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Publicado en Cruces de bohemia, Zaragoza, UnaLuna, 2011, pp. 7-11.

El conocimiento de la bohemia española primisecular preocupa a los estudiosos desde hace no demasiado tiempo. Sin embargo, gran parte de nuestra mejor literatura tuvo que ver con ella y su existencia no es un referente pintoresco y marginal sino una tremenda realidad que, a veces, parece haber querido borrarse. Verdaderamente, y pese a la relativa cercanía en el tiempo, resulta muy difícil saber de sus circunstancias. Es cierto que los auténticos bohemios fueron a menudo retratados con pretensiones estéticas por parte de quienes los conocieron o como sujetos de anécdotas con que amenizar los libros de memorias o ficciones, pero sólo en casos muy aislados, como los de Valle-Inclán o Gómez de la Serna, se penetró en su enjundia.

Muchos de los textos en torno a sus chuscos sucedidos y vidas desgarradas pueden parecer hoy excesivos o exagerados, fruto más bien de una selección de episodios que de una realidad patente, pero cualquiera que haya deambulado por los barrios bajos o las tabernas españolas de hace no tantos años sabe que el pintoresquismo más atroz, la arbitrariedad, la miseria y el dolor elevado a chascarrillo eran pasto común, y quienes hayan cumplido los sesenta tendrán noticia de lo que significó el hambre para gran parte de los habitantes de la piel de toro y de los extremos a que puede llevar el sufrirlo. La historia de la humanidad no es fundamentalmente otra cosa que la historia del hambre. Y hasta hace cincuenta años un buen número de españoles lo vivía cotidianamente.

Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son, como se dijo, impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo.

Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, todavía muy superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban, según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

Es cierto que algunos de los bohemios aquí retratados vivieron, aunque fuera momentáneamente, el triunfo. Dicenta, a partir del estreno de Juan José, sin que ello significara ni mucho menos que variase su preferencia por el alcohol, la pendencia, el mujerío y los barrios bajos. Vidal y Planas, durante el corto periodo que corrió entre el éxito del estreno de Santa Isabel de Ceres y el asesinato de Luis Antón del Olmet. Retana tuvo una vida desahogada hasta la guerra civil pero sus amistades y preferencias sexuales le hicieron hurgar, aunque irónica y distanciadamente, en las espeluncas de la condición humana. El resto apenas salió nunca de la compañía de la indigencia y la urgencia de emplear el “sable”.

El nivel estético de sus producciones fue naturalmente diverso. De los aquí recogidos, Noel y Gálvez, excelentes escritores minusvalorados y siempre tratados con reticencia, han sobrellevado en su consideración crítica el estigma de su excentricidad y de su pobreza. Si todavía puede decirse que una gran mayoría de los escritores más notables del siglo XX español pertenecía a clases más o menos acomodadas, con todo lo que ello significa, la crítica en general poco hizo por reparar esa injusticia de base. El franquismo y las circunstancias del exilio coadyuvaron para que esa situación no se modificase. Joaquín Dicenta, tan famoso y posiblemente supervalorado en su tiempo, padeció en su prestigio la travesía del desierto que, durante los años inmediatamente posteriores, suele afectar al escritor que desaparece. Su virulento y sincero, aunque decimonónico, enfoque social propició que el franquismo derribase sus bustos y sepultase su obra bajo la socorrida losa del olvido. Retana fue un escritor de gran soltura y correcto estilo aunque cayó frecuentemente en facilidades y nunca le sonrió el genio. Sin embargo, su repercusión sociológica tampoco ha suscitado apenas atención. Pedro Barrantes y Vidal y Planas, a pesar de la abundantísima obra de este último, carecen de interés estético pero son el perfecto ejemplo de esa España descabellada, abrupta, feroz e inclasificable que da razón de nuestra historia.

Todos bebieron con voluntad, lo que, probablemente, costó la vida a Barrantes y Dicenta. Gálvez y Retana murieron de forma violenta; Noel, en la miseria. Contra toda probabilidad, fue Vidal y Planas el único que tuvo una muerte que podríamos calificar de corriente, aunque fuera en el exilio.

Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sáinz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último, que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta -en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sanchez Álvarez-Insúa-, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existe una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

 Categorizar a la bohemia española prescindiendo de consideraciones estético-históricas es tarea inútil y condenada al fracaso. Una sociología de la bohemia tendría fronteras siempre gaseosas. Aceptando el común componente de la indigencia, sí puede decirse que Gálvez, Noel, Barrantes se incluyeron en ella por vocación. Buscarini y Vidal y Planas, por temperamento enfermizo. Otros bohemios con posibles se insertaron en sus filas por estética, como fue el caso de Hoyos y Vinent. Sin que faltase la erotofilia, caso también de Retana. Ya se habló de la pasión personal de Dicenta por el limo. No la tuvo Carrère, que se encontró con esta forma de vida en los cafés y se apuntó con todo tipo de prevenciones al cotarro, como quien se inscribe en una sociedad con la que no tiene mucho que ver pero que, sin darle mucho que cavilar, le resulta útil. Los dos grandes Ramones, si estuvieron en la bohemia fue, evidentemente, por amor al Arte que ellos, como nadie, ejemplificaban.

Los seis trabajos aquí reunidos, fruto de varios años de recogida de notas sin propósito específico y de la predilección del autor por estos tan extravagantes como, en su mayor parte, desdichados artífices, quieren dar una visión parcial, aunque en la medida de lo posible coherente, de este universo relativamente cercano en el tiempo pero tan lejano ya a nuestros usos y formas de vida. Los repertorios de obras y bibliografías no llegarán a exhaustivos, pero incrementan de forma sensible lo hasta ahora publicado sobre estos autores y, desde luego, pueden dar pistas para indagaciones posteriores que, probablemente, ya debían haber sido acometidas.

(Publicado en Clarín nº 132, noviembre-diciembre, 2017, pp. 18-23)

El periodista

Es curiosa y atípica la trayectoria de Javier Bueno García (1891-1967), autor madrileño que, en principio, estaba destinado a militar en las desvencijadas filas de los periodistas que en las dos primeras décadas del siglo XX deambulaban por las redacciones, ostentando sus desgastados ternos y sus tres cuartas de bohemia, picaresca y salacidad. La otra parte la daba el hambre. Con un adobo de alcoholismo y unas gotas de puteque de baja estofa, el cóctel derivaba frecuentemente en tuberculosis. No fue así, tras unos años en la brecha, para Javier Bueno, que, muy joven, fue enviado como  corresponsal a París, cubrió la I Guerra Mundial, se internacionalizó y terminó como bien pagado funcionario de la OIT en Ginebra. Ya jubilado, moriría en el turístico pueblo de Gryon a 130 kilómetros de la ciudad del lago Leman.

 Sin embargo, sus inicios fueron tan traqueteados y pintorescos como los de cualquier personaje de Carrère o Vidal y Planas, sin que faltaran procesos, duelos y otras demasías. Tras haberse escapado de su casa, para conocer París y Londres, su intento de alistarse sin documentación para la guerra del Transvaal, deparó que, al solicitarse aquella, la embajada española se topara con la reclamación de su familia. De nuevo en Madrid, comenzó con apenas quince años –para nuestra vergüenza, entonces se maduraba mucho antes- a escribir en El Globo, desde donde pasó a España Nueva, donde todos le llamaban Javierito, por su juventud, escualidez y escasa talla. Una de sus primeras misiones como reportero fue el viaje a París en burro acompañado de Carlos Crouselles, otro de los periodistas de la época que merecería una novela. Salieron para la ciudad del Sena en agosto de 1906 pero dejaremos esa jugosa crónica del viaje pues es inminente su publicación, rescatada por la editorial Renacimiento.

 Sí habrá que decir que el satírico Crouselles se casó nada más regresar con Aurora Fuster, viuda del escritor –sevillano, como él- José Antonio Torres “Micrófilo”, que había fallecido hace dos años en Málaga y dejó a su esposa una buena renta. El nuevo matrimonio intentó sacar provecho de ella montando un negocio en Méjico pero no hubo suerte. Pensaron, entonces, marcharse a la Argentina en busca de nueva fortuna y el 9 de diciembre de 1908 los dos se encontraban en Sevilla, prestos para emprender el nuevo viaje. Carlos dejó a Aurora encerrada en la habitación del Hotel Iberia, tal vez porque ella padecía algunos problemas mentales, y se marchó con unos amigos a la contaduría del Teatro del Duque, donde mostró actitudes inusuales y extrañas. Al volver al hotel, sonaron cuatro detonaciones en la habitación ocupada por el matrimonio.

 Crouselles había matado a su esposa e intentado suicidarse, aunque sobrevivió unas horas. En la habitación del siniestro se encontraron cuatro cartas. Una de ellas iba dirigida al gobernador por parte de Aurora y declaraba que, considerando que no podían ser felices, iba a matar a su marido y, después, se suicidaría. En otra, Crouselles exponía que, por no tener valor su mujer para realizar su proyecto, lo asumía él con las funciones intercambiadas y legaba a una amante, con la que tuvo en Madrid 4 hijos, 3.400 pesetas. Una tercera carta era para su amigo, Emilio López del Toro, al que remitía cien pesetas como adelanto para dicha amante, de nombre, Jerónima Blasco. La última carta era para despedirse de ella.    

 El folletín prosiguió con muy diversas peripecias pero quien nos interesa aquí es Javier Bueno que, tras dejar España Nueva, entró en la redacción de El Radical, al tiempo que comenzaba a publicar sus primeros textos narrativos. Y aquí se inmiscuye la figura de un inevitable en esta época: Pedro Luis de Gálvez. Efectivamente, La santita de Sierra Nevada, que iba a ser el primer libro del periodista, apareció con la firma del bohemio malagueño, el 30 de diciembre de 1910, con el número 5 de la colección Los Contemporáneos. El novel autor reaccionó con cierta elegancia. Esta es su carta al director de El País, publicada bajo el título “La Historia de un cuento”: 

 Mi querido Castrovido: Me ha ocurrido lo siguiente: Hace cinco meses, Pedro Luis de Gálvez me pidió, en nombre del director de Los Contemporáneos, un cuento. Le entregué el original. Hace dos meses me remitieron las pruebas, que yo devolví corregidas. Hoy me entero de que mi cuento, con el título La santita de Sierra Nevada, que no es el título que yo le puse, se publica el viernes próximo, firmado por Gálvez, quien, según me dicen, ha cobrado el importe. Me aconsejan que acuda ante el Juzgado; pero, ¿para qué? Procederán contra Gálvez, y acaso lo metan en la cárcel, pero eso no me proporcionará la misma felicidad que Ios treinta duros que por mi trabajo me correspondían. En este caso, sólo me resta el derecho del pataleo, y quiero que usted sea tan bueno que publique esta carta en El País. Se lo agradecerá mucho su devoto y amigo, JAVIER BUENO.

