en la humanidad, tal vez pueda consolarnos en las desolaciones cotidianas.

[1] Más información sobre su vida y obra, en los siguientes textos de mi autoría:

-Edición e Introducción a Francisco Carrasquer Sender en su siglo (Antología de textos críticos sobre Ramón J. Sender), Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2001, pp. 9-45.

“Prólogo” a Baladas del alba bala de Francisco Carrasquer, Madrid, Bartleby Ediciones, 2001, pp. 7-12.

-“Francisco Carrasquer: del pueblo y para el pueblo”, Letras Aragonesas nº 4, Zaragoza, Abril 2007, pp. 3-8. Criaturas Saturnianas nº 7, 2º trimestre 2007, pp. 115-121.

-“Francisco Carrasquer en su circunstancia”, Turia nº 84, noviembre 2007-febrero 2008, pp. 307-315.

-“Francisco Carrasquer, una vida intensa y desprendida”, Imán nº 7, noviembre 2012-“

“R. J. Sender y F. Carrasquer. El reencuentro literario de dos libertarios del Cinca”, Alazet, Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca, 2013 (en prensa).

[2] Carrasquer, a lo largo de su vida, publicó los siguientes libros: Manda el corazón (novela), Barcelona, Bruguera, 1948. Cantos rodados (poesía), Ámsterdam, Cinca, 1956. Baladas del alba bala (poesía), Santander, Isla de los ratones, 1956. “Imán” y la novela histórica de Ramón J. Sender, Ámsterdam, Heijnis, 1968. Vísperas (poesía), Barcelona, El Bardo, 1969. Felipe Alaiz, estudio y antología del primer escritor anarquista español, Madrid, Júcar, 1977. La literatura española y sus ostracismos, Cuadernos de la Universidad de Leiden, 1980. La verdad de Sender, Leiden-Tárrega, Cinca, 1982. Nada más realista que el anarquismo, Madrid, Madre Tierra, 1991. La integral de ambos mundos: Sender, Zaragoza, Prensas Universitarias, 1994. El grito del sentido común. De los automatismos a la libertad, Madrid, Libertarias/Prodhufi, 1994. Holanda al español, Madrid, Libertarias/Prodhufi, 1995. Palabra bajo protesta (poesía), Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1999. Sender en su siglo (Ed. de Javier Barreiro), Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 200. Ramón J. Sender, el escritor del siglo XX, Lérida, Milenio, 2001. Ascaso y Zaragoza. Dos pérdidas: la pérdida, Zaragoza, Alcaraván, 2003. Servet, Spinoza, Sender. Miradas de eternidad. Zaragoza, Prensas Universitarias, 2007. El altruismo del superviviente. Antología (Ed. de Javier Barreiro), Gobierno de Aragón, Zaragoza, 2007 Pondera… ¡que algo queda!, Zaragoza, Alcaraván, 2007. Poesía completa, Ayuntamiento de Tárrega, 2009. Poemario aleatorio, Zaragoza, Prensas Universitarias, 2010.

[3] Al pensador judío dedicó el autor numerosas páginas, especialmente, en El grito del sentido común, Holanda al español y Servet, Spinoza, Sender. Miradas de eternidad.

Otros textos acerca de Francisco Carrasquer en estas páginas:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/12/09/introduccion-a-sender-en-su-siglo-de-francisco-carrasquer/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/12/09/introduccion-a-sender-en-su-siglo-de-francisco-carrasquer/

Con alumnas en Holanda

Se presentó ayer el libro Rocío Erótico, promovido por el artista Paco Rallo, en el que 32 microrrelatos eróticos encargados a varios escritores y gentes muy disparejas conviven con 32 ilustraciones de diversos artistas plásticos, asimismo eróticas, pero no encargadas para ilustrar un relato concreto aunque después lo hagan a criterio del editor.                      

La edición es de 300 ejemplares, de los que muy pocos serán para la venta. Publico aquí el prólogo que me encargó el editor.

Rocío erótico

                                                 EL DESEO: EXHIBIR Y ELIDIR.

Si la literatura es el arte de la elipsis: decir lo máximo posible con el mínimo de palabras, el microrrelato sería la quintaesencia de lo literario. Rastreable desde los inicios de las formas narrativas, primero la vanguardia y, después, las urgencias de la contemporaneidad, unidas a la necesidad de sobrevivir entre el bombardeo de mensajes multiformes que la tecnología facilita, lo pusieron de moda a finales de la década de los ochenta. Antes en Sudamérica que en su madre patria.

 Desde entonces, me llamó la atención la alta presencia del erotismo en el microrrelato. No tengo una explicación clara de los motivos. Tal vez, la intensidad del uno reclame la brevedad del otro, quizá esa electricidad sólo se pueda expresar de forma poética -es notorio que microrrelato y poesía se interfieren- y es posible que ciertos autores encuentren en esta forma de expresión más facilidad para sintetizar lo que, por naturaleza, es difícilmente comunicable. No olvidemos el papel que representa el erotismo en los creadores geniales (genitales), muchos de los cuales son también creadores compulsivos: Lope, Goethe, Stendhal, Balzac, Picasso, Arthur Miller, Sender…

Árbol_de_amor

 De cualquier modo, es problemático generalizar porque el erotismo no se deja reducir a un principio. Su reino es el de la singularidad, escapa a la razón y constituye un dominio regido por la excepción y el capricho. Si el erotismo precisa esencialmente de la fantasía y la imaginación, habrá de ser siempre vario.

 Así, el erotismo es, por naturaleza, el terreno de lo imaginario. No es otra cosa que la concepción que se tiene de él y la imaginación interviene sin cesar para perfeccionarlo e inventarlo. Leyendo los microrrelatos que contiene este libro se verifica que las experiencias eróticas, son más individuales que ninguna otra y hasta difícilmente intercambiables; al pertenecer al dominio de la subjetividad, las imaginaciones subconscientes serán siempre particulares.

 El erotismo es el contexto, pero despierta y excita los sentidos drenados hacia el sistema endocrino con su surtido de estímulos indirectos de la libido y ahí entra la “cultura” y la conformación psíquica de cada uno: otra prerrogativa del hombre. Es curioso que la mayoría de los textos que aquí se presentan carezcan de localización, Córcega, Italia, y muy poco más. El contexto se manifiesta casi siempre en lo inmediato y cercano: una escultura, un teléfono, un sillón, un retrato… Probablemente, un buen número de lectores se surtirá de extrañeza ante varios de ellos. No otra es la misión del arte que la de propiciar esa perplejidad, lo que no quiere decir que todos los textos merezcan el calificativo de artísticos. Pero sí el de que nos interroguemos hasta llegar a verificar cuanto difieren los estímulos eróticos de unos y otros. Eros es también el reino de la antítesis, donde se imbrican e implican lo más extemporáneo y lo más cercano, lo más difuso y lo más concreto, lo más suave y lo más fuerte. Eso sí, siempre bajo el signo de la intensidad.

 Para algunos la intensidad es la felicidad. Otros no quieren problemas. Fourier ya adujo que la felicidad consiste en tener muchas pasiones y muchos medios de satisfacerlas. En tiempos del pensador anarquista, escaseaban esos medios, excepto para unos pocos. Cualquiera tiene derecho a pensar que aquel era un mundo de desdichados. Hoy, con la tecnología y la libertad al alcance de cualquiera, al menos en nuestras sociedades, la situación ha cambiado radicalmente. Eros cambió España, ya en los años setenta. Las conquistas en ese terreno sirvieron para abrirse paso en la libertad, pues ese acicate sirvió para conquistar otras parcelas.

