150 ANIVERSARIO DE JOAQUÍN DICENTA. DICENTA Y SUS CRÍTICOS

Publicado: enero 30, 2013 en Artículos, Bohemia española, Literatura
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 El 3 de febrero, día de la tan aragonesa fiesta de San Blas, se cumple el 150 aniversario del nacimiento de  Joaquín Dicenta, hombre y escritor intenso, tendente a la desmesura y humanísimo, de tan contradictorio aunque poseyó en alto grado el sentido de la justicia y el de la empatía con los desfavorecidos.

Aquel 3 de febrero de 1863, la madre de Dicenta, esposa de un militar que viajaba desde Alicante a su nuevo destino de Vitoria, hubo de detenerse en Calatayud para dar a luz. Joaquín nunca volvió para vivir en Aragón y, sin embargo, él se dijo siempre aragonés y defendió con uñas y dientes en cualquier foro esa identidad, con la que, al  parecer, se identificaba. En este lugar publiqué no hace mucho una ficha sobre él y donde se dan más datos acerca de su biografía, obras y bibliografía:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/07/joaquin-dicenta/

Ahora cuelgo este artículo, que fue conferencia dictada en el Palacio de Congresos de Cádiz el 19 de  octubre de 1998 y, con varias modificaciones, constituyó un capítulo de mi libro Cruces de bohemia, Zaragoza, UnaLuna, 2001.

 Sirva también de homenaje a la profesora Claire-Nicolle Robin, fallecida el pasado 26 de junio que, entre ignorancia e incomprensiones,  tanto amó y reivindicó a Dicenta como personaje y escritor y sobre el que quiso organizar un coloquio en la Universidad de Besançon, aunque finalmente sólo publicara una antología: Obras escogidas, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2005.

No ha tenido demasiada suerte Joaquín Dicenta en su tierra natal. En Zaragoza, el franquismo derribó su busto, modelado por Honorio García Condoy y ubicado en una de las plazas más céntricas. Hace unos años se restituyó pero en localización mucho más alejada. No se le ha editado ni se le ha representado, desde hace más de tres cuartos de siglo, exceptuando la antología antedicha.

      

Dicenta_El lobo003…Aquí donde cualquier quídam

alardea de que vale,

bien puede Joaquín Dicenta

con razón pavonearse,

recordando con orgullo

legítimo que es el padre

de un gran drama archiespañol

que no debe nada a nadie…

                                 (Manuel Gil de Oto)                                   

 

Durante un cuarto de siglo Dicenta fue uno de los cuatro o cinco escritores más populares en la España de su tiempo, y su Juan José, probablemente, la obra más representada tras el Tenorio. El nuestro parece haber olvidado tal extremo y sólo una monografía sobre su obra [Mas Ferrer, 1978] y una biografía que apenas ha sido distribuida [Andrés Zueco, 1995] han visto la luz en un período de más de setenta y cinco años. Los artículos a él dedicados que conozco son, asimismo, tan escasos como, generalmente, breves. No pueden explicar tal marginación las cochambres y censuras del franquismo, pues otros autores igualmente proscritos tuvieron su reivindicación a lo largo de los últimos veinte años[1]. Tampoco el papel de Cenicienta que le ha tocado al teatro en el campo de la erudición, ya que el escritor cultivó todos los géneros. Ni siquiera sería suficiente para justificar su ausencia de tratados y manuales, el acudir a su retoricismo. Las causas son, más probablemente, su independencia y la imposibilidad de adscribirlo a grupos generacionales en los que, aunque podía incluirse por edad -nació en 1863, un año antes que Unamuno-, no, por sus actitudes. Todo ello lo situó en una posición excéntrica, como les ocurrió a otros escritores de menor fuste, a quienes ha solido despacharse apuntándolos a la bohemia, cosa que en nuestro país nunca ha dejado de tener un tinte descalificatorio. Sin embargo, Dicenta rechazó una cartera ministerial [San José, 1952], escribió en la prensa más influyente de la época y fue una referencia inexcusable, en lo social y en lo literario, de esa España emergente a la que tan bien cuadraba el remoquete “de la rabia y de la idea”.