 Aunque Gálvez rebatió esta versión en carta también publicada en El País, dadas las fechas, parece una inocentada aunque sea un caso de descarada piratería. Emilio Carrère, sin embargo, no debía de tener simpatía alguna por Javier Bueno porque a los pocos días del episodio se descolgó en Madrid Cómico (7-1-1911) con este comentario: “También aludo a Javier Bueno, ese salvaje inconsciente y huero, a quien con motivo de su pleito de La santita de Sierra Nevada, sólo tengo que decir que el perjudicado es Gálvez, por haber firmado una cosa tan mala”.

Lo de salvaje venía a cuento por ser “Las palabras de un salvaje” el título de la sección que el periodista madrileño firmaba en El Radical. Dos años después, Bueno publicaba Una vida, número 25 de la colección El Libro Popular, aparecido el 26 de diciembre de 1912, una intensa novela corta de corte clásico, que narra el rodar por el mundo de un pícaro, que termina, fracasado, recogiéndose en su claustro natal. El lector habituado a la novela corta de estas calendas reconocerá  la firma de Javier Bueno en la segunda o penúltima página de abundantes números de esta colección, El Libro Popular, donde redacta breves reseñas y se hace vocero de interesantes noticias y comentarios acerca de la actualidad literaria o social. Sorprende la precocidad, el conocimiento, soltura y competencia del ya formado periodista.

La novela

Un hombre, una mujer y un niño (La Novela de Bolsillo nº  30), publicada en marzo de 1914 e ilustrada por Federico Ribas, es la tercera de las novelas cortas de Bueno y, sin duda, la más interesante. Ya desgajado de El Radical, su carrera en el periodismo iba por muy buen camino. Había trabajado en otros periódicos como La Tribuna, donde se hizo amigo de Tomás Borrás y, sobre todo, acompañaría a Rubén Darío en su viaje a la Argentina -zarparon el 27 de abril de 1912-, financiado por la revista Mundial Magazine, que el poeta dirigía en París, lo que le valió a  Bueno numerosas relaciones y el agradecimiento de Darío, al que sacó de situaciones muy comprometidas. Algunas de ellas las cuenta en Diálogos con el que se fue (1965), la última de sus publicaciones, en la que rescata a algunos escritores de aquel tiempo. Por otro lado, Javier entró en relación con la popular revista porteña Caras y Caretas, que, poco después, lo nombraría su corresponsal en la guerra europea. También por esa época, entrevistó a Galdós, Dicenta, Maragall, Ignacio Iglesias, Menéndez Pelayo…

Con todo esto, Bueno se podía permitir una mirada crítica y distanciada sobre la redacción de un periódico como El Radical, en el que durante casi dos años había convivido con la entraña del periodismo madrileño, tan cuajado de bohemios y figurones, como de pintoresquismo e hipocresía.

El periódico

El Radical, diario republicano de la noche había sido fundado en marzo de 1910, por Lerroux  -en 1904 había sacado a la luz un semanario con el mismo título- y mudó a convertirse en diario de la mañana en octubre de 1912. Portavoz del inescrupuloso político cordobés, era por entonces un periódico que daba voz al anticlericalismo, al socialismo y a las aspiraciones obreras. Como director figuraba el culto y prestigioso Ricardo Fuente, que había dirigido El País, ya el principal portavoz de las ideas republicanas. Por su redacción pasaron Luis Bello, Ignacio de Santillán, Segismundo Pey Ordéix, Álvaro Calzado, Julián Moyrón, Eduardo Barriobero e Hipólito González Rodríguez de la Peña, entre otros. Y, como colaboradores, contaría con las firmas de  Nicolás Estévanez, José Nakens, Rafael Salillas, Cristóbal de Castro, Joaquín Dicenta, Pedro de Répide, Álvaro de Albornoz, Julián Besteiro… El Partido Radical de Lerroux atrajo a abundantes intelectuales, entre los que se contó a  Ortega y Gasset, que lo utilizó para dar a la luz lo que le parecía inconveniente publicar en El Imparcial, propiedad de su familia. También Pío Baroja, que coqueteó con el partido de Lerroux, publicó César o nada como folletín en el diario.

Tanto el protagonista de la narración, Asuero, como el nombre del periódico en el que trabaja, El Demócrata, son réplicas de Javier Bueno y El Radical. Aunque la descripción satírica de los componentes de la redacción es el principal objetivo de la obra, glosaré brevemente el argumento, que también es ejemplificador del ambiente que se vivía en estos últimos reductos de la bohemia:

Asuero, encargado en el diario de reseñar las sesiones en el Congreso, recibe una llamada avisándole de que, junto a otras putas, ha sido detenida su amante, María la Francesita. Para influir en su liberación, se persona en la comisaría del Centro, donde las encerradas andan metiendo bulla. Cuando un guardia abre la puerta de los calabozos, las detenidas, que siguen insultando a la policía, advierten de que la tal María está de parto. Entran Asuero y el comisario, apodado El Niño de los Brillantes, éste abriéndose paso pateando a las presas. El policía cree que ellas están burlándose y larga otra patada a la parturienta, con lo que todas se arrojan sobre él y lo muelen. A continuación, entran los agentes para liberar a su jefe y la emprenden a sablazos con las mujeres, que, para protegerla, se colocan encima de la nueva madre y de Asuero, que dispara a la policía. Tras visitar la Casa de Socorro, el joven ha de declarar ante el juez, que le concede la libertad provisional por su condición de periodista, pero en la redacción se ha sabido del incidente y todos están contra él que, con su conducta, ha emponzoñado la profesión. El director lo recibe muy benévolo, pero le comunica la decisión de la propiedad de prescindir de sus servicios. Finalmente, El Demócrata publica un suelto explicando que Asuero ya no tiene nada que ver con el periódico, con lo que El Niño de los Brillantes, libre de compromisos políticos, comienza su búsqueda. Tras vagar toda la noche, Asuero se dirige al Hospital de San Juan de Dios y encuentra a la Francesita que le cuenta sollozando, cómo las compañeras han llevado al hijo de ambos -eso cree Asuero- a la Inclusa. Entra entonces la policía que lo detiene y maniata. Ella lo despide pidiéndole que le escriba a casa de la Gallega, su coima.

Esta es la apostilla final del narrador, en una novela que no abunda en ellas:

La complicada máquina, que es la organización social de un pueblo, se había detenido unos instantes para ocuparse de un hombre, una mujer y un niño, y como la previsión es una de las virtudes de la sociedad en que tenemos la dicha de vivir, los tres encontraron pronto sus respectivos puestos: la cárcel, el prostíbulo y la Inclusa. Luego el mecanismo siguió rodando (p.59).

Los personajes

Ya se dijo que lo más suculento de la novelita son los personajes que destapa aunque lamentablemente sólo podamos desentrañar a los más conocidos. Daniel Pulpo es el presidente de la sociedad que explota el diario, es decir, el propietario. Se trata efectivamente, de Alejandro Lerroux (1864-1949), fundador del Partido Republicano Radical, político y demagogo, harto activo en la política española de la primera mitad de la pasada centuria. 

…soñaba con la posesión de tres grandes rotativos, cada uno de los cuales fuese órgano de cada partido triunfante en el gobierno del país, y otro, El Demócrata, con ciertos ribetes revolucionarios para recoger la parte de público que no estuviera conforme con los otros dos. (p. 43).

El director, don Roberto, corresponde a la figura de Ricardo Fuente (1866-1925), republicano y activo periodista, que, además de El Radical, dirigió El País, el más importante de los diarios republicanos del periodo de intersiglos. Bibliófilo y hombre de gran cultura, es más conocido por fundar y ser el primer director de la rica Hemeroteca Municipal de Madrid. Llevo fama de hombre de gran corazón y competencia pero un tanto despreocupado, algo así como a lo que más tarde se denominaría pasota. A pesar de ser quien ha de darle la noticia de su despido, Asuero-Javier Bueno, lo pinta con cierta benevolencia:

…era el más amable de los hombres, siempre que el estómago y los dolores de gota no le mortificaban. En las primeras horas de la noche se mostraba indulgente, alegre, bromista, confidencial; pero, desde las diez en adelante, cuando el estómago entraba en lucha terrible con los alimentos y el cerebro en batalla con el artículo de fondo, se volvía irascible y más de una vez los periodistas a sus órdenes habían sabido los peligros que entrañaba una ración de pote gallego en el estómago de Don Roberto. (p. 12).

Y, al comunicarle su despido:

Don Roberto, en el fondo era un sentimental bondadoso, a quien, sin las malas digestiones podían confesársele los más graves pecados, seguro de obtener el perdón. Su voracidad para comer era la causa de que se le creyera una fiera corrupia. (…) Acaso tuvo usted razón para hacer cuanto hizo –dijo don Roberto-; pero todo eso está fuera de lo normal, de lo reglamentado, de lo aceptable… Es muy triste, pero es así. Yo no puedo hacer otra cosa sino compadecerle, amigo mío, cumplo con el encargo que me dieron (…) Sepa que aquí deja un amigo, un solo amigo, yo. (pp. 52-54).

Don Calixto López Cardón es la figura prócer que  corresponde a Benito Pérez Galdós, como se puede advertir en la secuencia vocálica de ambos nombres. Así lo caracteriza Javier Bueno: “…novelista autor de más de ochenta obras, que se consideraban como ladrillos de su propio monumento”. Cuando convenía políticamente, Tomillo, uno de los miembros de la redacción, le hacía escribir el manifiesto que se consideraba oportuno:

 Y don Calixto, conocido vulgarmente como “gloria de las letras” redactaba un manifiesto con alusiones a la “gloriosa, al león dormido de España, al general Riego, a los consumos, para terminar con un párrafo descriptivo de la apoteosis: el sol de la Libertad aparecía esplendoroso por el horizonte ahuyentando a la ignorancia, al fanatismo, a todos los vicios y al ministro de la Gobernación. (p. 8).

 Otra de las figuras que colaboran en la redacción del diario es la de Guzmán Baeza, casi legendario autor de La blusa triunfadora. Se trata obviamente de un retrato de Joaquín Dicenta (1862-1917), como en el caso anterior, dibujado con escasa empatía por el modelo: “hombre de cara arrugada, flaco, con cierto aire mezcla de clérigo y organillero (…) Él mismo, cuando se servía de El Demócrata para anunciar algún libro suyo o cuando quería aumentar su gloria literaria, se daba el título de ’ilustre autor’” (p. 19). La verdad es que Javier Bueno se ceba en los evidentes defectos del periodista y dramaturgo y prescinde de sus muchas cualidades: Pone en duda su postura revolucionaria, destaca su tendencia a lo sentimental, observa que su amor a los humildes estribaba en emborracharse con ellos y que todo su principio filosófico era la lucha entre la blusa del obrero y la levita del burgués. No se sabía si era socialista, sindicalista o anarquista pero aplaudía lo mismo el regicidio que el crimen de taberna porque quería aparentar ser un revolucionario bárbaro. Enemigo de la propiedad, de la degeneración “modernista”, de la infidelidad femenina, aspectos que por estricta justicia habría que matizar, la poca simpatía que Dicenta inspira al periodista queda patente.

