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José San Germán Ocaña, Puerto Príncipe, Cuba, 3-XII-1887-Paracuellos del Jarama (Madrid), 7-11-1936.

San Germán Ocaña, San José

Hijo de Ricardo San Germán Alberdi, capitán de carabineros destinado en Cuba, es lógico pensar que volviera a España con su familia al terminar la guerra colonial. Realizó estudios de Medicina en Cádiz y de Filosofía y Letras en la Universidad de la capital.

 El joven San Germán comenzó sus labores de redactor de prensa en el diario  El Cantábrico de Santander, reclamado por quien fuera su fundador y director, José Estrañi y Grau. En esa ciudad publicó Perfiles y quijotadas, el primero de los dos breves e inencontrables libros con que daría comienzo su carrera literaria. En 1908 ya está en Madrid, donde frecuenta a Alejandro Sawa y alquila una buhardilla (Hortaleza, 94), en la que más de una noche alojaría a Eugenio Noel. En principio se mantuvo redactando coplas que vendía a tiendas y tabernas para anunciar sus productos. Una de ellas se hizo popular entre los periodistas madrileños: «Ni Pelayo en Covadonga / ni el rey godo don Witiza / han probado esta longaniza».

 En 1909 lo encontramos asistiendo al descubrimiento de la lápida dedicada a Larra y, pronto, obtiene un puesto como redactor meritorio de sucesos en El Diario Universal. El novel periodista pertenecía al grupo de la Juventud Liberal, del que se separó en mayo de 1910 para formar una nueva agrupación, “Jóvenes liberales”. En 1911 ya es redactor fijo de El Diario Universal y un año después se afilia a la Asociación de la Prensa de Madrid y publica La jauría de amor, narraciones que la revista Gedeón calificó de pecaminosas pero “tres años tardías para la moda que establecieron Felipe Trigo y Joaquín Belda”. No obstante, el reseñista la considera superior a sus antecedentes. En julio de este mismo año de 1912 muere en Santander su padre, ya con el grado de coronel.

 Cansinos-Asséns, Rafael006En 1913 estrena su única obra para la escena, Los marinos de papel, calificada por sus autores como “estropicio cómico-ortopédico-particular”, pieza de cierta ambición que el público no apreció, según el comentarista de La Correspondencia de España, porque era obra llena de retruécanos y los gustos del público habían cambiado. Por entonces ya figura como redactor de ABC y es nombrado presidente de la junta directiva del Centro de Reporteros. Es el periodo en el que frecuenta a Cansinos-Asséns, que lo distinguió con su aprecio, como muestran las varias referencias que dedica al joven en sus tan ilustrativas como malévolas memorias. Por otra parte, los apellidos del periodista delatan un origen judío, que Cansinos estimaría. Así lo describe en los tiempos en que San Germán acababa de ingresar en ABC: “…un joven simpático, de aire arrogante, con un bigotillo incipiente y unos ojos más bien pequeños, llenos de impertinencia, discípulo de Sawa y amigo de emplear su léxico grandilocuente (I p. 271). Habla también de su talante mujeriego y provocador pero lo distingue con sinceros elogios: “Guapo, digno, con talento, con valor personal, sin esos vicios que arruinan un temperamento. ¿Cómo no triunfa este simpático San Germán?… Pues por eso mismo, porque es digno, altivo, noble… en este país de hampones, pícaros y advenedizos encumbrados y crueles con el talento del escritor” (II p. 311).

El 4 de octubre de 1914 contrajo matrimonio con Pilar Zorrilla Yárritu, hija del director de la fábrica de la Compañía Colonial y sobrina de los condes de Zorrilla, que le daría cuatro hijas, María del Pilar, Manolita, Josefina y Milagros.

En la etapa de su trabajo en ABC publicó una novela, Mamá Rocío, y emprendió una campaña para la erradicación de la tuberculosis que, en las décadas precedentes había tronchado la vida de una gran cantidad de periodistas

En un arranque de dignidad y en protesta por las condiciones de trabajo, San Germán abandonó ABC e intentó sin éxito vivir de la pluma. En 1919 hubo de entrar en La Acción, uno de los muchos diarios dirigidos por el canario Delgado Barreto, que tendría un fin muy parecido al de San Germán Ocaña. También, un hermano del periodista, Ricardo San Germán, guardia de seguridad en Barcelona, murió el día de Reyes de 1920,  a resultas de un atentado sindicalista contra el presidente de la patronal, Manuel Graupera.

Desaparecida La Acción en 1924, al año siguiente Manuel Delgado Barreto funda  La Nación, otro San Germán Ocaña Memorias de una pulga003periódico conservador, órgano oficioso de la Dictadura; San Germán será su redactor jefe y, poco después, será elegido vocal de la junta directiva de la Asociación de la Prensa de Madrid.  Entretanto, había publicado otra novela, La ruta de los cautivos y escrito Memorias de una pulga que no fue editada hasta 1933, más de diez años después de su redacción y de la que se habían publicado fragmentos en varias publicaciones. Se trata de una novela corta de carácter satírico, ilustrada por Bon, que se completa con otras dos muy breves narraciones, «El ilustre Berenjena» y «Los intrigantes de la oficina», también ya publicadas en prensa.

Durante la República, fue elegido Vicepresidente del Sindicato Autónomo de Periodistas (1934) se afilió a la Falange y viajó, con otros periodistas invitados por Mussolini, a Italia, donde tomó notas para el que fue su último libro: Judíos, masones y marxistas contra Italia (Declaración jurada de un periodista).

