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Publicado en Turia nº 117-118, marzo-mayo 2016, pp. 341-349.

Portada nº 1

En una vieja librería barcelonesa di con seis cuadernos de 16 páginas de 21×14 centímetros, en cuya portada en color y sobre una franja naranja, figuraba el título, Infancia y Juventud de Cocoliche y Tragavientos, junto a la efigie de estos jóvenes detectives enmarcada en un círculo con la inscripción “Inservate et deoperivis”, frase latina a cuyo segundo miembro no encontraba traducción satisfactoria[1]. Bajo el título, figuraba el marbete “Episodios detectivescos por Sendercito” y, debajo de la franja, el número de cuaderno y el precio (10 céntimos). Las otras tres cuartas partes de la página las ocupaba una ilustración alusiva al argumento, firmada en cinco de los cuadernos por T. Gringo y en el segundo de ellos, por Zamba. El dibujante de las ilustraciones interiores era, en cambio, C. Rojo

Inmediatamente, me apresuré a adquirirlos, pues, tanto el nombre de la publicación como la firma de Sendercito enlazaban con algunas oscuras y aisladas referencias que podían vincular a Ramón J. Sender con estas aventuras.

La edición no lleva mancheta ni en ninguna parte del cuaderno se menciona dato alguno que diera cuenta del lugar, editorial o fecha de publicación. Sin embargo, la penúltima página contiene en sus seis números un jeroglífico, entre cuyos acertantes se sorteaban un monedero y un lapicero de plata. La solución había de ser remitida a la administración situada en la calle Putchet, 37 que, tras algunas averiguaciones, comprobé que se trataba de la sede de la revista Charlot, a la que después se volverá.

Antes, afrontaremos un breve recorrido por las referencias que relacionan al gran novelista oscense con estos cuadernos.

En Crónica del alba, Sender menciona de pasada a dos personajes de ficción cómica infantil, Cocoliche y Tragavientos y a quien fuera el primer inventor de sus correrías:            

Un joven alto, más viejo que yo, taciturno y melancólico… Era escritor y en ese oficio ganaba dinero. Se llamaba Sánchez Bosque y era el inventor de una serie de aventuras cómicas de dos detectives: Cocoliche y Tragavientos… Siempre lo he recordado con respeto y amistad[3].

Charlot n1 1 1916Pedro Sánchez Bosque –o Bosqued, que de los dos modos aparece en las escasas ocasiones en que he visto impreso su nombre- trabajaba como guionista en Charlot, el semanario festivo barcelonés que los estudiosos consideran como el primer tebeo español de inspiración cinematográfica. Había sido fundado por Miguel Navarrete en febrero de 1916, su formato era de 32×22 centímetros y en su primera etapa alcanzó los 425 números. En 1917 lanzaría un suplemento en formato de 22 x 16 cm, que totalizó 181 números. Se publicó hasta 1924.

Fue esta revista la primera que recogió en sus páginas en forma de historieta las aventuras de los detectives Cocoliche y Tragavientos, con guión del mencionado Sánchez Bosqued y dibujos de C. Rojo. En principio, ocupaba una página, con ocho viñetas y un breve texto (de dos a cinco líneas) bajo ellas; el argumento iba desarrollándose a lo largo de los sucesivos números. En su primera parte se denominó “Hazañas del detective Cocoliche o el diamante de un millón de dólares”. La segunda,  “Los Misterios de Manifloja – La mano que apretará”. Aunque ausente del título, Tragavientos, el secretario del detective a la manera de Watson, aparecía en el transcurso de la historieta y llevaba habitualmente la peor parte. Como el después famoso Mortadelo, los detectives utilizaban, en ocasiones, el disfraz en sus pesquisas. Parece que el guionista era el mentado Sánchez Bosqued.

Este tebeo fue popular en su época hasta el punto de que, años más tarde, Jardiel Poncela escribía en el prólogo de Amor se escribe sin hache (1929):

En la infancia, mis primeras lecturas fueron alborotadas, incongruentes y diversas, lo cual siempre les acontece a los niños que aman los libros y que han nacido de padres inteligentes . Dueño de varias grandes librerías repletas de volúmenes, leí al mismo tiempo a Dante que a Dickens, a Aristófanes que a Andersen, a Píndaro que a Amicis, a Ovidio que a Byron, a Swedenborg que a Ganivet, a Lope que a Dumas, a Chateaubriand que a Conan Doyle, que al ignorado autor de “Cocoliche y Tragavientos”… Debo declarar que entonces todos me emocionaban lo mismo, y ha sido preciso que los años pasasen para comprender -y para atreverme a decirlo- que el Tasso es insoportable y para preferir una página de Julio Verne traducida por un analfabeto a toda la “Ilíada”, recitada por Homero en persona.

