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Aunque James Joyce cita a Aramburo en «Los muertos», el último relato de Dublineses, muy pocos de sus coterráneos conocen que este tenor fue el único que pudo hacer sombra a Gayarre en la época de gloria del genio vocal navarro. Antonio Aramburo fue un cantante absolutamente excepcional. No fue, en cambio, tan exhibible su carácter, a menudo insoportable, histérico y antojadizo, al parecer, tan habitual en los divos. De hecho, sus renuncios y espantadas hicieron que su carrera fuese derivando hacia Sudamérica, donde el público no tenía las exigencias del europeo. En 1886 se encontraba en Montevideo. Iba a cantar La favorita en el Teatro Solís y asistía a la gala el presidente de la República, Máximo Santos. El empresario, que debía conocer las costumbres del tenor, quiso asegurarse de que no iba a haber sorpresas y le acompañó hasta el camerino a fin de cerciorarse de que se iba a preparar para su papel. La función, sin embargo, no pudo celebrarse porque Aramburo no apareció. Mejor dicho, apareció cuando se cerraba el teatro, ya caracterizado de fraile, como exigía el libreto, pero absolutamente dormido en un viejo sofá arrumbado entre tramoyas y decorados en una guardilla. No nos lo cuenta el cronista, pero cualquiera supondrá que Aramburo se había dedicado a empinar el codo.

Pero, junto a una buena colección de episodios de similar entraña, Aramburo, que conjugaba en su voz altas dotes de fuerza y sensibilidad, sumió en arrobo a los públicos más exigentes de la época. El experto crítico Martín de Sagarmínaga cita al foniatra catalán Enrique O’Neill, que escribió: «Fue la voz más perfecta del siglo XIX; en calidad, extensión, timbre y color no llegó ninguna otra a parecerse siquiera». Es más, en su libro, La voz humana (1923), O’Neill, que había escuchado a Aramburo en repetidas ocasiones, lo coloca a la cabeza de los cantores de todos los tiempos. Por su parte, un crítico cubano estampó:

Ése sí que fue un tenor de veras, un astro. Ni Gayarre ni el elegante Masini, ni Tamberlick, ni Tamagno: en fin, ni ha habido, ni hay, no habrá otro igual; ni parecido.

Y en el mismo Espasa, enciclopedia de la que habrían debido copiar sus muy publicitadas seguidoras, se lee:

  La voz de Aramburo, por lo timbrada, igual y varonil, fue acaso la más perfecta que se oyó en las escenas líricas durante el siglo pasado.

Más recientemente, Hernández Girbal, recogiendo calificaciones que le fueron aplicadas, habla de «fraseo sin mácula», «expresión arrebatadora», «hermosura increíble», «agudos limpios y brillantes como el sol», «temperamento apasionado»…

Cuando en 1876 debuta en el parisino teatro de los Italianos con La forza del destino, Tamberlick, considerado como el mejor tenor de esa época, lo designa como su sucesor al oírle. Su voz tenía la misma fuerza arrebatadora y la potencia de sus agudos impresionaba profundamente.

Poliuto, Norma y El trovador, óperas de gran dificultad que no fueron acometidas por Gayarre a causa de las características de su voz, constituyeron la base del repertorio del tenor cincovillense, pero su técnica y agilidad vocales le permitieron también cubrir un espectro más ligero.

Aramburo en Poliuto

Los testimonios diseminados aquí y allá podrían ocupar un libro entero pero sobre la trayectoria del cantante no hay sino un folleto de cuarenta y tres páginas debido a Vicente García de la Puerta y publicado por la Institución Fernando el Católico en coedición con el Centro de Estudios de las Cinco Villas, en uno de cuyos pueblos, Erla, Antonio Aramburo había nacido el 17 de enero de 1840 en el seno de una familia acomodada. Parece que realizó estudios de ingeniería y hasta los veintiséis años no se dedicó al canto, que aprendió con el maestro Antonio Cordero, discípulo sevillano del célebre Hilarión Eslava y miembro de la madrileña Real Capilla.

Ya pasados los treinta de su edad, Aramburo debutó en Milán, el 3 de agosto de 1871, interpretando Saffo de Pacini en el teatro Carcano. Al año siguiente cantaría Norma en Florencia. Muy pronto logró renombre, de modo que la segunda mitad de la década de los setenta puede considerarse la de su máximo esplendor. Desde el inicio de su carrera tuvo contratos en América y en 1874 cantó en el bonaerense Teatro Colón, con motivo de las celebraciones programadas al inaugurarse la línea telefónica que comunicaba la Argentina con Europa. A esta función asistió el muy ilustrado Domingo Faustino Sarmiento, a pesar de ello, a la sazón, presidente de la República. En el Liceo de Barcelona debutó en la temporada 1875-1876 y volvió a él en 1882. Sin embargo el Teatro Real hubo de esperar hasta la temporada de 1881 para tenerle en escena. Triunfó en él con La forza del destino pero fracasó después en Rigoletto. Algo similar, aunque al invirtiendo los tiempos, le había ocurrido en la Scala de Milán en 1879: silbado en la romanza «Celeste Aida», en la segunda representación cantó con una también celeste media voz, de modo que hubo de dar hasta veintitrés representaciones. Al parecer Aramburo prodigaba los filados con una extensión desde el Do hasta el Si, lo que ni siquiera llegó a alcanzar Fleta, cuya voz llegaron a comparar en Chile, por potencia y dulzura de timbre, con la del tenor dramático cincovillense. Por cierto, que en la Scala también acabó con conflictos. Ya en enero de 1880 cantaba Lucia de Lammermoor con Emma Albani hasta que esta fue sustituida por Harris Zagurry. La nueva soprano no gustó al público y fue silbada en el tercer acto. Aramburo, en extraña solidaridad, renunció a cantar el cuarto, que es el de mayor lucimiento del tenor, y se marchó al palacio en que residía para prepararse unas migas aragonesas, al tiempo que se colocaba un pañuelo en la cabeza y comenzaba a darle a la jota. De esta guisa lo encontraron los empresarios cuando, desesperados, fueron a pedirle que se reintegrara a su labor. Aramburo puso la sartén sobre la alfombra, invitó a los concurrentes y, en cuanto al contrato, dijo darlo por rescindido ya que nada quería con gentes tan ineducadas con las señoras. Así, en su mejor momento, desperdició la oportunidad de volver a ser llamado por el teatro más importante del mundo.

En enero de 1882, el tenor volvió al madrileño Teatro Real para cantar El trovador pero, al parecer, molesto porque, en contra de lo anunciado, Alfonso XII y María Cristina, no asistieron a la función, durante el descanso que precedía al tercer acto, salió por la puerta de bomberos ataviado de guerrero medieval y en la plaza de Oriente entonó «Di quella pira» ante las estatuas de los reyes y el gozo estupefacto de los madrileños que por allí se encontraban. Ya no volvió, claro, al Teatro Real.

Efectivamente, el comportamiento de Aramburo nos da cuenta de un genio con ribetes de esquizofrenia, lo que influyó, sin duda, en su consideración crítica posterior. Pese a haber cosechado tantos triunfos y panegíricos y haber disfrutado de esa voz incomparable, no suele figurar, junto a Gayarre, Tamberlick, Masini o Tamagno, entre los divos de la segunda mitad del siglo, sin duda por estos y tantos otros episodios de su carrera. Tampoco cuidaba sus formas y podía ser brusco, desaliñado y ajeno. Sin embargo, en otras ocasiones era un hombre manso, afable y hasta tímido. Poco mujeriego, casó con una soprano bostoniano, Adele Chapman, que actuaba con el nombre de Ada Adini. Quince años más joven que él y con poco nombre en la ópera, utilizó a su marido para medrar en la profesión y, tras darle una hija, pidió la separación, lo que acentuó la inestabilidad del tenor.

Hasta 1886 llegaría su época dorada. Luego, con el lento declive de sus facultades, fue acogiéndose a los conciertos. En 1891 lo encontramos en Cuba, donde ya había estado en la temporada 1878-1879 cobrando un sueldo exorbitante. Ahora iba como artista-empresario pero se negó a cantar, con lo que tuvo problemas pues el público había adquirido onerosos abonos al reclamo de su nombre. Parece que ya huía del esfuerzo de acometer óperas completas y se refugiaba en actuaciones particulares en entreactos o fines de fiesta. La Habana Artística nos da cuenta de que “si ha perdido muy mucho la voz, en cambio ha mejorado su estilo”. Esta revista, cronista del muy importante movimiento musical de la isla en los años finales del siglo XIX, había definido a Aramburu como “tenor de fuerza, y dotado de una voz tan hermosa, igual y potente como tal vez no se haya oído otra en La Habana. Más en cambio de tan precioso tesoro su estilo fue siempre amanerado, sin claro oscuro, sin pianos, ni inflexiones de ninguna clase; y como actor malo y de modales muy ajenos, no sólo por su impropiedad, sino por su rudeza en las tablas de un teatro”.

En 1896 Aramburo actuaba por última vez en Europa cantando Carmen en Odesa. Volvió entonces a América y, a pesar de haber ganado unos tres millones de pesetas en su carrera, los ocho robos que sufrió y la típica prodigalidad de los divos terminaron por conducirle a la miseria. En 1907 el periódico chileno El Mercurio anunciaba que se encontraba en un hospital de Milán reducido a la indigencia. Volvió a Montevideo y se le dio un puesto de portero en el teatro Solís. Finalmente, la ciudad que había presenciado tantos de sus triunfos y que, también, le había dado el sobrenombre de “el loco de la guardilla”, tras el episodio contado al principio, le otorgó la dirección de una escuela de canto que se llamó Instituto Aramburo. Hipólito Lázaro lo conocería allí y en sus recuerdos cuenta que aún se anunció que iba a cantar Carmen, pero desapareció a mitad de los ensayos. El 16 de septiembre de 1912 moría en la capital uruguaya. El gran erudito y coleccionista argentino Rudi Sazunic descubrió un catálogo de cuarenta y ocho cilindros grabados por el tenor en Montevideo, al final de su vida, bajo el marbete de Compañía de Impresiones Fonográficas Antonio Aramburo. De ellos se conservan seis en la Universidad de Yale: los números 3, Aida, «Morir si pura e bella»; 21, Poliuto, «D’un alma troppo fervida»; 23, Il Profeta, «Senz’un ordine mio»; 35, La partida de Álvarez; 45, Ideale de Tosti; y otro que no figura en dicho catálogo, La forza del destino, «Solenne in quest’ora». También se conserva, y ha sido grabado en LP y, en compacto, el fragmento «Niun mi tema» de Otelo, procedente de una matriz de 1902 no comercializada por la casa Gramophone Typewritter. Los aficionados de todo el mundo agradecerían, sin duda, una gestión del gobierno aragonés para que estas joyas arqueológicas del canto fueran de nuevo editadas

(Publicado en Javier Barreiro, Voces de Aragón, Zaragoza, Ibercaja, 2004, págs. 29-34). Con algunas adiciones.

BIBLIOGRAFÍA

-Barreiro, Javier, Voces de Aragón, Zaragoza, Ibercaja, 2004, págs. 29-34.

-Barreiro, Javier, Voz: «Aramburo, Antonio», Diccionario biográfico español. Vol. IV, Madrid, Real Academia de la Historia, 2010, pp. 709-710

-García de la Puerta, Vicente, Pasajes de la vida del tenor Aramburo, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1998.

-Hernández Girbal, Florentino, Otros cien cantantes españoles de ópera y zarzuela (Siglos xix y xx), Madrid, Lyra, 1997, págs. 54-57;

Martín de Sagarmínaga, J.  Diccionario de cantantes líricos españoles, Madrid, Fundación Caja de Madrid- Acento, 1997, págs. 56-58;

Ramírez, S. La Habana Artística. Apuntes históricos, La Habana, Imprenta E. M. de la Capitanía General, 1891, págs. 368-369.

(Publicado en Voces de Aragón, Zaragoza, Ibercaja, 2004, págs. 29-34, con el título de «El genio venado». Incluyo algunas adiciones)

(Publicado en Turia nº 143, junio-octubre 2022, pp. 327-342).

En 1895 se fundaba en Madrid la Asociación de la Prensa. Entre sus 173 miembros figuraba con el número 67 una mujer, Jesusa Granda, la primera periodista española con argumentos burocráticos para ser catalogada como tal. Once años más tarde, Atocha Ossorio y Gallardo, fue la segunda y la sí justamente famosa Carmen de Burgos “Colombine” fue la quinta (1907). Poco después, se incorporaría una zaragozana, Cecilia Camps Gonzalvo, que llegaría a la profesión tras la muerte de su marido.

A partir de entonces, Cecilia Camps incurrió en la narrativa[1] con exitosa recepción crítica. Además de sus artículos, publicó en la prensa cuentos, poemas[2] y, asimismo, estrenó una comedia[3], con lo que también fue una de las primeras mujeres en pertenecer a la Sociedad de Autores. Tras figurar durante poco más de un lustro en el candelero, su actividad se fue disipando hasta desaparecer, como desapareció su memoria. Sin embargo, puede considerársele como una de las protofeministas españolas, aunque el aluvión de hogaño no haya arrastrado su nombre hasta las prensas, si exceptuamos la mención siguiente:

A su vez, con el artículo «La mujer desaparece», publicado en la revista Mundo Gráfico, la periodista Cecilia Camps (1914) definía a sus compañeras de género que militaban en el feminismo como «energúmenos con faldas”, además profetizaba la génesis de un nuevo ser, imposible de catalogar: “cuando el feminismo haya arraigado de lleno en todas partes, las mujeres, que habrán adoptado francamente la indumentaria masculina, [. . .] entonces surgirá un nuevo ser, ni macho ni hembra, que yo brindó a mi ilustre paisano, el académico de la lengua por derecho propio, Mariano de Cavia, para que lo clasifique y dé nombre adecuado. El narrador, jurista y crítico literario Eduardo Gómez Baquero,  que firmaba con el seudónimo de Andrenio, bautizó a estos “míticos seres” como mujereshombres, ya no era ni macho ni hembra, como auguraba la redactora Cecilia Camps, sino ambas cosas en una sola[4].

Cecilia Camps había nacido en Zaragoza el 14 de junio de 1877. Era el sexto vástago del matrimonio entre Oscar Camps y Soler (Alejandría 21-1-1837-Manila, 1899) y la aragonesa Vicenta Gonzalvo. En la media docena sólo figuraba un varón.

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Oscar Camps y Soler fue un músico bastante conocido en la España de las últimas décadas del siglo XIX. Hijo de un cónsul que ejerció en Alejandría, además de su labor en la enseñanza, editó partituras, dio conciertos y su firma fue frecuente en la prensa musical del país. Alumno del Real Conservatorio de Nápoles, como constaba en sus tarjetas, debió de llegar a Zaragoza en 1871 y en seguida comenzó a impartir clases de música en su casa de la calle Cerdán nº 20, a la que se acababa de arrebatar su clásico nombre de La Albardería. Ya en 1858 había actuado en Zaragoza con éxito y en ese mismo 1871 dio un concierto en el Casino monárquico-liberal, donde también intervino una hija suya de corta edad. Fue hombre de iniciativas y polémico que en 1872 se separó  de la Academia Musical zaragozana y en 1873, al abrigo de la situación política, compuso un “Himno republicano para piano”. En 1875 abrió otra academia con más pretensiones (Academia musical y de Lenguas para ambos sexos) en el número 12 de la calle Prudencio. Ese mismo año fue nombrado profesor en las Escuelas Municipales, donde su deseo de lograr una enseñanza más profesional le granjeó enemistades y problemas.

Cecilia nació en 1877, con lo que debió de tener una formación intelectual más refinada que la mayoría de las mujeres de su tiempo. Su padre trató de trasladarse a Barcelona pero, finalmente, encontró posibilidades en unas islas Filipinas, ya en abierto conflicto con la metrópoli. Allí permaneció veinte años en los que publicó más de mil trabajos en El Comercio de Manila e influyó en los gustos musicales del país.

