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(Publicado en Ambigua. Revista de investigaciones sobre género y estudios culturales, nº 2, 2015, pp. 111-132.)

Casi siempre que se invoca el término ‘tremendismo’ es para vincularlo a las crudas ficciones que, con C. J. Cela a la cabeza, protagonizaron una corriente narrativa propia de la posguerra española. Crystal Harlan escribe en Guía de About.com:

Es una tendencia o género que se manifestó en la novela española de la posguerra. Como producto de escritores que fueron testigos de las vicisitudes de la guerra, se caracteriza por una crudeza en la narración y en la trama, aunque no se relaten hechos exclusivamente bélicos. El lenguaje es duro, las escenas brutales y grotescas, y los personajes viciosos, obsesivos y violentos. Si bien se considera la novela La familia de Pascual Duarte (1942), de Camilo José Cela, como el inicio de esta tendencia, también se ha visto en otros periodos y géneros, como por ejemplo en la novela picaresca  y en el teatro esperpéntico de Ramón del Valle-Inclán.

Más breve y precisa es la definición del DRAE:

Corriente estética desarrollada en España en el siglo XX que se caracteriza por la exagerada expresión de los aspectos más crudos de la vida real.

Efectivamente, el tremendismo aparece en la literatura española mucho antes de que Cela comenzara a publicar sus ficciones. Convengamos en que puede ser aceptable la referencia de Crystal Harlan a alguna novela picaresca y aquí podríamos incluir más de alguna de las memorias o autobiografías de cautivos que se escribieron en el Siglo de Oro. Pero, como sucederá en varios de los textos que mostramos, el tremendismo se encontraba en la propia realidad descrita. Lo entenderá muy bien el Naturalismo que fija su mirada de denuncia en muchos aspectos más o menos truculentos y, conforme a su vocación científica, llevará la sexualidad a la literatura descartando el tabú que la rodeaba. En España, el poder y la hegemonía de la Iglesia propiciaron que estas transgresiones fueran más difíciles, vistas con peores ojos y más expuestas a la represión hasta el punto de que, con la Guerra Civil, prácticamente, se volvieron a prohibir, más de medio siglo después de la imposición del naturalismo. Azorín, un casi contemporáneo del mismo, abominando de su juventud, se pronunciará en una entrevista de 1954: “El tremendismo no es arte. El sentido de lo patético, sí. La novela, al igual que toda literatura, debe ser contención, moderación. En ella no se puede decir todo”[1].

Sin embargo, el tremendismo de posguerra habría de descartar el sexo y el erotismo y  poner el acento en la exposición de las miserias y bajezas humanas, en gran medida, como proyección de una realidad social injusta pero que no podía denunciarse directamente por la presión censoria. No ocurrió lo mismo en el Naturalismo español que, aunque atenuado por la influencia del catolicismo, tuvo escritores, con López Bago[2] como principal referente, que, con sus novelas “médico-sociales” colocó los asuntos sexuales -antes circunscritos en España a la no muy popular literatura clandestina- en la normalidad literaria. Entre otros naturalistas que lo secundaron es indispensable citar a José Zahonero, Enrique Sánchez Seña y el desdichado Remigio Vega Armenteros.

Si el Naturalismo sacó del cofre la sexualidad, hízolo con afanes terapéuticos o de denuncia, no con el “ánimo de desatar las bajas pasiones”, como gustó de destacar la retórica clerical. Otra cosa es que también ello contribuyera a su éxito de ventas. Pero ya escribió Lissorges que “…por su tremendismo expresivo el ‘naturalismo radical’ es más ‘literatura negra’ que literatura erótica” y que estos autores “se adaptaron, consciente o inconscientemente a la mentalidad socio-cultural del momento[3]. Fue el inmediato movimiento modernista quien trajo a primer plano el erotismo y es cierto que muchos de los escritores de la Novela Corta bebieron de ambas fuentes y se movieron entrambos polos.

Fueron Felipe Trigo y, en menor medida, el tan prolífico y valioso Eduardo Zamacois los autores que actuaron como eslabones entre la novela naturalista y la novecentista[4]. Pero este último, sobre todo en su etapa como inspirador, fundador, director y principal redactor de la revista La vida galante[5], también llevó a sus páginas la estética y el espíritu del modernismo, como lo trasladará después a El Cuento Semanal y Los Contemporáneos, las dos colecciones inaugurales de novela corta.

Claire-Nicolle Robin fijó la postura del galante, a la par que naturalista, escritor hispano-cubano:

El concepto de erotismo en Zamacois se fija en tres elementos, íntimamente asociados porque cada uno supone una exaltación del cuerpo y ánimo más allá de lo socialmente aceptado, cual superación de lo mediocre y del medio placer o, peor, del placer vergonzoso (…) Trascendentalización del Placer como medida del vivir, trascendentalización de la embriaguez como modo de alzarse a la altura del Deseo para magnificarlo. Trascendentalización de la Belleza, sea la de la mujer, sea la de la obra de arte, que apenas se disocian porque el movimiento de creación y descubrimiento del otro es el mismo. El erotismo según Zamacois da un corte trascendental a cuanto quería considerar la sociedad como pecaminoso. Pero al mismo tiempo introduce el ariete más destructor de los tabúes: el individualismo. Porque el camino que ofrece y defiende Zamacois en su cruzada del amor es un camino individual hacia la “dicha de vivir”, es la exaltación no sólo del cuerpo sino de las fuerzas que tiene el individuo para diferenciarse de la masa, tomar sus distancias con la Sociedad[6].

Sería extemporáneo insistir aquí sobre el erotismo modernista, ya tan estudiado, sobre el que la mejor síntesis son los versos finales del poema XXIII de Cantos de vida y esperanza:

Pues la rosa sexual,
al entreabrirse,
conmueve todo lo que existe,
con su efluvio carnal
y con su enigma espiritual.

Verhaeren y Regoyos, La España negraConvenimos, pues, en que, en el momento en que la novela corta llega a los quioscos, el naturalismo aporta el tremendismo y el sexo que el movimiento modernista teñirá de erotismo. Tremendismo que se expande a las artes plásticas que, bajo el lejano manto de Goya y el cercano de Darío de Regoyos, con su colaboración en La España negra de Verhaeren, estallará en las obras de Ignacio Zuloaga (1870-1945) y José Gutiérrez Solana (1886-1945) y se hará carne literaria en las obras de Eugenio Noel, López Pinillos (Pármeno), Carmen de Burgos, Ciges Aparicio, Samblancat, Vidal y Planas y tantos otros. Tremendismo, que pertenecía a la misma entraña de la vida española y que se expresa de manera ejemplar en sus fiestas de toros o en lo salvaje de  las guerras carlistas, que tendrían su casi exacta continuidad en la siguiente guerra civil.                                  

Antes de entrar en materia convendrá hacer una triple advertencia

  1. El periodo de vigencia de la novela corta -casi tres décadas- es tan amplio y el número de autores y narraciones tan desmesurado que únicamente se podrá acometer un mínimo ejemplario, apenas representativo del inmenso material susceptible de estudio.
  2. El erotismo, omnipresente en la novela corta, aparece en todas sus formas y matices. Prescindiremos, no obstante, de la novela erótica propiamente dicha y nos ceñiremos a aquellas colecciones que no están estrictamente abocadas a este tema.
  3. El tremendismo, aunque no tan frecuente como el erotismo, abunda de manera evidente pero es más raro ver asociados ambos parámetros. El erotismo es muchas veces el del escritor galante de raigambre francesa pero muchas más un efluvio obsesivo proveniente de la represión sexual que empapa toda la sociedad española de su época, que fue tan bien descrito por obras tan lejanas en su concepción estética como Relato inmoral de Wenceslao Fernández Flórez y La casa de Bernarda Alba de F. García Lorca.

Forma híbrida entre la revista, el teatro y el libro, la novela corta aparece en un momento de liberalización de la sociedad española, en el que la mujer y su sexualidad comienzan a tener algún protagonismo. En muy pocos años el cuerpo de la mujer, antes sólo codiciado o imaginado y sólo alcanzable a través del burdel o el matrimonio, empieza a aparecer descocado en los escenarios de varietés y en muy pocos años, desaparecerán corsés, refajos, ballenas, fajas, enaguas y otros aditamentos que constriñen a la vez que ocultan el cuerpo de la mujer; las faldas perderán centímetros de forma acelerada, del mismo modo que la relación entre sexos se acortará, perdiendo la enorme distancia que los separaba y la sexualidad femenina se expondrá de forma mucho más libre y natural que en las décadas precedentes. Todo ello es perfectamente seguible a través de los personajes y argumentos de estas novelas.

Tan importante como ello es la irrupción del hedonismo fuera de las clases acomodadas y burguesas. Hedonismo que muchas veces castiga el desenlace pero que en otras está totalmente libre del sentimiento de culpa y aparece justificado y hasta enaltecido.

Este y otros cambios de costumbres se enuncian meridianamente en una de las primeras narraciones del ciclo debida a Joaquín Dicenta (Una letra de cambio, El Cuento Semanal nº 8, 22-II-1907).

En ella el protagonista, que tiene muchos rasgos del autor, es un estudiante de Derecho que no estudia y que, desde su pensión, observa a una hermosa mujer de la casa de enfrente, que, al parecer, vive con su padre. Él no se atreve más que a hacerle versos pero en una ocasión ella le indica desde el balcón que acuda al baile de Capellanes. Allí, ella, enmascarada, lo saluda y le pide que bailen. Lo pasan estupendamente aunque acaece una pendencia con unos chulos. Al final se pierden para consumar el amor. Al día siguiente, ella lo cita en su casa y le cuenta que el padre no es sino un caballero de 56 años que la protege. Siguen con sus amores y en una ocasión, en la que jugando ganan dos mil pesetas, cogen tal borrachera en Fornos que, al día siguiente, apenas se dan cuenta de que sobreviene la hora de llegada del protector, con el que el estudiante se tropieza en el rellano. El caballero aborda al joven y lo tranquiliza, confesándole que tenía conocimiento de la situación pero que ya contaba con ello y hacía la vista gorda, sabedor de que si, a su edad a uno le gustan las mujeres guapas, ello implica pagar para que otro se aproveche pero que ello constituye una letra a treinta años fecha. “Yo pago la mía y le anuncio el giro de la suya”.

Ausente la honra, que tanto preocupó al joven Dicenta, es ahora una suerte de escepticismo hedonista y comprensivo el que se impone. Prueba de lo poco insólito del asunto con que concluye el argumento es que otras novelas lo abordan igualmente. Por ejemplo, Cristóbal de Castro en Las insaciables, número 79 (3-VII-1908) de la misma colección: otro estudiante que, muy probablemente, encubre al propio autor y que vive en la pobreza, entra en relaciones con una joven que lo mantiene gracias a su protector.

Son numerosísimas las narraciones de este periodo en las que aparece la prostitución, lo que no podemos achacar a  influjos del naturalismo ni a una moda pasajera sino a una realidad social que, sobre todo en las grandes capitales, tenía una importancia en la vida cotidiana de los varones que no es fácil discernir desde el hoy. Espigando entre estas novelas, cinco semanas después de la novelita de Dicenta y con el número 13 de El Cuento Semanal, Pedro de Répide publica otro excelente cuento de ambiente barriobajero, Del Rastro a Maravillas. En el narra el amor de una entretenida, La Reina Clavel, por El Niño, un organillero que tiene éxito con las mujeres y que la comparte con otra amante, La Tranquila.

El malagueño Enrique López Alarcón en el número 106 (8-I-1909) de El Cuento Semanal, La cruz del cariño, de ambiente callejero y popular, nos muestra como Luis prostituye a Rita, la mujer que lo ama, que se convierte en alta cocotte. Guillermo Hernández Mir en Pedazos de vida (El Cuento Semanal, 129, 18-VI-1909) nos traslada al ambiente sevillano de juergas y Semana Santa, donde una pareja de novios, Manuel y Rosarillo, pasean su amor por la ciudad en fiestas. Pero ella también se dedica a la prostitución. En una juerga con dos señoritos, Rosarillo, borracha, guía el simón, que se estrella contra un escaparate, quedando el caballo malherido. Cuando aparecen los guardias, aunque no puede evitarse la detención, porque el escándalo ha sido en el centro de la ciudad, los señoritos lo arreglan todo con dinero y organizan una monumental juerga en la cárcel, con aquiescencia de las autoridades.

En Los Contemporáneos, la colección aparecida justo dos años después de El Cuento Semanal, tendremos igualmente prostitución por doquier. Manuel de Mendívil nos presenta en Sara la loca (nº 41, 8-X-1909) a Pastoriza, una gallega de humilde origen y  evidentes concomitancias con La Bella Otero, que escribe sus memorias de alta cocota y que quiere ser a la vez una indagación acerca de la idiosincrasia femenina. O en Bestezuela de amor (Los Contemporáneos, 79, 1-VII-1910), donde Antonio de Hoyos y Vinent[7], un autor paradigmático de estas colecciones y estos temas vidriosos, conjuga temas político-sociales como la repulsa popular por el envío de tropas a África o el anarquismo, con la golfería y la prostitución: Una entretenida, la Socorro, se pirra por Lorenzo, golfo proveniente de la hez social, al que regala y mantiene con lo que le entrega un viejo rico  Por su parte, Lorenzo también atiende a una francesa, Fedora d’Alençon, cortesana de lujo, que se encapricha de las trazas del, para ella, pintoresco golfo. Socorro, sabedora de las veleidades de su chulo, berrea de celos y acuchilla la cara a su amiga Filo, a la que cree también liada con Lorenzo.

Con Socorro en la cárcel y la francesa que ya no lo recibe, cae al fondo la suerte de Lorenzo que, hambriento y con sífilis, ha de ingresar en un hospital, donde conoce a un anarquista que lo recomienda a su círculo. Allí lo socorren pero en seguida advierten que no es hombre de ideas sino que sólo alberga odio y resentimiento. No obstante, lo comisionan para que perpetre un atentado al paso de las tropas que vuelven de Marruecos. Con el canguelo, se le cae la bomba a los pies pero no llega a explotar, lo que constituye una parábola de la inutilidad completa de un desecho social que ni siquiera sirve para colaborar en la destrucción de la sociedad que odia.

De ambiente prostibulario son varias de las obras del muy prolífico Emilio Carrère (ÁLVAREZ SÁNCHEZ, 2007; RIERA GUIGNET, 2011) que, como es sabido, se autofusiló a menudo, publicando las mismas narraciones con distintos títulos. Una de las novelas cortas  más  significativas en dicha materia es La casa de la Trini (La Novela de Noche nº 3, 30-IV-1924).

La Trini, una cocotte de altos vuelos pero ya con 35 años, se enamora perdidamente –lo que nunca había hecho- de un chulo, Rafael Montesinos, el Marquesito, que le saca hasta la cera de los oídos, se va con todas y ejecuta las muchas mañas propias de su condición. También se ventila a las dos compañeras de profesión que comparten su casa. Aunque siempre atacada por los celos, Trini todo se lo consiente. Por su parte, Rafael se lía con Soledad, una hermosa rubia casada, de la que casi se enamora. La Trini envía anónimos al marido intentando que tome cartas en el asunto. Finalmente, éste decide presentarse en la casa donde la pareja se ama y se los encuentra bajando las escaleras. Al sacar la pistola para matar a Rafael, se interpone Soledad, que es quien cae muerta. El que una mujer casada se haya dejado matar por el chulo aumenta su prestigio entre el gremio femenino, donde sigue haciendo estragos aunque no abandona a la Trini. Entre todo esto se entrelazan varias historias en torno a la prostitución y su ambiente, los tipos del cliente y otros asuntos, como el lesbianismo entre la Acacia y la Monja, sobrenombre de las dos prostitutas que viven  con la Trini[8].

En todas estas novelas convive la descripción de altos ambientes de diversión, lujo y refinamiento con la miseria, la golfería hampona y la degradación más vil, contrapunto exacto del país que, igualmente, las albergaba. Encontramos el tremendismo mucho más en el fondo que en las formas y tienen en común su carácter urbano. Pero quizá cuando el erotismo aparece de forma más violenta es en las ficciones rurales como ocurre en la novela corta de Salvador Rueda, Un salvaje (Los Contemporáneos 40, 1-X-1909).

El Sombrío es un pastor hercúleo que ha pasado toda su vida en el monte. Cuando aún es una niña, la hija de los dueños del cortijo pide visitar los predios donde se cuida el ganado y, al ser la primera mujer que ve en su vida, el pastor se conmociona. Destinado, años después, al cortijo, ella lo utiliza como mensajero de las cartas a su novio, un rico y varonil aristócrata. Cuando el pastor le cuenta en qué circunstancias la había conocido, la joven decide enseñarle a leer. Con ello, él aumenta su obsesión y ella, inconscientemente, ve en él al hombre en bruto, la esencia de la virilidad. Destinado de nuevo al monte como mayoral de pastores, al cabo, ha de volver al cortijo para colaborar en la vendimia. Por sus compañeros se entera de que la boda va a ser dentro de una semana y de que los novios se encuentran festejando en el cenador. Se despista de los gañanes y, oculto tras el follaje, espía a la pareja. Entre las ternezas y juegos de amor, el novio le pide un beso, ella se resiste pero desfallece y va cayendo rendida pero, cuando él quiere pasar a mayores, la joven intenta defenderse desesperadamente. Como un tigre, aparece entonces el salvaje, que levanta en vilo al galán y lo estrella contra las rocas, al mismo tiempo que se sugiere la violación.

Colombine_Frasca la tonta008Tremendismo rural hay también en las novelas del ciclo de Rodalquilar firmadas por Carmen de Burgos, Colombine (NÚÑEZ REY, 2005). Los primeros años de la escritora vividos en tierras del cabo de Gata dan cauce a unas narraciones, un punto melodramáticas, pero también llenas de intensidad y frescura, donde el protagonista real es esta zona primitiva, fosca y, a la vez, arcádica, que conserva vivos en la edad industrial muchos vestigios de la ancestral cultura mediterránea. Los habitantes autóctonos viven malamente de la agricultura, la pesca y el contrabando, en estado medio salvaje, con una moral relajada y pocas relaciones con la Iglesia y la sociedad. La pobreza de la zona implicaba que, salvo unos pocos cortijos pertenecientes a las familias más adineradas que mantenían criados, los naturales ni siquiera pudiesen trabajar de jornaleros. Una de las novelas cortas más intensas del ciclo, con excelentes descripciones y numerosos dialectalismos de la zona es Frasca, la Tonta (El Libro Popular nº 26, 30-VI-1914).

La explotación de la mina de oro de Rodalquilar, aunque muy precaria, hace que lleguen mineros de la zona de Mazarrón, gente más acostumbrada al trabajo que los indolentes campesinos de la zona, lo que hace que surjan tensiones incrementadas por la competencia que se entabla por las mujeres. Una madre y dos de sus hijas a quienes llaman Las Rayadas reciben en su casa a los  hombres de la zona. Allí se bebe, se canta, se juega… Las hermanas van pariendo hijos, que ni siquiera se sabe de quién son y a quienes ellas mismas llaman “los Rarras”, que pululan por allí en estado semisalvaje. Una de ellos es una joven albina de 14 años, débil, bella y medio idiota. Pablo el capataz de la mina, es uno de los clientes y su gorda mujer, Pascuala, crepita de celos. Ambos tienen una hija tonta, La Frasca. En una fiesta en casa del tío Matías, el labrador más rumboso de la zona, se desatan las tensiones. A la Pascuala le da una apoplejía. Rosa, la Rayada, encuentra un labrador acomodado que se casa con su hija albina. Frasca aparece en cinta sin que se pueda saber el autor del chandrío. La novela describe con truculencia la sordidez de su maternidad y las circunstancias que la rodean. Se sugiere que el padre puede ser Pablo, que, a la vez, sería su abuelo natural. Alguien rompe las maromas del ascensor de la mina y mueren Pablo y otro obrero. Ante la poca rentabilidad de la mina, los de Mazarrón han de volver a su tierra. En el regreso muere el hijo de Frasca, ahogado sin querer por su madre, que cree que es un muñeco. Sin bautizar, su abuela lo entierra en la playa.

Igualmente feroz y basada en el llamado “crimen de Níjar”, acaecido (julio 1928) en la misma zona del cabo de Gata, es la muy posterior Puñal de claveles (La Novela de Hoy nº 495, 6-XI-1931), publicada, sin embargo, antes del estreno (1933) de la lorquiana Bodas de sangre pero inspirada en el mismo suceso (ARCE). Basado, sin duda, en hechos reales aunque, mezclando diversas historias, el argumento está repleto de dramáticos amoríos, rencores familiares, incestos, atavismos, pasiones incontrolables y demasías varias[9], salpicados, además, con alguno de los elementos argumentales que aparecen en Frasca, la tonta[10].

Otro de los autores más característicos del tremendismo y de los pocos que han sido reeditados es José López Pinillos, “Pármeno” (BESER, 1976 y GARCÍA GONZÁLEZ, 1993.  La sangre de Cristo, La Novela Corta nº 248, 11-IX-1920), aunque también publicado en un libro homónimo de narraciones en 1907, nos presenta las pintorescas figuras humanas y la vida cotidiana en un pueblo andaluz, El Castil. Lleno de expresionismo, lenguaje popular, humor desgarrado y cercano al esperpento, el capítulo III narra la apuesta entre dos nativos para ver quien es más bruto. Los últimos capítulos constituyen el aquelarre de una borrachera colectiva en la que participan hasta los niños y los animales del lugar.

El ladronzuelo (El Cuento Semanal nº 217, 24-II-1911) narra otra violenta y reconcentrada historia localizada en el agro andaluz en la que cuatro personajes –la madre viuda, dos violentos hermanos y el hombre que se casa con ella- se enfrentan. El relato termina con el hijo alumbrado por la madre cuarentona –el ladronzuelo- devorado por el cerdo, al que azuza uno de los hermanos, decidido a que el nuevo inquilino no comparta la herencia

Cintas rojas (La Novela Corta nº 41, 14-X-1916), narra la historia de Rafael Lorca, un jaque de pueblo con el apodo del título, fanático del torero Rafael el Guerra, que pretende le dejen dinero para acudir a las fiestas de Córdoba y ver a su ídolo. Como no encuentra a nadie que le preste, acude a su compadre, que tampoco está en condiciones de ayudarle. Con total naturalidad, lo asesina brutalmente y también a su mujer, a la abuela, a la hija, al niño, al mastín, al padre de su amigo y a otro jayán. Poco después, en la plaza de toros cordobesa, se apasiona defendiendo al Guerra e insultando a Lagartijo, en cuadros llenos de fuerza y expresionismo. Cuando llega la Guardia Civil a detenerlo, su único interés consiste en seguir ofendiendo brutalmente a Lagartijo, el rival de su ídolo.

