ENTREVISTA CON ALBERTO CLOSAS

Publicado: septiembre 18, 2012 en Cine, Entrevistas
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 Mañana, 19 de septiembre, hará 18 años que un cáncer de pulmón se llevó a otro fumador sin descanso, el actor Alberto Closas (Barcelona, 1921-, Madrid, 1994).  Le faltaban exactamente dos semanas para cumplir los 73 años.

Hijo de Rafael Closas Cendra, jurista que ocupó altos cargos en el gobierno catalán en la República y durante la Guerra Civil, el futuro actor recibió una educación esmerada en colegios ingleses y franceses, antes de marchar al exilio: París, Chile, Buenos Aires… Vuelto a España en 1955 para rodar Muerte de un ciclista, se convirtió en una referencia. Toda una vida dedicada a las tablas pero también con más de cincuenta películas, casi todas como primer actor, a sus espaldas. Un clásico del teatro y el cine español y argentino. Tal vez por todo eso, me dio por entrevistarle.

Con el título “Todo se lo debo a las mujeres”, este texto se publicó en El Periódico de Aragón el 10 de marzo de 1991

Discípulo de Margarita Xirgu, y amigo del matrimonio Alberti, Alberto Cosas es un actor sólido, con una excelente carrera detrás. Acaba de pasar por Zaragoza, donde interpretó Rosas de Otoño de Benavente. En esta entrevista habla de su pasión por el teatro.

            -¿Si echa la vista atrás y repasa su trayectoria, le parece que abundaron los errores o errores y aciertos son algo que no tiene que ver demasiado con uno mismo?

            – Los errores son personales. Lo de echarle la culpa a lo de fuera o a los de fuera es muy fácil y sólo sirve para alimentar resentimiento. Yo no me arrepiento de mis errores ni aciertos. En lo profesional sería como escupir al cielo. Ahora cumpliré cincuenta años en esta profesión, soy empresario de un teatro en Buenos Aires, voy y vengo…

            – ¿Eso le depara alguna clase de esquizofrenia o más bien le estimula?

            – Me gusta mucho. Aquí nací y allí elegí vivir. Con la Argentina estoy en deuda lo mismo que toda la caterva de refugiados a los que recibieron con los brazos abiertos y, tal vez, nosotros no hemos correspondido al necesitar ellos apoyo en su tragedia. Cuando en el 39 mi hermano y yo llegamos a París, en un país en guerra –estando en edad militar y con un pasaporte caducado de un país existente pero con un gobierno inexistente- en el consulado de la Argentina nos dijeron que el ser españoles era el mejor pasaporte para recibirnos.

            – ¿Está más satisfecho de lo que conoció, de las gentes que conoció o de lo que usted mismo ha realizado?

            – He sido un hombre que parece haber hecho un pacto con la suerte. A los veinte años conocí a Margarita Xirgu, la primera trágica del siglo, que me preguntó: “Tú ¿por qué quieres ser actor?”. Yo empecé sin vocación y pensando que en este oficio no se trabajaba, así que le contesté que mis necesidades eran mayores que las que me podía pagar trabajando en una oficina y, además, que me podría acostar y levantar tarde que es lo que a mí me gusta y ganar dinero sin trabajar. “Y tú, ¿Cuánto tiempo aguantas sin comer?”. Entre el hambre que había pasado en la Guerra Civil y en el destierro le dije: “yo aguanto fácilmente un año”. Entonces me dijo: “Serás primer actor, hijo mío”. Conocí un Buenos Aires en el que convivían María Teresa León, Rafael Alberti, Álvaro de Albornoz, Francisco Ayala, León Felipe, por no hablar de Jules Supervielle o los intelectuales de allá. Vale más llegar a tiempo que estar invitado y eso me ha pasado a mí.

            -¿Su nivel de felicidad es, pues, notable?

            – Sí, soy vital, agradecido a la vida, estoy satisfecho en lo que atañe a lo privado… Como actor, hago lo que me apetece y como empresario, mi teatro funciona al cien por cien.

            – Y, ¿cómo soporta la evidencia de que ese nivel de felicidad coincide con otras vidas que sin hipérbole se pueden clasificar de desdichadas?

