Cuando supe que Miguel Ángel Berna iba a montar “Mediterráneo”, un espectáculo que  toma como base la jota y la tarantela, no dejé de  congratularme, pues, con el escaso eco previsible, desde hace tres lustros uno había defendido una posible vinculación en el origen, del baile de la jota aragonesa con los bailes de tarántula.
 
Berna_Mediterráneo
El éxito que el original, novedoso, polémico y arriesgado espectáculo de Berna y su compañía alcanzó en su estreno en Zaragoza -más popular que crítico, pues ninguno de los dos diarios aragoneses reseñó el acontecimiento- me induce a estampar unas cuantas observaciones divulgativas sobre la cuestión, además de alguna noticia nueva, dicho sea sin ningún ánimo erudito.

Hoy día, ni siquiera una mayoría de personas cultas podría arriesgarse a una breve explicación acerca de los bailes de tarántula. A alguno le sonarán los versos que canta y baila el gitanillo Grabié en el zapateado de la zarzuela de Julián Romea y Jerónimo Jiménez, La tempranica (1900): “La tarántula es un bicho mu’ malo, / no se mata con piedra ni palo…”[1]. Y poco más.

En la mitología popular mediterránea, tarántula y escorpión son los arácnidos  que más temor producen, llegando a considerárselos mortíferos. Desde la epopeya de Gilgamesh, el escorpión aparece como temible y no es de ponderar el terror que todavía suscita. Por alguna razón, se lo relaciona con el fuego. Es notable la extensión del mito del suicidio de Tarántulaseste arácnido inyectándose su  propio veneno, si se le rodea de un círculo ardiente. Como octavo signo del Zodiaco, se vincula con la etapa de la vida amenazada por la caída o la muerte.

La araña, por su parte, tiene un simbolismo muy complejo, si es que hay alguno que no lo sea pero, por su facultad de tejer, se la relaciona desde muy antiguo con los destinos humanos, es decir, con la luna, sucesivamente cambiante y que muere y renace. Columpiándose en su hilo, asoma un contenido sexual latente, como sugiere Chevalier (1982) y corrobora experimentalmente Martino (1999).

La palabra tarántula proviene de Tarento, ciudad de la Apulia, territorio en el que abundan los licósidos, también llamados “arañas lobo”, entre los que cuentan los arácnidos más grandes de Europa. Algunas tienen en el dorso un dibujo que recuerda una guitarra. En el cortejo sexual los machos atraen a las hembras con movimientos rítmicos de sus pedipalpos y levantando las patas anteriores.

Todos estos extremos se juntan para conformar la creencia popular, subsistente hasta hace poco, de que la picadura supuestamente mortal de la tarántula se exorciza y se sana por medio de una música lo más rápida y brava posible. El tarantismo, es decir, la convulsiva agitación que produce la picadura se combate, por analogía simpática, a través de  una música y una danza de ritmo muy veloz que, además busca reproducir los movimientos del invertebrado.

Historiar la danza es harto dificultoso pues consiste fundamentalmente en movimiento y este no es reproducible hasta la llegada de la cinematografía. Es probable que los antecedentes de la tarantela sean rituales y tengan relación con antiguas ceremonias extáticas o dionisiacas y en las que se pudieran consumir sustancias enteógenas. Schneider, en su clásico estudio, apunta que la tarantela puede responder al mismo tipo de sentimiento de unión con la naturaleza que hace posible las danzas totémicas o las de espadas. También apunta que blandir la espada es expresión de la lucha contra la enfermedad.

El profuso sabio jesuita Athanasius Kircher nos dejó estupendas noticias sobre estos asuntos, especialmente, en Magnes sive de Arte Magnética (1641) pero también en Musurgia Universalis (1650) y Phonurgia nova (1673). Kircher obseva la predilección de los atarantados por el color rojo. La música pone en movimiento la ponzoña extendida por el cuerpo, lo que hace que el enfermo comience a danzar con furia dando saltos violentos, hasta caer exhausto con el veneno consumido y evaporado. Cuanto la música es más veloz, más eficacia tiene. Kircher sostiene que la que la música que más se usaba era la llamada “aria turchesca” y se refiere a la importancia de los tonos frigio e hipodórico en la tarantela.

