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(Publicado en Ambigua. Revista de investigaciones sobre género y estudios culturales, nº 2, 2015, pp. 111-132.)

Casi siempre que se invoca el término ‘tremendismo’ es para vincularlo a las crudas ficciones que, con C. J. Cela a la cabeza, protagonizaron una corriente narrativa propia de la posguerra española. Crystal Harlan escribe en Guía de About.com:

Es una tendencia o género que se manifestó en la novela española de la posguerra. Como producto de escritores que fueron testigos de las vicisitudes de la guerra, se caracteriza por una crudeza en la narración y en la trama, aunque no se relaten hechos exclusivamente bélicos. El lenguaje es duro, las escenas brutales y grotescas, y los personajes viciosos, obsesivos y violentos. Si bien se considera la novela La familia de Pascual Duarte (1942), de Camilo José Cela, como el inicio de esta tendencia, también se ha visto en otros periodos y géneros, como por ejemplo en la novela picaresca  y en el teatro esperpéntico de Ramón del Valle-Inclán.

Más breve y precisa es la definición del DRAE:

Corriente estética desarrollada en España en el siglo XX que se caracteriza por la exagerada expresión de los aspectos más crudos de la vida real.

Efectivamente, el tremendismo aparece en la literatura española mucho antes de que Cela comenzara a publicar sus ficciones. Convengamos en que puede ser aceptable la referencia de Crystal Harlan a alguna novela picaresca y aquí podríamos incluir más de alguna de las memorias o autobiografías de cautivos que se escribieron en el Siglo de Oro. Pero, como sucederá en varios de los textos que mostramos, el tremendismo se encontraba en la propia realidad descrita. Lo entenderá muy bien el Naturalismo que fija su mirada de denuncia en muchos aspectos más o menos truculentos y, conforme a su vocación científica, llevará la sexualidad a la literatura descartando el tabú que la rodeaba. En España, el poder y la hegemonía de la Iglesia propiciaron que estas transgresiones fueran más difíciles, vistas con peores ojos y más expuestas a la represión hasta el punto de que, con la Guerra Civil, prácticamente, se volvieron a prohibir, más de medio siglo después de la imposición del naturalismo. Azorín, un casi contemporáneo del mismo, abominando de su juventud, se pronunciará en una entrevista de 1954: “El tremendismo no es arte. El sentido de lo patético, sí. La novela, al igual que toda literatura, debe ser contención, moderación. En ella no se puede decir todo”[1].

Sin embargo, el tremendismo de posguerra habría de descartar el sexo y el erotismo y  poner el acento en la exposición de las miserias y bajezas humanas, en gran medida, como proyección de una realidad social injusta pero que no podía denunciarse directamente por la presión censoria. No ocurrió lo mismo en el Naturalismo español que, aunque atenuado por la influencia del catolicismo, tuvo escritores, con López Bago[2] como principal referente, que, con sus novelas “médico-sociales” colocó los asuntos sexuales -antes circunscritos en España a la no muy popular literatura clandestina- en la normalidad literaria. Entre otros naturalistas que lo secundaron es indispensable citar a José Zahonero, Enrique Sánchez Seña y el desdichado Remigio Vega Armenteros.

Si el Naturalismo sacó del cofre la sexualidad, hízolo con afanes terapéuticos o de denuncia, no con el “ánimo de desatar las bajas pasiones”, como gustó de destacar la retórica clerical. Otra cosa es que también ello contribuyera a su éxito de ventas. Pero ya escribió Lissorges que “…por su tremendismo expresivo el ‘naturalismo radical’ es más ‘literatura negra’ que literatura erótica” y que estos autores “se adaptaron, consciente o inconscientemente a la mentalidad socio-cultural del momento[3]. Fue el inmediato movimiento modernista quien trajo a primer plano el erotismo y es cierto que muchos de los escritores de la Novela Corta bebieron de ambas fuentes y se movieron entrambos polos.

Fueron Felipe Trigo y, en menor medida, el tan prolífico y valioso Eduardo Zamacois los autores que actuaron como eslabones entre la novela naturalista y la novecentista[4]. Pero este último, sobre todo en su etapa como inspirador, fundador, director y principal redactor de la revista La vida galante[5], también llevó a sus páginas la estética y el espíritu del modernismo, como lo trasladará después a El Cuento Semanal y Los Contemporáneos, las dos colecciones inaugurales de novela corta.

Claire-Nicolle Robin fijó la postura del galante, a la par que naturalista, escritor hispano-cubano:

El concepto de erotismo en Zamacois se fija en tres elementos, íntimamente asociados porque cada uno supone una exaltación del cuerpo y ánimo más allá de lo socialmente aceptado, cual superación de lo mediocre y del medio placer o, peor, del placer vergonzoso (…) Trascendentalización del Placer como medida del vivir, trascendentalización de la embriaguez como modo de alzarse a la altura del Deseo para magnificarlo. Trascendentalización de la Belleza, sea la de la mujer, sea la de la obra de arte, que apenas se disocian porque el movimiento de creación y descubrimiento del otro es el mismo. El erotismo según Zamacois da un corte trascendental a cuanto quería considerar la sociedad como pecaminoso. Pero al mismo tiempo introduce el ariete más destructor de los tabúes: el individualismo. Porque el camino que ofrece y defiende Zamacois en su cruzada del amor es un camino individual hacia la “dicha de vivir”, es la exaltación no sólo del cuerpo sino de las fuerzas que tiene el individuo para diferenciarse de la masa, tomar sus distancias con la Sociedad[6].

Sería extemporáneo insistir aquí sobre el erotismo modernista, ya tan estudiado, sobre el que la mejor síntesis son los versos finales del poema XXIII de Cantos de vida y esperanza:

Pues la rosa sexual,
al entreabrirse,
conmueve todo lo que existe,
con su efluvio carnal
y con su enigma espiritual.

Verhaeren y Regoyos, La España negraConvenimos, pues, en que, en el momento en que la novela corta llega a los quioscos, el naturalismo aporta el tremendismo y el sexo que el movimiento modernista teñirá de erotismo. Tremendismo que se expande a las artes plásticas que, bajo el lejano manto de Goya y el cercano de Darío de Regoyos, con su colaboración en La España negra de Verhaeren, estallará en las obras de Ignacio Zuloaga (1870-1945) y José Gutiérrez Solana (1886-1945) y se hará carne literaria en las obras de Eugenio Noel, López Pinillos (Pármeno), Carmen de Burgos, Ciges Aparicio, Samblancat, Vidal y Planas y tantos otros. Tremendismo, que pertenecía a la misma entraña de la vida española y que se expresa de manera ejemplar en sus fiestas de toros o en lo salvaje de  las guerras carlistas, que tendrían su casi exacta continuidad en la siguiente guerra civil.                                  

Antes de entrar en materia convendrá hacer una triple advertencia

  1. El periodo de vigencia de la novela corta -casi tres décadas- es tan amplio y el número de autores y narraciones tan desmesurado que únicamente se podrá acometer un mínimo ejemplario, apenas representativo del inmenso material susceptible de estudio.
  2. El erotismo, omnipresente en la novela corta, aparece en todas sus formas y matices. Prescindiremos, no obstante, de la novela erótica propiamente dicha y nos ceñiremos a aquellas colecciones que no están estrictamente abocadas a este tema.
  3. El tremendismo, aunque no tan frecuente como el erotismo, abunda de manera evidente pero es más raro ver asociados ambos parámetros. El erotismo es muchas veces el del escritor galante de raigambre francesa pero muchas más un efluvio obsesivo proveniente de la represión sexual que empapa toda la sociedad española de su época, que fue tan bien descrito por obras tan lejanas en su concepción estética como Relato inmoral de Wenceslao Fernández Flórez y La casa de Bernarda Alba de F. García Lorca.

Forma híbrida entre la revista, el teatro y el libro, la novela corta aparece en un momento de liberalización de la sociedad española, en el que la mujer y su sexualidad comienzan a tener algún protagonismo. En muy pocos años el cuerpo de la mujer, antes sólo codiciado o imaginado y sólo alcanzable a través del burdel o el matrimonio, empieza a aparecer descocado en los escenarios de varietés y en muy pocos años, desaparecerán corsés, refajos, ballenas, fajas, enaguas y otros aditamentos que constriñen a la vez que ocultan el cuerpo de la mujer; las faldas perderán centímetros de forma acelerada, del mismo modo que la relación entre sexos se acortará, perdiendo la enorme distancia que los separaba y la sexualidad femenina se expondrá de forma mucho más libre y natural que en las décadas precedentes. Todo ello es perfectamente seguible a través de los personajes y argumentos de estas novelas.

Tan importante como ello es la irrupción del hedonismo fuera de las clases acomodadas y burguesas. Hedonismo que muchas veces castiga el desenlace pero que en otras está totalmente libre del sentimiento de culpa y aparece justificado y hasta enaltecido.

Este y otros cambios de costumbres se enuncian meridianamente en una de las primeras narraciones del ciclo debida a Joaquín Dicenta (Una letra de cambio, El Cuento Semanal nº 8, 22-II-1907).

En ella el protagonista, que tiene muchos rasgos del autor, es un estudiante de Derecho que no estudia y que, desde su pensión, observa a una hermosa mujer de la casa de enfrente, que, al parecer, vive con su padre. Él no se atreve más que a hacerle versos pero en una ocasión ella le indica desde el balcón que acuda al baile de Capellanes. Allí, ella, enmascarada, lo saluda y le pide que bailen. Lo pasan estupendamente aunque acaece una pendencia con unos chulos. Al final se pierden para consumar el amor. Al día siguiente, ella lo cita en su casa y le cuenta que el padre no es sino un caballero de 56 años que la protege. Siguen con sus amores y en una ocasión, en la que jugando ganan dos mil pesetas, cogen tal borrachera en Fornos que, al día siguiente, apenas se dan cuenta de que sobreviene la hora de llegada del protector, con el que el estudiante se tropieza en el rellano. El caballero aborda al joven y lo tranquiliza, confesándole que tenía conocimiento de la situación pero que ya contaba con ello y hacía la vista gorda, sabedor de que si, a su edad a uno le gustan las mujeres guapas, ello implica pagar para que otro se aproveche pero que ello constituye una letra a treinta años fecha. “Yo pago la mía y le anuncio el giro de la suya”.

Ausente la honra, que tanto preocupó al joven Dicenta, es ahora una suerte de escepticismo hedonista y comprensivo el que se impone. Prueba de lo poco insólito del asunto con que concluye el argumento es que otras novelas lo abordan igualmente. Por ejemplo, Cristóbal de Castro en Las insaciables, número 79 (3-VII-1908) de la misma colección: otro estudiante que, muy probablemente, encubre al propio autor y que vive en la pobreza, entra en relaciones con una joven que lo mantiene gracias a su protector.

Son numerosísimas las narraciones de este periodo en las que aparece la prostitución, lo que no podemos achacar a  influjos del naturalismo ni a una moda pasajera sino a una realidad social que, sobre todo en las grandes capitales, tenía una importancia en la vida cotidiana de los varones que no es fácil discernir desde el hoy. Espigando entre estas novelas, cinco semanas después de la novelita de Dicenta y con el número 13 de El Cuento Semanal, Pedro de Répide publica otro excelente cuento de ambiente barriobajero, Del Rastro a Maravillas. En el narra el amor de una entretenida, La Reina Clavel, por El Niño, un organillero que tiene éxito con las mujeres y que la comparte con otra amante, La Tranquila.

El malagueño Enrique López Alarcón en el número 106 (8-I-1909) de El Cuento Semanal, La cruz del cariño, de ambiente callejero y popular, nos muestra como Luis prostituye a Rita, la mujer que lo ama, que se convierte en alta cocotte. Guillermo Hernández Mir en Pedazos de vida (El Cuento Semanal, 129, 18-VI-1909) nos traslada al ambiente sevillano de juergas y Semana Santa, donde una pareja de novios, Manuel y Rosarillo, pasean su amor por la ciudad en fiestas. Pero ella también se dedica a la prostitución. En una juerga con dos señoritos, Rosarillo, borracha, guía el simón, que se estrella contra un escaparate, quedando el caballo malherido. Cuando aparecen los guardias, aunque no puede evitarse la detención, porque el escándalo ha sido en el centro de la ciudad, los señoritos lo arreglan todo con dinero y organizan una monumental juerga en la cárcel, con aquiescencia de las autoridades.

En Los Contemporáneos, la colección aparecida justo dos años después de El Cuento Semanal, tendremos igualmente prostitución por doquier. Manuel de Mendívil nos presenta en Sara la loca (nº 41, 8-X-1909) a Pastoriza, una gallega de humilde origen y  evidentes concomitancias con La Bella Otero, que escribe sus memorias de alta cocota y que quiere ser a la vez una indagación acerca de la idiosincrasia femenina. O en Bestezuela de amor (Los Contemporáneos, 79, 1-VII-1910), donde Antonio de Hoyos y Vinent[7], un autor paradigmático de estas colecciones y estos temas vidriosos, conjuga temas político-sociales como la repulsa popular por el envío de tropas a África o el anarquismo, con la golfería y la prostitución: Una entretenida, la Socorro, se pirra por Lorenzo, golfo proveniente de la hez social, al que regala y mantiene con lo que le entrega un viejo rico  Por su parte, Lorenzo también atiende a una francesa, Fedora d’Alençon, cortesana de lujo, que se encapricha de las trazas del, para ella, pintoresco golfo. Socorro, sabedora de las veleidades de su chulo, berrea de celos y acuchilla la cara a su amiga Filo, a la que cree también liada con Lorenzo.

Con Socorro en la cárcel y la francesa que ya no lo recibe, cae al fondo la suerte de Lorenzo que, hambriento y con sífilis, ha de ingresar en un hospital, donde conoce a un anarquista que lo recomienda a su círculo. Allí lo socorren pero en seguida advierten que no es hombre de ideas sino que sólo alberga odio y resentimiento. No obstante, lo comisionan para que perpetre un atentado al paso de las tropas que vuelven de Marruecos. Con el canguelo, se le cae la bomba a los pies pero no llega a explotar, lo que constituye una parábola de la inutilidad completa de un desecho social que ni siquiera sirve para colaborar en la destrucción de la sociedad que odia.

De ambiente prostibulario son varias de las obras del muy prolífico Emilio Carrère (ÁLVAREZ SÁNCHEZ, 2007; RIERA GUIGNET, 2011) que, como es sabido, se autofusiló a menudo, publicando las mismas narraciones con distintos títulos. Una de las novelas cortas  más  significativas en dicha materia es La casa de la Trini (La Novela de Noche nº 3, 30-IV-1924).

La Trini, una cocotte de altos vuelos pero ya con 35 años, se enamora perdidamente –lo que nunca había hecho- de un chulo, Rafael Montesinos, el Marquesito, que le saca hasta la cera de los oídos, se va con todas y ejecuta las muchas mañas propias de su condición. También se ventila a las dos compañeras de profesión que comparten su casa. Aunque siempre atacada por los celos, Trini todo se lo consiente. Por su parte, Rafael se lía con Soledad, una hermosa rubia casada, de la que casi se enamora. La Trini envía anónimos al marido intentando que tome cartas en el asunto. Finalmente, éste decide presentarse en la casa donde la pareja se ama y se los encuentra bajando las escaleras. Al sacar la pistola para matar a Rafael, se interpone Soledad, que es quien cae muerta. El que una mujer casada se haya dejado matar por el chulo aumenta su prestigio entre el gremio femenino, donde sigue haciendo estragos aunque no abandona a la Trini. Entre todo esto se entrelazan varias historias en torno a la prostitución y su ambiente, los tipos del cliente y otros asuntos, como el lesbianismo entre la Acacia y la Monja, sobrenombre de las dos prostitutas que viven  con la Trini[8].

En todas estas novelas convive la descripción de altos ambientes de diversión, lujo y refinamiento con la miseria, la golfería hampona y la degradación más vil, contrapunto exacto del país que, igualmente, las albergaba. Encontramos el tremendismo mucho más en el fondo que en las formas y tienen en común su carácter urbano. Pero quizá cuando el erotismo aparece de forma más violenta es en las ficciones rurales como ocurre en la novela corta de Salvador Rueda, Un salvaje (Los Contemporáneos 40, 1-X-1909).

El Sombrío es un pastor hercúleo que ha pasado toda su vida en el monte. Cuando aún es una niña, la hija de los dueños del cortijo pide visitar los predios donde se cuida el ganado y, al ser la primera mujer que ve en su vida, el pastor se conmociona. Destinado, años después, al cortijo, ella lo utiliza como mensajero de las cartas a su novio, un rico y varonil aristócrata. Cuando el pastor le cuenta en qué circunstancias la había conocido, la joven decide enseñarle a leer. Con ello, él aumenta su obsesión y ella, inconscientemente, ve en él al hombre en bruto, la esencia de la virilidad. Destinado de nuevo al monte como mayoral de pastores, al cabo, ha de volver al cortijo para colaborar en la vendimia. Por sus compañeros se entera de que la boda va a ser dentro de una semana y de que los novios se encuentran festejando en el cenador. Se despista de los gañanes y, oculto tras el follaje, espía a la pareja. Entre las ternezas y juegos de amor, el novio le pide un beso, ella se resiste pero desfallece y va cayendo rendida pero, cuando él quiere pasar a mayores, la joven intenta defenderse desesperadamente. Como un tigre, aparece entonces el salvaje, que levanta en vilo al galán y lo estrella contra las rocas, al mismo tiempo que se sugiere la violación.

Colombine_Frasca la tonta008Tremendismo rural hay también en las novelas del ciclo de Rodalquilar firmadas por Carmen de Burgos, Colombine (NÚÑEZ REY, 2005). Los primeros años de la escritora vividos en tierras del cabo de Gata dan cauce a unas narraciones, un punto melodramáticas, pero también llenas de intensidad y frescura, donde el protagonista real es esta zona primitiva, fosca y, a la vez, arcádica, que conserva vivos en la edad industrial muchos vestigios de la ancestral cultura mediterránea. Los habitantes autóctonos viven malamente de la agricultura, la pesca y el contrabando, en estado medio salvaje, con una moral relajada y pocas relaciones con la Iglesia y la sociedad. La pobreza de la zona implicaba que, salvo unos pocos cortijos pertenecientes a las familias más adineradas que mantenían criados, los naturales ni siquiera pudiesen trabajar de jornaleros. Una de las novelas cortas más intensas del ciclo, con excelentes descripciones y numerosos dialectalismos de la zona es Frasca, la Tonta (El Libro Popular nº 26, 30-VI-1914).

La explotación de la mina de oro de Rodalquilar, aunque muy precaria, hace que lleguen mineros de la zona de Mazarrón, gente más acostumbrada al trabajo que los indolentes campesinos de la zona, lo que hace que surjan tensiones incrementadas por la competencia que se entabla por las mujeres. Una madre y dos de sus hijas a quienes llaman Las Rayadas reciben en su casa a los  hombres de la zona. Allí se bebe, se canta, se juega… Las hermanas van pariendo hijos, que ni siquiera se sabe de quién son y a quienes ellas mismas llaman “los Rarras”, que pululan por allí en estado semisalvaje. Una de ellos es una joven albina de 14 años, débil, bella y medio idiota. Pablo el capataz de la mina, es uno de los clientes y su gorda mujer, Pascuala, crepita de celos. Ambos tienen una hija tonta, La Frasca. En una fiesta en casa del tío Matías, el labrador más rumboso de la zona, se desatan las tensiones. A la Pascuala le da una apoplejía. Rosa, la Rayada, encuentra un labrador acomodado que se casa con su hija albina. Frasca aparece en cinta sin que se pueda saber el autor del chandrío. La novela describe con truculencia la sordidez de su maternidad y las circunstancias que la rodean. Se sugiere que el padre puede ser Pablo, que, a la vez, sería su abuelo natural. Alguien rompe las maromas del ascensor de la mina y mueren Pablo y otro obrero. Ante la poca rentabilidad de la mina, los de Mazarrón han de volver a su tierra. En el regreso muere el hijo de Frasca, ahogado sin querer por su madre, que cree que es un muñeco. Sin bautizar, su abuela lo entierra en la playa.

Igualmente feroz y basada en el llamado “crimen de Níjar”, acaecido (julio 1928) en la misma zona del cabo de Gata, es la muy posterior Puñal de claveles (La Novela de Hoy nº 495, 6-XI-1931), publicada, sin embargo, antes del estreno (1933) de la lorquiana Bodas de sangre pero inspirada en el mismo suceso (ARCE). Basado, sin duda, en hechos reales aunque, mezclando diversas historias, el argumento está repleto de dramáticos amoríos, rencores familiares, incestos, atavismos, pasiones incontrolables y demasías varias[9], salpicados, además, con alguno de los elementos argumentales que aparecen en Frasca, la tonta[10].

Otro de los autores más característicos del tremendismo y de los pocos que han sido reeditados es José López Pinillos, “Pármeno” (BESER, 1976 y GARCÍA GONZÁLEZ, 1993.  La sangre de Cristo, La Novela Corta nº 248, 11-IX-1920), aunque también publicado en un libro homónimo de narraciones en 1907, nos presenta las pintorescas figuras humanas y la vida cotidiana en un pueblo andaluz, El Castil. Lleno de expresionismo, lenguaje popular, humor desgarrado y cercano al esperpento, el capítulo III narra la apuesta entre dos nativos para ver quien es más bruto. Los últimos capítulos constituyen el aquelarre de una borrachera colectiva en la que participan hasta los niños y los animales del lugar.