Por tanto, Cecilia pasó casi toda su niñez y adolescencia en la capital filipina hasta su temprano casamiento con Fernando Perdiguero Iriarte, abogado y agente de negocios también afincado en las islas. El 15 de noviembre de 1895 nace en Manila su primer hijo, Fernando. Pronto, los acontecimientos bélicos forzarán a la familia a regresar a Madrid sin haber obtenido los réditos económicos que esperaba. Allí, el 13 de abril de 1898, vería la luz la segunda hija a la que se puso el nombre de Esperanza. Los buenos augurios del nombre no se cumplieron y Fernando Perdiguero fallecía en febrero de 1905. Cecilia quedó con una pensión de 800 pesetas, por lo que en 1907 hubo de trasladarse al 2º izquierda de la calle Raimundo Lulio 1, vivienda por la que pagaba un duro al mes.

Muy pronto se manifestó su vocación. El primer testimonio que he hallado es una carta a Cansinos-Asséns, que firma junto a su amiga Rafaela González, reprochando al escritor un artículo en el que elogiaba a la mujer yanqui por “el formidable encanto de la complejidad de su carácter y la energía de su belleza”. El 15 de septiembre de 1908, Cansinos les contesta con un suelto en La Correspondencia de España, que tituló “Fémina”, donde, elegantemente, les señalaba que su escrito aludía a las que carecían de esas virtudes, que no eran precisamente ellas, como le demostraba su carta.

Será poco después cuando aparecen las primeras colaboraciones de Cecilia en la prensa. La primera que he podido encontrar, con el título “¡1º de Mayo!”, se publica en Heraldo de Alicante (4-5-1909) y corresponde a un trabajo que le fue solicitado por el Centro Obrero de la ciudad levantina para ser leído en los actos organizados el Día del Trabajo. Pocos días después, llegará a la prensa madrileña: España Nueva, El Liberal y periódicos de provincias acogen sus artículos, casi siempre de temas femeninos, que irían evolucionando desde posturas moderadamente conservadoras hacia las más reivindicativas. Por entonces, Cecilia consideraba que el lugar de la mujer era el hogar y, sólo su espíritu de sacrificio y las injustas condiciones sociales del país la obligaban a trabajar en el taller o la fábrica para colaborar en la supervivencia familiar.

La mujer ha nacido para el hogar, en él y no en las aulas y los laboratorios, tiene su puesto y su misión. El hogar hace la familia y el hogar es el que forma la base de la sociedad, y mal puede atender al hogar la mujer que pasa la mayor parte del tiempo fuera de él o entregada al estudio de cosas ajenas completamente a su misión.

Ella siempre abogaba por la necesidad de ilustración para mejorar el bienestar espiritual y el estatus femenino. En el artículo “Charitas” (Heraldo de Alicante, 9-VI-1909) utiliza como ejemplo de esa necesidad un suceso acontecido “en uno de los pueblos más populosos de España”:

…un formidable alboroto promovido por un numeroso grupo de mujeres del pueblo, que, amotinadas y furiosas, trataban de hacer pedazos un rótulo que un empleado del Ayuntamiento colocaba en una esquina cambiando el nombre de la calle y, quizá, si las hubieran dejado, al infeliz obrero que lo colocaba.  Es el caso que dicho letrero decía Zorrilla y las buenas vecinas de la calle, ignorantes completamente de que esto quisiera decir un nombre y más, todavía, de que este nombre fuera de un inmortal poeta español, juzgaban un insulto o, cuando menos, una broma pesada aquel letrero y de ahí su indignación.La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es zamacois-eduardo-portada-de-fr%C3%ADo.jpg

En seguida, Cecilia se lanzará también a la narrativa. El primero de sus títulos publicados, Alma desnuda (bocetos), obtiene una excelente acogida. El volumen recoge catorce cuentos, con la introducción de una figura como Eduardo Zamacois, entonces ya en la cumbre de su carrera como narrador y periodista de prestigio, y el comentario final de un emergente Emiliano Ramírez Ángel, que escribe allí:

Hay páginas que denuncian el espíritu proteico, gallardo y alucinante de la mujer. Una mujer brava, saludable, «sui géneris», que, dentro del vasto perímetro de la tendencia naturalista, ha tenido la generosidad —yo me atrevería a llamar «impudor literario»— de ofrecernos páginas que parecen confidenciales. Cecilia Camps escribe en una prosa fluida, opulenta, sin esfuerzos y tocada de cierta volubilidad conductora. Sabe sintetizar y pasa, como una sombra, como una caricia, sobre las pasiones y paisajes que va analizando… otra faceta harto interesante del espíritu de Cecilia Camps (…) es la compasión. He aquí la más alta ejecutoria de toda literata tan sensitiva, tan franca como Cecilia, que da «calor» y personalidad a su libro.

El volumen hubo de aparecer a principios de 1910, pues el 30 de marzo, ya se publica en el madrileño El Globo una reseña firmada por Fernando Urquijo:

¿Quién es Cecilia Camps? Por lo visto una escritora ingenua, un espíritu emancipado de lo convencional que o ha vivido mucho o ha visto la vida cara a cara. En Alma desnuda hay tersura de estilo, técnica de forma pero, sobre tales méritos en la elocución, sobresale la tersura ideológica (…) Nos seduce, se adueña de nosotros cuando la leemos porque se nos ofrece no solo como artista sino como hembra, hasta tal extremo , que tenemos envidia de aquel Federico, que en la quimera novelesca la poseyó.

Es patente que la condición femenina de la autora llama la atención de los comentaristas, lo mismo que el desnudo artístico de la cubierta. El propio Fernando Urquijo se pregunta con indisimulada lascivia “¿Será ella?”. El caso es que la obra, siendo primeriza, cosechó numerosos comentaristas. Nuevo Mundo empieza su comentario  reconociendo ese interés: “Gran curiosidad despierta siempre un libro que lleve al frente el nombre de una mujer. Esta vez la curiosidad no terminará en decepción”, para terminar asegurando: “Cecilia Camps es una fuerte y valiente escritora, sin dejar de ser una mujer delicada”. Tópicos, como se ve, pero que nos sitúan en un tiempo en que lo femenino sigue tan desconocido como atrayente y muchos varones buscan en estos libros el “misterio” que rodea el alma de la mujer, velado por la represión y la falta de contacto desprejuiciado entre ambos sexos.

Finalmente, escribe F. Gonzalez-Rigabert en la revista Ateneo (Enero-Junio 1911):

 …es un libro hecho con pedazos de vida, de esta vida nuestra de odios y pasiones, de ambiciones y envidias (…) cruel y amargo disputar, que lleva a los individuos al cansancio del ideal y de la existencia. Cecilia Camps, se nos muestra punzante a ratos (…) y a las veces frívola.

Mientras siguen apareciendo reseñas del volumen, en junio de 1911 Cecilia publica su primera y única novela, Lo que ellos quieren, que también obtuvo una gran atención crítica y muy buenos auspicios. El Globo concluye que la autora “ha hecho brillantemente su entrada en el campo de la novela (…) A las letras españolas espera una gran novelista”, aunque antes había criticado su adscripción al “afrancesado género naturalista, tan en boga y tan al uso”.

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Por su parte, La Mañana sostiene que “la novela cautiva al lector con sus atinadas observaciones y desfile de personajes admirablemente dibujados”. Y, así, todas las reseñas que he podido consultar coinciden en la bondad del producto, lo que no era de cumplimiento obligatorio en las publicaciones de la época.

Escrita con soltura y dinamicidad, Lo que ellos quieren es un mosaico de la vida madrileña de su tiempo, con especial acercamiento a lo erótico-sentimental, aspecto en el que coincide con muchos títulos de esta época. Nos presenta un matrimonio de la pequeña burguesía, con el condimento de la infidelidad de uno frente a la frialdad, mojigatería y aburrimiento de la esposa, cualidades que desaparecen cuando un amigo suyo la requiere de amores. Abunda el costumbrismo de salón aunque con observaciones siempre inteligentes y descripciones muy ajustadas. Parece que la intención principal de la novela es tanto lamentar la educación femenina como justificar la infidelidad de la esposa por el desapego e infidelidad del marido. La novela termina un poco abruptamente sin dar salida al conflicto argumental.

La cuestión del  matrimonio, que preocupó -y mucho- a los narradores franceses con Balzac a la cabeza, se revitaliza con el Naturalismo y en los primeros años del siglo XX es leitmotiv para autores como Joaquín Dicenta o Felipe Trigo. Y, por supuesto, para las escritoras españolas, desde Concepción Arenal hasta llegar a la Pardo Bazán y Colombine. En La mujer del porvenir, la primera de ellas ya avisaba de que la ignorancia y ociosidad de la mujer perturba notablemente la paz que debe existir en el matrimonio, pues ambas cosas engendran ensueños quiméricos que los maridos no pueden realizar: “El hombre, abandonando su orgullosa presunción de más fuerte y más sabio; la mujer, despojándose del fingimiento y de la astucia tan asequible a su flaqueza corporal”.

Cecilia Camps prosigue en esta novela lo que es obsesión en sus artículos de prensa: la necesidad de educación en la mujer, no sólo en su beneficio sino en interés de la pareja y de la sociedad. La perfecta casada de Fray Luis es una obsolescencia y la mujer ha de vivir la vida y compartir con el hombre la vida del espíritu y la de los sentidos. Eso no lo sabía Araceli, la protagonista, y lo ha de experimentar y aprender dramáticamente a través de su vivencia. Lorenzo Vargas se casó con ella para disponer de una esposa dulce, pacífica y amante que sustituyese la falta de cuidados que notó al morir su madre y huyendo de la insufrible pensión. Pero él es un hombre libertario que, a los pocos meses, se fatiga de la pudorosa ñoñería de su pareja y de su formalidad y santidad soporíferas. “Lo que para un razonable esposo hubiera constituido la suma aspiración, para él constituía un enorme martirio” -escribe Juan Pallarés en su reseña de El Globo– y comienza a entregarse a  devaneos, viajes  y aventuras, mientras  Araceli sueña con amores de redención. 

Los tipos y caracteres están retratados con fiel y difícil naturalidad. El ambiente responde a lo que bien conocemos de la época. Interesan especialmente los espacios en que se desarrolla: el Gran Teatro, donde se baila garrotín, el Teatro Príncipe Alfonso, el Café Nuevo Levante, donde tertulia un grupo de literatos, con nombres fingidos que son descritos con un lenguaje suelto y coloquial. Entre ellos, Eduardo Zamacois y Emiliano Ramírez Ángel, sus escuderos en el primer libro. Descubrimos también detalles expresionistas: las gallinas picoteando la pierna amputada de Iturralde, uno de los personajes (p. 183).

José Luis, otro amigo, dice a Lorenzo, encolerizado porque cree en la traición de su mujer: “las mujeres no son otra cosa que aquello que nosotros queremos hacer de ellas” (p. 218). Y poco  después: “Tomar mujer para hacer de ella una concubina destinada a cuidar nuestra hacienda, a soportar todas nuestras infidelidades, a ser puerto y refugio de nuestros desengaños o de nuestros hastíos no sólo me parece un crimen sino también un gran peligro” (p. 219).

Es curioso que, tras estos dos éxitos, la actividad de la narradora sufriera un parón, al parecer, definitivo. Es posible que tuviera que ver con la operación quirúrgica a que fue sometida en enero de 1912, ya que su nombre desaparece casi totalmente de la prensa durante todo el año. En 1913 aparecen sendos cuentos en el republicano El Radical[5] y El Liberal y ella retoma su actividad periodística pero en 1915 vuelve a desaparecer del papel impreso.

Desconocemos las particularidades de su peripecia pero es lícito pensar en problemas de salud o personales que influyeran en su alejamiento de la escritura. Sin embargo, en enero de 1916 reaparece como creadora estrenando en el Teatro de la Zarzuela la comedia El Gran Guignol, con Nieves Suárez como protagonista. Los diarios hablan de “éxito muy estimable”, “éxito grande y merecido” ”se revela como dramaturga” y El Globo elogia sus cualidades de narradora que “se consolidan y aumentan en la comedia ayer estrenada, que  por su factura, por la hábil disposición de la trama, por la soltura y belleza del diálogo parece más bien obra de un experto y consagrado comediógrafo y no el primer ensayo de un principiante”

De nuevo se trata de una denuncia de los convencionalismos y la hipocresía social en el ámbito de las relaciones amorosas, poniendo en solfa las pasiones, los prejuicios, las dotes, la virginidad o la honra, de forma más directa y demoledora que en sus textos anteriores. Según Heraldo de Madrid, “el público aplaudió vivamente las escenas en que la autora muestra con valentía su espíritu antirreaccionario y liberal”. Otros hablan de “la independencia de pensamiento”, mientras que, desde el otro lado, en El Apostolado de la Prensa, P. Caballero escribía:

Una de las pocas comedias españolas escritas por mujeres. Doña Cecilia Camps se propone en esta obra resolver en sentido absolutamente libertario el conflicto conyugal en el caso de “no comprensión” del uno y de la otra. La mujer casada se va con el amante y nada más…

La tesis de la obra de la señora Camps es tan vieja como el adulterio, y tan despreciable y reprobable como él. (…) Dª Cecilia acabará por comprender, así lo deseamos, que hay mucho que zurcir, y mucho que guisar y mucho que planchar en las casas, dicho sea con todo respeto.

No extraña la aversión de la Iglesia a la autora, que escribía en El Radical y en El Motín, proclamaba la necesidad de la enseñanza  laica y había escrito en Lo que ellos quieren: “…la mano de la Iglesia, fría, dura, implacable, enemiga de la vida y de los impulsos” (p. 95).

Pese a que Cansinos-Asséns en La Nueva Literatura (1917: 226) enumera a Cecilia entre las literatas de la “pléyade más reciente”, junto a Gloria de la Prada, Alcaide de Zafra, Concha Espina, la señorita Castellanos y Gertrudis M. Segovia, su figura volverá a oscurecerse, si exceptuamos la dirección, asumida en enero de 1916, de la efímera revista quincenal, Ideal Fémina, de presentación lujosa y esmerada pero sin colaboradores de prestigio.

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Cansinos ya se había pronunciado sobre el inicio editorial de la autora: “Cecilia Camps, que ha escrito un libro admirable, Alma desnuda, maculado lastimosamente por una portada de novela erótica”.  La recordará en el tercer tomo de La novela de un literato, escrito muchos años después y publicado todavía más tarde (1995):

Barberán, ese redactor de El Liberal, que quería hacerme una interview y me pedía unas pesetas para los gastos del fotograbado del retrato… Lo he mandado a paseo, naturalmente… ¡A qué extremo han llegado esos periódicos!…

¡Barberán! –evoco yo-. ¿No era ese aquel periodista que le hacía la corte a Cecilia Camps y la tiranizaba y despojaba? ¡Qué notable cómo va uno recogiendo pedacitos de historia!… Su antiguo amante ha venido a parar en la bohemia hampona, miserable e indigna… ¿Y ella? ¿Qué habrá sido de ella, Mi amada epistolar?… Y me estremezco al pensar que habrá muerto o será una señora anciana con el pelo blanco, ya que en aquel tiempo casi podía ser mi madre… ¡Oh, indecible tristeza de los epílogos!

Como trasluce el texto del sevillano, Cecilia se había ido difuminando para finalmente desaparecer. En los años veinte encontramos esporádicas colaboraciones en revistas infantiles como Chiquilín y algunas de moda femenina. También, la traducción de una novela: La casa sombría de Philine Burnet. A través del diario La Libertad, sabemos  que en enero de 1925 es madrina en la boda de su hija Esperanza con Mateo Ferrero González, “notable pintor”. Y, por Heraldo de Madrid, que su hijo Fernando matrimonia en febrero de 1929 con Rosario Pérez Cortell. Con el seudónimo “Menda”, Fernando Perdiguero alcanzó cierta fama como caricaturista, escritor y periodista. Debió de estar en el bando perdedor de la guerra pues la necrológica de ABC, nos informa de que fue condenado y, en 1947, indultado.

La última mención de Cecilia que he podido encontrar corresponde a 1931. Es su traducción de La gran conquista de la serpiente de mar, novela de aventuras de Burnet y Conteaud, publicada por Editorial Juventud. Diez años más tarde fallecería en Madrid.

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Ahí desaparece la estela literaria de una autora que, no sólo por la calidad de su producción narrativa sino por la significación histórica y sociológica de su articulismo, que reclama una antología, merecería un lugar en el ya nutrido mosaico  de las precursoras en la lucha por modificar el estatus de la mujer en la sociedad española.