 Entonces era muy frecuente buscar la transgresión en las artes y en el eros. Ya nos contó Sade que la voluptuosidad no admite ninguna cadena, no goza plenamente más que cuando las rompe todas: “…cuanto mayor es el ingenio Ingenioso artefactode un persona, más desea ésta destruir sus frenos (…) el hombre de ingenio será más adecuando que cualquier otro para los placeres del libertinaje” (Los 120 días de Sodoma y Gomorra).

 Como los extremos se tocan y nos enseñan todas las sabidurías, transgresión e inocencia andarán de la mano. Recordemos como Félix Salten, seudónimo de Sigmund Salmann), el autor de Bambi, lo es también de Joséphine Mutzenbacher (1905), traducida a veces con el título de Historia de una prostituta vienesa, la novela erótica austriaca más célebre y Mark Twain, autor de Huckleberry Finn, Aventuras de Tom Sawyer o Príncipe y mendigo, lo es del libro más obsceno de los U.S.A. en el S. XIX, 1601 or A fireside conversation (1882).

 Hay transgresión en estos relatos pero tampoco demasiada. Se verifica claramente que vivimos en otro tiempo, que no la precisa en aquellos grados tan extremos, cuando erotismo y pecado se identificaban, sobre todo en España. De hecho los principales textos eróticos en nuestra lengua eran casi siempre hispanoamericanos y, entre sus autores, incluían a mujeres como Delmira y Alfonsina, por citar dos nombres fundamentales. En España la violencia de la represión propició que la pornografía por antonomasia, incluyese como protagonistas a curas y monjas –entonces, colmo de la transgresión-. Como era de prever ni unos ni otros aparecen en estos relatos, ya representativos de una España laica.

 En todo caso, sabemos bien que, en la literatura, ni el erotismo ni ninguna otra pulsión se transmite a través de los argumentos o situaciones sino que ha de ser verbal, como tan genialmente nos enseñó Cortázar en su fragmento en “gíglico” de Rayuela. Más que ningún otro subgénero, el microrrelato exige la brillantez en la expresión y lo cierto es que no son demasiados los textos que acuden a ella en este florilegio, que, como no podía ser de otra manera cifra su efecto en las concretizaciones del mundo del deseo. Y aquí es donde se constata la variedad de opciones que este desata en un elenco que, por su variedad –incluso, hay equilibrio entre hombres y mujeres- puede considerarse representativo del presente. En ningún caso debo particularizar, pero varios de estos textos se entroncan con la literatura fantástica, en cuanto a la aparición de lo maravilloso o, al menos, de lo inesperable, otros optan por la descripción o por la narración pura. Los hay elegiacos; con sorpresa final; con predominio de la reflexión interior; con protagonismo de lo lingüístico… En un par de ellos, interviene la intertextualidad, otros –pocos para mi gusto- privilegian la ironía o el humor, lo simbólico o la aludida transgresión.

 Se echan de menos, tal vez, los llamados hiperbreves, para mí aquellos donde el genio verbal resplandece de modo más intenso. Al fin, a menor extensión será precisa mayor concentración e intensidad, como tan bien sabe la poesía. Sólo tres de los aquí recogidos contienen menos de sesenta palabras, aunque algún estudioso constatara que, para merecer el marbete, habían de tener menos de veinte. Y no se olvide que en esa cantidad se incluye el título, siempre tan importante como focalización del texto pero que en los microrrelatos forma una unidad con él mucho más patente que en otros géneros.

 Al fin, el microrrelato, como todo arte, surge de una tensión interior, pero que, en este caso ha de ser más aguda, penetrante o eléctrica. Por eso se ha hecho con un público lector hasta el punto de que una de sus estudiosas, Irene Andrés-Suárez, lo ha calificado como “forma emblemática del siglo XXI”. También porque su naturaleza elusiva y elíptica exige del lector un esfuerzo participativo cada vez menos frecuente en otros géneros contemporáneos.

Calero, Ricardo_Siempre..

Perún, Pedro_¡Censuré!003

Dos de las ilustraciones del libro, debidas a Ricardo Calero y Pedro Perún

 

PRÓLOGO A “AMOR Y HUMOR” DE ANDRÉS ORTIZ OSÉS

Publicado: septiembre 16, 2013 en Prólogos
Etiquetas:

De nuevo tan de moda, el aforismo consolida su presencia con la reciente aparición de dos publicaciones: la antología Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos [1980-2012], edición de José Ramón González, y el número monográfico dedicado a él por la revista Ínsula (nº 801, septiembre 2013),Ínsula-Aforismos lo que me da pie para insertar aquí el prólogo que escribí para una de las colecciones de aforismos que Andrés Ortiz Osés publicara no hace mucho. El hermeneuta de Tardienta, cuya vera persona ha recuperado Zaragoza -y a fe que se hará notar- y sobre el que volveremos, es uno de los más prolíficos cultivadores de este difícil género en el que, a menudo, algunos pretenden colar piedras como si fuesen perlas.

Prólogo” a Amor y humor. Claves para vivir la vida (A la sombra de Pedro Saputo) de Andrés Ortiz Osés, Zaragoza, Rolde, 2007, pp. 7-11.

“Verbum retentum venenum est”Ortiz-Osés-Amor y humor

Sea un relámpago de pensamiento, un miniensayo, una bomba de relojería del lenguaje o un cajón de sastre, en el aforismo cabe casi todo: el arabesco verbal de la greguería, el humorismo escéptico de Marcial, la agudísima gravedad quevediana, la brutal precisión de Cioran, la libérrima inteligencia de Lichtenberg, la feroz profundidad nietzscheana, la sutileza lingüística y conceptual de Gracián y hasta la crítica literaria o, como quiere Trías, todo el pensamiento. Pero siempre con la punta de duda, ironía, paradoja o fisura que debe tener cualquier afirmación. La rotundidad puede ser científica pero no literaria ni filosófica. El ingenio siempre es sutil y matizador y el aforismo ha de estar reñido con la frase lapidaria. Tal vez por ello, Cioran llamó a los aforistas como Pascal “reporteros de la eternidad”. Así, vemos que los intentos de definición nunca pueden dar más que un matiz de algo que se ha convertido en un género que empezó científico, cuando la ciencia y la filosofía se confundían, y ha terminado literario cuando la filosofía y la literatura se confunden.

  Inscritos en el entramado de una obra cuyo riesgo y novedad no tiene parangón en nuestro medio, Ortiz-Osés comienza a publicar sus aforismos tan sólo hace unos años y cuando ronda el medio siglo. Desde entonces los ha producido con esa torrencialidad que revela al creador incapaz de contener la fluencia de ideas y sensaciones que constituyen su razón de ser, su forma de estar en el mundo. El que la obra hermenéutica del filósofo aragonés, aun reconocida por instancias intelectuales de probada solvencia, no haya tenido tanto eco como las banales especulaciones de muchos de sus colegas más inclinados hacia lo mediático puede deberse, entre otras cosas, a lo insólito de su discurso en un contexto renuente, por tradición e ignorancia, a los temas que escudriña pero también a su escritura a borbotones, celérica, mediatizada por una fruición con el juego lingüístico, por una incontinencia que deriva en una torrencialidad que la aleja del discurso del pensamiento en espiral tan típico de zubirianos y otras especies obsolescentes.

 En el aforismo encontró Ortiz-Osés un vehículo adecuado para encauzar esa hipercreatividad -por otra parte tan propia del pensador al que le rebosan las ideas y encuentra en su vómito una suerte de mecanismo soteriológico- pero también para dar cabida a su prurito por descarnar el verbo, por fundir la incandescencia en su crisol, por -eliminando el circunloquio conspirativo- dar salida a una tensión que rehúye la farfolla, incluso buscando en la elipsis su forma de plenitud. Además, el género se adecua excelentemente al gusto de este escritor por las fórmulas léxico-compositivas que ahondan hasta la descarnadura en el sentido. Y, sobre todo, proporciona la libertad que necesita quien, en un momento, desea revelarnos la fascinación de una lectura que lo acaba de deslumbrar, en otro, desea divertirse y di-vertirnos y, cada tanto, hozar en una suerte de lirismo (en Ortiz-Osés hay un indesmentible talante poético provocador, como sucede con Leiris, de adhesiones y rechazos) que le sirve para rehabitarse, con lo que –son sus palabras- se convierte en “un lenguaje capaz de apalabrar el mundo (…) como palabra encarnada y verbo transeúnte, (…) como logos-reunión de lo diverso y disperso recapitulado a través del hilo conductor de (…) la urdimbre vital y la estructura cultural”.

