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Recojo hoy una interviú a un librero de viejo con puesto en las barracas de Atarazanas, poco antes de que fueran derribadas. El entrevistador es Diego Jiménez de Letang, personaje con el que más de una vez he tropezado en mis rebuscas pero del que apenas he encontrado datos.

Nació en Cartagena (1900) pero pronto llegaría a la Ciudad Condal, donde debió de ganarse la vida como periodista y traductor, puesto que, a partir de 1926, figura como versionista de varias obras de escasa enjundia. Igualmente, publicó novelillas de corte sentimental en colecciones como La Novela de Bolsillo y La Novela Bonita. Más significativo es que llegara a  dirigir la publicación de tango más popular que se editó en España, El tango de moda (1928-1934) , revista en la que muchas veces firmaba el artículo de su segunda página:

 (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/01/14/las-primeras-revistas-dedicadas-al-tango-en-espana/)

En el libro  Barcelona, tercera pàtria del tango, editado en 1990, X. Febres y P. Gabancho aseguran que fue un millonario bohemio quien introdujo a Gardel en los ambientes aristocráticos de la Ciudad Condal, lo que no parece compadecerse mucho con su actividad como traductor y periodista pero estos autores, sin duda, tendrían razones para afirmarlo.

En 1928 figura como Secretario general de Juventud de la Unión Patriótica de Barcelona, de la que al año siguiente es nombrado presidente. Contradictoriamente, en 1931 aparece como editor de una Historia popular de la Revolución francesa y, al año siguiente, de una obra (El fin de una expedición sideral. Viaje a Marte) del filoanarquista Benigno Bejarano. También realizó adaptaciones literarias para niños.

Desconozco su actividad en los años venideros hasta aparecer después de la guerra como redactor de Solidaridad Nacional. En este diario realizó múltiples labores, entre otras, la de crítico cinematográfico. En sus últimos años fue directivo de la Asociación de la Prensa. Fallecido en Barcelona el 23 de julio de 1959, a su entierro asistieron varios cargos políticos, vinculados con el Movimiento Nacional.

Seguro que a algún amante de los libros pueden interesar estas minucias, en las que aparece algún viejo conocido, y que Jiménez de Letang publicó en Solidaridad Nacional el 20 de julio de 1948. 

Libros viejos en Santa Madrona_Años 30

                                                            Barracas en Santa Madrona 

Próxima desaparición de las “barracas” de Atarazanas. – Clientes de antaño, iniciativas y proyectos. – Las pequeñas anécdotas y la pequeña historia

Las barracas parecen más unidas, más avergonzadas que cuando tenían ante sí la enorme mole del Cuartel de las Atarazanas. Ahora casi, casi, pueden contemplar la mar y recibir, a la vejez, la caricia salobre de sus vientos, sentir la emoción del ir y del volver infatigables, cuando para ellas cualquier día, la piqueta marcará su última singladura.

Le pregunto a un librero:

–          ¿Qué hay de los viejos?

–          Quedamos ya muy pocos. Yo, con veinticinco años nada más en el puesto, acaso sea el más antiguo. Herrero murió y murió también Adán. ¿Se acuerda de Adán?

–          ¡Que si me acuerdo! ¡Aquel anciano simple, huraño y bonachón como el primer hombre; abandonado, sucio y churretoso como el más “adán” de todos los “adanes”.

–          Sí; era un Adán en todos los sentidos.

–          ¿Y los nuevos?

–          Magníficas personas. Los libros nuevos trajeron otra clase de libreros en los que usted no encontrará nada pintoresco. Hay dos o tres señoras y un viejo que habla poco y sabe varios idiomas, pero, como quien dice, acaban de llegar. Dé una vuelta por las barracas y verá.

–          Exacto, comento; si me lo permite seguiré esta charla con usted.

–          Encantado; ya me dijo una vez don Augusto Matons que la Prensa debería ocuparse de nosotros. ¡Pero somos tan poca cosa!