El citado Hoyos y Vinent, mucho más proclive a los escenarios urbanos, toca en ocasiones los dramas rurales, como sucede en La Argolla (La Novela Semanal nº 80, 20-I-1923).  Don Genaro, un rico propietario que tiraniza a sus jornaleros, está casado don Doña Micaela, más joven que él y a la que mira con deseo Carmelo, un gañán joven y achulado. En una ocasión éste se rebela contra una orden del amo al que, con el inesperado lance y el sofoco, le acomete una apoplejía y queda impedido. Carmelo consigue los favores de Micaela y entra en su casa. Al viejo comienzan a abandonarlo y maltratarlo hasta que en una de estas ocasiones, muere. Los cómplices deciden simular un accidente. Dueño de casa, Carmelo comienza a frecuentar un burdel que se ha establecido en el pueblo. Cuando Micaela, loca de celos, se presenta en el garito y él la arroja a patadas al arroyo, ella decide autodenunciar su crimen a la Guardia Civil. Ambos son agarrotados.

Rural es también el contexto de varias de las novelas de Eugenio Noel, uno de los principales representantes del tremendismo: En El Charrán y Flora, la Valdajo (El Libro Popular 29, 22-VII-1913) se narran, con un tono ligero e irónico, los hechos brutales y gratuitos protagonizados por un bandolero y su amante que, tras muchos años de fechorías, son reducidos por un millonario americano, su hija y su chófer, todos de porte cinematográfico, a los que querían robar. La obra, que alterna el tono humorístico, no siempre logrado, con la indignación por el estado del admirable hombre ibérico, termina con alegatos regeneracionistas y el ajusticiamiento de los condenados, que congregan la admiración de las gentes de toda España.

También de intensos tonos regeneracionistas, pero más concentrada y consegNoel, Eugenio, El Charrán y Flora la Valdajo_minuida, es Chamuscón y Tabardillo (La Novela Corta 257, 20-XI-1920) en la que se describen los personajes y “artistas” (prostitutas, toreros, flamencos…) contratados por el casino de un pueblo para su ilustración. Los más significados son el torero César Chamuscón, que impartirá una clase de toreo de salón, y el cantaor Aníbal Tabardillo, que canta en escasísimas ocasiones pero que, por ello, es todavía más admirado. También, por su forma de escupir: “De vez en vez, abría el compás de sus delgadas piernas, inclinaba la cabeza y, sin abrir la boca, lanzaba un escupitajo que, con la mano, dividía salerosamente en dos antes de llegar al suelo. Esta manera tan nueva de escupir hacía que el respeto y la admiración por aquel hombre no tuviera límites”. Constituye una crítica feroz al flamenquismo, el toreo, el casino provinciano y los vicios de la raza.

En De cuerno de morueco (La Novela Corta 217, 28-II-1920), Otero de Sariego, “Gorgojo”, gañán de un pueblo castellano con fuerzas hercúleas, tiene amores con la Simeona pero el tío de esta, con el que vive, se opone radicalmente a ellos. El viejo desaparece y todos piensan que el culpable puede haber sido Gorgojo, aunque nadie se atreve a decirle nada y en el pueblo jamás se ha cometido un crimen. Misteriosamente, tras la  desaparición, Gorgojo deja de cortejar a la Simeona. Por el contrario, se nos cuenta que frecuenta a un amigo pastorcillo en los altos de la sierra y, siempre que puede, se escapa para estar con él. Su trato brutal y cerrado se convierte en alegría, despejo y naturalidad cuando está con los pastores de las tierras altas. Aunque todo queda en esbozo, se insinúa que es Senén, el mejor amigo de Gorgojo, quien ha eliminado al viejo, tal vez, para favorecer sus amores lo que contrasta con la inclinación de visos homosexuales que también se insinúa con el pastorcillo. Como en otras ocasiones, Noel combina un riquísimo y deslumbrante vocabulario, una fascinante descripción de ambientes y personajes brutales con un hilo argumental un tanto atiborrado y confuso.

Llena de atroz intensidad es, asimismo, Misa de botón quitao (La Novela Corta nº 380, 17-III-1923), donde las sucesivas venganzas del indiano Doroteo contra el alcalde de Fermoselle (Zamora) que, en su ausencia, ha humillado y perseguido a sus deudos, culminan con el asesinato colectivo de Doroteo, por parte de los sicarios del alcalde a los que finalmente se une  todo el pueblo convertido en chusma.

Entre los muchos escritores que se enfrentan críticamente al mundo de los toros se encuentra uno de los más dotados, profusos y olvidados autores de la novela corta, el madrileño trasplantado a Arenys de Mar, Vicente Díez de Tejada. En Toros y cañas, (Los Contemporáneos nº 415, 8-XII-1916) nos describe una familia formada por el padre, de oficio telegrafista como el propio autor, apasionado por los toros a los que todo sacrifica, su mujer y su guapa y desparpajada hija, de nombre Trini. Los tres constituyen una familia modesta y convencional pero, una tarde en que el padre lleva a su hija a los toros, clava en ella su mirada, Rafael Moreno, un chulo que se las da de aristócrata. Ella queda enamorada y conmovida. Rafael empieza a frecuentar la casa familiar, en la que todo se le entrega y todo se le consiente, hasta que arruina a la familia. El padre y la madre mueren, el chulo se va y Trini queda sola. Más tarde, una amiga le cuenta a Trini que Rafael va a casarse con otra. Impensadamente, los antiguos amantes se encuentran y él vuelve a seducirla con su palabrería. Cuando están entregados al amor, Trini le asesta una puñalada que lo ultima y, después, desaparece.

Otro interesante relato de Díez de Tejada centrado en la prostitución es El gabinete del piano (La Novela Corta nº 336, 13-V-1922), en la que se nos cuenta la sórdida historia de La Nena, una joven del arroyo, a la que en una ocasión requiebra alguien que resultará ser un cura. Ella lo lleva a una casa de trato y, en los preliminares eróticos, el clérigo sufre un  ataque y muere. Al ser religioso y de familia acomodada, se echa tierra sobre el asunto y, en el curso de los trámites, el gobernador conoce a La Nena y la hace su amante, con espléndida casa y servicio. Se trata de un duque que, además, la forma, le enseña modales, a escribir e idiomas y la pasea por Europa. Cuando él muere, La Nena se vincula con Perico Mendoza, su actual amante, senador solterón y corrido, con el que el narrador, un telegrafista –otra vez el propio Tejada- que sale de trabajar una madrugada de invierno, la ve en el gabinete del café de Fornos. Ella no quiere sino prolongar la velada, a despecho de todos los demás juerguistas, que ya se quieren marchar con sus acompañantes. Una vieja vocea desde el exterior e incesantemente el diario La Correspondencia, lo que enerva a La Nena. Cuando, finalmente, la pareja abandona el local, la vieja se arroja sobre ella exigiéndole dinero con palabras soeces y proclamando que es su madre. Escapan en un carruaje y, al tratar de detenerlos, la vieja cae entre las ruedas. La Nena pide al cochero que exija a los caballos y desaparezcan. Al extrañarse Perico de tal actitud, ella le cuenta su tristísima infancia y adolescencia prostituida por esa mujer y su propio hermano.

Ya plenamente erótico es La máscara japonesa, (Ediciones Casset, 1992, pp. 3-35), cuya primera edición no he localizado. En ella, Manolín, el protagonista cuenta, en primera persona, como, a los catorce años, todavía su madre le viste de niño, para su vergüenza. Cuando aprueba la reválida, se niega a seguir así y sus padres lo mandan a estudiar a Madrid con sus padrinos, unos amigos de la familia. Él, Baltasar, es un hombretón mayor, sanguíneo y bruto pero buena persona; ella, Daniela, una gachona de cuarenta años de la que Manolín se enamora perdidamente y con la no que para de masturbarse. Los padrinos lo tratan muy bien y ella se deja tocar pero no accede a sus requerimientos directos. Sin embargo, una nochebuena, cae enfermo y lo acuestan entre los dos en la cama de matrimonio. Allí consuma el coito sin que, al parecer, el marido se entere. Comienza una tumultuosa relación durante las horas en las que el padrino va al casino. Un día, encontrándose en trance venéreo, Manolín escucha un jadeo procedente de la máscara japonesa que cuelga en la habitación. Al levantarse para comprobar qué sucede, encuentra detrás a don Baltasar que, al fin, es un voyeur. Todo ha sido preparado por los esposos para satisfacer la depravación del marido. Ella muere de una pulmonía y termina con el abrazo de los dos hombres, que han perdido el amor de su vida.

Del mismo autor y escrita en clave irónica, No por obra de varón (La Novela de Noche nº 21, 31-I-1925) nos cuenta la historia amorosa de Pedro Eduardo Watson y Linda Mc Cleod, dos jóvenes americanos, hermosísimos y de familia muy adinerada, que contraen matrimonio. En la noche de bodas, ella le confiesa que la desvirgó un amigo de la familia y que, como compensación, éste hubo de pagar un millón de dólares. El novio queda muy satisfecho del negocio pero lo refiere como gracia en su club y Míster Black, el ofensor, reclama la indemnización y un plus, por haber divulgado el asunto y no observar el acuerdo. Han de dárselo pero en seguida aparece Linda con el cheque recuperado, se supone porque ha vuelto a cohabitar con Mr. Black, lo que vuelve a alegrar mucho al recién casado.

Un crack financiero provoca que P. E. Watson haya de viajar a París. En el barco una camarera italiana le lleva el recado de que una hermosísima y rica mujer quiere estar con él pero, antes de que llegue ella, la camarera también se lo beneficia. La rica, con la que tiene otra relación sexual exquisita y minuciosamente descrita es, además, la mujer de Mr. Black. Cuando Watson llega a París siente molestias en su virilidad: el médico le asegura que le han contagiado algo y perderá su miembro. Se trata de una epidemia que propagan las italianas. Tras visitar a los mejores médicos, encuentra que la única solución es que el alemán Von der Vogel, le implante una prótesis que se rellena con leche condensada. A su mujer sólo le cuenta que, tras hablar con un pastor, ha concluido que lo que hacían era pecado y debían prescindir de la lujuria de la vista. Por lo demás, siguen gozando del sexo. Asimismo, ella le entera de que Mr. Black ha perdido su miembro por el morbo de origen napolitano. Watson queda doblemente complacido al saberse responsable, por haber sido él quien cohabitó con su mujer después de acceder a la napolitana.

La relación va resultando demasiado larga pero podría serlo mucho más. Quedan fuera, las muchas novelas en torno a las experiencias carcelarias y penales y las relacionadas con el servicio militar o las guerras coloniales, profusas, como es de esperar, en terribles crueldades, episodios truculentos y demasías. Por particularizar en algún escritor determinado, tampoco tratamos de los muy dotados literariamente Manuel Ciges Aparicio y Ángel Samblancat, siempre en trochas cercanas a nuestro tema. Y, como en algunos de los autores mentados arriba, el tremendismo en Felipe Trigo daría para más de un capítulo, aunque para él tenga una función educacional, lo mismo que sucede con su tratamiento del erotismo, estudiado monográficamente por Watkins pero también analizado por Martínez Sanmartín, Fernández Gutiérrez, García Lara, Manera y Guerrero. Algo parecido podríamos decir de varias de las novelas de Alfonso Hernández-Catá[11] o, con un matiz mucho más comercial que regeneracionista, de otras debidas a la pluma de José María Carretero, El Caballero Audaz. Autores que suelen colocarse en otros apartados como Enrique Gómez Carrillo (BAUZÁ), rozan el tremendismo en novelas que gustan de penetrar en vicios y perversiones poco o nada tratados hasta entonces en la literatura española. Incluso alguno, más o menos inesperado, como Rafael Cansinos-Asséns, que en Las pupilas muertas (La Novela Corta nº 285, 25-VI-1921) nos presenta un terrible cuadro social y de ambiente, que se solaza en las descripciones de una casi insoportable morbosidad. Todavía más insospechado, Ramón Gómez de la Serna se revela en La virgen pintada de rojo (La Novela Pasional nº 81, 28-IV-1925) como un autor capaz de penetrar en los entresijos del erotismo más audaz. La narración, aunque, ambientada en el contexto del África tropical,  no deja de ser un ejercicio de originalidad y estilo. Por su parte, Fidel Criado, estudioso del tema, afirma que el erotismo es casi una obsesión artística en el escritor madrileño y se centra en tres títulos aparecidos en La Novela Corta, La tormenta (nº 91, 9-VII-1922), La hija del verano nº 364 (25-11-1922) y La malicia de las acacias, que da como inédita pero que apareció con el número 413, el 31 de octubre de 1924.

Caso aparte sería el del también muy fecundo Álvaro Retana. Aunque su narrativa deambula casi siempre en torno a asuntos escabrosos, especialmente los que tienen que ver con la homosexualidad y la bisexualidad (BARREIRO, pp. 89-122 y MIRA, pp. 153-175). El tono ligero y a menudo humorístico de sus ficciones no permite adscribirlo a la corriente expresionista o tremendista sino a un erotismo desprejuiciado y burlón, mucho más europeo que el de otros satíricos de su tiempo.

Con todo ello, el autor más característico del erotismo tremendista será el gerundense Alfonso Vidal y Planas´(BARREIRO), una de las figuras de la bohemia de la segunda década del siglo XX, un outsider de la literatura, que, sin embargo, alcanzará una fama descomunal, tras el estreno de Santa Isabel de Ceres, incrementada por el episodio de su crimen en la persona de su colega y amigo Luis Antón del Olmet.

Aunque no sea una novela corta, Santa Isabel de Ceres  (1919), es la obra central de su autor, antes un bohemio entre pícaro y neurótico, y que, a partir del éxito de la versión teatral de esta novela (1922), cambia su vida. Vidal y Planas, obsesionado con las prostitutas y su redención, había sacado del burdel a Elena Manzanares, amiga también del escritor y periodista Luis Antón del Olmet, al que Vidal y Planas terminaría asesinando por disputas que tuvieron que ver tanto con este episodio como con celos literarios.

El argumento de Santa Isabel de Ceres nos da la pauta de los caminos que recorría el escritor gerundense:

El pintor y ex-hospiciano León es protegido por don Dimas, que le ayuda a sobrevivir y le invita a sus juergas. En una de ella, conoce a una prostituta (Lola, de nombre de guerra) caída en el arroyo por los taimados manejos de señoritos y chulos. Decide redimirla y vivir con ella pero don Dimas no le otorga su ayuda. Con un audaz golpe en una sala de juego, León consigue dos mil pesetas pero al salir es detenido por los guardias que le quitan el dinero, le dan una paliza y lo llevan ante el juez. El falso testimonio de los guardias hace que el juez determine procesarlo. En la celda se encuentra con Abel de la Cruz[12].

Por su parte, la Lola huye del prostíbulo y decide ayudar a León subvencionándole una celda de pago, visitándolo todos los días e iniciando una carrera como prostituta independiente para obtener ingresos con los que sufragar tales dádivas. Sin embargo, al salir de una de sus visitas a León, la está esperando el Cataplum, el chulo del que ha huido, que le raja la cara. Desfigurada, decide seguir ayudando a León pero ya no se considera digna de ser su compañera.

Cuando León sale del trullo, a resultas de las gestiones de un abogado, novio de una amiga de Lola, se encuentra con que ella está ingresada en el Hospital General. Va a verla y le pide que vivan juntos. Se instalan modestamente y León va alcanzando éxito como pintor. Se le propone hacer el retrato a la hija de un millonario y el padre le ofrece casarse con ella. Piensa en rechazar la oferta pero duda y entonces encuentra a Abel de la Cruz, cursi tremebundo y evidente contrafigura del autor. Se emborrachan y León lo lleva a su casa. Allí con la locuacidad propia de su estado cuenta a Lola lo que le ha pasado pero le promete que seguirá con ella.

Sin embargo, arrastrando su complejo de culpa y queriendo facilitar el camino a quien la redimió, ella le escribe una carta diciendo que no lo ha querido nunca y que a quien ama es al Cataplum. Se coloca en un burdel de la calle Ceres pero no puede soportar de nuevo esa vida y el alejamiento de León, por lo que se degüella, mientras Abel de la Cruz está llamando a su puerta. Por su parte, León y Sagrario, la hija del millonario, se casan. La obra es torpe, llena de previsibles adjetivos y retóricas parrafadas. Los acontecimientos no siempre están justificados y los personajes son arquetipos sin perfiles. Sólo en ciertos pintoresquismos y en la relativa sordidez de lo que se relata anida el interés. Por otro lado, la obra está repleta de episodios irrelevantes y de los consabidos escolios en los que el autor, preso de la vieja contradicción de quien censura lo establecido utilizando lo peor y más viejo de su retórica, critica el sistema social, policial, judicial…, dando tumbos y con mejores intenciones que resultados.

La versión teatral[13] en la que cambian los nombres de algunos personajes y toma más protagonismo Abel de la Cruz, es más increíble y torpe literariamente que la novela. Sin embargo, tuvo un éxito descomunal, con 102 representaciones consecutivas en el Teatro Eslava y numerosos reestrenos a lo largo de los años venideros, lo mismo que sucedió en provincias (DOUGHERTY Y VILCHES). Durante los catorce meses que transcurrieron entre su estreno y el disparo con el que ultimó a Luis Antón del Olmet, Vidal y Planas vestía elegantemente, comía en los restaurantes de moda, iba en coche rodeado de pecadoras de postín y parásitos. Vivía en una confortable pensión de las Cuatro Calles, que le costaba trescientas pesetas y se comparaba con Dostoievsky, lo que -comenta Cansinos- sólo podía hacerlo en razón de su epilepsia (p. 385-389).

El escritor había aprovechado el argumento de Santa Isabel de Ceres para, poco después de su aparición, publicar, con unos cuantos episodios apenas transformados, su primera novela corta, En libertad (El Cuento Nuevo, Tomo II, nº 12, 1-V-1919), otra obra tan sentimentaloide como tremendista.

Pasarían tres años y medio, en los que el escritor, a partir de entonces tan prolífico, no publicaría  ningún texto hasta la aparición de El amigo del ataúd, (La Novela de domingo nº 1, 10-XII-1922), que contenía algunos capítulos de las Memorias del pobre Abel de la Cruz, novela que publicaría en 1923. En ella, “dedicada al genial poeta Antonio Machado”,  aprovecha sus anteriores experiencias como recluso para hacer una crítica más del sistema penitenciario, centrado en la cárcel Modelo de Madrid, que pronto tendría ocasión de volver a experimentar en sus carnes, pero donde vuelve a aparecer su obsesión por el mundo prostibulario. En el capítulo titulado “¡Mis esposas!”, refiriéndose a las que le muerden las muñecas cuando logra su libertad, Abel consigue, mediante una “pirueta”[14], unos cuantos duros. Inmediatamente, acude a la mancebía:

Ante una mustia y ojerosa meretriz que me sonrió siniestramente, me arrodillé y, anhelante, presentándole mis muñecas descarnadas, mis manos hinchadas y rojas, lancé la súplica:

  -¡Bésame aquí, en estas muñecas, en estas manos con tus labios podridos por la sífilis!… ¡Bésame aquí!… ¡Purifica esto!…

  Pero la pobre, horrorizada, huyó burdel adentro, gritando:

  -¡Al loco, al loco!…

Cinco días después de la publicación de El amigo del ataúd, aparecerá en la recién creada colección La Novela de Hoy (nº 31), La casa de Pepita, que transcurre íntegramente en una casa de lenocinio. En la entrevista que le antecede, Vidal y Planas habla del éxito de Santa Isabel de Ceres pero también de su novia, Elena Manzanares, la prostituta redimida. En la novelita, el narrador acompaña al prostíbulo a un juerguista maduro con la intención de mostrarle la sordidez del medio. Tras adoctrinarle en el amor a las rameras y en el odio a los chulos y cabritos (clientes), le muestra como ellas “son seres dignísimos de admiración y amor. Las pobres negocian con lo que pueden, con lo único que tienen, con lo que Dios Nuestro Señor se ha dignado darles: con su feminidad”. Por eso, continúa el narrador “Yo gozo mimándolas, acariciándolas, diciéndoles al oído dulces palabras de novio, regalándoles pasteles y abrazándolas y poseyéndolas con la noble y pura cordialidad de un esposo polígamo”. Parece que el comportamiento de Vidal y Planas era efectivamente el de su personaje.

Por lo demás, en su visita al burdel de Pepita aparece un cura que, en sus expansiones, gusta de soltar cánticos y latinajos y las niñas cuentan sus historias. Por ejemplo, Luisita, una tísica, que gusta de que la apaleen tanto su chulo como Blanquita, otra pupila con la que mantiene relaciones lesbianas y que anda celosa de dicho proxeneta. Al final, en un acceso de furia, Blanquita estrangula a su amiga y el cura le administra la absolución post mortem. Naturalmente, el juerguista se cura de sus aficiones y promete cambiar de vida.

La siguiente novela corta de Vidal y Planas con tema prostibulario iba a aparecer sólo un día después del crimen que perpetró en la persona de su amigo y colaborador, Luis Antón del Olmet en el saloncillo del Teatro Eslava. Se trata de Mercedes Expósito[15], La Novela Corta nº 378, 3-3-1923).  Un ex-presidiario llega al cabaret El Averno con un amigo y allí se encuentra a una niña de catorce años, a la que su madre prostituye. La rescata y la lleva a su pensión. Este ex-presidiario, de sobrenombre «El Ciento Setenta y Ocho», es un matón al servicio de la policía, que asesina sindicalistas. Una noche, Mercedes se entera de que su nuevo amante ha matado a su hermano sin saber quién era. Ella le descerraja cinco tiros. El argumento está extraído o, más bien,  es un refrito de Bombas de odio, novela que había publicado unos meses antes.