Tras estallar la  Guerra Civil, fue detenido en Madrid, preso en la  cárcel Modelo y asesinado en Paracuellos del Jarama el 7 de noviembre de 1936. En la gran saca fueron también víctimas Delgado Barreto (desaparecido) y dos periodistas de El Debate, Emilio Carrascosa y Agustín Solache. Según la esquela que las hijas de José San Germán publicaron en ABC en el 50 aniversario de su muerte, fue enterrado vivo. Sólo ellas han reivindicado su memoria.

San Germán Ocaña Esquela

 

                                                                    OBRAS

-Perfiles y quijotadas (versos), 1902.

-De la propia historia (novela corta), s. f.

La jauría del amor, Madrid, A. Marzo, 1912.

Los marinos de papel (estropicio cómico-ortopédico-particular en tres actos, en colaboración con E. Cerezo Irizaga, estrenado en el teatro Álvarez Quintero el 23 de diciembre de 1913), Madrid, S.A.E., 1913.

Mamá Rocío. (Dietario de un hombre vulgar), Madrid, Felipe Peña Cruz, 1915.

Periodismo y tuberculosis. Solución inicial al problema del sanatorio (conferencia dada en la Asociación de la Prensa de Madrid, el día 25 de Marzo de 1916), Madrid, González y Giménez, 1917.

La ruta de los cautivos, Madrid, Mundo Latino, 1920.

San Germán Ocaña La ruta de los cautivos002

Memorias de una pulga (novela humorística), Madrid, Gráficas Carrozas, 1933. Il. de Bon.

Judíos, masones y marxistas contra Italia (Declaración jurada de un periodista), Madrid, Gráficas Fénix, 1935.

San Germán Ocaña_ Judíos, masones

                                                                BIBLIOGRAFÍ A

-A. R. T., «Reseña» de Memorias de una pulga, ABC, 18-VI-1933.

-CANSINOS-ASSÉNS, Rafael, La nueva literatura (1898-1900-1916) Primer volumen, Madrid, V. H. de San Calleja, s. f. (191?).

-, La novela de un literato, 2 y 3, Madrid, Alianza Tres, 1985 y 1995.

-CASARES, Julio, “La ruta de los cautivos” en, Crítica efímera, Madrid, Espasa Calpe, 1962, pp. 186-191.

-EL ABATE MARCHENA (Seudónimo de Cristóbal de Castro), «Reseña» de La jauría del amor, Heraldo de Madrid, 14-V-1912.

-GONZÁLEZ RUANO, César, «Reseña» de Judíos, masones y marxistas contra Italia, ABC, 28-II-1936.

-L.A.C., “Una tesis sobre la voluntad. La ruta de los cautivos”, La Época, 14-X-1922.

-MIRABAL, «Reseña» de Judíos, masones y marxistas contra Italia, El Siglo Futuro, 4-XII-1935.

-RAMÍREZ TOMÉ, A. «Reseña» de Judíos, masones y marxistas contra Italia, ABC, 19-XII-1935.

-SANZ Y DÍAZ, José, Escritores asesinados por los rojos (2ª ed.), Madrid, Publicaciones Españolas, 1959, pp. 22-23.

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-TORRES DEL ÁLAMO, Ángel y Antonio ASENJO, Mil y una anécdotas de gente conocida, Madrid, Ediciones Españolas, 1940, p. 164-165.

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Pese a ser el primer periodista español digno de recibir tal nombre, disponer de calle en el zaragozano barrio Oliver y existir un concurso periodístico que lleva su nombre ¿quién se acuerda de este alcañizano que fue tildado de pestilente, tabernario y famélico por sus contemporáneos? Hubo de ser otro polígrafo, Nipho, Mariano de Menéndez y Pelayo, quien rescatase su figura y sus escritos en su Historia de las ideas estéticas en España, libro que, por su caudal de información, preciosismo estilístico y capacidad de síntesis, debería haber sido de uso preceptivo en nuestras universidades, pues ¿dónde se pueden encontrar con más brevedad y precisión visiones generales sobre las corrientes culturales habidas en España o sobre los pensamientos que confluyeron  en ellas? El lector que desee hacer el experimento compare las escasas páginas que en él se dedican al neoplatonismo, a Kant o cualquier  otro filósofo con las confusas martingalas de cualquier manual al uso. Don Marcelino, soslayando sus arengas ultramontanas, que, hoy día, a nadie van a convertir, sabía expresar con justeza, amenidad e incisión lo que a cualquier otro cuesta sudores y rebufidos que, ineluctablemente, transmite a sus lectores.

 Nipho redactó íntegramente un buen número de periódicos, alguno de título tan sugestivo como El novelero de estrados y tertulias, Diario de bagatelas, El murmurador imparcial o El Caxón de sastre literato o percha de maulero erudito con muchos retales buenos, mejores y medianos, útiles, graciosos y honestos para evitar las funestas consecuencias del ocio. En este último, que se publicó durante treinta y un años, reprodujo inéditos de peregrinos, excesivos y hasta excelsos escritores españoles con un criterio tan pintoresco que el mamotreto constituye una verdadera fuente de disfrute, al menos para espíritus tan ricamente atrabiliarios como debió ser el suyo.

Enciso-Nipho y el periodismo002 Entre sus más de noventa obras, figura otra que habría de ser propagada en after hours, discotecas, verbenas y gabinetes sexológicos. Me refiero a El amigo de las mujeres o arte de hacerlas felices para dicha y dulzura de los hombres. Libros que ya no se escriben, pues hoy todo el mundo parece saberlo todo y así les va a las parejas.