Proyectos e iniciativas

–          ¿Van ustedes por la Cámara del Libro?

–          ¡Ya lo creo! Estamos asociados todos lo libreros de lance de Atarazanas e incluso llegamos a iniciar un fondo para el día que nos veamos obligados a desalojar nuestras barracas.

–          ¡Mal día para nosotros también, amigo! ¿Y qué piensan hacer?

–          Iniciativas no faltan. Mire usted; ya le hemos señalado al Ayuntamiento tres lugares de la ciudad donde podríamos trasladar nuestros modestos negocios, adecentándolos, naturalmente.

–          ¿Y son?

–          La plaza que acaba de quedar abierta en la calle de Canuda, cerca del Ateneo.

–          Excelente.

–          La otra plazuela, también nueva, en la esquina de la Avenida de la Puerta del Ángel, frente al cine Paris.

–          Estupendo.

–          Y la Plaza de Castilla.

–          ¡Magnífico! Su feria de libro daría a ese rincón sabor y gracia.

–          Sí, pero no diga nada, porque nosotros no nos hacemos ilusiones. Todos esos lugares están destinados a parques de vehículos….

 La clientela perdida

–          ¿Baja la venta?

–          ¡No me diga! Hoy casi no se vende.

–          ¿Quiénes eran sus mejores clientes?

–          El primero de todos, el Cuartel de Atarazanas. Vendíamos libros a los soldados, a las familias que venían a visitarlos, a las novias y a los amigos. Clientes pequeños pero seguros y diarios.

–          ¿El barrio chino?

–          Ese no compra literatura barata, la vive como puede.

–          ¿Escritores, bibliófilos, periodistas?

–          Antes, antes sí. Pero ahora, ¿qué quiere usted que vengan a buscar en estas barracas?

–          ¿El negocio por los suelos?

–          ¡Y tanto! Es raro hacer una venta mayor de veinte duros. Cuando tenemos algo bueno hay que llevarlo al domicilio del presunto comprador.

–          ¿Recuerda usted alguno de aquellos compradores de antaño?

–          ¡Ya lo creo! Venían muchos: don Santiago Rusiñol, don Enrique Borrás, don José Francés, Mario Aguilar, “Amichatis”, el dibujante Opisso, González Ruano, Luys Santa Marina

Hablemos de Luys

Al decirle que la información era para Solidaridad Nacional al librero, me ruega:

–          ¿Quiere usted que hablemos de Luys?

–          No le gustará.

–          ¡Tanto como le queremos por aquí!

Accedo.

–          ¿Es cliente?

–          Era. Hace ya muchos años. Antes de nuestra guerra. Venía casi cada mañana muy temprano. Miraba y remiraba los libros. Compraba algunos. Pocos, pero buenos y raros. Y baratos. Cada día se le iban en estas barracas siete u ocho pesetas, bien gastadas. Sabía buscar y escoger. Y se iba. Recordaremos siempre aquella desgana suya al marchar, aquella mirada clara y profunda que echaba a todo, diciéndonos que se quedaba entre nosotros, entre los viejos libros que él tanto quiere.

–          ¿Y viene?

–          Ya no. Hace tiempo que no le veo. ¡Claro! Hay muy  buenas librerías de viejo por ahí, en la calle de la Paja, Baños Nuevos…

–          Se varía…

–          Pero él no cambiará nunca, nunca. Ni en sus aficiones, ni en su carácter, ni en sus obras. Somos nosotros los que cambiamos, para nuestra desgracia.

El libro viejo

–          En esta barraca sólo veo libros de lance.

–          Es mi manía. No puedo con el libro nuevo. Cuando me llega alguno sin cortar las hojas, yo mismo las corto antes de ponerlo a la venta.

–          Pues nos priva usted a muchos de un placer.

