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La Cochambrosa (1905) es la primera y desconocida obra de Pedro Luis de Gálvez. No se sabía de edición alguna de esta novela hasta que Javier Barreiro la localizó publicada como folletín en el Heraldo de Cádiz a finales de 1905, fechas en las que el malagueño se encontraba preso en la cárcel gaditana, a la espera del juicio por las palabras proferidas contra la monarquía en un mitin republicano celebrado en 1904 en Jerez de la Frontera, que le supondría varios años de penal hasta ser indultado.

La novela tiene un carácter claramente autobiográfico, con abundantes excursos sobre Arte y Estética, ya que la pintura fue la primera gran vocación del escritor, que se relacionó con Pablo Ruiz Picasso, contemporáneo y vecino suyo en Málaga. Es también una muestra del malestar de la época de entresiglos y tiene concomitancias con otras narraciones de su tiempo en las que el protagonista se debate entre la persecución del ideal y la falta de voluntad para la lucha. Finalmente, es un documento desde el interior de la vida bohemia en el Madrid de los últimos años del siglo XIX, con la aparición de personajes tan representativos como Enrique Cornuty y Pedro Barrantes.

Javier Barreiro, ensayista, poeta, narrador y autor de Cruces de bohemia, es uno de los más reconocidos estudiosos de la literatura de entresiglos y ha publicado numerosos artículos y ediciones en torno a obras y escritores de esta época.

Sobre Pedro Luis de Gálvez también puede verse en este blog:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/07/22/pedro-luis-de-galvez/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/07/23/la-prehistoria-de-pedro-luis-de-galvez-en-la-carcel-cronica-y-narracion/

 

 

Buil Pueyo, Fernando Mora003

Aparte del gusto con que siempre leí sus narraciones, Fernando Mora trae a mi memoria unMora, Fernando, Los hombres de presa002 rimero de nombres vinculados a los encuentros con su obra, que han punteado mis últimos lustros con una continuidad casi sorprendente.  La primera de sus novelas que leí fue Los hombres de presa, comprada por 800 pesetas  en la librería de Inocencio Ruiz de la zaragozana calle 4 de agosto. Don Ino, al que tantas cosas tengo que agradecer, desde los ojillos reidores que ponía en cuanto empujaba la puerta -sabedor de que nos íbamos a divertir hablando bien de los tangos, del flamenco, de los anarquistas y, sobre todo, mal de los curas-, hasta los muchos libros que me vendió a precio otras décadas, llegó a ser el decano de los libreros de viejo españoles.

Fui después comprando otras novelas de Mora, cortas y largas, hasta que la casualidad, en forma de otro amigo, Carlos Menéndez de la Cuesta, gran coleccionista de la revista musical y que cuando yo pasaba por Madrid, se mudaba a casa de un amigo para dejarme la suya en  el Paseo de Las Delicias. Él me presentó a Enrique Avilés, autor de la introducción a una breve antología de Mora preparada por él mismo y publicada por el ayuntamiento de Madrid. Era la primera persona con la que pude conversar acerca del novelista.

Fue después la aparición, a principios de los noventa, de Claire-Nicolle Robin, profesora en la universidad de Besançon del Franco-Condado, apasionadísima de la novela corta y a la que enseguida fiché para que escribiera un artículo acerca de Vidal y Planas en la revista El Bosque, con la que tuve el privilegio de hacer lo que me gustaba. Muy apasionada, medio locuela, curiosísima y siempre convencida de sus razones y argumentos , su entusiasmo por todos los personajes del pintoresco mundo de las colecciones de novela corta y su fogosidad investigadora hizo que entrara en relación con una de las hijas del escritor, Raquel Mora, con la tuvimos gratas e ilustrativas conversaciones. Ella nos contó la tristeza de una niña que hubo de conocer  las humillaciones y el fusilamiento sufridos por su padre, un hombre sin relevancia política pero republicano y masón.

En el número 10-11 de la citada revista El Bosque, dedicado a  la España del primer tercio de siglo, publiqué un manuscrito inédito de Fernando Mora acerca de Joaquín Dicenta, al que tanto admiró, y una bibliografía*, únicos y magros méritos que puedo exhibir para componer este prólogo.

