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(Publicado en Aragón Digital, 15-17 de junio de 2021)

La Zaragoza del pasado siglo amparó algunos personajes que, acogidos a la ya socorrida denominación de “Raros y olvidados”, bien podrían figurar en las filas de esa “inquerida bohemia” que, refiriéndose a sí mismo, citó Rubén en uno de sus tan bellísimos como demoledores “Nocturnos”.

Uno de esos personajes fue Gil Comín Gargallo (1899-1976), vanguardista y revolucionario en la preguerra, angustiado y despavorido durante la guerra y, como tantos, disimulando su pasado en la posguerra. Sin embargo, terminó como crítico literario de El Noticiero, el diario ultraclerical zaragozano, que hubiera parecido su destino más improbable. 

Cuando en 2001 le dediqué uno de los trabajos de mi libro Galería del olvido, aún no había averiguado su imprevisible matrimonio con otra zaragozana a la que entonces casi nadie conocía y pronto congregó la admiración de toda España. Hoy,  Zaragoza ostenta su nombre en, al menos, dos centros de salud, una calle, una sala del Paraninfo y una asociación. Me refiero a la médica libertaria Amparo Poch, sobre la que mi querida Antonina Rodrigo escribió una trabajadísima biografía, que años después amplió, y una antología de sus textos.

En mi libro yo animaba a Antonina, entonces en plena escritura de dicha biografía, para que investigara sobre Gil Comín, ya que me constaba que la joven había mantenido alguna relación con el  poeta. El fruto de sus investigaciones fue la certificación de que Gil y Amparo habían contraído matrimonio civil el 28 de noviembre de 1932. Cosa absolutamente inesperada, pues el dinamismo y la trascendencia social de la científica y fundadora de “Mujeres libres” no casaban con la oscura timidez del aspirante a escritor, aunque, al parecer, sí coincidiesen en su ideología revolucionaria. La unión únicamente duraría año y medio y, según algunos testimonios, tan sólo la primera noche.

Gil Comín, al que todavía pude conocer en sus últimos años, cuando uno oficiaba de joven poeta rebelde entre los desterrados del ya clausurado café Niké, era una viva figura del antesdeayer. Muy pequeño y regordete, aspecto poco aseado, boina calada hasta media frente y gafas de culo de vaso. Pese a mi limitada memoria visual, recuerdo perfectamente su figura bufonesca y patética, que le acarreaba toda clase de chanzas y burlas, incluso de sus contertulios de Niké, y él sobrellevaba con absoluta mansedumbre. Se consideraba pagado si aceptaban su compañía. Es significativo que no se conozcan fotos suyas. Ildefonso Manuel  Gil recordaba que a él le reprochó incluir la suya en uno de sus poemarios.

Sin embargo, Gil Comín fue hombre que podría haber presumido de hitos personales que otros estuvieron lejos de alcanzar: sobrino de Pablo Gargallo, en su adolescencia coincidió como mancebo de botica con Sender, quien reelaboraría su figura en «El mancebo y los héroes», una de las novelas incluidas en Crónica del alba. Después, se licenció en Filosofía y Letras y Bellas Artes –dibujaba muy bien- y se quedó sin terminar Derecho, por una sola asignatura. En Madrid entró en contacto con bohemios y vanguardistas y se le vio por las tertulias de Carrère y de Pombo. González Ruano le prologó en 1924, Trinos, su primer libro y en 1946 lo incluyó en su antología de poetas españoles contemporáneos. En esa década de los 20 Gil Comín escribió en publicaciones francesas e italianas y fue discreto contertulio de Valle-Inclán y Lorca. De vuelta a Zaragoza, siguió colaborando en redacciones periodísticas y revistas como Aragón, Cierzo o Noreste e ingresó en la banca. En 1935 publicó su cuarto poemario, Rémora y evasión, libro vanguardista y de incendiario contenido sociopolítico, que casi nadie leyó pues, al producirse la sublevación, su autor se apresuró a recoger los pocos ejemplares que estaban a la venta, por lo que casi milagrosamente se salvó de represalias, lo que no le ocurrió a su jovencísimo ilustrador, Federico Comps, que fue fusilado. Gil Comín siguió trabajando en el Banco Zaragozano e, incluso, en julio de 1937 consta una donación de 14,55 pesetas al Auxilio Social, institución falangista.

Tras la contienda, Gil fue depurado de la banca, marchó a Madrid para intentar reanudar sin fortuna su carrera literaria y, tras unos años de indigencia, en 1947 tuvo  entrada en El Noticiero, donde se dedicó casi exclusivamente a la crítica literaria. Ya no publicaría  más que dos mínimas entregas poéticas y, malviviendo de sus escasas colaboraciones, murió totalmente olvidado.

Echando la vista atrás, lamento la escasa atención que presté a quien tantas historias pudo haber contado y, por miedo, timidez o bregado en el escarmiento, siempre guardó para sí.