Ortiz Osés003

  Prescindiendo de sus orígenes didáctico-hipocráticos, el espectro significativo que recoge el aforismo se ha hecho demasiado amplio como para poder categorizarlo sin fisuras. Desde su sentido etimológico de definición hasta la académica: “Sentencia breve y doctrinal que se propone como regla”, los intentos de definirlo han sido cuantiosos, sobre todo entre los franceses, donde el género tiene honda raigambre, tanto en la producción como en la interpretación: desde Montaigne hasta Renard; desde el recién editado Rivarol hasta los ensayos críticos de Barthes. La cuestión tiene evidentemente tanto que ver con la teoría literaria como con los deseos de los aforistas por justificar sus planteamientos personales al respecto. El aforismo revela, en cierta manera, conciencia de la profesionalidad del escritor y hasta cierta vanidad en cuanto que considera que estos chispazos de ingenio, que muchas veces quedan en mero apunte o vuelan como angelotes en la conversación, deben ser llevados a la imprenta.

 La cita de nuestro autor que encabeza este trabajo es también una buena justificación del aforismo y, sobre todo, una apropiada ilustración de lo que arriba se escribió sobre la necesidad de dar salida de una forma libre y fluida a un torrente de ideas que difícilmente encontrarían otra forma expresiva más natural. Hay otros dos: “Un aforismo vale más que mil raciocinios: pues un aforismo es un relaciocinio” y “Tiempo de palabra, tiempo de sentido” que nos ilustran sobre la teoría, el sentido y los procedimientos de que se vale el autor en su enfoque.

 Sería desmedido enumerar los antecedentes de un género, por otra parte, no demasiado cultivado por el escritor español aunque debamos recordar dos cimas como Gracián y Gómez de la Serna. Por lo demás, es la variedad, si vale la paradoja, la constante en los aforismos del pensador de Tardienta. Pero, como es natural, el autor introduce también otros que son meras notas u observaciones de uso personal y, como en todos los aforistas, el género se convierte en ocasiones en algo así como un cajón de sastre. Pero, es cierto, que estos relámpagos de pensamiento poseen lo que es uno de los rasgos de toda la obra de Ortiz-Osés: a pesar de no ser una lectura “fácil” se devora con la fruición que deparan la originalidad y la amenidad y, aparte de nutrirnos sobradamente de ideas, en ellos se revela la multiplicidad de intereses, la fascinación por la ambigüedad, el destello de la inteligencia y la antena alerta de un espíritu siempre tan dispuesto a la estupefacción, como a interpretar los mecanismos que la alientan.

 Aunque sea difícil categorizar un universo tan variopinto y pequemos de reduccionismo, pueden encontrarse cuatro procedimientos básicos en la concepción de los aforismos de Ortiz-Osés: El pensamiento puro y descarnado, el juego lingüístico, la cita y la observación. Es, obviamente, en los dos primeros donde aparece el pensador fresco y profundo, mientras que las citas nos hacen compartir esa fascinación por un conocimiento a la que se aludió más arriba y nos dan noticia de unas ideas que el transcriptor comparte. Además nos proporcionan la sugestión para acudir al autor glosado. Probablemente, lo que llamo “observaciones” constituyan lo más prosaico y prescindible del ringlero.

 Otro dato esencial para comprender el universo de Ortiz-Osés es la libertad con que enfoca su tarea creadora. Por eso, en sus ensayos aparecen no fragmentos líricos sino poemas lisos y lasos; al igual que sus imprescindibles memorias aparecen cuajadas de elementos inesperados y habitualmente extraños a este género, aunque no dejen de de ser una autobiografía más auténtica que la mayoría de las que leemos; y, de la misma manera, su oratoria acude a todas las fórmulas, requerimientos y tonalidades pensables… Por eso no extrañará que se sirva del aforismo para darnos pautas o entrevisiones que difícilmente cuadrarían en la ortodoxia del género e incluso para verternos algún que otro miniensayo. Ninguna imposición normativa, pese a su rigor teórico, en el devenir textual de sus producciones. Pero ya sabemos que si algún filósofo hizo profesión de ortodoxia hace muchas centurias que pasó su hora. 

 No puedo dejar de referirme al humor, pulsión a la que, a menudo, también hace referencia el autor. Si a estas alturas del tiempo cualquier planteamiento, aserto o actitud no puede prescindir de aquél, so pena de devenir dogmático, campanudo o grotesco, menos cuando, como en el caso de Ortiz-Osés, hay una evidente voluntad de moralidad en su escritura. Si, como alguien dijo, el humor es la forma más alta de cortesía, de inteligencia…, excluir tan humano modo de distanciamiento asegura, en cambio, la ocasión de convertirse en seguro objeto de burla. “Soy un irreverendo” nos comunica con socarronería este pintoresco clérigo no ejerciente, que se anticipa así a cualquier calificación irrespetuosa. ¡Qué pocos personajes del mundo académico -las formas campanudas siempre se adoptan para proteger la irrelevancia- se toman a broma a sí mismos! Por cierto, única forma posible de conocerse. Evidentemente, no les interesa.    

 Inclasificables, difícilmente definibles (“El absolutismo de la razón produce monstruos”), los aforismos, a mitad de camino entre la palabra y el silencio, nos muestran el laboratorio del autor en el que, además de dolor, inteligencia, estupefacción, amor y verbo juguetón, hay una grieta para dar salida al material crudo. Si, como dijo otro gran aforista, Carlos Edmundo de Ory, “El poema es la casa sin puertas”, el aforismo es ese ventanuco a través del cual el poeta observa lo incomprensible del mundo y nosotros nos asomamos al crisol alquímico de este creador insoslayable.

 AOO3

 

 

Mañana 10-XII-2012, a las 20.00 h., e inaugurando el ciclo “La otra historia”, que organiza la Asociación de Vecinos Venecia, Calle Granada nº 43 (Zaragoza),  disertaré sobre “Francisco Carrasquer, vida y obra libertarias”. Todo esto, a los cuatro meses de la muerte del escritor, del que ya me ocupé en otros textos, uno de ellos reproducido en estas páginas: https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/07/30/francisco-carrasquer-en-su-circunstancia/                     

En este caso, reproduzco la parte inicial del prólogo al libro antológico de sus textos sobre Sender, escritor del que fue su principal estudioso,y que edité en 2001: Sender en su siglo (Textos críticos sobre Ramón J. Sender), Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses).       

               

Francisco Carrasquer es, sin asomo de dudas, el estudioso que con más asiduidad se ha ocupado de Sender desde la lectura y publicación de su tesis en 1968[1]. Años después recogió diversos trabajos publicados en el ínterin en un volumen que tituló La verdad de Sender[2] y en 1992 dio a la luz otro libro dedicado a las ficciones americanas del escritor de Chalamera[3]. También se ha encargado de varias ediciones de la obra senderiana[4]. Son, pues, seis en total los libros dedicados a este autor por Carrasquer, amén de otros muchos trabajos dispersos publicados especialmente en la revista Alazet del Instituto de Estudios Altoaragoneses, de los que esta edición pretende recoger los más significativos entre aquellos que no han sido recogidos en volumen.

