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Navarro, Calixto

Escasa debió ser la peripecia biográfica de don Calixto Clemente Navarro y Mediano (Zaragoza, 23-11-1847-Madrid, 02-02-1900)*, si atendemos a la lista de sus obras, reseñada abajo: muy cerca de trescientas y seguro que escribió algunas más que no he podido localizar. Es verdad que sus malévolos contemporáneos aducen que disponía de negros, que embaucaba a los autores noveles con el señuelo de su nombre para que colaborasen con él y, luego, no hacía otra cosa que revisar el texto y que a otros les compraba directamente las obras, pero únicamente con los ratos que habrían de llevar tales negociaciones, ya es admirable la fertilidad del escritor. Que aún tenía tiempo para componer poesías festivas y echar algún tiento al periodismo. De cualquier modo, fue hombre fecundísimo, de talante jovial y emprendedor, que colaboró con los mejores músicos de la época, entre los que Fernández Caballero, Bretón y Valverde son hoy los más recordados.

Calixto Clemente Navarro y Mediano había nacido en una Zaragoza que rondaba los 60.000 habitantes el 23 de noviembre de 1847. Buena muestra de su sensatez y realismo, su segundo apellido le hace escribir en 1890:

¡¡Mediano!! (…) una voz de alerta, una especie de corazonada que venía a anunciarme el día de mañana o, como si dijéramos el día de hoy.

El que empieza siendo Mediano, difícilmente llega a bueno: hay que desistir de lo notable, y borrar del diccionario el calificativo de sobresaliente. Yo nací mediano, y así he seguido, o para decir verdad, yo creo que he bajado en categoría.

Su padre tenía un comercio, «Los Navarricos», en la calle de San Gil, esquina a la de China (hoy, San Jorge). La buena marcha de los negocios y sus inversiones en bolsa y minas hicieron al hombre trasladarse a Madrid cuando Calixto, hijo único, contaba con pocos meses. Poco aficionado al estudio y mucho a los versos, con otros cuantos adolescentes fundó una sociedad de aficionados al teatro que representaba obras para las familias (El puñal del godo, Camino de Portugal, Verdugo y sepulturero…) en una cuadra habilitada en la calle de la Alameda. El pintor José Ribera y El monarca y el abad, escritas a los catorce años, fueron las primeras obras propias aunque no trascendieron su círculo. En la compañía figuraban hijos de otras gentes de teatro como el después escenógrafo Luis Muriel, Pepe Rubio, luego actor, y el mismísimo Tomas Bretón. El propio Calixto hizo pinitos como intérprete en varias compañías e incluso se le propuso hacer una gira por provincias. No muy amigo de viajes y sabiendo que el oficio era propenso a hambres y hasta descalabros, decidió dedicarse a escribir profesionalmente. Tras un estreno no muy afortunado en el café Cervantes, poco después llevó al Teatro del Fénix la que puede considerarse su primera producción El pueblo rey o ¡Viva España con honra! (apropósito cómico-lírico, semibufo, semi-terrible en verso, con música de varios autores, estrenado en el Teatro de El Fénix el 29 de septiembre de 1869, primer aniversario del glorioso alzamiento nacional). Poco tenía que ver este alzamiento con el antonomásico, porque se trató del pronunciamiento de Prim, Serrano y Topete contra Isabel II, lo que nos muestra cómo gran parte de las gentes de la pluma, aunque fuera pluma fácil y chocarrera, andaban por entonces comprometidas con la libertad.

A  partir de esta época (…) me desbordé: Capellanes y la Infantil primero, y todos los demás teatros de segundo orden, fueron víctimas de una invasión, cuyo recuerdo aún me espanta.    Aquello fue el delirio. 

Llegó a estrenar tres obras en un mismo día y once en el mismo mes. Al parecer con éxito o, al menos, sin provocar los entonces tan concurridos pateos. Que le llegaron después y en cascada, que nadie está exento de tales rachas en su vida. Él solía afrontarlos con jovial deportividad, saliendo en persona al escenario para recibir lo que cayera, eximiendo así al sufrido elemento actoral, que cobraba poco y andaba expuesto a contingencias nada gratas. Tampoco podía quejarse pues, según confesaba él mismo, le bastaba una noche para dar fin a una pieza.

Hombre de vis económica y poco amigo de complicaciones, vendía todas sus obras, prefiriendo el pájaro en mano al improbable chollo de que con alguna de sus piezas ocurriese lo mismo que con Don Juan Tenorio. Más tarde se hizo empresario en los teatros Novedades y Recoletos y, formando sociedad, también en Comedia, Apolo y Eslava.

Como fue usual en su tiempo y hasta bastante después, no perdonó los refritos, que hoy algunos llaman remakes con el propósito, casi siempre conseguido, de que cuele: Martes 13 lo es de Electromanía y Dar la castaña se convierte en Mala sombra sin que la cosa le suscitase mayores problemas de conciencia, pues -como después haría Sinesio Delgado, fundador de la Sociedad de Autores- fue el primero en reconocerlo y en reírse de su propia desfachatez. Claro, que ello le valía admoniciones tan serias, como la del habitualmente benévolo Cejador:

…muy malo, muy burdo, sin pizca de cultura y de peligrosa facilidad. Escribía una pieza en una noche y se la gritaban en otra. Firmó obras ajenas y fue, en cifra, un agente de colocación de obras teatrales.

  También incidió en la parodia[1]. La más conocida fue una de las treinta y tres que se realizaron entre 1870 y 1880, El salto del gallego, que en colaboración con Salvador María Granés, el más tenaz de los parodistas, estrenó en el Jardín del Buen Retiro el 13 de julio de 1878, cuatro meses después del estreno de la popular zarzuela El salto del pasiego de Luis Eguilaz, con música del maestro Fernández Caballero.

Es difícil elegir entre la turbamulta de sus obras las más glosables. Salón Eslava (1879), sin embargo, fue representada sin interrupción durante ochenta noches -cifra enorme en su tiempo- y después recorrió triunfalmente España y América. Fue escrita para el primer actor de la compañía del Eslava, Ricardo Zamacois que hizo una gran creación[2] y tiene el interés de mostrarnos los entresijos de las compañías y el mundo escénico de la época, que era tan familiar a un público que veía teatro casi todos los días. Es una de las primeras obras que incluyó cuplés, a la usanza francesa, moda que desató un verdadero aluvión y que finalizó dando origen a la canción unipersonal a finales de siglo. Otra obra, La bayadera,Bella Chiquita001 se aprovechó del escándalo de La Bella Chiquita (la parisina Diana Dunussé), que en 1892 revolucionó a los espectadores y autoridades madrileñas con su «danza del vientre» lo que motivó la denuncia de los padres de familia y el consiguiente proceso. El fenómeno era imparable y la sicalipsis iba a hacerse la dueña de las tablas, por mucho que rechinasen asociaciones familiares, párrocos, gobernadores civiles y gacetilleros mojigatos. Flamencomanía (1883) y Madrid-Petit (1891) también se contaron entre sus más sonados éxitos. En la primera de ellas, parodia la moda del flamenquismo que tanto daría que hablar durante varias décadas, demostrando que conocía bien el argot con el que tanta fortuna teatral alcanzarían los Quintero. Por cierto que la protagonista, que trata de estar en la onda adoptando todos los tics flamenquistas, es una tal Dolores, oriunda de Paracuellos de Jiloca. Madrid-Petit, entre bromas y veras, abunda en los pujos regeneracionistas que tanto prodigó el género chico, aunque como es norma, los estudiosos hayan obviado en sus estudios las referencias, en beneficio de las obras sesudas.

Interesante es asímismo, Vista y sentencia (1886), escrita en colaboración con el prolífico Salvador Granés, cuyas protagonistas son las danzas en boga. Como era previsible, los bailes extranjerizantes son abominados aprovechando, de paso, para dar salida a las habituales fobias hacia lo gabacho:

Jota:       ¡Muera el Cancán!

Seguidilla: ¡Muera!

Todos:              ¡Muera!

Jota:       ¡Ahorcadle!

Seguidilla:             ¡Arrastradle!

Polka: (Interponiéndose y deteniéndolos) ¡Eh!

