Publicado en Tras la huella de Sade, Zaragoza, Colección La Delicia del Pecado, 2015, pp. 12-23.Sade Pintura

La profusa e inabarcable bibliografía internacional sobre el marqués de Sade y la humilde reflexión en cuanto a que poco podría yo aportar a tan rico acervo hermenéutico me llevó a reflexionar sobre cuál habría sido la suerte histórica de Sade en la, al menos hasta hace unas décadas, tan casi siempre mojigata España. De hecho, cuando uno se asomaba a la literatura, Sade estaba en boga. Se empezaban a poder conseguir sus libros en el mercado, en las revistas culturales afloraban artículos sobre el personaje y la moda del estructuralismo y el psicoanálisis lacaniano tenían en el marqués uno de sus más frecuentes motivos recurrentes. Así, en 1967, se había publicado en París la versión definitiva de la biografía de Gilbert Lély[1], uno de los libros canónicos acerca de Sade, y figuras tan influyentes en la cultura de la generación que culminó en el mayo francés, como Georges Bataille, Maurice Blanchot, Simone de Beauvoir o Roland Barthes, habían emprendido una vigorosa reivindicación aunque, como se verá, tuviera su fundamento en décadas precedentes.

Al efectuar las necesarias comprobaciones, observé que a Sade no se le había traducido en España hasta 1969. Fue pionera la barcelonesa editorial Taber con Historia secreta de Isabel de Baviera, reina de Francia (1969), en versión española de María Ángeles Santa. Pero las obras más transgresoras (Los ciento veinte días de Sodoma, Justine, Juliette…), sólo se conseguían, y aún con dificultad, en ediciones mejicanas que procuraba bajo mano alguna librería de avanzada como “Cinc d’oros” en Barcelona.

Pero, evidentemente, la figura del heterodoxo francés había llegado al país más de una centuria antes y ésa es la pequeña historia que voy a desbrozar.

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Antes de comenzar con los ecos de la obra de Donatien-Alphonse-François, habría que consignar un tan curioso como lamentable episodio español del que fue protagonista Louis-Marie de Sade, su primogénito, que, por lo que ahora se dirá, algo –y no de lo mejor- heredó del padre. Nacido en 1767, había cursado la carrera militar y, como oficial, intervino en diversos episodios bélicos. El 20 diciembre de 1808 llegó a Zaragoza para participar en el segundo sitio de la ciudad, donde intervino en varios hechos de armas que constan en su hoja de servicios[2]. Ya conquistada la plaza, el 23 de febrero de 1809, el capitán hizo varios prisioneros en el término de Valmadrid, que fueron interrogados. No sabemos a ciencia cierta lo que ocurrió en dicha contingencia pero debió de ser terrible. En el informe de Sade se habla de una increíble rebelión de los apresados que derivó en lucha y crueldades por parte de los detenidos, mientras que, en cambio, el mando francés resolvió degradar al capitán. Es ilustrativo que los tres nombres que constan de los arrestados sean femeninos: Antonia, María y Juliana. Antonia Pelegero resultó muerta y tanto ella como las otras dos presentaban heridas atroces. Parece haber pocas dudas de que se trató de un hecho en el que se practicó aquello a lo que más tarde se daría el nombre de sadismo o algolagnia y, dado el historial militar y familiar del degradado, no parece que fuera la primera ocasión en que se veía en tales circunstancias.

Volviendo al protagonista de este trabajo, algunas de sus obras, como Sade Manuscrito de Justine007Justine o los infortunios de la virtud[3], aunque recluidas en el “infierno” de la Biblioteca Nacional francesa, circularon en vida del escritor en versiones manuscritas y, durante todo el siglo XIX, proliferaron las ediciones clandestinas que influyeron en numerosos y muy relevantes autores, aunque hubiera de esperarse a 1909 para que las nacientes vanguardias, encarnadas en Guillaume Apollinaire, editaran su obra. Durante dicho siglo las ocasiones en las que en España se menciona al escritor francés, son siempre para incidir en sus crueldades y depravaciones. Veamos, como ejemplo, una de las primeras:

…la moralidad de los jefes de asociación que han sido señalados por la policía es tal, dice el parte, que sería preciso tener la pluma del Marqués de Sade para caracterizarlos dignamente. “Crónica política” firmada por D., El Católico nº 2000, 30-IX-1845, pag. 5.

