RAQUEL MELLER VISTA POR EDUARDO ZAMACOIS

Publicado: octubre 2, 2012 en Artículos, Cuplé, Literatura
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Terminó hace un par de días la exposición de la Biblioteca Nacional sobre Raquel Meller, otra oportunidad perdida para hacer algo históricamente digno y recuperar a la Raquel real, fuera de los tópicos archirrepetidos. Como muestra, de lo mucho que hay escondido sobre ella, transcribo aquí un texto inédito del gran Eduardo Zamacois (1873-1971), del que recientemente, edité en compañía de Barbara Minesso, Un hombre que se va. Memorias, Sevilla, Renacimiento-Biblioteca del exilio, 2011 . Para mí, los más interesantes recuerdos de un escritor español del siglo XX pero que ocupan también el final del siglo XIX.

Este escrito, que poseo en manuscrito, me fue obsequiado por su albacea, el periodista argentino Rodolfo Schelotto, gran amigo de sus últimos años de exilio y al que quiero agradecer su comportamiento señorial siempre que hemos coincidido. El texto, aparte de ser una muestra de la soltura y mundanidad de un autor tan activo e influyente en la literatura española de su mejor época, es un ejemplo impagable del carácter raqueliano. 

Otros post sobre Raquel publicados en esta página:

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Sobre Eduardo Zamacois:

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Raquel Meller Partitura ¡Cuánto le quiero!

LAS GRANDES FIGURAS DEL CAMINO. RAQUEL MELLER

Tocaba su cenit la celebridad de la canzonetista Consuelo Bello[1], llamada la Fornarina -no menos seductora que la Fornarina que inmortalizó el genio de Rafael- cuando en los horizontes del “género ínfimo” comenzó a fulgir la estrella de Raquel Meller. Esto ocurría en la primera década de la centuria actual.

Imposible evocar una de estas dos figuras sin dedicarle a la otra un recuerdo, acaso por la absoluta desemejanza -más cierto sería decir antagonismo- que había entre ellas. Los primeros pasos de Raquel en el camino del arte fueron desafortunados. Consuelo, en cambio, triunfó enseguida; para triunfar le bastó sonreír. Blanca y rubia, ingenua y picante, alegre, graciosa, deliciosamente frívola, con la levedad de quien vive la vida a flor de piel, la Fornarina aunque oriunda de Madrid, parecía una hija de Montmartre, una consanguínea de aquella Mimí que Rodolfo amó tanto. Consuelo era del cuplé. Mientras Raquel, aunque nacida en Cataluña[2], llevaba en el tono caliente de su voz, en la palidez mística de sus mejillas y en la severidad ingeniosa de sus magníficos ojos negros toda la violencia y la secura[3] (sic) del alba castellana. Accionaba sobriamente y la emoción raramente alteraba la paz de su rostro. Su figura grácil parecía esconder un dolor. En escena, casi nunca la vimos reír. Raquel era el drama.

Su nombre va ligado a las tonadillas o canciones que más boga alcanzaron en aquel Madrid inolvidable – único – que salía de los teatros a las dos de la madrugada, para irse a cenar y se levantaba a mediodía. “La violetera”, entre otras “Mala entraña”, “El relicario”, y, sobre todo, “El que a hierro mata…”, acaso porque le traía el recuerdo de una traición – vibraba algo entrañable que, al par que un rencor, era una profecía. Con este bagaje que empero su ingravidez, la gran artista -más actriz de comedia que cupletista- aristocratizaba con el señorío de su carácter, Raquel Meller recorrió victoriosa las principales capitales de Europa, estuvo en Buenos Aires y en otras muchas ciudades de América, New York la colmó de elogios y, cuando ya en su vida cargada de éxitos, empezaba a iniciarse vagamente el otoño, otro gran errante, el maestro de cronistas – Enrique Gómez Carrillo – la tomó como esposa. La boda llamó mucha la atención de público – curiosidad harto explicable dada la notoriedad de los contrayentes – Don Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, actuó de padrino y, en las innumerables fotografías que de la ceremonia publicaron los periódicos, el Conde sonreía más burlonamente que de costumbre y, con su sonrisa de hombre mundano, parecía decirnos:

-Ya lo verán ustedes. Estos se separan….

