(Publicado en Clarín nº 154, Julio-Agosto 2021, pp. 27-31)

                                                                                      

Uno de los libros menos conocidos en torno a la muy conocida guerra civil española corresponde al más conocido de los cronistas deportivos sudamericanos de todas las épocas: Diego Lucero. Luis Alfredo Sciutto (Montevideo, 1901-1995) fue su nombre real pero con ninguno de ellos firmó la que sería su primera obra impresa, Una aventura en España (Montevideo, 1938). Lo hizo con el de Wing (ala o extremo en el argot cuajado de anglicismos del fútbol originario).

Con dicho seudónimo recordaba sus tiempos de futbolista (half izquierdo) en el Nacional de Montevideo y en la época de oro de la selección uruguaya, antes de que una lesión de menisco lo retirara del pasto en 1929. Desde 1924 ya se dedicaba al periodismo deportivo en sus vertientes de prensa y radio[1]. Por su personalidad, gracia, originalidad y abundancia de recursos, se convirtió en un mito que llegaría a ser coronado como el único ser humano que acudió a todos los mundiales de fútbol entre 1930 y 1994. Libros como Siento ruido de pelota… y 10.000 horas de fútbol son la obra de un prosista extraordinario, libérrimo y original, con una lengua desprejuiciada, entre los coloquialismos y los cultismos, que sume en asombro al lector ibérico acostumbrado a las cansinas metáforas y la macarra sintaxis de los redactores deportivos.

Aunque Wing había empezado a exhibir sus textos en La Tribuna Popular, su prestigio lo llevó al diario El Pueblo, donde sus crónicas se extendieron a lo político, a lo social y a cualquier otro género periodístico. Como enviado especial, recorrió el mundo en un tiempo en que la autonomía del avión aconsejaba sólo su utilización para las distancias cortas. Así, entrevistó a García Lorca, Mussolini, Goebbels, Chevalier, Josephine Baker… En 1936 asistió en calidad de corresponsal, a la Olimpiada de Berlín, celebrada en la primera quincena de agosto, cuando ya la contienda española había estallado, por lo que, de acuerdo con su periódico, intentó cruzar la frontera franco-española para llegar a Irún y convertirse en corresponsal del diario montevideano, en el que ya era la estrella y sus crónicas ocupaban la primera página, bajo un gran retrato suyo y el marbete “WING NARRA”.

Cuando el 30 de agosto Wing alcanza la ciudad fronteriza, Irún está siendo evacuada y los movimientos son difíciles. No obstante, consigue llegar a Pamplona el 5 de septiembre pero es detenido por sospechoso de espionaje. Joaquín Arrarás, futuro biógrafo de Franco, lo escucha pero sólo le entrega un salvoconducto para salir de España[2]. Desde Hendaya volverá a presenciar la nueva evacuación de Irún y, tras varias peripecias, consigue el permiso y se incorpora al plantel de periodistas hospedados en el hotel María Isabel de Burgos, donde su divertido y desenfadado carácter le propicia muchas amistades.

En su libro reconoce: “era el más modesto, el más oscuro, el más joven entre todos, al que distinguían con su amistad llamándole el ‘uruguayito’” (p. 121). Dada su simpatía y que el periódico al que servía no competía con las grandes agencias de información, otros corresponsales le invitaban con frecuencia en sus acercamientos, con lo que Wing se jacta de ser el “primero entre los periodistas del mundo” en llegar al Cuartel General del Ejército nacionalista que iba a la conquista de Guipúzcoa (p. 21)[3].

Durante la guerra los corresponsales viven con un lujo que contrasta con las penurias de la población y la dura vida del frente. De hecho, el uruguayo se hace lenguas de lo bien que el ejército sublevado trataba a los alrededor de doscientos periodistas que esperan la caída de Madrid entre grandes hoteles y continuos banquetes. Recién rescatado el Alcázar, acude a Toledo y consigue hablar con Franco y Moscardó para su periódico. Visitará los frentes de Andalucía y del Oeste. Llegará a Asturias, recién conquistada por las columnas galaicas, y se moverá entre Burgos, Ávila y el cerco de Madrid. Todo esto nos va contando Wing en Una aventura en España. Pero la auténtica aventura todavía no ha comenzado.

El uruguayo había confraternizado con tres periodistas de Heraldo de Aragón, el diario más popular de dicha región: Manuel Casanova (Sanlúcar de Barrameda, 1898) ejercía el periodismo en Aragón desde 1919. Joven pero con ya una larga trayectoria a sus espaldas, en 1933 había sido nombrado director del rotativo. En esta corresponsalía de guerra, lo acompañaban, Marín Chivite, reportero gráfico que realizaría una brillante obra profesional y José Meirás Oureiro, joven abogado militante de Renovación Española, que había sido secretario del asesinado Calvo Sotelo y oficiaba como auxiliar de ambos. Manuel Casanova escribió también su libro acerca de la guerra civil, Se prorroga el estado de alarma. Memorias de un prisionero (1941), que, desde ahora, nos va a servir para cotejar la versión del español con la del uruguayo, al que Casanova retrata así:

Hijo de padres italianos, armoniza la finura y el ingenio latinos con la simpatía dulzona y musical de los americanos del Río de la Plata (…) Obligado desde muy niño a ganarse la vida por su propio esfuerzo no rehuyó ejercer oficio por humilde y menospreciado que fuera; y así pasó desde maletero del muelle a jugador de fútbol en el equipo nacional de su país (…) el antiguo medio centro se convirtió en uno de esos cronistas deportivos que apasionan a los “hinchas” (…) Ha sido entre nosotros un español más y quien como yo le ha visto al natural en trances difíciles (…) sabe que en el antiguo maletero y luego escritor notable vibra un corazón alegre y sano de buena hombría (p. 32).