El 2 de diciembre de 1885 aparece un artículo con el título “Sadismo”, firmado por el asturiano Tomás Tuero, en el que se censura la novela hipernaturalista y se la pone en parangón con el marqués de Sada (sic). Todavía faltaba un año para que Richard von Krafft-Ebing publicase su Psychopathia Sexualis, el tratado pionero sobre las perversiones sexuales que dio cauce a los conceptos tanto de sadismo como de masoquismo y abrió la puerta a la atención que la psiquiatría iba a prestar a la obra sadiana. En su número de julio de 1893 la revista cultural más puesta al día en su tiempo, La España moderna, fundada por José Lázaro Galdiano, se refería a la citada obra del psiquiatra alemán y a su categorización del sadismo. En la misma revista (abril 1895) publicaba Unamuno la primera versión de su ensayo “En torno al casticismo” y utilizaba, con la previsible connotación peyorativa, el término “sadismo” (p. 45), que, a partir de aquí, ya se usará normalmente en su sentido de aberración sexual, como se puede comprobar en el diario conservador La Época (23-8-1895, p. 3) o en el republicano El Motín (11-12-1897), donde lo utiliza Louis Bonafoux de igual manera. Es curiosa, asimismo, la mención de Ramiro de Maeztu en la que vincula al creador del Marqués de Bradomín con el de Justine:

Ante mis ojos se aparece el Sr. Valle-Inclán como discípulo de Barbey d’Aurevilly en el amor a los gestos olímpicos y a los temas diabólicos, como admirador, aunque no muy extremado, del marqués de Sade, en su complacencia al describir erotismos perversos. “Madrid Científico”, Revista Política y Parlamentaria nº 379, 1902, p. 10.

En la misma tónica de identificación de lo sádico con lo aberrante se continuará en las décadas siguientes. Sin embargo, es ilustrativo reseñar alguna mención significativa. En La Vida Galante (2-12-1904), la revista con pujos erotizantes que fundara el incansable e imprescindible Eduardo Zamacois[4], el narrador alicantino Rafael Leyda (1879-1914) publica un cuento, con el título “El marqués de Sade”, en el que narra una de sus aventuras libertinas. Y otro escritor tan de su tiempo como Emilio Carrère, que buscaba los asuntos chocantes, será uno de los que más invoque o cite al marqués en sus escritos[5]. Es también curioso un artículo de José Bruno publicado en “Los Lunes de El Imparcial” (2-12-1923), “Genealogías literarias. Del Petrarca a Sade”, donde rastrea la prestigiosa progenie familiar del escritor, desde Hugo de Sade, esposo de la legendaria Laura de Petrarca, hasta Mirabeau, pasando por teólogos, arzobispos y otros personajes de la historia francesa:

Por extraño designio viene a ser evocada Laura en el linaje de aquel que atormentó la literatura misma con los más infames maltratos, se inspiró en la insensibilidad estéril, se ensañó en la herida de amor hasta embotarla y disfrazó de arte la crueldad, con grave ofensa de las musas imperdonablemente. Aún cometió este mal escritor más delitos irreparables en las Letras: el de apostasía, el de negar la propia paternidad, protestando de que se le atribuyere uno de sus engendros (…) Del amor, cielo de la Tierra de la sublime idealidad, se derivó en el mismo linaje a las más arduas abominaciones. Aquel placer sumo, prohibido a los dioses, de amar el Imposible, posible único del Petrarca y de los poetas (…) degeneró en furia cruel, como si el niño Amor, crecido malcriado y hecho viejo, se revolviera huraño, envidioso, contra la juventud… el Amor, modelador del mundo, vida de la vida, se hizo destructor, asesino. Y en la historia literaria, como en muchas familias, hemos visto salir de la decencia y honestidad al hijo descarriado que hace del árbol genealógico una horca. Fue como si el imposible de un amor malogrado hubiera, al fin, de pervertirse, lanzando deshonor contra la inmaculada Laura, la mansamente altiva, la más honestamente halagada, madrigal vivo, estatua en verso… Como si quisieran vengarse los de Sade mismos de ser, ante una ineludible opinión del mundo, hijos espirituales de otro.