BuñuelSin embargo, décadas después, dichos personajes empezaron a ser cubiertos por el manto del olvido hasta que en la primera edición de las conversaciones de Max Aub con Luis Buñuel, éste se descolgaba con las primeras noticias acerca de la participación de un joven Sender en la autoría de los tebeos de Cocoliche y Tragavientos (Infancia y Juventud de Cocoliche y Tragavientos):

Yo creo que Sender nunca ha contado que hacia 1918 él escribió para un editor de Barcelona una revista semanal de tiras cómicas, que se llamaba Cocoliche y Tragavientos. Los nombres se hicieron muy famosos en España  El editor no le pagó nada por los primeros números pero al cuarto le mandó cien pesetas. Entonces Sender se fue al Hotel Inglés […] después de haberse comprado una pipa, tabaco y un pijama. Se metió en una habitación de las mejores y no salió de ella hasta en los dos días en que tardó en gastarse aquel capital […] Los dos días que estuvo en el Hotel Inglés también llovía y se pasó el tiempo detrás de la ventana, mirando llover…[4]

Gracias a esta mención malévola, con la que Buñuel buscaba desprestigiar a su coterráneo con el que nunca congenió[5], se empezó a desenredar la madeja que vinculaba al escritor de Chalamera con los citados personajes de tebeo, así, Jesús Vived, su biógrafo,  recogía el dato en su edición de los primeros textos senderianos[6] y lo volvía a hacer, con las mismas palabras, en su biografía[7]:

En cuanto a las “contratas” literarias, bien pudieron estar relacionadas con la revista Charlot que comenzó a publicarse en 1916 y en la que Rojo, su dibujante más famoso, daba vida a Cocoliche y Tragavientos, personajes que parodiaban a dos detectives.

En el inicio de “Las brujas del Compromiso”, uno de los primeros cuentos de Sender, publicado en el diario madrileño La Tribuna (6-VII-1919), aporta un dato que puede esclarecer las circunstancias en que fueron  escritos los guiones:

Cuando agonizaba 1917, asuntos familiares me llevaron por vez primera a Caspe. Conmigo llevé algunas “contratas” literarias de Barcelona, dispuesto a trabajar de veras.

Sin embargo, y aunque en algunos estudios sobre el tebeo español se mencionan las tiras de Cocoliche y su compañero, no se había localizado la publicación que al principio describía ni en los estudios senderianos figuraba mención alguna a un seudónimo tan meridiano y poco enmascarador  como Sendercito, que disipa cualquier duda sobre la identidad del autor y que figura en la primera página de la publicación al principio descrita. Tampoco en la casi inabarcable bibliografía senderiana se da cuenta de este texto aunque Elizabeth Espadas lo cita en su exhaustivo y excelente catálogo bibliográfico[8] pero sin datarlo ni dar su título real ni el seudónimo y, además, incluyéndolo en la sección “Obra artística”, como si el joven escritor hubiera firmado los dibujos, en vez de los guiones.

Fuera como fuese, un jovencísimo Sender de 16 años y durante las Navidades de 1917, que pasó con su familia en Caspe, o poco después, redactó estas aventuras, que habría que situar tras sus seis prosas zaragozanas de 1916-1917 y el poema alcañizano de 1918[9]. Salvo las citadas palabras de Buñuel, desconocemos totalmente las circunstancias a través de las que el flamante escritor oscense consiguió el encargo. Probablemente, sería él mismo quien se dirigiera al editor, mandándole algún episodio y éste lo contrataría. Lo cierto es que las tiras cómicas de los dos detectives habían logrado éxito popular y Sender todavía no era nadie en el mundo periodístico de entonces:

“Cocoliche y Tragavientos”, los reyes del detectivismo, fueron la versión paródica y guasona de Sherlock Holmes y su ayudante Watson. Gozaron de una indudable comercialidad, hecho que les condujo a estar un amplio periodo en los quioscos de todo el país. Como la mayoría de los folletines, estaba ilustrado con pequeños dibujos; en este caso a cargo de C. Rojo.[10] 

Aparte de la portada ya descrita,  analizaremos someramente el contenido de los cuadernos. En su segunda página[11] figura en todos ellos una historieta Serie contraportada nº 2independiente de C. Rojo  que, en el caso del tercer número, es autorreferencial pues, en él,  un caballero se sorprende ante el griterío de una multitud y comprueba que se trata de compradores del propio tebeo de Cocoliche. La penúltima página contiene, como pasatiempo,  el ya mencionado concurso del jeroglífico y, en la página final, otra breve serie humorística protagonizada por los detectives, ya en su edad adulta. Lleva el curioso título “¡¡¡ ¿ !!!”,  y consta de tres viñetas que continúan en los cuadernos siguientes hasta el número final pero, al contrario de lo que sucede en la historia central, no finaliza en el tebeo nº 6 sino que concluye con el típico “(continuará)”.

