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Soy de quienes creen que la personalidad de Isidoro Berdié Bueno, por lo peculiar, por lo pintoresca, por lo infrecuente, produce cierto desconcierto entre muchos de sus contemporáneos. Su sensatez, su empeño y voluntad para comunicar su verdad sin agredir, la multitud de los temas que lo ocupan y la variedad de sus saberes es lógico, aunque lamentable, que causen confusión entre algunos de sus convivientes.

Al fin, Isidoro Berdié es un anarquista cristiano hecho a sí mismo, a despecho de escuelas y cofradías, en el que sobresale el sentido común y la amplitud de conocimientos, por más que la historia sea su principal enganche. Y, aunque “predicar en desierto, sermón perdido”, su discurso se fundamenta en hechos archidemostrados pero que la opinión pública, manipulada por un periodismo lacayo de poderosos y mandamases, se obstina en desconocer.

Y, aun así, no deja de sorprender este polígrafo sereno y testarudo en su afán de establecer un rigor y un sistema de valores más exacto que el sostenido por los aviesos medios de comunicación que nos han correspondido en esta época de dilatada libertad que hemos gozado en España aunque los síntomas, avisos y alarmas de que la misma ha palidecido en los últimos lustros son cada vez más patentes, al menos para los españoles que vivieron los postreros años del franquismo y los iniciales de la transición, en los que la rebeldía no era un programa “progre” sino una convicción ayudada de una visceralidad que se encabritaba ante las supervivencias de los modos dictatoriales y la lentitud de los cambios. Cambios estos que estaban en los programas de los partidos que se decían izquierdistas pero que se modificaban en cuanto las circunstancias o la presión aconsejaban un cambio de ruta a sus patrocinadores.

Así, hubimos de experimentar cómo la esperanza de aquel “cambio” publicitado por Felipe González que la sociedad ya demandaba, vistos los acelerados procesos sociales experimentados en la década de los sesenta, se ralentizaba, no sólo por la actitud de buena parte del ejército o los llamados “poderes fácticos” sino porque, como suele suceder, el interés de los partidos políticos no tenía como objetivo las transformaciones sociales sino el poder. En todo caso, propiciar los cambios que coadyuvasen a dicho objetivo de conquistarlo. PSOE era una sigla que sólo los pocos españoles que conocían algo de historia contemporánea eran capaces de contextualizar. En realidad, PSOE se convirtió en el simpático rostro de un personaje con acento andaluz, fácil verba y alto poder de convicción. Una figura muy característica de la política profesional, práctica que el franquismo había satanizado.

En cuanto a las ilusiones que los españoles habían puesto en un gobierno socialista, se fueron difuminando poco a poco. Era de prever, cuando el juicio por el intento de golpe de estado del 23 de febrero, en vez de buscar la verdad, exculpó a sus factótums intelectuales y se cebó con un intermediario: el general Armada. Por todos los medios, se puso en circulación la idea del rey Juan Carlos como salvador de la democracia y hubieron de pasar tres décadas para que la falacia se comenzara a poner en entredicho.

 

Fuese sensata o no, la promesa de salida de la OTAN se fue al garete, pese a una huelga general. En vez de afianzar el tejido industrial, se desmanteló. Otros tres cambios fundamentales esperaban los españoles del gobierno socialista:

a) La separación del servicio a los funcionarios implicados en torturas y crímenes durante el franquismo. Bien que exculpados por la amnistía general, como lo fueron los asesinos terroristas, se confiaba en que, al menos, fuesen enviados a su casa, aunque recibieran sus sueldos, pero apartados de la vida pública. No sólo continuaron en sus puestos sino que conservaron sus prerrogativas, unos cuantos siguieron torturando y organizando montajes como el que Martín Villa y su ministerio habían propiciado tras el incendio de la discoteca Scala, para desacreditar al sindicato anarquista y excluirlo de la recuperación de su patrimonio sindical expropiado tras la guerra. Casi un siglo después, los mismos procedimientos que se utilizaron en el caso de La Mano Negra: montaje policial, cuatro muertos inocentes y un responsable inexacto: la CNT.

