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Me cuentan que en el programa de Radio Nacional del sábado pasado «No es un día cualquiera», tan bien conducido por Pepa Fernández, su colaboradora, Nieves Concostrina, en su sección «El acabose», donde cuenta sabrosas historias relacionadas con la muerte y sus entornos, se refirió al perro Paco. Alguien la debió de confundir y afirmó que este increíble animal fue corneado por un toro. No fue así sino que, como era previsible, el asesino tenía nombre, apellido y residencia en Madrid. Como Paco ha sido desde hace mucho, objeto de mi estudio y este mismo verano tuve ocasión de hablar sobre él en la madrileño-francesa Casa de Velázquez, reproduzco aquí mi intervención, en defensa de la verdad histórica.

El perro Paco

Hoy muy olvidado, el perro Paco, fue un autentico símbolo de la alegre vida madrileña deEl perro Paco x Blas Jocen finales del siglo XIX y hasta mereció un libro de 320 páginas[1] que autores, como Florentino Hernández Girbal y Julián Cortés-Cavanillas[2], dijeron escrito por Alfonso XII, aunque es muy dudoso que fuera así. Otro volumen de 208 páginas, firmado por Blas Jocen, Historia del perro Paco juzgado por la opinión pública,  se editó el mismo año de 1882, que fue el de su mayor protagonismo y, también, el de su muerte.

Negro y con una mancha blanca en el pecho, apareció sobre 1879 en las inmediaciones del café Fornos, en la esquina de Alcalá y Peligros –su local preferido[3] – y sorprendió a todos por su inteligencia y cualidades casi humanas, de modo que fue apadrinado por los numerosos clientes del café por entonces más prestigioso de Madrid, que le suministraban terrones de azúcar y otras golosinas, muchas veces celebradas con volteretas por el can. Su mayor protector fue el marqués de Bogaraya (Gonzalo de Saavedra y Cueto), que se encariñó con él porque en una ocasión le echó una chuleta y, noches después, al tropezárselo en otro establecimiento, Paco hizo grandes manifestaciones de alegría. En Fornos solía comer diariamente y hasta se afirma que se le servía en una mesa. De hecho, en alguna viñeta de la época se le representa con servilleta colgada del cuello.

El perro Paco en Fornos

 Pero, como perro callejero[4] y amante de la independencia, a pesar de su sociabilidad -acompañaba  a casa a sus protectores pero rehusaba entrar en ellas-, rechazaba acogerse a un dueño y tenía su parada habitual en la calle Sevilla y su dormitorio en las cocheras del tranvía de la calle Fuencarral, que, a veces, cogía de un salto para llegar más cómodamente. Paco era bañado diariamente por los mangueros municipales, aparecía  en los estrenos de los teatros[5], en el relevo de la guardia real, gustaba de los desfiles y procesiones y, sobre todo, de las carreras de caballos y de los toros. En la plaza de Felipe II tenía reservada una localidad en el tendido aunque casi siempre terminaba por arrojarse al ruedo. Sus “hazañas” aparecían continuamente en la prensa. Incluso se le presentó al rey:

El perro Paco fue presentado a S. M. y AA. en la Exposición de ganados y presenció a su lado el desfile, saludando cortésmente a sus compañeros premiados (La Unión, 6-VI-1882)

El perro Paco en los torosLa primera aparición del perro Paco que he encontrado en la prensa corresponde al 21 de noviembre de 1881 en el Boletín de loterías y de toros, dos pasiones muy españolas; bastante más que el amor a los perros, al menos en aquella época. Dicha publicación nos informa: “El perro Paco no toreó: en uno de los intermedios se presentó en el redondel cogeando (sic), para disculpar su falta con el público”.