Casi todos los personajes que he citado hasta ahora –y les cuadra la connotación positiva Buil Pueyo, Miguel Ángel-Gregorio Pueyoque conlleva el sustantivo- han muerto. Pero he aquí que, hace tres años, me topé con una biografía del librero Pueyo -patrón y alma benéfica de muchos de estos autores de las dos primeras décadas del siglo XX- excelentemente editada, ilustrada amorosamente y con muchas estimulantes noticias acerca de este mundo**. El autor resultó ser un bisnieto del librero-editor con raíces aragonesas, por tanto, sin los orígenes filológicos que solemos tener quienes nos dedicamos a estas cosas y, aunque ya no se le podía considerar un jovencito, éste era su primer libro aunque no lo pareciera. Y era tanto su entusiasmo por este mundo, tan ferviente y constante su pasión investigadora y tan atrayente su simpatía, que enseguida surgió una amistad que, entre muchos bienes, deparó el más dudoso de que prologase este trabajo.

Miguel Ángel Buil Pueyo, también fascinado por este mosaico literario del primer tercio de siglo al que ha dedicado varios textos en diferentes publicaciones, ya se había ocupado del narrador madrileño en un artículo, “Fernando Mora (1878-1936) o el olvido de una libre silueta”, publicado en La Cueva de Zaratustra, una muy interesante revista digital. Ahora amplía dicho estudio con un acercamiento  más extenso al personaje y, sobre todo, con una exhaustiva información bibliográfica, que enriquece sustancialmente la existente y aporta un amplísimo caudal hemerográfico – casi un millar de entradas-  que demuestra fehacientemente como Fernando Mora fue un escritor a tiempo completo, tanto en la vertiente narrativa como en la periodística.

Mora, Fernando 010

Fernando Mora es hoy un autor desconocido excepto para coleccionistas y estudiosos, al Mora, Fernando, El portillo de San Dámaso003que sólo la nostalgia, la curiosidad o la erudición hacen rescatable.  Su mundo, fundamentalmente, el Madrid de las dos primeras décadas del siglo XX, es un espacio y un tiempo perdido, lo mismo que las editoriales y colecciones en las que publicó. Entre 1909 y 1926 sacó a la luz 18 novelas, es decir, a una por año y, entre 1909 y 1932, alrededor de 60 narraciones Mora, Fernando, La cortesana de Vallecascortas más un libro de cuentos, Nieve, y una obra teatral, a despecho de que pueda aparecer alguna otra, en  olvidadas colecciones de novela corta. Es decir, una notable producción que lo convierte en el autor que con más profusión retrató en sus obras el Madrid castizo y barriobajero del primer cuarto del siglo XX y a los personajes que lo poblaban.  Él mismo, aunque vivió en varias ciudades diferentes, con las que en seguida empatizaba, era un característico gato, casi siempre ataviado con su capa española y que, incluso en su lenguaje narrativo, exhibía vicios como el laísmo, propios de la gente de la capital. Mora se alinearía, así, con el elenco de escritores que tomaron Madrid como centro de su obra. Si en teatro, el nombre fundamental fue el de Arniches y en poesía, el de López Silva, en narrativa hubo más competencia: Antonio Casero, Emiliano Ramírez Ángel, Pedro de Répide o un grande como Gómez de la Serna pero, en cuanto al número de obras dedicadas a la capital, ninguno excede al escritor estudiado por Buil Pueyo. 

No es Madrid, sin embargo, el único tema del novelista. Precisamente, en la mentada Los hombres de presa, aparecen unas prácticas bancarias que recuerdan muy de cerca a las que han provocado la última gran crisis económica. Mora conocía bien a los buitres financieros, pues había trabajado muchos años como contable en la sucursal madrileña del Banco delMora, Fernando, La peliculera 011 Río de la Plata. Igualmente atractiva resulta La peliculera, novela en la que Mora demostraba conocer los entresijos del precario mundo cinematográfico español y que parece extraño no haya sido analizada por ningún estudioso, dado el poder de convocatoria de todo lo que tiene que ver con el arte del siglo XX. Aparece, por supuesto, el mundo del teatro y de las varietés, tan habitual en la vida cotidiana del periodo y, por tanto, omnipresente en las narraciones de su tiempo. Pero también las nuevas formas de sociabilidad, como en su visión irónico-crítica del fútbol en ¡Soy del Racing!