El decurso personal y literario de Dicenta configura los rasgos de una personalidad muy de su tiempo pero, a la vez, atípica: si por algunas de sus características parecía pertenecer a una época anterior, su militancia obrerista y sus actitudes cívico-humanas eran precursoras de posturas que se dieron sobre todo en los años veinte y treinta. El escritor, atrapado entre la bohemia vital, cierta formación retórica propia de la Restauración y sus anhelos de justicia social y reivindicación de los desdichados, constituye un caso único pero a la vez muy representativo de esa España conflictiva, variopinta y en continua confrontación entre los cepos de su propia historia y el señuelo de la modernidad que protagoniza los lustros iniciales del siglo.

Aquí se quiere simplemente reparar en unos cuantos testimonios, más bien olvidados, que pueden dar una somera idea del modo contradictorio, pero muy a menudo perspicaz, con que ese prodigio de energía, desmesura y generosidad que fue el escritor aragonés, muerto en 1917 a causa de sus excesos, era percibido por sus cofrades, dejando a un lado los trabajos más amplios y conocidos.

Dicenta, Joaquín por Navarrete

Luis Bonafoux fue uno de los primeros amigos y admiradores de Dicenta, a lo que éste correspondió con igual moneda. El apelado por su mordacidad “Víbora de Asniéres” escribió en numerosas ocasiones sobre el dramaturgo, combinando muchas veces la cal y la arena. Ya en 1887, antes del estreno de El suicidio de Werther, la primera obra dicentiana, Bonafoux, muy en su papel de niño terrible, nos informa de que, pese a militar fervientemente en la bohemia no mugrienta, Dicenta se va “aburguesando” y remacha sus aseveraciones con varias anécdotas. No falta en el artículo[2] un deje de complicidad que ilustra sobre las estrechas relaciones que sostuvieron entre ellos y que se proyecta en una actitud retadora de ciertos tintes postrománticos que también compartían.

Muy bien vio esa levadura romántica un escritor tan inteligente y desaprovechado como Manuel Bueno[3], que lo contrapone al romanticismo delirante e individualista de Echegaray y considera a la rebeldía como el motor de su obra. También advierte que, tal vez, el propio éxito le forzó a convertirse en una suerte de redentor y hubo de simplificar tanto sus ideas como la técnica literaria. Aunque los escenarios sean naturalistas, “los caracteres, las almas son tan arcaicos y legendarios como los personajes del teatro de Victor Hugo” (p. 113). Manuel Bueno ve en Aurora, famoso drama dicentiano de 1902, una tentativa simbolista[4] sin abdicar de sus procedimientos dramáticos y, aun tomando partido por su teatro, no se recata en manifestar también la escasa complejidad de matices en la concepción de obras como El crimen de ayer.

 En el polo opuesto a los entusiasmos de Bonafoux se sitúa Clarín, cuyas menciones a Dicenta frecuentan el descrédito. El 27 de Mayo de 1897, bien que dirigiéndose a un público no peninsular, dictaminaba que sólo la ausencia de verdaderos críticos había permitido el éxito del Juan José y se congratulaba de que El señor feudal, la obra que siguió cronológicamente a la anterior y a la que califica de “vulgaridad”, no hubiera entusiasmado a nadie[5]. El 24 de junio, con motivo de la muerte de Enrique Pérez Escrich, compara Juan José con El cura de aldea y sus preferencias van hacia ¡la obra del melifluo y ultramontano escritor levantino!

 …porque arte fino en rigor no lo hay en ninguna de estas obras, y la de Pérez Escrich es más simpática por los buenos modos. Hoy, sin embargo, llamaría más la atención la muerte del autor de Juan José que la de Pérez Escrich… pero es posible que dentro de cincuenta años el popular los mida a todos por un rasero: el de la más absoluta ignorancia respecto de la existencia de tan apreciables señores.[6]

Tampoco andaba tan desencaminado don Leopoldo en sus predicciones; pero estos comentarios nos ilustran, una vez más, sobre sus limitaciones tanto de orden personal como ideológico para asumir el mundo estético y social que sobrevenía y para tolerar sin paternalismos el éxito literario de los jóvenes.