Cuando, tras el asesinato, el escritor gerundense entró en prisión, Artemio Precioso, director y propietario de la colección La Novela de Hoy, convertirá en un filón el morbo que provoca su figura y, en cuatro años le publicará once novelas[16], casi todas, como es natural, de tema carcelario y/o relacionadas con su crimen, que trataba de justificar en sus argumentos[17]. Aparte, Vidal y Planas daría a la luz al menos una docena más, publicadas en otras colecciones. Con el producto de las mismas –que él mismo cifró en una entrevista publicada en El Liberal en dos mil pesetas mensuales- vivió opíparamente en su celda de pago, de modo que entró con 57 kilos y salió con 70.

Por consejo de Alberto Valero Martín, su abogado y también fecundo autor de novelas cortas cercanas al tremendismo, el recluso contrajo matrimonio con Elena Manzanares el 26 de septiembre de 1923. Actuaron de padrinos Artemio Precioso y Carmen, hermana de la novia. En mayo de 1924 se celebró el juicio y Alfonso fue condenado a doce años y un día y a indemnizar con cien mil pesetas a los herederos. Antonio Teixeira[18], el acusador, pese a su brillante alegato, no consiguió que fueran embargados los derechos de la obra del acusado en la Sociedad de Autores. Fuera como fuese, en febrero de 1926, el Gobierno de Primo de Rivera le concedió un indulto particular y rebajó su pena a cuatro años. En el mes de julio fue de nuevo indultado, conmutándosele la pena por la de destierro, que cumplió en Barcelona. Estuvo, pues, en prisión tres años y cuatro meses, dos de ellos cumplidos en el penal de El Dueso en Santoña.

Volviendo a sus novelas cortas, durante su estancia en prisión, sus pujos místicos y, probablemente, sus intereses como recluso, propiciaron que dejara en segundo plano el tema prostibulario aunque en Alma de Monigote (La Novela Corta nº 390, 26-V-1923) y Papeles de un loco (La Novela de Hoy nº 100, 11-IV-1924 ) la protagonista, a la que llama “Monigote”, es un evidente reflejo de la que ya era su mujer, Elena Manzanares, a la que idealiza de forma descabalada. En El otro derecho (La Novela Teatral nº 392, 25-V-1924), drama en tres actos en colaboración  con José Simón Valdivieso, Marcela es una mujer que, abandonada por su marido que oficia como chulo, ingresa en un burdel, donde Adrián, un campesino que ya la había defendido en un episodio anterior, la redime, al paso de la Virgen de la Paloma. Se van a vivir al pueblo de Adrián y tienen un hijo. Cuando Marcela recibe una herencia, aparece su primer marido reclamándola. El cura apoya el derecho que tiene de hacerlo y tacha a la pareja de adúltera. Al final, Adrián habrá de matar al chulo, con lo que ya pueden casarse, aunque sea en la cárcel. Obra, pues, de denuncia y reivindicativa, con evidentes concomitancias con el caso del autor y, como de costumbre, consabida y efectista.

Poco después de ser liberado, Vidal y Planas hubo de afrontar la denuncia de dos de sus novelas publicadas en la colección La Novela de Noche, Noche de San Juan (nº 15, 15-I-1925) y La conversión de don Juanito (nº 43, 30-XII-1926). La primera de ellas quiere ser un alegato contra el vicio. Dejemos la mostración de su argumento al propio autor:

A un hombre, anheloso de belleza infinita, le entrega un ángel la belleza perfecta, cuyo símbolo es una mujer que reúne en sí todos los encantos y todas las gracias: la mujer soñada. Les abre después las puertas del cielo y les autoriza a entrar y a gozarse por los siglos de los siglos. Pero ellos se entregan al vicio; y el ángel, después de declararlos enemigos de Dios e indignos de la belleza y de la felicidad, los expulsa de la gloria, devolviéndolos al barro de la tierra honda (…) mi intención no es otra que la de demostrar que la lujuria es más administrable que el dinero, porque si uno no administra bien su dinero se arruina y, si no administra bien su lujuria, se convierte de hombre en cerdo.

En La conversión de don Juanito que, según su autor, quiere ser una denuncia de las conductas sádicas, la desequilibrada truculencia del narrador llega al paroxismo:

El padre Domingo es un fanático con fama de santidad que “huele las almas”. Cuando Aurora Rico, rica y bella joven, se confiesa con él, este abomina del perfume que exhala. Es el de su prometido, Juanito Bernal, que ha ido a pedir su mano. El confesor le conmina a que lo abandone ya que el olor de ese monstruo es el del infierno.

El resto de la obra se desarrolla enteramente en el burdel de Milagritos, una mancebía de lujo en la que seis muchachas atienden a la clientela bajo la égida de la Petra, madama del establecimiento. Una de ellas, Leonor, tiene una hija a la que quiere meter monja para que no caiga en el vicio y, en cierto modo, la redima pero las Adoratrices piden diez mil pesetas por profesar. Además, secuela de la última juerga-paliza de don Juanito, Leonor escupe sangre. Aparece éste y les ofrece 500 pesetas a cada una por entregarse a él. La última vez las castigó con un vergajo, ahora porta unas disciplinas clericales y, mientras las maltrata, se va enardeciendo hasta llegar al espasmo. Petra trae champán, que reanima a las golpeadas. Don Juanito, entonces, idea vengarse del padre Zacarías, por cuyos consejos su prometida lo ha abandonado y ha perdido los millones que poseía y que eran el exclusivo objeto de su amor. Su plan es que Leonor se haga la moribunda y, cuando se llame al padre Zacarías para que acuda con los Santos Óleos, el resto de las putas, escondidas, caigan sobre él y, “a besos y sobos”, venzan su resistencia. Así se disipará su fama de santidad. Leonor, a pesar de que don Juanito le ofrece mil pesetas, no accede, con lo que este le promete darle todo lo que le falte para reunir las diez mil con las que ingresar a su hija en el noviciado.

En estas ha aparecido Teófilo Mas, otra especie de Abel de la Cruz y contrafigura del autor, que predica el amor a las prostitutas y que desea cohabitar con Leonor. Al encontrarse con el teatral cuadro, intenta protegerla y, en el tumulto que se organiza, Leonor muere, precisamente, cuando llega el padre Domingo, que maldice a don Juanito y reza sus latines por la muerta. Don Juanito siente vergüenza de su desnudez, despoja al cadáver del mantón que la cubre y, envuelto en él, se arroja a los pies del cura pidiendo confesión. Al oír los latines, las rameras salen borrachas del cuarto contiguo y se arrojan sobre el cura, restregándose y abrazándose con él. Finalmente, la Petra las emprende a botellazos y las va descalabrando.

Don Juanito, arrepentido, ingresa en un monasterio trapense y las cinco niñas siguen en la mancebía y siguen siendo visitadas por otros “juanitos”. La obra termina con un decálogo –en realidad son nueve mandamientos- de Teófilo Mas sobre el exquisito y amoroso comportamiento que debe observarse con las mujeres de la vida.

En 1931 Vidal y Planas reescribió esta obra[19], cambiando varios nombres propios y añadiendo algún breve episodio más y, con el título Mujeres malas, la publicó en la barcelonesa Biblioteca Iris. En el mismo año y colección, editó otra obra casi gemela, Expendedurías de carne humana, que constituye su última incursión en el terreno de la prostitución, dentro del género de la novela corta[20].

Escrita en primera persona, el narrador, recién licenciado de la Legión, llega a Barcelona y encuentra a Adela, una joven prostituta, cuyos padres segovianos la creen sirviendo y a los que todos los meses gira cincuenta pesetas, presunto fruto de su trabajo como criada, ocupación que hubo de abandonar por el asalto sexual del hijo de la casa, que luego la acusó a de ladrona. El narrador le ofrece dinero pero ella insiste en que vaya con ella al burdel, donde Doña Santa es como una madre con sus pupilas. Adela recibe carta de su casa, comunicándole que la madre tiene cataratas pero quedará ciega porque no poseen los cincuenta duros que cuesta la operación. El narrador se las entrega y doña Santa le otorga el derecho a pasar diez noches con ella. Se intercalan historias de doña Santa y las otras dos pupilas de la casa, la Canina, que ama a los perros y la Espronceda, que recita la “Desesperación”. El narrador evita en las Ramblas el atropello de un perro y un duque alaba su conducta y le entrega su tarjeta. Con ánimo de redimir a Adela, la pareja juega a la lotería sin éxito, con lo que deciden visitar al duque que le ofrece el puesto de chófer. Así pueden casarse y visitar en Segovia a visitar a los padres de Adela. 

Es, pues, Vidal y Planas el autor en el que lo erótico alcanza sus más altas cimas de tremendismo pero, a la vez, de cursilería. En los años treinta España estaba cambiando celéricamente y el gerundense se aferraba a las obsesiones y tópicos con los que había conseguido el éxito, contra el que ya le había advertido con clarividencia el poeta y crítico Enrique de Mesa, tras el estreno de Santa Isabel de Ceres:

«El señor Vidal, en quien se aprecia latente una aprovechable trepidación de entusiasmo, debe limpiarse y purificarse de esa miseria seudoliteraria que le come en sus primeros y mejores impulsos; debe ser comensal de mesas mejor servidas; y ya que no le sean asequibles los niveles de la de Horacio, no se nutra exclusivamente con el regojo de las desdichadas mesas de algunos maestros hebdomadarios. Viva y observe, sin dejarse seducir por el engañoso espejuelo de la mala literatura. Y sobre todo, no concurra a los “bajos fondos” llevando bajo el brazo la consabida novela de “amor, de dolor y de vicio”. Recorra en sus andanzas todos los lugares, e identifíquese con todos los ambientes; pero al tornarse al apartamiento del hogar, a modo de contraste y purificadora enseñanza, tome en sus manos (…) La Celestina (…), rica en sustancia de humanidad, almáciga de seres vivos y no de vagos fantasmas, realidad entreverada de trapazas de picardía y de idealidad de amor, burlona y trágica» [21].

En suma, Vidal y Planas, pese a moverse en círculos más o menos intelectuales y tener amigos y valedores entre críticos estimables, aparece como un autor más cercano a la subliteratura que a otra cosa, aunque en alguna de las novelas carcelarias de la primera época alcanzase más altos registros.

En la época en que Alfonso Vidal y Planas publica las últimas novelas citadas, la II República se había proclamado en España. Mucho se ha escrito acerca de las contradicciones entre unas élites inscritas en las vanguardias culturales europeas, una ciencia cada vez más pujante, especialmente en los ámbitos de la Medicina y la Biología, frente a un pueblo sumido en gran parte en la ignorancia y la miseria y una aristocracia y clero de tintes claramente preindustriales. El Baroja tremendista de las novelas de La lucha por la vida no era un sádico complacido en escarbar en los aspectos más turbios de la realidad sino alguien que vivía de cerca el submundo del proletariado suburbial madrileño. Tampoco en los años treinta, el Sender de 7 domingos rojos inventa la normalidad de la tortura en comisarías y cuartelillos ni la terrible violencia contra un pueblo muerto de hambre en Viaje a la aldea del crimen. Tampoco Buñuel hace ficción en Tierra sin pan sino que, treinta años más tarde, la tierra y los hombres que describe no han variado un ápice, como se verifica en Caminando por la Hurdes de Ferres y López Salinas. Eugenio Noel puede reeditar en el número 149 de la revista Novelas y Cuentos, Las capeas (1931)[22] su brutal bosquejo de la España taurina porque, desde su publicación en 1915, nada ha variado y la sangre sigue ensuciando los alberos, la imagen de España y las conciencias de los españoles que piensan o sienten, como seguirá sucediendo tres cuartos de siglo más tarde.

Sería exagerado calificar al tremendismo como un rasgo específicamente español –la historia universal no permite tal optimismo- pero no el afirmar que fue consustancial a la vida española durante siglos. La Guerra Civil y sus secuelas pondrían la firma a esta triste constatación.

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NOTAS

 [1] “Entrevista con Azorín, bibliotecario”. Boletín de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas nº 17, 1-I/28-II-1954,  p. 10.

[2] Pura Fernández, Eduardo López Bago y el naturalismo radical: la novela y el mercado literario en el siglo XIX, Amsterdam & Atlanta, GA: Rodopi,1995.

[3] Yvan Lissorgues, “La expresión del erotismo en la novela naturalista española del siglo XIX: del eufemismo al tremendismo” Revista Hispánica Moderna, Hispanic Institute, New York, Columbia, University, 1997, pp. 37-47

[4] Rafael Cansinos-Assens, La nueva literatura II. Las escuelas literarias, Madrid, Páez, 1925, p. 37.

[5] El primer número apareció el 6 de noviembre de 1898 y Zamacois conservó su puesto de director hasta el número 168 (principios de 1902) en que fue sustituido por Félix Limendoux aunque continuó como redactor.

[6] Claire-Nicolle Robin, “Eduardo Zamacois o La fiesta del cuerpo” en El cortejo de Afrodita. Ensayos sobre literatura y erotismo (Ed. de Antonio Cruz Casado), Málaga, Analecta Malacitana, 1997, p. 226.

[7] V. los estudios de María del Carmen Alfonso García y Begoña Sáez Martínez.

[8] El lesbianismo aparece con alguna frecuencia en la literatura breve de los años veinte, por citar otro ejemplo, en la novela de Guillermo Díaz Caneja, Una realidad escabrosa (La Novela Corta 387, 5-V-1923), don Cirilo que teme que su sobrino Jorge tenga amores con su joven esposa, de la que estuvo enamorado, la espía y comprueba que con quien se relaciona sexualmente es con la doncella: “¡¡esto es horrible pero más horrible hubiera sido lo otro!!”, se dice para sí. Como observa Mogin-Martin, “…tenía miedo de que su mujer lo engañara de verdad, es decir, con un hombre. Esto equivale a negarle a la relación entre mujeres a dimensión de auténtica relación sexual” (VV. AA., 1986, 123).

[9] “… en una ocasión arrancó de un mordisco un pedazo de belfo a un mulo, que se negaba a cruzar una zanja”. Acciones como esta son habituales pero extraídas de la estricta realidad. Eugenio Noel, que tanto frecuentó el trato con arrieros, describe en sus páginas muchos episodios como este.

[10] En Clavel de puñales, un personaje con su mismo nombre, queda embarazada del amo que, como en la novela precedente, tiene una mujer baldada. Como no se atreve a acusarlo, culpa al hijo, que, por respeto al padre y lástima de la madre, tampoco se atreve a desmentirla.

[11] En cuentos como “La bestia”, “La niña débil” o, sobre todo, “En la zona de sombra” (Uva de ARAGÓN, pp. 58-63 y, también FERNÁNDEZ DE LA TORRIENTE).

[12] Abel de la Cruz, personaje medio loco, medio místico, obsesionado con la redención de prostitutas y trasunto del propio Vidal y Planas con algunos rasgos de Cristo, asoma por primera vez en Tristezas de la cárcel (Confesiones de Abel de la Cruz), Madrid, Juan Pueyo, 1917 y, hasta los años treinta, reaparece en numerosas ocasiones en la obra del autor.

[13] Según Cansinos, fue Muñoz Seca quien le sugirió la idea de teatralizar la obra. Fue estrenada en el Teatro Cervantes de Sevilla el 7 de octubre de 1921 y, en el madrileño teatro Eslava, el 9 de enero de 1922.

[14] Entre la bohemia desastrada, “pirueta” era una habilidad o recurso para obtener dinero mediante el sablazo, la picaresca o cualquier otro procedimiento.

[15] Debió de ser publicada precipitadamente. En la portada figura el título Carmen Expósito pero, en la novelilla, la protagonista es Mercedes. También figura en algunos lugares con el título Cabaret El Averno, título que encabeza la primera página del texto.

[16] Cuatro días en el infierno, Los locos de la calle, La tragedia de Cornelio, Papeles de un loco, Los amantes de Cuenca, La gloria de Santa Irene (Sol de milagro), Malpica el acusador, ¡La  voz que ha salido ahora!, ¡Le pasa a cualquiera!, El ángel del portal y La santa desconocida.

[17] En los prólogos y entrevistas que suelen anteceder a los textos de La Novela de Hoy, su editor Artemio Precioso, busca, de todos los modos posibles, justificar y disculpar al penado.

[18] Fue objeto de las iras de Vidal y Planas en su novela Malpica el acusador, (La Novela de Hoy nº 154, 24-IV-1925) y autor de una interesante obrita sobre el asunto, La muerte de Luis Antón del Olmet, Madrid, Imprenta de Juan Pueyo, s. f. (1924).

[19] Que, a su vez, tiene muchas coincidencias argumentales y temáticas con La casa de Pepita, antes comentada.

[20] Todavía en 1933 estrenó en el madrileño teatro Cervantes, Las niñas de doña Santa, adaptación de Expendedurías de carne humana, donde vuelven a aparecer episodios, temas y obsesiones de  obras anteriores. Hay edición en La Farsa nº 31, Madrid, 13-I-1934.

[21] Cosmopólis nº 37, enero 1922, p. 74.

[22] Se publicó también en 1923 y 1952.

                                                       RESUMEN

Naturalismo y modernismo se funden en las ficciones de las Novela Corta, dando lugar a peculiares manifestaciones de tremendismo y erotismo, vinculadas a un contexto social en el que desigualdades sociales, represión sexual, prostitución, marginación de la mujer y violencia son vectores determinantes. Pese al cambio de costumbres deparado por el cambio de siglo y la II República, el tremendismo, con los matices que se quiera, seguirá siendo  consustancial a la vida española hasta más allá de la posguerra.

-El tremendismo en la literatura española.

-Naturalismo y tremendismo.

-La Novela Corta.

-Hedonismo, prostitución y violencia.

-El caso de Vidal y Planas.

-Pervivencia del tremendismo en la vida española.

                                        

    ABSTRACT

 Naturalism and modernism merge in the fiction of the Short Novel, leading to peculiar manifestations of tremendismo and eroticism, linked to a social context in which social inequalities, sexual repression, prostitution, marginalization of women and violence are crucial dimensions.

 Despite the change of habits brought by the new Century and the Second Republic, tremendismo, with its nuances, will remain integral to the Spanish way of life beyond the war.

 Tremendismo in Spanish literature.

– Naturalism and tremendismo

– The Short Novel.

– Hedonism, Prostitution and Violence.

– The Case of Vidal and Planas.

– Survival of tremendismo in Spanish life

Publicado en Tintas nº 9, Revista de la Universidad de Milán (Università degli studi di Milano), Novembre 2020, pp. 76-85.

La primera mención de la palabra “vampiro”, en su sentido metafórico de cadáver que nocturnalmente deja de serlo para beber sangre humana con la que alimenta esa capacidad de resurrección, corresponde, que yo sepa, al Padre Feijóo. En la número XX de sus amenísimas Cartas eruditas y curiosas (4ª impresión, 1753), describe su comportamiento mítico o legendario, comentando el tratado sobre hombres lobo, vampiros y aparecidos de Dom Augustin Calmet, publicado muy pocos años antes. Para la aparición del vampiro en la literatura europea hay que esperar a 1819, año en el que John William Polidori, el médico de Lord Byron, al que no supo curar de su alcoholismo ni del resfriado que con 36 años lo llevó a la tumba, publica su relato “El vampiro”. Sin embargo la Real Academia Española no incluiría el término en su diccionario hasta su novena edición, publicada en 1853.

A partir de la Revolución de 1868, con el auge de las ideas republicanas y anticlericales, comienza a tomar cuerpo la expresión “vampiros del pueblo”, referencia a quienes lo esquilman, se aprovechan de su trabajo y “le chupan la sangre”. Más que a potentados y poderosos suele aplicarse a la Iglesia y sus distintas congregaciones, que utilizaban la ignorancia del pueblo en su beneficio. Así, a primeros de mayo de 1884, el Teatro Español de Barcelona estrena una obra con ese título[1], que no hemos visto editada. Con el cada vez mayor protagonismo de las reivindicaciones sociales y la amplia libertad de prensa de que se gozó en este periodo de la Restauración, la edad de oro del periodismo en España, la expresión fue haciendo fortuna y, por citar un ejemplo, el 20 de octubre de 1894  Tomás Valderrábano, en el diario republicano El País, motejaba de vampiros de pueblo a los recaudadores de consumos del partido judicial de Jumilla, a quienes se les había descubierto un desfalco de 19.000 pesetas.

El objeto de este trabajo es el drama en tres actos y en prosa, original de Niceto Oneca, con el susodicho título, Los vampiros del pueblo, que se estrena el 16 de enero de 1904 en el madrileño Teatro Novedades. Su mejor resumen es la reseña firmada por D., que publicaba El Globo dos días después:

El título de la obra debió ponerle carne de gallina al señor conde de San Luis[2], que envió a este teatro un buen golpe de guardias, temiendo, sin duda, que el pueblo, fielmente representado por las gentes de los barrios bajos, se rebelara contra los vampiros. Pero el público, que sabe cómo las gasta el Gobierno en estos tiempos de Nozaleda[3] y tentetieso, se limitó a inocentes desahogos, traducidos en aplausos al autor, mueras al jesuitismo y vivas a la… Libertad.

Cierto es que la obra se prestaba a mayores crudezas, porque el Sr. Oneca no se ha ido por las ramas al describirnos el funcionamiento de la Compañía de Jesús. Las tribulaciones de un obrero inventor, que no quiere someterse a los jesuitas explotadores, sirven de asunto al drama, en el que figuran ministros encumbrados por los vampiros, jueces sumisos a las órdenes de la “Residencia[4]”, mujeres engañadas, agentes de levita y luises[5] afeminados.

El Sr. Oneca ha tenido la feliz idea de poner frente a la solapada labor jesuítica, la obra noble y humanitaria del verdadero catolicismo representado por un cura de aldea. Los vampiros del pueblo no es una maravilla literaria, pero cumple sus fines: los de una propaganda eficaz contra el clericalismo. Puede estar el Sr. Oneca muy satisfecho del éxito que ha obtenido su obra. El público aplaudió a rabiar, llamó al autor a escena innumerables veces y llegó hasta pedir, en el colmo del entusiasmo, el tango del Cangrejo[6]. La interpretación fue bastante aceptable, distinguiéndose la señora Santoncha y los señores Hompanera y Campos, y muy especialmente la señora Martín Gómez, que es artista discreta y simpática.

