LA ALMOLDA 1956

Publicado: junio 2, 2015 en Artículos
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Vaux-hall de Basiliio

Vaux-Hall. Lo pronunciábamos “Jausval”. Un coche inglés, grande y panzudo, de la década del treinta o cuarenta, del que se veían unos pocos ejemplares circulando por las carretas españolas, entonces casi desiertas. El de Basilio, amigo de mi padre, era negro y, cuando éste debía viajar a algún lugar de la provincia, ejercía gustosamente de chófer.

Entre los cientos de representaciones que asumió el responsable de mis días, una de las más pintorescas  fue Maquiseltz, una máquina de hacer sifones, gaseosas y refrescos, que funcionaba sin motor ni electricidad y solían adquirir los bares y casinos de los misérrimos pueblos de la provincia. Su fabricante, el señor Soriano, era un obesísimo catalán, al que recuerdo roncando como un jabalí en un chinchorro del jardín familiar, tras una copiosa comida.

Maquiseltz

El problema de la representación, que, por otra parte, devengaba aceptables rendimientos, era que alguno de los productos para alimentar la máquina -al menos, la sacarina- sólo se podían obtener entonces a través del contrabando y mi padre debía enviárselos a los clientes para que la Maquiseltz pudiera seguir elaborando sus pócimas. Estos productos los escondía en una habitación de una vieja casa de tres pisos del siglo XVIII en cuyos bajos mis tíos tenían instalado un negocio de papelería, mientras los pisos superiores servían de almacén.

En alguno de los viajes por la provincia me llevaron con ellos. Un niño despejado y silencioso, que asumía con avidez todo lo que a sus ojos y oídos llegaba.

La Almolda, en plenos Monegros, era un pueblo sin agua en un pelado altozano. La llegada de la Maquiseltz y sus embajadores resultó un pequeño acontecimiento local. Mientras estos iban a avisar al bar de su llegada, el niño quedó solo en el coche y, al punto, un ejército de rapazuelos rodeó el automóvil. Quietos, mudos, con sus mocos –secos o frescos- colgando-, su pasmo ante el vehículo era tal que superaba al de su pequeño ocupante, ahora también acoquinado ante el examen de tanta mirada estupefacta. Al poco, los embajadores vinieron a sacarme del embrollo y a transportar a Maquiseltz hacia su destino.

De su instalación –mi padre era un inútil total para esos menesteres y quiero suponer que Basilio era quien oficiaba de maestro de obras- recuerdo una vieja desdentada, vestida con una bata con rayas granates y café con leche, que constantemente exhortaba a uno de sus hijos con la exclamación “¡Aduya! ¡Aduya!”, una metátesis dialectal que ya habrá desparecido de la zona.

Veinte años antes el pueblo había estado colectivizado por las milicias anarquistas y, en aquellas fechas, muchos de sus habitantes recordarían vivamente la experiencia. Basilio era hijo de un significado intelectual aragonés, que, también hace unos veinte años había sido fusilado en la capital de la provincia, el 1 de diciembre de 1936, posiblemente, por su adscripción a la masonería. O a la intelectualidad ¿quién sabe?

Aquel niño, fascinado por la violenta luz blanca de los secanos aragoneses, tardaría muchos años en saber de aquello que había condicionado la vida de su generación anterior. De hecho, no se lo contaron ni en casa ni en la calle ni en el colegio ni siquiera en la universidad. Hubo de buscarlo en los papeles y, después, en los labios de quienes lo habían sufrido.

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