Durante esta década, el hecho más significativo es la traducción española de la biografía de Eugen Duehren[6], El marqués de Sade. Su tiempo, su vida, su obra, publicada en Madrid por la Imprenta de Torrent y Compañía en 1924. Además de primer biógrafo de Sade, Duehren, seudónimo que correspondía al médico dermatólogo alemán Iwan Bloch (1872-1922), considerado el padre de la sexología, fue quien descubrió el manuscrito de Los 120 días de Sodoma y Gomorra, que se había creído perdido y él publicó en 1904. 

La versión castellana de la biografía sadiana y el ensayo preliminar que la acompañaba se debían a un curioso personaje de la época, Oscar de Onix, que frecuentó también la escritura de obras eróticas. El dato de que se editaron únicamente treinta ejemplares, por lo que se trata de una buscada joya bibliográfica, nos muestra que todavía Sade permanecía en el infierno y su obra y figura sólo podían ser degustadas por una minoría de elegidos.

Coincide esta traducción con la reivindicación de la imagen sadiana por parte de los surrealistas, con el ya el citado precedente de Apollinaire, que rescató del lugar prohibido o acotado -“infierno”- de la Biblioteca Nacional francesa una serie de obras libertinas. Entre ellas, una selección de escritos de Sade que introdujo con un texto que tituló “El divino marqués”, adjetivo que, desde entonces, se ha utilizado hasta el hartazgo para calificar al aristócrata grafómano. El poeta francés fue el precursor del acercamiento literario y filosófico al escritor libertino, que tanto juego dio en el siglo XX[7]. Poco antes de su temprana muerte (1918) Apollinaire trabó relación con Maurice Heine (1884-1940), que iría editando la obra de Sade y otorgándole su lugar revolucionario en la literatura y en la historia.

Los surrealistas tuvieron, pues, el camino abierto para su reivindicación. Breton ya cita a Sade en 1924 y, a través de Mi último suspiro, conocemos las lecturas en conjunto, por parte de Buñuel y sus amigos, de los textos más transgresores del escritor francés. Precisamente, fue este aspecto revolucionario y agresivo el que reivindicó Georges Bataille al abandonar a los surrealistas en 1929 e ir construyendo un pensamiento original e infractor, con muchas vinculaciones con la obra sadiana.

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Sin embargo, en cuanto a los comentarios suscitados por esta vindicación surrealista de Sade, las repercusiones literarias en España ni son muy tempranas ni muy entusiastas. Veamos una de las primeras referencias debida a uno de los oráculos del vanguardismo, Benjamín Jarnés:

Es explicable el hecho de que nuestros jóvenes camaradas suprarrealistas –segunda serie- hayan elegido por biblia, las obras completas del menos divino de todos los marqueses, el marqués de Sade. Estas obras como todo lo diabólico que se ha escrito en el mundo, pueden llevarnos a conocer íntimamente al hombre, pueden hacérnoslo comprender mucho mejor que todos los libros de superficiales sentencias a lo Rochefoucauld. (“La gran izquierda del mundo”, La Voz, 2-IV-1930).