El caso del apodo de  “El Niño de los Brillantes”, referido a un policía, recurso casi valleinclanesco, ya que se aplicaba comúnmente a estafadores y carteristas, es más sugestivo. Es cierto que hubo un guitarrista flamenco con este nombre y que pasó por la cárcel, pero fue en años posteriores. Por las fechas, lo más fácil es que el motejo esté sugerido por  un delegado del gobernador de Fregenal de la Sierra, al que se le apodaba, además de “Niño de los Brillantes”, “Don Peróxido de Manganeso”, detenido ocho veces por estafa y cuya conducta llegó al Congreso.

De todos modos, veamos la descripción con que Bueno nos da a conocer al pájaro de cuenta:

…inspector de policía que supo quintuplicar el sueldo de su empleo por mil artes y mañas inconfesables, entre las que pueden suponerse regalos de carteristas y timadores, a cambio de la vista gorda, y obsequios de Celestinas por cierta benevolencia en escándalos ocurridos en sus santuarios. A estas fuentes de ingresos supuestas, hay que añadir lo económica que resultaba la vida al Niño de los Brillantes por habitar con una peripatética de las más caras del mercado madrileño. (p. 32).

Aunque no sean colaboradores del periódico, se cita también a Pérez Órdiga y Vital Caza (Juan Pérez Zúñiga y Vital Aza) como representantes de la línea de una popular publicación de la época, Madrid Chirigotero, otra evidente parodia del semanario Madrid Cómico. Es ilustrativo el texto de la página 22 que, una docena de años después, parece reproducir las no muy sangrientas pugnas entre los componentes de las publicaciones Gente Nueva y Gente Vieja:

En aquella época, el campo literario estaba dividido en dos grupos o bandos y los partidarios de uno y otro se diferenciaban entre sí, por llevar la cabeza rapada o con melenas y por ser o no ser colaborador de la revista semanal Madrid Chirigotero. Los del pelo cortado aseguraban que esta revista marcaba el apogeo de las letras españolas y los de las melenas negaban hasta que don Calisto López hubiese escrito sus ochenta novelas.

Finalmente, comparece también otra cohorte de periodistas que no he sido capaz de identificar: Calderón, redactor-jefe, veinticinco sin moverse de la misma silla, es, probablemente, José Rodríguez de la Peña, que ejerció durante estos años el cargo pero del que poco sabemos. En la oscuridad quedan: Lozano, reportero en las Cortes y confidente del propietario; Robredo, amigo, también de Daniel Pulpo (Lerroux); Zabalza, “escritor apócrifo” y periodista útil por saber decir una cosa y la contraria; Lucha, reportero financiero; y, sobre todo, Tomillo, al que se dedican varias páginas: arribista de pocas luces de origen castellano, que llegó a diputado por tener mucho predicamento con Cardón (Galdós) y que, a la tercera vez que lo intentó, consiguió quedarse en El Demócrata.

Como es usual en la colección, el texto se enriquece con dibujos satíricos que representan a Calixto López Cardón, Tomillo, Asuero (dos veces), Guzmán Baeza, Don Roberto, El Niño de los Brillantes, María la Francesita, sus compañeras de celda, el recién nacido, la detención de Suero en la sala del hospital y la cabeza del autor.

Con 23 años cuando se publicaba esta novela, a Javier Bueno le quedaba toda una vida llena de peripecias, que tampoco faltaron en la vida española: corresponsal en la Gran Guerra de Caras y Caretas y, con el seudónimo de Antonio Azpeitia, también de ABC, fue expulsado de Francia por germanófilo. Javier Bueno no era un reaccionario pero tenía la convicción de que los galos nunca tratarían bien a España. No les convenía. El resto de la guerra la hizo como corresponsal en el  bando perdedor, desde donde remitió estupendos reportajes. A partir de finalizar la contienda, vivió casi siempre fuera de España dedicado a la OIT pero publicó varios libros, algunos en francés, e, incluso llegó a estrenar una obra de teatro, Liberto (1922), en el madrileño teatro Calderón. Su trilogía sobre la Guerra Civil, Les vaincus héroïques  (1943-1949) y La zorrita y los pájaros exóticos, deliciosa novelita publicada por Aguilar en 1963, pero que pasó inadvertida, son, seguramente, lo más reseñable de su obra de madurez.

Javier Bueno García padeció la maldición de llevar el mismo nombre que otro periodista, Javier Bueno Bueno, nacidos ambos en el Madrid de 1891.

El otro Bueno era hijo natural del padre del periodismo republicano, José Nakens y de la actriz Soledad Bueno y, desde muy joven, tuvo una señalada afición por el periodismo hasta el punto de publicar, con catorce años, artículos de fondo en el legendario periódico El Motín, fundado y dirigido por su padre. Con una trayectoria muy militante en la lucha obrera, se radicó en Gijón y en 1933 dirigió Avance, diario que encabezó las reivindicaciones sindicales en el Principado. Detenido y torturado por la República, por lo que quedó cojo, durante la Guerra Civil, fue herido en el Frente de Oviedo y se le amputó una pierna. Todavía pudo dirigir a su vuelta a Madrid el periódico Claridad, de tinte  socialista. Encarcelado en Porlier fue condenado a muerte en juicio sumarísimo por un tribunal militar y ejecutado a garrote vil en la misma cárcel el 26 de septiembre de 1939. Sender lo recuerda con gran afectuosidad en su Nocturno de los 14.

Esta similitud de nombre y profesión ha deparado numerosos errores y confusiones en las referencias a ambos periodistas, por lo que, a menudo, se hace complicado seguir sus trayectorias. Aquí sólo se trataba de dar cuenta como vio y reflejó uno de sus miembros la redacción de un periódico republicano en los primeros años de la segunda década del siglo XX.

 

 

 

 

En 1892 Joaquín Dicenta todavía sólo había publicado dos títulos: Spoliarium y el libreto del drama El suicidio de Werther. Sin embargo, ya debía de haber sufrido el asedio de los “amigos” y conocidos adictos a hacerte el favor de aceptar el regalo de tu libro. En dicho año encabeza Tinta negra, su nuevo volumen de artículos y cuentos con el siguiente texto, que la SGAE, CEDRO y la Asociaciones de Escritores debían editar y repartir por todo el país:

 

“Ayer tuve la honra de ser presentado a usted por X y hoy me apresuro a escribirle con objeto de que me remita, dedicadas, las obras que usted ha escrito, y por las cuales siento admiración profunda, como lo pruebo al solicitar de usted este favor señaladísimo”.

“Gracias anticipadas, y… ahí van las diez pesetas importe de los ejemplares”, creí yo que diría Juan Pérez (así se firmaba el autor de la epístola); pero nada de esto; no ya las diez pesetas, ni mención de ellas venía en el escrito de aquel amigo improvisado.

Juan Pérez necesitaba leerme gratis y con Autógrafo; cosa muy justa, porque, al fin y a la postre, el sujeto había cambiado conmigo un apretón de manos, dándome al paso las señas de su domicilio, circunstancias sobradas para que en esta tierra, eminentemente burguesa y rutinaria, donde sólo se consideran profesiones y medios de vivir los  garantizados por un título oficial o por un establecimiento con puertas a la calle, se atreva cualquier ciudadano a reclamar, de quien vive y se alimenta de su pluma, el fruto de sus esfuerzos y vigilias, en clase de regalo y casi casi como haciéndole un gran favor.

Francamente, yo agradecí la honra que me dispensaba admirador tan fervoroso, y en vez de coger mis libros y mandárselos, de acuerdo con sus pretensiones, cogí la pluma y le escribí la siguiente carta, que copio y traslado a las páginas de este libro para satisfacción de todos los seres incógnitos que se ocupan en pedir dedicatorias y en proteger, sin detrimento de su bolsillo, las Bellas Artes y la impresa literatura.

Dice así la carta:

“Apreciable Mecenas y Pérez: ¿Cómo he podido yo merecer la ventura impensada de que usted me escriba, reclamando mis libros para formar parte de su biblioteca económica? —Digo económica, porque, a juzgar por las señas, no debe haberle costado muy cara.—  ¿Qué hizo este humilde emborronador de cuartillas para que Juan Pérez, nada menos que don Juan Pérez, se acuerde de él y pretenda aumentar el número de sus lectores?

Dígole a usted, generoso amigo, que semejantes mercedes me aturden, a tal extremo, que no sé cómo contestarle y cómo recordarle una cosa que seguramente se le quedó en el tintero, más por ignorancia que por propósito firme y decidido.

Pide usted mis libros, dedicados y a título gracioso; yo se los remitiría inmediatamente, pero de hacerlo, perdería una peseta por tomo, y aunque esta cantidad no merece la pena de mentarse, conviene señalarla, añadiendo a la vez que yo vivo de mi dinero, y no de la amistad de usted, que, por otra parte, vale mucho.

Aunque usted no lo crea, joven y aprovechado Pérez, yo vivo de mis libros y de mis artículos, no tan bien como usted, que lo hará con el sueldo que le proporcione algún tío suyo en un Ministerio cualquiera, pero vivo, y como, y visto, y hasta me permito cenar en Fornos de cuando en cuando.

Para esto emborrono cuartillas y se las llevo luego a un editor, que me las publica en forma de pliegos impresos, previo el pago de papel, impresión y tirada; en seguida pongo el libro a la venta, y con sus productos voy pasando esta vida de desventuras.

Ahora bien, estimado favorecedor: si después de lo mal que anda esto de la venta de libros, se les ocurre a todos los Pérez que hay en España pedirme los míos, como usted lo hace, es indudable que moriré ayuno, a no ser que usted me remita, a cambio de la dedicatoria que reclama, una panacea hábil para prescindir del estómago.

Fíjese bien en el argumento, Pérez de mi alma. Exigir gratis un libro suyo al autor que vive de venderlos, es una inconveniencia. ¿Le parecería a usted bien que yo, inmediatamente de presentado a un sastre, le dijera: “Agradeceré a usted mucho que me dedique un traje de levita para mi uso particular?

¿Qué diría el sastre? Pues, sobre poco más o menos, lo que sigue:

El que quiera trajes, que los pague.

Y si el sastre me diría a mí esto, ¿por qué no he de decírselo a usted yo, que vivo de mis cuartillas como vive el sastre de sus telas?

Nada, amigo Pérez, que no le mando a usted los libros, aunque la negativa me cueste un pedazo del alma, órgano o lo que sea, que, con valer mucho, no halla quien lo tome a cambio de un pedazo de pan.