Cancán:     Pero, señores, ¿por qué

            me tratáis de esta manera?

Rigodón:    Porque en ti, obsceno y borracho,

            hoy nuestra deshonra vemos,

            y en España no queremos

            nada que huela a gabacho.

            Contra tus torpes cabriolas

            protestan ya de una vez

            la dignidad, la altivez

            y la vergüenza españolas.

            La voz del pueblo es voz santa

            y a tu suelo te destierra:

            huye de esta noble tierra,

            que mancillas con tu planta (…)

            Y pues hoy el Cancán cesa

            de profanar nuestros lares,

            huya a su tierra francesa,

            a los ecos populares

            de la Jota aragonesa.

Música

Polka:      Viva la tierra española

            y la Virgen del Pilar,

            en la patria de la Jota     

            no sufrimos el Cancán;

            ya desde hace tiempo

            saben los franceses

            lo tercos que somos

            los aragoneses.

            Pues cuando un baturro

            dice «por aquí»

            mete la cabeza

            por un adoquín.

  Son varias sus zarzuelas de tema aragonés, no sólo porque el asunto se correspondiera con su origen sino porque el teatro de ambiente baturro tuvo gran predicamento, especialmente entre 1875 y 1910. A orillicas del Ebro, La jota aragonesa, Un francés en Zaragoza, Los vampiros y Al compás de la jota son algunas de ellas e incluso su hijo, llamado también Calixto, estrenó Alma baturra en 1907. Como estampó Deleito (V. Bibliografía), «los aragoneses han tenido suerte en el teatro, presentándoseles como ‘arrendatarios’ del valor, del patriotismo, de la lealtad y de todas las virtudes, en contraste con la zumba de que las demás regiones y provincias, Madrid inclusive, fueron objeto mil veces» (p. 102).

Al compás de la jota, estrenada el 11 de junio de 1897, y también aproximado refrito de La jota aragonesa, finaliza con una escena prototípica de como se veía la francesada a menos de un siglo del suceso:

Blas:    ¡Los franceses!

Todos:                   ¡A luchar!Navarro, Calixto, Al compás de la jota008

Anselmo: ¡Vienen muchos!… ¡Los he visto!

Blas:    Si pensarán ¡Vive Cristo!

         que nos van a acorralar.

Antonio: ¡A las murallas muchachos!

Blas:    Mostrar que naide se espanta,

         que aquí se baila y se canta

         y se espavilan (sic) gabachos.

Antonio: En lucha tan decisiva

         no han de lograr lo que esperan.

Anselmo: ¡Mueran los franceses!

Todos:                          ¡Mueran!

Pilar:   ¡Viva Zaragoza!

Todos:                   ¡Viva!

  La obra termina con un concurrido y suponemos que ruidoso cuadro, donde unos hacen fuego desde la muralla, otros bailan en el centro de la escena, las mujeres cargan, Blas dispara y cae «en brazos de Anselmo, que le cubre con la bandera que tremola, formando un cuadro en el centro, mientras a los lados se baila y se canta la típica copla ‘La Virgen del Pilar dice…'»

No es de glosar la zapatiesta que, entre el entusiasmo del público, se organizaría en nuestro Teatro Circo.

El día de San Blas de 1900 -justo un año antes del nacimiento de Sender- moría Calixto Navarro, a consecuencia de un virulento ataque de asma.

Su teatro debió envejecer rápidamente pues en el catálogo de obras representadas en Madrid entre 1918 y 1931[3] únicamente aparece La paz conyugal, repuesta en el Teatro de La Latina el 29 de julio de 1921 y que sólo estuvo ese día en cartel. A partir de allí una espesa cortina de humo cae sobre quien fue uno de los autores más populares de la segunda mitad del siglo XIX.

 

*Publicado en Galería del olvido. Escritores aragoneses, Zaragoza, Cremallo de ediciones, 2001, pp. 35-45. La relación de obras y Bibliografía, las extraigo de mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2010), Zaragoza, DPZ, 2010.

 

                                                                                      NOTAS

    [1] V. los clásicos estudios de Alonso Zamora Vicente, La realidad esperpéntica, Madrid, Gredos, 1969 y Salvador Crespo Matellán, La parodia dramática en la literatura española, Universidad de Salamanca, 1979.

    [2] El autor le dedicó la obra de la desembarazada manera que tenía por costumbre:

Fiándolo a tu sostén.

este «cien-piés» escribí,

que tú defiendes tan bien;

y su éxito estriba en,

con, por, sin, de, sobre ti:

lo cual probado ya y visto,

cuando alguno en juzgar tardo,

me dicen en tono imprevisto:

-¿Es esto de usted, Calixto?

Le respondo: -Y de Ricardo.

(…) Consignados ya los hechos,

según cumple a hidalgos pechos,

sólo me resta añadir,

que tú haces aplaudir,

y yo cobro los derechos.

    [3] V. Dru Dougherty y María Francisca Vilches, La escena madrileña entre 1918 y 1926, Madrid, Fundamentos, 1990, pp. 387-388.

                                                                             OBRAS

El pueblo rey o ¡Viva España con honra! (apropósito cómico-lírico, semibufo, semi-terrible en verso) -con música de varios autores- Madrid, José María Pérez, 1869.

Un consejo a los maridos, estr. en 1870.

Esclavos de la luna, estr. en 1870.

Mentiras de un curial (juguete cómico-lírico) -con música de Tomé Sambrot-, estr. en 1870. / Madrid, Imp. de G. Alhambra, 1873.

Un marido infeliz (juguete cómico), Madrid, Imp. de Eduardo Cuesta, 1870.

Congreso doméstico (legislatura cómico-lírica) -con música de Miguel Blanco-, Madrid, Imp. Española, 1871.

Jorge, el guerrillero (zarzuela) -con A. Campoamor; música de A. Rovira-, Madrid, Imp. Española, 1871.

Firmar las paces (juguete lírico arreglado del francés) -con música de Miguel Blanco-, Madrid, Imp. de G. Alhambra, 1871.

La Internacional (comedia), Madrid, Imp. de Jesús del Valle, 1871.

República femenina (cuento bufo-político-burlesco), Madrid, R. Bernardino y F. Cao, 1872.

Los pájaros del amor (zarzuela arreglada del portugués) -con Ángel Povedano; música de Antonio Reparaz-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1872.

Francia y España (paralelo) -con Félix Fernández del Rincón-, Madrid, Imp. de Jesús del Valle, 1872.

El monaguillo de las Salesas (zarzuela), estr. en 1872.

Curro-Cúchares (monólogo tauromáquico) -con Salvador María Granés-, Madrid, Imp. de Gabriel Alhambra, 1873.

Hipócrates y Galeno (juguete cómico-lírico) -con música de Enrique Nieto-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1873.

Como perros y gatos (juguete cómico arreglado del francés), Madrid, Imp. de Gabriel Alhambra, 1873.

El héroe de Alcabon, estr. en 1872.

Brahma, estr. en 1873.

Los dos Germanes, estr. en 1874.

¡Bilbao es nuestro!, estr. en 1874.

Fuego en guerrillas (zarzuela) -con Salvador María Granés; música de Manuel Nieto-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1874.

Arriba y abajo, (juguete cómico-lírico arreglado del francés) -con música de Gonzalo Reparaz-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1874.

Los dos caminos (cuadro lírico-fantástico) -con música de Tomás Bretón-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1874.

Lazo de amor (comedia) -con Enrique Prieto-, Madrid, Imp. de J. Rodríguez, 1874.

Q. Q. (juguete cómico-lírico) -con Marcial Morano; música de Scarlatti Aldama-, Madrid, Vicente Lalama, 1874.

Dos leones (zarzuela arreglada del francés) -con Salvador María Granés; música de Manuel Nieto-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1874.

La mano de Dios (drama) -con Marcial Morano-, Madrid, Imp. de Lázaro Maroto, 1874.

El 93 (juguete cómico-lírico) -con Marcial Morano; música de Tomás Bretón-, Madrid, Vicente de Lalama, 1875.

¡Se da dinero! (boceto cómico), Madrid, Madrid, Imp. de Serafín Landáburu, 1875.

El inválido (zarzuela) -con música de Tomás Bretón-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1875.