Esto quiere decir que ya el can era conocido por arrojarse al ruedo y provocar a los toros mordiéndoles en las patas y en los hocicos, lo que le valió más de un puntazo. Y así lo verificamos en la misma publicación casi un mes más tarde (19-12-1881), en la que se nos cuenta como el atrevido can salió lastimado a resultas de un achuchón mayúsculo. Mayor información nos proporciona El Toreo, que aparecía los lunes, también en su número del 19 de diciembre, dando cuenta de la novillada celebrada a beneficio de la Asociación de Caballeros Hospitalarios. Antes, a las dos en punto, se representó una pantomima, Las hazañas de Bou-Amema, en la que intervenía el perro Paco durante las escenas quinta y sexta, guiando al ejército francés hasta donde se encontraba el enemigo, que, en este caso, eran los moros. Finalizado el resumen del argumento, se dice: “El perro don Paco fue uno de los personajes de la fiesta, que se repitió unos días más tarde» (El Toreo, 26-12-1881).

En suma, las  menciones al perro Paco interviniendo en las corridas son numerosas en la época, casi siempre en clave jocosa o satírica. Otra de sus querencias fue el hipódromo donde solía  incorporarse a la pista, persiguiendo a los caballos lo que a algunos causaba  risa y a otros, indignación: “El perro Paco tomó parte en la primera carrera siguiendo al caballo Frascuelo. Esta falta de seriedad en Paco fue muy censurada por algunas personas y aplaudida por la pebre” (El Imparcial, 14-V-1882). Entre sus partidarios solían suscitarse animadas discusiones sobre si era más aficionado al espectáculo nacional o a las carreras de caballos.

El Perro Paco incordiando a un toro BlyN 24-7-1910

Esa afición a los toros determinó su muerte: En una becerrada organizada por el gremio de vinateros el 21 de  junio de 1882 y cuando estaba actuando un tal José Rodríguez de Miguel, apodado, Pepe el de Galápagos[6], Paco se tiró al ruedo, ladrando e incordiando al añojo. En una de sus embestidas, el perro salió rebotado sobre el matador, que cayó al suelo[7]. Éste, encorajinado, hundió su espada entre las costillas del perro, que quedó en un charco de sangre y fue recogido por los areneros. La fuerza pública salvó del linchamiento a José Rodríguez, que luego llegaría a concejal de Madrid, como algún otro de su calaña. Recogido en la taberna de un tal Chillida, donde se le prodigaron todos los cuidados veterinarios, mientras la prensa daba diariamente el parte de su salud, Paco aguantó cinco días pero acabó muriendo y su cuerpo fue entregado al taxidermista Severini para su disecación y durante varios años lo expuso en su taberna de la calle de Alcalá. Tras varias vicisitudes, pasó a poder de Rafael Sanjaume, propietario de una herboristería en el nº 22 de la calle Desengaño que, al parecer, terminó enterrándolo en un lugar desconocido del Parque del Retiro.

Alguien pagó una esquela que rezaba así: «El eminente perro público ‘Paco’ ha fallecido. La high-life y muchos parientes del difunto suplican a Vd. se sirva encomendarle al dios de los perros».

Además de los dos libros citados, son innumerables las huellas del perro Paco en el El Perro Paco AnunciosEl perro Paco Polka canescacontexto cotidiano de su tiempo y aun años después:

En su año de mayor gloria, 1882, y todavía con vida, su figura llegó a las tablas y alguna de las obras permaneció varios meses en cartel, en un tiempo en que los programas cambiaban con mucha celeridad: Desde el mes de junio y en el Teatro de la Risa, se programó la obra El Perro Paco y, en el Teatro Infantil, El señor perro Paco. Y casi veinte años después de su muerte, se estrena en el teatro Principal una zarzuela en dos actos de José Pau Español y música de Carlos Arias, titulada El perro Paco (La Época, 3-VIII-1901).

También desde principios de junio de 1882 se anunció profusamente en los periódicos la “Preciosa polka canesca para piano, con texto y portada alegórica en litografía, El perro Paco. Con su retrato, historia, amores, etc[8]”. Igualmente, se anunciaron  otra polka popular y humorística, “Perro Paco”, debida a Javier Jimenez Delgado[9] y una marcha fúnebre para piano: “Al malogrado Perro Paco”[10].

