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Las tres edades de Amparo Poch

Publicado en Aragón Digital, 19-22 de octubre de 2021.

El 15 octubre de 1902, Amparo Poch Gascón, primogénita de un sargento y una ex–sirvienta, nacía en el número 54 de la zaragozana calle de Pignatelli. Cuando, catorce años más tarde, el padre ascendiera a teniente, la familia, ya de ocho miembros, con los cinco hijos habidos más la abuela materna, pasó a la vecina calle Madre Rafols, cuyas casas militares, anexas al antiguo Cuartel de Pontoneros y hoy en espera de nuevo destino, aún se conservan aunque parezcan los restos de un bombardeo. Su padre no facilitó la dedicación intelectual de Amparo, que hubo de estudiar Magisterio, entonces, carrera de señoritas, y, por su cuenta, Medicina, su auténtica vocación.

Hace veinte años nadie conocía a está médica libertaria. Gracias a los trabajos de Antonina Rodrigo, que anduvo husmeando en nuestra Hemeroteca Municipal y en otras bibliotecas españolas y francesas, hoy podemos ver su nombre en una plaza zaragozana, dos ambulatorios, un centro social, una sala del Paraninfo y, seguramente, en algún otro sitio que no recuerdo. Lo mismo, en otras localidades aragonesas y nacionales.

Toda su peripecia la contó Antonina en libros complementarios:  Una mujer libre. Amparo Poch y Gascón, médica y anarquista, Amparo Poch y Gascón. Textos de una médica libertaria, ambos de 2002, y Amparo Poch y Gascón. La vida por los otros. Guerra y exilio de una médica libertaria, publicado en 2020.

Ahora estamos en condiciones de aportar otros datos de sus inicios que dan cuenta de la potencia intelectual de esta mujer, que siempre la aplicó a la filantropía. Su precocidad fue tal que a los 12 años ya colaboró en la revista Juventud y, dos años más tarde, el Banco de Aragón, que entregaba a los alumnos distinguidos de las escuelas públicas una cartilla de ahorro postal con 2, 5 y 10 pesetas, según su aprovechamiento, premió a Amparo y a otros cuatro estudiantes con la máxima cantidad. Ha de aclararse que el dinero no lo aportaba el banco, sino uno de sus propietarios, Basilio Paraíso, que destinaba a ello las dietas que le correspondían como diputado en el Congreso de la Nación. Desde los inicios de la democracia ¿tiene alguien noticia de que algún diputado o senador se le haya ocurrido una idea parecida?

Basilio Paraíso, impulsor de la Exposición Hispano-Francesa de 1908, consumado aragonesista oriundo de la oscense Laluenga, tiene dedicada una importante plaza en Zaragoza, ciudad que lo proclamó hijo adoptivo, pero también detentan su lugar en el callejero municipal otros próceres y munícipes, cuyo nombre sonroja ver reproducido en calles y placas conmemorativas. Ahora, en cambio, se perpetran leyes en contra del mérito y la excelencia y en favor de quienes no sólo no intentan llegar a ello sino que se complacen en descalificarlo. Por cierto que Paraíso regaló los terrenos para la edificación del colegio que lleva su nombre en la zaragozana calle de Supervía. Tampoco se conocen representantes políticos actuales que decidan ceder algo de su peculio a la sociedad que dicen defender.

En junio de 1920, Amparo terminó su bachiller en el Instituto General Técnico, todavía en el viejo edificio (S. XVI) de la Universidad en la Plaza de la Magdalena, que alguno de esos munícipes se encargó de abolir y derribar a principios de la década de los 70. Entre sus calificaciones, Matrícula de honor en Algebra y Trigonometría, mientras su hermana María Pilar, diez años menor, obtuvo matrícula en Preceptiva literaria y Lengua francesa. La vocación llevó celéricamente a la estudiante al periodismo: el 8 de enero de 1923, con 18 años, La Voz de la Región reproducía dos artículos con su firma: “Al día 1” y “Reyes magos”.

Según la nueva Ley de Educación que preparan los fenómenos que hoy mandan, Amparo sería execrada por humillar a quienes, dueños de su destino, deciden no estudiar pero pueden pasar de curso y terminar sus estudios.

Amparo no ampararía a dichos fenómenos pero los ampara su supuesto progresismo, concepto que, cuando uno empezó a comprender, significaba algo completamente diferente al sentido en el que hoy se maneja.

Sobre Amparo Poch, también puede consultarse en este blog:

https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/02/06/amparo-poch-el-hallazgo-de-un-personaje/

https://javierbarreiro.wordpress.com/2019/01/02/amparo-poch-y-gascon-entrevista-para-su-documental/

                                                                                                  

(Publicado en Aragón Digital, 15-17 de junio de 2021)

La Zaragoza del pasado siglo amparó algunos personajes que, acogidos a la ya socorrida denominación de “Raros y olvidados”, bien podrían figurar en las filas de esa “inquerida bohemia” que, refiriéndose a sí mismo, citó Rubén en uno de sus tan bellísimos como demoledores “Nocturnos”.

