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(Publicado en Clarín nº 154, Julio-Agosto 2021, pp. 27-31)

                                                                                      

Uno de los libros menos conocidos en torno a la muy conocida guerra civil española corresponde al más conocido de los cronistas deportivos sudamericanos de todas las épocas: Diego Lucero. Luis Alfredo Sciutto (Montevideo, 1901-1995) fue su nombre real pero con ninguno de ellos firmó la que sería su primera obra impresa, Una aventura en España (Montevideo, 1938). Lo hizo con el de Wing (ala o extremo en el argot cuajado de anglicismos del fútbol originario).

Con dicho seudónimo recordaba sus tiempos de futbolista (half izquierdo) en el Nacional de Montevideo y en la época de oro de la selección uruguaya, antes de que una lesión de menisco lo retirara del pasto en 1929. Desde 1924 ya se dedicaba al periodismo deportivo en sus vertientes de prensa y radio[1]. Por su personalidad, gracia, originalidad y abundancia de recursos, se convirtió en un mito que llegaría a ser coronado como el único ser humano que acudió a todos los mundiales de fútbol entre 1930 y 1994. Libros como Siento ruido de pelota… y 10.000 horas de fútbol son la obra de un prosista extraordinario, libérrimo y original, con una lengua desprejuiciada, entre los coloquialismos y los cultismos, que sume en asombro al lector ibérico acostumbrado a las cansinas metáforas y la macarra sintaxis de los redactores deportivos.

Aunque Wing había empezado a exhibir sus textos en La Tribuna Popular, su prestigio lo llevó al diario El Pueblo, donde sus crónicas se extendieron a lo político, a lo social y a cualquier otro género periodístico. Como enviado especial, recorrió el mundo en un tiempo en que la autonomía del avión aconsejaba sólo su utilización para las distancias cortas. Así, entrevistó a García Lorca, Mussolini, Goebbels, Chevalier, Josephine Baker… En 1936 asistió en calidad de corresponsal, a la Olimpiada de Berlín, celebrada en la primera quincena de agosto, cuando ya la contienda española había estallado, por lo que, de acuerdo con su periódico, intentó cruzar la frontera franco-española para llegar a Irún y convertirse en corresponsal del diario montevideano, en el que ya era la estrella y sus crónicas ocupaban la primera página, bajo un gran retrato suyo y el marbete “WING NARRA”.

Cuando el 30 de agosto Wing alcanza la ciudad fronteriza, Irún está siendo evacuada y los movimientos son difíciles. No obstante, consigue llegar a Pamplona el 5 de septiembre pero es detenido por sospechoso de espionaje. Joaquín Arrarás, futuro biógrafo de Franco, lo escucha pero sólo le entrega un salvoconducto para salir de España[2]. Desde Hendaya volverá a presenciar la nueva evacuación de Irún y, tras varias peripecias, consigue el permiso y se incorpora al plantel de periodistas hospedados en el hotel María Isabel de Burgos, donde su divertido y desenfadado carácter le propicia muchas amistades.

En su libro reconoce: “era el más modesto, el más oscuro, el más joven entre todos, al que distinguían con su amistad llamándole el ‘uruguayito’” (p. 121). Dada su simpatía y que el periódico al que servía no competía con las grandes agencias de información, otros corresponsales le invitaban con frecuencia en sus acercamientos, con lo que Wing se jacta de ser el “primero entre los periodistas del mundo” en llegar al Cuartel General del Ejército nacionalista que iba a la conquista de Guipúzcoa (p. 21)[3].

Durante la guerra los corresponsales viven con un lujo que contrasta con las penurias de la población y la dura vida del frente. De hecho, el uruguayo se hace lenguas de lo bien que el ejército sublevado trataba a los alrededor de doscientos periodistas que esperan la caída de Madrid entre grandes hoteles y continuos banquetes. Recién rescatado el Alcázar, acude a Toledo y consigue hablar con Franco y Moscardó para su periódico. Visitará los frentes de Andalucía y del Oeste. Llegará a Asturias, recién conquistada por las columnas galaicas, y se moverá entre Burgos, Ávila y el cerco de Madrid. Todo esto nos va contando Wing en Una aventura en España. Pero la auténtica aventura todavía no ha comenzado.

El uruguayo había confraternizado con tres periodistas de Heraldo de Aragón, el diario más popular de dicha región: Manuel Casanova (Sanlúcar de Barrameda, 1898) ejercía el periodismo en Aragón desde 1919. Joven pero con ya una larga trayectoria a sus espaldas, en 1933 había sido nombrado director del rotativo. En esta corresponsalía de guerra, lo acompañaban, Marín Chivite, reportero gráfico que realizaría una brillante obra profesional y José Meirás Oureiro, joven abogado militante de Renovación Española, que había sido secretario del asesinado Calvo Sotelo y oficiaba como auxiliar de ambos. Manuel Casanova escribió también su libro acerca de la guerra civil, Se prorroga el estado de alarma. Memorias de un prisionero (1941), que, desde ahora, nos va a servir para cotejar la versión del español con la del uruguayo, al que Casanova retrata así:

Hijo de padres italianos, armoniza la finura y el ingenio latinos con la simpatía dulzona y musical de los americanos del Río de la Plata (…) Obligado desde muy niño a ganarse la vida por su propio esfuerzo no rehuyó ejercer oficio por humilde y menospreciado que fuera; y así pasó desde maletero del muelle a jugador de fútbol en el equipo nacional de su país (…) el antiguo medio centro se convirtió en uno de esos cronistas deportivos que apasionan a los “hinchas” (…) Ha sido entre nosotros un español más y quien como yo le ha visto al natural en trances difíciles (…) sabe que en el antiguo maletero y luego escritor notable vibra un corazón alegre y sano de buena hombría (p. 32).

Manuel Casanova

Al enviar sus crónicas a un país lejano, Wing no entraba en la competencia de ser quien se adelantase en las noticias y exclusivas, por lo que recibía frecuentes invitaciones de sus compañeros para que los acompañara. Es lo que sucedió el 21 de noviembre de 1936 con los periodistas zaragozanos que, acompañados del chófer militar Miguel Zamora, maestro armero del Parque de Artillería de Zaragoza, participaron junto a otros corresponsales en una excursión al Frente de Madrid, que había sido aplazada el día anterior. Salieron de Ávila y, en las cercanías de El Tiemblo, Sciutto vio nevar por primera vez. El coche se extravió y, sin darse cuenta, se vieron de improviso en campo adversario. Detenidos y desarmados por el teniente Artés, fueron tomados como espías, por lo que rápidamente se barajó la posibilidad de fusilarlos allí mismo.

Finalmente, son llevados a presencia del comandante Paco Galán, hermano de Fermín, protagonista en 1930 de la sublevación de Jaca y héroe de la II República. El comandante los remite al Jefe Militar del sector Aravaca-Pozuelo, pese a las pretensiones de sus captores que desean acabar con ellos in situ. Algo similar acontece en el puesto militar de Pozuelo, donde aparece teatralmente Valentín González “El Campesino”, mientras el pueblo en la plaza grita que los suelten para lincharlos. Cuando son interrogados y casi está dispuesta su suerte, el jefe que había dictaminado: “Que les tomen declaración y ¡acabar!” se apercibe de la personalidad del chófer, Zamora, que resulta ser su hermano. Sin que lo dé a conocer, cambia de criterio y ordena que los lleven a la cárcel del pueblo y, después, al Cuartel General del Ejército en el madrileño Palacio de Buenavista, acompañados por el propio Valentín González, que aprovecha el viaje para ilustrar al pasaje con sus glorias personales[4].

El interrogatorio lo lleva a cabo directamente el después famoso general Vicente Rojo -entonces teniente coronel-, asesorado por una mujer extranjera, seguramente, Marta Huysmans, que le indica al oído lo que ha de preguntar. No parecieron sacar la conclusión de que fuesen espías ni enlaces con la quinta columna, por lo que fueron enviados a la Dirección General de Seguridad, a la sazón trasladada a la calle Serrano, para un nuevo interrogatorio, tras el que quedaron incomunicados en este edificio durante dos semanas con el único alivio propiciado durante el primer día de cautiverio por la aparición a las 7.30 de la mañana de José Luis Galbe, Fiscal Supremo del Tribunal de la República. Como zaragozano, conocía al menos a Manuel Casanova y aunque su intención era salir ese mismo día para Valencia e incorporarse al Gobierno ya desplazado a la capital levantina, postergó un día su viaje e hizo gestiones que, al menos, sirvieron para salvar momentáneamente a los prisioneros, además de conseguirles cigarrillos y una manta (Wing, pp. 187-188). Días después volvería Galbe para insuflarles aliento.

