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Desdichadamente llevamos muchos meses debatiendo donde debieran descansar los restos de quien mandó en España durante casi cuarenta años del pasado siglo. Por lo que dicen, el autoproclamado Caudillo no dejó constancia de su voluntad ni, lamentablemente para tantos, fue un «caído», ya que no murió víctima de la violencia. Muchos de mis amigos opinan que resulta de todo punto objetable mover a los muertos, mientras a otros les molesta que el personaje en cuestión comparta espacio con tantos de cuya muerte tuvo alguna responsabilidad. En esta cuestión, yo me alineo con mis admirados Bécquer y Cernuda y pienso que «donde habite el olvido» es el lugar adecuado para quienes dejan la vida y allí espero residir, aunque antes me gustaría hacer unas cuantas cosas. Buenas si puede ser.

Valga el exordio para dar a conocer una anécdota que no creo haya sido reflejada en las biografías del dictador. El 1 de agosto de 1938 apareció reflejada en el número 46 de Mi revista, una publicación que se editaba en Barcelona y se hacía eco de las noticias, personajes y peripecias de la guerra, principalmente, en el Frente de Aragón. La narraba allí Francisco Gómez Hidalgo (1886-1947), un periodista toledano, diputado por Unión Republicana en las elecciones de 1934, habitual colaborador del semanario y con una lucida trayectoria en su profesión. Fue también autor teatral, narrador y director de una película tan interesante como La malcasada, film inspirado en una obra de Carmen de Burgos «Colombine»(1926), en la que numerosos personajes populares -entre ellos, Ramón y Francisco Franco- opinan sobre el divorcio. Tampoco puedo dejar de mencionar ¿Cómo y cuándo ganó usted su primera peseta? (1920), divertida encuesta a la que responden escritores, artistas y políticos. Gómez Hidalgo murió en el exilio mejicano.

Es curioso que en Mi Revista, una publicación tan radicalmente revolucionaria como era de esperar en tales fechas, aunque no falten los calificativos injuriosos y descalificantes, la conducta que se muestra del entonces teniente coronel Franco sea más bien loable.

FRANCO… FRANCO… ¡MISERABLE FRANCO!

Por F. GÓMEZ HIDALGO

Aparto con repugnancia la mirada de la mano con que escribo, recordando que estrechó la suya muchas veces.

Nos conocimos en Marruecos, recién ascendido a comandante, allá por el año de 1919. Entonces yo, como periodista, era allí la rebeldía y la oposición; la única rebeldía y la única oposición. Contrastando con lo que escribían Aznar, director de «El Sol»; Tomás Borrás, Corrochano y otros corresponsales de menor renombre, todos vendidos por amistad o por dinero a Berenguer, diciendo la verdad, y aun no toda la verdad, yo fustigaba a diario a este general maldito. Por lo común, los militares—oficiales, jefes y generales—, pendientes siempre de las propuestas de ascenso como motor de sus acciones, eludían toda relación conmigo. Excepcionalmente, dábase alguno que, sin intimidarse ante el riesgo de que le descubriera y le delatara la vigilancia que seguía mis andanzas, me buscaba para informarme de hechos que le avergonzaban. ¡Magnífico teniente coronel Perea, aunque coincidente siempre en el esfuerzo y en la finalidad, nos veamos poco, por leal y por valiente, estás en mi recuerdo y en mi corazón desde aquella tarde—¡van pasados diecinueve años! — que acudiste a visitarme al tangerino hotel Gavilla! También Castro Girona, que resultó, al cabo, un miserabluelo sin sangre y sin nervios, buscábame entonces para revelarme monstruosidades como aquella de que Berenguer le hubiera ordenado que «procurase no hacer operaciones sin bajas, porque en la Península no se apreciaba el esfuerzo del Ejército si no corría la sangre en abundancia». Habia también un grupito—Sanjurjo, González Tablas, Ruedas, Ledesma, Franco…—de descocados promiscuadores. Adulaban a Berenguer y cultivaban con esmero mi amistad. Franco, sobre todo, salió muchas veces de su prudencia habitual para asentir con el gesto, con la palabra y aun con la acción a mis opiniones, por avanzadas que ellas fueran. Cierto día, por ejemplo…

 

Almorzábamos él y yo en el hotel Victoria, de Melilla, con otro comandante, Mariano Salafranca, hoy leal, culto e inteligentísimo coronel del Ejército Popular. Era el 9 ó el 10 de septiembre de 1923, tan cerca del golpe de Estado de Primo de Rivera, que un articulo en que relaté este episodio fué el primero que me tachó la censura dictatorial, que había de prolongarse hasta la implantación de la República.