Bueno que todo el mundo tenga derecho a hacerme escribir en un álbum poesías que le sirven para conquistar los favores de alguna belleza; bueno que en reuniones y comidas esté uno obligado a  vomitar versos para distraer la digestión de cuatro gastrónomos y a cubrir con el ritmo de la redondilla o de las octavas reales el cuchicheo melifluo de media docena de novios; bueno es eso, y por ello paso, pero no más, aunque usted se enfade y no me salude en todos los días de su vida.

Si quiere usted libros, pásese por las librerías, donde, previo el pago correspondiente, tendrá todos y cuantos le vinieren en gana; y si quiere usted dedicatorias, considere como dedicado este artículo y léaselo a todos los Pérez que conozca, con lo cual ganarán mucho, no yo, que de puro desconocido estoy casi libre de peticiones, sino otros autores afamados, a los cuales les sale a cada hora un Pérez ansioso de favorecerlos y de hacer la propaganda de sus obras.

Consérvese usted bueno y disponga de mí para todo, menos para llevarse gratis lo que a mí me cuesta algún dinero, bastante trabajo e infinitos disgustos.

Suyo afectísimo seguro servidor

Q. B. S. M.,

JOAQUÍN DICENTA

Sobre el autor, puede verse también en este blog:  https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/07/joaquin-dicenta/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/01/30/150-aniversario-de-joaquin-dicenta-dicenta-y-sus-criticos/

Con motivo de la presentación en la Biblioteca de Aragón (martes 22 de septiembre 2015, 19.30 h.) del libro de Miguel Ángel Buil Pueyo citado en el título, publico aquí el prólogo que, bajo el título “Fernando Mora, cronista-testigo del alma y la lengua del viejo Madrid” escribí para el mismo.

Buil Pueyo, Fernando Mora003

Aparte del gusto con que siempre leí sus narraciones, Fernando Mora trae a mi memoria unMora, Fernando, Los hombres de presa002 rimero de nombres vinculados a los encuentros con su obra, que han punteado mis últimos lustros con una continuidad casi sorprendente.  La primera de sus novelas que leí fue Los hombres de presa, comprada por 800 pesetas  en la librería de Inocencio Ruiz de la zaragozana calle 4 de agosto. Don Ino, al que tantas cosas tengo que agradecer, desde los ojillos reidores que ponía en cuanto empujaba la puerta -sabedor de que nos íbamos a divertir hablando bien de los tangos, del flamenco, de los anarquistas y, sobre todo, mal de los curas-, hasta los muchos libros que me vendió a precio otras décadas, llegó a ser el decano de los libreros de viejo españoles.

Fui después comprando otras novelas de Mora, cortas y largas, hasta que la casualidad, en forma de otro amigo, Carlos Menéndez de la Cuesta, gran coleccionista de la revista musical y que cuando yo pasaba por Madrid, se mudaba a casa de un amigo para dejarme la suya en  el Paseo de Las Delicias. Él me presentó a Enrique Avilés, autor de la introducción a una breve antología de Mora preparada por él mismo y publicada por el ayuntamiento de Madrid. Era la primera persona con la que pude conversar acerca del novelista.

Fue después la aparición, a principios de los noventa, de Claire-Nicolle Robin, profesora en la universidad de Besançon del Franco-Condado, apasionadísima de la novela corta y a la que enseguida fiché para que escribiera un artículo acerca de Vidal y Planas en la revista El Bosque, con la que tuve el privilegio de hacer lo que me gustaba. Muy apasionada, medio locuela, curiosísima y siempre convencida de sus razones y argumentos , su entusiasmo por todos los personajes del pintoresco mundo de las colecciones de novela corta y su fogosidad investigadora hizo que entrara en relación con una de las hijas del escritor, Raquel Mora, con la tuvimos gratas e ilustrativas conversaciones. Ella nos contó la tristeza de una niña que hubo de conocer  las humillaciones y el fusilamiento sufridos por su padre, un hombre sin relevancia política pero republicano y masón.

En el número 10-11 de la citada revista El Bosque, dedicado a  la España del primer tercio de siglo, publiqué un manuscrito inédito de Fernando Mora acerca de Joaquín Dicenta, al que tanto admiró, y una bibliografía*, únicos y magros méritos que puedo exhibir para componer este prólogo.

Casi todos los personajes que he citado hasta ahora –y les cuadra la connotación positiva Buil Pueyo, Miguel Ángel-Gregorio Pueyoque conlleva el sustantivo- han muerto. Pero he aquí que, hace tres años, me topé con una biografía del librero Pueyo -patrón y alma benéfica de muchos de estos autores de las dos primeras décadas del siglo XX- excelentemente editada, ilustrada amorosamente y con muchas estimulantes noticias acerca de este mundo**. El autor resultó ser un bisnieto del librero-editor con raíces aragonesas, por tanto, sin los orígenes filológicos que solemos tener quienes nos dedicamos a estas cosas y, aunque ya no se le podía considerar un jovencito, éste era su primer libro aunque no lo pareciera. Y era tanto su entusiasmo por este mundo, tan ferviente y constante su pasión investigadora y tan atrayente su simpatía, que enseguida surgió una amistad que, entre muchos bienes, deparó el más dudoso de que prologase este trabajo.

Miguel Ángel Buil Pueyo, también fascinado por este mosaico literario del primer tercio de siglo al que ha dedicado varios textos en diferentes publicaciones, ya se había ocupado del narrador madrileño en un artículo, “Fernando Mora (1878-1936) o el olvido de una libre silueta”, publicado en La Cueva de Zaratustra, una muy interesante revista digital. Ahora amplía dicho estudio con un acercamiento  más extenso al personaje y, sobre todo, con una exhaustiva información bibliográfica, que enriquece sustancialmente la existente y aporta un amplísimo caudal hemerográfico – casi un millar de entradas-  que demuestra fehacientemente como Fernando Mora fue un escritor a tiempo completo, tanto en la vertiente narrativa como en la periodística.

Mora, Fernando 010

Fernando Mora es hoy un autor desconocido excepto para coleccionistas y estudiosos, al Mora, Fernando, El portillo de San Dámaso003que sólo la nostalgia, la curiosidad o la erudición hacen rescatable.  Su mundo, fundamentalmente, el Madrid de las dos primeras décadas del siglo XX, es un espacio y un tiempo perdido, lo mismo que las editoriales y colecciones en las que publicó. Entre 1909 y 1926 sacó a la luz 18 novelas, es decir, a una por año y, entre 1909 y 1932, alrededor de 60 narraciones Mora, Fernando, La cortesana de Vallecascortas más un libro de cuentos, Nieve, y una obra teatral, a despecho de que pueda aparecer alguna otra, en  olvidadas colecciones de novela corta. Es decir, una notable producción que lo convierte en el autor que con más profusión retrató en sus obras el Madrid castizo y barriobajero del primer cuarto del siglo XX y a los personajes que lo poblaban.  Él mismo, aunque vivió en varias ciudades diferentes, con las que en seguida empatizaba, era un característico gato, casi siempre ataviado con su capa española y que, incluso en su lenguaje narrativo, exhibía vicios como el laísmo, propios de la gente de la capital. Mora se alinearía, así, con el elenco de escritores que tomaron Madrid como centro de su obra. Si en teatro, el nombre fundamental fue el de Arniches y en poesía, el de López Silva, en narrativa hubo más competencia: Antonio Casero, Emiliano Ramírez Ángel, Pedro de Répide o un grande como Gómez de la Serna pero, en cuanto al número de obras dedicadas a la capital, ninguno excede al escritor estudiado por Buil Pueyo. 

No es Madrid, sin embargo, el único tema del novelista. Precisamente, en la mentada Los hombres de presa, aparecen unas prácticas bancarias que recuerdan muy de cerca a las que han provocado la última gran crisis económica. Mora conocía bien a los buitres financieros, pues había trabajado muchos años como contable en la sucursal madrileña del Banco delMora, Fernando, La peliculera 011 Río de la Plata. Igualmente atractiva resulta La peliculera, novela en la que Mora demostraba conocer los entresijos del precario mundo cinematográfico español y que parece extraño no haya sido analizada por ningún estudioso, dado el poder de convocatoria de todo lo que tiene que ver con el arte del siglo XX. Aparece, por supuesto, el mundo del teatro y de las varietés, tan habitual en la vida cotidiana del periodo y, por tanto, omnipresente en las narraciones de su tiempo. Pero también las nuevas formas de sociabilidad, como en su visión irónico-crítica del fútbol en ¡Soy del Racing!

La relación podría ser muy larga, dada la profusa producción del narrador, pero, si hay que escoger, Mora sería ante todo el novelista de las calles de Madrid, cuando en ellas ocurrían cosas y no eran un simple lugar de tránsito. Si Pedro  de Répide las descubrió desde el punto de vista erudito, Mora puso a la gente a hablar y pulular por ellas. Las conocía bien, pues fue hombre que gustó de los demás, a los que, con alguna ingenuidad y no poca inocencia, suponía siempre buenos, procuraba ayudar y les tenía fe, como nos recordaba su hija Raquel, que lo tildaba de amable, afectuoso y quijotesco.

El  libro de Miguel Ángel Buil nos acerca al personaje y, sobre todo, nos proporciona instrumentos para penetrar en él con mayor extensión y profundidad. Quienes nos interesamos por esta fascinante España de la Restauración –poco más de medio siglo de acelerada renovación en pugna con una monarquía, un clero y una oligarquía aberrantes- reclamamos a menudo estudios como éste acerca de la multitud de escritores interesantes, cuyas obras se cubren de polvo olvidados en los anaqueles de las bibliotecas, que nos ayudarían a comprender más y mejor la vida cotidiana y la historia cultural de ese tiempo.

*Se recoge aquí, ligeramente ampliada.

** V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/08/01/gregorio-pueyo-el-editor-de-la-bohemia/

                                                           OBRAS DE FERNANDO MORA

NOVELAS

Venus rebelde (De las memorias de Conchita Pinares) (Novela pasional), Madrid, Biblioteca Hispano Americana, Pueyo, 1909.

Los vecinos del héroe (Novela de Madrid), Madrid, Pueyo, 1911.

El patio de Monipodio (Novela de costumbres madrileñas), Madrid, Pueyo, 1912.

El misterio de la Encarna… (Novelas del barrio bajo), Contiene, además, de ésta, que en su anterior edición tituló “La guapa de Cabestreros”, “Muerte y Sepelio de Fernando el Santo”, “En la parada de Antón Martín” y “Por la ronda de Valencia”. Prólogo de Joaquín Dicenta, Imprenta Helénica, Madrid, 1915.

El otro barrio, Madrid, Mateu, 1918.

Los hijos de nadie (Novela del Hospicio), Madrid, Fortanet, 1919.

La Magdalena en el Colonial, Madrid, Biblioteca Hispania, 1920.

En el tejar de Frascuelo, Madrid, Biblioteca Hispania, 1920.

