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Bartolozzi-Taberna 1949

(Publicado en la Revista Crisis nº 17, junio 2020, pp. 66-68).

En 1980 la taberna estaba dando sus boqueadas pero en algunas poblaciones españolas se mantenían algunas resistentes que no durarían otra década. Buen amigo de ellas, aproveché mi estancia en mi tan querida ciudad de Calatayud para conocerlas a fondo, al menos, aquellas que merecían más la pena. Aunque por entonces andaba retirado de la escritura, hice una excepción publicando este texto, que, como era de esperar, no gustó a alguno de los mentados. Como todos pasaban de la cincuentena, el tiempo suaviza las aristas y el tono es humorístico, seguramente, nadie se molestará a estas alturas y alguno agradecerá estas informaciones sobre guariches y ambientes desaparecidos.

Taberna es palabra de mala fama, quizá porque quienes han puesto mala fama a las palabras han sido gentes amantes de etiquetas, catálogos e hipocresías seculares. El diccionario –más imparcial- nos la define simplemente como “tienda o casa pública donde se vende al por menor, vino y otras bebidas espirituosas”. Si además acudimos a la etimología, vemos que el vocablo ha dado origen a palabras tan elegantes y prestigiosas como tabernáculo o contubernio, con lo que mejor será quedarnos en un término medio y desproveer al vocablo tanto de sus connotaciones positivas –que para más de cinco las tiene- como de las peyorativas.

Texto publicado en la revista Jalón, mayo de 1980.

Hoy, el significado que da el diccionario de “taberna” anda un tanto restringido. Designa, sí, uno de los lugares donde se despachan bebidas al público pero, además, asociamos taberna, y también tasca, con un local de cierta antigüedad y con un nivel económico y social tirando a bajo por parte de dueños y parroquianos y una determinada manera de entender la convivencia muy distinta de la del bar, cafetería, pub, whiskería o discoteca.

Este es el criterio que hemos seguido a la hora de visitar las tabernas de Calatayud, a lo que nos ha movido tanto la afición como el deseo de dejar constancia de unos recintos que pronto serán sólo recuerdo. Efectivamente, muchas son las que por emigración, jubilación, muerte de sus dueños o escasa rentabilidad han desaparecido o están a punto de desaparecer, eso sin contar con la rápida modificación de las formas de vida. Haremos, pues, crónica de estos últimos reductos donde se ubican los santuarios donde se bebe mejor y más barato, se intima más fácilmente y donde, si te da por arrancarte con unas jotas, no sólo no te silencian o te miran como si fueses loco sino que el personal anima y jalea al audaz coplero.

A la puerta de la taberna

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Si usted viene de Soria, junto a la Puerta de Zaragoza se tropezará, y podrá así reponer energías, con la Tasca del Piojo, de rancia solera, donde, si antes no le aborrece la poca sustancia del dueño, disfrutará de un estimable vino, un jacarandoso revuelto, una llameante cazalla o –si se priva por los sólidos- dará buena cuenta de sus acezantes pepinillos en vinagre.

Penetrando por la susodicha puerta y casi en línea recta, llegamos a la Plaza del Mercado. A su lado, en el número 1 de la calle Gotor, aparece el Bar Valladolid. No deje de introducirse. Encontrará allí la fauna tabernaria más sugestiva: Paco el barrendero, Tomé el vendimiador, La Piojo-loco, de concurrida vida marginal, loteros, serenos, timbistas, pastores… y al dueño, Luis, también de borrascosa historia: ex-luchador, ex-boxeador, capo del barrio chino barcelonés en otros tiempos, pintor, experto en ovnis, repartidor en sus horas libres y, sobre todo, poseedor de una humanidad desbordante, lo mismo que su mujer, María, que, como buena almeriense, le da a la rumba y al tango flamencos en sus vertientes de canto y baile. La tasca fue fonda en otra época y, lamentablemente, ahora Luis ha decidido modernizarla. De lo que resultará no juzgamos, de lo que ha sido, sí, y muy favorablemente. El único problema proviene de la cercana ubicación de la guardia municipal que, de vez y cuando y si los siervos de Baco se exceden en su euforia o potencial fónico, obsequia con su nocturnal visita.