A mitad de! yantar irrumpió en el comedor un sargento del Tercio, que Franco mandaba en aquel tiempo, y le informó:

—A fulano -un legionario caído en el combate librado por la posesión de Tifaurín, el día anterior- el cura no ha permitido que le enterremos en sagrado, porque al ingresar ayer en el hospital se negó a confesar.

—¡Qué intolerante!… ¡Qué canalla!… —barboteé yo.

Franco, asociándose rápido a mi protesta, interrumpió la comida, se alzó en pie y me dijo:

-Acompáñame. Verás lo que hago yo con ese canalla.

El cura comía también en su pabellón cuando llegamos al cementerio. Franco le obligó por un recado a que acudiera al punto a nuestro encuentro, y cuando estuvo ante nosotros le ordenó con aspereza:

—Revístase usted, que va a actuar.

Un poco aturdido, el cura intentó demandar explicaciones.

Pero Franco, enérgico, congestionado, colérico, como si en efecto se hallase ofendido en sus sentimientos, reiteró:

—Le he dicho que se vista y le añado que tengo prisa. Conque, obedezca.

Inclinando medroso la cabeza calva, el cura, un.hombre de pigmentación sanguínea, bajito, rechoncho, ventrudo, penetró entonces en la capilla. Cuando reapareció, ya revestido, llevando a la vera un sacristán o monaguillo, Franco se dirigió a diez o doce legionarios y, como completando una orden, díjoles:

—¡Vamos!

Echaron los legionarios por una calle del cementerio y, tras ellos, en singular procesión, Franco, el cura, el sacristán y yo, hasta un rincón abandonado, en el que habían nacido palmitos que se alzaban sobre nuestras cabezas.

Fué obra de cinco minutos, que el cura, asombrado, temblándole las piernas, contemplaba sin pestañear, el que los legionarios descubrieran un cadáver, que apareció totalmente envuelto en una sábana.

A su vista, depositado sobre el montón que formaba la tierra recién extraída, Franco, cogiendo al cura por un brazo, le empujó hacia el muerto y le ordenó:

—¡Rece usted! Y rece cantando, cantando muy alto, como si hubiera de cobrar.

Con voz inarticulada, temblorosa y monótona, que alzaba siempre que Franco le miraba, el cura dijo de memoria unos latinajos, y luego trazó en el aire varias cruces con el hisopo.

Entonces, a una muda indicación del comandante, los legionarios cargaron cuidadosamente con el cadáver y le trasladaron junto a una tumba abierta en el paraje más cultivado del cementerio. Allí Franco volvió a ordenar al capellán:

—¡Vuelva usted a rezar!

Cuando de nuevo terminó el cura, Franco dijo algunas palabras en tono exaltado de discurso, que es el único que le he oído. Palabras que hubiera podido suscribir yo… Dijo que la tierra sagrada se gana defendiendo a la patria y no viviendo de la explotación de la patria. Dijo que la confesión es la entrega de los débiles y los ignorantes a la coacción de unos cuantos tunantes, que les intimidan con el arma más despreciable: la mentira. Dijo que contemplando a los representantes que la Iglesia le adjudica, él negaba la omnisciencia y aun la misma existencia de Dios, impotente para confundir a tales intérpretes. Dijo…

El cura, fijos los ojos en el orador, escuchaba con la boca abierta, asombrado, espantado, medio muerto.

Cuando, al fin, se hubo efectuado la inhumación, cogiéndome del brazo, ya para retirarnos, Franco se dirigió de nuevo al cura para decirle, despectivo y amenazador:

—Le he hecho venir y le he obligado a berrear no porque conceda eficacia a su intervención, sino para molestarle, para humillarle, para despreciarle. Si en lo sucesivo repite usted lo que ha hecho esta mañana ya saben mis soldados lo que han de hacer: enterrarle vivo bajo la tierra que usted reserva a los malditos.