La relación podría ser muy larga, dada la profusa producción del narrador, pero, si hay que escoger, Mora sería ante todo el novelista de las calles de Madrid, cuando en ellas ocurrían cosas y no eran un simple lugar de tránsito. Si Pedro  de Répide las descubrió desde el punto de vista erudito, Mora puso a la gente a hablar y pulular por ellas. Las conocía bien, pues fue hombre que gustó de los demás, a los que, con alguna ingenuidad y no poca inocencia, suponía siempre buenos, procuraba ayudar y les tenía fe, como nos recordaba su hija Raquel, que lo tildaba de amable, afectuoso y quijotesco.

El  libro de Miguel Ángel Buil nos acerca al personaje y, sobre todo, nos proporciona instrumentos para penetrar en él con mayor extensión y profundidad. Quienes nos interesamos por esta fascinante España de la Restauración –poco más de medio siglo de acelerada renovación en pugna con una monarquía, un clero y una oligarquía aberrantes- reclamamos a menudo estudios como éste acerca de la multitud de escritores interesantes, cuyas obras se cubren de polvo olvidados en los anaqueles de las bibliotecas, que nos ayudarían a comprender más y mejor la vida cotidiana y la historia cultural de ese tiempo.

*Se recoge aquí, ligeramente ampliada.

** V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/08/01/gregorio-pueyo-el-editor-de-la-bohemia/

                                                           OBRAS DE FERNANDO MORA

NOVELAS

Venus rebelde (De las memorias de Conchita Pinares) (Novela pasional), Madrid, Biblioteca Hispano Americana, Pueyo, 1909.

Los vecinos del héroe (Novela de Madrid), Madrid, Pueyo, 1911.

El patio de Monipodio (Novela de costumbres madrileñas), Madrid, Pueyo, 1912.

El misterio de la Encarna… (Novelas del barrio bajo), Contiene, además, de ésta, que en su anterior edición tituló “La guapa de Cabestreros”, “Muerte y Sepelio de Fernando el Santo”, “En la parada de Antón Martín” y “Por la ronda de Valencia”. Prólogo de Joaquín Dicenta, Imprenta Helénica, Madrid, 1915.

El otro barrio, Madrid, Mateu, 1918.

Los hijos de nadie (Novela del Hospicio), Madrid, Fortanet, 1919.

La Magdalena en el Colonial, Madrid, Biblioteca Hispania, 1920.

En el tejar de Frascuelo, Madrid, Biblioteca Hispania, 1920.

El ansia de ver mundo (Pintorescas andanzas de un monaguillo patriota), Madrid, Biblioteca Patria, 1921.

Los hombres de presa, Madrid, Biblioteca Hispania, s. f. ¿1921? y Sucesores de Rivadeneyra, s. f.

La peliculera, Madrid, Biblioteca Hispania, 1923.

El amor pone cátedra, Madrid, Biblioteca Hispania, 1924.

La maldita carne, Madrid, La Novela de Noche nº 15, 31 de Octubre de 1924. (Ilust. Rivero Gil). 125 páginas.

Los cuervos manchan la nieve, Madrid, Atlántida, 1925.

La cortesana de Vallecas, Madrid, La Novela de Noche nº 30, 15 de Junio de 1925. (Ilust. Baldrich o Varela de Seijas)- 115 pags.

La mujer que se sintió águila, Madrid, La Novela de Noche nº 38, 15 de Octubre de 1925. (Ilust. Baldrich).

Lobos y corderas o a la sombra de Mendizábal, Madrid, La Novela de Noche nº 47, 28 de Febrero de 1926. (Ilust. de Puig),

La necesidad de pecar, Madrid, Atlántida, 1926.

¡Viva el cieno!, Madrid, La Novela de Noche nº 57, 30 de Julio de 1926 (Ilust. Mihura).

Mora, Fernando, ¡Viva el cieno!004

NOVELAS CORTAS

-De telón adentro, (Novela de comediantes), Barcelona, Los Cuentistas nº 11, 1910.

-El portillo de San Dámaso, Madrid, Los Contemporáneos nº 187, 26 de Julio de 1912. (Ilust. de Robledano).

-A orillas del Manzanares, (Novela de lavanderas y chulapas), Madrid, Los Contemporáneos nº209, 27 de diciembre de 1912.

-Por la ronda de Valencia (Novela de una divette que fue corsetera), Madrid, El Cuento Galante nº 7, 22 de enero de 1913.

En la parada de Antón Martín (Novela de un hombre engañado), Cartagena (Murcia), El Cuento Levantino nº 5, 12 de junio de 1913.

