DON FRANCISCO DE LA TORRE, POETA DE LA NOCHE

Publicado: noviembre 22, 2012 en Artículos, Literatura
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Torre, Francisco de la ObrasPublicado  en Diccionario de la existencia. Asuntos relevantes de la vida humana, Barcelona, Anthropos, 2006, pp. 420-421.

Sigo, silencio, tu estrellado manto,
de transparentes lumbres guarnecido,
enemiga del Sol esclarecido,
ave noturna de agorero canto.

El falso mago Amor, con el encanto
de palabras quebradas por olvido,
convirtió mi razón y mi sentido,
mi cuerpo no, por deshacelle en llanto.

Tú, que sabes mi mal, y tú, que fuiste
la ocasión principal de mi tormento,
por quien fuí venturoso y desdichado,

oye tú solo mi dolor, que al triste
a quien persigue cielo violento,
no le está bien que sepa su cuidado.

Rescatado del olvido por Quevedo, que forzosamente habría de sentirse identificado con el frío fulgor de sus poemas, don Francisco de la Torre, nacido hacia 1535 -quizá en Torrelaguna, quizá en Salamanca-, es uno de nuestros clásicos más secretos. Fue en 1631 cuando el autor de Los sueños da a la imprenta la obra de este misterioso poeta y en su jugoso y críptico prólogo nos dice que en el manuscrito halló hasta cinco veces “borrado el nombre del autor con tanto cuidado, que se añadió humo a la tinta”, lo que sugiere una inquisitorial proscripción.

Quevedo consigue, sin embargo, rescatar su figura, a la que otorga una antigüedad desmedida, argumento que, junto a otros que no son de este lugar, hizo pensar en la inexistencia de tal poeta y proponer que su nombre ocultaría un cenáculo u otro autor.

Hoy ya parece confirmada la existencia de este misterioso manierista sobre el que ha pasado sobre ascuas la crítica, si exceptuamos alguna monografía de muy difícil consulta, algún apunte de Dámaso Alonso y las ediciones que ya hace tiempo prepararon Zamora Vicente (1969) y María Luisa Cerrón (1984).

Sorprendentemente, la valoración de sus comentadores no ha terminado de ser positiva y se han destacado aspectos como la frialdad, el desequilibrio lunático, la falta de naturalidad y otros rasgos que se soslayan en sus contemporáneos o, al menos, se los hace aparecer como fruto del contexto o la tradición. Quizá su atipicidad y el terror a abandonar senderos trillados por parte de los eruditos ha frenado la estimación de alguien que, por debajo de su artificioso formalismo, circula por trochas muy cercanas a la modernidad y trasciende un aroma que nos trae ecos prefiguradotes de un Blake, un Hölderlin, un Novalis (otro poeta nocturno) o un Wordsworth. Asombra que románticos o simbolistas no repararan en tan cercano poeta.

Los datos concretos sobre el personaje son tan difusos como escasos. Parece que escribió la mayor parte de su obra en la década 1560-1570, perteneció al círculo de El Brocense y fue maestro del límpido, pero a veces insustancial, Herrera. Admirador de Virgilio y Horacio, tradujo a Varchi al que, en ocasiones, imita y, como es de rigor, su poesía gira en torno al petrarquismo y las teorías renacentistas del animismo cósmico de las que Marsilio Ficino fue imprescindible transpositor.

Francisco de la Torres es ante todo un poeta esencial. La desmaterialización, la importancia concedida a ese yo desleído entre la pasión interior y el fulgor de la Naturaleza, la ausencia de descripción física y esa melancolía saturniana que traslucen sus versos nos colocan ante un hombre deslumbrado por los símbolos y sus correlaciones que en esta poesía alcanzan cotas casi místicas. Con el inexcusable pretexto de lo elegíaco, don Francisco despliega un riquísimo espectro de imágenes simbólicas en la que la noche –representación emblemática del inconsciente- adquiere un valor fundamental. La noche, reducto de lo divino, espejo invertido de nuestro mundo, descenso a los valores femeninos o, como para San Juan de la Cruz, tiniebla del desamparo y, al mismo tiempo, espacio predilecto y único en el que puede instaurarse el inaprehensible vínculo es el sujeto privilegiado de esta lírica. Noche que se metonimiza en estrellas, silencio o tinieblas, componiendo un muestrario de ese régimen nocturno, tan caro a muchos de los poetas más importantes de la tradición occidental y que tan sutilmente han iluminado Evelyn Underhill o Gilbert Durand.

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