Atarantamientos

En España, la profusión de atarantados en el último cuarto del siglo XVIII provocó que en 1782 se creara una comisión que inició el llamado “Expediente de la tarántula” (1787-1807), que vino a reconocer que el baile y la música eran efectivos contra la picadura. Lamentablemente, los folios donde consta la notación de dicha música se han perdido o robado[2], aunque sepamos que su compás es el de 6/8 de ritmo binario con anacrusa, predominio del tono menor y que va aumentando en velocidad hasta el final de la danza.

En la misma línea, el ilustre médico Francisco Xavier Cid publicó en 1787 un importante tratado de larguísimo título:Tarantismo observado en España, con el que se prueba el de la Pulla [Apulia], dudado de algunos y tratado de otros de fabuloso. Y memorias para escribir la historia del insecto llamado tarántula, efectos de su veneno en el cuerpo humano, y curación por la música con el modo de obrar de ésta, y su aplicación como remedio a varias enfermedades. Cid encontró numerosos casos de tarantismo en España[3], especialmente en La Mancha, Extremadura y Andalucía, lo que atribuyó a la existencia de una araña similar a la de Apulia y documentó varios casos de curaciones a través de la música. También citaba la tarantela como “cierto sonido armónico bastante vivo y acelerado entre fandango, folías y canario[4], o una mezcla de todas estas sonatas, muy propio y aun específico para excitar a los ya moribundos infectos del veneno del referido animal” (p. 15) y aconsejaba que se tocase de la forma más vigorosa posible, especificando que no servía cualquier música, como el fandango o la seguidilla, sino que había de tocarse la tarantela. El libro se ocupa de otros muchos asuntos pero lo que destaca es la confianza de F. X. Cid en el poder curativo de la música, cosa que hoy tiene un respaldo científico, al menos en el caso de las enfermedades de la mente.

El valor medicinal de la danza se hunde en la prehistoria. La tarantela parece una supervivencia de los bailes que remedan los movimientos del animal causante del daño. Schneider, el más hondo investigador de estos asuntos, anota que algunos pueblos tenían la creencia de que los espíritus de ciertos muertos, irritados por alguna ofensa, se encarnaban en las arañas y había que aplacarlos con este tipo de danza[5]. Resulta, asimismo curioso cómo el citado Expediente describe el inicio del baile, con el enfermo en la cama: primero movía los dedos de la mano, luego los de los pies y, finalmente todo el cuerpo “que parezia que les movía Cosa Sobre Natural”[6].

Sea como fuere, estas danzas llegaron hasta principios del siglo XX pero, como se adujo, poseemos pocos datos para documentarlas con exactitud. Por eso me parece ilustrativo u interesante artículo que José María Gutiérrez de Alba[7], escribió desde Alcalá de Guadaira como corresponsal del diario El Globo, el 6 de octubre de 1888, a consecuencia de la muerte de José Silva Aguilar, un jornalero que era frecuentemente atacado por las tarántulas y que, finalmente, murió a resultas de varias picaduras. Entre otras cosas, la nota de Gutiérrez de Alba proporciona unas impagables indicaciones musicales:

“El toque más usual es el que copio a continuación y me ha sido facilitado por un profesor de guitarra, llamado con frecuencia para auxiliar a los mordidos.

Llave de SOL: Compás 3×8=do mi do=lo fa (si ó re)=lo sol re=lo fa re=do mi si sol=si do si do

Y estas notas se repiten sin cesar hasta que el tocador se cansa o el enfermo, rendido por la fatiga, cae exánime o aletargado.

Si el paciente no se alivia pronto, es que la música aquella no le corresponde porque la mordedura del macho requiere una y otra especial la de la hembra pero la más usual es la que queda apuntada.

A Silva de nada le sirvió el toque de la  hembra ni el del macho ¡Quién sabe si las tarántulas que le picaron serían hermafroditas!

