Prólogo al libro de Antonina Rodrigo, María Antonia La Caramba. El genio de la tonadilla en el Madrid goyesco, Ayuntamiento de Motril, 2011.

 

No deja de ser sorprendente que hoy prologuemos la que es ya tercera edición de la biografía de un personaje que no debe nada a las modas de hogaño y que, como este adverbio, anda ya un tanto olvidado aunque su actividad, personalidad y trayectoria sean tan ejemplarizadoras de corrientes, actitudes y fenómenos que, en cambio, persisten en la actual vida española, por otra parte, en tantas cosas lejana a las calendas en que La Caramba desarrolló su arte y su trapío pero cuyos sustratos, a menudo, asoman burlones tanto para bien como para mal.

Actriz-cantante o cantante-actriz, María Antonia Fernández figura entre las pioneras de esa mélange, que tanto juego ha dado en la vida artística española, desde las favoritas de los Austrias hasta las actrices cinematográficas de hoy. Aunque, bien sabido es, nunca se recordará bastante cómo el teatro español se nutrió siempre de la música popular y la tonadilla constituye una de sus primeras manifestaciones estudiables.

Precisamente, fue el más eximio investigador de este género, José Subirá (1882-1980), quien en 1972 prologaría la primera edición de este libro. Casi un cuarto de siglo después, José Blas Vega titularía su estudio sobre la canción española: De La Caramba a Isabel Pantoja, corroborando la prosapia del género.

La condición de hembra, de granadina, de actriz, de tonadillera, de revolucionaria a su modo, de personaje poco conocido… todo ello la convertía a La Caramba en figura susceptible de ser tratada por Antonina Rodrigo aunque esta autora pocas veces se había remontado tan atrás en sus estudios históricos y, a la hora de su primera edición, todavía no se había revelado como una de las más intensas, conspicuas, generosas y documentadas biógrafas de nuestro tiempo, aunque ya hubiera publicado su tan reeditado estudio sobre Mariana Pineda . Como un consolidado prestigio e importantes premios la avalan, no remacharé más clavos, sí diré que el elenco de personajes biografiados por Antonina da razón de un riguroso compromiso moral, desprovisto de todas las rigideces que el último calificativo reúne.

Aunque son pocos los datos estrictamente personales que nos han llegado de La Caramba, cuyos primeros años siguen en nebulosa, la autora, que en su anterior libro, Almagro y su Corral de Comedias, ya se había acercado al mundo de la farándula, recreó vívidamente en su escritura el ambiente de la escena española en que María Antonia se desenvolvió. Así, el libro contiene muy abundantes datos sobre el tan mal conocido teatro de su época y, de hecho, tiene más de crónica de un tiempo confuso y conflictivo en el que las fronteras entre clases sociales, sexos, géneros están empezando a resquebrajarse, que de estricto recorrido por la peripecia de la tonadillera.

Sin embargo, la trayectoria de la artista resulta altamente ejemplificadora en cuanto a estos extremos. María Antonia Fernández se escapó del papel anónimo que le tocaba desempeñar a la mujer española de su siglo y tuvo una alta conciencia de su propio valer, lo que le llevaría exigir privilegios en la escena. Igualmente es significativo, el caso de su matrimonio, tanto por su decisión de alejarse del público que la aclamaba, como por la de revocarla en cuanto comprobó que el galán no colmaba sus aspiraciones. La familia del pretendiente, Agustín de Sauminque, se oponía al bodorrio, por lo que hubieron de casarse en secreto, falsificando numerosos extremos del contrato. Pero María Antonia no se olvidó de que el escribano estampara que el esposo se comprometía a no tocar, para sus propios gastos o deudas, la cuantiosa dote aportada por ella.

Un mes después de su retirada, el matrimonio desposó el 10 de marzo de 1781. La aventura debió ser tan desastrosa que no duró más de un mes y el 15 de abril María Antonia reaparecería en el teatro del Príncipe. Caso curioso y que, en cierto modo, conecta con las miserias televisivas de la actualidad, dados los dimes y diretes que habían suscitado su retirada y desposorio: para la reaparición se recurrió a su propia peripecia matrimonial con la obra, Garrido de luto por La Caramba, llena de guiños a un público expectante, que pudo así saciar su morbo.

Otra prueba de su independencia es la aludida dote que aportó –y rescató- del matrimonio. Es obvio, que la misma habría sido obtenida mucho más con sus amoríos que con su sueldo de cómica pero, sin duda, se trata de una de las primeras mujeres españolas de las que sabemos consiguió cuantiosas ganancias con su trabajo. La autora se ocupa de de ilustrarnos acerca de las vicisitudes económicas y los sueldos –poco cuantiosos- que se pagaban pero también de cómo peleaba María Antonia sus emolumentos, de la misma manera que lo hacía con el lugar principal que debía concedérsele en los elencos escénicos. Por cierto, que no se ha identificado a ninguno de sus amantes, lo que también nos habla de una habilidad de preservar esa independencia que no quería ver coartada convirtiéndose en la mantenida de cualquier poderoso.

Sin embargo, toda esa libertad y autonomía que La Caramba derrochó en el periodo de su vida artística se quiebra de pronto, cuando una mañana de 1785, poco antes de la Semana Santa, entra en la iglesia de capuchinos de San Francisco del Prado y oye al predicador. Anduviera deprimida, tuviera un pronto histérico o una caída de Saulo, María Antonia abandona inmediatamente la escena y se dedica a hacer penitencia de forma tan intensa que las mortificaciones debilitan su cuerpo y, en sólo dos años, hace testamento y el 10 de junio muere. El recuerdo de María Magdalena, María Egipciaca o lo que la leyenda atribuye a don Miguel de Mañara y a tantos otros que, tras una vida disipada, se recluyen en un arrepentimiento que, a veces, parece próximo a la locura no hace sino ilustrarnos sobre lo cercanos que, como la sabiduría hermética y hasta la simple observación nos enseña, están los extremos.

La figura de La Caramba ocupó a escritores como Eduardo Marquina, Diego San José, Luis Fernández Ardavín, Nicolás González Ruiz, Mariano Tudela o José Martín Recuerda; incluso, en 1950, Andrés Ruiz Castillo rodó una película que, pese a su reparto cuajado de nombres ilustres, pasó sin pena ni gloria. La simpática Antoñita Colomé fue su protagonista.

Otra andaluza, Antonina Rodrigo, terminó de situarla en su medio, con esta biografía que aporta multitud de datos sobre el ambiente del siglo, los curiosos entresijos del mundo teatral, tan reglamentado, de su tiempo, pero en el que privaban más las cuestiones internas o domésticas que las artísticas, de modo que las desavenencias entre compositores y cómicas estaban a la orden del día, así como las tonadillas en las que se criticaban las costumbres de la aristocracia, que, tanto a la intérprete como al autor, les ocasionaron más de un problema. La tercera edición de María Antonia La Caramba. El genio de la tonadilla en el Madrid goyesco no hace sino confirmar la pertinencia de esta historia, tan española como la manera que tuvo don Guido de asentar la cabeza.

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comentarios
  1. OSWALDO MELIAN AFONSO dice:

    Un trabajo que no tiene desperdicio de indudable valor histórico.

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