CENSURA Y TRANSGRESIÓN

Publicado: mayo 19, 2012 en Artículos
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Publicado en Aragón Digital,  30 de septiembre-4 de agosto, 2007.

Hace unos cuantos días los periódicos daban cuenta de la retirada por parte del ayuntamiento zaragozano de una obra fotográfica, Crucifixión del venezolano Nelson Garrido, que iba a ser expuesta en la Bienal de la Imagen de Zaragoza, que se celebra en la Lonja. La obra es, como antes se decía, “irreverente”, con el propio fotógrafo en el papel de Cristo, provisto de halo y con tres ostentosos miembros viriles saliendo de su vientre. Una especie de Magdalena rubia, sólo cubierta por su larga cabellera, lo acaricia. Todo esto rodeado de una profusa escenografía, que da una impresión de déjà vu. Estos “malditos” poblaron ya el siglo XIX –entonces sí que lo eran- y, sin ir más lejos, en los sesenta, el grupo pánico, especialmente con Arrabal y Jodorowski, montó performances, hizo películas y desmitificó con parecida estética cuando esta era más nueva, heterodoxa e infractora.

Como casi siempre, la obra es neutra, consabida, efectista y presenta un tono kitsch que únicamente puede aportarle algún pintoresquismo. La transgresión que estas obras acometen es ilusoria, rácana y hace muchas décadas que no impresiona sino a los decididos a impresionarse. Y es verdad que atacar a la tan a menudo atacable iglesia católica es gratis cuando hasta hace nada fue exclusión, excomunión, expulsión y cosas peores. Pero el que guste de transgredir tiene a mano asuntos más peligrosos, porque la auténtica transgresión juega con el peligro, niega las certezas comunes y se dedica a poner del revés los dictámenes emanados desde el poder.

Es verdad que esta censura, aunque en esta ocasión ¡aceptada! por el fotógrafo, hace tan sólo unos años hubiera provocado polémicas, solidaridades, firmas y opiniones diversas. Hoy todo importa poco. La grey intelectual, si es que existe, está por otras labores y la grey en general, no digamos. Ahora, como en tiempos de la censura de verdad, toca escandalizarse cuando un niño o una niña en un anuncio no salen plenamente vestidos. Los innumerables “ejércitos de salvación” subvencionados por el gobierno o dependientes de él ven casi siempre delincuencia sexual, como los censores franquistas veían promiscuidad, pecado, desenfreno erótico y condenación general cuando se mostraba un brazo y no digamos ya un sobaco femenino. A punto estuvieron de prohibir el baño y las playas. Parecía convicción aceptada que la perversidad estaba en la mirada del censor y no fuera. Pero hoy ya sabemos que Andersen, los hermanos Grimm y Perrault eran delincuentes sexuales, Walt Disney un reaccionario morrocotudo y la condesa de Segur y Lewis Carroll, algo peor que el demonio. Prohibiendo el arte y la historia, se arreglaría todo fácilmente.

Parece una boutade, pero algunas autonomías llevan intentando algo parecido desde hace tiempo. Y, además,  casi todo el mundo, con los medios de comunicación a la cabeza, está convencido de que los reaccionarios son quienes protestan.

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