En ese mismo 1930, el argentino Arturo Capdevila publicará, en edición bonaerense de la C.I.A.P., una biografía dramática, El divino marqués. (Misterio dramático sobre el espantoso sino del marqués de Sade), que será conocida en España; pero va a ser otro vanguardista, que pronto derivará hacia Falange Española, Eugenio Montes, el primero que escriba un artículo que se escapa de lo meramente convencional. Con el título “El marqués de Sade y los años terribles” apareció en una tribuna tan prestigiosa como La Gaceta Literaria el primero de diciembre de 1930. Merece la pena recordar alguno de sus párrafos:

Invierno de 1926. Estábamos en el café de La Rotonda (…) Entre los “pintores españoles de París” –tal vez los únicos supervivientes, ante el futuro del naufragio que ya ahoga a todos los jóvenes ibéricos- se hablaba de –de, en, por, si- surrealismo. Este era, entonces, un estilo más confuso que la mente de un israelita, al cual sus mismos conductores, conscientes de su inconsciencia, definían como un movimiento (…) Nadie se atrevía a la ocasión de predecir caminos ni alcance. “¿Quién sabe a dónde irá a parar?”, decía Cossío, con su voz única de encantador de peces. Con vago gesto de profeta –“Yo sí –me permití insinuar-. Eso acaba, en este país de bibliófilos y gentes de letras, en una gran edición de las obras del marqués de Sade”

Invierno de 1930. Lejos París y sus humos. Una mano cómplice, de amigo, me enseña un manojo de revistas superrealistas, en donde la palabra sadismo insiste en todas las líneas. Así, el número 2 de Le surréalisme au service la révolution, que viene a ser el Observatore Romano de la capilla vaticanizante del Café Radio, es todo él una loa al lejano papa negro de Avignon. La reproducción de una encíclica del marqués, una composición fotográfica de Man Ray y tres madrigales en forma de artículos, evidencian la apoteosis. Yo recuerdo, ante esto, mi predicción de hace cuatro años y pienso que, como todos los profetas, acerté en la mitad. Porque el superrealismo edita -y canta- a Sade; pero todavía no se ha acabado.

Respondiendo como un eco a la actualización superrealista de Sade, los eruditos publican sus obras y dilucidan su vida. Casi simultáneamente aparece en Francia, el texto de Justine ou les infortunes de la vertu (Ed. Fourcade), y en Alemania –allí la inteligencia, aquí el carácter- una biografía del marqués por Otto Flake. De esta biografía lo que resulta en claro es lo que ya sabíamos: que Sade fue, ante todo, un hombre de letras, eso que los superrealistas llaman, despectivamente, “un écrivain”.

(…) Al arte debe Sade el no haber sido un infeliz. Je suis un assassin imaginaire. Si tuvo de demoníaco, fue porque tuvo de imaginario, que, por lo que pudiese tener de asesino, no.

El artículo culmina con un muy ilustrativo ataque a los surrealistas[8] pero esoFlake, Otto, El Marqués de Sade001 es harina de otro costal. La biografía de Otto Flake que citaba Eugenio Montes fue prontamente traducida por Manuel Souto y publicada en España (1931) por Ediciones Ulises. Alcanzó cierta repercusión y tuvo reseñas en numerosas publicaciones de la época, una de ellas, debida de nuevo a Benjamín Jarnés (Luz, 7-1-1932), en la que el aragonés vuelve a mostrar su poco aprecio por la obra del biografiado y por el aplauso que ha despertado entre los jóvenes vanguardistas.

Por lo demás, la figura de Sade como encarnación del mal –para lo que no faltaban fundamentos biográficos- continúa apareciendo en libros como el de Antonio San de Vellilla, Sodoma y Lesbos modernas (1932), de óptica conservadora pero interesantes contenidos. De cualquier modo, las urgencias político-sociales y, sobre todo, la guerra civil y la censura franquista arrojan al marqués fuera de cualquier ámbito que no sea privado y su figura no volverá a aparecer en España hasta finales de la década de los sesenta, cuando se publican las primeras traducciones, aunque las de sus libros más perversos tardarán más.