El ladronzuelo (El Cuento Semanal nº 217, 24-II-1911) narra otra violenta y reconcentrada historia localizada en el agro andaluz en la que cuatro personajes –la madre viuda, dos violentos hermanos y el hombre que se casa con ella- se enfrentan. El relato termina con el hijo alumbrado por la madre cuarentona –el ladronzuelo- devorado por el cerdo, al que azuza uno de los hermanos, decidido a que el nuevo inquilino no comparta la herencia

Cintas rojas (La Novela Corta nº 41, 14-X-1916), narra la historia de Rafael Lorca, un jaque de pueblo con el apodo del título, fanático del torero Rafael el Guerra, que pretende le dejen dinero para acudir a las fiestas de Córdoba y ver a su ídolo. Como no encuentra a nadie que le preste, acude a su compadre, que tampoco está en condiciones de ayudarle. Con total naturalidad, lo asesina brutalmente y también a su mujer, a la abuela, a la hija, al niño, al mastín, al padre de su amigo y a otro jayán. Poco después, en la plaza de toros cordobesa, se apasiona defendiendo al Guerra e insultando a Lagartijo, en cuadros llenos de fuerza y expresionismo. Cuando llega la Guardia Civil a detenerlo, su único interés consiste en seguir ofendiendo brutalmente a Lagartijo, el rival de su ídolo.

El citado Hoyos y Vinent, mucho más proclive a los escenarios urbanos, toca en ocasiones los dramas rurales, como sucede en La Argolla (La Novela Semanal nº 80, 20-I-1923).  Don Genaro, un rico propietario que tiraniza a sus jornaleros, está casado don Doña Micaela, más joven que él y a la que mira con deseo Carmelo, un gañán joven y achulado. En una ocasión éste se rebela contra una orden del amo al que, con el inesperado lance y el sofoco, le acomete una apoplejía y queda impedido. Carmelo consigue los favores de Micaela y entra en su casa. Al viejo comienzan a abandonarlo y maltratarlo hasta que en una de estas ocasiones, muere. Los cómplices deciden simular un accidente. Dueño de casa, Carmelo comienza a frecuentar un burdel que se ha establecido en el pueblo. Cuando Micaela, loca de celos, se presenta en el garito y él la arroja a patadas al arroyo, ella decide autodenunciar su crimen a la Guardia Civil. Ambos son agarrotados.

Rural es también el contexto de varias de las novelas de Eugenio Noel, uno de los principales representantes del tremendismo: En El Charrán y Flora, la Valdajo (El Libro Popular 29, 22-VII-1913) se narran, con un tono ligero e irónico, los hechos brutales y gratuitos protagonizados por un bandolero y su amante que, tras muchos años de fechorías, son reducidos por un millonario americano, su hija y su chófer, todos de porte cinematográfico, a los que querían robar. La obra, que alterna el tono humorístico, no siempre logrado, con la indignación por el estado del admirable hombre ibérico, termina con alegatos regeneracionistas y el ajusticiamiento de los condenados, que congregan la admiración de las gentes de toda España.

También de intensos tonos regeneracionistas, pero más concentrada y consegNoel, Eugenio, El Charrán y Flora la Valdajo_minuida, es Chamuscón y Tabardillo (La Novela Corta 257, 20-XI-1920) en la que se describen los personajes y “artistas” (prostitutas, toreros, flamencos…) contratados por el casino de un pueblo para su ilustración. Los más significados son el torero César Chamuscón, que impartirá una clase de toreo de salón, y el cantaor Aníbal Tabardillo, que canta en escasísimas ocasiones pero que, por ello, es todavía más admirado. También, por su forma de escupir: “De vez en vez, abría el compás de sus delgadas piernas, inclinaba la cabeza y, sin abrir la boca, lanzaba un escupitajo que, con la mano, dividía salerosamente en dos antes de llegar al suelo. Esta manera tan nueva de escupir hacía que el respeto y la admiración por aquel hombre no tuviera límites”. Constituye una crítica feroz al flamenquismo, el toreo, el casino provinciano y los vicios de la raza.

En De cuerno de morueco (La Novela Corta 217, 28-II-1920), Otero de Sariego, “Gorgojo”, gañán de un pueblo castellano con fuerzas hercúleas, tiene amores con la Simeona pero el tío de esta, con el que vive, se opone radicalmente a ellos. El viejo desaparece y todos piensan que el culpable puede haber sido Gorgojo, aunque nadie se atreve a decirle nada y en el pueblo jamás se ha cometido un crimen. Misteriosamente, tras la  desaparición, Gorgojo deja de cortejar a la Simeona. Por el contrario, se nos cuenta que frecuenta a un amigo pastorcillo en los altos de la sierra y, siempre que puede, se escapa para estar con él. Su trato brutal y cerrado se convierte en alegría, despejo y naturalidad cuando está con los pastores de las tierras altas. Aunque todo queda en esbozo, se insinúa que es Senén, el mejor amigo de Gorgojo, quien ha eliminado al viejo, tal vez, para favorecer sus amores lo que contrasta con la inclinación de visos homosexuales que también se insinúa con el pastorcillo. Como en otras ocasiones, Noel combina un riquísimo y deslumbrante vocabulario, una fascinante descripción de ambientes y personajes brutales con un hilo argumental un tanto atiborrado y confuso.

Llena de atroz intensidad es, asimismo, Misa de botón quitao (La Novela Corta nº 380, 17-III-1923), donde las sucesivas venganzas del indiano Doroteo contra el alcalde de Fermoselle (Zamora) que, en su ausencia, ha humillado y perseguido a sus deudos, culminan con el asesinato colectivo de Doroteo, por parte de los sicarios del alcalde a los que finalmente se une  todo el pueblo convertido en chusma.

Entre los muchos escritores que se enfrentan críticamente al mundo de los toros se encuentra uno de los más dotados, profusos y olvidados autores de la novela corta, el madrileño trasplantado a Arenys de Mar, Vicente Díez de Tejada. En Toros y cañas, (Los Contemporáneos nº 415, 8-XII-1916) nos describe una familia formada por el padre, de oficio telegrafista como el propio autor, apasionado por los toros a los que todo sacrifica, su mujer y su guapa y desparpajada hija, de nombre Trini. Los tres constituyen una familia modesta y convencional pero, una tarde en que el padre lleva a su hija a los toros, clava en ella su mirada, Rafael Moreno, un chulo que se las da de aristócrata. Ella queda enamorada y conmovida. Rafael empieza a frecuentar la casa familiar, en la que todo se le entrega y todo se le consiente, hasta que arruina a la familia. El padre y la madre mueren, el chulo se va y Trini queda sola. Más tarde, una amiga le cuenta a Trini que Rafael va a casarse con otra. Impensadamente, los antiguos amantes se encuentran y él vuelve a seducirla con su palabrería. Cuando están entregados al amor, Trini le asesta una puñalada que lo ultima y, después, desaparece.

Otro interesante relato de Díez de Tejada centrado en la prostitución es El gabinete del piano (La Novela Corta nº 336, 13-V-1922), en la que se nos cuenta la sórdida historia de La Nena, una joven del arroyo, a la que en una ocasión requiebra alguien que resultará ser un cura. Ella lo lleva a una casa de trato y, en los preliminares eróticos, el clérigo sufre un  ataque y muere. Al ser religioso y de familia acomodada, se echa tierra sobre el asunto y, en el curso de los trámites, el gobernador conoce a La Nena y la hace su amante, con espléndida casa y servicio. Se trata de un duque que, además, la forma, le enseña modales, a escribir e idiomas y la pasea por Europa. Cuando él muere, La Nena se vincula con Perico Mendoza, su actual amante, senador solterón y corrido, con el que el narrador, un telegrafista –otra vez el propio Tejada- que sale de trabajar una madrugada de invierno, la ve en el gabinete del café de Fornos. Ella no quiere sino prolongar la velada, a despecho de todos los demás juerguistas, que ya se quieren marchar con sus acompañantes. Una vieja vocea desde el exterior e incesantemente el diario La Correspondencia, lo que enerva a La Nena. Cuando, finalmente, la pareja abandona el local, la vieja se arroja sobre ella exigiéndole dinero con palabras soeces y proclamando que es su madre. Escapan en un carruaje y, al tratar de detenerlos, la vieja cae entre las ruedas. La Nena pide al cochero que exija a los caballos y desaparezcan. Al extrañarse Perico de tal actitud, ella le cuenta su tristísima infancia y adolescencia prostituida por esa mujer y su propio hermano.

Ya plenamente erótico es La máscara japonesa, (Ediciones Casset, 1992, pp. 3-35), cuya primera edición no he localizado. En ella, Manolín, el protagonista cuenta, en primera persona, como, a los catorce años, todavía su madre le viste de niño, para su vergüenza. Cuando aprueba la reválida, se niega a seguir así y sus padres lo mandan a estudiar a Madrid con sus padrinos, unos amigos de la familia. Él, Baltasar, es un hombretón mayor, sanguíneo y bruto pero buena persona; ella, Daniela, una gachona de cuarenta años de la que Manolín se enamora perdidamente y con la no que para de masturbarse. Los padrinos lo tratan muy bien y ella se deja tocar pero no accede a sus requerimientos directos. Sin embargo, una nochebuena, cae enfermo y lo acuestan entre los dos en la cama de matrimonio. Allí consuma el coito sin que, al parecer, el marido se entere. Comienza una tumultuosa relación durante las horas en las que el padrino va al casino. Un día, encontrándose en trance venéreo, Manolín escucha un jadeo procedente de la máscara japonesa que cuelga en la habitación. Al levantarse para comprobar qué sucede, encuentra detrás a don Baltasar que, al fin, es un voyeur. Todo ha sido preparado por los esposos para satisfacer la depravación del marido. Ella muere de una pulmonía y termina con el abrazo de los dos hombres, que han perdido el amor de su vida.

Del mismo autor y escrita en clave irónica, No por obra de varón (La Novela de Noche nº 21, 31-I-1925) nos cuenta la historia amorosa de Pedro Eduardo Watson y Linda Mc Cleod, dos jóvenes americanos, hermosísimos y de familia muy adinerada, que contraen matrimonio. En la noche de bodas, ella le confiesa que la desvirgó un amigo de la familia y que, como compensación, éste hubo de pagar un millón de dólares. El novio queda muy satisfecho del negocio pero lo refiere como gracia en su club y Míster Black, el ofensor, reclama la indemnización y un plus, por haber divulgado el asunto y no observar el acuerdo. Han de dárselo pero en seguida aparece Linda con el cheque recuperado, se supone porque ha vuelto a cohabitar con Mr. Black, lo que vuelve a alegrar mucho al recién casado.

Un crack financiero provoca que P. E. Watson haya de viajar a París. En el barco una camarera italiana le lleva el recado de que una hermosísima y rica mujer quiere estar con él pero, antes de que llegue ella, la camarera también se lo beneficia. La rica, con la que tiene otra relación sexual exquisita y minuciosamente descrita es, además, la mujer de Mr. Black. Cuando Watson llega a París siente molestias en su virilidad: el médico le asegura que le han contagiado algo y perderá su miembro. Se trata de una epidemia que propagan las italianas. Tras visitar a los mejores médicos, encuentra que la única solución es que el alemán Von der Vogel, le implante una prótesis que se rellena con leche condensada. A su mujer sólo le cuenta que, tras hablar con un pastor, ha concluido que lo que hacían era pecado y debían prescindir de la lujuria de la vista. Por lo demás, siguen gozando del sexo. Asimismo, ella le entera de que Mr. Black ha perdido su miembro por el morbo de origen napolitano. Watson queda doblemente complacido al saberse responsable, por haber sido él quien cohabitó con su mujer después de acceder a la napolitana.

La relación va resultando demasiado larga pero podría serlo mucho más. Quedan fuera, las muchas novelas en torno a las experiencias carcelarias y penales y las relacionadas con el servicio militar o las guerras coloniales, profusas, como es de esperar, en terribles crueldades, episodios truculentos y demasías. Por particularizar en algún escritor determinado, tampoco tratamos de los muy dotados literariamente Manuel Ciges Aparicio y Ángel Samblancat, siempre en trochas cercanas a nuestro tema. Y, como en algunos de los autores mentados arriba, el tremendismo en Felipe Trigo daría para más de un capítulo, aunque para él tenga una función educacional, lo mismo que sucede con su tratamiento del erotismo, estudiado monográficamente por Watkins pero también analizado por Martínez Sanmartín, Fernández Gutiérrez, García Lara, Manera y Guerrero. Algo parecido podríamos decir de varias de las novelas de Alfonso Hernández-Catá[11] o, con un matiz mucho más comercial que regeneracionista, de otras debidas a la pluma de José María Carretero, El Caballero Audaz. Autores que suelen colocarse en otros apartados como Enrique Gómez Carrillo (BAUZÁ), rozan el tremendismo en novelas que gustan de penetrar en vicios y perversiones poco o nada tratados hasta entonces en la literatura española. Incluso alguno, más o menos inesperado, como Rafael Cansinos-Asséns, que en Las pupilas muertas (La Novela Corta nº 285, 25-VI-1921) nos presenta un terrible cuadro social y de ambiente, que se solaza en las descripciones de una casi insoportable morbosidad. Todavía más insospechado, Ramón Gómez de la Serna se revela en La virgen pintada de rojo (La Novela Pasional nº 81, 28-IV-1925) como un autor capaz de penetrar en los entresijos del erotismo más audaz. La narración, aunque, ambientada en el contexto del África tropical,  no deja de ser un ejercicio de originalidad y estilo. Por su parte, Fidel Criado, estudioso del tema, afirma que el erotismo es casi una obsesión artística en el escritor madrileño y se centra en tres títulos aparecidos en La Novela Corta, La tormenta (nº 91, 9-VII-1922), La hija del verano nº 364 (25-11-1922) y La malicia de las acacias, que da como inédita pero que apareció con el número 413, el 31 de octubre de 1924.

Caso aparte sería el del también muy fecundo Álvaro Retana. Aunque su narrativa deambula casi siempre en torno a asuntos escabrosos, especialmente los que tienen que ver con la homosexualidad y la bisexualidad (BARREIRO, pp. 89-122 y MIRA, pp. 153-175). El tono ligero y a menudo humorístico de sus ficciones no permite adscribirlo a la corriente expresionista o tremendista sino a un erotismo desprejuiciado y burlón, mucho más europeo que el de otros satíricos de su tiempo.

Con todo ello, el autor más característico del erotismo tremendista será el gerundense Alfonso Vidal y Planas´(BARREIRO), una de las figuras de la bohemia de la segunda década del siglo XX, un outsider de la literatura, que, sin embargo, alcanzará una fama descomunal, tras el estreno de Santa Isabel de Ceres, incrementada por el episodio de su crimen en la persona de su colega y amigo Luis Antón del Olmet.

Aunque no sea una novela corta, Santa Isabel de Ceres  (1919), es la obra central de su autor, antes un bohemio entre pícaro y neurótico, y que, a partir del éxito de la versión teatral de esta novela (1922), cambia su vida. Vidal y Planas, obsesionado con las prostitutas y su redención, había sacado del burdel a Elena Manzanares, amiga también del escritor y periodista Luis Antón del Olmet, al que Vidal y Planas terminaría asesinando por disputas que tuvieron que ver tanto con este episodio como con celos literarios.

El argumento de Santa Isabel de Ceres nos da la pauta de los caminos que recorría el escritor gerundense:

El pintor y ex-hospiciano León es protegido por don Dimas, que le ayuda a sobrevivir y le invita a sus juergas. En una de ella, conoce a una prostituta (Lola, de nombre de guerra) caída en el arroyo por los taimados manejos de señoritos y chulos. Decide redimirla y vivir con ella pero don Dimas no le otorga su ayuda. Con un audaz golpe en una sala de juego, León consigue dos mil pesetas pero al salir es detenido por los guardias que le quitan el dinero, le dan una paliza y lo llevan ante el juez. El falso testimonio de los guardias hace que el juez determine procesarlo. En la celda se encuentra con Abel de la Cruz[12].

Por su parte, la Lola huye del prostíbulo y decide ayudar a León subvencionándole una celda de pago, visitándolo todos los días e iniciando una carrera como prostituta independiente para obtener ingresos con los que sufragar tales dádivas. Sin embargo, al salir de una de sus visitas a León, la está esperando el Cataplum, el chulo del que ha huido, que le raja la cara. Desfigurada, decide seguir ayudando a León pero ya no se considera digna de ser su compañera.

Cuando León sale del trullo, a resultas de las gestiones de un abogado, novio de una amiga de Lola, se encuentra con que ella está ingresada en el Hospital General. Va a verla y le pide que vivan juntos. Se instalan modestamente y León va alcanzando éxito como pintor. Se le propone hacer el retrato a la hija de un millonario y el padre le ofrece casarse con ella. Piensa en rechazar la oferta pero duda y entonces encuentra a Abel de la Cruz, cursi tremebundo y evidente contrafigura del autor. Se emborrachan y León lo lleva a su casa. Allí con la locuacidad propia de su estado cuenta a Lola lo que le ha pasado pero le promete que seguirá con ella.

Sin embargo, arrastrando su complejo de culpa y queriendo facilitar el camino a quien la redimió, ella le escribe una carta diciendo que no lo ha querido nunca y que a quien ama es al Cataplum. Se coloca en un burdel de la calle Ceres pero no puede soportar de nuevo esa vida y el alejamiento de León, por lo que se degüella, mientras Abel de la Cruz está llamando a su puerta. Por su parte, León y Sagrario, la hija del millonario, se casan. La obra es torpe, llena de previsibles adjetivos y retóricas parrafadas. Los acontecimientos no siempre están justificados y los personajes son arquetipos sin perfiles. Sólo en ciertos pintoresquismos y en la relativa sordidez de lo que se relata anida el interés. Por otro lado, la obra está repleta de episodios irrelevantes y de los consabidos escolios en los que el autor, preso de la vieja contradicción de quien censura lo establecido utilizando lo peor y más viejo de su retórica, critica el sistema social, policial, judicial…, dando tumbos y con mejores intenciones que resultados.

La versión teatral[13] en la que cambian los nombres de algunos personajes y toma más protagonismo Abel de la Cruz, es más increíble y torpe literariamente que la novela. Sin embargo, tuvo un éxito descomunal, con 102 representaciones consecutivas en el Teatro Eslava y numerosos reestrenos a lo largo de los años venideros, lo mismo que sucedió en provincias (DOUGHERTY Y VILCHES). Durante los catorce meses que transcurrieron entre su estreno y el disparo con el que ultimó a Luis Antón del Olmet, Vidal y Planas vestía elegantemente, comía en los restaurantes de moda, iba en coche rodeado de pecadoras de postín y parásitos. Vivía en una confortable pensión de las Cuatro Calles, que le costaba trescientas pesetas y se comparaba con Dostoievsky, lo que -comenta Cansinos- sólo podía hacerlo en razón de su epilepsia (p. 385-389).

El escritor había aprovechado el argumento de Santa Isabel de Ceres para, poco después de su aparición, publicar, con unos cuantos episodios apenas transformados, su primera novela corta, En libertad (El Cuento Nuevo, Tomo II, nº 12, 1-V-1919), otra obra tan sentimentaloide como tremendista.

Pasarían tres años y medio, en los que el escritor, a partir de entonces tan prolífico, no publicaría  ningún texto hasta la aparición de El amigo del ataúd, (La Novela de domingo nº 1, 10-XII-1922), que contenía algunos capítulos de las Memorias del pobre Abel de la Cruz, novela que publicaría en 1923. En ella, “dedicada al genial poeta Antonio Machado”,  aprovecha sus anteriores experiencias como recluso para hacer una crítica más del sistema penitenciario, centrado en la cárcel Modelo de Madrid, que pronto tendría ocasión de volver a experimentar en sus carnes, pero donde vuelve a aparecer su obsesión por el mundo prostibulario. En el capítulo titulado “¡Mis esposas!”, refiriéndose a las que le muerden las muñecas cuando logra su libertad, Abel consigue, mediante una “pirueta”[14], unos cuantos duros. Inmediatamente, acude a la mancebía:

Ante una mustia y ojerosa meretriz que me sonrió siniestramente, me arrodillé y, anhelante, presentándole mis muñecas descarnadas, mis manos hinchadas y rojas, lancé la súplica:

  -¡Bésame aquí, en estas muñecas, en estas manos con tus labios podridos por la sífilis!… ¡Bésame aquí!… ¡Purifica esto!…

  Pero la pobre, horrorizada, huyó burdel adentro, gritando:

  -¡Al loco, al loco!…

Cinco días después de la publicación de El amigo del ataúd, aparecerá en la recién creada colección La Novela de Hoy (nº 31), La casa de Pepita, que transcurre íntegramente en una casa de lenocinio. En la entrevista que le antecede, Vidal y Planas habla del éxito de Santa Isabel de Ceres pero también de su novia, Elena Manzanares, la prostituta redimida. En la novelita, el narrador acompaña al prostíbulo a un juerguista maduro con la intención de mostrarle la sordidez del medio. Tras adoctrinarle en el amor a las rameras y en el odio a los chulos y cabritos (clientes), le muestra como ellas “son seres dignísimos de admiración y amor. Las pobres negocian con lo que pueden, con lo único que tienen, con lo que Dios Nuestro Señor se ha dignado darles: con su feminidad”. Por eso, continúa el narrador “Yo gozo mimándolas, acariciándolas, diciéndoles al oído dulces palabras de novio, regalándoles pasteles y abrazándolas y poseyéndolas con la noble y pura cordialidad de un esposo polígamo”. Parece que el comportamiento de Vidal y Planas era efectivamente el de su personaje.