 

Franco… Franco… ¡Miserable Franco! Ni aun entregada tu persona a la justicia del pueblo, la más justa justicia, pagarías los crímenes que has realizado y amparado, porque, en definitiva, sólo tienes una vida…

Empero «tu caso», como el de todo el ejército -ejército de señoritos ventajistas, sin ideas y sin entrañas- recuerda mucho la parábola de la zorra que se come las gallinas…

«Cuando la zorra encuentra abierta la puerta de la jaula, y escapa, y se come las gallinas, la responsabilidad no es enteramente de la zorra: hubo quien descuidó la puerta de la jaula.»

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/04/04/lola-montes-la-cupletista-que-estreno-el-novio-de-la-muerte/

 Montes, Lola

El nombre de Lola Montes (1821-1861) evoca una famosa bailarina irlandesa, cuyo nombre real fue Elizabeth Gilbert, que tuvo amores con Liszt y Alejandro Dumas y de la que se enamoró perdidamente Luis I de Baviera. Después, huyó a los Estados Unidos con uno de sus varios maridos y abrió un saloon en California, territorio que quiso anexionarse y llamar Lolaland, a través de un golpe de estado que no llegó a producirse, para terminar mendigando por las calles del violento Nueya York que nos pinta Luc Sante en Low Life.

El personaje dio lugar a obras de teatro y, después, cinematográficas, de modo que, a principios del siglo XX era un nombre popular. En España, el maestro Vives había dado a la luz (1902) una zarzuela con ese nombre, que se representó durante muchas temporadas en los teatros del país.

Así pues, no es extraño que, entre la caterva de jóvenes con escasos medios económicos que por su agraciada figura, por sus dotes para el cante o el baile o para hacer foyer que, en las dos primeras décadas del siglo XX, se lanzaron a la escena de las varietés, alguna de ellas escogiera el nombre tan español de la aventurera irlandesa. Veamos un ejemplo referente a una de las no afortunadas, que da cuenta de su actuación en el teatro de Alfaro (Logroño):

 Trabajó un solo día La Bella Lolita, que ahora le da por anunciarse Lola Montes, y, como es muy natural, en la larga lista de sus fracasos ha tenido que añadir el que tuvo en este teatro. Lo mejor sería que esta artista volviera a su antiguo oficio de vendedora de periódicos, pues con ello ganaríamos todos.

                                                                                                        (Revista de Varietés, 10 mayo 1914)

Sólo una de estas nuevas Lola Montes logró trascendencia en este difícil mundo aunque su carrera fue corta. Se llamaba  Mercedes Fernández González, una bellísima madrileña -de Lavapiés, como La Fornarina, a la que admiró y a la que se parecía- y comenzó en la escena con su verdadero nombre, que sustituiría por el de Lola Montes, al cambiar de género.

Es difícil adentrarse en su peripecia porque los pocos que brevemente han escrito sobre ella, mezclan tiempos y lugares, con lo que muchas veces no hay forma de separar el dato de la suposición. Trataré de acorralar únicamente aquello que parece evidente o, al menos, tirando a cierto.

Proveniente de una familia con escasos recursos, se ha escrito  que comenzó como tiple cómica de zarzuela en los teatros Martín, Reina Victoria, Gran Teatro y La Zarzuela. También se alude a su participación en el año 1908 en obras como La generala, La casta Susana o El país de las hadas. Mercedes Fernández había nacido el 24 de septiembre de 1898*, con lo que en la fecha antedicha sería una niña. Retana cuenta que actuó en el Teatro Real y en 1976, también lo corroboraría la propia Mercedes, que, probablemente con alguna exageración, se arroga el título de primera bailarina.

Más probable parece que lo hiciera en teatros como el Martín o el Gran Teatro[1] de la calle Marqués de la Ensenada, como vicetiple. De hecho, he documentado su El alegre Jeremíasactuación estrenando (7-IX-1916) en el primero de dichos escenarios El alegre Jeremías, una obra del género chico que los autores, Aurelio Varela y Francisco de Torres, rotulan como “película cómica”, y que es una de las primeras músicas compuestas para el teatro por el luego triunfante maestro Alonso. Mercedes actuaba también en la obra que completaba el programa, El país de las hadas, revista tirando a sicalíptica, que había sido estrenada en 1910, con gran éxito y cuyos números se llevaron al disco durante muchos años. En la primera de ellas, Mercedes interpretó el papel de La paraguaya. La obra, dentro de su ligereza, fue muy bien recibida por la crítica y el público y estuvo mucho tiempo en cartel. Al parecer, a los pocos días del estreno, Mercedes hubo de sustituir a la protagonista Adela Taberner y lo hizo a gusto de todos.