Finalmente, se incluye El cinematógrafo, un cuento breve que, junto a Tempestad, del consagrado Felipe Trigo y Contrabando, del denostado bohemio Dorio de Gádex  (Antonio Rey Moliné), hace el número 15 de la colección Cuentos Galantes y fue publicado el 6 de septiembre de 1910, entre la aparición de sus dos libros de narrativa. Esta rara colección de novela corta, que alcanzó 55 números entre mayo de 1910 y junio de 1911, merecería un detenido estudio tanto por la importancia de sus colaboradores, como por los contenidos, frecuentemente heterodoxos, que acogía. Tanto por su tema, tan propio de aquellas calendas en las que la gente, en vez de distraerse mirando las pantallas del móvil, ordenador o televisor, lo hacía mirando por la ventana, como por su escritura, el texto de Cecilia Camps resulta tan sugestivo, que he decidido incluirlo como apéndice de este trabajo.

                                                                        NOTAS

[1] Alma desnuda (bocetos), Madrid, Pueyo, 1910. Prólogo de Eduardo Zamacois. Comentario de Emiliano Ramírez Ángel.

[2] Lo que ellos quieren (novela), Madrid, Martínez de Velasco, 1911.

[3] La única mención a sus poemas que he encontrado: Eduardo Martín de la Cámara, Cien sonetos de mujer, Madrid, Gráfica Excelsior, 1919.

[3] Gran Guignol (comedia en tres actos) estrenada en el Teatro de la Zarzuela el 14-I-1916.

[4] Sonia Reverte Bañón, Dossiers feministas, 5, “La construcció del Cos: una perspectiva de gènere”,  pp. 141-142.

[5] Javier Barreiro, “El Radical visto por Javier Bueno”, Clarín nº 132, noviembre-diciembre 2017, pp. 18-23. https://javierbarreiro.wordpress.com/2018/01/14/el-radical-visto-por-javier-bueno/

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EL CINEMATÓGRAFO

 

Daban las siete en el reloj de las Clarisas cuando los tres amigos salían del café de la Manigua, situado en la calle de Estrella.

Parados en la puerta, mientras Solís daba un encargo a un camarero, Méndez y Requejo pasearon la mirada por la estrecha y tortuosa vía buscando una cara conocida; no vieron a nadie. Los vecinos del viejo poblachón preferían quedarse en casa, aligerados de ropa, a ir sudando por las calles, ellos embutidos en el incómodo cuello almidonado, y ellas oprimidas por el martirio torturador del corsé.

        – Uf, vaya un calorcito! La piedras echan lumbre materialmente –exclamó Requejo abanicándose con el jipi el rostro sudoroso y congestionado.

Méndez no le contestó. Tenía puesta toda su atención en una ventana de enfrente, donde acababa de aparecer la figura de una mujer morena, de formas opulentas, que se marcaban firmes y bajo la urdimbre transparente de una flotante bata veraniega.

  • ¡Vaya una hembra!… ¿Quién será el pedazo macizas de bruto que…?
  • ¡Pehs!… –murmuró desdeñoso Requejo. –Eso es una vaca… Con un cuerpo así no hay refinamiento posible. Donde esté una mujer ágil, flexible… ¡Hombre! – añadió cambiando de tono; -las de Soto… por ahí vienen… ¡Y menuda mano de pintura que se traen las gachís!
  • ¿La pequeña se casa al fin con Manzano?…
  • Eso dicen. Por cierto que harán buena pareja: él tan largo y ella que apenas le llega a la cintura.
  • Como decía Concha Ortiz la otra noche con mucha gracia: “Ese hombre va a ser viudo de medio cuerpo para arriba”…

Los dos rieron. Solís se despedía en aquel momento de su interlocutor.

  • -Andiamo –dijo reuniéndose a los dos amigos.
  • – ¿Dónde vamos? –preguntó Méndez. –Podemos ver un vermú…
  • -¡Quita allá!… ¡Con este calorazo meterse en un horno!…
  • Vámonos a mi casa – apuntó Solís, – mi mujer nos preparará un refresco y podremos charlar en mangas de camisa hasta la hora de cenar.
  • Muy bien pensado.
  • Pero que muy bien.
  • Pues vamos allá.

Echaron calle arriba, andando despacio, saludando aquí y allí a los conocidos que encontraban sentados a la puerta de las cervecerías o sosteniendo con las espaldas los escaparates de las tiendes de lujo.

Solís tenía su vivienda al final de una calleja estrecha y sombría. Frente por frente a sus balcones se alzaba la enorme mole de un convento de franciscanos, cuyos muros altísimos arrojaban sobre las casas fronterizas una gran mancha oscura y triste.

  • Llame usted a la señorita Isabel –ordenó Solís a la criada que les abrió la puerta.
  • La señora salió temprano, y no ha vuelto aún… Dijo que iba de visitas.
  • ¡De visitas!… Pues ya tenemos para rato. Las mujeres, en cuanto se reúnen para murmurar, pierden la noción del tiempo; bueno, es igual. Llévenos usted al despacho vasos, un limón, agua fresca y azúcar. ¡Ea, adentro!

Y precediendo a sus compañeros, los tres penetraron en el despacho, donde no tardó en aparecer la sirviente con una bandeja, en la cual traía todo cuanto su amo habíale pedido, y un minuto después, éste, en mangas de camisa, preparaba el refresco con la parsimoniosa gravedad que ponía en todos sus actos.

Requejo, que también se había despojado de la americana, sentado ante la mesa ministro, hojeaba una revista ilustrada, después de haber encendido la luz, porque ya era de noche completamente.

De pronto, Méndez, que se había asomado al balcón, se volvió sonriente, llamando por señas a sus compañeros.

  • ¡Chit!… Venid, venid pronto…

Requejo dejó caer la revista, y Solís, limpiándose las manos, húmedas por el zumo de limón, emprendió también su tarea.

  • ¡Qué gracia tiene! ¡venid pronto! – repetía Méndez.La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es camps-cecilia_el-cinematografo-ilust001.jpg

Llenos de curiosidad, se acercaron los otros dos al balcón.

  • ¡Calla, un cinematógrafo!
  • ¡Películas al aire libre!
  • Callad, y miremos, que la acción promete ser interesante.
  • Tú, apaga la luz; no vean que les observamos.

Dieron vuelta a la llave, y envueltos en la oscuridad de la noche sin Luna, quedaron agrupados junto al balcón, sin moverse ni respirar siquiera, atentos sólo a lo que veían sus ojos.

Ante ellos se alzaba, blanqueado y liso, el paredón del convento, en el centro del cual aparecía perfectamente dibujado un balcón, que debía estar debajo precisamente del que ocupaban los tres amigos. El cuarto al cual pertenecía el balcón hallábase iluminado, y la luz, lanzando sus reflejos al paredón, proyectaba en él todo cuanto pasaba en el interior de la estancia, dando la ilusión de un cinematógrafo tosco y deficiente.

Dos siluetas se movían ahora, accionando como si discutieran acaloradamente. Eran un hombre y una mujer. Esta llevaba un enorme sobrero, adornado con una gran pluma flotante, que se balanceaba al menor movimiento, tomando proporciones gigantescas cada vez que su dueña, al hablar, se acercaba más o menos a la luz.

  • Oye… ¿Quién vive ahí abajo? – preguntó Méndez a media voz.
  • No le conozco. Sé solamente que se llama Pérez y vive solo. Se ha mudado hace poco.
  • ¿Pero es soltero?
  • Así creo; por lo menos ni criada tiene…
  • Entonces… esa mujer…
  • Figúratelo…
  • Callad, callad, que esto se anima.

Efectivamente; la escena íbase haciendo interesante: las dos sombras, unidas ahora, se confundían en la pared en una gran mancha borrosa. Una mano, que no se podía precisar de cuál de los dos era, echó mano al sombrero y lo desprendió de la cabeza de ella, no sin trabajo, a juzgar por el tiempo empleado.

  • Malo –dijo Solís– empieza el aligeramiento de prendas.
  • Mira, mira… Él va a ponerlo por ahí…; ya vuelve…
  • Ahora le coge una mano…; ella la retira…; dice que no… Es una virtud.
  • ¡Anda, tonta!… ¡Si lo estás deseando!… A qué, si no, has venido a casa de un soltero… sin criada.
  • ¡Atiza! … ¡Qué bárbaro! Ese tío nos está poniendo los dientes largos.
  • Ella se enfada…; quiere irse… ¡Anda, panoli, cógela!… ¡Que se te escapa!… ¡Anda con ella!

Solís, entusiasmado, mientras arengaba a la sombra, seguía la pantomima lleno de interés, enardecido por las escenas que presenciaba.

  • ¡Esto es graciosísimo! ¡Es notable! – repetía alborozado. – No se van a reír poco cuando lo contemos mañana en la Peña.

Entretanto, las figuras iban y venían ya juntas, ya separadas, tomando sus siluetas en la pared, por un fenómeno óptico, las formas más grotescas e inverosímiles. Las cabezas, unas veces puntiagudas, se alargaban otras hasta llegar a tener igual dimensión que los cuerpos deformados ridículamente, y los brazos, larguísimos, terminados en manos enormes, se movían como las aspas de un molino. Ahora las sombras, muy juntas, permanecían inmóviles. Seis ojos acechaban el menor movimiento.

  • ¡Ay!… ¡Ahora se dan un beso!… ¡Otro! … La fiera parece que se amansa.
  • ¡Andad, hijos, aprovecharos!…
  • ¡Duro, duro, que el tiempo es corto!…
  • Señores – declaró Méndez: – yo me voy a tomar mi refresco. ¡Me ahogo!… Estas escenas me ponen malo.
  • Pues lo que es yo no dejo mi sitio por nada del mundo. Quiero ver en qué para esto.
  • Y te lo puedes figurar.

Las siluetas se separaron al fin, y una, la del hombre, se acercó al balcón y cerró las maderas.

La algazara subió de punto en el observatorio.

  • ¡Señores, sesión secreta!
  • ¡Ya vimos bastante!
  • ¡Buen provecho, amigos!

Riendo, metiéronse dentro, comentando satíricamente el suceso, mientras tomaban sendos vasos de agua de limón.

  • ¡Qué lástima! Han cerrado a lo mejor.
  • Por supuesto, que hay que averiguar quién es ella.
  • ¿Pero cómo?… La noche está tan oscura, que desde el balcón …
  • Muy sencillo: salimos a la escalera, y cuando se marche …
  • ¡Es verdad!
  • Pues veamos, antes que se nos escape.

No tuvieron que esperar mucho: unos minutos después sonó la puerta del cuarto bajo, y un discreto cuchicheo llegó a los oídos de los tres curiosos; pero no lograron entender una sola palabra, ni conocer tampoco la voz de la misteriosa desconocida.

El cuchicheo cesó a los pocos instantes; cerróse la puerta sin ruido, y unos pasos menuditos taconearon escaleras arriba.

  • ¡Chico – dijo Méndez, – parece que sube!La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es camps-cecilia_el-cinematografo-ilust002.jpg
  • Esa viene a tu casa – observó Requejo a su vez – Debe ser amiga de tu mujer.

Apenas si tuvieron tiempo de meterse en el pasillo y simular que se despedían para marcharse; ante ellos apareció con los ojos brillantes, el rostro encendido y el pelo en desorden, bajo un enorme sombrero que adornaba una gran pluma flotante, Isabel, la esposa amantísima de Solís.

  • ¡Ah!… dijo ella al observar en el rostro de su marido una expresión indefinible. – ¿Te enfadas porque vengo tarde?… Es que fui a ver a Clara y se empeñó en que saliéramos juntas… Hemos estado en el cinematógrafo…

Como Solís, idiotizado por la sorpresa, no dijera nada, contestóle Requejo sencillamente.

  • ¡Y nosotros también, señora!

Cecilia CAMPS

 

Cecilia Camps en una foto antigua

(Publicado en Javier Barreiro: Voz: «García Pérez Moratalla, Juan», Diccionario biográfico español. Tomo XXII, Madrid, Real Academia de la Historia, 2011. p. 174)

García Guirao–Juan García Pérez. Moratalla (Murcia), 18.VIII.1904-Moratalla (Murcia)  26.V.1971. Cantante.

Nacido en el seno de una familia campesina, fue el único varón de siete hijos, por lo que a edad temprana hubo de abandonar la escuela para ayudar en las labores agrícolas, como era costumbre en la época. Sin embargo, los propietarios de las tierras que labraban y cultivaban, apreciando sus dotes para el canto, que llevaba a cabo mientras faenaba, acordaron pagarle los estudios de música en el Conservatorio de Murcia, bajo la dirección del maestro Tabuyo, que alternó con alguna actuación, para la cual adoptó el nombre artístico de García Guirao, cambiando su segundo apellido por el de su padre. Una vez terminados sus estudios, marchó a Madrid para actuar como tenor en varias compañías líricas. Una docena de años estuvo llenando los principales escenarios de zarzuela en teatros como el Fuencarral, Ideal, Fontalba o Calderón, aunque también acompañó a Celia Gámez en alguna de sus revistas. También grabó en esta década de 1930 su primer disco en dúo con Lola Cabello, “Tú yo”.

Tras la Guerra Civil Española, pasó ciertas dificultades económicas, a pesar de que en la década de 1940 se pusieran de moda las orquestas con vocalista, tarea para la que el murciano reunía excelentes condiciones.  Así, canciones como la bellísima habanera “Limosna de amor”, que recogería Basilio Martín Patino en su película Canciones para después de una guerra, así como la habanera “Tarde de otoño en Platerías”, o canciones como “Limosna de amor”, “Mis tres novias” o “Promesa de amor”, fueron éxitos notables en su voz y grabó decenas de discos. Aun así, estuvo tentado de dejar el mundo de la canción y regresar a su Moratalla, sin embargo, unos paisanos emigrados a Argentina le animaron para que marchara a Sudamérica. Influyó decisivamente en su decisión el argentino Fernando Ochoa para que en 1953 visitara Buenos Aires, en principio para una estancia de cuatro meses, que finalmente se dilató ocho años. Su buen gusto para los tangos propició que se afincara en la capital argentina, donde actuó habitualmente en emisoras tan prestigiosas, como Radio Belgrano y Radio El Mundo. Sin embargo, sintiéndose mal de salud y con sus negocios resintiéndose, decidió retornar a España en 1965, editando para Columbia sus tres últimos discos de cuatro canciones antes de retirarse definitivamente a su localidad natal, donde murió al poco tiempo. En su homenaje, el Ayuntamiento de Moratalla le dedicó una calle con su nombre y promocionó una grabación con algunas de las canciones que más fama le dieron.

                                                                             DISCOGRAFÍA

Homenaje póstumo al cantante moratallero García Guirao, Moratalla (Murcia), Valor, 1983.

CD García Guirao, Madrid, Big Mad Music, 2000.     

CD Garcia Guirao, Todas sus grabaciones, Rama Lama, 2004

CASTRO Y LES, Vicente, Ayerbe (Huesca), 12-11-1869 / Madrid, 09-05-1946

Seudónimo: Caireles

A los dieciséis años y fallecido su padre, se tuvo que hacer cargo de la tienda familiar en Ayerbe. Pese a ello, en 1889 pudo obtener el grado de bachiller en Huesca. Con clara vocación periodística, un año después ya escribía en La Campana de Huesca y en el zaragozano diario La Derecha. En 1892 se trasladó a Madrid, donde residiría hasta su muerte. Logró una plaza en la Administración de Hacienda y se incorporó a la plantilla del rotativo republicano El Globo. Dirigió el semanario y la revista Gran Vía, estuvo al frente de la Administración del Noticiero-Guía de Madrid y colaboró en publicaciones tan populares como La Ilustración Española y Americana, Nuevo Mundo, Blanco y NegroMundo Gráfico o Por Esos Mundos. Promotor de la Asociación de la Prensa de Madrid, intentó sacar adelante un periódico independiente en su Ayerbe natal, El Adelanto, del que al parecer sólo salió a la calle un número, fechado en septiembre de 1894.