Manuel Casanova

Al enviar sus crónicas a un país lejano, Wing no entraba en la competencia de ser quien se adelantase en las noticias y exclusivas, por lo que recibía frecuentes invitaciones de sus compañeros para que los acompañara. Es lo que sucedió el 21 de noviembre de 1936 con los periodistas zaragozanos que, acompañados del chófer militar Miguel Zamora, maestro armero del Parque de Artillería de Zaragoza, participaron junto a otros corresponsales en una excursión al Frente de Madrid, que había sido aplazada el día anterior. Salieron de Ávila y, en las cercanías de El Tiemblo, Sciutto vio nevar por primera vez. El coche se extravió y, sin darse cuenta, se vieron de improviso en campo adversario. Detenidos y desarmados por el teniente Artés, fueron tomados como espías, por lo que rápidamente se barajó la posibilidad de fusilarlos allí mismo.

Finalmente, son llevados a presencia del comandante Paco Galán, hermano de Fermín, protagonista en 1930 de la sublevación de Jaca y héroe de la II República. El comandante los remite al Jefe Militar del sector Aravaca-Pozuelo, pese a las pretensiones de sus captores que desean acabar con ellos in situ. Algo similar acontece en el puesto militar de Pozuelo, donde aparece teatralmente Valentín González “El Campesino”, mientras el pueblo en la plaza grita que los suelten para lincharlos. Cuando son interrogados y casi está dispuesta su suerte, el jefe que había dictaminado: “Que les tomen declaración y ¡acabar!” se apercibe de la personalidad del chófer, Zamora, que resulta ser su hermano. Sin que lo dé a conocer, cambia de criterio y ordena que los lleven a la cárcel del pueblo y, después, al Cuartel General del Ejército en el madrileño Palacio de Buenavista, acompañados por el propio Valentín González, que aprovecha el viaje para ilustrar al pasaje con sus glorias personales[4].

El interrogatorio lo lleva a cabo directamente el después famoso general Vicente Rojo -entonces teniente coronel-, asesorado por una mujer extranjera, seguramente, Marta Huysmans, que le indica al oído lo que ha de preguntar. No parecieron sacar la conclusión de que fuesen espías ni enlaces con la quinta columna, por lo que fueron enviados a la Dirección General de Seguridad, a la sazón trasladada a la calle Serrano, para un nuevo interrogatorio, tras el que quedaron incomunicados en este edificio durante dos semanas con el único alivio propiciado durante el primer día de cautiverio por la aparición a las 7.30 de la mañana de José Luis Galbe, Fiscal Supremo del Tribunal de la República. Como zaragozano, conocía al menos a Manuel Casanova y aunque su intención era salir ese mismo día para Valencia e incorporarse al Gobierno ya desplazado a la capital levantina, postergó un día su viaje e hizo gestiones que, al menos, sirvieron para salvar momentáneamente a los prisioneros, además de conseguirles cigarrillos y una manta (Wing, pp. 187-188). Días después volvería Galbe para insuflarles aliento.

El uruguayo todavía vio más despejado su panorama: Edgardo Pérez Quesada, embajador argentino que salvó muchas vidas en el Madrid sitiado, le aseguró que sería libertado pero que los demás habrían de afrontar la justicia popular. Se le ofreció mejorar de alojamiento y, sin embargo, Sciutto declaró que prefería correr hasta el final la suerte de sus compañeros (Casanova, p. 107). El caso es que el 4 de diciembre fueron trasladados a Valencia, donde permanecieron quince días incomunicados. A Sciutto le notificaron el día 16 que iba a ser liberado. A pesar de que las gestiones para ello habían comenzado, al saberse la noticia de su detención, la inclinación del gobierno uruguayo hacia el bando sublevado no hizo fácil la negociación pero sirvió para evitar una decisión precipitada. Al ya citado embajador argentino que había tratado de liberarlo, le contaron que se había fugado. Hubo de ser la intervención del presidente de los Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, que visitó el Uruguay en el acorazado “Utah”, quien, ante los ruegos del presidente uruguayo Gabriel Terra, aceleró el proceso. Wing fue liberado con la condición de volver a su país en el primer vapor disponible y no pisar territorio español hasta el final de la guerra. El Encargado de Negocios de los USA, le dio la noticia y en la mañana del 23 de diciembre, tras un mes de cautiverio, una lancha del destructor “Kane” lo recogería en el puerto de Valencia para ser trasladado a Villefranche-sur-Mer y de allí a París, donde lo esperaba el doctor Alberto Mañé, embajador del Uruguay. Efectivamente, Wing no era un don nadie.

