FÉLIX FRANCISCO CASANOVA: DEMASIADO GENIO PARA VOLAR

Publicado: julio 20, 2014 en Literatura
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Veo que va creciendo la estimación por la obra de este poeta canario, al que ya algunos consideran el Rimbaud o Lautréamont español, quizá con un exceso de desparpajo, y que se autoeliminó, con 19 años, el 14 de enero de 1976.

Por presumir un poco, labor que ejercito sin ningún complejo de culpa, ya en 1991 publiqué una reseña de su libro La memoria olvidada. Poesía 1973-1976, en la que declaraba mi fascinación por  su poesía . Hace tres años la volví a reseñar en literaturas.com la Antología poética. Cuarenta contra el agua, publicada por Demipage, que aquí reproduzco.

Casanova, Félix Francisco

“Sucede en pocas ocasiones pero acontece. Como por casualidad, el amador de poesía se encuentra de sopetón con la frescura, con la originalidad, la riqueza léxica, la imagen destellante. Más estimables hoy, en que no la palabra sino la palabrería se ha hecho dueña del cotarro. Poetas que hace veinte años comían mundo se han amanerado, han caído en la inanidad –vicio del tiempo- o se dedican, claro, a otra cosa. Poetas, nuevos o viejos, cuyo más alto horizonte es participar en una mesa redonda. Por eso, tropezar con un libro como este es una peonía en el pedregal, un tañido de campana en el desierto”.

 Estas palabras escribía el firmante hace veintiún años, con motivo de la publicación de La memoria olvidada (Poesía 1973-1976) de Félix Francisco Casanova en la editorial Hiperión y no se puede decir que haya que retocar mucho lo estampado. En 2010 Demipage ha publicado tres libros de este autor, muerto en 1976 cuando aún no había cumplido los veinte años: el que nos ocupa, una novela, El don de Vorace y Yo hubiera o hubiese amado. Diario íntimo 1974, ya publicado en 1983. La muerte, suicidio para algunos, le llegó en 1976, mientras se bañaba y a resultas de un escape de gas. Ya había ganado tres premios literarios ¡uno, de novela!

 Se trata de un genio sin fisuras, cuya poesía estaba ya en gran medida publicada y que, incluso, contó con ciertas influencias en el mundo poético, pues su padre, Félix Casanova de Ayala (1915-1990), fue un poeta conocido y a sus instancias se publicaron los dos libros póstumos aludidos.

 En la poesía de Félix Francisco Casanova está lo fundamental: el agua, la noche, el sol, el pez, la antorcha, el tiempo y el deseo. También los neologismos: el sauz, las flores monoicas, el zapuceo del rey, el zapoyolito de heroína, los plateados fonolita… O los escarceos del Maldito: el excremento, el pezón ardiente, la tos, los niños azotados, el masturbador eléctrico… Y está, con la magia de la palabra, con la tensión del lenguaje, con la perplejidad que suscita el uso insólito del mismo. 

 Se reconocerán en esta poesía algunos de los tics del tiempo que caracterizaron una época, si no excelsa, sí entusiasta, veraz, voraz y perseguidora en la que convivían el rock, el surrealismo, el neo-romanticismo con el sexo, el costumbrismo, el expresionismo y la desnudez. Todavía hay en Casanova un vicio propio del poeta primerizo: el exceso de adjetivación pero su asentamiento en la intensidad, su proscripción de lo consabido siempre lo redimen. Y poseía una virtud fundamental y poco frecuente: terminar muy bien los poemas.

 Dejemos la palabra al poeta que “en su primera mañana de muerto se encontró demasiado cerdo para volar”, “abuzado en su sombra correcta en la pared cediendo mundo abajo”. “¡Si sólo hubiesen ampliado un poco la fosa!”

 Casanova, Félix Francisco1

 

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