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(Publicado en Diario del AltoAragón, 10 de agosto 2018)

¿Cuántas autobiografías conoce usted de mujeres aragonesas anteriores a 1988? En estos momentos, yo no recuerdo ninguna y tampoco abundan –todo lo contrario- después.  Sólo por esta razón sería ilustrativo detenerse en la que escribiera y editara la oscense Adelina Bello Lasierra, personaje tan insólito como atractivo.

Familia Bello (1911). Adelina sostenida por su padre.

Casi tan longeva como su famoso hermano Pepín, con quien tenía una relación ambivalente de gran cariño y alguna desconfianza, Adelina -o Adelaida- Bello Lasierra (Huesca, 23-04-1909 / Madrid, 22-11-2007) fue una mujer de gran inteligencia y originalidad, cuya formación fue planificada por su padre, que la envió a Ashford para su educación secundaria. De vuelta a Madrid, inició la carrera de Arquitectura pero, finalmente, siguió cursos de Bellas Artes. Hay constancia de que se presentó al concurso para el Cuerpo facultativo de Archiveros Bibliotecarios y Arqueólogos a finales de 1932, pero su matrimonio con el médico Ricardo Martínez Álvarez, que falleció en 1969, la terminó alejando de la vida laboral. No, de la formación intelectual ni del interés por la ciencia. Entre las muchas disciplinas que alentaron su curiosidad, fueron la Biología y la Física las que marcaron su preferencia. Escribió también obras de teatro y narraciones breves, que no llegaría a publicar.

Fue sin embargo en los años finales de su vida cuando decidió dar a la imprenta los dos tomos de su insólita y sincera autobiografía en los que quedó patente su fuerte y original personalidad a la par que la extensión de sus conocimientos. Con el seudónimo de Elenora, en 1988 publicó el primer tomo, Novísimo testamento, y al año siguiente, La resurrección por la ciencia. Pese al origen oscense y la relevancia social de su autora, que yo sepa, ningún medio aragonés se preocupó de ellos, que debieron ser muy poco y mal distribuidos, pues es muy difícil hoy día encontrar algún ejemplar de los mismos, que, en realidad, son el mismo libro, es decir, uno no sucede al otro, sino que el segundo es una reelaboración del anterior con algunas supresiones y modificaciones.

Adelina en una vagoneta

Harto complicado es resumir en unas líneas el contenido y espíritu de un libro que no apuesta por la facilidad sino por la profundidad y la reflexión multidisciplinar. La autora reconoce desde un principio que las ciencias físicas son las raíces materiales de toda su obra y, a través de un recorrido por su familia y por los episodios vitales más destacados en su recuerdo, se somete a una radiografía personal de muy amplio espectro. Son fundamentales en su formación las disímiles pero poderosísimas personalidades de sus padres, Severino Bello Poeyusán (1866-1940), el ingeniero que construyó el pantano de La Peña, obra pionera en su tiempo, y Adelina Lasierra Campaña (1877-1961), mujer hipersensible, genial y de gran simpatía, cuyas cualidades, en uno u otro grado, heredaron sus siete hijos y, en especial, Adelina.

La autora manifiesta que desde niña supo que tenía que escribir y que ideas y vivencias precisaban de ese refuerzo para ser compartidas y entendibles. Nos habla de la formación de su sensibilidad en la que tuvo gran importancia su madre, que consideraba incomprensible que la humanidad fuera capaz tanto de proporcionar dolor a los animales como de servirse de ellos.  Sin que falte el repaso a los hechos concretos, su biografía es, sobre todo, una “historia de su proceso intelectual” y, en palabras de Rafael Santos Torroella: “un muy personal replanteamiento de uno de los grandes enigmas –el del sentimiento de supervivencia- que gravitan sobre la especie humana. La formación en Ciencias Naturales, así como las propias y reales vivencias en torno a las mismas, comunes a todos los Bello, hacen que este libro de Adelina, con su represada vehemencia introspectiva y las reflexiones y clarificaciones en él desarrolladas, sea, a un tiempo, tan desasosegador como estimulante”. Efectivamente, Adelina manifiesta su confianza en que la Física no ha de tardar en lograr la inmortalidad del hombre, cuestión más transcendente que cualquier otra que pudiera plantearse.

