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(Publicado en La cadencia del mundo. Homenaje a Rosendo Tello, Zaragoza, Olifante, 2022, pp. 29-48).

Rosendo Tello con su gato Horus, a fines de 1984

El escaso brillo de la poesía aragonesa en el siglo XX no favoreció que los estudios y artículos dedicados a ella fueran abundantes con la excepción de los referidos a Miguel Labordeta, aunque deba señalarse que la inmensa mayoría aparecieron años después de su temprana muerte. El caso de Rosendo Tello, pese a que los comentaristas señalaran desde el primer momento su buen pulso poético, no es diferente. Ha sido a partir de sus obras completas publicadas en 2005 cuando, al general reconocimiento tributado a su obra, se añadió una mayor atención crítica. Este trabajo pretende acercar al lector cuál fue la respuesta crítica y la percepción de la obra del poeta en una sociedad como la del último franquismo y los más de cuarenta años constitucionales en los que la poesía iba a ocupar un lugar cada vez más oscuro en la sociedad y en los medios de comunicación, aunque algo tuvieran que ver estos en esa forzada marginación. Sin embargo, ya se ha advertido que en el caso de este poeta su estimación fue creciendo hasta que el siglo XXI lo recibiera ya convertido en el poeta vivo aragonés más respetado. Al menos, esa ha sido la opinión común.

Si la poesía es marginal, cuanto más no lo será su crítica. Por ello, resultaría ilusoria la pretensión de exhaustividad en las reseñas y textos aquí recogidos. No he realizado para ello ninguna búsqueda especial sino que todo el material procede de mi archivo, favorecido por el medio siglo que con el autor he mantenido una relación muy frecuente y muy amistosa. Y bien sabe él que ese asunto nunca ha interferido en mis valoraciones críticas aunque este trabajo no recoja apenas mis juicios sino los de otros dedicados a opinar sobre poetas. Discúlpenme, pues, aquellos a cuyos textos no he llegado.

Ese muro secreto, ese silencio (1959), el primer libro del poeta, fue comentado en el número inicial de Despacho literario[1], correspondiente a la primavera de 1960 (“Bajo el signo de Tauro”, rezaba su data en la cabecera). En la página 10 y con la firma de M. (Antonio Fernández Molina), el escritor manchego que más tarde se afincaría en Zaragoza, comenzaba su reseña vinculando al libro con el surrealismo ya que, aunque hubiese pasado de moda, “la mayor parte del arte poético vigente (…) si no es surrealismo (no digo precisamente dogmático) procede de él”. Para el crítico, en el caso de Tello, su desembarco en la vanguardia no era intencionado y, por ello, albergaba una mayor originalidad: el surrealismo había venido hacia él.

AFM hacía  notar que, en un primer libro, el poeta con “extraordinaria intuición se ha puesto al día sin antecedentes” y, pese a la escasa originalidad de los temas, de raíz intimista, existía “un lirismo personal, libre y balbuciente que es una sorpresa continua”, para afirmar a continuación que ese balbuceo era el acierto máximo y perfecta, la arquitectura del poema. Señalaba asimismo su vinculación con San Juan de la Cruz y algunos poetas metafísicos, su huida del lado oscuro para apoyarse en la esperanza y el humanismo y concluía sin ambages que se trataba de “uno de los más bellos y originales que se han escrito en los últimos años”. A pesar de titular su reseña como “Poesía en libertad” el crítico encontraba “una aparente falta de ambición” pero expresaba su confianza, copiando un fragmento en el que el poeta anunciaba otro futuro: “Despertaré otro día /con nuevo rostro ya el timón airado”. 

Como anécdota poco conocida, el 10 de julio de 1960, Rosendo protagonizó la entonces famosa sección “La cárcel de papel” del semanario humorístico La Codorniz (1941-1978) por la autoría de este libro, al que se identificaba con un crucigrama, por lo que se le condenaba sin costas[2].

Diez años transcurrirían hasta la publicación de Fábula del tiempo (1969), cuyos versos continúan la temática iniciada en el libro anterior, fundada en la tierra, la familia, el paso del tiempo… Luis Horno Liria, que durante tantos años ejerció la crítica literaria en Heraldo de Aragón, dentro de coordenadas ideológicas muy conservadoras pero con honestidad y tino crítico, se rebeló contra el silencio, lanzando, de paso, alguna leve andanada contra cierta crítica, llamémosle, objetivista:

Que yo sepa, hasta ahora este libro no ha obtenido ningún comentario de la crítica nacional. Dicha «crítica” tiene confeccionados escalafones –el método para encasillar suele ser pintoresco- y estos no se modifican así como así. Por lo visto, en esos escalafones no fue incluido el nombre de Rosendo Tello. O tal vez, si fue incluido, este libro ha parecido de difícil lectura y alegremente se lo ha orillado. Fábula del tiempo tiene, en efecto, algunos poemas que no encajan en el patrón corriente, de estas fechas, de este país, de las “ordenanzas” dictadas por tal o cual teorizante religiosamente oído. Pero el libro es bueno, está muy bien dosificada la cantidad que lleva de emotividad mediante el expurgo de un lenguaje exigente, de un personal gusto por la matización sutil y el empleo de simbolismos, que pueden ser oscuros en ciertos momentos, pero que siempre alcanzan sorprendentes giros de bella sinteticidad…[3],

