UNA VISIÓN DE ZARAGOZA DURANTE LA GUERRA CIVIL

Publicado: diciembre 5, 2014 en Literatura
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García de Pruneda, SalvadorDiplomático y escritor, García de Pruneda (Madrid, 1912-1996) no acostumbra a aparecer en García Pruneda, Salvadror, La soledad de Alcuneza002las historias de la novela de posguerra. Que yo sepa, sólo Antonio Iglesias Laguna le dedica unas paginas en Treinta años de novela española 1938-1968  (Prensa Española, 1969) e Ignacio Soldevilla, unas líneas en La novela española desde 1936 (Alhambra, 1980)Sin embargo, García de Pruneda fue un escritor consistente a cuya primera y conseguida novela, a pesar del maltrato de la censura, La soledad de Alcuneza  (Ediciones Cid, 1961) pertenece el fragmento que reproduzco, en el que la perspectiva de la ciudad del entonces teniente de caballería del ejército franquista resulta diferente al de otras visiones de retaguardia. No se ha escrito mucho de la vida cotidiana de Zaragoza durante la guerra. Si tuviera que elegir una imagen proveniente de la tradición oral, sería la del miedo de mi madre, de once años, camino de casa de su profesora doña Pilar y atravesando los altos de la Cuesta de Morón, donde descansaban, despiojándose, los batallones de moros que se alojaban en el cercano cuartel de Castillejos. Tampoco la versión de la ciudad propiciada por el narrador es atractiva.

Era la ciudad un inmenso cuartel, con soldados por todas partes, tabernas repletas de moscas y bares de camareras con tanguistas cansadas. De noche, un olor a manzanilla reseca y encabezada dominaba la calle pero cuando la madrugada llegaba, el campo se adentraba, la abrazaba, se la incorporaba, y como una marea viva penetraba por todas las rendijas. Retirábanse entonces las patrullas de vigilancia que se llevaban los últimos borrachos y las broncas de vino, trasunto del frente, se iban apagando lentamente. Un olor a paja y a grano se empezaba a sentir y los vapores del vino trasnochado se diluían en el aire campesino del valle ibero. Partían en aquella hora camiones atestados, camino del frente, de lo que se llamaba “representaciones”, depósitos y oficinas de retaguardia de las unidades combatientes. Los hombres se encaramaban en las cajas de los vehículos, echando fuera el vino, acabada la juerga. Durante el corto permiso habían remedado la guerra, porque la guerra todo lo dominaba y la vida civil era imposible. El juego se convertía de nuevo en realidad.

Plaza de España_Guerra Civil009

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comentarios
  1. autillo dice:

    !qué rarezas siempre encuentras… queremos leer más !

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