Como editor, fue el principal difusor del chascarrillo baturro a través del Noticiero-Guía de Madrid, sobre todo, por medio de sus colaboraciones con el dibujante y narrador Teodoro Gascón y con Julio Víctor Tomey (León Fogoso). También publicó narraciones cuentos y novelas breves de diversos narradores de la época. Sus precarias pero baratas ediciones circularon ampliamente por toda España a lo largo de toda la primera mitad del siglo XX y aun después. Fueron muy populares la colección «Alegría» y «Biblioteca para todos». Alberto Casañal en la dedicatoria de Nuevas baturradas, editado por Castro Les en 1923, le dedicó esta sextina: Amigo franco y leal / y escritor aragonés, / que derrocha ingenio y sal / en cien libros cada mes. / Con un abrazo cordial / de su amigo que lo es.

Como escritor de creación, acostumbró a publicar con el seudónimo de Caireles, compuesto de la primera y última silaba de su primer y segundo apellido, respectivamente. Es uno de los autores prototípicos del costumbrismo aragonés, aunque su obra sea de escasa originalidad y tome, frecuentemente, motivos ya trasegados. Sus chascarrillos, muchas veces reeditados y reproducidos tanto en prensa como en publicaciones volanderas, fueron lo más popular entre lo salido de su pluma.

OBRAS

Juramentos de mujer (drama), 1886.

Aventuras del cabo López en el Transvaal y en Inglaterra (chistes y chascarrillos), Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1901.

Escenas baturras

Chascarrillos baturros -con Víctor Tomey-, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1905.

Cuentos de mi tierra -con Historietas baturras, de Teodoro Gascón-, Madrid, Administración Noticiero-Guía de Madrid, 1906. / Zaragoza, Certeza, 2003.

La carabina de Ambrosio (entremés baturro) -con música de Ruperto Chapí-, Madrid, SAE, 1908.

Chascarrillos taurinos, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1909.

Nuevos chascarrillos baturros (10 vols.) -con Víctor Tomey-, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1909-1912

Chascarrillos estudiantiles, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1910-1913.

Chascarrillos teatrales, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1910-1913.

Chascarrillos aragoneses -con Fray Augusto-, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1911-1913.

Chascarrillos de Gedeón, Piave y Calínez, Madrid, Noticiero-Guía de Madrid, 1911-1913.

Cartas baturras, Madrid, Administración Noticiero-Guía de Madrid, 1911-1913.

Cantares baturros, Madrid, Administración Noticiero-Guía de Madrid, 1911-1913.

La cantinerita (episodios de la Guerra de África), 1915.

La fuente del amor -con música de Luis Romo-, 1915.

La bolsa o la vida (sainete baturro), Madrid, Imp. de R. Velasco, s. f. (¿1916?) / Madrid, Gráf. San Sebastián, 1947.

Cuentos aragoneses -con Eusebio Blasco y Antón Pitaco-, Madrid, Administración Noticiero-Juramentos de mujer (drama), Noticiero- Guía de Madrid, 1926.


BIBLIOGRAFÍA

-ACÍN FANLO, José Luis y José Luis MELERO RIVAS (eds.), Cuentos aragoneses, Palma de Mallorca, Olañeta, 1996, pp. 111-117.

-CEJADOR Y FRAUCA, Julio, Historia de la lengua y literatura castellana, vol. IX, Madrid, Gredos, 1972, pp. 457 y ss.

-CONTE OLIVEROS, Jesús, Personajes y escritores de Huesca y provincia, Zaragoza, Librería General, 1981, p. 38.

-DOMÍNGUEZ LASIERRA, Juan, Cuentos, recontamientos y conceptillos aragoneses, Zaragoza, Librería General, 1979.

-LÓPEZ DE ZUAZO ALGAR, Antonio, Catálogo de periodistas españoles del siglo XX, Madrid, Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, 1981, p. 119.

-PÉREZ GELLA, Luis, «Biografía de Vicente Castro Les», La Comarca nº 52, 2007, pp. 16-18.

-RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, Tomás, Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria española, 1994, p. 150.

-SÁNCHEZ PÉREZ, José Augusto, Mosaico baturro (notas sobre literatura aragonesa), Madrid, Talleres Gráf. Montaña, 1953, p. 81.

(Publicado en Crisis nº 18, diciembre 2020, pp. 18-20)

Hasta los años sesenta del siglo XX, casi todos los pueblos cabeceros de comarca y hasta otros que no lo eran disponían de una fábrica de licores que surtía a las poblaciones cercanas de bebidas alcohólicas. Anís y coñac eran las bebidas más populares pero en ellas se elaboraban ponches, escarchados y licores de todo tipo. Aún llegamos a ver aquellas maravillosas botellas, llenas de polvo y cuyo tapón costaba desenroscar por el azúcar acumulado, en los anaqueles de bares de pueblo y mesones. Contenían  licor de huevo, de café, de mandarina, de cereza… Los anises solían llevar estampados en su etiqueta hermosos dibujos de cupletis­tas, toreros o de cualquier otra cosa a la que remitiera su título: Anís Infernal, Anís Montearagón, Anís La Dolores, Anís Los Dos Gallitos, Anís del Tigre, Anís El Submari­no, Anís La Cordobesita…

Aquellos licores debían de beberse, sobre todo a media tarde, en las casas tirando a acomodadas de los pueblos y sus botellas añosas todavía podían verse a principios de los ochenta, al parar en un figón a pie de carretera, en provincias como Cuenca, Zamora, Córdoba o Teruel. Con talante y ánimo de resistente y oficiando de pintoresco o de turista, pedías una copa, aun sabiendo que el tabernero y los pocos asistentes te iban a mirar con curiosidad.

Por todo esto, me interesó saber que un Anís con el nombre de Pedro Saputo se vendió profusamente en las primeras décadas del pasado siglo. Especialmente en Aragón, pero se exportaba también a otras provincias. El nombre del mítico héroe aragonés que inmortalizó Braulio Foz incrementaba la atracción, pues es obra que no me he cansado de publicitar a lo largo de mi vida. Cierto es que el Anís Pedro Saputo es citado por mi querido José Luis Calvo Carilla, el mayor saputo en Braulio Foz, en su extraordinaria edición de la Colección Larumbe pero ningún otro dato tenía de la existencia de dicha marca comercial. Estamparé lo poco que he conseguido conocer de ella escarbando papeles.

 Manuel Lalana, fabricante de licores

El Anís Pedro Saputo* fue fabricado por Manuel Lalana Vallés en la primera década del siglo XX, primero en Almudévar y, después, en Tardienta ya que el ayuntamiento almudevano, pese a ser la cuna del héroe, ante las quejas de los vecinos, prohibió la fabricación de licores en el interior del casco urbano, en norma del 14 de abril de 1912. No hay mal que por bien no venga: don Manuel decidió trasladarse a la vecina Tardienta, donde tenía la línea de ferrocarril a puerta de fábrica y, así, sus envíos al exterior se facilitaban considerablemente.

Manuel Lalana Vallés, hijo del propietario agrícola Manuel Lalana Alegre y su mujer, Demetria Vallés Cuello, había nacido en Almudévar el 21 de agosto de 1875. Al perder una pierna en un accidente se le conocía popularmente como “El Cojo Lalana”.  Además de hacerse cargo de las tierras familiares, fue hombre de gran iniciativa, lo que lo proyectó a la alcaldía de su pueblo y en 1909 a fundar una fábrica de licores, de la que el Anís Pedro Saputo fue su principal emblema y reclamo. Al poco de iniciar la industria, el Diario de Huesca publicaba un reportaje en el que se leía: “cogimos in fraganti a este Fausto que hace prodigios en su laboratorio con el buen vino somontanesco”. Por entonces, ya fabricaba ocho tipos de anisado, tres de coñac, tres de ron, dos de ginebra y un vino rancio para el oficio de misa. Pero el Anís Pedro Saputo y, en menor medida, el Anís Aragón fueron las estrellas de la licorera.

Los anuncios del Anís Pedro Saputo

Que don Manuel fue un pionero de la publicidad comercial lo demuestra el empeño y la variedad de iniciativas y anuncios con los que dio a conocer sus productos. Ya en las fiestas de San Lorenzo de 1909 un castillo de fuegos artificiales con la inscripción “Anís Pedro Saputo” se quemó el día del patrono y el citado diario nos cuenta que en la cabalgata de fiestas:

(…) iban después coches y automóviles conduciendo bellas y lindísimas muchachas, un landó engalanado de flores, digno asiento de cuatro baturricas…

—¿De olé?

—No. De Almudévar[1]. Anunciaban el sin rival anís «Pedro Saputo» de Lalana”.

Desde el 7 febrero de 1910 se publicaron anuncios en la prensa, que por su originalidad de reclamo habían de llamar la atención de los lectores. Suponemos que todo esto iría acompañado de publicidad mural y de otros tipos. El 30 de julio de 1912 y no recuadrado sino en la tipografía habitual del Diario de Huesca para sus noticias, se podía leer bajo el epígrafe “Advertencia”:

“No es cierto, como algunos aseguran, que la Comisión de festejos haya pensado adquirir una gran cantidad de anís Pedro Saputo para obsequiar a todos los que concurran a la fiesta de aviación. Aunque está elaborado con los mejores vinos o alcoholes vínicos de la comarca, y sería bien recibido por el público en general, la Comisión no puede hacer ese obsequio por no haber alcanzado la suscripción los límites que se esperaba”.

Otra muestra publicitaria bajo el epígrafe : “¿Viene Belmonte?”:

“Nos aseguran que Belmonte, el torero  más grande de la tierra, el que tiene más vergüenza taurina, no viene a Huesca, temeroso de que su fama quede eclipsada ante la que han adquirido los chocolates y anís Pedro Saputo, que se elaboran en Álmudévar”.

Por otra parte, Lalana introducía su anís como premio en carreras ciclistas, obsequio a los combatientes en Marruecos o en cualquier otro asunto que pudiera incidir en su conocimiento. El caso es que a los pocos años de fabricarse, pese a la tan numerosa competencia, iba duplicando de año en año las ventas y extendiendo su mercado hacia el resto de Aragón: En 1912 se despacharon desde las estaciones de Tardienta, Huesca y Almudévar cerca de 3000 expediciones, sin contar las que salían en carro o carga de recua. Lalana se jactaba también de ser capaz de servir todos los encargos a las 24 horas de ser recibidos y, no contento con ello, amplió el negocio en 1913 con una fábrica de chocolate, que no necesitaba mucha tecnología. La marca se encomendó también a Pedro Saputo, aunque no llegó a tener la difusión del anís.

 

El traslado a Tardienta y los conflictos procesales de Don Manuel

Los pueblos españoles no suelen ser misericordiosos con sus vecinos triunfadores. Varios almudevenses consideraron que la fábrica constituía un foco de peligros y molestias en el pueblo y el sucesor de Manuel en la alcaldía dictó una providencia para que la fábrica saliese del casco urbano, como ya se ha dicho. Pese a los recursos que alzó, Lalana hubo de acatarlo y trasladó su negocio a Tardienta, con gran fortuna, pues allí el ferrocarril era más frecuente y accesible.

Estas disensiones con sus convecinos hay que ponerlas también en relación con las opciones políticas del propietario, perteneciente al Partido Radical y, muy probablemente, masón.

En La Correspondencia de España, uno de los diarios más leídos en Madrid, bajo el titular “Venganza política”, podíamos leer el 19 de julio de 1915, cómo en las afueras de Almudévar varios sujetos sorprendieron a Manuel Lalana con su hijo de 7 años “detuvieron el carruaje y la emprendieron a pedradas y tiros con los ocupantes. Los agredidos salieron ilesos milagrosamente, pues el coche y el caballo quedaron acribillados por los balazos”. Se detuvo a uno de los asaltantes pero no sabemos de su suerte.

Por otra parte, como hacendado propietario, el industrial pertenecía a la Comisión de Riegos que se creó en enero de 1913 y también a la Cámara Agraria del Alto Aragón. “Jefe de los  canalistas” lo llama el Diario de Huesca y es cierto que hizo una gran labor de promoción de los riegos que dieron lugar al Canal del Cinca y otras obras.

En 1916 volvemos a encontrar a don Manuel metido en líos procesales:

…tenía antiguos resentimientos con su convecino Gabino Fredes Vizcarra, y el día de autos, 17 de Marzo del año anterior, al encontrarse con Fredes, dirigió a éste, delante de varias personas, frases molestas, que al ser contestadas por el Gabino, irritaron de tal manera al procesado, que descargó varios golpes con una muleta sobre el Gabino, produciéndole lesiones en la cara y hombro, para cuya curación fue necesaria la asistencia facultativa durante ciento treinta y ocho días.

La sentencia emitida el 18 de julio de 1916 condenó al procesado por lesiones graves con una atenuante, a la pena de seis meses y un día de prisión correccional, accesorias, costas y pago de 266 pesetas, como indemnización al perjudicado Gabino Fredes.

Cuatro días después volvía a la Audiencia Provincial junto a Antonio Oto, por haber disparado contra Esteban Arenaz Abad, todos de Almudévar:

El teniente fiscal señor Orbeta sostuvo la acusación calificando el hecho de disparo de armas de fuego y solicitó se impusiera al procesado la pena de un año, ocho meses y veintiún días de prisión correccional, accesorias y costas. El acusador privado señor Vidal sostuvo en su informe que existían dos delitos de disparo de armas de fuego y pidió por cada uno de ellos se impusiera al procesado un año, ocho meses y veintiún días e igual para accesorias, indemnización y costas.  El defensor del procesado, don Luis Fuentes, en su informe, verdaderamente notabilísimo, aprovechó la oportunidad al hacer la descripción del medio ambiente en que se desarrollaron los hechos, para dedicar un cariñoso recuerdo al político honrado e insigne patricio don Manuel Gamo, y terminó solicitando la absolución de su defendido.

Los problemas con sus enemigos continuaban y el 7 de diciembre de 1917 se ve obligado a escribir una carta al periódico explicando que no hay privilegios en la estación de Tardienta para su anís. Por su parte, los anuncios de don Manuel seguían alegrando las páginas de la prensa. El de 1917 muestra a sus clientes la razón la que adquiriendo licores en su fábrica se ahorra tiempo y dinero:

Más anuncios

En 1919 es uno de los  tres ciudadanos que más aportan para las fiestas de San Lorenzo (50 pts.), año en que su publicidad propone un curioso enigma al lector:

El número hacía referencia a las botellas vendidas en la provincia de Huesca durante un trimestre. No eran pocas. Otro anuncio de 1920 nos dice que en la misma demarcación se  consumieron más de 150.000 litros del Anís de nuestro héroe nacional.

Quizá el más pintoresco de los anuncios es el publicado en varias ocasiones en las páginas de la prensa a finales de 1920 con ocasión de las cercanas elecciones a la Cámara de Diputados:

Desde 1921 se añadió al producto estrella de Lalana el Anís Aragón que en la Exposición Internacional de Milán (septiembre 1922) recibió Diploma de Gran Premio, Cruz de Oro y Medalla de Oro y Cruz. Antes había obtenido otro premio en Barcelona. Esta nueva marca empezó a anunciarse junto al Pedro Saputo, al que, finalmente, sobreviviría.

Otro simpático anuncio (9-8-1925) nos muestra, además, cómo se bebía por entonces:

Una copita de Anís Aragón por la mañana; tres de Pedro Saputo después del café; otra copita del  buen Pedro por la tarde y dos de Aragón después de cenar, os dará vigor, os despejara la inteligencia y os dejará, en una palabra, como nuevos.

Siete copitas al día, como costumbre, está muy bien.

El último anuncio del Anís Pedro Saputo que registra la prensa oscense es del  27 de agosto 1926.

Manuel Lalana en la política. Su triste final 

Manuel Lalana, que seguía a vueltas con los Riegos del Alto Aragón y sus manifiestos Pro-Canal, además de la muerte de una de sus hijas en 1910 y de su madre en 1923, empezaba de nuevo a tener problemas. La dictadura primorriverista lo desterró a Broto, probablemente a raíz de la fundación de Alianza Republicana (1926) y su consiguiente intento de golpe de estado, La Sanjuanada. No debió durar demasiado el exilio porque el 17 de junio de 1927 enviaba una nota al Diario de Huesca: “suspendidas las causas de la desaparición de su industria comenzará de nuevo a servir los encargos la próxima semana”. Desgraciadamente, ya no se anunciaría el Anís Pedro Saputo, que quizá dejó de fabricarse mientras que su hermano menor, el Anís Aragón, le sobreviviría algunos años.