Aparte de aparecer en mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), las únicas menciones que conozco de Adelina corresponden, al citado Rafael Santos Torroella, que la nombra varias veces, ya que fue ella quien le proporcionó muchos datos acerca de la familia, en el artículo “Un genio en busca de autor: Pepín Bello”, publicado en el libro colectivo Dalí residente (1992). Su hermano se refiere asimismo a ella en La desesperación del té, el ilustrativo libro de conversaciones que mantuvo con José Antonio Martín Otín “Petón”. También Félix Romeo -a quien presté La resurrección por la ciencia, único tomo que había conseguido por entonces- le dedicó una columna, “Elenora” en Heraldo de Aragón (17-VIII-2008).

Es curioso que en estas fechas en las que se reivindica cualquier mujer que hubiera tenido algún protagonismo literario o artístico, Adelina continúe como habitante del limbo del olvido.

La palabra “antofagasta” no está en el diccionario. Me dirán ustedes que, como nombre propio, no tiene por qué estarlo y yo retrucaré que la escribí con minúscula y Díaz Cañabate, Antonio Historia de una taberna002que es término que utilizaron numerosos escritores del siglo XX en varias de sus obras para designar a alguien extemporáneo, absurdo, una especie de “marciano” o “friki”, que se diría después. Quien mejor lo explica es el amenísimo Antonio Díaz Cañabate en su Historia de una tertulia (1952): “El antofagasta es, desde luego, un pelmazo, pero con características especiales (…) es ese señor que no se entera, que no habla o que lo hace a destiempo, que formula la pregunta impertinente en el peor momento, el oficioso con la figura popular, de la que no se despega y a la que descubre cada cinco minutos (…) el que ríe lo mismo cuando la cosa tiene gracia, como cuando maldita la gracia que tiene; él ríe siempre y repite la última frase del chiste, o de la anécdota, o del cuento, o de la frase ingeniosa (…) La lucha contra el antofagasta es imposible; hay que resignarse, tratarle con todo cuidado, sin mimo y sin repulsa…”, etc. etc.

Pepín BelloHay otras palabras de creación expresiva espontánea parecidas, como el “putrefacto” y el “carnuzo” de Pepín Bello y sus famosos compinches de la Residencia de Estudiantes, pero la de “antofagasta” fue utilizada por Emilio Carrère  -que ya en 1918 la imprimió por primera vez en un artículo dedicado a Edgar A. Poe-, y,después, por Gómez de la Serna, García Lorca, Cela, Zamora Vicente…, con lo cual parecía tener carta de naturaleza en el idioma pero he aquí que, ante su reiterada aparición, a la Real Academia Española se le ocurrió en 1998 incluirla en su Diccionario Histórico con la acepción de “persona cuya presencia en una tertulia o café desentona o fastidia”.

Se armó la de Dios es Cristo. Los habitantes de la verdadera Antofagasta, la bella ciudad del norte de Chile a la que se suele denominar “la perla del país andino”, montaron en cólera, el alcalde llamó a la Embajada española con el ultimátum de que todo Antofagasta se iba a presentar allí y armar la tremolina. A la amenaza se unieron los obispos, la Academia chilena y cualquier tonto enterado del asunto. La Academia Española, ya en la línea de lo políticamente correcto, hubo de recular; no se incluyó la acepción por más que la palabra hubiese sido utilizada históricamente y en los años veinte la usaran muchos intelectuales para definir al pelma inevitable, ser todavía no extinguido.

En las mismas estamos en nuestro país hace años aceptando que los topónimos españoles se sustituyan por los de otras lenguas, con rúbrica o sin rúbrica parlamentaria. Sangra lo de A Coruña, sangra lo de Gipuzkoa o sangra lo de Girona, nombres que nadie pronunció nunca en español -hasta que trataron de imponerlo- ni pronunciaremos quienes, partidarios del “Tarazona no recula aunque lo mande la bula”, tenemos convicciones e, incluso, conocimientos. De nada sirve aludir al consabido “Nadie dice vengo de Den Haag (La Haya) o me voy a London” porque los partidarios del particularismo o del retroceso, en nombre de patrias que nunca lo han sido mandan aquí y allá desde que una nefasta constitución y la idea de que son progresistas los que defienden el retroceso, todo lo han confundido.

De cualquier manera uno se alinea con los de Lepe, en su línea de buen humor: “dame pan y dime tonto”, que están cada vez más satisfechos de los chistes de leperos y consideran que eso da mucha marcha, mucha alegría a su pueblo y, a veces, hasta divisas.

Así que ¡Viva Lepe! y, con perdón de los muchos chilenos capaces, ¡Abajo Antofagasta!

 

(Publicado en Aragón Digital, 29-30 de junio de 2011).

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