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Suripantas_Gil Blas25-4-1867Se conviene en establecer la fecha del 22 de Septiembre de 1866 como la del origen de las Variedades en España. Tal día se estrena en el Teatro de los Bufos, El Joven Telémaco (pasaje mitológico-lírico-burlesco en dos actos y en verso), del zaragozano Eusebio Blasco[1] y música del alicantino maestro Rogel, que inicia en España el género bufo triunfante anteriormente en París.

En efecto, el teatro de Los Bufos parisinos acogía la representación de una suerte de operetas frívolas muy en consonancia con la sociedad del Segundo Imperio cuyo autor musical más representativo fue Jacobo Offenbach, un judío alemán recriado en París y casado con una española. Músico de inspiración alegre y satírica, desbordada espontaneidad y con evidentes dotes creativas, dio forma definitiva e impuso el can can -aunque ya se conocía[2]– a partir de su obra Barba Azul. Otras obras de éxito, que incluso se siguen representando, son La bella Elena, quizá su obra maestra, con libreto de Meilhac y Halévy, Orfeo en los infiernos, La hija del tambor mayor, Madame Papillon, Bataclán

Los Bufos de París dieron paso a Los Bufos madrileños, compañía dirigida por el famoso actor, pianista, activista político y empresario Francisco Arderíus que, habiendo asistido a los grandes éxitos de Offenbach en la capital del Sena, tomó del famoso actor y empresario Julián Romea, el Teatro de Variedades para convertirlo en el de los Bufos al inaugurar la temporada. Con esa intención propuso a Eusebio Blasco escribir un disparate mitológico a imitación del Orphée aux Enfers offenbachiano con mujeres vistosas y música pegadiza para lo que arriesgó diez mil reales que tenía ahorrados.

Arderius le espetó a un joven Blasco, que empezaba lo que fue una brillante carrera en el periodismo, el teatro y la poesía:

-Si me haces una cosa rara, nueva, estrafalaria, algo asó como Orphée aux Enfers o esas cosas que he visto yo este verano en París, estrenarás la temporada. Pero necesito eso antes de diez días. Si no gusta perderé lo que tengo y tú tendrás la culpa. (Eusebio Blasco, “Prólogo” a El joven Telémaco (refundida en un acto), Madrid, R. Velasco, impr. 1900, p. 5).

El autor la confeccionó en seis días con sus seis noches. Mezcló a las diosas Calipso y Venus con la ninfa Eucaris, el joven Telémaco, su padre, Ulises, el sabio Mentor, el niño Amor y un coro de ninfas, que derivarían en suripantas. De hecho, en la segunda edición de la obra, el autor cambia el complemento de “coro de ninfas” al de “coro de suripantas”. 

El joven Telémaco se estrenó (22-IX-1966) en el teatro Variedades, que pasó a llamarse de “Los Bufos madrileños”, e hizo furor[3] hasta el punto de que Arderíus, que hizo el papel de Telémaco, llegó a poseer teatro propio y, años después, a ser el empresario del Teatro de la Zarzuela. Como sucedió tantas veces en la historia de la literatura española, una obra paródica habría de marcar un hito.

En la escena IX de esta obra, Mentor ordenaba al coro que cantara en griego (macarrónico):

                Suripanta-la-suripanta,

                maca-trunqui-de-somatén;blasco-eusebio003

                sun fáribun, sun fáriben,

                maca-trúpiten-sangasimén.  

                     ¡Eri-sunqui!

                     ¡Maca-trunqui!

                     suripanten…

                     suripen!

                ¡Suripanta la suripanta

                melitónimen-son pen!

La popularidad de este estribillo deparó la extensión del motejo “suripantas” aplicado a las actrices del teatro frívolo[4] y, posteriormente, a las mujeres descocadas. Las razones del éxito hay que buscarlas en la “desvergüenza” vestimental de la que hacían gala las tiples de los “bufos” -mostraban la pantorrilla izquierda- y también en la parodia del griego que el coro femenino acometía, como también se hizo famosa la habanera que entona Telémaco: “Me gustan todas, me gustan todas, me gustan todas ene general,  pero  esa rubia, pero esa rubia me gusta más”. Por cierto, que las dos docenas de coristas se estrenaban con esta obra en el teatro[5]. Hay un bello cuadrito de José Cala y Moya, “Suripanta saliendo de los Bufos”, en el Museo Municipal de Madrid[6].

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                                                                                                        NOTAS

[1] V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/08/20/eusebio-blasco/

    [2]  “En el teatro de la Infantil… se daba una función para hombres solos en la que se bailaba un can can que era la débacle. Por toda indumentaria sacaba la bailarina una camisita tan corta por arriba como por abajo y unas medias polícromas. Tal eran las contorsiones, los movimientos y las actitudes, que el público entero, sin excepción de guardias, rugía como león enjaulado, tomándose precauciones por los posibles asaltos al escenario y para la integridad de la can-cancista“. Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca. Manuel Fernández y González, pp, 248-249. Madrid, 1931.