Un debut muy afortunado fue el de Mercedes Fernández, de elegante y grácil figura, que viste con exquisito  gusto y descubre excelentes condiciones para el teatro. Con buen pie, por lo menos, entró.

                                                                              ABC (7 noviembre 1916, pag. 17).

De hecho, diez días después aparecen en este mismo diario, bajo el marbete de “Primeras tiples del Teatro Martín”, fotografías de Adela Taberner, Mercedes Fernández, Esperanza Peris y Teresa Bordás.

Lola Montes Mercedesa Fernández 1917

Tras el éxito de El alegre Jeremías, a mediados de enero de 1917, Mercedes aparece como como tiple cómica en el elenco de la nueva compañía que reabriría el Teatro de la Zarzuela, donde se representaría La mujer de Boliche, en la que también cosechó elogios, como en el resto. La última actuación que he localizado, ya como primera tiple cómica, fue en el madrileño Magic Park, un teatro de verano, que tuvo corta vida.  Allí estrenó el 10 de julio de 1917 la “revista fantástica” La vida es un soplo en la que encarnó al vino de Montilla, la gaseosa y el champagne**. No llegó a estrenar La costilla de Adán, prevista para el 1 de agosto. Cinco días antes El Día informaba que Mercedes había decidido despedirse tras las disputas entre la empresa y las tiples, obligadas por aquella a desfilar entre butacas.

Este parece ser el momento en que decide su pase a las variedades, alentada por Serafín Pozueta, un fuerte empresario del espectáculo con el que ya había trabajado y con el que, en pocos años, contraería matrimonio. Teniendo en cuenta los escasos de emolumentos que percibían las tiples y dada la belleza de Mercedes y su buen desempeño en las tablas, vería en ella posibilidades de triunfo en el género de moda, el cuplé, lo que corroborarían otros amigos y admiradores como los libretistas Palomero y González del Toro, autores que colaboraban con el Magic Park. Pero, sobre todo, Álvaro Retana, el autodenominado “sumo pontífice de las variedades en España”, quien la puso en contacto con maestros que le enseñaran y escribieran canciones, aparte de proporcionarle él mismo algunas y dibujarle los figurines, actividad para la que estaba tan bien dotado. También fue quien, por la sonoridad y popularidad del seudónimo, propuso el nombre artístico de Lola Montes.

Durante los meses siguientes la prepararon varios de los mejores compositores de cuplé, como Sanna y Larruga. Eco Artístico, la revista más intensamente dedicada a las varietés en esta década, la vio ensayar en la academia del maestro citado en último lugar y escribía en su número del 15-X-17:

…una joven y bonitísima ex tiple cómica que pasa a varietés en donde tendrá éxitos enormísimos. En los siete couplets que la ví ensayar está estupendamente bien y, desde luego, la monísima Lolita hará desprender muchos moños.

En esta misma publicación (5-XI-17) el maestro Sanna le auguraba un brillante porvenir y veinte días más tarde, Eco artístico le otorgaba su portada y un largo comentario interior en el que, entre otras cosas, se leía:

Dentro de pocos días, en el escenario del Teatro Eldorado de la ciudad condal, aparecerá esta preciosa criatura, que deja el campo de la zarzuela, donde tantos triunfos alcanzó como tiple cómica para dedicarse de lleno al couplet y conquistar palmo a palmo una decisiva victoria (…) aspira a ser soberana sin que en su reinado haya figuras de conjunto que se apropien el éxito o la comprometan con su trabajo (…) Lola Montes canta muy bien, tiene una clara dicción y sus espléndidas toilettes acreditan la fama de los modistas Thiele, Marsals y Pascaud. Los maestros Larruga, Sanna, Yust, Font, Romero, Abades, del brazo de los libretistas Montesinos, Tecglen, Retana y otros ofrendaron a Lola Montes sus mejores composiciones (…) y si aún oficialmente no se ha descorrido el velo que oculta a esta futura canzonetista, tiple ayer, podemos asegurarle un éxito tan ruidoso que pueda con él orlar la primera página de su historial de arte en esta su segunda etapa en el teatro (…) ¿Habrá hoy quien se atreva a llamarlo, con semejantes artistas en su seno, “género ínfimo”?