Finalmente, el libro alcanzó también su espacio en  la revista Poesía Española, reseñada por el poeta y abogado gaditano Juan de Dios Ruiz Copete, y en la zaragozana Catarsis, por un joven alumno de Rosendo, Eudaldo Casanova. Pero el espaldarazo lo obtuvo de Salvador Espríu que habló de un alto y raro poeta y puso sus sonetos a la altura de los grandes maestros castellanos. Sin embargo, Rosendo se distanció posteriormente de estas obras iniciales y consideró la siguiente, Libro de las fundaciones (1974), como la primera de la que se sentía satisfecho. Puede decirse, además, que fue este libro el que consagró a Rosendo como uno de los primeros poetas aragoneses. En cuanto a su recepción, fueron sus compañeros del café Niké los más activos. Manuel Pinillos, crítico de poesía de Heraldo de Aragón durante varios lustros, le dedicó en su periódico una larga reseña:

Ha escrito Rosendo Tello con este libro lo mejor, lo más sólidamente construido y emitido de cuanto tiene publicado hasta hoy. El libro no es de los que se nos apoderan en una primera lectura sino que precisa un más detenido contacto con él (…) Todo el proceso del libro (…) está orientado a una búsqueda del propio conocimiento, del conocimiento del sí, hacia la consecución de un hallar las propias orientaciones en el profuso océano del ser, para ir en derechura hasta fundar algo con el mayor arraigo[4].

José Antonio Labordeta en las páginas del quincenario Andalán, tan lejanas ideológicamente al decano de los diarios aragoneses, ponderó también El libro de las fundaciones, con el que Rosendo estrenaba publicación en una colección de poesía de índole nacional tan importante como lo fue El Bardo entre 1964 y 1974[5]. Por cierto que, en el número 4 de Andalán, Tello comentó muy favorablemente el libro 87 poemas del gran poeta cartagenero José María Álvarez, sobre todo conocido desde su inclusión en la antología de J. M. Castellet, Nueve novísimos[6]. En su número siguiente, el nuevo periódico aragonés publicaba en su última página un virulento ataque, “La crítica y sus fantasmas”, a la reseña del poeta, por parte de Mariano Anós, hombre de teatro y entonces destacado miembro del PCE en Aragón. En la parte inferior de la página se daba oportunidad de contestación al  embestido que respondía con el escrito que tituló “Diálogo de sordos”, pero tanto el lugar en la página como la tipografía privilegiaban el escrito del actor[7].

También Félix Ferrer en Nueva España y Leopoldo de Luis en Pueblo, se ocuparon del poemario. Escribía el poeta cordobés:

La calidad verbal de la poesía de Tello Aina, sus abstracciones —aun partiendo de una contemplación concreta— parecen querer decir, como todo, hasta la hermosura es fundible, y, como el fuego, el propio creador de tan luminosas creaciones, las consume. Otras son como unas alas de ceniza lo que pone a las cosas, para dejarles caer en imposibles vuelos. Pero en cada caso, es un estremecimiento de belleza lo que nos transmite, al ponernos en contacto- con esa absorta contemplación de la tierra y de la llama, a través de un verso sabio de palabras y de ritmos.[8]

Publicado en 1975, Paréntesis de la llama se escribió entre septiembre de 1969 y julio de 1970, es decir, antes del Libro de las fundaciones. Su génesis fue la contemplación desde la colina de San Jorge en Huesca de un incendio de rastrojos al atardecer, que se funden con la puesta del sol. Guillermo Gúdel, que colaboraba con Luciano Gracia en la impresión de la Colección Poemas, cuyo número 19 acogió el poemario, escribía para Heraldo de Aragón:

El poeta, por serlo, padece el maleficio de acercarse a la luz, de quemarse en ella, no como mariposa ilusa o seducida por un misterio fatuo, sino porque sus ansias somáticas lo llevan en búsqueda de sí mismo, de esa verdad que siente dentro de un corazón que le exige dicciones más altas o más claras –más inquietas también- para que la armonía de la vida penetre en todos sus latidos o para rebelarse contra aquello que juzgue oneroso o terrible.  Así, Rosendo Tello se quema, (…) arde ante la oscuridad de su destino o ante los ritos más hermosos de la naturaleza (…) a través de un idioma singular, semiextraño y, sin embargo, cierto, lo mismo que el motivo que lo sujeta al suelo, único espacio dable para las vibraciones del ser afines y contrarias: la paciencia y la ira, la risa y el dolor, la existencia y la muerte, toda esa gran hoguera del sentimiento vivo que sube en humo y llama de oraciones o cantos creado por el culto al lenguaje ideal[9].

Paréntesis de la llama contenía también uno de los poemas más conocidos y conmovedores de Rosendo, “Elegía”, dirigido a su padre, que luego reproducirían distintas antologías: Aula de poesía (1975), Navales (1978), Pérez Lasheras (1996)…

La primera de estas antologías lo era exclusivamente de la poesía editada por Tello y recogía poemas tanto de sus dos libros anteriores como de los dos venideros[10]. Fue realizada por el propio autor a instancias del Aula de Poesía, entidad dependiente de la Delegación Provincial de Cultura, lo que mostraba que el poeta ya gozaba del reconocimiento que remacharán sus próximos libros. En la antología de Ana María Navales se historiaba brevemente la poesía aragonesa del siglo XX pero no se hacían juicios literarios, que sí incluiría más tarde Pérez Lasheras. Entre ambas, como un homenaje a la Peña poética surgida en torno al café Niké, el ayuntamiento zaragozano editaría OPI – NIKÉ. Cultura y arte independiente en una época difícil (1984). El primero de sus dos tomos estaba dedicado a la poesía y, en vez de enviar una muestra cronológica de su trabajo, Rosendo decidió incluir en él sus “Elegías a Dania”.