Paz conyugal (juguete cómico-lírico) -con música de Apolinar Brull-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1875.

María (zarzuela) -con música de Tomás Bretón y Bernardino Valle-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1875.

Dos entre dos (juguete lírico) -con música de Ángel Rubio-, Madrid, G. Alhambra, 1875.

Novio y marido (zarzuela), estr. en 1875.

El baile del porvenir (zarzuela), estr. en 1875.

Amor obliga (zarzuela) -con música de Isidoro Hernández-, Madrid, Imp. I. Moradela, 1876.

Principio y fin de un actor (monólogo), Madrid, Imp. I. Moradela, 1876.

Primo… de un primo (juguete cómico-lírico) -con música de Pedro Urrutia-, Madrid, Víctor Lalama, 1876.

Un viaje a la luna (zarzuela) -con música de J. Rogel-, estr. en 1876.

Percances domésticos (juguete cómico-lírico) -con Zacarías Arveras; música de Ángel Rubio-, Madrid, G. Alhambra, 1876.

Una aventura en Siam (zarzuela), estr. en 1876.

¡A España! (zarzuela, 2ª parte de Una aventura en Siam) -con música de Isidoro Hernández-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1876.

En la venta (cuadro lírico de costumbres) -con Manuel Arenas; música de Isidoro Hernández-, Madrid, Biblioteca Dramática, 1876.

En Leganés (zarzuela arreglada del francés) -con Enrique Prieto; música de Ángel Rubio-, Madrid, Biblioteca Dramática, 1876.

Vista y sentencia (zarzuela bufa) -con Salvador María Granés; música de Tomás Bretón y Tomás Gómez-, estr. en 1876. / Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1886.

Bromas pesadas (zarzuela arreglada del francés) -con Eduardo Navarro Gonzalvo; música de Bernardino Valle-, estr. en 1876. / Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1878.

Electromanía, estr. en 1876.

Un conspirador, estr. en 1877.

Un fenómeno (zarzuela), estr. en 1877.

¡¡No llora!!, estr. en 1877.

Los obstáculos, estr. en 1877.

La cadena del crimen, estr. en 1877.

Huyendo de ellas (zarzuela), estr. en 1877.

Pasteles y vino (sainete), estr. en 1877.

Lo que no puede leerse, estr. en 1877.

Periquito entre ellas (disparate lírico) -con Salvador María Granés; música de Ángel Rubio-, Madrid, J. C. Conde, 1877.

A la puerta del Suizo (pasillo cómico-lírico) -con Manuel Cuartero; música de Ángel Rubio, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1877.

Maestro de amor (zarzuela) -con música de Jesús Alcalá Galiano-, Madrid, J. C. Conde, 1877.

El laurel de oro (zarzuela) -con Salvador María Granés; música de Ángel Rubio y Rafael Taboada-, Madrid, J. C. Conde, 1877.

El dinero y la fortuna (fábula cómico-lírico-fantástica) -con Eduardo Navarro y Gonzalvo; música de Ángel Rubio-, Madrid, Tip. de Ignacio Moraleda, 1877.

Enciclopedia (comedia arreglada del francés), Madrid, J. C. Conde, 1877.

Frasquito Barbales (zarzuela cómica) -con José Beltrán; música de Ángel Rubio-, Madrid, J. C. Conde y Cía., 1877.

Boda o muerte (disparate cómico-lírico) -con música de Manuel Nieto-, Madrid, Alonso Gullón, 1877.

Bueno como el pan, estr. en 1878.

Tres yernos, estr. en 1878.

El domingo, estr. en 1878.

Lo que no debe perderse, estr. en 1878.

¡Pobres madres! (zarzuela) -con Eduardo Abruin; música de Isidoro Hernández y Ángel Rubio-, Madrid, Imp. de J. Rodríguez, 1878.

Ternera, 7, tercero (juguete cómico-lírico) -con Manuel Cuartero; música de Isidoro Hernández-, Madrid, J. C. Conde y Cía., 1878.

El salto del gallego (parodia de la zarzuela El salto del pasiego) -con música de Manuel Nieto-, Madrid, J. C. Conde y Cía., 1878.

Dudas y celos (zarzuela) -con música de Isidoro Hernández-, Madrid, J. C. Conde y Cía., 1878.

El cementerio del año, estr. en 1879.

Un francés en Zaragoza, estr. en 1879.

Antojos, estr. en 1879.

Orgullo, amor y deber (comedia), estr. en 1879.

¡A lo tonto… a lo tonto!.. (juguete cómico), Madrid, Imp. de Ignacio Moraleda, 1879.

Medias suelas y tacones (sainete), Madrid, Hijos de A. Gullón, 1879.

Navarro, Calixto, Medias suelas y tacones005

¡Nos matamos! (entremés lírico) -con Eduardo Navarro Gonzalvo; música de Manuel Nieto-, Madrid, Imp. de Montoya y Cía., 1879.

La jota aragonesa (cuadro lírico-dramático) –con música de Manuel Fernández Caballero-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1879.

Salón Eslava (apropósito cómico-lírico) -con música de Joaquín Valverde-, estr. en 1879. / Madrid, Enrique Arregui, 1882.

Corona contra corona (drama lírico) -con música de Tomás Bretón-, Madrid, Hijos de A. Gullón, 1879.

Con buen fin (juguete cómico), Madrid, Imp. de Montoya y Cía., 1879.

Sablazos a domicilio (pasillo), Madrid, Imp. de Montoya y Cía., 1879.

Los dos polos (juguete cómico), Madrid, Imp. de Montoya y Cía., 1879.

Hija única (juguete cómico arreglado del francés) -con Joaquín Escudero-, Madrid, Imp. de Montoya y Cía., 1879.

Mendoza y Compañía, estr. en 1880.

Cosas de Pepe, estr. en 1880.

La tela de araña (juguete lírico) -con Javier Govantes; música de Manuel Nieto-, Madrid, Hijos de A. Gullón, 1880.

Los madriles, estr. en 1880.

Martes 13 (juguete cómico-lírico) -con Salvador María Granés; música de Ángel Rubio y Casimiro Espino-, Madrid, Imp. de Montoya y Cía., 1880.

Con paz y ventura (juguete cómico-lírico) -con Pedro Górriz; música de Manuel Nieto-, Madrid, Hijos de A. Gullón, 1880.

Un perro grande (zarzuela) -con Salvador María Granés; música de Manuel Nieto-, estr. en 1880.

A gusto de todos (juguete cómico) -con Pedro Górriz-, Madrid, Hijos de A. Gullón, 1880.

El sacristán de San Justo (zarzuela) -con Luis Blanc; música de Manuel Fernández Caballero y Manuel Nieto-, Madrid, Hijos de A. Gullón, 1880.

La contaduría (zarzuela) -con Luis Blanc; música de Manuel Fernández Caballero-, estr. en 1880.

¡¡Al Polo!! (juguete lírico) -con Federico Romaña; música de Manuel Fernández Caballero y Casimiro Espino-, Madrid, Hijos de A. Gullón, 1880.

Mata-moros (zarzuela) -con música de Manuel Fernández Caballero-, estr. en 1880.

Dos reales de judías (boceto cómico de costumbres madrileñas) -con Ángel Gamayo-, Madrid, Enrique Arregui, 1880.

Un valiente (comedia arreglada del francés) -con Joaquín Escudero-, Madrid, Enrique Arregui, 1880.

La ley del corazón (comedia), estr. en 1880.

Zarandaja (juguete cómico), estr. en 1880. / Madrid, Imp. de M. P. Montoya y Cía., 1881.

Malasombra, estr. en 1881.

Entre hombres…, estr. en 1881.

La forastera, estr. en 1881.

Noche buena y noche mala, estr. en 1881.

Coronas a dos reales, estr. en 1881.

T. B. O., estr. en 1881.-En el cuartel (juguete lírico) -con Ángel Gamayo; música de Ángel Rubio-, estr. en 1881.

Jugar con fuego (juguete cómico), Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1881.

Tres pies para un banco (zarzuela) -con música de Ángel Rubio-, estr. en 1881.

Variedades (zarzuela) -con música de Ángel Rubio-, estr. en 1881.

Fiestas de antaño, estr. en 1882.