El uruguayo todavía vio más despejado su panorama: Edgardo Pérez Quesada, embajador argentino que salvó muchas vidas en el Madrid sitiado, le aseguró que sería libertado pero que los demás habrían de afrontar la justicia popular. Se le ofreció mejorar de alojamiento y, sin embargo, Sciutto declaró que prefería correr hasta el final la suerte de sus compañeros (Casanova, p. 107). El caso es que el 4 de diciembre fueron trasladados a Valencia, donde permanecieron quince días incomunicados. A Sciutto le notificaron el día 16 que iba a ser liberado. A pesar de que las gestiones para ello habían comenzado, al saberse la noticia de su detención, la inclinación del gobierno uruguayo hacia el bando sublevado no hizo fácil la negociación pero sirvió para evitar una decisión precipitada. Al ya citado embajador argentino que había tratado de liberarlo, le contaron que se había fugado. Hubo de ser la intervención del presidente de los Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, que visitó el Uruguay en el acorazado “Utah”, quien, ante los ruegos del presidente uruguayo Gabriel Terra, aceleró el proceso. Wing fue liberado con la condición de volver a su país en el primer vapor disponible y no pisar territorio español hasta el final de la guerra. El Encargado de Negocios de los USA, le dio la noticia y en la mañana del 23 de diciembre, tras un mes de cautiverio, una lancha del destructor “Kane” lo recogería en el puerto de Valencia para ser trasladado a Villefranche-sur-Mer y de allí a París, donde lo esperaba el doctor Alberto Mañé, embajador del Uruguay. Efectivamente, Wing no era un don nadie.

En el mes de reclusión tuvo una importancia fundamental el consuelo de la Virgen del Pilar, no sólo para los aragoneses sino también para el uruguayo. Sciutto, revolucionario en su juventud, primero anarquista y después socialista, tenía un sustrato popular que junto a su genio lingüístico, verbal y literario, fueron pilares esenciales de su fama como periodista. Así concluye Una aventura en España

Estando preso en Madrid, cuando la tutela de la Virgen del Pilar nos iluminaba con su esperanza, soñamos planes de futuro. Mis compañeros de Zaragoza le hicieron promesas a la Pilarica, si les salvaba la vida. Yo también hice la mía: llevar para siempre su imagen sobre el pecho e ir a besar el manto de su estatua zaragozana, después de caminar descalzo cinco kilómetros por las rutas de Aragón que van hacia el santuario de la amada Patrona.

Por eso fue que vacilé y quise protestar cuando tuve que firmar aquel documento que me impone retornar a mi tierra, sin volver a España, mientras allí arda la guerra. No sé ni cómo ni cuándo podré hacerlo. Pero he quedado en deuda con “La Pilarica” y algún día tendré que saldarla.

Sus compañeros permanecieron en Valencia hasta la salida del juicio el 23 de septiembre de 1937 en el que todos fueron condenados a muerte, sentencia que no llegó a ejecutarse aunque permanecieron en la cárcel muchos meses más, hasta un total de veintitrés, desde la fecha de la detención hasta su libertad. En agosto de 1938 fueron puestos a disposición del ministro, encargado de los canjes. Finalmente, el 21 se octubre de 1938 embarcaban en el destructor “Icarus” de la Marina inglesa rumbo a Marsella.

En la ciudad portuaria les esperaba Luis Alfredo Sciutto, que no había cumplido el compromiso contraído de no regresar a España y se había reincorporado a sus funciones de cronista de guerra en el bando nacional[5]. Creo recordar que, años después, sí cumplió en Zaragoza su promesa a la Virgen del Pilar. Tampoco era hazaña propia de un héroe legendario besar su manto haciendo cinco kilómetros descalzo. Menos, cuando la imagen no se encuentra en una arriscada montaña sino en el centro de una ciudad europea bastante llana. Hombre práctico, Wing aminoró la dificultad caminando desde su hotel, cercano a la basílica, y portando unos zapatos tan brillantes como suelen gustar a los rioplatenses. Pero, eso sí, saludó a la Virgen.

Poco después, el periodista abandonó su querido Uruguay, requerido por el diario Crítica de la capital argentina. En 1945 se fundó Clarín, desde entonces uno de los dos diarios más importantes de Buenos Aires, que es como decir, de Sudamérica y fichó a Sciutto. Allí ya tomó el seudónimo de Diego Lucero, que iría haciendo olvidar el resto de sus nombres.

Desde entonces, la brillante trayectoria de Diego Lucero sobrepasó con mucho su labor periodística. Un genio suelto cuya personalidad incluía todo lo imaginable y que fue querido y admirado por todo el espectro futbolístico de su tiempo, que abarcó casi todo el siglo XX. Quedémonos con su creativo, original, poético, preciso y desternillante lenguaje que le llevó a ocupar desde 1970 el sillón Félix Lima en la Academia Porteña del Lunfardo.

NOTAS


[1] En 1930 fundó Radio Sport, primera emisora deportiva de su país.

[2] Sciutto, en su juventud y en sus escritos, mostró  querencia hacia anarquistas y socialistas. Al comienzo de la guerra civil española, el gobierno uruguayo se acercó a los sublevados, mientras que la mayor parte de los intelectuales del país tomaban la posición contraria. Puede decirse que Wing llegó a España con una postura equilibrada, que, a partir de la retirada de Irún, incendiado por quienes debían defenderlo, fue inclinándose hacia el bando que ganaría la guerra. No digamos ya en el cautiverio, cuando su muerte parece a menudo inminente.  

[3] V. Niall Binns, “Aventura y aprendizaje en “Wing” (Luis Alfredo Sciutto). Un testimonio uruguayo sobre la Guerra Civil Española” Letral nº 5 (2010), pp. 46-63. El único y valioso trabajo que conozco sobre el libro firmado por Wing.

[4] En su artículo, Binns comenta: “Siente una antipatía particular hacia los comunistas, hipócritas a los que soborna para conseguir comida —“las pesetas no habían dejado de ser apetecibles entre los comunistas que odiaban el dinero”— y que hacen todo lo posible para impedir su liberación (p. 221); pero quizá el acontecimiento más instructivo para Wing fue la interrogación a la que le sometieron unos “comisarios del pueblo en Madrid” (p. 58).

[5] Esta segunda etapa de su labor como corresponsal en España, la reflejó en otro libro Cartas de la guerra, Montevideo, 1939, publicado, como el anterior, por la Imprenta Florensa.

Diego Lucero en sus últimos años de periodista

 

 

(Publicado en la revista Panenka nº 103, enero 2021, pp. 112-113).

Varias temporadas en categorías inferiores; desde los 22 años, cuatro en segunda división, dos en primera y el mito del eterno retorno, el ouróboros, el dragón que se muerde la cola como se la muerde la vida: otras tres temporadas de nuevo en segunda y dos más en categorías inferiores. Vasco se retiró a los 33 años, montó un negocio de desguaces, cuyo funcionamiento delegaba, y con eso y las rentas de los ahorros podía vivir tranquila y dignamente. Es verdad que añoraba el fútbol y, a veces, se aburría. No lo concebía de otro modo que activamente, así que desde el principio obvió la posible carrera de técnico o entrenador, siempre en vilo y adulando a los incompetentes de los que dependiera su cargo.

Se aburría un poco y llegaba tan descansado a la noche que buscaba el sueño recordando visualmente los goles de su carrera. Tirando a goleador, había promediado unos ocho tantos por temporada y, naturalmente, recordaba mejor los de su etapa profesional aunque se acordaba de todos porque, desde que jugaba en juveniles, había tenido la preocupación de anotarlos en un blog de tapas azules, ahora bastante sobado. Pero casi recordaba mejor los que le anularon injustamente y los no-goles, aquellos que estuvo a punto de enchufar y faltó un pelo. Aún sentía el roce del balón en su frente a un metro del arco vacío en un centro demasiado fuerte al que llegó en un gran salto pero faltó adelantar medio centímetro más la cabeza. En un partido contra el Racing de Santander, su chut raso al borde del área con el campo muy mojado fue perdiendo velocidad hasta aparcar blandamente en la misma raya de gol junto al poste. O un remate de cabeza que fue a gol y en el que el portero Reina le dejó un ojo a la virulé en el despeje. A pesar de ser fuera del área, el árbitro prefirió opinar que era él quien había cargado al guardameta. Desde luego, se acordaba con más nitidez de estos momentos que de cualesquier otros, incluyendo sus polvos más gloriosos. Aunque también de ellos incluyese algún momento memorable para usarlo cuando hiciera falta.