 En La Almunia de Doña Godina, durante la II República, se convocó una manifestación en demanda de mayor atención socio-cultural a la comarca en la que un lugareño paseó una pancarta que rezaba: “¡Abajo los inorantes!” (sic). Grito que, a buen seguro, hubiera suscrito don Francisco Mariano Nipho y que hoy, pese a la profusión de masters, universidades privadas, públicas y populares, escuelas de verano, cursillos para nescientes y mojigangas diversas, conserva toda su vigencia.

(Publicado en El Día de Aragón, 26-I-1984 y, ligeramente actualizado).  El dibujo de Nipho es de Francisco Meléndez.

Nipho_Diario noticioso, curioso-erudito

Publicado en  Criaturas saturnianas nº 2, 1er.semestre 2005, pp. 107-125.

Incluyo la bibliografía publicada en mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), Zaragoza, DPZ, 2010, por ser algo más completa que la que acompañaba al artículo en cuestión.

Algunas de las fotografías que acompañan este trabajo, extraídas de distintas publicaciones de la época, son casi desconocidas. Cavia fue hombre descuidado, que rara vez aceptó retratarse e incluso sus contemporáneos se quejaban de que siempre mandaba la misma fotografía de treintañero, con los impertinentes, el ricillo repeinado sobre la frente y el clavel en la solapa.

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  Fue, probablemente, el periodista más famoso de su tiempo y, contra lo habitual en el gremio, la fama le sobrevivió varios lustros. En los años cincuenta todavía era uno de los ejemplos más citados de aragonés eximio y en esa década se publicaron los trabajos más extensos sobre su obra y vida, entre ellos el libro de Castán Palomar, Cavia, el polígrafo castizo, que aún se ve por ahí, aunque vaya a cumplir el medio siglo, y el estudio previo que puso Pardo Canalís a su antología, que todavía resulta el más documentado entre lo poco con sustancia que sobre la persona y obra del publicista zaragozano puede consultarse. Es posible que Cavia, casi tan fecundo como ellos, forme con González Ruano y Umbral la tríada de los tres periodistas más populares, más leídos del siglo XX. Pero ¿quién que no sea rata de biblioteca o taurino sedicente es capaz de citar un título de Cavia? ¿Quién ha leído uno solo de sus artículos? En Zaragoza, ciudad a la que amó sin paliativos, tuvo hasta hace poco calle y aún no le han quitado la placa que conmemora su lugar de nacimiento en la calle de Manifestación, esquina con la plaza del Justicia, ni el busto esculpido por José Bueno en el centro de la ciudad y que, a decir de Blasco Ijazo, fue el primero que se erigió en Zaragoza. Tiene incluso una asociación de amigos, como él, tirando a perdularios, que le homenajean anualmente y acaban de publicar uno de sus títulos menos vistos. Uno de los más codiciados premios nacionales de periodismo lleva su nombre. Sería demasiado pedir que también tuviera lectores.

 Fue la generación conservadora que monopolizó la cultura, o lo que fuese, tras la guerra civil, compuesta por los que conservadores siempre fueron y  aquellos que hubieron de readaptarse en vista de las circunstancias, la que llevó el apunte de Cavia: los Lacadena, Castán Palomar, Altabella, Del Arco, Pardo Canalís, Horno Liria y compañía ensalzaron al periodista y escribieron sobre él páginas numerosas. Otro fue el Cavia de su tiempo, en el que llevó fama de escritor festivo pero fino y dio lugar a panegíricos tan rimbombantes como el de Adolfo Bonilla Sanmartín, que no era nada tonto y tenía una profusa veta cáustica como puede comprobar quien lea su desmesurado ataque a Cotarelo en Sepan cuantos… Dice del aragonés “por su galano estilo y por ser maestro en el bien decir, ocupa lugar preeminente, después de Fígaro, en el periodismo español”. Y, finalmente, otro Cavia es el de hoy en el que, si se le atisba, se le contempla como algo similar a un costumbrista. Leer hoy a don Mariano puede ser ameno pero suele devenir inane. No le falta agilidad, variedad, cultura, y hasta puede tener gracia, pero raras veces el pensamiento sobrepasa el listón de lo mediano. Su tan ponderado estilo es, efectivamente, suelto, clásico, personal y, a menudo, ocurrente, pero carente de magia. Capaz de escribir artículos magistrales en su precisión o emoción contenida y capaz también de insulsas ramplonerías. En una época en la que no faltaban plumíferos de alguna talla es posible que el lugar que ocupó Cavia pueda sorprender.

Este soneto acróstico, a pesar de su nada brillante factura, puede ilustrar sobre cómo veían los contemporáneos sus luces y sombras

                                   Más bien feo que guapo, algo vulgar,

                                   Aficionado a los toros, bonachón,

                                   Raro de genio, a veces muy zumbón.

                                    Intransigente en cuanto al bien hablar.

                                    Al juzgar los estrenos, prodigar

                                    No suele los elogios con razón,

                                    Obedeciendo así a su condición,

                                    De que es poco lo digno de alabar

                                    Escribe con estilo y fluidez

                                    Captándose enemigos cada vez,

                                    Aunque no sea cosa que asombre…

                                    Vive ajeno a cenáculos y gafes,

                                     Irrítale lo malo, y sin ambages,

                                     A las cosas llama por su nombre.

 Don Mariano respondió a la descripción con una octavilla al desgaire, descubriendo al autor, que tampoco mejoraba mucho el grado poético de lo anterior.

                                     A mis manos ha llegado

                                     Recién publicado un verso

                                     No malo, algo más, perverso,  

                                     Y en él me vi retratado,

                                     Como me elogia, el rubor 

                                     Háceme ser generoso…

                                     En acróstico ripioso

                                     Saludo al ignoto autor. 