Si pasamos a la Rúa –que los bilbilitanos siempre nombraron Ruga-, en el número 76 encontramos una puerta verde sin rotulación que da acceso a un cubículo de 5×3 metros en el que se arremolinan los dueños, su hijo, el frigorífico, las cajas de bebida, los bancos, el mostrador, el servicio y los que allí gustan de entrar. Desde las seis y media de la mañana puede paladear sus productos y especialidades. Los clientes son, tradicionalmente, de la cáscara amarga, rojos o progresistas, que se dice ahora, lo que, desde luego, desmiente su aspecto. El ambiente –no hay mesas, no caben- suele ser grato y de francachela declarada.

No así en el Siboney, en la misma Ruga y un poco más abajo, donde la simpatía brilla por su ausencia. Lo más interesante hemos de buscarlo en la decoración e historia del recinto. Todavía se mantiene el aspecto mudéjar que tenía este antiguo café-cantante en el que las piculinas enervaban a las recias gentes del Jalón y del Jiloca. ¿Por qué no reavivarlo? Quizá así se desmustien un poco camareros y frecuentadores.

Si los copazos se lo permiten, puede dirigirse a la calle de San Antón en el antiguo Postigo de Tenerías, perpendicular a la Ruga y que contiene el mayor número de tabernas abiertas de la ciudad. Son supervivientes del antiguo barrio “maldito”, decadente desde 1956, año en que se suprimieron las casas de hetairas, que con tanta fidelidad retratara Solana en otros lugares similares.

El Bar Fonda Martín conserva la estructura, precios y parroquianos de la típica taberna pero la televisión en color le quita algo de recogimiento. Como su título indica, ejerce también de fonda y casa de comidas de apreciable economía.

Casi enfrente tenemos el Forniés, maravilloso antro donde la edad media de sus frecuentadores no bajará de 75. Si pide un café, verá en funcionamiento el antediluviano artefacto que se toma su tiempo para obsequiarnos finalmente con un recuelo por 14 pesetas. Cualquier otra consumición no pondrá en peligro su equilibrio financiero.

Casi al lado, aparece el figón del señor Aurelio, zamorano, apodado Patas Cortas, aunque el título rece Casa Garrido. Aparte de sardinas y buen vino a 6 pesetas, podrá encontrar la típica fauna enólatra entre la que destaca Justo Perales, también ex-barrendero, que le hará saber que gana más de jubilado que cuando le daba a la escoba con lo que terminará de arrebatarle las pocas ganas que le quedaban de arrimar el hombro. También puede toparse allí con la flor y nata de la intelectualidad bilbilitana. Desde el polígrafo Pedro Montón, al director del Orfeón, Alfredo Larrea, sin hablar del humanista Ampelio Medina, los científicos José María Franco y Antonio Oliva o el multiforme Javier Barreiro.

Enfrente está La Perla, ya más hostal que taberna, aunque merece la pena acercarse para libar su buen vino e hincar el diente a sus suculentos pinchos de lomo.

Tuerza luego a la izquierda. Dará con la calle del Olvido y, si tiene suerte, franqueará el umbral de La Vasca, que vegeta bajo la égida de sus antiguos propietarios. Este local, sin rótulo, prácticamente la habitación de una casa, es como un recuerdo de los tiempos en que se servía en los domicilios particulares que decidían oficiar de tascas, costumbre que hasta hace poco ha perdurado en Andalucía. Pero ya se dijo que estamos en la calle del Olvido, tan grato para el bebedor y hacia donde se encaminan aquellos tan buenos usos. En La Vasca sólo podrá beber vino pero, también, ganarse unas indulgencias haciendo jaculatorias a cualquier santo elegido entre el enjambre de imaginería  que por allí pulula.

Perdonados así sus excesos, debe atravesar el pueblo y dirigirse a El Volante, frente a la Puerta de Terrer. Además del infaltable fruto de Baco, buenas anchoas en salmuera y, si quiere probar fortuna, participar habrá en la timba que cotidianamente tiene allí su asiento. Hay jugadas de hasta cinco mil pesetas.