Durante el día una de sus aficiones era coleccionar álbumes y cromos del fútbol de hace medio siglo. Los conseguía en los portales de coleccionismo y algún domingo, con escasa aprobación de la dueña de sus pensamientos, se acercaba a la plaza donde se intercambiaban cromos, sellos, billetes y monedas los aficionados a esos y otros trueques. Por la dificultad de completarla, una de las que más le interesaba era la de Campeones 1961 de la editorial Bruguera, porque podían llenarse las páginas del álbum con los 16 clubes de la 1ª división pero, además, había un número indeterminado de cromos que no tenían espacio donde colocarse. Cuántos  y cuáles faltaban era el problema que se había de resolver. 

No por todo esto puede decirse que la vida de Vasco era un puro ejercicio de nostalgia, pero sí que sus ejercicios de escape eran incluso más satisfactorios que la cotidianeidad burguesa de alguien sin grandes problemas personales, familiares o económicos. Pero se aburría.

No sé si queda alguien que piense que las historias puedan tener otro final que el Final que a todos nos afecta. Lo demás son sólo contingencias y avatares azarosos, imprevisibles o aleatorios sin demasiada importancia. Ese Final no ha llegado para Vasco que no se entretiene demasiado con sus nietos, sabe lo que la dueña de su corazón va a decir en cada momento del día y espera como agua de mayo los partidos de la tele, el preludio del sueño, que ahora llega antes, en el que entremeter sus recuerdos y los cada vez más frecuentes domingos, en los que puede escaparse a la plaza con sus compinches coleccionistas que, como ex-futbolista, le tienen un poco más en consideración que al resto.

 

 

En estos tiempos amargos para el club zaragozano, me animo a recuperar este artículo porque en los años transcurridos desde su publicación, nada ha cambiado en la clasificación de los máximos goleadores zaragocistas. Al final*, incluyo lista con los jugadores que han llegado a los 35 goles en partidos oficiales con el Real Zaragoza, y añado los dos más efectivos (Azón y Zapater) del triste equipo actual.

Este artículo fue publicado con el título «Goleadores» en el libro publicado con motivo de la exposición que, en el Palacio de Sástago, conmemoró el aniversario de la institución,  Los años magníficos. 1932-2007. 75 aniversario del Real Zaragoza, Zaragoza, Fundación Real Zaragoza, 2007, pp.171-190.  

                                                              Marcelino rematando de cabeza

Cualquiera que haya jugado al fútbol y hasta quienes no lo han hecho pero lo viven con la misma intensidad, cuando se ponen a imaginar jugadas, a fabular partidos en sus momentos de descanso o en aquellos que preceden al sueño, lo que reproducen en su mente son goles: el cabezazo con violento giro de cuello, el tiro al borde del área que entra raso y esquinado, la volea de hierro o de seda, goles de vaselina, de cuchara -ahora llamados de chilena- olímpicos, de tacón y hasta de churro o chiripa. No hay que convencer a nadie de que el fútbol es gol y todo su complejo formulario tiene ese único fin: que un objeto desplazable por la fuerza muscular –o por el viento- penetre en el espacio que abarcan dos palos clavados en tierra unidos por otro en su parte superior.  

El introducir el balón en la puerta significa el cumplimiento de un fin, más bien masculino, y muchos goleadores han dicho que la sensación de meter un gol es parecida a las del orgasmo. Aunque haya habido jugadores que se lo tomen con alguna melancolía, como el atlético Gárate o ese indio triste y genial que atiende por Román Riquelme.  

Al menos desde los magníficos, a despecho de obviables y pantanosas temporadas, el Zaragoza ha sido un equipo goleador. Es harto sabido que el público zaragozano es más que difícil y que aquí no se puede plantear un partido a la defensiva, “especulativo” y de pases atrás porque se pela al entrenador, al presidente y a la madre del extremo. Así, el Zaragoza no ha sido un club de porteros que, en bastantes temporadas, han sido una cruz que ha sobrellevado el equipo, sino de delanteros. Algunos despuntaron tan pronto que no tuvieron tiempo de meter muchos goles. Por ejemplo, el sucesor de Marcelino, Bustillo, al que pronto se llevó el Barcelona y llegó a internacional hasta que el típico hachazo, bien visible y homicida, de un jugador del Real Madrid –en este caso creo que fue De Felipe- lo retiró del fútbol.

 Pero vayamos con quienes han quedado en la historia del Zaragoza como máximos exponentes del acierto ante la puerta, casi todos correspondientes al último medio siglo del club que es cuando éste empezó a dejar atrás su habitual mediocridad, sólo desmentida por los entrañables “alifantes”. Digámoslo ya y con la poderosa rotundidad que el caso exige. El máximo goleador de la historia del Zaragoza es Marcelino Martínez Cao, delantero centro llegado ¡cómo mediocampista! a Zaragoza con diecinueve años en 1959 y retirado prematuramente en 1970. A veces se habla de Murillo, que es el máximo goleador en primera división o de Pichi Alonso, que anda muy cerca, pero aunque en el número de goles totales no todos los estadísticos coincidan, Marcelino, sumando sus 73 goles en primera división, sus 29 de copa y sus 20 en competiciones internacionales, es el máximo goleador con 122 goles en diez temporadas. No sólo es el campeón en el total sino también en el terreno de la Copa –entonces del Generalísimo- y en el de los partidos internacionales.

 Los goles de Marcelino fueron de todos los colores pero, evidentemente, su especialidad era meterlos con la cabeza. Suyo es el gol más importante de la selección española a lo largo de todo el siglo XX: el que significó el triunfo ante Rusia en la Eurocopa de 1964. Como este gol -un escorzo espectacular lanzándose a media altura, esquinado y más allá del área pequeña- metió muchos en el Zaragoza. En los saques de esquina era increíble ver cómo un jugador, que rondaba el 1.70 de estatura, se situaba en el ángulo del área opuesto al lanzamiento y, tras corta carrera para tomar impulso, buscaba y encontraba el balón que remataba en cualquier posición y con la máxima potencia. Marcelino, con Zarra, César, Kocsis, Santillana y pocos más, ha sido uno de los más grandes cabeceadores del fútbol en España. Marcelino llegó a ser una especie de mito o, como se dice hoy, de historia urbana en Zaragoza. Su Volvo rojo, sus juergas, sus galanteos, sus negocios… eran comidilla popular en un tiempo en que todo aquello estaba al alcance de muy pocos. El único autógrafo que he solicitado en mi vida, con once o doce años, se lo pedí a él.

Marcelino, como algún otro de los “magníficos”, tuvo una pronta decadencia y sus últimos años no fueron brillantes. Luego sufrió otros problemas personales y ahora vive en Ares, su galaico pueblo natal. Cuando hace unos años se le quiso entregar el título de máximo goleador de la historia del Real Zaragoza, me contaron que pidió dinero por venir, con lo cual se decidió entregárselo a Murillo, máximo goleador liguero, que falleció poco después. Sea como fuere, los zaragocistas que vieron jugar a Marcelino saben que no hemos tenido otro delantero centro tan espectacular, tan personal, tan brillante y -números cantan- tan efectivo.  Joaquín Murillo, de la etapa inmediatamente anterior, llegó a coincidir con Marcelino e incluso jugaron varias temporadas juntos. Había venido en 1957, procedente del Valladolid, con 25 años, y estuvo siete temporadas. Ya se dijo que es el mayor goleador en primera división del Zaragoza con 90 goles. Con 16 en copa y 7 en partidos internacionales, llegó a 113. Hay que señalar que en el cómputo general de los goles totales de la liga en primera división, los jugadores zaragocistas no andan en los puestos de cabeza

Murillo, en el puesto 24, es el primero con sus 132 goles, contando con los que consiguió en el Valladolid, lejos de los 252 del gran Telmo Zarra, máximo goleador español, y no digamos de los más de 400 del genial Leo Messi. El barcelonés, apodado “El Pulpo” y “El Patas” por su forma poco elegante de correr, era, sin embargo, un gran delantero que tenía el gol en su cabeza, estuviese en la posición que fuera. Con su bigotillo recortado y aspecto de galán de los cincuenta, marcó el primer gol en partido oficial en La Romareda –en el amistoso de inauguración con el Osasuna lo había logrado aquel buen extremo que se llamó Vila- y en su primera temporada obtuvo 15 goles, sólo a cuatro del “pichichi”, Di Stéfano. En cinco de sus siete temporadas en Zaragoza fue su máximo goleador y ostenta el mejor promedio del club en la liga: 0,59 goles por partido. En la temporada 1961-1962 sólo fue superado por el gran Seminario, pero metió 19 goles en la liga. Sólo en la última, en que apenas jugó, se vio superado por varios de los magníficos, que ya destellaban.