b) Aunque siempre existió, ya que va íntimamente ligada con la política y el poder, la corrupción se consideraba como algo propio del caciquismo y los sistemas dictatoriales. Proscribirla se consideraba una exigencia de los nuevos tiempos, tras los años de UCD, en los que ya se habían corregido algunos vicios franquistas. Pero he aquí que fue el ayuntamiento socialista de Madrid el primero en ser cogido in fraganti con las coimas de los contratos de Basura denunciadas por un concejal socialista, lo que le valió ser inmediatamente fulminado por sus conmilitones. En seguida apareció el caso de Juan Guerra, llamado “el hermanísimo”, primeros eslabones de una cadena que terminó con la corrupción generalizada del Estado (Guardia Civil, BOE, GAL…) que deparó el fin de las cuatro legislaturas en el poder de Felipe González. Por otra parte, aunque bien se sabía en las altas y medias instancias la voracidad económica del rey Juan Carlos y sus camarillas, los medios seguían propagando la imagen seráfica de un personaje tan similar a su siniestro abuelo en su egoísmo y voracidad económica y erótica.

c) La enorme destrucción del Patrimonio Natural y Arquitectónico propiciada por el desarrollismo franquista había tropezado con la resistencia de los Colegios de Arquitectos, muy militantes en su defensa durante la pre-transición. Actitud que varió celéricamente ante el destello del oro para los unos y las comisiones para los otros. Llegaron así las plazas duras, las baldosas blandas –se rompían todos los años-, las restauraciones “imaginativas”, los parques de cemento… A mayor gasto, mayor comisión. Lo mismo ocurrió con el caso AVE: el famoso “convoluto” del embajador alemán Guido Brunner, que, con el mismo protagonista ferroviario, tendría continuación décadas después en sentido inverso: de la realeza árabe a la realeza borbónica.

d) Quizá lo más lamentable fue el decurso de la Educación. Especialmente, en sus niveles medio y superior. Ni en la universidad desapareció Nepote, sino que se acrecentaron sus poderes. Ni hubo planes para la consecución de la excelencia. Por el contrario, se propició la apertura de universidades en todas las provincias para satisfacer a los caciques locales y poder colocar a los afines, mientras el bachillerato en su versión BUP, que había funcionado excelentemente hasta entonces, fue arrasado por la LOGSE, con las nefastas consecuencias de varias generaciones de iletrados y el nivel de la educación española en la cola de los países desarrollados.

Todos estos desastres, más el económico, supusieron la derrota del PSOE en 1996, pese a su potentísima maquinaria electoral. En pocos años, la política de Aznar recuperó el pulso económico, con lo que en 1998, al fin, España pudo formar parte del grupo de once países que adoptaron el euro, la nueva moneda común, gracias al fuerte crecimiento, la reducción del paro y la inflación que marcó sus mínimos históricos. Por cierto, fue también Aznar quien acabó con el Servicio Militar obligatorio. Por eso, la devaluación semántica de los términos derecha-izquierda, conservador y progresista o facha-rojo, que no dejan de ser falacias al servicio de una propaganda que se apoya en la pereza mental de los receptores y en tópicos que tienen un siglo de vigencia. Reconozcamos, sí, que divorcio y aborto, exigidos por una compacta mayoría social, fueron consecuciones del socialismo.

Pero ¿dónde se quedan esas otras reivindicaciones apoyadas por una mayoría social y que el PSOE pasea por todas las convocatorias electorales para después envainárselas? Ruptura de un concordato casi medieval, con la verdadera separación de Iglesia y Estado, legalización de la eutanasia, proscripción de las salvajes, sangrientas y embotadoras de la sensibilidad corridas de toros y todos sus crueles festejos adláteres…

Estos últimos párrafos no quieren ser una paráfrasis de la visión histórica de la contemporaneidad de Isidoro Berdié, que seguramente tendrá una perspectiva distinta de algunos de los asuntos expuestos, pero sí constatan la lejanía tanto entre lo que ocurrió y lo que se contaba, como entre lo que sucedió y la memoria que ha dejado en la actualidad. La memoria es perezosa y prefiere nutrirse del tópico, de la propaganda, de la televisión, de la leyenda… Para colmo, en la menorragia legislativa del país y sus ruinosas autonomías, se determina cómo ha de ser la memoria histórica (como la de Franco pero al revés: las víctimas sólo están en mi bando y los criminales en el del enemigo), cómo ha de ser la relación entre los sexos (como la de Franco pero al revés: todas las prerrogativas para uno de los sexos y el otro satanizado); el resto de las costumbres sexuales se adscribe al bando de las prerrogativas personales.