Tras Paréntesis de la llama, aparecería Baladas a dos cuerdas, escrito entre 1969 y 1973, editado en 1979. Entre los ecos que suscitó, resulta destacable el artículo de Enrique Molina Campos, poeta y crítico gaditano, que en la revista Hora de Poesía dio a luz el que hasta entonces era el artículo más extenso que se había publicado sobre el poeta, “Rosendo Tello y el valor de la palabra en la poesía aragonesa”, que satisfizo especialmente al sujeto comentado:

…una cosmovisión organizada y consumada se formula en y por un lenguaje cuyo choque consigo mismo alza un universo de belleza autónoma que, a su vez, revierte sobre la intención comunicativa del acto poético creador. La cosmovisión se representa identificando sus términos con los de la “geografía física” de Aragón, de suerte que queda establecida una vasta y cargada simbología, mucho más allá de la proyección individual sobre la naturaleza contemplada, mucho más sustantiva que el “paisaje-estado-de alma”.[11]

Luisa Capecchi reseñó Baladas a dos cuerdas en la revista Cal y, muy poco después, dedicó al poeta un breve estudio en el que se constataba:

…resulta ser el poeta aragonés que más que cualquier otro y sin ninguna demagogia, habla de la tierra aragonesa, no sólo empleando un vocabulario puntual para ella, sino evocando y excavando en sus rituales campesinos, confundiéndose por completo dentro de esta raíz de la cual parece no querer aislarse ni un solo instante, sino, al contrario, penetrarle hasta el fondo, hasta, y aquí surge lo universal, su personal y mítica reelaboración.[12]

A partir de aquí va a incrementarse la atención prestada al escritor de Letux, no sólo por sus cinco libros ya publicados y la evidente y compartida creencia en la calidad de su obra sino porque en 1977 había aparecido la revista de poesía Albaida, dirigida por Rosendo y la citada Ana María Navales, que albergaba poemas y reseñas poéticas. Con esto, sus directores pasaron a ser más conocidos y valorados, dada la especial idiosincrasia de la sociedad literaria española, que siempre ha favorecido el aplauso o palmeo a quien controla algún medio, aunque sea tan enclenque como una revista poética de provincias. Otra cosa es que, en este caso, Albaida tuviera un excelente nivel, al menos, en la parte crítica. En sus cinco números publicados entre 1977 y 1979 –dos de ellos dobles, con lo que se llegó al número 7- Rosendo Tello incluyó sendos estudios dedicados a Miguel Labordeta, Francisco Brines, Ramón de Garciasol, Juan Gil-Albert y “Cuatro poetas aragoneses”.

Meditaciones de medianoche (1982) constituye un poemario sensorial de perfecta armonía y cadencia en el que la introspección poética nos conduce a un universo onírico donde pugnan las potencias de la luz y de la sombra. Fue, sin duda, el libro con más fortuna crítica de los publicados por el poeta hasta el momento: Ángel Guinda en El Día, Clemente Alonso Crespo en Andalán, Miguel Luesma en Heraldo de Aragón y Manuel Estevan, de nuevo en El Día de Aragón, fueron los autores entusiastas de las reseñas publicadas por aragoneses. Javier Lentini, fundador y director de Hora de poesía, en 1984 le dedicó el trabajo titulado  “La poesía íntima de Rosendo Tello” y Heraldo de Aragón volvió a dedicar espacio al libro a través de un comentario de Jesús Ferrer Solá. En 1986 Javier Barreiro publicaba el ensayo más extenso sobre el libro, “Rosendo Tello, una poesía de la reverberación”, en la revista de la Universidad de Mayagüez, Cruz Ansata.

Pasarían ocho años hasta la publicación de la siguiente obra, Las estancias del sol (1990), escrito quince años atrás y que constituía la última de la pentalogía que había iniciado con Paréntesis de la llama y Libro de las fundaciones. Cinco libros que constituyen una meditación sobre el ser personal y colectivo de la tierra, como ser metafísico-poético y físico-cultural, en palabras del propio poeta.

El poemario se compone de nueve estancias –como los círculos del Dante- en las que culmina su recorrido solar.  Se trata de un viaje por espacios mágicos e ilusorios hacia la infancia y hacia el amor, hacia su propia constitución ancestral en la que se conjugan la tierra, la poesía, lo masculino y lo femenino, el sol y el agua, los regímenes diurno y nocturno. Pero, siempre, la búsqueda de la luz, el símbolo del ideal por excelencia, el intento de entender a través de la poesía, la certeza de no entender…

Una nueva generación se había incorporado a los reseñistas literarios. Manuel Vilas, Antonio Pérez Lasheras y María Pilar Martínez Barca comentaron el libro en Heraldo de Aragón, está última, en dos ocasiones, mientras Antón Castro lo analizaba en El Día y Manuel Estevan escribía en Turia:

No hay esencialidad, objeto cósmico o matiz agorafílico que no refulja a lo largo de las nueve densas composiciones. La lectura de estas requiere una intensa atención de principio a fin (…) Rosendo Tello ha tomado Lezama Lima y, por ende, del barroco moderno el hilo idiomático a través del cual se desliza el objeto exterior de las frases: ritmos e hipérboles incluidos[13].