El ansia de ver mundo (Pintorescas andanzas de un monaguillo patriota), Madrid, Biblioteca Patria, 1921.

Los hombres de presa, Madrid, Biblioteca Hispania, s. f. ¿1921? y Sucesores de Rivadeneyra, s. f.

La peliculera, Madrid, Biblioteca Hispania, 1923.

El amor pone cátedra, Madrid, Biblioteca Hispania, 1924.

La maldita carne, Madrid, La Novela de Noche nº 15, 31 de Octubre de 1924. (Ilust. Rivero Gil). 125 páginas.

Los cuervos manchan la nieve, Madrid, Atlántida, 1925.

La cortesana de Vallecas, Madrid, La Novela de Noche nº 30, 15 de Junio de 1925. (Ilust. Baldrich o Varela de Seijas)- 115 pags.

La mujer que se sintió águila, Madrid, La Novela de Noche nº 38, 15 de Octubre de 1925. (Ilust. Baldrich).

Lobos y corderas o a la sombra de Mendizábal, Madrid, La Novela de Noche nº 47, 28 de Febrero de 1926. (Ilust. de Puig),

La necesidad de pecar, Madrid, Atlántida, 1926.

¡Viva el cieno!, Madrid, La Novela de Noche nº 57, 30 de Julio de 1926 (Ilust. Mihura).

Mora, Fernando, ¡Viva el cieno!004

NOVELAS CORTAS

-De telón adentro, (Novela de comediantes), Barcelona, Los Cuentistas nº 11, 1910.

-El portillo de San Dámaso, Madrid, Los Contemporáneos nº 187, 26 de Julio de 1912. (Ilust. de Robledano).

-A orillas del Manzanares, (Novela de lavanderas y chulapas), Madrid, Los Contemporáneos nº209, 27 de diciembre de 1912.

-Por la ronda de Valencia (Novela de una divette que fue corsetera), Madrid, El Cuento Galante nº 7, 22 de enero de 1913.

En la parada de Antón Martín (Novela de un hombre engañado), Cartagena (Murcia), El Cuento Levantino nº 5, 12 de junio de 1913.

-La sibila de Juanelo. (Novela de echadoras de cartas), Madrid, La Novela de Bolsillo nº 14, 1913. (Ilust. de Izquierdo Durán).

-La guapa de Cabestreros (Novela de la Inclusa), Madrid, El Libro Popular nº 28, 15 de Julio de 1913. (Ilust. de Salvador Bartolozzi).

-Muerte y sepelio de Fernando el Santo (Novela de ladrones), Madrid, El Libro Popular nº 3, 20 de Enero de 1914.

Mora, Fernando, Muerte y sepelio de Fernando el Santo008

Puerta del Sol-Fuentecilla o Cómo murió la Charito, (Novela de una famosa cupletista), Madrid, El Cuento Popular, 22 de junio de 1914.Mora, Fernando-Puerta del Sol-Fuentecilla

La plaza de la Cebada (Novela de la fatalidad), Madrid, El Libro Popular nº 27, 7 de Julio de 1914. (Ilust. de Luis Blesa).

Desde la Puerta al Portillo (Novela del Matadero y de la Fábrica de Tabacos), Madrid, Los Contemporáneos nº 294, 7 de Agosto de 1914. (Ilust. de Juan Francés).

El hotel de la Moncloa (Novela de la cárcel), Madrid, La Novela de Bolsillo nº 69. 1914. (Ilust. Robledano). / Madrid, Los Contemporáneos nº 716, 12 de Diciembre de 1922.

La noche del “Juan José”, Madrid, La novela de bolsillo nº 78,   1915. (Ilust. de Aguirre)

Yo he besado a la Virgen, Madrid, La Novela de Bolsillo nº 96. 1915. (Ilust. Aguirre)

-Un rincón de la Florida, Valencia, La Novela con Regalo nº 3, 20 de Enero de 1917.

La Cruz del Humilladero, Madrid, Los Contemporáneos nº 452, 24 de Enero de 1917. 12 (Ilust. Varela de Seijas).

Las tres Marías, Madrid, Los Contemporáneos nº 427, 2 de Marzo de 1917.

Todo a 0,65 junto a las novelas cortas de Armando Palacio Valdés, Los puritanos y Los amores de Clotilde, Madrid, Los contemporáneos nº 447, 20 de julio de 1917.

La maja del Buen Retiro, Madrid, Los Contemporáneos nº 492, 6 de Junio de 1918. Portada de Izquierdo de Durán.

El marido de la Cele, Madrid, El Cuento Nuevo nº 7, 2 de Enero   de 1919.

La maestra Sole, Madrid, Los Contemporáneos nº 526, 30 de Enero   de 1919.

-Cómo se roba…, Madrid, El Cuento Nuevo, Rev. Semanal. Tomo II nº 6, 20 de Marzo de 1919.

-Mugre y vino, Madrid, El Cuento Nuevo, Rev. Semanal. Tomo III nº 3, 22 de Mayo de 1919.

-Bolita de añil, Madrid, Los Contemporáneos nº 547, 26 de Junio de 1919.

-El balcón de Pilatos, Madrid, Los Contemporáneos nº 581, 11 de Marzo de 1920.

-El parador de Luciente, Madrid, Los Contemporáneos nº 597, 1 de Julio de 1920.

¡No adjetives, Pepa!, Madrid, Los Contemporáneos nº 629, 10 de Febrero de 1921.

Mora, Fernando, ¡No adjetives, Pepa!005

La corista de punta, Madrid, Los Contemporáneos nº 647. 16 de Junio de 1921.

Un disco del Mochuelo, Madrid, Los Contemporáneos nº 681, 9 de Febrero de 1922.

El chico del funerario, Madrid, Los Contemporáneos nº 694, 11 de Mayo de 1922.

La mocita del collar de cerezas, Madrid, La Novela de Hoy nº 10, 21 de Julio de 1922. (Ilust. A. Sánchez Felipe).

El figón de Paca, la Tartanera, Madrid, La Novela Gráfica nº 5, Agosto, 1922.

La vaqueriza de La Moncloa, Madrid, Los Contemporáneos nº 716, 12 de Octubre de 1922.

La que besaba con los ojos, Madrid, La Novela del Domingo nº 2, 17-XII-1922.

Los hijos no son una propiedad, Madrid, La Novela Semanal nº 82, 3 de Febrero de 1923. (Ilust. Pedrero).

Caco va en tren, Madrid, Los Contemporáneos nº 733, 8 de Febrero de 1923.

Cosas feas de Felipe, el Hermoso, Madrid, La Novela del Domingo nº 13, 4 de marzo de 1923.

La tristeza de sentirse gorda, Madrid, La Novela de Hoy nº 57, 15 de Junio de 1923. (Ilust. M. Ramos).Mora, Fernando, La tristeza de sentirse gorda001

La dulzura de sus besos, Madrid, La Novela Selecta nº 11, s. f. (1923).

¡Soy del “Racing”!, Madrid, La Novela de Hoy nº 75, 19 de Octubre de 1923. (Ilust. Ramos).

La adúltera sin saberlo, Madrid, La Novela de hoy nº 102, 25 de Abril de 1924. (Ilust. Varela de Seijas)

Venus fue a galeras, Madrid, La Novela de Hoy nº 121, 5 de Septiembre de 1924. (Ilust. Varela de Seijas).

Huelga de golfos, Madrid, La Novela de Hoy nº 143, 6 de Febrero de 1925. (Ilust. Varela de Seijas).

La escoria del amor, Madrid, La Novela de hoy nº 159, 29 de mayo de 1925. (Ilust. Puig).

También en el fango hay rosas, Madrid, La Novela de hoy nº 185, 27 de Noviembre de 1925. (Ilust. Picó).

¡Sácate la caretita!, Madrid, Los Contemporáneos nº 890, 11 de febrero de 1926.

El amor no admite leyes, Madrid, La Novela de Hoy nº 210, 21 de Mayo de 1926. (Ilust. Varela de Seijas).

La piel de Paca, Madrid, La Novela de Hoy nº 241, 24 de Diciembre de 1926. (Ilust. Riquer).

La diablo, Madrid, La Novela de Hoy nº 274, 12 de Agosto de 1927. (Ilust. Pomareda).

Judas en la Bombi, Madrid, La Novela de Hoy, 15 de Diciembre de 1927.

Socorro, la Samaritana, Madrid, La Novela de Hoy nº 307, 30 de Marzo de 1928. (Ilust. Vázquez Calleja).

Cómo odian las feas, Madrid, La Novela de Hoy nº 318, 15 de Junio de 1928. (Ilust. Varela de Seijas).

Mora, Fernando, Cómo odian las feas007

…y ellas, morenos, Madrid, La Novela de Hoy nº 323, 20 de Julio de 1928. (Ilust. Quintanilla).

El ferial de las locas, La Novela de Hoy nº 333, 28 de Septiembre   de 1928. (Ilustraciones Pomareda)

El palacio de arena, Los Novelistas nº 82, 3 de Octubre de 1929. (Ilustraciones Orbegozo).

La fotogénica de Villaumbrosa o Igual que besa la Bertini, Madrid, La Novela de Hoy nº 523, 1932.

La guapa de cabestreros y otros relatos, (Contiene, además, “La plaza de la Cebada” y “¡Viva el cieno!”, Ayuntamiento de Madrid,   1987.

Cuentos

Nieve (Cuentos naturalistas), Prólogo de Alberto Insúa, Madrid, Pueyo, 1910.

Obras teatrales

El quinqué de Petronilo (Sainete lírico o Humorada en un acto, en colaboración con Adolfo Sánchez Carrere y música de Manuel Quislant y Modesto Romero estrenada en el Teatro Martín el 24-11-1914) (V. Iglesias Souza)

Obra crítica

Rafael López de Haro y sus obra, Madrid, Pueyo, 1910 (14 pp.).

Opiniones de un lector sobre las novelas de Valcárcel y Martín de Salazar, Madrid, Librería de Pueyo, 1913.

Mora, Fernando, La maldita carne006

Publicado en Boletín Hispánico Helvético nº 10 (otoño 2007), pp. 81-100.

Soy consciente de que el planteamiento de este artículo casi se aproxima a un oxímoron. Bohemia se opone a best-seller en cuanto que aquella, al menos aparentemente, se caracteriza por su desdén por todo aquello que significaban las aspiraciones burguesas: el éxito, el dinero, la respetabilidad, las buenas formas…, si bien parte de la bibliografía moderna pone en solfa tales presupuestos. No es hora aquí de categorizar la bohemia, cosa que he intentado en otro lugar . Si la bohemia romántica se vinculó a la poesía, a partir de la Restauración fueron las publicaciones periódicas las que agruparon a quienes se decían bohemios por inconformismo y estética aunque, en la mayor parte de los casos, lo fueran por necesidad. Es este un período todavía poco y superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que agruparon el mayor número de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores.