-La sibila de Juanelo. (Novela de echadoras de cartas), Madrid, La Novela de Bolsillo nº 14, 1913. (Ilust. de Izquierdo Durán).

-La guapa de Cabestreros (Novela de la Inclusa), Madrid, El Libro Popular nº 28, 15 de Julio de 1913. (Ilust. de Salvador Bartolozzi).

-Muerte y sepelio de Fernando el Santo (Novela de ladrones), Madrid, El Libro Popular nº 3, 20 de Enero de 1914.

Mora, Fernando, Muerte y sepelio de Fernando el Santo008

Puerta del Sol-Fuentecilla o Cómo murió la Charito, (Novela de una famosa cupletista), Madrid, El Cuento Popular, 22 de junio de 1914.Mora, Fernando-Puerta del Sol-Fuentecilla

La plaza de la Cebada (Novela de la fatalidad), Madrid, El Libro Popular nº 27, 7 de Julio de 1914. (Ilust. de Luis Blesa).

Desde la Puerta al Portillo (Novela del Matadero y de la Fábrica de Tabacos), Madrid, Los Contemporáneos nº 294, 7 de Agosto de 1914. (Ilust. de Juan Francés).

El hotel de la Moncloa (Novela de la cárcel), Madrid, La Novela de Bolsillo nº 69. 1914. (Ilust. Robledano). / Madrid, Los Contemporáneos nº 716, 12 de Diciembre de 1922.

La noche del «Juan José», Madrid, La novela de bolsillo nº 78,   1915. (Ilust. de Aguirre)

Yo he besado a la Virgen, Madrid, La Novela de Bolsillo nº 96. 1915. (Ilust. Aguirre)

-Un rincón de la Florida, Valencia, La Novela con Regalo nº 3, 20 de Enero de 1917.

La Cruz del Humilladero, Madrid, Los Contemporáneos nº 452, 24 de Enero de 1917. 12 (Ilust. Varela de Seijas).

Las tres Marías, Madrid, Los Contemporáneos nº 427, 2 de Marzo de 1917.

Todo a 0,65 junto a las novelas cortas de Armando Palacio Valdés, Los puritanos y Los amores de Clotilde, Madrid, Los contemporáneos nº 447, 20 de julio de 1917.

La maja del Buen Retiro, Madrid, Los Contemporáneos nº 492, 6 de Junio de 1918. Portada de Izquierdo de Durán.

El marido de la Cele, Madrid, El Cuento Nuevo nº 7, 2 de Enero   de 1919.

La maestra Sole, Madrid, Los Contemporáneos nº 526, 30 de Enero   de 1919.

-Cómo se roba…, Madrid, El Cuento Nuevo, Rev. Semanal. Tomo II nº 6, 20 de Marzo de 1919.

-Mugre y vino, Madrid, El Cuento Nuevo, Rev. Semanal. Tomo III nº 3, 22 de Mayo de 1919.

-Bolita de añil, Madrid, Los Contemporáneos nº 547, 26 de Junio de 1919.

-El balcón de Pilatos, Madrid, Los Contemporáneos nº 581, 11 de Marzo de 1920.

-El parador de Luciente, Madrid, Los Contemporáneos nº 597, 1 de Julio de 1920.

¡No adjetives, Pepa!, Madrid, Los Contemporáneos nº 629, 10 de Febrero de 1921.

Mora, Fernando, ¡No adjetives, Pepa!005

La corista de punta, Madrid, Los Contemporáneos nº 647. 16 de Junio de 1921.

Un disco del Mochuelo, Madrid, Los Contemporáneos nº 681, 9 de Febrero de 1922.

El chico del funerario, Madrid, Los Contemporáneos nº 694, 11 de Mayo de 1922.

La mocita del collar de cerezas, Madrid, La Novela de Hoy nº 10, 21 de Julio de 1922. (Ilust. A. Sánchez Felipe).

El figón de Paca, la Tartanera, Madrid, La Novela Gráfica nº 5, Agosto, 1922.

La vaqueriza de La Moncloa, Madrid, Los Contemporáneos nº 716, 12 de Octubre de 1922.

La que besaba con los ojos, Madrid, La Novela del Domingo nº 2, 17-XII-1922.

Los hijos no son una propiedad, Madrid, La Novela Semanal nº 82, 3 de Febrero de 1923. (Ilust. Pedrero).

