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Recojo hoy una interviú a un librero de viejo con puesto en las barracas de Atarazanas, poco antes de que fueran derribadas. El entrevistador es Diego Jiménez de Letang, personaje con el que más de una vez he tropezado en mis rebuscas pero del que apenas he encontrado datos.

Nació en Cartagena (1900) pero pronto llegaría a la Ciudad Condal, donde debió de ganarse la vida como periodista y traductor, puesto que, a partir de 1926, figura como versionista de varias obras de escasa enjundia. Igualmente, publicó novelillas de corte sentimental en colecciones como La Novela de Bolsillo y La Novela Bonita. Más significativo es que llegara a  dirigir la publicación de tango más popular que se editó en España, El tango de moda (1928-1934) , revista en la que muchas veces firmaba el artículo de su segunda página:

 (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/01/14/las-primeras-revistas-dedicadas-al-tango-en-espana/)

En el libro  Barcelona, tercera pàtria del tango, editado en 1990, X. Febres y P. Gabancho aseguran que fue un millonario bohemio quien introdujo a Gardel en los ambientes aristocráticos de la Ciudad Condal, lo que no parece compadecerse mucho con su actividad como traductor y periodista pero estos autores, sin duda, tendrían razones para afirmarlo.

En 1928 figura como Secretario general de Juventud de la Unión Patriótica de Barcelona, de la que al año siguiente es nombrado presidente. Contradictoriamente, en 1931 aparece como editor de una Historia popular de la Revolución francesa y, al año siguiente, de una obra (El fin de una expedición sideral. Viaje a Marte) del filoanarquista Benigno Bejarano. También realizó adaptaciones literarias para niños.

Desconozco su actividad en los años venideros hasta aparecer después de la guerra como redactor de Solidaridad Nacional. En este diario realizó múltiples labores, entre otras, la de crítico cinematográfico. En sus últimos años fue directivo de la Asociación de la Prensa. Fallecido en Barcelona el 23 de julio de 1959, a su entierro asistieron varios cargos políticos, vinculados con el Movimiento Nacional.

Seguro que a algún amante de los libros pueden interesar estas minucias, en las que aparece algún viejo conocido, y que Jiménez de Letang publicó en Solidaridad Nacional el 20 de julio de 1948. 

Libros viejos en Santa Madrona_Años 30

                                                            Barracas en Santa Madrona 

Próxima desaparición de las “barracas” de Atarazanas. – Clientes de antaño, iniciativas y proyectos. – Las pequeñas anécdotas y la pequeña historia

Las barracas parecen más unidas, más avergonzadas que cuando tenían ante sí la enorme mole del Cuartel de las Atarazanas. Ahora casi, casi, pueden contemplar la mar y recibir, a la vejez, la caricia salobre de sus vientos, sentir la emoción del ir y del volver infatigables, cuando para ellas cualquier día, la piqueta marcará su última singladura.

Le pregunto a un librero:

–          ¿Qué hay de los viejos?

–          Quedamos ya muy pocos. Yo, con veinticinco años nada más en el puesto, acaso sea el más antiguo. Herrero murió y murió también Adán. ¿Se acuerda de Adán?

–          ¡Que si me acuerdo! ¡Aquel anciano simple, huraño y bonachón como el primer hombre; abandonado, sucio y churretoso como el más “adán” de todos los “adanes”.

–          Sí; era un Adán en todos los sentidos.

–          ¿Y los nuevos?

–          Magníficas personas. Los libros nuevos trajeron otra clase de libreros en los que usted no encontrará nada pintoresco. Hay dos o tres señoras y un viejo que habla poco y sabe varios idiomas, pero, como quien dice, acaban de llegar. Dé una vuelta por las barracas y verá.

–          Exacto, comento; si me lo permite seguiré esta charla con usted.

–          Encantado; ya me dijo una vez don Augusto Matons que la Prensa debería ocuparse de nosotros. ¡Pero somos tan poca cosa!