El perro Paco Polka humorística

El 16 de junio  aparece el primer número de un periódico titulado El perro Paco, suponemos que de escasa duración[11]. Periódicos y revistas incluyeron coplas y letrillas satíricas y se publicaron también aleluyas y pliegos sueltos.

Se dio su nombre (“El perro Paco”) a un vino blanco, que se anunciaba en El Imparcial (19-VI-1882) como la mejor manzanilla de Sanlúcar y, con el mismo marbete, también se vendieron bastones, corbatas, petacas y carteras. Años después, El Liberal (13-I-1888) daba cuenta del atraco a una tienda con el nombre “El perro Paco”. Pero el certificado de haber pasado a la historia se lo proporciona el figurar, junto a Lepe,  Briján y Calepino[12], en la lengua popular. Aunque ya en desuso, “saber más que el perro Paco”, se dijo para ponderar la agudeza o sabiduría de alguien y así lo recoge Iribarren[13] y lo emplean Pereda en su novela Pedro Sánchez y Clarín en sus Cuentos Morales.

Las gracias y maravillas protagonizadas por el perro Paco debieron ser evidentes pues resultó  un verdadero fenómeno social en el Madrid de 1880-1882 y hasta años después. No faltaron plumillas que consideraron que las cosas se habían sacado de quicio pero la mayoría acogió con alegría y complicidad la condición de héroe de este irracional que no lo parecía.

V. también:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/09/14/el-madrid-nocturno-de-fines-del-siglo-xix-1890/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/06/25/madame-pimenton/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/08/07/el-padre-benito-jefe-de-la-clac-en-los-teatros-madrilenos/

                                                                    NOTAS                        

[1] Memorias autobiográficas de Don Paco, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, 1882.

[2] CORTÉS-CAVANILLLAS.

[3] Fue también adicto al Café Suizo y, por las noches, al Veloz-Club y a la Gran Peña.

[4] En algunos textos se indica que su primer dueño fue Francisco Lozano, mayoral de diligencias en el trayecto entre Chinchón y Colmenar Viejo, cuya propiedad pertenecía al torero Frascuelo. V., por ejemplo, CALZADA.

[5] Florentino Hernández Girbal aduce en su folleto sobre Paco que le gustaban más los sainetes del Apolo que los dramas del teatro Español

[6] El apodo provenía de tener su taberna en la calle Hortaleza, frente a la fuente de los Galápagos.

[7] Otras versiones cuentan que fue el matador, que estaba teniendo una actuación lamentable, quien cayó, al tropezar con el perro. (El Imparcial, 23-VI-1882).

[8] El texto de su carátula reza: «El perro Paco. Polka canesca  (con texto). Compuesta para piano y dedicada al mismo por los distinguidos canes Turco y Palomo. Guau, guau, guau. Guau, guau, guau».

[9] Zozaya, Carrera de S. Gerónimo, 34. 1882. Calcografía de S. Santamaría

[10] Firmada por T. P., incluye un texto que reza: “Colocado el cadáver, por dos  monos sabios, en un elegante carro fúnebre, la numerosa comitiva se pone en marcha desde la casa mortuoria, descendiendo, triste y meditabunda, por la histórica Puerta de Alcalá. Algunos individuos de su especie, movidos de curiosidad más que de lástima se acercan al carro, lo huelen y… gruñen, y después se alejan. Al pasar por La Cibeles, la estatua llora copiosamente. Las guardias del Ministerio de la Guerra y Presidencia hacen los honores de ordenanza y llega todo hasta dar frente al café de Fornos y al del Suizo. En este instante tan patético, la multitud arroja ramos de flores y coronas de siempre-vivas sobre el féretro y prorrumpe en ayes de amargo desconsuelo. Virando majestuosamente el carro, atraviesa el derribo, antes calle de Sevilla, y, entrando en la Carrera de San Gerónimo hace alto y parada en la casa del disecador Severini, quien recoge los preciosos restos del que fue Paco y Perro, y el cortejo se disuelve en seguida, pausada y lentamente”. Es cierto que uno de los lugares preferidos de Paco fue la Fábrica de Tabacos en la calle de Embajadores. Al salir las cigarreras le obsequiaban con zalemas y alguna chuchería y, a la muerte del perro, una de  las coplillas que corrió decía: “Al perro Paco / lo llevan a enterrar / entre cuatro cigarreras, / un cura y un sacristán”.