 El texto senderiano de estos seis cuadernos alcanza un total de 72 páginas, con lo que es el más extenso de los publicados hasta entonces por el escritor de Chalamera y, como se dijo, va a relatar las aventuras iniciales de los dos personajes, antes de su consagración como detectives.  En su inicio, “De cómo empiezan sus aventuras”, cita a su creador, el dibujante Rojo, como inventor de la pareja:

Me tomo la libertad de llamar canelo a todo el que no crea en la realidad vital del célebre detective asombro de grandes y chicos. No creas lector que solo ha existido en la imaginación de C. Rojo. No. Te equivocas de medio a medio si tal crees. Cocoliche y con él su discípulo Tragavientos, han vivido (…) Cocoliche ha vivido. Vive en nuestras memorias y vivirá en las de nuestros nietos, como un personaje extraordinario, como un extirpador automático de esa ralea de juramentados y sin juramentar que viven de la intranquilidad y la ralea del prójimo. ¿He dicho algo? Pues tened en cuenta que sólo he empezado. (p. 1).

nº 1 pag 3

Percibimos en el tono desenfadado e irónico de estas primeras líneas la soltura de una prosa en la que, por otro lado, Sender no dará ninguna importancia al estilo sino que parece escrita con mucha más rapidez que reflexión.

El argumento se reduce a una sucesión de episodios disparatados, salpicados de chistes verbales no demasiado originales. Bosquejaré un breve resumen.

Tras el párrafo inicial citado, se dice que Cocoliche no dio que hablar hasta los quince años pero, a partir de ahí, se le presenta como un adolescente enredador y nº 1 pag 5travieso, que gallea con sus compañeros de escuela y hace la vida imposible al maestro. Escondido en el retrete para huir de sus disciplinas, huye por un ventanuco y cae entre la paja de una carretela de gitanos que se dirigen a Amposta. En una posada son detenidos por los miñones y recluidos en húmedo calabozo. Desde la ventana de su celda oye a un niño de unos cinco años discutir con su madre. Es Tragavientos, al que indica que llame al teniente. Con mentiras, consigue su libertad, el teniente lo lleva de criado a su casa y, después, le permite embarcarse junto a la familia de Tragavientos, rumbo a África.

El segundo cuaderno narra la travesía en el “Lusitania” y el abordaje de unos piratas que exterminan a la tripulación, incluyendo a los padres del niño, aunque la corta edad de la pareja de amigos permite su salvación.  Un motín cambia la correlación de fuerza entre los piratas, que se entregan a terribles refriegas. Cocoliche y Tragavientos se esconden en una pipa de agua. Una galerna hunde el barco y deja el barril a la deriva.

nº 3 pag 33En el tercero, la pipa aparece en una isla poblada por caníbales, que consideran a los náufragos hijos del sol. La peripecia, bastante hinchada y sin acontecimientos relevantes, continúa en el cuarto cuaderno con la huida por el mar, revestidos del corcho de un alcornoque, hasta que topan con un barco, aparentemente vacío, donde les sobrevienen peregrinos y misteriosos acontecimientos, que terminan abruptamente y sin más explicación, para encontrarnos al principio del quinto cuaderno en la ciudad de Londres, donde el detective Jhon (sic) Xewir afronta la delicada misión de encontrar la fábrica de los falsificadores que han inundado la capital financiera del mundo de billetes falsos. El detective embarca y, a la altura de los primeros islotes de Oceanía, los tripulantes avistan un misterioso transporte,  al parecer semiabandonado pero que, al acercarse, los cañonea y hunde y resulta ser el barco misterioso al que, en el cuaderno anterior, habían llegado los dos jóvenes. Solamente es Xewir, el detective, quien se salva, arribando al barco agresor. Tras innumerables y confusas peripecias, los culpables son colgados cabeza abajo y apaleados hasta morir. Esta aventura del barco fantasma presenta numerosas contradicciones, hechos confusos y fallos de raccord que delatan la rapidez y falta de atención con que debió de haber sido escrita.

En el sexto cuaderno, tras aclarar que en el barco fantasma era donde se fabricaban los billetes falsos,  los tres detectives huyen en el submarino E-13, que antes había aparecido para ayudarles. Llegados a El Havre, Xewir es asesinado. El submarino traslada a los dos amigos a Londres. Allí son recibidos como héroes y alojados en un hotel de lujo, donde aprenden inglés y, felicitados por todo el mundo, se consideran ya detectives consumados. En los párrafos finales, también un tanto gratuitos y apresurados, se relata la detención de  los falsificadores, por parte de la Armada inglesa y, también del asesino de Xawir[12].

Se trata, pues, de una serie de peripecias descabelladas sin progresión argumental, compuestas con trazos gruesos e ingenuos y dirigidas a un público muy juvenil, ya que Sender había demostrado en sus escritos anteriores otras aspiraciones en cuanto a contenido y estilo. Hay que desechar, desde luego, en estos textos cualquier ambición artística por parte de un joven, que, por otra parte y por sus circunstancias biográficas, había alcanzado muy pronto una madurez que hace un siglo solía llegar antes que en nuestras calendas, como se verifica al comprobar la temprana edad en la que publicaron sus obras primerizas muchos autores contemporáneos del joven Ramón.