A pesar de la reacción del público, más jocosa que revolucionaria, como se refleja en la crónica de El Globo, al día siguiente la obra fue prohibida por el gobernador, en virtud de las facultades que le conferían los artículos 32 y 33 del reglamento de teatros y remitió al juzgado el libreto “por entender que contiene conceptos que excitan a la rebelión”. Sin embargo, la víspera del estreno la Empresa del teatro Novedades había remitido dicho libreto al Gobierno civil, y, visto que la autoridad no puso objeción alguna salvo la eliminación del canto de “La Marsellesa”, lo que se atendió, desde el momento en que fue fijado el cartel al público, quedaba autorizada la representación.

El Globo (19-I-1904) volvía a comentar con retranca:

El sabio Gobierno que nos manda, aunque no sepamos bien adónde, ha protestado de la representación de Los vampiros del pueblo. Consuela el ánimo ver la persistencia con que sigue el camino de las grandes reformas, y nunca alabaremos bien la determinación tomada. Hay muchas comedias muy bonitas, escritas para representar hombres solos en los Círculos católicos y no hay un motivo para  que no sean éstas las que se representen en los teatros de Madrid, alternándolas con Autos Sacramentales de Calderón, y hasta con La vida es sueño, suprimiendo el himno a la libertad, que entona Segismundo y algunas crudezas del lenguaje. Todo lo andará, nuestro Gobierno, y verán los incrédulos cómo entonces nuestro comercio terrestre y marítimo serán los más florecientes del orbe entero.

En la misma fecha, El Imparcial recogía la postura del autor, don Niceto Oneca:

El autor de Los vampiros del pueblo nos ha dirigido una protesta contra los fundamentos en que se apoya la suspensión gubernativa, pues no ha sido su intención la de incitar al desorden a ninguna clase social. Sin que tratemos de defender los primores literarios de Los vampiros del pueblo, sí haremos constar que hace muchos, muchos años que la autoridad no adopta semejante género de medidas contra las empresas teatrales. Este camino puede llevar demasiado lejos y no acredita a la situación de un exceso de liberalismo en sus procedimientos.

Pero había de ser Joaquín Dicenta quien, sin citar la obra de don Niceto, pusiera los puntos sobre las íes, defendiendo en El Liberal la necesidad de libertad en los teatros, en una crónica que tituló “Aire Libre” (19-1-1904)  también publicada al día siguiente en el diario republicano El País. En ella, a pesar de vivirse en pleno periodo de triunfo de la sicalipsis, criticaba el clima de mojigatería que había llevado a que un agente de policía madrileño retirase del escaparate una imagen rubensiana de Las tres gracias y disculpaba a este funcionario público, acusando al público burgués que impedía a los teatros programar las obras que deseaban, pues había que atenerse a la dictadura de los abonados, que protestaban todo aquello que representara innovación, crítica o ataque a las convenciones sociales:

…El público, el verdadero público, será suplantado por el abono; y los artistas, contra su voluntad, contra sus deseos, contra sus propias opiniones, tendrán que bajar la cerviz y doblegarse a las exigencias de ese abono que sostiene a la empresa y los sostiene, por derivación, a ellos, que de la empresa dependen y de la empresa cobran.

Dicenta cita varios casos concretos: Pérez Galdós, que tuvo detenida su Electra durante un año en el archivo del Teatro Español[7], coliseo donde Benavente tampoco pudo estrenar Alma triunfante ni Eugenio Sellés, La mujer de Loth. Se refiere también a Ceferino Palencia, empresario y actor en el Teatro de la Comedia, donde el propio Joaquín Dicenta tuvo tantas dificultades para estrenar Juan José, unos años atrás y que también había sufrido protestas por la presunta inmoralidad de El hijo de Corelia[8], obra que años antes (1895) había sido estrenada sin ningún problema.

…yo me dirijo a Galdós, a Benavente, a Selles, Cano, a Echegaray, a todos cuantos en arte se ocupan y consideran el arte algo más grande que lucro y representaciones, a fin de preguntarles si no es hora de hacer, de tener un teatro sin abonos, sin previas censuras, sin más imposiciones que las del respeto y el decoro; un teatro donde el arte español pueda presentarse fuera de la estufa, al aire libre…[9]

En un tiempo en que el teatro junto a los toros suponían la principal diversión de los españoles, la censura en los teatros era asunto de gran importancia para los defensores de la libertad y el que los gobernadores tomaran la decisión de prohibir una obra, con el pretexto de defender el orden público, significaba el “paso atrás” al que aludía el aludido “tango del cangrejo”. Algunos actores, conchabados o no con los autores, introducían en las obras musicales coplas o cuplés satíricos con alusiones políticas, que no estaban en el libreto, con lo que pretendían burlar así los efectos de la censura. En provincias, el poder de la Iglesia y los elementos conservadores hacían más difícil la crítica. Incluso a la compañía de María Tubau se le vetó la representación de La dama de las camelias en Valladolid y otras ciudades. El propio Dicenta incluía en su artículo varios casos recientes y pedía el concurso de dramaturgos como Galdós, Echegaray, Cano, Selles y Benavente, “a fin de contrarrestar el avasallador dominio de los necios, los hipócritas, los fariseos que han llegado a poner tacha a El castigo sin venganza, del sublime Lope de Vega”.

La historia no tenía nada de nuevo. En el siglo XIX suscitó un gran escándalo la representación de Carlos II el hechizado (1837), de Antonio Gil y Zárate, en la que el confesor del monarca  resulta un redomado canalla. Algo similar sucedió en 1855 con el drama del después senador, Francisco Botella, La expulsión de los jesuitas en España. Pero los tiempos habían mudado y la fuerza de la Iglesia, siendo enorme, no era la misma que antes de la Restauración pero seguía utilizando su poder, orgullosa y segura de ostentarlo. La Época (18-I-1904), el diario conservador más leído por entonces, incluso se permitía tomarse casi a broma la obra de don Niceto:

   La obra es revolucionaria, anticlerical, antijesuítica, antiliteraria y muy reconstituyente. Una especie de agua de Loeches, como si  dijéramos. Las tribulaciones de un obrero inventor que no quiere someterse a los jesuitas sirven de asunto al drama. En éste se da lectura a una carta que, según el autor de la obra, es del propio San Ignacio de Loyola. Nosotros especulamos que la carta es apócrifa, por no tener noticias de que el santo haya escrito en estos días epístolas para que se lean en Novedades. En un diálogo que tienen un cura de aldea y un jesuita tomó parte el público, pronunciando algunas frases que obligaron al delegado a detener a uno de los espectadores (…) Niceto Oneca, salió al final de todos los actos a saludar, y el público, entusiasmado, le pidió que cantara el tango del cangrejo. Este no pudo complacer a los morenos, por su falta de voz. Y al salir del teatro medité un momento. ¡Dios mío, qué cosas hace Don Niceto!

Incluso, en una revista ya claramente eclesiástica como La Lectura Dominical (24-I-1904), Minimus, su firmante, seguía similares derroteros:

En Novedades se ha estrenado un melodrama contra los jesuitas que lleva por mal nombre Los vampiros del pueblo. Seguramente que al autor le tienen tan sin cuidado los vampiros como el pueblo, y la Compañía de Jesús como la Compañía de Electricidad de Chamberí. Él iría a su pucherete, como la empresa iba a su taquilla. Pero la gente del bronce necesitaba desahogarse y se desahogó con las nobles manifestaciones de costumbre, convirtiendo aquello en una especie de mitin sin espliego ni azúcar quemada (…) Los primeros y los últimos golfos del popular coliseo aplaudieron con un entusiasmo que ya lo quisieran para sus discursos Moret y Canalejas. El Imparcial se deleita contando todas estas cosas á sus 139 mil y pico de lectores (…) Y luego se restriegan las manos de gusto, diciendo: —Anda, para que rabie Maura. Sólo que Maura no rabia, y en cambio la barbarie popular va, al revés de lo que dicen en el tango del cangrejo, “Siempre pa’alante, nunca pa’atrás”.. Y yo pregunto; ¿qué será de los periódicos el día en que gobernadores y ministros y autoridades no hagan caso ninguno de sus protestas? (…) ¡Oh, el cuarto poder!… Acabará por ser, como se merece, un cuarto… desalquilado.

Entretanto, en virtud de los artículos 32 y 33 del Reglamento de Teatros, el drama fue prohibido y su autor, encarcelado y procesado. Al parecer, el motivo principal fue el fragmento de la antedicha carta apócrifa de San Ignacio, que se leía en escena, recurso teatral que fue tomado como una falacia tan irreverente como inaceptable por los jesuitas, que presionaron a Maura y Sánchez Guerra[10] para tomar medidas[11]. El 29 de enero don Niceto ingresaba en la Cárcel Modelo acusado de sedición, sin que se le permitiese ocupar las celdas destinadas a los presos políticos, lo que desató la protesta corporativa de sus colegas. El 6 de febrero el juez dictaba su libertad provisional y volvía a la calle. Poco después, la Audiencia, a petición del fiscal D. Luis Zabala, sobreseyó libremente la causa.

El asunto había llegado al parlamento, a la mayoría de los periódicos, a la Sociedad de Autores y buena parte de los comediógrafos y dramaturgos habían tomado postura a favor de la obra, con lo que no es de extrañar que ésta se editase en marzo y que varias empresas intentaran su representación en provincias. Pero la burra ha de volver al trigo y los gobernadores, empezando por el de Madrid, en previsión de desórdenes públicos, tornaron a prohibir la obra, con gran indignación de El País y la prensa republicana. Habría de transcurrir más de un año (octubre 1905) para que se volviera a representar en el Teatro Apolo de Barcelona. Eso sí, con algún éxito, pues le sucedió en el escenario Los hambrientos, otra obra hoy ilocalizable de don Niceto. En enero de 1906 Los vampiros llegaron también a Cartagena, lugar, como Barcelona, con abundante público adicto. En realidad, el drama fue olvidándose poco a poco, a medida que el viejo republicanismo de logia y barba poblada iba siendo sustituido en su lucha contra la reacción por la pujanza de las organizaciones sindicales. 

Los intentos de Antonio Maura por modernizar la Administración pública tropezaron con incontables resistencias en ambos extremos del espectro ideológico. En su deseo de contar con el apoyo de los confesionales, el acuerdo de 1904 con la llamada Santa Sede dio personalidad jurídica a las órdenes religiosas, que poseían enormes cantidades de terreno en las ciudades españolas y condicionaban las decisiones urbanísticas, como denunció Joaquín Dicenta en otro famoso artículo de 1907. A través de testaferros, las órdenes religiosas y, en especial los jesuitas, objeto del odio ancestral de los progresistas por su vinculación directa con el Vaticano, tenían la propiedad de empresas mineras, industriales y navieras, por no hablar de su titularidad de una gran cantidad del patrimonio artístico. Únase a ello, el secuestro de la educación y el secuestro literal de jóvenes adineradas para su ingreso en conventos, como sucedió en el “caso Ubao”[12], que dio lugar a la escritura de Electra. Todo ello era constantemente denunciado por la prensa y la literatura anticlerical[13] hasta constituirse en el principal leitmotiv de quienes achacaban al habitual abuso de poder y a la impunidad de estas prácticas el retraso de España.

Contra todo esto, el 18 de junio de 1906 se constituía la Asociación de Prensa libre, con Miguel Morayta[14] como presidente mientras Niceto Oneca oficiaba de secretario, para auxiliar a los periódicos liberales frente las asechanzas de los Congresos católicos”. En su proclama inicial declaraba:

Es indispensable que la opinión se manifieste respecto a las cuestiones de las órdenes religiosas; disminución o supresión del presupuesto del clero; reforma indispensable de la ley de presupuestos para que los obispos no perciban los sueldos correspondientes a las vacantes de parroquias, cabildos y obispados; secularización de cementerios; el laicismo en todos los grados de la enseñanza: libertad de la cátedra y de cultos; separación de la Iglesia del Estado; en suma, sobre cuánto podría sanear la atmósfera frailuna y sectaria, dentro de la que España se asfixia, precipitándose a marchas forzadas en su definitiva ruina.

Los vampiros del pueblo pasaron, pues, por la escena española con mucho ruido y fuego artificial pero con escasas nueces. Como sucedía en la edición de otros textos teatrales –la mayoría de los entonces representados llegaban a la imprenta- en el libreto[15] se dedicaban las páginas finales (55-74) a recoger las críticas y comentarios que había merecido la obra. En la mayor parte se resaltaba lo extraliterario y se obviaba benévolamente la opinión sobre esta obra, previsible, retórica y con personajes ampulosos y de cartón piedra. El autor debía conocer muy bien al público del teatro Novedades, sito en la calle de Toledo y muy cercano a la plaza de la Cebada. Su carácter popular implicaba también una fuerte sintonía con las reivindicaciones sociales que cada vez tomaban un mayor radicalismo. Don Niceto les daba drama, conflictos, injusticia a todo pasto, con el previsible adobo de demagogia. En este caso justificada, aunque no literariamente, sí por la actuación de buena parte de los estamentos eclesiásticos.

No hay que decir pues lo que gozaría aquel público entusiasta, enemigo por tradición de tales ideas, viendo a un cura bonachón diciéndole cuatro frescas a un jesuita de gabán corto que recurre a él para que desbarate la boda inminente de una sobrina suya con un honradísimo hijo del trabajo, autor de un invento notable que ha de mejorar a los su clase. (Heraldo de Madrid, 19-I-904)

Más que dramaturgo, Don Niceto Oneca, que antes de sus vampiros había publicado en 1895 el drama en tres actos y en verso, Cecilia, o La Revolución francesa, fue un archivero[16] e historiador, especialista en estudios genealógicos, que colaboró en periódicos como El País y El Mundo y dio a las prensas libros como Historia General de la Masonería bajo el seudónimo de Danton, con prólogo de Emilio Castelar, reeditado en 2002; Bodas regias y festejos desde los Reyes Católicos hasta nuestros días (1906); El cuadro de Van der Goes (1913) y La nobleza española : sus grandes enemigos (1914). Por sus actividades y conducta, se inscribía en el grupo que Julio Caro Baroja describe como “los progresistas antiguos (que) siempre habían defendido al catolicismo como religión de los españoles aunque querían que Roma respetara mucho al Estado y a la Monarquía”[17].  En modo alguno, pues, se trataba de un peligroso revolucionario sino de un candoroso republicano que, como tantos, tomó las órdenes al ingresar en 1906 en la logia madrileña El Progreso.

Niceto Oneca Carrillo había nacido en 1864 en Madrid y habitado la casona que hace el número 20 de la calle Magdalena. Murió en dicha ciudad, a finales de febrero de 1933 en su domicilio, sito en la calle Narváez número 10.

El teatro anticlerical siguió su rumbo pero cada vez más atenuado en sus proclamas apocalípticas y evolucionando hacia ribetes satíricos más propios de la comedia. Un buen ejemplo de ello fue Ruido de campanas[18] (1907), de A. M. Viérgol[19], un prometedor periodista que en esta pieza denunciaba la situación político-social en torno a la ley de las Asociaciones religiosas y que al año siguiente reincidiría en la crítica de la hipocresía social y las beatas en una obra de gran éxito y con su pizca de sicalipsis como Las bribonas.  

El  anticlericalismo ruidoso se alojó especialmente en la prensa republicana, radical y sindicalista. Fue la revista El Motín (1881-1929), de José Nakens, la más popular, con sus magníficos dibujos centrales en la línea de Los Borbones en pelota de los hermanos Bécquer, o la valenciana La Traca, tan popular como excesiva. Por su parte, periódicos como Las dominicales del libre pensamiento (1883-1909) o El País (1887-1921), congregaron a la grey bohemia y desmesurada. También militaron en esta facción numerosas bibliotecas populares, todavía mal estudiadas, que rebatían la religión y sus dogmas e iban, sobre todo, destinadas a un público obrero. La quema de conventos en la Semana trágica y en las fechas iniciales de la II República fueron efecto de este ambiente.

Los jesuitas, que habían sido expulsados de España en 1767 y 1835, volvieron a salir del país por la orden del 23 de enero de 1932, a resultas de la Constitución de la II República. Todavía don Niceto Oneca lo podría celebrar en su Madrid revolucionario.

                                                                       

NOTAS

[1] La Esquella de la torratxa nº 174 (3-V-1884).

[2] Fernando Sartorius Chacón (1860-1926), gobernador civil de Madrid entre el 8 de diciembre de 1903 y el 24 de junio de 1905.

[3] Arzobispo de Filipinas desde 1890, sus actos y disposiciones fueron muy cuestionadas por los liberales. Al ser en 1903 nombrado arzobispo de Valencia por el presidente del Consejo, Antonio Maura, se desató una violenta campaña que obligó a la dimisión del prelado, representante del catolicismo más integrista.

[4] Así solían denominarse los edificios donde vivían los miembros de la orden ignaciana. Tras el estreno de Electra, varias de estas residencias fueron apedreadas en ciudades como Barcelona, Valencia, Zaragoza, Valladolid, Santander y Cádiz.

[5] Jóvenes pertenecientes a la Congregación de Nuestra Señora del Buen Consejo y San Luis Gonzaga. 

[6] Tango andaluz inscrito en la obra El mozo crúo (1903), que se hizo popularísimo por sus ripios criticando al partido conservador. Entre sus ovaciones, suponemos que con cierto cachondeo, el público pedía al autor que lo bailara.

[7] Son bien conocidos los sucesos que acompañaron y sucedieron al estreno de la obra en el Teatro Español (30-I-1901), que han deparado una amplia bibliografía. Diez años antes, Rosario de Acuña había tenido que hacerse empresaria para poder estrenar (3-4-1901) en el Teatro Alhambra El padre Juan, una obra de similares características, que fue prohibida por el gobernador y dio lugar a una gran polémica entre la prensa católica y la republicana.

[8] Obra de Pedro Catarineu y Pedro Gil (seudónimo de Ceferino Palencia)

[9] El Liberal, 19-I-1904, p. 1.

[10] Antonio Maura, presidente del Consejo de Ministros había nombrado a José Sánchez Guerra, ministro de la Gobernación para el gabinete ministerial nombrado el 5 de diciembre de 1903 que duró poco más de un año.

[11] Son innumerables los abusos y casos de intrusión por parte de las autoridades eclesiásticas. Por citar una entre mil, el obispo de Santander nombró una comisión, a cuya censura tenían que presentar los empresarios las obras que constituían su repertorio.

[12] Adelaida de Ubao, bilbaína, menor de edad e hija de una familia adinerada, tras unos ejercicios espirituales con los jesuitas, ingresó en el convento madrileño de las Esclavas del Corazón de Jesús sin autorización familiar. La familia recurrió al Juzgado, que ratificó la decisión de Adelaida que sus parientes, con la madre viuda a la cabeza, consideraban inducida. El caso llegó al Supremo: Nicolás Salmerón, actuó como abogado de la familia y Antonio Maura, de la parte contraria. El 7 de febrero de 1901, justo después del estreno de Electra el tribunal falló finalmente. La decisión fue que Adelaida volviera a su casa aunque, al llegar a la mayoría de edad (25 años), volvió al convento. Poco después fallecería en el noviciado de Azpeitia.

[13] En la denuncia de los jesuitas fueron un hito las obras del ex miembro de la Compañía, el mallorquín Miguel Mir, Los jesuitas puertas adentro o un barrido hacia afuera en la Compañía de Jesús (1896), Curiosidades de mística parda (1897), Crisis de la Compañía de Jesús (1900), Historia interna documentada de la Compañía de Jesús (2 vols. 1913). También, Los frailes en España de Miguel Morote, aparecido en 1904, el mismo año del convenio con el Vaticano. Un buen análisis en Javier Figuero, Si los curas y frailes supieran…Una historia de España con Dios y contra Dios, Madrid, Espasa Calpe, 2001.

[14] Nacido en 1834 fue catedrático de Historia en la Universidad Central. Varias veces diputado, fue, junto a Ruiz Zorrila, una de las cabezas principales del republicanismo. En 1889 fundó el Gran Oriente español y fue su gran maestre hasta su muerte en 1917.

[15] Oneca (1904)

[16] Tuvo a su cargo el archivo del duque de Osuna procedente del palacio del Infantado de Guadalajara, con más de un millón de documentos, que en 1878 pasó al Ministerio de la Guerra.

[17]  Caro Baroja (1980).

[18] Un análisis en Palenque (2017).

[19] Antonio María Martínez-Viérgol y Carranza (Madrid, 1876-Buenos Aires 1935). Falta un estudio de la vida y obra de este periodista madrileño de ideas avanzadas que en 1915 emigró a la Argentina y fue autor de sainetes criollos de gran éxito. Escribió también la letra de numerosos cuplés y tangos. V. Barreiro (2012).

                                                                             BIBLIOGRAFÍA CITADA

 -ACUÑA, Rosario de (1891), El Padre Juan, Madrid, Administración Lírico Dramática.

-BARREIRO, Javier (2012) V. Voz: “Martí Martínez-Viérgol y Carranza, Antonio María”, Diccionario biográfico español, Vol. XXXIII, Madrid, Real Academia de la Historia, p. 597.

-CALMET, Augustin (1746), Dissertations sur les apparitions des anges, des démons & des esprits et sur les revenans et vampires de Hongrie, de Boheme, de Moravie & de Silesie. De Bure l’aîné.

-CARO BAROJA, Julio (1980), Introducción a una historia contemporánea del anticlericalismo español, Madrid, Istmo, p. 205.

-FEIJÓO, Fray Benito (1753), Cartas eruditas y curiosas, Imprenta de los Herederos de Francisco del Hierro.

-JIMÉNEZ PRIETO, Diego y Felipe PÉREZ CAPÓ (1903), El mozo crúo (sainete lírico con música del maestros Lleó y Calleja), Madrid, Sociedad de Autores Españoles.

-MARTÍNEZ VIÉRGOL, Antonio (1907), Ruido de campanas, (comedia lírica con música de Enrique Lleó) Madrid, R. Velasco.

-ONECA, Niceto (1904), Los vampiros del pueblo, Madrid, Imprenta y Litografía de Monserrat, 1904.

-PALENQUE, Marta (2017) “Anticlericalismo en el género chico” en Dinamitar los límitesdenuncia y compromiso en la literatura de la otra Edad de Plata (1898-1936). José Miguel González Soriano (ed. lit.), Patricia Barrera Velasco (aut.), Madrid, Universidad Complutense, pp. 251-278.