Caco va en tren, Madrid, Los Contemporáneos nº 733, 8 de Febrero de 1923.

Cosas feas de Felipe, el Hermoso, Madrid, La Novela del Domingo nº 13, 4 de marzo de 1923.

La tristeza de sentirse gorda, Madrid, La Novela de Hoy nº 57, 15 de Junio de 1923. (Ilust. M. Ramos).Mora, Fernando, La tristeza de sentirse gorda001

La dulzura de sus besos, Madrid, La Novela Selecta nº 11, s. f. (1923).

¡Soy del «Racing»!, Madrid, La Novela de Hoy nº 75, 19 de Octubre de 1923. (Ilust. Ramos).

La adúltera sin saberlo, Madrid, La Novela de hoy nº 102, 25 de Abril de 1924. (Ilust. Varela de Seijas)

Venus fue a galeras, Madrid, La Novela de Hoy nº 121, 5 de Septiembre de 1924. (Ilust. Varela de Seijas).

Huelga de golfos, Madrid, La Novela de Hoy nº 143, 6 de Febrero de 1925. (Ilust. Varela de Seijas).

La escoria del amor, Madrid, La Novela de hoy nº 159, 29 de mayo de 1925. (Ilust. Puig).

También en el fango hay rosas, Madrid, La Novela de hoy nº 185, 27 de Noviembre de 1925. (Ilust. Picó).

¡Sácate la caretita!, Madrid, Los Contemporáneos nº 890, 11 de febrero de 1926.

El amor no admite leyes, Madrid, La Novela de Hoy nº 210, 21 de Mayo de 1926. (Ilust. Varela de Seijas).

La piel de Paca, Madrid, La Novela de Hoy nº 241, 24 de Diciembre de 1926. (Ilust. Riquer).

La diablo, Madrid, La Novela de Hoy nº 274, 12 de Agosto de 1927. (Ilust. Pomareda).

Judas en la Bombi, Madrid, La Novela de Hoy, 15 de Diciembre de 1927.

Socorro, la Samaritana, Madrid, La Novela de Hoy nº 307, 30 de Marzo de 1928. (Ilust. Vázquez Calleja).

Cómo odian las feas, Madrid, La Novela de Hoy nº 318, 15 de Junio de 1928. (Ilust. Varela de Seijas).

Mora, Fernando, Cómo odian las feas007

…y ellas, morenos, Madrid, La Novela de Hoy nº 323, 20 de Julio de 1928. (Ilust. Quintanilla).

El ferial de las locas, La Novela de Hoy nº 333, 28 de Septiembre   de 1928. (Ilustraciones Pomareda)

El palacio de arena, Los Novelistas nº 82, 3 de Octubre de 1929. (Ilustraciones Orbegozo).

La fotogénica de Villaumbrosa o Igual que besa la Bertini, Madrid, La Novela de Hoy nº 523, 1932.

La guapa de cabestreros y otros relatos, (Contiene, además, “La plaza de la Cebada” y “¡Viva el cieno!”, Ayuntamiento de Madrid,   1987.

Cuentos

Nieve (Cuentos naturalistas), Prólogo de Alberto Insúa, Madrid, Pueyo, 1910.

Obras teatrales

El quinqué de Petronilo (Sainete lírico o Humorada en un acto, en colaboración con Adolfo Sánchez Carrere y música de Manuel Quislant y Modesto Romero estrenada en el Teatro Martín el 24-11-1914) (V. Iglesias Souza)

Obra crítica

Rafael López de Haro y sus obra, Madrid, Pueyo, 1910 (14 pp.).

Opiniones de un lector sobre las novelas de Valcárcel y Martín de Salazar, Madrid, Librería de Pueyo, 1913.

Mora, Fernando, La maldita carne006

Sabio total, magnífico cuentista, hombre de una bondad ingénita aunada a una lucidez insobornable, tuvo la paciencia de honrarme con su amistad y un profuso epistolario. Planteada como cuestionario para mejor precisar las ideas, esta entrevista se publicó eEl Bosque nº 10-11, Monográfico «España, primer tercio de siglo», enero-agosto 1995 , pp. 47-55.