En la segunda década del siglo, la novela de detectives experimentaba un auge en España. Ya en 1900 se habían traducido episodios de Sherlock Holmes y periódicos como El Imparcial  publicaron folletines del personaje creado por Arthur Conan Doyle. También en las ediciones de novela corta contemporáneas a los guiones de Sender proliferaban las narraciones de este cariz, como atestiguan títulos de Noel, Hoyos, Belda o Carrère y otros escritores de esta generación que tuvo en las publicaciones populares su principal cauce de transmisión.

Por entonces, el cultivo de la historieta tenía ya en España una tradición consolidada, si bien la Gran Guerra deparó en la nación un impulso industrial y financiero que llegó hasta las Artes Gráficas, especialmente en Barcelona, que fue arrebatando a Madrid el cetro de la historieta que ostentaba la capital. Durante la conflagración mundial aparecieron en la ciudad mediterránea tres revistas, Dominguín (1915), Charlot (1916) y TBO (1917), que cambiaron el rumbo del género.

Sin embargo, el texto de Sender, aunque tenga una relación directa con la historieta, no se puede considerar como tal. Es, simplemente, una novelita ilustrada de carácter cómico dirigida preferentemente a un público juvenil sin otro propósito que la diversión de un lector poco exigente. No caben dudas de que el propósito de su autor al redactarla fue únicamente alimenticio. 

Como contraprestación, es de señalar la riqueza de vocabulario, no exenta de alguna pedantería juvenil que incluye los latinajos y cierto gusto por los juegos y efectos lingüísticos. O la inesperada pirueta estructural entre el final del cuaderno cuarto y el principio del quinto. Hay también alguna aislada alusión a la actualidad, como la referencia a las posturas políticas durante la guerra de Romanones y Dato o las toilettes de la actriz Francesca Bertini. Señalable es, asimismo, la presencia de algún aragonesismo, como “tozuelo” por “cabeza” o topónimos como Maladeta y Remolinos.

Sender, dedicado compulsivamente al periodismo en los años que seguirán, no volvería a los géneros populares aunque, más de medio siglo después, el dibujante Hans Leuenerger y el dibujante Jaime Asensi[13] adaptarían su novela, El fugitivo (1972) al comic.

El texto-guion de Infancia y Juventud de Cocoliche y Tragavientos, debió de ser escrito por el diecisieteañero Sender en el segundo semestre de 1918, poco antes o poco después de su llegada a Madrid en dicho periodo. Ramón había dicho a su madre, al despedirse: “No te preocupes por mí. Con un kilo de cuartillas y un litro de tinta, sabré defenderme en cualquier parte”. Y, a fe, que pronto lo logró, publicando en noviembre-diciembre de 1918 un par de textos en una modesta publicación, Béjar en Madrid, pero accediendo desde mayo de 1919 a un diario progresista tan importante, como lo fue España Nueva, donde, con el seudónimo de Lucas La Salle, publicó más de una decena de artículos, además de un poema dedicado a Rosa Luxemburgo en el republicano El País. En el verano de dicho año su padre se presentó en Madrid y le hizo regresar a Huesca,  donde, al poco, se convertiría en el periodista y escritor profesional, que fue toda su vida y pudo hacer olvidar a ese Sendercito de Cocoliche y Tragavientos, que, sin embargo, constituyó su primera aparición significativa como autor fuera de su patria chica.

Sender niño x Picasso023

Retrato imaginario de Sender niño realizado por Picasso para la traducción italiana de Crónica del alba, publicada por Einaudi

                                                                                                                                              NOTAS

[1] Jesús Ferrer, catedrático de Griego al que consulté, adujo que podría ser un error por parte del grafista, que había convertido “deoperietis” en “deo perivis”, en cuyo caso la traducción quedaría en un convincente, “Examinad y averiguaréis”.

[2] En Tebeosfera, el mayor repertorio de noticias sobre el género en la red, se da únicamente esta referencia: “Dibujante pionero, con obra en revistas de los años diez y veinte”.

[3] Ramón J. SENDER, Crónica del alba t. I, Barcelona, Destino, 1973, pp. 530-531.

[4] Max AUB, Conversaciones con Luis Buñuel, Madrid, Aguilar, 1985, p. 96.

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[5]Para más información sobre esta relación entre los dos principales figuras de la cultura aragonesa en el siglo XX puede consultarse: Javier Rubio Navarro, “Desencuentros y encontronazos con Sender” en Retratos de la otra vida de Luis Buñuel. https://javierrubionavarro2.wordpress.com/2013/06/08/desencuentros-y-encontronazos-con-sender/ y, también, Javier Barreiro, “Filias y fobias de Ramón J. Sender. Una entrevista olvidada”, Diario del AltoAragón, 10 de agosto de 2015: https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/08/16/filias-y-fobias-de-r-j-sender-una-entrevista-olvidada/

[6]Jesús VIVED MAIRAL, “Introducción” a Ramón J. Sender, Primeros escritos (1916-1924), Instituto de Estudios Altoaragoneses,  Huesca, 1993, pp. LII-LIII.