Llegado a este punto se acercará, o se hará acercar si su sentido de la orientación comienza a perturbarse, a la estación de ferrocarril. En la curva con la carretera de Daroca se encuentra el Bar Casa Luis. Es fama que su dueño es insensible al dolor físico. Aunque no lo verificamos, sí puede asegurarse que es insensible a la prisa. Usted pida lo que sea –un buen bacalao con rebozo o tortilla de ajo y anchoas para acompañar al habitual lingotazo-, cuando el propietario lo decida se lo acercará diciéndole, eso sí, “Que le aproveche al señor”. El componente de cachondeo es interpretable.

Pida que le crucen la carretera y, junto a la explanada de la estación, hallará el Bar Fonda del Carmen, donde con la ayuda de cualquiera de los baratos y suculentos bocadillos que allí se expiden, cogerá fuerzas para admirar la curiosa calva del dueño (en forma de U) y arrastrarse hasta la tasca de al lado, Los Ángeles, también fonda. Es fácil encontrar allí soldados que esperan el tren y que su mili pase pronto; es fácil que el dueño le cuente que no gana un duro y el ayuntamiento le fríe a impuestos; es fácil que, si le tira de la lengua, diga pestes de las condiciones de otros establecimientos del ramo y es fácil que la tranca que usted lleva a estas alturas sea de no te menees.

No se arredre. Aprovechando la circunstancia de hallarse en la estación y si se considera incapaz de intentar el desplazamiento sin perder la vertical, alquile un taxi y hágase trasladar por la carretera de Daroca hasta las Casas Baratas. A setecientos metros de la estación, se encuentran las dos últimas estaciones, si vale la redundancia. En el Bar Casa Antonio, el vino se hará acompañar de recias guindillas. Si no ha tenido tiempo de informarse de lo que pasa en el mundo, tendrá oportunidad de consultar el Heraldo o La Hoja del lunes, siempre a disposición del cliente, y, aunque tampoco se enterará de nada, podrá al menos decir que ha hecho lo posible.

Repte hasta la tasca de al lado. Es un despacho de vinos en el que también se sirve directamente al público. Se conoce, generalmente, como Tasca del Sordo y su dueño, que no desmiente la popular denominación, se llama Félix. Agradables sorpresas aguardan allí al advenedizo. El vino, muy bueno, a cuatro pesetas. El litro, a treinta y una. Cacahuetes a granel y una parroquia dicharachera, amigable e invitadora. Félix y su mujer son también bellísimas personas que también convidan al mínimo descuido. Como, además, la tertulia que se forma suele ser salerosa, locuaz y pachanguera, es difícil salir de allí sin seis o siete vinos de propina.

Como esta taberna constituye la número 14 de la singladura, si ha hecho todo el recorrido de golpe, puede pasar ya de todo y hasta acercarse a la cercana Wisquería Los Invasores, con servicio femenino, pues su prestigio local y ciudadano ya no habrá quien lo levante. Lo que guste de hacer allí, si es que puede alentar, ya no es materia de una revista tan seria, responsable y moralizante como la nuestra, dirigida fundamentalmente a la formación de la juventud. Como diría el patrón del Bar Casa Luis, El Insensible, “¡Que le aproveche!”.

V. también en este blog: https://javierbarreiro.wordpress.com/2017/11/15/alcohol-y-literatura/

Ternasco de Aguarón

Si ser libre es facultad digna y apreciada, lo es por ser empresa dificultosa y llena de riesgos. Siempre en Francesillo de Zúñiga Crónica escandalosa004Aragón se le dio primacía y nuestros visitantes estimaban esa fe en la libertad, esa arriscada lucha por la independencia de la persona y el juicio que, a veces, hasta podía derivar en insolencia. Don Francesillo de Zúñiga, el bufón bejarano de Carlos I que escribió esa extraordinaria y desopilante Crónica escandalosa, cuenta que, a su paso por Calatayud, el emperador, que visitaba por primera vez Aragón, iba montado a caballo con la boca abierta y el belfo colgante, tanto por el cansancio del viaje como por el acusado prognatismo que padecía. Sin poder contenerse, un rústico que se encontraba entre el gentío que flanqueaba la comitiva le espetó:

  -Cierre vuestra merced la boca, que las moscas de este reino son traviesas.

  No reaccionó mal el augusto personaje sino que ordenó entregar una bolsa de ducados a tan exacto representante de nuestro genio.