Su ex-libris, dibujado por él mismo

(Publicado en Aragón Digital, 18-19 de diciembre de 2020)

Joven, apuesto, simpático, culto, con don de gentes… Marino Gómez Santos llegó a Madrid desde su Oviedo natal en 1954. Traía su ensayo bio-bibliográfico sobre Clarín y una vocación literaria sin fisuras que lo llevó al Café Gijón –suyo es el primer libro sobre el famoso lugar de encuentro- y a la estrecha amistad con César González Ruano que, en cierto modo, lo prohijó y le facilitó contactos que muy pronto sirvieron para que se convirtiera en el periodista joven más prometedor de  la década. Fue precisamente, César González Ruano en blanco y negro, una biografía que no oculta las vertientes menos presentables del personaje, la última publicación que salió de su pluma. La recibí hace tres semanas y unos días antes había escuchado en el teléfono su tremendo vozarrón. Solía llamarme preguntando por datos de escritores y artistas pero en seguida me soltaba una clase magistral sobre cualquiera de los infinitos plumíferos, artistas, próceres, figurones y figuronas que había tratado. La última fue sobre una poco conocida amante de Alfonso XIII. Si su mujer no lo llamaba para comer, no soltaba la presa. Lo conocí tarde. No me imagino cómo podía ser su energía cuando, en vez de noventa, contaba cuarenta años. 

Con setenta títulos a la espalda, son modélicas sus biografías de Marañón, Severo Ochoa, Grande Covián, la reina Victoria Eugenia… A Raquel Meller la entrevistó y tuvo que salir corriendo. Lo cuenta en sus siempre amenísimas y muy documentadas memorias publicadas en 2002. Escribió también obras sobre los más longevos del 98, a los que también trató. A Azorín, que le superaba en 57 años, llegó hasta a acompañarle al cine, actividad casi diaria en los últimos lustros del “pequeño filósofo”, que llevaba a Baroja a exclamar: “¡Este Azorín a sus años… con lo peligrosa que está la calle!”

Sesenta años en el cogollo cultural del país dan para mucho. Desde luego, para mucho papel. Marino donó en 2014 sus archivos personales, gráficos y sonoros formados por unos 70.000 documentos, a la  Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, que ha creado el Fondo Documental Marino Gómez Santos y generado un blog que actualiza permanentemente y está a disposición de los investigadores. Como él escribió, “España es un país que pierde fácilmente la memoria histórica. Baste el hecho de que se ignore dónde han ido a parar los restos de Velázquez o la cabeza de Goya”.

Marino Gómez Santos parecía haber conocido a todo el mundo y también a sus antecedentes y consecuentes. No lo contó todo, unas veces por señorío y otras porque sus interlocutores no lo merecían. Al día siguiente de la caída que le provocó la muerte –su único problema de salud era que sus piernas ya no aguantaban su corpachón de rinoceronte- estaba citado para una entrevista con TVE. Quizá, en su prisa y levedad, no era el mejor medio de comunicación para albergar la sabiduría quien, se ha dicho, atesoraba la memoria de un país.

Si los periodistas culturales de hoy tuvieran su formación y su pluma, otro gallo nos cantara.

Publicado en Aragón Digital, 16/17-VII-2020.

Hace quince años la Asociación Mariano de Cavia me otorgó su premio por un artículo que publiqué en memoria del periodista aragonés, con motivo del 150 centenario de su nacimiento. No me dieron, en cambio, los diez mil euretes del premio Mariano de Cavia de Periodismo que otorga la empresa editora del ABC, no sé si porque me tienen manía o porque no me presenté. El caso es que desde aquel artículo, hasta ahora que se cumple el centenario de la muerte, no he visto otro que recordara al que fue el periodista más admirado y famoso de la época de intersiglos, que fue también la época de oro de la prensa en España.

Realmente, la suerte póstuma de Cavia no se correspondió con su prestigio en vida. Poco después de su muerte aparecieron tres antologías, Limpia y fija (1922), una selección de sus artículos en torno a temas lingüísticos –fue ejemplar su magisterio en el uso correcto de la lengua-, Chácharas y Notas de Sobaquillo, ambas de 1923.

Nacido en la zaragozana calle de la Manifestación e hijo de un notario, se inició en el periodismo zaragozano, mucho más agresivo e independiente que el que hoy se estila. Aun así, cuando murió su padre, quiso alejarse de una ciudad que no toleraba bien sus invectivas y sátiras. Llegó a Madrid en 1880 y pronto hizo populares los seudónimos de Sobaquillo y Un Chico del Instituto. Al poco, se lo disputaban los diarios más notorios y, tras una temporada en el Heraldo de Madrid, pasó a El Imparcial, donde permaneció casi tres lustros. En poco tiempo, logró un puesto preeminente en el escalafón –»el primero de cuantos hemos escrito en la prensa», dijo Ortega Munilla–, tanto por su cultura e ingenio como por su estilo y personalidad. Admirativamente se comentaba que su estipendio ascendía a una peseta por palabra.