Pichi Alonso llegó a Zaragoza en la temporada 1977-1978, tras el descenso a la segunda división, procedente del Castellón, donde ya había destacado como goleador. Menudo de cuerpo, con cara de buen chico y de aspecto frágil, no parecía para nada un killer del área y de hecho, en sus once primeros partidos de liga ni mojó ni ofreció un juego ni siquiera mediano. Pero Arsenio supo mantenerlo en la titularidad y en esa temporada ya consiguió 21 goles, casi la tercera parte de los obtenidos por el Zaragoza en esa Liga de segunda división. En sus cuatro restantes temporadas consiguió setenta más, lo que da un excelente promedio de más de 18 goles por temporada en una época en que los resultados eran todavía más rácanos que hoy. Ostenta el récord de más goles en un sólo partido por los cinco que le marcó al Español (8-1) en la jornada 22 de la temporada 1978-1979. Pichi Alonso marchó traspasado al Barcelona, donde siguió marcando goles casi siempre que jugaba pero no se le dieron demasiadas oportunidades.

Miguel Pardeza ocupa el cuarto lugar en la clasificación total con 98 goles en 11 temporadas. Una pena que, por dos, no llegara a la centena. Tras Murillo, es también el segundo máximo goleador en primera con 76 goles. Pardeza ya no fue delantero centro como los anteriores, aunque Alonso también tenía tendencia a jugar por las bandas, pero sí fue el jugador en punta, al que se encomendaba el equipo en horas difíciles. Él sólo solventó muchos partidos en una época en que el Zaragoza no contaba con buen equipo. Muy joven y procedente del Madrid, donde era considerado el jugador de más futuro, llegó cedido a mitad de temporada 1985-1986 y, por su juego técnico, arriesgado y fulgurante, se convirtió en un icono de la afición del Zaragoza. La inesperada consecución de la Copa del Rey culminó la temporada pero a la siguiente fue llamado por Benhakker para jugar en el Real Madrid. Allí tuvo que competir con Hugo Sánchez, en esa época segundo goleador total de la liga española, tras Zarra, y con otro icono de mayor popularidad que él, Butragueño. A pesar de que cuando jugó en el Real Madrid lo hizo bien y metió goles, apenas fue alineado y decidió volver al Zaragoza, donde fue, durante los años malos, la estrella y, durante los buenos que llegaron después, el capitán que levantó la copa en el mayor éxito deportivo del Real Zaragoza, la Recopa de 1995.

 

Un canario, perteneciente al equipo de los magníficos y del que siempre se ha hablado poco, figura empatado con Pardeza en el cuarto puesto de los goleadores del Real Zaragoza, con 98 goles en 9 temporadas. Eleuterio Santos Brito llevó el 8 en la camiseta y fue, sin duda, el jugador menos brillante de aquella delantera pero, para muchos, fundamental en la misma por su trabajo oscuro, su brega constante y su capacidad de sacrificio. Pero es que, además, sus números goleadores lo acreditan como un jugador más que importante. Procedente del Tenerife, Santos llegó en marzo de 1963 cuando la temporada iba vencida. El interior fue lentamente a más y acabó siendo el que sobrevivió al resto de los magníficos. Con Marcelino es el goleador de la Copa con la friolera de 28 goles.  

Los jugadores que van del puesto 5 al 10 son también nombres clásicos en la historia del Zaragoza. Los 80 goles de Poyet, el corajudo uruguayo tan querido por la afición del Zaragoza y que tanto creció como jugador desde su llegada al equipo hasta su marcha al Chelsea londinense, dejando también el título de haber sido el extranjero que más partidos ha jugado con el equipo;  los 77 de Arrúa, un genio del fútbol y, como tantos de ellos, caprichoso;  los 76 de Higuera, el ideal complemento de Pardeza en las temporadas más brillantes del Zaragoza posterior a los Magníficos; los 72 del inefable, futbolística y personalmente, Jorge Valdano, en sólo cinco temporadas y los 70 de Juan Manuel Villa, un mago del regate y capaz, cuando estaba inspirado, de hacer las cosas más increíbles en un campo de fútbol.  

Vendrían luego los 69 de Señor, con mayor mérito, por ser un centrocampista; los 67 del “zaraguayo” Amarilla en sólo cuatro temporadas; los 66 de Mariano Uceda, casi todos en la triste época de la tercera división; los 62 de Carlos Lapetra, para muchos el jugador de más clase que ha jugado en el equipo, los 59 de Yordi, al que, si hubieran dejado jugar más, estaría muy cerca de los primeros puestos; o los 56 de Canario, llamado también “Pajarito”, un extremo derecha que llegó procedente del Real Madrid, con el que había ganado la Copa de Europa. Aunque con muchas cualidades de extremo clásico, Canario destacaba por su potencia y capacidad goleadora. Su jugada más típica era llegar en diagonal al ángulo del área y, nada más penetrar en ella, lanzar un potente tiro cruzado que muchas veces se convertía en gol. Así como la especialidad de Yordi era el remate de cabeza y la de Señor, el disparo raso y seco desde fuera del área.  

Respecto al mejor promedio de goles en referencia a partidos totales jugados, sigue siendo el de Juan Seminario, el peruano genial que, en 47 partidos entre liga y copa, obtuvo 36 goles (0,76 por partido). Además, con 25 goles en la temporada 1961-1962, a cinco de sus seguidores, nada menos que Evaristo y Puskas, fue el único “pichichi” de la historia del Real Zaragoza. Verdaderamente, a partir de la posibilidad de sustituciones, los promedios tendrían que hacerse con minutos mejor que con partidos pero es una labor que, al parecer, aún no han emprendido los estadísticos o, al menos, no la han hecho pública. Hay que decir que los dos grandes historiadores del Real Zaragoza, el que fue también estupendo presidente Ángel Aznar y el buen periodista Pedro Luis Ferrer, difieren a veces, aunque a menudo sea mínimamente, en sus cómputos. Grandes promedios obtuvieron también los mentados Joaquín Murillo y “Pichi” Alonso y, también, un jugador que no estuvo más arriba en la clasificación por jugar apenas dos temporadas y media en el Zaragoza, Milosevic, también máximo goleador de la Eurocopa del 2000 con su selección, un auténtico lujo que el equipo no se pudo permitir mucho tiempo.

Excelente promedio consiguió también Diego Milito, que con tres temporadas –y no completas, pues en la primera se incorporó tarde- figura en el puesto 16 de los goleadores zaragocistas con 61 tantos. De ellos, 53 en liga y 8 en copa. Su última temporada, con 23 goles, es la más brillante de un goleador zaragocista en la liga, exceptuando la del “pichichi” Seminario.  

También habría que destacar los goleadores en los partidos más importantes en la historia del fútbol zaragozano, desde el inaugural de Rolloso, el 20 de marzo de 1932, en el partido amistoso frente al Valladolid (4-0) que abría la historia del nuevo club. Este mismo jugador obtuvo el primer gol en partido oficial el 25 de noviembre de 1932 en el partido con que se iniciaba el trofeo mancomunado y que se perdió (1-3) con el Donostia. El primer gol en la 3ª división,  en la que jugó el Zaragoza esa temporada, fue de Bilbao y el primer gol en la copa, de Tomás Arnanz, un goleador (48 tantos con el Zaragoza) que jugaba con la cabecica atada. En la temporada 1934-1935 se jugó en segunda división y fue Ortúzar quien obtuvo el primer gol en esa categoría.  

En primera división fue Antón –cedido por el Oviedo y que jugaba con boina calada- quien metió el primer gol (minuto 10) en el campo de Torrero el 3 de diciembre de 1939 en que se ganó por 3-2 al Osasuna. La boina o el pañuelo atado alrededor de la cabeza no tenían únicamente una finalidad estética, por cubrir la calvicie, en el caso de Antón o por retener el sudor, sino que servían para atenuar el impacto del balón cuando se golpeaba con la  cabeza. Aquellos pelotones de cuero endurecido pesaban como sacos y, si llovía o era la del cosido la parte que impactaba con la frente, el golpe era terrible. Zarra contaba como en los entrenamientos para perfeccionar su remate de cabeza llegaba a sangrar.

