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(Publicado en Aragón Digital 20-22 de mayo de 2020)

La estrecha relación de Zaragoza con el arte cinematográfico desde su inicios tuvo en los años oscuros una figura que pasó sin conocer las mieles que degustaron directores y actores pero que amó al cine como nadie y, en su calidad de crítico, actor, historiador, conservador y dinamizador, llevó a cabo una labor que no siempre fue reconocida.

Su legado fue una más que meritoria biblioteca cinematográfica para los tiempos que corrían, un puñado de libros y artículos sobre asuntos en torno al cine y el mundo del espectáculo, de los que casi nadie se había ocupado en Aragón y muy poco en España. También, una vocación que deparó gran parte de las pocas iniciativas que en torno al séptimo arte surgieron en la provincia durante los últimos lustros del franquismo.

Rotellar no fue universitario ni rico de familia y hubo de sobrevivir con un trabajo gris, como mecánico de máquinas textiles en La Algodonera del Pilar, que no le permitió dispendios ni grandes viajes. José Antonio Labordeta habló de la impresión que le causaba en su juventud encontrarlo, al ir o venir del trabajo, con su mono de mecánico, cuando él sabía de su espíritu delicado y sus muchos conocimientos. Pese a su nada opulenta economía, con el tiempo pudo alquilar dos pisos para almacenar sus archivos.

Amable pero no demasiado simpático, homosexual discreto y educado, aunque otra cosa pocos de ellos podían permitirse -y, eso, si eran ricos- Manolo flotó sobre el ambiente provinciano sin levantar polvaredas. Imagino cómo se sentiría en un mundo sin apenas interlocutores, en una ciudad en la que él tenía que descubrir a Florián Rey cuando el director almuniense todavía estaba vivo. Por eso, habría de acercarse a la Peña Niké -refugio de inadaptados- y colaborar con Miguel Labordeta en la OPI y en sus iniciativas escénicas. Igualmente, sus colaboraciones como actor en las películas de José Luis Pomarón le proporcionaron mucha felicidad y algún reconocimiento.

Supongo que lo conocí en el Club de Radio Zaragoza. No me refiero a la emisora, sino a una especie de café, sito en unos bajos del Pasaje Palafox, adonde acudían varios de quienes habían frecuentado los locales del extinto Niké: Rosendo Tello, Miguel Luesma, Benedicto Lorenzo de Blancas… y algunos jóvenes como Víctor Mira, silencioso observador que, cuando le ofrecías un cigarrillo, se lo comía, o nosotros, los poetas componentes del Ciclo Folletos: el social y componedor Eduardo Bru, el penetrante y ácido Javier Checa y el desmedido firmante. Sea como fuere, Rotellar dijo gustar de mis espasmos líricos  y, como tenía la afición de recitar y hacer teatro, se ofreció a leer mis poemas al presentar la primera de nuestras producciones en el Instituto Francés. Fue su director, Monsieur Cambon, quien financió -¡qué tiempos!- aquellos no muy onerosos fastos poéticos.

Desde entonces, en tertulias, actos poéticos y viajes, coincidimos muchas veces. A mí me gustaba su precisa discreción, su inteligencia y la contenida pasión por las artes y autores que amaba; a él supongo que le hacía gracia mi desfachatez, mi talante humorístico y el poder hablar de cosas que no podía compartir con todos.

Fueron sus últimos años los más agradecidos, el ayuntamiento de Sainz de Varanda asumió la creación de la Filmoteca de la que fue nombrado director y, de pronto, su labor se veía concretada en una función que casi colmaba sus expectativas, aunque se quejaba de cierta marginación, por no disponer de despacho y de que no fueran atendidas sus iniciativas. Son muy numerosas las anécdotas que podrían contarse, a pesar de que el tumor que llevó con la ponderación que le era propia, lo afectó casi simultáneamente. Siempre se le vislumbra en su fila 8 con el enorme magnetófono, donde grababa las bandas sonoras en un tiempo en que no se disponía de videos, y escribiendo a oscuras mientras se proyectaba la película.

Aunque ya apenas se le recuerda, no podemos decir que Zaragoza lo olvidara. En el barrio del Picarral tiene dedicada una calle, la Filmoteca conserva la biblioteca que legó, José Antonio Labordeta le dedicó un emotivo recuerdo en Los amigos contados y Vicky Calavia realizó un documental en 2009, para conmemorar el cuarto de siglo de su muerte, en el que aparecían varios de esos amigos.

Un tumor cerebral se lo llevó en 1984, cuando, con sólo sesenta años, tenía por primera vez en su vida respaldo económico, tiempo y posibilidad de concretar en libros los conocimientos que con su sabiduría, rigor y esfuerzo económico había almacenado. Como de costumbre, cuando alguien valioso se va, todos lamentamos no haberlo aprovechado más.  

Manolo Rotellar visto por Víctor Lahuerta