[7] Jesús VIVED MAIRAL, Ramón J. Sender. Biografía, Madrid, Páginas de espuma, 2002, p.91.

[8] Elizabeth ESPADAS, A lo largo de una escritura. Ramón J. Sender. Guía bibliográfica, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2002.

[9] Elizabeth ESPADAS, op. Cit., pp. 49 y 56.

[10] http://vallatebeo.blog.galeon.com/1291413780/las-literaturas-de-kiosco-autor-francisco-aleman-sainz/

[11] Rojo es el dibujante de los tres primeros cuadernos. Los siguientes están respectivamente firmados por Retruécano. Derdy y Pestañas.

[12] En la última página de los episodios y tras la palabra FIN, en el interior de un recuadro, se advierte: “En los próximos cuadernos se publicarán la Segunda Serie de las Aventuras de Cocoliche y Tragavientos por Tom de Lis (antes Sánchez Bosqued)”. 

Cocoliche y Tragavientos de Pedro Sánchez Bosqued

[13] El fugitivo (versión en comic de la novela de Ramón J. Sender) Málaga, Leoedita, 2012. 56 pags.

 

Otras entradas sobre Ramón  J. Sender en este blog:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/09/17/ramon-jose-sender/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/02/02/ramon-j-sender-el-lugar-de-un-hombre/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/12/09/introduccion-a-sender-en-su-siglo-de-francisco-carrasquer/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2015/08/16/filias-y-fobias-de-r-j-sender-una-entrevista-olvidada/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/11/26/un-cuento-desconocido-el-primer-texto-de-sender-publicado-en-madrid-1916/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2018/07/07/leer-hoy-a-sender/

Portada nº 6

(Publicado en Imán nº 8, junio 2013)

La inexistencia de hemerotecas digitales públicas de la prensa zaragozana no nos permite acometer investigaciones exhaustivas, cosa que sí puede hacerse, en cambio, en la capital oscense, cuyo Instituto de Estudios Altoaragoneses hace algún tiempo digitalizó el Diario de Huesca, desde su inicio en 1875 hasta la actualidad en la que, tras pasar por distintas épocas y denominaciones, ha devenido en Diario del Alto Aragón. De cualquier manera, la situación geográfica de la ciudad de Zaragoza, equidistante entre Barcelona y Madrid, en tiempos en que los viajes eran mucho más lentos, propició que muchas figuras del mundo del espectáculo recalaran a menudo en su suelo.

argentinas1907parish Sabemos que el primer periodo de difusión internacional del tango se dio a principios de la segunda década del siglo XX, llegando a ser espectacular en el París de 1912-1914, pero a la Península Ibérica había llegado años antes, concretamente, a finales de 1906, cuando una pareja que se hacía llamar Las Argentinas, compuesta por la bonaerense María Cores y la italiana Olimpia d’Avigny, que luego triunfaría como cupletista, importó el tango criollo y dio también motivo a toda suerte de reprobaciones. Que se extendieron a lo personal pues parece claro que en la intimidad seguían proyectando los papeles -María el de varón y Olimpia el de mujer- que desempeñaban en el escenario. Las Argentinas, que también bailaban la machicha brasileña, aún más descocada que el tango, al menos para los tiempos que corrían, tuvieron un gran éxito.

Es problemático aventurar quién sería la primera aragonesa que cantó en público un tango. Pero es Paquita Escribano-2muy probable que se tratara de la cupletista Paquita Escribano, que gozó de gran notoriedad a partir de 1910. A finales de enero de 1914 estrenó el que probablemente es el primer tango español que se cantó en público, “La hora del thé” (sic), con música de Ricardo Yust y letra de Álvaro Retana, que se hizo famosa, sobre todo por los versos que rezaban: “dicen que el tango tiene una gran languidez / por eso lo ha prohibido el Papa, Pío X”. Muy poco después, Paquita incrementaría su repertorio tanguero con “Mi gatito”. Una más

Más sencillo es aventurar la primera aragonesa que registró tangos para el gramófono. Fue, seguramente, la inevitable pero genial Raquel Meller que, en su primer viaje a Buenos Aires (1920), dejó versiones de “Maldito tango”, “Milonguita” y “Una más”.