Pocas efemérides hay que resaltar hasta la entrada en la Copa de Ferias. El primer partido internacional fue contra el Glentoran de Belfast, celebrado en esta ciudad norirlandesa y el primer goleador, Duca. Los magníficos Lapetra y Villa fueron quienes marcaron los goles en el primer título nacional, la Copa, ganado por el equipo al vencer al Atlético de Madrid por 2-1, el cinco de julio de 1964. Unos días antes, el 24 de junio, se había ganado en Barcelona la Copa de Ferias, al vencer al Valencia por 2-1, con goles de Villa y Marcelino. El gol número 1.000 en primera división fue marcado por «Lobo» Diarte en partido contra el Elche, el 20 de abril de 1975. ¡Qué decir que no se haya dicho del gol de Nayim en la final de la Recopa! Seguramente es el más importante en la historia del club pero lo que resulta de todo punto insólito es que, además de esa trascendencia, sea uno de los goles más bellos, difíciles e increíbles que se puedan ver en un campo de fútbol. Y, además, ¡en el último segundo del partido! Los zaragocistas entendieron esa casi imposible coincidencia como una predestinación y un milagro.

No sería de justicia dejar de citar otros goleadores que, por haber jugado pocos partidos, no figuran en los puestos altos de la estadística pero que dieron altas satisfacciones a los aficionados: Esnaider, autor del primer tanto en la final de la Recopa parisina y con un total de 54 marcados en tres temporadas; Juanito Ruiz, el mejor artillero (52 goles) de los primeros tiempos del Real Zaragoza; Chaves, el máximo goleador zaragocista en segunda división -41 tantos- más 3, en primera. Una lesión, mal tratada y peor llevada, le hizo retirarse prematuramente aunque se convirtió en uno de los más agudos secretarios técnicos que ha tenido el club. Ocampos «Cara Rota», el paraguayo que tantas batallas épicas libró con los defensas más duros del campeonato. David Villa, un jugador fenomenal que en dos temporadas consiguió 40 goles y que, todavía muy joven, se ha convertido en el mejor delantero español del presente; Duca, brasileño de gran clase del que recuerdo, en uno de los primeros partidos que televisaron al Zaragoza, una justiciera patada en el culo nada menos que a Di Stéfano y en el Bernabéu. O Planas II, un medio de gran calidad que consiguió 38 goles, pese a su posición en el campo y a que tuvo que retirarse prematuramente por una lesión. Aragón, Rubén Sosa, García Castany, Diarte, Bello II y Wilson son otros jugadores, que superaron los 35 goles y cuya sola enunciación nos evoca la historia del club en distintas etapas.  

Y, para terminar, una ristra de deseos: Que veamos partidos con muchos tantos, que se recuperen los promedios goleadores de antaño, que un jugador del Zaragoza  vuelva a conseguir el Pichichi de Primera División, que se incorporen los medios tecnológicos al fútbol para que los equipos no estén al albur de los intereses de los poderosos, que se arbitren sistemas, como en la NBA, que permitan mayor igualdad a los contendientes en las diversas competiciones. Que, también como en el baloncesto, se implante el reloj que sólo corra cuando hay juego real para desterrar las pérdidas de tiempo, lesiones simuladas, triquiñuelas y  recursos de pícaro que favorecen a los más marrulleros. Y que todos lo veamos sin olvidarnos de que eso tan bello que llamamos fútbol no es lo más importante de la vida.

Jugador                Goles  – Temporadas*

1-Marcelino:           122                   10

2-«Pichi» Alonso:  120                     5

3- Murillo:               112                     7

4- Pardeza:               98                    11

5- Santos:                  93                      9

6- Poyet:                    80                      7

7- Arrúa:                   77                      6

8- Higuera:               76                      9

9- Valdano:               72                      5

10-Señor:                  69                       8

11-J. M. Villa:           69                      8

12-Amarilla:            67                      4

13-Mariano Uceda:66                     4

14-Canario:              64                      5

15-C. Lapetra:         63                     10

16-Diego Milito:     61                      3

17-Yordi:                  59                      8

18-Ewerthon:         57                      4

19-Esnaider:          54                      3

20-Juanito Ruiz:    52                     7

21-Tomasín Arnanz: 48                4

22-Milosevic:              46                3

23-Ocampos:              46                 5

24-Chaves:                  44                 4

25-Aragón:                  44              10

26-Rubén Sosa:         42                3

27-Duca:                     41                 7

28-David Villa:         40                 2

29-García Castany: 39                 6

30-Planas II:             38                 9

31-Seminario:         37                  2

32-Diarte:                 37                  3

33-Bello II:               36                  3

34-Wilson:               35                 4

*Nota del 2 de septiembre de 2022: De los jugadores actuales del equipo, los máximos goleadores en partidos oficiales son Azón, con 11 goles, en las dos temporadas que ha pertenecido al club, y Zapater con 11 goles en diez temporadas.

Marcelino marcando el gol del triunfo sobre Rusia en la Eurocopa de 1964

Publicado en 75 años de cultura y deporte a las orillas del Ebro, Zaragoza, Centro de Natación Helios, Diputación Provincial de Zaragoza, 2000, pp. 23-53.

Velocipedistas zaragozanos

La historia cultural del deporte español está sin acometer y el vacío bibliográfico es considerable aunque existan estudios parciales. Ni siquiera una voluminosa historia de los espectáculos en España, aparecida recientemente [García Candau, 1999], se refiere al deporte más que superficialmente cuando es obvio que, al menos durante los años veinte, va tomando un protagonismo social cada vez más importante. El español, que se había divertido tradicionalmente en el teatro y los toros, va sustituyendo uno y otros por el cine y los deportes. Antes, el llamado «sport» había sido un fenómeno tirando a pintoresco, que se miraba con la desconfianza propia de un país históricamente reticente hacia lo que venía de fuera. El hecho de que lo introdujera la aristocracia, así como la dedicación de Alfonso XIII a las disciplinas hípicas y automovilísticas, matizó un tanto ese rechazo. Como deporte de masas, hay que esperar a la tercera década del siglo en la que el fútbol toma carta de naturaleza y el boxeo va adquiriendo fuerza. En España, sobre todo, a partir de la aparición de Paulino Uzcudun. Los nacientes totalitarismos harán también del deporte seña de identidad , como se demostrará espectacularmente en la Olimpiada de Berlín. La gimnasia, ya cultivada por los institucionalistas, tomará ahora los rasgos de una juventud que se quiere sana, disciplinada y pujante. Será precisamente, esta actividad una de las escasas modalidades deportivas reivindicadas por el falangismo, pero ello tropezará con los morbos eclesiales que no sólo ven pecaminosos los atuendos necesarios sino la dedicación de la mujer a tales despliegues físicos. Esta concepción durará mucho tiempo y hasta no hace tanto hemos podido oír argumentos que nos trataban de demostrar lo perjudicial que podían resultar para el desarrollo biológico de la futura madre y ama de casa.

Sin embargo, no podía decirse que el deporte fuera una novedad total. Desde los juegos en honor de Patroclo en La Ilíada pasando por los juegos de los feacios en que participa Ulises, hasta llegar a los cantos olímpicos de Píndaro, el mundo griego, ejemplo secular para la cultura occidental, está lleno de referencias deportivas en lo literario (Sófocles), en lo histórico (Jenofonte) y hasta en los filosófico . En el mundo latino, Virgilio, Horacio, Juvenal, Suetonio o Plutarco aluden a los deportes en su obra y ni siquiera están ausentes en el sombrío período godo . Alfonso el Sabio y Raimundo Lulio se refieren a juegos en su obra e, igualmente, Nebrija, Castiglione, Luis Vives, Rabelais o San Ignacio de Loyola en el Renacimiento. José Hesse [1967], publicó una completa antología sobre el deporte en los siglos de oro y en el de las luces tampoco faltan referencias . Es cierto que hay que llegar a mediados del siglo XIX y al ámbito anglosajón para que el deporte empiece a ser considerado como una actividad social y comience a tomar las dimensiones de espectáculo que hoy le son consustanciales.

Una mirada a la hemerografía nos muestra la temprana aparición de prensa deportiva. En el París de 1828 ya se publica el Journal des Haras, dedicado a la hípica y, un año después, en el Nuevo Continente, se registra la aparición de American Turf Register, asímismo en torno al mundo caballar. El semanario Spirit of the Times tuvo una larga vida (1831-1902) y a mediados de siglo tiraba 100.000 ejemplares. Sportsman en Londres (1852), Le Velocipéde Illustré en Francia (1869), Sport Illustrato y Eco dello sport (Italia, 1881) son también pioneros hasta llegar al primer diario deportivo (Le Vélo, 1892). A punto de inaugurarse el siglo L’Auto (1900) organizará el primer «Tour» de Francia y puede considerarse el antecedente de L’Equipe. La Gazzeta dello Sports, todavía en activo, había sido fundada en 1896.