Es comúnmente aceptado que los libros más leídos en el siglo XIX fueron los folletines . Pese al alto índice de analfabetismo, los bajos niveles de vida y de poder adquisitivo y la incuria cultural, al menos desde el último cuarto del siglo XIX, hubo una sostenida y amplia producción de libros y, sobre todo, de publicaciones periódicas . En 1875 Madrid tenía alrededor de 600.000 habitantes de los que sabía leer y escribir un 58%. A pesar de ello nos encontramos con una gran vivacidad cultural: 153 periódicos en la capital en 1870 y ¡273! en 1887. De estas publicaciones 43 eran diarios, cinco de ellos republicanos, mientras que el resto se repartía variadamente pero podemos decir que 36 de ellas trataban de literatura y afines, 19 eran religiosas, 10 festivas y satíricas, 9 artísticas, 6 masónicas, etc.

En 1900 la población había subido a 775.000 habitantes pero los analfabetos seguían constituyendo alrededor del 40%. En este final de siglo, según datos del Gobierno Civil, los diarios de mayor circulación eran El Imparcial y el Heraldo de Madrid, con una tirada de 130.000 ejemplares, seguidos por El Liberal con 105.000; la revista de mayor difusión, Blanco y Negro, tiraba 70.000, La Ilustración Española y Americana, 22.000 y Madrid Cómico, 20.000, mientras que el semanal republicano, Las dominicales del libre pensamiento, dirigido por Chíes y en el que colaboraban Dicenta y otros bohemios como Barrantes, lanzaba a la calle 10.000 ejemplares, lo mismo que el satírico semanal Gedeón. Son cantidades asombrosas, aunque muchas de estas publicaciones se distribuyeran en toda España.

Veinte años más tarde, pese al aumento de población –Madrid ya llega a los 1.067.000 habitantes- y a la mejora del nivel de vida, los analfabetos siguen constituyendo el 36,5% y las publicaciones periódicas sólo de la capital han ascendido al número de 522 .

Sin embargo, estos datos contrastan con la escasez de libros editados y la de lectores en las bibliotecas. En 1918 existían en Madrid 17, que tuvieron 371.631 lectores que consultaron 375.807 obras. Cinco años más tarde, eran 18 las bibliotecas, 433.005, los lectores y 440.794, las obras. Llama la atención la poca diferencia entre lectores y obras consultadas lo que implica que la inmensa mayoría, sólo consultó un solo libro. Y, generalmente, solían ser de temas técnicos. No se consideraba serio ir a la biblioteca a leer novelas e, incluso para acceder a las eróticas, se necesitaba un permiso especial.

El consumo periodístico contrasta también con la penuria de librerías. Por Botrel, sabemos que en 1903 había en la provincia de Madrid 49 librerías y 36 en 1913. Por el contrario, y, en parte, tal vez gracias al auge de las luchas sociales, Barcelona había pasado de 42 a 52. Les seguían ¡Oviedo!, que en esos años las había doblado: de 7 a 15 y Valencia: de 14 a 15. Zaragoza tenía 7 en ambas fechas. No había ninguna en las provincias de Albacete o Almería. En el total de España se había pasado de 271 a 284. Faltan descripciones de estas librerías, que podían de características muy diversas. Los datos son inseguros y lo mismo sucede con los libros, de los que apenas hay documentación fiable. La inmensa mayoría de las editoriales han desaparecido o perdieron sus archivos en la guerra civil.

Casi siempre tenemos que recurrir a testimonios personales que se asientan en la inseguridad del recuerdo o del propio interés. De (1874) se vendieron más de cien mil ejemplares en los primeros años de circulación pero Valera dijo que con lo que le habían liquidado apenas tenía para pagarle un traje a su mujer. Baroja, siempre quejoso, nos cuenta sus desventuras con los editores para concluir que, con el conjunto de sus primeros libros, debió de ganar unos ocho duros al mes, es decir, menos de quinientas pesetas al año.

La barraca (1899) había vendido en 1904, 15.000 ejemplares; La catedral (1903), Blasco Ibáñez-La barraca16.000, y Sonnica, la cortesana, 8.000. Bastante, pero poco que ver con las tiradas posteriores de Blasco Ibáñez. Según Martínez de la Riva, a enero de 1928, se habían impreso en España 2.286.000 ejemplares de sus obras.

Uno de los autores verdaderamente populares fue Felipe Trigo, del que siempre se citan sus abundantes ventas en la época de su éxito, y del que, además, se han aportado datos concretos . La temática de su obra, arriesgada para una España todavía mayoritariamente aherrojada bajo la férula clerical, fue el motivo de su éxito, como había sucedido antes con López Bago. Téngase en cuenta que estas obras fueron en gran medida destruidas, bien por familiares timoratos y preocupados por el buen nombre de sus cercanos, bien a causa del terror desatado por la guerra civil.

Del mismo modo, años después, otros autores como Alberto Insúa, Joaquín Belda, El Caballero Audaz, Pedro Mata, o incluso Zamacois , obtuvieron tiradas muy considerables pero a ninguno de ellos puede calificársele como bohemio, aunque Zamacois estuviese en contacto con la gallofa en los primeros lustros de su vida literaria. Es harto conocido que corresponde a este autor, en gran medida, un importante paso adelante en la dignificación profesional del escritor español por su iniciativa que dio carta de naturaleza a la llamada novela corta: la publicación a partir del 1 de enero de 1907 de la colección El Cuento Semanal, cuya tirada llegaba a los 50.000 o más ejemplares. Los autores percibían entre 150 y 250 pesetas pero pronto se incrementó la dotación. Colecciones posteriores, como La Novela de Hoy y La Novela Mundial llegaron a pagar a los autores entre 1.500 y 3.000 pesetas –lo normal era 1.000-, cosa tanto más notable cuando los precios de venta estaban siempre por debajo de los treinta céntimos .

Como es bien sabido, estas colecciones no publicaban únicamente narrativa sino que, a veces, se editaba teatro e incluso, a partir de 1916 aparecerá una colección dedicada a este género, La Novela Teatral. Pero las obras más vendidas fueron casi siempre narrativas. Estas colecciones de novela corta fueron una invención española y significaron un paso importantísimo, por su módico precio y por su salida semanal, en la formación del hábito lector. Como se dijo, las tiradas masivas supusieron una mejora inestimable para los autores. a los que se pagaron cantidades hasta entonces insólitas y ello significó la incorporación a la vida literaria de escritores que no tenían forzosamente que pertenecer a las clases adineradas, especialmente a muchos que malvivían de las colaboraciones periodísticas. Precisamente, numerosos de los argumentos de estas novelas cortas andaban entre lo ficcional y lo periodístico. En suma, representaron una verdadera eclosión literario-popular que propició un dinamismo social y de mercado insólitos en la España de la Restauración, amén de un cambio en los hábitos lectores y mentales: del rutinario folletín se pasaba a una obra y autor nuevos cada semana. Muchos lectores empezaron a encuadernar los ejemplares y hoy mismo podemos encontrarlos así en los rastros y librerías de viejo. El acceso de un público lector nuevo se manifiesta incluso en el poco cuidado formal de muchas de estas encuadernaciones: A veces se cortaban sus bordes, se arrancaban sus portadas o los ejemplares se reunían, no correlativamente, sino de forma aleatoria.

Si estas colecciones ayudaron a matar el hambre de algunos militantes de la bohemia y pusieron en circulación muchas de sus obras que, de otra manera, apenas habrían llegado al público lector, el primero de sus componentes que se encontró con un éxito comercial sin precedentes fue el bilbilitano Joaquín Dicenta (Calatayud [Zaragoza], 1862-Alicante, 1917) a raíz del inesperado triunfo de Juan José.

Son bien conocidas las circunstancias de su producción y las dificultades para su puesta en escena, propiciadas por la singularidad del drama. Finalmente, el 25 de octubre de 1895 se estrenó en el Teatro de la Comedia y, a partir de ahí, se representó ininterrumpidamente durante 150 jornadas. Cada día, más popular y aplaudido. Dicenta se convirtió en una suerte de líder de la lucha de clases y el drama fue un símbolo que se representaba en las sociedades obreras y otros círculos radicales todos los primeros de mayo hasta la guerra civil. Durante un cuarto de siglo Dicenta fue uno de los cuatro o cinco escritores más populares en la España de su tiempo, y su drama, probablemente, la obra más representada tras el Tenorio. Lamentablemente, nos faltan datos concretos de las tiradas, desde su primera impresión en el establecimiento tipográfico de Velasco, que durante más de un cuarto de siglo, antes y después de la creación en 1899 de la Sociedad de Autores Españoles, dio a las prensas la inmensa mayoría del teatro español. Si aparecieran los libros de cuentas de este impresor, serían un documento inexcusable para la historia de dicho teatro. De cualquier modo, daremos cuenta de alguno de los hitos a los que la trascendencia de la obra dio lugar.

Parece que Fiscowich, el editor que casi monopolizaba el teatro español antes de la creación de la Sociedad de Autores Españoles, durante la representación del segundo acto del Juan José, ofreció a Dicenta, que estaba en la estricta miseria, veinticinco mil pesetas por los derechos de la obra. El autor no aceptó y, finalmente, le llegaron a reportar trescientas cincuenta mil. Eso cuenta al menos a El Caballero Audaz en una de sus famosas entrevistas para la revista La Esfera . Por cierto que Dicenta fue quien sucedió a Sinesio Delgado en la dirección de la SAE.

A los pocos meses del estreno, la obra tuvo su primera adaptación en forma de novela popular por entregas . No sabemos el autor de la versión narrativa, autorizada por Dicenta, a Antonio Asensio porque este nombre parece encubrir a personajes como Antonio Palomero, Ricardo Fuente y Adolfo Luna . Fuera como fuese, incluso en la segunda década del siglo siguieron publicándose adaptaciones noveladas de Juan José.

Cuando el ilustrado iznajareño Julio Burell llegó a ministro, impuso las lecturas de Dicenta en las escuelas. Contra ello, el jesuita Constancio Eguía pretendió descalificar globalmente al aragonés en su artículo “Joaquín Dicenta y la cultura nacional” con el objeto de que la orden del Ministerio de Instrucción Pública fuese revocada.

El éxito de la obra también dio lugar a la creación de un partido político, Democracia Social y, algo más tarde, al grupo Germinal, aglutinado en torno a esta revista y propulsor del pensamiento crítico que luego se identificó con el llamado noventayochista.