En 1917 fue fichado por el naciente El Sol como cronista de prestigio. El primer artículo de Cavia en el número inaugural (1-XII-1917) fue modélico: un programa del propósito modernizador y europeísta del que llegó a ser mejor diario español de su tiempo. En 1916, había sido elegido académico de la Lengua. El zaragozano arrastraba serios problemas de salud desde 1915, año en el que sufrió una trepanación, y sus dolores fueron en aumento hasta necesitar desplazarse en silla de ruedas. En julio de 1920, se encontraba reposando en el balneario de Alhama de Aragón y un agravamiento hizo que se le transportara al sanatorio del Doctor León, donde falleció a las cuatro de la mañana del día 14. Zaragoza reclamó su cuerpo para darle tierra en el cementerio de Torrero y se le erigió un busto en la plaza de Aragón.

Hombre de ideas avanzadas en lo social, aunque a menudo contradictorio, Cavia,  no quiso ser otra cosa que periodista, como estampó García Mercadal, y pocas veces ha estado tan justificado el remoquete de maestro al que tan frecuentemente se le asociaba. No tuvo otras aspiraciones y ni siquiera llegó a tomar posesión de su sillón en la Academia. Retraído y agresivo, inteligente y temeroso, justiciero y arbitrario, ocultó sus amarguras y no plasmó su intimidad en sus escritos. Con fama de escritor festivo pero fino, dio lugar a panegíricos tan rimbombantes como el de Bonilla Sanmartín: «por su galano estilo y por ser maestro en el bien decir, ocupa lugar preeminente, después de Fígaro, en el periodismo español».

Una de las razones de su popularidad fue su labor como crítico taurino, que comenzó a ejercer en el periódico zaragozano en el que se inició. Con el sobrenombre de Sobaquillo, alcanzó una de las cumbres del género. Utilizó otro de sus seudónimos, Un Chico del Instituto, para sus artículos en torno a la corrección lingüística, en los que sensatez y jactancia se juntaban con cierta superficialidad, seguramente demandada por los lectores de la época. Como se ha dicho arriba, muchos de esos textos, entre censorios y catonescos, en cierto modo antecedentes de los de su paisano Lázaro Carreter, los recogió en Limpia y fija.

Cavia, al contrario que quienes con él fueron los columnistas más admirados y fecundos del siglo XX, González Ruano y Umbral, no escribió libros sino que se limitó a agrupar sus artículos, muchas veces con el mismo título de la sección en la que aparecían en el periódico. Incluso su única obra de creación, Cuentos en guerrilla, reunió textos impresos en El Liberal. No se animó tampoco a juntar sus poesías, que dejó diseminadas por muchas publicaciones. Regeneracionista pero taurino, de inmensa curiosidad y, sin embargo, poco adicto a profundizaciones, artífice de una lengua purista y precisa pero poco ambicioso en su tratamiento, hombre de café pero tirando a huraño, irreligioso pero pilarista, fue una contradicción viva, una inteligencia a la que tocó lidiar con un tiempo y un país que sus escritos ayudan a entender mejor.

V. también: https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/02/24/imagen-de-mariano-de-cavia-1855-1920-en-su-sesquicentenario/

 El 29 de julio se cumplirá medio siglo de la muerte de Raquel Meller. Con tal motivo la Biblioteca Nacional inaugura el día 19 de junio una exposición con el título «El mito trágico de Raquel Meller [vida y arte]». Debo reconocer que me ha llamado la atención que no contaran conmigo para este evento -como se dice ahora hasta el hartazgo-, después de haber dedicado a la artista dos biografías, tres capítulos en sendos libros sobre intérpretes aragoneses, la voz dedicada a ella que figura en el Diccionario biográfico español de la Real Academia de la Historia (V. la nota biográfica colgada en esta misma página: https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/11/01/raquel-meller/), una decena de artículos y, al menos, una docena de conferencias.  Por no hablar del abundante material que durante un cuarto de siglo he recogido sobre ella.  Pero las cosas son como son. Mi patético desquite es colgar aquí las páginas que sobre la extraordinaria artista turiasonense publiqué en Voces de Aragón, Zaragoza, Ibercaja, 2004, pp. 137-145.

  Algún lector recordará que hace algo más de una década publiqué una biografía, hoy agotada, de la artista de Tarazona. No lo cito únicamente por remitir a ella al presunto interesado en conocer más ampliamente la trayectoria artística de la diva turiasonense sino por constatar dos hechos que me parecen ilustrativos.

 Uno. En el proceso de investigación entré en contacto con varias de las personas que habían conocido personalmente a Raquel Meller, cosa que hoy sería mucho más difícil pues casi todos ellos rozaban la ancianidad: amigos, representantes, gentes de teatro, algún familiar lejano… Todos ellos, salvo quizá el periodista Ángel Zúñiga, uno de los hombres más cercanos a la artista en las últimas décadas de su vida, coincidían en algo: era aventurado y complejo remover asuntos personales, quizá alguien podría molestarse, lo mejor era dejar las cosas como estaban… Nadie parecía alentado por el hecho de que un libro, destinado además a dar testimonio de la excelsitud artística de la biografiada, fuera a dejar constancia de su vida, nadie pareció gratificado en su orgullo por el hecho de poder ofrecer su propia versión del contemporáneo más ilustre que había tratado. Más de uno, que se ofreció a colaborar, fue después disuadido por sus familiares o gentes cercanas. En cambio, si convenían en lo dicho, diferían en casi todo al hablar -lo poco que hablaron- del personaje. Doble corolario: lo problemático que es investigar sobre personas en este país, todavía atenazado por miedos casi inquisitoriales, y lo vidriosos que resultan los testimonios orales, ya problemáticos per se, y más cuando se refieren a quien ha frecuentado alguna clase de heterodoxia. A la voluntad de quedar bien y de aparecer como muy próximo al personaje se une la manipulación de la historia o, simplemente, el marco que la psicología del recuerdo ha querido dejar en la memoria de cada cual.

