LOS CABEZA RAPADA

Publicado: abril 19, 2017 en Artículos
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(Pubicado en Aragón Digital, 22-24 de abril de 2017)

Moda de diversos pueblos en distintas épocas de la  historia, rasurarse el cráneo tenía una finalidad práctica: despojar la cabeza de indeseables parásitos. Por esta razón, incluso en nuestro pasado reciente, a los niños se les cortaba el pelo al cero o al uno, sobre todo en los pueblos. En cambio, respecto a los adultos, el pelo al cero ha sido cosa poco vista en España hasta hace unas pocas décadas. De hecho, alguien como Yul Brynner, el famoso actor norteamericano de origen ruso, llamaba la atención precisamente por ello. Hoy, por ese lado, sería uno más, sin ninguna atención especial. Otro pionero en nuestro país fue el buen poeta y querible ser humano José Hierro que, fallecido en 2002, aún pudo contemplar con alguna sorpresa  como una gran parte de varones que sobrellevaban su calva o su peluca se afeitaba el cráneo, con lo que su originalidad quedaba borrada y pasaba a ser uno más. Lo que, como poeta y, por tanto, receptáculo de cierta vanidad, no dejaba de molestarle.

En la primera parte del siglo XX, la cabeza pelada fue, sobre todo, un uso alemán, que en el resto de Europa llamaba la atención, como la llamaba la pelambrera de los rusos antes de que el comunismo terminara de afeitarles exterior e interiormente. Dos italianos, el poeta, D’Annunzio y el caudillo fascista Benito Mussolini, fueron también casos paradigmáticos pero, a partir del final de la guerra, la costumbre se hizo muy rara. En España los “cabeza rapada” aparecieron en los últimos tiempos del franquismo y en la llamada transición. Solían formar parte de las bandas de ideología nazi. Curiosamente, años después imitaron el uso los jóvenes del movimiento punk, que se decían anarquistas aunque no lo eran. Es cierto que muchos de ellos usaban historiadas crestas, similares a las de algunas tribus nativas del este de Norteamérica.

Poco después los sufridos calvos que portaban unos pocos pelos a la buena de Dios, patéticas pelucas, penosas calvas en forma de herradura o el famoso peinado de persiana, que pasó a llamarse “Anasagasti”, por ser el que gastaba este político vasco, decidieron afeitarse totalmente la cabeza, con lo que se ganaba en estética, en limpieza y en economía.

Una afortunada apuesta que, sin embargo, puede tener su contraprestación.  Muchos neurólogos piensan que el pelo es una extensión del sistema nervioso (pelos de punta o como escarpias, ante una emoción poderosa), una especie de antenas que transmiten y también recogen del cerebro una gran cantidad de información.

Esa energía electromagnética emitida por el cerebro cambiaría, pues, nuestra relación con el medio ambiente y, por tanto, la información que emitimos y percibimos. Recordemos qué le ocurrió a Sansón cuando Dalila acabó con su cabellera o la costumbre de los guerreros de muchos pueblos históricos de portar largas melenas aunque no fuera muy cómodo para la batalla.

Como los extremos se tocan, así como vimos pueblos indios que se afeitaban, otros se dejaban largas trenzas. Lo mismo que hoy vemos ridículos practicantes de lucha libre que quieren dar miedo portando luengas guedejas mientras otros pretenden ocasionarlo  rasurándose el cráneo.

De cualquier modo, disfrutemos de estos  buenos tiempos en los que cada uno puede llevar su almendruco como le venga en gana. No siempre ha sido así en todos los lugares ni épocas históricas. Recordemos cómo se pusieron ciertos sectores sociales cuando aparecieron Los Beatles y cuanto tuvieron que aguantar los jóvenes que pretendían imitarlos. Aunque alguno deseara que volvieran esos tiempos.

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