El 16 de diciembre de 1910 Juan José se representó excepcionalmente en el Teatro Real, con fines benéficos. Un Dicenta con cuarenta y ocho años intervino en el papel protagonista, junto a personajes del mundo de las letras como Antonio Palomero, Ramón López Montenegro, Leopoldo Bejarano, Francisco Gómez Hidalgo, Ángel Torres del Álamo, el dibujante Manuel Tovar, que ilustró las portadas de El Cuento Semanal y, posteriormente, de Comedias y otras muchas publicaciones de la novela corta, y, también, un tal Ramón Gómez de la Serna, en el papel mudo de Mozo de la taberna. Dicenta ya la había representado el mismo año de su estreno y ahora obtuvo también un gran éxito . Ese año, posterior al de la Semana Trágica, Canalejas había accedido al gobierno y los tiempos parecían abonados para lo que antes hubiera sido una audacia impropia del Teatro Real. Las ideas de casi todos los actores tenían, además, su sesgo progresista.

Cuando en 1916 aparece la colección La Novela Corta, su director, José de Urquía, publica en su número dos, El hijo del odio de Dicenta, que es el primer autor que repite en ella, pues en el número 10 se publica Garcés de Mansilla. No sólo repite sino que siete semanas después, en la simbólica fecha del primero de mayo, se publica el Juan José con el número 17. A los veintiún años de su estreno la edición se agotó en pocas horas.

Basta con estas muestras para sostener la trascendencia de una obra que desde el principio fue acogida con extraordinario calor por público y críticos aunque pronto los conservadores fueran modificando sus criterios y los comentaristas más avisados señalaran las deudas de su autor con la retórica decimonónica. A Dicenta, el éxito no le apartó de su pasión por el alcohol, las mujeres, los barrios bajos y la disipación, lo que nunca empañó sus grandes cualidades humanas.

Si Dicenta fue, por talante, costumbres y vocación un bohemio inveterado al que, tal vez, sus abusos condujeron a una muerte prematura, el inefable, hiperestésico y más que un punto desequilibrado Alfonso Vidal y Planas (Santa Coloma de Farnés [Gerona], 1891-Tijuana, [Méjico], 1965) fue uno de los elementos más característicos de la horda bohemia .

Tras una biografía que discurre entre la locura, la miseria, el abismo, la exaltación, el misticismo, la cárcel y el éxtasis revolucionario, sorprendentemente su “tragedia popular” Santa Isabel de Ceres va a obtener un éxito tumultuoso. Tres años antes de llegar a las tablas en 1922, había sido publicada como novela . Corresponde esta obra al periodo creativamente más consistente de Vidal y Planas formado por Tristezas de la cárcel (Confesiones de Abel de la Cruz) (1917), Memorias de un hampón (1918) y Santa Isabel de Ceres (1919), novelas tremendistas y llenas de intensidad, personales y vividas, aun cuando siempre asome la oreja melodramática. Incluso la primera se vendió relativamente, lo que hizo que Fernando Fe aceptara quinientos ejemplares cuando apareció Memorias de un hampón.

Santa Isabel de Ceres es un melodrama bastante rudimentario, aunque no exento de cierta fuerza, al menos en su primera versión novelística: León, ex-hospiciano, hombre joven y fuerte, de oficio pintor, es protegido por don Dimas, que le ayuda a sobrevivir y le invita a sus juergas. En una de ellas, conoce a una puta (Isabel, Lola, de nombre de guerra) que ha caído en el arroyo por las taimadas asechanzas de señoritos y chulos. Decide protegerla y estabilizarse con ella pero don Dimas, al que pide ayuda económica, no se la otorga. En un golpe de audacia, consigue dos mil pesetas en una sala de juego que, a la sazón, estaba prohibido. Al salir, le atrapan los guardias, le quitan el dinero, le dan una somanta y lo llevan ante el juez. El falso testimonio de los policías hace que el magistrado determine procesarlo. En la celda se encuentra con un tal Abel de la Cruz.

La Lola huye del prostíbulo y decide ayudar a León subvencionándole una celda de pago, visitándolo todos los días y convirtiéndose en puta independiente para obtener ingresos con los que sufragar tales dádivas. Sin embargo, en una de las ocasiones en que lo visita, al salir, le está esperando el Cataplum -el chulo del que ha huido-, que le raja la cara. Ella, desfigurada, decide seguir ayudando a León pero ya no se considera digna de ser su compañera.

León sale del trullo a resultas de las gestiones de un abogado, novio de una amiga de Lola. Por encargo de ésta, le entrega un sobre con quinientas pesetas y le comunica que su protectora se encuentra en el Hospital General. Va a verla y ella le pide irse a vivir juntos. Se instalan modestamente y León va alcanzando el éxito como pintor. Se le propone hacer el retrato a la hija de un millonario y, al poco, el padre le ofrece casamiento con ella. Piensa en rechazar la oferta pero duda: entonces encuentra a Abel de la Cruz, evidente contrafigura de Vidal y Planas. Se emborrachan y León lo lleva a su casa. Allí, con la locuacidad propia de su estado, cuenta a Isabel lo que ha pasado pero le promete que seguirá con ella.

Sin embargo esta Santa Isabel de Ceres, arrastrando su complejo de culpa y queriendo facilitar el camino a quien la redimió, le deja una carta comunicándole que no le ha querido nunca y que a quien verdaderamente ama es al Cataplum. Se coloca en un burdel de la calle Ceres, pero no puede soportarlo y se degüella mientras está llamando a su puerta Abel de la Cruz. Por su parte, León y Sagrario, la hija del millonario, se casan.

La obra es torpe, llena de previsibles adjetivos y pomposas parrafadas. Los acontecimientos no siempre están justificados y los personajes son arquetipos sin perfiles. Sólo en cierto pintoresquismo y en la relativa sordidez de lo que se relata anida el interés. Por otro lado, está llena de paja y consabidos escolios aunque se critique el sistema social, policial y judicial. Vidal y Planas aparece totalmente preso en la vieja contradicción: resulta patético censurar el sistema utilizando lo peor y más viejo de su retórica.

Sí que la obra es ilustrativa para penetrar en la enfermiza e hiperestésica psique del autor. Como es notorio, la obra se inspiraba en la propia experiencia de Alfonso quien había sacado del prostíbulo a Elena Manzanares a la que, desde entonces, convirtió en su mujer. Incluso para la mentalidad de la época la cosa resultaba, al menos, pintoresca y dio lugar a no pocos dimes y diretes. Sin embargo, si hacemos caso al no siempre fiable Cansinos, a Elena la conoció en un burdel de la calle San Marcos, donde lo llevó Luis Antón del Olmet una noche de juerga tras el éxito de la obra teatral, lo que desmentiría el hecho de que se inspirara en ella. Sea como fuere, este drama hizo conocer el éxito a quien tan mal preparado estaba para él. El mismo Cansinos cuenta como Muñoz Seca le sugirió la idea de adaptar Santa Isabel de Ceres al teatro y en el café El Gato Negro le corregía las escenas, al tiempo que rechazaba las ofertas de colaboración que le proponía Alfonso.

En la obra teatral cambian los nombres de algunos personajes -por ejemplo, el Cataplum es el Niño de Vélez- y toma más protagonismo Abel de la Cruz, cursi tremebundo. Aquí el encuentro de León y Lola es totalmente increíble. Al no poder haber escenas en la intimidad del lecho, como sucede en la novela, ciertos diálogos quedan totalmente desprovistos de anclaje.

Se incorpora una escena en la que Abel, ante un alguacil del juzgado, emprende un desmesurado, patético, tópico y pasional canto a Cristo, no perdonando la obviedad: “La misma ley vela por la impunidad de aquellos que la infringen”.

El final cambia respecto a la novela: El día del homenaje al pintor, Abel lleva a León al prostíbulo donde se ha refugiado su novia (aquí todo sucede en la misma jornada: la propuesta de matrimonio, la duda de ella, la carta, la escapada, el reencuentro…). Le comunican que al chulo le mató la policía, con lo que siembra en León la duda. Cuando le dicen que allí hay una a la que llaman “Cicatriz”, ella, al oírlo, se degüella.

El drama es resueltamente malo, sin los paliativos que pueden ponerse a la novela. Sin embargo, tras un estreno de prueba en el Teatro Cervantes de Sevilla el 7 de enero de 1922, se exhibió en el madrileño teatro Eslava con un desmesurado éxito popular, pese a que la mayor parte de la crítica le fue esquiva. Sin duda que el carácter escandaloso contribuyó al triunfo de la obra y, también, el montaje de Martínez Sierra que, a falta de otras gracias, era un muy eficaz director escénico. Se representó ciento dos veces seguidas, lo que, en una época en que la oferta teatral era tan diversa y las carteleras se renovaban constantemente, constituía una cifra asombrosa. Durante las temporadas posteriores fue repuesta siempre con éxito.

A menos de un año de su estreno, había producido veinte mil duros a su autor, quien los dilapidó a modo, viviendo como un duque y, al parecer, repartiendo el monto, mitad por bondad, mitad por ostentación, entre sus cofrades de la pirueta.

La audacia de mezclar a una santa con una mercenaria del amor de la tan denostada calle Ceres era cuando menos una irreverencia, más si se piensa que el protagonista, con el que tanto se identificaba el escritor, recogía evidentes ecos de la figura de Cristo y su relación con Magdalena. Y, aunque no resultara nada original, pues desde el Romanticismo el tema de la vindicación de estas mujeres había sido lugar común en la literatura, estaba en el aire. Incluso, la obra fue adaptada al cine dirigida por José Sobrado de Onega, que había participado en rodajes en Los Ángeles y, luego, con el seudónimo de “Focus” haría crítica en El Sol. Entre los intérpretes principales estuvieron Aurora Redondo (Isabel) y Manuel Luna (El Niño de Vélez), que tan dilatada carrera desarrollarían en el cine español. Los exteriores se rodaron en el cabaret Parisiana y la cinta fue estrenada en noviembre de 1923.

Poco después de que se cumpliera el año del estreno de Santa Isabel de Ceres, el 1 de marzo de 1923, se produjo el único homicidio entre escritores de la literatura española contemporánea: Vidal y Planas dispara y mata a Antón del Olmet en el saloncillo del teatro Eslava. La historia es conocida pero qué duda cabe de que dilató el éxito de Santa Isabel de Ceres, así como que la peripecia carcelaria significó el éxito de las tantas veces intragables obras que el gerundense escribió desde la celda. Había sido condenado a doce años y un día y a indemnizar con cien mil pesetas a los herederos. El acusador privado no consiguió, sin embargo, su propósito de embargar los derechos de la obra de Vidal en la Sociedad de Autores. Alfonso fue encerrado en el santoñés penal de El Dueso y, protegido por Artemio Precioso, que le ofreció la excelente tribuna de La Novela de Hoy, escribió abundantemente, justificando su crimen por el ultraje a su amada y achacando su condena a toda clase de conjuras. Tras cuarenta meses de internamiento, fue indultado en julio de 1926, después de una fuerte campaña en su favor encabezada por Artemio Precioso. En la prisión había tenido trato de favor, dada su fama y el dinero que manejaba.