Negativo y perspicaz es igualmente el juicio de un Julio Camba primerizo, pugnaz y desafiante, que acude a la burla y a la descalificación personal:

  Yo transijo con sus leves alegrías alcohólicas y con sus fugaces expansiones sentimentales. Me parece muy bien que el señor Dicenta haga valer ante los cocheros su condición de dramaturgo, ya que jamás los literatos la han tomado en consideración.

Camba hinca su aguijón en los puntos más débiles del escritor: sus contradicciones, sus herencias de la retórica decimonónica, su demagogia:

 …enemigo de la miserable condición social en que se halla el obrero la exalta en todos sus escritos; partidario de una vida sana, libre e intensa, glorifica la vida triste y repugnante de los trabajadores; creyente en la necesidad de la cultura para la buena armonía de la sociedad, es un eterno panegirista de la ignorancia del pueblo… Lo cierto es que… se advierte una eterna contradicción… Su motivo literario es un contraste brutal entre las cosas: aquí el andrajo; allí la seda; arriba la luz; abajo la sombra… Y es a la sombra y al andrajo a donde van constantemente los ditirambos del Sr. Dicenta. Esta literatura se ha hecho popular matando en el pueblo toda ansia de renovación.

Arremete igualmente contra la consideración de que disfruta en los círculos progresistas:

  …Dicenta ha hecho -yo reconozco que inconscientemente- la más funesta labor reaccionaria. Su popularidad está en razón directa de esas condiciones que yo someramente he analizado. Como nunca formuló una declaración categórica de principios, cuando se declaró socialista, por ejemplo, obtuvo los aplausos de todos los socialistas, y así, respectivamente, al presentarse como anarquista, como republicano, como liberal, etc. Sus crónicas de El Liberal  son saboreadas por los obreros a quienes les halaga verse encomiados en un periódico burgués… es temible para la seriedad de las ideas: las toma, las baraja, las mixtifica y las destroza con una estupenda liberalidad. Yo hablaría de él como dramaturgo, como cuentista y como poeta lírico. Es, entre todo ello, la misma calamidad nacional. Cultiva siempre el desplante, ya rimado, ya prosaico: el dulce desplante que no perturba ninguna digestión y que hace gozar a los porteros y a los albañiles. El arte no le debe una sola emoción estética.

Pero su mayor perspicacia la aplica Camba a la valoración del teatro dicentiano como deudor de una herencia que conjuga muy mal con sus presupuestos renovadores:

Su teatro es una prolongación del mal teatro romántico, y, si a aquellos caballeros de capa y espada les hacía bien una apostura fanfarrona, confesemos que no les sucede igual a estos asendereados personajes de la ‘honrada blusa’… Dicenta es también patriotero a pesar de su anarquismo… Yo cargo a su literatura gran parte de responsabilidad en el desastre. Dicenta fue de los que exaltaron los pechos de granito y el fiero león. Después fue de los que protestaron. Su afán de populachería le llevaría a los mayores desatinos… Es una literatura cristiana y hedionda, inapta para justificar un solo gesto agresivo en ese pobre pueblo vilipendiado…[7]  .

Dicenta_Los de abajo

Todo depende del color del cristal, que decía el contemporáneo: otros comentaristas encontraron precisamente en la ausencia de demagogia sus mejores valores. Como pálida muestra de la recepción inmediata del Juan José, elegimos por su pertinencia los comentarios de Salvador Canals:

   …aunque no haya un solo asomo de sermón, aunque ninguno de los interesantes personajes de  Juan José arriesgue una sentencia ni una tesis, de ninguna de sus obras despréndese tanto como de ésa una amarga filosofía de revolucionaria tendencia social. Sin una frase que enoje, sin una sola soflama antiburguesa que encienda la sangre (…) nada tiene tanta fuerza de convicción como los hechos mismos, en crudo y vivos, tales cuales los presenta el autor”[8].

No sorprende al crítico catalán, ni a muchos otros, lo que hoy se considera una de las más notables aportaciones de la obra: el protagonismo de la clase obrera[9]; sí, en cambio, el apropiado tono de la lengua de los personajes, más estimable por las cualidades de “un estilista como él, tan dado a la frase relampagueante y de efecto. Excepción hecha del protagonista que, en algunos pasajes, deja ver al señorito debajo de la blusa del albañil que no sabe leer, todos los personajes se expresan en lenguaje llano y sencillo, verosímil en sus labios y en sus costumbres”[10].