            – He pasado la guerra, el destierro, no ha sido un camino de rosas y siento el sufrimiento y las injusticias, pero la verdad es que se me ha endurecido el cuero y paso un poco de todo. Dos veces me operaron de úlcera. El único sitio en el que no me dolía era en el escenario, porque, como no soy yo, no me dolía. Ahí es donde me encuentro feliz, por eso vengo tan pronto al teatro. Quiero olvidarme de lo de fuera y hay mucho para olvidar y poco para recordar. El único lugar donde soy plenamente feliz es en mi trabajo.

            – Se dice que el éxito sólo se sabe que no existe cuando llega.

            – El único éxito es el trabajo. Yo me tomé muy en serio esta carrera que es lo primero de mi vida, luego están los hijos, la mujer… A ella se lo dije así y que si era capaz de cambiar mis prioridades, ese era su problema.

            -¿Cómo se ha llevado con las mujeres? ¿Qué les debe o qué les tiene que reclamar?

            Les debo todo y me han enseñado todo. Desde interpretar un cuadro a comer, comprar una corbata o hacer el amor. Siempre he tenido la astucia o la suerte de conectarme con gentes mucho más inteligentes que yo.

            -¿Por qué la fascinación por el hecho teatral es mucho mayor en la Argentina que aquí?

            – Es cierto. Empieza por no haber impuestos en el teatro, hay un gran nivel en la escena universitaria y experimental y la gente es muy aficionada al teatro y a la buena lectura. Ya sabemos lo de las librerías abiertas toda la noche, etcétera. Mi teatro, El Globo, como el de Shakespeare, funciona desde las diez de la mañana hasta las doce y media de la noche. Hay conferencias, simposios, exposiciones de pintura, taller de teatro, espectáculos para niños… además de ser el primer teatro de comedia. Ahora hay una magnífica comedia musical La banda elástica, que quiero que venga a España y, por supuesto, a Zaragoza.

            – La miseria del teatro español hoy, la ausencia o las tragaderas del público, las subvenciones, ¿qué le dice todo esto?

            – La incultura teatral es mayor que hace cincuenta años, pese a lo que se haya avanzado en otros aspectos. Hoy ya no se patea y deberían patearse muchos espectáculos. Yo, a veces, sufro y hasta me marcho porque estoy viendo lo que va a pasar… Habría que iniciar a la gente en el mundo del teatro. Yo estudié el bachiller en Francia y, una vez al mes, había que ver un clásico en la Commedie Française, hacer un análisis gramatical, la crítica… Así, uno veía al menos siete clásicos por año. Aquí ya sabemos lo que pasaba con los cómicos: que no se les enterraba en sagrado pero sí se enterraban o encerraban las gallinas cuando venían. Respecto a las subvenciones yo estoy en contra. La mejor ayuda es adecuar los teatros, ponerlos en condiciones – como el Principal, hoy – Así se ahorra el trasporte de material y tantos otros problemas. Y, claro, quitar los impuestos que acaban comiéndose las subvenciones.

            Terminamos hablando de poesía catalana y este hombre cordial, seguro, más que fogueado pero aún tierno se entusiasma recitando a Verdaguer y Rusiñol.

                                                            Las fotos son de Juan Carlos Arcos.

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comentarios
  1. xavierQuiñones deleon dice:

    mi tiabuela iba al cine con él que era un niño en Paris cuando la guerra su padre era un entusiasta de los positivistas ingleses y traductor de uno muy apreciado por Marcel Deat ,su padre tenia la oficina en el hotel Budapest al lado de los francistas de Bucard y aunque catalanista no tuvo nada que ver con aquel ladron de guante blanco llamado Nicolau D’olwer aunque hubiera pertenecido a su partido Don Rafael Closas siempre dispuesto a colaborar con nuestra Embajada de Paris iba a misa à la rue de la Pombe donde simplemente sucedia que ademas de las monjas el Cristo era tambien Español y no francés ..ni aleman

  2. xavierQuiñones deleon dice:

    en el blog de Juan Pedro Quiñonero descubro algunas historias españolas de servicios secretos y diplomaticos que hoy conocen muy poquitos ya y por no estar aun escritas pienso que alentarian a cualquier novelista

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