  Así, otro de nuestros héroes, Pedro Saputo, que, con misión encargada por el Concejo de su lugar natal, marchó a la Corte para entregar personalmente al rey los tres magníficos higos que una higuera borde, inopinadamente, había generado. Sabido es que, como corresponde al folclore, Saputo se comió dos por el camino y al preguntarle el monarca por ellos: “¡Te los has comido! ¿Y cómo lo has hecho?”, respondió Pedro: “Así”, al tiempo que se zampaba el restante.

  Pero no quedó ahí la libérrima desenvoltura de su lengua. Complacido el rey de esa mezcla de descaro  e inocencia que, por lo sorprendente y exenta de malicia, suele caer bien a quienes nos tratan, en otra ocasión le pidió parecer sobre lo bien provisto de su mesa:

  -…¿habrá algún príncipe en el mundo que, sin traer nada de fuera de sus estados, la tenga tan regalada?

   La hipocresía y la insinceridad están reñidas con el respeto y el afecto que a todos prójimos debemos. Pedro no respondió como diplomático sino como persona de bien y hombre libre:

  -Me parece que no, porque no hay ningún reino en el mundo que produzca tanta variedad de cosas y tan excelentes para el regalo de la vida. Pero faltan muchas, señor, en la mesa de V. M., e yo, siendo lo que son, las tengo cuando quiero mucho más exquisitas o las como, que es lo mismo. Porque vuestra Majestad no come el pan de Huesca ni de Andorra.

  -No.

  -Pues yo sí. V. M. no come el carnero de Monegros.foto

  -No.

  -Pues yo sí. V. M. no come los nabos montañeses y de Mainar ni el cardo ni la escarola de Alcañiz.

  -No

  -Pues yo sí. V. M. no come el queso de Tronchón, el aceite de Fornos, las uvas de Ráfales, las cerezas de Monzón y Torre del Conde, los higos de Maella ni las granadas de Fraga.

  -No.

  -Pues yo sí. V. M. no come la aceituna negra y curada de la Tierra Baja.

  -No. (…) no me has nombrado ningún vino -le dijo el rey.

  -Señor, no faltan muy especiales pero por ahora son mejores los de las provincias de Andalucía, que si mis paisanos los aragoneses no tuviesen el talento de hacer de buenas uvas mal vino, mandara vuesa merced traer de campo de Cariñena y otros, y la hombrearían con los mejores…

  De bien nacido es hacer saber a los demás cosas que nosotros disfrutamos y ellos desconocen y, también, reconocer las tachas. Que, cuando no las hay, da qué pensar, que todo lo humano es perfectible y ponderación sin reserva es como elogio de abuela. Desde los tiempos míticos de Pedro Saputo, los vinos se mejoraron y hasta habrá de haber algo que se empeorara, pero subsiste la pasión por la verdad que nos hace libres, como libres nos puede hacer el amor hacia las cosas que nos rodean, hacia lo nuestro que es, también, lo de los otros, hacia los buenos frutos de la tierra que, como todo, saben mejor cuando los compartimos.

Fritada

Hoy, 27 de noviembre de 2012, se cumplen 20 años de la muerte de Pedro Montón, cuya figura recuerdo en este texto, leído en el homenaje convocado por la Biblioteca de Aragón el 23 de enero de 1995. Lo completo con su ficha, extraída de mi Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos (1885-2005), Diputación de Zaragoza, 2010, pp.  755-756.

El cierto tufo entre retórico y decimonónico que transmiten estos homenajes queda compensado en el caso de Pedro Montón, por el necesario reconocimiento a alguien que poco lo alcanzó en vida. Las peculiaridades de nuestra «cultura» -lo pongo entre comillas- propician que los valores oficiales se dictaminen con criterios que tienen más que ver con la capacidad del artista (palabra que también habría que poner tantas veces entre comillas) para la autopublicidad y el medro que con la altura de su obra. Este fue el caso de Pedro que desde siempre lo supo y jamás le dio importancia: «No se puede vivir de la literatura si no estás con las fuentes del poder», declaraba en una de las últimas entrevistas que se le hicieron. Y allí manifestaba también que su ciudad, a la que tanto amaba y de la que quería ser su cronista siempre, «no sabe apreciar mi esfuerzo en ocasiones». De algún modo, y dentro de mis escasas posibilidades, quise impartir mi pequeña justicia y contribuir mínimamente a solventar ese olvido incluyéndolo en la antología de narradores Estrategias de la memoria, dedicada a escritores que hubieran situado sus escenarios en la provincia de Zaragoza y que, junto a Ramón Acín,  publiqué en 1990.