[11] “Mala época es esta para periódicos de esta naturaleza”, aduce El Liberal, 17-VI-1882.

[12] “saber más que Lepe (o Briján, o Calepino). Pedro de Lepe, humanista del siglo XV, que fue obispo de Calahorra. Briján (metátesis de Nebrija), el famoso autor de la Gramática castellana. (1492). Fray Ambrosio Calepino, autor de un muy popular Diccionario latino-italiano (1502).

[13] IRIBARREN, El porqué de los dichos, pp. 348-349.

 

                                                                     BIBLIOGRAFÍA

-A. E., “El perro ‘Paco’”, ABC, 23-XII-1959.

-ALAS, Leopoldo (Clarín), Cuentos morales, Madrid, La España Editorial, 1896.

-ANÓNIMO, Memorias autobiográficas de don Paco, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, Editor, 1882.

El perro Paco_Memorias de don Paco

-BARREIRO, Javier, “El Madrid nocturno de fines del siglo XIX, 1890”, Siglo XIX (Literatura hispánica) nº 20, 2014, pp. 113-134.

-BELDA, Joaquín, Las noches del Botánico, Madrid, Biblioteca Hispania, 1917.

-BOFILL, Pedro, “Dado a perros”, El Globo, 28-V-1882.

 -CALZADA, Modesto, “Episodios pintorescos y extraordinarios de las viejas corridas de toros”, Estampa, 14-I-1933, p. 19.

-CÁNDIDO (Carlos Luis Álvarez), “El perro ‘Paco’”, ABC, 22-VII-1982.

-, “Final del perro ‘Paco’”, ABC, 25-VII-1982.

-, “Un madrileño de 1882”, ABC, 21-IV-1999.

-CORTÉS-CAVANILLAS, Julián, “Alfonso XII y el perro ‘Paco’”, ABC, 30-VIII-1982, p. 16..

-DÍAZ CAÑABATE, Antonio, “Don Natalio Rivas o el siglo XIX”, ABC, 21-I-1958.

-EL BARQUERO, “El perro ‘Paco’”, Blanco y Negro, 24-VII-1910.

-HERNÁNDEZ GIRBAL, Florentino, “Gracias y desgracias del perro Paco (un madrileño de 1882), Torrejón de Ardoz (Madrid), F. Hernández, 1999.

-IRIBARREN, José María, El porqué de los dichos (3ª ed.), Madrid, Aguilar, 1962, pp. 348-349.

-JOCEN, Blas, El perro Paco juzgado por la opinión pública, Sevilla, Establecimiento Tipográfico Calle del Aire, 2, 1882.

El perro Paco x Blas Jocen Índice

-OLIVÁN, Federico, “Felipe Ducazcal y el perro ‘Paco’”, ABC, 16-IX-1950.

-PEREDA, José María de, Pedro Sánchez, Madrid, Imprenta y Fundición de M. Tello, 1883.

-PÉREZ OLIVARES, Rogelio, “Un genio ignorado”, Nuevo Mundo, 5-XI-1915.

-TOVAR, Manuel “El Manuel “El perro ‘Paco’”, ABC, 16-V-2000.

-VELASCO ZAZO, Antonio, El Madrid de Fornos. Retrato de una época, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1945.