José Deleito y Piñuela dedica a Dicenta dos artículos de su interesante Estampas del Madrid teatral de fin de siglo, uno en el que comenta el estreno de su primer drama, El suicidio de Werther, y otro referido al Juan José. En el primero destaca la buena acogida de público y crítica a la obra, la brillantez de sus versos y el romanticismo de salón a lo Echegaray que deparó que éste felicitara efusivamente al autor novel. Deleito termina resaltando que ese romanticismo impenitente le acompañó siempre a “través de sus evoluciones literarias y de los azares de su vida borrascosa”[11]. En lo mismo insiste en el otro artículo sobre el estreno de Juan José donde, aparte de destacar el insólito éxito de público y crítica -el más sonado desde Don Juan Tenorio que, además, alcanzó el triunfo años después de su estreno-, reconoce la novedad en los escenarios, en el verismo de los diálogos y en el de la composición dramática que significó -son sus palabras- “una revolución teatral” pero vuelve a señalar con acierto que ese realismo “seguía siendo romántico como romántico fue siempre (…) el genio poético de Joaquín Dicenta”, lo mismo que el tema central de la obra “leit motiv de toda nuestra exaltada y romántica dramaturgia nacional”[12].

Baroja, por su parte, califica a Aurora de sainete[13] y sus primeras palabras son para dictaminar que “el teatro no está lleno”. Para el novelista vasco, Dicenta, como casi todos los dramaturgos españoles, pertenece a la clase de los que “forjan su trama y después acoplan los personajes a la trama forjada”.

Vemos, pues, que desde el principio hay una actitud hostil tanto en la catalogación del género como en su observación sobre la cantidad de público asistente. Más consistencia ofrece su última aseveración y la que aduce después respecto a la españolidad del autor por sus preocupaciones sobre el honor y la honra, “…entidades metafísicas de las cuales no se cuidan los hombres nuevos, o si se cuidan no es de la misma manera, ni de la misma forma arcaica que lo hacen los personajes de Aurora”.

Tras incidir en el esquematismo del drama -ahora ya lo califica de tal-, remarca el carácter poco consistente de los personajes, en especial de la protagonista, para él una de las tantas “perlas de fango que puso en boga Eugenio Sue”. Pese a reconocer los aplausos del público al fin de los actos y de la obra, Baroja observa una disparidad absoluta entre la fría reacción de los espectadores de butaca y la entusiasta acogida de los que pueblan el paraíso.

Prescindiendo del hipercriticismo barojiano y su bronco carácter, resulta evidente que para nada se alineaba en las filas de lo que Dicenta parecía representar y que consideraba su teatro -tal vez no sin alguna razón- como perteneciente a otra época y actitud:

 En el tercer acto se oye con frecuencia a Manuel la palabra ‘caballero’, la frase ‘manchar mi honra’, etc. etc., y otras que a mí no me parece que se armonizan bien en boca de hombres nuevos, dispuestos a formar humanidades nuevas.

Sin embargo, no entra directamente Baroja en lo que era la entraña del problema: una actitud social nueva y revolucionaria pero dentro de unos moldes estéticos y superestructurales que Dicenta no consiguió saltar sino muy ocasionalmente.

Tampoco Azorín y Unamuno tomaron partido por nuestro dramaturgo. Es cierto que el primero defendió el Juan José e incluso tuvo la ingenuidad de rebelarse contra la Real Academia, que había premiado María del Carmen de Feliú y Codina prefiriéndola a la obra de Dicenta[14]; pero, como otros, fue defraudado por El señor feudal y achacó repetidamente a Dicenta su vida disipada y su frecuentación de hampones. Al rígido Unamuno tampoco podía gustarle la libertad de vida ni el credo revolucionario y un sí es no fantasioso de don Joaquín y, entre otras perlas, se despacha así en un artículo de El Progreso:

  …cierto pseudosocialismo declamatorio que corre por ahí… en los corrillos de los bohemios (…) última novedad de la modernistería en España (…) convulsiones epilépticas de boquilla y delirios de alcohol o de teatro[15].

