La Dolores, uno de los mayores éxitos del teatro español de todos los tiempos, es una vigorosa muestra del teatro de ambiente aragonés tan popular en la época de intersiglos. La leyenda en que está basada, el personaje que le dio origen, su repercusión y sus contextos han sido ampliamente documentados por Antonio Sánchez Portero en los tres libros que editó sobre el asunto aunque alguna de sus conclusiones haya sido discutida. Menos se ha hablado de las circunstancias de su estreno, que a punto estuvo de no llevarse a cabo.

La Dolores-Partitura

José Feliú y Codina (1845-1897) era un autor de segunda fila que apenas había estrenado fuera de su Cataluña natal. La copla que muchos años atrás oyera en la estación de Binéfar, dio lugar a un romance, publicado en el semanario El chiste, que bastantes años después decidió incluir en el drama. Una vez escrito éste se lo ofreció al famoso actor-empresario Rafael Calvo, que lo rechazó, y lo mismo ocurrió con otras compañías. Intentó venderlo por 125 pesetas, lo que tampoco logró. Finalmente, pudo estrenarlo el 10 de noviembre de 1892 en el Teatro Novedades de Barcelona, con una compañía de poco renombre en la que Carlota de Mena hacía el papel de Dolores, Federico Parreño, el de Lázaro y Ricardo Simó, el único actor relativamente conocido, el de Rojas, el sargento andaluz. El drama obra tuvo cierto éxito y se representó también en Zaragoza y algunas provincias, pero no dejó de considerarse como una más de las muchas obras que tenían lo aragonés como motivo y se movían dentro de unas coordenadas previsibles. Tardó, pues, varios meses en que fuera aceptado en Madrid, para lo que el autor se sirvió de su amistad con Emilio Mario, director de la compañía del Teatro de la Comedia.

teatro-de-la-comediaEste teatro era frecuentado por un público burgués que consideraba de poco gusto, las obras rurales y regionales, por lo que Mario, que había fracasado con otra obra de Feliú y Codina, decidió estrenarlo, como de relleno, a título de “experiencia” y en las peores condiciones posibles: bien avanzada la temporada, en un domingo que coincidía además con la onomástica de los innumerables Pepes, en el tercer turno de abono y con el público cansado de obras y beneficios de artistas. Esta experiencia constituyó un antecedente del éxito de Juan José (1895), del bilbilitano Joaquín Dicenta, drama con protagonistas proletarios, cuyo estreno en este teatro se consideraba una insensatez. Sin embargo, se convirtió en la obra cumbre de su género y, tras el Tenorio, probablemente, la más representada en el teatro español durante el periodo que medió entre su estreno y 1936.

Por otra parte, la compañía no confiaba en la obra y se ensayó a desgana y con grandes reservas, sobre todo por parte de María Guerrero, que hasta lloraba, aunque después se adentró en el papel de tal modo que conservó el acento aragonés durante mucho tiempo, incluso mientras representaba otro tipo de obras. María Guerrero estaba en sus inicios, y aún no se había convertido en la gran dama del teatro español en que se constituyó durante mucho tiempo. Su personaje era muy diferente a los de su habitual repertorio dramático, con el que se había revelado poco antes, concretamente en el papel protagonista de Mariana de don José de Echegaray. El resto de los actores se distribuyó los papeles un poco al buen tun tun. Así el primer actor Emilio Thuillier, hizo el papel más desairado, el del chulo Melchor, pensando que apenas iba a durar en escena. Francisco García Ortega, que no había pasado de segundo galán, más bien cómico, alcanzó el rango de primer actor interpretando el papel del seminarista Lázaro. El director, Emilio Mario, encarnó al sargento andaluz y la también famosa Sofía Alverá, el de Gaspara, la propietaria del mesón.

A pesar de todas estas circunstancias la obra, estrenada el 19 de marzo de 1893, resultó un éxito inenarrable desde la famosa copla con la que el drama comenzaba y, al final, Feliú y Codina fue paseado a hombros. La crítica, en cambio, no fue unánime, tal vez porque el autor no era renombrado, aunque predominara el entusiasmo. José Yxart, el mejor crítico de la época, escribió, aludiendo a su localización espacial: “…región española famosa por la brutal rudeza de sus pasiones. Y con esto, la pasión y la vida, inmediatas y directas, del breve drama, han podido mostrarse, por entero, con toda su fuerza, con todo su ardor, sin los enfriamientos de una mayor cultura: todo músculo y todo nervio… Obra genuinamente española, inconfundible con la de ningún otro teatro, por el modo de sentir y por el modo de hablar: por la pasión y por la decoración”. Exaltó también el magnífico escenario de la posada y concluyó que era “obra de extraordinaria excelencia” en la mejor tradición de la literatura castellana. Esta vinculación de la obra con nuestro mejor teatro clásico fue señalada también por otros críticos.

Fray Candil, a su vez estampó: “hermoso drama realista a la usanza antigua… que recuerda nuestras novelas ejemplares… conmueve a la vez que divierte… las costumbres tienen su característica local, hasta sus olores y sus matices… ha llevado a las tablas un pedazo de la realidad qué el ha visto y le (sic) ha llevado con la sencillez de procedimiento de Ibsen”.

Fue, sin embargo la Pardo Bazán, quien le dedicó un entusiasta  artículo, la que más hizo por remarcar la trascendencia de La Dolores. El circunspecto Clarín, en cambio, que tantas veces se equivocó, no dio todo su valor a la fuerza dramática y sí se entretuvo en registrar ripios e incorrecciones.