El perro Paco en la Puerta de Alcalá

 

Publicada en Club de Tango nº 60, mayo-junio 2003, pp. 4-5
Reproducida en Tango Reporter, Año XI nº 24, Los Angeles, junio 2006, pp. 194-195.

Publicada a primeros de 1914, Tanguinópolis constituye el número 6 de La Novela de Bolsillo, una de las Bonnat-Tanguinópolis006numerosas colecciones de novela corta que proliferaron en España durante el periodo del primer tercio del siglo XX, a partir de la fundación en 1907, por parte de Eduardo Zamacois, de El Cuento Semanal. Está ilustrada por Federico Ribas (Vigo, 1890-Madrid, 1952), que pasó su infancia y adolescencia en Buenos Aires, trabajó en París y, luego, fue uno de los más constantes ilustradores españoles en el periodo citado.

La Novela de Bolsillo, dirigida por Francisco de Torres, se publicaba en Madrid y tenía un formato de 137×82 mm., con alrededor de sesenta páginas. Salieron semanalmente cien números desde 1914 a 1916 y se vendía al módico precio de 30 céntimos, teniendo en cuenta que incluía ilustraciones en huecograbado y papel couché. Hacia la mitad de la colección, la guerra hizo que el couché pasara a papel prensa y el huecograbado a línea. Cada cuatro tomitos se ofrecía encuadernación y, normalmente, es agrupadas así como aparecen cuando se tiene la suerte de encontrarlas, lo que no es nada fácil. En esta colección publicaron muchos de los más conocidos escritores de la época desde Joaquín Dicenta, que abre su sumario, a Joaquín Belda, pasando por Hoyos y Vinent, Colombine, Fernando Mora, Répide, José Francés, Álvaro Retana, Díez de Tejada, los comediógrafos Perrín y Palacios, Federico García Sanchiz y tantos otros.

Agustín Rodríguez Bonnat (1873-1925), madrileño que firmaba siempre como A. R. Bonnat, es hoy un olvidado periodista y escritor pero en su época participó en las publicaciones periódicas más importantes, desde Madrid Cómico a La Esfera, pasando por El Globo, Blanco y Negro, España Nueva, La Correspondencia de España y otras de similar trascendencia. Sin embargo, sus dos colaboraciones más constantes fueron en la revista Nuevo Mundo, donde sustituyó al satírico Luis Taboada, y en el diario El Liberal. En el campo de la literatura escribió sobre todo para el aludido género de la novela corta en el que publicó alrededor de veinticinco títulos dentro de las colecciones más populares.. Tiene también una novela larga de carácter humorístico, Jacinta Ruiz (1920). Hoy es un autor absolutamente relegado.

Tanguinópolis cuenta el viaje a París del joven químico Gabino Orduña para que su amigo Paco Núñez, que disfruta de una beca para ampliar sus estudios científicos, le muestre los principales centros de investigación de la ciudad, que describe como intensamente vital y abigarrada. Cuando su compañero de estudios acude a la cita lo primero que hace es llevarle al teatro Olympia, primer music-hall parisino, que había construido e inaugurado en 1893 el catalán José Oller. La intención de Paco Núñez es satisfacer a su amigo con la culminación de las perspectivas de todos los que acuden a París: visitar los centros en que se tanguea. En el Olympia encuentran a dos orquestas tocando alternativamente el tango y a una caterva de bailarines que no permiten el menor reposo a sus piernas. La bella Smyra y su bailarín Andrée ocupan el centro del salón. El viajero se maravilla de que señores respetables acometan sin recato un baile tan poco apropiado para ellos aunque Bonnat no se ocupa de las tan habituales descalificaciones sobre la moralidad del tango. En el Olympia nos dice que suena “el popular Che ¿y cómo le va?, de Valverde” y, entretanto, aparece el catedrático y gran investigador Genot, totalmente sudoroso y jadeante, tras llevar bailando una hora. Éste no atiende las palabras admirativas de Gabino sobre su actividad científica y cuando le pide permiso para visitarlo en su domicilio, le dice que será más fácil que lo encuentre en casa de Ciro, donde se tanguea. El sabio se despide para correr a bailar Le dernier tango y los dos amigos deciden marchar mientras las señoras hacen fila ante Andrée para darle sus señas y recibir clases de baile.