Proyectos e iniciativas

–          ¿Van ustedes por la Cámara del Libro?

–          ¡Ya lo creo! Estamos asociados todos lo libreros de lance de Atarazanas e incluso llegamos a iniciar un fondo para el día que nos veamos obligados a desalojar nuestras barracas.

–          ¡Mal día para nosotros también, amigo! ¿Y qué piensan hacer?

–          Iniciativas no faltan. Mire usted; ya le hemos señalado al Ayuntamiento tres lugares de la ciudad donde podríamos trasladar nuestros modestos negocios, adecentándolos, naturalmente.

–          ¿Y son?

–          La plaza que acaba de quedar abierta en la calle de Canuda, cerca del Ateneo.

–          Excelente.

–          La otra plazuela, también nueva, en la esquina de la Avenida de la Puerta del Ángel, frente al cine Paris.

–          Estupendo.

–          Y la Plaza de Castilla.

–          ¡Magnífico! Su feria de libro daría a ese rincón sabor y gracia.

–          Sí, pero no diga nada, porque nosotros no nos hacemos ilusiones. Todos esos lugares están destinados a parques de vehículos….

 La clientela perdida

–          ¿Baja la venta?

–          ¡No me diga! Hoy casi no se vende.

–          ¿Quiénes eran sus mejores clientes?

–          El primero de todos, el Cuartel de Atarazanas. Vendíamos libros a los soldados, a las familias que venían a visitarlos, a las novias y a los amigos. Clientes pequeños pero seguros y diarios.

–          ¿El barrio chino?

–          Ese no compra literatura barata, la vive como puede.

–          ¿Escritores, bibliófilos, periodistas?

–          Antes, antes sí. Pero ahora, ¿qué quiere usted que vengan a buscar en estas barracas?

–          ¿El negocio por los suelos?

–          ¡Y tanto! Es raro hacer una venta mayor de veinte duros. Cuando tenemos algo bueno hay que llevarlo al domicilio del presunto comprador.

–          ¿Recuerda usted alguno de aquellos compradores de antaño?

–          ¡Ya lo creo! Venían muchos: don Santiago Rusiñol, don Enrique Borrás, don José Francés, Mario Aguilar, “Amichatis”, el dibujante Opisso, González Ruano, Luys Santa Marina

Hablemos de Luys

Al decirle que la información era para Solidaridad Nacional al librero, me ruega:

–          ¿Quiere usted que hablemos de Luys?

–          No le gustará.

–          ¡Tanto como le queremos por aquí!

Accedo.

–          ¿Es cliente?

–          Era. Hace ya muchos años. Antes de nuestra guerra. Venía casi cada mañana muy temprano. Miraba y remiraba los libros. Compraba algunos. Pocos, pero buenos y raros. Y baratos. Cada día se le iban en estas barracas siete u ocho pesetas, bien gastadas. Sabía buscar y escoger. Y se iba. Recordaremos siempre aquella desgana suya al marchar, aquella mirada clara y profunda que echaba a todo, diciéndonos que se quedaba entre nosotros, entre los viejos libros que él tanto quiere.

–          ¿Y viene?

–          Ya no. Hace tiempo que no le veo. ¡Claro! Hay muy  buenas librerías de viejo por ahí, en la calle de la Paja, Baños Nuevos…

–          Se varía…

–          Pero él no cambiará nunca, nunca. Ni en sus aficiones, ni en su carácter, ni en sus obras. Somos nosotros los que cambiamos, para nuestra desgracia.

El libro viejo

–          En esta barraca sólo veo libros de lance.

–          Es mi manía. No puedo con el libro nuevo. Cuando me llega alguno sin cortar las hojas, yo mismo las corto antes de ponerlo a la venta.

–          Pues nos priva usted a muchos de un placer.

El librero de viejo sonríe y comenta:

–          Cuando se vende barato uno tiene que guardar para sí algún placer.

–          Es natural.

