LA POESÍA ANTIRRETÓRICA DE FERNANDO FERRERÓ

Publicado: noviembre 13, 2013 en Artículos, Literatura
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Este texto procede de una ponencia que leí el 7 de septiembre de 1993 en un Curso de Poesía Aragonesa Contemporánea impartido en la Universidad de Verano de Teruel, cuyas actas fueron, años después, publicadas con el título: El desierto sacudido, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 1998, pp. 169-180.

Desde entonces, Fernando Ferreró ha publicado:  Ácromos, Zaragoza,  Edizións de l’Astral, 1994. Revisión retrospectiva, Zaragoza, Prensas Universitarias, 2002. Libro de Pigmalión, Zaragoza, Lola, 2004. Secuencias y escenarios, 2006, Variaciones sobre un contexto inestable, 2011 y Poesía completa, 2016. Estos tres últimos publicados también por Prensas Universitarias de Zaragoza.

Ferreró, Fernando008

 Los pocos que se han ocupado de la poesía de Fernando Ferreró[i], y ello a través de reseñas -no conozco que exista ningún estudio específico de su aventura poética-, coinciden en la excelsitud de la misma, en su carácter excéntrico, en su manifiesta exquisitez.

No es extraño este alejamiento de la crítica de uno de nuestros mejores poetas. Por varias razones: a) no existe nada en este país que se aproxime a lo que debiera ser un cauce de acercamiento, interpretación y valoración de la poesía contemporánea y mucho menos en Aragón; b) el extremo conceptualismo, la cierta dificultad y el carácter antiespectacular de la poesía de este autor la hacen poco atractiva para la mayor parte de los comentaristas adictos a la inercia, la moda, la pereza mental y la repetición de esquemas mentecatos; c) el autor, vanidoso como cualquier poeta, jamás se ha preocupado de publicitar su obra ni de dar pábulo con elementos extraliterarios a que se hable de él[ii]; d) la publicación de su poesía, exceptuando los dos primeros libros de edición reducidísima, se ha producido en estos últimos once años y la aludida inercia de la crítica no le permite efectuar este tipo de descubrimientos que se salen del guión.

Sin embargo, ya se dijo como en sus reseñistas parece alentar un idéntico entusiasmo ante la poesía de Ferreró[iii]. Es lo que me  ocurrió a mí en el ya lejano 1982 al leer el primer libro de este autor que cayó en mis manos, De la cuestión y el gesto. Mi fascinación se concretó en la realización de una reseña, la sexta que publicaba en mi vida y la segunda de un libro de poemas[iv]. En el mismo año un crítico y poeta como Manuel Pinillos, de veta lírica muy alejada a la de Ferreró pero habitualmente serio y agudo en sus percepciones, terminaba así un largo comentario del citado libro:

“…afirmo que es es uno de los contadísimos poetas aragoneses que ciertamente interesan, ya que dice cosas reveladoras e inquietantes, a pesar de que no es autor de fácil lectura y hace falta mucha atención para desentrañarle todas sus claves fundamentales.[v]

  Con este libro Ferreró se reencontraba con las prensas y anunciaba[vi] la publicación de dos nuevas obras en el plazo de un año. Como es normal en el mundo de la edición, una cosa son los proyectos y otra los resultados. El siguiente poemario no aparecería hasta 1988, pero esa declaración mostraba a las claras el deseo de Ferreró, después de varios años fuera de Zaragoza, de reanudar el contacto con el improbable público lector. Para ello, en la citada De la cuestión y el gesto, utilizó una revisión, hecha ya en 1970, de sus dos primeras obras: Acerca de lo oscuro, aquel libro que había iniciado la excelente colección Orejudín, se Ferreró_Hacia tu llanto ahogadoconvirtió en La hierba salpicada y Hacia tu llanto ahogado, en El tacto del tiempo, que constituye la segunda parte. La poda supuso, amén de la exclusión de algunos poemas[vii] y la inclusión de otros de parecida línea, un proceso de adelgazamiento expresivo y de supresión de elementos: Se descartaron imágenes de un surrealismo quizá algo mimético, algún guiño social y el resabio sentimentaloide tan frecuente en la poesía española en torno al medio siglo. No quiere decirse que los dos primeros libros de Ferreró fuesen prescindibles, ni mucho menos: su tono intelectual y preciso era en aquellos años más que plausible y también gozaron de una buena, aunque no entusiasta, acogida crítica[viii] sino que, efectivamente, la manipulación a la que los sometió el poeta fue para mejorarlos. Veamos una muestra con el poema “No todo es limpio”, que también había sido publicado en el número 4 de la revista Orejudín de Noviembre de 1958:

No todo es limpio                   No todo es limpio

como el hombro desnudo     como el hombro desnudo

de una adolescente;               de una adolescente.

ni fresco como                        Ni todo es fresco

la lluvia inesperada                como la lluvia inesperada

de un lunes.                             de un lunes.

Hay plomo y yeso

que me atornillan,

los picos de las aves                    Los picos de las aves

son duros,                                     son duros.

los ríos pasan por las ciudades Los ríos cortan las                                                                                            ciudades

con el espejo roto.                      con el espejo roto

No es todo limpio,                   

ni es todo amable                    No es todo amable

como un recuerdo                  como un recuerdo

al echarse en la cama;            al echarse en la cama.

Ya sabes que el tiempo,         Sabes que el tiempo,

cuando quiere, te arranca     cuando quiere te arranca.

(Tu balcón está solo

sobre la plenitud del huerto)…

No es todo limpio.

Desde el primer momento,

he visto el mar a través de mi sangre.

(En la versión perteneciente a De la cuestión y el gesto -derecha- no existen las separaciones en los versos aquí mostradas para facilitar la comparación).

De un solo vistazo puede comprobarse la eliminación de los resabios surrealistas (“Hay plomo y yeso/que me atornillan”) y guillenianos (“Tu balcón está solo/sobre la plenitud del huerto) y la huida de la grandilocuencia retórica de los tres últimos versos. Las otras leves modificaciones denotan, claro, una mejor técnica, un mejor oído poético. El segundo poema es obviamente más intenso[ix].

Baste con esto para alejarnos de la prehistoria poética de Fernando Ferreró, que tampoco fue un poeta muy prolífico o, por lo menos, su producción no fue demasiado recogida por las revistas de la época. Reprodujeron, sin embargo, poemas suyos -y muy desiguales- las revistas Despacho literario (nºs. 1, 2 y 4), Poemas (nºs. 1, 5 y 8), además de la citada Orejudín (nºs. 4 y 5)[x]. Fuera de Zaragoza, la revista Monteagudo de la Cátedra Saavedra Fajardo de la Universidad de Murcia (nº 25) y la conquense El molino de papel (nºs. 25 y 35).

Aunque fuera definitivamente redactada en 1970, De la cuestión Ferreró, Fernando-De la cuestión y el gesto002y el gesto recoge todos los rasgos del mejor Ferreró. Una poesía aguda, inteligente, limpia, sin concesiones a la facilidad y que siempre rebosa concentración, sentido. Una poesía caracterizada por la precisión lo que, sorprendentemente, no la exime sino que la faculta aún más para expresar o producir el misterio. Todo ello servido por un léxico casi siempre común pero con extrañas combinaciones que le proporcionan su magia.