 Dos. Una vez publicada la obra, en diversas ocasiones se han dirigido a mí periodistas, gentes vinculadas a productoras de cine o televisión, programadores culturales, investigadores, curiosos, incluso algún nuevo familiar… Especialmente los primeros solían venir con proyectos de películas, series, programas o exposiciones que, casualmente, casi nunca se han llevado a cabo, si exceptuamos algún documental para la televisión. Aunque en cuestión de proyectos sean muchos más los que no se ejecutan que los que llegan a buen puerto, es chocante que siendo la trayectoria y la vida de Raquel innegablemente atractivos, todo haya quedado en nada. Y, en cuanto a los familiares… no venían a informar sino a ver si yo podía resolverles sus preguntas.

 Por todo esto, y por otras razones que habré de exponer, Raquel Meller sigue siendo un misterio pese a ser probablemente la artista española del siglo XX que en sus años de triunfo obtuvo una mayor repercusión internacional.

                                                        Venta de La Baqueca en las afueras de Tarazona 

¿Nació en la calle de San Atilano o en la Venta de la Baqueca? ¿Su padre era herrero y su madre tenía una tienda o ambos regentaban la Venta que, según testimonios de viejos turiasonenses, no tenía muy buena fama ya que en ella se juntaban artistas y se toleraban actividades cercanas a la prostitución? ¿Tuvo que ver con esto o con alguna prohibición gubernativa la temprana salida de Tarazona por parte de la familia? Fueran las primeras o las segundas las dedicaciones de los esposos no parece que fueran tan poco provechosas como para forzar a la emigración. ¿Qué tienen de cierto los testimonios de algunos riojanos que cuentan que la madre de Raquel, oriunda de Inestrillas, sólo fue a Tarazona para dar a luz y poco después la familia volvió a ese pueblo? ¿Por qué Raquel fue enviada con su tía monja a un convento del sur de Francia? ¿Por qué Raquel no profesó, como hubiera sido lo lógico en una niña que no conocía otra cosa que las paredes del convento y el adoctrinamiento religioso? ¿Tendría algo que ver con su mal carácter? ¿Qué fue de los hermanos de Raquel ya que sólo conocemos la peripecia artística de su bellísima hermana, Tina Meller?

                                                                  Tina Meller, portada en La hoja de parra

¿Cuál era el oficio del padre de Raquel en Barcelona? ¿Qué hay de los primeros años de vida artística de Raquel de los que sabemos tan poco? Parece claro que trabajó en el taller de confección de la calle Tapinería, donde se preparaban trajes para la caterva de artistas de varietés que trabajaban en Barcelona y que la relación con ellas la llevaría a probar en el escenario. Pero, si todos los libros han repetido que su debut fue en 1907 en La Gran Peña, ahora se han encontrado pruebas de que ya actuaba en noviembre de 1906. Tenemos numerosas tarjetas postales de esta época que, por sus atuendos, la muestran como una de las artistas dedicadas a la sicalipsis, camino que luego abandonó. Se dice que cantó La pulga en el teatro de la Encomienda y tenemos libretos subidos de tono de algunas de las obrillas  que interpretó como Dos colegialas… modelo (abril, 1910), con Angelita Easo; Carne ardiente (septiembre, 1910), con su hermana Tina; en 1911, y también con su hermana, La bella Tripita, ¡A… tocar a misa!, El desmiguen… El teatro Madrileño, uno de los lugares en los que actuaron, fue sancionado con la para entonces desorbitada cantidad de 42.000 pesetas… Todo lleva a colegir que Raquel era una de las artistas más descocadas del género y de estas calendas es también su presunta relación con un marinero que la llevaría cambiar su nombre artístico,La Bella Raquel, por el de Raquel Meller, apellido de un ¿marino? ¿alemán? ¿belga? con el que habría intimado. Por estas fechas habría tenido un hijo de un aristócrata aragonés que, al nacer, fue primero ingresado en el hospicio zaragozano y, después, enviado a Alcorisa, donde la historia es conocida. Dicho hijo, el único que ella dio a luz y al que escribió en alguna ocasión, a su vez, tuvo descendientes e incluso parece que fue un par de veces para contemplar la actuación de su madre en Zaragoza. En la primera,  le dio un soponcio de la emoción. En la otra, un tal Barrachina, que lo acompañaba, gritó cuando la artista se encontraba actuando: «¡Aquí tienes a tu hijo!». Raquel se encalabrinó y ya no quiso volver a cantar. Un espeso manto de silencio se ha tendido sobre esta historia…*