Por lo demás, en su visita al burdel de Pepita aparece un cura que, en sus expansiones, gusta de soltar cánticos y latinajos y las niñas cuentan sus historias. Por ejemplo, Luisita, una tísica, que gusta de que la apaleen tanto su chulo como Blanquita, otra pupila con la que mantiene relaciones lesbianas y que anda celosa de dicho proxeneta. Al final, en un acceso de furia, Blanquita estrangula a su amiga y el cura le administra la absolución post mortem. Naturalmente, el juerguista se cura de sus aficiones y promete cambiar de vida.

La siguiente novela corta de Vidal y Planas con tema prostibulario iba a aparecer sólo un día después del crimen que perpetró en la persona de su amigo y colaborador, Luis Antón del Olmet en el saloncillo del Teatro Eslava. Se trata de Mercedes Expósito[15], La Novela Corta nº 378, 3-3-1923).  Un ex-presidiario llega al cabaret El Averno con un amigo y allí se encuentra a una niña de catorce años, a la que su madre prostituye. La rescata y la lleva a su pensión. Este ex-presidiario, de sobrenombre «El Ciento Setenta y Ocho», es un matón al servicio de la policía, que asesina sindicalistas. Una noche, Mercedes se entera de que su nuevo amante ha matado a su hermano sin saber quién era. Ella le descerraja cinco tiros. El argumento está extraído o, más bien,  es un refrito de Bombas de odio, novela que había publicado unos meses antes.

Cuando, tras el asesinato, el escritor gerundense entró en prisión, Artemio Precioso, director y propietario de la colección La Novela de Hoy, convertirá en un filón el morbo que provoca su figura y, en cuatro años le publicará once novelas[16], casi todas, como es natural, de tema carcelario y/o relacionadas con su crimen, que trataba de justificar en sus argumentos[17]. Aparte, Vidal y Planas daría a la luz al menos una docena más, publicadas en otras colecciones. Con el producto de las mismas –que él mismo cifró en una entrevista publicada en El Liberal en dos mil pesetas mensuales- vivió opíparamente en su celda de pago, de modo que entró con 57 kilos y salió con 70.

Por consejo de Alberto Valero Martín, su abogado y también fecundo autor de novelas cortas cercanas al tremendismo, el recluso contrajo matrimonio con Elena Manzanares el 26 de septiembre de 1923. Actuaron de padrinos Artemio Precioso y Carmen, hermana de la novia. En mayo de 1924 se celebró el juicio y Alfonso fue condenado a doce años y un día y a indemnizar con cien mil pesetas a los herederos. Antonio Teixeira[18], el acusador, pese a su brillante alegato, no consiguió que fueran embargados los derechos de la obra del acusado en la Sociedad de Autores. Fuera como fuese, en febrero de 1926, el Gobierno de Primo de Rivera le concedió un indulto particular y rebajó su pena a cuatro años. En el mes de julio fue de nuevo indultado, conmutándosele la pena por la de destierro, que cumplió en Barcelona. Estuvo, pues, en prisión tres años y cuatro meses, dos de ellos cumplidos en el penal de El Dueso en Santoña.

Volviendo a sus novelas cortas, durante su estancia en prisión, sus pujos místicos y, probablemente, sus intereses como recluso, propiciaron que dejara en segundo plano el tema prostibulario aunque en Alma de Monigote (La Novela Corta nº 390, 26-V-1923) y Papeles de un loco (La Novela de Hoy nº 100, 11-IV-1924 ) la protagonista, a la que llama “Monigote”, es un evidente reflejo de la que ya era su mujer, Elena Manzanares, a la que idealiza de forma descabalada. En El otro derecho (La Novela Teatral nº 392, 25-V-1924), drama en tres actos en colaboración  con José Simón Valdivieso, Marcela es una mujer que, abandonada por su marido que oficia como chulo, ingresa en un burdel, donde Adrián, un campesino que ya la había defendido en un episodio anterior, la redime, al paso de la Virgen de la Paloma. Se van a vivir al pueblo de Adrián y tienen un hijo. Cuando Marcela recibe una herencia, aparece su primer marido reclamándola. El cura apoya el derecho que tiene de hacerlo y tacha a la pareja de adúltera. Al final, Adrián habrá de matar al chulo, con lo que ya pueden casarse, aunque sea en la cárcel. Obra, pues, de denuncia y reivindicativa, con evidentes concomitancias con el caso del autor y, como de costumbre, consabida y efectista.

Poco después de ser liberado, Vidal y Planas hubo de afrontar la denuncia de dos de sus novelas publicadas en la colección La Novela de Noche, Noche de San Juan (nº 15, 15-I-1925) y La conversión de don Juanito (nº 43, 30-XII-1926). La primera de ellas quiere ser un alegato contra el vicio. Dejemos la mostración de su argumento al propio autor:

A un hombre, anheloso de belleza infinita, le entrega un ángel la belleza perfecta, cuyo símbolo es una mujer que reúne en sí todos los encantos y todas las gracias: la mujer soñada. Les abre después las puertas del cielo y les autoriza a entrar y a gozarse por los siglos de los siglos. Pero ellos se entregan al vicio; y el ángel, después de declararlos enemigos de Dios e indignos de la belleza y de la felicidad, los expulsa de la gloria, devolviéndolos al barro de la tierra honda (…) mi intención no es otra que la de demostrar que la lujuria es más administrable que el dinero, porque si uno no administra bien su dinero se arruina y, si no administra bien su lujuria, se convierte de hombre en cerdo.

En La conversión de don Juanito que, según su autor, quiere ser una denuncia de las conductas sádicas, la desequilibrada truculencia del narrador llega al paroxismo:

El padre Domingo es un fanático con fama de santidad que “huele las almas”. Cuando Aurora Rico, rica y bella joven, se confiesa con él, este abomina del perfume que exhala. Es el de su prometido, Juanito Bernal, que ha ido a pedir su mano. El confesor le conmina a que lo abandone ya que el olor de ese monstruo es el del infierno.

El resto de la obra se desarrolla enteramente en el burdel de Milagritos, una mancebía de lujo en la que seis muchachas atienden a la clientela bajo la égida de la Petra, madama del establecimiento. Una de ellas, Leonor, tiene una hija a la que quiere meter monja para que no caiga en el vicio y, en cierto modo, la redima pero las Adoratrices piden diez mil pesetas por profesar. Además, secuela de la última juerga-paliza de don Juanito, Leonor escupe sangre. Aparece éste y les ofrece 500 pesetas a cada una por entregarse a él. La última vez las castigó con un vergajo, ahora porta unas disciplinas clericales y, mientras las maltrata, se va enardeciendo hasta llegar al espasmo. Petra trae champán, que reanima a las golpeadas. Don Juanito, entonces, idea vengarse del padre Zacarías, por cuyos consejos su prometida lo ha abandonado y ha perdido los millones que poseía y que eran el exclusivo objeto de su amor. Su plan es que Leonor se haga la moribunda y, cuando se llame al padre Zacarías para que acuda con los Santos Óleos, el resto de las putas, escondidas, caigan sobre él y, “a besos y sobos”, venzan su resistencia. Así se disipará su fama de santidad. Leonor, a pesar de que don Juanito le ofrece mil pesetas, no accede, con lo que este le promete darle todo lo que le falte para reunir las diez mil con las que ingresar a su hija en el noviciado.

En estas ha aparecido Teófilo Mas, otra especie de Abel de la Cruz y contrafigura del autor, que predica el amor a las prostitutas y que desea cohabitar con Leonor. Al encontrarse con el teatral cuadro, intenta protegerla y, en el tumulto que se organiza, Leonor muere, precisamente, cuando llega el padre Domingo, que maldice a don Juanito y reza sus latines por la muerta. Don Juanito siente vergüenza de su desnudez, despoja al cadáver del mantón que la cubre y, envuelto en él, se arroja a los pies del cura pidiendo confesión. Al oír los latines, las rameras salen borrachas del cuarto contiguo y se arrojan sobre el cura, restregándose y abrazándose con él. Finalmente, la Petra las emprende a botellazos y las va descalabrando.

Don Juanito, arrepentido, ingresa en un monasterio trapense y las cinco niñas siguen en la mancebía y siguen siendo visitadas por otros “juanitos”. La obra termina con un decálogo –en realidad son nueve mandamientos- de Teófilo Mas sobre el exquisito y amoroso comportamiento que debe observarse con las mujeres de la vida.

En 1931 Vidal y Planas reescribió esta obra[19], cambiando varios nombres propios y añadiendo algún breve episodio más y, con el título Mujeres malas, la publicó en la barcelonesa Biblioteca Iris. En el mismo año y colección, editó otra obra casi gemela, Expendedurías de carne humana, que constituye su última incursión en el terreno de la prostitución, dentro del género de la novela corta[20].

Escrita en primera persona, el narrador, recién licenciado de la Legión, llega a Barcelona y encuentra a Adela, una joven prostituta, cuyos padres segovianos la creen sirviendo y a los que todos los meses gira cincuenta pesetas, presunto fruto de su trabajo como criada, ocupación que hubo de abandonar por el asalto sexual del hijo de la casa, que luego la acusó a de ladrona. El narrador le ofrece dinero pero ella insiste en que vaya con ella al burdel, donde Doña Santa es como una madre con sus pupilas. Adela recibe carta de su casa, comunicándole que la madre tiene cataratas pero quedará ciega porque no poseen los cincuenta duros que cuesta la operación. El narrador se las entrega y doña Santa le otorga el derecho a pasar diez noches con ella. Se intercalan historias de doña Santa y las otras dos pupilas de la casa, la Canina, que ama a los perros y la Espronceda, que recita la “Desesperación”. El narrador evita en las Ramblas el atropello de un perro y un duque alaba su conducta y le entrega su tarjeta. Con ánimo de redimir a Adela, la pareja juega a la lotería sin éxito, con lo que deciden visitar al duque que le ofrece el puesto de chófer. Así pueden casarse y visitar en Segovia a visitar a los padres de Adela. 

Es, pues, Vidal y Planas el autor en el que lo erótico alcanza sus más altas cimas de tremendismo pero, a la vez, de cursilería. En los años treinta España estaba cambiando celéricamente y el gerundense se aferraba a las obsesiones y tópicos con los que había conseguido el éxito, contra el que ya le había advertido con clarividencia el poeta y crítico Enrique de Mesa, tras el estreno de Santa Isabel de Ceres:

«El señor Vidal, en quien se aprecia latente una aprovechable trepidación de entusiasmo, debe limpiarse y purificarse de esa miseria seudoliteraria que le come en sus primeros y mejores impulsos; debe ser comensal de mesas mejor servidas; y ya que no le sean asequibles los niveles de la de Horacio, no se nutra exclusivamente con el regojo de las desdichadas mesas de algunos maestros hebdomadarios. Viva y observe, sin dejarse seducir por el engañoso espejuelo de la mala literatura. Y sobre todo, no concurra a los “bajos fondos” llevando bajo el brazo la consabida novela de “amor, de dolor y de vicio”. Recorra en sus andanzas todos los lugares, e identifíquese con todos los ambientes; pero al tornarse al apartamiento del hogar, a modo de contraste y purificadora enseñanza, tome en sus manos (…) La Celestina (…), rica en sustancia de humanidad, almáciga de seres vivos y no de vagos fantasmas, realidad entreverada de trapazas de picardía y de idealidad de amor, burlona y trágica» [21].

En suma, Vidal y Planas, pese a moverse en círculos más o menos intelectuales y tener amigos y valedores entre críticos estimables, aparece como un autor más cercano a la subliteratura que a otra cosa, aunque en alguna de las novelas carcelarias de la primera época alcanzase más altos registros.

En la época en que Alfonso Vidal y Planas publica las últimas novelas citadas, la II República se había proclamado en España. Mucho se ha escrito acerca de las contradicciones entre unas élites inscritas en las vanguardias culturales europeas, una ciencia cada vez más pujante, especialmente en los ámbitos de la Medicina y la Biología, frente a un pueblo sumido en gran parte en la ignorancia y la miseria y una aristocracia y clero de tintes claramente preindustriales. El Baroja tremendista de las novelas de La lucha por la vida no era un sádico complacido en escarbar en los aspectos más turbios de la realidad sino alguien que vivía de cerca el submundo del proletariado suburbial madrileño. Tampoco en los años treinta, el Sender de 7 domingos rojos inventa la normalidad de la tortura en comisarías y cuartelillos ni la terrible violencia contra un pueblo muerto de hambre en Viaje a la aldea del crimen. Tampoco Buñuel hace ficción en Tierra sin pan sino que, treinta años más tarde, la tierra y los hombres que describe no han variado un ápice, como se verifica en Caminando por la Hurdes de Ferres y López Salinas. Eugenio Noel puede reeditar en el número 149 de la revista Novelas y Cuentos, Las capeas (1931)[22] su brutal bosquejo de la España taurina porque, desde su publicación en 1915, nada ha variado y la sangre sigue ensuciando los alberos, la imagen de España y las conciencias de los españoles que piensan o sienten, como seguirá sucediendo tres cuartos de siglo más tarde.

Sería exagerado calificar al tremendismo como un rasgo específicamente español –la historia universal no permite tal optimismo- pero no el afirmar que fue consustancial a la vida española durante siglos. La Guerra Civil y sus secuelas pondrían la firma a esta triste constatación.

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NOTAS

 [1] “Entrevista con Azorín, bibliotecario”. Boletín de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas nº 17, 1-I/28-II-1954,  p. 10.

[2] Pura Fernández, Eduardo López Bago y el naturalismo radical: la novela y el mercado literario en el siglo XIX, Amsterdam & Atlanta, GA: Rodopi,1995.

[3] Yvan Lissorgues, “La expresión del erotismo en la novela naturalista española del siglo XIX: del eufemismo al tremendismo” Revista Hispánica Moderna, Hispanic Institute, New York, Columbia, University, 1997, pp. 37-47

[4] Rafael Cansinos-Assens, La nueva literatura II. Las escuelas literarias, Madrid, Páez, 1925, p. 37.

[5] El primer número apareció el 6 de noviembre de 1898 y Zamacois conservó su puesto de director hasta el número 168 (principios de 1902) en que fue sustituido por Félix Limendoux aunque continuó como redactor.

[6] Claire-Nicolle Robin, “Eduardo Zamacois o La fiesta del cuerpo” en El cortejo de Afrodita. Ensayos sobre literatura y erotismo (Ed. de Antonio Cruz Casado), Málaga, Analecta Malacitana, 1997, p. 226.

[7] V. los estudios de María del Carmen Alfonso García y Begoña Sáez Martínez.

[8] El lesbianismo aparece con alguna frecuencia en la literatura breve de los años veinte, por citar otro ejemplo, en la novela de Guillermo Díaz Caneja, Una realidad escabrosa (La Novela Corta 387, 5-V-1923), don Cirilo que teme que su sobrino Jorge tenga amores con su joven esposa, de la que estuvo enamorado, la espía y comprueba que con quien se relaciona sexualmente es con la doncella: “¡¡esto es horrible pero más horrible hubiera sido lo otro!!”, se dice para sí. Como observa Mogin-Martin, “…tenía miedo de que su mujer lo engañara de verdad, es decir, con un hombre. Esto equivale a negarle a la relación entre mujeres a dimensión de auténtica relación sexual” (VV. AA., 1986, 123).

[9] “… en una ocasión arrancó de un mordisco un pedazo de belfo a un mulo, que se negaba a cruzar una zanja”. Acciones como esta son habituales pero extraídas de la estricta realidad. Eugenio Noel, que tanto frecuentó el trato con arrieros, describe en sus páginas muchos episodios como este.

[10] En Clavel de puñales, un personaje con su mismo nombre, queda embarazada del amo que, como en la novela precedente, tiene una mujer baldada. Como no se atreve a acusarlo, culpa al hijo, que, por respeto al padre y lástima de la madre, tampoco se atreve a desmentirla.

[11] En cuentos como “La bestia”, “La niña débil” o, sobre todo, “En la zona de sombra” (Uva de ARAGÓN, pp. 58-63 y, también FERNÁNDEZ DE LA TORRIENTE).

[12] Abel de la Cruz, personaje medio loco, medio místico, obsesionado con la redención de prostitutas y trasunto del propio Vidal y Planas con algunos rasgos de Cristo, asoma por primera vez en Tristezas de la cárcel (Confesiones de Abel de la Cruz), Madrid, Juan Pueyo, 1917 y, hasta los años treinta, reaparece en numerosas ocasiones en la obra del autor.

[13] Según Cansinos, fue Muñoz Seca quien le sugirió la idea de teatralizar la obra. Fue estrenada en el Teatro Cervantes de Sevilla el 7 de octubre de 1921 y, en el madrileño teatro Eslava, el 9 de enero de 1922.

[14] Entre la bohemia desastrada, “pirueta” era una habilidad o recurso para obtener dinero mediante el sablazo, la picaresca o cualquier otro procedimiento.

[15] Debió de ser publicada precipitadamente. En la portada figura el título Carmen Expósito pero, en la novelilla, la protagonista es Mercedes. También figura en algunos lugares con el título Cabaret El Averno, título que encabeza la primera página del texto.

[16] Cuatro días en el infierno, Los locos de la calle, La tragedia de Cornelio, Papeles de un loco, Los amantes de Cuenca, La gloria de Santa Irene (Sol de milagro), Malpica el acusador, ¡La  voz que ha salido ahora!, ¡Le pasa a cualquiera!, El ángel del portal y La santa desconocida.

[17] En los prólogos y entrevistas que suelen anteceder a los textos de La Novela de Hoy, su editor Artemio Precioso, busca, de todos los modos posibles, justificar y disculpar al penado.

[18] Fue objeto de las iras de Vidal y Planas en su novela Malpica el acusador, (La Novela de Hoy nº 154, 24-IV-1925) y autor de una interesante obrita sobre el asunto, La muerte de Luis Antón del Olmet, Madrid, Imprenta de Juan Pueyo, s. f. (1924).

[19] Que, a su vez, tiene muchas coincidencias argumentales y temáticas con La casa de Pepita, antes comentada.

[20] Todavía en 1933 estrenó en el madrileño teatro Cervantes, Las niñas de doña Santa, adaptación de Expendedurías de carne humana, donde vuelven a aparecer episodios, temas y obsesiones de  obras anteriores. Hay edición en La Farsa nº 31, Madrid, 13-I-1934.

[21] Cosmopólis nº 37, enero 1922, p. 74.

[22] Se publicó también en 1923 y 1952.

                                                       RESUMEN

Naturalismo y modernismo se funden en las ficciones de las Novela Corta, dando lugar a peculiares manifestaciones de tremendismo y erotismo, vinculadas a un contexto social en el que desigualdades sociales, represión sexual, prostitución, marginación de la mujer y violencia son vectores determinantes. Pese al cambio de costumbres deparado por el cambio de siglo y la II República, el tremendismo, con los matices que se quiera, seguirá siendo  consustancial a la vida española hasta más allá de la posguerra.

-El tremendismo en la literatura española.

-Naturalismo y tremendismo.

-La Novela Corta.

-Hedonismo, prostitución y violencia.

-El caso de Vidal y Planas.

-Pervivencia del tremendismo en la vida española.

                                        

    ABSTRACT

 Naturalism and modernism merge in the fiction of the Short Novel, leading to peculiar manifestations of tremendismo and eroticism, linked to a social context in which social inequalities, sexual repression, prostitution, marginalization of women and violence are crucial dimensions.

 Despite the change of habits brought by the new Century and the Second Republic, tremendismo, with its nuances, will remain integral to the Spanish way of life beyond the war.

 Tremendismo in Spanish literature.

– Naturalism and tremendismo

– The Short Novel.

– Hedonism, Prostitution and Violence.

– The Case of Vidal and Planas.

– Survival of tremendismo in Spanish life

                

(Publicado en Aragón desgajado. Los exilios republicanos de 1939 (Ed. Alberto Sabio), Zaragoza, Doce-Robles-Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2020, pp. 115-132).                                          

Siempre personaje a desmano, fuera de foco, sin asumir protagonismo por razones, en una parte, sí, debidas a la coyuntura y, en otra, a su propia personalidad modesta y esquiva, el caso de esta intelectual nacida en Zumaya resulta bastante atípico, por más que en todos los exilios abunden las situaciones personales insólitas. Más que por su propia obra, su nombre ha sido citado por ser la segunda mujer del narrador aragonés José Ruiz Borau, a quien prestó el apellido con el que fue conocido como escritor, José Ramón Arana. María Dolores estuvo, en cambio, en el centro de hechos tan significativos como fueron las vanguardias poéticas en Aragón o las trastiendas de la Guerra Civil y del exilio mexicano. Además de que el segundo de sus hijos, Federico Ruiz Arana, conocido como Federico Arana, es uno de los personajes más interesantes del México contemporáneo en su multiforme condición de fundador del rock mexicano, historiador del mismo, importante biólogo, novelista, dibujante, estudioso de la lengua…

Efectivamente, María Dolores Arana –en adelante MDA- fue una perfecta desconocida en el ámbito cultural español y no sólo por su condición de mujer, como la moda cultural pretenderá privilegiar, sino porque la única publicación aparecida en su país fue un breve libro poético editado en una colección marginal poco antes de la guerra y, después, los escenarios bélicos y del exilio no fueron los más adecuados para el desarrollo de su evidente vocación intelectual.