Enrique Gómez Carrillo y yo nos conocimos en Paris y fuimos, durante algunos años, camaradas inseparables. Los dos teníamos sangre francesa y el año y el mes en que nacimos eran el mismo – entre su nacimiento y el mío sólo mediaron unas horas – y tantas coincidencias, unidas a la similitud de nuestras aficiones, dieron a nuestra amistad visos fraternales. Dada la condición vagabunda, profundamente rabelesiana de Enrique, el matrimonio no revestía gravedad ninguna para él, casarse era, poco más o menos, igual que asistir a un banquete o ir a pasarse unos meses en la Costa Azul. Por lo mismo, yo estaba cierto que el Conde de Romanones acertaba: “aquello no podía durar…”

Efectivamente, dos temperamentos tan disparejos como los suyos habían de separarse pronto. El escritor, desgobernado y trotatierras, nunca conseguiría amoldarse al carácter de la cupletista, metódica y hogareña. A ella le gustaba ahorrar, en tanto él, bohemio de raza, experimentaba una dilecta satisfacción en vivir al día. El era enamoradizo y ella terriblemente celosa. A él, los perros, sin dejar de quererlos, le molestaban lo que no evitó que su cónyuge conviviese con seis de diferentes linajes y tamaños. Cuando, a medianoche, ella se acostaba, él la telefoneaba informándole que no lo esperase a dormir y así siempre y en todo.

Ni siquiera en el modo de viajar se entendieron. Para Enrique un viaje era un placer, para Raquel, una desgracia. Y por eso él, enamorado de los andenes, llegaba a las estaciones mucho antes de que se fuera el tren y Raquel, que odiaba el ferrocarril, acudía a última hora con todos sus perros y casi cuando el convoy casi ya empezaba a moverse.

Por todo esto sus vidas nunca llegaron a fundirse. El anonimato les estaba vedado. Ella tenía demasiado orgullo para resignarse a ser “la señora de Gómez Carrillo”. En cuanto al esclarecido autor de  El Alma encantadora de Buenos Aires tenía demasiada personalidad para convertirse en “el marido de Raquel Meller”… y acordaron divorciarse. Nada más natural. Los fuertes nacieron para vivir solos.

La siguiente anécdota es exacto reflejo otro asunto de las relaciones que mediaban entre la célebre cancionetista y su esposo y de la incivil aspereza con que trataba a sus familiares.

Veinte años atrás, a la hora del anochecer, ambulando por la calle de la Montera – una de las más céntricas de Madrid – se acercó a saludarme, dando muestras de gran alegría, un señor cuarentón, muy adamado y peripuesto: zapatos de charol, pantalón a rayas, chaqué, solapa enflorecida, corbata polícroma, sombrero hongo de color gris…

– Usted no me conoce -exclamó risueño – pero yo le conozco a usted mucho desde París… y con cierto remilgo me ofreció su diestra metida en la suavidad de un guante amarillo.

-Permítame usted -agregó – que me presente. Yo soy hermano de Enrique Gómez Carrillo.

Comprendió que la noticia me había sorprendido

– ¿Usted no sabía que Enrique tenía un hermano?

– Un tanto desconcertado repuse:

– Sí, sí….; me parece que sí…

Recordaba, efectivamente, que en cierta ocasión Enrique me había comentado si yo conocía a alguien en Panamá y, al contestar afirmativamente, añadió como refiriéndose a un objeto olvidado, un paraguas inservible verbigracia “porque yo tengo ahí un hermano que quiere irse para allá” y fue el adverbio “ahí” lo que me chocó e hizo que su declaración me quedase en la memoria.

Mi interlocutor iba aromado tan exageradamente que los transeúntes que pasaban ante nosotros se volvían a mirarlo. Y, mientras platicaba, no cesaba de quebrar la cintura y mover las manos las fragancias de que estaban impregnadas sus ropas eran más perceptibles. Darte un abrazo “meditaba yo” es lo mismo que entrar en una perfumería y luego, por decir algo:

– Y Enrique ¿qué hace ahora….?

Cruzó las manos en actitud orante, entornó los ojos…

– ¿Qué puede hacer el pobre más que aguantar a Raquel? ¡Ah….! Esa criatura acaba con mi hermano.

– Siguió entornando los ojos hasta dejarlos completamente en blanco.

– ¿No se llevan bien? – pregunté.

