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(Publicado en Aragón Digital, 23-25 de agosto de 2021)                                                                        

Visito la exposición que conmemora el 150 aniversario del tranvía en Madrid. Se muestra en la antigua fábrica de cerveza El Águila, convertida en centro cultural de la Comunidad de Madrid. El hermoso ladrillo rojo de la antigua factoría es una vociferante denuncia de la clamorosa fealdad de la arquitectura moderna que le han adosado.

La exposición es ilustrativa para aquellos a quienes nos gustar saber cómo fue el pasado. Sin embargo, la parte de los libros dedicados al tranvía es muy pobre. Se reproducen artículos de Ortega y Gasset, Ramón Gómez de la Serna y Antonio Espina, una novela moderna de Manuel Rico, que lo único que tiene que ver con los tranvías es el título y el Diario de Juani, una universitaria bilbaína, a la que atropelló un tranvía en 1963. Los dos últimos títulos parecen una broma.

El año pasado se celebró el centenario de la muerte de Galdós. Una buena ocasión para recordar que el novelista canario, siempre atento a lo que ocurría en su tiempo y en fecha tan temprana como la de 1871, recién inaugurado el tranvía, publicó en la revista La Ilustración una novela corta que tituló La novela en el tranvía, una divertida narración que oscila entre lo psicológico, lo humorístico y lo policiaco. Este año el centenario le toca a la Pardo Bazán, de la que ya la Biblioteca Nacional ostenta una buena exposición, como sucedió con Galdós. Mira por dónde que también doña Emilia publicó en 1899 un libro con el  título, En el tranvía, pero en este caso el cuento que da título a la obra es hondamente dramático. Por su parte, un autor tan justamente popular en su día como Wenceslao Fernández Flórez editaría años después sus tan amenas como desopilantes, Historias del tranvía. Y, si recurrimos a lo local, José García Mercadal dio a la luz en fecha tan temprana como 1908, su Zaragoza en tranvía, del que hay edición facsímil.

En fin que quienes montaron la exposición lo tenían fácil para encontrar libros con que rellenar la patética vitrina sin tener que recurrir a la pobre Juani y el maldito tranvía que la sacó del mundo.

En estos relatos de los tranvías del pasado, además de su valor literario, podemos afrontar algún modesto apunte sociológico acerca de sus viajeros. La diferencia más patente con la actualidad es lo mucho que hablaban los desconocidos entre sí, lo mismo que sucedía en bares, tiendas y mercados. Si hoy alguien escribiera alguna página sobre los actuales viajes en estos vehículos eléctricos, quizá debería titularla “Epifanía del silencio”.

Uno de los cantadores y maestros más importantes de la jota en el siglo XX, hoy totalmente olvidado, tal vez por su corta carrera como intérprete, fue Bernardo Benito.

Nacido en María de Huerva el 6 de noviembre de 1889, cuando contaba tan sólo tres meses, sus padres se trasladaron al número 152 de la zaragozana calle de San Pablo.  A los 7 años ya cantaba, imitando a su padre y a la tía Pajarela, una vecina que muy bien lo debía de hacer para cobrar fama en el barrio más profuso en buenos cantadores del orbe. Con ocho años, Bernardo quedó huérfano, por lo que fue acogido por unos parientes vecinos de la cercana calle del Portillo. Ya con tan sólo seis años, había llamado la atención cantando en la plaza de San Felipe y alguien le ofreció presentarse esa noche en un concurso que se celebraba en el Teatro Principal. Consiguió un premio de treinta pesetas, pero recogió cuatrocientas más entre el público.  

En 1903 empezó los estudios con Balbino Orensanz, acudiendo a la Academia que el ayuntamiento había puesto cargo de éste en el Teatro Principal, aunque quien la costeaba fuese el empresario, señor Simón. Fue mano de santo pues, al año siguiente, los dos discípulos del cheso, con los que aparece en una fotografía muy difundida, obtuvieron sendos galardones en el Certamen Oficial. Gerardo Gracia (1890-1981) consiguió el primer premio y Bernardo, el segundo, al alimón con Romualdo Arana, el llamado Sansón de Zuera. En el jurado figuraron: Francisco Benavegge, Santiago Carvajal, Ricardo Salvo Casas, Juan Simón y Francisco Pomares. Esto es lo que se consta en los repertorios oficiales de dicho certamen pero, entre la documentación de Bernardo Benito que se conserva, figura un diploma en que se le concede dicho primer premio. 