Los maitines, estr. en 1882.

A real por duro, estr. en 1882.

Soy un caníbal, estr. en 1882.

A terno seco (juguete cómico-lírico) -con Ángel Gamayo; música de Manuel Nieto-, Madrid, Hijos de A. Gullón, 1882.

Dar la castaña (disparate lírico) -con música de Manuel Fernández Caballero-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1882.

Sin conocerse (zarzuela) -con música de Rafael Taboada-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1882.

En Babia (juguete cómico arreglado del francés) -con Eduardo Sanz de Castilla-, Madrid, Tip. de Montoya y Cía., 1882.

El grito de guerra (drama lírico) -con música de Ángel Rubio-, estr. en 1882. / Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1883.

El noy, milord y monsieur, estr. en 1883.

Fortuna te dé Dios, hijo (zarzuela), estr. en 1883.

El bergantín Adelante (viaje cómico-lírico-fantástico sobre una novela de Julio Verne) -con Javier de Burgos; música de Manuel Nieto-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1883.

¡Viva tu madre! (sainete lírico) -con música de Ángel Rubio-, estr. en 1883.

Flamencomanía (juguete cómico-lírico) -con Eduardo Sánchez de Castilla; música de Ángel Rubio-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1883.

Navarro, Calixto, Flamencomanía006

Otelo y Desdémona (juguete cómico-lírico) -con música de Manuel Nieto-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1883.

El proceso del sainete. Vista, causa y sentencia (sainete lírico) -con música de Tomás Reig-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1883.

Ida y vuelta, estr. en 1884.

La salsa y los caracoles (juguete lírico) -con música de Manuel Nieto-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1884.

Las de Villadiego (juguete) -con Ricardo Caballero-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1884.

Toros en París (guasa lírica) -con música de Ángel Rubio-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1884.

La prima donna (comedia arreglada del francés), Madrid, Imp. de Montoya y Cía., 1884.

Entrada por salida (juguete), Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1885.

Nido de amor (entremés lírico) -con música de Tomás Reig-, Madrid, Tip. de R. Velasco, 1885.

Los fantoches, estr. en 1886.

El bobo (juguete lírico) -con música de Isidoro Hernández-, Madrid, Enrique Arregui, 1886.

Los saltimbanquis (melodrama lírico) -con música de Tomás Reig-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1886.

Magia blanca (pasillo cómico-lírico) -con música de Tomás Reig y José Sigler-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1886.

¡¡La fin del mundo!! (profecía trágico-cómico-burlesca) -con música de Tomás Reig-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1886.

Juan del pueblo (farsa lírica) -con Manuel Arenas; música de Tomás Reig-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1886.

Curro Achares (juguete lírico) -con José Beltrán; música de Ángel Rubio-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1886.

Vivir de milagro (comedia), Madrid, Imp. de M. P. Montoya y Cía., 1886.

Madrid viejo y Madrid nuevo (paralelo lírico) -con música de Ángel Rubio y Tomás Reig-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1886.

Vista y sentencia (zarzuela bufa) -con Salvador María Granés; música de Tomás Bretón y Tomás Gómez-, Madrid, Administración, Lírico-Dramática, 1886.

El siglo de las luces, estr. en 1887.

Cromos madrileños (zarzuela), estr. en 1887.

La cruz de San Lucas, estr. en 1887.

Perico (juguete cómico) -con Pedro Górriz-, Madrid, Imp. de Montoya y Cía., 1887.

El bazar H (establecimiento cómico-lírico) -con Manuel Arenas; música Manuel Fernández Caballero-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1887.

Se gisa deco mer (pasillo lírico) -con música de Tomás Reig-, estr. en 1887.

Lucía Pastor (apropósito cómico-lírico) -con Julián García Parra; música de Isidoro Hernández-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1887.

El santo del chico, estr. en 1888.

Sala de armas (juguete lírico) -con música de Pedro Caravantes-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1888.

Bal masqué (zarzuela) -con Julián García Parra; música de Tomás Bretón-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1888.

Plan de estudios (juguete cómico-lírico) -con música de Tomás Reig-, Madrid, Enrique Arregui y Florencio Fiscowich, 1888.

El pájaro pinto (opereta cómica imitada del alemán) -con música del maestro Suppi y Apolinar Brull-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1888.

Pan negro (zarzuela) -con música de Tomás Reig-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1888.

La barretina, estr. en 1889.

El rey de oros (cuento lírico) -con Eduardo Navarro Gonzalvo; música de Antonio Álvarez-, Madrid, Imp. José Rodríguez, 1889.

¿Quién es el loco? u Olla de grillos (zarzuela) -con música de Tomás Reig y Rafael Taboada-, estr. en 1889. / Madrid, Imp. de R. Velasco, 1890.

Brujerías (juguete), Madrid, Imp. de R. Velasco, 1890.

Simulacro (sainete lírico) -con música de Manuel Prieto-, estr. en 1890. / Madrid, Imp. de R. Velasco, 1891.

Madrid petit (viaje semifantástico) -con Federico Castellón; música de Joaquín Valverde (hijo)-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1891.

Señor de horca y cuchillo (disparate lírico) -con música de Javier Jiménez Delgado-, Madrid, Col. El Teatro, 1891.

Blanca o negra (cuento lírico) -con música de Ángel Rubio y Juan G. Catalá-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1891.

¡Pero cómo está Madrid! (revista lírica) -con Eduardo Navarro Gonzalvo; música de Jerónimo Jiménez-, Madrid, R. Velasco, 1891.

El mirlo blanco (cuento lírico-fantástico) -con música de Joaquín Valverde (hijo)-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1891.

Los murciélagos (comedia dramática) -con López Marín-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1891.

Toros y cañas, estr. en 1892.

La Santa Cecilia (zarzuela) -con Salvador María Granés; música de Ángel Rubio y Rafael Taboada-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1892.

La una y la otra (juguete lírico) -con música de Manuel Fernández Caballero- Madrid, Imp. de R. Velasco, 1892.

Ordeno y mando (juguete lírico) -con música de Ángel Rubio-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1892.

Pasante de notario (opereta) -con música de Apolinar Brull-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1892.

¡Maridos a peseta! (pasillo lírico) -con música de Manuel Nieto-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1892.

Los cuatro palos (jugada musical) -con música de Ángel Rubio-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1892.

Bodas de oro (cuadro lírico) –con música de Ángel Rubio-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1892.

Salú y suerte (humorada cómico-lírica-fantástica) -con Eduardo Navarro Gonzalvo; música de Antonio Álvarez y Manuel Chalons-, Madrid, R. Velasco, 1892.

El día del juicio (proyecto lírico) -con música de Joaquín Valverde (hijo)-, estr. en 1892. / Madrid, Imp. de R. Velasco, 1893.

El bello ideal, estr. en 1893.

El himno de Riego (episodio lírico-dramático) -con Emilio M. Tormo; música de Miguel Santonja y Cantó-, Madrid, F. Fiscowich, 1893.

La bayadera (humorada lírico bailable) -con Eduardo Navarro Gonzalvo; música de Guillermo Cereceda-, Madrid, Administración Lírico-Dramática, 1893.

Gota serena (cuadro lírico-dramático) -con música de Ángel Rubio-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1893.

Antolín (cuento lírico) -con música de Joaquín Valverde (hijo)-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1893.

Gimnastas líricos (sainete lírico) -con música de Ramón Estellés-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1893.

¡Alto!… ¿quién vive? (juguete lírico) -con música de Ángel Rubio-, Madrid, Florencio Fiscowich, 1893.

Almas en pena (juguete lírico) -con música de Ángel Rubio-, Madrid, Florencio Fiscowich, 1893.

Guayabita (cuadro lírico) -con música de Ángel Rubio y Antonio Álvarez-, Madrid, Imp. de R. Velasco,1893.

Los vampiros (zarzuela) –con música de Ángel Rubio-, estr. en 1893. / Madrid, Imp. de R. Velasco, 1894.

El as de bastos, estr. en 1894.

La copa laureada, estr. en 1894.

Cosas de pueblo (juguete lírico) -con música de Miguel Santonja-, Madrid, Imp. de R. Velasco,1894.

