cementerio-civil

(Publicado en Aragón Digital, 11 de septiembre de 2016)

Hoy que el personal tiende a la incineración cuando el hálito abandona el cuerpo, lo de rumiar un epitafio que impresione a los improbables paseantes del camposanto está un poco pasado de moda, pero en tiempos llegó a constituir un subgénero literario. Incluso Luis Carandell dedicó en 1975 un divertido libro al asunto: Tus amigos carandell-luis-tus-amigos-no-te-olvidanno te olvidan.

Lo que no tiene duda es que, si el texto lo redactó el difunto, dice mucho sobre su personalidad y el modo que tuvo de estar en el mundo. Lo primero que dice es la trascendencia que el interfecto daba a la posteridad. A Bécquer, a Cernuda, que dijeron querer viajar “donde habite el olvido”, no creo que les importase mucho. En cambio, otros optan por una trascendencia un poco ridícula. No es difícil que incluso los grandes poetas caigan en la cursilería: “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua” (John Keats); “Incluso en medio de las llamas feroces se puede plantar loto dorado” (Sylvia Plath); el de Vicente Huidobro incurre, además, en la tautología: “Abrid la tumba. Al fondo de esta tumba se ve el mar”. Y lo que ya no tiene perdón de Dios es pavonearse grotescamente como Arthur Conan Doyle: “Temple de acero. Rectitud de espada. Patriota, médico y hombre de letras”.

Más defendible parece intentar provocar la sonrisa como sucede en los famosos de Dorothy Parker: “Perdonen el polvo” o Jardiel Poncela: “Si queréis los mayores elogios, moríos”. Por cierto, que el famoso epitafio atribuido a  Groucho Marx, “Perdonen que no me levante”, es falso; en su tumba del Eden Memorial Park Cemetery de Los Ángeles sólo figuran las fechas de su nacimiento y muerte y, entre ambas, una estrella de David. Lo de colocar en el lugar del enterramiento símbolos alusivos a la religión, al fin nacida para consolar al hombre de la muerte, es cosa que se hacía ya en la prehistoria; nosotros seguimos bastante prehistóricos con nuestras cruces, medias lunas o estrellas. Los romanos, más prácticos, solían referirse a la profesión del difunto, como hace Conan Doyle, pero yo no he visto tumbas contemporáneas que nos digan: “Aquí yace un tapicero” o una ordenanza de Hacienda o un comercial de El Corte Inglés. Tampoco lo hacen ya, como antes sucedía, los guerreros y militares. Los únicos que, a veces se descuelgan contándonos su profesión son los artistas, como si no hubieran tenido suficiente comprobación en vida de que a nadie le interesan.

Lo cierto es que perdemos una buena cantidad de tiempo pensando cómo nos recordarán después de muertos y, todavía más, elucubrando qué piensan de nosotros los demás cuando estamos vivos. La gente hacemos cantidad de tonterías para que crean de nosotros lo que queremos que piensen y casi siempre están abocadas al fracaso. Es lo mismo que ponerse tacones, corsé o peluca, si uno es bajo, gordo o calvo. Por cierto, y volviendo al humor en los epitafios, me encanta uno que –dicen- figura en el cementerio de Osuna, pero no sé si se trataba de una pesimista, una visionaria o una humorista: “Mi esposo me olvidó al mes de fallecida”. Aunque, si hay que elegir, opto por el de un tal Miguel Collantes: “Pierda peso. Pregúnteme cómo”.

epitafio

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