El propio Carrasquer ha explicado su fascinación por Sender basándola en la proximidad de origen, de formación y de vivencias en torno a la guerra y al exilio[5]. Únase a ello el que les separan tan sólo quince años en la fecha de nacimiento, es decir, una generación. Cronológicamente, Sender pertenecería a la del 27, mientras que Carrasquer -tres años más joven que Ridruejo, por ejemplo- se incluiría en la del 36[6]. Otros rasgos comunes, salvando las naturales distancias en intención, actitud y género, podrían espigarse en la multidireccionalidad temática, el estilo desafectado y el variado sustrato cultural no acomodado a escuelas o esquemas.

Además de una lectura exhaustiva y meditada de toda la obra senderiana a lo largo de muchos años, Carrasquer, hombre de probada formación cultural y filosófica como demuestran tanto su escritura como su denso currículum académico, encuentra en su paisano una similitud de puntos de vista y de actitud libertaria ante la vida[7] por lo que una buena parte de sus argumentos inciden en la vindicación del novelista sujeto a valoraciones cambiantes en relación con la agitada trayectoria sociocultural del acontecer hispano en el siglo XX. En efecto, Sender, que en los años treinta se había constituido en el novelista más sólido y prometedor del panorama nacional, padeció el arrumbamiento destinado a los exiliados políticos pese a que en los años cuarenta y cincuenta realizó, seguramente, la aportación más decisiva y más alta cualitativamente de toda su trayectoria narrativa[8]. Si desde muy temprano le acompañó el reconocimiento de la crítica, especialmente de la anglosajona, y fue repetidamente traducido, no corrió la misma suerte en los círculos críticos del exilio y hubo que esperar a los años sesenta para que en España se lo conociera y apreciara. A la primera recepción entusiasta -y más por parte de los lectores que de los orientadores de opinión- sucedieron las reticencias y guiños reprobatorios de una buena porción de críticos[9], en su mayor parte cómplices, conscientes o inconscientes, de la manipulación cultural comunista, que enfangó el debate intelectual durante tantos años. Quizá no haya escándalo ético más flagrante a lo largo del último siglo que la actitud de las mesnadas de intelectuales que, ya desde los años treinta y muchas veces pensando en su propio status, cerraron los ojos ante el genocidio, la barbarie, y el uso sistemático de la mentira, la calumnia y la descalificación ad hominem y colaboraron con los siniestros designios emanados desde Moscú. Francisco Carrasquer, especialmente en “El raro impacto de Sender en la crítica española”, pero también a lo largo de muchos otros de sus escritos, es uno de los que con más tino han denunciado esa evidencia que sólo hoy empieza a suscitar las reflexiones oportunas[10].

Llaman, precisamente, la atención en los acercamientos críticos de Carrasquer tanto su sinceridad y claridad como la reciedumbre moral que le hace levantar la voz ante quienes no pueden escudarse en la ignorancia para justificar la malevolencia de sus argumentos. En este sentido es ejemplar su respuesta a Víctor Fuentes en el artículo que abre este volumen aparecido en Norte, revista en la que también se reproducía, con honestidad tan infrecuente en este mundillo, el trabajo que daba lugar a la réplica[11]. Uno de los argumentos más constantes en Carrasquer, utilizado en este trabajo y en otros que aparecen en la presente edición, es la defección de los intelectuales españoles ante la causa popular y al que dedicó un ilustrativo artículo[12]. Para Carrasquer “por desgracia, los intelectuales consagrados [del periodo de preguerra] no se habían enterado de nada”[13]. Crítica que se extiende en el caso español a la segunda mitad del siglo:

…han hecho más los locos experimentalistas holandesas (sobre todo los poetas) por revolucionar a sus lectores y concienciarles socialmente, que los literatos “sociales” españoles quienes no sólo han tenido que renunciar a su poesía voluntarista sino que provocaron hace unos tres o cuatro años una crisis de tal hastío que estuvo a punto de colapsar a toda la literatura de España.

Una definición, engagée pero no sectaria, del intelectual figura en el tercer párrafo del trabajo “Sender y el exilio español”. El narrador oscense resultaría, así, el único entre los autores de fuste que se acercó y comprendió críticamente el anarcosindicalismo[14] lo que le valió el ninguneo de la crítica durante mucho tiempo y, lo que es más grave, la neutralización de su obra. Si en los años cuarenta y cincuenta nada se podía esperar de los adictos al régimen ni de los comunistas[15], tampoco en los sesenta el auge de experimentalismos y estructuralismos le fue favorable. En el primer caso porque, por prejuicios y desconocimiento, se obvió el componente vanguardista que, desde la primera novela, recorre toda su obra y que sólo empezó a ser considerado lustros después. En el segundo, por el esnobismo de quienes se apuntaron a estas corrientes que permitían aplicar un esquema predeterminado al hecho literario sin tener demasiados conocimientos del contexto. Hecho que, como apunta Carrasquer, explica en parte la superficialidad de la crítica hodierna. Fueron los lectores quienes despertaron el interés por el autor, sobre todo a raíz de la publicación de Crónica del alba en una edición que no tenía nada de popular y de la que tampoco se comprendió su tercera parte, en gran parte vanguardista y resultado de la disolución de la personalidad del sujeto narrativo. La evolución del mercado editorial en beneficio de valores que no priman el compromiso, la especulación intelectual ni el rigor literario, tampoco ha favorecido la obra de Sender en los últimos años, pese a que la atención crítica, constante fuera de las fronteras peninsulares, haya crecido vigorosamente en las dos últimas décadas. Todos estos extremos se exponen con agudeza y claridad en el excelente trabajo “El raro impacto de Sender en la crítica española” y se remachan en otros, como “Sender para estudiantes”. En suma, puede afirmarse que Sender, cuyo periodo de mayor presencia editorial puede cifrarse entre 1967 y 1976, ha dejado de estar de moda cuando en el mercado literario se fueron imponiendo las técnicas de marketing.

Independencia, claridad, poco temor a incidir en lo no “políticamente correcto” y un especial afán vindicativo constituyen otros rasgos de los acercamientos senderianos de Carrasquer, cuya personalidad, por cierto, se acerca más a la afabilidad, incluso a cierta timidez, que a la confrontación y a la beligerancia, aunque en su trayectoria personal siempre ha privado la insobornable defensa de sus convicciones en circunstancias tan adversas como las de la guerra, la resistencia interior y el exilio. Pese a sus galas universitarias, también observamos un cierto rechazo al academicismo, patente en los registros coloquiales de su prosa y en su mayor confianza en los argumentos de razón que en estériles plantillas perpetradas por tantos hacedores de currículum cuyas producciones nos proporcionan habitualmente una sensación de irrelevancia. Además del ninguneo de los centros de poder periodístico y editorial, tampoco Carrasquer ha sido muy afortunado en su recepción por parte del medio universitario. Exilio, ideas libertarias y carácter nada propenso al cultivo de falsas camaraderías ni arribismos no han debido de favorecerle en estos terrenos[16]. Y, como se apunta, tampoco su estilo y modo de razonar anda muy cercano a los cánones académicos, que implican la asepsia, el pensamiento castrado, la huida de la originalidad y la toma de posición en vagonetas sólo arrastradas por la inercia, el meritoriaje y la mirada puesta en el escalafón. En todo caso, la naturalidad y ausencia de afectación son rasgos que comparten el estudioso y el estudiado.