Durante la década del veinte, también viajaron a la Argentina Ofelia de Aragón, que grabó “A contramano”, y  Elvira de Amaya, que registró “Mecha”. Todas ellas lo hicieron bastante bien pero el intérprete de tangos, no sólo aragonés sino español más reconocido de siempre, es un zaragozano, Mariano Royo Maestro (1908-2000), que tomó el nombre artístico de Mario Visconti. Desde que en 1929 formara el trío Visconti, su larga carrera se desarrolló en torno al tango aunque a partir de los años cuarenta, se acercara también a otros ritmos, especialmente al bolero. En distintas épocas, Mario Visconti_Esta noche me emborracho001Visconti fue cantor de orquestas típicas criollas tan importantes como las de Cruz Mateo-José Melín, Horacio Pettorosi, Eduardo Bianco y Rafael Canaro. Él también llegaría a formar sus propios conjuntos. Con unos y otros viajó por toda Europa y América e, incluso a finales de los cuarenta, estuvo contratado durante un par de años por Radio El Mundo de Buenos Aires, como una de las estrellas de sus programas de tango. En 1960 grabó su último disco, un EP con cuatro tangos y, aunque no se retirara definitivamente, el retroceso del género junto a la irrupción de la música joven anglosajona lo fue relegando al olvido. Todavía a finales de 1979 participó en el programa “Canciones de una vida” de TVE y,  siete años más tarde, en “Toda una vida” de Radio Barcelona. Sus últimas actuaciones ocasionales en la Ciudad Condal se dieron en escenarios de aficionados, hasta que en el verano de 1993 intervino como invitado especial en la sala de baile Festa Major de la calle Viladomat. Poco después ingresó en una residencia de ancianos. Aunque no sean fáciles de encontrar, entre los años 2000 y 2005, las firmas Gardenia y Rama Lama editaron cuatro discos compactos con muchas de sus grabaciones. (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/12/15/mario-visconti/)Val, Francisco de001

A Visconti habría que unir el nombre de otro cantor y compositor zaragozano, nacido en Villafeliche y recriado en Sierra de Luna, pueblo al que dedicó el tan famoso pasacalle-jota homónimo. Se trata de Francisco de Val (1897-1984), cuya carrera empezó en los años veinte como cantor de tangos. Este compositor, autor de obras fundamentales de la canción popular española como “Viajera”, “Torito bravo”, “¡Qué bonita que es mi niña!“, “Las palomas del Pilar”, “Una lágrima cayó en la arena”, compuso tangos como “Que camine sola”, grabado por Héctor Maure, ”La vuelta del trío argentino Irusta, Fugazot y Demare”, “Maldición” o “Alma de tango”, que cantara la gran Carmelita Aubert en la película Mercedes. Pero él también llevó al disco al menos dos tangos “Compañera de su vida” y “Murió El Zorzal”, dedicado a Gardel.

Aunque después de la primera época de expansión del tango rioplatense, que fue casi siempre en su vertiente bailable, este no desapareció, en la década de los veinte volvió con la misma o mayor fuerza pero ahora con predominio de la dimensión cantora. De más, por evidente, estaría proclamar a Gardel, que llegó por primera vez a España en 1923, como máximo responsable aunque su mayor resonancia se produjo a partir de su segundo viaje (1925) y de los muchos discos que grabaría en Barcelona, donde fue idolatrado. Gardel no llegó a actuar en Zaragoza. Sí lo haría el otro introductorSpaventa-Celebridades de varietés002 del tango cantado en España, Francisco Spaventa, un intérprete muy mediano que, tras grabar un buen número de discos y triunfar durante unos años, hubo de desaparecer cuando otras orquestas argentinas con destacados cantores empezaron a poblar los escenarios ibéricos. Puede cifrarse entre 1928 y 1933, la época dorada del tango cantado en España, donde circularon al menos tres revistas monográficamente dedicadas a él: El Tango Popular, Tangomanía y El Tango de moda, que llegó a alcanzar 245 números.

Durante esta época pasaron por los escenarios los mejores intérpretes tangueros que viajaron a Europa y cuyos destinos más habituales eran las llamadas segunda y tercera patrias del tango (París y Barcelona) pero también Madrid y, como se apuntó, en calidad de ciudad de paso, Zaragoza. Tuvo especial predicamento el trío Irusta, Fugazot y Demare, que también editó muchos discos en España, Maizani, Azucena-Los grandes del tango001rodó películas y se hizo con un considerable número de fanáticas. Sin embargo, quizá la actuación más importante de un intérprete tanguero en Zaragoza se dio en noviembre de 1931 en el Teatro Principal. En dicha sesión Azucena Maizani, que recorrió en triunfo los escenarios de la vieja Iberia durante nueve meses (entre septiembre de 1931 y junio de 1932), arrebató a los zaragozanos. Aún conservo una libreta de un tío abuelo, Eugenio Bordonaba, en la que apuntó minuciosamente todos los tangos que esa noche cantara la conocida  como “Ñata gaucha”.

Prueba del protagonismo que tuvo el tango en Zaragoza es que a la Carlos Gardel-Partitura editada en Zaragoza 1935001muerte de Carlos Gardel tras el accidente de Medellín, acaecido el día de San Juan de 1935, se editó un tango cuya partitura lleva la firma Ediciones Verlosment, razón sita en el número 1 de la zaragozana calle Manifestación. Son rarísimas las partituras de canción popular publicadas en la capital aragonesa por esa época, lo que nos habla de la pasión por El Zorzal Criollo en cualquier esquina del mundo. En los cines zaragozanos, como sucedía en muchos otros lugares, el público interrumpía las películas de Gardel para que sus intervenciones canoras fueran rebobinadas y repetidas.