Ya liberado, hubo de trasladarse a Barcelona, donde momentáneamente siguió luciendo su estrella. En una entrevista dijo ganar unas cinco mil pesetas mensuales: La Novela de Hoy le aportaba unas mil quinientas, lo mismo que los derechos de sus obras teatrales y otras colaboraciones pero el contingente mayor, dos mil pesetas, se los seguía proporcionando Santa Isabel de Ceres. Que se siguió editando hasta la guerra civil . Tras ella, por su tema truculento, desapareció del mapa, como su autor, exiliado en Méjico , pero llama la atención que, más de treinta años después del final del franquismo, ni siquiera haya sido reeditada una obra tan popular y de tanta trascendencia social en su época.

Si Juan José y Santa Isabel de Ceres fueron textos más que populares y que tiraron decenas de miles de ejemplares, Álvaro Retana no puede presentar ninguna obra que ni siquiera se aproxime a la repercusión que tuvieron aquellas pero su personalidad y las ventas regulares de sus libros en su época de mayor éxito (1917-1931) lo convirtieron en un escritor popularísimo, cuyas novelas se leían con fruición y hasta eran un signo de modernidad, en el que lo popular y lo exquisito se amalgamaban de una manera muy pintoresca y muy “años locos”.

La figura de Retana es altamente singular, desde su nacimiento en alta mar frente a las costas de Ceylán el 26 de agosto de 1890 hasta su muerte en Madrid, asesinado por un chapero, el 11 de febrero de 1970. Hijo de uno de los más cultos filipinistas, Wenceslao Emilio Retana y Gamboa, y de Adela Ramírez de Arellano y Fortuny, disfrutó de una buena educación y de la muy bien dotada biblioteca paterna. Pero sus preferencias sexuales, su gusto por los géneros varietinescos y teatrales y por la vida mundana lo convirtieron en un bohemio de la onda perteneciente a la clase alta, círculo por el que deambuló con amigos como el novelista Antonio de Hoyos y Vinent, el dibujante y autor de figurines y escenografías José Zamora o la eximia bailarina Tórtola Valencia.

Con empleo fijo en el Tribunal de Cuentas, que, al parecer, pisó muy poco, nadie sino él tuvo un protagonismo tan constante y variopinto en la pequeña historia de la erotografía española del primer tercio de siglo. Su labor no se limitó a la escritura de narraciones con un trasfondo erótico, a la actividad periodística en este mismo contexto y a la disquisición crítica de los novelistas atrevidos de su tiempo, sino que incidió en el campo del arte frívolo como autor de letra y música de cuplés y libretos, figurinista y escenógrafo en el terreno de las varietés, divulgador de los entresijos de este ambiente y, sobre todo, fue el típico hombre de mundo, frecuentador tanto de bajas academias como de altos salones y tenido -muy a su gusto, ya que él fue su mejor publicista- como el transgresor por antonomasia de esta nueva sociabilidad, impensable en la España anterior al albor del siglo.

Desde su revelación en 1911 con varios artículos en Heraldo de Madrid, con el seudónimo de Claudine Regnier, que levantaron un serio revuelo y dieron ya muestra de su nunca desmentido atrevimiento, demostró su capacidad autopublicitaria, lo que además se incrementó por su fama equívoca de bisexual y libertino. A partir de entonces, su nombre fue frecuentísimo en gran número de las publicaciones de la época, actividad periodística que, unida a su enorme capacidad de trabajo, le permitió alternar con la escritura de más de cien obras -su primer libro, Rosas de juventud, data de 1913-, con su aludida labor de figurinista, escenógrafo y autor de libretos y hasta con algún trabajo de actor en teatro y cine . Todo ello, sin abandonar su vida disipada que, si por un lado le acarreó fama de ser amoral y escandaloso, por otro le otorgó una popularidad que llevó su fotografía desde las publicaciones más difundidas de su tiempo hasta las tarjetas postales en su período de máyor difusión. Incluso apareció un coñac con la marca de su apellido, fabricado en Sanlúcar de Barrameda .

Se inició en la novela erótica en 1916 con Al borde del pecado a la que siguió Carne de tablado, que le proporcionaría ya una gran notoriedad Ésta proseguiría durante muchos años y, como se dijo, él supo administrarla e incrementarla . A raíz de un comentario de Missia Darnyis en un semanario francés (1922), donde le calificaba como “el novelista más guapo del mundo”, Retana firmó muchas veces con tal remoquete y se complacía en sus prólogos, declaraciones y entrevistas en sembrar el desconcierto con afirmaciones sobre su vida disipada de lujo y placeres, lo descomunal de sus ingresos y lo atrevido de sus acciones y amistades. Para despistar y crear equívocos, en otras ocasiones tomaba la senda contraria y asombraba con manifestaciones llenas de conservadurismo y protestas de pudibundez.

Su línea dentro de la novela erótica se caracterizó por una desenfadada frivolidad lejos de los trascendentalismos de su amigo de correrías, Antonio de Hoyos y Vinent, por la aparición habitual de la bisexualidad y por una aguda ironía que quitaba cierto hierro a muchos de sus argumentos. No obstante, ello no le libró de su primer proceso judicial en 1921, al que siguieron otros durante la misma década, llegando a estar encarcelado durante unos días en 1926 por la denuncia de su novela, El tonto y en 1928 por la publicación de Un nieto de Don Juan. A raíz de su libertad, abjuró de su dedicación y tomó el seudónimo de Carlos Fortuny, con el que también alcanzó una alta popularidad como autor y articulista durante los años finales de la Dictadura y los cinco de la República.

No tenemos datos de las ventas de Álvaro Retana pero son numerosos los testimonios en los que se da cuenta de la popularidad de sus libros . Él mismo en sus entrevistas con Artemio Precioso en los prólogos de La Novela de Hoy se encarga de hacerlo constar. En 1922 dice que su arte le ha producido doce mil duros anuales . Aparte de que disfruta de una hermosa finca en Torrejón de Ardoz, repleta de objetos artísticos y de coleccionista. A su gusto por la ostentación se acomodan todos los testimonios, coincidentes en que su tren de vida en esta época es muy alto.

Álvaro Retana, con su seudónimo de Carlos Fortuny, correspondiente al segundo apellido de su madre, publicó en 1931, una interesantísima obra, La ola verde, en la que reflexiona sobre la moda de la novela erótica, es decir, sobre su trabajo novelístico y el de sus contemporáneos. Allí analiza a Trigo, Insúa, Pérez de Ayala, Carrère, Hoyos y Vinent, Francés, Belda, Cansinos Asséns, Vidal y Planas, Díez de Tejada, El Caballero Audaz, Sassone, Antón del Olmet, Zamacois, Precioso y a sí mismo. Incluye, además, un capítulo final: “Más pornógrafos distinguidos”, en el que se refiere a otros importantes autores que tocaron ocasionalmente el género erótico.

La principal intención de La ola verde es desenmascarar a sus cultivadores utilizando como ejemplo amplios fragmentos de sus obras, con lo que el libro constituye más una antología comentada que una obra crítica propiamente dicha. Felipe Trigo, a quien considera el padre de esta tendencia, es catalogado como un ventajista que aprovechó los altos réditos económicos que sus obras le producían enmascarando sus licencias bajo un propósito de redención social. Trata después de probar cómo la serie de autores citados, literariamente considerables , incidió en la literatura pornográfica, sacando a menudo a colación su mencionada hipocresía, que contrapone a la actitud de Retana –del que habla en tercera persona- quien, además, introdujo un erotismo nuevo. El, tal vez justificado, resentimiento personal aparece también repetidamente en cuanto a que, de todos los novelistas a los que se incoaron procesos, sólo se sentaron en el banquillo acusados de escándalo público, Artemio Preciso, Vidal y Planas y el mismo Retana. Siendo él quien únicamente hubo, por esta causas, de visitar la cárcel. También señala que algunos de ellos, concretamente Insúa, Carrère y Pérez de Ayala, “no desaprovecharon la ocasión de armar la ira de los fiscales contra sus compañeros de liviandades literarias” (p. 115).

Retana apunta que el exceso de éxito económico y personal le perjudicó. Fueron los propios compañeros de modalidad literaria, envidiosos de su popularidad, quienes solapadamente iniciaron la campaña contra la Pornografía, cuyas consecuencias también les afectaron… (pp. 289-291). Se trata, pues, de un previsible ajuste de cuentas con los colegas envidiosos y poco solidarios. Retana termina el capítulo dedicado a sí mismo confesando que esa persecución le llevó a renunciar temporalmente a la actualidad literaria y refugiarse en su labor de dibujante y figurinista “esperando sin impaciencia a que una revisión de valores le colocara en el lugar a que tiene derecho”. Por otra parte, la Dictadura -nos dice- no permitía seguir con el tono al que había acostumbrado al público, con lo que prefirió eclipsarse consiguiendo, con esto, que sus colegas adversarios empezaran a reconocer su talento.

Retana fue “la única víctima verdadera”, como escribe él con mayúsculas, de esta cruzada contra la pornografía, el único escritor sometido a dos procesos y encarcelado por escribir una novela picaresca en los cuarenta y cinco años de existencia de la Cárcel Modelo. Por eso remarca que, pese a la multitud de novelistas expedientados y al grupo de famosos procesados , llegado el momento de ejemplarizar, se le eligió a él “por estar conceptuado como un símbolo de talento, belleza, juventud y perversión (…) era la personalidad más sobresaliente e indicada para servir de escarmiento” (p. 303).

Termina, pues, aquí la época de mayor éxito popular de Retana. Durante la República seguirá escribiendo pero la decadencia del cuplé y las urgencias político-sociales lo van convirtiendo de novelista en cronista, labor en la que continuará tras su calvario en la guerra y, sobre todo, después de ella: aplazada varias veces su ejecución y, finalmente, conmutada por treinta años de prisión, fue definitivamente liberado en 1948 y, nueve años más tarde, readmitido en el Tribunal de Cuentas.

Fueron estos tres autores aquí tratados de los pocos bohemios que obtuvieron, aunque fuera episódicamente, el triunfo y, al menos durante algunas temporadas, consiguieron vivir muy holgadamente de sus obras. Dicenta, a partir del estreno de Juan José, sin que ello significara ni mucho menos que variase su preferencia por el alcohol, la pendencia, el mujerío y los bajos fondos. Vidal y Planas, durante el corto periodo que corrió entre el éxito del estreno de Santa Isabel de Ceres y el asesinato de Luis Antón del Olmet. Retana, un bohemio dorado que tuvo una vida desahogada por lo menos hasta la guerra civil, en la docena de años (1918-1930) en los que sus novelas picarescas le granjearon el interés de amplias capas de lectores. Pero para estudiar con rigor estos fenómenos sería necesario un conocimiento mayor de la microsociología, campo que, en general, no ha sido apenas abordado por los especialistas. Sirvan estas palabras para alertar de su necesidad.

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