Otro de los puntos en que más han insistido los estudios de Francisco Carrasquer ha sido la constante presencia de lo americano en el escritor de Chalamera. “Novelista de ambos mundos”, lo denomina en alguna ocasión y es cierto que muy pocos escritores españoles, ni siquiera entre los del exilio, pueden ofrecer un conjunto tan numeroso de obras dedicadas a América ni una imbricacion tan íntima con el espíritu y las mitologías del Nuevo Continente[17]. Además de La integral de ambos mundos (1994), libro específicamente dedicado al tema, son constantes en Carrasquer las referencias a este asunto. Se recoge aquí, concretamente, el artículo “Contratiempos de espacio: Epitalamio del prieto Trinidad de Ramón J. Sender”, pero las alusiones aparecen por doquier en otros trabajos. Es un tópico aludir a la desatención y al desaprovechamiento que España ha tenido hacia las que fueron sus colonias. El lamento ante tal evidencia recorre todo el siglo que ha acabado pero, pese a tal certidumbre, nunca se han acometido iniciativas radicales para solventar esa carencia. Quienes como Sender -cuyo primer libro, El problema religioso en Méjico. Católicos y cristianos (1928), ya tiene como leit-motiv lo  americano- han dedicado buena parte de su obra a tratarlo, no dejan de ser vistos desde el interior de un país tan aficionado a mirarse el ombligo y a dar vueltas de torno al “problema de España” con un halo de extrañamiento, de desconfianza, de excentricidad.

Carrasquer_La integral de ambos mundos

Los personajes femeninos senderianos constituyen otro aspecto sobre el que Carrasquer nos llama la atención repetidamente. De “galería fascinante de mujeres-niñas” las califica en una ocasión y es cierto que la inquisición sobre estas virginales e idealizadas mujeres podría aclararnos muy diversas claves de la psicología y las obsesiones del narrador. Lo mismo, el pudor para nombrar a ciertos miembros de su familia, en especial a la madre[18], a la que precisamente considera hontanar nutriente de esos personajes femeninos[19]. Más llamativo, en cuanto que Sender no es hombre que se caracterice por el temor ni la mojigatería para aludir a su propia interioridad. Carrasquer se pregunta si no será Sender uno de esos hombres-niños que tanto abundan entre los genios y lo compara en el trato con José Martínez, fundador y alma mater de El Ruedo Ibérico, en cuanto a su capacidad movilizadora y fascinante, unida a un trato personal, a menudo difícil. Carrasquer tuvo una relación continua con el editor exiliado, como se constata en la excelente aunque polémica biografía[20] editada recientemente en la que se reproducen numerosos fragmentos del epistolario entre ambos intelectuales antifascistas.

A menudo se pregunta Carrasquer por la paradoja de un escritor con tan profusa carga cultural pero de estilo tan “antiintelectualista”, tan aficionado a reflexionar en voz alta, a través de autoinquisiciones para las que muchas veces no encuentra otra respuesta que otra pregunta de carácter mucho más ambiguo o la recurrencia al misterio. Es cierto que los “maestros de pensamiento de Sender” se encuentran mucho más en la corriente idealista, heterodoxa, poética y hasta esotérica, que partiría de Platón que en el racionalismo aristotélico. De hecho, en “Sender por sí mismo”, Carrasquer enumera los autores que, a su juicio, influyen más en el pensamiento, la filosofía y la cosmovisión senderianas. Pitágoras, Parménides, Plotino, Simon el Mago, Spinoza, Servet, Pascal, Descartes, Schopenhauer, Nietzsche, Rudolph Otto, Kierkegaard, Bergson, Machado, Merleau-Ponty y Camus son los autores enumerados[21]. Quizá sobre en la lista el poeta sevillano y falten otros como Miguel de Molinos[22] y, desde luego, escritores no filósofos pero con los que Sender siempre ha reconocido su deuda y dedicado su atención. Me refiero, por supuesto, a Valle-Inclán pero también a autores del ámbito anglosajón a los que tan bien conocía. Por citar unos cuantos, entre muchos, sería indispensable aludir a David Herbert Lawrence, Simone Weil y hasta William Faulkner. A algunos de ellos se ha referido Carrasquer en otros lugares.

A Sender le preocupaba especialmente su poesía, género que cultivó desde sus inicios literarios[23], y llama la atención el muy escaso eco qu ésta ha suscitado[24]. El propio Carrasquer (V. “Sender por sí mismo”) expresa serias reticencias sobre la misma aduciendo que se encuentra más a menudo en su narrativa que en sus versos. En otro lugar, observa que, al entrar en trance poético el autor “se pone tenso, pierde la naturalidad”[25]. Sin embargo, Carrasquer publicó recientemente una antología, Rimas compulsivas, (V. Bibliografía) en la que le dedica un estudio más amplio. En todo caso, aparte de sus libros estrictamente poéticos[26], aparece intercalada en numerosas ocasiones dentro de sus novelas cumpliendo en alguna de ellas, como Crónica del alba, una función claramente estructural. En los libros de la última época, mucho más ricos en elementos líricos y sugestivos que puramente argumentales, se privilegia especialmente lo poético. Y es de reseñar que si el escritor acometía febrilmente su narrativa como un mecanismo de acción estricta[27] en la que encontraba elementos soteriológicos, en su vertiente lírica puso siempre una especial atención y no poco cuidado.

Otro aspecto crucial en Sender es su aragonesismo, que él mismo se encargó de corroborar sucesivamente y que alcanza su expresión más cabal en el tan citado y conmovedor prólogo a Los cinco libros de Ariadna. Carrasquer dedicó a esta cuestión un artículo específico, (“Lo aragonés en Sender”, Rolde, 65/66 [junio, 1993], pp. 49-58.), no presente en esta antología ya que está prácticamente reproducido en su totalidad en “Sender por sí mismo”. Sería desmedido dar aquí una relación de las novelas desarrolladas en Aragón, de los personajes aragoneses o de las obras en que las reflexiones acerca de su región natal tienen una presencia fundamental, pero no citar El lugar de un hombre (1939), Crónica del alba (1942), El verdugo afable[28] (1952), Mosén Millán (1953), luego reeditada como Réquiem por un campesino español (1961), Bizancio (1956), Solanar y lucernario aragonés (1978), Monte Odina (1980) y Segundo solanar y lucernario aragonés (1981), como aquéllas en las que lo aragonés alcanza notable preeminencia. Carrasquer considera al novelista “un extremado representante del individualismo/liberalismo aragonés” siendo éste último lo que le permite liberarse de los probables excesos del primero. Claro que sin individualismo no hay rebeldía posible y tan peligroso es exacerbar uno como otro extremo. También resulta ilustrativa la repetida afirmación senderiana respecto al “ir por el mundo sin máscara”, rasgo que considera altamente identificativo del aragonés. Carrasquer lo conecta con su concepto de la hombría[29], pero se cura en salud a través de esta afirmación irrebatible:

  Después de haber pasado cuarenta años en el extranjero, puedo decir que, en efecto, todos los hombres somos sustancialmente iguales y sólo diferimos de más o menos esto o lo otro.

Como sucede con el aragonesismo, el compromiso con el pueblo, las clases trabajadoras o los desfavorecidos -elíjase o intercámbiense los sintagmas, ya que estas cuestiones han estado sometidas en los últimas décadas a vigorosas revisiones o, si se quiere, a versátiles modas- es otro de los núcleos de la obra senderiana. Sería perogrullesco o aporístico incidir en su mostración, por ello los dos trabajos que Carrasquer dedica preferentemente a esta cuestión: el fragmento que se incluye de “Cinco oscenses en la punta de lanza de la prerrevolución española” y “Sintónico Sender”, convergen en la capacidad del novelista para empatizar desde dentro. Es decir que su escritura no surge de un apriorismo o convicción ideológica sino de una densa vivencia/convivencia que desdeña los presupuestos y pretextos previos porque desde ella se ve impelido sin remedio a escribir[30]. El que pueda unir a ello la capacidad de distanciamiento indispensable para el narrador de raza no es sino uno de los registros de la misteriosa clave del arte.