Bernardo Benito siempre defendió las enseñanzas de su maestro, como la más pura expresión de la jota. Afirmó que dio a conocer de 75 a 80 estilos auténticos y él mismo redactó una lista con los aprendidos de su maestro, que sin embargo, contiene más de 100, que publicaré en otro momento. Entre los que más gustaban enumera algunos como «La canal», «Los copos de nieve», «Alta tienes la ventana», «La cadenica», el llamado de Algora, correspondiente a un cantador, Mariano Algora, que triunfó en Madrid en 1887 y fue alabado por Mariano de Cavia… A la muerte de Orensanz, el 6 de marzo de 1936, Bernardo heredó su guitarra.

Entre los que cantores que conoció y trató en la época en que se inicia su breve carrera (1904-1910), se contaban El Royo del Rabal, El Tuerto de las Tenerías, Urbano Gracia, Blas Mora, Antonio Aznar “El Andorrano”, Juan Gracia “El Jardinero”, El Perú, Sansón de Zuera, José Moreno, Pilar  López “La Arenera”, Isabel Muñoz y Miguel Asso. Y, por supuesto, Juanito Pardo. De hecho, Bernardo Benito participó en el festival organizado en el Teatro Principal para redimir del servicio militar al joven cantador y ya maestro. Corría 1905.  

En cuanto a sus hitos como jotero, debe señalarse que también durante 1905 cantó a Joaquín Costa y en 1906, a Galdós. Entre las coplas que Bernardo, acompañado de la rondalla del maestro Orós, cantó a don Benito, hospedado en la Fonda Europa de la Plaza de la Constitución, guardaba éstas, de no muy inspirado estro:

“Estoy viéndole, maestro, / y pa’mis adentros digo / quién tuviá su mano derecha / aunque fuera en cabestrillo”.

“Episodios nacionales/ que tanta gloria te dieron / España entera te ofrece /su cariño más sincero”.

“Con la jota te saludo / Benito del alma mía / Zaragoza te recibe / con su más viva alegría”.

Mayores problemas había tenido durante el año anterior con las que cantó en el homenaje celebrado en el Teatro Circo al llamado León de Graus, de factura algo más culta que las ofrecidas en la serenata al novelista y dramaturgo: 

“Una enferma vieja y pobre / se muere de consunción / si don Joaquín no la salva / no hay para ella salvación”.

“En las maniguas cubanas / gritan tumbas de españoles / ni es español ni es honrado / quien defiende a los Borbones”.

“Si la culpa es sólo nuestra / no sé pa’qué nos quejamos / el que con chicos se acuesta / ya sabéis lo que me callo”.

El jefe de policía quiso detenerlo y amenazó con encarcelarlo. Sólo lo dejó tranquilo  cuando se le demostró que las coplas no eran creaciones del cantador sino que se las habían entregado los republicanos que organizaban el homenaje a Joaquín Costa.

En 1910 hubo de abandonar el canto por el cambio de voz: un desdichado accidente que han padecido muchos cantadores que la forzaron en exceso cuando eran niños o demasiado jóvenes y que cambió la vida de Bernardo.

A partir de entonces hubo de buscar otros medios de vida y trabajó como agente de seguros. También, durante algunos años, regentó en Francia un comercio. Finalmente, entró como funcionario en la Caja de Previsión pero combinó su Andrés de Villamayor, discípulo de Bernardo Benitotrabajo con la enseñanza de la jota en la Academia de Canto Regional que instaló en el piso principal de la calle Hermanos Ibarra, número 10. Al parecer, ya enseñaba desde antes del cambio de voz, pues se conserva una fotografía dedicada, nada menos que de María Blasco que tenía un año más que Bernardo, donde lo llama «Mi querido maestro» y otra que le envía un discípulo de Villamayor en 1908. Entre sus alumnos estuvieron Félix Colás, de Juslibol; Celestino Ballarín, de Torres de Berrellén, aunque nacido en Rueda de Jalón, y las hermanas Perié, de Nuez de Ebro. De todos ellos, también ejerció de representante en la década de los treinta. Se conserva una carta de Bernardo dirigida en 1935 a la Casa de Aragón en Madrid, en la que escribe que Pascuala Perié no puede acudir pero que Celestino pide 350 pesetas por un día y 500, por dos.