De polo a polo (zarzuela) -con música de Arturo Saco del Valle-, Madrid, Imp. de R. Velasco,1894.

Calma chicha (juguete lírico) -con música de Apolinar Brull-, Madrid, Florencio Fiscowich, 1894.

Cruz laureada (zarzuela) -con música de Ángel Rubio-, Madrid, Imp. de R. Velasco,1894.

La mendiga (cuadro lírico) -con música de Emilio Molina-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1894.

Nadar en seco (zarzuela cómica) -con música de Ángel Rubio-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1894.

Golpe secreto (juguete lírico) -con música de Joaquín Valverde (hijo)-, Madrid, Imp. de R. Velasco,1894.

Arrope manchego (zarzuela cómica) -con música de Manuel Nieto-, Madrid, Imp. de R. Velasco,1895.

La brasileña (juguete lírico basado en una obra francesa) -con música de Ángel Rubio-, Madrid, Florencio Fiscowich, 1895.

Sacristán, recluta y mártir (zarzuela) -con Muñoz Quevedo; música de R. de Julián-, estr. en 1895.

La recíproca (zarzuela), estr. en 1895.

Futuro imperfecto (juguete), Madrid, Imp. de R. Velasco, 1895.

Navarro, Calixto Futuro imperfecto

Mapa mundi, estr. en 1896.

Ángel y demonio, estr. en 1896.

Simbad el marino (viaje lírico) -con música de Apolinar Brull-, estr. en 1896.

El uno y el otro (juguete lírico) -con música de Miguel Santonja-, estr. en 1896.

El último cartucho, estr. en 1897.

Los charlatanes (juguete cómico-lírico) -con Federico Castellón; música de Ruperto Chapí-, Madrid, Florencio Fiscowich, 1897.

Nuestra Señora de París (melodrama lírico inspirado en la obra homónima de Victor Hugo) -con música de Manuel Giró-, Madrid, Florencio Fiscowich, 1897.

Navarro, Calixto, Nuestra Sra de París007

Al compás de la jota (cuadro lírico-dramático) -con música de Agustín Pérez Soriano-, Madrid, Florencio Fiscowich, 1897.

Las aguas buenas (juguete lírico) -con música de Santiago Lope-, Madrid, Florencio Fiscowich, 1898.

La coartada (cuadro lírico-dramático) -con Federico Castellón; música de Antonio Santamaría-, Madrid, Florencio Fiscowich, 1898.

Los novicios (opereta cómica) -con música de Joaquín Valverde (hijo)-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1898.

La prima de Piperlín, estr. en 1899.

El belén del abuelito (apropósito cómico-lírico) -con Manuel Fernández de la Puente; música de Manuel Chalán-, estr. en 1899. / Madrid, Florencio Fiscowich, 1900.

El cuerno de oro -con Gregorio Mateos-, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1900.

Veneno nacional (receta lírica) -con Santiago Gascón; música de E. Contreras-.

A Segura llevan preso

Chindasvinto

Distracciones

El día del santo

El café Imperial

El nuevo impuesto

El 22 de junio

El ángel vengador

El ramo de la africana

España y sus hijos

Efecto contrario

Firmar la paz

Gundemaro

La homeopatía

La calle del Arenal

La venida del planeta

¡La vida!

Las Américas

Las perdices

Miss Leona

Mi tía

Mi tocayo

Muy corto

Quien bien ama…

Rarezas

Antes y después

El barrio de Maravillas

Escupir al cielo

Sin padre ni madre

Un padre

Las dos sortijas

Un capricho

Anuncio importante (zarzuela)

Corina (zarzuela)

El estudiante (zarzuela)

El estudiantillo (zarzuela)

Fábula de Samaniego (zarzuela)

La niña del loro (zarzuela)

Los aparecidos (zarzuela)

La cita (zarzuela)

Los náufragos (zarzuela)

Madrid por dentro (zarzuela)

Oros son triunfo (zarzuela)

Toreros de invierno (zarzuela)

Una fiera (zarzuela)

Héroes y verdugos (zarzuela)

La condesita (zarzuela)

Miguel Strogoff (zarzuela)
                                                                                      BIBLIOGRAFÍA

-BARREIRO, Javier, «Calixto Navarro», Trébede nº 38, mayo 2000.

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Navarro, Calixto, Autobiografías de escritores festivos contemporáneos009

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-PALAU Y DULCET, Antonio, Manual del librero hispanoamericano, tomo X, Barcelona, Lib. Palau, 1957, p. 433.

-PAZ Y MELIÁ, Antonio y Julián PAZ ESPESO, Catálogo de las piezas de teatro que se conservan en el Departamento de Manuscritos de la Biblioteca Nacional, vol. II, Madrid, Patronato de la Biblioteca Nacional, 1936, pp. 660-661.

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-SIN AUTOR, Boletín Musical de Valencia, 10-II-1900.

-, Voz: «Navarro y Mediano, Calixto Clemente», Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa, tomo XXXVII, Barcelona, Espasa Calpe, 1918, pp. 1294-1295.

 El 3 de febrero, día de la tan aragonesa fiesta de San Blas, se cumple el 150 aniversario del nacimiento de  Joaquín Dicenta, hombre y escritor intenso, tendente a la desmesura y humanísimo, de tan contradictorio aunque poseyó en alto grado el sentido de la justicia y el de la empatía con los desfavorecidos.

Aquel 3 de febrero de 1863, la madre de Dicenta, esposa de un militar que viajaba desde Alicante a su nuevo destino de Vitoria, hubo de detenerse en Calatayud para dar a luz. Joaquín nunca volvió para vivir en Aragón y, sin embargo, él se dijo siempre aragonés y defendió con uñas y dientes en cualquier foro esa identidad, con la que, al  parecer, se identificaba. En este lugar publiqué no hace mucho una ficha sobre él y donde se dan más datos acerca de su biografía, obras y bibliografía:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/07/joaquin-dicenta/

Ahora cuelgo este artículo, que fue conferencia dictada en el Palacio de Congresos de Cádiz el 19 de  octubre de 1998 y, con varias modificaciones, constituyó un capítulo de mi libro Cruces de bohemia, Zaragoza, UnaLuna, 2001.

 Sirva también de homenaje a la profesora Claire-Nicolle Robin, fallecida el pasado 26 de junio que, entre ignorancia e incomprensiones,  tanto amó y reivindicó a Dicenta como personaje y escritor y sobre el que quiso organizar un coloquio en la Universidad de Besançon, aunque finalmente sólo publicara una antología: Obras escogidas, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2005.

No ha tenido demasiada suerte Joaquín Dicenta en su tierra natal. En Zaragoza,  a los pocos días de comenzar la guerra, se derribó su busto, modelado por Honorio García Condoy, ubicado en la plaza del Carbón. Hace unas décadas se restituyó pero en localización mucho más alejada. No se le ha representado, ni apenas se le ha reeditado desde hace más de tres cuartos de siglo, exceptuando la antología antedicha.

      

Dicenta_El lobo003…Aquí donde cualquier quídam

alardea de que vale,

bien puede Joaquín Dicenta

con razón pavonearse,

recordando con orgullo

legítimo que es el padre

de un gran drama archiespañol

que no debe nada a nadie…

                                 (Manuel Gil de Oto)                                   

 

Durante un cuarto de siglo Dicenta fue uno de los cuatro o cinco escritores más populares en la España de su tiempo, y su Juan José, probablemente, la obra más representada tras el Tenorio. El nuestro parece haber olvidado tal extremo y sólo una monografía sobre su obra [Mas Ferrer, 1978] y una biografía que apenas ha sido distribuida [Andrés Zueco, 1995] han visto la luz en un período de más de setenta y cinco años. Los artículos a él dedicados que conozco son, asimismo, tan escasos como, generalmente, breves. No pueden explicar tal marginación las cochambres y censuras del franquismo, pues otros autores igualmente proscritos tuvieron su reivindicación a lo largo de los últimos veinte años[1]. Tampoco el papel de Cenicienta que le ha tocado al teatro en el campo de la erudición, ya que el escritor cultivó todos los géneros. Ni siquiera sería suficiente para justificar su ausencia de tratados y manuales, el acudir a su retoricismo. Las causas son, más probablemente, su independencia y la imposibilidad de adscribirlo a grupos generacionales en los que, aunque podía incluirse por edad -nació en 1863, un año antes que Unamuno-, no, por sus actitudes. Todo ello lo situó en una posición excéntrica, como les ocurrió a otros escritores de menor fuste, a quienes ha solido despacharse apuntándolos a la bohemia, cosa que en nuestro país nunca ha dejado de tener un tinte descalificatorio. Sin embargo, Dicenta rechazó una cartera ministerial [San José, 1952], escribió en la prensa más influyente de la época y fue una referencia inexcusable, en lo social y en lo literario, de esa España emergente a la que tan bien cuadraba el remoquete «de la rabia y de la idea».