En España, serían los dedicados a la caza, si atendemos a su actual consideración como disciplina deportiva, los pioneros:
El Cazador (Barcelona, 1856) y La Caza (Madrid, 1865-1868). El Colombaire (Valencia, 1866) o El Pedal (Huesca, 1869) son otros pintorescos antecedentes. En 1874 la muy burguesa La Ilustración española y Americana acoge un grabado de las carreras en el College Park. Pero es el semanario El sport español (Barcelona, 1885) el primer periódico especialmente dedicado a los deportes aunque su difusión fuera restringida. La Semana Madrileña (1883), subtitulada Revista de salones, teatro y sport, acogió igualmente la información deportiva. En ella colaboraron López Valdemoro y Carlos Ossorio, probablemente los primeros cronistas deportivos españoles. Es cierto que este periodismo se vertía más hacia la crónica social que hacia la información propiamente dicha. Otras publicaciones se van sumando a la moda naciente: El Velocípedo (1885), La Ilustración Gimnástica (Bilbao, 1886), El Pelotari (Bilbao, 1887), Los Deportes (Barcelona, 1897) o La Crónica del Sport (Madrid, 1893-1896), hermosamente editada y que es la publicación que mejor puede dar una idea de la situación del hecho deportivo en la España finisecular: Hípica y equitación, esgrima, caza, gimnasia, atletismo, box, lawn-tennis, polo, tiro de pichón, velocipedismo, foot-ball, natación, pelotarismo, patinaje, pesca, regatas, tiro… son deportes que aparecen ya en ella, casi siempre referidos a su práctica en el extranjero pero también con abundantes noticias nacionales, prueba de que, como casi siempre ocurre, las cosas suelen tener más años de los que los historiadores les atribuyen .

Otra revista dirigida a un público adinerado, El cardo (1894), la primera que tuvo una sección dedicada al fonógrafo, se lamentaba del poco entusiasmo de los españoles por la práctica deportiva. Sin embargo, desde principios de siglo los diarios tienen secciones de información deportiva y hay ya tres publicaciones que se dedican exclusivamente a ella.

Fuera de la aristocracia, en Madrid, el deporte se empezó a cultivar desde perspectivas regeneracionistas y pedagógicas como cultivo de virtudes morales. En Barcelona tuvo, además, un componente patriótico y en seguida se vinculó con el excursionismo. En 1878 ya hay dos publicaciones dedicadas a esta actividad: El excursionista y Boletín de la Asociación de Excursiones Catalanas.

En el siglo XX hay ya prensa deportiva menos efímera, empezando por Heraldo del sport (1902), dedicado preferentemente al fútbol. No olvidemos que el primer campeonato de Copa se organiza por estas fechas. Gran Vida (Madrid, 1903), revista ilustrada fundada por Vicente de Castro Les, será la de mayor duración pues llegará hasta 1935. España Sportiva (Madrid, 1912-1933), Heraldo Deportivo (Madrid, 1915-1936) también ostentarán larga vida. Los primeros diarios no llegarán hasta los veinte: Excelsior, luego Excelsius (Bilbao, 1924-1937) es una publicación vinculada al PNV, que fue dirigida por Jacinto Miquelarena. El Mundo Deportivo, todavía superviviente, nació como semanario en 1906 y se convirtió en diario en 1929. Gran Sport (Madrid, 1930) duró únicamente dos meses. En los años treinta, aprovechando las innovaciones en las técnicas de impresión, aparecen semanarios en huecograbado como Campeón y As, ambos publicados en Madrid durante el período 1932-1936 y vinculados a Rivadeneyra, y ABC, respectivamente. El primero, que reapareció años más tarde como diario, llegó a tiradas de 150.000 ejemplares . La rentabilidad actual del periodismo deportivo que supera ampliamente en ejemplares vendidos a la prensa convencional tiene, pues, antecedentes más que profusos.

Equitación, aerostación, yachting y juego de polo eran deportes aristocráticos. Gimnasia, esgrima y caza, también practicados por los copetudos, eran compartidos por clases más populares, mientras que el juego de pelota, era el que congregaba más espectadores que, con el tiempo, fueron desplazándose hacia otros espectáculos. El deporte era caro. Los equipamientos, artesanos y de escasa producción, eran comparativamente mucho más onerosos que en el día de hoy. Por otra parte, hacía falta tiempo libre, abundante para ciertas clases en la época, pero no para los hombres jóvenes que debían trabajar en jornadas agotadoras.
Los primeros periodistas deportivos son naturalmente los propios practicantes.

Es sabido que el krausismo con su concepto integral de la cultura física [López Serra, 1998] tuvo una importancia crucial en la imposición del deporte y llevó al menos la gimnasia a sus instituciones. Un personaje de tan variados y tan contradictorios intereses como Ramón y Cajal se opone a los «sports» extranjeros y exóticos porque supone que acabarán con «nuestro carácter racial» e, incluso, aduce que el excesivo desarrollo muscular conduce irremisiblemente a la agresividad y la violencia, amén de disminuir la aptitud para el trabajo intelectual .

En los años veinte los vocablos Deporte y Fútbol desplazarán a los de Sport y Foot-ball sin que cuajase la propuesta de Cavia para denominar «balompié» a esta última actividad. Sobre el fútbol en España sí que existen estudios, aunque generalmente referidos a los equipos importantes en particular y, por tanto, con un tinte más bien triunfalista.

Aparte del Recreativo de Huelva, club decano del fútbol español fundado en 1889, pero que estaba compuesto exclusivamente por jugadores ingleses pertenecientes a los cuadros de las minas de Riotinto, es el Athlétic de Bilbao, también conectado en gran medida a los ingenieros británicos, el primer club con un funcionamiento regular . Además, obtiene el primer campeonato de España en 1902. Hacia 1925 hay ya en España 25.000 licencias futbolísticas, mientras que en Francia, con mayor población y, sobre todo, con mucha mayor tradición deportiva, no llegan más allá de 30.000, lo que demuestra como cuajó este deporte en la idiosincrasia hispánica. Prueba de la cada vez mayor importancia que va tomando la práctica futbolística es que un periodista escribe ya en 1924: «Deporte en España es sinónimo de fútbol» .

El Barcelona en 1927 ya contaba con 11.200 socios, mientras el Madrid no llegaba a los 3.000. No se olvide que durante la Dictadura de Primo de Rivera, el fútbol empieza a encarnar en Cataluña valores que tienen que ver con el nacionalismo . El fútbol se está convirtiendo ya en un fenómeno de masas. La fecha de inflexión es sin duda 1920 con la Olimpiada de Amberes en la que España obtiene sorprendentemente el segundo puesto. Es un buen lenitivo para el complejo de inferioridad que atesoraba el español desde la guerra con los Estados Unidos incrementado por la poca brillantez de las campañas africanas. Se acuña entonces la expresión «furia española», que tanto juego dará. Gritos como el de «A mí, Patricio, que los arrollo» no podían sino dar un componente semiépico al juego, que dejaba, tal vez, en segundo término a la preparación técnica y física, pero que identificaba emocionalmente al espectador con los protagonistas. Que el fútbol está ya lejos de juegos aristocráticos lo demuestra no sólo el hecho de la extracción popular de la mayoría de sus practicantes , sino el que los espectadores se comprometan económicamente y hasta físicamente -con una colaboración directa, en ocasiones- en la construcción de estadios. Algo así sucedió en la construcción del campo de Torrero en Zaragoza o en el de Las Corts en Barcelona, que se hizo por suscripción de obligaciones hipotecarias de mil a diez mil pesetas. Los primeros ídolos deportivos van a competir en protagonismo con las figuras de los espectáculos (canción, teatro, toros…). Zamora y Samitier serán los más significativos. Se les dedicarán canciones, las revistas recabarán su opinión en cualquier clase de asuntos y su figura empezará a contar en la iconografía cotidiana del país. Ello depara la profesionalización de la práctica del deporte lo que implica un fenómeno nuevo que lleva ya a la adquisición de jugadores foráneos. Ejemplo prototípico es el de Platko, portero húngaro del Barcelona al que Alberti dedicó un famoso poema recogido en Cal y canto. El poeta asistió a la final de copa de 1928 celebrada en El Sardinero el 20 de mayo de 1928 entre el Barcelona y el Santander. En una arriesgada salida ante el delantero Cholín, éste golpeó involuntariamente la cabeza de Platko y hubo de retirarse sangrando. Fue sustituido por Arocha pero a los pocos minutos del inicio de la segunda parte -entonces la reglamentación lo permitía- reapareció Platko con la cabeza vendada. Alberti estaba invitado por Cossío para pasar unos días en su casona de Tudanca y no cabe duda de que el fútbol constituía para quienes luego llevarían el 27 a cuestas una disciplina moderna y atractiva. Consta que Cossío y Alberti, acompañados nada menos que por Gardel, que también se encontraba por allí y que tenía gran amistad con Samitier, estuvieron tras el partido visitando a estos dos jugadores, ya que ambos habían quedado lesionados. Como es sabido, la generación del 27, como heredera del vanguardismo en España , que tanta atención había prestado a lo deportivo, recogerá abundantemente en su obra esa inclinación .