Fue José Enrique Asenjo el primero que se refirió a ella en su libro Estrategias vanguardistas (1990), al estudiar la poesía aragonesa de este cariz, tardía y no de primera fila[1]. Al calor de la revista Noreste y de su fundador Tomás Seral y Casas, el más dotado de este círculo, MDA pudo publicar –desconocemos en qué circunstancias- Canciones en azul  (1935), editado como número 2 de la colección Cuadernos de Cierzo[2], dependiente de la citada revista, que en su número 10,  correspondiente a la primavera de dicho año, publicó una breve reseña del poemario debida al mismo Tomás Seral y Casas. El libro llevaba un retrato a plumilla de la autora dibujado por Federico Comps[3] (1915-1936), prometedor artista zaragozano fusilado al inicio de la guerra, y ornamentación de Mariano Gaspar Gracián[4]. Juan Manuel Bonet dedicó unas breves líneas a la autora en su Diccionario de las vanguardias en España[5], Ángel Pariente la incluyó en su diccionario bibliográfico[6] y yo mismo, con ocasión de editar la poesía de José Ramón Arana, publiqué varios textos sobre ella[7]. Finalmente, en 2018, Mar Trallero[8] presentó su tesis doctoral sobre la autora en un meritorio trabajo de investigación donde no sólo indaga en las circunstancias biográficas de MDA sino que rescata un buen número de artículos, fragmentos de su epistolario y el librito Arrio y su querella. Evidentemente, numerosos datos de este artículo se deben a su indagación. Como no podía ser de otra manera, dado el olvido en el que estaba sumida su figura, Trallero ha reunido muchas noticias y hechos desconocidos acerca de esta autora pero para nada ha variado la posición excéntrica y guadianesca de MDA, casi desconocida hasta la aparición de los trabajos aludidos. Otra importante fuente son los dos textos memorísticos en los que su hijo Federico se refiere a la figura de su madre[9].

Es Federico quien, con el desenfadado estilo que lo caracteriza, se refiere al opresivo ambiente de su casa vasca en el que los curas asumen un protagonismo casi absoluto, del que Dolores tratará de escapar en cuanto tenga posibilidad de hacerlo.

Dolores había nacido el 24 de julio de 1910 en Zumaya, pueblo costero y guipuzcoano, y fue el primer fruto del matrimonio de Victoriano Arana, un funcionario de aduanas y Remedios Ilarduya, a la sazón, típica madre vasca de acendrada religiosidad. Después llegarían otros ocho hermanos. Trabajadora y de mente despejada, tras cursar la enseñanza secundaria en las Escuelas Francesas, lo que le permitió manejar perfectamente el idioma del país vecino, realizó estudios de piano y Magisterio, dos de las típicas carreras femeninas en la época,  pero también preparó la oposición para el cuerpo pericial de Aduanas que, finalmente, obtuvo poco antes de estallar la guerra. Junto a ello, en una provincia como Guipúzcoa, por entonces con tan escasas posibilidades culturales, se inscribió en el Ateneo Guipuzcoano y, más tarde, colaboró con el grupo Amigos del Arte GU, fundado en 1934, lo que le permitiría alguna relación con los movimientos de vanguardia. Sabemos también que tuvo contactos en Madrid, Zaragoza y Barcelona y es posible que llegara a vivir unos meses en alguna de estas ciudades, pero no tenemos evidencia de ello. Posteriormente, ella habló de un novio que tuvo en Barcelona pero debió de ser a distancia o tratarse de un asunto episódico. Parece que también intentó estudiar Filosofía y Letras pero la guerra debió de frustrar su intención.

Por otra parte, su padre, Victoriano Arana, que desde 1931 ocupaba el puesto de inspector de almacenes en la aduana de Irún, fue trasladado a Canfranc[10] como administrador de la Aduana, al parecer, -consecuente con sus ideas pero no con su función- por haber retenido un envío de armas para el Gobierno republicano. Según su hijo Federico, Dolores pasaría más de un año y pico en dicha localidad altoaragonesa[11], lo que podría explicar la relación de Dolores con Zaragoza.

De cualquier modo, en el número 7 de la revista Noreste[12], fechado en el verano de 1934, MDA había publicado un breve poema, “Resaca”, nueve versos trisílabos con rima asonante[13], que sería su primera manifestación literaria conocida[14]. En el número 9 fueron seis canciones, también muy breves (29 versos), con el aviso de que pertenecían al libro Canciones en azul, que aparecería próximamente en Cuadernos de Poesía de Ediciones Cierzo. Efectivamente, en la tercera página del número 10 de Noreste, dedicado íntegramente a mujeres, Tomás Seral y Casas, con el seudónimo de Altazor, publicaba la reseña del libro, muy positiva, en la que, entre otras cosas, escribía:

María Dolores Arana, ibérica-neolatina, se revela en cuanto puede, por gracia de su formación plural y densa, contra esta que podríamos llamar involuntaria españolidad morfológica, y acorda su latido emocional a ritmos universos y durables, manifestándose espontánea y decidida en nuestro mundo poético (…) se nos muestra (…) sencilla, despreocupada y antipreceptista. De este desentendimiento de la técnica (…) nace la esencial y primordialísima gracia de sus canciones, que sin recursos ni trucos de ninguna especie, ofrecen en ocasiones una calidad lírica excepcional.

Tomás Seral termina proclamando “la evidencia de que una poetisa de vena purísima y porvenir envidiable acaba de nacer”.

Serrano Asenjo y María del Mar Trallero comentan en sus textos el poemario, que, aparte de sus características formales, muy en la línea del neopopularismo, entonces en boga, revela un manifiesto rechazo e incomodidad con la realidad y, por consiguiente, la búsqueda de un mundo más puro, exento de complicaciones y dificultades. Al fin, un deseo de integración con la naturaleza, tema, sobre todo desde Bécquer, tan frecuentado por la poesía española.

El 3 de abril de 1936 se publica en el Boletín Oficial del Estado el nombramiento de María Dolores, como auxiliar en la aduana de Irún, donde había trabajado su padre. Poco o nada sabemos de ella hasta que se cruza en su peripecia José Ruiz Borau, un sindicalista de la UGT[15], que todavía no ha pasado de escritor aficionado –unos cuantos poemas en la revista zaragozana La Pluma Aragonesa (1926)[16]– pero que ha ocupado cargos políticos y está casado y con seis hijos.

 Ante el asedio del ejército de Franco, MDA debió de abandonar su puesto de trabajo en agosto de 1936[17], ya que las siguientes noticias nos la muestran ocupada en la organización del tan glosado II Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura[18] y, poco después, en trabajos administrativos en Caspe, sede del Consejo de Aragón, donde se encontraría con José Ruiz Borau, quien iba a ser su compañero durante casi dos décadas, para terminar oficiando como su secretaria y amante. Es posible que se hubieran conocido antes en Zaragoza pero, de momento, no hay ninguna evidencia. Ruiz Borau ocupaba el puesto de consejero de Obras Públicas y, una vez disuelto el Consejo en 1937, pasó a ejercer funciones para el S.I.M. (Servicio de Información Militar), principalmente en Barcelona. Al producirse el alzamiento militar, José, con un notable pasado sindicalista, pudo salvarse casi milagrosamente de la represión que se cebó con los izquierdistas zaragozanos, escapando a Monegrillo, de donde era originaria su mujer que, con los hijos, pasaba el verano en su pueblo. Porque, efectivamente, cuando comienza la convivencia de José con Dolores, él dejaba mujer, cinco hijos y una hija en camino[19]. José aparcó la familia en Monistrol para alejarla de los bombardeos que sufría Barcelona y parece que para algo más. No volvería a tener relación con ellos.

Este tipo de historias no fueron infrecuentes en la emigración laboral hacia América durante las anteriores décadas y mucho menos en el exilio político. Resultan más chocantes en alguien como el futuro escritor, cuyas obras y actitudes personales casi siempre estuvieron presididas por una entereza ética. Sea como fuere, parece que Ruiz Borau no volvió a tener relación personal ni económica con su primera familia[20] y, en cambio, formó otra con Dolores, que, como él, fue destinada a Barcelona, en su puesto de funcionaria de aduanas, durante los últimos meses de 1937.  Sabemos que, desde entonces, sus destinos quedan ligados. Desconocemos las vicisitudes del trabajo de Ruiz Borau para el S.I.M., entonces ya controlado por el Partido Comunista, del que pronto abominaría[21]. Cuando se le encomienda una labor de contraespionaje en Bayona, nido de agentes de los bandos enfrentados, Dolores queda en Barcelona. Es cuando él se hace pasar por su hermano y, para disfrazar su verdadera identidad, toma el apellido Arana[22], que ya no abandonaría y con el que firmaría sus futuras obras[23].

Cuando cae Cataluña, MDA se reúne con él en Bayona y pronto quedará embarazada[24]. La pareja ya no volvería a España. A José se le interna en el campo de concentración de Gurs, donde Dolores lo visita en alguna ocasión, fingiéndose hermana. Según su propio testimonio, José consigue abandonar el campo saliendo con naturalidad por la puerta, aunque quepan otras versiones. Desde entonces, y con los nazis a la vista, van a intentar abandonar el país por todos los medios. Principalmente,  fue la cuáquera Margaret Palmer quien ocupó toda su energía en ayudarles a ello, aunque también MDA ha de vender el libro de Federico García Lorca, que posee autografiado para conseguir fondos.

Pareja e hijo zarparon desde Marsella el 18 de febrero de 1941 y el viaje, del que no tenemos sino noticias aisladas, parece que  fue accidentado. Incluso, el buque hubo de ser reparado en La Martinica, donde Dolores se interesaría por el vudú y los zombis, asunto  que reaparecería en el último de sus libros. Parece que arribaron a Santo Domingo, capital de la República Dominicana, entonces bajo la égida de Trujillo, en la primavera de 1941. Allí permanecieron hasta finales de agosto. Tras otra escala en Cuba, desembarcaron en Veracruz a mediados de octubre de 1941. La travesía había durado ocho meses y la situación económica de la pareja era casi desesperada, pese a lo cual engendran al segundo de sus hijos, Federico, que nacería el 26 de noviembre de 1942. Los nombres de los hermanos fueron debidos a la admiración que ambos progenitores sentían por Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca.

Las demandas de ayuda económica de José Ruiz Borau, como militante del PSOE, a su partido caen en saco roto. Además, hay un informe de Paulino Romero Almaraz, Comisario General de Orden Público en Cataluña, durante la guerra, en el que se le tilda de comunista. Él se defiende con los apoyos de tres cargos socialistas pero no recibe ayuda alguna. Sin embargo, aún quedan fuerzas para la publicación de Ancla, un libro de poemas editado modestísimamente, que María Dolores había copiado e ilustrado[25]. A partir de ahí, las actividades de supervivencia van a corresponder a los dos miembros de la pareja. Él se dedicará fundamentalmente a la venta ambulante de libros, actividad tan bien e irónicamente descrita en La librería de Arana de Simón Otaola, y ella, a un sinfín de actividades, todas mal remuneradas, como las clases particulares, las traducciones, la fabricación artesanal de perfume, jabón, muñecas[26]… Sin embargo, la vocación literaria de ambos no decae, pese a la dificultad de los tiempos y los dos hijos pequeños, que MDA ha de criar y atender. En 1943, quien ya firma José Ramón Arana consigue sacar adelante una revista, Aragón[27], en la que colaborarán los amigos y cercanos citados en el libro de Otaola y,  también, la propia Dolores, que mantendrá una sección fija, “Libros viejos y nuevos”, y alguna otra colaboración suelta en los cinco números que, con grandes dificultades, lograron sacar a la calle.

Las Españas (1946-1956) fue otra revista de mayor aliento que JRA y su amigo Manuel Andújar consiguieron poner en marcha y que resultaría al cabo la más significativa de las publicaciones periódicas de exilio. En ella publicó Dolores frecuentemente artículos y creación. En este último apartado, destaca “Kresala”, un cuento de ambiente vasco publicado en el número inicial de la publicación, con el que la autora retoma sus orígenes.  Mar Trallero, que lo contextualiza y analiza con rigor, lo  califica como  “primer y único cuento publicado de idealización vascongada”. En efecto, como una suerte de reconciliación con sus orígenes y, quizá, como un guiño a su familia de la que las circunstancias la habían distanciado[28], este regreso espiritual a la tierra nativa, significó la recuperación de un arraigo ratificado por sus escritos  en una modesta revista, El Bidasoa mexicano (1951-1961), restringida a colaboradores que hubieran tenido relación con los ámbitos guipuzcoanos. De igual manera, posteriormente, colaboró en Euzko Lurra (1956-1975), revista en la órbita del Partido Nacionalista Vasco, editada en Buenos Aires. Es tan comprensible como significativa la reafirmación y vuelta a los orígenes en buena parte de los escritores del exilio, especialmente, cuando este se prolonga sine die. Unos meses antes de la aparición de Las Españas, había sido sobreseído en España el expediente que, al finalizar la guerra, se le incoó a Dolores por sus responsabilidades políticas.

Más difícil es dilucidar cuáles fueron las formas de colaboración en la obra de su compañero, que, indudablemente, las hubo, desde la transcripción y ornamentación de los poemas que él publicaría tan precariamente en el exilio[29].  Sí que tradujo artículos para Crisol, revista por suscripción que José Ramón vendía ambulantemente, y que no era sino el Reader’s Digest en versión mexicana. Aunque siempre haya que desconfiar de los testimonios orales, Mar Trallero aporta una entrevista con Coro, una de las hermanas de Dolores, y registra que, al final de la misma, intervino Lourdes Echevarría, presente en ella, para contar como, en uno de los viajes que MDA realizó a España en la última parte de su vida, “colaboró con su marido en los escritos que él hacía, cómo ella escribía y firmaba él, lo mucho que escribió en México” (329).

Con prólogo de su gran amiga y confidente, Concha Méndez, tan decisiva en tantos momentos de su vida, dieciocho años después de su primer libro, Dolores publicaría su segundo poemario, Árbol de sueños (1953), con 23 poemas de tono popular y ligero, que no mejoraría el anterior.  La soledad, la insatisfacción y el  fracaso son los ejes sobre los que giran las pulsiones anímicas que inspiran la breve obra. Su autora ha sobrepasado cumplidamente los cuarenta años, sus hijos han llegado a la adolescencia y ya está distanciada de su compañero. Ni el exilio ni la precaria situación económica llevan visos de desaparecer. Sobre todos estos extremos, se encuentran soterradas referencias en los versos de Dolores. Incluso pueden advertirse síntomas de algo parecido a una depresión, si es que en los tiempos difíciles, quienes los padecen pueden permitírselo. Por su parte, la escritura denota cierta falta de chispa y originalidad.

Trallero encuentra en el libro un considerable influjo de Cernuda, ya acogido en la casa de Concha Méndez con generosidad, que su huésped no siempre correspondería. Sin embargo, y aunque en Árbol de sueños puedan espigarse rasgos estilísticos del poeta sevillano, su tono convencional lo aleja de la intensidad y la tan expresiva originalidad formal del maestro.

Sería este segundo libro de MDA el último de los suyos en lo que se refiere a literatura creativa. Si habían pasado 18 años desde el primero que publicó, ahora transcurrirían 13 hasta que publicara el tercero y 21 entre éste y el cuarto y postrero, su ensayo sobre el vudú y los zombis.

Por entonces, la relación de Dolores con José se había ya deteriorado. Suponemos que la causa principal fue la entrada en la vida del narrador de Elvira Godás (1917-2015), maestra leridana que en el exilio mexicano había enviudado y, después, se había casado de nuevo y divorciado. Tanto para Elvira como para José -al que, al parecer, había conocido durante la guerra- fue, pues, su tercera relación de convivencia. Debieron de comenzar a verse a principios de la década de los cincuenta y, aunque durante un tiempo llevaron la relación en secreto, se casaron a finales de 1956[30]. Su hijo, Miguel Veturián[31], vino al mundo tres años más tarde.

Se comprende el impacto emocional que el hecho suscitaría en MDA, que, desde entonces, se dedicó con más intensidad al periodismo y a la crítica literaria y también a la de arte, en gran parte a través de los oficios de Concha Méndez, a la que había conocido en España, y con la que volvió a coincidir en Cuba y México hasta convertirse en grandes amigas y confidentes. También Concha se había separado de su marido, Manuel Altolaguirre, que, en 1944 la sustituyó por una heredera cubana, aunque siguieron colaborando. Así, Concha proporcionó  trabajo a María Dolores como institutriz en su casa y entró en contacto con Luis Cernuda, alojado allí por la aludida generosidad de Concha desde 1953 hasta su muerte.

Fue el poeta que, contra lo que era habitual en él, tuvo buena onda con Dolores, quien le proporcionó colaboraciones en España. Caracola[32], revista malagueña de poesía, dirigida por José Luis Estrada, decidió homenajear a Manuel Altolaguirre tras su muerte y la de su segunda mujer, María Luisa Gómez Mena, a resultas del  accidente automovilístico que tuvo lugar en Cubo de Bureba (Burgos) el 23 de julio de 1959[33]. El secretario de la publicación, Bernabé Fernández Canivell, convenció a Cernuda para que se encargase de seleccionar los colaboradores y él contó con MDA, quien distaba mucho de confiar en su propia poesía. No obstante, aportó un poema, “En la muerte de Manuel Altolaguirre”, ciertamente diferente a los de sus libros publicados.

Más importantes fueron los diecisiete artículos que, también a través de Luis Cernuda[34], MDA envió a Papeles de Son Armadans, la excelente revista literaria que, entre 1956 y 1979, Camilo José Cela dirigiera desde su casa de Palma de Mallorca. Dolores conocía y admiraba la obra del narrador gallego, quien le propuso diese a conocer, sobre todo, la literatura mexicana que se estaba publicando y de la que llegaban escasas noticias a España. Ello provocó una interesante correspondencia entre el editor y la articulista, parte de la cual ha dado a conocer Mar Trallero, tras consultarla en la Fundación que creara el Premio Nobel. Los artículos de MDA aparecieron entre los números 61 y 245, publicados entre 1961 y 1976[35].

A pesar de que estas colaboraciones literarias proporcionarían a Dolores algo del escaso prestigio que depara el cultivo de las letras, no eran retribuidas, por lo que tuvo que buscar en la prensa mexicana otro tipo de contribuciones periodísticas más alimenticias. Su hijo Federico aduce que, a principios de los años sesenta, impartía ocho horas de clase diarias y dejaba el fin de semana para las colaboraciones periodísticas. Además, solía leer tres o cuatro libros a la semana para la realización de sus reseñas. En todo caso, y con los  hijos criados, resultaba esta una actividad más llevadera que la padecida en décadas anteriores. Por otra parte, desde la separación, había tenido más libertad para fortalecer tanto las relaciones con nuevos elementos del exilio, distintos de los que frecuentaba su marido, como con otros estamentos de la cultura mexicana[36], de lo que dará cuenta en sus colaboraciones en la prensa, cada vez más habituales. Así, su firma estará  en diversas revistas mexicanas que aliviarán su situación económica: Nivel, Kena (revista femenina), El Rehilete (desde 1969), Revista de América, donde publica entrevistas a partir de 1967, con el seudónimo de María Danara, y otras[37].

De 1966 es su tercer libro, Arrio y su querella, de tan solo 64 páginas y editado en una colección de cuadernos culturales de educación popular, “El hombre en su historia”,  promovida por el gobierno y que, pese a su brevedad, es su libro más consistente. La historia y el contexto del fundador de arrianismo es expuesta con gran acopio de información pero también con claridad, amenidad y capacidad sintética. La herejía antitrinitaria de Arrio (S. III y IV d. C.) fue condenada en el Concilio de Nicea en el año 325 pero no desapareció sino que la doctrina fue sucesivamente reivindicada y denostada hasta su desaparición y olvido. Como recordarán los estudiantes de los planes antiguos, el arrianismo fue la religión de los vándalos y de varios reyes visigodos hasta la conversión de Recaredo I al catolicismo, lo que supuso la unidad religiosa, al menos a nivel oficial, de la Península Ibérica[38].

Tuvo que llegar el final de la década de los setenta para que María Dolores consiguiera un empleo fijo y aceptablemente remunerado a una edad en que la mayoría se encuentra al borde de la jubilación[39]. Primero fue su amiga, Ifigenia Navarrete quien la recomendó para impartir un taller de redacción en la Facultad de Economía de la UNAM, lo que deparó que fuera llamada por la Secretaría de Gobernación para contratarla como correctora de estilo. Allí fue muy apreciada, participó incluso en la redacción de discursos oficiales y se le ofrecieron distintos aumentos de sueldo y ascensos. Ella, en cambio, no dio ninguna importancia a su trabajo y lo compaginó con el periodismo y otras actividades:

(…) en sus ratos libres era tesorera de la Asociación de Escritores de México, colaboradora de diferentes periódicos y revistas, mentora de cuantos jóvenes interesados en la literatura se acercaran a ella, así como correctora de estilos de todo lo engendrado por las múltiples literatas abonadas a sus enseñanzas y de las tesis de los hijos de sus numerosas amistades. Encima, cuando se libraba de caer enferma en vacaciones, se aplicaba a pintar la casa o reparar lo que se terciara[40].

La situación de MDA mejoró, pues, en sus últimos años pudo visitar España, no sin esperar a la muerte de Franco, la obsesión de tantos exiliados. Lo hizo en el verano de 1976, acompañada de su hijo Juan Ramón y su mujer. Volvió en 1987 y en ambas ocasiones disfrutó de su familia y de su añorado País Vasco, en situación tan diferente a la que ella había vivido.