Mientras tanto, el fabricante intensificaba sus actuaciones políticas. Así, Venancio Sarria en un discurso en el Centro Republicano de Aragón le tributó homenaje, pidiendo un aplauso para él por haber preferido soportar toda clase de vejaciones y ultrajes antes que humillarse ante cierto cacique, (La Tierra, 4-5-1930). Otras noticias sueltas nos confirman su compromiso político: Así, comprobamos su participación, acompañado de Manuel Sender, hermano del novelista y futuro alcalde de Huesca, en un mitin republicano en Barbastro (El Sol, 8-11-30) o, ya instaurada la República, cómo en abril de 1932 propone que los propietarios de Almudévar reúnan 5.000 pesetas para que los sindicalistas en paro, puedan celebrar, como los demás, las fiestas.

Don Manuel y su esposa, Irene Vicente Atarés, fueron padres de seis hijas y dos hijos. Dimos cuenta de la hija fallecida en 1919 y del hijo que junto a él sufrió el ataque armado en 1915. Llevaba el mismo nombre de su padre[1] y estudió en Francia, donde se convirtió en un gran técnico en telecomunicación eléctrica, por lo que fue uno de los pioneros de la radiodifusión en Huesca, al participar, como experto principal  en la puesta en marcha de Radio Huesca (1933), que pronto se integraría en la Sociedad Española de Radiodifusión (SER). Como propietario de una tienda en la calle Salvador nº 3, que vendía aparatos emisores, estuvo también en el centro de lo que se llamó “Guerra de los arradios”, disputa comercial por hacerse con el control de los aparatos emisores. Diario de Huesca (4-1-1933) nos habla del Fada Gran formato y del modelo Ruiseñor, vendidos por la Librería Martínez; también del modelo Iberia Radio, que se comercializa en el Bazar Lasaosa y del establecimiento de Manuel Lalana Vicente, que ofrece todas las marcas, aunque finalmente se diga que nada puede competir con el nuevo Westinghouse de Ángel López, quien debía de ser otro vendedor que pagaba la información. 

Dicho Manuel Lalana Vicente, afiliado a la CNT tomó como compañera a Pilar Huete, con la que tuvo dos hijas, Alsacia y Raquel, que no fueron bautizadas. Como les sucedió a tantos, pese a no haber participado en ninguna acción delictiva, fue detenido el 21 de julio de 1936, torturado y fusilado con otras 94 personas, el 23 de agosto, como represalia al bombardeo que ocasionó dos víctimas civiles en la ciudad.

Lalana padre, con su historial republicano, un hijo fusilado y el más pequeño fallecido en los primeros días de la contienda “por accidente de circulación en acción de guerra” en Almacellas (Lérida), hubo de pasarlo mal y es significativo que, por obligación o por miedo, participase con 2 pesetas –la menor aportación- en la suscripción “Pro aguinaldo del combatiente” en diciembre de 1937 y con 3 pesetas el año siguiente en el que, además, fue encarcelado. El 37 de abril de 1942 se le incoó expediente de responsabilidades políticas, sobreseído a raíz de su muerte el 14 de enero de 1943 con 67 años. Imaginamos lo terribles que debieron ser los últimos años de este hombre tan laborioso, jocundo y emprendedor.

La familia Lalana Vicente, con todos sus varones muertos, se dispersó y pobló el olvido como le había sucedido al antes famoso anís Pedro Saputo. Algo similar a lo ocurrido con la magnífica obra homónima de Braulio Foz, desconocida para tantos aragoneses y para casi todos los españoles.

*Debo las fotografías de la botella de Anís Pedro Saputo a Antonio López Sos, activo presidente de la Fundación Almena de Almudévar.

[1] Modernizo en las citas la ortografía. Almudévar se escribía por entonces con B.

[2] Referencias tomadas de Diario de Huesca y Víctor Pardo Lancina/Raúl Mateo Otal, “Lalana Vicente , Manuel , Todos los nombres Tomo I, Huesca, 2016, pp. 600-604. La fotografía de Manuel Lalana Vicente y Pilar Huete (h. 1929), también está tomada de esta importante monografía.

(Publicado en Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos 1885-2005, Zaragoza, Diputación Provincial, 2010, pp. 430-433).

GARCÍA-ARISTA Y RIVERA, Gregorio, Tarazona (Zaragoza), 09-05-1866 / Zaragoza, 20-01-1946
Seudónimos: Luis Diquela
Género: Varios

Discípulo y auxiliar de cátedra de Marcelino Menéndez y Pelayo, se doctoró en Filosofía y Letras en Madrid y obtuvo el puesto de Jefe del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos en la Biblioteca Universitaria de Zaragoza. Autor de variada obra histórica, fue correspondiente de las reales academias  de la Lengua y de la Historia, Medalla de Oro de la Ciudad de Zaragoza y vicepresidente de su Ateneo, amén de otros muchos honores y cargos. A lo largo de su vida colaboró asiduamente en la prensa regional y en numerosos medios nacionales, como ABC, El Debate, Ya, Blanco y Negro, La Esfera y Nuevo Mundo.

Todavía niño, publicó su primer artículo en el semanario El Pilar y después hizo crítica taurina bajo el seudónimo de Luis Diquela enDiario de Avisos. Quizá sus dedicaciones eruditas atrasaran su eclosión literaria hasta 1898, año en que llevó a las tablas, con su primer colaborador, Atanasio Melantuche, varias composiciones líricas. El primer éxito del duplo se produjo en 1902, con el estreno en el madrileño teatro Eslava de la zarzuela costumbrista El olivar. A partir de entonces, con unos u otros colaboradores, don Gregorio fue uno de los más conocidos autores que surtieron la escena con este tipo de obras. Su devoción por la jota y su acendrado amor a la región hicieron que casi toda su producción tuviera un militante tono aragonés. Además de centenares de coplas de jota, que él llamó canticas, escribió abundantes cuentos y, a partir de 1919, su serie narrativa Fruta de Aragón (1919-1928), que con sus cuatro envíos: Enverada, Excoscada, Abatollada y Esporgada, constituye uno de los más continuos empeños del costumbrismo local.


                                                                                                  OBRAS

S. H. (recorrido cómico-lírico) -con Atanasio Melantuche; música de José Tremps y Luis Aula-, estr. en 1898.

Siempre heroica (recorrido cómico-lírico) -con Atanasio Melantuche; música de P. Echegoyen-, estr. en 1898.

Fuga de consonantes (zarzuela) -con Atanasio Melantuche; música de Arturo Isaura y Julián Ribera-, estr. en 1900.

Cantas baturras, Zaragoza, Manuel Sevilla, 1901.

El hombre de acero (entremés)

El olivar (zarzuela de costumbres aragonesas) -con Atanasio Melantuche; música de José Serrano y Tomás Barrera-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1902.

Danze baturro (zarzuela) -con Atanasio Melantuche; música de Arturo Isaura y Julián Ribera-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1904.

Despedida baturra (monólogo) -con Atanasio Melantuche-, 1905.

Tierra aragonesa (cuentos, episodios, escenas), Zaragoza, Manuel Sevilla, 1907.

El heredero (drama de costumbres del Alto Aragón, basado en la novela Miguelón, de Miguel Turmo), estr. en 1908. / Zaragoza, Librería General, 1954.

¡Cómo cambean los tiempos! (recorrido histórico-bufo-local) -con Tomás Aznar, Mariano Berdejo, Alberto Casañal, Francisco Goyena, Juan José Lorente, Rogelio Maestre, Atanasio Melantuche, Jorge Roqués, Eduardo Ruiz de Velasco y Ambrosio del Ruste; música de Tomás Barrera y Jesús Ventura-, estr. en 1909.

La jota aragonesa (discurso), Zaragoza, Imp. del Hospicio Provincial, 1919.

Fruta de Aragón. Envío primero: Enverada, Madrid, Ed. Ibérica, 1919.

Los valientes y el buen vino (zarzuela aragonesa) -con música de José Vázquez-, estr. en 1921.

A poco el maño pierde la maña (cuadro de sainete)

Francho (drama), estr. en 1922.

Fruta de Aragón. Envío segundo: Excoscada, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, Col. Argensola, 1924.

Fruta de Aragón. Envío tercero: Abatollada, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, Col. Argensola, 1927.

Fruta de Aragón. Envío cuarto: Esporgada, Madrid, Espasa Calpe, 1928.

Cantas aragonesas

La copla aragonesa o «cantica». Su nombre, sus cualidades, sus clases, Madrid, Tip. de Archivos, 1933.

Los piculines (drama lírico) -con música de Jesús Rotellar y M. Vázquez-, Zaragoza, Lib. General, 1954.

Del solar aragonés

La francesada

Almas baturras (zarzuela) -con música de José Ibarra Llorente-.

Entre hidalgos anda el juego

Los mellizos

Casi se casa

Tarazona canta la jota

La fuga


                                                                                                 BIBLIOGRAFÍA

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Publicado en Diccionario de Escritores Aragoneses Contemporáneos 1885-2005, Zaragoza, Diputación Provincial, 2010, pp. 712-714.

Joaquin MAURÍN JULIÁ, Joaquín, Bonansa (Huesca), 12-01-1896 / Nueva York (EE.UU.), 05-11-1973. Seudónimos: Julio Antonio / Mont Fort

Hijo de campesinos acomodados, estudió en el seminario de Barbastro y en la Escuela de Magisterio de Huesca, ciudad donde, entre otros, conoció a Acín, Aláiz y Samblancat y se imbuyó de las ideas libertarias que reflejó en sus primeros artículos de prensa. En 1915 comenzó a ejercer como maestro en Lérida y siguió con sus colaboraciones en rotativos aragoneses y catalanes. Figura destacada de la CNT, sufrió prisión durante la dictadura de Primo de Rivera y fue derivando hacia el comunismo. En 1935 fundó, con Andrés Nin, el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), del que fue secretario general y diputado. Sorprendido por el inicio de la Guerra Civil en Santiago de Compostela, consiguió huir pero cerca de la frontera francesa fue detenido y encarcelado, aunque no reconocido. Tras ser liberado, fue vuelto a detener y pasó por varias prisiones hasta 1946. Un año más tarde se exilió a los Estados Unidos, donde siguió vinculado al periodismo como fundador y director de la Agencia Periodística ALA, en Nueva York.

Aparte de su consistente obra ideológica y ensayística, Maurín escribió sus memorias y dos textos de creación publicados póstumamente. Los cuentos dedicados a su hijo fueron redactados durante su estancia en prisión y no están exactamente enfocados a un público infantil, mientras que Algol, también escrita en la cárcel, es una larga narración con ribetes didácticos basada en la primera etapa de su vida. La última parte de la novela, titulada «El misterio del Museo del Prado», tiene ya un carácter de ficción propiamente dicho, «de atmósfera fantástica, delirante, humorística y casi esperpéntica», en palabras de Antón Castro. En 1995 se editó, asimismo, la muy ilustrativa correspondencia entre Maurín y Sender, coterráneos, afines ideológicamente, colaboradores y buenos amigos.

Casa natal en Bonansa


                                                                                                           OBRAS

El sindicalismo a la luz de la Revolución Rusa (ensayo), Lérida, Lucha Social, 1922.

Los hombres de la Dictadura (ensayo), Madrid, Cénit, 1930.

La Revolución Española. De la monarquía absoluta a la revolución socialista (ensayo), Madrid, Cénit, 1932.

Hacia la Segunda Revolución. El fracaso de la República y la insurrección de octubre (ensayo), Barcelona Gráf. Alba, 1935.

Revolución y contrarrevolución en España (ensayo), París, Ruedo Ibérico, 1966.

En las prisiones de Franco (recuerdos), México, Costa-Amic, 1973.

Correspondencia Ramón J. Sender-Joaquín Maurín (1952-1973), Huesca-Madrid, IEA-Ediciones de la Torre, 1995.

May (rapsodia infantil) y ¡Miau!, historia del gatito misceláneo, Huesca, IEA, 1999.

Algol (novela), Zaragoza, Prensas Universitarias, 2003.


                                                                                          BIBLIOGRAFÍA

-ACÍN, José Luis, «Reseña» de May (rapsodia infantil) y ¡Miau!, historia del gatito misceláneo, Trébede nº 33, diciembre 1999.

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-VIVED MAIRAL, Jesús, «Sender y Maurín», Heraldo de Aragón, 22-X-1992.

-, Ramón J. Sender. Biografía, Madrid, Páginas de Espuma, 2002.

Joaquín Maurín sobre su firma

GRACIA, Urbano, El de la Granja  Zaragoza, 1870 – Zaragoza, 1937. Cantador de jota.

Urbano Gracia

Nacido en Zaragoza pero criado en Villamayor, fue compañero de las últimas correrías del mítico jotero, El Royo del Rabal, con el que cantó en su última actuación en el madrileño Teatro Apolo. Su apodo proviene de su trabajo durante más de cuarenta años en la granja agrícola experimental que se inauguró en 1881 en el barrio zaragozano de Montemolín, actual San José, y que aplicaba modernos sistemas de cultivo.

Decidido a explotar en los escenarios una voz que ya era apreciada popularmente, en los Certámenes Oficiales de jota de las fiestas del Pilar, obtuvo el Primer Premio en 1896 y el Extraordinario en 1903. En 1904, fue el primer aragonés en llevar la jota de estilo al disco de 78 r.p.m, por lo que obtuvo un estipendio de diez duros de plata. Ya en 1903 lo había hecho una cantadora, Isidra Vera y, en cilindros para fonógrafo, otros muchos, incluyendo a cantaores de flamenco.

Sus jotas se escucharon en Madrid, Barcelona y Sevilla, donde el público impidió la salida del tren para hacerle volver a cantar. De potentísima  y bien timbrada voz, fue un excelente intérprete de los estilos clásicos aunque destacó especialmente en la “fematera”, uno de los más difíciles. Sus nietas continuaron su vocación jotera.

 

                                                             PRIMERA OBRA DISCOGRÁFICA

Gramophone & Typewriter, monofaciales

 –La Fematera de la Tierra Baja, Gramófono, 62003, 1904.

-La Fematera del Royo y la del Estilo de Utebo, Gramófono 62876, 1904.

-La Fematera del Tuerto y de la Tierra Baja, Gramófono 62877, 1904.

-La Abenjo (Aben Jot) y la Arrabalera, Gramófono, 62878, 1904.

-La Fematera del Tuerto y la Fematera del Royo, Gramófono, 62879, 1904.

-La Fematera del Tuerto y La de la Tierra baja, Gramófono, 62880, 1904.

-La Abenjo (Aben Jot) y la Fematera, Gramófono, 62881, 1904.

-La Arrabalera y el Puerto de Guadarrama, Gramófono, 62889, 1904. 

-La Fematera, Gramófono, 62890, 1904. 

-La Arrabalera y el Puerto de Guadarrama, Gramófono, 62891, 1904. 

-Jotas del Estilo del Tuerto, Gramófono G62977, 1904.

Arrabalera, Gramófono G62978, 1904.

-La fiera, Gramófono G62979, 1904.

                                                                    BIBLIOGRAFÍA

-BARREIRO, Javier, La jota aragonesa, Zaragoza, CAI, 2000, p. 59.

-, Diccionario biográfico español, vol. XXIV, Madrid, Real Academia de la Historia, 2011, pp. 523-524.

-, Biografía de la jota aragonesa, Zaragoza, Mira, 2013, pp. 135-136.

-GALÁN BERGUA, Demetrio, El libro de la jota aragonesa, Zaragoza, 1966, pp. 736-737.

-SOLSONA, Fernando, La jota cantada, Ayuntamiento de Zaragoza, 1978, p. 37.

-SOLSONA, Fernando y Mario BARTOLOMÉ, Geografía de la jota cantada, Zaragoza, Prensa Diaria Aragonesa, 1994, p. 86.

 


ARANDA NICOLÁS, Rosa María, Zaragoza, 23-01-1920 / Zaragoza, 21-09-2005.

Siendo niña, su familia se trasladó primero a San Sebastián y, más tarde, a Madrid, donde su padre probó como empresario teatral, con poco éxito en tiempos tan conflictivos, por lo que en 1936 la familia volvió a Zaragoza. Deportista en su juventud, Rosa María comenzó escribiendo artículos para Vértice, la revista literaria más importante de Falange Española.