De una forma u otra, La Dolores se convirtió en un nuevo emblema teatral y el maestro Bretón, probablemente, el más prestigioso de los músicos de su época, impresionado por el argumento, pidió permiso a Feliú para confeccionar un libreto lírico, tal como él lo sentía. Este prurito por escribir los textos, que también se dio en Chueca, no era la primera vez que afectaba a Bretón y ya lo había hecho con Los amantes de Teruel, aun cuando todos estimasen que sus cualidades como autor eran más que discutibles y así lo muestra el libreto de la zarzuela, inferior al del drama, que contrasta con la esplendidez de la música.

teatro-de-la-zarzuelaLa obra se estrenó en el Teatro de la Zarzuela el 16 de marzo de 1895, con una excelente escenografía, y los aplausos comenzaron ya al concluir la introducción, se repitieron y se hicieron ovación formidable en la jota con que termina el primer acto hasta el delirio final. Bretón fue llevado en hombros a su casa. La interpretación corrió a cargo de Matilde Corona, en el papel de Dolores; el tenor Simonetti, en el de Lázaro; y el barítono Sigler, en el de Melchor. Se representó 63 veces consecutivas, cifra enorme en un tiempo en que la abundante producción y la afición del público al teatro, implicaba constantes cambios en las carteleras. Después recorrió en triunfo España, los países iberoamericanos y distintas capitales europeas. La obra entró en el repertorio de muchas compañías líricas y se representó continuamente hasta los años treinta. La Dolores pasó a ser considerada como la obra más sólida del maestro salmantino, que, tan sólo un año antes, ya había conseguido un gran triunfo popular con La verbena de la Paloma.

Sin embargo, la Academia, que en 1892 había premiado a Mariana de Echegaray en detrimento de La Dolores, también preterió esta vez la versión musical aunque, en compensación, otorgó el premio de 1896, a María del Carmen, otra obra de Feliú y Codina de ambiente murciano, claramente inferior. Tanto Bretón, como Feliú y Codina fueron sucesivamente homenajeados, pero éste no volvió a conseguir un éxito similar. Su última obra, La real moza, fue un medio fracaso, lo que le ocasionó un enorme disgusto, exacerbado por unos comentarios despectivos que se atribuyeron a María Guerrero. Se dice que esto influyó en el derrame cerebral que en mayo de 1897 ocasionó la muerte del escritor, que padecía de obesidad y apoplejía, pero al que aún faltaba un mes para cumplir los cincuenta años.

A veces, el hoy y el ayer no andan tan distantes. Tras el triunfo de La Dolores, los escritores catalanes dieron un banquete a Feliú y Codina, no sin resaltar que se ofrecía no al autor dramático, sino al escritor catalán y que, si se había homenajeado a Galdós y Echegaray, justo era ofrecer idéntico agasajo a un esclarecido hijo de Barcelona. Sus colegas madrileños apresuráronse a decir que si les placía lo del paisanaje más que la gloria del poeta español, bien estaba el banquete, al que ellos se adherían sin ningún tipo de resquemor.

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José Feliú y Codina

                                                                    La zarzuela de ambiente aragonés

El periodo de esplendor de este subgénero zarzuelero puede situarse entre 1880 y 1910. La gesta de los Sitios, cuyo eco se mantuvo vivo en Europa hasta vencido el siglo XIX, había incrementado la “buena prensa” de lo aragonés, lo que, junto al preferencia que el público peninsular deparó a la jota y la buena consideración, no exenta de paternalismo, en que muchas regiones han tenido los aragoneses, provocó la moda del género. El erudito Deleito y Piñuela llegó a escribir: “Los aragoneses han tenido suerte en el teatro, presentándoseles como ‘arrendatarios’ del valor, del patriotismo, de la lealtad y de todas las virtudes, en contraste con la zumba de que las demás regiones y provincias, Madrid inclusive, fueron objeto mil veces”.

El estreno de La Dolores incrementó la moda. El crítico Salvador Canals, en la misma línea de la anterior cita, escribió por entonces: “Por desarrollarse en Aragón, la más castiza de las regiones españolas, y por descansar sobre la jota, lo más típico de nuestro espíritu… La Dolores es un asunto genuinamente español”. Después vinieron obras como El dúo de “La Africana” (1893), con su famosísima jota, y Gigantes y cabezudos** (1898), que, al coincidir con el fervor patriótico que deparó la guerra con los Estados Unidos, fue otro hito del género lírico. Ambas obras fueron musicadas por Fernández Caballero. Inmediatamente, se estrenó El guitarrico (1900), hoy a punto de cumplir su centenario. Entre la primera y la última de las citadas, y en sólo ocho años, hay al menos otras veinte obras líricas localizadas en Aragón. A partir de entonces, siguió el goteo y, entre muchas decenas, podrían señalarse por su trascendencia, Los de Aragón (1927), La Dolorosa (1930), ambas con libreto de Juan José Lorente y música de Serrano, y El divo (1942), con música de Díaz Giles. Como los extremos se tocan, respecto a la moda de lo aragonés, el hoy y el ayer en nada se asemejan.

*Este artículo, publicado en Heraldo de Aragón (26-XI-2000), recibió el Premio Mesón de la Dolores de Periodismo en el año 2000.

**https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/07/22/gigantes-y-cabezudos-en-la-zarzuela-de-ambiente-aragones/

meson-de-la-dolores-antes-de-su-restauracion005

El Mesón de la Dolores antes de su reconstrucción

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comentarios
  1. Miguel Ángel dice:

    ¡Premio bien merecido, sin ninguna duda!

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