–          Y este placer, a veces lo pagamos caro. Mire: una vez estuve trabajando en una librería “de nuevo” que tiene mi hermano y siempre le vendía los libros más baratos del precio señalado.

–          Mala cosa.

–          Y tan malo. Al poco tiempo tuve que volver a mi barraca. Aquí vendo los libros como quiero. Porque el libro nuevo nunca vale lo que marca su precio.

–          De acuerdo, amigo.

Y el libro, para que sea libro, tiene que ser viejo y haber corrido por el Mundo.

Anecdotario

–          Para terminar, ¿tiene usted por ahí alguna anécdota?

–          Muchas. A montones. Y casi cada día se me ofrece una. Pero menudas, intrascendentes…

–          ¿Por ejemplo?

–          El caballero – me perdonará que no diga su nombre porque aún vive y viene-, que es magistrado o catedrático, no estoy seguro y que acude a comprar novelitas de aventuras; rápidamente escoge y se las mete en los bolsillos por si algún conocido le descubre.

–          Otra.

–          Una criada gallega vino a pedirme el “Quijote”. Yo le di una edición corriente de Sopena, pero ella me la devolvió airada. “Quiero – dijo -, la grande, la que lleva ilustraciones de Gustavo Doré. Me quedé de piedra.

–          A los pocos días vino a pedirme el Corán de Mahoma.

–          Siga, siga.

–          En cierta ocasión, un soldado de las Atarazanas quería una aritmética y yo le di una del grado elemental. Después de hojearla me la devolvió muy serio. “No me interesa este libro. Esta lleno de números y no lleva ningún mapa».

Mientras hablamos, un obrerillo toma de los estantes un manual para la fabricación de jabones y pregunta su precio.

–          Quince pesetas.

El presunto comprador ofrece:

–          Seis reales.

Y el librero bonachón me mira sonriente:

– ¡Ahí tiene usted la mejor anécdota, que es la anécdota de las viejas barracas de libros de las Atarazanas!

Y los dos sonreímos.

A quienes conocimos a don Inocencio Ruiz pocos nos parecerán siempre los recuerdos que se le tributen. Persona de extrema bondad, que hacía honor a su nombre de Inocencio, tenía, sin embargo, las ideas muy claras en cuanto a lo fudamental y no poco humor y retranca, como todavía se puede apreciar en esta entrevista, a pesar de que, a la sazón, ya había cumplido los 86 años.  Se  publicó en El Bosque nº 9, septiembre-diciembre 1994, pp. 29-34.

¿Cómo se ve lo de detrás desde los 86 años? ¿Merece la pena la vida o parece una broma pesada?

Es una mala pasada. La veo lleno de desilusión en materia política. En lo demás, no. He sido un hombre afortunado, amado por los hijos, por la mujer, por todos los que me rodeaban. No sabes la cantidad de amigos que tengo. Pero eso de tener un establecimiento de libros, ser un amante de la cultura y no estrenarse muchos días es decepcionante.

No se creerá, pues, eso de que aumenta el índice de lectura. Los medios de comunicación lo proclaman de cuando en cuando.

Yo de índices no conozco más que el de los libros y, si acaso, el de la mano. Los que lo dicen, no deben conocer ni esos. Es completamente equivocado. En los años veinte o treinta se leía más que ahora, habiendo menos habitantes y más analfabetismo y teniendo en cuenta que los libros pasaban de mano en mano, sobre todo entre los obreros. Había más de cien colecciones de novela, muchas de ellas populares, tres o cuatro de teatro, ahora no hay ninguna. De un número de La Novela Corta se publicaron más de 300.000 ejemplares. Solamente Blasco Ibáñez fundó dos editoriales:  una, Prometeo, que hay que ver lo que hay allí. Están todos los clásicos franceses, italianos, los nuestros, literatura de todos los países… Y antes había fundado otra, a peseta el volumen. Estaban Renacimiento, Sopena, Bauzá, CIAP, Cenit, con sus publicaciones sociales… Las organizaciones obreras publicaban libros como La Novela Ideal, de Urales y la Montseny… los Ateneos libertarios de la CNT… La UGT tenía aquí, en la calle Estébanes, una biblioteca bastante importante. Ahora creo que no tiene ni un periódico. Periódicos se leen también mucho menos. Entonces había varios de gran calidad y prestigio. La Libertad y El Sol darían ciento y raya a cualquiera de los de ahora.