 Su vis satírica parece que le propiciaba mejores frutos cuando daba salida a su veta de improvisador, un punto agresivo. Así, cuando pasado de copas, como era habitual, le fueron a presentar al periodista Luis Zozaya.

                                      ¿Conque éste es don Luis Zozaya,

                                       el de los ojos saltones?

                                       ¡Que me toque los cojones

                                       y se vaya.!

 Tampoco faltaron otros contemporáneos que expresaran sus reservas sobre Cavia. Bonafoux y Valle-Inclán lo sometieron a su sátira, el primero, aún reconociéndole méritos, cuestión en la que no era muy generoso el llamado “víbora de Asnières”, el segundo, con alguna sorna. El argentino Soiza Reilly llegó para aducir que las obras del famoso periodista eran inferiores a su talento y el gran Alfonso Reyes le dedicó también un artículo tan agudo como desvalorizador. Por su parte, si Isidoro Fernández Flórez “Fernanflor” le llamaba “perla de El Liberal”, José Castro Serrano elevaba el alza hasta titularle “perla exquisita de la prensa española”. Sin embargo, en una fecha tan relativamente cercana a su muerte como 1948, Emilio Carrère podía escribir: “Hoy apenas se recuerda a Cavia sino como una sombra de una bohemia disparatada, dipsomaníaca, perorativa de café en taberna”.

Mariano de Cavia y Lac (25-IX-1855) fue un rebelde a medias. Hijo de un notario, hizo como si estudiaba para no disgustar a su padre. Pasó por los jesuitas de Carrión de los Condes –el colegio tenía ganadería propia ¡y daba becerradas a los alumnos!-, estudió, sin terminar, Leyes e hizo sus primeras armas periodísticas en el Diario de Zaragoza. Pronto lo llamó Calixto Ariño al Diario de Avisos, llamado “el diarico” por su tamaño, y hasta se atrevió a fundar con sus amigos Jerónimo Vicén y Antón Pitaco un periódico satírico, El Chin-Chín, que llegó a los seis números y alcanzó alguna fama en la ciudad. Muerto su padre, Cavia vio el cielo abierto para huir de una Zaragoza que no toleraba nada bien sus invectivas y sátiras. Con una carta de Gil Berges para el director de El Globo, en 1880 llegó a Madrid pero las circunstancias lo llevaron a entrar en El Liberal, dirigido entonces por el también aragonés Miguel Araus. Entre junio y noviembre de 1881 residió en Tarragona, requerido para dirigir un llamado Diario Democrático, pero pronto volvió al Madrid del sainete donde sus crónicas empezaron a ser populares. Más famosas que el escritor que, tímido, retraído y orgulloso, empezó a darle al trago sin moderación y a despellejar contemporáneos con sus ilustres tertulianos del Bilis Club, en un tiempo en que la gente se reunía con el solo y hasta plausible objeto de pasar el rato.

                                                                      A los nueve años

Algo tendrá el agua cuando la bendicen porque muy pronto Cavia logró puesto preeminente en el escalafón –“el primero de cuantos hemos escrito en la prensa”, dijo Ortega Munilla- tanto por su cultura e ingenio, como por su estilo y personalidad. En El Liberal, donde permaneció casi tres  lustros, hizo populares los diversos epígrafes bajo los que firmó, se lo disputaron los diarios más importantes y, tras una temporada en el Heraldo de Madrid, pasó a El Imparcial, que fue el periódico donde transcurrió la mayor parte de su vida como cronista. Admirativamente se decía que su estipendio ascendía a una peseta por palabra.

Una de las razones de la popularidad de don Mariano fue su labor como crítico taurino que ya había ejercido en el periódico zaragozano en que se inició. Quien cumplía esta función en El Liberal, un tal Don Éxito, firma que correspondía a Eduardo de la Loma, fue nombrado gobernador civil de Cádiz -¡Ay, España, España!- y la vacante fue solicitada por Cavia. Y ahí quedó, con su sobrenombre de Sobaquillo, como una de las cumbres del género, según cuentan los taurinos. A tres libros dio lugar esta afición. El primero, División de plaza. Las fiestas de toros defendidas por Mariano de Cavia (1887),  era un contraataque a Las fiestas de toros impugnadas por José Navarrete. Hoy el volumen es bastante buscado. Otros dos, De pitón a pitón (1891) y Notas de Sobaquillo (1923), reunieron posteriormente varias de sus crónicas taurinas.

El otro seudónimo con que firmó, «Un chico del Instituto», lo utilizaba en sus artículos de opiniones lingüísticas en las que sensatez y jactancia se juntaban con cierta superficialidad, seguramente agradecida por los lectores de la época. Aún hoy se cita en alguna ocasión su apuesta por el neologismo “balompié”, que perdió el partido. Muchos de estos artículos entre censorios y catonescos, un poco antecedentes de los de su paisano Lázaro Carreter, los recogió en Limpia y fija. Hoy se leen con gusto y merecerían una reedición. Otros artículos célebres fueron “Post tenebras spero lucem” (2-XII-1903) en el que pedía una cumplida celebración del centenario del Quijote o “La catástrofe de anoche” (25-XI-1891), en el que daba cuenta de un incendio que había arrasado el Museo del Prado y que dio lugar a que los madrileños, en una época en que no había medios de comunicación inmediata, acudieran en tropel a contemplar el desastre y a que se tomasen medidas precautorias para alejar esa posibilidad.

