PRÓLOGO A “EL JUEGO DE LAS LLAVES” de LUIS MARTÍNEZ PASTOR

Publicado: diciembre 2, 2014 en Artículos, Literatura
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Reproduzco hoy el prólogo a la reciente novela, El juego de las llaves, La Fragua del Trovador, 2014, de Luis Martínez Pastor, al que in illo tempore disfruté como alumno y que, pese a llevarle la vida por senderos muy diversos y hasta dinsyuntivos, atesora una potente vocación literaria. Ya publicó en 1997 La dueña del paraíso (Egido) y, como señalo en este breve texto, creo que, como autor de cuentos, va a superar su faceta de novelista.

Para más información sobre Luis, su página:  http://escritorporaccidente.blogspot.com.es/

Martínez Pastor, Luis_El juego de las llaves001

 

Siempre pensé que para escribir novelas había que ser un tipo obsesivo o un tipo desahogado. Los desahogados casi nunca escriben buenas ficciones, se limitan a echarle jeta, copiar de aquí y de allá y acabar lo más pronto posible. Entre los obsesivos están casi todos los buenos novelistas pero, cómo no, también abundan los malos. Presumo que Luis Martínez Pastor está entre los obsesivos. He seguido su trayectoria y sé de sus esfuerzos, de su constancia y de su interés en cultivarse, en mejorar, en conseguir, a través de la observación y la insistencia, unas tramas mejor construidas, un estilo más limpio, un aporte de originalidad, que, de momento, creo ha conseguido más intensamente en algunos de sus cuentos. Uno, que también es medio obsesivo, no escribe novelas porque no es constante. Y porque tiene que desgastar mucho las meninges el acostarse y despertarse con los personajes, los escenarios, la imprevisibilidad del destino y el ocurrente azar en la cabeza.

A fe que Luis lo debe de hacer. Lo imagino concentrado para imbuirse en los registros de la voz femenina que tiene la palabra principal en El juego de las llaves, para apoderarse de su psique y de los matices del habla y el tono de cada personaje. Seguro que la obsesividad y sus muchas dotes de observación le vienen al pelo para tal cosa. Y es verdad que no siempre resulta fácil distinguir un especialista de un obseso.

LMP no excursiona en tiempos pretéritos ni en lugares exóticos, como ahora parece preceptivo en la narrativa que nos toca. Incursiona en su propio mundo, en aquello que ha observado y conoce; el lector encontrará a sus contemporáneos, la vida cotidiana sin el tufo costumbrista de las series de televisión, el trabajo y el amor –ese mejunje etéreo que sirve para creerse tan fácilmente la felicidad y la infelicidad y que lleva a la insensatez en un cerrar de ojos-, pero no he de ser yo quien dé cuenta de los contenidos de la obra que el lector tiene entre las manos. Al fin, la literatura es lenguaje o, como dijo aquél: “Lo que le importa al gallo es cantar. El alba le importa un carajo”.

Como hay opiniones para todo, como debe de ser, Anatole France, también de oficio novelista, decía que es una vana pretensión creer que con unos cuantos gruñidos (se refería al lenguaje, oral o escrito) vamos a descubrir las claves del universo. En El juego de llaves las voces de los protagonistas se alternan a lo largo de los distintos capítulos: sus dos actores principales están equilibrados. En catorce de ellos toma la palabra Malena y, en otros tantos, Álvaro; Carlos, personaje satélite, amigo de los protagonistas encarna su voz en cuatro. Y, en sólo un capítulo, el séptimo de la primera parte, es el propio narrador quien conduce el pulso del relato. Juego de voces, pues, de perspectivas para una historia que, en cambio, resultará unitaria y con escasas ramificaciones.

Vocación de novela popular, de novela psicológica con ribetes de actualidad más las adecuadas dosis de sexo y desconcierto. Pese a ello y como siempre, el individuo no deja de ser –como quería Bataille- una partícula inserta en conjuntos intrincados e inestables. ¿Qué sería, si no, de los narradores?

 Amor, negocios, cibernética, poder, ambición, sexo… todos estos elementos aparecen en la novela pero si tuviera que decidir cuál es el centro temático de la misma, pese a su final apodíctico, me inclinaría por la soledad. Todos andamos manoteando con ella pero, mucho más, cuando creemos que en el amor, o en cualquiera de los elementos de la lista enunciada al principio de este párrafo, podemos encontrar un lenitivo. No puedo menos que recordar las conocidas palabras de Dylan Thomas, antes de morir, cuando tras tomar dieciocho whiskies puros y caer de rodillas ante las faldas de Liz, extendiendo los brazos, enunció aquello de “Te amo… pero estoy solo”.  

Para consuelo de sus lectores, LMP prefiere buscar los caminos de la esperanza, esa que según Manuel Machado, siempre se encontraba “Más allá”, a pesar de los frecuentes exordios sobre la culpa y la anagnórisis final, lo que viene a ser una concesión a la tradición narrativa en una novela, por otro lado, tan cuajada de referencias a la cambiante e inaprehensible realidad. 

 Martínez Pastor, Luis

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