La prosperidad económica no ha conllevado, como debiera ser, un mayor prestigio de la lectura.

Antes, el obrero que podía compraba libros o procuraba que se los dejaran. Ahora, gente que se gasta lo que sea en Canal Plus o en videos se queja hasta del precio de los libros de texto. Que, eso sí, son muy malos. Antes se vendían como ahora tres mil ejemplares de cualquier libro y, como decía, se los pasaban de uno a otro, cosa que se está perdiendo. Cuando presto un libro, digo que permito que no me lo devuelvan a condición de que, después de leerlo se lo dejen a alguien. Ahora me han devuelto uno, Las ruinas de Palmira, que hace muchos años le dejé a Lerín, aquel portero del Zaragoza, del equipo que llamaban “Los Alifantes”. No sé por las manos que habrá pasado.

Ese es uno de los libros que más ha amado y releído.

Sin duda. Es digno de leerse muchas veces. Y no porque sea anticlerical, que hay otros que lo son más, por ejemplo La religión al alcance de todos de Ibarreta, que parece apropiado para leerlo en una taberna, sino porque siempre me ha interesado especialmente lo que tiene que ver con la Revolución Francesa, que es el hecho histórico que me despierta mayor admiración, el acontecimiento más grande que ha habido en el mundo, muy superior a la Revolución Rusa. Sobre ella he leído todo lo que ha caído en mis manos. Desde las más proletarias hasta la Historia de los girondinos de Lamartine, que era conservador. Es una maravilla. ¡Qué hombres aquellos! Eran idealistas y no tenían ningún reparo ante el crimen.

Eso parece una constante histórica. Hábleme de sus lecturas.

Esto de los libros es como los medicamentos. Hay para todos los estados de ánimo. Si estás deprimido, tomas un libro humorístico. Si quieres viajar, lees La vuelta al mundo de un novelista de Blasco Ibáñez que es un libro precioso, y ¡escrito con tanta claridad! Un libro extraordinario para coger el gusto de leer. El fue quien me llevó de la mano en mis primeras lecturas. Luego, tuve más capacidad para elegir. Yo estoy algo educado en literatura francesa, algo menos en la rusa. Víctor Hugo es un genio que tocó todos los géneros con una potencia y clarividencia que asustan, Anatole France, André Gide, qué sé yo … De los alemanes, Goethe. A Ilya Ehrenburg lo he leído mucho y, de los españoles, primero Cervantes, después Quevedo. De los noventayochos, Valle Inclán. Detrás Baroja y, luego, Azorín. Galdós es un precursor y un monstruo…

También ha sido un gran amante de la música y el baile.

El flamenco es lo que más me gusta. Y la canción la española, la música clásica, los tangos… Carlos Gardel, Irusta, Fugazot y Demare, Azucena Maizani, a la que escuché en el Teatro Principal el año 31. Del flamenco, el jondo, no el de tablado de teatro: Manolo Caracol, Antonio Mairena, José Menese. De baile, Carmen Amaya, Pastora Imperio, Vicente Escudero y una que vivió por aquí y murió muy joven, Mary Paz.

Y usted ¿qué bailaba?

La polka –si seré viejo- el chotis, el tango, el fox-trot, hasta me atrevía con el charlestón. Yo podría haber sido un gran bailarín, pero como me dedicaba más a la mujer que a la música… Me gustan morenas y, a pesar de ser pequeño, me han gustado siempre más altas que yo … Las putas de antes eran de muy buenos sentimientos. Yo puse la librería entre dos bares y me dije: o me degeneran a mí o los regenero yo a ellos. Y triunfé porque, al poco, vi en una silla a una que me había comprado una novela y hasta la estaba leyendo.