Por otra parte, el tango como baile mantuvo su alta estimación desde la época de su arribo pero ya sin los pujos represores que lo recibieron en toda Europa y que en España habían llevado a la reina Victoria Eugenia a proscribirlo en los bailes de palacio, pese a las solicitudes en su favor de damas de la aristocracia. Toda represión engendra atracción y prurito de soslayarla y a ello unió el tango la belleza de su música y lo fascinante y sensual de su danza sinuosa. En Zaragoza se bailó en verbenas callejeras, en salones aristocráticos, en locales de espectáculos, como el Iris Park, en cafés, como el Ambos Mundos, en cabarets como el Aragonés, luego llamado Conga Dancing y, finalmente, El Plata. Y hoy se baila en las numerosas milongas que congregan a los muchos aficionados que tienen la danza tanguera casi como una forma de vida.

En el periodo de postguerra el tango hubo de convivir con la pujante canción española, hoy redenominada copla y, en su vertiente de baile, con otros ritmos americanos, especialmente el bolero, que, como el tango, venía de los finales del siglo XIX pero que hubo de aguardar décadas hasta hacerse universal. El aislamiento de España no favoreció que llegaran al país las grandes orquestas de tango que tuvieron su época de oro en los años cuarenta, a pesar de la buena sintonía del franquismo con el régimen de Perón. Pero estas agrupaciones tenían el cocido bien asegurado en el Río de la Plata y no tenía sentido emprender largos y caros viajes trasatlánticos para tropezar con la vacilante economía de un país autárquico. Al contrario, fueron los artistas españoles los que procurábanse contratos para cruzar el charco, en la seguridad de encontrar allí un público favorable, incrementado por el de los muchos exiliados con necesidad de aligerar su nostalgia. Sólo unos cuantos cantores argentinos arribaron a la península y  lograron cierto predicamento: Uno, Jorge Cardoso (La Pampa, 1914-Alicante, 1994), que llegó con la orquesta de Rafael Canaro a principios de los cuarenta y grabó un buen número de discos, hasta afincarse definitivamente en España. Otro, Agustín Irusta (Santa Fe, 1903-Caracas, 1987), el cantor del famoso trío, que a sus muchos corazones rotos en España había añadido el de la mujer de Jardiel Poncela, que naturalmente, cobró odio eterno al tango. Irusta protagonizó con Carmen Sevilla el film de León Klimovski, La guitarra de Gardel (1948)  Ambos artistas actuaron  en varias ocasiones en la capital del Ebro.

Sin embargo, la auténtica figura del tango en España a partir de los sesenta, fue Carlos Acuña, por Acuña-Primer disco en Españaotra parte, magnífico intérprete que en la Argentina no tuvo el reconocimiento merecido, al menos, a partir de su radicación en España, donde permaneció casi tres décadas. Porteño de ley, su verdadero nombre era Carlos Ernesto di Loreto (1915-1999). Llegado a Madrid en 1961, se acogió al círculo cercano al general Perón y actuó en los mejores locales del país. En Zaragoza estuvo muchas veces en la prestigiosa sala de fiestas Cancela 3, de la calle Royo y, en su última época, actuó en el Teatro del Mercado, acompañado del Pibe Sanjo, de quien pronto se hablará.

La década de los setenta y la primera mitad de los ochenta no fueron especialmente brillantes para el tango. No obstante, habría que recordar la actuación del Cuarteto Cedrón, con sus extraordinarias versiones tangueadas de los textos de Raúl González Tuñón y otros poetas. Estuvieron en Zaragoza actuando en el antiguo Polideportivo del Parque. Habría que citar también al grupo Malevaje, formado hacia 1984, en cuyo elenco se incluyeron varios muy conocidos músicos del rock de la llamada “movida”. Fue capitaneado por Antonio Bartrina, que luego, se desgajó del grupo y actuó durante muchos años con músicos argentinos con guitarra, contrabajo y bandoneón. Con su grupo y en solitario, Bartrina actuó varias veces en Zaragoza.

Durante los meses de noviembre y diciembre de 1986 y con el título, “El tango hasta Gardel”, El tango hasta Gardel-Alma de bohemio002organicé una gran exposición en el Museo de Sástago. Además de partituras de tango, fotografías, proyecciones, decoración, ambientación y música de la época, diversos coleccionistas aportaron material, con especial referencia a Bruno Cespi, que trajo de Buenos Aires distintos objetos personales de Gardel. La cancionista criolla Julia Cosentino y el guitarrista y cantor Carlos Montero  dieron recitales y José Gobello, presidente de la Academia Porteña del Lunfardo, Blas Matamoro, Marcelo Cohen, Tomás Buesa, Ana Basualdo y el comisario Javier Barreiro impartieron sendas conferencias. Además, se programó un ciclo de cine con las películas de Gardel y otras de temática tanguera en la Filmoteca de Zaragoza. Se editó un hermoso affiche sobre una partitura de “Alma de bohemio”, motivo que ilustró también la portada del libro, El tango hasta Gardel, editado con motivo de la exposición y escrito por el firmante.