                                                                                                                                                                                                                                                                                      

P: Conservamos miles de testimonios literarios, se pueden consultar muchas de las publicaciones de la época que, por otra parte, no ha sido de las menos afortunadas en interpretaciones y análisis por parte de historiadores y estudiosos, tenemos imágenes fotográficas y cinematográficas, cientos de memorias y testimonios históricos que a él se refieren. ¿Cree usted, sin embargo, que tenemos una imagen fidedigna de la vida española en este período?

R: Sí, existen muchos testimonios y han sido bastante aprovechados. Sin embargo, no creo que conozcamos bien la vida de ese tiempo (por otra parte, cambiante, pues es de amplios límites). Hace mucha falta leer entre renglones de cuanto conocemos. La vida interior de aquella sociedad, creo yo, fue, ante todo, de una pobreza general, llevada muy dignamente, con alegría casi, pero no la encontraremos apenas en esos testimonios existentes. Hay que rever el género chico, algunas novelas secundarias de esas que, por llamarlas de algún modo, las bautizamos como barojianas. Hay que releer la poesía burlesca, abundante y significativa, la vida judicial, la hipocresía religiosa tan pimpante y tan bien vista por la burguesía. El cine fue siempre muy literario (y de mediocre literatura), o muy soñador de riquezas, fachada, vanidad, torpe imitación de lo que se creía europeo (tenga presente que los viajes fuera del territorio nacional pertenecían a una pequeña minoría de adinerados o a los que por una u otra razón desempeñaban excursiones oficiales. La creación del Patronato Nacional de Turismo es prueba de que es cosa en sus comienzos. Sé de alguien que estaba en París al estallar nuestra guerra: cinco días, 500 pesetas, y poquísimos podían hacerlo). Añada usted que la minoría adinerada era bastante inculta, sobre todo en materia de auténtica historia: todavía en 1903 se demolió un humilladero precioso en Madrid, el que da aún nombre a la calle, y era posible la exportación de obras de arte capitales poco menos que a precio de saldo (el Van der Goes de Monforte, Los Grecos de San José de Toledo, etc.).

P: Usted es uno de los mayores conocedores de la lengua popular de la época ¿El reflejo literario de la misma le parece suficiente o pálido? Pese a la inmiscuición en lo popular de tantos de nuestros escritores ¿no le parece que hay registros que han quedado prácticamente fuera de lo literario?

R: Es pregunta de difícil respuesta. Creo que no. Yo recuerdo muy bien la existencia de dos lenguas. Una, la de la calle, la que empleábamos entre amigos, estudiantes, lecturas sucias que se vendían en la puerta de los cines (“¡para entretenerse en los descansos…!”), lengua llena de argot, gitanismos y ruralismos. Todos los madrileños teníamos un pueblo como referencia, venían a vernos los parientes del pueblo, veraneábamos en el pueblo, las cosas buenas de comer eran regalo del pueblo… Y eso estaba en la lengua. Y al lado, otra lengua, la oficial, la que ensayábamos para los exámenes, para recitar las lecciones, la empleada en reuniones y saraos (había aún saraos, en casa de una de las amigas de la pandilla, con la merienda a escote). El escritor partía de la idea de una lengua “superior”, exquisita, para su trabajo, sin acabar de entender que la excelsitud la hacía él, al manejar esa lengua corriente a su manera. Ahí está la base de Ricardo León, y de tantos otros que no llegaron a publicar. Ponga usted ahí la mayor parte de las redacciones escolares, que destilaban miel, pólvora patriótica y necedad. Se tenía santo horror a lo “paleto”, especialmente en Madrid, que se defendía así de su condición lugareña. Esto dificulta, por falso prurito de superioridad, el conocimiento y la valoración de ciertos ritos: el ordeño de las burras de leche en el portal (la leche se empleaba contra la tuberculosis, igual que el caldo de perritos; hacia 1918 o así, con la Guerra grande, se empezaron a vender pastillas de leche de burra, ¿Qué tendrían?); tampoco sabemos los pregones, la lengua de los oficios (deshollinadores, carboneros, floristas, mieleros o meleros, paragüeros, vendedores de teas para encender la lumbre, estereros… Era fiesta nacional el día de poner las esteras en las oficinas públicas). Recuerdo que todavía en 1932-34, se veían por las calles gentes con el traje tradicional, regional, y se entablaban vivas discusiones por reconocer el origen. Era una expedición al desbarre, excepto si eran lagarteranas. ¿Y las cambiantas, que proporcionaban calderilla, noventa céntimos por una peseta…? ¿No ve ahí una prueba de cómo funcionaba la hacienda de muchas familias? ¿Sabía usted que los inmigrantes madrileños se reunían en sitios concretos según el origen, como “naciones” medievales? Los asturianos, por ejemplo, acudían todos los días de fiesta a la Florida, al costado de la ermita. Allí vi yo bailar por vez primera la danza prima, y hasta intenté incorporarme a un coro. Sí, el reflejo literario de aquella sociedad es muy pálido.