Lola Montes Portada Eco Artísitico.

 Efectivamente, la nueva Lola Montes, tras una campaña de presentación en periódicos y carteles callejeros de casi un mes, debutó en Eldorado, el mejor teatro de variedades de Barcelona, el 29 de noviembre de 1917 y se mantuvo en cartel hasta el 14 de diciembre. Durante las Navidades actuó en Mataró y otras localidades catalanas y aprovechó para grabar en discos Odeón que salieron a la calle en febrero de 1918. Emprendió inmediatamente después una gira para darse a conocer en España: A principios de enero compartía cartel con Raquel Meller en el Teatro Circo de Albacete, después el Teatro Principal de Burgos, el Eslava de Valencia, el teatro de Alcoy…, siempre con éxito hasta llegar a Madrid, donde debutó a finales de marzo de 1918 en el teatro Romea, con lujosos figurines de Retana. El 14 de mayo pasó, para seis únicas funciones, al teatro Príncipe Alfonso y también sustituiría durante dos días en el Trianon Palace a una Raquel Meller enferma hasta que, llamada por la empresa de Eldorado, el lugar de su debut, reapareció a finales de mayo como número final cobrando 250 pesetas por noche.

La actividad de Lola Montes es durante los meses siguientes agotadora y siempre ponderada por excelentes críticas en las que se destaca su belleza, su simpatía, el lujo de su presentación en el escenario y la variedad y calidad de su repertorio, subrayadas por su instruida voz de soprano.

Conocemos su gustos como artista y sus ganancias por los gacetilleros y reporteros de la época, de los que, por otra parte, no había que fiarse ni poco ni mucho: Lola Montes prefería los cuplés chulescos y los del “género fino francés”. Su vestuario llegó a totalizar 119 trajes y decenas de mantones de Manila. Contrariamente a lo que se estila hoy, por el menor temor a Hacienda y extorsionadores diversos, los artistas y toreros solían presumir de sus posesiones y ganancias. El valor del vestuario de Lola Montes, casi siempre elaborado en la parisina Maison Thiele, que tenía sucursal en Postas, 25 y como dibujante en exclusiva a Retana, se estimaba en 60.000 pesetas.

A pesar de los teatros que su protector Serafín Pozueta controlaba en el Nuevo Continente, Lola tardará en dar el paso al que todos los artistas de éxito aspiran: el viaje a América, donde se ganaba mucha más plata. En febrero se había despedido de Portugal, donde cobraba 500 pesetas por función y, en sus muchas actuaciones Lola Montes 1918preparaba el repertorio para el que sería un  largo periplo americano, que emprenderá a finales de abril. En mayo de 1920 debuta en el Teatro Nacional de La Habana, al que volverá en septiembre, mientras se mueve por distintos países (Costa Rica, Panamá, Perú, Bolivia, Brasil, Chile…) hasta llegar a Buenos Aires, donde actuará seis meses entre el clamor popular. Justo un año después de su salida, desembarca en Las Palmas y no parece tener prisa por llegar  a la península, pues, con un enorme éxito, actúa tanto en esta isla como en la de Tenerife durante más de dos meses, concretamente hasta el 10 de julio. Totalizó 92 funciones en las Canarias, entre otras razones porque a la excelsitud de su arte, unía un repertorio tan amplio que podía renovar en cada actuación. Al llegar a Andalucía trabaja en el Royalty Victoria de Córdoba y en el teatro Vital Aza de Málaga, antes de volver a cruzar el estrecho para llegar a Marruecos, que se encontraba en lo más intenso de la guerra  que enfrentaba a las kabilas de Abd-El-Krim con el ejército español.