Como buen jotero aragonés, Bernardo fue un cerrado polemista que se enfrentó una y otra vez a distintos molinos de viento para defender sus convicciones acerca del género: En una carta al crítico de teatro y también jotista entusiasta, Pablo Cistué de Castro, Barón de la Menglana, Benito escribía que los cantadores que de joven había conocido no conocían más que unos cuantos estilos: Lo llevan por la ribera, Me embarqué en una avellana (ambos del Royo), La fematera, La golondrina, Si no le ponen puntales, El Peral, La cara yo le tapé, Al puerto de Guadarrama, El guitarrico y El juicio oral. El resto había sido obra de Balbino Orensanz y, suponemos, que de Santiago Lapuente, al que no llega a nombrar. Conociendo Aragón, quizá la relación de ambos maestros joteros no fuera tan buena como hubiera sido deseable.

Los dos últimos de los estilos citados eran jotas zarzueleras y el resto de El Royo o Juanito Pardo, así que, según su criterio, el repertorio era muy pobre, lo que, dio lugar a la decadencia y por eso el Ayuntamiento determinó poner una academia en el Teatro Principal. Naturalmente, la que dirigió Orensanz y de la que fue alumno Benito. Desde 1904, gracias a él y a sus discípulos, se dieron a conocer más de 90 estilos aprendidos de Balbino. A su juicio, los cantadores que habían sabido conservar la pureza –estamos en la década de los treinta- eran Cecilio Navarro, Gerardo y Juan Antonio Gracia y de los modernos, Felisa Galé, Pascuala y Lucía Perié y Raquel Ruiz.

En otra ocasión Bernardo Benito defendió que fue él, junto a Gerardo Gracia, el primero que cantó la ansotana en 1903. En una carta muy extensa, hablando de certámenes y fiestas de jota, argumenta:

“… ni Cecilio Navarro ni ninguno de los que hoy se tienen por cantadores saben ni una palabra de lo que es la jota y esto estoy dispuesto a demostrárseles (sic) en donde quieran ante una persona que sea competente”.

Como se ve, el concepto sobre Cecilio es diferente al de la carta citada anteriormente. También llama la atención que en la relación de conservadores de la pureza no aparece José Oto, con el que quizá también tuviera algún encontronazo.

Una de las confrontaciones más notorias se dio en 1932 por haber dado nombramiento de Academia Oficial de Jota a la establecida por Cecilio Navarro en la calle Méndez Núñez, 38. Hubo protestas dirigidas al ayuntamiento por parte de cantadores y bailadores y Miguel Asso propició una recogida de firmas. Entre Benito y Cecilio se cruzaron cartas muy crudas y acusadoras y no faltó, como, por desgracia, suele ser frecuente, el ataque personal. A Cecilio le acusa Benito de tener la voz “completamente nasal”, cantar los estilos “totalmente transformados” y no poner jamás “en juego el corazón”. Pese a que otras veces, como se ha visto, había hablado bien de él.

Resulta evidente que B. B. se sintió siempre representante y responsable de lo que él consideraba auténtico sentir jotero e intervenía con su testimonio siempre que lo consideraba conveniente. Por ejemplo, en su correspondencia figura una carta al CSIC, en la que afirma haber entregado al prestigioso folklorista Arcadio Larrea estilos de jota musicalmente escritos y manifiesta que desea que ello conste en la documentación del Instituto. Benito poseía, en efecto, el libro de Larrea, dedicado por éste a quien llama “su maestro”.

Bernardo Benito, que había tenido una de sus academias en el Paseo de la Independencia nº 6, en 1964 vivía en la calle de San Blas y pasó sus últimos días en la calle Colón número 8, en casa contigua a aquella en la que el firmante vio la luz. Su hija, con más de ochenta años y medio ciega, donó sus recuerdos en marzo de 2005.

Las imágenes corresponden, por orden de inclusión, a 1. Bernardo Benito; 2. Bernardo Benito, Balbino Orensanz y Gerardo Gracia; 3. María Blasco; 4. un discípulo de Villamayor; 5. Raquel Ruiz. 6. Celestino Ballarín. Agradezco a Betania Canellas, que me facilitó el acceso a alguna de ellas.