-POLIDORI, John William (1819) The Vampire. A Tale, London, Sheerwood, Neele.

Publicado en Cruces de bohemia, Zaragoza, UnaLuna, 2011, pp. 7-11.

El conocimiento de la bohemia española primisecular preocupa a los estudiosos desde hace no demasiado tiempo. Sin embargo, gran parte de nuestra mejor literatura tuvo que ver con ella y su existencia no es un referente pintoresco y marginal sino una tremenda realidad que, a veces, parece haber querido borrarse. Verdaderamente, y pese a la relativa cercanía en el tiempo, resulta muy difícil saber de sus circunstancias. Es cierto que los auténticos bohemios fueron a menudo retratados con pretensiones estéticas por parte de quienes los conocieron o como sujetos de anécdotas con que amenizar los libros de memorias o ficciones, pero sólo en casos muy aislados, como los de Valle-Inclán o Gómez de la Serna, se penetró en su enjundia.

Muchos de los textos en torno a sus chuscos sucedidos y vidas desgarradas pueden parecer hoy excesivos o exagerados, fruto más bien de una selección de episodios que de una realidad patente, pero cualquiera que haya deambulado por los barrios bajos o las tabernas españolas de hace no tantos años sabe que el pintoresquismo más atroz, la arbitrariedad, la miseria y el dolor elevado a chascarrillo eran pasto común, y quienes hayan cumplido los sesenta tendrán noticia de lo que significó el hambre para gran parte de los habitantes de la piel de toro y de los extremos a que puede llevar el sufrirlo. La historia de la humanidad no es fundamentalmente otra cosa que la historia del hambre. Y hasta hace cincuenta años un buen número de españoles lo vivía cotidianamente.

Muchos de los bohemios escribieron acerca de sí mismos y de su ambiente. Pero muy poco nos dejaron de su auténtica identidad. Pinceladas abruptas, un poco de conmiseración y algo de risa. Pero a esos bohemios los recordamos porque escribieron. Muy poco podemos reconstruir de su vida. Los retazos con que los pintaron sus contemporáneos son, como se dijo, impresiones o recuerdos recogidos de otras impresiones. Por ellos sabemos que pedían, bebían, olían y dormían en la calle o en tugurios peores que la calle. En suma, era gente paupérrima y arrostraban la certeza de que no iban a gozar ocasión para dejar de serlo.

Si la bohemia en sus inicios románticos estuvo vinculada a la poesía, a partir de la Restauración se agrupó en torno al periodismo, todavía muy superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que congregaron el mayor contingente de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores. Cuando la tripa suena, parece que se abaten los escrúpulos. Pero, como no podía ser de otra manera, los bohemios constituían una curiosa amalgama de idealismo y picaresca. Ambas actitudes se fundían o se disgregaban, según la circunstancia impusiera mecanismos de solidaridad o necesidad. De cualquier modo, la bohemia española, sin ánimo de categorizar sus rasgos y periodos, tuvo mucho más de forma de vida que de patrón estético.

Es cierto que algunos de los bohemios aquí retratados vivieron, aunque fuera momentáneamente, el triunfo. Dicenta, a partir del estreno de Juan José, sin que ello significara ni mucho menos que variase su preferencia por el alcohol, la pendencia, el mujerío y los barrios bajos. Vidal y Planas, durante el corto periodo que corrió entre el éxito del estreno de Santa Isabel de Ceres y el asesinato de Luis Antón del Olmet. Retana tuvo una vida desahogada hasta la guerra civil pero sus amistades y preferencias sexuales le hicieron hurgar, aunque irónica y distanciadamente, en las espeluncas de la condición humana. El resto apenas salió nunca de la compañía de la indigencia y la urgencia de emplear el «sable».

El nivel estético de sus producciones fue naturalmente diverso. De los aquí recogidos, Noel y Gálvez, excelentes escritores minusvalorados y siempre tratados con reticencia, han sobrellevado en su consideración crítica el estigma de su excentricidad y de su pobreza. Si todavía puede decirse que una gran mayoría de los escritores más notables del siglo XX español pertenecía a clases más o menos acomodadas, con todo lo que ello significa, la crítica en general poco hizo por reparar esa injusticia de base. El franquismo y las circunstancias del exilio coadyuvaron para que esa situación no se modificase. Joaquín Dicenta, tan famoso y posiblemente supervalorado en su tiempo, padeció en su prestigio la travesía del desierto que, durante los años inmediatamente posteriores, suele afectar al escritor que desaparece. Su virulento y sincero, aunque decimonónico, enfoque social propició que el franquismo derribase sus bustos y sepultase su obra bajo la socorrida losa del olvido. Retana fue un escritor de gran soltura y correcto estilo aunque cayó frecuentemente en facilidades y nunca le sonrió el genio. Sin embargo, su repercusión sociológica tampoco ha suscitado apenas atención. Pedro Barrantes y Vidal y Planas, a pesar de la abundantísima obra de este último, carecen de interés estético pero son el perfecto ejemplo de esa España descabellada, abrupta, feroz e inclasificable que da razón de nuestra historia.

Todos bebieron con voluntad, lo que, probablemente, costó la vida a Barrantes y Dicenta. Gálvez y Retana murieron de forma violenta; Noel, en la miseria. Contra toda probabilidad, fue Vidal y Planas el único que tuvo una muerte que podríamos calificar de corriente, aunque fuera en el exilio.

Prescindiendo de los memorialistas, que en sus libros de recuerdos utilizaron a los protagonistas de la bohemia para surtirse de anécdotas, los tratadistas de la crítica, salvo en los dos últimos lustros, se han acercado a ella armados de precaución y con toda clase de prevenciones. El polígrafo y arduo erudito Sáinz de Robles, que conoció y trató a muchos de estos escritores aunque fuera de modo superficial, tuvo el mérito inaugural de su reivindicación pero, hasta muchos años después de publicarse, sus libros fueron desatendidos. José Fernando Dicenta, que se aproximó a varios de estos pintorescos personajes por su parentesco con Joaquín y porque entre sus adláteres había quien los conoció personalmente, vio saldado su muy interesante libro sobre la bohemia. La crítica universitaria se acercó en principio a ella de manera tangencial. Zamora Vicente, en sus estudios acerca de Valle-Inclán y Andrés Amorós, en los que dedicó a Pérez de Ayala, hubieron sin embargo de tomarla en cuenta y a ellos debemos las primeras aportaciones. Allen Phillips, Iris Zavala, Manuel Aznar y Claire-Nicolle Robin siguieron desbrozando caminos. La publicación de las memorias de Cansinos y la reivindicación de figuras, en su día ya consagradas como las de Gómez de la Serna y González Ruano, comenzaron a poner de moda a esta turba de olvidados y en su creciente estima influyó la atención de escritores con eco público como Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel de Prada. Cada uno de ellos llegó a este puerto por razones particulares y específicas. Los primeros se los toparon con abundancia en sus correrías en pos de libros viejos. Villena, buscando coincidencias en una marginalidad que hoy ha dejado de serlo. El último, que nos ha dejado excelentes páginas afrontadas con voluntad literaria, probablemente, por razones estéticas. Sin que, por supuesto, podamos prescindir de un gusto común por lo desatendido y heterodoxo. Hoy día, con el interés, al fin, suscitado por las ediciones de Novela Corta -en el que, aparte de los mencionados, han tenido protagonismo gentes como Granjel, Lily Litvak, Abelardo Linares y Alberto Sanchez Álvarez-Insúa-, la atracción por el conocimiento de la bohemia ha aumentado, incluso existe una colección monográficamente dedicada a la misma. Pero, sin duda, falta la mayor parte del sendero por recorrer.

 Categorizar a la bohemia española prescindiendo de consideraciones estético-históricas es tarea inútil y condenada al fracaso. Una sociología de la bohemia tendría fronteras siempre gaseosas. Aceptando el común componente de la indigencia, sí puede decirse que Gálvez, Noel, Barrantes se incluyeron en ella por vocación. Buscarini y Vidal y Planas, por temperamento enfermizo. Otros bohemios con posibles se insertaron en sus filas por estética, como fue el caso de Hoyos y Vinent. Sin que faltase la erotofilia, caso también de Retana. Ya se habló de la pasión personal de Dicenta por el limo. No la tuvo Carrère, que se encontró con esta forma de vida en los cafés y se apuntó con todo tipo de prevenciones al cotarro, como quien se inscribe en una sociedad con la que no tiene mucho que ver pero que, sin darle mucho que cavilar, le resulta útil. Los dos grandes Ramones, si estuvieron en la bohemia fue, evidentemente, por amor al Arte que ellos, como nadie, ejemplificaban.

Los seis trabajos aquí reunidos, fruto de varios años de recogida de notas sin propósito específico y de la predilección del autor por estos tan extravagantes como, en su mayor parte, desdichados artífices, quieren dar una visión parcial, aunque en la medida de lo posible coherente, de este universo relativamente cercano en el tiempo pero tan lejano ya a nuestros usos y formas de vida. Los repertorios de obras y bibliografías no llegarán a exhaustivos, pero incrementan de forma sensible lo hasta ahora publicado sobre estos autores y, desde luego, pueden dar pistas para indagaciones posteriores que, probablemente, ya debían haber sido acometidas.

(Publicado en Clarín nº 132, noviembre-diciembre, 2017, pp. 18-23)

El periodista

Es curiosa y atípica la trayectoria de Javier Bueno García (1891-1967), autor madrileño que en principio estaba destinado a militar en las desvencijadas filas de los periodistas que en las dos primeras décadas del siglo XX deambulaban por las redacciones, ostentando sus desgastados ternos y sus tres cuartas de bohemia, picaresca y salacidad. La otra parte la daba el hambre. Con un adobo de alcoholismo y unas gotas de puteque de baja estofa, el cóctel derivaba frecuentemente en tuberculosis. No fue así, tras unos años en la brecha, para Javier Bueno que, muy joven, fue enviado como  corresponsal a París, cubrió la I Guerra Mundial, se internacionalizó y terminó como bien pagado funcionario de la OIT en Ginebra. Ya jubilado, moriría en el turístico pueblo de Gryon a 130 kilómetros de la ciudad del lago Leman.

 Sin embargo, sus inicios fueron tan traqueteados y pintorescos como los de cualquier personaje de Carrère o Vidal y Planas sin que faltaran procesos, duelos y otras demasías. Tras haberse escapado de su casa para conocer París y Londres, su intento de alistarse sin documentación para la guerra del Transvaal, deparó que, al solicitarse aquella, la embajada española se topara con la reclamación de su familia. De nuevo en Madrid, comenzó con apenas quince años –para nuestra vergüenza, entonces se maduraba mucho antes- a escribir en El Globo, desde donde pasó a España Nueva, donde todos le llamaban Javierito, por su juventud, escualidez y escasa talla. Una de sus primeras misiones como reportero fue el viaje a París en burro acompañado de Carlos Crouselles, otro de los periodistas de la época que merecería una novela. Salieron para la ciudad del Sena en agosto de 1906 pero dejaremos esa jugosa crónica del viaje pues es inminente su publicación, rescatada por la editorial Renacimiento.

 Sí habrá que decir que el satírico Crouselles se casó nada más regresar con Aurora Fuster, viuda de  otro escritor –sevillano, como él- José Antonio Torres “Micrófilo”, que había fallecido hace dos años en Málaga y dejó a su esposa una buena renta. El nuevo matrimonio intentó sacar provecho de ella montando un negocio en Méjico pero no hubo suerte. Pensaron, entonces, marcharse a la Argentina en busca de nueva fortuna y el 9 de diciembre de 1908 los dos se encontraban en Sevilla, prestos para emprender el nuevo viaje. Carlos dejó a Aurora encerrada en la habitación del Hotel Iberia, tal vez porque ella padecía algunos problemas mentales, y se marchó con unos amigos a la contaduría del Teatro del Duque, donde mostró actitudes inusuales y extrañas. Al volver al hotel, sonaron cuatro detonaciones en la habitación ocupada por el matrimonio.

 Crouselles había matado a su esposa e intentado suicidarse, aunque sobrevivió unas horas. En la habitación del siniestro se encontraron cuatro cartas. Una de ellas iba dirigida al gobernador por parte de Aurora y declaraba que, considerando que no podían ser felices, iba a matar a su marido y, después, se suicidaría. En otra, Crouselles exponía que, por no tener valor su mujer para realizar su proyecto, lo asumía él con las funciones intercambiadas y legaba a una amante, con la que tuvo en Madrid 4 hijos, 3.400 pesetas. Una tercera carta era para su amigo, Emilio López del Toro, al que remitía cien pesetas como adelanto para dicha amante, de nombre, Jerónima Blasco. La última carta era para despedirse de ella.    

 El folletín prosiguió con muy diversas peripecias pero quien nos interesa aquí es Javier Bueno que, tras dejar España Nueva, entró en la redacción de El Radical, al tiempo que comenzaba a publicar sus primeros textos narrativos. Y ahí se inmiscuye la figura de un inevitable en esta época: Pedro Luis de Gálvez. Efectivamente, La santita de Sierra Nevada, que iba a ser el primer libro de Javier Bueno, apareció con la firma del bohemio malagueño, el 30 de diciembre de 1910, con el número 5 de la colección Los Contemporáneos. El novel autor reaccionó con cierta elegancia. Esta es su carta al director de El País, publicada bajo el título “La Historia de un cuento”: 

 Mi querido Castrovido: Me ha ocurrido lo siguiente: Hace cinco meses, Pedro Luis de Gálvez me pidió, en nombre del director de Los Contemporáneos, un cuento. Le entregué el original. Hace dos meses me remitieron las pruebas, que yo devolví corregidas. Hoy me entero de que mi cuento, con el título La santita de Sierra Nevada, que no es el título que yo le puse, se publica el viernes próximo, firmado por Gálvez, quien, según me dicen, ha cobrado el importe. Me aconsejan que acuda ante el Juzgado; pero, ¿para qué? Procederán contra Gálvez, y acaso lo metan en la cárcel, pero eso no me proporcionará la misma felicidad que Ios treinta duros que por mi trabajo me correspondían. En este caso, sólo me resta el derecho del pataleo, y quiero que usted sea tan bueno que publique esta carta en El País. Se lo agradecerá mucho su devoto y amigo, JAVIER BUENO.

 Aunque Gálvez rebatió esta versión en carta también publicada en El País, dadas las fechas, parece una inocentada aunque sea un caso de descarada piratería. Emilio Carrère, sin embargo, no debía de tener simpatía alguna por Javier Bueno porque a los pocos días del episodio se descolgó en Madrid Cómico (7-1-1911) con este comentario: “También aludo a Javier Bueno, ese salvaje inconsciente y huero, a quien con motivo de su pleito de La santita de Sierra Nevada, sólo tengo que decir que el perjudicado es Gálvez, por haber firmado una cosa tan mala”.

Lo de salvaje venía a cuento por ser “Las palabras de un salvaje” el título de la sección que el periodista madrileño firmaba en El Radical. Dos años después, Bueno publicaba Una vida, número 25 de la colección El Libro Popular, aparecido el 26 de diciembre de 1912, una intensa novela corta de corte clásico, que narra el rodar por el mundo de un pícaro, que termina, fracasado, recogiéndose en su claustro natal. El lector habituado a la novela corta de estas calendas reconocerá también la firma de Javier Bueno en la segunda o penúltima página de abundantes números de esta colección, El Libro Popular, donde redacta breves reseñas y se hace vocero de interesantes noticias y comentarios acerca de la actualidad literaria o social. Sorprende la precocidad, el conocimiento, soltura y competencia del ya formado periodista.

La novela

Un hombre, una mujer y un niño (La Novela de Bolsillo nº 30), publicada en marzo de 1914 e ilustrada por Federico Ribas, es la tercera de las novelas cortas de Bueno y, sin duda, la más interesante. Ya desgajado de El Radical, su carrera en el periodismo iba por muy buen camino. Había trabajado en otros periódicos como La Tribuna, donde se hizo amigo de Tomás Borrás y, sobre todo, acompañaría a Rubén Darío en su viaje a la Argentina -zarparon el 27 de abril de 1912-, financiado por la revista Mundial Magazine, que el poeta dirigía en París, lo que le valió a  Bueno numerosas relaciones y el agradecimiento de Darío, al que sacó de situaciones muy comprometidas. Algunas de ellas las cuenta en Diálogos con el que se fue (1965), la última de sus publicaciones, en la que rescata a algunos escritores de aquel tiempo. Por otro lado, Javier entró en relación con la popular revista porteña Caras y Caretas, que, poco después, lo nombraría su corresponsal en la guerra europea. También por esa época, entrevistó a Galdós, Dicenta, Maragall, Ignacio Iglesias, Menéndez Pelayo…

Con todo esto, Bueno se podía permitir una mirada crítica y distanciada sobre la redacción de un periódico como El Radical, en el que durante casi dos años había convivido con la entraña del periodismo madrileño, tan cuajado de bohemios y figurones, como de pintoresquismo e hipocresía.

El periódico

El Radical, diario republicano de la noche había sido fundado en marzo de 1910, por Lerroux -en 1904 había sacado a la luz un semanario con el mismo título- y mudó a convertirse en diario de la mañana en octubre de 1912. Portavoz del inescrupuloso político cordobés, era por entonces un periódico que daba voz al anticlericalismo, al socialismo y a las aspiraciones obreras. Como director figuraba el culto y prestigioso Ricardo Fuente, que había dirigido El País, ya el principal portavoz de las ideas republicanas. Por su redacción pasaron Luis Bello, Ignacio de Santillán, Segismundo Pey Ordéix, Álvaro Calzado, Julián Moyrón, Eduardo Barriobero e Hipólito González Rodríguez de la Peña, entre otros. Y, como colaboradores, contaría con las firmas de  Nicolás Estévanez, José Nakens, Rafael Salillas, Cristóbal de Castro, Joaquín Dicenta, Pedro de Répide, Álvaro de Albornoz, Julián Besteiro… El Partido Radical de Lerroux atrajo a abundantes intelectuales, entre los que se contó a  Ortega y Gasset, que lo utilizó para dar a la luz lo que le parecía inconveniente publicar en El Imparcial, propiedad de su familia. También Pío Baroja, que coqueteó con el partido de Lerroux y publicó César o nada como folletín en el diario.

Tanto el protagonista de la narración, Asuero, como el nombre del periódico en el que trabaja, El Demócrata, son réplicas de Javier Bueno y El Radical. Aunque la descripción satírica de los componentes de la redacción es el principal objetivo de la obra, glosaré brevemente el argumento, que también es ejemplificador del ambiente que se vivía en estos últimos reductos de la bohemia:

Asuero, encargado en el diario de reseñar las sesiones en el Congreso, recibe una llamada avisándole de que, junto a otras putas, ha sido detenida su amante, María la Francesita. Para influir en su liberación, se persona en la comisaría del Centro, donde las encerradas andan metiendo bulla. Cuando un guardia abre la puerta de los calabozos, las detenidas, que siguen insultando a la policía, advierten de que la tal María está de parto. Entran Asuero y el comisario, apodado El Niño de los Brillantes, éste abriéndose paso pateando a las presas. El policía cree que ellas están burlándose y larga otra patada a la parturienta, con lo que todas se arrojan sobre él y lo muelen. A continuación, entran los agentes para liberar a su jefe y la emprenden a sablazos con las mujeres, que, para protegerla, se colocan encima de la nueva madre y de Asuero, que dispara a la policía. Tras visitar la Casa de Socorro, el joven ha de declarar ante el juez, que le concede la libertad provisional por su condición de periodista, pero en la redacción se ha sabido del incidente y todos están contra él que, con su conducta, ha emponzoñado la profesión. El director lo recibe muy benévolo, pero le comunica la decisión de la propiedad de prescindir de sus servicios. Finalmente, El Demócrata publica un suelto explicando que Asuero ya no tiene nada que ver con el periódico, con lo que El Niño de los Brillantes, libre de compromisos políticos, comienza su búsqueda. Tras vagar toda la noche, Asuero se dirige al Hospital de San Juan de Dios y encuentra a la Francesita que le cuenta sollozando, cómo las compañeras han llevado al hijo de ambos -eso cree Asuero- a la Inclusa. Entra entonces la policía que lo detiene y maniata. Ella lo despide pidiéndole que le escriba a casa de la Gallega, su coima.

Esta es la apostilla final del narrador, en una novela que no abunda en ellas:

La complicada máquina, que es la organización social de un pueblo, se había detenido unos instantes para ocuparse de un hombre, una mujer y un niño, y como la previsión es una de las virtudes de la sociedad en que tenemos la dicha de vivir, los tres encontraron pronto sus respectivos puestos: la cárcel, el prostíbulo y la Inclusa. Luego el mecanismo siguió rodando (p.59).

Los personajes

Ya se dijo que lo más suculento de la novelita son los personajes que destapa aunque lamentablemente sólo podamos desentrañar a los más conocidos. Daniel Pulpo es el presidente de la sociedad que explota el diario, es decir, el propietario. Se trata efectivamente, de Alejandro Lerroux (1864-1949), fundador del Partido Republicano Radical, político y demagogo, harto activo en la política española de la primera mitad de la pasada centuria. 

…soñaba con la posesión de tres grandes rotativos, cada uno de los cuales fuese órgano de cada partido triunfante en el gobierno del país, y otro, El Demócrata, con ciertos ribetes revolucionarios para recoger la parte de público que no estuviera conforme con los otros dos. (p. 43).

El director, don Roberto, corresponde a la figura de Ricardo Fuente (1866-1925), republicano y activo periodista, que, además de El Radical, dirigió El País, el más importante de los diarios republicanos del periodo de intersiglos. Bibliófilo y hombre de gran cultura, es más conocido por fundar y ser el primer director de la rica Hemeroteca Municipal de Madrid. Llevo fama de hombre de gran corazón y competencia pero un tanto despreocupado, algo así como a lo que más tarde se denominaría pasota. A pesar de ser quien ha de darle la noticia de su despido, Asuero-Javier Bueno, lo pinta con cierta benevolencia:

…era el más amable de los hombres, siempre que el estómago y los dolores de gota no le mortificaban. En las primeras horas de la noche se mostraba indulgente, alegre, bromista, confidencial; pero, desde las diez en adelante, cuando el estómago entraba en lucha terrible con los alimentos y el cerebro en batalla con el artículo de fondo, se volvía irascible y más de una vez los periodistas a sus órdenes habían sabido los peligros que entrañaba una ración de pote gallego en el estómago de Don Roberto. (p. 12).