Manuel Estevan en este artículo y otros comentaristas ya habían expresado la opinión de que Rosendo Tello se situaba en el primer lugar -o, si no, muy cerca- de los poetas de Aragón. Sin embargo, seguía siendo difícil para un poeta de la España de fines del siglo XX obtener salida a su producción en las fechas en las que daba sus libros por concluidos. Así, Rosendo Tello hubo de ir acogiéndose a la edición de plaquettes. En 1992 el Ministerio de Educación y Ciencia, para celebrar la inauguración del Curso Académico, editó 500 ejemplares de Caverna del sentido, 10 estrofas de catorce versos alejandrinos de gran belleza y hondura lírica. En 1996, con motivo de su jubilación, el Instituto José Manuel Blecua de Zaragoza, en el que oficiaba de Catedrático de Lengua y Literatura Española, dio a las prensas una serie de 21 poemas con el título, Confesiones en vísperas de domingo. En el mismo año, la Galería Lourdes Jáuregui de Zaragoza publicó otro breve opúsculo, Oráculos, que anticipaba los poemas de Augurios y leyendas de un tiempo que se va.

En 1996 aparecía Antología aragonesa contemporánea de Antonio Pérez Lasheras, en la que Tello figuraba junto a 21 poetas, varios de ellos ya fallecidos. Además de la selección de poemas, incluía una biobibliografía y un análisis de la obra de los antologados. En las páginas dedicadas a Tello el antólogo expresa algunos reparos referidos especialmente, a la primera parte de su obra:

Hay, pese a todo lo dicho, un deseo, un ansia, un anhelo en la poesía de Tello de elevación, a través de un proceso de simbolización, hacia una cierta densificación en sus contenidos. Simbolización que implica un intento de construir una particular mitología personal, no siempre suficientemente rotunda (…) El otro intento de elevación por parte de la poesía de Tello estriba en la voluntad de dotarla de un cierto soporte filosófico, en el que se entretejen las concepciones del primer Heidegger (que ya movieron a Miguel Labordeta a dar solidez a su poesía) con un cierto existencialismo escéptico y casi burlón, unido a ciertas veleidades antropológicas en las que el poeta busca la explicación fabulosa (recordemos uno de sus títulos) de ese mundo mítico que concibe como principio de toda la humanidad[14].

Tras ocho años sin editar un nuevo libro, Rosendo publica por primera y única vez en una editorial madrileña, Más allá de la fábula (1998). El poeta circula ahora en torno a su realidad más próxima y en el orbe de las experiencias personales. Del ciclo solar se regresa al nocturno vital, la decadencia y la mirada distante, con lo que la poesía se convierte en un mecanismo soteriológico, lenitivo para las desdichas del tiempo. De nuevo va a ser la generación de poetas que asomó en los años setenta, ya de edad mediana, quien preste mayor atención a la salida del libro: Manuel Estevan y Ángel Guinda, principalmente, pero se les adelantará J. A. Labordeta en la revista Trébede:

(…) Y nunca la desesperanza, aunque en lo más hondo del corazón íntimo del poeta se hundan los últimos vestigios de la sobriedad cultural que tanto a él le agrada y que en este libro emana por todas sus páginas en una lectura lenta, saboreadora del íntimo regusto de la palabra puesta detrás de la palabra, acomodándose hasta formar esa sólida estructura de los poemas que Tello Aína sabe levantar desde el hondo sótano de su mirada profunda y juzgador, embellecedora también de la realidad amarga y cotidiana que se trasforma en su íntima belleza al encontrar el justo acomodo de los versos.[15]

Augurios y leyendas de un tiempo que se va (2000) sería publicada por la editorial PRAMES, que desde entonces se convertiría en su más frecuente hogar literario. Protagonizado por el tiempo, un autor desdoblado repasa las edades de su vida. La historia se hace leyenda y el tránsito hacia la tierra, el  lugar deseado, se identifica con el tema poético por antonomasia: “el ideal inaccesible”. En esta ocasión comentaron el libro cuatro escritores nacidos en cuatro décadas diferentes. De mayor a menor, J. A. Labordeta, J. Verón, J. Bolea y J. J. Ordovás.

Consagración al alba (2004) fue el número 22 de la colección Libros de Berna, dedicada a obras líricas breves preparadas con mimo por parte de su editor Manuel Martínez Forega. El librito anticipaba poemas de sus obras en elaboración, como adelanto de lo que consideraba la tercera etapa de su lírica. El año anterior se había formado la Asociación Aragonesa de Escritores de la que Rosendo fue elegido Presidente de Honor. En 2005 dicha entidad presentó la candidatura del poeta al Premio de las Letras Aragonesas, que le fue concedido por unanimidad. Coincidió con la publicación de sus obras poéticas completas, El vigilante y su fábula. Obra poética reunida (1959-2005). Se culminaban así las aspiraciones de cualquier poeta en una sociedad tan poco amable para la poesía como la aragonesa, tampoco productora de muchos poetas de primera fila en las últimas centurias. No obstante el libro, publicado por Prames y prologado por Luis Felipe Alegre, el juglar de la poesía en Aragón desde hace medio siglo, tuvo eco y aparecieron reseñas de Javier Barreiro, Juan Bolea, José Carlos Mainer y Manuel Vilas.