Tras su matrimonio con el militar y deportista Fernando de la Figuera, residió temporalmente en Marruecos, donde ambientó Tebib. De vuelta a Zaragoza, se relacionó con el círculo surrealista en el que figuraban J. E. Cirlot, Alfonso Buñuel, García-Abrines, Pilar Bayona… 

Se inició en la novela con Boda en el infierno, que fue llevada al cine por Antonio Román y obtuvo -junto a Raza– el Premio Nacional de Cinematografía. Su segunda novela, Cabotaje, sobre el tráfico de drogas, dio paso a una narrativa enfocada al público femenino de la época. 

Como narradora, fue finalista en certámenes de prestigio como el Nadal, Café Gijón, Elisenda de Montcada, Ondas y Ateneo de Valladolid. En 1984 recibió el Premio Ciudad de Calatayud de novela corta por Alguien en alguna parte y, cuatro años después, el Premio Constitución de la Junta de Extremadura por Esta noche y todas las noches.

Además de la novela, tocó otros géneros literarios, especialmente el teatro. Colaboró con asiduidad en la prensa periódica (El Noticiero, Amanecer, Cierzo), revistas (Estafeta Literaria, El Español, Lecturas) y emisoras de radio (Radio Zaragoza). Su último libro fueron unas memorias, Paisajes internos, género muy poco usual en la narrativa femenina aragonesa de su tiempo.

     OBRAS

Boda en el infierno (novela), Madrid, Afrodisio Aguado, 1942.

Cabotaje (novela), Madrid, Afrodisio Aguado, 1943.

Tebib (novela), Zaragoza, Artes Gráf. Berdejo Casañal, 1945


Con los ojos vendados (novela), Madrid, Pueyo, 1948.

Medio millón y un piso (novela), Madrid, Pueyo, 1949.

Tiempo de cristal (poesía), Zaragoza, CAZAR, 1983.

Alguien, en alguna parte (novela breve), Zaragoza, IFC, 1983.

Fiera solitaria (poesía), Madrid, Torremozas, 1988.

Esta noche y todas las noches (novela), Mérida, Editorial Regional de Extremadura, 1989.

Paisajes internos (anecdotario vital) , Zaragoza, Ibercaja, 2003.

                                       BIBLIOGRAFÍA

-ACÍN, Ramón, «Reseña» de Esta noche y todas las noches, Heraldo de Aragón, 4-I-1990.

-ARANGUREN EGOZKUE, José Luis, «Reseña» de Esta noche y todas las noches, Boletín del Ateneo de Zaragoza nº 41, diciembre 1989.

-CASTRO, Antón, «El altar de los recuerdos», («Reseña» Paisajes internos), Heraldo de Aragón, 29-11-2003.

-ESTEVAN, Manuel, «Dos poetas femeninas» (Reseña de Fiera solitaria), Heraldo de Aragón, 27-V-1988.

-FERNÁNDEZ CLEMENTE, Eloy, 50 números. Octubre de 2001 a Octubre de 2007, Ibercaja, Zaragoza, 2007.

-HORNO LIRIA, Luis, «Reseña» de Tiempo de cristal, Heraldo de Aragón, 17-XI-1983.

-, «Reseña» de Alguien, en alguna parte, Heraldo de Aragón, 24-XI-1983.

-MARTÍNEZ BARCA, Pilar, «Del mar y la soledad; del amor y la noche» (Reseña de Esta noche y todas las noches), El Día, 11-V-1990.

-NAVALES, Ana María, Antología de narradores aragoneses contemporáneos, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1980, pp. 22, 125-131.

-, «Carta-Prólogo» a Tiempo de cristal, Zaragoza, CAZAR, 1983.

-PARADA, María Rosario de, «Rosa María Aranda», Barataria nº 19, abril 2005, pp. 12-13.

-RAMÍREZ, Elisa (coord.), Diccionario de escritores en lengua castellana, Madrid, CEDRO, 2000, pp. 32-33.

Publicado en Diccionario de Escritores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005, Diputación de Zaragoza, 2010, p. 105. Con añadidos.

PRECIOSILLA (Manuela Tejedor Clemente), Calatayud (Zaragoza), 7.I.1893 – Madrid, 12.XI.1952. Cupletista

En los inicios del sigo, todavía niña Manolita, la familia se trasladó a Madrid, donde una hermana de su padre, de nombre Pascuala, regentaba una pensión para artistas en el número 15 de la calle Jardines. En ella moraba junto a su madre una muy joven aunque ya consagrada, Pastora Imperio. Sin duda, fue allí donde la joven adquirió el veneno del escenario. Pronto, la muerte del padre deparó que los  ingresos se hiciesen imprescindibles, con lo que, tras prepararse en diversas academias y asesorada por el maestro Quinito Valverde, que fue su Pygmalion y amante, comenzó a trabajar con el nombre de La Minionnette, aunque, ya en 1911, a raíz de su debut en el Petit-Palais, lo cambió por el cervantino remoquete de La Preciosilla y poco tardó en hacerse un hueco en el concurrido mundo de las varietés, gracias a su belleza, desparpajo y cualidades de bailarina y cupletista,

En 1912 se incrementó su popularidad, a raíz de sus actuaciones en el teatro Romea con un repertorio de canciones picarescas servidas por Quinito Valverde, que, además la llevó a la capital francesa donde debutó en music-hall Jardin de Paris, logró cierto reconocimiento y volvió todavía más experta en las artes del escenario y la seducción. Desde entonces fue famosa por ello y procuro que sus escarceos eróticos le fueran provechosos. Preciosilla supeditó sus escrúpulos al brillo y al triunfo personal. Sus atuendos eran de los más atrevidos de la época y las joyas -también se la llamó «la reina de los brillantes»- reclamaban la atención por su espectacularidad. 1912 fue también el año en el que registró ocho grabaciones -había grabado las primeras en 1911- extraídas del repertorio proporcionado por Valverde. En vista de ello, su hermana mayor, Mercedes (1890-1963), también de gran belleza, se había lanzado a los escenarios, unos meses antes, con el nombre de Mussetta, también llamada Preciosilla II. Según Retana, no sentía el arte y desconfiaba de sus facultades, frente a su hermana. Tras unos años de actuaciones, matrimonió en 1923 con un sujeto adinerado, acción que constituyó el afortunado fin de carrera de muchas de sus congéneres.

De nuevo en España, Manolita tomó lecciones con el maestro Larruga y pronto se hizo habitual en los escenarios más concurridos. Es curiosa su asociación con la Chelito, con la que actuó durante el periodo central de la segunda década del siglo. Las dos eran adictas a lo que entonces llamaban sicalipsis y después se denominaría «destape», privilegiaban la rumba y la machicha y procuraban enredarse con amigos de posibles. Álvaro Retana, amigo de ambas y también de Mussetta, no solía ser muy piadoso cuando se trataba de hacer sus semblanzas: «Aunque nacida en Calatayud no era amiga de hacer favores (…) si no había posibilidad de beneficio monetario».

De la larga vida artística de Preciosilla, apenas nos queda su treintena de discos. Sabemos que en 1915 participó en alguna filmación para Royal Film, empresa fundada por el gran Ricardo Baños, pero se ha perdido, como se esfumaron las de divas como Raquel Meller o las de mitos como Jack Johnson, el púgil campeón del mundo que peleó en Barcelona con el dadaísta Arthur Cravan. A partir de esa fecha, Manolita actuó sin cesar por España y Portugal, viajó por toda América con variable fortuna, aunque fuera en las Antillas donde alcanzó mayor éxito. Al volver a España, ya llevaba la fama de ser una potentada, pese a que su representante le sustrajo buena parte de las ganancias.

    En los años treinta, a pesar de los cambios de gusto del público y la decadencia del género, Preciosilla siguió actuando con asiduidad. Una nota de Estampa en 1932 advierte: «Si las compañeras de varietés de Preciosilla se eclipsaron voluntariamente, ésta en 1932 es diosa mayor de la mitología cabaretera y cuando surge un bilbaíno dispuesto a gastarse mil pesetas en champaña, Manolita se baña en esta espuma».

    Durante la guerra civil -y pese a sus convicciones franquistas, estimuladas por su privilegiada situación económica- actuó para los combatientes republicanos. Hubo de responder así, pues, denunciada por deudores y vecinos envidiosos, fue expedientada en 1937. Pasaría un par de meses en la cárcel de mujeres, pero la causa se fallaría a su favor. Desde octubre de 1938 hasta febrero de 1939 fue una de las figuras del espectáculo «Radio Variedades Calderón 1940» en el teatro de ese nombre, con Ramper, Balder, La Yankee, Perico del Lunar y otros, destinado a mantener la moral de la población. Es verdad que no pudo salir de Madrid y hubo de afrontar las consabidas requisas, denuncias y acusaciones, incluso una vecina de ideas radicales quiso asesinarla.

Acabada la contienda, en retirada el género que le dio fama y, a pesar de lo que perdió en la guerra, con un buen patrimonio, Preciosilla se retiró de los escenarios y se dedicó a incrementarlo. Al morir,  dejó a su hermana Mercedes, ya viuda, una sustanciosa suma. Ésta construyó un mausoleo y, a su muerte, los bienes pasaron a fundaciones piadosas.

Publicado en Diccionario biográfico español, Madrid, Academia de la Historia, 2012. (Con varias adiciones).

                                                       BIBLIOGRAFÍA

BARREIRO, JavierCupletistas aragonesas, Zaragoza, Ibercaja, 1994, pp. 21-29.

-, Siete cupletistas de Aragón, Zaragoza, Prames, 1999, pp. 30-36. CD con varias grabaciones de las artistas estudiadas.

-,Voces de Aragón, Zaragoza, Ibercaja, 2004, pp. 148-151.

-Voz: «Tejedor Clemente, Manolita (Preciosilla)», Diccionario biográfico español. Vol. XLVII, Madrid, Real Academia de la Historia, 2012, pp. 695-696.

LÓPEZ RUIZ, José, Aquel tiempo del cuplé, Madrid, Avapiés, 1988, pp. 94-99.

MIRANDA RUIZ, Juan Carlos, http://consuelitoyotrasbellasdelcuple.blogspot.com.ar

RETANA, ÁLVARO, Historia del arte frívolo, Madrid, Tesoro, 1964, p. 77.

                                                 DISCOGRAFÍA ESCOGIDA

El diávolo francés, Jumbo Record A135028; Difícil de decir, Jumbo Record A135029; La chica de Mezquita-La danza de Madrid, Gramófono 653100; ¡Ay!, ¿Qué me haces?, Gramófono 653001; Una noche feliz, Gramófono 653002; La chumbera, Gramófono 653003; La danza del oso, Gramófono 653004; Filomena, Gramófono 653005; La codorniz, Gramófono 653006; Preciosilla (canción de gente menuda), Gramófono 653007; La mujer española, Gramófono 653008; El beso internacional, Pathé 2446A, El piropo cosmopolita, Pathé 2446B; Secundino, Pathé 2447A, S. A. La Rumba Pathé 2447B

Tejuela-1

(Texto publicado en El Pollo Urbano nº 195, febrero 2020, aquí aumentado).

La muerte en el pasado diciembre de Manuel Giménez, “El Tejuela”, como apareció en sus discos y él mismo se firmaba, supone la desaparición en Aragón del último representante del canto gitano aprendido en las fuentes originales de la tradición. En su caso, además, correspondiente a una zona de España -León, Asturias y norte de Castilla- habitualmente poco tenida en cuenta a la hora de catalogar las múltiples facetas del arte flamenco.

Tejuela, por sí mismo, era un auténtico personaje y formaba parte integral de los zaragozanos barrios del Boterón y de la Magdalena, donde podía vérsele habitualmente, paseando, muy atildado con su gorrilla y su terno rutilante. Enjuto, seco pero fuerte, potente y decidido, su bronca voz ayudaba a la intensidad de su presencia.

Inicios

Nacido en León (1937), en circunstancias muy parecidas a las de Rafael Farina, con el que más tarde tendría relación, aprendió los cantes del ambiente que lo rodeaba. Pertenecía a una familia ambulante de gitanos canasteros, que solían hacer sus campamentos en las orillas de los ríos, tanto por proveerse de agua para ellos y sus animales, como para tener a mano los mimbres con los que ejecutaban su trabajo: “…empecé a cantar a los 4 años, animaba las fiestas de la familia y venían los gitanos a verme”.

Tejuela bebió muy especialmente, de las fuentes flamencas de su abuelo Félix (Félix Jiménez Lozano), patriarca gitano de la vieja estirpe, a quien veneraba y del que contaba sabrosísimas historias. Quien conoce relatos personales y auténticos de la posguerra, se imaginará cómo era la vida de una familia gitana peregrina por las tierras de España en los años cuarenta. En esas correrías aprendió los cantes en extinción (pravianas, montañesas, cachuchas, farrucas y otros cantes de ida y vuelta) que, casi por milagro, llegó no sólo a dejarnos en la memoria de su voz sino también a grabar.

Madrid

A mediados de los años cincuenta, Manuel se asentó en la capital de España y conoció de primera mano los tablaos (El Corral de la Morería, Villa Rosa, Los Gabrieles…), las salas de fiestas como el Lido, pero también las ventas y las juergas de señoritos. En el Lido, que luego se convirtió en la discoteca Alcalá 20 y que terminó incendiándose el 17 de diciembre de 1983, causando 81 muertes, Tejuela trabajó con gentes como Rocío Jurado, Raphael, Andrés Pajares… Le cantó a Carmen Amaya… y se reconvirtió en cantaor de baile cuando le ofrecieron más dinero para hacerlo. Fue más de un cuarto de siglo lo que El Tejuela vivió en Madrid, con lo que le dio tiempo a apreciar el cambio en el flamenco y la vuelta del revés que experimentó España. El país de 1970 –no digamos el de los años ochenta- no tenía nada que ver con el del tiempo en que El Tejuela llegó al Madrid de Chicote, Ava Gardner y Luis Miguel Dominguín.

Desde los más prestigiosos cantaores hasta Clint Eastwood, Manuel conoció una fauna nocherniega que, de haber tenido posibilidad de dejar memoria de ella, su testimonio hubiera constituido un festín. Especialmente admirados fueron sus tangos, de un aire cercano al de Porrina de Badajoz, con quien trabajó en algunas ocasiones formando parte del elenco “Porrina y su Combo gitano”. Camarón grabó e incorporó alguno a su repertorio, dándole un aire de soleá por bulerías, como también lo harían Remedios Amaya, El Zíngaro y El Potito. Decían que, durante una temporada, el ya legendario cantaor de la Isla acudía todas las tardes a casa del bailaor Gabriel Heredia para escuchar en cassette los tangos de Tejuela.

Fruto de su trabajo, el cantaor leonés participó también en cuatro curiosas películas (V. Filmografía). Es poco conocido que, durante los años setenta, Manuel grabó dos discos en formato single y un long play. Fue con el sello madrileño Acropol, especializado en la rumba callejera y underground, reducto de donde surgieron Los Chichos, Los Chunguitos o Los Calis, que firmaron con discográficas más potentes. El primero de los singles, aparecido en 1974, contenía “Niña guitarra” y “Por pintar una mujer”. Al año siguiente se editó otro con fandangos: “Bebe agua de esta fuente” y un blues, “Zapatillas blancas”. En 1980 fue un Long Play que el sello Doblón tituló “Cante para todos”. Todavía, en 1984 se editó una cinta-casette, que en una cara llevaba cantes de Manuel de Córdoba y en la otra se reproducían los cuatro que Tejuela había grabado en sus dos primeros discos. (V. Discografía).

Zaragoza

Avanzados los años ochenta, con el declive de los tablaos y un nuevo flamenco asomando, Tejuela se trasladó con su familia a Zaragoza y se asentó en el barrio del Boterón, al oeste –y el Oeste-  de la Magdalena, que por entonces vivían su particular movida, con salas nocturnas de indescriptible ambiente, como el “Arrebato”, e intensa actividad musical de la que el también recientemente desaparecido José Luis Cortés “Panoja” era su principal promotor. Éste, fundó en unión de Moisés Falo, la Peña Unión Flamenca, primero en el local de la calle Doctor Palomar y, después, en el actual “Meccano” de la calle Heroísmo y promovió a Manuel al cargo de vicepresidente. En ambos lugares actuó el ya veterano cantaor y empezó también a transmitir su magisterio a las nuevas generaciones.