El boxeo también llega a España con mucho retraso pero prende con fuerza especialmente a partir de la aparición de Paulino Uzcudun. «¡Más fuerte que Paulino!» se convierte en una expresión cotidiana. Como deporte individual recogerá también sentimientos nacionalistas como ocurrió con la gesta del Plus Ultra, que disparó la afición por la aviación. El ciclismo, ya con muchos años de historia se popularizará sobre todo a partir de los años 30. En el Tour de Francia de 1929 Cardona habia sido cuarto y en el de 1933, Vicente Trueba finalizó en sexta posición. Ricardo Montero, primer español que participa en una prueba mundial, queda sexto en el Campeonato del mundo celebrado en Lieja.

La llegada de la República favoreció la práctica del Excursionismo y el Naturismo, ya con larga tradición, especialmente en Cataluña y en los círculos anarquistas. Las ideas eugenésicas habían recorrido un largo camino hasta llegar a ésta, su época de esplendor. Feminismo, liberación sexual , pasión por la naturaleza y la vida al aire libre , culto a la higiene se congregaban en la pasión por estas prácticas. Es ilustrativo el subtítulo del libro de Ramón Navarro Serret, Baños de aire, de Luz de Sol y de Mar publicado en 1934: «El testimonio español de la reivindicación obrera de las vacaciones pagadas y el disfrute igualitario de la naturaleza, expuesto por el radiólogo jefe del ‘Hospital Obrero’ de Madrid». El nombre impuesto al club Helios no es, desde luego, ajeno a estas tendencias.

EL DEPORTE EN ZARAGOZA

Deportes acuáticos

Antecedentes inmediatos de los mismos fueron las Casas de Baños de larga tradición en la ciudad de los tres ríos. En 1823 se reedificaron los llamados Baños Viejos en el Salón de Santa Engracia con veintiséis tinas forradas de plomo. En 1839 existían también los Baños del Huerva, cerca de la Puerta Quemada, al final de la calle Heroísmo con veinticuatro cuartos de baño. Un baño con ropa costaba 3 reales. Nueve baños, 24. Sin ropa, 2’17 y 18 reales, respectivamente. En 1850 (Paseo de la Independencia, 26) estuvo la Casa de Baños La Moderna, llamada «Baños de Zacarías» por el nombre de su propietario, Daniel Zacarías Iñigo. Persistieron hasta cerca de 1910 con el nombre de «Baños Casa Escolá». Los Baños de Marraco, en el solar del actual cine Goya, con treinta y cinco cuartos de baño fueron inaugurados en 1856. Se transformaron a primeros de siglo en el cine Farrusini. Unos nuevos Baños de agua corriente del Huerva, con una barraca para cada sexo se abrieron en sus inmediaciones. Un baño costaba un real y diecisiete maravedíes, nueve baños, 10 reales con ropa y 1 y 7 reales sin ropa que consistía en calzoncillos y bata. El Ayuntamiento abrió en 1910 los Baños del Ebro junto al foso de la Puerta de la Tripería, que propiciaron las primeras competiciones de natación, aunque haya noticia de ellas ya desde 1904 . A partir de 1910 empezaron a llegar las bañeras a las casas particulares. La primera se puso en la Fonda Europa. La gente, por supuesto se bañaba también en el Gállego, en el lavadero de la «señá» Benita de la calle Miguel Servet, que cobraba una perra gorda, lo mismo que se cobraba en el baño que en el Huerva había cerca del Velódromo. El lavadero de la «señá» Benita, al que acudían los señoritos, puede considerarse el antecedente inmediato de las piscinas.

La primera se inaugura en el campo de fútbol de Torrero en 1924. Helios en 1928, la del «Tenis» en 1936 y en 1939 el Ayuntamiento abre la de El Terminillo (Ciudad Jardín). Rincón de Goya (1946) y Stadium Casablanca (1948) le siguieron hasta llegar a la actual proliferación, que cubre suficientemente las necesidades ciudadanas.

Fútbol
El Fútbol se dio por primera vez en el Campo del Sepulcro. Se improvisaban todas las tardes partidos hasta que en 1903 se constituye la primera sociedad de aficionados, el Zaragoza Foot-Ball Club fundado por el Conde de Sobradiel. El primer partido -a cuatro tantos- del que se tiene noticia se jugó el domingo 13 de diciembre a las dos y media y terminó con pedrea a los «chalados» que se habían aventurado a tal experimento. Es el sino de los pioneros. Por fin, el día de Navidad pudo jugarse un partido reglamentario con gol del Conde de Sobradiel y, en octubre de 1909, se jugó un encuentro amistoso con un equipo pamplonica. Los primeros clubs fueron el Amaya, el Sparta y «el de la perra gorda», así denominado por la cantidad con la que contribuían sus socios. Estos deportistas se entrenaban bajo las órdenes de Pepe Gayarre en un campo de la zona de Hernán Cortés. De ellos salió la Gimnástica -el primer equipo que vistió el maillot «avispa» gualdinegro que luego heredó el Iberia-, cuyos jugadores encontraron ubicación en una explanada próxima al apeadero de la Almozara. Se llegó a enfrentar a la Real Sociedad, sin que pudiera pagarse los gastos a los vascos. Tampoco se pudo pagar el arriendo al propietario del campo que finalmente utilizó las porterías para leña. El Pilar F. C. fue formado poco después con alumnos de los maristas y campo en la calle de los Huertos. En 1916 los alemanes refugiados que habían huido del Camerún tuvieron su equipo lo mismo que los estudiantes vascos. El España (club de señoritos) se fundó entonces mientras que el Iberia ,fundado en 1915, acoge al elemento obrero, especialmente a los trabajadores de Escoriaza. Pronto se convirtió en el club más importante de la región hasta la creación del Real Zaragoza en 1932. Agrupación, Águila, Aragón, Athlétic, Fuenclara y Recreación fueron otros clubs del momento. Del España y del Athlétic salió el Stadium que el 12 de marzo de 1922 inauguró el campo del Arrabal. La Asociación Aragonesa de Cultura Física en la que figuraban Eduardo Aizpúrua, Pedro Cerrada, Luis y Pepe Gayarre, Pascual Irache, José María Muniesa, Julio Pérez Larrosa, Ramón Perrote, Carlos Portolés, Antonio y Jorge Sánchez Candial, entre otros, inauguró durante las fiestas del Pilar de 1921 el Campo de las Delicias con un partido entre el Barcelona y el Madrid, que ganaron los primeros y en el que intervino Santiago Bernabeu.

En 1922, con asistencia de doce clubs (Agrupación Universitaria, Águila, Aragón, Deportiva, Fuenclara, Gimnástica, Huesca, Iberia, Somport de Jaca, Stadium, Universitaria y Zaragoza), se creó la Federación Aragonesa de Fútbol. Pronto se añadieron la S. D. Recreación y el C. D. Español. Una vez establecido el Colegio de Árbitros, la primera temporada oficial fue la de 1922-1923 cuyo título consiguió el Iberia. Ante ello se aceleró la búsqueda de estadio propio y con gran celeridad se construyó el célebre campo de Torrero inaugurado el 7 de octubre de 1923 con el partido Iberia-Osasu que terminó 1-4. En la temporada siguiente se inscribieron otros equipos como el Patria, formado por elementos tradicionalistas, que luego se fusionó con el Aragón. Asimismo, el Fuenclara se integró en el Zaragoza C. D., que había sido fundado en 1921, y estrenó campo en el recién desaparecido «Luna Park», sito en la Torre de Bruil, con un triunfo por 4-0 sobre el pamplonés Lagún Artea. Este equipo se une al Stadium en la temporada siguiente. Vestían de rojo («tomates») y mantenían la consabida rivalidad con los «avispas» del Iberia, alentada por sus respectivas publicaciones, Semana Deportiva y Zaragoza Deportiva. En la temporada 1924-1925 obtuvo el título el Stadium y en las seis siguientes, el Iberia. Empiezan por entonces a aparecer los primeros atisbos de profesionalismo con la contratación del jugador-entrenador Travieso por parte del Zaragoza, que en la temporada 1928-1929 traspasó al Atlético de Madrid al extremo José Luis Costa, que llegaría a presidir la Federación Española de Fútbol. Fichó también al portero borjano Nogués, que más tarde lograría la internacionalidad con el Barcelona.