A pesar de la alta valoración de la poesía de Tello, en palabras de José Carlos Mainer: “la voz más importante, rotunda y original de la poesía aragonesa de hoy”, apreciación con unos u otros matices compartida por muchos, la triste situación que en España padece la poesía y la dificultad y exigencia que la aquilatada expresión lírica de Rosendo Tello reclama al lector ha deparado que su atención crítica haya sido realmente escasa, salvo las consabidas reseñas pergeñadas a la aparición de cada libro. Creo que las diez páginas y media que Luis Felipe Alegre le dedica en su atinado prólogo son el texto más largo publicado hasta hoy sobre la poesía de este autor, como escribí por entonces:

La edición de todos los libros publicados por Rosendo Tello, más uno inédito, significa eso que se ha dado en llamar un acontecimiento. Ningún poeta aragonés del siglo XX lo había logrado en vida, si exceptuamos el caso muy peculiar de Ramón J. Sender, que en 1974 publicó en Aguilar su Libro armilar de poesías, con casi toda su obra poética, pero, por muchas razones que no son del caso, pocas cosas hay parangonables entre ambos autores.[16]

Para conmemorar la obtención del Premio de las Letras y la publicación de dichas obras completas, se dispensaron diversos homenajes al poeta y se otorgó su nombre a la biblioteca Municipal de Peñaflor, barrio rural zaragozano a 15 kilómetros de la ciudad. Como era costumbre, el Gobierno de Aragón editó un folleto[17] de 32 páginas alrededor de la vida y obra del galardonado y una antología de sus textos con el título En el corazón de la luz. Estas celebraciones, que reconocían a quien durante toda su vida había tenido a la poesía como su centro vital, culminaron en 2008 con la aparición de la primera parte de sus memorias, Naturaleza y poesía (1931-1950).

Las memorias y autobiografías de escritores aragoneses han sido escasas y, a menudo decepcionantes. Tal vez el aragonés, muchas veces excesivo en sus manifestaciones externas, blinda su intimidad y a la hora de escribir cubre con diversos mantos lo que debiera ser naturalidad, desparpajo o, simplemente, buena literatura. No es este el caso de Tello, que nos brinda una obra de altura en lo estilístico, en lo estético y en la expresión de un mundo donde lo ideal y lo sensible se acomodan en perfecta simbiosis. Quienes conocen los modos extremadamente corteses del poeta no esperarían que, por otro lado, se expresara con natural sinceridad a la hora de hablar de personas concretas, aunque siempre predominando su ingenua bonhomía. Lástima que la lentitud de Rosendo a la hora de redactar prosa y, sobre todo, el ictus que afectó a la movilidad de algunas extremidades a partir del 29 de agosto de 2009, impidiese la continuación de tan atractiva empresa. Pensemos también que, si el primer tomo recogió en más de 300 páginas sus primeros 19 años, tan parcos en acontecimientos –pueblo y seminario, casi únicamente- hubiera necesitado muchas más para contarnos su itinerario vital, misión que, así, ha quedado reservada únicamente a su poesía.

Aunque su recepción fue muy positiva, no conozco apenas reseñas de esta obra.

El conflicto que desencadena su crisis religiosa –Dios, por un lado, la Diosa Poesía, por otro- está reflejado con precisión y hondura, lo mismo que sus primeros, deslumbrantes -y difíciles- contactos con la realidad exterior urbana de una ciudad de provincias como era la Zaragoza de los años cuarenta, los de la primera y dura posguerra. El descubrimiento del cine, del universo femenino, del ámbito liberal del colegio de los Labordeta, resuelven aquella crisis (…) Esa misma capacidad de observación es empleada en la última parte del libro, la consagrada al ambiente artístico del café Niké, a la vocación vanguardista e irredenta de sus miembros (…) Rosendo estudia lo que él llama “el fuego del surrealismo” en el grupo, la pasión por la imagen original, sugerente, innovadora.[18]

En 2010 Heraldo de Aragón publicó como obra independiente Hacia el final del laberinto, el poemario que cerraba las Obras completas, inédito hasta la publicación de las mismas. Por tanto, no recibió reseñas en la prensa. Seis años después el firmante escribía:   

Libro diáfano, de prodigiosa naturalidad expresiva y en el que el estupor reemplaza a la indagación pero fértil en relámpagos, en lucidez, en precisión sustantiva. La simbología, heliosística o lunar, de la anterior poesía de Tello ha dado paso ahora a un léxico exacto y desengañado que nos recuerda al último Cernuda, las imágenes de filiación vanguardista que siempre habitaron su poesía se han convertido en reflexión desnuda, en anhelo de fundación, en distanciada mueca.[19]

En 2011 se publica El regreso a la fuente. Es ya un Rosendo Tello que, mermado en su vida social por los efectos del  ictus que casi silencia su voz, con algunas dificultades para la escritura y para lo que había sido su segunda vocación, el piano, se recluirá todavía más en su dimensión lírica. El poeta acepta vivir en su torre de marfil ensoñada y deja de lado la anodina vida cotidiana, mutándola por otra más auténtica al estar entroncada con la imaginación y la belleza.

Reseñado por Almudena Vidorreta en Turia y, en Heraldo de Aragón, por Antón Castro, este se refiere a la circunstancia del poeta:

Es un libro autobiográfico y casi un manual de adivinaciones, incluso de la enfermedad que (…) le ha dejado inválido de la mano derecha y casi sin habla. El libro también habla de la incertidumbre del existir y contra las ruinas del cuerpo (…) de su condición de extranjero en su propia vida, extraño de sí y extraño de todo, del pálpito de la sombra, de la vejez y de la terrible desaparición y el futuro.[20] 

Dos años después, PRAMES edita Magia en la montaña, obra deparada por la experiencia de un encuentro entre poetas y lectores celebrado en el pueblo pirenaico de Morillo de Tou en 1996. Antón Castro la reseñó de nuevo en Heraldo y Emilio Quintanilla Buey en Diario del Altoaragón:

No hay necesidad de incardinarlo en el conjunto de la obra lítica de Tello, de cuya elocución habitual se aparta en algunos aspectos. Las circunstancias en que el libro fue escrito (un breve paréntesis que comienza en otoño de 1996 y finaliza un año después), la ausencia -salvo alguna excepción- de ese peculiar tono metafísico a que el poeta nos tiene acostumbrado, la profusión de exergos o citas con que encabeza gran parte de sus poemas y la variedad tanto de registros poéticos como de temas tratados, hacen de Magia en la montaña un sugestivo mosaico con variedad de estilos y de combinaciones métricas.[21]

Unos meses más tarde Juan Marqués publicaba en la revista de la Fundación Caballero Bonald, Campo de Agramante, una larga conversación con el poeta, además de una reseña del mencionado poemario:

No se trata en absoluto de un libro de circunstancias ni, desde luego, de un libro menor, ni siquiera de un libro aparte. Es, en todo caso, un libro un poco diferente, dado que fue construido y estructurado según criterios insólitos en la obra de Tello, pero nació de la misma fuente y al final sucede que es además (…) uno de sus mejores poemarios, continente de alguno de los mejores y más sabios poemas que ha escrito nunca (…) Tello ha demorado la publicación de Magia en la montaña para ser un poco más fiel a sí mismo y continuar el ya tradicional desbarajuste, haciendo que su obra sea, aparte de un laberinto (palabra y símbolo que le gustan mucho), un puzle desordenado, sí, pero un puzle que, reunidas y repasadas sus piezas, permite contemplar con toda claridad una de las cosechas poéticas españolas más serias, conscientes y perennes del último medio siglo.[22]

Nuevamente, transcurren dos años para la publicación de otro de los mejores libros del poeta, Revelaciones del silencio, publicado ahora por Gara d’edizions, empresa fundada por Chusé Aragüés, antes, director editorial de PRAMES. De nuevo Antón Castro en Heraldo de Aragón y Javier Barreiro en Turia serán sus reseñistas.

Escribe A. Castro:

El poeta, en plenitud metafórica y lingüística, reflexiona sobre su propia vida, sobre la poesía y su condición de hacedor de imágenes, versos e historias en un libro que extiende sus hilos o sus raíces hasta ‘Ese muro secreto ese silencio’ (1959) (…)  libro compendio, en cierto modo: ese espejo, verso a verso, al que enfrenta el escritor y lo encuentra casi todo. La belleza, el silencio, la soledad, la angustia que nace de la mudez, el dolor, pero también el amor y su memoria iluminada de instantes, de presencias, de figuras como su padre y su madre (…) son los temas esenciales del volumen (…) La biografía del poeta y del hombre se funden a lo largo del corpus central de este poemario: ‘El enigma sagrado de la vida’, donde se percibe la amenaza del fin, el desgarro, la enfermedad, el insomnio pero también el destierro de la luz o la presencia de esa morada ideal para la palabra, el alma y el cuerpo.[23]

Y J. Barreiro:

La vida del poeta ha sido la contemplación, el yo, sereno observador del alma del Universo y, ahora ya, con la sabiduría de la vida cumplida, su misión es conciliar los frutos de la imaginación con la formulación de la belleza, cuya presencia a veces no se percibe, se escapa, como lo hace el misterio, llamando y huyendo. De todo esto nos habla Revelaciones del silencio, ya que la revelación es el fruto natural de la poesía, lo que en otras épocas, dimos en llamar conocimiento. Ese es el tesoro. Y, junto a la revelación del título, no puede dejar de figurar el silencio, el de su primer poemario y (…) quizá, la música que escuchamos tras la muerte. De la misma forma, el poeta espera que, cuando se haya ido, resonará en nuestra memoria su silencio (…) En toda poesía, en toda verdadera creación no puede faltar la única certeza no tangible, la integración de contrarios. El silencio y la música, otra de las obsesiones de Rosendo, enlazan de modo que nada es el uno sin el otro. Música siempre presente en la maravilla del instante, en la tristeza del recuerdo, en la armonía de nuestro pensamiento.  No todo es abstracción en Revelaciones del silencio. El lugar y la casa natales, los antepasados, los amigos, la familia, la naturaleza, a la que siempre Rosendo amó físicamente, son referencias precisas y emocionantes a lo largo de estos poemas serenos y turbadores, elementales y clásicos, por lo eterno de sus centros de atención y, claro está, por el primor de su lengua.[24] 

El mismo estudioso reproducirá poco después en la revista electrónica Imán de la Asociación Aragonesa de Escritores, uno de los más extensos artículos sobre el poeta, “Rosendo Tello por sí mismo”, donde se repasan las  versiones del autor acerca de su producción y su lugar en el mundo. 

De nuevo, como había ocurrido en esta segunda década del siglo XXI, dos años después de Revelaciones del silencio, es decir, un libro en cada año impar hasta llegar a 2017, verá la luz el que hasta hoy es el último fruto lírico del escritor, Apología simbólica del jardín, también en Gara d’edizions. Juan Domínguez Lasierra, Juan Marqués y Jesús Ferrer Solá lo reseñarán en Heraldo de Aragón, Campo de Agramante y Turia. El último concluye así su escrito:

El poeta contempla aquí (…) en su jardín de remansados recuerdos y vitales presencias, el devenir de la temporalidad, la vibración de los inolvidables instantes, los revisitados paisajes de la memoria. Con un fondo de intuible ética socrática, ecos del magisterio humanista del machadiano Juan de Mairena, la calmada cadencia cercana, y una sutil autoindagación introspectiva, Rosendo Tello nos devuelve, con sus más característicos referentes temáticos, el sabor de la mejor poesía clásica, proporcionada, simbiosis perfecta de esencialismo y temporalidad.[25]

Se verifica, pues, como la poesía de Rosendo Tello ha tenido un progresivo eco en su tierra y bastante menos en el exterior, como era previsible, dado el espacio cada vez menor que Aragón ha ido ocupando en el mosaico nacional. Podríamos extendernos considerando la producción del autor en otros géneros, especialmente, brillante en el terreno crítico, pero si nos ceñimos al título del trabajo, la recepción, comprobaríamos  que la atención a ella otorgada todavía ha sido menor.