El último de los libros de la autora, Zombies. El misterio de los muertos vivientes, llegaría en 1987 para culminar una curiosa trayectoria de 4 libros en 52 años: dos de poesía y otros dos de ensayos acerca de temas ciertamente distantes entre sí. Quizá el editor quiso aprovechar la moda desatada desde el estreno del film de George A. Romero, La noche de los muertos vivientes (1968), que no ha hecho sino incrementarse. Como se dijo, la curiosidad intelectual de MDA le había llevado a interesarse por los ritos del vudú durante su estancia en La Martinica, que luego completó con otras lecturas[41]. No es un libro científico ni tampoco meramente divulgativo pero constituye una eficaz y atenta introducción al tema.

Ya anciana, María Dolores pasó sus últimos años en Hermosilla, capital del estado de Sonora, acogida por su hijo José Ramón. Murió el 5 de abril de 1999. No sabemos que su deceso suscitara algún eco en México y, muchísimo menos, en España. Era la consecuencia natural de la modestia de su carácter, el apartamiento de cualquier grupo cultural o político y las circunstancias económicas y familiares que la rodearon y no le permitieron otra cosa que acogerse a los trabajos domésticos o  intelectuales imprescindibles. Los testimonios de sus hijos y de quienes la trataron insisten siempre en su condición de persona introvertida y humilde, que casi siempre pasaba inadvertida, además de cierta timidez que ella sólo superaba cuando era necesario para la supervivencia.

He aludido a esto último en uno de los adjetivos que contiene el título de este trabajo: “supérstite”, huyendo de la palabra “superviviente”, demasiado dramática, porque María Dolores sobrevivió a un rimero de circunstancias que incrementan el mérito de alguien que, con una obra escasa y prácticamente desconocida, ha logrado no desaparecer, al menos, del ámbito académico.

María Dolores Arana Ilarduya fue supérstite del ambiente de una familia vasca ultraconservadora, lo que no le impidió una notable formación cultural, social y política y, por otra parte, adquirir su independencia civil y laboral.

Lo fue, también, de una más que complicada contienda civil y con unas nefastas consecuencias para su país.

Superó igualmente la terrible situación personal, económica y política del exilio francés con su compañero en un campo de concentración, el nacimiento de su primer hijo, atrapada, como estaba, entre la doble tenaza del franquismo por el sur y el nazismo por el norte.

Supérstite, asimismo, del  largo y peliagudo trayecto naval hasta México con un bebé recién nacido -en el viaje concibió al otro-, acompañada de un hombre que dejaba matrimonio y seis hijos abandonados en España.

De las tan difíciles circunstancias político-económicas del exilio en México con su compañero, abandonado por el PSOE y odiado por los comunistas.

Del abandono de su compañero y padre de sus hijos por otra mujer, cuando ella ya había sobrepasado la cuarentena…

Supérstite, pues, de unas circunstancias que hicieron que abandonara una vocación literaria que, con buenos auspicios, se había iniciado durante la guerra. Bien que esta se reconstituyera, pero desde presupuestos emanados más de la supervivencia que de la creatividad.

Mar Trallero, dado el subtítulo de su tesis “desde una perspectiva feminista”, incide en estos aspectos reflexionando sobre la peculiar y delicada situación de la mujer exiliada, lo que nos permite otorgarle la palabra:

(…) las mujeres acarrearán el peso de la supervivencia, que en muchos casos, y el de los Arana lo es, se convertirá en una cotidianidad lacerante (…) la lucha constante, día a día, para conseguir lo esencial para simplemente sobrevivir se instaura de manera tan permanente, sin encontrar soluciones que ofrezcan treguas reales, que la situación se cronifica y se asume finalmente como un estado cotidiano. Ello no significa que se interiorice el fenómeno como un hecho irremediable, inútil de combatir. Por el contrario, el buscar remedio es precisamente la tarea persistente, diaria, cotidiana (…)  Las mujeres  vivirán  un  exilio  marcado  por  la  postergación  de  los  propios  anhelos, sacrificarán su propia lucha en favor de otras causas, entonces consideradas más importantes o urgentes[42].

La propia Dolores reflexionó en voz alta sobre esta cuestión en una carta a Camilo José Cela en la que vierte duras palabras sobre los exilados españoles en la que se advierte, entre otras cosas, el despecho deparado por la ruptura sentimental:

(…) esta emigración (…) es ya una verdadera cloaca, el estercolero de España. Ahora me ha tocado a mí. Y si un hombre como mi marido es capaz de portarse con la bajeza propia de un ser primario y elemental, él que a todas horas andaba dictando normas de conducta y moral y  llenándose  la boca con esa España digna que  tanto parecía preocuparle como  lo  demuestran  las  editoriales  de  Las  Españas  dígame  qué  harán  los demás[43].

Un exilio desigual, en suma, que ella percibe con claridad y que le hará imbricarse de una manera más sólida con la cultura mexicana independiente del exilio, afincado siempre en las mismas obsesiones.  

De cualquier manera, el dictamen de Federico en sus memorias inculpa principalmente a la educación religiosa recibida por su madre de propiciar esa actitud pasiva y resignada, que la caracterizó en muchos momentos de su vida: 

¿De dónde venía esa tozuda negación y ninguneo de su propio trabajo? Creo que al cabo  de  los  años  he  dado  con  una  respuesta  sostenible:  de  la  religión  o, mejor dicho,  de  la  religiosidad.  Porque  por muy  profana,  anticlerical  y  agnóstica  que fuera, había en ella un poso de religiosidad que le imponía el prejuicio cristiano de que  la mujer  es un  ser  inferior,  episódico, prescindible  y  secundario, un  simple pedazo de hueso con cromosomas XY que por arte de birlibirloque se convirtieron en XX[44].

Siempre la familia y la formación religiosa condicionando las psicología y las conductas de tantas generaciones de españoles tanto en el interior como en el  exilio. Cuando Federico escribía lo que antecede, en España la influencia de la Iglesia, se había reducido muy considerablemente y, quizá, de forma ya irreversible, pese a controlar todavía grandes parcelas de la educación en todos sus niveles. Es probable que si Dolores hubiera llevado a su escritura esta cuestión, que tanto le afectaba íntimamente, hubiera podido contrarrestar parte de esos demonios. No lo hizo, fuera por incapacidad o por las antedichas circunstancias. Sí que tiene el “privilegio” de haber pertenecido y, en cierto modo, fundado, una familia fascinante desde un punto de vista humano y literario.

Desde esta perspectiva, es de considerar el alto número de libros publicados por la familia Ruiz Borau-Arana Ilarduya. A los títulos del novelista y de la propia Dolores –alrededor de quince- habría que añadir los de Federico, polifacética figura de la cultura mexicana, muy mal conocido en España, como ya se comentó, que pueden cifrarse en una veintena de títulos. Si añadimos a Alberto Ruiz-Borau, fruto del primer matrimonio, que comenzó a escribir a edad avanzada, tendríamos, al menos, otros once. Y Miguel Veturián, el hijo que hubo el narrador con Elvira Godás, además de los cuatro poemarios citados, ha dado a las prensas otro tipo de libros relacionados con su profesión de fotógrafo y experto en medicina naturista, hasta totalizar una docena. Es decir, alrededor de 60 títulos entre todos, cifra que los hijos todavía pueden aumentar.

Como la proverbial amacho[45] vasca, María Dolores Arana pastorea su familia, mecanografiando, ilustrando y, según ella misma, a veces escribiendo los textos de su marido, atendiendo todos los asuntos domésticos, incluso, pintura y reparaciones, y aportando  su trabajo para sacar a flote la precaria economía en la que se desenvolvieron durante los primeros lustros de exilio. Seguramente, su obra es menos importante que su presencia en la vida de todos las que la rodearon. Otro caso de generosidad en detrimento de sí misma[46].

                                                                             NOTAS

[1] V. RATIA (2019: 70-93)

[2] Tras el primer número, con autoría de Seral y Casas y el segundo con la de MDA, se editaron tres más debidos a Maruja Falena, José María Vilaseca y Gil Comín Gargallo. La guerra terminó con estas publicaciones.

[3] V. PÉREZ LIZANO (1992: 133-139 y 278-279).

[4] V. GARCÍA GUATAS (2008: 681-700).

[5] BONET (1996: 58).

[6] PARIENTE (2003: 44)

[7] BARREIRO (2005a; 2005b: 91-105; 2010: 103-104).

[8] TRALLERO (2019).

[9] Federico ARANA (2012: 2016).

[10] ABC, 18-V-1935,

[11] Federico ARANA (2016:26). Es sabido que Canfranc y la cercana Jaca eran y son típicos lugares de veraneo de la sociedad zaragozana y oscense. En 1927 se habían establecido en Jaca, la capital altoaragonesa, los cursos de verano de la Universidad de Zaragoza, que fueron los primeros que funcionaron en España, con lo que Jaca recogía temporalmente buena parte de la intelectualidad zaragozana.

[12] Editada por Tomás Seral y Casas, publicó catorce números entre 1932 y 1936 y fue la manifestación más importante del vanguardismo aragonés. Hay edición facsímil: BONET et alia (1995).

[13] Quizá esta curiosidad métrica impulsó al grupo teatral zaragozano “El Silbo Vulnerado” a incluir la recitación de este poema en la obra Vuelve Berta Singerman, en homenaje a la que fue famosísima recitadora argentina. Con guion de Luis Felipe Alegre, director del grupo y estrenada en el Teatro Arbolé de Zaragoza, el 24 de septiembre de 2019, es, probablemente, la primera y única vez que la obra de MDA ha sido llevada al escenario.  

[14] No obstante, Juan Manuel Bonet en su diccionario nos informa, sin aportar fechas, de alguna colaboración juvenil en la barcelonesa Hoja literaria. Trallero nos aclara en su tesis que se trata del número 1, aparecido en octubre de 1935, es decir, poco después, de la aparición de Canciones en azul, y transcribe el poema, de mayor extensión “más surrealista y de expresividad más compleja”, en palabras de la estudiosa.

[15] DÍAZ TORRE (2005: 27-50).

[16] BARREIRO (2005a: 88-89).

[17] Frente a la actitud de su familia, Dolores se identificó desde el inicio de la rebelión militar con el bando republicano.

[18] Actuó como secretaria en el II congreso de la Alianza de intelectuales antifascistas celebrado en Valencia (julio 1937), aunque también hubo sesiones en Barcelona y Madrid. Juan Manuel Bonet escribe: “parece ser que fue secretaria de Amigos de la URSS”. (BONET 1996: 58).

[19] La niña llevaba el mismo nombre de su madre, Mercedes Gracia. Nació en Mequinenza en 1937 y murió en Barcelona el 29 de enero de 1939. Al parecer, el médico dejó de prestarle atención, en plena desbandada de la población ante la toma de la ciudad por el ejército de Franco.

[20] Algunos datos aislados sobre estas relaciones pueden espigarse en las obras de sus hijos, Alberto, primogénito del primer matrimonio, y el citado Federico, segundo de los habidos con Dolores. V. RUIZ BORAU (2001) y Federico ARANA (2012 y 2016). Más datos sobre la relación de José Ruiz Borau con sus hijos del primer matrimonio en QUIÑONES (2016).

[21] Sobre esta cuestión y la consigna seguida por los miembros del PCE de marginar y desprestigiar al antes compañero de viaje hay abundante información anecdótica en las memorias de Federico.

[22] Se le proporciona un documento a nombre de José Arana Alcrudo, natural de San Sebastián y periodista.

[23] El único libro que firmó con su verdadero nombre, hoy prácticamente inencontrable, fue Apuntes de un viaje a la URSS, Barcelona, Ediciones La Polígrafa, 1938. Invitados por el gobierno soviético, en 1937 varios ex miembros del Consejo de Aragón y otros compañeros de viaje –nunca mejor dicho- tuvieron ocasión de experimentar –teledirigidos por guías entrenados para la  propaganda del sistema- las bondades del paraíso comunista, en un tiempo en el que se estaba gestando la mayor de las purgas emprendidas por Stalin, que en este caso alcanzó a los héroes más reputados de la Revolución del 17.

[24] Juan Ramón nacería en Bayona, el 21 de diciembre de 1939.

[25] También parecen de su mano las ilustraciones del manuscrito de Viva y doliente voz, poemario de José Ruiz Borau, que no fue editado en el centenario de su nacimiento. (BARREIRO: 2005a).

[26] Federico ARANA (2016: 27)

[27] Hay edición facsímil, Aragón 1943-1945, con introducción de José Carlos Mainer y Eloy Fernández Clemente, publicada por la Institución Fernando el Católico. Para las actividades de José Ruiz Borau en el exilio. V. también: FERNÁNDEZ CLEMENTE (2005: 51-74).

[28] Victoriano Arana Iturria había fallecido en 1939, cuando Dolores se encontraba en Bayona. Fácil es comprender el impacto simbólico de esta muerte para una hija distanciada y con la imposibilidad de haber acompañado a su padre, tanto en sus últimos días como en sus exequias.

[29] BARREIRO (2005a: 82)

[30] No sabemos si hubo matrimonio con Dolores, antes de llegar a Méjico pero es muy improbable. De haberse casado en el país azteca, hubiera dado lugar a bigamia, ya que la documentación no hubiera hecho posible jurídicamente la boda.

[31] El nombre Veturián es la versión aragonesa de Victoriano y José Ruiz Borau tituló así una de sus primeras narraciones: Veturián, México, Aquelarre, 1951. El hijo de Elvira y José –en realidad Ruiz Godás- también tomó el apellido prestado de su padre para firmar como Miguel Veturián Arana los cuatro libros de poemas que publicara: entre 1976 y 2000. Miguel Veturián ARANA (1976; 1988; 1994; 2000).

[32] Se publicaron 278 números entre 1952 y 1975.

[33] Altolaguirre moriría tres días más tarde en el hospital burgalés de San Juan de Dios.

[34] Uno de los más importantes que MDA escribió, “Sobre Luis Cernuda”, fue publicado en el número 107 de la revista, correspondiente a febrero de 1965. También colaboró, “Para un homenaje”, en el número monográfico que Revista Mexicana de Literatura publicara con motivo de la muerte del poeta en el número correspondiente a enero-febrero de 1964.

[35] Se reproducen en la citada tesis (TRALLERO, 2018: 426-537). V. asimismo, Ángel R. FERNÁNDEZ (1986).

[36] Por citar sendos casos significativos, Emilio Prados y Remedios Varó.

[37] Novedades, El Heraldo, El Nacional, Excelsior, Las Españas, Ruedo Ibérico, Literatura, El rehilete, El Gallo Ilustrado, Mujeres, Revista Mexicana de Literatura…recogen asimismo sus artículos. TRALLERO (2018: 172-180).

[38] Mar Trallero, en su tesis, reproduce fotografiado el ejemplar conservado en el Ateneo Español de México, pp. 538-569

[39] No obstante, en México, hasta la actualidad, profesores y otras actividades liberales pueden ejercer su trabajo hasta los ochenta años e, incluso, más allá.

[40] Federico ARANA (2016: 29-30).

[41] En el texto cita especialmente la obra del prestigioso Wade Davis, etnobotánico y profesor en Harvard, The Serpent and the Rainbow (1986), que debió de leer en inglés.

[42] TRALLERO (2018: 101-102).

[43] Cit. por ibídem  (135)

[44] Federico ARANA (2016: 31).

[45] Era así, como la llamaban familiarmente sus hijos, por deseo de ella. Federico ARANA (2016: 25).

[46] Agradezco a Juan Bautista Arana, sobrino de María Dolores, su siempre generosa disposición para mis consultas.

 

                                                                          OBRAS

Canciones en azul, Zaragoza, Cierzo, Col. Cuadernos de Poesía, 1935.

Árbol de sueños, México, Intercontinental, 1953.

–Arrio y su querella (ensayo), México, Cuadernos de Lectura Popular, 1966.

Zombies. El misterio de los muertos vivientes (ensayo), México, Posada, 1987.

 

                                                   

                                                                           BIBLIOGRAFÍA

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ARANA, Federico (2012), Memorias desclasificadas de un rocanrolero irredento, México, Cuadernos del Financiero.

-, Yomorias, mimorias, memorias (Memorias de un refugacho) (2016), México, Ateneo Español de México.

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ARANA, Miguel Veturián -seudónimo de Miguel Veturián Ruiz Godás- (1976), Zurrón, México, Costa Amic.

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RATIA, Alejandro J. (2019), “Las vanguardias en Augusta. Arte en Sansueña”,  Rolde, 170-171, julio-diciembre 2019, pp. 70-93

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RUIZ-BORAU, Alberto (2001), La piel de la serpiente, Zaragoza, Autor, 2001.

SERRANO ASENJO, José Enrique (1990), Estrategias vanguardistas, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, pp. 81-85.

TRALLERO CORDERO, Mar (2018), María Dolores Arana. El exilio literario republicano de 1939 desde una perspectiva feminista (Tesis doctoral dirigida por Manuel Aznar Soler, presentada en la Universidad Autónoma de Barcelona el 23 de mayo de 2018).

Matrimonio Arana e hijos en la década del cincuenta.

 

 

 

(Publicado en la revista Criaturas saturnianas nº 5, 2º semestre 2006, pp. 161-185, con el título «La palabra oculta de Aragón. José Vicente Torrente»).                                                                                                  

La muerte del novelista oscense, acaecida en Madrid el 11 de julio, a los ochenta y cinco años de su edad, y miembro de la AAE, aconseja detenerse en este tan original y desatendido autor, cuya recepción, a pesar de publicar la mayor parte de sus libros en editoriales conocidas y con buena distribución y de ser un personaje con amplia relevancia social, no se ha correspondido con el valor de su obra, que ocupa más de medio siglo, desde el comienzo de la publicación de su primera novela en octubre de 1942 hasta la última en 1997. Todavía en el año 2000, Clan, la editorial que fundara Seral y Casas, le publicaba Manual del dorado de libros, la única obra editada en España sobre esta disciplina que constituía una de sus más persistentes aficiones.

  Todas las novelas de J. V. Torrente , sólidamente construidas, se caracterizan por su amenidad, por su fácil narrar, por su humor desprejuiciado, acompañado por una prosa precisa, ágil, irónica, vigorosa y expresiva que, como suele suceder con los escritores que privilegian la concentración, tiende al estilo nominal. Lamentablemente, varias de sus obras son difíciles de conseguir porque están agotadas o descatalogadas. Sin embargo, Prensas Universitarias, publicó en 2004 una nueva edición de El país de García, que tuve el placer de realizar, de la que tomo muchos de los datos aquí expuestos y a la que remito al lector que demande información más amplia.

  Perteneciente a una conocida familia, José Vicente Torrente Secorún  había nacido en el Coso Alto de Huesca el 26 de octubre de 1920. Entre los ascendientes de su padre, con solar en la casa Sanz de Angüés, estaban el general Pedro Villacampa, héroe de la guerra de la Independencia, y el brigadier Manuel Villacampa, responsable del fallido intento de proclamar la república en 1886. Por parte de su madre, de familia terrateniente, Torrente era sobrino de Ramón y Cajal, primo del embajador Máximo Cajal, a quien dedicó Los sucesos de Santolaria, y tío de los hermanos artistas, Antonio y Carlos Saura.

  José Vicente tuvo desde niño una enorme afición a la lectura, surtida especialmente por la biblioteca de su abuelo, Nicolás Secorún, en el cercano pueblo de Vicién, donde pasaba los veranos. Otro medio de proporcionarse libros lo encuentra a través de su amigo, José Antonio Llanas, después alcalde de la ciudad durante muchos años, que le facilitaba volúmenes de la biblioteca familiar. 

  Al producirse el alzamiento militar, los hermanos Torrente se hallaban veraneando en Vicién. La rápida actuación de su padre, aprovechando la confusión de los primeros momentos, logró trasladar a sus hijos a Huesca. Allí terminó el bachiller y, con dieciséis años, entró como voluntario en Falange. Por entonces, publicará sus primeras colaboraciones en La Nueva España pero pronto marcharía al frente, como voluntario en el cuerpo de Artillería.

  Acabada la guerra, comienza en Madrid los estudios de Derecho y, con tan sólo veinte años, publica sus  primeras colaboraciones en la revista Vértice. Pronto entra en la Dirección General de Prensa, donde conoció a Cela, al periodista Antonio Valencia y al factótum periodístico de la época, Juan Aparicio. Este le dio ocasión de colaborar en la revista El Español, en la que precisamente Cela dio por primera vez a la luz su Pabellón de reposo. Así, en la última página de esta publicación, Torrente comienza a publicar por entregas, entre el 31 de octubre de 1942 y el 14 de agosto de 1943, la que será su primera novela, IV Grupo del 75-27, en la que recoge sus experiencias bélicas, como era previsible, con abundantes elementos autobiográficos. El argumento nos lleva, -de la mano de Esteban, joven combatiente de rica familia- a través de los momentos dramáticos e intensos vividos en el frente. Al finalizar, Esteban encuentra a su novia, Pilar, ya casada aunque infeliz en su unión. Los tiempos no estaban para fugas, raptos ni adulterios. El joven se despide de ella para siempre y marcha al norte para seguir trabajando por España, ya que la tarea de posguerra es todavía más dura que la de la batalla. Pese a tan socorrido argumento, merece este justo elogio a Maryse Bertrand:

  Relato realista, aunque no se precisen nunca los lugares geográficos, muy distinto de las obras idealizadoras y ensalzadoras de la misma época: aquí, si bien los personajes son soldados del bando nacional, se les ve con sus cualidades y defectos y no se denigra al enemigo. El estilo es preciso, sencillo, sin florituras en la narración y la descripción y a menudo bronco en los diálogos. El conjunto resulta muy interesante y sobre todo muy superior a la novelística española de la guerra de esos primeros años de posguerra.