Y, al comunicarle su despido:

Don Roberto, en el fondo era un sentimental bondadoso, a quien, sin las malas digestiones podían confesársele los más graves pecados, seguro de obtener el perdón. Su voracidad para comer era la causa de que se le creyera una fiera corrupia. (…) Acaso tuvo usted razón para hacer cuanto hizo –dijo don Roberto-; pero todo eso está fuera de lo normal, de lo reglamentado, de lo aceptable… Es muy triste, pero es así. Yo no puedo hacer otra cosa sino compadecerle, amigo mío, cumplo con el encargo que me dieron (…) Sepa que aquí deja un amigo, un solo amigo, yo. (pp. 52-54).

Don Calixto López Cardón es la figura prócer que  corresponde a Benito Pérez Galdós, como se puede advertir en la secuencia vocálica de ambos nombres. Así lo caracteriza Javier Bueno: “…novelista autor de más de ochenta obras, que se consideraban como ladrillos de su propio monumento”. Cuando convenía políticamente, Tomillo, uno de los miembros de la redacción, le hacía escribir el manifiesto que se consideraba oportuno:

 Y don Calixto, conocido vulgarmente como “gloria de las letras” redactaba un manifiesto con alusiones a la “gloriosa, al león dormido de España, al general Riego, a los consumos, para terminar con un párrafo descriptivo de la apoteosis: el sol de la Libertad aparecía esplendoroso por el horizonte ahuyentando a la ignorancia, al fanatismo, a todos los vicios y al ministro de la Gobernación». (p. 8).

 Otra de las figuras que colaboran en la redacción del diario es la de Guzmán Baeza, casi legendario autor de La blusa triunfadora. Se trata obviamente de un retrato de Joaquín Dicenta (1862-1917), como en el caso anterior, dibujado con escasa empatía por el modelo: “hombre de cara arrugada, flaco, con cierto aire mezcla de clérigo y organillero (…) Él mismo, cuando se servía de El Demócrata para anunciar algún libro suyo o cuando quería aumentar su gloria literaria, se daba el título de ’ilustre autor’” (p. 19). La verdad es que Javier Bueno se ceba en los evidentes defectos del periodista y dramaturgo y prescinde de sus muchas cualidades: Pone en duda su postura revolucionaria, destaca su tendencia a lo sentimental, observa que su amor a los humildes estribaba en emborracharse con ellos y que todo su principio filosófico era la lucha entre la blusa del obrero y la levita del burgués. No se sabía si era socialista, sindicalista o anarquista pero aplaudía lo mismo el regicidio que el crimen de taberna porque quería aparentar ser un revolucionario bárbaro. Enemigo de la propiedad, de la degeneración “modernista”, de la infidelidad femenina, aspectos que por estricta justicia habría que matizar, la poca simpatía que Dicenta inspira al periodista queda patente.

El caso del apodo de  “El Niño de los Brillantes”, referido a un policía, recurso casi valleinclanesco, ya que se aplicaba comúnmente a estafadores y carteristas, es más sugestivo. Es cierto que hubo un guitarrista flamenco con este nombre y que pasó por la cárcel, pero fue en años posteriores. Por las fechas, lo más fácil es que el motejo esté sugerido por  un delegado del gobernador de Fregenal de la Sierra, al que se le apodaba, además de “Niño de los Brillantes”, “Don Peróxido de Manganeso”, detenido ocho veces por estafa y cuya conducta llegó al Congreso.

Veamos la descripción con que Bueno nos da a conocer al pájaro de cuenta:

…inspector de policía que supo quintuplicar el sueldo de su empleo por mil artes y mañas inconfesables, entre las que pueden suponerse regalos de carteristas y timadores, a cambio de la vista gorda, y obsequios de Celestinas por cierta benevolencia en escándalos ocurridos en sus santuarios. A estas fuentes de ingresos supuestas, hay que añadir lo económica que resultaba la vida al Niño de los Brillantes por habitar con una peripatética de las más caras del mercado madrileño. (p. 32).

Aunque no sean colaboradores del periódico, se cita también a Pérez Órdiga y Vital Caza (Juan Pérez Zúñiga y Vital Aza) como representantes de la línea de una popular publicación de la época, Madrid Chirigotero, otra evidente parodia del semanario Madrid Cómico. Es ilustrativo el texto de la página 22 que, una docena de años después, parece reproducir las no muy sangrientas pugnas entre los componentes de las publicaciones Gente Nueva y Gente Vieja:

En aquella época, el campo literario estaba dividido en dos grupos o bandos y los partidarios de uno y otro se diferenciaban entre sí, por llevar la cabeza rapada o con melenas y por ser o no ser colaborador de la revista semanal Madrid Chirigotero. Los del pelo cortado aseguraban que esta revista marcaba el apogeo de las letras españolas y los de las melenas negaban hasta que don Calisto López hubiese escrito sus ochenta novelas.

Finalmente, comparece también otra cohorte de periodistas que no he sido capaz de identificar: Calderón, redactor-jefe, veinticinco sin moverse de la misma silla, es, probablemente, José Rodríguez de la Peña, que ejerció durante estos años el cargo pero del que poco sabemos. En la oscuridad quedan: Lozano, reportero en las Cortes y confidente del propietario; Robredo, amigo, también de Daniel Pulpo (Lerroux); Zabalza, “escritor apócrifo” y periodista útil por saber decir una cosa y la contraria; Lucha, reportero financiero; y, sobre todo, Tomillo, al que se dedican varias páginas: arribista de pocas luces de origen castellano, que llegó a diputado por tener mucho predicamento con Cardón (Galdós) y que, a la tercera vez que lo intentó, consiguió quedarse en El Demócrata.

Como es usual en la colección, el texto se enriquece con dibujos satíricos que representan a Calixto López Cardón, Tomillo, Asuero (dos veces), Guzmán Baeza, Don Roberto, El Niño de los Brillantes, María la Francesita, sus compañeras de celda, el recién nacido, la detención de Suero en la sala del hospital y la cabeza del autor.

Cuando se publicaba esta novela, a Javier Bueno, con 23 años,  le quedaba toda una vida llena de peripecias, que tampoco faltaron en la vida española: corresponsal en la Gran Guerra de Caras y Caretas y, con el seudónimo de Antonio Azpeitua y también de ABC, fue expulsado de Francia por germanófilo. Javier Bueno no era un reaccionario pero tenía la convicción de que los galos nunca tratarían bien a España. No les convenía. El resto de la guerra la hizo como corresponsal en el  bando perdedor, desde donde remitió estupendos reportajes. A partir de finalizar la contienda, vivió casi siempre fuera de España dedicado a la OIT pero publicó varios libros, algunos en francés, e, incluso llegó a estrenar una obra de teatro, Liberto (1922), en el madrileño teatro Calderón. Su trilogía sobre la Guerra Civil, Les vaincus héroïques  (1943-1949) y La zorrita y los pájaros exóticos, deliciosa novelita publicada por Aguilar en 1963, pero que pasó inadvertida, son, seguramente, lo más reseñable de su obra de madurez.

Javier Bueno García padeció la maldición de llevar el mismo nombre que otro periodista, Javier Bueno Bueno, nacidos ambos en el Madrid de 1891.

El otro Bueno era hijo natural del padre del periodismo republicano, José Nakens y de la actriz Soledad Bueno y, desde muy joven, tuvo una señalada afición por el periodismo hasta el punto de publicar, con catorce años, artículos de fondo en el legendario periódico El Motín, fundado y dirigido por su padre. Con una trayectoria muy militante en la lucha obrera, se radicó en Gijón y en 1933 dirigió Avance, diario que encabezó las reivindicaciones sindicales en el Principado. Detenido y torturado por la República, por lo que quedó cojo, durante la Guerra Civil, fue herido en el Frente de Oviedo y se le amputó una pierna. Todavía pudo dirigir a su vuelta a Madrid el periódico Claridad, de tinte  socialista. Encarcelado en Porlier fue condenado a muerte en juicio sumarísimo por un tribunal militar y ejecutado a garrote vil en la misma cárcel el 26 de septiembre de 1939. Sender lo recuerda con gran afectuosidad en su Nocturno de los 14.

Esta similitud de nombre y profesión ha deparado numerosos errores y confusiones en las referencias a ambos periodistas, por lo que, a menudo, se hace complicado seguir sus trayectorias. Aquí sólo se trataba de dar cuenta como vio y reflejó uno de sus miembros la redacción de un periódico republicano en los primeros años de la segunda década del siglo XX.

En 1892 Joaquín Dicenta todavía sólo había publicado dos títulos: Spoliarium y el libreto del drama El suicidio de Werther. Sin embargo, ya debía de haber sufrido el asedio de los «amigos» y conocidos adictos a hacerte el favor de aceptar el regalo de tu libro. En dicho año encabeza Tinta negra, su nuevo volumen de artículos y cuentos con el siguiente texto, que la SGAE, CEDRO y la Asociaciones de Escritores debían editar y repartir por todo el país:

 

«Ayer tuve la honra de ser presentado a usted por X y hoy me apresuro a escribirle con objeto de que me remita, dedicadas, las obras que usted ha escrito, y por las cuales siento admiración profunda, como lo pruebo al solicitar de usted este favor señaladísimo”.

«Gracias anticipadas, y… ahí van las diez pesetas importe de los ejemplares”, creí yo que diría Juan Pérez (así se firmaba el autor de la epístola); pero nada de esto; no ya las diez pesetas, ni mención de ellas venía en el escrito de aquel amigo improvisado.

Juan Pérez necesitaba leerme gratis y con Autógrafo; cosa muy justa, porque, al fin y a la postre, el sujeto había cambiado conmigo un apretón de manos, dándome al paso las señas de su domicilio, circunstancias sobradas para que en esta tierra, eminentemente burguesa y rutinaria, donde sólo se consideran profesiones y medios de vivir los  garantizados por un título oficial o por un establecimiento con puertas a la calle, se atreva cualquier ciudadano a reclamar, de quien vive y se alimenta de su pluma, el fruto de sus esfuerzos y vigilias, en clase de regalo y casi casi como haciéndole un gran favor.

Francamente, yo agradecí la honra que me dispensaba admirador tan fervoroso, y en vez de coger mis libros y mandárselos, de acuerdo con sus pretensiones, cogí la pluma y le escribí la siguiente carta, que copio y traslado a las páginas de este libro para satisfacción de todos los seres incógnitos que se ocupan en pedir dedicatorias y en proteger, sin detrimento de su bolsillo, las Bellas Artes y la impresa literatura.

Dice así la carta:

«Apreciable Mecenas y Pérez: ¿Cómo he podido yo merecer la ventura impensada de que usted me escriba, reclamando mis libros para formar parte de su biblioteca económica? —Digo económica, porque, a juzgar por las señas, no debe haberle costado muy cara.—  ¿Qué hizo este humilde emborronador de cuartillas para que Juan Pérez, nada menos que don Juan Pérez, se acuerde de él y pretenda aumentar el número de sus lectores?

Dígole a usted, generoso amigo, que semejantes mercedes me aturden, a tal extremo, que no sé cómo contestarle y cómo recordarle una cosa que seguramente se le quedó en el tintero, más por ignorancia que por propósito firme y decidido.

Pide usted mis libros, dedicados y a título gracioso; yo se los remitiría inmediatamente, pero de hacerlo, perdería una peseta por tomo, y aunque esta cantidad no merece la pena de mentarse, conviene señalarla, añadiendo a la vez que yo vivo de mi dinero, y no de la amistad de usted, que, por otra parte, vale mucho.

Aunque usted no lo crea, joven y aprovechado Pérez, yo vivo de mis libros y de mis artículos, no tan bien como usted, que lo hará con el sueldo que le proporcione algún tío suyo en un Ministerio cualquiera, pero vivo, y como, y visto, y hasta me permito cenar en Fornos de cuando en cuando.

Para esto emborrono cuartillas y se las llevo luego a un editor, que me las publica en forma de pliegos impresos, previo el pago de papel, impresión y tirada; en seguida pongo el libro a la venta, y con sus productos voy pasando esta vida de desventuras.

Ahora bien, estimado favorecedor: si después de lo mal que anda esto de la venta de libros, se les ocurre a todos los Pérez que hay en España pedirme los míos, como usted lo hace, es indudable que moriré ayuno, a no ser que usted me remita, a cambio de la dedicatoria que reclama, una panacea hábil para prescindir del estómago.

Fíjese bien en el argumento, Pérez de mi alma. Exigir gratis un libro suyo al autor que vive de venderlos, es una inconveniencia. ¿Le parecería a usted bien que yo, inmediatamente de presentado a un sastre, le dijera: «Agradeceré a usted mucho que me dedique un traje de levita para mi uso particular?

¿Qué diría el sastre? Pues, sobre poco más o menos, lo que sigue:

El que quiera trajes, que los pague.

Y si el sastre me diría a mí esto, ¿por qué no he de decírselo a usted yo, que vivo de mis cuartillas como vive el sastre de sus telas?

Nada, amigo Pérez, que no le mando a usted los libros, aunque la negativa me cueste un pedazo del alma, órgano o lo que sea, que, con valer mucho, no halla quien lo tome a cambio de un pedazo de pan.

Bueno que todo el mundo tenga derecho a hacerme escribir en un álbum poesías que le sirven para conquistar los favores de alguna belleza; bueno que en reuniones y comidas esté uno obligado a  vomitar versos para distraer la digestión de cuatro gastrónomos y a cubrir con el ritmo de la redondilla o de las octavas reales el cuchicheo melifluo de media docena de novios; bueno es eso, y por ello paso, pero no más, aunque usted se enfade y no me salude en todos los días de su vida.

Si quiere usted libros, pásese por las librerías, donde, previo el pago correspondiente, tendrá todos y cuantos le vinieren en gana; y si quiere usted dedicatorias, considere como dedicado este artículo y léaselo a todos los Pérez que conozca, con lo cual ganarán mucho, no yo, que de puro desconocido estoy casi libre de peticiones, sino otros autores afamados, a los cuales les sale a cada hora un Pérez ansioso de favorecerlos y de hacer la propaganda de sus obras.

Consérvese usted bueno y disponga de mí para todo, menos para llevarse gratis lo que a mí me cuesta algún dinero, bastante trabajo e infinitos disgustos.

Suyo afectísimo seguro servidor

Q. B. S. M.,

JOAQUÍN DICENTA

Sobre el autor, puede verse también en este blog:  https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/07/joaquin-dicenta/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/01/30/150-aniversario-de-joaquin-dicenta-dicenta-y-sus-criticos/

Buil Pueyo, Fernando Mora003

Aparte del gusto con que siempre leí sus narraciones, Fernando Mora trae a mi memoria unMora, Fernando, Los hombres de presa002 rimero de nombres vinculados a los encuentros con su obra, que han punteado mis últimos lustros con una continuidad casi sorprendente.  La primera de sus novelas que leí fue Los hombres de presa, comprada por 800 pesetas  en la librería de Inocencio Ruiz de la zaragozana calle 4 de agosto. Don Ino, al que tantas cosas tengo que agradecer, desde los ojillos reidores que ponía en cuanto empujaba la puerta -sabedor de que nos íbamos a divertir hablando bien de los tangos, del flamenco, de los anarquistas y, sobre todo, mal de los curas-, hasta los muchos libros que me vendió a precio otras décadas, llegó a ser el decano de los libreros de viejo españoles.

Fui después comprando otras novelas de Mora, cortas y largas, hasta que la casualidad, en forma de otro amigo, Carlos Menéndez de la Cuesta, gran coleccionista de la revista musical y que cuando yo pasaba por Madrid, se mudaba a casa de un amigo para dejarme la suya en  el Paseo de Las Delicias. Él me presentó a Enrique Avilés, autor de la introducción a una breve antología de Mora preparada por él mismo y publicada por el ayuntamiento de Madrid. Era la primera persona con la que pude conversar acerca del novelista.

Fue después la aparición, a principios de los noventa, de Claire-Nicolle Robin, profesora en la universidad de Besançon del Franco-Condado, apasionadísima de la novela corta y a la que enseguida fiché para que escribiera un artículo acerca de Vidal y Planas en la revista El Bosque, con la que tuve el privilegio de hacer lo que me gustaba. Muy apasionada, medio locuela, curiosísima y siempre convencida de sus razones y argumentos , su entusiasmo por todos los personajes del pintoresco mundo de las colecciones de novela corta y su fogosidad investigadora hizo que entrara en relación con una de las hijas del escritor, Raquel Mora, con la tuvimos gratas e ilustrativas conversaciones. Ella nos contó la tristeza de una niña que hubo de conocer  las humillaciones y el fusilamiento sufridos por su padre, un hombre sin relevancia política pero republicano y masón.

En el número 10-11 de la citada revista El Bosque, dedicado a  la España del primer tercio de siglo, publiqué un manuscrito inédito de Fernando Mora acerca de Joaquín Dicenta, al que tanto admiró, y una bibliografía*, únicos y magros méritos que puedo exhibir para componer este prólogo.

Casi todos los personajes que he citado hasta ahora –y les cuadra la connotación positiva Buil Pueyo, Miguel Ángel-Gregorio Pueyoque conlleva el sustantivo- han muerto. Pero he aquí que, hace tres años, me topé con una biografía del librero Pueyo -patrón y alma benéfica de muchos de estos autores de las dos primeras décadas del siglo XX- excelentemente editada, ilustrada amorosamente y con muchas estimulantes noticias acerca de este mundo**. El autor resultó ser un bisnieto del librero-editor con raíces aragonesas, por tanto, sin los orígenes filológicos que solemos tener quienes nos dedicamos a estas cosas y, aunque ya no se le podía considerar un jovencito, éste era su primer libro aunque no lo pareciera. Y era tanto su entusiasmo por este mundo, tan ferviente y constante su pasión investigadora y tan atrayente su simpatía, que enseguida surgió una amistad que, entre muchos bienes, deparó el más dudoso de que prologase este trabajo.

Miguel Ángel Buil Pueyo, también fascinado por este mosaico literario del primer tercio de siglo al que ha dedicado varios textos en diferentes publicaciones, ya se había ocupado del narrador madrileño en un artículo, “Fernando Mora (1878-1936) o el olvido de una libre silueta”, publicado en La Cueva de Zaratustra, una muy interesante revista digital. Ahora amplía dicho estudio con un acercamiento  más extenso al personaje y, sobre todo, con una exhaustiva información bibliográfica, que enriquece sustancialmente la existente y aporta un amplísimo caudal hemerográfico – casi un millar de entradas-  que demuestra fehacientemente como Fernando Mora fue un escritor a tiempo completo, tanto en la vertiente narrativa como en la periodística.

Mora, Fernando 010

Fernando Mora es hoy un autor desconocido excepto para coleccionistas y estudiosos, al Mora, Fernando, El portillo de San Dámaso003que sólo la nostalgia, la curiosidad o la erudición hacen rescatable.  Su mundo, fundamentalmente, el Madrid de las dos primeras décadas del siglo XX, es un espacio y un tiempo perdido, lo mismo que las editoriales y colecciones en las que publicó. Entre 1909 y 1926 sacó a la luz 18 novelas, es decir, a una por año y, entre 1909 y 1932, alrededor de 60 narraciones Mora, Fernando, La cortesana de Vallecascortas más un libro de cuentos, Nieve, y una obra teatral, a despecho de que pueda aparecer alguna otra, en  olvidadas colecciones de novela corta. Es decir, una notable producción que lo convierte en el autor que con más profusión retrató en sus obras el Madrid castizo y barriobajero del primer cuarto del siglo XX y a los personajes que lo poblaban.  Él mismo, aunque vivió en varias ciudades diferentes, con las que en seguida empatizaba, era un característico gato, casi siempre ataviado con su capa española y que, incluso en su lenguaje narrativo, exhibía vicios como el laísmo, propios de la gente de la capital. Mora se alinearía, así, con el elenco de escritores que tomaron Madrid como centro de su obra. Si en teatro, el nombre fundamental fue el de Arniches y en poesía, el de López Silva, en narrativa hubo más competencia: Antonio Casero, Emiliano Ramírez Ángel, Pedro de Répide o un grande como Gómez de la Serna pero, en cuanto al número de obras dedicadas a la capital, ninguno excede al escritor estudiado por Buil Pueyo. 

No es Madrid, sin embargo, el único tema del novelista. Precisamente, en la mentada Los hombres de presa, aparecen unas prácticas bancarias que recuerdan muy de cerca a las que han provocado la última gran crisis económica. Mora conocía bien a los buitres financieros, pues había trabajado muchos años como contable en la sucursal madrileña del Banco delMora, Fernando, La peliculera 011 Río de la Plata. Igualmente atractiva resulta La peliculera, novela en la que Mora demostraba conocer los entresijos del precario mundo cinematográfico español y que parece extraño no haya sido analizada por ningún estudioso, dado el poder de convocatoria de todo lo que tiene que ver con el arte del siglo XX. Aparece, por supuesto, el mundo del teatro y de las varietés, tan habitual en la vida cotidiana del periodo y, por tanto, omnipresente en las narraciones de su tiempo. Pero también las nuevas formas de sociabilidad, como en su visión irónico-crítica del fútbol en ¡Soy del Racing!

La relación podría ser muy larga, dada la profusa producción del narrador, pero, si hay que escoger, Mora sería ante todo el novelista de las calles de Madrid, cuando en ellas ocurrían cosas y no eran un simple lugar de tránsito. Si Pedro  de Répide las descubrió desde el punto de vista erudito, Mora puso a la gente a hablar y pulular por ellas. Las conocía bien, pues fue hombre que gustó de los demás, a los que, con alguna ingenuidad y no poca inocencia, suponía siempre buenos, procuraba ayudar y les tenía fe, como nos recordaba su hija Raquel, que lo tildaba de amable, afectuoso y quijotesco.