Son también sorprendentes las vinculaciones de Raquel con lo judío. A su casual nacimiento en una ciudad con tan importante aljama como Tarazona, se añade la prosapia semítica de su nombre artístico, Raquel, e incluso Meller, que es un apellido no infrecuente en la zona de Tudela, al parecer de origen hebreo y que equivaldría a Melero. Los ascendientes paternos de Miguel Servet, judíos oriundos de la zona, llevaron ese apellido. En cuyo caso habría que descartar al mítico marinero del que se enamoró la joven artista. Una de la primeras películas de Raquel es La tierra prometida, en la que la actriz forma parte de una familia judía con tensiones sentimentales y económicas que acaban favorablemente, con lo que puede tomar el camino de “la tierra prometida”. Financiada por judíos rusos blancos, la película obtuvo el favor del público en una época en la que empezaba a tomar visos preocupantes el antisemitismo. En agradecimiento, los judíos de Tánger recibieron a Raquel, en su visita a dicha ciudad, sembrando de violetas las aguas de la bahía. También Carmen fue financiada por judíos rusos exilados y el fácil acceso de la artista al mercado cinematográfico y del espectáculo en los Estados Unidos, puede que tenga algo que ver con estos datos. El manager, también empresario cinematográfico, que la importó para su gira americana fue el judío Ray Goetz, con el que Raquel acabó por discutir cortando abruptamente en Baltimore dicha gira a principios de 1927. Pese a la ideología derechista de Raquel, muchas veces afirmada con rotundidad por ella, tuvo nulas simpatías por los fascismos alemán e italiano pero también hay que decir que no sentía ninguna afección por Franco. Hasta su médico particular -¿otra casualidad?- se llamaba Isaac Moreno. Menos casual parece su segundo matrimonio con el empresario, también de origen judío, Edmon Sayac. En fin…

                                                                             Cartel de La tierra prometida

Otro misterio constituye su vida amorosa. Salvo lo del hijo secreto, poco sabemos de las trapisondas eróticas de sus principios, que habrían de ser sustanciosas. A partir de su éxito, el orgullo le hace convertirse en una mujer desdeñosa y con fama de inaccesible a la que no se le atribuyen romances aunque sí rendidos adoradores. Es fama que gustaba del hijo de Sorolla pero, probablemente, fue por saberlo desvalido. Gómez Carrillo encarnaba el tipo contrario, con un ego inconmensurable, como el de ella, y un componente paternal tanto por su edad, como por lo que había vivido y por su superioridad cultural. Terminaron por chocar.  En los años siguientes sus intereses afectivos parecen no ir más allá de sus perrillos, que en su vejez sustituirá por la alimentación de los gatos callejeros. Su segundo matrimonio fue estrictamente de interés. González Ruano insinúa una relación amorosa con ella y Marino Gómez Santos en sus memorias nos cuenta un truculento episodio, acontecido ya en la vejez de Raquel, en que ella lo recibe desnuda en un sofá, con lo que el mocito periodista sale corriendo. Pero la turiasonense para entonces ya no estaba muy en sus cabales. Forqué me aseguró que había sido “muy puta”, cosa que dudo.

Para dar respuesta correcta a estas cuestiones, en mi libro traté de elegir las soluciones que parecían más justificadas o tenían mayor apoyo documental pero no puede decirse que lo hiciera convencido. Los primeros biógrafos de la Meller podían haber preguntado a quienes habían compartido con ella su infancia y su juventud y, evidentemente, no lo hicieron. La primera breve biografía de la diva, Raquel Meller. La mujer y la artista. La tonadilla y el cuplé (1914), de Castellví y Varó, por su cercanía a los acontecimientos y la posibilidad de verificar o desmentir por parte de terceras personas los datos allí vertidos, hace pensar que Raquel no se desviaría mucho de la verdad en las afirmaciones recogidas por estos reporteros. Pero también hay que tener en cuenta que, como ocurre con tantos artistas, a la Meller no le faltaba capacidad de fabulación  y, a lo largo de toda su vida, sembró pistas falsas sobre su orígenes, su trayectoria artística y no digamos sobre los aspectos íntimos o personales de su vida. Cada vez decía una cosa distinta a sus numerosos y, generalmente, pésimos entrevistadores. Además, odiaba hablar de sus principios. No sabemos si ese «nunca me ha querido nadie», que tanto repitió, tiene mucho o poco que ver con sus circunstancias familiares. Con su madre siempre mantuvo una relación estrecha.

                                                                       La madre, Isabel López

Sorprendentemente, teniendo en cuenta sus muchos años de primera y, como gustan decir los periodistas de su tiempo, única figura de la canción española, han de pasar cuarenta y dos años hasta la publicación en España de otra biografía sobre Raquel, que, como las siguientes o como unos cuantos cancioneros que incluyen tópicas biografías, se limita a repetir lo dicho en el libro de Castellví  y Varó. Como se ha visto, la artista no había ayudado en sus confesiones. Titulo, por cierto, este de Confesiones, de un irrelevante librito publicado por la artista en 1920, aunque escrito por su entonces reciente marido, el fabulador Gómez Carrillo. Pero los tratadistas, tal vez, obsesionados -en un país tan amante hasta hace unos años de las convenciones y las «buenas formas»- por las turbias resonancias de un género que nació con fama de pecaminoso no quisieron penetrar en el intensísimo morbo que desprende toda la trayectoria de Raquel. Yo también me confieso fracasado en ese extremo. Vayamos, pues, con los datos concretos.