De una u otra forma, es palmaria su capacidad de sintonizar con sus sucesivas circunstancias y ámbitos humanos y para estar al tanto de los temas y problemas de actualidad tanto en su época de periodista como en la de novelista. Carrasquer aduce que no alcanzó su madurez en la conciencia crítica y en sus convicciones de rebelde social hasta mediados de los veinte. Y señala como en sus artículos de La Tierra o El Telegrama del Rif todavía denota cierto conformismo pese a que en su peripecia vital ya hubiese dejado abundantes muestras de su sintonía con los revolucionarios. Pero ya tanto su primera obra narrativa como en la anterior, El problema religioso en México, de índole reflexivo-periodística, revelan posturas mucho más radicales que las de los escritores considerados entonces como de vanguardia social[31]. Sin punto de exageración, Carrasquer lo considera como “uno de los tres o cuatro escritores que más influyeron en formar la mentalidad prerrevolucionaria en España” y, basta un repaso superficial a toda su obra de los años treinta y cuarenta para concluir que no existe una sola que no contenga un propósito de denuncia y reivindicación humana. Del mismo modo, en el artículo “Sender en la cruz del 27”, nos recuerda que sus primeros libros son siempre “en contra de algo” y, por antonomasia, antirreaccionarios. Pese a su brevedad, el citado texto es uno de los más ilustrativos en cuanto a la consideración de los planteamientos sociales del escritor. Se constata allí de nuevo el mecanismo de la “escritura como acción”, tan fundamental en Sender y en otros escritores del siglo XX[32], pero también su creencia en la función social de la literatura y la constancia de su compromiso libertario, que es como incidir en la ya comentada connivencia con la “descomunal arremetida del pueblo español en la preguerra”, de la que tan escaso eco hay entre la intelectualidad española. Resulta literalmente impresionante observar la cantidad de empresas renovadoras, culminadas o no con éxito, debidas a esta pujanza del pueblo español en los escasos nueve años que van desde la proclamación de la república a la derrota bélica. Más, teniendo en cuenta las circunstancias socio-económicas de ese pueblo que apenas podía dedicarse a otra cosa que no fuese a su supervivencia. Por eso tiene razón Carrasquer cuando escribe: “No pertenece en absoluto a ninguna reacción contra la estética ‘turriebúrnea’ del 27, ni sirve de ‘eslabón’ entre la novela social de preguerra y la de posguerra”. Efectivamente, Sender, aun siendo plenamente consciente de la función y las contradicciones del intelectual en sus contextos como demuestran sus novelas y su obra periodística en los años treinta, escribía “desde dentro”, poseído de un entrañamiento visceral con el pueblo que, por otra parte, no contradecía su independencia. La única excepción sería Contraataque, obra al servicio de la causa, en la que, en cierto modo, el autor abdica de su creatividad y que corresponde a un momento histórico en que otros libertarios tomaron actitudes comprensivas o reformistas de las que no tardarían en arrepentirse.

A la significación global de la obra senderiana dedica Carrasquer especialmente los artículos “Sender. El arte de la totalidad” y “Nuestra materia prima literaria”. En este último escribe: “…nos ha dejado una obra que funciona como la mejor síntesis conocida hecha arte literario de nuestra cultura, la más primaria con la más elaborada”. Es cierto que de su universo creativo puede extraerse una suerte de síntesis representativa de los acontecimientos más reseñables de la pasada centuria aunque, por muy pocos años, su factor no alcanzase a contemplar dos episodios tan trascendentales como la revolución informática y el derrumbe del comunismo. Así, Carrasquer llega a predecir que, como sucedió con Camus respecto a Sartre, Sender recobrará la preeminencia entre los escritores de su época e incluso sustenta:

 “habrán de pedirle perdón muchos que le trataron de traidor a la clase obrera cuando han podido constatar que eran ellos los enemigos, no ya de la clase obrera sino de la Humanidad entera. Porque Sender siempre ha sido el enemigo del poder -la institución del crimen impune y a distancia-, mientras que sus detractores lo han sido a lo lacayo, y ahora en aquel pecado llevan la penitencia”.

Especialmente en la última época del escritor aragonés se incrementan sus preocupaciones trascendentes hasta ocupar una parte sustancial de sus ficciones e incluso apoderándose de ellas, lo que ha constituido uno de los argumentos descalificadores más utilizados por la crítica para minusvalorar esta etapa de su creación. En “¿Escribir por pensar o pensar por escribir?” Carrasquer trata de dilucidar su idea sobre Dios que, en principio no comparte. Sin embargo, concluye que su pensamiento se acerca más a lo numinoso que a lo religioso y, quizá con algún voluntarismo, apunta: “…quiere creer en Dios porque no lo hay. En lo que cree de verdad, aun sin querer, si se me apura, es en la trascendencia del hombre”. Se trata, probablemente, de una depuración del tan mentado esencialismo senderiano que, en una etapa menos condicionada por las urgencias históricas y ya aproximándose el final de su vida, toma un protagonismo cada vez mayor. Carrasquer ha demostrado en otros lugares que estas preocupaciones aparecen ya desde el principio de su obra narrativa y toman cuerpo incluso en obras tan comprometidas socialmente como puedan ser Imán, O. P. o Siete domingos rojos, por no hablar de Mr. Witt en el cantón, donde el distanciamiento y el propósito simbólico no obstan para que constituya un premonitorio friso de la inmediata circunstancia histórica española.

En resumen, puede afirmarse que en la obra crítica de Carrasquer aparecen casi todas las claves senderianas con una especial referencia a las carencias en los análisis de otros investigadores, cierto afán polémico que vindica la superación de ciertos tópicos apuntados que inciden en la desvalorización políticamente interesada del narrador oscense y la atención a cuestiones poco atendidas, como puede ser la reivindicación de su labor como cuentista que para nuestro autor está entre lo mejor del siglo. Pero, si hubiera que elegir un rasgo que caracterizase la postura de Carrasquer como crítico, escogeríamos uno que comparte con el principal objeto de su preocupación crítica: la independencia. Que tal virtud no acostumbre a ser favorable a los intereses de quienes la practican es harto sabido por lo que no dejo de felicitarme de que, al publicarse en un volumen conjunto, estas visiones críticas consigan mayor audiencia.

 

 


                                                                                                                 NOTAS

    [1]  “Imán” y la novela histórica de Ramón J. Sender -primera incursión en el “realismo mágico” senderiano-, Uitgeverij Firma J. Heijnis Tsz., Zaandijk, 1968. Reeditada, con  numerosas corrrecciones y ampliaciones, bajo el título de “Imán” y la novela histórica de Sender (prólogo de Ramón J. Sender), London, Tamesis Books Limited, 1970.

    [2] La verdad de Sender, Leiden, Ediciones Cinca, 1982. (Con bibliografía de Elizabeth Espadas). Recoge: “Sender a la hora de la verdad”, Camp de l’Arpa nº 3, sept. 1972, pp. 21-22. “El derecho de autor frente al deber de enmienda”, Camp de l’Arpa nº 17/18, feb.-marzo 1975, pp. 18-19. “Presentación de Ramón J. Sender”, “La crítica a rajatabla de Víctor Fuentes” (con inclusión del artículo de V. F. criticado), “La parábola de La esfera y la vocación de intelectual de Sender”, los tres artículos publicados en el número extraordinario dedicado a Sender de la Revista Hispánica de Amsterdam, Norte, año XIV, nº 2-4, mayo-agosto, 1973 en las páginas, 2-4, 43-55 y 67-95, respectivamente. “Samblancat, Alaiz y Sender, tres compromisos en uno”, Papeles de Son Armadans, Año XX, nº 228, marzo 1975, pp. 211-246.

    [3] La integral de ambos mundos: Sender, Zaragoza, Prensas Universitarias, 1994.