Hombre de ideas avanzadas, Cavia no siempre se había distinguido por su comprensión de lo social, sin embargo, a las alturas de 1917, fue fichado por el naciente periódico El Sol, como cronista de prestigio. Lo que sucedió realmente es que varios redactores se desplazaron con su director, Félix Lorenzo, de un diario a otro. El Imparcial ya no se recuperaría de ese golpe. El primer artículo de Cavia en el número inaugural (1-XII-1917) fue verdaderamente modélico y parecía un programa del propósito modernizador y europeísta que propugnaba el que llegó a ser mejor diario español de su tiempo. Poco antes, el 24 de febrero de 1916, Cavia había sido elegido académico aunque no llegara a tomar posesión del sillón A, en el que, precisamente, le sucedió su viejo admirador, el erudito Adolfo Bonilla y Sanmartín.

 A pesar de ser costumbre tan compartida por los plumíferos de su tiempo, y aun por los de otros, Cavia fue tenido por borracho inveterado y circularon numerosas anécdotas sobre el asunto. Así, con escasa piedad, lo retrata Cansinos Asséns en el primer tomo de sus memorias:

“…está sentado otro hombre, ya viejo, con un gran bigote escarolado, lentes y un clavel ya marchito en el ojal de la solapa, que de cuando en cuando murmura frases inconexas, intermitentes, como un papagayo. Mariano de Cavia, el popular cronista de El Imparcial (…) A su lado, de pie, tiénese, solícito como un escudero, un hombrecillo gris de fachada apicarada. Es Rodríguez, el criado del escritor, el hombre que lo acompaña a todas partes, lo sostiene cuando sale tambaleándose de las tabernas, le va a por cigarrillos y se los pone ya encendidos en la boca, y que, en fin, lo defiende cuando algún bebedor de mal genio, ignorante de habérselas con un gran hombre, alza la mano en réplica de algún insulto del agresivo cronista: -¿Qué va usted a hacer, hombre? ¿No sabe usted que es Mariano de Cavia?

El escritor tiene una borrachera procaz, peligrosa, y más de una vez lo habrían descalabrado a no ser por ese Rodríguez. Éste es el ama de llaves, el perro y la única familia del cronista solterón. Lo cuida como a un niño en la invalidez momentánea en que alcohol lo deja, le recoge del suelo el bastón que se le cae y hasta le suena los mocos y le limpia la baba…”

                                                              Cavia con su criado, García

Cansinos continúa rememorando las torpezas y chapucerías del cronista, auxiliado por su rodrigón, en la cervecería de la calle Hileras donde solía coincidir con otros dos grandes aficionados al trago: Rubén Darío y Manuel Machado. El famoso criado de Cavia, cuya desconocida imagen podemos ahora contemplar junto a él, no se llamaba Rodríguez sino García y había sido paje del pretendiente don Carlos durante su estancia en las provincias del norte. Nótese cuán fácilmente puede soportar características y necesidades de dueños tan disímiles quien tiene el espíritu avezado a servir. Pero, al parecer, hubo dos: un García I y otro García II, que sucedió a aquel. Este último se llamaba muy propiamente Manso y le sirvió con fidelidad y cariño hasta su muerte. Esta connivencia y algún otro rasgo de su conducta propiciaron que en los corrillos se hablase en voz baja de la presunta homosexualidad del periodista, rasgo al que también aluden Cansinos y Baroja en sus respectivas memorias. Realmente, sólo se le conocieron relaciones en su época zaragozana con Pilar Alvira y fueron frustradas por la oposición familiar. Horno Liria aduce que los dos se prometieron soltería y lo cumplieron.

Otros han contado como, además de la cerveza, eran las bebidas blancas, en sus formas de aguardiente, chinchón, cazalla, anís y demás variedades, sus nepentes preferidos. Parece que en el vaso grande, que se solía servir con agua para acompañar el aguardiente, a él le ponían la bebida y era la copa la que contenía el agua. Además de la cervecería de la calle Hileras, otros muchos locales acogían su hablar carraspeante: el café Castilla, Platerías, el Levante de la Puerta del Sol, el Colonial, el inevitable Fornos o la tan literaria taberna de la Concha, el garito perdulario de la calle de Arlabán. Difícil obviar esta condición  filoalcohólica de don Mariano porque la reflejó Valle-Inclán en Luces de bohemia, quizá la obra cumbre de la literatura española del pasado siglo, publicada muy pocos meses después de la muerte del periodista: “¡Ni que se llamase este curda Don Mariano de Cavia! ¡Ese si que es cabeza! ¡Y cuanto más curda, mejor lo saca!”, dice un guardia en la escena cuarta ante las protestas de los cofrades, cuando don Max es conducido a la “Delega”. También Baroja lo saca a relucir en algún apartado de sus memorias (Vitrina pintoresca) y Felipe Sassone en las suyas (La rueda de mi fortuna), donde asegura como, con mucho aguardiente dentro, “dando cabezadas, sacó unas cuartillas del bolsillo, pidió pluma y tinta, y redactó currente calamo, una de sus primorosas crónicas para El Imparcial”.

 Probablemente esta propensión precipitó su muerte, acaecida el 14 de julio de 1920. Arrastraba serios problemas de salud desde 1915, año en el que había sufrido una trepanación, y sus delirios iban en aumento. Sus últimos meses fueron patéticos: tras una temporada en el balneario de Alhama, los médicos, impotentes, recomendaron su traslado al madrileño sanatorio para dementes del doctor León, en la plaza que hoy lleva el nombre del periodista, ya que nada podían hacer para mejorar su situación. Apenas aguantó un día más y murió en la compañía de su criado. Dejaba dos hermanas con las que no se veía, una cuenta corriente con 26.000 pesetas y una vivienda en el tercer piso del número 18 de la Carrera de San Jerónimo, que había puesto a sus libros y a su criado, ya que él prefería vivir en el Hotel Términus de la misma vía madrileña. La cantidad, que no llegaría a los 60.000 euros al cambio actual, pareció desmesurada a muchos que se felicitaron de que, por fin en España, un escritor pudiera vivir de su trabajo. Zaragoza reclamó su cuerpo y en Torrero se encuentra su tumba, que, como es propio del país, no suele congregar admiradores ni curiosos.

