LAS PLAZAS DEL PUEBLO

Publicado: octubre 10, 2013 en Artículos
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Publicado en Aragón Digital, 14-17 de marzo de 2011.

 

A lo largo de estas semanas en que los pueblos al sur del Mediterráneo han reivindicado su libertad tomando las plazas, que por algo se llaman públicas, casi nadie ha recordado la matanza en la plaza de Tlatelolco o de las Tres Culturas de la capital mejicana hace más de cuarenta años. El país se aprestaba a celebrar los Juegos Olímpicos de 1968 y el 2 de octubre, diez días antes de su inauguración, los paramilitares y el ejército dispararon contra los congregados en la llamada Noche de Tlatelolco, ocasionando centenares de muertos. Después se revelaría que los hechos fueron organizados por el propio gobierno de la nación presidido por Gustavo Díaz Ordaz, ya en la historia como asesino múltiple

La imagen tranquilizadora de país moderno que se quería ofrecer se quebró de un golpe y aunque los Juegos, que habían estado en peligro por la invasión soviética de Checoslovaquia, se celebraron, la matanza cambió la historia de Méjico, como la aparición del Black Power en dichos Juegos, cambió la historia social de la humanidad.

Quizá la más sangrienta de todas las matanzas en plazas públicas fuera la que los cosacos del zar protagonizaron en la escalinata Richelieu de la plaza de Odessa  (1906), popularizada por el film, El acorazado Potemkin, y donde, se dice, murieron unas seis mil personas. No le fue muy lejos la carnicería de la plaza de Tiannamen (1989) –cuyo significado en chino es una dramática paradoja: Puerta de la Paz-, donde los cálculos sobre las víctimas oscilan entre varios cientos y varios miles. Ninguna de estas revueltas lograron sus propósitos democratizadores aunque, tal vez, constituyeron el sustrato para que las cosas fueran cambiando.

El estado detentador del monopolio de la violencia es algo que gusta mucho a los regímenes monolíticos, más inclinados al castigo ejemplar y al exterminio del adversario que a los afanes modernizadores de quienes reclaman. Una parte de la llamada izquierda, incapaz de liberarse de esquemas ideológicos esclerotizados, aplaude las revueltas populares sólo cuando no van en contra de los líderes que ellos defienden. Y esos líderes no suelen permitir ni siquiera que la gente se junte en grupos de más de tres personas, como sucedía en nuestra España hace unas cuantas décadas.

Tampoco parece que vaya a suceder –y deseo fervientemente equivocarme- en los países árabes más despóticos, sean monarquías medievales, como Arabia o se declaren de izquierdas, como Irán o Siria, donde la represión de la disidencia es tan feroz que a nadie se le ocurre proclamarla.

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comentarios
  1. Fernando Seral dice:

    Una precisión. La escalinata de Odessa no está en la plaza de la catedral, sino que comunica la ciudad con el puerto. Una descripción de la Catedral de Odessa, en una traducción muy particular: http://discover-ukraine.info/es/places/southern-ukraine/odesa/29

  2. Ramira la Monja dice:

    Bien está recordar lo que tan a menudo se olvida.

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