Antiguamente se usaba la música como remedio exclusivo; hoy ya se acude a la ciencia, sin excluir en absoluto aquel remedio, aunque sea a espaldas del doctor y el cauterio, los sudoríficos y los tónicos dan mejor y más pronto resultado.”

Quizá sería interesante que alguien con preparación etnomusicólogica valorase las notas que Gutiérrez de Alba comunica y pudiera ofrecernos alguna pauta hermenéutica[8].

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Todavía en 1906[9] se da la noticia de la picadura de tarántula a un  labriego de Sanlúcar de Barrameda, Manuel García: “Padecía dolores horribles, que se le calmaban cuando se le sometió a la cura por medio del baile de la tarántula. Pero como tiene el veneno inoculado, se le ha hinchado el cuerpo y se teme que le sobrevenga la muerte[10]”.

Sin embargo, las informaciones más precisas de casos de tarantismo recientes en España se dan en la segunda parte del interesantísimo artículo de López Sánchez y García de las Mozas (2000), mencionado en la nota precedente. Los autores accedieron a testimonios directos de personas que habían asistido a curaciones en ámbitos rurales de la provincia de Cádiz en épocas muy recientes y la estructura es muy similar. La resumo muy brevemente:

AtarantadaEl picado por tarántula, junto con esta si era posible, era llevado a una habitación en la que se colocaba una soga atada a una viga para que se agarrase e el enfermo en sus saltos. Se llamaba a dos guitarristas[11], que se iban turnando. Había un toque para picadura de araña macho y otro distinto para la hembra. El tiempo de baile para el primero era de 24 horas y el doble, en el caso de la hembra. El enfermo sólo reaccionaba a ante uno de ellos y comenzaba a bailar frenéticamente, ayudado por la cuerda y por otros hombres que evitaba se derrumbase en sus saltos. En los descansos se le reconfortaba con caldos y bebidas no alcohólicas que sí consumían los tocadores. La tradición era aceptada por todos, con lo que el componente psicológico y la profusa sudoración provocaban la curación sin que se tenga noticia de ningún fallecimiento.

El evidente origen pagano de estos bailes[12] propició, a partir de la Edad Media, su identificación con la posesión demoniaca y, como contrapunto, que una figura del cristianismo como San Pablo fuera tomado como patrón de los atarantados. El propio Concilio de Trento prohibió el ritmo de la tarantela, al considerarlo diabólico. En el proceso de transmisión el ritual mágico y terapéutico pasó a convertirse en una danza por parejas o colectiva, que el humanista Nicolás Perotti consideró un fenómeno de furor maníaco y melancolía que provocaba en las gentes un irrefrenable deseo de bailar hasta la extenuación total[13]. Con el transcurso del tiempo, la influencia de la medicina y de la ciencia hizo que el fenómeno se fuera reduciendo a ámbitos rurales y cada vez más reducidos, aunque Martino y los testimonios recogidos en Andalucía encontraran residuos incuestionables sobrepasada la primera mitad del siglo XX. La concienciación popular y la belleza de la música y la danza de la tarantela han provocado que este género musical haya alcanzado en los últimos años un gran predicamento, especialmente, en el sur de Italia, donde desde hace veinte años proliferan los intérpretes y festivales que privilegian este ritmo.

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                                                                BIBLIOGRAFÍA

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                                                                      NOTAS

[1] La tarántula e un bicho mu malo;/no se mata con piedra ni palo;/que juye y se mete por tos los rincones/y son mu malinas sus picazones./¡Ay mare!, no zé que tengo/que ayé pazé por la era/y ha principiaito a entrarme /er má de la temblaera./Zerá q’a mí me ha picao/la tarántula  dañina/y estoy toitico enfermao/por su sangre tan endina./¡Te coman los mengues,/mardita la araña/que tié en la barriga/pintá una guitarra!/ Bailando se cura tan jondo doló./¡Ay! ¡Malhaya la araña que a mí me picó!/No le temo a los rayos ni balas/ni le temo a otra cosa más mala,/que me hizo mi pare/más guapo que er gayo/pero a ese bichito lo parta un rayo./¡Ay mare! yo estoy malito,/me está entrando unos suores/que me han dejaito seco/y comío de picores./Zerá que a mí me ha picao/la tarántula dañina,/y por eso me he quedao/más dergao que una sardina./¡Te coman los mengues,/mardita la araña/que tié en la barriga/pintá una guitarra!/Bailando se cura tan jondo doló./¡Ay! ¡Mal haya la araña que a mí me picó!/