El librero de viejo sonríe y comenta:

–          Cuando se vende barato uno tiene que guardar para sí algún placer.

–          Es natural.

–          Y este placer, a veces lo pagamos caro. Mire: una vez estuve trabajando en una librería “de nuevo” que tiene mi hermano y siempre le vendía los libros más baratos del precio señalado.

–          Mala cosa.

–          Y tan malo. Al poco tiempo tuve que volver a mi barraca. Aquí vendo los libros como quiero. Porque el libro nuevo nunca vale lo que marca su precio.

–          De acuerdo, amigo.

Y el libro, para que sea libro, tiene que ser viejo y haber corrido por el Mundo.

Anecdotario

–          Para terminar, ¿tiene usted por ahí alguna anécdota?

–          Muchas. A montones. Y casi cada día se me ofrece una. Pero menudas, intrascendentes…

–          ¿Por ejemplo?

–          El caballero – me perdonará que no diga su nombre porque aún vive y viene-, que es magistrado o catedrático, no estoy seguro y que acude a comprar novelitas de aventuras; rápidamente escoge y se las mete en los bolsillos por si algún conocido le descubre.

–          Otra.

–          Una criada gallega vino a pedirme el “Quijote”. Yo le di una edición corriente de Sopena, pero ella me la devolvió airada. “Quiero – dijo -, la grande, la que lleva ilustraciones de Gustavo Doré. Me quedé de piedra.

–          A los pocos días vino a pedirme el Corán de Mahoma.

–          Siga, siga.

–          En cierta ocasión, un soldado de las Atarazanas quería una aritmética y yo le di una del grado elemental. Después de hojearla me la devolvió muy serio. “No me interesa este libro. Esta lleno de números y no lleva ningún mapa».

Mientras hablamos, un obrerillo toma de los estantes un manual para la fabricación de jabones y pregunta su precio.

–          Quince pesetas.

El presunto comprador ofrece:

–          Seis reales.

Y el librero bonachón me mira sonriente:

– ¡Ahí tiene usted la mejor anécdota, que es la anécdota de las viejas barracas de libros de las Atarazanas!

Y los dos sonreímos.

Los aficionados a escuchar tangos de los años treinta, posiblemente recuerden este título, cuyas versiones discográficas más conocidas fueron las de Imperio Argentina, Celia Gámez y Mario Visconti, y que fue repetidamente antologizado, apareció en pliegos de cordel y, prueba de su popularidad, mereció los honores de una parodia, publicada en 1932 en la que fue la más famosa de las revistas tangueras españolas, El tango de moda. (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/01/14/las-primeras-revistas-dedicadas-al-tango-en-espana/

El autor de la letra, Justo Rocha, la escribió hacia 1928 sin pensar en músico alguno. Un amigo se la llevó al maestro Fernando Díaz Giles, que la trasladó al pentagrama. Ambos autores se conocieron después de escribir cada uno su parte y fue Justo Rocha quien se lo ofreció a Imperio Argentina. Cuando ésta iba a incluirlo en su repertorio, se incrementaron sus compromisos cinematográficos y los autores decidieron enviarlo, entretanto, al concurso de la revista cinematográfica norteamericana Cine Mundial. Parece ser que a dicho certamen, celebrado en Nueva York, se presentaron más de cuatrocientas composiciones y “Ayer se la llevaron” recibió un premio consistente en el lanzamiento de la canción y la inclusión del tango en una película, extremo este último que no me consta se concretase. Sí que inmediatamente lo grabaron Spaventa y la Orquesta Zito en Nueva York para la discográfica Brunswick y, en España,  las citadas Imperio Argentina (Parlophon) y Celia Gámez (Odeón), el intérprete argentino Marino (La Voz de su Amo) y Los Bolivios (Columbia). La peor de las versiones que he escuchado: la de Juan Legido con Los Churumbeles de España  (RCA).