– ¡Ah…! Eso nadie lo sabe. A ratos parece que se adoran, y, sin embargo, siempre están riñendo. Mi desgracia mayor es vivir con ellos porque soy un hipersensible y la menor contrariedad me hace sufrir ¡Ah, usted no lo imagina!… Yo los quiero, porque he nacido para querer y les ruego que sean tolerantes… pero no me hacen caso. Parecen locos. Se besan, se pegan, se muerden, se reconcilian…. ¡Ah…! Yo sufro… sufro….

Estos “¡Ah…!”, que lanzaba aflautando la voz obligaban a sonreír.

 -¿Y de ese constante regañar – pregunté – quién tiene la culpa? ¿Los dos, verdad?

–No, señor, ella. Mi cuñada es una tigresa. ¡Qué mujer! No hay modo de entenderla. Está conversando con usted muy amablemente, y, de pronto, sin motivo, le clava las uñas. ¡Oh, sí, no crea que exagero! Y voy a demostrárselo. Yo vengo ahora de Barcelona donde Raquel está trabajando. Pues bien, una noche, terminada la función, quise felicitarla porque la habían aplaudido mucho y fui a su camerino. Allí saludé a Enrique y a otras personas, toda gente distinguida. Yo soy un hombre amable, educado, fino… Me gusta comportarme galantemente con las damas… en una palabra: soy lo que se dice “un hombre de salón” …

Yo tenía unos deseos locos de reír.

-Como ella estaba sentada – prosiguió – para besarle la mano, me pareció que lo más elegante era ponerme de rodillas… ¿No es así?

-Sin duda – repuse muy serio.

– Y ¿sabe usted lo que hizo?

Sus cejas se afligieron; pensé que iba a echarse a llorar.

– ¿Qué hizo? – repetí.

– Pues. Levantó el brazo y con todas sus fuerzas me dio una bofetada que… ¡Ah!

Con la punta de los dedos se acariciaba la mejilla ofendida y, cuando se despidió de mi, envuelto en una ráfaga de boudoir, me quedé convencido de que Raquel había hecho bien.

La canzonetista que nos había hecho cantar a todos “Mala entraña”, una de las tonadillas más célebres de su época, no entendía de bromas. Una noche, en los bastidores del teatro Romea, abofeteó a Luisita Esteso[4] porque la había parodiado en cómico…

Sí; Raquel Meller, siempre pálida y vestida de negro – su color favorito – era orgullosa, violenta. Tenía un alma hermética. Hablaba poco y no sabía sonreír ni ceder, con decir que Enrique Gómez Carrillo, “afortunado domador de voluntades femeninas”, no pudo amansarla, está dicho todo.

Eduardo Zamacois.-


[2] Una vez más, la creencia de la naturaleza catalana de Raquel Meller, que, al parecer, ella, que hubiera preferido orígenes menos humildes, no se molestaba en desmentir. Como es bien sabido, Francisca Marqués López, la futura Raquel Meller, nació en Tarazona y fue bautizada en la iglesia de la Magdalena, según consta en su partida de nacimiento.

[3] Es la palabra que parece leerse en el manuscrito de Zamacois que, evidentemente, quiso escribir otra cosa.  ¿Tal vez, sequedad?

[4] Zamacois, a pesar de su memoria, a los muchos años del incidente, confunde al personaje. Como se ha escrito en varias ocasiones, la abofeteada fue Encarnación Julvez, La Argentinita. Para aclarar definitivamente el suceso, este se produjo el 4 de noviembre de 1915 en el Teatro Romea. Raquel, que se encontraba entre los espectadores, cuando apareció la Argentinita para parodiarla, abandonó su asiento, llegó al escenario y la abofeteó, con el consiguiente escándalo, que contaron minuciosamente publicaciones como El Globo, Heraldo de Madrid, Arte y Artistas, Arriba el telón, El Liberal, etc.

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comentarios
  1. Mark O. dice:

    Aparte de los errores señalados y aclarados por el Sr. Barreiro, Zamacois erra en la cronología de eventos. El matrimonio de Raquel con Gómez Carrillo se efectuó en 1919 cuando la cantante estaba en su mejor momento y a punto de comenzar su escalada internacional. El éxito de Nueva York y todo lo demás sucedió despues y no antes del matrimonio.

  2. Miguel Ángel dice:

    Gracias Javier por darnos a conocer esta deliciosa crónica inédita del siempre ameno y tan buen escritor que fue Eduardo Zamacois (¡Nunca se lea Zamacuá!)

  3. luis dice:

    vendo 22 numeros de los años locos 1918 – 1939 raquel meller reyna del cuple economicos, muy buen estado

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