Fue Maeztu el único de los noventayochistas canónicos que lo defendió, utilizando el pobre argumento de arremeter contra sus detractores y fustigando especialmente a Clarín y Unamuno al que, naturalmente, no tragaba:

  …¡Alma caritativa! Perdido en un laberinto de lecturas, el cerebro desequilibrado de Unamuno un día se despierta acrático, al siguiente marxista, y al otro se prepara para ejercicios espirituales (…)  cambiará antes de mucho la interna modalidad de nuestro pueblo y entonces será llegado el día de Dicenta; ese día que lleva siempre el genio, porque los genios no nacen en su tiempo debido (…) con sus defectos, con sus vicios, con sus ignorancias, quizá a causa de todo ello porque los hombres de una pieza no admiten añadidos ni amputaciones. Llegará el día de Dicenta, el día del dictador espiritual de una época (…) quedará para siempre, no como esos Clarín y Bonafoux condenados al anónimo… con que señale la posteridad al montón de mediocres 16].

Muy positiva es la visión de El Caballero Audaz en una de sus populares interviews de La Esfera, aunque no se recate en propalar la indesmentible afición del dramaturgo al alcohol y las mujeres[17]. También incide en sus costumbres disipadas Cansinos Asséns, quien califica de “romanticismo aristocrático”[18] la actitud humana de Dicenta y acaba elogiando su estilo y profesionalidad de escritor[19], cuando ya sabemos cuán poco generoso con sus contemporáneos fue Cansinos en estas memorias, por otra parte, no destinadas a la publicación.

Luis Taboada,Antonio Casero y Francos Rodríguez, nombres bien conocidos del periodismo primisecular, inciden en lo anecdótico, aunque este último resalta el carácter revolucionario en varios aspectos del Juan José y lo pujante de su talento y temperamento. Le censura, como otros, el no haber sido capaz de repetir el acierto de su obra emblemática, y lo mismo hace en sus divertidos Retratos al aguafuerte el pintoresco Manuel Gil de Oto, que también le reprocha “sus socialistas desplantes”, su tremendismo, el escaso cuidado del lenguaje y, de paso, las pretensiones literarias de su hijo. Una versión distante, socarrona y pendenciera de Dicenta nos da el pintoresco novelista Benigno Varela, autor de la muerte en duelo de su correligionario en ideas republicanas Juan Pedro Barcelona, ideas que luego trocó por la defensa ultramontana de la monarquía[20].

Eugenio Noel, que compartía con Dicenta tanto su pasión por la bohemia como su acendrado odio a la injusticia y el empeño en abanderar causas nobles y difíciles, escribió del dramaturgo con su habitual perspicacia y buen estilo:

  Despreció la celebración pura de las formas, la simplicidad cromática de las posibilidades y se acercó a una labor, más difícil entonces que hoy mismo; a la tarea de encontrar en los problemas sociales de España la cantidad de corazón que tienen y a plasmar esa sangre aunque para ello hubiera que revolverla[21].

Percibirá el lector avisado que Noel igualmente pudiera estar hablando de sí mismo, como cuando aduce:

  …para ver España ha sido necesario ser mordido por su sensibilidad irreductible y crudelísima, por su incontinencia y emotividad avasalladora. Esta raza nuestra es un racimo de uvas que alcoholiza a quien le exprime, y al dar la vida la quita. Había que beber, y bebió. Tuvo que contaminarse de zumo pasional, contagiarse de su eterna disconformidad con todo y ganarse su simpatía por asimilación de rebeldías y afectos[22].

Noel otorga a Dicenta cualidades de precursor por haber vivido esa España que denuncia y por haberse servido de los temas más nacionales y castizos para darles la vuelta en su interpretación[23]. Igualmente, forzó la contradicción -él, “que no creía en nada, ni en él mismo”- traduciendo El místico de Rusiñol o utilizando a Raimundo Lulio como tema de una ópera. De nuevo Noel da muestra de su agudeza cuando lo considera inventor de la “izquierda” literaria, que encontró no en los teóricos sino en la calle; cuando lo relaciona con Knut Hamsun en su sentido de la naturaleza, que se halla también en el rudo modo de sentir la libertad y la pasión por parte de sus personajes[24]. Su inconmensurable energía se correspondía, sin embargo con un corazón envuelto en nieblas que necesitaba la fuerza raigal de la vida que encontraba en sus correrías por las tierras y las tabernas de España. Todo ello le da oportunidad para oponerlo a la falta de voluntad, optimismo y vida que se percibe en los escritores del momento -Noel escribe al menos treinta años después del estreno del Juan José-, a los que califica de indecisos, miedosos, aguados, inarticulados y falsos.