 Francisca Marqués López nace el 9 de marzo de 1888, día de Santa Francisca Romana, de donde le vino el nombre. Hay partida de nacimiento que dice que fue en el número 6 de la hace tiempo derruida calle de San Atilano en el barrio del Cinto de Tarazona. Es bautizada en la iglesia de Santa María Magdalena. La familia hubo de marcharse al pueblo de la madre, Inestrillas y, después, a Tudela y Barcelona. Francisca queda en Tudela, al cuidado de un convento de monjas para pasar luego, reclamada por una hermana de su madre, segunda superiora, al de Santa Clara en Montpellier. Trasladada a Gerona, lleva con ella a su sobrina que, poco adicta a la vida contemplativa, no quiere acompañarla a su próximo destino: las islas Filipinas. Vuelve así con su familia, aposentada en el barrio de Pueblo Seco, junto al entonces explosivo Paralelo.

 La pericia con la aguja, aprendida con las monjas le sirve para ingresar como modistilla en el susodicho taller de confección. En 1906 sabemos que ya está dedicada a las varietés con el nombre de la Bella Raquel. Frecuentará todo tipo de teatrillos, barracas, music-halls y salones en que se desarrollaban estos géneros. La vida de estas artistas tiene bastante que ver con la prostitución de alto copete. Recorrerá el país, actuando muy frecuentemente con su hermana Agustina (Tina Meller). En 1908 estará ya en Madrid cobrando cuarenta pesetas diarias, cuando había empezado con siete. Tres pesetas es lo que venía a cobrar un peón. A menudo el nombre de Raquel tendrá que ver con escandalillos en relación con la sicalipsis, el género ínfimo y el descoque en general, que tanto daba que hablar en la época. Por estas fechas cambiaría su nombre a Raquel Meller, que todo el mundo pronunció desde el principio acentuando la primera sílaba aunque pocas veces se viera el acento ortográfico.

 Poco sabemos del arte en escena de Raquel en esta época; los comentaristas obviaban este género, que consideraban de baja estofa. Todos querían aparecer como cultos espectadores, como mínimo de la comedia, e incluso incitaban frecuentemente a los poderes públicos a ejercer la censura. Las publicaciones que se dedicaban a esta clase de espectáculos solían ser muy poco de fiar y, cuando hablaban bien de alguno, era a cambio de algo. Es decir, publicidad.

 Las cosas cambian en la segunda década del siglo. La del adecentamiento de las variedades. Raquel ya se ha hecho con un sitio en el mundo del espectáculo y a raíz de su actuación en el Arnau, el 16 de septiembre de 1911 se convertirá en la reina del cuplé. No salía de la nada. En el programa de este espectáculo ya se la presenta como “estrella indiscutible en el orbe entero. Única y exclusiva coupletista monologuista que ha obtenido la nota de sobresaliente e inimitable de toda la prensa española”. Sea como fuere, en esta década arrasará en toda España. Empezará a grabar y, lo que es más importante, a vender discos. A lo largo de su carrera sobrepasará los cuatrocientos títulos. Salvo algún excéntrico, nadie le discute su condición de número uno. La perseguirán los compositores, los letristas, los empresarios, los intelectuales, los pintores, generalmente, tan poco intelectuales… Son innumerables los textos panegíricos salidos para ella de la mano de escritores. Casará con uno de los más famosos, Gómez Carrillo, además con fama de irresistible tenorio y peligroso duelista. El demoníaco carácter de la artista dará lugar a su leyenda plagada de anécdotas y demasías, que no es para relatar aquí. Hará cine desde 1919, año en el que filma Los arlequines de seda y oro (La gitana blanca), serial en tres partes dirigido por Ricardo Baños, que los expertos despachan con la típica faena de aliño llamándole “españolada” y así. Seguramente, no la han visto. Créanme, es muy buena. En este 1919 Raquel está en la cresta de la ola, matrimonia con el escritor guatemalteco –que, por cierto, nada tuvo que ver con Mata-Hari- y se dispone a conquistar el mundo.

 ¿Por qué triunfó Raquel de manera tan abrumadora? Fundamentalmente, por sus condiciones de actriz. Su voz, pequeña pero más educada que la  de la inmensa mayoría de sus competidoras, le hubiera bastado para ser de las mejores y hasta incluso la mejor, pero no para explicar su descomunal éxito. Raquel poseía una sensibilidad especial que convertía cada creación en irrepetible. La escenografía, el vestuario, la gestualización, el modo de decir fascinaban a todo tipo de público, como se probó en el periodo de su éxito internacional Lamentablemente, su única película sonora, que nos hubiera permitido apreciar algo de este arte, es ya del tiempo en que se inicia su decadencia.

 Unos días antes de su boda debuta en el Olimpia de París. La violetera y El relicario empiezan su carrera internacional. En Londres y Buenos Aires arrasará, pese a serios problemas de salud. Volverá a España todavía más diva y poseída de sí misma. En estas había adoptado una niña con su marido, del que se divorciará en 1922. Parece ser que ambos se quisieron pero dos personalidades tan fuertes no podían congeniar. Gómez Carrillo, quince años mayor que ella, moriría en 1927. 