El maestro Díaz Giles fue un estimable músico, nacido en Sevilla en 1887 y muerto en Barcelona en 1960, autor de numerosas obras del género lírico entre las que destacan las zarzuelas El cantar del arriero (1930) y El divo (1942), compuesta en homenaje al tenor Miguel Fleta y una de las últimas piezas del género que popularizó una de sus romanzas, “Soy de Aragón”. Díaz Giles, militar de carrera, compuso también el «Himno de Infantería», que los reclutas debíamos cantar machaconamente todos los días en los tristes tiempos del servicio militar obligatorio. En honor de Díaz Giles diré que esa no era, ni mucho menos, la actividad más desagradable de la jornada. Del casi anónimo Justo Rocha sólo conocemos la nada memorable letra de “Ayer se la llevaron”.

                                                                         Justo Rocha

Realmente, los méritos de este tango estriban mucho más en la música que en la letra. Incluso la parodia, firmada por Palitos y el cómico Alady , tiene bastante más sustancia que el texto original. Reproduzco la letra de ambas para que el lector tenga elementos de juicio.

AYER SE LA LLEVARON (tango)

Música de Fernando Díaz Giles-Letra de Justo Rocha

¡Ven, madrecita, ven; yo quiero hablarte,
quiero contarte
que ayer murió mi amor!
¡Ya puedes figurarte, madrecita,
sin mi vidita,
cuál será mi dolor!
¡Tú estas lejos de mí, tu estas ausente;
pero tendrás presente
lo linda que ella fue!…
La amaba con locura; ¡era tan buena!,
capullito de azucena
que nunca olvidaré.
¡Ayer se la llevaron!… Dulcemente,
sólo un reproche mi aflicción lanzó:
me quiso demasiado intensamente,
por eso, lentamente, la dicha la mató.
¡Volví de acompañarla, acongojado!…
Sobre la mesa de su cuarto amado,
la frente entre las manos, apoyé,
y así, toda la noche, llorando me pasé.
¡Ven, muchachita, ven!… Vení a buscarme
y a acompañarme
en mi desolación.
Tú puedes, como nadie, en mi desvelo,
ser mi consuelo…
¡Ten de mí compasión!
¡Yo quiero con tus besos ir curando
la herida que, penando
por ella, desgarré!…
La amaba con locura, ¡era tan buena!,
capullito de azucena
que ya nunca veré

AYER LA VACUNARON (parodia de “Ayer se la llevaron»)

Letra de Palitos y Alady. Música de F. Díaz Giles

Ven, mama suegra, ven
¡No hay quien la aguante!
La muy cargante
me ha dado un sofocón.
Ya puedes figurarte, suegrecita,
qué patadita
tiene en el esternón.

Ya estás lejos de aquí; tu estás ausente;
afortunadamente
pa’tu tranquilidá..
Cualquier cosa le sirve de molestia
¡y no sabes la muy bestia
las tundas que me da!

Ayer la vacunaron… Fieramente
al practicante casi le mordió
y el suero y la lanceta en plena frente,
igual que una demente,
de un golpe le estampó.
Volví de la ofidina, cabriado…
Sobre la venda que le habían liado,
las manos, sin pensarlo, coloqué…
¡y me pegó un tortazo
que me dejó fané!

Ven, mamá suegra, ven. Vení a buscarla
y a amordazarla,
si lo podés lograr.
Y cuando ya la tengás bien sujeta,
con la… serreta
te la debés llevar.

Yo quiero que me tengas en el prado
comiendo bacalado
y sin poder pastar.
Le tengo un miedo loco; ¡es una mula!
¡y que ni disimula
cuando me va a zurrar!

Comunicación Académica nº 1664 a la Academia Porteña del Lunfardo, fechada el 6 de octubre de 2009 y publicada el 17 de febrero de 2010. Se reprodujo también en Tango Reporter nº 169, junio 2010. (Se añaden nuevos datos)

                                                                Fernando Díaz Giles