 En alguno de los fragmentos finales del libro se expresa el sentimiento de desazón e invalidez que acomete en toda posguerra quienes han luchado en los frentes, combinado, tanto con el mensaje de esperanza en la revolución que algunos militantes de falange habían oteado, como con la desilusionada presunción de que, por las circunstancias pasadas y presentes, no iba a ser posible.

  Pero el joven Torrente se estaba especializando en economía y llegaba la necesidad de ganarse la vida, con lo que  la actividad literaria pasó a un segundo plano. Mientras por la noche estudiaba para terminar su licenciatura,  durante el día trabajaba en el periodismo. Fue redactor financiero del diario Pueblo y de la revista Economía Mundial, que había fundado con su primo, José Antonio Torrente. En plena guerra mundial fue enviado por Pueblo a Alemania para realizar varias entrevistas. Entre otros, habló con el ministro de Economía, el director de Ferrocarriles y el presidente del Deutsche Bank. Durante los dos meses que pasó en Alemania, Torrente confesaba que se aburrió mortalmente y no veía la hora de volver.

  Una vez licenciado en Derecho, tras dar clase de Política Económica en la Facultad de Ciencias Económicas, como auxiliar de José María de Areilza, barajó hacer oposiciones a notarías pero, finalmente, decidió su ingreso en la carrera diplomática. Para perfeccionarse en los idiomas indispensables para cursarla, pasó casi un año en Irlanda y unos meses en Bélgica, al tiempo que se publicaba su primer estudio económico, Doble imposición internacional, que era a la vez el primero editado en España sobre la tributación de empresas establecidas en varios países.

   José Vicente Torrente hizo una brillante carrera diplomática que terminó en 1950 con el primer número de su promoción. Por su expediente hubiera podido elegir un destino mucho más cómodo y brillante pero, dado que entonces su situación económica no era muy desahogada, prefirió un puesto en el que los pluses y complementos fueran sustanciosos, con lo que marchó destinado a Puerto Príncipe, capital de Haití, como encargado de Negocios. Desde allí viajó en bastantes ocasiones a la vecina Santo Domingo. Este contacto con la terrible y fascinante realidad humana de las sociedades caribeñas y el conocimiento de sus interioridades le sirvieron como documentación para varias de sus novelas. En 1953 pasó al Consulado de Nueva York y colaboró activamente con la embajada en las negociaciones para los tratados con los Estados Unidos, con lo que, a finales de 1953 y para encargarse de los trámites para aplicar la ayuda norteamericana, fue destinado al Ministerio de Asuntos Exteriores. Hasta su jubilación en 1986 estuvo presente en casi todas las reuniones del convenio con los USA, ya que toda su carrera estuvo vinculada a las cuestiones económicas En la etapa final de su vida diplomática ocupó puestos de gran importancia. Entre 1966 y 1971, estuvo destinado en París como ministro encargado de los asuntos económicos y jefe de la Oficina Comercial, periodo en el que, como reconocimiento a su labor, el gobierno francés le concedió la Legión de Honor. Por sus conocimientos y contactos con el mundo del la prensa, ocupó después  la Dirección General de la Oficina de Información Diplomática, y en 1976 contribuyó decisivamente en la creación de la CEOE. Tras seis años en Madrid, se le dio a elegir entre las embajadas de  varios países, entre ellos China y Venezuela. Torrente se decidió por el país americano y fue embajador en Caracas entre 1977 y 1979, año en el que volvió al Ministerio para desempeñar la Dirección General de Relaciones Económicas Internacionales. En 1982 pasó a dirigir el Organismo de Conferencias Internacionales (OCI). Tras pasar por la  UNTAD (Conferencia de las Naciones Unidas para Comercio y Desarrollo), fue nombrado embajador ante la OCDE. en París, cargo en el que se jubiló en 1986. Su trayectoria diplomática le valió la dignidad vitalicia de Embajador de España.

  En diciembre de 1953, aprovechó su vuelta a Madrid para contraer matrimonio con Ana María Blasco Martínez, con la que tuvo tres hijas pero en la vorágine de su vida  diplomática encontró tiempo para dar a la luz importantes obras sobre economía y para reanudar su interrumpida carrera literaria. Durante ese mismo año había publicado Las relaciones económicas de España con Hispanoamérica y, en 1955, fundado la revista Actualidad Económica. Al año siguiente obtuvo el nombramiento como profesor de Política Económica, Comercial y Técnica en la Escuela Diplomática. En este mismo 1956 apareció su segunda novela, En el cielo nos veremos,  la primera que fue publicada como libro independiente. La obra había sido presentada al Premio Nadal de 1955, compitiendo con otras doscientas cuarenta novelas entre las que se contaban, Bearn o la sala de las muñecas de Lorenzo Villalonga y las de otros autores bien conocidos. En el cielo nos veremos estuvo entre los cinco finalistas y sólo se cayó en la cuarta votación pero, como es sabido,  la premiada fue, El Jarama  de Sánchez Ferlosio, una de las más grandes novelas publicadas durante la dictadura de Franco. El propio editor, José Vergés, manifestó al escritor que era una pena que no se hubiera presentado otro año porque, como premio, consideraba la obra muy vendible. Prueba del aprecio del editor es que éste le publicó tres novelas más en la colección más prestigiosa de Destino, Áncora y Delfín.

  En el cielo nos veremos narra las andanzas americanas y la progresiva degradación moral de Beniter, hijo de una humilde familia habitante de un pueblo oscense que, en principio buscando mudar de estado pero cada vez más cegado por el brillo del dinero, emprende un largo y aventurero periplo que lo lleva desde Francia a los Estados Unidos de América, pasando por Panamá, los países del Caribe y Méjico, para regresar, ya multimillonario, a su lugar natal donde se encuentra con sus identidades y sus fantasmas. La censura prohibió el suicidio con el que el protagonista pone fin a sus desbaratadas andanzas, por lo que hubo que componer un final ejemplar en el que Beniter compensaba, en la medida de lo posible, sus fechorías y su egoísmo a través del testamento. Para defender su obra ante la censura, que tan bien conocía, Torrente sostuvo precisamente que se trataba de una novela picaresca pero el censor retrucó que, como tal, debía tener una enseñanza positiva. Resolvió el asunto incluyendo al final de la obra un testamento redactado, con ayuda de su hermano José Antonio, de profesión notario, y firmado por personajes reales amigos del autor.

  En efecto, el componente picaresco, que será una constante en la narrativa de Torrente desde esta hasta su última novela publicada, aparece aquí no sólo por el carácter y la itinerancia del personaje principal sino sobre todo por el  desparpajo y amargura con el que están trazadas sus andanzas. La novela, a pesar de sus casi trescientas páginas de letra menuda, en ningún momento pierde el interés gracias a lo vibrante de la acción, a lo humano de sus caracteres y al excelente ritmo servido por una prosa siempre precisa, ágil e irónica.

 Inmediatamente, aparece la tercera novela de Torrente, El becerro de oro, basada en la historia real de una familia oscense. De hecho, todos los personajes, exceptuando al concejal buscador de tesoros, son reales. Si en la obra anterior el dinero y la progresiva descomposición en que su acaparamiento sumía al protagonista tenían una importancia fundamental, aquí el afán de acumulación de riquezas por parte de los miembros de una comunidad rural todo lo preside y envenena. El relato, compuesto en forma coral, nos muestra, con una poderosa sensación de verdad, la miseria moral del ambiente de un pueblo, al parecer del Somontano oscense, donde todo se supedita al incremento de patrimonio por parte de las familias más poderosas del lugar mientras un sexo larvado, oscuro y miserable recorre subterráneamente todas las almas. Salvo la figura, un tanto idealizada de Mosén Julio, los personajes rivalizan en ruindad y bajeza. Los matrimonios concertados, el arreglo de cualquier chandrío a cuenta del poder económico y la injusticia omnipresente nos dan un panorama tremendo –y, lamentablemente, hasta no hace tanto tiempo, certero- de la vida rural de la España de posguerra. Excelentemente construida y con una prosa vigorosa y expresiva, la novela se lee con avidez y muestra, dentro de su sujeción a las fórmulas tradicionales, las magníficas cualidades de narrador del ya entonces brillante diplomático.

   Su siguiente novela, Tierra caliente, transcurre en el Caribe y en ella aprovecha sus experiencias personales en Haití  y Santo Domingo, con lo que la ambientación y la sensación de verdad son irrefutables. Aunque se aproxima al modelo de la “novela de dictador”, el protagonista no es “el señor presidente” sino los personajes que en torno a él pululan y las intrigas que a su alrededor se desarrollan. A pesar de que apenas hay referencias espacio- temporales, la acción parece desarrollarse en Haití hacia 1920. Las circunstancias profesionales del novelista tal vez no le permitían ser más explícito y, por otra parte, su intención no parece ser la de pergeñar una novela de denuncia específica sino una narración entretenida que muestre la peculiar forma de gobierno de estas repúblicas. Él mismo reconoció no haber leído hasta entonces Tirano Banderas ni El señor Presidente y que se le ocurrió  porque conocía la historia de Haití y Santo Domingo y a gentes de cuyo patrón sacó fielmente los personajes de la novela. Además, pocos modelos literarios podía tener Torrente a la sazón, porque dicho género se desarrollo sobre todo en las décadas posteriores. Prescindiendo de las dos citadas, únicamente El reino de este mundo (1949) de Alejo Carpentier y Muertes de perro (1958) de Francisco Ayala habían sido editadas antes de la fecha de publicación de la obra (1960) y resultaban bastante menos accesibles que las anteriores.

  La novela constituye una sucesión de escenas y personajes pintorescos entre los que no falta,  como sucede en todas y cada una de sus obras, un oscense, en este caso, Evangelino Cerezo, natural de Tabernas de Isuela y jefe espiritual y social de los Testigos de Jehová del lugar. La narración se apoya sobre todo en el trepidante y expresivo diálogo, en el agilísimo ritmo, en la variedad de tipos a los que, con unos acertados brochazos, se caracteriza psicológicamente y en la calidad de buen narrador de Torrente, que parece no esforzarse para contarnos historias, muchas con tinte expresionistas, que nos interesan aunque sólo sea superficialmente. La lucha final de las dos banderías por el poder está resuelta con especial garbo y pulso narrativo. Habría que destacar que en esta novela el humor, que tan sólo apuntaba en las obras anteriores, especialmente en El cielo nos veremos, tiene aquí una presencia más constante, lo que se irá incrementando en sus narraciones siguientes, como si el escepticismo que otorga la madurez y al que suele considerarse como una de las fuentes del humorismo fuese ganando terreno.

  La obra estuvo a punto de ser llevada a la pantalla y hasta se escribió el guion cinematográfico para ser filmada por Televisión Española cuando Adolfo Suárez era su Director General. Fue un abulense, amigo a la vez del político y del escritor,  quien ofició de guionista. Finalmente, Torrente se opuso  a que se llevara a efecto, ofreciendo incluso indemnizar al autor del guion. Su cargo era entonces el de director general de la Oficina de Información Diplomática y el asunto podía ser malinterpretado como tráfico de influencias.

  Pero Torrente seguía compatibilizando la narrativa con su otra vocación: la económica. En 1959 tradujo La ciencia económica ante la “inutilidad” del socialismo y dos años más tarde la importante obra del austriaco Hayek, que obtendría el Premio Nobel en 1974. También prologó En los bosques (1961), obra del clásico ruso prácticamente desconocido en España, ayer y hoy, Pavel Mielnikov, hombre curioso y preocupado por su entorno, que escribió por placer dos obras que constituyen las mejores descripciones de las tierras del Volga en el siglo XIX. En 1965 apareció otra traducción suya en colaboración con el catedrático Julio González Campos y el que fue ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja: la obra de Philippe Cahier, Derecho diplomático contemporáneo.

  Torrente, a pesar de sus múltiples obligaciones profesionales, procuró siempre dejar un espacio a lo que fue su gran ilusión de siempre,  asistida por aptitudes nada comunes, la escritura. Fueron, tal vez, esas ocupaciones las que en cierto modo frenaron su vocación, de modo que al hacer de la literatura un trabajo secundario, subordinado a imperativos de quehaceres profesionales y estudios técnicos, impidieron al escritor dedicar a sus tareas literarias la atención exigente y sostenida de un profesional de las letras. Así Torrente, que por el aliento y la solidez técnica y lingüística de sus obras, es un auténtico novelista, no alguien aficionado a novelar en sus horas de ocio, no pudo recoger las inquietudes generacionales que llevaron a sus contemporáneos a aplicar al género narrativo impulsos renovadores. Son los acontecimientos, los personajes y el diálogo los elementos que sostienen sus ficciones narrativas. El arte de contar y el placer que le produce –el lector advierte que el novelista se divierte escribiendo- constituyen la esencia de su arte novelesco.

 Así llegamos a 1972, año en que aparece la más importante de sus obras, El país de García. En dicha fecha ya hacía una docena de años que Torrente, que acababa de sobrepasar el medio siglo, no publicaba novelas. Esta obra, aun conservando el cañamazo narrativo, constituye una suerte de homenaje a su provincia natal y da cuenta de las tierras y la historia oscenses, todavía muy poco utilizadas como marco o pretexto por la literatura española. Así, El país de García presenta en su composición la originalidad de contener una novela itinerante junto a una guía histórico-artística de la provincia oscense, lo que finalmente viene a conformar un singular libro de viajes. Este triple contenido puede confundirnos a la hora de enfocar la obra en cuanto a considerarla novela o libro viajero ya que, si por el protagonismo de los personajes de ficción y la textura de sus episodios narrativos se acerca a la primera, por el número de páginas dedicadas a la descripción de lugares y por la evidente voluntad del autor de darnos un friso de su provincia, parece justificar la segunda catalogación. Por otra parte, la impresión del lector a la hora de terminar la lectura está también más cerca de esta última opción, por más que en ningún momento aparezca la figura del autor real-viajero, que parece consustancial a los libros de viajes.

 Por otro lado, la frontera entre la novela y el libro de viajes estaba en la fecha de la publicación del libro, suficientemente disipada, tras las excursiones de los llamados novelistas sociales por las zonas más deprimidas del mapa peninsular. Si éstos querían darnos con sus novelas una suerte de documento, sólo ficcional en el rebozo, sus libros de viajes eran la fotografía de esa España depauperada, mansa, cerril y fuera de su tiempo que tanto contrastaba con la versión de la propaganda oficial.

  En ningún momento, la actitud de Torrente, cuajada de distanciamiento y ausente de cualquier intención social o reivindicativa, se aproxima a la de estos novelistas pero tampoco a la de Cela que con, Viaje a la Alcarria, había refundado el género en 1948, pese a la admiración de Torrente por el autor gallego y a la ligera afirmación de Ignacio Soldevila en la única mención que dedica al autor en los dos tomos de su obra: “demasiado servil al modelo viajero de Cela” (Soldevila Durante (1980, t. II, p. 119), que parece probar que el crítico no tuvo oportunidad de abrir el libro. Donde sí hay débito a Cela es en la conformación de los personajes pero nunca en la configuración narrativa. Si hubiera que recurrir a algún padrinazgo, la parte narrativa de El país de García debe más a la picaresca (escritura en primera persona, sujeto narrativo que sirve a un amo, carácter itinerante, mensaje cuajado de escepticismo o el constituir una guía para andar por la vida) y a la Vida de Pedro Saputo-también itinerante, en especial por el Somontano oscense, con harta precisión toponímica y descriptiva, y también propedéutica del camino de la vida- que a ningún otro modelo. Por otro lado, como una suerte de homenaje al personaje folklórico tan representativo de la identidad aragonesa, el inicio de la acción se sitúa en el lugar natal de Pedro Saputo y, enseguida, se nos ofrece alguno de sus episodios más representativos, como son el del vuelo desde las ripas de Alcolea y el de la justicia de Almudévar. Las vivencias personales del autor en ámbitos idénticos a los que se desarrolla el clásico aragonés facilitan la familiaridad de ambas obras.

  Aunque por numerosos detalles la acción se desarrolla en un tiempo contemporáneo al de su escritura, un regusto arcaizante, la poca importancia que se otorga al devenir cronológico y la catadura de los personajes nos sitúan en una dimensión atemporal que también tiene algo que ver con la Vida de Pedro Saputo. Ni los personajes ni las formas de vida que en El país de García se muestran tienen que ver –aunque pudieran encontrarse algunas reminiscencias- con la España de los años cincuenta o sesenta, pese a que se incorporen algunos elementos relativos a la actualidad. Pero, en la novela, el discurrir en carro de mulas de don Magín y sus sirvientes por los caminos de Huesca, profusos en mesones, encuentros con caminantes y formas de vida arcaicas, tampoco se corresponde con un tiempo en que el teléfono, la radio, la televisión y el automóvil formaban ya parte del espectro rural.

  Tampoco los escritores aragoneses se han servido de su propio territorio para sus libros de viajes, por otra parte, muy escasos. La única excepción próxima sería el libro del periodista alcañizano Darío Vidal, A mitad de camino, Los Monegros, (1971) –otra obra valiosa y olvidada- pero que es estrictamente un libro de viajes prototípico en que el autor habla en primera persona y recorre los territorios en los que describe lo que ve y se encuentra, con la aportación de algunos elementos que pueden calificarse como sociales.

  Habría que destacar, pues, la originalidad del planteamiento de El país de García en la tradición literaria española en su vertiente de libro de viajes novelado. Respecto a las numerosas páginas que pueden calificarse de guía histórico-artística, poco más habría que decir que destacar su abundante información, excelentemente escogida, y servida por una prosa eficaz, limpia, clásica y bienhumorada, con la inclusión de algunas apostillas irónicas que rozan lo literario. Pero tal vez, resulta sobredimensionada en detrimento de la parte ficcional y su peso en el conjunto de la obra es excesivo. El lector desearía una mayor abundancia y protagonismo de los apartados narrativos, que son los que dan al libro el frescor y la soltura que lo caracterizan. Sin embargo, Torrente se planteó sin duda una obra en que ambos aspectos quedaran nivelados y lo cierto es que su dimensión en el conjunto del texto resulta bastante equilibrada.

  El material narrativo constituye la parte más interesante de El país de García. Además de la utilización de la primera persona, a la que se aludió, gran parte de aquél está constituido por los diálogos de los dos protagonistas principales entre sí –el narrador y don Dimas- y con los personajes sobrevenidos en el transcurso de la peripecia. Son coloquios construidos con gran economía de medios, harta precisión lingüística y en los que se advierte una clara estirpe cervantina. Muy frecuentemente Don Dimas, o alguno de los advenedizos, introduce en ellos historias intercaladas, generalmente breves, con un componente humorístico y que encierran a menudo una suerte de mensaje o enseñanza  casi siempre cuajada de escepticismo y, en ocasiones críptica, como si la suerte de avisada prudencia y experiencia vivida que encarnan tanto el curandero como muchos de los personajes itinerantes implicara el guardarse también la carta de la interpretación. Bien pudiera verse en todo ello un componente gracianesco, ya que el jesuita aragonés es autor con el que pudiera identificarse al Torrente de esta y otras obras en muchos aspectos de su filosofía vital. De hecho, al final de la obra se le cita, como de pasada pero con muy ilustrativa apostilla: “En Graus es fama que Gracián, otro espíritu enemigo de la indolente y engañosa conformidad, escribió su Criticón” (p. 265).

  Algunos de estos breves episodios intercalados son históricos, otros corresponden a la tradición popular, con alguna pequeña pincelada folklórica, y los más parecen deberse a la mera inventiva del autor. En todos los casos, priva ese pintoresquismo de buena ley, que el autor parece privilegiar en sus últimas obras. Así, la novela se mueve entre el gusto por mostrar personajes curiosos, contar anécdotas y la soterrada exposición de una filosofía vital escéptica pero nada estoica, precavida aunque gozosa y un punto taimada. De cualquier forma, siempre queda una brizna de perplejidad, de ambigüedad, de doble sentido en el mensaje, como si, por un lado, el autor nos quisiera mostrar que no debemos tomar nada demasiado en serio y, por otro, nos advirtiera, como el viejo Arcipreste, de que bajo un manto de burla y solaz a menudo se encierra alguna enseñanza.

  Un humor biempensante pero ácido y con un fondo amargo, una especie de mirada distanciada sobre el género humano se cierne sobre El país de García. Desde la segunda página de la obra, don Dimas nos avisa: “El burro es el animal más serio de la creación y la seriedad es la dicha de los imbéciles”. Las relaciones de amistad o cariño que entre ellos forjan los protagonistas se expresan de manera elíptica, contenida y hasta forzada, respondiendo al rasgo tan aragonés de huir de la excesiva sentimentalidad, como queda tan patente en la escena de la despedida entre Don Dimas y el narrador.

  La lengua, como suele suceder en los escritores que tienden a la concentración, privilegia el estilo nominal y los adjetivos, aún usados moderadamente, apuntan a la concreción y a la justeza. Es llamativa la abundancia del tiempo verbal pasado con pronombre enclítico, lo que proporciona a la prosa un toque entre culto y arcaizante. La riqueza toponímica implica un muy preciso trabajo de documentación.  En las partes narrativas el estilo es conceptuoso, rotundo y, a menudo, elíptico. El diálogo que constituye la mayor porción de aquéllas, abunda en frases populares y giros coloquiales que contrastan vigorosamente con la retórica, muchas veces de claras reminiscencias literarias, con que se expresan la mayoría de los interlocutores, sin que falten los tan naturales aragonesismos y los aludidos arcaísmos. Lo popular y lo culto alcanzan así una fusión que muy a menudo resalta la trastienda de aquellos y proclama la ironía de que anda revestida toda la obra. Sea con un humor latente o explícito, los diálogos son siempre apropiados y sentenciosos.