Esa capacidad de síntesis que se resuelve en un estilo nominal pródigo en elipsis y en intensidad. Y sobre todo, la negativa a caer en la grandilocuencia, en el gesto, en la batahola de palabrería a la que cada una a su modo se han apuntado tantas corrientes de la poesía hispana, tanto la social, como la veneciana o la de nueva sentimentalidad que tanto nos ha aburrido los últimos años. Esa solemnidad adolescente que parece llenar de aire la boca de estos poetas para los que el siglo XX no ha servido para mucho. El modo y actitud que califico de antirretórico y que, extrañamente, tan poco se da en la poesía española de los últimos años. Tal vez, porque precise una audacia pero, sobre todo, un dominio de la lengua para el que no parecen estar capacitados la enorme mayoría de los poetas de hoy.

Si el título del libro se refiriese a el modo y la actitud, acaso fuese más exacto haberlo llamado De la cuestión y el ademán. ¿Y la cuestión? La realidad (tiempo y lugar) que desconcierta al poeta que lucha por atraparla, por conocer, por  lo que para él la poesía es tanto la lucha como el instrumento. Hay que citar de nuevo a William Carlos Williams y su “¿Cómo puedo saber lo que pienso hasta lo que no veo lo que escribo?”, irrefutable formulación de la vía que defiende la poesía como conocimiento. Pero sin llegar a la poesía hermética[xi]. Ferreró casi siempre se detiene antes de dar el paso de la disolución-construcción de esa otra realidad. Para lo que el surrealismo no es el único camino. Miguel Labordeta se aproximó a él y Cirlot lo dio definitivamente pero no abundó a este lado del Atlántico la tendencia.

Quedan todavía en la segunda parte de este libro, “El tacto del tiempo”, esbozos surrealistas pero muy atemperados (“Si el negro de los párpados/ quiere saber quien llega, / salgo descalzo hasta el umbral del ojo” (p. 47) y otras imágenes en los poemas numerados con el 6, 11, 12, 14 y 18). Y no es terreno en el que Ferrero se mueva con poca soltura. Todas esas imágenes tienen originalidad, fuerza y cumplen su función en el poema pero no son lo esencial en él. Lo esencial es el poema mismo y para serlo ha de ser corto, intenso… Pocos poemas en el libro (dieciocho en cada una de las partes más el poema final[xii]), de escasos versos y sílabas pero ahítos de significación.

Entre las influencias que se han señalado -y que hasta ha reconocido Ferreró- se cuentan Juan Ramón Jiménez, Salinas, Guillén, Cernuda, Rilke, Ungaretti, Montale, Quasimodo, Gatto, Pessoa, Trakl y Enzensberger. No son malos modelos, voto al cielo. También el poeta ha reconocido su admiración por António Osório o Juan Lamillar. Pero, para mí, la cercanía más rotunda es, sin duda, la de Guillén. Tanto por el tono y el “aire” del poema como por el léxico, la precisión, la sobriedad, la concentración y hasta el humor. Que, a veces, sobrepasa la ironía aunque sin llegar a la mueca. ¡De qué pocas grandes creaciones está, por cierto, ausente el humor! Como dijo Svevo, la forma más alta de cortesía, de inteligencia. Y tampoco falta el erotismo -no sé si malgré-lui, especialmente en La hierba salpicada. El hombre en lo oscuro, que debe resistirse ante la angustia del tiempo, encuentra en el chapoteo que busca los cuerpos un mecanismo soteriológico y, como contraprestación natural, otra puerta hacia el misterio. Veamos un poema, el 14 de la primera parte (p. 30), que puede ejemplificar este aserto. Y, así, otros muchos.

Un enjambre de seres

que mueve la costumbre.

Mares cruzados

por los peces profundos

de pasión abrasada.

Orillas de ceniza,

donde el sueño imposible

regresa con el viento

de la tarde, que amaina.

Si yo pudiera, al fin,

abrir tu calavera

y, desatando el hueso,

cortar su laberinto;

sería como un lago,

imagen que repite

la verdad engañosa

que las manos no alcanzan.