El decurso personal y literario de Dicenta configura los rasgos de una personalidad muy de su tiempo pero, a la vez, atípica: si por algunas de sus características parecía pertenecer a una época anterior, su militancia obrerista y sus actitudes cívico-humanas eran precursoras de posturas que se dieron sobre todo en los años veinte y treinta. El escritor, atrapado entre la bohemia vital, cierta formación retórica propia de la Restauración y sus anhelos de justicia social y reivindicación de los desdichados, constituye un caso único pero a la vez muy representativo de esa España conflictiva, variopinta y en continua confrontación entre los cepos de su propia historia y el señuelo de la modernidad que protagoniza los lustros iniciales del siglo.

Aquí se quiere simplemente reparar en unos cuantos testimonios, más bien olvidados, que pueden dar una somera idea del modo contradictorio, pero muy a menudo perspicaz, con que ese prodigio de energía, desmesura y generosidad que fue el escritor aragonés, muerto en 1917 a causa de sus excesos, era percibido por sus cofrades, dejando a un lado los trabajos más amplios y conocidos.

Dicenta, Joaquín por Navarrete

Luis Bonafoux fue uno de los primeros amigos y admiradores de Dicenta, a lo que éste correspondió con igual moneda. El apelado por su mordacidad «Víbora de Asniéres» escribió en numerosas ocasiones sobre el dramaturgo, combinando muchas veces la cal y la arena. Ya en 1887, antes del estreno de El suicidio de Werther, la primera obra dicentiana, Bonafoux, muy en su papel de niño terrible, nos informa de que, pese a militar fervientemente en la bohemia no mugrienta, Dicenta se va «aburguesando» y remacha sus aseveraciones con varias anécdotas. No falta en el artículo[2] un deje de complicidad que ilustra sobre las estrechas relaciones que sostuvieron entre ellos y que se proyecta en una actitud retadora de ciertos tintes postrománticos que también compartían.

Muy bien vio esa levadura romántica un escritor tan inteligente y desaprovechado como Manuel Bueno[3], que lo contrapone al romanticismo delirante e individualista de Echegaray y considera a la rebeldía como el motor de su obra. También advierte que, tal vez, el propio éxito le forzó a convertirse en una suerte de redentor y hubo de simplificar tanto sus ideas como la técnica literaria. Aunque los escenarios sean naturalistas, «los caracteres, las almas son tan arcaicos y legendarios como los personajes del teatro de Victor Hugo» (p. 113). Manuel Bueno ve en Aurora, famoso drama dicentiano de 1902, una tentativa simbolista[4] sin abdicar de sus procedimientos dramáticos y, aun tomando partido por su teatro, no se recata en manifestar también la escasa complejidad de matices en la concepción de obras como El crimen de ayer.

 En el polo opuesto a los entusiasmos de Bonafoux se sitúa Clarín, cuyas menciones a Dicenta frecuentan el descrédito. El 27 de Mayo de 1897, bien que dirigiéndose a un público no peninsular, dictaminaba que sólo la ausencia de verdaderos críticos había permitido el éxito del Juan José y se congratulaba de que El señor feudal, la obra que siguió cronológicamente a la anterior y a la que califica de «vulgaridad», no hubiera entusiasmado a nadie[5]. El 24 de junio, con motivo de la muerte de Enrique Pérez Escrich, compara Juan José con El cura de aldea y sus preferencias van hacia ¡la obra del melifluo y ultramontano escritor levantino!

 …porque arte fino en rigor no lo hay en ninguna de estas obras, y la de Pérez Escrich es más simpática por los buenos modos. Hoy, sin embargo, llamaría más la atención la muerte del autor de Juan José que la de Pérez Escrich… pero es posible que dentro de cincuenta años el popular los mida a todos por un rasero: el de la más absoluta ignorancia respecto de la existencia de tan apreciables señores.[6]

Tampoco andaba tan desencaminado don Leopoldo en sus predicciones; pero estos comentarios nos ilustran, una vez más, sobre sus limitaciones tanto de orden personal como ideológico para asumir el mundo estético y social que sobrevenía y para tolerar sin paternalismos el éxito literario de los jóvenes.

Negativo y perspicaz es igualmente el juicio de un Julio Camba primerizo, pugnaz y desafiante, que acude a la burla y a la descalificación personal:

  Yo transijo con sus leves alegrías alcohólicas y con sus fugaces expansiones sentimentales. Me parece muy bien que el señor Dicenta haga valer ante los cocheros su condición de dramaturgo, ya que jamás los literatos la han tomado en consideración.

Camba hinca su aguijón en los puntos más débiles del escritor: sus contradicciones, sus herencias de la retórica decimonónica, su demagogia:

 …enemigo de la miserable condición social en que se halla el obrero la exalta en todos sus escritos; partidario de una vida sana, libre e intensa, glorifica la vida triste y repugnante de los trabajadores; creyente en la necesidad de la cultura para la buena armonía de la sociedad, es un eterno panegirista de la ignorancia del pueblo… Lo cierto es que… se advierte una eterna contradicción… Su motivo literario es un contraste brutal entre las cosas: aquí el andrajo; allí la seda; arriba la luz; abajo la sombra… Y es a la sombra y al andrajo a donde van constantemente los ditirambos del Sr. Dicenta. Esta literatura se ha hecho popular matando en el pueblo toda ansia de renovación.

Arremete igualmente contra la consideración de que disfruta en los círculos progresistas:

  …Dicenta ha hecho -yo reconozco que inconscientemente- la más funesta labor reaccionaria. Su popularidad está en razón directa de esas condiciones que yo someramente he analizado. Como nunca formuló una declaración categórica de principios, cuando se declaró socialista, por ejemplo, obtuvo los aplausos de todos los socialistas, y así, respectivamente, al presentarse como anarquista, como republicano, como liberal, etc. Sus crónicas de El Liberal  son saboreadas por los obreros a quienes les halaga verse encomiados en un periódico burgués… es temible para la seriedad de las ideas: las toma, las baraja, las mixtifica y las destroza con una estupenda liberalidad. Yo hablaría de él como dramaturgo, como cuentista y como poeta lírico. Es, entre todo ello, la misma calamidad nacional. Cultiva siempre el desplante, ya rimado, ya prosaico: el dulce desplante que no perturba ninguna digestión y que hace gozar a los porteros y a los albañiles. El arte no le debe una sola emoción estética.

Pero su mayor perspicacia la aplica Camba a la valoración del teatro dicentiano como deudor de una herencia que conjuga muy mal con sus presupuestos renovadores:

Su teatro es una prolongación del mal teatro romántico, y, si a aquellos caballeros de capa y espada les hacía bien una apostura fanfarrona, confesemos que no les sucede igual a estos asendereados personajes de la ‘honrada blusa’… Dicenta es también patriotero a pesar de su anarquismo… Yo cargo a su literatura gran parte de responsabilidad en el desastre. Dicenta fue de los que exaltaron los pechos de granito y el fiero león. Después fue de los que protestaron. Su afán de populachería le llevaría a los mayores desatinos… Es una literatura cristiana y hedionda, inapta para justificar un solo gesto agresivo en ese pobre pueblo vilipendiado…[7]  .