A finales de los años noventa, “Panoja” ideó la formación de un elenco que, con el nombre de Flamenco Norte, realizó diversas actuaciones. El grupo lo componían Tejuela, el grupo folklórico Biella Nuey y el reputado bailarín Miguel Ángel Berna, que llegó a dar clases en la mentada Peña Unión Flamenca, pero disensiones con el manager hicieron que la formación tuviera poco recorrido. En youtube pueden verse unos minutos de una actuación de Flamenco Norte y una breve entrevista con el cantaor.

Todavía la voz de Tejuela tenía la áspera potencia telúrica que lo había caracterizado, con lo que Panoja decidió grabar un disco compacto como homenaje a su trayectoria con el título de “Cante para todos”(1999), donde se recogían los estilos más personales y característicos de su cante. Escribía entonces José Luis:

…un hombre que transmite bondad con su mirada y su cante; impregnado de amor y dolor; como documento y testimonio para la gente joven; como archivo de formas flamencas que se están perdiendo: la cachucha, una forma antiquísima de folklore granadino y navideño; y sus palos principales: pravianas, farrucas, montañesas y guajiras; cantes que, por diferentes razones,  arraigan en el Norte flamenco. Junto a estos cantes presentamos sus tangos, sus fandangos por aires de la Calza y Palanca; una carcelera y una soleá que duele al escucharla; tal es el sufrimiento y tristeza que destila, con esa voz a punto de romperse. Pepe Habichuela fue el guitarra elegido por el deseo del propio Tejuela.

Una vez publicado el disco, Tejuela volvió a Madrid para actuar acompañado de su hijo Emilio a la guitarra y Arturo Jiménez con el cajón. Merecería los honores de un suelto en El País (25-X-2000), firmado por el gran crítico Ángel Álvarez Caballero.

Fue en 2004, cuando el Festival Flamenco de Zaragoza, que entonces se celebraba en la Sala Multiusos del Auditorio y por el que pasaron numerosas figuras, invitó a Tejuela. El día 20 de abril Duquende y Manuel fueron los únicos  protagonistas.  Entonces era yo el presentador del Festival y, aunque lo había visto actuar y lo conocía de vista, fue la primera vez que hablé largamente con él. A partir de entonces, nos encontrábamos frecuentemente por la Magdalena y charlábamos de su vida, de flamenco y de los proyectos que nunca dejó de tener. Recuerdo que, en cuanto recibió su último CD, titulado como el anterior “Cante para todos” pero con diferentes contenidos, apareció por mi casa para dedicármelo personalmente. En él ya se apreciaba el deterioro de su voz aunque siguió actuando con más de setenta años y acudiendo a los escenarios donde se la llamaba.

El último hito de su asendereada biografía fue en julio de 2011 cuando se le tributó un homenaje en el Festival Pirineos Sur en el que participaron una treintena de artistas. Se escribió entonces:

 Su profundo sentimiento y su compromiso con un arte que ha divulgado, contagiado a jóvenes talentos toda su pasión, se podrá ver en esta emotiva jornada de Pirineos Sur. A la experiencia de Manuel Tejuela se le sumará el reconocimiento y el agradecimiento de algunos de sus discípulos más aventajados. Alejandro Monserrat, Nacho “El niño”, David Tejedor, El Patas, Josué Barrés, Constancio Pradas o Paquito de la Serrana, tomarán el escenario de Lanuza para agradecer al maestro su labor.

Aunque Tejuela no participara directamente en él, también es reseñable el CD «Flamenco diásporo», otro proyecto de «Panoja» que la Orquesta Popular de la Magdalena, compuesta por numerosos músicos y letristas relacionados con la zona, sacara a la luz en 2014, con la producción de Alberto Gambino y la coordinación de Constancio Pradas: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/03/19/flamenco-diasporo-premio-otras-musicas/

Aparte de sus cantes, el legado de “El tío Manuel”, como lo llamaban los gitanos, ha manuel-tejuela.r_d.2703-1339pervivido en su familia, en la que hijos, sobrinos y nietos andan conchabados con el cante, la guitarra o el cajón. El que más ha trascendido es, sin duda, Jesús de Rosario, (Madrid, 1978), guitarrista, ya de fama internacional, nieto de Manuel por vía de hija casada con El Entri.

Como despedida a la figura del cantaor, se está preparando un homenaje a su memoria que se le tributará en los próximos meses. Participarán  en él muchos de quienes lo acompañaron en los escenarios y en el arte, que recordarán este cantaor irrepetible que conoció tiempos y mundos que ya nadie va a conocer.

 

                                                           DISCOGRAFÍA

1974-Manuel El Tejuela, ACROPOL (single): “Niña guitarra” -“Por pintar una mujer”.

1975-Manuel El Tejuela, ACROPOL (single): “Bebe agua de esta fuente” (fandangos)- “Zapatillas blancas” (blues).

1980-El Tejuela, “Cante para todos”, DOBLÓN (LP): “Ay que toma y toma” (tangos); “No te quiero faltar” (bulerías); “Recuerdo a Bolivia” (rumbas); “Llorando por ti (tango-rumba);  “Tientos”; “Gitanito Juan”; “¿Amar es pecado? (rumba); “En aquella barraquina” (tangos); “Caminante” (bulerías por soleá); “Sin rumbo” (fandangos).

Tejuela, Cante para todos 1

1984-Manuel de Córdoba-Manuel Tejuela “Flamenco” ACROPOL. Iberofon (cinta-Casette): CARA A (Manuel de Córdoba): “Loquito de atá”, “Verde es tu mirada”, “Carcelero” “Dime tu porqué”.  CARA B (Manuel Tejuela): “Por pintar una mujer” “Niña Guitarra”, “Bebe agua de esta fuente”, “Zapatillas blancas”, “Cuando quiero una mujer” y ”Jaleos”.

1999-El Tejuela (CD); Tangos-Fandangos-Guajira-Soleá-Fandangos-Martinete- Montañesa -Praviana-Fandangos de Huelva-Cachucha-Tanguillos-Tangos.

2009-Manuel Tejuela, “Cante para todos” (CD sin referencias): Colombiana-Montañesa-Rumba-Bulería (Lenta)-Fandangos de Huelva-Tangos-Taranta-Fandangos-Tango.

 

                                                              FILMOGRAFÍA

Nochebuena gitana –mediometraje documental- (José Hernández Gan, 1953)

Celos y duende (Silvio F. Balbuena, 1967)

El  huerto del francés (Jacinto Molina, 1976).

La Quiteria –documental- (Tasio Peña y Carlos Calvo, 2010).

 

¿Quién se acuerda de Guillermo Gúdel, amable y silencioso, poeta tardío y finísimo, autor de tan bellas ediciones, que él mismo imprimía, fruto de un trabajo que aprendió en el hospicio; hombre con poca suerte en la vida y de quien todos reconocían su buen oficio poético, pero del que casi nadie hablaba. 

Aparecía por la Peña Niké y escribió sobre sus amigos poetas para los que, con su gran amigo Luciano Gracia, creo revistas y la importante Colección Poemas

Al menos, recordamos que mañana, 22 de febrero, que se cumplen los cien años de su nacimiento en el pueblecico de Coscojuela de Fantova, entre el Somontano barbastrense y el Sobrarbe, ponemos en el foco su vida y obras para que su resignada imagen vuelva al cerebro y el corazón de quienes lo conocimos.

Gúdel, Guillermo012

GÚDEL MARTÍ, Guillermo, Coscojuela de Fantova (Huesca), 22-02-1919 / Zaragoza, 10-04-2001

Partida de nacimiento

A los ocho años quedó huérfano y fue ingresado en el hospicio de la capital  oscense. Cumplidos los catorce, entró como aprendiz en la imprenta Aguarón de Huesca y al oficio de tipógrafo dedicó su vida. En 1936 fue trasladado al hospicio de Zaragoza, donde sería reclutado para luchar en el frente. Terminada la Guerra Civil, todavía hubo de permanecer varios años en el ejército. Tras licenciarse, ingresó en la plantilla de la imprenta de Berdejo Casañal, en la que conoció al que sería su amigo más constante, el poeta Luciano Gracia, con quien también trabajaría durante muchos años en la imprenta de la Diputación Provincial zaragozana. A mediados de los cuarenta, colaboró en las revistas AragónDoce de Octubre, así como en el semanario jacetano El Pirineo Aragonés. En la tertulia del café Niké trabó amistad con Julio Antonio Gómez y se sumó a la empresa de editar la revista Papageno (1958-1960). Después, participó con Luciano Gracia en la gestación de la revista Poemas (1962-1964) y en los primeros números de la colección de poesía homónima. Una grave enfermedad de su esposa le obligó a retirarse casi enteramente de la vida pública aunque siguió escribiendo y asistiendo, de forma ocasional, a presentaciones y actos poéticos.

Café Niké. Gúdel con Raimundo Salas y Julio Antonio Gómez

Poeta casi secreto, él mismo publicó casi toda su amplia obra, en bellas ediciones de muy pocos ejemplares. Sus poemas constituyen un refugio de lo que fue su poco afortunada trayectoria vital y ostentan una veta lírica transida de sereno dolor. De correcta factura y hondo sentimiento, un oscuro destino parece cernirse sobre sus versos, existenciales y marcados por la angustia de la temporalidad. Es uno de los pocos poetas aragoneses contemporáneos sobre los que se ha publicado una biografía (Gracia Diestre, 2003).

                                                                        OBRAS

Latitud del amor (plaquette), Zaragoza, Autor, enero 1959.

Contra el aire (plaquette), Zaragoza, Autor, abril 1959.

Viento diario (plaquette), Zaragoza, Autor, julio 1959.

Término del aire (plaquette), Zaragoza, Autor, octubre 1959.

Égloga nueva de la tierra propia, Zaragoza, IFC, 1970.

Los pasos cantados, Zaragoza, Delegación Nacional de Cultura, Col. Aula de Poesía, 1975.

Las tristes noticias y Más tierra de España, Zaragoza, Autor, 1980.

Las voces permanentes y El eterno homicidio, Zaragoza, Autor, 1981.

Velación de la carne y Memoria de Edith Piaf, Zaragoza, Autor, 1982.

Capítulos del suelo y El reloj y el humo, Zaragoza, Autor, 1982.

Contra todos los aires y Penúltimas luces, Zaragoza, Autor, 1983.

Poecromía goyesca, Zaragoza, IFC, 1983.

Asiduo ofrecimiento hasta el olvido, Zaragoza, IFC, 1990.

Dilema entre camino y caminante, Zaragoza, Autor, 1992.

Entre días y noches estivales, Zaragoza, Autor, 1993.

Ecos de lo encontrado y lo perdido, Zaragoza, Autor, 1993.

En algún punto no aparece el sol, Zaragoza, Autor, 1994.

Analogía del amor y el mar, Zaragoza, Autor, 1994.

El tiempo sumergido en el espacio, Zaragoza, Autor, 1995.

El curso accidental de la existencia, Zaragoza, Autor, 1995.

Amor y desamor en claroscuro, Zaragoza, Autor, 1995.

Halago natural de los sentidos, Zaragoza, Autor, 1996.

Tetralírica de los elementos, Zaragoza, Autor, 1996.

Cercos de oscuridad y claridad, Zaragoza, Autor, 1996.

Evidencia de las contradicciones, Zaragoza, Autor, 1997.

Mientras avanza el día hacia la noche, Zaragoza, Autor, 1997.

Desde la agitación hasta la ausencia, Zaragoza, Autor, 1997.

Alegorías de la brevedad, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 1997.

Mensaje de anteayer desde el silencio (narrativa), Zaragoza, DGA, 1998.

Trayecto circular de tierra y agua, Zaragoza, Autor, 1998.

Anecdotario para largo tiempo, Zaragoza, Autor, 1998.

Clave de amor en tono de nostalgia, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 1998.

La imagen repetida en el espejo, Zaragoza, Autor, 1999.

Indefinida soledad errante, Zaragoza, Autor, 1999.

Remota aspiración de la materia, Zaragoza, Autor, 1999.

La oscuridad delante de la luz, Zaragoza, Autor, 2000.

Viejo episodio para un mundo nuevo, Zaragoza, Autor, 2000.

Horario de canciones y lamentos, Zaragoza, Autor, 2000.

Lo que sigue oscilando alrededor, Zaragoza, Autor, 2001.

Asignatura de la melancolía, Zaragoza, Autor, 2001.

Sonata de sonetos concordantes, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

La batalla del hombre contra el hombre, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

Cantata de romances y espinelas, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

El día se dirige hacia la noche, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

Rueda del pasatiempo cotidiano, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

Sucesivo retorno de las nubes, Zaragoza, Los Fueros Artes Gráf., 2002.

                                                                 BIBLIOGRAFÍA

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-VV.AA., Barataria nº 13, septiembre 2001 (número monográfico dedicado a Guillermo Gúdel).

Publicado en Javier Barreiro, Diccionario de autores españoles contemporáneos (1885-2005), Zaragoza, Diputación Provincial, 2010, pp. 515-518.

Uno de los cantadores y maestros más importantes de la jota en el siglo XX, hoy totalmente olvidado, tal vez por su corta carrera como intérprete, fue Bernardo Benito.

Nacido en María de Huerva el 6 de noviembre de 1889, cuando contaba tan sólo tres meses, sus padres se trasladaron al número 152 de la zaragozana calle de San Pablo.  A los 7 años ya cantaba, imitando a su padre y a la tía Pajarela, una vecina que muy bien lo debía de hacer para cobrar fama en el barrio más profuso en buenos cantadores del orbe. Con ocho años, Bernardo quedó huérfano, por lo que fue acogido por unos parientes vecinos de la cercana calle del Portillo. Ya con tan sólo seis años, había llamado la atención cantando en la plaza de San Felipe y alguien le ofreció presentarse esa noche en un concurso que se celebraba en el Teatro Principal. Consiguió un premio de treinta pesetas, pero recogió cuatrocientas más entre el público.  

En 1903 empezó los estudios con Balbino Orensanz, acudiendo a la Academia que el ayuntamiento había puesto cargo de éste en el Teatro Principal, aunque quien la costeaba fuese el empresario, señor Simón. Fue mano de santo pues, al año siguiente, los dos discípulos del cheso, con los que aparece en una fotografía muy difundida, obtuvieron sendos galardones en el Certamen Oficial. Gerardo Gracia (1890-1981) consiguió el primer premio y Bernardo, el segundo, al alimón con Romualdo Arana, el llamado Sansón de Zuera. En el jurado figuraron: Francisco Benavegge, Santiago Carvajal, Ricardo Salvo Casas, Juan Simón y Francisco Pomares. Esto es lo que se consta en los repertorios oficiales de dicho certamen pero, entre la documentación de Bernardo Benito que se conserva, figura un diploma en que se le concede dicho primer premio. 

Bernardo Benito siempre defendió las enseñanzas de su maestro, como la más pura expresión de la jota. Afirmó que dio a conocer de 75 a 80 estilos auténticos y él mismo redactó una lista con los aprendidos de su maestro, que sin embargo, contiene más de 100, que publicaré en otro momento. Entre los que más gustaban enumera algunos como «La canal», «Los copos de nieve», «Alta tienes la ventana», «La cadenica», el llamado de Algora, correspondiente a un cantador, Mariano Algora, que triunfó en Madrid en 1887 y fue alabado por Mariano de Cavia… A la muerte de Orensanz, el 6 de marzo de 1936, Bernardo heredó su guitarra.

Entre los que cantores que conoció y trató en la época en que se inicia su breve carrera (1904-1910), se contaban El Royo del Rabal, El Tuerto de las Tenerías, Urbano Gracia, Blas Mora, Antonio Aznar “El Andorrano”, Juan Gracia “El Jardinero”, El Perú, Sansón de Zuera, José Moreno, Pilar  López “La Arenera”, Isabel Muñoz y Miguel Asso. Y, por supuesto, Juanito Pardo. De hecho, Bernardo Benito participó en el festival organizado en el Teatro Principal para redimir del servicio militar al joven cantador y ya maestro. Corría 1905.  