(Publicado en Clarín nº 132, noviembre-diciembre, 2017, pp. 18-23)

El periodista

Es curiosa y atípica la trayectoria de Javier Bueno García (1891-1967), autor madrileño que, en principio, estaba destinado a militar en las desvencijadas filas de los periodistas que en las dos primeras décadas del siglo XX deambulaban por las redacciones, ostentando sus desgastados ternos y sus tres cuartas de bohemia, picaresca y salacidad. La otra parte la daba el hambre. Con un adobo de alcoholismo y unas gotas de puteque de baja estofa, el cóctel derivaba frecuentemente en tuberculosis. No fue así, tras unos años en la brecha, para Javier Bueno, que, muy joven, fue enviado como  corresponsal a París, cubrió la I Guerra Mundial, se internacionalizó y terminó como bien pagado funcionario de la OIT en Ginebra. Ya jubilado, moriría en el turístico pueblo de Gryon a 130 kilómetros de la ciudad del lago Leman.

 Sin embargo, sus inicios fueron tan traqueteados y pintorescos como los de cualquier personaje de Carrère o Vidal y Planas, sin que faltaran procesos, duelos y otras demasías. Tras haberse escapado de su casa, para conocer París y Londres, su intento de alistarse sin documentación para la guerra del Transvaal, deparó que, al solicitarse aquella, la embajada española se topara con la reclamación de su familia. De nuevo en Madrid, comenzó con apenas quince años –para nuestra vergüenza, entonces se maduraba mucho antes- a escribir en El Globo, desde donde pasó a España Nueva, donde todos le llamaban Javierito, por su juventud, escualidez y escasa talla. Una de sus primeras misiones como reportero fue el viaje a París en burro acompañado de Carlos Crouselles, otro de los periodistas de la época que merecería una novela. Salieron para la ciudad del Sena en agosto de 1906 pero dejaremos esa jugosa crónica del viaje pues es inminente su publicación, rescatada por la editorial Renacimiento.

 Sí habrá que decir que el satírico Crouselles se casó nada más regresar con Aurora Fuster, viuda del escritor –sevillano, como él- José Antonio Torres “Micrófilo”, que había fallecido hace dos años en Málaga y dejó a su esposa una buena renta. El nuevo matrimonio intentó sacar provecho de ella montando un negocio en Méjico pero no hubo suerte. Pensaron, entonces, marcharse a la Argentina en busca de nueva fortuna y el 9 de diciembre de 1908 los dos se encontraban en Sevilla, prestos para emprender el nuevo viaje. Carlos dejó a Aurora encerrada en la habitación del Hotel Iberia, tal vez porque ella padecía algunos problemas mentales, y se marchó con unos amigos a la contaduría del Teatro del Duque, donde mostró actitudes inusuales y extrañas. Al volver al hotel, sonaron cuatro detonaciones en la habitación ocupada por el matrimonio.

 Crouselles había matado a su esposa e intentado suicidarse, aunque sobrevivió unas horas. En la habitación del siniestro se encontraron cuatro cartas. Una de ellas iba dirigida al gobernador por parte de Aurora y declaraba que, considerando que no podían ser felices, iba a matar a su marido y, después, se suicidaría. En otra, Crouselles exponía que, por no tener valor su mujer para realizar su proyecto, lo asumía él con las funciones intercambiadas y legaba a una amante, con la que tuvo en Madrid 4 hijos, 3.400 pesetas. Una tercera carta era para su amigo, Emilio López del Toro, al que remitía cien pesetas como adelanto para dicha amante, de nombre, Jerónima Blasco. La última carta era para despedirse de ella.    

 El folletín prosiguió con muy diversas peripecias pero quien nos interesa aquí es Javier Bueno que, tras dejar España Nueva, entró en la redacción de El Radical, al tiempo que comenzaba a publicar sus primeros textos narrativos. Y aquí se inmiscuye la figura de un inevitable en esta época: Pedro Luis de Gálvez. Efectivamente, La santita de Sierra Nevada, que iba a ser el primer libro del periodista, apareció con la firma del bohemio malagueño, el 30 de diciembre de 1910, con el número 5 de la colección Los Contemporáneos. El novel autor reaccionó con cierta elegancia. Esta es su carta al director de El País, publicada bajo el título “La Historia de un cuento”: 

 Mi querido Castrovido: Me ha ocurrido lo siguiente: Hace cinco meses, Pedro Luis de Gálvez me pidió, en nombre del director de Los Contemporáneos, un cuento. Le entregué el original. Hace dos meses me remitieron las pruebas, que yo devolví corregidas. Hoy me entero de que mi cuento, con el título La santita de Sierra Nevada, que no es el título que yo le puse, se publica el viernes próximo, firmado por Gálvez, quien, según me dicen, ha cobrado el importe. Me aconsejan que acuda ante el Juzgado; pero, ¿para qué? Procederán contra Gálvez, y acaso lo metan en la cárcel, pero eso no me proporcionará la misma felicidad que Ios treinta duros que por mi trabajo me correspondían. En este caso, sólo me resta el derecho del pataleo, y quiero que usted sea tan bueno que publique esta carta en El País. Se lo agradecerá mucho su devoto y amigo, JAVIER BUENO.