En 1929 se jugó el primer partido internacional en el campo de Torrero. España ganó 8-1 a los franceses con gran contentor de los descendientes de los damnificados por los Sitios y, suponemos, honda consternación del entonces presidente de la FIFA, Jules Rimet, que asistió al acontecimiento. Sin embargo, a los equipos zaragozanos les iba cada vez peor, deportiva y económicamente. El Zaragoza llegó a ser dado de baja por la Federación a resultas de sus impagos. En vista de todo ello, se acometió la fusión entre el Iberia y el Zaragoza que tuvo carta de naturaleza en marzo de 1932 con José María Gayarre como presidente en funciones -luego daría paso a Felipe Lorente Laventana – y Luis Gayarre como socio número uno. Se había fundado el Real Zaragoza. La primera alineación con el entonces preceptivo 2-3-5, estuvo constituida por Osés; Chomín Chacártegui I, Juanito Chacártegui II; Epelde, Salas, Orcolaga; Rolloso, Zorozúa, Anduiza, Tomás y Almandoz y venció por 4-0 al Valladolid . Gregorio Rolloso marcó el primer gol del club el 20 de marzo de 1932. En la temporada 1935-1936 consiguió el ascenso a Primera División con el equipo de los «alifantes» compuesto por Lerín; Gómez, Alonso; Pelayo, Municha Ortúzar; Ruiz, Tomás, Olivares, Amestoy y Primo. Presidía, a la sazón, el equipo José María Gayarre y el equipo no contaba con entrenador, pues antes de la liguilla de ascenso había dimitido Planas. Con tal fasto, la banda de música estrenó el primer himno que tuvo el equipo: la marcha Zaragoza F. C. con letra del prolífico coplero Angel Abad Tárdez y música del maestro Sapetti. La guerra supuso la interrupción de la actividad del club. El campo de Torrero, incluso llegó a ser bombardeado. Sólo en julio de 1938, las autoridades dieron vía libre a la reanudación del fútbol siendo designado presidente Julio Ariño , que había pertenecido a la directiva de Lorente Laventana.

De cualquier modo, el fútbol en Aragón tuvo un desarrollo menor que en otras regiones españolas. En 1930 la Federación Aragonesa contaba con 25 clubs: Agrupación Deportiva Jaca, Águila de Torrero, Aragón Sport Club, Athlétic Club, Club Deportivo Caspe, Club Deportivo Español, Club Deportivo Gimnástica, Club Deportivo Goya, Club Deportivo Juventud, Club Deportivo Renacimiento, Club Deportivo, Sociedad Deportiva Borja, Club Deportivo Unión Victoria, Club Patria Aragón, Daroca, C. D., Iberia Sport Club, Imperia Olímpico Club, Peña D. Alcañiz F. C., Real Club Deportivo España, Real Zaragoza Club Deportivo, Sociedad Deportiva Turiaso, Sociedad Unión Deportiva, Tauste Fútbol Club, Unión Deportiva Torrero, Venecia Fútbol Club, Zabala Fútbol Club. Sobre un total de 705 la Catalana tenía 210 afiliados, 91 la Vizcaína, 64 la de Centro, 53 la Sur, 42 la Asturiana, 38 la Guipuzcoana, 37 la Murciana, 32 la Valenciana, 27 la Cántabra, 25 la Gallega, 18 la Canaria, 16 la Castellano-Leonesa, 15 la Balear y 12 la Extremeña.

A partir de 1939 las plumas de Miguel Gay, Ángel Castellot, Gasca, Mateo-Linares y la voz de Juan de Torrero se convirtieron en las más populares dando inicio a una época de transición que culminaría con la inauguración de La Romareda el 8 de Noviembre de 1957 y la definitiva consolidación del Real Zaragoza como uno de los equipos más importantes del país

Otros deportes
Dejando a un lado los deportes aragoneses tradicionales, algunos de gran belleza pero lamentablemente en retroceso pese a algún intento aislado, y que han sido estudiados con suficiente exhaustividad por J. A. Adell, Celedonio García, Gracia Vicién y otros tratadistas, me referiré brevemente a los que tuvieron un mayor cultivo en la época de referencia.

El juego de pelota vasca empezó a tomar predicamento a finales del siglo XIX, favorecido por la semiprofesionalización que deparaban las apuestas, ingresos con los que apenas podían contar otros «sports» de la época. El Frontón Zaragozano de la calle Miguel Servet -frente al Matadero- se inauguró en 1895; fue el primero y subsistió durante mucho tiempo. El Trinquete del Carmen (ya con la cancha cerrada) en la Avenida Hernán Cortés y el Trinquete del Paseo de los Plátanos tuvieron vida más efímera. Los más famosos fueron sin duda el Jai Alai -a imitación del pionero donostiarra- que se inauguró en las fiestas del Pilar de 1932, pero al poco se terminó el espectacular Frontón Aragonés, ubicado en un macizo edificio en la calle de Bilbao y fue éste el que acogió el juego, reconvirtiéndose el primero en cine. El local fue requisado durante la guerra con lo que el juego volvió al Jai-Alai y, posteriormente durante una breve temporada, al Frontón Aragonés, que fue derribado. En los años sesenta se dejaron de dar partidos de pelota también en el Jai-Alai y puede decirse que ahí acabó en Zaragoza la historia de un deporte que, por sus características de individualismo, conexión con la tradición y posibilidad de apostar, siempre tuvo seguidores en Aragón.

Otras recintos que acogieron manifestaciones deportivas fueron el Velódromo de los Campos Elíseos, ubicado a la entrada del paseo Sagasta, y el de Iñigo (Paseo de Ruiseñores) en el que también se celebraron concursos hípicos. Hubo tiro al blanco en el Polígono Nacional, sito en el barrio de Venecia. Y, por supuesto, abundantes billares que alcanzaron su época de esplendor en los años cuarenta. Los de los cafés Europa, Suizo, del Chinche y La Unión fueron los más notables. Mucho predicamento en Aragón alcanzaron los vuelos sin motor. En los años treinta el Aero Club organizaba cursos que reunían a muchos aficionados jóvenes.

El ciclismo, llamado en su origen velocipedismo, fue tal vez el deporte moderno que, en sus inicios, más prendió en Aragón. Desde el pionero Manuel Ricol , considerado como el patriarca de esta actividad, hasta el oscense Gregorio Campaña, que destacó como competidor. En 1886 ya se organizan carreras para las fiestas del Pilar y poco después se inaugura el Velódromo. Aún con los lógicos altibajos, y favorecido por la existencia desde 1895 de la Unión Velocipédica Española, la primera estructura deportiva federal que existió en el país, el ciclismo se practicó en Aragón con regular continuidad.

Las federaciones regionales se constituyeron con bastante retraso en Aragón respecto a otras regiones españolas. En 1920 se fundó la Sociedad de Pescadores de Zaragoza y el Real Club Ciclista Zaragozano. En 1921 la Asociación Aragonesa de Cultura Física que dio origen a las de Fútbol (1922) y Atletismo (1923), presidida por José María Vizcaíno.

El atletismo contaba en Aragón con la tradición de las carreras de pollos y Dionisio Carreras , regador natural de Codo, llegó a participar en las Olimpiadas de Amberes y París 1924, donde obtuvo el noveno puesto en la maratón. También destacó Coderque, que en disco se proclamó campeón de España en los primeros campeonatos en que participaron los aragoneses. En los años siguientes la actividad atlética fue muy escasa.

El boxeo fue, como se vio, el deporte que acompañó al fútbol en el reclamo popular a partir de los años veinte. Ino Marco, Luis Soria, Pepe Martín y, sobre todo, Ignacio Ara, pugilista de gran calidad que obtuvo el campeonato de Europa, fueron las figuras más sobresalientes salidas de los rings aragoneses.

Otros deportes como el tiro, la esgrima, la lucha, la hípica, el tenis, el alpinismo, el ajedrez, el automovilismo o el motociclismo tuvieron un carácter más minoritario o circunscrito a ámbitos determinados como el militar, el aristócrata o el universitario .

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