Cavia en su lecho de muerte-Apuntes de Juan José Gárate005

                                Cavia en su lecho de muerte. Apuntes de Juan José Gárate

Como asegura García Mercadal, don Mariano no quiso ser otra cosa que periodista y pocas veces ha estado tan justificado el remoquete de maestro que tan frecuentemente se le asociaba. Cavia no tuvo otras aspiraciones, fue reacio a homenajes y honores, de los que como buen aragonés desconfiaba y que muchas veces rechazó con cortesía. Como se ha dicho, ni siquiera llegó a tomar posesión de su sillón académico. Aunque, sin duda, el mejor de los homenajes a que podía aspirar se lo ofreció un compinche de brumas alcohólicas llamado Rubén, al dedicarle el segundo de los dos intensísimos “Nocturnos” del que fue su mejor libro, Cantos de vida y esperanza. Hombre retraído y agresivo, inteligente y temeroso, justiciero y arbitrario, ocultó sus amarguras y se llevó a la tumba sus secretos.

Cavia, al contrario que los citados González Ruano y Umbral, no escribió libros sino que se limitó a reunir sus artículos y ponerles muchas veces el mismo título de su sección del periódico, cosa que, por cierto, no hicieron sus citados colegas. Incluso, su único libro de creación, Cuentos en guerrilla, reunió también textos publicados en El Liberal. No se animó tampoco a juntar sus poesías, que dejó diseminadas por muchas publicaciones. Regeneracionista pero taurino, hombre de inmensa curiosidad y, sin embargo, poco adicto a profundizaciones, artífice de una lengua purista y precisa pero poco ambicioso en su tratamiento, hombre de café pero tirando a huraño, irreligioso pero pilarista, Cavia fue una contradicción viva, una inteligencia a la que tocó lidiar con un tiempo y un país, que él nos ayudó a entender mejor pero que resultaba demasiado toro para lidiar, para que él mismo lo llegara a entender del todo.

                                                                   OBRAS

 -División de plaza: Las fiestas de toros defendidas por Sobaquillo, Madrid, F. Bueno y Compañía, 1887. / Zaragoza, Asociación Mariano de Cavia, 2005.

 -Revista cómica de la Exposición de Pinturas de 1887, Madrid, F. Baena, 1887.

-Azotes y galeras, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1891.

De pitón a pitón, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1891./Zaragoza, Asociación Cultural Mariano de Cavia, 2004.

Salpicón, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1892.

Cuentos en guerrilla, Barcelona, Antonio López-Col. Diamante nº  54, s. f. (1897).

Grageas, Madrid, Imprenta de Antonio Marzo, 1901.

Limpia y fija, Madrid, Renacimiento, 1922.

Chácharas, Madrid, Renacimiento, 1922.

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                                                  Caricatura del escritor por Ángel Pons

Sabio total, magnífico cuentista, hombre de una bondad ingénita aunada a una lucidez insobornable, tuvo la paciencia de honrarme con su amistad y un profuso epistolario. Planteada como cuestionario para mejor precisar las ideas, esta entrevista se publicó eEl Bosque nº 10-11, Monográfico «España, primer tercio de siglo», enero-agosto 1995 , pp. 47-55.

                                                                                                                                                                                                                                                                                      

P: Conservamos miles de testimonios literarios, se pueden consultar muchas de las publicaciones de la época que, por otra parte, no ha sido de las menos afortunadas en interpretaciones y análisis por parte de historiadores y estudiosos, tenemos imágenes fotográficas y cinematográficas, cientos de memorias y testimonios históricos que a él se refieren. ¿Cree usted, sin embargo, que tenemos una imagen fidedigna de la vida española en este período?

R: Sí, existen muchos testimonios y han sido bastante aprovechados. Sin embargo, no creo que conozcamos bien la vida de ese tiempo (por otra parte, cambiante, pues es de amplios límites). Hace mucha falta leer entre renglones de cuanto conocemos. La vida interior de aquella sociedad, creo yo, fue, ante todo, de una pobreza general, llevada muy dignamente, con alegría casi, pero no la encontraremos apenas en esos testimonios existentes. Hay que rever el género chico, algunas novelas secundarias de esas que, por llamarlas de algún modo, las bautizamos como barojianas. Hay que releer la poesía burlesca, abundante y significativa, la vida judicial, la hipocresía religiosa tan pimpante y tan bien vista por la burguesía. El cine fue siempre muy literario (y de mediocre literatura), o muy soñador de riquezas, fachada, vanidad, torpe imitación de lo que se creía europeo (tenga presente que los viajes fuera del territorio nacional pertenecían a una pequeña minoría de adinerados o a los que por una u otra razón desempeñaban excursiones oficiales. La creación del Patronato Nacional de Turismo es prueba de que es cosa en sus comienzos. Sé de alguien que estaba en París al estallar nuestra guerra: cinco días, 500 pesetas, y poquísimos podían hacerlo). Añada usted que la minoría adinerada era bastante inculta, sobre todo en materia de auténtica historia: todavía en 1903 se demolió un humilladero precioso en Madrid, el que da aún nombre a la calle, y era posible la exportación de obras de arte capitales poco menos que a precio de saldo (el Van der Goes de Monforte, Los Grecos de San José de Toledo, etc.).

