ATAVISMOS

Publicado: abril 19, 2014 en Artículos
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STambores-romperan-Aragon-anunciar-Cristo_TINIMA20140417_0445_5Hombre como soy amante de las tradiciones y se me iba a pasar la Semana Santa sin soltar el consabido memorándum sobre los tambores. Ningún periódico que precie deja pasar estos días sin suministrar al lector varios trabajos que lo pongan en antecedentes y, aunque el que usted tiene bajo los ojos – o sobre ellos si está en la cama – ha cumplido suficientemente, también yo quiero contribuir ahora que, precisamente, pasan junto a mi mansión los encapirotados, dale que te dale.

Ya les habrán explicado a ustedes que el aporreo del tambor viene a constituir la reminiscencia de antiguos ritos de fecundidad con los que se reclamaba a la Madre Tierra la entrega de sus dones en una época en que la Naturaleza está a punto de enarbolar todo su esplendor. Pero ¿de dónde esa sugestión, ese vértigo que produce la melopea repetitiva de sus sonidos? Como usted se figuraba es la nostalgia del claustro materno, la añoranza del paraíso perdido. Como casi siempre.

Joost Meerloo en Rhytm in Babies and Adults describe el útero como “un mundo de sonidos rítmicos” El líquido imagesamniótico es mejor conductor del sonido que el aire, con lo que el feto escucha no sólo los sonidos intestinales o de otro tipo que produce la madre, sino también los del exterior. El doctor Truby, uno de los capos de la Universidad de Miami, está empeñado en que el aprendizaje lingüístico comience antes de que el feto se convierta en rorro y la fetóloga Liley narra que la ingestión por parte de la madre de un vaso de champán o cerveza supone para el feto un estallido similar al de los fuegos artificiales. Pero, sobre todo, hay una cadencia que no cesa: la del corazón de la madre acordado con el suyo propio, que late a una velocidad casi doble. Este ritmo machacón permanecerá durante toda la vida agazapado en el subconsciente y el éxtasis que produce la música y, sobre todo, la música percusiva – tan utilizada en las ceremonias de las religiones llamadas primitivas – no será sino un rescate del tiempo en que éramos uno dentro de otro, un cuerpo proyectado, dependiente.

El primer domingo después del equinoccio de primavera (Pascua) teñimos huevos de negro, según costumbre inmemorial; durante los primeros días del mes que entra homenajeamos al órgano generador asentando el mayo; el día del Corpus recuperaremos los ritos dionisíacos y graálicos. En San Juan propenderemos a la magia simpática encendiendo hogueras que remeden el renacimiento de Helios o solsticio de verano. El 1 de julio saldremos para Cambrils.

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