 Aunque Gálvez rebatió esta versión en carta también publicada en El País, dadas las fechas, parece una inocentada aunque sea un caso de descarada piratería. Emilio Carrère, sin embargo, no debía de tener simpatía alguna por Javier Bueno porque a los pocos días del episodio se descolgó en Madrid Cómico (7-1-1911) con este comentario: “También aludo a Javier Bueno, ese salvaje inconsciente y huero, a quien con motivo de su pleito de La santita de Sierra Nevada, sólo tengo que decir que el perjudicado es Gálvez, por haber firmado una cosa tan mala”.

Lo de salvaje venía a cuento por ser “Las palabras de un salvaje” el título de la sección que el periodista madrileño firmaba en El Radical. Dos años después, Bueno publicaba Una vida, número 25 de la colección El Libro Popular, aparecido el 26 de diciembre de 1912, una intensa novela corta de corte clásico, que narra el rodar por el mundo de un pícaro, que termina, fracasado, recogiéndose en su claustro natal. El lector habituado a la novela corta de estas calendas reconocerá  la firma de Javier Bueno en la segunda o penúltima página de abundantes números de esta colección, El Libro Popular, donde redacta breves reseñas y se hace vocero de interesantes noticias y comentarios acerca de la actualidad literaria o social. Sorprende la precocidad, el conocimiento, soltura y competencia del ya formado periodista.

La novela

Un hombre, una mujer y un niño (La Novela de Bolsillo nº  30), publicada en marzo de 1914 e ilustrada por Federico Ribas, es la tercera de las novelas cortas de Bueno y, sin duda, la más interesante. Ya desgajado de El Radical, su carrera en el periodismo iba por muy buen camino. Había trabajado en otros periódicos como La Tribuna, donde se hizo amigo de Tomás Borrás y, sobre todo, acompañaría a Rubén Darío en su viaje a la Argentina -zarparon el 27 de abril de 1912-, financiado por la revista Mundial Magazine, que el poeta dirigía en París, lo que le valió a  Bueno numerosas relaciones y el agradecimiento de Darío, al que sacó de situaciones muy comprometidas. Algunas de ellas las cuenta en Diálogos con el que se fue (1965), la última de sus publicaciones, en la que rescata a algunos escritores de aquel tiempo. Por otro lado, Javier entró en relación con la popular revista porteña Caras y Caretas, que, poco después, lo nombraría su corresponsal en la guerra europea. También por esa época, entrevistó a Galdós, Dicenta, Maragall, Ignacio Iglesias, Menéndez Pelayo…

Con todo esto, Bueno se podía permitir una mirada crítica y distanciada sobre la redacción de un periódico como El Radical, en el que durante casi dos años había convivido con la entraña del periodismo madrileño, tan cuajado de bohemios y figurones, como de pintoresquismo e hipocresía.

El periódico

El Radical, diario republicano de la noche había sido fundado en marzo de 1910, por Lerroux  -en 1904 había sacado a la luz un semanario con el mismo título- y mudó a convertirse en diario de la mañana en octubre de 1912. Portavoz del inescrupuloso político cordobés, era por entonces un periódico que daba voz al anticlericalismo, al socialismo y a las aspiraciones obreras. Como director figuraba el culto y prestigioso Ricardo Fuente, que había dirigido El País, ya el principal portavoz de las ideas republicanas. Por su redacción pasaron Luis Bello, Ignacio de Santillán, Segismundo Pey Ordéix, Álvaro Calzado, Julián Moyrón, Eduardo Barriobero e Hipólito González Rodríguez de la Peña, entre otros. Y, como colaboradores, contaría con las firmas de  Nicolás Estévanez, José Nakens, Rafael Salillas, Cristóbal de Castro, Joaquín Dicenta, Pedro de Répide, Álvaro de Albornoz, Julián Besteiro… El Partido Radical de Lerroux atrajo a abundantes intelectuales, entre los que se contó a  Ortega y Gasset, que lo utilizó para dar a la luz lo que le parecía inconveniente publicar en El Imparcial, propiedad de su familia. También Pío Baroja, que coqueteó con el partido de Lerroux, publicó César o nada como folletín en el diario.