  La parte informativa destaca por la justeza y amenidad y no faltan tampoco las apostillas levemente humorísticas o irónicas del autor. Es, desde luego, una lengua que roza lo literario más que lo meramente descriptivo y, a menudo, se regodea en un lenguaje desprejuiciado: “reyes a quienes les faltó el canto de un duro para subir a los altares” (p.44); “se las tuvo tiesas con el papa Martín IV” (p. 141); “el románico daba las boqueadas” (p. 162)… Un regusto clásico en la prosa y una gran riqueza y precisión de vocabulario dominan el conjunto. Sea como fuere, lo que cuenta es el resultado y el resultado es una amenísima novela viajera que nos da noticia del arte y la historia oscenses.

A partir de El país de García Torrente abandona Destino y su siguiente novela, Los sucesos de Santolaria (1974), aparece en la editorial propiedad de la familia Luca de Tena, Prensa Española, lo que no resultó positivo para el autor porque la obra fue saldada sin haber sido prácticamente distribuida, por lo que constituye una de las obras más desconocidas del narrador oscense, pese a su amenidad, desenfado y soltura.  En ella, el humor toma ya carácter protagonista y alcanza, a veces, la cualidad de desinhibido esperpento, en el que putas, aristócratas rijosos, intrigantes de casino y señoritas de pueblo con urgencias uterinas campan por sus respetos. La  historia se construye en torno a un campamento de nudistas que hacia 1920, el ayuntamiento del citado e imaginario pueblo -oscense, por supuesto- cede a la Sociedad Desnudista de Toulouse “Filemón y Baucis” y a la conmoción que tal designio municipal, auspiciado por los progresistas, produce en el pueblo, de tal modo que llega a afectar a las relaciones personales. La obra traduce una visión escéptica, descorazonada y, paradójicamente, tan brutal como jocosa de la política tradicional imperante en nuestras comunidades, que el autor tan bien debía  de conocer tanto por su actividad profesional como por sus relaciones con el mundo rural oscense. Por otro lado, tampoco queda bien parada la condición humana y los vicios y miserias individuales, siempre repartidas, se retratan de nuevo con tanta claridad como comprensión. Entre los progresistas y los conservadores que protagonizan la historia, no son las ideas sino, sobre todo, las cualidades de los hombres las que dan la clave de los comportamientos. Así, el escepticismo de Torrente parece apuntar a que, en caso de cataclismo, se salvan siempre los mismos y son los de abajo –en este caso, el cabo de la guardia civil- los que sufren las peores consecuencias. En todo caso, serán las reservas de sentido común de cada cual el mejor recurso para salir con bien de los conflictos, que nunca faltan. Aspecto fundamental en Los sucesos de Santolaria es la denuncia de la retórica rimbombante y falta de contenido, tan frecuente en la vida política española de su tiempo. Todo se supedita al efecto, sin que importe el vacío que hay bajo el revestimiento.

  Por su desenfadada sátira y denuncia del primitivismo moral de nuestra sociedad, la obra recuerda el desternillante Relato inmoral de Wenceslao Fernández Flórez, aquella novela cuyo primer capítulo indicaba que podía ser sólo leída por obispos. Construida con recursos de narrador de fuste, la novela está llena de sutileza, originalidad e ironía y aderezada por un lenguaje clásico y culto, ornado por popularismo de buena ley. Enseguida el lector piensa que constituiría también un magnífico guión cinematográfico y, aunque fueron adquiridos sus derechos para realizarlo, como tantas otras veces, la intención se perdió en el limbo de las intenciones. El autor recibió el encargo del guión, que traspasó a Jorge Llopis, muy buen amigo suyo. Éste murió de un ataque al corazón,  con lo que Torrente decidió olvidar el asunto

  Tampoco han circulado apenas sus dos últimas obras. Justificado en el caso de Contra toda lógica (1988), porque se trata de una edición no venal y salida de los tórculos sin ningún lujo,  que el autor distribuyó entre sus amistades. Se trata de una colección de historias recogidas de la experiencia diplomática del autor, que se enmarca en la línea de humor y mirada escéptica pero piadosa sobre el género humano, que ya contienen los anteriores libros. Siete personajes –uno de los cuales es un evidente trasunto del autor-, en su mayor parte retirados de la carrera diplomática, se reúnen semanalmente en la buhardilla del palacete de Robert de Boisloiseau, en la avenida Foch  parisina, para tertuliar. Cada uno de ellos va desgranando recuerdos y anécdotas sobre personajes y episodios que conocieron, privilegiando lo pintoresco y lo humorístico pero con un resabiado distanciamiento que, a veces, roza el cinismo. Además, todos los curiosos episodios que allí se cuentan están basados en hechos reales.

El país de don Álvaro (1997) es la última de las obras de ficción hasta ahora publicadas por Torrente. Aparecida veintitrés años después de Los sucesos de Santolaria, la ausencia del escritor de la actualidad literaria y la precaria distribución editorial, hicieron que de nuevo el libro fuera totalmente ignorado. El autor recurre al modelo de El país de García, recuperando al criado que oficia de narrador y al personaje de don Magín de Papalardo y Carrascoso, que sustituye a don Dimas en la condición de amo,  pero en esta ocasión a través de un recorrido por el valle del Tiétar, comarca bien conocida por el autor. Ésta es descrita con amplitud y precisión aunque aquí privan más los aspectos geográficos y paisajísticos que los artísticos e históricos, al contrario de lo que ocurría en la obra dedicada a Huesca. De nuevo, muy pintorescos personajes y peripecias se incorporan al relato, fértil en facecias, repleto de deliciosos anacronismos, todo servido por una prosa de regusto clásico que incorpora, tal como ocurría en la novela del país oscense, un aire de intemporalidad que hace gustosa y relajada su lectura.

  Fuera del campo estrictamente literario, Torrente ha publicado otras tres obras, Doble imposición internacional (1948), Manual del dorado de libros (2000), que ya se citaron, y Huesca en imágenes (1988), cuyo bello texto antecede a una amplia colección de fotografías antiguas y modernas de la provincia. En él Torrente vuelve a volcar, como en El país de García, su conocimiento y amor por el país que le vio nacer. Tras un recorrido histórico en el que hay también una interpretación del papel fundamental desempeñado por el reino de Aragón en la constitución de la nación española, se pasa revista al arte, el paisaje, la hidrografía y la antropología de la provincia, para concluir con la reflexión de que a Huesca y a Aragón, en general, les ha faltado sentido y conciencia de su peso histórico y, también, con una desiderata para Huesca en la que la necesidad de más agua, industria, turismo y comunicaciones constituye el eje fundamental.

  De ideas conservadoras, Torrente, era sin embargo, un hombre profundamente crítico y de una lúcida mordacidad a la que sólo atemperaba el humor. Su cultura, su generosidad, su sentido de la justicia, su curiosidad y su amor al arte y a la belleza configuraban una personalidad a la que nunca entendí no se le diera pábulo en su tierra, donde jamás se le prestó atención alguna. Los personajes principales de sus novelas casi siempre son aragoneses y muchas de ellas se desarrollan, al menos en parte, en el antiguo reino. Por su parte, la vinculación afectiva, el interés por las cosas de Aragón y una forma de ser escéptica, a veces desgarrada pero, a la vez, cercana y profundamente humanística, conformaba una idiosincrasia muy aragonesa, a la que se unían su denuncia de la retórica, el gusto por las facecias, anécdotas, dichos y giros populares y un sentido común de fondo pesimista, bastante habitual en personas inteligentes.

 Excelente conversador, que sabía escuchar y preguntar, era hombre impaciente pero misericordioso; disciplinado y, a la vez, cáustico gozador de los placeres mundanos. De enorme sentido práctico pero amigo de las actividades gratuitas y un punto desaforadas, era, sobre todo, un profundo conocedor del corazón humano. En su compañía y casi siempre en su hermosa casa madrileña, pasé muchos ratos que me divirtieron, ilustraron y enriquecieron. El mejor homenaje que puedo hacerle es divulgar y recomendar su obra, seguro de que sus nuevos lectores lo agradecerán.

                                                 

                                                                                                   OBRAS

IV Grupo del 75-27, Madrid, El Español, 31-X-1942 a 14-VIII-1943.

Doble imposición internacional, Madrid, Hacienda Pública, 1948.

Las relaciones internacionales de España con América (con Gabriel Mañueco), Madrid, Cultura Hispánica, 1953.

En el cielo nos veremos, Barcelona, Destino, 1956.

El becerro de oro, Barcelona, Destino, 1957.

Tierra caliente, Madrid, Arión, 1960. / Barcelona, Destino, 1974.

El país de García, Barcelona, Destino, 1972. / (edición de Javier Barreiro) Zaragoza, Prensas Universitarias-Gobierno de Aragón-Instituto de Estudios Altoaragoneses, Col. Larumbe, 2004.

Los sucesos de Santolaria, Madrid, Prensa Española, 1974.

Huesca en imágenes, Zaragoza, CAZAR, 1980.

Contra toda lógica (ed. no venal del autor), Madrid, I.T.P. Printer Internacional, 1988.

El país de don Álvaro, Madrid, M. E. Editores, 1997.

Manual del dorado de libros, Madrid, Clan, 2000.

 

                                                                                                   BIBLIOGRAFÍA

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-POZA, Genaro, «José Vicente Torrente y su mundo», Zaragoza en el recuerdo, Zaragoza, Autor, 1978, pp. 123-124.

-RUIZ AYÚCAR, Ángel, «Novela: José Vicente Torrente» (Reseña de El becerro de oro), Pueblo, 6-II-1958.

-SÁINZ DE ROBLES, Federico Carlos, «Al margen de los libros (Reseña de El becerro de oro), Madrid, 21-XI-1957.

-SANZ Y DÍAZ, José, «Libros, hechos y gentes» (Reseña de El becerro de oro), El Noticiero, 8-XII-1957.

-TRENAS, Julio, «Así trabaja José Vicente Torrente», Pueblo, 23-XI-1957.

-VALENCIA, Antonio, «Libros» (Reseña de El becerro de oro), Arriba, 3-XI-1957.

 

Otro aniversario de la muerte de mi padre. Él fue quien me enseñó a leer, escribiendo con tiza las letras mayúsculas en el frontal de una cocina económica -de las de fogón, gancho y chimenea, con un cajón en el que se acumulaba el cisco- de marca Aurora, cuya fábrica estaba en la calle Torrellas de Zaragoza. Tenía yo tres años. Al año siguiente fui al colegio y, mientras la mayor parte de mis compañeros aprendía a leer, yo ya escribía. Nunca entendí por qué, después, no se enseñaría hasta los seis. Es privar a la infancia durante tres años de un placer memorable. Pero me temo que la culpa, como la de otras costumbres nefastas, la tiene la secta de los psicopedagogos.

A José Barreiro Soria, también, lectura y escritura le proporcionaron muchas horas de felicidad aunque fuera un autor autodidacto que publicara tan tardíamente. De hecho, su primera novela apareció cuando tenía cincuenta y ocho años y yo, que entonces ya había publicado varias cosas, tuve la satisfacción de devolverle en forma de orientación y correcciones, una parte de sus servicios como guía en las letras.

En su memoria, reproduzco el prólogo que escribí para su libro póstumo, Cuarto menguante (2008), editado en La Almunia de Doña Godina (Zaragoza) por la Asociación L’Albada, en el que también trato de sus cuatro novelas anteriores.      

                                

                                                  PRÓLOGO  A  CUARTO MENGUANTE

La petición de los editores para redactar un breve texto introductorio sobre la obra de mi padre me pone en la difícil tesitura de intentar un equilibrio entre el afecto filial y el distanciamiento del analista literario. Habré, pues, de pedir unas precautorias disculpas por las posibles distorsiones que ese equilibrio sufra. Asistí, claro es, en primera fila a su evolución literaria y muchas veces le traté con la dureza que, tal vez, me es propia y que él, además, demandaba. Debo decir que el hijo empezó a publicar antes que el padre porque, aunque la vocación le venía de lejos, su primera novela, Zorrocotroco, apareció en 1980.

Muchos años antes, hacia 1958, José Barreiro había ganado un concurso a la mejor declaración de amor, que convocó el semanario España Tánger. Esta publicación, entonces muy leída, aparecía los domingos y contenía un popurrí de información, amenidades y reportaje, muy de la época. Quizá su sección más leída fuese el Consultorio Sentimental de Juan de Juanes, que mi madre, y supongo que muchas otras, leía muy complacida. La publicación dejó de editarse en 1966 y su último director fue Eduardo Haro Tecglen. El caso es que a aquel concurso se presentaron miles de aspirantes y ganó la declaración de mi padre, lo que habla de la limpieza del mismo, pues al triunfador no lo conocía ni el gato. El premio consistió en un viaje a Mallorca, y aquella fue la primera y última vez que mis padres tomaron un avión. Don José tenía pavor al aeroplano y no quería saber nada de palmarla lejos del suelo. Siempre dijo que él no se moriría y que, de tener que hacerlo, no deberíamos anunciarle que le esperaba tan usual trance. Fuera como fuese, lo pasaron muy bien en la llamada isla de la calma, que entonces sí lo era. La verdad es que mis padres siempre se quisieron mucho. En el caso de mi madre, casi con ceguera. Y mi padre, más filosófico, argumentaba sin cesar sobre aquel amor que temporalmente abarcó ocho años de noviazgo y casi cincuenta y uno de matrimonio.

El premio debió de darle fuerzas para afrontar su primera novela, El patio, una narración unanimista, al modo de La colmena celiana, que se desarrollaba en una suerte de corrala, que realmente existía en el Coso, al lado de donde hoy se ubica el Hotel Ramiro I. Se trataba de un mosaico costumbrista, ameno y, aunque un tanto tosco, delataba grandes dotes de observación y algunas maneras. Presentada al Premio Nadal de 1960 -que ganó con Las ciegas hormigas, el hoy en primer plano, Ramiro Pinilla- no se publicó y José Barreiro se olvidó durante bastante tiempo de la literatura de creación. Al poco, dejó su puesto de burócrata en la Jefatura del Aire para dedicarse únicamente a su otro oficio, el de representante de comercio, para el que no creía tener cualidades. De un modo u otro, el despegue económico de los sesenta hizo que esa decisión le otorgara una situación más bonancible que, en los últimos años de su oficio, le permitió acometer la literatura, con más tiempo, más relajo y unas cuantas más lecturas.

“Esto no es una novela sino la purga de mi corazón”, las palabras que puso Cela al frente de San Camilo 1936, vienen al pelo para explicar lo que fue su primera obra publicada, Zorrocotroco, otra novela con personaje múltiple y reducción de los espacios narrativos, que resume su visión de la guerra civil en la que fue su localidad natal. De hecho, el autor puso en su frontispicio palabras muy parecidas a las del novelista de Padrón: “Escribiendo este relato nos purgamos”. Creo honestamente que es una valiosa visión de la cotidianeidad de una población de la retaguardia, vista por un adolescente, con personajes creíbles y entrañables –al fin, trasunto de seres reales- con un trasfondo de rabia e impotencia que la convierten, junto a El Agualí, en su novela más interesante. El título, que llamó la atención, hace referencia a un juego de cartas, prácticamente desaparecido, al que jugaban los chicos del pueblo, entonando un estribillo con el que, precisamente, termina la obra. Pese a conseguir en 1979 el accésit del II premio San Jorge de novela convocado por la Institución Fernando el Católico, que ganó Luisa Llagostera con La calle, José Barreiro hubo de costear la edición de su propio bolsillo, cosa que sucedió con tres de sus cuatro obras publicadas en vida.

Barreiro Soria, José-Zorrocotroco

José Barreiro Soria (1922-2001) había nacido en La Almunia de doña Godina, pueblo privilegiado por la literatura, tanto por su eufónico nombre como por ser paso obligado en el camino Madrid-Barcelona. Sin embargo, la localidad no había dado apenas escritores aunque sí cineastas. Uno de ellos, Florián Rey, seudónimo de Antonio Martínez del Castillo, el más importante del cine español hasta la eclosión de Buñuel. El otro, Adolfo Aznar, se queda en interesante.

Quizá el escritor más conocido antes de José Barreiro fuera Fernando de Juan del Olmo, que utilizó el seudónimo de Don Lamberto. Hijo de un fuerte propietario, tras estudiar Derecho en Zaragoza, ejerció durante un breve periodo y retornó a su villa natal para ocuparse de sus posesiones aunque habitualmente residiera en Zaragoza. Preocupado por las cuestiones agrarias y sociales, escribió varios libros de óptica muy conservadora y formó en la efímera Unión Regionalista Aragonesa. Su faceta de literato se manifestó en Ribereñas y Del Jalón, obras inencontrables que, al parecer, recoge en Estampas de Aragón (1943), como sucede con el elogio de su antepasado Martín de Garay. La Institución Fernando el Católico lo nombró consejero correspondiente en La Almunia y, así, en 1945, participó en el cuestionario sobre folclore elaborado por aquella. Los problemas familiares amargaron sus últimos años y la mayor parte de su patrimonio quedó en manos de la Iglesia. Murió en 1948.

José Barreiro era el segundo de los cinco hijos supervivientes que tuvo el secretario del ayuntamiento en su matrimonio con Trinidad Soria. Asistió a las escuelas que recién había promovido el general Primo de Rivera, quien, al parecer, complacido por el buen trato que se le dio en una parada obligada en el pueblo, impulsó su construcción. Mi padre siempre habló con admiración de su maestro, don Amadeo, obligado a lidiar con una chiquillería nada propensa a sensiblerías, como se puede apreciar en muchas de las observaciones de Cuarto menguante. Es verdad que el trato que se dispensaba a la niñez era tan brutal como el que sus componentes se otorgaban entre sí o aplicaban a la realidad en torno. Muchas veces, más que travesuras o gamberradas, se trataba de auténticas barbaridades. De una u otra manera, no parece que de la escuela sacase mucho provecho el entonces llamado Pepito y, sí mucho más de las películas de Tarzán, que le dejaron una huella imborrable.

En un pueblo que no se había destacado por su conflictividad social, la guerra resultó un acontecimiento más que traumático. De una población de cuatro mil, muchas decenas de vecinos fueron fusilados por las fruslerías habituales. Trauma que los catorce años de mi padre nunca superaron. Tengo para mí que mi abuelo Antonio, el secretario, decidió morirse por no poder convivir con esa barbarie. Era un hombre alto, recio, fuerte, cazador y sin achaques, que al empezar la guerra apenas sobrepasaba los cincuenta años. Dicen que una noche salió al balcón, donde se refrescaba el botijo para beber de él, agarró una pulmonía y se fue de este mundo. Supongo que en alguien que trataba con todo el pueblo -recuérdese que con un alto componente de analfabetos-, redactaba las instancias o los formularios que hiciese falta a quien se lo pedía, aconsejaba en cuestiones administrativas y que se llevaba bien absolutamente con todo el mundo, asistir desde su puesto a esa matanza tuvo que resultar insoportable y que su deceso se debió a eso que después se adjetivó como psicosomático.

Mi abuela decidió abandonar entonces el pueblo y, junto a sus cinco hijos, de edades comprendidas entre los seis a los dieciséis años, puso rumbo a Zaragoza donde el futuro para la prole podía resultar –como así fue- más despejado. Entre las experiencias más gratas de mi niñez figuran los ratos que pasé en su enorme piso alquilado, el más alto de la hermosa casa modernista de Maestro Estremiana 1, entonces, denominada Calle de las Escuelas. Desde una gran galería encristalada se observaba la iglesia de San Antonio de Padua, con su jardín, su rotunda atalaya, que guardaba los sepulcros de los combatientes italianos, y todo el monte de Torrero. Desde los balcones, la vista daba sobre la hermosa iglesia neoclásica de San Fernando con su gran cúpula, los lavaderos de la Cuesta de Morón, las huertas de las afueras, los depósitos de agua, junto al parque Pignatelli… Y en el interior de la casa, armarios, baúles, habitaciones llenas de objetos hermosos y absurdos, libros viejos, uniformes militares, juguetes antiguos, cachivaches de toda laya, que alimentaban mi imaginación y mis horas.