Sin embargo, merecen, al menos, citarse algunos de los escritos más interesantes acometidos por Tello en este terreno. Sin duda, el autor más privilegiado por su atención ha sido Miguel Labordeta, del que Rosendo realizó para El Bardo la edición del póstumo Autopía (1972), el epílogo a sus obra completas en Javalambre (1972), amén de reseñas, conferencias, entrevistas y otras  intervenciones menores. Cercana a los hermanos Labordeta, está también la edición de la revista Orejudín (1958-1959), dirigida por José Antonio, que Rosendo realizó para el Gobierno de Aragón en 1991[26]. Hay además varios prólogos, generalmente para amigos poetas[27] y una cantidad no excesivamente extensa de reseñas, dada su minuciosidad, mimo y lentitud para la escritura en prosa, distribuidas por publicaciones de lo más diverso. No olvidemos tampoco, unos pocos cuentos diseminados por publicaciones efímeras[28].

Es de lamentar la no publicación de su tesis doctoral sobre Gil-Albert, así como los apuntes realizados durante varios lustros sobre la Vida de Pedro Saputo de Braulio Foz, que, aunque inacabados, conozco de primera mano. Ambos son trabajos brillantes, originales y con enfoques que la ciencia literaria en España apenas ha prodigado y deberían publicarse.

El libro donde se incluye este escrito será, sin duda, el necesario remate al asunto del que me he ocupado.

NOTAS

[1] Revista literaria de la OPI (Oficina Poética Internacional) dirigida por Miguel Labordeta.

[2] El autor de la sección solía ser el entonces popular humorista Evaristo Acevedo (1915-1997). Llama la atención que se ocupara de un primer libro tan breve y de tan escasa edición, publicado en provincias.

[3] Horno Liria (1996: 507).

[4] Pinillos (1973).

[5] José Batllo (Edición), El Bardo (1964-1974). Memoria y Antología, Barcelona, Los Libros de La Frontera, 1995.

[6] Rosendo Tello, “Temple y lección de J. M. Álvarez”, Andalán nº 4, 1 de noviembre de 1972, p. 14.

[7] Mariano Anós, “La crítica y sus fantasmas”-  Rosendo Tello, “¿Diálogo de sordos?”, Andalán nº 5, 15 de noviembre de 1972, p. 16.

[8] Leopoldo de Luis (1973).

[9] Gúdel (1975).

[10] Reseñada por Félix Ferrer (1975)

[11] Molina Campos (1979: 35).

[12] Capecchi (1980: 18).

[13] Estevan (1990: 226).

[14] Pérez Lasheras (1996: 248-249).

[15] Labordeta (1998: 66).

[16] Barreiro (2005)

[17] Rosendo Tello. Premio de las Letras Aragonesas 2005 (dir. Juan Bolea), Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2006.

[18] Giménez Corbatón (2008)

[19] Barreiro (2016).

[20] Castro (2011).

[21] Quintanilla Buey (2013).

[22] Marqués (2014).

[23] Castro (2016).

[24] Barreiro (2016a).

[25] Ferrer Solá (2018).

[26] Barreiro (1992).

[27]  De memoria, recuerdo los nombres, de Carlos Cezón, José Antonio Rey del Corral, Raimundo Salas y José Verón.

[28] Algunos títulos: “Por el jardín del sol” (Cuadernos de Aragón nº 10-11, 1978, pp. 255-265), “La mirada de Dania” (Argensola nº 87, 1979, pp. 289-306),Mombor o la mirada frenética”, Cuadernos de Aragón nº 14-15, pp. 247-259).

                                        OBRA DE ROSENDO TELLO

Ese muro secreto, ese silencio, Zaragoza, Col. Orejudín, 1959.

Fábula del tiempo, Zaragoza, IFC, 1969.

El libro de las fundaciones, Barcelona, El Bardo, 1973.

Paréntesis de la llama, Zaragoza, Col. Poemas, 1975.

Antología (1959-1975), Zaragoza, Delegación Provincial de Cultura, Col. Aula de Poesía, 1975.

Baladas a dos cuerdas, Zaragoza, IFC, 1979.

Meditaciones de medianoche, Zaragoza, Olifante, 1982.

Las estancias del sol, Zaragoza, Prensas Universitarias, 1990.

Caverna del sentido (plaquette), Zaragoza, Ministerio de Educación y Ciencia, 1992.

Confesiones en vísperas de domingo, Zaragoza, Instituto José Manuel Blecua, 1996.

Más allá de la fábula, Madrid, Huerga & Fierro, 1998.

Augurios y leyendas de un tiempo que se va, Zaragoza, PRAMES, 2000.

Consagración al alba, Zaragoza, Lola, 2004.

El vigilante y su fábula. Obra poética reunida (1959-2005), Zaragoza, PRAMES, 2005.

En el corazón de la luz (Antología), Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2006.