Usted no viene de una familia de intelectuales. Antes de abrir la librería había sido zapatero, bailarín, botones, sindicalista, algo torero, algo amigo de cabarets y puteques ¿Qué más? ¿Ya leía por entonces?

Más no se puede ser. No da tiempo a ser más. Leer me retiró de todas esas cosas que hubieran sido nefastas a la larga…

Cuente, cuente…

No fui casi al colegio. Mis padres tenían la teoría de que había que llevar los hijos a la escuela muy tarde. Eso hicieron conmigo, pero me sacaron muy pronto. A los once años y nueve meses ya estaba en el Teatro Circo, de botones. Allí había que estar hasta la madrugada, incluso cuando se cerraba el teatro para los bailes, los reservados, el foyer y todo eso… Para atraer a la gente, había allí una tanguista a la que llamaban Sofía Borgia. La Reina del Cabaret, le decían. Resulta que se encaprichó de mí y se me comía a besos, me llevaba al palco donde cenaban y me daba champán y de todo. Los propietarios eran tres socios, José Blasco Ijazo, el que fue después cronista oficial de Zaragoza, uno del que no recuerdo su nombre y Manuel Sánchez Roca. Este me llamó aparte un día y me dijo: “oye, a ti no te conviene esto, vente a una agencia pública que tenemos”. De allí pasé a Casa Montserrat como cortador de calzado. Estuve doce años y, como seguía mi afición a la lectura y tenía poco dinero –debía comprar un libro y venderlo para comprar otro-, pensé que lo mejor era convertirme en librero. Así, en 1941, abrí mi primer local, de mala muerte, en la calle de la Libertad. Ya los dos años me pasé a este otro, que estaba casi al lado.

                             Ruiz Lasala, Inocencio y yo en su librería

                                               Él y yo a la puerta de su librería

Durante la guerra lo había pasado mal.

Al llegar la sublevación las organizaciones obreras llevaron a la huelga general y yo me encerré en casa porque existía el peligro –a un amigo mío le pasó- de que, si ibas por la calle, te paraban las patrullas y, si no estabas trabajando, se te llevaban. Y no para un rato. Yo me encerré en mi casa a leer y escribir y sin salir para nada.

Al acabar también tuvo algún problema

Para que veas cómo era la situación, hice amistad con una chica de Barcelona a la que conocí en la playa. Nos escribíamos y en una de sus cartas me comentaba que había estado en un concierto en el Palau y me mandaba el programa. Yo le contesté diciendo: “me alegro de que te hayas divertido en el concierto, lástima que no tenga yo aquí oportunidad de escuchar esa música”. Son palabras textuales. Debieron abrir la carta en censura y un día vinieron dos policías y se me llevaron a la checa de Ruiseñores. Me dijeron que tenía una multa de cincuenta pesetas por frases despectivas para Zaragoza. Yo dije que no tenía ni trabajo ni nada y no podía pagar si no era a plazos… Así que fui diez veces. Y la última vez que fui, el borde, si será borde, cuando pagué el último duro, dijo “Bueno, y ahora si le gusta a usted tanto la música, cómprese usted una guitarra”. Je, je, ¡el cabrón!

Su relación con los poderes públicos mejoró con la democracia.

Hombre, lo más importante es que un alcalde socialista, Ramón Sainz de Varanda, me dio la medalla de oro de la ciudad. También ha puesto mi nombre a una calle del barrio de Santa Isabel. Y premios y homenajes tengo bastantes desde los años setenta. El último fue el gran homenaje nacional que organizaron los libreros de viejo y al que vinieron representantes de todos los sitios, menos del ayuntamiento de ahora. Yo estoy muy agradecido a todo el mundo, sobre todo porque me conozco algo y sé que no merezco nada.