No es este el lugar para contar la vida de mi padre. Las angustias de posguerra, un largo servicio militar –tres años-, que siempre recordó con amargura, especialmente, los meses de recluta en Barcelona, donde llegó a pasar hambre, y su largo noviazgo, pleno de entusiasmo y sugestiones, como él hubiera dicho. Empleado en una agencia de seguros, que pronto cambió por su oficina de la Jefatura del Aire en la calle Mefisto, combinó estos trabajos con las representaciones, que, poco a poco, fueron constituyendo la fuente principal de sus ingresos. Sus lecturas eran fundamentalmente Marañón, Ortega, Unamuno y, como novelistas, Fernández Flórez y Cela. Cuando, bastantes años después, me vio devorar  a Sender, tomó el relevo y libro que yo dejaba del narrador de Chalamera, libro que leía con devoción y ahínco. Fue, sin embargo, Cela, en cuanto a lo estilístico, su principal mentor literario. Cualquiera reconocerá sus guiños, sus fórmulas, sus diálogos implícitos, su irónico escepticismo…

Zorrocotroco no alcanzó la recepción crítica que su autor esperaba, asunto, por otra parte, común a cualquier escritor que empieza, juvenil o maduro. De hecho, no se publicó una sola línea acerca del libro. Sólo algunas cartas personales, como la de ese buen crítico y buena persona que fue Luis Horno Liria, proporcionaron a José Barreiro algún ánimo. Y también lo que Juan Carlos Curutchet, un genio olvidado, que en los años setenta fue crítico en las más importantes revistas españolas, escribió en La hora de la matraca (Carta abierta al director de El País), magnífico libro publicado en 1981. Lo reproduzco porque da un atinado y humorístico retrato del personaje:

«Enteramente de acuerdo con Espronceda está mi amigo José Barreiro, ciudadano aragonés, natural de La Almunia de Doña Godina, representante de joyería y escritor en sus ratos libres, quien acaba de publicar su primera y única novela, Zorrocotroco. Se trata de un honrado trabajador que tuvo oportunidad de asistir en calidad de espectador a la sangrienta polémica de 1936 y que, él mismo ni recuerda de qué modo, encontraría en aquella lóbrega posguerra, la forma de dotar a sus tres hijos de una esmerada educación. Hombre inteligente y predispuesto al diálogo, en su casa reinan la cordialidad y el buen sentido. Bajo su atinada inspiración, la familia Barreiro en su conjunto se ha acostumbrado a pasar de muchas cosas: de la prensa, de las elecciones, del conflicto generacional, de la neurastenia y de las instituciones. Don José ha puesto su inagotable caudal de experiencias al servicio de la elaboración de una estrategia de supervivencia. Su novela, sencilla como la vida misma, tiene el encanto de un relato escuchado en una taberna de La Almunia y en ella dibuja la esperanza de que la inminente reposición de  la famosa batallita lo sorprenda “a caballo en la tapia”. Don José, como Austria, se declara neutral. “España es mucha tela –reflexiona-. Durante la guerra conocí a un andaluz al que mataron por indiferente. No es de los nuestros, sentenciaron, y le pegaron cuatro tiros”. “Con esta gente cualquiera sabe”, advierte a la hora de predicar cautela a cada uno de sus hijos. “Que más quisiera yo que agenciarme una chilaba y perderme en el desierto –me comentaba hace unos meses- pero los tiempos no están para turismos”.

Querido José: Si alguien me consulta sobre libros, le recomendaré el tuyo. Si nadie publica una reseña en las revistas y suplementos culturales, no te desanimes. Sabes mejor que yo que casi todos ellos son bazofia excremental. Porque a fuerza de masturbarse mentalmente con diacronías, metafonemas y pendejadas, se han olvidado de ti, que eres el hombre, el ciudadano que escribe un libro no para concursar a un premio sino porque le da la gana. La literatura española no tiene un sitio que ofrecerte porque tú perteneces a la literatura aragonesa y estás destinado a ser leído por tus inverosímiles paisanos. La cultura española está saturada de desprecio hacia las culturillas comarcales. Tú deja a los figurones con su figuración. Pasa de la denominada crítica como has aprendido a pasar de la política. Y si se te ocurre escribir otra novela, bien sabes que en mí hallarás al más devoto de tus lectores.

Juan Carlos Curutchet pone el dedo en varias llagas aunque no sea este el lugar de glosarlo. Sí de decir, contra lo que muchos aragoneses piensan sobre la disolución de nuestra personalidad, que para él -que, cuando venía a Aragón, encontraba a personajes desmesurados y se veía embarcado en surrealistas contextos- la región manifestaba un exceso de color local.

Sí que, en La Almunia, Zorrocotroco se leyó y vendió con profusión. Evidentemente, más por morbo –en los primeros ochenta, seguían vigentes muchos tabúes guerracivilistas- que por una repentina afición a la literatura.

De cualquier modo, el accésit suponía ya una cierta confirmación pero, sobre todo, fue el vicio de escribir que ya había inficionado a una nueva presa. Su siguiente obra, Pasos (1982), recogía, en cierto modo, el mundo de El patio, la primera novela que quedó sin publicar, aunque de ninguna manera fuese un refrito ya que personajes y escritura eran nuevos. Sí que es la Zaragoza del casco antiguo, que tan bien conocía, con sus menestrales, sus tabernas, su mundo popular y ya en desaparición, el ámbito que se constituye en el eje de la narración. Para no discurrir demasiado, copiaré lo que escribí en su contraportada:

Pasos se desarrolla en el casco viejo de Zaragoza y es un desfile de vidas que conforman un análisis crítico de ciertos especímenes sociales llamados a desaparecer. Humor, desgarro y lirismo se complementan para ofrecer un friso en que no faltan alusiones a personajes reales ni episodios que, en su obsolescencia, parecen constituir aullidos de auxilio de los protagonistas al vivir en un mundo que ya no se adecua a sus expectativas. El diálogo, con una sabia combinación de realismo y distanciamiento, constituye el eje en que se asienta la narración que en ningún momento cae en lo retórico. Un aliento de frustración, no exento de ternura, envuelve la novela, que deja entrever una duda universal a la que no es ajena la técnica perspectivista que se utiliza.

Esta vez la ficción narrativa de don José tuvo mejor suerte y se le concedió el Premio San Jorge de Novela de 1982. Incluso Horno Liria la reseñó en Heraldo de Aragón y Joaquín Cáceres lo hizo en Andalán.

Pero él ya se encontraba escribiendo la que, seguramente, es su obra de mayor fuste, El Agualí, nombre del paraje donde se ubica una amplia huerta, situada a cuatro kilómetros de La Almunia, aunque término municipal de Ricla, en la orilla derecha del Río Grío y propiedad de la familia desde 1888, en que su abuelo materno la compró para celebrar el nacimiento de Trinidad, madre del novelista. Cultivada por aparceros pero siempre refugio de una familia bastante unida, se convirtió en una especie de tierra solar o claustro materno que ha aglutinado a sus miembros. José pasó allí buena parte de su infancia y mitologizó su experiencia en esta novela, que narra líricamente el despertar a la adolescencia de un muchacho fascinado por la multiplicidad de estímulos que la realidad le presenta. La narración se desarrolla durante el período anterior a nuestra guerra civil. Aunque El Agualí se erige en protagonista pasivo del libro, no es esta una novela rural sino, sobre todo, una crónica de la floración del sentimiento. Vuelvo a copiar lo que escribí en su contraportada:

…así un lirismo magmático pero contenido se aúna con la habitual capacidad del autor para el diálogo y la observación de personajes que ha quintaesenciado sus anteriores dotes para la captación de una realidad múltiple y nos ofrece aquí el correlato de un microcosmos donde naturaleza, despertar sexual y vida cotidiana se integran sin estridencias. Pese a todo, el autor no ha prescindido de su peculiar expresionismo aragonés ni del buen humor que caracterizaba a sus anteriores incursiones narrativas.

La novela proporciona una expresión de verdad y humanidad cauterizadas por un suave escepticismo que evita la caída en la fácil evocación o en la seudoidealización encubridora de una visión del mundo chata y desprovista de la necesaria ambigüedad. Emoción y sinceridad, servidas por un lenguaje fresco y espontáneo que no desdeña la ironía ni la sutileza, se funden  para entregarnos un friso narrativo donde amenidad, reflexión y difícil naturalidad sumen al lector en un mundo a mitad de camino entre lo paradisíaco y lo reconocible.

También esta novela obtuvo premio, el “Flor de Nieve” de Novela, convocado por el Ayuntamiento de Benasque. Sin embargo, su edición de nuevo hubo de ser sufragada por mi padre y apareció al año siguiente (1986). Obtuvo también un par de reseñas: la  de Horno Liria en Heraldo de Aragón y la de Juan Carlos Curutchet en El Día, que tituló “Un clásico de La Almunia”. Años después, Tomás Herrero Magén realizó una guía didáctica de la novela para los cuadernos “Escribir en Aragón”, que se publicaban dentro del ciclo Invitación a la lectura.

A partir de aquí descendió el nivel creativo de José Barreiro. Tal vez, porque ya había descargado lo principal de lo que llevaba en su interior o porque repitió en exceso sus temas y obsesiones. Lo cierto es que no supo dar con el tema o la forma para enfocar una nueva novela que lo satisfaciera. Sí que, reuniendo escritos de uno y otro jaez, autobiográficos y narrativos sobre todo, publicó en 1994 Usted lo pase bien, cuya contraportada pregonaba:

Libro misceláneo, Usted lo pase bien comprende una serie de relatos, recuerdos y reflexiones en los que José  Barreiro Soria da suelta a su universo personal cuajado de humor y humanismo.

Mundo que gira en torno a la evocación de personajes que acopian el pintoresquismo de lo vulgar, el escepticismo del revolcado por los azares del tiempo y la elegía por un mundo que se aleja o descompone. Todo ello empapado de un lirismo que matiza la recuperación de ámbitos como el de su universo natal –La Almunia-, de vivencias en las que se percibe el latir de una humanidad a la que sirven tanto un costumbrismo de buena ley como la distanciada consideración de lo patético de nuestros afanes.

No  falta la reflexiva ponderación, la irónica disquisición sobre los tics sociales ni el anhelo por un mundo mejor al que disfrutamos. En medio de estas historias, descabaladas de tan humanas, se percibe el anhelo por algo mejor que no hemos sabido alcanzar. Ideal que, por muy inaccesible que se muestre, merece figurar siempre en nuestro horizonte.

Era el primer volumen de José Barreiro que llevaba un prólogo. En este caso, de Miguel Pardeza. Y no me deja de satisfacer que los mejores textos sobre mi padre se deban a dos grandes amigos míos como lo fueron Juan Carlos Curutchet –muerto prematura pero muy plácidamente- y lo es Miguel. Entre otras cosas, porque su honestidad intelectual nunca les hubiera permitido escribir algo distinto a lo que pensaban. Mi padre, para bien y para mal, no tuvo amigos en el mundo de las letras y sólo en su última época tuvo algunas relaciones con el grupo de escritores que Joaquín Mateo Blanco había formado en torno a la Biblioteca de Aragón. Sus dos grandes amigos de siempre fueron otro agente comercial, Manolo Val, al que conoció en la primera posguerra, hombre delicado, contradictorio y timidísimo, y Enrique Romeo, “Curro”, agricultor y después representante y fontanero, de muy humilde origen. A Curro lo conoció desde chico y, aunque siempre vivió y, afortunadamente, vive en La Almunia, su contacto fue constante. No es para ponderar el amor que se tuvieron. Curro es un hombre fundamentalmente bueno, autodidacta de los que leen las enciclopedias empezando por la A y terminando por la Z, de una inteligencia natural admirable y amenísima conversación. Aparece en todos los libros de JBS con el nombre de Godina.

A todos mis amigos, les fascinaba la personalidad de mi padre. En cuanto podía, les endilgaba consejos, pautas de vida y filosofías, de cariz entre sensato y disparatado y lo que siempre les recomendaba era el respeto a las mujeres. Citaré algunos de los comentarios de Miguel Pardeza en el prólogo:

(…) autor esmerado, cuya labor postrera se ha visto coadyuvada por ciertos desapegos e intuiciones: así, por ejemplo, la ausencia de temeridades e impaciencias que aguijonean al escribidor novel (…), el aprovechamiento de una ilustración sin alharacas, cuya génesis y cuyo esmero arraigan tanto en las raras virtudes del sentido común como en  una infrecuente poderosidad estilística (…) Usted lo pase bien (es) una aventura de la memoria, una ceremonia del recuerdo, una tramoya de evocaciones en virtud de la cual se logra el milagro del Ser, un ritual taumatúrgico de reconocimiento de la propia identidad y, si cabe, de redención (…), una mirada crítica del hombre despierto, al que su propia lucidez y agudeza, lejos de enchironarlo en el resentimiento, la envidia o el odio, le han abierto la sabia y apacible visión del humor y el escepticismo. Es la sabiduría del hombre que, frente a las amenazas de la daga, busca la meditación y el entendimiento bajo la sombra de un olivo (…), la voz queda y lírica, hora de exabruptos y tosquedades, que pone inteligibilidad a una conciencia sin venganzas, pulida en el troquel de un humanismo popular y antiguo (…) Por todo ello no extraña que La Almunia de Doña Godina (…) ocupe un puesto relevante en las configuraciones positivas de este y anteriores libros. Las acequias, los senderos perplejos de abrojos, la bullanga siempre amenazante de los gozques, el lento y cansino tránsito de los burros; la totalidad de las realidades inmateriales, florales y animales  que aguzó la imaginación infantil de José Barreiro, encarna, por ósmosis, los momentos vividos del autor, ya idos, aunque no muertos –nada muere-, y, a través de esa reconquista,  la niñez, la juventud  y las demás edades del hombre que fue y es el autor van recomponiéndose y prolongándose en sensaciones y experiencias resucitadas.

Efectivamente, ese amor al pueblo que lo vio nacer aparece por doquier en todas sus obras. Incluso en las dos que ahora se publican aunque ninguna de ellas se desarrolle en él. La novela corta Cuarto menguante se sitúa en un pueblo de Burgos, durante la época de la posguerra pero en ella los personajes, el ambiente y otros elementos podían ser perfectamente trasladables a La Almunia. Hasta se le escapa algún toque, como los nombres del monaguillo Canelica  y de Antoñico, el de la Aceña, asfixiado al caer en el trujal, o claros aragonesismos como, “capuzó”, “ventano”, “zeneque”…

Se trata de nuevo de otra novela unanimista, perspectivista, conductista o como quiera llamársele, que estos y muchos otros nombres se han dado a la técnica utilizada por las narraciones que reducen el tiempo y el espacio y en las que pululan multitud de personajes; en el caso de Cuarto menguante, alrededor de los setenta. Sabido es que esta técnica la inició John dos Passos en Manhattan Transfer (1925) y, con algunas variantes, dio lugar a varias de las novelas más importantes del siglo XX, como Los monederos falsos (André Gide, 1925), Contrapunto (Aldous Huxley, 1928) o Berlin Alexander Platz (Alfred Döblin, 1929). No fueron estos los modelos directos de José Barreiro sino La colmena de Camilo José Cela, autor al que también siguió el narrador almuniense en algún otro de sus tics o manierismos y al que, de hecho, se puede considerar como su influencia narrativa más constante.

Cuarto menguante refleja el ambiente de estrechez mental, represión moral, penuria económica y mediocridad de la posguerra española con un mosaico variopinto de personajes, algunos de una pieza, pero también con elementos contradictorios, que podrían haber dado lugar a otro desarrollo en una novela de mayor recorrido. Si hay un protagonista, es el adolescente Román, el hijo de doña Rosa -el otro personaje de mayor presencia-, que reúne características que pueden considerarse autobiográficas, aunque no al cien por cien. Román es un inadaptado, un idealista, alguien que se sabe distinto a la mayor parte de la chiquillería del pueblo y que, finalmente, termina encontrando su camino en el arte. No es esta, sin embargo, una novela de realización personal sino, como se dijo, un friso en el que lo costumbrista, lo social y hasta lo humorístico son los elementos que presiden el tinglado.

Celianos son también los diálogos entre dos voces inconcretas, donde el propio narrador incorpora material narrativo, preguntando y contestándose a sí mismo. De hecho, el estilo que predomina en la novela es el conversacional. Son diálogos breves donde cada uno expresa los matices de su personalidad, de su visión del mundo o de su cortedad y chata perspectiva. En ocasiones, José Barreiro pone en boca de los personajes expresiones convencionales del tipo: “Que Zamora tampoco se tomó en una hora” con un pujo de reproducir la mentalidad de la época pero también, de ironía. A veces, se recurre incluso a lo fantástico, como en los diálogos entre dos de los personajes mejor resueltos de la novela: el espíritu de don Asterio, padre de Román y muerto en la cárcel tras la contienda, y Mosén Prisco. El primero se manifiesta como espíritu al cura y entre los dos mantienen estupendas conversaciones.

Una de las mayores virtudes de Barreiro Soria como narrador, y que se pone de relieve en todos sus libros, es la construcción de breves episodios –muchas veces basados en anécdotas reales- contados con soltura, humor y el punto escéptico que casi siempre acompaña a JBS. Véase, por ejemplo, el lance de la descubierta a casa de Santiago el Romo, pobre jornalero, a cuya mujer se beneficia Escanilla. Episodio ejemplar porque a la finura psicológica y gracia con la que está contado se une el toque social y crítico: la coyunda se produce con el consentimiento de Santiago porque su pobreza le impide mantener decentemente a su familia y se une, también, lo dramático: el suicidio de Santiago cuando se da cuenta de que el hecho va a ser conocido por todos, lo que significaría la pérdida de la poca dignidad que le queda a quien es ya uno de los últimos eslabones de la cadena social.

Ya se dijo que la estrechez mental, el dominio del tópico, las fechorías de la niñez salvaje, la inmutabilidad de las jerarquías presiden el discurrir de Fontubia. Quizá para un lector joven y poco documentado, estas relaciones sociales pueden ya resultar pintorescas porque la sociedad ha evolucionado de forma brutal en poco más de medio siglo. También puede resultar extraño el idealismo de Román, contrafigura del autor y, en cierto modo, autoexcluido de esas relaciones; pero estamos hablando de otra época, aquella que, precisamente por su intensidad y sus carencias, quedó grabada hasta lo hondo en la sensibilidad del novelista y de la que difícilmente sabía escaparse en sus ficciones.

La novela flojea hacia su final, coincidiendo con el viaje de Román a París, un poco traído de los pelos, tras haber obtenido un premio en un certamen pictórico. París –único punto fuera de España que conoció JBS- ya resulta menos creíble que Fontubia y el desenlace de la novela resulta asimismo algo convencional. Ya se sabe que las novelas escritas con esta técnica unanimista y elíptica, pueden y suelen acabar cuando el autor decide cortarlas. Es, por cierto la elipsis, que efectivamente viene requerida por la aludida técnica narrativa, otro de los aciertos narrativos de JBS. Nunca acumula exceso de material narrativo ni se nos abruma con detalles. Siempre se sugiere y muchas veces se deja la acción en suspenso.

No olvidemos, sin embargo, que se trata de un escritor popular y de allí vendrán, claro está, sus limitaciones y aciertos. Uno de estos, los nombres y apodos impuestos a sus personajes. Otro débito a Cela pero, sobre todo, a la inventiva, gracia natural –y, también, a la maldad- de sus coterráneos almunienses, verdaderos maestros, como sucede en otros pueblos aragoneses, en el arte de calificar a sus vecinos: Vitaminas, Pasitos, El Polainas, Sulfamidas, Persianas son apodos que hacen relación a características personales y que definen a quienes los soportan bastante mejor que su propio nombre de pila. Precisamente, el narrador compiló también una relación de motes de almunienses de sus tiempos de chico, con una breve definición de la persona o el motivo del apodo, que sería interesante publicar ya que resulta un documento que traslada una curiosa información folclórica, sociológica, psicológica y, por supuesto, lingüística.

Menos interesante resulta la otra novela corta incluida en este volumen, El viaje, a menudo socorrida e irrelevante en sus planteamientos y con menos pulso imaginativo y estilístico. Aquí, el protagonista principal es Juan Herrera, un jubilado que no ha conseguido nada en la vida, timorato y lleno de frustraciones, hundido en la grisura y en la renunciación, propias de un tiempo donde las aspiraciones tenían poco cauce para manifestarse. Cuando, inscrito casi sin querer, en uno de esos viajes de la llamada tercera edad a Benidorm, encuentra el amor con la intensidad que siempre ha deseado, un achaque propio de sus años lo devuelve a su realidad de siempre, cada vez más sombría ante la presumible cercanía de la muerte.

Y, de nuevo, una sinfonía coral de personajes secundarios, en este caso, jubilados y jubiladas casi siempre de la misma mediocridad personal que Juan Herrera, con sus conversaciones tópicas, sus preocupaciones de mesa camilla, tratando de vivir en su vejez lo que no pudieron antes disfrutar e inscritos en la irrelevancia.

He hablado de mediocridad porque es lo que predomina en el relato. En ningún momento sucede nada que tenga el rango de extraordinario. Es, tal vez, la expresión de la trivialidad en la que se retrata y reconoce toda una generación popular y de clase media, baqueteada por el franquismo. Una soterrada protesta se percibe en estas vidas: Tuvimos que trabajar como bestias y, a cambio, se nos entregó frustración, represión y un mundo que no permitía canalizar ninguna aspiración que escapara de lo prosaico. Sin embargo, un optimismo casi irresponsable prende en la mayor parte de ellos que sienten que ahora viven mejor que lo hicieron nunca. Sólo Juan Herrera, como todos los personajes principales de José Barreiro, a cuestas con su inadaptación, se solaza en sus incapacidades, en sus impotencias, en su falta de atrevimiento para haber logrado vivir como hubiera deseado. Cuando su único y tardío triunfo acabe siendo desmontado por los achaques de la edad, se disolverá su personalidad hasta convertirse en una suerte de saco vacío y sin voluntad.

Como en otras novelas anteriores y, sobre todo, como en Cuarto menguante, la obsesión por la luz es un componente fundamental, una obsesión de los personajes que tienen al narrador como contrafigura, obsesión que estuvo en la persona de José Barreiro y que lo acompañó durante toda su vida. La luz es símbolo del ideal inaccesible, uno de los principales temas de la literatura de todos los tiempos. Esa aspiración creativa y de perfección que mi padre arrastró a lo largo de los casi setenta y nueve años que vivió y que quiso encauzar en la literatura que le proporcionó felicidad y distracción, frustración y tropiezos, ilusión y dudas y que, ojalá, sirva para mantener, durante un tiempo más generoso que el que le tocó vivir, su memoria.