El poema, que comienza con una formulación realista prosigue con una turbia imagen conectada con la turbulencia del deseo. La imposibilidad de saciar o contener el mismo y la resignada conformidad de la madurez viene expresada por la imagen siguiente (versos 6-9). En la frase condicional con que culmina el poema, además de ecos de la hermosa “Elegía a Ramón Sijé”,  aparece ese juego entre las personas verbales, especialmente, la primera y la segunda que es uno de los rasgos más constantes de la técnica ferreriana.  Todas las personas son el yo que precisa de las otras sólo para reflejarse, cotejarse y, sobre todo, confirmarse.

De cualquier modo, como era previsible no hay salida. El laberinto, el espejo, el ideal inaccesible que ya al final del milenio casi ha perdido su idealidad.

No creo que Fernando Ferreró, que ha mantenido un muy alto tono en sus obras posteriores, haya superado el de este libro, La cuestión y el gesto, donde las antenas de la percepción enhiestas conocen de antemano que su misión es ilusoria pero que todo brilla impávido y sugestivo. El escepticismo es consustancial a la lucidez y la visión podrá ser despegada pero siempre trascendente, siempre capaz de penetrar en lo hondo-cotidiano y hacerlo con grímpolas de belleza.

La sensación de estatismo que destila La cuestión y el gesto aparece también en La densidad implícita, obra extremadamente conceptual que vuelve a conectarnos claramente con los tonos guillenianos. Tal vez no sea muy brillante -y a lo peor, hasta tampoco certero- el decirlo pero la impresión que producen estos poemas tiene que ver con la que producen los del gran vallisoletano. Y ya sabemos que expresión e impresión no son tan dispares.

Hay aquí poesía del instante, poesía del recuerdo, poesía metafísica y hasta metapoesía. Veamos, si no, este redondo poemita que ocupa el lugar central de la tercera parte (nº 8), pag. 52:

Dentro de sí, la mismaFerreró, La densidad implícita006

palabra semejaba

ocupar el conciso

lugar del pensamiento.

Fuera del texto,

sólo tenía un breve

aspecto de libélula.

Río esencial; sedientos

curiosos en su orilla.

No se puede exigir más originalidad y justeza en la formulación, más honda precisión -de nuevo- y polisemia.

Los poemas de La densidad implícita son, quizá, los más breves de toda la obra de Ferreró y puede que, también, aquéllos en que su mirada apunta a más lugares sin perder un ápice de su unidad intrínseca. Continúa igualmente su agudísima ironía[xiii] y su pulsión antirretórica: “Borradme tonos enfáticos” (pag. 40), corroborada por sus propias palabras en comentario a su libro[xiv]:

   Considero que mi obra tiene una emotividad que se manifiesta en recursos muy seleccionados, que no se deja sólo al azar de la retórica. Podría decir que intento hacer una poesía del intelecto pero que contenga una emoción. Y este libro es como una “cosmovisión”, una especie de curiosidad por conocer el mundo, pero como parte del mundo y, a la vez, como un “cuadro del mundo.

Escrito antes que La densidad implícita, El texto mínimo contiene dos libros: el homónimo (pp. 7-61) y Perfiles (63-115).

Es esta quizá la más aforística de sus obras[xv], aquélla donde la tendencia mentalista de Ferreró aparece más radicalizada y desnuda. Poemas como el siguiente evidencian ese adelgazamiento expresivo que lo acerca al aforismo:

 La teoría/sugiere/la invención/ de ciertos/ mecanismos. / Extraña moneda/que disfraza/ la consecuencia/ del objeto. (p. 59).

Es notable como, a pesar de las reconocidas influencias expresionistas, el poeta huye siempre del exceso, de la tentación del trazo fuerte. La sostenida abstracción provoca incluso la definitiva ruptura de barreras entre las dos personas verbales y una absoluta prescindencia de la pasión. Todo se sujeta a una voluntaria frialdad racionalista que pocas veces da cabida a la imagen. Aunque aparezca alguna: “espumosa cadera en contracción” (p. 22), “peces de oscuro sótano” (p. 48) y, siempre, un aquilatado esfuerzo de precisión y manufactura lingüística.