 Culto sin ostentación, amante de su terruño sin complicidad con los tópicos, jaranero sin desplantes, amigo sin intereses, Pedro Montón era representante de un modelo de hombres en extinción. Rodeados por un entorno ajeno, eran capaces de vivir en la sensibilidad y en la estética sin desdeñar, sino todo lo contrario, la inmiscución en el pueblo, el trato con las gentes de todo pelaje que muestran un mosaico variopinto de ese mundo del que no va quedando más que el recuerdo.

 Creo que conocí a Pedro a principios de los años setenta. Tenía amigos bilbilitanos, como él proclives al libro y al morapio, y en uno de mis viajes a Calatayud coincidimos en el viejo barrio de Santo Domingo. Poco después, allá por el 79, pasé un año destinado en la capital del Jalón y el contacto se incrementó. Nos juntábamos muchas veces en la taberna del Patas Cortas, un entrañable zamorano que sólo servía vino, tomate crudo y sardinas rancias. Era una de esas tabernas que ya no quedan, con un banco corrido frente al mostrador y un cubículo interior con cuatro mesas sin desbastar. A Pedro solía acompañarle Larrea, otra especie de erudito local y, al calor de nuestros disparates, se agrupaban Justico, el basurero jubilado que vivía en una cueva cerca de la ermita de San Roque -«Ojalá no vos muráis nunca» era su despedida invariable-, siempre de ojillos chispeantes, sonriente e incrédulo con su suerte: quien había trabajado setenta años como una mula no concebía que se pudiera cobrar una pensión sin hacer nada. Venían también, Frutos, el trajinero; Norberto el pastor, que, de vez en cuando, mataba un cordero que merendábamos al aire libre, Ampedio, un viejo profesor de Peñafiel con doce hijos y que, a los 59 años, había conseguido su plaza de funcionario con su primer destino en Calatayud, uno de los bebedores más constantes y finos que me ha sido dado conocer y al que jamás vi descomponer la figura y muchos otros que recuerdo en nebulosa. Allí se pasaba de Galdós a la jota teórica y práctica; del chiste grueso a La montaña mágica; del repaso a los magníficos escritores baturros como Blas y Ubide o Crispín Botana a los novelistas «raros» del primer tercio de siglo fueran Eugenio Noel, Fernando Mora o Vidal y Planas; de la sesuda reflexión sobre el puteque a las técnicas de escansión poética o de la ruda y práctica disquisición antropológica -todo y todos los que nos rodeaban eran un hontanar de folklore y etnografía- a la cháchara descabellada, gratuita y turulata. Risas, voces, cantos, recitales espontáneos y celéricos, diversidad, intensidad y armonía eran los centros. No recuerdo una bronca, un insulto, una reticencia. Ni siquiera aparecía allí el consabido y maledicente repaso -por otra parte tan gratificante- a los colegas de oficio literario.

Montón Puerto, Pedro

                                                                 Foto de José Verón Gormaz

Pedro Montón era profesionalmente carbonero y su dedicación a la cultura una necesidad que emanaba su sensibilidad y su pasión por la estética. El mercado literario no podía tener sitio para él porque no calculaba sino que dejaba expandirse su corazón y sus necesidades no eran las del reconocimiento sino las de aquél que vive, necesaria pero no vicariamente, en la literatura. Pedro consiguió conjugar intensidad y pasión por lo que hacía -quiénes lo conocieron saben bien lo cierto de esta aseveración- con el debido distanciamiento respecto a la trascendencia o intrascendencia social de aquello que constituía el foco central de sus intereses. Distanciamiento y convicción de que nada, y sobre todo uno mismo, debía tomarse demasiado en serio, lo que propiciaba la ausencia de una de las pulsiones más típicas de nuestro medio: el resentimiento.  