P: Usted es uno de los mayores conocedores de la lengua popular de la época ¿El reflejo literario de la misma le parece suficiente o pálido? Pese a la inmiscuición en lo popular de tantos de nuestros escritores ¿no le parece que hay registros que han quedado prácticamente fuera de lo literario?

R: Es pregunta de difícil respuesta. Creo que no. Yo recuerdo muy bien la existencia de dos lenguas. Una, la de la calle, la que empleábamos entre amigos, estudiantes, lecturas sucias que se vendían en la puerta de los cines (“¡para entretenerse en los descansos…!”), lengua llena de argot, gitanismos y ruralismos. Todos los madrileños teníamos un pueblo como referencia, venían a vernos los parientes del pueblo, veraneábamos en el pueblo, las cosas buenas de comer eran regalo del pueblo… Y eso estaba en la lengua. Y al lado, otra lengua, la oficial, la que ensayábamos para los exámenes, para recitar las lecciones, la empleada en reuniones y saraos (había aún saraos, en casa de una de las amigas de la pandilla, con la merienda a escote). El escritor partía de la idea de una lengua “superior”, exquisita, para su trabajo, sin acabar de entender que la excelsitud la hacía él, al manejar esa lengua corriente a su manera. Ahí está la base de Ricardo León, y de tantos otros que no llegaron a publicar. Ponga usted ahí la mayor parte de las redacciones escolares, que destilaban miel, pólvora patriótica y necedad. Se tenía santo horror a lo “paleto”, especialmente en Madrid, que se defendía así de su condición lugareña. Esto dificulta, por falso prurito de superioridad, el conocimiento y la valoración de ciertos ritos: el ordeño de las burras de leche en el portal (la leche se empleaba contra la tuberculosis, igual que el caldo de perritos; hacia 1918 o así, con la Guerra grande, se empezaron a vender pastillas de leche de burra, ¿Qué tendrían?); tampoco sabemos los pregones, la lengua de los oficios (deshollinadores, carboneros, floristas, mieleros o meleros, paragüeros, vendedores de teas para encender la lumbre, estereros… Era fiesta nacional el día de poner las esteras en las oficinas públicas). Recuerdo que todavía en 1932-34, se veían por las calles gentes con el traje tradicional, regional, y se entablaban vivas discusiones por reconocer el origen. Era una expedición al desbarre, excepto si eran lagarteranas. ¿Y las cambiantas, que proporcionaban calderilla, noventa céntimos por una peseta…? ¿No ve ahí una prueba de cómo funcionaba la hacienda de muchas familias? ¿Sabía usted que los inmigrantes madrileños se reunían en sitios concretos según el origen, como “naciones” medievales? Los asturianos, por ejemplo, acudían todos los días de fiesta a la Florida, al costado de la ermita. Allí vi yo bailar por vez primera la danza prima, y hasta intenté incorporarme a un coro. Sí, el reflejo literario de aquella sociedad es muy pálido.

P: Uno de los fenómenos más apasionantes de este tiempo lo constituye la convivencia de la España Negra, de la mugre, la brutalidad, la injusticia y la miseria más espeluznante con una inquietud compulsiva por encaramarse al carro de la modernidad que, por otra parte, tiene abundantes reflejos, en las artes, las modas, el espectáculo y la vida cotidiana de, al menos, algunas minorías. En cierta medida, ¿no ha predominado en los intérpretes la atención a la segunda de estas vertientes en detrimento de lo que constituía la realidad de la más amplia mayoría de nuestro pueblo?

R: Esa convivencia se ha dado siempre. Lo insinúan los Avisos de Barrionuevo en el XVII, los hay en el XVIII, se adivinan en los dibujos de Goya. Las depuraciones políticas del XIX fueron un buen caldo para eso, sin barreras precisas. Y en el paso del XIX al XX, los crímenes han sido horrendos, muy “negros”. El del Capitán Sánchez, sin ir más lejos. Llegó a decirse que comió carne de alguna de sus víctimas. Casi nada. O el de la Justa, o el de doña Baldomera. Hace unos años, Calpe comenzó a editar una serie dedicada a estos primores. Bastante bien hecha. Y al lado de esta variante brutal, los hay de la mejor tradición escénica clásica. Próximo a mi casa, en la calle Don Pedro, calle de viejos palacios, quedaba un resto de ese vecindario. Un día, el señor volvió a su casa sin respetar la sana rutina, y se encontró a su mujer en pleno adulterio. Pues igualito que en Los Comendadores de Córdoba: el agraviado despachó a la infiel, a su cómplice, a las criadas, no sé si a algún hijo, y a los animales domésticos pobrecillos, dígame usted qué culpa tendrían de los furores de la señora… Y esto en los años veinte ya, y a un paso del Palacio Real y de la Catedral. Mire, eso de embarcarse para la modernidad es un camelo como la Telefónica (es lo que decíamos para encomiar el tamaño de la cosa, nos parecía que no podía haber en el mundo nada mayor que el rascacielos de la Gran Vía….). Recuerde usted el permanente conflicto de la Infanta Eulalia con la familia real y con su marido… Y más: con el gobierno, cuando tuvo que ir a Cuba, sabiendo ella la realidad y adiestrada por los gobernantes con los prejuicios y la tozudez oficiales… Hoy mismo, ¿cree usted en eso, con lo que estamos viendo? Hablaríamos y no acabaríamos de hablar sobre esta ficción de la modernidad. Esta manía de lo moderno es la que nos ha llevado a creernos que los antibióticos que tomamos los hemos hechos nosotros, los hemos parido; los automóviles que llenan las calles son fruto de nuestro talento, etc. También es de nuestro talento la democracia que vivimos, y ya ve… ¡Un jamón…! Se me olvidaba: dos ejemplos de crimen tradicional y a la moderna: el asalto al expreso de Andalucía y el de la niña Hildegart, a la que quiso su madre modernizar…

P: Parece que la Gran Guerra puede considerarse como un punto de inflexión y que de ella surge en España una actitud distinta mucho más lanzada hacia afuera, hacia la “modernidad” y la deseada o malhadada europeización. ¿Se vivió así en la calle o es sólo una interpretación fácil?