Pese a que también Noel considera a Dicenta dominado por Juan José, como el título del artículo explicita, no vacila en calificarlo como “hombre de genio…, señor de la inquietud, y hasta… verdugo de sí mismo”[25]. El texto de Eugenio Noel, en su brevedad, es espléndido y, sin sombra de duda, de lo más excelente que se ha escrito sobre nuestro autor.

Abundantes aciertos en la interpretación, dentro de una actitud que tiende al panegírico, ofrece el inteligente crítico Andrés González Blanco[26], y todo lo contrario se puede decir de las opiniones, más que del análisis, de Cejador[27], pero el carácter monográfico de sus obras nos exime del comentario.

Dicenta_Infanticida008

En el florilegio que hemos espigado vemos cómo los contemporáneos percibieron con agudeza los aspectos más destacables de Dicenta en lo social, lo estético y lo personal aunque la natural falta de distanciamiento impida el análisis riguroso. Llama la atención que dos de las visiones más negativas provengan precisamente de los consagrados como Clarín, Unamuno o Baroja. El hecho, lo mismo puede ilustrarnos sobre la peculiaridad del carácter nacional, que tolera difícilmente la competencia, como sobre la circunstancia de que su situación de autoridad e independencia les permitiera arbitrar juicios de mayor radicalidad. Sin embargo, y volviendo a las palabras expuestas al principio, Dicenta sigue reclamando su lugar crucial en las perspectivas que conforman el estudio de las relaciones entre literatura y sociedad en el período de intersiglos. Su entrañamiento en la todavía tan mal estudiada bohemia, su decisiva influencia en la conformación de una ideología entre lo estrictamente popular y lo republicano radical, su peculiar visión del problema religioso, su personal teoría dramática, su labor como dinamizador en el terreno del publicismo y su eclecticismo estético esperan los estudios que, inexplicablemente, faltan desde hace casi un siglo.


    [1] Véase a este respecto el muy interesante trabajo de Francisco Carrasquer, La literatura española y sus ostracismos, Cuadernos de Leyden, Universidad de Leyden, 1981. El autor reprocha a la intelligentsia española y a las excrecencias de las exquisiteces de institucionalistas, universitarios y epígonos del 27 el olvido de los escritores más genuinamente vinculados con las luchas populares.

    [2] Luis Bonafoux (con el seudónimo Aramis), “Cosas del santo” en  Literatura de Bonafoux, Madrid, Tipografía de Manuel Ginés Hernández, 1887, pp. 128-131.

    [3] Manuel Bueno, “Joaquín Dicenta” en Teatro español contemporáneo, Madrid, Bibl. Renacimiento, V. Prieto y Compañía, 1909, pp. 109-125.

    [4] Eduardo Bustillo en Campañas teatrales (Crítica dramática), Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1901, pp. 217-221, también había remarcado los resabios simbolistas de un drama como El señor feudal.

    [5] Clarín,  “Los artículos de Leopoldo Alas ‘Clarín’ publicados en “Las Novedades”, Nueva York, 1894-1897, Cuadernos Hispanoamericanos, Los Complementarios, 13-14, Madrid, Junio 1994, pp. 156.

    [6] Ibidem, p. 165.

    [7] Julio Camba,  “Una calamidad nacional. Joaquín Dicenta”, La Anarquía literaria, Julio 1905, pp. 2-3.

[8]  Salvador Canals , El año teatral, 1895-1896, Madrid, Establecimiento tipográfico de El Nacional, 1896, p. 149.

    [9] No debe olvidarse, como hasta hace poco se ha hecho, que, en gran medida, ese protagonismo ya se lo había dado el género chico.

    [10] Salvador Canals , El año teatral, 1895-1896, Madrid, Establecimiento tipográfico de El Nacional, 1896, p. 154.

    [11] José Deleito Piñuela, Estampas del Madrid teatral de fin de siglo I, Madrid, Calleja, s. f. p.  60.

    [12] Ibídem, p. 201.