No son patentes las diferencias entre los dos libros que recoge esta obra. Tal vez en Perfiles, cuya segunda parte aborda el poema en prosa a veces con cierto matiz doctrinal, se descubra una preferencia por los poemas que aluden a lugares, situaciones o instantes y en El texto mínimo sean más patentes la personalización y la depuración líricas.

Ferreró, El texto mínimo005

Tanto Perfiles como El texto mínimo son, en todo caso, un excelente y variado muestrario del mundo ferreriano en el que tampoco falta la malévola ironía. Aunque en este caso pueda hablarse de la trampa de la polisemia:

 Clase de influjo/que no padezco/siquiera./Es el que me hace/escribir lo que pienso./Por ello escribo/bastante menos/que otros. (p. 70).

Según reza su contraportada, El paisaje continuo contiene la poesía escrita por el autor entre 1980 y 1985 que puede ser abordable en su estructura o fragmentariamente. En el primer caso “el libro adquiere su valoración más completa y el sentido preciso” en palabras muy probablemente escritas por el poeta.

Las cuatro partes -todas de quince poemas- en que se divide la obra recogen, pues, ordenadamente las coordenadas más constantes del universo de su autor. Así, en la primera, es protagonista el proceso y la generación del acto creador tanto en su vertiente lírica como plástica. No olvidemos que las preocupaciones plásticas de Fernando Ferreró no constituyen el típico desahogo del ocioso o jubilado sino que se adentran en su prehistoria artística. La revista Proa, a cuyos círculos estuvo cercano Ferreró llegando a recoger en su número 25 (diciembre, 1953-Enero, 1954) un dibujo suyo, ya en 1952 (nº 19), da noticia de la exposición del Círculo Universitario de Arte inaugurada el 2-XI-1951 en la que participó como pintor y lo mismo ocurrió en años sucesivos. No se advierte una relación clara entre la escritura y la experiencia plástica del autor y así lo confiesa Ferreró en una reciente entrevista:

 Pienso que me he volcado de formas muy diferentes de un modo casi inconexo. No acierto a ver la dependencia de un género del otro, más allá de que todos estén realizados por la misma persona[xvi]

Las restantes partes de El paisaje continuo tienen como centro el amor y la soledad, la pasión y el sentimiento y su interiorización, respectivamente. Una vez más, Ferreró sale fuera de sí para analizar su realidad y lo hace con rigor de delineante o geómetra. Como bien precisó José Antonio Rey del Corral “estamos ante un singular voyeur lírico (…) capaz de revelar cuánto, en lo mínimo o en el humilde detalle que nadie mira, encierra el decoro incierto del existir. El sabe que el ojo avizor dispone apenas de una fracción de segundo para captar ese detalle -pisada, adobe, mancha, piano- donde cabe todo el significado, toda la fábula del mundo (…) logra concentrar lo desparramado con su gran angular analítico, o mira por el ojo de la cerradura de la conciencia (…) y tiende el ‘movible oído que espera’ para, entonces, ponerle banda sonora de poema a la experiencia del Paisaje continuo (…) que desfila a nuestros ojos o por el que somos desfilados”.[xvii]

Ojo avizor para descubrir el misterio pero sin pretensión de visionario. Ya se dijo más arriba que Ferreró, tal vez por su acusado racionalismo de raíz filosófica, por esa prescindencia de la pasión no da ese paso que podría haberlo llevado a la poesía hermética o visionaria. Siempre estará más cerca de algunos del 27 que de Mallarmé, de Mallarmé que de Blake.

El último texto publicado por Ferreró, Falacia, afronta un material poético diverso con una actitud tan intelectualizada  como en libros anteriores, aunque el poeta declarase: “Este libro cierra un ciclo, o al menos eso creía yo, porque pensé que en poesía ya había dicho todo lo que tenía que decir. Creo que es mi libro más abierto y menos hermético, que actúa como un juego de espejos”[xviii].