 Los nuevos triunfos en París propiciarán su debut en el cine internacional. Durante los veinte será la única española con una importante presencia en la pantalla mundial y rodará películas con gran presupuesto y directores consagrados: Rosa de Flandes -Los oprimidos-  (Henry Roussell, 1922), Violetas imperiales  (Henry Roussell, 1923), La tierra prometida (Henry Roussell, 1924), Ronda de noche (Marcel Silver, 1925), Nocturno (Marcel Silver, 1926), Carmen (Jacques Feyder, 1926), La venenosa (Roger Lion, 1928). En 1932 haría la versión sonora de Violetas imperiales con el mismo director de la primera. Entre finales de 1926 y principios de 1927 rodó para la Fox cuatro cortometrajes, escenificando canciones, que constituyeron el primer cine sonoro en nuestra lengua, si exceptuamos las pruebas que tres años antes hiciera Concha Piquer, pero estas no se llegaron a estrenar comercialmente. Contra lo que se afirma muchas veces, Chaplin, que la admiraba, no llamó a Raquel para Luces de la ciudad sino para que interpretara a Josefina de Behaurnais en la película sobre Napoleón que pensaba filmar. Se habían conocido en 1926 y Charlot, que era hijo de una artista de varietés, se prendó de ella. La aragonesa no pudo aceptar por los contratos que tenía apalabrados. Sin embargo, tanto el personaje femenino como la música que Chaplin eligió para Luces de la ciudad –por la que hubo de indemnizar al compositor Padilla- traen el recuerdo de Raquel, la violetera.

 La actuación de Raquel en el Empire neoyorquino marca la cima de su carrera. Actúa en solitario y percibe mil cien dólares por función. La butaca se vende al exorbitante precio de veinticinco dólares. Su éxito supera al de Chevalier y cualquier otro artista. En su despedida el telón se levantó veintitrés veces y hubo que apagar las luces para que el público abandonara el recinto. La gira de este a oeste del país tuvo los mismos perfiles. En Hollywood alternó con las máximas estrellas y sólo vio interrumpida su gira porque ella misma lo decidió, tras discutir con su empresario. Durante estos años Raquel vive en Francia en los hoteles más suntuosos, pero adquiere un palacio en Versalles y una quinta en Villafranche-sur-mer, un aristocrático lugar al lado de Niza, donde alguna vez la visitaron sus amigos Alfonso XIII y Gustavo de Suecia. En España compra un chalet en la madrileña Ciudad Lineal y una villa en Barcelona, cerca de La Rabassada. También alquilaba una villa en St. Cloud a la princesa Margarita de Borbón-Parma. Sus residencias estaban decoradas con los más costosos objetos, algunos procedentes de casa reales, como una sillería del Primer Imperio y numerosas obras de arte: Rodin, Carrière, Renoir, Toulouse-Lautrec, Matisse…, aparte de Picasso, Sorolla y los principales pintores españoles. Tenía un piano de laca color crema, que había sido de Mozart. Su popularidad en una época tan profusa en estrellas no tuvo nada que envidiar a la de Sarah Bernhardt, la Mistinguette, la Duse, Isadora Duncan o Josephine Baker. Sin lugar a dudas ningún cantante popular español del siglo XX llegó a su fama internacional. El público se agolpaba formando filas para verla. Sonaba El relicario en cualquier restaurante o lugar público al que se aventurara. En Francia y en Estados Unidos llegó a tener trayectos ferroviarios libres, cuando viajaba con su tren particular en el que figuraban tres cocineros: chino francés y americano… En España, ya en los primeros años de su éxito, llegaron a aparecer corbatas, perfumes, trajes, abanicos, medias, sombreros, productos de belleza y otros adminículos, como papel de fumar, con el nombre de Meller. Como dice Ángel Zúñiga: “Gustaba a todos; a las mujeres, a los hombres, a grandes y a chicos; a las clases más encopetadas y a las clases populares sin perder su enorme distinción”. Pero la lista de elogios de unos y otros sería interminable.

 Los años treinta llegan con Raquel en pleno éxito parisino. Aunque las modas vayan por otro lado, su prestigio máximo sobrevivirá hasta la guerra civil, que la encuentra en su casa de Villefranche. En 1937 todavía es la estrella del Casino de París pero en su viaje a Buenos Aires a fin de año ya no es recibida como la primera vez. Se acercan los cincuenta años pero ella no va a tolerar el dejar de ser la número uno. Aspiración que se convertirá en patética. A su vuelta a España todavía forma con éxito espectáculos propios durante algunos años. Después, va a ser la estrella de las más famosas y suntuosas revistas de los años cuarenta:la Compañía Vienesade Revistas  de los austríacos  Artur Kaps y Franz Joham. Pero ya es un protagonismo nostálgico y sentimental. Por otra parte, la guerra mundial le perjudicará sensiblemente al ser embargadas sus propiedades francesas por deudas con el fisco. Su matrimonio con Edmond Sayac, hombre de negocios muy vinculado al mundo del espectáculo, es una alianza de interés que no prosperará aunque adoptaran un hijo, Jordi Enric, con el que Raquel no se entendería nunca del todo. Los dos hijos adoptados murieron poco después que la artista, cumpliendo el destino siniestro que frecuentemente se atribuye a los descendientes de celebridades. Elena se suicidó y Jordi-Enric falleció en accidente de circulación.