    [13] Pio Baroja, Crítica arbitraria, Cuadernos literarios (sobre Aurora), Madrid, 1924, pp. 15-21.

[14] El Progreso, 27-XII-1897.

    [15] “Carne sobre hueso”, El Progreso (29-XII-1897). Cit. por Jesús Andrés Zueco, Biografía de Joaquín Dicenta Benedicto, Calatayud (Zaragoza), López Alcoitia, 1995, p. 182.

    [16] Cit. por Jesús Andrés Zueco, op. cit., p. 186.

    [17] V. su reproducción, con glosa final adecuada a los momentos de postguerra en que se publicó, en El Caballero Audaz (José María Carretero Novillo),  Galería II, Madrid, ECA, 1944, pp. 631-637.

    [18] No entendemos demasiado el calificativo de Cansinos. El romanticismo, como se vio, es una referencia que, en cambio, reseñaron muchos críticos, entre los que también cabe señalar a Diego San José, Gente de ayer, Madrid, Instituto Editorial Reus, 1952, p. 41.

       [19]  Rafael Cansinos-Asséns,  La novela de un literato, 2, Madrid, Alianza Tres, 1985,  p. 213.

    [20]  Benigno Varela, Isabel, distinguida coronela, Madrid, Imprenta de Antonio Marzo, s. f. (1910), pp. 40-45, 54-55, 77. Más datos sobre este personaje en Javier Barreiro, “El olvidado publicista Benigno Varela, un exaltado testigo de su época”, Rolde nº 84, Zaragoza, Abril-Junio 1998, pp. 4-15.

    [21] “Un hijo de Juan José: Dicenta” en Eugenio Noel, España, fibra a fibra, Madrid, Taurus, 1967, p.120-126.

[22] Eugenio Noel, op. cit., p.120-121.

[23] A este respecto es ilustrativa la polémica suscitada por Curro Vargas, a la que se acusó de ser un plagio de El niño de la bola de Pedro Antonio de Alarcón. Para la polémica, ver el artículo firmado por F. P. en Ruiz y Benítez de Lugo [1899: 351-362].

    [24] Esa su pasión por la naturaleza es señalada, asímismo por otros autores como Luis Ruiz Contreras que, en fecha tan temprana como la de 1894, analizando el drama Los irresponsables, escribe: “siéntese profunda y noblemente la pasión de la Naturaleza… que viene a ser, en le desarrollo de los acontecimientos, un colosal personaje”.

    [25] Eugenio Noel , op. cit., p. 120.

    [26] Andrés González Blanco, Joaquín Dicenta. Antología crítica de sus obras, Madrid, La Novela Corta nº 281, 30 Abril 1919.

    [27]  Julio Cejador y Frauca, Historia de la Lengua y Literatura Castellanas, Madrid, Tip. de la Revista de Archivos, Madrid,  1915-1922. 14 vols. Tomo X, pp. 118-126.

Dicenta_Quién fuera tú

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comentarios
  1. Miguel Ángel dice:

    ¡Enhorabuena Javier por este recordatorio de este olvidado escritor! Las ilustraciones, como acostumbras, de que se acompaña tu texto lo hacen, por su vistosidad, más atractivo aún, si cabe. Quiero que mi comentario sirva para aportar otro testimonio. El también olvidado escritor Fernando Mora, que tenía a Dicenta por su maestro, en una conferencia que dio en Zaragoza en enero de 1933 en la Agrupación Artística Aragonesa, refiriéndose al estreno en Madrid de su obra “Daniel”, escrita para el beneficio de Díaz de Mendoza, dijo: “… Éxito enorme, a pesar del abandono del teatro por la gente bien durante la representación. También por esa misma gente, el abono, fue rechazada la obra en Bilbao, pero anunciada la obra una noche a beneficio de los mineros se llenó el teatro de una imponente muchedumbre. La representación fue algo nunca visto; los aplausos, explosiones, y al final, cuando don Joaquín salió de la mano de doña María y de su esposo, el rugido fue tan enorme que la actriz, asustada, tartamudeando, preguntó: -Pero, ¿Qué es esto Joaquín? Y don Joaquín, con aquel decir siempre oportuno y siempre sereno, hubo de contestarla: -Esto, María, es mi … abono”. Mis saludos

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