    [4] Edición crítica de Imán, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1992. Edición crítica de Réquiem por un campesino español, Barcelona, Destino, 1998. Rimas compulsivas (Antología de la poesía de Ramón J. Sender), El Ferrol, Esquío, 1998. Con posterioridad a la publicación de este escrito, Carrasquer todavía publicó otros dos: Ramón J. Sender, el escritor del siglo XX, Lérida, Milenio, 2001. Servet, Spinoza y Sender y Miradas de eternidad, Zaragoza, Prensas Universitarias, 2007.

    [5]  En los párrafos iniciales del artículo “Visión global del pensamiento de Sender”, recogido en este volumen, Carrasquer comenta estos paralelismos.

    [6] Cf. José-Carlos Mainer, “Periodización literaria” en Diccionario de literatura española e hispanoamericana (Tomo II), Madrid, Alianza, 1993, pp. 261-266.

    [7] Una densa y actualizada exposición del pensamiento social de Carrasquer en su ensayo, El grito del sentido común. De los automatismos a la libertad.

    [8] En “Sintónico Sender” Carrasquer apunta que el exilio probablemente favoreció artísticamente su escritura, como sucedió con otros autores. Aunque sea aventurado hablar de supuestos, puede concluirse que la tensión a que se ven sometidos los creadores en circunstancias vitales difíciles ha deparado muchas de las mejores producciones intelectuales de la historia (“lo que es bueno para el arte es malo para la vida y lo que es bueno para la vida es malo para el arte”, apuntó Ortiz-Osés) y sobran los ejemplos para certificarlo, aun teniendo en cuenta lo vidrioso de este tipo de generalizaciones.

    [9] En este sentido, es reveladora la observación de Carrasquer acerca de la distinta recepción por parte de la intelligentsia de los premios Planeta concedidos a Sender y Vázquez Montalbán. Lo que en uno se interpretaba como achantamiento de cerviz y venta al todopoderoso capital, en el otro constituía el reconocimiento de la industria editorial a una trayectoria literaria y civilmente modélica.

    [10] Carrasquer anota en este artículo con cierta dosis de voluntarismo: “Ahora que ser comunista es ser tan conservador, ser anticomunista podría ser todo lo contrario”.

    [11] También respuesta a los argumentos, por cierto nada fundamentados, de otro crítico, Rafael Bosch, en contra de la interpretación de Imán por parte de Carrasquer, lo constituye el artículo “Libro-homenaje a Sender en Arizona”.

    [12] Cf. Francisco Carrasquer, “La literatura española y sus ostracismos”, Cuadernos de Leiden nº 7, Universidad de Leiden, 1981.

    [13] Para él, sólo Baroja percibió en España el fenómeno anarquista, único en el mundo, y “¡sin comprometerse!”, exclama.

    [14] Carrasquer afirma, también con fundamento, que Sender es el autor español que a lo largo de la centuria más se ha inspirado en el pueblo y más ha conspirado con él.

    [15] Especialmente, después de la feroz denuncia del estalinismo que acomete en Los cinco libros de Ariadna.

    [16] Por su carácter premonitorio, reproduzco el encabezamiento de una entrevista que realicé con él, poco después de su regreso a España: “Lúcido, equilibrado, sin obviar la pasión, acostumbrado a trabajar siempre, depositario de mil desdichas históricas y, también, de abundantes satisfacciones personales, Francisco Carrasquer es casi desconocido en su tierra. Mucho por mor de sus peripecias político-sociales, algo por su adscripción a unas ideas en las que no cabe el compadreo, el arribismo, el do ut des ni la dejación de la difusa verdad en beneficio del sol que más calienta. Encontrará poco sitio aquí”. Javier Barreiro, “La gran virtud del español en su capacidad de soledad” [Entrevista con Francisco Carrasquer], El Día de Aragón, 20 de marzo de 1986, p. 29.

    [17] Carrasquer cuenta treinta y siete obras de asunto americano, muchas más que cualquier otro autor del exilio. (V. “Sintónico Sender”).

    [18] Algo parecido le ocurre con la ciudad de Huesca, en la que mataron a su hermano, y a la que alude en muy contadas ocasiones a lo largo de su obra, como poseído por un una suerte de profunda emotividad que la convierte en tabú. Y también con Zaragoza, a la que sólo alude larga y explícitamente en Crónica del alba.

    [19] “Sender por sí mismo”

    [20] Albert Forment, José Martínez: la epopeya de Ruedo ibérico, Barcelona, Anagrama, 2000.

    [21] Una cata parecida en los pensadores influyentes en Sender pero referida a La Esfera, se encuentra en “La parábola de La Esfera y la vocación intelectual de Sender”, citado en nota 2.

    [22] Para esta vinculación con el pensamiento molinosista, V. Javier Barreiro, “Bajo el signo de la perplejidad: El verdugo afable“. Alazet, 4. Monográfico dedicado a Ramón J. Sender. Huesca, 1992, pp. 59-68.

    [23] Ya durante su estancia en Alcañiz como mancebo de botica, El Pueblo, periódico de la localidad, le publica el 29 de julio de 1918 “Las nubes blancas”. V. José I. Micolau, “Un poema del joven Sender en la prensa liberal de Alcañiz”, La Comarca, Alcañiz, 2-VIII-1991, pp. 20-21.

    [24] V., especialmente, Javier Barreiro, “La poesía de Ramón J. Sender: Modernismo, Hermetismo y Vanguardia” en El desierto sacudido. Actas del curso “Poesía aragonesa contemporánea”, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 1998, pp. 35-44, donde se dan más amplias referencias bibliográficas, y, también, José Manuel Blecua, “La poesía de Ramón J. Sender”, que cierra el libro Ramón J. Sender. In memoriam. Antología crítica, Zaragoza, DGA-Ayuntamiento de Zaragoza-IFC-CAZAR, 1983, pp. 479-494. En las voluminosas actas publicadas con motivo del I Congreso sobre Ramón Sender (1995), aparece únicamente un artículo sobre la poesía senderiana: “La lírica popular de Sender”, El lugar de Sender, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses-Institución Fernando el Católico, 1997, pp. 401-408. Existe también una tesis que no he podido consultar: Julián Reyna, Dimensiones poéticas en Crónica del alba y obras poéticas de Sender. University of Southern, California, 1975.

    [25] “¿Escribir por pensar o pensar por escribir?”

    [26] Las imágenes migratorias, México, Atenea, 1960. Sonetos y epigramas, Zaragoza, col. Poemas, 1964. Libro armilar de poesías y memorias bisiestas, México, Aguilar, 1974.

    [27] “…no repasaba ni sus escritos. Nada de rehacer ni deshacer sino hacer y nada más. Hasta su muerte que lo pilló haciendo”. (“Un Edipo extemporáneo (A raíz de Muerte en Zamora de Ramón Sender Barayón)”.

    [28] Sobre todo en lo que tiene de paráfrasis de la Vida de Pedro Saputo, para mí la obra más esencialmente aragonesa de nuestra historia literaria y a la que otro oscense, Andrés Ortiz Osés, ha dedicado páginas memorables.

    [29] V. para este concepto, “La parábola de La esfera y la vocación intelectual de Sender” y “El pensamiento íntimo de Sender”.

    [30] “tendía a perderse en la escritura para encontrarse a sus anchas pensando“. (“Sintónico Sender”).

    [31] Si las comparamos con las de los autores adscritos al socialismo, republicanismo o radicalismo, la distancia es abismal.

    [32] Por citar una trío perteneciente a la narrativa anglosajona, sin duda, la más pujante en el siglo XX, bastaría con nombrar a Henry Miller, Ernest Hemingway y David Herbert Lawrence. A los tres ha dedicado Sender excelentes páginas, especialmente en Álbum de radiografías secretas.