El  libro de Miguel Ángel Buil nos acerca al personaje y, sobre todo, nos proporciona instrumentos para penetrar en él con mayor extensión y profundidad. Quienes nos interesamos por esta fascinante España de la Restauración –poco más de medio siglo de acelerada renovación en pugna con una monarquía, un clero y una oligarquía aberrantes- reclamamos a menudo estudios como éste acerca de la multitud de escritores interesantes, cuyas obras se cubren de polvo olvidados en los anaqueles de las bibliotecas, que nos ayudarían a comprender más y mejor la vida cotidiana y la historia cultural de ese tiempo.

*Se recoge aquí, ligeramente ampliada.

** V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/08/01/gregorio-pueyo-el-editor-de-la-bohemia/

                                                           OBRAS DE FERNANDO MORA

NOVELAS

Venus rebelde (De las memorias de Conchita Pinares) (Novela pasional), Madrid, Biblioteca Hispano Americana, Pueyo, 1909.

Los vecinos del héroe (Novela de Madrid), Madrid, Pueyo, 1911.

El patio de Monipodio (Novela de costumbres madrileñas), Madrid, Pueyo, 1912.

El misterio de la Encarna… (Novelas del barrio bajo), Contiene, además, de ésta, que en su anterior edición tituló “La guapa de Cabestreros”, “Muerte y Sepelio de Fernando el Santo”, “En la parada de Antón Martín” y “Por la ronda de Valencia”. Prólogo de Joaquín Dicenta, Imprenta Helénica, Madrid, 1915.

El otro barrio, Madrid, Mateu, 1918.

Los hijos de nadie (Novela del Hospicio), Madrid, Fortanet, 1919.

La Magdalena en el Colonial, Madrid, Biblioteca Hispania, 1920.

En el tejar de Frascuelo, Madrid, Biblioteca Hispania, 1920.

El ansia de ver mundo (Pintorescas andanzas de un monaguillo patriota), Madrid, Biblioteca Patria, 1921.

Los hombres de presa, Madrid, Biblioteca Hispania, s. f. ¿1921? y Sucesores de Rivadeneyra, s. f.

La peliculera, Madrid, Biblioteca Hispania, 1923.

El amor pone cátedra, Madrid, Biblioteca Hispania, 1924.

La maldita carne, Madrid, La Novela de Noche nº 15, 31 de Octubre de 1924. (Ilust. Rivero Gil). 125 páginas.

Los cuervos manchan la nieve, Madrid, Atlántida, 1925.

La cortesana de Vallecas, Madrid, La Novela de Noche nº 30, 15 de Junio de 1925. (Ilust. Baldrich o Varela de Seijas)- 115 pags.

La mujer que se sintió águila, Madrid, La Novela de Noche nº 38, 15 de Octubre de 1925. (Ilust. Baldrich).

Lobos y corderas o a la sombra de Mendizábal, Madrid, La Novela de Noche nº 47, 28 de Febrero de 1926. (Ilust. de Puig),

La necesidad de pecar, Madrid, Atlántida, 1926.

¡Viva el cieno!, Madrid, La Novela de Noche nº 57, 30 de Julio de 1926 (Ilust. Mihura).

Mora, Fernando, ¡Viva el cieno!004

NOVELAS CORTAS

-De telón adentro, (Novela de comediantes), Barcelona, Los Cuentistas nº 11, 1910.

-El portillo de San Dámaso, Madrid, Los Contemporáneos nº 187, 26 de Julio de 1912. (Ilust. de Robledano).

-A orillas del Manzanares, (Novela de lavanderas y chulapas), Madrid, Los Contemporáneos nº209, 27 de diciembre de 1912.

-Por la ronda de Valencia (Novela de una divette que fue corsetera), Madrid, El Cuento Galante nº 7, 22 de enero de 1913.

En la parada de Antón Martín (Novela de un hombre engañado), Cartagena (Murcia), El Cuento Levantino nº 5, 12 de junio de 1913.

-La sibila de Juanelo. (Novela de echadoras de cartas), Madrid, La Novela de Bolsillo nº 14, 1913. (Ilust. de Izquierdo Durán).

-La guapa de Cabestreros (Novela de la Inclusa), Madrid, El Libro Popular nº 28, 15 de Julio de 1913. (Ilust. de Salvador Bartolozzi).

-Muerte y sepelio de Fernando el Santo (Novela de ladrones), Madrid, El Libro Popular nº 3, 20 de Enero de 1914.

Mora, Fernando, Muerte y sepelio de Fernando el Santo008

Puerta del Sol-Fuentecilla o Cómo murió la Charito, (Novela de una famosa cupletista), Madrid, El Cuento Popular, 22 de junio de 1914.Mora, Fernando-Puerta del Sol-Fuentecilla

La plaza de la Cebada (Novela de la fatalidad), Madrid, El Libro Popular nº 27, 7 de Julio de 1914. (Ilust. de Luis Blesa).

Desde la Puerta al Portillo (Novela del Matadero y de la Fábrica de Tabacos), Madrid, Los Contemporáneos nº 294, 7 de Agosto de 1914. (Ilust. de Juan Francés).

El hotel de la Moncloa (Novela de la cárcel), Madrid, La Novela de Bolsillo nº 69. 1914. (Ilust. Robledano). / Madrid, Los Contemporáneos nº 716, 12 de Diciembre de 1922.

La noche del «Juan José», Madrid, La novela de bolsillo nº 78,   1915. (Ilust. de Aguirre)

Yo he besado a la Virgen, Madrid, La Novela de Bolsillo nº 96. 1915. (Ilust. Aguirre)

-Un rincón de la Florida, Valencia, La Novela con Regalo nº 3, 20 de Enero de 1917.

La Cruz del Humilladero, Madrid, Los Contemporáneos nº 452, 24 de Enero de 1917. 12 (Ilust. Varela de Seijas).

Las tres Marías, Madrid, Los Contemporáneos nº 427, 2 de Marzo de 1917.

Todo a 0,65 junto a las novelas cortas de Armando Palacio Valdés, Los puritanos y Los amores de Clotilde, Madrid, Los contemporáneos nº 447, 20 de julio de 1917.

La maja del Buen Retiro, Madrid, Los Contemporáneos nº 492, 6 de Junio de 1918. Portada de Izquierdo de Durán.

El marido de la Cele, Madrid, El Cuento Nuevo nº 7, 2 de Enero   de 1919.

La maestra Sole, Madrid, Los Contemporáneos nº 526, 30 de Enero   de 1919.

-Cómo se roba…, Madrid, El Cuento Nuevo, Rev. Semanal. Tomo II nº 6, 20 de Marzo de 1919.

-Mugre y vino, Madrid, El Cuento Nuevo, Rev. Semanal. Tomo III nº 3, 22 de Mayo de 1919.

-Bolita de añil, Madrid, Los Contemporáneos nº 547, 26 de Junio de 1919.

-El balcón de Pilatos, Madrid, Los Contemporáneos nº 581, 11 de Marzo de 1920.

-El parador de Luciente, Madrid, Los Contemporáneos nº 597, 1 de Julio de 1920.

¡No adjetives, Pepa!, Madrid, Los Contemporáneos nº 629, 10 de Febrero de 1921.

Mora, Fernando, ¡No adjetives, Pepa!005

La corista de punta, Madrid, Los Contemporáneos nº 647. 16 de Junio de 1921.

Un disco del Mochuelo, Madrid, Los Contemporáneos nº 681, 9 de Febrero de 1922.

El chico del funerario, Madrid, Los Contemporáneos nº 694, 11 de Mayo de 1922.

La mocita del collar de cerezas, Madrid, La Novela de Hoy nº 10, 21 de Julio de 1922. (Ilust. A. Sánchez Felipe).

El figón de Paca, la Tartanera, Madrid, La Novela Gráfica nº 5, Agosto, 1922.

La vaqueriza de La Moncloa, Madrid, Los Contemporáneos nº 716, 12 de Octubre de 1922.

La que besaba con los ojos, Madrid, La Novela del Domingo nº 2, 17-XII-1922.

Los hijos no son una propiedad, Madrid, La Novela Semanal nº 82, 3 de Febrero de 1923. (Ilust. Pedrero).

Caco va en tren, Madrid, Los Contemporáneos nº 733, 8 de Febrero de 1923.

Cosas feas de Felipe, el Hermoso, Madrid, La Novela del Domingo nº 13, 4 de marzo de 1923.

La tristeza de sentirse gorda, Madrid, La Novela de Hoy nº 57, 15 de Junio de 1923. (Ilust. M. Ramos).Mora, Fernando, La tristeza de sentirse gorda001

La dulzura de sus besos, Madrid, La Novela Selecta nº 11, s. f. (1923).

¡Soy del «Racing»!, Madrid, La Novela de Hoy nº 75, 19 de Octubre de 1923. (Ilust. Ramos).

La adúltera sin saberlo, Madrid, La Novela de hoy nº 102, 25 de Abril de 1924. (Ilust. Varela de Seijas)

Venus fue a galeras, Madrid, La Novela de Hoy nº 121, 5 de Septiembre de 1924. (Ilust. Varela de Seijas).

Huelga de golfos, Madrid, La Novela de Hoy nº 143, 6 de Febrero de 1925. (Ilust. Varela de Seijas).

La escoria del amor, Madrid, La Novela de hoy nº 159, 29 de mayo de 1925. (Ilust. Puig).

También en el fango hay rosas, Madrid, La Novela de hoy nº 185, 27 de Noviembre de 1925. (Ilust. Picó).

¡Sácate la caretita!, Madrid, Los Contemporáneos nº 890, 11 de febrero de 1926.

El amor no admite leyes, Madrid, La Novela de Hoy nº 210, 21 de Mayo de 1926. (Ilust. Varela de Seijas).

La piel de Paca, Madrid, La Novela de Hoy nº 241, 24 de Diciembre de 1926. (Ilust. Riquer).

La diablo, Madrid, La Novela de Hoy nº 274, 12 de Agosto de 1927. (Ilust. Pomareda).

Judas en la Bombi, Madrid, La Novela de Hoy, 15 de Diciembre de 1927.

Socorro, la Samaritana, Madrid, La Novela de Hoy nº 307, 30 de Marzo de 1928. (Ilust. Vázquez Calleja).

Cómo odian las feas, Madrid, La Novela de Hoy nº 318, 15 de Junio de 1928. (Ilust. Varela de Seijas).

Mora, Fernando, Cómo odian las feas007

…y ellas, morenos, Madrid, La Novela de Hoy nº 323, 20 de Julio de 1928. (Ilust. Quintanilla).

El ferial de las locas, La Novela de Hoy nº 333, 28 de Septiembre   de 1928. (Ilustraciones Pomareda)

El palacio de arena, Los Novelistas nº 82, 3 de Octubre de 1929. (Ilustraciones Orbegozo).

La fotogénica de Villaumbrosa o Igual que besa la Bertini, Madrid, La Novela de Hoy nº 523, 1932.

La guapa de cabestreros y otros relatos, (Contiene, además, “La plaza de la Cebada” y “¡Viva el cieno!”, Ayuntamiento de Madrid,   1987.

Cuentos

Nieve (Cuentos naturalistas), Prólogo de Alberto Insúa, Madrid, Pueyo, 1910.

Obras teatrales

El quinqué de Petronilo (Sainete lírico o Humorada en un acto, en colaboración con Adolfo Sánchez Carrere y música de Manuel Quislant y Modesto Romero estrenada en el Teatro Martín el 24-11-1914) (V. Iglesias Souza)

Obra crítica

Rafael López de Haro y sus obra, Madrid, Pueyo, 1910 (14 pp.).

Opiniones de un lector sobre las novelas de Valcárcel y Martín de Salazar, Madrid, Librería de Pueyo, 1913.

Mora, Fernando, La maldita carne006

Publicado en Boletín Hispánico Helvético nº 10 (otoño 2007), pp. 81-100.

Soy consciente de que el planteamiento de este artículo casi se aproxima a un oxímoron. Bohemia se opone a best-seller en cuanto que aquella, al menos aparentemente, se caracteriza por su desdén por todo aquello que significaban las aspiraciones burguesas: el éxito, el dinero, la respetabilidad, las buenas formas…, si bien parte de la bibliografía moderna pone en solfa tales presupuestos. No es hora aquí de categorizar la bohemia, cosa que he intentado en otro lugar . Si la bohemia romántica se vinculó a la poesía, a partir de la Restauración fueron las publicaciones periódicas las que agruparon a quienes se decían bohemios por inconformismo y estética aunque, en la mayor parte de los casos, lo fueran por necesidad. Es este un período todavía poco y superficialmente estudiado, entre otras causas, porque gran parte de aquellas publicaciones se ha perdido. Fueron principalmente los diarios republicanos promovidos en torno a Ruiz Zorrilla los que agruparon el mayor número de bohemios activos, aunque no faltaron en la prensa de otros colores.

Es comúnmente aceptado que los libros más leídos en el siglo XIX fueron los folletines . Pese al alto índice de analfabetismo, los bajos niveles de vida y de poder adquisitivo y la incuria cultural, al menos desde el último cuarto del siglo XIX, hubo una sostenida y amplia producción de libros y, sobre todo, de publicaciones periódicas . En 1875 Madrid tenía alrededor de 600.000 habitantes de los que sabía leer y escribir un 58%. A pesar de ello nos encontramos con una gran vivacidad cultural: 153 periódicos en la capital en 1870 y ¡273! en 1887. De estas publicaciones 43 eran diarios, cinco de ellos republicanos, mientras que el resto se repartía variadamente pero podemos decir que 36 de ellas trataban de literatura y afines, 19 eran religiosas, 10 festivas y satíricas, 9 artísticas, 6 masónicas, etc.

En 1900 la población había subido a 775.000 habitantes pero los analfabetos seguían constituyendo alrededor del 40%. En este final de siglo, según datos del Gobierno Civil, los diarios de mayor circulación eran El Imparcial y el Heraldo de Madrid, con una tirada de 130.000 ejemplares, seguidos por El Liberal con 105.000; la revista de mayor difusión, Blanco y Negro, tiraba 70.000, La Ilustración Española y Americana, 22.000 y Madrid Cómico, 20.000, mientras que el semanal republicano, Las dominicales del libre pensamiento, dirigido por Chíes y en el que colaboraban Dicenta y otros bohemios como Barrantes, lanzaba a la calle 10.000 ejemplares, lo mismo que el satírico semanal Gedeón. Son cantidades asombrosas, aunque muchas de estas publicaciones se distribuyeran en toda España.

Veinte años más tarde, pese al aumento de población –Madrid ya llega a los 1.067.000 habitantes- y a la mejora del nivel de vida, los analfabetos siguen constituyendo el 36,5% y las publicaciones periódicas sólo de la capital han ascendido al número de 522 .

Sin embargo, estos datos contrastan con la escasez de libros editados y la de lectores en las bibliotecas. En 1918 existían en Madrid 17, que tuvieron 371.631 lectores que consultaron 375.807 obras. Cinco años más tarde, eran 18 las bibliotecas, 433.005, los lectores y 440.794, las obras. Llama la atención la poca diferencia entre lectores y obras consultadas lo que implica que la inmensa mayoría, sólo consultó un solo libro. Y, generalmente, solían ser de temas técnicos. No se consideraba serio ir a la biblioteca a leer novelas e, incluso para acceder a las eróticas, se necesitaba un permiso especial.

El consumo periodístico contrasta también con la penuria de librerías. Por Botrel, sabemos que en 1903 había en la provincia de Madrid 49 librerías y 36 en 1913. Por el contrario, y, en parte, tal vez gracias al auge de las luchas sociales, Barcelona había pasado de 42 a 52. Les seguían ¡Oviedo!, que en esos años las había doblado: de 7 a 15 y Valencia: de 14 a 15. Zaragoza tenía 7 en ambas fechas. No había ninguna en las provincias de Albacete o Almería. En el total de España se había pasado de 271 a 284. Faltan descripciones de estas librerías, que podían de características muy diversas. Los datos son inseguros y lo mismo sucede con los libros, de los que apenas hay documentación fiable. La inmensa mayoría de las editoriales han desaparecido o perdieron sus archivos en la guerra civil.

Casi siempre tenemos que recurrir a testimonios personales que se asientan en la inseguridad del recuerdo o del propio interés. De (1874) se vendieron más de cien mil ejemplares en los primeros años de circulación pero Valera dijo que con lo que le habían liquidado apenas tenía para pagarle un traje a su mujer. Baroja, siempre quejoso, nos cuenta sus desventuras con los editores para concluir que, con el conjunto de sus primeros libros, debió de ganar unos ocho duros al mes, es decir, menos de quinientas pesetas al año.

La barraca (1899) había vendido en 1904, 15.000 ejemplares; La catedral (1903), Blasco Ibáñez-La barraca16.000, y Sonnica, la cortesana, 8.000. Bastante, pero poco que ver con las tiradas posteriores de Blasco Ibáñez. Según Martínez de la Riva, a enero de 1928, se habían impreso en España 2.286.000 ejemplares de sus obras.

Uno de los autores verdaderamente populares fue Felipe Trigo, del que siempre se citan sus abundantes ventas en la época de su éxito, y del que, además, se han aportado datos concretos . La temática de su obra, arriesgada para una España todavía mayoritariamente aherrojada bajo la férula clerical, fue el motivo de su éxito, como había sucedido antes con López Bago. Téngase en cuenta que estas obras fueron en gran medida destruidas, bien por familiares timoratos y preocupados por el buen nombre de sus cercanos, bien a causa del terror desatado por la guerra civil.

Del mismo modo, años después, otros autores como Alberto Insúa, Joaquín Belda, El Caballero Audaz, Pedro Mata, o incluso Zamacois , obtuvieron tiradas muy considerables pero a ninguno de ellos puede calificársele como bohemio, aunque Zamacois estuviese en contacto con la gallofa en los primeros lustros de su vida literaria. Es harto conocido que corresponde a este autor, en gran medida, un importante paso adelante en la dignificación profesional del escritor español por su iniciativa que dio carta de naturaleza a la llamada novela corta: la publicación a partir del 1 de enero de 1907 de la colección El Cuento Semanal, cuya tirada llegaba a los 50.000 o más ejemplares. Los autores percibían entre 150 y 250 pesetas pero pronto se incrementó la dotación. Colecciones posteriores, como La Novela de Hoy y La Novela Mundial llegaron a pagar a los autores entre 1.500 y 3.000 pesetas –lo normal era 1.000-, cosa tanto más notable cuando los precios de venta estaban siempre por debajo de los treinta céntimos .

Como es bien sabido, estas colecciones no publicaban únicamente narrativa sino que, a veces, se editaba teatro e incluso, a partir de 1916 aparecerá una colección dedicada a este género, La Novela Teatral. Pero las obras más vendidas fueron casi siempre narrativas. Estas colecciones de novela corta fueron una invención española y significaron un paso importantísimo, por su módico precio y por su salida semanal, en la formación del hábito lector. Como se dijo, las tiradas masivas supusieron una mejora inestimable para los autores. a los que se pagaron cantidades hasta entonces insólitas y ello significó la incorporación a la vida literaria de escritores que no tenían forzosamente que pertenecer a las clases adineradas, especialmente a muchos que malvivían de las colaboraciones periodísticas. Precisamente, numerosos de los argumentos de estas novelas cortas andaban entre lo ficcional y lo periodístico. En suma, representaron una verdadera eclosión literario-popular que propició un dinamismo social y de mercado insólitos en la España de la Restauración, amén de un cambio en los hábitos lectores y mentales: del rutinario folletín se pasaba a una obra y autor nuevos cada semana. Muchos lectores empezaron a encuadernar los ejemplares y hoy mismo podemos encontrarlos así en los rastros y librerías de viejo. El acceso de un público lector nuevo se manifiesta incluso en el poco cuidado formal de muchas de estas encuadernaciones: A veces se cortaban sus bordes, se arrancaban sus portadas o los ejemplares se reunían, no correlativamente, sino de forma aleatoria.

Si estas colecciones ayudaron a matar el hambre de algunos militantes de la bohemia y pusieron en circulación muchas de sus obras que, de otra manera, apenas habrían llegado al público lector, el primero de sus componentes que se encontró con un éxito comercial sin precedentes fue el bilbilitano Joaquín Dicenta (Calatayud [Zaragoza], 1862-Alicante, 1917) a raíz del inesperado triunfo de Juan José.

Son bien conocidas las circunstancias de su producción y las dificultades para su puesta en escena, propiciadas por la singularidad del drama. Finalmente, el 25 de octubre de 1895 se estrenó en el Teatro de la Comedia y, a partir de ahí, se representó ininterrumpidamente durante 150 jornadas. Cada día, más popular y aplaudido. Dicenta se convirtió en una suerte de líder de la lucha de clases y el drama fue un símbolo que se representaba en las sociedades obreras y otros círculos radicales todos los primeros de mayo hasta la guerra civil. Durante un cuarto de siglo Dicenta fue uno de los cuatro o cinco escritores más populares en la España de su tiempo, y su drama, probablemente, la obra más representada tras el Tenorio. Lamentablemente, nos faltan datos concretos de las tiradas, desde su primera impresión en el establecimiento tipográfico de Velasco, que durante más de un cuarto de siglo, antes y después de la creación en 1899 de la Sociedad de Autores Españoles, dio a las prensas la inmensa mayoría del teatro español. Si aparecieran los libros de cuentas de este impresor, serían un documento inexcusable para la historia de dicho teatro. De cualquier modo, daremos cuenta de alguno de los hitos a los que la trascendencia de la obra dio lugar.

Parece que Fiscowich, el editor que casi monopolizaba el teatro español antes de la creación de la Sociedad de Autores Españoles, durante la representación del segundo acto del Juan José, ofreció a Dicenta, que estaba en la estricta miseria, veinticinco mil pesetas por los derechos de la obra. El autor no aceptó y, finalmente, le llegaron a reportar trescientas cincuenta mil. Eso cuenta al menos a El Caballero Audaz en una de sus famosas entrevistas para la revista La Esfera . Por cierto que Dicenta fue quien sucedió a Sinesio Delgado en la dirección de la SAE.

A los pocos meses del estreno, la obra tuvo su primera adaptación en forma de novela popular por entregas . No sabemos el autor de la versión narrativa, autorizada por Dicenta, a Antonio Asensio porque este nombre parece encubrir a personajes como Antonio Palomero, Ricardo Fuente y Adolfo Luna . Fuera como fuese, incluso en la segunda década del siglo siguieron publicándose adaptaciones noveladas de Juan José.

