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Un lance de fortuna puso en mis manos un puñado de papeles que había pertenecido a Luys Santa Marina. Entre ellos, el manuscrito de Primavera en Chinchilla, su primer poemario, escrito en el penal homónimo, o el galón bordado, que siempre portaba en la camisa, con tres calaveras y la inscripción «No importa», recordatorio de sus tres penas de muerte, amén de otra documentación muy ilustrativa.

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No es este el lugar de dar a conocer la enteriza personalidad de este falangista con pujos de héroe y caballero, cuya biografía no ha sido aún escrita y que, junto a su indudable fanatismo, conjugó delicadezas y un insobornable espíritu de justicia, que lo acercó a los libertarios y hasta la firme amistad de un marxista, poco amigo de componendas, como Max Aub.

Santa Marina, Luys (con Jurado Morales y Max Aub002

Andrés Manuel Calzada, Max Aub y Santa Marina

Hoy, 4 de enero de 2013, en que se cumple el 115 aniversario de su nacimiento en Colindres (Santander), quiero reproducir una carta anónima, escrita el 26 de enero de 1951, y que Santa Marina, entonces director de Solidaridad Nacional,  conservó entre sus muchos libros y legajos.  La misiva hacía referencia a estas palabras que el santanderino afincado en Barcelona había pronunciado ante una pregunta de periodista zaragozano Manuel Del Arco, otro rojo reconvertido, en una entrevista en su sección del Diario de Barcelona, «Vd. dirá…», publicada en la misma fecha que lleva la carta:

«Desde el primero de Abril de 1939, no consideré enemigo a ninguno de los españoles a quienes habíamos vencido; primero, porque eran españoles, y segundo, porque no es de caballeros recordar al vencido su derrota. Creo que cuantos han combatido piensan así».

La carta, a la que, por su carácter anónimo, no pudo contestar su receptor, es suficientemente ilustrativa, como lo es el que Santa Marina la conservara, por lo que no serán necesarias más glosas.

Santa Marina, Luys003

Barcelona, 26 Enero de 1951

Sr. D. LUYS  SANTA  MARINA

Barcelona.

Muy Sr. mío:

Esta carta, con ser anónima porque es necesario que lo sea, no tiene los defectos de la generalidad de las cartas anónimas. No los tiene, porque no intenta escudarse en la ocultación de un nombre para sembrar malos designios. No los tiene, principalmente, porque está inspirada por un sentir gregario, y el pensamiento de muchos es siempre anónimo porque no puede ser otra cosa.

Me refiero a las declaraciones hechas por Vd. al periodista Del Arco y publicadas en el «Diario de Barcelona». Quiero aludir a la última parte de las mismas donde dice Vd.: «… (aquí, el texto de Santa Marina, subrayado).

Realmente, otro clima íntimo reinaría entre la gran familia española si imperara ese sentimiento cordial, ese sentido de la responsabilidad que Vd. destaca como norma propia que le honra.

Pero……

Vd. sabe perfectamente que muchos españoles combatimos con nuestras armas, con nuestro pensamiento y con nuestras múltiples actividades al lado de un régimen que para nosotros significaba un ideal y no una satisfacción de apetencias particulares.

Yo mismo, y no quiero destacar posiciones personales con otro objeto que para señalar casos colectivos, trabajé más que nunca en mi vida durante la guerra española en labores que estimaba necesarias a mi Patria. Trabajé esforzadamente, físicamente, dando a mi trabajo lo que robaba al descanso. No combatí, porque ya no era joven para hacerlo y, tal vez, porque otros, y yo mismo, me consideraba más apto para actividades de tipo técnico-burocrático que para disparar un arma.

Terminó la guerra. Huí de España, como tantos, con el corazón desolado, más por abandonar mi país que por encontrarme entre los vencidos. Y volví después, a los diez años. Ya han transcurrido cinco desde mi regreso y todavía noto en mi vida un vacío que ya estimo irreparable, causado por palabras y actitudes que parecen surgir del gozo malsano de hurgar con el acero fratricida la herida ajena.

No me arrepiento de nada de lo que hice durante la guerra. No herí, no maté, no perjudiqué personalmente a nadie. Sin embargo, me siento encerrado dentro de un círculo de odio, de ese odio creado, principalmente, por tantos y tantos que esperaban que la guerra terminara para enrolarse en el bando vencedor, ese odio que clasifica, acusa, señala y adjetiva a todos los vencidos por igual, ese odio que casi prohibe amar a España a los que no rinden pleitesía a los vencedores.

En América, emigrado, trabajé como siempre he trabajado en mi vida. Incluso en cierto país del Sur del mencionado continente fui nombrado por decreto presidencial miembro de determinada comisión técnica cuyos componentes eran todos hijos del aludido país, menos yo que era español. Sin embargo, ni mi trabajo allí ni las atenciones que había recibido, me hicieron olvidar a mi tierra. Volví. Siempre deseé volver y nada me atenuaba este deseo. Volví para respirar el aire de mi país y para que se curtieran en él mis hijos todavía jóvenes.

Pero ese aire estaba enrarecido – lo está, todavía – por los que pretenden que el odio dure siempre. Cada mañana los diarios y mil voces distintas me acusaban como si fuera un criminal. A todas horas restallaban en mis oídos los crepitantes tópicos que sólo buscaban la división perenne de los españoles: “Los que huyeron”…., “las hordas marxistas”….., “los criminales rojos”……., “los miserables”……, “los bandidos”……., “los malvados……..”.

Así, sin discriminar, con encarnizamiento sobre los vencidos, con deseos de que en España existiera eternamente la pugna de dos banderías irreconciliables.

Se me han cerrado puertas, porque el ostracismo de los vencidos es norma de los vencedores. Se me ha recordado con demasiada asiduidad que yo había sido de los “otros”. Cuando he necesitado un pasaporte se me ha dicho que yo había sido “rojo”. Hubiera querido trabajar, en lo posible, en mis actividades anteriores, pero no podía intentarlo porque yo no soy un español sino “un rojo”. Hubiera querido intentar contacto con mis labores de antaño, pero no he podido porque para mí y para tantos otros como yo, existen cercos cerrados que para que sean accesibles es necesario pasar por la humillación y por el acto de contrición, extremos que el orgullo no permite.

Todavía no había escuchado nunca, desde que regresé a España, palabras como la que Vd. ha pronunciado a favor de la concordia nacional. Ellas han sido para mí, y seguramente para muchos, como el oasis para el que está perdido en el desierto.

A Dios se le sirve sirviendo a los hombres, mejor que pronunciando su sagrado nombre en vano. Igual como se sirve a España mejor, procurando que ningún español se sienta extraño en su Patria, que hablando de España como si fuese exclusiva de determinados españoles.

Perdón, señor Santa Marina, por esta carta. Me gustaría firmarla, pero todavía existen en nuestro país pocos hombres que pudieran perdonármela, los unos porque son de un bando y los otros porque son de otro, como si la guerra de España no hubiese terminado.

Muy cordialmente.

Santa Marina, Luys004