RAYUELA de JULIO CORTÁZAR: LA BIBLIA DE NUESTROS VEINTE AÑOS

Publicado: enero 25, 2013 en Artículos, Literatura

Literariamente, 2013 es el año del cincuentenario de Rayuela, esa novela de un entonces desconocido escritor argentino, que vendió cinco mil ejemplares el año de su aparición y, pese a su dificultad, que hoy la haría casi impublicable, millones hasta la fecha.  

Elena Poniatowska tiene razón cuando titula un artículo (La Jornada, nº 65, marzo, 2004)  “Julio Cortázar, el escritor más querido de América”. Al menos, para muchos fue su cómplice y compinche durante la etapa vital en la que rebeldía y creatividad suelen andar de la mano. La mejor prueba sería su tumba en el cementerio de Montparnasse, con la escultura al fondo de su querido Alechinsky, siempre repleta de mensajes tiernos, copartícipes, de esos que sólo se entregan a los amigos de verdad.

En su homenaje, reproduzco el artículo que, con el título “La Biblia de nuestros veinte años”, publiqué cuando recibí  la noticia de su muerte. El Día de Aragón, 14-II-1984.

Cuando los negros ejemplares de la edición sudamericana de Rayuela llegaban a España en torno a 1970, su lectura significó para muchos, una caída de Saulo, una aparición en el camino de Emaús. Si valen tales parábolas bíblicas, la novela de Cortázar fue, para toda una generación, la Biblia de sus veinte años.

 Los jóvenes de esa generación que pugnaba por salir de las catacumbas con el fervor del irredento que, casi olvidada la libertad, ve acercarse la luz, leyeron Rayuela y se sintieron cómplices en lo descabellado, actores de sus propias cencerradas a la realidad, reconociendo su desconcierto, persiguiendo lo disparatado en explosiones vitales de libertad individual. Cortázar sabía con Jarry que el estudio de la realidad no reside en las leyes sino en las excepciones a esas leyes. El gigante argentino proponía al lector un mundo que no sólo se resistía a la apariencia sino que instaba a su desintegración desbaratando la normalidad, las ideas adquiridas, incluso los programas pretendidamente revolucionarios. Ese feroz desbocamiento del individualismo era indispensable en una época en la que se manoteaba por emerger de la uniformidad aherrojada, mientras otros manipulaban esa codicia de libertad en beneficio de ideales liberticidas que, allí donde fueron aplicados, habían convertido la historia en infierno.

 No creo, como tantos, que Cortazar sea mejor cuentista que novelador. Sus cuatro novelas largas (Los premios, Rayuela, 62 modelo para armar y Libro de Manuel) constituyen una orgía lingüística, vital, e intelectual de primera magnitud y Rayuela fue para la literatura en castellano su Ulysses, su Point Conter Point, su bautismo en el futuro. Cortázar hizo de sus contradicciones leitmotiv de muchos de sus libros pero universalizando la particularización, dándole una resonancia que, mediante el absurdo, la recurrencia, la sorpresa o la correlación, llegaba al lector ya desmitificada. El ourubórico círculo, escritor-escritura-lector-lectura-escritor, se cerraba, asumiendo y proyectando esas contradicciones.

El novelista nos muestra lo absurdo de una determinada situación o forma de vivir apoyándose en el absurdo opuesto. Así, la impresión de alinealidad, de no concluyencia, nos convierte a la vez en cómplices y huérfanos de Horacio Oliveira, con cuya personalidad ameboide se identificaba nuestro rosario de confusas inquietudes mientras su exceso de lucidez compensaba nuestras carencias… Con él, hemos coincidido en ese imprescindible despojamiento de identidad que, entonces empezábamos a ver, era prestada. Con él aprendimos a valorar la dignidad del fracasado, el difícil deslindamiento de los límites entre libertad e independencia, su imposible equilibrio. Con él y La Maga, despojándose de sí mismos, protagonizábamos una historia de amor que todos vivimos. Con ellos magullábamos el pragmatismo, tundíamos la eficacia, patrimonio de integrados.

 Rayuela contribuyó decisivamente al auge de la palabra ludismo, luego convertida en palabreja, por obra del abuso. Frente a la descabellada ordenación de la realidad surgía una respuesta defensiva proveniente de la desbordante actividad interior y el lector-macho, usando la terminología de Cortázar, se entregaba con el protagonista a un juego de sustituciones que tenía no poco de experiencia crítica y autodestructiva. El autor se mofaba de sí mismo con tanto impudor que el sarcasmo ejercido con los otros se mostraba como mero ejercicio introductor para una autocrítica devastadora.

   Tan europea como americana, deudora directa de las vanguardias, tierna en su ferocidad, repaso culturalista a la primera mitad del siglo XX, obra maestra del lenguaje, cáustica y antirretórica, Rayuela fue en español el último vagido de una revolución individual que pareció posible.

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comentarios
  1. fausto dice:

    cuando rayuela apareció, cortázar tenía casi por ahí de cincuenta años. no era para nada un “hasta entonces desconocido escritor”.

    • En 1963 y en España, no lo conocía nadie. Y en la Argentina, era, desde luego, un escritor escasamente prolífico y de tímidas minorías. Lo que no quiere decir nada en contra de su excelsitud, que, sí, había ya demostrado en obras anteriores

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