En cuanto a sus hitos como jotero, debe señalarse que también durante 1905 cantó a Joaquín Costa y en 1906, a Galdós. Entre las coplas que Bernardo, acompañado de la rondalla del maestro Orós, cantó a don Benito, hospedado en la Fonda Europa de la Plaza de la Constitución, guardaba éstas, de no muy inspirado estro:

“Estoy viéndole, maestro, / y pa’mis adentros digo / quién tuviá su mano derecha / aunque fuera en cabestrillo”.

“Episodios nacionales/ que tanta gloria te dieron / España entera te ofrece /su cariño más sincero”.

“Con la jota te saludo / Benito del alma mía / Zaragoza te recibe / con su más viva alegría”.

Mayores problemas había tenido durante el año anterior con las que cantó en el homenaje celebrado en el Teatro Circo al llamado León de Graus, de factura algo más culta que las ofrecidas en la serenata al novelista y dramaturgo: 

“Una enferma vieja y pobre / se muere de consunción / si don Joaquín no la salva / no hay para ella salvación”.

“En las maniguas cubanas / gritan tumbas de españoles / ni es español ni es honrado / quien defiende a los Borbones”.

“Si la culpa es sólo nuestra / no sé pa’qué nos quejamos / el que con chicos se acuesta / ya sabéis lo que me callo”.

El jefe de policía quiso detenerlo y amenazó con encarcelarlo. Sólo lo dejó tranquilo  cuando se le demostró que las coplas no eran creaciones del cantador sino que se las habían entregado los republicanos que organizaban el homenaje a Joaquín Costa.

En 1910 hubo de abandonar el canto por el cambio de voz: un desdichado accidente que han padecido muchos cantadores que la forzaron en exceso cuando eran niños o demasiado jóvenes y que cambió la vida de Bernardo.

A partir de entonces hubo de buscar otros medios de vida y trabajó como agente de seguros. También, durante algunos años, regentó en Francia un comercio. Finalmente, entró como funcionario en la Caja de Previsión pero combinó su Andrés de Villamayor, discípulo de Bernardo Benitotrabajo con la enseñanza de la jota en la Academia de Canto Regional que instaló en el piso principal de la calle Hermanos Ibarra, número 10. Al parecer, ya enseñaba desde antes del cambio de voz, pues se conserva una fotografía dedicada, nada menos que de María Blasco que tenía un año más que Bernardo, donde lo llama «Mi querido maestro» y otra que le envía un discípulo de Villamayor en 1908. Entre sus alumnos estuvieron Félix Colás, de Juslibol; Celestino Ballarín, de Torres de Berrellén, aunque nacido en Rueda de Jalón, y las hermanas Perié, de Nuez de Ebro. De todos ellos, también ejerció de representante en la década de los treinta. Se conserva una carta de Bernardo dirigida en 1935 a la Casa de Aragón en Madrid, en la que escribe que Pascuala Perié no puede acudir pero que Celestino pide 350 pesetas por un día y 500, por dos.

Como buen jotero aragonés, Bernardo fue un cerrado polemista que se enfrentó una y otra vez a distintos molinos de viento para defender sus convicciones acerca del género: En una carta al crítico de teatro y también jotista entusiasta, Pablo Cistué de Castro, Barón de la Menglana, Benito escribía que los cantadores que de joven había conocido no conocían más que unos cuantos estilos: Lo llevan por la ribera, Me embarqué en una avellana (ambos del Royo), La fematera, La golondrina, Si no le ponen puntales, El Peral, La cara yo le tapé, Al puerto de Guadarrama, El guitarrico y El juicio oral. El resto había sido obra de Balbino Orensanz y, suponemos, que de Santiago Lapuente, al que no llega a nombrar. Conociendo Aragón, quizá la relación de ambos maestros joteros no fuera tan buena como hubiera sido deseable.

Los dos últimos de los estilos citados eran jotas zarzueleras y el resto de El Royo o Juanito Pardo, así que, según su criterio, el repertorio era muy pobre, lo que, dio lugar a la decadencia y por eso el Ayuntamiento determinó poner una academia en el Teatro Principal. Naturalmente, la que dirigió Orensanz y de la que fue alumno Benito. Desde 1904, gracias a él y a sus discípulos, se dieron a conocer más de 90 estilos aprendidos de Balbino. A su juicio, los cantadores que habían sabido conservar la pureza –estamos en la década de los treinta- eran Cecilio Navarro, Gerardo y Juan Antonio Gracia y de los modernos, Felisa Galé, Pascuala y Lucía Perié y Raquel Ruiz.

En otra ocasión Bernardo Benito defendió que fue él, junto a Gerardo Gracia, el primero que cantó la ansotana en 1903. En una carta muy extensa, hablando de certámenes y fiestas de jota, argumenta:

“… ni Cecilio Navarro ni ninguno de los que hoy se tienen por cantadores saben ni una palabra de lo que es la jota y esto estoy dispuesto a demostrárseles (sic) en donde quieran ante una persona que sea competente”.

Como se ve, el concepto sobre Cecilio es diferente al de la carta citada anteriormente. También llama la atención que en la relación de conservadores de la pureza no aparece José Oto, con el que quizá también tuviera algún encontronazo.

Una de las confrontaciones más notorias se dio en 1932 por haber dado nombramiento de Academia Oficial de Jota a la establecida por Cecilio Navarro en la calle Méndez Núñez, 38. Hubo protestas dirigidas al ayuntamiento por parte de cantadores y bailadores y Miguel Asso propició una recogida de firmas. Entre Benito y Cecilio se cruzaron cartas muy crudas y acusadoras y no faltó, como, por desgracia, suele ser frecuente, el ataque personal. A Cecilio le acusa Benito de tener la voz “completamente nasal”, cantar los estilos “totalmente transformados” y no poner jamás “en juego el corazón”. Pese a que otras veces, como se ha visto, había hablado bien de él.

Resulta evidente que B. B. se sintió siempre representante y responsable de lo que él consideraba auténtico sentir jotero e intervenía con su testimonio siempre que lo consideraba conveniente. Por ejemplo, en su correspondencia figura una carta al CSIC, en la que afirma haber entregado al prestigioso folklorista Arcadio Larrea estilos de jota musicalmente escritos y manifiesta que desea que ello conste en la documentación del Instituto. Benito poseía, en efecto, el libro de Larrea, dedicado por éste a quien llama “su maestro”.

Bernardo Benito, que había tenido una de sus academias en el Paseo de la Independencia nº 6, en 1964 vivía en la calle de San Blas y pasó sus últimos días en la calle Colón número 8, en casa contigua a aquella en la que el firmante vio la luz. Su hija, con más de ochenta años y medio ciega, donó sus recuerdos en marzo de 2005.

Las imágenes corresponden, por orden de inclusión, a 1. Bernardo Benito; 2. Bernardo Benito, Balbino Orensanz y Gerardo Gracia; 3. María Blasco; 4. un discípulo de Villamayor; 5. Raquel Ruiz. 6. Celestino Ballarín. Agradezco a Betania Canellas, que me facilitó el acceso a alguna de ellas.

(Publicado en Aragón Digital, 10-11 enero 2019).

Acaba de cumplirse el centenario (7 de enero) de uno de los sabios aragoneses menos conocidos en su propia tierra. Me refiero a Julián Gállego (1919-2006), al que -aparte de los estudiosos del arte que continuarán durante mucho tiempo consultando sus magníficas monografías sobre Velázquez, pintura barroca y Goya- casi nadie recuerda, a pesar de que no hace más que una docena de años que abandonara este valle de risas y lágrimas.

E

Es verdad que residió en Madrid buena parte de su vida, por otra parte muy viajera, pero el desconocimiento de su muy atractiva obra literaria creo que se debe más a que el público difícilmente encaja entre sus meninges que el conocido por una actividad –en este caso, la crítica de arte- se dedique también a otras cosas. Efectivamente, Julián Gállego fue autor de un puñado de obras que van desde la narrativa (San Esteban de afuera, Muertos y vivos, Apócrifos españoles, Nuevos cuentos de la Alhambra) hasta el teatro (Fedra), pasando por los viajes, a los que tan adicto fue (Postales, Años de viaje), las crónicas, en las que fue maestro (Mi portera, París y el arte) y el género autobiográfico en su libro, El arte de la memoria, una deliciosa evocación de la Zaragoza de la primera mitad del siglo XX.

Recuerdo que sus primeros textos los leí en los dominicales de Heraldo de Aragón, entonces con un excelente elenco de colaboradores culturales remunerados. No sé si ese periódico lo ha recordado en estos días, pero sí que uno de dichos colaboradores, César Pérez Gracia, ha procurado preservar su excelencia y su memoria escribiendo en varias ocasiones del maestro nacido en la calle Mayor, número 47.

Mi portera, París y el arte

Don Julián, que se había doctorado en Derecho e Historia del Arte, ejerció algún tiempo como técnico de la Administración Civil en Sevilla y Barcelona hasta que decidió cambiar su orientación profesional y trasladarse a París. Enseñó en las universidades de la Sorbona y Complutense, fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y pronto se convirtió en un crítico de arte de talla internacional, que comisarió una exposición sobre Velázquez en el Metropolitan neoyorquino y varias en el Museo del Prado. Zaragoza lo galardonó con alguna medalla y una calle, allá por el Parque Ebro.

Julián Gállego vivió de mozo en las calles Mayor y Argensola, de cuyo sector nos proporciona preciosas informaciones. Escojo unas pocas: los panecillos con forma humana que fabricaba el horno sito en el patio de su casa; la fascinación de los niños ante el palacio de Larrinaga, que todos creían que era el de la Reina Hada, y así lo nombraban; la supervivencia del dance de las Tenerías, del que recuerda una de las coplas dedicadas a un político que no señala: “Tienes la cabeza gorda / y el culo de señorita / y donde quiera que vas / vas tirando la levita”. Pero, sobre todo, una que viene al pelo para corregir a los memos y cursis que llaman “Piñateli” al famoso canónigo, propulsor del Canal Imperial, que da nombre al parque y al edificio del Gobierno de Aragón: “Pig-natelli (y pronúnciese, como es uso en Zaragoza, separando la G de la N, sin apiñarlas, y, en cambio, juntando las dos “ele” para dar lugar a la letra “elle”, que tantos países nos envidian)…”

Si lo dice un sabio y yo no me canso de corregir a los puñeteros “piñatelieros”, habrá que aplicar el cuento.

 

                                           BIBLIOGRAFÍA DE SU OBRA LITERARIA

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SALILLAS PANZANO, Rafael, Angüés (Huesca), 26-03-1854 / Madrid, 22-05-1923

Hijo de militar, estudió bachiller en Huesca y cursó Medicina en Zaragoza y Madrid. Ejerció como médico durante un breve periodo en la capital oscense pero, dada su vocación literaria y su preocupación por ampliar horizontes, decidió desplazarse a Madrid (1880) en compañía de su amigo Joaquín Costa. Allí publicó artículos periodísticos y estrenó en el teatro Español Las dos ideas, drama que no obtuvo demasiada repercusión. En esas fechas, había ingresado ya como oficial de prisiones, lo que le llevó a estudiar con pasión el mundo del hampa a través de las teorías antropológicas y sociales en boga, así como el Derecho Penal y Administrativo. Pronto y a pesar de su formación autodidacta, se convirtió en el mayor especialista español de su tiempo en la materia. Desde una óptica relativamente progresista, su obra contribuyó decisivamente en las reformas penales que se acometieron. Colaboró en la fundación de la Escuela de Criminología (1903), que dirigió, y estuvo al frente de la cárcel Celular de Madrid. Elegido dos veces diputado, asistió a numerosos congresos internacionales y fue, junto a Bernaldo de Quirós, el criminólogo español más destacado de la Restauración. Falleció a resultas de una operación quirúrgica.

Su labor periodística fue amplísima, como lo fue el espectro de sus preocupaciones y el número de folletos, conferencias y libros publicados, algunos, clásicos de especial relevancia en su especialidad, como El delincuente español. El lenguaje. Estudio filológico, psicológico y sociológico (1896) o Hampa. Antropología picaresca (1898), que admiten sin desdoro una lectura hodierna. Asimismo, incidió en el estudio de la poesía de la delincuencia, con apreciables trabajos aparecidos en 1905 y 1907. Su obra creativa, estudiada por Ara Torralba, es escasa, pese a ser su primera vocación. Las dos ideas, dedicado al militar y escritor Antonio Ros de Olano, es una obra neorromántica en verso que sólo tuvo tres representaciones. Su argumento, lleno de misterios familiares, intrigas y anagnórisis, resulta convencional y farragoso. Quiero ser santo, por su parte, constituye un intenso repaso de las experiencias de un criminólogo. En él redibuja diversos episodios de su trayectoria, poniendo el acento en la crueldad del sistema carcelario y su olvido de la dignidad humana y la posibilidad de rehabilitación.

 

Publicado en Javier Barreiro, Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), Zaragoza, DPZ, 2010, pp. 971-974.

                                                                      OBRAS

Las dos ideas (drama), Madrid, Imp. de José Rodríguez, 1884.

La vida penal en España, Madrid, Imp. de la Revista de Legislación-Librería de Victoriano Suárez, 1888. / Pamplona, Analecta, 1999.

La antropología en el Derecho Penal, Madrid, Imp. de la Revista de Legislación y Jurisprudencia, 1888. / Madrid, Lib. de Victoriano Suárez, 1889.

Pedro Gasca. El pacificador del Perú (conferencia), Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1892.

Doña Concepción Arenal en sus obras. En la ciencia jurídica sociológica y en la literatura -con

Gumersindo de Azcárate y Antonio Sánchez Moguel-, Madrid, Lib. de Victoriano Suárez, 1894.

El delincuente español. El lenguaje. Estudio filológico, psicológico y sociológico, Madrid, Lib. de Victoriano Suárez, 1896. / Madrid, BOE, 2004.

Hampa. Antropología picaresca, Madrid, Lib. de Victoriano Suárez, 1898. / Pamplona, Analecta, 2004.

La teoría básica. Biosociología (2 vols.), Madrid, Biblioteca de Derecho y Ciencias Sociales, 1901.

-La fascinación en España. Brujas, brujerías y amuletos, Madrid, Eduardo Arias, 1905. / Madrid, MRA Creación y Realización Editorial, 2000.

Un gran inspirador de Cervantes. El Doctor Juan Huarte y su «Examen de ingenios», Madrid, Eduardo Arias, 1905. / Pamplona, Analecta, 2003.

Golfines y golfos, Madrid, Eduardo Arias, 1905.

Poesía rufianesca. Jácaras y bailes, París, Revue Hispanique, 1905.

La traslación de los presidios de África y la reforma penitenciaria. Historia palpitante, Madrid, Bernardo Rodríguez, 1906.

Un gran penólogo español. El coronel Montesinos, Madrid, Eduardo Arias, 1906.

Quiero ser santo, Madrid, El Cuento Semanal nº 52, 27-XII-1907.

El anarquismo en las prisiones (estudio documental), Madrid, Eduardo Arias, 1907.

Poesía matonesca (romances), Nueva York (EE.UU.), Revue Hispanique, 1907.

La ejecución de Angiolillo, París, Macon Protat Frères, 1908. / Pamplona, Analecta, 1999.

La casa como célula social, Madrid, E. Arias, 1908.

El tatuaje y su evolución histórica en sus diferentes caracterizaciones antiguas y actuales y en los delincuentes franceses, italianos y españoles, Madrid, Eduardo Arias, 1908.

Sentido y tendencia de las últimas tendencias en criminología, Madrid, Eduardo Arias, 1908.

Las Cortes de Cádiz. Revelaciones acerca del estado político social, Madrid, Imp. Sucesores de Hernando, 1910. /  Ayuntamiento de Cádiz, 2002.

La Cárcel Real de esclavos y forzados de las minas de azogue de Almadén y las características legales de la penalidad utilitaria, Madrid, Imp. Alemana, 1913.

Morral el anarquista. Orígenes de una tragedia, Madrid, Sucesores de Hernando, 1914.

Evolución penitenciaria en España (2 vols.), Madrid, Imp. Clásica Española, 1918. / Pamplona, Analecta, 1999.

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