[2] En el Expediente… (fol. 66v) consta que el guitarrista Tomás Antonio Martín Pardo, que había aprendido la tarantela de Tomás Milanés, vihuelista del que constaban varias curaciones desde 1760, afirmaba que el mismo efecto que ella tenía “qualquier son (…) del mismo compás y puntos de la tarantela que son el dos, tres, quatro, patilla y cinco tocados a manera de folías con más actividad (Cit. por GRUSZCZYNSKA).

[3] El tarantismo en el Alto Aragón, ya citado por M. Schneider, ha sido estudiado estudiado por María Tausiet (2009) en un excelente artículo.

[4] Recuérdese la vinculación que el escritor Braulio Foz y el compositor Francisco Lahoz establecen entre la jota aragonesa, y el canario. (BARREIRO, p. 48)

[5] SCHNEIDER (1946)

[6] EXPEDIENTE DE LA TARÁNTULA p. 56

[7] Nacido y muerto en Alcalá de Guadaira (1822-1897), Gutiérrez de Alba fue un erudito y escritor teatral con las veleidades políticas comunes en su tiempo, pionero en España del género de la revista musical.

[8] El estupendo músico e intérprete Gregorio Paniagua, con su grupo Atrium Musicae, publicó en 1980 un disco, Tarantule-Tarantelle  (Harmonia Mundi France EHM 379), con versiones libres de antiguas tarantelas recogidas de distintos libros y archivos y alrededor de estos asuntos. En la presentación que lo acompaña, Paniagua expone sus consideraciones acerca de los síntomas del enfermo, la música de la tarantela y su relación con los tarantos andaluces y murcianos.

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[9] ABC, 19.VII-1906.

 [10] LÓPEZ SÁNCHEZ Y GARCÍA DE LAS MOZAS (1999, 142), afirman haber recogido en cortijos de la provincia de Cádiz melodías usadas hasta la década de los sesenta del siglo XX: “Se trata de una música de ritmo muy vivo, muy recurrente, y que se interpreta, como Schneider señala atinadamente, rápido y con bastante violencia”. Aparte de los instrumentos de cuerda, podían utilizarse “otros como la cornamusa, la flauta o el pandero” (ibídem).

[11] En el artículo citado, constan los nombres de varios de ellos, alguno, como El Cojo de la Aleta de Puerto Real, conocido en el universo flamenco.

[12] Ernesto de Martino, el estudioso italiano que, junto a Pierpaolo di Georgio, más atención ha dedicado a la cuestión del tarantismo considera que el éxtasis tarantélico implica la irrupción cíclica de un desorden memorizado, un caso cuya amenaza persiste en forma de remordimiento, de “memoria mala”, que, sostenido por el inconsciente colectivo, vuelve periódicamente para recordar la omnipresencia de potencias disolventes que se agitan bajo el orden social.

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[13] Procesos de carácter histérico y fenómenos de autosugestión social de carácter religioso, orgiástico o erótico se mixturan y confunden con el tarantismo, de modo que resulta complicado establecer categorías formales. V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/01/02/romerias-de-endemoniados-en-los-anos-veinte-jaca-y-la-balma/

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comentarios
  1. Miguel Ángel dice:

    El artículo está estupendo, muy bien documentado e ilustrado. Esta tarántula tuya pica e incita a la lectura. ¡Felicidades!

  2. […] El artículo completo se puede leer en la página de Javier Barreiro […]

  3. Daniel dice:

    Excelente artículo, bastante completo.
    He estado averiguando acerca del tema y tu tienes lo más completo y verídico. Gracias.
    Muy bien hecho!

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