                                                                    Junto a su calle, recién inaugurada

¿Ha cambiado con el tiempo su visión política?

Yo en el fondo soy anarquista teórico, pero ahora me inclino por el socialismo. ¡Vamos, daos!, je, je. Pero no con el socialismo de ahora sino con los socialistas de antes. Yo tuve el carnet de la CNT desde el año 20 ó 21 y lo guardé muchos años después de la guerra. Hasta que mi mujer me lo rompió. Claro, que tenía miedo, pero, no sé qué te diga…. Tanto, tanto, me cabreaba.

No todos los lectores ni todos los libreros se convierten en escritores. ¿Cómo le dio por empezar a escribir?

Al poco de establecerme, compré un libro impreso por Joaquín Ibarra y quedé prendado de la tipografía y de todo. Lo vendí y se ha acabado, pero, al año siguiente, compré otro y aún me entusiasmó más. Después, al enterarme que había nacido en Zaragoza, empecé a investigar, a leer cosas sobre él, a encontrar contradicciones y me puse a tratar de poner las cosas en claro escribiendo algo. En cuanto encontraba un obstáculo, me ponía a buscar, a preguntar… y hasta no comprobar fehacientemente las cosas no continuaba el libro. Empecé a cartearme con el mejor bibliófilo y bibliógrafo que ha habido en España, Antonio Rodríguez Moñino, y yo en las cartas iba introduciendo cosas sobre Ibarra. Como él asentía, me animé a intentar publicarlo y pensé en dedicárselo. Sabiendo que si el libro era un engendro hubiera sido una ofensa, le pedí permiso, me lo dio y así fue. Me hubiera gustado dedicarme también a los otros dos grandes impresores de la España del siglo XVIII, Antonio Sancha y Benito Monfort pero supe que Rodríguez Moñino estaba escribiendo sobre Sancha y me limité a Monfort.

Su Historia de la Imprenta en Zaragoza y su Bibliografía zaragozana del siglo XIX son también dos clásicos.

El primero es el que más me gusta por el papel, la presentación… es una verdadera edición de bibliófilo. Del otro publiqué, además, un apéndice pero lo que es menester es que otros sigan estos trabajos que nunca están completos.

Por cierto, ¿se acuerda de cuál es el libro más caro que ha comprado y vendido?

No sé, algún incunable en la época en que se cotizaban baratos. Además, los incunables no religiosos tienen mucho más valor. Luego tuve otro, de Savonarola, me parece, en el que había un grabadito que representaba la Justicia, eso de lo que estamos tan faltos siempre, y lo adopté como emblema para mis sobres y cartas. También he tenido dos ejemplares únicos que debí comprar por 10.000 pesetas en la época en que eran muchas pesetas, hace cuarenta o cincuenta años. Y, últimamente, sí que vendí uno que me compró el Ayuntamiento para regalarlo al Papa, Aragón, reino de Cristo, en dos tomos, uno dedicado a los Cristos y otro a las Vírgenes. Pero, luego, han escaseado mucho las piezas buenas y más, el dinero para comprarlas. Yo, que tanto he gozado haciendo catálogos, luego tuve que pasar al ciclostil y ahora me tengo casi que limitar al saldo.

¿Qué personajes de los que han pasado por aquí le han impresionado más?

Tal vez, Marañón. Vino a tratar a un familiar de Escoriaza y pasó por la librería. Eligió un libro y yo quise regalárselo. Pero me contestó: “yo soy médico y vivo de eso. Usted es librero y vive de la librería”. Don Arturo Guillén Urzaiz fue también un gran bibliófilo. Luego, me siento honrado de las visitas de Blecua, Alvar, Castro y Calvo, Lázaro Carreter y tantos otros que, además de clientes, he sentido que recibía su afecto.