P: Uno de los fenómenos más apasionantes de este tiempo lo constituye la convivencia de la España Negra, de la mugre, la brutalidad, la injusticia y la miseria más espeluznante con una inquietud compulsiva por encaramarse al carro de la modernidad que, por otra parte, tiene abundantes reflejos, en las artes, las modas, el espectáculo y la vida cotidiana de, al menos, algunas minorías. En cierta medida, ¿no ha predominado en los intérpretes la atención a la segunda de estas vertientes en detrimento de lo que constituía la realidad de la más amplia mayoría de nuestro pueblo?

R: Esa convivencia se ha dado siempre. Lo insinúan los Avisos de Barrionuevo en el XVII, los hay en el XVIII, se adivinan en los dibujos de Goya. Las depuraciones políticas del XIX fueron un buen caldo para eso, sin barreras precisas. Y en el paso del XIX al XX, los crímenes han sido horrendos, muy “negros”. El del Capitán Sánchez, sin ir más lejos. Llegó a decirse que comió carne de alguna de sus víctimas. Casi nada. O el de la Justa, o el de doña Baldomera. Hace unos años, Calpe comenzó a editar una serie dedicada a estos primores. Bastante bien hecha. Y al lado de esta variante brutal, los hay de la mejor tradición escénica clásica. Próximo a mi casa, en la calle Don Pedro, calle de viejos palacios, quedaba un resto de ese vecindario. Un día, el señor volvió a su casa sin respetar la sana rutina, y se encontró a su mujer en pleno adulterio. Pues igualito que en Los Comendadores de Córdoba: el agraviado despachó a la infiel, a su cómplice, a las criadas, no sé si a algún hijo, y a los animales domésticos pobrecillos, dígame usted qué culpa tendrían de los furores de la señora… Y esto en los años veinte ya, y a un paso del Palacio Real y de la Catedral. Mire, eso de embarcarse para la modernidad es un camelo como la Telefónica (es lo que decíamos para encomiar el tamaño de la cosa, nos parecía que no podía haber en el mundo nada mayor que el rascacielos de la Gran Vía….). Recuerde usted el permanente conflicto de la Infanta Eulalia con la familia real y con su marido… Y más: con el gobierno, cuando tuvo que ir a Cuba, sabiendo ella la realidad y adiestrada por los gobernantes con los prejuicios y la tozudez oficiales… Hoy mismo, ¿cree usted en eso, con lo que estamos viendo? Hablaríamos y no acabaríamos de hablar sobre esta ficción de la modernidad. Esta manía de lo moderno es la que nos ha llevado a creernos que los antibióticos que tomamos los hemos hechos nosotros, los hemos parido; los automóviles que llenan las calles son fruto de nuestro talento, etc. También es de nuestro talento la democracia que vivimos, y ya ve… ¡Un jamón…! Se me olvidaba: dos ejemplos de crimen tradicional y a la moderna: el asalto al expreso de Andalucía y el de la niña Hildegart, a la que quiso su madre modernizar…

P: Parece que la Gran Guerra puede considerarse como un punto de inflexión y que de ella surge en España una actitud distinta mucho más lanzada hacia afuera, hacia la “modernidad” y la deseada o malhadada europeización. ¿Se vivió así en la calle o es sólo una interpretación fácil?

R: Eso es conclusión sacada “después”, al mirar el contexto. Yo he pensado siempre que la extinción de los hábitos decimonónicos tiene en España una fecha: la huelga revolucionaria de 1917, a pesar de la torpe resolución que Alfonso XIII le dio. Sin duda alguna, lleno de miedo ajeno y viejo de sus cortesanos consejeros, que no eran unos genios precisamente. Por ese tiempo es el mayor empuje de la Junta para Ampliación de Estudios, la reorganización de la Justicia, la lucha contra el caciquismo, la penetración las ideas pedagógicas de la Institución en toda la Enseñanza. Y de la concepción de la Universitaria madrileña y de la auténtica autonomía universitaria. Pero la gente seguía viendo la Parada en Palacio, asistía a la promulgación de las bulas por las esquinas y yendo al teatro los más, al cine los menos. La modernidad para la calle fue el metro y los juegos de agua y luz en la Exposición de Barcelona.