el-novio-de-la-muerte-partituraEste hecho desencadenó el que quizá, sea el mayor título de pervivencia de la artista: haber estrenado en el citado teatro malagueño Vital Aza, ”El novio de la muerte”, sin duda, el más inspirado de los himnos, que ha tenido la Legión, aunque esta composición sea en realidad un cuplé, que, a principios de julio de 1921, entregó a la artista Fidel Prado y musicó Juan Costa. La propia cantante adujo muchos años después que la duquesa de la Victoria, directora de los hospitales de la Cruz Roja en Marruecos, asistió al acto y fue quien baltasar-queija-vega-primer-caido-de-la-legion que le propuso cantarlo en Melilla. Pero, tanto la letra como la enaltecedora música parecen haber sido escritas pensando en el cuerpo de la Legión, tan recientemente creado (Real Decreto del 18-I-1920) y tan protagonista en las calendas que, a la sazón, corrían. Paco Casaña, director de una obra teatral basada en la canción, defendió que ésta «tiene su origen en la caída del primer caballero legionario, Baltasar Queija Vega». Al parecer, este voluntario, natural de Riotinto (Huelva), donde tiene dedicada una calle, y nacido en junio de 1903, recibió una carta en la que se le comunicaba la muerte de su novia y rezó para que la primera bala del combate fuera para él, como así ocurrió en un ataque de los kabileños en las cercanías de Tetuán, desarrollado el 7 de enero de 1921. En la camisa de Baltasar, que aún no había cumplido los 18 años, se encontró una carta y un retrato de la novia, que propiciaron el nacimiento de la canción. Otra versión menos creíble indica que lo que se halló en su camisa fueron los versos que el mismo había compuesto y que Fidel Prado incluyó en el cuplé:  «Por ir a tu lado a verte / mi más leal compañera, / me hice novio de la muerte, / la estreché con lazo fuerte, / y su amor fue ¡mi Bandera!».

El debut estaba anunciado el 23 de julio en la inauguración del nuevo recinto del Parque de Caridad, antes Parque  de Espectáculos, pero el desastre de Annual, acontecido un día antes, lo hizo imposible. Aunque la matanza –unos diez mil soldados- y la retirada continuarían durante los días posteriores, la ciudad de Melilla trató de recuperarse del trauma y el 30 de julio de 1921 programaría el debut de Lola Montes en el Kursaal, como fin de fiesta de la compañía teatral que dirigía Valeriano León. La artista, vestida de enfermera, cantó  en él “El novio de la muerte” y suscitó el entusiasmo, de modo que un público, más que sensibilizado, se la hizo repetir tres veces. Después, triunfarían con esta canción Salud Ruiz, el imitador de artistas –travestis, se llamarían al correr de los decenios- Derkas y La Goyita. Incluso en 1925 sería grabado por un artista lírico como Federico Caballé.

Tras la llegada de Lola Montes a la península, su carrera prosigue la tónica anterior: los contratos le llueven y así continúa hasta 1922, año en que decide comprar una casa en Logroño para abandonar su domicilio madrileño de Jacometrezzo, 57, casarse e irse a vivir con Pozueta, aunque seguirá cumpliendo sus contratos hasta mediados de 1923, lo que, según Retana, le valió para comprar otra casa en la plaza de Oriente, que habitaría años después.

Desde entonces desaparece totalmente de los medios de comunicación aunque sabemos que el 7 de marzo de  1930 dio a luz a un hijo de Pozueta, al que pusieron José Manuel y quedó huérfano durante el verano de 1937. En 1941 volvería a matrimoniar con Federico García Sánchez.

Lola Montes 10-11-1919

Tras más de medio siglo de silencio, Lola Montes reaparecería en 1976, año en que sabemos veraneó en Alicante, y con una carta dirigida al ABC en la que reivindicaba haber sido la creadora de “El novio de la muerte”, en contra de la versión que en un artículo publicado en el mismo periódico, había dado el escritor y militar Antonio Maciá Serrano.

Señor director: En ABC, que tan digna y acertadamente dirige, el pasado día 19 aparece una crónica del señor Maciá Serrano con el título “Del cuplé al himno, pasando por la Legión”, en la que dice textualmente, entre otras cosas: “Eran aquellos años –ahora se cumplen los cincuenta y seis- de la fundación de la Legión, y hacia el 21, cuando el Tercio salvó a Melilla, otra canzonetista, Salud Ruiz, tocada con gorrito de legionario, cantó aquello de…”

Lola Montes, portada de Mundo GráficoNo, señor director, esto que asevera en su artículo del señor Antonio Maciá Serrano no es cierto. La verdad rigurosa es como sigue:

Por iniciativa de la señora duquesa de la Victoria –aprovechando que yo me encontraba en Melilla durante el verano de 1921, es decir, en pleno asedio de la ciudad, la compañía de Valeriano León me contrató como fin de fiesta. Y como un número de mi programa figuraba esta canción, cuyo tema era exaltar la valentía y heroicidad de la Legión.  Los autores de la letra y música de esta canción, Fidel Prado y Juan Costa, respectivamente, me concedieron la exclusiva del estreno, como asimismo en varios meses siguientes. Por lo que antecede, ninguna artista pudo cantar esta canción desde 1921. En mi estancia en aquellos dramáticos días de Melilla tuve ocasión de conocer a los generales Silvestre, Saliquet y Berenguer. Mi actuación fue un éxito indescriptible. Cuando aparecí en el escenario vestida de enfermera, el público, compuesto por figuras relevantes de la vida civil, jefes, oficiales y tropa, me dedicó una entusiasta ovación. Y cuando terminé la canción, el auditorio, en pie, estuvo aplaudiéndome un largo rato, lo que me produjo una dulce y tierna emoción. Baste decirle, señor director, que esta canción-himno me la hicieron repetir tres veces.

Creo que comprenderá señor director, que no es agradable para mí ni para la verdad informativa, el haber escrito y publicado el señor Maciá Serrano que esta canción, que después fue el segundo himno de la Legión, fue cantada por otra canzonetista.

En este verano, los medios de información, Radio Nacional, emisoras no oficiales, diarios y revistas han difundido mis auténticos éxitos cantando la citada canción en Melilla. Y ahora, al aparecer en ABC el artículo en cuestión, en el que se afirma que la intérprete de esta canción-himno fue otra artista, producirá inevitablemente confusión y desconcierto en los lectores y pueden creer que yo he sido una impostora.

Mi nombre es Mercedes Fernández González y artísticamente fui Lola Montes, que tanto popularicé con mis actuaciones como primera bailarina en el Teatro Real y con mis actuaciones en los principales escenarios madrileños, de provincias y del extranjero.

En espera de verme complacida en mis justos deseos, pues usted comprenderá que por mi avanzada edad no lo hago por vanidad ni publicidad, sino simplemente para que en este asunto impere la verdad y yo no quede en ridículo.

Días más tarde, Antonio Maciá, contestó caballerosamente reconociendo su error y poco después (1977) Mercedes sería nombrada «Legionaria de honor». La artista falleció en Madrid el 7 de enero de 1983.

[1] Incendiado en 1920.

*Esta fecha, la de su muerte y alguna otra precisión, se las debo a don Fernando Pozueta de Paredes, nieto de la artista.

**Gracias a Mª Luz González Peña, por facilitarme el libreto.

     Lola Montes Creaciones001                                                                                                                                           REPERTORIO

Aguadora sevillana-Al arrullo de las olas-Amor salvaje-¡Ay, Torcuato!-Besos fríos-Broma de carnaval-Cett’est ma chemise-De Méjico-De pena en pena-El amor de Lilí-El antifaz de plata-El caramelito-El castizo José-El gran peligro-El naranjero-El novio de la muerte-El pequeño bolchevique-El Quimbombó-Es Colombina que pasa-Fado Lolín-Gloria pura-Historia amarilla-Industán-La cautiva-La chulilla verbenera-La curalotodo-La estudiantina pasa-La farándula pasa-La gitana de Sevilla-La gitana taranta-La Kananga-La maja moderna-La Mani-Cura (La manicura moderna)-La marquesa coqueta-La niña de la bola-La niña de postín-La pequeña bolchevique-La pinturera-La sed de amar-La vida es humo-Margarita Gauthier-Mi canción a España-Mi caprichito-Mimí-Nieve de la sierra-No sabes querer-Presentación-¡Qué mala es la gente!-Siempre Aragón-Todo por la moral-¡Vaya Vd. a saber!-Y ayer se cayó una torre

                                                                BIBLIOGRAFÍA

Casares Rodicio, Emilio, Historia gráfica de la zarzuela. Del canto y los cantantes, Madrid, ICCMU-Fundación de la Zarzuela Española, 2000, p. 297.

Fernández de la Torre, Ricardo, “Cuatro músicas legionarias”, Reconquista, octubre 1979.Lola Montes nº 147 5-X-19

-, “Por la muerte de una canzonetista”, Reconquista nº 392, marzo 1983, pl. 34

-“La historia de ‘El novio de la muerte’ y otras canciones legionarias”, Ejército, pp. 49-53.