Cuando el ilustrado iznajareño Julio Burell llegó a ministro, impuso las lecturas de Dicenta en las escuelas. Contra ello, el jesuita Constancio Eguía pretendió descalificar globalmente al aragonés en su artículo “Joaquín Dicenta y la cultura nacional” con el objeto de que la orden del Ministerio de Instrucción Pública fuese revocada.

El éxito de la obra también dio lugar a la creación de un partido político, Democracia Social y, algo más tarde, al grupo Germinal, aglutinado en torno a esta revista y propulsor del pensamiento crítico que luego se identificó con el llamado noventayochista.

El 16 de diciembre de 1910 Juan José se representó excepcionalmente en el Teatro Real, con fines benéficos. Un Dicenta con cuarenta y ocho años intervino en el papel protagonista, junto a personajes del mundo de las letras como Antonio Palomero, Ramón López Montenegro, Leopoldo Bejarano, Francisco Gómez Hidalgo, Ángel Torres del Álamo, el dibujante Manuel Tovar, que ilustró las portadas de El Cuento Semanal y, posteriormente, de Comedias y otras muchas publicaciones de la novela corta, y, también, un tal Ramón Gómez de la Serna, en el papel mudo de Mozo de la taberna. Dicenta ya la había representado el mismo año de su estreno y ahora obtuvo también un gran éxito . Ese año, posterior al de la Semana Trágica, Canalejas había accedido al gobierno y los tiempos parecían abonados para lo que antes hubiera sido una audacia impropia del Teatro Real. Las ideas de casi todos los actores tenían, además, su sesgo progresista.

Cuando en 1916 aparece la colección La Novela Corta, su director, José de Urquía, publica en su número dos, El hijo del odio de Dicenta, que es el primer autor que repite en ella, pues en el número 10 se publica Garcés de Mansilla. No sólo repite sino que siete semanas después, en la simbólica fecha del primero de mayo, se publica el Juan José con el número 17. A los veintiún años de su estreno la edición se agotó en pocas horas.

Basta con estas muestras para sostener la trascendencia de una obra que desde el principio fue acogida con extraordinario calor por público y críticos aunque pronto los conservadores fueran modificando sus criterios y los comentaristas más avisados señalaran las deudas de su autor con la retórica decimonónica. A Dicenta, el éxito no le apartó de su pasión por el alcohol, las mujeres, los barrios bajos y la disipación, lo que nunca empañó sus grandes cualidades humanas.

Si Dicenta fue, por talante, costumbres y vocación un bohemio inveterado al que, tal vez, sus abusos condujeron a una muerte prematura, el inefable, hiperestésico y más que un punto desequilibrado Alfonso Vidal y Planas (Santa Coloma de Farnés [Gerona], 1891-Tijuana, [Méjico], 1965) fue uno de los elementos más característicos de la horda bohemia .

Tras una biografía que discurre entre la locura, la miseria, el abismo, la exaltación, el misticismo, la cárcel y el éxtasis revolucionario, sorprendentemente su “tragedia popular” Santa Isabel de Ceres va a obtener un éxito tumultuoso. Tres años antes de llegar a las tablas en 1922, había sido publicada como novela . Corresponde esta obra al periodo creativamente más consistente de Vidal y Planas formado por Tristezas de la cárcel (Confesiones de Abel de la Cruz) (1917), Memorias de un hampón (1918) y Santa Isabel de Ceres (1919), novelas tremendistas y llenas de intensidad, personales y vividas, aun cuando siempre asome la oreja melodramática. Incluso la primera se vendió relativamente, lo que hizo que Fernando Fe aceptara quinientos ejemplares cuando apareció Memorias de un hampón.

Santa Isabel de Ceres es un melodrama bastante rudimentario, aunque no exento de cierta fuerza, al menos en su primera versión novelística: León, ex-hospiciano, hombre joven y fuerte, de oficio pintor, es protegido por don Dimas, que le ayuda a sobrevivir y le invita a sus juergas. En una de ellas, conoce a una puta (Isabel, Lola, de nombre de guerra) que ha caído en el arroyo por las taimadas asechanzas de señoritos y chulos. Decide protegerla y estabilizarse con ella pero don Dimas, al que pide ayuda económica, no se la otorga. En un golpe de audacia, consigue dos mil pesetas en una sala de juego que, a la sazón, estaba prohibido. Al salir, le atrapan los guardias, le quitan el dinero, le dan una somanta y lo llevan ante el juez. El falso testimonio de los policías hace que el magistrado determine procesarlo. En la celda se encuentra con un tal Abel de la Cruz.

La Lola huye del prostíbulo y decide ayudar a León subvencionándole una celda de pago, visitándolo todos los días y convirtiéndose en puta independiente para obtener ingresos con los que sufragar tales dádivas. Sin embargo, en una de las ocasiones en que lo visita, al salir, le está esperando el Cataplum -el chulo del que ha huido-, que le raja la cara. Ella, desfigurada, decide seguir ayudando a León pero ya no se considera digna de ser su compañera.

León sale del trullo a resultas de las gestiones de un abogado, novio de una amiga de Lola. Por encargo de ésta, le entrega un sobre con quinientas pesetas y le comunica que su protectora se encuentra en el Hospital General. Va a verla y ella le pide irse a vivir juntos. Se instalan modestamente y León va alcanzando el éxito como pintor. Se le propone hacer el retrato a la hija de un millonario y, al poco, el padre le ofrece casamiento con ella. Piensa en rechazar la oferta pero duda: entonces encuentra a Abel de la Cruz, evidente contrafigura de Vidal y Planas. Se emborrachan y León lo lleva a su casa. Allí, con la locuacidad propia de su estado, cuenta a Isabel lo que ha pasado pero le promete que seguirá con ella.

Sin embargo esta Santa Isabel de Ceres, arrastrando su complejo de culpa y queriendo facilitar el camino a quien la redimió, le deja una carta comunicándole que no le ha querido nunca y que a quien verdaderamente ama es al Cataplum. Se coloca en un burdel de la calle Ceres, pero no puede soportarlo y se degüella mientras está llamando a su puerta Abel de la Cruz. Por su parte, León y Sagrario, la hija del millonario, se casan.

La obra es torpe, llena de previsibles adjetivos y pomposas parrafadas. Los acontecimientos no siempre están justificados y los personajes son arquetipos sin perfiles. Sólo en cierto pintoresquismo y en la relativa sordidez de lo que se relata anida el interés. Por otro lado, está llena de paja y consabidos escolios aunque se critique el sistema social, policial y judicial. Vidal y Planas aparece totalmente preso en la vieja contradicción: resulta patético censurar el sistema utilizando lo peor y más viejo de su retórica.

Sí que la obra es ilustrativa para penetrar en la enfermiza e hiperestésica psique del autor. Como es notorio, la obra se inspiraba en la propia experiencia de Alfonso quien había sacado del prostíbulo a Elena Manzanares a la que, desde entonces, convirtió en su mujer. Incluso para la mentalidad de la época la cosa resultaba, al menos, pintoresca y dio lugar a no pocos dimes y diretes. Sin embargo, si hacemos caso al no siempre fiable Cansinos, a Elena la conoció en un burdel de la calle San Marcos, donde lo llevó Luis Antón del Olmet una noche de juerga tras el éxito de la obra teatral, lo que desmentiría el hecho de que se inspirara en ella. Sea como fuere, este drama hizo conocer el éxito a quien tan mal preparado estaba para él. El mismo Cansinos cuenta como Muñoz Seca le sugirió la idea de adaptar Santa Isabel de Ceres al teatro y en el café El Gato Negro le corregía las escenas, al tiempo que rechazaba las ofertas de colaboración que le proponía Alfonso.

En la obra teatral cambian los nombres de algunos personajes -por ejemplo, el Cataplum es el Niño de Vélez- y toma más protagonismo Abel de la Cruz, cursi tremebundo. Aquí el encuentro de León y Lola es totalmente increíble. Al no poder haber escenas en la intimidad del lecho, como sucede en la novela, ciertos diálogos quedan totalmente desprovistos de anclaje.

Se incorpora una escena en la que Abel, ante un alguacil del juzgado, emprende un desmesurado, patético, tópico y pasional canto a Cristo, no perdonando la obviedad: «La misma ley vela por la impunidad de aquellos que la infringen».

El final cambia respecto a la novela: El día del homenaje al pintor, Abel lleva a León al prostíbulo donde se ha refugiado su novia (aquí todo sucede en la misma jornada: la propuesta de matrimonio, la duda de ella, la carta, la escapada, el reencuentro…). Le comunican que al chulo le mató la policía, con lo que siembra en León la duda. Cuando le dicen que allí hay una a la que llaman «Cicatriz», ella, al oírlo, se degüella.

El drama es resueltamente malo, sin los paliativos que pueden ponerse a la novela. Sin embargo, tras un estreno de prueba en el Teatro Cervantes de Sevilla el 7 de enero de 1922, se exhibió en el madrileño teatro Eslava con un desmesurado éxito popular, pese a que la mayor parte de la crítica le fue esquiva. Sin duda que el carácter escandaloso contribuyó al triunfo de la obra y, también, el montaje de Martínez Sierra que, a falta de otras gracias, era un muy eficaz director escénico. Se representó ciento dos veces seguidas, lo que, en una época en que la oferta teatral era tan diversa y las carteleras se renovaban constantemente, constituía una cifra asombrosa. Durante las temporadas posteriores fue repuesta siempre con éxito.

A menos de un año de su estreno, había producido veinte mil duros a su autor, quien los dilapidó a modo, viviendo como un duque y, al parecer, repartiendo el monto, mitad por bondad, mitad por ostentación, entre sus cofrades de la pirueta.

La audacia de mezclar a una santa con una mercenaria del amor de la tan denostada calle Ceres era cuando menos una irreverencia, más si se piensa que el protagonista, con el que tanto se identificaba el escritor, recogía evidentes ecos de la figura de Cristo y su relación con Magdalena. Y, aunque no resultara nada original, pues desde el Romanticismo el tema de la vindicación de estas mujeres había sido lugar común en la literatura, estaba en el aire. Incluso, la obra fue adaptada al cine dirigida por José Sobrado de Onega, que había participado en rodajes en Los Ángeles y, luego, con el seudónimo de «Focus» haría crítica en El Sol. Entre los intérpretes principales estuvieron Aurora Redondo (Isabel) y Manuel Luna (El Niño de Vélez), que tan dilatada carrera desarrollarían en el cine español. Los exteriores se rodaron en el cabaret Parisiana y la cinta fue estrenada en noviembre de 1923.

Poco después de que se cumpliera el año del estreno de Santa Isabel de Ceres, el 1 de marzo de 1923, se produjo el único homicidio entre escritores de la literatura española contemporánea: Vidal y Planas dispara y mata a Antón del Olmet en el saloncillo del teatro Eslava. La historia es conocida pero qué duda cabe de que dilató el éxito de Santa Isabel de Ceres, así como que la peripecia carcelaria significó el éxito de las tantas veces intragables obras que el gerundense escribió desde la celda. Había sido condenado a doce años y un día y a indemnizar con cien mil pesetas a los herederos. El acusador privado no consiguió, sin embargo, su propósito de embargar los derechos de la obra de Vidal en la Sociedad de Autores. Alfonso fue encerrado en el santoñés penal de El Dueso y, protegido por Artemio Precioso, que le ofreció la excelente tribuna de La Novela de Hoy, escribió abundantemente, justificando su crimen por el ultraje a su amada y achacando su condena a toda clase de conjuras. Tras cuarenta meses de internamiento, fue indultado en julio de 1926, después de una fuerte campaña en su favor encabezada por Artemio Precioso. En la prisión había tenido trato de favor, dada su fama y el dinero que manejaba.

Ya liberado, hubo de trasladarse a Barcelona, donde momentáneamente siguió luciendo su estrella. En una entrevista dijo ganar unas cinco mil pesetas mensuales: La Novela de Hoy le aportaba unas mil quinientas, lo mismo que los derechos de sus obras teatrales y otras colaboraciones pero el contingente mayor, dos mil pesetas, se los seguía proporcionando Santa Isabel de Ceres. Que se siguió editando hasta la guerra civil . Tras ella, por su tema truculento, desapareció del mapa, como su autor, exiliado en Méjico , pero llama la atención que, más de treinta años después del final del franquismo, ni siquiera haya sido reeditada una obra tan popular y de tanta trascendencia social en su época.

Si Juan José y Santa Isabel de Ceres fueron textos más que populares y que tiraron decenas de miles de ejemplares, Álvaro Retana no puede presentar ninguna obra que ni siquiera se aproxime a la repercusión que tuvieron aquellas pero su personalidad y las ventas regulares de sus libros en su época de mayor éxito (1917-1931) lo convirtieron en un escritor popularísimo, cuyas novelas se leían con fruición y hasta eran un signo de modernidad, en el que lo popular y lo exquisito se amalgamaban de una manera muy pintoresca y muy “años locos”.

La figura de Retana es altamente singular, desde su nacimiento en alta mar frente a las costas de Ceylán el 26 de agosto de 1890 hasta su muerte en Madrid, asesinado por un chapero, el 11 de febrero de 1970. Hijo de uno de los más cultos filipinistas, Wenceslao Emilio Retana y Gamboa, y de Adela Ramírez de Arellano y Fortuny, disfrutó de una buena educación y de la muy bien dotada biblioteca paterna. Pero sus preferencias sexuales, su gusto por los géneros varietinescos y teatrales y por la vida mundana lo convirtieron en un bohemio de la onda perteneciente a la clase alta, círculo por el que deambuló con amigos como el novelista Antonio de Hoyos y Vinent, el dibujante y autor de figurines y escenografías José Zamora o la eximia bailarina Tórtola Valencia.

Con empleo fijo en el Tribunal de Cuentas, que, al parecer, pisó muy poco, nadie sino él tuvo un protagonismo tan constante y variopinto en la pequeña historia de la erotografía española del primer tercio de siglo. Su labor no se limitó a la escritura de narraciones con un trasfondo erótico, a la actividad periodística en este mismo contexto y a la disquisición crítica de los novelistas atrevidos de su tiempo, sino que incidió en el campo del arte frívolo como autor de letra y música de cuplés y libretos, figurinista y escenógrafo en el terreno de las varietés, divulgador de los entresijos de este ambiente y, sobre todo, fue el típico hombre de mundo, frecuentador tanto de bajas academias como de altos salones y tenido -muy a su gusto, ya que él fue su mejor publicista- como el transgresor por antonomasia de esta nueva sociabilidad, impensable en la España anterior al albor del siglo.

Desde su revelación en 1911 con varios artículos en Heraldo de Madrid, con el seudónimo de Claudine Regnier, que levantaron un serio revuelo y dieron ya muestra de su nunca desmentido atrevimiento, demostró su capacidad autopublicitaria, lo que además se incrementó por su fama equívoca de bisexual y libertino. A partir de entonces, su nombre fue frecuentísimo en gran número de las publicaciones de la época, actividad periodística que, unida a su enorme capacidad de trabajo, le permitió alternar con la escritura de más de cien obras -su primer libro, Rosas de juventud, data de 1913-, con su aludida labor de figurinista, escenógrafo y autor de libretos y hasta con algún trabajo de actor en teatro y cine . Todo ello, sin abandonar su vida disipada que, si por un lado le acarreó fama de ser amoral y escandaloso, por otro le otorgó una popularidad que llevó su fotografía desde las publicaciones más difundidas de su tiempo hasta las tarjetas postales en su período de máyor difusión. Incluso apareció un coñac con la marca de su apellido, fabricado en Sanlúcar de Barrameda .

Se inició en la novela erótica en 1916 con Al borde del pecado a la que siguió Carne de tablado, que le proporcionaría ya una gran notoriedad Ésta proseguiría durante muchos años y, como se dijo, él supo administrarla e incrementarla . A raíz de un comentario de Missia Darnyis en un semanario francés (1922), donde le calificaba como «el novelista más guapo del mundo», Retana firmó muchas veces con tal remoquete y se complacía en sus prólogos, declaraciones y entrevistas en sembrar el desconcierto con afirmaciones sobre su vida disipada de lujo y placeres, lo descomunal de sus ingresos y lo atrevido de sus acciones y amistades. Para despistar y crear equívocos, en otras ocasiones tomaba la senda contraria y asombraba con manifestaciones llenas de conservadurismo y protestas de pudibundez.

Su línea dentro de la novela erótica se caracterizó por una desenfadada frivolidad lejos de los trascendentalismos de su amigo de correrías, Antonio de Hoyos y Vinent, por la aparición habitual de la bisexualidad y por una aguda ironía que quitaba cierto hierro a muchos de sus argumentos. No obstante, ello no le libró de su primer proceso judicial en 1921, al que siguieron otros durante la misma década, llegando a estar encarcelado durante unos días en 1926 por la denuncia de su novela, El tonto y en 1928 por la publicación de Un nieto de Don Juan. A raíz de su libertad, abjuró de su dedicación y tomó el seudónimo de Carlos Fortuny, con el que también alcanzó una alta popularidad como autor y articulista durante los años finales de la Dictadura y los cinco de la República.

No tenemos datos de las ventas de Álvaro Retana pero son numerosos los testimonios en los que se da cuenta de la popularidad de sus libros . Él mismo en sus entrevistas con Artemio Precioso en los prólogos de La Novela de Hoy se encarga de hacerlo constar. En 1922 dice que su arte le ha producido doce mil duros anuales . Aparte de que disfruta de una hermosa finca en Torrejón de Ardoz, repleta de objetos artísticos y de coleccionista. A su gusto por la ostentación se acomodan todos los testimonios, coincidentes en que su tren de vida en esta época es muy alto.

Álvaro Retana, con su seudónimo de Carlos Fortuny, correspondiente al segundo apellido de su madre, publicó en 1931, una interesantísima obra, La ola verde, en la que reflexiona sobre la moda de la novela erótica, es decir, sobre su trabajo novelístico y el de sus contemporáneos. Allí analiza a Trigo, Insúa, Pérez de Ayala, Carrère, Hoyos y Vinent, Francés, Belda, Cansinos Asséns, Vidal y Planas, Díez de Tejada, El Caballero Audaz, Sassone, Antón del Olmet, Zamacois, Precioso y a sí mismo. Incluye, además, un capítulo final: “Más pornógrafos distinguidos”, en el que se refiere a otros importantes autores que tocaron ocasionalmente el género erótico.

La principal intención de La ola verde es desenmascarar a sus cultivadores utilizando como ejemplo amplios fragmentos de sus obras, con lo que el libro constituye más una antología comentada que una obra crítica propiamente dicha. Felipe Trigo, a quien considera el padre de esta tendencia, es catalogado como un ventajista que aprovechó los altos réditos económicos que sus obras le producían enmascarando sus licencias bajo un propósito de redención social. Trata después de probar cómo la serie de autores citados, literariamente considerables , incidió en la literatura pornográfica, sacando a menudo a colación su mencionada hipocresía, que contrapone a la actitud de Retana –del que habla en tercera persona- quien, además, introdujo un erotismo nuevo. El, tal vez justificado, resentimiento personal aparece también repetidamente en cuanto a que, de todos los novelistas a los que se incoaron procesos, sólo se sentaron en el banquillo acusados de escándalo público, Artemio Preciso, Vidal y Planas y el mismo Retana. Siendo él quien únicamente hubo, por esta causas, de visitar la cárcel. También señala que algunos de ellos, concretamente Insúa, Carrère y Pérez de Ayala, «no desaprovecharon la ocasión de armar la ira de los fiscales contra sus compañeros de liviandades literarias» (p. 115).

Retana apunta que el exceso de éxito económico y personal le perjudicó. Fueron los propios compañeros de modalidad literaria, envidiosos de su popularidad, quienes solapadamente iniciaron la campaña contra la Pornografía, cuyas consecuencias también les afectaron… (pp. 289-291). Se trata, pues, de un previsible ajuste de cuentas con los colegas envidiosos y poco solidarios. Retana termina el capítulo dedicado a sí mismo confesando que esa persecución le llevó a renunciar temporalmente a la actualidad literaria y refugiarse en su labor de dibujante y figurinista «esperando sin impaciencia a que una revisión de valores le colocara en el lugar a que tiene derecho». Por otra parte, la Dictadura -nos dice- no permitía seguir con el tono al que había acostumbrado al público, con lo que prefirió eclipsarse consiguiendo, con esto, que sus colegas adversarios empezaran a reconocer su talento.

Retana fue “la única víctima verdadera», como escribe él con mayúsculas, de esta cruzada contra la pornografía, el único escritor sometido a dos procesos y encarcelado por escribir una novela picaresca en los cuarenta y cinco años de existencia de la Cárcel Modelo. Por eso remarca que, pese a la multitud de novelistas expedientados y al grupo de famosos procesados , llegado el momento de ejemplarizar, se le eligió a él «por estar conceptuado como un símbolo de talento, belleza, juventud y perversión (…) era la personalidad más sobresaliente e indicada para servir de escarmiento» (p. 303).

Termina, pues, aquí la época de mayor éxito popular de Retana. Durante la República seguirá escribiendo pero la decadencia del cuplé y las urgencias político-sociales lo van convirtiendo de novelista en cronista, labor en la que continuará tras su calvario en la guerra y, sobre todo, después de ella: aplazada varias veces su ejecución y, finalmente, conmutada por treinta años de prisión, fue definitivamente liberado en 1948 y, nueve años más tarde, readmitido en el Tribunal de Cuentas.

Fueron estos tres autores aquí tratados de los pocos bohemios que obtuvieron, aunque fuera episódicamente, el triunfo y, al menos durante algunas temporadas, consiguieron vivir muy holgadamente de sus obras. Dicenta, a partir del estreno de Juan José, sin que ello significara ni mucho menos que variase su preferencia por el alcohol, la pendencia, el mujerío y los bajos fondos. Vidal y Planas, durante el corto periodo que corrió entre el éxito del estreno de Santa Isabel de Ceres y el asesinato de Luis Antón del Olmet. Retana, un bohemio dorado que tuvo una vida desahogada por lo menos hasta la guerra civil, en la docena de años (1918-1930) en los que sus novelas picarescas le granjearon el interés de amplias capas de lectores. Pero para estudiar con rigor estos fenómenos sería necesario un conocimiento mayor de la microsociología, campo que, en general, no ha sido apenas abordado por los especialistas. Sirvan estas palabras para alertar de su necesidad.

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