Pese a ello, quizá algo de su pureza poética deviene en sequedad, se advierte una pérdida de la emoción que traspasaba muchos de sus anteriores poemas. Y, en cuanto a su carencia de dificultad, el poeta parece destilar en sus palabras ese humor sarcástico del que se habló y que, acaso, en este libro se presenta con más frecuencia, especialmente en su segunda parte  compuesta por poemas en torno a sí mismo. Pero no andábamos con el humor sino con la dificultad, aunque sean lo mismo. Veamos el octavo poema del libro (p. 15):

 En todo ser vacante,Ferreró, Falacia007

la irrealidad lo más concreto.

Es lo que te hace hablarme,

por el verde ocular,

sobre la nada, tu dolor perfecto.

Porque nunca se tuvo

esta ocasión. De tarde en tarde,

la cifra enmascarada

se hunde en los charcos

de ansiosos dedos. Tan oscura

es tu sombra que llevas

los párpados por dentro.

Dejemos aparte los hallazgos expresivos; de nuevo, la marca guilleniana; el citado humor que asoma con desfachatez en los últimos versos. El poema es harto difícil.

Y ¿qué no lo es? El poeta parte con ese convencimiento y el humor es también una defensa, un escudo. Y el humor en poesía es lenguaje. Que no gesto. Lo dice bien Rafael Alarcón Sierra, reseñando Falacia:

 La ironía desciende(…) hasta la misma frontera de la comunicación poética; el poema pasa a ser un nuevo Tractatus que pone en duda toda “jerga insípida”, toda presunta filosofía del lenguaje (…) Lástima que el semiólogo esté siempre dormido. Porque si la principal virtud de la poesía -y no de su literaturización– es la continua intensificación de significados,  lo que resulta del reflejo de un espejo sobre el otro -del poema sobre el lector y viceversa-, esta Falacia la tiene, sin duda [xix].

Y está bien que el poeta se divierta, sobre todo si, además, nos comunica intensidad orgiástica: Aquimondece el équido, / secuenciado total, /concupiscible./Equilibrio en quimera/tapado en el jardín:/se apaga./Los censores del ócul o/tramitan la destrucción/a oscuras. (p.39).

Falacia es, de toda la obra de Fernando Ferreró, el libro más fecundo en cultismos y neologismos: “confiero residuarse al ciempiés metódico” (p. 12); “logósmosis eidética” (p. 16); “Pasión horizonta” (p. 24); “este vuelo del sírfido” (p. 28); “el plurivivir del cuerpo y de la idiosincrasia variegata[xx]” (p. 42)… en los que sin esfuerzo se percibe una actitud traviesa. El libro, del que ha desaparecido la parte IV como se explicó en la nota diez, termina con unos textos en prosa no siempre conseguidos. Me quedo con el último que quintaesencia el humor, que, ya se ha visto, es la más clara constante en esta última obra de Fernando Ferreró:

 Porque los números replegaron sus foscas entidades nocturnas. Lloró el rocío en la copa del párpado. El cuello se combaba desde el hombro furtivo. Desconcertante el vino, el día fue un relámpago al mostrarse. ‘Pienso -dijo ella- que el hombre dice absurdos al ser burlado por la gramática” (p.62)

Quizá demasiado para el mimetismo y la facilidad con que la poesía viene siendo tratada desde hace unos veinte años. Así, la situación de Fernando Ferreró en el contexto de la poesía aragonesa es excéntrica porque no procede de ninguna escuela ni tampoco ha tenido seguidores, ni siquiera un grupo que en torno a él se congregase. También lo sería en el contexto de la poesía española si a ella hay que referirse. Pero eso sería materia para otro trabajo en que sapos, culebras y aquilones camparían por sus respetos. Y dicen que no está bien nombrar para mal a los muertos[xxi].