En el mes de reclusión tuvo una importancia fundamental el consuelo de la Virgen del Pilar, no sólo para los aragoneses sino también para el uruguayo. Sciutto, revolucionario en su juventud, primero anarquista y después socialista, tenía un sustrato popular que junto a su genio lingüístico, verbal y literario, fueron pilares esenciales de su fama como periodista. Así concluye Una aventura en España

Estando preso en Madrid, cuando la tutela de la Virgen del Pilar nos iluminaba con su esperanza, soñamos planes de futuro. Mis compañeros de Zaragoza le hicieron promesas a la Pilarica, si les salvaba la vida. Yo también hice la mía: llevar para siempre su imagen sobre el pecho e ir a besar el manto de su estatua zaragozana, después de caminar descalzo cinco kilómetros por las rutas de Aragón que van hacia el santuario de la amada Patrona.

Por eso fue que vacilé y quise protestar cuando tuve que firmar aquel documento que me impone retornar a mi tierra, sin volver a España, mientras allí arda la guerra. No sé ni cómo ni cuándo podré hacerlo. Pero he quedado en deuda con “La Pilarica” y algún día tendré que saldarla.

Sus compañeros permanecieron en Valencia hasta la salida del juicio el 23 de septiembre de 1937 en el que todos fueron condenados a muerte, sentencia que no llegó a ejecutarse aunque permanecieron en la cárcel muchos meses más, hasta un total de veintitrés, desde la fecha de la detención hasta su libertad. En agosto de 1938 fueron puestos a disposición del ministro, encargado de los canjes. Finalmente, el 21 se octubre de 1938 embarcaban en el destructor “Icarus” de la Marina inglesa rumbo a Marsella.

En la ciudad portuaria les esperaba Luis Alfredo Sciutto, que no había cumplido el compromiso contraído de no regresar a España y se había reincorporado a sus funciones de cronista de guerra en el bando nacional[5]. Creo recordar que, años después, sí cumplió en Zaragoza su promesa a la Virgen del Pilar. Tampoco era hazaña propia de un héroe legendario besar su manto haciendo cinco kilómetros descalzo. Menos, cuando la imagen no se encuentra en una arriscada montaña sino en el centro de una ciudad europea bastante llana. Hombre práctico, Wing aminoró la dificultad caminando desde su hotel, cercano a la basílica, y portando unos zapatos tan brillantes como suelen gustar a los rioplatenses. Pero, eso sí, saludó a la Virgen.

Poco después, el periodista abandonó su querido Uruguay, requerido por el diario Crítica de la capital argentina. En 1945 se fundó Clarín, desde entonces uno de los dos diarios más importantes de Buenos Aires, que es como decir, de Sudamérica y fichó a Sciutto. Allí ya tomó el seudónimo de Diego Lucero, que iría haciendo olvidar el resto de sus nombres.

Desde entonces, la brillante trayectoria de Diego Lucero sobrepasó con mucho su labor periodística. Un genio suelto cuya personalidad incluía todo lo imaginable y que fue querido y admirado por todo el espectro futbolístico de su tiempo, que abarcó casi todo el siglo XX. Quedémonos con su creativo, original, poético, preciso y desternillante lenguaje que le llevó a ocupar desde 1970 el sillón Félix Lima en la Academia Porteña del Lunfardo.

NOTAS


[1] En 1930 fundó Radio Sport, primera emisora deportiva de su país.

[2] Sciutto, en su juventud y en sus escritos, mostró  querencia hacia anarquistas y socialistas. Al comienzo de la guerra civil española, el gobierno uruguayo se acercó a los sublevados, mientras que la mayor parte de los intelectuales del país tomaban la posición contraria. Puede decirse que Wing llegó a España con una postura equilibrada, que, a partir de la retirada de Irún, incendiado por quienes debían defenderlo, fue inclinándose hacia el bando que ganaría la guerra. No digamos ya en el cautiverio, cuando su muerte parece a menudo inminente.  

[3] V. Niall Binns, “Aventura y aprendizaje en “Wing” (Luis Alfredo Sciutto). Un testimonio uruguayo sobre la Guerra Civil Española” Letral nº 5 (2010), pp. 46-63. El único y valioso trabajo que conozco sobre el libro firmado por Wing.

[4] En su artículo, Binns comenta: “Siente una antipatía particular hacia los comunistas, hipócritas a los que soborna para conseguir comida —“las pesetas no habían dejado de ser apetecibles entre los comunistas que odiaban el dinero”— y que hacen todo lo posible para impedir su liberación (p. 221); pero quizá el acontecimiento más instructivo para Wing fue la interrogación a la que le sometieron unos “comisarios del pueblo en Madrid” (p. 58).

[5] Esta segunda etapa de su labor como corresponsal en España, la reflejó en otro libro Cartas de la guerra, Montevideo, 1939, publicado, como el anterior, por la Imprenta Florensa.

Diego Lucero en sus últimos años de periodista

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