MauricioUno de los visitantes más habituales de la exposición fue Mauricio Aznar, líder del grupo de rockabilly Más Birras, tan pirrado por Carlos Gardel y el tango que, frecuentemente, lo incluyó durante esta época en sus recitales. Luego evolucionó hacia los predios de Atahualpa Yupanqui y la chacarera, hasta el punto de abandonar el rock para dedicarse casi exclusivamente a este último género. (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/06/30/mauricio-aznar-buscador/).

Aproximadamente a partir de 1985, tras varias décadas en las que el tango pasó por su fase más oscura, se produjo un nuevo renacimiento, mucho más notable en su vertiente de danza. Algunas voces apuntan a la repercusión del espectáculo “Tango Argentino” de Claudio Segovia, estrenado en París en 1983 y posteriormente en Broadway. Fuera como fuese, cuando, incluso en el Río de la Plata, tan sólo quedaban unas cuantas milongas tradicionales, empezaron a aparecer profesores, academias, locales y aprendices y su crecimiento fue exponencial. Unos años más tarde, las milongas se convirtieron en una moda que no tiene visos de retracción.

Así, en septiembre de 1989 llegó a Zaragoza, Carlos San José “El pibe Sanjo” que, en la calle Zumalacárregui, abrió la primera academia de baile tanguero que se instaló en la ciudad en el último cuarto del siglo XX, con su pareja, Karina y que formó bailarinas tan expertas como Carmen Sanjulián, hoy día, pareja de Brendan Hughes, elegido “milonguero del año” en Dublín, e Isabel Lou, que continúa maravillando cuando, ocasionalmente, se luce en las milongas parisinas. El pibe Sanjo, morocho, pequeño de estatura y carnicero de profesión, era hombre, sin embargo, de gran iniciativa personal y consiguió la proeza de supervivir unos años de la enseñanza del tango y organizar varios festivales a algunos de los cuales acudió como figura estelar Carlos Acuña. Buscó después fortuna en otras ciudades como Valladolid y Vigo, regresó a Buenos Aires, y volvió a Alicante, donde sigue dando clases. Años después y cuando ya la danza criolla empezaba a despegar, llegó José Carlos de la Fuente que, tras una formación como bailarín en la capital argentina, fundó la Milonga del Arrabal, que hoy continúa y ha formado numerosos bailarines. De allí surgió la Asociación El Garage, fundada a fines de 1997 y que también reúne un buen número de bien preparados entusiastas del baile. Luego, varias academias, milongas o asociaciones han proliferado, al arrimo de la vitalidad de esta danza. Por nombrar unas cuantas: La de Domingo Rey, que estuvo en La Galería de la Plaza de Sas y  ahora regenta Rocío Rubio, que continúa perfeccionándose en Buenos Aires, Punto Vital, Tango Zaragoza, Gotán, M&G Zaragoza, El Almacén y, sin duda, alguna más que no conozco o se me olvida.

Como cantantes que han visitado Zaragoza, además del mentado Carlos Montero*, que cada tanto repite, antes con preferencia por el Teatro del Mercado y, ahora, ya  con menor asiduidad, en La Campana de los Perdidos, habría que destacar a Juan Carlos Cáceres, pianista bonaerense afincado en Francia, reivindicador del tango negro, que en junio de 2003 protagonizó una emocionante actuación en el Monasterio de Veruela, donde también expuso sus obras, pues, además, es un cotizado pintor. Si puede, hágase con su disco, “Tango negro”. Dos años después, Cristóbal Repetto, un excelente cantor con voz muy similar a la de Agustín Magaldi  ofreció un exitoso recital en un repleto auditorio Eduardo del Pueyo. Puede que me falle la memoria pero, en los últimos años, no recuerdo en la capital del Ebro ninguna actuación superior a la de los citados.

Pero también ha habido cantantes de tangos zaragozanos que en época reciente han llevado al disco su voz y sus creaciones. El más significado, Gregorio López, con una bella voz de timbre gardeliano, que en 1996 se hizo con la segunda edición del televisivo concurso de Antena 3 “Lluvia de estrellas” y, después, ha actuado frecuentemente en nuestra ciudad y, durante varias temporadas, en la capital del reino. Tiene editado un CD, “Mano a mano con el tango”. Recientemente, se han incorporado dos intérpretes más, Antonio Aguelo, que a finales de 2012 ha sacado a la luz un CD con el título, “13 tangos de color y una bossa desesperada” y Enrique Cavero, polifacético personaje, bien conocido en la noche zaragozana, que en 2013 presentaba un CD, “Doce tangos”, con  las piezas más clásicas.

Zaragoza y el tango. Una historia, venturosamente, sin terminar.  

*Carlos Montero, nombre artístico de Juan Carlos Zamboni, había nacido (1938) en el bonaerense barrio de Mataderos y falleció (mayo 2016) en Madrid.

El tango hasta Gardel-Programa Exposición 1986001