R: Eso es conclusión sacada “después”, al mirar el contexto. Yo he pensado siempre que la extinción de los hábitos decimonónicos tiene en España una fecha: la huelga revolucionaria de 1917, a pesar de la torpe resolución que Alfonso XIII le dio. Sin duda alguna, lleno de miedo ajeno y viejo de sus cortesanos consejeros, que no eran unos genios precisamente. Por ese tiempo es el mayor empuje de la Junta para Ampliación de Estudios, la reorganización de la Justicia, la lucha contra el caciquismo, la penetración las ideas pedagógicas de la Institución en toda la Enseñanza. Y de la concepción de la Universitaria madrileña y de la auténtica autonomía universitaria. Pero la gente seguía viendo la Parada en Palacio, asistía a la promulgación de las bulas por las esquinas y yendo al teatro los más, al cine los menos. La modernidad para la calle fue el metro y los juegos de agua y luz en la Exposición de Barcelona.

P: En Europa, por entonces, se está viviendo, que no hablando, de la “belle époque”, de vanguardias, de psicoanálisis y otras hierbas. Aquí también, pero todo entreverado en una suerte de costumbrismo. Es decir, que conviven Gómez de la Serna con Fernando Mora; Bergson o Keyserling con los romances de ciego, o el crimen de Cuenca con la Residencia de Estudiantes. ¿Era éste un país así de dinámico, así de singular o no era para tanto?

R: Creo que en lo dicho en el apartado anterior va incluido éste. Algún día le contaré cómo hablaban las gentes que representaban a la Residencia, lugar donde los madrileños nos íbamos civilizando (el Ateneo y los cursos libres del Centro de Estudios Históricos o de la Universidad colaboraban en la misericordiosa tarea). Todo lo bueno, lo enormemente bueno que eso representaba era cáscara: por eso se hundió estruendosamente, de golpe y porrazo, con la conmoción de la guerra civil. Después ha venido una seudoliteratura mitificadora, pero tan hueca, que acaba por retumbar de mala manera. ¿No ha notado que en estos años de mirada atrás ha brotado más institucionistas que soldados movilizó Napoleón? ¿Quién recuerda la Exposición surrealista de Canarias, etc.?

P.: La música popular y el teatro constituían por entonces, con los toros, las diversiones más constantes de los españoles. Sin embargo, todo lo que nos queda son referencias y muy pocos se han acercado a dilucidar lo que pudo significar todo ello en el inconsciente colectivo o en la vida diaria de las gentes de la España primisecular. ¿Cuáles serían a su juicio, las tareas investigadoras más urgentes que habría que afrontar en esos terrenos?

R.: Lo de los toros exige un estudio claro, detenido. Habría que destacar el cambio en la personalidad de los toreros, que de puros entes vivos pasan a personas con sensibilidad y hasta con una cultura muy respetable. (Aún podrá usted apreciar, en muchos casos, la dignidad con que habla un torero frente a la insustancialidad del entrevistante. Hay excepciones, claro). Pero algo pasa cuando en estos tiempo de que hablamos los toreros andan revueltos con intelectuales: Ortega, Pérez de Ayala, Valle Inclán… No digamos el caso aparente de Sánchez Mejías… Dicotomía torera: Zuloaga, Vázquez Díaz. Y frente a estos, Solana.

P.: El mundo del periodismo es algo tan vivo, tan difuso, tan efímero que no parece que tengamos un panorama adecuado, una visión conjunta de sus vicisitudes y trascendencia. ¿Se trata de desinterés hacia este género en el que estuvieron todos los que son y muchos más, de una imposibilidad de penetrar en un mundo tan lejano al actual, tan inabarcable y variopinto?

R.: Creo que el periodismo es primordial. Hay libros capitales que han sido artículos de periódico: “Azorín” es paradigmático. Esto produjo una elevación del lenguaje general. Y de la gimnasia mental: caso Unamuno. Pero siempre en dos, tres periódicos (ABC, El Sol, El Liberal. No se ha estudiado con rigor el papel de Los Lunes del Imparcial. Al lado de esto hay una producción nefasta, ignorantona, etc. Hubo críticos muy serios: Gómez de Baquero, Gamero, Ciges.). En fin, eso se ha estudiado muy poco. Una prueba: Fernández Almagro ya vio cuando salió Tirano Banderas la presencia de las crónicas de Indias: la cita, demuestra que sabía bien de qué hablaba.  Bueno, pues años después, nos sale por ahí un sabiete de revista científica que publica lo mismo como un gran hallazgo, del que se deduce su enorme talentosis … Bueno.

P.: Zamora Vicente es el maestro indiscutible en el estudio de la obra maestra nuestro siglo literario, Luces de bohemia, de la que está preparando una reedición muy ampliada. ¿Qué novedades destacan en este nuevo acercamiento?

R.: Tengo todo parado. Hay circunstancias extraliterarias que me condicionan. Desde luego reconsideraré muchos aspectos de la lengua empleada, que voy conociendo mejor.