En su visión estereoscópica, Berdié toca todos estos pitos de la realidad y muchos otros: los relacionados con  otra de sus pasiones, la filosofía;  la amistad, el respeto y admiración por las personas queridas; En este último terreno habría que destacar la voluntad confesa del autor para que este libro constituya un nuevo homenaje a su maestro Carlos Corona Baratech, muchos años catedrático de Historia de la Universidad de Zaragoza, que fue su mentor y amigo y para quien su agradecimiento no conoce límites temporales. Y todo ello aun a pesar de que en el primer Curso de la Facultad, donde Isidoro y yo nos hicimos amigos, a ambos nos echó de clase. No cejó ahí la aversión de la asignatura de Historia con el autor y el prologuista. En el segundo curso, otro profesor de Historia, Antonio Serrano Montalvo, próximo al falangismo, como Corona, también nos expulsó ya no recuerdo, si juntos, como hizo Corona, o por separado. En tercero marché a estudiar Literatura Hispánica a la universidad de Barcelona pero tengo para mí que, de haber seguido estudiando –y haciendo otras cosas- juntos, podríamos haber optado al Guinnes de expulsiones. Pese a todo ello, queda constancia –me lo ha dicho repetidas veces- que este, quizá su último libro, quiere que sea un reconocimiento agradecido a Carlos Corona que, si no podrá ser recibido por él, sí lo será por parte de la familia de su antiguo y admirado profesor.

El título de este texto viene a cuento –un fenómeno de intertextualidad, diría un pedante- del título de una novela en que Wenceslao Fernández Flórez narró su vida de refugiado en la embajada de Holanda durante la Guerra Civil: Una isla en el mar rojo. El novelista gallego había sido cronista parlamentario –quizá el más agudo y divertido de todos- en época reciente y, temiendo que las milicias le depararan la misma suerte negra que a otros de sus colegas, pudo refugiarse en la Embajada de la República Argentina. Un libro de viajes en el que había hablado admirativamente de los Países Bajos, La conquista del horizonte, le valió la invitación del Gobierno holandés para trasladarse a su embajada en Madrid y gestionar su salida de España, que se realizó, no sin dificultades. En 1940, durante el juicio sumarísimo que acusó a Julián Zugazagoitia de auxilio a la rebelión, Fernández Flórez declararía a su favor, lo que no le sirvió al honrado político socialista para evitar el pelotón de fusilamiento.

Del mismo modo que don Wenceslao, nuestro autor se ha desenvuelto en un elemento a menudo hostil con la serenidad, altura de miras y capacidad de observación propia de los espíritus superiores. Nacido en el bello y tan aragonés pueblo-balneario de Jaraba, sus padres dejaron el agro para buscar un mejor porvenir para sus hijos. Isidoro, a pesar de su suficiencia intelectual hubo de luchar en una universidad eminentemente burguesa y corrupta con profesores que boicoteaban sus intentos de promoción intelectual. Años, sudores y luchas inexplicables con un director de tesis marxista, versión Alemania Oriental, costó sacar a flote su primer doctorado en Historia, que, luego, completaría mucho más sencillamente con otro en Inglés. Su trayectoria docente tampoco fue fácil, por más que su militancia en la CNT le librara de algún problema, lo mismo que le propició encontronazos con fuerzas nada afines. Poco a poco, logró ir poblando su isla y adquirir cierto estatus y reconocimiento económico, social e intelectual. Todo ello, manteniendo su independencia, su criterio y la peculiar personalidad a la que nos referíamos al inicio de estas líneas.

Isidoro nos advierte en sus textos del constante engaño al que estamos sometidos desde los medios de comunicación: la propaganda, el tópico, la pereza mental, la ignorancia enseñoreando la mente de los falsos comunicadores y del manso rebaño receptor. Isidoro Berdié, correspondiendo a su ejercida misión de educador, es, al fin, un moralista que, con razonamientos, anécdotas, ejemplos y documentación histórica, nos distancia del maremágnum que se desata fuera de su isla de independencia, libertad y conocimiento.

Como antes se indicó, la variedad de sus preocupaciones y conocimientos, aunque privilegiando la Historia, abarca desde los sistemas políticos a la Educación, pasando por la Ciencia, la Economía, la Religión, la Filosofía, la Literatura o el repaso a personajes influyentes de nuestro tiempo. Un moralista, pues, que, apoyado en el clasicismo greco-romano y el Humanismo renacentista encuentra en el barroco y desalentador panorama de la España actual su lugar natural, esa su voz crítica que deberíamos escuchar, sea para potenciarla, sea para discutirla. No es la propuesta del autor hacernos ciudadanos juiciosos inscritos siempre en un mismo camino, sino hombres independientes, capaces como él de albergar un pensamiento propio, no unidireccional, capaz de rectificaciones, pasos adelante, atrás y a los lados. Casi siempre hay que volver para tomar impulso.