Tanto el protagonista de la narración, Asuero, como el nombre del periódico en el que trabaja, El Demócrata, son réplicas de Javier Bueno y El Radical. Aunque la descripción satírica de los componentes de la redacción es el principal objetivo de la obra, glosaré brevemente el argumento, que también es ejemplificador del ambiente que se vivía en estos últimos reductos de la bohemia:

Asuero, encargado en el diario de reseñar las sesiones en el Congreso, recibe una llamada avisándole de que, junto a otras putas, ha sido detenida su amante, María la Francesita. Para influir en su liberación, se persona en la comisaría del Centro, donde las encerradas andan metiendo bulla. Cuando un guardia abre la puerta de los calabozos, las detenidas, que siguen insultando a la policía, advierten de que la tal María está de parto. Entran Asuero y el comisario, apodado El Niño de los Brillantes, éste abriéndose paso pateando a las presas. El policía cree que ellas están burlándose y larga otra patada a la parturienta, con lo que todas se arrojan sobre él y lo muelen. A continuación, entran los agentes para liberar a su jefe y la emprenden a sablazos con las mujeres, que, para protegerla, se colocan encima de la nueva madre y de Asuero, que dispara a la policía. Tras visitar la Casa de Socorro, el joven ha de declarar ante el juez, que le concede la libertad provisional por su condición de periodista, pero en la redacción se ha sabido del incidente y todos están contra él que, con su conducta, ha emponzoñado la profesión. El director lo recibe muy benévolo, pero le comunica la decisión de la propiedad de prescindir de sus servicios. Finalmente, El Demócrata publica un suelto explicando que Asuero ya no tiene nada que ver con el periódico, con lo que El Niño de los Brillantes, libre de compromisos políticos, comienza su búsqueda. Tras vagar toda la noche, Asuero se dirige al Hospital de San Juan de Dios y encuentra a la Francesita que le cuenta sollozando, cómo las compañeras han llevado al hijo de ambos -eso cree Asuero- a la Inclusa. Entra entonces la policía que lo detiene y maniata. Ella lo despide pidiéndole que le escriba a casa de la Gallega, su coima.

Esta es la apostilla final del narrador, en una novela que no abunda en ellas:

La complicada máquina, que es la organización social de un pueblo, se había detenido unos instantes para ocuparse de un hombre, una mujer y un niño, y como la previsión es una de las virtudes de la sociedad en que tenemos la dicha de vivir, los tres encontraron pronto sus respectivos puestos: la cárcel, el prostíbulo y la Inclusa. Luego el mecanismo siguió rodando (p.59).

Los personajes

Ya se dijo que lo más suculento de la novelita son los personajes que destapa aunque lamentablemente sólo podamos desentrañar a los más conocidos. Daniel Pulpo es el presidente de la sociedad que explota el diario, es decir, el propietario. Se trata efectivamente, de Alejandro Lerroux (1864-1949), fundador del Partido Republicano Radical, político y demagogo, harto activo en la política española de la primera mitad de la pasada centuria. 

…soñaba con la posesión de tres grandes rotativos, cada uno de los cuales fuese órgano de cada partido triunfante en el gobierno del país, y otro, El Demócrata, con ciertos ribetes revolucionarios para recoger la parte de público que no estuviera conforme con los otros dos. (p. 43).

El director, don Roberto, corresponde a la figura de Ricardo Fuente (1866-1925), republicano y activo periodista, que, además de El Radical, dirigió El País, el más importante de los diarios republicanos del periodo de intersiglos. Bibliófilo y hombre de gran cultura, es más conocido por fundar y ser el primer director de la rica Hemeroteca Municipal de Madrid. Llevo fama de hombre de gran corazón y competencia pero un tanto despreocupado, algo así como a lo que más tarde se denominaría pasota. A pesar de ser quien ha de darle la noticia de su despido, Asuero-Javier Bueno, lo pinta con cierta benevolencia:

…era el más amable de los hombres, siempre que el estómago y los dolores de gota no le mortificaban. En las primeras horas de la noche se mostraba indulgente, alegre, bromista, confidencial; pero, desde las diez en adelante, cuando el estómago entraba en lucha terrible con los alimentos y el cerebro en batalla con el artículo de fondo, se volvía irascible y más de una vez los periodistas a sus órdenes habían sabido los peligros que entrañaba una ración de pote gallego en el estómago de Don Roberto. (p. 12).