Uno de esos personajes fue Gil Comín Gargallo (1899-1976), vanguardista y revolucionario en la preguerra, angustiado y despavorido durante la guerra y, como tantos, disimulando su pasado en la posguerra. Sin embargo, terminó como crítico literario de El Noticiero, el diario ultraclerical zaragozano, que hubiera parecido su destino más improbable. 

Cuando en 2001 le dediqué uno de los trabajos de mi libro Galería del olvido, aún no había averiguado su imprevisible matrimonio con otra zaragozana a la que entonces casi nadie conocía y pronto congregó la admiración de toda España. Hoy, Zaragoza ostenta su nombre en, al menos, dos centros de salud, una calle, una sala del Paraninfo y una asociación. Me refiero a la médica libertaria Amparo Poch, sobre la que mi querida Antonina Rodrigo escribió una trabajadísima biografía, que años después amplió, y una antología de sus textos.

En mi libro yo animaba a Antonina, entonces en plena escritura de dicha biografía, para que investigara sobre Gil Comín, ya que me constaba que la joven había mantenido alguna relación con el  poeta. El fruto de sus investigaciones fue la certificación de que Gil y Amparo habían contraído matrimonio civil el 28 de noviembre de 1932. Cosa absolutamente inesperada, pues el dinamismo y la trascendencia social de la científica y fundadora de “Mujeres libres” no casaban con la oscura timidez del aspirante a escritor, aunque, al parecer, sí coincidiesen en su ideología revolucionaria. La unión únicamente duraría año y medio y, según algunos testimonios, tan sólo la primera noche.

Gil Comín, al que todavía pude conocer en sus últimos años, cuando uno oficiaba de joven poeta rebelde entre los desterrados del ya clausurado café Niké, era una viva figura del antesdeayer. Muy pequeño y regordete, aspecto poco aseado, boina calada hasta media frente y gafas de culo de vaso. Pese a mi limitada memoria visual, recuerdo perfectamente su figura bufonesca y patética, que le acarreaba toda clase de chanzas y burlas, incluso de sus contertulios de Niké, y él sobrellevaba con absoluta mansedumbre. Se consideraba pagado si aceptaban su compañía. Es significativo que no se conozcan fotos suyas. Ildefonso Manuel  Gil recordaba que a él le reprochó incluir la suya en uno de sus poemarios.

Sin embargo, Gil Comín fue hombre que podría haber presumido de hitos personales que otros estuvieron lejos de alcanzar: sobrino de Pablo Gargallo, en su adolescencia coincidió como mancebo de botica con Sender, quien reelaboraría su figura en «El mancebo y los héroes», una de las novelas incluidas en Crónica del alba. Después, se licenció en Filosofía y Letras y Bellas Artes –dibujaba muy bien- y se quedó sin terminar Derecho, por una sola asignatura. En Madrid entró en contacto con bohemios y vanguardistas y se le vio por las tertulias de Carrère y de Pombo. González Ruano le prologó en 1924, Trinos, su primer libro y en 1946 lo incluyó en su antología de poetas españoles contemporáneos. En esa década de los 20 Gil Comín escribió en publicaciones francesas e italianas y fue discreto contertulio de Valle-Inclán y Lorca. De vuelta a Zaragoza, siguió colaborando en redacciones periodísticas y revistas como Aragón, Cierzo o Noreste e ingresó en la banca. En 1935 publicó su cuarto poemario, Rémora y evasión, libro vanguardista y de incendiario contenido sociopolítico, que casi nadie leyó pues, al producirse la sublevación, su autor se apresuró a recoger los pocos ejemplares que estaban a la venta, por lo que casi milagrosamente se salvó de represalias, lo que no le ocurrió a su jovencísimo ilustrador, Federico Comps, que fue fusilado. Gil Comín siguió trabajando en el Banco Zaragozano e, incluso, en julio de 1937 consta una donación de 14,55 pesetas al Auxilio Social, institución falangista.

Tras la contienda, Gil fue depurado de la banca, marchó a Madrid para intentar reanudar sin fortuna su carrera literaria y, tras unos años de indigencia, en 1947 tuvo  entrada en El Noticiero, donde se dedicó casi exclusivamente a la crítica literaria. Ya no publicaría  más que dos mínimas entregas poéticas y, malviviendo de sus escasas colaboraciones, murió totalmente olvidado.

Echando la vista atrás, lamento la escasa atención que presté a quien tantas historias pudo haber contado y, por miedo, timidez o bregado en el escarmiento, siempre guardó para sí.

Su ex-libris, dibujado por él mismo