   De cualquier modo, si tengo que resumir de algún modo la personalidad de Pedro me quedaría con su magnífica forma de mezclar sensatez e insensatez. La sensatez en los juicios y en la visión de la vida y la insensatez para vivirla gozosamente y sin sujeción a los criterios de la mediocridad, el convencionalismo y la mojigatería. Cuatro cosas definen para mí la categoría espiritual de un hombre: la independencia de criterio, el sentido de la justicia, la vivencia de la amistad y su biblioteca. Quienes conocieron a Pedro saben de la cantidad y calidad en que poseía todas ellas. El mejor y único homenaje que puedo dispensarle -ahora que le hace tan poca falta- es haberle conocido y el deseo de encontrarme muchas veces con gente parecida a él.

MONTÓN PUERTO, Pedro, Calatayud (Zaragoza), 18-03-1925 / Calatayud (Zaragoza), 27-11-1992

Autodidacto, ejerció varios oficios para, finalmente, dedicarse al negocio de almacenista de carbón. Su vocación literaria, además de sus primerizas obras de teatro y la factura de coplas, se tradujo, sobre todo, en sus colaboraciones en la prensa regional y en la corresponsalía de varios diarios zaragozanos. Como prosista, el periódico El Español publicó, en 1957, su novela corta Superstición y, más tarde, La Estafeta Literaria reprodujo su drama en un acto La luna es de la familia. En cuanto a la poesía, su dedicación más constante, recogieron sus versos numerosas revistas y, ya en su edad madura, dio a la imprenta varios libros de poemas. Estudioso, gran amante de su comarca y hombre muy representativo de la misma en su talante, cultura y personalidad, fue nombrado Cronista Oficial de Calatayud.

OBRAS

Una noche de Calatayud (guión escénico), estr. en 1950.

Los principios de la Orosia (sainete), estr. en 1958.

La cosecha de septiembre (acto alegórico mariano), estr. en 1963.

La casa del molino (novela breve), Zaragoza, IFC, 1966.

Puertas de Zaragoza (crónicas periodísticas), Calatayud, Autor, 1971.

Casi toda una vida y parte de la muerte (antología poética), Zaragoza, IFC, 1980.

Manual del corazón (poesía), Zaragoza, IFC, 1985.

Cuerpo de hombre (poesía), Bilbao, Comunicación Literaria, 1987.

Experiencias y miserias de un escritor de regadío (memorias), Zaragoza, Ateneo-Cuadernos del Ateneo nº 10, 1988.

Himno local (poesía), Calatayud, CEB, 1992.

                                                                         BIBLIOGRAFÍA

-BARTOLOMÉ, Mario y Andrés CESTER, Cancionero de coplas aragonesas. Historia de un concurso, 1981-1987, Zaragoza, Ayuntamiento, 1987.

-LÓPEZ DE ZUAZO ALGAR, Antonio, Catálogo de periodistas españoles del siglo XX, Madrid, Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, 1981, p. 700.

-LUESMA CASTÁN, Miguel, «Reseña» de Manual del corazón, Heraldo de Aragón, 9-V-1985.

-MATEO BLANCO, «Notas sobre Pedro Montón Puerto», IV Encuentro de Estudios Bilbilitanos, Calatayud, CEB, 1997.

-MINISTERIO DE CULTURA, INSTITUTO NACIONAL DEL LIBRO, Quién es quién en las letras españolas, Madrid, 1979 (3ª ed.), p. 313.

-PASCUAL DE QUINTO Y DE LOS RÍOS, José, Relación General de Señores Académicos de la Real de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza (1792-2004), Zaragoza, Real de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza, 2004, p. 298.

-RAMÍREZ, Elisa (coord.), Diccionario de escritores en lengua castellana, Madrid, CEDRO, 2000, p. 293.

-SÁNCHEZ PORTERO, Antonio, Noticia y antología de poetas bilbilitanos, Zaragoza, Imp. Tipo Línea, 1969, pp. 337-347.

-, Segunda noticia y antología de poetas bilbilitanos, Calatayud, CEB-IFC, 2005, pp. 215-226.

-VERÓN GORMAZ, José, «El testamento poético de Pedro Montón Puerto» (Reseña de Himno local), Heraldo de Aragón, 22-IV-1993.

-VV.AA., El periodismo en Calatayud-Miscelánea-El Regional (ed. facsímil), Zaragoza, Asociación de la Prensa de Aragón, 1993.

-, IV Encuentro de Estudios Bilbilitanos. Calatayud y comarca, Zaragoza, IFC-Centro de Estudios Bilbilitanos, 1997.