Y, al comunicarle su despido:

Don Roberto, en el fondo era un sentimental bondadoso, a quien, sin las malas digestiones podían confesársele los más graves pecados, seguro de obtener el perdón. Su voracidad para comer era la causa de que se le creyera una fiera corrupia. (…) Acaso tuvo usted razón para hacer cuanto hizo –dijo don Roberto-; pero todo eso está fuera de lo normal, de lo reglamentado, de lo aceptable… Es muy triste, pero es así. Yo no puedo hacer otra cosa sino compadecerle, amigo mío, cumplo con el encargo que me dieron (…) Sepa que aquí deja un amigo, un solo amigo, yo. (pp. 52-54).

Don Calixto López Cardón es la figura prócer que  corresponde a Benito Pérez Galdós, como se puede advertir en la secuencia vocálica de ambos nombres. Así lo caracteriza Javier Bueno: “…novelista autor de más de ochenta obras, que se consideraban como ladrillos de su propio monumento”. Cuando convenía políticamente, Tomillo, uno de los miembros de la redacción, le hacía escribir el manifiesto que se consideraba oportuno:

 Y don Calixto, conocido vulgarmente como “gloria de las letras” redactaba un manifiesto con alusiones a la “gloriosa, al león dormido de España, al general Riego, a los consumos, para terminar con un párrafo descriptivo de la apoteosis: el sol de la Libertad aparecía esplendoroso por el horizonte ahuyentando a la ignorancia, al fanatismo, a todos los vicios y al ministro de la Gobernación. (p. 8).

 Otra de las figuras que colaboran en la redacción del diario es la de Guzmán Baeza, casi legendario autor de La blusa triunfadora. Se trata obviamente de un retrato de Joaquín Dicenta (1862-1917), como en el caso anterior, dibujado con escasa empatía por el modelo: “hombre de cara arrugada, flaco, con cierto aire mezcla de clérigo y organillero (…) Él mismo, cuando se servía de El Demócrata para anunciar algún libro suyo o cuando quería aumentar su gloria literaria, se daba el título de ’ilustre autor’” (p. 19). La verdad es que Javier Bueno se ceba en los evidentes defectos del periodista y dramaturgo y prescinde de sus muchas cualidades: Pone en duda su postura revolucionaria, destaca su tendencia a lo sentimental, observa que su amor a los humildes estribaba en emborracharse con ellos y que todo su principio filosófico era la lucha entre la blusa del obrero y la levita del burgués. No se sabía si era socialista, sindicalista o anarquista pero aplaudía lo mismo el regicidio que el crimen de taberna porque quería aparentar ser un revolucionario bárbaro. Enemigo de la propiedad, de la degeneración “modernista”, de la infidelidad femenina, aspectos que por estricta justicia habría que matizar, la poca simpatía que Dicenta inspira al periodista queda patente.

El caso del apodo de  “El Niño de los Brillantes”, referido a un policía, recurso casi valleinclanesco, ya que se aplicaba comúnmente a estafadores y carteristas, es más sugestivo. Es cierto que hubo un guitarrista flamenco con este nombre y que pasó por la cárcel, pero fue en años posteriores. Por las fechas, lo más fácil es que el motejo esté sugerido por  un delegado del gobernador de Fregenal de la Sierra, al que se le apodaba, además de “Niño de los Brillantes”, “Don Peróxido de Manganeso”, detenido ocho veces por estafa y cuya conducta llegó al Congreso.

De todos modos, veamos la descripción con que Bueno nos da a conocer al pájaro de cuenta:

…inspector de policía que supo quintuplicar el sueldo de su empleo por mil artes y mañas inconfesables, entre las que pueden suponerse regalos de carteristas y timadores, a cambio de la vista gorda, y obsequios de Celestinas por cierta benevolencia en escándalos ocurridos en sus santuarios. A estas fuentes de ingresos supuestas, hay que añadir lo económica que resultaba la vida al Niño de los Brillantes por habitar con una peripatética de las más caras del mercado madrileño. (p. 32).