Sin embargo, en los años -no muy libertarios- que siguieron a la II Guerra Mundial en Francia, un luchador de la resistencia, Jean-Jacques Pauvert (1926-2014), había comenzado la ingente tarea de sacar al denostado marqués de la clandestinidad publicando su obra -la primera fue Juliette en 1947-, lo que le costó juicios y cárceles pero, finalmente, la obra de Sade llegó a estar a disposición de cualquier lector en francés[9].

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Como antes se dijo, en 1969 la barcelonesa Taber lanza el primer libro de Sade Sade La marquesa de Gange004editado en España, Historia secreta de Isabel de Baviera, reina de Francia, en traducción de María Ángeles Santa. Pocas semanas después, Llibres de Sinera lo hará con La marquesa de Gange, traducida por Pedro Gimferrer.

Durante el año siguiente, en la editorial Cuadernos para el Diálogo, ve la luz, Oxtiern o los crímenes del libertinaje. El filósofo en su opinión, traducida por el entonces prestigioso crítico literario del diario Informaciones, el zaragozano Rafael Conte, junto a su esposa Jacqueline. Y, en 1971, Los crímenes del amor (Ed. Al-Borak) e Ideas sobre las novelas, en traducciones respectivas de. J. F. Vidal Jové y Joaquín Jordá.

1973 nos trae Escritos políticos (Ed. Castellote) y El libertino y la revolución. Textos escogidos (Ed. Júcar); y 1974, Los infortunios de la virtud (Ed. Akal), en edición y traducción de otro crítico de Informaciones, en este caso cinematográfico, el salmantino César Santos Fontenla.

Sade Diario últimoEn 1975, año de la muerte de Franco, llegarían a los plúteos de las librerías españolas cuatro títulos: Correspondencia (Ed. Anagrama), con edición, traducción y prólogo de Manene Gras; Diario último (Ed. Felmar), traducida por José Lasaga Medina; Emilia y la crueldad fraterna (Tropos, 1975), en versión de Elena Fernández del Cerro y Escritos filosóficos y políticos (Ed. Grijalbo, 1975), traducida por Alfredo Juan Álvarez.

Podemos comprobar que en esta docena de títulos no se repite ningún traductor ni, tampoco, ninguna editorial. Al ser obras exentas de derechos parece claro que las empresas editoras se acogían al nombre de Sade, sabedoras del morbo que suscitaba, pese a que todavía la censura impidiera publicar sus obras escandalosas. Ha de llegar 1976, con el dictador ya enterrado, para que empiecen a aparecer éstas. Así, se publican dos traducciones de Justine (Ed. A.T.E. y Fundamentos), en versiones respectivas de Mercedes Castellanos y Pilar Calvo. La misma editorial barcelonesa A.T.E. publica en 1977 Juliette, traducida por Jorge García, y habrá de esperarse a 1980 para la aparición de Los 120 días de Sodoma, por parte de la editorial Antalbe, edición en la que no consta traductor. Hasta entonces, sus pocos lectores en español habían acudido a la edición mejicana (1960) de la editorial Baal, en la traducción de Rafael Soria.Sade, Los 120 días de Sodoam001

Aunque la moda Sade fue remitiendo en España hacia final de siglo XX, en sus últimos cinco años Gallimard publicó sus obras completas en la consagratoria biblioteca de La Pléïade, editadas por Michel Delon pero, salvo los departamentos de francés de las universidades, poco eco logró en la península ibérica quien tanto interés había suscitado en los años predemocráticos y en los de la transición[10]. Aunque la bibliografía en cuanto a artículos es numerosa, pocas son las monografías de autor español publicadas sobre Sade, dejando aparte breves semblanzas divulgativas de vida y obra, que se limitan a parafrasear textos anteriores. La primera de dichas monografías, Marqués de Sade, un profeta del infierno, (1974), debida a Pedro Sánchez Paredes, aunque escasamente útil, fue la que abrió el camino, luego apenas desbrozado y lo mismo puede decirse de las ediciones españolas de su obra, como la, ciertamente discutible publicada por Cátedra, Justina o los infortunios de la virtud.Sade Justina006