P: En Europa, por entonces, se está viviendo, que no hablando, de la “belle époque”, de vanguardias, de psicoanálisis y otras hierbas. Aquí también, pero todo entreverado en una suerte de costumbrismo. Es decir, que conviven Gómez de la Serna con Fernando Mora; Bergson o Keyserling con los romances de ciego, o el crimen de Cuenca con la Residencia de Estudiantes. ¿Era éste un país así de dinámico, así de singular o no era para tanto?

R: Creo que en lo dicho en el apartado anterior va incluido éste. Algún día le contaré cómo hablaban las gentes que representaban a la Residencia, lugar donde los madrileños nos íbamos civilizando (el Ateneo y los cursos libres del Centro de Estudios Históricos o de la Universidad colaboraban en la misericordiosa tarea). Todo lo bueno, lo enormemente bueno que eso representaba era cáscara: por eso se hundió estruendosamente, de golpe y porrazo, con la conmoción de la guerra civil. Después ha venido una seudoliteratura mitificadora, pero tan hueca, que acaba por retumbar de mala manera. ¿No ha notado que en estos años de mirada atrás ha brotado más institucionistas que soldados movilizó Napoleón? ¿Quién recuerda la Exposición surrealista de Canarias, etc.?

P.: La música popular y el teatro constituían por entonces, con los toros, las diversiones más constantes de los españoles. Sin embargo, todo lo que nos queda son referencias y muy pocos se han acercado a dilucidar lo que pudo significar todo ello en el inconsciente colectivo o en la vida diaria de las gentes de la España primisecular. ¿Cuáles serían a su juicio, las tareas investigadoras más urgentes que habría que afrontar en esos terrenos?

R.: Lo de los toros exige un estudio claro, detenido. Habría que destacar el cambio en la personalidad de los toreros, que de puros entes vivos pasan a personas con sensibilidad y hasta con una cultura muy respetable. (Aún podrá usted apreciar, en muchos casos, la dignidad con que habla un torero frente a la insustancialidad del entrevistante. Hay excepciones, claro). Pero algo pasa cuando en estos tiempo de que hablamos los toreros andan revueltos con intelectuales: Ortega, Pérez de Ayala, Valle Inclán… No digamos el caso aparente de Sánchez Mejías… Dicotomía torera: Zuloaga, Vázquez Díaz. Y frente a estos, Solana.

P.: El mundo del periodismo es algo tan vivo, tan difuso, tan efímero que no parece que tengamos un panorama adecuado, una visión conjunta de sus vicisitudes y trascendencia. ¿Se trata de desinterés hacia este género en el que estuvieron todos los que son y muchos más, de una imposibilidad de penetrar en un mundo tan lejano al actual, tan inabarcable y variopinto?

R.: Creo que el periodismo es primordial. Hay libros capitales que han sido artículos de periódico: “Azorín” es paradigmático. Esto produjo una elevación del lenguaje general. Y de la gimnasia mental: caso Unamuno. Pero siempre en dos, tres periódicos (ABC, El Sol, El Liberal. No se ha estudiado con rigor el papel de Los Lunes del Imparcial. Al lado de esto hay una producción nefasta, ignorantona, etc. Hubo críticos muy serios: Gómez de Baquero, Gamero, Ciges.). En fin, eso se ha estudiado muy poco. Una prueba: Fernández Almagro ya vio cuando salió Tirano Banderas la presencia de las crónicas de Indias: la cita, demuestra que sabía bien de qué hablaba.  Bueno, pues años después, nos sale por ahí un sabiete de revista científica que publica lo mismo como un gran hallazgo, del que se deduce su enorme talentosis … Bueno.

P.: Zamora Vicente es el maestro indiscutible en el estudio de la obra maestra nuestro siglo literario, Luces de bohemia, de la que está preparando una reedición muy ampliada. ¿Qué novedades destacan en este nuevo acercamiento?

R.: Tengo todo parado. Hay circunstancias extraliterarias que me condicionan. Desde luego reconsideraré muchos aspectos de la lengua empleada, que voy conociendo mejor.