Tras describir un rimero de lugares populares de París y a los españoles que más los frecuentan, entre los que se cuentan la bella Otero, el periodista Gómez Carrillo, de origen guatemalteco y que unos años después casaría con Raquel Meller, el pintor Sorolla y el pretendiente carlista don Jaime, su amigo explica a Gabino las actividades de los bohemios españoles en París y termina por conducirle al Folies Bergere, que nos describe prolijamente. Finalmente, aparece en el escenario la Mado Minty, una morena de piel satinada con fuerte rojo en los labios que baila el tango de un modo voluptuoso. Todo el mundo echa monedas en los gemelos, dispuestos al efecto en las localidades, para ver más de cerca a la artista. Cuando ésta termina, la orquesta arremete con el mismo tango y todo el mundo sale a bailar. Media hora después continúa la representación con una escena también dedicada al tango.

Son las doce de la noche y Paco se empeña en llevar a Gabino a Montmartre. Éste no hace sino reclamarle datos sobre su vida científica, que su amigo apenas atiende. Pasan cerca del Tabarís, de Mónico, Pigalle, la Abadía de Albert, el Rat Mort, cuya orquesta de tango dejó algunas grabaciones, y, finalmente, se dirigen a La Feria, celebrado colmado-restaurante español que regentaba Amalio Cuenca, guitarrista flamenco que también llegó a grabar tangos. Allí encuentra a bailaores españoles como La Lola o los famosos Faíco y Antonio de Bilbao, que fue el maestro de Vicente Escudero, el más genial bailarín español del siglo XX. La Feria había sido inaugurado por Amalio Cuenca en 1912 y la guerra europea le forzó a cerrarlo. Pero en ese lugar… también se baila el tango, ahora acompañado por una orquesta de bandurrias. Diez minutos después, Gabino se encuentra también acometiendo la danza rioplatense.

Pasados ocho días, los amigos se despiden y Gabino promete volver pero para bailar el tango. La novelita termina con estas palabras: “Volveré, vaya si volveré ¡Es mucho tango este de París!…”

Como se ve, la intención de la novela es mostrar satíricamente cómo el tango ha sorbido el seso a los pobladores y visitantes de París, que no tienen en su vida otro objetivo que danzarlo, lo que se ajusta a muchas otras visiones contemporáneas. La obra, publicada hacia mayo de 1914, debía corresponder a alguna reciente visita del autor a la Ciudad Luz y coincide con el periodo de apogeo del tango en la capital de Francia en torno a 1913.

El verdadero interés de la novela consiste en ser la primera que se publica con tema de tango en España, pues hasta 1919 no aparece El compadrito de Joaquín Belda, de ambiente más suburbial que estrictamente tanguero. Tampoco conozco en la Argentina ninguna novela de tango contemporánea*, aunque sí como es lógico, obras de teatro, como también las hay en España. Del mismo año 1914 es El tango argentino, humorada en un acto de Luis de Larra y Manuel Fernández de la Puente que, con música de Luis Foglietti y Quinito Valverde, fue estrenada en el teatro Cómico de Madrid el 16 de marzo de 1914, con el protagonismo de la gran cómica de su tiempo, Loreto Prado. Sin embargo, en el campo de la narrativa y de no aparecer alguna otra obra que lo desmienta, sería esta Tanguinópolis la primera y, durante muchos años la única, en la que figura el tango como tema central.

*Sería Raucho (1917) de Ricardo Güiraldes, al relatarnos tres noches de tango en París, la primera que contiene de una manera significativa ambiente de tango aunque tampoco sea éste su tema principal.