Dicenta_Los de abajo

Todo depende del color del cristal, que decía el contemporáneo: otros comentaristas encontraron precisamente en la ausencia de demagogia sus mejores valores. Como pálida muestra de la recepción inmediata del Juan José, elegimos por su pertinencia los comentarios de Salvador Canals:

   …aunque no haya un solo asomo de sermón, aunque ninguno de los interesantes personajes de  Juan José arriesgue una sentencia ni una tesis, de ninguna de sus obras despréndese tanto como de ésa una amarga filosofía de revolucionaria tendencia social. Sin una frase que enoje, sin una sola soflama antiburguesa que encienda la sangre (…) nada tiene tanta fuerza de convicción como los hechos mismos, en crudo y vivos, tales cuales los presenta el autor»[8].

No sorprende al crítico catalán, ni a muchos otros, lo que hoy se considera una de las más notables aportaciones de la obra: el protagonismo de la clase obrera[9]; sí, en cambio, el apropiado tono de la lengua de los personajes, más estimable por las cualidades de «un estilista como él, tan dado a la frase relampagueante y de efecto. Excepción hecha del protagonista que, en algunos pasajes, deja ver al señorito debajo de la blusa del albañil que no sabe leer, todos los personajes se expresan en lenguaje llano y sencillo, verosímil en sus labios y en sus costumbres»[10].

José Deleito y Piñuela dedica a Dicenta dos artículos de su interesante Estampas del Madrid teatral de fin de siglo, uno en el que comenta el estreno de su primer drama, El suicidio de Werther, y otro referido al Juan José. En el primero destaca la buena acogida de público y crítica a la obra, la brillantez de sus versos y el romanticismo de salón a lo Echegaray que deparó que éste felicitara efusivamente al autor novel. Deleito termina resaltando que ese romanticismo impenitente le acompañó siempre a «través de sus evoluciones literarias y de los azares de su vida borrascosa»[11]. En lo mismo insiste en el otro artículo sobre el estreno de Juan José donde, aparte de destacar el insólito éxito de público y crítica -el más sonado desde Don Juan Tenorio que, además, alcanzó el triunfo años después de su estreno-, reconoce la novedad en los escenarios, en el verismo de los diálogos y en el de la composición dramática que significó -son sus palabras- «una revolución teatral» pero vuelve a señalar con acierto que ese realismo «seguía siendo romántico como romántico fue siempre (…) el genio poético de Joaquín Dicenta», lo mismo que el tema central de la obra «leit motiv de toda nuestra exaltada y romántica dramaturgia nacional»[12].

Baroja, por su parte, califica a Aurora de sainete[13] y sus primeras palabras son para dictaminar que «el teatro no está lleno». Para el novelista vasco, Dicenta, como casi todos los dramaturgos españoles, pertenece a la clase de los que «forjan su trama y después acoplan los personajes a la trama forjada».

Vemos, pues, que desde el principio hay una actitud hostil tanto en la catalogación del género como en su observación sobre la cantidad de público asistente. Más consistencia ofrece su última aseveración y la que aduce después respecto a la españolidad del autor por sus preocupaciones sobre el honor y la honra, «…entidades metafísicas de las cuales no se cuidan los hombres nuevos, o si se cuidan no es de la misma manera, ni de la misma forma arcaica que lo hacen los personajes de Aurora».

Tras incidir en el esquematismo del drama -ahora ya lo califica de tal-, remarca el carácter poco consistente de los personajes, en especial de la protagonista, para él una de las tantas «perlas de fango que puso en boga Eugenio Sue». Pese a reconocer los aplausos del público al fin de los actos y de la obra, Baroja observa una disparidad absoluta entre la fría reacción de los espectadores de butaca y la entusiasta acogida de los que pueblan el paraíso.

Prescindiendo del hipercriticismo barojiano y su bronco carácter, resulta evidente que para nada se alineaba en las filas de lo que Dicenta parecía representar y que consideraba su teatro -tal vez no sin alguna razón- como perteneciente a otra época y actitud:

 En el tercer acto se oye con frecuencia a Manuel la palabra ‘caballero’, la frase ‘manchar mi honra’, etc. etc., y otras que a mí no me parece que se armonizan bien en boca de hombres nuevos, dispuestos a formar humanidades nuevas.

Sin embargo, no entra directamente Baroja en lo que era la entraña del problema: una actitud social nueva y revolucionaria pero dentro de unos moldes estéticos y superestructurales que Dicenta no consiguió saltar sino muy ocasionalmente.

Tampoco Azorín y Unamuno tomaron partido por nuestro dramaturgo. Es cierto que el primero defendió el Juan José e incluso tuvo la ingenuidad de rebelarse contra la Real Academia, que había premiado María del Carmen de Feliú y Codina prefiriéndola a la obra de Dicenta[14]; pero, como otros, fue defraudado por El señor feudal y achacó repetidamente a Dicenta su vida disipada y su frecuentación de hampones. Al rígido Unamuno tampoco podía gustarle la libertad de vida ni el credo revolucionario y un sí es no fantasioso de don Joaquín y, entre otras perlas, se despacha así en un artículo de El Progreso:

  …cierto pseudosocialismo declamatorio que corre por ahí… en los corrillos de los bohemios (…) última novedad de la modernistería en España (…) convulsiones epilépticas de boquilla y delirios de alcohol o de teatro[15].

Fue Maeztu el único de los noventayochistas canónicos que lo defendió, utilizando el pobre argumento de arremeter contra sus detractores y fustigando especialmente a Clarín y Unamuno al que, naturalmente, no tragaba:

  …¡Alma caritativa! Perdido en un laberinto de lecturas, el cerebro desequilibrado de Unamuno un día se despierta acrático, al siguiente marxista, y al otro se prepara para ejercicios espirituales (…)  cambiará antes de mucho la interna modalidad de nuestro pueblo y entonces será llegado el día de Dicenta; ese día que lleva siempre el genio, porque los genios no nacen en su tiempo debido (…) con sus defectos, con sus vicios, con sus ignorancias, quizá a causa de todo ello porque los hombres de una pieza no admiten añadidos ni amputaciones. Llegará el día de Dicenta, el día del dictador espiritual de una época (…) quedará para siempre, no como esos Clarín y Bonafoux condenados al anónimo… con que señale la posteridad al montón de mediocres 16].

Muy positiva es la visión de El Caballero Audaz en una de sus populares interviews de La Esfera, aunque no se recate en propalar la indesmentible afición del dramaturgo al alcohol y las mujeres[17]. También incide en sus costumbres disipadas Cansinos Asséns, quien califica de «romanticismo aristocrático»[18] la actitud humana de Dicenta y acaba elogiando su estilo y profesionalidad de escritor[19], cuando ya sabemos cuán poco generoso con sus contemporáneos fue Cansinos en estas memorias, por otra parte, no destinadas a la publicación.

Luis Taboada,Antonio Casero y Francos Rodríguez, nombres bien conocidos del periodismo primisecular, inciden en lo anecdótico, aunque este último resalta el carácter revolucionario en varios aspectos del Juan José y lo pujante de su talento y temperamento. Le censura, como otros, el no haber sido capaz de repetir el acierto de su obra emblemática, y lo mismo hace en sus divertidos Retratos al aguafuerte el pintoresco Manuel Gil de Oto, que también le reprocha «sus socialistas desplantes», su tremendismo, el escaso cuidado del lenguaje y, de paso, las pretensiones literarias de su hijo. Una versión distante, socarrona y pendenciera de Dicenta nos da el pintoresco novelista Benigno Varela, autor de la muerte en duelo de su correligionario en ideas republicanas Juan Pedro Barcelona, ideas que luego trocó por la defensa ultramontana de la monarquía[20].

Eugenio Noel, que compartía con Dicenta tanto su pasión por la bohemia como su acendrado odio a la injusticia y el empeño en abanderar causas nobles y difíciles, escribió del dramaturgo con su habitual perspicacia y buen estilo:

  Despreció la celebración pura de las formas, la simplicidad cromática de las posibilidades y se acercó a una labor, más difícil entonces que hoy mismo; a la tarea de encontrar en los problemas sociales de España la cantidad de corazón que tienen y a plasmar esa sangre aunque para ello hubiera que revolverla[21].

Percibirá el lector avisado que Noel igualmente pudiera estar hablando de sí mismo, como cuando aduce:

  …para ver España ha sido necesario ser mordido por su sensibilidad irreductible y crudelísima, por su incontinencia y emotividad avasalladora. Esta raza nuestra es un racimo de uvas que alcoholiza a quien le exprime, y al dar la vida la quita. Había que beber, y bebió. Tuvo que contaminarse de zumo pasional, contagiarse de su eterna disconformidad con todo y ganarse su simpatía por asimilación de rebeldías y afectos[22].