Ruiz Lasala, Inocencio1928                                                                                       En 1928

Hábleme de la diferencia entre el comercio de hace cuarenta años con el de la actualidad.

Me establecí el 4 de marzo de 1941. Hacía falta moral en aquellos tiempos. Había, desde luego, más compradores. Va a llegar el día que los libros antiguos sólo se venderán en las subastas, como un cuadro o un bargueño. Pero la diferencia más notable era que entonces estaba aquí constantemente la Policía o algún falangista. Te revisaban la estantería y se llevaban lo que querían. Pero no de pornografía, que yo, a pesar de lo que me han gustado las mujeres y lo putero que he sido, siempre he odiado, sino de lo que les parecía. Se me llevaron a Pérez de Ayala, que colaboraba en ABC, la edición de ocho o diez tomos de Freud. Cosas absurdas. Venían un par de señores, bajaban y decían que eran delegados de Información y Turismo o de la Guardia Civil y ya está. A un tal Félix Ayala Viguera, que había sido de izquierdas, le tuve que decir “usted no tiene nada de personalidad, lo tienen como un muñeco”. Se enfadó. Hasta los catálogos de libros antiguos había que llevar a la censura.

Fue muy nombrada su biblioteca circulante.

Casi arrastro ruina desde entonces. La fundé en 1947. Era exquisita, en cuanto a autores. Compraba las novedades y las exponía en una vitrina del cine Coliseo. Duró catorce años. Por siete pesetas al mes los lectores se podían llevar todo lo que pudieran leer. En cada libro había un sobre y una ficha para el control. Pero aún así hubo uno que me robó todo lo que quiso. No sé cómo fui tan tonto que no me di cuenta hasta después. Con las fichas se llevaba el control; pero éste se los llevaba escondidos. Un militar. Ramillete, se llamaba.

Y ¿lo atrapó?

No.

Con don Inocencio Ruiz, a la  puerta de su tienda_Mayo 93

Muy pinchos, tomándonos el vermut

(Publicado por Asociación de Libreros de Viejo y Antiguo de Aragón, Zaragoza, 2007).

Pregón III Feria LIbro Viejo001

Para Marta

Recuperar, hacer que aflore la memoria, rescatar del olvido a quienes tuvieron el coraje de escribir cuando era más difícil y meritorio que lo es hoy. Inmiscuirte en una vida y en un pensamiento que alguien quiso que quedara impreso y dar cumplimiento a su anhelo de trascender. Es lo que hacemos cuando encontramos un libro que perseguíamos o, más frecuentemente, que sale a nuestro encuentro como una flor distinta en la pradera. Lo pagamos y ya sabemos que estará con nosotros para siempre, que incluso nos sobrevivirá y cargará con nuestra lectura, aunque ésta quede en el vacío sin poder traspasar nuestra impresión al siguiente humano que hojee sus páginas.

Nunca he sido bibliófilo en el sentido estricto de la palabra. No me han obsesionado mucho las primeras ediciones, las que cuentan con más de siglo y medio, los libros-joya ni la especialización en tal o cual materia. Sí, los libros raros, por el autor, el tema o cualquier otra circunstancia. Tampoco me ha turbado su estado de conservación; soy bibliófilo por acumulación: me interesan demasiados asuntos y nunca he sabido poner límites a una curiosidad casi obsesiva. Y otra cosa: sí que siempre he registrado todos mis libros y vaciado, extirpado y, asimismo, fichado sus contenidos, fueran los que fueran. El libro es para mí información, placer y aventura, ando lejos del escrupuloso coleccionismo y, probablemente, si este país hubiese sido otro, fecundo en buenas bibliotecas y con fácil acceso a la información, no me hubiera convertido en el industrioso acopiador de libros que soy.