Ferreró, Fernando-De la cuestión y el gesto-Dibujo003

                                            NOTAS

[i].[i]. Hasta el momento la obra poética de Fernando Ferreró está compuesta de siete volúmenes: Acerca de lo oscuro, Zaragoza, Colección Orejudín, 1959. Hacia tu llanto ahogado, Zaragoza, Colección Dezir, 1960. Estos dos libros son refundidos y ampliados en De la cuestión y el gesto, Zaragoza, Colección Poemas, 1960, el primero que reconoce el autor. La densidad implícita, Madrid, Los libros de Doña Berta, 1988. El texto mínimo, Barcelona, SeuBa, 1988. El paisaje continuo, Madrid, Endymión, 1989. Falacia, Zaragoza, Prensas Universitarias, 1992. Todos ellos dedicados a su mujer, Pilar.

[ii]. Habría que exceptuar la somera biografía que aparece en Opi-Niké, Cultura y Arte independientes en una época difícil, Vol. I, Zaragoza, Excmo. Ayuntamiento de Zaragoza, 1984, p. 142, evidentemente redactada por él mismo, donde hace gala de una postura anticonvencional y “epatante” más propia de un joven aspirante a cierta nombradía que de un poeta tan concentrado como él.

[iii]. Uno de los más constantes resulta Manuel Estevan, que ha saludado los últimos libros del poeta con altos ditirambos. V., por ejemplo: “El habitual desorden prefiere la escritura” (La densidad implícita). Heraldo de Aragón, (27 octubre 1988). “Un poeta mayor” (El texto mínimo), ibidem, (16 febrero 1989). “Potencia en el espacio” (Falacia), ibidem, (22 octubre 1992). V. también: Manuel Pinillos, De la cuestión y el gesto, citado en la nota 5. Rafael Alarcón Sierra, “Vivir en lo interno” Turia, nº 21-22, pp. 351-353. O el artículo panegírico de XG. mar. (Guillermo Gúdel), “La depuración infinita” en El año de El Día. 1988, Zaragoza, Ediciones de El Valle, 1988, pp. 84-85. Otras reseñas: Antón Castro, “El texto mínimo“, Zaragocio, nº 67 (26 mayo 1989). Manuel Alvar: “Quien reflexiona advierte la aporía” (El texto mínimo), Blanco y negro (13 agosto 1989). Beño, “La densidad implícita”, Manxa (Grupo literario Guadiana) nº 46, Septiembre, 1989. Antonio Pérez Lasheras, “Silencio del color ascendido” (El paisaje continuo), Heraldo de Aragón (9 noviembre 1989). Alfredo Saldaña, “Esencia del poema” (El paisaje continuo), Diario16, (12 enero 1990).

[iv].  Javier Barreiro, “A través de la apariencia”. Andalán nº 367, 15-30 Septiembre de 1982 (p. 44).

[v]. Reseña a De la cuestión y el gesto (de un recorte de Heraldo de Aragón sin fecha, pero 1982).

[vi]. En entrevista de Juan Domínguez Lasierra. Heraldo de Aragón, (9 junio 1982).

[vii]. Por ejemplo, los veintiséis poemas de Hacia tu llanto ahogado quedaron reducidos a dieciocho.

[viii]. V., por ejemplo, Gil Comín Gargallo, “Fernando Ferreró, el intimista zaragozano” Despacho literario, nº 1. Zaragoza, Tauro, 1960. p. 9. Este inefable personaje, que confunde la patria chica de Ferreró (Alfaro), ya había comentado favorablemente y tiempo antes el mismo libro, Acerca de lo oscuro, en su sección de El Noticiero. Joaquín Mateo Blanco también reseña muy favorablemente Hacia tu llanto ahogado en la misma revista, Despacho literario, nº 2. Zaragoza, Sagitario, 1960. (“La definición de poesía”) p. 2.