Naturaleza y poesía (1931-1950), Zaragoza, PRAMES, 2008.

Hacia el final del laberinto, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 2010.

El regreso a la fuente, Zaragoza, PRAMES, 2011.

Magia en la montaña, Zaragoza, PRAMES, 2013.

Revelaciones del silencio, Zaragoza, Gara d’edizions, 2015.

Apología simbólica del jardín, Zaragoza, Gara d’edizions, 2017.

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Otras entradas sobre Rosendo Tello en este blog:

ROSENDO TELLO. POESÍA COMPLETA

UNA POESÍA DE LA REVERBERACIÓN. «MEDITACIONES DE MEDIANOCHE» DE ROSENDO TELLO

                   

(Publicado en Aragón Digital 20-22 de mayo de 2020)

La estrecha relación de Zaragoza con el arte cinematográfico desde su inicios tuvo en los años oscuros una figura que pasó sin conocer las mieles que degustaron directores y actores pero que amó al cine como nadie y, en su calidad de crítico, actor, historiador, conservador y dinamizador, llevó a cabo una labor que no siempre fue reconocida.

Su legado fue una más que meritoria biblioteca cinematográfica para los tiempos que corrían, un puñado de libros y artículos sobre asuntos en torno al cine y el mundo del espectáculo, de los que casi nadie se había ocupado en Aragón y muy poco en España. También, una vocación que deparó gran parte de las pocas iniciativas que en torno al séptimo arte surgieron en la provincia durante los últimos lustros del franquismo.

Rotellar no fue universitario ni rico de familia y hubo de sobrevivir con un trabajo gris, como mecánico de máquinas textiles en La Algodonera del Pilar, que no le permitió dispendios ni grandes viajes. José Antonio Labordeta habló de la impresión que le causaba en su juventud encontrarlo, al ir o venir del trabajo, con su mono de mecánico, cuando él sabía de su espíritu delicado y sus muchos conocimientos. Pese a su nada opulenta economía, con el tiempo pudo alquilar dos pisos para almacenar sus archivos.

Amable pero no demasiado simpático, homosexual discreto y educado, aunque otra cosa pocos de ellos podían permitirse -y, eso, si eran ricos- Manolo flotó sobre el ambiente provinciano sin levantar polvaredas. Imagino cómo se sentiría en un mundo sin apenas interlocutores, en una ciudad en la que él tenía que descubrir a Florián Rey cuando el director almuniense todavía estaba vivo. Por eso, habría de acercarse a la Peña Niké -refugio de inadaptados- y colaborar con Miguel Labordeta en la OPI y en sus iniciativas escénicas. Igualmente, sus colaboraciones como actor en las películas de José Luis Pomarón le proporcionaron mucha felicidad y algún reconocimiento.

Supongo que lo conocí en el Club de Radio Zaragoza. No me refiero a la emisora, sino a una especie de café, sito en unos bajos del Pasaje Palafox, adonde acudían varios de quienes habían frecuentado los locales del extinto Niké: Rosendo Tello, Miguel Luesma, Benedicto Lorenzo de Blancas… y algunos jóvenes como Víctor Mira, silencioso observador que, cuando le ofrecías un cigarrillo, se lo comía, o nosotros, los poetas componentes del Ciclo Folletos: el social y componedor Eduardo Bru, el penetrante y ácido Javier Checa y el desmedido firmante. Sea como fuere, Rotellar dijo gustar de mis espasmos líricos  y, como tenía la afición de recitar y hacer teatro, se ofreció a leer mis poemas al presentar la primera de nuestras producciones en el Instituto Francés. Fue su director, Monsieur Cambon, quien financió -¡qué tiempos!- aquellos no muy onerosos fastos poéticos.

Desde entonces, en tertulias, actos poéticos y viajes, coincidimos muchas veces. A mí me gustaba su precisa discreción, su inteligencia y la contenida pasión por las artes y autores que amaba; a él supongo que le hacía gracia mi desfachatez, mi talante humorístico y el poder hablar de cosas que no podía compartir con todos.

Fueron sus últimos años los más agradecidos, el ayuntamiento de Sainz de Varanda asumió la creación de la Filmoteca de la que fue nombrado director y, de pronto, su labor se veía concretada en una función que casi colmaba sus expectativas, aunque se quejaba de cierta marginación, por no disponer de despacho y de que no fueran atendidas sus iniciativas. Son muy numerosas las anécdotas que podrían contarse, a pesar de que el tumor que llevó con la ponderación que le era propia, lo afectó casi simultáneamente. Siempre se le vislumbra en su fila 8 con el enorme magnetófono, donde grababa las bandas sonoras en un tiempo en que no se disponía de videos, y escribiendo a oscuras mientras se proyectaba la película.

Aunque ya apenas se le recuerda, no podemos decir que Zaragoza lo olvidara. En el barrio del Picarral tiene dedicada una calle, la Filmoteca conserva la biblioteca que legó, José Antonio Labordeta le dedicó un emotivo recuerdo en Los amigos contados y Vicky Calavia realizó un documental en 2009, para conmemorar el cuarto de siglo de su muerte, en el que aparecían varios de esos amigos.

Un tumor cerebral se lo llevó en 1984, cuando, con sólo sesenta años, tenía por primera vez en su vida respaldo económico, tiempo y posibilidad de concretar en libros los conocimientos que con su sabiduría, rigor y esfuerzo económico había almacenado. Como de costumbre, cuando alguien valioso se va, todos lamentamos no haberlo aprovechado más.  

Manolo Rotellar visto por Víctor Lahuerta