Helios Gómez_Los puestos de libros viejos de Santa MadronaAdemás del disfrute del objeto propiamente dicho –así lo llama el diccionario: «Objeto formado por un conjunto numeroso de hojas de papel u otro material semejante, de tamaño y calidad uniformes, unidas por uno de sus lados y que ordinariamente tienen un texto impreso», el aficionado al libro tiene otras compensaciones. La principal: los ejemplares humanos que en su pesquisa tendrá oportunidad de conocer. Los libros raros congregan gente extraña, insólita, diferente, estrambótica y original. Quizá, incluso, más entre los vendedores que entre los compradores. Si es verdad que la actualidad tiende a la uniformización y que, entre los libreros de antaño, con guardapolvo, gafas redondas de culo de vaso y hasta bonete, se encontraban los sujetos más irrepetibles, todavía ahora en algunas librerías de viejo, podemos hacer verdad la aspiración a que cada momento de nuestra existencia sea diferente, nos sorprenda y nos ofrezca el cumplimiento de ese deseo de quienes buscan hacer de la realidad una continua invención: el que hoy sea igual que todos los días distintos.

Internet ha dado cobertura a muchas fantasías que parecían imposibles pero sigue vigente el regusto máximo para un buscador de libros: encontrar, bajo siete estadios y cubierto de polvo, ese libro del que, tal vez, ni su existencia sospechabas y que te ofrece la novedad de completar una tesela más de ese inacabable mosaico de lo desconocido que constituye la memoria del pasado.

La lectura es un placer sin contraprestación. El resto de los deleites de la vida casi siempre tiene un precio: el sexo, la comida, la bebida, el éxito, la vanidad… nos completan momentáneamente, pero sabemos que el tío Paco con la rebaja aguarda inmisericorde. Leer nos hace más sabios, nos lleva a vivir vidas que el tiempo y el espacio nunca nos permitirían alcanzar, nos transporta a épocas y ámbitos que no hemos conocido pero de los que nos hace sentirnos partícipes; nos distrae, nos evade, nos hace penetrar más profundamente en nosotros mismos y en los demás y nos procura esa satisfacción concreta y difusa de que no hemos perdido el tiempo sino que hemos enriquecido nuestro acervo, divirtiéndonos, entendiendo mejor, haciéndonos más comprensivos en sus dos sentidos literales. A cambio, tal vez, perdemos vista. Sólo eso: las gafas de don Pedro Sáinz Rodríguez, de Dámaso Alonso, de Valle-Inclán, de Quevedo, que les dio hasta el nombre… Otros consiguen una barba tan venerable como la de don Francisco Rodríguez Marín, un aspecto de jefe de sucursal bancaria de los años cincuenta, como Rodríguez-Moñino o hasta un excelente continente, como Bartolomé José Gallardo, que hacía honor a su apellido. El príncipe de nuestros bibliófilos, Menéndez Pelayo, hoy expedientado por su intrascendente sucesora en la Biblioteca Nacional, ostentaba una faz híspida, con un pelo prieto y compacto como el de un perro. En todo caso, don Marcelino era muy del gusto de las mujeres, que presentían en él las fuerzas de la naturaleza.

Y es que la mayor parte de los bibliófilos han sido muy falderos, como es el caso de casi todos los citados aquí, tal vez porque el afán de caza y posesión –hoy tan vituperado por la merenguería dominante en un país antaño más que tremendista- distingue poco entre sus objetivos, siempre que prometan la celebración de gozoso festín.

Y, si siempre que se habla de libros se termina recurriendo a Borges, yo también tomaré prestado su sintagma. Sí, fue precisamente él quien acuñó para los libros eso de “las formas de la felicidad”, aunque fuera para desalentar a los que aspiran a la extensión universal de la educación, que, como los extremos se tocan, ya sabemos que es lo mismo, aquí y ahora, que la desinformación universal: “La lectura debe de ser una de las formas de felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”. Para mí, mientras suena la música, las formas de la felicidad tienen contorno de mujer, fondo de luz, tacto de vidrio y estoy leyendo un libro mientras ya deseo otro.

Helios Gómez_Los puestos de libros viejos de Santa Madrona1