[ix]. Este poema fue agudamente comentado por Rosendo Tello en su excelente introducción a la edición facsímil de Orejudín. Zaragoza, DGA, 1991. pp. 64-66., lo que me exime de mayores escolios.

[x]. Tanto Orejudín como Despacho literario surgieron en torno a la órbita de la O.P.I. y la tertulia del café Niké de la que Fernando Ferreró fue satélite aunque pasara mucho de aquel tiempo fuera de Zaragoza. No existe un estudio adecuado de lo que fue y significó la O.P.I. y, seguramente, será difícil y complicado que se haga por su misma ambigüedad. Sobre la mitología de Niké hay alguna bibliografía que recoge Rosendo Tello (Op. cit. p. 24). Dígase que hay abundante discordancia sobre su significado e importancia real. José Carlos Mainer en opiniones recogidas por Antón Castro (“La OPI, Niké,  Labordeta”. El Día, (19 junio 1990) manifestaba: “A mí lo del Niké no me convence como propuesta de escuela, es un lugar de encuentro, la urdimbre. Un lugar falso e histórico. La gente se exhibe, se reúnen gentes diversas pero poco más. El hecho participa de la tradición española del contacto oral, pero sólo me parece legítimo hablar del Niké como símbolo, como añoranza”.

[xi]. Cfr. el interesante comentario de Antonio Pérez Lasheras en su reseña a El paisaje continuo (Cit. en n. 3): “La poesía de Ferreró se nos muestra como un amasijo de contradicciones, como un intento de abstracción, cuasi mística, con un lastre excesivo de materialidad que impide la ascensión”.

[xii]. El gusto por la simetría aparece también en otros libros: La densidad implícita y El texto mínimo (tres partes de quince poemas cada una en ambos libros), El paisaje continuo (cuatro partes de quince poemas, asimismo). Perfiles, incluido como segunda parte en El texto mínimo tiene tres partes, de quince, diez y quince poemas. En Falacia debe haber escapado alguna página ya que pasa de la parte III a la V sin que aparezca la IV. Además, carece de índice.

[xiii]. Aunque la palabra tiene mala prensa uno, si no temiera molestar, podría hablar perfectamente de sarcasmo. He oído hablar a Ferreró, no ya en plan amistoso, sino en reuniones profesionales y, además de su prodigiosa inteligencia que le conduce al núcleo -oculto o no- de los temas sin circunloquios y de su desternillante humor, sus comentarios -expresados en tono apasionado pero amabilísimo,- eran de una mordacidad sangrante.

[xiv]. En declaraciones a Antón Castro: “La voz resucitada de Fernando Ferreró”, El Día (26 octubre 1988).

[xv]. Rosendo Tello considera esta tendencia al adensamiento extremo  que puede hacer “caer en una estereotipación pensamental aforística” como uno de los peligros que pueden acechar a este poeta. Op. cit. pp 65-66.

[xvi].  Antón Castro: “Una visión convulsa y emotiva de la vida”. El Periódico (11 marzo 1993).

[xvii]. “Fernando Ferreró o una poesía de la mirada”. Galeradas (78) de Andalán, nº 429, Zaragoza, 16-30 de junio de 1985. Se antologizan allí diecisiete poemas y ocho dibujos del creador.

[xviii]. Entrevista citada con Antón Castro.

[xix]. Art. cit., pp. 352-353.

[xx]. La palabreja debe gustar al escritor: en la entrevista citada con Domínguez Lasierra confiesa tener un libro escrito en 1975 “…que irónicamente titulo Locus variegatus y que representa mi propia idea de lo que es el Mediterráneo, lugar donde he vivido estos años…”

[xxi]. Con posterioridad a la redacción de este artículo (1993), Fernando Ferreró ha publicado Ácromos, Zaragoza, Edizions de l’astral, 1994.

Ferreró, Fernando009

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