Sade es mucho más pensamiento que literatura aunque, como señaló Blanchot, escribir fue su pasión demencial. Probablemente, fue un psicópata, un nihilista (“La nada nunca me ha espantado y no veo en ella sino algo consolador y sencillo”) al que jamás preocupó la sensibilidad ajena. Pero le debemos innumerables conquistas, en las que fue pionero. Nunca nadie había expresado con tanta rotundidad, aunque sí con mayor belleza, la idea de que el hombre nace para el placer. Pocos tan sólidos en su ateísmo, desde ese ilustrativo Diálogo entre un sacerdote y un moribundo (1782) o su poema “La verdad” (1787). Pocos tan consistentes en su pesimismo como para que, después de la publicación de la Enciclopedia (1751), la primera declaración de Derechos Humanos en Virginia (1776) y la Revolución Francesa (1789), opusiera su creencia en la libertad total, incluso para propiciar a los demás el infierno, y contrarrestara con obras que suponían una ruptura total con el mundo. “Bandera de heterodoxos”, lo llamó Vargas Llosa y nada mejor para demostrarlo que terminar con alguna de sus palabras:

Somos arrastrados por la fuerza irresistible y ni por un momento somos dueños de poder determinarnos por algo que no sea el costado al cual nos sentimos inclinados. No hay una sola virtud que no le sea necesaria a la naturaleza y, a la inversa, no hay un solo crimen que esta no necesite y toda su ciencia consiste en el perfecto equilibrio que mantiene entre las unas y los otros. Pero ¿podemos ser culpables del lado en el cual nos arroja?”

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                                                           NOTAS

[1] Su primera edición es de 1952. Antes de Lély ningún estudioso había podido consultar los archivos familiares.

[2] Publicada por Edmonde Cros y B. Rumano en 1971.

[3] Hasta la Inquisición contemporánea tuvo noticia de esta obra, pues la incluyó en su índice.

[4] Zamacois, a lo largo de su voluminosa producción, citó varias veces a Sade y al sadismo. V., por ejemplo, “El peligro de amar”, Nuevo Mundo, 24-3-1910.

[5] Todavía el 22 de febrero de 1931 publica una crónica en el diario La Libertad con el título “La Venus de las pieles y el divino marqués”.

[6] La versión original (1901) había sido publicada en Berlín, con el título, Der Marquis de Sade und seine Zeit.

[7] Fue precisamente Apollinaire quien dictaminó en su introducción que el siglo XX sería sadiano, en lo que acertó doblemente.

[8] Montes volvería sobre lo mismo en otro artículo en El Sol, “El marqués de Sade y las modas penúltimas” (20-11-1931), en el que reproducía literalmente la primera parte del texto publicado en La Gaceta Literaria y arremetía de nuevo contra los surrealistas.

[9] La labor editora de Pauvert, uno de los ciudadanos que más han luchado en contra de la censura, fue modélica a lo largo de toda su larga vida en la que, además de la obra e importantísimas monografías acerca de Sade, publicó multitud de obras eróticas, como Histoire d’O y a autores como Sartre, Paulhan, Bataille, Françoise Sagan, Guy Debord y tantos otros. Desventuradamente, murió unos meses antes de cumplirse el segundo centenario de aquel de quien fue principal reivindicador y publicista.

[10] Sin embargo, la edición de La Pléïade vendió más de 50.000 ejemplares de sus tres tomos, de modo que en 2014 y para conmemorar el bicentenario, ha reunido Justine, Los 120 días de Sodoma y La filosofía en el tocador en un volumen antológico, que se incorpora a la colección.

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– ZSCHIRNT, Christianne, Libros. Todo lo que hay que leer, Madrid, Taurus, 2004.

                                 

                                                                             Sade Casa natal

Casa natal del Marqués

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comentarios
  1. WM dice:

    Por si fuera de su interés, un comentario sobre el libro de José Bruno citado en este post
    http://bdewm.blogspot.com.es/2016/09/sade-el-brujo-de-la-perversion-sexual.html

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