    [3] El precio de la función no era, en la época, un regalo: oscilaba desde 16 reales la butaca a 4 la general. Sin embargo, la aceptación fue masiva y la compañía de los Bufos tuvo una larga y exitosa trayectoria pese a los denuestos que solían proyectarles críticos y currinches. Arderíus llegó a obsequiar a los espectadores con almanaques para el año entrante.

     [4]Del éxito de la palabra “suripanta” -hoy en desuso- puede dar idea su rápida conversión en adjetivo. Véase por ejemplo el famoso periódico satírico Gil Blas que en su número del 4 de Octubre de 1868 menciona, entre una supuesta relación de objetos abandonados en palacio por Isabel II tras su huida a Francia, “Un reloj, secreto confidente de ideas un sí es no suripantescas”.

     [5]Véase Martínez Olmedilla, Augusto, Op. Cit. pp. 41-42; Villarín, Juan, El Madrid del Cuplé, Madrid, 1990, pp. 23-28; Morayta y Sagrario, Miguel, “El teatro de variedades”, Comedias y Comediantes, año ii, nº 9, Madrid, 1910.

     [6] V. el citado e interesante prólogo de Eusebio Blasco a El joven Telémaco, Madrid, Imp. de R. Velasco, 1900 y su artículo “La suripanta”, recogido en Costumbristas españoles. Tomo II, 2ª ed., Madrid, Aguilar, 1964. También el artículo de Eduardo Huertas Vázquez, “Las suripantas”. El Bosque nº 5. Mayo-Agosto, 1993, Zaragoza, pp. 121-132; la biiografía de Eusebio Blasco de Mariano Faci, Don Eusebio Blasco y Soler, zaragozano,aragonés y pilarista, Ayuntamiento de Zaragoza,  2003, pp. 110-143. También, la nueva edición de la obra por parte de Pedro Villora (Teatro frívolo), publicada en 2007 por la editorial Fundamentos.

(Publicado en Javier Barreiro, Raquel Meller y su tiempo, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 1988, pp. 14-16). Introduzco ahora algunos añadidos y notas.

La fotografía ovalada corresponde a Eusebio Blasco en 1866. Propiedad de la Biblioteca Nacional.

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Arderíus tras sus suripantas

La editorial Olifante acaba de publicar una nueva edición de Los Borbones en pelota, las láminas satírico-pornográficas acerca de Isabel II y su corte, que Valle-Inclán llamara “de los milagros” firmadas por Sem, seudónimo que encubría varios dibujantes de la época entre quienes se encontraban los hermanos Gustavo Adolfo y Valeriano Bécquer. 

Se trata de la cuarta edición, tras las de El Museo Universal (1991), La Compañía Literaria (1996) -hace tiempo agotadas- y la Diputación de Zaragoza (2012). Además de incluir alguna lámina nueva, hasta totalizar 107, incluye una introducción del especialista becqueriano, Jesús Rubio Jiménez, y textos de diversos escritores, coordinados por Manuel Martínez Forega, con glosas, poemas o comentarios de cada una de las acuarelas. Reproduzco el texto de la que me tocó en suerte, la nº 5, titulada

                                                          “Los ejercicios del chal”.

Los Borbones en pelota Los ejercicios del chal

Una de las primeras reflexiones que me suscitó Los Borbones en pelota -cuya primera edición adquirí, fascinado por el descubrimiento, en la Librería Contratiempo, el 26 de junio de 1991- fue la variedad de registros del poeta sevillano. Era el de este álbum uno más que sumar a los muchos por casi todos conocidos y hasta a alguno menos popular como la novela que comenzara en 1855 y que llevaba el inmejorable título, Mal, muy mal, peor. Al parecer, se trataba de una narración realista cuyo protagonista, un músico, moría joven y loco. Lo contó el escritor cubano Ramón Rodríguez Correa, que se inspiró en ella para su Rosas y perros (1871).

 Nada mejor que lo circense para expresar la mirada que preside esta obra. El personaje central y la corte que encabeza son vistos más como patéticos y grotescos que como los criminales, conscientes o inconscientes, que también fueron. El género bufo, de origen francés como gran parte del teatro programado en España durante el siglo XIX, había sido introducido en España por El joven Telémaco (1866), obra escrita por Eusebio Blasco y musicada por José Rogel a instancias del empresario Arderíus. Isabel II, que se exiliaría sólo cuatro años más tarde y que conocería la famosa pieza, fue, sin saberlo ni quererlo, una suripanta más, nombre que se les dio a las coristas de la citada obra por un estribillo en griego macarrónico que en ella se cantaba, palabra que en seguida quedó como una más de las que designaban jocosamente a las mujeres de “vida fácil”.

En la ordenación del álbum, esta acuarela es la primera en que aparecen la reina en el exilio, Carlos Marfori, el amante más constante de Isabel, y el asunto del circo. Exilio, reyes innobles y degenerados, arribistas bien dotados o provistos de alguna gracia especial –la de Marfori, aparte de sus probables habilidades amatorias, era la de preparar espaguetis, que gustaban tanto a la reina como los revolcones- y, sobre todo, el circo nacional, elementos tan infaustamente frecuentes en la vida del país y que, como defensa, algunos españoles, como los hermanos Bécquer, nos hemos querido tomar con humor. Lo que no siempre ha sido posible.

Los Borbones en pelota