Otras entradas sobre Ramón J. Sender en este blog:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/09/17/ramon-jose-sender/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/02/02/ramon-j-sender-el-lugar-de-un-hombre/

Prólogo al libro de José Ramón Gaspar y Patxi Mendiburu, Francisco de Val. Vida , poesía y música, Diputación de Zaragoza, 2011, pp. 7-9.

La reciente cultura popular española ha estado radicalmente olvidada por los estudiosos, especialmente, en lo referido a sus aspectos musicales. Repetidamente se ha puesto de relieve que la música que se interpretó durante el franquismo, por más que en sus primeras décadas fuera prácticamente idéntica a la que se interpretó durante la República, pareció contaminada a ojos doctrinarios que se profesaban de izquierdas y eran más reaccionarios que el cardenal Plá y Stalin juntos. Hubieron ser los franceses, con su atención al imaginario y a los estudios sociales, quienes comenzaran a poner las cosas en su sitio y, de rebote, se comenzara a atender a estas cuestiones en las que hay que reconocer a Manuel Vázquez Montalbán su calidad de pionero aunque, como es natural, su tiempo fuera demasiado cercano como para  profundizar.

Sin embargo, en cierto modo, para España era demasiado tarde y, así, se perdió buena parte de un riquísimo patrimonio (archivos, catálogos, partituras, libretos, fotografías, cancioneros, programas de mano, carteles, postales, cromos, publicidad, pliegos sueltos, discos, cintas magnetofónicas, contratos, correspondencia, revistas especializadas, filmaciones…). Sólo algunos coleccionistas particulares supieron entender la importancia de este acervo y ellos han sido quienes han surtido a los archivos musicales, fonotecas, o institutos de música popular que funcionan en las comunidades autónomas más afortunadas.

Sin embargo, ya hace años que se advierte un interés, más popular que institucional, por todas estas cuestiones y, pese a los esfuerzos de las administraciones porque los administrados entraran en la dinámica de las danzas javanesas, el teatro NO, la música de Malí y la cultura popular búlgara, puede decirse que ya van abandonando y, aunque las generaciones se sucedan, no han podido proscribir, la jota, el tango, la canción española…, en suma, la música popular, que siguen sonando en fiestas, televisiones, verbenas y soportes particulares de reproducción musical. Cito esos tres géneros y no otros, que igual pudieran componer la enumeración, porque fue en ellos en los que se desenvolvió Francisco García de Val, objeto de la atención de los autores de este trabajo.

Y, efectivamente, también han sido más los ciudadanos particulares que las instituciones académicas a quienes correspondería, quienes han investigado, cada cual en la medida de sus fuerzas, el mundo de la música popular española en el siglo XX. No es este el lugar para hacer una relación pero figuras de tanta influencia social en la España del siglo XX como la Fornarina, Pastora Imperio, Raquel Meller, Conchita Piquer, Angelillo, Imperio Argentina, Celia Gámez, Juanito Valderrama, Pepe Blanco, Juanita Reina y tantas más, si han recibido alguna atención ha sido por parte de ciudadanos que –con mejor o peor fortuna y resultado- han gastado su tiempo, su dinero y sus neuronas en ofrecer a la sociedad una documentación de la que carecía.

Este es el caso de Pepe Ramón, que, por una suerte de incidencias que él mismo relata, se encontró con la figura de Francisco de Val, compositor de muchos títulos afamados, especialmente, en la España de los cincuenta, pero cuyo protagonismo en el mundo del espectáculo ocupa más de medio siglo. Aunque, como se sugería, la carencia de documentación acerca de todo este mundo es clamorosa, hace tiempo que ya me había sorprendido la escasez de noticias acerca de este compositor, del que sabía que era aragonés pero muy poco más. Quedó la cosa ahí pensando que algún día podía llegar más a fondo y dedicarme a averiguar datos sobre él, cuando apareció por el habitual camino de la red electrónica Pepe Ramón, que me escribía a ver si podía orientarle en el camino que había emprendido en pos de la vida y obras de tan singular personaje.

Alegría de compartir inquietudes y alivio de ser relevado de una misión, tan autoimpuesta como pospuesta, sintió el firmante que ayudó en lo poco que pudo al intrépido investigador, que venía de mundos lejanos a la investigación pero que ayudado por el profesor Pachi Mendiburu en la vertiente documental han compuesto el volumen que tiene delante de los ojos. Escrito con sencillez y amenidad es muy meritorio el esfuerzo de compilación por parte de ambos investigadores ya que, por experiencia propia, sé de lo arduo que resulta conseguir datos y referencias, dada la escasez de información consultable sobre nuestra música. Por eso he abogado a menudo por acometer esa recogida de material que, dada su dispersión y rareza y su fragilidad física, no puede demorarse más. Como ha sucedido con tantos testimonios del mundo de la cultura popular, dentro de muy pocos años, será en gran parte imposible y se habrá perdido ineluctablemente un testimonio único de nuestro pasado cultural.

La importancia como compositor de Francisco García de Val  se manifiesta con sólo la mención de sus composiciones más famosas que Pachi Mendiburu ha fijado con exactitud: Mercedes (1932), Viajera (1947), Campanitas de la aldea y Una lágrima (1949), Qué bonita que es mi niña (1950), Torito bravo (1951), Será un rosa (1955), Las palomas del Pilar (1956) y Sierra de Luna (1958). Como se ve, la mayoría están fechadas en el periodo 1947-1958, al que podríamos llamar: Segunda Posguerra, que junto al de la República y la Primera Posguerra, constituyen el periodo de oro de la canción popular española.

Por otra parte, también Francisco de Val fue un considerable intérprete, que, probablemente, por carecer de dotes escénicas y ante su éxito como compositor, no persistió en su empeño. Pero, tanto las interpretaciones que se conservan de su última etapa, como las jotas que interpretó, junto a la muy conocida Lola Cabello para los viejos discos de pizarra La Voz de su Amo, dan cuenta de una voz muy bien colocada que aprecian los buenos coleccionistas.

Nuestra educación sentimental está repleta de referencias emocionales traídas por estas viejas canciones que, en mi niñez propagaban, por un lado la radio y, por otro, las voces más inmediatas, generalmente femeninas: madres, chachas, vecinas… Ese aire de huapango que, alguien como Francisco de Val, que nunca estuvo en América, pudo crear de forma tan convincente: “torito bravo, capitán de la manada, torito de Piedras Negras, el de la frente rizada…”, que cantó José de Aguilar . O ese hermosísimo bolero, “Viajera”, que creó la incomparable Lolita Garrido pero que grabaron entre otros, el olvidado y excelente barítono murciano García Guirao, la aflamencada Gracia Montes, el delicadísimo y circunspecto Jorge Sepúlveda y, en tiempos más recientes, Los Sabandeños, Blanca Villa o El Consorcio. Como nos recuerda Pachi Mendiburu, forma parte del fondo musical del film Tiovivo 1950 (José Luis Garci, 2004) y de alguna otra película.

En Aragón, la tierra que vio nacer y que tanto quiso Francisco de Val, quizá son “Las palomas del Pilar”. “Ay, ay, ay, volando van por el Ebro por las torres, las palomas del Pilar”, que popularizaron Los Bocheros y Antonio Machín y, sobre todo, “Sierra de Luna”, las canciones más conocidas. En sus emisiones de discos dedicados, las emisoras de la capital del Ebro: Radio Zaragoza, Radio Juventud y, algo después, Radio Popular, las lanzaban al aire con la machacona insistencia con la que hoy sufrimos “Los 40 principales” en una emisora, que ya ni siquiera se llama Radio Zaragoza. La edad, ya provecta y sin embargo, esplendorosa, me hace estar en una facción, que, casualmente, es la de la música.

Libros como este se agradecen en el yermo investigador de la música popular española. Haría falta que abundasen más.

Val, Francisco de-Mikaela012