                                                                  Con su hija adoptiva, Elena 

A partir de 1950 la figura de Raquel es ya sólo pasto de reporteros sensacionalistas y sus reapariciones rozan lo patético aunque ella no ha perdido un ápice de su orgullo. Aunque buena parte de su fortuna se había disipado, conservaba joyas, obras de arte y propiedades de sobra para vivir pero vestía modestamente, tenía costumbres de vieja maniática y es posible que presentara algún tipo de deterioro mental.

 El 30 de abril de 1962 ingresa en el hospital dela Cruz Roja, tras una caída y con una dolencia cardiaca. El 26 de julio muere acompañada de su hijo. En las últimas semanas se recibía un promedio de doscientas cincuenta llamadas diarias. El entierro fue multitudinario. Como suele suceder, con su muerte se reavivó el recuerdo de su brillo mundial y periódicos, revistas y radios echaron la casa por la ventana. Los Beatles estaban a punto de convertirse en el fenómeno más importante de la música popular del siglo.

*Sobre este asunto añado los siguientes datos posteriores a la publicación del libro:   El presunto -y digamos ya que falso- hijo de Raquel Meller llamose Ramón Navarro Expósito. Este segundo apellido se lo pusieron en la mili ya que se inscribió con sólo el primero. Según el bisnieto, Joaquín Navarro Pérez, que me visitó, me pidió orientación, se la di, lo acompañé al registro de hospicianos de la Diputación y ya jamás volvió a dar señales de vida, fue hijo del barón de Lalinde, cacique de la zona y emparentado con reyes de España que murió sin hijos cuando la madre estaba embarazada. Las monjas heredaron toda su fortuna. Quienes después lo recogerían en Alcorisa fueron a la Inclusa y les dijeron que no había varones pero que una chica joven estaba a punto de dar a luz y a los dos o tres días lo hizo, llevándoselo con ellos a cambio del habitual estipendio. Criado ya para siempre de esa familia, el abuelo de Joaquín fue papupérrimo y cuentan que se escribió con Raquel hasta la guerra. Ésta le decía que no podría verlo nunca pero que lo conocería por una marca que le había hecho. Efectivamente llevaba un lunar en la espalda con una marca que su mujer tuvo que curarle hasta el fin de sus días. La casa fue bombardeada durante la guerra y desaparecieron las cartas y todas pruebas, si las hubo. La familia estaba en la masada y se salvó. Al poco, llegaron en un coche un militar de alta graduación y dos caballeros muy bien vestidos a preguntar por la suerte de la familia. Una vez enterados, se fueron. Según Joaquín, para la familia, esta situación fue siempre un trauma y lloraban frecuentemente por el asunto.

Parece que fue el hijo fue un par de veces a verla actuar en Zaragoza. En una le dio un soponcio de la emoción. En otra, un tal Barrachina que le acompañaba, gritó: «Aquí tienes a tu hijo». Raquel se cabreó y ya no salió a cantar.

Parece que Ramón tenía un carácter muy apocado. Su nieto sostiene que, de ser de otra manera, por los intereses que había, lo hubiesen ultimado.

Todos estos datos tienen un indesmentible tufillo folletinesco y hay muchas teselas que no cuadran: La partida de defunción del presunto hijo da  el 28-6-1891 como fecha de nacimiento y 22-11-1971, como la de muerte. Sería, así, hijo reprematuro, pues, de una niña de tres años. Según el nieto, se casó allá por el 1919, lo que tampoco coincide. Pero en la fe de bautismo de esa fecha no aparece sino un tal Paulino Navarro Expósito apadrinado por Martina Pablo, funcionaria que sacó de pila a otros muchos. Puesto en contacto este cronista con un prestigioso historiador, experto en la zona de Alcorisa, tampoco consideró el caso como verosímil, Finalmente, María Dolores Calvo Romero, tras una conversación con otro nieto, Jesús Navarro Ferrero, del presunto hijo de Raquel, escribió un artículo titulado con una frase de Cicerón: «La vida de los muertos está depositada en la memoria de los vivos» (s.l., s. f.). En él se  deshace el equívoco: el abuelo, en su ignorancia e inducido por las voces del vulgo,  vivió pensando que era hijo natural de Raquel Meller. En ningún modo fue así: una broma, la mitificación popular, la malevolencia de unos y la falta de información en el mundo rural de aquella época, depararon que la vida de Ramón Navarro fuera un infierno por ese motivo. Pero Raquel no tuvo nada que ver en ello.

Sobre la artista, pueden verse también otras entradas en este blog:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/07/25/cincuentenario-de-raquel-meller/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/10/02/raquel-meller-vista-por-eduardo-zamacois/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2013/02/27/raquel-meller-125-aniversario-sus-peliculas/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/11/01/raquel-meller/