Noel otorga a Dicenta cualidades de precursor por haber vivido esa España que denuncia y por haberse servido de los temas más nacionales y castizos para darles la vuelta en su interpretación[23]. Igualmente, forzó la contradicción -él, «que no creía en nada, ni en él mismo»- traduciendo El místico de Rusiñol o utilizando a Raimundo Lulio como tema de una ópera. De nuevo Noel da muestra de su agudeza cuando lo considera inventor de la «izquierda» literaria, que encontró no en los teóricos sino en la calle; cuando lo relaciona con Knut Hamsun en su sentido de la naturaleza, que se halla también en el rudo modo de sentir la libertad y la pasión por parte de sus personajes[24]. Su inconmensurable energía se correspondía, sin embargo con un corazón envuelto en nieblas que necesitaba la fuerza raigal de la vida que encontraba en sus correrías por las tierras y las tabernas de España. Todo ello le da oportunidad para oponerlo a la falta de voluntad, optimismo y vida que se percibe en los escritores del momento -Noel escribe al menos treinta años después del estreno del Juan José-, a los que califica de indecisos, miedosos, aguados, inarticulados y falsos.

Pese a que también Noel considera a Dicenta dominado por Juan José, como el título del artículo explicita, no vacila en calificarlo como «hombre de genio…, señor de la inquietud, y hasta… verdugo de sí mismo»[25]. El texto de Eugenio Noel, en su brevedad, es espléndido y, sin sombra de duda, de lo más excelente que se ha escrito sobre nuestro autor.

Abundantes aciertos en la interpretación, dentro de una actitud que tiende al panegírico, ofrece el inteligente crítico Andrés González Blanco[26], y todo lo contrario se puede decir de las opiniones, más que del análisis, de Cejador[27], pero el carácter monográfico de sus obras nos exime del comentario.

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En el florilegio que hemos espigado vemos cómo los contemporáneos percibieron con agudeza los aspectos más destacables de Dicenta en lo social, lo estético y lo personal aunque la natural falta de distanciamiento impida el análisis riguroso. Llama la atención que dos de las visiones más negativas provengan precisamente de los consagrados como Clarín, Unamuno o Baroja. El hecho, lo mismo puede ilustrarnos sobre la peculiaridad del carácter nacional, que tolera difícilmente la competencia, como sobre la circunstancia de que su situación de autoridad e independencia les permitiera arbitrar juicios de mayor radicalidad. Sin embargo, y volviendo a las palabras expuestas al principio, Dicenta sigue reclamando su lugar crucial en las perspectivas que conforman el estudio de las relaciones entre literatura y sociedad en el período de intersiglos. Su entrañamiento en la todavía tan mal estudiada bohemia, su decisiva influencia en la conformación de una ideología entre lo estrictamente popular y lo republicano radical, su peculiar visión del problema religioso, su personal teoría dramática, su labor como dinamizador en el terreno del publicismo y su eclecticismo estético esperan los estudios que, inexplicablemente, faltan desde hace casi un siglo.


    [1] Véase a este respecto el muy interesante trabajo de Francisco Carrasquer, La literatura española y sus ostracismos, Cuadernos de Leyden, Universidad de Leyden, 1981. El autor reprocha a la intelligentsia española y a las excrecencias de las exquisiteces de institucionalistas, universitarios y epígonos del 27 el olvido de los escritores más genuinamente vinculados con las luchas populares.

    [2] Luis Bonafoux (con el seudónimo Aramis), «Cosas del santo» en  Literatura de Bonafoux, Madrid, Tipografía de Manuel Ginés Hernández, 1887, pp. 128-131.

    [3] Manuel Bueno, «Joaquín Dicenta» en Teatro español contemporáneo, Madrid, Bibl. Renacimiento, V. Prieto y Compañía, 1909, pp. 109-125.

    [4] Eduardo Bustillo en Campañas teatrales (Crítica dramática), Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1901, pp. 217-221, también había remarcado los resabios simbolistas de un drama como El señor feudal.

    [5] Clarín,  «Los artículos de Leopoldo Alas ‘Clarín’ publicados en «Las Novedades», Nueva York, 1894-1897, Cuadernos Hispanoamericanos, Los Complementarios, 13-14, Madrid, Junio 1994, pp. 156.

    [6] Ibidem, p. 165.

    [7] Julio Camba,  «Una calamidad nacional. Joaquín Dicenta», La Anarquía literaria, Julio 1905, pp. 2-3.

[8]  Salvador Canals , El año teatral, 1895-1896, Madrid, Establecimiento tipográfico de El Nacional, 1896, p. 149.

    [9] No debe olvidarse, como hasta hace poco se ha hecho, que, en gran medida, ese protagonismo ya se lo había dado el género chico.

    [10] Salvador Canals , El año teatral, 1895-1896, Madrid, Establecimiento tipográfico de El Nacional, 1896, p. 154.

    [11] José Deleito Piñuela, Estampas del Madrid teatral de fin de siglo I, Madrid, Calleja, s. f. p.  60.

    [12] Ibídem, p. 201.

    [13] Pio Baroja, Crítica arbitraria, Cuadernos literarios (sobre Aurora), Madrid, 1924, pp. 15-21.

[14] El Progreso, 27-XII-1897.

    [15] «Carne sobre hueso», El Progreso (29-XII-1897). Cit. por Jesús Andrés Zueco, Biografía de Joaquín Dicenta Benedicto, Calatayud (Zaragoza), López Alcoitia, 1995, p. 182.

    [16] Cit. por Jesús Andrés Zueco, op. cit., p. 186.

    [17] V. su reproducción, con glosa final adecuada a los momentos de postguerra en que se publicó, en El Caballero Audaz (José María Carretero Novillo),  Galería II, Madrid, ECA, 1944, pp. 631-637.

    [18] No entendemos demasiado el calificativo de Cansinos. El romanticismo, como se vio, es una referencia que, en cambio, reseñaron muchos críticos, entre los que también cabe señalar a Diego San José, Gente de ayer, Madrid, Instituto Editorial Reus, 1952, p. 41.

       [19]  Rafael Cansinos-Asséns,  La novela de un literato, 2, Madrid, Alianza Tres, 1985,  p. 213.

    [20]  Benigno Varela, Isabel, distinguida coronela, Madrid, Imprenta de Antonio Marzo, s. f. (1910), pp. 40-45, 54-55, 77. Más datos sobre este personaje en Javier Barreiro, «El olvidado publicista Benigno Varela, un exaltado testigo de su época», Rolde nº 84, Zaragoza, Abril-Junio 1998, pp. 4-15.

    [21] «Un hijo de Juan José: Dicenta» en Eugenio Noel, España, fibra a fibra, Madrid, Taurus, 1967, p.120-126.

[22] Eugenio Noel, op. cit., p.120-121.

[23] A este respecto es ilustrativa la polémica suscitada por Curro Vargas, a la que se acusó de ser un plagio de El niño de la bola de Pedro Antonio de Alarcón. Para la polémica, ver el artículo firmado por F. P. en Ruiz y Benítez de Lugo [1899: 351-362].

    [24] Esa su pasión por la naturaleza es señalada, asimismo por otros autores como Luis Ruiz Contreras que, en fecha tan temprana como la de 1894, analizando el drama Los irresponsables, escribe: «siéntese profunda y noblemente la pasión de la Naturaleza… que viene a ser, en le desarrollo de los acontecimientos, un colosal personaje».

    [25] Eugenio Noel , op. cit., p. 120.

    [26] Andrés González Blanco, Joaquín Dicenta. Antología crítica de sus obras, Madrid, La Novela Corta nº 281, 30 Abril 1919.

    [27]  Julio Cejador y Frauca, Historia de la Lengua y Literatura Castellanas, Madrid, Tip. de la Revista de Archivos, Madrid,  1915-1922. 14 vols. Tomo X, pp. 118-126.

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/04/07/joaquin-dicenta/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/10/18/regalar-tu-libro-un-texto-de-joaquin-dicenta/