Aunque no sean colaboradores del periódico, se cita también a Pérez Órdiga y Vital Caza (Juan Pérez Zúñiga y Vital Aza) como representantes de la línea de una popular publicación de la época, Madrid Chirigotero, otra evidente parodia del semanario Madrid Cómico. Es ilustrativo el texto de la página 22 que, una docena de años después, parece reproducir las no muy sangrientas pugnas entre los componentes de las publicaciones Gente Nueva y Gente Vieja:

En aquella época, el campo literario estaba dividido en dos grupos o bandos y los partidarios de uno y otro se diferenciaban entre sí, por llevar la cabeza rapada o con melenas y por ser o no ser colaborador de la revista semanal Madrid Chirigotero. Los del pelo cortado aseguraban que esta revista marcaba el apogeo de las letras españolas y los de las melenas negaban hasta que don Calisto López hubiese escrito sus ochenta novelas.

Finalmente, comparece también otra cohorte de periodistas que no he sido capaz de identificar: Calderón, redactor-jefe, veinticinco sin moverse de la misma silla, es, probablemente, José Rodríguez de la Peña, que ejerció durante estos años el cargo pero del que poco sabemos. En la oscuridad quedan: Lozano, reportero en las Cortes y confidente del propietario; Robredo, amigo, también de Daniel Pulpo (Lerroux); Zabalza, “escritor apócrifo” y periodista útil por saber decir una cosa y la contraria; Lucha, reportero financiero; y, sobre todo, Tomillo, al que se dedican varias páginas: arribista de pocas luces de origen castellano, que llegó a diputado por tener mucho predicamento con Cardón (Galdós) y que, a la tercera vez que lo intentó, consiguió quedarse en El Demócrata.

Como es usual en la colección, el texto se enriquece con dibujos satíricos que representan a Calixto López Cardón, Tomillo, Asuero (dos veces), Guzmán Baeza, Don Roberto, El Niño de los Brillantes, María la Francesita, sus compañeras de celda, el recién nacido, la detención de Suero en la sala del hospital y la cabeza del autor.

Con 23 años cuando se publicaba esta novela, a Javier Bueno le quedaba toda una vida llena de peripecias, que tampoco faltaron en la vida española: corresponsal en la Gran Guerra de Caras y Caretas y, con el seudónimo de Antonio Azpeitua, también de ABC, fue expulsado de Francia por germanófilo. Javier Bueno no era un reaccionario pero tenía la convicción de que los galos nunca tratarían bien a España. No les convenía. El resto de la guerra la hizo como corresponsal en el  bando perdedor, desde donde remitió estupendos reportajes. A partir de finalizar la contienda, vivió casi siempre fuera de España dedicado a la OIT pero publicó varios libros, algunos en francés, e, incluso llegó a estrenar una obra de teatro, Liberto (1922), en el madrileño teatro Calderón. Su trilogía sobre la Guerra Civil, Les vaincus héroïques  (1943-1949) y La zorrita y los pájaros exóticos, deliciosa novelita publicada por Aguilar en 1963, pero que pasó inadvertida, son, seguramente, lo más reseñable de su obra de madurez.

Javier Bueno García padeció la maldición de llevar el mismo nombre que otro periodista, Javier Bueno Bueno, nacidos ambos en el Madrid de 1891.

El otro Bueno era hijo natural del padre del periodismo republicano, José Nakens y de la actriz Soledad Bueno y, desde muy joven, tuvo una señalada afición por el periodismo hasta el punto de publicar, con catorce años, artículos de fondo en el legendario periódico El Motín, fundado y dirigido por su padre. Con una trayectoria muy militante en la lucha obrera, se radicó en Gijón y en 1933 dirigió Avance, diario que encabezó las reivindicaciones sindicales en el Principado. Detenido y torturado por la República, por lo que quedó cojo, durante la Guerra Civil, fue herido en el Frente de Oviedo y se le amputó una pierna. Todavía pudo dirigir a su vuelta a Madrid el periódico Claridad, de tinte  socialista. Encarcelado en Porlier fue condenado a muerte en juicio sumarísimo por un tribunal militar y ejecutado a garrote vil en la misma cárcel el 26 de septiembre de 1939. Sender lo recuerda con gran afectuosidad en su Nocturno de los 14.

Esta similitud de nombre y profesión ha deparado numerosos errores y confusiones en las referencias a ambos periodistas, por lo que, a menudo, se hace complicado seguir sus trayectorias. Aquí sólo se trataba de dar cuenta como vio y reflejó uno de sus miembros la redacción de un periódico republicano en los primeros años de la segunda década del siglo XX.