González Peña, Mª Luz, Voz “Fernández, Mercedes [Lola Montes]”, Diccionario de la Zarzuela. España e Hispanoamérica I, Madrid, Instituto Complutense de Ciencias Musicales, 2002, p. 758.

Pérez Sanz, Pilar y Carmen Brú Ripoll, El cuplé: una introducción a la expresión lúdica de una erótica ‘ínfima’, Madrid, Instituto de Ciencias Sexológicas. Revista de Sexología nº 36, 1988.

Retana, Álvaro, Historia del género frívolo, Madrid, Tesoro, 1964. p. 135.

-, Historia de la canción española, Madrid, Tesoro, 1967, pp. 185-186.

Mujeres de la escena 1900-1940, Madrid, Sociedad General de Autores de España, 1996, p. 218.

Lola Montes, Baleares 1918

Sobre la Legión en este blog, también puede verse: https://javierbarreiro.wordpress.com/2018/09/12/franco-y-el-entierro-de-un-legionario-ateo/

Fermín Galán. La barbarie organizada. Novela del tercio, Madrid, Galland Books, 2008. 192 páginas. Prólogo de Lorenzo Silva y Anexos.

Reseña publicada en Heraldo de Aragón, 29-X-2009.

Figura controvertida y hoy más citada que conocida, Fermín Galán (San Fernando, Cádiz, 1899-Huesca, 1930), mito de una II República necesitada de héroes y símbolos, empezó esta novela en el madrileño hospital de la Cruz Roja, donde hubo de recuperarse de las heridas recibidas en la acción de Xeruta (1924), que culminaría con la concesión póstuma de una Cruz Laureada de San Fernando, y la acabó en la prisión de San Francisco. Allí hubo de entregarse tras la fracasada intentona republicana de la Sanjuanada en 1926.

Esta novela marroquí no fue publicada hasta la instauración de la citada república en 1931 y se  encontraba casi totalmente olvidada, hasta el punto de que no es citada en La novela colonial hispanoafricana de Carrasco González, uno de los estudios más completos sobre este género de narrativa. Sin embargo, revela una pluma comprometida y, a la vez, distanciada; un estilo fuertemente impregnado de las corrientes de vanguardia que pugnaban por imponerse y una sensibilidad, entre la templanza y la alucinación, que nos revela a una personalidad conflictiva y atrayente.

 Son tan curiosas las similitudes que pueden rastrearse con la senderiana Imán, que no parece descabellado pensar que el narrador de Chalamera, que reseñó el libro en La Libertad el 7 de enero de 1932, hubiera leído esta novela, dada la cercanía de Fermín Galán a las ideas y ambientes libertarios. Salvando, claro, la excelsitud literaria, sin que ello quiera decir que la de Galán sea una narración torpe o carente de cualidades. Fermín Galán fue, además, gran amigo de Ramón Acín, para el que tenía asignada la alcaldía de Huesca, tras la sublevación jacetana que lo convirtió en mártir de la República.

Galán sirvió en el Tercio como teniente pero la novela está escrita en primera persona por un legionario anónimo que no destaca por ninguna cualidad positiva ni negativa. Baqueteado por la vida, escéptico, propicio a dejarse llevar por el embrutecido ambiente, nos relata su vivencia de la legión: la rutina cuartelaria, la brutalidad de los mandos, las necesidades de expansión cubiertas por la prostitución y la bebida, el extremado peligro de las acciones bélicas… Nada nuevo pero narrado con un fatalismo, que, sin embargo, convive con la propuesta de un mundo mejor, que concretaría en Nueva Creación: política ya no es sólo arte sino ciencia, que escribiera durante su encierro en el castillo de Montjuich y la única obra que publicó antes de morir.

 Escrita con intensidad y sin obviar la descripción del horror, comunica la expresión de algo hondamente vivido y, a la vez, tamizado por la reflexión. La primera persona no impide al narrador acercarse al punto de vista de otros legionarios, del moro, del sanitario, del prisionero… el único que no aparece es el del militar de grado, quizá por la contradicción de quien durante toda su vida no fue otra cosa que militar y terminó dando el grito de “¡Fuego!” a los soldados que lo fusilaron.